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Al final de una mañana primaveral de un año entre el 30 y el 33 de nuestra era, por una calle de Jerusalén —que en los siglos sucesivos llevaría el emblemático nombre de «Vía dolorosa»— avanzaba un pequeño cortejo: un condenado a muerte, escoltado por una patrulla del ejército romano, caminaba sosteniendo el patibulum, es decir, el brazo transversal de la cruz cuyo palo vertical ya estaba plantado allá arriba, entre las piedras de un pequeño promontorio rocoso llamado en arameo Gólgota y en latín Calvario, o sea, «Cráneo».

Esta era la última etapa de una historia conocida por todos, en cuyo centro destaca la figura de Jesucristo, el hombre crucificado y humillado y el Señor resucitado y glorioso. Era una historia que había comenzado en la tenebrosa oscuridad de la noche anterior, bajo las ramas de los olivos de un campo denominado Getsemaní, es decir, «molino de aceitunas». Una historia que se había desarrollado de modo acelerado también en los palacios del poder religioso y político, y que había desembocado en una condena a muerte. Sin embargo, la tumba, ofrecida generosamente por un hombre rico llamado José de Arimatea, no sería el último capítulo de la historia de ese condenado, como había sucedido en los casos de muchos otros cuerpos martirizados en el cruel suplicio de la crucifixión, destinado por los Romanos al castigo de los revolucionarios y de los esclavos.
En efecto, habría una etapa ulterior, sorprendente e inesperada: aquel condenado, Jesús de Nazaret, revelaría de modo fulgurante otra naturaleza suya oculta bajo el perfil concreto de su rostro y de su cuerpo de hombre, la de ser el Hijo de Dios. La cruz y el sepulcro no fueron el último capítulo de aquella historia, sino que lo fue la luz de su resurrección y de su gloria. Como cantaría pocos años después el apóstol Pablo, Aquel que se había despojado de su poder, volviéndose impotente y débil como los hombres y humillándose hasta esa muerte infame por crucifixión, había sido exaltado por el Padre divino que lo había constituido Señor de la tierra y del cielo, de la historia y de la eternidad (cf. Filipenses 2, 6-11).
Durante siglos los cristianos han querido recorrer de nuevo las etapas de este Vía Crucis, un itinerario orientado hacia la colina de la crucifixión, pero con la mirada puesta en la última meta, la luz pascual. Lo han hecho como peregrinos en ese misma calle de Jerusalén, pero también en sus ciudades, en sus iglesias, en sus casas. Durante siglos escritores y artistas, grandes o desconocidos, se han esforzado por hacer revivir ante los ojos asombrados y conmovidos de los fieles aquellas etapas o «estaciones», auténticas paradas para meditar a lo largo del camino hacia el Gólgota. Así han surgido imágenes poderosas y sencillas, elevadas y populares, dramáticas e ingenuas.
También en Roma bajo la guía de su Obispo, el Papa Benedicto XVI, con toda la cristiandad esparcida por el mundo unida a su Pastor universal, en cada Viernes Santo se vuelve a realizar ese viaje del espíritu tras las huellas de Jesucristo. Este año las reflexiones —mezcla de narración y meditación— destinadas a nuestra consideración y oración durante las estaciones, siguiendo la trama del relato de la Pasión según el evangelista san Lucas, nos las propone un biblista, Mons. Gianfranco Ravasi, Prefecto de la Biblioteca-Pinacoteca Ambrosiana de Milán, una institución cultural fundada hace cuatro siglos por el Cardenal Federico Borromeo, Arzobispo de esa ciudad y primo de san Carlos, una institución que hace un siglo tuvo entre sus Prefectos a Achille Ratti, el futuro Papa Pío XI.
Así pues, avancemos juntos a lo largo de este itinerario de oración, no para hacer simplemente memoria histórica de un suceso pasado y de un difunto, sino para vivir la realidad de un acontecimiento áspero y duro, pero abierto a la esperanza, a la alegría, a la salvación. Tal vez a nuestro lado caminarán también personas que aún están en fase de búsqueda, avanzando con la inquietud de sus interrogantes. Y mientras caminamos, etapa tras etapa, a lo largo de esta senda de dolor y de luz, resonarán nuevamente las vibrantes palabras del apóstol san Pablo: «La muerte ha sido devorada en la victoria. ¿Dónde está, oh muerte, tu victoria? ... ¡Gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria por nuestro Señor Jesucristo!» (1 Corintios 15, 54-55.57).

ORACIÓN INICIAL
El Santo Padre: En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
R. Amén.
Hermanos y hermanas, ha descendido sobre Roma la sombra de la noche como en aquella tarde sobre las casas y sobre los huertos de Jerusalén. También nosotros ahora nos acercaremos a los olivos de Getsemaní y comenzaremos a seguir los pasos de Jesús de Nazaret en las últimas horas de su vida terrena.
Será un viaje en el dolor, en la soledad, en la crueldad en el mal y en la muerte. Pero también será un recorrido en la fe, en la esperanza y en el amor, porque el sepulcro de la última etapa de nuestro camino no quedará sellado para siempre. Pasada la tiniebla, en el alba de Pascua despuntará la luz de la alegría, en medio del silencio resonará la palabra de vida, a la muerte sucederá la gloria de la resurrección.
Oremos ahora uniendo nuestras palabras a las de una antigua voz del Oriente cristiano.
Señor Jesús, concédenos las lágrimas que ahora no tenemos, para lavar nuestros pecados. Danos el valor de suplicar tu misericordia. En el día de tu último juicio arranca las páginas que enumeran nuestros pecados y haz que desparezcan [1].
Señor Jesús, también a nosotros nos repites, esta tarde, las palabras que dijiste un día a Pedro: «Sígueme». Obedeciendo a tu invitación queremos seguirte, paso a paso, por el camino de tu Pasión, para aprender también nosotros a pensar según Dios y no según los hombres. Amén.
[1] Nil Sorskij (1433-1508), Oración penitencial.
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“Amemos nuestras cruces. Son todas de oro, si se ven con los ojos del amor” Isabel de la Trinidad.
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Venancio Fortunato - (Valdobiaddene, ca. 530-Poitiers, †ca. 600) Peregrinó al sepulcro de san Martín de Tours (565). Capellán de Santa Radegunda y, con posterioridad, obispo (c. 597), compuso los himnos Vexilla regis y Pange lingua (568-569). Es venerado como santo. Fiesta el 14 de diciembre, junto a San Juan de la Cruz.
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Reinado de Liuva I
Le Blant, 616 B. Epitafio de Pet[ronio?]
«.... [iu]lias, ind(ictione) prima [ann(o) I do]mn(i) Liubani regis.»
Fecha del monumento: 14 Junio-15 Julio, 568.
Indicción I: 1.º Septiembre 567-31 Agosto, 568.
Año I de Liuva: 14 Junio-15 Julio, 568.
El principio del reinado no es anterior al 14 de Junio de 567. Habiendo estado vacante el trono cinco meses después de la muerte de Atanagildo, ésta se verificó en 567. Compruébalo además Venancio Fortunato en su elegía á Gelesvinta, hija de Atanagildo y esposa de Chilperico. La bella princesa hizo su viaje á París en 567; y cuando salió de Toledo, vivía todavía su padre, que bramaba de dolor en el momento de la despedida.
«Tum proceres, famuli, domus, urbs, rex ipse remugit;
Quaque petisset iter, vox gravis una gemit.»
No vivió lo bastante († Junio? 567) para poder vengar la muerte de su dulce hija.
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Orígen DEL HIMNO ‘Vexilla Regis’
El himno Vexilla Regis fue compuesto en el año 569 por San Venancio Fortunato, junto con el Pange Lingua, a petición de Santa Radegunda para la recepción solemne de las reliquias de la Vera Cruz enviadas por el rey Justino II desde Bizancio.
El poeta exalta a la Cruz como bandera (vexilla) cristiana, con la que Cristo venció a Satanás, al pecado y al mundo.
La Iglesia canta el himno Vexilla Regis durante el tiempo de la Pasión y en la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz.
El texto ha sufrido algunos cambios a lo largo de los años. Por eso se puede encontrar con estrofas diferentes según las fuentes consultadas.
1. Vexilla regis prodeunt:
fulget Crucis mysterium,
quo carne carnis conditor,
suspensus est patibulo.
2. Quo vulneratus insuper
mucrone diro lanceæ,
ut nos lavaret criminae,
manavit unda sanguine.
3. Beata,cuius brachiis
sæcli pependit pretium;
statera facta est corporis
prædam tulitque tartari.
4. O Crux,ave,spes unica,
hoc passionis tempore:
auge piis justiam,
reisque dona veniam.
5. Arbor decora fulgida
ornata regis purpura,
electa digno stipite,
tam sancta membra tangere.
6. Te,fons salutis,Trinitas,
collaudet omnis spiritus;
quos per crucis mysterium
salvas fove per sæcula.
Amén.
Las banderas del Rey aparecen:
resplandece el misterio de la Cruz,
donde el creador de la carne en carne,
está suspendido en un patíbulo.
Donde herido además
por la punta terrible de la lanza,
para lavarnos de la acusación,
manó agua con sangre.
Dichosa tú, de cuyos brazos,
estuvo pendiente el rescate del mundo;
se hizo balanza de su propio cuerpo
y arrebató la presa del infierno.
Salve, oh Cruz, esperanza única,
en este tiempo de pasión:
aumenta a los justos la santidad
y a los pecadores concede el perdón.
Oh árbol bello y refulgente
hermoseado con la púrpura del Rey,
escogido del más digno tronco,
para tocar tan santos miembros.
¡Oh Trinidad, fuente de salvación!,
que todo espíritu te alabe;
a los que por el misterio de la Cruz
salvas, guárdalos del mal por siempre.
Así sea.
Traductor: José Ignacio Blanco Berga
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El pasado más reciente
Este Himno Vexilla Regis formaba sin duda parte de una representación litúrgico-dramática, cuyos últimos vestigios todavía se mantenían en La Seo zaragozana en la década del 40 al 50 del siglo XX.
Pedro Calahorra comenta que en el tiempo litúrgico de la Pasión el lignum Crucis era singularmente venerado en el oficio de Vísperas. Al llegar al himno de esta hora canónica, los componentes de la capilla de música -infantes, tenor, bajo y maestro de capilla, acompañados por un música que tañía un simple fagot, descendiente directo de los primitivos bajones-, teniendo cada uno un signo distinto de la Pasión (corona, lanza, escalera, esponja...), se arrodillaban al pie del altar mayor en torno a un pequeño atril que sostenía dos tablas en las que se hallaba en viejo pergamino el himno Vexilla Regis.
Alternando con la melodía gregoriana, el extraño grupo, conforme el maestro lo regía dando ligeros golpes en el atril, cantaba polifónicamente este himno que exalta el triunfo de la Cruz.
Al terminar, una solemne procesión la llevaba hasta la sacristía, en donde una bendición a los participantes suplía el antiguo oficio de la depositio Crucis.
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La cruz. En ella Cristo manifiesta su realeza singular. En el Calvario se confrontan dos actitudes opuestas. Algunos personajes que están al pie de la cruz, y también uno de los dos ladrones, se dirigen con desprecio al Crucificado: «Si eres tú el Cristo, el Rey Mesías -dicen-, sálvate a ti mismo, bajando del patíbulo». Jesús, en cambio, revela su gloria permaneciendo allí, en la cruz, como Cordero inmolado.
Con él se solidariza inesperadamente el otro ladrón, que confiesa implícitamente la realeza del justo inocente e implora: «Acuérdate de mí cuando llegues a tu reino» (Lc 23, 42). San Cirilo de Alejandría comenta: «Lo ves crucificado y lo llamas rey. Crees que el que soporta la burla y el sufrimiento llegará a la gloria divina» (Comentario a san Lucas, homilía 153). Según el evangelista san Juan, la gloria divina ya está presente, aunque escondida por la desfiguración de la cruz. Pero también en el lenguaje de san Lucas el futuro se anticipa al presente cuando Jesús promete al buen ladrón: «Hoy estarás conmigo en el paraíso» (Lc 23, 43).
San Ambrosio observa: «Este rogaba que el Señor se acordara de él cuando llegara a su reino, pero el Señor le respondió: «En verdad, en verdad te digo, hoy estarás conmigo en el paraíso». La vida es estar con Cristo, porque donde está Cristo allí está el Reino» (Exposición sobre el evangelio según san Lucas 10, 121). Así, la acusación: «Este es el rey de los judíos», escrita en un letrero clavado sobre la cabeza de Jesús, se convierte en la proclamación de la verdad. San Ambrosio afirma también: «Justamente la inscripción está sobre la cruz, porque el Señor Jesús, aunque estuviera en la cruz, resplandecía desde lo alto de la cruz con una majestad real» (ib., 10, 113).
La escena de la crucifixión en los cuatro evangelios constituye el momento de la verdad, en el que se rasga el «velo del templo» y aparece el Santo de los santos. En Jesús crucificado se realiza la máxima revelación posible de Dios en este mundo, porque Dios es amor, y la muerte de Jesús en la cruz es el acto de amor más grande de toda la historia.
En la visión paulina, la cruz se enmarca en el conjunto de la economía de la salvación, donde la realeza de Jesús se manifiesta en toda su amplitud cósmica.
Dios quiso «pacificar» el universo mediante la cruz de Cristo (cf. Col 1, 20). Pues bien, la Iglesia es la porción de humanidad en la que ya se manifiesta la realeza de Cristo, que tiene como expresión privilegiada la paz. Es la nueva Jerusalén, aún imperfecta porque peregrina en la historia, pero capaz de anticipar, en cierto modo, la Jerusalén celestial.
Según una etimología popular, Jerusalén significaba precisamente «ciudad de la paz», la paz que el Mesías, hijo de David, establecería en la plenitud de los tiempos. En Jerusalén reconocemos la figura de la Iglesia, sacramento de Cristo y de su reino.
La comunidad católica, comprometida está a sembrar en los surcos de la historia el reino de Cristo, Señor de la vida y Príncipe de la paz.
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El crucifijo -
La incompatibilidad del Evangelio con la violencia. Aquel que murió sobre la cruz es una víctima, no un asesino. La pasión de Jesús constituye el desenmascaramiento de la violencia en torno a la cual giraban las religiones paganas: ella provoca una revolución que hoy no puede ser detenida. Propone el icono del Siervo Sufriente por amor, el símbolo del amor no violento, donado”.
En cuanto a la relación entre la religión y la violencia: "La violencia debe hacerse laica y se debe atribuir al hombre, no a Dios”.
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La crucifixión procede de zonas Indo-Persia (zoroastrismo) - Tiene su origen antiquísimo en la pena capital de colgar en un árbol, con el objeto –según algunos historiadores-, de no tornar impura la tierra consagrada al dios Ormuz, con el cuerpo del ejecutado. Este terrible suplicio al que fue condenado legal pero injustamente Jesucristo, fue utilizado también por los romanos.
Ahura Mazda (Ahura Mazdā) u Ormuz es el nombre en Idioma avéstico para una divinidad exaltada por Zoroastro como el Creador no creado, o sea dios.
El Zoroastrismo es así descrito por sus adeptos como Mazdayasna, la adoración de Mazda. En el Avesta, "Ahura Mazda es el más alto objeto de culto", la primera divinidad y la más frecuentemente mencionada en la liturgia Yasna. En la cosmogonía y tradición Zoroastrica , todas las divinidades menores son también creaciones de Mazda. (lease Bundahishn III)
Ahura Mazda es ´Auramazdā´ en Antiguo persa, ´Aramazd´ in Parto y Armenio (cf. also Aramazd). En medio- y nuevo Persa su uso varia, pero ´Hormizd´, ´Hormuzd´, ´Ohrmazd´ y ´Ormazd/Ōrmazd´ (Plantilla:Lang-fa) son transliteraciones comunes.
Era el dios del cielo, omnisciente y sacerdote celeste, líder de los dioses de la buena conducta (los ahura). Era un dios abstracto y trascendente, sin imagen concreta, por lo cual no era representable. Su hijo era el dios Atar, identificado con el fuego.
Ahura Mazda es el dios antagónico a Angra Mainyu, el dios del mal, también llamado Ahriman, líder de los dioses de la mala conducta (los daeva).
´Mazda´, o más bien su forma en idioma avéstico Mazdā-, nominativo Mazdå, refleja el proto-iraní *Mazdāh. Generalmente es considerado el nombre propia de la deidad, y así como su cognado Sanscrito medhā, significa "inteligencia" o "sabiduría". En ambos idiomas las palabras reflejan al *mazdhā- Proto-Indo-Irani , del Proto-Indo-Irani *mn̩sdʰeh1,que literalmente significa "placida mente", y por tanto "sabio".
´Ahura´ fue originalmente un adjetivo que significaba ahurico, caracterizando una entidad Indo-iraní especifica llamada *asura. Aunque todavía hay rastros evidentes en antiguos textos indios e iraníes, en ambas culturas la palabra aparece esporádicamente como el epíteto de otras divinidades.
En los Gathas (Gāθās), los himnos cuya composición se atribuyen al mismísimo Zoroastro, las dos mitades del nombre no son necesariamente usadas a la vez, o incluso son intercambiadas, o se usan en orden invertido. No obstante, en los textos más recientes del Avesta, Ahura y Mazda son partes integrales del nombre Ahura Mazda, los cuales son fusionados en otros antiguos lenguajes iraníes.
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La Pasión en Andalucía
¿Un Cristo sin Jesús?
"¡Oh, la saeta al cantar al Cristo de los gitanos, siempre con sangre en las manos, siempre por desenclavar! ¡Cantar del pueblo andaluz que todas las primaveras anda pidiendo escaleras para subir a la Cruz! ¡Cantar de la tierra mía, que echa flores al Jesús de la agonía, y es la fe de mis mayores! ¡Oh, no eres tú mi cantar! ¡No puedo cantar, ni quiero a ese Jesús del madero, sino al que anduvo en el mar!". Los versos de Antonio Machado aluden a los contrastes de la Semana Santa, el pueblo andaluz que quiere subir a la cruz y se identifica con el Cristo del madero, pero no siempre con el Jesús Nazareno. Por un lado, en la Semana Santa se alude a un fracaso. Se conmemora el asesinato de un persona en nombre de la razón de Estado, el miedo de Pilatos al presunto mesianismo de Jesús y a su capacidad para agitar al pueblo. También murió a causa de la religión, ya que las autoridades sacerdotales le acusaron de blasfemo, de falso profeta y de hereje por su interpretación de los textos sagrados de la religión. Era necesario que muriera alguien por el "pueblo", es decir, por los intereses constituidos de la sociedad.
Se trata de una religión extraña, que hace del fracaso de su fundador el punto de partida de su fundación como rama diferente del tronco judío del que procede. El éxito explica mejor el origen de un movimiento, aquí es el contrario. Desde nuestro presente actual no podemos imaginarnos una muerte normal de Jesús, sino que damos por hecho que tenía que acabar mal. Sembró vientos y recogió tempestades. La clave de su muerte hay que buscarla en su vida, en su manera de comportarse y relacionarse con el poder político y religioso. No es Dios el que quiere la muerte de Jesús, como afirman muchos textos religiosos, sino que ésta viene como consecuencia de una forma de vida comprometida. La clave está en su historia, no en una pretendida voluntad divina, nueva versión del fato o destino, que se impone sobre la libertad humana. Paradójicamente se pregona a un Dios de vida y se le quiere hacer culpable y agente último de la muerte del profeta Jesús, padre necrófilo que exigiría la muerte del hijo amado.
Por eso, la muerte de Jesús genera una religión del compromiso. Identificarse con el Cristo agonizante pasa por imitarle y seguirle en su vida. De la contemplación de su pasión tiene que surgir el imperativo de luchar contra poderes políticos y religiosos que exigen muerte y sacrificio, unas veces en nombre de la razón de Estado y otras del mismo Dios. Ya no hay justificaciones posibles para causas políticas y religiosas que sacrifican a las personas en nombre de sus ideales. Dios está con la víctima, no con los verdugos. Cuando se mata en nombre de Dios, y de la patria, no sólo se comete un homicidio sino también un deicidio. Eso es lo que conmemoran los cristianos, una pasión que remite a individuos y pueblos crucificados de hoy, y a legitimaciones políticas y religiosas que suscitan muerte.
El pueblo lo entiende, se identifica con el Dios crucificado, que se revela en la víctima inocente, y que le habla de su propio dolor. El dios humano y sencillo es el que habla desde el nazareno, desde el Cristo de pasión, y en su cruz ve reflejada la suya, la de tanta gente que sufre, muchas veces a causa de la injusticia humana. Dios queda lejano y permanece abstracto, sin las mediaciones del Cristo y la madre, amargura y esperanza al mismo tiempo, que acompaña en silencio al hijo asesinado. Nada suscita más identificación y compromiso que un Dios encarnado en lo humano, de ahí el sentido popular de la Semana Santa y la Navidad, las fiestas cristianas más populares a lo largo de la historia. Sin embargo, Machado apunta a la trampa de la celebración andaluza. Una fe emotiva, emocional, sensible, estética y frecuentemente intensa, que no va acompañada de compromiso ni se siente interpelada. Es fácil emocionarse con el Cristo y la Amargura doliente que le acompaña en el templo de la calle, y luego integrarse sin más en la sociedad, con sus injusticias, sus conveniencias políticas y sus conformismos religiosos. Cuando la pasión no genera un compromiso en favor de los oprimidos de toda índole, comenzando por los empobrecidos de la sociedad, y no suscita un talante profético y mesiánico que cuestiona a los mismos representantes de la religión, pierde su significado cristiano. Se convierte en una fiesta religiosa, repleta de simbolismos que aluden al mesías cristiano pero carente de consecuencias.
La sociedad tiene mucha capacidad de integración, incluso de las instancias que más se resisten y cuestionan el des(orden) constituido. Fácilmente transforma la Navidad en fiesta de fin de año y la Semana Santa en fiesta de la primavera. Se pierden las referencias religiosas, se transforman en vacaciones, y se elimina lo más genuino de la fiesta, el nacimiento y la muerte del mesías de los pobres, que constituye un peligro para las autoridades religiosas y políticas de todos los tiempos. Se domestica la fiesta, se conserva su fachada cristiana y se eliminan sus consecuencias prácticas. Las distintas autoridades se hacen presente en procesiones y hermandades sin sentirse cuestionadas por aquello que celebran y los cristianos, nazarenos y participantes, toman distancia de un compromiso que tendría que llevarles a transformar la sociedad en lugar de integrarse en ella. Se castran los símbolos cristianos y la rebeldía del profeta mesiánico se torna en conformismo, fatalismo e integración social. Es la contradicción de Andalucía, que sabe también de cruces y pasión en su historia, cuando se queda en la identificación sensiblera y no es capaz de sacar consecuencias políticas, sociales y religiosas a su compromiso de fe. Es lo que nos recuerdan los versos siempre actuales de Machado.
Juan Antonio Estrada Teólogo y profesor de filosofía de la universidad de Granada - 2004.06
http://www.caritaspanama.org/incidencia/varios/pasion_andalucia.htm
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La preciosa y vivificante cruz de Cristo
Viernes II de Pascua De las Disertaciones de San Teodoro Estudita
El hombre alcanza la verdadera madurez cuando sabe aceptarse a sí mismo Y a los demás con sus propias limitaciones. Jamás puede darse una vida sin cruz, pero una vida mediocre, que huye de las pruebas, de las responsabilidades, que no sabe dar un sentido al dolor físico o moral, es, por desgracia, muy corriente. Los que siguen a Jesús proponen las contradicciones y la muerte como grandes bienes porque Cristo es para ellos la alegría de la vida y Cristo está cosido al madero de la Cruz. Y así como por medio de la Pasión su Señor ha vencido a la muerte, también ellos se disponen a superarla con gozo.
¡Oh don valiosísimo de la cruz! ¡Cuán grande es su magnificencia! La cruz no encierra en sí mezcla de bien y de mal, como el árbol del Edén, sino que toda ella es hermosa y agradable, tanto para la vista como para el gusto. Se trata, en efecto, del leño que engendra la vida, no la muerte; que da luz, no tinieblas; que introduce en el Edén, no que hace salir de él. La cruz es el madero al cual subió Cristo, como un rey a su carro de combate, para, desde él, vencer al demonio, que detentaba el poder de la muerte, y liberar al género humano de la esclavitud del tirano.
Es el madero en el cual el Señor, como esforzado guerrero, heridos en la batalla sus pies, sus manos y su divino costado, curó las llagas de nuestras malas acciones, es decir, nuestra naturaleza herida de muerte por el dragón infernal.
Primero hallamos la muerte en un árbol, ahora en otro árbol hemos recuperado la vida; los que habíamos sido antes engañados en un árbol hemos rechazado a la astuta serpiente en otro árbol. Nueva y extraña mudanza, ciertamente. A cambio de la muerte se nos da la vida, a cambio de la corrupción se nos da la incorrupción, a cambio del deshonor se nos da la gloria.
No sin motivo exclamaba el santo Apóstol: En cuanto a mí líbreme Dios de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo; por él el mundo está crucificado para mí y yo para el mundo. Pues aquella suprema sabiduría que nace de la cruz ha desmentido la jactancia de la sabiduría del mundo y la arrogancia de lo que no es más que necedad. Los bienes de toda clase que dimanan de la cruz han destruido todo germen de malicia.
Ya desde el principio del mundo, todas aquellas cosas que no eran sino figuras y anuncios anticipados de este leño fueron signo e indicio de algo mucho más admirable que ellas mismas. Mira, si no, tú que deseas saberlo. ¿Por ventura no escapó Noé del desastre del diluvio, por decisión divina, él, su esposa, sus hijos y las esposas de éstos, y los animales de cada especie, en un frágil madero?
¿Qué significaba también la vara de Moisés? ¿No era acaso una figura de la cruz? Cuando convirtió el agua en sangre, cuando devoró a las falsas serpientes de los magos, cuando con su golpe y virtud dividió las aguas del mar, cuando de nuevo las volvió a su curso, sumergiendo en ellas al enemigo y preservando al pueblo elegido.
Semejante poder tuvo la vara de Aarón, figura también de la cruz, que floreció en un solo día, demostrando asi quién era el legítimo sacerdote.
También Abrahán anunció la cruz de antemano cuando puso a su hijo atado sobre el montón de maderos. Por la cruz fue destruida la muerte, y Adán fue restituido a la vida. En la cruz se gloriaron todos los apóstoles, por ella fueron coronados todos los mártires, santificados todos los santos. Por la cruz nos revestimos de Cristo y nos despojamos del hombre viejo. Por la cruz nosotros, ovejas de Cristo, hemos sido reunidos en un solo redil y destinados al aprisco celestial.
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San Paulino de Nola- 355 + 431-obispo
Carta 38, 3-4.6
“El que tome su cruz que me siga” - Al cumplirse el misterioso designio de su bondad, el Señor tomó la condición de esclavo y se digno rebajarse hasta la muerte de cruz (Fl 2,8). Para realizar en nuestro corazón, por medio de una humillación visible, aquella celestial sublimación, para nosotros invisibles. Considera pues, de qué altura nos precipitamos desde el principio, y comprenderás que por voluntad de la divina sabiduría y por su bondad somos restituidos a la vida. Con Adán caímos en la soberbia; por eso somos humillados en Cristo para poder cancelar la antigua culpa con el remedio de la virtud contraria, de modo que los que con la soberbia ofendimos a Dios, le aplaquemos poniéndonos a su servicio. Alegrémonos, y gocemos en aquel que nos ha hecho objeto de su lucha y de su victoria, diciendo:”Tened valor, oye vencido al mundo”(Jn16,33)... El invencible, peleará por nosotros y vencerá en nosotros. Entonces el príncipe de las tinieblas será echado fuera, aunque no ciertamente fuera del mundo, sino fuera del hombre, cuando al penetrar en nosotros la fe, es obligado a salir fuera y dejar libre el puesto a Cristo; cuya presencia pone en fuga al pecado y significa el destierro de la derrota de la serpiente... Que los oradores guarden su elocuencia, los filósofos su sabiduría, los reyes sus reinos; para nosotros la gloria las riquezas y el reino, es Cristo; nuestra sabiduría, es la locura del Evangelio; la fuerza es, la debilidad de la carne, y la gloria, es el escándalo de la cruz.
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Una de las sensaciones más estremecedoras de la Semana Santa andaluza es oír esa quebrada voz que, desde la soledad y el anonimato, brota de las alturas para orar a las barrocas imágenes cantando jondura. La saeta ha sabido encontrar en el flamenco un modo de canalizar su plegaria. El flamenco en la saeta, una forma de acercarse a Dios. Pero este encuentro no es ni mucho menos casual a tenor de reflexiones como la de Gabriel del Estal, para quien "el flamenco es ya de suyo una oración".
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Cuando desciende sobre Jerusalén el velo de la oscuridad, aún hoy los olivos de Getsemaní, con el susurro de sus hojas, parecen remontarnos a aquella noche de sufrimiento y de oración que vivió Jesús. Él destaca solitario, en el centro de la escena, arrodillado sobre los terrones de aquel huerto. Como cualquier persona cuando afronta la muerte, también Cristo está embargado de angustia; más aún, la palabra original que utiliza el evangelista san Lucas es «agonía», o sea, lucha. Entonces la oración de Jesús es dramática, es tensa como en un combate, y el sudor mezclado con sangre que resbala por su rostro es signo de un tormento áspero y duro.
Jesús lanza un grito hacia lo alto, hacia aquel Padre que parece misterioso y mudo: «Padre, si quieres, aparta de mí este cáliz», el cáliz del dolor y de la muerte. También uno de los grandes padres de Israel, Jacob, en una noche oscura, en las riberas de un afluente del Jordán, se había encontrado con Dios como una persona misteriosa que «estuvo luchando con él hasta rayar el alba».[1] Orar en el tiempo de la prueba es una experiencia que conmueve el cuerpo y el alma, y también Jesús, en las tinieblas de aquella noche, «ofrece ruegos y súplicas con poderoso clamor y lágrimas al que puede salvarle de la muerte».[2]
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En el Cristo de Getsemaní, en lucha con la angustia, nos reconocemos a nosotros mismos cuando atravesamos la noche del dolor lacerante, de la soledad de los amigos, del silencio de Dios. Por esto, Jesús –como se ha dicho– «estará en agonía hasta el fin del mundo: no hay que dormir hasta ese momento, porque él busca compañía y consuelo»[3], como cualquier persona de la tierra que sufre. En él descubrimos también nuestro rostro, cuando está bañado en lágrimas y marcado por la desolación.
Pero la lucha de Jesús no desemboca en la tentación de la rendición desesperada, sino en la profesión de confianza en el Padre y en su misterioso designio. En esa hora amarga repite las palabras del «Padre nuestro»: «Orad para que no caigáis en tentación... No se haga mi voluntad, sino la tuya». Entonces aparece el ángel de la consolación, del apoyo y del consuelo, que ayuda a Jesús y nos ayuda a nosotros a seguir hasta el fin nuestro camino.
[1] Cf. Génesis 32, 23-32.
[2] Cf. Hebreos 5, 7.
[3] Blaise Pascal, Pensamientos, n. 553 ed. Brunschvicg.
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Hay una parte en nuestra alma que, como decía Santa Catalina de Siena, «es sólo para nosotros y para el Señor». Pero también tiene una parte pública importante. La fe es pública, hoy más que nunca.
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Volvía del campo, tal vez después de varias horas de trabajo. En casa lo esperaban los preparativos del día de fiesta: en efecto, al atardecer se abriría la frontera sagrada del sábado, cuando brillaran las primeras estrellas en el cielo. Simón era su nombre; era un judío oriundo de África, de Cirene, ciudad situada junto al litoral libio y en la que vivía una numerosa comunidad de la Diáspora judía.[23] Una orden tajante de la patrulla romana que escolta a Jesús lo detiene y lo obliga a llevar durante un tramo de camino el patíbulo de aquel condenado exhausto.
Simón pasaba por allí por casualidad. No sabía que ese encuentro sería extraordinario. Como se ha escrito[24], «¡cuántos hombres, a lo largo de los siglos, hubieran querido estar allí, en su lugar, haber pasado por allí precisamente en ese momento! Pero ya era demasiado tarde; era él quien pasaba por allí y en el decurso de los siglos él jamás cedería su puesto a otros». Es el misterio del encuentro con Dios, que cambia repentinamente tantas vidas. Pablo, el apóstol, había sido interceptado, «aferrado y conquistado»[25] por Cristo en el camino de Damasco. Por eso, luego tomaría de Isaías aquellas sorprendentes palabras de Dios: «Fui hallado por quienes no me buscaban; me manifesté a quienes no preguntaban por mí».[26]
* * *
Dios está al acecho por las sendas de nuestra existencia diaria. Es él quien a veces llama a nuestra puerta, pidiendo un puesto a nuestra mesa para cenar con nosotros.[27] Incluso un imprevisto, como el que aconteció en la vida de Simón de Cirene, puede transformarse en un don de conversión, hasta el punto de que el evangelista san Marcos citará los nombres de los hijos de ese hombre, ya cristianos, Alejandro y Rufo.[28] De este modo, el Cireneo es el emblema del abrazo misterioso entre la gracia divina y la obra humana. En efecto, al final, el evangelista lo presenta como el discípulo que «lleva la cruz tras Jesús», siguiendo sus huellas.[29]
Su gesto, realizado como acción forzada, se transforma idealmente en un símbolo de todos los actos de solidaridad en favor de los que sufren, de los oprimidos y de los cansados. El Cireneo representa, así, a la inmensa multitud de personas generosas, de misioneros, de samaritanos que no «dan un rodeo»[30], sino que socorren a los desdichados, cargándolos sobre sí para sostenerlos. Sobre la cabeza y sobre los hombros de Simón, inclinados bajo el peso de la cruz, resuenan entonces las palabras de san Pablo: «Ayudaos mutuamente a llevar vuestras cargas y cumplid así la ley de Cristo».[31]
Tui Nati vulnerati, tam dignati pro me pati, poenas mecum divide.
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[23] Cf. Hechos 2, 10; 6, 9; 13, 1.
[24] Charles Péguy, El misterio de la caridad de santa Juan de Arco (1910).
[25] Filipenses 3, 12.
[26] Romanos 10, 20.
[27] Cf. Apocalipsis 3, 20.
[28] Cf. Marcos 15, 21.
[29] Cf. Lucas 9, 23.
[30] Cf. Lucas 10, 30-37.
[31] Gálatas 6, 2.
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LA PASIÓN DE CRISTO SEGÚN LA CANTA EL PUEBLO ANDALUZ
Juan de la Plata
(Fragmento extraído del libro "La Saeta" de Juan de la Plata, editado por la Cátedra de Flamencología, a la cual expresamos nuestro agradecimiento por autorizarnos la reproducción)
Desde la tarde del Domingo de Ramos hasta el mismo Sábado Santo, ya con Cristo amortajado, camino del sepulcro, son miles las saetas que el pueblo andaluz canta a sus Dolorosas y a sus Crucificados. Cuando se a cerca el paso de misterio, el pueblo empieza a vivir ese ambiente especial que rodea al mismo. Es un ambiente de identificación, que nos acerca e incluso nos incluye en la escena que vemos representada frente a nosotros. Hay veces, momentos concretos, en que se dijera que formamos parte de esa escena, que somos uno más de los que van a prender o a crucificar al Nazareno de la triste mirada, que está allí parado, detenido en el espacio y en el tiempo, ante nosotros, que estamos allí también, impasibles; a solas frente a su terrible agonía. Y entonces nos sentimos más pequeños y miserables que nunca.
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Amarrao a una columna Le escupen y agofetean Y lo coronas de espina, Y la sangre le chorrea Por su carita divina.
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Y somos nosotros mismos los que estamos escupiendo, abofeteando y coronando de espinas a ese Dios indefenso, amarrado a la columna, tremenda columna amasada con la piedra de nuestras maldades, de nuestras blasfemias y de nuestros pecados. Y fue tan grande el martirio que...
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Llegó a sudá sangre pura De pasá tanto quebranto; Y tomó er coló der lirio Su cuerpo de marfi santo.
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El pueblo cristiano andaluz, el pueblo sencillo y llano, podemos afirmar que siente y vive la Pasión, intensa y profundamente. De ahí esa creación sublime de su saeta, escrita y musicada con amorosa ingenuidad. La saeta, que vibra en el aire y es siempre antena receptora, que capta y recibe la angustia metafísica de nuestro pueblo; haciéndose alucinante transmisora del sentir colectivo, para narrar con indescriptible realismo los sufrimientos de Jesús.
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Jesús mío Nazareno Que vas sufriendo y penando, Y ese maldito judía De tu cuerpo va tirando.
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La saeta está siempre con Cristo, acompaña siempre a Cristo, desde la misma noche de la última Cena, cuando es Cristo quien pregunta...
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<<¿Cuál de vosotros, discípulos, morirá por mía, mañana?>> El uno al otro se mira Y ninguno contestaba.
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Y ya, desde que Jesús es traicionado, vendido y hecho preso, el pueblo se adentra con su copla voladora, negra y rápida como una golondrina, en el drama sacrosanto. Las escenas de la Pasión, que desfilan sobre luminosos pasos ante sus ojos, más que verlas las imagina cómo debieron ser en realidad. Así, cuando Judas guía a los que van a prender al Maestro, camino del Huerto de los Olivos, el hombre andaluz cantará de esta forma tan gráfica:
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Cruda la noche y lloviznando, Judas llevaba el farol Y alumbraba el camino Donde estaba el Redentor.
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Y luego, entristecido, el saetero cantará con infinita dulzura:
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Juntito a los olivos, Esos judíos traicioneros A mi Jesús de mi arma Ya se llevan prisionero.
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Desde ese mismo momento, la saeta no dejará a Jesús ni un solo instante. Le seguirá, como un discípulo más, paso a paso, y estará junto a él en cada momento trascendente, en cada encrucijada fatal que habrá de llevarle al Calvario. Y escuchará las tres negaciones de Simón Pedro, la primera en Casa de Anás...
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Mientras que Anás preguntaba A Jesús por su doctrina, San Pedro a la lumbre estaba Entre muchos que allí había; Le conoció una criada Y le dijo: < De la compaña de Cristo>>. --Que yo me caiga aquí muerto, Que a ese hombre nunca he visto.
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La cobardía de Pedro queda perfectamente reflejada en esta larga y vieja saeta, saeta doble por su estructura, ya en desuso, que ha llegado hasta nosotros por su inmenso poder descriptivo. Segunda negación de Pedro...
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En el patio del Califas Estaba Pedro y dijo así: < ni discípulo suyo fui>>.
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Poco después, mientras el pontífice sigue interrogando a Jesús, a punto ya la hora del alba, para que se cumplieran las palabras del Maestro, Simón Pedro niega por tercera vez...
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En el patio del Caifás Cantó el gallo y dijo Pedro: < ni tampoco es mi Maestro>>. |
Llevaron después a Jesús al pretorio, a declarar ante Poncio Pilatos, quien no le haya culpa, no queriendo condenarle; pero tampoco quiere enemistarse con el César Tiberio, soltando al que se hace llamar el Rey de los Judíos. Y por eso el pueblo canta:
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Pilatos por no perdé Er destino que tenía, Firmó sentencia crué Contra er Divino Mesía. ¡Lavó sus manos después!
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La saeta no deja a Jesús y, atónita, cuenta cómo...
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Ya lo llevan, ya lo traen, Ya lo coronas de espina, Y la sangre le chorrea Por esa cara divina.
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El pueblo sabe muy bien que no son flores las que colocan sobre la cabeza del Hijo del Hombre...
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La corona del Señor No es de rosas ni claveles, Que es de espinas de zarza Que le traspasan las sienes.
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Y cuando Jesús carga con la cruz a cuesta, camino del Gólgota, el saetero eclamará...
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Mirarlo por donde viene El mejón de los nacío, Con la crú sobre los hombros Y el rostro escolorío.
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Son muchas las saetas piadosas que salen al paso de Cristo, como mujeres verónicas, que le buscan por callejas y esquinas de su tortuoso Vía-Crucis...
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La Verónica bendita La carita te secó, Y se queó en la toalla Pintá con sangre y sudó.
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Y cuando cae Jesús, una y otra vez, el saetero cantará de esta o parecida manera...
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¿Qué es aquello que reluce en aquél monte florido? Es Jesús de Nazaret Que con la crú sa caío.
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Las saetas vuelan hasta la misma cruz del Salvador, horrorizadas por el tremendo martirio. El pueblo comprende, entoda su infinita dimensión, la tragedia que contempla sus ojos. Jesús ha muerto en la cruz y el llanto se hace saeta, se hace cantar agonizante.
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El sol se vistió de luto Y la luna se eclisó, Las pieras se quebrantaron Cuando el Señor expiró. |
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Ya murió mi Padre amado, Ya murió mi Redentor; Ya murió en la cruz clavado, Mi Dios, mi Padre y mi Amor. |
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La tierra sintió su muerte Y los cielos se nublaron, Las sepulturas se abrieron, Los muertos resucitaron,
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Y aún la saeta, vestida de negro luto, irá al entierro de Cristo, para cantarle por última vez, ya sin voz y sin fuerzas...
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Es tan estrecha la cama Donde Jesucristo duerme Que por no caber en ella, Un pié sobre el otro tiene. |
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En la calle la Amargura Hallé a una mujer de luto; Le pregunté <<¿quién s´ha muerto? Y me dijo: "el que hizo el mundo>>.
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Pero la saeta, por ser un canto religioso popular, que rebosa en todas sus letras una inmensa ternura, al cantar los misterios de la Pasión de Cristo no podía cantar a éste, sin cantar también a la Madre, que le sigue con el corazón partido por las calles de Jerusalén, estando presente en todas las escenas del dramático Vía Crucis. Y si son muchas las saetas que le cantan al Hijo, más son las que le cantan a la Celestial Señora, como queriendo ampararla en sus angustias y desconsuelos, tratando siempre de consolarla con piropos y palabras llenas de cariño, que denotan un amor profundísimo:
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De las flores más bonitas Voy a jacé una corona, Pa ponérsela a María Hermosísima Paloma. |
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De las alas de un mosquito Hizo la Virgen su manto, Y le salió tan bonito Que lo estrenó el Viernes Santo, En el Entierro de Cristo. |
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Bendita seas María, Porque tú bendita eres, En el Cielo y en la Tierra, Y entre todas las mujeres. |
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Eres de la mar estrella, Del Cielo divina Escala, Emperatriz de los cielos De los hombres Abodaga. |
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La Virgen de las Angustias Se acerca entre mil luceros; Viene derramando gracias Bajo el azul de los cielos.
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Estas y miles de coplas más, se convierten en saetas, en boca del pueblo andaluz, para rezar cantando a la Madre de las Angustias, de la Soledad, de los Dolores, de la Amargura y del Desamparo, cuando transita bajo sus pasos de palio, reflejando en su divina cara todo el dolor y todo el sufrimiento del mundo, tras las huellas del Nazareno o junto al árbol de la Cruz.
El especial y delicado marianismo de nuestro pueblo, amor, suspiro y oración, se enreda cada Semana Santa, hecho girones de saeta flamenca, en las coronas de nuestras Vírgenes y en las candelerías de los suntuosos pasos que las transportan. Es el más vivo y apasionado reflejo de un pueblo, sencillo y alegre como el nuestro, que canta mejor que habla, y que para identificarse con la pasión inventó el grito desgarrado de la saeta, como plegaria y como piropo.
Que si al Hijo que muere en la Cruz, Andalucía le canta con fe y con esperanza de Resurrección, a la Madre que no le abandona y va tras El, afligida y llorosa, dolorida y angustiada, le canta con caridad, con el amor más grande, con la devoción más honda, poniendo su corazón y su alma a flor de labios, en cada saeta y en cada mirada, para que la Virgen nunca se sienta sola, en esta tierra que es su tierra, la Tierra de María Santísima.
Como bien dijo el poeta jerezano Julián Pemartín,
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<< Se ha detenido el altar, y de un corazón contrito, brota a los aires un grito, que se va haciendo cantar...>>. |
Así nace la saeta. Así es la saeta.
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"Los templos semivacíos, los sagrarios solitarios y las misas menospreciadas, son la más cruda denuncia del enfriamiento de nuestra fe y del poco vigor religioso de nuestro cristianismo".
Si eres cristiano se tiene que ver tu fe.
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¡Prodigiosa providencia, silenciosa y no obstante tan eficaz, constante e infalible! Ella destruye las maquinaciones del diablo. Satanás no puede conocer la mano de Dios que obra en el curso de los acontecimientos.
Cardenal John Henry Newman (1801+1890)
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“Muchos escuchan más a gusto a los que dan testimonio, que a los que enseñan, y si escuchan a los que enseñan es porque dan testimonio.” [Pablo VI]
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…como Pedro y Pablo, afrontar mares y romper confines anunciando a Cristo…
«Duc in altum» (Lc 5,4) dijo Cristo al apóstol Pedro en el Mar de Galilea.
Cuando la Iglesia protesta por el aborto, la eutanasia, la manipulación de embriones o el divorcio rápido, no lo hace porque considere que eso afecta a la comunidad católica, sino porque cree que perjudica al conjunto de la sociedad. Tampoco lo hace porque se violen principios cristianos –como ocurriría, por ejemplo, si se prohibiera ir a misa el domingo–-, sino porque se está yendo en contra de la ley moral escrita en la naturaleza humana y contra la cual no puede legislar ningún parlamento. Por eso, del mismo modo que protesta por los casos citados, eleva su voz para condenar el terrorismo, la violencia doméstica o el racismo. No se argumenta, en estos casos con los que la mayoría están de acuerdo, con motivos cristianos, sino con los mismos, de tipo meramente humano, que se usan para rechazar el aborto o la eutanasia. Sin embargo, en unos temas se la insulta porque habla y en otros se le reprocha que no hable más claro. 2005
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Así pues, hermanos, manteneos firmes y conservad las tradiciones que habéis aprendido de nosotros, de viva voz o por carta. -II Tesalonicenses 2,15
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S.P. 42: Libro de las Horas "Borromeo" miniado por
Cristoforo de Predis, siglo.XV Biblioteca Ambrosiana
Ante la proliferación de "personalidades frágiles, fragmentadas, incoherentes" generadas por el pensamiento débil, propongamos un cristiano caracterizado por "una identidad clara y firme". En la actual sociedad pluralista toda expresión explícita de la propia identidad cristiana viene etiquetada como fundamentalismo o integrismo. Por ello, la fe se convierte en un hecho rigurosamente confinado a la esfera de la vida privada.
Es nuestro derecho y deber encontrar modos de defender y reforzar nuestra identidad católica en la sociedad post-moderna que quiere hacemos "invisibles" en cuanto cristianos, porque somos incómodos. Hoy más que nunca se necesitan cristianos coherentes, con una fuerte conciencia de su vocación y de su misión. Hace falta pues redescubrir la esencia del cristianismo: el encuentro personal con Jesucristo. Redescubrir el cristianismo como un acontecimiento real que ocurre hoy en nuestra vida, como ocurrió en la vida de los primeros discípulos. El cristianismo no es una doctrina por aprender, ni tampoco un simple código ético. El cristianismo es una Persona, la persona viva de Cristo que hay que encontrar y acoger en la propia vida. Porque sólo este encuentro cambia realmente la existencia de las personas y da el sentido último y definitivo a nuestro destino. Ha llegado el momento de liberamos de nuestros complejos de inferioridad respecto al mundo así llamado laico, para ser atrevidamente nosotros mismos, discípulos de Cristo. ¡Debemos reapropiamos el significado de nuestra identidad y estar orgullosos de ella! Hace falta por tanto remontar hasta el Bautismo y al cometido que este sacramento tiene en la vida del cristiano. Todo el patrimonio genético, por así decir, del cristiano se contiene en este sacramento. La segunda peculiaridad que debería caracterizar al cristiano sería como, la audacia de una presencia visible e incisiva en la sociedad; la audacia de ser verdaderamente «levadura evangélica», «sal y luz» del mundo.
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“¡Señor, dueño nuestro, qué admirable es tu nombre en toda la tierra!” (Sal 8, 2).
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En Ti está la fuente de la vida (Sal 36 [35], 6-10)
Señor, tu amor llega hasta el cielo, hasta las nubes tu fidelidad, tu justicia es como los más altos montes, tu derecho, un abismo insondable. Tú, Señor, salvas a hombres y animales; oh Dios, ¡qué inapreciable es tu amor! Los hombres se acogen a la sombra de tus alas. Se sacian de la abundancia de tu casa, les das a beber en el río de tus delicias. Porque en ti está la fuente de la vida y por tu luz vemos la luz.
Traducción "La Casa de la Biblia"
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¡Gloria al Jesucristo, base y fundamento de su Iglesia!
¡Buenaventura eres Tú, Oh María, Madre del Salvador!
“Desde ahora me llamarán dichosa todas las generaciones” Biblia. Evangelio según San Lucas Cap.1º vs. 48. La Iglesia, hace XXI siglos fundada por Tu Hijo, te alaba, ¡Oh Madre plena de dicha y felicidad!

Gracias por venir a visitarnos
‘ATANASIO’
(Epístolas a Serapión sobre el Espíritu Santo)
Biblioteca de Patrística
Editorial: CIUDAD NUEVA
‘HISTORIA DE LA LITERATURA CRISTIANA ANTIGUA
GRIEGA Y LATINA (II)
(Desde el Concilio de Nicea hasta los comienzos de la Edad Media)
Autor: Claudio MORESCHINI . Enrico NORELLI
Editorial: BIBLIOTECA DE AUTORES CRISTIANOS – BAC maior 86
‘APRENDER A VIVIR Y A PENSAR’
(Las reflexiones que componen esta pequeña obra, tienen por objeto ayudar al Hombre moderno a lograr la unidad).
Autor: Jean GUITTON – filósofo eminente
Editorial. ENCUENTRO (bolsillo)
‘Sinceridad y Fortaleza’
Autor: José Antonio GALERA.
Patmos Libros espirituales-
Editorial: RIALP S.A. Madrid-España
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