Tuesday 17 January 2017 | Actualizada : 2016-12-24
 
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La Iglesia, desde el inicio, es católica, esta es su esencia más profunda, dice Pablo.

“El nuevo pueblo de Dios, la Iglesia, es un pueblo que proviene de todos los pueblos. La Iglesia, desde el inicio, es católica, esta es su esencia más profunda. San Pablo explica y destaca esto en la segunda lectura, cuando dice:  "Porque en un solo Espíritu hemos sido todos bautizados, para no formar más que un cuerpo, judíos y griegos, esclavos y libres. Y todos hemos bebido de un solo Espíritu" (1 Co 12, 13). La Iglesia debe llegar a ser siempre nuevamente lo que ya es: debe abrir las fronteras entre los pueblos y derribar las barreras entre las clases y las razas. En ella no puede haber ni olvidados ni despreciados. En la Iglesia hay sólo hermanos y hermanas de Jesucristo libres”. S. S. Benedicto XVI – P.P. 2005

 

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YCTUS = Iesus Christus Deus Filius Salvator (inscripción en el Pez,

utilizada por los primeros cristianos)

 

¿Eran aborrecidos los cristianos, -durante las persecuciones-. sólo en la parte Occidental del Imperio o en todo el Imperio, incluyendo la parte de la Palestina, Siria y la Persia?

 

En el año 64 se desencadenó la primera persecución contra los cristianos durante el principado de Nerón. El hecho de que se iniciara al descargar este emperador sobre los cristianos la responsabilidad de haber incendiado Roma pone de manifiesto que el colectivo era bastante impopular y que, hasta donde sabemos, nadie protestó antre el hecho de que se les convirtiera en chivos expiatorios de un desastre quiza fortuito. Par alos cristianos, aquella persecución imperial resultó acentuadamente traumática. No solo es que todo hace pensar con gran fundamento, que durante ella murieron los apóstoles en Roma, Pedro y Pablo, sino que además resulta más verosímil que tuviera algún efecto en provincias a juzgar por los datos proporcionados por el libro de Apocalipsis. A partir de ese momento el imperio se reveló como la Bestia, diabólica bestia, que no es otro que ‘Nerón Cesar’.


Por tanto, la segunda persecución tuvo lugar bajo el emperador Trajano. Su correspondencia con Plinio (112) deja claramente de manifiesto que se celebraron juicios contra los cristianos en Bitinia. Por lo que relata Plinio, se trataba de gente inofensiva cuyo único delito consistía en reunirse los domingos a adorar a Cristo. Sin embargo, ni siquiera esta circunstancia apartó de ellos la posibilidad de la persecución. Trajano no simpatizaba con ellos y, aunque ordenó a Plinio que no los buscara para juzgarlos, dejó de manifiesto que en caso de media una denuncia debía procederse en su contra. El que la muerte o la prisión de una persona pudiera depender de una delación por profesar una fe distinta muestra que el imperio distaba mucho de considerar con tolerancia a los cristianos. De hecho, un rescripto de Adriano en el que se prohibía la persecución de los cristianos, salvo que fueran culpables de algún crimen concreto, obliga a pensar que en alguna ocasión el mero hecho de se cristiano había ocasionado sanciones penales.

Ni siquiera emperadores con fama, más o meno merecida, de ilustrados se vieron libres de desencadenar el arma de la persecución contra los aborrecidos cristianos. El ejemplo mas palmario es, desde luego, el de Marco Aurelio. El emperador sentía una clara aversión hacia los cristianos y apoyó de manera directa una severa persecución acontecida en Lyon (177). Aún más: consciente de que semejante conducta debía contar con una legitimación presunta, incluso impulsó a Celso a escribir una obra en contra de los seguidores de Jesús. No sería el primero ni el último intelectual que prostituyera su talento justificando el exterminio físico de una minoría perseguida, pero al leer los fragmentos que han sobrevivido de su obra, no se puede evitar que una creciente sensación de repugnancia se vaya apoderando de nosotros. Lo que justifica la eliminación física de los cristianos es, ni más ni menos, que creen de manera diferente, que viven de manera diferente. No ilegal o perversamente. Solo diferente. Que un emperador al que se haya denominado ‘filósofo’ –con razón- adoptara esa postura resulta más que revelador. De hecho, hasta el reinado de Cómodo (180192), los cristianos no volvieron a disfrutar de tolerancia. Incluso entonces fue por un periodo breve de tiempo. Bajo el emperador Septimio Severo, la conversión al cristianismo se convirtió en un delito penado por la ley. Tras su muerte en el 211 se inició un periodo de tolerancia relativa, pero no llegaría al cuarto de siglo. Reinando Maximino, en el 235 volvió producirse una nueva persecución que tendría lugar bajo Decio.


Para aquel entonces, el imperio no consideraba a los cristianos meramente como oportunos chivos expiatorios (Nerón), miembros de una minoría despreciable a los que podía ejecutarse si se hacía pública su condición (Trajano) o seguidores de un culto repugnante que merecían la proscripción y la muerte (Marco Aurelio). Se habían convertido en un grupo social cuya escala de valores, y cuya influencia, colisionaba directamente con el imperio. De hecho, la orden, promulgada por Decio, de sacrificar a los dioses imperiales (250) no carecía del todo de precedentes, pero en su contexto implicó un ataque directo contra el cristianismo, y que así era no escapó a los contemporáneos. Durante la persecución, una persecución en que se podía presentar con facilidad a los cristianos como enemigos del imperio, el número de martirizados fue muy considerable y, casi por primera vez, las apostasías no fueron escasas., Sin embargo, era solo el primero de una serie de golpes que iban a descargarse con una violencia creciente ya hasta el siglo IV.

En el 257, bajo el emperador Valeriano, se prohibieron las reuniones cristianas y se procedió al arresto de numerosos obispos. Quizá se esperaba que el ataque contra los dirigentes debilitaría de manera irreversible el movimiento. Valeriano no tardó en percatarse de su error de juicio. Al año siguiente convencido de que la aniquilación de la jerarquía no se traduciría en el final del cristianismo, ordenó la ejecución de todos los sacerdotes y laicos de relevancia que no apostataran. La nueva medida, fuente de un número de muertes en absoluto escaso, estuvo en vigor durante dos años y sólo concluyó cuando Galieno decidió derogarla y devolver sus propiedades alas iglesias.

En apariencia, el cristianismo iba a disfrutar de un ‘status’ de tolerancia en el futuro. En realidad, le esperaba una de sus peores pruebas en una historia que nunca estaría exenta de ellas. En el 303, Diocleciano ordenó, por influencia de Galerio, la destrucción de las iglesias y la quema de todos los volúmenes donde aparecieran recogidas porciones de las Sagradas Escrituras. (Se ha hecho referencia tradicionalmente a una novena persecución bajo Aureliano. Lo cierto es que, como en el caso de Domiciano, no se produjo ninguna persecución bajo este emperador y semejante afirmación no pasa de lo legendario).


Se trataba, como había sucedido con Valeriano, solo de un primer paso. La medida, pese a su rigor, no obtuvo los objetivos esperados, y un edicto promulgado al año siguiente autorizó incluso el empleo de la pena de muerte contra los cristianos.

Ni siquiera la abdicación de Diocleciano significó el final de la persecución. Los cristianos eran considerados enemigos directos del imperio y esta convicción tuvo como resultado el que continuara la persecución, aunque su intensidad variara según los distintos gobernantes. Por fín, en el 311, Galerio promulgó un edicto de tolerancia que obligó al año siguiente a Maximino, un feroz perseguidor de los cristianos, a seguir su ejemplo. De la misma manera Constantino y Licino proclamaron la libertad religiosa completa. A partir de este momento se dan por concluidas las persecuciones imperiales, aunque lo cierto es que tanto Licinio (322-323) como Juliano (361-363) las desencadenarían nuevamente en intentos anacrónicos de aplastar una fe que ya había vencido al imperio.

Pero ¿por qué esa contumacia persecutoria?, ¿por qué emperador tras emperador intentaron acabar con un colectivo religioso que, lejos de debilitarse, emergía siempre más fuerte?, ¿por qué, por último, este emergió vencedor del paganismo?.

En tales tiempos fue cuando el monacato cristiano iba creciendo y aumentando en nuevas fundaciones, llegando hasta la Persia y, desde el sur itálico (Magna Grecia) pasando por el Egipto a la Palestina, tantos frutos dio.

 

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A finales del segundo siglo de nuestra era (ca. 180 d. C.), el número de cristianos de hablas siríaca, copta y latina había aumentado considerablemente, por lo que las versiones de la Biblia, a la que para ellos era lengua vernácula, fueron apareciendo. La razón de ello cae por su peso: tanto el Nuevo Testamento –en su original griego– como el Antiguo Testamento –bien en el original hebreo, bien en la traducción griega– resultaban incomprensibles para quienes no dominaban tales idiomas.

 

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Orígenes no es Padre de la Iglesia. Tertuliano no es Padre de la Iglesia.

Para ser Padre de la Iglesia se requiere:

1)     Antigüedad (hasta el s. V. o VI, algunos consideran a San Isidoro de Sevilla el último Padre)

2)       Ortodoxia de doctrina (Orígenes tiene varios errores doctrinales)

3)       Santidad de vida (buena intención pero mal ejemplo, entendió mal lo de hacerse eunuco por el reino de los cielos)

4)       Reconocimiento de la Iglesia.

Cuando falta alguno de estos elementos se lo considera autor eclesiástico, pero no ‘Padre, aunque tengan textos muy buenos como Orígenes o Tertuliano.

 

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Tema 10. El nacimiento de los primeros

centros de docencia teológica (siglo III)

 

a) La escuela de Alejandría y sus características generales

b) Otras escuelas y centros teológicos: Cesarea, Antioquía

c) Diferencias principales entre la exégesis y la teología alejandrinas y antioquenas

d) Visión general del nacimiento, desarrollo y fin de estos centros

 

a)    La escuela de Alejandría y sus características

 

—Precedentes

Desde su fundación en 331 a.C. por Alejandro Magno, en la ciudad de Alejandría se desarrolló una intensa vida intelectual. La mezcla de culturas (oriental, egipcia y griega) produjo el helenismo. En ese ambiente, la comunidad hebrea, que era muy importante —la tercera parte de sus habitantes (estaba instalada en dos de los cinco barrios de la ciudad)— y recibió también una seria influencia de la filosofía griega. Entre los siglos III y II a.C. se escribió la versión griega del Antiguo Testamento de los "70". Filón (25 a.C a 41 d.C) utiliza ampliamente los escritos de los filósofos griegos, especialmente los de Platón y los estoicos, así como los escritos del AT.

A finales del siglo II se puede decir que existían tres posturas fundamentales respecto a las relaciones entre fe y razón, representadas por:

Taciano: desprecio de la razón;

Gnosis: subordinación de la fe a la razón;

San Ireneo: no recurrir a la filosofía.

En este clima surge la Escuela de Alejandría. Durante el siglo III hay relativa paz para el cristianismo que se desarrolla grandemente. 


 

 

Características de la Escuela de Alejandria

 

Es la Escuela catequética más importante de la antigüedad cristiana.

Constituye los primeros intentos de fundar una ciencia teológica utilizando la filosofía neoplatónica. De ahí se derivan sus principales características:

  • interés por la investigación especulativa metafísica (trascendente) del contenido de la fe;
  • preferencia por Platón;
  • interpretación alegórica y mística de la Sagrada Escritura.

Esta última es la característica más notable. Los griegos (estoicos principalmente) la utilizaban para interpretar las mitologías de Homero y Hesiodo. El primer judío que la utilizó fue Aristóbulo en el siglo II a.C. Filón la usa mucho.

El fundamento de la teología es la Sagrada Escritura: una exégesis correcta de la misma y el empleo de la filología (método alegórico utilizado ya por los filósofos griegos en sus "mitos").

 

Origen. Panteno

 

Es el fundador de la Escuela. Siciliano de origen, y estoico al principio, hizo un viaje a la India. Se establece en Alejandría en el año 180 y muere hacia el 200. Algunos opinan que es el autor de la "Epístola a Diogneto".

 

 

 

Representantes de la escuela de Alejandría

  • S. Atanasio de Alejandría
  • Dídimo el Ciego,
  • S. Cirilo de Alejandría
  • Los tres Capadocios (indirectamente)

Exégesis

  • literal: contra los herejes,
  • alegórica: para edificación de los fieles.

Filosofía: neoplatonismo (participación de las Ideas arquetípicas; exitus (salida de Dios) y reditus (vuelta a Dios de todo); como consecuencia: misticismo (vida ascética e intensa contemplación).

Teología: defensa de la divinidad del Verbo (consubstancialidad)

  • exageración: modalismo (sabelianismo)
  • S. Cirilo: unión hipostática,
  • subrayaron lo divino del Dios-hombre
  • exageración: monofisismo y monotelismo
  • difunden los privilegios marianos.

Bibliografía: Quasten I, 351-411.

 

 

 

b) Otras escuelas y centros teológicos: Cesarea, Antioquía

 

Escuela de Cesarea

Es una filial de la de Alejandría, fundada por Orígenes en el año 230. Tiene influencia en Palestina y en Capadocia.

Representantes

    • S. Gregorio el Taumaturgo,
    • Eusebio de Cesarea,
    • Los Tres Capadocios.

Escuela de Antioquía

Períodos

    • formación: 260-360 (Luciano de Antioquía y Arrio); en esta etapa la escuela de Antioquía no fue una institución, sino una teología que se remontaba a Luciano de Antioquía, que influyo mucho en la escuela creada en Edesa ya a principios del siglo III.
    • esplendor: 360-430 (Diodoro de Tarso, Teodoro de Mopsuestia y S. Juan Crisóstomo); Diódoro de Tarso fue el que fundo un verdadero centro docente en Antioquía, que alcanzó su apogeo en el siglo IV.
    • decadencia: desde el 431

Características

    • Orientación aristotélica (investigaciones meticulosas; análisis, síntesis, exageración: racionalismo);
    • Exégesis (sentido literal: filología; sentido típico: relaciones Antiguo Testamento-Nuevo Testamento; algunos exageraron la tendencia literalista;
    • Desarrollan la moral: especialmente San Juan Crisóstomo (exageraciones: moral naturalista de sabor pelagiano);
    • Acentuaron la distinción de Personas, y la distinción en Cristo de lo divino y lo humano. Peligros: arrianismo, nestorianismo.

Bibliografía: Quasten I, 351-411.

 

 

 

c) Diferencias principales entre la exégesis y la teología alejandrinas y antioquenas

 

"Al interpretar la Sagrada Escritura, los antioquenos prestaban especial atención al sentido literal, histórico (sin reducirse a él). Los alejandrinos, en cambio, cultivaban con intensidad el sentido alegórico, moral y anagógico de la Escritura; trataban de descubrir en los textos bíblicos un sentido oculto, más profundo. Ese objetivo casaba bien con su valoración del cristianismo como «gnosis verdadera» que no necesita misteriosos libros esotéricos, sino que descubre los misterios en los textos trasmitidos y reconocidos por la Iglesia. En la dogmática, los antioquenos tendían a subrayar más las diferencias en Dios y en Cristo («teología de la separación»), mientras que los alejandrinos acentuaban más la unidad de las tres personas en Dios y de las dos naturalezas en Cristo («cristología de la unidad»). Por supuesto que esta tipificación tosca de las escuelas sirve tan sólo como punto de apoyo para la orientación básica y no debe caer en el esquematismo: en concreto, hay que examinar y valorar cuidadosamente en sí misma cada aseveración de las «escuelas»" (Drobner, 146-147).

 

 

 

d) Visión general del nacimiento,desarrollo y fin de estos centros

 

En los apartados anteriores hemos desarrollado el tema de este último apartado del capítulo. Sin embargo, para completar esta visión, vale la pena copiar unas observaciones de Drobner (pp. 145-147), catedrático de Patrología e Historia de la Iglesia en la Facultad de Teología Católica de Paderborn, sobre los sistemas de enseñanza en las escuelas de la antigüedad.

"Cuando se habla de escuelas en la antigüedad —tanto en el ámbito cristiano como no cristiano— hay que distinguir en primer lugar, admitiendo la posibilidad de ulteriores matizaciones, entre escuela como centro docente y escuela en el sentido figurado de una determinada doctrina común".

"El sistema de enseñanza helenístico-romano constaba de tres etapas y comenzaba en el sexto o séptimo año de edad con la enseñanza elemental de la lectura, escritura y cuentas impartida p or un maestro en casa o en la escuela elemental del litterator/ludi magister (grammateV ). Venían luego las clases con el grammaticus, que enseñaba la gramática, la primera de las siete «artes liberales», es decir, los fundamentos de la lengua. Para ello se servía de las principales obras literarias de la Antigüedad; sobre todo de Homero y de Virgilio. El rethor continueba la formación en las seis materias restantes: dialéctica, retórica, aritmética, música, geometría y astronomía. Hasta entonces los fundamentos escolares eran comunes para todos los ilustrados de la Antigüedad. Aunque algunos Padres de la Iglesia (por ejemplo, Tertuliano) lamentaban que los hijos de cristianos aprendieran en esas escuelas los inútiles, incluso dañinos, mitos paganos, sin embargo, jamás existieron en la Antigüedad escuelas cristianas que impartieran la enseñanza general. La formación literaria uniforme constituía la base de todas las profesiones cultas. Todas ellas presuponían un sobresaliente dominio de la lengua: la del rethor (maestro), la del abogado y la del político. Por último, estaba la etapa superior: la «escuela superior» del pensamiento y de la comprensión del mundo, la filosofía, donde el término «escuela» tenía dos significados. Se podía asistir a las clases de un filósofo (la escuela de filosofía más famosa e importante fe desde el año 387 a.C. hasta el año 529 d.C. —y, sin duda, la escuela de más larga vida de la historia— la Academia Platónica de Atenas, en la que estudiaron también destacados Padres de la Iglesia como Basilio el Grande y Gregorio de Nacianzo), pero uno también podía adherirse a una doctrina filosófica («escuela»)".

 

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Toda la Escritura divina es un libro y este libro es Cristo, "porque toda la Escritura divina habla de Cristo, y toda la Escritura divina se cumple en Cristo" (Hugo de San Víctor, De arca Noe 2,8: PL 176, 642; cf. Ibid., 2,9: PL 176, 642-643).

135 "La sagrada Escritura contiene la palabra de Dios y, en cuanto inspirada, es realmente palabra de Dios" (DV 24).

136 Dios es el Autor de la Sagrada Escritura porque inspira a sus autores humanos: actúa en ellos y por ellos. Da así la seguridad de que sus escritos enseñan sin error la verdad salvífica (cf. DV 11).

137 La interpretación de las Escrituras inspiradas debe estar sobre todo atenta a lo que Dios quiere revelar por medio de los autores sagrados para nuestra salvación. Lo que viene del Espíritu sólo es plenamente percibido por la acción del Espíritu (Cf Orígenes, hom. in Ex. 4,5).

138 La Iglesia recibe y venera como inspirados los cuarenta y seis libros del Antiguo Testamento y los veintisiete del Nuevo.

139 Los cuatro evangelios ocupan un lugar central, pues su centro es Cristo Jesús.

140 La unidad de los dos Testamentos se deriva de la unidad del plan de Dios y de su Revelación. El Antiguo Testamento prepara el Nuevo mientras que éste da cumplimiento al Antiguo; los dos se esclarecen mutuamente; los dos son verdadera Palabra de Dios.

141 "La Iglesia siempre ha venerado la Sagrada Escritura, como lo ha hecho con el Cuerpo de Cristo" (DV 21): aquellas y éste alimentan y rigen toda la vida cristiana. "Para mis pies antorcha es tu palabra, luz para mi sendero" (Sal 119,105; Is 50,4).

 

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En el año 251, por ejemplo, precisamente en medio de la terrible persecución de Decio, Cornelio Papa, obispo de Roma, escribía a Fabio, Obispo de Antioquia, que las iglesias de su diócesis estaban atendiendo «a más de mil quinientas viudas y personas desamparadas».

 

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EL MISTERIO DE DIOS, UNO Y TRINO


 

 

CAPÍTULO II
LOS EVANGELIOS SINÓPTICOS O LA PRIMERA PREDICACION A LOS JUDÍOS Y PAGANOS


Carácter progresivo de los relatos


RV/ PROGRESIVA: Los hombres en medio de los cuales viene Jesús al mundo son los judíos. Ahora bien, un dogma se halla firmemente establecido en Israel: el monoteísmo. «Yahvé nuestro Dios, Yahvé es uno» (Deut., VI, 4), repite el piadoso israelita. ¿Va Dios a revelarle brutalmente la Trinidad? Es evidente que, hecho así, no tendría resultado y sólo lograría ser rechazado definitivamente.
Dios, que es pedagogo, lo sabe. Por su Hijo, a quien envía, va a descubrir con mesura su misterio. La tarea de Cristo será, pues, ésta: transformar la fe en Dios-Uno sin destruirla, mas dejando entrever que en el seno del monoteísmo más estricto es necesario introducir una pluralidad de personas, que viven de la  misma vida e iguales en todas las cosas. Se comprende que Jesús,  y después de Pentecostés, los Apóstoles, habrán de respetar, al  dirigirse a los judíos, la ley de las inteligencias, que es asimilar  progresivamente la verdad. Lo sabemos bien. Cuando escuchamos  a alguien, las palabras que pronuncia no tienen todavía más que el  valor de verdad y afectividad que en ellas puede poner nuestra  experiencia y no forzosamente la de nuestro interlocutor, tal vez  mucho más rica. El amor, en un niño de seis años, no tiene todavía  más sentido que el que le aporta una breve experiencia. No debe ir,  casi, más allá de una busca de sí, pese al interés que parece dedicar a sus padres o a unos familiares que lo son todo para él. 
Pero, a los veinticinco años, a la hora de los esponsales o del matrimonio, ¡qué profundización y ya qué altruísmo! Y cuando llegue a la cuarentena, esta misma palabra, amor, estará cargada de resonancias, que van desde todo lo que ha podido haber en él de imperfecto y egoísta en una vida de hombre hasta el puro don de sí mismo. Si ahora se piensa en el amor de un santo Cura de Ars, de una Santa Teresa y de un San Pablo, ¡qué revelación nueva  no fue para ellos en cada etapa de su vida!
¡Qué densidad distinta en esta misma palabra amor en el gozador y en el santo! 
Pues bien, el Evangelio, libro divino, pero escrito por hombres y para hombres, no puede menos que conformarse a esta ley universal de la revelación. La palabra de Dios hace percibir en ella diferentes resonancias más o menos ricas, por una parte porque Dios conoce la debilidad de aquellos a quienes habla y la indigencia de su espiritu; por otra parte, porque los beneficiarios de la revelación no pueden comprender los rodeos de que se vale para dar de Él una luz más rica. 


Esas advertencias nos ayudarán a leer el Nuevo Testamento. 
Habría que librarse de poner todos sus libros en un pie de igualdad. 
No que uno sea más santo que el otro, o mayormente la palabra de Dios.
Sino que unos han sido escritos para comunidades ya cristianas (escritos de San Pablo y San Juan), los otros para comunidades judías (Mateo y Marcos) o para el medio pagano (Lucas). Además, los Sinópticos fueron recogidos unos veinte o treinta años después de la Ascensión del Señor, pero a poco después de ésta eran ya transmitidos oralmente y constituian una predicación oral para judíos o paganos. Ahora bien, a esos auditorios de no cristianos, había que insinuar a menudo, más que decir brutalmente, la verdad. Los Apóstoles, fortalecidos con el Espíritu de Pentecostés, debían, sin embargo, tener en cuenta que se dirigían a judíos monoteístas o a griegos paganos y sólo de una manera progresiva introducirles en el misterio de Jesús y de Dios. Mas San Pablo, por el mismo tiempo, escribía a las primeras comunidades cristianas, como lo hará todavía más tarde San Juan, sin esa preocupación de una enseñanza progresiva. La verdad será dada por ellos total y compacta. Las palabras tendrán en lo sucesivo un sentido determinado, cristiano, y no ya el que tenían en el Antiguo Testamento. 
Con este espíritu es como nosotros vamos a leer algunos textos de los Sinópticos para entender sus relatos como los entendieron los judíos.
Mas vamos también a hacer esa lectura, con la fuerza de la certeza de que los Evangelistas, en su enseñanza oral, querían enseñar a la Iglesia naciente verdades nuevas. Comprendámoslo bien. La revelación que nos es dada en la Escritura reposa en el 
sentido que el autor ha querido dar a sus palabras y a su relato y no en el sentido que había creído hallar primeramente en las palabras de Jesús. El sentido inspirado, pues se ha escrito para la Iglesia de todos los tiempos, está encerrado en el espíritu del autor, que nos descubre hoy la palabra escrita. «A nadie en efecto, escapa—ha escrito el Papa Pío XII—que la regla capital de interpretación consiste en descubrir lo que el autor ha querido decir»17. Los Apóstoles han podido no descubrir primeramente en Jesús más que al Mesías prometido. Después de Pentecostés, estemos seguros de ello, es del Hijo de Dios de quien atestiguan. 


Textos trinitarios

El relato de la Anunciación: Lucas, I, 26-38. /Lc/01/26-38
Cada versículo de ese texto se enraiza en el Antiguo Testamento.
 

V. 26. El Angel de Yahvé viene a traer un mensaje; se llama 
Gabriel. 
V. 27 y 31. Se presenta ante una virgen Maria y le anuncia que 
dará a luz un hijo a quien pondrá el nombre de Jesús. Ahora bien, Lucas nos hace saber que Maria es «virgen». Hay en ello una alusión a la «aAlmah» de Isaías, VII, 14, donde el profeta anuncia 

una intervención decisiva de Dios orientada hacia el reino mesiánico definitivos 18, figurada ya en el nacimiento del futuro rey Ezequías, hijo de Acaz. Allí, el hijo vislumbrado para los tiempos mesiánicos se llama á Emmanuel, es decir, «Dios con nosotros», nombre profético, prometedor de los favores divinos. Aquí el hijo de la virgen Maria se llamará Jesús, palabra que, en hebreo, significa «Yahvé salva», equivalente por el sentido a «Dios con nosotros». 
V. 28. El ángel saluda a María. Habitualmente se suele leer: «Dios te salve, llena de gracia». Ahora bien, el verbo griego «jaire» dice más que «Salve», dice: «Regocijate», como se traduce en Sofonias, III, 14. Se comienza a adivinar por qué Maria ha de regocijarse: «el Señor es con ella», el ángel le da seguridad de ello. Pero esa seguridad reposa también en el anuncio mesiánico, como está escrito en Zacarías, IX, 9: ¡Alégrate sobremanera, hija de Sión; 
grita jubilosa, oh hija de Jerusalén! He aquí que tu rey llega a ti»... 19. 

V. 29-31. Maria está trastornada. El ángel la tranquiliza: ha encontrado gracia a los ojos de Dios. Lo cual significa, como es fácil entrever, que su infecundidad actual y deliberada a causa de su ideal de virginidad 20 va a concluir: concebirá y dará a luz un hijo. 
V. 32-33. Jesús será «grande», será llamado «Hijo del Altisimo». 
Esa «grandeza» subraya la benevolencia especialisima que Dios tiene sobre él, análoga a la de Juan Bautista que «será grande a los ojos del Señor» y «lleno del Espíritu Santo desde el seno de su madre» (versículo 15) pero, más perfecta aún, la continuación lo da a entender. No sólo Jesús será un «justo perfecto», en el sentido señalado en el capitulo precedente, sino el Mesías: «El Señor Dios le dará el trono de David su padre, y reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin». El ángel anuncia, pues, a Maria que va a realizarse en ella y por ella la profecía de Isaías, VII, 14, y la que el profeta Natán había hecho a David: que el Mesías descendería de su raza (11 Sam., VII, 12-16). 
V. 35. El hijo de Maria será también llamado «Hijo de Dios». Pero eso no nos asombra. ¡No se sabe que era habitual considerar a los privilegiados de Dios como a sus «hijos»! Un gran exegeta del siglo XVI, Maldonado, decia ya que las palabras del ángel no querían dar a entender cuál sería la naturaleza de este «hijo de Dios», sino la manera cómo se produciría su nacimiento. A causa de su concepción que resulta de una operación divina, la del Espiritu Santo, y del poder del Altísimo que hace fecunda a una virgen, el niño será santo, «hijo de Dios» y «Mesías». 
Nada que no nos sea, en adelante, familiar, aquí. La acción del Espiritu de Dios era conocida de María. También la «nube», que es la presencia activa de Yahvé. Casi se podría adelantar: No se dice aquí nada más que en el Génesis, XVIII, 14, donde la presencia operante de Dios estaba sobre Sara para que, no obstante su esterilidad, le fuese dado Isaac. El ángel lo insinúa incluso en el versículo 37, al citar las palabras que Yahvé había dicho al antepasado de Maria y dirigiéndoselas, a su vez: «Nada es imposible para Dios». 


La enseñanza del texto se ilumina. Cuando esta escena tuvo 
lugar en la obscuridad de una humilde casa de Nazaret, hubo, para Maria, el anuncio de su maternidad mesiánica: yo soy quien llevaré al mundo, pudo pensar, el Salvador prometido a Israel. Dios se manifestaba a ella, reposaba sobre ella, por la «nube» y el «Espiritu». Era el primer anuncio del mensaje trinitario, todavía muy velado. Dios comenzaba a ampliar el ámbito de la fe. Pero Maria estaba lejos aún de sospechar toda la profundidad del misterio de la Encarnación. Más tarde, cuando su hijo alcanzó la edad de doce años, ella lo había de dejar ver bastante: «¿No sabíais, dijo Jesús a sus padres, que le buscaban, que yo había de estar en casa de mi padre? Y ellos no comprendieron lo que les dijo» (Lucas, II, 49-50). 


Pero lo que es admirable en esa hora de los preparativos, es la fe obediente de la Virgen, que la hace fiel al plan de Dios y ejecutora de su voluntad. Su prima Elisabeth se lo dirá: «Y dichosa la que creyó que tendrán cumplimiento las cosas que le han sido dichas de parte del Señor» (Lucas, I, 45). Maria entra en los designios de Dios sin el beneficio de una revelación particular, únicamente por su fe en el Mesías Salvador, del que va a ser la Madre. El «Fiat» enuncia su obediencia a Dios, su adoración sumisa a Aquel que quiere, a través de ella, salvar a Israel. Más allá de este «Fiat» del presente, se ofrece la perspectiva del porvenir, con todo lo que él aporta de pruebas, de claridad y de exigencia de amor. Mas cuando Lucas escribió esta escena siguiendo el relato que María le hizo, sabía, por haber recibido el Espíritu de Pentecostés, el que «enseña todas las cosas» (Juan, XIV, 26), el alcance del mensaje del arcángel San Gabriel. Al consignarlo, insinuaba a los judíos y paganos y quería revelar a los siglos por venir, la novedad entrevista en Dios: la adorable Trinidad. 


El Bautismo de Jesús: Lucas, III, 21-22; Mat., III, 13-17; Marc., I, 9-11.
Jesús es bautizado por Juan Bautista. El Espíritu Santo desciende sobre él en forma corporal, parecido a una paloma. Una voz viene del cielo: «Tú eres mi Hijo muy amado, en quien tengo mis complacencias». 
Para comprender algo en ese pasaje, hay que retrotraerse también al Antiguo Testamento. La voz que viene del cielo es la del Padre. ¿Qué dice? Los Evangelistas nos contestan: cita a Isaías, XLII, 1, salvo en dos términos, que cambia. Allí donde Isaías ponía «siervo», escriben «hijo»; allí donde se leía «elegido», se lee «muy amado»: «Tú eres mi siervo, a quien yo he escogido («elegido»), en el que se complace mi alma» 
Pues bien, el término «muy amado», en el Antiguo Testamento, recobra también, en la versión griega de los Setenta, el sentido de «único». Por ejemplo, allí donde el texto hebreo del Génesis, XXII, 2 y 16, dice de Isaac que era el hijo «único» de Abraham, la versión griega dice «muy amado». Se capta el procedimiento: la lengua griega bíblica se vale de una palabra que recobra los dos sentidos: 
muy amado y único. Cuando los Evangelistas citan el texto de Isaías, XLII, 1, anuncian, pues dos cosas: 
a) Que Jesús es «el siervo» de Dios en el sentido bíblico, el Mesías de que habla Isaías, XLII, 1, y LIII, el elegido de Dios, que tomará sobre sí la iniquidad del pueblo. Pero declaran también que este servidor es «el Hijo». 
b) En segundo lugar quieren dar a entender que este «servidor-Hijo» es «muy amado»; es decir, elegido por encima de todos 21, y por consiguiente único. En otras palabras, Jesús es «el Hijo único de Dios». 
La enseñanza está, pues, clara. Cuando los asistentes que rodean a Jesús en su Bautismo en el Jordán oyeron la voz celestial, fueron invitados a reconocer en Jesús al Mesías, Hijo privilegiado de Dios hasta el punto de que es declarado su «Hijo único». Había en todo ello mucha materia para hacer reflexionar a los israelitas sobre el sentido de la filiación de Jesús. Es igualmente posible que se sospechara ya, bajo la forma corporal parecida a una paloma, al Espíritu de Yahvé y su acción operante. Por cuanto que esta forma podía evocar a los espíritus la imagen del Génesis, I, 2: «El espíritu de Dios se cernía sobre la faz de las aguas» (para hacerlas fecundas). Es poco probable, sin embargo, que los judíos pudieran siquiera entrever aquí una manifestación trinitaria. Mas cuando nuestros Evangelistas nos afirman que «la forma corporal parecida a una paloma es el Espíritu Santo» quieren instruirnos acerca del papel y naturaleza de su manifestación, como acerca del sentido de esta «teofanía». Con toda la Iglesia, no nos quepa duda acerca de 
ello: el Evangelio nos enseña aquí que Jesús es el Hijo del Padre de los cielos, en el sentido absoluto de la palabra, y que la tercera persona de la Santísima Trinidad reposó sobre él en su Bautismo. 
La pluma de los autores sagrados fue inspirada para darnos la certeza de ello. El último mensaje trinitario: la orden de bautizar (Mat., XXVIII, 19).
Es en la mañana del día de la Ascensión, el día de la separación de Jesús de los suyos. Es, pues, la hora de las confidencias, es decir, de las supremas revelaciones. Jesús dice: «Me fue dada toda potestad en el cielo y sobre la tierra. Id, pues, y amaestrad a todas las gentes, bautizándoles en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo». 
Cristo declara, pues, ante todo que ha recibido del Padre todo poder. Ya antes había dicho que todas las cosas le habían sido entregadas por el Padre (Mat., XI, 27). Mas no es éste el único rasgo por el cual esa última escena se enraiza en las revelaciones pasadas. La del Bautismo lo explica a causa del paralelismo de las situaciones. El Padre, en el comienzo de la vida pública de su Mesías, declaró que Éste tenía todas sus complacencias y que, por tanto, había que escucharlo. Era una invitación apremiante a escuchar y creer sus palabras. Ahora bien, en este último día de su vida terrestre, Cristo libera de toda obscuridad su mensaje. Un rito, el Bautismo, debe ser conferido por los Apóstoles, y en el nombre de las tres personas: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Personas lo son, pues Jesús las pone en un pie de igualdad perfecta respecto de la eficiencia de este rito, que procede de su poder. Mas esto era declarar paladinamente que las tres son Dios. 
Después de esta revelación última, Mateo pone fin a su Evangelio. Era natural que Jesús hablara sin ambages en aquel día y que el Evangelista diese más tarde a sus lectores la última palabra del mensaje cristiano, que es conocer a las tres Personas divinas, especialmente en el papel que desempeñan en este rito en que descansa la instauración de la religión cristiana.

Progreso de la revelación respecto de cada una de las 
personas divinas


Aquí, además, Padre, Hijo y Espíritu Santo constituyen el objeto de una revelación que se inserta en plena vida. Pero, más particularmente, en torno de la persona de Jesús es donde se cristaliza la nueva doctrina, y, por Jesús, el Dios-Trinidad se impondrá a las inteligencias y a los corazones. Jesús anuncia discretamente su filiación misteriosa. Y su mensaje tiene mayor riqueza a medida que se va aproximando al término de su misión. 
Pero necesita toda su vida terrestre para llamar la atención de los judíos sobre las relaciones particularísimas que afirma tener con Dios, a quien llama su Padre, y con el Espíritu Santo. Así, progresivamente, es como se va entrando en su misterio. 

1. El Padre y el Hijo, en el Evangelio: 
A lo largo de toda su vida, Jesús se esforzó por hacer que sus discípulos descubrieran la especialisima relación que tiene con Dios-Padre, absolutamente trascendente a la de aquellos. 

El Evangelio de la infancia. 
«¿No sabíais que debo ocuparme de las cosas de mi Padre?» (Lucas, II, 49). Jesús subraya la atención particularísima que debe prestar a las cosas de su Padre. En otros términos, debe ser enteramente de Dios, abandonando las preocupaciones de José y Maria. Y ellos no comprenden nada de lo que les dice (versículo 50). 

Los comienzos de la vida pública. 
Jesús se llama «Hijo de Dios» por un título distinto que los hombres. Léase a este respecto, Mat., VI, 32; VII, 11, 21; X, 32; XII, 50 Lucas, XI, 13, XII, 32. 
Es llamado «Hijo de Dios» por Satanás (Mat., IV, 1-11), por los demonios (Mat., VIII, 20) y por el centurión cuando muere en la Cruz (Mat., XXVII, 55). Mas, como puede observarse, nada en dichos textos permite decir qué filiación unía a Jesús con su Padre. Se debe también recusar el que se le haya creído Hijo de Dios igual a Dios. La muchedumbre, ¿no decía: «Por ventura no es éste el carpintero, el hijo de María...»? (Marcos, VI, 3). O también se le llama «Hijo de Dios», es decir, el Mesías (Mateo, IX, 2; XII, 23; XX, 30-34; XXI, 9). Sin embargo, se admiran de que el Mesías pueda hacer tales milagros. Plantear unos puntos de interrogación, solicitar la reflexión sobre su persona, ser signo de contradicción, como Simeón lo había profetizado (Lucas, II, 34), eso es lo que desea Jesús. Como se dice en la actualidad: «¡se envuelve en misterio!» 

En mitad de la vida pública. 
Un hermoso texto que tiene gran fuerza en la boca de Jesús es Mat., XI, 25-27. Jesús afirma en él que el Padre es el único que conoce al Hijo y que El mismo tiene del Padre un conocimiento superior, que le corresponde además comunicar a quien le place. 
Semejante declaración posee una fuerza extrema. No es posible interpretarla más que como un conocimiento en el sentido más total, que sólo hace posible una intimidad sin igual entre el Padre y el Hijo. El Antiguo Testamento sabía, en efecto, muy bien que Dios es el único que conoce sus propios designios (Isaías, XL, 13). Ahora bien, si Jesús los conoce, es porque es Dios. Tal era el valor de su declaración. ¿Qué eco despertó su palabra en el corazón de sus discípulos? ¿No puede plantearse esta pregunta? Mas el desarrollo de los hechos harto muestra que no la comprendieron de inmediato. 
En efecto, poco tiempo después, Jesús y los doce están en Cesarea de Filipo. Jesús pretende sondear el grado de fe que éstos tienen en El (Mat., XVI, 13-21). Leamos el texto con detenimiento. La profesión de fe de Pedro no implica más que el reconocimiento de la condición mesiánica de Jesús. Sin duda San Mateo refiere que Pedro afirmó: «Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo». Pero San Marcos anota solamente: «Tú eres el Mesías» (VIII, 29), y San Lucas: «El Mesías de Dios» (IX, 20). Y era esto lo que Jesús quería que se dijese en aquel momento de Él. Sabía que la gente se planteaba a su respecto muchos interrogantes. Mas nunca habíase llegado a afirmar de Él algo bien determinado. Se decía: «Es el hijo del carpintero», o: «es el hijo de María y José». La duda, sin embargo, flotaba sobre su persona, que era para muchos una piedra de escándalo. Cautivadora, por las reflexiones que nos sugiere, es la narración de la tempestad apaciguada (Marcos, IV, 35-41). En ella Jesús da prueba de un poder extraordinario, paralelo al que Yahvé, en otro tiempo, había mostrado, según Jonás, I, 3. Allí era Jonás el que dormía en la barca, sin preocuparse de la tempestad. Ésta no se había de apaciguar más que con la plegaria de los marineros a Yahvé y cuando Jonás fuese echado al mar. Aquí la tempestad se apacigua cuando, una vez despertado de su sueño, Jesús ordena al mar que se aquiete. 
Ambas situaciones tienen, pues, una notable semejanza, con la única excepción de que ya no es Yahvé el que aplaca las olas, sino Jesús mismo. Esto sobrecogió inmediatamente a todo el mundo. 
Temor sagrado, por lo demás: el que se experimenta ante las manifestaciones del poder divino. Jesús era, para todos, un «misterio». Nadie osaba afirmar todavía que fuese el enviado de Dios. Pero se preguntaban: «¿Quién, pues, será éste a quien los vientos y el mar obedecen? 
A Pedro, a quien Jesús va a poner a la cabeza de los otros, era pues, a quien estaba reservado el honor y la gracia de pronunciar la palabra decisiva. Pedro proclama su fe en el Mesías de Dios. De momento, eso bastaba, pues la comunidad de Israel debía reconocer, ante todo, a su Mesías. De él, además, afirmará Pedro el día de Pentecostés que «Dios ha hecho Señor y Mesías a este Jesús a quien habéis crucificado» (Hechos, II, 36). Cuando Pedro hubo hablado en nombre de todos, se había adelantado, por consiguiente, un paso: había sido proclamado que el Mesías estaba en medio de su pueblo, que habían llegado los tiempos mesiánicos. 
Para los doce, equivalía a saber que la salvación de Dios había llegado hasta ellos. Y, sin embargo, no había sonado la hora de extenderla a todas partes. Jesús prohibió, pues, a los discípulos que dijesen a nadie «que Él era el Mesías» (Mat., XVI, 20). 
¡Debilidad y dificultad de la fe de Pedro! Unos instantes después el Apóstol privilegiado probará que no ha captado todavía la profundidad del misterio, ni todos los caracteres del Mesías. Si no, ¿habría reconvenido, como lo hizo, que el Mesías debiese sufrir? 
(XVI, 22). ¿Qué diferencia entre esta hora en que Pedro da prueba, en un punto tan capital, de tanta ignorancia y falta de audacia en la fe, y aquella otra en que hablará con emoción del «Cordero sin mancha» que le ha rescatado, como lo había anunciado Isaías, LIII (Primera epístola de San Pedro, I, 18-21). En esta época de su madurez espiritual, el siervo sufriente no tiene ya nada que pueda 
chocarle. Isaías, LIII, ha sido transfigurado gracias al descubrimiento—obra del Espíritu (Juan XIV, 26)—de la divinidad de Jesús, en la luz de la mañana de Pascua y los fuegos de Pentecostés. 

Antes de la Pasión. 
En la parábola de los viñadores homicidas (Mat., XXI, 33-46) Jesús refiere que se da muerte primero a los criados y luego al Hijo. Esta oposición entre el Hijo, heredero de la viña, y los criados, encargados simplemente de vigilar la cosecha, subraya la preeminencia de Jesús: ésta le pone por encima de los profetas que le han precedido. Trascendencia sobre la cual nadie se engaña: a partir de aquel instante se comenzó a querer perderle. Poco después Jesús fuerza a los fariseos a reconocer que Él, de quien se sabe que es el hijo de David, es también su Señor: 
«Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi diestra».
Lo cual significa: «Dijo el Señor (Yahvé) a mi Señor (el Mesías que descenderá de mí, David): siéntate a mi diestra». Así pues, concluyó Jesús, «si David le llama Señor, ¿cómo puede ser hijo suyo?» (Mat., XXII, 41-46). 

La Pasión. 
Retengamos el texto de Mat., XXVI, 63-66. A Caifás, que le interroga, Jesús declara que es «el Hijo de Dios». Ahora bien, esta  afirmación es tenida por blasfema. ¿Por qué? Se observará que Jesús, en aquel instante solemne en que peligra su vida, afirma ante todo que él es el Mesías de quien habló Daniel, VII, 13: Él se sentará «a la diestra del Poder y vendrá sobre 
las nubes del cielo». Mas los rasgos del Mesías, en el texto de Daniel, eran celestes a causa de su origen misterioso: vendrá sobre las nubes del cielo. Mientras que el origen de Jesús es conocido de todos como terrestre: es el hijo de José y María. De ahí, a los ojos de Caifás, la inverosimilitud de las palabras de Jesucristo: ¿cómo va a poder ser el Mesías-Hijo de Dios de quien habla Daniel? Su pretensión excede todos los límites y alcanza la categoría de blasfemia Tampoco aquí se deja entrever sin ninguna duda la exacta filiación de Jesús. Pero ¿quién se atreverá a poner en duda que Mateo, escritor inspirado, haya querido enseñarnos el origen y la naturaleza divinas del enviado de Dios? 

Cuando Jesús muere en la Cruz, nos dice San Mateo, se realizaron prodigios: terremoto, rompimiento de rocas, resurrecciones, etc. El centurión y los soldados que estaban de guardia junto a los crucificados, presas de terror, exclamaron: 
«Verdaderamente, Hijo de Dios era éste» (XXVII, 54). ¿Qué significaba esta exclamación? Respetemos el sentido de la escena. 
Aquel buen soldado romano ignoraba en absoluto lo que podía ser un «verdadero Hijo de Dios». Mas, interesado con toda certeza por la jactancia lanzada poco antes sobre la persona de Cristo: «Veamos si Elías le viene a salvar», no puede abstenerse de proclamar que Jesús es, en efecto, un justo. Por lo demás, ésta es la exclamación que en sus labios pone San Lucas y que comporta, no un carácter de verdad más grande, sino un sentido explicativo mejor: «Realmente este hombre era justo» (Luc., XXIII, 47). 

Después de la Resurrección. 
Volvamos a leer el episodio del encuentro de Jesús y los dos discípulos en Emaús (Lucas, XXIV, 26-47) El resucitado no anuncia aún más que la glorificación del Mesías sufriente de Isaías LIII: «Él les abrió el espíritu para comprender las Escrituras. Y les dijo: Así está escrito que el Mesías debía sufrir y resucitar de los muertos al tercer día». 

2. El Hijo, «servidor» glorificado, Mesías y Señor, en la predicación de los Apóstoles. 

El Espíritu de Dios ha llenado el alma de los Apóstoles. El Espíritu, no nos quepa duda de ello, ha iluminado sus inteligencia como lo había anunciado Jesús (Jn., XV, 25-26) A pesar de todo, los Apóstoles, fieles en esto al método de Jesús, van a hablar en la misma forma progresiva y con la misma prudencia, O mejor, éste es el método, lento pero estimulante para el espíritu, que los Evangelios sinópticos nos han consignado únicamente. 
Véseles aquí, en los Hechos de los Apóstales, arrancar de la profecía del «Siervo» de Yahvé (Isaías, LII, I, y LIII) para declarar que Jesús es, no «Hijo de Dios», sino su «siervo:, (III, 13). Dios continúa siendo el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, mas es también el «que ha glorificado a su siervo Jesús» a quien los judíos entregaron y renegaron ante Pilatos. Sin embargo, de siervo que era (III, 13-26; IV, 27, 30, etc.) ha pasado a ser, por su Resurrección, Señor y Mesías, exactamente el que se esperaba como Salvador (II, 32-36). Mas cuando estaba en la tierra Jesús no era, dice San Lucas, más que un hombre «acreditado» por Dios gracias a los milagros que hacía (Hechos, II, 22). Será necesaria, pues, la boca de Pablo para que la expresión «Hijo de Dios» sobrepase, en los Hechos, el sentido mesiánico 22. 
¿Qué vamos, pues, a concluir sino que la primera predicación de los Apóstoles, cuando menos el mensaje que ha sido consignado por escrito a mediados del siglo I, en los Hechos y los Evangelios sinópticos, anunciaba que Jesús es el Mesías de Dios, su Hijo escogido, amado por encima de todo, único? No hemos de ver, sobre todo, en ello una deficiencia en el conocimiento que los Apóstoles hayan tenido de Jesús, aun después de Pentecostés, sino más bien la voluntad de presentar a su Maestro de una forma tal que el auditorio pudiese aceptarlo sin sentirse en violencia. Lo sabían muy bien, por su parte: el Maestro había obrado así para con ellos, para con todos. Si lo hubiese hecho de otra suerte, le habrían lapidado sin tardanza. ¿No prohibía la Ley de Moisés tener por Dios a otro que a Yahvé? (Exodo, X, 5; Dent., VI, 5). Mas Jesús, y los Apóstoles después de él, obraron mejor. Forzaron a los hombres a ponerse en su presencia, a meditar sus palabras y a escrutar sus actos, a fin de que descubriesen el misterio de su relación con el Padre y de su propia persona. Un ejemplo resumirá semejante método. Yahvé, y sólo Él, tenía derecho a exigir la 
adhesión absoluta de toda criatura. Se presentaba como objeto único de su amor: 
«Escucha, Israel: Yahvé, nuestro Dios, Yahvé es uno, Amaras, pues, a Yahvé, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu 
alma y con toda tu fuerza» (Deut., Vil,-5). 

Ahora bien, Jesús exige a su vez este mismo amor, que no soporta partición, hasta perderlo todo para seguirlo. Mas haciéndose centro de la religión de los hombres, Cristo usurpaba de algún modo las prerrogativas de Yahvé, era verdaderamente un signo de contradicción. Mantiene el precepto del Deuteronomio con firmeza (Mat., XXII, 37). Sostiene, al mismo tiempo, que es necesario seguirle y que le corresponderá retribuir a los que le hayan sido fieles (Mat., X, 38; XIX, 27-29; Lucas, IX, 23; XXII, 28-30). Este último precepto era más fuerte que todo y el dualismo de esas distintas declaraciones no podía resolverse más que en una sola afirmación: 
Jesús es Dios como Yahvé es Dios, y aquél no es con éste más que un solo Dios. Pero qué salto se precisaría poder dar para resolver esas antinomias, para afirmar al mismo tiempo que Yahvé lo es todo (Mat., IV, 10) y que Jesús no es un impostor, puesto que el Padre declara que es su «muy amado» (Mat., III, 17; XVII, 5); para alcanzar el límite esperado, en el sentido de que Jesús es lo que deja entrever que es. En estas perspectivas habría sido necesario entender además a Mal., XI, 25-27. Mas precisamente Jesús declaraba que no se podía entrar en su revelación más que por la humildad: 
«Bendigote, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque encubriste esas cosas a los sabios y prudentes y las descubriste a los pequeñuelos...» 

Antes de ser el Hijo de Dios, conocido como tal, Jesús era ante todo un hecho. Habría convenido examinarlo como tal, sin idea preconcebida, en la simplicidad. Reconozcamos que el monoteísmo tan cerrado de un pueblo que no vivía más que de la Ley y cuya roca de sustentación era, ofrecía serios obstáculos a ello. Pero la afectada gravedad farisaica se había hecho, además, una máscara con esta actitud, que sólo la humildad habría sido capaz de quitar. 

Hasta tal punto la ceguera espiritual había de ser la enfermedad de los judíos. 

3. El Espíritu-Santo de Dios.
 

San Gregorio Nacianceno veía muy claro cuando nos aseguraba que la era que se inaugura con Pentecostés es la del Espíritu Santo, cuya manifestación se ilumina en la Iglesia. Nadie extrañará, pues, si aquí, también, en los Evangelios sinópticos y los Hechos, la revelación del Espíritu se sitúa en la prolongación del Antiguo Testamento. Fuerza que viene de Dios más que persona divina. 
Correspondería a la Iglesia discernir su carácter personal. 
El Espíritu Santo y Jesús, en los Evangelios sinópticos. 
Juan Bautista, dice el ángel Gabriel, estará lleno del Espíritu Santo desde el seno de su madre (Lucas, I, 15). Éste es el signo de su vocación profética, análoga a la de Jeremías (I, 5) y a la del Mesías (Isaías, XI, 1-5). En el mismo sentido Mateo I, 1820, y Lucas, I, 35, atribuyen al Espíritu Santo el nacimiento virginal de Jesús. 
Mas, como para mejor acreditar la misión de Jesús, el Espíritu Santo está con él y le dirige a lo largo de toda su vida. 
Se posa sobre él en su Bautismo: Lucas, III, 22. 

Le impulsa hacia el desierto: Lucas, IV, 1. 
Le conduce a Galilea: Lucas, IV, 14. 
Bajo su acción Jesús se estremece de gozo: Lucas, X, 21. 
Por su virtud Jesús arroja a los demonios: Mal., XII, 28. 
Pero, a su vez, Jesús lo promete a los Apóstoles: 
- sea de una forma enteramente general: Lucas, XXIV, 49; 
Hechos, I, 5 y 8; 
- sea para que los asista en funciones bien determinadas. 
Así, les comunicará el espíritu de oportunidad, cuando sean acusados falsamente (Marcos, XIII, 11). 
El Espíritu de Yahvé pasa a ser, por tanto, el Espíritu de Jesús: lo posee como suyo, sobre todo dispone de él. 

El Espíritu Santo, alma de la Iglesia, en los «Hechos de los Apóstoles». 
Los Hechos de los Apóstoles, libro admirable por el papel que en él desempeña el Espíritu, del cual se ha dicho que sería llamado más justamente Los Hechos del Espíritu Santo. Éste lo ocupa totalmente Jesús ha cumplido su palabra: ha venido el Espíritu, don del Señor glorificado (II, 33). Su nombre es «Espíritu», o «Espíritu Santos o «Espíritu del Señor» (V, 9; VIII, 39) y una vez «el Espíritu de Jesús» (XVI, 7). 
La venida del Espíritu Santo está vinculada con los ritos: 
- del Bautismo: I, 5, II, 38; XI 15. 
- de la imposición de manos: VIII, 15-19; XIX, 6. 
Desciende sobre aquellos que han escuchado la palabra de los Apóstoles: II, 4, X, 44. 
Los efectos que produce en los fieles son extraordinarios, mas a veces temporales, para una misión o una función determinada: don de lenguas (II, 4, 11; X, 46); de profecía (XI, 28; XX, 22, 23); de sabiduría (VI, 10); de intrepidez en el testimonio (IV, 8, 31). 
Mas se sabe también que habita de modo permanente en ellos (VI, 3; XI, 24), lo que no asombra si uno recuerda que ésa era ya una de sus prerrogativas en el Antiguo Testamento Ahora bien, este Espíritu Santo es también aquel mismo que Jesús poseía durante su vida (I, 2; X, 38). Había sido guía de Jesús, según los Evangelios. 
Ahora pasa a serlo de los Apóstales: impulsa al diácono Felipe a ir a catequizar al etíope (VIII, 29); traza a Pedro una linea de conducta frente al pagano Cornelio (X, 19, y XI, 12); escoge a Bernabé y a Saulo como misioneros (XIII 2-4); les impide ir a Asia, para dirigirles hacia la Tróade (XVI, 6-8). 
Se sabe también que es Él quien ha inspirado las Escrituras. 
¿Cómo iba a dejar de darles sentido? (I, 16; II, 16; IV, 25; VII, 51). El Antiguo Testamento se ilumina, pues, gracias a Él. Pero, igualmente, lo mismo que Él había inspirado a sus autores, en adelante guiará también a los Apóstoles en el gobierno de la Iglesia y les hará infalibles. En el primer concilio celebrado en Jerusalén, les dicta las decisiones que deben tomar (XV, 28). Fuerza activa, luz, guía de los jefes de la Iglesia, he aquí lo que es el Espíritu de los Hechos. 
Pero hay todavía más. El Espíritu Santo es tratado también como una persona, sobre todo en el paralelo que se le hace sostener con Jesús. Al igual que Jesús envía a Ananías junto a Saulo para instruirse sobre la conducta que debe llevar (IX, 10), así el Espíritu Santo envía a Pedro al lado de Cornelio (X, 19). Al igual que Jesús no había permitido a Pablo que permaneciese en Jerusalén, sino que le había enviado entre los paganos (IX, 15), a su vez el Espíritu Santo, más tarde, le impedirá que vaya a Bitinia para enviarle a
la Tróade (XVI, 7). En fin, el Espíritu Santo está también personificado cuando Pedro reprocha a Ananías por haber mentido al Espíritu Santo (V, 3, 9). Jesús mismo había declarado que la blasfemia contra el Espíritu Santo no tendría perdón (Mat., XII, 31). 
La Iglesia no ha tenido la preocupación de olvidar esta enseñanza. Sabe que el guía que la ha dirigido en sus primeros pasos en medio de un mundo hostil y cerrado para Cristo, sigue siendo aún su luz y su defensor. Cada año, en la semana de Pentecostés, repite esas palabras de la admirable secuencia: 
«O lux beatissima,
Reple cordis intima
Tuorum fidelium.»
«¡Oh luz felicísima,
Llena, en lo más íntimo,
El corazón de tus fieles»

BERNARD PÍAULT EL MISTERIO DE DIOS, UNO Y TRINO
Edit.
CASAL I VALL. ANDORRRA 1958

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17. Encíclica Divino afflante Spiritu. 
18. Biblia de Jerusalén, en nota a dicho versículo. 
19. Ese texto adquirió aún más importancia cuando Jesús entró en 
Jenusalén el «día de Ramos», montado en la asnilla (Mat., XXI, 5, se 
refiere a él explícitamente). 
20. La elección de la virginidad era inhabitual por lo común entre los 
judíos por la razón de que la esterilidad que comportaba era la vergüenza 
de la mujer judía (véase Lucas, I, 25). Sin embargo, este ideal era 
conocido, los documentos de Qumran (manuscritos descubiertos en las 
proximidades del Mar Muerto) lo atestiguan, de ciertas sectas esenias. 
21. Se puede captar ese mismo procedimiento en la escena de
la 
Transfiguración
: Lucas, IX, 35. El Evangelista acude nuevamente aquí al 
mismo versículo de Isaías, XLII, 1, pero no escribe ya «muy amado». El 
verbo empleado en participio perfecto significa «elegido por encima de 
todos los otros», y por tanto único y amado más que todo. 
22. Dos textos en este sentido: IX, 20, y XIII, 33. 38

 

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La Iglesia es la Iglesia de Jesucristo, es la Iglesia que él ha querido y fundado y en la cual él está presente.; la historia de 2000 años ininterrumpidos, habla de Él. Y la quiso católica-universal-global para que todos sean salvados por el amor de Dios.
Precisamente en cuanto cada acto humano pertenece a quien lo hace, cada conciencia individual y cada sociedad elige y actúa en el interior de un determinado horizonte de tiempo y espacio.
Para comprender de verdad los actos humanos y los dinamismos a ellos unidos, deberemos entrar, por tanto, en el mundo propio de quienes los han realizado; solamente así podremos llegar a conocer sus motivaciones y sus principios morales. Y esto se afirma sin perjuicio de la solidaridad que vincula a los miembros de una específica comunidad en el discurrir del tiempo. MM.

 

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Iglesia: domicilio público y sede apostólica en Vaticano - Situado cerca de la orilla derecha del Tíber, corresponde a la Colina Vaticana, el antiguo Ager Vaticanus, en el que se construyeron residencias veraniegas durante la era republicana. Calígula edificó aquí su circo privado, en el que, así como en lo jardines adyacentes, parecen haber sido martirizados los primeros cristianos.  Al norte del circo, en una carretera secundaria, se encontraba una necrópolis en la que estuvo enterrado San Pedro.  Entre los años 324 y 326, Constantino erigió sobre el lugar de la tumba del primer Papa una imponente basílica que fue reemplazada por la actual construida entre los siglos XVI y XVII.

 

El entero territorio del Estado de la Ciudad del Vaticano se encuentra bajo la protección del Tratado de La Haya, del 14 de marzo de 1954, relativo a la salvaguardia de los bienes culturales en caso de conflicto armado.  La Ciudad del Vaticano está reconocida por lo tanto – también en ámbito de la disciplina internacional – como patrimonio moral, artístico y cultural digno de ser respetado y protegido como un tesoro para toda la humanidad.  Desde 1984 el Estado de la Ciudad del Vaticano forma parte de la lista de lugares reconocidos como Patrimonio de la Humanidad.

 

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Ministerio del obispo de Roma, símbolo de unidad para la Iglesia universal.
«Con la unidad, así como con la apostolicidad, está unido el servicio petrino, que reúne visiblemente a la Iglesia en todas las partes y en todos los tiempos, defendiendo de esta manera a cada uno de nosotros para que no resbalemos en falsas autonomías, que demasiado fácilmente se transforman en internos particularismos de la Iglesia y pueden comprometer de esta forma su interna independencia». S. S. Benedicto XVI – P.P.

 

El palio es el signo de la particular unión con la sede de Roma.

«Catolicidad significa universalidad, multiplicidad que se convierte en unidad; unidad que permanece en multiplicidad», afirmó Benedicto XVI. 2005-06.29

 

«La unidad de los hombres en su multiplicidad ha sido posible porque Dios, este único Dios del cielo y de la tierra, se nos ha mostrado», «se ha hecho visible cuando Él se ha mostrado a nosotros y en Jesucristo nos ha hecho ver su rostro, a sí mismo».

«En esta hora del mundo llena de escepticismo y de dudas, paro también rica de deseo de Dios, reconozcamos nuevamente nuestra misión de testimoniar juntos a Cristo Señor y, sobre la base de esta unidad que ya se nos ha dado, de ayudar al mundo para que crea». 

«Y suplicamos al Señor con todo el corazón para nos guíe a la unidad plena de manera que el esplendor de la verdad, que solamente puede crear la unidad, se convierta de nuevo visible en el mundo». S. S. Benedicto XVI – PP. 2005.06.29

 

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Iglesia - No hay duda de que también la Iglesia pueda y deba ser más democrática, esto es, que los laicos deban tener más voz en la elección de los pastores y en el modo en que ejercen su función. Pero no podemos reducir, en todo, la Iglesia a una sociedad regida democráticamente. Ella no es decidida desde abajo, no es algo que los hombres ponen en pié por iniciativa propia, para su bien. ¡Si sólo fuera eso, ya no habría necesidad de la Iglesia, bastaría el Estado o una sociedad filantrópica! La Iglesia es institución de Cristo. Su autoridad no viene del consenso de los hombres; es don de lo alto. Por ello, incluso en la forma más democrática que podamos desear para la Iglesia, permanecerá siempre la autoridad y el servicio apostólico, que no es, o no debería ser jamás, superioridad, dominio, sino servicio «gratuito», dar la vida por el rebaño, como dice Jesús hablando del buen pastor.

Evangelio de san Juan habla de «tres obstáculos para el hombre: la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y la soberbia de la vida» y reza para destruir «el poder de las ideologías, para que los hombres puedan reconocer que están entretejidas de mentiras» y para que «el muro del materialismo» no «llegue a ser insuperable». El Cardenal Ratzinger despliega una visión crítica de la labor de ciertos miembros de la Iglesia: «¡Cuánta suciedad en la Iglesia y entre los que, por su sacerdocio, deberían estar completamente entregados a él! ¡Cuánta soberbia, cuánta autosuficiencia!», escribió el purpurado para la novena estación del Vía Crucis, la tercera caída de Jesús. 2005-03-25 Viernes Santo-Colina vaticana, Roma- Italia.

 

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Iglesia - La acogida del Magisterio - El anuncio del Evangelio constituye el primer y fundamental compromiso de la Iglesia. Ciertamente, el testimonio de vida es la primera palabra con la que se anuncia el Evangelio; sin embargo, no es suficiente. El anuncio claro es necesario para mover el corazón a adherirse a la Buena Noticia de la salvación.
Un tema ya afrontado en otras ocasiones es el de la recepción de los documentos magisteriales por parte de los fieles católicos, desorientados con frecuencia, más que informados, a causa de las reacciones e interpretaciones inmediatas de los medios de comunicación.
En realidad, la recepción de un documento, más que un hecho mediático, debe considerarse, sobre todo, como un acontecimiento eclesial de acogida del Magisterio en la comunión. Se trata de una palabra autorizada que arroja luz sobre una verdad de fe o sobre algunos aspectos de la doctrina católica, contestados o mal interpretados por determinadas corrientes de pensamiento. Precisamente, en esta valencia doctrinal se encuentra el carácter profundamente pastoral del documento, cuya acogida se convierte, por tanto, en una ocasión propicia de formación, de catequesis y de evangelización.
Para que la recepción se convierta en un auténtico acontecimiento eclesial, conviene prever maneras oportunas de transmisión y de difusión del mismo documento, que permitan su pleno conocimiento, ante todo, por parte de los pastores de la Iglesia, como enseñanza que contribuye a formar la conciencia cristiana de los fieles ante los desafíos del mundo de hoy.
(6-II-2004)

 

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oyendo el llamado de Cristo, Pedro abandonó su labor para seguir a Jesús en la Iglesia única

 

Iglesia - La Iglesia no se edifica sobre comités, juntas o asambleas. La palabra y la acción de sus miembros salvarán al mundo en la medida en que estén conectados con el sacrificio redentor de Cristo, actualizado en el misterio eucarístico, que aplica toda su fuerza salvífica. Toda palabra que se oye en la Iglesia, sea docente, exhortativa, autoritativa o sacramental, sólo tiene sentido salvífico, y edifica la Iglesia, en la medida en que es preparación, resonancia, aplicación o interpretación de la "protopalabra" [48]: la palabra de la “anamnesis” ("hoc est enim corpus meum...") que hace sacramentalmente presente al mismo Cristo y su acción redentora eternamente actual, al actualizar el sacrificio del Calvario para que se realice la obra de la salvación con la cooperación de la Iglesia, su esposa.

 

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La Iglesia, desde el inicio, es católica, esta es su esencia más profunda, dice Pablo.

“El nuevo pueblo de Dios, la Iglesia, es un pueblo que proviene de todos los pueblos. La Iglesia, desde el inicio, es católica, esta es su esencia más profunda. San Pablo explica y destaca esto en la segunda lectura, cuando dice:  "Porque en un solo Espíritu hemos sido todos bautizados, para no formar más que un cuerpo, judíos y griegos, esclavos y libres. Y todos hemos bebido de un solo Espíritu" (1 Co 12, 13). La Iglesia debe llegar a ser siempre nuevamente lo que ya es: debe abrir las fronteras entre los pueblos y derribar las barreras entre las clases y las razas. En ella no puede haber ni olvidados ni despreciados. En la Iglesia hay sólo hermanos y hermanas de Jesucristo libres”. S. S. Benedicto XVI – P.P. 2005

 

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De hombres, hechos, notas y acontecimientos de tal época para comprender, alumbrar e ilustrar el contexto:

 

San Gabino +296 - «Dilexit Ecclesiam» (amó a la Iglesia).


Procede del adjetivo latino "gabinus", gentilicio que designaba a los habitantes de Gabio, antigua ciudad del Lacio (Italia), cercana a Roma. Según la mitología, en Gabio habrían sido criados Rómulo y Remo, recogidos por el pastor Fáustulo y su mujer Aca Larentia.


Toda la vida y entorno de san Gabino están envueltos en la leyenda. Gabino era padre de santa Susana, mártir. Susana era muy bella. Tanto, que el emperador Diocleciano quiso darla en matrimonio a Maximiano, su César.


Susana rehusó. Ante la extrañeza de Diocleciano, alegó como causa su condición de cristiana. Fue encarcelada, bajo la custodia de dos soldados. Los convirtió al cristianismo. Los tres fueron decapitados.


Gabino, su padre, era sacerdote, hermano del Papa san Cayo (283-296). Ayudaba a este Papa en las funciones pastorales. Gabino estaba emparentado con el emperador Diocleciano. Acusado de ser cristiano, fue aprehendido e invitado a sacrificar a los dioses.


Ante su rotunda negativa, de nada le valió su parentesco. Fue decapitado en el año 296. Según la tradición, sus restos se veneran en la iglesia de la Santísima Trinidad de Lyón (Francia).
Su fiesta se celebra el 19 de febrero.-

 

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"A la sombra de Cristo muerto y resucitado, agrupados por María la Madre de Jesús y Madre de todos sus discípulos, nace la nueva humanidad, reconciliada con Dios, acogida por el Padre en su casa con el Hijo unigénito, habitada y santificada por el Espíritu de Dios. Esa es la gran noticia que los Apóstoles tienen que llevar al mundo, la gran noticia de la que vivimos los cristianos y que nosotros tenemos que seguir anunciando en todos los lugares y en todos los tonos por los siglos de los siglos". Pidamos al Señor ser miembros vivos de la Iglesia, que es su Cuerpo, sabiendo que somos templos de la Santisima Trinidad.

‘Cuando se encasquilla la razón se disparan las sectas’.

 

"Obras todas del Señor, bendecid al Señor".-

«Un desarrollo armonioso es posible si las opciones económicas y políticas realizadas tienen en cuenta los principios fundamentales que lo hacen accesible a todos: los principios de subsidiariedad y solidaridad. En el centro de toda programación económica, considerando especialmente la vasta y compleja red de relaciones que caracteriza la época posmoderna, debe estar siempre la persona, creada a imagen de Dios y querida por él para custodiar y administrar los inmensos recursos de la creación. Sólo una cultura común de la participación responsable y activa puede permitir a todo ser humano sentirse no usuario o testigo pasivo, sino colaborador activo en el proceso de desarrollo mundial». Benedicto PP. XVI – 2008.V.31

 

Es vuestra visita la que nos honora y agradecemos.


Quepa claro: "hablamos no solo para comunicarnos, sino para distinguirnos". Por lo mismo, nos vestimos no solo para evitar el frío, sino para reafirmar nuestra personalidad. Publicamos porque creemos en la verdad y solo ella nos hace libres.

Pedimos disculpas por los errores que tantas veces cometemos. No son por mala voluntad, ni por ignorancia, sino por no saber. No está mal recordar que una cosa es la ignorancia (= no saber lo que a uno no se le alcanza) y la nescencia (= no saber lo que uno debería saber).

 ‘Apud Dominum misericordia et copiosa apud Eum redemptio’

Jesús misericordia : Kyrie eleison. Christe eleison. Kyrie eleison.

¿Por qué repetimos y recomendamos algunos libros? - No responde esta habitual insistencia a ningún imperativo ni legal, ni moral, ni de compromiso alguno. El único compromiso es el del servicio a la conformación de una cultura católica que hoy es más necesaria que nunca.

Recomendamos vivamente:

Autor: Joseph Ratzinger – en el siglo: S.S. BENEDICTO XVI

La fraternidad de los cristianos” Joseph Ratzinger Ediciones ‘sígueme’

“Verdad, valores, poder” Joseph Ratzinger. Editorial Rialp

“Principios de moral cristiana”         98 p.p.     6,00 € editorial EDICEP

“Evangelio, catequesis, catecismo”  80 p.p.     4,75 € “

“La eucaristía, centro de vida”        170 p.p.  10,00 € “

“En el principio creó Dios”              128 p.p.    7,25 € “

“La provocación del discurso sobre Dios”  - Editorial TROTTA

“Dios y el mundo” Editorial Galaxia Gutenberg 

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'JESUCRISTO PADECIÓ BAJO EL PODER DE PONCIO PILATO,
FUE CRUCIFICADO, MUERTO Y SEPULTADO'
Evangelio según San Lucas, Cap.3, vers.1º: El año decimoquinto del reinado del emperador Tiberio, cuando Poncio Pilato gobernaba la Judea, siendo Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Felipe tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene…

Crucifixión de San Pedro: fue crucificado al revés cabeza abajo - Pergamino con San Pedro en cruz invertida, de Maguncia- Alemania; entre el 900 y el 1000ca. - Museo Diocesano de la Catedral Maguncia (Mainz) Alemania - Pedro en su cruz, invertida. ¿Qué significa todo esto? Es lo que Jesús había predicho a este Apóstol suyo: "Cuando seas viejo, otro te llevará a donde tú no quieras"; y el Señor había añadido: "Sígueme" (Jn 21, 18-19). Precisamente ahora se realiza el culmen del seguimiento: el discípulo no es más que el Maestro, y ahora experimenta toda la amargura de la cruz, de las consecuencias del pecado que separa de Dios, toda la absurdidad de la violencia y de la mentira. No se puede huir del radicalismo del interrogante planteado por la cruz: la cruz de Cristo, Cabeza de la Iglesia, y la cruz de Pedro, su Vicario en la tierra. Dos actos de un único drama: el drama del misterio pascual: cruz y resurrección, muerte y vida, pecado y gracia.

La maternidad divina de María – Catecismo de la Iglesia
495 Llamada en los Evangelios 'la Madre de Jesús'(Jn 2, 1; 19, 25; cf. Mt 13, 55, etc.), María es aclamada bajo el impulso del Espíritu como 'la madre de mi Señor' desde antes del nacimiento de su hijo (cf Lc 1, 43). En efecto, aquél que ella concibió como hombre, por obra del Espíritu Santo, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el Hijo eterno del Padre, la segunda persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre de Dios [Theotokos] (cf. Concilio de Éfeso, año 649: DS, 251).
La virginidad de María
496 Desde las primeras formulaciones de la fe (cf. DS 10-64), la Iglesia ha confesado que Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María únicamente por el poder del Espíritu Santo, afirmando también el aspecto corporal de este suceso: Jesús fue concebido absque semine ex Spiritu Sancto (Concilio de Letrán, año 649; DS, 503), esto es, sin semilla de varón, por obra del Espíritu Santo. Los Padres ven en la concepción virginal el signo de que es verdaderamente el Hijo de Dios el que ha venido en una humanidad como la nuestra:
Así, san Ignacio de Antioquía (comienzos del siglo II): «Estáis firmemente convencidos acerca de que nuestro Señor es verdaderamente de la raza de David según la carne (cf. Rm 1, 3), Hijo de Dios según la voluntad y el poder de Dios (cf. Jn 1, 13), nacido verdaderamente de una virgen [...] Fue verdaderamente clavado por nosotros en su carne bajo Poncio Pilato [...] padeció verdaderamente, como también resucitó verdaderamente» (Epistula ad Smyrnaeos, 1-2).

El acontecimiento histórico y transcendente – Catecismo de la Iglesia
639 El misterio de la resurrección de Cristo es un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas como lo atestigua el Nuevo Testamento. Ya san Pablo, hacia el año 56, puede escribir a los Corintios: "Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce: "(1 Co 15, 3-4). El apóstol habla aquí de la tradición viva de la Resurrección que recibió después de su conversión a las puertas de Damasco (cf. Hch 9, 3-18).
El sepulcro vacío

640 "¿Por qué buscar entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado" (Lc 24, 5-6). En el marco de los acontecimientos de Pascua, el primer elemento que se encuentra es el sepulcro vacío. No es en sí una prueba directa. La ausencia del cuerpo de Cristo en el sepulcro podría explicarse de otro modo (cf. Jn 20,13; Mt 28, 11-15). A pesar de eso, el sepulcro vacío ha constituido para todos un signo esencial. Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección. Es el caso, en primer lugar, de las santas mujeres (cf. Lc 24, 3. 22- 23), después de Pedro (cf. Lc 24, 12). "El discípulo que Jesús amaba" (Jn 20, 2) afirma que, al entrar en el sepulcro vacío y al descubrir "las vendas en el suelo"(Jn 20, 6) "vio y creyó" (Jn 20, 8). Eso supone que constató en el estado del sepulcro vacío (cf. Jn 20, 5-7) que la ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana y que Jesús no había vuelto simplemente a una vida terrenal como había sido el caso de Lázaro (cf. Jn 11, 44).