Saturday 29 April 2017 | Actualizada : 2017-03-29
 
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IGLESIA - Experta en humanidad, la Iglesia ha estado siempre interesada en todo lo que se refiere al hombre y a la mujer. En estos últimos tiempos se ha reflexionado mucho acerca de la dignidad de la mujer, sus derechos y deberes en los diversos sectores de la comunidad civil y eclesial. Habiendo contribuido a la profundización de esta temática fundamental, particularmente con la enseñanza de S. S. Juan Pablo II Pont.Max., la Iglesia se siente ahora interpelada por algunas corrientes de pensamiento, cuyas tesis frecuentemente no coinciden con la finalidad genuina de la promoción de la mujer. MM.

 

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Las palabras siempre actuales de Gen 1,26-27: "Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza" han orientado desde el inicio a quienes buscan la verdad sobre el hombre. Entre los teólogos medievales que se ocuparon con más detenimiento de este tema destaca, Tomás de Aquino.

 

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Iglesia - Jesucristo, al momento en que envía a los apóstoles a predicar el evangelio a todo el mundo, desea que su Iglesia sea universal (en griego ‘católicos’), es decir: en plena catolicidad hasta al final de los tiempos, la designa Jesucristo.

 

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Iglesia - La universalidad salvífica de Jesucristo hace a su Iglesia ‘Católica’, porque católico es su anuncio cristiano y salvífico, propuesto a todo el universo.

 

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Iglesia - «¿No es una arrogancia hablar de verdad en cosas de religión y llegar a afirmar haber hallado en la propia religión la verdad, la sola verdad, que por cierto no elimina el conocimiento de la verdad en otras religiones, pero que recoge las piezas dispersas y las lleva a la unidad?». Card. + Joseph Ratzinger - Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe - Fragmento de «La Unicidad y la Universalidad salvífica de Jesucristo y de la Iglesia»

 

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Iglesia - P. He escuchado que la palabra ‘Católica’ no fue usada sino hasta cientos de años después de que Jesucristo fundó Su Iglesia.


R. No es cierto. El primer indicio del uso de la palabra que pude encontrar está en la carta a los ’Smymeans’, de San Ignacio de Antioquía (del 106 D.C.), párrafo 8: "Cuando el arzobispo aparece, deja ser a la gente como es, donde está Jesucristo, allí está la Iglesia Católica."

Indudablemente la palabra se utilizaba antes de la época de esta escritura.

 

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Iglesia - "Obedecer al Obispo y al clero con mentes sin divisiones y compartir el pan -la medicina de la inmortalidad- y el remedio soberano para escapar la muerte y vivir en Jesucristo para siempre... La única Eucaristía que deben apreciar como válida es una que es celebrada por Obispo mismo o por una persona autorizada por él. Donde está el Obispo, ahí debe estar su gente, al igual que donde estaba presente Jesucristo, ahí está la Iglesia católica..."

[San Ignacio de Antioquía, discípulo de San Juan Evangelista, (+ 107)] Ignacio nació en los días en que Cristo era crucificado. Conoció a San Pedro y a San Pablo.

 

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Iglesia - Dios no abandona a su Iglesia y se cumple la promesa de Nuestro Señor:

"Estaré con ustedes hasta el fin del mundo" (Mt. 28,20); esto fastidia tanto a las sectas jehovistas, bautistas, mormones y otras miles que aparecen y desaparecen.

 

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La Iglesia Católica es «santa» en su doctrina, en su moral, en sus medios de santificación -los sacramentos- y en sus frutos. No quiere esto decir que todos los católicos sean santos. Esto es imposible dado la libertad humana.

 

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Los escritores de Alejandría y Egipto: Arrio, Alejandro de Alejandría, Atanasio, Serapión de de Thmuis, Dídimo el Ciego, Teófilo de Alejandría, Sinesio de Cirene, Nonno de Panópolis, Cirilo de Alejandría, Apéndice: Dos papiros litúrgicos de Egipto

 

Los fundadores del monaquismo egipcio: San Antonio, Ammonas, Pacomio, Orsiesio, Teodoro, Macario, el Egipcio, Macario el Alejandrino, Evagrio Póntico, Paladio, Isidoro de Pelusio, Shenute de Atripe, Los «Apophthegona Patrum»

 

Los escritores de Asia Menor : Eusebio de Nicomedia, Teognites de Nicea, Asterio el Sofista, Marcelo de Ancira, Busilio de Ancira, Los Padres Capadocios, Basilio el Grande, Gregorio de Nacianzao, Gregorio de Nisa, Anfiloquio de Iconio, Asterio de Amasea.

 

Los escritores de Antioquía y Siria: Eustacio de Antioquía, Aecio de Antioquía, Eunomio de Cícico, Eusebio de Cesarea, Acacio de Cesarea, Gelasio de Cesarea, Euzoio de Cesarea, Eusebio de Emesa, Nemesio de Emesa, Cristianismo y maniqueísmo, Hegemonio, Tito de Bostra, Cirilo de Jerusalén, Apolinar de Laodicea, Epifanio de Salamis, Diodoro de Tarso, Teodoro de Mopsuestia, Policronio de Apamea, San Juan Crisóstomo, Acacio de Berea, Antíoco de Ptolemaida, Severiano de Gábala, Macario de Magnesia, Hesiquio de Jerusalén, Nilo de Ancira, Marco el Ermitaño, Diadoco de Fótice, Nestorio, Euterio de Tiana, Proclo de Constantinopla, Genadio de Constantinopla, Basilio de Seleucia 
Historiadores eclesiásticos de Constantinopla, Felipe de Sido, Filostorgio, Sócrates, Sozomeno, Teodoreto de Ciro.

 

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«La Iglesia no es santa por sí misma, sino que de hecho está formada por pecadores, lo sabemos y lo vemos todos», pero ésta «viene santificada de nuevo por el amor purificador de Cristo». «Dios no sólo ha hablado, nos ha querido (...) hasta la muerte de su propio hijo», S. S. Benedicto XVI – 29 Junio 2005 Festividad de San Pedro y Pablo; ambos mártires de la Iglesia católica, 64/7ca. en Roma. ITALIA.

 

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La Iglesia una, santa, católica y apostólica». «Catolicidad significa universalidad, multiplicidad que se convierte en unidad; unidad que sin embargo sigue siendo multiplicidad».Que Dios nos guíe hacia la plena unidad de modo que el esplendor de la verdad, que sólo puede crear la unidad, sea de nuevo visible en el mundo». S. S. BENEDICTO XVI - 2005-06-29.

 

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Iglesia: Es la comunidad, la comunión (koinonia), al mismo tiempo espiritual y visible, de aquellos que acogen con fe la evangelización; comparten la misma esperanza en el Reino y participan a la misma caridad. Se entra a formar parte de la Iglesia a través del Bautismo, que sella la conversión. Principio de la comunión íntima con Dios - conocido y amado como Padre - es el Espíritu Santo: Espíritu filial de Jesucristo. El principio visible de unidad de los fieles de una Iglesia particular es el Obispo; en cambio, sobre el plano universal de la comunión de todos los fieles, el fundamento de unidad es el Romano Pontífice. Éste es el sucesor de Pedro y cabeza de la comunidad cristiana de Roma que "preside en la caridad" (San Ignacio de Antioquía). El principio sacramental de la unidad de la Iglesia es la Eucaristía: celebración memorial del misterio pascual, en donde los bautizados, unidos a sus legítimos pastores, se unen a Cristo y entre ellos, mediante los signos del pan y del vino consagrados. El Credo profesa la Iglesia una, santa, católica y apostólica. El Espíritu de Amor, donado por Cristo a su Iglesia, la transforma necesariamente en una (cf. UR 4,3) y santa (cf. LG 39,1). Así el Espíritu de Verdad la hace católica y apostólica, manteniéndola fiel a la tradición (Parádosis) de los apóstoles y a su misión de difundir, a todos los hombres y en todos los tiempos, toda la plenitud (Plêrôma) de verdad y santidad que se encuentra en Jesucristo. Esta prerrogativa de indefectibilidad se concede a la Iglesia concreta guiada por el Papa y por los Obispos en comunión con Él, en donde subsiste la única Iglesia de Cristo (cf. LG 8,2). No obstante, ésta debe purificarse y convertirse constantemente para hacer brillar, siempre mejor, la gloria de su Señor, para recuperar la plena unidad con los hermanos separados y para adquirir mayor credibilidad en su misión ad gentes (cf. AG 6;  EN 77; RM 50; UUS 23; 98).

 

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Tema 11 -

Los escritores alejandrinos del siglo III

 

a) Clemente de Alejandría

b) Orígenes: importancia e influjo como exégeta, teólogo y místico

c) Orígenes, el origenismo y las controversias origenisas: visión general

d) Seguidores y adversarios de Orígenes, en el siglo III: breves noticias sobre San Dionisio de Alejandría, San Gregorio Taumaturgo y San Metodio de Olimpo.

  

  

S.Gregorio Taumaturgo, discípulo de Orígenes

«Dilexit Ecclesiam»  amó a la Iglesia Católica


 

 a)    Clemente de Alejandría

 

Vida

Tito Flavio Clemente nace en Atenas el año 150. Sus padres eran paganos. Viaja mucho.

Es sucesor de Panteno en la Escuela catequética, del año 200 al 202. En este año Septimio Severo (193-211) desata una persecución y la escuela tiene que cerrarse. Clemente huye a Capadocia y muere el año 215. Tenía una extraordinaria cultura. Espíritu brillante, más intuitivo que sistemático. Más adelante, Demetrio, obispo de Alejandría, confía su dirección a Orígenes.

Obras

Concibe sus tres obras según un plan pedagógico: Protreptico (exhortar), Pedagogo (educar), Stromata (enseñar).

  • En el Protreptico anima a la conversión mostrando la superioridad de la vida cristiana.
  • El Pedagogo es un tratado de moral dividido en tres libros:
    • el primero trata sobre Cristo Educador y la filiación divina;
    • el segundo y tercer dan normas prácticas.
  • En el libro llamado Stromata (Tapices) en lugar de seguir el primitivo plan (es decir, dedicarlo a hablar de la enseñanza), es una obra de carácter fragmentario que no llega a formar un todo unitario. Trata de las relaciones entre la fe y la filosofía griega.
  • Además, escribe otra obra: Quis dives salvetur?. Es una homilía sobre Mc 10, 17-31. Insiste en la pobreza de espíritu.

Doctrina teológica

  • Fe y filosofía: la filosofía es una preparación de la humanidad para la venida de Cristo. Insiste en la supremacía de la fe. La verdadera gnosis consiste en compaginar la fe con la filosofía. Es el fundador de la teología especulativa.
  • El Logos: es el creador del universo; reveló el AT y también la filosofía; se encarnó, nos redimió, nos dió a conocer al Padre y al Espíritu Santo; es el Pedagogo.
  • Eclesiología: trata de la unidad y universalidad de la Iglesia, que es depositaria de las Escrituras, que están divinamente inspiradas.
  • Moral y sacramentos: no hay que abandonar el mundo sino usarlo rectamente; la moral consiste en vivir según la naturaleza; expone la doctrina sobre los sacramentos; concibe el matrimonio como algo santo; resalta la excelencia del celibato.

Bibliografía: Quasten I, 351-411.

 

 

 

b) Orígenes: importancia e influjo como exégeta, teólogo y místico 

 

Nos centraremos en la figura principal de la Escuela. Es el escritor eclesiástico que más influyó hasta San Agustín. Es el fundador de la ciencia escriturística y de la teológica espiritual.

Tenemos muchas fuentes con datos de su vida (Eusebio de Cesarea —que escribió mucho sobre él—, Gregorio el Taumaturgo, San Jerónimo, etc.).

Vida

Hijo mayor de una familia cristiana numerosa, nace en 185. Su padre, Leónidas, murió mártir en el año 202.

A los 18 años de edad, confiscados sus bienes por el Estado, se dedica a la enseñanza para sostener económicamente a su familia. Demetrio, obispo de Alejandría, le pone al frente de la Escuela catequética que preparaba a los catecúmenos para el bautismo. Desde el año 203 hasta el 231 gobierna la Escuela con gran prestigio. Era un hombre de gran coherencia. Eusebio le llama "Adamantius" (hombre de acero) por su fortaleza y vida mortificada. Practicaba un ayuno riguroso, dormía en el duro suelo, vivía una pobreza extrema. Tomaba a la letra, cayendo a veces en el exceso, algunos consejos del Evangelios (p. ej. Mt 19,12; no llevar dos túnicas y dos sandalias).

—El método de enseñanza era el siguiente:

  • cursos preparatorios (geometría, astronomía, lógica, dialéctica); pronto dejo estos cursos a sus discípulo Heraclas, dedicándose él a impartir sólo los cursos de perfeccionamiento;
  • cursos de perfeccionamiento: filosofía, ética, teología e interpretación de la Sagrada Escritura.

Compaginaba la enseñanza con la asistencia a los cursos que impartía Ammonio Saccas, fundador del neoplatonismo. Sabía matemáticas, astronomía y música.

—Durante la época alejandrina (203-231), Orígenes realizó varios viajes, gozando de gran prestigio:

  • a Roma en el año 212 para ir a visitar a la cabeza de la Iglesia (conoce a Hipólito a quien oyó la homilía "sobre la alabanza de Nuestro Señor y Salvador");
  • a Arabia en el 215 para instruir al gobernador romano de esa provincia;
  • a Antioquía en esa misma época mandado llamar por la madre del emperador Alejandro Severo (Julia Mamea).
  • a Palestina, un viaje en 216 —época en que Caracalla saquea Alejandría— (en el que predica sin ser sacerdote con el descontento consiguiente de su obispo) y otro en 230 en el que sus grandes amigos Alejandro de Jerusalén y Teocisto de Cesarea de Palestina le ordenan sacerdote para poder predicar, lo cual motivó que Demetrio lo excomulgara, por no haber sido consultado y con el agravante de que en su juventud se había castrado siguiendo a la letra Mt 19,12. La condena fue confirmada por Roma, pero en oriente no se la tuvo en cuenta.

En 231 tiene que trasladarse definitivamente a Palestina (Cesarea) con el beneplácito de los obispos de esa región. En 232 muere Demetrio al que sucede Heraclas, que estaba enemistado con Orígenes.

En Cesarea continúa enseñando con el mismo método de Alejandría. Hace un viaje a Arabia en 244. Durante la persecución de Decio (249-251) y sufre tormentos. Diógenes, discípulo de Orígenes, era por entonces el obispo de Alejandría y lo rehabilita con su Iglesia madre. Muere a causa de los tormentos en Tiro (253), sin que se sepa el motivo de su estancia en esa ciudad.

Pensamiento

Estudia la filosofía como cristiano. Está muy influido por el neoplatonismo; por esta razón en 543 se condenaron 15 proposiciones suyas.

Aunque considera la filosofía como sierva de la Sagrada Escritura, la influencia de Platón en toda su obra es notable. A consecuencia de ello cae en algunos errores: p. ej. la preexistencia de las almas. Por otra parte, su interpretación alegórica de la Sagrada Escritura le hace correr el peligro del subjetivismo en muchas ocasiones.

Esto dio lugar a que se suscitaran posteriormente las famosas "controversias origenistas" en los años 300 (a favor: Eusebio y Pánfilo de Cesarea; en contra: Metodio de Filipos y Pedro de Alejandría), 400 (en contra: Epifanio de Salamina, Teófilo de Alejandría y el Papa Atanasio) y 543 (en contra: Justiniano, el Concilio de Constantinopla, el Papa Vigilio).

El Concilio de Constantinopla (543), por instigación de Justiniano I, condena varias proposiciones de Orígenes, ratificadas por la firma del papa. Sin embargo no se le puede considerar hereje pues todo lo que dijo lo hiszo como una opinión. En este sentoido hay que tener en cuenta que sus sermones siempre eran sencillos y claros, no así sos escritos especulativos que, en ocasiones, eran audaces.

—Exégesis: parte de que la SE es palabra de Dios y funda toda la teología católica.

Para comprender su obra exegética, conviene tener presente la distinción que existe entre los sentidos de la Escritura:

  • sentido somático o literal-histórico: puede ser propio o impropio (o metafórico). Se basa en las circunstancias históricas, costumbres, etc.
  • sentido psíquico o moral y sentido espiritual, místico o alegórico. Se basa en la "figuras" o "tipos", y surge como fruto del estudio, oración personal y unión con Dios del exégeta, al relacionar pasajes de la Escritura entre sí.

Los principios en los que se basa la exégesis de Orígenes son los siguientes:

  • la Biblia es la Palabra de Dios viva;
  • el Nuevo Testamento ilumina al Antiguo Testamento y el Antiguo Testamento descubre más luz en el Nuevo Testamento;
  • el uso de la alegoría: relación entre el Nuevo Testamento y el Antiguo Testramento;
  • todos los pasajes tienen sentido alegórico, no todos sentido literal;
  • afirma la inspiración verbal de la Escritura.

Su exégesis, con interpretaciones a veces demasiado forzadas de la Sagrada Escritura, es el punto de partida de las exageraciones propias del alegorismo medieval.

Práctica en la exposición de la Sagrada Escritura un misticismo que recuerda el de Bernardo de Claraval o el de Teresa de Jesús.

—Trinidad: fundamenta su sistema en la noción de Dios como Uno, Inmutable, Eterno...: son "dos Dioses y un único Poder": dos Personas y una Naturaleza; emplea el término homoousios; tiene expresiones de sabor subordinacionista (que no los son realmente).

—Cristología: theanthropos (Dios-hombre); explica la communicatio idiomatum; María es Madre de Dios (conclusión de esta doctrina).

—Origen y fin de la creación: influencia neoplatónica; los tres errores principales de Orígenes: el origen del mundo y de las almas ab aeterno, el fin del mundo y el fin de las almas (apocatástasis, sucesión de mundos, almas encerradas en el cuerpo en castigo).

—Sacramentos: enseñanza muy completa y precisa; el pecado original hace necesario el bautismo; el bautismo de los niños es de tradición apostólica; respecto a la penitencia: todo pecado es remisible.

—Mística: influye en los monasterios; imitación de Cristo, primero conociéndose a sí mismo y luchando contra el pecado; renunca de sí mismo (martirio).

Escritos

Escribió entre dos mil y seis mil tratados. Los títulos conocidos son unos 800. Tenía siete o más estenógrafos, varios copistas, varios calígrafos, etc. a su disposición.

Parta llevar a cabo toda esta obra contó con la ayuda económica de Ambrosio, un cristiano acaudalado.

Tiene los siguientes tipos de escritos:

  • Crítica textual: las Exaplas
  • Obras exegéticas
  • Obras apologéticas (Contra Celso)
  • Obras dogmáticas (Peri-Archon o "De Principiis")
  • Escritos prácticos (De Orationes, Exhortación al martirio)
  • Cartas

Crítica textual

Las Exaplas constituyen una obra monumental de crítica textual en la que se contiene, dispuesto en seis columnas, el texto del Antiguo Testamento:

  • 1ª col.: texto hebreo con caracteres hebreos
  • 2ª col.: texto hebreo con caracteres griegos (para la pronunciación)
  • 3ª col.: versión griega de Aquila (judío de la época de Adriano)
  • 4ª col.: versión griega de Símaco (judío de la época de Septimio Severo)
  • 5ª col.: versión griega de los LXX
  • 6ª col.: versión griega de Teodoción (que vivió en Alejandría en el a. 180)

En la versión de los LXX añade algunos signos para señalar lo que se ha añadido (*) o los lugares donde hay lagunas ( ).

San Jerónimo pudo consultar esta obra monumental en un ejemplar conservado en Cesarea. Actualmente quedan sólo algunos fragmentos:

 

 

versión siriaca de la 5ª col., del siglo VI

  • palimsesto de las col. 1ª, 2ª, 3ª, 4ª y 6ª de los Salmos
  • citas en manuscritos griegos y obras de otros Padres

Obras exegéticas

Son de tres tipos:

  • Escolios (excerpta): explicaciones breves de pasajes difíciles (no han llegado completos).
  • Homilías (tractatus): explicaciones de algún pasaje hechas en reuniones litúrgicas para edificación del pueblo, con una fuerte carga de espiritualidad y misticismo (han llegado 20 fragmentos en griego, 200 en versiones latinas y 388 en otras versiones).
  • Comentarios (Volumina): exégesis científica, con interpretación mística más que literal (quedan fragmentos de comentarios a Mateo, Juan, Romanos, Cantar de los Cantares, etc.).

De principiis

Es el más importante de sus escritos. Fecha de composición: 20 a 230. Es el primer tratado especulativo sistemático del dogma.

Está dividido en cuatro partes:

  • Dios y los ángeles,
  • El mundo y el hombre,
  • La redención, el fin del mundo y la libertad,
  • La interpretación de las SE.

Tiene algunos errores que dieron luego lugar a las controversias origenistas. Sin embargo tuvo mucha influencia en la teología posterior.

Contra Celsum

Es una apología escrita hacia el año 246, crítica del "Discurso verdadero" de Celso" (año 178).

De oratione

Escrita entre el 233 y 234. Dividida en dos partes:

  • Estudio general,
  • Comentario del Padre nuestro.

Es una joya llena de piedad y, a la vez, un tratado científico.

Exhortación al martirio

Escrita en el 235.

Cartas

Escribió muchísimas. Sólo se conservan dos:

  • a Gregorio el Taumaturgo,
  • a Julio el Africano, en la que defiende la canonicidad de algunos libros del AT.

Bibliografía: Quasten I, 351-411; BP-1, 7-29.

 

 

 

c) Orígenes, el origenismo y las controversias origenistas: visión general

 

Como hemos visto, Orígenes nace en Alejandría a fines del s. II. Fue discípulo de S. Clemente. Escribió comentarios a la Sagrada Escritura y el De principiis (apología, y amplia exposición teológica de algunos aspectos de la fe). Fue un piadoso asceta, influido por Filón. Admitió la preexistencia de las almas y la caída en pecado de estas antes de la creación. Defendió la "apocatástasis" (vuelta de los espíritus a su primitivo modo de existir). Además, afirmó que el Logos es menor que el Padre, y el Espíritu Santo menor que el Hijo.

Después de su muerte, algunos aspectos de su teología suscitaron una viva polémica. Además, se dio la circunstancia de que los arrianos se apoyaron en él para sostener su doctrina.

Obispos que repudiaron la teología de Orígenes:

  • S. Epifanio de Constanza o de Salamina, en Chipre (escribió su Armario farmaceutico y el Anchoratus); Epifanio conquistó a su causa a San Jerónimo que, al principio, era un gran admirador de Orígenes; a favor de Orígenes estaba Rufino de Aquilea
  • Teófilo de Alejandría, que persiguió a los monjes de Nitria (Egipto) que seguían a Orígenes. En el año 400 convoca un sínodo que condena el origenismo.

Por otra parte, a principios del siglo V, San Juan Crisóstomo protegió a 50 de los 300 monjes origenistas que huyeron de la persecución que se había desatado en su contra. Son dignos de notar los cuatro "grandes hermanos" famosos por su piedad y fortaleza física. En el Sínodo de la encina (Synodus ad quercum), el 403, Teófilo (acompañado por su sobrino S. Cirilo) con 29 obispos egipcios, apoyados por Eudoxia, deponen al Crisóstomo y lo destierran a Bitinia. El pueblo lo reclama, pero fue nuevamente desterrado, y el camino muere (14-IX-407).

A principios del s. VI, los monjes de Palestina (con S. Sabas) se oponen a Orígenes. Entonces, Efren de Antioquía condena el origenismo. Pedro de Jerusalén (542) levanta una querella ante Justiniano contra los origenistas. Justiniano también se opone a los origenistas., y en un edicto de 552 condena 9 proposiciones del De Principiis y se pone entre los libros de los herejes. Esta condena se confirma en el V Concilio Ecuménico, tenido en Constantinopla (año 553)Todos se adhieren condenando a Orígenes del modo más severo; hasta Vigilio.

—Bibliografía: Mondin, I, 227-230.

 

d) Seguidores y adversarios de Orígenes, en el siglo III: breves noticias sobre San Dionisio de Alejandría, San Gregorio Taumaturgo y San Metodio de Olimpo

 

—San Dionisio de Alejandría

 Fue discípulo de Orígenes en la Escuela de Alejandría. Más tarde (c. 248) llegó a ser obispo de esa ciudad. En la persecución de Decio (249-250) se refugió, como San Cipriano. En 251 sostiene a Cornelio (obispo de Roma) contra su adversario Novaciano en la cuestión de la readmisión de los lapsi. Luego se adhiere a la postura de Cipriano, en contra de Esteban (254-257) y Sixto II (257-258), en el asunto de si había que volver a bautizar. Escribe a los obispos de la Pentápolis libia contra el obispo Tolemaidas, al que tacha de sabeliano. Dionisio de Roma (259-268) le envía una carta reprochando su postura, y Dionisio de Alejandría le envía su Refutación y apología en cuatro libros (citado por Atanasio en su De sententia Dyonisii). No puede acudir al juicio contra Pablo de Samosata, en Antioquía (a. 265), por motivos de salud y edad. Fallece poco después. Escribe un Canon pascual y varias obras perdidas entre las que se encuentra la titulada Sobre las promesas en la que niega la autoría de San Juan en el Apocalipsis,

—Bibliografía: P. Nautin, en A. di Bernardino I, 609-610.

 

—San Gregorio Taumaturgo

Nació en el Ponto de una familia pagana acomodada. Fue discípulo de Orígenes durante su estancia de cinco años en Cesarea de Palestina. Más tarde fue consagrado obispo de Neocesarea del Ponto hacia el año 240. Participó en el Concilio de Antioquía contra Pablo de Samosata (a. 264). Los padres capadocios lo consideraron como el padre de la Iglesia de Capadocia y le dirigen numerosos elogios. Escribió su Discurso de acción de gracias a Orígenes, en el cual explica con detalle el método de enseñanza de la escuela misionera de Orígenes en Palestina.

—Bibliografía: H. Crouzel, en A. di Bernardino I, 998-999.

 

—San Metodio de Olimpo

Fue obispo de Olimpo, en Licia, y murió mártir en Eubea (a. 311).Se formó en la tradición exegética de Orígenes, como muestran sus escritos, pero no aceptó la teoría de la sucesión indefinida de los mundos, la preexistencia de las almas y su interpretación de la resurrección de la carne. Aceptó en cambio, la tipología, la ascética y la mística, interpretando la historia sagrada como una revelación progresiva. Este mensaje lo expuso en sus obras exegéticas conservadas sólo en pocos fragmentos (por ejemplo, Sobre el Levítico y Proverbios). En los escritos conservados encontramos una antropología totalizante: la resurrección del justo será a imagen de Cristo resuceitado, con un cuerpo glorioso idéntico al cuerpo mortal; la libertad fue dada al hombre para pudiera merecer con sus acciones (Sobre la Resurrección, Sobre el libre albedría, Sobre la vida y la conducta razonable). La única obra que conocemos en el original griego es el Siomposio o Sobre la virginidad.

—Bibliografía: C. Riggi, en A. di Bernardino II, 1436.


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3. Aspectos de la Teología de Clemente.

La obra de Clemente marca una época, y no es una alabanza exagerada decir de él que es el fundador de la teología especulativa. Si lo comparamos con su contemporáneo Ireneo de Lión, representa ciertamente un tipo totalmente distinto de doctor eclesiástico. Ireneo era el hombre de la tradición, que derivó su doctrina de la predicación apostólica y veía en la cultura y en la filosofía de su tiempo un peligro para la fe. Clemente fue el valiente y afortunado iniciador de una escuela que se proponía proteger y profundizar la fe mediante el uso de la filosofía. Se dio cuenta, es verdad, lo mismo que Ireneo, del gran peligro de helenización que corría el cristianismo, y luchó, como él, contra la falsa gnosis herética. Pero lo que distingue a Clemente es que no se detuvo en esta actitud meramente negativa, sino que a la falsa gnosis opuso ana gnosis verdadera cristiana, que ponía al servicio de la fe el tesoro de verdad contenido en los diversos sistemas filosóficos. Mientras los partidarios de la gnosis herética enseñaban que no es posible compaginar la fe y la gnosis, porque son contradictorias entre sí, Clemente trata de probar que son afines y que es la armonía de la fe (Pistis) y del conocimiento (Gnosis) la que hace al perfecto cristiano y al verdadero gnóstico. La fe es el principio y el fundamento de la filosofía. Esta es de grandísima importancia para todo cristiano que quiera conocer a fondo el contenido de su fe por medio de la razón. La filosofía prueba asimismo que los ataques de los enemigos contra la religión cristiana están desprovistos de fundamento:

La filosofía griega, al juntarse (a la enseñanza del Salvador), no hace más fuerte la verdad; pero, porque quita fuerza a las asechanzas de la sofística e impide toda emboscada insidiosa contra la verdad, se le llama, y con razón, "empalizada" y muro "de la viña" (Strom. 1,20,100).

Clemente explica atinadamente las relaciones entre fe y conocimiento. Es verdad que a veces va demasiado lejos y atribuye a la filosofía griega una función casi sobrenatural en la obra de la justificación; sin embargo, considera la fe como algo fundamentalmente más importante que el conocimiento: "La fe es algo superior al conocimiento y es su criterio" (Strom. 2,4,15).


1. La doctrina del Logos.

Clemente quiso fundar un sistema teológico cuya base y principio fuera la idea del Logos. Esta idea domina todo su pensamiento y su manera de razonar. Se sitúa, pues, en el mismo terreno que Justino el filósofo, pero va mucho más lejos que él. La idea que Clemente tiene del Logos es más concreta y más fecunda. Es, para él, el principio supremo para la explicación religiosa del mundo. El Logos es el creador del universo. Es el que reveló a Dios en la Ley del Antiguo Testamento, en la filosofía de los griegos y, finalmente, en la plenitud de los tiempos, en su propia encarnación. Con el Padre y el Espíritu Santo forma la Trinidad divina. No podemos conocer a Dios más que a través del Logos, pues el Padre es inefable:

Así como es difícil descubrir el primer principio de todas las cosas, es también extremadamente difícil demostrar el principio absolutamente primero y el más antiguo, que es causa de que todas las demás cosas hayan nacido y subsistan. Porque, ¿cómo puede expresarse lo que no es ni género, ni diferencia, ni especie, ni individuo, ni número: más aún, que no es ni accidente ni puede ser sujeto del mismo? No se puede decir correctamente que sea el todo; porque el todo se encuentra en la categoría de la grandeza y es el Padre del universo. Pero tampoco se puede decir que tenga partes, pues el Uno es indivisible, y por eso mismo es infinito. No se le concibe como algo que no puede ser recorrido enteramente, sino como algo que carece de dimensiones y de límites; consiguientemente, no tiene forma ni nombre. Cuando, impropiamente, le llamamos Uno, Bien, Mente, Ser, Padre, Dios, Creador, Señor, no lo hacemos como dándole su nombre, sino que por impotencia empleamos todos estos hermosos nombres, a fin de que nuestra mente pueda tenerlos como puntos de referencia para no errar en otros respectos. Porque ninguno de ellos por sí solo revela a Dios, pero todos juntos concurren a indicar el poder del Omnipotente. En efecto, las cosas que se dicen, se dicen de las propiedades y relaciones; ahora bien, nada de esto se puede concebir en Dios. Ni tampoco puede ser aprehendido por una ciencia deductiva, porque ésta parte de principios y de nociones mejor conocidas; ahora bien, no hay nada que sea anterior al Ingénito. Queda, pues, que solamente por la gracia divina y por el Verbo que procede de El podemos conocer al Desconocido (Strom. 5,12,81,4-82,4).

El Logos, siendo razón divina, es, por esencia, el maestro del mundo y el legislador de la humanidad. Clemente le reconoce, además, como a salvador de la raza humana y fundador de una nueva vida que empieza con la fe, avanza hacia la ciencia y la contemplación y, a través del amor y de la caridad, conduce a la inmortalidad y a la deificación. Cristo, por ser el Verbo encarnado, es Dios y ser humano, y por medio de El hemos sido elevados a la vida divina. Así, habla de Cristo como del sol de justicia:

"¡Salve, luz!" Desde el cielo brilló una luz sobre nosotros, que estábamos sumidos en la obscuridad y encerrados en la sombra de la muerte; luz más pura que el sol, más dulce que la vida de aquí abajo. Esa luz es la vida eterna, y todo lo que de ella participa, vive, mientras que la noche teme a la luz y, ocultándose de miedo, deja el puesto al día del Señor. El Universo se ha convertido en luz indefectible y el occidente se ha transformado en oriente. Esto es lo que quiere decir "la nueva creación": porque "el sol de justicia," que atraviesa en su carroza el Universo entero, recorre asimismo la humanidad, imitando a su Padre, "que hace salir el sol sobre todos los hombres" (Mt. 5,45) y derrama el rocío de la verdad. El fue quien cambió el occidente en oriente; quien crucificó la muerte a la vida; quien arrancó al hombre de su perdición y lo levantó al cielo, transplantando la corrupción en incorruptibilidad y transformando la tierra en cielo, como agricultor divino que es, que "muestra los presagios favorables, excita a los pueblos al trabajo" del bien, "recuerda las subsistencias" de verdad, nos da la herencia paterna verdaderamente grande, divina e imperecedera; diviniza al hombre con una enseñanza celeste, "da leyes a su inteligencia y las graba en su corazón" (Protrept. 11,88,114).

De esta manera, la idea del Logos es el centro del sistema teológico de Clemente y de todo su pensar religioso. Sin embargo, el principio supremo del pensamiento cristiano no es la idea del Logos, sino la de Dios. Esta es la razón por la cual Clemente fracasó en su intento de crear una teología científica.


2. Eclesiología.

Clemente está firmemente convencido de que hay solamente una Iglesia universal, así como no hay más que un solo Dios Padre, un solo Verbo divino y un único Espíritu Santo. A esta Iglesia la llama la virgen madre, que alimenta a sus hijos con la leche del Verbo divino:

¡Oh misterio maravilloso! Uno es el Padre de todos, uno es también el Logos de todos, y el Espíritu Santo es uno e idéntico en todas partes, y hay una sola Virgen Madre; me complace llamarla Iglesia. Únicamente esta madre no tuvo leche, porque sólo ella no llegó a ser mujer; pero es al mismo tiempo virgen y madre, pura como una virgen y amante como una madre; y llamando a sus hijos, los alimenta con leche de santidad, que es el Logos para sus hijos (Paed. 1,6,42,1).

En otro lugar observa: "La Madre atrae hacia ella a sus hijos y nosotros buscamos a nuestra Madre, la Iglesia" (Paed. 1,5,21,1). En el último capítulo del Pedagogo, Clemente llama a la Iglesia Esposa y Madre del Preceptor. Ella es la escuela donde enseña su esposo, Jesús (ibid. 3,12,98,1). Y luego prosigue:

¡Oh alumnos de su bienaventurada pedagogía! Llenemos (con nuestra presencia) la bella figura de la Iglesia, y corramos, como niños, a nuestra buena Madre. Y haciéndonos oyentes del Verbo, ensalcemos la dichosa dispensación por la cual el hombre es educado y santificado como hijo de Dios, y mientras se educa en la tierra, es ciudadano del cielo, donde recibe a su Padre, al que aprende a conocer en la tierra (Paed. 3,12,99,1).

Esta Iglesia se distingue de las sectas heréticas por su unidad y por su antigüedad:

Siendo así las cosas, es evidente que la Iglesia, de venerable antigüedad y en posesión de la verdad perfecta, está demostrando que estas herejías, que han venido después de ella y las que se han ido sucediendo en el tiempo, son innovaciones y llevan el sello de la herejía.

Creo que de lo dicho se colige que la verdadera Iglesia, la que es antigua de verdad, es una, y que en sus filas están inscritos los que son justos según el plan de Dios. Pues por la misma razón que Dios es uno, y uno el Señor, lo que es en sumo grado digno de honor, es alabado por su simplicidad, por ser una imagen del único principio. La Iglesia, pues, que es una, participa de la naturaleza del Único; se le hace violencia para dividirla en muchas sectas.

Por consiguiente, declaramos que, según la substancia, según la idea, según el principio y según la excelencia, la Iglesia antigua y católica es la única en la unidad de la única fe conforme a los Testamentos particulares, o mejor aún, conforme al único Testamento, a pesar de la diferencia de los tiempos, que reúne, por voluntad del único Dios y por medio del único Señor, a todos los que han sido elegidos ya y a quienes ha predestinado Dios, sabiendo antes de la creación del mundo que habían de ser justos. Por lo demás, la dignidad de la Iglesia, como principio de cohesión, está en la unidad: sobrepuja a todo lo demás y nada hay que se le parezca ni iguale (Strom. 7,17,107).

Clemente no ignora que el mayor obstáculo para la conversión de los paganos y judíos a la religión cristiana es la división de la cristiandad en sectas heréticas:

La primera objeción que nos ponen es que ellos no están obligados a creer por razón de la discordia que reina entre las distintas sectas. La verdad queda, en efecto, desfigurada, cuando unos enseñan unos dogmas, y otros enseñan otros diferentes.

A éstos les respondemos: También entre vosotros, judíos, y entre los filósofos griegos más célebres surgieron numerosas herejías. No por eso deduciréis que se debe renunciar a la filosofía o a hacerse discípulo de los judíos, a causa de las disensiones que existen entre vuestras sectas. Además, ¿no había profetizado el Señor que habría quien sembrara herejías en medio de la verdad, como cizaña en medio del trigo? Ahora bien, es imposible que la profecía no se cumpla. La razón de esto está en que a todo lo que es hermoso le persigue siempre su caricatura. Y si alguien viola sus promesas y se aparta de la confesión que ha hecho en nuestra presencia, ¿hemos de abandonar nosotros por eso la verdad, porque él renegó de lo que profesó? Y así como una persona de bien no debe faltar a la verdad ni dejar de ratificar lo que prometió, aun cuando otros violen sus compromisos, así también nosotros estamos obligados a no conculcar en manera alguna la regla de la Iglesia; permanecemos particularmente fieles a la confesión de los artículos esenciales de la fe, mientras que los herejes la desprecian (Strom. 7,15,89).

Las últimas frases de este pasaje indican que Clemente tenía conocimiento de un símbolo que recogía los principales artículos de la fe.

Clemente cree firmemente en la inspiración divina de las Escrituras: "El que con juicio firme cree en las divinas Escrituras, recibe en la voz de Dios, que las otorgó, una demostración inexpugnable; la fe, pues, no es algo que toma su fuerza de una demostración." Pero previene contra el mal uso que los herejes hacen de la Escritura:

Aun cuando los herejes tengan la audacia de emplear las escrituras proféticas, no las admiten todas, ni cada una de ellas en su integridad, ni en el sentido que exigen el cuerpo y el contexto de la profecía. Eligen los pasajes ambiguos, para introducir en ellos sus propias opiniones; entresacan palabras aisladas y no se detienen en su significación propia, sino en el sonido que producen. En casi todos los pasajes que alegan se podría mostrar que se aferran a las palabras escuetas cambiando su significado; o bien ignoran el sentido o bien interpretan torcidamente a su favor las autoridades que citan. Pero la verdad no se encuentra alterando el sentido de las palabras (de este modo se derrumba toda doctrina verdadera); se descubre buscando lo que conviene y cuadra perfectamente al Señor y Dios omnipotente y confirmando lo que se demuestra por las Escrituras por otras Escrituras que contienen la misma enseñanza. Los herejes no quieren volver a la verdad, porque se avergüenzan de renunciar a los privilegios del egoísmo, y, haciendo violencia a las Escrituras, son incapaces de ordenar sus propias opiniones (Strom. 7,16,96).

La jerarquía de la Iglesia comprende tres grades: episcopado, presbiterado y diaconado; según Clemente, es una imitación de la jerarquía angélica:

Creo yo que los grados de la Iglesia de aquí abajo, los grados de obispos, presbíteros y diáconos, son imitaciones de la gloria angélica y de aquella economía que, según dicen las Escrituras, aguarda a los que, siguiendo las huellas de los Apóstoles, vivieron en la perfección de la justicia según el Evangelio (Strom. 6,13,107).

Este ensayo de una descripción específica del orden jerárquico de los ángeles supone una innovación en el desarrollo de la teología. También propone en términos claros una teoría del conocimiento de los ángeles, preparando así el camino para las opiniones de San Agustín. Del hecho de que llevan a Dios nuestras oraciones, Clemente concluye que los ángeles conocen los pensamientos de las personas. También enseña que no tienen sentidos, que conocen instantáneamente, con la rapidez del pensamiento, sin que intervengan los sentidos como intermediarios. Por consiguiente, su idea de la espiritualidad e incorporeidad de los ángeles es elevada, mucho más que la de San Justino.


3. El bautismo.

Aun cuando el centro de su sistema teológico sea la doctrina del Logos, Clemente no deja de prestar atención al mysterion, al sacramento. De hecho, Logos y mysterion son los dos polos alrededor de los cuales giran su cristología y su eclesiología.

Considera el bautismo como un renacimiento y una regeneración:

El desea, pues, que nos convirtamos y seamos como niños, reconociéndole como nuestro verdadero Padre, habiendo sido regenerados por el agua; esta generación , la de la creación son distintas (Strom. 3,12,87).

Escuchad al Salvador: "A quien el mundo engendró enhoramala para la muerte, yo te regeneré. Te di libertad, te curé, te redimí. Te daré la vida que no tiene fin, eterna, sobrenatural. Te enseñaré la faz de Dios, el buen padre. No llames a nadie padre en la tierra... Por ti luché con la muerte y pagué el precio de la muerte, que tú debías por tus pecados pasados y por tu infidelidad para con Dios (Quis div. salv. 23,1).

Es casi imposible dar una explicación mejor de la adopción como hijos de Dios que se opera en el sacramento de la regeneración. Clemente emplea también los términos sello (σφραγίς), iluminación, perfección y misterio para designar el bautismo. En su Pedagogo (1,6,26) describe así los efectos de este sacramento:

En el bautismo somos iluminados; al ser iluminados, venimos a ser hijos; por ser hijos, nos hacemos perfectos; siendo perfectos, nos hacemos inmortales. "Yo dije: Sois dioses, sois hijos del Altísimo" (Ps. 81,6). Esta obra recibe distintos nombres: gracia, iluminación, perfección y lavacro: lavacro que nos purifica de nuestros pecados; gracia que nos perdona los castigos debidos a nuestras transgresiones; e iluminación que nos permite contemplar aquella santa luz de salvación, es decir, nos permite ver a Dios claramente; llamamos perfecto al que no le falta nada. Pues ¿qué le falta al que conoce a Dios? Sería, en verdad, absurdo llamar don de Dios a una cosa que no es completa.


4. La Eucaristía

Hay un pasaje en los Strom. (7,3) que parece dar a entender que Clemente no creía en sacrificios:

Nosotros, con razón, no ofrecemos sacrificios a Dios: El no necesita de nada, siendo el que da a los humanos todas las cosas. Mas glorificamos, al que se dio a sí mismo en sacrificio por nosotros. Nos sacrificamos a nosotros mismos... Puesto que Dios se complace solamente en nuestra salvación.

Sería, con todo, equivocado deducir de estas palabras que Clemente no reconoce la Eucaristía como el sacrificio de la Nueva Alianza. En el pasaje citado está hablando de los ritos paganos, pues dice a continuación:

Por consiguiente, con razón, nosotros no ofrecemos sacrificios al que no está sometido a los placeres, toda vez que los vapores del humo se quedan muy bajos, muy por debajo de las nubes más espesas. La Divinidad no tiene necesidad de nada, ni se deleita en los placeres, ni en el lucro, ni en el dinero; posee todo en plenitud y suministra de todo a los que han recibido el ser y son indigentes. Y no se invoca a Dios ni con sacrificios u ofrendas, ni tampoco con gloria y honores. No se deja conmover por tales cosas. Se manifiesta solamente a los hombres de bien, que jamás hicieron traición a la justicia, ni bajo el miedo de las amenazas ni bajo la promesa de importantes regalos (Strom. 7,3,14-15).

Los sacrificios sangrientos de los paganos no correspondían al concepto cristiano de Dios; por consiguiente, los cristianos los consideraban indignos de El. En esto Clemente está de completo acuerdo con los Apologistas griegos, que repudiaban los sacrificios cruentos por esa misma razón. Conoce, sin embargo, el sacrificio de la Iglesia:

El sacrificio de la Iglesia es la palabra que exhalan como incienso las almas santas cuando al tiempo del sacrificio el alma entera se abre a Dios (Strom. 7,6,32).

De este pasaje podría deducirse que Clemente no reconoce el sacrificio eucarístico de la Iglesia, sino tan sólo una inmolación interior y moral del alma. Tal interpretación, sin embargo, sería injusta. En su polémica contra el concepto de paganos y judíos, quiere recalcar el carácter espiritual de la ofrenda y su diferencia esencial respecto de todos los demás sacrificios. Mas este carácter espiritual no excluye, ni mucho menos, la oblación simbólica de ciertos dones, como tiene lugar en la liturgia. Clemente conocía perfectamente esta ceremonia. En Strom. 1,19,96, dice que hay sectas heréticas que celebran con sólo pan y agua: "Al hablar aquí la Escritura de pan y agua, no se refiere a nadie más que a los herejes, que usan pan y agua en la oblación, contra lo que prescribe el canon de la Iglesia. Porque hay quien celebra la Eucaristía con sólo agua." La manera en que Clemente se expresa en este lugar supone que conocía una oblación (προσφορά) de realidades materiales. Habla de un canon de la Iglesia (κανόνα της εκκλησίας) y de una celebración de la Eucaristía. Condena el uso del agua como contrario a este canon de la Iglesia, que exige pan y vino; lo declara él mismo en Strom. 4,25: "Melquisedec, rey de Salem, sacerdote del Dios altísimo, que dio pan y vino, suministrando alimento consagrado como tipo de la Eucaristía." Reconoce, pues, que la Eucaristía es un sacrificio, pero la considera al mismo tiempo como alimento de los creyentes:

"Comed mi carne — dice El — y bebed mi sangre (Io. 6, 53). Estos son los alimentos apropiados que nos suministra el Señor: ofrece su carne y vierte su sangre, y nada falta para el crecimiento de los hijos, ¡ Oh misterio increíble! Nos manda despojarnos de nuestra vieja y carnal corrupción y renunciar al alimento viejo, recibiendo, en cambio, otro régimen, el de Cristo. Le recibimos a El mismo, en cuanto esto es posible, para introducirlo dentro de nosotros y así abrazar a nuestro Salvador, para que podamos de esta manera corregir las pasiones de nuestra carne. Pero tú no quieres entenderlo así, sino quizás de una manera más general. Escucha también esta otra manera de interpretar: la carne, para nosotros, representa de manera figurada al Espíritu Santo; porque la carne es obra suya. Por sangre tendremos el Verbo, porque, como sangre abundante, el Verbo ha sido vertido en la vida; y la unión de ambos es el Señor, el alimento de los niños — el Señor que es Espíritu y Verbo (Paed. 1,6,42,3-43,2).

En la primera parte de este pasaje, Clemente habla de la Eucaristía como alimento nuevo por el cual recibimos a Cristo y lo guardamos en nuestras almas. En la segunda ofrece una explicación alegórica para aquellos que son incapaces de entender la interpretación literal. Pero el pasaje más importante se encuentra en su Pedagogo (2,2,19,4-20,1):

La sangre del Señor es doble: una, carnal, por la cual fuimos redimidos de la corrupción; la otra, espiritual, con la que fuimos ungidos. Y beber la sangre de Jesús es hacerse partícipe de la incorruptibilidad del Señor. El Espíritu es la fuerza del Verbo, como la sangre lo es de la carne.

Por analogía, el vino se mezcla con agua, y el Espíritu, con el hombre. Y lo primero, la mezcla de vino y agua, alimenta para la fe; lo segundo, el Espíritu, conduce a la inmortalidad. Y la mezcla de ambos, de la bebida y del Verbo, se llama Eucaristía, don laudable y excelente, que santifica en cuerpo y alma a los que lo reciben con fe.

Clemente distingue aquí claramente entre la sangre humana y la sangre eucarística de Cristo. A esta última la llama una mezcla de la bebida y del Logos. La recepción de esta sangre eucarística produce el efecto de santificar el cuerpo y el alma del hombre.


5. Los pecados y la penitencia.

A juicio de Clemente, el pecado de Adán consistió en que rehusó ser educado por Dios; lo han heredado todos los seres humanos, no por generación, sino a causa del mal ejemplo del primer hombre (Adumbr. in Jud. 11; Strom. 3,16,100; Protrept. 2,3). Clemente está convencido de que solamente un acto personal puede manchar el alma. Esta manera de pensar se explica probablemente como una reacción contra los gnósticos, que sostenían que la causa del mal es la materia mala. En cuanto a los castigos de Dios, opina, siguiendo a Platón, que tienen solamente un carácter purgativo:

Dice Platón bellamente: "Todos los que sufren castigo salen, en realidad, beneficiados, porque se aprovechan del justo castigo para tener el alma más bella." Y si salen beneficiados los que son corregidos por un justo, aun según Platón, se reconoce que el justo es bueno. Por tanto, el mismo miedo es útil y demuestra ser un bien para los hombres (Paed. 1,8,67).

Sin embargo, en ninguna parte da a entender que aplique también al infierno esta interpretación.

Clemente coincide con Hermas (cf. p.101-3) en que debería haber solamente una penitencia en la vida de un cristiano, a saber, la que precede al bautismo; pero que Dios, en su misericordia por la flaqueza humana, ha concedido una segunda penitencia, que no se podrá obtener más que una vez:

El que ha recibido la remisión de sus pecados no debe pecar de nuevo. Porque, además de la primera y única penitencia de los pecados — de los pecados cometidos anteriormente durante la primera vida pagana, me refiero a la vida en estado de ignorancia —, se propone inmediatamente a los que han sido llamados una penitencia que purifica de sus manchas el lugar de sus almas para que se establezca allí la fe. El Señor, que conoce los corazones y el porvenir, previo desde lo alto, desde el principio, la inconstancia y fragilidad del hombre y las astucias del diablo; sabía cómo éste, envidioso de los hombres por haberles sido concedido el perdón de los pecados, pondría a los servidores de Dios ocasiones de pecar, procurando astutamente que participen de su caída. Dios, pues, en su gran misericordia, ha dado una segunda penitencia a los fieles que caen en pecado, a fin de que si alguno, después de su elección, fuere tentado por fuerza o por astucia, encuentre todavía cuna penitencia sin arrepentimiento." En efecto, si pecamos voluntariamente después de recibir el conocimiento de la verdad, va no queda sacrificio por los pecados, sino un temeroso juicio, y la cólera terrible que devora a los enemigos" (Hebr. 10, 26-27).

Los que multiplican penitencias sucesivas por sus pecados no difieren en nada de los que han creído, salvo en que tienen plena conciencia de sus pecados; y no sé qué es peor para ellos, si pecar a sabiendas o, después de haberse arrepentido de sus faltas, caer de nuevo (Strom. 2,13,56-57,4).

El uno pasa del paganismo y de esta vida primera a la fe y obtiene de una sola vez la remisión de los pecados. El otro, después de eso, peca, pero luego se arrepiente; aun cuando obtenga el perdón, debe estar lleno de vergüenza, porque ya no puede ser lavado en el bautismo para la remisión de los pecados. Es preciso no solamente abandonar los ídolos que se consideraban hasta entonces como dioses, sino renunciar también a las obras de la vida anterior, si es que está regenerado, "no de la sangre ni de la voluntad de la carne" (Io. 1,13), sino del espíritu; lo que sucederá si se arrepiente y no cae en la misma falta. Por el contrario, arrepentirse frecuentemente es prepararse a pecar y disponerse a la versatilidad por falta de ascesis. Pedir, pues, frecuentemente perdón por los pecados que cometemos a menudo, es tan sólo una apariencia de arrepentimiento, mas no verdadero arrepentimiento (Strom. 2,13,58-59).

Clemente distingue en estos pasajes entre pecados voluntarios e involuntarios. Opina que de los pecados cometidos después del bautismo solamente se perdonan los pecados involuntarios. Los que cometen pecados voluntarios después del bautismo deben temer el juicio de Dios. Una ruptura total con Dios después del bautismo no puede alcanzar perdón. Esto está en contradicción con la idea cristiana primitiva de la inviolabilidad del sello bautismal. Si el pecado cometido después del bautismo no constituye una ruptura total con Dios debido a cierta falta de libertad en la decisión, existe la posibilidad de un segundo arrepentimiento. De hecho, sin embargo, Clemente no excluye de este segundo arrepentimiento ningún pecado, por grande que sea. La historia que cuenta, al fin de su Quis dives salvetur, de San Juan y del joven que llegó a ser capitán de bandoleros, es una prueba suficiente de que todo pecado puedo ser perdonado si no hay un obstáculo en el alma del pecador. Clemente describe al joven como "el más fiero, el más sanguinario y el más cruel"; sin embargo, San Juan "lo restauró a la Iglesia, presentando en él un magnífico ejemplo de sincero arrepentimiento y una gran garantía de regeneración" (42,7,15). De aquí se desprende que Clemente no conoce pecados capitales que no puedan ser perdonados. Hasta el mismo pecado de apostasía le parece susceptible de perdón, pues ruega para que los herejes vuelvan al Dios omnipotente (Strom. 7,16,102,2). El pecado "voluntario" irremisible consiste en que el ser humano se aparta deliberadamente de Dios y rehúsa la reconciliación y la conversión.


6. El matrimonio y la virginidad.

Clemente defiende el matrimonio contra todos los intentos de los gnósticos de desacreditarlo y rechazarlo. No sólo recomienda el matrimonio por razones de orden moral, sino que llega hasta considerarlo un deber para el bienestar de la patria, para la sucesión familiar y para el perfeccionamiento del mundo:

Es absolutamente necesario casarse, tanto por el bien de nuestra patria como para la procreación de hijos y, en la medida que de nosotros depende, para la perfección del mundo. Los mismos poetas deploran el matrimonio incompleto y sin hijos; en cambio, proclaman bienaventurado al matrimonio fecundo.

El fin del matrimonio es la procreación de hijos; es un deber para todos los que aman a su patria. Clemente, empero, eleva el matrimonio a un nivel mucho más elevado; ve en él un acto de cooperación con el Creador: "El hombre se convierte en imagen de Dios en la medida en que coopera en la creación del hombre" (Paed. 2,10,83,2). La procreación de los hijos no es, sin embargo, el único fin del matrimonio. El amor mutuo, la ayuda y asistencia que se prestan el uno al otro, unen a los esposos con un lazo que es eterno:

La virtud del hombre y de la mujer es la misma. Porque si uno mismo es el Dios de ambos, también es uno su maestro; una misma Iglesia, una misma sabiduría, una misma modestia; su alimento es común; el matrimonio les impone un yugo igual; la respiración, la vista, el oído, el conocimiento, la esperanza, la obediencia, el amor, todas las cosas son iguales. Y los que tienen la vida común reciben gracias comunes y una común salvación. Tienen también en común la virtud y la educación (Paed. 1,4).

Pero la concepción más hermosa de Clemente sobre el matrimonio se encuentra en Strom. 3,10,68, donde dice: "¿Quiénes son los dos o tres, reunidos en nombre de Cristo, en medio de los cuales está el Señor? ¿No son quizá el hombre, la mujer y el niño, ya que el hombre y la mujer están unidos por Dios?" De esta manera Clemente coloca el matrimonio por encima de una mera unión sexual; es una unión espiritual y religiosa la que existe entre el marido y la mujer; por eso dice: "El estado de matrimonio es sagrado" (Strom. 3,12,84). Ni siquiera la muerte llega a disolver completamente esta unión; por esta razón Clemente se opone a las segundas nupcias (Strom. 3,12,82).

Viendo a Clemente defender de esta manera el matrimonio contra los gnósticos herejes, que lo rechazaban y predicaban la abstinencia total, surge esta cuestión: en qué concepto tuvo Clemente la virginidad. El mismo no se casó "por amor al Señor" (Strom. 3,7,59), y dice en un lugar: "Alabamos la virginidad y a aquellos a quienes se la ha concedido el Señor" (Strom. 3,1,4). Piensa que "el que permanece célibe por no separarse del servicio del Señor alcanzará una gloria celestial" (Strom. 3,12,82). Pero, cuando compara el matrimonio con la virginidad, considera al hombre casado superior al soltero. Sopesando cuidadosamente los méritos de cada uno, se siente obligado a hacer esta observación:

No da muestras de ser realmente el ser humano el que escoge vivir solo; mas está por encima de los hombres el que se ha ejercitado en vivir sin placer y sin pena en medio del matrimonio, la procreación de los hijos y el cuidado de la casa, y permanecer inseparable del amor de Dios, y vence todas las tentaciones que provienen de sus hijos, de su mujer, de sus domésticos y de sus bienes. Mas el que no tiene familia se ve libre, en gran parte, de las tentaciones. Y así, no teniendo que preocuparse más que de sí mismo, se ve aventajado por uno que, hallándose en situación inferior respecto a la salvación personal, es superior a él por su conducta (Strom. 7,12,70).

Esta opinión de Clemente no encuentra paralelo en ningún otro escritor. Pudo ser efecto de la fuerte lucha que sostuvo Clemente en favor del matrimonio contra los ataques de los gnósticos.


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Mártires - son ellos como un gran cuadro del Evangelio de las Bienaventuranzas, un hermoso abanico de la variedad de la única y universal vocación cristiana a la santidad (cf. Constitución dogmática Lumen gentium, cap. V). Proclamando la santidad de los mártires, la Iglesia da gloria a Dios.

La santidad no es solamente privilegio reservado para unos pocos. Los caminos de la santidad son múltiples y se recorren a través de los pequeños acontecimientos concretos de cada día, procurando en cada situación un acto de amor. Así lo han hecho los mártires. Aquí reside el secreto del cristianismo vivido en plenitud. El cristianismo realmente vital que todos los cristianos, de cualquier clase o condición, están llamados vivir. Todos estamos llamados a la santidad. Pues lo que Dios quiere, en definitiva, de nosotros es que seamos santos (cf. 1Tes 4, 3).

Debemos estar dispuestos a seguir las huellas de los mártires y a vivir, como ellos, la santidad plenamente con Él, por Él y en Él, Cristo Jesús.

 

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El mártir defiende perdonando - El Salmo 143 concluye con las palabras:”Dichoso el pueblo cuyo Dios es el Señor". Dios es el bien de los bienes, la condición de todos los demás bienes. Sólo un pueblo que conoce a Dios y defiende los valores espirituales y morales puede realmente ir hacia una paz profunda y convertirse también en una fuerza de paz para el mundo, para los demás pueblos. Y, por tanto, puede entonar con el salmista el "cántico nuevo", lleno de confianza y esperanza. Viene espontáneamente a la mente la referencia a la nueva alianza, a la novedad misma que es Cristo y su Evangelio.
Es lo que nos recuerda san Agustín. Leyendo este salmo, interpreta también las palabras: ”tocaré para ti el arpa de diez cuerdas". El arpa de diez cuerdas es para él la ley compendiada en los diez mandamientos. Pero debemos encontrar la clave correcta de estas diez cuerdas, de estos diez mandamientos. Y, como dice san Agustín, estas diez cuerdas, los diez mandamientos, sólo resuenan bien si vibran con la caridad del corazón. La caridad es la plenitud de la ley. Quien vive los mandamientos como dimensión de la única caridad, canta realmente el "cántico nuevo". La caridad que nos une a los sentimientos de Cristo es el verdadero "cántico nuevo" del "hombre nuevo", capaz de crear también un "mundo nuevo". Este salmo nos invita a cantar "con el arpa de diez cuerdas" con corazón nuevo, a cantar con los sentimientos de Cristo, a vivir los diez mandamientos en la dimensión del amor, contribuyendo así a la paz y a la armonía del mundo (cf. Esposizioni sui salmi, 143, 16:  Nuova Biblioteca Agostiniana, XXVIII, Roma 1977, p. 677).

 

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caen los días como las hojas del árbol, y en cada atardecer al cielo sube la plegaria cristiana

 

Martirio es bondad en Cristo - San Pedro Crisólogo (380 ca. 450 ca.) en el Segundo discurso sobre el ayuno:”"Son grandes las obras del Señor". Pero esta grandeza que vemos en la grandeza de la creación, este poder es superado por la grandeza de la misericordia. En efecto, el profeta dijo:”Son grandes las obras de Dios"; y en otro pasaje añade:”Su misericordia es superior a todas sus obras". La misericordia, hermanos, llena el cielo y llena la tierra. (...) Precisamente por eso, la grande, generosa y única misericordia de Cristo, que reservó cualquier juicio para el último día, asignó todo el tiempo del hombre a la tregua de la penitencia. (...) Precisamente por eso, confía plenamente en la misericordia el profeta que no confiaba en su propia justicia:  "Misericordia, Dios mío —dice— por tu bondad" (Sal 50, 3)" (42, 4-5:  Discursos 1-62 bis, Scrittori dell area santambrosiana, 1, Milán-Roma 1996, pp. 299. 301).
Así decimos también nosotros al Señor:  "Misericordia, Dios mío, por tu bondad".

 

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Es hora de responder de nuevo con Pedro: «Señor, en tu palabra, echaré la red».

 

La Iglesia responde hoy a esa invitación de no olvidar nunca a los testigos de la fe cristiana —los mártires, especialmente los del pasado siglo— proponiendo el ejemplo de personas como José Tapies Sirvant y sus seis compañeros, sacerdotes seculares, y de María de los Ángeles Ginard Martí, religiosa, colocándolos en el candelero, para que den luz a toda la casa (cf. Mt 5, 15).

El siglo XX ha sido definido el siglo del martirio (cf. Andrea Riccardi, Il secolo del martirio, ed. A. Mondadori, Milán 2000), como puede comprobarse por la historia. No obstante su barbarie y virulencia, la persecución violenta que se desencadenó en España*, orientada a destruir la Iglesia, fue sólo un episodio, ciertamente feroz, de aquella que el libro bíblico del Apocalipsis llama la gran tribulación (Ap 7, 14), sobre la cual Juan Pablo II escribió:  "Al finalizar el segundo milenio, la Iglesia vuelve a ser otra vez la Iglesia de los mártires" (Tertio millennio adveniente, 37). En verdad, la gran tribulación de la Iglesia en el siglo XX, que ha producido un número incalculable de víctimas —la mayor parte desaparecidos sin dejar rastro— nos ha legado también tantos nombres que la Iglesia, con solicitud materna, eleva a los altares.

Hemos de tener presente que no se trata sólo de mantener viva en la Iglesia la memoria de los mártires; se trata sobre todo de comprender y poner en su justa luz el sentido del martirio cristiano, que es, por encima de cualquier otra consideración, el signo más auténtico de que la Iglesia es la Iglesia de Jesucristo, es la Iglesia que él ha querido y fundado y en la cual él está presente.

Por desgracia, en el seno de la Iglesia, que está constituida por hombres, no faltan los pecadores, sobre todo cuando no se vive el precepto de la caridad, que es esencial y es el primero para un cristiano. De este modo se produce un antitestimonio de Jesucristo. La muchedumbre inmensa de los mártires testifica con su sangre la fidelidad de la Iglesia a Jesucristo, porque, aunque haya en ella pecadores, es a la vez una Iglesia de mártires, es decir, de cristianos auténticos, que han practicado su fe en Cristo y su caridad hacia los hermanos, incluidos los enemigos, hasta el sacrificio, no sólo de su vida, sino también con frecuencia de su honra, habiendo tenido que soportar humillaciones tremendas, entre otras la de ser tachados de traidores y farsantes.

El martirio cristiano proclama con claridad que Dios, la persona de Jesucristo, la fe en él y la fidelidad al Evangelio son los valores más altos de la vida humana, hasta el punto de que por ellos se debe sacrificar la vida misma.

Los mártires no dudaron en dar su vida por la fe en momentos de persecución sangrienta. ¿Qué mensaje transmiten a los cristianos de hoy, en nuestra existencia diaria? Nos recuerdan que hemos de vivir a fondo nuestra fe, no sólo en lo personal y privado, sino también en nuestra actuación responsable en la sociedad, en la que nos incumbe el deber de promover y tutelar eficazmente aquellos valores que están en la raíz misma de una convivencia basada en la justicia, como son la vida, la familia y el derecho irrenunciable de los padres a la educación de los hijos.

4. Cuando los mártires son personas pobres y humildes, que han gastado su vida en obras de caridad y sufren y mueren perdonando a sus verdugos, entonces estamos ante una realidad que supera el nivel humano y obliga a comprender que sólo Dios puede conceder la gracia y la fuerza del martirio. Así, el martirio cristiano es un signo, muy elocuente, de la presencia y de la acción de Dios en la historia humana.

San Agustín decía:  "Non vincit nisi veritas" (sólo la verdad triunfa). Por tanto, no el hombre sobre el hombre, ni tampoco los perseguidores sobre sus víctimas, a pesar de las apariencias. En el caso de los mártires cristianos, como los nuevos beatos de hoy, al final prevalece la verdad sobre el error, porque, como concluía el santo doctor de Hipona:  "Victoria veritatis est caritas", es decir, la victoria de la verdad es la caridad (Sermo 358, 11).

Amadísimos hermanos y hermanas, nuestro mundo contemporáneo necesita comprender, hoy más que nunca, la gran lección de estos testigos visibles del amor cristiano, porque sólo el amor es creíble.

Para "pobres cristianos" como somos, en el fondo, todos nosotros, los mártires son un estímulo a vivir seria e íntegramente el Evangelio, afrontando con valentía los pequeños y grandes sacrificios que exige normalmente la vida cristiana vivida con fidelidad a las palabras y a los ejemplos de Jesús. Los mártires son los imitadores más auténticos de Jesús en su pasión y en su muerte. Por eso la Iglesia ha visto siempre en ellos a los discípulos más auténticos de Jesús, ha honrado su memoria y en todos los tiempos los ha propuesto a los cristianos como modelos para imitar.

En el camino de la historia, con frecuencia oscuro para la Iglesia, los mártires son la gran luz que refleja mejor a Aquel hacia quien ella "continúa su peregrinación en medio de las persecuciones del mundo y de los consuelos de Dios" (Lumen gentium, 8), nuestro Señor Jesucristo.

Y Armenia, México, China, Argentina, Cuba, Vietnam, Rusia, Sudán, Arabia Saudita, Pakistán, Egipto, Nigeria, Mauritania, etc.

 

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Bronce, Roma-Egipto- 98 d.Cristo

 

De los tratados morales de san Gregorio Magno, Papa, sobre el libro de Job - (Libro 3, 39-40: PL 75, 619-620)

 

Ataques por fuera y temores por dentro

 

Los santos varones, al hallarse involucrados en el combate de las tribulaciones, teniendo que soportar al mismo tiempo a los que atacan y a los que intentan seducirlos, se defienden de los primeros con el escudo de su paciencia, atacan a los segundos arrojándoles los dardos de su doctrina, y se ejercitan en una y otra clase de lucha con admirable fortaleza de espíritu, en cuanto que por dentro oponen una sabia enseñanza a las doctrinas desviadas, y por fuera desdeñan sin temor las cosas adversas; a unos corrigen con su doctrina, a otros superan con su paciencia. Padeciendo, superan a los enemigos que se alzan contra ellos; compadeciendo, retornan al camino de la salvación a los débiles; a aquéllos les oponen resistencia, para que no arrastren a los demás; a éstos les ofrecen su solicitud, para que no pierdan del todo el camino de la rectitud.

Veamos cómo lucha contra unos y otros el soldado de la milicia de Dios. Dice san Pablo: Ataques por fuera y temores por dentro. Y enumera estas dificultades exteriores, diciendo: Con peligros de ríos, con peligros de bandoleros, peligros entre mi gente, peligros entre gentiles, peligros en la ciudad, peligros en despoblado, peligros en el mar, peligros con los falsos hermanos. Y añade cuáles son los dardos que asesta contra el adversario en semejante batalla: Muerto de cansancio, sin dormir muchas noches, con hambre y sed, a menudo en ayunas, con frío y sin ropa.

Pero, en medio de tan fuertes batallas, nos dice también cuánta es la vigilancia con que protege el campamento, ya que añade a continuación: Y, aparte todo lo demás, la carga de cada día, la preocupación por todas las Iglesias. Además dé la fuerte batalla que él ha de sostener, se dedica compasivamente a la defensa del prójimo. Después de explicamos los males que ha de sufrir, añade los bienes que comunica a los otros.

Pensemos lo gravoso que ha de ser tolerar las adversidades, por fuera, y proteger a los débiles, por dentro, todo ello al mismo tiempo. Por fuera sufre ataques, porque es azotado, atado con cadenas; por dentro sufre por el temor de que sus padecimientos sean un obstáculo no para él, sino para sus discípulos. Por esto, les escribe también: Nadie vacile a causa de estas tribulaciones. Ya sabéis que éste es nuestro destino. Él temía que sus propios padecimientos fueran ocasión de caída para los demás, que los discípulos, sabiendo que él había sido azotado por causa de la fe, se hicieran atrás en la profesión de su fe.

¡Oh inmenso y entrañable amor! Desdeñando lo que él padece, se preocupa de que los discípulos no padezcan en su interior desviación alguna. Menospreciando las heridas de su cuerpo, cura las heridas internas de los demás. Es éste un distintivo del hombre justo, que, aun en medio de sus dolores y tribulaciones, no deja de preocuparse por los demás; sufre con paciencia sus propias aflicciones, sin abandonar por ello la instrucción que prevé necesaria para los demás, obrando así como el médico magnánimo cuando está él mismo enfermo. Mientras sufre las desgarraduras de su propia herida, no deja de proveer a los otros el remedio saludable.

 

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"Obras todas del Señor, bendecid al Señor".

 

Alégrese la madre naturaleza
con el grito de la luna llena:
que no hay noche que no acabe en día,
ni invierno que no reviente en primavera,
ni muerte que no dé paso a la vida;
ni se pudre una semilla
sin resucitar en cosecha.

 

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“Cuando contemplo el cielo, obra de tus manos, 
la luna y las estrellas que has creado, 
¿qué es el hombre para que te acuerdes de él, 
el ser humano, para darle poder? 
Lo hiciste poco inferior a los ángeles, 
lo coronaste de gloria y dignidad”(Ps. 8).   

 

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Cuando la Iglesia celebra el Misterio de Cristo, hay una palabra que jalona su oración: ¡Hoy!, como eco de la oración que le enseñó su Señor (Mt 6,11) y de la llamada del Espíritu Santo (Hb 3,7-4,11; Sal 95,7). Este "hoy" del Dios vivo al que el hombre está llamado a entrar, es la "Hora" de la Pascua de Jesús que es eje de toda la historia humana y la guía:

La vida se ha extendido sobre todos los seres y todos están llenos de una amplia luz: el Oriente de los orientes invade el universo, y el que existía "antes del lucero de la mañana" y antes de todos los astros, inmortal e inmenso, el gran Cristo brilla sobre todos los seres más que el sol. Por eso, para nosotros que creemos en él, se instaura un día de luz, largo, eterno, que no se extingue: la Pascua mística (S. Hipólito, pasc. 1-2).

 

Cuando meditamos, oh Cristo, las maravillas que fueron realizadas en este día del domingo de tu santa Resurrección, decimos: Bendito es el día del domingo, porque en él tuvo comienzo la Creación...la salvación del mundo...la renovación del género humano...en él, el cielo y la tierra se regocijaron y el universo entero quedó lleno de luz. Bendito es el día del domingo, porque en él fueron abiertas las puertas del paraíso para que Adán y todos los desterrados entraran en él sin temor (Fanqîth, Oficio siriaco de Antioquía, vol 6, 1ª parte del verano, p.193b).

 

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«El cosmos creado ha sido confiado por Dios al ser humano» - En un libro sagrado, muy querido para millones de creyentes, se lee que, en el comienzo de los tiempos, Dios creó el universo en todos sus maravillosos aspectos: el cielo, la tierra, el mar y, al final, creó al hombre como rey de este cosmos, confiándolo a sus cuidados. Es la narración del Génesis.

La visión de la Iglesia católica, y de la Santa Sede en particular, sobre los problemas que se debaten aquí, se inspira en esas páginas de la Biblia. Permítanme que, por un breve momento, recordemos estas páginas que pertenecen al patrimonio de la humanidad. Ellas nos dicen que el cosmos creado ha sido confiado por Dios al ser humano, que ocupa un lugar central en el mundo, para que lo gobierne con sabiduría y responsabilidad, respetando el orden que Dios ha establecido en su creación (cf. Juan Pablo II Discurso a la Pontificia Academia de las ciencias, 22 de noviembre de 1991, n. 6).

 

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La esperanza de los cielos nuevos y de la tierra nueva

1042 Al fin de los tiempos el Reino de Dios llegará a su plenitud. Después del juicio final, los justos reinarán para siempre con Cristo, glorificados en cuerpo y alma, y el mismo universo será renovado:

La Iglesia ... sólo llegará a su perfección en la gloria del cielo...cuando llegue el tiempo de la restauración universal y cuando, con la humanidad, también el universo entero, que está íntimamente unido al hombre y que alcanza su meta a través del hombre, quede perfectamente renovado en Cristo (LG 48).

1043 La Sagrada Escritura llama "cielos nuevos y tierra nueva" a esta renovación misteriosa que trasformará la humanidad y el mundo (2 P 3, 13; cf. Ap 21, 1). Esta será la realización definitiva del designio de Dios de "hacer que todo tenga a Cristo por Cabeza, lo que está en los cielos y lo que está en la tierra" (Ef 1, 10).

1044 En este "universo nuevo" (Ap 21, 5), la Jerusalén celestial, Dios tendrá su morada entre los hombres. "Y enjugará toda lágrima de su ojos, y no habrá ya muerte ni habrá llanto, ni gritos ni fatigas, porque el mundo viejo ha pasado" (Ap 21, 4;cf. 21, 27).

1045 Para el hombre esta consumación será la realización final de la unidad del género humano, querida por Dios desde la creación y de la que la Iglesia peregrina era "como el sacramento" (LG 1). Los que estén unidos a Cristo formarán la comunidad de los rescatados, la Ciudad Santa de Dios (Ap 21, 2), "la Esposa del Cordero" (Ap 21, 9). Ya no será herida por el pecado, las manchas (cf. Ap 21, 27), el amor propio, que destruyen o hieren la comunidad terrena de los hombres. La visión beatífica, en la que Dios se manifestará de modo inagotable a los elegidos, será la fuente inmensa de felicidad, de paz y de comunión mutua.

1046 En cuanto al cosmos, la Revelación afirma la profunda comunidad de destino del mundo material y del hombre:

Pues la ansiosa espera de la creación desea vivamente la revelación de los hijos de Dios ... en la esperanza de ser liberada de la servidumbre de la corrupción ... Pues sabemos que la creación entera gime hasta el presente y sufre dolores de parto. Y no sólo ella; también nosotros, que poseemos las primicias del Espíritu, nosotros mismos gemimos en nuestro interior anhelando el rescate de nuestro cuerpo (Rm 8, 19-23).

1047 Así pues, el universo visible también está destinado a ser transformado, "a fin de que el mundo mismo restaurado a su primitivo estado, ya sin ningún obstáculo esté al servicio de los justos", participando en su glorificación en Jesucristo resucitado (San Ireneo, haer. 5, 32, 1).

1048 "Ignoramos el momento de la consumación de la tierra y de la humanidad, y no sabemos cómo se transformará el universo. Ciertamente, la figura de este mundo, deformada por el pecado, pasa, pero se nos enseña que Dios ha preparado una nueva morada y una nueva tierra en la que habita la justicia y cuya bienaventuranza llenará y superará todos los deseos de paz que se levantan en los corazones de los hombres"(GS 39, 1).

1049 "No obstante, la espera de una tierra nueva no debe debilitar, sino más bien avivar la preocupación de cultivar esta tierra, donde crece aquel cuerpo de la nueva familia humana, que puede ofrecer ya un cierto esbozo del siglo nuevo. Por ello, aunque hay que distinguir cuidadosamente el progreso terreno del crecimiento del Reino de Cristo, sin embargo, el primero, en la medida en que puede contribuir a ordenar mejor la sociedad humana, interesa mucho al Reino de Dios" (GS 39, 2).

1050 "Todos estos frutos buenos de nuestra naturaleza y de nuestra diligencia, tras haberlos propagado por la tierra en el Espíritu del Señor y según su mandato, los encontramos después de nuevo, limpios de toda mancha, iluminados y transfigurados cuando Cristo entregue al Padre el reino eterno y universal" (GS 39, 3; cf. LG 2). Dios será entonces "todo en todos" (1 Co 15, 22), en la vida eterna:

La vida subsistente y verdadera es el Padre que, por el Hijo y en el Espíritu Santo, derrama sobre todos sin excepción los dones celestiales. Gracias a su misericordia, nosotros también, hombres, hemos recibido la promesa indefectible de la vida eterna (San Cirilo de Jerusalén, catech. ill. 18, 29).

 

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Por venir a visitarnos, nuestro agradecimiento.

Por la gracia de Dios, en el año del Señor 2012: Anno Domini

"In Te, Domine, speravi; non confundar in aeternum!".

Mane nobiscum, Domine! ¡Quédate con nosotros, Señor!


Autor: en el siglo Joseph Ratzinger - S.S. BENEDICTO PP. XVI

“La fraternidad de los cristianos” Joseph Ratzinger Ediciones ‘sígueme’

“Verdad, valores, poder” Joseph Ratzinger. Editorial Rialp

“Principios de moral cristiana”         98 p.p.     6,00 € editorial EDICEP

“Evangelio, catequesis, catecismo”  80 p.p.     4,75 € “

“La eucaristía, centro de vida”        170 p.p.  10,00 € “

“En el principio creó Dios”              128 p.p.    7,25 € “

“La provocación del discurso sobre Dios”  - Editorial TROTTA

“Dios y el mundo” Editorial Galaxia Gutenberg 

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'JESUCRISTO PADECIÓ BAJO EL PODER DE PONCIO PILATO,
FUE CRUCIFICADO, MUERTO Y SEPULTADO'
Evangelio según San Lucas, Cap.3, vers.1º: El año decimoquinto del reinado del emperador Tiberio, cuando Poncio Pilato gobernaba la Judea, siendo Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Felipe tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene…

Crucifixión de San Pedro: fue crucificado al revés cabeza abajo - Pergamino con San Pedro en cruz invertida, de Maguncia- Alemania; entre el 900 y el 1000ca. - Museo Diocesano de la Catedral Maguncia (Mainz) Alemania - Pedro en su cruz, invertida. ¿Qué significa todo esto? Es lo que Jesús había predicho a este Apóstol suyo: "Cuando seas viejo, otro te llevará a donde tú no quieras"; y el Señor había añadido: "Sígueme" (Jn 21, 18-19). Precisamente ahora se realiza el culmen del seguimiento: el discípulo no es más que el Maestro, y ahora experimenta toda la amargura de la cruz, de las consecuencias del pecado que separa de Dios, toda la absurdidad de la violencia y de la mentira. No se puede huir del radicalismo del interrogante planteado por la cruz: la cruz de Cristo, Cabeza de la Iglesia, y la cruz de Pedro, su Vicario en la tierra. Dos actos de un único drama: el drama del misterio pascual: cruz y resurrección, muerte y vida, pecado y gracia.

La maternidad divina de María – Catecismo de la Iglesia
495 Llamada en los Evangelios 'la Madre de Jesús'(Jn 2, 1; 19, 25; cf. Mt 13, 55, etc.), María es aclamada bajo el impulso del Espíritu como 'la madre de mi Señor' desde antes del nacimiento de su hijo (cf Lc 1, 43). En efecto, aquél que ella concibió como hombre, por obra del Espíritu Santo, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el Hijo eterno del Padre, la segunda persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre de Dios [Theotokos] (cf. Concilio de Éfeso, año 649: DS, 251).
La virginidad de María
496 Desde las primeras formulaciones de la fe (cf. DS 10-64), la Iglesia ha confesado que Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María únicamente por el poder del Espíritu Santo, afirmando también el aspecto corporal de este suceso: Jesús fue concebido absque semine ex Spiritu Sancto (Concilio de Letrán, año 649; DS, 503), esto es, sin semilla de varón, por obra del Espíritu Santo. Los Padres ven en la concepción virginal el signo de que es verdaderamente el Hijo de Dios el que ha venido en una humanidad como la nuestra:
Así, san Ignacio de Antioquía (comienzos del siglo II): «Estáis firmemente convencidos acerca de que nuestro Señor es verdaderamente de la raza de David según la carne (cf. Rm 1, 3), Hijo de Dios según la voluntad y el poder de Dios (cf. Jn 1, 13), nacido verdaderamente de una virgen [...] Fue verdaderamente clavado por nosotros en su carne bajo Poncio Pilato [...] padeció verdaderamente, como también resucitó verdaderamente» (Epistula ad Smyrnaeos, 1-2).

El acontecimiento histórico y transcendente – Catecismo de la Iglesia
639 El misterio de la resurrección de Cristo es un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas como lo atestigua el Nuevo Testamento. Ya san Pablo, hacia el año 56, puede escribir a los Corintios: "Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce: "(1 Co 15, 3-4). El apóstol habla aquí de la tradición viva de la Resurrección que recibió después de su conversión a las puertas de Damasco (cf. Hch 9, 3-18).
El sepulcro vacío

640 "¿Por qué buscar entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado" (Lc 24, 5-6). En el marco de los acontecimientos de Pascua, el primer elemento que se encuentra es el sepulcro vacío. No es en sí una prueba directa. La ausencia del cuerpo de Cristo en el sepulcro podría explicarse de otro modo (cf. Jn 20,13; Mt 28, 11-15). A pesar de eso, el sepulcro vacío ha constituido para todos un signo esencial. Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección. Es el caso, en primer lugar, de las santas mujeres (cf. Lc 24, 3. 22- 23), después de Pedro (cf. Lc 24, 12). "El discípulo que Jesús amaba" (Jn 20, 2) afirma que, al entrar en el sepulcro vacío y al descubrir "las vendas en el suelo"(Jn 20, 6) "vio y creyó" (Jn 20, 8). Eso supone que constató en el estado del sepulcro vacío (cf. Jn 20, 5-7) que la ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana y que Jesús no había vuelto simplemente a una vida terrenal como había sido el caso de Lázaro (cf. Jn 11, 44).