Saturday 1 November 2014 | Actualizada : 2014-10-13
 
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Santa Blandina: «Soy cristiana, nosotros no negociamos ninguna maldad» mártir del + 178ca. Lyon- France- Testimonio de la Iglesia Católica.

 

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El mártir en cuanto tal, por lo tanto, es aquella persona que sigue siendo leal hasta el final porque sabe cuál es el fin propio del hombre: conocer, amar y servir a Dios en este mundo para alcanzar la felicidad con Él en la vida eterna.

 

 

LOS FRUTOS DEL MARTIRIO

 

Por el padre Michael Hull
CIUDAD DEL VATICANO, domingo, 6 junio 2004.- Publicamos la intervención del padre Michael Hull, profesor de Teología en varias facultades de Nueva York, pronunciada en la videconferencia mundial sobre «El martirio y los nuevos mártires» organizada por la Congregación vaticana para el Clero (www.clerus.org) el pasado 28 de mayo.

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Los frutos del martirio

Michael Hull - 28 de mayo de 2004


La Iglesia ha mantenido siempre que a aquellos que reciben el martirio a causa de la fe sin haber recibido el sacramento del Bautismo se les conceden los beneficios del Bautismo. El martirio es el testimonio final de Jesucristo y de la verdad de la Fe católica. Es el acto supremo de la virtud cardinal de la fortaleza. Los frutos del martirio son tanto individuales como comunitarios. A nivel individual, el mártir da un testimonio prístino de Jesucristo y por ello se asegura su unión con el Redentor a través de una estrecha identificación con el mismo sufrimiento y muerte del Señor. A nivel comunitario, el acto del martirio es eficaz para todo el mundo puesto que se percibe como al acto de una persona que entrega su vida a imitación del Salvador del mundo.

El término «mártir» tiene su raíz en el término griego martus que significa «testigo». Ha entrado en la lengua inglesa a través de las referencias en Hch 1,8 y 22, en las que la identificación con el testimonio del Señor en cuanto a la difusión de la fe está estrechamente relacionada con el sufrimiento y la muerte por la fe. El mártir en cuanto tal, por lo tanto, es aquella persona que sigue siendo leal hasta el final porque sabe cuál es el fin propio del hombre: conocer, amar y servir a Dios en este mundo para alcanzar la felicidad con Él en la vida eterna. Por esta razón, la Iglesia ha venerado a sus mártires desde los primeros días hasta la actualidad con gran devoción. A partir de finales del siglo segundo, la fecha de la muerte del mártir se celebraba en su tumba como una natividad en los cielos, lo que llevó a la construcción de iglesias encima de estos lugares. De la misma forma, en la liturgia romana, los mártires están situados en las primeras filas, antes de los demás santos, vestidos con el color rojo de la liturgia que pone de manifiesto la naturaleza sangrienta de su sacrificio. Así, San Ignacio de Antioquia escribió tan anhelante sobre su inminente martirio en la Epístola a los romanos: «Dejad que me devoren las bestias, que es mi manera de llegar a Dios. Soy el trigo de Dios, y debo ser molido por los dientes de las bestias salvajes, para que pueda llegar a ser el pan puro de Cristo» (4.1).

Desde los primeros tiempos de la Iglesia, se ha reconocido que la sanguis martyrum est semen Christianorum --la sangre de los mártires es semilla de cristianos--. La sangre de los mártires de la Iglesia primitiva produjo no solamente la conversión de millones de personas, sino también el fortalecimiento de la fe de millones de personas. En su carta apostólica Tertio millennio adveniente, Juan Pablo II nos recuerda que la sangre de los mártires no es un fenómeno exclusivo de la Iglesia primitiva. «Al término del segundo milenio, la Iglesia ha vuelto de nuevo a ser Iglesia de mártires. Las persecuciones de creyentes —sacerdotes, religiosos y laicos— han supuesto una gran siembra de mártires en varias partes del mundo» (n. 37). Los frutos de ese martirio producirán un aumento de las conversiones al catolicismo y una intensificación de la práctica de la fe entre los católicos. Nada mueve más al espíritu que la imitación clara de Cristo que se encuentra siguiéndolo en su sufrimiento hasta la muerte, con la firme convicción de compartir su resurrección. Los frutos del martirio nos rodean por todas partes. Porque en un mundo presa del pecado y la desesperanza, seguimos encontrando católicos que se regocijan ante la posibilidad de sufrir la «humillación por el bien de su nombre» (Hch 5,40).

Para los católicos, como personas y como comunidad, el martirio nos da esperanza en nosotros mismos. En su sacrificio vemos la inspiración del Espíritu Santo que Jesús prometió a los Apóstoles como la facultad mediante la cual serían sus testigos, sus mártires, hasta el fin de los días (Hch 1,8). Es el mismo Espíritu Santo que nos sigue guiando, si tenemos la fortaleza, para ser la semilla de cristianos. ZS04060609

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La contribución de los mártires en la evangelización de América Latina

Por el padre Silvio Cajiao 


CIUDAD DEL VATICANO, domingo, 6 junio 2004
- Publicamos la intervención del padre Silvio Cajiao, profesor de Teología en Bogotá (Colombia), pronunciada en la videconferencia mundial sobre «El martirio y los nuevos mártires» organizada por la Congregación vaticana para el Clero (www.clerus.org) el pasado 28 de mayo.

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LA CONTRIBUCIÓN DE LOS MÁRTIRES EN LA

EVANGELIZACIÓN DE AMÉRICA LATINA

 

«Entre sus Santos "la historia de la evangelización de América reconoce numerosos mártires, varones y mujeres, tanto Obispos, como presbíteros, religiosos y laicos, que con su sangre regaron [...] [estas] naciones. Ellos, como nube de testigos (cf. Hb 12,1), nos estimulan para que asumamos hoy, sin temor y ardorosamente, la nueva evangelización". Es necesario que sus ejemplos de entrega sin límites a la causa del Evangelio sean no sólo preservados del olvido, sino más conocidos y difundidos entre los fieles del continente» (EA No. 15).

Con estas palabras, su Santidad Juan Pablo II en su exhortación apostólica Ecclesia in America nos está haciendo la recomendación de recordar que ante todo el anuncio de Jesucristo es martirial; se deriva de esto reconocer como don de Dios a su Iglesia esa «nube de Testigos» que, como nos dice también el Vaticano II en la Constitución Lumen gentium (n. 42) dentro del capítulo quinto correspondiente a la vocación universal a la santidad dentro de la Iglesia, tienen como fundamento la caridad del mismo Señor Jesús; el texto afirma: «Dado que Jesús, el Hijo de Dios, manifestó su amor entregando su vida por nosotros, nadie tiene mayor amor que el entrega su vida por Él y por sus hermanos» (cf. 1 Io 3,16; Io 15,13). Pues bien: algunos cristianos, ya desde los primeros tiempos, fueron llamados, y seguirán siéndolo siempre, a dar este supremo testimonio de amor ante todos, especialmente ante los perseguidores. Por lo tanto, el martirio, en el que el discípulo se asemeja al Maestro, que aceptó libremente la muerte por la salvación del mundo, y se conforma a Él en la efusión de su sangre, es estimado por la Iglesia como un don eximio y la suprema prueba de amor. Y si es don concedido a pocos, sin embargo todos deben estar prestos a confesar a Cristo delante de los hombres y a seguirle, por el camino de la cruz, en medio de las persecuciones que nunca faltan a la Iglesia».

Ha sido claro para la Iglesia que esta efusión de sangre ha de ser ante todo por la confesión de fe en Jesucristo, o el así llamado odio hacia la fe que llega incluso a infligir la persecución, el destierro, la muerte; esto es lo que la Iglesia considera martirial. Pero nos recuerda el Vaticano II en su Constitución Gaudium et spes --dentro del marco del capítulo primero sobre la dignidad de la persona humana en el No. 21--, la actitud que ha de tener la Iglesia ante el ateísmo y cómo éste se combate mediante una adecuada exposición de la doctrina, un hacer presente la vida trinitaria en una continua purificación, y aquí nos dice: «Numerosos mártires dieron y dan preclaro testimonio de esta fe, la cual debe manifestar su fecundidad imbuyendo toda la vida incluso la profana, de los creyentes, e impulsándolos a la justicia y el amor, sobre todo respecto al necesitado».

Declaran los padres conciliares que en la base del martirio están el amor extremo y la lucha denodada frente a la injusticia que sin duda, en el contexto de nuestros países y en una realidad de globalización y de economía de mercado, les coloca en situación de pobreza creciente. Es allí, en la lucha por defender a los indígenas, a los desplazados, a los hombres y mujeres que se les niega la dignidad de hijos e hijas de Dios, donde muchos mártires de América Latina han venido dando su testimonio destacando la prioridad del amor de Dios hacia ellos y por lo tanto una respuesta correspondiente a ese amor hasta la muerte.
Silvio Cajiao, S.I. Bogotá - ZS04060610
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Los mártires de la guerra civil en España


Por el profesor Alfonso Carrasco Rouco

CIUDAD DEL VATICANO, domingo, 6 junio 2004 - Publicamos la intervención del profesor Alfonso Carrasco Rouco, decano de la Facultad de Teología «San Dámaso» de Madrid, pronunciada en la videconferencia mundial sobre «El martirio y los nuevos mártires» organizada por la Congregación vaticana para el Clero (www.clerus.org) el pasado 28 de mayo.

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Los mártires de la guerra civil en España
Alfonso Carrasco Rouco
Facultad de Teología «San Dámaso» Madrid

 

La historia precedente a la guerra civil española, particularmente los hechos sucedidos durante la revolución de 1934, junto con el inicio de una destrucción sistemática de la Iglesia, en sus personas y en las formas de su presencia pública –desde el patrimonio artístico hasta sus obras caritativas o sociales–, desde los primeros días de la guerra civil, han permitido llegar a la conclusión de la existencia entonces de programas «políticos» destinados a conseguir la desaparición de la Iglesia de la nueva sociedad española.

El primer año de la guerra, comenzada en julio de 1936, se convirtió así en un periodo de persecución absolutamente extraordinaria en que se buscó la muerte de aquellas personas que eran el sostén de la Iglesia y, por lo tanto, en primer lugar, del clero; pero donde murieron también muchos religiosos y fieles laicos, particularmente aquellos que se habían significado en movimientos o actuaciones apostólicas católicas. Ello sucedió en un ambiente cargado de odio y propaganda; pero muchas veces pudo percibirse la frialdad de la decisión de matar a alguien sólo por «ser cura» y más si era apreciado y querido por el pueblo.

Las cifras globales de los muertos por el odium fidei en la guerra civil española no se conocen con exactitud, debido sobre todo a la dificultad del caso de muchos fieles laicos. La existencia de muertos por causas de otro género, políticas o personales, dificulta también llegar a precisión plena. Es posible, en cambio, conocer las cifras referentes al clero y a los religiosos: al menos 4.184 asesinados del clero secular, incluidos seminaristas, 12 obispos y un administrador apostólico, 2.365 religiosos y 283 religiosas. Así, por ejemplo, en la diócesis de Barbastro, de 140 sacerdotes quedaron 17; en Madrid murió el 30% del clero; en Toledo el 48%. En Valencia se destruyeron total o parcialmente 2.300 templos; en Barcelona quedaron dañados todos menos diez, etc.

Los procesos para el reconocimiento oficial de estos mártires de la Iglesia en España siguen su curso. Su presencia y testimonio, sin embargo, ha fundamentado el renacer de la Iglesia tras la guerra y acercado a la sociedad española la gracia de la reconciliación.

Pues su testimonio se inscribe muy nítidamente en el drama entonces vivido en España. Muchos sufrieron y murieron dedicando sus últimas palabras a Cristo Rey, único verdadero Señor, en contraposición con las pretensiones de ideologías y poderes políticos totalitarios, presentes entonces en Europa y que, en España, en formas comunistas o anarquistas, pretendieron someter sus conciencias y hacerles blasfemar de Dios y negar a Jesucristo. Otros dedicaron sus últimas palabras precisamente a la misericordia y al perdón, en imitación del ejemplo dado por Cristo en la cruz y seguido ya por el primer mártir, San Esteban. Muchos testimoniaron hasta el final su amor a la propia vocación y a la Iglesia, no queriendo abandonar su misión, permaneciendo al lado de sus hermanos en el peligro, despidiéndose de ellos con fe y esperanza firmísima de encontrarse de nuevo en la vida verdadera de los cielos.

En todo ello, dieron de muchos modos el testimonio mayor de amor al Señor, poniendo de manifiesto la grandeza de su gracia, que triunfaba en su humana debilidad, así como la hondura de las raíces de su fe, que pudo florecer así en la persecución y cuya fortaleza confortó y sostuvo la fe de muchos otros. Y dieron un testimonio decisivo de amor a los hermanos, a los amigos y a los enemigos. De este modo, su martirio se convirtió en una luz extraordinariamente necesaria para que la Iglesia, y con ella la sociedad española, encontrara en medio de tan gran oscuridad el camino de la reconciliación y de la paz.

Esta multitud de mártires constituye hasta el día de hoy para la Iglesia en España motivo de grandísima alegría y de agradecimiento al Señor, que salva a los sencillos y a los humildes, enalteciéndolos de modo admirable; que levanta al desvalido, vejado, dolorido y muerto a la gloria más grande, uniéndolo a Él mismo, la piedra que desecharon los constructores y es ahora la piedra angular, en la edificación de la verdadera ciudad de los hombres, la Jerusalén que viene de arriba, lugar de libertad y de vida victoriosa sobre la muerte.
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San Pablo Miki y Compañeros 




"Llegado a este momento final de mi existencia en la tierra, seguramente que ninguno de ustedes va a creer que me voy a atrever a decir lo que no es cierto. Les declaro pues, que el mejor camino para conseguir la salva- ción es pertenecer a la religión cristiana, ser católico.

Fueron 26, martirizados el mismo día, 5 de febrero del año 1597.

En el año 1549 San Francisco Javier llegó al Japón y convirtió a muchos paganos.

Ya en el año 1597 eran varios los miles de cristianos en aquel país. Y llegó al gobierno un emperador sumamente cruel y vicioso, el cual ordenó que todos los misioneros católicos debían abandonar el Japón en el término de seis meses. Pero los misioneros, en vez de huir del país, lo que hicieron fue esconderse, para poder seguir ayudando a los cristianos. Fueron descubiertos y martirizados brutalmente. Los que murieron en este día en Nagasaki fueron 26. Tres jesuitas, seis franciscanos y 16 laicos católicos japoneses, que eran catequistas y se habían hecho terciarios franciscanos.

Los mártires jesuitas fueron: San Pablo Miki, un japonés de familia de la alta clase social, hijo de un capitán del ejército y muy buen predicador: San Juan Goto y Santiago Kisai, dos hermanos coadjutores jesuitas. Los franciscanos eran: San Felipe de Jesús, un mexicano que había ido a misionar al Asia. San Gonzalo García que era de la India, San Francisco Blanco, San Pedro Bautista, superior de los franciscanos en el Japón y San Francisco de San Miguel.

Entre los laicos estaban: un soldado: San Cayo Francisco; un médico: San Francisco de Miako; un Coreano: San Leon Karasuma, y tres muchachos de trece años que ayudaban a misa a los sacerdotes: los niños: San Luis Ibarqui, San Antonio Deyman, y San Totomaskasaky, cuyo padre fue también martirizado.

A los 26 católicos les cortaron la oreja izquierda, y así ensangrentados fueron llevados en pleno invierno a pie, de pueblo en pueblo, durante un mes, para escarmentar y atemorizar a todos los que quisieran hacerse cristianos.

Al llegar a Nagasaki les permitieron confesarse con los sacerdotes, y luego los crucificaron, atándolos a las cruces con cuerdas y cadenas en piernas y brazos y sujetándolos al madero con una argolla de hierro al cuello. Entre una cruz y otra había la distancia de un metro y medio.

La Iglesia Católica los declaró santos en 1862.

Testigos de su martirio y de su muerte lo relatan de la siguiente manera: "Una vez crucificados, era admirable ver el fervor y la paciencia de todos. Los sacerdotes animaban a los demás a sufrir todo por amor a Jesucristo y la salvación de las almas. El Padre Pedro estaba inmóvil, con los ojos fijos en el cielo. El hermano Martín cantaba salmos, en acción de gracias a la bondad de Dios, y entre frase y frase iba repitiendo aquella oración del salmo 30: "Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu". El hermano Gonzalo rezaba fervorosamente el Padre Nuestro y el Avemaría".

Al Padre Pablo Miki le parecía que aquella cruz era el púlpito o sitio para predicar más honroso que le habían conseguido, y empezó a decir a todos los presentes (cristianos y curiosos) que él era japonés, que pertenecía a la compañía de Jesús, o sociedad de los Padres jesuitas, que moría por haber predicado el evangelio y que le daba gracias a Dios por haberle concedido el honor tan enorme de poder morir por propagar la verdadera religión de Dios. A continuación añadió las siguientes palabras:

"Llegado a este momento final de mi existencia en la tierra, seguramente que ninguno de ustedes va a creer que me voy a atrever a decir lo que no es cierto. Les declaro pues, que el mejor camino para conseguir la salvación es pertenecer a la religión cristiana, ser católico. Y como mi Señor Jesucristo me enseñó con sus palabras y sus buenos ejemplos a perdonar a los que nos han ofendido, yo declaro que perdono al jefe de la nación que dio la orden de crucificarnos, y a todos los que han contribuido a nuestro martirio, y les recomiendo que ojalá se hagan instruir en nuestra santa religión y se hagan bautizar".

Luego, vueltos los ojos hacia sus compañeros, empezó a darles ánimos en aquella lucha decisiva; en el rostro de todos se veía una alegría muy grande, especialmente en el del niño Luis; éste, al gritarle otro cristiano que pronto estaría en el Paraíso, atrajo hacia sí las miradas de todos por el gesto lleno de gozo que hizo. El niño Antonio, que estaba al lado de Luis, con los ojos fijos en el cielo, después de haber invocado los santísimos nombres de Jesús, José y María, se pudo a cantar los salmos que había aprendido en la clase de catecismo. A otros se les oía decir continuamente: "Jesús, José y María, os doy el corazón y el alma mía". Varios de los crucificados aconsejaban a las gentes allí presentes que permanecieran fieles a nuestra santa religión por siempre.

Luego los verdugos sacaron sus lanzas y asestaron a cada uno de los crucificados dos lanzazos, con lo que en unos momentos pusieron fin a sus vidas.

El pueblo cristiano horrorizado gritaba: ¡Jesús, José y María!

 

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La genialidad de Mateo Ricci fue la de entender y aprehender cuánto de la cultura china podía ser asumido como propedéutico para la fe cristiana. Él vio en el confucianismo - y no en el budismo o en el taoísmo a los que rechazaba firmemente - las tablas de aquella ley universal de la que el anuncio cristiano podía agregar su novedad inaudita. Y a este anuncio, cuando Mateo Ricci estaba en China, siguieron importantes conversaciones a niveles altos de la sociedad y de la cultura.
No ha ocurrido igual en el caso de otra gran nación y civilización del oriente: Japón


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Por qué en el Japón del bienestar la vida vale tan poco

Un suicidio cada 15 minutos, en el país más eficiente del mundo. Una investigación exclusiva analiza los motivos. El obispo y el nuncio: falta la fe en un Dios personal, en un pueblo que honra ocho millones de dioses

por Sandro Magister


ROMA, 8 marzo 2010 – Se multiplican, entre Italia y China, las celebraciones y las exposiciones en honor del jesuita Mateo Ricci, para los chinos Li Madou, genial anunciador de la fe cristiana en el Celeste Imperio de hace cuatro siglos.

La genialidad de Mateo Ricci fue la de entender y aprehender cuánto de la cultura china podía ser asumido como propedéutico para la fe cristiana. Él vio en el confucianismo - y no en el budismo o en el taoísmo a los que rechazaba firmemente - las tablas de aquella ley universal de la que el anuncio cristiano podía agregar su novedad inaudita. Y a este anuncio, cuando Mateo Ricci estaba en China, siguieron importantes conversaciones a niveles altos de la sociedad y de la cultura.

No ha ocurrido igual en el caso de otra gran nación y civilización del oriente: Japón

La historia del cristianismo en Japón es una historia de mártires. Ninguna otra civilización en el mundo se ha mostrado más impermeable al cristianismo que la japonesa. En el pasado asesinando a quienes la anunciaban. En épocas más recientes hospedándolos cortésmente, pero sin que jamás a esto correspondan olas de conversiones.

Pero a su vez, también los anunciadores del cristianismo en Japón no han sabido penetrar a fondo, hasta ahora, el misterio de aquella civilización, para "inculturar" su anuncio.

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Un impresionante indicio del misterio de la cultura japonesa es la prevalencia de suicidios.

En promedio cada 15 minutos un japonés se quita la vida. En un año hay más de 30.000. "Kamikaze" y "harakiri" son las palabras de la lengua japonesa más conocidas en el resto del mundo.

Hoy se discute en Japón mucho más abiertamente que antes por qué ello sea así. Y la investigación que sigue da cuenta precisamente de esta discusión.

El autor de la investigación, Silvio Piersanti, es un periodista italiano de gran experiencia internacional, que vive en Tokio y está casado con una escritora japonesa. Ha interpelado sobre el argumento, entre otros, al obispo católico de la capital y al nuncio vaticano en Japón.

Los cuales están de acuerdo en indicar que está en la cuestión de Dios la raíz última de la facilidad con la que los japoneses se quitan la vida.

Los japoneses, dicen, "tienen ocho millones de dioses, miles de templos y dos religiones oficiales, el budismo y el shintoismo", pero les falta la fe en un Dios personal, omnipotente y misericordioso, cercano y amoroso con cada hombre.

Una vez más, ha visto bien Benedicto XVI cuando ha indicado en la cuestión de Dios la "prioridad" de su pontificado, bajo todo cielo.

Aquí la investigación, desde Tokio.
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SUICIDIOS EN JAPÓN. LA ESPINA EN EL CRISANTEMO

por Silvio Piersanti


No es raro que al ingreso de una estación del metropolitano de Tokio se vea el anuncio de un retraso a causa de un "ginshinjico", o sea un "accidente con una persona": es la fórmula eufemística con la que se define el suicidio de quien se ha tirado entre los rieles al paso de un tren. El anuncio ya es de rutina. El cuerpo es retirado rápidamente, los módulos de policía llenados a prisa y la circulación se retoma en breve tiempo, frenética y eficiente como siempre.

Cada 15 minutos un japonés se quita la vida. Según datos oficiales hechos públicos por el comando central de policía, ya desde hace 12 años consecutivos, cada año en Japón se asesinan más de 30.000 personas y los primeros datos estadísticos del año en curso hacen presagiar que en el 2010 se podría llegar a 35.000: el número más elevado de suicidios en el país socialmente más avanzado del mundo.

Yukio Hatoyama, jefe del partido democrático y del actual gobierno de centro-izquierda que ha interrumpido décadas de gobierno de coalición de centro-derecha, ha dicho que lo de los suicidios es un grave problema social que debe ser afrontado con decisión, encontrando los medios ya sea financieros o estratégicos para evitarlo. Ha comenzado su discurso de inicio de año a la nación con las palabras: "Quiero proteger la vida de la gente, la vida de aquellos que han nacido, que crecen y se hacen adultos". Y ha seguido pronunciando la palabra "vida" 24 veces, afirmando que el objetivo principal de su gobierno es precisamente el de "proteger la vida humana".

En cinco meses, el task force creado por el gobierno para afrontar la cuestión de los suicidios ha asignado a las agencias de trabajo unos miles de psicólogos especializados en el tratamiento de depresiones debidas a problemas de trabajo o de dinero, y se ha ampliado la asistencia temporal a los mendigos, con alojamiento, alimento y vestimenta proporcionadas en las dos semanas del periodo navideño y de fin de año, un periodo en el cual generalmente el número de suicidios se eleva dramáticamente. El año pasado en Tokio se beneficiaron de esto unos 800, este año 230.000. Ha distribuido opúsculos, ha instituido líneas telefónicas, ha dispuesto una pasantía específica para grupos de voluntarios. Pero ninguna de estas medidas parece tener efecto.

Un suicida cada 15 minutos es ya un dato terrible, pero si se analizan los datos estadísticos la angustia aumenta. Se ve, en efecto, que un tercio de los suicidas está entre los 30 y 49 años de edad, hombres y mujeres en la plenitud de la vida que no ven en su presente y futuro alguna razón para no tirarla. Y si se desciende en el rango de edades, se descubre que Japón tiene el primado mundial de estudiantes suicidas: 552 en el 2009. Cada día del año escolar, por lo tanto, dos estudiantes deciden quitarse la vida, víctimas de un sistema escolar ásperamente competitivo y de actos de arrogancia y prepotencia estudiantil de despiadada crueldad.

Quizá el resultado más importante obtenido por el gobierno ha sido el de poner el problema de los suicidios frente a los ojos de todos. Esto parece ser en síntesis el mensaje del gobierno: veamos juntos qué se puede hacer, entendamos qué empuja a tanta gente a rechazar la vida en esta nuestra sociedad tan acaudalada.

Anteriormente el suicidio no era visto por la opinión pública como un problema social de todo el país. Cada uno lo consideraba una desgracia ocurrida a la propia familia, sobre la cual era más digno callar. En cambio ahora, después de la divulgación de los datos estadísticos y la promesa del premier Hatoyama de hacer de ello una prioridad de su programa de gobierno, la televisión, los diarios, libros, universidades, discuten abiertamente el problema y buscan entender por qué uno de los países más ricos y desarrollados, donde la tasa de criminalidad está entre las más bajas del mundo, donde la elevada longevidad debería testimoniar una sociedad serena, es en cambio el país con el más alto número de suicidios.

Los japoneses no son felices. Datos oficiales publicados recientemente por la asociación nacional de psiquiatras y neurólogos revelan que del 30 al 40 por ciento de los pacientes hospitalizados en los hospitales japoneses sufren de disturbios psiquiátricos y que los 13.000 psiquiatras en servicio en el país no bastan para hacer frente a la gran demanda de ayuda por parte de los enfermos mentales.

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En el mensaje con el que ha introducido la Cuaresma de este año, Benedicto XVI ha recordado cómo el principio del jurista latino Ulpiano, según el cual "dare cuique suum" era la fórmula para asegurar la justicia en el mundo, en realidad se ha revelado falaz. Para ser feliz el hombre necesita de algo que no se le puede garantizar por la ley: tiene necesidad del amor gratuito de Dios. Japón que, ignorante de un Dios trascendente, se ha vuelto un país modelo de la justicia social está plagado de este profundo impulso suicida. Parece por lo tanto ser una prueba luminosa y dramática de la verdad del pensamiento de Ratzinger: sin Dios el hombre no puede ser feliz. Los bienes materiales son necesarios, pero no garantizan la felicidad, el pleno goce de la vida.

Sería quizá simple ligar el brusco ascenso de suicidios a la crisis económica en la que se debate el país por el fin de la llamada "bubble economy" en la segunda mitad de los años ´80, pero lo de los fracasos y de los desocupados es sólo una, y quizá no la principal, de las causas de esta ola de desesperación que golpea el país.

Naturalmente hay causas universales como enfermedades incurables, desilusiones de amor, crisis de depresión, etc. Pero lo que se quiere poner en claro es qué cosa está detrás de la aparente facilidad con la que los japoneses llegan a la decisión de quitarse la vida. Sociólogos y psicólogos consideran que un impulso suicida podría encontrarse en la cultura y en la tradición de los "samurai", o sea de "aquellos que sirven", cuyo suicidio - "seppuku", más conocido en occidente con el sinónimo "harakiri" - realizado con dignidad ritual, vestido de un kimono para ceremonias y hundiendo una hoja en el propio vientre, era considerado el único modo honorable de eliminar el ultraje de una derrota o de una humillación.

Esta tradición fue después recibida por los pilotos "kamikaze", o sea "viento de dios", que durante el segundo conflicto mundial destrozaban sus cazas contra las naves de guerra americanas. Quizá la última manifestación pública de este estoicismo exasperado ha sido el doble "seppuku" realizado por el famoso escritor Yukio Mishima y su más fiel seguidor Morita el 25 de noviembre de 1970, frente a unos mil soldados y a decenas de telecámaras después de haber ocupado con un puñado de sus más leales el ministerio del interior. Era la extrema protesta de Mishima y de su pequeño ejército privado contra el pacto con el que Japón aceptaba no tener un propio ejército y confiaba la defensa del propio suelo a las fuerzas armadas americanas.

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Nos dice el nuncio apostólico en Japón, el arzobispo Alberto Bottari de Castello, en la dirección de la nunciatura de Tokio desde hace 5 años: "los japoneses no tienen una relación personal con Dios. El concepto de individuo, que está al centro de la cultura occidental, no hace parte de su DNA cultural. Se identifican con el grupo, la sociedad, la empresa, la nación. Cuando un cristiano llega a la decisión de quitarse la vida sabe que está por infringir una norma sacra: la vida se la ha dado Dios y sólo Dios se la puede quitar. El japonés tentado por el suicidio no tiene este freno. No tiene el concepto de pecado. No tiene a nadie, no tiene nada, fuera del propio mundo material y cultural, a quien pedir ayuda. Pero en su mundo pedir ayuda es deshonroso, y entonces debe resolver dentro de sí mismo el drama de la propia infelicidad, que se ha hecho insoportable. Los cristianos, también en los momentos más oscuros, pueden siempre tender la mano hacia Dios. Los japoneses no. Tienen ocho millones de dioses, miles de maravillosos templos, santuarios, altares, altarcillos, dos religiones oficiales, el budismo y el shintoismo, pero viven sin el Dios único omnipotente y misericordioso, sin el concepto de Dios padre de toda la humanidad y presente en cada uno de nosotros, siempre".

Hiroko Nakamura, apreciada traductora de libros de narrativa italianos, no cree que la relativa facilidad con que los japoneses llegan a la decisión de renunciar a la vida se deba imputar a su ser ateos: "Al contrario, pienso que es precisamente nuestro credo religioso más difundido, el budismo, el que nos hace más fácilmente aceptable la idea del suicidio como solución extrema de nuestros problemas terrenos, tanto materiales como espirituales. El budismo predica la reencarnación, o sea la transferencia del alma de un individuo a otro cuerpo físico, no necesariamente humano. La vida es considerada una prueba de examen para ganarse una nueva vida, subiendo de existencia en existencia, hacia el nirvana, la eterna bienaventuranza celeste. Con esta fe, cuando la presión de los problemas de la vida parece insostenible, es más fácil ceder a la tentación de dejar todo atrás e intentar hacerlo mejor en la próxima existencia. A Buddha, Jesús, san Francisco, Gandhi, los hemos conocido en su última existencia, antes de su ingreso en el nirvana".

El obispo católico de Tokio, Paul Kazuhiro Mori, está de acuerdo con el nuncio Bottari de Castello en considerar que a los japoneses les falta el concepto de Dios y de pecado. Cuando el japonés decide quitarse la vida no piensa que está infringiendo una ley divina, no siente remordimiento por su acto. No ve en él nada de condenable, de éticamente negativo. Al contrario, con el suicidio el japonés salva su honor y el de su familia, si todavía tiene una. "Cuando ustedes periodistas vienen a Japón", nos dice el obispo Mori, "admiran los extraordinarios alcances en el campo social. Escuelas, hospitales, abundancia de bienes materiales, estipendios altos, baja tasa de criminalidad, seguridad en las calles, transporte público admirado en todo el mundo, industrias florecientes, orden público muy estable. Si ustedes creen que es el bienestar social el que da la felicidad, entonces pueden concluir que nuestro país es un país feliz, en los límites humanos. Pero si quieren ver bajo esta costra de abundancia material, entonces se encontrarán frente a uno de los países más pobres, en lo que se refiere al respeto del individuo y a su alimentación espiritual".

Las cifras oficiales, aún en su terrible crudeza, son nada respecto a cuanto ellas esconden. Hay quien afirma que en realidad los suicidios son al menos el doble de los denunciados y los intentos fallidos son al menos una docena de veces más numerosos de los que se llevan a cabo, y algo semejante respecto a los que están planificando su suicidio. "Vivir en Japón es como vivir en la primera línea de guerra", dijo una vez el famoso escritor budista Hiroyuki Itsukio. Y se preguntaba: si ha sido llamada "una salvaje guerra civil" la de los católicos y protestantes en Irlanda del norte, que en 40 años le ha costado la vida a 5.000 personas, ¿entonces, cómo deberemos llamar la realidad japonesa que ha visto en el mismo periodo de matarse al menos un millón de personas? "Estoy completamente de acuerdo con Itsukio", comenta el obispo Mori. "La opinión pública se indignaba por las noticias que llegaban de aquella guerra fraticida. Pero ninguno parecía preocuparse por esta carnicería que se realiza todos los días desde hace tantos años frente a nuestros ojos".

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El reverendo Samuel Koji Arai, 80 años muy bien llevados, es pastor de la Iglesia protestante interdenominacional del barrio de Mabashi. Tiene casi mil fieles en gran parte del sector social medio-alto. "Pero eran sólo una docena cuando llegué hace 46 años", nos dice. Para darnos la bienvenida, interrumpió una fuga de Bach que estaba tocando en el órgano. Junto al órgano hay dos pianos y un violonchelo. "Hacemos mucha música en vivo", sonríe, "clásica para los ancianos, rock para los jóvenes. También cuando hablo a mis fieles debo usar dos idiomas, uno para los jóvenes y otro para los ancianos. Viven en mundos diferentes. Para los jóvenes es más fácil entender el mensaje del Evangelio, porque el Evangelio es revolución. Mientras que los viejos tienen raíces tan profundas en la tradición japonesa que para ellos el Evangelio es frecuentemente incomprensible. ¿Los suicidios? No tengo la menor duda del por qué: la falta de Dios en la vida de los japoneses. Su vida frenética, consumista, hedonista, me recuerda los judíos que danzaban en torno al becerro de oro, olvidados de Dios. Desaparecida la ebriedad del alcohol, la excitación de la danza, se reencuentran solos, sin un objetivo, sin un valor que trascienda el bienestar físico. Se ve la vida como una carrera que llega al último límite. Detrás de aquel límite, la oscuridad. Y entonces se pregunta si vale la pena continuar luchando para ganar siempre más, para gastar siempre más, para cuidarse siempre más pero luego terminar de todos modos solos en alguna residencia para ancianos acomodados o en cualquier hospicio. Y entonces la idea de arrojarse bajo un tren comienza a entrar en la cabeza siempre más frecuentemente hasta que un día se descienden las escaleras del metropolitano por última vez. Habría bastado poder decir ´Jesús, ayúdame´, habría bastado levantar los ojos al cielo, sin necesidad de decir ni siquiera aquel par de palabras y la vida habría tenido totalmente otro sabor, totalmente otro sentido. Cuatro veces en cada hora me siento culpable, cuatro veces en cada hora siento un pugno en el estómago. Aquellos cuatro hermanos que cada hora del día y de la noche se van sin conocer a Dios, los siento como cuatro fracasos de mi misión de pastor. Nosotros Iglesia deberíamos hacer más".

"La Iglesia católica ha hecho mucho en Japón, pero ciertamente puede hacer más", nos dice el nuncio Bottari. "Hemos construido escuelas, hospitales, colegios, universidades. Nuestras escuelas son muy apreciadas. La Universidad Sophia de Tokio es una de las más prestigiosas de la nación. Estamos también financiando un teléfono amigo llevado por protestantes para proporcionar asistencia psicológica a quien ha decidido quitarse la vida. Pero aquí estamos frente a un gran drama nacional. Para incidir positivamente sobre el fenómeno de los suicidios debemos hacer que penetre el concepto de Dios y de la sacralidad de la vida dentro de la cultura japonesa. Por ahora es un objetivo aún lejano. Hay poco más de un millón de católicos en Japón, de los cuales más de la mitad son inmigrantes. Tenemos cada año cerca de 4 mil conversiones, nuestra visión de Dios avanza, pero lentamente. Hay una pregunta que me planteo desde hace años sin encontrar una respuesta satisfactoria. ¿Por qué los japoneses que han hecho de la cortesía y del respeto del prójimo la base de su comportamiento social, son tan refractarios al mensaje de amor universal del Evangelio? ¿Por qué no se convierten? Creo que el obstáculo principal es el que tengan raíces profundas en su cultura milenaria, que les hace ver la conversión a una fe monoteísta occidental como una traición de las tradiciones, de la patria y de la entera civilización oriental en general".

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En efecto, los japoneses tienen una clásica relación de odio y amor por occidente. Les atraen los valores expresados por la cultura occidental en varios campos: ciencias, artes, literatura, arquitectura, música, medicina, investigación espacial, pero al mismo tiempo se sienten víctimas de una colonización intelectual. "En cada campo son ustedes los que establecen las reglas, los criterios de juicio, la estética e incluso la ética", nos dice la escritora japonesa Kyoko Asada. "Son ustedes los que desde hace siglos se arrogan el derecho de establecer qué cosa está bien y qué cosa está mal, qué cosa, que cosa es bella y que cosa es fea, cuál es el dios verdadero y cuál el falso".

El obispo Mori le da en parte razón, cuando dice: "En Japón hay en realidad una gran necesidad de valores religiosos, hay fieles que practican incluso varias religiones. Pero la Iglesia no llega a satisfacer esta sed de religiosidad porque se equivoca en la estrategia: la Iglesia no debe limitarse a dar a conocer la doctrina, la fe y las tradiciones católicas, sino que debe encontrar la manera de conjugarlas con la cultura y los problemas de la vida cotidiana de los japoneses, evitando la división entre enseñanza de la doctrina y la vida cotidiana en Japón. Obviamente es una tarea muy difícil, que se convierte en más ardua por la disminución de las vocaciones y el envejecimiento de los obispos locales".

¿Obispo Mori, hay esperanza? "Sí, creo que sí. Me basta pensar en el ejemplo de la madre Teresa que supo encontrar el modo de hablar al corazón de los indios por encima de las diferencias de fe, con el simple lenguaje de sus acciones. Si llegamos también nosotros a dar un testimonio así de grande del amor de Jesús, pienso que podremos también contener de modo significativo la avalancha de suicidios que aflige el país".

En un reciente debate televisado en el que participaron tres jóvenes mujeres que habían intentado suicidarse, una de ellas, Shinohara Eiji, 26 años, contó su drama, iniciado en las escuelas media y superior donde era objeto de burlas porque era gorda. La continua humillación, año tras año, la llevó a la decisión de quitarse la vida. Regresando a casa, del hospital donde había sido internada con las muñecas cortadas, fue recibida por su padre que la abrazó. Era la primera vez en toda su vida que recibía un abrazo de su padre. "No nos dijimos una sola palabra, pero en aquel momento, entre sus brazos, entendí que la vida era bella y digna de ser vivida".

Las tres jóvenes estuvieron de acuerdo en considerar que lo que habrían necesitado para vencer la desesperación era "ai o kometa osekkai". "Ai o kometa" significa "ser acompañada, motivada, por amor", mientras "osekkai" quiere decir "ser objeto de interés y de cuidado": un modo japonés para dar a entender que habrían tenido necesidad de alguno que se interesara con amor de sus problemas. En palabras más simples, un poco de amor las habría contenido para no realizar ese gesto extremo. Y no hay bienes materiales y distribución equitativa de las riquezas que puedan garantizar aquel amor. Dios puede.


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 China 2005 - los católicos fieles al Magisterio son martirizados.

 (Nagasakiensis - Japón).

 

Nagasaki, capital de la prefectura (ken) del mismo nombre, está situada en una pequeña península en la costa sur-oriental de la Isla Kiushiu, Japón. Su puerto, cerrado por tres lados por montañas que bajan hasta la costa y albergado su cuarto lado (entrada) por numerosas islas, es uno de los más seguros e importantes en Japón. Siendo el primer puerto de entrada para naves provenientes del sur y del oeste, también es una de las principales estaciones de carbón del Lejano Oriente. Las industrias principales del pueblo son la manufactura de motores y construcción de naves. Importa principalmente algodón, carbón, azúcar y petróleo; entre sus exportaciones principales están el carbón, arroz, harina, alcanfor y tabaco. En los primeros diez siglos de nuestra era encontramos referencias a esta ciudad con no menos de siete nombres diferentes, de los cuales Fukaye no Ura (Bahía Fukaye) es la más conocida. Su nombre actual probablemente se deriva de un cierto Nagasaki Kotaro, quien, alrededor de 1185-90, recibió Fukaye no Ura como su feudo. Sin embargo, antes de la llegada de los misioneros cristianos, Nagasaki era una aldea sin importancia.

Aunque las labores del misionero San Francisco Xavier están limitadas al territorio ahora incluido en la Diócesis de Nagasaki, la historia eclesiástica de este territorio es prácticamente idéntica con los inicios de la historia cristiana en Japón, el pueblo de Nagasaki no parece haber sido visitada por los misioneros sino hasta 1569. En este año el Padre Vilela, S.J., fundó una iglesia en el lugar donde una pagoda le había sido dada por el señor(lord) cristiano del distrito, y en 1571 ya había convertido a 1500. En 1570 los portugueses empezaron a comerciar con Nagasaki. Yinzeyemon, gobernador imperial de la provincia, les recibía con amabilidad, y, quizá para inducirles a comerciar sólo con él y así evitar que otros obtuvieran armas de fuego, influía a favor de la religión cristiana. Sin embargo, cuando los comerciantes y misioneros, como defensa contra una futura opresión, insistieron en que reconociera la autoridad eclesiástica sobre el territorio de Nagasaki, mostró gran titubeo y cedió ante sus deseos sólo cuando amenazaron con retirarse y elegir otra sede si su solicitud fuese negada. El rápido crecimiento de Nagasaki data desde la llegada de los extranjeros; numerosos mercaderes nativos se establecieron en el pueblo con la esperanza de enriquecerse con el comercio extranjero. Los últimos rastros de las religiones budistas y sintoístas se habían desvanecido del distrito para 1587, que ya contenía tres iglesias principales (llamadas por los japoneses Ki-kuwan "panorama extraño") y numerosas capillas. Hacia 1587 también puede referirse el repentino cambio de actitud de Hideyoshi hacia la cristiandad (ver Japón). Influenciado por las insinuaciones de los bonzes en cuanto a la intención del ultimátum de los misionarios, emitió, durante una noche de orgía (24 de julio), un decreto proscribiendo la religión cristiana y ordenando a los jesuitas salir de Japón dentro de veinte días. Sin embargo, subsecuentemente, el taiko se calmó y consintió permitir que diez padres permanecieran en Nagasaki, y no adoptó medidas activas para suprimir el cristianismo en tanto se mostrara respeto por sus decretos.

Sin embargo, el incidente San Felipe (ver Japón), llevó a una nueva persecución en 1596, y veintiséis misioneros (6 franciscanos, 3 jesuitas y 17 cristianos japoneses) fueron crucificados en Nagasaki en 1597. Los persistentes rumores de que el taiko estaba por revisar Kiushiu personalmente, llevó al Gobernador de Nagasaki, quien anteriormente no se había mostrado desfavorable hacia los cristianos, a enviar una fuerza para destruir las iglesias y residencias de los misioneros en 1598. En el territorio de la actual Diócesis de Nagasaki, se demolieron 137 iglesias de los jesuitas, así como su universidad en Amakusa y su seminario en Arima. La muerte de Hideyoshi el 16 de septiembre de 1598, puso fin a esta persecución. Iyeyashu, ansioso en promover el comercio con las Filipinas, permitió la libre entrada a los misioneros, y más allá de poner en vigor la ley de que ningún diamio debía recibir el bautismo, no mostró inicialmente ninguna hostilidad hacia el cristianismo. En 1603 había en Nagasaki once iglesias y la población había crecido de alrededor de 2500 a 24,500 en cincuenta años. En alrededor de 1612 o 1613, los bonzes, se teme que ayudados por algunos capitanes ingleses y alemanes, tuvieron éxito en alarmar seriamente a Iyeyashu sobre una intriga imaginaria entre ciertos oficiales suyos y los representantes de Felipe III de España y Portugal. El 27 de enero de 1614, se emitieron órdenes para la expulsión de los misioneros y la destrucción de las iglesias. En 1622, Nagasaki fue escenario del "Gran Martirio" (ver Mártires, Japoneses). En 1629 se introdujo por primera vez la costumbre de Fumi-ye, o pisotear el crucifijo; primero se utilizaron imágenes de papel, pero más tarde se utilizaron imágenes más durables –al principio madera, y aún más tarde (1669) 20 imágenes fundidas por un grabador de Nagasaki obtenidas de los altares de iglesias demolidas. Entre el 4° y 9° día del primer mes de cada año todos los que sospechaba eran cristianos eran llamados a pisotear estas imágenes; aquellos que se negaban eran exiliados de sus hogares, y si eran capturados de nuevo, si aún se rehusaban, eran llevados a los manantiales hirvientes de Shimabara y lanzados dentro, o sujetos a crucifixión y varios tipos de tortura refinada. Incitados a actuar por tal persecución y las miserias consecuentes de la supresión de las casas religiosas, que habían sido la única fuente de alivio para las necesidades del campesinado empobrecido, la gente se levantó en rebelión, en 1637, pero, después de una fiera lucha, fueron aplastados por las fuerzas shogun, ayudados por la artillería alemana. En 1640 cuatro enviados portugueses de Macao fueron prendidos en Nagasaki, y al negarse a apostatar, fueron enviados a muerte.

Por más de dos siglos después de 1640, Japón prácticamente se cerró al mundo exterior. Los persistentes intentos de los misioneros de entrar al país durante los siglos dieciséis y diecisiete no tuvieron otro éxito más que ganarse la corona de los mártires. El descubrimiento por el Padre Petitjean de un gran cuerpo de cristianos el 17 de marzo de 1865, cuando estaba estableciendo la primera iglesia Católica en Nagasaki, después de la reapertura de Japón a los misioneros, es referido en el artículo de Japón. En 1866 este empeñoso misionero fue nombrado Obispo de Miriofita y Vicario Apostólico de Japón, y en 1876, al dividir su territorio en dos vicariatos, retuvo la administración del Sur de Japón (1879-85). Al cesar la persecución (ver Japón), Monseñor Petitjean dedicó toda su energía a volver a ganar la iglesia de los descendientes de los antiguos cristianos, organizando los primeros distritos cristianos, y fundando un seminario para la formación de clérigos nativos. Fue sucedido como Vicario Apostólico por Monseñor Julius Alphonsus Cousin (b. Abril, 1842), ahora Obispo de Nagasaki. El padre Cousin llegó a tierra a Japón en 1866, y fue el primer misionero en entrar a las Islas Goto. En 1869 fundó la primera estación católica en Osaka, donde laboró por dieciocho años. Nombrado Obispo de Acmonia en 1885, después de suceder a Monseñor Petitjean, fijó su residencia en Nagasaki, donde el Sur de Japón estaba dividido en dos vicariatos, en 1887. En 1890, se llevó a cabo el Primer Sínodo de Japón en Nagasaki, de la cual Monseñor Cousin fue el primer Obispo, al establecerse la jerarquía japonesa en 1891. En 1897 el tercer centenario de los veintiséis mártires japoneses, canonizados por el Pío IX en 1867, fue celebrado por la construcción y bendición solemne de la iglesia de Nuestra Señora de los Mártires en Nagasaki. El jubileo episcopal del Obispo Cousin se celebró en 1910. Durante su episcopado de veinticinco años, el Obispo Cousin ha trabajado para aumentar los clérigos nativos y extender el trabajo de la misión. Ha ordenado a 40 sacerdotes japoneses, fundado 35 nuevas estaciones (con residencias), establecido 38 nuevos asentamientos católicos, y construido 50 iglesias y capillas. Durante su administración la población católica se ha más que duplicado.

La Diócesis de Nagasaki incluye a Kiushiu y las islas vecinas –Amakusa, Goto, Ikitsuki, Tsushima, Oshima y el Archipiélago Ryukyu (Lu Chu). La población total es de aproximadamente 7,884,900; la población católica era de 47,104 el 15 de agosto de 1910 (23,000 en 1885). El personal de la misión es de: 1 obispo, 36 misioneros (franceses), 26 sacerdotes diocesanos (japoneses), 6 clérigos tonsurados, 35 catequistas nativos (hombres y mujeres) trabajando para la conversión de paganos, 350 catequistas a quienes se ha confiado la instrucción de las comunidades cristianas, 15 bautizados itinerantes (mujeres). Los auxiliares de la misión, involucrados en actividades de educación y caridad, son 17 Hermanos de María (14 extranjeros, incluyendo 3 sacerdotes), 21 Hermanas del Santo Niño Jesús (Chauffailles –5 japoneses), 16 Hermanas Franciscanas (Misioneras de María), 8 Hermanas de San Pablo de Chartres (3 japoneses), 10 comunidades de mujeres nativas, con 177 miembros. Los asentamientos incluyen: 40 estaciones de misión con residencias; 35 sub-estaciones; 153 comunidades cristianas; 67 iglesias y capillas bendecidas; 52 oratorios y capillas sin bendecir; 1 seminario con 31 estudiantes (8 teología; 4 filosofía; 19 estudiando Latín); una escuela Apostólica con 18 alumnos (10 postulantes de los Hermanos de María); 1 colegio, primaria y comercial, con 325 pupilos (30 internos); 1 escuela para mujeres catequistas, con 15 alumnas; 3 internados para niñas con 224 alumnas; 1 escuela profesional, con 18 alumnos; 1 escuela primaria para niñas, con 149 alumnas; 2 jardines de niños, con 79 alumnos; 8 orfanatos, con 244 niños (65 internos); 2 talleres de trabajo, con 39 trabajadores; 1 asilo de leprosos, con 28 leprosos; 3 hospitales con 92 pacientes; 6 dispensarios (se atienden 4005 pacientes); 15 salas de conferencias para instrucción religiosa (número de oyentes aproximadamente 2730). Los Hermanos de María están a cargo de la dirección de la escuela Apostólica y el colegio. Las Hermanas de María están a cargo de la escuela Apostólica y el colegio. Las Hermanas del Santo Niño Jesús administran 2 internados (secundaria y preparatoria), la escuela profesional, escuela primaria, jardines de niños, 2 asilos para huérfanos, 1 dispensario hospital, 1 sala de conferencia, y 1 taller de trabajo. Las Hermanas Franciscanas están a cargo del asilo de leprosos, 1 hospital, 3 dispensarios, 2 salas de conferencias, 1 asilo para huérfanos y 1 taller de trabajo; las Hermanas de San Pablo de Chartres; 1 internado (secundaria y preparatoria), 1 dispensario hospital, 1 sala de conferencias y 1 asilo para huérfanos. Debido a que el Estado insiste en que todos los niños entre los seis y doce años de edad deben asistir a las escuelas primarias públicas seglares, es prácticamente imposible la existencia de escuelas parroquiales en Japón actualmente. Las estadísticas administrativas para el año que termina el 15 de agosto de 1910 son; bautismo de adultos, 592 (208 in extremis y 8 abjuraciones); bautismo de niños paganos (in extremis), 811; bautismo de niños cristianos, 1645; confesiones anuales, 29,414; comuniones pascuales, 25,015; Santos Viaticums, 340; extremaunciones, 476; matrimonios, 323; muertes conocidas, 1067; aumento, 1179.

Además de las obras mencionadas en Japón, consulte a Thurston, Japón y Cristiandad en el Mes (Feb.-May, 1905); Wooley, Notas Históricas sobre Nagasaki en la Sociedad Asiática de Japón: Transacciones, IX (Yokohama, 1881), 125-51; Cary, Hist. del Crist. en Japón (Nueva York, -); Chambers y Mason, Manual Práctico de Japón (8va ed., Londres, 1907); Okuma, Cincuenta Años del Nuevo Japón (2 vols., 2da ed., Londres, 1910).

THOMAS KENNEDY - Transcrita por José Miguel D.L. Pinto DosSantos
Traducido por Lucía Lessan - Dedicado a Fernando Okaso

 

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Mártires del siglo XX

 

La revelación del "tercer secreto" de Fátima ha vuelto a poner en primer plano el retrato del siglo XX como un siglo de mártires. La centuria que estamos dejando a las espaldas ha sido, en números absolutos, la más sangrienta de la historia del cristianismo. Dos libros publicados en Italia ayudan a entrever las dimensiones de ese martirio y a comprender cuál fue la actividad de la Santa Sede durante los años más difíciles de la persecución.

En 1917 no se habían vivido todavía los momentos más dramáticos del acoso a la Iglesia. Los regímenes nazi y comunista, junto con otros odios ideológicos y étnicos, iban a causar más víctimas cristianas que los diecinueve siglos anteriores. La visión descrita por sor Lucia del "Obispo vestido de blanco" que, apesadumbrado, atraviesa una ciudad en ruinas, rezando por las almas de los cadáveres que encontraba a su paso, se diría que se ha cumplido al pie de la letra.

Es muy probable que esa conexión entre el martirio y el mensaje de Fátima haya sido una de las razones que movieron al Papa, pocos días antes de emprender su último viaje al santuario portugués, a rendir homenaje a los "testigos de la fe", en el acto celebrado el pasado mes de mayo en el Coliseo, lugar que simboliza el martirio de los primeros cristianos.

Desde hace ya años, Juan Pablo II viene haciendo hincapié en que no se puede perder la memoria de cuantos han dado su vida por la fe en "los coliseos" que se han sucedido a lo largo del siglo XX.

Para promover la recogida de esos datos se instituyó, en el ámbito del Gran Jubileo, una comisión específica. Su objetivo no ha sido acelerar o sustituir los procesos de beatificación y canonización, sino recabar toda la documentación disponible sobre esos mártires, en la inmensa mayoría de los casos, desconocidos. Una labor tanto más urgente cuanto que, sobre muchos de ellos, no existe solo el peligro del olvido sino el peso de la calumnia y de la sospecha, lanzado a veces por los mismos que los asesinaron y torturaron.

En pocos meses habían llegado a Roma datos sobre 12.692 personas de los cinco continentes que habían dado su vida por la fe: 2.351 laicos, 5.343 sacerdotes y seminaristas, 4.872 religiosos y 126 obispos. El historiador Andrea Riccardi ha tenido acceso a las cartas, testimonios y relaciones enviadas por obispos, congregaciones religiosas y conferencias episcopales. Con ese material, y con otros documentos históricos, ha preparado el libro “El siglo del martirio”, que se presenta como un primer estudio, pues "se intuye que estamos al inicio de la investigación y que queda mucho por descubrir". Nos encontramos, por tanto, ante un libro casi telegráfico que pretende ofrecer una visión panorámica. Riccardi (muy conocido también por ser el fundador de la Comunidad de San Egidio) llega a la conclusión de que no relata "la historia de algunos cristianos valientes, sino la de un martirio masivo".

¿Cuáles han sido las causas de esta persecución? Las motivaciones varían según el país e incluso los diversos momentos históricos. Detrás de muchas persecuciones hay ideologías ateas o formas de idolatría del Estado. Tales son los casos de la Unión Soviética, y de los regímenes comunistas de Hungría, Yugoslavia, Polonia, Checoslovaquia, Rumania, Bulgaria, Albania, China, Vietnam, Camboya, Laos, Corea del Norte. O del nazismo, con sus estragos contra los cristianos en Alemania, Polonia, Francia e Italia (de Holanda y Bélgica, entre otros países, no habían llegado aún datos a la comisión). Fue el caso también de las guerras civiles de México y España.

En otras ocasiones, razones políticas se unen a impulsos anticristianos, como los que llevaron a cabo soldados japoneses en varios puntos de Asia, como China y Filipinas. Si a veces se ha combatido el cristianismo por considerarlo una religión extranjera, en otras circunstancias las persecuciones no podían tener esa excusa, como ocurrió en algunas zonas de mayoría musulmana, donde la presencia del cristianismo –aunque minoritario– era anterior a la llegada del islam.

Un capítulo particularmente doloroso lo constituye el testimonio de las mujeres, laicas y religiosas, que en diversas circunstancias geográficas e históricas dieron su vida por no ceder a la violencia. "Con frecuencia, el martirio cristiano del siglo XX es una página de resistencia femenina en nombre de la fe y de la propia dignidad". El siglo XX ha visto también a numerosos cristianos que fueron víctimas porque se opusieron a la injusticia. En todo caso, es un martirio que en muchos aspectos no pertenece a la historia pasada, como nos recuerdan a diario las páginas de los periódicos.

La persecución produjo también resultados inesperados. Por numerosos relatos de los supervivientes, se sabe que uno de los objetivos del trato inhumano que se infligía a los detenidos era el aniquilamiento de su dignidad humana. Por esa razón, resultan aún más sorprendentes los testimonios de fraternidad y de caridad que surgieron en aquellas circunstancias en las que católicos, ortodoxos y protestantes tuvieron que compartir los mismos lugares de reclusión y de muerte. Nació así el "ecumenismo de los mártires", que Juan Pablo II ha presentado en muchas ocasiones como ejemplo de lo que supone ir a lo esencial y dejar de lado las disputas fosilizadas por los prejuicios.

Uno de esos escenarios fue el lager de Dachau, que llegó a reunir a 2.720 sacerdotes y ministros, de los que 2.579 eran católicos (en su mayoría, polacos), 109 evangélicos, 22 ortodoxos y 8 veterocatólicos, además de dos musulmanes. Uno de los internados, por ejemplo, y se trata de una historia entre mil, recuerda la figura del arzobispo de Praga, Josef Beran: "Con frecuencia, durante el rancho, veía una mano alargarse y dejar un pedazo de pan junto a mi escudilla... Beran se alejaba con su paso rápido, saludando con su sonrisa invencible. Hacía esto, por turno, con todos aquellos que le parecían en peores condiciones. Y cuando no tenía nada, trataba de consolarnos con una palabra pronunciada a media voz".

Algo parecido ocurrió en el campo de concentración que los soviéticos instalaron en las islas Solovki, precisamente en lo que había sido uno de los monasterios más representativos de la ortodoxia rusa. El espectáculo debió de ser tal –teniendo presente los antecedentes de disputas y conflictos– que un testigo anota: "Aquel de nosotros que tenga la dicha un día de volver al mundo deberá dar testimonio de lo que estamos viendo. Y lo que vemos es el renacer de la fe pura y auténtica de los primeros cristianos, la unión de las Iglesias en la persona de los obispos católicos y ortodoxos".

En 1949, el mariscal Tito preguntó a un grupo de "curas populares": "Ahora que nosotros [el gobierno yugoslavo] nos hemos separado de Moscú, ¿por qué no os separáis vosotros de Roma?". La pregunta muestra dos de las estrategias usadas por los regímenes comunistas en su lucha por eliminar la Iglesia: la creación de un clero adepto al régimen, que por lo general fue minoritario, y el interés por formar "Iglesias nacionales", separadas de Roma y fácilmente manejables.

En muchos casos, de todas formas, la línea prioritaria fue la eliminación física. Albania fue un caso emblemático, con su profesión de ateísmo recogida en la constitución, que tanto enorgullecía a los jefes del partido. De los seis obispos y ciento cincuenta y seis sacerdotes que había en el país antes de que los comunistas tomaran el poder, solo sobrevivieron un obispo y treinta sacerdotes, y todos después de haber soportado largos años de detención. Sin embargo, la pequeña Iglesia de Albania permaneció fiel, como recordaba con emoción Frano Ilia, nombrado en 1992 arzobispo de Shkodër: "Ningún sacerdote, a pesar de las torturas de todo tipo, ha renegado de la fe. Y esto ha sido realmente una gracia de Dios porque los ultrajes eran tales que resultaba realmente difícil permanecer fieles".

Aunque menos prolongado en el tiempo, también el régimen nazi se ensañó con la Iglesia. El clero católico alemán fue uno de los grupos más perseguidos: sufrieron la muerte, directamente o en los campos de concentración, 164 sacerdotes diocesanos, 60 religiosos, 4 religiosas, 2 miembros de institutos de vida consagrada y 118 laicos (perseguidos en cuanto que, como católicos, se opusieron a las injusticias del Reich). Según los elencos nominales que se han elaborado, los nazis asesinaron además a 171 sacerdotes y religiosos italianos, a los que hay que sumar otros 49 que murieron en los campos de concentración. Más tremenda todavía fue la suerte de los polacos: los nazis acabaron con 6 obispos, 1.923 sacerdotes diocesanos, 640 religiosos, 289 religiosas, más un número ingente de laicos.

De los relatos referidos a la Europa Central y Oriental emerge con frecuencia la estatura de pastores que, además de padecer ellos mismos, tuvieron que orientar a los fieles en medio de grandes turbulencias. Junto a los ya mencionados Stepinac y Beran, aparecen los nombres del húngaro Mindszenty, del polaco Wyszynski, del ucraniano Slipj, del rumano Hossun, del moravo Tomasek, etc.

Algunos de ellos sufrieron el martirio sin derramar sangre. El ejemplo más representativo es el del cardenal Jozsef Mindszenty, "víctima de la Ostpolitik". El cardenal no estaba de acuerdo con la acción de la diplomacia vaticana en Hungría, pues consideraba que el único modo de ayudar a la Iglesia y al pueblo era favoreciendo la caída del comunismo. En 1971, por invitación del Papa, aceptó dejar la embajada de Estados Unidos, donde se había refugiado tras la invasión soviética de 1956, y exiliarse a Roma, de donde marchó luego a Viena. Pablo VI le nombró un sucesor, también contra la opinión de Mindszenty. Más de veinticinco años después de aquellos episodios, escribe Casaroli, personificación del modo diplomático criticado por el cardenal húngaro: "Mindszenty es una figura grande de la historia. Pienso que pocos conservarán de él un recuerdo más admirativo y, puedo afirmarlo, más afectuoso que el mío".

Posiblemente, lo que ninguno de los dos podía imaginar entonces es que el libro donde se narran algunas de estas impresiones sería presentado años después en el mismo Vaticano por el que fuera último presidente de la Unión Soviética. El pasado 27 de junio, en efecto, Gorbachov elogió la actividad diplomática desarrollada por la Santa Sede, subrayó la admiración que –según su experiencia personal– producen en todo el mundo las palabras del Papa y recordó con alivio que su país había "abandonado ese sistema que ha costado tanto, tanto a la humanidad".
Tomado de Diego Contreras, Aceprensa.

 

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Un paso más para canonizar a mil nuevos mártires

 

Sara Martín
Madrid- La primera fase del proceso de canonización de 900 mártires asesinados durante la Guerra Civil española está a punto de concluir. Jorge López Teulón, postulador de la causa de los mártires de la provincia eclesiástica de Castilla la Mancha y Ávila, explicó ayer en rueda de prensa que es el primer proceso de la historia que hace una provincia eclesiástica, porque normalmente suelen realizarlos las diócesis. El proceso, que comenzó en 2002, es laborioso, según reconoció López Teulón, y concluye con un informe completo de cada uno de los asesinados, que se evalúa en Roma para determinar si se convierten o no en mártires. López aseguró ayer que «el proceso busca un reconocimiento de todos aquellos que fueron perseguidos por motivos religiosos, sin ninguna implicación política». El postulador de la causa afirmó que es «una recompensa moral» para las familias de estos mártires, que también reclaman su memoria. «Creemos que es una injusticia que se proponga a Companys como paradigma de la democracia, cuando dió cuatro golpes de estado y la misma República le condenó a treinta años de cárcel», denunció Jorge López. El postulador también lamentó que el Gobierno se sumara a la iniciativa del tripartito catalán para «rehabilitar públicamente» la figura de Companys. «Si se trata de contar la historia, lo haremos todos, porque los jóvenes tienen que conocerla como fue», continúa López Teulón. «La Iglesia ha luchado siempre por la paz y la justicia, y eso también hay que decirlo», afirmó. «Queremos informar de todo el proceso de beatificación, pero también levantar la voz de forma crítica», concluyó. 2004-10-20

 

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«El cristianismo es una persona, una presencia, un rostro: Jesús, que da sentido y plenitud a la vida del hombre». 

«El cristianismo no es un simple libro de cultura o una ideología, tampoco es un mero sistema de valores o de principios, por más elevados que sean».

«En estos momentos más que nunca, en un mundo al que con frecuencia le falta luz y la valentía de nobles ideales, no es hora de avergonzarse del Evangelio».

Llevad en la mano la Cruz de Cristo, en los labios, las palabras de la Vida. ¡En el corazón la gracia salvífica del Señor resucitado!

¡No tengas miedo! ¡Dios no se deja vencer en generosidad! S.S. Juan Pablo II – 2004.06.06 Berna - Suiza

 

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Si eres cristiano se tiene que ver tu fe.

 

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la barca de la Iglesia que Cristo fundó, triunfará…, portae inferi non praevalehunt) (Matth. 16,18) las puertas del infierno no prevalecerán, le dijo Cristo a su Iglesia Católica - «Duc in altum» (Lc 5,4) dijo Cristo al apóstol Pedro en el Mar de Galilea 

 

Un país no puede ni debe estar en manos de, mal les pese, personajes que fabrican aparentes democracias con materiales falsos. Tales personajes, que además ignoran que la legitimidad democrática no procede sólo de los votos, sino ante todo el respeto a la Constitución, del compromiso de cumplir y hacer cumplir la ley. Ley que nunca puede estar contrapuesta a la Ley natural, la Ley moral.

 

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Rogad, pues, al Dueño  de la mies que envíe obreros a su mies" (Mt 9, 37-38)

 

«Una concepción  moderna del Estado de Derecho y de los derechos humanos, afirma que cualquier principio jurídico que eventualmente se reconozca en una constitución, está absolutamente subordinado a los derechos humanos».

«Lo primario es reconocer que toda persona humana, por el mero hecho de ser persona, debe de ser respetado su derecho a la libertad religiosa, y sólo de manera posterior, concebir la manera en la que el Estado y las iglesias deben relacionarse».

 

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«Aquí está la mayor paradoja del hombre. La felicidad no se alcanza en el afán de hacer lo que uno quiere, sino al contrario, olvidándose de ello, para darse a los demás. Tomás de Aquino reconduce las virtudes cardinales al amor del fin último y éste al amor de Dios, y lo hace de modo sorprendente y también paradójico. El hombre, dice el santo de Aquino, por su misma naturaleza, está ordenado a amar a Dios más que a sí mismo. De manera que cuando se ama a sí mismo sobre todas las cosas, sucede que fracasa en la realización de su ser, no se ama adecuadamente a sí mismo.»

 

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la barca de la Iglesia que Cristo fundó, triunfará…, portae inferi non praevalehunt) (Matth. 16,18) las puertas del infierno no prevalecerán, le dijo Cristo a su Iglesia Católica - «Duc in altum» (Lc 5,4) dijo Cristo al apóstol Pedro en el Mar de Galilea 

 

La ‘catolicidad’ la decretó Cristo, el ‘catolicismo’ va mucho del interés personal.

 

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Sin una considerable dosis de bondad se puede ser listo, pero no inteligente.
La bondad es una de las raíces morales de la inteligencia, que consiste en abrirse a la realidad y que la realidad penetre en nuestras mentes, y eso es bueno por definición.

 

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“Alegraos en el Señor siempre; lo repito: alegraos. Que vuestra bondad sea notoria a todos los hombres. El Señor está cerca. No os inquietéis por cosa alguna, sino más bien en toda oración y plegaria presentad al Señor vuestras necesidades con acción de gracias. Y la paz de Dios, que sobrepasa toda inteligencia, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús. Por lo demás, hermanos, considerad lo que hay de verdadero, de noble, de buena fama, de virtuoso, de laudable; practicad lo que habéis aprendido y recibido, lo que habéis oído y visto en mí, y el Dios de la paz estará con vosotros.” San Pablo en su carta a los Filipenses 4, 4-9vs.”

 

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«Una investigación histórica, libre de prejuicios y vinculada únicamente con la documentación científica es insustituible para derrumbar las barreras entre los pueblos» (Juan Pablo II)

 

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¡Gloria al Jesucristo, base y fundamento de su Iglesia!

 

¡Buenaventura eres Tú, Oh María, Madre de mi Maestro!

 

“Desde ahora me llamarán dichosa todas las generaciones” Biblia. Evangelio según San Lucas Cap.1º vs. 48. La Iglesia, hace XXI siglos fundada por Tu Hijo, te alaba, ¡Oh Madre plena de dicha y felicidad!

 

 

Gracias por venir a visitarnos

 

¡La Iglesia fundada por Jesucristo lleva 2.000 años en sus dolores y leticias!“

Desde el Gólgota en Jerusalem y desde la crucifixión en cruz invertida de San Pedro en el gólgota vaticano, esa admirable colina vaticana- Roma Italia, somos historia. † 

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'JESUCRISTO PADECIÓ BAJO EL PODER DE PONCIO PILATO,
FUE CRUCIFICADO, MUERTO Y SEPULTADO'
Evangelio según San Lucas, Cap.3, vers.1º: El año decimoquinto del reinado del emperador Tiberio, cuando Poncio Pilato gobernaba la Judea, siendo Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Felipe tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene…

Crucifixión de San Pedro: fue crucificado al revés cabeza abajo - Pergamino con San Pedro en cruz invertida, de Maguncia- Alemania; entre el 900 y el 1000ca. - Museo Diocesano de la Catedral Maguncia (Mainz) Alemania - Pedro en su cruz, invertida. ¿Qué significa todo esto? Es lo que Jesús había predicho a este Apóstol suyo: "Cuando seas viejo, otro te llevará a donde tú no quieras"; y el Señor había añadido: "Sígueme" (Jn 21, 18-19). Precisamente ahora se realiza el culmen del seguimiento: el discípulo no es más que el Maestro, y ahora experimenta toda la amargura de la cruz, de las consecuencias del pecado que separa de Dios, toda la absurdidad de la violencia y de la mentira. No se puede huir del radicalismo del interrogante planteado por la cruz: la cruz de Cristo, Cabeza de la Iglesia, y la cruz de Pedro, su Vicario en la tierra. Dos actos de un único drama: el drama del misterio pascual: cruz y resurrección, muerte y vida, pecado y gracia.

La maternidad divina de María – Catecismo de la Iglesia
495 Llamada en los Evangelios 'la Madre de Jesús'(Jn 2, 1; 19, 25; cf. Mt 13, 55, etc.), María es aclamada bajo el impulso del Espíritu como 'la madre de mi Señor' desde antes del nacimiento de su hijo (cf Lc 1, 43). En efecto, aquél que ella concibió como hombre, por obra del Espíritu Santo, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el Hijo eterno del Padre, la segunda persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre de Dios [Theotokos] (cf. Concilio de Éfeso, año 649: DS, 251).
La virginidad de María
496 Desde las primeras formulaciones de la fe (cf. DS 10-64), la Iglesia ha confesado que Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María únicamente por el poder del Espíritu Santo, afirmando también el aspecto corporal de este suceso: Jesús fue concebido absque semine ex Spiritu Sancto (Concilio de Letrán, año 649; DS, 503), esto es, sin semilla de varón, por obra del Espíritu Santo. Los Padres ven en la concepción virginal el signo de que es verdaderamente el Hijo de Dios el que ha venido en una humanidad como la nuestra:
Así, san Ignacio de Antioquía (comienzos del siglo II): «Estáis firmemente convencidos acerca de que nuestro Señor es verdaderamente de la raza de David según la carne (cf. Rm 1, 3), Hijo de Dios según la voluntad y el poder de Dios (cf. Jn 1, 13), nacido verdaderamente de una virgen [...] Fue verdaderamente clavado por nosotros en su carne bajo Poncio Pilato [...] padeció verdaderamente, como también resucitó verdaderamente» (Epistula ad Smyrnaeos, 1-2).

El acontecimiento histórico y transcendente – Catecismo de la Iglesia
639 El misterio de la resurrección de Cristo es un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas como lo atestigua el Nuevo Testamento. Ya san Pablo, hacia el año 56, puede escribir a los Corintios: "Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce: "(1 Co 15, 3-4). El apóstol habla aquí de la tradición viva de la Resurrección que recibió después de su conversión a las puertas de Damasco (cf. Hch 9, 3-18).
El sepulcro vacío

640 "¿Por qué buscar entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado" (Lc 24, 5-6). En el marco de los acontecimientos de Pascua, el primer elemento que se encuentra es el sepulcro vacío. No es en sí una prueba directa. La ausencia del cuerpo de Cristo en el sepulcro podría explicarse de otro modo (cf. Jn 20,13; Mt 28, 11-15). A pesar de eso, el sepulcro vacío ha constituido para todos un signo esencial. Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección. Es el caso, en primer lugar, de las santas mujeres (cf. Lc 24, 3. 22- 23), después de Pedro (cf. Lc 24, 12). "El discípulo que Jesús amaba" (Jn 20, 2) afirma que, al entrar en el sepulcro vacío y al descubrir "las vendas en el suelo"(Jn 20, 6) "vio y creyó" (Jn 20, 8). Eso supone que constató en el estado del sepulcro vacío (cf. Jn 20, 5-7) que la ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana y que Jesús no había vuelto simplemente a una vida terrenal como había sido el caso de Lázaro (cf. Jn 11, 44).