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1. Para los cristianos, la acción de gracias se expresa de forma plena en la Eucaristía. En cada santa misa bendecimos al Señor, Dios del universo, presentándole el pan y el vino, frutos "de la tierra y del trabajo del hombre". A estos sencillos alimentos Cristo ha vinculado su oblación sacrificial. También los creyentes, en unión con él, están llamados a ofrecer a Dios su existencia y su trabajo diario. 2. Que María, Madre de la divina Providencia, nos enseñe a dar gracias al Señor por lo que la naturaleza y el trabajo humano producen para nuestro sustento, y nos disponga a compartir nuestros recursos con los necesitados. (©L´Osservatore Romano - 19 de noviembre de 2004)
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Jaculatoria de agradecimiento para repetir varias veces al día:
Gracias Señor por haberme creado, redimido, hecho cristiano y conservado hasta ahora.
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La vida, para amar y ser feliz, hay que aliarse a la verdad, y aceptar las consecuencias de nuestros actos. Pero aún así, una queda con cierto sentimiento de dolor de saber que el otro está sufriendo.
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En los ámbitos culturales de lengua española se cita a menudo la frase lapidaria de Miguel de Cervantes en su libro Don Quijote: "La ingratitud es hija de la soberbia". Al contrario, un hombre honrado y recto debe reconocer humildemente todo el patrimonio de bien que ha recibido y hacer que dé fruto para el futuro.
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Bienvenido, Briatore - Igual que San Pablo cayó de su caballo camino de Damasco, Flavio Briatore ha caído de su fabuloso mundo de lujo y éxitos cuando la enfermedad se ha cruzado en su vida. «Ahora creo que todo lo que he construido en estos años tiene un valor relativo, que sólo sirve hasta cierto punto», afirmó hace un par de semanas a los medios de comunicación. «Quizás sea todo inútil», ha añadido el rey de la Fórmula 1 después de que un cáncer de riñón le haya puesto a las puertas de la muerte. Tenía miles de admiradores que le envidiaban cuando le veían a bordo de su espectacular yate, organizando unas fantásticas fiestas y rodeado de bellezas. Y, sin embargo, Briatore dice ahora que todo eso era polvo, ceniza y nada. Es impresionante la capacidad que tienen el dolor y la enfermedad para transformarnos y hacernos más humanos. Es una historia que se ha venido repitiendo desde el pricipio de los tiempos. Flavio Briatore llegó a estar tan embriagado con su propio éxito que confiesa que «me sentía inmortal» y que «cuando entraba en un restaurante con mi corte de amigos y mis teléfonos móviles y veía a alguien comiendo solo, pensaba que era un pardillo. Ya no volveré a pensarlo», reconoce ahora como un chiquillo arrepentido y confundido que sabe que ha hecho algo mal. En el fondo, Briatore ha descubierto que lo que de veras da sentido a su vida no era el brillo y el oropel de su vida anterior. Es la historia emocionante de todos los que comienzan a recorrer el camino de su conversión. Cuando parecía que no necesitaba ni de nada ni de nadie, el director deportivo de la escudería Renault, y descubridor del campeón español Fernando Alonso, ha vuelto a mirar al cielo para descubrir, con esa raigambre cristiana tan propia y característica de los italianos, que «tenemos que agradecerle a Dios cada mañana, aunque sólo sea por la posibilidad de afeitarnos frente al espejo». Bienvenido, Briatore, a ese camino que lleva a Dios. Los que tratamos de andarlo cada día, con nuestros tropiezos y cansancios, nos hemos sentido reconfortados con tus palabras. Yo mismo he seguido tu consejo esta mañana mientras me afeitaba. Y le he pedido a Dios que nos dé muchos Briatore conversos más.
Álex NAVAJAS - 2006-08-20
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"Señor mi Dios, dueño del tiempo y de la eternidad,
tuyo es el hoy y el mañana, el pasado y el futuro.
Al terminar este año quiero darte gracias por todo aquello que he recibido de Ti.
Gracias por la vida y el amor, por las flores, el aire y el sol, por la alegría y el dolor,
por todo aquello que fue posible y por lo que no pudo ser.
Te ofrezco cuanto hice en este año, el trabajo que pude realizar y las cosas que pasaron por mis manos y lo que con ellas pude construir.
Presento ante ti a los seres que durante tanto tiempo han sido mi vida y mi amor,
a mis seres queridos y mis hijos amados, mis padres, las amistades nuevas, los más cercanos a mí y los que están más lejos, los que me dieron su mano y aquellos a los que pude ayudar, con los que compartí la vida, el trabajo, el dolor y la alegría...
A todos ellos llénalos de amor y bendiciones...
y a quienes ahora son ángeles junto a ti, llénalos de luz y dales paz eterna...
Pero también Señor, hoy quiero pedirte perdón, perdón por el tiempo perdido,
por la palabra inútil y el amor desperdiciado, perdón por las obras vacías y por el trabajo mal hecho, y perdón por vivir sin entusiasmo.
También por la oración que poco a poco fui aplazando y que hasta ahora vengo a presentarte, por todos mis olvidos, descuidos y silencios...
nuevamente te pido perdón...
Mañana iniciaremos un nuevo año, detengo mi vida ante el nuevo calendario aún sin estrenar y te presento estos días que sólo TÚ sabes si llegaré a vivir.
Hoy te pido para mí y los que amo la paz y la alegría, la fuerza y la prudencia, la humildad y la sabiduría.
Te ofrezco vivir cada día con optimismo y bondad llevando a todas partes un corazón lleno de comprensión y paz.
Cierra Tú mis oídos a toda falsedad y mis labios a palabras mentirosas, egoístas o hirientes.
Abre en cambio mi ser a todo lo que es bueno, que mi espíritu se llene sólo de bendiciones y las derrame a cada paso que doy.
Cólmame también de bondad y de alegría para que aquellos que conviven conmigo o se acerquen a mí, encuentren en mi vida un poquito de Ti.
Danos un año feliz y enséñanos a repartir felicidad."
Amén. 31.XII.2008
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De dónde viene la palabra gratis. Quizás está relacionada con la voz latina gratia (= regalo, dádiva). Así, gracia (divina), gratificación o gratificante. No deja de ser curioso que digamos también gracia para el chiste, lo que hace reír, y también para la elegancia personal. Estar en estado de gracia significa estar en íntima y buena relación con Dios, para el cristiano. En la vida normal significa caer en simpatía.
Son cosas que se dan gratis al interlocutor o al observador.
En Estados Unidos hay un dicho muy expresivo: There is not such a thing as a free lunch (= no existe lo del almuerzo gratis). Quiere decir que las cosas que parecen gratuitas, se pagan de otra forma. Con los regalos o dádivas de tipo público está claro que al final es el contribuyente quien paga. En el mundo comercial todo lo que se anuncia como "gratis" acaba siendo incluido en el precio. Incluso en la vida de relación afectiva, los regalos exigen implícita y sutilmente su devolución por otra donación similar.
El caso extremo es el de la limosna, que no exige devolución, pero al menos, simbólicamente, el mendigo toca un instrumento musical o, de modo más simple "da las gracias". La acción de "dar las gracias" es ya un regalo a través de un símbolo verbal. Tradicionalmente el mendigo decía al aceptar la limosna: "Dios se lo pague". Mediante todas esas fórmulas la limosna deja de ser una excepción a la norma general de que no hay nada gratis, todo es intercambio. Por eso el niño que recibe una golosina o un juguete se ve acuciado por sus inquisitoriales padres: "¿Cómo se dice?". El niño aprende enseguida una de las primeras palabras de su vocabulario: "Gracias". Esa palabra mágica funciona como un regalo simbólico, como un precio nada oneroso que se paga por las atenciones recibidas. Decididamente, no existe lo del almuerzo gratis. Para los cristianos el don de Dios es gratuito y recibimos sus gracias, gratuitamente. Gratis recibimos y gratis damos en la caridad de Cristo y por Cristo. Eh allí la diferencia con ‘solidaridad’, por lo que se puede ser solidario hasta por motivos mezquinos o despreciables.
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¡Cuánto se esconde detrás de esta palabra, tan corta y significativa: “gracias”! Quien se atreve a convertirla en actitud de vida, ha encontrado un camino seguro, no sólo para su propia felicidad, sino para irradiarla a su alrededor. Bien decía Séneca que es tan grande el placer que se experimenta al encontrar un hombre agradecido que vale la pena arriesgarse a no ser un ingrato.
Hablamos de la gratitud que proviene del interior, no del mero “gracias” formal, que apenas se esboza por un mínimo de educación. La gratitud es uno de los sentimientos más nobles del ser humano, que parece que nos obliga a estimar el beneficio o favor que se nos ha hecho o ha querido hacer, y a corresponder a él de alguna manera.
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-Se ha reconocido a sí mismo con realismo porque quien agradece se ha descubierto antes como alguien menesteroso, necesitado de los demás, y este es un buen punto de partida para cualquier persona, pues ésta es nuestra realidad. Tanto oímos hablar de independencia y autonomía que olvidamos que nos definimos más por nuestra necesidad de los otros en todos los órdenes (material y afectivo), que por las cuotas de autonomía absoluta que conquistamos.
La independencia convertida en dios, acaba pagando con soledad, y la aceptación sencilla de nuestra dependencia de otros es coronada, al fin y al cabo, con la compañía de los demás. Detrás de un “gracias”, hay una estima sincera hacia lo que se ha recibido. Ello nos va llevando a ver la vida con ojos más limpios para descubrir la belleza que conlleva. En todo existe un cierto valor, pero no todos lo descubren.
Agradecer un día con sol o con lluvia, un tiempo de compañía o de silencio, un favor o un detalle, una sonrisa a tiempo o una lágrima de compasión, el placer de una buena siesta o un vaso de agua a tiempo que calma la sed… ¡Cuánto se puede agradecer! De hecho, casi todo se puede llegar a agradecer.
Cada día, con todo su equipaje, se convierte entonces en un regalo. Y se vive en la mística de la sorpresa porque el regalo es don inesperado. -Ha descubierto la bondad del otro, que nos ofreció aquello de lo cual nos sentíamos necesitados. Podía no habérnoslo ofrecido. -Ha deseado el bien del otro, quiere corresponderle al menos de la misma manera. Este deseo engrandece el corazón de quien lo experimenta y agrada siempre a quien se le expresa, aunque sea a través de ese tímido y usual: gracias.
Reconocer, valorar, descubrir y desear el bien son actitudes que nos descentran y nos abren hacia los otros. Lo que es un primer paso para humanizarnos.
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Doy gracias por ti
Cardenal + Ricardo M.ª CARLES 2005-06-22-L.R. Barcelona, ESPAÑA.
Es triste la soledad. Pero es más dolorosa cuando al solitario se une el sentimiento de que nadie le necesita. En más de una conciencia, donde Dios no tiene cobijo, late el sentimiento de que, aunque Dios existiera, su situación, moral o material, le sería indiferente a aquél. En contraste luminoso con ese sentir, existe felizmente el deseo de Cristo de ser llamado «amigo de los pecadores». Podemos contar con Él, porque Él cuenta con nosotros y no le somos indiferentes. Muy lejos de esta sensación de soledad estaba la madre de aquella pequeña niña que una noche, tras arrebujarla en su cama y apagar la luz, oyó que la niña le decía: «Gracias mamá». «Gracias, ¿por qué, hija?», le preguntó. «Gracias por ti». Fue el modo más ingenuo y acertado de unir todos los motivos que tenía para estar agradecida a su madre. «Gracias por ti» es una óptima expresión que, en labios de cualquier creyente, resume su admiración por lo que es Dios, por las muestras de su amor. Supone que nuestra relación con él tiene tal cuerpo que proclamamos nuestra fe y amor y que sentimos la necesidad de defender el ser divino de tantos que –inculpablemente muchos– desconocen su perfección, su amor, su volcarse en nuestras vidas. Aunque más de una vez hayamos de decir, ante situaciones que nos hacen sufrir, la frase de Jacob: «Dios estaba aquí y yo no lo sabía». Martín Descalzo en su último libro abre su corazón sacerdotal y expresa su confianza en Dios: «Sé que voy a perder mi vida. Pero / seguiré, sigo jugando. / Y, aunque sé que me estoy desmoronando, / voy a esperar, sigo esperando, espero». Es importante en nuestro siglo XXI vivir en la admiración de la fidelidad de Dios a su promesa de permanecer con nosotros hasta el fin de los tiempos. Sentir y transmitir el gozo de una presencia que nos anima a ser, como el Papa nos pide, testigos de una presencia que haga, de una civilización occidental que se inclina al pesimismo de sí misma y que es, en su negación de Dios –dice él mismo– una excepción total entre las culturas actuales, que no comprenden una historia o un hombre que viva al margen de lo divino. Y que nos mueva a expresar en nuestro mundo actual, desde el hondón del alma: «Gracias por ti». Ello es semilla de gozo, muestra de agradecimiento y esperanza confiada en el futuro.
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Deo Gratias
("Gracias sean dadas a Dios")
Antigua formula litúrgica de la Iglesia Latina para agradecer a Dios por las gracias recibidas. Se encuentra en las Escrituras: 1 Cor., 15:57 y 2 Cor., 2:14.
En la Liturgia
El "Deo Gratias" se dice en la Misa
Como una respuesta del monaguillo a la Epístola o Profecía; en la Misa Solemne esta respuesta no puede ser cantada por el coro. En la Liturgia Mozárabe y en la Antigua Liturgia Galicana, el Deo Gratias sigue al título de la Epístola o Profecía; al terminar se dice el "Amén". El griego y sus iglesias hijas no utilizan esta fórmula en conexión con la Epístola. En la Iglesia Latina, el Deo Gratias no se dice en Sábado de Témporas después de la quinta lectura, siendo seguida por el cántico de Los Tres Jóvenes en el horno, para no interrumpir el sentido; tampoco se dice después de las lecturas del Viernes Santo o después de las Profecías del Sábado Santo ni en la vigilia de Pentecostés; en respuesta al Ite Missa est (Podéis ir in paz) y en el Benedicamus Domino, como acción de gracias por las gracias recibidas en la Misa;
después del ultimo Evangelio; después del primer Evangelio el monaguillo contesta Lau tibi Christe. Quarti (Rubr. Miss. Rom. Comment. illustr., 2, 12, ad 4) dice que el primer Evangelio significa la plegaria de Cristo, por esto es que se ora a Cristo diciendo: Laus tibi Christe; el segundo Evangelio significa la plegaria de los Apóstoles, y de aquí que solamente se contesta Deo Gratias, pero estas interpretaciones son artificiales y arbitrarias; el Deo Gratias se utiliza más frecuentemente en el Breviario; en los Maitines (excepto en los últimos tres días de la Semana Santa y en el oficio de Difuntos) después de cada lectura, respondiendo a la invocación: Tu autem Domine miserere nobis; también se utiliza después de los capítulos, de la lectura corta de Prima y en las Completas; como respuesta al Benedicamus Domino de la Completa; y en respuesta al Benedicamus Domino al terminar cada Hora. El Breviario Mozárabe coloca el Deo Gratias después del título de la lectura, y el Amén al final.
Fuera de la Liturgia
La fórmula Deo Gratias fue utilizada en oraciones y costumbres extra-litúrgicas por cristianos de todas las épocas. La regla de San Benito establece que el portero debe decir Deo Gratias, tantas veces como alguien llame a la puerta o cuando un mendigo pida ayuda. Cuando San Agustín anuncia al pueblo la elección de su coadjutor y sucesor Evodius, el pueblo dijo Deo Gratias treinta y seis veces (St. Aug., Ep. ccxiii al. cx, De Actis Eraclii). En África era el saludo utilizado por los católicos para distinguirse de los donatistas quienes decían: Deo laudes (St. Aug., In Ps. cxxxi). Por lo tanto, en África el Deo Gratias se presenta como un nombre católico, por ejemplo: San Deogratias, Obispo de Cartago (453-456). El nombre del diácono para quien San Agustín escribió el tratado "De catechizandis rudibus", fue Deogratias. San Felix de Cantalizio (1515-87) utilizaba esta interjección tan a menudo, que el pueblo le llamaba Hermano Deogratias.
F.G. HOLWECK Transcrito por Christine J. Murray - Traducido por Dr. Raúl Toledo
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Gratitud

La gratitud es sol que nos recuerda que somos limitados, niños menesterosos a quienes se-iluminando- entrega el mundo como puro regalo.
Por Joan Baptista Torelló
Pedir y aun implorar es humano y corriente. Ser agradecido es todavía más humano, pero también mucho más caro.
Sin pecar de exageración se puede afirmar que «no hay ninguna otra cualidad humana que manifieste mejor la salud interior, espiritual y moral del que la posee, que su capacidad de agradecer» (Bollnow). Es de bien nacido ser agradecido.
Sorpresa siempre fresca
La gratitud sale al encuentro del don, y especialmente del don amoroso. En efecto, el amor humano merece este nombre si es entrega gratuita y sin plazo, y deja de serlo apenas se define en el afán de posesión o se mercantiliza en un simple intercambio de servicios, de placeres, de cosas. El amor sin apelativos es puro regalo, y su piedra de toque es la gratitud. Cuando entre amantes se habla mucho de deberes y derechos, se olvida o maltrata lo decisivo: la dádiva incondicionada y la gratitud que desvela. Y si la fidelidad pasa a ser la preocupación fundamental, no se ha descubierto todavía la médula más arcana y sabrosa del amor entre humanos, pues mientras la fidelidad frecuentemente se define por las múltiples obligaciones contraídas cuya lesión desgarra el vínculo amoroso, la gratitud es una actitud de fondo en extremo delicada, que el simple descuido, la distracción y la omisión hacen desvanecer.
El agradecimiento brilla como signo de la libertad más limpia, como sorpresa siempre fresca ante un don que nunca es obvio ni pudo ser barruntado. Quien no ha experimentado la perfecta libertad del don de sí, no puede tampoco sentir ni expresar la alegría cabal y expedita de la gratitud.
Existe el mercado libre en las relaciones humanas, pero el que vende una mercancía tiene y reclama el derecho de ser pagado por ella. Hay una fidelidad libre, pero tan sólo en el sentido de mantenerla o de quebrantarla no sin mérito y sin culpa; ahora bien, el dar y el recibir se mueven en el ámbito de una libertad más alta, que se actualiza por parte del que da en una modestia elegante y recatada, y por parte del que recibe en un gracioso agradecimiento.
La palabra «gracia» significa a un tiempo don y gratitud: se concede una gracia a la que se corresponde dando gracias... Y además se llama «gracia» a aquella preciosa cualidad por la que lo que es en sí difícil se hace con facilidad, sin groserías ni descomposturas de esfuerzo: soltura de movimiento en un mundo que bulle de mequetrefes, de falsos titanes y de dolientes esclavos de nuestras complicadas máquinas. Dice Goethe a través de su Fausto:
«Demos donaire al vivir, pongamos gracia en el dar y garbo en el recibir. Donosamente se alcance el deseo, sea en el marco de los días quietos gracioso el agradecimiento».
Gratitud eterna
El don verdadero llega siempre inmerecido e inesperado. En él se funda la novedad absoluta de cada acto de amor, que nunca puede repetirse ni experimentarse como algo ya vivido y cuyo nacimiento siempre renovado da lugar a la «eternidad», a la indisolubilidad y a la indesilusionabilidad del lazo amoroso interpersonal, expresión y revelación de la estupenda libertad del ser espiritual que es el hombre.
Y como el don genuino no puede ser nunca «pagado», ni «correspondido», la gratitud que despierta es por su misma naturaleza «eterna». Este «para siempre» de la gratitud auténtica explica por qué tantas personas evitan con sumo empeño el tener que agradecer algo: huelen que no podrían desembarazarse jamás de la gratitud, y todo lo que es eterno ha asustado siempre a los mortales.
Los jóvenes son famosos por su peculiar «ingratitud», y ello se debe a su repulsa de todo lo que no es merecido o ganado con las propias manos. Son todavía demasiado inexpertos y demasiado orgullosos para saber que en este mundo vivimos todos del apoyo de los demás, que todo vivir es con-vivir, que toda existencia es co-existencia.
Por todo ello, y aunque parezca singular, la gratitud es una de las actitudes fundamentales de la vida, la cual ya en sí misma es un puro don: no sólo la vida, sino el ser. «¿Qué tienes que no hayas recibido?», exclamaba San Pablo. Somos, en realidad, destellos «inútiles» de la gloria de Dios, como «inútil» es la belleza. Por este motivo, dice el cristiano: «Te damos gracias, Señor, por tu inmensa gloria»: estamos aquí tan sólo para brillar, para irradiar misteriosamente su incorruptible belleza.
Luz que resplandece
Siempre habrá gente que maldiga la existencia, pues, según su propia declaración, no tuvieron más que malas experiencias. Pero prescindiendo del hecho de que muchos hombres se arrojan literalmente al abismo de la infelicidad —sin quererlo, claro está, pero de modo muy real, porque ya desde la infancia vivieron bajo el terror de caer en él y crecieron como esclavos de un fatalismo imaginario, pero psicológicamente eficacísimo—, todos deberíamos aprender, con los años, que en este mundo hay sombras cabalmente porque la luz existe y resplandece: la innegable coexistencia con el mal, en mí y en los demás, en el instante y en la historia, está más preñada de esperanza que de negros presagios.
Vivir significa pasar de la nada al ser, esto es, aspirar a poseer una cantidad de posibilidades existenciales, ciertamente limitada, pero relativamente grande.
Dolor y dicha son tan sólo colores diversos del amor que nos llamó a la vida y nos re-crea a cada instante. Hay que recibirlos, pues, con gratitud, por las posibilidades que contienen y ofrecen a la fortuna de cada uno. «Todo lo que acontece es adorable», escribió Léon Bloy, y aquella amable figura femenina protagonista de La alegría, de Bernanos, repite casi lo mismo con palabras conmovedoras: «Todo lo recibo de las manos de Dios, como en mi infancia recibía cada sábado las notas de mi escuela, y decía para mis adentros: una vez más me he salvado». Más sencillamente aún, encontramos el mismo sentimiento en una antigua canción francesa que cantaba Jacqueline François:
«No tengo nada; tú me lo has dado todo: alegría en el vivir, en el amar y en el ser amado. Por todo esto sucede lo que tiene que suceder: gracias, mil veces, gracias».
Más superficiales que los textos de las canciones ligeras son, en todo caso, el rencor y la desesperanza, aunque se muestren tan serios y ceñudos. Hay que desenmascarar de una vez la miopía y la frivolidad de misántropos y suspicaces, pero aquí nos interesa sobre todo subrayar que la gratitud se coloca en la ribera opuesta de todas estas actitudes negras, por falta de realismo.
Gratitud significa abrir los ojos ante el abanico multicolor de las posibilidades vitales que a todos se nos ofrecen; denota capacidad de ajustarse al ritmo misterioso del gobierno universal y, con ello, de tomar parte activa en la continua creación divina. La gratitud es confianza en el presente y esperanza en el futuro: una actitud briosa y festiva, en espera de dones de amor siempre nuevos e inesperados y aun contradictorios. La verdadera gratitud, como la esperanza de Gabriel Marcel, se dirige a lo que no depende de nosotros y, como dice en otro lugar el mismo filósofo y autor dramático, se puede agradecer sólo en primera persona del plural: dar gracias en nombre de todos, como acto que, de alguna manera, abraza a toda la comunidad humana, esto es, a todos los que comparten mi arriesgada aventura existencial.
Agradecimiento que es plegaria
Navidades y Año Nuevo, como revelación de la vitalidad divina trascendente y descendiente, son los mayores y más generosos dones que el hombre ha recibido y puede recibir. ¡Cuántos «muchas gracias» formalistas y zalameros se pronuncian en esos días! La íntima actitud de agradecimiento, referida no a los que nos regalan sus propinas, más o menos abundantes, sino ante la Vida misma, ante el mundo y ante Dios, que se embarca en nuestra carne de humildad, sería la mejor premisa de la paz tan deseada entre los hombres y de los hombres con Dios.
Fuera de este recinto tan humano y tan sagrado de la gratitud, se persiguen sin cesar ilusiones y desilusiones, idealismos y materialismos frenéticos, codicias y mezquindades. Quien no vive agradecido o ha expulsado de sí el don de Dios, instalándose en la angustia, o no ha vislumbrado aún la divina belleza que se cela en su existencia, y entonces es ciego y desdichado.
De puro agradecido conserva el hombre consciente el don de su vida en su limpia integridad y desarrolla libremente sus capacidades: nada se le vuelve estéril, nada torcido le crece entre las manos. Todas las virtudes brotan de este humus modestísimo de la gratitud con una frescura y un sumiso ardimiento que garantizan su autenticidad y evitan el calambre belicoso y la exhibición ostentosa del voluntarismo. Cada respiro es agradecimiento que se transforma en plegaria.
¿Quién conserva todavía en nuestros tiempos esta infatigable actitud agradecida? De los diez leprosos curados por Jesucristo sólo uno volvió sobre sus pasos para darle las gracias... y «era un samaritano». Trillada historia: sólo los humildes, aunque pecadores, saben reconocer la generosidad del don recibido, y sólo ellos, por tanto, entran en el goce de la gratitud.
Pedir e implorar es humano; pero ser agradecido, en los buenos y en los malos tiempos, es tan sólo propio de los mejores, de los realistas, de los más sanos y sensibles.
Tomado de Psicología abierta. Rialp. Madrid. 1972 [www.arvo.net]
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«La gratitud» - Una vez más von Hildebrand nos sorprende con una obra póstuma. La gratitud es una de esas obras que todo filósofo hubiera querido escribir. Von Hildebrand, con la misma sencillez y lucidez que le suele caracterizar, nos deleita ahora con un ensayo sobre un valor que se está perdiendo porque no nos hacemos cargo de lo que las cosas valen: la gratitud.
La obra se divide en dos partes: La gratitud hacia Dios y la gratitud hacia los demás. El autor resalta la idea de que sólo el que agradece es capaz de hacerse con la realidad de las cosas. Así pues, la persona no agradecida es menos realista, su razón duerme, está embotada. Por el contrario el alma agradecida, además de ser un alma bella, persigue el bien (el hecho del agradecer mismo es ya un acto bello y bueno), su razón está despierta y apta para realidad. “El que está lleno de gratitud hacia Dios, aquél cuya vida está impregnada de este gesto básico de agradecimiento, es también el único hombre verdaderamente despierto. Es lo contrario del embotado, del que permanece en aquella somnolencia que basta sólo para realizar la vida práctiva y el cumplimiento de las necesidades vitales. El agradecido es lo contrario de aquél que permanece en la periferia y todo le parece natural”.(p. 18). De este modo, ver la realidad de las cosas como regalo sólo puede mostrar el carácter de don de las cosas que sólo puede ver el humilde. Al ser consciente de que hemos recibido todo (la vida, la cultura, la libertad, y un largo etcétera) sólo nos cabe dar las gracias. Pero el dar las gracias exige una actividad, una actitud, es decir, que no todo es pasividad, receptividad, sino que la correspondencia del alma agradecida es ya un dar y no sólo un recibir. La cultura más propia, más rica es la cultura que más da. Sólo da el que tiene, y no solo el que tiene sino el que sabe aquello que tiene.
De esto no es consciente la cultura de la muerte, pues, ésta no da, quita y quita precisamente lo más valioso: la vida, y con ella la libertad. Pero la cultura de la muerte (la que defiende los disvalores como paradigmas del progreso: el aborto, la eutanasia, etc...) en ningún momento se la puede denominar cultura, pues es justamente lo contrario. Al ser lo esencia de la cultura el dar, el cultivar, la pregunta que no puede responder la cultura de la muerte es ésta: ¿Qué da, qué cultiva esa cultura? Lo que cultiva es el vacío de sentido. “¡Qué vacía es la vida de aquél que no entiende la plenitud y el valor de los regalos que recibe, ni reconoce que son regalos inmerecidos, ni que en ellos irradia la bondad, misericordia y caridad de Dios!” (p. 22).
Alberto Sánchez León - 2004.
Autor: Dietrich von Hildebrand Título: La gratitud Título original: Uber die Dankbarkeit Editorial: Encuentro, Sophia, 2000, Madrid. Traducción: Elisabeth Wannieck Prólogo: Mario Parajón Páginas: 51 ISBN: 84-7490-597-4
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Himno de acción de gracias
El himno de acción de gracias que acabamos de escuchar, y que constituye el salmo 137, atribuido por la tradición judía al rey David, aunque probablemente fue compuesto en una época posterior, comienza con un canto personal del orante. Alza su voz en el marco de la asamblea del templo o, por lo menos, teniendo como referencia el santuario de Sión, sede de la presencia del Señor y de su encuentro con el pueblo de los fieles.
En efecto, el salmista afirma que "se postrará hacia el santuario" de Jerusalén (cf. v. 2): en él canta ante Dios, que está en los cielos con su corte de ángeles, pero que también está a la escucha en el espacio terreno del templo (cf. v. 1). El orante tiene la certeza de que el "nombre" del Señor, es decir, su realidad personal viva y operante, y sus virtudes de fidelidad y misericordia, signos de la alianza con su pueblo, son el fundamento de toda confianza y de toda esperanza (cf. v. 2).
2. Aquí la mirada se dirige por un instante al pasado, al día del sufrimiento: la voz divina había respondido entonces al clamor del fiel angustiado. Dios había infundido valor al alma turbada (cf. v. 3). El original hebreo habla literalmente del Señor que "agita la fuerza en el alma" del justo oprimido: es como si se produjera la irrupción de un viento impetuoso que barre las dudas y los temores, infunde una energía vital nueva y aumenta la fortaleza y la confianza.
Después de esta premisa, aparentemente personal, el salmista ensancha su mirada al mundo e imagina que su testimonio abarca todo el horizonte: "todos los reyes de la tierra", en una especie de adhesión universal, se asocian al orante en una alabanza común en honor de la grandeza y el poder soberanos del Señor (cf. vv. 4-6).
3. El contenido de esta alabanza coral que elevan todos los pueblos permite ver ya a la futura Iglesia de los paganos, la futura Iglesia universal. Este contenido tiene como primer tema la "gloria" y los "caminos del Señor" (cf. v. 5), es decir, sus proyectos de salvación y su revelación. Así se descubre que Dios, ciertamente, es "sublime" y trascendente, pero "se fija en el humilde" con afecto, mientras que aleja de su rostro al soberbio como señal de rechazo y de juicio (cf. v. 6).
Como proclama Isaías, "así dice el Excelso y Sublime, el que mora por siempre y cuyo nombre es Santo: "En lo excelso y sagrado yo moro, y estoy también con el humillado y abatido de espíritu, para avivar el espíritu de los abatidos, para avivar el ánimo de los humillados"" (Is 57, 15). Por consiguiente, Dios opta por defender a los débiles, a las víctimas, a los humildes. Esto se da a conocer a todos los reyes, para que sepan cuál debe ser su opción en el gobierno de las naciones.
Naturalmente, no sólo se dice a los reyes y a todos los gobiernos, sino también a todos nosotros, porque también nosotros debemos saber qué opción hemos de tomar: ponernos del lado de los humildes, de los últimos, de los pobres y los débiles.
4. Después de este llamamiento, con dimensión mundial, a los responsables de las naciones, no sólo de aquel tiempo sino también de todos los tiempos, el orante vuelve a la alabanza personal (cf. Sal 137, 7-8). Con una mirada que se dirige hacia el futuro de su vida, implora una ayuda de Dios también para las pruebas que aún le depare la existencia. Y todos nosotros oramos así juntamente con el orante de aquel tiempo.
Se habla, de modo sintético, de la "ira del enemigo" (v. 7), una especie de símbolo de todas las hostilidades que puede afrontar el justo durante su camino en la historia. Pero él sabe, como sabemos también nosotros, que el Señor no lo abandonará nunca y que extenderá su mano para sostenerlo y guiarlo. Las palabras conclusivas del Salmo son, por tanto, una última y apasionada profesión de confianza en Dios porque su misericordia es eterna. "No abandonará la obra de sus manos", es decir, su criatura (cf. v. 8). Y también nosotros debemos vivir siempre con esta confianza, con esta certeza en la bondad de Dios.
Debemos tener la seguridad de que, por más pesadas y tempestuosas que sean las pruebas que debamos afrontar, nunca estaremos abandonados a nosotros mismos, nunca caeremos fuera de las manos del Señor, las manos que nos han creado y que ahora nos siguen en el itinerario de la vida. Como confesará san Pablo, "Aquel que inició en vosotros la obra buena, él mismo la llevará a su cumplimiento" (Flp 1, 6).
5. Así hemos orado también nosotros con un salmo de alabanza, de acción de gracias y de confianza. Ahora queremos seguir entonando este himno de alabanza con el testimonio de un cantor cristiano, el gran san Efrén el Sirio (siglo IV), autor de textos de extraordinaria elevación poética y espiritual.
"Por más grande que sea nuestra admiración por ti, Señor, tu gloria supera lo que nuestra lengua puede expresar", canta san Efrén en un himno (Inni sulla Verginità, 7: L´arpa dello Spirito, Roma 1999, p. 66), y en otro: "Alabanza a ti, para quien todas las cosas son fáciles, porque eres todopoderoso" (Inni sulla Natività, 11: ib., p. 48); y este es un motivo ulterior de nuestra confianza: que Dios tiene el poder de la misericordia y usa su poder para la misericordia. Una última cita de san Efrén: "Que te alaben todos los que comprenden tu verdad" (Inni sulla Fede, 14: ib., p. 27). MMV. XII. VII
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Gratitud
Eduardo Vega Rodríguez
Cada vez que me cruzo en la calle con un noble viejo, a quien tiemblan las piernas y abate de la vida el peso, inefable impresión de ternura en el alma siento: le saludo, y su mano arrugada con cariño estrecho. A veces, alguno, ignorando la causa del hecho, pregunta curioso: - ¿Es acaso de usted algún deudo? - Algo más le respondo orgulloso: ese noble viejo a quien amo y saludo, ése ha sido mi primer maestro.
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San Agustín (354- 430),obispo de Hipona(África del Norte) y doctor de la Iglesia Católica - Sermón 87, 1.4-6.
“La recompensa es la vida eterna” - Los primeros justos venidos al mundo, como Abel y Noé, son como los llamados a primera hora, recibirán al mismo tiempo que nosotros la felicidad de la resurrección. Posteriormente otros justos después que ellos, Abrahán, Isaac, Jacob y sus contemporáneos, llamados a media mañana, recibirán al mismo tiempo que nosotros la felicidad de la resurrección. Otros justos: Moisés, Aarón y los que como ellos fueron llamados al mediodía, recibirán el mismo tiempo que nosotros la felicidad de la resurrección; después de los santos profetas, llamados como al caer de la tarde, recibirán la misma felicidad que nosotros. Al fin del mundo todos los cristianos, cual los llamados a la hora undécima, recibirán junto con ellos la felicidad de la resurrección. Todos la recibirán al mismo tiempo, pero fijaos después de cuánto tiempo, la recibirán los primeros. Por tanto si los primeros llamados reciben la felicidad después de tanto tiempo, mientras que nosotros la recibimos después de un breve intervalo, aunque todos la recibimos simultáneamente, parece como si nosotros la recibiéramos primero, por aquello de que nuestra recompensa no se hará esperar. En cuánto a recibir la recompensa, todos seremos iguales: los últimos igual que los primeros y los primeros igual que los últimos, pues aquel denario, es la vida eterna.
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Tarda el alma...
Fr. Nelson Medina, O.P.
Tarda el alma en comprender que aquello que Dios le ha dado si después le fue quitado será sólo por su bien.
Tarda más en aceptar que si todo ha de partir empezarse a despedir es ser sabio de verdad.
Tarda el alma en acoger con genuina gratitud el abrazo de la cruz y el sendero de la fe.
Pero al fin triunfa el amor, y, pasada noche oscura, el alma goza y se inunda de la paz de Cristo Dios.
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Bien distinta de la del fariseo es la oración de la Madre de Jesús. María no da gracias como el fariseo. Ella alaba y bendice al Señor, porque «el Poderoso ha hecho obras grandes en mí; su Nombre es santo, y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación». La diferencia es clara: mientras el fariseo se fija en las cosas que Dios le ha dado, María se fija en el Dios que le ha dado las cosas. Sólo así se es persona y se vive el gozo y la fecundidad de un mundo de personas, donde precisamente por eso las cosas están en su sitio, y, en lugar de esclavizarnos, nos permiten alabar y bendecir al Señor de la vida y gozarla en su verdad, su bien y su belleza. La alternativa, no nos engañemos, es un mundo de aislados, de fariseos, incapaces de comunicación verdaderamente humana, que en lugar de gozar de las cosas, se dejan oprimir por ellas; más aún, aplastar, porque todo queda convertido en cosas; hasta los seres humanos, que, aislados, independientes, solos, ya no saben ni quién son. He ahí la diferencia: un mundo de cosas…, o de personas. 2004-09-24 nº 471 ALFA Y OMEGA.
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Una vela en la oscuridad
Es la hora del descontento en todas sus formas, desde la lamentación resignada hasta la sublevación manifiesta. Viejos y jóvenes se concilian para denigrar el presente: unos añoran el pasado y otros ponen toda su esperanza en los cambios que aportará el porvenir. En todos los grados de la escala social, las gentes se lamentan de su suerte y se agotan en críticas. En suma, nadie está contento de nada, salvo de sí mismo, pues, ¿quién acepta su parte de responsabilidad en los males que deplora? Al salir de una reunión impregnada por completo de este ambiente taciturno, el azar de una lectura me hizo reparar en este pensamiento de Confucio: "Más vale encender una luz, por pequeña que sea, que maldecir la oscuridad".
Por Gustave Thibon
A falta de vela
Un amigo a quien comenté esta sentencia me respondió. "De acuerdo, pero Confucio vivió en una sociedad descentralizada, de tipo agrícola y artesanal, donde el individuo podía hacer algo para remediar las desgracias de la época. Cuando anochecía, se encendía una vela; si hacía frío, se podía recoger leña en el bosque cercano y había una chimenea en cada casa para encender el fuego. Pero, ¿qué se puede hacer hoy día en una gran ciudad cuando un apagón eléctrico nos priva simultáneamente de luz y de calor?".
Igualmente, ¿qué recursos tiene la iniciativa individual contra males como la inflación, el desempleo, una huelga de correos o de ferrocarriles? El mal ha adquirido hoy un carácter colectivo que exige igualmente remedios colectivos, es decir, medidas de conjunto que corresponden en gran parte a los poderes públicos. De ahí la politización general de los problemas sociales. "¿Qué espera el gobierno para...?", dice espontáneamente el hombre de la calle. En una palabra, estamos en una situación en la que la gente, a falta de vela, no tiene más recurso que maldecir la noche hasta que se arregle el alumbrado público.
Reconozco —y éste es el reverso angustioso de nuestra civilización técnica, a la vez liberadora por la potencia de los medios que pone a nuestra disposición, y alienante por el exceso de centralización— que el hombre moderno tiene cada vez menos dominio sobre los elementos externos de su destino. Lo que favorece por una parte la pasividad, pues se espera que las soluciones vengan de fuera, y de otra el afán reivindicativo, el deseo de recibir siempre más. El individuo puede, sin embargo, encender una vela en esta noche, al menos estableciendo el contacto humano, tan reducido hoy por la concentración y el anonimato tecnocrático. Nos lamentamos que la tecnocracia impone a los hombres relaciones casi únicamente funcionales. Pero de cada uno de nosotros depende remontar este obstáculo. Ofrezco como prueba dos ejemplos opuestos.
Intercambio luminoso
Me encontraba hace algunos meses en una oficina de correos. Una anciana que desea enviar un giro dice tímidamente a la empleada: "He olvidado mis gafas, ¿sería tan amable de llenar mi solicitud?". La empleada, con una mirada en la que se unen la frialdad personal y la indiferencia administrativa, responde irritada: "¿Cree que tengo tiempo para hacer su trabajo? Mire el impreso y verá que dice: rellenar por el usuario". Aún estoy viendo a la pobre anciana retirarse (después pude ayudarla), andando más despacio y con el ánimo helado por esta acogida glacial.
Otra oficina de correos de la misma ciudad. Detrás de una de las ventanillas más frecuentadas, una joven tranquila, amable, recibe a cada uno con una sonrisa espontánea y acogedora, desconocida incluso entre los comerciantes más celosos, porque tal sonrisa se dirige no al cliente, sino al ser humano. Tras hacer las gestiones postales a las que tenía derecho pagando las tarifas usuales, he llevado conmigo esa sonrisa inesperada que no era algo debido, sino un favor, una gracia. Y, además, me he sentido dispuesto a sonreír a los interlocutores más o menos pesados que debía ver durante la jornada, pues el buen humor, la atención, la afabilidad, provocan reacciones en cadena del mismo modo que la indiferencia o la animosidad.
Este elemento de gracia y gratitud (las dos palabras tienen la misma etimología) confiere a las relaciones más superficiales una cualidad única e irremplazable. Gracias a él, el encuentro anónimo de dos peones en el tablero social puede convertirse en un intercambio luminoso y vivo entre dos presencias. Este destello de simpatía, que está al alcance de todos en cualquier momento, al disipar la oscuridad, nos evita maldecir.
http://www.istmoenlinea.com.mx/articulos/22707.html
2004-10-12
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Quien obra mal detesta la Luz
Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en Él, sino que tengan vida eterna». ¿Cuántas veces habrá que profundizar en esta revelación del mismo Dios para hacernos conscientes de esta verdad y comprobar hasta qué punto creemos o no? La vida cambia de sentido si de verdad conocemos y creemos que Dios nos ama, porque Dios es amor, como nos dice el apóstol san Juan.
Esto es entender el mensaje central de la Revelación. Pero Jesús dice que hay quienes, mirando, no ven y, oyendo, no entienden. En este evangelio nos recuerda también que ha venido para que el mundo se salve por Él si se tiene esta fe; pero añade que «el que no cree, ya está condenado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios». La condenación tiene un sonido aterrador, sobre todo si se pone en paralelo a la vida eterna, es decir, a la que ya es irreversible para siempre, ese misterio de la eternidad. Pero Dios no es la causa, no puede ser, porque Dios es amor y nos ama de esa manera insuperable que Él mismo nos manifiesta al entregarnos a su Hijo. ¿Entonces? «Ésta es la causa de la condenación: que la luz vino al mundo y los hombres prefirieron la tiniebla a la luz, porque sus obras eran malas». La causa es el hombre que se automargina del plan de salvación y se opone al amor de Dios por el pecado. Obrando así, termina rechazando la luz. Hay pecados y pecados. Pero los peores son los que se oponen a la luz desde una conciencia responsable y obstinada en su propia justificación contra la luz. Éstos suelen oscurecer la conciencia y endurecer el corazón, situando a la persona con su justificación autosuficiente frente Dios. De ahí la impenitencia de hecho y de voluntad (después del pecado plenamente responsable se permanece en él de una manera consciente y decidida, reiterada y voluntaria). Así se puede llegar a la impenitencia final. Mientras peregrinamos, hay que recordar, humilde y confiadamente, la revelación del amor salvador de Dios para todos, y creer en la fuerza de la gracia y de la misericordia divina, si se contempla al Hijo del hombre elevado en la cruz, porque Cristo crucificado tiene un poder transformador y curativo más fuerte que la serpiente del desierto que elevó Moisés. + José Delicado-arzobispo emérito de Valladolid 2003-03-28 España
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Luz - El Dios real
A veces me pregunto cuál es el Dios real. ¿Ese que cubre nuestros miedos, inquietudes y fracasos y que, escudándonos en Él, nos volvemos indecisos, apáticos y perezosos, prefiriendo ignorarlo un poco, barnizando nuestra fe, buscando su consuelo, descubriendo nuestro gusto sin preguntarnos si estamos haciendo lo que debemos en el momento que debemos hacerlo, y creyendo que, con no cometer faltas graves, ya estamos en la órbita del Creador? Yo no comparto esa posición blandengue y acomodaticia, ni creo que el verdadero Dios sea ése en el que creen los huidizos, temerosos, sino el de los despiertos, aguerridos y luchadores, que escuchan las insinuaciones del Admirable sin pestañear, que sienten encenderse su corazón ante la sola idea de agradarle y de vivir la vida que Él les pide, alerta a la llamada de Aquel que es el Todo, escuchando en un gran silencio místico y activo esa voz que habla siempre al corazón. Hay que bucear, día tras día, en los entresijos del alma para estar en todo momento disponible a sus exigencias, y poder sumergirse en su océano de amor sin saber dónde está el fondo. Es preciso dominar el miedo, olvidar comodidades, mediocridades cotidianas, y, desnudo de inútiles ropajes, poder decirle al Señor: Tuyo soy hasta el último poro de mi piel; me creaste para vivir con lucha y con paz; y con la única vida que posea tengo que conquistarte para la eternidad. Para conseguir esa estatura moral tiene que sentirse un convencimiento absoluto de que el Creador, aunque oculto, está siempre presente a nuestro lado; y, desde esa certeza, tomar una posición meditada, y, sobre todo, ilusionada y operativa, para enfrentar las aparentes contradicciones que surgirán a diario; hay que saber establecer la suficiente distancia entre Dios y el ambiente circundante y mantenerse erguido esperando el mensaje contundente de ese Padre común que nos ama muchísimo a todos sin excepción. Mª Ángeles Boluda - MMII.
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En todos nosotros hay zonas oscuras que se ocultan, muchas veces, por miedo a la verdad, y no se abren a la luz del evangelio. La luz y las tinieblas no es, por lo tanto, un esquema para dividir a los hombres en buenos y malos, sino que en cada uno de nosotros experimentamos el antagonismo de la luz contra las tinieblas. Los que reconocen este hecho y no se consideran a sí mismos plenamente iluminados son los que se abren a la luz de Cristo, los ciegos que comienzan a ver. Pero aquellos que lo ven todo claro, que se consideran poseedores de la misma verdad, que no saben dudar ni preguntar, se cierran cada vez más en su propia oscuridad.
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“Estemos alerta, no renunciemos a nuestros derechos fundamentales y, en todo momento, demos con serenidad y confianza razones de nuestra esperanza en Cristo, sabiendo que todo lo podemos en Aquel que nos conforta".
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La mutua y continua caridad
"Jesucristo es nuestra paz, aquel que ha hecho de dos un solo pueblo. (...)
Y El mismo antes de subir al cielo dice a los discípulos: “Os dejo la paz, os doy mi paz”.
¿Qué es esta paz que Cristo nos da y en cuyo vínculo se conserva la unidad del espíritu?
Es la caridad recíproca con la que tratamos de amarnos los unos a los otros. (…) A ella se refiere el beato Pedro cuando asevera: “Ante todo conservad la mutua y continua caridad”
¿Qué significa mutua caridad, si no que “lo que es mío es tuyo”?
Así digo si hablo de mis bienes con una persona a la que amo.
Si en cambio yo te amo pero tu no me amas, o si tu me amas pero yo no te amo, no se puede hablar de mutua caridad, porque ésta no puede ser solo tuya o mía: la caridad recíproca es en común, no se la puede privar de la comunión del amor.
Y además de ser mutua debe ser también continua, de otro modo no existirán ni vínculo de paz ni legamen de amor. La caridad que se funda en la verdad es continua: los rencores y las sospechas no la interrumpen, es más, constantemente se cultiva y se nutre de una aceptación mutua y de una recíproca sumisión, se custodia con delicadeza y prudencia para que no disminuya, ningún fingimiento la ensombrece. (...)
Por esto, que nadie se lisonjee a sí mismo del amor de Dios, que nadie se engañe pensando que lo ama: si no ama al prójimo no ama a Dios. (...)
¿De qué otro modo podría beneficiar a Dios si no beneficiando a aquel en quien El necesita algo?
Porque en sí mismo Dios no necesita nada: es en sus miembros donde él pide y recibe, donde es amado y despreciado.
Por tanto, es amando al prójimo a través de un legamen de amor y un vínculo de paz, como se aposentan en nosotros el amor de Dios y la unidad del espíritu.
Quien no ama al hermano se separa de la unidad del espíritu, no ama a Dios y no vive del Espíritu de Dios, si no de su propio espíritu: vive de sí mismo, no de Dios."
De “De vita coenobitica, seu communi”, de Baldovino di Ford (1120-1190), (nn. VIII-IX, traducción de E.A. Mella, Magnano 1987, p. 46-51).
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“Alegraos en el Señor siempre; lo repito: alegraos. Que vuestra bondad sea notoria a todos los hombres. El Señor está cerca. No os inquietéis por cosa alguna, sino más bien en toda oración y plegaria presentad al Señor vuestras necesidades con acción de gracias. Y la paz de Dios, que sobrepasa toda inteligencia, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús. Por lo demás, hermanos, considerad lo que hay de verdadero, de noble, de buena fama, de virtuoso, de laudable; practicad lo que habéis aprendido y recibido, lo que habéis oído y visto en mí, y el Dios de la paz estará con vosotros.” San Pablo en su carta a los Filipenses 4, 4-9vs.
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¡Que tu conducta nunca dé motivos de injustificada inquietud a la creación, de la que tú eres el rey!
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Dijo Dios: «Produzca la tierra animales vivientes según su especie: ganados, reptiles y bestias salvajes según su especie». Y así fue. Dios hizo las bestias de la tierra, los ganados y los reptiles campestres, cada uno según su especie. Vio Dios que esto estaba bien. Gen. 1, 24-25
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“VERITAS OMNIA VINCIT
LAUS TIBI CHRISTI.
¡Gloria al Jesucristo, base y fundamento de su Iglesia!
¡Buenaventura eres Tú, Oh María, Madre de mi Maestro!
“Desde ahora me llamarán dichosa todas las generaciones” Biblia. Evangelio según San Lucas Cap.1º vs. 48. La Iglesia, hace XXI siglos fundada por Tu Hijo, te alaba, ¡Oh Madre plena de dicha y felicidad!
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Recomendamos vivamente:
1º Título: ‘Biblia y ciencia de la fe’ La Palabra de Dios fecunda.
Autor: Carlos Granados-Agustín Jiménez (eds.)- Editorial: Ediciones Encuentro
2º Título: ‘Arrepentimiento y nuevo nacimiento’ - Autor: Max Scheler Editorial: Ediciones Encuentro - La estancia del filósofo Max Scheler en la abadía benedictina de Beuron, en Baviera, durante la Pascua de 1916 fue clave para el asentamiento de su vida personal y para el encuentro con la fe católica. Un año después, apareció este texto, inédito hasta el presente en español, con el que nos ayuda a adentrarnos en la riqueza del arrepentimiento, en los perfiles más íntimos de la conciencia y en la posibilidad siempre nueva y renovada del perdón enraizado en el amor de Dios y en el amor de los hombres.
3º ‘Europa y la Fe’. Editor: Ciudadela Libros. Autor: Hilaire Belloc. Páginas: 237 - ISBN: 978-84-96836-23-5 -
En esta obra se trata con un realismo histórico apabullante el tema de Europa y su relación con la fe católica. No se debería desconocer este ensayo histórico admirable en que su autor explica cómo la Iglesia católica ayudó a salvar a Occidente, en las Edades oscuras, preservando lo mejor de la civilización griega y romana, y cómo los europeos, todavía hoy, nos beneficiamos de instituciones sociales y de forma políticas de indudable origen católico como los Parlamentos. Es muy posible que no se haya escrito una mejor visión de conjunto de la civilización occidental que este libro.
4º ‘Jesús de Nazaret’ – ‘Benedicto XVI’. 2007;al siglo: Joseph Cardenal Ratzinger
5º ‘El Libro negro de las nuevas persecuciones anticristianas’, Thomás Grimaux es el autor - Favre, 160 páginas. Valeurs Actuelles, 2008 -. Todo un acierto.
6º ‘LA LEYENDA NEGRA’, de PHILIP W. POWELL (1913-1987), publica la editorial Áltera en su colección ‘Los Grandes Engaños Históricos’. 2008 – Como también:
Grüss Gott. Salve, oh Dios.
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