Tuesday 17 January 2017 | Actualizada : 2016-12-24
 
Inicio > Temas Católicos > 1 - Iglesia 23º ¿Cómo distinguir, entre tantas iglesias, a la fundada por Cristo?



¡Pero si es imposible saber cuál es la Iglesia de Cristo partiendo de los cientos de miles de nombres de las denominaciones protestantes!. Entonces, ¿cómo podremos saberlo? (En la edición de 1986 del conocido libro de referencia protestante "The Christian Source Book" -New York: Ballantine Books- se nos dice que existen más de 21,000 denominaciones y sectas, según el último recuento, y que aparecen – anualmente - unas 270 nuevas). Pues bien, la respuesta es que podremos saber cuál es la Iglesia fundada por Cristo examinando las características de una determinada iglesia. Las características que la Iglesia Católica puede ofrecer son las así llamadas "cuatro notas". UNA, SANTA, CATÓLICA Y APOSTÓLICA. Y, desde que Cristo la fundara, 2000 años de historia con domicilio físico sobre la tumba del apóstol Pedro, crucificado en cruz invertida en el 64/67ca.bajo Nerón, y enterrado a la orilla derecha del rio Tiber en la colina vaticana de la ciudad de Roma,Italia. (Allí también decapitado Pablo, murió martir de la Iglesia Católica-Apostólica-Una y Santa).

 

Síganme y les haré pescadores de hombres” (Mt 4, 19).

Estas palabras de Jesús, que hemos escuchado, se repiten a lo largo de la historia y en todos los rincones de la tierra. Como el Maestro, hago la misma invitación a todos, especialmente a los jóvenes, a seguir a Cristo. Queridos jóvenes, Jesús llamó un día a Simón Pedro y a Andrés. Eran pescadores y abandonaron sus redes para seguirle. Ciertamente Cristo llama a algunos de Ustedes a seguirlo y entregarse totalmente a la causa del Evangelio. ¡No tengan miedo de recibir esta invitación del Señor! ¡No permitan que las redes les impidan seguir el camino de Jesús! Sean generosos, no dejen de responder al Maestro que llama. Síganle para ser, como los Apóstoles, pescadores de hombres.

 

La única Iglesia fundada por Cristo sigue viva y presente en el tiempo y el espacio de la historia.

Y todo por recordar hasta el último suspiro que la única Iglesia fundada por Cristo sigue viva y presente en el tiempo y el espacio de la historia, que no hay corte ni refundación posible entre aquel inicio al pie de la cruz y la hora que marcan nuestros relojes digitales. Y todo por abatir con el cayado de Pedro la falsa tramoya de una Iglesia postconciliar, que ahora sí, por fin, estaría abierta al mundo para superar antiguas lacras y pecados, democrática y popular, libre de resabios ministeriales y sacramentales. Ahora sí es la Iglesia de Jesús, proclaman: aunque dé la espalda a la continuidad histórica en la que solamente pueden encontrarse los gestos y palabras verdaderos de aquel Jesús que murió y resucitó, y que dejó a sus apóstoles el fardo inenarrable de que cuanto atasen en la tierra, quedaría atado en el cielo.

Por suerte siempre está Pedro, para atraer sobre sí la tempestad.

¡Gracias! Benedicto PP XVI - 2007-VII.

 

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La primera vez que los seguidores de Cristo fueron llamados cristianos fue en la comunidad de Antioquia, según nos relata el libro de Los Hechos de los Apóstoles.

 

La primera vez que los seguidores de Cristo fueron llamados católicos fue en la primera etapa de los Santos Padres, cuando el concepto de Iglesia Católica, igual a universal, se generalizó por toda la cuenca del Mediterráneo.

 

A partir de aquí, los bautizados en Cristo en la fe de la Iglesia, somos llamados cristianos o católicos. El término más usado en el último siglo es: Católico.

 

La misma Iglesia ha concedido este apelativo a centros de estudios, asociaciones laicales, y grupos varios.

Ahora el término católico está devaluado debido a grupos que utilizan ese porque les da lustre y pueden seguir vendiendo como católica una doctrina que no lo es.

2012

 

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LA IGLESIA ES MISTERIO

13. Sabemos muy bien que esto es un misterio. Es el misterio de la Iglesia. Y si nosotros, con la ayuda de Dios, fijamos la mirada del ánimo en este misterio, conseguiremos muchos beneficios espirituales, precisamente aquellos de los cuales creemos que ahora la Iglesia tiene mayor necesidad. La presencia de Cristo, más aún, su misma vida se hará operante en cada una de las almas y en el conjunto del Cuerpo Místico, mediante el ejercicio de la fe viva y vivificante, según la palabra del Apóstol: Que Cristo habite por la fe en vuestros corazones(24). Y realmente la conciencia del misterio de la Iglesia es un hecho de fe madura y vivida. Produce en las almas aquel sentir de la Iglesia que penetra al cristiano educado en la escuela de la divina palabra, alimentado por la gracia de los Sacramentos y por las inefables inspiraciones del Paráclito, animado a la práctica de las virtudes evangélicas, empapado en la cultura y en la conversación de la comunidad eclesial y profundamente alegre al sentirse revestido con aquel sacerdocio real que es propio del pueblo de Dios(25). El misterio de la Iglesia no es un mero objeto de conocimiento teológico, ha de ser un hecho vivido, del cual el alma fiel aun antes que un claro concepto puede tener una casi connatural experiencia; y la comunidad de los creyentes puede hallar la íntima certeza en su participación en el Cuerpo Místico de Cristo, cuando se da cuenta de que es el ministerio de la Jerarquía eclesiástica el que por divina institución provee a iniciarla, a engendrarla(26), a instruirla, a santificarla, a dirigirla, de tal modo que mediante este bendito canal Cristo difunde en sus místicos miembros las admirables comunicaciones de su verdad y de su gracia, y da a su Cuerpo Místico, mientras peregrina en el tiempo, su visible estructura, su noble unidad, su orgánica funcionalidad, su armónica variedad y su belleza espiritual. No hay imágenes capaces de traducir en conceptos a nosotros accesibles la realidad y la profundidad de este misterio; pero de una especialmente —después de la mencionada del Cuerpo Místico, sugerida por el apóstol Pablo— debemos conservar el recuerdo, porque el mismo Cristo la sugirió, y es la del edificio del cual El es el arquitecto y el constructor, fundado, sí, sobre un hombre naturalmente frágil, pero transformado por El milagrosamente en sólida roca, es decir, dotado de prodigiosa y perenne indefectibilidad: Sobre esta piedra edificaré mi Iglesia (27).

 

(24) Eph. 3, 17.

(25) Cf. 1 Pet. 2, 9.

(26) Cf. Gal. 4, 19; 1 Cor. 4, 15.

(27) Mat. 16, 18.

 

DE LA CARTA ENCÍCLICA 
«ECCLESIAM SUAM» DEL SUMO PONTÍFICE
 PABLO VI EL "MANDATO" DE LA IGLESIA EN EL MUNDO CONTEMPORÁNEO

6 de agosto del año 1964

 

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 No creemos en las fórmulas, sino en las realidades que estas expresan y que la fe nos permite "tocar". "El acto (de fe) del creyente no se detiene en el enunciado, sino en la realidad (enunciada)" (S. Tomás de A., s.th. 2-2, 1,2, ad 2). Sin embargo, nos acercamos a estas realidades con la ayuda de las formulaciones de la fe. Estas permiten expresar y transmitir la fe, celebrarla en comunidad, asimilarla y vivir de ella cada vez más.

171 La Iglesia, que es "columna y fundamento de la verdad" (1 Tim 3,15), guarda fielmente "la fe transmitida a los santos de una vez para siempre" (Judas 3). Ella es la que guarda la memoria de las Palabras de Cristo, la que transmite de generación en generación la confesión de fe de los Apóstoles. Como una madre que enseña a sus hijos a hablar y con ello a comprender y a comunicar, la Iglesia, nuestra Madre, nos enseña el lenguaje de la fe para introducirnos en la inteligencia y la vida de la fe.

 

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DICE LA BIBLIA - Capítulo 2 de la Segunda Epístola Católica de San Pedro: Hubo también en el pueblo falsos profetas, como habrá entre vosotros falsos maestros que introducirán herejías perniciosas y que, negando al Dueño que los adquirió, atraerán sobre sí una rápida destrucción. Muchos seguirán su libertinaje y, por causa de ellos, el Camino de la verdad será difamado. Traficarán con vosotros por codicia, con palabras artificiosas; desde hace tiempo su condenación no está ociosa, ni su perdición dormida.

 

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IGLESIA… La Apostolicidad de la Iglesia – Obispo de Roma.

Para poder poner de relieve la relación de apostolicidad y Eucaristía, se debe colocar al inicio una reflexión sobre la apostolicidad de la Iglesia. A causa de la mediación histórica de la revelación es la Iglesia en su doctrina, en su vida sacramental y en su constitución como realidad social a lo largo del tiempo y en el cambio de generaciones, idéntica, realmente con la Iglesia de todos los tiempos y de todos los lugares ; pero en especial con su origen histórico en la Iglesia primitiva de los apóstoles, es decir, del grupo prepascual y postpascual de los doce junto con los otros testigos de la resurrección y los más importantes misioneros de la Iglesia primitiva.

El origen del episcopado de los apóstoles pertenece también, según la interpretación católica, a la apostolicidad de la enseñanza y de la vida sacramental. Los obispos son, en el servicio de la dirección de la Iglesia confiada a ellos y en su testimonio autoritativo de la resurrección, sucesores de los apóstoles.

El ministerio apostólico de la Iglesia primitiva se prolonga, mediante la sucesión apostólica en el sacramento del orden, en continuidad del colegio apostólico en el colegio de los obispos, en una unidad histórica; y así la Iglesia posee un signo efectivo de su realidad apostólica.

En este sentido la constitución de la Iglesia descansa, especialmente el ministerio eclesial, en la “institución divina” (DH 101; 1318; LG 20).

El obispo de Roma es, como sucesor del apóstol Pedro, cabeza del colegio de los obispos y principio y fundamento de su unidad en la doctrina y la comunión (LG 18).

“Ustedes han sido edificados sobre el fundamento de los apóstoles” (Ef 2,20).

Bajo estas premisas y presupuestos eclesiológicos hay que considerar la relación entre Eucaristía y Apostolicidad. La Iglesia se edifica de la celebración de la Eucaristía y la Iglesia realiza la Eucaristía. Por lo cual es muy estrecha la relación entre la una y la otra (ver, EE 26).

Esta interacción permite hablar también de la Eucaristía como “una, santa, católica y apostólica”.

El Catecismo de la Iglesia Católica aclara –como la Encíclica lo retoma- en qué medida la Iglesia puede ser llamada apostólica en un triple sentido. En primer lugar la Iglesia está apoyada sobre el fundamento de los Apóstoles. Ella descansa sobre los apóstoles, a los que Cristo mismo ha elegido y enviado como sus testigos para anunciar la fe en la buena nueva que realiza la salvación.

Del mismo modo se encuentra la Eucaristía en sus manos protectoras, porque Cristo mismo les ha confiado a ellos el santísimo sacramento y estos, por su parte, han entregado con responsabilidad a sus sucesores. Así resulta una continuidad entre el obrar de los primeros apóstoles - nombrados por Cristo-y los portadores de la autoridad apostólica, los obispos, hasta hoy. A través de todos los siglos obedecieron ellos el encargo de Cristo: “Hagan esto en mi memoria ».


La Encíclica recuerda también el segundo sentido de la apostolicidad de la Iglesia fijado por el Catecismo: “Ella guarda y transmite, con la ayuda del Espíritu Santo que habita en ella, la enseñanza, el buen depósito, las sanas palabras oídas a los apóstoles » (Catecismo de la Iglesia Católica, 857). Decisiva, a este respecto es la profunda conexión con el origen apostólico, que está más allá de tiempos y lugares.

Lo que hicieron los Apóstoles, como ellos han celebrado la Eucaristía, de acuerdo a su contenido, fue conservado a lo largo de la historia de la Iglesia. “Según la fe de los Apóstoles” (EE 27) se celebra también hoy la Eucaristía. Inclusive fue el magisterio eclesial el que ha profundizado en los dos mil años de historia, cada vez más a fondo en el misterio de la Eucaristía, y ha precisado con estos conocimientos la doctrina sobre la Eucaristía.

Terminologías e interpretaciones teológicas fueron en cierto modo apoyadas como resultado de una intensa meditación, por el magisterio, por los concilios y escritos doctrinales y encíclicas pontificias, como resultado que permite comprender, cada vez más profundamente el sublime misterio de la Eucaristía.


De singular significado es también el tercer sentido de la apostolicidad de la Iglesia y de la Eucaristía, como la presenta la Encíclica en el número 28. A semejanza de la conexión con los orígenes, que es al mismo tiempo fundamente de la Iglesia, la presencia de los primeros apóstoles aparece como presencia perdurable en la Iglesia. Ella sigue siendo instruida, santificada y dirigida por los apóstoles, por aquellos mismos que en su ministerio pastoral les suceden : el colegio de los obispos en unidad con el sucesor de Pedro, el pastor supremo de la Iglesia.

La misión pastoral de los obispos se funda sobre el colegio apostólico instituido por Cristo. Esto implica necesariamente el sacramento del orden, es decir, la serie interrumpida que se remonta hasta los orígenes, de ordenaciones episcopales válidas. “La sucesión es esencial, para que haya Iglesia en sentido propio y pleno” (EE 28).

La sucesión apostólica sirve como prueba de identidad para la auténtica transmisión de la fe. Ella es el garante para la autenticidad de la doctrina autoritativamente presentada. Con ello se menciona el criterio esencial de una transmisión autorizada de la fe, porque la interna identificación con la fe de los Padres, con la doctrina de la Iglesia y con el Papa como pastor supremo de la Iglesia, sin la sucesión sería solo un mecanismo vacío. La esencia de la sucesión (la única dotada de todo poder), se fundamenta en la aceptación íntima de la fe que cada uno ha recibido de la Iglesia y que está dotada de todo poder….

Conferencia de Mons. Gerhard Ludwig Müller
Obispo de Regensburg, Alemania-Guadalajara, México - Jueves 7 de octubre de 2004

 

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Jesús es clavado en la cruz. La Sábana Santa de Turín nos permite hacernos una idea de la increíble crueldad de este procedimiento. Jesús no bebió el calmante que le ofrecieron: asume conscientemente todo el dolor de la crucifixión. Su cuerpo está martirizado; se han cumplido las palabras del Salmo: «Yo soy un gusano, no un hombre, vergüenza de la gente, desprecio del pueblo» (Sal 21, 27). «Como uno ante quien se oculta el rostro, era despreciado... Y con todo eran nuestros sufrimientos los que él llevaba y nuestros dolores los que soportaba» (Is 53, 3 ss). Detengámonos ante esta imagen de dolor, ante el Hijo de Dios sufriente. Mirémosle en los momentos de satisfacción y gozo, para aprender a respetar sus límites y a ver la superficialidad de todos los bienes puramente materiales. Mirémosle en los momentos de adversidad y angustia, para reconocer que precisamente así estamos cerca de Dios. Tratemos de descubrir su rostro en aquellos que tendemos a despreciar. Ante el Señor condenado, que no quiere usar su poder para descender de la cruz, sino que más bien soportó el sufrimiento de la cruz hasta el final, podemos hacer aún otra reflexión. Ignacio de Antioquia, encadenado por su fe en el Señor, elogió a los cristianos de Esmirna por su fe inamovible: dice que estaban, por así decir, clavados con la carne y la sangre a la cruz del Señor Jesucristo (1,1). Dejémonos clavar a él, no cediendo a ninguna tentación de apartarnos, ni a las burlas que nos inducen a darle la espalda.
Joseph + Cardenal Ratzinger – 2005.03 Viernes Santo, Coliseo romano. Italia

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La Iglesia, áncora de salvación.

 

Las quince (15) marcas distintivas de La Iglesia:

 

Ø      El Nombre de la Iglesia Católica - No está confinada a una nación o gente en particular.

Ø      Antigüedad - Traza sus ancestros directamente a Jesucristo*.

Ø      Constante Duración - Duración substancial (a través de los siglos) sin cambios.

Ø      Extensa - Número de sus fieles.

Ø      Sucesión Episcopal - Desde los primeros Apóstoles a la  jerarquía presente.

Ø      Acuerdo Doctrinal - La misma doctrina y enseñanzas de la Iglesia primitiva.

Ø      Unión - Todos los miembros entre sí y con la cabeza visible, el Romano Pontífice.

Ø      Santidad - Doctrina que refleja la santidad de DIOS.

Ø      Eficacia - Eficacia de doctrina en el poder de santificar creyentes e inspirarlos a                       grandes logros morales.

Ø      Santidad de Vida - Defensores representantes de la Iglesia.

Ø      La gloria de Milagros - Trabajados en la Iglesia y bajo el auspicio de la Iglesia.

Ø      El don de Profecía Don encontrado entre los santos de la Iglesia y sus    portavoces.

Ø      La Oposición - que la Iglesia levanta entre aquellos que la atacan en los mismos terrenos que Cristo fuera atacado por sus enemigos.

Ø      El Triste Fin - de todos aquellos que luchan contra ella.

Ø      La Paz Temporal y Felicidad Terrenal - Todos aquellos que viven de acuerdo a las enseñanzas de la Iglesia y que defienden sus intereses.

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* 2000 años de historia y con sede sobre la tumba de Pedro en la colina vaticana en la ciudad de Roma donde murió crucificado cabeza abajo, en cruz invertida. Y San Pablo -no lejos- murió decapitado.

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San Roberto Belarmino (+ 1621) Roberto "el que brilla por su fama", Belarmino: "guerrero bien armado".  Su fama brilló por ser un guerrero en defensa de la verdadera fe. Jesuita, Arzobispo de Capua, Cardenal y doctor de la Iglesia Católica, defensor de la sana doctrina cristiana durante y después de la Reforma Protestante.


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“La Tradición apostólica va creciendo en la Iglesia con la ayuda del Espíritu Santo; es decir, crece la comprensión de las palabras e instituciones transmitidas cuando los fieles las contemplan y estudian repasándolas en su corazón (cf. Lc 2,19-51), y cuando comprenden internamente los misterios que viven, cuando las proclaman los obispos, sucesores de los Apóstoles en el carisma de la verdad. La Iglesia camina a través de los siglos hacia la plenitud de la verdad, hasta que se cumplan en ella plenamente las palabras de Dios” (Dei Verbum 8). Estas palabras preparan la afirmación del número siguiente. “...Por eso la Iglesia no saca exclusivamente de la Escritura la certeza de todo lo revelado. Y así se han de recibir y respetar con el mismo espíritu de devoción” (ibid. 9). Concilio Vaticano II

 

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CATOLICIDAD: La finalidad de la misión es una humanidad transformada en una glorificación viva de Dios, el culto verdadero que Dios espera: este es el sentido más profundo de la catolicidad, una catolicidad que ya nos ha sido donada y hacia la cual, sin embargo, debemos avanzar siempre de nuevo. Catolicidad no sólo expresa una dimensión horizontal, la reunión de muchas personas en la unidad; también entraña una dimensión vertical: sólo dirigiendo nuestra mirada a Dios, sólo abriéndonos a él, podemos llegar a ser realmente uno. Como san Pablo, también san Pedro vino a Roma, a la ciudad a donde confluían todos los pueblos y que, precisamente por eso, podía convertirse, antes que cualquier otra, en manifestación de la universalidad del Evangelio. Al emprender el viaje de Jerusalén a Roma, ciertamente sabía que lo guiaban las palabras de los profetas, la fe y la oración de Israel.

En efecto, la misión hacia todo el mundo también forma parte del anuncio de la antigua alianza: el pueblo de Israel estaba destinado a ser luz de las naciones. El gran salmo de la Pasión, el salmo 21, cuyo primer versículo "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?" pronunció Jesús en la cruz, terminaba con la visión: "Volverán al Señor de todos los confines del orbe; en su presencia se postrarán las familias de los pueblos" (Sal 21, 28). Cuando san Pedro y san Pablo vinieron a Roma, el Señor, que había iniciado ese salmo en la cruz, había resucitado; ahora se debía anunciar a todos los pueblos esa victoria de Dios, cumpliendo así la promesa con la que concluía el Salmo.
Catolicidad significa universalidad, multiplicidad que se transforma en unidad; unidad que, a pesar de todo, sigue siendo multiplicidad. Las palabras de san Pablo sobre la universalidad de la Iglesia nos han explicado que de esta unidad forma parte la capacidad de los pueblos de superarse a sí mismos para mirar hacia el único Dios.

El fundador de la teología católica, san Ireneo de Lyon, en el siglo II, expresó de un modo muy hermoso este vínculo entre catolicidad y unidad: "la Iglesia recibió esta predicación y esta fe, y, extendida por toda la tierra, con esmero la custodia como si habitara en una sola familia. Conserva una misma fe, como si tuviese una sola alma y un solo corazón, y la predica, enseña y transmite con una misma voz, como si no tuviese sino una sola boca. Ciertamente, son diversas las lenguas, según las diversas regiones, pero la fuerza de la tradición es una y la misma. Las Iglesias de Alemania no creen de manera diversa, ni transmiten otra doctrina diferente de la que predican las de España, las de Francia, o las del Oriente, como las de Egipto o Libia, así como tampoco las Iglesias constituidas en el centro del mundo; sino que, así como el sol, que es una criatura de Dios, es uno y el mismo en todo el mundo, así también la luz de la predicación de la verdad brilla en todas partes e ilumina a todos los seres humanos que quieren venir al conocimiento de la verdad" (Adversus haereses, I, 10, 2).

La unidad de los hombres en su multiplicidad ha sido posible porque Dios, el único Dios del cielo y de la tierra, se nos manifestó; porque la verdad esencial sobre nuestra vida, sobre nuestro origen y nuestro destino, se hizo visible cuando él se nos manifestó y en Jesucristo nos hizo ver su rostro, se nos reveló a sí mismo. Esta verdad sobre la esencia de nuestro ser, sobre nuestra vida y nuestra muerte, verdad que Dios hizo visible, nos une y nos convierte en hermanos. Catolicidad y unidad van juntas. Y la unidad tiene un contenido: la fe que los Apóstoles nos transmitieron de parte de Cristo.

Hemos dicho que catolicidad de la Iglesia y unidad de la Iglesia van juntas. El hecho de que ambas dimensiones se nos hagan visibles en las figuras de los santos Apóstoles nos indica ya la característica sucesiva de la Iglesia: apostólica. ¿Qué significa?

El Señor instituyó doce Apóstoles, como eran doce los hijos de Jacob, señalándolos de esa manera como iniciadores del pueblo de Dios, el cual, siendo ya universal, en adelante abarca a todos los pueblos. San Marcos nos dice que Jesús llamó a los Apóstoles para que "estuvieran con él y también para enviarlos" (Mc 3, 14). Casi parece una contradicción. Nosotros diríamos: o están con él o son enviados y se ponen en camino.

El Papa san Gregorio Magno tiene un texto acerca de los ángeles que nos puede ayudar a aclarar esa aparente contradicción. Dice que los ángeles son siempre enviados y, al mismo tiempo, están siempre en presencia de Dios, y continúa: "Dondequiera que sean enviados, dondequiera que vayan, caminan siempre en presencia de Dios" (Homilía 34, 13). El Apocalipsis se refiere a los obispos como "ángeles" de su Iglesia; por eso, podemos hacer esta aplicación: los Apóstoles y sus sucesores deberían estar siempre en presencia del Señor y precisamente así, dondequiera que vayan, estarán siempre en comunión con él y vivirán de esa comunión.

La Iglesia es apostólica porque confiesa la fe de los Apóstoles y trata de vivirla. Hay una unicidad que caracteriza a los Doce llamados por el Señor, pero al mismo tiempo existe una continuidad en la misión apostólica. San Pedro, en su primera carta, se refiere a sí mismo como "co-presbítero" con los presbíteros a los que escribe (cf. 1 P 5, 1). Así expresó el principio de la sucesión apostólica: el mismo ministerio que él había recibido del Señor prosigue ahora en la Iglesia gracias a la ordenación sacerdotal. La palabra de Dios no es sólo escrita; gracias a los testigos que el Señor, por el sacramento, insertó en el ministerio apostólico, sigue siendo palabra viva.

Con esto no queremos olvidar que el sentido de todas las funciones y los ministerios es, en el fondo, que "lleguemos todos a la unidad en la fe y en el conocimiento del Hijo de Dios, al hombre perfecto, a la medida de Cristo en su plenitud", de modo que crezca el cuerpo de Cristo "para construcción de sí mismo en el amor" (Ef 4, 13. 16).

En este momento de la historia, lleno de escepticismo y de dudas, pero también rico en deseo de Dios, reconocemos de nuevo nuestra misión común de testimoniar juntos a Cristo nuestro Señor y, sobre la base de la unidad que ya se nos ha donado, de ayudar al mundo para que crea. Y pidamos con todo nuestro corazón al Señor que nos guíe a la unidad plena, a fin de que el esplendor de la verdad, la única que puede crear la unidad, sea de nuevo visible en el mundo.

El evangelio de este día nos habla de la confesión de san Pedro, con la que inició la Iglesia: "Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo" (Mt 16, 16). He hablado de la Iglesia una, católica y apostólica, pero no lo he hecho aún de la Iglesia santa; por eso, quisiera recordar en este momento otra confesión de Pedro, pronunciada en nombre de los Doce en la hora del gran abandono: "Nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios" (Jn 6, 69). ¿Qué significa? Jesús, en la gran oración sacerdotal, dice que se santifica por los discípulos, aludiendo al sacrificio de su muerte (cf. Jn 17, 19). De esta forma Jesús expresa implícitamente su función de verdadero Sumo Sacerdote que realiza el misterio del "Día de la reconciliación", ya no sólo mediante ritos sustitutivos, sino en la realidad concreta de su cuerpo y su sangre.

En el Antiguo Testamento, las palabras "el Santo de Dios" indicaban a Aarón como sumo sacerdote que tenía la misión de realizar la santificación de Israel (cf. Sal 105, 16; Si 45, 6). La confesión de Pedro en favor de Cristo, a quien llama "el Santo de Dios", está en el contexto del discurso eucarístico, en el cual Jesús anuncia el gran Día de la reconciliación mediante la ofrenda de sí mismo en sacrificio: "El pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo" (Jn 6, 51).

Así, sobre el telón de fondo de esa confesión, está el misterio sacerdotal de Jesús, su sacrificio por todos nosotros. La Iglesia no es santa por sí misma, pues está compuesta de pecadores, como sabemos y vemos todos. Más bien, siempre es santificada de nuevo por el Santo de Dios, por el amor purificador de Cristo. Dios no sólo ha hablado; además, nos ha amado de una forma muy realista, nos ha amado hasta la muerte de su propio Hijo. Esto precisamente nos muestra toda la grandeza de la revelación, que en cierto modo ha infligido las heridas al corazón de Dios mismo. Así pues, cada uno de nosotros puede decir personalmente, con san Pablo: "Yo vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó y se entregó a sí mismo por mí" (Ga 2, 20).

Pidamos al Señor que la verdad de estas palabras penetre profundamente, con su alegría y con su responsabilidad, en nuestro corazón. Pidámosle que, irradiándose desde la celebración eucarística, sea cada vez más la fuerza que transforme nuestra vida. S. S. BENEDICTO XVI – P.P.
 2005-06.29 - ZS05070104

 

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UNA, SANTA, CATÓLICA, APOSTÓLICA

 

Pentecostés, principio de la Iglesia en la misión del Espíritu Santo 


En los Hechos de los Apóstoles se encuentra un primer esbozo de una eclesiología católica; así lo admiten en la actualidad incluso los exegetas protestantes, que llaman a San Lucas frdhkatholisch (católico primitivo) y lo critican por esta razón. San Lucas desarrolla su programa eclesiológico en los dos primeros capítulos de los Hechos, especialmente en el relato del día de Pentecostés. Quisiera, pues, presentar en esta conferencia una breve visión general de los elementos principales de la eclesiología, partiendo del relato de Pentecostés tal como se nos transmite en los 
Hechos.
Pentecostés representa para San Lucas el nacimiento de la Iglesia por obra del Espíritu Santo. El Espíritu desciende sobre la comunidad de los discípulos -"asiduos y unánimes en la oración"-, reunida «con María, la madre de Jesús» y con los once apóstoles. Podemos decir, por tanto, que la Iglesia comienza con la bajada del Espíritu Santo y que el Espíritu Santo «entra» en una comunidad que ora, que se mantiene unida y cuyo centro son María y los apóstoles.
Cuando meditamos sobre esta sencilla realidad que nos describen los Hechos de los Apóstoles, vamos descubriendo las notas de la Iglesia.


APOSTÓLICA: La Iglesia es apostólica, «edificada sobre el fundamento de los apóstoles y de los profetas» (/Ef/02/20). La Iglesia no puede vivir sin este vínculo que la une, de una manera viva y concreta, a la corriente ininterrumpida de la sucesión apostólica, firme garante de la fidelidad a la fe de los apóstoles. En este mismo capítulo, en la descripción que nos ofrece de la Iglesia primitiva, San Lucas subraya una vez más esta nota de la Iglesia: «Todos perseveraban en la doctrina de los apóstoles» (2,42). El valor de la perseverancia, del estarse y vivir firmemente anclados en la doctrina de los apóstoles, es también, en la intención del evangelista, una advertencia para la Iglesia de su tiempo -y de todos los tiempos-. Me parece que la traducción oficial de la Conferencia Episcopal Italiana no es suficientemente precisa en este punto: «Eran asiduos en escuchar la enseñanza de los apóstoles». No se trata sólo de un escuchar; se trata del ser mismo de aquella perseverancia profunda y vital con la que la Iglesia se halla insertada, arraigada en la doctrina de los apóstoles; bajo esta luz, la advertencia de Lucas se hace también radical exigencia para la vida personal de los creyentes.¿Se halla mi vida verdaderamente fundada sobre esta doctrina? ¿Confluyen hacia este centro las corrientes de mi existencia?

El impresionante discurso de San Pablo a los presbíteros de Efeso (c.20) ahonda todavía más en este elemento de la «perseverancia en la doctrina de los apóstoles». Los presbíteros son los responsables de esta perseverancia; ellos son el quicio de la «perseverancia en la doctrina de los apóstoles», y «perseverar» implica, en este sentido, vincularse a este quicio, obedecer a los presbíteros: «Mirad por vosotros y por todo el rebaño sobre el cual el Espíritu Santo os ha constituido obispos para apacentar la Iglesia de Dios, que El ha adquirido con su sangre» (20,29). 
¿Velamos suficientemente sobre nosotros mismos? ¿Miramos por el rebaño? ¿Pensamos en qué significa realmente que Jesús haya adquirido este rebaño con su sangre? ¿Sabemos valorar el precio que ha pagado Jesús -su propia sangre- para adquirir este rebaño? 


2. Volvamos al relato de Pentecostés. El Espíritu penetra en una comunidad congregada en torno a los apóstoles, una comunidad que perseveraba en la oración. Encontramos aquí la segunda nota de la Iglesia: la Iglesia es santa (I/SANTIDAD), y esta santidad no es el resultado de su propia fuerza; esta santidad brota de su conversión al Señor. La Iglesia mira al Señor y de este modo se transforma, haciéndose conforme a la figura de Cristo. «Fijemos firmemente la mirada en el Padre y Creador del universo mundo», escribe San Clemente Romano en su Carta a los Corintios (19,2), y en otro significativo pasaje de esta misma carta dice: «Mantengamos fijos los ojos en la sangre de Cristo»

(7,4). Fijar la mirada en el Padre, fijar los ojos en la sangre de Cristo: esta perseverancia es la condición  esencial de la estabilidad de la Iglesia, de su fecundidad y de su vida misma.
Este rasgo de la imagen de la Iglesia se repite y profundiza en la descripción que de la Iglesia se hace al final del segundo capítulo de los Hechos: «Eran asiduos -dice San Lucas- en la fracción del pan y en la oración». Al celebrar la Eucaristía, tengamos fijos los ojos en la sangre de Cristo. Comprenderemos así que la 
celebración de la Eucaristía no ha de limitarse a la esfera de lo puramente litúrgico, sino que ha de constituir el eje de nuestra vida personal. A partir de este eje, nos hacemos «conformes con la imagen de su Hijo» (Rom 8,29). De esta suerte se hace santa la Iglesia, y con la santidad se hace también una. El pensamiento «fijemos la mirada en la sangre de Cristo» lo expresa también San Clemente con estas otras palabras: «Convirtámonos sinceramente a su amor». Fijar la vista en la sangre de Cristo es clavar los ojos en el amor y transformarse en amante.

 

UNIDAD: Con estas consideraciones volvemos al acontecimiento de Pentecostés: la comunidad de Pentecostés se mantenía unida en la oración, era «unánime» (4,32). Después de la venida del Espíritu Santo, San Lucas utiliza una expresión todavía más intensa: «La muchedumbre... tenía un corazón y un alma sola» (/Hch/04/32). Con estas palabras, el evangelista indica la razón más profunda de la unión de la comunidad primitiva: la unicidad del corazón. El corazón -dicen los Padres de la Iglesia- es el órgano propulsor del cuerpo, tó egemonikón, según la filosofía estoica. Este órgano esencial, este centro de la vida, no es ya, después de la conversión, el propio querer, el yo particular y aislado de cada uno, que se busca a sí mismo y se hace el centro del mundo. El corazón, este órgano impulsor, es uno y único para todos y en todos: «Ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí» (Gál 2,20), dice San Pablo, expresando el mismo pensamiento, la misma realidad: cuando el centro de la vida está fuera de mí, cuando se abre la cárcel del yo y mi vida comienza a ser participación de la vida de Otro -de Cristo-, cuando esto sucede, entonces se realiza la unidad.
Este punto se halla estrechamente vinculado con los anteriores. 
La trascendencia, la apertura de la propia vida, exige el camino de la oración, exige no sólo la oración privada, sino también la oración eclesial, es decir, el Sacramento y la Eucaristía, la unión real con Cristo. Y el camino de los sacramentos exige la perseverancia en la doctrina de los apóstoles y la unión con los sucesores de los apóstoles, con Pedro. Pero debe intervenir también otro elemento, el elemento mariano: la unión del corazón, la penetración de la vida de Jesús en la intimidad de la vida cotidiana, del sentimiento, de la voluntad y del entendimiento.


CATÓLICA: El día de Pentecostés manifiesta también la cuarta nota de la Iglesia: la catolicidad. El Espíritu Santo revela su presencia en el don de lenguas; de este modo renueva e invierte el acontecimiento de Babilonia: la soberbia de los hombres que querían ser como Dios y construir la torre babilónica, un puente que alcanzara el cielo, con sus propias fuerzas, a espaldas de Dios. Esta soberbia crea en el mundo las divisiones y los muros que separan. Llevado de la soberbia, el hombre reconoce 
únicamente su inteligencia, su voluntad y su corazón, y, por ello, ya no es capaz de comprender el lenguaje de los demás ni de escuchar la voz de Dios. El Espíritu Santo, el amor divino, comprende y hace comprender las lenguas, crea unidad en la diversidad. Y así la Iglesia, ya en su primer día, habla en todas las lenguas, es católica desde el principio. Existe el puente entre cielo y tierra. Este puente es la cruz; el amor del Señor lo ha construido. La construcción de este puente rebasa las posibilidades de la técnica; la voluntad babilónica tenía y tiene que naufragar. 
Únicamente el amor encarnado de Dios podía levantar aquel puente. Allí donde el cielo se abre y los ángeles de Dios suben y bajan (Jn 1,51), también los hombres comienzan a comprenderse. La Iglesia, desde el primer momento de su existencia, es católica, abraza todas las lenguas. Para la idea lucana de Iglesia y, por tanto, para una eclesiología fiel a la Escritura, el prodigio de las lenguas expresa un contenido lleno de significación: la Iglesia universal precede a las Iglesias particulares; la unidad es antes que las partes. La Iglesia universal no consiste en una fusión secundaria de Iglesias locales; la Iglesia universal, católica, alumbra a las Iglesias particulares, las cuales sólo pueden ser Iglesia en comunión con la catolicidad. Por otra parte, la catolicidad exige la numerosidad de lenguas, la conciliación y reunión de las riquezas de la humanidad en el amor del Crucificado. La catolicidad, por tanto, no consiste únicamente en algo exterior, sino que es además una característica interna de la fe personal: creer con la Iglesia de todos los tiempos, de todos los continentes, de todas las culturas, de todas las lenguas. La catolicidad exige la apertura del corazón, como dice San Pablo a los Corintios: «No estáis al estrecho con nosotros...; pues para corresponder de igual modo, como a hijos os hablo; ¡abrid también vuestro corazón!» (2 Cor 6,12-13). «Non angustiamini in nobis... dilatamini et vos!» Este «dilatamini» es el imperativo permanente de la catolicidad. Los apóstoles pudieron realizar la Iglesia católica porque la Iglesia era ya católica en su corazón. Fue la suya una fe católica abierta a todas las lenguas. La Iglesia se hace infecunda cuando falta la catolicidad del corazón, la catolicidad de la fe personal.

El día de Pentecostés anticipa, según San Lucas, la historia entera de la Iglesia. Esta historia es sólo una manifestación del don del Espíritu Santo. La realización del dinamismo del Espíritu, que impulsa a la Iglesia hacia los confines de la tierra y de los tiempos, constituye el contenido central de todos los capítulos de los Hechos de los Apóstoles, donde se nos describe el paso del Evangelio, del mundo de los judíos al mundo de los paganos, de Jerusalén a Roma. En la estructura de este libro, Roma representa el mundo de los paganos, todos aquellos pueblos que se hallan fuera del antiguo pueblo de Dios. Los Hechos terminan con la llegada del Evangelio a Roma, y esto no porque no interesara el final del proceso de San Pablo, sino porque este libro no es un relato novelesco. Con la llegada a Roma, ha alcanzado su meta el camino que se iniciara en Jerusalén; se ha realizado la Iglesia católica, que continúa y sustituye al antiguo pueblo de Dios, el cual tenía su centro en Jerusalén. En este sentido, Roma tiene ya una significación importante en la eclesiología de San Lucas; entra en la idea lucana de la catolicidad de la Iglesia.

Podemos decir así que Roma es el nombre concreto de la catolicidad. El binomio «romano-católico» no expresa una contradicción, como si el nombre de una Iglesia particular, de una ciudad, viniera a limitar e incluso a hacer retroceder la catolicidad. 

Roma expresa la fidelidad a los orígenes, a la Iglesia de todos los tiempos y a una Iglesia que habla en todas las lenguas. Este contenido espiritual de Roma es, por tanto, para los que hemos sido llamados hoy a ser esta Roma, la garantía concreta de la catolicidad y un compromiso que exige mucho de nosotros.


Exige:
--una fidelidad decidida y profunda al sucesor de Pedro; un caminar desde el interior hacia una catolicidad cada vez más auténtica, y también, en ocasiones, aceptar con prontitud la condición de los apóstoles tal como la describe San Pablo: «Porque, a lo que pienso, Dios a nosotros nos ha asignado el último lugar, como a condenados a muerte, pues hemos venido a ser espectáculo para el mundo... como desecho del mundo, como estropajo de todos» (1 Cor 4,9.13). El sentimiento antirromano es, por una parte, el resultado de los pecados, debilidades y errores de los hombres, y, en este sentido, ha de motivar un examen de conciencia constante y suscitar una profunda y sincera humildad; por otra parte, este sentimiento corresponde a una existencia verdaderamente apostólica, y es así motivo de gran consolación. 
Conocemos las palabras del Señor: «¡Ay cuando todos los hombres dijeren bien de vosotros, porque así hicieron sus padres con los profetas!» (Lc 6,26).
Nos vienen a la memoria también las palabras que San Pablo escribió a los Corintios: «¿Ya estáis llenos? ¿Ya estáis ricos?» (1 Cor 4,8). El ministerio apostólico no se compadece con esta saciedad, con una alabanza engañosa, a costa de la verdad. Sería renegar de la cruz del Señor.
En resumen: la eclesiología de San Lucas es, como hemos visto, una eclesiología pneumatológica y, por ello mismo, plenamente cristológica; una eclesiología espiritual y, al mismo tiempo, concreta, incluso jurídica; una eclesiología litúrgica y personal, ascética. Es relativamente fácil comprender con la mente esta síntesis de San Lucas; pero es tarea de toda una vida el compromiso de vivir cada vez con más intensidad esta síntesis y llegar a ser de este modo realmente católico.

JOSEPH RATZINGER - EL CAMINO PASCUAL - BAC POPULAR-MADRID-1990.Págs. 149-155

 

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Sobre la cruz –en las dos lenguas del mundo de entonces, el griego y el latín, y en la lengua del pueblo elegido, el hebreo– está escrito quien es Jesús: el Rey de los judíos, el Hijo prometido de David. Pilato, el juez injusto, ha sido profeta a su pesar. Ante la opinión pública mundial se proclama la realeza de Jesús. Él mismo había declinado el título de Mesías porque habría dado a entender una idea errónea, humana, de poder y salvación. Pero ahora el título puede aparecer escrito públicamente encima del Crucificado. Efectivamente, él es verdaderamente el rey del mundo. Ahora ha sido realmente «ensalzado». En su descendimiento, ascendió. Ahora ha cumplido radicalmente el mandamiento del amor, ha cumplido el ofrecimiento de sí mismo y, de este modo, manifiesta al verdadero Dios, al Dios que es amor. Ahora sabemos que es Dios. Sabemos cómo es la verdadera realeza. Jesús recita el Salmo 21, que comienza con estas palabras: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (Sal 21, 2). Asume en sí a todo el Israel sufriente, a toda la humanidad que padece, el drama de la oscuridad de Dios, manifestando de este modo a Dios justamente donde parece estar definitivamente vencido y ausente. La cruz de Jesús es un acontecimiento cósmico. El mundo se oscurece cuando el Hijo de Dios padece la muerte. La tierra tiembla. Y junto a la cruz nace la Iglesia en el ámbito de los paganos. El centurión romano reconoce y entiende que Jesús es el Hijo de Dios. Desde la cruz, él triunfa siempre de nuevo.
Joseph + Cardenal Ratzinger – 2005.03 Viernes Santo, Coliseo romano. Italia

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"Por qué pertenezco a la Iglesia"

 

Podemos pensar en la iglesia católica comparándola con la luna: por la relación luna-mujer (madre) y por el hecho de que la luna no tiene luz propia, sino que la recibe del sol sin el cual sería oscuridad completa. La luna resplandece, pero su luz no es suya sino de otro. La sonda lunar y los astronautas descubrieron que la luna es solo una estepa rocosa y desértica, como montañas y arena, vieron una realidad distinta a la de la antigüedad: no como luz. Y efectivamente la luna es en sí y por sí misma lo desierto, arena y rocas. Sin embargo, es también luz y como tal permanece incluso en la época de los vuelos espaciales.

¿No es ésta una imagen exacta de la Iglesia? Quien la explora y la excava con la sonda, como la luna, descubrirá solamente desierto, arena y piedras, las debilidades del hombre y su historia a través del polvo, los desiertos y las montañas. El hecho decisivo es que ella, aunque es solamente arena y rocas, es también luz en virtud de otro, del Señor.

Yo estoy en la iglesia porque creo que hoy como ayer e independientemente de nosotros, detrás de nuestra iglesia vive su iglesia y no puedo estar cerca de Él si no es permaneciendo en su iglesia. Yo estoy en la Iglesia porque a pesar de todo creo que no es en el fondo nuestra sino suya.

La Iglesia es la que, no obstante todas las debilidades humanas existentes en ella, nos da a Jesucristo; solamente por medio de ella puedo yo recibirlo como una realidad viva y poderosa, aquí y ahora. Sin la Iglesia, Cristo se evapora, se desmenuza, se anula. ¿Y qué sería la humanidad privada de Cristo?

Si yo estoy en la Iglesia es por las mismas razones porque soy cristiano. No se puede creer en solitario. La fe es posible en comunión con otros creyentes. La fe por su misma naturaleza es fuerza que une. Esta fe o es eclesial o no es tal fe. Además así como no se puede creer en solitario, sino sólo en comunión con otros, tampoco se puede tener fe por iniciativa propia o invención.

Yo permanezco en la Iglesia porque creo que la fe, realizable solamente en ella y nunca contra ella, es una verdadera necesidad para el hombre y para el mundo.

Yo permanezco en la Iglesia porque solamente la fe de la iglesia salva al hombre. El gran ideal de nuestra generación es uno, sociedad libre de la tiranía, del dolor y de la injusticia. En este mundo el dolor no se deriva sólo de la desigualdad en las riquezas y en el poder. Se nos quiere hacer creer que se puede llegar a ser hombres sin el dominio de sí, sin la paciencia de la renuncia y la fatiga de la superación, que no es necesario el sacrificio de mantener los compromisos aceptados, ni el esfuerzo para sufrir con paciencia la tensión de lo que se debería ser y lo que efectivamente se es.

En realidad el hombre no es salvado sino a través de la cruz y la aceptación de los propios sufrimientos y de los sufrimientos mundo, que encuentran su sentido liberador en la pasión de Dios. Solamente así el hombre llegará a ser libre. Todas las demás ofertas a mejor precio están destinadas al fracaso.

El amor no es estético ni carente de crítica. La única posibilidad que tenemos de cambiar en sentido positivo a un hombre es la de amarlo, trasformándolo lentamente de lo que es en lo que puede ser. ¿Sucedería de distinto modo en la Iglesia?
Conferencia-Testimonio, Alemania (1971) Joseph Ratzinger, 1971 – al día S. S. Benedicto XVI – P.M.

 

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Y en una sola Iglesia


UNIDAD: El P. Karl ·Rahner-K escribe que la Iglesia es una de esas realidades que sólo se comprenden si se aman. Como casi todo lo que es verdaderamente importante en nuestra vida. Como la propia familia, la mujer y los amigos, las instituciones de las que hemos recibido mucho y a las que hemos querido dedicar lo mejor de nuestros afanes. Y también podríamos decir, al revés, que estas realidades se aman más a medida que se las va comprendiendo desde dentro, como parte de la propia existencia. 
Eso pasa con la Iglesia.
«Creo en una sola Iglesia». Parece ser que en los credos más primitivos (por ejemplo el de la Tradición Apostólica de Hipólito, escrita a principios del siglo III) se decía: "Creo en el Espíritu Santo en la Iglesia"). Es decir, «en el Espíritu Santo que está actuando en la Iglesia». Y aunque podemos decir que «creemos» en la Iglesia, no pretendemos que la Iglesia sea un objeto de fe exactamente al mismo nivel que cuando decimos que creemos en Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo. En Dios creemos con una fe que significa entrega absoluta y total. En cuanto a la Iglesia, creemos que es obra de Dios, que Dios actúa en ella por medio de su Espíritu -su gracia-; pero en la Iglesia actuamos también los hombres, más o menos dóciles a la gracia de Dios. Por eso el último Concilio hablaba -haciendo referencia a una manera de hablar muy tradicional- de la Iglesia como «misterio»: el misterio donde se encuentra la Gracia salvadora de Dios con la realidad humana, finita, condicionada y, en definitiva, pecadora. Y ya hemos dicho que, cuando Dios se encuentra con el hombre, no se impone con violencia o anulando su realidad, sino que le invita, le estimula, le transforma desde dentro de su realidad. De aquí surge el misterio de la Iglesia, humana y divina al mismo tiempo. La gracia de Dios es totalmente pura y santa y tiene una fuerza santificadora infinita. Pero la realidad humana es finita y pecadora; y en su designio benevolente y respetuoso, Dios permite que los hombres pongan límites y hasta obstáculos a su Gracia. No hasta el punto de que puedan hacer fracasar definitivamente la gracia de Dios, pero si limitando e impidiendo, temporal o parcialmente, sus efectos.


I/SANTA - PECADORA I/JUDAS: Mons. ·Ronald-Knox, convertido del anglicanismo, que fue muchos años capellán universitario de Oxford, el día en que fue acogido oficialmente en la Iglesia Católica, después de la ceremonia, cuando recibía las congratulaciones de sus amigos, les dejó perplejos cuando dijo: "Ahora sí que estoy contento, porque estoy seguro de pertenecer a la verdadera Iglesia de Cristo, que es la misma Iglesia de Judas Iscariote». La verdadera Iglesia es la que fundó Jesús: la Iglesia a la que Jesús llamo a Pedro -que le negaría- y a Judas -que le traicionaría-. A lo largo de la historia ha habido centenares de tentativas puritanas: grupos de personas que han intentado hacer una Iglesia exclusivamente de «santos», "puros" -montanistas, novacianos, donatistas, cátaros, puritanos de todo tipo-. La Iglesia auténtica ha sido siempre una Iglesia de pecadores que buscan, sí, el perdón y la santidad y que encuentran en la Iglesia estímulo, ayuda y gracias abundantes para ser santos; pero que pueden malgastar estas gracias y pueden incluso llegar a ser "traidores". Verdaderamente, la Iglesia de Jesús es un misterio: el misterio de la gracia de Dios y de la libertad de los hombres.J. Ballarin habla de «la Iglesia de las puertas abiertas», como la de Jesús, que convocaba a los pobres, los descarriados, los publicanos, los pecadores... Cuando la Iglesia cierra las puertas y dice: "nosotros solos" (sean quienes sean: los de derechas, los de izquierdas, los santos, la jerarquía, los sacerdotes...), cuando decimos: "nosotros solos", ya no hay Iglesia. Hay una capillita, hay una secta. La Iglesia tiene que estar abierta siempre a todo el mundo, incluso a los pecadores.
Y a pesar de que la Iglesia será siempre una Iglesia de hombres pecadores, en el Credo decimos: «Creo en el Espíritu Santo en la Iglesia". No son los hombres pecadores con sus pecados los que hacen la Iglesia. La crea constantemente el Espíritu con su gracia santificadora. Podríamos definir la Iglesia como el lugar de encuentro del Espíritu vivificante de Dios con la realidad pecadora del hombre.
El Vaticano II lo dice de otra manera: La Iglesia es la incoación, el comienzo o inicio y la realización progresiva pero no acabada, no perfecta, del Reino de Dios en la tierra. No es todavía el Reino de Dios completo y realizado, pero sí algo que tiene que ver con el Reino de Dios. Es como la semilla, la planta, que fructificara plenamente y de modo definitivo cuando Dios nos acoja a todos en su gloria.


Uno de los primeros grandes teólogos, ·Ireneo-SAN, obispo de Lyon, en Francia, lo expresaba así: "El Espíritu hace la unidad de las tribus diversas y ofrece al Padre las primicias de todos los pueblos. Por eso el Señor prometió enviar al Paráclito que nos haría aceptables a Dios. Así como del trigo seco no se puede hacer una masa ni un pan sin el agua, tampoco nosotros podemos ser uno en Cristo sin el agua que viene del cielo. Y así como la tierra no fructifica si no recibe la lluvia, así nosotros, que estábamos secos, no habríamos fructificado nunca, para la vida, sin la gratuita lluvia de lo alto. Nuestros cuerpos han recibido la unidad que lleva a la incorrupción por el bautismo y nuestras almas lo han recibido por el Espíritu» (Ireneo, AH, 27: PG 7,930).

SAN AGUSTÍN - rebatiendo a los donatistas, que querían hacer ellos solos una Iglesia de santos y puros, decía algo parecido, aún con más fuerza:
PAJA-TRIGO: "En este tiempo, la Iglesia es como una era, en la que se hallan a la vez la paja y el trigo. Que nadie tenga la pretensión de eliminar toda la paja antes que llegue la hora de aventar. Que nadie abandone la era antes de esta hora, aunque sea con el pretexto de evitar el daño que le pueden hacer los pecadores... Si uno mira la era desde lejos, uno diría que no hay en ella más que paja. Hay que revolverla con la mano y soplar con la boca para echar fuera el tamo y descubrir el grano. Si no es así, el grano no se ve. Y a veces aun a los mismos granos les sucede 
algo de este género: se encuentran separados unos de otros y sin contacto entre sí, y puede incluso llegar a pensar cada uno que está enteramente solo". (Enarr. Ps. 25,5: PL 36,190-191) Ver PARA/CIZAÑA /Mt/13/24-3O

 

Tendríamos que concebir la Iglesia, en relación con el Reino, no como una realidad ya hecha, acabada y estática, sino como algo dinámico. En la medida en que la Iglesia, en su conjunto y en cada uno de sus miembros, crece en el seguimiento de Jesús y se deja agarrar y transformar por la fuerza del Espíritu, la Iglesia crece, va siendo más lo que tiene que ser y, podríamos decir, se hace en ella más real y más patente el Reino de Dios aquí en la tierra. Y al contrario, en la medida en que la Iglesia -en cada uno de sus miembros y en su conjunto- se resiste a la gracia y sigue el camino del egoísmo pecador, se distancia de lo que tendría que ser, haciendo menguar la presencia del Reino de Dios en la tierra.El Espíritu en la Iglesia cumple su misión primordial de hacernos exclamar «Abba»: nos empuja hacia la filiación en la fraternidad, a sentirnos hijos del único Padre y a comportarnos como tales, viviendo como hermanos. El Reino de Dios es el Reino donde los pobres son bienaventurados no porque Dios les vaya a dar la felicidad allá arriba, sino porque realmente son acogidos ya en la comunidad, donde los pacificadores trabajan por construir la paz, donde los que lloran son consolados. Se va haciendo así el Reino de Dios. Por eso la caridad y la justicia son tan esenciales en la Iglesia. La Iglesia no es sólo el lugar donde se da culto a Dios. Esta dimensión es una parte simbólica, necesaria desde luego, porque toda realidad humana tiene que ser simbolizada. Pero si, después, el símbolo no corresponde a la realidad, podría resultar la Iglesia como un montaje vacío, falseado. A veces se dan situaciones donde hay exceso de símbolo con respecto a la realidad; como también otras veces hay realidades que no acaban de encontrar los signos para manifestarse. Puede suceder que, a pesar de tener la Iglesia tesoros espirituales insospechados, no llegue a comunicarlos por no encontrar la manera de hacerlos asequibles, comprensibles y amables en un sistema simbólico adecuado. "Que vean vuestras buenas obras y glorifiquen al Padre del cielo". Por eso, tan importante para la Iglesia como la fidelidad a su Señor y al Espíritu es el deseo de comunicar efectivamente a los hombres sus dones. De aquí nace la necesidad de adaptar el mensaje de salvación a las posibilidades de comprensión de las diversas culturas, las diversas situaciones históricas, las diversas clases sociales, con un sistema simbólico

pertinente en la predicación y en la catequesis, en la celebración, en el culto y en los sacramentos. En este sentido, la Iglesia tiene que ser una realidad siempre dinámica y viva, siempre en evolución orgánica.


Es cierto que Jesús la hizo plena y perfecta en su esencia, pero permanece abierta en sus formas de predicación, de celebración, de organización y de actuación en el mundo. De hecho, a lo largo de la historia vemos que ha ido haciéndolo así, con más o menos aciertos o desaciertos. Solo las personas con menguados conocimientos históricos pueden pensar que la Iglesia salió totalmente hecha, estructurada e inmutablemente determinada en todo por la acción de su Fundador o de los Apóstoles. La Iglesia ha ido evolucionando, a lo largo del tiempo y de manera muy diversa, en los distintos ámbitos geográficos y culturales, en la manera de concebir y expresar la fe -la predicación, la teología-, en la manera de celebrar la liturgia y los sacramentos, en su organización y maneras de ejercer la autoridad, en su sensibilidad hacia la manera práctica y concreta de vivir las exigencias del Evangelio.
Los cristianos de los países occidentales tendemos a pensar que nuestra forma concreta de vivir el cristianismo es la forma absoluta, necesaria y única de ser cristiano. Si tuviéramos una mínima formación histórica sabríamos que, además de unas formas occidentales, el cristianismo se desarrolló en multitud de formas, algunas mucho más antiguas que las nuestras y, en principio, tan genuinamente cristianas como las nuestras. Son inmensas las riquezas de vida cristiana de las antiguas iglesias orientales, persas, armenias, sirias, griegas, con sus variables liturgias, su organización administrativa y ministerial, su derecho y sus costumbres. El hecho de que algunas de estas iglesias -no todas, por fortuna-, en un determinado momento histórico, a veces por culpa de recelos, incomprensiones, intransigencias injustificadas, rompiesen la esencial comunión con el Primado de Pedro, no nos autoriza para descalificar en bloque sus formas de vivir el cristianismo. La Iglesia es y ha de ser única -"una sola Iglesia"-, pero plural. Única, porque es uno solo su Señor, uno el Espíritu que le anima, una la suprema responsabilidad de Pedro, a quien el Señor confió el ministerio de la unidad. Pero plural, porque los hombres, las culturas, las condiciones de vida, las costumbres legítimas, los usos y las tradiciones de la diversidad de los pueblos son plurales. Creo que se puede decir que el impulso centralizador y uniformador vigente en la Iglesia en los últimos siglos no es teológicamente justificable, aunque históricamente sea quizá explicable. Así lo pensaba un eminente colaborador íntimo de Pablo VI, nada sospechoso, pues estuvo la mayor parte de su vida al servicio de la Curia Romana.
«El arzobispo Benelli, en la Conferencia Episcopal Europea de Augsburgo de 1973, dijo que ciertamente el primado de jurisdicción del Papa sobre la Iglesia universal es de derecho divino, pero la centralización del poder en Roma es resultado de circunstancias humanas, y objetivamente una anormalidad».(OR 29.9.74: Herder Korresp. 1973, 383 ss.)

Dicho de otra manera, la Iglesia ha de ser una ciertamente, pero ha de ser verdaderamente católica, que quiere decir universal: no con universalidad uniformadora, niveladora y arrasadora de las legítimas diferencias, sino con una universalidad verdaderamente acogedora e integradora de todo lo que hay de bueno en los diversos pueblos y culturas. Así lo proclamó el ultimo Concilio: De todas las gentes de la tierra se compone el Pueblo de Dios, «porque de todas recibe sus ciudadanos, que lo son de un reino, por cierto, no terreno, sino celestial...
...La Iglesia o Pueblo de Dios, introduciendo este Reino, no arrebata a ningún pueblo ningún bien temporal, sino, al contrario, todas las facultades, riquezas y costumbres que revelan la idiosincrasia de cada pueblo, en lo que tienen de bueno, las favorece y asume; pero al recibirlas las purifica, las fortalece y las eleva.
...En virtud de esta catolicidad, cada una de las partes presenta sus dones a las otras partes y a toda la Iglesia, de suerte que el todo y cada uno de sus elementos se aumentan con todos los que mutuamente se comunican y tienden a la plenitud en la unidad. De donde resulta que el Pueblo de Dios no sólo congrega gentes de diversos pueblos, sino que en sí mismo está integrado de diversos elementos.
...Además, en la comunión eclesial existen Iglesias particulares que gozan de tradiciones propias, permaneciendo íntegro el primado de la Cátedra de Pedro, que preside todo el conjunto de la caridad, define las legitimas variedades y, al mismo tiempo, procura que estas particularidades no sólo no perjudiquen a la unidad, sino incluso cooperen a ella» (Lumen Gentium, n.13)Es evidente que esta manera de entender la catolicidad o universalidad de la Iglesia tendría que abrir nuevas perspectivas en la cuestión ecuménica, de cara a la reunión de las Iglesias  separadas. Pero más aún se tendrían que abrir nuevas perspectivas en la cuestión de la «inculturación» del cristianismo en culturas distintas de las occidentales, como las africanas, las asiáticas o las autóctonas de América. Desgraciadamente, hasta ahora casi siempre -con muy raras aunque notables excepciones- el esfuerzo misionero de evangelizar a los pueblos nuevos parecía no poder superar la tendencia a "occidentalizarlos" e incluso a «latinizarlos». Por ejemplo, durante mucho tiempo los sacerdotes nativos de las misiones chinas eran obligados a decir la misa en latín sin haber podido aprender el sentido de esta lengua. Últimamente se ha adelantado notablemente en la línea inculturadora. Pero aún no se puede decir, ni mucho Menos, que el catolicismo occidental haya entrado decididamente por el camino de no confundir evangelización con occidentalización.


La Iglesia, toda la comunidad, con la jerarquía especialmente responsable de ella, ha de procurar mantener la unidad esencial de la fe en la pluralidad de formas en que puede ser vivida. Y tienen que discernir lo que sería verdaderamente destructor de aquella unidad, tanto en el campo de la doctrina como en el de la práctica. Esta es la especial responsabilidad de los que, por voluntad del Señor, tienen autoridad en la Iglesia: Pedro y los Apóstoles, sus sucesores y aquellos que han sido llamados a 
colaborar con ellos en el ejercicio de esta tarea necesaria y delicada. Como recomendó el Señor, la autoridad en la Iglesia no se ha de ejercer como la ejercen «los que son tenidos por jefes de las naciones, que las gobiernan como señores absolutos y oprimen a los pequeños. No ha de ser así entre vosotros, sino que quien quiera ser grande, que se haga servidor, y el que quiera ser el primero, que se haga el esclavo de todos, porque el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir» (Mc 1 1,42). 


 MINISTRO La autoridad en la Iglesia no es mas que un servicio a la comunidad, en vista a la unidad de la fe, a la disponibilidad de los medios de la gracia y a la ayuda efectiva a todos los hombres, especialmente a los más débiles. Se ha de decir que los que ejercen la autoridad en la Iglesia en sus diferentes grados y formas -desde el Papa hasta el encargado de la iglesia o comunidad más pequeña- acostumbran a hacerlo con este deseo de servir; pero no se puede negar que a menudo ha habido y seguirá habiendo fallos y desaciertos más o menos involuntarios, o abusos y pecados quizá gravemente culpables. Es la consecuencia del modo en que Dios ha querido actuar, a través y por medio de los hombres, con todas sus limitaciones y debilidades y respetando su libertad. Tenemos que pensar, porque así lo prometió el Señor, que la Iglesia no fallará jamás en su misión esencial de anunciar la salvación de Dios y procurar a los hombres la gracia salvadora. Por eso decimos que el Papa, e incluso los obispos colegialmente, son infalibles cuando enseñan oficial y solemnemente, en la forma debida, lo que ha de creer toda la Iglesia; pero esto no quiere decir que sean impecables personalmente o en su manera concreta de ejercer la autoridad, o que acierten siempre con lo mejor, o que sus opiniones

personales, incluso en materia religiosa, sean incuestionables. Por eso decimos también que el ministro más indigno o más ignorante, aunque fuese un gran pecador, celebra válidamente los sacramentos y es instrumento de la gracia salvadora siempre que quiera hacer "lo que quiere hacer la Iglesia". Es decir, la misa o la absolución de un sacerdote santo no vale más en sí misma que la de un sacerdote indigno. La Iglesia la administran ciertamente los hombres con sus propias cualidades y defectos, que afectan sin duda en muchas cosas la marcha externa de la Iglesia; pero la gracia salvadora de Dios no es cosa humana: Dios salva a través y a pesar de los hombres, por más paradójico que parezca. Y una vez más, topamos con el misterio de la Iglesia, el misterio de la acción infinita de Dios en la realidad finita de los hombres.


No tenemos que pensar que Jesucristo determinó todos los detalles de la organización y funcionamiento de la Iglesia, aunque fuera fundada e instituida por El. Mandó a los Apóstoles que continuasen su obra, dejándoles toda la iniciativa y responsabilidad sobre la manera de hacerlo. Al principio la organización era muy elemental: en cada lugar donde se reunía un grupo de cristianos se celebraba la Eucaristía en recuerdo del Señor de la manera que mejor parecía, y se encargaba a un grupo de «ancianos» -a imitación de la organización de la sinagoga judía-, bajo un jefe o presidente, que cuidara de la comunidad. Poco a poco se fue estableciendo como un «derecho» -que se desarrolló de manera diferente según los distintos lugares- por el que se fue profundizando el sentido de la fe, distinguiendo las interpretaciones coherentes con la tradición recibida y con el conjunto del Nuevo Testamento, de otras interpretaciones más o menos infundadas, caprichosas o aberrantes. Las comunidades tenían cada una su vida propia, manteniendo al mismo tiempo un gran sentido de comunión con las demás comunidades, en cuanto a lo que se refiere a lo esencial de la fe en Jesús y a la caridad entre los hermanos. En cuanto a las costumbres y formas concretas de organización, las comunidades se adaptaban en buena parte a los usos y formas de los lugares en que vivían, purificándolos de lo que pudiese haber de indigno del Evangelio. En el «Discurso a ·Diogneto», obra cristiana de un autor anónimo del siglo II, encontramos esta preciosa descripción:


"Los cristianos, efectivamente, no se distinguen de los otros hombres ni por el país ni por el lenguaje ni por los vestidos. Porque no habitan en ciudades exclusivamente de ellos, ni hablan ningún dialecto especial, ni llevan una vida aparte. 
Repartiéndose en las ciudades griegas o bárbaras, según le toque en suerte a cada uno, y haciéndose a los usos locales en cuestión de vestimenta, comida y convivencia, muestran la admirable y, por confesión de todos, paradójica condición de su ciudadanía.
Residen en sus propias patrias, pero como forasteros; cumplen todos los deberes de ciudadanos y soportan todas las cargas como los extranjeros; cualquier tierra extraña es para ellos patria, y toda patria tierra extraña. Se casan como todo el mundo y engendran hijos, pero no exponen a los recién nacidos. 
Comparten todos la mesa, pero no el lecho. Se encuentran dentro de la carne, pero no viven según la carne. Pasan el tiempo sobre la tierra, pero tienen los derechos de ciudadanía en el cielo. Obedecen las leyes establecidas, pero con sus vidas superan las leyes. Aman a todo el mundo, y todos les persiguen. Se les desconoce y, sin embargo, se les condena. Se les mata y así se les hace obtener la vida. Son pobres y enriquecen a mucha gente. Les falta todo y abundan en todo". (Cap. V).

Se puede decir que en la época del imperio romano la Iglesia se amolda a la organización y a los usos del imperio; y aún hoy día buena parte del derecho eclesiástico, de las divisiones administrativas o de las formas de autoridad en la Iglesia llevan la impronta del derecho y usos romanos. Lo mismo se podría decir del ámbito del imperio bizantino. Después la Iglesia sufrirá el influjo de los usos del feudalismo. Más adelante, en la época centralista y absolutista, se harán sentir en la Iglesia corrientes centralizadoras y absolutistas en la manera de ejercer la autoridad eclesiástica. Más recientemente, ante una nueva valoración de los principios democráticos, se hace sentir la necesidad de una cierta adaptación menos centralista y autoritaria del funcionamiento de la Iglesia. Y, con todo, la Iglesia sigue siendo un misterio singular que sobrepasa todos los sistemas o concepciones de organización humana. En ninguna de las distintas épocas (romana, feudal, absolutista, democrática) la organización de la Iglesia fue mera copia del sistema existente. Y es que, por encima de toda estructura, la Iglesia tiene conciencia de ser una comunión que es obra del Espíritu, que la empuja más allá de lo que es solo propio de este mundo. "En el mundo sin ser del mundo" es el principio paradójico que le dejó su Señor y Fundador.


Este modo de existencia paradójica comporta evidentes dificultades: sólo hay que mirar hacia el pasado para ver que ha habido momentos en que la Iglesia ha estado demasiado metida "en el mundo", y otros en que quizá ha estado demasiado «fuera del mundo». Pero la profunda fuerza interior del Espíritu que el Señor prometió a la Iglesia hace que nunca sea totalmente atrapada por las corrientes demasiado humanas o demasiado inhumanas que le sobrevienen; y más allá de lo que quieren y hacen a veces hasta sus mismos representantes oficiales, destaca lo que es la verdadera vida de la Iglesia en los santos y hombres de Dios -canonizados o no-, que son los que, a menudo más que las mismas autoridades, nos muestran el verdadero rostro de la Iglesia. La Iglesia es la comunión de los santos en medio de la historia pecadora de los hombres. No la comunión de los que se tienen por santos y se ponen por encima y fuera de la masa pecadora, sino la comunión de los que, desde dentro de esta masa y sintiéndose tan afectados como cualquiera por la realidad pecadora, buscan purificación y superación de su pecado en el Espíritu -la Palabra, los Sacramentos, la Comunión- que se nos da en la Iglesia. El mismo autor del discurso de Diogneto expresa la paradoja de estar en el mundo sin ser del mundo con la imagen del alma y del cuerpo.
"Lo que el alma es al cuerpo son los cristianos en el mundo. El alma está en todos los miembros del cuerpo, y los cristianos están por todas las ciudades del mundo. El alma habita en el cuerpo, pero no es del cuerpo: también los cristianos habitan en el mundo, pero no son del mundo. Invisible, el alma esta encerrada dentro del cuerpo visible: de modo semejante, los cristianos viven visiblemente en el mundo, aunque su piedad sea invisible. La carne aborrece el alma y le hace la guerra sin haber recibido ningún daño de ella, sólo por el hecho de que no le deja gozar de los placeres. Igualmente el mundo aborrece a los cristianos sin haber recibido ningún daño de ellos, por el hecho de que se oponen a los placeres. El alma ama la carne y a los miembros que la odian, y los cristianos aman también a los que les aborrecen. El alma esta recluida en el cuerpo, pero es ella la que lo anima: así los cristianos están como detenidos en la prisión del mundo, pero son ellos los que animan el mundo. Inmortal, el alma reside en una tienda mortal: así también los cristianos acampan en habitaciones corruptibles mientras esperan la incorruptibilidad en el cielo. El alma, mortificada por el hambre y la sed, sale cada día mejor: y los  cristianos, castigados, crecen también cada día más. Dios les ha señalado un lugar tal que no les permite desertar".


La Iglesia es santa y pecadora como todos nosotros. Todos procuramos seguir a Cristo, pero todos tenemos nuestras debilidades, nuestras miserias y nuestros pecados. «Santo» significa diferente, escogido, separado; y en este sentido, la Iglesia es algo nuevo y renovador, que no es el espíritu del mundo. La Iglesia es como el Señor dice en el Evangelio: la luz del mundo, la sal de la tierra, la levadura. Estas metáforas expresan muy bien lo que es la esencia de la Iglesia: ser sal, ser luz, ser levadura. Y precisamente porque es sal, porque es luz, porque es levadura, ha de estar en medio del mundo para mezclarse y producir su efecto. 
La Iglesia no puede cerrarse: la sal tiene que insertarse en la comida, la luz tiene que alumbrar en la oscuridad, la levadura tiene que mezclarse con la masa. Por otra parte, no se puede dejar absorber. Si la sal pierde su gusto, si la levadura se pasa, si la luz se ahoga... se pierde todo.
De esta manera paradójica de ser la Iglesia -«en el mundo sin ser del mundo»- surgen tensiones que han de ser asumidas y resueltas; y cuando no se resuelven, se desvirtúa la Iglesia. Por ejemplo, por el hecho de estar en el mundo, la Iglesia es visible, organizada, jurídica ("como el Reino de Francia o la República de Venecia", según decía el cardenal Bellarmino). Pero se deforma y desvirtúa la realidad de la Iglesia si se reduce sólo a sus aspectos visibles, jurídicos, jerárquicos, como sucedió en determinadas 
épocas de maximalismo juridicista. Pero también desvirtúan la  Iglesia los que la reducen a una realidad puramente espiritual, sin ninguna clase de organización ni de lazos visibles. Tampoco esto correspondería a la manera histórica, humana, encarnada, en que Dios ha querido comunicar la salvación a los hombres. La Iglesia es visible y jurídica, es la congregación de los bautizados en comunión externa con los obispos y con su cabeza, el Obispo de Roma; pero también es espiritual e invisible: la comunión de los santos en la gracia santificadora del Espíritu de Jesús. Es posible que no todo lo que vemos de la Iglesia revele siempre esa comunión invisible. Pero no es posible que la comunión invisible se realice en nuestra realidad humana sin que se manifieste con signos y manifestaciones visibles. Procuremos todos que haya la máxima adecuación y correspondencia entre estos dos aspectos de la realidad eclesial. La Iglesia será lo que su Señor quiere que sea en la medida en que cada uno de nosotros procure ser fiel seguidor de aquel Señor, con plena y responsable docilidad a su Espíritu. 

JOSEP VIVES - CREER EL CREDO - EDIT. SAL TERRAE COL. ALCANCE 37
SANTANDER 1986.Págs. 174-192 – Mercaba.com

 

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Jesús está muerto, de su corazón traspasado por la lanza del soldado romano mana sangre y agua: misteriosa imagen del caudal de los sacramentos, del Bautismo y de la Eucaristía, de los cuales, por la fuerza del corazón traspasado del Señor, renace siempre la Iglesia. A él no le quiebran las piernas como a los otros dos crucificados; así se manifiesta como el verdadero cordero pascual, al cual no se le debe quebrantar ningún hueso (cf Ex 12, 46). Y ahora que ha soportado todo, se ve que, a pesar de toda la turbación del corazón, a pesar del poder del odio y de la ruindad, él no está solo. Están los fieles. Al pie de la cruz estaba María, su Madre, la hermana de su Madre, María, María Magdalena y el discípulo que él amaba. Llega también un hombre rico, José de Arimatea: el rico logra pasar por el ojo de la aguja, porque Dios le da la gracia. Entierra a Jesús en su tumba aún sin estrenar, en un jardín: donde Jesús es enterrado, el cementerio se transforma en un vergel, el jardín del que había sido expulsado Adán cuando se alejó de la plenitud de la vida, de su Creador. El sepulcro en el jardín manifiesta que el dominio de la muerte está a punto de terminar. Y llega también un miembro del Sanedrín, Nicodemo, al que Jesús había anunciado el misterio del renacer por el agua y el Espíritu. También en el sanedrín, que había decidido su muerte, hay alguien que cree, que conoce y reconoce a Jesús después de su muerte. En la hora del gran luto, de la gran oscuridad y de la desesperación, surge misteriosamente la luz de la esperanza. El Dios escondido permanece siempre como Dios vivo y cercano. También en la noche de la muerte, el Señor muerto sigue siendo nuestro Señor y Salvador. La Iglesia de Jesucristo, su nueva familia, comienza a formarse.
Joseph + Cardenal Ratzinger – 2005.03 Viernes Santo, Coliseo romano. Italia

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El saber, historia e Iglesia - La Iglesia católica honrando deberes auténticos y en defensa del saber y la libertad del pensamiento, fundó precisamente escuelas, primero unidas a las catedrales, luego convertidas en universidades para que desaparezcan derechos falsos y para que el hombre no haga interpretación del mundo en esquemas con clave de poder sobre los demás. Aquí está el quid del escarnio en el ataque histórico contra la Iglesia: la fuente del saber estorba al falaz.

La historia manoseada siempre es apta-útil a la intolerancia y el totalitarismo.

Y tanto mejor hoy en un mundo que se ha hecho pequeño por la rapidez con que la información  viaja de un extremo al otro, su difusión y la transmisión de las ideas es también inmediata y fácil por lo que se puede hablar de globalización del pensamiento; y aún es mayor el enorme peligro que corremos con las mentiras construidas. Dado que no es un disparate decir que los medios de comunicación son actualmente para muchos los principales educadores inspirando comportamiento, estilos de vida y maneras de comprender el mundo y el hombre, tanto mayor debe ser nuestra atención a la verdad, al estudio y análisis para que el hombre no deje de pensar por si mismo y no sea pensado desde fuera. La televisión, la radio, la prensa, Internet se convierten así en las primeras instancias morales, dictan lo que está bien y lo que está mal, lo feo y lo bello, lo que debe hacerse y permitirse y lo que no. Se acaba viviendo a base de unas pocas ideas o tópicos que se repiten hasta la saciedad sin que nadie los someta a un análisis riguroso para averiguar de donde vienen, a qué intereses o intenciones responden y si responden a la verdad. Se descapacita a desarrollar el espíritu crítico. Sin fundamento en los principios con mejores y muchas posibilidades, pueden convertir las falsedades históricas en armas contra la Iglesia, como desgraciadamente está ocurriendo con demasiada frecuencia. Raro es el día que pasa que no veamos en alguno de estos medios cómo la Iglesia, sus ministros o sus declaraciones son objeto de visiones desmesuradas o mentiras manifiestas. Ya Cristo anunció a sus discípulos que serían perseguidos como difamados, hecho que a lo largo de la historia nunca ha dejado de ocurrir. La diferencia con el pasado es que hoy al producirse esta persecución y ataques con los instrumentos mediáticos modernos, tienen una resonancia mucho mayor pues llegan rápidamente a todo el mundo y a todas partes. Utilizando fórmulas sensacionalistas y de escaso contenido y rigor se crea con mucha facilidad un estado de opinión pública errónea y contraria a la Iglesia que posteriormente es muy difícil de corregir. Y esto una y otra vez contribuye eficazmente a denigrar y a poner bajo sospecha a la Iglesia cada vez que surgen cuestiones que la atañen directa o indirectamente. Una cosa es el disentir o la crítica razonada y otra es el sectarismo y la tendenciosidad.

 

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Pseudo-historiadores - Por ser miembros de la Iglesia no podemos ni debemos callarnos o permitirlos. La estrategia utilizada por los pseudo-historiadores como los adictos a las falacias y suposiciones contra la Iglesia es negarle el derecho a defenderse, y cuando lo hace se la tacha de victimismo, de cultivar la cultura de la queja, o de repetición de tics extemporáneos.

En definitiva se ridiculiza su derecho a defenderse, lo que no se hace con ninguna otra institución. Parten de unas posiciones que presuponen la culpabilidad de la Iglesia a la que se exige todo tipo de explicaciones; raramente se disculpan y nunca piden perdón. Se arrojan el derecho absoluto de establecer lo que está bien y lo que está mal en contra de la opinión de la Iglesia. Se erigen en jueces infalibles sin aceptar ninguna infalibilidad, resolviendo muchas veces las cuestiones más arduas por medio de juicios sumarísimos. Niegan que la Iglesia pueda tener sus propias normas y se autotitulan «tolerantes» y pregoneros del respeto. Ponen en tela de juicio la doctrina de la Iglesia, frecuentemente en base a declaraciones de personas de cierta popularidad que no están en posición de poder opinar con un mínimo de conocimiento de causa, y no dejan sino entrever su profunda ignorancia sobre las cuestiones religiosas tratadas. Como en el campo de la doctrina se carece de argumentos serios para ir contra la Iglesia, se recurre a la ironía, la burla, el sarcasmo, el descrédito, el desprecio y la desacralización. En Internet como también en la televisión, con una absoluta falta de respeto a la sensibilidad religiosa de muchas personas, se trata de forma frívola y superficial a personas de la jerarquía de la Iglesia, o temas específicamente religiosos; y cuando se les ocurre «con la posibilidad de hacer dinero», presentan escritos sin saber resolver el problema de dónde y cuando fue escrito el documento, es decir, ni saben datarlo ni localizarlo, careciendo de cualquier metodología hasta para hacer una distinción entre escritura libresca y escritura documental, entre saber leer y saber transcribirlo; cuánto mas vago e impreciso, mejor para desacreditar. Se niegan a considerar que la Iglesia deba opinar sobre cuestiones temporales. Se pretende relegar la fe y la doctrina católicas, así como la práctica de la religión, a la esfera de lo privado, eliminándolas lo más posible de la esfera pública. Parecería un intento de hacerla volver al tiempo de las catacumbas. Favorecen la diatriba contra la Iglesia en forma de apoyo a los que disienten abiertamente contra ella, ya sean personas individuales o movimientos sociales. Usan sistemática asociación de lo que peyorativamente llaman nacionalsocialismo o con el franquismo, o sistemas políticos de los más variopintos que fueren. Se ignora o se silencia el martirio diario de miembros de la Iglesia que son asesinados, por el solo hecho de ser católicos y promover la justicia, la paz, el perdón.

Identifican progreso con permitir el aborto, la manipulación genética, el desprecio de la vida humana en estado embrionario, la eutanasia hacia personas que ya no producen y sólo son causas de gastos y molestias, matrimonios entre homosexuales, ordenación de mujeres, equiparación de las parejas de hecho a las formas de familia tradicional...etc y tachar de reaccionaria la postura de la Iglesia que manifiesta su disconformidad con ellas.

 

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Historia, labor e Iglesia - Se practica la cicatería en el elogio o se trata de negar  el reconocimiento de la labor positiva de la Iglesia a favor de los más desfavorecidos, en educación, con los enfermos, abandonados, en la promoción de los valores sociales y económicos y en la defensa a ultranza de todos aquellos valores en los que se asienta la dignidad humana. Se hace uso de una calculada ambigüedad a la hora de tratar determinados temas que tienen que ver con la Iglesia. Se da una de cal y otra de arena, manifestando como un temor a ponerse completamente de parte de ella, quedando de manifiesto la tibieza evangélica tan frecuente en los medios cristianos de hoy. Tomar la excepción, el pecado o error de algunos como la norma general dentro de la Iglesia y que sólo dentro de la Iglesia católica pueden existir tales desviaciones humanas, etc. Se hipertrofian deliberadamente las excepciones. Coger un tema que perjudique a la Iglesia y apurarlo hasta el límite en artículos, editoriales, entrevistas. Se recurre con frecuencia a la calumnia más pérfida, la mentira, el infundio, sin preocuparse de contrastar la información para comprobar su veracidad. Ello obedece a la táctica de que se sabe que una vez vertida una información negativa sobre algo o alguien, el daño ya está hecho; además, estando publicado en un libro y a la vez en Internet, hacer creer que es cierto, indubitable e indefectiblemente. Una forma de ataque más sutil que los habituales pero de mayores efectos a la larga, es denigrar de forma indirecta la estética tradicional de la Iglesia. Si las ideas de Belleza y Bondad fueron consideradas siempre como un reflejo de la Belleza y Bondad divinas, ahora se procura eliminar esta inspiración sustituyéndola por el feísmo gratuito e intrascendente o recurriendo a tácticas esperpénticas. Un ejemplo reciente lo tenemos en el supuesto rostro de Jesús confeccionado por un sedicente antropólogo y que los medios de comunicación se apresuraron a publicar.

 

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Las características de la Iglesia de Cristo

 

¿Cómo distinguir, entre tantas iglesias,
a la Iglesia fundada por Cristo?

En una reunión, en el momento de las preguntas, uno de los participantes se puso de pie y preguntó: "¿Cuál es el nombre de la Iglesia de Cristo, según el Nuevo Testamento?". La persona a la que iba dirigida la pregunta le cuestionó a la vez: "¿Qué quiere decir?", ya que pensaba que la pregunta iba orientada a demostrar que la Biblia no usa el nombre de "católica" para la Iglesia. "¿Diría usted -continuo el que preguntaba- que el nombre de la Iglesia es ´Iglesia de Cristo´? 
"Ciertamente -fue la respuesta-, podríamos llamar a la Iglesia ´Iglesia de Cristo´, ya que de hecho es su Iglesia". "Pues bien -continuó el interrogante- yo soy un ex-católico. Ahora soy ministro de la Iglesia de 
Cristo [una denominación protestante] que se reúne en la otra cuadra. 
El mismo nombre le dice claramente que la nuestra es la Iglesia de Cristo, la Iglesia verdadera" 

El expositor no sabía bien que responder, pero no se impresionó mucho por esta lógica profunda... Iba a preguntarle -no lo hizo-: "Entonces si nosotros los católicos cambiamos el nombre de nuestra Iglesia por ´Iglesia de Cristo´, ¿diría que la nuestra es la Iglesia fundada por Jesucristo?".

 

La espada protestante dividió en miles de secta, la Única Iglesia de Cristo.

 

Pero si es imposible saber cuál es la Iglesia de Cristo partiendo de los cientos de miles de nombres de las denominaciones protestantes, entonces ¿cómo podremos saberlo? (En la edición de 1986 del conocido libro de referencia protestante "The Christian Source Book" -New York: Ballantine Books- se nos dice que existen más de 21,000 denominaciones y sectas, según el último recuento, y que aparecen anualmente unas 270 nuevas). Pues bien, la respuesta es que podremos saber cuál es la Iglesia fundada por Cristo examinando las características de una determinada iglesia. Las características que la Iglesia Católica puede ofrecer son las así llamadas "cuatro notas". UNA, SANTA, CATÓLICA Y APOSTÓLICA.

¿Qué es una "nota" (o característica)? 

Tengamos presente que las "notas" deben contar con dos aspectos: En primer lugar, debe ser un signo exterior, visible. Si no se trata de algo visible no puede llamárselo signo, no es identificable. Es como el número de la casa donde se vive: es útil sólo si está en la parte de afuera y bien visible: si el número cuelga en una de las habitaciones de la casa, no sería ya un signo de su casa, no identificaría el lugar donde usted vive. En resumen, una nota debe ser evidente para todo el mundo, no puede esta escondida "debajo del celemín" (Mt. 5:15). Este es el primer aspecto de una "nota" de identidad. 

En segundo lugar, la "nota" por la que identificamos algo debe ser esencial en esa cosa, en el caso de la Iglesia, algo sin lo cual la Iglesia no existiría. Los milagros, por ejemplo, que son una característica visible, no son esenciales a la Iglesia, y por lo tanto no son estrictamente hablando "notas" propias de la Iglesia. En cambio la unidad, la santidad, la catolicidad y la apostolicidad son visibles y esenciales, y esas son las cuatro notas de la Iglesia. 

Cómo No presentar las notas 

Antes de seguir adelante, recordemos la manera equivocada de tratar el tema. Este tipo de razonamiento no es sano: "Si Dios fundó una Iglesia, ella tiene que haber sido una, santa, católica y apostólica. 
La experiencia demuestra que la Iglesia Católica es una, santa, católica y apostólica. Luego, ella es la Iglesia que fundó Cristo". 

En primer lugar, no es evidente que Dios haya tenido que fundar la Iglesia con esas cuatro características. Además, ese silogismo no prueba que otras iglesias no puedan mostrar también esas notas. Lo más que prueba es que, si Cristo fundó una Iglesia, y que si esa Iglesia todavía existe, y si ninguna otra iglesia tiene estas cuatro notas, entonces la Iglesia Católica es esa Iglesia. 

Un argumento un poco mejor, aunque aún incompleto, es el siguiente: "Nuestro Señor dijo que su Iglesia sería una, santa, católica y apostólica. La Iglesia Católica es todo eso, luego debe ser la Iglesia que fundó Cristo". 

El problema con este argumento es que habrá que hacer malabarismos con cada uno de los textos bíblicos que quiera usar para probarlo. "¿Dónde dice Cristo que su Iglesia debe ser ´una´, ´santa´, ´católica´ -una palabra no usada en el Nuevo Testamento para referirse a la Iglesia- o ´apostólica´ -tampoco aparece esa palabra-?" 
Además, este argumento podría servir para los cristianos, mientras que la misión de la Iglesia se dirige a todos los hombres, de tal modo que las "notas de la Iglesia" deben convencer también a los no cristianos. 

Cómo razonar con las notas de la Iglesia 

Hemos señalado las características de la Iglesia, pero no hemos mencionado aún cómo deben ser usadas. El método correcto de argumentación es el siguiente: Comencemos con que la existencia de la Iglesia Católica es un hecho, existe, cosa que aceptaría su más empedernido enemigo (¿existirán enemigos de algo inexistente?). 
Entonces considere las cuatro notas como algo que conocen o pueden conocer todos los hombres, tomados en general. Explique el contenido de las notas. 

En primer lugar, haga la explicación más gráfica posible, pues no es necesario tan solo mencionarlas: eso no convencería a nadie. 
Cuando le hable a un no-católico sobre la unidad o universalidad de la Iglesia, pinteles todo un cuadro de lo que usted quiere decir. De ejemplos concretos, de tal manera que ellos sepan de que se esta hablando. 

Haga lo mismo cuando hable de la santidad de la Iglesia. No se trata de escudriñar la conciencia de las personas de la Iglesia, cosa que no se puede hacer y no viene al caso. 

Hay hacer notar la santidad de la doctrina de la Iglesia (que no es fácil de seguir, exigente, más elevada que la de otras Iglesias -se puede poner como ejemplo Humanae Vitae, o Veritatis Splendor, alturas a las que otras iglesias ni siquiera aspiran), la santidad de los medios para alcanzar la perfección (los sacramentos), y sobre la extraordinaria santidad de miles y miles de personas, los santos (solo en la Iglesia se encuentra tal plenitud de virtudes heroicas). 

Apostolicidad 

Cuando se trata el tema de la apostolicidad, hay que hacer notar la sucesión ininterrumpida, históricamente demostrada, de los obispos de la Iglesia Católica con respecto a los Doce Apóstoles, en particular con el obispo de Roma. Haga resaltar el espíritu misionero de la Iglesia en todas las edades, y no solamente desde el siglo XIX, como 
las iglesias protestantes. 

Si usted hizo una buena descripción de la notas, no habrá dudas sobre su existencia. Entonces tendrá que probar qué cosa ellas demuestran. 

Unidad milagrosa 

Echele otro vistazo a la unidad y catolicidad -universalidad-, que pueden ser consideradas en conjunto. La clave aquí está en los milagros, ya que estas características son, precisamente, milagrosas. 
No podríamos catalogarlas de otro modo: la Iglesia ha sido una por dos mil años, enseñando una sola cosa. 

Es muy cierto que algunos cristianos, tomados individualmente, han dañado esa unidad de una u otra manera, frecuentemente a la manera de las sectas que se separaron de la Iglesia. Pero la Iglesia como tal ha permanecido siempre una, no obstante el número de individuos que se alejaron de esa unida. 

(Nota: Es conveniente y bueno rezar por la unidad de los cristianos, pero no por la unidad de la Iglesia Católica. La Iglesia ha estado siempre unida, es decir, ha sido una. Rezar por esta unidad, como si se hubiera dividido en varias ramas, es, hablando propiamente, heretico. Rezar por la unidad de las iglesias cristianas, que en última 
instancia significa no otra cosa que la re-unión con la ya una Iglesia Católica, es perfectamente apropiado.) 

¿Por qué no desaparecieron? 

La catolicidad o universalidad de la Iglesia es algo imposible de explicar por razones naturales. Durante diecinueve centurias, si la Iglesia no hubiese sido milagrosamente protegida por Dios, debería haberse destruido, o incluso desaparecido, y no una, sino varias veces. Hubiera sido detenida antes de comenzar a extenderse (ver Hechos 5:34-39). 
No se puede explicar su duración y extensión por el hecho de que tuvo papas políticamente astutos, por la sencilla razón que la mayoría de los papas era ineptos en lo político. Cuando hable con un no-católico hágale ver cuan sobre-humana debe ser tal unidad y catolicidad. (Si la persona con la que habla es protestante, recuérdele Mateo 16:19, 28:20, Juan 14:16). 


Una cadena sin eslabones perdidos 

Hable entonces de la apostolicidad. Esto demuestra que la Iglesia de hoy es una con la Iglesia de los Apóstoles. Explique de que se trata el asunto señalandole eslabones de esa sucesión, para que su interlocutor sepa de que se trata y de que no se trata: no es necesario tener los documentos de todos los obispos del mundo y quien los consagró hasta los Apóstoles. Basta con la certeza moral de que no hubo momentos en la historia en los que no existía esa 
sucesión. En general este es un hecho que nadie discute, y que apela de manera particular a los demás cristianos. 

¿Qué nos sugiere la santidad de la Iglesia? 

La última nota de la que debe hablar es la santidad. Demuestreles que la santidad evidente de miles de santos nos habla de la santidad de la Iglesia, de la cual ellos sin duda recibieron la fe y la santificación. 


Note que hasta el momento usted no debió citar el Nuevo Testamento, por el muy buen motivo de que la Iglesia existió antes que una letra del Nuevo Testamento fuera escrita en los Evangelios, cartas, etc. Lo mismo se diga de las notas de esa Iglesia: las características de la Iglesia no dependen del Nuevo Testamento y no se pueden probar con él -ellas existieron antes-, pero sí se pueden explicar con él. 

Aunque las notas por sí mismas pueden ser definitivas para un ateo, para un cristiano "evangélico" podría ser útil terminar con citas de la Escritura, pero nunca se debe comenzar con ellas. Si lo hace, se encontrará en la penosa tarea de explicar el significado de cada texto, cosa que puede perfectamente evitar si primero esclarece el significado de las notas.

 

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Jesús, deshonrado y ultrajado, es puesto en un sepulcro nuevo con todos los honores. Nicodemo lleva una mezcla de mirra y áloe de cien libras para difundir un fragante perfume. Ahora, en la entrega del Hijo, como ocurriera en la unción de Betania, se manifiesta una desmesura que nos recuerda el amor generoso de Dios, la «sobreabundancia» de su amor. Dios se ofrece generosamente a sí mismo. Si la medida de Dios es la sobreabundancia, también para nosotros nada debe ser demasiado para Dios. Es lo que Jesús nos ha enseñado en el Sermón de la montaña (Mt 5, 20). Pero es necesario recordar también lo que san Pablo dice de Dios, el cual «por nuestro medio difunde en todas partes el olor de su conocimiento. Pues nosotros somos [...] el buen olor de Cristo» (2 Co 2, 14-15).

En la descomposición de las ideologías, nuestra fe debería ser una vez más el perfume que conduce a las sendas de la vida. En el momento de su sepultura, comienza a realizarse la palabra de Jesús: « Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, dará mucho fruto» (Jn 12, 24). Jesús es el grano de trigo que muere. Del grano de trigo enterrado comienza la gran multiplicación del pan que dura hasta el fin de los tiempos: él es el pan de vida capaz de saciar sobreabundantemente a toda la humanidad y de darle el sustento vital: el Verbo de Dios, que es carne y también pan para nosotros, a través de la cruz y la resurrección. Sobre el sepulcro de Jesús resplandece el misterio de la Eucaristía.

Joseph + Cardenal Ratzinger – 2005.03 Viernes Santo, Coliseo romano. Italia

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IGLESIA SANTA - PECADORA:


EI Nuevo Testamento no habla de la Iglesia pecadora. En lugar del antiguo pueblo de Dios que se hizo pecador, conoce la nueva y definitiva esposa, que Cristo purificó para sí en el baño del agua como esposa sin mácula ni arrugas (cf. Ef 5,27). La tarea de aceptar, primero de hecho y luego también teológicamente, que pese a todo la nueva esposa tiene máculas y arrugas, y que el nuevo pueblo de Dios es una Iglesia de pecadores y hasta quizá "Iglesia pecadora", requirió un proceso de siglos y corre en gran parte pareja con el proceso de demolición de la expectación escatológica. Contra esta afirmación no cabe tampoco referirse a las cartas del Apocalipsis, que no llaman efectivamente pecadora a la Iglesia, sino que por lo contrario prevén la expulsión de la Iglesia de las comunidades pecadoras, hecho en que a la verdad se dibuja claramente el punto de partida de la ulterior evolución. Pero a ello se añade un hecho que repugna aún mucho más a nuestro actual gusto teológico. Mientras el Nuevo Testamento no habla de la Iglesia pecadora, conoce desde luego algo así como una identificación de Cristo y la Iglesia.


El carácter dinámico de esta unidad 


Podremos decir que Cristo y la Iglesia son uno solo a la manera como marido y mujer forman juntos un cuerpo por la comunidad matrimonial. Pero, al afirmar esto, se ve claro que la unidad que Pablo percibía en la expresión de "soma Jristou" (cuerpo de Cristo) no representa una unidad de identificación, sino de unión  dinámica.
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La unión dinámica, de que aquí se habla, entraña dos referencias desiguales. Está primeramente la entrega de Cristo a la Iglesia. Este lado de la referencia, el lado de Cristo, es definitivo e indestructible. El contenido cabalmente del «Evangelio» es que ahora, contra la inmoralidad e iniquidad de los hombres, que no pueden cumplir la ley, aparece el «no obstante» de la gracia divina que, a pesar del pecado y a pesar de la inobservancia de la ley, simplemente «por gracia», salva al hombre y lo introduce en una alianza, que no está ya en el modo condicional: «Si hacéis esto, recibiréis», sino en el modo absoluto de la misericordia divina. En este sentido, pertenece al núcleo del Evangelio que la entrega de Cristo a la Iglesia es definitiva e irrevocable. Como hemos dicho, lo específico del Nuevo Testamento, su novedad frente al «Antiguo», radica en situarse en lo absoluto de la misericordia divina 
irrevocable y nunca más retraíble, que hace definitiva esta nueva alianza, la cual a su vez no caducará más ni «envejecerá». La nueva vid no será ya arrancada como la antigua porque, enraizada en Cristo, es para siempre la viña santa de Dios.


Pero ahora hay que considerar también el otro lado de la relación Cristo-Iglesia, la entrega de la Iglesia a Cristo. Esta entrega está sujeta a la tentación, es fragmentaria y está ensombrecida por el misterio de la infidelidad. En el  entrecruzamiento y unión de estas dos relaciones desiguales dentro de la relación única, que describimos con la palabra «un cuerpo», radica el verdadero misterio de la Iglesia en el tiempo. Y en el hecho de que en esta relación única se dan la mano y entrecruzan las dos relaciones opuestas, se funda también el que la Iglesia sea ya nueva alianza y no sea todavía Reino de Dios; lo que en la perspectiva profética parece ser una sola cosa, diverge ampliamente en la historia; la visión de la nueva alianza, tal como se proyecta en los profetas, no está cumplida. Los padres expresaron

 este hecho en la tríada de sombra-imagen-realidad. La Iglesia no es ya para ellos mera «sombra», como el Antiguo Testamento, pero tampoco es aún realidad, plenitud de la promesa, sino imagen, intermedio»,

 en que se da ya lo nuevo, se goza ya de lo definitivo de la unión irrevocable, pero imperan todavía la infidelidad y la apostasía permanentes, de suerte que la unión impenetrable de ambas constituye la verdadera figura de la Iglesia en este período intermedio.

 

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El Juez del mundo, que un día volverá a juzgarnos, está allí, humillado, deshonrado e indefenso delante del juez terreno. Pilato no es un monstruo de maldad. Sabe que este condenado es inocente; busca el modo de liberarlo. Pero su corazón está dividido. Y al final prefiere su posición personal, su propio interés, al derecho. También los hombres que gritan y piden la muerte de Jesús no son monstruos de maldad. Muchos de ellos, el día de Pentecostés, sentirán «el corazón compungido» (Hch 2, 37), cuando Pedro les dirá: «Jesús Nazareno, que Dios acreditó ante vosotros [...], lo matasteis en una cruz...»

 (Hch 2, 22 ss). Pero en aquel momento están sometidos a la influencia de la muchedumbre. Gritan porque gritan los demás y como gritan los demás. Y así, la justicia es pisoteada por la bellaquería, por la pusilaminidad, por miedo a la prepotencia de la mentalidad dominante. La sutil voz de la conciencia es sofocada por el grito de la muchedumbre. La indecisión, el respeto humano dan fuerza al mal.
Joseph + Cardenal Ratzinger – 2005.03 Viernes Santo, Coliseo romano. Italia

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Alrededor del año 33 - En Pentecostés la Iglesia se manifestó una, santa, católica y apostólica; se manifestó misionera, con el don de hablar todas las lenguas del mundo, porque a todos los pueblos está destinada la buena nueva del amor de Dios. "El Espíritu —enseña también el Concilio— conduce a la Iglesia a la verdad total, la une en la comunión y el servicio, la construye y dirige con diversos dones jerárquicos y carismáticos, y la adorna con sus frutos" (ib., 4).

 

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Años 40.ca. Iglesia Católica - ya «inmediatamente después de la muerte y la resurrección de Cristo, en torno a los años 40 d.C., la Iglesia Católica cantaba en el famoso himno contenido en Carta de San Pablo a los Filipenses»: «Cristo, siendo de condición divina, no consideró como presa codiciable el ser igual a Dios» (Flp 2,6).

 

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Alrededor del año 58 de nuestra era vivían en Jerusalén varios miles de judíos creyentes, miembros de la Iglesia Católica recién fundada por Jesucristo que le ordenó ser “Católica y catolizante”. Así lo afirmaban los responsables de la Iglesia a Pablo: "Ya ves, hermano, cuantos miles de judíos son ahora creyentes y todos son fieles observantes de la Ley" (Hch 21,20).

 

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Alrededor del año 63 - SAN SIMEONE DE JERUSALÉN –  Iglesia católica OBISPO Y MÁRTIR CRUCIFICADO, seguno obispo de Jerusalén.

(‘Santiago el menor’ fue el primer obispo de la Iglesia Católica de Jerusalén + 63. Durante la destrucción de la ciudad por parte de los romanos, los representantes de esta primera Iglesia de Jesucristo, se refugiaron con otros miembros católicos, en Pella. Retornando a Jerusalén continuaron con la obra catolizante {universal} de predicar a todos, especialmente allí entre los hebreos. Durante la persecución de Trajano, Simón, según obispo de la Iglesia de Jerusalén, fue denunciado y fu crucificado; tenia cerca de 120 años, bajo Trajano Cesare y el cónsul Attico. Éste último gobernaba la Judea y siguió de persona el juicio y la ejecución, maravillándose por el coraje de Seimón, ‘en tantos días de torturas’, a las cuales siguió la crucifixión*)

 

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Alrededor del año 64 Pedro, Obispo de Roma y mártir de la persecución de Nerón. Durante el período real y toda la época republicana, el territorio de la orilla derecha del Tíber era conocido como Ager Vaticanus y se extendía al norte hasta la desembocadura del Cremera y al sur, por lo menos hasta el Gianicolo. En época imperial, a partir del s. II d.C., se atestigua la presencia del topónimo Vaticanum que incluía una zona que corresponde, aproximadamente, a la del actual Estado de la Ciudad del Vaticano. En época romana dicha zona se hallaba fuera de la ciudad, ocupada por villas, los jardines de Agripina - madre del Emperador Calígula (37-41 d.C.) - y por amplias necrópolis ubicadas a lo largo de las principales calles. En los jardines de la madre, Calígula construyó un circo (Gaianum), más tarde reestructurado por Nerón (54-68 d.C.). A lo largo de la Via Trionfale, que desde Plaza San Pedro se dirige en dirección norte hacia Monte Mario, han sido excavados varios núcleos de tumbas. A lo largo de la Via Cornelia, que se dirigía en cambio en dirección oeste, surgía la necrópolis donde también se encuentra la tumba del apóstol Pedro, muerto durante la persecución de Nerón y sepultado en ese lugar. Su tumba fue meta de peregrinaciones y objeto de veneración desde el s. II d.C. La necrópolis fue luego sepultada durante la construcción de la basílica dedicada al apóstol según los deseos del Emperador Constantino (306-337 d.C.), y actualmente [MMVI] se puede visitar sólo parcialmente.

[En un lugar impreciso cerca de la Basílica vaticana surgía el santuario de la diosa frigia Cibeles, del cual proceden numerosos altares inscritos, que más adelante tuvo que ser cerrado a consecuencia de las disposiciones promulgadas por el Emperador Teodosio contra los cultos paganos en 391 y 392. Entre los numerosos altares inscritos hallados en aquel lugar, se halla (Museos vaticanos) un ara dedicada a Cibeles y Atis, con el pino sacro de Atis, un toro y un carnero, para recordar los sacrificios realizados, y objetos de culto. En dicha ara se encuentra la fecha precisa de la dedicatoria: 19 de julio de 374 d.C.].

 

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Alrededor del año 90 - 100ca. "Obedecer al Obispo y al clero con mentes sin divisiones y compartir el pan -la medicina de la inmortalidad- y el remedio soberano para escapar la muerte y vivir en Jesucristo para siempre... La única Eucaristía que deben apreciar como válida es una que es celebrada por Obispo mismo o por una persona autorizada por él. Donde está el Obispo, ahí debe estar su gente, al igual que donde estaba presente Jesucristo, ahí está la Iglesia católica..."

[San Ignacio de Antioquía, discípulo de San Juan Evangelista, (33ca.+ 107)] Ignacio nació en los días en que Cristo era crucificado. Conoció a San Pedro y a San Pablo.

 

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Iglesia Católica año 153 - Ya el mártir san Justino, en su Primera Apología, escrita aproximadamente el año 153, proclamaba la realización del versículo del cántico, que dice:  "de Jerusalén saldrá la palabra del Señor" (cf. v. 3). Escribía:  "De Jerusalén salieron doce hombres hacia todo el mundo. Eran ignorantes; no sabían hablar, pero gracias al poder de Dios revelaron a todo el género humano que habían sido enviados por Cristo para enseñar a todos la palabra de Dios. Y nosotros, que antes nos matábamos los unos a los otros, no sólo no luchamos ya contra los enemigos, sino que, para no mentir y no engañar a los que nos interrogan, de buen grado morimos confesando a Cristo" (Primera Apología, 39, 3:  Gli apologeti greci, Roma 1986, p. 118).

 

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Iglesia Católica año 258 -  Breves notas referidas para la fiesta del mártir que –según la Depositio martyrum (del año 354)– se festeja el 10 de agosto. He aquí las expresiones del misal romano: "Lorenzo, famoso diácono de la Iglesia de Roma, confirmó con el martirio en la persecución de Valeriano (258) su servicio a la caridad, cuatro días después de la decapitación del Papa Sixto II. Según la tradición, ya divulgada en el siglo IV, soportó intrépidamente un martirio atroz en la parrilla, después de haber distribuido los bienes de la comunidad a los pobres que consideraba verdaderos tesoros de la Iglesia". Estas notas concluyen recordando que el nombre de Lorenzo también lo menciona el canon romano.

 

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La Iglesia primitiva ‘católica porque era y es universal’, (ya se le reconocía como católicos) en el siglo II, tomó tres decisiones: ante todo establecer el canon, subrayando así la soberanía de la Palabra y explicando que no sólo el Antiguo Testamento es "hai grafai", sino que, juntamente con él, el Nuevo Testamento constituye una sola Escritura y de este modo es para nosotros nuestro verdadero soberano. Pero, al mismo tiempo, la Iglesia formuló la sucesión apostólica, el ministerio episcopal, consciente de que la Palabra y el testigo van juntos, es decir, que la Palabra está viva y presente sólo gracias al testigo y, por decirlo así, recibe de él su interpretación, y que recíprocamente el testigo sólo es tal si da testimonio de la Palabra. Y, por último, la Iglesia añadió un tercer elemento:  la "regula fidei", como clave de interpretación.

La Tradición engendra la Escritura: “Así pues, hermanos, manteneos firmes y conservad las tradiciones que habéis aprendido de nosotros, de viva voz o por carta”.
-II Tesalonicenses 2,15

 

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Las sectas y diversos grupos, han alterado y agredido la Traducción Bíblia.

 

Reforma católica y reforma protestante

 

Demos un paso más. En el entrecruzamiento de ambas relaciones desiguales, que representan, sin embargo, en unidad paradójica, la única relación Cristo-Iglesia, se funda también el peculiar flanco débil que presenta el predicado de «santa», dicho de la Iglesia. Por razón de la entrega del Señor que nunca le falta, la Iglesia es siempre la por Él santificada, en que se hace presente entre los hombres la santidad del Señor. Pero es de hecho la santidad del Señor, que se hace presente y que una y otra vez se escoge para vaso de su presencia, en paradoja de amor, precisamente las manos sucias de los hombres. Es santidad que irradia como santidad de Cristo en medio del pecado de la Iglesia. En la simultaneidad y unidad de ambas relaciones radica, finalmente, el origen de la mala inteligencia de la Iglesia y partiendo de ahí se decide luego qué se entienda por reforma católica o protestante de la misma. Se da por una parte la posibilidad de ver, en un estrechamiento cristológico, únicamente el aspecto de Cristo en la relación Cristo-Iglesia, y llegar así a una  teología de la pura identidad y a una lisa "theologia gloriae", en que la Iglesia se entiende a sí misma exactamente como el Reino de Dios ya presente y con ello niega, en el fondo, su futuro escatológico; se torna virgen necia, que consume ya ahora el aceite de sus lámparas para iluminar por decirlo así su propia fiesta, en lugar de tenerlas a punto para cuando el Señor venga a las bodas. Sin género de duda, éste es el peligro católico, como se puso de manifiesto en el período de entreguerras con el conocido libro de Ansgar Vonier: Mystery of the Church (Londres 1952). 


Desde este punto de vista, el peligro católico pudiera también describirse como la anticipación del eskhaton, al entenderse a sí misma la Iglesia como el Reino de Dios ya establecido, con lo quo queda prácticamente eliminado el pensamiento de la renovación, el temblor por la condición pecadora de la Iglesia. A decir verdad, existe también el peligro de una mala inteligencia inversa, partiendo única y exclusivamente del ingrediente inferior, la infidelidad de la Iglesia, y llevando a cabo consecuentemente una reforma que rompe con la Iglesia concreta, a la que se mira luego como anticristo, como si estuviera en total apostasía. Es claro, a su vez, que esto representa el peligro de la cristiandad protestante y de su teología que, allí donde la Iglesia católica se antepone por decirlo así al eskhaton, reduce y desplaza en sentido opuesto el concepto de Iglesia al Antiguo Testamento. Un concepto 
acristológico de pueblo de Dios desconoce lo novotestamentario en la Iglesia y reduce el concepto de ésta a su ingrediente veterotestamentario. Paréceme importante advertir que el concepto de pueblo de Dios por sí solo no expresa nunca la totalidad de la idea novotestamentaria de Iglesia; ese concepto significa siempre en el Nuevo Testamento el elemento veterotestamentario de la Iglesia, su continuidad con Israel. Su especificación novotestamentaria sólo la recibe ahora, con la máxima claridad, en la idea de cuerpo de Cristo. Así podría decirse que la fe protestante conoce, desde luego, una certidumbre de salvación del creyente particular, pero no una certidumbre de salvación de la Iglesia. La fe católica, por lo contrario, conoce una certidumbre de salud de la Iglesia, pero no una certidumbre de salud del individuo. La fe protestante está persuadida de que mi fe me da la certeza de que la gracia se ha pronunciado ya como última palabra para mí y sobre mí. A mi parecer, aquí se da, sobre el plano del individuo, la misma eliminación de la escatología que hemos encontrado antes en el concepto católico de Iglesia, de signo triunfalista, sobre el plano de la Iglesia en general. El eskhaton ha sido llevado a una actualidad adialéctica. Pero así resulta el peculiar entrecruzamiento de que, por una parte, la Iglesia es retrotraída al estado del Antiguo Testamento y, por otra, el individuo se anticipa al estado de eskhaton, y desaparece el espacio intermedio, que caracteriza el tiempo de la Iglesia, la región de la «imagen» entre la sombra y la realidad.

Incorporación a la Iglesia y su santidad
 
Quisiera esclarecer todo esto desde otro punto de vista. En las declaraciones del Concilio sobre la incorporación a la Iglesia se encuentra una fórmula de considerable importancia que a causa de la controversia en torno a los aspectos tradicionales de la cuestión, apenas si ha sido valorada hasta ahora. Aquí se lleva a cabo un retroceso tras siglos de tradición teológica, a la que correspondería plantear de nuevo por ambos lados el problema de la santidad y de la renovación. Surge por sí misma la cuestión sobre los límites de la institución, sobre la diferencia parcial entre institución e Iglesia en sentido propiamente teológico, y recibe nuevas perspectivas, de forma que pudiera resultar una tarea para ambos lados.


PERTENENCIA: Hasta el concilio se había impuesto en la Iglesia católica, por lo menos desde la época de Trento, la concepción de que el ser miembro de la Iglesia debía definirse por caracteres puramente institucionales; consiguientemente, es miembro de la Iglesia todo bautizado, como dicen los canonistas, o el que es bautizado, se somete a la jerarquía, incluido el papa, y comparte el credo católico. Así lo dice la tradición apologética que hizo suya la encíclica sobre el cuerpo místico. Sin embargo, a las dos tradiciones contrarias les es común el que una y otra dan una definición puramente institucional de la incorporación a la Iglesia y prescinden, a propósito, del estado interior del hombre en cuestión. En todo caso, lo decisivo para conceder o negar la incorporación a la Iglesia es únicamente que el aspirante satisfaga los criterios institucionales. Si los tiene, pertenece a la Iglesia aun cuando, como pecador, esté interiormente separado de Cristo. Si no los tiene, no pertenece a la Iglesia, aun cuando, por estar en gracia, pertenezca enteramente a Cristo.
Frente a esta determinación puramente institucional de la incorporación a la Iglesia, tras la cual se oculta una interpretación de la misma demasiado institucionalizada, pero también una solución tajante de la cuestión de su santidad, la constitución sobre la Iglesia ha admitido de nuevo en nuestro caso un criterio espiritual, cuando dice: «A esta sociedad de la Iglesia están incorporados plenamente quienes, poseyendo el Espíritu de Cristo, aceptan la totalidad de su organización y todos los medios de salvación establecidos en ella y en su cuerpo visible están unidos con Cristo» (Il, 14). Como criterio de la pertenencia plena a la Iglesia se mienta aquí también la posesión del Espíritu de Jesucristo. Con ello se ha puesto en juego, de manera conmovedora, el problema de la Iglesia de los santos, de la santidad como exigencia esencial de la Iglesia. En los comienzos de la Iglesia pareció obvio que el cristiano tenía que ser también santo en el pleno sentido de la palabra. La lucha de los primeros siglos estuvo en aceptar la cizaña en el campo, en abandonar el sueño de una Iglesia de los puros y aceptar a los pecadores como miembros de la Iglesia. Una vez, empero, que esto quedó asegurado, se comenzó a caer en el extremo opuesto, de forma que, finalmente, la santidad quedó totalmente separada del problema de la pertenencia a la Iglesia.


El texto conciliar podría abrir aquí una tercera etapa al sobrepasar, sin recaer en exaltación, el mero institucionalismo y tomar de nuevo bien en serio la vinculación indisoluble entre Iglesia y santidad. Qué pueda significar esa nueva evolución, querría yo tratar de explicarlo partiendo de unas palabras de Hans Urs von Balthasar, quien, en su tratado publicado en 1961: «¿Quién es la Iglesia?», subrayó con énfasis la exigencia de santidad que surge de la esencia de la Iglesia, para proseguir luego: "Si ello es así, síguese que hay Iglesia en grado máximo donde se encuentran en grado máximo fe, caridad y esperanza, en grado máximo abnegación de sí mismo y paciencia con los demás» (Sponsa Verbi. Skizzen zur Theologie II, Einsiedeln 1961, 181). En otro pasaje, aclara así el mismo pensamiento: «...Ser ese vaso de Dios sería el papel de la Iglesia... y allí donde eso se realiza, sería ella enteramente ella misma, tendría su verdadera cúspide y centro, que están situados en lugar totalmente distinto de su centro administrativo visible». De hecho, se podrá decir que la cima exterior y la cima interior de la Iglesia no coinciden. En todo caso, la cima interior de la Iglesia está donde más está lo suyo propio, aquello que constituye la razón de su existencia, donde hay más santidad y más conformidad con Cristo. De donde se sigue que la cima interna de la Iglesia puede extenderse mucho más que sus fronteras institucionales.

Ahora bien, esta conclusión sitúa la disputa sobre la pertenencia a la Iglesia y sobre la eclesialidad de las otras Iglesias sobre su verdadero plano o muestra por lo menos la limitación de su perspectiva. Todas estas cuestiones afectan sólo al orden de los medios, que son desde luego y serán siempre expresión indispensable de la presencia salvadora del Señor en medio de nuestro mundo, pero no agotan toda la esencia de la Iglesia, sino que están en un engranaje con ella que impide la disgregación absoluta de ambos. Permite, sin embargo, una ecuación dispar, de forma que puede darse un plus interior de Iglesia, donde se da un minus exterior, y a la inversa. Con ello es posible un paso más. Podríamos ahora decir que, si la Iglesia está en grado máximo donde tiene lugar el grado máximo de participación en Cristo, ello significa, a la inversa, que, donde la Iglesia está en grado máximo, se cierra y se excluye a sí misma en grado mínimo. Porque allí es ella enteramente participación en el "para" esencial, en la apertura de servicio de Jesucristo; allí conlleva ella con Cristo, que cargó sobre sí el peso de todos los  hombres. El que los pecadores pertenezcan a la Iglesia, aunque aparentemente contradiga a su esencia, radica a la postre en que la santidad de Jesucristo no es una santidad excluyente, sino una santidad que soporta y salva. Más aún, creo que puede decirse incluso con H. U. von Balthasar: "Cierto que la Iglesia está llena de pecadores; pero, en cuanto pecadores, no pueden contarse como Iglesia. Sólo pueden ser en ella miembros "impropios", "llamados", "aparentes", "numéricos", "simulados", mas no pueden como pecadores expresar la incorporación al único cuerpo de la caridad» (Ibid. 182). Pero debe entonces añadirse con Balthasar que este cuerpo de la caridad se muestra cabalmente como tal, porque en él no vige sólo la ley de soportarse mutuamente, sino también la de ayudarse unos a otros. "Aquí aparece claro", escribe, "que la Iglesia de los santos no sólo representa a la Iglesia de los pecadores, de los imperfectos y de los aspirantes, sino que los comporta y responde de ellos ante Dios, se enajena en Cristo, para buscar en la debilidad y la ignominia al más pequeño de los miembros y poderlo representar no solamente de palabra y aseveración, sino de hecho y en verdad» (Ibid. 178).


En este lugar se manifiesta la verdad que se ocultaba tras la antigua disciplina penitencial de la Iglesia, por muy problemática que pueda resultar en muchos puntos, de que el pecado y el perdón no son asunto del individuo, sino que la Iglesia entera sufre y ama, ora y compadece. Tal vez partiendo de aquí pueda lograrse incluso un nuevo acceso al fenómeno de la Iglesia de los pecadores, a la paradoja con que hemos tropezado antes: la "esposa sin mácula ni arruga" está llena de máculas y deformaciones. ¿No dependerá ello íntimamente de que la Iglesia es expresión y despliegue de aquel amor de Dios que, en Cristo, se sentó a la mesa con los pecadores y se mezcló hasta tal punto con ellos que Pablo pudo decir abiertamente que Cristo se hizo pecado por nosotros (cf. /2Co/05/21), al atraer a sí enteramente el pecado, hacerlo suyo, hacerlo parte suya y revelar así lo que es el amor? Partiendo de ahí pudiera preguntarse si la Iglesia no aparece en comunión indivisible con el pecado y los pecadores para continuar históricamente este destino del Señor que cargó con todos nosotros. En tal caso, en la santidad no santa de la Iglesia frente a la expectación humana de lo "puro", se manifestaría la peculiar, nueva y verdadera santidad del amor de Dios, que no se mantiene a la noble distancia del intangiblemente puro, sino que se mezcla con la suciedad del mundo para superarla. Se expresaría así aquella santidad que, contra la antigua idea de pureza, es esencialmente amor; ello significa interés por el otro, aceptación del otro, soportar al otro y llevar así a cabo una redención. 

JOSEPH RATZINGER - EL NUEVO PUEBLO DE DIOS - HERDER 101 BARCELONA ESPAÑA,1972.Págs. 264-272 – Agradecemos a mercaba.com

 

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"¿La humanidad podría hoy -se pregunta S. S. Juan Pablo II- gozar de un patrimonio artístico tan vasto si la comunidad cristiana no hubiera alentado y sostenido la creatividad de numerosos artistas proponiéndoles como modelo y fuente de inspiración la belleza de Cristo, esplendor del Padre?".

 

Cristianismo inspiró gran parte de patrimonio artístico mundial.-

 

S. S. el Papa Juan Pablo II recordó cómo la Iglesia "en dos mil años de historia ha recorrido de tantas formas el camino de la belleza" e impulsado, inspirado y acompañado al arte y a los artistas en campos tan diversos como la arquitectura, escultura, pintura, miniatura, música, literatura y teatro. 2004-11-09 Vat.    

 

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«La democracia es una forma o método político que posee valor moral, pero que no garantiza la moralidad de sus resultados, pues éstos dependerán, sobre todo, del criterio y de la formación moral de la mayoría de los ciudadanos. Se concede una valoración excesiva al consenso como método para determinar lo que es o no correcto en el orden moral. Si es dudoso en el ámbito de la política, es falso en el orden moral. La mayoría no tiene necesariamente razón, lo que tiene es la fuerza democrática; si abusa de ella, degenera en tiranía». Ignacio Sánchez Cámara – España - 2004-09-

 

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Tengo la impresión de que, con san Agustín y santa Teresa, piensa aquello de que Nos sumus tempora y que, por consiguiente, no es cuestión tanto de que los hombres nos adecuemos a los tiempos, cuanto de que sepamos poner los tiempos a la altura de los hombres y de unas pautas y principios firmes, permanentes y claros, porque –alguna vez se lo he oído– lo sustancial, o lo es de verdad, en serio, o deja de ser sustancial.

 

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Cardenal Ratzinger: «No hay argumento apologético más eficaz que la santidad y el arte: la belleza de las almas y la belleza de las cosas que la fe ha plasmado, sin interrupciones, desde hace ya veinte siglos. Ahí está, créamelo, la fuerza misteriosa del Resucitado». 2004-04-11 ‘Pascua de Resurrección’.

 

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«Está claro, por tanto, que todas vuestras actividades deben encaminarse a la proclamación de Cristo».

 

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Arder muchas veces – siempre - en deseos de amor, entrega y afecto hacia la Santa Madre Iglesia y hacia el Papa, Vicario de Cristo.

 

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El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo» (Romanos 5, 5). No es merito nuestro; es un don gratuito. A pesar del peso de nuestros pecados, Dios nos ha amado y nos ha redimido en la sangre de Cristo. Su gracia nos ha resanado en lo profundo.

Por eso, podemos exclamar con el Salmista: «¡Qué grande es, Señor, tu amor sobre toda la tierra». ¡Qué grande es Señor en mí, en los demás, en todo ser humano!

Este es el auténtico manantial de la grandeza del hombre, esta es la raíz de su indestructible dignidad. En todo ser humano se refleja la imagen de Dios. Aquí está la profunda «verdad» del hombre, que en ningún caso puede ser ignorada o violada. Todo ultraje cometido contra el hombre se revela, en definitiva, un ultraje contra su Creador, que le ama con amor de Padre. S.S. Juan Pablo II – Berna, Suiza
  2004.06

 

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¿Qué es la verdad? Jesús dice: «Yo soy el camino, la verdad y la vida» (Juan 14, 6). La formulación adecuada de la pregunta no es, por tanto, « ¿qué es la verdad?», sino « ¿quién es la verdad?».

 

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“Viendo lo que Jesús ha hecho por mí y por tí, ¿qué vamos, en lo adelante, a hacer por Él?” [Ignacio de Loyola (+ 1556)]

 

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San Agustín (354-430), obispo de Hipona, (África del Norte) y doctor de la Iglesia - Comentario sobre la 1ª carta de San Juan, § 8,10 

 

«Misericordia es lo que yo quiero» -        Amando a tu enemigo, deseas que sea un hermano. No le amas por lo que es sino que por lo que quieres que sea. Imaginemos un bosque de robles sin talar. Un artesano hábil ve, en el bosque, la madera ya cortada. Le gusta esta madera; no sé qué es lo que quiere hacer de ella, pero estoy seguro de que no es para que se quede tal cual está que el artista quiere esta madera. Su arte le hacer ver ya lo que podrá hacer con la madera; su amor no va dirigido hacia la madera en bruto, sino lo que él hará con ella.
        Es de esta manera que Dios nos ha amado aun cuando éramos pecadores. Por eso dijo: «No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos» ¿Acaso nos ha amado pecadores para que permanezcamos en el pecado? El Artista nos ha visto como una madera en bruto tal cual llega del bosque. Lo que él veía es la obra que iba a hacer en nosotros, no la madera o el bosque.
        Igualmente te ocurre a ti: ves a tu enemigo que se te opone, te injuria con  palabras mordientes, es duro con sus afrentas, su odio te persigue. Pero tú eres atento con él por el hecho de considerarle un hombre. Ves lo que este hombre ha hecho contra ti, y tú ves que es Dios quien le ha hecho. En tanto que hombre, es obra de Dios; el odio que te tiene es obra del hombre. Y tú ¿qué te dices para ti? «Señor, sé benévolo con él, perdona sus pecados, inspírale tu temor, cámbiale.» No amas en ese hombre lo que es, sino eso que tu quieres que sea. Así pues, cuando amas a tu enemigo, amas a un hermano.

 

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"Obras todas del Señor, bendecid al Señor".-

¡Gloria y alabanza a ti, Santísima Trinidad, único y eterno Dios!

“Alabamos a Dios por quienes cultivan las ciencia y la tecnología, ofreciendo una inmensa cantidad de  bienes y valores culturales…

Sin embargo, la ciencia y la tecnología no tienen respuestas a los grandes interrogantes de la vida humana… estas sólo pueden venir de un razón y ética integrales iluminadas por la revelación de Dios.

 


 


gracias por venir a visitarnos 

 

Debido a la existencia de páginas excelentes sobre apologética y formación,  lo que se pretende desde aquí es contribuir muy modestamente y sumarse a los que ya se interesan por el Evangelio de Cristo de manera mucho más eficaz.

 

Los cristianos deben defender sus convicciones “sin arrogancia pero sin pusilanimidad” . Un requisito fundamental para el cristiano del siglo XXI, es tener: "una conciencia moral recta, bien formada, fiel al magisterio de la Iglesia".

 

Recomendamos vivamente: ‘Historia de la Inquisición en España y América’ – El conocimiento científico y el proceso histórico de la Institución (1478-1834). Obra dirigida por don Joaquín PÉREZ VILLANUEVA y Bartolomé ESCANDELL BONET. Es una elevada tarea historiográfica con planteamientos científicos, bases documentales, tratamiento y lenguaje actuales. Y:

La inquisición española - Editorial: BAC- Centro de estudios inquisitoriales- Madrid-España. Autora:(Comella Beatriz.- Rialp, Madrid) Breve-óptimo libro.

 

La Inquisición – la institución, quizás más polémica de cuantas han existido –porque el formidable proceso de secularización moderna la fue convirtiendo paulatinamente en una de las muestras de la mentalidad pretérita más incomprensibles para nuestra sociedad, de valores normativos antitéticos a los de aquella lógica histórica, y porque, por otra parte, ha sido siempre el arma preferida para la batalla ideológica contra determinadas realidades históricas-, no había sido objeto de una Historia amplia, por parte de los españoles, desde la obra del afrancesado José Antonio Llorente, aparecida en los primeros lustros del siglo XIX.

En: www.librohispania.com Librería Hispania.

 

Recomendamos vivamente:

1ª) LEYENDAS NEGRAS DE LA IGLESIA. Autor Vittorio MESSORI – Editorial “PLANETA-TESTIMONIO” 10ª EDICIÓN – Óptimo libro para defenderse del cúmulo de opiniones arbitrarias, deformaciones sustanciales y auténticas mentiras que gravitan sobre todo en lo que concierne a la Iglesia.

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'JESUCRISTO PADECIÓ BAJO EL PODER DE PONCIO PILATO,
FUE CRUCIFICADO, MUERTO Y SEPULTADO'
Evangelio según San Lucas, Cap.3, vers.1º: El año decimoquinto del reinado del emperador Tiberio, cuando Poncio Pilato gobernaba la Judea, siendo Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Felipe tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene…

Crucifixión de San Pedro: fue crucificado al revés cabeza abajo - Pergamino con San Pedro en cruz invertida, de Maguncia- Alemania; entre el 900 y el 1000ca. - Museo Diocesano de la Catedral Maguncia (Mainz) Alemania - Pedro en su cruz, invertida. ¿Qué significa todo esto? Es lo que Jesús había predicho a este Apóstol suyo: "Cuando seas viejo, otro te llevará a donde tú no quieras"; y el Señor había añadido: "Sígueme" (Jn 21, 18-19). Precisamente ahora se realiza el culmen del seguimiento: el discípulo no es más que el Maestro, y ahora experimenta toda la amargura de la cruz, de las consecuencias del pecado que separa de Dios, toda la absurdidad de la violencia y de la mentira. No se puede huir del radicalismo del interrogante planteado por la cruz: la cruz de Cristo, Cabeza de la Iglesia, y la cruz de Pedro, su Vicario en la tierra. Dos actos de un único drama: el drama del misterio pascual: cruz y resurrección, muerte y vida, pecado y gracia.

La maternidad divina de María – Catecismo de la Iglesia
495 Llamada en los Evangelios 'la Madre de Jesús'(Jn 2, 1; 19, 25; cf. Mt 13, 55, etc.), María es aclamada bajo el impulso del Espíritu como 'la madre de mi Señor' desde antes del nacimiento de su hijo (cf Lc 1, 43). En efecto, aquél que ella concibió como hombre, por obra del Espíritu Santo, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el Hijo eterno del Padre, la segunda persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre de Dios [Theotokos] (cf. Concilio de Éfeso, año 649: DS, 251).
La virginidad de María
496 Desde las primeras formulaciones de la fe (cf. DS 10-64), la Iglesia ha confesado que Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María únicamente por el poder del Espíritu Santo, afirmando también el aspecto corporal de este suceso: Jesús fue concebido absque semine ex Spiritu Sancto (Concilio de Letrán, año 649; DS, 503), esto es, sin semilla de varón, por obra del Espíritu Santo. Los Padres ven en la concepción virginal el signo de que es verdaderamente el Hijo de Dios el que ha venido en una humanidad como la nuestra:
Así, san Ignacio de Antioquía (comienzos del siglo II): «Estáis firmemente convencidos acerca de que nuestro Señor es verdaderamente de la raza de David según la carne (cf. Rm 1, 3), Hijo de Dios según la voluntad y el poder de Dios (cf. Jn 1, 13), nacido verdaderamente de una virgen [...] Fue verdaderamente clavado por nosotros en su carne bajo Poncio Pilato [...] padeció verdaderamente, como también resucitó verdaderamente» (Epistula ad Smyrnaeos, 1-2).

El acontecimiento histórico y transcendente – Catecismo de la Iglesia
639 El misterio de la resurrección de Cristo es un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas como lo atestigua el Nuevo Testamento. Ya san Pablo, hacia el año 56, puede escribir a los Corintios: "Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce: "(1 Co 15, 3-4). El apóstol habla aquí de la tradición viva de la Resurrección que recibió después de su conversión a las puertas de Damasco (cf. Hch 9, 3-18).
El sepulcro vacío

640 "¿Por qué buscar entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado" (Lc 24, 5-6). En el marco de los acontecimientos de Pascua, el primer elemento que se encuentra es el sepulcro vacío. No es en sí una prueba directa. La ausencia del cuerpo de Cristo en el sepulcro podría explicarse de otro modo (cf. Jn 20,13; Mt 28, 11-15). A pesar de eso, el sepulcro vacío ha constituido para todos un signo esencial. Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección. Es el caso, en primer lugar, de las santas mujeres (cf. Lc 24, 3. 22- 23), después de Pedro (cf. Lc 24, 12). "El discípulo que Jesús amaba" (Jn 20, 2) afirma que, al entrar en el sepulcro vacío y al descubrir "las vendas en el suelo"(Jn 20, 6) "vio y creyó" (Jn 20, 8). Eso supone que constató en el estado del sepulcro vacío (cf. Jn 20, 5-7) que la ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana y que Jesús no había vuelto simplemente a una vida terrenal como había sido el caso de Lázaro (cf. Jn 11, 44).