Consideraciones acerca del “Jesús judío”
y las investigaciones de la “Third Quest" - 1º
1. Planteo del tema
1. 1. PRELIMINARES: LA “PRIMERA BÚSQUEDA”
1. 2. RENUNCIA A TODA BÚSQUEDA: “NO QUEST”
1. 3. “SEGUNDA O “NUEVA” BÚSQUEDA”
1. 4. LA TERCERA ETAPA O “THIRD QUEST”
Pbro. Miguel Barriola
1 . Planteo del tema
El distintivo más saliente de la fe judeocristiana consiste en que sus adeptos no se relacionan con Dios sólo en el orden religioso o el plano metafísico, laboriosamente llevado adelante por la preocupación secular del hombre en busca de sentido, sino por la salida del mismo Dios al encuentro de la humanidad a través de un pueblo, concretamente situado en la geografía y la historia y del más preclaro de sus hijos: Jesucristo.
La historia, pues, es un rasgo identificador del encuentro de Dios con Israel y los cristianos.
También es típico de estos dos credos, que desde siempre han levantado reparos. Que el Dios eterno se mezcle con las vicisitudes temporales, que un grupo o una persona concretos se alcen con la pretensión de validez universal, siempre ha chocado, y no a gente vulgar, sino a sesudos y profundos pensadores.
Para ceñirnos al cristianismo, baste recordar la reacción de fastidio en filósofos epicúreos y estoicos, provocada por el anuncio de Pablo en el Areópago (Hech 17, 16 – 34). Es asimismo conocido el intento de Kant por apreciar sólo aquella religión, que cuadrara dentro de los límites de la razón pura[2].
1, 1 - PRELIMINARES: LA “PRIMERA BÚSQUEDA”
Con ese mismo talante el “iluminista”[3] y deísta H. S. Reimarus enfocó esta aspiración de la “Ilustración” hacia el análisis concreto, crítico y deletéreo de la base misma de la fe cristiana: los cuatro evangelios. Distinguió entre el proyecto de Jesús y la intención posterior de sus seguidores. El Nazareno no habría tenido intención de fundar una religión, sino que se propuso establecer un reino temporal, librando a los judíos del yugo romano. Después de su fracaso, los desilusionados discípulos crearon la figura del Jesús que nos transmitieron los Evangelios[4].
Hasta ese entonces no se había planteado en teología, ni para católicos ni para protestantes, la cuestión de la “historicidad de los evangelios”. De modo que es en el contexto de la Ilustración, donde surgió por vez primera su estudio sistemático, al igual que la mayoría de los problemas que provocaron el nacimiento de la Teología Fundamental como disciplina[5].
A partir de ese momento se emprendió la afanosa indagación sobre el Jesús histórico, con el preciso objetivo de desligarlo de las capas de deformación dogmática, que postizamente se le habrían ido adhiriendo por obra de la Iglesia.
Tales intentos fueron sometidos a certera y aguda crítica por A. Schweitzer en una obra que hizo época[6]. Juzgando los árboles por sus frutos, puso el dedo en la llaga, demostrando sustancialmente el grado de alto subjetivismo, con que se llevó adelante la empresa. No se arribó al “Jesús histórico” , sino al (o “los”) “Jesús de Strauss, Renan y tantos otros”. En efecto, cada investigador reconstruía “un Jesús” a su imagen y semejanza. Que tan pronto asumía los rasgos de un maestro del “siglo de las luces”, como los de un genio religioso del romanticismo, o bien se mostraba bajo los atuendos de un amigo de los pobres y un campeón de las ideas sociales[7].
Esta “primera búsqueda” se extendió desde1778 a 1906, año , este último en que vio la luz la primera edición del libro de Schweitzer, llamado entonces justamente: “Von Reimarus zu Wrede: Eine Geschichte der Leben Jesu Forschung.
1. 2 RENUNCIA A TODA BÚSQUEDA: “NO QUEST”
A tales resultados, tan poco “científicos”, de una pretensión, que oponía razón a dogma, sucedió la época de la desilusión, con su representante máximo: R. Bultmann.
Según este exegeta, del Jesús histórico sólo sabemos que existió. Pero nada importa lo que dijo e hizo, ni es posible acertarlo. Se instaló, pues, un desinterés por encontrar datos sólidos sobre Jesús. Para la fe cristiana bastaría el kerygma de la primera comunidad, dado que los documentos que poseemos impiden llegar más allá de la vida y preocupaciones eclesiales. Hay un abismo entre los intereses de las primeras comunidades cristianas y Jesús en lo que se refiere a noticias fidedignas, que aquellas podrían comunicar sobre éste. Por eso, muy acertadamente Pié – Ninot califica a esta etapa , que se extiendedesde1921 a 1953 como “No Quest”[8].
1 . 3 “SEGUNDA O “NUEVA” BÚSQUEDA”
Los mismos discípulos de Bultmann reaccionaron frente al extremo escepticismo del maestro. Célebre fue la conferencia de E. Käsemann en Marburg, el año 1953, que señaló un giro en el mundo de la crítica protestante: “El problema del Jesús histórico”[9]. Desde entonces comienza la llamada “New Quest” o segunda etapa en la pesquisa tras el Jesús de la historia.
Al decir de Pié – Ninot, “se constata una ampliación y nueva confianza en los evangelios y en nuevas fuentes, aún manteniendo una fuerte inclinación al «minimalismo histórico», como puede verse en la primera y emblemática «Vida de Jesús» de G. Bornkamm”[10].
En resumidas cuentas la “New Quest” logró reabrir la cuestión del Jesús histórico, partiendo de una nueva metodología y de una tenaz búsqueda de criterios de autenticidad histórica.
Se le ha criticado que “la diversidad con el ambiente judaico fue utilizada por la “New Quest” (Robinson, Bornkamm, pero también Jeremias) para contraponer la religión judaica, que promete al hombre hebreo la salvación mediante las obras de la Ley y los privilegios acordados a Israel, mientras que Jesús ofrece al hombre la salvación como don gratuito en el encuentro con el Dios misericordioso, que reclama la metanoia... (El judaísmo, además) es reconstruido con fuentes posteriores, sin una conciencia crítica de la complejidad del mundo hebreo de la primera mitad del siglo y con una selección del material, dictada frecuentemente por la teología”[11].

1. 4 LA TERCERA ETAPA O “THIRD QUEST”
Aunque se dan precedentes a partir de la década del 70, se le proponen diferentes comienzos entre 1985 a 1998 y se la viene evaluando hasta el presente.
También un mismo observador, como Segalla, adjudica el “bautismo” de este reciente tramo de la indagación a distintos autores. En su artículo de 1993[12] señala a J. Borg, como el primero que habría usado el rótulo de “Third Quest”[13].
Dos años después puntualiza: “Hablemos del nombre. Le es dado obviamente en relación a las dos precedentes, «Old» y «New Quest», según me consta por primera vez por N. T. Wright en la segunda edición del libro de S. Neil «The Interpretation of The New Testament – 1961 – 1986»…a cargo de Wright en 1988. El califica de «Third Quest» un nuevo comienzo e impulso dado a la búsqueda del Jesús histórico, colocado hacia la mitad de los años 70, después del precedente estancamiento de la «New Quest», que se estaba perdiendo en minucias y en la discusión criteriológica, sin llegar a nuevas síntesis válidas”[14].
Sobre este último juicio, respecto a la esterilidad en que iba cayendo la “New o Second Quest” convergen muchos autores. L. E. Keck en 1971: “Está extensamente asumido que la «búsqueda del Jesús real» se encuentra en un punto muerto”[15]. A las mismas conclusiones llegaba un artículo de G. Ghiberti en 1982, que registraba el callejón sin salida, al que había ido a parar la investigación[16]. Así se expresaba Wright en 1988:
“...Se iniciaba un movimiento totalmente diverso en lugares diferentes y sin premisa alguna o programa unificado. Fortificados por los materiales judaicos, ahora más disponibles, estos estudiosos trabajaron como historiadores, convencidos de que es posible conocer muchísimo de Jesús de Nazareth y que vale la pena hacerlo: dos cosas negadas por la escuela bultmanniana ortodoxa. Este movimiento científico ha llegado a ser tan pronunciado que no es caprichoso llamarlo «Third Quest»”(p. 379)[17].
2 . ALGUNOS RASGOS IDENTIFICADORES DE LA “THIRD QUEST”
Tratándose de un movimiento muy variado y complejo, los distintos observadores del mismo ponen a consideración gran abundancia de características, que sería imposible reseñar adecuadamente.
Seleccionaremos las que, a nuestro entender , son las más salientes.
2. 1 LA DIMENSIÓN ECUMÉNICA INTERNACIONAL
Ha sido evidente el predominio del protestantismo alemán en la configuración de las etapas anteriores. El hecho llevó consigo una acentuación teológica, que visualizaba a Jesús según las coordenadas del “paulinismo” reformado, como ya se ha señalado antes[18].
S. Freyne sintetiza con acierto la situación: “El objetivo liberal, de acuerdo con sus raíces protestantes, fue quizás el de despojarse de enunciados cristológicos formulados posteriormente por la tradición, pero aún pretendía salvaguardar el universalismo de las enseñanzas éticas de Jesús[19]. Al hacerlo así, acentuaba excesivamente el contraste con los antecedentes judíos de Jesús, fomentando con ello y reproduciendo sin crítica alguna los sesgos antijudíos de la generalidad del pensamiento académico alemán del siglo XX”[20].
Muchos sienten, pues, como una liberación de la égida exegética germánica el sesgo nuevo que va tomando la investigación a partir de los años 70. Sólo que la pregunta que se instalará, como se verá a continuación, es si no nos estaremos sometiendo a un nuevo yugo, el estadounidense. Es lo que pone sobre el tapete el autor que acabamos de mencionar: “Como ya se hizo notar, uno de los principales contrastes con las «biografías» de Jesús escritas durante el siglo XIX es el contexto diferente en que se halla el debate. Norteamérica ofrece ahora el marco, en parte porque el centro de gravedad de los estudios bíblicos y teológicos, en estos últimos cincuenta años, se ha desplazado de Europa a Norteamérica, y en parte también, como sospecho, porque la sociedad norteamericana actual ha sido descrita acertadamente como una nación con el alma de una iglesia. De una manera que no se diferencia a la de los sueños protestantes liberales de la Alemania del siglo XIX, encontramos cierta tendencia a identificar el cristianismo con el sueño americano. Y, así, las imágenes de Jesús que surjan de tal cultura llevarán inevitablemente las señales de su origen, aunque sería erróneo sugerir que éste es el único factor que actúa”[21].
Señalando esta independencia del área alemana, a la vez que otros factores, un exegeta católico estadounidense, J. P. Meier[22] da la bienvenida a estas específicas investigaciones de hoy: “Una primera ganancia ha sido la naturaleza verdaderamente ecuménica, entre diferentes credos del presente diálogo científico sobre el Jesús histórico.
En un amplio radio, las dos primeras búsquedas (quests) fueron la obra de protestantes alemanes. Esto no es dicho para denigrar la contribución de grandes científicos del pasado, pero inevitablemente, estas dos búsquedas estaban coloreadas por y demasiado restringidas a las preocupaciones de la Alemania protestante en el pasado siglo 19 y casi hasta la mitad del siglo 20. el vasto espectro de científicos protestantes, católicos, judíos y agnósticos, que han participado en la tercera búsqueda no sólo en los Estados Unidos, sino también en Canadá, Inglaterra, Alemania y en otras partes ha dado respiración internacional e interconfesional a la tercera búsqueda, de la que carecían las dos anteriores. Para tomar sólo pocos ejemplos, Ben Witherigton, que acentuó el papel de Jesús como maestro de sabiduría, es un metodista conservador[23], E. P. Sanders, en algún sentido la persona que lanzó la tercera búsqueda, viene de una procedencia metodista y puede ser mejor descrito como un protestante post – liberal (aunque después de Texas, ha enseñado muchos años en Canadá e Inglaterra)[24]; Robert Funk, el fundador del Jesus Seminar, viene de la tradición de los Discípulos de Cristo; N. T. Wright, un perenne opositor del Jesus Seminar, es anglicano y el Dean de la Catedral de Lichfield[25] y escritores de tan diversos puntos de vista como Joh Dominic Crossan, Elisabeth Schüssler Fiorenza[26], y yo mismo, que provengo del Catolicismo Romano. A esto se pueden añadir las valiosas contribuciones (en realidad desde las décadas del primer ímpetu) de científicos judíos como Geza Vermes de Oxford y más recientemente Paula Fredriksen de la Universidad de Boston”[27].

2. 2 UN JESÚS JUDÍO
Pablo, sobre cuya teología se ha grabado a fuego el cliché de opositor al judaísmo, no deja de ser el pensador cristiano que ha propuesto más profunda y dolorosamente el complejo misterio de Israel (Rom 9 – 11). El afirma que Cristo procede de los judíos según la carne (ibid. , 9, 5).
Pero, como señala G. Segalla, “una peligrosa pérdida de la memoria histórica ha caracterizado a la cristología desde el comienzo del siglo II en adelante. Pronto ha sido olvidado el Jesús hebreo; ya en las cartas de S. Ignacio, poco después de la conclusión del canon neotestamentario, está presente una fuerte polémica contra el judaísmo (Magn 8, 2; 10. 3) y la persona de Jesús es ya leída en clave mística. Justino en su diálogo con Trifón puede considerar todavía a Jesús en el interior del judaísmo y del Antiguo testamento, en polémica con la interpretación judaica. Pero con la victoria de Constantino y el advenimiento del imperio bizantino, los grupos judeo- cristianos, portadores de la memoria histórica de Jesús hebreo, fueron cada vez más marginados hasta sepultar sus huellas arquitectónicas bajo las fastuosas basílicas cristianas de la Palestina. Vinieron después las controversias trinitarias, donde el problema cristológico de histórico pasa a ser metafísico: la cuestión es si Jesús es “vere homo” y “vere Deus”; la humanidad de Jesús auténtica (vere) es definida en su formalidad abstracta, no en la concreción histórico – cultural judaica, en la que Jesús había vivido. La pérdida de la memoria histórica del Jesús hebreo y de los grupos judeo- cristianos que la mantenían, condujo a un progresivo desapego polémico respecto al mundo judaico con las consecuencias históricas, a veces trágicas, que todos conocemos, pero también a una pérdida teológica: la cristología judeo – cristiana”[28].
Después de señalar el fracaso de los intentos liberales por reconstruir un Jesús sin dogmas, puesto a la luz por A. Schweitzer, continúa: “Esto es debido al hecho que la búsqueda histórica en realidad no buscó al “Jesús de la historia”, sino al “Jesús del historiador”, que corresponde a la cultura del momento. Por eso, el Jesús verdadero de los evangelios, no se detuvo en aquella figura viva, moderna, psicologizada, pero deformada, no verdadera y se volvió a su tiempo. Y su tiempo, su ambiente histórico originario es el judaico...”
J. Wellhausen, en la primera edición de su Einleitung der drei ersten Evangelien de 1905, había escrito una sentencia que llegó a ser famosa: «Jesús no es un cristiano, sino un judío»[29]. La recogió R. Bultmann justamente en las primeras afirmaciones de su Theologie des Neuen Testaments : «La predicación de Jesús no es una parte de la teología del Nuevo Testamento, sino que pertenece a sus presupuestos»[30]. Para Bultmann el Jesús histórico es un profeta hebreo que predicó la próxima venida del reino de Dios; pero no es de interés alguno para la teología, que tiene por objeto el kerygma del Jesús muerto y resucitado por nuestra salvación...Parece obvia la afirmación que Jesús es un «judío»; y no tendría sentido calificarlo, anacrónicamente como «cristiano». A lo más se lo debería considerar como el Mesías / Cristo, del que deriva el nombre de aquel que en él cree, el cristiano, justamente.
En consecuencia la dialéctica del dicho wellhauseniano tiene la ventaja de evidenciar el impacto negativo que tiene sobre nosotros la simple aserción que Jesús es un “judío”.
A nuestros oídos suena mal «Jesús es un judío». La traducción italiana del libro de Vermes cambia el original «Jesus the Jew» en «Jesús el hebreo». «Hebreo» es ya más pasable, semánticamente, pero en nuestro lenguaje usual mantiene todavía algo de negativo. «Israelita» sonaría ya mejor, pero es un término arcaico, que, sin embargo encontramos en el evangelio de Juan ( Jn 1, 47) y en los discursos de los Hechos (2, 22; 3, 12; 5, 35; 13, 16. 21. 28), pero nunca aplicado a Jesús. Y, sin embargo, históricamente hablando, el calificativo más apropiado sería justamente el de «judío» (cf. Jn 4, 9), o sea una persona que pertenecía a aquel grupo étnico – religioso que se formó y creció en torno al segundo templo, después del retorno del exilio babilónico, en época persa,...La dificultad de llamar a Jesús «judío» nos hace entender qué largamente hemos olvidado, más aún despreciado a los «pérfidos judíos»”[31].

2. 3 JUDAÍSMO DE JESÚS: UN ANÁLISIS DELICADO
Antes de entrar a examinar las perspectivas de los escritores que serán sintéticamente puestos a consideración, es oportuno recordar que, precisamente, con el cometido de devolver a Jesús su colorido y ambientación judaica, la “Third Quest”, se ha propuesto con éxito reavivar la variedad polícroma del judaísmo en tiempos de Jesús. Lejos de la uniformidad rabínico – farisea, que se impuso después del 70 y que se ve reflejada en el Targum, Talmud, la Mishna y demás escritos judaicos posteriores y gracias a los “nuevos” aportes de Qumrán, los ya conocidos de Flavio Josefo y Filón, se ha llamado la atención sobre el abigarrado mundo de sectas y movimientos que fermentaban la fe judía por aquel entonces[32].
De ahí que se ha de procurar determinar cuidadosamente con cuál de las corrientes judaicas del primer siglo se configura mejor Jesús. Así, por ejemplo, todos los investigadores y desde siempre estuvieron de acuerdo en que Jesús congeniaba más con los fariseos (él admitía no sólo de la Torá, sino también los profetas y los Salmos, como palabra de Dios, profesaba la fe en la resurrección, en los ángeles) que con los saduceos.
Significando un adelanto salir de la gran simplificación con que se presentaba el mundo judío, ahora corremos el riesgo de un pulular de fichajes del “Jesús judío”. Se justifica, pues, la advertencia de J. P. Meier: “En mi opinión la frase «Jesús el judío» ha llegado a ser un cliché académico. El real desafío consiste en desempaquetar la frase y especificar qué clase de judío del primer siglo fue Jesús.
Fue precisamente para subrayar y plantear la cuestión tan agudamente como fuera posible que yo elegí el provocativo título de mi serie: Un judío marginal[33]. «Marginal» era mi manera de intentar el planteo del problema del lugar preciso de Jesús en el mapa del judaísmo sin echar mano a la estrategia de hablar sobre «Judaísmos» en plural, un modo de hablar popular en los Estados Unidos de hoy[34]. Siendo comprensible como un medio de superar una idea ingenua de cierto tipo de Judaísmo monolítico en el primer siglo, «Judaísmos» me choca como un uso cuestionable. Después de todo, el cristianismo y
también el catolicismo despliegan hoy notables variedades de expresión y práctica. Así y todo pocos, si es que alguno, querrían forzar a los académicos a que hablen constantemente de «Cristianismos» y «Catolicismos», por mucho que el uso de esas frases, ahora y entonces , pueda ayudar para iluminar toda la diversidad que se esconde detrás del nombre singular.
Análogamente, frente al (judaísmo) Ortodoxo, a la Reforma conservadora y al judaísmo reconstruccionista, todavía tendemos a hablar en singular de «Judaísmo moderno». Así también en mi opinión, se justifica el hablar del «antiguo judaísmo». La mayoría de los judíos palestinos del primer siglo, por encima de sus diferencias estaban de acuerdo sobre puntos tan básicos como Yahweh, el único Dios verdadero que eligió a su pueblo Israel, así como en la importancia de la circuncisión, las leyes alimenticias, el templo de Jerusalén y la Torah mosaica. De ahí que, a pesar de las interminables querellas sobre varias prácticas, había una «corriente principal» del Judaísmo, a la que Jesús pertenecía, frente a la cual, sin embargo, él se hizo marginal en varios aspectos. Es esa paradoja en la judeidad de Jesús, la que necesita ser tomada en serio y ser explorada en el contexto de las reconstrucciones actuales del Judaísmo palestino en el cambio de la era”[35].
Si la aclaración de Meier es muy oportuna y se comprueba que va cediendo el escepticismo en la reconstrucción histórica de la vida de Cristo, no se puede dejar de observar que los resultados, en realidad, van siendo muy dispares, ya que brota allí una nueva fuente de subjetivismos, a la hora de acercar a Jesús, no ya al “judaísmo común”, sino a una mayor especificación. Como bien observa J. J. Bartolomé: “Que no se dude de que Jesús haya de ser entendido desde el judaísmo del siglo Iº no ha hecho más uniforme la presentación de su figura histórica. Y, de hecho, las imágenes del judío Jesús se multiplican (cf. J. Bowman, Which Jesús? , Piladelphia – 1970 - ): rebelde político ( S. G. F. Brandon, Jesús and the Zealots – A study of the Political factor in Primitive Christianity, New York – 1967 - ) o rabino galileo (B. Chilton, A Galilean Rabbí and His Bible – Jesu’s Use of the Interpreted Scripture of His Time, Washigton – 1984 - ); apocalíptico no sectario (K. Schubert, Jesus im Lichte der Religionsgeschichte des Judentums, Wien – München - 1973 - ) o fariseo ortodoxo (H. Leroy, Jesus , Darmstadt – 1978 -); curandero mágico (M. Smith, Jesús el mago, Barcelona – 1988 -) o carismático (G. Vermes, Jesús el judío, Barcelona – 1977 - ; Jesus and the World of Judaism , Philadelphia – 1984 - ); fariseo y esenio (H. Falk Jesus the Pharisee – A new Look at the Jewishness of Jesus , New York – 1985 - ) o campesino judío y predicador cínico ( J. D. Crossan The historical Jesus – The Life of a Mediterranean Jewish Peasant , San Francisco – 1991 - ); profeta escatológico (E. P. Sanders, Jesus and Judaism, Philadelphia – 1985 - ) u hombre del Espíritu (M. J. Borg , Jesus: a New Vision – Spirit, Culture and the Life of Discipleship, San Francisco
- 1991 - )”[36].

2. 4 J. P. SANDERS Y SU VISIÓN DEL JESÚS JUDÍO[37]
El autor, que brevemente presentamos, es juzgado como el más representativo de esta tendencia[38].
2.4.1 Jesús restaurador de Israel
Sanders asegura que “hay muchos hechos en torno a la vida pública de Jesús que se pueden conocer más allá de toda duda”[39]. El que más destacará para su tesis de Jesús como profeta restaurador terreno de Israel es la expulsión de los mercaderes del templo[40].
Sostiene que no es creíble la tesis luterana, que ve en Jesús a un hebreo singular, que predicó la gracia y el perdón de los pecados; los judíos y fariseos justamente por esto lo habrían matado y después a los que creían en él.
La posición histórica de Sanders es tan semejante a la de A. Schweitzer, con un siglo de antigüedad (Jesús habría sido un profeta apocalíptico), que el autor americano siente el deber de tomar distancia al respecto: “Mi Jesús es diverso del suyo. Su Jesús fue el de Mt 10: esperaba el fin, que habría sido un cataclismo cósmico y el sufrimiento habría debido precederlo”[41].
Sanders en cambio, describe a Jesús como profeta de una inmediata restauración de los judíos, en esta historia y en su patria. Así, la acción de volcar las mesas de los cambistas de dinero y su pretendida amenaza de destruirle actual templo como preludio para edificar uno nuevo (Mc 11, 15 – 19; 14, 58) deben considerarse como parte de una visión singularísima del restablecimiento de Israel, basada en diversas declaraciones proféticas. Le constaba a Jesús que la interrupción de las disposiciones relativas al templo tenía que ser considerada como una directa afrenta no sólo contra la autoridad de los sacerdotes, sino a Moisés y, por eso, también a Dios, que mandaba la oblación cotidiana de sacrificios. Por eso sabía que era pasible de condenación.
Otros actos de Jesús, como la vocación de los Doce, la curación de los enfermos y la limitación de su ministerio a Israel, señalan hacia la misma dirección. Por eso no cree Sanders que Jesús haya roto radicalmente con su herencia judía. Las disputas con los fariseos, relatadas por los evangelistas, sobre cuestiones legales proceden en su mayor parte de la Iglesia, de tiempos posteriores y no pueden interpretarse como si Jesús hiciera caso omiso de la ley, aunque en algunos aspectos él difería de otros maestros contemporáneos, entre ellos Juan el Bautista, a saber, en la creencia de que el reino de Dios era una invitación abierta a los pecadores reales, hubiéranse convertido o no[42].
Acercándose más a estudiosos que han sondeado el ámbito judío del primer siglo, tales como Moule, Dodd, Jeremias, Ben Meyer, Bowker, Klausner, Vermes, Zeitlin, Finkel, comprueba que los investigadores hebreos no encuentran ningún punto sustancial de desacuerdo entre Jesús y sus contemporáneos y ciertamente ninguno que haya causado su condena a muerte. Los teólogos e historiadores cristianos, en el lado opuesto, parecen haberse vuelto cada vez más convencidos de que hubo un fundamental contraste entre Jesús y el judaísmo y que, de parte de Jesús, la oposición fue intencional..
Como ya se insinuó, su propuesta alternativa parte del episodio de la expulsión de los mercaderes del templo, en relación con la enseñanza de Jesús. El proclamó que el fin era inminente, que Dios estaba a punto de restablecer su reino, que aquellos que lo escuchasen serian incluidos en él y que el mismo Jesús (al menos lo dejaba entender implícitamente) reinaría. Para señalar el advenimiento de una nueva era...cumplió un gesto simbólico, tumbando las mesas cambiarias en el área del templo. Este es el acto crucial que lo condujo a su condena a muerte, por más que haya habido otras causas que contribuyeron a ello.
Sus discípulos, después de su muerte y resurrección empezaron a cambiar el objetivo originario de Jesús, proyectándolo hacia un reino ultramundano y fueron reinterpretando progresivamente la figura misma de Jesús, no viéndolo ya más como “Mesías”, sino como Señor”[43].
Sanders no estima el gesto de Jesús en el templo, ni como revolucionario, ni como un arranque religioso de purificación del santuario. Lo primero, porque lo ve surgiendo del mismo ambiente judaico, para lo cual acude a los profetas del Antiguo Testamento (recordar Jer 7). Pero, para situar esa acción en el judaísmo contemporáneo, echa también mano a numerosos textos judaicos, que hablan de una destrucción del templo viejo, sustituido por uno nuevo, escatológico.

2.4.2 Debilidades argumentativas
Sólo que es difícil comprobar que tales documentos judíos puedan provenir del siglo primero y reflejen en verdad la situación de entonces[44].
Segalla apunta que “Sanders usa dos pesos y dos medidas críticas opuestas en su argumentación: para los evangelios es minimalista[45], mientras que para las fuentes judaicas es maximalista: lee allí lo que es requerido para su postura preconcebida. En fin de cuentas, por lo que mira a esta tesis de la restauración del templo la prueba más explícita es, paradojalmente, un texto del Nuevo Testamento, ciertamente posterior al año 70: Apoc 21, 22”[46].
En cuanto al “reino de Dios”, predicado por Jesús, en el afán de Sanders por alinearlo con alguna de las corrientes judías del ambiente y combatir la figura de un “Jesús diferente” de todo tipo de judaísmo, concluye: “De tal modo se puede distinguir a Jesús entre los principales representantes de una categoría bastante extendida. No dudo que en los modos ya indicados él haya sido el único, en un modo u otro cada uno es único. Pero no sé si fue por el motivo de reivindicar una autoridad mayor que la de Teudas o Judas (tesis esta última de Hengel)[47]...No deseo minimizar la afirmación de Jesús relativa a sí mismo. Obviamente fue en verdad grande...Pero me fastidia un poco la palabra «único». También otros han creído hablar de parte de Dios y ser directamente encargados de guiar a su pueblo hasta el reino.
Lo que es único es el resultado. Pero, una vez más, no podemos saber si el resultado deriva de la unicidad del Jesús histórico. Sin la resurrección sus discípulos habrían resistido más largamente que los de Juan Bautista”[48].
Comenta Segalla: “Querría aquí notar la patente contradicción de Sanders con el principio eurístico que se propuso al comienzo: del humo al fuego[49]. ¿Por qué tal principio no debería funcionar sólo en el juicio sobre la unicidad de Jesús, sino es por un prejuicio que no tiene nada que ver con el rigor del método histórico? O sea: dado que “fastidia” al autor un «Jesús único» y por eso multiplica afinidades suyas con algún judaísmo contemporáneo, no se ve por qué, admitiendo la «unicidad» de lo que siguió a Jesús, se tenga que postular sólo una contigüidad o yuxtaposición, sin nexo causal de Jesús a sus discípulos. Porque, si único es el resultado, como concede el mismo Sanders, único es también aquel que es su causa, Jesús. ¿De quién otro se habría derivado? La hipótesis conclusiva, irreal, de la no resurrección, para poder confrontarlo con los secuaces del Bautista, hace entrever qué poca imparcialidad hay en el historiador que reivindica su imparcialidad contra la teología. No se pretende que confiese a Jesús «Hijo de Dios»; a esto llega sólo la fe y no la historia. Pero que el historiador acepte honestamente la unicidad «histórica» de la persona de Jesús, sobre todo cuando ha presentado todos los argumentos en este sentido, parece el mínimo de coherencia crítica que se requiere”[50]. Si no lo hace significa que es guiado por un prejuicio tanto y más fuerte que el que él endilga a los teólogos..

2. 4. 3 Jesús y la Torah. ¿Acuerdo con los fariseos?
Es otro frente de judaización de Jesús. En oposición a un Jesús singularizado y en un contraste de sesgo “paulino – protestante” frente a la ley y los fariseos, adversarios clásicos de Jesús en los evangelios, Sanders propone que Jesús no consideró la codificación mosaica como punto final y absolutamente vinculante. Jesús habló de una nueva era y, por consiguiente, parece que se hubiera colocado con “libertad soberana” por encima de la ley. Tal giro relativizaba la ley, pero no la vaciaba de valor ni la declaraba superada. En tal sentido Sanders admite como novedosa en Jesús su postura sobre la indisolubilidad del matrimonio y contra el divorcio[51].
En cuanto a los adversarios de Jesús, tal como se anticipó, estamos de cuerdo con Sanders en que los principales oponentes fueron los jefes de los sacerdotes. En cambio está sujeta a crítica la postura de Sanders sobre la ausencia de los conflictos con los fariseos que abundan en los evangelios.
Dice, por ejemplo, que uno de los puntos de fricción: la acusación de blasfemia ante la pretensión de Jesús de perdonar los pecados (Mc 2, 7), no existió en realidad, dado que consta igualmente que también otros perdonaban los pecados (en Qumrán y los sacerdotes del templo). Pero, semejante afirmación está basada en fuentes que, según Segalla, carecen de fundamento serio.
Por lo demás, los fariseos, como consta en los dos Talmudes, se presentaban en siete categorías diversas, para algunas de las cuales cabe muy bien la descripción que de ellos hace Jesús[52].
Sanders, por el contrario, suele esgrimir sus dudas de que textos duros como Mt 23, 23, sean auténticos de Jesús. Sin entrar en pruebas, concluye evasivamente: “pero no deseo emprender una argumentación decisiva”[53].
Con derecho juzga Segalla: “La acusación de prejuicio, dirigida a los teólogos, vuelve a caer sobre él, que quiere quitar del Jesús histórico toda crítica a los fariseos y lo vuelve tan amigo de ellos, que ni siquiera en el mundo judaico (como se vio por los dos Talmudes) se puede concebir una cercanía semejante hacia aquella facción judía.
Se ha de acordar que entre ellos tuvo Jesús muchos amigos y que no fueron los decisivos acusadores de Jesús, pero no se puede conceder a Sanders su subjetiva crítica histórica minimalista sin ofrecer razones serias, fuera de las discusiones entre exegetas sobre los dichos de Jesús.
También se ha de admitir que los responsables de la muerte de Jesús han sido los jefes de los sacerdotes; se lo evidencia también por la siguiente persecución a la comunidad judeo - cristiana de Jerusalén hasta el asesinato de Santiago «hermano del Señor»; y es asimismo aceptable que la gota que hizo rebasar el vaso fue la entrada de Jesús en Jerusalén y sobre todo la expulsión de los vendedores del templo.
En cuanto a lo que concierne, por fin, a la muerte de Jesús, también me encuentro de acuerdo sobre la recuperación del valor histórico del cuarto evangelio: «El informe más vago de Juan parece corresponder mejor al modo en que efectivamente se desarrollaron las cosas»[54]. Sin embargo esta recuperación la utiliza él (Sanders) contra la historicidad del proceso religioso, contado por los sinópticos. He aquí su conclusión, también minimalista, sin bases sólidas: «La confusión(¡) de los evangelios sobre los acontecimientos que condujeron inmediatamente a la condenación de Jesús puede indicar el hecho que no hubo ningún procedimiento ordinario registrado y transmitido»[55]. Conclusión más amplia que las premisas. Estoy de acuerdo en que Jesús y su grupo no fueron juzgados peligrosos por parte de la autoridad romana, porque, en tal caso, Jesús habría sido atacado y muerto junto con el grupo de los secuaces, como sucedió con Teudas. Jesús fue procesado por blasfemia por parte de las autoridades judías (evangelios sinópticos), transferido a Pilato como malhechor en base a la ley judía (Jn 18, 30;19, 7) y, por fin, crucificado como pretendido «rey de los judíos», y no como profeta de la restauración escatológica, por más que en esta perspectiva Jesús habría sido una especie de «virrey» - según Sanders . No fue condenado como falso Mesías, sino como falso profeta, mientras que la condena política fue la de lesa majestad imperial, habiéndose proclamado «rey de los judíos». Sobre este último punto Sanders no dice una palabra”[56].
2. 4. 4 Aportes positivos de Sanders
Entre los resultados aprovechables que pueden cosecharse en la obra de Sanders, seleccionamos los siguientes.
a) Ante todo, tal como lo señalan varios autores[57], es acertada la confrontación con la posición protestante liberal, aplicada al Jesús histórico: no se puede interpretar a Jesús con Pablo y con el Pablo de la “justificación por la fe”, por la gracia contra el legalismo judaico, que mira a la justicia de las obras. Tal crítica es tanto más valiosa, cuanto que no proviene de parte católica, sino de un protestante[58].
b) Un segundo logro es la ambientación judaica de la gesta de Jesús, por más que respecto a las fuentes hebraicas sea bastante apurado y no se preocupe jamás de indicar sus fechas, particularmente de las rabínicas. Tampoco el recurso a la literatura apocalíptica tiene en cuenta para nada las fechas. Por ejemplo, si los Salmos de Salomón, citados con tanta frecuencia, fuesen de la segunda mitad del primer siglo, no podrían servir como fuente para reconstruir el ambiente judaico de Jesús.
c) Muestra un conocimiento profundo de la literatura secundaria sobre el argumento, especialmente del ámbito inglés y alemán, aunque se debe lamentar que no conozca la producción católica francesa, que sin embargo, ha dicho algo serio sobre el argumento. Baste pensar en Dupont y Léon – Dufour.
d) Es también positiva la colocación de Jesús con un telón de fondo judaico – escatológico (la nueva era) contra las recientes interpretaciones políticas o helenísticas (el Jesús mago de Smith). Pero esta tesis es ya bastante común. La diversidad a lo más se revela en la elección del tipo de escatología (y, en consecuencia de ”reino”): presente o futura, terrena o trascendente. Aquí se dan las divisiones.
e) Asimismo es convincente la interpretación de los gestos simbólicos de Jesús (ingreso en Jerusalén y expulsión de los mercaderes) y de su peso sobre su condena. Es notable, de hecho, y aceptable el esfuerzo de Sanders por relacionar las palabras de Jesús sobre el templo a la expulsión de los vendedores. Con esto se vería sustancialmente confirmada la historicidad de Jn 2, 19, que inserta el dicho de Jesús en la narración de la expulsión (Jn 2, 13 – 20).
f) Se puede estar de acuerdo también sobre los principales responsables de la muerte de Jesús: el grupo de los sacerdotes jefes, que querían mantener el orden constituido, amenazado por Jesús. Y así también sobre la interpretación apocalíptica del reino y del movimiento de Jesús.

2. 4. 5 Límites de esta investigación
Con todo, hay mucho más que decir sobre los defectos de Sanders.
a) Ante todo, la polémica del historiador con los teólogos está indebidamente generalizada. Los teólogos, que pretenden hacer historia, sin tener en cuenta el ambiente judaico, son, en realidad, los protestantes liberales. Pero una sana teología hoy es crítica y no entra en conflicto con la historia, más aún es y debe ser su “hermana”.
Pero no crea el historiador que pueda estar ”fuera del alcance de la crítica”. El exegeta teólogo puede también criticar al historiador, no bajo el perfil de la teología, sino justamente, desde el método histórico.
b) El método usado, si es genial, no es en realidad igualmente critico. El principio eurístico “donde hay humo hay fuego” va dirigido a probar su tesis, pero, inesperadamente, es después desatendido, cuando tal principio la pone en cuestión. Hemos notado más arriba el caso vistoso del problema planteado por la unicidad de Jesús, que debería ser inferida de la unicidad del resultado (la fe cristiana).
Además, si bien conoce la criteriología moderna para llegar al mensaje del Jesús histórico, no la emplea, bajo la excusa de que son demasiado variadas las conclusiones de los críticos sobre los dichos de Jesús[59]. De tal suerte se desembaraza de textos que cuestionarían su tesis de un Jesús absolutamente irénico con los fariseos. La subjetividad de su selección crítica aparece con evidencia también a partir de la forma de la argumentación, donde frecuentemente aparecen giros como: “lo dudo”, “lo creo”, “yo estoy convencido”, “me fastidia la palabra «único»” y por el estilo. La metodología es aplicada en forma claramente parcial; es muy crítico y minimalista ante la tradición evangélica de Jesús, en la que muchas veces sigue a Bultmann (véase el índice de su obra), mientras no lo es para nada, cuando se trata de fuentes hebraicas. Su método, entonces, es guiado claramente por la tesis inicial que se propuso demostrar: Jesús es el profeta escatológico de la restauración de Israel.
c) Podemos verificar la debilidad de su argumentación en el modo contradictorio con que trata el tema de “Jesús y los pecadores”, a partir de la problemática identificación de éstos con los resha’ ím[60] , que está lejos de haber sido probada. ¿Cómo procede su demostración?
La terminología judaica llama “impíos / resha’ ím a aquellos que infringen las prescripciones de Lev 25, 35 - 38[61]. Sanders opina: “Los rabinos comprendieron muy bien...hay toda razón (¿cuál?) para retener que esta comprensión del significado de «impío» era la que prevalecía también antes del 70”[62] – y aquí, en nota, envía a su obra precedente. Es sobre esta fragilísima base que construye todo su edificio. Para más, los pecadores impíos, llamados por Jesús, estarían incluidos en el reino sin requerir de ellos nada, ni siquiera la conversión: “Es digno de nota que no se dice que éste (el publicano Leví) se arrepintió ni que resarció a aquellos a quienes robó y que después haya vivido según la ley”[63]. Pero todo esto, especialmente la última condición, es lo que requiere, y en forma explícita, Sanders, no Jesús.
En toda esta larga discusión académica sobre los “pecadores – impíos” Sanders hasta llega a ser contradictorio, porque mientras por un lado sostiene que Jesús no les pedía la conversión (el discutible argumento “ex silentio”[64]), la acogida de los mismos en sus filas los incluiría en el reino por gracia, dando con ello razón a la tesis protestante, que él, sin embargo, quiere combatir. Los hechos contrarios, como el de Zaqueo, los excluye porque son juzgados inauténticos, sólo porque aparece algún rasgo de estilo lucano. Además, ridiculiza la tesis contraria a la suya. Si Jesús hubiera pedido la conversión, los fariseos se habrían alegrado: “La idea que la conversión de los pecadores fuese una ofensa a los fariseos es ridícula, no bien se piense en ella de modo concreto”[65]. Parece más bien ridícula su argumentación. La conversión no era escándalo, sino el modo con que Jesús se acercaba a los publicanos, sin pedir que abandonaran su oficio[66], por más que fuese descalificado por el ambiente oficial judaico como “pecaminoso”. En otras palabras, la conversión que Jesús pedía no implicaba las condiciones exigidas para el perdón de los pecados por el entorno oficial judaico. La confusión entre conversión (configurada en modo judaico) y la conversión real exigida por Jesús con el ingreso al reino, previo el perdón de los pecados, está en la base de las agudas e inútiles argumentaciones de Sanders.
También, en el ámbito palestinense en que vivía Jesús, es preciso tener presentes otros dos factores[67]; en primer lugar, el pecado no era definido de igual modo por los varios grupos; aquello que era pecado para un fariseo podía no serlo para un saduceo; lo que era sacrilegio para un qumranita podía no serlo para un sacerdote del templo y así otros casos.
Después, había categorías de personas, adictas a algunas profesiones o artes, que eran consideradas por entonces sospechosas y quien a ellas pertenecía era por eso considerado como pecador, el caso más típico es, justamente , el de los publicanos, que era ciertamente el oficio más odioso y más despreciado, porque oficiaban cual mediadores de un poder extranjero que los dominaba: Roma.
Ahora bien, justamente en este ambiente judaico, Jesús define de modo nuevo el pecado y los pecadores, el perdón y su acogida en el reino de Dios. El pecado es visto no más en relación con una Torah escrita u oral, que podría ser más o menos amplia e interpretada en modos diversos. El pecado tiene que ver directa y personalmente con Dios.
La única vez que oímos una especie de confesión pública de los pecados, sucede en la narración de Zaqueo, donde los pecados de que se arrepiente son de orden moral (el hurto) y la reparación es hecha en base la Torah; pero hay algo más: el amor, la distribución de la mitad de los bienes a los pobres (Lc 19, 1 – 10). El pecado es redefinido en relación al amor del prójimo y como ruptura de la relación con Dios en consecuencia con la afrenta contra el amor del prójimo y no sólo de la justicia.
Esta es la gran novedad de Jesús en el ambiente judaico: todos son invitados al reino de Dios, por él predicado y ofrecido: justos y pecadores; ninguna categoría social es excluida por una descalificación previa socio – religiosa. De tal forma Jesús elimina la conciencia de superioridad que animaba a algunos grupos dentro de Israel. Cada uno se tenía por privilegiado y perfecto con exclusión de los demás, que no pertenecían a la propia cofradía. Jesús, en cambio, abre a todos las puertas del reino de Dios, por encima de facciones religiosas, porque él configura de nuevo, en modo personal (y no cultual) al pecado y al pecador.
La comunidad de mesa con los publicanos y pecadores está en neto contraste con las Haburot[68] fariseas y la comunidad de Qumrán[69], preocupados por la pureza ritual.
En el modelo nuevo presentado por Jesús, participando a la mesa de los pecadores, El personifica al mismo Dios, que perdona e invita a todos a entrar en el reino de Dios, predicado y traído por El, en una universalidad de oferta, sin distinción de categoría social o religiosa.
d) Todavía más discutible es la propuesta fundamental: Jesús profeta escatológico de la restauración terrena de Israel por medio de una intervención de Dios, que no tuvo lugar y sobre la cual Jesús se habría equivocado. Cada uno puede comprobar cuán cercana es esta tesis con la antigua de A. Schweitzer. Y lo constata también Sanders, intentando distinguirse de ella, porque Schweitzer coloca a Jesús con el trasfondo de una escatología apocalíptica, mientras que Sanders lo ubica en un marco de restauración “terrena” de Israel. Por lo demás, sólo Sanders sabrá cómo una tal restauración habría podido ser concebida sin un choque político con la potencia romana dominante. Parece absolutamente improbable. Para más, si el gesto de la expulsión de los vendedores del templo es simbólico, como sostiene, también lo es el discurso de Jesús sobre el reino; baste pensar en las parábolas, que Sanders descarta de su legajo desde el punto de partida. ¿y entonces, a dónde va a parar toda su “construcción”? La crítica que él justamente dirige a los teólogos liberales por su postura prejudicial en la búsqueda del Jesús histórico, se retuerce, al fin de cuentas, contra él. Sólo que en lugar de una tesis teológica, él quiere demostrar una tesis histórica, con prejuicios escépticos y, por ende, no lógica en todas las consecuencias que quiere sacar del método adoptado por él mismo.
La raíz de estos límites es su concepción de la historia, todavía de tipo historicista: es importante establecer los hechos ciertos, probados en el modo discutible que hemos visto. Ahora bien, una persona histórica no es un conjunto erudito de hechos debidamente concatenados; es mucho y mucho más, aún para un verdadero historiador.
Para Segalla[70], Sanders puede ser catalogado todavía, aunque en forma más modernizada, entre los autores de la Leben - Jesu – Forschung, un epígono de A. Schweitzer. Se puede estar de acuerdo con Sanders sólo en un punto fundamental: Jesús vive y actúa ciertamente dentro del judaísmo y no contra él, a lo más “por encima” de él.

2. 5 AUTORES JUDÍOS
Los mismos investigadores judíos , que utilizan métodos histórico – críticos, han reaccionado frente a las leyendas denigrantes sobre Jesús, que es factible encontrar en el Talmud y en las tristes Toledot Jeshu[71].
La obra de J. Klausner (Yeshú ha Notsrí Jerusalem – 1922 - ), escrita en hebreo y para hebreos[72], sigue siendo el más serio esfuerzo que la investigación judía haya producido con el objetivo de entender a Jesús[73].
En la actualidad, contemporáneamente con la “Third Quest”, asistimos igualmente a un pulular de sondeos sobre Jesús por parte de autores judíos[74].
Parece obligado rescatar el siguiente giro novedoso, que se va presentando en algunos investigadores judíos.
En esta óptica (del intento de insertar a Jesús en el trasfondo judaico – palestinense de su tiempo) ha sido muy redimensionada, en los últimos años, la así llamada «disimetría» en la relación hebraico – cristiana, según la cual, mientras el cristianismo no puede prescindir del hebraísmo - a tal punto que el rechazo “marcionita” haría perder la identidad cristiana, dado que está fundada en la realización de la precedente economía - , para el hebraísmo no habría ningún elemento inmanente a su naturaleza que exija una confrontación con el cristianismo.
Para decirlo con una imagen paulina (Rom 11, 16 – 24), mientras los ramos del olivo silvestre, para vivir, tienen absoluta necesidad de la linfa vital de la raíz del olivo en que fueron injertados, éste último no tendría necesidad del injerto llevado a cabo posteriormente. Una posición «asimétrica» que, hoy es redimensionada en varios modos, por ejemplo, preguntándose: ¿puede un hebreo descuidar todo lo realizado por parte de los cristianos en expandir el mensaje de Israel hasta los confines de la tierra, realizando así la promesa hecha por el Señor a Abraham (Gn 12, 3)?[75]. Y todavía: ¿puede Israel comprender cómo Abraham haya llegado a ser «padre de muchos pueblos» (Gn 17, 4; Rom 4, 17) sin reconocer el papel jugado por el cristianismo en esta paternidad? ¿Puede el hebreo deslizar la pregunta sobre la relación entre las profecías bíblicas, presentes en el patrimonio de su fe y el acontecimiento neotestamentario, como lugar de una desconcertante y misteriosa realización de las mismas?
Como ha escrito el rabino L. Klenicki, director del Department of Interfaith Affair, tampoco de parte hebrea se quiere eludir la cuestión: «Puedo yo ser realmente una persona religiosa y quedarme indiferente hacia la comunidad de hermanos, cuyas raíces se hunden en mi mismo fidelidad a Dios? ¿Puedo descuidar dos mil años de historia, evitando toda relación con los representantes de aquella alianza?...¿Puedo yo mirar al primer siglo y no ver allí la llamada de Dios a Jesús y a los primeros cristianos? Pero, sobre todo, ¿seré yo capaz, hebreo de fines del siglo XX, de reconocer en el cristianismo un partner en la llamada de Dios? Al recuperar memorias milenarias, los hebreos han de superar una forma de autojustificación que les hace ignorar a los cristianos como parte del pueblo de Dios» (en: Amicizia Ebraico – Cristiana, 1990 , n . 3 – 4, 65).
Tampoco hay lugar a dudas en la posición de Shalom Ben Chorin: «El hebraísmo debe caer en la cuenta de que aquel movimiento mesiánico iniciado por Jesús de Nazareth, a diferencia de casi 30 movimientos mesiánicos desde Bar – Kochba a Sabbatai Zewi[76], no ha sido un episodio pasajero, sino que dura por siglos. Aún cuando no podamos hablar de reino de Dios, hablemos sin embargo de la Iglesia que, del mínimo granito de mostaza de la comunidad primitiva (Mc 4, 30 – 32), se ha desarrollado en un árbol que da sombra a todo el mundo. ¿Puede suceder todo esto sin la intervención de Dios?...Querría designar este acontecimiento cumplido por Dios como la recomposición del pueblo de Dios dividido.
¿Puede haber dos pueblos elegidos? No, no hay más que un solo pueblo de Dios, pero que está formado por dos partes. Este fue el caso del antiguo Israel, de la amfictionía de las 12 tribus, y esto todavía forma la estructura fundamental del más grande Israel, compuesto de todos aquellos que profesan al Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob» (en: Concilium - 1988 – n. 22, 90 – 103, passim).
En definitiva, el fin de la asimetría rígida no sólo favorece el diálogo hebreo - cristiano, sino, sobre todo, hace «retornar a Jesús a su patria nativa» (S. Ben Chorin, Fratello Gesù , Brescia – 1985 – 138) y , por eso mismo , interroga a su gente con el fin de definir mejor la propia identidad de «hermanos mayores». Como decía M. Buber (citado allí mismo, 27), «desde mi juventud he advertido la figura de Jesús como la de un hermano mío. Que la cristiandad lo haya considerado y lo considere como Dios y Redentor, siempre me ha parecido un hecho de la máxima seriedad, que debo buscar comprender por amor suyo y amor mío». Con el mismo amor, también nosotros cristianos debemos recordarnos que no sólo la ignorancia de las Escrituras, sino también la del judaísmo (y de su evolución a lo largo de los siglos), o de la liturgia hebraica o de su ethos...es ignorancia del misterio de Jesús el Cristo: nacido y crecido en aquellas realidades y venido “no para abolir sino para realizar su promesa”
En consecuencia, aunque ya preparado por grandes y honestos científicos judíos desde comienzos del siglo XX, el acercamiento producido por la ”Third Quest” en sabios israelitas, ya en diálogo con teólogos cristianos, ya por su propia cuenta, es un paso considerable, en el que se puede verificar en funcionamiento un efecto del modo de proceder de la teología fundamental: provocar preguntas sobre la razón suficiente de efectos históricos, procedentes de Jesucristo, que sólo por cerrazón (por más que explicable por siglos de mutua ignorancia y acoso) se puede dejar de considerar. Son notables, en este sentido los razonamientos, recién mencionados de Klinecki, bastante parecidos a los argumentos ofrecidos por el Concilio Vaticano Iª[77]. El, en efecto, se pregunta: “¿Puedo yo mirar al primer siglo y no ver allí la llamada de Dios a Jesús y a los primeros cristianos?”
Y Ben Chorin, echando mano a la parábola del grano de mostaza, se plantea, a su vez, la cuestión: “¿Puede suceder esto sin la intervención de Dios?”. Asistimos, en definitiva al mismo razonamiento del viejo Gamaliel, que tomaba como criterios de patraña humana los fracasos de Teudas y Judas el galileo, pidiendo tolerancia y tiempo, para acertar si la incipiente predicación de Pedro y los Doce era una erupción más de iluso mesianismo, o, al contrario, se acreditaba como auténticamente divina, por su persistencia a lo largo de las edades (ver: Hech 5, 35- 39).
Ben Chorin extiende el argumento hasta Bar Kochba (tenido equivocadamente como Mesías por el veneradísimo rabí Aqiba) y Sabbatai Zewi. Comprobando el pensador judío que la comunidad cristiana para nada sucumbió de modo tan aplastante[78].
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1 /X – 2004), el P. Fréderic Manns, muy versado en relaciones judeo- cristianas, que vive en la misma Jerusalén, tuvo ocasión de precisar la postura de estos grupos recién citados. Conceden el título de “hijo de Dios” a Jesús, pero sin rebasar el sentido que tiene también en el Antiguo Testamento. Por ejemplo: “El será para mí un hijo” en el oráculo de Natán (II Sam 7, 14).
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La vida cristiana ante las sectas - El baluarte donde refugiarse frente al error y la confusión es la tradición apostólica y la Iglesia de Dios, «columna y fundamento de la verdad» (1 Tim. 3, 15). Ante el espectáculo de las ideologías de moda, San Pablo anima a su discípulo amado: «combate el buen combate de la fe, conquista la vida eterna ... guarda el depósito. Evita las palabrerías profanas, y también las objeciones de la falsa ciencia; algunos que la profesaban se han apartado de la fe» (1 Tim. 6, 12. 20-21). «No te avergüences ... Ten por norma las palabras sanas que oíste de mi en la fe y en la caridad de Cristo Jesús. Conserva el buen depósito mediante el Espíritu Santo que habita en nosotros» (2 Tim. 1, 8. 13-14; cf. 1 Jn. 4, 6). Las palabras son gráficas: «Rechaza las fábulas profanas y los cuentos de viejas» (1 Tim. 4, 7). «Evita las palabrerías profanas, pues los que a ellas se dan crecerán cada vez más en impiedad, y su palabra irá cundiendo como gangrena» (2 Tim. 2, 15-17). A Tito por su parte, el Apóstol le avisa que a los «habladores y embaucadores» es menester «taparles la boca» y «reprenderles severamente», «a fin de que conserven sana la fe» (Tito 1, 11. 13).
El Señor edifica la Iglesia, que es su Cuerpo, en la unidad de su fe (cf. Ef. 4, 11-13), «para que no seamos ya niños llevados a la deriva y zarandeados por cualquier viento de doctrina, a merced de la malicia humana y de la astucia que conduce engañosamente al error, antes bien, siendo sinceros en el amor, crezcamos en todo hasta Aquél que es la Cabeza, Cristo, de quien todo el Cuerpo recibe» (Ibíd. vv. 14-16).
La intensa vida espiritual de los creyentes les mantendrá inmune de las asechanzas (cf. 1 Pe. 5, 8) y la fascinación de las sectas. El estudio y profundización de nuestra fe, así como la vida interior y el ejemplo de vida hasta el padecimiento, son las mejores armas para hacer frente a los contradictores del Evangelio. San Pedro escribe: «dad culto al Señor, Cristo, en vuestros corazones, siempre dispuestos a dar respuesta a todo el que os pida razón de vuestra esperanza. Pero hacedlo con dulzura y respeto. Mantened una buena conciencia, para que aquello mismo que os echen en cara, sirva de confusión a quienes critiquen vuestra buena conducta en Cristo. Pues más vale padecer por obrar el bien, sí esa es la voluntad de Dios, que por obrar el mal» (1 Pe. 3, 13-17).
El apóstol San Judas confía a sus queridos discípulos esta misión frente a las divisiones gestadas por las "hairesis": «edificándoos sobre vuestra santísima fe y orando en el Espíritu Santo, manteneos en la caridad de Dios, aguardando la misericordia de nuestro Señor Jesucristo para vida eterna. A unos, a los que vacilan, tratad de convencerles; a otros tratad de salvarles arrancándoles del fuego; y a otros mostradles misericordia con cautela, odiando incluso la túnica manchada por su carne» (Jds, 20-23).
Las estrategias sectarias que buscan acercarse a los fieles y conquistarlos para sus ideologías y grupos no eran desconocidos a los Apóstoles. En los textos antes citados te habla de la «acción solapada» de los sectarios, de «discursos capciosos» y «argumentos embaucadores», así como de «vana palabrería» y «objeciones de la falsa ciencia». Estos «visitan las casas» y perturban a los fieles, fomentan las «disensiones y disputas», procurando arrastrar a la gente contra la verdad del Evangelio. Las acciones de reclutamiento que promueven los líderes de las "hairesis" van desde las palabras dulces y falaces basta la persecución directa.
En este marco se deben ubicar las advertencias apostólicas. «Al sectario, después de una y otra amonestación, rehúyele" (Tito 3, 10). «Si alguno viene a vosotros y no es portador de esta doctrina, no le recibáis en casa, ni le saludéis, pues el que le saluda se hace solidario de sus malas obras» (2 Jn. 10-11).
El apóstol san Pablo Insiste: «Esto has de enseñar; y conjura en presencia de Dios que se eviten las discusiones de palabras, que no sirven para nada, si no es para perdición de los oyentes» (2 Tim. 2, 14; cf. ibíd. 2, 23). Y refiriéndose a las doctrinas y cultos paganos, les dice a los corintios: «No os juntéis con los infieles. Pues ¿qué relación hay entre la justicia y la iniquidad? ¿Qué unión entre la luz y las tinieblas? ¿Qué armonía entre Cristo y Beliar? ¿Qué participación entre el fiel y el infiel? ¿Qué conformidad entre el santuario de Dios y el de los ídolos?» (2 Cor. 6. 14-15).
Ante el fenómeno sectario he aquí en pocas palabras la máxima apostólica: vigilancia y crecimiento en la intimidad con el Señor. «Vosotros pues, queridos, estando ya advertidos, vivid alerta, no sea que, arrastrados por el error de esos disolutos, os veáis derribados de vuestra firme postura. Creced, pues, en la gracia y en el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo» (2 Pe. 3, 17-18).
Esta unión íntima con el Maestro por la gracia y oración se intensifica y halla su momento privilegiado en la Palabra de Dios, la Santísima Eucaristía y la Virgen María.
La vida espiritual y la sana doctrina encuentra en las Escrituras Sagradas la fuente preciosa que educa "al hombre de Dios" y le mantiene en la fe y sabiduría de Cristo. San Pablo elogia el conocimiento de los Libros Sagrados de su discípulo Timoteo y le encomienda vivamente la familiaridad con la palabra de Dios para no verse arrastrado por el error y el desaliento. He aquí el texto: «Tú, en cambio, persevera en lo que aprendiste y en lo que creíste, teniendo presente de quiénes lo aprendiste, y que desde niño conoces las Sagradas Letras, que pueden darte la sabiduría que lleva a la salvación mediante la fe en Cristo Jesús. Toda Escritura es inspirada por Dios y útil para enseñar, para argüir, para corregir y educar en la justicia, así el hombre de Dios se encuentra perfecto y preparado para toda obra buena» (2 Tim. 3, 14-17).
La Palabra de Dios lleva a la Eucaristía: el Verbo al Verbo que se hizo Carne por nosotros. El corazón de la espiritualidad bíblica radica en la Santísima Eucaristía, Sacrificio y Comunión del Cuerpo y Sangre de Cristo. Los Apóstoles lo habían aprendido del mismo Maestro (cf. Mt. 26, 26-28; Lc. 22, 19-20; Jn. 6, 53-58) y lo vivieron con notable fervor (cf. 1 Cor. 11, 23-25). La Eucaristía, Sacramento de la Fe y de la unidad —tal como nos describe los Hechos de los Apóstoles— constituía y edificaba la Comunidad de los creyentes (cf. Hech. 2, 42).
Inseparable de Jesucristo, la Madre por excelencia, que siempre intercede ante su divino Hijo (cf. Jn. 2) junto a su Iglesia (cf. Jn. 19. 25-27; Hech. 1. 14), la Virgen María, maestra de oración y de entrega a Dios (cf. Lc. I, 38; 1, 46-55; 2, 19. 51). Ella aplasta la serpiente y vence al dragón protegiendo a sus hijos del mal y del error (cf. Gén. 3, 15; Apoc. 12). La devoción mariana ocupa un puesto particular en la perseverancia de los fieles y en ministerio apostólico frente al florecimiento de las "hairesis" contrarias al Evangelio de Jesucristo.
La consecuencia inmediata de la auténtica vida espiritual es la evangelización. Los fieles, pertrechados de las armas del espíritu (Hech. 2; 4, 8; Ef. 6, 10-20), se lanzan a la aventura misionera, para compartir con todos la insondable riqueza de Jesucristo (cf. Ef. 3, 8. 14-19). El Espíritu Santo les lleva a vivir para Cristo Jesús (cf. Rom. 8, 14-17), y a no descansar hasta ver al Señor formado en cada uno (cf. Cor. 9, 16. 22-23); extender el Evangelio a todos los confines (cf. Mt. 28. 18-20), confiando en Dios, que da el crecimiento (cf. 1 Cor. 3, 6-7).
Los tiempos difíciles, lejos de hacer palidecer la actividad apostólica, exigen por el contrario un mayor fervor evangelizador. El incansable Apóstol de los gentiles nos dejó en la persona de Timoteo aquella gran consigna: «Te conjuro en la presencia de Dios ... Proclama la Palabra, insiste a tiempo y a destiempo, reprende, amenaza, exhorta con toda paciencia y doctrina. Porque vendrá un tiempo en que los hombres no soportarán la sana doctrina, sino que, arrastrados por sus propias pasiones, se harán con un montón de maestros por el prurito de oír novedades; apartarán sus oídos de la verdad y se volverán a las fábulas. Tú en cambio, pórtate en todo con prudencia, soporta los sufrimientos, realiza la función de evangelizador, desempeña a la perfección tu ministerio» (2 Tim. 4, 1-5).
La caridad y la paciencia serán en esta tarea apostólica la luz que mostrará la verdad y la sal que sazonará al mundo (cf. Mt. 5, 13.14). «En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os tenéis amor los unos a los otros» (Jn. 13, 35). «Brille así vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos» (Mt. 5, 16).
«¡Mirad cómo se aman!». La historia nos narra cómo llamaba la atención de los paganos el amor que se tenían los cristianos y su entereza ante las persecuciones. «La multitud de los creyentes no tenía sino un solo corazón y una sola alma ... Los apóstoles daban testimonio con gran poder de la resurrección del Señor Jesús. Y gozaban todos de gran simpatía» (Hech. 4, 32. 33). Las escenas y sentimientos de los Apóstoles seguían este tono «Ellos marcharon de la presencia del Sanedrín contentos por haber sido considerados dignos de sufrir ultrajes por el Nombre. Y no cesaban de enseñar y de anunciar la Buena Nueva de Cristo Jesús cada día en el Templo y por las casas» (Hech. 5, 41. 42). Las obras de misericordia volvían patentes las palabras del Señor, y los perseguidores quedaban atónitos al ver cómo los fieles afrontaban la muerte con la esperanza del Cielo y la resurrección.
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El mal en el hombre y en el mundo y el plan divino de salvación
1. Después de la catequesis sobre Dios Uno y Trino, Creador y Providente, Padre y Señor del universo, comenzamos otra serie de catequesis sobre Dios Salvador.
El punto fundamental de referencia de estas catequesis está constituido por los Símbolos de la fe, sobre todo por el más antiguo, que es llamado el Símbolo Apostólico, y por el llamado Niceno-Constantinopolitano. Son los Símbolos más conocidos y más usados en la Iglesia, especialmente en las "oraciones del cristiano" el primero, y en la liturgia el segundo. Los dos textos tienen una disposición análoga en el contenido, en el cual es característico el pasaje de los artículos que hablan de Dios, Padre Omnipotente, Creador del cielo y de la tierra, de todas las cosas visibles e invisibles, y de los que hablan de Jesucristo.
El Símbolo Apostólico es conciso: (yo creo) "en Jesucristo, su único Hijo, (de Dios), nuestro Señor, que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo, nació de Santa María Virgen...", etc.
El Símbolo Niceno-Constantinopolitano amplía, en cambio, notablemente la profesión de fe en la divinidad de Cristo, Hijo de Dios, "nacido del Padre antes de todos los siglos... engendrado, no creado, de la misma naturaleza que el Padre", el cual -y he aquí el paso al misterio de la encarnación del Verbo- "por nosotros los hombres y por nuestra salvación bajó del cielo, y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María, la Virgen, y se hizo hombre". Y a este punto entre ambos Símbolos presentan los elementos del misterio pascual de Jesucristo y anuncian su nueva venida para el juicio.
Sucesivamente los dos Símbolos profesan la fe en el Espíritu Santo. Es necesario, por tanto, subrayar que su estructura esencial es trinitaria: Padre-Hijo-Espíritu Santo. Al mismo tiempo en ellos están inscritos los elementos más salientes de lo que constituye la acción "hacia fuera" (ad extra) de la Santísima Trinidad: por eso hablan primero del misterio de la creación (del Padre Creador), y seguidamente de los misterios de la redención (del Hijo Redentor), y de la santificación (del Espíritu Santo Santificador).
2. He aquí por qué siguiendo los Símbolos, después del ciclo de las catequesis referentes al misterio de la creación, o mejor, referentes a Dios como creador de todas las cosas, pasamos ahora a un ciclo de catequesis que se refieren al misterio de la redención, o mejor, a Dios como Redentor del hombre y del mundo. Y serán catequesis sobre Jesucristo (CRISTOLOGÍA), porque la obra de la redención, aunque pertenece (como también la obra de la creación) a Dios Uno y Trino, ha sido realizada en el tiempo por Jesucristo, Hijo de Dios que se ha hecho hombre para salvarnos.
Observamos enseguida que en este ámbito del misterio de la redención, la cristología se sitúa en el terreno de la "antropología" y de la historia. Efectivamente, el Hijo consubstancial al Padre, que por obra del Espíritu Santo se hace hombre naciendo de la Virgen María, entra en la historia de la humanidad en el contexto de todo el cosmos creado. Se hace hombre "por nosotros los hombres (propter nos homines) y por nuestra salvación" (et propter nostram salutem). El misterio de la Encarnación (et incarnatus est) es visto por los Símbolos en función de la redención. Según la revelación y la fe de la Iglesia, ello tiene por tanto un sentido salvífico (sotereología).
3. Por esta razón los Símbolos, al colocar el misterio de la Encarnación salvífica en el escenario de la historia, tocan a la realidad del mal, y en primer lugar la del pecado. Efectivamente, salvación significa sobre todo liberación del mal, y, en particular, liberación del pecado, aunque si obviamente el alcance del termino no se reduce a eso, sino que abraza la riqueza de la vida divina que Cristo ha traído al hombre. Según la Revelación, el pecado es el mal principal y fundamental porque en él está contenido el rechazo de la voluntad de Dios, de la verdad y de la Santidad de Dios, de su paterna bondad, como se ha revelado ya en la obra de la creación y sobre todo en la creación de los seres racionales y libres, hechos "a imagen y semejanza" del Creador. Precisamente esta "imagen y semejanza" es usada contra Dios, cuando el ser racional con la propia libre voluntad rechaza la finalidad del ser y del vivir que Dios ha establecido para la criatura. En el pecado está, por tanto, contenida una deformación particularmente profunda del bien creado, especialmente en un ser, que, como el hombre, es imagen y semejanza de Dios.
4. El misterio de la redención está, en su misma raíz, unido de hecho con la realidad del pecado del hombre. Por eso, al explicar con una catequesis sistemática los artículos de los Símbolos que hablan de Jesucristo, en el cual y por el cual Dios ha obrado la salvación, debemos afrontar, ante todo, el tema del pecado, esa realidad oscura difundida en el mundo creado por Dios, la cual constituye la raíz de todo el mal que hay en el hombre y, se puede decir, en la creación. Sólo por este camino es posible comprender plenamente el significado del hecho de que, según la Revelación, el Hijo de Dios se ha hecho hombre "por nosotros los hombres" y "por nuestra salvación". La historia de la salvación presupone "de facto" la existencia del pecado en la historia de la humanidad, creada por Dios. La salvación, de la que habla la divina Revelación, es ante todo la liberación de ese mal que es el pecado. Es esta una verdad central en la soteriología cristiana: "propter nos homines et propter nostram salutem descendit de coelis".
Y aquí debemos observar que, en consideración de la centralidad de la verdad sobre la salvación en toda la Revelación divina y, con otras palabras, en consideración de la centralidad del misterio de la redención, también la verdad sobre el pecado forma parte del núcleo central de la fe cristiana. Sí, pecado y redención son términos correlativos en la historia de la salvación. Es necesario, por tanto, reflexionar ante todo sobre la verdad del pecado para poder dar un sentido justo a la verdad de la redención operada por Jesucristo, que profesamos en el Credo. Se puede decir que es la lógica interior de la Revelación y de la fe, expresada en los Símbolos, la que se nos impone al ocuparnos en estas catequesis ante todo del pecado.
5. A este tema nos hemos preparado, en cierto sentido, por el ciclo de catequesis sobre la Divina Providencia. "Todo lo que ha creado, Dios lo conserva y lo dirige con su Providencia", como enseña el Concilio Vaticano I, que cita el libro de la Sabiduría: "Se extiende poderosa del uno al otro extremo y lo gobierna todo con suavidad" (cf. Sab 8, 1; DS 3003).
Al afirmar este cuidado universal de las cosas, que Dios conserva y conduce con mano potente y con ternura de Padre, dicho Concilio precisa que la Providencia Divina abraza de modo particular todo lo que los seres racionales libres introducen en la obra de la creación. Así se sabe que ello consiste en actos de sus facultades, que pueden ser conformes o contrarios a la voluntad divina; por tanto también el pecado.
Como se ve, la verdad sobre la Divina Providencia nos permite ver también el pecado en una justa perspectiva. Y bajo esta luz los Símbolos nos ayudan a considerarlo. En realidad, digámoslo desde la primera catequesis sobre el pecado, los Símbolos de la Fe apenas si tocan este tema. Pero precisamente por esto nos sugieren examinar el pecado desde el punto de vista del misterio de la redención, en la soteriología. Y entonces podemos enseguida añadir que si la verdad sobre la creación, y todavía más su Divina Providencia, nos permiten acercarnos al problema del mal y, especialmente, del pecado con claridad de visión y de precisión de términos en base a la revelación de la infinita bondad de Dios, la verdad sobre la redención nos hará confesar con el Apóstol: "Ubi abundavit delictum, superabundavit gratia": "Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia" (Rom 5, 20), porque nos hará descubrir mejor la misteriosa conciliación, en Dios, de la justicia y de la misericordia, que son las dos dimensiones de esa su bondad. Podemos, por tanto, decir desde ahora que la realidad del pecado se convierte, a la luz de la redención, en ocasión para un conocimiento más profundo del misterio de Dios: de Dios que es amor (1 Jn 4, 16 ).
La fe nos pone así en atento diálogo con tantas voces de la filosofía, de la literatura, de las grandes religiones, que tratan no poco de las raíces del mal y del pecado, y con frecuencia ansían una luz de redención. Y precisamente a este terreno común la fe cristiana trata de llevar a todos la verdad y la gracia de la divina Revelación. 27.VIII.1986
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