Saturday 25 March 2017 | Actualizada : 2017-03-03
 
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Catolicidad en el día de Pentecostés (al término de las siete semanas pascuales), la Pascua de Cristo se consuma con la efusión del Espíritu Santo que se manifiesta, da y comunica como Persona divina: desde su plenitud, Cristo, el Señor (cf. Hch 2, 36), derrama profusamente el Espíritu.

732 En este día se revela plenamente la Santísima Trinidad. Desde ese día el Reino anunciado por Cristo está abierto a todos los que creen en El: en la humildad de la carne y en la fe, participan ya en la Comunión de la Santísima Trinidad. Con su venida, que no cesa, el Espíritu Santo hace entrar al mundo en los "últimos tiempos", el tiempo de la Iglesia, el Reino ya heredado, pero todavía no consumado:

Hemos visto la verdadera Luz, hemos recibido el Espíritu celestial, hemos encontrado la verdadera fe: adoramos la Trinidad indivisible porque ella nos ha salvado (Liturgia bizantina, Tropario de Vísperas de Pentecostés; empleado también en las liturgias eucarísticas después de la comunión).

 

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Pablo católico pregona con su catolicidad a la Iglesia Católica - El punto de partida de sus viajes fue la Iglesia de Antioquía de Siria, donde por primera vez se anunció el Evangelio a los griegos y donde se acuñó también la denominación de "cristianos" (cf. Hch 11, 20. 26), es decir, creyentes en Cristo. Desde allí en un primer momento se dirigió a Chipre; luego, en diferentes ocasiones, a las regiones de Asia Menor (Pisidia, Licaonia, Galacia); y después a las de Europa (Macedonia, Grecia). Más importantes fueron las ciudades de Éfeso, Filipos, Tesalónica, Corinto, sin olvidar Berea, Atenas y Mileto.

En el apostolado de san Pablo no faltaron dificultades, que afrontó con valentía por amor a Cristo. Él mismo recuerda que tuvo que soportar "trabajos..., cárceles..., azotes; muchas veces peligros de muerte. Tres veces fui azotado con varas; una vez lapidado; tres veces naufragué. Viajes frecuentes; peligros de ríos; peligros de salteadores; peligros de los de mi raza; peligros de los gentiles; peligros en ciudad; peligros en despoblado; peligros por mar; peligros entre falsos hermanos; trabajo y fatiga; noches sin dormir, muchas veces; hambre y sed; muchos días sin comer; frío y desnudez. Y aparte de otras cosas, mi responsabilidad diaria:  la preocupación por todas las Iglesias" (2 Co 11, 23-28).

 

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La Iglesia ha nacido con este fin: propagar el reino de Cristo en toda la tierra para gloria de Dios Padre, y hacer así a todos lo hombres partícipes de la redención salvadora y por medio de ellos ordenar todo el universo hacia Cristo. Toda la actividad del Cuerpo místico, dirigida a este fin, recibe el nombre de apostolado, el cual la Iglesia lo ejerce por obra de todos sus miembros, aunque de diversas maneras. La vocación cristiana es, por su misma naturaleza, vocación también al apostolado. Así como en el conjunto de un cuerpo vivo no hay miembros que se comportan de forma meramente pasiva, sino que todos participan en la actividad vital del cuerpo, de igual manera en el Cuerpo místico de Cristo, que es la Iglesia. Es tan estrecha la conexión y trabazón de los miembros en este Cuerpo, que el miembro que no contribuye según su propia capacidad al aumento del cuerpo debe reputarse como inútil para la Iglesia y para sí mismo. Hay en la Iglesia diversidad de ministerios, pero unidad de misión. A los Apóstoles y a sus sucesores les confirió Cristo el encargo de enseñar, de santificar y de regir en su propio nombre y autoridad. Los seglares, por su parte, al haber recibido partición en el ministerio sacerdotal, profético y real de Cristo, cumplen en la Iglesia y en el mundo la parte que les atañe en la misión total del pueblo de Dios. Ejercen, en realidad, el apostolado con su trabajo por evangelizar y santificar a los hombres y por perfeccionar y saturar de espíritu evangélico el orden temporal, de tal forma que su actividad en este orden dé claro testimonio de Cristo y sirva para la salvación de los hombres. Y como lo propio del estado seglar es vivir en medio del mundo y de los negocios temporales, Dios llama a los seglares a que, con el fervor del espíritu cristiano, ejerzan su apostolado en el mundo a manera de fermento. Decreto Apostolicam actuositatem, 2 VATICANO II

 

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"El Magisterio no está por encima de la palabra de Dios, sino a su servicio, para enseñar puramente lo transmitido, pues por mandato divino y con la asistencia del Espíritu Santo, lo escucha devotamente, lo custodia celosamente, lo explica fielmente; y de este único depósito de la fe saca todo lo que propone como revelado por Dios para ser creído" (DV 10).

Los fieles, recordando la palabra de Cristo a sus Apóstoles: "El que a vosotros escucha a mi me escucha" (Lc 10,16; cf. LG 20), reciben con docilidad las enseñanzas y directrices que sus pastores les dan de diferentes formas.

 

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Vista de San Pedro – Vat.

Por Federico ZUCCARO

View of Saint Peter´s (recto); Study of a Young Man (verso)

Italian, 1603  - Red chalk (recto); red and black chalk (verso)
10 3/16 x 16 1/4 in.  -
85.GB.228

 

S. S. Pablo VI, P. P. [Pontífice Papa] (1963+1978)

Exhortación sobre la alegría cristiana, l975

 

“Sobre esta piedra edificaré mi Iglesia.” (Mt 16,18)

      En este Año Santo nos os hemos invitado a cumplir, materialmente o en espíritu y por la intención, un peregrinaje a Roma, al corazón de la Iglesia católica. Con todo, es demasiado evidente que  Roma no constituye el término de nuestro peregrinaje en el tiempo. Ninguna ciudad santa de aquí abajo es nuestra meta. Ésta está oculta más allá de este mundo, en el corazón del misterio de Dios, todavía invisible para nosotros... Para los apóstoles Pedro y Pablo, Roma ha sido este término, donde los santos han derramado su sangre como último testimonio.
        La vocación de Roma estriba de los apóstoles; el ministerio que nos toca ejercer desde aquí es un servicio a favor de la Iglesia universal e incluso de toda la humanidad. Es un servicio irremplazable, ya que, según el beneplácito de su sabiduría, Dios colocó Roma, la ciudad de Pedro y de Pablo en el itinerario que conduce a la Ciudad Eterna, porque confió a Pedro las llaves del Reino de los cielos. Pedro unifica en su persona el colegio de todos los obispos. Lo que queda aquí en Roma, no por la voluntad del hombre, sino por una providencia libre y misericordiosa del Padre, del Hijo y del Espíritu, es la “solidez de Pedro”, como la define San León Magno: Pedro no cesa de ocupar su sede; conserva una participación plena en el ministerio de Cristo, Soberano Pontífice. La estabilidad propia de la piedra que él ha recibido de la piedra angular que es Cristo (1Cor 3,11), una vez establecido como Pedro-Piedra, (Mt 16,16) la transmite a todos sus sucesores.

 

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En nuestra cultura secularizada y permisiva, los valores han cambiado. Lo que se admira y abre camino al éxito es más bien lo contrario de otro tiempo: es el rechazo de las normas morales tradicionales, la independencia, la libertad del individuo. Para los fariseos la contraseña era «observancia» de las normas; para muchos, hoy, la contraseña es «trasgresión». Decir de un autor, de un libro o de un espectáculo que es «transgresor» es hacerle uno de los cumplidos más anhelados. 2007

 

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CATOLICIDAD DE LA IGLESIA

 

 

 

1. Significación y uso de la palabra «católico»

 

a) La palabra «católico», compuesta de las griegas kato y holon significa general, universal, total (lat. secundum totum: San Agustín). En el griego clásico los filósofos llamaban katholikon a una proposición universal. También los universales se llamaron katholika. Los dioses astrales sirios fueron llamados katholikoi (véase H. de Lubac, Katholizismus, 44).

Ignacio de Antioquía fue el primero que usó la palabra katholikos para la Iglesia de Cristo (Carta a los Esmirnotas 8, 2). Dice: «Donde está Jesucristo, está la Iglesia católica.» La palabra significa, evidentemente, en este texto lo mismo que universal. En el mismo sentido es usada tres veces en el Martirio de San Policarpo (Introducción; 8, 1; 19, 2). En este escrito aparece una vez en el sentido de la Iglesia que cree rectamente (16, 2). Desde fines del siglo ii la palabra aparece con las dos significaciones. Desde el siglo iii es usada también como nombre propio a modo de sustantivo. Este uso parece haber sido normal hasta el siglo vri. Incluso en Bernardo de Claraval es llamada a veces la Iglesia de Cristo la Católica sin más (Explicación del Cantar de los Cantares 64, 8; PL 183, 1068).

b) La palabra implica varias significaciones. Se puede distinguir una catolicidad externa y otra interna. La catolicidad externa se refiere tanto al espacio como al tiempo. Respecto al espacio quiere decir que la Iglesia de Cristo está destinada a todo el mundo, a todos los pueblos y a todos los hombres de todos los tiempos. Por tanto, la catolicidad externa se puede llamar también personal (que afecta a las personas que pertenecen a la Iglesia). La interna se refiere a la plenitud de la verdad y de los bienes de salvación. Se la puede llamar también salvífico-ontológica..

A. Catolicidad externa

1. Por lo que se refiere a la catolicidad espacial, se opondría :a ella una comunidad religiosa que sólo importara a un ámbito racista, cultural o político determinado, es decir, que estuviera vinculada a fronteras nacionales o de otro tipo. La Iglesia de Cristo no está vinculada ni a una nación ni a un sistema político, ni a una determinada cultura. Está sobre todo, aunque vive en todo. No está particularísticamente reducida, sino que trasciende todos los límites geográficos, culturales y políticos.

Cuando se afirma la catolicidad espacial de la Iglesia, no hay que pensar excesivamente en su extensión fáctica por el mundo o en un gran número, como si, por ejemplo, la Iglesia de Cristo tuviera más miembros que cualquier otra formación religiosa. Si se viera en los grandes números una propiedad esencial característica y distintiva de la Iglesia, se seguiría de ello, que la Iglesia de Cristo sólo se distingue en grados de las demás comunidades religiosas, por tener más miembros que ellas, siendo así que por su origen de arriba se distingue cualitativamente de todas las demás formaciones religiosas procedentes de abajo. La Iglesia de Cristo no sólo es más que cualquiera otra formación religiosa, sino que es distinta, lo mismo que Cristo, su fundador, es distinto de todos los demás fundadores de religiones.

Contra la interpretación meramente cuantitativa de la catolicidad espacial de la Iglesia habla además el hecho de que en los grandes números de por si no se puede ver ningún signo de lo divino. Es fácil de comprender, si reflexionamos en que, por ejemplo, también el bolchevismo ha conquistado casi medio mundo y posee numerosos partidarios. Billot expresa este hecho de la manera siguiente (De ecclesla Christi, n. 22): «¿Numquid enim numerus, materialiter sumptus, divinum quid prae se fert?» La catolicidad espacial de la Iglesia tiene que significar, por tanto, si ha dé ser realmente una propiedad esencial, algo más que el mero gran número de sus partidarios entre todos los pueblos.

Significa, en primer lugar, que la Iglesia de Cristo es capaz de llegar a todos los pueblos y hombres y ofrecerles lo que necesitan para la satisfacción de su ser. Quien entra en la Iglesia de Cristo, no necesita renunciar a sus características naturales, para ser cristiano. No necesita dejar de ser este hombre determinado, concreto, individual o este ciudadano de tal pueblo. Es justamente a la inversa. Por la fe en Cristo, que condiciona la incorporación a la Iglesia, el hombre es puesto en situación de llegar a ser totalmente aquello para lo que tiene disposiciones, e incluso de superarse a sí mismo sin destruirse hasta la vida de Dios que trasciende todo lo terreno. La Iglesia le da fuerzas para su autorrealización, fuerzas que no existen en el ámbito puramente natural. Le libera de las fuerzas que impiden o ponen en peligro su verdadera autorrealización, del egoísmo y del orgullo, de la voluptuosidad y codicia. La Iglesia por su ser interior tiene la capacidad de ofrecer esas ayudas para el autodesarrollo a todos los hombres, sea cual sea la raza, sistema político, o grado cultural a que pertenezcan. Nadie enajenaría su ser al ser cristiano. A1 contrario, su ser se libra por ello de toda excrecencia y es purificado hasta su verdadera figura. No se puede decir lo mismo de otras formaciones religiosas. Están ordenadas a un determinado pueblo o a un grado determinado de cultura y exigen al hombre que no pertenece a ese pueblo o cultura la renuncia a lo que es o posee, si quiere entrar en la religión en cuestión.

No se puede liquidar esta explicación de la catolicidad espacial de la Iglesia, objetando, que en ella se atribuye a la Iglesia la idea, pero no la realidad de la catolicidad. Pues en esta interpretación. de la catolicidad no se trata de una verdad ideal, sino de una verdad fáctica; no se trata de un postulado, sino de un dato. La capacidad de la Iglesia de llevar a todos los hombres y pueblos a la plenitud de su ser es una propiedad esencial inmanente a ella, no sólo un sueño abrigado por ella. Por la ordenación de la Iglesia a todos los hombres y pueblos- y por su capacidad de adaptación a las características individuales y colectivas, era ya católica cuando estaba limitada al estrecho espacio del Cenáculo de Jerusalén y contaba con unos ciento veinte miembros. Por la misma razón era católica cuando San Jerónimo tuvo que suspirar que todo el mundo se. había hecho arriano. Y seguirá siendo católica cuando se cumplan las profecías del Apocalipsis de San Juan y el pueblo de Dios se reduzca a un pequeño grupo de fieles y constantes.

Pero aunque en el gran número en cuanto tal (materialiter) no se manifiesta la catolicidad espacial, no es indiferente. Pues la Iglesia ordenada por fuerza interior a la plenitud de todos los hombres y pueblos sería infiel a su ser, si no se esforzara por realizar aquello para lo que está capacitada. Su catolicidad interior, escondida, espiritual la empuja hacia todos los hombres y pueblos. Cuantos más hombres consigue de hecho y llena de los bienes salvadores que Cristo le ha regalado, con tanta mayor intensidad realiza la misión para la que ha sido llamada. En este sentido tiene su importancia el hecho de que esté extendida por todo el mundo y poste muchos adeptos, incluso más que las demás comunidades religiosas. En ello se manifiesta su ser, en cuanto que se revela la fuerza expansiva propia de la Iglesia, que supera todos los límites mundanos y fue creada por Cristo mismo, en la que el hombre es alcanzado y captado sin ser violentado, porque da precisamente aquello a lo que todos están abiertos, lo que todos anhelan consciente o inconscientemente: la vida de Dios.

2. El segundo elemento de la catolicidad externa de la Iglesia es su expansión a través de los tiempos. Tiene la capacidad de subsistir y sobrevivir a todos los tiempos frente a la ley de la caducidad que lo domina todo, de regalar a todas las épocas la gloria de Dios para formarlas y configurarlas desde dentro como una levadura. Mientras que de todo lo demás hay que decir: «tiene su época» y con ello se significa que llega y pasa y no puede tener legítima existencia más allá de la época a ello asignada, de la Iglesia hay que decir: siempre es su tiempo. No pertenece a las instituciones anticuadas o superadas. Jamás es disuelta por una institución salvadora mejor. Jamás sustituirá, por ejemplo, una Iglesia del Espíritu Santo a la Iglesia de Cristo. Tal tesis histórico-teológica, defendida sobre todo por Joaquín de Fiore, contradice a la Sagrada Escritura y por ello fue apartada con energía de la conciencia creyente de la Iglesia (véase § 170, IV, 6).

La Iglesia tampoco será superada por ningún progreso intramundano (indefectibilidad de la Iglesia). No hay ningún auténtico "progreso" fuera de ella. La idea muchas veces defendida en la Edad Moderna, de que la Iglesia se haría superflua al progresar la cultura humana (por ejemplo, Voltaire), difundida con especial energía por el bolchevismo filosófico y sus derivados, no sólo es una ilusión sin ninguna base empírica, sino que además desconoce el verdadero carácter de la Iglesia, ya que ésta no tiene como fin el progreso terreno ni puede, por tanto, ser sutituída por el progreso terreno (cfr. M. Schmaus, Beharrung urul Fortschritt ¡in Christentum (1952); véase además la sección III).

Por otra parte la Iglesia acoge en sí todo auténtico progreso aunque ocurra en el terreno científico o cultural. No tiene por qué tener miedo de ningún auténtico logro de la investigación científica. ni de ninguna novedad de la verdadera cultura. A su ser pertenece el afirmar todas las verdades auténticas y todas las innovaciones dignas del hombre. Todo lo que aparece a lo largo de la historia le ayuda incluso a entenderse mejor a sí misma y a desarrollar su ser con más riqueza. Todos los resultados de la ciencia y todas las figuras de la vida cultural le sirven para realizar con más amplitud y profundidad su propia vida. La historia demuestra que para la Iglesia valen aquellas palabras de Cristo: «Buscad primero el reino de Dios y su justicia y todo lo demás se os dará por añadidura» (Mt. 6, 33).

La abertura de la Iglesia a la respectiva situación espiritual y cultural de la época demuestra y tiene, por consecuencia, que su duración a través de todos los tiempos no conduce a la rigidez, quietud y falta de vida.

Como hemos visto ya en el capítulo de la visibilidad de la Iglesia, el rostro de la Iglesia cambia continuamente con la evolución de la cultura. Sin embargo, hay una continuidad indestructible entre la Iglesia primitiva y la Iglesia de todos los siglos. El cambio a que la Iglesia está sometida se refiere al desarrollo de su vida inmanente. Jamás acoge nada extraño ni pierde nada esencialmente propio. Lo que se apropia del mundo, de sus formas políticas, de sus sistemas filosóficos, de su ordenamiento jurídico, de sus obras de arte, de su torrente de sentimientos, lo usa como ayuda para desarrollar lo que le es propio. Todas estas formaciones dibujan sus rasgos en el rostro de la Iglesia; pero siempre conserva su faz. A consecuencia de esa expansión a través de los tiempos la Iglesia está siempre llegando y siempre está allí, siempre está haciéndose y existe a la vez. Está siempre presente y siempre en devenir, en cuanto que su ser ha sido ciertamente estatuído por Cristo, pero se desarrolla según las leyes que Cristo le ha infundido hasta su vuelta y conserva lo apropiado de la filosofía y de la cultura.

B. Catolicidad interna

Por lo que se refiere a la catolicidad interna de la Iglesia, significa la plenitud de la verdad revelada predicada por Cristo y de los bienes de salvación por El regalados, así como el desarrollo y total realización de la salvación en la vida regalada por Cristo. La oposición a esta universalidad interna es la herejía, en la cual se acepta no el todo, sino una parte del todo, así como el cisma, en el que un individuo o grupos determinados se apartan de la totalidad, para hacer su vida propia fuera de esa totalidad. En la Antigüedad esta catolicidad interna fue elaborada por San Cirilo de Jerusalén, que en sus Catequesis (18, 23) vió la catolicidad no sólo en la extensión espacial, sino en la universalidad de la doctrina, del perdón de los pecados y de las virtudes. Por esta catolicidad interna, católica es, según él « el verdadero nombre de esta santa Iglesia, madre de todos nosotros, que es la Esposa de nuestro Señor Jesucristo, Hijo unigénito de Dios» (18, 26).

La catolicidad interna de la Iglesia implica que la Iglesia penetra cada vez más profundamente en la obra de Cristo, que aprehende y realiza, por tanto, cada vez con más profundidad, amplitud y vida la plenitud de verdad y gracia atestiguada por la Escritura. Para este proceso de desarrollo ofrecen fuertes impulsos las exigencias de los tiempos respectivos, por ejemplo, los descubrimientos y conocimientos de las ciencias naturales (véase, por ejemplo J. KSlin, M. Schmaus, J. Buytendijk, Naturwissenschaft und Glaube, 1, Er5ffnungsreden, 1957). Las obras culturales de la época prestan también múltiples ayudas (cfr. por ejemplo, el principio philosophia ancilla theologiae). La Iglesia jamás se aleja por ello de su punto de partida, del fundamento apostólico (cfr. el capítulo sobre la apostolicidad). Cada vez se hace más consciente de su propia riqueza. Cada vez penetra más vivamente en su propio ser. De modo semejante un hombre puede ser llevado a un conocimiento más hondo de sí mismo por los impulsos de fuera sean de tipo impediente sean de tipo estimulante. Jamás se destruye la continuidad en la Iglesia. Tampoco el desarrollo de la Revelación que se cristaliza en los dogmas significa ninguna ruptura con el pasado. Pues en las definiciones doctrinales de la Iglesia se formula el resultado del proceso aludido por Cristo cuando dice que el Espíritu Santo introducirá a los suyos en toda la verdad (lo. 16, 13). En los dogmas no se crea nada nuevo que todos tengan que creer en lo futuro, para que en la confusión de opiniones se conserve la unidad, sino que define lo que ya todos creían (implícita o explícitamente), porque estaban unidos en la fe, y por eso en el futuro tienen que creer todos. La Iglesia no se desprende, por tanto, de su pasado en sus definiciones doctrinales, sino que se vincula a él haciéndose consciente de su pasado más clara y evidentemente que hasta entonces.

Cuando el Espíritu Santo le entrega la Sagrada Escritura inspirada por El, la liga a la palabra escrita. Todo el futuro de la Iglesia está caracterizado por ese hecho. En toda decisión doctrinal reconoce ese vínculo. Tal vinculación a la Escritura, reforzada en cada nueva decisión doctrinal de la Iglesia tiene una importante función. La Escritura dice algunas cosas no explícita, sino sólo implícitamente. La recta comprensión de lo implícito puede quedar pendiente mientras el Espíritu Santo mismo no revele a la Iglesia la comprensión definitiva. En la definición de un dogma penetra en la realidad concreta la interpretación definitiva y obligatoria del Espíritu Santo, de forma que para el futuro ya no existe la posibilidad de interpretaciones diversas. La Iglesia se vincula así para todo su futuro a una interpretación ofrecida por el Espíritu Santo y fijada en su formulación dogmática. Así se manifiesta que las formulaciones y fórmulas dogmáticas no anulan la relación con la Escritura, sino que la acentúan y aclaran. En cada decisión doctrinal el futuro de la Iglesia se encadena con su pasado. Todo acontecimiento de este tipo significa, por tanto, no una relajación, sino una consolidación de la continuidad.

El llegar a esas dogmatizaciones tiene razones diversas. Hasta ahora empujó a las decisiones dogmáticas con la mayor urgencia y frecuencia alguna amenaza a, una verdad revelada por parte de los movimientos teológicos, filosóficos o culturales de una época. Para proteger la verdad amenazada la Iglesia, bajo la actividad normativa del Espíritu Santo, busca una fórmula nueva que asegure lo amenazado y sea inteligible para todos. Muchas veces ofrece el ropaje para ello precisamente la filosofía o la cultura de que parte la amenaza. La Iglesia, superándolas, se sirve de sus manifestaciones. Este sentido de la formulación eclesiástica hace también comprensible que la Iglesia a veces no se quede estancada en una formulación hecha una vez, sino que busque expresiones nuevas, más claras y comprensibles. El papa Pío XII dice en la encíclica Humani generis: «Cualquiera ve que la expresión lingüística de los conceptos, tal como son usados en las escuelas y en el magisterio oficial, puede ser perfeccionada y cuidadosamente mejorada; y además es un hecho conocido, que la Iglesia no siempre se ha servido de las mismas expresiones.» En ello sólo hay que cuidarse de no despreciar o rechazar la expresión lingüística usada por los Concilios, porque esto, como dice el papa, implica el peligro de relativismo dogmático. Las dogmatizaciones mariológicas demuestran que no sólo la amenaza de una verdad particular puede ser ocasión de un dogma, sino que también la amenaza de toda la fe es conjurada asegurando una determinada verdad de la Revelación; entonces el todo es defendido desde un punto determinado. Así el dogma de la asunción corporal de María defiende el sentido del cuerpo, actualmente en peligro. Ciertos estímulos para la dogmatización pueden partir también de la piedad.

 

 

La catolicidad interna de la Iglesia conduce a que el conocimiento de la Revelación sea cada vez más rico y la vida desde ella cada vez más variada. En ello se expresa la historicidad de la Iglesia. Estaría en contradicción con tal historicidad el querer absolutizar una época determinada de la Iglesia sea la época primera, sea otra posterior. Por eso Lutero tropezó con la catolicidad interna de la Iglesia al establecer el principio de la sola Scriptura y entenderlo en el sentido de que la palabra de la Escritura es de suyo suficiente y, por tanto, su desarrollo a lo largo de la historia debe ser condenado. Con ello hizo el vano intento de anular un milenio de desarrollo histórico en la Iglesia. No sólo es imposible, sino erróneo, querer volver a las formas iniciales de la Iglesia primitiva. Tal tesis tal vez esté alimentada del a priori extrabíblico, inevangélico y sentimental de que el comienzo, lo original, es también lo más puro, lo no-desfigurado, lo verdadero, mientras que todo lo posteriores decadencia. Una idea semejante encontramos también en los teólogos católicos de la Ilustración, que, a imitación de Lessing, limitaron la tradición eclesiástica a los primeros siglos. Según esto, la Tradición no sería el testimonio y desarrollo continuamente prolongados del Evangelio de Cristo. Tal testimonio encontró su fin, según esta tesis, en la época de los Padres, de forma que sólo las verdades expresamente atestiguadas por los Padres, pueden ser garantizadas por la tradición oral como fuente fidedigna de fe (J. R. Geiselmann, Das Konzil von Trient über das Verháltnis der Heiligen Schrift und der nichtgeschriebenen Traditionen. Sein Missverstándnis in der nachtridentinischen Theologie und die überwindung dieses Missverstündnisses, en: «Die mündliche úberlieferung. Beitráge zum Begriff der Tradition», edit. por M. Schmaus (1956), 125-206). Tal concepción empequeñece ilícitamente la catolicidad interna de la Iglesia, pues el desarrollo de la Revelación por la Iglesia ocurre continuamente hasta el fin de los tiempos, porque el Espíritu Santo no terminará antes la función de interpretar la Revelación que Cristo le asignó. Es cierto que la Escritura y la Tradición contiene desde el principio implícitamente todas las verdades reveladas; pero sólo el desarrollo de lo implícitamente dado, que durará hasta la vuelta de Cristo, da retrospectivamente una idea y conocimiento claros de lo dado implícitamente al principio y desde siempre.

II. Testimonio de la Escritura

a) La Sagrada Escritura parece hacer afirmaciones opuestas. Por una parte proclama la universalidad de la salvación, pero por otra parte parece reducirla al pueblo elegido de Dios. Pero si lo consideramos más atentamente, desaparece la apariencia de contradicción. El pueblo de Dios del Antiguo Testamento está destinado a llevar la salvación a todos los pueblos. De él parte la salvación (Jo. 4, 22). Pero desde él debe llegar a todas partes. El pueblo de Dios debe ser instrumento de ello. Debe mantener alto el honor de Dios en el mundo y predicar a los demás pueblos (véase § 167 b, V).

Cuando Abraham fue llamado por Dios, le fue prometido que sería padre de un gran pueblo y que de él saldría el Salvador (Gen. 12). Pero a la vez le fue dicho: «En tu nombre serán bendecidos todos los pueblos» (Gen. 12, 18; cfr. 12, 3; 18, 18; 22, 16-18; 26, 4; 28, 14). Cuanto más se acerca la Historia Sagrada viejotestamentaria al momento en que aparece el Salvador, con tanta mayor claridad se anuncia la universalidad de la salvación. Aparece con la máxima fuerza en los profetas. Y entre ellos es, a su vez, Isaías quien proclama un universalismo salvador que traspasa todas las fronteras nacionales. En el llamado Deutero-Isaías, sobre todo, se amontonan los textos que atestiguan el efecto universal de la empresa. salvadora divina. El Siervo de Dios está destinado para luz de los gentiles y a mediador de la salvación hasta los confines de la tierra (Is. 4, 6). «Todos los confines de la tierra verán la salvación de nuestro Dios» (Is. 52, 10; véase además, por ejemplo, Is. 2, 2; 11, 40; 45, 22; 54, 2; 55, 4 y sig.; 56, 3-6; 60, 3; 66, 19-21; cfr. también Ez. 17, 22-24; Dan. 2, 35; Mal. 1, 11). También los Salmos pregonan la salvación universal (véase, por ejemplo, Ps. 2, 8; 21, 28; 71, 8-11; 85, 9, etc.):. V, vol. III, § 143.

b) Cristo mismo se dirige casi exclusivamente a sus compatriotas. Frente a los paganos fue retraído, aunque no los excluyó en principio. Es lo que demuestra su comportamiento con la samaritana (Jo. 4, 7-42), con la mujer cananea (Mt. 15, 21-28) y con el centurión pagano. Aparece especialmente clara su superación del particularismo nacional en los varios discursos de reproche al pueblo judío (Mt. 21, 32; 22, 1-13; Le. 24, 14, etc.).

A sus discípulos, en la llamada pequeña misión, les dió primero e1 encargo de ir sólo a las ovejas perdidas de la casa de Israel (Mt. 10, 5-15). Sin embargo, su comportamiento y sus palabras demuestran, que sólo concedió al pueblo judío un privilegio temporalmente limitado. De él debía salir la Salvación (Jo. 4, 22), pero la salvación debía llegar a todos. Juan Bautista explica a los judíos para sorpresa suya, que el mero descender de Abraham no significa. nada para entrar en el reino de Dios (Mt. 3, 9). Dios puede hacer de las piedras hijos de Abraham. Lo decisivo no es la relación de sangre con Abraham por sí solo, sino la unión espiritual, por el camino de la fe, con Abraham, padre de la fe (véase la doctrina de los Santos Padres sobre Abraham: K. H. Schelkle, Paulus Lehrer der Vater. Die altchristliche Auslegung von Rómer 1-11 (1956), 132-149). Todo el mundo es el campo en que es sembrada la semilla del reino de Dios (Mt. 13, 36). «Os digo, pues, que del Oriente y del Occidente vendrán y se sentarán a la mesa con Abraham, Isaac y Jacob en el reino de los cielos» (Mt. 8, l l). Cuanto más avanza la vida de Jesús tanto más se destaca que los gentiles no sólo son llamados al reino de Dios, sino que serán los futuros portadores del reino. Aunque al principio también los hijos de Israel debían serlo, cada vez se ve más claro que les es quitado el reino, porque rechazan a Jesús, su mensajero y heraldo. enviado por el Padre. Sólo entregándose a El podrían participar del reino, porque en El ha llegado ya el reino (Mt. 10, 40 y sigs.; 11, 19 y sig.; 12, 28; 13, 16 y sig.; Mc. 3, 27; Lc. 10, 18; 11, 29 y sig.; 12, 54 y sigs.; 17, 20 y sig.). Pero lo rechazan cada vez con más violencia hasta que es crucificado a instigación del grupo gobernante judío. Por eso ocuparon los gentiles el lugar de los judíos como herederos del reino de Dios (cfr. Lc. 13, 28-30; Mc. 12, 1-9). Y así dijo Cristo ante el tribunal que lo condenó: «Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria y todos los ángeles con El, se sentará sobre su trono de gloria» (Mt. 25, 31). Como aquellos que fueron primero invitados al banquete de bodas, aprisionados en diversas ocupaciones terrenas, se negaron a ir, son llamados todos los que están por las calles y caminos (Mt. 22, 8 y sig.). Este desarrollo tiene su coronación en la gran misión (véase § 167 c, cap. 3, art. 8). El Evangelio debe ser predicado hasta los confines de la tierra y hasta el fin de los tiempos. « La Iglesia tiene que ser camino y patria para toda la humanidad» (Albert Lang).

c) Para la catolicidad de la Iglesia es importante el hecho de que la Israel viejotestamentaria no fue disuelta sin más o sustituida por un nuevo pueblo de Dios, sino que siguió siendo el fundamento y en cierto sentido el anteproyecto del nuevo pueblo de Dios. Los gentiles, según San Pablo, son como injertados en el anterior pueblo de Dios algo así como una rama de olivo salvaje en un olivo auténtico (Rom. 9, 11). Y así la Iglesia es una «Iglesia de judíos y gentiles». Además el Evangelio de Cristo tiene que ser primero predicado a los judíos, porque fueron llamados primero (Act. 13, 5. 14; 14, 1; 16, 13; 17, 2. 11. 17; 18, 4). En Antioquía de Pisidia dijo San Pablo a los judíos: «A vosotros os habíamos de hablar primero la palabra de Dios, mas puesto que la rechazáis y os juzgáis indignos de la vida eterna, nos volvemos a los gentiles» (Act. 13, 46). En este texto se dice que a pesar de la preferencia de Israel también los gentiles han sido llamados en principio, que, en último término, no hay ninguna diferencia entre judíos y gentiles (Rom. 3, 22. 30). «Pues no me avergüenzo del Evangelio, que es poder de Dios para la salud de todo el que cree, del judío primero, pero también del griego» (Rom. 1, 16). Véase la doctrina de los Padres sobre esto en K. H. Schelkle, Paulus Lehre der Vüter. Die altchristliche Auslegung von Rdm. 1-11 (1956), 77-107. El hecho de que la Iglesia abarque los dos grupos humanos existentes en aquella época expresa como en un símbolo que está destinada a todos los grupos humanos sean políticos, sociales o raciales. La Iglesia es una Iglesia de judíos y gentiles, aunque muy pronto se hiciera pequeño en ella el número de judíos y fuera ampliamente superado por el de gentiles. A pesar de la superioridad numérica de los gentiles el pueblo de Dios del Antiguo Testamento conserva su importancia incluso para el futuro de la Iglesia. Pues los dones de gracia de Dios y su llamada son irrevocables. San Pablo promete que Israel se convertirá algún día según la misericordia de Dios. Hasta que no se convierta Israel, no ocurrirá el fin del mundo. Mientras permanezca en la incredulidad, será aplazado el fin del mundo. Véase E. Peterson, Die Kirche aus Juden und Heiden, en: «Theologische Traktate» (1951), 239-292. Sobre la doctrina de los Padres en este respecto véase K. H. Schelkle, o. c., 380-399; vol. 7, § 296.

d) Los discípulos de Cristo empezaron su misión el día de Pentecostés y la cumplieron durante toda su vida. Ya el día de Pentecostés, en que el Espíritu Santo descendió sobre los discípulos y la Iglesia fue llena de su vida, se conoció que la Iglesia penetraría en todos los países. Pues habían comparecido judíos de la diáspora de numerosos países y fueron testigos de la misteriosa actuación del Espíritu Santo. Mientras que algunos se burlaban, como que los discípulos estuvieran borrachos, otros estaban fuera de sí de admiración. Pues cada uno oía hablar su propio idioma. Y decían: « Todos estos que hablan, ¿no son galileos? Pues ¿cómo nosotros los oímos cada uno en nuestra propia lengua, en la que hemos nacido? Partos, medos, elamitas, los que habitan Mesopotamia, Judea, Capadocia, el Ponto y Asia, Frigia y Panfilia, Egipto y las partes de Libia que están contra Cirene, y los forasteros romanos, judíos y prosélitos, cretenses y árabes los oírnos hablar en nuestras propias lenguas las grandezas de Dios. Todos, atónitos y fuera de sí, se decían unos a otros: ¿Qué es esto? Otros, burlándose, decían: Están cargados de mosto» (Act. 2, 4-13). No hay que suponer que con ocasión de la bajada del Espíritu Santo se hablara en diversos idiomas (griego, latín, copto, etc.). Sino que fue un lenguaje en estado de éxtasis, un hablar desde el interior lleno de Espíritu, que no se servía de las ordinarias formas lingüísticas. Los discípulos hablan en un idioma nuevo obrado por el Espíritu Santo, no con palabras y oraciones que pertenezcan a un idioma humano existente. En los oyentes este hablar obrado por el Espíritu provoca impresiones opuestas. A unos les parece que los que hablan están borrachos y parlotean sin sentido, otros entienden su hablar como alabanza a la obra salvadora de Dios. A los oyentes dispuestos a creer, receptivos, el Espíritu les concede comprender el sentido y contenido del lenguaje de los discípulos y por eso les parece que los discípulos hablan en su idioma materno (A. Wikenhauser, Die Apostelgeschichte (1938), 29).

Los Padres de la Iglesia ven en este acontecimiento un milagro de idiomas por el que la Iglesia es simbolizada como Iglesia de todas las lenguas. La escena se sitúa en paralelo a la narración del Génesis sobre la dispersión de los pueblos y confusión de idiomas (Gen. 11, 1-9). Mientras que entonces los hombres no se entendían, aunque antes todos hablaban el mismo idioma, el día de Pentecostés se entendían, aunque hablaban muchos idiomas. Muchas veces los Padres ven en el acontecimiento de Pentecostés la milagrosa facultad de los Apóstoles de predicar el Evangelio en todos los idiomas. Las lenguas de fuego anuncian el futuro don de lenguas de los Apóstoles. Por otra parte, el Espíritu obra la mutua comprensión de hombres que hablan distinto idioma. En la liturgia dominicana de la fiesta de Pentecostés dice la oración: «Oh Dios, que por la multiplicidad de idiomas reuniste a los gentiles en la unidad de la fe.» San Agustín explica (Sermo 266, PL 38, 1225): «Cada uno de ellos habla todas las lenguas, cada varón habla todas, porque la Iglesia es única y una, que un día alabará a Dios in todas las lenguas de la tierra. Y ya ahora todas esas lenguas pertenecen a cada uno de nosotros, porque somos los miembros del Cuerpo único, que las habla.» Rupert von Deutz habla de modo semejante (De divinis of ficüs X, 3; PL 170, 264): « A1 derramarse el Espíritu Santo, cosa que nosotros celebramos, se cumplió lo que había sido prometido a nuestro padre Abraham. Empezó a cumplirse cuando el Espíritu Santo, tomando invisiblemente posesión del corazón de los Apóstoles, instituyó un nuevo signo de santificación: que en su boca se encontraran todas las lenguas del mundo» (véase H. de Lubac, Katholizismus, 50 y sig.). Aunque tales interpretaciones no hacen justicia al texto de los Hechos de los Apóstoles, testifican, sin embargo, la fe de los Padres, en que la Iglesia no se limita a un idioma, sino que es Iglesia de todas las lenguas.

El primero que abrió a los gentiles las puertas de la Iglesia de Cristo fue el apóstol Pedro. El Apóstol que más éxito tuvo entre los gentiles fue Pablo (véase § 167 c, cap. 3, art. 5 y art. 9, 5). Aunque estos varones se apartaron de su fe judía y profesaron el Cristianismo, jamás negaron, sino que siempre acentuaron la relación de la Iglesia neotestamentaria con el antiguo pueblo de Dios (véase, por ejemplo, Act. 1-5; 13, 17 y sigs.; Lc. 1-2; 13, 16; 19, 20). Sólo porque reconocieron y proclamaron la continuidad de la historia de la salvación, dieron testimonio de la catolicidad tanto externa como interna de la Iglesia. Mientras que A. von Harnack pasó por alto estas relaciones (véase § 167 b, VI, 4), fueron claramente reconocidas por el sociólogo Max Weber. Harnack escribe (Marcion. Das Evangelium vom fremden Gott, 1921, 148 y sig.): «Rechazar el Antiguo Testamento en el siglo it fue un error..., pero desde el siglo xix conservarlo todavía en el Protestantismo como fuente canónica es la consecuencia de una falta de dirección religiosa» (lo mismo piensa Em. Hirsch, Das Alte Testament und die Predigt des Evangeliums, 1936). Bien dice, en cambio, Max Weber (Religionssoziologie IIf, 6 y sig.): «Sin la aceptación del Antiguo Testamento como libro sagrado habrían existido sobre la base del Helenismo muchas sectas pneumáticas y muchas comunidades de misterios con culto al Kyrios Christos, pero jamás habrían existido una Iglesia cristiana y una ética cristiana de la vida diaria. Pero sin la emancipación de los rituales preceptos de la Thora, que eran la razón del extrañamiento y división en castas de los judíos, la comunidad cristiana se hubiera quedado, lo mismo que los Esénios y Terapeutas, en una pequeña secta del pueblo paria judío.»

III. Testimonio de los Santos Padres

Los Padres defendieron con gran decisión la catolicidad espacial de la Iglesia. Sin embargo; no cae en una mera mística. de los números. La grandeza espacial de la Iglesia es, más bien, para ellos una revelación de su fuerza´ interior. En la Doctrina de los doce Apóstoles (9, 4) está la afirmación siguiente: « Lo mismo que este pan partido fue dispersado en la montaña y reunido se hizo uno, así se reúne tu Comunidad en tu Reino desde los confines de la tierra.» También dice (10, 5): « Reúnelos desde los cuatro vientos, a los santos, en tu reino.» San Ambrosio se imagina, que todo el orbis terrarum descansa en el seno de la Iglesia. Todos los hombres sin distinción de origen, raza o posición en la vida, están llamados a la unidad en Cristo. La Iglesia representa, según él, germinalinente esa unidad ya desde el principio. Se le aparece inmedible como el mundo y como el cielo, con Cristo que.es su sol (In Ps. 118, 12, 25; PL 15, 1369). Tertuliano encomia con exageración retórica la extensión de la Iglesia por toda la tierra. Pero lo más importante de sus explicaciones está en que la tan extendida Iglesia llena el ser de todos los hombres, porque el alma humana, como él dice, es naturaliter christiana, cristiana por naturaleza (Adversus Judaeos, c. 7; PL 2, 609-612; véase también De testimonia animae, c. 6).

Optatus de Mileve, como hemos consignado en el capítulo anterior, ve en el obispo de Roma el garante de la unidad de toda la Iglesia. Quien vive en comunión con él, está en comunidad con toda la cristiandad. Esta argumentación presupone que la Iglesia misma es una unidad. Frente a los donatistas Optatus insiste decididamente en que pretenden reducir la Iglesia de Cristo a la reducida parte de Africa en que ellos viven. Con ello contradicen a la Escritura que promete como herencia al Señor de todos los pueblos y un reinado hasta los confines de la tierra. La verdadera Iglesia es mundial y de todos los pueblos, porque se compone de todas las naciones. Es el pueblo de Dios reunido de los pueblos mundanos (J. Ratzinger, o. c., 102-106). Para comprender a Optatus de Mileve es importante darse cuenta de que frente a los donatistas no sólo acentúa la superioridad numérica, sino la potencia de la Iglesia para acoger en sí a todos los pueblos, mientras que la Iglesia donatista no sólo se limita de hecho a un pequeño rincón de la tierra, sino que no puede salir de él ni traspasarlo. San Agustín continúa las ideas de Optatus. La Iglesia de Cristo se caracteriza, según él, por el hecho de no ser únicamente una escuela para unos pocos cultivados, sino que dentro de sus muros encuentra morada también el pueblo ignorante, lo mismo hombres que mujeres (de modo distinto piensa Ratzinger, 31) y se extiende a través de todos los pueblos (De utilitate credendi 17, 35). En numerosas explicaciones expone San Agustín que la verdadera Iglesia abarca a todos los pueblos. Sus Homilias, sus Explicaciones de los Salmos y sus Tratados sobre el evangelio de San Juan ofrecen gran abundancia de textos sobre ello. San Agustín encuentra profetizada la universalidad de la Iglesia en el Antiguo y Nuevo Testamento. Se basa en Ps. 2, 8, y 8, 5, pero sobre todo en Lc. 24, 44-47, y Gen. 22, 18. El texto de San Lucas dice: «Les dijo: Esto es lo que yo os decía estando aún con vosotros, que era preciso que se cumpliera todo lo que está escrito en la Ley de Moisés y en los Profetas y en los Salmos de mí. Entonces les abrió la inteligencia para que entendiesen las Escrituras, y les dijo: Que así estaba escrito, que el Mesías padeciese y al tercer día resucitase de entre los muertos, y que se predicase en su nombre la penitencia para la remisión de los pecados a todas las naciones, comenzando por Jerusalén» (Lc: 24, 44-47). San Agustín ve en este texto la profecía viejotestamentaria de la Católica, garantizada por el mismo Cristo. Encuentra otro texto escriturístico de este tipo en Gen. 22, 18: « En tu descendencia serán bendecidos todos los pueblos.» Según Gal. 3, 16 tal descendencia es Cristo. San Agustín se aprovecha de esta interpretación de San Pablo (Contra litt. Petil. I, 23, 25; PL 43, 256) para explicar que la Iglesia de los pueblos es el pueblo de Dios de la descendencia de Abraham. Ante sí ve a la Iglesia extendida por todos los países, cuando la describe como pueblo de Cristo edificado por todos los pueblos (J. Ratzinger, 127-133). También para juzgar a San Agustín es importante tener en cuenta que no se refiere únicamente a la extensión, materialiter dada, de la Iglesia por todo el mundo, sino que tal extensión le demuestra la catolicidad de la Iglesia, porque en ella se manifiesta la fuerza que Cristo ha infundido a la Iglesia. En cambio es propio de los donatistas con su particularismo local el espíritu de secta (véase, por ejemplo, De agone christiano, 31; Contra litt. Petiliani II, 8, 20; 1, 23, 25; II, 39, 94, etc.; Contra epist. Parmeniani II, 38, etc.). Y así para él el elemento esencial de la catolicidad es el vínculo de la paz que reúne a todos los que pertenecen a la Iglesia. Ya San Gregorio Nacianceno había atestiguado que la Iglesia es consciente de su esencial catolicidad cuando clama por boca del profeta: «Entonces dirán a tus oídos los hijos de la.madre que los había perdido: La tierra es demasiado estrecha para mí, hazme lugar para que habite en ella» (Is. 49, 20). V. Sermón sobre el bautismo de Cristo; PG 46, 577. Paciano (j- antes del 392) encontró acertada y decisivamente la expresión de que la catolicidad no es ciertamente la esencia, pero sí una propiedad esencial de la Iglesia, cuando dice: «Christianus mihi nomen, catholicus cognomen» (Carta a Symporon. 4; PL 13, 10, 5). Influído por San Agustín, dice San Isidoro de Sevilla (Sententiae I, 16; PL 85, 572): «La Iglesia es llamada católica, porque se extiende universalmente por todo el mundo..., las herejías, en cambio, se ven forzadas a habitar en cualquier rincón del mundo o en un pueblo particular. Pero como la Iglesia católica se extiende por todo el mundo, está edificándose por la agregación de todos los pueblos gentiles» (V. H. de Lubac, Katholizismus als Gemeinschaft, trad. por Hans Urs von Balthasar, 1943, 44-51).

IV. Catolicidad fáctica de la Iglesia romano-católica

La Iglesia romano-católica posee la propiedad esencial de la catolicidad tanto en sentido personal, como en sentido objetivosalvífico-ontológico.

Respecto a la catolicidad personal da testimonio inequívoco la historia. En la Edad Media se creía, que el Evangelio se había predicado, según el mandato de Jesucristo, a todos los pueblos. El descubrimiento del Nuevo Mundo quebrantó en gran medida tal convicción, pues se reconoció que el mundo era mucho más grande que lo que hasta entonces se suponía. Sin embargo, ello condujo a una nueva actividad misionera desarrollada sobre todo por jesuitas y franciscanos. Hoy es difícil decidir si el Evangelio ha llegado ya a todos los pueblos. Pero como hemos dicho, eso no es lo esencial. Lo esencial es que la Iglesia tiene capacidad y fuerza para dirigirse con su Evangelio a todos los hombres. La razón más profunda de ello hay que verla, en que el Evangelio es un mensaje de Dios al que todos los hombres están abiertos.

Por lo que respecta a la universalidad salvífico-ontológica, la Iglesia predica la Revelación completa y sin reducciones. Transmite a los hombres toda la salvación preparada por Cristo sin excepción o exclusión alguna. La instrucción De motione oecumenica del 20 de diciembre de 1949 acentuó decididamente que la Iglesia se sabe en posesión de toda la verdad y de todos los bienes de salvación y que, por tanto, nada de verdad o salvación puede conseguir de las demás confesiones. Aquí interesa el siguiente texto: «Respecto al método a seguir, los obispos mandarán qué hay que hacer y qué hay que omitir, y se cerciorarán de que todos siguen sus preceptos a ello referentes. Además vigilarán para que, bajo el falso pretexto de que hay que atender más a lo que. nos une que a lo que nos separa, no se fomente un peligroso indiferentismo, sobre todo en quienes son menos experimentados en cuestiones teológicas y cuya práctica religiosa es más bien débil. Pues hay que guardarse de que por un espíritu que hoy suele llamarse «irénico», las doctrinas católicas-ya se trate de dogmas o de doctrinas relacionadas con los dogmassean de tal modo adaptadas a las doctrinas de los disidentes mediante estudios comparativos y en un vano esfuerzo de igualar progresivamente las diversas Confesiones religiosas, que padezca por ello la pureza de la doctrina católica o se oscurezca su verdadero y seguro contenido.

»Desterrarán también aquellos modos de expresión, de que resultan falsas concepciones o engañadoras esperanzas que jamás pueden ser cumplidas, así, por ejemplo, cuando se afirma que lo que dicen las encíclicas de los papas sobre la vuelta de los disidentes a la Iglesia, sobre la constitución de la Iglesia o sobre el Cuerpo místico de Cristo no debe ser exageradamente valorado, porque no todo es precepto de fe, o, lo que es todavía peor, que en cuestiones dogmáticas la Iglesia católica no posee la plenitud de Cristo, sino que en eso puede ser todavía perfeccionada por otras. Con el mayor cuidado e insistencia se manifestarán contra el hecho de que en la exposición de la Reforma y en la historia de los Reformadores se exageren tanto las faltas de los católicos y se palie de tal modo la culpa de los Reformadores o se destaquen tan en primer plano cosas accesorias, que con ello apenas se puede ver o valorar lo principal, a saber, su apartamiento de la fe católica. Finalmente vigilarán, no sea que por exagerado y falso celo exterior o por comportamientos imprudentes y llamativos, en vez de favorecerlo, se perjudique el fin pretendido.

»Por tanto, hay que exponer y explicar toda 1a doctrina católica. sin reducción alguna. De ningún modo se debe callar o velar con palabras equívocas lo que la doctrina católica. dice sobre la verdadera naturaleza y grados de la justificación, sobre la constitución de la Iglesia, sobre el primado de jurisdicción del papa romano, sobra la única verdadera unión mediante la vuelta de los disidentes a la única. verdadera Iglesia de Cristo. Se les puede decir ciertamente que con su vuelta a la Iglesia no pierden de ningún modo el bien que hasta ahora les ha sido concedido por gracia de Dios, sino que con la vuelta se hará más perfecto y cumplido. En todo caso se ha de evitar hablar de estas cosas de modo tal que nazca en ellos la creencia de que con la vuelta ellos aportan a la Iglesia algo esencial de lo que hasta entonces ha estado privada. Esto ha de ser dicho en claras e inequívocas palabras, primero, porque buscan la verdad, y después, porque jamás puede haber una verdadera unidad fuera de la verdad.»

La «Instrucción» acentúa, por tanto, que la Iglesia posee quoad substantiam la plenitud de la verdad y de los bienes salvadores y que no pueden traerle ningún enriquecimiento quoad substantiam la vuelta a los disidentes, se trate de individuos o de grupos. En razón de su fe de que es la verdadera Iglesia de Cristo, no puede ni le está permitido defender ninguna otra doctrina. Este hecho ha sido reconocido por parte de los Evangelistas, cuando, por ejemplo, Skydsgaad dice (Die rómischkatholische Kirche und die aekumenische Bewegung, en: «Die Kirche in Gottes Heilsplan», 173 y sig.): «La actitud de la Iglesia romano-católica tiene que ser explicada desde motivos mucho más hondos y esenciales, tal como ahora entendemos mucho mejor que antes. Cuando Roma afirma que la unidad de la Iglesia no es ninguna meta ante nosotros, sino algo que ya se ha hecho concreto en la Iglesia romano-católica, porque ella sola es la Iglesia santa y católica y, por tanto, la única Iglesia de Jesucristo, y cuando además afirma que la verdadera re-unión sólo puede tener la forma de un re-ajuste a esta unidad, ello no es, por su parte, ninguna especie de imperialismo espiritual, sino expresión de una concepción especial de la esencia de la Iglesia y de su unidad.»

La explicación de la «Instrucción» no impide, sin embargo, suponer que la posesión-existente ya quoad substantiam-de la verdad y bienes de salvación se desarrolla quoad accidens. Toda la historia de la Iglesia está dominada por la ley del desarrollo. Se manifiesta sobre todo en la evolución de los dogmas. Cuando en la Iglesia aparecen cuestiones nuevas o surgen peligros contra su fe, puede darles respuesta profundizando con ayuda del Espíritu Santo en la Sagrada Escritura y en la Tradición. Este hecho aparece con la máxima claridad en los dogmas marianos, porque en ellos el desarrollo se ha cumplido con la máxima intensidad. Pero también puede verse en los dogmas cristológicos. Para su nacimiento y formulación han sido fuerte estímulo y ayuda tanto la filosofía griega como el pensamiento judío. Los disidentes, que entran en la Iglesia, con cuestiones que surjan de su problemática especial pueden introducir de modo semejante nuevos movimientos de desarrollo en el conocimiento de la fe de la Iglesia. Esto no produciría en ningún modo un enriquecimiento o aumento de la sustancia de la Revelación. sino una profundización y esclarecimiento del conocimiento creyente de la Revelación. Lo creído hasta entonces implícitamente, se elevaría hasta la claridad de lo explícitamente creído. Las cuestiones de los disidentes acarrearían, por tanto, lo mismo que en la antigüedad las cuestiones de griegos y judíos, un movimiento en el estado de la fe, que contribuiría no a su enajenación, sino a su omnilateral comprensión. El teólogo francés Journet (L´Église du Verbe Incarné. Essai du Theologie speculative rI (1951), 1222) observa a propósito de esto: «A la catolicidad de la Iglesia no le falta lo que poseen los disidentes, pero sí lo que a ellos les falta y poseerían si estuvieran plenamente incorporados a la Iglesia. Hay que contar con la posibilidad de que la catolicidad ontológica de la Iglesia fuera más plenamente actualizada, si las comunidades religiosas disidentes volvieran a la Iglesia.» El teólogo Llamera, dominico español (XII Semana Española de Teología, 320), espera que la vuelta de los disidentes podría traer consigo una «amplificación vital» de la catolicidad de la Iglesia. C. Colombo (É possibile la riunione dei Cristiani?, en: «La Scuola cattolica» (1949), 302) espera que tal vuelta provocaría una mayor abundancia y riqueza en la actualización de los valores cristianos, que la Iglesia tiene ciertamente en germen pero no siempre ni en todas partes plenamente desarrollados.

También se puede apuntar que tales disidentes aceptan una y la misma verdad de fe con especiales vibraciones sentimentales propias de ellos y, por tanto, lo manifestarían con especial intensidad en su vida. Congar cree que a la Iglesia eslava y nórdica les faltará la gracia una y multicolor de Cristo mientras la Rusia ortodoxa y la luterana Escandinavia estén separadas de Roma. En las disposiciones naturales de estos pueblos habría un modo completamente determinado de ser cristiano, distinto del modo latino y anglosajón. Mientras esas características no sean totalmente acogidas en la Iglesia visible, faltaría algo a la realización actual de la catolicidad de la Iglesia y a su forma expresiva, unque de ningún modo al estado de la Revelación que siempre es igual e inmutable. (Sobre este último punto véase Th. Sartory, o. c., 95, 191-194). Tal crecimiento jamás significaría un enriquecimiento quoad substantiam vel essentiam.MICHAEL SCHMAUS - TEOLOGÍA DOGMÁTICA
IV. LA IGLESIA - Edic Rialp, S.A. Madrid-1960, págs. 576-595

 

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LA SUCESIÓN APOSTÓLICA DE LA IGLESIA

 

 

Nota introductoria: Toda la Iglesia es el Cuerpo de Cristo, el Pueblo de Dios, el templo del Espíritu Santo. Y todos los miembros de la Iglesia tienen la misma fundamental dignidad de los hijos de Dios, tienen por cabeza a Cristo y tienen por fin la dilatación del reino de Dios. Pero no todos tienen las mismas funciones dentro de la comunidad, ni las mismas responsabilidades. Y esto no sólo por la necesidad inherente a toda comunidad bien organizada, sino por voluntad expresa del Señor, que cimentó la Iglesia sobre el ministerio apostólico unido en la roca de Pedro y perpetuado hasta el final de los tiempos en sus sucesores. Ellos son los que han recibido de Cristo la misión de fundar y perpetuar la Iglesia, predicando la palabra de Dios, de la cual fueron hechos depositarios auténticos; confiriendo los sacramentos de la nueva Alianza, y organizando la Iglesia con autoridad recibida de Cristo y no por delegación de la comunidad. Esto quiere decir que la estructura sacramental de la Iglesia divino-humana es jerárquica, o sea, que la responsabilidad última respecto a la fiel transmisión de la Palabra de Dios, a la administración de los sacramentos y a la dirección de la Iglesia, no reside en el pueblo indiferenciado, sino en aquella parte del Pueblo de Dios que ha recibido de Cristo, a través de la sucesión apostólica, el encargo de enseñar, de santificar y de regir la Iglesia. La fe de la Iglesia afirma que éstos son los obispos. También afirma que el episcopado tiene su principio de unidad en el sucesor de Pedro, el obispo de Roma. Trascribimos aquí algunos textos del magisterio en relación a la autoridad de los obispos como sucesores de los apóstoles. Es de notar que las dudas sobre este tema surgen en la Iglesia casi exclusivamente a partir de la Reforma de los “protestantes”, es decir unos quince siglos después de Cristo. Por este motivo las pronunciaciones del magisterio antes de la reforma son indirectas.

Véanse los artículos sobre la sucesión apostólica en la Escritura, en los Padres de la Iglesia de los cuatro primeros siglos y un breve artículo de presentación del tema de A. Lang.

 

1.- Carta del papa Clemente Romano a los corintios (alrededor del año 97)[1]

Los apóstoles fueron constituidos por el Señor Jesucristo los predicadores del evangelio para nosotros; Jesucristo fue enviado por dios. Así, pues, Cristo fue enviado por Dios; los apóstoles, por Cristo; y ambas cosas se realizaron ordenadamente, según la voluntad de Dios. Así, pues, recibido el mandato los apóstoles y plenamente asegurados por la resurrección del Señor Jesucristo y confirmados en la fe por la palabra de Dios, salieron con la plena seguridad que les infundió el Espíritu Santo, dando la buena noticia de que el reino de Dios estaba para llegar. Y así, a medida que iban predicando por lugares y ciudades, iban estableciendo -después de probarlos en el espíritu- a las primicias de ellos, como obispos y diáconos de los que habían de creer. […] Y también nuestros apóstoles conocieron por nuestro Señor Jesucristo que habría de haber emulación por el episcopado. Por esta razón, con pleno conocimiento de lo que había de suceder, establecieron a los susodichos y dieron para lo sucesivo la norma de que cuando ellos murieran, otros hombres probados les sucedieran en el ministerio. Así, pues, los hombres establecidos por ellos, o después por otros varones eximios, en comunidad de sentimientos con toda la Iglesia; hombres que han servido irreprochablemente al rebaño de Cristo con espíritu de humildad, pacífica y desinteresadamente; que durante mucho tiempo han gozado de la aprobación de todos; estos hombres creemos que en justicia no pueden ser apartados de su ministerio”.[2]

2.- Carta del papa Julio I a los antioquenos (año 341)[3]

“Y si de verdad, como decís, había alguna culpa contra ellos, se tenía que haber celebrado el juicio conforme con las normas de la Iglesia y no de esa manera. Se nos debió de haber escrito a todos nosotros para que se hubiera determinado por todos lo que era justo. Porque eran obispos los que padecían y no eran iglesias vulgares las que sufrían, sino aquellas que los mismos apóstoles gobernaron personalmente. ¿Por qué no se nos escribió, sobre todo tratándose de Alejandría? ¿Es que ignoráis, por ventura, que ésa es la costumbre? Que primero se nos escriba, y desde aquí se determine lo que es justo. Desde luego, si recaía alguna sospecha sobre el obispo de allí, había que haberlo escrito al obispo de aquí (Roma)”[4].

 

3.- SÍNODO DE SENS (bajo el Papa Inocencio II, año 1140-1141) contra los errores de Pedro Abelardo

Entre la lista de errores reprobados por el Sínodo de lee el siguiente:

“La potestad de atar y desatar fue dada solamente a los Apóstoles, no a sus sucesores”[5]

 

4.- CONCILIO DE FLORENCIA, Bula sobre la unión con los armenios (año 1439) 

“El ministro ordinario -de la confirmación- es el obispo. Y aunque el simple sacerdote puede administrar las demás unciones, ésta no debe conferirla más que el obispo, porque sólo de los Apóstoles - cuyas veces hacen los obispos- se lee que daban el Espíritu Santo por la imposición de las manos, como lo pone de manifiesto el pasaje de los Hechos de los Apóstoles” (8,14-17).[6]

 

5.- Concilio de Trento, Sesión XXIII (año 1563)

“Y por cuanto en el sacramento del Orden, así como en el Bautismo y Confirmación, se imprime un carácter que ni se puede borrar, ni quitar, con justa razón el santo Concilio condena la sentencia de los que afirman que los sacerdotes del nuevo Testamento sólo tienen potestad temporal, o por tiempo limitado, y que los legítimamente ordenados pueden pasar otra vez a legos, sólo con que no ejerzan el ministerio de la predicación. Porque cualquiera que afirmase que todos los cristianos son promiscuamente sacerdotes del nuevo Testamento, o que todos gozan entre sí de igual potestad espiritual; no haría más que confundir la jerarquía eclesiástica, que es en sí como un ejército ordenado en la campaña; y sería lo mismo que si contra la doctrina del bienaventurado san Pablo, todos fuesen Apóstoles, todos Profetas, todos Evangelistas, todos Pastores y todos Doctores. Movido de esto, declara el santo Concilio, que además de los otros grados eclesiásticos, pertenecen en primer lugar a este orden jerárquico, los Obispos, que han sucedido en lugar de los Apóstoles; que están puestos por el Espíritu Santo, como dice el mismo Apóstol, para gobernar la Iglesia de Dios (Hechos 20,28); que son superiores a los presbíteros; que confieren el sacramento de la Confirmación; que ordenan los ministros de la Iglesia, y pueden ejecutar otras muchas cosas, en cuyas funciones no tienen potestad alguna los demás ministros de orden inferior. Enseña además el santo Concilio, que para la ordenación de los Obispos, de los sacerdotes, y demás órdenes, no se requiere el consentimiento, ni la vocación, ni autoridad del pueblo, ni de ninguna potestad secular, ni magistrado, de modo que sin ella queden nulas las órdenes; antes por el contrario decreta, que todos los que destinados e instituidos sólo por el pueblo, o potestad secular, o magistrado, ascienden a ejercer estos ministerios, y los que se los arrogan por su propia temeridad, no se deben estimar por ministros de la Iglesia, sino por rateros y ladrones que no han entrado por la puerta. Estos son los puntos que ha parecido al sagrado Concilio enseñar generalmente a los fieles cristianos sobre el sacramento del Orden; resolviendo al mismo tiempo condenar la doctrina contraria a ellos, en propios y determinados cánones, del modo que se va a exponer, para que siguiendo todos, con el auxilio de Jesucristo, esta regla de fe, puedan entre las tinieblas de tantos errores, conocer fácilmente las verdades católicas, y conservarlas”.

 

6. Concilio Vaticano i, Sesión iv (año 1870) 

“Ahora bien, tan lejos está esta potestad del Sumo Pontífice de dañar a aquella ordinaria e inmediata potestad de jurisdicción episcopal por la que los obispos que, puestos por el Espíritu Santo (cf. Hechos 20,28), sucedieron a los Apóstoles, apacientan y rigen, como verdaderos pastores, cada uno la grey que le fue designada…”[7]

 

7. CONCILIO VATICANO II, Lumen Gentium (1964), Núm. 19-27.

(Incluimos sólo las notas que revisten particular importancia; para todas las notas del texto confrontar una edición de papel. Los subtítulos no son parte del documento, se los introduce claritate causa)

La institución de los Apóstoles

19. El Señor Jesús, después de haber hecho oración al Padre, llamando a sí a los que El quiso, eligió a los doce para que viviesen con El y enviarlos a predicar el Reino de Dios (cf. Mc., 3,13-19; Mt., 10,1-42): a estos, Apóstoles (cf. Lc., 6,13) los fundó a modo de colegio, es decir, de grupo estable, y puso al frente de ellos, sacándolo de en medio de los mismos, a Pedro (cf. Jn., 21,15-17). A éstos envió Cristo, primero a los hijos de Israel, luego a todas las gentes (cf. Rom., 1,16), para que con la potestad que les entregaba, hiciesen discípulos suyos a todos los pueblos, los santificasen y gobernasen (cf. Mt., 28,16-20; Mc., 16,15; Lc., 24,45-48; Jn., 20,21-23) y así dilatasen la Iglesia y la apacentasen, sirviéndola, bajo la dirección del Señor, todos los días hasta la consumación de los siglos (cf. Mt., 28,20). En esta misión fueron confirmados plenamente el día de Pentecostés (cf. Act., 2,1-26), según la promesa del Señor: "Recibiréis la virtud del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos así en Jerusalén como en toda la Judea y Samaría y hasta el último confín de la tierra" (Act., 1,8). Los Apóstoles, pues, predicando en todas partes el Evangelio (cf. Mc., 16,20), que los oyentes recibían por influjo del Espíritu Santo, reúnen la Iglesia universal que el Señor fundó sobre los Apóstoles y edificó sobre el bienaventurado Pedro su cabeza, siendo la piedra angular del edificio Cristo Jesús (cf. Ap., 21,14; Mt., 16,18; Ef., 2,20).

Los Obispos, sucesores de los Apóstoles

20. Esta divina misión confiada por Cristo a los Apóstoles ha de durar hasta el fin de los siglos (cf. Mt., 28,20), puesto que el Evangelio que ellos deben transmitir en todo tiempo es el principio de la vida para la Iglesia. Por lo cual los Apóstoles en esta sociedad jerárquicamente organizada tuvieron cuidado de establecer sucesores.

En efecto, no sólo tuvieron diversos colaboradores en el ministerio[8], sino que a fin de que la misión a ellos confiada se continuase después de su muerte, los Apóstoles, a modo de testamento, confiaron a sus cooperadores inmediatos el encargo de acabar y consolidar la obra por ellos comenzada[9], encomendándoles que atendieran a toda la grey en medio de la cual el Espíritu Santo, los había puesto para apacentar la Iglesia de Dios (cf. Act., 20,28). Establecieron, pues, tales colaboradores y les dieron la orden de que, a su vez, otros hombres probados, al morir ellos, se hiciesen cargo del ministerio[10]. Entre los varios ministerios que ya desde los primeros tiempos se ejercitan en la Iglesia, según testimonio de la tradición, ocupa el primer lugar el oficio de aquellos que, constituidos en el episcopado, por una sucesión que surge desde el principio[11], conservan la sucesión de la semilla apostólica primera[12]. Así, según atestigua San Ireneo, por medio de aquellos que fueron establecidos por los Apóstoles como Obispos y como sucesores suyos hasta nosotros, se pregona[13] y se conserva[14] la tradición apostólica en el mundo entero.

Así, pues, los Obispos, junto con los presbíteros y diáconos, recibieron el ministerio de la comunidad[15] para presidir sobre la grey en nombre de Dios como pastores[16], como maestros de doctrina, sacerdotes del culto sagrado y ministros dotados de autoridad[17]. Y así como permanece el oficio concedido por Dios singularmente a Pedro como a primero entre los Apóstoles, y se transmite a sus sucesores, así también permanece el oficio de los Apóstoles de apacentar la Iglesia, oficio que permanentemente ejercita el orden sacro de los Obispos[18]. Por eso enseña este sagrado Sínodo que los Obispos han sucedido por institución divina en el lugar de los Apóstoles[19] como pastores de la Iglesia, y quien a ellos escucha, a Cristo escucha, a quien los desprecia a Cristo desprecia y al que le envió (cf. Lc., 10,16)[20].

El episcopado como sacramento

21. Así, pues, en los Obispos, a quienes asisten los presbíteros, Jesucristo nuestro Señor está presente en medio de los fieles como Pontífice Supremo. Porque, sentado a la diestra de Dios Padre, no está lejos de la congregación de sus pontífices, sino que principalmente, a través de su servicio eximio, predica la palabra de Dios a todas las gentes y administra sin cesar los sacramentos de la fe a los creyentes y, por medio de su oficio paternal (cf. 1Cor., 4,15), va agregando nuevos miembros a su Cuerpo con regeneración sobrenatural; finalmente, por medio de la sabiduría y prudencia de ellos rige y guía al Pueblo del Nuevo Testamento en su peregrinación hacia la eterna felicidad. Estos pastores, elegidos para apacentar la grey del Señor, son los ministros de Cristo y los dispensadores de los misterios de Dios (cf. 1Cor., 4,1), y a ellos está encomendado el testimonio del Evangelio de la gracia de Dios (cf. Rom. 15,16; Act., 20,24) y la administración del Espíritu y de la justicia en gloria (cf. 2Cor., 3,8-9).

Para realizar estos oficios tan altos, fueron los apóstoles enriquecidos por Cristo con la efusión especial del Espíritu Santo (cf. Act., 1,8; 2,4; Jn., 20, 22-23), y ellos, a su vez, por la imposición de las manos transmitieron a sus colaboradores el don del Espíritu (cf. 1Tim., 4,14; 2Tim., 1,6-7), que ha llegado hasta nosotros en la consagración episcopal. Este Santo Sínodo enseña que con la consagración episcopal se confiere la plenitud del sacramento del Orden, que por esto se llama en la liturgia de la Iglesia y en el testimonio de los Santos Padres "supremo sacerdocio" o "cumbre del ministerio sagrado"[21]. Ahora bien, la consagración episcopal, junto con el oficio de santificar, confiere también el oficio de enseñar y regir, los cuales, sin embargo, por su naturaleza, no pueden ejercitarse sino en comunión jerárquica con la Cabeza y miembros del Colegio. En efecto, según la tradición, que aparece sobre todo en los ritos litúrgicos y en la práctica de la Iglesia, tanto de Oriente como de Occidente es cosa clara que con la imposición de las manos se confiere la gracia del Espíritu Santo[22] y se imprime el sagrado carácter, de tal manera que los Obispos en forma eminente y visible hagan las veces de Cristo, Maestro, Pastor y Pontífice y obren en su nombre[23]. Es propio de los Obispos el admitir, por medio del Sacramento del Orden, nuevos elegidos en el cuerpo episcopal.

 

 

 

El Colegio de los Obispos y su Cabeza

22. Así como, por disposición del Señor, San Pedro y los demás Apóstoles forman un solo Colegio Apostólico, de igual modo se unen entre sí el Romano Pontífice, sucesor de Pedro, y los Obispos sucesores de los Apóstoles. Ya la más antigua disciplina, conforme a la cual los Obispos establecidos por todo el mundo comunicaban entre sí y con el Obispo de Roma por el vínculo de la unidad, de la caridad y de la paz[24], como también los concilios[25], convocados para resolver en común las cosas más importantes[26] después de haber considerado el parecer de muchos[27], manifiestan la naturaleza y forma colegial propia del orden episcopal. Forma que claramente demuestran los concilios ecuménicos que a lo largo de los siglos se han celebrado. Esto mismo lo muestra también el uso, introducido de antiguo, de llamar a varios Obispos a tomar parte en el rito de consagración cuando un nuevo elegido ha de ser elevado al ministerio del sumo sacerdocio. Uno es constituido miembro del cuerpo episcopal en virtud de la consagración sacramental y por la comunión jerárquica con la Cabeza y miembros del Colegio.

El Colegio o cuerpo episcopal, por su parte, no tiene autoridad si no se considera incluido el Romano Pontífice, sucesor de Pedro, como cabeza del mismo, quedando siempre a salvo el poder primacial de éste, tanto sobre los pastores como sobre los fieles. Porque el Pontífice Romano tiene en virtud de su cargo de Vicario de Cristo y Pastor de toda Iglesia potestad plena, suprema y universal sobre la Iglesia, que puede siempre ejercer libremente. En cambio, el orden de los Obispos, que sucede en el magisterio y en el régimen pastoral al Colegio Apostólico, y en quien perdura continuamente el cuerpo apostólico, junto con su Cabeza, el Romano Pontífice, y nunca sin esta Cabeza, es también sujeto de la suprema y plena potestad sobre la universal Iglesia, potestad que no puede ejercitarse sino con el consentimiento del Romano Pontífice. El Señor puso tan sólo a Simón como roca y portador de las llaves de la Iglesia (Mt., 16,18-19), y le constituyó Pastor de toda su grey (cf. Jn., 21,15ss); pero el oficio que dio a Pedro de atar y desatar, consta que lo dio también al Colegio de los Apóstoles unido con su Cabeza (Mt., 18,18; 28,16-20). Este Colegio expresa la variedad y universalidad del Pueblo de Dios en cuanto está compuesto de muchos; y la unidad de la grey de Cristo, en cuanto está agrupado bajo una sola Cabeza. Dentro de este Colegio, los Obispos, actuando fielmente el primado y principado de su Cabeza, gozan de potestad propia en bien no sólo de sus propios fieles, sino incluso de toda la Iglesia, mientras el Espíritu Santo robustece sin cesar su estructura orgánica y su concordia. La potestad suprema que este Colegio posee sobre la Iglesia universal se ejercita de modo solemne en el Concilio Ecuménico. No puede hacer Concilio Ecuménico que no se aprobado o al menos aceptado como tal por el sucesor de Pedro. Y es prerrogativa del Romano Pontífice convocar estos Concilios Ecuménicos, presidirlos y confirmarlos. Esta misma potestad colegial puede ser ejercitada por Obispos dispersos por el mundo a una con el Papa, con tal que la Cabeza del Colegio los llame a una acción colegial, o por lo menos apruebe la acción unida de ellos o la acepte libremente para que sea un verdadero acto colegial.

Relaciones de los Obispos dentro de la Iglesia

23. La unión colegial se manifiesta también en las mutuas relaciones de cada Obispo con las Iglesias particulares y con la Iglesia universal. El Romano Pontífice, como sucesor de Pedro, es el principio y fundamento perpetuo visible de unidad, así de los Obispos como de la multitud de los fieles. Del mismo modo, cada Obispo es el principio y fundamento visible de unidad en su propia Iglesia[28], formada a imagen de la Iglesia universal; y de todas las Iglesias particulares queda integrada la una y única Iglesia católica[29]. Por esto cada Obispo representa a su Iglesia, tal como todos a una con el Papa, representan toda la Iglesia en el vínculo de la paz, del amor y de la unidad.

Cada uno de los Obispos, puesto al frente de una Iglesia particular, ejercita su poder pastoral sobre la porción del Pueblo de Dios que se le ha confiado, no sobre las otras Iglesias ni sobre la Iglesia universal. Pero, en cuanto miembros del Colegio episcopal y como legítimos sucesores de los Apóstoles, todos deben tener aquella solicitud por la Iglesia universal que la institución y precepto de Cristo exigen, que si bien no se ejercita por acto de jurisdicción, contribuye, sin embargo, grandemente, al progreso de la Iglesia universal. Todos los Obispos, en efecto, deben promover y defender la unidad de la fe y la disciplina común en toda la Iglesia, instruir a los fieles en el amor del Cuerpo místico de Cristo, sobre todo de los miembros pobres y de los que sufren o son perseguidos por la justicia (cf. Mt., 5,10); promover, en fin, toda acción que sea común a la Iglesia, sobre todo en orden a la dilatación de la fe y a la difusión plena de la luz de la verdad entre todos los hombres. Por lo demás, es cosa clara que gobernando bien sus propias Iglesias como porciones de la Iglesia universal, contribuyen en gran manera al bien de todo el Cuerpo místico, que es también el cuerpo de todas las Iglesias[30].

El cuidado de anunciar el Evangelio en todo el mundo pertenece al cuerpo de los pastores, ya que a todos ellos en común dio Cristo el mandato imponiéndoles un oficio común, según explicó ya el Papa Celestino a los padres del Concilio de Efeso. Por tanto, todos los Obispos, en cuanto se lo permite el desempeño de su propio oficio, deben colaborar entre sí y con el sucesor de Pedro, a quien particularmente se le ha encomendado el oficio excelso de propagar la religión cristiana. Deben, pues, con todas sus fuerzas proveer no sólo de operarios para la mies, sino también de socorros espirituales y materiales, ya sea directamente por sí, ya sea excitando la ardiente cooperación de los fieles. Procuren finalmente los Obispos, según el venerable ejemplo de la antigüedad, prestar una fraternal ayuda a las otras Iglesias, sobre todo a las Iglesias vecinas y más pobres, dentro de esta universal sociedad de la caridad.

La divina Providencia ha hecho que en diversas regiones las varias Iglesias fundadas por los Apóstoles y sus sucesores, con el correr de los tiempos se hayan reunido en grupos orgánicamente unidos que, dentro de la unidad de fe y la única constitución divina de la Iglesia universal, gozan de disciplina propia, de ritos litúrgicos propios y de un propio patrimonio teológico y espiritual. Entre los cuales, concretamente las antiguas Iglesias patriarcales, como madres en la fe, engendraron a otras como a hijas, y con ellas han quedado unidas hasta nuestros días, por vínculos especiales de caridad, tanto en la vida sacramental como en la mutua observancia de derechos y deberes. Esta variedad de Iglesias locales, dirigidas a un solo objetivo, muestra admirablemente la indivisa catolicidad de la Iglesia. Del mismo modo las Conferencias Episcopales hoy en día pueden desarrollar una obra múltiple y fecunda a fin de que el sentimiento de la colegialidad tenga una aplicación concreta.


El ministerio de los Obispos

24. Los Obispos, en su calidad de sucesores de los Apóstoles, reciben del Señor a quien se ha dado toda potestad en el cielo y en la tierra, la misión de enseñar a todas las gentes y de predicar el Evangelio a toda criatura, a fin de que todos los hombres logren la salvación por medio de la fe, el bautismo y el cumplimiento de los mandamientos (cf. Mt., 28,18; Mc., 16,15-16; Act., 26,17ss.). Para el desempeño de esta misión, Cristo Señor prometió a sus Apóstoles el Espíritu Santo, a quien envió de hecho el día de Pentecostés desde el cielo para que, confortados con su virtud, fuesen sus testigos hasta los confines de la tierra ante las gentes, pueblos y reyes (cf. Act., 1,8; 2,1ss.; 9,15). Este encargo que el Señor confió a los pastores de su pueblo es un verdadero servicio, y en la Sagrada Escritura se llama muy significativamente "diakonía", o sea ministerio (cf. Act., 1,17-25; 21,19; Rom., 11,13; 1Tim., 1,12).

La misión canónica de los Obispos puede hacerse ya sea por las legítimas costumbres que no hayan sido revocadas por la potestad suprema y universal de la Iglesia, ya sea por las leyes dictadas o reconocidas por la misma autoridad, ya sea también directamente por el mismo sucesor de Pedro : y ningún Obispo puede ser elevado a tal oficio contra la voluntad de éste, o sea cuando él niega la comunión apostólica.

El oficio de enseñar de los Obispos

25. Entre los oficios principales de los Obispos se destaca la predicación del Evangelio. Porque los Obispos son los pregoneros de la fe que ganan nuevos discípulos para Cristo y son los maestros auténticos, es decir, herederos de la autoridad de Cristo, que predican al pueblo que les ha sido encomendado la fe que ha de creerse y ha de aplicarse a la vida, la ilustran con la luz del Espíritu Santo, extrayendo del tesoro de la Revelación las cosas nuevas y las cosas viejas (cf. Mt., 13,52), la hacen fructificar y con vigilancia apartan de la grey los errores que la amenazan (cf. 2Tim., 4,1-4). Los Obispos, cuando enseñan en comunión por el Romano Pontífice, deben ser respetados por todos como los testigos de la verdad divina y católica; los fieles, por su parte tienen obligación de aceptar y adherirse con religiosa sumisión del espíritu al parecer de su Obispo en materias de fe y de costumbres cuando él la expone en nombre de Cristo. Esta religiosa sumisión de la voluntad y del entendimiento de modo particular se debe al magisterio auténtico del Romano Pontífice, aun cuando no hable ex cathedra; de tal manera que se reconozca con reverencia su magisterio supremo y con sinceridad se adhiera al parecer expresado por él según el deseo que haya manifestado él mismo, como puede descubrirse ya sea por la índole del documento, ya sea por la insistencia con que repite una misma doctrina, ya sea también por las fórmulas empleadas.

Aunque cada uno de los prelados por sí no posea la prerrogativa de la infalibilidad, sin embargo, si todos ellos, aun estando dispersos por el mundo, pero manteniendo el vínculo de comunión entre sí y con el Sucesor de Pedro, convienen en un mismo parecer como maestros auténticos que exponen como definitiva una doctrina en las cosas de fe y de costumbres, en ese caso anuncian infaliblemente la doctrina de Cristo. la Iglesia universal, y sus definiciones de fe deben aceptarse con sumisión. Esta infalibilidad que el Divino Redentor quiso que tuviera su Iglesia cuando define la doctrina de fe y de costumbres, se extiende a todo cuanto abarca el depósito de la divina Revelación entregado para la fiel custodia y exposición.

Esta infalibilidad compete al Romano Pontífice, Cabeza del Colegio Episcopal, en razón de su oficio, cuando proclama como definitiva la doctrina de fe o de costumbres en su calidad de supremo pastor y maestro de todos los fieles a quienes ha de confirmarlos en la fe (cf. Lc., 22,32). Por lo cual, con razón se dice que sus definiciones por sí y no por el consentimiento de la Iglesia son irreformables, puesto que han sido proclamadas bajo la asistencia del Espíritu Santo prometida a él en San Pedro, y así no necesitan de ninguna aprobación de otros ni admiten tampoco la apelación a ningún otro tribunal. Porque en esos casos el Romano Pontífice no da una sentencia como persona privada, sino que en calidad de maestro supremo de la Iglesia universal, en quien singularmente reside el carisma de la infalibilidad de la Iglesia misma, expone o defiende la doctrina de la fe católica. La infalibilidad prometida a la Iglesia reside también en el cuerpo de los Obispos cuando ejercen el supremo magisterio juntamente con el sucesor de Pedro. A estas definiciones nunca puede faltar el asenso de la Iglesia por la acción del Espíritu Santo en virtud de la cual la grey toda de Cristo se conserva y progresa en la unidad de la fe.

Cuando el Romano Pontífice o con él el Cuerpo Episcopal definen una doctrina lo hacen siempre de acuerdo con la Revelación, a la cual, o por escrito, o por transmisión de la sucesión legítima de los Obispos, y sobre todo por cuidado del mismo Pontífice Romano, se nos transmite íntegra y en la Iglesia se conserva y expone con religiosa fidelidad, gracias a la luz del Espíritu de la verdad. El Romano Pontífice y los Obispos, como lo requiere su cargo y la importancia del asunto, celosamente trabajan con los medios adecuados, a fin de que se estudie como debe esta Revelación y se la proponga apropiadamente y no aceptan ninguna nueva revelación pública dentro del divino depósito de la fe.

El oficio de los Obispos de santificar

26. El Obispo, revestido como está de la plenitud del Sacramento del Orden, es "el administrador de la gracia del supremo sacerdocio", sobre todo en la Eucaristía que él mismo celebra, ya sea por sí, ya sea por otros[31], que hace vivir y crecer a la Iglesia. Esta Iglesia de Cristo está verdaderamente presente en todas las legítimas reuniones locales de los fieles, que, unidos a sus pastores, reciben también el nombre de Iglesia en el Nuevo Testamento[32]. Ellas son, cada una en su lugar, el Pueblo nuevo, llamado por Dios en el Espíritu Santo y plenitud (cf. 1Tes., 1,5). En ellas se congregan los fieles por la predicación del Evangelio de Cristo y se celebra el misterio de la Cena del Señor "a fin de que por el cuerpo y la sangre del Señor quede unida toda la fraternidad". En toda celebración, reunida la comunidad en torno al altar bajo el ministerio sagrado del Obispo[33], se manifiesta el símbolo de aquella caridad y "unidad del Cuerpo místico de Cristo sin la cual no puede haber salvación"[34]. En estas comunidades, por más que sean con frecuencia pequeñas y pobres o vivan en la dispersión, Cristo está presente, el cual con su poder da unidad a la Iglesia, una, católica y apostólica[35]. Porque "la participación del cuerpo y sangre de Cristo no hace otra cosa sino que pasemos a ser aquello que recibimos"[36].

Ahora bien, toda legítima celebración de la Eucaristía la dirige el Obispo, al cual ha sido confiado el oficio de ofrecer a la Divina Majestad el culto de la religiosa cristiana y de administrarlo conforme a los preceptos del Señor y las leyes de la Iglesia, las cuales él precisará según su propio criterio adaptándolas a su diócesis.

Así, los Obispos, orando por el pueblo y trabajando, dan de muchas maneras y abundantemente de la plenitud de la santidad de Cristo. Por medio del ministerio de la palabra comunican la virtud de Dios a todos aquellos que creen para la salvación (cf. Rom., 1,16), y por medio de los sacramentos, cuya administración sana y fructuosa regulan ellos con su autoridad, santifican a los fieles[37]. Ellos regulan la administración del bautismo, por medio del cual se concede la participación en el sacerdocio regio de Cristo. Ellos son los ministros originarios de la confirmación, dispensadores de las sagradas órdenes, y los moderadores de la disciplina penitencial; ellos solícitamente exhortan e instruyen a su pueblo a que participe con fe y reverencia en la liturgia y, sobre todo, en el santo sacrificio de la misa. Ellos, finalmente, deben edificar a sus súbditos, con el ejemplo de su vida, guardando su conducta no sólo de todo mal, sino con la ayuda de Dios, transformándola en bien dentro de lo posible para llegar a la vida terna juntamente con la grey que se les ha confiado.


Oficio de los Obispos de regir

27. Los Obispos rigen, como vicarios y legados de Cristo, las Iglesias particulares que se les han encomendado, con sus consejos, con sus exhortaciones, con sus ejemplos, pero también con su autoridad y con su potestad sagrada, que ejercitan únicamente para edificar su grey en la verdad y la santidad, teniendo en cuenta que el que es mayor ha de hacerse como el menor y el que ocupa el primer puesto como el servidor (cf. Lc., 22,26-27). Esta potestad que personalmente poseen en nombre de Cristo, es propia, ordinaria e inmediata aunque el ejercicio último de la misma sea regulada por la autoridad suprema, y aunque, con miras a la utilidad de la Iglesia o de los fieles, pueda quedar circunscrita dentro de ciertos límites. En virtud de esta potestad, los Obispos tienen el sagrado derecho y ante Dios el deber de legislar sobre sus súbditos, de juzgarlos y de regular todo cuanto pertenece al culto y organización del apostolado.

A ellos se les confía plenamente el oficio pastoral, es decir, el cuidado habitual y cotidiano de sus ovejas, y no deben ser tenidos como vicarios del Romano Pontífice, ya que ejercitan potestad propia y son, con verdad, los jefes del pueblo que gobiernan. Así, pues, su potestad no queda anulada por la potestad suprema y universal, sino que, al revés, queda afirmada, robustecida y defendida, puesto que el Espíritu Santo mantiene indefectiblemente la forma de gobierno que Cristo Señor estableció en su Iglesia.

El Obispo, enviado por el Padre de familias a gobernar su familia, tenga siempre ante los ojos el ejemplo del Buen Pastor, que vino no a ser servido, sino a servir (cf. Mt., 20,28; Mc., 10,45); y a entregar su vida por sus ovejas (cf. Jn., 10, 11). Sacado de entre los hombres y rodeado él mismo de flaquezas, puede apiadarse de los ignorantes y de los errados (cf. Hebr., 5,1-2). No se niegue a oír a sus súbditos, a los que como a verdaderos hijos suyos abraza y a quienes exhorta a cooperar animosamente con él. Consciente de que ha de dar cuenta a Dios de sus almas (cf. Hebr., 13,17), trabaje con la oración, con la predicación y con todas las obras de caridad por ellos y también por los que todavía no son de la única grey; a éstos téngalos por encomendados en el Señor. Siendo él deudor para con todos, a la manera de Pablo, esté dispuesto a evangelizar a todos (cf. Rom., 1,14-15) y no deje de exhortar a sus fieles a la actividad apostólica y misionera. Los fieles, por su lado, deben estar unidos a su Obispo como la Iglesia lo está con Cristo y como Cristo mismo lo está con el Padre, para que todas las cosas armonicen en la unidad[38] y crezcan para la gloria de Dios (cf. 2Cor., 4,15).

 

8.- Catecismo de la Iglesia Católica (año 1992), Núm. 857-865

La Iglesia es apostólica

857 La Iglesia es apostólica porque está fundada sobre los apóstoles, y esto en un triple sentido:

— Fue y permanece edificada sobre "el fundamento de los apóstoles" (Ef 2, 20; Hch 21, 14), testigos escogidos y enviados en misión por el mismo Cristo (cf Mt 28, 16-20; Hch 1, 8; 1 Co 9, 1; 15, 7-8; Ga 1, l; etc.).

— Guarda y transmite, con la ayuda del Espíritu Santo que habita en ella, la enseñanza (cf Hch 2, 42), el buen depósito, las sanas palabras oídas a los apóstoles (cf 2 Tm 1, 13-14).

— Sigue siendo enseñada, santificada y dirigida por los apóstoles hasta la vuelta de Cristo gracias a aquellos que les suceden en su ministerio pastoral: el colegio de los obispos, "a los que asisten los presbíteros juntamente con el sucesor de Pedro y Sumo Pastor de la Iglesia" (AG 5):

Porque no abandonas nunca a tu rebaño, sino que, por medio de los santos pastores, lo proteges y conservas, y quieres que tenga siempre por guía la palabra de aquellos mismos pastores a quienes tu Hijo dio la misión de anunciar el Evangelio (MR, Prefacio de los apóstoles).

La misión de los apóstoles

858 Jesús es el enviado del Padre. Desde el comienzo de su ministerio, "llamó a los que él quiso, y vinieron donde él. Instituyó Doce para que estuvieran con él y para enviarlos a predicar" (Mc 3, 13-14). Desde entonces, serán sus "enviados" [es lo que significa la palabra griega "apostoloi"]. En ellos continúa su propia misión: "Como el Padre me envió, también yo os envío" (Jn 20, 21; cf 13, 20; 17, 18). Por tanto su ministerio es la continuación de la misión de Cristo: "Quien a vosotros recibe, a mí me recibe", dice a los Doce (Mt 10, 40; cf Lc 10, 16).

859 Jesús los asocia a su misión recibida del Padre: como "el Hijo no puede hacer nada por su cuenta" (Jn 5, 19.30), sino que todo lo recibe del Padre que le ha enviado, así, aquellos a quienes Jesús envía no pueden hacer nada sin Él (cf Jn 15, 5) de quien reciben el encargo de la misión y el poder para cumplirla. Los apóstoles de Cristo saben por tanto que están calificados por Dios como "ministros de una nueva alianza" (2 Co 3, 6), "ministros de Dios" (2 Co 6, 4), "embajadores de Cristo" (2 Co 5, 20), "servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios" (1 Co 4, 1).

860 En el encargo dado a los apóstoles hay un aspecto intransmisible: ser los testigos elegidos de la Resurrección del Señor y los fundamentos de la Iglesia. Pero hay también un aspecto permanente de su misión. Cristo les ha prometido permanecer con ellos hasta el fin de los tiempos (cf Mt 28, 20). "Esta misión divina confiada por Cristo a los apóstoles tiene que durar hasta el fin del mundo, pues el Evangelio que tienen que transmitir es el principio de toda la vida de la Iglesia. Por eso los apóstoles se preocuparon de instituir... sucesores" (LG 20).


Los obispos sucesores de los apóstoles

861 "Para que continuase después de su muerte la misión a ellos confiada, encargaron mediante una especie de testamento a sus colaboradores más inmediatos que terminaran y consolidaran la obra que ellos empezaron. Les encomendaron que cuidaran de todo el rebaño en el que el Espíritu Santo les había puesto para ser los pastores de la Iglesia de Dios. Nombraron, por tanto, de esta manera a algunos varones y luego dispusieron que, después de su muerte, otros hombres probados les sucedieran en el ministerio" (LG 20; cf San Clemente Romano, Cor. 42; 44).

862 "Así como permanece el ministerio confiado personalmente por el Señor a Pedro, ministerio que debía ser transmitido a sus sucesores, de la misma manera permanece el ministerio de los apóstoles de apacentar la Iglesia, que debe ser elegido para siempre por el orden sagrado de los obispos". Por eso, la Iglesia enseña que "por institución divina los obispos han sucedido a los apóstoles como pastores de la Iglesia. El que los escucha, escucha a Cristo; el que, en cambio, los desprecia, desprecia a Cristo y al que lo envió" (LG 20).

El apostolado

863 Toda la Iglesia es apostólica mientras permanezca, a través de los sucesores de San Pedro y de los apóstoles, en comunión de fe y de vida con su origen. Toda la Iglesia es apostólica en cuanto que ella es "enviada" al mundo entero; todos los miembros de la Iglesia, aunque de diferentes maneras, tienen parte en este envío. "La vocación cristiana, por su misma naturaleza, es también vocación al apostolado". Se llama "apostolado" a "toda la actividad del Cuerpo Místico" que tiende a "propagar el Reino de Cristo por toda la tierra" (AA 2).

864 "Siendo Cristo, enviado por el Padre, fuente y origen del apostolado de la Iglesia", es evidente que la fecundidad del apostolado, tanto el de los ministros ordenados como el de los laicos, depende de su unión vital con Cristo (cf Jn 15, 5; AA 4). Según sean las vocaciones, las interpretaciones de los tiempos, los dones variados del Espíritu Santo, el apostolado toma las formas más diversas. Pero es siempre la caridad, conseguida sobre todo en la Eucaristía, "que es como el alma de todo apostolado" (AA 3).

865 La Iglesia es una, santa, católica y apostólica en su identidad profunda y última, porque en ella existe ya y será consumado al fin de los tiempos "el Reino de los cielos", "el Reino de Dios" (cf Ap 19, 6), que ha venido en la persona de Cristo y que crece misteriosamente en el corazón de los que le son incorporados hasta su plena manifestación escatológica. Entonces todos los hombres rescatados por él, hechos en él "santos e inmaculados en presencia de Dios en el Amor" (Ef 1, 4), serán reunidos como el único Pueblo de Dios, "la Esposa del Cordero" (Ap 21, 9), "la Ciudad Santa que baja del Cielo de junto a Dios y tiene la gloria de Dios" (Ap 21, 10-11); y "la muralla de la ciudad se asienta sobre doce piedras, que llevan los nombres de los doce apóstoles del Cordero" (Ap 21, 14).

 

 

NOTAS

[1] Sobre la autoridad de esta carta baste señalar que era considerada como canónico (parte de la Biblia) por algunas comunidades antiguas, como la iglesia de Siria. La escribe Clemente, obispo de Roma, a la comunidad cristiana de Corinto. Esta carta es interesante por muchos aspectos. El motivo de la misma fue la injusta deposición de varios presbíteros en la iglesia de Corinto. Contra esta sedición apela Clemente al principio de sucesión establecido por Cristo y los apóstoles; principio que establece en la Iglesia un orden jerárquico que no se puede alterar. En segundo lugar, el hecho mismo de su intervención en una iglesia distante, con fórmulas que dan a entender su responsabilidad, y parecen exigir de los corintios una verdadera obediencia, muestra que ya a finales del siglo I poseía la Iglesia romana una sólida organización, y que velaba con maternales cuidados por las comunidades lejanas.

[2] Números 42 y 44. J. Collantes, La fe de la Iglesia Católica, Madrid 1995, p. 430.

[3] Las violentas intrigas de los arrianos contra San Atanasio (298-373) se encarnizaron a la muerte del emperador Constantino (337). Con mezquinas campañas de difamación y calumnias se procuraba colocar en puestos claves a obispos simpatizantes del arrianismo, doctrina que entre otras cosas negaba la divinidad de Jesucristo. Así se había hecho en un sínodo de Tiro (335), en el que se depuso a Atanasio. Reunidos en Antioquia los obispos a la muerte de Eusebio de Cesarea (337), nombraron su sucesor al arriano Acacio; renovaron la deposición de Atanasio, tomaron por la fuerza las iglesias de Alejandría, de donde el santo luchador de Nicea tuvo que huir. Enterado el papa Julio I, escribió una severa carta a los obispos antioquenos, reclamando su derecho a ser informado y a dirimir las cuestiones entre obispos. La conciencia de esta responsabilidad y arbitraje de Roma era para entonces algo vividos como tradicional.

[4] J. Collantes, La fe de la Iglesia Católica, Madrid 1995, p. 434s.

[5] Denzinger-Hünermann 732.

[6] Denzinger-Hünermann 1318.

[7] Denzinger-Hünermann 3061.

[8] Cf. Hech 6,2-6; 11,30; 13,1; 14,23; 20,17; 1 Tes 5,12-13; Flp 1,1; Col 4,11 y pasim.

[9] Cf. Hech 20,25-27; 2 Tim 4,6s; 1 Tim 5,22; 2 Tim 2,2; Tit 1,5; San Clemente Romano, Ad Corintios­ 44,3, ed Funk, I, p. 154s.

[10] San Clemente, Ad Corintios 44,2, ed. Funk, I, p. 154s.

[11] Cf. Tertuliano, Praescr. haer. 32; San Ignacio de Antioquia, passim.

[12] Cf. Tertuliano, Praescr. haer. 32.

[13] Cf. San Ireneo, Adv. haer. III, 3,1.

[14] Cf. San Ireneo, Adv. haer. III, 2,2.

[15] San Ignacio de Antioquia, Ad Philad., prefacio, ed. Funk I p. 264.

[16] San Ignacio de Antioquia, Ad Philad 1.1; Ad Magn 6,1.

[17] San Clemente Romano, Ad Corint. 42,3-4; 44,3-4; 57,1-2; ed. Funk, I, 152-156.171s; San Ignacio de Antioquia, Ad Philad. 2; Ad Smirn. 8; Ad Magn. 3; Ad Trall. 7. San Justino, Apol., 1,65; San Cipriano, Epistol. passim.

[18] Cf. León XIII, encíclica Satis cognitum del 29 de junio de 1896.

[19] Cf. Concilio de Trento, Sesión 23, decr. De sacr. Ordinis, cap 4; Concilio Vaticano I, Sesión 4, const. dogm. De Ecclesia Christi, cap. 3; Pío XII, enc. Mystici Corporis, 29 de junio 1943.

[20] Cf. León XIII, carta Et sane, 17 diciembre 1888.

[21] En la obra Tradición Apostólica 3 (escrita alrededor del 215 por Hipólito de Roma), se atribuye al obispo el “primado del sacerdocio”; se dice para la ordenación episcopal de los presbíteros: “Completa en ellos, Señor, la cumbre del ministerio”. Se dice de los obispos: “concédeles Señor la sede episcopal para regir tu Iglesia y a todo el pueblo”.

[22] Tradición Apostólica 2.

[23] Cf. San Cipriano, Epist. 63, 14; S. Juan Crisóstomo, In 2 Tim. Hom 2,4; San Ambrosio In Ps. 38,25-26.

[24] Cf. Eusebio, Hist. Eccl. V,24,10; Dionisio, en Eusebio, ib. VII,5,2.

[25] Cf., acerca de los Concilios antiguos, Eusebio, Hist. Eccl. V,23-24; Concilio de Nicea, canon 5.

[26] Cf. Tertuliano, De ieiunio, 13.

[27] San Cipriano, Epist. 56,3.

[28] San Cipriano, Epist. 66,8. Allí dice: “El obispo en la Iglesia, y la Iglesia en el obispo”.

[29] San Cipriano, Epist. 55,24. Allí dice: “una sola Iglesia por todo el mundo dividida en muchos miembros”. También Epist. 36,4.

[30] San Hilario de Poitiers, In Ps. 14,3; San Gregorio Magno, Moral. IV,7,12.-

[31] Cf. San Ignacio de Antioquia, Ad Smyrn. 8,1.

[32] Cf. Hech 8,1; 14,22-23; 20,17 y passim.

[33] Cf. San Ignacio de Antioquia, Ad Smyrn. 8,1.

[34] Santo Tomás de Aquino, Summa Theol. III, q.73, a.3.

[35] Cf. San Agustín, C. Faustum, 12,20; Serm. 57,7.

[36] San León Magno, Serm. 63,7.

[37] Traditio Apostolica de Hipólito, 2-3.

[38] Cf. San Ignacio de Antioquia, Ad Ephes. 5,1.

  

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Si leemos con atención las Escrituras, y sobretodo sin prejuicios, veremos que el oficio que Jesús da a los Apóstoles de regir, enseñar y santificar la Iglesia de Dios no puede terminar con la muerte de éstos. Jesús tenían intención de que la Iglesia permaneciese hasta el final de los tiempos (Mt 28,20), que sea predicada a toda creatura (Mc 16,15; Mt 28,18) y que arribase hasta el confín de la tierra (Hechos 1,8).

Esta misión encomendada por Jesús a los Apóstoles es imposible llevar a cabo si el oficio de regir, enseñar y santificar no se extiende de algún modo hasta el final de los tiempos y hasta el confín de la tierra, cosa que no puede realizarse si ese oficio termina con los Apóstoles, como es obvio.

    Veamos algunos textos en particular donde se comprueba que los Apóstoles, conscientes de que ellos morirían y de que la Iglesia debía perdurar hasta el fin del mundo, y que era como "una ciudad sobre la montaña" (es decir... ¡visible!) tuvieron la intención de instituir hombres que, en lugar de ellos, gobernasen la Iglesia con autoridad, y que a su vez esos hombres instituyesen a otros en su lugar. Es lo que llamamos "sucesión apostólica". Sin duda que los Apóstoles lo hicieron no por voluntad propia, sino movidos por el Espíritu Santo, y muy probablemente por instrucciones precisas de parte del mismo Jesús, como lo dice Clemente, obispo de Roma (véase el artículo con los textos de los Padres). De este modo la autoridad que tuvieron estos sucesores de los apóstoles se considera como proveniente de Dios, y no meramente organizativa, y mucho menos "invisible", ya que estos sucesores ocupan el puesto de los Apóstoles. (Véase el artículo del magisterio de la Iglesia y el de A. Lang para la distinción entre lo que era transmisible en el oficio apostólico y lo que no lo era). Esto quedará claro luego de analizar algunos pasajes.

 

Las cartas "pastorales"

    Con razón anota Tomás de Aquino que la materia de estas cartas es "la instrucción a los que rigen el pueblo de Dios" (Comentario a 1 Timoteo, prólogo). En estas cartas, tanto Timoteo como Tito aparecen como:

    a) los que ostentan el lugar de Pablo, es decir, obran en su nombre, con su autoridad:

Te escribo estas cosas, esperando ir a ti pronto, pero en caso que me tarde, te escribo para que sepas cómo debe conducirse uno en la casa de Dios, que es la iglesia del Dios vivo, columna y sostén de la verdad... Te encargo solemnemente en la presencia de Dios y de Cristo Jesús y de sus ángeles escogidos, que conserves estos principios sin prejuicios, no haciendo nada con espíritu de parcialidad.
(1 Tim 3,14s y 5,21)

Incluso les confiere la autoridad de nombrar a otros al frente de la iglesia:

Por esta causa te dejé en Creta, para que pusieras en orden lo que queda, y designaras ancianos en cada ciudad como te mandé (Tit 1,5) No impongas las manos sobre nadie con ligereza, compartiendo así la responsabilidad por los pecados de otros; guárdate libre de pecado (1 Tim 5,22). Y lo que has oído de mí en la presencia de muchos testigos, eso encarga a hombres fieles que sean idóneos para enseñar también a otros (2 Tim 2,2).

Es claro pues que el Apóstol les encomienda que obren en su lugar, sin hacer nada sino lo que él les había dicho, e incluso les confiere la autoridad que hasta el momento se reservaba sólo a los Apóstoles, a saber, establecer a los guías de la iglesia (ver Hechos 14,22-23).

Pablo los está instruyendo, sabiendo que la muerte le es próxima (2 Tim 4,5-8); se trata pues de instrucciones para ser puestas en práctica por los líderes de las iglesias después de su muerte, y hasta la venida del Señor (1 Tim 6,14), por lo que se entiende la preocupación de Pablo en que Tito y Timoteo tengan especial cuidado en elegir a los que deban suceder a ellos (ver citas más arriba). Es claro que los está dejando, de hecho, como responsables de las iglesias en lugar de él.

b) están al cuidado de las iglesias puestas a su cargo con toda autoridad: A Timoteo le encomienda la delicada misión de custodiar la doctrina, misión que si bien es compartida por todos los creyentes, encuentra en Timoteo el principal responsable:

Al señalar estas cosas a los hermanos serás un buen ministro de Cristo Jesús, nutrido con las palabras de la fe y de la buena doctrina que has seguido... Esto manda y enseña... Entretanto que llego, ocúpate en la lectura de las Escrituras, la exhortación y la enseñanza... Ten cuidado de ti mismo y de la enseñanza; persevera en estas cosas, porque haciéndolo asegurarás la salvación tanto para ti mismo como para los que te escuchan... (1 Tim 4,6.11.13.16)

Es claro que el oficio de Timoteo es exclusivo de él, en el sentido que Pablo deja un responsable de la comunidad en lo que toca a la enseñanza, y ese es Timoteo. Los demás "escuchan" (1 Tim 4,16). Más adelante continúa en la misma línea:

Enseña y predica estos principios. Si alguno enseña una doctrina diferente y no se conforma a las sanas palabras, las de nuestro Señor Jesucristo, y a la doctrina que es conforme a la piedad, está envanecido y nada entiende... Te mando delante de Dios, que da vida a todas las cosas, y de Cristo Jesús, que dio testimonio de la buena profesión delante de Poncio Pilato, que guardes el mandamiento sin mancha ni reproche hasta la manifestación de nuestro Señor Jesucristo...  Oh Timoteo, guarda lo que se te ha encomendado, y evita las palabrerías vacías y profanas, y las objeciones de lo que falsamente se llama ciencia... (1 Tim 6,3.13-14,20)

Luego agrega con más fuerza aún:

Te encargo solemnemente, en la presencia de Dios y de Cristo Jesús, que ha de juzgar a los vivos y a los muertos, por su manifestación y por su reino: Predica la palabra; insiste a tiempo y fuera de tiempo; redarguye, reprende, exhorta con mucha paciencia e instrucción (2 Tim 4,1s).

Le mandará lo mismo a Tito:

Pero en cuanto a ti, enseña lo que está de acuerdo con la sana doctrina... muéstrate en todo como ejemplo de buenas obras, con pureza de doctrina, con dignidad, con palabra sana e irreprochable...  Esto habla, exhorta y reprende con toda autoridad. Que nadie te desprecie (Tit 2,1.7-8,15).

Palabra fiel es ésta, y en cuanto a estas cosas quiero que hables con firmeza, para que los que han creído en Dios procuren ocuparse en buenas obras (Tit 3,8).

Es de recordar que el oficio de la enseñanza "con toda autoridad" era el oficio propio de los Apóstoles, como consta en todas las Escrituras del Nuevo Testamento (ver por ejemplo Hechos 6,2-4).

También se le advierte a Timoteo (1 Tim 2,1-11) cómo debe ser el culto de los cristianos, para que él supervise y no permita que se hagan las cosas de cualquier manera.

Por otro lado, Pablo es cuidadoso de transmitir a Timoteo y Tito asuntos importantes del gobierno de la Iglesia, como por ejemplo las cualidades que deben tener los que quieran servir como obispos, diáconos o presbíteros; no sólo eso, sino también cómo deben ser considerados si son acusados y llevados a juicio, todas cosas estas que, por su misma naturaleza, corresponden a personas que ostentan autoridad sobre toda la comunidad (ver 1 Tim 3,1-10; 5,15-20; 2 Tim 2,2; Tit 1,5-9; 2,15ss). Y también les encomienda a todo el resto de la comunidad: ancianos, jóvenes, doncellas, viudas, adolescentes y esclavos (1 Tim 5,1-16; Tit 2,2-10). Y finalmente les enseña cómo deben ser amonestados y eventualmente anatematizados los herejes:

Al hombre que cause divisiones, después de la primera y segunda amonestación, deséchalo, sabiendo que el tal es perverso y peca, habiéndose condenado a sí mismo (Tit 3,10)

En una palabra, Tito y Timoteo son establecidos por Pablo para gobernar con toda autoridad las iglesias. Una iglesia "invisible", como teorizan algunos, sin hombres de nombre y apellido con autoridad apostólica, ¿cómo podría aplicar la disciplina de la "excomunión", o como dice el texto "desechar" a uno que causa divisiones? ¡Pues sin duda que ese uno encontrará pasajes bíblicos que, según él, confirman su doctrina! ¿Y quién tendrá razón?

c) son establecidos con autoridad divina: de hecho Timoteo y Tito (y luego los demás) recibieron la autoridad a través de la imposición de manos por parte del Apóstol, cosa que comportaba siempre la gracia de Dios que les venía concedida para llevar adelante el oficio que recibían:

Por lo cual te recuerdo que avives el fuego del don de Dios que hay en ti por la imposición de mis manos. Porque no nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio. Por tanto, no te avergüences del testimonio de nuestro Señor, ni de mí, prisionero suyo, sino participa conmigo en las aflicciones por el evangelio, según el poder de Dios, quien nos ha salvado y nos ha llamado con un llamamiento santo, no según nuestras obras, sino según su propósito y según la gracia que nos fue dada en Cristo Jesús desde la eternidad... Guarda, mediante el Espíritu Santo que habita en nosotros, el tesoro que te ha sido encomendado (2 Tim 1,6-9.13-14).

No descuides el don espiritual que está en ti, que te fue conferido por medio de la profecía con la imposición de manos del presbiterio (1 Tim 4,14).

Un oficio, como el de regir las iglesias, que es dado con signos de la gracia divina ("espíritu", "poder de Dios", "don espiritual") no puede provenir sino de Dios mismo, que es el único que puede conceder esas gracias.

Por otro lado, esos mismos que Pablo había establecido "presbíteros en cada una de las iglesias" (Hechos 14,23) eran considerados por todos como establecidos por el mismo Espíritu Santo:

Tened cuidado de vosotros y de toda la grey, en medio de la cual el Espíritu Santo os ha hecho obispos para pastorear la iglesia de Dios, la cual Él compró con su propia sangre (Hechos 20,28).

En decir, aquellos que han sido puestos al frente de las iglesias como sus pastores con la imposición de manos (Timoteo y Tito son los ejemplos más claros de todo el Nuevo Testamento) son considerados como puestos en ese oficio por el mismo Espíritu Santo; es claro, entonces, que la autoridad que ellos poseen les viene como carisma de parte de Dios. A ese carisma en favor de la transmisión fiel del mensaje evangélico hasta el final de los tiempos llamamos "sucesión apostólica".

 

Hechos de los Apóstoles

    Todo el libro de Hechos, como su mismo título lo declara, es el relato de las primeras acciones apostólicas de la Iglesia primitiva, y en particular de Pedro y Pablo. Es un verdadero gusto, y damos gracias a Dios y a Lucas, su autor, por semejante tesoro. Allí podemos ver declarado, no a modo de definición dogmática, como lo hará la Iglesia más tarde para alejar toda duda, sino como práctica pastoral de hecho, la realidad de hombres que ostentan la suprema autoridad en las iglesias locales no por voluntad propia, sino por disposición de Dios y de los Apóstoles. A esta autoridad llamamos "sucesión apostólica", es decir, la autoridad que los mismos Apóstoles quisieron que tuviesen los que irían a presidir las comunidades cristianas "hasta el fin del mundo", y a los cuales el cristiano debe considerar como ocupando el lugar de los Apóstoles.

a) Santiago, el hermano del Señor

    La figura que más resalta en este sentido, y con gran claridad, es Santiago.

    Hay que saber que en las Escrituras del Nuevo Testamento aparecen varios personajes llamados "Santiago" (gr: "Iakobus"). Para lo que nos ocupa ahora es importante saber que el Santiago que aparece en la reunión conciliar de Jerusalén y en algunas cartas de Pablo no es uno de los Doce. Se pueden consultar, por ejemplo, estos artículos (en inglés) del "The Word Biblical Commentary" (dirigido por estudiosos protestantes) sobre el autor de la carta canónica de Santiago, y sobretodo "The Anchor Bible Dictionary" (también dirigido por autores protestantes) sobre el nombre "Santiago" en el Nuevo Testamento, y Santiago, el hermano del Señor. También se puede ver cualquier comentario o diccionario bíblico.

    Pues bien, este Santiago, que no siendo uno de los Doce está sin embargo a la cabeza de la comunidad de Jerusalén, es visto por Pablo y los Doce como un sucesor de ellos en el gobierno de esa comunidad, con toda la autoridad del caso, de tal modo que los fieles e incluso los mismo Apóstoles se sujetan a sus disposiciones. Veamos lo que nos dicen las Escrituras.

Y (Pedro) haciéndoles señal con la mano para que guardaran silencio, les contó cómo el Señor lo había sacado de la cárcel. Y les dijo: Informad de estas cosas a Santiago y a los hermanos. Entonces salió, y se fue a otro lugar. (Hechos 12,17)

    De notar aquí la importancia de Santiago en la dirección de la comunidad, que debe ser avisado del evento extraordinario de la liberación de Pedro; ¿el motivo? Sin duda por tratarse del pastor de esa comunidad de Jerusalén, pastor reconocido por Pedro.

    Leemos sobre el concilio de Jerusalén:

Cuando terminaron de hablar, Santiago respondió, diciendo: Escuchadme, hermanos. Simón ha relatado cómo Dios al principio tuvo a bien tomar de entre los gentiles un pueblo para su nombre. Y con esto concuerdan las palabras de los profetas, tal como está escrito: DESPUÉS DE ESTO VOLVERÉ, Y REEDIFICARÉ EL TABERNÁCULO DE DAVID QUE HA CAÍDO. Y REEDIFICARÉ SUS RUINAS, Y LO LEVANTARÉ DE NUEVO, PARA QUE EL RESTO DE LOS HOMBRES BUSQUE AL SEÑOR, Y TODOS LOS GENTILES QUE SON LLAMADOS POR MI NOMBRE, DICE EL SEÑOR, QUE HACE SABER TODO ESTO DESDE TIEMPOS ANTIGUOS. Por tanto, yo juzgo que no molestemos a los que de entre los gentiles se convierten a Dios, sino que les escribamos que se abstengan de cosas contaminadas por los ídolos, de fornicación, de lo estrangulado y de sangre. Porque Moisés desde generaciones antiguas tiene en cada ciudad quienes lo prediquen, pues todos los días de reposo es leído en las sinagogas. (Hechos 15,13-21)

    Sabemos que esta intervención de Santiago es decisiva en el concilio de Jerusalén, y se trata nada menos que de decidir sobre lo que es necesario, y lo que no, para la salvación. ¡Qué autoridad la de este hombre, que no es un apóstol y que está a la cabeza de la Iglesia nada menos que en Jerusalén! Luego, en la carta que envían a las comunidades del Asia, se dice: "Pareció bien al Espíritu Santo y a nosotros..." (15,28). Son palabras en verdad llenas de significado: ese "nosotros" no son sólo los apóstoles, sino también Santiago y los ancianos, que se habían reunido para deliberar sobre ese asunto (15,6). De modo que tenemos, ya en la época apostólica, que algunos hombres actuaban con autoridad sobre cuestiones de fe y de gobierno, cosa que, por supuesto, se continuaría con la desaparición de los Apóstoles, a medida que morían. Eso es lo que, en la Iglesia Católica, se conoce como "sucesión apostólica".

    Otro texto sobre la autoridad con la que obraba Santiago y de los demás ancianos. Cuenta Lucas:

Después de estos días nos preparamos y emprendimos el camino hacia Jerusalén. Y nos acompañaron también algunos de los discípulos de Cesarea, quienes nos condujeron a Mnasón, de Chipre, un antiguo discípulo con quien deberíamos hospedarnos. Cuando llegamos a Jerusalén, los hermanos nos recibieron con regocijo. Y al día siguiente Pablo fue con nosotros a ver a Santiago, y todos los ancianos estaban presentes. Y después de saludarlos, comenzó a referirles una por una las cosas que Dios había hecho entre los gentiles mediante su ministerio. Y ellos, cuando lo oyeron, glorificaban a Dios, y le dijeron: Hermano, ya ves cuántos miles hay entre los judíos que han creído, y todos son celosos de la ley; y se les ha contado acerca de ti, que enseñas a todos los judíos entre los gentiles que se aparten de Moisés, diciéndoles que no circunciden a sus hijos ni observen las tradiciones. Entonces, ¿qué es lo que se debe hacer? Porque sin duda la multitud se reunirá pues oirán que has venido. Por tanto, haz esto que te decimos: Tenemos cuatro hombres que han hecho un voto; tómalos y purifícate junto con ellos, y paga sus gastos para que se rasuren la cabeza; y todos sabrán que no hay nada cierto en lo que se les ha dicho acerca de ti, sino que tú también vives ordenadamente, acatando la ley. Pero en cuanto a los gentiles que han creído, nosotros les hemos escrito, habiendo decidido que deben abstenerse de lo sacrificado a los ídolos, de sangre, de lo estrangulado y de fornicación. Entonces Pablo tomó consigo a los hombres, y al día siguiente, purificándose junto con ellos, fue al templo, notificando de la terminación de los días de purificación, hasta que el sacrificio se ofreciera por cada uno de ellos. (Hechos 21,15-26)

    Tenemos aquí a Pablo, el que era Apóstol no por designio humano, sino por voluntad directa y tajante de Jesucristo, que había recibido el evangelio directamente del Señor (ver Gal 1,1), pues bien este mismo Pablo ¡va a ver a Santiago!, con quién estaban también los ancianos. A ellos les da cuenta de lo que hace con los gentiles, y luego de que estos glorificaran a Dios por lo que había hecho mediante la predicación de Pablo, les mandan que cumpla con preceptos de la ley que no tenían ya ningún valor, pero para escandalizar a los judíos que eran aún escrupulosos en esto. ¿Qué hace Pablo? ¡Pues sin decir ni una palabra va y cumple con los ritos que le mandan! ¿Porqué hace eso? Porque Santiago y los demás ancianos TENÍAN AUTORIDAD, aunque no eran Apóstoles. Podemos preguntarnos: ¿se interrumpió el gobierno de la Iglesia en los años que siguieron?

    En Gal 2,9, Pablo dice que Santiago, junto a Pedro y Juan, eran considerados "columnas" de la Iglesia (sobre la identidad de este Santiago, que no es uno de los Apóstoles, véase un comentario bíblico, por ejemplo Richard Longenecker, en "The Word Biblical Commentary", volúmen 41, "Galatians", 1990).

    De modo que si los Apóstoles mismos reconocían a uno que no era Apóstol, como Santiago, y también a los demás ancianos (gr. "presbyteroi") como válidos pastores de la iglesia en Jerusalén con toda la autoridad que hemos visto (¡columnas!), ¿cuál es la duda acerca de la sucesión apostólica? Y si, como dicen algunos, no se trata de un sucederse de hombres en el cargo de cabezas de la comunidad con autoridad de enseñar y de gobernar conferida por los Apóstoles, es decir, de una "sucesión apostólica", entonces ¿de qué se trata?

b) Los presbíteros de la comunidad de Efeso

    Hay un texto, que ya hemos citado más arriba, de gran valor a la hora de ver la autoridad con la que contaban los líderes de la comunidad post-apostólica. Se trata del discurso de Pablo en Mileto, poco antes de partir para Roma, de donde no volvería más (cosa que Pablo sabía -Hechos 20,25-). Quedándose en Mileto, Pablo manda un mensaje a Efeso para que vengan a verlo, pero curiosamente no llama a toda la comunidad de creyentes, sino "a los ancianos de la Iglesia" (20,17). ¿Porqué? Se verá en el discurso que les da (citamos sólo los pasajes más importantes para nuestro tema):

Cuando vinieron a él, les dijo: Vosotros bien sabéis cómo he sido con vosotros todo el tiempo, desde el primer día que estuve en Asia, sirviendo al Señor con toda humildad, y con lágrimas y con pruebas que vinieron sobre mí por causa de las intrigas de los judíos; cómo no rehuí declarar a vosotros nada que fuera útil, y de enseñaros públicamente y de casa en casa, testificando solemnemente, tanto a judíos como a griegos, del arrepentimiento para con Dios y de la fe en nuestro Señor Jesucristo...

Y ahora, he aquí, yo sé que ninguno de vosotros, entre quienes anduve predicando el reino, volverá a ver mi rostro. Por tanto, os doy testimonio en este día de que soy inocente de la sangre de todos, pues no rehuí declarar a vosotros todo el propósito de Dios. Tened cuidado de vosotros y de toda la grey, en medio de la cual el Espíritu Santo os ha hecho obispos para pastorear la iglesia de Dios, la cual Él compró con su propia sangre. Sé que después de mi partida, vendrán lobos feroces entre vosotros que no perdonarán el rebaño, y que de entre vosotros mismos se levantarán algunos hablando cosas perversas para arrastrar a los discípulos tras ellos. Por tanto, estad alerta, recordando que por tres años, de noche y de día, no cesé de amonestar a cada uno con lágrimas. Ahora os encomiendo a Dios y a la palabra de su gracia, que es poderosa para edificaros y daros la herencia entre todos los santificados...

En todo os mostré que así, trabajando, debéis ayudar a los débiles, y recordar las palabras del Señor Jesús, que dijo: "Más bienaventurado es dar que recibir." Cuando terminó de hablar, se arrodilló y oró con todos ellos. Y comenzaron a llorar desconsoladamente, y abrazando a Pablo, lo besaban, afligidos especialmente por la palabra que había dicho de que ya no volverían a ver su rostro. Y lo acompañaron hasta el barco. (Hechos 20,18-38).

    Señalamos sólo algunas cosas:

    - Pablo llama a los ancianos de Efeso, ya que les quiere encomendar sus últimas palabras, darles ánimo, advertirles. ¿Porqué a ellos y no a todos los creyentes de Efeso? Porque Pablo sabía que, después de él y de los Doce, ELLOS GOBERNARÍAN LA IGLESIA DE DIOS. Eso es lo que llamamos "sucesión apostólica". "Ancianos" es un término técnico, y se refiere a los que gobernaban las iglesias; en otras palabras, Pablo no mandó llamar a los "viejos", que pobrecitos se queden en sus casas, sino a los responsables de la comunidad, que serían en su mayoría de una cierta edad, sin duda, de donde se origina el vocablo.

    - Esos ancianos habían oído de Pablo (por tradición oral, el único modo de transmitir el evangelio entonces) muchísimas cosas relacionadas al "propósito de Dios", "durante tres años, de noche y de día" y "uno por uno" como también "públicamente". Estas cosas permitían a los ancianos gobernar la iglesia según Dios, y distinguir la sana doctrina de la que no era, y consecuentemente ejercer una verdadera autoridad sobre los demás fieles.

    - Pablo les manda que "tengan un cuidado muy atento" (gr. "proséjete") de sí mismos y "de todo el rebaño" (gr. "panti to poimnío") en el cual el Espíritu Santo "os estableció" (gr. "étheto") para "pastorear" (gr. "poimánein") "como obispos" (gr. "episkopous") "de la Iglesia de Dios" (gr. "ten ekklesían tou theoú"). De modo que los ancianos son puestos como "obispos" por el Espíritu Santo, para ser pastores, y como sabemos nadie puede ser pastor si no tiene autoridad para ello. En otros textos del Nuevo Testamento encontramos que los ancianos y obispos son establecidos "por los Apóstoles" por la "imposición de manos" (ver por ejemplo 1 Tim 4,14), y no se daba la práctica -corriente en algunas denominaciones cristianas- que el que se creía llamado al obispado daba un paso adelante y se establecía en tal. De modo que el Espíritu Santo no excluye la elección que hace la iglesia de los ancianos, ni la elección que hace la iglesia de los ancianos excluye la elección del Espíritu Santo: éste obra en aquella, porque se trata de "la Iglesia de Dios". Resuena en los oídos aquella expresión de la carta post conciliar de Jerusalén: "Nos pareció bien, al Espíritu Santo y a nosotros..." (Hechos 15,28) siendo que en realidad no había habido ninguna manifestación extraordinaria del Espíritu en ese concilio, sino más bien las apasionadas discusiones de los apóstoles, ancianos y toda la iglesia (ver Hechos 15,2.7). Así, de modo "invisible", se manifestaba el Espíritu muy visiblemente por medio de los "obispos" que Él mismo había "establecido" para "pastorear" la Iglesia de Dios.

    - Pablo sabe que son hombres de barro, y que pueden naufragar en la fe: "de entre vosotros se levantarán lobos feroces", etc. (29 y 30). De modo que también debía saber que no era en base a la sabiduría personal, ni a la santidad de vida que los "obispos" habían sido establecidos por el Espíritu Santo. A PESAR de que eran sólo hombres, son ELLOS los que siguen siendo considerados por Pablo como los "pastores" del rebaño, con autoridad divina ("el Espíritu Santo os estableció"). Para no caer en los errores doctrinales Pablo les dice que "estén alertas" (gr. "gregoréite") "recordando constantemente" (gr. "mnemonéuontes") lo que les había enseñado POR TRES AÑOS. (Ya que el presente artículo tiene carácter apologético, nos permitimos notar que, curiosamente, no les dice que se atengan a la sola autoridad de las Escrituras como arma infalible para pastorear el rebaño, que es la doctrina actual del evangelismo) De modo que los lobos feroces serán aquellos que enseñen al rebaño doctrinas contrarias a lo que él les había trasmitido "por tres años, día y noche", "uno por uno y en público". En otros lugares Pablo, teniendo en cuenta esta misma necesidad de custodiar el depósito de la fe íntegramente, dirá que conservemos "las tradiciones que de mí habéis aprendido, sea por carta, sea oralmente" (2 Tes 2,15), y Pedro dirá que en los escritos de Pablo, como en las demás Escrituras, "hay pasajes de difícil interpretación" que los ignorantes e inestables usan "para su propia perdición" (2 Pe 3,16), de modo que la doctrina de la "sola biblia" como norma de fe no solo no aparece en las Escrituras, sino que le es contraria. En la historia del cristianismo de los primeros siglos, los lobos feroces se respaldarán SIEMPRE en textos bíblicos (interpretados cada uno a su modo) y la verdad del evangelio será defendida SIEMPRE en nombre de "lo que hemos recibido de los apóstoles" y "se trasmite en las iglesias fundadas por ellos" (ver el artículo sobre la sucesión apostólica en los Padres de la Iglesia de los primeros siglos, para los textos). Esto, como vemos por Hechos, no es una invención de Constantino, sino que es la disposición que dejaron los Apóstoles.

    - Pablo los encomienda "a Dios y a la palabra de su gracia" que "es poderosa para edificaros y daros la herencia entre todos los santificados". Algunos verán aquí, sin duda, la supuesta doctrina de la "sola scriptura" de Pablo, porque los encomienda a la "palabra" de su gracia, que sería la Biblia... No podemos detenernos en todos los puntos, y además estamos preparando un artículo sobre el significado de "palabra de Dios" en las Escrituras, pero baste mencionar que:

a) cuando Pablo dio este discurso, no había ninguna "palabra" escrita del Nuevo Testamento a la cual los ancianos hubiesen tenido que ir para "edificarse", y ciertamente no se trataba de los escritos de la Antigua Alianza, en los cuales no está la doctrina de la Nueva sino sólo oscuramente;

b) la "palabra" de Dios, en Pablo, es mucho más que la Biblia, como lo es en los demás escritores del Nuevo Testamento, comenzando por Juan que dice que la palabra "era Dios", y que "habitó entre nosotros", refiriéndose a Jesús;

c) "palabra de su gracia", en este pasaje, se entiende más bien como "toda la revelación de Dios", incluyendo su "gracia", su obrar, su presencia, su ayuda, su fuerza, etc. Pablo no les está diciendo que "lean las Escrituras", sino que los "encomienda a la gracia de Dios", que aquí se expresa con la bella expresión "palabra de su gracia". La mismísima expresión aparece en Hechos 14,3, donde de ningún modo puede significar "la Biblia", sino más bien "evangelio", es decir, todo el mensaje de la salvación en todos sus aspectos. De modo que la fuerza de los ancianos (y podemos decir, de los líderes de las iglesias en lo porvenir) reside en la gracia de Dios, en su presencia que edifica la iglesia, una iglesia EN LA CUAL surgirán lobos feroces, pero que el Señor no permitirá que destruyan el rebaño, como es obvio.

    Digamos como conclusión que en el discurso de Pablo a los ancianos de Efeso se ve que los Apóstoles (aquí Pablo) querían que en la Iglesia de Dios hubiese autoridad, visible, que son hombres elegidos por el Espíritu Santo como obispos para pastorear el pueblo de Dios, y que eso no los vuelve santos necesariamente: habrá buenos pastores y habrá malos pastores, pero la gracia de Dios estará en su Iglesia para gobernarla hasta el último día de su existencia. Después de todo, es el mismo Espíritu el que los elige, y por tanto provee también a darles su gracia.

 

El Apocalipsis

    En el libro del Apocalipsis se mencionan los “ángeles de las Iglesias”, a los cuales Jesús les habla, les amonesta, los anima, etc. (capítulos 2 y 3). Según la interpretación más común, esos “ángeles” serían los obispos de las respectivas iglesias, quienes tienen la responsabilidad de la conducción de las mismas, y por eso reciben el reproche o la alabanza por parte de Jesús.

    En la literatura extra bíblica contemporánea con el libro del Apocalipsis, nos encontramos con una organización eclesial fuertemente centrada en torno a la figura del obispo, como lo afirma repetidamente S. Ignacio de Antioquia en sus cartas, dirigidas en su mayoría a las comunidades del Asia Menor, la misma región geográfica donde se ubican las “siete iglesias” que reciben los mensajes apocalípticos. Si bien S. Ignacio no usa el nombre de “ángel” cuando habla del obispo de una comunidad (cosa muy lógica ya que no tenían la intención de escribir una carta de carácter simbólico, como lo es el Apocalipsis), sin embargo la alta estima en la que era tenido como representante de Dios en la comunidad permite pensar que el autor del Apocalipsis se esté refiriendo a ellos cuando habla de los “ángeles de las iglesias”.

    En el libro del Apocalipsis Jesús se dirige a las iglesias a través de los “ángeles” de esas comunidades, los que difícilmente pueden tomarse como los “ángeles” del mundo celestial, ya que algunos son duramente juzgados por Jesús debido a sus pecados, cosa imposible en un “ángel” en sentido estricto. Así encontramos por ejemplo estos reproches dirigidos a los “ángeles” de las iglesias: “no eres ni frío ni caliente, y por eso te vomitaré de mi boca” (3,15) “conozco tus obras, que tienes nombre de que vives, pero estás muerto” (3,1), etc. Sería difícil -por no decir imposible- aplicar estas expresiones a un ángel de la corte celestial; más bien parecería que bajo el nombre simbólico de “ángel de la iglesia” el autor del libro - todo él simbólico - quiera referirse a un ser humano, que a diferencia del ángel es capaz de pecado, como sería el obispo, figura puesta al frente de una comunidad de creyentes (Iglesia).

    Otro dato a tener en cuenta es que estos “ángeles”, siempre según el libro del Apocalipsis, cumplen la función que cumpliría precisamente un obispo: enseñar con autoridad y organizar las comunidades, aplicando la debida disciplina interna. Es lo que se ve claramente en 2,12-16, donde aparece el mensaje al “ángel de la iglesia de Pérgamo”, que luego de una alabanza inicial recibe también un reproche “porque tienes ahí a los que mantienen la doctrina de Balaam… Así tú también tienes algunos que de la misma manera mantienen la doctrina de los nicolaítas. Por tanto, arrepiéntete; si no, vendré a ti pronto y pelearé contra ellos con la espada de mi boca”. Evidentemente se trata de una comunidad de personas, o más bien del guía de esa comunidad (se usa la segunda persona singular) que no ha sabido ordenar esa asamblea convenientemente, dejando entrar a los falsos maestros nicolaítas. Se trata claramente de un oficio de gobierno, que como sabemos estaba en manos del “epískopos” u “obispo”.

    En 1,20 los “ángeles de las iglesias” son llamados también “estrellas”, término común en el ambiente judío para designar a los que presiden una comunidad (ver por ejemplo Daniel 12,3). También se dice que Jesús tiene “fuertemente en su mano” estas estrellas, mostrando su poder y dominio sobre las mismas.

    Con respecto al número de siete, según la aritmética apocalíptica, representa la totalidad, de modo que tendríamos en las “siete iglesias” representadas todas las iglesias, y con ellas también a los “ángeles de las siete iglesias”.

 

Conclusión

    Como decíamos al inicio, la lectura atenta de las Escrituras, particularmente de los textos más tardíos que nos muestran cuál fue la evolución de la disciplina de la Iglesia en los últimos años apostólico y del comienzo de la era post-apostólica, muestra que los Apóstoles establecieron a los obispos, presbíteros y diáconos como sus sucesores, en grado diferenciado, para el buen gobierno de la Iglesia (sobre el particular de los "grados" del ministerio, ver el Catecismo de la Iglesia Católica, números 1536 a 1600); con este fin imponían las manos a hombres selectos para que, con autoridad, gobernasen la grey, enseñasen la doctrina y administrasen el culto; en una palabra, para que "cuidasen de la grey en la que el Espíritu Santo los había establecido como obispos para pastorear la Iglesia de Dios" (Hechos 20,28). Sin necesidad de buscar la expresión "sucesión apostólica" en las Escrituras -que ciertamente no aparece, como tampoco aparece la palabra Trinidad sin que por eso no podamos creer en la doctrina trinitaria- podemos estar seguros que los Apóstoles tuvieron la intención, y de hecho así lo hicieron, de establecer en las distintas iglesias "sucesores", que a su vez debían cuidar de nombrar a otros (Tit 1,5-9), hasta que el Señor tornase en gloria. Este es el modo con el cual el Espíritu Santo no permite que el evangelio de Dios se corrompa con el paso del tiempo, la debilidad humana y la rapacidad de los lobos disfrazados de ovejas.

P. Juan Carlos Sack - Ponzano, Italia, 2001 - www.apologetica.org

 

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«Katholikós, en griego clásico, era empleado por los filósofos para indicar una proposición universal: ahora es para indicar donde se realiza esa humanísima unidad, ‘el Evangelio’ predicado por la Iglesia desde hace 2000 años, generadora de esa mirada que abraza al mundo: el amor de Cristo siempre Katholikós.

 

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La Iglesia perdura desde hace 2000 años.Como el evangélico grano de mostaza, ella crece hasta llegar a ser un gran árbol, capaz de cubrir con sus ramas la humanidad entera (cf. Mt 13, 31-32). El Concilio Vaticano II en la Constitución dogmática sobre la Iglesia, considerando la cuestión de la pertenencia a la Iglesia y de la ordenación al Pueblo de Dios, dice así: « Todos los hombres están invitados a esta unidad católica del Pueblo de Dios (...). A esta unidad pertenecen de diversas maneras o a ella están destinados los católicos, los demás cristianos e incluso todos los hombres en general llamados a la salvación por la gracia de Dios ».(35) Pablo VI, por su parte, en la Encíclica Ecclesiam suam explica la universal participación de los hombres en el proyecto de Dios, señalando los distintos círculos del diálogo de salvación.(36)

A la luz de este planteamiento se puede comprender aún mejor el significado de la parábola de la levadura (cf. Mt 13, 33): Cristo, como levadura divina, penetra siempre más profundamente en el presente de la vida de la humanidad difundiendo la obra de la salvación realizada en el Misterio pascual. El envuelve además en su dominio salvífico todo el pasado del género humano, comenzando desde el primer Adán.(37) A El pertenece el futuro: « Jesucristo es el mismo ayer, hoy y siempre » (Hb 13, 8). La Iglesia por su parte « sólo desea una cosa: continuar, bajo la guía del Espíritu, la obra misma de Cristo, que vino al mundo para dar testimonio de la verdad, para salvar y no para juzgar, para servir y no para ser servido ».(38)

57. Por esto, desde los tiempos apostólicos, continúa sin interrupción la misión de la Iglesia dentro de la universal familia humana. La primera evangelización se ocupó especialmente de la región del Mar Mediterráneo. A lo largo del primer milenio los misioneros partiendo de Roma y Constantinopla, llevaron el cristianismo al interior del continente europeo. Al mismo tiempo se dirigieron hacia el corazón de Asia, hasta la India y China. El final del siglo XV, junto con el descubrimiento de América, marcó el comienzo de la evangelización en este gran continente, en el sur y en el norte. Contemporáneamente, mientras las costas sudsaharianas de Africa acogían la luz de Cristo, san Francisco Javier, patrón de las misiones, llegó hasta el Japón. A caballo de los siglos XVIII y XIX, un laico, Andrés Kim llevó el cristianismo a Corea; en aquella época el anuncio evangélico alcanzó la Península Indochina, como también Australia y las islas del Pacífico. MM.

 

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La Iglesia era ya católica la mañana de Pentecostés. Y la secta [generalmente protestante a causa de los dogmas luteranos-calvinistas], es una secesión de la unidad de la Iglesia, tan cara a Cristo.  La secta –como secesión que es- está en las antípodas de la unidad en caridad que es la verdad más honda de la vida cristiana. Y es la exigencia más radical de todo corazón humano, que evidentemente no ha sido creado para la soledad, sino para la comunión. ¿Y dónde se realiza esta humanísima unidad, generadora de esa mirada que abraza al mundo, sino en La Católica?
«Katholikós, en griego clásico, era empleado por los filósofos para indicar una proposición universal: ahora bien –precisa Henri de Lubac en su obra Catolicismo–, «el universal es un singular, y no debe confundirse con una suma. La Iglesia no es católica por estar actualmente extendida en toda la superficie de la tierra y contar con un gran número de adeptos. Era ya católica la mañana de Pentecostés, cuando todos sus miembros cabían en una pequeña sala. Esencialmente la catolicidad no es cuestión de geografía ni de cifras». Lo que san Agustín admira, y ama, en La Católica, incluso más que un simple universalismo abierto a todos sin excluir a nadie, es el vínculo de paz, la unidad que establece por donde quiera que extienda sus brazos. Por el contrario, cuando la mirada deja de ser católica, al perder la libertad de los hijos de Dios, surge la voluntad de independencia, como «principio absoluto de la acción política, e impuesta a toda costa y por cualquier medio», lo cual significa la idolatría de la propia nación, «que pervierte gravemente el orden moral y la vida social

 

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San Pedro + 64 ca.  mártir en cruz invertida

y San Pablo, + 67 ca. mártir decapitado 



San Pedro, Apóstol (s. I )
Recorría las calles de Batsaida con las cestas llenas acompañado de su padre Jonás y su hermano Andrés para vender la pesca. También pasaron horas remendando las redes, recomponiendo maderas y renovando las velas.

Se casó joven. Era amigo de los Cebedeos, de Santiago y Juan, que eran de su mismo oficio. A veces, se sentaban en la plaza y, comentaban lo que estaba en el ambiente pleno de ansiedad y con algo de misterio; hablaban del Mesías y de la redención de Israel. En la última doctrina que se explicó en la sinagoga el sábado pasado se hablaba de Él.-

Juan, el hijo de Zacarías e Isabel, ha calentado el ambiente con sus bautismos de penitencia en el Jordán. Andrés está fuera de sí casi, gritándole: ¡Lo encontré! ¡Llévame a él!, le pidió. Desde entonces no se le quitará de la cabeza lo que le dijo el Rabbí de Nazaret: ¡Te llamarás Cefas!

Continúa siendo tosco, rudo, quemado por el sol y el aire; pero él es sincero, explosivo, generoso y espontáneo. Cuando escucha atento a Jesús que dijo algo a los ricos, tiempo le faltó para afirmar «nosotros lo hemos dejado todo, ¿qué será de nosotros?» Oye hablar al Maestro de tronos y piensa de repente, sin pensarlo «Seré el primero».

Pedro es arrogante para tirarse al agua del lago y al mismo tiempo miedoso por hundirse. Cortó una oreja en Getsemaní y luego salió huyendo. Es el paradigma de la grandeza que da la fe y también de la flaqueza de los hombres. Se ve en el Evangelio descrita la figura de Pedro con vehemencia para investigar; protestón ante Cristo que quiere lavarle los pies y noble al darle su cuerpo a limpiar.-

Es el primero en las listas, el primero en buscar a Jesús, el primero en tirar de la red que llevaba ciento cincuenta y tres peces grandes; y tres veces responde que sí al Amor con la humildad de la experiencia personal.

Roma no está tan lejos. Está hablando a los miserables y a los esclavos prometiendo libertad para ellos, hay esperanza para el enfermo y hasta el pobre se llama bienaventurado; los menestrales, patricios y militares... todos tienen un puesto; ¿milagro? resulta que todos son hermanos. Y saben que es gloria sufrir por Cristo.

En la cárcel Mamertina está encerrado, sin derechos; no es romano, es sólo un judío y es cristiano. Comparte con el Maestro el trono: la cruz, cabeza abajo.
En el Vaticano sigue su cuerpo unificante y venerado de todo cristiano.-

San Pablo, Apóstol (s. I )
Dejó escrito: «He combatido bien mi combate; he terminado mi carrera; he guardado la fe. Ahora me está reservada la corona de justicia que Dios, justo juez, me dará en su día; y no sólo a mí, sino a todos los que aman su venida».-

Y fue mucha verdad que combatió, que hizo muchas carreras y que guardó la fe. Su competición, desde Damasco a la meta -le gustaba presentar la vida cristiana con imágenes deportivas- no fue en vano, y merecía el podio. Siempre hizo su marcha aprisa, aguijoneado con el espíritu de triunfo, porque se apuntó, como los campeones, a los que ganan.

En otro tiempo, tuvo que contentarse con guardar los mantos de los que lapidaban a Esteban. Después se levantó como campeón de la libertad cristiana en el concilio que hubo en Jerusalén. Y vió necesario organizar las iglesias en Asia, con Bernabé; ciega con su palabra al mago Elimas y abre caminos en un mundo desconocido.-

Suelen acompañarle dos o tres compañeros, aunque a veces va solo. Entra en el Imperio de los ídolos: países bárbaros, gentes extrañas, ciudades paganas, caminos controlados por cuadrillas de bandidos, colonias de fanáticos hebreos fáciles al rencor y tardos para el perdón. Antioquía, Pisidia, Licaonia, Galacia.-

Y siempre anunciando que Jesús es el hijo de Dios, Señor, Redentor y Juez de vivos y muertos que veinte años antes había ido de un lado para otro por Palestina, como un vagabundo, y que fue rechazado y colgado en la cruz por blasfemo y sedicioso.-

Los judíos se conjuraron para asesinarle. En la sinagoga le rechazan y los paganos le oyen en las plazas. Alguno se hace discípulo y muchos se amotinan, le apedrean y maldicen. Va y viene cuando menos se le espera; no tiene un plan previo porque es el Espíritu quien le lleva; de casi todos lados le echan.

Filipos es casi-casi la puerta de Europa que le hace guiños para entrar; de allí es Lidia la primera que cree; pero también hubo protestas y acusaciones interesadas hasta el punto de levantarse la ciudad y declararlo judío indeseable haciendo que termine en la cárcel, después de recibir los azotes de reglamento. En esta ocasión, hubo en el calabozo luces y cadenas rotas.

Tesalónica, que es rica y da culto a Afrodita, es buena ciudad para predicar la pobreza y la continencia. Judío errante llega a Atenas -toda ella cultura y sabiduría- donde conocen y dan culto a todos los diosecillos imaginables, pero ignoran allí al Dios verdadero que es capaz de resucitar a los muertos como sucedió con Jesús.

Corinto le ofrece tiempo más largo. Hace tiendas y pasa los sábados en las sinagogas donde se reúnen sus paisanos. Allí, como maestro, discute y predica.
El tiempo libre ¡qué ilusión! tiene que emplearlo en atender las urgencias, porque llegan los problemas, las herejías, en algunas partes no entendieron bien lo que dijo y hay confusión, se producen escándalos y algunos tienen miedo a la parusía cercana.

Para estas cuestiones es preciso escribir cartas que deben llegar pronto, con doctrina nítida, clara y certera; Pablo las escribe y manda llenas de exhortaciones, dando ánimos y sugiriendo consejos prácticos.
En Éfeso trabaja y predica. Los magos envidian su poder y los orfebres venden menos desde que está Pablo; el negocio montado con las imágenes de la diosa Artemis se está acabando. Las menores ganancias provocan el tumulto.

Piensa en Roma y en los confines del Imperio; el mismo Finisterre, tan lejano, será una tierra bárbara a visitar para dejar sus surcos bien sembrados. Solo el límite del mundo pone límite a la Verdad.

Quiere despedirse de Jerusalén y en Mileto empieza a decir «adiós». La Pentecostés del cincuenta y nueve le brinda en Jerusalén la calumnia de haber profanado el templo con sacrilegio. Allí mismo quieren matarlo; interviene el tribuno, hay discurso y apelación al César. El camino es lento, con cadenas y soldado, en el mar naufraga, se producen vicisitudes sin cuento y se hace todo muy despacio.
La circunstancia de cautivo sufrido y enamorado le lleva a escribir cartas donde expresa el misterio de la unión indivisible y fiel de Cristo con su Iglesia.

Al viajero que es místico, maestro, obrero práctico, insobornable, valiente, testarudo, profundo, piadoso, exigente y magnánimo lo pone en libertad, en la primavera del año sesenta y cuatro, el tribunal de Nerón. Pocos meses más tarde, el hebreo ciudadano romano tiende su cuello a la espada cerca del Tíber.

Santos Pedro y Pablo

Himno

Cuando el gallo, tres veces
Negaste a tu Maestro;
Y él tres veces te dijo:
“ ¿ Me amas más que éstos ¿”

Se te puso muy triste
Tu llanto y tu silencio:
Pero la Voz te habló
De apacentar corderos.-

Tu pecado quemante
Se convirtió en incendio,
Y abriste tu dos brazos
Al madero sangriento.-

La cabeza hacia abajo
Y el corazón al cielo:
Porque, cuando aquel gallo,
Negaste a tu Maestro. Amén

Oración - Dios nuestro, que nos llenas de santa alegría con la solemnidad de los santos apóstoles Pedro y Pablo, haz que tu Iglesia se mantenga siempre fiel a las enseñanzas de estos apóstoles, de quienes recibió el primer anuncio de la fe.
Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.-

 

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La Iglesia una, santa, católica y apostólica». «Catolicidad significa universalidad, multiplicidad que se convierte en unidad; unidad que sin embargo sigue siendo multiplicidad».Que Dios nos guíe hacia la plena unidad de modo que el esplendor de la verdad, que sólo puede crear la unidad, sea de nuevo visible en el mundo». S. S. BENEDICTO XVI - 2005-06-29.

 

«La Iglesia no es santa por sí misma, sino que de hecho está formada por pecadores, lo sabemos y lo vemos todos», pero ésta «viene santificada de nuevo por el amor purificador de Cristo». «Dios no sólo ha hablado, nos ha querido (...) hasta la muerte de su propio hijo», S. S. Benedicto XVI – 29 Junio 2005 Festividad de San Pedro.

 

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«Cada día nacen nuevas sectas y se cumple lo que dice San Pablo sobre el engaño de los seres humanos, sobre la astucia que tiende a llevar al error».

 

Al comentar la segunda lectura, de la carta a los Efesios, el Cardenal Ratzinger se ha referido a los ataques que ha recibido el cristianismo en los últimos años. «Cuántos vientos de doctrina hemos conocido en estas últimas décadas –dijo el cardenal alemán–, cuantas corrientes ideológicas, cuantas modas de pensamiento. La pequeña barca del pensamiento de muchos cristianos ha sido agitada con frecuencia por estas ondas, llevada de un extremo al otro, del marxismo al liberalismo, hasta el libertinaje; del colectivismo al individualismo radical; del ateísmo a un vago misticismo religioso; del agnosticismo al sincretismo. Cada día nacen nuevas sectas y se cumple lo que dice San Pablo sobre el engaño de los seres humanos, sobre la astucia que tiende a llevar al error. Tener una fe clara, según el Credo de la Iglesia, se etiqueta a menudo como fundamentalismo. Mientras el relativismo, es decir, el dejarse llevar» aquí y allá por cualquier viento de doctrina parece la única actitud a la altura de los tiempos que corren. Toma forma una dictadura del relativismo que no reconoce nada que sea definitivo y que deja como última medida solo al propio yo y a sus deseos. Nada más real que la descripción hecha por Ratzinger, y nada más acorde con lo que hubiera dicho Juan Pablo II.
El cardenal alemán se ha limitado a decirles a los electores del nuevo Papa lo que, posiblemente, les habría dicho Juan Pablo II Magno: que no caigan en la tentación de poner en la Sede de Pedro a alguien que no tenga la fortaleza suficiente para resistir a la «dictadura del relativismo»; que elijan a alguien –y éstas son las palabras con que concluyó la homilía– «que nos guíe al conocimiento de Cristo, a su amor, a la verdadera alegría».
2005-04-18 Inicio del Conclave – Vaticano, Roma, Italia.

 

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Cristo es –piedra angular- origen y principio de donde dimana la luz y santidad que le sirve de base, alimento y razón, a su Iglesia Católica. La Iglesia, madre y maestra, respetuosa con la verdad que Cristo le depositara hace 2.000 años, expone con detalles y datos históricos su trayectoria evangélica. Ininterrumpidamente predica a Jesucristo y las virtudes cristianas. Estas sectas (adventistas, álamos, bautistas, jehovistas, etc.)  inexistiendo durante no menos de 1.600 años, y, sin dicha trayectoria histórica, no pasan de tener algunos aviesos parlanchines. Estos, podrán ser menos honrados y veraces, pero han resultado siempre más hábiles en la manipulación y la maniobra inescrupulosa. Ricos en lisonjear, motes y requiebros, como de dividirse inventando por arte de magia, sectas y más sectas día a día.  Porque tanto da para todos: sola gracia, sola fe, sola escritura, solo Cristo, solo gloria a Dios… solo secta; ¡mala combinación la protesta con el resentimiento! ¡extraña y agria hermandad vomita quien es más etéreo que hombre cabal! Lobos rapaces que hacen -cada día- nacer nuevas sectas y se cumple lo que dice San Pablo sobre el engaño de los seres humanos, sobre la astucia que tiende a llevar al error».

 

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La Iglesia una, santa, católica y apostólica». «Catolicidad significa universalidad, multiplicidad que se convierte en unidad; unidad que sin embargo sigue siendo multiplicidad».Que Dios nos guíe hacia la plena unidad de modo que el esplendor de la verdad, que sólo puede crear la unidad, sea de nuevo visible en el mundo». S. S. BENEDICTO XVI - 2005-06-29.

 

«La Iglesia no es santa por sí misma, sino que de hecho está formada por pecadores, lo sabemos y lo vemos todos», pero ésta «viene santificada de nuevo por el amor purificador de Cristo». «Dios no sólo ha hablado, nos ha querido (...) hasta la muerte de su propio hijo», añadió. Además, Benedicto XVI dijo estar «contento» por la presentación ayer del «Compendio» del Catecismo de la Iglesia Católica, «una nueva guía para la transmisión de la fe, que nos ayude a conocer mejor e incluso a vivir mejor la fe que nos une». «No se puede leer este libro como se lee una novela», advirtió el Pontífice, subrayando que «requiere meditarlo con calma en sus partes y permitir que su contenido, mediante las imágenes, penetre en el alma». «Espero que sea acogido de este modo y pueda convertirse en una buena guía para la transmisión de la fe», aseveró. El volumen, presentado ayer, de doscientas páginas, recoge en 598 preguntas y respuestas la síntesis de ese «Catecismo» que fue promulgado en 1992 por el Papa Juan Pablo II. El «Compendio» no ofrece añadidos ni cambios al contenido de aquel volumen de unas 700 páginas. 2005-06-29.

 

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La misión de la Iglesia tiene como fin la salvación de los hombres, la cual hay que conseguir con la fe en Cristo y con su gracia. Por tanto, el apostolado de la Iglesia y de todos sus miembros se ordena en primer lugar a manifestar al mundo, con palabras y obras, el mensaje de Cristo y a comunicar su gracia. Todo esto se lleva a cabo principalmente por el ministerio de la palabra y de los sacramentos, encomendando de forma especial al clero, y en el que los seglares tienen que desempeñar también un papel de gran importancia. Son innumerables las ocasiones que tienen los seglares para ejercitar el apostolado de la evangelización y de la santificación. El mismo testimonio de la vida cristiana y las obras buenas realizadas con espíritu sobrenatural tienen eficacia para atraer a los hombres hacia la fe y hacia Dios. Lo avisa el Señor: «Así ha de lucir vuestra luz ante los hombres, que, viendo vuestras buenas obras, glorifiquen a vuestro Padre, que está en los cielos». Este apostolado, sin embargo, no consiste sólo en el testimonio de vida. El verdadero apóstol busca ocasiones para anunciar a Cristo con la palabra, ya a los no creyentes, para llevarlos a la fe; ya a los fieles, para instruirlos, confirmarlos y estimularlos a mayor fervor de vida: «Porque la caridad de Cristo nos constriñe». En el corazón de todos deben resonar aquellas palabra del Apóstol: «¡Ay de mí si no evangelizare!» Mas, como en nuestra época se plantean nuevos problemas y se multiplican errores gravísimos que pretenden destruir desde sus cimientos la religión, el orden moral e incluso la sociedad humana, este santo Concilio exhorta de corazón a los seglares a que cada uno, según las cualidades personales y la formación recibida, cumpla con suma diligencia la parte que le corresponde, según la mente de la Iglesia, en aclarar los principios cristianos, difundirlos y aplicarlos certeramente a los problemas de hoy.
Decreto Apostolicam actuositatem, 6 – VATICANO II

 

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¡Rememos mar adentro! Esa es nuestra respuesta como cristianos: "remar mar adentro", confiando en la palabra y en la presencia vivificante de Jesús,

a ejemplo de Pedro y Pablo. La Iglesia por Cristo fundada está segura en su Señor y, a pesar de las adversidades, calumnias y faltas en la conducta de muchos cristianos, solo ella transporta dos mil años y es faro seguro.

 

En la homilía de San Juan de Letrán, S. S. Benedicto XVI - P. P. explicó de manera insuperable el ministerio del Papa y de los obispos como garantía de que esa red de testigos que es la Iglesia, extendida en el espacio y en el tiempo, permanece fiel a su origen y fuente que es Cristo. Ninguna comunidad (tampoco la Iglesia), ningún hombre (tampoco el Papa) “posee la Verdad”, ni puede imponerla a persona alguna. Y sin embargo los cristianos sabemos que la Verdad no es una idea, sino el Misterio de Dios que se ha revelado en la carne y ha montado su tienda entre nosotros, para ser accesible a todos los hombres. Para la Iglesia, Cristo no es una posesión que se defiende, sino la presencia viva de Dios que continuamente le da forma, le mueve a cambiar, le saca de la tentación de fosilizarse, le llama a una conversión muchas veces dolorosa, y le urge a comunicar su tesoro a los hombres de todo tiempo y lugar. 2005-04

 

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“El Papa no es un soberano absoluto que lo que piensa y quiere es ley. Al contrario, su ministerio es garantía de la obediencia hacia Cristo y a su Palabra. Él no debe proclamar sus propias ideas, mas debe vincularse constantemente él propio y la Iglesia a la obediencia hacia la Palabra de Dios, en frente a todos los tentativos de acomodamientos y diluentes, como así también afrontar cualquier oportunismo”. 

2005-05-07 – S. S. Benedicto XVI – San Juan de Letrán.

 

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¡La Iglesia fundada por Jesucristo, lleva 2.000 años siendo Madre y Maestra!“. Desde el Gólgota en Jerusalem y desde la crucifixión en cruz invertida de San Pedro en el gólgota vaticano, esa admirable colina romana, somos trayectoria evangélica y evangelizante.

 

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El cristianismo, como es sabido, no nació en Europa, sino en Asia Menor, en la encrucijada de tres continentes, el asiático, el africano y el europeo. Por este motivo, la interculturalidad de las corrientes espirituales de estos tres continentes pertenece a la forma originaria del cristianismo. Solo la difusión del Islam sustrajo al cristianismo de Oriente próximo gran parte de su fuerza vital, mientras echaba a las comunidades cristianas de Asia; en cualquier caso, a partir de entonces el cristianismo se convirtió en una religión europea. 2003-07-18 Cardenal + Joseph RATZINGER - Al día: S. S. BENEDICTO XVI  - P.P. - 2005

 

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«Apelar a la tolerancia para desacreditar la posibilidad de convicciones fuertes es un error de bulto, pues la tolerancia se apoya y alimenta de una convicción. La tolerancia no implica relativismo, más bien al contrario.» 2005

 

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El problema de la convivencia cívica, y el de la convivencia entre personas de diferentes creencias religiosas, tradiciones culturales, etc., es un problema real, en todo tiempo y de modo especial en la época contemporánea. Pretender resolverlo postulando la separación programática entre política y religión es condenarse a hacerlo insoluble, ya que es .precisamente el reconocimiento de la dimensión religiosa del hombre lo que lleva a fundamentar radicalmente la trascendencia de la persona y, por tanto, a poner de relieve la necesidad del respeto a la intimidad de las conciencias y los consiguientes límites de toda autoridad estatal (cfr. Conc. Vaticano II, Declaración Dignitatis humanae, 1-3).

 

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«Solo de la fidelidad a Dios puede nacer una vida fecunda». «Quien adora la riqueza, el poder, el suceso, termina por perder su dignidad de persona humana» S.S. Juan Pablo II - 2004-IX-01

 

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La Iglesia católica  no desea privilegios: busca tan sólo el modo de cumplir su misión ‘exigida por Cristo’, al servicio de la sociedad del modo jurídicamente más seguro y pastoralmente más eficaz, sabiendo poner en el centro -el hombre-, en el diálogo -las soluciones-’

 

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«Los ignorantes por ser muchos, no dejan de ser ignorantes. ¿Qué acierto, pues, se puede esperar de sus resoluciones?»Benito Jerónimo Feijóo - España

 

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"Obras todas del Señor, bendecid al Señor".-

¡Gloria y alabanza a ti, Santísima Trinidad, único y eterno Dios!

San Juan Crisóstomo (†14 de septiembre de 407) meditando el libro del Génesis, guía a los fieles de la creación al Creador, que es el Dios de la condescendencia, y por eso llamado también «padre tierno», médico de las almas, madre y amigo afectuoso. Une a Dios Creador y Dios Salvador, ya que Dios deseó tanto la salvación del hombre que no se reservó a su único Hijo. Comentando los Hechos de los Apóstoles propone el modelo de la Iglesia primitiva, desarrollando una utopía social, casi una «ciudad ideal». Trataba de dar un rostro cristiano a la ciudad, afrontando los principales problemas, especialmente las relaciones entre ricos y pobres, a través de una inédita solidaridad.

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Gracias por elegirnos. Gracias por seguirnos. Gracias por leernos y por sugerirnos ideas y comentarios. Si eres cristiano se tiene que ver tu fe.

 

 

 

Debido a la existencia de páginas excelentes sobre apologética y formación,  lo que se pretende desde aquí es contribuir muy modestamente y sumarse a los que ya se interesan por el Evangelio de Cristo de manera mucho más eficaz.

En caso de hallar un enlace o subenlace en desacuerdo con las enseñanzas de la Iglesia Católica, notifíquenos por e-mail , suministrándonos categoría y URL, para eliminarlo. Queremos proveer sólo sitios fieles al Magisterio."

 

Los cristianos deben defender sus convicciones “sin arrogancia pero sin pusilanimidad”. Un requisito fundamental para el cristiano del siglo XXI, es tener: "una conciencia moral recta, bien formada, fiel al magisterio de la Iglesia".

 

Compendio del Catecismo de la Iglesia católica
La fe de los sencillos - Una síntesis fiel y segura del Catecismo de la Iglesia católica. Contiene, de modo conciso, todos los elementos esenciales y fundamentales de la fe de la Iglesia. 2005. ¡No falte en el bolsillo de cada cristiano para aprenderlo!

Creer, celebrar, vivir y orar, esta y no más es la fe cristiana desde hace 2000 años, enseñada por la Iglesia Católica sin error porque Cristo la ilumina y sólo Él la guía.

 

Recomendamos vivamente: Título:¿Sabes leer la Biblia?

Una guía de lectura para descifrar el libro sagrado - Autor: Francisco Varo – MMVI. Marzo - Editorial: Planeta Testimonio

 

Recomendamos vivamente: ‘Historia de la Inquisición en España y América’ – El conocimiento científico y el proceso histórico de la Institución (1478-1834). Obra dirigida por don Joaquín PÉREZ VILLANUEVA y Bartolomé ESCANDELL BONET. Es una elevada tarea historiográfica con planteamientos científicos, bases documentales, tratamiento y lenguaje actuales. Y:

La inquisición española - Editorial: BAC- Centro de estudios inquisitoriales- Madrid-España. Autora:(Comella Beatriz.- Rialp, Madrid) Breve-óptimo libro.

 

La Inquisición – la institución, quizás más polémica de cuantas han existido –porque el formidable proceso de secularización moderna la fue convirtiendo paulatinamente en una de las muestras de la mentalidad pretérita más incomprensibles para nuestra sociedad, de valores normativos antitéticos a los de aquella lógica histórica, y porque, por otra parte, ha sido siempre el arma preferida para la batalla ideológica contra determinadas realidades históricas-, no había sido objeto de una Historia amplia, por parte de los españoles, desde la obra del afrancesado José Antonio Llorente, aparecida en los primeros lustros del siglo XIX. +

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'JESUCRISTO PADECIÓ BAJO EL PODER DE PONCIO PILATO,
FUE CRUCIFICADO, MUERTO Y SEPULTADO'
Evangelio según San Lucas, Cap.3, vers.1º: El año decimoquinto del reinado del emperador Tiberio, cuando Poncio Pilato gobernaba la Judea, siendo Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Felipe tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene…

Crucifixión de San Pedro: fue crucificado al revés cabeza abajo - Pergamino con San Pedro en cruz invertida, de Maguncia- Alemania; entre el 900 y el 1000ca. - Museo Diocesano de la Catedral Maguncia (Mainz) Alemania - Pedro en su cruz, invertida. ¿Qué significa todo esto? Es lo que Jesús había predicho a este Apóstol suyo: "Cuando seas viejo, otro te llevará a donde tú no quieras"; y el Señor había añadido: "Sígueme" (Jn 21, 18-19). Precisamente ahora se realiza el culmen del seguimiento: el discípulo no es más que el Maestro, y ahora experimenta toda la amargura de la cruz, de las consecuencias del pecado que separa de Dios, toda la absurdidad de la violencia y de la mentira. No se puede huir del radicalismo del interrogante planteado por la cruz: la cruz de Cristo, Cabeza de la Iglesia, y la cruz de Pedro, su Vicario en la tierra. Dos actos de un único drama: el drama del misterio pascual: cruz y resurrección, muerte y vida, pecado y gracia.

La maternidad divina de María – Catecismo de la Iglesia
495 Llamada en los Evangelios 'la Madre de Jesús'(Jn 2, 1; 19, 25; cf. Mt 13, 55, etc.), María es aclamada bajo el impulso del Espíritu como 'la madre de mi Señor' desde antes del nacimiento de su hijo (cf Lc 1, 43). En efecto, aquél que ella concibió como hombre, por obra del Espíritu Santo, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el Hijo eterno del Padre, la segunda persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre de Dios [Theotokos] (cf. Concilio de Éfeso, año 649: DS, 251).
La virginidad de María
496 Desde las primeras formulaciones de la fe (cf. DS 10-64), la Iglesia ha confesado que Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María únicamente por el poder del Espíritu Santo, afirmando también el aspecto corporal de este suceso: Jesús fue concebido absque semine ex Spiritu Sancto (Concilio de Letrán, año 649; DS, 503), esto es, sin semilla de varón, por obra del Espíritu Santo. Los Padres ven en la concepción virginal el signo de que es verdaderamente el Hijo de Dios el que ha venido en una humanidad como la nuestra:
Así, san Ignacio de Antioquía (comienzos del siglo II): «Estáis firmemente convencidos acerca de que nuestro Señor es verdaderamente de la raza de David según la carne (cf. Rm 1, 3), Hijo de Dios según la voluntad y el poder de Dios (cf. Jn 1, 13), nacido verdaderamente de una virgen [...] Fue verdaderamente clavado por nosotros en su carne bajo Poncio Pilato [...] padeció verdaderamente, como también resucitó verdaderamente» (Epistula ad Smyrnaeos, 1-2).

El acontecimiento histórico y transcendente – Catecismo de la Iglesia
639 El misterio de la resurrección de Cristo es un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas como lo atestigua el Nuevo Testamento. Ya san Pablo, hacia el año 56, puede escribir a los Corintios: "Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce: "(1 Co 15, 3-4). El apóstol habla aquí de la tradición viva de la Resurrección que recibió después de su conversión a las puertas de Damasco (cf. Hch 9, 3-18).
El sepulcro vacío

640 "¿Por qué buscar entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado" (Lc 24, 5-6). En el marco de los acontecimientos de Pascua, el primer elemento que se encuentra es el sepulcro vacío. No es en sí una prueba directa. La ausencia del cuerpo de Cristo en el sepulcro podría explicarse de otro modo (cf. Jn 20,13; Mt 28, 11-15). A pesar de eso, el sepulcro vacío ha constituido para todos un signo esencial. Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección. Es el caso, en primer lugar, de las santas mujeres (cf. Lc 24, 3. 22- 23), después de Pedro (cf. Lc 24, 12). "El discípulo que Jesús amaba" (Jn 20, 2) afirma que, al entrar en el sepulcro vacío y al descubrir "las vendas en el suelo"(Jn 20, 6) "vio y creyó" (Jn 20, 8). Eso supone que constató en el estado del sepulcro vacío (cf. Jn 20, 5-7) que la ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana y que Jesús no había vuelto simplemente a una vida terrenal como había sido el caso de Lázaro (cf. Jn 11, 44).