Tuesday 23 May 2017 | Actualizada : 2017-03-29
 
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“Tratad a los demás como queráis que ellos os traten a vosotros...” (Mt ,12)

 

Benedicto PP. XVI, Obispo de Roma 2007.

 

Durante la reunión que celebramos los capellanes de aeropuertos en Loreto, del 25 al 27 de abril de 1995, una asistente francesa, manifestó que la Iglesia debía de pedir perdón por la pobreza que existe en el tercer mundo. Mons. Sergio Sebastiani, entonces Secretario General del Jubileo 2000, que desarrollaba una ponencia, y que había trabajado muchos años en Mozambique, le contestó: “Usted y yo sí que debemos pedir perdón por lo que no hacemos, pero no la Iglesia. Puedo asegurarle que en Mozambique está el cuarto o el quinto mundo y hay muchísimas zonas a las que no llegan los organismos internacionales ni las ongs. Allí sólo he encontrado sacerdotes, religiosos y religiosas, que comparten la pobreza, el hambre y las enfermedades con los nativos”.

 

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IGLESIA QUE PERDONA SIEMPRE

Y SABE PEDIR PERDÓN

 

 

Juan Pablo II, Pont. Papa
Mensaje para la Jornada mundial de la Paz, 2002, pr. 6-8

 

“Tratad a los demás como queráis que ellos os traten a vosotros...” (Mt ,12) - Aquel que mata en actos terroristas, alimenta en su interior el desprecio por la humanidad, dando pruebas de la desesperanza de cara a la vida y al futuro. Ante esta perspectiva, todo puede ser odiado y destruido. El terrorista cree que la verdad que sostiene o el sufrimiento padecido son tan absolutos que le es legítimo reaccionar destruyendo incluso vidas humanas inocentes... La violencia terrorista...es totalmente contraria a la fe en Cristo Jesús que enseñó a sus discípulos esta oración: “Perdónanos nuestras ofensas, como nosotros perdonamos a los que nos ofenden.” (Mt 6,12)...
En realidad, el perdón es ante todo una decisión personal, una opción del corazón en contra del instinto espontáneo de pagar mal por mal. Esta opción encuentra su elemento de comparación en el amor de Dios que nos acoge a pesar de nuestros pecados, y su modelo supremo es el perdón de Cristo que oró así en la cruz: “Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen.” (Lc 23, 34).
El perdón tiene, pues, una raíz y una medida divinas. Pero esto no excluye que se pueda encontrar el valor del perdón a la luz de consideraciones fundadas sobre el buen sentir humano. La primera de estas consideraciones concierne la experiencia vivida interiormente por todo ser humano cuando comete el mal. Se da cuenta entonces de su fragilidad y desea que los otros sean indulgentes con él. ¿Porqué, entonces, no actuar de la misma manera de cara a los demás? Todo ser humano alimenta en su interior la esperanza de poder comenzar de nuevo, de iniciar un período de vida nueva, y no quedar para siempre prisionero de sus errores y de sus faltas. Cada ser humana sueña con poder mirar hacia el futuro con esperanza, descubrir que hay siempre una nueva posibilidad de tener confianza y de comprometerse en el bien.

 

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«Homo sum, humani nihil a me alienum puto».
Terencio, Heautontimorúmenos, 77

‘Hombre soy, creo que nada de lo que es propio del hombre me es ajeno’.

 

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¿Debe la Iglesia pedir perdón por sus errores?

 

Un hombre nunca debe avergonzarse por reconocer que se equivocó,
que es tanto como decir que hoy es más sabio de lo que fue ayer.


Jonathan Swift

Un acto de coraje y humildad

Hoy es corriente, por fortuna, que instituciones y Estados pidan públicamente perdón por agravios cometidos por sus antecesores. También la Iglesia, sobre todo desde el Concilio Vaticano II, se ha mostrado dispuesta a realizar esa tarea de revisión histórica de los errores e incoherencias de los católicos a lo largo de los siglos.

La Iglesia, al exponer las verdades del depósito de la fe que tiene confiado, goza de una infalibilidad otorgada por el mismo Jesucristo. Esa infalibilidad, según la doctrina católica, se extiende a las declaraciones del magisterio solemne, al magisterio ordinario y universal, y a lo propuesto de modo definitivo sobre la doctrina de la fe y las costumbres. Sin embargo, en las actuaciones personales de los católicos, ha habido y habrá siempre errores, más o menos graves, como sucede en todos los seres humanos. La Iglesia asume con una viva conciencia esos pecados de sus hijos, recordando con dolor todas las circunstancias en las que, a lo largo de la historia, los católicos se han alejado del espíritu de Cristo y de su Evangelio, ofreciendo al mundo, en vez del testimonio de una vida inspirada en los valores de la fe, el espectáculo de modos de pensar y actuar que eran verdaderas formas de anti-testimonio y de escándalo.

Por eso la Iglesia anima a sus hijos a la purificación y el arrepentimiento de todos los errores, infidelidades, incoherencias y lentitudes. Hacerlo ha supuesto un acto de coraje, y también una manifestación de humildad, y por tanto, una mayor aproximación a Dios. La Iglesia, al revisar su historia y suscitar el arrepentimiento por los eventuales errores y deficiencias de cuantos han llevado y llevan el nombre de cristianos a lo largo de la historia, da ejemplo de lo que predica constantemente.

Por el vínculo que en la Iglesia une a todos los fieles, los cristianos de hoy llevamos de alguna manera el peso de los errores y de las culpas de quienes nos han precedido (aun no teniendo responsabilidad personal en esos errores), y en ese sentido la Iglesia pide ahora perdón por esas culpas. La Iglesia abraza a sus hijos del pasado y del presente en una comunión real y profunda, y asume sobre sí el peso de las culpas también pasadas, para purificar la memoria y vivir la renovación del corazón y de la vida según la voluntad del Evangelio.

Sin pedir nada a cambio

La Iglesia pide perdón y, a su vez, ofrece su perdón a cuantos la han ofendido (cuestión bastante significativa si se piensa en tantas persecuciones como los cristianos han sufrido a lo largo de la historia). Pero la Iglesia no exige la petición de perdón ajena como premisa de la propia. No pide nada a cambio.

Pedir perdón de las culpas del pasado es un signo de vitalidad y de autenticidad de la Iglesia, que refuerza su credibilidad y ayudará a modificar esa falsa imagen de oscurantismo e intolerancia con que, por ignorancia o por mala fe, algunos sectores de opinión se complacen en identificarla. Esclarecer la verdad será siempre una liberación.

Dilucidar la verdad histórica

La Iglesia es una sociedad viva que atraviesa los siglos, y a través de ese caminar por la historia, no puede evitar que el grano bueno esté mezclado con la cizaña, que la santidad se establezca junto a la infidelidad y el pecado.

Clarificar la verdad hará que la luz destaque más sobre las sombras, porque, junto a sus fallos, destacarán sus grandes méritos. No puede olvidarse que es la Iglesia quien inició los hospitales, los hospicios, las escuelas, las universidades; que millones de cristianos, en todo el mundo, se han dedicado a una tarea misionera que era también una tarea de asistencia, de caridad, muchas veces heroica hasta el martirio. Hay que evitar tanto una apologética que pretenda justificarlo todo, como una culpabilización indebida, propia de cristianos acomplejados.

La Iglesia no tiene miedo a la verdad que emerge de la historia. Está dispuesta a reconocer equivocaciones allí donde se hayan verificado. Pero desconfía de los juicios generalizados de absolución o de condena respecto a las diversas épocas históricas. Confía en la investigación paciente y honesta sobre el pasado, libre de prejuicios de tipo confesional o ideológico.

Su petición de perdón no es ostentación de humildad ficticia, ni retractación de su historia, ciertamente rica en méritos en el terreno de la caridad, de la cultura, de la santidad. Responde más bien a una irrenunciable exigencia de verdad, que, junto a los aspectos positivos, reconoce los límites y las debilidades humanas de las sucesivas generaciones de cristianos.

El hecho de que algunas veces a lo largo de la historia la verdad se haya alzado con aires o con hechos de intolerancia, e incluso que en su error haya llegado a llevar hombres a la hoguera, no es culpa de la verdad, sino de quienes no supieron entenderla. Todo, hasta lo más grande, puede degradarse. Es cierto que el amor puede hacer que un insensato cometa un crimen, pero no por eso hay que abominar del amor, ni de la verdad, que nunca dejarán de ser las raíces que sostienen la vida humana.

Agradecemos al autor - http://www.interrogantes.net/

 

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INQUISICIÓN, «NO PODEMOS PEDIR

PERDÓN POR PECADOS INVENTADOS»


Habla Georges Cottier, organizador del reciente Simposio vaticano

 

CIUDAD DEL VATICANO, 09 nov 1998 - «La gran debilidad de la Inquisición
consiste en haber querido defender la verdad con medios violentos». Este es el sintético juicio del padre Georges Cottier, teólogo de la Casa Pontificia y organizador del Simposio internacional sobre la Inquisición que se celebró en los últimos días de octubre en el Vaticano.

«La historia de la inquisición no es la historia de Iglesia --declara en exclusiva a Zenit el padre Cottier--. La Iglesia es santa y da siempre frutos de santidad. Pero con esto no quiero decir que la Iglesia esté compuesta sólo de hombres santos, sino que produce frutos de santidad, en cada generación, también en nuestra época. La inquisición ha sido una institución eclesiástica y temporal que ha tenido ciertamente grandes defectos con sus consiguientes efectos negativos, pero éste no es el camino de la Iglesia. La Iglesia, como esposa y cuerpo de Cristo, tiene que gozar de toda nuestra confianza y, cuando hace penitencia, como indica Juan Pablo II en la carta apostólica "Tertio Millennio Adveniente", está cumpliendo un acto de lealtad y valentía que nos da nuevas fuerzas para afrontar el presente y el futuro».

 

--Zenit: ¿Cuáles son las novedades que han emergido en el Simposio?

 

--Georges Cottier: No podemos hablar de auténticas novedades, en parte porque los historiadores presentes trabajan sobre este argumento desde hace muchos años. El encuentro ha servido para aprender los unos de los otros. Se ha discutido mucho sobre la interpretación de algunos hechos concretos. Por ejemplo, se constató que no existe claridad en el recuento de los números de las víctimas de la Inquisición y mucho menos en su interpretación. Nuestra información tiene todavía muchos puntos que deben seguir siendo investigados. Muchos archivos fueron destruidos, otros no se han estudiado suficientemente y el archivo del Santo Oficio acaba de ser abierto. Sin embargo, a pesar de las dificultades, alcanzamos un consenso en puntos realmente importantes.

 

--Zenit: Una cierta historiografía dibuja a la Inquisición con los colores de la tortura y el calor de las hogueras. Por el contrario, algunos expertos cristianos defienden la utilidad que tenían estos tribunales. Usted, ¿qué piensa?

 

--Georges Cottier: La interpretación de los hechos que afectan a la historia de la Inquisición es muy controvertida. El análisis histórico tiene que tener en cuenta el contexto en el que tuvieron lugar los hechos. Algunos de los procedimientos atribuidos a la Inquisición, por ejemplo, eran los mismos que utilizaban los tribunales civiles. Incluso el procedimiento del proceso era el mismo. Muchos procesos terminaron con el reconocimiento de la inocencia del imputado y la pena para los condenados no era siempre la ejecución capital. El porcentaje de condenas a muerte fue inferior a lo que normalmente se piensa. Pero se trata de un problema de principio. Aunque hubiera habido poca gente condenada a muerte injustamente, el problema sigue en pie. Las comparaciones cuantitativas me causan repugnancia, pues no afrontan el verdadero problema. Por lo que se refiere a la interpretación de la Inquisición, se trata de un problema más teológico que histórico, aunque es cierto que el argumento histórico tiene que ser profundizado, pues no se puede hablar de este tribunal sin conocer la verdad de los hechos. Desde el puntos de vista teológico, se han identificado algunas pistas de reflexión. El padre Juan Miguel Garrigues ha insistido en que la Inquisición, en sus raíces doctrinales, es un problema que nace ya con san Agustín en su disputa contra los donatistas. Ya en aquel entonces Agustín pidió ayuda al brazo secular pues en aquel momento el imperio se había hecho oficialmente cristiano. Esto significa que no se puede entender la Inquisición sin la idea histórica de cristiandad, que es una forma de sociedad civil y política en la que todos los miembros están comprometidos en la profesión de la fe cristiana. En la Inquisición nos encontramos ante la defensa de la fe como protección de la Iglesia y también como elemento cultural que une al pueblo. Por ejemplo, no se puede entender la historia de la Inquisición española fuera de esta lógica. Sólo cuando se hace un esfuerzo por pensar como razonaban las personas de aquel tiempo es posible comprender por qué tanta gente excelsa y de gran fe no experimentó los interrogantes que planteaba esta institución.

Es verdad que en nuestro siglo se han dado genocidios, pero esto no quiere decir que podemos analizar la Inquisición sin remordimientos.

 

--Zenit: A la edad moderna le gusta ponerse la etiqueta de «edad de los derechos» y, por ello, critica severamente a la Inquisición. ¿Cómo es posible analizar con los ojos de hoy lo que sucedió en la historia pasada?

 

--Georges Cottier: Hoy vivimos en una sociedad pluralista en la que la distinción entre poder temporal y espiritual es mucho más clara que en el pasado y esto representa un gran cambio. A partir de esta consideración, hay que hacer una reflexión teológica. La conciencia moral cristiana se afina con el avanzar de la historia. No estoy diciendo que los cristianos son mejores hoy que antes, pues quizá hay más pecadores ahora que en el pasado --sólo Dios lo sabe--. Pero, como ha sancionado el Concilio Vaticano II y la carta «Tertio Millennio Adveniente», «la verdad se defiende con las armas de la verdad» y esto representa un progreso enorme para la conciencia cristiana.

Basta pensar, por ejemplo, en el debate actual sobre la pena de muerte. Al inicio de este siglo, la pena de muerte era algo comúnmente aceptado, ahora, por el contrario, su práctica es causa de auténticos problemas para la conciencia de los cristianos. Esto demuestra que pueden nacer exigencias más rigurosas en la conciencia cristiana. De este modo, se puede entender cómo ciertos actos, que no fueron percibidos como un mal moral en una época, son vistos hoy como inaceptables. Pero quisiera añadir que la realidad moderna es paradójica. Hoy día vemos cómo muchas personas critican las prácticas violentas de la Inquisición, y
cómo luchan contra la pena de muerte, pero al mismo tiempo asistimos a la liberalización del aborto y de la eutanasia. De este modo, constatamos que el progreso de la conciencia no es linear: se pueden dar pasos adelante en un campo y pasos atrás en otro. Si, además, somos testigos de cómo algunos sistemas totalitarios, en nombre de la «Razón de Estado», no han dudado en cometer masacres y torturas de masa, entonces comprenderemos la complejidad de la historia. El hombre está llamado a la santidad, pero es pecador y el pecado forma parte de la historia.

 

--Zenit: Tomás de Torquemada es descrito como un inquisidor cruel y torturador. Pero, ¿fue realmente así? ¿Qué responde ante el hecho de que algunos inquisidores fueron canonizados?

 

--Georges Cottier: Hay santos inquisidores, pues vivieron la caridad perfecta, sin participar en las malicias morales de estas prácticas. Es conocido, por ejemplo, el carácter severo de la Inquisición romana bajo el gobierno del Papa Pío V. Además, no hay que confundir la estructura represiva de la Inquisición con la figura de algunos inquisidores, cuya tarea consistía en identificar a los herejes y convertirles. Los santos viven la vida evangélica, incluso aquellos que aceptaron la inquisición, vivieron según esta senda. Uno de ellos fue, por ejemplo, San Pedro mártir de Verona, quien es recordado en el calendario. Hay que tener en cuenta que, en aquel entonces, no se percibía la incompatibilidad de algunas prácticas con la difusión del Evangelio. La violencia ha abierto siempre las puertas a períodos oscuros, especialmente cuando el poder civil ha tomado en su mano la cuestión de la represión de los herejes. Por lo que se refiere a Torquemada, hay que decir que era muy riguroso, pero la búsqueda del rigor en ocasiones puede crear problemas. El afán obstinado por perseguir el rigor de la virtud podría tener algo de inhumano. Basta pensar, por ejemplo, en un hombre duro como Calvino. Tenemos que rehabilitar la moderación que forma parte de la virtud de la prudencia en la lucha contra el vicio. A veces el rigor puede ser exagerado, para convertirse un tipo de celo que deja de ser evangélico. No creo que Torquemada fuera un sádico. Quizá se dieron casos graves, en especial cuando utilizaba la tortura para obtener la onfesión.

 

--Zenit: ¿Cuál es su opinión sobre la utilidad de los resultados obtenidos en el simposio?

 

--Georges Cottier: El primer objetivo consiste en preparar un dossier al Santo Padre. El Jubileo es un acto de alegría, una alegría que nace del perdón de Dios.

Tenemos que pedir perdón también por algunos pecados cometidos en la historia. Pero se corre el riesgo de pedir perdón por hechos que nunca existieron. El Papa habla de purificación de la memoria. Esto quiere decir que tenemos que purificar nuestra imagen del pasado de los errores que son promovidos por la propaganda. La idea horrorosa de la Inquisición difundida entre la opinión pública es seguramente exagerada. Por este motivo, hemos decidido escuchar a los historiadores para que nos digan qué fue exactamente la Inquisición. La petición de perdón debe formularse basándonos en la información más exacta posible. Este era el objetivo fundamental del Simposio y estamos contentos por los resultados alcanzados.

 

--Zenit: ¿En qué medida estos resultados pueden ser estímulo o freno para el diálogo ecuménico e interreligioso?

 

--Georges Cottier: Creo que pueden ser un auténtico estímulo a condición de que se trate de un auténtico diálogo. La Iglesia no tiene miedo de la verdad y, considerando que no puede  diálogo sin dos interlocutores, tenemos que esperar que la otra parte muestre la misma disponibilidad. Esta es la primera condición del diálogo. Por este motivo, la investigación de la verdad histórica debería ayudar a todas las partes interesadas en el diálogo. La inquisición fue instituida por los católicos, pero la pena de muerte fue aplicada por otro muchos sistemas y confesiones. De todos modos,
estoy convencido de que nuestra disponibilidad para descubrir la verdad servirá de ayuda para el diálogo ecuménico.

 

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Una hermosa indicación de Juan Pablo II hablando de la memoria histórica: La memoria se configura como un derecho que corresponde a cada grupo humano (sociedad, Iglesia, partidos y sindicatos) para profundizar en la propia identidad, pero es esencial que esa memoria no sea selectiva y sesgada, ni intente imponer a todos una visión uniforme, sino que se desarrolle a partir de una aproximación «abierta, objetiva y científica» a los hechos.

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…[…]… «Sí que reivindicó el derecho de cada colectivo, -la Iglesia católica, una congregación religiosa, un partido político, un sindicato, una institución académica, a rememorar su historia para profundizar «en su identidad». Monseñor Ricardo Blázquez, Obispo de Bilbao-Esp. 2007.XI.

 

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Historiadores serios, responsables investigadores, sanos intelectuales deben estudiar la historia. La Iglesia universal está muy por encima de circunstancias coyunturales, y debe ser capaz de transmitir un mensaje de fe y de esperanza. La historia tiene que quedar en manos de los historiadores porque nadie tiene derecho a imponer una «verdad oficial», propia de los sistemas totalitarios. En el marco de la razón y el sentido común, el recuerdo de los antecesores -en este caso, de quienes dieron la vida por la fe ‘mártires de la Iglesia Católica’- refuerza la propia identidad y ayuda a comprender el complejo mundo en que vivimos. 2007-XI

 

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MENSAJE DEL PAPA JUAN PABLO II
AL PUBLICARSE LAS ACTAS
DEL CONGRESO SOBRE LA INQUISICIÓN

 

Al venerado hermano
Señor cardenal
ROGER ETCHEGARAY
ex presidente del Comité
para el gran jubileo del año 2000

1. He recibido con gran aprecio el libro que recoge las Actas del Congreso internacional sobre la Inquisición, organizado en el Vaticano del 29 al 31 de octubre de 1998 por la comisión histórico-teológica del Comité para el gran jubileo del año 2000.

Ese Congreso respondía al deseo que expresé en la carta apostólica Tertio millennio adveniente:  "Así, es justo que (...) la Iglesia asuma con una conciencia más viva el pecado de sus hijos, recordando todas las circunstancias en las que, a lo largo de la historia, se han alejado del espíritu de Cristo y de su Evangelio, ofreciendo al mundo, en vez del testimonio de una vida inspirada en los valores de la fe, el espectáculo de modos de pensar y actuar que eran verdaderas formas de antitestimonio y de escándalo" (n. 33).

En la opinión pública la imagen de la Inquisición representa casi el símbolo de ese antitestimonio y escándalo. ¿En qué medida esta imagen es fiel a la realidad? Antes de
pedir perdón, es necesario tener un conocimiento exacto de los hechos y situar las faltas con respecto a las exigencias evangélicas allí donde se encuentran efectivamente. Por esta razón, el Comité se dirigió a historiadores cuya competencia científica se reconoce universalmente.

2. La insustituible contribución de los historiadores representa, para los teólogos, una invitación a reflexionar sobre las condiciones de vida del pueblo de Dios en su camino histórico.
Una distinción guiará la reflexión crítica de los teólogos:  la distinción entre el auténtico sensus fidei y la mentalidad dominante en una época determinada, que puede haber influido en su opinión.

El sensus fidei es el que debe proporcionar los criterios para un juicio equilibrado sobre el pasado de la vida de la Iglesia.

3. Este discernimiento es posible precisamente porque con el paso del tiempo la Iglesia, guiada por el Espíritu Santo, percibe con una conciencia cada vez más viva cuáles son las exigencias de su conformidad con el Esposo. Así, el concilio Vaticano II pudo expresar la "regla de oro" que orienta la defensa de la verdad, tarea que corresponde a la misión del Magisterio:  "La verdad no se impone sino por la fuerza de la misma verdad, que penetra, con suavidad y firmeza a la vez, en las almas" (Dignitatis humanae, 1. Esta afirmación está citada en la Tertio millennio adveniente, 35).
La institución de la Inquisición fue abolida. Como dije a los participantes en el Congreso, los hijos de la Iglesia no pueden dejar de considerar, con espíritu de arrepentimiento, la "aceptación, manifestada especialmente en algunos siglos, de métodos de intolerancia e incluso de violencia en el servicio a la verdad" (n. 4:  L´Osservatore Romano, edición en lengua española, 6 de noviembre de 1998, p. 2; cf. Tertio millennio adveniente, 35).

Es evidente que este espíritu de arrepentimiento conlleva el firme propósito de buscar en el futuro los caminos del testimonio evangélico que es preciso dar a la verdad.

4. El 12 de marzo de 2000, con ocasión de la celebración litúrgica que marcó la Jornada del perdón, se pidió perdón por los errores cometidos en el servicio a la verdad a través del recurso a métodos no evangélicos. La Iglesia debe desempeñar este servicio imitando a su Señor, manso y humilde de corazón. La oración que dirigí en esa ocasión a Dios contiene los motivos de una petición de perdón que vale tanto para los dramas vinculados a la Inquisición como para las heridas de la memoria, que son su consecuencia.

"Señor, Dios de todos los hombres, en algunas épocas de la historia los cristianos a veces han transigido con métodos de intolerancia y no han seguido el gran mandamiento del amor, desfigurando así el rostro de la Iglesia, tu Esposa. Ten misericordia de tus hijos pecadores y acepta nuestro propósito de buscar y promover la verdad en la dulzura de la caridad, conscientes de que la verdad sólo se impone con la fuerza de la verdad misma. Por Cristo nuestro Señor".

El hermoso libro de las Actas del Congreso se inserta en el espíritu de esta petición de perdón. Dando las gracias a todos los participantes, invoco sobre ellos la bendición divina.
Vaticano, 15 de junio de 2004

 

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«Bendito seas, Señor, Dios de nuestros padres (...). Hemos pecado y cometido iniquidad, apartándonos de ti, y en todo hemos delinquido, y no hemos obedecido a tus preceptos» (Dn 3, 26. 29). Así oraban los judíos después del exilio (cf. también Ba 2, 11-13), asumiendo las culpas cometidas por sus padres. La Iglesia imita su ejemplo y pide perdón por las culpas también históricas de sus hijos.

En efecto, en nuestro siglo el acontecimiento del concilio Vaticano II ha suscitado un notable impulso de renovación de la Iglesia, para que, como comunidad de los salvados, se convierta cada vez más en transparencia viva del mensaje de Jesús en medio del mundo. La Iglesia, fiel a la enseñanza del último concilio, toma cada vez mayor conciencia de que sólo con una continua purificación de sus miembros e instituciones puede dar al mundo un testimonio coherente del Señor. Por eso, «santa y siempre necesitada de purificación, busca sin cesar la conversión y la renovación» (Lumen gentium, 8).

2. El reconocimiento de las implicaciones comunitarias del pecado impulsa a la Iglesia a pedir perdón por las culpas históricas de sus hijos. A ello la induce la magnífica ocasión del gran jubileo del año 2000, el cual, siguiendo las enseñanzas del Vaticano II, quiere iniciar una nueva página de historia, superando los obstáculos que aún dividen entre sí a los seres humanos y, en particular, a los cristianos. S.S. Juan Pablo II – Magno 01.IX.1999

 

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EL PROBLEMA: AYER Y HOY

 

1. Antes del Vaticano II

El Jubileo se ha vivido siempre en la Iglesia como un tiempo de alegría por la salvación otorgada en Cristo y como una ocasión privilegiada de penitencia y de reconciliación por los pecados presentes en la vida del Pueblo de Dios. Desde su primera celebración bajo Bonifacio VIII en el año 1300, el peregrinaje penitencial a la tumba de los apóstoles Pedro y Pablo ha estado asociado a la concesión de una indulgencia excepcional para procurar, con el perdón sacramental, la remisión total o parcial de las penas temporales debidas por los pecados 4. En este contexto, tanto el perdón sacramental como la remisión de las penas revisten un carácter personal. A lo largo del «año de perdón y de gracia» 5, la Iglesia dispensa en modo particular el tesoro de gracias que Cristo ha constituido en su favor 6. En ninguno de los jubileos celebrados hasta ahora ha estado presente, sin embargo, una toma de conciencia de eventuales culpas del pasado de la Iglesia, ni tampoco de la necesidad de pedir perdón a Dios por los comportamientos del pasado próximo o remoto.

Más aún, en la historia entera de la Iglesia no se encuentran precedentes de peticiones de perdón relativas a culpas del pasado, que hayan sido formuladas por el Magisterio. Los concilios y las decretales papales sancionaban, ciertamente, los abusos de que se hubieran hecho culpables clérigos o laicos, y no pocos pastores se esforzaban sinceramente en corregirlos. Sin embargo, han sido muy raras las ocasiones en las que las autoridades eclesiales (Papa, obispos o concilios) han reconocido abiertamente las culpas o los abusos de los que ellas mismas se habían hecho culpables. Un ejemplo célebre lo proporciona el papa reformador Adriano VI, quien reconoció abiertamente, en un mensaje a la Dieta de Nurenberg del 25 de noviembre de 1522, «las abominaciones, los abusos [...] y las prevaricaciones» de las que se había hecho culpable «la corte romana» de su tiempo, «enfermedad [...] profundamente arraigada y desarrollada», extendida «desde la cabeza a los miembros» 7. Adriano VI deploraba culpas contemporáneas, precisamente las de su predecesor inmediato León X y las de su curia, sin asociar todavía a ello, no obstante, una petición de perdón.

Será necesario esperar hasta Pablo VI para ver cómo un Papa expresa una petición de perdón dirigida tanto a Dios como a un grupo de contemporáneos. En el discurso de apertura de la segunda sesión del Concilio, el Papa «pide perdón a Dios [...] y a los hermanos separados» de Oriente que se sientan ofendidos «por nosotros» (Iglesia católica) y se declara dispuesto, por parte suya, a perdonar las ofensas recibidas. En la óptica de Pablo VI, la petición y la oferta de perdón se referían únicamente al pecado de la división entre los cristianos y presuponían la reciprocidad.

2. La enseñanza del Concilio

El Vaticano II se pone en la misma perspectiva que Pablo VI. Por las culpas cometidas contra la unidad, afirman los Padres conciliares, «pedimos perdón a Dios y a los hermanos separados, así como nosotros perdonamos a quienes nos hayan ofendido» 8. Además de las culpas contra la unidad, el Concilio señala otros episodios negativos del pasado en los cuales los cristianos han tenido alguna responsabilidad. Así, «deplora ciertas actitudes mentales que no han faltado a veces entre los propios cristianos» y que han podido hacer pensar en una oposición entre la ciencia y la fe 9. De manera semejante, considera que «en la génesis del ateísmo» los cristianos han podido tener «una cierta responsabilidad», en la medida en que con su negligencia «han velado más bien que revelado el genuino rostro de Dios y de la religión» 10. Además, el Concilio «deplora» las persecuciones y manifestaciones de antisemitismo llevadas a cabo «en cualquier tiempo y por cualquier persona» 11. El Concilio, sin embargo, no asocia a los hechos citados una petición de perdón.

Desde el punto de vista teológico, el Vaticano II distingue entre la fidelidad indefectible de la Iglesia y las debilidades de sus miembros, clérigos o laicos, ayer como hoy 12; por tanto, entre ella, esposa de Cristo «sin mancha ni arruga [...] santa e inmaculada» (cf. Ef 5,27), y sus hijos, pecadores perdonados, llamados a la metanoia permanente, a la renovación en el Espíritu Santo. «La Iglesia, recibiendo en su propio seno a los pecadores, santa al mismo tiempo que necesitada de purificación constante, busca sin cesar la penitencia y la renovación» 13.

El Concilio ha elaborado también algunos criterios de discernimiento respecto a la culpabilidad o a la responsabilidad de los vivos por las culpas pasadas. En efecto, en dos contextos diferentes, ha recordado la no imputabilidad a los contemporáneos de culpas cometidas en el pasado por miembros de sus comunidades religiosas:

          — «Lo que en su pasión (de Cristo) se perpetró no puede ser imputado ni indistintamente a todos los judíos que entonces vivían, ni a los judíos de hoy» 14.

          — «Comunidades no pequeñas se separaron de la plena comunión de la Iglesia católica, a veces no sin culpa de los hombres por una y otra parte. Sin embargo, quienes ahora nacen en esas comunidades y se nutren con la fe de Cristo no pueden ser acusados de pecado de separación, y la Iglesia católica los abraza con fraterno respeto y amor» 15.

En el primer Año Santo celebrado después del Concilio, en 1975, Pablo VI había dado como tema «renovación y reconciliación» 16, precisando, en la Exhortación apostólica paterna Cum benevolentia, que la reconciliación debía sobre todo llevarse a cabo entre los fieles de la Iglesia católica 17. Como en sus orígenes, el Año Santo seguía siendo una ocasión de conversión y de reconciliación de los pecadores con Dios, a través de la economía sacramental de la Iglesia.

3. Las peticiones de perdón de Juan Pablo II

Juan Pablo II no sólo renueva el lamento por las «dolorosas memorias» que han ido marcando la historia de las divisiones entre los cristianos, como habían hecho Pablo VI y el Concilio Vaticano II 18, sino que extiende la petición de perdón también a una multitud de hechos históricos, en los cuales la Iglesia o grupos particulares de cristianos han estado implicados por diversos motivos 19. En la Carta apostólica Tertio millennio adveniente 20, el Papa desea que el Jubileo del Año 2000 sea la ocasión para una purificación de la memoria de la Iglesia de «todas las formas de contratestimonio y de escándalo», que se han sucedido en el curso del milenio pasado 21.

La Iglesia es invitada a «asumir con conciencia más viva el pecado de sus hijos». Ella «reconoce como suyos a los hijos pecadores», y los anima a «purificarse, en el arrepentimiento, de los errores, infidelidades, incoherencias y lentitudes» 22. La responsabilidad de los cristianos en los males de nuestro tiempo es igualmente evocada 23, si bien el acento recae particularmente sobre la solidaridad de la Iglesia de hoy con las culpas pasadas, de las que algunas son explícitamente mencionadas, como la división entre los cristianos 24 o los «métodos de violencia y de intolerancia» utilizados en el pasado para evangelizar 25.

El mismo Juan Pablo II estimula a profundizar teológicamente la asunción de las culpas del pasado y la eventual petición de perdón a los contemporáneos 26, cuando, en la exhortación Reconciliatio et paenitentia, afirma que en el sacramento de la penitencia «el pecador se encuentra solo ante Dios con su culpa, su arrepentimiento y su confianza. Nadie puede arrepentirse en lugar suyo o pedir perdón en su nombre». El pecado es, por tanto, siempre personal, también cuando hiere a la Iglesia entera que, representada por el sacerdote ministro de la penitencia, es mediadora sacramental de la gracia que reconcilia con Dios 27. También las situaciones de «pecado social», que se verifican en el interior de las comunidades humanas cuando se lesionan la justicia, la libertad y la paz, «son siempre el fruto, la acumulación y la concentración de pecados personales». En el caso de que la responsabilidad moral quedara diluida en causas anónimas, entonces no se podría hablar de pecado social más que por analogía 28. De donde se deduce que la imputabilidad de una culpa no puede extenderse propiamente más allá del grupo de personas que han consentido en ella voluntariamente, mediante acciones o por omisiones o por negligencia. MEMORIA Y RECONCILIACIÓN
LA IGLESIA Y LAS CULPAS DEL PASADO – MM.

 

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Una mirada sobre el Camino

 

En esta gloriosa Catedral en esta noche nos hemos reunido para hacer lo que el Papa Juan Pablo II en la Carta sobre el Tercer Milenio ha propuesto a todos los hijos e hijas de la Iglesia al invitarlos a reconocer los pecados propios y a pedir perdón también por los ajenos, pero cometidos por nuestros hermanos y hermanas en la fe, cuya reparación ciertamente nos incumbe: «Así es justo que, mientras el segundo Milenio del cristianismo llega a su fin,- escribe el Papa- la Iglesia asuma con conciencia más viva el pecado de sus hijos recordando todas las circunstancias en que a lo largo de la historia, se han alejado del Espíritu de Cristo y de su Evangelio, ofreciendo al mundo, en vez del testimonio de una vida inspirada en los valores de la fe, el espectáculo de modos de pensar y actuar que eran verdaderas formas de antitestimonio y de escándalo (...). Reconocer los fracasos de ayer es un acto de lealtad y de valentía que nos ayuda a reforzar nuestra fe, haciéndonos capaces y dispuestos para afrontar las tentaciones y dificultades de hoy» (Tertio Millennio Adveniente, 33).

Europa tiene en su historia un manantial de gracia. Es como una gran cantera de la que se puede sacar la piedra más preciosa para seguir construyendo la Iglesia y el Continente del mañana. Tiene un espléndida historia de santidad, tanto en los países del Este como del Occidente, que ha marcado de manera indeleble la vida de la Iglesia en el mundo.

Europa cuenta con gestas heroicas que han sido portadoras del Evangelio hacia lejanas tierras, gracias al celo admirable de pastores, religiosos y laicos convencidos de que la fe eclesial en Jesucristo era un tesoro demasiado grande como para dejar de compartirlo. Esa misma fe ha sido fuente de inspiración para filósofos y teólogos, músicos y escritores, arquitectos y constructores, pintores y escultores, poetas y científicos que por toda Europa han dejado impresa la belleza y sabiduría de su testimonio y creatividad.

07 Agosto 1999 – Santiago de Compostela-España

 

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Escuela de vida evangélica,
donde el discípulo, dirigiendo la mirada al Crucifijo,
aprende cómo se ama a Dios sobre todas las cosas
y se entrega la vida por los hermanos;
cómo
el perdón vence la ofensa
y al mal se le combate con el bien,
cómo el corazón se abre al amigo
y con la aflicción se alivia la pena.

 

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Tú, sabio Maestro de vida,

tú, bueno y paciente,

ante la traición del discípulo

y a la prepotencia de los gobernantes,

danos en estos días de violencia inaudita

y de brutal oposición entre los hombres,

un rayo de tu calma y tu serenidad.

Danos sentimientos de paz y perdón,

porque no hay paz sin perdón,

no hay perdón sin compasión.

A ti, Jesús,

que al amigo que te traiciona

le muestras tu rostro benigno,

la alabanza y el honor,

con el Padre y con el Espíritu,

hoy y por los siglos de los siglos.

 

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Dios, Padre nuestro, 
que siempre escuchas el grito de los pobres, 
cuántas veces tampoco los cristianos te han reconocido 
en quien tiene hambre, en quien tiene sed, en quien está desnudo, 
en quien es perseguido, en quien está encarcelado, 
en quien no tiene posibilidad alguna de defenderse, 
especialmente en las primeras etapas de su existencia. 
Por todos los que han cometido injusticias, 
confiando en la riqueza y en el poder y despreciando 
a los « pequeños » , tus preferidos,
te pedimos perdón: 
ten piedad de nosotros y acepta nuestro arrepentimiento. 
Por Cristo nuestro Señor. 

 

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La Iglesia anuncia y explica la Palabra

 

La Iglesia “existe para evangelizar” (EN 14), para “llevar la Buena Noticia a todos los estratos de la humanidad y, con su influencia, transforma desde adentro, hace nueva a la humanidad misma” (EN 18). Ella, cual Madre y Maestra, genera e instruye a los hijos concebidos por obra del Espíritu Santo y nacidos de Dios (cf. LG 64). A todos lleva el anuncio del Salvador, e introduce también a todos y cada uno en el misterio de Dios, revelado en Jesús, y forma a todos integralmente para una conversión plena, para vivir así la vocación universal a la santidad en el servicio a la caridad. 

La Iglesia, animada por el Espíritu Santo, es maestra en la fe y continúa en la historia de la humanidad la misión de Jesús Maestro. Conserva fielmente el Evangelio, como María (cf. Lc 2, 19), en su corazón (cf. LG 64; DV 10a), lo anuncia, lo celebra, lo vive y lo transmite en la catequesis a todos los que deciden seguir a Jesús. 

A través de la catequesis, ella alimenta a sus hijos con su propia fe y los incorpora a la familia eclesial. Les ofrece el Evangelio en toda su autenticidad y pureza, el cual les es dado, al mismo tiempo, como alimento adecuado, enriquecido culturalmente, y como respuesta a las aspiraciones más profundas del corazón humano. 

“En este sentido, el fin definitivo de la catequesis es poner a uno no sólo en contacto, sino en comunión, en intimidad con Jesucristo” (CT 5). 

La catequesis favorece el espíritu de humildad y de simplicidad (Mt 18,3), la solicitud por los más pequeños (Mt 18,6), la atención especial por aquellos que se han alejado (Mt 18,15), la corrección fraterna (Mt 18,15), la oración en común (Mt 18,19), el perdón recíproco (Mt 18,22). Y el amor fraterno unifica todas estas actitudes (Jn 13,34).   

 

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La oración de petición

 

2629 El vocabulario neotestamentario sobre la oración de súplica está lleno de matices: pedir, reclamar, llamar con insistencia, invocar, clamar, gritar, e incluso "luchar en la oración" (cf Rm 15, 30; Col 4, 12). Pero su forma más habitual, por ser la más espontánea, es la petición: Mediante la oración de petición mostramos la conciencia de nuestra relación con Dios: por ser criaturas, no somos ni nuestro propio origen, ni dueños de nuestras adversidades, ni nuestro fin último; pero también, por ser pecadores, sabemos, como cristianos, que nos apartamos de nuestro Padre. La petición ya es un retorno hacia El.

 

2630 El Nuevo Testamento no contiene apenas oraciones de lamentación, frecuentes en el Antiguo. En adelante, en Cristo resucitado, la oración de la Iglesia es sostenida por la esperanza, aunque todavía estemos en la espera y tengamos que convertirnos cada día. La petición cristiana brota de otras profundidades, de lo que S. Pablo llama el gemido: el de la creación "que sufre dolores de parto" (Rm 8, 22), el nuestro también en la espera "del rescate de nuestro cuerpo. Porque nuestra salvación es objeto de esperanza" (Rm 8, 23-24), y, por último, los "gemidos inefables" del propio Espíritu Santo que "viene en ayuda de nuestra flaqueza. Pues nosotros no sabemos pedir como conviene" (Rm 8, 26).

 

2631 La petición de perdón es el primer movimiento de la oración de petición (cf el publicano: "ten compasión de mí que soy pecador": Lc 18, 13). Es el comienzo de una oración justa y pura. La humildad confiada nos devuelve a la luz de la comunión con el Padre y su Hijo Jesucristo, y de los unos con los otros (cf 1 Jn 1, 7-2, 2): entonces "cuanto pidamos lo recibimos de El" (1 Jn 3, 22). Tanto la celebración de la eucaristía como la oración personal comienzan con la petición de perdón.

 

2632 La petición cristiana está centrada en el deseo y en la búsqueda del Reino que viene, conforme a las enseñanzas de Jesús (cf Mt 6, 10. 33; Lc 11, 2. 13). Hay una jerarquía en las peticiones: primero el Reino, a continuación lo que es necesario para acogerlo y para cooperar a su venida. Esta cooperación con la misión de Cristo y del Espíritu Santo, que es ahora la de la Iglesia, es objeto de la oración de la comunidad apostólica (cf Hch 6, 6; 13, 3). Es la oración de Pablo, el Apóstol por excelencia, que nos revela cómo la solicitud divina por todas las Iglesias debe animar la oración cristiana (cf Rm 10, 1; Ef 1, 16-23; Flp 1, 9-11; Col 1, 3-6; 4, 3-4. 12). Al orar, todo bautizado trabaja en la Venida del Reino.

 

2633 Cuando se participa así en el amor salvador de Dios, se comprende que toda necesidad pueda convertirse en objeto de petición. Cristo, que ha asumido todo para rescatar todo, es glorificado por las peticiones que ofrecemos al Padre en su Nombre (cf Jn 14, 13). Con esta seguridad, Santiago (cf St 1, 5-8) y Pablo nos exhortan a orar en toda ocasión (cf Ef 5, 20; Flp 4, 6-7; Col 3, 16-17; 1 Ts 5, 17-18).

 

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Habla el cardenal Georges Cottier

Confesiones del teólogo del Papa

 

 

  

Entre los nuevos cardenales creados por Juan Pablo II en consistorio que tuvo lugar al concluir las celebraciones de su vigésimo quinto aniversario de pontificado, una de las sorpresas fue el nombre del padre dominico suizo Georges Cottier, teólogo de la Casa Pontificia.
Con este gesto, el Papa pretende ofrecer un reconocimiento a su servicio a la teología. De hecho, dado que el purpurado ya ha cumplido los ochenta años no podrá participar en un posible cónclave de elección del obispo de Roma.
En esta entrevista el cardenal Cottier narra detalles sobre el trabajo que realiza en su servicio al Papa.

 

Ciudad del Vaticano, 24 diciembre 2003..

 

—En 1990, usted recibió el encargó de ser el teólogo de la Casa Pontificia, es decir, usted es el teólogo del Papa. Se trata de un trabajo que desarrolla en cierto sentido a la sombra del Vaticano. ¿En qué se distingue su labor de la del prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe?

 

        La tarea del prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe es totalmente diferente a la mía. Como responsable de ese organismo de la Santa Sede, tiene que intervenir si hay problemas teológicos que crean dificultades, por ejemplo, cuando sale un libro con ideas teológicas equivocadas y cuando los laicos o los obispos piden que intervenga. Mi trabajo, por el contrario, consiste en leer y dar mi «nihil obstat» a todos los textos que pronuncia el Santo Padre. La mayoría de los textos son preparados por los colaboradores del Santo Padre, por las diferentes oficinas y después se envían todos a la Secretaría de Estado. Yo tengo que leer todos los textos, a excepción los que afectan a las relaciones con el Cuerpo diplomático y la diplomacia vaticana. El resto, todo lo que afecta a la doctrina, a la pastoral, a las encíclicas, a las audiencias, a las catequesis de la audiencia general de todos los miércoles o los discursos del Santo Padre para las visitas «ad limina apostolorum» de los obispos..., tienen que pasar por mi oficina. Claro está, el Papa da las indicaciones y sigue todo el proceso.

 

—Es decir, que casi todo lo que sale del Vaticano pasa por la mesa de su oficina...

 

        En cierto sentido sí, aunque en realidad no impido que salgan los textos. Hago observaciones sobre la claridad del lenguaje para que no haya ambigüedades en el texto que debe pronunciar el Papa. Tengo que tener en cuenta, además, la armonía de estilo entre los discursos, dado que las fuentes de los textos son múltiples. Se requiere, además, una cierta discreción, pues, por ejemplo, no se puede pedir al Papa que se pronuncie sobre una cuestión que todavía es debatida entre los teólogos. Hago también observaciones de carácter prudencial. Hay que saber evaluar si es oportuno decir o no decir algo. Después me dirijo a la Secretaría de Estado, donde el arzobispo Leonardo Sandri, sustituto para los Asuntos Generales, reagrupa los textos. También él tiene que tener en cuenta el estilo y la armonía de los discursos, de manera que colaboramos juntos.

 

—¿Cuáles son los temas que más le han impresionado en este tiempo de trabajo tan cerca del Santo Padre?

 

        Yo diría que, entre los textos más importantes del Santo Padre publicados en estos años destaca, sin duda, el Catecismo de la Iglesia Católica, que es un texto no sólo completo sino que, además, está presentado de manera muy clara, con una dimensión espiritual muy bella. Por desgracia, desde mi punto de vista, no es suficientemente conocido. Ofrece una visión objetiva y riquísima del contenido de nuestra fe.

        El Papa ha dado mucha importancia también a las grandes encíclicas y, en estos casos, he quedado involucrado en los trabajos de preparación, no sólo al final de la relectura del texto. Sobre todo en el caso de las encíclicas «Veritatis Splendor» y «Fides et Ratio», pero no tenemos que olvidar tampoco la «Ut unum sint», la encíclica sobre el ecumenismo que es un texto importante, así como las encíclicas sobre la doctrina social de la Iglesia.

 

—Usted desempeñó también un papel importante durante el gran Jubileo del año 2000, aunque la verdad permaneció un poco escondido...

 

        Si, el Papa me nombró presidente de la Comisión Teológico-histórica para la preparación del gran Jubileo del año 2000. Junto a la Comisión Teológica Internacional me centré particularmente en la cuestión de la petición de perdón de la Iglesia. De hecho, en el 12 de marzo del Año Santo, tuvo lugar una celebración del perdón. Fue una jornada bellísima y conmovedora, no sólo por su contenido, sino sobre todo cuando el Papa abrazó la cruz, un gesto lleno de significado. Allí se pudo entender la santidad de la Iglesia, así como la debilidad de muchos cristianos.

 

—Pero este gesto del Papa de pedir perdón por los pecados de los hijos de la Iglesia era muy discutido. ¿Había teólogos contrarios a esta idea?

 

        Recuerdo que hablé con un obispo que era muy pastoral. Tenía miedo de que la prensa laica abusara de este gesto para acusar a la Iglesia y escandalizar al pueblo de Dios. Le respondí que hay que explicar bien a la gente el sentido de este gesto. El Papa no sólo ha dicho: «pido perdón». Ha añadido: «Perdono y pido perdón», pues la Iglesia también ha sufrido mucho y ha habido muchas calumnias contra la Iglesia. Por tanto, hay que prestar atención a estos aspectos. Pero cuando se trata de cristianos que han pecado y han dejado huella en la historia, entonces hay que saber hacer un examen de conciencia: hay que pensar en las víctimas –sólo Dios puede reparar el mal cometido–, así como en el recuerdo de las víctimas, en los descendientes, que pueden seguir sufriendo algunas consecuencias. Después, hay que hacer el propósito de que en el futuro no se repitan estos errores. Debe ser una lección para el futuro.

 

—Por ejemplo, ¿no cree que no debería repetirse una guerra de religión?

 

        Cardenal Cottier: Exactamente. Este es un argumento muy interesante. Entre los desastres más grandes de la historia de Europa están las guerras de religión, que en cierto sentido son responsables de la Ilustración. Ésta decía: el hecho de que los cristianos se peleen entre sí a causa de sus diferencias lleva al fanatismo. Por este motivo, buscaban un nivel en el que poder encontrar un acuerdo, y este nivel era el de la pura razón humana. Este razonamiento ha tenido una gran influencia en el nacimiento del racionalismo moderno. Los historiadores nos muestran que con frecuencia el argumento religioso de estas guerras era un pretexto para el poder temporal. Los príncipes se sirvieron con frecuencia de la Iglesia para sus intereses de poder. Esto ha obligado a los cristianos a hacer un examen de conciencia en profundidad. Me parece que es sumamente iluminadora una frase del Concilio Vaticano II en la «Declaración sobre la libertad religiosa»: la vedad sólo se defiende con los medios de la verdad. Hemos tenido que esperar siglos para poder decir estas cosas.

 

—Por tanto, ¿la Iglesia no tiene que tener miedo de admitir ciertos errores porque al final vencerá la verdad?

 

        Sí, la verdad siempre vence. Sabemos que el misterio cristiano es el misterio de la misericordia de Dios que viene para curar los pecados de los hombres. Por tanto, reconocer los pecados es también un testimonio del primado de la verdad que no debilita al cristianismo. Pienso que la verdad es una fuerza, un mensaje de esperanza y no de violencia. Otro momento significativo del Año Santo que hay que recordar junto a la jornada del perdón es la jornada de la veneración de los mártires del siglo XX. Cuando tenemos que pedir perdón, lo hacemos porque hemos escandalizado a la Iglesia y el escándalo es la negación del testimonio. La vocación del cristiano comporta el martirio como forma superior de testimonio. Todos los cristianos tienen que dar testimonio. Por tanto, esas dos jornadas están relacionadas.

 

—Y, ¿después del Jubileo? ¿Qué?

 

        Antes se pensaba que el Papa se había entregado tanto durante el Año Santo que el Jubileo debía ser una especie de apoteosis de todo su pontificado y que, después, se habría detenido en un descanso contemplativo. Sin embargo, desde la fiesta de la Epifanía, el 6 de enero, día de la clausura del gran Jubileo, el Papa ha dado un nuevo empuje a la Iglesia, relanzando la nueva evangelización. Las cartas «Tertio millennio adveniente» y «Novo millennio ineunte» son los dos textos fundamentales, en este sentido. En el segundo texto, que fue publicado al final del Año Santo, el Papa presenta todo un programa para una nueva evangelización y dice que lo más importante en este sentido es la santidad y la oración. Estos son los dos grandes pilares. Tras el Año Santo, el Papa ha seguido con una lógica sumamente impresionante a la hora de trazar el futuro de la Iglesia, con la carta apostólica sobre el Rosario y la encíclica «Ecclesia de Eucharistia».2003-12-28

 

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¿Por qué pide perdón la Iglesia?

 

 

 

La petición de perdón por parte de la Iglesia constituye uno de los argumentos centrales dela reunión, recientemente celebrada en Roma, de la Comisión Teológica Internacional. Entre otros asuntos abordados, se ha preparado un folleto para los obispos de todo el mundo,que presenta las líneas maestras de la purificación de la memoria en el contexto del gran Jubileo del año 2000


La petición de perdón por los errores cometidos en la Historia por los hijos de la Iglesia constituye uno de los gestos significativos que pide Juan Pablo II para purificar la memoria de los cristianos y cruzar renovados el umbral del tercer milenio. Se trata de un acto de valentía del que se han hecho eco los obispos españoles con la publicación del documento La fidelidad de Dios dura por siempre. Mirada de fe al siglo XX, aprobado por la última Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal.

Con el objetivo de servir de ayuda a los obispos de todo el mundo a la hora de realizar estos actos, la Comisión Teológica Internacional, institución que reúne a los teólogos más prestigiosos de la Iglesia católica, presidida por el cardenal Joseph Ratzinger, Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, se ha reunido en Roma esta semana para dar los últimos retoques al documento La Iglesia y las culpas del pasado. Hacer memoria para reconciliarse, que debería ser publicado en el primer domingo de Cuaresma del año 2000, día en el que el Calendario de las ceremonias jubilares prevé un acto solemne de petición de perdón a Dios.

El relator de este documento, el teólogo italiano Bruno Forte, explica que la Comisión no se ha puesto a analizar casos concretos de la Historia, como podrían ser las Cruzadas o la Inquisición. No es la labor para la que se creó esta institución de carácter eminentemente doctrinal. Lo que nosotros hacemos es precisar las condiciones de posibilidad para que estos pronunciamientos estén plenamente fundados, explica Forte. En este sentido, el documento ofrecerá dos criterios decisivos que serán de gran ayuda a los pastores de la Iglesia al hacer este tipo de actos de perdón. Subrayamos la necesidad de conjugar el juicio histórico y el juicio teológico —añade el teólogo—. Un juicio histórico absoluto podría caer en el historicismo, que relativiza todo, pues analiza todo desde el punto de vista de los diferentes momentos históricos y, por tanto, nos impide pensar que un acto del pasado pueda ser evaluado hoy en relación con un criterio moral permanente.

Nunca hay que olvidar —añade Bruno Forte— que, a diferencia del resto de las comunidades humanas, la Iglesia se reconoce como un sujeto histórico único, pues sentimos como nuestro lo que han hecho nuestros padres en la fe y nos sentimos solidarios en la unidad de la fe y del espíritu con la Iglesia en todos los momentos de su historia. Quien olvida esta peculiaridad del misterio de la Iglesia no comprenderá nunca la fuerza, la valentía, y la importancia de estos actos.

Dentro de la Iglesia católica han surgido algunas voces de desacuerdo en relación con esta insistencia en la petición de perdón. Monseñor Forte reconoce que, quien no vive desde dentro el misterio de la Iglesia, puede interpretar estos pronunciamientos como una manera de dar la razón a los enemigos de la Iglesia. Pero no es así. La intención del Papa, verdaderamente profética, es la de obedecer a la verdad. Y esto hace a la Iglesia todavía más creíble en su anuncio al mundo. De hecho, el documento que está elaborando la Comisión Teológica Internacional no es una apología de los gestos realizados por el Papa, sino una reflexión sobre las condiciones teológicas de posibilidad de los mismos. De este modo, se convertirá en una ayuda para que estos actos, también a nivel de episcopados locales o de Iglesias particulares puedan ser realizados de manera atenta y responsable para no herir la conciencia eclesial.
From: http://www.archimadrid.es/alfayome/menu/pasados/ revistas/99/dic99/num191/mundo/mundo1.htm  1999

 

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La Iglesia es la imagen y figura típica de Dios; también es la imagen del universo, constituido de sustancias visibles e invisibles; del mundo sensible puede ser solamente imagen, como es imagen simbólica del hombre y también imagen y tipo del alma, tomada en absoluto, en cuyo caso representa a la inteligencia mediante el santuario y a la razón mediante el templo, a la vez que lo unifica todo en el misterio del altar. Todo aquel que en verdad sepa iniciarse de manera sabia y clara, hará de su alma una Iglesia de Dios. En efecto, cada hombre es una Iglesia mística. San Máximo el Confesor  (580 - 662) Miembro de una conocida y rica familia de Constantinopla, emprendió una feliz carrera en la corte de Constantinopla, llegando a ser  secretario del emperador Heraclio.

 

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Todo aquel que ama a Dios

 es miembro vivo de la Iglesia

Mélange (Oeuvres, IX, Pág. 328-331)

 

“Aquel que no está contra nosotros está a favor nuestro” (Mc 9,40)


Todo aquel que ama a Dios es miembro vivo de la Iglesia, esté donde esté, bajo el cielo que esté y en el tiempo que viva...La Iglesia no es sólo la que vemos nosotros. No es sólo la construcción visible con su historia, su autenticidad, su jerarquía, sus virtudes y prodigios deslumbrantes. La Iglesia también está en la penumbra, en las sombras escondidas, en aquello que nadie recuerda ni tiene figura memorable; está en las santidades perdidas a los ojos humanos, pero patentes a los ojos de los ángeles...
Por todas partes donde esté presente el amor de Dios se encuentra Jesucristo. Allí donde está Jesús está la Iglesia. Y si bien es verdad que todo cristiano tiene que estar unido a la Iglesia, desde el momento que sabe de su existencia, es también cierto que la ignorancia invencible no le obliga a ello, ya que Jesucristo mismo lo gobernará sin intermediarios, él que es la cabeza y el único Maestro de los cristianos. La Iglesia se extiende, pues, hasta límites que ninguna mirada humana puede abarcar y los que nos reprochan la estrechez de la Iglesia, según su mirada, no tienen idea de la doble irradiación que existe en su naturaleza y que atrae las almas hacia si desde la salida del sol hasta su ocaso.

 

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Con perdón

 

Hay gente que, cuanto más agachas la cabeza, más te zurra. Es ley de vida: han nacido para arrear. Tienen un don especial para detectar los defectos de los demás y una admirable tozudez para denunciarlos con dureza. ¿Buscan el arrepentimiento ajeno?

 

Pedro de Miguel

Puede parecer que sí. Reclaman que los malhechores pidan perdón por sus fechorías y malandanzas, esgrimen mil razones de peso para hacer justicia a la Historia, la pobre, tan maltratada. Hasta aquí, todo correcto.

Pero ¿qué sucede cuando alguien se anima y pide por fin perdón? Es un supuesto rarísimo, pero hay que hacer un esfuerzo de imaginación. Si se diera ese caso, lo razonable sería aceptar ese perdón que se ofrece, valorar el esfuerzo de personas o instituciones que tienen la valentía de reconocer sus propios errores y la humildad de disculparse.

La Iglesia Católica lo ha hecho. Lo está haciendo constantemente. No es algo nuevo. Los cristianos están acostumbrados a centrar su vida precisamente en ese esfuerzo por reconocer y corregir sus propios errores, a veces terribles, y por hacer propósito de la enmienda (y no de la "merienda", como creía yo de pequeño y me parecía un propósito estupendo). La Iglesia ha pedido perdón y quienes la acusaban no se han quedado muy contentos. Que si muy tarde, que si de forma parcial, que si en realidad es un truco para continuar con sus desmanes. Si no pides perdón, porque no lo pides. Si lo pides, porque lo haces mal. ¿Cómo salir de este lío? ¿Cómo contentar a quienes no buscan de verdad el arrepentimiento ajeno, sino sólo excusas para continuar con su perorata acusadora?

Por no hablar del perdón que deberían solicitar para ellos mismos, por acusicas... O por algo más profundo que tiene que ver con no tener la conciencia del todo tranquila...

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Nuestro Tiempo. Arvo Net, marzo 2004

 

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La Iglesia católica, para cumplir el mandato divino Enseñad a todas las gentes, debe trabajar denodadamente para que la palabra de Dios sea difundida y glorificada. Así pues, la Iglesia ruega encarecidamente a sus hijos que, ante todo, hagan peticiones, súplicas, plegarias, acciones de gracias por todos los hombres… Porque esto es bueno y grato ante Dios nuestro Salvador, el cual quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad. Los cristianos, al formar su conciencia, deben atender con diligencia a la doctrina cierta y sagrada de la Iglesia. Pues, por voluntad de Cristo, la Iglesia católica es maestra de la verdad y su misión es anunciar y enseñar auténticamente la Verdad, que es Cristo, y, al mismo tiempo, declarar y confirmar con su autoridad los principios de orden moral que fluyen de la misma naturaleza humana. Además, los cristianos, comportándose sabiamente con aquellos que están fuera, deben esforzarse por difundir, en el Espíritu Santo, en caridad no fingida, en palabras de verdad, la luz de la vida con toda confianza y fortaleza apostólica hasta el derramamiento de sangre. Porque el discípulo tiene la obligación grave, con respecto al Maestro Cristo, de conocer cada vez mejor la verdad recibida de Él, de anunciarla fielmente y de defenderla denodadamente, excluidos los medios contrarios al espíritu evangélico. Al mismo tiempo, sin embargo, la caridad de Cristo le urge a tratar con amor, prudencia y paciencia a los hombres que viven en el error o la ignorancia de la fe. Por consiguiente, hay que tener en cuenta no sólo los deberes hacia Cristo, Verbo vivificante que debe ser predicado, sino también los derechos de la persona humana y la medida de la gracia que Dios ha concedido por medio de Cristo al hombre, que es invitado a recibir y confesar por propia voluntad la fe.

Declaración Dignitatis humanae, 14 – VATICANO II –

 

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Pablo VI, Pont. Papa (1897-1978) Evangelii Nuntiandi, 70 

 

Ser una lámpara sobre el candelero -       Los laicos a quienes su vocación específica coloca en medio del mundo y al frente de las tareas materiales más variadas, deben ejercer, en virtud de esta vocación, una forma singular de evangelización. Su tarea primera e inmediata no es la institución y el desarrollo de la comunidad eclesial,—esto es el papel específico de los pastores--, sino la puesta en marcha de todas las posibilidades  cristianas y evangélicas escondidas, pero ya presentes y activas en las cosas del mundo. El campo propio de su actividad evangelizadora es el vasto mundo complejo de la política, de lo social, de la economía, y también de la cultura, de las ciencias y del arte, de las relaciones internacionales, de los medios de comunicación, así como ciertas realidades abiertas a la evangelización como el amor, la familia, la educación de los niños y adolescentes, el trabajo profesional, el sufrimiento.

Cuanto más laicos estén impregnados del espíritu evangélico, responsables de estas realidades y comprometidos claramente en ellos, competentes para promoverlos y conscientes que hace falta desarrollar su plena capacidad cristiana a menudo sofocada y arrinconada, tanto más estas realidades serán caminos al servicio de la edificación del reino de Dios y, por lo tanto, de la salvación en Jesucristo, sin perder o sacrificar nada de su potencial humano sino manifestando la dimensión trascendente a menudo desconocida.

 

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“¿Cómo callar tantas formas de violencia perpetradas también en nombre de la fe?

Guerras de religión, tribunales de la Inquisición y otras formas de violación de los derechos de las personas…

Es preciso que la Iglesia, de acuerdo con el Concilio Vaticano II, revise por propia iniciativa los aspectos oscuros de su historia, valorándolos a la luz de los principio del Evangelio” S. S. Juan Pablo II a los Cardenales, 1994. VAT.

 

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La Iglesia ha pedido perdón y continúa haciéndolo como también perdonando; no siempre actúan así los que acusan a la Iglesia por las faltas humanas de sus miembros que deshonran y ofenden, no sólo a la Iglesia sino a la dignidad humana.

 

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Es necesario orar sin interrupción para que el Señor se digne salvarnos, introduciéndonos en la gloria por los siglos de los siglos. Amen (1Tes. 5, 17, 2Tim. 4, 18).

 

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"Haz, te lo ruego, Señor que yo sienta con el corazón lo que toco con la inteligencia"

 

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"Allí donde están los verdaderos goces celestiales, allí deben estar siempre los deseos de nuestro corazón"

 

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“Donde Dios desaparece, el hombre no es más grande: pierde la dignidad divina, pierde el esplendor de Dios en su rostro. Al final, es solamente un producto de una evolución ciega, y no tiene ya dignidad divina, y por ello puede ser usado y abusado como vemos. Sólo si Dios es grande, el Hombre es grande. Apliquemos esto a nuestra vida: es importante que Dios sea grande entre nosotros, en la vida pública y en la vida privada.  Que en la vida pública, Dios esté presente con el signo de la Cruz en los lugares oficiales, que Dios esté presente en nuestra vida corriente, porque si Dios está presente estamos orientados, en un camino común. De otra manera, los contrastes se convierten en inconciliables porque no existe la esencia común, la dignidad común de nuestro ser. Hacer grande a Dios en la vida pública y en la vida privada: significa dar espacio cada día en la vida a Dios. Comenzando con la oración de la mañana, dando tiempo a Dios, ofreciendo el domingo a Dios. Nuestro tiempo libre no lo perdemos si lo ofrecemos a Dios; si Dios entra en nuestro tiempo, todo el tiempo se convierte en más grande, más amplio, más rico”.

 

S. S. Benedicto XVI ha exhortado a todos a confiarse a María que Jesús ha querido darnos como nuestra Madre. Madre que está en el Cielo y no está lejos de nosotros: “Precisamente porque está con Dios y en Dios, está muy cerca de cada uno de nosotros. Conoce nuestros corazones, puede sentir nuestras oraciones, puede ayudarnos con su bondad maternal y se nos ha dado – como ha dicho el Señor – precisamente como Madre a la que amamos y que nos oye siempre, está siempre cerca y, siendo Madre del Hijo, participa del poder del Hijo. A su bondad, podemos confiar siempre toda nuestra vida, a esta Madre que no está lejana de ninguno de nosotros”.

Antes de la oración mariana, el Papa ha señalado que “así como Cristo resucitó de entre los muertos y ascendió a los Cielos, la Virgen Santa, fue asunta en la Gloria Celeste. Siguiendo de cerca a su hijo y precediéndonos a todos nosotros (…) transformándose en el símbolo de seguridad para todos los cristianos en la peregrinación terrena” (cfr Lumen Pentium, 68), dijo el Pontífice ante los miles de fieles, la mayor parte jóvenes que han acudido al palacio Apostólico de Castelgandofo antes de partir hacia la cita de Colonia. 2005-08-15

 

Para el Papa, esta fiesta de la Asunción de la Virgen María representa “una ocasión para meditar sobre el sentido y los valores de la existencia humana en la perspectiva de la eternidad”. “Queridos hermanos y hermanas, es el Cielo nuestra morada definitiva, es verdad que lo podemos decir - ha exclamado el Pontífice – desde allí, María nos da ánimos para que sigamos su ejemplo de acoger la voluntad de Dios, y de no dejar que nos seduzcan los llamamientos falaces de todo aquello que es efímero y pasajero. No hay que dejarse vencer por las tentaciones del egoísmo y del mal que apagan en los corazones el gozo vivir”.  2005-08-15

 

 

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El Evangelio de Cristo del siglo I al XXI la Iglesia Católica fielmente proclama.

 

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San Pedro Crisólogo (hacia 406-450) obispo de Ravena, doctor de la Iglesia Católica  - Sermón 50; PL 52, 339 

 

“¿Por qué pensáis mal?” (Mt 9,4) -      Gracias a la fe de otros, el alma del paralítico es curada antes que su cuerpo. “Viendo la fe que tenían....” (Mt 9,4ss) dice el evangelio. ¡Notemos, hermanos, Dios no se preocupa de lo que los hombres desean sin razón, no espera encontrar fe en los ignorantes..., en los enfermos. Al contrario, no rechaza ayudar, gracias a la fe de los otros. Esta fe es un regalo de la gracia y es según la voluntad de Dios. .. En su divina bondad, este médico, Cristo, intenta atraer a la salvación a pesar de ellos mismos, a los que están enfermos en el alma, aquellos cuyos pecados y cuyas faltas los aplastan hasta el delirio. Pero ellos no quieren dejarse tratar.
        ¡Oh, hermanos míos, si quisiéramos, si quisiéramos todos ver hasta el fondo la parálisis de nuestra alma! Nos daríamos cuenta de que, privada de sus fuerzas, yace en un lecho de pecados. La acción de Cristo en nosotros sería fuente de luz. Comprenderíamos que él ve cada día nuestra falta de fe, tan perjudicial.

 

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"Obras todas del Señor, bendecid al Señor".-

EL HOMBRE VIVIENTE ES IMAGEN DE DIOS

“Cuando contemplo el cielo, obra de tus manos, 
la luna y las estrellas que has creado, 
¿qué es el hombre para que te acuerdes de él, 
el ser humano, para darle poder? 
Lo hiciste poco inferior a los ángeles, 
lo coronaste de gloria y dignidad”(Ps. 8).

El ser humano, varón y mujer, excelsa criatura de Dios, ha sido “coronado” por Dios con su amor. La grandeza, la dignidad y el valor de su humanidad radican en el ser partícipe del misterio de Dios, que es “amor”. El amor del “Padre por siempre” (Is 9,5) es la “corona” del hombre, pues lo reviste de trascendencia. Sin embargo, frente a tal grandeza, gloria y honor, no dejamos de experimentar dolores, males y límites. Uno de los límites, con todas las preguntas que suscita, lo presenta la discapacidad mental y física, o la combinación de ambas.

Esto contrasta ampliamente con el dato bíblico que revela el misterio de los orígenes: El ser humano, todo ser humano, es criatura de Dios y es un ser viviente a imagen y semejanza de Dios.

 

 

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Recomendamos vivamente: Título: ¿Sabes leer la Biblia?

Una guía de lectura para descifrar el libro sagrado - Autor: Francisco Varo – MMVI. Marzo - Editorial: Planeta Testimonio

 

Recomendamos vivamente: COMPRENDER LOS EVANGELIOS.

(Necesidad de la investigación histórica).

Vicente BALAGUER, Doctor en Teología y en Filología, profesor de Sagrada Escritura en la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra. Imparte habitualmente cursos sobre los Evangelios y sobre la interpretación de la Biblia. Editorial Eunsa – Astrolabio/Religión -

 

Recomendamos vivamente: ‘Historia de la Inquisición en España y América’ – El conocimiento científico y el proceso histórico de la Institución (1478-1834). Obra dirigida por don Joaquín PÉREZ VILLANUEVA y Bartolomé ESCANDELL BONET. Es una elevada tarea historiográfica con planteamientos científicos, bases documentales, tratamiento y lenguaje actuales. Y:

La inquisición española - Editorial: BAC- Centro de estudios inquisitoriales- Madrid-España. Autora:(Comella Beatriz.- Rialp, Madrid) Breve-óptimo libro.

 

Recomendamos vivamente: MI QUERIDA IGLESIA SANTA Y PECADORA - Decía José Luis Martín Descalzo que «nuestros pecados manchan tan poco la Iglesia como las manchas al sol». En este espíritu ha escrito Mariano Purroy Mi querida Iglesia, santa y pecadora (Edibesa), una mirada positiva y realista sobre los pecados de los cristianos y el perdón de Cristo.

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'JESUCRISTO PADECIÓ BAJO EL PODER DE PONCIO PILATO,
FUE CRUCIFICADO, MUERTO Y SEPULTADO'
Evangelio según San Lucas, Cap.3, vers.1º: El año decimoquinto del reinado del emperador Tiberio, cuando Poncio Pilato gobernaba la Judea, siendo Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Felipe tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene…

Crucifixión de San Pedro: fue crucificado al revés cabeza abajo - Pergamino con San Pedro en cruz invertida, de Maguncia- Alemania; entre el 900 y el 1000ca. - Museo Diocesano de la Catedral Maguncia (Mainz) Alemania - Pedro en su cruz, invertida. ¿Qué significa todo esto? Es lo que Jesús había predicho a este Apóstol suyo: "Cuando seas viejo, otro te llevará a donde tú no quieras"; y el Señor había añadido: "Sígueme" (Jn 21, 18-19). Precisamente ahora se realiza el culmen del seguimiento: el discípulo no es más que el Maestro, y ahora experimenta toda la amargura de la cruz, de las consecuencias del pecado que separa de Dios, toda la absurdidad de la violencia y de la mentira. No se puede huir del radicalismo del interrogante planteado por la cruz: la cruz de Cristo, Cabeza de la Iglesia, y la cruz de Pedro, su Vicario en la tierra. Dos actos de un único drama: el drama del misterio pascual: cruz y resurrección, muerte y vida, pecado y gracia.

La maternidad divina de María – Catecismo de la Iglesia
495 Llamada en los Evangelios 'la Madre de Jesús'(Jn 2, 1; 19, 25; cf. Mt 13, 55, etc.), María es aclamada bajo el impulso del Espíritu como 'la madre de mi Señor' desde antes del nacimiento de su hijo (cf Lc 1, 43). En efecto, aquél que ella concibió como hombre, por obra del Espíritu Santo, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el Hijo eterno del Padre, la segunda persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre de Dios [Theotokos] (cf. Concilio de Éfeso, año 649: DS, 251).
La virginidad de María
496 Desde las primeras formulaciones de la fe (cf. DS 10-64), la Iglesia ha confesado que Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María únicamente por el poder del Espíritu Santo, afirmando también el aspecto corporal de este suceso: Jesús fue concebido absque semine ex Spiritu Sancto (Concilio de Letrán, año 649; DS, 503), esto es, sin semilla de varón, por obra del Espíritu Santo. Los Padres ven en la concepción virginal el signo de que es verdaderamente el Hijo de Dios el que ha venido en una humanidad como la nuestra:
Así, san Ignacio de Antioquía (comienzos del siglo II): «Estáis firmemente convencidos acerca de que nuestro Señor es verdaderamente de la raza de David según la carne (cf. Rm 1, 3), Hijo de Dios según la voluntad y el poder de Dios (cf. Jn 1, 13), nacido verdaderamente de una virgen [...] Fue verdaderamente clavado por nosotros en su carne bajo Poncio Pilato [...] padeció verdaderamente, como también resucitó verdaderamente» (Epistula ad Smyrnaeos, 1-2).

El acontecimiento histórico y transcendente – Catecismo de la Iglesia
639 El misterio de la resurrección de Cristo es un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas como lo atestigua el Nuevo Testamento. Ya san Pablo, hacia el año 56, puede escribir a los Corintios: "Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce: "(1 Co 15, 3-4). El apóstol habla aquí de la tradición viva de la Resurrección que recibió después de su conversión a las puertas de Damasco (cf. Hch 9, 3-18).
El sepulcro vacío

640 "¿Por qué buscar entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado" (Lc 24, 5-6). En el marco de los acontecimientos de Pascua, el primer elemento que se encuentra es el sepulcro vacío. No es en sí una prueba directa. La ausencia del cuerpo de Cristo en el sepulcro podría explicarse de otro modo (cf. Jn 20,13; Mt 28, 11-15). A pesar de eso, el sepulcro vacío ha constituido para todos un signo esencial. Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección. Es el caso, en primer lugar, de las santas mujeres (cf. Lc 24, 3. 22- 23), después de Pedro (cf. Lc 24, 12). "El discípulo que Jesús amaba" (Jn 20, 2) afirma que, al entrar en el sepulcro vacío y al descubrir "las vendas en el suelo"(Jn 20, 6) "vio y creyó" (Jn 20, 8). Eso supone que constató en el estado del sepulcro vacío (cf. Jn 20, 5-7) que la ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana y que Jesús no había vuelto simplemente a una vida terrenal como había sido el caso de Lázaro (cf. Jn 11, 44).