Saturday 25 October 2014 | Actualizada : 2014-10-13
 
Inicio > Magisterio > Magisterio de la Iglesia - 350 - Juan Crisóstomo + 407; 3º; sacerdocio homilías

 

 

Una homilía de Juan Crisóstomo, uno de los más grandes padres de la Iglesia. Esta lectura me ha dado una respuesta que también quiero presentar a ustedes.  

"El apóstol Pablo pregunta: ¿Es que el alfarero no es dueño de hacer de una misma masa unas vasijas para usos nobles y otras para usos despreciables? (Rm 9, 19). ¡No creas que Pablo diga esto para negar la libertad de la voluntad del hombre¡ No: quiso mucho mas expresar que Dios en sus disposiciones es libre... Pablo no quiere explicar el motivo de las decisiones de Dios. Inclínate en cambio en humilde adoración y pórtate como el barro: como éste se adapta a las manos del alfarero, así tu adáptate a la voluntad de Dios... aún si no comprendes el misterio de su sabiduría". 

 

+++

 

 

Dios transciende toda criatura. Es preciso, pues, purificar sin cesar nuestro lenguaje de todo lo que tiene de limitado, de expresión por medio de imágenes, de imperfecto, para no confundir al Dios "inefable, incomprensible, invisible, inalcanzable" (Anáfora de la Liturgia de San Juan Crisóstomo) con nuestras representaciones humanas. Nuestras palabras humanas quedan siempre más acá del Misterio de Dios.

 

+++

 

La oración de la Anáfora de San Juan Crisóstomo nos recuerda que Cristo “realizó plenamente toda la economía que la Providencia del Padre había planeado sobre nosotros”.
De la mesa de la Eucaristía a la mesa de los hermanos pobres (nº 79)
Los diferentes aspectos de la economía de la salvación son dimensiones fundamentales que vivimos en la Eucaristía, que se convierten en los elementos de la vida de un cristiano en el mundo.
San Juan Crisóstomo, en su 50 Homilía sobre San Mateo, dice así: “El Misterio de la Eucaristía es el misterio del hermano, y el juicio será sobre el modo cómo unimos el misterio de Cristo presente en la Santa Eucaristía y su sacramento presente en los hermanos ” (cfr. sobre san Mateo 25, 31-46). En el siglo IV, Narsete de Siria nos nos dice: “La santidad sin tu hermano hombre no es santidad, ya que tú no puedes entrar solo en el Reino”.

 

+++

 

La oración es luz del alma

"El sumo bien está en la plegaria y en el diálogo con Dios, porque equivale a una íntima unión con Dios: y así como los ojos del cuerpo se iluminan cuando contemplan la luz, así también el alma dirigida hacia Dios se ilumina con su inefable luz. Una plegaria, por supuesto, que no sea de rutina, sino hecha de corazón; que no esté limitada a un tiempo concreto o a unas horas determinadas, sino que se prolongue día y noche sin interrupción.

Pues conviene que elevemos la mente a Dios no sólo cuando meditamos en el tiempo de la oración, sino también que combinemos el anhelo y el recuerdo de Dios con la atención a otras ocupaciones, lo mismo en medio del cuidado de los pobres que en las útiles tareas de la munificencia; de tal manera que todas las cosas se conviertan como en un alimento dulcísimo para el Señor y se hallen como condimentadas con la sal del amor de Dios. Pero sólo podremos disfrutar perpetuamente de la abundancia que de Dios brota, si le dedicamos mucho tiempo.

La oración es la luz del alma, el verdadero conocimiento de Dios, la mediadora entre Dios y los hombres. Hace que el alma se eleve hasta el cielo, que abrace a Dios con inefables abrazos apeteciendo, igual que el niño que llora y llama a su madre, la divina leche: expone sus propios deseos y recibe dones mejores que toda la naturaleza visible.

Pues la oración se presenta ante Dios como venerable intermediaria, ensancha el alma y tranquiliza su afectividad. Y me estoy refiriendo a la oración de verdad, no a las simples palabras. La oración es un deseo de Dios, una inefable piedad, no otorgada por los hombres, sino concedida por la gracia divina, de la que también dice el Apóstol: "Porque nosotros no sabemos pedir lo que nos conviene, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables".

Cuando Dios otorga a alguien el don de semejante súplica, ello significa una riqueza inagotable y un alimento celestial que satura el alma; quien le saborea se enciende en un deseo indeficiente del Señor, como un fuego ardiente que inflama su alma.

Cuando quieras reconstruir en ti aquella morada que Dios se edificó en el primer hombre, adórnate con la modestia y la humildad, hazte resplandeciente con la luz de la justicia; adorna tu ser con buenas obras, como con oro acrisolado, y embellécelo con la fe y la grandeza de alma, a manera de muros y piedras; y por encima de todo, como quien pone la cúspide para coronar un edificio, por la oración a fin de preparar a Dios una casa perfecta, y poderle recibir como si fuera una mansión regia y espléndida, ya que, por su gracia, es como si poseyeras su misma imagen colocada en el templo del alma".

Oración

Oremos.
Confírmanos, Señor, en el espíritu de penitencia con que hemos empezado la Cuaresma; y que la austeridad exterior que practicamos vaya siempre acompañada por la sinceridad de corazón. Por nuestro Señor.

De las Homilías de San Juan Crisóstomo, obispo; (Homilía VI, suppl.: PG 64, 462-466)

 

+++

 

 

 

Homilías sobre la carta a los hebreos, de Juan Crisóstomo

La palabra como medio de acción pastoral

Desconozco si la Biblioteca de Patrística que viene publicando Ciudad Nueva llega al gran público. En cualquier caso sería bueno que muchos fieles pudieran leer homilías como las recogidas en este volumen o, en su defecto, que se empaparan de ellas quienes tienen el oficio de predicar. No se trata de repetir lo que han dicho los Padres de la Iglesia, pero sí de comprender mejor lo que Dios ha querido decirnos en la Sagrada Escritura.

Juan Crisóstomo comenta los textos sagrados porque es consciente de que su misión como Obispo conlleva el predicar la Palabra y ese es uno de los modos más eficaces de gobernar al pueblo de Dios y de construir. La predicación y la catequesis son indispensables en toda acción pastoral y sin ellas parece difícil que pueda fructificar algo de manera estable, porque la misma Palabra es alimento.

 

Juan Crisóstomo, en sus homilías sobre la Carta a los hebreos, aúna de manera admirable la explicación teológica con las aplicaciones a la vida práctica. Así, junto a las enseñanzas sobre el sacerdocio de Jesucristo, y la misión de los ministros ordenados, se expone también la unión espiritual del cristiano con su Redentor y la posibilidad de ofrecer sacrificios espirituales (toda el alma). Pero junto a todo ese bagaje dogmático, tan importante para comprender la hondura del amor de Dios y de su amor salvador y que el santo despliega en ocasiones en polémica con las corrientes heréticas de la época, Crisóstomo consigue encendernos en el amor a Dios y en el camino de la santidad. De ahí sus continuas exhortaciones a una vida de fe movida por la caridad.

 

A modo de ejemplo: “¡Somos escuchados, cuando nosotros mismos escuchamos a los pobres que se acercan a nosotros! Quien cierra sus oídos para no escuchar al pobre, tampoco será escuchado en su oraciones por Dios” (Homilía XI, 7); “En efecto, cuando se vive cien años sin realizar ninguna obra buena, sino sólo sin cometer pecado, es más, ni siquiera así, sino que es salvado por la sola gracia, verá a los otros coronados con gloria y estima; aunque no caiga en el infierno, dime, ¿acaso no sentirá desánimo?” (Homilía XIII, 4); “¿Quieres llegar a ser perfecto? No tienes más que empezar” (Homilía XVI, 4); “Ciertamente, lo mismo que en un camino expedito, si uno comienza a andarlo, el mismo camino lo conduce sin necesidad de ser llevado de la mano; así también, en el amor, basta con iniciar su práctica, para ser llevados de la mano por él con facilidad y despreocupación” (Homilía XIX, 1).

 

El amor a los pobres, depuesto todo juicio sobre ellos, y la vida comunitaria (asambleas litúrgicas, compartir los bienes, fomentar la sana amistad), son continuamente recordados por el obispo, como medios para vivir el auténtico amor, aquel que se nos ha manifestado en Jesucristo.

 

El profesor Marcelo Merino, como es habitual en él, nos ofrece una excelente traducción acompañada de una introducción y de notas aclaratorias. Agradecemos profundamente la posibilidad de poder leer al Crisóstomo en nuestra lengua y, al mismo tiempo, poder percibir la unción de sus enseñanzas, nacidas del amor a Jesucristo y de su caridad pastoral.

 

Juan Crisóstomo - Homilías sobre la carta a los hebreos

Edición de Marcelo Merino - Ciudad Nueva - 612 páginas - MMIX.

 

+++


 

San Basilio fundó una ciudad-hospital cerca de Capadocia; la llamaron Basiliade.
Juan Crisóstomo, el más grande orador cristiano, llamado también panegirista de la limosna, fue enviado en exilio por la emperadora Eudosia a quien había denunciado públicamente por haber usurpado el viñedo de una viuda destinado al hospital de los pobres que él administraba. Protector y defensor de la gente pobre, tuvo la consolación de ser defendido por ellos contra los potentes que lo perseguían. La asistencia a los enfermos daba a Juan Crisóstomo la oportunidad de conocer a los médicos y a su humanidad en la asistencia a los enfermos terminales (el enfermo tiene una sicología fragil y exigente; una pequeñez puede deprimirlo).
Narra de un enfermo alcoholizado que se desvivía por un poco de vino. El médico, comprensivo, hizo preparar una jarra de arcilla mezclada con vino, la hizo quemar en el horno y, una vez llenada de agua fresca, cerradas las persianas para oscurecer la habitación, la dio al enfermo que, engañado por el olor de vino, la tomó satisfecho.
Crisóstomo alaba la sensibilidad del médico.

 

+++

 

Por medio de su Palabra, Dios habla al hombre. Por medio de palabras, mentales o vocales, nuestra oración toma cuerpo. Pero lo más importante es la presencia del corazón ante Aquél a quien hablamos en la oración. "Que nuestra oración se oiga no depende de la cantidad de palabras, sino del fervor de nuestras almas" (San Juan Crisóstomo, ecl. 2).

 

+++

 

San Juan Crisóstomo: “a quien se acerca al sacerdocio, le conviene ser puro como si estuviera en el cielo”

 

S. JUAN CRISÓSTOMO De sacerdotio 11, 2, PG 48, 633

 

 

 

Luego ¿todavía vas a discutir conmigo que no hice bien en engañarte cuando vas a estar al frente de todos los bienes de Dios, y a realizar de por vida aquello que dijo el Señor a Pedro, que se levantaría, si lo hacía, por encima de los demás apóstoles?

Pedro -le dice-, ¿me amas más que éstos? Pues apacienta mis ovejas". Podía ciertamente haberle dicho: «Si me amas, practica el ayuno, duerme en el suelo, guarda altas vigilias, protege a los oprimidos, sé como un padre para los huérfanos y haz con sus madres oficio de marido». La verdad es que todo eso lo deja a un lado y sólo le dice: Apacienta mis ovejas. Porque todo eso que acabo de enumerar, cosas son que fácilmente pueden cumplir muchos de los súbditos, no sólo los varones sino también las mujeres. Mas cuando se trata del gobierno de la Iglesia y de encomendar el cuidado de tantas almas, ante la grandeza de esta tarea, retírese a un lado todo el sexo femenino y aun la mayoría de los varones, y sólo den paso adelante aquellos que entre éstos aventajen en gran medida a todos los otros y, así descuellen por la virtud de su alma sobre los demás cuanto Saúl por la estatura de su cuerpo sobre todo el pueblo hebreo, y aún mucho más. Porque no basta aquí sobrepasar a los demás por encima del hombro". No. La diferencia que va de los animales sin razón a los hombres racionales, esa misma ha de mediar entre el pastor y los apacentados, por no decir que mayor, pues cosas mucho mayores se arriesgan.
En efecto, el que pierde un rebaño de ovejas, sea porque se las arrebaten los lobos o le asalten ladrones o las ataque una peste o les sobrevenga otro cualquier accidente, todavía puede esperar algún género de perdón de parte del dueño del rebaño, o, en caso de que se le exija un castigo, tendrá que pagarlo solamente con dinero. Mas aquel a quien se le encomiendan hombres, que son el espiritual rebaño de Cristo, en primer lugar, el daño que sufrirá en el caso de perder las ovejas, no será en dinero, sino en su propia alma; y en segundo lugar, la lucha que tendrá que sostener es mucho más dura y difícil. No tendrá que luchar contra lobos, no deberá temer a los salteadores ni preocuparse de alejar la peste de su ganado. ¿Contra quiénes será su guerra, contra quiénes tendrá que combatir? Oye al bienaventurado Pablo que te lo dice: No es nuestra lucha contra sangre o carne, sino contra los principados y potestades, contra los dominadores de las tinieblas de este siglo, contra los espíritus del Mal que están en las alturas".

 

+++

 

(Chrisostomos “boca dorada” llamado así debido a su elocuencia).

Doctor de la Iglesia, nacido en Antioquia, c. 347; fallecido en Commana en Ponto, el 14 de Setiembre de 407.
Jun – cuyo sobrenombre “Crisóstomo” aparece por primera vez en la “Constitución” del Papa Vigilio (cf. P.L., LX, 217) en el año 553 – es generalmente considerado el más prominente doctor de la Iglesia Griega y el más grande predicador jamás escuchado en un púlpito Cristiano. Sus dotes naturales, como así también circunstancias externas, lo ayudaron a convertirse en lo que fue.

I. VIDA

(1) Niñez

En la época del nacimiento de Crisóstomo, Antioquia era la segunda ciudad de la parte Oriental del Imperio Romano. Durante la totalidad del siglo cuarto disputas religiosas perturbaron al imperio y encontraron su eco en Antioquia. Paganos, Maniqueos, Gnósticos, Arrianos, Apolinarios, Judíos, hicieron sus prosélitos en Antioquia, y los Católicos estaban ellos mismos separados por el cisma entre los obispos Melito y Paulino. Por tanto la juventud de Crisóstomo acaeció en tiempos difíciles. Su padre, Segundo, era un oficial de alto rango en el ejército Sirio. A su muerte, poco después del nacimiento de Juan, Anthusa, su mujer, de solamente veinte años de edad, se hizo cargo sola de sus dos hijos, Juan y una hermana mayor. Afortunadamente era una mujer de inteligencia y carácter. No sólo instruyó a su hijo en la piedad, sino que además lo envió a las mejores escuelas de Antioquia, aún cuando se pudieran hacer sobre ellas muchas objeciones con relación a moral y religión. Además de las clases de Andragatio, un filósofo no conocido en otra parte, Crisóstomo siguió las de Libanio, al mismo tiempo el más famoso orador de ese período y el más tenaz adherente al paganismo declinante de Roma. Como podemos observar en posteriores escritos de Crisóstomo, obtuvo en ese momento una considerable erudición Griega y cultura clásica, que de ningún modo repudió en sus días posteriores. La hostilidad que se le atribuye a la sabiduría clásica, es en realidad una mala interpretación de ciertos pasajes en los cuales defiende la filosofía del Cristianismo contra los mitos de los dioses paganos, cuyos principales defensores en su tiempo eran los representantes y maestros de la sophia ellenike (ver A. Naegele en "Byzantin.
Zeitschrift", XIII, 73-113; Idem, "Chrysostomus und Libanius" en Chrysostomika, I, Roma, 1908, 81-142).

(2) Crisóstomo como Lector y Monje

El día que conoció al obispo Meletio (alrededor de 367) se produjo un muy decisivo punto de inflexión en la vida de Crisóstomo. El carácter sincero, gentil y encantador de este hombre cautivó a Crisóstomo de tal manera que pronto comenzó a apartarse de los estudios profanos y a consagrarse a una vida ascética y religiosa. Estudió las Santas Escrituras y frecuentó los sermones de Meletio. Alrededor de tres años después recibió el Santo Bautismo y fue ordenado lector. Pero el joven clérigo, atraído por el deseo de una vida más perfecta, poco después entró en una de las sociedades ascéticas cerca de Antioquia, la que estaba bajo la dirección espiritual de Carterio y especialmente del famoso Diodoro, más tarde obispo de Tarso (ver Palladius, "Dialogus", v; Sozomenus, "Hist. eccles.", VIII, 2). La oración, el trabajo manual y el estudio de las Santas Escrituras eran sus principales ocupaciones, y podemos muy bien suponer que sus primeros trabajos literarios datan de aquella época, ya que prácticamente todos sus escritos tempranos tratan temas de ascetismo y monasticismo [cf. abajo escritos de Crisóstomo: (1) "Opuscuia"]. Cuatro años después, Crisóstomo decidió vivir como anacoreta en una de las cuevas cercanas a Antioquia. Permaneció allí dos años, pero como su salud estaba bastante deteriorada por indiscretas vigilias y ayunos en heladas y frió, prudentemente regresó a Antioquia para recuperar su salud, y reasumió su oficio de lector en la iglesia.

(3) Crisóstomo como Diácono y Sacerdote en Antioquia

Como las fuentes sobre Crisóstomo dan una cronología incompleta de su vida, no podemos sino determinar aproximadamente las fechas para este período Antíoco. Muy probablemente a comienzos de 381 Meletio lo hizo diácono, antes de su propia partida hacia Constantinopla, donde murió como presidente del Segundo Concilio Ecuménico. El sucesor de Meletio fue Flaviano (con relación a cuya sucesión ver F. Cavallera, "Le Schime d´Antioche", Paris, 1905). Lazos de simpatía y amistad ligaban a Crisóstomo con su nuevo obispo. Como diácono tuvo que asistir en las funciones litúrgicas, cuidar a enfermos y pobres, y probablemente fue encargado en alguna medida de enseñar a los catecúmenos. Al mismo tiempo continuó con su trabajo literario, y podemos suponer que compuso su más famoso libro, “On de Priesthood” (Sobre el Sacerdocio), hacia el fin de este período (c.386, ver Socrates, “Hist.eccl”, VI,3), o a mas tardar en el comienzo de su sacerdocio (c. 387, como con buenas razones lo consigna Nairn en su edición de “De Sacerd.”, xii-xv). Puede haber alguna duda si fue ocasionado por algún hecho histórico real, viz., que Crisóstomo y su amigo Basilio fueron requeridos para aceptar obispados (c.372). Todos los primeros biógrafos griegos parecen no haberlo tomado en este sentido. En el año 386 Crisóstomo fue ordenado sacerdote por Flaviano, y desde allí data su real importancia en la historia eclesiástica. Su principal tarea durante los siguientes doce años fue la de predicar, lo que debía ejecutar con el Obispo Flaviano, o en lugar del mismo. Pero no hay dudas que gran parte de la instrucción religiosa popular y la educación recayeron sobre él. La primera ocasión notable que mostró el poder de su oratoria y su gran autoridad fue la Pascua de 387, cuando dio sus sermones “Sobre las Estatuas” (P.G., XLVIII, 15, xxx.). El pueblo de Antioquia, excitado por la recaudación de nuevos impuestos, habían volteado las estatuas del emperador Teodosio. En el pánico y temor al castigo que le siguió Crisóstomo brindó una serie de veinte o veintiún (el decimonoveno probablemente no es auténtico) sermones, llenos de vigor, consoladores, exhortativos, tranquilizadores, hasta que Flaviano, el obispo, trajo desde Constantinopla el perdón del emperador. Pero la prédica usual de Crisóstomo consistía en explicaciones consecutivas de las Santas Escrituras. A esa costumbre, desafortunadamente en desuso, debemos sus famosos y magníficos cometarios, que nos ofrecen tan inagotable tesoro de conocimiento dogmático, moral e histórico sobre la transición del cuarto al quinto siglo. Estos años 386-98, fueron el período de mayor productividad de Crisóstomo, un período que por si mismo podría haberle asegurado para siempre un lugar entre los primeros Doctores de la Iglesia. Un signo de esto podría ser visto en el hecho que ya en el año 392 San Jerónimo otorgara al predicador de Antioquia un lugar entre sus Viri illustres ("De Viris ill.", 129, in P.L., XXIII, 754), refiriéndose expresamente a la grande y exitosa actividad de Crisóstomo como escritor Teológico. De este mismo hecho podemos inferir que durante esa época su fama se había esparcido lejos más allá de Antioquia, y que era bien conocido en el Imperio Bizantino, especialmente en la capital.

(4) San Crisóstomo como Obispo de Constantinopla

En el curso ordinario de las cosas Crisóstomo debió haberse convertido en el sucesor de Flaviano en Antioquia. Pero el 27 de Setiembre de 397, muere Nectario, Obispo de Constantinopla. Había una rivalidad general en la capital, abierta o secreta, por la sede vacante. Después de algunos meses se supo, para desilusión de los competidores, que el Emperador Areadio, por sugerencia de su ministro Eutropio, había enviado al Prefecto de Antioquia a llamar a Juan Crisóstomo fuera de la ciudad sin el conocimiento de la gente, y a enviarlo directamente a Constantinopla. De esta repentina manera Crisóstomo fue urgido hacia la capital, y ordenado Obispo de Constantinopla el 26 de Febrero de 398, en una gran asamblea de obispos, por Teofilo, Patriarca de Alejandría, quien había sido obligado a renunciar a la idea de asegurar la designación de Isidoro, su propio candidato. El cambio para Crisóstono fue tan grande como inesperado. Su nueva posición no era fácil, situado en medio de una advenediza metrópolis, mitad Occidental, mitad Oriental, en las cercanías de una corte en la que la lujuria y la intriga siempre jugaban la parte más prominente. y a la cabeza de un clero compuesto por los más heterogéneos elementos, y aún más (si no canónicamente, al menos prácticamente) a la cabeza de todo el episcopado Bizantino. El primer acto del nuevo obispo fue provocar la reconciliación entre Flaviano y Roma. La misma Constantinopla comenzó pronto a sentir el impulso de una nueva vida eclesiástica.
La necesidad de reforma era innegable. Crisóstomo comenzó “barriendo las escaleras desde arriba” (Palladius, op- cit., v). El llamó a su oeconomus, y le ordenó reducir los gastos del mantenimiento de la sede episcopal; puso fin a los frecuentes banquetes, y vivió poco menos estrictamente de lo que antes había vivido como sacerdote y monje. Con relación al clero, Crisóstomo al comienzo tuvo que prohibirle tener en sus casas syneisactoe, i.e. mujeres que había hecho votos de virginidad y atendían sus casas. También procedió contra otros que, por avaricia o lujuria, habían producido escándalo. Hasta tuvo que excluir del rango del clero a dos diáconos, uno por asesinato y otro por adulterio. De los monjes también, que ya por esa época eran muy numerosos en Constantinopla, algunos habían preferido vagar sin rumbo y sin disciplina. Crisóstomo los confinó a sus monasterios. Finalmente cuidó de las viudas eclesiásticas. Algunas de ellas estaban viviendo de manera mundana: las obligó a casarse nuevamente, o a observar las reglas del decoro exigidas por su estado. Después del clero, Crisóstomo volvió su atención a su rebaño. Como había hecho en Antioquia, tal hizo en Constantinopla y con más razón, frecuentemente predicó contra las extravagancias irrazonables de los ricos, y especialmente contra adornos en materia de vestimentas a que eran afectas mujeres cuya edad debía ponerlas más allá de tales vanidades. Algunas de ellas, las viudas Marsa, Castricia, Eugraphia, conocidas por tales ridículos gustos, pertenecían al círculo de la corte. Parece que las clases altas de Constantinopla no habían estado previamente acostumbradas a tal lenguaje. Sin duda algunos sintieron que la reprimenda les estaba dirigida a ellos, y la ofensa producida fue mayor en proporción a lo merecida que la reprimenda fuera. Por otra parte, el pueblo se mostraba deleitado con los sermones de su nuevo obispo, y frecuentemente lo aplaudían en la iglesia (Socrates, "Hist. eccl." VI). Nunca olvidaron su cuidado por el pobre y el miserable, ni que en su primer año había construido un gran hospital con el dinero ahorrado de sus gastos domésticos. Pero Crisóstomo tenía también muy íntimos amigos entre las clases ricas y nobles. La más famosa fue Olympias, viuda y diacona, una familiar del Emperador Teodosio, mientras que en la Corte propiamente dicha estaba Brison, primer acompañante de Eudoxia, quien asistía a Crisóstomo en la instrucción de sus coros, y siempre mantuvo una verdadera amistad por él. La emperatriz misma fue, desde el principio de lo más amistosa con el nuevo obispo. Siguió las procesiones religiosas, asistió a sus
sermones, y obsequió candelabros de plata para el uso de las iglesias (Socrates, op. cit., VI, 8; Sozomenus, op. cit., VIII, 8).

Desafortunadamente, los sentimientos de amistad no duraron. Al principio Eutropio, el antes esclavo, entonces ministro y cónsul, abusó de su influencia. Privó a algunas personas ricas de sus propiedades, y persiguió a otros de los que sospechaba fueran sus adversarios o rivales. Más de una vez Crisóstomo fue él mismo a lo del ministro (ver "Oratio ad Eutropium" en P.G., Chrys. Op., III, 392) para protestar ante el, y a advertirle de los resultados de sus propios actos, pero sin éxito. Entonces las damas arriba nombradas, quienes inmediatamente rodearon a la emperatriz, probablemente no ocultaron su resentimiento contra el estricto obispo. Finalmente, la misma emperatriz cometió una injusticia privando a una viuda de su viñedo (Marcus Diac., "Vita Porphyrii", V, no. 37, en P.G., LXV, 1229). Crisóstomo intercedió por esta última. Pero Eudoxia se mostró ofendida. Desde entonces hubo una cierta frialdad entre la Corte imperial y el palacio episcopal, el cual, creciendo poco a poco, llevó a una catástrofe. Es imposible determinar exactamente en que período comenzó esta alienación, muy probablemente dató de comienzos del año 401. Pero antes que este estado de las cosas se tornara conocido para el público, ocurrieron eventos de la más alta importancia política, y Crisóstomo, sin buscarlo, fue implicado en ellos. Estos fueron la caída de Eutropio y la revuelta de Gainas.
En Enero de 399, Eutropio, por una razón no exactamente conocida, cayó en desgracia. Conociendo los sentimientos de la gente y de sus enemigos personales, huyó a la iglesia. Como él mismo había intentado abolir la inmunidad del asilo eclesiástico no mucho tiempo antes, la gente pareció poco dispuesta a perdonarlo. Pero Crisóstomo interfirió, entregando su famoso sermón sobre Eutropio, y el caído ministro fue salvado por el momento. Como, sin embargo, trató de escapar durante la noche, fue capturado, exiliado, y poco tiempo después matado. Inmediatamente le siguió otro evento más excitante y más peligroso. Gainas, uno de los generales imperiales, había sido enviado a someter a Tribigild, quien se había rebelado. En el verano de 399 Gainas se unió abiertamente con Tribigild, y, para restaurar la paz, Arcadio tuvo que someterse a las más humillantes condiciones. Gainas fue nombrado comandante en jefe del ejército imperial, y hasta le tuvieron que ser entregados Aureliano y Saturnino, dos hombres del más alto rango en Constantinopla. Parece que Crisóstomo aceptó una misión ante Gainas, y que, debido a esta intervención Aureliano y Saturnino fueron perdonados por Gaínas y hasta puestos en libertad. Poco después, Gainas, que era un Godo Arriano, demandó una de las iglesias Católicas de Constantinopla para él y para sus soldados. Nuevamente Crisóstomo tuvo una oposición tan enérgica que Gainas cedió. Mientras tanto el pueblo de Constantinopla se había comenzado a excitar, y en una noche varios miles de Godos fueron asesinados. Gainas sin embargo escapó, fue derrotado y asesinado por los Hunos. Tal fue el fin en el lapso de pocos años de tres cónsules del Imperio Bizantino. No hay duda que la autoridad de Crisóstomo se había fortalecido grandemente por la magnanimidad y firmeza de carácter que había demostrado durante todos estos conflictos. Puede haber sido esto lo que aumentó los celos de aquellos que entonces gobernaban el imperio – una camarilla de cortesanos con la emperatriz a la cabeza. A estos se les unieron nuevos aliados de los rangos eclesiásticos incluyendo algunos obispos provinciales – Severiano de Gabala, Antíoco de Ptolemais, y, por algún tiempo, Acacio de Beroea – quienes preferían las atracciones de la capital a residir en sus propias ciudades(Sócrates , op. cit., VI, 11; Sozomenus, op. cit., VIII, 10). El más intrigante entre ellos era Severiano, quien se adulaba a sí mismo diciendo que era el rival de Crisóstomo en elocuencia. Pero hasta ese momento nada había sido revelado en público. Un gran cambio ocurrió durante la ausencia de Crisóstomo de Constantinopla por varios meses. Esta ausencia fue necesaria por un asunto eclesiástico en Asia Menor, en el cual estaba involucrado. Aceptando la expresa invitación de varios obispos, Crisóstomo, en el primer mes de 401, fue a Efeso, donde designó un nuevo arzobispo, y con el consentimiento de la asamblea de obispos depuso a seis obispos por simonía. Tras haber fallado la misma sentencia sobre el Obispo Gerontio de Nicomedia, regresó a Constantinopla.

Mientras tanto habían ocurrido allí cosas desagradables. El Obispo Severiano, a quien Crisóstomo parece haberle encomendado el desempeño de ciertas funciones eclesiásticas, había entrado en abierta enemistado con Serapion, el archidiácono y oeconomus de la catedral y del palacio episcopal. Cualquiera pueda haber sido la razón real, Crisóstomo encontró el caso tan serio, que invitó a Severiano a que regresara a su propia sede. Fue solamente debido a la intervención personal de Eudoxia, cuya confianza poseía Serapión, que se le permitió volver de Calcedonia, donde se había retirado.

La reconciliación que siguió no fue sincera, al menos de parte de Severiano, y el escándalo público había excitado muchos sentimientos enfermizos. Los efectos pronto fueron visibles. Cuando en la primavera de 402, el Obispo Porfirio de Gaza (ver Marcus Diac., "Vita Porphyrii", V, ed. Nuth, Bonn, 1897, pp. 11-19) fue a la Corte de Constantinopla a obtener el favor para su diócesis, Crisóstomo le contestó que no podía hacer nada por él, ya que él mismo había caído en desgracia con la emperatriz. Sin embargo, el partido de los descontentos no era realmente peligroso, a menos que pudieran encontrar algún líder prominente e inescrupuloso. Tal persona se presentó más pronto de lo que podrían haberlo esperado. Fue el bien conocido Teófilo, Patriarca de Alejandría. Apareció bajo circunstancias bastante curiosas, lo que de ningún modo anunciaba el resultado final. Teófilo, hacia el fin del año 402, fue convocado por el emperador a Constantinopla para disculparse ante el sínodo, que debería presidir Crisóstomo, por varios cargos, que habían sido presentados en su contra por ciertos monjes Egipcios, especialmente por los llamados cuatro “hermanos altos”. El patriarca, su antiguo amigo, se había puesto repentinamente en su contra, y los había perseguido como Origenistas (Palladius, "Dialogus", xvi; Socrates, op. cit., VI, 7; Sozomenus, op. cit., VIII, 12).

Sin embargo, Teófilo no era fácilmente atemorizable. Siempre tenía agentes y amigos en Constantinopla, y conocía el estado de las cosas y los sentimientos en la corte. Entonces resolvió tomar ventaja de ellos. Escribió de inmediato a San Epifanio a Chipre, pidiendo que fuera a Constantinopla y convenciera a Crisóstomo de condenar a los Origenistas. Epifanio fue. Pero cuando se dio cuenta que Teófilo estaba meramente usándolo para sus propios propósitos, dejó la capital, muriendo en el regreso en 403. En ese tiempo Crisóstomo pronunció un sermón contra la vana lujuria de la mujer. Le fue reportado a la emperatriz como si ella hubiera estado aludida en él. De esta manera el terreno estaba preparado. Teófilo finalmente apareció en Constantinopla en Junio de 403, no solo, como se le había ordenado, sino con veintinueve de sus obispos sufragantes, como nos dice Palladius (ch.viii), con una buena cantidad de dinero y todo tipo de regalos. Tomó alojamiento en uno de los palacios imperiales, y mantuvo conferencias con los adversarios de Crisóstomo. Luego se retiró con sus sufragantes y otros nueve obispos a una villa cerca de Constantinopla, llamada epi dryn (see Ubaldi, "La Synodo ad Quercum", Turin, 1902). Una larga lista de ridículas acusaciones fueron erigidas contra Crisóstomo (ver Photius, "Bibliotheca", 59, en P.G., CIII, 105-113), quien, rodeado por cuarenta y dos arzobispos y obispos reunidos para juzgar a Teófilo de acuerdo con las órdenes de emperador, fue ahora convocado a presentarse él mismo y disculparse. Crisóstomo naturalmente se rehusó a reconocer la legalidad de un sínodo en el cual sus abiertos enemigos fueran los jueces. Después de la tercera citación a Crisóstomo, y con el consentimiento del emperador, se declaró que fuera depuesto. A los efectos de evitar un inútil derramamiento de sangre, se rindió al tercer día a los soldados que lo esperaban. Pero las amenazas del excitado pueblo, y un repentino accidente en el palacio imperial, atemorizaron a la emperatriz (Palladius, "Dialogus", ix). Ella temió algún castigo del cielo por el exilio de Crisóstomo, y de inmediato ordenó su restauración. Después de alguna vacilación Crisóstomo re entró en la capital en medio de gran regocijo del pueblo. Teófilo y sus partidarios se salvaron huyendo de Constantinopla. El retorno de Crisóstomo fue, en si mismo, una derrota para Eudoxia. Cuando sus temores se fueron, revivió su rencor. Dos meses después, una estatua de plata de la emperatriz fue descubierta en la plaza justo frente a la catedral. Las celebraciones públicas que asistieron a este incidente, y que duraron varios días, se hicieron tan bulliciosas que molestaron los oficios en la iglesia. Crisóstomo se quejó al prefecto de la ciudad, quien le informó a Eudoxia que el obispo se había quejado de su estatua. Esto fue suficiente para excitar a la emperatriz más allá de todo límite. Convocó a Teófilo y a los otros obispos para que volvieran y depusieran a Crisóstomo nuevamente. Sin embargo, el prudente patriarca, no deseaba correr el mismo riesgo por una segunda vez. El solamente escribió a Constantinopla que Crisóstomo debía ser condenado por haber reentrado a su sede en oposición a un artículo del Sínodo de Antioquía mantenido en el año 341 (un sínodo Arriano). Los otros obispos no tenían ni la autoridad ni el coraje para hacerle un juicio formal. Todo lo que ellos pudieron hacer fue urgir al emperador a que firmara un nuevo decreto de exilio. Un doble atentado contra la vida de Crisóstomo fracasó. En Vísperas de Pascua de 404, cuando todos los catecúmenos estaban por recibir el bautismo, los adversarios del obispo, con soldados imperiales, invadieron el baptisterio y dispersaron a toda la congregación. Al final Arcadio firmó el
decreto, y el 24 de Junio de 404, los soldados condujeron a Crisóstomo una segunda vez al exilio.

 

(5) Exilio y Muerte

Cuando ellos habían escasamente dejado Constantinopla, una inmensa conflagración destruyó la catedral, el senado y otros edificios. Los seguidores del obispo exiliado fueron acusado del crimen y perseguidos. Apresuradamente Arsacio, un hombre viejo, fue designado sucesor de Crisóstomo, pero fue pronto sucedido por el astuto Atico. Quienquiera que rehusara entrar en comunión con ellos era castigado con la confiscación de su propiedad y el exilio. En cuanto a Crisóstomo, fue conducido Cucusus, un aislado y escabroso lugar en la frontera este de Armenia, continuamente expuesto a las invasiones de los Isáuricos. En el siguiente año tuvo hasta que huir por cierto tiempo al castillo de Arabisso para protegerse de esos bárbaros. Mientras tanto siempre mantenía correspondencia con sus amigos y nunca abandonó la esperanza de regresar. Cuando las circunstancias de esta deposición fueron conocidas en el Occidente, el papa y los obispos italianos se declararon en su favor. El emperador Honorio y el Papa Inocencio I intentaron convocar un nuevo sínodo, pero sus delegados fueron apresados y enviados a casa. El papa rompió toda comunión con los Patriarcas de Alejandría, Antioquia (donde un enemigo de Crisóstomo había sucedido a Flaviano), y Constantinopla, hasta que (después de la muerte de Crisóstomo) consintieron admitir su nombre en los dípticos de la Iglesia. Finalmente todas las esperanzas para el exiliado obispo se desvanecieron. Aparentemente el estaba viviendo demasiado para sus adversarios. En el verano de 407. se dio la orden de llevarlo a Pithyo, un lugar en la frontera extrema del imperio, cerca del Caúcaso. Uno de los dos soldado que tuvo que llevarlo le causó todo tipo de sufrimientos posibles. Fue forzado ha hacer largas marchas, fue expuesto a los rayos del sol, a las lluvias y el frío de las noches. Su cuerpo, ya debilitado por varias enfermedades severas, finalmente se quebró. El 14 de Setiembre la partida estaba en Comanan en Ponto. En la mañana Crisóstomo había pedido descansar allí considerando el estado de su salud. En vano; fue forzado a continuar su marcha. Muy pronto se sintió tan débil que tuvieron que volver a Comana. Algunas horas después Crisóstomo murió. Sus últimas palabras fueron: Doxa to theo panton eneken (Gloria a Dios por todas las cosas) (Palladius, xi, 38). Fue enterrado en Comana. El 27 de Enero de 438, su cuerpo fue trasladado a Constantinopla con gran pompa, y puesto en una tumba en la iglesia de los Apóstoles donde Eudoxia había sido enterrada en el año 404 (ver Socrates, VII, 45; Constantine Prophyrogen., "Cæremoniale Aul Byz.", II, 92, in P.G., CXII, 1204 B).

II LOS ESCRITOS DE SAN CRISÓSTOMO

Crisóstomo ha merecido un lugar en la historia eclesiástica, no simplemente como Obispo de Constantinopla, sino principalmente como Doctor de la Iglesia. No poseemos tantos escritos de ningún otro de los Padres Griegos. Podemos dividirlos en tres porciones, los “opúsculos”, las “homilías” y las “cartas”. (1) Los principales “opúsculos” datan todos de los tempranos días de actividad literaria. Los siguientes se ocupan de materias monásticas: "Comparatio Regis cum Monacho" ("Opera", I, 387-93, in P.G., XLVII-LXIII), "Adhortatio ad Theodorum (Mopsuestensem?) lapsum" (ibid., 277-319), "Adversus oppugnatores vitae monasticae" (ibid., 319-87). Aquellos que tratan materias ascéticas están en general en el tratado "De Compunctione" en dos libros (ibid., 393-423), "Adhortatio ad Stagirium" en tres libros (ibid., 433-94), "Adversus Subintroductas" (ibid., 495-532), "De Virginitate" (ibid., 533-93), "De Sacerdotio" (ibid., 623-93). (2) Entre las “homilías” tenemos que distinguir comentarios sobre libros de las Sagradas Escrituras, grupos de “homilías” (sermones) sobre temas especiales, y un gran número de homilías aisladas. (a) Los principales “comentarios” sobre el Viejo Testamento son las sesenta y siete homilías “Sobre el Génesis” (con ocho sermones sobre el Génesis, que son probablemente una primera revisión (IV, 21 sqq., y ibid., 607 sqq.); cincuenta y nueve homilías “Sobre los Salmos” (4-12, 41, 43-49, 108-117, 119-150) (V, 39-498), concerniente a las cuales ver Chrys. Baur, "Der urspr ngliche Umfang des Kommentars des hl. Joh. Chrysostomus zu den Psalmen" en Chrysostomika, fase. i (Roma, 1908), 235-42, un comentario sobre los primeros capítulos de "Isaias" (VI, 11 sqq.). Los fragmentos de Job (XIII, 503-65) son espurios (ver Haidacher, "Chrysostomus Fragmente" en Chrysostomika, I, 217 sq.); la autenticidad de los fragmentos sobre Proverbios (XIII, 659-740), sobre Jeremias y Daniel (VI, 193-246), y la Sinopsis del Viejo y Nuevo Testamento (ibid., 313 sqq.), es dudosa. Los principales comentarios sobre el Nuevo Testamento son las primeras noventa homilías sobre “San Mateo” (alrededor del año 390, VII), ochenta y ocho homilías sobre “San Juan” (c. 389; VIII, 23 sqq – probablemente de una edición posterior), cincuenta y cinco homilías sobre “los Hechos” ( como fuera preservada por estenógrafos, IX, 13 sqq.), y homilías “Sobre todas las Epístolas de San Pablo” (IX, 391 sqq.). Los mejores y más importantes comentarios son aquellos sobre los Salmos, sobre San Mateo y sobre la Epístola a los Romanos (escrita c.391). Las treinta y cuatro homilías sobre la Epístola a los Galatas también es probable que llegue a nosotros de un segundo editor. (b) Entre las “homilías formando grupos conexos”, podemos mencionar especialmente cinco homilías “Sobre Ana” (IV, 631-76), tres “Sobre David” (ibid., 675-708), sseis "Sobre Ozias" (VI, 97-142), ocho "Contra los Judíos" (II, 843-942), doce "De Incomprehensibili Dei Natur " (ibid., 701-812), y las siete famosas homilías "Sobre San Pablo" (III, 473-514). (c) Un gran número de “homilías individuales” tratan de temas morales, de ciertas fiestas o santos. (3) Las “Cartas” de Crisóstomo (alrededor de un número de 238: III, 547 sqq.) fueron todas escritas durante su exilio. De especial valor por sus contenidos naturaleza íntima son las diecisiete cartas a la diácona Olimpia. Entre las numerosas “Apocrypha” podemos mencionar la liturgia atribuida a Crisóstomo, quien quizás modificó, pero no compuso el antiguo texto. El más famoso apocryphon es la “Carta a Cesarius” (III, 755-760). Contiene un pasaje sobre la santa Eucaristía que parece favorecer la teoría de “impanatio”, y las disputas sobre ella han continuado por más de dos siglos. El más importante trabajo espurio en Latín es el "Opus imperfectum", escrito por un Arriano en la primera mitad del siglo quinto. (ver Th. , "Das Opus impefectum in Matthæum", Tübingen, 1907).

 

 

 

III. LA IMPORTANCIA TEOLÓGICA DE CRISÓSTOMO

(1) Crisóstomo como Orador.

El éxito de Crisóstomo predicando se debe principalmente a su gran facilidad natural de palabra, la que era extraordinaria aún para los griegos, a la abundancia de sus pensamientos como así también a la popular forma de presentarlos y de ilustrarlos, y, por último pero no menos importante, la sinceridad de todo corazón y la convicción con el que entregaba el mensaje el cual sentía le había sido entregado a él. Las explicaciones especulativas no atraían su mente, ni se hubieran adecuado a los gustos de sus oyentes. Ordinariamente prefería materias morales y muy pocas veces seguía en sus sermones un plan regular, ni tampoco se cuidaba de evitar disgresiones cuando cualquier oportunidad la sugería. De este modo, no es de ninguna manera modelo para nuestra moderna prédica temática, la cual, aunque podamos lamentarlo, ha subplantado en tan gran medida al viejo método homiliético. Pero los frecuentes arrebatos de aplausos entre su congregación pueden haberle dicho a Crisóstomo que estaba en la senda correcta.

(2) Crisóstomo como exégeta

Como exégeta Crisóstomo es de la mayor importancia, ya que es el principal y casi el único exitoso representante de los principios exegéticos de la Escuela de Antioquía. Diodoro de Tarso lo había iniciado en el métod gramático-histórico de esa escuela, el que estaba en fuerte oposición a la interpretación excéntrica, alegórica y mística de Orígenes y la Escuela Alejandrina. Pero Crisóstomo correctamente evitó forzar sus principios hasta el extremo al que, más tarde los llevó, su amigo Teodoro de Mopsuestia, el maestro de Nestorio. Él ni siquiera excluyó todas las explicaciónes alegóricas o místicas, pero las confino a casos en los cuales el propio autor inspirado sugería este significado.

(3) Crisóstomo como Teólogo Dogmático

Como ya ha sido dicho, Crisóstomo no era una mente especulativa, ni estuvo durante su vida involucrado en grandes controversias dogmáticas. No obstante sería un error menospreciar los grandes tesoros teológicos que esconden sus escritos. Desde los comienzos fue considerado por los Griegos y los Latinos como un muy importante testigo de la Fe. Aún en el Concilio de Efeso (431) ambos partidos, San Cirilo y los Antioques, ya lo invocaban en favor de sus opiniones, y en el Séptimo Concilio Ecuménico, cuando un pasaje de Crisóstomo había sido leido en favor de la veneración de imágenes, el Obispo Pedro de Nicomedia exclamó: “ Si Juan Crisóstomo habla de ese modo de las imágenes, quien se atrevería a hablar contra ellas?” lo que muestra claramente el progreso que había hecho su autroidad para esa fecha.
Curiosamente, en la Iglesia Latina, Crisóstomo fue invocado aún antes como una autoridad en materia de fe. El primer escritor que lo citó fue Pelagio, cuando escribió su perdido libro "De Naturæ" contra San Agustín (c. 415). El propio Obispo de Hippo, poco tiempo después (421) reclamó por la enseñanza Católica de Crisóstomo en su controversia con Julián de Eclanum, quien le había opuesto un pasaje de Crisóstomo (de "Hom. ad Neophytos", conservado solamente en latín ) como si estuviera contra el pecado original (ver Chrys.
Baur, "L´entrée littéraire de St. Jean Chrys. dans le monde latin" e la "Revue d´histoire ecclés.", VIII, 1907, 249-65). Nuevamente, en tiempo de la Reforma, crecieron largas y ácidas discusiones sobre si Crisóstomo era un Protestante o un Católico, y esas polemicas no han cesado nunca totalmente. Es cierto que Crisóstomo tiene algunos extraños pasajes en nuestra Bendita Señora [ver Newman, "Certain difficulties felt by Anglicans in Catholic Teachings" (Ciertas dificultades sentidas por los Anglicanos en las Enseñanzas Católicas), Londres, 1876, pp. 130 sqq.], que parece ignorar la confesión privada a un sacerdote, que no hay ningun pasaje claro y directo en favor de la primacía del papa. Pero debe ser recordado que ninguno de los respectivos pasajes contienen nada positivo contra la actual doctrina Católica. Por otro lado, Crisóstomo explícitamente reconoce como una regla de fe a la tradición (XI, 488), como prescripta por la enseñanza autorizada de la Iglesia (I, 813). Esta Iglesia, dice, es sólo una, por la unidad de su doctrina (V, 244; XI, 554); está esparcida por todo el mundo, es la unica Novia de Cristo (III, 229, 403; V, 62; VIII, 170). Con relación a la Cristología, Crisóstomo sostiene claramente que Cristo es Dios y hombre en una persona, pero nunca entra en un más profundo examen del modo de esta unión. Su doctrina con relación a la Eucaristía es de gran importancia. No puede haber la más leve duda de que enseña la Presencia Real, y sus expresiones sobre el cambio forjado por las palabras del sacerdote son equivalentes a la doctrina de la transubstanciación (ver Naegle, "Die Eucharistielehre des hl. Joh. Chry.", 74 sq.).

Un completo análisis y crítica de la enorme literatura sobre Crisóstomo (desde el siglo dieciseis al veinte) es dada por BAUR, S. Jean Chrysostome et ses oeuvres dans l´histoire litt raire (Paris y Lovaina, 1907), 223-297.


(1) VIDA DE CRISOSTOMO. (a) Fuentes. -- PALLADIUS, Dialogue cum Theodoro, Ecclesioe Romanoe Diacono, de vit et conversatione b. Joh. Chrysostomi(escrito c. 408; mejor fuente; ed.
BIGOT, Paris, 1680; P.G., XLVII, 5-82) MARTYRIUS, Panegyricus in S. Joh. Chrysostomum (escrito c. 408; ed. P.G., loc. cit., XLI-LII); SOCRATES, Hist. Eccl., VI, 2-23, and VII, 23, 45 (P.G., LXVII, 661 sqq.); SOZOMENUS, Hist. eccl., VIII, 2-28 (P.G.,ibid., 1513 sqq.), más completa que Socrates, de quien depende; THEODORET, Hist. eccl., V, 27-36; P.G., LXXXII, 1256-68, no siempre confiable; ZOSIMUS, V, 23-4 (ed. BEKKER, p. 278-80, Bonn. 1837), no confiable.
(b)Autores posteriores. -- THEODORE OF THRIMITUS, (P.G., XLVII, col. 51-88), sin valor, escrito alrededor de fines del siglo séptimo; (PSEUDO-) GEORGIUS ALEXANDRINUS, ed.
SAVILE, Chrys. opera omnia (Eton, 1612), VIII, 157-265 (8th - 9th century); LEO IMPERATOR, Laudatio Chrys. (P.G., CVII, 228 sqq.); ANONYMUS, (ed. SAVILE, loc. cit., 293-371); SYMEON METAPHRASTES, (P.G., CXIV, 1045-1209).
(c) Biografías modernas. -- Inglés: STEPHENS, Saint John Chrysostom, his life and times, a sketch of the Church and the empire in the fourth century (London, 1871; 2nd ed., London, 1880), la mejor biografía en Inglés, pero anglicaniza la doctrina de Crisóstomo; BUSH, The Life and Times of Chrysostom (London, 1885), un tratado popular.
Francés: HERMANT, La Vie de Saint Jean Chrysostome . . . divis e en 12 livres (Paris, 1664; 3rd ed., Paris, 1683), la primera biografía científica; DE TILLEMONT, M moires pour servir l´histoire eccl siastique des six premiers si cles, XI, 1-405, 547-626 (importante por la cronología); STILTING, De S. Jo. Chrysostomo . . . Commentarius historicus in Acta SS., IV, Sept., 401-700 (1st ed., 1753), la mejor biografía científica en Latin; THIERRY, S. Jean Chrysostome et l´imp ratrice Eudoxie (Paris, 1872; 3rd ed., Paris, 1889), "mas romance que historia"; PUECH, Saint Jean Chrysostome (Paris, 1900); 5th ed., Paris, 1905), popular y para ser leida con cautela. Alemán: NEANDER, Der hl. Joh. Chrysostomus und die Kirche, besonders des Orients, in dessen Zeitalter, 2 vols. (Berlin, 1821 - 22; 4th ed., Berlin 1858); first vol., traducida al Ingles por STAPLETON (London, 1838), da cuenta de la doctrina de Crisóstomo con una opinion protestante; LUDWIG, Der hl. Joh. Chrys. in seinem Verh liniss zum byzantinischen Hof. (Braunsberg, 1883), científica. Crisóstomo como orador: ALBERT, S. Jean Chrysostome consid r comme orateur populaire (Paris, 1858); ACKERMANN, Die Beredsamkeit des hl. Joh. Chrys. (W rzburg, 1889); cf. WILLEY, Chrysostom: The Orator (Cincinnati, 1908), esayo popular.
(2) ESCRITOS DE CRISÓSTOMO. (a) Cronología. -- Ver TILLEMONT, STILTING, MONTFAUCON, Chrys. Opera omnia; USENER, Religionsgeschichtliche Untersuchungen, I (Bonn, 1889), 514-40; RAUSCHEN, Jahrb cher der christl. Kirche unter dem Kaiser Theodosius dem Grossen (Freiburg im Br., 1897), 251-3, 277-9, 495-9; BATIFFOL, Revue bibl., VIII, 566-72; PARGOIRE, Echos d´Orient, III 151-2; E. SCHARTZ, J dische und chrisl. Ostertafeln (Berlin, 1905), 169-84.
(b) Autenticidad -- HAIDACHER, Zeitschr. f r Kath. Theologie, XVIII-XXXII; IDEM, Deshl. Joh. Chrys. Buchlein ber Hoffart u. Kindererziehung (Freiburg, im Br., 1907).
(3) LA DOCTRINA DE CRISÓSTOMO. MAYERUS, Chrysostomus Lutheranus (Grimma, 1680: Wittenberg, 1686); HACKI, D. Jo. Chrysostomus . . . a Lutheranismo . . . vindicatus (Oliva, 1683); F RSTER, Chrysostomus in seinem Verh ltniss zur antiochen. Schule (Gotha, 1869); CHASE, Chrysostom, A Study in the History of Biblical Interpretation (London, 1887); HAIDACHER, Die Lehre des hl. Joh. Chrys. ber die Schriftinspiration (Salzburg, 1897); CHAPMAN, St. Chrysostom on St. Peter in Dublin Review (1903), 1-27; NAEGLE, Die Eucharistielehre des hl. Johannes Chrysostomus, des Doctor Eucharisti (Freiburg im Br., 1900).
(4) EDICIONES. (a) Completas. -- SAVILE (Eton, 1612), 8 volumenes (el mejor texto); DUCAEUS, (Paris, 1609-1636), 12 vols.; DE MONTFAUCON, (Paris, 1718-1738), 13 vols.; MIGNE, P.G., XLVII - LXIII.
(b) Parciales. -- FIELD, Homilies in Matth. (Cambridge, 1839), 3 vols., el mejor texto actual reimpreso por MIGNE, LVII - LVIII; IDEM, Homilioe in omnes epistolas Pauli (Oxford, 1845-62), VII.
La última edición crítica de De Sacerdotio fue editada por NAIRN (Cambridge, 1906). Existen cerca de 54 ediciones completas (e cinco idiomas), 86 porciento ediciones especiales de De Sacerdotio (en doce idiomas), y la totalidad de las ediciones (completas y especiales) está largamente por sobre las 1000. Las ediciones más viejas son en Latín; de las cuales hay cuarenta y seis diferentes ediciones de incunables (de antes del año 1500) . Ver DIODORUS OF TARSUS, METETIUS OF ANTIOCH, ORIGENISTS, PALLADIUS, THEODORE OF MOPSUESTIA.
CHRYS. BAUR.
Transcrito por Mike Humphrey
Traducido por Luis Alberto Alvarez Bianchi

 

+++


De hombres, hechos, notas y acontecimientos de tal época para comprender, alumbrar e ilustrar el contexto:


SANTA OLIMPIA



Fue una gran matrona de Constantinopla: casada con Nebrino, prefecto de la ciudad, quedó viuda a los dos años, y desde entonces se consagró a vivir el cristianismo en toda su perfección.

Su vida fue escrita por San Juan Crisóstomo, que dice de ella: "Sus limosnas eran como un río abierto a todo el mundo, que corría hasta las extremidades de la tierra, cuya abundancia enriquecía el mismo océano".

La adhesión de la santa viuda a la causa de este gran doctor de la Iglesia, fue para ella una fuente de disgusto. El odio de la emperatriz la persiguió hasta confiscar sus bienes y desterrarla. Murió el año 410.


+++


 

SANTA OLIMPIA

 

Vida y bienes al servicio de la Iglesia

 

Javier Paredes. Hay santos que son más populares que otros, y seguro que las cosas no deberían ser así, porque no cabe pensar que en el Cielo se funcione como en el fútbol, con unos santos que son titulares y con otros que calientan el banquillo de los suplentes. Pues hoy la protagonista es una santa poco conocida como Santa Olimpia (366 +400-410ca.), porque su fiesta se celebra el 17 de diciembre. Pero que no sea muy popular, no quiere decir que su vida no haya sido extraordinaria y ejemplar.

 

Santa Olimpia pertenecía a una muy buena familia noble bizantina. Se casó con Nebridio, que era el prefecto de Constantinopla. Y muy pronto se quedó viuda. Era todavía muy joven y poseía una gran fortuna y aunque no le faltaron pretendientes, por lo de la edad y, sobre todo, por lo del dinero, decidió dedicar su vida y sus bienes al servicio de la Iglesia. Concretamente, Olimpia fue una gran ayuda para San Juan Crisóstomo.

 

Mejor suerte le hubiera cabido a Olimpia si en lugar de ayudar a San Juan Crisóstomo le hubiera reído las gracias a la emperatriz Eudoxia, una ególatra y esclava del lujo y las riquezas. La emperatriz se hizo levantar una estatua suya de plata junto a la catedral. Así es que por este y otros despropósitos, San Juan Crisóstomo denunció su conducta con estas palabras: "De nuevo Herodías delira; de nuevo se preocupa; danza otra vez; y de nuevo desea recibir la cabeza de Juan en una bandeja". Así a que a San Juan Crisóstomo, por dar pistas, Eudoxia le desterró. Y Olimpia corrió la misma suerte.

 

Eudoxia y Olimpia murieron casi a la vez. A la primera en la historia se la conoce como la nueva Jezabel y a la segunda se la venera como santa. La primera vivió y murió entre la abundancia de bienes. Santa Olimpia renunció a los muchos que tenía para ponerlos al servicio de la Iglesia. De Eudoxia no se conoce su paradero actual, de Olimpia sabemos que está en el Cielo.  XII. MMXIII

 

http://www.diarioya.es/content/vida-y-bienes-al-servicio-de-la-iglesia

 

 

 

+++


 

 

La Escuela de Alejandría es heredera de Orígenes, recogerá su pensamiento. Es fiel y constante en su manera de elaborar la teología, con unos rasgos comunes: la exégesis es fundamentalmente alegórica, tienden en a acentuar las tres hipóstasis o las tres personas en el Misterio de la Trinidad, y revalorizan la persona del Hijo; es decir, se acercan más a la divinización de Cristo. En general está dominado por una línea espiritualista y fácilmente desencarnada. Su escatología es antimilenarista, no creen que el juicio final sea sobre el primer milenio. Lo externo perderá importancia para estos autores.

La exégesis alegórica, empleada por los Padres alejandrinos, es aquella que trata de encontrar un significado oculto en los textos, busca alegorías y alegoriza los textos bíblicos. Se recrea creando comparaciones y segundos sentidos, que para ellos no son evidentes a simple vista. Este sistema alegórico cae fácilmente en exageraciones por lo que el exégeta se aleja del texto y le obliga a decir cosas que no dice. Van más allá del texto. Para nosotros arriesgan inventando interpretaciones, es un método muy sugerente de hermenéutica, aunque hoy no nos sea válido. Alejandría era muy amante de este tipo de interpretación, Orígenes lo fue. Es lógico, si pensamos en lo que significaba lo oculto, lo misterioso y esotérico en la cultura egipcia en la que estaban insertos.

Acentuarán mucho más las Tres Personas de la divinidad frente a su Unidad. En esta línea, valorarán muchísimo la naturaleza divina de Jesucristo, llegando a la exageración. La herejía monofisita, donde la naturaleza divina de Jesús absorbía su naturaleza humana es achacable a ellos. Rezuma su teología de un exceso notable de espiritualismo, quizás muy desencarnado, más preocupado de los cielos y las naturalezas que la realidad cotidiana.

La Escuela de Alejandría fue grande, conocedora de brillantes especulaciones teológicas; también se vió amenazada por la primeras grandes disputas dogmáticas. Es la patria de una gran escuela, pero también lo es de una herejía que se hizo fuerte durante mucho tiempo. Estamos hablando del "arrianismo".

Este arrianismo tuvo su origen en el sacerdote Arrio que llegó a conclusiones equivocadas y polémicas, por interpretar mal tanto el libro de los Hechos de los Apóstoles como al pensador Orígenes. La polémica de Arrio desembocó en el Concilio de Nicea del 325. La postura teológica de Arrio consistía en afirmar la naturaleza humana de Cristo, no divina. Los alejandrinos contestaron y se enfrentaron a Arrio por su doctrina: sin embargo, en su huída hacia oriente medio recibió algún apoyo de los antioquenos. Ahí está el primer conflicto cuya primera consecuencia la padecerá la Trinidad: Si Cristo no es divino, la Trinidad será una apariencia de tres personas que no serán personas reales y diferentes.

Con Arrio iniciamos una serie de autores alejandrinos que estuvieron presentes en la formación del pensamiento teológico y del dogma de esos siglos. Destaca entre sus representantes, por lo interesante y por su papel en el concilio de Nicea y Constantinopla: el escritor San Atanasio.

San Atanasio. Es un autor de primerísima línea. Conoce a los clásicos paganos a través de las antologías. Estudió derecho, por lo que en su obra aparece un cierto desprecio por la filosofía, que considera demasiado especulativa. De hecho es poco amigo de la cultura clásica. Es importante también en cuanto que recupera los valores autóctonos de lo copto, lo Egipcio.

Tiene gran cantidad de escritos, destacarán por su carácter apologético y dogmático las obras que escribe contra los paganos y contra los arrianos. En este sentido, llegó a tener tanta fama que luego se le atribuyeron muchos escritos de carácter dogmático que posiblemente no escribió. Tiene obras exegéticas muy interesantes como "salmos", "Cantar" o "Génesis". Además una obra de carácter ascético excepcional, que marcó la historia de la Iglesia. Me refiero a la "Vida de San Antonio" donde narra la vida de privaciones y tentaciones de este santo, considerado el primer ermitaño y monje de la historia, esta obra fue determinante para el auge del monacato años después. Escribe además un bueno número de cartas y sermones.

Políticamente San Atanasio representa la alianza de Roma con Alejandría, así como el conflicto entre la Iglesia y el Emperador. Atanasio sufrió hasta cinco destierros por el apoyo que hizo a la fórmula aprobada en Nicea. Lo encontramos en las antípodas teológicas de Arrio.

Hay también otros autores importantes de esta escuela, que despiertan nuestra curiosidad. Tenemos en primer lugar a Alejandro de Alejandría. Era Obispo cuando Arrio predicó sus ideas en su patriarcado. Defendió la fe cristiana contra Arrio y Melecio. Fue una figura clave en el Concilio de Nicea (325). San Atanasio fue diácono suyo en Nicea. Es interesante su autoridad frente a la actitud de Arrio.

Otro escritor muy curioso es Dídimo el ciego. Se coloca como continuador de Orígenes. Es sorprendente este hombre, ciego, pero con un conocimiento enciclopédico. Escribió muchísimo y tenía una memoria prodigiosa. Tuvo como alumnos, entre ellos a San Jerónimo y San Rufino. A pesar de su condición física influenció mucho en los padres de su tiempo. De una vida ascética, casi eremítica, recoge lo que debía ser un ejemplo de hombre sacrificado y sabio para otros padres.

Algo más desagradable es para nosotros hoy Teófilo de Alejandría. Fue sucesor en el patriarcado alejandrino de Atanasio. Se presenta como una figura agresiva, era un hombre violento y falto de escrúpulos. No careció de habilidad intelectual, dedicando su talento en acrecentar el poder de su sede. Se le considera uno de los perseguidores más ardorosos contra el paganismo en Egipto. Tampoco tuvo reparo en cambiar de bando en el asunto Orígenes, pasando de ser un defensor suyo a un atacante despiadado. Fue además uno de los perseguidores de San Juan Crisóstomo. Representa bien la época y el mundo en el que vivió.

Sorprendente este hombre, Sinesio de Cirene. Fue neoplatónico, pero ocupó la sede de Alejandría. Pertenecía al neoplatonismo, y continuó en él a pesar de ser obispo; no obstante, en sus escritos cuando habla de teología no apreciamos heterodoxia alguna. Se le quiso nombrar obispo por el gran prestigio que despertaba, de hecho se bautizó en el momento de ser ordenado Obispo. El puso tres condiciones para ocupar la sede de Alejandría: que respetaran y le dejaran en su neoplatonismo, que pudiera mantener su fe en una resurrección alegórico simbólica y que pudiera seguir viviendo con su mujer. Accedieron y no fue mal Obispo, gobernó con sentido de la justicia y de la paz.

Es interesante este escritor Cirilo de Alejandría. Fue sucesor de Teófilo en la sede de Alejandría. Este patriarca, está vinculado a la controversia cristológica que llevó al Concilio de Éfeso (431) y a la condena del patriarca de Constantinopla Nestorio. De hecho su aportación, que no fue del todo original, es importante para la historia eclesiástica y dogmática.

 

+++

 

 

BIBLIOGRAFÍA: INTRODUCCIÓN A LA HISTORIA DE LA IGLESIA DESDE LA PATROLOGÍA.

* DENZINGER. El Magisterio de la Iglesia. Ed. Herder.
Denzinger recogió lo esencial de los documentos pertenecientes al Magisterio de la Iglesia, que ésta había elaborado durante sus dos mil años de existencia. Organizó esos textos en éste volumen, cuyo cuerpo central lo forman los documentos de los Papas y de los Concilios. Se incorpora además en esta obra, con mucha utilidad, un índice escriturístico, otro sistemático y un tercero alfabético.
La importancia de esta obra ha sido tal para el estudio de la teología contemporánea que desconocerlo es quedar fuera de juego, dado que se suele citar muy a menudo. La forma de hacerlo es indicando el número que tienen al margen. Ejemplo: DZ 899, buscaremos su número en el margen, comprobando que pertenece al Concilio de Trento,... ).
Junto con este Denzinger hay otras ediciones posteriores que se citan de manera distinta, como (DS 5), no coincide la numeración de uno y de otro. Son diferentes DZ de DS. Ambas en todo caso son muy mencionadas y responden a la necesidad del teólogo de disponer del magisterio de la Iglesia de una forma fácil y cercana. Es un libro indispensable en la biblioteca de un teólogo. La ultima edición es del 2000, Ed. Herder y la realiza Denzinger con Hünermann. Se titula: "El Magisterio de la Iglesia. Enchiridion symbolorum definitionum et declarationum de rebus fidei et morum."
Estos textos son un resumen del Magisterio, que en su totalidad está en una colección de numerosos tomos (de tamaño colosal) denominada Mansi. La colección Mansi se encuentra más bien en Bibliotecas especializadas.

* QUASTEN, Johannes: Patrología. Instituto Patrístico Agustinianum y Angelo di Berardino Volumen I, II, III y IV. Editorial BAC.
Se trata de la más interesante y conocida colección de libros de patrología. Trata de los padres, habla sobre sus vidas, introduce textos de una manera fragmentada, y ofrece un magnífico aparato crítico. Son buenos manuales pensados para el teólogo. Son obras que han ido saliendo desde los años 50 hasta nuestros días conociendo constantes reediciones.
El volumen primero trata de la patrología hasta el concilio de Nicea. El volumen segundo habla de la edad de oro de la patrística griega. El volumen tercero sobre la edad de oro de la patrística latina. El cuarto volumen sobre los padres latinos desde el 451 hasta Beda.
Los dos primeros los escribió Quasten, el tercero lo escribió el Instituto Agustinianum, el último ha salido no hace muchos años y lo redactó Berardino.

* TREVIJANO, R: Patrología. Editorial BAC Manuales de Teología, Colección Sapientia Fidei.
Está bien, por tratarse de un resumen, sin embargo, no tiene la riqueza y análisis de Quasten. Por el contrario estamos ante una obra más actualizada.

El problema que tenemos para estudiar a los padres de la iglesia es el acceso a sus textos originales. Tendremos que aplicar en alguna ocasión las técnicas que usamos también para Sagrada Escritura, con el método histórico-crítico. El segundo problema es que no siempre disponemos de ediciones traducidas y con buenos comentarios en castellano. En otros países de nuestro entorno, el interés por la patrología hace que esté más traducido en colecciones de lengua francesa, inglesa, italiana o alemana. En castellano se han editado de manera intermitente.

* MIGNE. Se trata de la colección que recoge a los padres de la iglesia separando a los griegos de los latinos, también aparte están los siríacos y orientales. Están en el original griego o latín, siríaco, y son muy útiles para la investigación. Alargan a los padres hasta bien entrado el medievo en algunos casos. No es una colección crítica, por lo que se han ido editando también colecciones críticas de estos textos. Hablamos del CSEL, CCL, CGS,...etc.

* BIBLIOTECA AUTORES CRISTIANOS. En castellano no hay grandes colecciones, como hay en otros idiomas. La editorial Biblioteca de Autores Cristianos (BAC) tiene algo más en cuenta la patrología, facilitando los textos de algunas épocas. Los Padres apostólicos y apologistas están traducidos, aunque faltan algunos Padres que no están en estas ediciones. San Agustín está también traducido y estudiado con interesantes ediciones críticas en la BAC.

* BIBLIOTECA DE PATRISTICA. Editorial Ciudad Nueva. Esta colección, con no muchos años de desarrollo, pero con mucho interés y dedicación está cubriendo una laguna ocupada antes por Nebli, y otras colecciones. Tiene una función divulgativa y es interesante su recopilación de patrología.

Hay que señalar que poco a poco van apareciendo más colecciones de patrística, editándose y traduciéndose obras. También son numerosas las revistas dedicadas, ex profeso, a la patrología. Estas colecciones y manuales tienen la desventaja de no introducir convenientemente al escritor en su momento histórico. Para completarlo con buenas colecciones de historia de la Iglesia recomendamos lo siguiente:

* NUEVA HISTORIA DE LA IGLESIA. Ed. Cristiandad. 5 vol. Madrid 82. Se trata de cinco volúmenes de historia de la Iglesia. Es interesante en este estudio el volumen primero, que abarca los orígenes hasta San Gregorio Magno. Este volumen está además escrito por Danielou y Marrou. Dos autoridades en la materia de la historia y de los Padres.


* HISTORIA DE LA IGLESIA. J. Lorz. Ed Cristiandad. Madrid 82. Se trata de dos volúmenes sobre la historia de la iglesia. Busca más poner de manifiesto lo cultural y el pensamiento de las diferentes épocas. Bastante interesante.

* HISTORIA DE LOS CONCILIOS. Interesante libro que hace una lectura de los concilios, antecedentes y desarrollo del mismo. Puede ser imprescindible para encajar y entender mejor cada concilio por separado, dejando aparte las controversias teológicas.

* HISTORIA DEL DOGMA. Schmaus. Se trata de una interesante colección de libros escritos desde la teología alemana. Recogen de manera magnífica la evolución del dogma.

* PARA LEER LA HISTORIA DE LA IGLESIA. DE LOS ORIGENES AL SIGLO XV. Jean Combiy. Ed Verbo Divino 85.
o Este texto es de muy sencillo. Es un resumen de la historia de la iglesia, con las cuestiones más esenciales. Separa la patrología de los Concilios en este periodo. Es un libro para introducir a los profanos en estas materias, está escrito incorporando algunos recursos didácticos, cuadros, esquemas, tablas cronológicas,... etc.

http://es.geocities.com/cursoteologia/cap/cap0302.htm

 

+++

 

Historia de los Concilios La Iglesia de los primeros tiempos y desde siempre se ha reunido para tratar de resolver las divergencias teológicas. En estos primeros siglos, los Concilios constituyen la base de los cristianos de hoy. Sólo el Concilio Vaticano II se hizo con una intención diferente. Era un concilio pastoral y no dogmático. Los cinco primeros Concilios Ecuménicos son comunes y están aceptados por reformados, ortodoxos y católicos.

 

 

+++

 

 

Decreto «Presbyterorum Ordinis» | Fuente: Concilio Vaticano II
Distribución de los presbíteros y vocaciones sacerdotales

 

Atención de los presbíteros a las vocaciones sacerdotales

 

10. El don espiritual que recibieron los presbíteros en la ordenación no los dispone para una misión limitada y restringida, sino para una misión amplísima y universal de salvación "hasta los extremos de la tierra" (Act., 1, 8), porque cualquier ministerio sacerdotal participa de la misma amplitud universal de la misión confiada por Cristo a los apóstoles. Pues el sacerdocio de Cristo, de cuya plenitud participan verdaderamente los presbíteros, se dirige por necesidad a todos los pueblos y a todos los tiempos, y no se coarta por límites de sangre, de nación o de edad, como ya se significa de una manera misteriosa en la figura de Melquisedec[82]. Piensen, por tanto, los presbíteros que deben llevar en el corazón la solicitud de todas las iglesias. Por lo cual, los presbíteros de las diócesis más ricas en vocaciones han de mostrarse gustosamente dispuestos a ejercer su ministerio, con el beneplácito o el ruego del propio ordinario, en las regiones, misiones u obras afectadas por la carencia de clero.

Revísense además las normas sobre la incardinación y excardinación, de forma que, permaneciendo firme esta antigua disposición, respondan mejor a las necesidades pastorales del tiempo. Y donde lo exija la consideración del apostolado, háganse más factibles, no sólo la conveniente distribución de los presbíteros, sino también las obras pastorales peculiares a los diversos grupos sociales que hay que llevar a cabo en alguna región o nación, o en cualquier parte de la tierra. Para ello, pues, pueden establecerse útilmente algunos seminarios internacionales, diócesis peculiares o prelaturas personales y otras providencias por el estilo, en las que puedan entrar o incardinarse los presbíteros para el bien común de toda la Iglesia, según módulos que hay que determinar para cada caso, quedando siempre a salvo los derechos de los ordinarios del lugar.

Sin embargo, en cuanto sea posible, no se envíen aislados los presbíteros a una región nueva, sobre todo si aún no conocen bien la lengua y las costumbres, sino de dos en dos, o de tres en tres, a la manera de los discípulos de Cristo[83], para que se ayuden mutuamente. Es necesario también prestar un cuidado exquisito a su vida espiritual y a su salud de la mente y del cuerpo; y en cuanto sea posible, prepárense para ellos lugares y condiciones de trabajo conformes con la idiosincrasia de cada uno. Es también muy conveniente que todos los que se dirigen a una nueva nación procuren conocer cabalmente, no sólo la lengua de aquel lugar, sino también la índole psicológica y social característica de aquel pueblo al que quieren servir humildemente, uniéndose con él cuanto mejor puedan, de forma que imiten el ejemplo del apóstol Pablo, que pudo decir de sí mismo: "Pues siendo del todo libre, me hice siervo de todos, para ganarlos a todos. Y me hago judío con los judíos, para ganar a los judíos" (1 Cor., 9, 19-20).


Atención de los presbíteros a las vocaciones sacerdotales

11. El Pastor y Obispo de nuestras almas[84] constituyó su Iglesia de forma que el Pueblo que eligió y adquirió con su sangre[85] debía tener sus sacerdotes siempre, y hasta el fin del mundo, para que los cristianos no estuvieran nunca como ovejas sin pastor[86]. Conociendo los apóstoles este deseo de Cristo, por inspiración del Espíritu Santo, pensaron que era obligación suya elegir ministros "capaces de enseñar a otros" (2 Tim., 2, 2). Oficio que ciertamente pertenece a la misión sacerdotal misma, por lo que el presbítero participa en verdad de la solicitud de toda la Iglesia para que no falten nunca operarios al Pueblo de Dios aquí en la tierra. Pero, ya que "hay una causa común entre el piloto de la nave y el navío..."[87], enséñese a todo el pueblo cristiano que tiene obligación de cooperar de diversas maneras, por la oración perseverante y por otros medios que estén a su alcance[88], a fin de que la Iglesia tenga siempre los sacerdotes necesarios para cumplir su misión divina. Ante todo, preocúpense los presbíteros de exponer a los fieles, por el ministerio de la palabra y con el testimonio propio de su vida, que manifieste abiertamente el espíritu de servicio y el verdadero gozo pascual, la excelencia y necesidad del sacerdocio; y de ayudar a los que prudentemente juzgaren idóneos para tan gran ministerio, sean jóvenes o adultos, sin escatimar preocupaciones ni molestias, para que se preparen convenientemente y, por tanto, puedan ser llamados algún día por el obispo, salva la libertad interna y externa de los candidatos. Para lograr este fin es muy importante la diligente y prudente dirección espiritual. Los padres y los maestros, y todos aquellos a quienes atañe de cualquier manera la formación de los niños y de los jóvenes, edúquenlos de forma que, conociendo la solicitud del Señor por su rebaño y considerando las necesidades de la Iglesia, estén preparados a responder generosamente con el profeta al Señor, si los llama: "Heme aquí, envíame" (Is., 6, 8). No hay, sin embargo, que esperar que esta voz del Señor que llama llegue a los oídos del futuro presbítero de una forma extraordinaria. Más bien hay que captarla y juzgarla por las señales ordinarias con que a diario conocen la voluntad de Dios los cristianos prudentes; señales que los presbíteros deben considerar con mucha atención[89].

A ellos se recomienda encarecidamente las obras de las vocaciones, ya diocesanas, ya nacionales[90]. Es necesario que en la predicación, en la catequesis, en la prensa se declaren elocuentemente las necesidades de la Iglesia, tanto local como universal; se expongan a la luz del día el sentido y la dignidad del ministerio sacerdotal, puesto que en él se entreveran tantos trabajos con tantas satisfacciones, y en el cual, sobre todo, como enseñan los padres, puede darse a Cristo el máximo testimonio del amor[91].


Notas

[82] Cf. Hb., 7, 3.
[83] Cf. Lc., 10, 1.
[84] Cf. 1 Pedr., 2, 25.
[85] Cf. Act., 20, 28.
[86] Cf. Mt., 9, 36.
[87] Pontificale Romanum, Ordenación del presbítero.
[88] Cf. Conc. Vat. II, Decr. De institutione Sacerdotali, n. 2.
[89] Cf. Pablo VI, Exhortatio, habida el 5 de mayo de 1965: L´Osservatore Romano, 6-V-65, p. 1: "La voz de Dios que llama se expresa de dos formas diversas, maravillosas y convergentes: una interior, la de la gracia, la del Espíritu Santo, la de la inefable atracción interior de la "voz silenciosa" y potente del Señor ejercida en las insondables profundidades del alma humana, y otra exterior, humana, sensible, social, jurídica, concreta, la del ministro cualificado de la palabra de Dios, la del apóstol, la de la jerarquía, instrumento indispensable instituido y querido por Cristo, como vehículo encargado de traducir en lenguaje experimental el mensaje del Verbo y del precepto divino. Así enseña con S. Pablo la doctrina católica: ¿Cómo oirán, si no hay quien les predique?... La fe viene por la predicación" (Rom., 14 y 17).
[90] Cf. Conc. Vat. II, Decreto sobre la Formación sacerdotal, n. 2.
[91] Esto enseñan los padres cuando explican las palabras de Cristo a Pedro: "¿Me amas...? Apacienta mis ovejas" (Jn., 21, 17); así S. Juan Crisóstomo, De Sacerdotio, II, 1-2; PG 47-48, 633; San Gregorio Magno, Reg.
Past. Liber, P. I., c. 5: PL 77, 19 a.

 

+++

 

 

 

EL ESPÍRITU SANTO EN LOS PADRES DE

LA IGLESIA (15) SAN JUAN CRISÓSTOMO

 

 

De las homilías de san Juan Crisóstomo, obispo, sobre el evangelio de san Juan (Homilía 19,1: PG 59,120-121):
Andrés, después de permanecer con Jesús y de aprender de él 
muchas cosas, no escondió el tesoro para sí solo, sino que corrió 
presuroso en busca de su hermano, para hacerle partícipe de su 
descubrimiento. Fíjate en lo que dice a su hermano : Hemos 
encontrado al Mesías, que significa Cristo. ¿Ves de qué manera 
manifiesta todo lo que había aprendido en tan breve espacio de 
tiempo? Pues, por, por una parte, manifiesta el poder del Maestro, 
que les ha convencido de esto mismo, y, por otra, el interés y la 
aplicación de los discípulos, quienes ya desde el principio se 
preocupaban de estas cosas. Son las palabras de un alma que 
desea ardientemente la venida del Señor, que espera al que 
vendrá del cielo, que exulta de gozo cuando se ha manifestado y. 
que se apresura a comunicar a los demás tan excelsa noticia. 
Comunicarse mutuamente las cosas espirituales es señal de amor 
fraterno, de entrañable parentesco y de sincero afecto.Pero 
advierte también, y ya desde el principio la actitud dócil y sencilla de 
Pedro. Acude sin tardanza: Y lo llevó a Jesús, afirma el evangelio. 
Pero que nadie lo acuse de ligereza por aceptar el anuncio sin una 
detenida consideración. Lo más probable es que su hermano le 
contase más cosas detalladamente, pues los evangelistas resumen 
muchas veces los hechos, por razones de brevedad. Además, no 
afirma que Pedro creyera al momento, sino que lo llevó a Jesús, y a 
él se lo confió, para que del mismo Jesús aprendiera todas las 
cosas. Pues había también otro discípulo que tenía los mismos 
sentimientos.Si Juan Bautista, cuando afirma: Éste es el Cordero, y: 
Bautiza con Espíritu Santo, deja que sea Cristo mismo quien 
exponga con mayor claridad estas verdades, mucho más hizo 
Andrés, quien, no juzgándose capaz para explicarlo todo, condujo a 
su hermano a la misma fuente luz, tan contento y presuroso, que su 
hermano no ni un instante en acudir a ella. 
........................

 

 



De las homilías de san Juan Crisóstomo, obispo (Suplemento, 
Homilía 6 sobre la oración: PG 64, 462-466):

El sumo bien está en la plegaria y en el diálogo con Dios, porque 
equivale a una íntima unión con él: y así como los ojos del cuerpo 
se iluminan cuando contemplan la luz, así también el alma dirigida 
hacia Dios se ilumina con su inefable luz. Una plegaria, por 
supuesto, que no sea de rutina, sino hecha de corazón; que no 
esté limitada a un tiempo concreto o a unas horas determinadas, 
sino que se prolongue día y noche sin interrupción.

Conviene, en efecto, que elevemos la mente a Dios no sólo 
cuando nos dedicamos expresamente a la oración, sino también 
cuando atendemos a otras ocupaciones, como el cuidado de los 
pobres o las útiles tareas de la munificencia, en todas las cuales 
debemos mezclar el anhelo y el recuerdo de Dios, de modo que 
todas nuestras obras, como si estuvieran condimentadas con la sal 
del amor de Dios, se conviertan en un alimento dulcísimo para el 
Señor. Pero sólo podremos disfrutar perpetuamente de la 
abundancia que de Dios brota, si le dedicamos mucho tiempo.

La oración es luz del alma, verdadero conocimiento de Dios, 
mediadora entre Dios y los hombres. Hace que el alma se eleve 
hasta el cielo y abrace a Dios con inefables abrazos, apeteciendo la 
leche divina, como el niño que, llorando, llama a su madre; por la 
oración, el alma expone sus propios deseos y recibe dones mejores 
que toda la naturaleza visible.

Pues la oración se presenta ante Dios como venerable 
intermediaria, alegra nuestro espíritu y tranquiliza sus afectos. Me 
estoy refiriendo a la oración de verdad, no a las simples palabras: 
la oración que es un deseo de Dios, una inefable piedad, no 
otorgada por los hombres, sino concedida por la gracia divina, de la 
que también dice el Apóstol: Nosotros no sabemos pedir lo que nos 
conviene, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con 
gemidos inefables.

El don de semejante súplica, cuando Dios lo otorga a alguien, es 
una riqueza inagotable y un alimento celestial que satura el alma; 
quien lo saborea se enciende en un deseo indeficiente del Señor, 
como en un fuego ardiente que inflama su alma.

Cuando quieras reconstruir en ti aquella morada que Dios se 
edificó en el primer hombre, adórnate con la modestia y la humildad 
y hazte resplandeciente con la luz de la justicia; decora tu ser con 
buenas obras, como con oro acrisolado, y embellécelo con la fe y la 
grandeza de alma, a manera de muros y piedras; y, por encima de 
todo, como quien pone la cúspide para coronar un edificio, coloca 
la oración, a fin de preparar a Dios una casa perfecta y poderle 
recibir en ella como si fuera una mansión regia y espléndida, ya 
que, por la gracia divina, es como si poseyeras la misma imagen de 
Dios colocada en el templo del alma. 
........................

 

 


De las catequesis de san Juan Crisóstomo, obispo (Catequesis 3, 
24-27: SC 50,165-167):

Los judíos pudieron contemplar milagros. Tú los verás también, y 
más grandes todavía, más fulgurantes que cuando los judíos 
salieron de Egipto. No viste al Faraón ahogado con sus ejércitos, 
pero has visto al demonio sumergido con los suyos. Los judíos 
traspasaron el mar; tú has traspasado la muerte. Ellos se liberaron 
de los egipcios; tú te has visto libre del maligno. Ellos escaparon de 
la esclavitud en un país extranjero; tú has huido de la esclavitud del 
pecado, mucho más penosa todavía.

Quieres conocer de otra manera cómo has sido honrado con 
mayores favores? Los judíos no pudieron, entonces, mirar de frente 
el rostro glorificado de Moisés, siendo así que no era más que un 
hombre al servicio del mismo Señor que ellos; tú, en cambio, has 
visto el rostro de Cristo en su gloria. Y Pablo afirma: Nosotros 
todos, que llevamos la cara descubierta, reflejamos la gloria del 
Señor.

Ellos tenían entonces a Cristo que los seguía; con mucha más 
razón; nos sigue él ahora. Porque, entonces, el Señor los 
acompañaba en atención a Moisés; a nosotros, en cambio, no nos 
acompaña solamente en atención a Moisés, sino también por 
nuestra propia docilidad. Para los judíos, después de Egipto, 
estaba el desierto; para ti, después del éxodo de esta vida, está el 
cielo. Ellos tenían, en la persona de Moisés, un guía y un jefe 
excelente; nosotros tenemos otro Moisés, Dios mismo, que nos guía 
y nos gobierna.

Cuál era, en efecto, la característica de Moisés? Moisés -dice la 
Escritura- era el hombre más sufrido del mundo. Pues bien, esta 
cualidad puede muy bien atribuírsele a nuestro Moisés, ya que se 
encuentra asistido por el dulcísimo Espíritu que le es íntimamente 
consubstancial. Moisés levantó, en aquel tiempo, sus manos hacia 
el cielo e hizo descender el pan de los ángeles, el maná; nuestro 
Moisés levanta hacia el cielo sus manos y nos consigue un alimento 
eterno. Aquél golpeó la roca e hizo correr un manantial; éste toca la 
mesa, golpea la mesa espiritual y hace que broten las aguas del 
Espíritu. Por esta razón, la mesa se halla situada en medio, como 
una fuente, con el fin de que los rebaños puedan, desde cualquier 
parte, afluir a ella y abrevarse con sus corrientes salvadoras.

Puesto que tenemos a nuestra disposición una fuente semejante, 
un manantial de vida como éste, y puesto que la mesa rebosa de 
bienes innumerables y nos inunda de espirituales favores, 
acerquémonos con un corazón sincero y una conciencia pura, a fin 
de recibir gracia y piedad que nos socorran en el momento 
oportuno. Por la gracia y la misericordia del Hijo único de Dios, 
nuestro Señor y salvador Jesucristo, por quien sean dados al 
Padre, con el Espíritu Santo, gloria, honor y poder, ahora y siempre 
y por los siglos de los siglos. Amén. 
........................

 

 


De las catequesis de san Juan Crisóstomo, obispo (Catequesis 3, 
13-19: SC 50, 174-177):

¿Quieres saber el valor de la sangre de Cristo? Remontémonos a 
las figuras que la profetizaron y recorramos las antiguas Escrituras
Inmolad -dice Moisés- un cordero de un año; tomad su sangre y 
rociad las dos jambas y el dintel de la casa. ´¿Qué dices, Moisés? 
La sangre de un cordero irracional, ¿puede salvar a los hombres 
dotados de razón? ´Sin duda -responde Moisés-: no porque se trate 
de sangre, sino porque en esta sangre se contiene una profecía de 
la sangre del Señor.
Si hoy, pues, el enemigo, en lugar de ver las puertas rociadas 
con sangre simbólica, ve brillar en los labios de los fieles, puertas 
de los templos de Cristo, la sangre del verdadero Cordero, huirá 
todavía más lejos.
¿Deseas descubrir aún por otro medio el valor de esta sangre? 
Mira de dónde brotó y cuál sea su fuente. Empezó a brotar de la 
misma cruz y su fuente fue el costado del Señor. Pues muerto ya el 
Señor, dice el Evangelio, uno de los soldados se acercó con la 
lanza y le traspasó el costado, y al punto salió agua y sangre: agua, 
como símbolo del bautismo; sangre, como figura de la eucaristía. El 
soldado le traspasó el costado, abrió una brecha en el muro del 
templo santo, y yo encuentro el tesoro escondido y me alegro con 
la riqueza hallada. Esto fue lo que ocurrió con el cordero: los judíos 
sacrificaron el cordero, recibo el fruto del sacrificio.
Del costado salió sangre y agua. No quiero, amable oyente, que 
pases con indiferencia ante tan gran misterio pues me falta 
explicarte aún otra interpretación mística. He dicho que esta agua y 
esta sangre eran símbolos bautismo y de la eucaristía. Pues bien, 
con estos dos sacramentos se edifica la Iglesia: con el agua de la 
regeneración y con la renovación del Espíritu Santo, es decir, con 
el bautismo y la eucaristía, que han brotado ambas del costado. Del 
costado de Jesús se formó, pues, la Iglesia, como del costado de 
Adán fue formada Eva.
Por esta misma razón, afirma san Pablo: Somos miembros de su 
cuerpo, formados de sus huesos, aludiendo ello al costado de 
Cristo. Pues del mismo modo que hizo a la mujer del costado de 
Adán, de igual manera Jesucristo nos dio el agua y la sangre salida 
de su costado para edificar la Iglesia. Y de la misma manera que 
entonces Dios tomó la costilla de Adán, mientras éste dormía así 
también nos dio el agua y la sangre después que Cristo hubo 
muerto.
Mirad de qué manera Cristo se ha unido a su esposa, considerad 
con qué alimento la nutre. Con un mismo alimento hemos nacido y 
nos alimentamos. De la misma manera que la mujer se siente 
impulsada por su misma naturaleza a alimentar con su propia 
sangre y con leche a aquel a quien ha dado a luz, así también 
Cristo alimenta siempre con su sangre a aquellos a quienes él 
mismo ha hecho renacer. 

  

+++

 

 

 

SAN JUAN CRISÓSTOMO, DOCTOR

 

(† 407)

La figura de este Santo nada debe a la fábula. Juan Crisóstomo entra en la historia, antes que en la hagiografía, y, desde luego, mucho antes que en la leyenda. Por dicha, a poco de su muerte, un auténtico historiador, Palladius, escribe el célebre Dialogus de vita Chrysostomi. A ese mismo tiempo pertenece un Panegírico, que se muestra muy imparcial y objetivo. A su vez, los historiadores del siglo V, Sócrates y Sozomeno transmitieron preciosas noticias acerca de él. Luego, en el siglo VI, viene la leyenda. Pero la figura del Crisóstomo está ya definida y fija. Las falsas aureolas no lograrán desdibujaría.

Juan, hacia el 344, en Antioquía, es fruto de un guerrero y un asceta. Segundo. Magíster mílitum Orientis, debió transmitirle aquel bélico ardor que luego, celestializado, él hubo de desplegar en santas batallas. Su madre le comunicó más ricos tesoros. Antusa, en el frescor de sus veinte años, adórnase ya con el crespón de su viudez. Y se concentra, toda, en el hacimiento pleno, físico y espiritual. de su hijo. Dióle un maestro de filosofía, Andragacio, y uno de retórica, Libanio, lumbre de Antioquía. Pero le dio, sobre todo, a Cristo; Libanio, prendado de su discípulo, soñó con dejarle por sucesor suyo en su escuela. Pero Juan advirtió, en seguida, que el bloque inflamado de sus entusiasmos no cabria a discurrir por los cauces fríos y mezquinos de la retórica pagana. Tomó el periodo, tomó el tropo, tomó el hipérbaton..., y se los guardó en el cofre, pulido y aromado, para, un día, tornarlos a lo divino. Hacia el 369 - veintidós exuberantes años - hácese bautizar por Melecio de Antioquía. Libanio, al saberlo, pensó y acertó que Antusa se lo había robado. Y clamo: "¡Dioses de la Grecia! ¡Qué mujeres hay entre los cristianos!"

El bautismo fue, en el espíritu de Juan, una inundación de cristianismo pleno, de evangelio puro. Y porque fue esto, fue un tirón hacia el recio ascetismo, hacia el desierto. Juan quiere, de verdad, vivir su bautismo. Por eso, se resuelve a vivir una vida-muerte. Por otra parte, el siglo IV es la triunfal alborada en que se abre la rosa, púrpura, del monaquismo oriental. El ambiente de Antioquía arde en fiebre de desierto. Juan, pues, quiere ser asceta, penitente, solitario, Pero, ahora, es su madre el obstáculo que se le atraviesa en el camino. Antusa toma a su hijo de la mano y le lleva junto al lecho en que le dio a luz. Y le pide, temblorosa, que no quiera causarle una segunda viudez, Juan, que es ya todo corazón, déjase vencer de las lágrimas de su madre y abandona sus planes de soledad.

Pero la soledad es menos sueño de él que plan de Dios sobre él. El que tanto había de hablar a los hombres tenía que hablar mucho primero, a solas, con Dios. La boca que había de ser torrente y cascada, debía, ante todo, llenarse de inefables silencios. El futuro reformador y moralista debía empezar por flagelar su cuerpo y crucificarse a si mismo. La fama de santidad de aquel joven habíase desbordado de Antioquía y había llegado lejos. Un día, acercósele su gran amigo Basilio. Venía a decirle que a los dos querían hacerlos obispos. En el siglo IV era habitual la intervención del pueblo en la designación de sus Pastores. Juan se estremeció. Y, mientras lograba de su amigo que aceptase la carga, él huyó a su amada soledad. El gesto de Juan fue bellísimo. Pero no sé si no es más bello el poema en que él mismo lo celebró. Su tratado De sacerdotio, escrito en la lobreguez de su cueva, vino a explicar su negativa a aceptar el episcopado y la conveniencia de que su amigo lo aceptara. Ya, pues, está Juan en su soledad. En un apartado monte, no lejos de Antioquía. Primero, cuatro años en una ermita, bajo la espiritual dirección de un viejo monje. Luego, otros dos, en una quiebra de la montaña. Largas oraciones. Ayunos extenuantes. Las púas del cilicio son espinas en la rosa ensangrentada de su carne. Las penitencias calcinan su cuerpo. Juan está, con Cristo, crucificado.

Hasta que Dios vio que aquel hombre estaba ya apto para las altas empresas que le aguardaban. Envióle - divino pretexto - una enfermedad, que amenazó acabar con él, en sU cueva. Y Juan no tuvo otro remedio sino volverse a la ciudad.

En 381 es ordenado diácono por el obispo Melecio. Surge, entonces, el escritor. Durante cinco años Juan mueve la pluma en defensa de la Iglesia, del monacato, de la virginidad. Escritos bellísimos, literariamente; hijos, en la forma, del gusto literario que Libanio le comunicara. Pero, sobre todo, sus páginas rezuman una sabrosa y cordial espiritualidad. En 386, Flaviano, sucesor de Melecio, ordénale sacerdote y le encomienda la predicación en la ciudad. Y ahora sí que, por sobre el ermitaño, por sobre el escritor, descúbrese, de repente, y descuella otro Juan. El Juan predicador, digamos, el Crisóstomo.

Es entonces Antioquía una gran ciudad, bella y rica. El historiador pagano Amiano Marcelino llámala Odentis apex pulcher. Pero, religiosamente, es un conglomerado de cristianos, paganos y judíos; moralmente es víctima de una desaforada corrupción. En este ambiente, por doce años, desbórdase, día tras día, de la boca de Juan un impetuoso torrente. La predicación más amada del Crisóstomo - llamémosle ya así, aunque hasta el siglo VI no se le otorga este título- es la homilía. La homilía exegética. Setenta y seis sobre el Génesis. Muchas sobre los Salmos. Varias sobre el libro de Job. Sobre el de los Proverbios. Sobre los Profetas. Noventa sobre San Mateo. Siete sobre San Lucas. Ochenta y ocho sobre San Juan. Cincuenta y cinco sobre los Hechos de los Apóstoles. Innumerables sobre las cartas de San Pablo... Todo ese inmenso caudal ha llegado hasta nosotros. Además, otro centenar, largo, de sermones, cuyo argumento no es, directamente, la explicación de la Sagrada Escritura, sino los más diversos temas. En fin, un mar estuante; un mundo, de estrellas y de soles, de sagrada elocuencia.

Ni es lo más importante la magnitud. Lo que, en verdad, maravilla es la calidad, el metal de esta soberana predicación. Compárasele al Crisóstomo con Demóstenes, con Cicerón. Cierto, Demóstenes tiene una elocuencia más fastuosa; Cicerón es más rotundo, más grandilocuente. Pero Crisóstomo tiene méritos inigualables. Aun como orador humano. Su palabra es prodigiosamente fácil y movida. Brota de su boca, rápida y alada, en admirables improvisaciones. Coloréala una pasión cordial, que, al mismo tiempo, la inflama. Su lengua no vibra, arde. Y hace arder. En voz alta, habla él solo. Pero, en lo íntimo, hay, entre él y sus oyentes, un diálogo no menos elocuente que su propia voz.

Mas en lo que él no tiene par es en los quilates de su elocuencia, como predicador sagrado. Y, acaso, en este aspecto, su mérito más inapreciable es el haber sabido escoger la materia fundamental que escogió para su predicación: la Sagrada Escritura, Supremo acierto. A base de él, tócale al predicador de Antioquía la gloria, exclusiva suya, de haber logrado transportar, año tras año, homilía tras homilía, la Escritura divina, todo, en bloque, al alma y a la vida de sus cristianos, más aún, al alma y a la vida de la ciudad entera. Y viene luego su personal manera de predicar. Exegeta él de la Sagrada Escritura, podría pensarse que su oratoria fuese puramente intelectualista y erudita, despegada de la realidad. Todo lo contrario. Juan Crisóstomo es un conductor de almas. Un misionero. Un reformador de las costumbres. Por eso, su elocuencia, continuamente, desde las alturas de la exégesis, desciende, rápida como un águila. a las realidades de la vida. Enfréntase, enardecido, con el vicio, con el abuso, y lo fustiga, implacable. Truena, terrible. O se exalta ante la virtud. ¡Ah! Pero siempre, siempre, el discurso que brota de su boca, cae sobre el auditorio, caliente y ungido, como la llama de una gran lámpara de oro. Al fin, la fuente de donde mana no es sino hontanar de amor: su corazón. ¡Oh! ¡Su corazón! Si nos fuera lícito jugar un poco con la frase - y a él le gusta, de seguro, el juego - diríamos:

Cor Christi, cor Pauli; cor Ioannis...

Por todo esto, es preciso confesar que, como predicador del pueblo cristiano, es incomparable. Con uno solo admitiría el parangón: con San Agustín. Pero Agustín es mucho más teórico que él. Juan Crisóstomo es el orador de la acción, del dinamismo. Por eso al de Hipona le basta su Breviloquium. El Crisóstomo necesita toda la fuerza de su exuberante oratoria, de sus homilías de una hora, de dos horas.

Y es así siempre este predicador prodigioso. Pero, a veces, los hechos le sirven de ocasión para excederse a si mismo. Por ejemplo, la coyuntura de las estatuas. En los comienzos del 387, el emperador Teodosio impuso a la ciudad un tributo, que pareció injusto. El populacho, desenfrenado, derribó las estatuas del emperador, de su padre, de sus hijos y de su difunta esposa Flacila. Recobrada la calma, Antioquía se estremeció amedrentada. El castigo habría de ser terrible. Llegaron, en efecto, los delegados del emperador y comenzó la justicia..., o la venganza. El viejo obispo Flaviano partió para Constantinopla, y el día de Pascua tomó con el perdón... Pero, hasta entonces..., turbas alocadas, rebeliones, desafueros, miedos, terrores, estrépito de juicios. Al fin, el paroxismo de la alegría final. Y, sobre este aborrascado piélago, la voz poderosa del predicador. Una voz que increpa, que amenaza, que anima, que consuela; que sobrenaturaliza. Y una voz, que ella sola, y solo ella, domina las olas y los huracanes. Las veintiuna homilías De signes, pronunciadas durante aquella tempestad por el Crisóstomo, son, en verdad, un milagro de elocuencia.

Pero Juan no era sólo un predicador. Y, convenía - le convenía a Dios y les interesaba a los hombres que apareciera todo el hombre que en su fondo alentaba.

La voz del Crisóstomo resonaba por todo el mundo oriental. No es extraño que, al morir, el 27 de septiembre del 397, el patriarca de Constantinopla, Nectario, por voluntad del emperador y de su corte, fuese Juan de Antioquía propuesto al pueblo y a los obispos para ser elegido patriarca. Consagróle Teófilo de Alejandría, el 26 de febrero del 389. El nuevo arzobispo emprendió en seguida la reforma de las costumbres del clero, de los monjes, de la nobleza, de todo el pueblo. Y fue el apóstol de la caridad. En sus homilías, como ya lo había hecho en las de Antioquía, traza cuadros desgarradores de los pobres, que él mismo ha visto, extenuados de hambre; sobre la yacija de sus harapos. No son pocos los ricos que se conmueven, y el arzobispo logra socorrer, permanentemente, en la ciudad, a cinco mil necesitados. Y la Constantinopla del Crisóstomo es, en la antigüedad, modelo de ciudades limosneras, que incluso se adelanta siglos en la organización de la caridad.

Pero el hombre que, principalmente, había de revelarse en Constantinopla era el defensor de la Iglesia frente a los poderes temporales. La ocasión había de ser, simplemente, la vindicación del derecho de asilo de las iglesias. Primero, el eunuco del emperador, Eutropio, dueño de la voluntad de Arcadio, pretende inmolar a una viuda. Refúgiase ella en la iglesia. Eutropio exige su entrega. El patriarca se yergue, frente al tirano, en defensa de la mujer y en defensa, a la vez, de los fueros del lugar sagrado. Eutropio logra que se declare abolido el derecho de asilo, pero el arzobispo lo mantiene en vigor. ¿Para qué, ya, si la viuda se ha salvado? ¿Para qué? Eutropio - misterios de Dios - lo va a ver en seguida. Las cosas cambian de repente. La emperatriz logra hacer caer en desgracia, ante el emperador, al valido. El emperador ruge contra él. El pueblo pide, a gritos, su cabeza. Y Eutropio se acoge a la iglesia y se ampara... en el derecho de asilo... Pero el patriarca de Constantinopla no entiende sino de caridad y de derechos de la Iglesia. Y, también ahora, frente a las exigencias del colérico emperador, al cual secunda el pueblo, amotinado, protege al caído y mantiene la sagrada prerrogativa. Y con tal energía se opone a las reclamaciones imperiales, en defensa del derecho de la Iglesia, que, para encontrar un ejemplo parecido, habrá que esperar hasta Hildebrando o Bonifacio VIII, o Tomás Beckt.

Juan Crisóstomo triunfó. Pero su triunfo, en lo humano, iba a ser efímero. Es que su figura tenía que mostrar una nueva fisonomía: la del perseguido. Ya, de antes, sus invectivas contra la corrupción de la corte habían despertado, en las alturas, odios feroces contra él. Incluso la emperatriz, que se había creído aludida en algún sermón del patriarca, profesábale un femenino rencor, exacerbado. La actitud de Juan, ahora, en su vindicación de las prerrogativas de la Iglesia, acabó de inflamar la hoguera. De todo ello supo, taimadamente, aprovecharse nada menos que un obispo, ambicioso y vengativo, el cual veía en el arzobispo de Constantinopla un rival suyo: aquel Teófilo de Alejandría que le había consagrado obispo. Teófilo logró reunir un concilio, que condenó a Juan como reo de lesa majestad y le depuso. El emperador lo desterró. Juan recibió, impávido, la sentencia. De noche, apoderáronse de él los esbirros del emperador y lo echaron en un navío.

Mas la ciudad entera se fue hasta el Bósforo a despedirlo. Las lágrimas de la muchedumbre fueron el consuelo del desterrado y la condenación de los perseguidores.

Al día siguiente, algo misterioso ocurrió en el palacio imperial. El caso es que la misma emperatriz púsose de rodillas ante Arcadio y le suplicó el perdón para el desterrado. Juan volvió a su amada ciudad, Y su vuelta fue la de un triunfador. La multitud le aclamaba, le vitoreaba. Juan subió a su cátedra y pronunció su homilía... Bendito sea el Señor... ¡Qué bella, qué sublime homilía!

Pero los luchadores de Dios no están hechos para los triunfos de los laureles. Un nuevo resentimiento de la emperatriz Eudoxia desató, de nuevo, la guerra contra el patriarca. El emperador volvió a desterrarlo. El lugar que se le señaló fue la lejana localidad de Cucusa, en la Armenia Menor, el rincón - dice él - más desierto de toda la tierra. Allí llegó el arzobispo, después de un interminable y penosísimo viaje, medio muerto. Sesenta años tiene. En su destierro, la pena y la enfermedad le consumen. Pero aún han de mostrarse dos cosas: misionero y amigo. Su espíritu tiene aún energías para cuidar de la conversión de los godos y para ayudar a las misiones de Fenicia. Y las tiene su corazón para amar, más que nunca. El cardenal Neuman dijo de él que es el santo de la amistad cristiana. Lo es, sobre todo, en este final. Como ya no puede predicar, escribe. Escribe cartas a los que quiere y le quieren. Estas cartas son su corazón que se abre y se derrama como un caliente estío que se expandiera en invierno. Y él mismo, en su soledad, es todo corazón, que se abre en abrazos para los que, desde Antioquía. desde Constantinopla, desde Egipto, desde toda el Asia Menor, van a visitarle. ¡Cuántos son!

Todavía la corte recela de esta popularidad del desterrado, y resuelve trasladarle a otro lugar más inaccesible, a Pitionteal pie del Cáucaso. Custodiado por dos soldados, Juan emprende el camino hacia su nuevo destierro. Pero una noche no pudo caminar más. Entráronle en una solitaria ermita y se echó en el suelo. "Gloria a Dios en todas las cosas", clamó. Y su boca se cerro en la tierra para siempre.

ANICETO DE CASTRO ALBARRÁN
-.- 

 

13 de Septiembre

San Juan Crisóstomo
Patrono de los predicadores
Año 407

A este santo arzobispo de Constantinopla, la gente le puso el apodo de "Crisóstomo" que significa: "boca de oro", porque sus predicaciones eran enormemente apreciadas por sus oyentes. Es el más famoso orador que ha tenido la Iglesia. Su oratoria no ha sido superada después por ninguno de los demás predicadores.

Nació en Antioquía (Siria) en el año 347. Era hijo único de un gran militar y de una mujer virtuosísima, Antusa, que ha sido declarada santa también.

A los 20 años Antusa quedó viuda y aunque era hermosa renunció a un segundo matrimonio para dedicarse por completo a la educación de su hijo Juan.

Desde sus primeros años el jovencito demostró tener admirables cualidades de orador, y en la escuela causaba admiración con sus declamaciones y con las intervenciones en las academias literarias. La mamá lo puso a estudiar bajo la dirección de Libanio, el mejor orador de Antioquía, y pronto hizo tales progresos, que preguntado un día Libanio acerca de quién desearía que fuera su sucesor en el arte de enseñar oratoria, respondió: "Me gustaría que fuera Juan, pero veo que a él le llama más la atención la vida religiosa, que la oratoria en las plazas".

Juan deseaba mucho irse de monje al desierto, pero su madre le rogaba que no la fuera a dejar sola. Entonces para complacerla se quedó en su hogar pero convirtiendo su casa en un monasterio, o sea viviendo allí como si fuera un monje, dedicado al estudio y la oración y a hacer penitencia.

Cuando su madre murió se fue de monje al desierto y allá estuvo seis años rezando, haciendo penitencias y dedicándose a estudiar la S. Biblia. Pero los ayunos tan prolongados, la falta total de toda comodidad, los mosquitos, y la impresionante humedad de esos terrenos le dañaron la salud, y el superior de los monjes le aconsejó que si quería seguir viviendo y ser útil a la sociedad tenía que volver a la ciudad, porque la vida de monje en el desierto no era para una salud como la suya.

El llegar otra vez a Antioquía fue ordenado de sacerdote y el anciano Obispo Flaviano le pidió que lo reemplazara en la predicación. Y empezó pronto a deslumbrar con sus maravillosos sermones. La ciudad de Antioquía tenía unos cien mil cristianos, los cuales no eran demasiado fervorosos. Juan empezó a predicar cada domingo. Después cada tres días. Más tarde cada día y luego varias veces al día. Los templos donde predicaba se llenaban de bote en bote. Frecuentemente sus sermones duraban dos horas, pero a los oyentes les parecían unos pocos minutos, por la magia de su oratoria insuperable. La entonación de su voz era impresionante. Sus temas, siempre tomados de la S. Biblia, el libro que él leía día por día, y meditaba por muchas horas. Sus sermones están coleccionados en 13 volúmenes. Son impresionantemente bellos.

Era un verdadero pescador de almas. Empezaba tratando temas elevados y de pronto descendía rápidamente como un águila hacia las realidades de la vida diaria. Se enfrentaba enardecido contra los vicios y los abusos. Fustigaba y atacaba implacablemente al pecado. Tronaba terrible su fuerte voz contra los que malgastaban su dinero en lujos e inutilidades, mientras los pobres tiritaban de frío y agonizaban de hambre.

El pueblo le escuchaba emocionado y de pronto estallaba en calurosos aplausos, o en estrepitoso llanto el cual se volvía colectivo e incontenible. Los frutos de conversión eran visibles.

El emperador Teodosio decretó nuevos impuestos. El pueblo de Antioquía se disgustó y por ello armó una revuelta y en el colmo de la trifulca derribaron las estatuas del emperador y de su esposa y las arrastraron por las calles. La reacción del gobernante fue terrible. Envió su ejército a dominar la ciudad y con la orden de tomar una venganza espantosa. Entre la gente cundió la alarma y a todos los invadió el terror. El Obispo se fue a Constantinopla, la capital, a implorar el perdón del airado emperador y las multitudes llenaron los templos implorando la ayuda de Dios.

Y fue entonces cuando Juan Crisóstomo aprovechó la ocasión para pronunciar ante aquel populacho sus famosísimos "Discursos de las estatuas" que conmovieron enormemente a sus miles de oyentes logrando conversiones. Esos 21 discursos fueron quizás los mejores de toda su vida y lo hicieron famoso en los países de los alrededores. Su fama llegó hasta la capital del imperio. Y el fervor y la conversión a que hizo llegar a sus fieles cristianos, obtuvieron que las oraciones fueran escuchadas por Dios y que el emperador desistiera del castigo a la ciudad.

En el año 398, habiendo muerto el arzobispo de Constantinopla, le pareció al emperador que el mejor candidato para ese puesto era Juan Crisóstomo, pero el santo se sentía totalmente indigno y respondía que había muchos que eran más dignos que él para tan alto cargo. Sin embargo el emperador Arcadio envió a uno de sus ministros con la orden terminante de llevar a Juan a Constantinopla aunque fuera a la fuerza. Así que el enviado oficial invitó al santo a que lo acompañara a las afueras de la ciudad de Antioquía a visitar las tumbas de los mártires, y entonces dio la orden a los oficiales del ejército de que lo llevaran a Constantinopla con la mayor rapidez posible, y en el mayor secreto porque si en Antioquía sabían que les iban a quitar a su predicador se iba a formar un tumulto inmenso. Y así fue que tuvo que aceptar ser arzobispo.

Apenas posesionado de su altísimo cargo lo primero que hizo fue mandar quitar de su palacio todos los lujos. Con las cortinas tan elegantes fabricaron vestidos para cubrir a los pobres que se morían de frío. Cambió los muebles de lujo por muebles ordinarios, y con la venta de los otros ayudó a muchos pobres que pasaban terribles necesidades. El mismo vestía muy sencillamente y comía tan pobremente como un monje del desierto. Y lo mismo fue exigiendo a sus sacerdotes y monjes: ser pobres en el vestir, en el comer, y en el mobiliario, y así dar buen ejemplo y con lo que se ahorraba en todo esto ayudar a los necesitados.

Pronto, en sus elocuentes sermones empezó a atacar fuertemente el lujo de las gentes en el vestir y en sus mobiliarios y fue obteniendo que con lo que muchos gastaban antes en vestidos costosísimos y en muebles ostentosos, lo empezaran a emplear en ayudar a la gente pobre. El mismo daba ejemplo en esto, y la gente se conmovía ante sus palabras y su modo tan pobre y mortificado de vivir.

En aquellos tiempos había una ley de la Iglesia que ordenaba que cuando una persona se sentía injustamente perseguida podía refugiarse en el templo principal de la ciudad y que allí no podían ir las autoridades a apresarle. Y sucedió que una pobre viuda se sintió injustamente perseguida por la emperatriz Eudoxia y por su primer ministro y se refugió en el templo del Arzobispo. Las autoridades quisieron ir allí a apresarla pero San Juan Crisóstomo se opuso y no lo permitió. Esto disgustó mucho a la emperatriz. Y unos meses más tarde Eudoxia peleó con su primer ministro y se propuso echarlo a la cárcel. Él corrió a refugiarse en el templo del arzobispo y aunque la policía de la emperatriz quiso llevarlo preso, San Juan Crisóstomo no lo permitió. El ministro que antes había querido llevarse prisionera a una pobre mujer y no pudo, porque el arzobispo la defendía, ahora se vio él mismo defendido por el propio santo. Eudoxia ardía de rabia por todo esto y juraba vengarse pero el gran predicador gritaba en sus sermones: "¿Cómo puede pretender una persona que Dios le perdone sus maldades si ella no quiere perdonar a los que le han ofendido?"

Eudoxia se unió con un terrible enemigo que tenía Crisóstomo, y era Teófilo de Alejandría. Este reunió un grupo de los que odiaban al santo y entre todos lo acusaron de un montón de cosas. Por ej. Que había gastado los bienes de la Iglesia en repartir ayudas a los pobres. Que prefería comer solo en vez de ir a los banquetes. Que a los sacerdotes que no se portaban debidamente los amenazaba con el grave peligro que tenían de condenarse, y que había dicho que la emperatriz, por las maldades que cometía, se parecía a la pérfida reina Jetzabel que quiso matar al profeta Elías, etc., etc.

Al oír estas acusaciones, el emperador, atizado por su esposa Eudoxia, decretó que Juan quedaba condenado al destierro. Al saber tal noticia, un inmenso gentío se reunió en la catedral, y Juan Crisóstomo renunció uno de sus más hermosos sermones. Decía: "¿Qué me destierran? ¿A qué sitio me podrán enviar que no esté mi Dios allí cuidando de mí? ¿Qué me quitan mis bienes? ¿Qué me pueden quitar si ya los he repartido todos? ¿Qué me matarán? Así me vuelvo más semejante a mi Maestro Jesús, y como El, daré mi vida por mis ovejas..."

Ocultamente fue enviado al destierro, pero sobrevino un terremoto en Constantinopla y llenos de terror los gobernantes le rogaron que volviera otra vez a la ciudad, y un inmenso gentío salió a recibirlo en medio de grandes aclamaciones.

Eudoxia, Teófilo y los demás enemigos no se dieron por vencidos. Inventaron nuevas acusaciones contra Juan, y aunque el Papa de Roma y muchos obispos más lo defendían, le enviaron desterrado al Mar Negro. El anciano arzobispo fue tratado brutalmente por algunos de los militares que lo llevaban prisionero, los cuales le hacían caminar kilómetros y kilómetros cada día, con un sol ardiente, lo cual lo debilitó muchísimo. El trece de septiembre, después de caminar diez kilómetros bajo un sol abrasador, se sintió muy agotado. Se durmió y vio en sueños que San Basilisco, un famoso obispo muerto hacía algunos años, se le aparecía y le decía: "Animo, Juan, mañana estaremos juntos". Se hizo aplicarlos últimos sacramentos; se revistió de los ornamentos de arzobispo y al día siguiente diciendo estas palabras: "Sea dada gloria a Dios por todo", quedó muerto. Era el 14 de septiembre del año 404.

Eudoxia murió unos días antes que él, en medio de terribles dolores.

Al año siguiente el cadáver del santo fue llevado solemnemente a Constantinopla y todo el pueblo, precedido por las más altas autoridades, salió a recibirlo cantando y rezando.

El Papa San Pío X nombró a San Juan Crisóstomo como Patrono de todos los predicadores católicos del mundo.

Que Dios nos siga enviando muchos predicadores como él.

¿Si Dios está con nosotros, quién podrá contra nosotros? (San Pablo Rom.8).

 

-.- 

Patrono de los predicadores
Autor: P. Angel Amo -

 

 

Educado por la madre, santa Antusa, Juan (que nació en Antioquía probablemente en el 349) en los años juveniles llevó una vida monástica en su propia casa.

Después, cuando murió la madre, se retiró al desierto en donde estuvo durante seis años, y los últimos dos los pasó en un retiro solitario dentro de una cueva con perjuicio de su salud. Fue llamado a la ciudad y ordenado diácono, luego pasó cinco años preparándose para el sacerdocio y para el ministerio de la predicación. Ordenado sacerdote por el obispo Fabián, se convirtió en celoso colaborador en el gobierno de la Iglesia antioquena. La especialización pastoral de Juan era la predicación, en la que sobresalía por las cualidades oratorias y la profunda cultura. Pastor y moralista, se preocupaba por transformar la vida de sus oyentes más que por exponer teóricamente el mensaje cristiano.

En el 398 Juan de Antioquía (el sobrenombre de Crisóstomo, es decir Boca de oro, le fue dado tres siglos después por los bizantinos) fue llamado a suceder al patriarca Netario en la célebre cátedra de Constantinopla. En la capital del imperio de Oriente emprendió inmediatamente una actividad pastoral y organizativa que suscita admiración y perplejidad: evangelización en los campos, fundación de hospitales, procesiones antiarrianas bajo la protección de la policía imperial, sermones encendidos en los que reprochaba los vicios y las tibiezas, severas exhortaciones a los monjes perezosos y a los eclesiásticos demasiado amantes de la riqueza. Los sermones de Juan duraban más de dos horas, pero el docto patriarca sabía user con gran pericia todos los recursos de la oratoria, no para halagar el oído de sus oyentes, sino para instruír, corregir, reprochar.

Juan era un predicador insuperable, pero no era diplomático y por eso no se cuidó contra las intrigas de la corte bizantina. Fue depuesto ilegalmente por un grupo de obispos dirigidos por Teófilo, obispo de Alejandría, y desterrado con la complicidad de la emperatriz Eudosia. Pero inmediatamente fue llamado por el emperador Arcadio, porque habían sucedido varias desgracias en palacio. Pero dos meses después era nuevamente desterrado, primero a la frontera de Armenia, y después más lejos a orillas del Mar Negro.
Durante este último viaje, el 14 de septiembre del 407, murió. Del sepulcro de Comana, el hijo de Arcadio, Teodosio el Joven, hizo llevar los restos del santo a Constantinopla, a donde llegaron en la noche del 27 de enero del 438 entre una muchedumbre jubilosa.

De los numerosos escritos del santo recordamos un pequeño volumen Sobre el Sacerdocio, que es una obra clásica de la espiritualidad sacerdotal.

 

+++

 

La oración es luz del alma

 

De las Homilías de San Juan Crisóstomo, obispo; (Homilía VI, suppl.: PG 64, 462-466)

 

 

"El sumo bien está en la plegaria y en el diálogo con Dios, porque equivale a una íntima unión con Dios: y así como los ojos del cuerpo se iluminan cuando contemplan la luz, así también el alma dirigida hacia Dios se ilumina con su inefable luz. Una plegaria, por supuesto, que no sea de rutina, sino hecha de corazón; que no esté limitada a un tiempo concreto o a unas horas determinadas, sino que se prolongue día y noche sin interrupción.

Pues conviene que elevemos la mente a Dios no sólo cuando meditamos en el tiempo de la oración, sino también que combinemos el anhelo y el recuerdo de Dios con la atención a otras ocupaciones, lo mismo en medio del cuidado de los pobres que en las útiles tareas de la munificencia; de tal manera que todas las cosas se conviertan como en un alimento dulcísimo para el Señor y se hallen como condimentadas con la sal del amor de Dios. Pero sólo podremos disfrutar perpetuamente de la abundancia que de Dios brota, si le dedicamos mucho tiempo.

La oración es la luz del alma, el verdadero conocimiento de Dios, la mediadora entre Dios y los hombres. Hace que el alma se eleve hasta el cielo, que abrace a Dios con inefables abrazos apeteciendo, igual que el niño que llora y llama a su madre, la divina leche: expone sus propios deseos y recibe dones mejores que toda la naturaleza visible.

Pues la oración se presenta ante Dios como venerable intermediaria, ensancha el alma y tranquiliza su afectividad. Y me estoy refiriendo a la oración de verdad, no a las simples palabras. La oración es un deseo de Dios, una inefable piedad, no otorgada por los hombres, sino concedida por la gracia divina, de la que también dice el Apóstol: "Porque nosotros no sabemos pedir lo que nos conviene, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables".

Cuando Dios otorga a alguien el don de semejante súplica, ello significa una riqueza inagotable y un alimento celestial que satura el alma; quien le saborea se enciende en un deseo indeficiente del Señor, como un fuego ardiente que inflama su alma.

Cuando quieras reconstruir en ti aquella morada que Dios se edificó en el primer hombre, adórnate con la modestia y la humildad, hazte resplandeciente con la luz de la justicia; adorna tu ser con buenas obras, como con oro acrisolado, y embellécelo con la fe y la grandeza de alma, a manera de muros y piedras; y por encima de todo, como quien pone la cúspide para coronar un edificio, por la oración a fin de preparar a Dios una casa perfecta, y poderle recibir como si fuera una mansión regia y espléndida, ya que, por su gracia, es como si poseyeras su misma imagen colocada en el templo del alma".

Oración

Oremos.
Confírmanos, Señor, en el espíritu de penitencia con que hemos empezado la Cuaresma; y que la austeridad exterior que practicamos vaya siempre acompañada por la sinceridad de corazón. Por nuestro Señor.

De las Homilías de San Juan Crisóstomo, obispo; (Homilía VI, suppl.: PG 64, 462-466)

 

+++

 

 

 

 

 

CARTA SAN IGNACIO DE ANTIOQUIA - A LOS EFESIOS

 

San Ignacio (+ 110 d.C. aprox.), segundo sucesor de San Pedro en la sede de Antioquía, fue martirizado durante el reinado del emperador Trajano (98-117 d.C.). En camino a Roma, donde recibiría la corona del martirio, Ignacio escribió siete cartas que constituyen un valiosísimo testimonio, tanto por su antigüedad como por su contenido. San Ignacio de Antioquía es uno de los llamados «Padres Apostólicos», es decir, aquellos escritores de la Iglesia primitiva que en algún modo conocieron o tuvieron trato con alguno de los Apóstoles del Señor. La tradición atestigua que Ignacio fue oyente de la predicación del apóstol Juan.

En la epístola dirigida a los efesios encontramos uno de los más antiguos testimonios patrísticos sobre la virginidad de Santa María. Por otro lado, San Ignacio es muy claro en su Cristología, afirmando la verdadera humanidad de Jesús así como su verdadera divinidad, saliendo así al paso de la herejía docetista, que negaba la verdadera humanidad de Jesús, y de los ebionitas, que negaban su divinidad.

* * * * *

Ignacio, llamado también Teóforo, a aquella que es grandemente bendecida en la plenitud de Dios Padre, predestinada antes de los siglos a estar por siempre, para una gloria que no pasa, inquebrantablemente unida y elegida en la pasión verdadera, por la voluntad del Padre y de Jesucristo nuestro Dios, a la Iglesia digna de ser llamada bienaventurada, que está en Éfeso de Asia, mi saludo en Jesucristo y en un gozo irreprochable.

I. He acogido en Dios vuestro nombre bienamado, que habéis adquirido por vuestra naturaleza justa, según la fe y la caridad en Cristo Jesús, nuestro Salvador; imitadores de Dios, reanimados en la sangre de Dios, vosotros habéis llevado a la perfección la obra que conviene a vuestra naturaleza. 2. Apenas habéis sabido en efecto que yo venía de Siria encadenado por el Nombre y la esperanza que nos son comunes, esperando tener la suerte, gracias a vuestras oraciones, de combatir contra las bestias en Roma, para poder, si tengo esa suerte, ser discípulo; vosotros os apresurásteis en venir a verme. 3. Es así que a toda vuestra comunidad he recibido, en el nombre de Dios, en Onésimo, varón de una indecible caridad, vuestro obispo según la carne. Deseo que vosotros lo améis en Jesucristo, y que todos os asemejéis a él. Bendito sea aquél que os a hecho la gracia, a vosotros que habéis sido dignos, de tener tal obispo.

II. Para Burro, mi compañero de servicio, vuestro diácono según Dios, bendito en todas las cosas, deseo que permanezca a mi lado para haceros honor a vosotros y a vuestro obispo. En cuanto a Croco, digno de Dios y de vosotros, a quien he recibido como una muestra de vuestra caridad, ha sido para mí consuelo en todas las cosas: quiera el Padre de Jesucristo consolarlo también a él, junto con Onésimo, Burro, Euplo y Frontón; en ellos es a todos vosotros a quienes he visto según la caridad. 2. Pueda yo gozar de vosotros para siempre, si yo fuera digno de ello. Conviene, pues, glorificar en toda forma a Jesucristo, que os ha glorificado a vosotros, a fin de que, reunidos en una misma obediencia, sometidos al obispo y al presbiterio, vosotros seáis santificados en todas las cosas.

III. Yo no os doy órdenes como si fuera alguien. Porque si yo estoy encadenado por el Nombre, no soy aún perfecto en Jesucristo. Ahora, no he hecho más que comenzar a instruirme, y os dirijo la palabra como a condiscípulos míos. Más bien, soy yo quien tendrá necesidad de ser ungido por vosotros con fe, exhortaciones, paciencia, longanimidad. 2. Pero ya que la caridad no me permite callar respecto a vosotros, es por eso que he tomado la delantera para exhortaros a caminar de acuerdo con el pensamiento de Dios. Porque Jesucristo, nuestra vida inseparable, es el pensamiento del Padre, como también los obispos, establecidos hasta los confines de la tierra, están en el pensamiento de Jesucristo.

IV. También conviene caminar de acuerdo con el pensamiento de vuestro obispo, lo cual vosotros ya hacéis. Vuestro presbiterio, justamente reputado, digno de Dios, está conforme con su obispo como las cuerdas a la cítara. Así en vuestro sinfónico y armonioso amor es Jesucristo quien canta. 2. Que cada uno de vosotros también, se convierta en coro, a fin de que, en la armonía de vuestra concordia, toméis el tono de Dios en la unidad, cantéis a una sola voz por Jesucristo al Padre, a fin de que os escuche y que os reconozca, por vuestras buenas obras, como los miembros de su Hijo. Es, pues, provechoso para vosotros el ser una inseparable unidad, a fin de participar siempre de Dios.

V. Si en efecto, yo mismo en tan poco tiempo he adquirido con vuestro obispo una tal familiaridad, que no es humana sino espiritual, cuánto más os voy a felicitar de que le estéis profundamente unidos, como la Iglesia lo está a Jesucristo, y Jesucristo al Padre, a fin de que todas las cosas sean acordes en la unidad. 2. Que nadie se extravíe; si alguno no está al interior del santuario, se priva del "pan de Dios"[1]. Pues si la oración de dos tiene tal fuerza, cuánto más la del obispo con la de toda la Iglesia. 3. Aquél que no viene a la reunión común, ése ya es orgulloso y se juzga a sí mismo, pues está escrito: "Dios resiste a los orgullosos"[2]. Pongamos, pues, esmero en no resistir al obispo, para estar sometidos a Dios.

VI, I. Y mientras más vea uno al obispo guardar silencio, más se le debe reverenciar; pues aquél a quien el Señor de la casa envía para administrar su casa, debemos recibirlo como aquél mismo que lo ha enviado. Entonces está claro que debemos ver al obispo como al Señor mismo. 2. Por otra parte, Onésimo mismo eleva muy alto vuestra disciplina en Dios, expresando con sus alabanzas que todos vosotros vivís según la verdad, y que ninguna herejía reside entre vosotros, sino que, por el contrario, vosotros no escucháis a persona alguna que les hable de otra cosa que no sea de Jesucristo en la verdad.

VII. Porque algunos hombres con perversa astucia tienen el hábito de tomar para todo el Nombre, pero obrando de otro modo y de manera indigna de Dios; a aquellos, debéis evitarlos como a las bestias salvajes. Son perros rabiosos, que muerden a escondidas. Debéis estar en guardia, pues sus mordeduras esconden una enfermedad difícil de curar. 2. No hay más que un solo médico, carnal y espiritual, engendrado y no engendrado, Dios venido en carne, en la muerte vida verdadera, Hijo de María e Hijo de Dios, primero pasible y ahora impasible, Jesucristo Nuestro Señor.

VIII. Que nadie, pues, os engañe, como por otra parte, no os dejéis engañar, siendo enteramente de Dios. Cuando sobre vosotros no se abata ninguna querella que pudiera atormentaros, entonces quiere decir que verdaderamente vosotros vivís según Dios. Yo soy vuestra víctima expiatoria, y por vuestra Iglesia yo me ofrezco en sacrificio, efesios, Iglesia que es renombrada por los siglos. 2. Los carnales no pueden hacer las obras espirituales, ni los espirituales las obras carnales, como tampoco la fe puede hacer las obras de la infidelidad, ni la infidelidad las de la fe. Pero aquellas mismas obras que vosotros hacéis en la carne son espirituales, pues es en Jesucristo que vosotros lo hacéis todo.

IX,1. Yo he sabido que algunos venidos de allá han pasado por vosotros, portadores de una mala doctrina, pero no les habéis permitido sembrarla entre vosotros, tapasteis vuestros oídos para no recibir lo que ellos siembran, ya que vosotros sois piedras del templo del Padre, preparados para la construcción de Dios Padre, elevados hasta lo alto por la palanca de Jesucristo, que es la cruz, sirviendo como soga el Espíritu Santo; vuestra fe os tira hacia lo alto, y la caridad es el camino que os eleva hacia Dios. 2. Entonces todos vosotros sois también compañeros de ruta, portadores de Dios y portadores del templo, portadores de Cristo, portadores de santidad, adornados en todo de los preceptos de Jesucristo. Por mi parte, con vosotros me alegro porque he sido juzgado digno de mantenerme con vosotros mediante esta carta y de regocijarme con vosotros que vivís una vida nueva, no amando nada más que a Dios.

X. "Orad sin cesar"[3] por los otros hombres, porque hay en ellos esperanza de arrepentirse, para que lleguen a Dios. Permitidles, pues, al menos por vuestras obras, ser vuestros discípulos. 2. Frente a sus iras, vosotros sed mansos; a sus jactancias, vosotros sed humildes; a sus blasfemias, vosotros mostrad vuestras oraciones; a sus errores, vosotros sed "firmes en la fe"[4]; a su fiereza, vosotros sed apacibles, sin buscar imitarlos. 3. Sed hermanos suyos por la bondad y buscad ser imitadores del Señor: --¿quién ha sido objeto de mayor injusticia? ¿quién más despojado? ¿quién más rechazado?-- para que ninguna hierba del diablo se encuentre entre vosotros, sino que en toda pureza y templanza, vosotros permanezcáis en Jesucristo, en la carne y el espíritu.

XI. Estos son los últimos tiempos; en adelante avergoncémonos y temamos que la longanimidad de Dios no se torne en nuestra condenación. O bien temamos la "ira venidera"[5], o bien amemos la gracia presente: o lo uno o lo otro. Solamente si somos encontrados en Cristo Jesús entraremos en la vida verdadera. 2. Fuera de Él que nada tenga valor para vosotros, sino Aquél por quien yo llevo mis cadenas, perlas espirituales; quisiera resucitar con ellas, gracias a vuestra oración, de la que quisiera ser siempre partícipe para ser hallado en la herencia de los cristianos de Éfeso, que han estado siempre unidos a los apóstoles, por la fuerza de Jesucristo.

XII. Yo sé quién soy y a quién escribo: yo soy un condenado; vosotros, habéis obtenido misericordia; yo estoy en el peligro; vosotros estáis seguros. Vosotros sois el camino por donde pasan aquellos que son conducidos a la muerte para encontrar a Dios, iniciados en los misterios con Pablo, el santo, quien ha recibido el martirio y es digno de ser llamado bienaventurado. Pueda yo ser encontrado sobre sus huellas cuando alcance a Dios; en todas sus cartas os recuerda en Jesucristo.

XIII. Poned, pues, empeño en reuniros más frecuentemente para rendir a Dios acciones de gracia y alabanza. Porque cuando vosotros os reunís a menudo, las potestades de Satanás son abatidas y su obra de ruina destruida por la concordia de vuestra fe. 2. Nada es mejor que la paz, por la que se lleva a término toda guerra, tanto celeste como terrestre.

XIV. Nada de todo eso os está oculto, si vosotros, por Jesucristo, tenéis a la perfección la fe y la caridad, que son el principio y el fin de la vida: "el principio es la fe, y el fin la caridad"[6]. Las dos reunidas, son Dios, y todo lo demás que conduce a la santidad no hace más que seguirlas. 2. Nadie, si profesa la fe, peca; nadie, si posee la caridad, aborrece. "Se conoce el árbol por sus frutos"[7]: así aquellos que hacen profesión de ser de Cristo se reconocerán por sus obras. Porque ahora la obra demandada no es la mera profesión de fe, sino el mantenernos hasta el fin en la fuerza de la fe.

XV. Más vale callar y ser que hablar y no ser. Está bien enseñar, si aquél que habla hace. No hay, pues, más que un solo maestro, aquél que "ha hablado y todo ha sido hecho"[8] y las cosas que ha hecho en el silencio son dignas de su Padre. 2. Aquél que posee en verdad la palabra de Jesús puede entender también su silencio, a fin de ser perfecto, a fin de obrar por su palabra y hacerse conocido por su silencio. Nada es oculto al Señor, sino que hasta nuestros mismos secretos están cerca de Él. 3. Hagamos, pues, todo como aquellos en quienes Él habita, a fin de que seamos sus templos, y que Él sea en nosotros nuestro Dios, como en efecto lo es, y se manifestará ante nuestro rostro si lo amamos justamente.

XVI. No os equivoquéis, hermanos míos: aquellos que corrompen una familia "no heredarán el Reino de Dios"[9]. 2. Así, si los que hacen eso son condenados a muerte, [exclamdown]cuánto más aquél que corrompe por su mala doctrina la fe de Dios, por la que Jesucristo ha sido crucificado! Aquél que así sea, irá al fuego inextinguible y lo mismo aquél que lo escuchare.

XVII. Si el Señor ha recibido una unción sobre su cabeza, es a fin de exhalar para su Iglesia un perfume de incorruptibilidad. No os dejéis, pues, ungir del mal olor del príncipe de este mundo, para que él no os conduzca en cautividad lejos de la vida que os espera. 2. ¿Por qué no nos hacemos todos sabios, al recibir el conocimiento de Dios, que es Jesucristo? ¿Por qué perecemos tontamente, al desconocer el don que el Señor nos ha enviado verdaderamente?

XVIII. Mi espíritu es víctima de la cruz, que es escándalo para los incrédulos, pero para nosotros salvación y vida eterna[10]: "¿Dónde está el sabio? ¿dónde el disputador?"[11], ¿dónde la vanidad de aquellos que llamamos sabios? 2. Porque nuestro Dios, Jesucristo, ha sido llevado en el seno de María, según la economía divina, nacido "del linaje de David"[12] y del Espíritu Santo. Él nació y fue bautizado para purificar el agua por su pasión.

XIX. Al príncipe de este mundo le ha sido ocultada la virginidad de María, y su alumbramiento, al igual que la muerte del Señor: tres misterios sonoros, que fueron realizados en el silencio de Dios. 2. ¿Cómo, pues, fueron manifestados a los siglos? Un astro brilló en el cielo más que todos los demás, y su luz era indecible, y su novedad sorprendente, y todos los otros astros junto con el sol y la luna se formaron en coro alrededor suyo y él proyectó su luz más que todos los astros. 2. Y ellos se turbaron preguntándose de dónde venía esta novedad tan distinta de ellos mismos. 3. Entonces fue destruida toda magia, y toda ligadura de malicia abolida, la ignorancia fue disipada, y el antiguo reino arruinado, cuando Dios se manifestó hecho hombre, "para una novedad de vida eterna"[13]. Y lo que había sido preparado por Dios se comenzó a realizar. Desde entonces, todo se conmovió porque la destrucción de la muerte se preparaba.

XX. Si Jesucristo me concede la gracia, por vuestras oraciones, y si es su voluntad, yo os explicaré en la segunda carta que debo escribiros la economía, de la que he comenzado a tratar en lo concerniente al hombre nuevo, Jesucristo. Ella consiste en la fe en Él y en el amor a Él, en su Pasión y su Resurrección. 2. Sobretodo si el Señor me revela que cada uno en particular y todos juntos, en la gracia que viene de su Nombre, os reunís en una misma fe, y en Jesucristo "del linaje de David según la carne"[14], hijo del hombre e hijo de Dios, [os reunís] para obedecer al obispo y al presbiterio en unidad de mente, rompiendo un mismo pan que es medicina de inmortalidad, antídoto para no morir, y alimento para vivir en Jesucristo por siempre.

XXI. Yo soy vuestro rescate, por vosotros y por aquellos que, para honor de Dios, habéis enviado a Esmirna, de donde os escribo, dando gracias al Señor, y amando a Policarpo como os amo también a vosotros. Acordaos de mí así como Jesucristo se acuerda de vosotros. 2. Rogad por la Iglesia que está en Siria, de donde soy conducido a Roma encadenado, pues soy el último de los fieles de allá, y yo he sido juzgado digno de servir al honor de Dios. Me despido en Dios Padre y en Jesucristo, nuestra común esperanza.

........................

1. Jn 6, 33.

2. Prov 3,34; ver Stgo 4,6; 1Pe 5, 5.

3. 1Tes 5,17.

4. Col 1,23.

5. Mt 3,7.

6. 1Tim 1,5.

7. Mt 12,33.

8. Sal 32,9; 148,5.

9. 1 Cor 6,9-10.

10. Ver 1Cor 1,23-25

11. 1Cor 1,20.

12. Jn 7,42; Rom 1,3; 2Tim 2,8.

13. Rom 6,4.

14. Rom 1,3.

 

+++

 

 

 

«Pedro expresó en primer lugar, en nombre de los apóstoles, la profesión de fe: "Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo". Esta es la tarea de todos los sucesores de Pedro: ser la guía en la profesión de fe en Cristo, el Hijo del Dios vivo».

S. S. Benedicto XVI reconoció que «esta potestad de enseñanza da miedo a muchos hombres dentro y fuera de la Iglesia. Se preguntan si no es una amenaza a la libertad de conciencia, si no es una presunción que se opone a la libertad de pensamiento. No es así», aseguró Su Santidad.

«El poder conferido por Cristo a Pedro y a sus sucesores es, en sentido absoluto, un mandato a servir --señaló--. La potestad de enseñar, en la Iglesia, comporta un compromiso al servicio de la obediencia a la fe. El Papa no es un soberano absoluto, cuyo pensamiento y voluntad son ley. Por el contrario, el ministerio del Papa es garantía de la obediencia a Cristo y a su Palabra».

«Él no debe proclamar sus propias ideas, sino vincularse constantemente y vincular a la Iglesia a la obediencia a la Palabra de Dios, ante los intentos de adaptarse y aguarse, así como ante todo oportunismo».

Según el Papa, esta fue la misión de Juan Pablo II, «cuando ante todos los intentos, aparentemente benévolos, ante las erradas interpretaciones de la libertad, subrayó de manera inequívoca la inviolabilidad del ser humano, la inviolabilidad de la vida humana desde su concepción hasta la muerte natural».

«La libertad de matar no es una verdadera libertad, sino una tiranía que reduce el ser humano a la esclavitud», aclaró S. S. Benedicto XVI


«El Papa es consciente de estar, en sus grandes decisiones, ligado a la gran comunidad de la fe de todos los tiempos, a las interpretaciones vinculantes desarrolladas a través del camino de peregrinación de la Iglesia» 2005.05 Vat.

 

+++

 

Incómoda la lucidez de Nietzsche. Repito palabras del siglo XIX: "6. Las consecuencias nihilistas de la forma de pensar política y económica, en que todos los «principios» llegan, poco a poco, a caer en la interpretación teatral: el aliento de la mediocridad, de la mezquindad, de la falta de sinceridad, etc.. El nacionalismo. El anarquismo, etc. Castigos. Faltan la situación y el hombre redentores. El justificador."  2005-05.

 

+++

 

"La identificación de la conciencia con el conocimiento superficial y la reducción del hombre a la subjetividad no liberan, sino que esclavizan; nos hacen completamente dependientes de las opiniones dominantes y reducen día a día el nivel de las mismas opiniones dominantes." (Ratzinger, Verdad, 55) S.S. Benedicto XVI - P. P.

 

+++

 

Vivir de Amor

"En la última noche, la noche del amor, hablando claramente y sin parábolas, Jesús decía así: «Sí alguno quiere amarme, que guarde mi palabra, que la guarde fielmente.Mi Padre le amará,y vendremos a él, moraremos en él, será para nosotros una morada viva, será nuestro palacio. Pero también queremos que more él en nosotros, lleno de paz, que more en nuestro amor».

¡Vivir de amor quiere decir guardarte a ti, Verbo increado, Palabra de mi Dios! Lo sabes, Jesús mío, yo te amo, me abrasa con su fuego tu Espíritu de amor. 
Amándote yo a ti, atraigo al Padre, mi débil corazón se entrega a él sin reserva. ¡Oh augusta Trinidad, eres la prisionera, la santa prisionera de mi amor! 
Vivir de amor vivir es de tu vida, glorioso Rey, delicia de los cielos.
Por mí vives oculto en una hostia, por ti también, Jesús, vivir quiero escondida. Soledad necesitan los amantes, que hablen sus corazones noche y día. Me hace feliz tan solo tu mirada, ¡vivo de amor!

Vivir de amor no es en la cima del Tabor su tienda plantar el peregrino de la vida.Es subir el Calvario a zaga de las huellas de Jesús y valorar la cruz como un tesoro. En el cielo, mi vida será el gozo, y el dolor será ido para siempre.

Mas aquí en el Carmelo, quiero, en el sufrimiento, ivivir de amor!Vivir de amor es darse sin medida, sin reclamar salario aquí en la tierra. ¡Ah, yo me doy sin cuento, bien segura de que en amor el cálculo no entra! Lo he dado todo al corazón divino, que rebosa ternura. Nada me queda ya. Corro ligera...

Ya mi única riqueza es, y será por siempre, ¡vivir de amor! Vivir de amor es disipar el miedo, aventar el recuerdo de pasadas caídas. De aquellos mis pecados no veo ya la huella, junto al fuego divino se han borrado. ¡Oh dulcísima hoguera, sacratísima llama, en tu centro yo fijo mi mansión.

Y allí, Jesús, yo canto confiada y alegre: ¡vivo de amor! Vivir de amor es navegar sin tregua, en las almas sembrando paz y gozo. ¡Oh mi Piloto amado!, la caridad me urge, pues te veo en las almas, mis hermanas. La caridad me guía, ella es mi estrella, bogo siempre a su luz.

En mi vela yo llevo grabada mi divisa: ivivir de amor! Vivir de amor es mientras Jesús duerme permanecer en calma en medio de la mar aborrascada. No temas, ¡oh Señor!, que te despierte, espero en paz la orilla de los cielos...

Pronto la fe desgarrará su velo y habrá sido mi espera solo un día. La caridad me empuja, ella hinche mi vela, ¡vivo de amor!

Vivir de amor, Maestro amado mío, es pedir que derrames tu luz y tu calordel sacerdote en el alma santa, en su alma elegida. ¡Pueda ser él más puro que un serafín del cielo! Y protege también a tu Iglesia inmortal, cada instante del día a hacerlo te conjuro. Hija suya soy yo, por mi Madre me inmolo, ¡vivo de amor!

Vivir de amor es enjugar tu rostro, es de los pecadores alcanzar el perdón. ¡Oh Dios de amor!, que vuelvan a tu gracia, que bendigan tu nombre eternamente. Hasta el alma me llega la blasfemia, para borrarla digo cada día: ¡oh nombre de mi Dios, te adoro y amo, vivo de amor!

Vivir de amor es imitar, Jesús, la hazaña de María cuando bañó de lágrimas y perfumes preciosostus fatigados y divinos pies, enjugándolos luego con sus largos cabellos. Y alzándose del suelo, con santo atrevimiento, tu cabeza, igualmente, María perfumó. ¡Oh Jesús, el perfume que yo doy a tu rostro es y será mi amor!

«¡Vivir de amor, oh qué locura extraña —me dice el mundo—, cese ya tu canto! ¡No pierdas tus perfumes, no derroches tu vida, aprende a utilizarlos con ganancia!» ¡Jesús, amarte es pérdida fecunda! Tuyos son mis perfumes para siempre. Al salir de este mundo cantar quiero: ¡muero de amor!

¡Morir de amor, dulcísimo martirio, y es el martirio que sufrir quisiera! Acordad, querubines, vuestras liras, siento que mi destierro va a acabar... Llama de amor, consúmeme sin tregua. ¡Oh vida de un momento, muy pesada tu carga se me hace!... ¡Oh divino Jesús!, haz realidad mi sueño: ¡morir de amor! Morir de amor, es ésta mi esperanza cuando vea romperse mis cadenas. Mi Dios será mi recompensa grande, otros bienes no quiero poseer. Quiero ser abrasada por su amor, quiero verle y unirme a él para siempre. Este será mi cielo y mi destino: ¡¡¡VIVIR DE AMOR!!!"

Santa Teresa del Niño Jesús, Doctor de la Iglesia: Obras (poéticas) (26 febrero 1895).

 

+++

alaba la creación a su Creador: Dios Señor nuesttro

 

“Alegraos en el Señor siempre; lo repito: alegraos. Que vuestra bondad sea notoria a todos los hombres. El Señor está cerca. No os inquietéis por cosa alguna, sino más bien en toda oración y plegaria presentad al Señor vuestras necesidades con acción de gracias. Y la paz de Dios, que sobrepasa toda inteligencia, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús. Por lo demás, hermanos, considerad lo que hay de verdadero, de noble, de buena fama, de virtuoso, de laudable; practicad lo que habéis aprendido y recibido, lo que habéis oído y visto en mí, y el Dios de la paz estará con vosotros.” San Pablo en su carta a los Filipenses 4, 4-9vs.

 

+++

 

¡Que tu conducta nunca dé motivos de injustificada inquietud a la creación, de la que tú eres el rey!

 

+++

 

Dijo Dios: «Produzca la tierra animales vivientes según su especie: ganados, reptiles y bestias salvajes según su especie». Y así fue. Dios hizo las bestias de la tierra, los ganados y los reptiles campestres, cada uno según su especie. Vio Dios que esto estaba bien. Gen. 1, 24-25

 

+++

 

“Desde ahora me llamarán dichosa todas las generaciones” Biblia. Evangelio según San Lucas Cap.1º vs. 48. La Iglesia, hace XXI siglos fundada por Tu Hijo, te alaba, ¡Oh Madre plena de dicha y felicidad!

 

 

Gracias por visitarnos

 

VERITAS OMNIA VINCIT

LAUS TIBI CHRISTI.

 

Debido a la existencia de páginas excelentes sobre apologética y formación,  lo que se pretende desde aquí es contribuir muy modestamente y sumarse a los que ya se interesan por el Evangelio de Cristo de manera mucho más eficaz.

 

Jesús es la Sabiduría de Dios encarnada, es su Palabra eterna, que se hizo hombre mortal. †  

Imprimir   |   ^ Arriba

'JESUCRISTO PADECIÓ BAJO EL PODER DE PONCIO PILATO,
FUE CRUCIFICADO, MUERTO Y SEPULTADO'
Evangelio según San Lucas, Cap.3, vers.1º: El año decimoquinto del reinado del emperador Tiberio, cuando Poncio Pilato gobernaba la Judea, siendo Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Felipe tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene…

Crucifixión de San Pedro: fue crucificado al revés cabeza abajo - Pergamino con San Pedro en cruz invertida, de Maguncia- Alemania; entre el 900 y el 1000ca. - Museo Diocesano de la Catedral Maguncia (Mainz) Alemania - Pedro en su cruz, invertida. ¿Qué significa todo esto? Es lo que Jesús había predicho a este Apóstol suyo: "Cuando seas viejo, otro te llevará a donde tú no quieras"; y el Señor había añadido: "Sígueme" (Jn 21, 18-19). Precisamente ahora se realiza el culmen del seguimiento: el discípulo no es más que el Maestro, y ahora experimenta toda la amargura de la cruz, de las consecuencias del pecado que separa de Dios, toda la absurdidad de la violencia y de la mentira. No se puede huir del radicalismo del interrogante planteado por la cruz: la cruz de Cristo, Cabeza de la Iglesia, y la cruz de Pedro, su Vicario en la tierra. Dos actos de un único drama: el drama del misterio pascual: cruz y resurrección, muerte y vida, pecado y gracia.

La maternidad divina de María – Catecismo de la Iglesia
495 Llamada en los Evangelios 'la Madre de Jesús'(Jn 2, 1; 19, 25; cf. Mt 13, 55, etc.), María es aclamada bajo el impulso del Espíritu como 'la madre de mi Señor' desde antes del nacimiento de su hijo (cf Lc 1, 43). En efecto, aquél que ella concibió como hombre, por obra del Espíritu Santo, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el Hijo eterno del Padre, la segunda persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre de Dios [Theotokos] (cf. Concilio de Éfeso, año 649: DS, 251).
La virginidad de María
496 Desde las primeras formulaciones de la fe (cf. DS 10-64), la Iglesia ha confesado que Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María únicamente por el poder del Espíritu Santo, afirmando también el aspecto corporal de este suceso: Jesús fue concebido absque semine ex Spiritu Sancto (Concilio de Letrán, año 649; DS, 503), esto es, sin semilla de varón, por obra del Espíritu Santo. Los Padres ven en la concepción virginal el signo de que es verdaderamente el Hijo de Dios el que ha venido en una humanidad como la nuestra:
Así, san Ignacio de Antioquía (comienzos del siglo II): «Estáis firmemente convencidos acerca de que nuestro Señor es verdaderamente de la raza de David según la carne (cf. Rm 1, 3), Hijo de Dios según la voluntad y el poder de Dios (cf. Jn 1, 13), nacido verdaderamente de una virgen [...] Fue verdaderamente clavado por nosotros en su carne bajo Poncio Pilato [...] padeció verdaderamente, como también resucitó verdaderamente» (Epistula ad Smyrnaeos, 1-2).

El acontecimiento histórico y transcendente – Catecismo de la Iglesia
639 El misterio de la resurrección de Cristo es un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas como lo atestigua el Nuevo Testamento. Ya san Pablo, hacia el año 56, puede escribir a los Corintios: "Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce: "(1 Co 15, 3-4). El apóstol habla aquí de la tradición viva de la Resurrección que recibió después de su conversión a las puertas de Damasco (cf. Hch 9, 3-18).
El sepulcro vacío

640 "¿Por qué buscar entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado" (Lc 24, 5-6). En el marco de los acontecimientos de Pascua, el primer elemento que se encuentra es el sepulcro vacío. No es en sí una prueba directa. La ausencia del cuerpo de Cristo en el sepulcro podría explicarse de otro modo (cf. Jn 20,13; Mt 28, 11-15). A pesar de eso, el sepulcro vacío ha constituido para todos un signo esencial. Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección. Es el caso, en primer lugar, de las santas mujeres (cf. Lc 24, 3. 22- 23), después de Pedro (cf. Lc 24, 12). "El discípulo que Jesús amaba" (Jn 20, 2) afirma que, al entrar en el sepulcro vacío y al descubrir "las vendas en el suelo"(Jn 20, 6) "vio y creyó" (Jn 20, 8). Eso supone que constató en el estado del sepulcro vacío (cf. Jn 20, 5-7) que la ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana y que Jesús no había vuelto simplemente a una vida terrenal como había sido el caso de Lázaro (cf. Jn 11, 44).