Friday 26 May 2017 | Actualizada : 2017-03-29
 
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Iglesia y Estado - No se puede acusar a la Iglesia de invadir la esfera pública. El cardenal Newman escribió: «El mundo se contenta con caminar sobre la superficie de las cosas, mientras que la Iglesia busca regenerar la profundidad misma del corazón».

 

 

 Por eso, la Iglesia reivindica la libertad de expresar su juicio moral sobre las realidades humanas, porque su misión las abraza a todas. Si por influencia se entiende el hecho de que el magisterio de la Iglesia entra profundamente en el mismo vivir del hombre, entonces sí: la Iglesia debe estar presente. Y se trata de un bien, ya que Occidente se enfrenta a un peligro que no había conocido hasta ahora: la posibilidad de redefinir los contenidos esenciales de la misma naturaleza humana, defendiendo incluso que no existe ninguna verdad sobre el bien del hombre que no sea producto del consenso social. Pensar que debe existir una separación entre religión y vida pública, encerrando la fe en la conciencia privada de los creyentes, no es más que un residuo del pasado.
Se sostiene que, en la esfera privada, cada uno puede hacer lo que quiera, mientras que en la esfera pública valen sólo las reglas basadas en principios de justicia formal y procedimental. No estoy de acuerdo; la comunidad civil y política no se sustenta sólo en normas racionales obtenidas por consenso, sino también –y sobre todo– por una concepción compartida de una vida nueva. Negar esto es una prueba de ingenuidad. No creo que haya una sola persona que atribuya al bien humano una relevancia puramente subjetiva; existe un universo de valores morales que precede a las normas públicas. El progreso en el bien común sólo es alcanzable a través de la confrontación entre argumentos, que es algo serio si todos –la Iglesia incluida– pueden participar, y si existe la certeza de que existe una verdad acerca del bien común. Si, en lugar de esto, la condición suficiente para determinar las normas de la sociedad fuese sólo el consenso, el diálogo se convertiría en voluntad de imponer el propio punto de vista.

+ Carlo Caffarra - arzobispo de Bolonia, ITALIA. MMV. XII en una entrevista.

 

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La diplomacia es, en cierta manera, el arte de la esperanza. Ella vive de la esperanza e intenta discernir incluso sus signos más tenues. La diplomacia debe dar esperanza. Cuando Dios se hizo niño pequeño, la Esperanza vino a habitar en el mundo, en el corazón de la familia humana. Esta certeza se hace hoy oración: que Dios abra a la Esperanza, que no defrauda nunca, el corazón de aquellos que gobiernan la familia de los pueblos. Movido por estos sentimientos, dirijo a cada uno de vosotros mis mejores votos, para que vosotros, vuestros colaboradores y los pueblos que representáis seáis iluminados por la Gracia y la Paz que nos llegan del Niño de Belén. 2007.I.07 Benedicto PP. XVI.

 

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“Sólo se aguanta una civilización si muchos aportan su colaboración al esfuerzo. Si todos prefieren gozar el fruto, la civilización se hunde”. José Ortega y Gasset

 

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HISTORIA Y COTEJAR IDEAS - Es un servicio útil a la Iglesia, un servicio útil a la verdad. Es justo discutir, profundizar, debatir, confrontarse. Pero hay que evitar el error más grave para un historiador, el anacronismo, juzgando la realidad de entonces con los ojos y la mentalidad de hoy.

 

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Los católicos deben comprometerse en la política.

 

Concilio Vaticano II es que «los fieles laicos de ningún modo pueden abdicar de la participación en la “política”; es decir, en la multiforme y variada acción económica, social, legislativa, administrativa y cultural, destinada a promover orgánica e institucionalmente el bien común»,[10] que comprende la promoción y defensa de bienes tales como el orden público y la paz, la libertad y la igualdad, el respeto de la vida humana y el ambiente, la justicia, la solidaridad, etc.

Se puede verificar hoy un cierto relativismo cultural, que se hace evidente en la teorización y defensa del pluralismo ético, que determina la decadencia y disolución de la razón y los principios de la ley moral natural. Desafortunadamente, como consecuencia de esta tendencia, no es extraño hallar en declaraciones públicas afirmaciones según las cuales tal pluralismo ético es la condición de posibilidad de la democracia[12]. Ocurre así que, por una parte, los ciudadanos reivindican la más completa autonomía para sus propias preferencias morales, mientras que, por otra parte, los legisladores creen que respetan esa libertad formulando leyes que prescinden de los principios de la ética natural, limitándose a la condescendencia con ciertas orientaciones culturales o morales transitorias,[13] como si todas las posibles concepciones de la vida tuvieran igual valor. Al mismo tiempo, invocando engañosamente la tolerancia, se pide a una buena parte de los ciudadanos – incluidos los católicos – que renuncien a contribuir a la vida social y política de sus propios Países, según la concepción de la persona y del bien común que consideran humanamente verdadera y justa, a través de los medios lícitos que el orden jurídico democrático pone a disposición de todos los miembros de la comunidad política. La historia del siglo XX es prueba suficiente de que la razón está de la parte de aquellos ciudadanos que consideran falsa la tesis relativista, según la cual no existe una norma moral, arraigada en la naturaleza misma del ser humano, a cuyo juicio se tiene que someter toda concepción del hombre, del bien común y del Estado.

La libertad política no está ni puede estar basada en la idea relativista según la cual todas las concepciones sobre el bien del hombre son igualmente verdaderas y tienen el mismo valor, sino sobre el hecho de que las actividades políticas apuntan caso por caso hacia la realización extremadamente concreta del verdadero bien humano y social en un contexto histórico, geográfico, económico, tecnológico y cultural bien determinado.

Cuando la acción política tiene que ver con principios morales que no admiten derogaciones, excepciones o compromiso alguno, es cuando el empeño de los católicos se hace más evidente y cargado de responsabilidad. Ante estas exigencias éticas fundamentales e irrenunciables, en efecto, los creyentes deben saber que está en juego la esencia del orden moral, que concierne al bien integral de la persona. Este es el caso de las leyes civiles en materia de aborto y eutanasia (que no hay que confundir con la renuncia al ensañamiento terapéutico, que es moralmente legítima), que deben tutelar el derecho primario a la vida desde de su concepción hasta su término natural. Del mismo modo, hay que insistir en el deber de respetar y proteger los derechos del embrión humano. Análogamente, debe ser salvaguardada la tutela y la promoción de la familia, fundada en el matrimonio monogámico entre personas de sexo opuesto y protegida en su unidad y estabilidad, frente a las leyes modernas sobre el divorcio. A la familia no pueden ser jurídicamente equiparadas otras formas de convivencia, ni éstas pueden recibir, en cuánto tales, reconocimiento legal. Así también, la libertad de los padres en la educación de sus hijos es un derecho inalienable, reconocido además en las Declaraciones internacionales de los derechos humanos. Del mismo modo, se debe pensar en la tutela social de los menores y en la liberación de las víctimas de las modernas formas de esclavitud (piénsese, por ejemplo, en la droga y la explotación de la prostitución). No puede quedar fuera de este elenco el derecho a la libertad religiosa y el desarrollo de una economía que esté al servicio de la persona y del bien común, en el respeto de la justicia social, del principio de solidaridad humana y de subsidiariedad, según el cual deben ser reconocidos, respetados y promovidos «los derechos de las personas, de las familias y de las asociaciones, así como su ejercicio».[21] Finalmente, cómo no contemplar entre los citados ejemplos el gran tema de la paz. Una visión irenista e ideológica tiende a veces a secularizar el valor de la paz mientras, en otros casos, se cede a un juicio ético sumario, olvidando la complejidad de las razones en cuestión. La paz es siempre «obra de la justicia y efecto de la caridad»;[22] exige el rechazo radical y absoluto de la violencia y el terrorismo, y requiere un compromiso constante y vigilante por parte de los que tienen la responsabilidad política.
Principios de la doctrina católica acerca del laicismo y el pluralismo
Ante estas problemáticas, si bien es lícito pensar en la utilización de una pluralidad de metodologías que reflejen sensibilidades y culturas diferentes, ningún fiel puede, sin embargo, apelar al principio del pluralismo y autonomía de los laicos en política, para favorecer soluciones que comprometan o menoscaben la salvaguardia de las exigencias éticas fundamentales para el bien común de la sociedad. No se trata en sí de “valores confesionales”, pues tales exigencias éticas están radicadas en el ser humano y pertenecen a la ley moral natural. Éstas no exigen de suyo en quien las defiende una profesión de fe cristiana, si bien la doctrina de la Iglesia las confirma y tutela siempre y en todas partes, como servicio desinteresado a la verdad sobre el hombre y el bien común de la sociedad civil. Por lo demás, no se puede negar que la política debe hacer también referencia a principios dotados de valor absoluto, precisamente porque están al servicio de la dignidad de la persona y del verdadero progreso humano. 


La enseñanza social de la Iglesia no es una intromisión en el gobierno de los diferentes Países. Plantea ciertamente, en la conciencia única y unitaria de los fieles laicos, un deber moral de coherencia. «En su existencia no puede haber dos vidas paralelas: por una parte, la denominada vida “espiritual”, con sus valores y exigencias; y por otra, la denominada vida “secular”, esto es, la vida de familia, del trabajo, de las relaciones sociales, del compromiso político y de la cultura. El sarmiento, arraigado en la vid que es Cristo, da fruto en cada sector de la acción y de la existencia. En efecto, todos los campos de la vida laical entran en el designio de Dios, que los quiere como el “lugar histórico” de la manifestación y realización de la caridad de Jesucristo para gloria del Padre y servicio a los hermanos. Toda actividad, situación, esfuerzo concreto –como por ejemplo la competencia profesional y la solidaridad en el trabajo, el amor y la entrega a la familia y a la educación de los hijos, el servicio social y político, la propuesta de la verdad en el ámbito de la cultura– constituye una ocasión providencial para un “continuo ejercicio de la fe, de la esperanza y de la caridad”»

Al mismo tiempo, la Iglesia enseña que la auténtica libertad no existe sin la verdad. «Verdad y libertad, o bien van juntas o juntas perecen miserablemente», ha escrito Juan Pablo II.[27] En una sociedad donde no se llama la atención sobre la verdad ni se la trata de alcanzar, se debilita toda forma de ejercicio auténtico de la libertad, abriendo el camino al libertinaje y al individualismo, perjudiciales para la tutela del bien de la persona y de la entera sociedad.
8. En tal sentido, es bueno recordar una verdad que hoy la opinión pública corriente no siempre percibe o formula con exactitud: El derecho a la libertad de conciencia, y en especial a la libertad religiosa, proclamada por la Declaración Dignitatis humanæ del Concilio Vaticano II, se basa en la dignidad ontológica de la persona humana, y de ningún modo en una inexistente igualdad entre las religiones y los sistemas culturales.[28] En esta línea, el Papa Pablo VI ha afirmado que «el Concilio de ningún modo funda este derecho a la libertad religiosa sobre el supuesto hecho de que todas las religiones y todas las doctrinas, incluso erróneas, tendrían un valor más o menos igual; lo funda en cambio sobre la dignidad de la persona humana, la cual exige no ser sometida a contradicciones externas, que tienden a oprimir la conciencia en la búsqueda de la verdadera religión y en la adhesión a ella».[29] La afirmación de la libertad de conciencia y de la libertad religiosa, por lo tanto, no contradice en nada la condena del indiferentísimo y del relativismo religioso por parte de la doctrina católica,[30] sino que le es plenamente coherente.
Conclusión
Las orientaciones contenidas en la presente Nota quieren iluminar uno de los aspectos más importantes de la unidad de vida que caracteriza al cristiano: La coherencia entre fe y vida, entre evangelio y cultura, recordada por el Concilio Vaticano II. Éste exhorta a los fieles a «cumplir con fidelidad sus deberes temporales, guiados siempre por el espíritu evangélico. Se equivocan los cristianos que, pretextando que no tenemos aquí ciudad permanente, pues buscamos la futura, consideran que pueden descuidar las tareas temporales, sin darse cuenta de que la propia fe es un motivo que les obliga al más perfecto cumplimiento de todas ellas, según la vocación personal de cada uno». Alégrense los fieles cristianos«de poder ejercer todas sus actividades temporales haciendo una síntesis vital del esfuerzo humano, familiar, profesional, científico o técnico, con los valores religiosos, bajo cuya altísima jerarquía todo coopera a la gloria de Dios».[31]

16.01.2003

 

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Educación para la esclavitud

 

ABC - Juan Manuel de Prada - 17-07-2006

 

Recordemos la célebre frase de Jean-François Revel: «La tentación totalitaria, bajo la máscara del demonio del Bien, es una constante del espíritu humano». Todas las ideologías totalitarias que en el mundo han sido aspiran a crear, bajo esa máscara de bondad, un «hombre nuevo» que se amolde a sus postulados. El ser humano, cada ser humano, posee unos rasgos, querencias y convicciones de índole moral que dificultan la consecución de ese modelo; las ideologías totalitarias, lejos de admitir la pluralidad de sensibilidades que componen la sociedad, tratan de modificarlas mediante la «reeducación», hasta convertirlas en engranajes del sistema. Si algo hermanó al nazismo y al comunismo fue precisamente este propósito de fabricar un «hombre nuevo», en el que el valor intrínseco de la persona era negado en pro de la comunidad. Esta labor de «reeducación» social se presentó, paradójicamente, como una empresa filantrópica. Y esa «máscara del demonio del Bien» fue a la postre la que amparó el derecho de desterrar a los arrabales de la sociedad a categorías enteras de hombres, incluso el derecho a aniquilarlos sin dubitación.

 

Este sueño de construir la sociedad perfecta e imponerla a los demás sigue infectando los regímenes democráticos, bajo estrategias mucho más amables y sibilinas. Un ejemplo palmario de ingeniería social lo representa esa asignatura llamada cínicamente Educación para la Ciudadanía, cuyo objetivo no es otro que imponer un nuevo sistema de valores, presentándolo como un imperativo moral e imprescindible para la existencia de una sociedad cohesionada. Para ello, se impone una «nueva ética» basada en los «nuevos paradigmas»: el nuevo paradigma de familia, el nuevo paradigma de derechos humanos, el nuevo paradigma de género, etcétera. A nadie se le escapa que el adoctrinamiento de las mentes infantiles produce a medio plazo unos opíparos réditos electorales; a nadie se le escapa que todo régimen político que anhela perpetuarse dedica especiales esfuerzos a las tareas de proselitismo y propaganda entre los más jóvenes, pues con ello se asegura un granero de votos. A través de esta asignatura llamada cínicamente Educación para la Ciudadanía, nuestros hijos serán atiborrados de un pienso ideológico que naturalmente no se limitará a incluir unas normas de convivencia cívica, sino que sobre todo se preocupará de imponer una «moral pública» que tuerza y pisotee la moral que los padres, legítimamente, les intentamos transmitir. Y así, por ejemplo, se entonarán las loas del «derecho a elegir libremente la opción sexual», y se les explicarán los muy benéficos logros que deparará la experimentación con embriones, todo ello aderezado con apelaciones a la «recuperación de la memoria histórica» y demás mitologías del Nuevo Régimen. La formación de nuevas generaciones de esclavos está asegurada.

 

Ante tal atropello, los ciudadanos libres -si es que todavía resta alguno -deben actuar enérgicamente. Recordemos las palabras de Henry David Thoreau en su opúsculo Desobediencia civil (1849): «Existen leyes injustas. ¿Debemos conformarnos con obedecerlas? ¿Nos esforzaremos en enmendarlas, acatándolas hasta que hayamos triunfado? ¿O debemos transgredirlas de inmediato? Si la injusticia requiere de tu colaboración, convirtiéndote en agente de injusticia para otros, infringe la ley. Que tu vida sirva de freno para detener la máquina. Lo que debes hacer es tratar por todos los medios de no prestarte a fomentar el mal que condenas». Una ley es injusta cuando conculca derechos ciudadanos y trata de confiscar ese ámbito de libertad personal que corresponde en exclusiva al individuo y que el Estado no puede invadir. Esta asignatura llamada cínicamente Educación para la Ciudadanía nos amenaza con una flagrante invasión de ese ámbito inviolable, ejercida además contra los más débiles e indefensos, que son nuestros hijos. La desobediencia civil será, llegado el momento, un recurso legítimo.

 

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La polémica de la ciudadanía

 

Alejandro Llano - La Gaceta de los Negocios - 17/08/2006

EN el ecuador de este caluroso y conflictivo verano, los ánimos no parecen haberse serenado por efecto del letargo estivo.
Y, si no que se lo pregunten a los celosos defensores de la educación para la ciudadanía, a los que el Gobierno socialista parece haber llamado en pleno agosto a cerrar filas en defensa de esta herramienta docente tan decisiva para la ideología oficial. Ante la objeción de que la formación moral es competencia de las familias, los apologistas mantienen, por una parte, que el Estado también tiene responsabilidades éticas. Pero arguyen también —y no se ve bien cómo conciliar esto con lo anterior— que la educación para la ciudadanía no entra en disquisiciones tan íntimas y que, a fin de cuentas, cada uno puede pensar en su casa lo que quiera (como sucedía incluso en tiempos de la dictadura).

También es significativo, por lo demás, que los adalides más destacados de la ilustración cívica sean, casualmente, potenciales redactores de libros de texto para uso de los escolares que disfrutarán de tales asignaturas; porque evidentemente no se trata de una sola.

Los defensores de la línea gubernamental exponen ahora unánimemente un razonamiento basado en la educación comparada: en todos los países occidentales existe esta disciplina; también aquí deberá imponerse, porque estamos más necesitados que ellos de educación política. Lo malo de este aserto es que su falsedad resulta sencilla de comprobar.

No existe tal asignatura en todos los países de nuestro entorno, sino en muy pocos. Y, lo que es peor, la disciplina que en ellos se imparte tiene poco que ver con la que se está urdiendo entre nosotros. En Francia y Estados Unidos, por ejemplo, lo que se explica es, lisa y llanamente, el contenido de la Constitución, la estructura del Estado, y el funcionamiento de las instituciones públicas. Y punto. No hay —como en nuestro país se prevén— discursos edificantes para buenos demócratas según la praxis socialista, ni instrucciones sobre el manejo de la propia afectividad, ni clasificaciones de los diferentes tipos de familia por razón del género de los cónyuges, ni relativizaciones de la configuración sexual del individuo, ni excursos sobre la globalización y el nacionalismo.

Pero hay otro plano de consideraciones más hondo e inquietante. Se refiere al propio concepto de ciudadanía. Según los aleccionadores, la ciudadanía es algo que emana desde las alturas del Estado y desciende benéficamente sobre el común de las gentes que, antes de recibir esta unción, eran simplemente seres humanos sin atributos sociales ni políticos. Como el Estado es el nacedero de la ciudadanía, también les parece lógico que sea quien instruya sobre ella y vele para que no se deteriore ni tergiverse su pureza doctrinal.

Pero tal posición aboca a una petición de principio. Porque si el Estado es el generador y garante de la condición ciudadana, ¿quién legitima al propio Estado? Problema que se patentiza en el caso de un régimen democrático, cuya elemental definición establece que consiste en la estructura política surgida justamente de la libre decisión de los ciudadanos.

Todas las teorías sociológicas y políticas actuales coinciden en comprender la ciudadanía como una condición previa a la tecnoestructura política. Ya estamos lejos —deberíamos estarlo— del Estado paternalista, que pone y quita derechos o deberes, que arbitra sobre el ser o no ser de los ciudadanos, que reparte diplomas acreditadores de haber estado de parte de los buenos en los conflictos patrios. Lo propio de la democracia es la libre emergencia de las libertades concertadas de los ciudadanos, no la sofocante colonización de las agencias estatales sobre personas maduras.

Pero es que, además, el estatismo centralista en materia de educación cívica resulta ridículo cuando en este país se está procediendo al astillamiento del Estado, del cual hasta el mismo presidente Maragall declara que ha pasado a ser residual en Cataluña. Parece que, más bien, estamos ante un horizonte de plurales ciudadanías, que requerirán en cada caso estrategias educativas diversas. Si resulta que el Estado va a ser algo suplementario y adjetivo, también lo será la ciudadanía que desde él se otorga y se imparte.

Instituciones y competencias entreveradas o solapadas están ya produciendo confusión e ineficacia. ¿Qué responsabilidad ciudadana puede predicar un Estado que ha procedido a su autovaciamiento, pero que sigue manteniendo celosamente los monopolios propios de épocas en que gozaba de mejor salud?

Son capaces de prescribir a los habitantes de este país cómo se han de comportar en el coche, en la escuela y en la cama, pero no de evitar el caos aeroportuario, apagar los incendios, organizar mínimamente la inserción de los emigrantes, o proteger a vascos y navarros de la violencia. Es la hora de que la sociedad civil recupere su libre protagonismo.

2006.VIII

 

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Para empezar, no se confunda Estado laico con Estado laicista. Estado laico es el que no asume una religión como propia. Es un Estado aconfesional, que se declara incompetente en materia religiosa y, por ello, se presenta neutral en esta cuestión. El correlato de la incompetencia del Estado en temas religiosos es la incompetencia de la jerarquía eclesiástica en asuntos políticos.

Por el contrario, es laicista el Estado beligerante en materia religiosa, cuando se opone a la religión en la vida pública y la empuja hacia la pura privacidad o la persigue.

De todo lo dicho se deducen dos conclusiones importantes. Frente a la sociedad civil, el ciudadano es titular del derecho de libertad religiosa. Ante la sociedad eclesiástica el fiel cristiano goza del derecho de libertad en asuntos opinables.

La célula básica de la sociedad (cristiana o no) es la familia constituida por un padre, una madre y unos hijos. Esto es irrenunciable y es previo a cualquier concepción religiosa del hombre. Es un axioma de ley natural. Todo político sereno y sensato debería convenir, a poco que se asomase a la historia, que el matrimonio heterosexual es una invariante multicultural.

Ello no obstante, si un político no puede ser maltratado cuando no quiere reconocer ese axioma natural, es obvio, por lo mismo, que tampoco puede ser perseguido un ciudadano, creyente o no, que acoja el mensaje cristiano en la doctrina del Magisterio petrino. Le asiste el derecho civil de la libertad religiosa, un principio jurídico reconocido en todas las verdaderas democracias, España entre ellas.

 

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La Iglesia con su trabajo social convierte en calor,

el frio de los necesitados iberos-americanos...y no solo.

 

¿Quién financia a quién? - Nuevamente el gallinero progresista cacarea con la dichosa financiación de la Iglesia católica. La Vicepresidenta de la Vega, como probable venganza al éxito de la manifestación del 12-N contra la LOE, se apunta al carro de las acusaciones contra la Iglesia. Resulta que la inmensa obra social que ejerce esta institución en nuestra nación ahorra al erario estatal 36.000 millones de euros. Tanto, que si desaparecieran los 101 hospitales de titularidad eclesiástica, 937 orfanatos, 312 guarderías, 876 casas de acogida, 365 centros de educación especial para disminuidos, cientos de comedores sociales para inmigrantes, colegios, universidades, bibliotecas…, le costaría al Gobierno una cantidad presupuestaria inasumible. Y eso sin contar el trabajo abnegado y no remunerado de 14.000 misioneros en los cinco continentes, que trabajan entre los más desheredados de la Humanidad por amor a Dios y a sus hermanos, llevando el mensaje salvífico de Jesucristo.
Así que menos demagogia manipuladora, sectaria y cerril por parte del Ejecutivo, y más valoración de la tarea social y humana que desarrolla la Iglesia católica en España. MMV. XII  Juan Francisco Fernández - Málaga

 

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La rentabilidad de los cristianos para el Estado

 

Manuel MONTERO RAMOS
Hace unos días, llegó a mis manos un artículo de «Época» firmado por Juan José Aguilar y Rafael Miner. En el citado artículo dejaban muy claro cómo la Iglesia con sus prestaciones ahorraba al Estado la friolera de 6.000 millones de euros al año. Tras la lectura de este artículo, quiero alzar una voz a favor de la Iglesia con una reflexión sobre la rentabilidad que supone para la sociedad y sobre el capital, fuente de la renta. La Iglesia católica lleva a cabo su labor desde hace dos mil años al servicio de todos los hombres, especialmente de los débiles, enfermos, pobres y de los más necesitados de la Tierra; además de esta labor social curativa, la Iglesia ha sido gran impulsora del desarrollo económico de muchos pueblos abandonados a su suerte por las autoridades civiles. Incluso después de la aparición de los estados modernos ha fomentado el desarrollo humano, cultural, artístico y científico: no olvidemos el papel de la misma y de sus hombres y mujeres en tantos monasterios y conventos, centros de observación y búsqueda de la verdad en todas las ciencias.


   Pero esta labor social y todo su legado cultural y científico ha sido consecuencia y complemento de lo más importante y fundamental y es que ha enseñado al hombre a ser hombre, persona, no esclavo de nada ni de nadie, con una trascendencia escatológica, dotando de sentido a su existencia y a la historia que le rodea. De esta manera el hombre cobra una nueva dimensión y descubre quién es y la razón de su ser, descubre también al otro, como criatura de Dios, descubre el respeto que ha de profesarle por esta razón y quedan iluminados los derechos que emanan de una ley dada por el mismo Creador y no por los hombres, una dimensión revelada con valores diferentes, donde la realización o plenitud no toma su base en ser, o en tener, buscándose a uno mismo, sino en considerar que el otro existe, siente, padece, es igual que nosotros, nos necesita y nos complementa, todo ello fruto de una experiencia vivencial de la que surge la vocación de servicio social a los demás. Aquí es donde se da el milagro económico que consiste en que dar al otro es siempre recibir mucho más, empezando por la primera célula social, la familia, y trascendiendo posteriormente al resto de la sociedad. Estos valores dotan al hombre de un capital humano cuya rentabilidad es incalculable.


   Esta concepción de las cosas y la experiencia que la sustenta lleva no sólo a la caridad, sino también a la justicia, a la búsqueda de la equidad en la distribución de la renta, a la eliminación de toda forma de explotación, esclavitud o uso y abuso del otro. Esto no surge de la nada sino de unos valores intangibles que la Iglesia anuncia a través de los siglos y que hoy se menosprecian o se intentan eliminar. Todo esto se manifiesta también en valores tangibles, reales, económicos, porque un hombre que tiene una experiencia cristiana seria no la deja en el ámbito de lo privado como si fuera una afición personal o una actividad lúdica sino que posee una riqueza, un capital, cuyas rentas son invalorables en términos económicos para el bienestar de su sociedad, en términos de paz y de progreso.

 

 

La Iglesia ya a finales del 300 (sc.IV) fundaba hospitales públicos y gratuitos*

 


   Y ¿qué podemos decir de las deseconomías que se producen por la ausencia de estos valores que se pretenden eliminar, como si fueran una pesada herencia ancestral? No se trata ya de consecuencias en términos de «producción» sino del aumento del crecimiento de los «costes» que esta dinámica está causando en nuestra sociedad. Las autoridades políticas prometen a su electorado utilizar más recursos económicos para atender los nuevos problemas que la ciudadanía les presenta, sin discernir que la raíz, en un altísimo porcentaje, de esos nuevos problemas se encuentra en que no hemos valorado ni fomentado muchos valores, sino al contrario y, por tanto, sus consecuencias van teniendo también cada vez más peso en el gasto de las Administraciones Públicas.


   En efecto, las Administraciones Públicas tienen que dedicar cada vez más recursos para remendar los descosidos cada vez más numerosos, fruto de una paulatina eliminación de estos valores. El muestrario es amplio y terrible: el abandono y desatención de mayores, los dramas de jóvenes y adolescentes provocados por el alcohol, las drogas, con niveles alarmantes de embarazos no deseados, producto de una cultura sin valores donde lo que impera es el disfrute inmediato y por tanto de búsqueda exclusiva de uno mismo con el uso y abuso de los demás en muchos casos, o bien desde una competitividad salvaje donde no importan lo medios sino los fines, pasando por encima de cualquier respeto o valor, otros desde un relajo, donde el esfuerzo, la superación y el trabajo no se plantean como algo positivo para su vida; fruto de ello junto con otros factores relacionados aparece el fracaso escolar, la evasión, la delincuencia para reafirmar un «yo» que no existe y al que nadie da sentido o para obtener un disfrute que no se puede alcanzar de otro modo, egoísmos exacerbados nacionalistas y sus consecuencias humanas y sociales, etcétera. Las Administraciones Públicas se encuentran con recursos escasos para atender la creciente demanda de servicios de justicia en lo familiar, en lo delictivo y en lo social, atención a mujeres maltratadas, atención de ancianos solos, jóvenes, marginación, crecimiento de la población reclusa, etcétera, todo ello en un mundo en el que las nuevas generaciones no encuentran una referencia fija, todo es relativo y cada uno tiene su verdad, quedando a disposición de cualquier corriente que pase por delante. Esta depreciación del ser humano como persona, primero, y como parte de un capital humano, después, supone un boquete social. Esto es antieconómico.


   Podríamos referirnos también a las rentas de trabajo en especie donadas por parte de misioneros/as, religiosos/as y laicos por todo el mundo y a lo largo de la historia a tantos pueblos, órdenes religiosas que incluso se han dejado la vida al lado de los más pobres y oprimidos, defendiendo la vida, la dignidad del hombre, los derechos humanos y el desarrollo económico y cultural de la persona, todo ello como fruto exclusivamente de una experiencia personal cristiana y de la fuente inagotable que de ella surge y de la que han dado a beber tantos hombres. Económicamente, estas rentas son invalorables.


   La iglesia no impone, sólo propone un modelo diferente de concepción de la existencia, que tiene sus repercusiones innegablemente positivas no sólo en la persona sino también en la economía de un país. Europa y sus democracias sí tienen raíces cristianas, raíces que han dejado una huella profunda en sus habitantes y en su patrimonio cultural y que han dado sentido a su existencia durante siglos. Éste es un capital que no hemos valorado ni cuidado, por lo que se ha ido depreciando; el futuro no parece que apunte hacia la realización de inversiones para su reposición, por lo que las rentas tangibles e intangibles de este capital caerán y tendremos que asumir los costes externos que van aflorando como consecuencia de su paulatina disminución. En resumen: una pérdida de patrimonio para el hombre en lo espiritual y en lo material. No obstante siempre hay esperanza y siempre habrá hombres y mujeres cuyas actuaciones y servicios nunca quedarán reflejados en la contabilidad nacional ni en las estadísticas, ni siquiera en la historia, pero sí las conocerán quienes recibieron estas prestaciones como una donación gratuita. Creo que es innegable la alta rentabilidad económica y social que supone el capital humano cristiano, cuyo fondo patrimonial es inagotable porque dispone de un capital, unos valores, que a mi juicio no provienen de los hombres pero que proporcionan servicios incalculables a los hombres, como si fuera el mismo Dios el que hecho hombre a través de tantos hombres y mujeres en la historia, se pusiera al servicio de todo aquel que lo necesita. No puedo dejar de nombrar también aquí a tantos hombres y mujeres de buena voluntad que desde ONG prestan también sus servicios y que deben recibir también el apoyo de la sociedad y de sus autoridades, como constructores todos de una sociedad de paz y bienestar
Manuel Montero Ramos es economista - 2005-01-24-Esp.

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Santa Fabiola  + 399

 

A ella se debe un hecho significativo en la historia de nuestra civilización: fundó en Roma el primer hospital´cristiano, público y gratuito en todo el Occidente.Murió santamente el año 399.

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El hospital Santo Espíritu, que fundado por la Iglesia en el año 727, es hoy el más antiguo de Roma y el más rico en obras de arte históricas, con una biblioteca que reúne valiosos volúmenes antiguos y un museo dedicado al «arte sanitario».

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No a caso, se hacen remontar al Emperador cristiano Constantino, los primeros ejemplos de internamiento para enfermos, precursores de los hospitales modernos. Eran llamados ‘xenodochi’. En el siglo VIII los ‘xenodochi’ acrecentaron sus propias disponibilidades, tanto que la asistencia viene extendida a otros grupos de más necesitados, como las viudas y los huérfanos. La Iglesia era reconociente del alto valor social de la caridad y la asistencia pública, y se empeñó en varios Concilios a su mantenimiento y a la difusión. Tanto que, hoy día, la Iglesia dispone de unos 678 dispensarios para leprosos; atiende más del 25% de enfermos de SIDA del mundo y las Hermanitas de Madre Teresa de Calcuta no cesan de acoger necesitados y moribundos en los suburbios más degradados de la sociedad contemporánea. 2005.

 

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¿En qué gasta el dinero la Iglesia?

 

 

- Escuelas maternas: 14.995

- Escuelas primarias: 38.995
- Escuelas medias: 12.682
- Hospitales: 2.055

- Leprosarios 678
- Dispensarios: 6.873
- Orfanatos: 2.743

- 2004.12.

 

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HOSPITALES – EL MUNDO SANITARIO

 

 

Es tan importante el mundo de la sanidad...

Cumpliendo su misión, el Papa intenta suscitar en la Iglesia, en los individuos, en las familias y en la sociedad civil el reconocimiento del valor de la vida humana, su importancia en cualquier momento y circunstancia y su sentido trascendente. Son muchas y muy diferentes las situaciones por las que el hombre puede pasar desde el momento de la concepción hasta que Dios dispone de la vida de cada uno. Y no siempre se ofrecen soluciones prácticas que respeten la dignidad del hombre. Depende de las filosofías y antropologías.

Algunos de los remedios a los problemas que el ser humano padece son netamente contrarios a la verdad sobre el hombre porque se apoyan en unos presupuestos materialistas cegados a toda trascendencia. Cuando a lo largo de la historia se han dado esos supuestos, siempre la Iglesia ha intervenido como experta en humanidad, saliendo al paso de las desviaciones, errores y aberraciones que han puesto en peligro tanto la noción como la misma supervivencia del ser humano. Hoy también pasamos por unos momentos -ni únicos, ni nuevos, ni definitivos- en los que peligra el respeto a la dignidad de todos los hombres, sobre todo, cuando unas situaciones de precariedad afectan a la vida, al entorno, al bienestar físico o material de las personas; baste pensar en la problemática del aborto, de la eutanasia o del suicidio.

De nuevo, la Iglesia hace oír su voz para contribuir a poner las cosas en su sitio con respecto al valor intocable de la vida de cada ser humano.

Y tiene tanto que ver en ese campo el mundo de la sanidad que la encíclica Evangelium Vitae, que repetidamente venimos exponiendo, dedica diferentes párrafos a esta noble profesión. Transcribo uno de ellos.

 

"Estas estructuras y centros de servicio a la vida, y todas las demás iniciativas de apoyo y solidaridad que las circunstancias puedan aconsejar según los casos, tienen necesidad de ser animadas por personas generosamente disponibles y profundamente conscientes de lo fundamental que es el Evangelio de la vida para el bien del individuo y de la sociedad.

Es peculiar la responsabilidad confiada a todo el personal sanitario: médicos, farmacéuticos, enfermeros, capellanes, religiosos y religiosas, personal administrativo y voluntarios. Su profesión les exige ser custodios y servidores de la vida humana. En el contexto cultural y social actual, en que la ciencia y la medicina corren el peligro de perder su dimensión ética original, ellos pueden estar a veces fuertemente tentados de convertirse en manipuladores de la vida o incluso en agentes de la muerte. Ante esta tentación, su responsabilidad ha crecido hoy enormemente y encuentra su inspiración más profunda y su apoyo más fuerte precisamente en la intrínseca e imprescindible dimensión ética de la profesión sanitaria, como ya reconocía el antiguo y siempre actual juramento de Hipócrates, según el cual se exige a cada médico el compromiso de respetar absolutamente la vida humana y su carácter sagrado".(Evangelium Vitae, nº89)

 

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Cristo cambia la vida. El encuentro con Cristo cambia radicalmente la vida de una persona, la lleva a la «metánoia» o conversión profunda de la mente y del corazón y establece una comunión de vida que se convierte en seguimiento. En los Evangelios, el seguimiento se expresa con dos actitudes: la primera consiste en «hacer camino» con Cristo; la segunda, en «caminar detrás» de Él, auténtico guía.

 

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Lo que ha sido predicado una vez por el Señor, o lo que en Él se ha obrado para salvación del género humano, debe ser proclamado y difundido hasta los últimos confines de la tierra, comenzando por Jerusalén, de suerte que lo que una vez se obró para todos en orden a la salvación alcance su efecto en todos en el curso de los tiempos. Para que esto se realizara plenamente, Cristo envió de parte del Padre al Espíritu Santo, para que llevara a cabo interiormente su obra salvífica e impulsara a la Iglesia a extenderse a sí misma. El Espíritu Santo obraba ya, sin duda, en el mundo antes de que Cristo fuera glorificado. Sin embargo, el día de Pentecostés descendió sobre los discípulos para permanecer con ellos para siempre; la Iglesia se manifestó públicamente ante la multitud; comenzó la difusión del Evangelio por la predicación; fue, por fin, prefigurada la unión de los pueblos en la catolicidad de la fe por medio de la Iglesia de la Nueva Alianza, que habla, comprende y abraza en la caridad todas las lenguas y supera así la dispersión de Babel. Fue en Pentecostés cuando empezaron los hechos de los Apóstoles, del mimo modo que Cristo fue concebido cuando el Espíritu Santo vino sobre la Virgen María, y Cristo fue impulsado a la obra de su ministerio cuando el mismo Espíritu Santo descendió sobre Él mientras oraba. El mismo Señor Jesús, antes de dar voluntariamente su vida para salvar al mundo, de tal manera organizó el ministerio apostólico y prometió enviar el Espíritu Santo, que ambos están asociados en la realización de la obra de la salvación en todas partes y para siempre.
Decreto Ad gentes, 3-4  - VATICANO II

 

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“CREO EN LA SANTA IGLESIA QUE ES UNA, SANTA, CATÓLICA Y APOSTÓLICA, COMO EL CRISTO LA FUNDÓ SEGÚN CONSTATAMOS EN LA SANTA BIBLIA” (Cristo funda su Iglesia ´una´; Cristo es la cabeza por tanto es ´santa´; Cristo la envía a predicar a todos los confines del orbe, por tanto es ´católica´; Cristo ordena el pregón del anuncio evangélico a los apóstoles, por tanto es ´apostólica´. La Iglesia es cristiana porque proclama a Cristo; es evangélica y evangelizadora porque revela a Cristo... y un largo etc. de adjetivos le son propios.

 

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San Máximo: «Sí, Señor dueño omnipotente, escucha nuestra súplica, pues no reconocemos a otro que fuera de ti» («Humanidad y divinidad de Cristo» --«Umanità e divinità di Cristo»--, Roma 1979, pp. 51-52). S. S. JUAN PABLO II- 2003-05-14

Cristo Jesús es cabeza, vida y fundamento de la Iglesia católica.

‘Donde está la Iglesia, allí está el Espíritu de Dios, y el Espíritu es la verdad’ San Ireneo

‘La misión de la Iglesia no es politizar el Evangelio, mas, evangelizar la política’. F.Francou

‘Llegará el momento en que Iglesia defenderá sola al hombre y a la cultura’ Cardenal Newman

Las sectas dividen el Reino de Dios*, todas ellas fundadas por ´iluminados´; la Iglesia católica la funda y asiste un Dios ´Cristo Jesús´ bajo el amparo maternal de la primera cristiana: María Virgen y madre nuestra.

* !bautistas hay no menos de 19!

 

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846 d.C. Los mahometanos (musulmanes-sarracenos)  llegan a Ostia, remontan el Tiber y – tras cometer crímenes horrendos- saquean los tesoros y bibliotecas de las basílicas extramuros, incluida San Pedro, profanando uno de los lugares más santos del cristianismo. En el 1009 destruyen la tumba de Cristo.

 

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P: ¿Qué piensa de los que para defender el Islam afirman que la Biblia es igual o más violenta que el Corán?

 

R: Que o son unos ignorantes o unos embusteros. Se necesita valor para comparar al que murió diciendo: "Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen" con el que enseñó lo de guerrear contra los infieles hasta que se sometan y paguen el tributo.

Dr. César VIDAL. ESP. 2004.04

 

Toda persona tiene derecho a la libertad religiosa (...) de tal manera que, en materia religiosa, ni se obligue a nadie a obrar contra su conciencia, ni se le impida que actúe conforme a ella en privado y en público, solo o asociado con otros.
Concilio Vaticano II

 

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S. S. Juan Pablo II: "Cualquiera que, conociendo el Antiguo y el Nuevo Testamento, lee el Corán, ve con claridad el proceso de reducción de la Divina Revelación que en él se lleva a cabo. Es imposible no advertir el alejamiento de lo que Dios ha dicho de Sí mismo, primero en el Antiguo Testamento por medio de los profetas y luego de un modo definitivo en el Nuevo Testamento por medio de su Hijo. Toda esa riqueza de la auto-revelación de Dios, que constituye el patrimonio del Antiguo y del Nuevo Testamento, en el islamismo ha sido de hecho abandonada.

 

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Si la Iglesia ha sabido hacer algo durante sus más de dos mil años es ejercitar la memoria. La forma de transmisión de los contenidos de la fe ha entendido a la perfección cuáles son los recursos humanos, materiales, técnicos, en pos de la preservación del mensaje. El primero siempre es el testimonio de vida. Quien está empeñado en cambiar la Historia para asegurar el futuro, en mentir sobre lo que ocurrió para que vuelva a ocurrir y tener así otra oportunidad, suele creer que, vencidos los fantasmas, éstos son los tiempos para demostrar que ahora sí son capaces. ‘La memoria de la Iglesia es, ahora también, nuestra libertad’.

Dos mil años que sólo la Iglesia presenta –ininterrumpida y alegremente- al Cristo como ‘Salvador, Camino, Verdad y Vida’.

 

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Porque no es pura poesía lo que rezamos en un himno de Vísperas en este tiempo de Pascua, sino que es profundo convencimiento del futuro del mundo. «Será el estrecho abrazo de los hombres,/sin muerte, sin pecado, sin envidia;/será el amor perfecto del encuentro,/será como quien llora de alegría./ Hundimos en sus ojos la mirada,/y ya es nuestra la historia que principia,/nuestros son los laureles de su frente,/aunque un día le dimos las espinas».

 

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«Si los cristianos se mantienen firmes en sus creencias, son dogmáticos intolerantes. Si pecan, son hipócritas. Cuando se ponen del lado de los pobres, son liberales tontos. Cuando intentan defender a la familia, son reaccionarios de derechas».

 

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«Con tal de que Cristo sea anunciado, me alegro y seguiré alegrándome» (Flp 1, 18).

 

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La esperanza cristiana abre hoy nuevos horizontes a una cultura caracterizada por una banalidad decadente. Recuerda al hombre su singular dignidad como imagen del Creador. Reconduce a su origen cristiano y devuelve su sentido profundo a los valores de la civilización. Y ante la desilusión del hombre prometeico, propone una cultura de la verdad, del bien y de la belleza, fuentes inagotables de alegría verdadera.

 

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Transmitir con competencia el saber y la cultura, despertar la responsabilidad social, impregnar la conciencia moral de los más altos valores éticos e iluminar la excelsa vocación transcendente de todo ser humano, son ciertamente tareas urgentes, especialmente en un mundo frecuentemente tentado por la banalidad o el provecho material inmediato.

 

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"Obras todas del Señor, bendecid al Señor".-

“¡Señor, dueño nuestro, qué admirable es tu nombre en toda la tierra!” (Sal 8, 2).

  

 

Dios creó el mundo para manifestar y comunicar su gloria. La gloria para la que Dios creó a sus criaturas consiste en que tengan parte en su verdad, su bondad y su belleza.

 

 

 

“Contemplando la creación, llegamos al conocimiento de la Trinidad como una sola sustancia. Captamos un solo Dios: Padre, de quien somos, Hijo, por quien somos, Espíritu Santo, en quien somos. Principio al cual recorremos; modelo que seguimos, gracia que nos reconcilia” San Antonio de Padua (hacia 1195 + 1231),

 

 

 

María: "No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios: concebirás en tu seno y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande y será llamado Hijo del Altísimo; el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará eternamente sobre la casa de Jacob y su Reino no tendrá fin. (Lucas 1:30-33) "

 

 

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'JESUCRISTO PADECIÓ BAJO EL PODER DE PONCIO PILATO,
FUE CRUCIFICADO, MUERTO Y SEPULTADO'
Evangelio según San Lucas, Cap.3, vers.1º: El año decimoquinto del reinado del emperador Tiberio, cuando Poncio Pilato gobernaba la Judea, siendo Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Felipe tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene…

Crucifixión de San Pedro: fue crucificado al revés cabeza abajo - Pergamino con San Pedro en cruz invertida, de Maguncia- Alemania; entre el 900 y el 1000ca. - Museo Diocesano de la Catedral Maguncia (Mainz) Alemania - Pedro en su cruz, invertida. ¿Qué significa todo esto? Es lo que Jesús había predicho a este Apóstol suyo: "Cuando seas viejo, otro te llevará a donde tú no quieras"; y el Señor había añadido: "Sígueme" (Jn 21, 18-19). Precisamente ahora se realiza el culmen del seguimiento: el discípulo no es más que el Maestro, y ahora experimenta toda la amargura de la cruz, de las consecuencias del pecado que separa de Dios, toda la absurdidad de la violencia y de la mentira. No se puede huir del radicalismo del interrogante planteado por la cruz: la cruz de Cristo, Cabeza de la Iglesia, y la cruz de Pedro, su Vicario en la tierra. Dos actos de un único drama: el drama del misterio pascual: cruz y resurrección, muerte y vida, pecado y gracia.

La maternidad divina de María – Catecismo de la Iglesia
495 Llamada en los Evangelios 'la Madre de Jesús'(Jn 2, 1; 19, 25; cf. Mt 13, 55, etc.), María es aclamada bajo el impulso del Espíritu como 'la madre de mi Señor' desde antes del nacimiento de su hijo (cf Lc 1, 43). En efecto, aquél que ella concibió como hombre, por obra del Espíritu Santo, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el Hijo eterno del Padre, la segunda persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre de Dios [Theotokos] (cf. Concilio de Éfeso, año 649: DS, 251).
La virginidad de María
496 Desde las primeras formulaciones de la fe (cf. DS 10-64), la Iglesia ha confesado que Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María únicamente por el poder del Espíritu Santo, afirmando también el aspecto corporal de este suceso: Jesús fue concebido absque semine ex Spiritu Sancto (Concilio de Letrán, año 649; DS, 503), esto es, sin semilla de varón, por obra del Espíritu Santo. Los Padres ven en la concepción virginal el signo de que es verdaderamente el Hijo de Dios el que ha venido en una humanidad como la nuestra:
Así, san Ignacio de Antioquía (comienzos del siglo II): «Estáis firmemente convencidos acerca de que nuestro Señor es verdaderamente de la raza de David según la carne (cf. Rm 1, 3), Hijo de Dios según la voluntad y el poder de Dios (cf. Jn 1, 13), nacido verdaderamente de una virgen [...] Fue verdaderamente clavado por nosotros en su carne bajo Poncio Pilato [...] padeció verdaderamente, como también resucitó verdaderamente» (Epistula ad Smyrnaeos, 1-2).

El acontecimiento histórico y transcendente – Catecismo de la Iglesia
639 El misterio de la resurrección de Cristo es un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas como lo atestigua el Nuevo Testamento. Ya san Pablo, hacia el año 56, puede escribir a los Corintios: "Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce: "(1 Co 15, 3-4). El apóstol habla aquí de la tradición viva de la Resurrección que recibió después de su conversión a las puertas de Damasco (cf. Hch 9, 3-18).
El sepulcro vacío

640 "¿Por qué buscar entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado" (Lc 24, 5-6). En el marco de los acontecimientos de Pascua, el primer elemento que se encuentra es el sepulcro vacío. No es en sí una prueba directa. La ausencia del cuerpo de Cristo en el sepulcro podría explicarse de otro modo (cf. Jn 20,13; Mt 28, 11-15). A pesar de eso, el sepulcro vacío ha constituido para todos un signo esencial. Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección. Es el caso, en primer lugar, de las santas mujeres (cf. Lc 24, 3. 22- 23), después de Pedro (cf. Lc 24, 12). "El discípulo que Jesús amaba" (Jn 20, 2) afirma que, al entrar en el sepulcro vacío y al descubrir "las vendas en el suelo"(Jn 20, 6) "vio y creyó" (Jn 20, 8). Eso supone que constató en el estado del sepulcro vacío (cf. Jn 20, 5-7) que la ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana y que Jesús no había vuelto simplemente a una vida terrenal como había sido el caso de Lázaro (cf. Jn 11, 44).