Saturday 25 October 2014 | Actualizada : 2014-10-13
 
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¿Cuáles son las virtudes y las buenas obras de la Iglesia Católica? ¿Por qué es la única religión a la que se ataca con tanta saña y odio, resaltando siempre lo malo y ocultando todo lo bueno? ¿Cómo deshacer tanto tópico absurdo, en los que ya no cree ninguna persona medianamente formada? Desde Cristo está todo dicho, pero no todos lo han oído.

 

 

Desde Lutero el confusionismo se enseñoreó de parte de la Iglesia. Hoy Se llaman cristianos los bautistas, luteranos, lolardos, cuáqueros, hussistas, anabaptistas, jehovistas, mormones, cientistas, hugonotes, calvinistas, metodistas, campbellistas, utretchianos, swedenborgistas, milleristas, adventistas, presbiterianos, anglicanos, pentecostales, episcopales...Divididos a su vez en docenas de subsectas.

 

Cuando habla el protestantismo se oyen mil voces. Cuando habla el Papa de Roma, hablan veinte siglos de doctrina y dogmas uniformes e inalterados. ¿Será por eso que el mundo escucha cuando el Romano Pontífice habla, y nadie le da mayor importancia a al bla, bla, bla del mundo protestante con sus variopintas y no pocas veces enfrentadas opiniones? No es de extrañar, pues,  la enemiga de muchos hacia el Papa, el único representante de Cristo en el mundo.

 

Durante la misma vida de Cristo, este se dirigió con dureza a sus contemporáneos:  “¡ Oh generación incrédula y perversa!…  Esta generación mala y adúltera busca una señal, mas no se le dará sino la señal de Jonás…Porque si alguien se avergonzare de mi y de mis palabras ante esta generación adúltera y pecadora, también el Hijo del Hombre se avergonzará de él cuando venga en la gloria de su padre…Salvaos de esta generación perversa”  , decía Pedro.

 

O sea, que ya en tiempos de Cristo, éste era rechazado y muy especialmente por las clases dirigentes. Sus buenas obras y milagros eran malinterpretados. Resucitó a Lázaro que llevaba cuatro días muertos y se negaron a creer. Curaba a los enfermos, daba de comer a los pobres y los fariseos se reconcomían por dentro

 

Por otra parte, la Iglesia Católica es el último baluarte en el “mundo civilizado” que se opone de forma decidida y sin tapujos al divorcio, al aborto, al sexo indiscriminado, al laicismo como pretexto para eliminar la Religión. Apuesta en todos los casos por la cultura de la vida.  Se opone  al relativismo moral que todo lo inunda. El Relativismo es una auténtica dictadura que no conoce nada como definitivo. Para el no hay verdades absolutas, excepto una: Todo es relativo ¿Cómo lo saben? Lógicamente, el mundo no perdona estas osadías

 

A La Iglesia Católica le bastaría con abandonar esa especie de modorra, flojera y somnolecnia que la atenaza ante el mundo, desde hace dos o tres siglos y pasar a la ofensiva. Le bastaría saber presentar la excelencia de su doctrina, sus logros, su historia y sus santos. El día que los cristianos se decidan a vivir como tales, el día que se decidan a salir del armario, el mundo se transformará en poco tiempo y más radicalmente que con cualquier política de los sin Dios. Pero ¿Cómo hacerlo?

 

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Desde Cristo al sucesor de Pedro y 2007

años ininterrumpidos de testimonio evangélico.

 

OBEDIENCIA/JERARQUÍA: La verdadera concepción de la obediencia no consiste, pues, en creer que toda decisión impuesta por la jerarquía es la única posible en las circunstancias dadas y la mejor absolutamente. La infalibilidad de la Iglesia, repitámoslo, sólo se halla comprometida en el orden magisterial y en modo alguno en el orden puramente jurisdiccional. Sin duda, el Espíritu Santo asiste a la jerarquía para preservarla de torpezas y de faltas en el gobierno. Pero el Espíritu Santo no ha prometido nunca garantizarla contra toda torpeza y todo error de gobierno. Luego la posibilidad de errores en las decisiones subsiste. Y de hecho las ha habido, por debilidad o por ignorancia. Si la posibilidad de error o de torpeza no pone en tela de juicio el deber de obediencia, éste da lugar entonces a problemas dolorosos y difíciles. Algunos son célebres en la historia pasada o presente de la Iglesia.
En cualquier hipótesis, una cosa permanece cierta e intangible. 
Nada puede conmoverla, ni siquiera la posibilidad del error: Dios quiere la obediencia a sus legados, cuando éstos mandan legítima y lícitamente, aun cuando lo que mandaren no lo fuere con bastante sabiduría y prudencia. Esta Voluntad de Dios se hace clara a su vez en Jesucristo. En efecto, el Hijo de Dios procuró la salvación del 
mundo por medio de la sumisión al Padre. Sin esta obediencia, la misma muerte en Cruz hubiera estado privada de su alcance salvador. Ahora bien, Jesús ejerció la sumisión a su Padre, ora directamente, ora indirectamente, a través de los hombres y las instituciones humanas. En todos los casos, obediencia directa o indirecta a su Padre, fue obediencia redentora para la salvación universal. Y he aquí que Jesucristo hizo de la Iglesia su Cuerpo para siempre. Por lo mismo, Cristo establece que la obediencia inaugurada por la Cabeza prosiguiera en el Cuerpo, que ella fuera, en el Cuerpo como en la Cabeza, una obediencia redentora. La obediencia se integra así a la existencia eclesial, es ley vital en el Cuerpo de Cristo.
Así pues, el fiel, cuando se somete a la Iglesia, no hace más que asumir su parte en un destino común al Cuerpo entero. Tratase simplemente -pero es indispensable- de proseguir y de prolongar la obediencia del Redentor. Obedeciendo, el cristiano se asocia al Cuerpo de Cristo y se hace miembro del Cristo obediente, a fin de cooperar con la Cabeza y con el Cuerpo entero a la Redención del género humano, Obrando así, el hijo de la Iglesia -como el Hijo de Dios en otro tiempo-, no obedece pura y simplemente a hombres, sino que, a través de los hombres que dependen de la Cabeza por la sucesión apostólica, obedece a Jesucristo, y en Jesucristo obedece a Dios. Nos encontramos en presencia del problema de la obediencia cristiana. No corresponde a nuestra intención decir más sobre ella. Baste haber notado esto: la autoridad de la Iglesia no puede comprenderse y justificarse sino situada en el Misterio del Cuerpo de Cristo. MMVI.

 

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¿Por qué Dios me abandona?

 

Responde el P. Miguel Ángel Fuentes

Hola tengo 23 años. Soy una persona que en esto de la fe ha tenido unos baches bastante grandes, en parte, traídos del hecho de que perdí a mi padre cuando tenía 10 años de una manera a mi entender totalmente injusta para él.
La cosa es que en esta etapa de mi vida me siento bastante triste. Como me suele pasar en estos casos recurre a rezar y a la Iglesia pidiendo ayuda porque me encuentro realmente sin ilusión en la vida desde que mi primer y único novio me dejara hace 5 meses. Siempre he tratado de ser buena gente y ayudar en cuanto se me pida y he tratado de vivir de la manera más honesta posible. Mi única ilusión en la vida es encontrar a alguien que me quiera y me cuide (y viceversa) y poder formar una gran familia. Sé que Dios me ha dado muchas cosas pero no me ha dado lo que yo más quiero que es el amor de una persona por mí, pido y pido y rezo y rezo porque me lo conceda pero ... no lo veo posible y eso hace que dude de que realmente Dios me quiera y me cuide porque estoy sola y todo me sale al revés.
¿Por qué Dios no podría darme ese o que quiero y anhelo por una vez? creo que he sufrido tanto en mi vida que necesito que me dé por fin algo que me haga feliz por primera vez en mi vida.
L.

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Estimada L.

 

No conocemos los tiempos de Dios ni cuando ha de darnos lo que le pedimos. Pero jamás podemos decir que Dios no cuida de nosotros o que Dios no nos quiera. Todo lo contrario: somos el fruto del amor de Dios. Si Dios no nos amara, simplemente no existiríamos. Y no debes olvidar que Jesucristo ha muerto en la Cruz por ti; ¿cómo puedes decir que no te ama quien ha dado por ti su propia vida? Lo que tú no serías capaz de hacer por un amigo (o tal vez sólo lo harías por un amigo, si eres realmente generosa) Él lo hizo por ti cuando eras su "enemiga", como dice San Pablo (porque lo hizo para perdonarnos los pecados y por el pecado éramos enemigos de Dios).

 

Dios nunca nos abandona, incluso en medio de nuestro dolor.

 

Quiero que leas un hermoso testimonio escrito por un hombre joven, casado y padre de un hijo adoptado; enfermo de cáncer, sigue confiando en el inmenso amor y sabiduría de Dios. Éstas son sus palabras:

 

"Me llamo Alfonso Cervantes Pavón y tengo 40 años de edad. Estoy casado con Isabel Oviedo y llevamos 14 años de matrimonio. Hace un año y medio adoptamos a un niño pequeño. Dios, en el vínculo matrimonial, no nos había concedido hasta ese momento ninguno. Ya está cercano a los tres años de edad (los cumple el 18 de julio). Se llama Ángel (ciertamente es un ángel para nosotros) y padece retraso psicomotor, como consecuencia de una encefalopatía prenatal. Quiero contar, a través de estas líneas, mi experiencia de cómo el Señor ha acontecido en mi vida. Lo conocí hace ya muchos años, cuando empecé este Camino de gestación en la fe que es el Camino Neocatecumenal. En la Iglesia, Él se ha revelado como un Padre que me cuida, guía mi vida y me ofrece diariamente la salvación y el perdón de mis pecados. En el entorno familiar, he tenido los problemas típicos de convivencia de todos los matrimonios, pero siempre con el perdón del Señor como respuesta a nuestras debilidades. En el aspecto laboral, he alternado tiempos de trabajo como albañil, tubero, operario en la construcción de barcos..., pasando también por momentos de desempleo.

 

Especialmente significativos, aquellos tiempos que vienen a mi memoria ahora de forma especial. Trabajaba por aquel entonces como operario en la construcción de un barco. Inesperadamente, y sin estar éste finalizado, sufrí un despido que, ciertamente, no esperaba. Aquellas fechas, mi parroquia, mi segunda casa necesitaba mano de obra para finalizar la fase de construcción de los salones de Catequesis. El complejo parroquial se ha terminado a base de donaciones y de personas que han trabajado sin recibir ninguna compensación material a cambio. En contra, espiritualmente, todos los que hemos echado alguna peonada hemos recibido bendiciones de Dios, el ciento por uno, porque Dios nos ha bendecido con la fe, algo que hoy se me revela más valioso que todo aquello que la sociedad me puede ofrecer, incluida la salud.

 

Nunca Dios me ha abandonado, y menos ahora. A principios de diciembre de 2001, acudí al médico por padecer un fuerte dolor pectoral. Con el paso de los días, observaba cómo el cuadro clínico se iba agravando, al aumentar el dolor y por la aparición de fiebre intermitente. En la tarde del día de Navidad, quedé ingresado en el Hospital Universitario Puerta del Mar de Cádiz. Querían realizarme algunas pruebas. Se pensó en la posibilidad de una hepatitis C, de una inflamación hepática, o alguna enfermedad parecida; al cabo de unos días y sin mejoría aparente, recibí el alta médica en espera de resultados de unas pruebas médicas. Fueron pasando los días y continuaba sin experimentar mejoría alguna. Una tarde del mes de febrero, tras recibir la visita del padre Emilio, el párroco de San José Artesano, y algunos miembros de mi Comunidad Neocatecumenal, mi mujer, en contra de la voluntad de los médicos, me reveló la verdad: «Tienes un cáncer de hígado», me dijo entre lágrimas. Una enfermedad de mal pronóstico, e irreversible por lo avanzado de su estado. No había solución.

 

En aquel momento ocurrió algo sorprendente y trascendental: tras recibir la noticia de mi enfermedad, no me asusté. El Espíritu Santo, sin duda, nos asistió a mi mujer y a mí, y nos acompañó durante aquella tarde. Experimenté una paz interior que no se puede describir ni explicar.

 

Con esto quiero decir que Dios realmente asiste en los momentos trascendentales de la vida. Sin duda, el Señor me paraba los pies. Van pasando lentamente los días desde mi lecho. Ya apenas me levanto. He salido de casa algunos sábados para acudir a la Eucaristía en la parroquia. Solamente incorporarme del lecho me produce el mismo cansancio que a vosotros un día entero de trabajo. Pero, como dice el Salmo, ´El Señor está conmigo todos los días´. Él me asiste en mis dolores. Hace un par de semanas me han reforzado el tratamiento contra el dolor, para tener una mejor calidad de vida. Pero realmente lo que me hace sufrir son aquellas personas cercanas a mi familia que de alguna forma se han separado de Dios, han abandonado la fe, buscan, sin duda, la felicidad en otras cosas... Ruego al Señor por ellas.

 

Tengo muy claro que no soy yo, es Dios quien lleva mi enfermedad. Esta situación me supera, y ha redimensionado mi vida. Personalmente, no tendría fuerzas para llevarla adelante sin su ayuda. La garantía de que Él existe es que esta fuerza que actúa en mí es espiritual. Esto no lo puede explicar ni la ciencia ni la sabiduría humana, porque esta fuerza viene de Dios.

 

Espero y le pido constantemente no dudar de su amor, para que no salga de mis labios la siguiente pregunta: «¿Por qué a mí?»; deseo con todo mi corazón resistir a las acechanzas del demonio, que quiere que yo juzgue a Dios. Para gloria de Dios, no lo ha conseguido. Me siento asistido por todos los que me rodean, no sólo con su presencia, sino sobre todo por medio de la oración.

 

Todos los días recibo a Jesucristo en la Comunión y esto me mantiene vivo, me da fuerzas para dar una palabra de ánimo a quien lo necesita. Es Dios quien viene a mí; me visita, de igual forma que visitó a la Virgen María. También siento la presencia de Ella, mi Madre del Cielo, que escondida, en lo oculto, también intercede por mí.

 

Sé que me muero, no sé exactamente cuándo Dios me querrá llevar, pero tengo la garantía de que la muerte es precisamente un nacer a la Vida Eterna. Es el paso necesario para llegar a la presencia del Padre. Sé que en esta vida que se acaba –y que aquellos que me visitan y no creen en Dios lamentan como si hubiera recaído sobre mí una maldición– es necesario pasar por este trance, dar el salto a lo mejor, a lo definitivo, a lo verdadero: la Vida Eterna, la presencia del Padre.

 Alfonso Cervantes - tomado de:

 

http://www.mercaba.org/FICHAS/AlfaOmega/309/ante_l a_enfermedad.htm

 

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Vencer al Diablo

 

La cultura atea del Occidente moderno vive todavía
gracias a la liberación del miedo a los demonios
que ha traído el cristianismo

 

Por Jesús Ortiz

La escatología es el estudio teológico de la consumación y plena realización del hombre y del mundo en Cristo, por ser Él la personificación del Reino de Dios, que crece en la historia hasta el cumplimiento al fin de los tiempos. La escatología ofrece el marco de referencia para tener una completa visión cristiana de la historia y del hombre, fundamenta el sentido de la esperanza, y da perspectiva a la moral y a la espiritualidad cristiana. Como es sabido los temas capitales son la resurrección de la carne, el juicio de Dios, el infierno con Satanás, y el Cielo o su antesala en el Purgatorio. Aquí sólo nos referimos al Demonio presente y olvidado en nuestro tiempo.

En el desierto de la Cuaresma Jesucristo permite ser tentado por el Diablo pero le vence hasta que llegue su hora ante la Cruz, y de nuevo lo vencerá definitivamente. Si todavía actúa en la historia contra la Iglesia es por permisión divina, porque los cristianos peregrinamos hacia la Morada definitiva luchando con la esperanza de los vencedores. A través de varios capítulos nos acercaremos al misterio de iniquidad que es el Demonio y sus ángeles pervertidos, viendo sus orígenes, sus ataques a la Iglesia y a los hombres, para terminar considerando cómo vencer a los demonios pervertidores. Se trata de una victoria asegurada porque el cristiano está inmerso en el misterio de amor de Jesucristo.

Los capítulos llevan por título: 1) El Diablo anda suelto, 2) El misterio de los orígenes, 3) El Diablo frente a Cristo y su Iglesia , 4) El Diablo frente a los hombres, 5) Cómo vencer al Diablo.

EL DIABLO ANDA SUELTO

«La cultura atea del Occidente moderno vive todavía gracias a la liberación del miedo a los demonios que ha traído el cristianismo. Pero si esta luz redentora de Cristo llegara a extinguirse, el mundo recaería en el terror y la desesperación con toda su tecnología, no obstante su gran saber. Existen ya signos de este regreso de fuerzas oscuras, mientras en el mundo secularizado aumentan los cultos satánicos» (Card. J. Ratzinger).

Cultos demoníacos

El creciente interés por el ocultismo, la aparición de sectas satánicas, las noticias de lamentables sucesos en Norteamérica, Inglaterra o Alemania, Norte de Italia o Sur de España parecen ser síntomas de una intensa actividad diabólica en nuestra época.

Con frecuencia aparecen, en los periódicos, historias como la de una mujer muerta tras la práctica de un exorcismo, de unos niños maltratados para expulsar los demonios del cuerpo, o la aparición de restos de animales utilizados en algún aquelarre o reunión de culto al diablo.

¿Qué hay en la raíz de estos sucesos? De una parte hay mucho engaño y superchería sobre personas ignorantes o incultas, pero de otra se puede advertir un agrave deformación de la fe, atribuyendo a los demonios autonomía y poderes que no tienen. Se llega a este culto supersticioso cuando se acentúan los aspectos sentimentales y emotivos de los religioso; y también por carecer de buena doctrina, cuando en vez de formar la inteligencia con las enseñanzas de la Iglesia se alimenta con increíbles doctrinas.

A los temas demoníacos y de ocultismo se dedica hoy parte de la literatura, música, teatro, cine, etcétera, y no faltan grupos y sectas demoníacos que suponen algo más que un juego. Novelas y películas llenas de escenas de crueldad, de perversiones, de pseudo religión, de blasfemias, etc., permiten pensar que responden a un odio por lo sagrado –típico pecado de Satanás-, a un derribo de la inteligencia para encerrarse en el mundo de los sentidos, que bien pudieran será una verdadera “autopista para el infierno”, rememorando el título de una canción de rock duro.

Mons. Corrado Balducci, experto vaticano en cuestiones sobre demonología, destacaba algunos síntomas de esta ofensiva mundial del diablo. Cómo en capitales importantes del mundo occidental, hay tiendas donde se vende todo lo necesario para los ritos satánicos: velas, iconografía demoníaca, paramentos, amuletos, etc.; y también cómo en muchos países ha crecido una ola de violencia y locura en forma de sectas sanguinarias que ejercen su violencia sobre animales e incluso sobre niños indefensos. En declaraciones a la prensa afirmaba que: «El fenómeno del satanismo va in crescendo y la razón está en la crisis religiosa, en la crisis de valores, en la difusión del escepticismo y la desesperanza (...). Al agravarse una profunda crisis ética y religiosa, hace que se busque, se adore, se crea en el diablo, que se le considere capaz de donar riquezas, sexo, siempre que nos entreguemos a él. Los individuos plegados por ese mito satánico terminan por ser operadores del mal para sí y para los otros. A todo ello suele ir unido un abuso del alcohol, de las drogas, y contribuye no poco en este culto al demonio el llamado “rock satánicos»(1).

Advertencia de Pablo VI

El año 1972 el Papa VI nos alertó con gran claridad sobre el activismo del demonio en estos años, afirmando que la defensa contra el demonio es una clara necesidad de la Iglesia actual. Por ello será oportuno releer juntos ahora algunas de sus palabras.

«Se sale del cuadro de la enseñanza bíblica y eclesiástica quien se niega a reconocer su existencia; o bien quien hace de ella un principio que existe por sí y que no tiene, como cualquier otra criatura, su origen en Dios; o bien la explica como una pseudorealidad, una personificación conceptual y fantástica de las causas desconocidas de nuestras desgracias. El problema del mal, visto en su complejidad, y en su absurdidad respecto a nuestra racionalidad unilateral, se hace obsesionante. Constituye la más fuerte dificultad para nuestra comprensión religiosa del cosmos. No sin razón sufrió por ello durante años San Agustín: Quaereban unde malum, et non erat exitus, buscaba de dónde procedía el mal, y no encontraba explicación (Confes. VII, 5, 7, 11, etc., P.L., 22, 736, 739).

»Y he aquí, pues, la importancia que adquiere el conocimiento del mal para nuestra justa concepción cristiana del mundo, de la vida, de la salvación. Primero en el desarrollo de la historia evangélica al principio de su vida pública: ¿Quién no recuerda la página densísima de significados de la triple tentación de Cristo? Después, en los múltiples episodios evangélicos, en los cuales el demonio se cruza en el camino del Señor y figura en sus enseñanzas (Mt 12, 43). ¿Y cómo no recordar que Cristo, refiriéndose al demonio en tres ocasiones, como a su adversario, lo denomina como “príncipe de este mundo”? (Jn 12, 31; 14, 30; 16, 11). Y la incumbencia de esta nefasta presencia está señalada en muchísimos pasajes del Nuevo Testamento. San Pablo lo llama el “dios de este mundo” (2 Co 4, 4), y nos pone en guardia sobre la lucha a oscuras, que nosotros cristianos debemos mantener no con un solo demonio, sino con una pluralidad pavorosa: “Revestíos, dice el Apóstol, de la coraza de Dios para poder hacer frente a las asechanzas del Diablo, pues toda vez que nuestra lucha no es (solamente) con la sangre y con la carne, sino contra los principados y las potestades, contra los dominadores de la tinieblas, contra los espíritus malignos del aire” (Ef 11, 12).

»Y que se trata no de un solo demonio, sino de muchos, diversos pasajes evangélicos no los indican (Lc 11, 21; Mc 5, 9); pero uno es el principal: Satanás, que quiere decir el adversario, el enemigo; y con él muchos, todos criaturas de Dios, pero caídas, porque fueron rebeldes y condenadas (Cfr Denz., Sch., 800-428); todo el mundo misterioso, revuelto por un drama desgraciadísimo, del que conocemos muy poco.

»Conocemos, sin embargo, muchas cosas de este mundo diabólico, que afectan a nuestra vida y a toda la historia humana. El demonio está en el origen de la primera desgracia de la Humanidad; él fue el tentador engañoso y fatal del primer pecado, el pecado original (Gn 3; Sb 1,24). Por acuella caída de Adán, el demonio adquirió un cierto dominio sobre el hombre, del que sólo la Redención de Cristo nos pudo liberar. Es una historia que sigue todavía: recordemos los exorcismos del Bautismo y las frecuentes alusiones de la Sagrada Escritura y de la liturgia a la agresiva y opresora “potestad de las tinieblas” (cfr Lc 22,53; Col 1, 3). Es el enemigo número uno, es el tentador por excelencia. Sabemos también que este ser oscuro y pertubador existe de verdad y que con alevosa astucia actúa todavía; es el enemigo oculto que siembra errores e infortunios en la historia humana. Debemos recordar la parábola reveladora de la buena semilla y de la cizaña, síntesis y explicación de la falta de lógica que parece presidir nuestras sorprendentes visicitudes: Inimicus homo hoc fecit (Mt 13,28). El hombre enemigo hizo esto. Es “el homicida desde el principio... y padre de toda mentira” como lo define Cristo (cfr Jn 8, 44-45); es el insidiador sofístico del equilibrio moral del hombre. Es el pérfido y astuto encantador, que sabe insinuarse en nosotros por medio de los sentidos, de la fantasía, de la concupiscencia, de la lógica utópica, o de los desordenados contactos sociales en el juego de nuestro actuar, para introducir en él desviaciones. Mucho más nocivas, porque en apariencia son conformes a nuestras estructuras físicas o psíquicas, o a nuestras instintivas y profundas aspiraciones.

» (...) ¿Qué defensa, qué remedio oponer a la acción del demonio? La respuesta es más fácil de formularse, si bien sigue siendo difícil actualizarla. Podremos decir; todo lo que nos defiende del pecado nos defiende por ello mismo del enemigo invisible. La gracia es la defensa decisiva. La inocencia adquiere un aspecto de fortaleza. U. Asimismo, cada uno recuerda hasta qué punto la pedagogía apostólica ha simbolizado en la armadura de un soldado las virtudes que pueden hacer invulnerable al cristiano (cfr Rm 13, 12: Ef 5, 11, 14, 17; 1 Ts 5, 8). El cristiano debe ser militante; debe ser vigilante y fuerte ( 1 Pe 5, 8); y debe a veces recurrir a algún ejercicio ascénito especial para alejar ciertas incursiones diabólicas; Jesús lo enseña indicando el remedio “en la oración y en el ayuno” (Mc 9, 29). Y el Apóstol sugiere la línea maestra a seguir: “No os dejéis vencer por el mal, sino venced el mal en el bien” (Rm 12, 21; Mt 13, 29)»(2).

Por tanto, la existencia del mundo demoníaco se revela como una verdad dogmática en la doctrina del Evangelio vivida por los cristianos en cualquier época y no sólo en el medievo.

 

 

No ser supersticiosos

«A lo largo de los siglos la Iglesia ha reprobado las diversas formas de superstición, la preocupación excesiva acerca de Satanás y de los demonios, los diferentes tipos de culto y de apego morboso a estos espíritus, etc; sería por eso injusto afirmar que el cristianismo ha hecho de Satanás el argumento preferido de su predicación, olvidándose del señorío universal de Cristo y transformando la Buena Nueva del Señor resucitado en un mensaje de terror»(3).

Como enseña la teología moral, a la fe se oponen por exceso: la credulidad y la superstición, p. Ej., atribuyendo al demonio un poder al margen de la Providencia Divina del que ciertamente carece. Por defecto también se oponen a la fe: la infidelidad, la apostasía, la herejía, la duda y la ignorancia.

Sobre esta última es preciso saber que tenemos obligación de aprender las cosas necesarias para la Salvación o indicadas por precepto divino a través de la Iglesia, y junto a ellas las verdades que son necesarias para llevar una vida auténticamente cristiana y para el recto desempeño de los deberes del propio estado. Por eso, el que descuida por culpable negligencia estos deberes, pone en peligro la fe recibida y comete un grave pecado de ignorancia voluntaria.

La superstición es un vicio por el que la persona ofrece culto divino a quien no se debe –cualquier criatura de dios- o a quien se debe –a Dios, y proporcionalmente a los santos- pero de modo indebido. Por ejemplo hay superstición cuando se atribuye al demonio, a los muertos o a la naturaleza poderes efectivos que no poseen según los sabios designios del Creador. La gravedad de este pecado viene del ultraje que se hace a Dios por dar un honor indebido a los espíritus.

La Sagrada Escritura y la Tradición de la Iglesia admiten la intervención de los ángeles buenos y malos sobre este mundo, y la posibilidad de que influyan sobre el cuerpo; pero siempre será permitido estrictamente por Dios en el ámbito de su Providencia y Gobierno del universo.

La adivinación como pecado es la superstición que trata de averiguar las cosas futuras o que están ocultas por medios indebidos o desproporcionados, pro ej., los naipes, las líneas de la mano, los astros, la invocación de los demonios, etc. Este pecado es de suyo mortal contra la religión.

El espiritismo tiene afinidad con la adivinación pues consiste en técnicas para mantener comunicación con los espíritus, principalmente de los difuntos conocidos, para averiguar de ellos cosas ocultas. Hoy día los estudios más serios y documentados sobre el espiritismo llegan a la conclusión de que la mayor parte de los casos se deben a puros y simples fraudes. Sin embargo consideran que un porcentaje mínimo se debe a verdadero trato con los espíritus malignos (magia diabólica), mientras que un porcentaje de casos se explican por los fenómenos metapsíquicos, cuyas posibilidades naturales son amplias y no totalmente conocidas aun por la ciencia (parapsicología).

La asistencia a las reuniones espiritistas está gravemente prohibida por la Iglesia. Se comprende que sea así por ser cooperación a una cosa pecaminosa, por el escándalo de los demás y por los graves peligros para la propia fe.

La vana observancia es el uso de medios desproporcionados para obtener efectos naturales, aunque no pretende averiguar las cosas ocultas o futuras, por ej., miedo a ciertos números o animales, uso de amuletos, curaciones, etc. Estas vanas observancias son de suyo pecado mortal por la grave injuria que se hace a Dios atribuyendo cosas vanas a la Omnipotencia exclusiva de Dios, y también por pretender gobernar la propia vida al margen de las leyes divinas.

A este orden pertenece la magia o arte de realizar cosas maravillosas por causas ocultas. La magia diabólica o negra solicita la intervención del demonio, y tiene la malicia de la adivinación y de la vana observancia. En cambio, nada tiene de malo la magia blanca, prestidigitación o ilusionismo, que obedece a causas naturales como la habilidad o destreza del que actúa.

Los pecados contra la religión que acabamos de ver –superstición, adivinación, espiritismos, vana observancia, magia- suelen atraer la atención de gentes sencillas y de jóvenes. Cuanto menor es la fe y la formación cristiana de una persona, más posibilidades tiene de caer en prácticas supersticiosas; por eso es preciso conocer bien la doctrina de la Iglesia acerca de las verdades de la fe –mediante el estudio y la meditación- y poner los medios para adquirir una recta conciencia en cuestiones morales que dependen de la fe.

No debe extrañar que la inteligencia diabólica, su odio contra Dios y su envidia a los hombres lleven al demonio a servirse torpemente de la natural curiosidad humana. Algunas personas no se contentan con saber lo que Dios ha revelado ni con lo descubierto por las ciencias; no parecen admitir su limitada condición de criaturas ni creen en dios y en cambio son crédulas para los horóscopos o las cartas. La verdad es que no salen ganando.

Todos estos pecados contradicen abiertamente el amor a Dios y tienen algo de idolatría, pues como enseña el Catecismo de la Iglesia Católica: «La idolatría no se refiere sólo a los cultos falsos del paganismo. Es una tentación constante de la fe. Consiste en divinizar todo lo que no es Dios. Hay idolatría desde el momento en que el hombre honra y reverencia a una criatura en lugar de Dios»(4).
Notas

(1) Mick Jagger, Los AC-DC. Nina Hagen, Lucifer’s Friend. Black Sabbath, Rolling Stones, Led Zappelin..., son algunos grupos representativos de este tipo de rock satánico. Highway to hell, Príncipe de la oscuridad, Simpatía por el diablo, Cantaré porque vivio en Satanás..., son títulos de algunas canciones.
(2) Pablo IV, Audiencia general, 15-XI-1972, en “Ecclesia”, 1972, pp. 1065 ss.
(3) Fe cristiana y demonología, Doc. Recomendado por la Congr. para la Doctrina de la fe, en “Ecclesia”, 1975, pp. 1037 ss.
(4) Catecismo de la Iglesia Católica, 1992, n. 2113.

 

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El misterio de los orígenes del mal

 

Por Jesús Ortiz

Como advertía Pablo VI hace unos años el Diablo anda suelto y así lo hemos considerado. Ahora nos vamos a remontar a los orígenes del Mal, según consta en la revelación que fundamenta la fe católica. Más adelante habrá que considerar la actuación del Diablo y sus ángeles pervertidos contra la Iglesia y conta los hombres, con diversos e inquietantes métodos.

“Por mí se va la ciudad doliente, por mí se va a las penas eternas, por mí se va entre la gente perdida. La Justicia movió a mi supremo Autor. Me hicieron la divina potestad, la suma sabiduría y el amor primero. Antes que yo no hubo cosa creada, sino lo eterno, y yo permaneceré eternamente. Vosotros, los que entráis, dejad aquí toda esperanza” (DANTE, Divina Comedia, Infierno, III).

Dios creó y elevó a los ángeles

En continuidad con el Magisterio de la Iglesia, el Papa Juan Pablo II ha dedicado varias Audiencias desde 1986 a exponer una amplia Catequesis sobre los ángeles y los demonios en cuanto criaturas de Dios que participan activamente en la historia de la salvación, enseñando “cómo existen espíritus puros, criaturas de Dios, inicialmente todos buenos, y después por una opción de pecado se dividieron irremediablemente en ángeles de luz y en ángeles de tinieblas. Y mientras la existencia de los ángeles malos nos pide a nosotros el sentido de la vigilancia para no caer en sus halagos, estamos ciertos de que la victoriosa potencia de Cristo Redentor circunda nuestra vida para que también nosotros seamos vencedores. En esto estamos válidamente ayudados por los ángeles buenos, mensajeros del amor de Dios, a los cuales, amaestrados por la Tradición de la Iglesia, dirigimos nuestra oración: “Ángel de Dios, que eres mi custodio, ilumíname, rígeme y gobiérname, ya que he sido confiado a tu piedad celeste. Amén”[1].

Como se acaba de indicar, los ángeles fueron constituidos en el estado de gracia santificante y, por tanto, destinados a contemplar directamente a dios. Pero antes de alcanzar este fin sobrenatural fueron sometidos a una prueba; los que vencieron alcanzaron inmediatamente el Cielo, y los que no quisieron obedecer lanzaron el primer grito de soberbia contra Dios –non serviam, no serviré-, que está en la raíz de todo pecado. Como consecuencia de esta rebelión, perdieron los dones sobrenaturales con los que fueron enriquecidos y arrojados para siempre al infierno creado para su castigo.

“Notamos que la Sagrada Escritura y la Tradición llaman propiamente ángeles a aquellos espíritus puros que en la prueba fundamental de libertad han elegido a Dios, su gloria y su reino. Ellos están unidos a Dios mediante el amor consumado que brota de la visión beatificante, cara a cara, de la Santísima Trinidad. Lo dice Jesús mismo: “Sus ángeles ven de continuo en el cielo la faz de mi Padre, que está en los Cielos” (Mt 18, 10)”[2].

Diablo es palabra de origen griego que significa acusador o calumniador, y según algunos su etimología alude al que está encerrado en la cárcel (infierno). Satanás es palabra de origen hebreo y equivale a enemigo que insidia o persigue al hombre. Demonio, también de origen griego, significa un ser superior a los hombres pero inferior a Dios.

Hubo una batalla en el Cielo

“Hubo una batalla en el cielo. Miguel y sus ángeles se levantaron a luchar contra el dragón. El dragón presentó batalla y también sus ángeles. Pero no prevaleció ni hubo lugar para ellos en el cielo. Fue arrojado el gran dragón, la antigua serpiente, el que se llama Diablo y Satanás, el que seduce al universo entero; fue arrojado a la tierra, y sus ángeles fueron arrojados con él” (Apc 12,7-9).

Cuanto más elevada se encuentre una criatura espiritual tanto peor es su caída. Por este motivo el castigo con que Dios afligió a Lucifer y a los ángeles apóstatas fue el mayor que podían recibir: expulsado del Cielo y alejado eternamente de Dios, Satanás fue arrojado por Dios al infierno, junto con sus secuaces.

Aunque algunos han perdido la fe en la existencia y actividad de los demonios, hemos de tener bien presente esta realidad: que existe un reino del mal, jerárquicamente estructurado, cuyo jefe es Satanás, príncipe de los demonios, dotado de un poder que excede con mucho a las fuerzas humanas naturales. Un ser personal desdichado y un reino de tinieblas que se mueven activamente en lucha contra el Reino de Dios en la tierra. Un ser que es fuente mal, enemigo irreconciliable del hombre en el que odia –con impotencia, pues nada puede contra el Creador- la imagen de Dios.

El Catecismo de la Iglesia Católica enseña que “La victoria sobre el ‘príncipe del mundo’ (Ioh 14, 30) se adquirió de una vez por todas en la Hora en que Jesús se entregó libremente a la muerte para darnos su Vida. Es el juicio de este mundo, y el príncipe de este mundo ha sido ‘echado abajo’ (Ioh 12, 31; Apc 12, 11” (n. 2853).

Los ángeles ayudan al hombre

“Yo mandaré un ángel ante ti para que te defienda en el camino y te haga llegar al lugar que te ha dispuesto. Acátale y escucha su voz, no le resistas, porque no perdonará vuestras rebeliones y porque lleva mi nombre. Pero si le escuchas y haces cuanto él te diga, yo seré enemigo de tus enemigos y afligiré a los que te aflijan” (Ex 23, 20-22). A nuestro Ángel Custodio o protector se le pueden aplicar los oficios que Dios enumera en esas palabras dirigidas a Moisés: su mayor excelencia por naturaleza y por gracia los hace capaces de influir en la vida personal de los hombres.

En los tiempos primeros de la Iglesia, los ángeles eran protagonistas frecuentes en la vida de los cristianos. Un ángel libró de la cárcel a Pedro, en una hora difícil para la Iglesia naciente. Los Hechos de los Apóstoles nos narran aquella escena, de naturalidad con que los primeros cristianos trataban a su Ángel Custodio: “habiendo, pues, llamado al postigo de la puerta, una doncella llamada Rode salió a observar quién era. Y conociendo la voz de Pedro, fue tanto su gozo, que, en lugar de abrir,, corrió adentro con la nueva de que Pedro estaba a la puerta. Dijéronle: estás locas. Mas ella afirmaba que era cierto lo que decía. Ellos dijeron entonces: sin duda será su ángel” (Act 12,13-15).

Esta asignación personal de un Ángel Custodio es una manifestación de la Providencia especial que Dios tiene con nosotros para guardarnos y protegernos en nuestro camino hacia el Cielo. De ahí el cariño y veneración que les tenemos: “¡Cuánta reverencia deben infundirte estas palabras, cuánta devoción deben inspirarte, cuánta confianza deben darte! Reverencia por la presencia, devoción por su benevolencia, confianza por su custodia (...). Están presentes para tu bien; no sólo están contigo, sino que están para tu defensa. Están presentes para protegerte, están presentes para provecho tuyo”[3].

El trato con el Ángel Custodio en el orden sensible es menos experimentable que el de un amigo de la tierra, pero su eficacia es mucho mayor. Sus consejos vienen de Dios y penetran más hondo que la voz humana. Su capacidad para oír y comprender es inmensamente superior a la del amigo o amiga más fiel; no sólo porque su permanencia a nuestro lado es continua, sino porque su permanencia a nuestro lado es continua, sino porque penetra de un modo mucho más agudo en lo que expresamos.

Es cierto que lo más recóndito de nuestra intimidad es inaccesible a los ángeles y a los demonios. Sólo Dios puede movernos desde dentro; pero el Ángel Custodio, por su condición de espíritu puro en estado de gracia, tiene gran capacidad para influir en ti, de un modo indirecto. Con su intervención aclara en la mente la doctrina y te hace ver los medios que debes poner para agradar a Dios. Basta que mentalmente le hables –y esto es necesario porque no puede penetrar en el entendimiento como lo hace Dios-, para que te entienda, e incluso para que él llegue a deducir de tu interior más que tú mismo. Y como la Providencia de Dios con sus hijos llega hasta detalles más pequeños, el Ángel de la Guarda vela por tu seguridad física y espiritual, alejando las tentaciones del demonio y las ocasiones de peligro, tanto para el alma como para el cuerpo.

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[1] Juan Pablo II, Catequesis durante la Audiencia General, 20-VIII-1986, n. 5. Remitimos a la doctrina enseñada por el Papa en seis Audiencias comprendidas entre el 9-VII y el 20-VIII de 1986.
[2] Ibid.
[3] San Bernardo, Sermón 12, sobre el Salmo 90.

 

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Lutero – se vuelve a sentir

perseguido por el demonio

 

Por Lucas F. Mateo-Seco

 

l 18 de febrero de 1546 hace ahora exactamente cuatro siglos y medio, a las tres menos cuarto de una madrugada frigidísima, fallecía en Eisleben uno de los personajes centrales en la crisis del siglo XVI que tanto influye en el decurrir de estos ya casi cinco siglos: el doctor Martín Lutero, monje agustino, profesor universitario, gran predicador y, por encima de todo, reformador de la Iglesia.

Lutero no era un político, aunque su actividad y su doctrina tuvieron unas irreversibles consecuencias políticas. Estrictamente hablando, tampoco era un filósofo; más bien despreciaba la razón humana, y al realizar su labor de expositor de la Escritura, de predicador o de teólogo, no le preocupaba en absoluto que sus palabras estuviesen en contradicción con algunas afirmaciones que parecían evidentes al sentido común; sin embargo, su influencia en la filosofía europea puede considerarse de primer orden.

Un Kant, un Hegel, un Feuerbach, el mismo Marx, le deben más de lo que muchas voces se supone a este hombre, cuyas palabras hacia la razón humana no es que fuesen precisamente halagadoras. Con frecuencia la llama "ciega, sorda, estúpida, impía y sacrílega en todas las palabras y obras de Dios" ("Sobre la libertad esclava", en Luther Werke (ed. de Weimar), XVIII, 707). Y en el último sermón pronunciado en Wittenberg el 17 de enero de 1546, es decir, un mes antes de morir, dice: "La prostitución, los grandes crímenes, la embriaguez, el adulterio, ésos son pecados que se notan. Pero cuando llega la razón, la novia del diablo, la bella ramera, y quiere ser prudente y piensa que todo cuanto dice es del Espíritu Santo, ¿quién le pondrá remedio? Ni el jurista, ni el médico, ni el rey, ni el emperador, porque es la más alta ramera que tiene el diablo" (Ed. de Weimar, LI, 123).

Lutero era, ante todo, un teólogo. Por encima de eso, se consideraba el reformador de la Iglesia. Más aún: pensaba y afirmaba de sí mismo que era el hombre elegido para descubrir a los mortales el verdadero sentido del cristianismo, oscurecido por los sofistas —así llamaba a los teólogos— y por los papas.

"Por lo tanto, yo te digo —escribe él en De servo arbitrio dirigiéndose a Erasmo —que yo en esta lucha intento una cosa que para mí es seria, necesaria y eterna, que es de tal calibre que es necesario que sea afirmada y defendida incluso por medio de la muerte, también aunque el mundo entero debiera arder en tumultos y guerras, más aún, aunque el mundo se precipitase en el caos y fuese reducido a cenizas" (Ed. de Weimar, XVIII, 625). Es claro que no está presentado su posición como un profesor que intenta la aprobación de la comunidad científica, sino como quien se siente portador de una misión.

En Lutero, su itinerario interior y su quehacer intelectual están indisolublemente unidos. Era un magnífico orador, precisamente porque a su dominio del idioma y a su apasionada imaginación unía la elocuencia de quien hace brotar sus palabras desde el hondón del alma, desde la propia experiencia. El era un hombre preocupado primordialmente por su propia salvación y asediado por insoportables terrores interiores. El Lutero joven estaba aterrorizado por sus pecados y por el juicio divino. Y para salir de ese terror quiere estar cierto de su propia salvación. Esta es la clave: quiere estar cierto.

Analizando su extensa obra, se llega a pensar que es muy posible que la raíz última de su tremendo drama interior estribe en haber desconocido —o en no haber valorado en todas sus consecuencias— el hecho de que Dios se ha manifestado a los hombres como un padre, es decir, el hecho de que estamos llamados a ser hijos de Dios en Cristo. Y que Dios es siempre fiel a su paternidad. Jesús de Nazaret describió a ese Padre como poseído por una ternura inmensa en una de sus parábolas más poéticas: la parábola del hijo pródigo (Lucas 15, 11-30).

Lutero no se aplica todas las consecuencias que se siguen de pasajes como este y, en consecuencia, no logra superar su terror ante el destino y ante la posibilidad de condenarse, en definitiva, no logra superar su terror de Dios. "La majestad del Dios desconocido —escribe J. Lortz— es, desde su juventud, para Lutero la del juez airado. Por obra de las doctrinas ockamistas, este juez se convertirá más tarde en Dios del capricho. Pues esto es lo definitivo en el concepto de Dios del ockamismo: que Dios tiene que ser libre, libre hasta el capricho, de cualquier determinación o norma que nosotros podamos pensar o decir".

Es esta una vieja cuestión sobre la que se suele bromear, pues se trata de un problema tan conocido como el sofisma de Aquiles y la tortuga. Si Dios es omnipotente —se argumenta ante el desconcertado interlocutor—, lo puede hacer todo; en consecuencia, puede hacer el mal, porque si no pudiera hacerlo todo, no sería infinitamente libre. Lo que falta en ese argumento no es el concepto de omnipotencia de Dios, sino el concepto de libertad con que se juega, pues se considera a la libertad encapsulada en sí misma, aislada de las demás cualidades del ser que la posee, como son, por ejemplo, su sabiduría o su bondad.

Si siguiendo la célebre definición del apóstol San Juan se dice que Dios es Amor (1 Jn 3, 8), no se puede añadir a continuación que, por ser omnipotente, es un ser arbitrario.
Habrá que decir que, por muy poderoso y libre que sea ese Dios, su libertad es una libertad que procede del Amor y está normada por el Amor. Es, por lo tanto, una libertad que no puede elegir la injusticia, ni el mal, ya que hunde sus raíces en el Bien.

En un libro clave para conocer el pensamiento de Lutero —el De servo arbitrio, redactado para refutar a Erasmo de Rotterdam en 1525—, encontramos una definición de libertad en estrecha dependencia de Ockam, y que es buena muestra de la identificación entre libertad y poder a secas, es decir, entre arbitrariedad y libertad, que hace Lutero. En efecto, tras negar que se pueda decir seriamente que existe libertad en el hombre, prosigue: "Y si este vocablo— cosa que sería lo más seguro y religiosísimo—, al menos, enseñemos a usarlo de buena fe de modo que se le conceda al hombre el libre albedrío sólo de la cosa que le sea inferior, no respecto de la cosa que le sea superior, esto es: que sepa que en sus facultades y posesiones tiene derecho de usar, hacer, omitir conforme a su capricho (pro libere arbitrio), aunque esto mismo esté regido por el libre arbitrio de Dios, hacia donde a El le plazca. Por lo demás, respecto a Dios, o en las cosas que atañen a la salvación o condenación, no tiene libre albedrío, sino que está cautivo, sometido y esclavo o de la voluntad de Dios o de la voluntad de Satanás".

Si el texto se lee en latín, que es su lengua original, resulta aún más fuerte: la libertad ha quedado reducida a ius utendi, faciendi, omittendi pro libero arbitrio. La libertad así descrita aparece confundida con el dominio absoluto y despótico sobre las cosas que son inferiores a uno, con ese ins utendi, fruendi et abutendi que algunas veces llegó a constituir la definición del derecho de propiedad sobre las cosas. Se comprende que con semejante concepto de la naturaleza de la libertad, un ser infinitamente libre y omnipotente pueda aterrorizar hasta la locura a un hombre, quizás demasiado sensible y obsesivamente religioso.

 

 


El final de una vida

Cuando le llega la hora de la muerte, Lutero ha recorrido un largo camino. Había nacido el 10 de noviembre de 1483 en Eisleben, y había batallado duramente durante toda su vida. La muerte le encuentra tal vez cansado, pero en plenitud de facultades. Desde el 29 de enero de 1546, Lutero se encuentra en Eisleben para solucionar un conflicto surgido entre los condes de Mansfeld. E1 15 de febrero, tres días antes de morir, predica en la iglesia de San Andrés con su elocuencia habitual, comentando el Evangelio (Mateo 11, 25): "Yo te alabo, Padre (...), porque ocultaste estas cosas a los sabios y prudentes y las revelaste a los sencillos". Como era de esperar los "sabios" y "prudentes", que desconocen las cosas de Dios, son el Papa y los obispos: También en estos días, Lutero se vuelve a sentir perseguido por el demonio. He aquí lo que escribe Ratzerberger: "Dícese que el doctor Martín Lutero, cuando en Eisleben rezaba su oración a Dios ante la ventana abierta según tenía costumbre, una noche, antes de acostarse, vio a Satanás junto a la fuente que había delante de su albergue, y el demonio le mostró el trasero (Die Posteriora gezeiget), burlándose de él porque no lograba nada".

Las últimas horas de Lutero, según cuentan los testigos presenciales, transcurrieron en un ambiente de paz. En la noche del miércoles 17 de febrero, ya antes de la cena, estando en su habitación, comenzó a sentir una opresión en el pecho. A pesar de esto baja a cenar. Tras le cena vuelve a sentir la opresión en el pecho. Le rodean y cuidan sus amigos, logra dormir serenamente unos minutos y a medianoche, puesto que se teme por su vida, se llama a dos médicos y a las autoridades de la ciudad. Está empapado en sudor. Según transmiten dos de los presentes, reza esta oración: ""Oh Padre mío celestial, Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Dios de toda consolación! Yo te agradezco el haberme revelado a tu amado Hijo Jesucristo" en quien creo, a quien he predicado y confesado, a quien he amado y alabado, a quien deshonran, persiguen y blasfeman el miserable papa y todos los impíos. Te ruego, señor mío Jesucristo, que mi alma te sea encomendada. Ah Padre celestial! Tengo que dejar ya este cuerpo y partir de esta vida, pero sé cierto que contigo permaneceré eternamente y nadie me arrebatará de tus manos". Poco después su vida se extinguió suavemente.

Su herencia

La personalidad de Martín Lutero, desde cualquier ángulo que se la considere, resulta inabarcable y no es posible presentar en tan pocas páginas una aceptable visión de conjunto de su pensamiento. Limitémonos, por tanto, a señalar dos cuestiones, que, sea cual sea la perspectiva desde la que se aborde la figura de Lutero, resultan siempre imprescindibles puntos de referencia. Me refiero al especial lugar que la subjetividad ocupa en todo su planteamiento y a lo que él llama teología de la cruz.

Como es sabido, Lutero eleva la experiencia de la debilidad que el hombre experimenta en sí mismo en la lucha contra las pasiones al nivel de una proposición teológica y universal: el hombre se encuentra intrínsecamente corrompido. Ahora bien, si el hombre se encuentra irreversiblemente corrompido, síguese que es extraño al plan salvador de Dios, es decir, es incapaz de cooperar con sus buenas obras a la propia salvación. Sólo puede contar su seguridad de que está salvado gratuitamente por Dios, es decir, sólo puede contar su fe fiducial.

En este sentido hay que entender las conocidas afirmaciones de esta carta a Melanchton: "Sé pecador y peca fuertemente, pero confíate y gózate con mayor fuerza en Cristo, que es vencedor del pecado, de la muerte y del mundo. Mientras estemos aquí abajo, será necesario pecar; esta vida no es la morada de la justicia, pero esperamos, como dice Pedro, unos cielos nuevos y una tierra nueva en los que habita la justicia" (Carta del 1 de agosto de 1521, Ed. de Weimar, Brief t. II, 372). Las frases latinas destacan aún más la radicalidad con que se pone la clave precisamente en la confianza: Esto peccator, et perca fortiter, sed fortins fide et gaude in Christo... No es que Lutero niegue la necesidad de luchar contra las reliquias del pecado, sino que insiste con la elocuencia que le caracteriza en que lo único que cuenta es la fe fiducial.

Esta corrupción, que afecta a todo el hombre, le hace incapaz de conocer la verdad y de amar el bien. "La razón, que es ciega—escribe en su De servo arbitrio—, ¿qué dictará de recto? La voluntad, que es mala e inútil, ¿qué elegirá de bueno? Más aún, ¿qué seguirá una voluntad a la que la razón sólo le dicta las tinieblas de su ceguera y de su ignorancia? Así pues, errando la razón y corrompida la voluntad, ¿cuál es el bien que puede hacer o intentar el hombre?" (Ed. de Weimar, t. XVIII, 762).

Esto lleva consigo —y Lutero es consecuente— el encapsulamiento del hombre en la propia corrupción: el hombre, dada la corrupción de su razón, no puede estar cierto de haber alcanzado la verdad; de lo único que puede estar seguro es de su propia seguridad, es decir, de lo único que puede estar seguro es de la experiencia de la propia subjetividad.

Por una de esas paradojas frecuentes en el psiquismo humano, el radical pesimismo que ha llevado a Lutero a encerrar al hombre en su propia corrupción da origen al pensamiento de que el hombre se salva sin las obras —ahora imposibles—, apoyado en la fe fiducial, es decir, apoyado en la confianza que tiene de que Dios la otorga una salvación absolutamente pasiva y extrínseca. Todo se resuelve por la certeza subjetiva de haber sido justificado gracias a la imputación de los méritos de Cristo. La subjetividad se convierte así en el punto de partida para interpretar toda la revelación cristiana. El giro hacia la subjetividad característica de grandes corrientes de pensamiento de estos últimos siglos encuentra en Lutero uno de sus más radicales inspiradores.

La expresión "teología de la cruz" fue acuñada por Lutero y con ella expresa lo más característico de su forma de hacer teología. Al decir de sus mejores conocedores, esta expresión plasma también el núcleo fundamental de su pensamiento religioso. Ambas expresiones —teología de la cruz y teología de la gloría— entrañan en la pluma del profesor de Wittenberg un sentido que va más allá de la estricta significación de los términos usados. Lutero llama teología de la cruz a su forma de hacer teología, mientras que llama teología de la gloria —teología que se gloría en las fuerzas de la razón humana— a la teología escolástica.

La teología de la cruz está marcada antes que nada y esencialmente por la oposición e incompatibilidad entre inteligencia natural y revelación, como el mismo Lutero hace notar ya programáticamente en la Disputa de Heidelberg. Afloran en ella los desgarramientos tan característicos de la posición luterana: para él son incompatibles Dios y mundo, Escritura y Tradición, Cristo y jerarquía eclesiástica, fe y obras. Normalmente, donde Lutero pone una "o", la teología católica coloca una "y": Escritura y Tradición, Dios y mundo, Cristo e Iglesia, Fe y obras, libertad y gracia, razón y fe.

Los cuatro siglos de una herencia

Al hablar de la herencia de Lutero, nos hemos centrado en su pensamiento, sin entrar en la historia del movimiento religioso que él suscitó y que llega hasta nuestros días. No era posible hacer esto en tan breve espacio. Sin embargo, ya los dos temas que hemos mencionado muestran hasta qué punto la gravedad de los planteamientos y el mismo respeto a la figura del Reformador exigen estudiar a fondo las cuestiones que propone, con serenidad y cariño, sin soslayar las dificultades, y con el ánimo abierto hacia la captación de la verdad en toda su universalidad.

En sus escritos y en su predicación, Lutero intenta poner de relieve la absoluta soberanía de Dios y la gratuidad de la gracia. El problema surge cuando se entiende que la gratuidad de la gracia conlleva el que el hombre no puede colaborar con ella. Un más hondo sentido de la soberanía de Dios, de su omnipotencia, muestra que la solución es otra: la gracia es gratuita y, al mismo tiempo, eficaz, es decir, capaz de regenerar al hombre hasta hacerlo verdaderamente bueno y, en consecuencia, capaz de colaborar con la gracia de Dios en la propia salvación.

Algo similar acontece con la teología de la cruz. En efecto, la cruz pone de manifiesto la gravedad del pecado humano. Pero al mismo tiempo y antes que nada, ella es signo del amor de Dios a esta tierra, de la fidelidad de Dios a su paternidad sobre el hombre. De hecho el Evangelio es Buena Noticia precisamente porque es predicación del amor de Dios al hombre y, ciertamente, al hombre después del pecado.

A los 450 años de su muerte, Lutero continúa atrayendo por su enorme fuerza personal, por el drama interior que es la clave de toda su vida, por la radicalidad y gravedad de las cuestiones que supo plantear y formular. Estos ya casi cincos siglos muestran también las graves consecuencias que se siguieron de su postura y son una llamada al sentido de responsabilidad y a la esperanza de que con una comprensión cada vez más honda del misterio de la cruz en el que se revela también la íntima naturaleza de Dios, resplandezca la verdad completa sobre Dios y sobre el destino humano con toda su fuerza de unir a los hombres.
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PARA SABER MÁS

R. GARCIA-VILLOSLADA, Martin Lutero II, BAC, Madrid 1973. Esta biografía de Lutero es una de las más extensas y solventes de las publicadas en España. Redactada con simpatía hacia la figura del Reformador y en un agradable estilo literario, consigue presentar unidos los datos de la historia y las características de su pensamiento.

J. LORTZ, Historia de la Reforma, Madrid 1964.

L. F. MATEO-SECO, Martín Lutero: Sobre la libertad esclava, Madrid 1978.

www.arvo.net   2004-05-12

 

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En pocas palabras: si Cristo fundó una Iglesia y el diablo la corrompió y luego tuvo que venir Lutero para "reformarla": ¿Qué papel hace Cristo prometiendo una Iglesia invencible? Y si eso fuera posible: ¿Cuál de las miles de divisiones del protestantismo heredó el "Espíritu de Verdad" del que Cristo habla y que promete con tanta certeza?.

 

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"El relativismo es una auténtica dictadura que no conoce nada como definitivo, y deja como última medida ´el falso yo´ y sus pasiones"

 

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El Alma:
1. ¡Oh bienaventurada mansión de la ciudad soberana! ¡Oh día clarísimo de la eternidad, que no obscurece la noche, sino que siempre le alumbra la pura verdad, día siempre alegre, siempre seguro, y siempre sin mudanza! ¡Oh, si ya amaneciese este día, y desapareciesen todas estas cosas temporales! Alumbra por cierto a los Santos con una perpetua claridad, mas no así a los que están en esta peregrinación sino de lejos, y como en figura.

2. Los ciudadanos del cielo saben cuán alegre sea aquel día; los desterrados hijos de Eva gimen de ver que éste sea tan amargo y lleno de tedio. Los días de este mundo son pocos y malos, llenos de dolores y angustias, donde el hombre se ve manchado con muchos pecados; enredado en muchas pasiones, angustiado de muchos temores, ocupado con muchos cuidados, distraído con muchas curiosidades, complicado en muchas vanidades, envuelto en muchos errores, quebrantado con muchos trabajos; las tentaciones lo acosan, los placeres lo afeminan, la pobreza le atormenta.

3. ¡Oh, cuándo se acabarán todos estos males! ¡Cuándo me veré libre de la servidumbre de los vicios! ¡Cuándo me acordaré, Señor, de Ti solo! ¡Cuándo me alegraré cumplidamente en Ti! ¡Cuándo estaré sin ningún impedimento en verdadera libertad, y sin ninguna molestia de alma y cuerpo! ¡Cuándo tendré firme paz, paz imperturbable y segura; paz por dentro y por fuera; paz del todo permanente! ¡Oh buen Jesús! ¡Cuándo estaré para verte! ¡Cuándo contemplaré la gloria de tu reino! ¡Cuándo me serás todo en todas las cosas! ¡Cuándo estaré contigo en tu reino, el cual preparaste desde la eternidad para tus escogidos! Me han dejado acá, pobre y desterrado en tierra de enemigos, donde hay continuas peleas y grandes calamidades.

4. Consuela mi destierro, mitiga mi dolor, porque a Ti suspira todo mi deseo. Todo el placer del mundo es para mí pesada carga. Deseo gozarte íntimamente; mas no puedo conseguirlo. Deseo estar unido con las cosas celestiales; pero me abaten las temporales y las pasiones no mortificadas. Con el espíritu quiero elevarme sobre todas las cosas; pero la carne me violenta a estar debajo de ellas. Así yo, hombre infeliz, peleo conmigo, y me soy enfadoso a mí mismo, viendo que el espíritu busca lo de arriba, y la carne lo de abajo.

5. ¡Oh Señor, cuanto padezco cuando revuelvo en mi pensamiento las cosas celestiales, y luego se me ofrece un tropel de cosas del mundo! Dios mío, no te alejes de mí, ni te desvíes con ira de tu siervo. Resplandezca un rayo de tu claridad, y destruya estas tinieblas; envía tus saetas, y contúrbense todas las asechanzas del enemigo. Recoge todos mis sentidos en Ti; hazme olvidar todas las cosas mundanas, otórgame desechar y apartar de mí aun las sombras de los vicios. Socórreme, Verdad eterna, para que no me mueva vanidad alguna. Ven, suavidad celestial, y huya de tu presencia toda torpeza.

6. Perdóname también y mírame con misericordia todas cuantas veces pienso en la oración alguna cosa fuera de Ti. Pues confieso ingenuamente que acostumbro a estar muy distraído. De modo que muchas veces no estoy allí donde se halla mi cuerpo en pie o sentado, sino más bien allá donde me lleva mi pensamiento. Allí estoy donde está mi pensamiento; allí está mi pensamiento a menudo donde está lo que amo. Al punto me ocurre lo que naturalmente deleita o agrada por la costumbre.

7. Por lo cual, Tú, Verdad eterna, dijiste: Donde está tu tesoro, allí está tu corazón. Si amo al cielo, con gusto pienso en las cosas celestiales. Si amo el mundo, alégrome con sus prosperidades, y me entristezco con sus adversidades. Si amo la carne, muchas veces pienso en las cosas carnales. Si amo el espíritu, recréome en pensar cosas espirituales. Porque de todas las cosas que amo, hablo y oigo con gusto, y lleno conmigo a mi casa las ideas de ellas. Pero bienaventurado aquel por tu amor da repudio a todo lo criado; que hace fuerza a su natural, y crucifica los apetitos carnales con el fervor del espíritu, para que, serena su conciencia, te ofrezca oración pura, y sea digno de estar entre los coros angélicos, desechadas dentro y fuera de sí todas las cosas terrenas. KEMPIS.

 

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"Obras todas del Señor, bendecid al Señor".-

“¡Señor, dueño nuestro, qué admirable es tu nombre en toda la tierra!” (Sal 8, 2).

 

Que el ‘domingo’ sea un aliciente para recobrar el sosiego interior que nos permite descubrir con mayor nitidez la hermosura de los muchos dones que hemos recibido de Dios a través de la naturaleza y contemplarlos en familia y con los demás en espíritu de amistad.

 

Que nos guíe y acompañe siempre con su intercesión, la Santísima Madre de Dios.

Su fe indefectible que sostuvo la fe de Pedro y de los demás Apóstoles, durante más de dos mil años, siga sosteniendo la de las generaciones cristianas, aquella y siempre misma fe. Reina de los Apóstoles, ruega por nosotros. Amen

 

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Gracias de vuestra visita

 

Recomendamos: “ROMA, DULCE HOGAR”, Scott Hahn y su esposa Kimberly cuentan el largo viaje que les llevó de evangélicos calvinistas, hasta la casa paterna en la Iglesia Católica. Un camino erizado de dificultades, pero recorrido con gran coherencia y docilidad a la gracia, y cuyo motor era el amor a Jesucristo y a su Palabra en la Sagrada Escritura.

Recomendamos: “LO PRIMERO ES EL AMOR”, Scott Hahn muestra de nuevo una de sus mejores cualidades como autor: su gran capacidad para explicar las verdades esenciales de la Iglesia Católica fundada por Jesucristo, de un modo accesible y atrayente. En esta obra el incentivo es esta pregunta: ¿Qué clase de amor y qué clase de familia satisfacen nuestros más íntimos anhelos?. Con su clara prosa desarrolla una idea central de la fe cristiana: Dios, la Trinidad de Personas Divinas, es una familia que vive en una comunión de amor. Expone también Hahn la íntima conexión entre la familia divina, la familia de la fe, que es la Iglesia, y las familias de la tierra formadas por un hombre y una mujer. Ed. Patmos – Libros de espiritualidad-225.-

 

El Evangelio de Cristo del siglo I al XXI la Iglesia Católica fielmente proclama.

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'JESUCRISTO PADECIÓ BAJO EL PODER DE PONCIO PILATO,
FUE CRUCIFICADO, MUERTO Y SEPULTADO'
Evangelio según San Lucas, Cap.3, vers.1º: El año decimoquinto del reinado del emperador Tiberio, cuando Poncio Pilato gobernaba la Judea, siendo Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Felipe tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene…

Crucifixión de San Pedro: fue crucificado al revés cabeza abajo - Pergamino con San Pedro en cruz invertida, de Maguncia- Alemania; entre el 900 y el 1000ca. - Museo Diocesano de la Catedral Maguncia (Mainz) Alemania - Pedro en su cruz, invertida. ¿Qué significa todo esto? Es lo que Jesús había predicho a este Apóstol suyo: "Cuando seas viejo, otro te llevará a donde tú no quieras"; y el Señor había añadido: "Sígueme" (Jn 21, 18-19). Precisamente ahora se realiza el culmen del seguimiento: el discípulo no es más que el Maestro, y ahora experimenta toda la amargura de la cruz, de las consecuencias del pecado que separa de Dios, toda la absurdidad de la violencia y de la mentira. No se puede huir del radicalismo del interrogante planteado por la cruz: la cruz de Cristo, Cabeza de la Iglesia, y la cruz de Pedro, su Vicario en la tierra. Dos actos de un único drama: el drama del misterio pascual: cruz y resurrección, muerte y vida, pecado y gracia.

La maternidad divina de María – Catecismo de la Iglesia
495 Llamada en los Evangelios 'la Madre de Jesús'(Jn 2, 1; 19, 25; cf. Mt 13, 55, etc.), María es aclamada bajo el impulso del Espíritu como 'la madre de mi Señor' desde antes del nacimiento de su hijo (cf Lc 1, 43). En efecto, aquél que ella concibió como hombre, por obra del Espíritu Santo, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el Hijo eterno del Padre, la segunda persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre de Dios [Theotokos] (cf. Concilio de Éfeso, año 649: DS, 251).
La virginidad de María
496 Desde las primeras formulaciones de la fe (cf. DS 10-64), la Iglesia ha confesado que Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María únicamente por el poder del Espíritu Santo, afirmando también el aspecto corporal de este suceso: Jesús fue concebido absque semine ex Spiritu Sancto (Concilio de Letrán, año 649; DS, 503), esto es, sin semilla de varón, por obra del Espíritu Santo. Los Padres ven en la concepción virginal el signo de que es verdaderamente el Hijo de Dios el que ha venido en una humanidad como la nuestra:
Así, san Ignacio de Antioquía (comienzos del siglo II): «Estáis firmemente convencidos acerca de que nuestro Señor es verdaderamente de la raza de David según la carne (cf. Rm 1, 3), Hijo de Dios según la voluntad y el poder de Dios (cf. Jn 1, 13), nacido verdaderamente de una virgen [...] Fue verdaderamente clavado por nosotros en su carne bajo Poncio Pilato [...] padeció verdaderamente, como también resucitó verdaderamente» (Epistula ad Smyrnaeos, 1-2).

El acontecimiento histórico y transcendente – Catecismo de la Iglesia
639 El misterio de la resurrección de Cristo es un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas como lo atestigua el Nuevo Testamento. Ya san Pablo, hacia el año 56, puede escribir a los Corintios: "Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce: "(1 Co 15, 3-4). El apóstol habla aquí de la tradición viva de la Resurrección que recibió después de su conversión a las puertas de Damasco (cf. Hch 9, 3-18).
El sepulcro vacío

640 "¿Por qué buscar entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado" (Lc 24, 5-6). En el marco de los acontecimientos de Pascua, el primer elemento que se encuentra es el sepulcro vacío. No es en sí una prueba directa. La ausencia del cuerpo de Cristo en el sepulcro podría explicarse de otro modo (cf. Jn 20,13; Mt 28, 11-15). A pesar de eso, el sepulcro vacío ha constituido para todos un signo esencial. Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección. Es el caso, en primer lugar, de las santas mujeres (cf. Lc 24, 3. 22- 23), después de Pedro (cf. Lc 24, 12). "El discípulo que Jesús amaba" (Jn 20, 2) afirma que, al entrar en el sepulcro vacío y al descubrir "las vendas en el suelo"(Jn 20, 6) "vio y creyó" (Jn 20, 8). Eso supone que constató en el estado del sepulcro vacío (cf. Jn 20, 5-7) que la ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana y que Jesús no había vuelto simplemente a una vida terrenal como había sido el caso de Lázaro (cf. Jn 11, 44).