Tuesday 23 May 2017 | Actualizada : 2017-03-29
 
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Los cristianos debemos despertarnos del letargo de la superficialidad, de la distracción y de la indiferencia" y "contemplar el coraje de los confesores de la fe.
     
La última peculiaridad del retrato del cristiano laico, es "el sentido de la pertenencia eclesial", imprescindible ante "la parcialidad, la superficialidad" de la vida moderna, y "los casos cada vez más frecuentes de fragmentación, e incluso de desintegración de las personalidades y de crisis dramáticas de identidad".

 

Parábola. (Del lat. parabŏla, y este del gr. παραβολ).1. f. Narración de un suceso fingido, de que se deduce, por comparación o semejanza, una verdad importante o una enseñanza moral.2. f. Geom. Lugar geométrico de los puntos del plano equidistantes de una recta y de un punto fijos, que resulta de cortar un cono circular recto por un plano paralelo a una generatriz.

 

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“CREO EN LA SANTA IGLESIA QUE ES UNA, SANTA, CATÓLICA Y APOSTÓLICA, COMO EL CRISTO LA FUNDÓ SEGÚN CONSTATAMOS EN LA SANTA BIBLIA” (Cristo funda su Iglesia ‘una’; Cristo es la cabeza por tanto es ‘santa’; Cristo la envía a predicar a todos los confines del orbe, por tanto es ’católica’; Cristo ordena el pregón del anuncio evangélico a los apóstoles, por tanto es ’apostólica’. La Iglesia es cristiana porque proclama a Cristo; es evangélica y evangelizadora porque revela a Cristo... y un largo etc. de adjetivos le son propios.  

 

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El evangelio de este día nos habla de la confesión de san Pedro, con la que inició la Iglesia: "Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo" (Mt 16, 16). He hablado de la Iglesia una, católica y apostólica, pero no lo he hecho aún de la Iglesia santa; por eso, quisiera recordar en este momento otra confesión de Pedro, pronunciada en nombre de los Doce en la hora del gran abandono: "Nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios" (Jn 6, 69). ¿Qué significa? Jesús, en la gran oración sacerdotal, dice que se santifica por los discípulos, aludiendo al sacrificio de su muerte (cf. Jn 17, 19). De esta forma Jesús expresa implícitamente su función de verdadero Sumo Sacerdote que realiza el misterio del "Día de la reconciliación", ya no sólo mediante ritos sustitutivos, sino en la realidad concreta de su cuerpo y su sangre.

En el Antiguo Testamento, las palabras "el Santo de Dios" indicaban a Aarón como sumo sacerdote que tenía la misión de realizar la santificación de Israel (cf. Sal 105, 16; Si 45, 6). La confesión de Pedro en favor de Cristo, a quien llama "el Santo de Dios", está en el contexto del discurso eucarístico, en el cual Jesús anuncia el gran Día de la reconciliación mediante la ofrenda de sí mismo en sacrificio: "El pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo" (Jn 6, 51).

Así, sobre el telón de fondo de esa confesión, está el misterio sacerdotal de Jesús, su sacrificio por todos nosotros. La Iglesia no es santa por sí misma, pues está compuesta de pecadores, como sabemos y vemos todos. Más bien, siempre es santificada de nuevo por el Santo de Dios, por el amor purificador de Cristo. Dios no sólo ha hablado; además, nos ha amado de una forma muy realista, nos ha amado hasta la muerte de su propio Hijo. Esto precisamente nos muestra toda la grandeza de la revelación, que en cierto modo ha infligido las heridas al corazón de Dios mismo. Así pues, cada uno de nosotros puede decir personalmente, con san Pablo: "Yo vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó y se entregó a sí mismo por mí" (Ga 2, 20).

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LAS PARÁBOLAS DE LA IGLESIA

 

CAPITULO IX. 
Mujer nueva
Virgen 
Esposa 
Madre 

 

CAPÍTULO IX
MUJER NUEVA


La Iglesia, que está dando a luz permanentemente al Cristo pascual 1, es la mujer del Apocalipsis: «Una gran señal apareció en el cielo: una mujer vestida de sol, con la luna bajo sus pies y una corona de 
doce estrellas sobre su cabeza. Estaba encinta y las angustias del parto le arrancaban gemidos de dolor» (/Ap/12/01-02). Esta mujer grávida es el Pueblo de Dios; es símbolo y resumen de toda la obra 
creada y de la totalidad del Israel místico. 

Con ella, la Iglesia, se enfrentan en la tierra, duramente, los poderes del mundo, representados en el terrible dragón 2. Su crueldad se concretará en violencia y en persecución contra los elegidos. 

Pero la mujer da a luz al Cristo glorioso. El será el vencedor de las fuerzas del mal, que quieren someter a la humanidad a su vasallaje. En la perspectiva del éxodo como liberación, el premio para la mujer será 
la acogida en el desierto, en el lugar preparado por el mismo Dios, que es espacio de prueba, pero que es, ante todo, espacio de encuentro amoroso 3. 

En el desierto, a pesar de las infidelidades de ella, Dios mimará a aquella mujer, de la que se ha enamorado. Le hablará al corazón, como en los días primeros, y la desposará con un matrimonio firme, 
imperecedero, amoroso y tierno. 

La Iglesia, mujer renovada por el amor divino, incluye judíos y 
gentiles; es morena y hermosa, como la han querido ver los Padres en 
el Cantar de los Cantares 5. «Se dice morena por aquellos que habían 
de creer entre la gentilidad, ennegrecida con el humo de la idolatría y 
los cadáveres de sus sacrificios; y se ha hecho hermosa por la fe de 
Cristo y por la santidad del Espíritu que ha recibido» (SAN GREGORIO 
DE ELVIRA). La cualidad de llevar en sí capacidad para aunar a todos 
los seres humanos, sin diferencia alguna, la hace agradable y atractiva 
para Dios. El Señor la convierte en Tú-mi-pueblo, tras redimirla de los 
desprecios, olvidos y prostituciones en que haya podido caer 6. 

La Iglesia es la nueva Eva, la madre de los vivientes, fecundada por 
el Espíritu de Dios, que actúa en el Bautismo y ofrece al Padre una 
nueva y numerosa familia, la Nueva Humanidad, renovada radicalmente 
en su naturaleza. La Iglesia es, embrionariamente, esa Nueva 
Humanidad y es, a la vez, la mujer que va gestando las nuevas 
criaturas, destinadas a formar parte de la parentela definitiva de Dios, 
en torno a una mesa increíblemente grande, la del Banquete del Reino 
consumado. 

La condición de la Iglesia como mujer nueva, amada por Dios, debe 
comprometerla, por decirlo de algún modo, a feminizar sus 
comportamientos. La delicadeza en planteamientos y relaciones, la 
preocupación por el detalle aunque sea mínimo, la capacidad de 
escucha y de comprensión, la generosidad y la disposición para el 
sacrificio, la primacía del corazón sobre la cabeza, la aptitud para llenar 
de amor todo su entorno 7 deberán ser cualidades de la Iglesia, 
demasiado acostumbrada a ser conducida por varones y a traducir el 
Evangelio a esquemas más intelectuales que cordiales. 

Virgen

La efusión afectiva de Pablo le permite concebir a la Iglesia como 
una virgen y como una novia. Pablo dice, lleno de ternura y de pasión, 
a los fieles de Corinto: «Mis celos por vosotros son celos a lo divino, ya 
que os he desposado con un solo marido, presentándoos a Cristo 
como si fuerais una virgen casta» (/2Co/11/02). 

La Iglesia es la joven elegida, a la que Dios Padre llena de gracias, 
sin que ella haya hecho merecimientos especiales. La cubre de 
hermosura y de atractivo. La va preparando cuidadosamente, desde 
toda la eternidad, para convertirla en Esposa de Cristo y en Madre 
fecunda de multitud de hijos. 

FE /VIRGINIDAD Ella recibe el don y el compromiso de vivir en permanente pureza, acopiando una dote abundante y mimando la elaboración del ajuar que ha de presentar a quien la elige y a quien la ama, más allá de sus posibles y reales 
deslealtades. Ella educa su ser entero para vivir en permanente fidelidad, para no «casarse con nada ni con nadie», si no es con su Senor y Amado. Ella vivirá «la virginidad que es la integridad de la fe católica» (SAN AGUSTIN). 

Es la novia, que Dios prepara para el matrimonio con su Hijo y a la 
que engalana con las mejores joyas. Es la joven digna, para ser, al 
lado del Esposo, el Cordero de Dios, el centro de unas bodas que se 
han de celebrar en un escenario de cielos nuevos y tierra nueva. 
Serán días de gran gozo para toda la humanidad, porque festejarán un 
matrimonio, que es el triunfo del bien, representado en la Jerusalén 
celeste, resplandeciente de gloria 8. 

El camino terreno de la Iglesia, trazado todavía sobre el viejo pecado 
del Paraíso, será causa de que la joven virgen se tenga que enfrentar 
a multitud de fuerzas seductoras que quieran apartarla de la fidelidad 
al Amado y Amante. 

A veces, será la inclinación a servir, y acaso a amar, a otros señores, 
que la agasajan en demasía, en espera de sus favores y servicios. En 
ocasiones, será el peligro de quedar prendada de posesiones y de 
bienes placenteros y cómodos. 

Tal vez le ocurra que, por momentos, se olvide del camino que la 
conduce a la cámara nupcial y se quede prendida en palacios 
artificiales que la seducen, porque guardan alguna semejanza con la 
casa no hecha por manos de hombres a la que está destinada. 

Esposa

La metáfora del amor de Dios hacia su pueblo elegido como un Esposo es de las predilectas del Antiguo Testamento 9. Esta misma imagen se desborda hacia el Nuevo. La Iglesia no es sólo la virgen purificada que es presentada al Esposo 10, sino también la esposa que engendra hijos para Dios. Como pueblo de la Nueva Alianza, es la Esposa unida a Cristo, porque participa de su misma vida, porque está 
asociada a su misión y porque responde, con un don sincero, al inefable amor del Esposo 11. 

San Pablo habla de la Iglesia y de cada uno de sus miembros como 
una Esposa desposada con Cristo, para no ser con Él más que un solo 
Espiritu 12. Ella es la esposa inmaculada del Cordero inmaculado 13, a 
la que Cristo «amó y por la que se entregó con vistas a santificarla» (Ef 
5,26). Con ella se asoció, mediante una alianza eterna, y no cesa de 
cuidarla y de alimentarla, como si de su propio cuerpo se tratase 14. 
«El titulo de Esposa nos indica que le ha sido algo extraño a Cristo y 
que Él la ha buscado voluntariamente; de esta manera, la expresión de 
Esposa nos hace ver la unidad por amor y por voluntad» JACQUES B. 
BOSSUET). 

La Iglesia es la esposa sin tacha, que es arrancada de sus 
infidelidades por el mimo que el esposo pone en susurrarle nuevas 
palabras de amor 15 y en entregarse por ella. Asi la purifica, por medio 
del agua y de la palabra, y la prepara como una Esposa, sin mancha ni 
arruga, santa e inmaculada 16. 

El símbolo se enriquece con nuevos matices: es Dios, como Padre, 
quien prepara las nupcias de su Hijo 17. Juan Bautista, como amigo del 
esposo, se alegra cuando se le da a conocer que éste está para llegar 
18. Cristo mismo se presenta como el esposo de la Iglesia 19. San 
Pablo ve a la Iglesia prefigurada desde el comienzo de la humanidad 
como una esposa 20. 

Es el tiempo de la gran alegría, porque llega la hora de las bodas del 
Cordero, para las que la novia está engalanada con vestido de lino 
puro y brillante 21. 

La Iglesia es la esposa amada y fecunda, modelada como si de la 
vida conyugal humana se tratasen. En su favor, todos los trabajos y 
sufrimientos se pueden dar por bien empleados, como lo hace Cristo y 
como están dispuestos a hacerlo también sus apóstoles 23. 

Así como la esposa depende del varón 24, del mismo modo la Iglesia 
existe por Cristo, que la adquiere con su sangre y se entrega por ella a 
la muerte 25 de forma consciente y libre 26. Cristo nutre 
constantemente a su Iglesia con su carne, y le otorga la subsistencia 
por medio de la Eucaristía y del pastoreo 27. 

Por su parte, la Iglesia debe fidelidad y colaboración al Esposo: así 
como Adán ve una ayuda en Eva, Cristo, nuevo Adán 28, necesita de 
la Iglesia para llevar a término la obra salvadora, encomendada por el 
Padre. 

El conjunto de metáforas, verdadera alegoría, invita a la Iglesia de 
nuestros días a vivir la mística esponsal. Esta exige adornarse de 
agradecimiento al amor del Padre; de fidelidad total a Cristo; de 
entrega gozosa a quien la libra del pecado; de alegría rebosante por la 
nueva condición inmerecida; de respuestas rápidas y activas a las 
insinuaciones del Maestro y Amado, que la induce a la fecundidad del 
apostolado; de disfrute de los bienes maritales, que saltan hasta la vida 
eterna. 

Sin embargo, la Iglesia terrestre, aunque de algún modo vive en la 
intimidad del Esposo, experimenta que está también de algún modo 
separada de su posesión gloriosa. Por eso, lleva entrañado, en la 
médula de su ser, el deseo de encontrarse con Él y de conseguir una 
unión sin riesgos de que se pueda romper. 

El discípulo de Cristo es el que espera la venida del Señor y Esposo 
29; es quien reclama con todas sus fuerzas, animadas por el Espíritu, 
el regreso del Amado que se fue 30; es el que se esfuerza por ajustar 
su conducta a las exigencias de esta presencia deseada 31, anticipada 
en la Transfiguración 32 y afirmada en la Resurrección 33. 

Éstas son las causas de que el cristiano no sólo viva con esperanza, 
sino que viva de esperanza. Para quienes peregrinan en orfandad, la 
ausencia temporal del Señor y Amado es suficiente incentivo para llorar 
su lejanía en ayuno y en austeridad permanentes; para entregarse sin 
reservas a preparar su regreso; y para mantenerse, en medio de un 
mundo que se ha empeñado en ahogar las utopías, musitando la 
oración que los identifica: «Marana-thá. ¡Ven, Señor Jesús!» (Ap 
22,20). 

Madre

El título de madre aparece, de diferentes modos, en el Nuevo Testamento: la Iglesia prefigurada en Sara, la esposa libre de Abraham, es nuestra madre. Nosotros, los cristianos de segunda hora, provenientes de la gentilidad, somos, como Isaac, hijos de la promesa, engendrados en la libertad 34. 

La imagen es recogida, y ampliada en su sentido, por los Padres de 
la Iglesia, por los escritores eclesiásticos, por algunos Credos y por el 
arte literario y plástico. «¡Soy hija de la Iglesia!», dirá con entusiasmo 
Santa Teresa de Jesús. 

La nueva Jerusalén, la Jerusalén de arriba, la que es paradigma de 
la libertad definitiva, es nuestra madre 35; todos hemos nacido en ella 
36. 

El Padre es, propiamente, quien hace hijos para el Reino, por medio 
de la Iglesia. Ésta es un instrumento en manos del amor fecundo de 
Dios. Él quiere asociar a la comunidad cristiana, indisolublemente, a la 
paternidad-maternidad que ejerce sobre todos los seres humanos y 
sobre el universo. Por eso, «el que no ama a la Iglesia como madre, no 
puede tener a Dios como Padre» (SAN CIPRIANO). 

Dios, por los Misterios Pascuales de Jesucristo, engendra, en el seno 
de la Iglesia, nuevos hijos para el Reino. Ella es una madre fecunda, 
que, como depositaria de la Palabra de Vida, nos entrega la fe, la 
celebra con nosotros y contribuye a que crezca progresivamente. «Con 
el Logos alimenta la Iglesia a los hijos que el mismo Señor dio a luz con 
dolores de carne, que el Señor envolvió en los pañales de su sangre 
preciosa» (SAN CLEMENTE DE ALEJANDRÍA). 

Por la Liturgia, y en particular por el Bautismo, la Iglesia alumbra a 
nuevos hijos. La Liturgia es el regalo del Esposo; en los Sacramentos 
se hace evidente su presencia y su poder santificador. Por la 
Eucarisúa, los entraña en la comunidad, los alimenta y los prepara 
para participar en el Banquete último del Padre. Sin las acciones 
litúrgicas, la Iglesia no podría ejercer su labor maternal 37. 

La Iglesia es madre casta, que nos infunde la integridad de la fe. Es 
madre fecunda, que nos regala nuevos hermanos en el Espíritu. Es 
madre universal, que atiende a todos sin excepción, sin preferencias y 
sin discriminaciones. Es madre venerable, que nos da su herencia, 
extraída del tesoro antiguo y nuevo. Es madre paciente, que no se 
cansa en la tarea educadora y en rehacer los hilos de la unidad. Es 
madre atenta, que ahuyenta al enemigo que ronda. Es madre amante, 
que no se ensimisma, sino que nos proyecta hacia el Amor de Dios. 

Es madre clarividente, que identifica, entre las sombras del Enemigo, 
a sus hijos dispersos. Es madre apasionada, que vive de amor, 
contagia amor y envía testigos del amor. Es madre prudente, que evita 
los sectarismos, aquieta euforias, enseña a amar todo lo bueno y 
educa para no rechazar lo que no sea claramente abominable. 

Es madre fuerte, que nos anima a dar testimonio, aunque sea a 
costa de la propia vida. Es madre sufriente, que recibe sobre sí las 
ingratitudes de los hijos y los envites de quienes no quieren serlo. Es 
madre dolorosa, que revive en sí misma de cuando en cuando la 
Pasión de su Esposo. 

Estas cualidades llevarán a la Iglesia, en múltiples circunstancias, a 
tener que sufrir en carne propia nuevos martirios; a recibir incontables 
afrentas en la persona de sus pastores, de sus consagrados o de sus 
laicos; a soportar lamentables sacrilegios que profanan las cosas 
santas y, en particular, el Sacramento de la Eucaristía; a padecer 
dolorosas burlas que alcanzan a la doctrina salvadora que ella ofrece 
en el nombre del Señor. «Y, entonces, cuando contemplo la faz 
humillada de mi madre, es cuando la amo más» (HENRI DE LUBAC). 
........................
1. Cf. Gál 4,19; Ef 4,13. 
2. Cf. Ap 12,3-5. 
3. Cf. Ex 16; Os 2; Ap 12,6. 
4. Cf. Os 2,16-17.21-22. 
5. Cf. Cant 1, 5. 
6. Cf. Os 2,25. 
7. Cf. MD 30. 
8. Cf. Ap 21,9-14. 
9. Cf. Os 2,19; Is 54,4-8; 60,15; Jer 9,2; 31,32; Ez 16-17. 
10. Cf. Ef 5,27. 
11. Cf. MD 27. 
12. Cf. 1 Cor 6,15-17; 2 Cor 11,2. 
13. Cf. Ap 22,17; Ef 1,4; 5,27. 
14. Cf. Ef 5,29; CATIC 796. 
15. Cf. Os 2-3; Jer 2-3; Ez 16. 
16. Cf. Ef 5,26-27. 
17. Cf. Mt 22,2. 
18. Cf. Jn 3~29
19. Cf. Mt 9,15; 22,1-14; 25,1-13; Mc 2,19. 
20. Cf. Ef 5,32. 
21. Cf. Ap 19,7-8. 
22. Cf. Ef 5, 21-33.
23. Cf. 1 Cor 4,9-15; 2 Cor 1,5-9; 11,28; Gál 4,19. 
24. Cf. 1 Cor 11,12; 1 Tim 2,13. 
25. Cf. Ef 5,25-26. 
26. Cf. Jn 10,18. 
27. Cf. Jn 6,54. 
28. Cf. 1 Cor 15,45. 
29. Cf. 2 Tim 4,8. 
30. Cf. Ap 22, 17
31. Cf. 1 Co 1,7; Hp 3,18-20. 
32. Cf. 2 Pe 1, 16. 
33. Cf. 1 Cor 15,12. 
34. Cf. Gál 4,22-31; 2 Jn 13; Ap 12.5. 
35. Cf. Gál 4,26. 
36. Cf. Sal 87,5. 
37. Cf. LG 7.35.42; SC 7.10.14.59; OT 16.

ANTONIO TROBAJO
LAS PARÁBOLAS DE LA IGLESIA
BAC 2000. MADRID 1997

 

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La tradición de las tres caídas de Jesús y del peso de la cruz hace pensar en la caída de Adán –en nuestra condición de seres caídos– y en el misterio de la participación de Jesús en nuestra caída. Ésta adquiere en la historia for-mas siempre nuevas. En su primera carta, san Juan habla de tres obstáculos para el hombre: la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y la soberbia de la vida. Interpreta de este modo, desde la perspectiva de los vicios de su tiempo, con todos sus excesos y perversiones, la caída del hombre y de la humanidad. Pero podemos pensar también en cómo la cristiandad, en la historia reciente, como cansándose de tener fe, ha abandonado al Señor: las grandes ideologías y la superficialidad del hombre que ya no cree en nada y se deja llevar simplemente por la corriente, han creado un nuevo paganismo, un paganismo peor que, queriendo olvidar definitivamente a Dios, ha terminado por desentenderse del hombre. El hombre, pues, está sumido en la tierra. El Señor lleva este peso y cae y cae, para poder venir a nuestro encuentro; él nos mira para que despierte nuestro corazón; cae para levantarnos.

Joseph + Cardenal Ratzinger – 2005.03 Viernes Santo, Coliseo romano. Italia

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LAS PARÁBOLAS DE LA IGLESIA

 

CAPITULO X. 
Familia de Dios
Los hijos de Dios 
El Primogénito 
En torno a la Mesa

 

CAPITULO X
FAMILIA DE DIOS


Dios, que es una familia enlazada por el infinito amor trinitario, quiere compartir este amor con sus criaturas. Éstas son engendradas en el mismo amor, están llamadas a compartirlo y tienen su último destino en el disfrute eterno del calor del hogar divino, en los cielos nuevos y en la tierra nueva, donde ya no habrá más duelos ni muertes 1. 

Los humanos, en nuestro afán de libertad y de autonomía, optamos 
por alejarnos del hogar paterno de Dios. Pero El, que no puede vivir 
con el dolor de la frustración de su plan de felicidad para todos, se 
escogió un pequeño pueblo, los descendientes de Abraham —el 
hombre que nunca dejó de confiar en las promesas—, para que fueran 
sus hijos y El fuera su padre. En aquel pueblo estuvo aletargada, 
durante siglos, la voluntad de Dios, que quería reconciliar a todo el 
género humano y a todas las cosas consigo, para incorporarlas de 
nuevo a una familia irrompible 2. 

Dios es misericordioso y rico en piedad. Estos calificativos, en su 
origen etimológico hebreo, significan que es como una madre que se 
sobrecoge ante la visión de su pequeño niño caído en el suelo, que la 
lleva a abajarse para levantarlo y entrañarlo fuertemente en su 
corazón; es como la madre gestante que se enternece al sentir la vida 
del pequeñín en su seno; es como el padre que está siempre a la 
espera de que regrese el hijo que, una mañana infausta, se le fue del 
calor del hogar; es quien no permite que por más tiempo su nombre 
sea el inefable y quiere que se le llame, con balbuceo infantil, «Abbá» 
(«Papaíto») 3. 

Jesús de Nazaret es evidencia visible de la plenitud del amor que 
Dios tiene a sus hijos. Cuando llega la hora, El, imagen perfecta del 
Padre, desvela ante las naciones su voluntad de reconciliación 
universal, sin que nadie quede excluido de antemano de la pertenencia 
al hogar de Dios. 

Esta Nuera Familia es la Iglesia, la madre y virgen, que aprende, al 
lado del corazón de Cristo, el ejercicio del amor que no tiene fronteras. 


En la paternidad-maternidad de Dios está la escuela de aprendizaje 
de la Iglesia, que no tiene otra misión que calcar, en su ser entero, el 
rostro amoroso y sonriente de Dios, que tanto amó al mundo que fue 
capaz de enviar a su Hijo, nacido de mujer, para que recibiéramos la 
condición de hijos adoptivos 4. 

En la nueva familia de Dios, nadie puede quedar lejos del calor del 
afecto. Todos cuantos la componen han sido engendrados por puro 
amor y experimentan el gozo de saberlo. Todos sus miembros viven 
para saberse amados y para ser donantes del amor. 

En el seno de esta nueva familia no existe más meta que el Reino, ni 
más estado que la libertad de hijos, ni más ley que el precepto del 
amor (prefacio común VII). 

Los hijos de Dios

En este hogar a nadie se le piden credenciales de limpieza de 
origen, ya que todos han recibido nueva vida de la sangre derramada 
por el Hijo y hermano mayor, que los amó a todos tanto, que dio su 
vida por ellos 5. La ternura del Padre nos ha hecho hijos en el Hijo. 

Nada mejor, probablemente, que el himno cristológico de la Carta de 
Pablo a los de Éfeso para narrar y cantar nuestra nueva condición de 
hijos, recibida en pura gratuidad y en imprevisible sorpresa 6: 

«Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, 
que nos ha henderido en la persona de Cristo 
con toda clase de bienes espirituales y celestiales. 
Él nos eligió en la persona de Cristo 
antes de crear el mundo,
para que fuésemos santos e irreprochables ante Él por el amor. 
Él nos ha destinado en la persona de Cristo, 
por pura iniciativa suya,
a ser sus hjos,
para que la gloria de su gracia, 
que tan generosamente nos ha concedido en su querido Hijo, 
redunde en alabanza suya. 
Por este Hjo, por su sangre,
hemos recibido la redención, el perdón de los pecados.
El tesoro de su gracia, sabiduría y prudencia
ha sido un derroche para con nosotros,
dándonos a conocer el Misterio de su Voluntad».

La condición de hijos está justificada por la presencia en nosotros 
del Espíritu de Dios. Los que se dejan guiar por Él, ésos son hijos de 
Dios. El Espíritu nos hace hijos adoptivos de Dios y nos permite 
llamarle, con todas las letras, «Padre». Más aún, si somos hijos, somos 
también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo, por 
nuestra incorporación a sus misterios de muerte y de resurrección 7. 
Por la adhesión e incorporación a Cristo, como el Enviado todos somos 
hijos de Dios8. 

El misterio del mal, que no cesa de infiltrarse en los corazones, aun 
de quienes han sido incluidos, por el Bautismo, en la familia divina, a 
veces consigue alejar del hogar al hijo pequeño, que sigue tentado por 
las frivolidades de los sucedáneos terrenos. Sin embargo, el pecado de 
infidelidad y de abandono del amor del Padre no provoca la exclusión o 
el distanciamiento de la ternura paterna. Siempre, en el seno de la 
familia, habrá unos ojos afectuosos que estén atisbando el horizonte, a 
la espera de que aparezca, en la lejanía, el hijo que vuelve reducido y 
apesadumbrado. 

La bondad infinita del Padre es la causa de que la familia no se 
disgregue y de que puedan volver a reintegrarse en ella cuantos hayan 
olvidado por un tiempo que no hay más que «un día del Señor, el día 
octavo y eterno, en el que descansaremos y veremos; veremos y 
amaremos; amaremos y alabaremos. He aquí la esencia del fin sin fin. 
Y ¡qué fin más nuestro que arribar al reino que no tendrá fin!» (SAN 
AGUSTÍN). 

Conducidos por el Primogénito, los demás hijos se arraciman en 
torno al Padre, mientras saborean la nueva condición de miembros de 
una familia en la que se saben exentos de tener que pagar tributos o 
de cumplir exigencias rituales9, porque han sido recibidos 
graciosamente en ella por el amor paterno y por el amor ilimitado del 
Hijo y Hermano mayor. En aquel hogar solo existirá espacio para el 
amor y para la libertad. En él no existirá más que un principio básico de 
moralidad: «Ama y haz lo que quieras» (SAN AGUSTIN). 

El Primogénito

Con esta nueva naturaleza, conquistada por Cristo en la cruz y 
festejada en el Bautismo, entramos a formar parte del parentesco del 
Reino de Dios, que supera y purifica cualesquiera de las parentelas de 
esta tierra, por muy perfectas que éstas sean. Pocas dependencias 
propias de este mundo habrán hecho tanto daño a la vitalidad y al 
dinamismo de la Iglesia como las ataduras al parentesco terreno. 

Este tipo de servidumbre puede presentarse con diferentes 
modalidades: rendición de la voluntad a las presiones, demasiado 
humanas, del entorno familiar y social; nepotismos de diversos tipos; 
plegamientos a intenciones no suficientemente purificadas; lentitud en 
los compromisos por culpa de las ataduras de la sangre; influencias 
sutiles de afectos no sanos ni sanados; tensiones y contiendas nacidas 
de la pertenencia a diferentes apellidos; negación del amor filial y 
fraterno, porque priman los egoísmos personales o tribales. 

Jesucristo, el Primogénito del Padre, denuncia estas sujeciones 
malsanas y abunda en convencer de que, en la familia que Dios se 
preparó en su Hijo, todo pertenece absolutamente a la categoría de la 
gracia 10. 

No hay título alguno que valga, ni de la ascendencia de la sangre ni 
de la observancia de la Ley ni de las purificaciones rituales ni de los 
méritos personales, que sea justificación suficiente para la pertenencia 
a una familia que tiene por padre a quien nos cuida, en minuciosidad, 
más que a los pájaros del cielo y que a los lirios del campo 11. Cuantos 
acojan el mensaje del Evangelio son hijos de Dios 12. 

Jesucristo, el hermano mayor, al poner su mirada en los discípulos, 
enuncia las exigencias básicas y primarias del nuevo parentesco: «El 
que cumple la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ése es mi 
hermano, mi hermana y mi madre» (Mt 12,50); «Mi madre y mis 
hermanos son los que escuchan la Palabra de Dios y la ponen en 
práctica» (Lc 8,21). Quienes acogen al Hijo no son unos advenedizos 
en la familia. Han sido recibidos, por pura gracia, en el hogar del 
Padre, por medio de la reconciliación obrada por el Hijo mayor, que 
lleva al colmo el amor por sus amigos, hasta el punto de dar la vida por 
ellos. Nunca más serán esclavos, sino amigos, que participan de la 
intimidad de los vínculos familiares 13. 

En las citadas propuestas se concretan las exigencias originales y 
fundamentales de la pertenencia a la familia de Dios. Todo lo que no 
sea fidelidad a la Palabra, que es Cristo vivo y es su Evangelio 
vivificador, será una rémora en el proceso que conduce a la 
implantación progresiva del reinado de Dios. 

Por otra parte, en la familia del Señor Jesús nadie es más que nadie. 
Nadie tiene en ella más prerrogativas que las que se generan en el 
espíritu de servicio y en las distintas funciones que se le regalan. «El 
que quiera ser el mayor, que sea vuestro servidor» (Mt 23,11). 

Por eso, a ningún mortal se le deben rendir los amores y los honores 
de maestro, de padre o de jefe, porque todos son hermanos, porque 
no hay más que un padre común, el del cielo, y porque no hay más 
preceptor que el Mesías Jesús 14. 

Nuestra Iglesia, contagiada por los esquemas dominantes en las 
instituciones sociales y arrastrada por las soberbias que también 
anidan en el corazón de los fieles, se ha ido dejando deslizar, en 
ocasiones, por la pendiente que desfigura su condición de pequeña 
familia de Dios. 

Es aquí donde se han de ubicar los pecados de la conversión de los 
ministerios en autoridad, de los corporativismos cerrados y agresivos, 
del clericalismo como dominio, de la concepción de la Jerarquía como 
clan, del complejo de minoría de edad de los laicos, de los cultos a las 
personas, de las dificultades para el diálogo y para la libertad, de las 
rivalidades de diversos tipos, de las descalificaciones mutuas, de las 
relaciones fundadas más en lo funcional que en lo cordial. Estas y 
otras lacras son las culpabilidades de una Iglesia peregrina que aún se 
resiste a permitir que el Espíritu la unifique y la consolide, 
definitivamente, en nueva familia de los hijos de Dios. 

En torno a la Mesa

En la cultura semita, la familia se constituía, ante todo, cuando los 
miembros de ella se acomodaban alrededor de una misma mesa, para 
compartir la compañía y los alimentos. La fuerza de la comensalidad 
era tanta que, cuando alguien que no pertenecía por sangre a la 
familia, era invitado a sentarse con los demás, desde ese mismo 
instante pasaba a formar parte de la familia anfitriona, con todos los 
derechos y todas las obligaciones 15. 

Los planes liberadores de Dios, que quiere hacer de toda la 
humanidad una sola familia reunida en torno a su amor universal, se 
expresan a veces en la imagen de Yahveh como el señor que prepara 
un banquete de manjares suculentos y de vinos de solera para todas 
las naciones, reunidas en el monte santo de Sión 16. Nadie queda 
excluido de la pertenencia a la intimidad de Dios; Él es quien toma la 
iniciativa de aparejar el banquete y de convocar a los invitados. 

Jesucristo, el Hijo encarnado de Dios, es el mensajero que anuncia, 
con gestos y con palabras, que, en el Banquete del Reino, hay sitio 
reservado para todos. Además, denuncia que, quienes fueron los 
primeros invitados, se han hecho indignos, porque rechazan dejar sus 
cosas y se creen confirmados en una familiaridad que les nacía de los 
parentescos de esta tierra. Esta autoexclusión es paso abierto para 
que al Banquete que parecía aderezado sólo para unos pocos 
selectos, sean invitados, con preferencia, los que andan fuera del calor 
del hogar y de la mesa. No tendrán que hacer más que acogerse a la 
gratuidad de quien convoca 17. 

A hacer cercana la invitación al Banquete contribuyen unos criados 
que personifican a la Iglesia. Ella es la enviada y es, a la vez, la 
invitada. Ella es la que sale por los caminos y es la que es traída de 
todas las dispersiones y pobrezas. De este modo, se puede proceder a 
celebrar un festín en el que se hace realidad que la comida en común 
tiene, para los participantes, la fuerza de crear y de fortalecer la unidad 
de la familia, en la que nadie será considerado como invitado de 
segunda hora. 

Con el Banquete dispuesto y con los comensales acomodados, es 
tiempo oportuno para manifestar que está disfrutándose de la alegría 
fraterna; que están degustándose los dones de la vida; que está 
expresándose la vida misma; y que está poniéndose en evidencia la 
comunión total con Dios. 

En contexto cristiano, el Banquete es la mesa de la Eucaristía. Cristo 
nos habla de alimentarnos de su cuerpo y de su sangre para poder 
tener vida 18. Comiendo al lado de Cristo y haciendo de Él nuestro 
alimento, se constituye la nueva familia de los hijos de Dios. Comer del 
pan y del vino, que son el cuerpo y la sangre de Cristo, es pasar a la 
intimidad más perfecta, que es participación en la misma vida divina. 

Por esta comida y por esta bebida, se produce la comunión plena 
con Cristo, muerto y resucitado 19, y con su cuerpo que es la Iglesia, 
terrestre y celeste. En la celebración de la Eucaritía, se obra la total 
comunión con el cuerpo místico, que son los demás hermanos en la fe 
y compañeros de Banquete: «Si el pan es uno solo y todos 
participamos de ese único pan, todos formamos un solo cuerpo» (1 Cor 
10,17). 

Celebrar la Eucaristía sobre la superficie terrestre es incorporarnos a 
la comunión universal y poder disfrutar de sus gozos. Además, 
tomando parte viva en ella, percibimos misteriosamente la presencia de 
la Iglesia celeste: «Al celebrar el sacrificio eucarístico, nos unimos de la 
manera más perfecta al culto de la Iglesia del cielo» (LG 50). 

EU/A-H/CRISOSTOMO:En esta nueva familia deben tener un lugar 
relevante los pobres, que son sacramento de Cristo 20. Jamás se 
podrá separar la comunión familiar con Cristo de la cercanía afectiva y 
efectiva a los pobres: «Has gustado la sangre del Señor y no 
reconoces a tu hermano: deshonras esta mesa, juzgando indigno de 
compartir tu alimento al que ha sido juzgado digno de participar en esta 
mesa» (SAN JUAN CRISÓSTOMO). 

La Iglesia, consciente de que ha sido acogida en la familia de Dios, 
sabe que su misión en esta tierra es contribuir, con todas sus 
energías, a que todos los seres humanos, en comunión con las cosas, 
puedan pasar a participar del Banquete que Dios ha preparado. 

Este lo celebramos aquí con la presencia velada del Señor, pero es 
una prenda de la gloria que tendremos junto a Él en el Convite de los 
cielos nuevos, cuando el Padre entrañe definitivamente a su familia, 
redimida por la sangre del Hijo primogénito. 

Mientras tanto, la Iglesia, pequeña familia de Dios, está segura de 
que avanza, en el tiempo, a lo largo del peregrinaje en esta vida, 
sostenida y alimentada en la Mesa de la Palabra y de la Eucaristía. 
........................
1. Cf. Ap 21,1-5.
2. Cf. Ef 2,19.
3. Cf. Rom 8,15; Gál 4,6. 
4. Cf. Jn 3,16; Gál 4,4-5. 
5. Cf. Jn 13,1; 15,13. 
6. Cf. Ef 1,3-8. 
7. Cf. Rom 8,14ss; Gál 4,7; Tit 3,7.
8. Cf. Gál 3,26. 
9. Cf. Mt 17,26. 
10. Cf. Rm 8,14-15.23; 9,4; 15,3, Gál 4,5-7, Ef 1,5. 
11. Cf. Mt 6,25ss; Lc 12,22ss. 
12. Cf. Jn 1,12. 
13. Cf. Jn 15,13-16. 
14. Cf. Mt 23,9-10. 
15. Cf. Dt 12,7; 2 Sam 9,7; 2 Re 25,29.
16. Cf. Is 25,6. 
17. Cf. Mt 22,1ss. 
18. Cf. Jn 6,53. 
19. Cf. 1 Cor 10,16. 
20. Cf. Mt 25,40.

ANTONIO TROBAJO- LAS PARÁBOLAS DE LA IGLESIA
BAC 2000. MADRID 1997

 

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Oír a Jesús cuando exhorta a las mujeres de Jerusalén que lo siguen y lloran por él, nos hace reflexionar. ¿Cómo entenderlo? ¿Se tratará quizás de una advertencia ante una piedad puramente sentimental, que no llega a ser conversión y fe vivida? De nada sirve compadecer con palabras y sentimientos los sufrimientos de este mundo, si nuestra vida continúa como siempre. Por esto el Señor nos advierte del riesgo que corremos nosotros mismos. Nos muestra la gravedad del pecado y la seriedad del juicio. No obstante todas nuestras palabras de preocupación por el mal y los sufrimientos de los inocentes, ¿no estamos tal vez demasiado inclinados a dar escasa importancia al misterio del mal? En la imagen de Dios y de Jesús al final de los tiempos, ¿no vemos quizás únicamente el aspecto dulce y amoroso, mientras descuidamos tranquilamente el aspecto del juicio? ¿Cómo podrá Dios –pensamos– hacer de nuestra debilidad un drama? ¡Somos solamente hombres! Pero ante los sufrimientos del Hijo vemos toda la gravedad del pecado y cómo debe ser expiado del todo para poder superarlo. No se puede seguir quitando importancia al mal contemplando la imagen del Señor que sufre. También él nos dice: «No lloréis por mí; llorad más bien por vosotros... porque si así tratan al leño verde, ¿qué pasará con el seco?»
Joseph + Cardenal Ratzinger – 2005.03 Viernes Santo, Coliseo romano. Italia

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LAS PARÁBOLAS DE LA IGLESIA


CAPITULO XI. 
Pequeña criada 
Grano de mostaza 
Sal de la tierra 
Luz del mundo 
La red barredera 

 

CAPÍTULO XI
PEQUEÑA CRIADA


La Iglesia es asociada a la misión de Cristo, que invita a la conversión del corazón, porque el Reino de Dios está llegando. En las manos, frágiles y mortales, de los discípulos deja Jesucristo la tarea de extender el Reino mediante la predicación y el testimonio, que deben ser interpelantes y atractivos para los seres humanos de cada época. Nada puede la Iglesia por sí misma. Todo le viene de Cristo: la misión, la tarea, la fuerza. «Sin Mí nada podéis hacer» (Jn 15,5). 

A Él y a los fines para los que es enviado por el Padre, debe servir. 
Ella es una pequeña criada del Reino: «Siervo de Dios es el Pueblo de Dios, es la Iglesia de Dios» (SAN AGUSTÍN). 

A esta nueva condición llega la Iglesia desde la esclavitud a los 
ídolos. Cuando sus miembros vivíamos en la paganía, servíamos a las 
criaturas en lugar de al Creador y nos dejábamos arrastrar por los 
ídolos mudos que, en realidad, nada tienen de dioses 1. Abandonamos 
los diosecillos de barro, para servir al Dios vivo y verdadero 2, a quien 
nos sometemos, de forma exclusiva, con la obediencia de la fe y a 
quien prestamos el servicio de la fidelidad 3. 

La Iglesia pasa del cautiverio al servicio. De la esclavitud, previamente impuesta por la tirania de los falsos dioses, de la subordinación a las normas y de la servidumbre al pecado, es conducida al ejercicio del libre servicio a Dios, bajo su dominio paternal. Los fieles cristianos cumplen de corazón la voluntad del Padre; obran como hombres libres; son, a la vez, siervos de Dios y señores de todas las cosas 4. La paradoja es posible gracias a la 
acción del Espíritu, que es el verdadero Señor y que consigue que, 
donde se hace presente su actividad, no haya más que libertad 5. 

La nueva condición de la Iglesia permite entender mejor su 
naturaleza de sacramento de Cristo, que es tanto como llamarla 
instrumento de su misión. Por eso, a ella se le pueden aplicar —con 
rigor exacto en algunos casos; con una cierta libertad en otros— 
diversas imágenes que aparecen en los Evangelios puestas en boca 
de Jesucristo. Algunas de ellas están dichas teniendo como 
destinatarios directos a los mismos discípulos; otras se refieren al 
Reino de Dios, del cual la misma Iglesia es pequeño embrión y sierva 
inútil. 

Grano de mostaza

«Sucede con el Reino lo que con un grano de mostaza. Cuando se 
siembra en la tierra es la más pequeña de todas las semillas» 
(/Mc/04/30). Con esta parábola se explicita la nueva aritmética del 
Reino. Nada es lo que parece. Todas las evidencias de los juicios 
terrenos pueden estar sujetas a error de apreciación. Los planes de 
Dios pueden, y deben, ser un perfecto contrasentido, sorprendente y 
absurdo, si los juzgamos con criterios humanos. Sucede que, cuando 
Dios se mete en las especulaciones y en los proyectos humanos, todo 
queda pequeño y todo se ve desbordado por su longanimidad. Cuando 
los mortales ponemos en El nuestra confianza, aunque sea en un 
microscópico grado, lo imposible se hace más que realizable 6. 

La constitución de la Iglesia y el ejercicio de su misión participan de 
esta matemática divina. Sólo lo que el mundo considera necio, débil, vil, 
despreciable, insignificante, lo que no cuenta, es lo que Dios elige para 
llevar a cabo sus planes magníficos 7. La acción divina consagra el 
valor de lo diminuto, para que «nadie pueda presumir delante de Dios» 
(1 Cor 1,29) y, en caso de tener que hacerlo, que sea en las propias 
flaquezas 8. 

El más perfecto paradigma de esta contabilidad a lo divino es la 
encarnación del Hijo de Dios. «Él, siendo de condición divina, no 
consideró como pieza codiciable el ser igual a Dios. Al contrario, se 
despojó de su grandeza, tomó la condición de esclavo y se hizo 
semejante a los hombres. Y, en su condición de hombre, se humilló a sí 
mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz» 
(Flp 2,6-8). 

La Iglesia, al prorrogar en el tiempo la misma misión de Cristo, no puede menos de tener siempre presente el modo de ser y de actuar de Él. La Iglesia ha de ver en el Señor, Encarnado, Muerto y Resucitado, el vaciado de una escultura en el que ella debe derramar su energía entera para permitir que se obre la total identificación con El. 

La parábola del grano de mostaza conduce a la Iglesia a tener siempre presente que ella, semilla diminuta, ni ha conseguido, con sus artes terrenas, dar identidad a su ser ni puede lograr que, contra toda lógica, su nimiedad progrese hacia la relevancia pública. Sólo es la potencia del Esíritu de Dios la que quiere crear de la nada a la comunidad de discípulos y la que le concede la capacidad del crecimiento 9. 

La obra evangelizadora de la Iglesia es la obra evangelizadora del 
Dios que hizo descender su aliento sobre Jesús de Nazaret, para que 
se lanzara a anunciar la buena noticia a los pobres y el Año de Gracia 
del Señor a todos 10. Por eso, la Iglesia, pequeña criada del Reino, 
insignificante simiente de mostaza, jamás deberá olvidar que nada será 
posible sin una absoluta confianza en Dios, que es quien hace brotar 
vergeles en la estepa 11. 

El protagonismo divino lleva a la Iglesia a sanarse de todos los 
deslices de soberbia en que ha podido caer. Estos pecados se han 
cometido cuando la Iglesia ha buscado ser fuerte y numerosa, aunque 
lo haya pretendido para conseguir, con más rapidez y calidad, la 
evangelización del mundo; cuando se ha fiado en exceso del poderío 
de sus teólogos, de sus pastores o de sus ejércitos; cuando ha medido 
la validez de la misión por el éxito de sus maniobras terrenas; cuando 
se ha dejado encumbrar por los poderosos de esta tierra; cuando ha 
perdido la lucidez, deslumbrada por los juegos de las estadísticas; 
cuando ha aspirado a imponer unas soluciones que no respetaban la 
autonomía que le corresponde al orden temporal; cuando ha olvidado 
que vale más amar que tener razón. 

La asistencia divina es la que permite al grano de mostaza crecer y 
crecer, hasta poder dar cobijo a los nidos de algunas aves. Esta ayuda 
nunca se alejará de la pequeña semilla, aunque dé la impresión de que 
el crecimiento se detiene o, aún más, de que lo que ocurre es la 
disminución. 

La Iglesia jamás podrá hundirse en el pecado del desánimo y de la 
desesperanza. Habrá momentos en la historia en que todo parecerá 
derrumbarse en el seno de la Iglesia o en que dominará la impresión 
de que en nada se avanza hacia los objetivos de la expansión del 
Reino. Será sólo un espejismo. 

Los criterios eclesiales que llegan a admitir como indiscutibles estas 
conclusiones, padecen la miopía de quien no es capaz de equiparse 
con el suplemento de los ojos de Dios, que sigue escribiendo derecho 
con unos renglones que sólo al obtuso le parecen torcidos. 

La planta de la mostaza llega a crecer hasta conseguir que sus 
ramas, increíbles si pensamos en su origen, sean útiles a los pájaros 
que pretenden cobijarse y anidar a su sombra. Así es el Reino; así es 
la Iglesia. 

El mundo entero, de diferentes modos, peregrina en búsqueda de la 
bondad, de la verdad y de la belleza. En ocasiones, este rastreo 
conducirá a errores lamentables; por el contrario, otras veces, sus 
investigaciones, en las que se han sembrado «semillas del Verbo» 12, 
llevarán a un mejor conocimiento de Dios, de las cosas y del mismo 
hombre. 

Ante estas evidencias, la Iglesia, por una parte, deberá estar siempre 
disponible, para ayudar, al ser humano y a las culturas que éste 
genera, a que puedan encontrar, con facilidad y sin yerros, los caminos 
de Dios. Nadie de buena voluntad, cuando camina en busca de la 
verdad, debe quedar lejos de las ayudas de la comunidad de 
discípulos del Señor. 

Por otra, deberá huir de pensar que todo lo que no coincide con sus 
planteamientos nace de la voluntad de odios y de persecuciones. Los 
encastillamientos de la Iglesia y las condenas radicales de las 
disidencias serán un pecado contra la voluntad divina, que pretende 
hacer llegar la salvación, una y otra vez, a todos los hombres y a todas 
las culturas.

 

 

Sal de la tierra - El evangelista Mateo coloca esta imagen de la sal, que se dedica a los discípulos, dentro del texto del Sermón de la Montaña, catecismo elemental de vida cristiana. «Vosotros sois la sal de la tierra» 
(/Mt/05/13), dijo Jesucristo a la Iglesia naciente.

En la alimentación, la sal pone la gracia del sabor en los alimentos; 
es la que sazona las viandas. Pablo aconseja a los de Colosas que su 
diálogo sea siempre amable y ameno, como sazonado con sal 13. Es 
un primer significado de la comparación: la Iglesia se encarna en esta 
tierra con vocación de ser portadora de la gracia increada, para 
introducir, en un mundo desgraciado, la alegría y el donaire del Espíritu 
de Dios.

La Resurrección del Señor es la gracia consumada y es el motivo, 
primero y básico, de la alegría esperanzada del mundo. La Iglesia tiene 
en sus manos el compromiso de ser la pregonera de este 
acontecimiento originante de la fe, que inunda al mundo del gozo de 
vivir y de compartir. Así lo hace en la gran Vigilia Pascual: «Esta noche 
santa ahuyenta los pecados, lava las culpas, devuelve la inocencia a 
los caídos, la alegría a los tristes, expulsa el odio, trae la concordia, 
doblega a los poderosos» (Pregón Pascual).

En más ocasiones de las debidas, la Iglesia ha hurtado su presencia 
en medio de las alegrías humanas, o no ha sabido poner su pizca de 
gracia en los sinsabores terrenos, o no ha querido adobar, con la sal 
prestada por Dios, las sabrosas viandas que los hombres han 
preparado al margen de la actividad eclesial. 

La sal sirve, también, para conservar en buen estado los alimentos, 
por lo que era muy apreciada en las culturas anteriores a los adelantos 
de la técnica. El evangelista pone en boca de Cristo esta frase, 
añadida a la invitación de ser sal: «Tened sal entre vosotros y convivid 
en paz» (/Mc/09/50). La paz, como resumen de todos los dones que 
Dios promete a la raza humana, se relaciona aquí con la convivencia 
fraterna y con el tono alto, esperanzado y gratificante, de las relaciones 
mutuas. La Iglesia aparece, así, como el elemento que, inserto en el 
mundo, contribuye a lubricar de satisfacción todo el tejido social y a 
preservarlo de los riesgos de deshumanización. 

La retirada de la Iglesia de los espacios sociales y culturales, por 
cobardía o por menosprecio, por falso espiritualismo o por complejo de 
inutilidad, por equivocada huida de la corrupción ambiental o por 
replegamiento sobre su propio ámbito, es tanto como condenar al 
mundo al desabrimiento y a la desesperación. Una Iglesia 
ensimismada, apartada del mundo, es una Iglesia que no ha entendido 
el compromiso que emana del misterio de la Encarnación de Cristo y la 
hondura de su abajamiento. 

El uso de la sal comporta, en otro sentido, el riesgo de pasarse en su 
uso, al no acertar con el empleo de la medida justa. Si así fuera, hasta 
los campos fértiles se volverán desiertos estériles 14. La Iglesia, que es 
regalo de Dios para esta tierra, carga sobre sí con el compromiso de 
fertilizar los eriales. Jamás podrá atreverse a reducir a aridez los surcos 
en los que Cristo ha sembrado su semilla de Reino. 

La presencia eclesial en medio de las realidades temporales debe 
estar moderada, a la vez, por la prudencia y por el entusiasmo. De 
ambas virtudes han de brotar el acierto, que respeta la autonomía de 
lo secular, y la audacia, que denuncia lo imperfecto, purifica lo 
mediocre y alienta lo bueno. 

Por exceso, se deteriora su condición cuando pretende erigirse en 
directora tiránica de conciencias y de proyectos; cuando no contribuye 
a educar para la libertad y para la responsabilidad; cuando, a cambio de unos privilegios perecederos, se entrega a apoyar iniciativas de los 
poderosos claramente incompatibles con el Evangelio; cuando, dirigida 
por el temor a perder sus posiciones, descalifica ideas y 
planteamientos que, en algún grado, pueden ayudar a humanizar la 
vida. 

Pero también peca la Iglesia, en este caso por defecto, cuando no 
sabe sintonizar con las preocupaciones humanas para poner en ellas 
el sabor del Evangelio; cuando abandona o no se acerca a algunos 
sectores de la población por razón de las dificultades que comporta su 
evangelización; cuando se refugia en el silencio sobre lo esencial por 
evitar complicaciones o huidas; cuando escatima su palabra y su 
testimonio, acomodada a la ley de mínimos pastorales; cuando disuelve 
el sabor del Evangelio en la mediocridad moral de sus miembros; 
cuando no gasta sus acopios en llevar el bálsamo del consuelo y de las 
ganas de vivir a todos los que sufren en esta tierra desabrida.

 

 

Luz del mundo

En el mismo contexto de la imagen anterior aparece la alusión a la 
condición de luz del mundo que han de tener los discípulos: «Vosotros 
sois la luz del mundo» (/Mt/05/14) 15. 

Es evidente que la Iglesia no es, con propiedad, la luz. Su claridad le 
viene de la participación en la única luminaria que es el mismo Dios, 
que deja abajar su resplandor sobre el reino de los hombres 16. 

Del seno de la Trinidad se desprende el Verbo. El, encarnado, es la 
luz que viene a este mundo y quien es presentado a los pueblos para 
iluminar a las naciones y ser gloria del pueblo de Israel 17. Cristo es el 
lucero matinal, que en la noche del Sábado Santo brilla sereno para el 
linaje humano. De su fuego nuevo recibe la luz el cirio de la Pascua, 
que es símbolo de su Resurrección y es préstamo que se hace a la 
Iglesia: «Señor, que este cirio, consagrado a tu nombre, arda sin 
apagarse, para destruir la oscuridad de esta noche y, como ofrenda 
agradable, se asocie a las lumbreras del cielo» (Pregón Pasenal). 

Así como Cristo es el reflejo de la gloria del Padre 18, de modo 
analógico la Iglesia es luz prestada por Cristo; nosotros reflejamos, 
como en un espejo, la gloria de Dios 19. La presencia del Verbo en la 
historia es iluminación para quienes peregrinan. Éstos la han de 
acoger con fe, a fin de no ser sorprendidos por las tinieblas; quienes 
creen en Cristo serán, verdaderamente, hijos de la luz 20. Nosotros, 
poseídos por la luz de Cristo desde el Bautismo, somos hijos de la luz y 
hemos de actuar como tales, obligados a brillar como antorchas en el 
mundo, a caminar en su luz 21. 

Las tinieblas, fuerza contraria a la luz, son, en la literatura bíblica, el 
símbolo del mal, de la injusticia y de la muerte 22. Significan, también, 
el estado de pobreza moral en que vive quien carece de generosidad, 
de solidaridad y de amor 23, o quien se ha hundido en el sentimiento 
de fracaso rotundo de su existencia 24. 

La Iglesia, que enciende su luz en el cirio pascual, utilizado en la 
Liturgia bautismal, que es Cristo Resucitado, tiene la misión de hacer 
presente la fuerza de su llama en medio de las tinieblas del pecado y 
de la frustración de este mundo. 

Con ella se ahuyenta la desesperanza, se purifican los corazones, se 
calientan las frialdades, se identifican los perfiles de las cosas, se llena 
todo del resplandor del gozo, se contribuye a hacer posible el disfrute 
de la vida y se lleva a cabo la destrucción de la mentira y del error, que 
son muerte y fracaso. 

Ser luz obliga a los discípulos a responder al regalo que les ha sido 
dado por la luz imperecedera: «Empiece así a brillar vuestra luz ante 
los hombres. Que vean el bien que hacéis y glorifiquen a vuestro Padre 
del cielo» (/Mt/05/16). 

Lamentable y vergonzoso es tener que oír acusaciones como ésta: 
«Vosotros, que tenéis la luz, ¿qué habéis hecho con ella?». En efecto, 
no siempre, en el correr del tiempo, los discípulos de Cristo hemos 
sido, con nuestras palabras y con nuestros comportamientos, 
transparencia de la luz divina. No siempre hemos aproximado la luz a 
espacios entenebrecidos por el pecado, por la tristeza o por los 
desatinos. No siempre hemos conseguido, por nuestra falta de 
sinceridad y de limpieza de intenciones, remitir a los hombres a que 
glorifiquen a Dios. 

Todavía más. «No se enciende una lámpara para taparla con una 
vasija de barro; sino que se pone sobre el candelero, para que 
alumbre a todos los que están en la casa» (Mt 5,15). La Iglesia no está 
destinada a ocultarse; no es una comunidad sectaria, refugiada en 
ámbitos subterráneos; no acoge la luz para que la disfrute un pequeño 
grupo de iniciados. 

La Iglesia que se recogía en las catacumbas no era una comunidad 
que abjuraba del mundo y se aislaba de él. Quienes, en la noche del 
sábado, se recluían en espacios seguros, para poder unirse en 
fraterna oración y alimentarse con la Palabra y con el Pan eucarístico, 
eran los mismos que madrugaban a encarnarse en las instituciones y 
en los ambientes sociales, necesitados de purificación, de claridad y de 
norte. 

La Iglesia de hoy debe ser una comunidad que se retira a celebrar, 
en gozo y con tranquilidad, los misterios de la vida, pero que, a 
continuación, se echa a los caminos del mundo para llevar y repartir la 
luz que allí, en el silencio de la oración y de la contemplación en 
fraternidad, ha revisado y realimentado. 

La lámpara es para colocarse en un candelero, pero su razón de ser 
no se cumple y remata con ocupar ese lugar. Si ha de instalarse en un 
sitio destacado, es porque ha de servir a la función de iluminar a los 
circunstantes. 

La Iglesia no existe para ocupar espacios de preeminencia, para 
«estar en el candelero» de la actualidad o de la necesidad. Su función 
no es de relumbrón. La luz cumple mejor su oficio cuanto más 
desapercibida es su presencia, porque es cierto que «todos acuden a 
la luz, sin importarles la lámpara» (SAN VICENTE FERRER). 

Los miembros de la Iglesia, que debemos estar en todos los ocios y 
negocios humanos, no podemos pretender, sin embargo, ser los 
protagonistas del gran teatro del mundo. La Iglesia se asemeja a Juan 
Bautista, que no era la luz, sino que vino a dar testimonio de la luz 25. 
El primer papel de la evangelización corresponde al Espiritu Santo, que 
es quien guía la misión y hace misionera a toda la Iglesia 26. En otro 
sentido, protagonistas son también, de algún modo, los destinatarios 
de la evangelización, a los que Dios ofrece la posibilidad de 
beneficiarse de la luz. 

La Iglesia, como la nueva Jerusalén puesta en lo alto de un monte 
27, no necesitará ya, para aportar la luz a las oscuridades del mundo, 
la acción de ningún intermediario: Dios mismo y Cristo Resucitado son, 
en persona, la luz indefectible 25. Por eLo, la Iglesia, como ciudad 
celestial ubicada en los altos del cosmos, no puede hurtarse a la 
mirada de todos. Está para que todos tengan un punto de referencia 
en el camino y está para que todos sepan que, en su interior, tienen un 
lugar en el que se disfruta el clima de la paz y se respira el oxígeno de 
la fraternidad. 

La parábola de las jóvenes que esperan al novio, previsoras y 
descuidadas, añade nuevos matices a esta imagen 29. En la noche en 
que aguardan la llegada del prometido, las muchachas, con las que se 
pueden identificar los discípulos, están desafiadas a vivir en vigilancia y 
en disponibilidad. 

La Iglesia sabe que ha de estar preparada para cuando el Señor 
llegue; por eso, ha de tener la previsión de equiparse debidamente con 
las armas de la luz 30 y de tener a punto su esperanza activa, aunque 
la tardanza del Novio pueda adormecerla indebidamente. 

Los signos de los tiempos, como avisos de la proximidad del Señor, 
la sacarán de su letargo, la impulsarán a avivar el fuego del amor 
entumecido y le permitirán pasar al regocijo que se le otorga a quien se 
ha esforzado por estar en la actitud del centinela y en la predisposición 
del criado.

 

 

La red barredera

La Iglesia de Cristo tiene su arquetipo perfecto en el Reino de Dios. 
A la identidad del reinado de los cielos debe buscar parecerse esta 
Iglesia terrena, aunque sea «el Reino que aún peregrina y está 
crucificado» (CHARLES JOURNET). 

Es verdad que este parecido, mientras dura la peregrinación, lo será 
sólo en una medida imperfecta y provisional. Pero, de algún modo, la 
Iglesia anticipa, aquí y ahora, en un ya previo, lo que habrá de ser la 
plenitud de los planes de Dios. La Iglesia vivirá, a la vez, en tensión y 
en certidumbre, agitándose entre un «ya» creciente y un «todavía no» 
menguante. 
Por ello, es legítimo aplicar también a la Iglesia la breve parábola de 
la red barredera 31. Ya hemos contemplado cómo la pesca de la 
evangelización sólo puede hacerse en nombre del Señor. Nuestras 
faenas humanas están, si se fian de sí mismas, condenadas al fracaso 
y a la frustración; pero con la fuerza del Señor será posible romper la 
lógica de lo que parecen determinantes naturales 32. 

Sin embargo, Dios quiere ayudarse, en esta tarea de la pesca 
evangélica, de las manos humanas, de las artes de los pescadores de 
hombres. Sin ellas, la voluntad salvadora de Dios quedará reducida en 
sus capacidades, no por la importancia y por la calidad de los 
instrumentos humanos de que se quiere Él servir, sino porque Él mismo 
ha supeditado la extensión de su Reino a la cooperación de unos 
humildes pescadores. 

Negarle a Dios nuestra humilde aportación es tanto como poner 
freno a la acción salvadora que redime a los seres humanos de su 
condición pecadora y limitada. 

El ejercicio de la pesca tiene sus gozos y sus fracasos, como los 
tiene la obra evangelizadora de la Iglesia. Habrá ocasiones y tiempos 
en los que parezca absolutamente inútil el faenar en la alta mar de la 
incidencia; existirán momentos de escasos frutos, por mucho que se 
esmeren los pescadores; aparecerán etapas de hondo malestar en la 
dotación del barco eclesial cuando se proceda a evaluar los escasos 
resultados de la faena de arrastre. 

Sin embargo, estas frustraciones no podrán adueñarse del alma de 
los discípulos, porque la escasez de algunas redadas no será más que 
la víspera de satisfacciones que nadie podrá arrebatar. El Señor será 
el que dirija la mano y la maestría de quien echa la red en su nombre. 
Su Palabra hará el milagro de dar éxito a quienes ya sólo esperaban 
una amargura más en la faena de la penúltima hora. 

En otro sentido, la red arrojada al mar consigue un copo de toda 
clase de peces. Todos, de cualquier medida y de cualquier especie, 
tienen en la red de la Iglesia su lugar de acogida. Nadie está excluido, 
por principio, de poder pertenecer a la comunidad de discipulos del 
Señor; a nadie se le exigen, de antemano, méritos especiales ni títulos 
que lo avalen. Su incorporación a la Iglesia solamente depende de que, 
armados de buena voluntad, estén abiertos a la búsqueda de la verdad 
y se dejen seducir, cuando la gracia creada los inunde, por la fe en el 
Señor, representada en la red. 

La Iglesia no es quien para realizar las preselecciones y los 
descartes de nadie; todos los seres humanos tienen la posibilidad de 
disponerse a hacer el obsequio de su persona a la voluntad de Cristo. 

No es la Iglesia un grupo de predestinados, de selectos, de 
perfectos. Es sólo el pescador asalariado y humilde que, desde el 
barco oxidado de su singladura terrena, arroja la red, una y otra vez, al 
mar, con trabajo incansable. 

La red eclesial ni puede ni quiere establecer diferencias entre 
quienes se acercan a ella con la esperanza de encontrar, en ella y por 
ella, el sentido de su vida y la liberación de Dios. 

La selección última, si atendemos a la parábola, la realizarán los 
ángeles de Dios cuando este mundo pierda su apariencia 33. Hasta 
aquel momento, cuando el Señor vuelva a rendir cuentas con sus 
aparceros y con los criados a los que dejó sus recursos para negociar 
34, la Iglesia deberá abstenerse de condenar al abandono o al 
desprecio a quienes no parecen dar la medida exigible. Habrá de huir 
de la emisión de juicios inapelables acerca de la dignidad de las 
personas. Evitará proceder a enunciar maldiciones definitivas sobre 
quienes aún van haciendo camino. Estas sentencias judiciales sólo 
pertenecen a la misericordia de Dios. 

Es Cristo quien, desde la sombra, sigue dirigiendo rumbos y 
redadas. La Iglesia, barca humilde, pescador delegado, red barredera, 
no tiene más encomienda que navegar mar adentro y poner en acción, 
con paciencia y con reiteración, las artes de pesca aprendidas en la 
escuela del mejor Patrón. 

Lo suyo es echar las redes, de conformidad con las orientaciones del 
Maestro, primer evangelizador, con toda la destreza que se quiera, 
repitiendo y repitiendo la faena, a tiempo y a destiempo -como le pedía 
Pablo a Timoteo 35-, y, ante todo, con la infinita esperanza de que sea 
Dios mismo quien haga que la pesca sea abundante, cuando así figure 
en sus providenciales designios. 
........................
1. Cf. Rom 1,25; 1 Cor 12,2; Gál 4,8. 
2. Cf. 1 Tes 1,9. 
3. Cf. Mt 6,24, Rom 1,5; 1 Co 8,6; Flp 2,17.
4. Cf. Ef 6,6; 1 Cor 3,21-22; 1 Pe 2,16. 
5. Cf. 2 Cor 3,17. 
6. Cf. Mt 17,20; Lc 17,6. 
7. Cf. 1 Cor 1,26-28. 
8. Cf. 2 Cor 11,30; 12,5. 
9 Cf Hech 1,8; 10,44; 16,16-17; 1 Cor 12,7; Ef 4,3-4; Flp 2,1. 
10. Cf. Lc 4, 18ss.
11. Cf. Is 29,17; 35,1-10. 
12. Cf. GS 10-11.92-93; AG 3.11.15. 
13. Cf. Col 4,6.
14. Cf. Sal 107,34. 
15. Cf. Ef 5,8; 2 Pe 1,19. 
16. Cf. Is 9; Sal 4,7; 104,2
17. Cf. Lc 2,31-32; Jn 1,9; 8,12. 
18. Cf. 2 Cor 4,4; Col 1,15; Heb 1,3. 
19. Cf. 2 Cor 3,18. 
20. Cf. Jn 12, 35-36. 
21. Cf. Ef 5,8; Flp 2,15; 1 Tes 5,5; 1 Jn 1,7.
22. Cf. Is 9,1; 42,6; 49,9; 59,9; Mt 4,16, Lc 1,79. 
23. Cf. Mt 6,23. 
24. Cf. Mt 8,12; 22,13. 
25. Cf. Jn 1,6-8; 5,35.
26. Cf. LG 4; RM 21-27; TMA 45b.
27. Cf. Ap 21, 23-24. 
28. Cf. Ap 21,23. 
29. Cf. Mt 25,1-13. 
30. Cf. Rom 13,12. 
31. Cf. Mt 13,47-50. 
32. Cf. Lc 5,5. 
33. Cf. Mt 13,24 30.36-43.49. 
34. Cf. Mt 25,15ss y par; Mc 12,1ss y par.
35. Cf. 1 Tim 4,16; 2 Tim 4,2.

ANTONIO TROBAJO
LAS PARÁBOLAS DE LA IGLESIA - BAC 2000. MADRID 1997

 

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¿Qué puede decirnos la tercera caída de Jesús bajo el peso de la cruz? Quizás nos hace pensar en la caída de los hombres, en que muchos se alejan de Cristo, en la tendencia a un secularismo sin Dios. Pero, ¿no deberíamos pensar también en lo que debe sufrir Cristo en su propia Iglesia? En cuántas veces se abusa del sacramento de su presencia, y en el vacío y maldad de corazón donde entra a menudo. ¡Cuántas veces celebramos sólo nosotros sin darnos cuenta de él! ¡Cuántas veces se deforma y se abusa de su Palabra! ¡Qué poca fe hay en muchas teorías, cuántas palabras vacías! ¡Cuánta suciedad en la Iglesia y entre los que, por su sacerdocio, deberían estar completamente entregados a él! ¡Cuánta soberbia, cuánta autosuficiencia! ¡Qué poco respetamos el sacramento de la Reconciliación, en el cual él nos espera para levantarnos de nuestras caídas! También esto está presente en su pasión. La traición de los discípulos, la recepción indigna de su Cuerpo y de su Sangre, es ciertamente el mayor dolor del Redentor, el que le traspasa el corazón. No nos queda más que gritarle desde lo profundo del alma: Kyrie, eleison – Señor, sálvanos (cf Mt 8,25).
Joseph + Cardenal Ratzinger – 2005.03 Viernes Santo, Coliseo romano. Italia

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LAS PARÁBOLAS DE LA IGLESIA

 

CAPITULO XII
Cuerpo de Cristo
La cabeza 
Los miembros 
La mano larga de Cristo
Cuerpo glorificado 

 

CAPÍTULO XII

CUERPO DE CRISTO


«Todo lo ha puesto Dios bajo los pies de Cristo, constituyéndolo 
cabeza suprema de la Iglesia, que es su cuerpo, y, por lo mismo, 
plenitud del que llena totalmente el universo» (Ef 1,22-23). Esta imagen 
de la Iglesia como cuerpo de Cristo, ampliamente formulada en los 
escritos paulinos, ha sido la más divulgada en los decenios anteriores 
al Concilio Vaticano II. A ella dedica un amplio número la Constitución 
Lumen gentium y sobre ella se volvió en la Asamblea Extraordinaria del 
Sínodo de los Obispos en 1985. 

Esta metáfora, más que símil, se inscribe ineludiblemente en la 
condición de la Iglesia como Misterio: «Por la comunicación de su 
Espíritu a sus hermanos, reunidos de todos los pueblos, Cristo los 
constituye místicamente en su cuerpo» (LG 7). Por ello, esta imagen ha 
de verse como complementaria de otros conceptos —en particular del 
de la Iglesia como Pueblo de Dios—que, aislados, pueden conducir a 
reducir o a descolorar el verdadero sentido de la Asamblea convocada, 
que es la Iglesia. 

Con esta expresión del cuerpo se consigue iluminar, de forma clara, 
la relación íntima entre Jesucristo y la Iglesia. Ésta no solamente se 
reúne en torno a Él, sino que es entrañada en una misteriosa unidad 
con Él y con los demás miembros. De este modo, se destaca, por un 
lado, la comunión y, por otro, la pluriformidad. 

Con este fundamento, se ponen de relieve otros aspectos que 
integran la misteriosa realidad de la Iglesia: la unidad de todos los 
miembros entre sí, por su unión con Cristo; la esencia de Cristo como 
Cabeza del Cuerpo; la inserción de la Iglesia en la intimidad de Cristo 
1. En efecto, «la Iglesia es una comunión en la fe y en la caridad, y no 
una sociedad anónima de accionistas» (D. M. CHENU). 

La comunión eclesial encuentra una forma relevante de expresarse 
en esta figura de significación del cuerpo, tanto por lo que se refiere a 
la unión con la cabeza como por lo que hace a la trabazón de los 
miembros entre sí. «El Cuerpo místico significa algo inmensamente más 
trabado y compacto que un cuerpo moral, algo mucho más sólido que 
cualquier grupo humano. Se parece a éste en cuanto que sus 
miembros gozan de una personalidad propia, pero lo supera sin 
tasa—y coincide así con el cuerpo físico—en cuanto que tienen tales 
miembros verdadera comunión vital entre sí y con la cabeza» (José MARIA CABODEVILLA). 
El Cristo místico es uno solo. Su muerte y su resurrección son la 
última y eficaz iniciativa de Dios Padre para acogernos en su amor sin 
diferencia alguna; para constituirnos en signo del disfrute de la paz y 
de la unión; y para enviarnos a desempeñar la función del imán, que 
invita a pertenecer a la comunidad fraterna. Todo cuanto atente, de 
alguna manera, contra la unidad de ese cuerpo, no dimana del Señor. 


Pero, además, por muchas que sean las divisiones y los 
rompimientos temporales de la unidad, nada podrá quebrantar el 
dinamismo del Cuerpo místico de Cristo, que impulsa hacia la unidad 
sin fractura alguna: «Todos los que habéis sido bautizados en Cristo, 
de Cristo habéis sido revestidos. Ya no hay distinción entre judío y 
griego, entre esclavo y libre, entre varón o mujer, porque todos 
vosotros sois uno en Cristo Jesús» (Gál 3,27-28). 

Esta unidad en la pluriformidad no es de orden funcional, ni 
responde a razones coyunturales, ni es para ocasiones de especial 
hostilidad externa. Nace del principio de vida que anima a todo el 
Cuerpo: el Espíritu Santo. Éste actúa, de múltiples maneras, en la 
edificación de todo el Cuerpo en el amor 2; constituye a la Iglesia como 
sacramento de comunión de la Trinidad con los hombres 3; asegura en 
la firmeza la concordia entre todos los miembros, por medio de la 
efusión de su caridad 4. 

«Él (el Espíritu Santo) conduce a la Iglesia a la verdad total (cf. Jn 
lG,13), la une en la comunión y en el servicio, la construye y dirige con 
diversos dones jerárquicos y carismáticos, y la adorna con sus frutos 
(cf. Ef 4,11-12; 1 Cor 12,4; Gál 5,22). Con la fuerza del Evangelio, el 
Espíritu rejuvenece a la Iglesia, la renueva sin cesar y la lleva a la 
unión perfecta con su Esposo» (LG 4). 

La cabeza

En muchas culturas, la cabeza del cuerpo humano, por cuanto es la 
que lo cierra en la altura, tiene un claro sentido religioso; es la parte 
del cuerpo que apunta hacia lo alto. La cabeza erguida significa alegría 
y confianza; por el contrario, la cabeza baja, a punto para ser cubierta 
de ceniza, expresa el decaimiento, el luto y el dolor 5. 

En cualquier caso, la cabeza es siempre la esencia de la persona, su 
parte más noble e identificativa, la que ejerce la soberanía y la 
dirección sobre el resto del cuerpo. 

El Padre del cielo constituyó todo lo creado bajo los pies de Cristo. 
«Él existe antes que todas las cosas y todas tienen en Él su 
consistencia. Él es también la cabeza del cuerpo, que es la Iglesia. Él 
es el principio de todo, el primogénito de los que triunfan sobre la 
muerte y, por eso, tiene la primacía sobre todas las cosas. Dios, en 
efecto, tuvo a bien hacer habitar en Él la plenitud» (/Col/01/17-19). En 
Cristo está la sede de la vida; es el verdadero soberano universal, 
cabeza de toda primacía y autoridad 6. 

Cristo «es el primero en todo; es la cabeza del cuerpo que es la 
Iglesia» (Gál 1,18). Es el principio de la creación y de la redención. Es 
el origen y fuente de la Iglesia, por cuyo medio se extiende el Reino: Él 
nos une a su Pascua, a su muerte y a su resurrección, en un proceso 
que nos guía hacia la configuración con Él 7. 

El Resucitado nos hace crecer, progresivamente, hacia su plenitud, 
por medio de su presencia, que distribuye y anima los dones y 
funciones, en la caridad, para la ayuda mutua de sus miembros 8. Nos 
lleva de la mano a formar con Él una única entidad, el Cristo total: «De 
Jesucristo y de la Iglesia, me parece que es todo uno y que no es 
necesario hacer una dificultad de ello» (SANTA JUANA DE ARCO). 

La Iglesia sólo tiene sentido y cohesión si se sabe existencialmente 
unida a la cabeza. Todos los creyentes, por el Bautismo, por los demás 
sacramentos, y en particular por la Eucaristía, quedan estrechamente 
unidos a Cristo Cabeza. La comunidad de discípulos, adquirida por la 
donación de Cristo 9 y sellada con su sangre 10, ha de peregrinar por 
la historia con el convencimiento de que no tiene más fuente de 
vitalidad, más principio de dirección, más origen de consistencia, más 
fundamento de comunión que Cristo, Cabeza y Señor. 

Él vendrá, al final de los tiempos, a recapitular todas las cosas, a ser 
cabeza, indiscutible y total, del conjunto de la obra creada y redimida 
11, en la que se habrá diluido la Iglesia, no por aniquilación, sino por 
identificación con Él. 

Los miembros

Del mismo modo que los miembros del cuerpo humano, siendo 
muchos, forman un solo cuerpo, así somos los fieles en Cristo 12., Es 
su Espíritu de Resucitado el que, de la inmensidad de su riqueza y por 
razón de la necesidad de los ministerios 13, distribuye sus carismas 
para bien de la Iglesia; sitúa a cada uno en diversas funciones; da 
unidad al cuerpo; y, así, produce y estimula la caridad fraterna entre 
los creyentes 14. De este modo, «todo el cuerpo crece para Dios, 
compacto y estructurado mediante ligamentos y articulaciones» (Col 
2,19). 

Los miembros del Cuerpo de Cristo, que conformamos la Iglesia, 
recibimos participación, por el Bautismo, en el único Sacerdocio de 
Cristo. Todos los bautizados acogemos el don del sacerdocio común 
de los fieles; algunos son llamados al sacerdocio ministerial; otros son 
agraciados con carismas particulares, que se ordenan a la vida y a la 
santidad comunitarias. 
Entre los laicos, son múltiples los ministerios y funciones que les son 
propios y que deben ejercer para edificación de todo el cuerpo. Los 
ministros ordenados han sido llamados para ser servidores de la 
comunidad, por medio de la predicación de la Palabra y de la 
presidencia de la Eucaristía, in persona Christi Capitis. Los religiosos y 
consagrados reciben dones de índole especial que contribuyen a 
reafirmar en la esperanza a todo el cuerpo de Cristo. 

La unidad en el cuerpo de la Iglesia no sólo no aniquila las 
diferencias entre sus miembros, sino que, además, las justifica y las 
promueve. Un cuerpo en el que todo fuera cabeza o manos o pies, 
sería monstruoso 15. 

La imagen ayuda a entender mejor las diferencias en la unidad. 
Nadie en el cuerpo de Cristo es inútil; nadie carece de la vocación 
apropiada para ejercer un ministerio, una función o un carisma; no hay 
en él cuerpos muertos ni clases pasivas ni miembros inútiles. Todos 
tienen una misión que desempeñar, porque toda la Iglesia es diakonía, 
ministerio, servicio. 

Las diversas misiones no tienen como finalidad que quien las realiza 
se aproveche personalmente del beneficio que generan, sino que 
están al servicio de la totalidad del cuerpo y del aumento de la caridad 
recíproca. Los dones y las vocaciones particulares deben estar 
subordinados al bien común de todo el Cuerpo, de su misión y de su 
destino último. 

Estas diferencias entre los miembros nunca pueden ser ocasión de 
rivalidad, sino de complementariedad; nunca causa de divisiones, sino 
de enriquecimiento de la unidad; nunca origen de dispersión, sino de 
ejercicio de la corresponsabilidad. A Cristo «no le cortaron la cabeza 
como a Juan, ni fue aserrado como Isaías, para que conservase en la 
muerte el cuerpo íntegro y así no tuviesen pretexto los que quieren 
dividir la Iglesia» (SAN ATANASIO). 
El Espíritu, que regala y sostiene los dones particulares, pretende 
con ellos llevar a cabo la evangelización del mundo y la consolidación 
de la Iglesia, para la extensión progresiva del Reino. Por eso, obsequia 
con carismas suficientes, para que toda la obra evangelizadora se 
realice al completo. Ningún carisma estará de más ni faltará ningún 
don. 
A los miembros de la Iglesia nos corresponde, por un lado, auscultar 
cuál es la voluntad del Espíritu y acoger, por otro, los carismas 
diversificados que se nos entregan. Los dones del Espíritu se nos 
hacen para que se pueda proceder, adecuadamente, a ofrecer el 
primer anuncio, a iniciar en la fe con la aplicación de los procesos 
catequéticos y a fortalecer la comunidad, por medio de los ministerios 
pastorales de la Palabra, de la Liturgia y de la Caridad. Una comunidad 
que descuida o minusvalora cualesquiera de estos ministerios y 
acciones, no es sólo una comunidad incompleta; es que, además, 
estas carencias acusan una deficiente escucha y una empobrecida 
obediencia a las insinuaciones y a los regalos del Espíritu 16. 

Por otra parte, la incomodidad con la vocación propia y los afanes 
por situarnos en otros ministerios o servicios, no siempre, ni mucho 
menos, indican una buena salud y una elogiable vitalidad en la 
comunidad. Más bien denuncian una distorsión en la docilidad al 
Espíritu y una subordinación a los gustos propios o a las tendencias 
dominantes en cada época. 

La contaminación de los esquemas mundanos ha conducido a 
algunos miembros de la Iglesia, ayudados, si cabe, por la influencia de 
categorías culturales profanas, a tener en más algunos de los 
ministerios y a menospreciar otros. Todos, sin embargo, son iguales en 
dignidad, aunque desempeñen funciones diferentes. Los que pueden 
parecer más despreciables o irrelevantes, son los que deben ser 
mimados con más delicadeza 17. Ni de ninguno de ellos se puede 
prescindir, ni ninguno de ellos resulta superior a los demás. 

Ciertamente que, por voluntad de Cristo, algunos de ellos 
pertenecen al ámbito de la constitución de la Iglesia y otros son dados 
en favor de la vida y de la santidad de sus miembros. Pero una Iglesia 
que, por el ejercicio de los ministerios constituyentes, no crea el clima 
apropiado para que surjan vocaciones de especial consagración, es 
una Iglesia con alarmantes imperfecciones. 

Esta imagen de la Iglesia como cuerpo de Cristo ayuda, también, a 
comprender mejor el dogma de la comunión de los Santos, en la 
dimensión de unidad entre los bautizados: «Como todos los creyentes 
forman un solo cuerpo, el bien de los unos se comunica a los otros... 
Es, pues, necesario creer que existe una comunión de bienes en la 
Iglesia. Pero el miembro más importante es Cristo, ya que Él es la 
cabeza... Así, el bien de Cristo es comunicado a todos los miembros» 
(SANTO TOMÁS DE AQUINO). 

La comunión entre los creyentes, fruto de la inserción en Cristo y, 
por tanto, de índole sobrenatural, ha de ser, sin embargo, causa y 
acicate que hagan visibles los compromisos comunitarios y sociales 
que ellos conllevan y postulan: la comprensión, el perdón y la 
tolerancia, el diálogo, la alegría compartida, la comunicación de todo 
tipo de bienes. 

Esta forma pública de manifestarse la comunidad cristiana será un 
testimonio atrayente, que invita a los no cristianos a integrarse en ella y 
a buscar las razones que motivan este modo de vivir y de relacionarse. 

La mano larga de Cristo

Cuando Saulo, afanado en la persecución de los cristianos, se 
encuentra, camino de Damasco, con una luz misteriosa y una voz que 
le pregunta por qué le persigue, responde interesándose por saber 
quién está detrás de aquella voz; la respuesta es rotunda: «Yo soy 
Jesús, a quien tú persigues» (Hech 9,5). El pasaje bíblico demuestra 
que, desde el comienzo de su andadura en el tiempo, la Iglesia 
postpascual tiene clara conciencia de que Cristo no sólo la asiste, sino 
que se identifica con ella. 

Añadamos, además, que los miembros de la comunidad, por el 
Bautismo, nos unimos íntimamente a la Cabeza, que es Cristo, y que, 
por la acogida progresiva de la fe y por la inserción creciente en la 
comunidad, estamos llamados a identificarnos plenamente con la 
Cabeza 18. 

Por ello, en los escritos paulinos se emplearán neologismos difíciles 
de traducir: el bautizado está con-crucificado, co-sepultado, 
co-resucitado, con-glorificado con Cristo, es co-heredero con Cristo, 
vive con Cristo Jesús 19. Todos expresan la profunda y mística unión 
de los miembros con la Cabeza. 

En algún sentido, pues, se puede afirmar que el cristiano es la mano 
larga de Cristo, que ha de seguir llevando a cabo su misma misión 
salvadora. Si esto es evidente en el ejercicio de las funciones del 
ministerio ordenado, realizado in persona Christi Capitis («Cuando 
alguien bautiza, es Cristo quien bautiza»), también lo es, de modo 
analógico, en la realización de cualquier otro ministerio o servicio que 
se origina en el sacerdocio común de todos los bautizados. 

Cristo se identifica con sus miembros y sigue ejecutando por medio 
de ellos, de sus cualidades y de sus órganos, de su palabra y de sus 
gestos, la obra de la salvación. Pablo lo intuyó y, sin pretender afirmar 
que la obra redentora de Cristo hubiera quedado incompleta, 
reconocía, con humildad y con decisión: «Ahora me alegro de padecer 
por vosotros, pues así voy completando en mi existencia mortal, y en 
favor del cuerpo de Cristo, que es la Iglesia, lo que aún falta al total de 
las tribulaciones de Cristo» (Col 1,24). 

La Iglesia no es, únicamente, la continuadora de la misión de 
Jesucristo, realizada en su nombre y con su fuerza. Es la comunidad de 
discípulos que recibe la mismísima misión que el Padre encomendó a 
Cristo, y que Éste les entrega a ellos, para que, tutelados por el 
Espíritu, sean agentes de reconciliación 20. Es, pues, el propio cuerpo 
de Cristo; es el conjunto de miembros unidos a la cabeza; es el 
organismo cuyas manos siegan el campo que no sembraron y que 
otros trabajaron antes que ellos 24. 

Las manos de la Iglesia, como las de Cristo, deben ser manos 
activas, que saben de trabajos sostenidos y de quehaceres intensos 
en favor del advenimiento del Reino; manos abiertas, para acoger 
todos los afanes humanos y para repartir con prodigalidad las riquezas 
que Alguien les prestó; manos acariciantes, para depositarse en la 
cabeza de los pequeños, para consolar a los tristes y para animar a los 
que se derrumban; manos restauradoras, para perdonar a los 
pecadores, para levantar a los caídos y para conducir a los 
equivocados; manos tiernas, que bendicen lo bueno y corrigen lo malo, 
que reparten el Pan y la Palabra, que consuelan y perdonan; manos 
gozosas, que no se cansan de dar gracias, que reparten con profusión 
esperanza y que jamás se derrumban por los desánimos; manos 
elevadas hacia el Padre, esperando de él la suficiencia; y manos 
abajadas al arado que rotura la tierra ansiosa de la liberación que 
viene con el Reino de Dios. 

Cuerpo glorificado

El Cuerpo de Cristo, que es aún peregrino por esta tierra, tiene 
vocación de plenitud y de incorporación, plena e irrebatible, a la 
totalidad de Cristo. Aunque sólo en el Señor Resucitado reside la 
plenitud de la divinidad, los miembros de la Iglesia podemos alcanzarla 
en Él, que es cabeza de todo, por pura gracia 22. 

Con nosotros, sus miembros, toda la creación puede incorporarse a 
la plenitud del Cristo místico, ya que la Iglesia es el espacio en el que 
se reconoce, se proclama y se ejerce la soberanía de Cristo sobre el 
cosmos 23. 

La gracia, que el Señor derrama sobre la Iglesia, es la que le 
concede a ésta la planificación, consistente en la unidad de la fe y en 
el perfecto conocimiento del Hijo de Dios. Con ese bagaje recibido es 
posible avanzar hacia la perfección y llegar a obtener enteramente la 
talla de Cristo 24.

 

 

Las parábolas de la Iglesia

Más aún, Cristo llena a la Iglesia, pero la misma Iglesia contribuye a 
completar el Cristo total, por medio de la capacidad que se le otorga 
para desempeñar la tarea del ministerio y para construir su Cuerpo 25. 


El camino es una sabiduría a lo divino: conocer la anchura, la 
longitud, la altura y la profundidad del amor de Cristo; un amor que 
supera todo conocimiento y que llena a los miembros del Cuerpo de la 
plenitud misma de Dios 26. 

Nosotros, miembros del Cuerpo místico, hacemos este último tramo 
del camino histórico a la espera gozosa de incorporarnos con Cristo, 
Cabeza, a la gloria, en la que seremos semejantes a Dios, porque lo 
veremos tal cual es 27. Fuertes en la fe, aguardamos la feliz esperanza 
y el regreso glorioso del Señor, que está a la derecha del Padre. Con 
su venida última, nuestros cuerpos, que son miembros suyos, se 
transformarán en un cuerpo glorioso parecido al suyo; así estaremos 
siempre con el Señor, glorificados en su Cuerpo glorificado 28. 

En resumen, «Nuestro Señor Jesucristo, como varón perfecto total, 
es cabeza y cuerpo... Es la Cabeza de la Iglesia. El Cuerpo de esta 
cabeza es la Iglesia; no sólo la que está aquí, sino también la que se 
halla extendida por toda la tierra; y no sólo la de ahora, sino la que 
existió, de Abel a los que han de nacer y creer en Cristo hasta el fin del 
mundo; es decir, la Iglesia es todo el pueblo de los santos, que 
pertenecen a una ciudad. Esta Ciudad es el Cuerpo de Cristo, la cual 
tiene por Cabeza a Cristo. De ella son también nuestros 
conciudadanos los ángeles, con la diferencia de que nosotros 
peregrinamos y trabajamos, y ellos esperan en la ciudad nuestra 
llegada» (SAN AGUSTÍN). 
........................
1. CE CATIC 789. 
2. Cf. Ef 4,16.
3. Cf. CATIC 738.747.
4. Cf. 1 Cor 13,13; 2 Cor 6,6; Ef 4,3; Flp 2, I, Col 3,14.
5. Cf. Neh 9,1; Lam 2, 10; Sal 110,7; Job 10, 15.
6. Cf. Col 2, 10.
7. Cf. Gal 4, 19.
8. Cf. Ef 4, 11-16; Col 2, 19.
9. Cf. Hech 20,28; Ef 1,14; 1 Pe 2,9s. 
10. Cf. Mt 26,28 y par; Heb 9,12ss; 10,16. 
11. Cf. Ef 1,10; LG 10, 45.
12. 1 Co 12, 12. 
13. Cf. 1 Cor 12,1-11. 
14. Cf. LG 7. 
15. Cf. 1 Cor 12,15-17.19. 
16. Cf. 1 Cor 12,7-11.
17. Cf. 1 Cor 12,22-24.
18. Cf. Rom 6,5; Gál 4,19; Ef 4,24; Flp 3,10-11; Col 3,9-10. 
19. Cf. Rom 8,4.6.8; 8,17; Gal 2,19; 3,27; 5,24; Col 2,12.
20. Cf. Jn 20,21-22.
21. Cf. Jn 4,38.
22. Cf. Col 2,9-10. 
23. Cf Ef 1,22 23. 
24. Cf. Ef 4, 13. 
25. Cf. Ef 4,12. 
26. Cf. Ef 3, 19. 
27. Cf. Ef 1, 14; 1 Jn 3, 1.
28. Cf. Flp 3,21; 1 Tes 4,17; 2 Tes 1,10; 2 Tim 2,11-12; Tit 2,13.

ANTONIO TROBAJO
LAS PARÁBOLAS DE LA IGLESIA - BAC 2000. MADRID 1997

 

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Jesús es despojado de sus vestiduras. El vestido confiere al hombre una posición social; indica su lugar en la sociedad, le hace ser alguien. Ser desnudado en público significa que Jesús no es nadie, no es más que un marginado, despreciado por todos. El momento de despojarlo nos recuerda también la expulsión del paraíso: ha desaparecido en el hombre el esplendor de Dios y ahora se encuentra en mundo desnudo y al descubierto, y se avergüenza. Jesús asume una vez más la situación del hombre caído. Jesús despojado nos recuerda que todos nosotros hemos perdido la «primera vestidura» y, por tanto, el esplendor de Dios. Al pie de la cruz los soldados echan a suerte sus míseras pertenencias, sus vestidos. Los evangelistas lo relatan con palabras tomadas del Salmo 21, 19 y nos indican así lo que Jesús dirá a los discípulos de Emaús: todo se cumplió «según las Escrituras». Nada es pura coincidencia, todo lo que sucede está dicho en la Palabra de Dios, confirmado por su designio divino. El Señor experimenta todas las fases y grados de la perdición de los hombres, y cada uno de ellos, no obstante su amargura, son un paso de la redención: así devuelve él a casa la oveja perdida. Recordemos también que Juan precisa el objeto del sorteo: la túnica de Jesús, «tejida de una pieza de arriba abajo» (Jn 19, 23). Podemos considerarlo una referencia a la vestidura del sumo sacerdote, que era «de una sola pieza», sin costuras (Flavio Josefo, Ant. jud., III, 161). Éste, el Crucificado, es de hecho el verdadero sumo sacerdote.
Joseph + Cardenal Ratzinger – 2005.03 Viernes Santo, Coliseo romano. Italia

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LAS PARÁBOLAS DE LA IGLESIA

 

CAPITULO XIII
Pueblo de Dios 
Pueblo en esta tierra
Alimentado en la comunión 
Pueblo para Dios 

 

CAPÍTULO XIII
PUEBLO DE DIOS


La imagen de Puelolo de Dios, que cuenta con amplias y nítidas raíces en la literatura del Antiguo Testamento es la más querida por el Concilio Vaticano II y es la que ha sido acogida con más extensión por la Iglesia postconciliar. 

La justificación de su empleo arranca de que Dios quiere santificar y salvar a los seres humanos no individuo por individuo, sino unidos entre sí; quiere hacer de todo el género humano un pueblo que lo 
conozca de verdad y le sirva con una vida santa. 

La nación de Israel fue la elegida y constituida como preparación y figura de una alianza nueva y perfecta, que se iba a obrar en Cristo, y de una revelación completa, que llevará a cabo el mismo Verbo de Dios. 

Para comprender mejor qué significa la imagen de Pueblo de Dios, conviene situarse en la perspectiva de la antigüedad israelita. La comunidad humana de Israel cambia por completo su identidad profunda cuando Yahveh la convierte en pueblo de su propiedad. 

Será una nación que, al tiempo que participa de todos los elementos 
temporales propios de un pueblo, es una comunidad de índole 
religiosa, que trasciende todo lo temporal. Por un lado, ser comunidad 
integrada por miembros que tienen en común la raza, las instituciones, 
el destino, la patria, el lenguaje y el culto, no es suficiente aval para 
convertirse en Pueblo de Dios. Por otro, ser comunidad escogida por 
Dios, destinada a ser depositaria de unas promesas de salvación total 
y a contener un remite velado hacia una paz y una reconciliación 
universales, que se consuman más allá de lo terreno, no será 
suficiente para hacer de ella un pueblo comprometido con la historia. 

Hace falta unir ambos extremos, lo histórico y lo trascendente, a fin 
de llegar a penetrar en las profundidades del misterio de un Nuevo 
Pueblo de Dios. 

Por la sangre de Cristo 1 se sella una Nueva Alianza con un Nuevo 
Pueblo de Dios, al que se puede pertenecer, no por razones de raza, 
sino por el Espíritu que les es dado a sus miembros. Así se fundó la 
Iglesia, a fin de que sea, para todos y para cada uno, el sacramento 
visible de la unidad que salva a la condición humana. «Este pueblo 
mesiánico, aunque de hecho no abarque aún a todos los hombres y 
muchas veces parezca un pequeño rebaño, sin embargo, es un 
germen muy seguro de unidad, de esperanza y de salvación para todo 
el género humano» (LG 9). 

La identidad de este nuevo Pueblo es la dignidad y la libertad de los 
hijos de Dios, inhabitados por el Espíritu, Señor y Dador de Vida. Su 
ley es el mandamiento nuevo, que consiste en amar como el mismo 
Cristo nos amó 2. Su destino es el Reino de Dios, que Él inauguró en 
este mundo con los Misterios Pascuales de su Hijo Encarnado. 

El Reino se ha de extender, progresivamente, hasta alcanzar, por la 
fuerza divina, la perfección total, que se conseguirá cuando se 
manifieste definitivamente Cristo, nuestra vida 3. 

La dimensión universal de este Pueblo, que se expande más allá de 
las promesas temporales depositadas en Israel 4, está ya 
preanunciada en los Profetas. Éstos proclaman una nueva alianza, de 
justicia y de paz eternas, nacida del perdón más absoluto. Gracias a 
esta alianza, Yahveh pone su morada en medio de los nuevos hijos e 
inscribe su ley en el interior de nuestros corazones. De este modo, 
Dios es definitivamente nuestro Dios y nosotros somos su pueblo 5. 

Por el agua y por el Espíritu 6, el nuevo Israel es linaje escogido, 
sacerdocio regio, nación santa, pueblo adquirido en posesión 7, para 
anunciar las grandezas de quien lo sacó de las tinieblas hacia su luz 
admirable 8. Desde entonces y para siempre, «los que en otro tiempo 
no éramos pueblo, ahora somos pueblo de Dios; los que no habíamos 
conseguido misericordia, ahora la hemos alcanzado» (1 Pe 2,10) 9. 

Este pueblo tiene, como soporte de la identidad sobrenatural, los 
aspectos visibles y temporales de su organización. Tiene, como 
horizonte, la universalidad en el espacio y en el tiempo; como meta, la 
condición de ser destinatario y pregonero de una salvación que se 
extiende más allá de los límites terrenos. Sobre todo, tiene, en sí y 
sobre sí, la pertenencia a las entrañas paternas de Dios. 

De este modo, el nuevo Pueblo se convierte en hijo querido que 
camina hacia la consumación celestial. Ésta le será concedida por pura 
generosidad gratuita de quien se comprometió a no romper jamás la 
Alianza Nueva 10. «Tan pronto como toma Dios a un pueblo como 
suyo, como ha hecho con la Iglesia, le concede la unidad de corazón y 
de camino» (SAN FRANCISCO DE SALES).

 

 

Pueblo en esta tierra

Es necesario ahondar en lo que supone afirmar que la Iglesia es 
Nuevo Pueblo de Dios que peregrina en este mundo. Como el Pueblo 
de Israel, los discípulos de Aquel que, por su obediencia al Padre, los 
constituye en comunidad familiar, tienen un mismo origen (las entrañas 
del Padre), unas mismas instituciones (la organización jerárquica y 
carismática), un mismo destino (la patria definitiva a la que se 
encaminan) 11, un mismo lenguaje (la iluminación de la Palabra de 
Dios) y un mismo culto agradable a Dios (que es la finalidad suprema 
de la Iglesia) 12. 

Sin embargo, como Israel, la Iglesia participará también de las 
dificultades y de las imperfecciones propias de quien aún no ha llegado 
a la consumación perfecta 13. Por ello, sufrirá las infidelidades de sus 
miembros tentados de pecado 14, Se verá en la necesidad de 
abandonar, repetidamente, las comodidades de las nuevas Babilonias. 
Deberá ponerse, una y otra vez, en disposición de éxodo 15. Soportará 
las persecuciones que le sobrevienen por parte de las resistencias que 
las fuerzas del mal ponen a la acción de la gracia 16. 

La Iglesia se asemeja, por su doble condición de visible y espiritual, 
al Verbo encarnado, en quien están profundamente unidas la divinidad 
y la humanidad; «de la misma manera, el organismo social de la Iglesia 
está al servicio del Espíritu de Cristo, que le da vida para que el cuerpo 
crezca (cf. Ef 4,16)» (LG 8). 

El nuevo Pueblo, asociado a la misma misión de Cristo, peregrina en 
este mundo hacia la casa del Padre, participa de las alegrías y 
esperanzas, angustias y tristezas de las gentes de cada época, acoge 
el mensaje de salvación, se compromete a proponérselo a otros y, así, 
se siente, verdadera e íntimamente, solidario del género humano y de 
su historia 17. 

La Iglesia, entidad social visible y comunidad espiritual, debe, pues, 
avanzar al lado de toda la humanidad y experimentar la suerte terrena 
del mundo. Su sentido está en actuar como fermento y como alma de la 
sociedad, que está llamada a renovarse en Cristo y a transformarse en 
familia de Dios 18. Para poder ofrecer a todos, a través del andamio de 
su condición terrena, el misterio de la salvación y de la vida traída por 
Cristo, debe saber que su forma de encarnación ha de estar 
impregnada del mismo afecto con que el Señor se unió a las 
condiciones sociales y culturales concretas de los hombres con 
quienes convivió 19. 

A fin de conseguir ser Pueblo de Dios en esta tierra, la Iglesia, 
además de tener plena conciencia de su identidad y de su misión, debe 
poner todo el interés en renovar su apariencia visible y su naturaleza 
espiritual con la enmienda de los defectos de sus miembros y la copia, 
en su vida intima y misionera, de los mismos sentimientos de Cristo 20. 

Para ello, deberá proceder a establecer con el mundo, integrado por 
diversos pueblos terrenos que aún no son plenamente familia de Dios, 
un diálogo fructífero, que esté ordenado a la humanización progresiva 
y a la conversión a los valores del Reinado de Dios. 
Esta tarea del diálogo con el mundo, su existencia y su urgencia, al 
decir del papa Pablo VI, deben ser, en el corazón de la Iglesia 
contemporánea, un peso, un estimulo y una cuasi-vocación 21. 

Alimentado en la comunión 
El Pueblo de Israel, a pesar de sus idolatrías, de sus olvidos y de sus 
infidelidades, pudo mantener su condicion gracias al alimento que 
Yahveh le ofreció, de mil formas, a lo largo de los diferentes éxodos. 
Alimentos materiales como signos de la cercanía divina, acciones 
maravillosas que renovaban la esperanza, palabras proféticas que 
denunciaban excesos y apoyaban lealtades, no eran sólo llamadas que 
rehabilitaban la santidad individual. Eran, más que nada, 
intervenciones de la gracia que restauraban y consolidaban la unidad 
del Pueblo, depositario de las promesas de unos Cielos Nuevos y de 
una Tierra Nueva. 

La Iglesia, como Nuevo Pueblo de Dios, instituido para ser comunión 
de vida, de caridad y de verdad 22, no va a verse privada de estos 
mismos alimentos. La santificación personal y la unidad comunitaria, 
ordenadas a anunciar, con hechos y con palabras, que el Reino de 
Dios está cerca, tendrán su fuente en la infinita generosidad divina. 

La Iglesia se nutre con el regalo de la Palabra de Dios, en la que el 
Padre sale amorosamente a conversar con sus hijos. Es tan grande el 
poder y la fuerza de esta Palabra, que constituye sustento y vigor de la 
Iglesia, firmeza de fe para sus miembros, alimento del alma y fuente, 
límpida y perenne, de vida espirituale 23.

En apoyo de esta unidad eclesial acude permanentemente el Espíritu 
de Dios, que unificó a los pueblos en Pentecostés y entraña a la Iglesia 
en el único corazón de Dios. El Espíritu Santo unifica a los discípulos 
de Cristo en la comunión y en el servicio, los llama a diversas misiones 
jerárquicas y carismáticas, los adorna con sus frutos y los impulsa a 
ayudarse mutuamente, según los diversos dones que les concede. El 
Espíritu Consolador rejuvenece a la Iglesia, la renueva sin cesar y la 
conduce a la unión perfecta con el Esposo 24. 

La comunidad cristiana tiene a su alcance, como tarea y como don, 
el amor fraterno. Éste se origina en la intimidad de la Trinidad, se hace 
lección y mandato en la vida terrena de Jesucristo, se construye día a 
día con el ejercicio del perdón, de la comunicación de bienes y de la 
unanimidad, y se purifica y fortalece con la ayuda de los ministerios 
jerárquicos. 

En fin, el Pueblo Nuevo es alimentado en la comunión con Dios y 
entre sus propios miembros, y es proyectado a anunciar y a extender la 
comunión universal por la presencia viva y actuante de Cristo 
Resucitado. En los sacramentos, y en particular en la Eucaristía, la 
gracia de Cristo se reparte a sus fieles para la edificación de la 
comunión eclesial, pues «si el pan es uno solo y todos participamos de 
ese único pan, todos formamos un solo cuerpo» (1 Cor 10,17) 25. 

La unidad entre todos los fieles, que constituyen un solo cuerpo en 
Cristo, está representada y se realiza por el sacramento del pan 
eucarístico 26 El cuerpo y la sangre de Cristo, sacrificados para la 
redención universal, «al destruir la obra del diablo y romper los lazos 
del pecado, ordenaron de tal modo el don de su gran amor, que la 
plenitud de las generaciones continúa desarrollándose hasta la 
consumación del mundo» (SAN LEÓN MAGNO). 

La comunión en el Cuerpo de Cristo, eucarístico y místico, es también impulso para la misión evangelizadora y para la caridad pastoral, que es el alma de todo apostolado 27. 

Las deficiencias en la comunión eclesial y en la audacia evangelizadora denuncian con claridad una imperfecta comunión con la Trinidad Santísima; expresan la persistencia de una espiritualidad excesivamente individualista; ponen al descubierto una caridad pastoral no suficientemente injertada en el amor de Cristo; y testifican una participación y un aprovechamiento de la Liturgia, en particular de la Eucaristía, infectados de formalismos y de rutinas. 

Pueblo para Dios

Dios eligió un nuevo Pueblo para constituirlo en herencia suya. Será 
para su Pueblo 28. Y el Pueblo será para Él. 

Aunque camine en este mundo, su destino es la patria del cielo. Su 
gozo reside en la espera activa que clama por la inserción en el 
corazón de Dios. Su fuerza consiste en el anticipo del nuevo 
parentesco que se le regala en Cristo Jesús, en quien tenemos acceso 
confiado al Padre 29. 

Jesucristo hizo nacer a la Iglesia de su costado abierto y la adquirió 
con su sangre 30. «Y porque no vivamos ya para nosotros mismos, 
sino para El, que por nosotros murió y resucitó, envió el Espíritu Santo 
como primicia para los creyentes, a fin de santificar todas las cosas, 
llevando a plenitud su obra en el mundo» (Plegaria Eucarística IV). 

La Iglesia es un Pueblo seducido por los guiños del Señor y 
expropiado para pertenecerle. Es llamado a darle gloria imperecedera, 
mediante el servicio que presta, para que el ser humano tenga vida. 
Está destinado a disfrutar de lo que Dios tiene preparado para quienes 
le aman 31. 

No es este Pueblo una simple organización social o política 32, sino 
germen visible de algo espiritual. Este embrión prospera hasta alcanzar 
la íntima unión con Dios, por Jesucristo, en el Espíritu. Así se acaba 
con todos los enemigos de los planes salvadores divinos, hasta que 
llegue el tiempo en que Dios sea todo en todas las cosas 33. 

«Todo es vuestro, vosotros de Cristo y Cristo de Dios» (1 Cor 
3,21-22) es una forma excelente de describir la jerarquización de los 
planes divinos, que comprometen radicalmente al Pueblo de Dios. 

De este modo, el Pueblo de Dios se convierte en el Reino de los 
Santos. Es «el Pueblo santo de Dios» (LG 12) y sus miembros son 
calificados como «santos» 34. Todos están llamados a la santiidad, 
participada del único Santo. La horma es la perfección del Padre, a 
quien pertenecen 35. 

El modelo es Jesucristo, santo, inocente, sin mancha, que no conoció 
el pecado. Él es el primogénito de toda criatura, el principio de todo; 
todo fue creado por Él y para Él 36., «A El seguimos, tras Él 
marchamos, a Él tenemos por guía del camino, príncipe de la luz, autor 
de la salvación, que promete el cielo y al Padre a los que le buscan y 
creen en Él. Lo que Cristo es, seremos los cristianos, si lo imitamos a 
Él» (SAN CIPRIANO). 

La Iglesia, que es santa, se sabe a la vez necesitada de purificación 
y busca sin cesar la conversión y la renovación 37, para que llegue un 
día en el que Dios la invite a pasar al gozo de la casa común, 
preparada en el cielo, en torno a la Mesa de la filiación y de la 
fraternidad. 
........................
1. Cf. Hech 20,28; 1 Cor 11,25 
2. Cf. Jn 13,34. 
3. Cf. Col 3,4. 
4. Cf. LG 13. 
5. Cf. Jer 31,31ss; Ez 37,26ss; 2 Cor 6,16; Heb 8,10; Ap 21,3. 
6. Cf. Jn 3,5-6. 
7. Cf. 1 Pe 2,9. 
8. Cf. Jn 3,19-21; Hech 26,18, Ef 5,8-9, 1 Jn 1,6-7. 
9. Cf. Rom 9,26.
10. Cf. Ap 3,8.
11. Cf. Heb 11,16. 
12. Cf. 1 Pe 2,9; Ap 5,10; SC 2
13. Cf. UR 3. 
14. Cf. Heb 3,7. 
15. Cf. Is 48,20; AP 18,4.
16. Cf. Dan 7; AP 13,1-7.
17.´ Cf. GS 1.
18. Cf. GS 40.
19. Cf. AG 10.
20. Cf. FIp 2,5.
21. Cf. ES 7-9. 
22. Cf. LG 9. 
23. Cf. Hech 20,32; 1 Tes 2, 13; Heb 4, 12; DV 21. 
24. Cf. LG 4.13; GS 32; AA 29. 
25. Cf. Jn 6,22ss. 
26. Cf. LG 31; UR 2.15; PO 5. 
27. Cf. LG 33, AA 3. 
28. Cf. LG 2.9; GS 40. 
29. Cf. Rom 5,2; Ef 2,18; 3,12.
30. Cf. LG 3.9.39; SC 5; DH 13. 
31. Cf. 1 Cor 2,9. 
32. Cf. Jn 18,36. 
33. Cf. 1 Cor 15,22ss. 
34. Cf. Hech 9,13; 1 Cor 6,1; 16,1. 
35. Cf. Mt 5,48; LG 11.48.
36. Cf. Col 1,15-20. 
37. Cf. LG 8; UR 3.6.

ANTONIO TROBAJO-LAS PARÁBOLAS DE LA IGLESIA- BAC 2000. MADRID 1997

 

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Santa Catalina de Siena (1347-1380) terciaria dominica, doctora de la Iglesia Católica, co-patrona de Europa

 

Diálogo 37 - El desespero de Judas. - “Judas fue presa de remordimientos; devolvió las treinta monedas a los dirigentes de los sacerdotes y ancianos, diciendo: -He pecado entregando a este hombre inocente.- Ellos le replicaron: “A nosotros, qué nos importa. Tú verás.” El se fue y se ahorcó. (cf Mt 27,3-5).
      Dios decía a Santa Catalina: -El pecado imperdonable, en este mundo y en el otro, es aquel que despreciando mi misericordia no quiere ser perdonado. Por esto lo tengo por el más grave, porque el desespero de Judas me entristeció más a mí mismo y fue más doloroso para mi hijo que su misma traición. Los hombres serán condenados por este falso juicio que les hace creer que su pecado es más grande que mi misericordia... Serán condenados por su injusticia cuando se lamentan de su suerte más que de la ofensa que me hacen a mí.
      Porque esta es su injusticia: no me devuelven lo que me pertenece ni se conceden a ellos mismos lo que les pertenece. A mí me deben amor, el arrepentimiento de su falta y la contrición; me los han de ofrecer a causa de sus faltas, pero hacen justo lo contrario. No tiene amor y compasión más que por ellos mismos ya que no saben más que lamentarse sobre los castigos que los esperan. Ya ves, cometen una injusticia y por esto se descubren doblemente castigados por haber menospreciado mi misericordia.

 

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La Iglesia de Cristo, que en el Símbolo confesamos una, santa, católica y apostólica, es la Iglesia universal, es decir, la universal comunidad de los discípulos del Señor. Que se hace presente y operativa en la particularidad y diversidad de personas, grupos, tiempos y lugares. Entre estas múltiples expresiones particulares de la presencia salvífica de la única Iglesia de Cristo, desde la época apostólica se encuentran aquellas que en sí mismas son Iglesias(32), porque, aun siendo particulares, en ellas se hace presente la Iglesia universal con todos sus elementos esenciales(33). Están por eso constituidas "a imagen de la Iglesia universal"(34), y cada una de ellas es "una porción del Pueblo de Dios que se confía al Obispo para ser apacentada con la cooperación de su presbiterio"(35).

8. La Iglesia universal es, pues, el Cuerpo de las Iglesias(36), por lo que se puede aplicar de manera analógica el concepto de comunión también a la unión entre las Iglesias particulares, y entender la Iglesia universal como una Comunión de Iglesias. A veces, sin embargo, la idea de "comunión de Iglesias particulares", es presentada de modo tal que se debilita la concepción de la unidad de la Iglesia en el plano visible e institucional. Se llega así a afirmar que cada Iglesia particular es un sujeto en sí mismo completo, y que la Iglesia universal resulta del reconocimiento recíproco de las Iglesias particulares. Esta unilateralidad eclesiológica, reductiva no sólo del concepto de Iglesia universal sino también del de Iglesia particular, manifiesta una insuficiente comprensión del concepto de comunión. Como la misma historia demuestra, cuando una Iglesia particular ha intentado alcanzar una propia autosuficiencia, debilitando su real comunión con la Iglesia universal y con su centro vital y visible, ha venido a menos también su unidad interna y, además, se ha visto en peligro de perder la propia libertad ante las más diversas fuerzas de sometimiento y explotación(37).

9. Para entender el verdadero sentido de la aplicación analógica del término comunión al conjunto de las Iglesias particulares, es necesario ante todo tener presente que éstas, en cuanto "partes que son de la Iglesia única de Cristo"(38), tienen con el todo, es decir con la Iglesia universal, una peculiar relación de "mutua interioridad"(39), porque en cada Iglesia particular "se encuentra y opera verdaderamente la Iglesia de Cristo, que es Una, Santa, Católica y Apostólica"(40). Por consiguiente, "la Iglesia universal no puede ser concebida como la suma de las Iglesias particulares ni como una federación de Iglesias particulares"(41). No es el resultado de la comunión de las Iglesias, sino que, en su esencial misterio, es una realidad ontológica y temporalmente previa a cada concreta Iglesia particular.

En efecto, ontológicamente, la Iglesia-misterio, la Iglesia una y única según los Padres precede la creación(42), y da a luz a las Iglesias particulares como hijas, se expresa en ellas, es madre y no producto de las Iglesias particulares. De otra parte, temporalmente, la Iglesia se manifiesta el día de Pentecostés en la comunidad de los cientoveinte reunidos en torno a María y a los doce Apóstoles, representantes de la única Iglesia y futuros fundadores de las Iglesias locales, que tienen una misión orientada al mundo: ya entonces la Iglesia habla todas las lenguas(43).

De ella, originada y manifestada universal, tomaron origen las diversas Iglesias locales, como realizaciones particulares de esa una y única Iglesia de Jesucristo. Naciendo en y a partir de la Iglesia universal, en ella y de ella tienen su propia eclesialidad. Así pues, la fórmula del Concilio Vaticano II: la Iglesia en y a partir de las Iglesias (Ecclesia in et ex Ecclesiis)(44), es inseparable de esta otra: Las Iglesias en y a partir de la Iglesia (Ecclesiae in et ex Ecclesia)(45). Es evidente la naturaleza mistérica de esta relación entre Iglesia universal e Iglesias particulares, que no es comparable a la del todo con las partes en cualquier grupo o sociedad meramente humana.

10. Cada fiel, mediante la fe y el Bautismo, es incorporado a la Iglesia una, santa, católica y apostólica. No se pertenece a la Iglesia universal de modo mediato, a través de la pertenencia a una Iglesia particular, sino de modo inmediato, aunque el ingreso y la vida en la Iglesia universal se realizan necesariamente en una particular Iglesia. Desde la perspectiva de la Iglesia considerada como comunión, la universal comunión de los fieles y la comunión de las Iglesias no son pues la una consecuencia de la otra, sino que constituyen la misma realidad vista desde perspectivas diversas.

Además, la pertenencia a una Iglesia particular no está nunca en contradicción con la realidad de que en la Iglesia nadie es extranjero(46): especialmente en la celebración de la Eucaristía, todo fiel se encuentra en su Iglesia, en la Iglesia de Cristo, pertenezca o no, desde el punto de vista canónico, a la diócesis, parroquia u otra comunidad particular donde tiene lugar tal celebración. En este sentido, permaneciendo firmes las necesarias determinaciones de dependencia jurídica(47), quien pertenece a una Iglesia particular pertenece a todas las Iglesias; ya que la pertenencia a la Comunión, como pertenencia a la Iglesia, nunca es sólo particular, sino que por su misma naturaleza es siempre universal(48).

 

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El Corazón de Cristo es la fuente inagotable donde encontramos amor, verdad y misericordia.

 

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"Fiat mihi secundum verbum tuum: Hágase en mí según tu palabra" (Lc 1, 38)

 

Se puede decir que en aquel momento fue concebida la Iglesia. Volvemos así al comienzo del misterio. En él abrazamos todo el pasado de la cristiandad y de la Iglesia, la cual aquí, en Roma, ha encontrado su centro. En él tratamos de abrazar todo el futuro del pontificado, del Pueblo de Dios y de toda la familia humana, porque la familia tiene su comienzo en la voluntad del Padre, pero siempre es concebida con el corazón de la Madre. Con esta fe y esta esperanza, recemos: ‘Creo en la Iglesia, Una, Santa, Católica y Apostólica.’

 

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--¿En que consiste el derecho a la libertad religiosa?

--Villagrasa: En el derecho a la inmunidad de coacción exterior, en materia religiosa, por parte del poder político, en los justos límites. Este derecho tiene una dimensión individual y comunitaria, privada y pública. No significa «derecho al error», ni implica relativismo, agnosticismo o escepticismo, ni «promoción» del pluralismo religioso, ni mera «tolerancia» del hecho religioso. Es un derecho civil que se sigue de la obligación moral que el hombre tiene de buscar la verdad, «sobre todo la que se refiere a la religión», de adherirse a ella y de «ordenar toda su vida según las exigencias de la verdad».

 

--El Papa dice «en cierto sentido»; ¿en qué sentido es fuente y síntesis de los derechos humanos?

--Villagrasa: En el sentido de que garantiza que el hombre pueda realizarse en plenitud y alcanzar su fin último. La religión toca la esfera más íntima de la persona --su conciencia y su relación personal con Dios-- aquella que da sentido último a la vida entera y a las elecciones y decisiones particulares. La persona es capaz de conocer el bien y de buscarlo libremente, de reconocer el mal y rechazarlo, de escoger la verdad y oponerse al error. La dignidad del hombre consiste en que ha sido creado persona, capaz de obrar por sí, libremente, para alcanzar su perfección última a través de sus acciones, para ordenarse por sí mismo al fin último, al que naturalmente tiende; por eso es capaz de conocer y amar explícitamente a Dios, de acoger la revelación divina y de responder a ella, capaz de participar, por la gracia, a la Vida eterna. Este camino de la vida lo debe recorrer por sí mismo. Su guía es la conciencia, que es la capacidad de discernir y obrar según una ley que Dios ha inscrito en el corazón del hombre, y en cuya obediencia se encuentra su dignidad moral (cf. «Gaudium et spes», n. 16). Ninguna autoridad humana tiene el derecho de violentar la conciencia de ningún hombre. La verdad no se impone sino en virtud de sí misma. Como la búsqueda de la verdad se identifica, en el plano objetivo, con la búsqueda de Dios es clara la estrecha relación que hay entre libertad de conciencia y libertad religiosa.

 

--Pero, parece obvio que el derecho a la vida es más fundamental. Así lo decía el Papa en la primera audiencia a Bush

--Villagrasa: Debería ser obvio. Si la existencia del sujeto de derechos no se garantiza, ningún otro derecho está a salvo. Por eso el Magisterio de la Iglesia dice que es un derecho primario, incondicional, inalienable y fundamental, raíz y fuente de todo otro derecho. Pero hasta lo más obvio parece obscurecerse. En aquella audiencia el Papa decía a Bush que la experiencia muestra que un «trágico embotamiento de las conciencias» acompaña el aborto, llevando a la acomodación y a la aquiescencia frente a otros males como la eutanasia, el infanticidio y la creación, con vistas a la investigación, de embriones humanos destinados a la destrucción en ese proceso.

 

El hombre «vive» de dos modos su relación con Dios: uno, de un modo fáctico pues, como creatura, existe y vive porque Dios Creador lo conserva en el ser; otro, de un modo moral o religioso, en cuanto el hombre libremente ordena sus actos a Dios. A estos dos modos de relacionarse a Dios-fundamento corresponden los dos derechos: a la vida que es sagrada, un don que Dios da y conserva; y a la libertad religiosa para vivir como persona en camino hacia la Vida.

 

--¿Podría entonces hablarse de dos sentidos de derecho a la vida?

--Villagrasa: En cierto modo sí. Para Aristóteles «vida» era el ser del viviente y la operación del viviente; en el caso del hombre, el fin último alcanzado gracias a sus acciones, que es la visión de Dios y la comunión con El. Viene a la mente la famosa frase de san Ireneo: «La gloria de Dios es el hombre vivo, y la vida del hombre es la visión de Dios». Se entiende, por tanto, la grave ofensa que se hace a la persona humana cuando se le quita la vida o cuando se le impide, por coacción, los actos de religión con los que el hombre se ordena libremente a su fin último. La violación del derecho a la vida deja sin amparo la existencia del sujeto de los derechos. Legitimar algún tipo de asesinato significa desfondar el ordenamiento jurídico que está finalizado al bien de la persona. La violación del derecho a la libertad religiosa pone un impedimento a aquellas acciones por las que el hombre se ordena a su fin último y da sentido último a su vida.  2004.06

 

«Posturas morales ambiguas, la distorsión de la razón por intereses particulares de grupo y la absolutización de lo subjetivo, son sólo algunos ejemplos de una perspectiva de vida que no persigue la verdad y abandona la búsqueda del objetivo y el sentido último de la existencia humana» 2004.06

 

 

De la carta de san Clemente primero, Obispo de Roma - Pont. Papa [años 88-97ca.Roma], a los Corintios - (Caps. 19, 2-20, 12: Funk 1, 87-89)

 

Dios ha creado el mundo con orden y sabiduría
y con sus dones lo enriquece

 

No perdamos de vista al que es Padre y Creador de todo el mundo, y
tengamos puesta nuestra esperanza en la munificencia y exuberancia del don de la paz que nos ofrece. Contemplémoslo con nuestra mente y pongamos los ojos de nuestra alma en la magnitud de sus designios, sopesando cuán bueno se muestra él para con todas sus criaturas.

Los astros del firmamento obedecen en sus movimientos, con exactitud y orden, las reglas que de él han recibido; el día y la noche van haciendo su camino, tal como él lo ha determinado, sin que jamás un día irrumpa sobre otro. El sol, la luna y el coro de los astros siguen las órbitas que él les ha señalado en armonía y sin transgresión alguna. La tierra fecunda, sometiéndose a sus decretos, ofrece, según el orden de las estaciones, la subsistencia tanto a los hombres como a los animales y a todos los seres vivientes que la habitan, sin que jamás desobedezca el orden que Dios le ha fijado.

Los abismos profundos e insondables y las regiones más inescrutables obedecen también a sus leyes. La inmensidad del mar, colocada en la concavidad donde Dios la puso, nunca traspasa los límites que le fueron impuestos, sino que en todo se atiene a lo que él le ha mandado. Pues al mar dijo el Señor: Hasta aquí llegarás y no pasarás; aquí se romperá la arrogancia de tus olas. Los océanos, que el hombre no puede penetrar, y aquellos otros mundos que están por encima de nosotros obedecen también a las ordenaciones del Señor.

Las diversas estaciones del año, primavera, verano, otoño e invierno, van sucediéndose en orden, una tras otra. El ímpetu de los vientos irrumpe en su propio momento y realiza así su finalidad sin desobedecer nunca; las fuentes, que nunca se olvidan de manar y que Dios creó para el bienestar y la salud de los hombres, hacen brotar siempre de sus pechos el agua necesaria para la vida de los hombres; y aún los más pequeños de los animales, uniéndose en paz y concordia, van reproduciéndose y multiplicando su prole.

Así, en toda la creación, el Dueño y soberano Creador del universo ha querido que reinara la paz y la concordia, pues él desea el bien de todas sus criaturas y se muestra siempre magnánimo y generoso con todos los que recurrimos a su misericordia, por nuestro Señor Jesucristo, a quien sea la gloria y la majestad por los siglos de los siglos. Amén.

 

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Compendio del Catecismo de la Iglesia católica
La fe de los sencillos - Una síntesis fiel y segura del Catecismo de la Iglesia católica. Contiene, de modo conciso, todos los elementos esenciales y fundamentales de la fe de la Iglesia. 2005. ¡No falte en el bolsillo de cada cristiano para aprenderlo!

Creer, celebrar, vivir y orar, esta y no más es la fe cristiana desde hace 2000 años, enseñada por la Iglesia Católica sin error porque Cristo la ilumina y sólo Él la guía.

 

Recomendamos vivamente: Título: ¿Sabes leer la Biblia?

Una guía de lectura para descifrar el libro sagrado - Autor: Francisco Varo – MMVI. Marzo - Editorial: Planeta Testimonio

 

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Recomendamos: LO PRIMERO ES EL AMOR”, Scott Hahn muestra de nuevo una de sus mejores cualidades como autor: su gran capacidad para explicar las verdades esenciales de la Iglesia Católica fundada por Jesucristo, de un modo accesible y atrayente. En esta obra el incentivo es esta pregunta: ¿Qué clase de amor y qué clase de familia satisfacen nuestros más íntimos anhelos?. Con su clara prosa desarrolla una idea central de la fe cristiana: Dios, la Trinidad de Personas Divinas, es una familia que vive en una comunión de amor. Expone también Hahn la íntima conexión entre la familia divina, la familia de la fe, que es la Iglesia, y las familias de la tierra formadas por un hombre y una mujer. Ed. Patmos – Libros de espiritualidad-225.-

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'JESUCRISTO PADECIÓ BAJO EL PODER DE PONCIO PILATO,
FUE CRUCIFICADO, MUERTO Y SEPULTADO'
Evangelio según San Lucas, Cap.3, vers.1º: El año decimoquinto del reinado del emperador Tiberio, cuando Poncio Pilato gobernaba la Judea, siendo Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Felipe tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene…

Crucifixión de San Pedro: fue crucificado al revés cabeza abajo - Pergamino con San Pedro en cruz invertida, de Maguncia- Alemania; entre el 900 y el 1000ca. - Museo Diocesano de la Catedral Maguncia (Mainz) Alemania - Pedro en su cruz, invertida. ¿Qué significa todo esto? Es lo que Jesús había predicho a este Apóstol suyo: "Cuando seas viejo, otro te llevará a donde tú no quieras"; y el Señor había añadido: "Sígueme" (Jn 21, 18-19). Precisamente ahora se realiza el culmen del seguimiento: el discípulo no es más que el Maestro, y ahora experimenta toda la amargura de la cruz, de las consecuencias del pecado que separa de Dios, toda la absurdidad de la violencia y de la mentira. No se puede huir del radicalismo del interrogante planteado por la cruz: la cruz de Cristo, Cabeza de la Iglesia, y la cruz de Pedro, su Vicario en la tierra. Dos actos de un único drama: el drama del misterio pascual: cruz y resurrección, muerte y vida, pecado y gracia.

La maternidad divina de María – Catecismo de la Iglesia
495 Llamada en los Evangelios 'la Madre de Jesús'(Jn 2, 1; 19, 25; cf. Mt 13, 55, etc.), María es aclamada bajo el impulso del Espíritu como 'la madre de mi Señor' desde antes del nacimiento de su hijo (cf Lc 1, 43). En efecto, aquél que ella concibió como hombre, por obra del Espíritu Santo, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el Hijo eterno del Padre, la segunda persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre de Dios [Theotokos] (cf. Concilio de Éfeso, año 649: DS, 251).
La virginidad de María
496 Desde las primeras formulaciones de la fe (cf. DS 10-64), la Iglesia ha confesado que Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María únicamente por el poder del Espíritu Santo, afirmando también el aspecto corporal de este suceso: Jesús fue concebido absque semine ex Spiritu Sancto (Concilio de Letrán, año 649; DS, 503), esto es, sin semilla de varón, por obra del Espíritu Santo. Los Padres ven en la concepción virginal el signo de que es verdaderamente el Hijo de Dios el que ha venido en una humanidad como la nuestra:
Así, san Ignacio de Antioquía (comienzos del siglo II): «Estáis firmemente convencidos acerca de que nuestro Señor es verdaderamente de la raza de David según la carne (cf. Rm 1, 3), Hijo de Dios según la voluntad y el poder de Dios (cf. Jn 1, 13), nacido verdaderamente de una virgen [...] Fue verdaderamente clavado por nosotros en su carne bajo Poncio Pilato [...] padeció verdaderamente, como también resucitó verdaderamente» (Epistula ad Smyrnaeos, 1-2).

El acontecimiento histórico y transcendente – Catecismo de la Iglesia
639 El misterio de la resurrección de Cristo es un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas como lo atestigua el Nuevo Testamento. Ya san Pablo, hacia el año 56, puede escribir a los Corintios: "Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce: "(1 Co 15, 3-4). El apóstol habla aquí de la tradición viva de la Resurrección que recibió después de su conversión a las puertas de Damasco (cf. Hch 9, 3-18).
El sepulcro vacío

640 "¿Por qué buscar entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado" (Lc 24, 5-6). En el marco de los acontecimientos de Pascua, el primer elemento que se encuentra es el sepulcro vacío. No es en sí una prueba directa. La ausencia del cuerpo de Cristo en el sepulcro podría explicarse de otro modo (cf. Jn 20,13; Mt 28, 11-15). A pesar de eso, el sepulcro vacío ha constituido para todos un signo esencial. Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección. Es el caso, en primer lugar, de las santas mujeres (cf. Lc 24, 3. 22- 23), después de Pedro (cf. Lc 24, 12). "El discípulo que Jesús amaba" (Jn 20, 2) afirma que, al entrar en el sepulcro vacío y al descubrir "las vendas en el suelo"(Jn 20, 6) "vio y creyó" (Jn 20, 8). Eso supone que constató en el estado del sepulcro vacío (cf. Jn 20, 5-7) que la ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana y que Jesús no había vuelto simplemente a una vida terrenal como había sido el caso de Lázaro (cf. Jn 11, 44).