Tuesday 17 January 2017 | Actualizada : 2016-12-24
 
Inicio > Temas Católicos > 1 - Iglesia 26º apostasía, críticas; eligióles y envió; Pedro primacía entre 12

Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo, según San Mateo (9,36-10,8)- En aquel tiempos Jesús dijo a sus discípulos: «La mies es mucha y los obreros pocos. Rogad, pues, al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies». Y llamando a sus doce discípulos, les dio poder sobre los espíritus inmundos para expulsarlos, y para curar toda enfermedad y toda dolencia. Los nombres de los doce Apóstoles son éstos: primero Simón, llamado Pedro, y su hermano Andrés; Santiago el de Zebedeo y su hermano Juan; Felipe y Bartolomé; Tomás y Mateo el publicano; Santiago el de Alfeo y Tadeo; Simón el Cananeo y Judas el Iscariote, el mismo que le entregó.

 


Eligió a los doce y los envió

En el Evangelio de este domingo Jesús «llama» a sí a los doce y les constituye «apóstoles». Por lo tanto les «manda» hacer lo que hacía él: predicar el reino, cuidar a los enfermos, librar a la gente del miedo y de los poderes demoníacos. Les dice: «Gratis lo recibisteis. Dadlo gratis».

Aquel día Jesús decidió e inauguró la futura estructura de su Iglesia. Ella tendría una jerarquía, un gobierno, o sea, de los hombres por él «llamados» y «enviados» para continuar su obra. Es por esto que la Iglesia es definida «una, santa, católica y apostólica»: porque está fundada en los apóstoles.

Pero todo este asunto de mies y obreros, de rebaño y pastores, de gobernantes y gobernados hoy no goza de buena prensa. Vivimos en un clima de democracia y de igualdad entre los hombres. Si alguien debe ejercer una autoridad deben hacerlo, pensamos, en nuestro nombre, en cuanto que nosotros mismos, con las elecciones, le hayamos conferido el mandato. De aquí un difundido rechazo, o desestimación, ante la jerarquía de la Iglesia: Papa, obispos, sacerdotes.

Se encuentran continuamente personas, especialmente jóvenes de bachillerato y universitarios, que se han construido un cristianismo del todo ellos. Tienen, a veces, un marcado sentido religioso, sentimientos bellísimos. Dicen que, si quieren, se dirigen directamente a Dios, pero que no se les hable de la Iglesia, de los sacerdotes, de ir a Misa, y cosas así. «Cristo sí, la Iglesia no», es su lema.

No hay duda de que también la Iglesia pueda y deba ser más democrática, esto es, que los laicos deban tener más voz en la elección de los pastores y en el modo en que ejercen su función. Pero no podemos reducir, en todo, la Iglesia a una sociedad regida democráticamente. Ella no es decidida desde abajo, no es algo que los hombres ponen en pié por iniciativa propia, para su bien. ¡Si sólo fuera eso, ya no habría necesidad de la Iglesia, bastaría el Estado o una sociedad filantrópica! La Iglesia es institución de Cristo. Su autoridad no viene del consenso de los hombres; es don de lo alto. Por ello, incluso en la forma más democrática que podamos desear para la Iglesia, permanecerá siempre la autoridad y el servicio apostólico, que no es, o no debería ser jamás, superioridad, dominio, sino servicio «gratuito», dar la vida por el rebaño, como dice Jesús hablando del buen pastor.

Lo que tiene lejos a ciertas personas de la Iglesia institucional son, en la mayoría de las ocasiones, los defectos, las incoherencias, los errores de los líderes: inquisición, procesos, mal uso del poder y del dinero, escándalos. Todas cosas, lamentablemente, ciertas, si bien frecuentemente exageradas y contempladas fuera de todo contexto histórico. Los sacerdotes somos los primeros en darnos cuenta de nuestra miseria e incoherencia y en sufrirla.

Los ministros de la Iglesia son «elegidos entre los hombres» y están sujetos a las tentaciones y a las debilidades de todos. Jesús no intentó fundar una sociedad de perfectos. ¡El Hijo de Dios –decía el escritor escocés Bruce Marshall-- vino a este mundo y, como buen carpintero que se había hecho en la escuela de José, recogió los pedacitos de tablas más descoyuntados y nudosos que encontró y con ellos construyó una barca –la Iglesia-- que, a pesar de todo, resiste el mar desde hace dos mil años!

Hay una ventaja en los sacerdotes «revestidos de debilidad»: están más preparados para compadecer a los demás, para no sorprenderse de ningún pecado ni miseria, para ser, en resumen, misericordiosos, que es tal vez la cualidad más bella en un sacerdote. A lo mejor precisamente por esto Jesús puso al frente de los apóstoles a Simón Pedro, quien le había negado tres veces: para que aprendiera a perdonar «setenta veces siete».2005-VI-10

 

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La comunidad cristiana de Roma está estrechamente ligada a Pedro, pero ciertamente este apóstol no es su fundador. Generalmente se suele fechar la llegada de Pedro en el año 42.

 

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El sumo Pontífice, Obispo de Roma sobre la tumba del apóstol Pedro,

Crucificado en cruz invertida 64/ca.Roma.

 

El mensaje del que es depositario y testigo el Magisterio petrino del Sumo Pontífice,  no es otro que el de la salvación y la inmortalidad abiertas a todos los hombres. Sin esto, todo lo anterior sólo tiene un valor secundario. El más genuino mensaje del Papa, si no me equivoco, es que Cristo ha resucitado y con este hecho, extraño e incomprensible salvo para la sabiduría de la fe, resulta allanado el camino para la salvación y la victoria sobre la muerte. El mensaje cristiano no puede reducirse a una mera moral, y menos aún a una política. No libera sólo a los oprimidos sino a todos los hombres. No es un falso consuelo sino un consuelo genuino. Es una promesa, incierta para la razón y esperada por la fe, de triunfo sobre la muerte. Por eso nada hay en el cristianismo de resentimiento contra la vida y sí todo de afirmación de la vida. El resentimiento habita en otros lugares. El apóstol Pablo lo expresó de manera indeleble al decir que si sólo en esta vida esperamos en Cristo somos los más miserables de los hombres. Ésta es la razón de que fracasen todos los intentos de entender al catolicismo y a sus Pontífices desde una perspectiva puramente mundana.

 

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...propter veritatem, quae permanet in nobis,
et nobiscum erit in aeternum.

...en razón de la verdad, que permanece en nosotros,
y estará con nosotros eternamente.
2 San Juan 2.

Desde que Cristo fundara su Iglesia, nuestra alegría es esperanza universal-catolica.

 

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Ni siquiera el propio Pontífice puede decir: «La Iglesia soy yo», o «La tradición soy yo», sino al contrario: él está obligado a obedecer, encarna ese compromiso de la Iglesia.

 

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Pedro, primacía entre los apóstoles.

 

No era la primera vez que Pedro veía otorgársele la primacía entre los Apóstoles. En más de una ocasión había sido nombrado antes que los demás, y distinguido de los demás. El hecho es demasiado conocido para que haya lugar a insistir. Pero es esta la primera vez que Pedro es designado de forma decisiva como jefe de todos y como garante de la obra entera. En este texto, sólo Pedro recibe la carga de ser fundamento. A él el primero es confiada la autoridad doctrinal y disciplinaria en la fórmula «atar-desatar». Los demás Apóstoles no la recibirán sino después de él, solidariamente unos y otros con Pedro (Mateo, 18, 18).

En fin, después de la Resurrección, cuando el Señor repite las funciones de sus Apóstoles, Pedro es nuevamente encargado él sólo de «apacentar los corderos y las ovejas» de Jesucristo (Juan, 21, 15-18). Pero es, pues, provisto definitivamente de la autoridad suprema en la Iglesia. Al mismo tiempo y con las mismas palabras es provisto de la misión del magisterio (comp. con Juan, 10, 3; 15-16).
Pedro es, pues, el primero en la Iglesia, es más jefe que los demás. A él por consiguiente corresponde con pleno derecho el deber de expresar la infalibilidad de la fe de la Iglesia universal. Se concibe entonces que la fe de Pedro sea decisiva para la vida de la Iglesia. Cristo señaló expresamente la importancia que a ello concedía. Rogó, pues, a fin de que fuera preservada la fe del Apóstol y da a éste la misión de ser el punto de apoyo para todos: «Simón, Simón -le dice poco antes de la prisión-, mira que Satanás va tras de vosotros para zarandearos como el trigo cuando se criba; mas yo he rogado por ti a fin de que tu fe no desfallezca; y tú, cuando te conviertas, confirma a tus hermanos» (Lucas, 22, 31- 32). Si el Señor ha rogado por la fe de Pedro, su ruego no puede dejar de ser escuchado y atendido en favor de Pedro y de quienquiera que suceda a Pedro.
Así, al declarar el Concilio del Vaticano que el Sumo Pontífice es infalible, cuando se expresa, «en razón de su autoridad apostólica soberana», como doctor y pastor de la Iglesia universal, y define la doctrina que debe ser sostenida en materia de fe y de costumbres, no apartaba las palabras del Señor de su sentido original. Cuando el mismo Concilio declara que el cuerpo de los obispos sucesores de los Apóstoles, unidos al Sumo Pontífice, enseña infaliblemente, no tergiversa tampoco el sentido auténtico de las palabras de Jesús. La palabra de Pedro es el signo por el cual se reconoce la fe de la Iglesia, porque Pedro es el jefe de la Iglesia. La doctrina de 
Pedro es el criterio en materia de fe, porque en su palabra resuena la voz de todos los Apóstoles y porque, en la palabra de Pedro y de los Apóstoles, resuena la voz de Cristo. No hay, pues, más infalibilidad en la palabra de Pedro o del Papa que en la voz del cuerpo episcopal en comunión con el Papa. Inversamente, el cuerpo de los obispos unidos al papa no es más infalible que la voz del papa solo. En cuanto a la infalibilidad del Papa y de los obispos, no es una infalibilidad distinta de la de la 
Iglesia universal, tomada en su totalidad. Pero la infalibilidad propia del Cuerpo de Cristo no obtiene su expresión oficial más que en la voz de sus jefes y porque es la voz de los jefes. Esto señala por otro lado el Concilio del Vaticano, cuando define la infalibilidad del Sumo Pontífice. Recalca por una parte que el Papa ejerce la 
infalibilidad de que Cristo quiso proveer a su Iglesia entera, y por otra parte advierte que el derecho de dar una voz a la Iglesia infalible corresponde al Papa en razón de su autoridad apostólica soberana.


Tal es la Iglesia. Tal es el lugar de la autoridad en el Cuerpo de Cristo. La autoridad en la Iglesia, signo de Jesucristo.- Extraña sin duda que Cristo tuviera que confiar a conductores de hombres las funciones de enseñanza. ¿No pudo recurrir a profesionales para exponer la doctrina? Gobernar y enseñar son funciones que no tienen gran cosa de común entre sí, y no se conocen muchos jefes de Estado que fueran pensadores, como Marco Aurelio. A quien se extrañe habrá que responder útilmente que Jesucristo no vino a fundar una escuela y a distribuir una ciencia teórica, que Cristo no era un profesor y que los Apóstoles no eran estudiantes, sino que es el fundador de un pueblo, que su fin es arrastrar a la humanidad entera hacia su destino sobrenatural. Así, pues, el conocimiento que reclama Cristo no es un saber nocional y teórico, sino un movimiento espiritual, conocer, amar, obrar, todo a un tiempo.
La respuesta así dada es exacta. Pero es aproximativa, ya que no expresa de manera positiva el sentido de la autoridad en la Iglesia. Tratemos, pues, de explicar su alcance y su significado volviendo al principio, es decir a la intención de Jesucristo. El pueblo que el Hijo de Dios instaura no se parece a una sociedad religiosa cualquiera, y la empresa de Cristo no tiene nada común con la de Buda o de Mahoma. Lo que el Mesías edifica es el pueblo del Reino de Dios, humanidad verdadera, de la cual él queda como único Jefe. Mejor aún, lo que construye es su Iglesia, que es suya con una intensidad absoluta, porque es su Cuerpo. 
Cristo es, pues, el único Jefe, porque es el único que es Cabeza. Y lo será hasta el fin de los tiempos, porque será siempre la llave de bóveda del edificio (1 Corintios, 3, 11; Efesios, 2, 20; Hechos, 4, 11). En Cristo se concentran todos los poderes como en su principio y no los enajena jamás, porque él es la Cabeza. Él es, pues, a la vez el Jefe que manda, el Doctor que enseña, y el Salvador que santifica. Es todo esto y solamente Él lo es, Pero ahora, la Cabeza de la Iglesia está oculta en Dios y es invisible a nuestros ojos, y el orden instituido por Cristo es un orden sacramental, un orden en que el poder divino no está presente y activo sino en cuanto es visiblemente significado a los hombres. Es preciso, pues, que el Dominio de la Cabeza sobre el Cuerpo sea representado y mostrado, a fin de que el Dominio de la Cabeza se ejerza realmente sobre la Iglesia entera. Con esta condición los  miembros del Cuerpo recibirán la animación de la Cabeza. Éste es, precisamente, el papel de la autoridad en la Iglesia. Es significar, a fin de actualizarla, la soberanía de Cristo, Jefe, Doctor, Santificador. Entonces Cristo, porque es significado, está presente en su Iglesia, la gobierna, la enseña, la salva.
Así, pues, en el Cuerpo-Iglesia, ningún ministerio puede tener otro sentido que representar y presentar la única Regencia de Jesucristo. Los cargos de Iglesia y la jerarquía de Iglesia son funciones signo de Cristo, Cabeza de la Iglesia. Por ello los grados esenciales de la jerarquía implican necesariamente los tres poderes: orden, docencia, jurisdicción -de derecho por lo menos- a fin de significar a Cristo. Éste es el caso en el cuerpo episcopal. Es imagen de Jesús Cabeza, que es la Imagen de Dios. La sabía Pablo, sin duda alguna, él que dejaba escapar de su pluma esas pocas palabras, demasiado evidentes a sus ojos para ser justificadas o explicadas: «Cristo habla en mí» (II Corintios, 13, 3). A sus ojos, los doctores y los jefes de la Iglesia forman continuidad con Cristo, significan la Cabeza, y median en su acción. 
San Agustín, a su vez, expresará el sentido profundo de la función pastoral, la razón de su existencia y de su autoridad, declarando que los pastores de la Iglesia lo son en el único Pastor. Así, pues, no hay sino un solo jefe en la Iglesia, que es Cristo, y hay hombres encargados de representarlo, a fin de que Cristo sea en estos hombres el único Jefe, presente y activo en todas las partes del mundo.

 

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El viento de las ideologías - En el evangelio de San Mateo, Pedro confiesa su fe en Jesús, reconociéndolo como Mesías e Hijo de Dios. Por ello el Señor le encarga su tarea particular. El momento de la promesa marca un viraje decisivo en el camino de Jesús: se encamina hacia Jerusalén y dice a los discípulos que este camino lleva a la cruz.
Ambas cosas van juntas y determinan el lugar interior del Primado, de la Iglesia: el Señor está continuamente en camino hacia la cruz. Siempre de nuevo la pequeña barca de la Iglesia es sacudida por el viento de las ideologías, que penetran en ella y parecen condenarla. Sin embargo, precisamente en la Iglesia que sufre, Cristo sale victorioso. También hoy el Señor manda a las aguas. Permanece en su barca, en la navecilla de la Iglesia. También en el ministerio de Pedro el Señor manifiesta su fuerza, precisamente en la debilidad de los hombres, demostrando que Él es quien construye su Iglesia.
Durante la Última Cena, Jesús dice que Satanás ha pedido cribar a los discípulos. Dios da a Satanás cierta libertad. Muchas veces nos parece que demasiada. Jesús añade: «Yo he rogado por ti, para que tu fe no desfallezca». La oración de Jesús es el límite del Maligno, la protección de la Iglesia. La tarea de Pedro consiste en no dejar que esa fe enmudezca, en fortalecerla hasta que el Señor vuelva. Estas palabras profetizan la debilidad de Simón. A través de esta caída, Pedro, y con él la Iglesia, debe aprender que la propia fuerza no basta para edificar y guiar a la Iglesia. El Señor le predice su caída, pero le promete también la conversión. Queremos implorar siempre de nuevo esta mirada salvadora de Jesús: Señor, míranos siempre de nuevo, y así levántanos de todas nuestras caídas y tómanos en tus manos amorosas. (29-VI-2006)

 

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¿UNA APOSTASÍA EN LA IGLESIA?


Daniel Gagnon


A menos que se indique lo contrario, todas las citas bíblicas están tomadas de la Santa Biblia, Antiguo y Nuevo Testamentos.
Antigua Versión de Casiodoro de Reina (1569), Revisada por Cipriano de Valera (1602) [Reina-Valera]. Revisión de 1960, Con referencias. Texto © Sociedades Bíblicas Unidas 1960
  
"El cristianismo del año 440 representaba un tremendo contraste al del año 100.... Los bautistas, como sus precursores anabautistas creen que en este periodo se realizó una gran apostasía de la fe verdadera. Esta "caída de la iglesia" coincidió con "la estatización" del cristianismo por Constantino y los comienzos de la Iglesia Católica Romana. Muchas son las teorías acerca de cuando y cómo fue tal  caída"(Historia de los Bautistas Tomo I. Justo Anderson. Casa Bautista de Publicaciones, Texas, 1978, 1993, pp 124-125)

     Muchas religiones dicen que la Iglesia católica es el resultado de una apostasía total (error completo) por la fusión del paganismo romano con ella. Lo interesante es que estas iglesias afirman poseer la verdad y que nunca habrá una apostasía entre ellas (si Dios puede prevenir un apostasía entre estas iglesias hoy día ¿por qué no pudo prevenirla en la Iglesia Primitiva?) Para apoyar esta afirmación, generalmente citan lo siguiente: 

     "Muchos tropezarán entonces, y se entregarán unos a otros, y unos a otros se aborrecerán. Y muchos falsos profetas se levantarán, y engañarán a muchos"(Mt 24,10-11). 
     "Pero hubo también falsos profetas entre el pueblo, como habrá entre vosotros falsos maestros que introducirán encubiertamente herejías destructoras, y aun negar´n al Señor que los rescató atrayendo sobre sí mismos destrucción repentina. Y muchos seguirán sus disoluciones..."(2 Pe 2, 1-2). 

     "Porque yo sé que después de mi partida entrar´n en medio de vosotros lobos rapaces, que no perdonarán al rebaño. Y de vosotros mismos se levantarán hombres que hablen cosas perversas para arrastrar tras sí a los discípulos"(Hch 20, 29-30). 

     "El Espíritu dice claramente que en los postreros tiempos algunos apostatarán de la fe..." (1 Ti, 1) 

¿Cual es la verdad?...
     La Biblia nos advierte que vendrán falsos profetas, pero vemos que la palabra de Dios nunca dice que habría una apostasía universal y completa. En Mt 24, 10-11 se dice que "engañarán a muchos" pero no a todos. Igual en 2 Pedro, donde leemos que, aún en el peor momento de apostasía, en el tiempo de Lot (vv. 4-6), siempre hubo personas santas que Dios supo proteger del error: "y libró al justo Lot,  abrumado por la nefanda conducta de los malvados... sabe el Señor librar de tentación a los piadosos..." (vv. 7 y 9). Tampoco Hch 20 dice todos, sino algunos "de vosotros".
Y finalmente, 1 Ti dice "algunos apostatarán". Otros hermanos añaden 2 Ts 2, 3, y Ap 13, 4 y 6-9. 

Pero ambos textos hablan de la apostasía del fin del mundo como signo y anticipación de la segunda venida de Cristo y no de los primeros años de la Iglesia Primitiva. Ver el contexto de 2 Ts (1, 7-9 y 2, 1-2). 

     El mensaje del Apocalipsis es también sobre el fin, además en este texto se habla de los santos héroes y mártires de la fe, no de los malos (Ap 13, 7). "Sabe el Señor librar de tentación a los piadosos...", dice Pedro (2 P 2, 9). 

     Hablando Jesús de la Iglesia que Él edificaría, dijo que las puertas del Hades no prevalecerían contra ella (Mt 16, 18). Y en Mt 28, 20 leemos: Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo.
Así que Él promete estar con nosotros siempre. Jesús no dijo "estaré con ustedes todos los días hasta el fin si se portan bien, pero si no, les dejo". Los Apóstoles no iban a vivir en esta tierra 
eternamente, es obvio que se refería también a sus sucesores, con ellos estará por siempre. 

     Isaías profetizó de Jesús y del reino que como Mesías comenzaría a establecer: "...y se llamará  su nombre Admirable, Consejero, Dios fuerte, Padre eterno, Príncipe de paz. Lo dilatado de su imperio y la paz no tendrán límite, sobre el trono de David y sobre su reino, disponindolo y confirm ndolo en juicio y en justicia desde ahora y para siempre" (Is 9, 6-7). "Su reinado quedará  bien establecido" -Dios Habla Hoy-. 

     Jesús dijo que el fruto de sus discípulos permanecerá (Jn 15, 16), algo que no sería cierto si hubo una apostasía universal. 
Digamos que la Iglesia si cayó en apostasía. Jesús de antemano lo hubiera sabido.¿Por qué entonces dió el mandato a los Apóstoles de: Id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo (Mt 28, 19), si sabía que pronto su Iglesia caería en error? Sería imposible evangelizar a todo el mundo en tal caso. Además, Jesucristo prometió enviar al 
Espíritu Santo a su Iglesia para guiarla y así mantenerla en el camino de la verdad: "Y yo rogaré al Padre, y os dará  otro Consolador para que esté con vosotros para siempre" (Jn 14, 16). "Mas el Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará  en mi nombre él os enseñará  todas las cosas, y os recordará todo lo que yo os he dicho" (Jn 14, 26). "Pero cuando venga el Espíritu de verdad él os guiará a toda la verdad..." (Jn 16, 13). 

¿Cómo interpretar a Jesús, Pablo y Pedro cuando hablan de los 
falsos profetas que vendrían?

     No negamos que hubo error entre algunos hombres que dicen ser cristianos. Siempre ha habido herejías y personas que han intentado cambiar las doctrinas recibidas de los Apóstoles. De hecho, los hombres que fundaron las diferentes sectas han hecho esto. Pero no quiere decir que TODA la Iglesia está en error. Ilustra esto la parábola del Reino en Mt 13, 24-30 en que el trigo y la cizaña crecen juntos, así mismo siempre ha habido buenos y malos en el "campo" de la Iglesia. Pero, como enseñó Jesús en la parábola, no nos toca a nosotros arrancar la cizaña. Jesús lo hará  por medio de los  ángeles al fin del mundo (v. 41). Porque nosotros podemos equivocarnos (v. 29). El problema de los hermanos es que se han hecho a sí mismos 
jueces de lo bueno y de lo malo y se apartaron ("arrancándose") del "campo" de la Iglesia en vez de trabajar dentro de ella para mejorarla. 

Otros textos que apoyan que habrá  pecadores en la Iglesia de Cristo son: "Si tu hermano peca contra ti, ve y repréndele estando tu y él solos; si te oyere, has ganado a tu hermano.... Si no los oyere a ellos, dilo a la iglesia" (Mt 18, 15-17). "En una casa grande, no solamente hay utensilios de oro y de plata, sino también de madera y de barro; y unos son para usos honrosos, y otros para usos viles" (2 Ti 2,20).

 

 

¿Cómo fue preservada la integridad de la Iglesia a través de los 
siglos?

     Por medio de lo que se llama SUCESIÓN APOSTÓLICA.
En Hch 1, 6 leemos que los Apóstoles confiaron la autoridad apostólica a Matías. El tomó el puesto de Judas como Obispo. Jesús confirió autoridad a sus Apóstoles diciendo: De cierto os digo que todo lo que atéis en la tierra, será atado en el cielo; y todo lo que desatéis en la tierra, será  desatado en el cielo (Mt 18, 18). En Jn 20, 23 les dio el poder de perdonar los pecados , y en 21, 15-17 se lee que hizo de Pedro Pastor principal para sus ovejas. Le dio las llaves del Reino de los Cielos: Y a ti te daré las llaves del reino de los cielos... (Mt 16, 19). 

Pablo dijo a Timoteo: Lo que has oído de mi ante muchos testigos, esto encarga a hombres fieles que sean idóneos para enseñar también a otros (2 Ti 2, 2).¿No cumplió Timoteo este encargo de Pablo?¿No había hombres fieles para mantener la enseñanza de los Apóstoles? Sabe el Señor librar de tentación a los piadosos (2 P 2, 9). 

     Al comienzo de la Iglesia Primitiva, los apóstoles confirieron a sus sucesores el poder recibido por Jesús. Pablo dijo a Timoteo: No descuides el don que hay en ti, que te fue dado mediante profecía con la imposición de las manos del presbiterio (1 Ti 4, 14). Es decir, Timoteo recibió algo especial: un "don", un llamamiento de Dios a ser presbítero, y esto no se le concedió por casualidad; por lo tanto Pablo le aconseja: No impongas con ligereza las manos a ninguno (1 Ti 5, 22). 

    
Existe mucha evidencia sobre la Sucesión Apostólica. Los primeros miembros de la Iglesia, los llamados "Padres Apostólicos", quienes conocieron personalmente a los Apóstoles y fueron sus discípulos, enseñaron doctrinas definitivamente católicas. 

"LOS PADRES DE LA IGLESIA.
¿Quiénes son estos hombres, a las cuales se les conoce así, en el estudio de la Historia de la Iglesia? Este nombre se les da a los más distinguidos escritores eclesiásticos de los primeros siglos de nuestra era. O sea que vivieron del año 100 al 750 d.C. La importancia de estos hombres radica en que para el evangélico, éstos son sólo un testimonio histórico de lo que creían los cristianos" (Historia de la Iglesia de Cristo, por el pastor José Luis Montecillos, Ch. México, 19992).

Ejemplos de Padres Apostólicos

•Ignacio de Antioquía: Discípulo del Apóstol Juan, enseñado y ordenado sacerdote por Él. Así lo afirma el libro evangélico El Amor Diario (p. 35). En el año110 d.C. en su Carta a los Esmirniotas, Ignacio habla de la autoridad que recibieron los obispos de los Apóstoles. Hablando de los herejes que no creen en la enseñanza católica sobre el cuerpo de Cristo, Ignacio les exhorta: "Apártense también de la Eucaristía y de la oración, porque no confiesan que la Eucaristía es la carne de nuestro Salvador Jesucristo, la misma que padeció por nuestros pecados, la misma que, por su bondad, resucitó el Padre (Epístola a los Esmirniotas, 7:1). Ignacio fue el primer autor cristiano en mencionar la palabra CATÓLICA para decir que la Iglesia es universal en todo lugar y en todo tiempo desde Cristo. Por la forma en que utiliza esta palabra se puede inferir que era una expresión común en el mundo cristiano. 

•Clemente de Roma: Discípulo de Pedro, cuarto Obispo de Roma, y Papa (es probable que sea el Clemente mencionado en Fil 4, 3). En su Epístola a los Corintios, Clemente habla de confesarse a un sacerdote y afirma que los Apóstoles escogieron sucesores para prevenir la apostasía, y que ellos establecieron la regla de que, antes de morir, los obispos escogieran a otros para reemplazarles en su ministerio sagrado. Es interesante notar la importancia del obispo de Roma. En 88 d.C., Clemente, mostrando su autoridad sobre otras iglesias fuera de Roma, intervino en los problemas de la Iglesia de Corinto cuando aún vivía el Apóstol Juan, quien hubiera sido el más indicado para intervenir por ser el último de los doce. En cuanto a la 
regla de sucesión apostólica leemos en su carta: "Nuestros Apóstoles tuvieron conocimiento, por inspiración de nuestro Señor Jesucristo, que habría contiendas sobre este nombre y dignidad del episcopado. 
Por esta causa, pues, como tuvieran perfecto conocimiento de lo por venir, establecieron a los susodichos y juntamente impusieron para adelante la norma de que, muriendo éstos (los obispos), otros que fueran varones aprobados les sucedieran en el ministerio" (Primera Carta XLIV). 

•Policarpo de Esmirna: Discípulo de Juan. Hablando de Jesucristo, dice: "Sirvámosle, pues, con temor y con toda reverencia, como Él mismo nos lo mandó, y también los Apóstoles que nos predicaron el Evangelio" (#3). "Policarpo diácono probado entre los de su tiempo, al modo que lo fue Esteban entre los del tiempo de los Apóstoles,... conforme a como a él le instruyera el Señor, tuviera también en la 
Iglesia
el discurso de instrucción catequética. Concedióle, pues, Cristo ante todo, la regla eclesiástica católica de la recta enseñanza..." (Apéndice a San Policarpo, XII). 

     Estos hombres aprendieron tales doctrinas de los Apóstoles y no las inventaron por su cuenta. Si estos Padres Apostólicos enseñaban doctrinas heréticas, ¿por qué estaban dispuestos a morir por defenderlas si eran puras mentiras?¿Tu morirías por algo falso? Ellos recibieron la verdad de los Apóstoles y la guardaron hasta dar su vida por lo que creían. 

•Epístola de Bernabé (130 d.C.): En esta carta podemos encontrar que los cristianos celebraban el culto en domingo (no en sábado, como dicen los adventistas y otros "del séptimo día"), y que las obras forman parte integral de la salvación (no sólo la fe como dicen los evangélicos). 

•La Didajé (o Didaché) La Enseñanza de los Doce Apóstoles (años 90-100 d.C.): En esta obra podemos ver que los cristianos bautizaban por inmersión y rociando agua encima de la cabeza. 

    
Tenemos dos opciones: la apostasía sucedió o no sucedió. Si no sucedió, entonces la Iglesia sobrevivió intacta a través de la historia. Pero, si decimos que la Iglesia sí cayó en apostasía, entonces tenemos que concluir algo absurdo: QUE JESÚS FUNDÓ UNA IGLESIA APÓSTATA.

¿Por qué concluir esto? Porque como acabamos de ver la Iglesia del primero y segundo siglos, es la misma Iglesia del NT y si la Iglesia Primitiva era apóstata lo era desde el principio, desde los Apóstoles. Si los Padres de la Iglesia Primitiva 
enseñaban herejías quiere decir que sus maestros, los Apóstoles de 
Jesús, les enseñaron mal.
Tendriamos que concluir también que Jesucristo no fue realmente el "Maestro Mayor" porque no pudo prevenir una apostasía entre sus alumnos. No sería el Dios-Todopoderoso.¿Qué clase de maestro es este que no puede asegurar que su enseñanza sea entendida? Además, si hubiese habido una apostasía completa, tendríamos un gran problema histórico: EL SILENCIO. No existe evidencia alguna de que realmente sucedió. Al contrario, toda la evidencia histórica y bíblica apoya que la Iglesia católica sigue las enseñanzas de los Apóstoles. 

     La decisión acerca de cuáles libros serían aceptados en el canon fue tomada en el Concilio de Laodicea en el año 363 d.C. (confirmada sucesivamente en los Concilios de Hipona y Cartago y apoyada por el Papa). Es decir, que si la Iglesia cayó en apostasía "pronto después de los Apóstoles" llegamos a otra conclusión absurda: que no se puede confiar en la Biblia porque la lista de sus libros (el canon) fue confirmada y preservada a través de los siglos por una iglesia apóstata.¡Poner en duda la Iglesia es poner en duda la Biblia! 

     Es antibíblico sugerir que en algún momento en el tercer o cuarto siglo (los que se oponen a la Iglesia son muy vagos en cuanto a fechas) Cristo, el Esposo, se divorció de su Iglesia-esposa por "infidelidad" (aunque le había prometido protegerla), vivió como soltero por 1200 años o más y luego ¡se casó con más de 28,000 
denominaciones diferentes! 

     Es absurdo pensar que en Mt 18,17 Jesús haya pedido a sus seguidores que llevaran a los hermanos pecadores a la Iglesia si esta Iglesia iba a ser apóstata también. 

     La posición de algunos hermanos, de que hubo una apostasía, está  basada solamente en las palabras de sus fundadores. Pero la Biblia dice otra cosa: A Él sea gloria en la iglesia en Cristo Jesús por todas las edades [siglos] (Ef 3,21). Ciertos bautistas utilizan este texto para mostrar a los mormones que la Iglesia debe permanecer a través de los siglos. 

     Los primeros cristianos fueron muy cuidadosos en proteger la verdad que habían recibido de los Apóstoles : Amados, por la gran solicitud que tenía de escribiros acerca de nuestra común salvación, me has sido necesario escribiros exhortándoos a que contendáis ardientemente por la fe que ha sido una vez dada a los santos (Jud 
3). "Los anabauistas querían volver al Nuevo Testamento. Su objetivo no era reformar la iglesia existente, sino restaurar la iglesia apostólica. Según ellos, la iglesia verdadera había desaparecido y había que recuperarla. Esta tendencia ahistórica estaba acompañada de una actitud antiintelectual" (Latinoamérica en llamas, Pablo A. Deiros y Carlos Mraida, dos teólogos e historiadores bautistas, Edit Caribe, 1994, p. 37.
Énfasis mío). En la p. 25 ellos citan a los Padres Apostólicos. 

     Siempre deberíamos recordar las palabras de Jesús: No todo el que dice: Señor, Señor, entrará  en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos (Mt 7, 21). En los siguientes temas veremos que esta voluntad divina está en la Biblia y cuál Iglesia la cumple más (Podemos ver que no son exclusivamente los milagros y las profecías los que prueban la verdad Mt 7, 22-23.)

Del libro No todo el que dice Señor, Señor Paulinas, 2a ed., México - ·Gagnon-Daniel

 

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ORIGEN DE LA IGLESIA - NOTAS - TEXTOS

 

1.     I/APOSTOLICIDAD
Carta del Arzobispo
El ministerio del Obispo

 

No es mal momento el de las Visitas pastorales, tantas y en tantos años, para que ustedes y yo nos paremos a pensar, con ojos de fe, en el ministerio apostólico del obispo.Apostólico he dicho, y esto nos remite a un momento señalado de la vida pública de Jesús, que nos describe así san Lucas: "Salió El hacia la montaña para orar y pasó la noche en oración a Dios. Cuando llegó el día, llamó a sí a los discípulos y escogió a doce de ellos, a quienes dio el nombre de Apóstoles" (6, 12-13). San Marcos (3, 14) añade este detalle significativo: "Designó a doce para que estuviesen con él y para enviarlos a predicar, con poder de expulsar demonios". En distintos pasajes de los evangelios se va concretando la silueta de los doce, encabezados siempre por Pedro, al que Jesús dotaría del poder de atar y desatar, fe personal indefectible, pastoreo universal de ovejas y corderos en la grey del Señor.
A todos los apóstoles les son aplicables estas grandes afirmaciones de Jesús: - Como el Padre me envió a mí, así os envío yo a vosotros.
- El que a vosotros os acoge a mí me acoge, el que a vosotros os desprecia a mí me desprecia.
- Haced esto (el misterio eucarístico) en memoria mía.
- A quienes perdonéis los pecados les serán perdonados.
- Id y predicad a todas las naciones.
Esos son los textos más emblemáticos sobre el ministerio de los 
Doce; pero, espigando por las páginas del Nuevo Testamento, 
encontramos que a ellos les fue dado conocer los misterios del Reino, 
ser amigos y no siervos, conversar con Cristo resucitado, recibir el 
Espíritu de Pentecostés. Y, por decirlo todo, sabemos también que, 
en su etapa de discipulado, discutían entre sí sobre los primeros 
puestos del Reino, Jesús los recriminó como hombres de poca fe, uno 
de ellos lo entregó a sus verdugos, otro lo negó tres veces y los 
demás, excepto Juan, lo abandonaron a su suerte en la pasión y 
crucifixión. Hombres de carne y hueso como nosotros, pero que lo 
dejaron todo por El, se rehicieron con la experiencia de la 
Resurrección
y, confortados por el Espíritu, fueron todos pregoneros 
del Evangelio y derramaron su sangre por el Maestro.

Los primeros sucesores
¿De qué hubiera servido todo aquello, si Cristo no hubiera 
garantizado otros eslabones de la cadena, para que llegaran intactas 
hasta nosotros su palabra bendita, su Iglesia santa, todos los dones 
de su salvación? Yo estaré con vosotros, aseguró el Maestro, todos 
los días hasta la consumación de los tiempos (Mt. 28, 20). Los 
apóstoles asociaron ya su ministerio a otros varones escogidos de 
entre los miembros de las primeras comunidades. Primero fue la 
institución de los diáconos, tal cual la describen los Hechos de los 
Apóstoles. Luego vendrían los responsables directos de las Iglesias 
nacientes.
En la primera Carta de san Pedro, dirigida a las comunidades de la 
diáspora judía, leemos preciosas exhortaciones a los pastores de las 
Iglesias, no está claro todavía si obispos o presbíteros, pero cierto 
que continuadores de la predicación apostólica. Les dice: "Apacentad 
el rebaño de Dios que os ha sido confiado, no por la fuerza, sino con 
blandura según Dios; no por sórdida ganancia, sino con prontitud de 
ánimo; no como dominadores sobre la heredad, sino sirviendo de 
ejemplo al rebaño. Así, cuando aparezca el Pastor soberano, 
recibiréis esa corona inmarcesible de la gloria" (I Pe. 5, 2- 4).
Timoteo y Tito, discípulos, amigos y compañeros muy jóvenes de 
Pablo en sus correrías apostólicas, fueron destinatarios de sendas 
cartas del Apóstol, que se dirige a ellos con el título de hijo amado, o 
hijo mío verdadero, a los que considera ya obispos y dice cosas como 
estas: "Te exhorto a que hagas revivir el carisma de Dios que hay en 
ti por la imposición de mis manos. Guarda el buen depósito (de la fe) 
por la virtud del Espíritu, que mora en nosotros" (A Timoteo). "Es 
preciso que el obispo sea intachable, como administrador de Dios... 
hospitalario, amador de los buenos, modesto, justo, santo, continente, 
guardador de la palabra fiel; que se ajuste a la doctrina, de suerte 
que pueda exhortar a la doctrina sana y argŸir a los contradictores" 
(A Tito).

Un modelo del siglo II
Otro, que no tenía nada de joven pero sí de obispo insigne, 
cargado de años y lleno de sabiduría, fue Ignacio de Antioquía quien, 
en los primeros años del siglo II, fue condenado a las fieras en el 
Circo de Roma. En su camino hacia allá, fue dejando como joyas unas 
cartas a las Iglesias del recorrido sobre las comunidades y sus 
pastores. Suya es la expresión "Nada sin el Obispo" y suya, entre 
muchas, es esta semblanza entrañable del Obispo de Filadelfia: "Sé 
muy bien que vuestro obispo no ha recibido el ministerio de servir a la 
comunidad ni por propia arrogancia ni de parte de los hombres, ni por 
vana ambición, sino por el amor de Dios Padre y del Señor 
Jesucristo... Su vida está tan en consonancia con los preceptos 
divinos como las cuerdas con la lira... conozco bien sus virtudes y su 
gran santidad: sus modales, su paz y su mansedumbre son como un 
reflejo de la misma bondad del Dios vivo".
¿A qué seguir? San Agustín tiene un libro homilético sobre los 
pastores donde acuña la famosa expresión "Con vosotros soy 
cristiano, para vosotros soy obispo; el primero es un título de honor, 
el segundo de responsabilidad". Y, perdón ya por las citas, pero 
considero hoy necesaria, para el propio obispo, sus presbíteros y los 
demás miembros del Pueblo de Dios, una lectura de fe del ministerio 
apostólico, tal y como salió de las manos del Señor, fue encarnado 
por sus primeros titulares, los santos apóstoles, y por sus modelos 
arquetípicos, los santos Padres. ¡Quién pudiera!

El binomio obispo-comunidad
Dando desde allí un salto a nuestro siglo, baste recordar que lo 
que el Concilio de Trento fue en el XVI para apuntalar la doctrina del 
sacerdocio cristiano lo ha sido el Vaticano II en sus enseñanzas sobre 
el episcopado. Ocupan el capítulo IV de la Constitución sobre la 
Iglesia
y todo el decreto Christus dominus sobre el ministerio pastoral 
de los obispos en la Iglesia. Del Concilio emana una figura de obispo 
más bíblica, más evangélica, más eclesial, más pastoral y, en 
definitiva, más cercana y más moderna.
Se nos muestra como sucesor de los apóstoles, pastores de la 
Iglesia
local, sacerdote en plenitud, maestro de la fe, animador de la 
vida cristiana, padre y hermano de los sacerdotes, promotor de las 
vocaciones consagradas, servidor de la unidad, respetuoso con los 
carismas y responsable de su discernimiento. Vínculo de comunión 
con el sucesor de Pedro y con todas las Iglesias. Fuente de santidad 
sacramental y llamado a ser modelo y estímulo de la santidad moral.
¿Ven cuán necesitados estamos de la ayuda del Pueblo de Dios los 
agraciados y cargados con este ministerio? Por algo se incluye una 
oración por el obispo en el Memento de la misa y en las Preces de 
Vísperas. Quien sólo se fije en la persona, ya sea en sus deficiencias 
y limitaciones, ya en sus talentos y virtudes, no da en el clavo. El 
binomio obispo-comunidad se ha de vivir con provecho eclesial en las 
dos direcciones, cuando nos miramos desde las dos orillas con ojos 
de fe: -Este pueblo es la heredad del Señor, su santa grey, ¿cómo 
podría yo menospreciarlo, no echarle cuentas, defraudarlo? -Este 
hermano mío encarna a Cristo-Pastor ¿cómo negarle la acogida, la 
docilidad religiosa, el amor filial? Quede todo así.

ANTONIO MONTERO- Semanario "Iglesia en camino"
Archidiócesis de Mérida-Badajoz- No. 234 - Año V-14 de diciembre 1997

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2. APOSTOL- DOCE- ORIGEN – PUEBLO DE DIOS

 

Origen de la Iglesia 
De entre las muchas y complicadas cuestiones relacionadas con el 
problema de la fundación de la Iglesia por Jesús, sólo cabe destacar 
aquí una pequeña sección.
Aquélla precisamente que esclarece el 
núcleo del pensamiento eclesial de Jesús. Que Jesús quiso ser más 
que un propagandista de una nueva moralidad, que por lo demás no 
sería obligatoria y quedaría al capricho del individuo; que quiso más 
bien una nueva comunidad religiosa, un pueblo nuevo, lo expresó él 
mismo con un gesto único y sencillo, que Marcos formula así: «Llamó 
a los que quiso... y designó a doce...» (Mc 3,13s). Mucho antes de 
que existiera el nombre de "apóstol" (sólo apareció sin duda después 
de la resurrección), ya existía la comunidad de los doce, cuyo nombre 
esencial era cabalmente ser «los Doce». Toda la importancia que se 
daba precisamente a ese número de doce, se mostró bien a las claras 
después de la traición de Judas: los apóstoles (bajo la dirección de 
Pedro) consideraron como su primer deber restablecer el número 
perdido de doce (Act 1,15-26) Da hecho, ese número era cualquier 
cosa menos indiferente o casual. Israel seguía considerándose como 
el pueblo de las doce tribus, que esperaba para la era mesiánica de 
salvación el restablecimiento precisamente de las doce tribus de 
Israel, que habían nacido un día de los doce hijos de Jacob-Israel. Al 
"designar a doce", Jesús se confesaba como el nuevo Jacob (cf. 
también Jn 1,51; 4,12ss), que ponía ahora el fundamento del nuevo 
Israel, del nuevo pueblo de Dios, que había de nacer de estos doce 
nuevos patriarcas para formar el verdadero pueblo de las doce tribus 
en virtud de la palabra de Dios; y a esos hombres se les confiaba el 
esparcir su semilla.
Así, en el fondo, toda la acción de Jesús en el círculo de los doce 
era al propio tiempo obra de fundación de la Iglesia, en cuanto toda 
estaba dirigida a capacitarlos para ser padres espirituales del nuevo 
pueblo de Dios. Más aún, se ha hecho notar que en la 
autodesignación de Jesús como "Hijo del hombre" vibra siempre el 
factor fundacional, porque, desde su origen en Dan 7, es palabra 
simbólica para designar al pueblo de Dios de los últimos tiempos. Al 
aplicársela Jesús a sí mismo, se designa implícitamente como creador 
y señor de este nuevo pueblo, con lo que toda su existencia aparece 
referida a la Iglesia (Kattenbusch). Pero hay naturalmente ciertos 
momentos en su vida en que gravita con mayor fuerza su intención de 
fundar la Iglesia. Tales momentos son la colación del poder de atar y 
desatar a Pedro (Mt 16,18s y Jn 21,15-17) y a los apóstoles (Mt 
18,18), y más todavía la última cena. Sabios como A. Schlatter, T. 
Schmidt, F. Kattenbusch, K.H. Schelkle han mostrado que la última 
cena debe concebirse como el verdadero acto fundacional de la 
Iglesia
por parte de Jesús. Cierto que precedieron la vocación de los 
doce y el primado de Pedro; ni una ni otra cosa se suprimen en la 
cena, sino que se dan por supuestas y ambas cobran con la cena su 
propio y verdadero sentido. Porque sólo con la cena da Jesús a su 
futura comunidad un punto específico de apoyo, un acontecimiento 
aparte, que sólo a ella le conviene, la destaca de manera 
inconfundible de toda otra comunidad religiosa y la reúne con sus 
miembros y con su Señor para formar una nueva comunidad. Pero 
aquí es sobre todo instructivo el estrecho contexto con la pascua 
judía. Si la última cena de Jesús fue una comida pascual o si, al 
tiempo que se sacrificaban los corderos pascuales, se estaba él 
desangrando sobre la cruz, no lo sabemos con certeza. En todo caso 
se da un estrecho nexo con la pascua judía: o insertó Jesús su nueva 
comida en la antigua comida pascual y así declara su comida como 
verdadera pascua, o murió en la hora misma en que corría en el 
templo la sangre de los corderos pascuales, y demostraba así ser el 
nuevo y verdadero cordero pascual (cf. Jn 19,36 y Éx 12,46; lCor 5,7). 
PAS/ISRAEL: Ahora bien, la primera noche pascual fue la verdadera hora del nacimiento del pueblo de Israel. Fue la noche en que el ángel de Dios exterminó a los primogénitos de los egipcios y perdonó a los hijos de Israel, los dinteles de cuyas casas estaban marcados con la sangre del cordero (Ex 11-12). Ello acabó por dar al pueblo esclavizado de Israel la libertad de salir de Egipto y convertirse en un verdadero pueblo. Si, pues, Israel celebraba año tras año la pascua, pensaba en su nacimiento como pueblo que le fue dado en aquella noche. La pascua era más que un mero recuerdo; seguía siendo el hontanar del que vivía Israel y lograba su unidad como pueblo de Dios. Israel seguía sintiéndose afirmado sobre el acontecimiento pascual, para recibir de él su renovada fundación. En la fiesta de pascua vuelve a reunirse todo el pueblo de Israel, disperso por todo el mundo y en el templo único de este pueblo para encontrarse aquí, en este lugar único de culto, con su Dios y sentir así el centro de su unidad. «El culto es en el antiguo Israel un acto creador, en que se hace presente la redención histórica y escatológica e Israel es creado de nuevo como pueblo de Dios» (N.A. DAHL, Das Volk Gottes, Oslo 1941, 722).


PUEBLO- UNIDAD Y ahora podemos reflexionar: Cristo se entiende a sí mismo como el nuevo y verdadero cordero pascual, que muere vicariamente por todo el mundo e instituye la comida en que se come su carne y se bebe su sangre en verdadera y definitiva comida pascual. Esto significa que a esta comida le conviene ahora el sentido que antaño fue característico de la celebración de la pascua judía. 
Así, resulta que esta comida aparece como el origen de un nuevo 
Israel y centro permanente del mismo. Como el antiguo Israel veneró 
un día en su templo su centro y la garantía de su unidad y en la 
celebración común de la pascua realizó de manera viva esta unidad, 
así ahora la nueva comida será el vínculo de unidad de un nuevo 
pueblo de Dios. Éste no necesita ya el centro local de un templo 
exterior, porque en esta comida ha encontrado una unidad interior 
mucho más profunda: con su cena el Señor único está personalmente 
entre ellos, dondequiera que se encuentren; todos comen de un 
Señor, dentro del cual se funden por esa comida: el cuerpo del Señor, 
que es centro de la comida del Señor, es el nuevo templo único, que 
aúna a los cristianos de todos los lugares y tiempos con unidad 
mucho más real de lo que pudiera hacerlo un templo de piedra. Así, 
de esta nueva pascua cabe decir de manera más eficaz y real lo que 
ya se dijo de la antigua: que no sólo fue fuente y centro del pueblo de 
Dios, sino que lo es y lo será siempre. 


TEMPLO: Aquí hay que recordar todavía otra serie de ideas, que pueden esclarecer aún más todo el problema. Mateo y Marcos, lo mismo que Juan, transmiten (aunque en contextos distintos) una palabra de Jesús según la cual reedificaría en tres días el templo destruido sustituyéndolo por otro mejor (Mc 14,58 y Mt 26,61; Mc 15,29 y Mt 27,40; Jn 2,19; cf. Mc 11,15-19 par; Mt 12,6). Tanto en los sinópticos como en Juan, es evidente que el nuevo templo «no hecho por mano de hombre» es el cuerpo glorificado de Jesús. Por eso, según todo lo dicho, el sentido de la frase completa sólo puede ser éste: Jesús anuncia la ruina del antiguo culto y, con él, del antiguo 
pueblo elegido y de la antigua economía mientras promete un culto nuevo y superior, cuyo centro será su propio cuerpo glorificado. 
Partiendo de aquí cobra también su sentido exacto el relato de que a la muerte de Jesús se rasgó el velo del Sancta sanctorum (/Mc/15/38:/Mt/27/51:/Lc/23/45). En este rasgarse se cumple simbólicamente de antemano la ruina del antiguo templo. El Sancta sanctorum, cuyo velo se rasga, deja de ser lugar de la presencia de Dios el templo ha perdido su corazón, y el culto, que todavía se celebra en él por algún tiempo, se convierte así en un gesto vacío. 

Con la muerte de Jesús el templo antiguo y, por ende, el culto y el pueblo cuyo centro era, pierde toda su legitimidad, porque ahora ha nacido el nuevo culto y el nuevo pueblo cultual, cuyo centro es el nuevo templo: el cuerpo glorificado de Jesús, que representa ahora el lugar de la presencia de Dios entre los hombres y su nuevo centro de culto.
Resumiendo, puede decirse que Jesús creó una "Iglesia", es decir, una nueva comunidad visible de salvación. Jesús la entiende como un nuevo Israel, como un nuevo pueblo de Dios que tiene su centro en la celebración de la cena, en la que ha nacido y en la cual encuentra su centro permanente de vida. O dicho de otra manera: el nuevo pueblo de Dios es pueblo que nace del cuerpo de Cristo.

JOSEPH RATZINGER - EL NUEVO PUEBLO DE DIOS
HERDER 101 BARCELONA ESPAÑA 1972.Págs. 89-93

  

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OBJECIONES A LA IGLESIA

 

 

 ¿No es intolerante con opiniones socialmente aceptadas?

 

    —¿Y no es intolerancia por parte de la Iglesia condenar acciones o actitudes que en algunos casos están socialmente aceptadas, sin atender a las opiniones de quienes las defienden?

    Afortunadamente, ser tolerante no es compartir en todo la opinión de los demás (eso sería la forma más segura de volverse loco en poco tiempo). Ser tolerante tampoco es dejar de mantener las propias convicciones porque estén poco de moda (hacerlo sería también una forma excelente de acabar sin ninguna idea propia dentro de la cabeza), sino reconocer y respetar su derecho a pensar de otro modo. Y la Iglesia lo hace.

    Por otra parte, la tolerancia y el respeto al legítimo pluralismo, nada tienen que ver con una especie de relativismo que sostuviera que no existe nada que se considere intrínsecamente bueno y universalmente vinculante.

Si no hubiera cosas que están claramente mal

y que no deben tolerarse,

nadie podría, por ejemplo,

recriminar legítimamente a Hitler por el genocidio judío.

    Pues ese espantoso crimen fue perpetrado dentro de los amplios márgenes de la "justicia" y la "ley" nazis, establecidas a partir de unas elecciones democráticas que se realizaron de forma correcta.

    Si no hay una referencia a una verdad objetiva, los criterios morales carecen de base sólida, y tarde o temprano se produce una gran confusión acerca de lo que está bien y lo que está mal. Y es precisamente entonces cuando la sociedad queda a merced de quienes tienen el poder de crear opinión.

    Por otra parte, y como ha señalado Giacomo Biffi, a quienes piensan que la Iglesia es poco tolerante habría quizá que recordarles que la realidad histórica de la intolerancia, manifestada trágicamente como la matanza en masa de inocentes, entra en el acontecer humano precisamente con el triunfo político de la razón separada de la fe, con el triunfo del librepensamiento.

    El principio de que es lícito suprimir colectivos enteros de personas por el solo hecho de ser consideradas un obstáculo para la imposición de determinada ideología –continúa Biffi–, fue aplicado por primera vez en la historia en 1793, con la incansable actividad de la guillotina y con el genocidio de La Vendée.

    Y los frutos más amargos de esa semilla se han producido en el siglo XX, el siglo más sangriento que se conoce, con la masacre de los campesinos rusos por parte de los bolcheviques, con el genocidio hebreo por los nazis, con las matanzas de camboyanos llevadas a cabo por los comunistas, etcétera.

—Bien, pero el hecho de que haya habido gente tan terriblemente intolerante, no quiere decir nada...

    Si la intolerancia arrecia en la evolución de la historia precisamente cuando menos influencia tiene la Iglesia sobre la sociedad, cabe pensar que la Iglesia no sea tan intolerante como dices. Algo tendrá que ver, probablemente, una cosa con la otra.

    —Admito que las sociedades con fundamentos cristianos sean efectivamente más tolerantes que las ateas, pero de la tolerancia personal de los cristianos no estoy tan seguro...

    No me será fácil demostrar lo contrario, porque de la virtud de cada cristiano yo no puedo responder. Pero pienso que las personas con convicciones religiosas arraigadas caen más difícilmente en actitudes intolerantes.

    Por aportar un dato significativo –aunque es sólo un ejemplo–, un amplísimo sondeo Gallup realizado recientemente en USA para la revista First Things, en el que se establecieron doce grados para medir la religiosidad, señalaba que el segmento de población considerado más religioso (el llamado highly spiritually committed, que alcanzaba al 13% de la población) corresponde a "las personas más tolerantes, más inclinadas a realizar actos caritativos, más preocupadas por la mejora de la sociedad, y más felices".

    Y en cualquier caso, no se puede culpar a la Iglesia de todo lo que hace algún que otro católico más o menos intolerante. Te vuelvo a decir que son cosas de la vida, no de la Iglesia.

 

¿Por qué no pueden casarse los curas?

    —No entiendo por qué la Iglesia católica no permite que puedan casarse los curas, o bien ordenarse personas casadas. Sobre todo, pensando en la preocupante escasez de sacerdotes.

    La Iglesia católica de Occidente ha hecho la elección de escoger a sus sacerdotes entre hombres que han recibido el carisma del celibato. Esto –afirma Jean-Marie Lustiger– es algo más que una disciplina canónica: es una opción inspirada por el mismo Jesucristo. Pero es cierto que la Iglesia católica mantiene y recuerda también la posibilidad y su derecho de ordenar a hombres casados. Ésa es la tradición, por ejemplo, de las iglesias católicas de rito oriental unidas a Roma.

    Respecto a lo que dices sobre la acuciante falta de sacerdotes, la cuestión del matrimonio no se ha demostrado determinante ni decisiva respecto a las nuevas vocaciones. Y es algo que puede verificarse fácilmente: basta con fijarse en las iglesias orientales (en las que se ordenan también sacerdotes casados), o en el anglicanismo y el luteranismo (donde también lo hacen y, además, están bastante mejor retribuidos), y viendo los datos numéricos de vocaciones sacerdotales se comprueba fácilmente que en ninguno de los casos hay una correlación entre vocaciones y matrimonio. De hecho, la disminución de vocaciones de pastores luteranos y anglicanos es superior a la de sacerdotes católicos en esos mismos países en la misma época.

    Por el contrario, surgen de manera insistente y significativa vocaciones de sacerdotes solteros en iglesias que admiten la ordenación de casados. Es un dato poco conocido, pero que confirma una tendencia que avanza desde hace aproximadamente un siglo en el anglicanismo, las iglesias orientales, el luteranismo alemán y en algunos protestantes franceses.

 

¿Por qué impone sanciones a teólogos?

    —Si la Iglesia dice que verdad cristiana no debe imponerse más que por la fuerza de la misma verdad, ¿cómo se explica que la Iglesia siga imponiendo sanciones a teólogos que mantienen posiciones demasiado "renovadoras"?

    La Iglesia católica no obliga a ninguna persona a creer en nada. Lo que pasa es que a veces algunos se han empeñado en presentar como mártires, y como objeto de clamorosas injusticias, a algunos sacerdotes y teólogos que pretenden seguir diciendo, desde puestos oficiales de instituciones eclesiásticas, cosas que no son de ninguna manera conciliables con la teología católica.

    Cualquier persona, sea o no creyente, entiende que la Iglesia –como cualquier otra institución que no quiera acabar en la más lamentable de las confusiones– debe asegurar que las personas que la representan son personas que expresan con fidelidad su doctrina. Y aunque esa doctrina es compatible con la evidente multiplicidad del pensamiento cristiano, hay cosas que no son pluralidad sino contradicción.

    Dentro de la misión de la Iglesia está verificar si una línea de pensamiento o de expresión de la fe pertenece o no a la verdad católica. Y mantener esas garantías exige un Derecho –el Derecho Canónico–, y exige una autoridad que juzgue conforme a ese Derecho y luego se ocupe de aplicar sus decisiones.

    Y hay que decir, además, que sus procedimientos judiciales son mucho más respetuosos y contemporizadores que los que se emplean en el mundo judicial civil. No hay más que leer el Código de Derecho Canónico para ver que la Iglesia no es una institución sometida a lo arbitrario: se respeta enormemente el derecho de las personas, y eso aun a costa de incurrir a veces en cierta lentitud.

¿Por qué no modera un poco sus exigencias?

    —¿Y no crees que si la Iglesia moderara sus exigencias, habría más creyentes?

    Francamente, creo que no. Hay personas que aseguran que tendrían fe si vieran resucitar a los muertos, o si la Iglesia rebajara sus exigencias en materia sexual, o si las mujeres pudieran llegar al sacerdocio, o simplemente si su párroco fuera un poco menos antipático. Pero es muy probable que, si se cumplieran esas condiciones, su increencia encontrara enseguida otras. Porque, como dice Robert Spaemann, la persona que no cree es incapaz de saber bajo qué condiciones estaría dispuesta a creer.

    Hay personas que no creen porque, simplemente, no tienen fe, y ya está. Sin embargo, las que dicen no creer por el exceso de exigencia de la Iglesia en algunas cuestiones morales, probablemente tampoco creerían aunque un muerto resucitara ante sus mismas narices. Enseguida encontrarían alguna ingeniosa explicación que les dejara seguir viviendo como antes.

    —Pero, aunque no fuera para "captar" creyentes, la Iglesia podría moderar sus exigencias en beneficio de los que sí creen. Me parece que fue el mismo Santo Tomás quien dijo que en el punto medio está la virtud...

    Lo dijo, efectivamente. Pero se refería al punto medio entre dos extremos erróneos, y no a hacer la media aritmética entre la verdad y la mentira, o entre lo bueno y lo malo.

    Porque, de lo contrario, incurriríamos en aquello que no hace mucho decía un parlamentario de nuestro país: cuando alguien dice que dos más dos son cuatro, y algún cretino –con perdón, no lo digo por ti– le responde que dos más dos son seis, siempre surge un tercero que, en pro del necesario diálogo y respeto a las opiniones ajenas (en suma, de la moderación y del entendimiento), acaba concluyendo que dos más dos son cinco. Y lo peor es que encima puede ser considerado como un hombre conciliador y tolerante.

    La Iglesia –igual que hace cualquier persona sensata– defiende lo que considera la verdad, y no quiere aguar esa verdad. Y nadie debería llamar intolerancia a lo que sólo es defender con fortaleza las propias convicciones. Si alguien se quejara de eso, demostraría tener un intolerante concepto de la tolerancia.

    —¿Pero no te parece que la Iglesia debería ser algo más comprensiva con la debilidad de los hombres?

    Un médico no es acusado de falta de comprensión cuando diagnostica un cáncer y dice que hay que operar. De modo semejante, a los médicos del espíritu no se les debía tachar de poco comprensivos y o faltos de compasión cuando diagnostican una falta o pecado y sugieren que habría que arrepentirse y cambiar.

    Igual que el médico se compadece ante el enfermo de cáncer mostrándose inflexible contra el tumor cancerígeno, la Iglesia se compadece ante la debilidad humana del pecador mostrándose inflexible contra el pecado. Es un deber que a veces es duro de oír, e incluso de decir, pero sin duda un deber insoslayable.

 

¿No es demasiado inmovilista?

    —Aunque la Iglesia haya procurado adaptarse a las diferentes culturas y lugares, creo que, en general, le ha faltado agilidad para ponerse al día. Ha estado poco atenta a los cambios de los tiempos y adelantarse a ofrecer lo que en cada momento la gente pide. Quizá es una de las razones por las que ha perdido gente. Yo les recomendaría, como única salida para su supervivencia, que adaptaran sus posturas al mundo moderno, y quizá que les vendría bien un poco más de mentalidad empresarial, o mejorar su marketing: hoy día es imprescindible conocer bien los mercados y las leyes que los rigen.

    Sin embargo, la fe no puede entenderse como una simple estrategia de supervivencia en los mercados comerciales. Porque la Iglesia no es una empresa, ni un movimiento asociativo, ni un partido político, ni un sindicato.

Las verdades de fe

o las exigencias de la moral

no pueden tratarse

como si lo de menos fuera la verdad

y lo importante fuera ser eficaz, o ser moderno.

    La Iglesia ha de adaptarse a los tiempos, es verdad, y necesita de una continua renovación. Pero ha de mantener su identidad, sin ceder en lo fundamental de su mensaje.

    Su objetivo no es alinearse donde más gente haya, ni estar de acuerdo con la tendencia general de la época, ni satisfacer las demandas del mercado. Como decía Thoureau

Para la Iglesia,

lo más importante no sería lo nuevo,

sino lo que jamás fue ni será viejo.

    Y para hablar de progresismo, conviene preguntarse primero hacia dónde se quiere progresar. Porque, de lo contrario, sería usar una palabra –ser progresista–, quizá para algunos –cada vez para menos– muy sugerente, pero que, así, sola, no dice nada concreto.

    Siempre me ha parecido que el progreso es algo bueno, porque suele ser obra de los insatisfechos, de los que no se conforman, de los que buscan rutas arriesgadas en la vida.

    Pero sería una tomadura de pelo recurrir a la vieja estrategia de autodenominarse progresista, para así tachar a los demás de inmovilistas, y descalificar, sin debate alguno, a todo aquel que piense de distinta manera. Se trata de un recurso pobre y sectario que suele reducirse, salvo honrosas excepciones, a repetir que todos aquellos que piensen de otra forma son integristas, tradicionalistas, retrógrados, o cosas parecidas, todas ellas dichas habitualmente en tono despectivo o, a lo más, compasivamente indulgente.

    Y a veces son precisamente esos que tanto reprochan a la Iglesia su pasado y sus posicionamientos históricos, los que luego, contradictoriamente, piden que sea comprensiva con las nuevas realidades y adapte su mensaje –cediendo en cosas que la Iglesia considera esenciales– a las corrientes de moda del momento.

    Sin embargo, la Iglesia está obligada a decir siempre lo mismo sobre lo mismo. Eso sí, con gracia nueva cada día. Pero sin dejarse arrastrar por las modas del momento. Por eso la Iglesia tiene una lógica interna aplastante cuando dice: a mí no me pidan que cambie la norma, adapte usted su comportamiento a la norma si quiere vivir realmente la fe católica.

    Lo esencial de la fe –señala Manuel Hidalgo– es como lo esencial de la medicina. Mire, doctor, es que hoy día la gente bebe mucho, ¿podría usted autorizarme una botella de whisky al día? Pues mire usted, es que el whisky acabará por destrozarle a usted el hígado. Además, si usted no bebe, los que le vean tendrán una razón menos para destrozarse su propio hígado. Es que a mí me gusta beber. Ah, pues entonces haga usted lo que quiera y no me pregunte. Duro ¿no? Por eso muchos pasan de los médicos.

    Y más cuando de lo que se trata es del sexo, que a muchos les gusta más que el whisky. Oiga, que el ejemplo no me vale, porque el sexo es de lo más natural. Sí, y los huevos de gallina también son naturales y dan colesterol... ¡Qué le vamos a hacer!

    Esa honestidad de la Iglesia católica, que sostiene con ejemplar fortaleza sus principios morales pese a que no sean nada complacientes con la debilidad humana, es como la de los buenos médicos, que te dicen lo que tienen que decirte, te guste o no. Porque para ir de médico en médico hasta encontrar uno que te deje hacer lo que te dé la gana, es mejor no ir al médico. Y si una iglesia –con minúscula– fuera complaciente y te diera siempre la razón, no sería la Iglesia.

 

¿Por qué creer en los "curas"?

    —Hay muchos que dicen que ellos sí creen en Dios, pero no en los curas, y que, por tanto, no tienen por qué hacer caso a lo que diga la Iglesia.

   En lo de creer en Dios y no en los curas, estoy totalmente de acuerdo. Precisamente porque la fe tiene por objeto a Dios, y no a los curas, hay que distinguir bien entre la santidad de la Iglesia y los errores de las personas que la componen.

    La Iglesia no tiene su centro en la santidad de esas personas que han podido dar mal ejemplo (ni en las que lo han dado bueno), sino en Jesucristo. Y por eso no es muy consecuente afirmar que no se cree en la Iglesia porque su párroco no es ejemplar, o porque un personaje eclesiástico del siglo XV hizo no sé qué barbaridad.

    A todos nos repugna la falta de coherencia de quien no da buen ejemplo, es verdad. Y fue el mismo Dios quien dijo primero –puede leerse en el Nuevo Testamento– que a ésos los vomitaría de su boca. Pero el hecho de que un cura –o muchos curas, o quien sea– actúe o haya actuado mal en determinado momento, no debería hacernos perder la fe.

    El hecho de que haya habido cristianos –laicos, sacerdotes u obispos, me es igual– que se hayan equivocado, o hayan hecho las cosas mal –e incluso muy mal–, es algo que como católico –y como persona– me resulta doloroso, pero no me hace en absoluto perder la fe, ni pensar que esa fe ya no es la verdadera. Entre otras cosas, porque si tuviera que perder mi fe en algo cada vez que viera que actúa mal una persona que cree en ese mismo algo, lo más probable, está claro, es que ya no tuviera fe en nada.

    Y si alguno recurre a esas actuaciones desafortunadas de algunos eclesiásticos para justificar lo que no es más que una actitud de comodidad, o para obviar unas claudicaciones morales personales que no está dispuestos a corregir, sería una verdadera lástima: escudarse en los curas para negarse a vivir conforme a una moral que a uno le cuesta aceptar, sería –además de clerical– bastante lamentable.

    Personalmente puedo decir, como tantísimas otras personas a las que he tratado, que a lo largo de mi vida he conocido a sacerdotes excepcionales. Sé que no todo el mundo ha sido tan afortunado. Mi consejo es que, si has tenido algún problema con alguno, que fuera de carácter difícil, o que quizá tuviera un mal día y no te tratara bien, o no llegara a comprenderte, o no te diera buen ejemplo, o lo que sea..., mi consejo es que no abandones a Dios por una mala experiencia con uno de sus representantes. Nadie es perfecto –tampoco nosotros–, y

hemos de aprender a perdonar...

y a no echar a Dios las culpas

de la actuación libre de nadie.

Gentileza de http://interrogantes.net para laBIBLIOTECA CATÓLICA DIGITAL

 

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Los Apóstoles y sus sucesores, heraldos del Evangelio - Dispuso Dios benignamente que todo lo que había revelado para la salvación de los hombres permaneciera íntegro para siempre y se fuera transmitiendo a todas las generaciones. Por ello Cristo Señor, en quien se consuma la revelación total del Dios sumo, mandó a los Apóstoles que predicaran a todos los hombres el Evangelio, comunicándoles los dones divinos. Este Evangelio, prometido antes por los Profetas, lo completó El y lo promulgó con su propia boca, como fuente de toda la verdad salvadora y de la ordenación de las costumbres. Lo cual fue realizado fielmente, tanto por los Apóstoles, que en la predicación oral comunicaron con ejemplos e instituciones lo que habían recibido por la palabra, por la convivencia y por las obras de Cristo, o habían aprendido por la inspiración del Espíritu Santo, como por aquellos Apóstoles y varones apostólicos que, bajo la inspiración del mismo Espíritu, escribieron el mensaje de la salvación.

Más, para que el Evangelio se conservara constantemente íntegro y vivo en la Iglesia, los Apóstoles dejaron como sucesores suyos a los Obispos, "entregándoles su propio cargo del magisterio". Por consiguiente, esta sagrada tradición y la Sagrada Escritura de ambos Testamentos son como un espejo en que la Iglesia peregrina en la tierra contempla a Dios, de quien todo lo recibe, hasta que le sea concedido el verbo cara a cara, tal como es (cf. 1 Jn., 3,2).

 

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Benedicto XVI: "La familia es la mejor garantía de dignidad, igualdad y libertad de la persona" 2006-07-09-Valencia-ESPAÑA

 

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¿Con qué derecho habla la Iglesia?

 

 

—¿Y qué dirías a los que piensan que la Iglesia no tiene derecho a decir cuál es esa ley natural?

En primer lugar les diría que la Iglesia goza de libertad de expresión, como cualquier otra instancia social.

Todos tienen derecho a manifestarse libremente en una sociedad democrática. Por tanto, es perfectamente legítimo que la Iglesia hable con libertad sobre lo que considera bueno o malo, como lo hacen los gobiernos, los sindicatos, las asociaciones que defienden la naturaleza, y como lo hace todo el mundo.

—Bien, pero no querrás que la Iglesia imponga su criterio y acabe por dictar las leyes al Estado...

La Iglesia no lo pretende, desde luego. Pero se considera en el deber de aportar a la sociedad la luz de la fe. Una luz que puede iluminar profundamente y con gran eficacia muchos aspectos de la vida civil y responder a muchos interrogantes que se plantean en la sociedad.

Además, es interesante recordar
que la idea de la separación
entre la Iglesia y el Estado
se debe al cristianismo.

Antes del cristianismo había una identidad generalizada entre la constitución política y la religión. En todas las culturas el Estado poseía un carácter sagrado. Ese fue, por ejemplo, el principal punto de confrontación entre el cristianismo y el imperio romano, que toleraba las religiones privadas sólo si reconocían el culto al Estado. El cristianismo no aceptó esa condición, y cuestionó así la construcción fundamental del imperio, es decir, del antiguo mundo. Así que, después de todo, esa separación fue un legado cristiano, y ha sido un factor determinante para el avance de la libertad.

Esa separación no es entendida así en todas las religiones. Por ejemplo, la esencia misma del Islam no la admite, pues el Corán es una ley religiosa que regula la totalidad de la vida política y social, todo el ordenamiento de la vida. La Sharíah configura la sociedad de principio a fin.

La Iglesia, en cambio, se limita a recordar lo que considera que son los principios morales fundamentales, y se dirige a todos aquellos que quieran escucharla. Y como es natural, no está obligada a coincidir siempre con lo que diga o haga el poder establecido. Por eso la Iglesia pide libertad para hablar.

Y pide también algo que no debiera faltar en ninguna sociedad: respeto a aquello que es sagrado para otros, un respeto perfectamente exigible incluso a aquel que no está dispuesto a creer en Dios. Porque, como ha escrito Joseph Ratzinger, allá donde se quiebra ese respeto, algo esencial se hunde en esa sociedad. En nuestro mundo occidental de hoy se castiga, gracias a Dios, a quienes escarnecen la fe de Israel, su imagen de Dios, sus grandes figuras. Se castiga también a quien denigra el Corán y las convicciones básicas del Islam. En cambio, cuando se trata de lo que es sagrado para los cristianos, la libertad de opinión parece convertirse en el bien supremo, y parece que limitarlo pondría en peligro o incluso destruiría la tolerancia y la libertad. Pero la libertad de opinión tiene sus límites en que no debe destruir el honor y la dignidad del otro; no es libertad para la mentira o para la destrucción de los derechos humanos. Aquí hay algo que cabe calificar de patológico, en un Occidente, que sin duda (y esto es digno de elogio) trata de abrirse comprensivamente a valores ajenos, pero que parece no quererse a sí mismo; que tiende a ver sólo lo más triste y oscuro de su propia historia, pero que apenas percibe la grandeza de los valores cristianos que desde su origen hay en ella.

 

¿Imponer valores religiosos a la sociedad civil?

—Algunos se quejan de que la Iglesia parece querer imponer a la sociedad civil sus valores religiosos. Dicen que las creencias son cuestiones que deben quedar reservadas al ámbito personal o familiar.

La Iglesia no trata de imponer a nadie una religión o unas creencias. El Concilio Vaticano II recordó con claridad el esmero que la Iglesia y los católicos han de tener por respetar la libertad religiosa de todos los hombres. La Iglesia católica expresa con libertad su mensaje, dirigido a los fieles católicos y a todos los hombres de buena voluntad que quieran escucharlo. No sería sensato decir que, por el simple hecho de hablar, pretende imponer sus valores a la sociedad civil.

Cuando la Iglesia habla,
hace uso de la libertad de expresión,
a la que, por fortuna,
todos tenemos derecho.

Uno de los cometidos de la Iglesia católica es despertar la sensibilidad del hombre hacia la verdad, el sentido de Dios y la conciencia moral. La Iglesia procura infundir coraje y aliento para vivir y actuar con coherencia, para aportar convicciones que puedan representar un fundamento sólido. Y lo hace hablando a las conciencias de todos, aunque muchas veces sea una tarea ingrata y desagradecida, como sucede cuando se dirige a los poderosos que parecen no querer que nadie opine sobre lo que ellos hacen.

El Papa y los obispos están dispuestos a decir la verdad, aunque se enfrenten con una oposición cultural, pequeña o grande. Y lo hacen en sus declaraciones y documentos contra el racismo o la xenofobia; o cuando rechazan la cultura del divorcio o defienden el derecho a la vida de los aún no nacidos, o de los minusválidos o los enfermos terminales; cuando cuestionan la laxitud sexual o cuando alientan a las naciones a ser fieles a su compromiso con la libertad y la justicia para todos. La Iglesia protestará cada vez que corra peligro la vida humana, ya sea por el aborto, la explotación de niños, malos tratos a mujeres, injusticias económicas, abandono de enfermos o inmigrantes, o por cualquier forma de abuso o explotación.

—La Iglesia emitirá su juicio si quiere, pero luego sigue siendo la mayoría parlamentaria, elegida democráticamente, quien decide.

Por supuesto. La Iglesia no desea imponer –y menos imponer coactivamente– sus enseñanzas. Pero si la mayoría parlamentaria decide algo injusto, por el hecho de haberse decidido legalmente no se convertirá en justo.

Uno de los principales cometidos de la iglesia es sensibilizar a los hombres para que alcancen al menos un cierto grado de evidencia común respecto a las verdades fundamentales. Entre otras cosas, porque sabe bien que resultará difícil que un Estado mantenga por mucho tiempo unas leyes que vayan contra la opinión de la mayoría social.

La Iglesia no mantiene opiniones ni posturas propias en cuestiones estrictamente políticas –la Iglesia desconfía de esas confusiones, en esta época más que en ninguna otra–, sino que procura sensibilizar ante los valores morales y denunciar a quien atente contra ellos, sea quien sea, porque ni el Estado ni nadie es soberano absoluto de las conciencias ni de la sociedad.

—¿Pero con qué autoridad se opone la Iglesia al poder político legítimamente constituido?

La Iglesia expresa sencillamente en voz alta un criterio ético o moral. No se presenta como un tribunal o un censor universal, ni trata de ir dando lecciones a nadie. Simplemente considera que ha recibido de Dios una luz sobre el hombre, de la cual se derivan, a su entender, los derechos y deberes humanos. Y expresa su criterio, como cualquier otra persona o institución.

No se trata de que los eclesiásticos controlen el poder. Primero, porque no es su misión, y la Iglesia ha reafirmado la prohibición de que los sacerdotes y los clérigos desempeñen cargos públicos. Y segundo, porque para hacer política no basta con tener buenas intenciones morales, y por eso hay que dejar trabajar a cada uno en su ámbito de aptitudes y competencias. La posición de la Iglesia en materia política consiste en emitir, en una situación determinada, un juicio moral; en denunciar el mal, sacar a la luz el bien y animar a los hombres a buscar soluciones de forma positiva.

La Iglesia se considera responsable
no sólo de su bien particular,
sino del bien de todos,
y debe pedir que se respete
el derecho de todos.

Para la eficacia de ese testimonio cristiano, es importante hacer un gran esfuerzo para explicar adecuadamente los motivos de las posiciones de la Iglesia, subrayando sobre todo que no se trata de imponer a los no creyentes una perspectiva de fe, sino de interpretar y defender los valores radicados en la naturaleza misma del ser humano. La caridad se convertirá entonces necesariamente en servicio a la cultura, a la política, a la economía, a la familia, para que en todas partes se respeten los principios fundamentales, de los que depende el destino del ser humano y el futuro de la civilización.

 

La fuerza de los estereotipos

Es muy conocida la narración de Kierkegaard sobre el payaso y la aldea en llamas. El relato cuenta cómo en un circo de Dinamarca se declaró un incendio. El director del circo pidió a uno de los payasos, que ya estaba preparado para actuar, que fuera corriendo a la aldea vecina para pedir auxilio, y para avisar de que había peligro de que las llamas se extendiesen hasta la aldea, arrasando a su paso los campos secos y toda la cosecha. El payaso corrió a la aldea y pidió a sus habitantes que fuesen con la mayor urgencia al circo para apagar el fuego. Pero los aldeanos creyeron que se trataba de un truco ideado para que asistiesen en masa a la función. Aplaudieron y hasta lloraron de risa.

Al payaso le daban aún más ganas de llorar. En vano trataba de explicarles que no se trataba de un truco ni de una broma, sino que había que tomarlo muy en serio y que el circo estaba ardiendo realmente. Su énfasis no hizo sino aumentar las carcajadas. Creían los aldeanos que estaba desempeñando su papel de maravilla, y reían despreocupados..., hasta que por fin las llamas llegaron a la aldea. La ayuda llegó demasiado tarde, y tanto el circo como la aldea fueron consumidos por las llamas.

Esta narración puede servir para ilustrar la situación por la que a veces pasan los cristianos, o la propia Iglesia como tal, cuando comprueba su fracaso en el intento de que los hombres escuchen su mensaje. Aunque se esfuerce en presentarse con toda seriedad, observa que muchos escuchan despreocupados, sin temor al grave peligro del que se les advierte.

La Iglesia se encuentra muchas veces
con una enorme y agobiante dificultad
para remover algunos estereotipos
del pensamiento o del lenguaje,
con la tristeza de no alcanzar a hacer ver
que la fe es algo sumamente serio
en la vida de los hombres.

—¿No será un problema de saber explicarse, o de que se plantean demasiadas cosas como misterios?

Puede haber, en efecto, un problema de comunicación, y por eso es preciso por parte de los cristianos un esfuerzo de comprensión, de explicación, de capacidad comunicativa.

En cuanto a los misterios, no debe entenderse, al hablar de ellos, que la fe cristiana es un conjunto de paradojas incomprensibles. Sería un error alegar el misterio como pretexto para no esforzarse en la comprensión o la explicación. El misterio, tal como lo entiende la Iglesia católica, no quiere destruir la comprensión, sino posibilitarla. Y eso no va contra la racionalidad: también Einstein, por ejemplo, escogió la palabra misterio para expresar la incalculable racionalidad del universo; y también es un misterio la salud, o la felicidad, o el amor, o la educación, y eso no quiere decir que no se pueda profundizar racionalmente en su comprensión. Se les llama misterios en cuanto que son realidades complejas en cuyo conocimiento se puede avanzar racionalmente pero nunca se llega a abarcar o comprender del todo.

 ¿Y una ética laica?

—Algunos defienden que sólo sería válida una ética laica, sin tintes religiosos, que deben ser algo personal de cada uno.

Es un abuso pretender silenciar las convicciones morales del otro –una persona, la Iglesia, o quien sea–, sólo porque esas ideas o esas personas tienen conexión con unas creencias religiosas. Actuar así no es neutral ni laico, sino simplemente injusto. Supone acallar al creyente por ser creyente y dejar hablar sólo al que no lo es.

Como ha escrito Rafael Serrano, para que haya juego limpio en el debate moral contemporáneo, hay que partir de una cierta disciplina lógica. Invocar la ética laica no debe bastar para menospreciar las razones del creyente. La ética laica es un concepto que sirve a algunos de comodín para desconcertar al creyente poco documentado, eludiendo de entrada el debate y los puntos flacos de la propia postura. "¿Dices que el aborto es inmoral...? Eso es lo que dice la Iglesia –contestarán–, pero el Estado es laico... ¿No querrás que la Iglesia dicte las leyes?". Son respuestas más o menos ingeniosas, pero que siempre eluden lo sustancial de la cuestión (si el aborto es o no inmoral), y se limitan a descalificar al interlocutor, no a sus opiniones.

Descalificar al interlocutor
por el mero hecho de ser creyente
es un dogmatismo impresentable.

Es una forma sutil y hábil de rechazar una idea sin tomarse la molestia de rebatirla. Y una forma bastante hábil de imponer el propio criterio moral mientras –¡oh, paradoja!– se invoca la tolerancia y el respeto al legítimo pluralismo.

 

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P. ¿De dónde viene el origen de la palabra?
R. Viene del griego Katholikós, que luego se latinizó en Catholicus.

 

P. ¿Cuál es el significado de la palabra?
R. Significa ´Universal´, que en sí misma significa ´en relación a lo que afecta al mundo entero y a toda la gente en él´. Esto quiere decir: abarcando generalmente todo, por tener todos los medios necesarios para la salvación del mundo. En fin, abarca toda la gente de todos los lugares, teniendo todo lo necesario para todos los tiempos.   

 

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Para Marañón, cuyos trabajos testimonian su preocupación por el exilio, la expulsión de los moriscos «fue un mal», pero una mal necesario porque «era el único remedio de otro mal peor: la existencia y el auge dentro del Estado español de un pueblo extraño y hostil». La cuestión de los moriscos fue, según las páginas de su ensayo, un cabo suelto que dejaron los Reyes Católicos en su tarea de hacer la unidad hispánica. Un problema que tardó más de un siglo en cerrarse y que zanjó Felipe III.

 

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La mentira y el error están en desacuerdo con la realidad. Cuando un mundo se construye contra la realidad, ese mundo está abocado a la ruina, y mientras ésta llega va arruinando a los hombres.

 

El cuidado de anunciar el Evangelio en todo el mundo pertenece al cuerpo de los pastores, ya que a todos ellos en común dio Cristo el mandato imponiéndoles un oficio común, según explicó ya el Papa Celestino a los padres del Concilio de Efeso. Por tanto, todos los Obispos, en cuanto se lo permite el desempeño de su propio oficio, deben colaborar entre sí y con el sucesor de Pedro, a quien particularmente se le ha encomendado el oficio excelso de propagar la religión cristiana. Deben, pues, con todas sus fuerzas proveer no sólo de operarios para la mies, sino también de socorros espirituales y materiales, ya sea directamente por sí, ya sea excitando la ardiente cooperación de los fieles. Procuren finalmente los Obispos, según el venerable ejemplo de la antigüedad, prestar una fraternal ayuda a las otras Iglesias, sobre todo a las Iglesias vecinas y más pobres, dentro de esta universal sociedad de la caridad.

 

Hay dos puertas que dan al paraíso: la inocencia y la penitencia. ¿Quién puede pretender, oh hombre frágil, encontrar la primera abierta de par en par? Pero la segundo es acceso seguro. Jesús pasó por ella con su cruz cargado, expiando nuestros pecados. El nos invita a seguirlo. Beato Juan XXIII (1881+1963) Papa- Diario del alma, junio 1957

 

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La hipocresía es una característica humana bien común. La propia educación nos impele a ser hipócritas en muchas ocasiones, aun a regañadientes. Pero hay muchos que no necesitan aprender, que son hipócritas de nacimiento, por instinto parasitario de conservación, por miedo y cobardía, por rencor, envidia o ambición.

 

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Padre Fray Benito Jerónimo Feijoo {1676-1764} nos decía: «El valor de las opiniones se ha de computar por el peso, no por el número de las almas. Los ignorantes, por ser muchos, no dejan de ser ignorantes

 

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"Obras todas del Señor, bendecid al Señor".-

“¡Señor, dueño nuestro, qué admirable es tu nombre en toda la tierra!” (Sal 8, 2).

 

La belleza de la naturaleza nos recuerda que Dios nos ha encomendado la misión de "labrar y cuidar" este "jardín" que es la tierra (cf. Gn 2, 8-17).

 

Que nos guíe y acompañe siempre con su intercesión, la Santísima Madre de Dios.

Su fe indefectible que sostuvo la fe de Pedro y de los demás Apóstoles, durante más de dos mil años, siga sosteniendo la de las generaciones cristianas, aquella y siempre misma fe. Reina de los Apóstoles, ruega por nosotros. Amen

 

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Gracias por elegirnos. Gracias por seguirnos.

¡Laudetur Iesus Christus!

 

Debido a la existencia de páginas excelentes sobre apologética y formación,  lo que se pretende desde aquí es contribuir muy modestamente y sumarse a los que ya se interesan por el Evangelio de Cristo de manera mucho más eficaz.

 

Los cristianos deben defender sus convicciones “sin arrogancia pero sin pusilanimidad”. Un requisito fundamental para el cristiano del siglo XXI, es tener: "una conciencia moral recta, bien formada, fiel al magisterio de la Iglesia".
 

«Prefiero molestar con la verdad que complacer con adulaciones.».

Lucio Anneo Séneca (4a.C-65d.C).+


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'JESUCRISTO PADECIÓ BAJO EL PODER DE PONCIO PILATO,
FUE CRUCIFICADO, MUERTO Y SEPULTADO'
Evangelio según San Lucas, Cap.3, vers.1º: El año decimoquinto del reinado del emperador Tiberio, cuando Poncio Pilato gobernaba la Judea, siendo Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Felipe tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene…

Crucifixión de San Pedro: fue crucificado al revés cabeza abajo - Pergamino con San Pedro en cruz invertida, de Maguncia- Alemania; entre el 900 y el 1000ca. - Museo Diocesano de la Catedral Maguncia (Mainz) Alemania - Pedro en su cruz, invertida. ¿Qué significa todo esto? Es lo que Jesús había predicho a este Apóstol suyo: "Cuando seas viejo, otro te llevará a donde tú no quieras"; y el Señor había añadido: "Sígueme" (Jn 21, 18-19). Precisamente ahora se realiza el culmen del seguimiento: el discípulo no es más que el Maestro, y ahora experimenta toda la amargura de la cruz, de las consecuencias del pecado que separa de Dios, toda la absurdidad de la violencia y de la mentira. No se puede huir del radicalismo del interrogante planteado por la cruz: la cruz de Cristo, Cabeza de la Iglesia, y la cruz de Pedro, su Vicario en la tierra. Dos actos de un único drama: el drama del misterio pascual: cruz y resurrección, muerte y vida, pecado y gracia.

La maternidad divina de María – Catecismo de la Iglesia
495 Llamada en los Evangelios 'la Madre de Jesús'(Jn 2, 1; 19, 25; cf. Mt 13, 55, etc.), María es aclamada bajo el impulso del Espíritu como 'la madre de mi Señor' desde antes del nacimiento de su hijo (cf Lc 1, 43). En efecto, aquél que ella concibió como hombre, por obra del Espíritu Santo, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el Hijo eterno del Padre, la segunda persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre de Dios [Theotokos] (cf. Concilio de Éfeso, año 649: DS, 251).
La virginidad de María
496 Desde las primeras formulaciones de la fe (cf. DS 10-64), la Iglesia ha confesado que Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María únicamente por el poder del Espíritu Santo, afirmando también el aspecto corporal de este suceso: Jesús fue concebido absque semine ex Spiritu Sancto (Concilio de Letrán, año 649; DS, 503), esto es, sin semilla de varón, por obra del Espíritu Santo. Los Padres ven en la concepción virginal el signo de que es verdaderamente el Hijo de Dios el que ha venido en una humanidad como la nuestra:
Así, san Ignacio de Antioquía (comienzos del siglo II): «Estáis firmemente convencidos acerca de que nuestro Señor es verdaderamente de la raza de David según la carne (cf. Rm 1, 3), Hijo de Dios según la voluntad y el poder de Dios (cf. Jn 1, 13), nacido verdaderamente de una virgen [...] Fue verdaderamente clavado por nosotros en su carne bajo Poncio Pilato [...] padeció verdaderamente, como también resucitó verdaderamente» (Epistula ad Smyrnaeos, 1-2).

El acontecimiento histórico y transcendente – Catecismo de la Iglesia
639 El misterio de la resurrección de Cristo es un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas como lo atestigua el Nuevo Testamento. Ya san Pablo, hacia el año 56, puede escribir a los Corintios: "Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce: "(1 Co 15, 3-4). El apóstol habla aquí de la tradición viva de la Resurrección que recibió después de su conversión a las puertas de Damasco (cf. Hch 9, 3-18).
El sepulcro vacío

640 "¿Por qué buscar entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado" (Lc 24, 5-6). En el marco de los acontecimientos de Pascua, el primer elemento que se encuentra es el sepulcro vacío. No es en sí una prueba directa. La ausencia del cuerpo de Cristo en el sepulcro podría explicarse de otro modo (cf. Jn 20,13; Mt 28, 11-15). A pesar de eso, el sepulcro vacío ha constituido para todos un signo esencial. Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección. Es el caso, en primer lugar, de las santas mujeres (cf. Lc 24, 3. 22- 23), después de Pedro (cf. Lc 24, 12). "El discípulo que Jesús amaba" (Jn 20, 2) afirma que, al entrar en el sepulcro vacío y al descubrir "las vendas en el suelo"(Jn 20, 6) "vio y creyó" (Jn 20, 8). Eso supone que constató en el estado del sepulcro vacío (cf. Jn 20, 5-7) que la ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana y que Jesús no había vuelto simplemente a una vida terrenal como había sido el caso de Lázaro (cf. Jn 11, 44).