Thursday 21 August 2014 | Actualizada : 2014-08-20
 
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Cuando Constantino decidió aliarse con los cristianos, perseguidos por sus rivales Magencio en Italia y Licinio en Asia, es porque los cristianos ya eran mayoría en muchas ciudades y minorías importantes, vivas y coordinadas en otras muchas. La demografía cristiana ya había ocupado socialmente el imperio antes de Constantino. La Iglesia Católica ya llevaba 300 años anunciando el Reino de Dios en la salvación de Cristo.

 

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Antes de Constantino:

En los Hechos de Euplo, diácono de Catania, que † murió hacia el año 304 bajo el emperador Diocleciano, el mártir irrumpe espontáneamente en esta serie de plegarias:  "¡Gracias, oh Cristo!, protégeme, porque sufro por ti... Adoro al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo. Adoro a la santísima Trinidad... ¡Gracias, oh Cristo! ¡Ven en mi ayuda, oh Cristo! Por ti sufro, oh Cristo... Es grande tu gloria, oh Señor, en los siervos que te has dignado llamar a ti... Te doy gracias, Señor Jesucristo, porque tu fuerza me ha consolado; no has permitido que mi alma pereciera con los malvados, y me has concedido la gracia de tu nombre. Ahora confirma lo que has hecho en mí, para que quede confundido el descaro del Adversario" (A. Hamman, Preghiere dei primi cristiani, Milán 1955, pp. 72-73).

 

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AÑO 313 – La Iglesia católica ya estaba compuesta por cerca de 7.000.000 de fieles, o sea, el 5% de la población del Imperio.

 

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 En la imagen, el baptisterio de la Catedral arriana de Rávena, de fines del s. V


La Iglesia logra en el siglo IV la libertad civil.

A las 11:05 AM, por José María Iraburu 2010.I.13


La Iglesia logra en el siglo IV la libertad civil. El emperador Galerio (311, edicto de Nicomedia) y los emperadores Constantino I y Licinio, en occidente y en oriente (313, edicto de Milán), no solamente ponen fin a las persecuciones de la Iglesia, sino que van creando una situación en la que ser cristiano trae consigo una condición muy ventajosa para la vida social en el Imperio. Se bautizan los emperadores –Constantino, antes de morir–, y con ellos todos los altos magistrados. Teodosio prohibe ya los cultos paganos supervivientes y establece el cristianismo como religión oficial del Imperio (391). Se inicia en ese siglo para la Iglesia un tiempo nuevo, en el que florece la liturgia, la catequesis, la construcción de los templos y basílicas, la celebración de los primeros grandes Concilios ecuménicos, la institución del domingo, de la monogamia, una época en la que no pocas normas cristianas se hacen leyes civiles, al mismo tiempo que la Iglesia hace suyas muchas instituciones y leyes romanas.


Pero es a la vez un tiempo de grandes rebajas del cristianismo. La Iglesia, por decirlo así, se ve invadida por la conversión de innumerables paganos. Y sucede lo previsible, aquello que testifica San Jerónimo (347-420): «después de convertidos los emperadores, la Iglesia ha crecido en poder y riquezas, pero ha disminuido en virtud» (Vita Malchi 1). Efectivamente, el heroísmo del pueblo cristiano, generalizado en los tres primeros siglos de persecuciones, va dando paso con frecuencia a una mundanización creciente. La Providencia divina suscita justamente en ese siglo IV el monacato, cuyo crecimiento es sorprendentemente rápido. En la cristiandad de Egipto, por ejemplo, había unos cien mil monjes y unas doscientas mil monjas.

Precisamente entonces, cesadas las persecuciones, es cuando una relativa mundanización de las comunidades cristianas ocasiona negativamente el movimiento positivo de una muchedumbre de fieles que, buscando vivir plenamente el Evangelio, sale del mundo secular y se va a los desiertos. Esta opción tan radical tuvo no pocos impugnadores en un principio. Y San Juan Crisóstomo (349-407) la justifica y explica en su obra Contra los impugnadores de la vida monástica. Sin embargo, los enormes conflictos internos de la Iglesia en ese tiempo, aún más que en el campo de la vida moral, se dan en el campo doctrinal. Es un tiempo de grandes herejías. Y también de grandes Concilios, que van definiendo la fe católica en Cristo, la Trinidad y la gracia.


Arrianismo y pelagianismo surgen entonces como una versión naturalista del cristianismo. Muchos nuevos cristianos «necesitaban» un cristianismo no sobre-natural, el propio del arrianismo y del pelagianismo: un cristianismo mucho más conciliable con la mentalidad helénica-romana; una versión del Evangelio que no sobrevolase tanto por encima del nivel de la naturaleza. Tengamos en cuenta que gran parte del pueblo cristiano de la época seguía viviendo según «los pensamientos y los caminos» de los hombres, tan distantes todavía de los pensamientos y caminos divinos (Is 54,8-9).


El arrianismo. Nace Arrio en Libia (246-336), y es ordenado presbítero en Alejandría. En la cristología que él difunde el Logos no existe desde toda la eternidad, es una criatura sacada por el Padre de la nada. Por tanto Cristo no es propiamente Dios, sino un hombre, una criatura. No explicaré aquí la doctrina del arrianismo, conceptualmente complicada, y ya anticipada de algún modo por el monarquismo adopcionista de Pablo de Samosata (+272), patriarca de Antioquía: en Dios hay solo una persona. Retengo simplemente lo que pasará a la historia como arrianismo, prescindiendo de las especulaciones conceptuales usadas por el presbítero libio-alejandrino Arrio. Simplemente, el arrianismo es una herejía cristológica, que presenta a Jesucristo como una criatura, como un hombre, aunque perfectamente unido a Dios, y que rebaja así infinitamente la fe católica en el Verbo encarnado, haciéndola, por decirlo así, más asequible al racionalismo natural mundano.

Como escribe José Antonio Sayés, «el arrianismo es el fruto del racionalismo frente a la originalidad cristiana». «No es el Verbo el que se hace hombre, sino el hombre el que, por gracia divina, queda divinizado» (Señor y Cristo. Curso de cristología, Palabra, Madrid 2005, 218-219). Por tanto, no hay encarnación del Hijo divino eterno; no es el Verbo encarnado quien muere en la cruz, en un sacrificio de expiación infinita. Cristo es sin duda para los hombres el ejemplo perfecto de unión con Dios, pero no es propiamente causa, «fuente de salvación eterna para cuantos creen en él» (pref. I común).

El arrianismo tuvo una difusión inmensa. Algunos emperadores lo favorecieron y combatieron a los Obispos defensores de la fe católica, como San Atanasio y San Hilario, que hubieron de sufrir exilios. Gran parte de los Obispos orientales lo admitieron activa o al menos pasivamente. De ahí el lamento de San Jerónimo: «ingemuit totus orbis et arianum se esse miratus est» (gimió el orbe entero, al comprobar con asombro que era arriano: Dial. adv. Lucif. 19). Si esta cristología herética hubiera prevalecido, la Iglesia Católica se habría reducido a una secta insignificante. Posteriormente se formularon también herejías que negaban la encarnación de un Hijo divino eterno, como el adopcionismo de Elipando de Toledo (+802).

La Iglesia, pronto y repetidamente, afirmó la fe católica en Cristo contra el arrianismo, aunque no sin grandes polémicas y prolongadas resistencias. El concilio de Nicea (325); el Papa Liberio (352-366), a instancias de San Atanasio; el concilio I de Constantinopla (381); el Sínodo de Roma (430); el concilio de Éfeso (431), presidido por San Cirilo; San León Magno, en el formidable Tomus Leonis (449); el concilio de Calcedonia (451); el II de Constantinopla (553), aseguraron en la Iglesia la verdad de Cristo, la fe católica que confesamos a lo largo de los siglos:

Creemos «en un solo Señor Jesucristo, el Hijo unigénito de Dios, nacido del Padre antes de todos los siglos, luz de luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no creado, consustancial con el Padre, por quien fueron hechas todas las cosas; que por nosotros los hombres y por nuestra salvación descendió de los cielos y se encarnó por obra del Espíritu Santo y de María Virgen, y se hizo hombre»… (Conc. I Constantinopla, Denzinger 150).

El arrianismo, sin embargo, a pesar de tan numerosas y solemnes definiciones de la Iglesia, pervivió largamente, sobre todo entre los godos y otros pueblos germánicos. En España, concretamente, perduró hasta el III Concilio de Toledo (587), cuando Recaredo I, rey de los visigodos, y su pueblo profesaron la fe católica. En todo caso, como lo comprobaremos, los esquemas arrianos en cristología tienen hoy amplia vigencia, también entre los católicos, aunque estén concebidos en claves mentales y verbales muy diversas.


Pero vayamos con la otra gran rebaja del cristianismo católico:

El pelagianismo. En el siglo IV, cuando la Iglesia se ve invadida por multitudes de neófitos, surge en Roma un monje de origen británico, Pelagio (354-427), riguroso y ascético, que ante la mediocridad espiritual imperante, predica un moralismo muy optimista sobre las posibilidades naturales éticas del hombre. Los planteamientos de Pelagio resultan muy aceptables para el ingenuo optimismo greco-romano respecto a la naturaleza: «Cuando tengo que exhortar a la reforma de costumbres y a la santidad de vida, empiezo por demostrar la fuerza y el valor de la naturaleza humana, precisando la capacidad de la misma, para incitar así el ánimo del oyente a realizar toda clase de virtud. Pues no podemos iniciar el camino de la virtud si no tenemos la esperanza de poder practicarla» (Epist. I Pelagii ad Demetriadem 30,16). Somos libres, no necesitamos gracia.

San Agustín resume así la doctrina pelagiana: «Opinan que el hombre puede cumplir todos los mandamientos de Dios, sin su gracia. Dice [Pelagio] que a los hombres se les da la gracia para que con su libre albedrío puedan cumplir más fácilmente cuanto Dios les ha mandado. Y cuando dice “más fácilmente” quiere significar que los hombres, sin la gracia, pueden cumplir los mandamientos divinos, aunque les sea más difícil. La gracia de Dios, sin la que no podemos realizar ningún bien, es el libre albedrío que nuestra naturaleza recibió sin mérito alguno precedente. Dios, además, nos ayuda dándonos su ley y su enseñanza, para que sepamos qué debemos hacer y esperar. Pero no necesitamos el don de su Espíritu para realizar lo que sabemos que debemos hacer. Así mismo, los pelagianos desvirtúan las oraciones [de súplica] de la Iglesia [¿Para qué pedir a Dios lo que la voluntad del hombre puede conseguir por sí misma?]. Y pretenden que los niños nacen sin el vínculo del pecado original» (De hæresibus, lib. I, 47-48. 42,47-48).

No hay, pues, un pecado original que deteriore profundamente la misma naturaleza del ser humano. La naturaleza del hombre está sana, y es capaz por sí misma de hacer el bien y de perseverar en él. Cristo, por tanto, ha de verse más en cuanto Maestro, como causa ejemplar, que en cuanto Salvador, como causa eficiente de salvación. La oración de súplica, la virtualidad santificante de los sacramentos, que confieren gracia sobre-natural, confortadora de la naturaleza humana,… todo eso carece de necesidad y sentido.

La Iglesia afirma la verdad católica de la gracia muy pronto. Aunque las doctrinas de Pelagio fueron en principio aprobadas por varios obispos y Sínodos, debido a informaciones insuficientes y malentendidas, pronto la Iglesia rechaza el pelagianismo con gran fuerza en cuanto sus doctrinas fueron mejor conocidas, sobre todo a través de las enseñanzas de los pelagianos Celestio y Julián de Eclana (Indiculus 431, Orange II 529, Trento 1547, Errores Pistoya 1794: Denz 238-249, 371, 1520ss, 2616). Gran fuerza tuvieron en la lucha contra el pelagianismo varios santos Padres, como San Jerónimo, el presbítero hispano Orosio, San Próspero de Aquitania y sobre todo San Agustín de Hipona. Se atrevieron a combatir los errores de su propio tiempo.

La Iglesia sabe bien que «es Dios el que obra en vosotros el querer y el obrar según su beneplácito» (Flp 2,13). «Dios obra de tal modo sobre el libre albedrío en los corazones de los hombres que el santo pensamiento, el buen consejo y todo movimiento de buena voluntad procede de Dios, pues por Él podemos algún bien, y “sin Él no podemos nada” (Jn 15,5)» (Indiculus cp. 6). Y por la gracia, «por este auxilio y don de Dios, no se quita el libre albedrío, sino que se libera» (ib. cp. 9). «Cuantas veces obramos bien, Dios, para que obremos, obra en nosotros y con nosotros» (Orange II, can. 9).

Lex orandi, lex credendi. Mucho hemos de agradecer a Dios que por su providencia los principales sacramentarios litúrgicos proceden precisamente de estos siglos. Las oraciones de la sagrada liturgia eran así y siguen siendo la principal expresión devota y lírica de la fe católica. Oraciones como la que sigue, y que hoy rezamos en Laudes de la I semana, muy difícilmente hubieran podido ser compuestas en nuestro tiempo, tan pelagiano:

«Señor, que tu gracia inspire, sostenga y acompañe [todas] nuestras obras, para que nuestro trabajo comience en ti como en su fuente, y tienda siempre a ti, como a su fin. Por nuestro Señor». La mala traducción omite ese todas; ahí está el punto: «Actiones nostras, quæsumus, Domine, aspirando præveni et adiuvando prosequere, ut cuncta nostra [oratio et] operatio a te semper incipiat, et per te coepta finiatur. Per Dominum».

Arrianismo y pelagianismo van juntos, aunque sean diferentes herejías. Los dos rebajan cualitativamente la condición sobre-natural del mundo católico de la gracia. Los dos son una versión del cristianismo mucho más aceptable para quienes mantienen una mentalidad mundana racionalista. Cristo es un hombre, no es Dios. Cristo es un modelo perfecto de humanidad, un Maestro excepcional; pero no es un Salvador único y universal, no causa nuestra salvación, nuestra filiación divina, introduciendo por su encarnación y su cruz en la raza humana unas fuerzas de gracia sobre-naturales, sobre-humanas, divinas, celestiales, absolutamente necesarias para la salvación temporal y eterna del hombre.

No tiene, pues, nada de extraño que, históricamente, cuando los pelagianos se veían perseguidos en una Iglesia local católica, buscaban refugio al amparo de Obispos arrianos. Dios los cría y ellos se juntan. Lo vemos hoy también, dentro de la Iglesia católica: aquellos que tienen de Cristo una visión arriana, son todos rematadamente pelagianos.

Pero éste es, con el favor de Dios, el tema del próximo artículo.

José María Iraburu, sacerdote  www.infocatolica.com


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La Basílica de San Pedro, construida sobre la tumba del Apóstol Pedro, como todas las otras catedrales, iglesias y capillas del orbe, no son ni un museo, ni una parada para turistas, ni un centro cultural, ni una ONG, son un lugar de oración.

 

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Desde que Escipión el Africano desembarcó en Ampurias en el año 218 a.C. para combatir a los cartagineses hasta la caída del Imperio Romano occidental en 476 d.C., la península Ibérica estuvo ligada estrechamente a los destinos de Roma. Más de seiscientos años de historia compartida, muchas veces turbulenta, en los que Hispania se convirtió en uno de los ejes principales del Mediterráneo. Aníbal, los Escipiones, Viriato, Catón, Sertorio, Pompeyo, César, Augusto, Séneca, Trajano, Adriano o Teodosio son algunos de los grandes personajes vinculados de una forma u otra con Hispania. Mientras que Mérida, Zaragoza, Tarragona, Sevilla, Cádiz, León, Lisboa o Lugo forman parte de las grandes urbes cuyos orígenes se remontan a la presencia de las legiones.

 

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Roma

 

‘La paz de la Iglesia’ es con Melquiades o Milcíades (2 de julio 311 al 10 enero 314. A este romano o africano pontífice, aunque de ascendencia griega, iba a corresponder el gran momento. Pocos meses antes de su elección, el emperador Galerio había publicado una ley (30 de abril del 311) que reconocía por primera vez a los cristianos, el derecho a profesar su religión «a condición de que no hagan nada contra el orden establecido». El Imperio se plegaba a las demandas de la Iglesia, que adquiría personalidad jurídica; en consecuencia, las propiedades y cementerios confiscados durante la persecución, fueron devueltos y, por primera vez, un 13 de abril del 312 el Papa pudo presidir la Pascua en Roma sin ningún temor. Pese a las fantasías literarias no hay noticia de ningún enfrentamiento entre san Melquíades y Majencio en los meses que preceden a la victoria de Constantino (306-337) sobre el puente Milvio. Poco después de esa batalla, en febrero del 313, Constantino y Licinio, ahora únicos emperadores, se reunieron en Milán y decidieron no sólo confirmar el edicto de Galerio, sino añadir a favor de la Iglesia disposiciones que la hacían pasar de simple tolerancia a pleno reconocimiento oficial. Comenzaba con lo que los historiadores llaman «imperio cristiano». Durante algunas décadas el cristianismo compartiría su legitimidad con las antiguas religiones, a las que no reconocía como verdaderas, y con el judaísmo, cuyo estatus de ‘religio licita’ no había sido alterado.

 

El palacio de la emperatriz Fausta que tuviera en el monte Celio, llamado Letrán, por haber sido el cuartel de los soldados laterani, fue un regalo a Melquíades.  En él se establecería durante siglos la residencia de los obispos de Roma: la sala de justicia o basílica, convertida al culto cristino, daría modelo para muchas edificaciones semejantes. Las leyes imperiales no reconocieron ninguna legitimidad a la gnosis, considerada como simple secta. Dotada ahora de capacidad para adquirir y administrar bienes, la Sede Apostólica se encontró en condiciones de aumentar extraordinariamente su riqueza, que le llegaba por donaciones, herencias y otros medios. Esta riqueza era esencial: el crecimiento de la comunidad cristiana obligaba a tomar sobre sus hombros fuertes obligaciones, en el sostenimiento del culto, la remuneración de un clero cada vez más numeroso y la atención a la viudas, huérfanos y necesitados.

 

Por tanto, decir que Constantino adopta la religión cristiana como religión del Imperio, es falsedad y da leña seca al protestantismo u otros embaucadores, para encender disputas estériles.-

 

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Edicto de Milán (313), promulgado por el emperador Constantino. Bautizado ya de adulto, profesó el cristianismo y aceptó la expansión sociológica de esta religión, transformando incluso el Derecho Romano para atemperarlo a la moral cristiana. 

Constantino estableció la política religiosa del Imperio, tanto en Occidente como en Oriente, a partir de los principios de este importante edicto. 

¿Cuáles fueron los puntos más destacados? Veámoslos:

Primero, una valoración positiva de la religión: «juzgamos que, entre las cosas que han de beneficiar a todos los hombres […] una de ellas es la observancia de la religión». 

Segundo, una libertad religiosa para todos los súbditos «cualquiera que sea la divinidad entronizada en los cielos [para que] pueda ser benigna y propicia con nosotros y con todos los que han sido puestos bajo nuestra autoridad. […] que nadie que haya aceptado la creencia cristiana o cualquiera otra que parezca ser la más conveniente para él, sea obligado a negar su convicción». 

Recordando que «hemos obrado así para que no parezca que favorecemos a una religión más que a otra.» 

Tercero, una libertad expresa incondicional para los cristianos: «es nuestra voluntad que todas las restricciones publicadas hasta ahora en relación a la secta de los cristianos, sean abolidas, y que cada uno de ellos, que profese sinceramente la religión cristiana […] sin temor o peligro.» 

Y por último, una devolución inmediata de todas las propiedades confiscadas a los cristianos, independientemente de que estén en poder del Estado o de privados, y «sin esperar recompensa pecuniaria o por un precio.»

Aunque con Constantino dio comienzo la doctrina política del cesaropapismo basada en la máxima Ecclesia in Imperio Romano, lo cierto es que sin riesgo de ucronía alguna, parece mentira que algo formulado tantos siglos atrás siga siendo una asignatura pendiente en nuestro mundo globalizado en lo económico, pero compartimentado en el consenso básico de los derechos humanos.

Àlex Seglers 2008-XI-17 – http://www.forumlibertas.com

 

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Tras una noche de dura fatiga sin ningún resultado, Jesús invita a Pedro a remar mar adentro y a echar de nuevo la red. Aun cuando esta nueva fatiga parece inútil, Pedro se fía del Señor y responde sin dudar: «Señor, en tu palabra, echaré la red» (Lc 5,4). La red se llena de peces, hasta el punto de romperse. Hoy, después de dos mil años de trabajo en la barca agitada de la Historia, la Iglesia es invitada por Jesús a «remar mar adentro», lejos de la orilla y las seguridades humanas, y a tirar de nuevo la red. Es hora de responder de nuevo con Pedro: «Señor, en tu palabra, echaré la red».


 

De hombres, hechos, notas y acontecimientos de tal época para comprender el contexto:

 

San Cirilo de Jerusalén  - 315ca. † 387

Nuestra atención se concentra en san Cirilo de Jerusalén. En su vida se entrecruzan dos dimensiones:  por una parte, la solicitud pastoral; y, por otra, la implicación, a su pesar, en las intensas controversias que afligían entonces a la Iglesia de Oriente.

San Cirilo, nacido alrededor del año 315 en Jerusalén o en sus cercanías, recibió una óptima formación literaria, que constituyó la base de su cultura eclesiástica, centrada en el estudio de la Biblia. Ordenado presbítero por el obispo Máximo, cuando este murió o fue depuesto, en el año 348 fue ordenado obispo por Acacio, influyente metropolita de Cesarea de Palestina, filo-arriano, convencido de que Cirilo era su aliado. Por eso, se sospechó que había obtenido el nombramiento episcopal mediante concesiones al arrianismo.

En realidad, muy pronto san Cirilo chocó con Acacio, no sólo en el campo doctrinal, sino también en el jurisdiccional, porque san Cirilo reivindicaba la autonomía de su sede con respecto a la metropolitana de Cesarea. En dos décadas san Cirilo sufrió tres destierros:  el primero en el año 357, cuando fue depuesto por un Sínodo de Jerusalén; el segundo, en el año 360, por obra de Acacio; y el tercero, el más largo -duró once años- en el año 367 por iniciativa del emperador filo-arriano Valente. Sólo en el año 378, después de la muerte del emperador, san Cirilo pudo volver a tomar definitivamente posesión de su sede, devolviendo a los fieles unidad y paz.

Su ortodoxia, puesta en duda por algunas fuentes de aquel tiempo, la atestiguan otras fuentes igualmente históricas. La más autorizada de ellas es la carta sinodal del año 382, después del segundo concilio ecuménico de Constantinopla (381), en el que san Cirilo había participado con un papel cualificado. En esa carta, enviada al Pontífice romano, los obispos orientales reconocen oficialmente la más absoluta ortodoxia de san Cirilo, la legitimidad de su ordenación episcopal y los méritos de su servicio pastoral, que concluyó con su muerte en el año 387.

De san Cirilo conservamos veinticuatro célebres catequesis, que impartió como obispo hacia el año 350. Introducidas por una Procatequesis de acogida, las primeras dieciocho están dirigidas a los catecúmenos o iluminandos ((photizomenoi); las pronunció en la basílica del Santo Sepulcro. Las primeras (1-5) tratan cada una, respectivamente, de las disposiciones previas al bautismo, de la conversión de las costumbres paganas, del sacramento del bautismo, de las diez verdades dogmáticas contenidas en el Credo o Símbolo de la fe.

Las sucesivas (6-18) constituyen una "catequesis continua" sobre el Símbolo de Jerusalén, en clave antiarriana. De las últimas cinco (19-23), llamadas "mistagógicas", las dos primeras desarrollan un comentario a los ritos del bautismo; y las tres últimas versan sobre la Confirmación, sobre el Cuerpo y la Sangre de Cristo, y sobre la liturgia eucarística. En ellas se incluye la explicación del padrenuestro (Oración dominical):  con ella se comienza un camino de iniciación en la oración, que se desarrolla paralelamente a la iniciación en los tres sacramentos:  Bautismo, Confirmación y Eucaristía.

La base de la instrucción sobre la fe cristiana se realizaba también en función polémica contra los paganos, los judeocristianos y los maniqueos. La argumentación se fundaba en el cumplimiento de las promesas del Antiguo Testamento, con un lenguaje lleno de imágenes. La catequesis era un momento importante, insertado en el amplio contexto de toda la vida, especialmente litúrgica, de la comunidad cristiana, en cuyo seno materno tenía lugar la gestación del futuro fiel, acompañada de la oración y el testimonio de los hermanos.

En su conjunto, las homilías de san Cirilo constituyen una catequesis sistemática sobre el nuevo nacimiento del cristiano mediante el bautismo. Dice san Cirilo al catecúmeno:  "Has caído dentro de las redes de la Iglesia (cf. Mt 13, 47). Por tanto, déjate captar vivo; no huyas, porque es Jesús quien te pesca con su anzuelo, no para darte la muerte, sino la resurrección después de la muerte. En efecto, debes morir y resucitar (cf. Rm 6, 11.14)... Desde hoy mueres al pecado y vives para la justicia" (Procatequesis 5).

Desde el punto de vista doctrinal, san Cirilo comenta el Símbolo de Jerusalén recurriendo a la tipología de las Escrituras, en una relación "sinfónica" entre los dos Testamentos, desembocando en Cristo, centro del universo. La tipología será incisivamente descrita por san Agustín de Hipona:  "El Antiguo Testamento es el velo del Nuevo; y en el Nuevo Testamento se manifiesta el Antiguo" (De catechizandis rudibus 4, 8).

Por lo que atañe a la catequesis moral, se funda, con una profunda unidad, en la catequesis doctrinal:  el dogma se va introduciendo progresivamente en las almas, las cuales así se ven impulsadas a cambiar los comportamientos paganos de acuerdo con la nueva vida en Cristo, don del bautismo.

Por último, la catequesis "mistagógica" constituía el vértice de la instrucción que san Cirilo impartía, ya no a los catecúmenos, sino a los recién bautizados o neófitos, durante la semana de Pascua. Esa catequesis los llevaba a descubrir, bajo los ritos bautismales de la Vigilia pascual, los misterios encerrados en ellos, aún sin desvelar. Iluminados por la luz de una fe más profunda gracias al bautismo, los neófitos podían por fin comprenderlos mejor, habiendo celebrado ya sus ritos.

En particular con los neófitos de origen griego, san Cirilo se apoyaba en la facultad visiva, muy natural en ellos. Era el paso del rito al misterio, que valoraba el efecto psicológico de la sorpresa y la experiencia vivida en la noche pascual. He aquí un texto que explica el misterio del bautismo:  "Tres veces habéis sido sumergidos en el agua y otras tantas habéis emergido, para simbolizar los tres días de la sepultura de Cristo, es decir, imitando con este rito a nuestro Salvador, que pasó tres días y tres noches en el seno de la tierra (cf. Mt 12, 40). Con la primera emersión del agua habéis celebrado el recuerdo del primer día que pasó Cristo en el sepulcro, como con la primera inmersión habéis confesado la primera noche que pasó en el sepulcro:  del mismo modo que quien está en la noche no ve nada, y en cambio quien está en el día goza de luz, así también vosotros antes estabais inmersos en la noche y no veíais nada, pero al emerger os habéis encontrado en pleno día. Esta agua de salvación, misterio de la muerte y del nacimiento, ha sido para vosotros tumba y madre... Para vosotros (...) el tiempo de morir coincidió con el tiempo de nacer:  en el mismo tiempo han tenido lugar ambos acontecimientos" (Segunda Catequesis mistagógica, 4).

El misterio que se debe captar es el plan de Dios, que se realiza mediante las acciones salvíficas de Cristo en la Iglesia. A su vez, la dimensión mistagógica va acompañada por la de los símbolos, que expresan la vivencia espiritual que entrañan. Así la catequesis de san Cirilo, basándose en las tres dimensiones descritas -doctrinal, moral y mistagógica- es una catequesis global en el Espíritu. La dimensión mistagógica lleva a cabo la síntesis de las dos primeras, orientándolas a la celebración sacramental, en la que se realiza la salvación de todo el hombre.

En definitiva, se trata de una catequesis integral que, al implicar el cuerpo, el alma y el espíritu, es emblemática también para la formación catequética de los cristianos de hoy. 2007-06-27

 

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Jerusalén-Roma: primera etapa de la progresión cristiana [habría que tener a la vista el atlas de la antigüedad cristiana de F. Van der Meer-Ch. Moharmann, Paris-Bruxelas 1960]. Nacida en la ciudad santa de los judíos, la Iglesia planta la cruz, mientras aún vivían Pedro y Pablo, en la capital del Imperio, hacia la que convergen todas las rutas terrestres y marítimas. Imaginamos el asombro del pescador de Galilea y de Pablo de Tarso (fabricante de tiendas), cuando, al llegar a Roma, vieron todos aquellos templos, todas aquellas termas, todos aquellos palacios cuyas solas ruinas, burlándose del paso del tiempo, estremecen nuestros corazones todavía hoy. Han bastado una apología genial y una sola generación de hombres para recorrer –en sentido inverso- los caminos abiertos por las legiones, para surcar todo el Mediterráneo, para evangelizar Efeso, Filipos, Corinto, Atenas y llegar, más allá de Roma, «a los límites de Occidente»[1 Clem., 5. Cf. Rom 15, 23-28. Imaginar, como se ha hecho, que «los límites de Occidente» pudieran significar Roma es un torpe contrasentido, pues para un romano, Roma es el centro y no una frontera]; que para cualquiera que quiera entenderlo no pueden indicar más que España. Esta religión nueva se va implantando con tanto vigor que llega a inquietar, en el año 64, al emperador Nerón, y provoca la primera persecución, la que costó la vida a Pedro, primer Obispo de la Ciudad Eterna, donde en cruz invertida, fue martirizado.

 

San Pablo cae del caballo y se convierte.

 

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Del comentario de San Jerónimo, presbítero de la Iglesia Católica, sobre el libro del profeta Joel (PL 25, 967-968)

 

Convertíos a mí - 

Convertíos a mí de todo corazón, y que vuestra penitencia interior se manifieste por medio del ayuno, del llanto y de las lágrimas; así, ayunando ahora, seréis luego saciados; llorando ahora, podréis luego reír; lamentándoos ahora, seréis luego consolados. Y, ya que la costumbre tiene establecido rasgar los vestidos en los momentos tristes y adversos -como nos lo cuenta el Evangelio, al decir que el pontífice rasgó sus vestiduras para significar la magnitud del crimen del Salvador, o como nos dice el libro de los Hechos que Pablo y Bernabé rasgaron sus túnicas al oír las palabras blasfematorias-, así os digo que no rasguéis vuestras vestiduras, sino vuestros corazones repletos de pecado; pues el corazón, a la manera de los odres, no se rompe nunca espontáneamente, sino que debe ser rasgado por la voluntad. Cuando, pues, hayáis rasgado de esta manera vuestro corazón, volved al Señor, vuestro Dios, de quien os habíais apartado por vuestros antiguos pecados, y no dudéis del perdón, pues, por grandes que sean vuestras culpas, la magnitud de su misericordia perdonará, sin duda, la vastedad de vuestros muchos pecados.

Pues el Señor es compasivo y misericordioso, lento a la cólera, rico en piedad; él no se complace en la muerte del malvado, sino en que el malvado cambie de conducta y viva; él no es impaciente como el hombre, sino que espera sin prisas nuestra conversión y sabe retirar su malicia de nosotros, de manera que, si nos convertimos de nuestros pecados, él retira de nosotros sus castigos y aparta de nosotros sus amenazas, cambiando ante nuestro cambio. Cuando aquí el profeta dice que el Señor sabe retirar su malicia, por malicia no debemos entender lo que es contrario a la virtud, sino las desgracias con que nuestra vida está amenazada, según aquello que leemos en otro lugar: A cada día le bastan sus disgustos, o bien aquello otro: ¿Sucede una desgracia en la ciudad que no la mande el Señor?

Y, porque dice, como hemos visto más arriba, que el Señor es compasivo y misericordioso, lento a la cólera y rico en piedad y que sabe retirar su malicia, a fin de que la magnitud de su clemencia no nos haga negligentes en el bien, añade el profeta: Quizá se arrepienta y nos perdone y nos deje todavía su bendición. Por eso, dice, yo, por mi parte, exhorto a la penitencia y reconozco que Dios es infinitamente misericordioso, como dice el profeta David: Misericordia, Dios mío, por tu bondad, por tu inmensa compasión borra mi culpa.

Pero, como sea que no podemos conocer hasta dónde llega el abismo de las riquezas y sabiduría de Dios, prefiero ser discreto en mis afirmaciones y decir sin presunción: Quizá se a arrepienta y nos perdone. Al decir quizá, ya está indicando que se trata de algo o bien imposible o por lo menos muy difícil.

Habla luego el profeta de ofrenda y libación para nuestro Dios: con ello, quiere significar que, después de habernos dado su bendición y perdonado nuestro pecado, nosotros debemos ofrecer a Dios nuestros dones.

 

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SIGLO XXI - Nunca la Iglesia, en toda su historia, ha tenido un corpus doctrinal tan amplio y perfecto como ahora.  AÑO MMX.


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CONSTANTINO – Arqueología, descubierta [2005.07] en Roma una cabeza de Constantino. La enorme cabeza de Constantino encontrada en el Foro de Trajano, remonta a un período comprendido entre el 312 y el 320 después de Cristo. Alta de 60 centímetros, representa al Emperador según el esquema iconográfico del periodo en el que entraba triunfalmente a Roma, después la victoria sobre Massenzio a Ponte Silvio. Será expuesta al público el 17 de septiembre durante la ‘Noche blanca’. 2005-07-29.

 

Tema 15. Características generales de

este período (años 325-451)

 

a) El contexto histórico después de la paz de Constantino

b) Nuevas oportunidades y nuevos problemas para la Iglesia

c) Visión de conjunto y valoración general de esta época 



 

Constantino en la batalla del Puente Milvio (año 313):

IN HOC SIGNO VINCES

 

a) El contexto histórico después de la paz de Constantino

 

Para comprender mejor la literatura cristiana del siglo IV y primera mitad del V, es necesario que revisemos la historia de esta época desde tres puntos de vista:

. política estatal;

  • sucesos eclesiales y de la política eclesiástica;
  • cuestiones teológicas

La suma de estos tres enfoques debe arrojar al final una imagen lo más próxima posible a la realidad.

La idea del Imperio romano, desde Constantino a Teodosio el Grande, era una idea de unidad: un imperio, un emperador, un Dios. En la persona del emperador se encuentra la idea sacro-dinámica del imperio. Él era no sólo soberano supremo, guardián de la unidad y propulsor del bienestar del imperio, sino también sumo sacerdote, incluso dios, en el que se encarnan los dioses del imperio que garantizan la unidad y el bienestar del Estado.

Constantino se sentía episkopos de Dios y pontifex maximus. Sentía la responsabilidad del bienestar del pueblo tanto en el plano político como en el religioso.

Por eso los emperadores cristianos actuaron como dirigentes de la iglesia, convocaban concilios, promovían, confirmaban y rechazaban sus conclusiones, aprobaban elecciones de obispos o deponían obispos; incluso fijaban la fe recta y obligatoria tras el asesoramiento de sínodos o de teólogos; hasta que Teodosio, en el 381, elevó esa fe a la categoría de ley.

Se podían tolerar simultáneamente otras religiones y confesiones en la medida en que ellas no pusieran en peligro el bien del Estado.

Esta idea del imperio podía adoptar diversas formas, pasando del cristianismo al paganismo (cfr. Juliano "el Apóstata"), o haciendo del arrianismo la religión del Estado. La oportunidad política servía de medida, no tanto las creencias personales del soberano. Los emperadores no tenían reparo alguno de servirse de la Iglesia y de la fe como un instrumento de la lucha por el poder, porque el éxito político documentaba el favor de los dioses.

Esta época es la edad de oro de los Padres de la Iglesia (s. IV y V):

  • Todos los cristianos dan gracias por la paz y la expansión cristiana (Nicetas de Remesiana —Dacia, +414— canta en el Te Deum el "te per orbem terrarrum confitetur Ecclesia").
  • Los emperadores se alíaan con la Iglesia, pero, a veces, tratan de dominarla (cesaropapismo).
  • En Oriente se suscitan grandes controversias dogmáticas y surgen las herejías condenadas por los grandes Concilios.
  • Comienza el fenómeno del monaquismo, primero en oriente y después en occidente. Los pueblos germánicos entran en la historia. Hay grandes papas. Aparece el Islam.

Es falsa la idea de la "era constantiniana" —que aún duraría— como una era de compromiso temporal de la Iglesia con el Estado, clericalismo, opresión de las conciencias. Son, por tanto, falsas también las esperanzas de una era "post-constantiniana", en la que la Iglesia recuperaría su perspectiva exclusivamente espiritual. Para la Iglesia no hay eras, pues ha sido siempre la misma a través del tiempo.

En 324 Constantino derrota a Licinio y queda como único emperador. Protege a los cristianos. Construye las Basílicas de S. Pedro y S. Pablo, S, Juan de Letrán en Roma y la del Santo Sepulcro en Jerusalén. En el 330 funda Constantinopla. En Roma la aristocracia seguía siendo pagana. También tuvo errores: ajustició a Fausta (su esposa) y a Crispo (su hijo) por sedición. Se hace arriano y ataca a Atanasio. Muere cristiano en Pentecostes de 337, haciéndose bautizar por un obispo arriano (Eusebio).

Los emperadores de esta época eran cristianos (excepto Juliano). Limitan las religiones paganas, aunque nunca las persiguen:

  • Constancio (337-361)
  • Juliano (361-363): concede derechos y protección oficial a las religiones paganas; quita a la Iglesia lo que tenía; no pone cristianos en cargos públicos; favoreció el cisma y el arrianismo; favorece un templo en Jerusalem...
  • Graciano (375-383): renuncia al Pontifex Maximus, cierra el altar de la victoria en Roma; desoye a Símaco, senator et vir eloquens, por consejo de S. Ambrosio.
  • Teodosio el Grande (379-395): impulsa el Credo de Nicea; hace al catolicismo la religión del Estado.

Bibliografía: Drobner, 211-214.

 

 

b) Nuevas oportunidades y nuevos problemas para la Iglesia

 

Con la Paz de Constantino en 313 la Iglesia pudo desarrollar su misión abiertamente. Creció el número de conversiones. El catecumenado se adaptó a las nuevas circunstancias. Pronto, en amplias zonas del imperio la mayoría de sus habitantes eran cristianos, sobre todo en las ciudades. Más tarde, también comenzarían a convertirse las gentes de los "pagus", es decir, del ambiente rural. De ahí la denominación de "paganos".

Por otra parte, las invasiones barbáricas, a partir del siglo IV, dan ocasión para que los misioneros cristianos comenzaran a predicar la fe a otros pueblos. Ya se había desarrollado la fe en pueblos poco romanizados como Britania, pero pronto el Evangelio llegaría a Irlanda, y comenzaría a penetrar entre las tribus germánicas asentadas en los limes del impero (los godos, por ejemplo).

La jerarquía eclesiástica se establece sólidamente, sobre todo en las ciudades, pero también pronto se crean parroquias en los pueblos.

Se multiplican los sínodos y concilios en todo el imperio. Aparece también en el siglo IV, más sólidamente establecido el monacato, tanto en Oriente como en Occidente.

A partir del siglo IV el Primado romano tiene más efectividad. Por otra parte, los Concilios Ecuménicos, a los que acudían padres de todo el imperio, fortalecen la unidad en la fe.

En esta época aparecen los grandes Padres de la Iglesia:

—En Oriente:

  • Atanasio: Tres Discursos contra los arrianos, Vida de San Antonio.
  • Los grandes "Capadocios": Basilio (legislador monástico, obispo de Cesarea, doctrina sobre la Trinidad), Gregorio de Nisa (gran teólogo), Gregorio de Nacianzo (obispo de Constantinopla).
  • Juan Crisostomo: vida, escritos sobre el sacerdocio.
  • Cirilo de Alejandría: (disputas cristológicas y mariológicas del siglo V).

—En Occidente:

  • Ambrosio de Milán: relaciones con Graciano, Valentiniano II, Teodosio.
  • Jerónimo: traductor de la Sagrada Escritura; "Vulgata".
  • Agustín: las Confesiones, la Ciudad de Dios, De Trinitate, etc.
  • León Magno: Primado romano, Epístola a Flaviano.
  • Gregorio Magno: Moralia, renovación litúrgica.

También en este período de la historia comienzan a crecer las grandes herejías trinitarias y cristológicas.

Bibliografía: Drobner, 211-214.

 

 c) Visión de conjunto y valoración general de esta época

 

Las herejías en este periodo son más importantes y más amplias que antes. Afectan principalmente a la Iglesia oriental. Interviene el poder estatal, que convoca los Concilios.

Es el periodo aureo de la patrística.

Las herejías principales son:

  • herejías trinitarias (arrianismo y macedonianismo),
  • herejías cristológicas (arrianismo y apolinarismo, nestorianismo, monofisismo, monotelismo),
  • controversias antropológicas (pelagianismo en Occidente)
  • disputas menores: donatistas y la cuestión de los Tres Capítulos.

 Bibliografía: Drobner, 211-214.

 

 

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Hemos venido, peregrinos de la esperanza, a la Ciudad del testimonio y del martirio de los príncipes de los apóstoles, Pedro y Pablo; hemos llegado a la Iglesia de Roma "fundada y construida por los dos gloriosos apóstoles", como dice san Ireneo (Cfr. Contra las herejías, III, 3) y que "preside la comunión de la caridad" (Cfr. San Ignacio de Antioquía, Carta a los Romanos) por voluntad divina.

2. "Ha revelado su justicia a las naciones" recita la antífona del salmo responsorial (cfr. Sal 97) que hemos cantado hace un momento. Y a continuación repetimos: "Los confines de la tierra han visto la salvación de nuestro Dios. ¡Aclama a Yahvé, tierra entera, gritad alegres, gozosos, cantad!" (Sal 97,4-5).

Hoy, con gran alegría, somos convocados por Cristo aquí, junto a los restos del Apóstol de las gentes (Hch 17,21), para revivir el encuentro antiguo y siempre nuevo con la fe y la memoria de san Pablo, en este templo sacro que Constantino erigió sobre la celda sepulcral del apóstol y mártir: él nos recuerda, sobre todo a nosotros, venerados hermanos en el sacerdocio, que ya no somos extranjeros, ni huéspedes, sino conciudadanos de los santos y familiares de Dios, "edificados sobre el cimiento de los apóstoles y profetas, siendo la piedra angular Cristo mismo" (Ef 2,20).

El Señor, en esta solemne Concelebración, nos ofrece un especial kairos en nuestro ministerio pastoral, un tiempo divino de gracia y de misericordia, transformándonos de errantes en peregrinos del Eterno y Sumo Sacerdote, para una pausa feliz de contemplación y de asombro ante el hermoso hecho de ser sus ministros sagrados.

En efecto, somos invitados a descubrir otra vez la verdad sobre nuestra vida interior que, marcada por el carácter indeleble de la consagración y colmada de la gracia sacramental de la ordenación, para nosotros es fuente de inagotable fecundidad en la realización de la misión que hemos recibido: ¡nuestra vida de piedad, que es a la vez vida de oración y de penitencia, es el agua viva que no solamente aplaca nuestra sed, sino que nos transforma a nosotros mismos en manantiales de agua que brotan para la vida eterna! (cfr. Jn 15,4-5; 7,37-39). Nuestro "obrar" pastoral nace a partir de nuestro "ser" sacerdotal.

Pedro y Pablo nos invitan hoy a reflexionar sobre la exigencia de nuestra específica santidad de vida para ser eficaces servidores de la Palabra viva (cfr. 1 Cor 4,1) en beneficio de todos los hombres, en el cumplimiento de los múltiples deberes de nuestro sagrado ministerio.

Asimismo tienen que resonar siempre actuales y vivas en nosotros las declaraciones del apóstol que expresan de manera total su adhesión incondicional a Cristo: "y ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí" (Gal 2,20), "para mí la vida es Cristo" (Flp 1,21).

3. "Recibía a todos los que acudían a él; predicaba el Reino de Dios y enseñaba lo referente al Señor Jesucristo con toda valentía, sin estorbo alguno" (Hch 28,30-31).

Con estas palabras que hemos escuchado hace poco en la primera Lectura, san Lucas traza de forma admirable la obra evangelizadora de san Pablo, que manifiesta la misión universal de la Iglesia. Jesús había dicho expresamente a Pablo: "como has dado testimonio de mí en Jerusalén, así debes darlo también en Roma" (Hch 23,11). El camino iniciado hacia Jerusalén ha alcanzado su meta: la Iglesia apostólica y orante, unida a María, se hace santa por acción del Espíritu Santo y llega a ser católica en Roma. Mediante el don de lenguas, el Espíritu de Cristo transforma el castigo de Babilonia, y hace que los apóstoles hablen ahora en todas las lenguas para llevar a cabo de esta forma la universalidad de su obra salvadora.

No debe maravillarnos, por tanto, que Pedro junto a los otros apóstoles afirme: "No podemos dejar de hablar" (Hch 4,20), y que Pablo precise con fervor: "Predicar el Evangelio no es para mí ningún motivo de gloria; es más bien un deber que me incumbe. ¡Ay de mí si no predico el Evangelio!" (1 Cor 9,16). Esta obra de evangelización a la que nosotros, sacerdotes, hemos sido llamados tiene un nombre: acción sacramental de Cristo.

Sabemos que el Verbo encarnado se hace presente, de forma sacramental, en los apóstoles, así como en sus sucesores y en todos sus sacerdotes "especialmente elegidos, consagrados y enviados para hacer que surja la contemporaneidad de Cristo, de quien se convierten en auténticos representantes y mensajeros" (cfr. Congregación para el Clero, Directorio para el ministerio y la vida de los presbíteros, Tota Ecclesia, 31.1.1994, n. 7). En la misma sagrada Ordenación está ontológicamente presente la dimensión misionera, que es la misión eterna de Cristo (cfr. Jn 20,21).

Por eso, en la escuela de fe de Pedro y Pablo aprendemos a mantener vivo en nuestra mente y en nuestro corazón el carácter sobrenatural y sagrado de nuestro sacerdocio. Sería insensato, además de presuntuoso, querer prescindir arbitrariamente de los instrumentos de salvación y de gracia que el Señor mismo ha depositado en nosotros, haciéndonos administradores de sus misterios divinos; y en este caso específico, también lo sería pretender ofrecer a la humanidad, sedienta de Dios, nuestros personalismos y nuestras visiones parciales. Como ya es bien sabido, el sacerdocio ministerial no es un mero cometido que hay que ejecutar, o el cumplimiento de ciertos procedimientos y tareas derivados de comisiones o encargos por parte de la comunidad: es en primer lugar una nueva presencia sacramental, en cada uno de nosotros, de Jesús Cabeza y Pastor, por la cual nos convertimos en "imagen real, viva y transparente de Cristo Sacerdote" (cfr. Juan Pablo II, Exhort. Ap. post-sinodal Pastores dabo vobis, 11).

Por tanto, la identificación con Cristo es don y misterio: gratuidad de Dios y misterio de unión con la vida de Cristo en su Iglesia; pero también es tarea y es responsabilidad personal para realizar en cada uno de nosotros nuestro modelo: el Buen Pastor que reúne el rebaño disperso (cfr. Jn 10,11-18), y que va en busca de la oveja descarriada (cfr. Mt 18,12-14).

Ello exige una vida de oración, de contemplación y de sacrificio para revestirnos de los mismos sentimientos de Cristo, y ajustar nuestra voluntad a la Suya. ¡La fecundidad del ministerio brota de la riqueza de la vida interior!

"Es sencillamente imposible vivir virtuosamente sin el auxilio de la oración" declara el Crisóstomo (cfr. De praecatione, oratio I). "Es la oración la que marca el estilo esencial del sacerdote" nos recuerda el Santo Padre (cfr. Juan Pablo II, Carta Novo incipiente, 8.4.1979, n. 10). Hemos nacido al sacerdocio ministerial en la oración sacerdotal de Cristo "en aquella noche llena de misterio" (cfr. Juan Pablo II, Carta a los sacerdotes para el Jueves Santo 2000, n. 2) en el Aula santa de Jerusalén: siempre podremos alimentar y reforzar nuestro ministerio en una oración incesante, más humilde y confiada, recurriendo a la oración del Mesías.

4. "Pero al instante les habló Jesús diciendo: ´¡Ánimo!, soy yo; no temáis´" (Mt 14,27).

Esta exhortación tranquilizadora del Señor dirigida a los discípulos, cansados en la barca agitada por la tormenta de la noche y asustados ante su milagroso caminar sobre las aguas del lago Tiberíades, son más actuales y pertinentes que nunca.

Sabemos muy bien por experiencia que no son la edad, nuestra energía o la mera ciencia humana las que hacen que sea eficaz nuestro ministerio sacerdotal, sino la dynamis Theou la "fuerza de Dios para la salvación de todo el que cree" (Rm 1,16). Estamos en la barca de Pedro, a veces en la oscuridad de las dificultades, en medio de la marea de obstáculos, pero sabemos que en nosotros está Su vida, la exousía, su poder sacro.

Conscientes de nuestros límites y de nuestras miserias, no podemos confiar en nuestras pocas fuerzas. Gritaremos como Pedro "¡Señor Sálvame!". Y en seguida Jesús extenderá su mano agarrándonos (cfr. Mt 14,31) y sentiremos su dulce y fructuoso reproche: "Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?" Agarrados por Cristo. Así debemos permanecer, dejándonos alcanzar por Él, como hizo el apóstol que dijo: "Cristo Jesús me alcanzó a mí" (Flp 3,12).

Examinemos, por tanto, si la gracia del Jubileo, que en estos días pasa en abundancia a través de nosostros como agua viva en un cauce fluvial, puede extenderse con mayor eficacia a todos los fieles a nosotros confiados en el ejercicio de nuestro ministerio. Nosotros también somos invitados a acercarnos a los hombres descarriados de este tercer milenio, como hizo Jesús con los discípulos en la barca durante la tormenta, y a repetirles "¡Ánimo, soy Jesús, no temáis!" (cfr. Mt 14,27).

No podemos ser un obstáculo a la acción sacramental de Cristo, como una máscara que hiciera difícil a los hombres reconocer en nosotros el rostro amable y misericordioso de Jesús, como un muro que obstaculizara a nuestros fieles el acceso a la Puerta Santa que es el Verbo encarnado.

odríamos repetir con mayor generosidad los gestos de perdón y de ofrecimiento de salvación, sobre todo dispensando con renovada fe y un mayor sentido de la responsabilidad los sacramentos de la Penitencia y de la Eucaristía.

¡Convertirnos para convertir! (cfr. San Gregorio Nacianceno, Orationes 2,71), siguiendo el ejemplo elocuente de san Pablo, vencido por la sorpresa de un encuentro sin precedentes con Cristo en el camino hacia Damasco.

Convertirnos, ante todo acercándonos, nosotros mismos, con regularidad al sacramento del Perdón: nuestra unión con Cristo, Sacerdote y Hostia, nos llevará a ser, como decía san Ignacio de Antioquía, "trigo de Dios para ser hecho pan mundo de Cristo" (cfr. Epistola ad Romanos 4,1), por el bien de los hermanos.

Concluiremos estas reflexiones invocando la materna intercesión y el constante patrocinio de la Reina de los Apóstoles y de la Madre de la Iglesia: María, Madre de los Sacerdotes y de las gentes, Estrella en los albores del tercer milenio, sigue guiándonos a nosotros tus hijos sacerdotes para que, tras el ejemplo de la fe y del amor de Pedro y de Pablo, sepamos ser auténticos misioneros de tu Hijo, impregnando cada vez más profundamente el terreno de su vida interior con el manantial del Sacerdocio Sumo y Eterno de Cristo. Hasta la efusión de sangre en la coherencia cotidiana de nuestra espléndida identidad.

 

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En el origen de la visita turística: la peregrinación a los santos lugares

A pocos kilómetros de las murallas de Roma, el historiador nos podría mostrar un muro, cercano a la Via Appia, en el sitio llamado Ad Catacumbas, en el cual, en un lugar ligado a la memoria de Pedro y Pablo, algunos visitantes han dejado en la segunda mitad del siglo III y a comienzos del IV, algunos centenares de graffitti con los cuales invocaban la intercesión de los dos Apóstoles. Uno de estos devotos afirma ser ciudadano de Benevento, otros dos, quizá africanos, piden una buena navegación; pero la mayor parte son probablemente de la Urbe. Iban de visita a la Via Appia, especialmente el 29 de junio, día de la conmemoración conjunta de Pedro y Pablo en Roma. Estos son los primeros testimonios de peregrinos cristianos, evidentemente enmarcados en el desarrollo del culto a los mártires, donde la santificación del tiempo y del espacio se implican mutuamente.

Aun cuando la peregrinación cristiana se inserta en el contexto más amplio de la peregrinación practicada en muchas religiones, se distingue de éstas, especialmente a partir de la época de Constantino, con la creación de una red de lugares bíblicos objeto de veneración, ligados a tal o cual personaje o acontecimiento del Antiguo o del Nuevo Testamento, y especialmente a Cristo. Así nació el concepto de "Tierra Santa" en la cultura del pueblo cristiano. Los cristianos tenían ya su propia historia. Desde el siglo II, tienen también una geografía.

Sin embargo, a diferencia del Islam o del Judaísmo anterior al año 70, las peregrinaciones cristianas se colocan en la categoría de las adiaphora, es decir, de las prácticas indiferentes, ni recomendadas ni prohibidas. Esto explica la gran variedad de peregrinaciones cristianas en general y también a Tierra Santa. Ante todo, no es posible apreciar una continuidad perfecta entre las peregrinaciones de los tiempos bíblicos y los de época cristiana, aunque sean a Jerusalén, porque el motivo de la peregrinación puede ser muy diferente.

En cualquier caso, dependiendo del tipo de peregrinación, el peregrino hace memoria, actualiza los acontecimientos y personajes de la Historia Sagrada, o recoge el testimonio de la fe apostólica, por ejemplo, en Roma o en Compostela, y por tanto, se inserta en la trama de la Iglesia que peregrina a través de los siglos, es decir, en la comunión de los santos vivida y experimentada. Esto significa que el mismo peregrinar recibe su calificación particular de la finalidad perseguida y del tipo de lugar santo visitado.

Por ejemplo, el Santo Padre, en su reciente Carta sobre la Peregrinación a los lugares de la Historia de la Salvación, evoca su peregrinación a Nazaret en 1965. Escribió entonces páginas llenas de emoción. El peregrino encuentra en el lugar y a través de los siglos aquello que está buscando gracias a la mediación del lugar sagrado: "¡Oh, saber que las piedras sobre las que camino en Nazaret, son las mismas que su pie tocaba cuando Ella era aún tu lugar, único en el mundo! ¡Encontrarte a través de una piedra que fue tocada por el pie de tu Madre!" (Juan Pablo II, Carta sobre la peregrinación a los lugares ligados a la historia de la salvación, n. 4).

Fundamentalmente, la vida cristiana es una peregrinación. Los Hechos de los Apóstoles, al describir la vida de los discípulos la llaman "el camino". En efecto, los discípulos siguen al maestro en toda la peregrinación de su Encarnación, que san Juan sintetiza en estas palabras: "He salido del Padre y he venido al mundo. Ahora dejo de nuevo el mundo y voy al Padre…".

Sin embargo, la meta última de la peregrinación de Cristo no es un templo terreno. Él mismo, el nuevo templo del culto nuevo, lanza el desafío en el Templo de Jerusalén: "Destruid este templo y yo lo reedificaré en tres días". La meta última de la peregrinación de Cristo es el Padre, que lo ha mandado y junto al cual retorna, una vez cumplida la misión. La meta última de la vida cristiana es la Jerusalén celeste, en la cual ya no habrá templo, "porque el Señor Dios, Todopoderoso, y el Cordero son su templo" (Ap 21,22), pero el cristianismo es la religión de la Encarnación y de la Redención que Cristo ha operado en la historia de la humanidad. La resurrección misma es un acontecimiento que trasciende la historia, pero que ha sucedido en la historia y en un lugar preciso, el sepulcro excavado en la roca, a escasos pasos del Gólgota.

Por una parte, el cristianismo no considera – contrariamente al Islam o al Hinduismo – que haya una ciudad o un lugar sagrado único como la Meca o Benarés adonde todos los fieles tengan que acudir en peregrinación, porque la comunidad de los discípulos se une en torno a Cristo resucitado cuando el obispo o su colaborador, el sacerdote, celebra la Eucaristía.

Por otra parte, la peregrinación está profundamente inserta en la vida de la Iglesia, porque la fe cristiana está estrechamente ligada a Jesús, enviado por el Padre y encarnado en la cultura del pueblo elegido, que atrae a todos desde su cruz gloriosa y acompaña a todas las personas de buena voluntad por el camino que conduce a su Reino.

Al igual que otras prácticas religiosas, la peregrinación cristiana se enraíza en la peregrinación judía. Para el judío del Antiguo Testamento, Jerusalén es la ciudad santa, en la que el Señor ha establecido su morada, y hacia ella caminan todas las naciones. La Jerusalén del Antiguo Testamento atrae hacia la gloria del Señor a los elegidos de Israel y hacia su luz a los pueblos del mundo entero. El judío adulto sube a Jerusalén para celebrar la Pascua, al menos una vez en la vida. Leyendo el Evangelio de San Juan, en efecto, vemos que el ministerio de Jesús está marcado por sus repetidas subidas a Jerusalén, y finalmente, su destino se cumple en Jerusalén, en el periodo de las celebraciones pascuales.

Para los discípulos de Jesús, la cruz, la resurrección y la ascensión hacen de Jerusalén la "Ciudad Santa" (Mt 27,53), pero con un significado diverso del Antiguo Testamento. En el misterio pascual de Cristo, toda la ley queda superada y es llevada a cumplimiento. Con el único sacrificio del Hijo de Dios, la Jerusalén terrena pierde su papel y su esplendor histórico y acabará destruida por los romanos el año 70.

Para los cristianos, la Jerusalén histórica queda sustituida por "la Jerusalén de arriba, nuestra madre" (Gal 4,26), que baja "del cielo, de junto a Dios… como una novia ataviada para su esposo" (Ap 21,2). Esta nueva Jerusalén es la Iglesia que viene de arriba, enviada al mundo entero gracias ministerio de los Apóstoles con la potencia del Señor resucitado, para comunicar a todas las gentes las enseñanzas del Señor Jesús y engendrar nuevos discípulos a través del bautismo.

La peregrinación a Jerusalén y Tierra Santa es una práctica cristiana muy antigua. Lo confirma el famoso de viaje de la Beata Egeria, que reproduce la peregrinación que hizo, Biblia en mano, de la Pascua del año 381 a la del 384.

Muy pronto los cristianos se llegaron a las tumbas de los mártires, y especialmente a Roma, a las de Pedro y Pablo a partir del siglo III y sobre todo a partir de la construcción de la Basílica Vaticana, por obra de Constantino a principios del siglo IV.

Después, los cristianos veneraron los sepulcros o las reliquias de otros santos, especialmente los mencionados en los Evangelios, como por ejemplo Santiago, aquí en Compostela, o Marta, María Magdalena y Lázaro en Provenza, los fundadores de una iglesia particular, o iniciadores de un amplio movimiento religioso, como san Martín de Tours en Francia, o san Benito en Italia, san Cirilo y Metodio en Europa Central, san Nicolás en Italia, san Bonifacio en Alemania y Países Bajos, san Patricio y san Columbano en Irlanda, etc.

En la Edad Media, la condición del peregrino es muy especial. El peregrino es un personaje muy considerado, porque su mismo peregrinar se asimila a un estado de vida cercano a lo que hoy llamamos la vida consagrada, si bien este compromiso espiritual se limita a un cierto periodo de la vida: algunos meses o años. Protegido por la autoridad eclesiástica y bien acogido por el pueblo, el peregrino es considerado como un hombre de Dios, que no duda en afrontar los peligros del camino, del clima, de los bandidos, de la enfermedad, para cumplir un voto. Peregrino en la tierra, está en camino hacia la salvación eterna. De ahí que el peregrino sea acogido como el mismo Cristo en los monasterios y abadías que desde el comienzo se han dotado de una "hospedería" para acoger a los forasteros.

Siendo en cierto sentido miembro de un estado de vida, el peregrino lleva un "uniforme": una túnica larga hasta los talones, un ceñidor de cuerda o de cuero, un cruz roja cosida sobre la espalda, lleva una capa con capucha y un sombrero de fieltro llamado "galero". En su caminar se apoya en un bastón del cual pende la cantimplora. Los peregrinos de Palestina llevan como distintivo una palma, los de Roma las llaves, o la verónica, los de Santiago, la concha.

 

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Situado cerca de la orilla derecha del Tíber, corresponde a la Colina Vaticana, el antiguo Ager Vaticanus, en el que se construyeron residencias veraniegas durante la era republicana.  Calígula edificó aquí su circo privado, en el que, así como en lo jardines adyacentes, parecen haber sido martirizados los primeros cristianos.  Al norte del circo, en una carretera secundaria, se encontraba una necrópolis en la que estuvo enterrado San Pedro.  Entre los años 324 y 326, Constantino erigió sobre el lugar de la tumba del primer Papa una imponente basílica que fue reemplazada por la actual construida entre los siglos XVI y XVII.

El entero territorio del Estado de la Ciudad del Vaticano se encuentra bajo la protección del Tratado de La Haya, del 14 de marzo de 1954, relativo a la salvaguardia de los bienes culturales en caso de conflicto armado.  La Ciudad del Vaticano está reconocida por lo tanto – también en ámbito de la disciplina internacional – como patrimonio moral, artístico y cultural digno de ser respetado y protegido como un tesoro para toda la humanidad.  Desde 1984 el Estado de la Ciudad del Vaticano forma parte de la lista de lugares reconocidos como Patrimonio de la Humanidad.

 Fuera del territorio del Estado gozan del derecho de extraterritorialidad superficies menores situadas en territorio italiano, como las tres basílicas de Santa María la Mayor, San Juan de Letrán y San Pablo Extramuros, sus edificios anejos, además de algunos edificios y oficinas romanas, sedes de dicasterios pontificios, la residencia veraniega del Papa de Castelgandolfo, hasta la zona próxima a Cesano (Santa Maria di Galeria)

 

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Cuando, con el edicto de Constantino, se permitió a los cristianos expresarse con plena libertad, el arte se convirtió en un cauce privilegiado de manifestación de la fe. Comenzaron a aparecer majestuosas basílicas, en las que se asumían los cánones arquitectónicos del antiguo paganismo, plegándolos a su vez a las exigencias del nuevo culto. ¿Cómo no recordar, al menos, las antiguas Basílicas de San Pedro y de San Juan de Letrán, construidas por cuenta del mismo Constantino, o ese esplendor del arte bizantino, la Haghia Sophia de Constantinopla, querida por Justiniano?

Mientras la arquitectura diseñaba el espacio sagrado, la necesidad de contemplar el misterio y de proponerlo de forma inmediata a los sencillos suscitó progresivamente las primeras manifestaciones de la pintura y la escultura. Surgían al mismo tiempo los rudimentos de un arte de la palabra y del sonido. Y, mientras Agustín incluía entre los numerosos temas de su producción un De musica, Hilario, Ambrosio, Prudencio, Efrén el Sirio, Gregorio Nacianceo y Paulino de Nola, por citar sólo algunos nombres, se hacían promotores de una poesía cristiana, que con frecuencia alcanzaba un alto valor no sólo teológico, sino también literario. Su programa poético valoraba las formas heredadas de los clásicos, pero se inspiraba en la savia pura del Evangelio, como sentenciaba con acierto el santo poeta de Nola: "Nuestro único arte es la fe y Cristo nuestro canto".(12) Por su parte, Gregorio Magno, con la compilación del Antiphonarium, ponía poco después las bases para el desarrollo orgánico de una música sagrada tan original que de él ha tomado su nombre. Con sus inspiradas modulaciones el Canto gregoriano se convertirá con los siglos en la expresión melódica característica de la fe de la Iglesia en la celebración litúrgica de los sagrados misterios. Lo "bello" se conjugaba así con lo "verdadero", para que también a través de las vías del arte los ánimos fueran llevados de lo sensible a lo eterno.

En este itinerario no faltaron momentos difíciles. Precisamente la antigüedad conoció una áspera controversia sobre la representación del misterio cristiano, que ha pasado a la historia con el nombre de "lucha iconoclasta". Las imágenes sagradas, muy difundidas en la devoción del pueblo de Dios, fueron objeto de una violenta contestación. El Concilio celebrado en Nicea el año 787, que estableció la licitud de las imágenes y de su culto, fue un acontecimiento histórico no sólo para la fe, sino también para la cultura misma. El argumento decisivo que invocaron los Obispos para dirimir la discusión fue el misterio de la Encarnación: si el Hijo de Dios ha entrado en el mundo de las realidades visibles, tendiendo un puente con su humanidad entre lo visible y lo invisible, de forma análoga se puede pensar que una representación del misterio puede ser usada, en la lógica del signo, como evocación sensible del misterio. El icono no se venera por sí mismo, sino que lleva al sujeto representado.(13)

 

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Pero la característica que, de manera especial, deseo subrayar en la conducta tenida por a los apóstoles de los eslavos, Cirilo y Metodio, es su modo pacífico de edificar la Iglesia, guiados por su visión de la Iglesia una, santa y universal.

Aunque los cristianos eslavos, más que otros, consideran de buen grado a los santos hermanos como « eslavos de corazón », éstos sin embargo siguen siendo hombres de cultura helénica y de formación bizantina, es decir, hombres que pertenecen en todo a la tradición del Oriente cristiano, tanto civil como eclesiástico.

Ya en sus tiempos las diferencias entre Constantinopla y Roma habían empezado a perfilarse como pretextos de desunión, aunque la deplorable escisión entre las dos partes de la misma cristiandad estaba aún lejana. Los evangelizadores y maestros de los eslavos se prepararon para ir a la Gran Moravia, llenos de toda la riqueza de la tradición y de la experiencia religiosa que caracterizaba el cristianismo oriental y que encontraba un reflejo peculiar en la enseñanza teológica y en la celebración de la sagrada liturgia.

Dado que desde ya hacía tiempo todos los oficios sagrados se celebraban en lengua griega en todas las Iglesias dentro de los confines del Imperio bizantino, las tradiciones propias de muchas Iglesias nacionales de Oriente —como la Georgiana y la Siríaca— que en el servicio divino usaban la lengua de su pueblo, eran bien conocidas a la cultura superior de Constantinopla y, especialmente, a Constantino Filósofo gracias a los estudios y a los contactos repetidos que había tenido con cristianos de aquellas Iglesias, tanto en la capital como en el curso de sus viajes.

Ambos hermanos, conscientes de la antigüedad y de la legitimidad de estas sagradas tradiciones, no tuvieron pues miedo de usar la lengua eslava en la liturgia, haciendo de ella un instrumento eficaz para acercar las verdades divinas a cuantos hablaban en esa lengua. Lo hicieron con una conciencia ajena a todo espíritu de superioridad o de dominio, por amor a la justicia y con evidente celo apostólico hacia unos pueblos que se estaban desarrollando.

El cristianismo occidental, después de las migraciones de los pueblos nuevos, había amalgamado los grupos étnicos llegados con las poblaciones latinas residentes, extendiendo a todos, con la intención de unirlos, la lengua, la liturgia y la cultura latina transmitidas por la Iglesia de Roma. De la uniformidad así conseguida, se originaba en aquellas sociedades relativamente jóvenes y en plena expansión un sentimiento de fuerza y compactibilidad, que contribuía tanto a su unión más estrecha, como a su afirmación más enérgica en Europa. Se puede comprender cómo en esta situación toda diversidad fuera entendida a veces como amenaza a una unidad todavía infieri, y cómo pudiera resultar grande la tentación de eliminarla recurriendo a formas de coacción.

 

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Maestro de la Pasión de Darmstadt

Constantine and His Mother Helena Venerating the True Cross

1440-1450. Pine. 207 x 109 cm. Gemäldegalerie. Berlín. Alemania.


250 años primeros de la Iglesia Católica - En ese salto que va de "Hechos de los Apóstoles" a esa "iglesia oficial y corrupta" que algunos protestantes y neo-gnósticos sitúan en el 325, con Constantino, pasan unos 250 años de vida cotidiana, de los que sabemos bastantes cosas; las suficientes, al menos, para desmontar historietas neopaganas, gnosticoides y demás morralla en la estela de El Código da Vinci y otras revisiones fantasiosas de los evangelios apócrifos.
Recomendamos vivamente
:
La vida cotidiana de los primeros cristianos
Adalbert G. Hamman - Trad. Manuel Morera - Ediciones Palabra, 1999 - Colección Arcaduz - 294 pág. 2006

 

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Rogad, pues, al Dueño  de la mies que envíe obreros a su mies" (Mt 9, 37-38).

 

El Papa, obispo de Roma y sucesor de San Pedro, “es el principio y fundamento perpetuo y visible de unidad, tanto de los obispos como de la muchedumbre de los fieles”. LUMEN GENTIUM, 23

En el ejercicio supremo, pleno e inmediato de su poder sobre toda la Iglesia, el Romano Pontífice se sirve de los dicasterios de la Curia Romana, que, en consecuencia, realizan su labor en su nombre y bajo su autoridad, para bien de las Iglesias y servicio de los sagrados pastores.
CHRISTUS DOMINUS, 9

 

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Obispo - En efecto, cada obispo, legítimamente consagrado en la Iglesia católica, participa de la plenitud del sacramento del orden. Como ministro del Señor y sucesor de los apóstoles, con la gracia del Paráclito, debe obrar para que toda la Iglesia crezca como familia del Padre, cuerpo de Cristo y templo del Espíritu, en la triple función que está llamado a desarrollar, o sea la de enseñar, la de santificar y la de gobernar.

 

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“Invertir en educación, poniéndose como objetivo, además de la necesaria transmisión de nociones técnico-científicas, una más amplia y profunda “responsabilidad ecológica”, basada en el respeto a la persona y a sus derechos y deberes fundamentales”.   “Sólo así el compromiso por el medio ambiente puede convertirse verdaderamente en educación a la paz y construcción de la paz” 1.1.MMX Benedicto PP XVI. 

 

San Pedro y san Pablo, considerados las columnas de la Iglesia universal. San Pedro, la "piedra" sobre la que Cristo fundó su Iglesia; san Pablo, el "instrumento elegido" para llevar el Evangelio a los gentiles. El pescador de Galilea que, superada la prueba de los días oscuros de la pasión de su Señor, deberá confirmar a sus hermanos en la fe y apacentar la grey de Cristo; el fariseo celoso que, convertido en el camino de Damasco, se transformará en heraldo de la salvación que viene por la fe.

Un arcano designio de la Providencia los trajo a ambos a Roma, para sellar con la sangre su testimonio: 
Pedro, crucificado en cruz invertida; Pablo, decapitado. El primero, sepultado al pie de la colina Vaticana; el segundo, en la vía Ostiense.

 

¡Qué grande es la elocuencia del altar central de la basílica San Pedro , sobre el cual celebra la Eucaristía el Sucesor de San Pedro pensando que, en un lugar cercano a ese altar, él mismo, Pedro crucificado, ofreció el sacrificio de su propia vida en unión con el sacrificio de Cristo crucificado sobre el Calvario, y resucitado...

 

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«Ahuyenta, Señor, con la luz diurna de tu sabiduría, las tinieblas nocturnas de nuestra mente, para que, iluminados por ti, te sirvamos con espíritu renovado y puro. La salida del sol representa para los mortales el comienzo de su trabajo; adereza, Señor, en nuestras almas una mansión en que pueda continuar aquel día que no conoce el ocaso. Haz que sepamos contemplar en nosotros mismos la vida de la resurrección, y que nada pueda apartar nuestras mentes de tus deleites. Imprime en nosotros, Señor, por nuestra constante adhesión a ti, el sello de aquel día que no depende del movimiento solar». De los Sermones de San Efrén, diácono (Sermo 3, De fine et admonitione 2. 4-5: Opera, edición Lamy 3, 216-222).




 

Los cristianos en el mundo - "Los cristianos no se distinguen de los demás hombres, ni por el lugar en que viven, ni por su lenguaje, ni por sus costumbres. Ellos, en efecto, no tienen ciudades propias, ni utilizan un hablar insólito, ni llevan un género de vida distinto. Su sistema doctrinal no ha sido inventado gracias al talento y especulación de hombres estudiosos, ni profesan, como otros, una enseñanza basada en autoridad de hombres. 


Viven en ciudades griegas y bárbaras, según les cupo en suerte, siguen las costumbres de los habitantes del país, tanto en el vestir como en todo su estilo de vida y, sin embargo, dan muestras de un tenor de vida admirable y, a juicio de todos, increíble. Habitan en su propia patria, pero como forasteros; toman parte en todo como ciudadanos, pero lo soportan todo como extranjeros; toda tierra extraña es patria para ellos, pero están en toda patria como en tierra extraña. Igual que todos, se casan y engendran hijos, pero no se deshacen de los hijos que conciben. Tienen la mesa en común, pero no el lecho. Viven en la carne, pero no según la carne. Viven en la tierra, pero su ciudadanía está en el Cielo. Obedecen las leyes establecidas, y con su modo de vivir superan estas leyes. Aman a todos, y todos los persiguen. Se los condena sin conocerlos. Se les da muerte, y con ello reciben la vida. Son pobres, y enriquecen a muchos; carecen de todo, y abundan en todo. Sufren la deshonra, y ello les sirve de gloria; sufren detrimento en su fama, y ello atestigua su justicia. Son maldecidos, y bendicen; son tratados con ignominia, y ellos, a cambio, devuelven honor. Hacen el bien, y son castigados como malhechores; y, al ser castigados a muerte, se alegran como si se les diera la vida. Los judíos los combaten como a extraños y los gentiles los persiguen, y, sin embargo, los mismos que los aborrecen no saben explicar el motivo de su enemistad. 

Para decirlo en pocas palabras: los cristianos son en el mundo lo que el alma es en el cuerpo. El alma, en efecto, se halla esparcida por todos los miembros del cuerpo; así también los cristianos se encuentran dispersos por todas las ciudades del mundo. El alma habita en el cuerpo, pero no procede del cuerpo; los cristianos viven en el mundo, pero no son del mundo. El alma invisible está encerrada en la cárcel del cuerpo visible; los cristianos viven visiblemente en el mundo, pero su religión es invisible. La carne aborrece y combate al alma, sin haber recibido de ella agravio alguno, sólo porque le impide disfrutar de los placeres; también el mundo aborrece a los cristianos, sin haber recibido agravio de ellos, porque se oponen a sus placeres. El alma ama al cuerpo y a sus miembros, a pesar de que éste la aborrece; también los cristianos aman a los que los odian. El alma está encerrada en el cuerpo, pero es ella la que mantiene unido el cuerpo; también los cristianos se hallan retenidos en el mundo como en una cárcel, pero ellos son los que mantienen la trabazón del mundo. El alma inmortal habita en una tienda mortal; también los cristianos viven como peregrinos en moradas corruptibles, mientras esperan la incorrupción celestial. El alma se perfecciona con la mortificación en el comer y beber; también los cristianos, constantemente mortificados, se multiplican más y más. Tan importante es el puesto que Dios les ha asignado, del que no les es lícito desertar". De la Carta a Diogneto (Cap. 5-6; Funk 1, 317-321)

 

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II Corintios 12,14 - 13,13

Que todo se haga para gloria de Dios

San Ignacio de Antioquia murió 113/5ca. Obispo de la Iglesia católica  

Carta a san Policarpo de Esmirna 5,1 - 8,1.3

 

Huye de la intriga y del fraude, más aún, habla a los fieles para precaverlos contra ello. Recomienda a mis her­manas que amen al Señor y que vivan contentas con sus maridos, tanto en cuanto a la carne, como en cuanto al es­píritu. Igualmente predica a mis hermanos, en nombre de Jesucristo, que amen a sus esposas como el Señor ama a la Iglesia. Si alguno se siente capaz de permanecer en cas­tidad para honrar la carne del Señor, permanezca en ella, pero sin ensoberbecerse. Pues, si se engríe, está perdido; y, si por ello se estimare en más que el obispo, está corrom­pido. Respecto a los que se casan, esposos y esposas, con­viene que celebren su enlace con conocimiento del obispo, a fin de que el casamiento sea conforme al Señor y no por solo deseo. Que todo se haga para gloria de Dios.

 Escuchad al obispo, para que Dios os escuche a voso­tros. Yo me ofrezco como víctima de expiación por quie­nes se someten al obispo, a los presbíteros y a los diáco­nos. ¡Y ojalá que con ellos se me concediera entrar a tener parte con Dios! Colaborad mutuamente unos con otros, luchad unidos, corred juntamente, sufrid con las penas de los demás, permaneced unidos en espíritu aun durante el sueño, así como al despertar, como administradores que sois de Dios, como sus asistentes y servidores. Tratad de ser gratos al Capitán bajo cuyas banderas militáis, y de quien habéis de recibir el sueldo. Que ninguno de vosotros sea declarado desertor. Vuestro bautismo ha de ser para vosotros como vuestra armadura, la fe como un yelmo, la caridad como una lanza, la paciencia como un arsenal de todas las armas; vuestras cajas de fondos han de ser vues­tras buenas obras, de las que recibiréis luego magníficos ahorros. Así pues, tened unos para con otros un corazón grande, con mansedumbre, como lo tiene Dios para con vosotros. ¡Ojalá pudiera yo gozar de vuestra presencia en todo tiempo!

 Como la Iglesia de Antioquía de Siria, gracias a vuestra oración, goza de paz, según se me ha comunicado, también yo gozo ahora de gran tranquilidad, con esa seguridad que viene de Dios; con tal de que alcance yo a Dios por mi martirio, para ser así hallado en la resurrección como discípulo vuestro. Es conveniente, Policarpo felicísimo en Dios, que convoques un consejo divino y elijáis a uno a quien profeséis particular amor y a quien tengáis por in­trépido, el cual podría ser llamado «correo divino», a fin de que lo deleguéis para que vaya a Siria y dé, para glo­ria de Dios, un testimonio sincero de vuestra ferviente caridad.

 El cristiano no tiene poder sobre sí mismo, sino que está dedicado a Dios. Esta obra es de Dios, y también de vosotros cuando la llevéis a cabo. Yo, en efecto, confío, en la gracia, que vosotros estáis prontos para toda buena obra que atañe a Dios. Como sé vuestro vehemente fer­vor por la verdad, he querido exhortaros por medio de esta breve carta.

 Pero, como no he podido escribir a todas las Iglesias por tener que zarpar precipitadamente de Troas a Neá­polis, según lo ordena la voluntad del Señor, escribe tú, como quien posee el sentir de Dios, a las Iglesias situadas más allá de Esmirna, a fin de que también ellas hagan lo mismo. Las que puedan, que manden delegados a pie; las que no, que envíen cartas por mano de los delegados que tú envíes, a fin de que alcancéis eterna gloria con esta obra, como bien lo merecéis.

 Deseo que estéis siempre bien, viviendo en unión de Jesucristo, nuestro Dios; permaneced en él, en la unidad y bajo la vigilancia de Dios. ¡Adiós en el Señor!

 

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II Corintios 11,30 12,13

Hemos de soportarlo todo por Dios, a fin de que también él nos soporte a nosotros - San Ignacio de Antioquia murió 113/5ca. Obispo de la Iglesia católica  - Carta a San Policarpo de Esmirna 1,1 -4, 3

 

Ignacio, por sobrenombre Teóforo, es decir, Portador de Dios, a Policarpo, obispo de la Iglesia de Esmirna, o más bien, puesto él mismo bajo la vigilancia o episcopado de Dios Padre y del Señor Jesucristo: mi más cordial sa­ludo.

 Al comprobar que tu sentir está de acuerdo con Dios y asentado como sobre roca inconmovible, yo glorifico en gran manera al Señor por haberme hecho la gracia de ver tu rostro intachable, del que ojalá me fuese dado go­zar siempre en Dios. Yo te exhorto, por la gracia de que estás revestido, a que aceleres el paso en tu carrera, y a que exhortes a todos para que se salven. Desempeña el cargo que ocupas con toda diligencia corporal y espiritual. Preocúpate de que se conserve la concordia, que es lo me­jor que puede existir. Llévalos a todos sobre ti, como a ti te lleva el Señor. Sopórtalos a todos con espíritu de cari­dad, como siempre lo haces. Dedícate continuamente a la oración. Pide mayor sabiduría de la que tienes. Mantén alerta tu espíritu, pues el espíritu desconoce el sueño. Há­blales a todos al estilo de Dios. Carga sobre ti, como per­fecto atleta, las enfermedades de todos, Donde mayor es el trabajo, allí hay rica ganancia.

 Si sólo amas a los buenos discípulos, ningún mérito tienes en ello. El mérito está en que sometas con manse­dumbre a los más perniciosos. No toda herida se cura con el mismo emplasto. Los accesos de fiebre cálmalos con aplicaciones húmedas. Sé en todas las cosas sagaz como la serpiente, pero sencillo en toda ocasión, como la palo­ma. Por eso, justamente eres a la vez corporal y espiritual, para que aquellas cosas que saltan a tu vista las desempe­ñes buenamente, y las que no alcanzas a ver ruegues que te sean manifestadas. De este modo, nada te faltará, sino que abundarás en todo don de la gracia. Los tiempos re­quieren de ti que aspires a alcanzar a Dios, juntamente con los que tienes encomendados, como el piloto anhela prósperos vientos, y el navegante, sorprendido por la tor­menta, suspira por el puerto. Sé sobrio, como un atleta de Dios. El premio es la incorrupción y la vida eterna, de cuya existencia también tú estás convencido. En todo y por todo soy una víctima de expiación por ti, así como mis cadenas, que tú mismo has besado.

 Que no te amedrenten los que se dan aires de hombres dignos de todo crédito y enseñan doctrinas extrañas a la fe. Por tu parte, mantente firme como un yunque golpea­do por el martillo. Es propio de un grande atleta el ser desollado y, sin embargo, vencer. Pues ¡cuánto más he­mos de soportarlo todo nosotros por Dios, a fin de que también él nos soporte a nosotros! Sé todavía más diligen­te de lo que eres. Date cabal cuenta de los tiempos. Aguar­da al que está por encima del tiempo, al intemporal, al invisible, que por nosotros se hizo visible; al impalpable, al impasible, que por nosotros se hizo pasible; al que en todas las formas posibles sufrió por nosotros.

 Las viudas no han de ser desatendidas. Después del Se­ñor, tú has de ser quien cuide de ellas. Nada se haga sin tu conocimiento, y tú, por tu parte, hazlo todo contando con Dios, como efectivamente lo haces. Mantente firme. Celébrense reuniones con más frecuencia. Búscalos a todos por su nombre. No trates altivamente a esclavos y es­clavas; mas tampoco dejes que se engrían, sino que tra­ten, para gloria de Dios, de mostrarse mejores servidores, a fin de que alcancen de él una libertad más excelente.

 

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II Corintios 12,14 - 13,13

Que todo se haga para gloria de Dios

San Ignacio de Antioquia murió 113/5ca. Obispo de la Iglesia católica  

Carta a san Policarpo de Esmirna 5,1 - 8,1.3

 

Huye de la intriga y del fraude, más aún, habla a los fieles para precaverlos contra ello. Recomienda a mis her­manas que amen al Señor y que vivan contentas con sus maridos, tanto en cuanto a la carne, como en cuanto al es­píritu. Igualmente predica a mis hermanos, en nombre de Jesucristo, que amen a sus esposas como el Señor ama a la Iglesia. Si alguno se siente capaz de permanecer en cas­tidad para honrar la carne del Señor, permanezca en ella, pero sin ensoberbecerse. Pues, si se engríe, está perdido; y, si por ello se estimare en más que el obispo, está corrom­pido. Respecto a los que se casan, esposos y esposas, con­viene que celebren su enlace con conocimiento del obispo, a fin de que el casamiento sea conforme al Señor y no por solo deseo. Que todo se haga para gloria de Dios.

 Escuchad al obispo, para que Dios os escuche a voso­tros. Yo me ofrezco como víctima de expiación por quie­nes se someten al obispo, a los presbíteros y a los diáco­nos. ¡Y ojalá que con ellos se me concediera entrar a tener parte con Dios! Colaborad mutuamente unos con otros, luchad unidos, corred juntamente, sufrid con las penas de los demás, permaneced unidos en espíritu aun durante el sueño, así como al despertar, como administradores que sois de Dios, como sus asistentes y servidores. Tratad de ser gratos al Capitán bajo cuyas banderas militáis, y de quien habéis de recibir el sueldo. Que ninguno de vosotros sea declarado desertor. Vuestro bautismo ha de ser para vosotros como vuestra armadura, la fe como un yelmo, la caridad como una lanza, la paciencia como un arsenal de todas las armas; vuestras cajas de fondos han de ser vues­tras buenas obras, de las que recibiréis luego magníficos ahorros. Así pues, tened unos para con otros un corazón grande, con mansedumbre, como lo tiene Dios para con vosotros. ¡Ojalá pudiera yo gozar de vuestra presencia en todo tiempo!

 Como la Iglesia de Antioquía de Siria, gracias a vuestra oración, goza de paz, según se me ha comunicado, también yo gozo ahora de gran tranquilidad, con esa seguridad que viene de Dios; con tal de que alcance yo a Dios por mi martirio, para ser así hallado en la resurrección como discípulo vuestro. Es conveniente, Policarpo felicísimo en Dios, que convoques un consejo divino y elijáis a uno a quien profeséis particular amor y a quien tengáis por in­trépido, el cual podría ser llamado «correo divino», a fin de que lo deleguéis para que vaya a Siria y dé, para glo­ria de Dios, un testimonio sincero de vuestra ferviente caridad.

 El cristiano no tiene poder sobre sí mismo, sino que está dedicado a Dios. Esta obra es de Dios, y también de vosotros cuando la llevéis a cabo. Yo, en efecto, confío, en la gracia, que vosotros estáis prontos para toda buena obra que atañe a Dios. Como sé vuestro vehemente fer­vor por la verdad, he querido exhortaros por medio de esta breve carta.

 Pero, como no he podido escribir a todas las Iglesias por tener que zarpar precipitadamente de Troas a Neá­polis, según lo ordena la voluntad del Señor, escribe tú, como quien posee el sentir de Dios, a las Iglesias situadas más allá de Esmirna, a fin de que también ellas hagan lo mismo. Las que puedan, que manden delegados a pie; las que no, que envíen cartas por mano de los delegados que tú envíes, a fin de que alcancéis eterna gloria con esta obra, como bien lo merecéis.

 Deseo que estéis siempre bien, viviendo en unión de Jesucristo, nuestro Dios; permaneced en él, en la unidad y bajo la vigilancia de Dios. ¡Adiós en el Señor!

 

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Jesús, Rey del universo. - Él es el Rey de bondad y donador de gracia que alimenta a su pueblo, y quiere reunirlo en torno a Él como un pastor que vela por su rebaño y recobra sus ovejas de todos los lugares donde estaban dispersas en los días de nubes y brumas (cf. Ez 34, 12).

 

Dos mil años de evangelización - En el monte de los Olivos, el día de la Ascensión, antes de subir al Padre, Jesús pronunció la profecía de la evangelización: «Id por todo el mundo y predicad el Evangelio a toda criatura» (Mc 16, 15).

«En estas palabras está contenida la proclama solemne de la evangelización» Juan Pablo II. Los discípulos del divino Redentor acogieron esta consigna y desde entonces, a lo largo de la historia y en todos los meridianos del orbe, la Iglesia se torna católica catolizando, y no ha hecho otra cosa que ejecutar el mandato de su Señor: evangelizar. «Evangelizare Iesum Christum»: «Anunciar a Jesucristo» (cf. Ga 1, 16), como se expresa san Pablo con frase lapidaria y emblemática.

 

La Iglesia es en la historia una anticipación del reino de Dios, y lo demuestra también por ser católica, es decir, universal.

 

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¿Qué es lo que más odian las sectas?: la Iglesia fundada por Jesucristo hace dos mil años ‘Una, Santa, Católica y Apostólica’. Y así se cumple el dicho evangélico de: "Por sus frutos los conoceréis". El tiempo, que suele ser tozudo, inapelable e inmisericorde, sin duda, ya da testimonio de ello.    Porque donde está la Iglesia, allí está el Espíritu de Dios; y donde está el Espíritu de Dios, allí está la Iglesia y toda gracia. Y el Espíritu es Verdad (1Jn 5,6). Por eso los que se excluyen de él ya no se nutren más de los pechos de su Madre para recibir la vida y ya no participan de la fuente límpida que mana del cuerpo de Cristo (Jn 7,37), sino que «se hacen cisternas, cisternas agrietadas, que el agua no retienen» (Jr 2,13)... Llegados a ser extraños a la verdad, es fatal que sigan rodando en el error y sean bamboleados por él, que... no tengan doctrina firmemente establecida, puesto que prefieren ser razonadores de palabras antes que discípulos de la verdad. Porque no están fundamentados sobre la Roca única, sino sobre arena.

San Ireneo de Lión (130ca. 208ca), obispo, teólogo y mártir de la Iglesia Católica - Contra las herejías III, 24, 1-2

 

 

II Corintios 10,1 - 11,6

La Iglesia o convocación del pueblo de Dios

San Cirilo de Jerusalén murió + 386 ca. Obispo de la Iglesia Católica

Catequesis 18,23-25

 

La Iglesia se llama católica o universal porque está esparcida por todo el orbe de la tierra, del uno al otro confín, y porque de un modo universal y sin defecto enseña todas las verdades de fe que los hombres deben conocer, ya se trate de las cosas visibles o invisibles, de las celestia­les o las terrenas; también porque induce al verdadero culto a toda clase de hombres, a los gobernantes y a los simples ciudadanos, a los instruidos y a los ignorantes; y, finalmente, porque cura y sana toda clase de pecados sin excepción, tanto los internos como los externos; ella po­see todo género de virtudes, cualquiera que sea su nom­bre, en hechos y palabras y en cualquier clase de dones espirituales.

 Con toda propiedad se la llama Iglesia o convocación, ya que convoca y reúne a todos, como dice el Señor en el libro del Levítico: Convoca a toda la asamblea a la entra­da de la tienda del encuentro. Y es de notar que la prime­ra vez que la Escritura usa esta palabra «convoca» es pre­cisamente en este lugar, cuando el Señor constituye a Aarón como sumo sacerdote. Y en el Deuteronomio Dios dice a Moisés: Reúneme al pueblo, y les haré oir mis pa­labras, para que aprendan a temerme. También vuelve a mencionar el nombre de Iglesia cuando dice, refiriéndose a las tablas de la ley: Y en ellas estaban escritas todas las palabras que el Señor os había dicho en la montaña, desde el fuego, el día de la iglesia o convocación; es como si dijera más claramente: «El día en que, llamados por el Señor, os congregasteis». También el salmista dice: Te daré gracias, Señor, en medio de la gran iglesia, te alabaré entre la multitud del pueblo.

 Anteriormente había cantado el salmista: En la iglesia bendecid a Dios, al Señor, estirpe de Israel. Pero nuestro Salvador edificó una segunda Iglesia, formada por los gentiles, nuestra santa Iglesia de los cristianos, acerca de la cual dijo a Pedro: Y sobre esta piedra edificaré mi Igle­sia, y el poder del infierno no la derrotará.

 En efecto, una vez relegada aquella única iglesia que es­taba en Judea, en adelante se van multiplicando por toda la tierra las Iglesias de Cristo, de las cuales se dice en los salmos: Cantad al Señor un cántico nuevo, resuene su alabanza en la iglesia de los fieles. Concuerda con esto lo que dijo el profeta a los judíos: Vosotros no me agradáis –dice el Señor de los ejércitos–, añadiendo a continua­ción: Del oriente al poniente es grande entre las nacio­nes mi nombre.

 Acerca de esta misma santa Iglesia católica, escribe Pa­blo a Timoteo: Quiero que sepas cómo hay que conducirse en la casa de Dios, es decir, en la Iglesia del Dios vivo, columna y base de la verdad.

 

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II Corintios 11,7-29

La Iglesia es la esposa de Cristo

San Cirilo de Jerusalén murió + 386 ca. Obispo de la Iglesia Católica

Catequesis 18,26-29

 

«Católica»: éste es el nombre propio de esta Iglesia santa y madre de todos nosotros; ella es en verdad esposa de nuestro Señor Jesucristo, Hijo unigénito de dios (porque está escrito: Como Cristo amó a su Iglesia y se entregó a si mismo por ella, y lo que sigue), y es figura y anticipo de la Jerusalén de arriba, que es libre y es nuestra madre, la cual, antes estéril, es ahora madre de una prole nume­rosa.

 En efecto, habiendo sido repudiada la primera, en la segunda Iglesia, esto es, la católica, Dios –como dice Pablo– estableció en el primer puesto los apóstoles, en el segundo los profetas, en el tercero los maestros, después vienen los milagros, luego el don de curar, la beneficen­cia, el gobierno, la diversidad de lenguas, y toda clase de virtudes: la sabiduría y la inteligencia, la templanza y la justicia, la misericordia y el amor a los hombres, y una paciencia insuperable en las persecuciones.

 Ella fue la que antes, en tiempo de persecución y de an­gustia, con armas ofensivas y defensivas, con honra y deshonra, redimió a los santos mártires con coronas de paciencia entretejidas de diversas y variadas flores; pero ahora, en este tiempo de paz, recibe, por gracia de Dios, los honores debidos, de parte de los reyes, de los hom­bres constituidos en dignidad y de toda clase de hombres. Y la potestad de los reyes sobre sus súbditos está limi­tada por unas fronteras territoriales; la santa Iglesia ca­tólica, en cambio, es la única que goza de una potestad ilimitada en toda la tierra. Tal como está escrito, Dios ha puesto paz en sus fronteras.

 En esta santa Iglesia católica, instruidos con esclareci­dos preceptos y enseñanzas, alcanzaremos el reino de los cielos y heredaremos la vida eterna, por la cual todo lo toleramos, para que podamos alcanzarla del Señor. Por­que la meta que se nos ha señalado no consiste en algo de poca monta, sino que nos esforzamos por la posesión de la vida eterna. Por esto, en la profesión de fe, se nos en­seña que, después de aquel artículo: La resurrección de los muertos, de la que ya hemos disertado, creamos en la vida del mundo futuro, por la cual luchamos los cris­tianos

 Por tanto, la vida verdadera y auténtica es el Padre, la fuente de la que, por mediación del Hijo, en el Espíritu Santo, manan sus dones para todos, y, por su benignidad, también a nosotros los hombres se nos han prometido verídicamente los bienes de la vida eterna.

 

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En toda esta lucha me siento rebosando de alegría

San Juan Crisóstomo – año 349ca. + 407 ca. Obispo de la Iglesia Católica - Homilías sobre la II Corintios 14,1-2

 

Nuevamente vuelve Pablo a hablar de la caridad, para atemperar la aspereza de su reprensión. Pues, después que los ha reprendido y les ka echado en cara que no lo aman como él los ama, sino que, separándose de su amor, se han juntado a otros hombres perniciosos, por segunda vez, suaviza la dureza de su reprensión, diciendo: Dadnos amplio lugar en vuestro corazón, esto es: «Amadnos». El favor que pide no es en manera alguna gravoso, y es un favor de más provecho para el que lo da que para el que lo recibe. Y no dice: «Amadnos», sino: Dadnos amplio lugar en vuestro corazón, expresión que incluye un matiz de compasión.

 «¿Quién –dice– nos ha echado fuera de vuestra men­te? ¿Quién nos ha arrojado de ella? ¿Cuál es la causa de que nos sintamos al estrecho entre vosotros?» Antes había dicho: Vosotros estáis encogidos por dentro, y ahora acla­ra el sentido de esta expresión, diciendo: Dadnos amplio lugar en vuestro corazón, añadiendo este nuevo motivo para atraérselos. Nada hay, en efecto, que mueva tanto a amar como el pensamiento, por parte de la persona amada, de que aquel que la ama desea en gran manera verse correspondido.

 Ya os tengo dicho –añade– que os llevo tan en el co­razón, que estamos unidos para vida y para muerte. Muy grande es la fuerza de este amor, pues que, a pesar de sus desprecios, desea morir y vivir con ellos. «Porque os llevamos en el corazón, mas no de cualquier modo, sino del modo dicho». Porque puede darse el caso de uno que ame pero rehuya el peligro; no es éste nuestro caso.

 Me siento lleno de ánimos. ¿De qué ánimos? «De los que vosotros me proporcionáis: porque os habéis enmen­dado y me habéis consolado así con vuestras obras». Esto es propio del que ama, reprochar la falta de corresponden­cia a su amor, pero con el temor de excederse en sus re­proches y causar tristeza. Por esto, dice: Me siento lleno de ánimos y rebosando de alegría.

 Es como si dijera: «Me habéis proporcionado una gran tristeza, pero me habéis proporcionado también una gran satisfacción y consuelo, ya que no sólo habéis quitado la causa de mi tristeza, sino que además me habéis llena­do de una alegría mayor aún».

 Y, a continuación, explica cuán grande sea esta ale­gría, cuando, después que ha dicho: Me siento rebosando de alegría, añade también: En toda esta lucha. «Tan gran­de –dice– es el placer que me habéis dado, que ni estas tan graves tribulaciones han podido oscurecerlo, sino que su grandeza exuberante ha superado todos los pesares que nos invadían y ha hecho que ni los sintiéramos».

 

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"Obras todas del Señor, bendecid al Señor".-

“¡Señor, dueño nuestro, qué admirable es tu nombre en toda la tierra!” (Sal 8, 2).

 

La belleza de la naturaleza nos recuerda que Dios nos ha encomendado la misión de "labrar y cuidar" este "jardín" que es la tierra (cf. Gn 2, 8-17).

 

Que nos guíe y acompañe siempre con su intercesión, la Santísima Madre de Dios.

Su fe indefectible que sostuvo la fe de Pedro y de los demás Apóstoles, durante más de dos mil años, siga sosteniendo la de las generaciones cristianas, aquella y siempre misma fe. Reina de los Apóstoles, ruega por nosotros. Amen

 

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¡Gloria al Jesucristo, base y fundamento de su Iglesia!

¡Buenaventura eres Tú, Oh María, Madre de mi Maestro!

“Desde ahora me llamarán dichosa todas las generaciones” Biblia. Evangelio según San Lucas Cap.1º vs. 48. La Iglesia, hace XXI siglos fundada por Tu Hijo, te alaba, ¡Oh Madre plena de dicha y felicidad!

  

 

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“Alegraos en el Señor siempre; lo repito: alegraos. Que vuestra bondad sea notoria a todos los hombres. El Señor está cerca. No os inquietéis por cosa alguna, sino más bien en toda oración y plegaria presentad al Señor vuestras necesidades con acción de gracias. Y la paz de Dios, que sobrepasa toda inteligencia, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús. Por lo demás, hermanos, considerad lo que hay de verdadero, de noble, de buena fama, de virtuoso, de laudable; practicad lo que habéis aprendido y recibido, lo que habéis oído y visto en mí, y el Dios de la paz estará con vosotros.” San Pablo en su carta a los Filipenses 4, 4-9vs.

 

Debido a la existencia de páginas excelentes sobre apologética y formación,  lo que se pretende desde aquí es contribuir muy modestamente y sumarse a los que ya se interesan por el Evangelio de Cristo de manera mucho más eficaz.

† La Iglesia que fundó Cristo es ‘una, santa, católica y apostólica’ y los evangelistas de la Iglesia Católica, así de claro lo escribieron en las Sagradas Escrituras. †




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'JESUCRISTO PADECIÓ BAJO EL PODER DE PONCIO PILATO,
FUE CRUCIFICADO, MUERTO Y SEPULTADO'
Evangelio según San Lucas, Cap.3, vers.1º: El año decimoquinto del reinado del emperador Tiberio, cuando Poncio Pilato gobernaba la Judea, siendo Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Felipe tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene…

Crucifixión de San Pedro: fue crucificado al revés cabeza abajo - Pergamino con San Pedro en cruz invertida, de Maguncia- Alemania; entre el 900 y el 1000ca. - Museo Diocesano de la Catedral Maguncia (Mainz) Alemania - Pedro en su cruz, invertida. ¿Qué significa todo esto? Es lo que Jesús había predicho a este Apóstol suyo: "Cuando seas viejo, otro te llevará a donde tú no quieras"; y el Señor había añadido: "Sígueme" (Jn 21, 18-19). Precisamente ahora se realiza el culmen del seguimiento: el discípulo no es más que el Maestro, y ahora experimenta toda la amargura de la cruz, de las consecuencias del pecado que separa de Dios, toda la absurdidad de la violencia y de la mentira. No se puede huir del radicalismo del interrogante planteado por la cruz: la cruz de Cristo, Cabeza de la Iglesia, y la cruz de Pedro, su Vicario en la tierra. Dos actos de un único drama: el drama del misterio pascual: cruz y resurrección, muerte y vida, pecado y gracia.

La maternidad divina de María – Catecismo de la Iglesia
495 Llamada en los Evangelios 'la Madre de Jesús'(Jn 2, 1; 19, 25; cf. Mt 13, 55, etc.), María es aclamada bajo el impulso del Espíritu como 'la madre de mi Señor' desde antes del nacimiento de su hijo (cf Lc 1, 43). En efecto, aquél que ella concibió como hombre, por obra del Espíritu Santo, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el Hijo eterno del Padre, la segunda persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre de Dios [Theotokos] (cf. Concilio de Éfeso, año 649: DS, 251).
La virginidad de María
496 Desde las primeras formulaciones de la fe (cf. DS 10-64), la Iglesia ha confesado que Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María únicamente por el poder del Espíritu Santo, afirmando también el aspecto corporal de este suceso: Jesús fue concebido absque semine ex Spiritu Sancto (Concilio de Letrán, año 649; DS, 503), esto es, sin semilla de varón, por obra del Espíritu Santo. Los Padres ven en la concepción virginal el signo de que es verdaderamente el Hijo de Dios el que ha venido en una humanidad como la nuestra:
Así, san Ignacio de Antioquía (comienzos del siglo II): «Estáis firmemente convencidos acerca de que nuestro Señor es verdaderamente de la raza de David según la carne (cf. Rm 1, 3), Hijo de Dios según la voluntad y el poder de Dios (cf. Jn 1, 13), nacido verdaderamente de una virgen [...] Fue verdaderamente clavado por nosotros en su carne bajo Poncio Pilato [...] padeció verdaderamente, como también resucitó verdaderamente» (Epistula ad Smyrnaeos, 1-2).

El acontecimiento histórico y transcendente – Catecismo de la Iglesia
639 El misterio de la resurrección de Cristo es un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas como lo atestigua el Nuevo Testamento. Ya san Pablo, hacia el año 56, puede escribir a los Corintios: "Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce: "(1 Co 15, 3-4). El apóstol habla aquí de la tradición viva de la Resurrección que recibió después de su conversión a las puertas de Damasco (cf. Hch 9, 3-18).
El sepulcro vacío

640 "¿Por qué buscar entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado" (Lc 24, 5-6). En el marco de los acontecimientos de Pascua, el primer elemento que se encuentra es el sepulcro vacío. No es en sí una prueba directa. La ausencia del cuerpo de Cristo en el sepulcro podría explicarse de otro modo (cf. Jn 20,13; Mt 28, 11-15). A pesar de eso, el sepulcro vacío ha constituido para todos un signo esencial. Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección. Es el caso, en primer lugar, de las santas mujeres (cf. Lc 24, 3. 22- 23), después de Pedro (cf. Lc 24, 12). "El discípulo que Jesús amaba" (Jn 20, 2) afirma que, al entrar en el sepulcro vacío y al descubrir "las vendas en el suelo"(Jn 20, 6) "vio y creyó" (Jn 20, 8). Eso supone que constató en el estado del sepulcro vacío (cf. Jn 20, 5-7) que la ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana y que Jesús no había vuelto simplemente a una vida terrenal como había sido el caso de Lázaro (cf. Jn 11, 44).