Tuesday 21 February 2017 | Actualizada : 2017-02-03
 
Inicio > Temas Católicos > 1 - Iglesia 27º de pecadores es santa; escándalos necedad negra y hermosa


No pueden imputarse a la Iglesia las aberraciones de algunos entre sus miembros, que se vio obligada a denunciar y condenar: sería tanto como responsabilizar al Ministerio de Justicia de todos los delitos que castiga el Código Penal.

 

Remar mar adentro ¿para ir a dónde? La respuesta es clara:  para ir al encuentro del hombre, misterio insondable; y para ir a todos los hombres, océano ilimitado. Esto es posible en una Iglesia misionera, capaz de hablar a la gente y, sobre todo, capaz de llegar al corazón del hombre porque allí, en ese lugar íntimo y sagrado, se realiza el encuentro salvífico con Cristo. Remar en la barca de Pedro: ¡pescador de hombres!

 

Ser pescadores de hombres (cf. Mc 1, 17), sin dejarse vencer por el cansancio o el desánimo producidos por el vasto campo de trabajo apostólico, debido al reducido número de sacerdotes y a las muchas necesidades pastorales de los fieles que abren su corazón al Evangelio. Proseguir acogiendo la invitación del Señor a trabajar por el Reino de Dios y su justicia, que lo demás vendrá por añadidura (cf. Lc 12, 31).

 

En los misteriosos designios de su sabiduría, Dios sabe cuándo es tiempo de intervenir. Y entonces, como la dócil adhesión a la palabra del Señor hizo que se llenara la red de los discípulos, así también en todos los tiempos, incluido el nuestro, el Espíritu del Señor puede hacer eficaz la misión de la Iglesia en el mundo.


 

S. S. Juan Pablo II no cesa de incitarnos a salir de las catacumbas, una apuesta por la fortaleza y el coraje; nada más lógico, pues, que soliviante y exaspere a quienes nos desean ver cohibidos y cobardones, negando o siquiera ocultando una fe que nos dignifica.

 

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Decía San Agustín: «¿Titubeará la Iglesia si titubea su fundamento, pero podrá quizá Cristo titubear? Visto que Cristo no titubea, la Iglesia permanecerá intacta hasta el fin de los tiempos» («Enarrationes in Psalmos», 103,2,5; PL, 37, 1353.) Así es… y llevamos más de dos mil años de historia.

 

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La Iglesia una, santa, católica y apostólica». «Catolicidad significa universalidad, multiplicidad que se convierte en unidad; unidad que sin embargo sigue siendo multiplicidad».Que Dios nos guíe hacia la plena unidad de modo que el esplendor de la verdad, que sólo puede crear la unidad, sea de nuevo visible en el mundo». S. S. BENEDICTO XVI - 2005-06-29.

 

«La Iglesia no es santa por sí misma, sino que de hecho está formada por pecadores, lo sabemos y lo vemos todos», pero ésta «viene santificada de nuevo por el amor purificador de Cristo». «Dios no sólo ha hablado, nos ha querido (...) hasta la muerte de su propio hijo», S. S. Benedicto XVI – 29 Junio 2005 Festividad de San Pedro y Pablo; ambos mártires de la Iglesia católica, 64/7ca. en Roma. ITALIA.

 

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Lo que tiene lejos a ciertas personas de la Iglesia institucional son, en la mayoría de las ocasiones, los defectos, las incoherencias, los errores de los líderes: inquisición, procesos, mal uso del poder y del dinero, escándalos. Todas cosas, lamentablemente, ciertas, si bien frecuentemente exageradas y contempladas fuera de todo contexto histórico. Los sacerdotes somos los primeros en darnos cuenta de nuestra miseria e incoherencia y en sufrirla.
Los ministros de la Iglesia son «elegidos entre los hombres» y están sujetos a las tentaciones y a las debilidades de todos. Jesús no intentó fundar una sociedad de perfectos. ¡El Hijo de Dios –decía el escritor escocés Bruce Marshall-- vino a este mundo y, como buen carpintero que se había hecho en la escuela de José, recogió los pedacitos de tablas más descoyuntados y nudosos que encontró y con ellos construyó una barca –la Iglesia-- que, a pesar de todo, resiste el mar desde hace dos mil años!
Hay una ventaja en los sacerdotes «revestidos de debilidad»: están más preparados para compadecer a los demás, para no sorprenderse de ningún pecado ni miseria, para ser, en resumen, misericordiosos, que es tal vez la cualidad más bella en un sacerdote. A lo mejor precisamente por esto Jesús puso al frente de los apóstoles a Simón Pedro, quien le había negado tres veces: para que aprendiera a perdonar «setenta veces siete». ZS05061001

 

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La historia de la Iglesia lo enseña:


Cristo conduce la iglesia, Él es la cabeza, nosotros como Pedro y André, hombres pecadores en el barco de la iglesia que atraviesa los siglos, conducido por Cristo, aunque a muchos les duela

 

Nunca confundir la envoltura con la perla

 

MAYORDOMO - Padre Raúl Hasbun

Sobre esta piedra - José Luis Restán

Vosotros sois mis amigos - José Luis Restán

Comunicado del vocero del Papa, P.Federico Lombardi S.J

.El  Señor no hará faltar a la Iglesia  su ayuda -   Benedicto  XVI

 

por Vittorio Messori

Es el reflejo condicionado de la profesión, comprensible, tal vez necesario, pero que a veces parece un poco exagerado. Estoy hablando del tamiz al cual los diarios someten los textos papales para encontrar en ellos algunas alusiones a los hechos de la actualidad eclesial. Al respecto, he leído con atención el texto completo de la homilía pronunciada el domingo por Benedicto XVI en la misa de Pentecostés. Dicen que la escribió completamente él mismo, a diferencia de muchas otras cosas en las cuales se limita a revisar lo preparado de acuerdo con sus instrucciones verbales o por escrito. Encontré ahí una página de elevada espiritualidad, un llamado urgente no sólo a los fieles, sino a toda la humanidad, a volver a encontrar comprensión y comunión, abandonando tantos contrastes, resueltos acaso con la violencia.

También la confrontación entre Pentecostés, señal de unión, y Babel, señal de desunión, es un clásico del arte de la homilética. Este recurso fue empleado incluso por el maestro insuperable del género, el mítico Bossuet, predicador en la corte del Rey Sol. Sin embargo –y si me desmienten, no me quejaré – no me pareció encontrar ahí alguna conexión con la actual crónica negra eclesial. Y digo “negra” de manera intencional, porque me parece recordar que es una de las escasas oportunidades, desde el fin del poder temporal de la Iglesia romana, en que se habla de alguien, por lo demás un laico, recluido por “sacerdotes” en una de sus cárceles. No son las celdas del Palacio del Santo Oficio, donde el Cardenal Ratzinger trabajó durante un cuarto de siglo, pero en resumidas cuentas, el asunto ha impresionado.

 

La celda del camarero personal nos recuerda, entre otras cosas una realidad a menudo olvidada: el Vaticano, a pesar de su superficie de apenas medio kilómetro cuadrado, es un Estado entre los Estados, forma parte de la ONU, tiene una bandera, un blasón, un himno, un periódico y un diario oficial, así como embajadas, policía, fuerzas armadas, tribunales, una radio y una estación ferroviaria. Tiene además el banco central del cual tanto se ha hablado y una prisión. Es importante no olvidar esto, ya que (como se ha observado también recientemente) se sigue confundiendo entre Ciudad del Vaticano e Iglesia, si bien no son lo mismo. Por ejemplo, los asuntos del IOR, del Osservatore Romano o de las embajadas en el mundo -las nunciaturas- corresponden al Estado y no a la Iglesia. Así, el ruidoso episodio de la detención de estos días y de la fuga de documentos que lo antecedió carecen de toda relevancia religiosa, siendo competencia de la policía y de los magistrados vaticanos, es decir, del Estado y no de la Iglesia, ciertamente.

 

Con todo, volviendo a la homilía de Benedicto XVI el domingo de Pentecostés, probablemente fue escrita hace algún tiempo; pero aunque su redacción hubiese sido muy reciente, era muy poco probable encontrar alusiones a la misma en la crónica, porque por lo demás –reiteramos- no se trata de hechos vinculados con la enseñanzas de ese Guardián de la fe y la moral que es el sucesor de Pedro.

 

Por otra parte, la ocasión litúrgica era Pentecostés, y como el mismo Papa recordaba, es como el “bautismo” de la Iglesia, nacida pocos días antes, es decir, después de la Ascensión al Cielo de Jesús. El profesor Ratzinger era y es un gran experto en teología dogmática y tenía -y tiene- una excelente preparación en exégesis bíblica, como lo ha confirmado asimismo en los dos volúmenes aparecidos hasta ahora sobre el Jesús histórico. No es especialista en historia eclesiástica, pero también es ésta una disciplina en la cual se mueve con desenvoltura. Por consiguiente, sabe muy bien que es en gran medida exagerado ese mito de la Iglesia primitiva, constituida enteramente por santos, cultivado también hoy por quienes se oponen a la Santa Sede actual, invocando el retorno a los orígenes. El mito surge de algunos versículos de los Hechos de los Apóstoles que describen la idílica comunidad primitiva de  Jerusalén, donde todos se aman y ponen sus bienes a disposición de la comunidad. Sin embargo, ésta duró poco, porque las comunidades iniciales, constituidas por judíos, se dividieron muy pronto internamente entre “helenistas” y “judaizantes”, sin exclusión de golpes, tanto que de inmediato se produjo el cisma de los judeo-cristianos. Las epístolas de Pablo nos presentan un cuadro inesperado y un poco envilecedor: las iglesias, a menudo fundadas por él mismo, es decir, recién nacidas, además de estar ya divididas en el plano doctrinal, con frecuencia ni siquiera brillaban por su moralidad y el Apóstol debe reprochar, exhortar y estigmatizar comportamientos pecaminosos.

 

Dando un salto temporal, no se debe olvidar que en muchas ciudades de África septentrional, donde el cristianismo se implantó sin tardanza, fueron a menudo cristianos quienes abrieron las puertas a los musulmanes, aclamándolos cuando ingresaban. Mejor ellos –decían- y no los bizantinos que señoreaban en esas tierras, y también mejor ellos que esas luchas continuas, bastante a menudo sangrientas, con la inmoralidad y las infinitas sectas y facciones enfrentándose en el interior de la Iglesia. Que vengan entonces –clamaban los bautizados cansados de esos actos de violencia-, que vengan los discípulos de Mohammed a poner un poco de orden entre esos supuestos seguidores del evangelio llenos en cambio de todos los pecados.

 

¿Por qué recordar estas cosas? Precisamente porque la serenidad de Benedicto XVI nace de la conciencia de que desde el principio – justamente en Pentecostés- la institución eclesial rara vez estuvo a la altura del ideal. La imperfección es la norma dondequiera se encuentren hombres. Alguien ha llegado a hablar de una especie de apatía de parte suya ante los recientes episodios graves, que ciertamente no tienen relación con la teología, pero afectan a la máquina institucional, con peligro de escándalo para los fieles y de pérdida de credibilidad del catolicismo en general. Hay incluso quienes, sin más, diciendo que hablan como amigos del Papa y por el bien de la Iglesia, han augurado una dimisión que finalmente le llevaría a retomar su  verdadera vocación de erudito, retirado en una ermita, solo con sus libros, dejando en manos de algún otro, más activo y ocupado de la vida concreta de la Iglesia, la gestión de las cosas. Pero estos amigos de Joseph Ratzinger, de cuya buena fe no queremos dudar, no se dan cuenta que hacen precisamente el juego de sus antagonistas, si realmente quieren inducirlo a alejarse provocando situaciones como la fuga de documentos privados. En cuanto a la apatía, quienes se refieren a la misma ignoran que Benedicto XVI no es aficionado al clamor, sino al trabajo paciente, reflexivo y respetuoso de las personas, y que todo cuanto ha hecho y hace escapa a menudo a los medios de comunicación masiva, pero de hecho no es irrelevante. Y pronto -se dice- se contará con una prueba que sorprenderá a quienes lo acusan de tomar distancia ante los hechos.

 

Comoquiera, es un hecho que un teólogo como él tiene plena conciencia de que la Iglesia ha sido y siempre será, como decían los Padres, “immaculata ex maculatis“: sin mancha en su Misterio, que es Cristo mismo, demasiado a menudo manchada en su envoltura institucional, pues la constituyen hombres, no todos convertidos a la santidad por acción de los sacramentos. El Papa sabe muy bien que la Persona de la Iglesia no se identifica con su personal. Ciertamente, esto le duele, y lo ha dicho sin titubear ante la pederastia de numerosos clérigos y otros hechos penosos. Pero es un dolor que no incide en modo alguno en su convicción de que por mucho que hagan los hombres de la Iglesia, por mucho que pequen los hombres de la institución, nunca llegarán a descalabrar lo que tiene importancia: la fe en el Inocente por antonomasia, que precisamente en el día de Pentecostés ha iniciado su marcha misionaria en todo el mundo. Lo importante -ha dicho una vez- es la perla y no la malograda envoltura.


*Escritor, renombrado especialista en asuntos vaticanos. Artículo publicado por el Corriere della Sera – V. 2012

 

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Abramos los ojos del corazón al misterio de la luz de Dios presente en toda la historia de la salvación. Ya al inicio de la creación el Todopoderoso dice: "Fiat lux", "Haya luz" (Gn 1, 3), y la luz se separó de la oscuridad. Al igual que las demás criaturas, la luz es un signo que revela algo de Dios: es como el reflejo de su gloria, que acompaña sus manifestaciones. Cuando Dios se presenta, "su fulgor es como la luz, salen rayos de sus manos" (Ha 3, 4). La luz -se dice en los Salmos- es el manto con que Dios se envuelve (cf. Sal 104, 2). En el libro de la Sabiduría el simbolismo de la luz se utiliza para describir la esencia misma de Dios: la sabiduría, efusión de la gloria de Dios, es "un reflejo de la luz eterna", superior a toda luz creada (cf. Sb 7, 27. 29 s). En el Nuevo Testamento es Cristo quien constituye la plena manifestación de la luz de Dios. Su resurrección ha derrotado para siempre el poder de las tinieblas del mal. Con Cristo resucitado triunfan la verdad y el amor sobre la mentira y el pecado. En él la luz de Dios ilumina ya definitivamente la vida de los hombres y el camino de la historia. "Yo soy la luz del mundo -afirma en el Evangelio-; el que me siga no caminará en la oscuridad, sino que tendrá la luz de la vida" (Jn 8, 12). Esa luz es la que a través de la Iglesia de Cristo, el mundo es iluminado.

 

SE CREE DENTRO DE LA IGLESIA Y CON LA IGLESIA

 

-La comunidad de los creyentes 


No se cree en la Iglesia – REPROCHES Y FE en la Iglesia.
Muchas dificultades de fe son dificultades con la Iglesia. Difícilmente habrá otro enunciado de la confesión de fe que suscite hoy tanta oposición e irritación como el que afirma creer en la Iglesia una, santa, católica y apostólica. De hecho, cada uno de estos importantes predicados parece quedar desmentido por la realidad. La Iglesia, tal como la experimentamos, no es una ni es en todo santa; considerada empíricamente, no es por completo católica, y en muchas cosas parece estar muy lejos de su origen apostólico. Por otra parte, a la Iglesia se le puede presentar una larga lista de pecados que ha cometido en el pasado y en el presente. Quien reivindica algo tan elevado como la Iglesia será medido, lógicamente, con arreglo a dicha reivindicación, pero jamás podrá corresponder plenamente a ella, y quedará sometido al juicio de su propia pretensión. Así, todos los reproches que se hacen a la Iglesia van, una y otra vez, en la línea de que ella misma ni vive ni realiza lo que anuncia; más aún, que incluso ha traicionado con frecuencia el evangelio del amor de Dios. Cuando se habla de la Iglesia como comunidad de los creyentes, conviene, pues, emplear desde el principio tonos moderados y autocríticos. 

I/FE en la Iglesia - También las confesiones de fe de la Iglesia primitiva se expresan con cautela respecto de la Iglesia, y dicen: "Creo en un solo Dios,... en un solo Señor Jesucristo,... en el Espíritu Santo"; pero no suelen decir:"Creo en la Iglesia", sino únicamente: "Creo a la Iglesia". 


Con ello manifiestan que la Iglesia no es la meta del acto de fe; la meta y el objeto específico del acto de fe es únicamente el Dios trinitario. La Iglesia tiene su puesto dentro y, en cierto modo, debajo de la fe en Dios. La Iglesia no es Dios; es una realidad creatural que en ningún caso puede ser absolutizada ni divinizada. Esta absolutización es incluso una tentación permanente de la Iglesia. Puesto que la Iglesia es una realidad creatural y consta de hombres pecadores, no se puede en absoluto confiar en ella con la entrega radical con que se confía en Dios.

No se cree en la Iglesia, pero sí dentro de la Iglesia y con la Iglesia (H. de ·Lubac-H); se cree a la Iglesia como lugar de la fe y como comunidad de los creyentes. Esto es lo que ahora es preciso desarrollar y fundamentar. 

Se cree dentro de la Iglesia y con la Iglesia 


NECESIDAD: Aun cuando la Iglesia no sea la meta del acto de fe, sin embargo, ocupa un lugar importante en la confesión de fe.
No se puede decir simplemente: Dios y Jesús, sí; Iglesia, no. La fe y la Iglesia están esencialmente unidas. 
Incluso desde una perspectiva puramente humana, nadie vive completamente solo. Como hombres, dependemos en muchos aspectos unos de otros. Esto no sólo es válido respecto de la satisfacción de nuestras necesidades corporales básicas, de la consecución de alimento y vestido, vivienda y trabajo para las necesidades cotidianas. También en nuestras convicciones morales y religiosas nos nutrimos de lo que hemos recibido de nuestros padres y maestros, de amigos y conocidos y, en general, de nuestro entorno. Nuestro propio pensamiento necesita el lenguaje y con el lenguaje, por lo demás, expresamos nuestras ideas. Pero el lenguaje lo recibimos de la comunidad en la que crecemos y vivimos; con el lenguaje recibimos los patrones decisivos de interpretación del mundo. El hombre, en cuanto ser hablante, es un ser social. 


PUEBLO-DE-DIOS: Dios es un Dios de los hombres. Por ello, en su revelación, nunca se dirige a individuos aislados. Más bien habla a los individuos en su tejido social. Llama y reúne a un pueblo. Esto comienza ya con Adán, que es el representante de toda la humanidad. 
Cuando, con su rechazo de Dios, se introduce también la enemistad entre los hombres, desde el asesinato de Abel por Caín hasta la confusión babilónica de las lenguas, Dios vuelve a poner en marcha un proceso de reunificación que, según los Padres de la Iglesia, comienza con el justo Abel y prosigue en todos los hombres que viven justa y piadosamente conforme a su conciencia; se trata, pues, de un proceso que se verifica secretamente en todos los pueblos y que se hace visible con Abrahán (a quien Dios hace padre de un gran pueblo; más aún, en quien bendice a todos los pueblos), con Moisés y con los profetas. El mismo Jesús se sabe llamado a reunir al pueblo de Israel. Una vez que la mayoría de Israel, a través de sus representantes legítimos, lo ha rechazado, comienza, -tras la muerte de Jesús, tras la Pascua y Pentecostés- un nuevo proceso de reunificación, del que ahora forman parte judíos y paganos, que se reúnen en una fe común en el Dios único y en el único Señor y Salvador Jesucristo, en el único Espíritu Santo, y se reconocen entre sí como hermanos, en quienes todas las diferencias de nacionalidad, de raza y de generación han perdido su significado discriminatorio y de separación. 
La Iglesia, como pueblo de Dios reunido fraternalmente a partir de todos los pueblos, razas y generaciones, es, pues, la acción de Dios contra el caos producido por el pecado. Aparece cada vez más claramente en la medida en que avanza la historia de Dios con los hombres. Es comienzo, signo e instrumento de la paz y la reconciliación 
que Dios ha prometido y que todos anhelan. En ella, la humanidad dividida y enemistada queda de nuevo unida en las convicciones y orientaciones básicas de la vida; en ella los extraños se hacen amigos. 


Así pues, la Iglesia misma es un fruto esencial de la actuación salvífica de Dios y, en este sentido, también un contenido de la fe. La palabra reconciliadora de Dios no puede existir -así hay que decirlo, recogiendo una famosa expresión de Martín Lutero- sin pueblo de Dios, del mismo modo que tampoco puede haber pueblo de Dios sin palabra de Dios, por la que es convocado y en cuya confesión de fe queda unido. 


FE / INDIVIDUALISMO - Dado que la Iglesia como comunidad de los creyentes está tan estrechamente unida a la palabra de Dios, no puede haber ningún legítimo cristianismo privado. La fe es, desde luego, una decisión personal, insustituible, de cada individuo. Pero este acto personal de fe significa siempre, al mismo tiempo, entrar en la historia mayor y en la comunidad mayor de la fe. Por ello en las confesiones de fe de la Iglesia primitiva se dice tanto "creo" como "creemos". El individuo nunca está solo en su fe personal; nosotros recibimos la fe de quienes han creído antes que nosotros, y en la fe estamos sostenidos por la fe de toda la comunidad de los creyentes. Se cree siempre dentro de la Iglesia y con la Iglesia. 


SENSU - ECLESIAL: Puesto que la Iglesia es el sujeto total de la fe, pertenece a la fe el "sentire-ecclesiam", un sentir dentro de la Iglesia y con la Iglesia, un sentido eclesial.
No consiste en decir sí y amén a todo lo que hay en la Iglesia, pero sí en un sentido para lo que es correcto e importante en la Iglesia. El sentido eclesial puede incluir una crítica abierta y sincera, pero detesta toda sabihondez presuntuosa y todo arrogante afán de crítica. Se manifiesta más bien en el respeto a la doctrina y a la praxis de la Iglesia, así como en el esfuerzo por entenderla y en la apertura frente a lo que el Espíritu dice a las comunidades (Ap 2,7, entre otros). 

La Iglesia como signo e instrumento – SIGNO / INSTRUMENTO: 
La conexión entre la Iglesia y la fe en la palabra de Dios se puede fundamentar aún más profundamente. La palabra de Dios está, en efecto, destinada a encontrar hombres que la escuchen, la acepten y den testimonio de ella. Sólo llega al mundo allí donde encuentra corazones y testigos fieles. Si no fuera recibida, hecha realidad viviente y testimoniada a otros por una comunidad de creyentes, sería como una llamada sin eco, quedaría privada de fuerza y de eficacia y se perdería en el vacío. Pero, puesto que la palabra de Dios es una palabra eficaz, que realiza lo que dice, a la revelación de Dios en la palabra también pertenece siempre su aceptación por el hombre en la fe. Por eso la Iglesia, como comunidad de los creyentes, pertenece constitutivamente al acontecimiento de la revelación. Sin la comunidad de los creyentes no se habría revelado nada en la historia. En la Iglesia y en su fe, a pesar de toda la debilidad y caducidad humanas, la palabra de Dios adquiere forma por el Espíritu de Dios.


La Iglesia misma es una figura de la palabra de Dios. Es columna y fundamento de la verdad (1 Tim 3,15) y participa en el misterio de CristoI/PD PD/I: Yohann Adam Möhler expresó estas ideas así: «En la Iglesia y a través de ella la redención anunciada por Cristo adquirió realidad por medio de su Espíritu, porque en ella se creen sus verdades y se ejercen sus instituciones, y precisamente por ello han adquirido vida. Según esto, podemos decir también de la Iglesia que es la religión cristiana hecha objetiva, su exposición viviente. Cuando la palabra pronunciada por Cristo (tomada en su significado más amplio) penetró con su Espíritu en un círculo de personas y fue aceptada por éste, tomó forma, tomó carne y sangre; y esta forma es precisamente la Iglesia, que, en consecuencia, es considerada por los católicos como la forma esencial de la religión cristiana misma. Cuando el Redentor fundó por su palabra y su Espíritu una comunidad en la que dio vida a su palabra, se la confió precisamente a ella para que la conservara y la transmitiera; la depositó en ella para que, con fuerza siempre nueva, saliera de ella, se multiplicara y se extendiera, siendo siempre la misma y, sin embargo, eternamente nueva. Su palabra no es jamás separable de la Iglesia, ni su Iglesia de la palabra». 


SACRAMENTO
- Mohler también sabía, naturalmente, que la Iglesia, como Iglesia compuesta de hombres, más aún, de pecadores, muchas veces no refleja, sino que oscurece la palabra de Dios. Por eso el Vaticano II evita toda identificación directa de la Iglesia y de Jesucristo, que es la palabra de Dios. El Concilio designa más bien a la Iglesia como sacramento, es decir, signo e instrumento. Ella es un signo viviente, pleno y eficaz de la palabra salida de Dios, y al mismo tiempo su instrumento, por el que sigue resonando en la historia del mundo y de los hombres. 

Signo e instrumento no son, desde luego, meras funciones en la Iglesia. Todos los fieles y todos los bautizados están constituidos, como individuos y como conjunto, en testigos de la fe. El cardenal J.H. Newman, en su famoso tratado "Sobre la consulta de los fieles en cuestiones de fe", expuso que en el caótico siglo IV, en el que surgió la disputa en torno a la verdadera divinidad de Jesucristo, muchas veces no fueron los obispos ni los sínodos episcopales los que mantuvieron la verdadera fe, sino los simples fieles. Hoy ha llegado de manera especial la hora de los laicos cristianos. Porque sólo por medio de los laicos, que, en la familia, profesión y tiempo libre, viven en condiciones ordinarias, puede la fe llegar al mundo e impregnarlo desde dentro. 


Toda la comunidad de los creyentes es signo e instrumento de la fe, no sólo por la palabra, no sólo por la predicación, la catequesis, la enseñanza de la religión, sino por toda su vida. Lo que define al testigo es que no sólo da testimonio con la palabra, sino con toda su existencia; se compromete personalmente y, en casos extremos, pone incluso su vida en juego. Según las palabras del Vaticano II, la Iglesia es, por tanto, signo e instrumento por todo lo que es y por todo lo que cree. En su rostro ha de resplandecer en el mundo la luz, que es Jesucristo.- 

(Y al andar de cada cristiano, debe sentirse la fragancia de Cristo; que así sea).

 

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«Soy negra, pero hermosa»

 

SANTA-PECADORA – PEDRO - ROCA 


Detengámonos en este lugar para pensar más despacio, antes de sacar las consecuencias relativas a la moralidad concreta del cristiano en la Iglesia, con un ejemplo, en el problema fundamental del ser de la Iglesia en este mundo. Es la figura de Pedro, a quien, en Mt 16,19, se le promete el mismo poder que, en Mt 18,18, transmite el Señor a toda la comunidad de los apóstoles, y que cifra consiguientemente y de manera ejemplar, la esencia de la Iglesia. Al discutir la cuestión sobre si la promesa del primado en Mt 16,17ss está relatada por el evangelista en su adecuado lugar histórico, hay exegetas que llaman la atención sobre el hecho de que, pocos versículos después, el Señor apostrofa como Satanás a Pedro que quería retraerlo de su pasión (16,23).

Como quiera que esta escena está históricamente atestiguada por los paralelos para su emplazamiento en Cesarea de Filipo (/Mc/08/33), sería imposible poner la palabra sobre el primado a la misma Hora y hacer que dentro de un breve espacio de tiempo llame el Señor a Pedro "roca de la Iglesia" y «Satanás»; ambas cosas habrían de situarse más bien en ocasiones cronológicamente separadas. En nuestro contexto no podemos intentar decidir esta cuestión exegética. Prescindiendo por completo del problema de la localización histórica de la promesa del primado, podemos afirmar independientemente que, para el pensamiento bíblico, la simultaneidad de «roca» y "Satanás" (y skandalon = piedra de tropiezo) no tiene de suyo nada de imposible. Al contrario, para ese pensamiento que sabe de la necedad de Dios, de la victoria de la fuerza de Dios por la flaqueza de los hombres, del triunfo de Dios por la catástrofe de la cruz, semejante paradoja es típicamente característica. Este pensamiento que, como Hemos dicho, llama al rey de Babilonia «siervo de Dios» (Jer 25,29) y le atribuye, por tanto, el nombre honorífico del Mesías, porque él, el reprobado, es utilizado por Yahveh como instrumento con que hace historia; este pensamiento, digo, está muy lejos de la sutileza de una lógica demasiado humana. La imagen que la Biblia  comunica es más bien ésta: si se trata sólo de Pedro, si por él hablan la «carne y la sangre», en tal caso puede ser Satanás y piedra de tropiezo.


Pero si no hablan por él la carne y la sangre, si Dios lo toma a su servicio, entonces puede ser realmente, como instrumento de Dios, una «roca cósmica». Esto no es expresión de su prestación propia ni de su propio carácter, sino "nomen officii, nombre no de un merecimiento, sino de un servicio, de una elección y encomienda divina, de que nadie es capaz por razón puramente de su carácter, y menos que nadie este Simón que, por su carácter natural, es cualquier cosa menos roca. Que él precisamente sea declarado roca, es antes que nada la paradoja fundamental de la virtud divina que opera en la flaqueza. Por sí mismo, es el Pedro que se hunde, porque le falta fe (Mt 14,30); por el Señor y por la gracia del Señor, es la roca sobre que estriba la Iglesia. Toda la figura de Pedro está definida por esta dialéctica que brilla de la manera más impresionante allí donde la encomienda es más alta: la colación del primado en Juan (21,15-17) está situada sobre el fondo de las pasadas negaciones. La promesa en Lucas (22,31s) va unida con la predicción inmediata de la negación, y la promesa en Mateo aparece al contraluz de su designación como Satanás y piedra de tropiezo. Se trata siempre de promesa de fuerza divina en medio de la debilidad humana, de suerte que Dios es siempre el que salva, y no el hombre, es siempre el "no obstante" de la gracia, que no se deja desarmar por la incapacidad del hombre, sino que en ella cabalmente consigue la victoria del amor de Dios, que no se deja vencer ni siquiera por el pecado del hombre. Todavía hay que añadir otra idea.


Por una recaída en la arbitrariedad del pensamiento humano, que no quiere percibir la gracia, sino que fantasea un secreto triunfo del hombre, nos hemos acostumbrado a separar bonitamente en Pedro la roca y las negaciones: negar, niega el Pedro prepascual; roca, lo es Pedro después de Pentecostés, del cual nos forjamos una imagen extrañamente idealizada. Pero, en realidad, Pedro es ambas cosas a la vez: el Pedro prepascual es ya el que pronuncia la confesión de los que han permanecido fieles en medio de la apostasía de la masa, el que corre al encuentro del Señor sobre las aguas del mar, el que dice las palabras de insuperable belleza: «Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna y nosotros hemos creído y conocido que tú eres el santo de Dios» (Jn 6,68s). El Pedro después de Pentecostés sigue, por otra parte, siendo el que, por temor a los judíos, niega la libertad cristiana (Gál 2,11ss). 
Siempre a la par roca y piedra de escándalo.


¿Y no ha sido fenómeno constante a través de toda la historia de la Iglesia que el papa, el sucesor de Pedro, haya sido a par petra y skandalon, roca de Dios y piedra de tropiezo? De hecho, importará al creyente aguantar esta paradoja del obrar divino, que confunde siempre su soberbia, esta tensión entre roca y Satanás, en que se compenetran de manera inquietante los contrastes más extremos. Lutero conoció con opresora claridad el factor «Satanás» y no dejaba de tener alguna razón en ello; su pecado estuvo en no aguantar la tensión bíblica entre Cefas (petra) y Satanás, que pertenece a la tensión fundamental de una fe, que no vive del merecimiento sino de la gracia. En el fondo, nadie debía haber entendido mejor esta tensión que quien acuñó la fórmula del "simul iustus et peccator", la fórmula del hombre justo y  pecador en una pieza.


Acaso quien formulara de manera más dramática esta conciencia de la tensión de la Iglesia entre Cefas y Satanás, fue el donatista Ticonio. Habla de que la Iglesia tiene un lado derecho y otro izquierdo; la Iglesia sería, a par, el Cristo y el Anticristo, Jerusalén y Babilonia, y se le aplicaría la palabra del Cantar de los cantares: «Soy negra, pero hermosa» (/Ct/01/05), palabras en que también Orígenes hallaba expresada la paradójica tensión, fundamental en la existencia de la Iglesia (In Cant. hom. 2,4 (Baehrens 8,47); sobre Ticonio cf. el primer art. de este volumen, part. p. 22-28). En realidad, aquí no hizo Ticonio sino extremar pensamientos que pueden encontrarse en toda la tradición de los padres y que, a su manera, críticamente limitados, fueron también aceptados por Agustín.


Lo que ahí aparece claro una vez más es que no pueden separarse sencillamente la «Iglesia» y «los hombres en la Iglesia»; la abstracta pureza sin mácula de la Iglesia, que de este modo destilaría, no tiene sentido alguno real 

histórico. La Iglesia vive por medio de los hombres en el tiempo y en el mundo presente y, a pesar del misterio divino que lleva dentro de sí, vive de manera verdaderamente humana. Hasta la institución como institución conlleva la carga de lo humano; también la institución conlleva la inquietante arbitrariedad de lo humano para poder ser piedra de tropiezo. ¿Quién no lo sabe? Y, sin embargo, y precisamente así la Iglesia es la santa, la pecadora, testimonio y realidad de la gracia de Dios que por nada puede ser vencida, de su misericordia siempre mayor, que nos ama en medio de nuestra indignidad. Precisamente en su flaqueza es y será siempre la Iglesia Evangelio de Dios, buena nueva de la salvación divina, que trasciende todo nuestro entender y esperar.


Como término de esta reflexión, citemos, en representación de otros muchos, dos textos de la cristiandad medieval para mostrar cuán profundamente vivo siguió el conocimiento del oscuro misterio de la Iglesia y cuán abierto estaba el ánimo al lenguaje profético en un tiempo que gustamos de idealizar como el tiempo del más puro esplendor de la cristiandad. En Guillermo de Auvernia, el gran teólogo y obispo de París, encontramos estas serias palabras: «...¿quién no quedaría fuera de sí de espanto, si contemplara a la Iglesia con una cabeza de asno o al alma creyente con dientes de lobo, cola de cerdo, mejillas surcadas y pálidas, con una cerviz de toro y en todo lo demás de tal corrupción y monstruosidad que todo el que lo viera quedaría petrificado de horror? ¿Quién no llamaría e imaginaría tan espantosa deformación antes bien Babilonia que no Iglesia de Cristo, quién no la llamaría más bien desierto que ciudad de 
Dios?...


Por causa de este espantoso monstruo de los réprobos y carnales, que inundan con tanta muchedumbre a la Iglesia, que de pura paja quedan los otros cubiertos e invisibles en ella, llaman los herejes a la Iglesia ramera y Babilonia y, si se mira a los réprobos y a los cristianos de mero nombre, podrían con razón sentir y hablar así, si no extendieran estos nombres de ignominia a todos los cristianos. Esposa no lo es ya, sino un monstruo de forma y fiereza espantosa..., y es evidente que, en tal estado, no puede predicarse de ella: «Eres toda hermosa y en ti no hay mancha alguna» (Dante hace sentarse a la meretriz de Babilonia en lugar de Beatriz en el carro de la Iglesia y fornicar con un gigante, el rey 
de Francia).


Gerhoh von Reichersberg, el teólogo reformista oriundo de Baviera, confiesa ser un triste espectáculo que «en medio de ti, Jerusalén, viva un pueblo casi enteramente babilónico»; y hace decir a la Iglesia: «Yo, la Iglesia, no me miro a mí misma como pura, a la manera de los novacianos y cátaros, sino que sé cuántos pecadores tengo dentro de mí y no rehúso la penitencia, sino que digo: «Perdónanos nuestras deudas». ¿Es en absoluto signo de mejores tiempos que los teólogos de hoy no se atreven ya a hablar en ese tono? ¿O no es más bien signo de menguado amor, al que no se le quema ya el corazón en santo celo por la causa de Dios en este mundo (2Cor 11,2), un amor que se ha hecho romo y no se atreve ya a abrazar el sufrimiento por la amada y a causa de la amada? El que no se siente ya movido por la defección del amigo, no sufre por ella y no lucha por su retorno, ese tal ya no ama ¿No habrá de aplicarse también esto a nuestra relación con la Iglesia? 

 

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El testimonio del cristiano

 


¿Cuál será, pues, la actitud del cristiano ante la Iglesia que vive históricamente: de crítica (por amor de la pureza de la Iglesia), de obediencia callada (por razón de su misión divina) o cuál otra? Querríamos decir con entera sencillez: el cristiano amará  la Iglesia, todo lo demás se sigue de la lógica del amor. Dilige et quod vis, fac: el lema es también aquí válido. Pero, aunque de hecho, no hay que salirse en el fondo de esta regla y la decisión de si será lo mejor hablar o callar, aceptar sin murmurar o luchar juntos con fe y celo por encontrar el mejor camino de la Iglesia en el tiempo, y a la postre sólo puede hallarse partiendo del motivo cierto del amor a la Iglesia, el teólogo querría de buena gana saber algo más preciso, interrogar sobre la estructura de este sentire ecclesiam, de este "sentido-eclesial", para lograr una flecha indicadora del camino algo más clara, aun cuando en el momento de tomar la decisión se apele siempre al yo con su fe, esperanza y caridad personales y no sea posible refugiarse limpiamente en una regla objetiva.


Afirmemos por de pronto que la Iglesia ha recibido la herencia de los profetas, la herencia de quienes sufrieron por causa de la verdad. Ella misma ha entrado en la historia como Iglesia de los mártires, ha asumido en su totalidad la función profética de sufrir por la verdad. De donde se sigue que lo profético no puede estar muerto en ella, sino que en ella tiene más bien su verdadera patria. Ahora pudiera sentirse la tentación de que, en la Iglesia, lo profético ha logrado la victoria y ha perdido, por ende, su función crítica. Pero esto significaría desconocer a fondo la esencia de la 
historia humana y la manera particular como existe en el mundo la nueva alianza, es decir, el Espíritu y lo divino. Y es así que ya antes hemos visto que el sacar a la Iglesia de Babilonia, su transformación de ramera en esposa, de piedra de escándalo en roca fundamental no es simplemente un acontecimiento único, de muy atrás olvidado, en los orígenes de su historia, sino que la Iglesia es siempre llamada de nuevo, está por decirlo así en todo momento al principio y el passa; el tránsito de la forma de existencia mundana a la novedad del espíritu, sigue siendo siempre su ley fundamental de vida. El misterio pascual es la forma permanente de la existencia de la Iglesia en este mundo.


La Iglesia vive siempre del llamamiento del Espíritu, en la crisis del paso de lo antiguo a lo nuevo. No es azar que los grandes santos no sólo tuvieron que luchar con el mundo, sino también con la Iglesia, con la tentación de la Iglesia a hacerse mundo, y bajo la Iglesia y en la Iglesia tuvieron que sufrir; un Francisco de Asís, un Ignacio de Loyola, que, en su tercera prisión durante veintidós días en Salamanca, aherrojado entre cadenas con su compañero Calixto,permaneció en la cárcel de la inquisición, y todavía le quedaba alegría y fe confiada para decir: «No hay en toda Salamanca tantos grillos y esposas, que yo no pida más aún por amor de Dios». No cedió un ápice de su misión, ni tampoco de su obediencia a la Iglesia.

Si resumimos todo lo hasta aquí expuesto, tal vez pueda formularse en síntesis la actitud del cristiano entre la libertad del testimonio y la obediencia de la aceptación, en dos polaridades fundamentales.


Primera. El cristiano sabe que el grito de los profetas ha alcanzado la victoria en la Iglesia de una manera que supera y transforma maravillosamente la perspectiva profética -no porque el hombre cumpla definitivamente la alianza, sino por la libre bondad de Dios, que es propicio a los hombres a pesar de su defección y sólo pide de ellos que acepten esta gracia y bondad fiel y humildemente. El cristiano sabe que el carácter definitivo del nuevo pueblo de Dios, que es la Iglesia, no se funda en un estado de prestaciones humanas, sino en la misericordia divina, a la que no podrá ya quebrantar ningún desfallecimiento humano. En este sentido, reconoce en la Iglesia lo definitivo de la promesa divina y, a la vez, el lugar donde es llamado a la obediencia. Ello pone a su crítica y a su protesta una barrera infranqueable. Pero sabe también que esta Iglesia, cabalmente porque vive del «no obstante» de la gracia divina, vive siempre en medio de la tentación y del desfallecimiento; sabe que la Iglesia abarca en todo momento la tensión abismal entre roca y piedra de escándalo, y hasta entre «petra» y «Satanás». Ahí radica la tensión existencial que trasciende todo ingenio humano y sólo puede ser dominada por la fe, tensión a que es llamado el cristiano en su obediencia a la Iglesia.


Es evidente que, de este modo, la obediencia precisamente como obediencia entraña también un segundo deber: el deber del testimonio, el deber de luchar por la pureza de la Iglesia contra la Babilonia en la Iglesia, que se da no sólo entre los laicos, no sólo entre los cristianos particulares, sino hasta dentro del verdadero centro de la eclesialidad, y hasta debe darse en aquel misterioso «ser menester» con que comenzó la Iglesia: «¿No era menester que Cristo padeciera todo eso para entrar así en su gloria?» (Lc 24,26). Y es claro que este testimonio será precisamente también 
en la Iglesia un testimonio de dolor, que encierra desconocimientos, sospechas y hasta condenación. Sin embargo, 
la verdadera obediencia no es la obediencia de los aduladores  (los que son calificados por los auténticos profetas del Antiguo Testamento de «profetas embusteros»), que evitan todo choque y ponen su intangible comodidad por encima de todas las cosas. Es la obediencia que en el testimonio del dolor sigue siendo obediencia; la obediencia que es, a la vez, veracidad y está animada por el fuerte celo de la caridad, es la verdadera obediencia que ha fecundado a la Iglesia a lo largo de los siglos y la ha sacado una y otra vez de la tentación babilónica al lado de su Señor crucificado.
Una educación para el "sentire ecclesiam" deberá conducir 
cabalmente a esta serena obediencia, que procede de la verdad y conduce a la verdad. Lo que necesita la Iglesia de hoy (y de todos los tiempos) no son panegiristas de lo existente, sino hombres en quienes la humildad y la obediencia no sean menores que la pasión por la verdad; hombres que den testimonio a despecho de todo desconocimiento y ataque, hombres, en una palabra, que amen a la Iglesia más que a la comodidad e intangibilidad de su propio destino.


Segunda. Pero puede también mirarse todo el problema desde un punto de vista más moral. El que se siente impulsado a un testimonio crítico, tendrá que considerar antes toda una serie de puntos de vista. Tendrá que preguntarse si tiene la necesaria certeza que legitima esa actitud, y deberá hacer un examen tanto más cuidadoso cuanto más alta sea la realidad contra la que se dirige, en la escala de las certidumbres teológicas. Esta escala significa, efectivamente, una gradación del interés que toma la Iglesia como Iglesia en una causa o en una tesis y, consiguientemente, una gradación también en el llamamiento a la adhesión o en el espacio que se deja libre para la crítica. Es evidente que, ante las verdades propiamente de fe como tales, toda crítica enmudece; es igualmente evidente que toda proposición que está por bajo del dogma de fe, es teóricamente variable y objeto, por ende, de la crítica. Sin embargo, antes de que un hombre se enfrente críticamente a una de las otras proposiciones, tendrá que aplicarse a fondo y duramente a sí 
mismo la crítica; y en unos tiempos de relativismo, de escepticismo y de opiniones orgullosas, es sin duda saludable para el hombre que haya un lugar en que, en medio del caos de las opiniones humanas, se encuentre con una autoridad, que no le llama a la discusión, sino que le pone en la actitud del oír y obedecer. He ahí un límite que debe ser bien pensado; junto a él está el otro de que es menester también tener consideración con la fe de los hermanos débiles, con el mundo incrédulo que nos rodea, y hasta con la flaqueza de la propia fe, que puede extinguirse con harta 
facilidad, si uno se retrae tras la barrera de la crítica y cae finalmente en el resentimiento de lo desconocido.


Hay que decir, por otra parte, que frente a estos miramientos que acabamos de mentar, hay un derecho propio de la verdad frente a la caridad y hay una ordenación superior de la verdad por encima de la utilidad, ordenación de la que fluye la estricta necesidad del carisma profético y de la que puede nacer para el particular el deber del testimonio franco. Si siempre hubiera de esperarse a decir la verdad hasta que no pueda ser malentendida ni se pueda abusar de ella, jamás se podría proclamarla. Síguese que las limitaciones indicadas no pueden conducir en la Iglesia a condenar definitivamente al silencio al elemento profético. Su sentido es ordenarlo en la trabazón del cuerpo de Cristo, en que 
vige la ley de la verdad al igual que la ley de la caridad. Una vez más nos encontramos sin una regla absoluta, y debemos contentarnos a la postre con el llamamiento a la decisión obediente que nace del conocimiento de la fe.


Tercera. Renunciamos aquí a plantear las cuestiones concretas sobre la manera de esta «palabra libre en la Iglesia», sobre la parte, por ejemplo, de los laicos, sobre la significación del conjunto para la relación entre laicos y sacerdotes, sacerdotes y oficio y otras semejantes, a fin de sentar una última afirmación fundamental. Hasta aquí hemos partido siempre del individuo y de su relación con el todo. Pero ahora podemos establecer una afirmación sobre el «todo», sobre la misión de la institución y del oficio: la Iglesia necesita el espíritu de libertad y franqueza en medio de su vinculación a la palabra: «No extingáis el espíritu» (1Tes 5,19) -el imperativo vige para todos los tiempos-. ¿Quién no 
recordará aquí el relato de san Pablo sobre su choque con Pedro: «Empero, cuando vino Cefas a Antioquía, le resistí cara a cara, porque era reprensible... Pero, cuando vi que no andaban derechos conforme a la verdad del Evangelio, dije a Ce£as delante de todos: si tú, que eres judío, vives a lo gentil y no a lo judío, ¿cómo compeles a las gentes a judaizar?» (Gál 2,11-14). Si fue flaqueza de Pedro negar la libertad del Evangelio por miedo a los adeptos de Santiago, su grandeza estuvo en aceptar la libertad de san Pablo que le «resistió cara a cara». La Iglesia vive hoy todavía de esta libertad, que le conquistó el camino hacia el mundo de la gentilidad.


Pero ¿dónde podría darse hoy día algo semejante? 
Actualmente no se podrá reprochar a la Iglesia, como lo hizo a la de su tiempo Guillermo de Auvergne, que ostente tal corrupción y monstruosidad, «que cualquiera que la vea quede petrificado de espanto». Tampoco se podrá decir «que el carro de la Iglesia no corra hoy día ya hacia adelante, sino hacia atrás», «que los caballos corran hacia atrás y lo arrastren consigo». Pero ¿no habrá que reprocharle que, por exceso de solicitud, declara demasiado, reglamenta demasiado y que tantas normas y reglamentos han contribuido más bien a abandonar al siglo a la incredulidad, que no a salvarlo de ella; en otras palabras, que a veces pone harto poca confianza en la fuerza victoriosa de la verdad, que vive en la fe; que se atrinchera tras seguridades externas, en lugar de confiar en la verdad que vive en la libertad y 
no necesita de tales precauciones?


Hoy tal vez tendríamos que recordar una vez más que la franqueza, la parresia, es una de las actitudes del cristiano que más se mientan en el Nuevo Testamento. La franqueza fue la que hizo a Pedro presentarse y predicar delante de los judíos (Act 2,29; 4,13.29.31), destacando realmente en los orígenes de la Iglesia. ¿Qué significaría para el camino de la Iglesia en el mundo, si en un siglo que tiene sed de libertad, que por el señuelo de la libertad se ha salido de la Iglesia, madurara de nuevo en ella con toda su fuerza y hasta con todo su resplandor la palabra en que san Pablo vertiera un día la preciosa experiencia de la fe: "Donde está el Espíritu del Señor, allí está la libertad» (2Cor 3,17)?
(·RATZINGER-2.Págs. 285-295)

 

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SANTA IGLESIA, CUERPO DE CRISTO


«Creo en la santa Iglesia ... ». Esta frase ha sido pronunciada por innumerables cristianos en innumerables generaciones cristianas. Al proclamarla, esos cristianos de ayer y de hoy afirman que la santidad es un carácter de la Iglesia, que es un carácter distintivo y esencial, con tales méritos que la falta de santidad sería la prueba cierta de la ausencia de la Iglesia. Ello equivale a decir que la santidad forma parte del Misterio total de la Iglesia, que es una de sus estructuras, visible e invisible. En efecto, si por una parte podemos captar de ella alguna manifestación con los ojos y la inteligencia, en realidad no alcanzamos a la verdad entera de la santidad eclesial sino en la fe. Este acto de fe, muy lejos de inhibir toda pregunta, al contrario, las suscita.
Para dar claridad a nuestras explicaciones, definamos provisionalmente la santidad como la recusación del mal moral en todas sus formas. En estas condiciones, debemos preguntarnos: ¿dónde está la santa Iglesia en que creemos? ¿Está en los cielos con los elegidos? ¿Existirá solamente al fin de los tiempos, después que se haya producido el juicio universal? ¿Está ya en nuestro planeta y en nuestra historia cotidiana? En una palabra: ¿es la Iglesia una esperanza escatológica o bien un hecho actual?


De que la santidad de la Iglesia fuese real, muy pronto muchos dudaron. En los primeros siglos de la Iglesia, la comunidad primitiva se presentaba como la asamblea «de los santos» (Hch 9, 13; 26, 10, etc.). 
Pero varios juzgaron que esta comunidad santa era verdaderamente demasiado inferior a su pretensión y a su vocación. Para ser mejores, pensaron que debían ser separatistas. Así nacieron, entre las herejías de Occidente, las que fueron más peligrosas para la Iglesia, las que tomaban como pretexto la no santidad de los cristianos. Nombres 
conocidos están ligados a esta historia: Tertuliano, Wiclef, Hus, Lutero, Calvino. Multitudes en movimiento pertenecen a esta misma historia: Novacianos en el siglo III, Donatistas en el IV y V, Valdenses en el XIII, Protestantes en el XVI.


Estos acontecimientos son significativos. Se reprocha a la Iglesia católica, sea no entender la santidad como hay que hacerlo, sea no poseerla tanto como debe, y es contra ella un cargo decisivo, como si la Iglesia no pudiera sino ser santa o no ser.
No obstante, el protestantismo, más modesto aparentemente que la Iglesia católica, ha renunciado a mantener la afirmación de la santidad eclesial en términos rigurosos. Es lógico, por otra parte. Si el hombre es pecador y sigue siéndolo aun bajo la gracia de la justificación, si el hombre pecador no es nunca intrínsecamente transformado por la 
gracia de Jesucristo, no se ve cómo podría hablarse de la santidad de la Iglesia en un sentido ontológico y actual. La Reforma no por ello renuncia a proclamar la santidad de la Iglesia. Pero ésta no se da sino en el acontecimiento de la palabra, cuando Cristo se hace presente en la predicación y en el sacramento (en el sentido de la teología protestante).


Así la santidad permanece extrínseca a los hombres que forman la asamblea cristiana. Su realidad se encuentra únicamente en Cristo, no es participado en el cristiano. La santidad en la Iglesia es, pues, un acontecimiento transitorio, tanto como el acontecimiento de la predicación. Si se habla de santidad en un sentido definitivo y permanente, es que piensa en los últimos tiempos, al fin de nuestro mundo. Entonces la Iglesia será santa, cuando todo se haya cumplido. 
Remitida al futuro, la santidad eclesial es tan sólo objeto de nuestra esperanza.


Juan Hus, en otro lenguaje, afirmaba la santidad de la Iglesia. Pero la situaba más allá de nuestra experiencia, considerando que sólo los elegidos, predestinados a ver a Dios, constituían Ia santa Iglesia. Es tanto como decir que la santidad permanecía en el incógnito como la misma Iglesia.


En estos conceptos encontramos -parece- las resistencias espontáneas e inconscientes del hombre natural. Éste siente 
instintivamente una gran repugnancia en admitir que el orden sobrenatural sea solidario de las realidades humanas y pueda inscribirse en ellas. La razón natural siempre se eriza cuando se le anuncia la venida de Dios al mundo, sea cual fuere la forma de su presencia entre los hombres. En otros términos, lo que choca al «laico» es el Misterio de la Encarnación, se cumpla éste en Jesucristo o prosiga en la Iglesia, en su acción, en su existencia, en su santidad.


Por lo demás, el hombre natural piensa tener aquí buenas razones para descartar el problema en si. ¿No demuestra la experiencia bastante, dirá, que la afirmación de santidad es falsa y que su reivindicación es diariamente desmentida? Conmovido por estas cuestiones, inquieto de ser remitido ante el tribunal de la experiencia, el católico está tentado, para mejor salir del apuro, a situar la santidad en un ideal supraterrestre, en el cielo. Así, consternado por el 
espectáculo de la Iglesia histórica, ese católico se pone a «platonizar» y se refugia en la contemplación de «la Idea» eclesial, entidad extrahistórica. Pero dejándose arrastrar por esta tendencia, uno abandona ciertamente la verdad revelada. Pío XII se lamentaba de ello en 1943 y más recientemente un documento episcopal le hacía eco en 
Francia.

1. La Iglesia es santa

SANTA - PECADORA: No tenemos ninguna oportunidad de hablar de la santidad de la Iglesia con realismo, si no empezamos por volver a poner ante nuestros ojos de qué material está construida la Iglesia.Al rechazar sucesivamente la doctrina de Juan Hus, de la Reforma, de los Jansenistas, el magisterio de la Iglesia descartaba el pensamiento de todos los que, molestos por la Iglesia terrestre, visible, exterior, buscan más allá de la tierra una Iglesia más verdadera. En efecto, plazca o no plazca, hay que consentir en la Iglesia tal como el Señor la ha hecho: pueblo organizado, agrupado, sometido a los poderes de orden, de enseñanza y de gobierno. La Iglesia no está en primer lugar en el cielo, sino en la tierra. La Iglesia no existe en el secreto de las conciencias únicamente, sino que vive también fuera de las conciencias, en la calle por así decirlo, expuesta a las miradas de los transeúntes.
No puede ser de otro modo, ya que la Iglesia es la reunión de hombres en carne y huesos, asociados visiblemente unos a otros por el bautismo, profesando exteriormente la misma fe, sometidos a los mismos jefes.

 

 

La Iglesia de los pecadores.- De esta verdad deriva inmediatamente una consecuencia importante. Si, para pertenecer a la Iglesia, las únicas condiciones necesarias y suficientes son ser bautizados y profesar la verdadera fe, hay que concluir que la inocencia no es una condición absolutamente requerida para pertenecer a la Iglesia, y los 

bautizados no serán excluidos de la asamblea cristiana por la sola razón de que son pecadores -a menos que estas faltas sean de una gravedad extrema y manifiesta. Ésta es la enseñanza de Pío XII. 


Declara que son realmente miembros de la Iglesia sólo los que son bautizados y profesan la verdadera fe, a menos que se hayan apartado ellos mismos de la unidad del Cuerpo de Cristo o que hayan sido separados por la autoridad legítima a causa de faltas muy graves. 
Entre las faltas y las situaciones muy graves que sitúan ciertamente fuera de la Iglesia, hay que contar aquellas en que se falta públicamente, sea a la obediencia a la Iglesia y a su Jefe, el Vicario de Cristo, sea a la profesión de la fe católica. Así sucede con el cisma y la herejía públicas, así sucede igualmente con la apostasía. Pero dicho esto, hay que reconocer que un borracho, que un adúltero pueden permanecer en la Iglesia. La Iglesia, de hecho, no tiene la pretensión de ser un cenáculo de «puros», una clase de gentes «que no tienen nada que reprocharse». No puede tener esta pretensión. Contiene pecadores, hasta grandes pecadores, y los considera hijos suyos.


Para mantener esta condescendencia poco gloriosa, la Iglesia ha debido batallar mucho tiempo. Pero había que hacerlo, porque es la verdad contenida en la Escritura, cuando afirma que en el Reino del Hijo del Hombre existen escándalos, y que estos escándalos permanecen (Mateo, 13, 41; cf. 13, 47 ss). Sin duda esta verdad no es halagadora, y no será con el corazón gozoso como se recibiría, si el mismo Espíritu Santo no hiciera de ello un deber. Por otro lado, el Espíritu Santo se tomó la pena de repetirnos la misma verdad en otras circunstancias. Así, en el Apocalipsis, la carta a las siete iglesias no sólo demuestra que hay pecadores en la Iglesia, sino que todos los hombres en la Iglesia son pecadores, poco o mucho (Apocalipsis, 2, 5 ss.; cf. II Tesalonicenses, 2, 3). Además, ¿acaso las cartas de San Pablo no están consagradas en largos pasajes a exhortar, a reprender con vehemencia a los pecadores que están en la Iglesia, a castigarlos si es preciso? La predicación de los Padres de la Iglesia parte muy a menudo de la misma aflictiva constatación: hay pecadores en la Iglesia, están en ella, aunque pecadores. San Juan Crisóstomo distingue a los 
pecadores y sus pecados en la Iglesia: «Si fuera posible -escribe- ver las almas al desnudo, las veríamos en la Iglesia como en los ejércitos puede verse, después de la batalla, a unos muertos, a otros heridos. 
Así, pues, os lo ruego y os exhorto a ello, démonos las manos unos a otros y levantémonos nuevamente».


I-Hay pues pecadores en la Iglesia de Cristo, incluso no hay sino pecadores, ya que todos los hombres son pecadores. Sin duda, cuanto más culpables son los hombres, menos pertenecen efectiva y vitalmente a la Iglesia. Pero le pertenecen con todo, en tanto que las faltas muy graves señaladas antes no hayan consumado la ruptura. 
Los pecadores están, pues, en la Iglesia. Están en ella a pesar de sus pecados, pero con sus pecados. Si bien no encuentran en la Iglesia nada que justifique sus faltas, los pecadores viven no obstante en el interior de la Iglesia con su fardo de pecados. Y precisamente en este punto empieza el drama de la santidad eclesial, ya que es seguro que 
las faltas de los bautizados alcanzan a la Iglesia, sin destruirla, claro, pero la alcanzan con todo.

 

La traición negación de Pedro, el escogido por el Señor.

 

La Iglesia de los pecadores es santa.- Ahora bien, precisamente de esta Iglesia que, hasta el fin de los tiempos, estará hecha de pecadores, confesamos que es santa: Credo sanctam Ecclesiam...Así es como la fe católica, espontáneamente, desde los orígenes, se ha expresado, designando a la Iglesia como la comunidad de los «santos» (Hch 9, 13; 32, 41; cf. Rm 8, 27; 12, 13; 15, 26; 16, 2; etc ... ). 
No es que los Apóstoles y los primeros cristianos fuesen unos cándidos. Veían bien los escándalos a su alrededor, Ananías y Safira, el incestuoso de Corinto, y los demás. A su vez, los Padres de la Iglesia son clarividentes, pero si están dispuestos a fustigar los pecados de sus ovejas, lo están igualmente a celebrar con lirismo el esplendor de 
la Iglesia. Los símbolos de fe, incorporando el Credo sanctam Eclesiam a los demás artículos, muestran bastante qué importancia concede la fe cristiana a esta verdad. Después de los símbolos, los documentos del magisterio han repetido esta misma verdad en toda ocasión y hasta sin ocasión particular. De aquí se desprende una evidencia: la santidad, según la Revelación, no es una cualidad accidental, sino que es un elemento de la estructura eclesial.


Tal es en este punto el pensamiento unánime de los católicos y de los ortodoxos. Por ello ni unos ni otros se permiten publicar que la Iglesia ha prevaricado, como hacen algunos protestantes. No hay que poner en duda la rectitud de las intenciones de estos últimos, pero, hay que decirlo todo claramente, esta acusación pública de la Iglesia no conviene. Ya diremos por qué.


Antes, concedamos que la santidad de la Iglesia, afectada por los pecados de sus miembros, se presenta siempre como insuficiente e imperfecta. San Juan Crisóstomo lo confesaba: «La Iglesia -escribe- es la casa fabricada con nuestras almas. Y esta casa no es igualmente honorable en todas sus partes, sino que, entre las piedras que contribuyen a constituirla, unas son brillantes y pulidas, otras de menor calidad y mates, mucho mejores sin embargo aún que otras». Por consiguiente, hay que concederlo, la santidad de la Iglesia no se realizará plenamente hasta el último día, cuando la purificación de los miembros del Cuerpo de Jesucristo esté terminada, sea por las pruebas de esta tierra, sea por las del más allá. A este respecto, la santidad de la Iglesia es escatológica. Esperando el Fin, es inacabada, inacabable, en esperanza. Cuando haya llegado el término, entonces el universo descubrirá la belleza de la Ciudad Nueva, bella «como una novia engalanada para su esposo» (Apocalipsis, 21, 2).


Sin embargo, y desde ahora, la santidad eclesial es real. No es exclusivamente una promesa para el futuro escatológico, sino que es un don efectivamente concedido y poseído de manera presente.
Además, no es sólo santidad invisible y misteriosamente oculta en los corazones, es visible de alguna manera.
Bajo todos los aspectos, la santidad de la Iglesia es una riqueza inajenable. Todo esto es lo que hay que comprender y justificar.

 

 

II. El principio de toda santidad en la Iglesia
La santidad eclesial, la que se ve y la que no se ve, posee una fuente invisible e inagotable. Para reconocer su principio, hay que escuchar la Revelación y meditar sus palabras.


¿Cuál es la fuente de donde mana hacia la Iglesia la Santidad, sin que esta fuente se agote nunca? La respuesta es obvia: la Iglesia es el Cuerpo de Cristo, Jesucristo es su Cabeza. Y la Cabeza es absolutamente santa e inmaculada. «La santidad es el Señor», dice Gregorio de Nisa. Si la Cabeza es santa, ¿podría el Cuerpo no ser santo? San Agustín lo comprendió bien. Poniendo en boca de Cristo las palabras del Salmista: Yo soy santo, comenta: «Evidentemente, 

Cristo habla solidariamente de su Cuerpo, cuando habla así... 


Atrévase, pues, el Cuerpo de Cristo, atrévase ese Hombre único, que clama desde los confines de la tierra, a declarar con su Cabeza y bajo su Cabeza: yo soy santo... En efecto, si todos los fieles bautizados en Jesucristo se han revestido de Cristo, como dice el Apóstol... si se han hecho miembros de su Cuerpo y dicen que no son miembros santos, 
injurian a la Cabeza cuyos miembros no serían santos... Mira tú, pues, dónde estás y recibes de la Cabeza tu propia dignidad»6. Es el mismo pensamiento que leemos en San Cirilo de Alejandría: «La Iglesia, tomada de las naciones, se ha puesto a brillar, porque tiene a Cristo en su santuario ... »7. En cuanto a San Juan Crisóstomo, la severidad para con los pecadores no detiene en sus labios las alabanzas dirigidas a la Casa-Iglesia, en la cual «todos los objetos son de oro y de plata; allí está el Cuerpo de Cristo, allí está la Virgen Santa que no tiene mácula ni arruga»8. A estas declaraciones católicas, tan antiguas, plácenos juntar esta reflexión reciente de dos pastores protestantes: «Afirmar la santidad de la Iglesia, no es excluir en ella el pecado, el pecado de sus miembros, aun obispos o papa, es proclamar 
la indisolubilidad de la unión de Cristo con la Iglesia». Y los dos autores añaden que «el catolicismo se toma en serio la santidad de la Iglesia 9.


Estas palabras hacen justicia al pensamiento católico. Sí, la fe debe tomar en serio la unión de Cristo y de la Iglesia y tomar en serio, por lo mismo, la santidad de la Iglesia en Cristo. Estas dos verdades son solidarias: unión y santidad. Y si sabemos por qué y por qué lazos se realiza y se mantiene la unión entre Cristo y la Iglesia, sabremos

inmediatamente cómo se realiza y se mantiene la santidad en la Iglesia.


Ahora bien, la unión de Cristo y de la Iglesia se traba en el nivel institucional y en el nivel espiritual. El nivel institucional es la misión confiada, es la estructura determinada por Cristo, son los lazos jurídicos establecidos entre Cristo y la Iglesia por la colación de la misión y de los tres poderes. Este nivel institucional no es simplemente 
jurídico, si por este término se reduce la institución a no ser sino una especie de decreto ley que permanece exterior al ser de la Iglesia; es ontológico, es decir, afecta al propio ser de la Iglesia, y por ello afecta al orden espiritual y lo eleva, como veremos.


El nivel espiritual, en sentido estricto, es la transformación interior de las almas humanas, de suerte que ellas se hagan, en la medida que Dios permita, conformes a la imagen del Hijo de Dios. El nivel espiritual es un nivel moral, pero es más que moral, es sobrenatural, ya que configura al mismo Cristo. Es ontológico en el sentido pleno del 
término, ya que la santidad, aquí, se inscribe en el alma, para elevarla, divinizarla, hacerla «participar de la naturaleza divina». Es propiamente el orden de la gracia en el cual la vida del Hijo de Dios es en verdad la vida del hombre.


Puede decirse que el nivel institucional constituye el orden objetivo de la santidad; y el nivel espiritual, el orden subjetivo. Sea cual fuere el nombre dado, hay aquí dos modos diferentes. En estos dos aspectos, invisibles a nuestros ojos, la santidad de la Iglesia no perecerá jamás, y, por consiguiente, el resplandor visible de la santidad tampoco 
perecerá jamás. En otros términos, en la historia católica habrá siempre santos, canonizados o no, dignos o no de quedar en el recuerdo de las generaciones por venir, visibles o no.

 

 

III. La Santidad perpetua e invisible
Hay, pues, en la Iglesia, una invisible santidad. Es perpetua como es perpetua la unión de Cristo y de la Iglesia. Sus niveles; de profundidad son diferentes. En todos se expresa el Misterio de la Iglesia.

Santidad objetiva e institucional.- Independientemente de las virtudes de cada cristiano y a pesar de las deficiencias de todos, la Católica es santa, porque pertenece a Cristo, como dominio suyo, como Esposa suya. Esta última imagen es empleada por la Escritura y evoca del mejor modo posible lo que es la santidad objetiva? Por una parte, en 
efecto, el vínculo conyugal implica el aspecto jurídico e institucional, y por otra parte anuncia el orden espiritual, a saber la unión de las almas. Esta imagen, además, aclara el sentido de la santidad objetiva. 
En efecto, así como la mujer participa de la dignidad de un hombre a causa del vínculo conyugal y merece consideración a causa del valor de su marido, así la Iglesia, porque está unida a Cristo, participa de la grandeza soberana de Jesucristo. No es poco, en efecto, estar asociada al Señor para siempre. 


Compréndase bien. No se trata aquí de santidad en el sentido moral, que es la recusación del pecado. Se trata de la santidad en sentido físico, y conviene denominarla santidad de consagración. Una comparación permite comprender el sentido de estas palabras. La bendición que reciben los objetos del culto no cambia el valor de la materia que los constituye: oro, plata, estaño o madera. Pero los denominamos «santos», y no sin razón. Dejan de ser como los demás 
objetos. Lo que los distingue es su destinación, lo que los hace sagrados es su fin: honrar y alabar la Majestad divina a través del hombre. Sin duda la santidad así entendida es muy humilde, es una santidad de cosa, de objeto. Más que en la imagen piadosa o en el cáliz, la dignidad reside en la finalidad cultual y la intención religiosa del consagrador, que parecen adherirse a estos objetos y subsistir en ellos.
Así sucede con la Iglesia. El vínculo que consagra la Iglesia a Cristo existe primero por parte del Señor. Él es quien construyó este vínculo poco a poco y lo estableció definitivamente en el curso de su vida terrestre.


Sin embargo, este vinculo de pertenencia no está simplemente situado en el pasado y privado de toda actualidad. Si bien se trata, en verdad, de un «lazo» jurídico, éste no es una cosa muerta e inerte. 
Cristo, en efecto, sigue manteniendo reales los vínculos institucionales entre su Iglesia y su persona. Cada vez que se administra el bautismo, el Señor realiza esta obra, haciendo repercutir nuevamente sobre el bautizado la convocación y la misión de Iglesia. No sólo repercuten, sino que se inscriben en el ser espiritual del bautizado, como un sello en la cera, y constituyen los fundamentos de su ser cristiano. Así Cristo eleva al hombre bautizado a la dignidad de su Cuerpo y lo introduce al mismo tiempo en la santidad de pertenencia y de consagración. Este acontecimiento es lo que nosotros llamamos carácter sacramental.


Pero es aún preciso entender bien la consagración y la santidad que Cristo confiere con el carácter sacramental. Estas riquezas concedidas no subsisten en nosotros como una joya en el fondo de un estuche. Consagración y pertenencia persisten únicamente porque el Señor, en nombre de su Fidelidad, las procura incesantemente, las mantiene en el hombre que se ha adherido por medio del bautismo. La fidelidad del Señor no tiene fallo, no se volverá atrás, no volverá a discutir pertenencia y consagración, esto es claro -pero sólo su Fidelidad las garantiza. Así, pues, todo hombre, aunque sea el peor de los criminales-, cuando está sometido a esta convocación y a esta consagración, posee definitivamente la santidad institucional. Sea cual fuere el valor espiritual del bautizado, la consagración lo destina a un servicio más alto que el de los intereses mundanos y efímeros, le asigna un papel en el Designio Redentor.


Tal es la santidad institucional y objetiva de la Iglesia. Es la santidad de elección, de consagración. No es un abuso de lenguaje. La llamada del Señor, desde que llega a los hombres, ya no permanece fuera de los que alcanza. Se inserta en su substancia espiritual, le imprime una señal definitiva. Por ello el carácter sacramental es santidad de 
vocación 
y de consagración. Por el carácter, cada uno está comprendido en la llamada, sometido a la exigencia y a la misión eclesiales, es ofrecido también a la gracia para ser fiel a la exigencia y a la misión.

Acabamos de tocar con ello el principio de toda riqueza sobrenatural. Existe un lazo jurídico, gracias al cual cada cristiano recibe una parte en la consagración que Cristo a su vez ha recibido y que transmitió a la Iglesia para la misión redentora. Es, pues, simplista oponer el aspecto jurídico de las realidades eclesiales a los valores sobrenaturales, puesto que la efusión de los dones de Dios es solidario de un hecho institucional, traspaso de la consagración de Cristo a la Iglesia y a sus miembros.
La santidad objetiva e institucional es indestructible. Aun cuando -hipótesis imposible- todos los cristianos estuvieran en pecado mortal, habría que decir que la Iglesia es santa a causa de este vínculo de consagración que la une para siempre a Cristo. Siempre será cierto que la Iglesia es el pueblo deseado, establecido por el Hijo de Dios, como su pueblo escogido y consagrado.
Esta santidad en fin es inmutable. No depende de la virtud y de los méritos de cada uno, sino únicamente de la decisión del Señor, de su elección, de la misión que él confía. Es, por consiguiente, invariable, como la voluntad del propio Señor.

 

 

Santidad subjetiva y de transfiguración.- Jesús no sería realmente la Cabeza de su Iglesia, en el sentido de la Revelación, si no confiriera la santidad de elección y de consagración. Ésta es ya sin duda grande, no se trata de discutirlo. Pero la santidad que Cristo ha deseado para su Iglesia es mucho más alta.
En realidad, es nada menos que la propia Vida del Hijo de Dios. No hay en la Iglesia una vida sobrenatural que sea diferente en naturaleza de la de Jesucristo. Hay la misma gracia en Cristo y en los hombres fieles, observa San Agustín. «En Cristo está la plenitud de todas las gracias», declara Santo Tomás; también Jesús «posee el poder de 
derramar la gracia en todos los miembros de la Iglesia, según la frase de Juan: Todos hemos recibido de su plenitud». Y de hecho, añade el doctor, «de Cristo Cabeza derivan hacia todos los miembros de la Iglesia el movimiento y la vida espirituales».


Estas pocas palabras de Santo Tomás señalan las más misteriosas perspectivas de la santidad cristiana. Ésta se extiende mucho más allá y mucho más arriba de todos los valores de consagración.
La santidad de que ahora tratamos está hecha de pureza y de transparencia morales, implica la recusación de todo pecado, claro está. Pero es más que todo esto, es asimilación del hombre a Jesucristo y se hace comunión con Dios mismo. Para decirlo todo, la santidad católica es transfiguración divinizadora, puesto que el Hijo de Dios concede su propia Vida Personal a cualquiera que le acoja. 
Ciertamente, nos encontramos aquí en presencia de una realidad que escapa a nuestra experiencia, a todo nuestro universo natural y familiar. Si se puede, en cierto modo, constatar en una vida humana la honradez y la moralidad, en el sentido ordinario de estos términos, es imposible en cambio medir la unión con Dios, distinguirla bajo todos los 
defectos, los límites de un temperamento, los mismos pecados, reconocer con una absoluta certeza la presencia o la ausencia de la gracia divinizadora. Es hasta imposible comprender plenamente lo que significan estas expresiones, «transfiguración divinizadora» o «participación en la naturaleza divina». Aquí la grandeza del misterio pasa al misterio en sentido propio, su profundidad nos escapa, hasta cuando Dios nos la revela.


No obstante, es posible describir la santidad de unión y de transfiguración. Ésta penetra en los diferentes niveles del alma humana, por una parte elevando sus facultades, por otra parte impregnando su misma esencia.
Unión con Dios y transfiguración empiezan cuando el espíritu del hombre se deja atraer por la Verdad de Dios y reconoce en Jesucristo al Señor, Creador del Universo. Dios mismo se hace entonces en la inteligencia creyente el Testigo Fiel que certifica la verdad de los artículos del Credo. Tal es la fe, tal es la unión de la inteligencia humana con la Luz Subsistente. Tener fe, es pues acceder a la santidad del espíritu, prestándose a la enseñanza dispensada por el Padre, dejándose instruir en las lecciones que da por Sí mismo (Juan, 6, 45). Acogiendo a Cristo, Maestro de Sabiduría, el creyente acoge con él la Luz Verdadera y Santísima. Desde entonces, mirando el mundo, la Iglesia, Cristo, con la Luz que Dios le concede en Jesucristo, el fiel llega a la santidad de Dios por las puertas del conocimiento.
Pero la santidad transforma aún más profundamente el ser espiritual. Puede transfigurarlo hasta depositar en él una llama de la Infinita Caridad.

En la oración que precedió a su prisión, el Señor pedía que la Iglesia poseyera la santidad que es unión y caridad. Es tan alta y tan divina que sólo es comparable a la unión del Padre y del Hijo en la Santísima Trinidad: «Que sean todos uno, Padre -rogaba Cristo-, como tú estás en mí y yo en ti» (Juan, 17, 21-23; 17, 1 l). Más aún, la santidad de unión entre los hombres se realiza, no fuera de Dios y como lejos de Él, sino en el interior de Dios mismo: «Que sean una sola cosa en nosotros», pide también el Señor, «yo en ellos y tú en mi, a fin de que sean perfectamente uno» (Juan, 17, 21-23). Así la santidad eclesial -la más profundamente cristiana y eclesial- subsiste en la Caridad Unificadora, que es Dios mismo. Es participación en la Caridad Divina. ¿No es este justamente el objeto de la última petición de Cristo: «El amor con que me amaste en ellos esté» (Juan, 17, 26)? 
Si es así, Dios, por Cristo, comunica a los miembros de su Iglesia el Amor-Caridad que es su propia vida, que es Él mismo. En su munificencia, concede a los hombres, a los hijos de su Iglesia, una participación real en su propia naturaleza. Así, pues, la santidad del hombre es nada menos que «la caridad (que viene) de Dios derramada en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado» (Romanos, 5, 5).


Las riquezas prometidas a su Iglesia, Cristo las anuncia en otro lenguaje aún. Éste es muy misterioso, pero no se le puede recusar ni pasar en silencio porque sea misterioso: «Cualquiera que me ama observará mi doctrina, y mi Padre le amará, y vendremos a él y haremos mansión dentro de él» (Juan, 14, 23). Esta declaración va ya implicada en los textos antes citados. Pero ahora todo está claro: la santidad ofrecida al cristiano es hacerse templo de Dios.
Estas expresiones son muy desconcertantes. Descubren las dimensiones insospechables de la grandeza cristiana. Pero no hay que llamarse a engaño: la santidad así definida es la vocación de todo cristiano, no está reservada a algunos privilegiados. También la Iglesia es santa, porque en ella el Señor transfigura a los hombres de buena voluntad, permanece en ellos como en un santuario, los hace conformes a la Imagen del Hijo de Dios, los eleva al rango de herederos de Dios y de coherederos de Cristo (Romanos, 8, 29; 8, 17). 
En estas condiciones, ahora lo vemos, la unión y la transfiguración en Cristo, si bien implican honradez en el sentido ordinario del término, la trascienden infinitamente, puesto que hacen «partícipes de la divina naturaleza» (2 Pedro, 1, 4).


La santidad de la Iglesia, pues, supera todo sueño, toda imaginación, incluso toda expresión. ¿Temeremos ahora que la Iglesia, hecha de hombres, falte un día a la llamada de una tal alta vocación? 
En absoluto. Jamás la Iglesia será privada de las insondables riquezas de Jesucristo, por más que cada cristiano pueda ser, por su parte, infiel a la llamada. La Iglesia es el Cuerpo de Cristo. La Vida de la Cabeza no puede faltar al Cuerpo. Cristo, en efecto, se adhiere la iglesia y la consagra sin cesar. El Señor es fiel. Así como consagró el pan para que se convirtiera en su Cuerpo, así perpetúa la consagración de su Iglesia para que sea místicamente su Cuerpo. Este acto consagrador no puede ser menos eficaz que el de la Cena. Así, pues, hasta el fin del mundo, la santa consagración, siempre actual por parte del Señor, transfigurará la Iglesia y la unirá incesantemente a Dios mismo. Sin duda cada cristiano puede fallar y profanar en él la santidad recibida del mismo Señor. Pero la Iglesia entera no puede hacerlo, porque el gesto consagrador de Jesucristo suscitará siempre en la Iglesia la fe, la esperanza y la caridad, es decir la santidad teologal.


Unión y transfiguración son imperecederas en la Iglesia, pero son variables. Sufren flujos y reflujos al ritmo de las libertades. La santidad, institucional y objetiva, es absolutamente independiente de la buena voluntad del hombre, pero la santidad de transfiguración depende de las disposiciones de los bautizados. Ora se eleva, ora desciende. Y si bien no tenemos ningún medio de conocer su estiaje de forma absolutamente cierta, sabemos por lo menos que la vida del Señor encuentra en nosotros ora denegaciones ora aquiescencias. Así varía la santidad de la Iglesia tanto como la disponibilidad de la masa cristiana a las inspiraciones del Espíritu Santo.

 

 

IV. Resplandor visible y perpetuo
El resplandor visible forma parte esencial de la santidad de la Iglesia. Es preciso decirlo explícitamente si queremos hacer justicia al misterio de la Iglesia. Ésta, en efecto, es realidad divina, obra de Dios, pero presente bajo apariencias humanas. Las apariencias movedizas de la historia descubren el Misterio y al mismo tiempo lo encubren. Así sucede con la santidad de la Iglesia.

La santidad visible es esencial a la Iglesia.- Será más cómodo tratar este asunto por preterición. Rozarlo tan sólo expone, es bien claro, a objeciones. Tan fácil es señalar las carencias en esta materia.
Pero la omisión del problema no es tolerable. El mismo Cristo señaló demasiado claramente que la santidad visible pertenece a la naturaleza de la Iglesia, para que pueda parecer que se ignora. «Yo soy el que os ha elegido a vosotros y destinado para que vayáis y hagáis fruto y vuestro fruto sea duradero» (Juan, 15, 16). ¿Será este fruto únicamente un fruto oculto? Esto no es posible, ya que Cristo afirma en otra parte que el «buen fruto» permite reconocer el «buen 
árbol» (Mateo, 17, 17-20). Por otra parte, el Señor se expresó aún más claramente, cuando habla de la santa caridad: «Por esto conocerán todos que sois mis discípulos, si os tenéis amor unos a otros» (Juan, 13, 35). En fin, en la oración que sigue a la última Cena, Cristo pide que la santa unión entre los miembros de la Iglesia sea para el mundo 
un signo de la verdad de su misión: «que todos sean uno en nosotros, para que conozca el mundo que tú me has enviado» (Juan, 17, 21, 17, 23).


No hay que dudarlo pues, la santidad de la Iglesia debe aparecer a plena luz, en la plaza pública, si la oración de Cristo no fue inútil. 
Además, puesto que la santidad es la Vida misma de Jesucristo en el hombre, ¿cómo suponer que la Vida del Señor sea inerte y sin resplandor, muda y sin acción? El Concilio del Vaticano no hace más que traducir la Sagrada Escritura y el sentido católico, cuando declara: «La Iglesia, por sí misma, en razón de su admirable propagación, de su santidad eminente... es un motivo decisivo y perpetuo de credibilidad y da un testimonio irrefragable de su misión divina».
Pero al hacer esta declaración, suscita todas las dificultades. ¿No es muy imprudente la Iglesia proclamándose santa y visiblemente santa? No podía ignorar, sin embargo, que tal afirmación provocaba a los adversarios como a pedir de boca y la exponía a fáciles críticas. Si, con todo, habla, es porque la Revelación se lo impone como un deber.
No queda, pues, sino mirar el Cuerpo de Cristo y recibir el testimonio que da de su Jefe por la virtud de sus miembros.

Discernimiento de la santidad.- Antes hay que recordar que no se comprueba la santidad como un policía el hecho de un accidente en el lugar de la catástrofe. La santidad es valor espiritual. Ningún valor espiritual puede percibirse, si el espíritu que con él se enfrenta es insensible a este valor, si está privado de toda resonancia con éste. No se distingue la belleza musical sino a condición de ser uno mismo algo músico. Si la música canta en el oyente, si se hace vida suya por un instante, entonces la música evoca, conmueve. Si el oyente se deja transformar en melodía y ritmo, recibe la revelación musical. Si no, no oye más que ruido.


Lo mismo ocurre en la percepción del valor santidad. No puede discernirlo sino quien posee su germen, por mínimo que sea, y siente una inclinación por débil que sea, hacia el desinterés, hacia el sacrificio. Sin ello, la presencia de la santidad escapa completamente. 
Inepto para descifrar los signos bajo los cuales la virtud se expresa, el hombre desprovisto de simpatía por los valores morales no descubre a su alrededor sino intenciones mezquinas y miras egoístas.
La distinción de la santidad es función del problema personal. 
Depende inevitablemente de la actitud espiritual del espectador de la Iglesia.

La santidad de la Iglesia tal como aparece.-
Para comprender la santidad cristiana, es preciso aún apartar ciertos errores corrientes. Si no, se pedirá a la Iglesia lo que no puede ni quiere dar.
Hay, en efecto, aproximaciones desdichadas. La santidad de la Iglesia no se identifica en modo alguno con la filantropía, ya que aquella no es antropocéntrica, sino teocéntrica. Pone las cosas en orden. Y este orden es el siguiente: servir y amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas, y amar al al prójimo 
como debe ser amado, según sus verdaderos intereses de hijo de Dios. La santidad de la Iglesia, si no proclamara la soberanía y la primacía absolutas del Altísimo y del Santísimo, no sería la santidad de Jesucristo. Así, pues, la de la Iglesia no podrá ser jamás reducida a las mezquinas proporciones de un utilitarismo social cualquiera. Para muchos, esto será un déficit ininteligible e imperdonable, y las perspectivas sobre la grandeza de la Iglesia permanecerán para él cerradas.


La santidad no se confunde tampoco con la «perfección» del sabio antiguo. Éste realizaba todas las cosas según la medida exacta definida por la razón. El sabio habla cuando es preciso, se calla cuando es preciso, ríe con mesura, obra en todo tiempo y en todo lugar como conviene. Pero esto no es el «todo» de la santidad eclesial. 
¡Ni mucho menos! Ser correcto no es la preocupación primordial del santo, como si el problema estuviera convenientemente resuelto cuando la gente declara: «No se le puede reprochar nada». Ya se comprende que en estas condiciones la santidad de la Iglesia no ofrece ciertamente un buen tema de propaganda. No anuncia nada espectacular. No dimana del atletismo moral o del heroísmo espartano. 
La vida de Cristo en las almas no transforma los temperamentos, sino que los deja ordinariamente en lucha con su pureza o su violencia innatas, no suprime los defectos ni la influencia de la herencia. En una palabra, por regla general, la santidad del cristiano no produce en su naturaleza ningún milagro. Por ello, considerando tal o cual individuo 
en particular, nunca es posible descubrir infaliblemente en él la existencia de la gracia de Jesucristo, la presencia de la santidad.
Positivamente, la santidad propia de la Iglesia empieza allí donde el hombre comprende y ratifica por poco que sea la exigencia infinita de la vocación cristiana: «Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto».


Así que un bautizado reconoce, explícita o implícitamente, ese principio como ley de su existencia personal, hay santidad por lo 

menos invocativa. El protestante Kierkegaard vio muy bien que en ello se encuentra un punto esencial: «No hay que disminuir las exigencias, hay que aumentarlas... Doquiera interviene Dios, el progreso realizado se reconocerá por el aumento de la exigencia, por la vida más difícil.» 
Y así veía, en el abandono del monaquismo, una razón para dudar de la causa luterana. Claro está que hay varias maneras de realizar el precepto de la perfección. Está el modo heroico: «Nosotros también debemos dar nuestras vidas por nuestros hermanos» (1 Juan, 3, 16). 
Está la manera común: cumplir el propio deber día tras día, sabiendo que siempre hay un modo mejor de hacerlo: «Después que hubiereis hechos las cosas que se os ha mandado, habéis de decir: Somos siervos inútiles, no hemos hecho más que lo que teníamos la obligación de hacer» (Lucas, 17, 10).


HUMILDAD/ SANTIDAD: Esta frase de Jesús es capital. Introduce, en efecto, en otro aspecto de la santidad: la humildad. Y no es el menor, es el más fundamental. La santidad de la Iglesia no es equivalente a la impecabilidad, y la Iglesia tiene de ello plena conciencia. Ella sabe, y con ella todos los cristianos saben, que el hombre es pecador, pecador ahora, pecador mañana, pecador siempre. Cada mañana, cada tarde, en cada misa, la Iglesia confiesa los pecados de sus miembros diciendo el Confiteor y el Pater noster. La santidad de la Iglesia, pues, no es ni triunfante ni gloriosa, ni siquiera está segura de sí misma. La santidad del Cuerpo de Cristo no puede ser verdadera sino a 
condición de que los miembros del Cuerpo reconozcan el mal que han hecho, la complicidad instintiva que conservan con todo mal moral. A este respecto, la Iglesia es santa porque confiesa no serlo tanto como debería serlo, y exige que cada uno de sus hijos lo reconozca públicamente al menos una vez al año, yendo a confesarse. Por esta humildad, poca admiración concederán las gentes a la Iglesia. La multitud ve la falta y no la humildad, y si la ve, poco le importa. Sin 
embargo, la humildad de la Iglesia es la base de todas las virtudes, el fundamento de toda santidad, el acto más provechoso para ayudar a la humanidad a vivir como humanidad.


San Agustín había comprendido el carácter único de la santidad eclesial cuando escribía: «No se la encuentra en ningún libro de las sectas extrañas, ni entre los Maniqueos, ni entre los Platónicos, ni entre los Epicúreos, ni entre los Estoicos. Incluso allí donde se encuentran los mejores preceptos y enseñanzas, no se encuentra, sin embargo, la humildad. El camino de humildad viene de otra parte, viene de Cristo». Nada más exacto, la humildad es el signo diferencial de la santidad eclesial. Allí donde falta, no hay virtud cristiana: «Si no os hacéis semejantes a los niños ... » 
(Mateo, 18, 3). Así, pues, la única humildad que está en el camino de la santidad es la humanidad que confiese sus pecados. Entonces, no hay que preguntar más dónde se encuentra esta humanidad, si está en mayoría en la Iglesia o en algún otro cenáculo.
Donde existe humildad, se hace posible la santidad, pues la caridad puede existir. Hay que creer en ello a san Agustín, que repite con insistencia que el edificio de la perfección espiritual se elevará muy alto, si se ahonda primero mucho, para echar la humildad en los cimientos.


En efecto, no hay caridad que no sea, de una forma o de otra, consentimiento e injusticias, abandono de las pretensiones demasiado personales, silencio sobre las reivindicaciones demasiado exigentes, abnegación sin espera de agradecimiento, desinterés. Esto indica bastante que la caridad no es posible más que si se consiente en desaparecer.
Ya es bastante conocido que la caridad es la expresión de la santidad cristiana. No hay, pues, que repetirlo. Pero tampoco hay que simplificar. La caridad tiene mil formas. No se reduce simplemente a socorrer al hombre que lucha con las dificultades materiales de la vida. 


Hay actos de caridad menos gloriosos, pero igualmente necesarios, la paciencia , por ejemplo. ¿No será también santidad soportar, esperar, temporizar, no forzar nada? Es un punto neurálgico. A veces se perdonaría más fácilmente a la virtud que fuera intolerante, ya que esto le da cierto aire de ventaja. Sin duda la santidad debe a veces ser 
explosiva, tomar el látigo de Cristo para expulsar a los mercaderes del Templo. Pero ya que esto fue raro en la vida de Cristo, debe serlo también en la vida de la Iglesia. El deber cotidiano es diferente. Es encontrarse con los pecadores, sentarse a su mesa, estar en el mundo con los demás, con no importa quién. Entonces crece el escándalo de los Fariseos, y también el de los débiles. Ellos quisieran que la Iglesia protestara, manifestara, rechazara, excomulgara, hiciera dramas. Error. Porque la Iglesia es santa, como Cristo, debe tener paciencia. Porque es santa, consiente en no parecerlo tanto como se le reclama humanamente, demasiado humanamente. La verdadera santidad es paciente, a sus horas, que son las más numerosas y también las más largas. Y por esta razón resulta que la virtud de la Iglesia es virtud humillada, porque es virtud incomprendida.


Así es como la Iglesia tolera a los pecadores en su recinto, y los tolerará; les dirige la palabra y lo hará mañana también. No cesará de hacerlo más que si hay un escándalo público y muy grave. Esto no significa que la Iglesia necesite de los pecadores. ¡No!, más bien son molestos. Son los pecadores los que tienen necesidad de la Iglesia, y 
la caridad le impone como deber no ignorarlos, no apartarlos ignorándolos, por tanto tiempo cuanto la Iglesia puede suponer alguna buena intención. algún arrepentimiento, los supone. No se resuelve a expulsar a los bautizados, a rehusarles los sacramentos y la sepultura religiosa más que si no es posible obrar de otro modo. Hay una santidad que sería fácil, demasiado fácil. Sería la «pureza» en un sentido muy profano, que es evitar todo compromiso rehusando los contactos. ¿Obró nunca así el Señor? Prefirió correr el riesgo de ser mal conocido y criticado antes que dejar a un solo pecador que le buscara sin encontrarle. Y la Iglesia debe obrar como la cabeza.



Aspectos de la santidad.- Es ahora posible llegar a los hechos, por lo menos a algunos hechos, ya que no pensamos describir toda la santidad eclesial, sino simplemente señalar la emergencia del misterio en la historia.
Ahora bien, la santidad de la Iglesia se revela en ella manifiestamente. ¿Cómo? En primer lugar y esencialmente como una exigencia siempre actual, siempre activa: la exigencia de perfección. Aunque no hubiera otra virtud alguna en el Cuerpo de Cristo, ésta por lo menos se encuentra en él: tender hacia lo mejor.


La vida religiosa constituye a este respecto una prueba multisecular. 
Su existencia sigue siendo un acontecimiento sorprendente, que no tiene su equivalente, bajo esta forma institucional y con esta amplitud, fuera del Cristianismo. Muy lejos de desaparecer, este fenómeno tiende a invadir estados de vida que habrían podido permanecerles extravíos. Así la vida clerical y la de los laicos en el mundo acogen progresivamente elementos de la vida religiosa. En las obligaciones impuestas al sacerdocio o a los Institutos Seculares, es siempre el 
deseo de perfección el que crece. Muy recientemente aún, unos actos de Pío XII, importantes y repetidos, han venido a estimular el movimiento de la vida religiosa en la Iglesia. La ortodoxia grecorrusa no ha abandonado esta forma de vida cristiana y de santidad. Lutero la había suprimido con muchas otras cosas. No fue hasta el siglo XIX cuando el anglicanismo reanudó la tradición monástica. En cuanto a los protestantes, han iniciado un discreto retorno a la vida religiosa en estos últimos años. Tan cierto es que la vida religiosa expresa, con toda verdad, la exigencia imprescindible de la santidad cristiana.
Pero todo impulso espiritual se agota en su mismo curso y se debilita tanto 
más rápidamente cuanto más espiritual y exigente es. La vida eclesial no puede escapar a esta ley. Sin embargo, y es impresionante comprobarlo, la Iglesia procede a su propio rejuvenecimiento por medio de reformas interiores y sucesivas. Éstas ritman la historia. Así se ve aparecer a Gregorio VII luchando por salvaguardar la pureza de la misión eclesial en un mundo que intentaba secularizarla, a san Francisco de Asís predicando la pobreza, a santo Domingo y la orden de Predicadores. El Concilio de Trento (1545-1563) fue una empresa de reforma espiritual e institucional cuya amplitud es incomparable. San Ignacio de Loyola, modestamente por su parte, consagra a ello su compañía de sacerdotes. El siglo XVII verá a su vez una renovación espiritual en que brillan los nombres de Francisco de Sales, de Vicente de Paúl, de María de la Encarnación...

 
Se podría continuar fácilmente la enumeración de los hechos hasta un presente muy próximo.
En un terreno muy distinto, más limitado también, el de la moral sexual, la Iglesia mantiene la firmeza y la altura de la exigencia. Es ella la única en hacerlo con constancia, a pesar de la presión enorme de la opinión y de los Estados, a despecho incluso de las faltas que cometen sus hijos en este terreno. En esta materia, moral conyugal, divorcio, 
aborto, etc... la Iglesia no ha cedido un palmo, aun con riesgo de parecer irrazonable. Ni por un momento, se la ve pensar en optar por la facilidad. La Iglesia se dedica a la defensa del hombre contra el hombre mismo. Si antaño debió ejercer la caridad con respecto a la humanidad enseñándole a escribir, a leer, cuidando enfermos, cuando nadie más se presentaba para hacerlo, hoy el ejercicio de la caridad toma otra y más difícil forma. Se trata de impedir que se degrade a la persona, que se transforme al ser humano en instrumento al servicio de la eugenesia, de la ciencia, de algún ídolo, o más tristemente aún, en esclavo de sus instintos, libre del temor de sus consecuencias. La santidad de la Iglesia está a prueba. Sería tan fácil ceder a la exigencia, para tener paz, para tener el derecho de vivir en silencio, 
para hacer como todo el mundo... Una comparación con otras confesiones
cristianas mostrará en seguida que no es escaso mérito aguantarse...

Estas breves alusiones bastarán para nuestro propósito. Una conclusiónal menos se impone: el Cuerpo de Cristo no ha fallado, retiene hoy como ayer la infinitud de la vocación cristiana. La atestigua, en las formas más humildes, casi siempre, arrepentirse, volver a empezar indefinidamente, no renegar en nada del ideal, aun cuando esta fidelidad cueste cara, aun cuando el cristiano se encuentre inferior al ideal y se vea condenado por éste.


Los que han mantenido en el curso de la historia la plenitud de la llamada y su infinitud, eran pecadores. La tentación debía ser rebajar los principios al nivel de los actos, justificar la debilidad abandonando los principios demasiado elevados. La tentación era irresistible. Y, sin embargo, no triunfó. Aquí aparece el dedo de Dios. Aquí aflora la 
trascendencia.

 

 

V. Santidad sacramental
¿Dónde tiene, pues su raíz y fuerza la fidelidad de la Iglesia dos veces milenario? En Jesucristo, por medio de los sacramentos. La fuente de la virtud sobrenatural, aun la más común, en el fiel más ordinario, no es producto de su libertad desnuda. La santidad no es esencialmente fruto de una ascesis intelectual o moral. Vayamos más allá todavía: no es la recompensa de una plegaria que el hombre haría subir a Dios con sólo su poder de hombre.

Si queremos expresar la verdad, hay que decir: toda santidad en la Iglesia es de origen sacramental y todos los sacramentos son los canales de la virtud sobrenatural. Diciendo esto, se descarta inmediatamente la ridícula idea de que la santidad del cristianismo podría ser el resultado de su acción puramente natural. Santidad de consagración o santidad de transfiguración, nada viene del hombre, como si él fuese su autor: «¿Qué tiene tú que no hayas recibido?» (1 Corintios, 4, 7). La santidad de consagración no se imprime sino por medio del carácter sacramental en el bautismo, la confirmación y el orden. Que nadie pueda administrarse a sí mismo estos sacramentos, es signo de la impotencia fundamental del hombre solo frente a la santidad sobrenatural. La santidad de transfiguración, asimismo, no viene sino a través de los sacramentos. Así como no hay salvación sin la Iglesia, no hay santidad sin la Iglesia y los sacramentos de la Iglesia. 


La Eucaristía es su fuente primordial. ¿Cómo podría ser de otro modo, si en la comunión eucarística los fieles se hacen «corporales y consanguíneos» de Cristo, según las realistas palabras de san Cirilo de Jerusalén? Así ella es la consumación de toda vida espiritual y la fuente de toda santidad.
¿Qué lección sacar de ello? Que la santidad de la Iglesia se encuentra primero en la iniciativa del Señor que obra en los sacramentos, dando con gesto sacramental el primer paso hacia los miembros de su Cuerpo. La santidad es un don, «para que nadie pueda gloriarse» (Efesios, 2, 9). En suma, la virtud cristiana, porque deriva de la Cabeza, está antes y por encima de nosotros. No está a nuestro alcance, cuando estamos simplemente entregados a nosotros mismos; no es una conquista, como si estuviéramos, por nosotros solos, el medio de alcanzarla (Corintios, 4, 7). Y cuando recibimos alguno de sus reflejos, la santidad no es una propiedad sobre la cual tenemos un derecho natural. Siempre y doquiera, la santidad no empieza para el hombre más que si Cristo toma la iniciativa de transfundir su propia vida. Ahora bien, esta iniciativa se encarna y subsiste permanente en los sacramentos. Por este mismo hecho, se descubre la razón última de la humildad cristiana.

En efecto, si la virtud sobrenatural brota de los sacramentos, se hace manifiesto que es un don de Dios y no conquista humana; y si no deriva más que de los sacramentos, por regla general, entonces es evidente que no puede subsistir sin la acción de Dios, creación continua, munificencia divina y no propiedad humana. Por ello la humildad no es simplemente conciencia del pecado cometido, sentimiento de la fragilidad en presencia del pecado posible, sino certidumbre de la impotencia frente a la santidad exigida. Por sus fuerzas de creatura, el hombre no la puede alcanzar. Está a la merced de Dios en los sacramentos.


Así, los sacramentos son para nosotros como lecciones de cosas. 
Nos enseñan a la vez que Cristo realiza la obra de santificación él solo y que no la realiza sin un gesto de aceptación por nuestra parte. «Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto», dice Jesús. Es obligatorio, puesto que él lo pide. Pero es imposible, puesto que «sin mí no podéis hacer nada» (Juan, 15, 5). ¿Paradoja irritante? Luz consoladora?

En realidad, Pablo da la clave del enigma, cuando escribe: «Todo lo puedo en aquel que me conforta» (Filipenses, 4, 13). 
Hay que ir pues hacia Él, estar en Él, a fin de ser «criados en Jesucristo 
para buenas obras, preparadas por Dios desde la eternidad para que nos ejercitemos en ellas» (Efesios, 2, 8-10). Y es preciso ir allá donde reside el Hijo de Dios, allá donde se hace la fuente de gracia y de santidad para todo hombre que venga a este mundo. Hay que adelantarse hacia los sacramentos y subir hasta la Eucaristía.

 

 

VI. Conclusión
El panorama de la santidad no se descubre simplemente sino en la fe. Como el de Cristo, el misterio de la Iglesia está vestido de humildes apariencias, pero su grandeza, secreta y divina, trasciende infinitamente las apariencias. Como el del Cristo total, el misterio de la santa Iglesia es historia y maduración sobrenaturales. No será plenamente revelado sino el último Día, más allá de nuestro tiempo, cuando el Cordero será la Luz de la Ciudad Nueva. Mientras esperamos, con los ojos de la carne miramos la «santa convocación» del Señor. Pero éstos no son siempre penetrantes. Para hacer más clara nuestra visión, detengámonos un instante en dos consideraciones.
La santidad de la Iglesia no podría apreciarse en su verdadero valor, si no se distingue en ella sino la virtud de tal o cual fiel, aunque fuese un gran santo. En efecto, la santidad del Cuerpo de Cristo es la de una multitud. Es preciso, pues, mirar la masa, si se quiere saber qué es la santidad eclesial. Cada uno de los cristianos añade por su parte una nota a la sinfonía, por alguna virtud personal, por el arrepentimiento de la falta, por el deseo de recobrarse después de la caída... Cada uno de los bautizados enriquece el conjunto, con su temperamento y su generosidad, pero ninguno lo expresa completamente.


Consideremos la multitud cristiana y su historia secular. Aquí y allá emergen algunas luces. Algunas son brillantes, pero raras como los faroles en un túnel. Esto basta para que la masa sea arrastrada por estas claridades. Esta multitud avanza a trompicones, pero así y todo avanza. Compruébese pues la continuidad con que este pueblo avanza, pequeño núcleo compacto, seguido por los demás, en desorden y mejor o peor, pero seguido con todo por esas gentes que sólo de la Iglesia aprendieron sus mediocres y frágiles virtudes. Distíngase también esa fuerza extraña que permite a la Iglesia resurgir del mismo fondo de los períodos más obscuros y menos santos. 


Entonces se apreciará qué significa «santa Iglesia». No basta pues mirar a diez cristianos de la vecindad y practicar un corte instantáneo en su vida para estar autorizado a dar un juicio. Sino que hay que considerar la masa entera, que subsiste a la sombra de los santos canonizados y en su virtud. Entonces se conocerá la santidad católica, la santidad universal, la de los mártires y de los confesores, la de los débiles, y también la de los muy débiles.


KENOSIS: Esta visión revela al mismo tiempo las humillaciones del Verbo Encarnado en la santa Iglesia. La Pureza Suprema de Dios se «aniquiló» al tomar la condición humana en Jesús de Nazaret (Filipenses, 2, 7). El Santísimo se humilla también y en un nuevo grado en la Iglesia, tomando la condición de la masa humana. 
La santidad de Dios en Jesucristo no ha evitado el escándalo, porque se manifiesta bajo formas humanas. Se dijo de Cristo que era «glotón y bebedor», cuando se le hallaba a la mesa de los pecadores y de los publicanos (Mateo, 11, 19). La santidad de la Iglesia no puede a su vez evitar el escándalo, y un escándalo peor aún. Él, Cristo, podía confundir a sus adversarios haciéndoles la pregunta: «¿Quién de  vosotros me acusará de pecado?» La Iglesia no puede. Las virtudes de la Iglesia son las virtudes de una masa de pecadores, cuyo único privilegio inajenable es confesar sus faltas, su impotencia, su flaqueza frente a las exigencias de su vocación. En la Iglesia, la virtud no brilla sino a través del pecado de todos. Así pues, la humillación de la santidad de Cristo es más profunda en la Iglesia que en la Encarnación. Es mayor prueba para la fe de los fieles, es más peligroso para la incredulidad de los demás. No obstante, la frase de Jesús permanece, es verdadera en este día como en tiempo de Judas: «Bienaventurado el que no se escandalizara a causa de mí»... y a causa de mi Iglesia.

ANDRÉ DE BORIS - LA IGLESIA Y SU MISTERIO - Editorial CASAL I VALL
ANDORRA-1962.Págs. 123-145

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6. Enarratio in psalmum 85, 4; PL 37, 1084.
7. De adoratione, 10; PG 68, 657.
8. In 2am ep. ad Timotheum, Hom. 6, n. 1; PG 62, 629.
9. Citado por el P. VIALLAIN, introduction a I´oecumenisme, 1958, pág. 32.
11. In epistolam ad Corinthios, cap. XI, lectio 1ª.; Summa Theologica 3ª. pars qu. 
8, art. 1.

Agradecemos a mercaba.com

 

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«La escritura de la historia se ve obstaculizada a veces por presiones ideológicas, políticas o económicas; en consecuencia, la verdad se ofusca y la misma historia termina por encontrarse prisionera de los poderosos. El estudio científico genuino es nuestra mejor defensa contra las presiones de ese tipo y contra las distorsiones que pueden engendrar» (1999).
S.S. JUAN PABLO II

 

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P: Inquisición, expulsión de los judíos de casi toda Europa, conversión forzosa o asesinato de millones de indígenas en América, negros en África o aborígenes en Australia, alianza con las monarquías absolutas primero, y con las dictaduras militares y fascistas después... realmente el cristianismo es una religión de paz y amor, ¿no cree?

 

R: La abolición de la esclavitud –herencia clásica– fue realizada por cristianos siglos antes de la revolución francesa; los judíos que huían del islam se refugiaron en países cristianos durante siglos y durante el Holocausto recibieron el apoyo y ayuda de muchos cristianos; el exterminio de indígenas fue condenado por cristianos de distintas confesiones desde De Las Casas a Penn... ¿no le parece a usted que peca de ignorancia y parcialidad? ¿No cree? C. Vidal- dr. en historia antigua 2004.

 

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La Iglesia sigue revelando el plan de Dios y la realización del Reino de Dios mediante la predicación y la celebración de los sacramentos que hacen a Cristo presente en el mundo. La misión de hacerle presente en el mundo es el centro de la actividad misionera de la Iglesia.

 

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El apoyo mayoritario, momentáneo, a opciones políticas que apoyan el asesinato por aborto, la manipulación genética, el reconocimiento y la potenciación de las aberraciones sexuales, la ruptura familiar y la explotación laboral, que cercena la libertad educativa y favorece la desintegración social y nacional, dentro de un marco de totalitarismo legal con ilimitación jurídica, no legitima sus acciones, aunque éstas sigan cauces legales.

 

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S. S. Juan Pablo II ha dicho: «El sentido de la vida está en el amor. Sólo quien sabe amar hasta olvidarse de sí mismo, para darse al hermano, ¬al otro¬ realiza plenamente la vida propia».

 

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No hay poder político más inquebrantable que el que se asienta sobre la ignorancia ciudadana. Y la burla de la inteligencia.

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La soberbia y la autosuficiencia son tentaciones de los momentos de bienestar en los que el ser humano deja de experimentar la necesidad de Dios. Juan Pablo II. 2004-

 

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Nunca hay viento favorable para el que no sabe hacia dónde va. Séneca

 

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"Obras todas del Señor, bendecid al Señor".-

¡Gloria y alabanza a ti, Santísima Trinidad, único y eterno Dios!

San Juan Crisóstomo (†14 de septiembre de 407) meditando el libro del Génesis, guía a los fieles de la creación al Creador, que es el Dios de la condescendencia, y por eso llamado también «padre tierno», médico de las almas, madre y amigo afectuoso. Une a Dios Creador y Dios Salvador, ya que Dios deseó tanto la salvación del hombre que no se reservó a su único Hijo. Comentando los Hechos de los Apóstoles propone el modelo de la Iglesia primitiva, desarrollando una utopía social, casi una «ciudad ideal». Trataba de dar un rostro cristiano a la ciudad, afrontando los principales problemas, especialmente las relaciones entre ricos y pobres, a través de una inédita solidaridad.

Por venir a visitarnos, nuestro agradecimiento.

Anno Domini 2007 - "In Te, Domine, speravi; non confundar in aeternum!".

Mane nobiscum, Domine! ¡Quédate con nosotros, Señor!

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La belleza de ser cristiano y la alegría de comunicarlo - «Nada hay más hermoso que haber sido alcanzados, sorprendidos, por el Evangelio, por Cristo. Nada más bello que conocerle y comunicara los otros la amistad con Él» (Benedicto XVI,).

Dar razón de la belleza de Cristo en los escenarios del mundo contemporáneo.

2000 años en que la Iglesia-cuna de Cristo, muestra su belleza al mundo.

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 “El que a vosotros escucha, a mí me escucha” (Lc 16,10).

"Marana tha, ven, Señor Jesús" (Ap 22, 20).

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In Obsequio Jesu Christi.

 

Compendio del Catecismo de la Iglesia católica
La fe de los sencillos - Una síntesis fiel y segura del Catecismo de la Iglesia católica. Contiene, de modo conciso, todos los elementos esenciales y fundamentales de la fe de la Iglesia. 2005. ¡No falte en el bolsillo de cada cristiano para aprenderlo!

Creer, celebrar, vivir y orar, esta y no más es la fe cristiana desde hace 2000 años, enseñada por la Iglesia Católica sin error porque Cristo la ilumina y sólo Él la guía.

 

Recomendamos vivamente: Título: ¿Sabes leer la Biblia?

Una guía de lectura para descifrar el libro sagrado - Autor: Francisco Varo – MMVI. Marzo - Editorial: Planeta Testimonio

 

Recomendamos: ROMA, DULCE HOGAR, Scott Hahn y su esposa Kimberly cuentan el largo viaje que les llevó de protestantes-evangélicos calvinistas, hasta la casa paterna en la Iglesia Católica. Un camino erizado de dificultades, pero recorrido con gran coherencia y docilidad a la gracia, y cuyo motor era el amor a Jesucristo y a su Palabra en la Sagrada Escritura.

 

Recomendamos: LO PRIMERO ES EL AMOR”, Scott Hahn muestra de nuevo una de sus mejores cualidades como autor: su gran capacidad para explicar las verdades esenciales de la Iglesia Católica fundada por Jesucristo, de un modo accesible y atrayente. En esta obra el incentivo es esta pregunta: ¿Qué clase de amor y qué clase de familia satisfacen nuestros más íntimos anhelos?. Con su clara prosa desarrolla una idea central de la fe cristiana: Dios, la Trinidad de Personas Divinas, es una familia que vive en una comunión de amor. Expone también Hahn la íntima conexión entre la familia divina, la familia de la fe, que es la Iglesia, y las familias de la tierra formadas por un hombre y una mujer. Ed. Patmos – Libros de espiritualidad-225.-

 

Recomendamos: DIOS Y EL MUNDO Joseph Ratzinger. Ed. Galaxia Gutemberg-

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'JESUCRISTO PADECIÓ BAJO EL PODER DE PONCIO PILATO,
FUE CRUCIFICADO, MUERTO Y SEPULTADO'
Evangelio según San Lucas, Cap.3, vers.1º: El año decimoquinto del reinado del emperador Tiberio, cuando Poncio Pilato gobernaba la Judea, siendo Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Felipe tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene…

Crucifixión de San Pedro: fue crucificado al revés cabeza abajo - Pergamino con San Pedro en cruz invertida, de Maguncia- Alemania; entre el 900 y el 1000ca. - Museo Diocesano de la Catedral Maguncia (Mainz) Alemania - Pedro en su cruz, invertida. ¿Qué significa todo esto? Es lo que Jesús había predicho a este Apóstol suyo: "Cuando seas viejo, otro te llevará a donde tú no quieras"; y el Señor había añadido: "Sígueme" (Jn 21, 18-19). Precisamente ahora se realiza el culmen del seguimiento: el discípulo no es más que el Maestro, y ahora experimenta toda la amargura de la cruz, de las consecuencias del pecado que separa de Dios, toda la absurdidad de la violencia y de la mentira. No se puede huir del radicalismo del interrogante planteado por la cruz: la cruz de Cristo, Cabeza de la Iglesia, y la cruz de Pedro, su Vicario en la tierra. Dos actos de un único drama: el drama del misterio pascual: cruz y resurrección, muerte y vida, pecado y gracia.

La maternidad divina de María – Catecismo de la Iglesia
495 Llamada en los Evangelios 'la Madre de Jesús'(Jn 2, 1; 19, 25; cf. Mt 13, 55, etc.), María es aclamada bajo el impulso del Espíritu como 'la madre de mi Señor' desde antes del nacimiento de su hijo (cf Lc 1, 43). En efecto, aquél que ella concibió como hombre, por obra del Espíritu Santo, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el Hijo eterno del Padre, la segunda persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre de Dios [Theotokos] (cf. Concilio de Éfeso, año 649: DS, 251).
La virginidad de María
496 Desde las primeras formulaciones de la fe (cf. DS 10-64), la Iglesia ha confesado que Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María únicamente por el poder del Espíritu Santo, afirmando también el aspecto corporal de este suceso: Jesús fue concebido absque semine ex Spiritu Sancto (Concilio de Letrán, año 649; DS, 503), esto es, sin semilla de varón, por obra del Espíritu Santo. Los Padres ven en la concepción virginal el signo de que es verdaderamente el Hijo de Dios el que ha venido en una humanidad como la nuestra:
Así, san Ignacio de Antioquía (comienzos del siglo II): «Estáis firmemente convencidos acerca de que nuestro Señor es verdaderamente de la raza de David según la carne (cf. Rm 1, 3), Hijo de Dios según la voluntad y el poder de Dios (cf. Jn 1, 13), nacido verdaderamente de una virgen [...] Fue verdaderamente clavado por nosotros en su carne bajo Poncio Pilato [...] padeció verdaderamente, como también resucitó verdaderamente» (Epistula ad Smyrnaeos, 1-2).

El acontecimiento histórico y transcendente – Catecismo de la Iglesia
639 El misterio de la resurrección de Cristo es un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas como lo atestigua el Nuevo Testamento. Ya san Pablo, hacia el año 56, puede escribir a los Corintios: "Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce: "(1 Co 15, 3-4). El apóstol habla aquí de la tradición viva de la Resurrección que recibió después de su conversión a las puertas de Damasco (cf. Hch 9, 3-18).
El sepulcro vacío

640 "¿Por qué buscar entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado" (Lc 24, 5-6). En el marco de los acontecimientos de Pascua, el primer elemento que se encuentra es el sepulcro vacío. No es en sí una prueba directa. La ausencia del cuerpo de Cristo en el sepulcro podría explicarse de otro modo (cf. Jn 20,13; Mt 28, 11-15). A pesar de eso, el sepulcro vacío ha constituido para todos un signo esencial. Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección. Es el caso, en primer lugar, de las santas mujeres (cf. Lc 24, 3. 22- 23), después de Pedro (cf. Lc 24, 12). "El discípulo que Jesús amaba" (Jn 20, 2) afirma que, al entrar en el sepulcro vacío y al descubrir "las vendas en el suelo"(Jn 20, 6) "vio y creyó" (Jn 20, 8). Eso supone que constató en el estado del sepulcro vacío (cf. Jn 20, 5-7) que la ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana y que Jesús no había vuelto simplemente a una vida terrenal como había sido el caso de Lázaro (cf. Jn 11, 44).