Thursday 9 September 2010 | Actualizada : 2010-08-31 
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Datación de los evangelios - La Iglesia Católica inicia a escribir ‘El Nuevo Testamento’

 

 

Año 30: Muerte y resurrección de Jesús. Pentecostés y comienzo de la difusión del cristianismo.
Década del 30 al 40: Redacción en arameo del evangelio de Marcos, el libro de los dichos de Jesús (fuente Q), y otros documentos.
Década del 40 al 50: Traducción al griego del evangelio de Marcos y otros escritos arameos.
Poco después del año 50: Evangelio de Lucas y Evangelio de Mateo.
Pocos años después: Evangelio arameo de Juan.

 

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«Sólo aceptando la novedad de Cristo como Hijo de Dios tiene sentido el nacimiento de los evangelios y de la Iglesia que los escribe».

 

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En el siglo IX, la Biblia Carolingia fue encargada por el rey de los francos Carlo el Calvo, quien la regaló al papa Juan VIII. Algunos años más tarde, se trasladó a esta abadía, para protegerla de los ataques contra Roma. Y desde entonces, no se ha movido de su sitio. La Biblia gtiene 1200 años y es considerada por muchos, la más bella de mundo.
Los monjes benedictinos han salvado y conservado hasta nuestros días, la famosa Biblia carolingia, que hace 1000 años, el Papa Gregorio VII les confió en la Abadía de San Pablo extra-muros, porque entonces se encontraba fuera de las murallas de Roma. Actualmente, la biblioteca antigua de la abadía posee más de 10.000 volúmenes del siglo XV al siglo XVII. Los monjes lograron salvar dicho patrimonio cultural del saqueo de las fuerzas invasoras napoleónicas. MMIX. VI


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4. "Como sabéis, venerables hermanos, San Jerónimo nació en Estridón, «aldea en otro tiempo fronteriza entre Dalmacia y Pannonia»(5), y se crió desde la cuna en el catolicismo(6); desde que recibió aquí mismo en Roma la vestidura de Cristo por el bautismo(7), empleó a lo largo de su vida todas sus fuerzas en investigar, exponer y defender los libros sagrados. Iniciado en las letras latinas y griegas en Roma, apenas había salido de las aulas de los retóricos cuando, joven aún, acometió la interpretación del profeta Abdías: con este ensayo «de ingenio pueril»(8), de tal manera creció en él el amor de las Escrituras, que, como si hubiera encontrado el tesoro de que habla la parábola evangélica, consideró que debía despreciar por él «todas las ventajas de este mundo»(9). Por lo cual, sin arredrarse por las dificultades de semejante proyecto, abandonó su casa, sus padres, su hermana y sus allegados; renunció a su abastecida mesa y marchó a los Sagrados Lugares de Oriente, para adquirir en mayor abundancia las riquezas de Cristo y la ciencia del Salvador en la lectura y estudio de la Biblia(10)". S. S. Benedicto XV - P.P. a 15 de septiembre de 1920, año séptimo de nuestro pontificado.

5. De viris ill. 135.
6. Ep. 82,2,2.
7. Ep. 15 l,l; 16 2,1.
8. In Abd., praefat.
9. In Mt. 13,44.
10. Ep. 22,30 1.


Infabilidad del ‘Magisterio petrino’ - Las citas del Catecismo son muy claras y hay quien las quiere presentar como pruebas de que la infalibilidad es antibíblica. Para eso, el autor depende de la "alergia" que muchos tienen por los escritos católicos. Pocos saben que antes de que tan siquiera hubiera Evangelios escritos, formas incipientes de diversos catecismos circulaban en Oriente y Occidente en plenos tiempos apostólicos. Eso es, sabemos, harina de otro costal y se invita a los que deseen investigar este interesante tema, a que lo hagan con la mayor imparcialidad comenzando por la historia del Didaké y concentrándose en los métodos de enseñanza y dispersión utilizados por la iglesia primitiva.

 

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San Dámaso fue quien encomendó a San Jerónimo la edición oficial de la Sagrada Escritura en latín.

 

SAN JERÓNIMO (347 420) BIBLISTA

«Dilexit Ecclesiam» amó a la Iglesia Católica

 

 

 San Jerónimo, uno de los grandes Padres latinos de la Iglesia, junto a las figuras de S. Agustín de Hipona, de S. Ambrosio de Milán y de S. Gregorio Magno, ha sido considerado como el «príncipe de los traductores» de la Biblia y el exegeta, por excelencia, de los Padres de Occidente.

Es muy conocido el cuadro del pintor alemán Dürer, en el que aparece la figura ascética de S. Jerónimo, en su retiro de Belén, rodeado de la claridad de una aureola, a sus pies un león que, según la leyenda, había sido curado de una herida por el santo, un rayo de luz que penetra por una estrecha rendija, en un ambiente de recogimiento espiritual y de intensa actividad intelectual..., pero su vida fue mucho más agitada y de lucha que la que parece reflejar el cuadro.

Nacido en la ciudad fortificada de Estridón, en los límites del mundo latino, no lejos de Trieste, entre las provincias romanas de Dalmacia (perteneciente actualmente a Yugoslavia) y de Panonia (Hungría), el año 347 de nuestra era, en el seno de una familia cristiana. Después de haber aprendido a leer, a escribir y a contar, en su ciudad natal, fue enviado a Roma por sus padres, para proseguir los estudios y adquirir una formación superior que le pudiese facilitar el acceso a alguna carrera civil. Allí tuvo como Profesor al célebre gramático Donato. De su primera estancia romana le vino a Eusebius Hieronymus —tal era su nombre completo— su afición y conocimientos de los grandes autores latinos (Virgilio, Horacio, Quintiliano, Séneca, entre otros, y los historiadores), pero su verdadero maestro y modelo fue Cicerón, cuyo estilo elocuente y cincelado imitó. Esta afición suya a los autores paganos, le mereció una severa reprensión y un duro castigo del Cielo, durante un sueño, cuando posteriormente, se retiró al desierto de Calcis (al sur de Alepo, ciudad siria), durante los años 375-377. En una célebre carta del propio San Jerónimo, dirigida a su hija espiritual, Eustoquio, sobre la virginidad, escrita en Roma, entre los años 383/384, descubrió este sueño1.

No dejó por ello de seguir citando a los autores paganos clásicos en sus escritos posteriores, cosa que le recordará posteriormente Rufino de Aquileya, en el ardor de la polémica que mantuvieron ambos.

Jerónimo, durante su estancia en Roma (años 359-367), llevó una vida frívola y disipada 2, que posteriormente, le produjo turbaciones de conciencia y tentaciones que él combatió con ásperas penitencias y con su entrega al estudio de la Sagrada Escritura. En ésta su primera estancia en Roma, recibió el Sacramento del Bautismo, junto con su compañero de estudios, Bonosa

Posteriormente marchó a la ciudad Imperial de Tréveris, en la Galia (ahora pertenece a la República Federal de Alemania), hacia el año 367.

En esta época, experimentó una primera conversión: empezó a interesarse por los escritos de Teología. Dedicó sus ratos libres a copiar obras de Hilario de Poltiers (367); e intensificó su vida de piedad.

Volvió, hacia el año 370, a su patria, en compañía de Bonoso. Pero no se encontraba a gusto allí En Aquilea, en torno a su Obispo Valeriano, con sus antiguos compañeros,—además de Bonoso—Rufino, Cromacio y Heliodoro, formaron una especie de cenáculo de ascetas que imitaban a los eremitas de Oriente, contaban historias edificantes y conversaban sobre la Sagrada Escritura.

Aquellas convivencias desembocaron en controversias, a causa, sobre todo, del carácter polémico de Jerónimo, y acabaron disolviéndose.

Luego, acompañado de Rufino, su entrañable amigo de entonces, y luego, a consecuencia de la controversia origenista, su enemigo de última hora, hace su primer viaje a Oriente. Acompañaron en su primer viaje a Evagrio de Antioquía, traductor de San Atanasio, que volvía a su patria. Hacia el otoño del año 374, llegó a Antioquía de Siria. Aquí recibió clases de Sagrada Escritura de Apolinar de Laodicea (390) 3.

Hacia el año 375, abandonó Antioquía y se internó en el desierto de Calcis—del que ya hemos hablado—a quince leguas al sudeste de aquella ciudad. Aquí, se dedicó seriamente al estudio del hebreo, bajo el magisterio de un judío converso.

Las discusiones teológicas entre los monjes, le forzaron a regresar a Antioquía (377). Allí fue ordenado de presbitero por Paulino, Obispo de Antioquía. Poco después, hacia el año 382, después de la celebración del II Concilio Ecuménico (I de Constantinopla, año 381), Paulino, junto con Jerónimo, se dirigió a Roma. Había asistido como observador a los debates del Concilio; y allí conoció a Gregorio Nacianceno, a quien llamó su «maestro», que le abrió la inteligencia de la Sagrada Escritura. También pudo conocer a Gregorio de Nysa, a Anfiloquio de Icona y a otros Padres Conciliares.

Pero él no se preocupó—de momento—de las discusiones estrictamente teológicas de la Iglesia Oriental. Su proyecto era instruirse en la interpretación correcta de la Sagrada Escritura, para hacer avanzar la teología, y, con esa finalidad, alcanzar un sólo conocimiento de exégesis bíblica y de los idiomas originales en los que fue escrito el texto sagrado. Él, como lo diría hacia el fin de su vida, quería consagrarse plenamente a explicar la Escritura y hacer conocer a los que hablaban su lengua (el latín) la ciencia de los hebreos y de los griegos.

Durante su nueva estancia en Roma, ganó la confianza del Papa San Dámaso, que le hizo su Secretario. Aquí empezó su labor de corrector y traductor al latín de la Sagrada Escritura.

En ese siglo, había ya muchas diferencias entre los diferentes códices latinos de los Evangelios, y muchos de ellos, por la tendencia a la armonización de un Evangelio con otro, muy alterados en su sentido original.

Por este motivo, al Papa le encargó a San Jerónimo que hiciese una revisión de la traducción Latina de los Evangelios. Así comenzó la versión Latina de la Biblia que se ha llamado, posteriormente, la «Vulgata»4.

En esta estancia romana, San Jerónimo, hizo de guía espiritual de un grupo de mujeres piadosas, de la aristocracia romana, entre ellas las viudas Marcela y Paula (ésta, madre de la joven Eustoquio a quien Jerónimo dirigió una de sus más famosas cartas, sobre el tema de la virginidad). Las inició en el estudio y meditación de la Sagrada Escritura y las dirigió por los caminos de la perfección evangélica, en los ayunos, en los cánticos de los Salmos, en las obras de caridad, en el abandono de las vanidades del mundo.

El centro de este movimiento de espiritualidad femenina se hallaba en un palacio del Aventino, en donde residía Marcela con su hija Asella. El santo doctor llevó a este círculo de mujeres romanas las prácticas ascéticas de los monjes de Oriente. Les dirigió cartas de doctrina espiritual que fueron publicadas.

Esta actividad de dirección espiritual de mujeres le valió críticas de parte del clero romano, llegando, incluso, a la difamación y a la calumnia.

En diciembre del 384, después de la muerte del Papa San Dámaso fue elegido Papa Siricio; el ambiente, en la Curia romana, se le vuelve hostil y esta nueva situación facilitó su nuevo apartamiento de Roma, de donde volvió a salir algo amargado e irritado, para no volver allí hasta después de su fallecimiento, en sus restos mortales, en la espera del día de la resurrección de la carne.

San Jerónimo, durante su estancia en Roma, revisó y corrigió, también el salterio latino, teniendo como base la versión prehexaplar5 de los setenta que él llama «Koiné». El mismo santo reconoció que esta revisión fue un tanto «apresurada». Se le llamó «Salterio romano» por haber sido revisado en Roma. Este texto revisado por San Jerónimo se ha perdido.

En cuanto a los restantes libros del Nuevo Testamento, no queda constancia de que hubieran sido revisados por San Jerónimo. Los textos de dichos libros, recogidos en la «Vulgata», fueron atribuidos o a Pelagio, por D. de Bruyne, o a Rufino el Siro, discípulo de San Jerónimo y amigo de Pelagio 6.

Durante su estancia en Roma, San Jerónimo escribió el año 383, el «De perpetua virginitate beatae Mariae», contra Helvidio, seglar romano, que sostenía que la Virgen María había tenido otros hijos de su esposo San José, después del nacimiento de Jesús, apoyándose en algunos textos mal interpretados de Mateo y de Lucas y en el testimonio de algunos escritores eclesiásticos, y trataba de equiparar el matrimonio a la virginidad. San Jerónimo aparece ya, en esta publicación, no sólo como el gran defensor de la virginidad de María, sino, también como el doctor de la virginidad, que luego confirmaría en sus libros, escritos en Belén, el año 392, contra el monje Joviniano que discutía el valor de la virginidad y de la ascética cristiana, y propugnaba otros errores teológicos.

Al salir de Roma, dos de la mujeres dirigidas por él, Paula y Eustoquio, para evitar suspicacias, no le acompañaron, pero luego se reunieron con él en Reggio Calabria para seguir el viaje juntos hasta Chipre, en donde se encontraba su amigo Epifanio, y luego a Antioquía. En esta ciudad encontraron a un antiguo conocido, Paulino, quien con su cariñosa hospitalidad les retuvo un poco de tiempo.

Luego emprendieron una peregrinación por los Santos Lugares, utilizando la calzada romana que les condujo a Palestina, bordeando el litoral de Siria y Fenicia. En Alejandría, cuyo Patriarca era el joven Obispo Teófilo, entró en contacto con Dídimo el Ciego, extraordinariamente erudito y profundo conocedor de Orígenes, quien le inició en el conocimiento de este gran exegeta y teólogo oriental.

Hicieron también un recorrido por Egipto, para conocer personalmente a los heroicos monjes y eremitas del desierto, a los dos lados del Nilo.

Por fin, en el verano del 396, se instalaron en Belén. Se constituyeron dos comunidades, una masculina y otra femenina. La construcción definitiva de los edificios para albergar a las dos comunidades y para una hospedería de peregrinos se pudo realizar gracias a la ayuda económica de Paula. Esta instalación, en Belén, favoreció la intensa actividad intelectual de San Jerónimo. En este tiempo, se dedicó, preferentemente, al Antiguo Testamento. Se envenenó durante algunos años la polémica origenista 7, produciéndose un enfrentamiento entre Rufino de Aquilea, y Jerónimo a pesar de su antigua y profunda amistad.

En el año 397, el entonces joven Obispo africano, Agustín de Hipona, inició su correspondencia con San Jerónimo, manifestando aquél algunas reservas a la labor de traductor bíblico de éste. Estas diferencias de criterio no impidieron que, posteriormente, unieran sus fuerzas contra la herejía de Pelagio.

 

 

 

La labor más importante de San Jerónimo como traductor de la Biblia la realizó durante su estancia en Belén, centrada, fundamentalmente, en el Antiguo Testamento. Gracias a la generosidad de su dirigida Paula, pudo disponer de un equipo de copistas que facilitaron su labor intelectual, desde su retiro bethelemita. A este trabajo dedicó alrededor de 15 años (390-405).

Hacia el año 387, volvió a corregir el Salterio, teniendo delante el texto griego hexaplar de Orígenes. Este trabajo lo realizó en Cesarea, en donde se conservaba el texto de Orígenes, pero fue en Belén en donde lo publicó.

Esta versión del Salterio, se llamó «Salterio Galicano» porque fue recibida en las Galias en la época de los Reyes Carolingios. Posteriormente fue introducida en la Biblia de Alcuino (año 801); y, por último, en la Biblia SixtoClementina (1592) 8, formando, de esta manera, parte integrante de la «Vulgata».

El año 390, es la fecha en que inició su tarea colosal de traducir directamente del hebreo los libros del Antiguo Testamento para responder a los judíos que, en sus disputas con los cristianos, repetían incansablemente que los argumentos teológicos, basados en los textos griegos y latinos, no tenían valor porque no respondían al texto original de las Escrituras hebreas, y también, para ofrecer a los cristianos el genuino y auténtico sentido de la Biblia. No siguió el orden del texto, sino que se atuvo a los deseos de sus amigos que le pedían la traducción de un libro u otro de la Sagrada Escritura9.

Así, tradujo los dos libros de Samuel y los dos de los Reyes, en los años 390-391. En este tiempo, tradujo el libro de Tobías del arameo, en un sólo día Tradujo, también, entre el 391 y el 392, los libros de los Profetas, y las partes Deuterocanónicas del Libro de Daniel, éstas últimas de la versión griega de Teodoción10. Terminó la traducción del libro de Job (en 393) e hizo, entre 394-395, la traducción de los libros de Esdras y Nehemías, y llevó a término la traducción directa del Salterio hebraico, aunque este Salterio nunca fue utilizado por la Iglesia en las funciones litúrgicas.

Asimismo tradujo los libros 1-2 de Paralipómenos; y los tres libros de Salomón (Proverbios, Eclesiastés y Cantar de los Cantares, en el año 397). Empeñó la traducción del Pentateuco entre los años 398-404 terminando este trabajo posteriormente, así como los libros de Josué, Jueces, Rut y Ester. El libro de Judit lo tradujo del arameo, en una noche. Los Deuterocanónicos de Baruc, Eclesiástico, Sabiduría y 1-2 Macabeos no los tradujo, por no hallarse incluidos en el canon hebreo. Se puede afirmar, por tanto, que San Jerónimo es el traductor del texto de la Vulgata, por lo que se refiere a una gran parte del Antiguo Testamento, y también, del Nuevo Testamento11.

El Concilio de Trento, en la sesión IV (8 Abril 1546) declaró solemnemente la «autenticidad» de la Vulgata, aunque ordenó, al mismo tiempo, que se hiciese una edición revisada del texto. Hoy es aceptado por todos que este Decreto del Concilio era de «carácter disciplinar», pero con fundamento dogmático, ya que la Iglesia asistida por el Espíritu Santo, en su Magisterio, no podía equivocarse en la utilización, durante tantos siglos, de una fuente de Revelación que contuviera errores dogmáticos.

Esto fue confirmado, posteriormente, por el Papa Pío Xll, en la Encíclica «Divino Afflante Spiritu» (30-lX-1943); el Concilio Vaticano II reconociendo el honor debido a la «Vulgata», recomienda, sin embargo, que se hagan traducciones aptas y fieles de los textos primitivos de varios lugares, como ya se había empezado a realizar en los años anteriores al Concilio (Const. sobre la «Divina Revelación», n.° 22).

Pero la labor intelectual y doctrinal de San Jerónimo no se agotó en las traducciones de los libros de la S. Escritura. Además de otras obras de carácter ascético, histórico, hegiográfico o doctrinal, hizo comentarios bíblicos, tanto por escrito 12 como en forma de homilías o sermones, aparte de su riquísimo y profundo epistolario, al cual hemos aludido. En algunas de sus cartas se contienen «trabajos monográficos» breves sobre cuestiones bíblicas (así, en su Carta del año 397, escrita en Belén y dirigida a la virgen Principia, desarrolla un comentario al Salmo 44; en su carta escrita a San Paulino de Nola, también desde Belén—años 395/96 , presenta, sucintamente, las características principales de los Libros Santos; en su carta a Evangelo—presbítero, escrita en la primavera del año 398, diserta sobre la persona de Melquisedec).

El Evangelio de San Marcos, pertenece al género homilético. La traducción castellana se basa en el texto critico preparado por el monje benedictino G. Morin, que ha realizado una excelente labor de reconstrucción del texto original del Santo Doctor.

Se trata de una serie de 10 homilías, algunas muy breves, en las que el predicador desarrolla sólo algunos versículoss13. En ellas brilla la enorme erudición, sagrada y profana, así como el conocimiento de las costumbres y del ambiente palestino de San Jerónimo.

Como exige el género homilético, predominan las exhortaciones de carácter moral, aunque, tampoco faltan referencia a errores heréticos y las advertencias sobre las artimañas del Demonio contra la Iglesia y los fieles.

Es característica de San Jerónimo sus comentarios a los nombres judíos, y a las designaciones de la geografía palestinense, que él estudió a fondo en sus libros «Onomastica»: «Liber locorum», «Liber nominum», y a los cuales alude espontáneamente en sus homilías y disertaciones.

San Jerónimo murió el 30 de Septiembre del año 420. La literatura y la pintura han rodeado de fantasía y de leyenda sus últimos momentos. El Padre Sigüenza, en su conocida biografía del Santo14 y el pintor Domenichino, en su famoso cuadro, han dado libre rienda a su fantasía en la descripción y pintura de su muerte. Pero, con independencia de la leyenda, la persona de San Jerónimo emerge a través de los siglos, como uno de los grandes Padres de Occidente, con su impresionante cultura, sagrada y profana, su inmensa erudición, su capacidad de políglota, su tenacidad y entrega al estudio y al trabajo, su devoción a las Sagradas Escrituras, su espíritu ascético y contemplativo, su inquebrantable ansia de verdad, su defensa de la virginidad, y su amor a la Iglesia y a Jesucristo, que le llevó a la santidad, a pesar de su temperamenteo colérico y polemista, y que ha hecho de él el máximo «Doctor de las Sagradas Escrituras» 15.

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1 La carta en la cual se ha recogido la descripción del sueño, es la Xll. La «Biblioteca de Autores Cristianos», editó en ed. bilingüe latín-español, en dos vols. las «CARTAS DE S. JERÓNIMO», preparada por D. Ruiz Bueno.

2 Pero, al mismo tiempo, se despertaron sus aficiones a la vida ascética y devota, manifestadas en sus visitas dominicales a las tumbas de los apóstoles y de los mártires.

3 Apolinar pertenece a la célebre escuela antioquena, se distinguió por su actividad contra el «arrianismo», pero cayó en la herejía que lleva su nombre, que negaba, a Jesucristo, la existencia de alma racional. Fue condenada esta herejía en el I Concilio de Constantinopla, bajo el pontificado del Papa San Dámaso (366-384).

4 Como ediciones criticas de este texto revisado de los Evangelios podemos citar: «Novum Testamentum... Secundum editionem S. Hieronymi, I-III» (Oxford, 1889-1954); H. I. White «Novum Testamentum Latine», Editio minor (Oxford, 1911); R. Weber «Biblia Sacra iuxta vulgatam versionem...», (Stuttgart, 1969; 1975 2ª ed.).

5 Como ya es sabido, el texto hexaplar del Antiguo Testamento fue compuesto por Origenes (año 240), se llama «hexaplar» porque fue presentado a seis columnas: las dos primeras contienen el texto hebreo (la 1ª escrita con carácteres hebreos, la 2ª el mismo texto, en carácteres griegos); la 3ª, la versión griega de Aquilas; la 4ª, la versión griega de Simaco; la 5ª, la versión de los «setenta»; y la 6ª, la versión de Teodoción. El texto de los Salmos, que San Jerónimo tuvo delante para la revisión del texto latino, fue una versión griega de los setenta anterior a la edición critica hexaplar de Orígenes.

6 Véase «PATROLOGÍA» de la obra J. Quasten, en el Vol. lIl, redactado por Profesores del «Agustinianum», bajo la dirección de A. di Berardino, B.A.C. Madrid, 1981 (págs. 260-261); «introducción a la Biblia» por M. Tuya O.R y J. Salguero O.P., BAC, Madrid, 1967 (págs. 532-533).

7 Como ya es sabido, Orígenes, a pesar de ser un hombre profundamente místico, de temple de mártir, y un gran exegeta y teólogo, incurrió, sin actitud formal herética, en algunos errores dogmáticos, tales como la negación de la eternidad de las penas del infierno y la afirmación de la preexistencia de las almas, siendo condenadas algunas de sus proposiciones, en el II Concilio de Constantinipla (V Ecuménico), el año 543.

8 Como consecuencia de las alteraciones e interpolaciones introducidas en el texto latino de la traducción del hebreo, de la mayor parte de los libros de la Biblia, como luego indicaremos, la Santa Sede, después del Concilio de Trento asumió la iniciativa de revisar el texto de la «Vulgata». Este trabajo culminó bajo el pontificado de Clemente VlIl (1592), pero como se había iniciado en el pontificado de Sixto V (1585-1590), se llamó, a la edición revisada, «Sixto-Clementina».

9 Cfr. L.H. Cottineau «Chonologie des versions bibliques de Saint lerónime», Miscellanea Geronimiana - Roma 1920 (págs. 43-68).

10 Como ya es sabido, la expresión «deuterocanónico» se aplica, desde Sixto de Siena (1520-1569), a aquellos libros de la Biblia,—especialmente del Antiguo Testamento—sobre cuya canonicidad se dudó, en algunos sectores reducidos de la primitiva Iglesia, hasta que el Magisterio reconoció oficialmente su carácter inspirado y los incluyó en el canon de la Sagrada Escritura. Se consideran «deuterocanónicos» los siguientes libros del Antiguo Testamento: Tobías, Judit, Baruc, Sabiduría, Eclesiástico, 1-2 Macabeos, y las partes griegas de Daniel y Ester; y del Nuevo Testamento: Hebreos, Santiago, S. Pedro, 2-3 Juan I, Judas y Apocalipsis. Pero esta distinción entre libros «protocanónicos» y «deuterocanónicos» no quiere significar—una vez que han sido incluidos en el «canon» de los libros inspirados—una clasificación de valor o de dignidad entre ellos. Los judíos también tenían un «canon» de los Libros del Antiguo Testamento.

11 El texto de la Vulgata encontró dificultades para ser aceptado por la Iglesia de Occidente, en la parte referente al Antiguo Testamento, hasta el siglo V, en que empezó a ser recibida preferentemente a las antiguas revisiones, aunque no se impuso hasta el final del siglo VlIl. Su difusión fue causa de pérdida de su pureza primitiva; ello impuso diversas versiones: Alcuino [801]; Teodulfo [821]; la Biblia parisiense, en el siglo XIII; pero la más importante fue la Sixto-Clementina [1542]; la versión y ed., critica por los anglicanos J. Wordsworth y H.J. White, y terminada por Jenkins, Adams y Sparks—Oxford 1889—1954, 3 vols.; la revisión encomendada por San Pio X a la Orden Benedictina, en 1907; y la constitución por Pio X en Roma del Monasterio de San Jerónimo, para realizar una edición critica definitiva, pero cuya labor no ha terminado, llevando publicados 11 vols., aunque se prevé que la obra completa constará de 26-28 vols.; el Papa Pablo VI, el 29-XI-1965, creó una Comisión especial pontificia para revisar el texto latino de la Vulgata, de acuerdo con el avance de los estudios bíblicos, con la finalidad pastoral de que pudiese ser utilizado en los oficios litúrgicos. El Papa Juan Pablo II, por una Constitución Apostólica de 25 de Abril de 1979, promulgó la «Nueva Vulgata», de acuerdo con la revisión efectuada por dicha Comisión.

12 Entre sus comentarios merecen citarse: a la Carta de San Pablo a Filemón; a los Gálatas; a los Efesios; a Tito; al Eclesiastés; al Génesis; a los Salmos.... también comentó a San Mateo y revisó el comentario latino al Apocalipsis de Victorino de Petavio. Su único comentario sistemático es sobre los Profetas (únicamente dejó de comentar el libro de Zacarías cuyo comentario lo solicitó de Dídimo, como se ha descubierto en los últimos tiempos, en un papiro de Tara). El haber podido disponer, sobre todo, de la biblioteca de Cesarea, le facilitó mucho su labor de comentarista. La influencia de Orígenes es manifiesta en sus comentarios bíblicos, aún cuando combatió sus errores dogmáticos.

13 Estas homilías sólo muy recientemente han sido atribuidas a San Jerónimo. No constituyen un comen- tario completo al Evangelio de Marcos. No se sabe con exactitud, si esta limitación se debe a la voluntad del propio San Jerónimo o al hecho de haberse perdido el resto.

14 «Vida de San Jerónimo, Doctor Máximo de la Iglesia», Madrid 1853.

15 La traducción al castellano, recogida en este volumen, ha sido realizada por el Profesor de la Facultad de Teología San Vicente Ferrer de Valencia, Rvdo. Sr. D. Joaquín Pacual Torró, sobre el texto latino del «Corpus Christianorum» (series latina, vol. 78, págs. 449-500

 

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Navegar en internet por el mar Muerto

En 1994, la ciencia fotográfica de última generación de la NASA empleada en los satélites y las naves espaciales se ponía al servicio de los milenarios rollos del mar Muerto para descifrar con éxito partes hasta entonces ilegibles de los textos más deteriorados. Se cumplía entonces el milagro tecnológico del acceso al contenido de escritos con dos milenios de antigüedad. Testimonios contemporáneos al nacimiento del Cristianismo, voces que arrojaban por fin luz sobre una etapa hasta entonces oscura -del siglo III a.C. al 250 d.C.- del conocimiento bíblico, jamás corregidos, ni tocados hasta su descubrimiento en noviembre de 1947.

Trece años después de aquella colaboración, Greg Bearman -el artífice de aquel ingenio fabuloso, conocido como espectrómetro infrarrojo (CTIS) y desarrollado en el Laboratorio de Propulsión por Reacción de la Agencia Estadounidense, (Pasadena)- se ha desplazado a Jerusalén para participar en el proyecto más ambicioso puesto en marcha por la Autoridad de Antigüedades de Israel (AAI) coincidiendo con el sesenta aniversario del hallazgo de los manuscritos: la digitalización de los 40.000 fragmentos. La reproducción que hará posible, con una fidelidad casi inimaginable y el mínimo impacto de todos los originales, un segundo milagro, el del acceso universal a través de internet a cada milímetro de aquella legendaria biblioteca encontrada en las cuevas remotas del Qumram. Cada letra, cada mancha, toda la producción litúrgica, literaria, interpretativa, los calendarios de la comunidad esenia, estarán disponibles a un golpe de clic.

Los rollos ya fueron fotografiados de forma exhaustiva una vez. Najib Albina empleó 17 años en rematar 4.000 planchas. Negativos en vidrio -400 se han roto- o celuloide -afectados por hongos- que se guardan en cajas antiácidas y se escanean cuando alguien solicita una copia. La única evidencia del conjunto son hoy las impresiones, publicadas por la Universidad de Oxford.

Vista la fragilidad de todo lo que afecta a los manuscritos, no sólo la NASA, también otra media docena de expertos seleccionados en todo el planeta, han sido reunidos el pasado mes de noviembre en la Ciudad Santa para participar en este programa dirigido por la máxima responsable del Departamento de Tratamiento y Conservaciones de la AAI, Pnina Shor. En su negociado, los fragmentos que constituyen quizás la más importante revelación arqueológica del siglo XX se guardan entre cristales envueltos en papeles de seda, a 21 grados y humedad constante, dentro de habitaciones ignífugas selladas. La encargada del Archivo Fotográfico, Yael Barschak, muestra a ABC la cámara con la ayuda de Lena Libman, una de las tres únicas personas en el mundo hoy autorizadas a tocar estas piezas. Entre otros, para retirar de ellas con precisión orfebre las secuelas de viejos métodos negligentes de conservación: tiras de celo y esparadrapo, que los primeros manipuladores emplearon para componer el puzzle de algunos rollos. Gomas de pegar, gelatinizadas con el tiempo, que han dejado marcas y deteriorado escrituras que podrían haberse perdido para siempre.

Fin al deterioro

Habida cuenta de aquellos errores, la máxima que inspira la tarea que ha emprendido la Autoridad de Antigüedades es poner fin al deterioro. En el futuro, «con la digitalización podremos parar de una vez de tocarlos o de exponerlos al uso», explica Barschak, pero también podría suponer someter a los manuscritos -80 por ciento realizados en cueros de animal, el resto en papiro- a cualquier procedimiento fotográfico inadecuado, descartados, por supuesto, campos de calor o luces dañinas.

Para ello, amén de la mencionada asistencia de la NASA, la institución ha reclamado en Jerusalén al doctor Yaacov Choueka, profesor emérito de Computación en la Universidad de Bar-Ilan y responsable de la digitalización de los 200.000 fragmentos que componen los llamados «documentos de la Guenizá de El Cairo». También al doctor Ferruccio Petrucci, del departamento de Física de la Universidad de Ferrara, inmerso en el desarrollo de una cámara infrarroja espectroscópica con 16 filtros semejante a la que maneja la Agencia Espacial norteamericana; al jefe del Departamento de Tecnología de la Información de la Biblioteca Universitaria y Nacional Judía de Jerusalén, Orly Simon; aparte de -entre otros- el profesor Simon Tanner, del King´s Digital Consultancy Services de Londres, solicitado para dilucidar cómo elaborar la base de datos que luego será accesible al público, y reconocidos profesionales en el ámbito del escaneo tridimensional.

«Por el momento -indica la responsable del Archivo Fotográfico-, estamos trabajando. La conclusión provisional a la que hemos llegado es que se fotografiará a escala real, de 1:1, con una resolución mínima de 600 puntos/pulgada y con un sistema de tres cámaras en una, que se está estudiando. Creemos que en 2008 se empezará a fotografiar fragmentos». LAURA L. CARO, CORRESPONSAL. JERUSALÉN.

‘ABC’. Cultura-Esp. 2007.XII.07

 

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 EVANGELIOS    La principal baza de la que dispone la Iglesia para creer en la figura histórica de Cristo tal y como se ha transmitido durante siglos son los evangelios, que fueron escritos entre los años 50 y 100 de nuestra era. «Hay que resaltar que las crónicas de la vida de Jesús que llamamos evangelios, escritas pocos años después de su muerte y resurrección, son los documentos mejor atestiguados de toda la literatura antigua», señala Carbajosa. De hecho, actualmente se conocen unas 5.600 copias de los evangelios originales y la primera de estas copias que se conserva sólo dista unos 40 o 70 años respecto a los textos que escribieron los propios evangelistas. La diferencia de años entre originales y copias que se conservan de otros escritos de la Antigüedad es mucho mayor. Por ejemplo, en el caso de la «Ilíada» de Homero, se conservan 643 copias y la más próxima al original se escribió 500 años después. Por su parte, de las obras de Aristóteles se conservan tan sólo 49 copias y 1.400 años separan las más tempranas de los escritos que firmó el propio filósofo.

 

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P: ¿Pueden haber mutilado las Escrituras las transcripciones, reproducciones y comentarios producidas a partir del sc. IV – V en adelante, por el primitivo monacato cristiano?

 

R: No, el Antiguo Testamento ha sido conservado también por los judíos y en cuanto al Nuevo Testamento, es el texto de la Antigüedad que cuenta con más copias* y más antiguas superando de manera escandalosa verdaderamente a las obras de Platón, Aristóteles, Virgilio o César.

*Textos perfectamente coherentes entre sí, de óptima, absoluta y completa conexión, relación y unión de unos escritos con otros; todos en una actitud lógica y consecuente con una posición anterior.

 

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 -¿Qué pasa en el siglo II?

"Los cuatro evangelios eran leídos y comentados en las comunidades del siglo II. En el 140, Marción intentó excluir el Antiguo Testamento y los demás evangelios, para quedarse sólo con Lucas. Ante esta situación, las comunidades reaccionaron, clarificando la validez de los cuatro evangelios: Mateo, Marcos, Lucas y Juan. Según los papiros más antiguos, como el llamado "p75", los cuatro evangelios desde muy temprano circularon en un único códice. Por ejemplo, cuando Taciano en el 170 compuso una armonización de los evangelios, utilizó Mateo, Marcos, Lucas y Juan. Los decretos oficiales serán posteriores y sólo confirmarán el uso ya consagrado por la vida de las primeras comunidades".

 

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La Iglesia romana no jugó un papel significante en el desarrollo del pensamiento cristiano durante este período. No contó con una escuela semejante a los famosos centros científicos del Oriente, a pesar de las frecuentes intervenciones de los papas en las controversias alejandrinas y su solicitud, reflejada en sus cartas, por todo lo que interesaba al mundo cristiano. Durante este período, Roma produjo tan sólo una apología, el Octavius de Minucio Félix. Mas ésta, con ser una elocuente defensa de la fe, apenas alude al aspecto positivo de la fe. Tuvo solamente dos teólogos dignos de mención, Hipólito y Novaciano, ambos antipapas. Sin embargo, en el primero de estos dos podía gloriarse de tener un sabio de la talla de Orígenes por su vasto saber y por la variedad de sus preocupaciones científicas.

El otro fue el primer teólogo romano que escribió en latín. Fue también en la Ciudad Eterna donde salieron a luz dos documentos de suma importancia, el Fragmento Muratoriano, el primer catálogo que se conoce de los libros auténticos del Nuevo Testamento, y la Tradición Apostólica de Hipólito, que es la fuente más rica que poseemos para el estudio de la primitiva liturgia del centro de la cristiandad y de la vida interior de la Iglesia antigua.

 

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!María, contenedor de la Palabra Encarnada! Lc. 1, 48

  

EL TEXTO DEL NUEVO TESTAMENTO

 

220. Los libros del Nuevo Testamento tienen una muy grande importancia para el tratado de la Apologética, por lo cual no es de admirar que tratemos sobre ellos con una singular atención. Porque los libros del A.T. son útiles en la Apologética para la prueba de los vaticinios mesiánicos, pero los libros del N.T. son absolutamente necesarios para la parte principal de la Apologética.  

Artículo I

EL TEXTO Y LOS MANUSCRITOS DEL NUEVO TESTAMENTO

 

221. La lengua y la materia de los libros del Nuevo Testamento. Los libros del N.T. se encuentran en lengua griega, y en lengua griega fueron originalmente escritos todos (excepto uno solo, Mt). Esa lengua era la común que prevalecía entonces por Oriente y que había derivado de la forma ática, de donde la lengua de estos libros es la llamada 4@6<0 (común) griega.

Pero como entonces por lo común se escribía sobre papel hecho con papiros (cf. 2 Jn 12), y esta materia no se pudiese conservar largo tiempo, no es de admirar que se conserven pocos ejemplares de estos papeles de papiro (los volúmenes de papiro apenas se conservan unos 200 años).

Se escribía también en membranas (cf. 2 Tim 4,13) o pergaminos, pero esto raramente porque resultaba muy caro el escribir así, hasta que en el siglo IV prevaleció el uso de los pergaminos y desde entonces tenemos códices antiquísimos de la Sagrada Escritura. Se introdujo la costumbre de unir las membranas o pergaminos en códices (o cuadernos), como los papiros, en general, se enrollaban en un volumen. Ni tampoco es de admirar si a veces, borrada o raída la primitiva escritura de las membranas, se escribiese de nuevo sobre la misma membrana ya limpia (códices palimsestos), puesto que las membranas eran caras y era difícil de leer la antigua escritura inicial.

222. La escritura del Nuevo Testamento. Esta escritura inicial, es decir, con letras mayúsculas, estuvo en uso en los códices de membranas hasta el siglo XI.

Pero como algunos caracteres se confundían fácilmente (v.gr., las letras triangulares !, ) 7, alfa, delta, lambda respectivamente) y los acentos y espíritus no se hicieron comunes sino hasta el siglo VIII d.C. y no se separasen ordinariamente las palabras y las frases por comas o puntuaciones, sino después en la escritura con minúsculas, no es de admirar que hubiera a veces dudas en la interpretación de los códices, aparte de la ya conocida dificultad que nace de las siglas compendiantes y de las abreviaciones taquigráficas.

223. Los manuscritos del Nuevo Testamento. El N.T. se encuentra íntegro en 53 códices, y parcialmente en otros muchos manuscritos. En el año 1933 se contaban cerca de 4.230 documentos manuscritos referentes al N.T. Ahora (año 1958) se encuentran 68 papiros reconocidos, 241 códices iniciales, 2.533 códices en minúsculas, leccionarios 1.338. Luego, una suma de cerca de 4.680.[1][1]

La designación de tantos escritos se hace para los papiros con la letra P con su signatura, v.gr., P 50 (Manchester, Biblioteca Rylands) del siglo II, contiene algunas palabras de Jn 18,31ss; para los códices minúsculos la designación se hace con un número. En los códices iniciales al número se le antepone la letra O, exceptuados los 45 primeros códices, que conservan como signo la letra mayúscula, como ya había sido usada antes por J.J. WETTSTEIN (a. 1751‑1752).

Y esta designación inducida por C.R. GREGORY, es aplicada por P.A. MERK, S.J., y por P.I.M. BOVER, S.J. Este exhibe el catálogo de los principales códices griegos, donde se encuentran, en diferentes columnas, las siglas con que se designan, el siglo al que pertenecen, las partes que contienen (Evangelios, Hechos, Cartas de S.Pablo, epístolas católicas, Apocalipsis).

H. VON SODEN había propuesto otra numeración en la que se atendiese al siglo en que había nacido el códice y otras siglas, es decir, g antepuesta si los códices contenían los evangelios, a si contenían alguna otra cosa del N.T., * si contenían algo de los evangelios y de alguna otra parte del N.T., v.gr.  g 1100 -  g 1199 para los códices de los evangelios del siglos XI.

224. Los papiros principales. Son los siguientes, los cuales, por la antigüedad del texto, son documentos insignes:

P50, de principios del siglo II, contiene algunas palabras de Jn 18,31ss y se conserva en Manchester (Rylands Library), editado el año 1935.

P37 , del siglo III, contiene Mt 26,19-52, se conserva en Michigan (Ann Arbor).

P45, de principios del siglo III, contiene muchas cosas de los evangelios y de los Hechos, se conserva en Londres (Chester Beatty)

P46, cerca del año 200, contiene epístolas de San Pablo, se conserva en Londres (Chester Beatty) y Michigan (Ann Arbor).

P48, del siglo III, contiene Hechos 23,11-29; se conserva en Florencia (Societá Italiana).

P66, de alrededor del año 200, contiene Jn M-14,26 (exceptuados 8,1-11 sobre la adúltera).

P67 (P. Barc. 1), antes del siglo III, el más antiguo en España, contiene fragmentos de Mt 3,9,15; 5,20­22.25-28.

225. Los códigos principales son los siguientes:

Vaticano B (O 3), del siglo IV, contiene el Antiguo y el Nuevo Testamento y se conserva en la Biblioteca Vaticana.

Sinaítico S (O 1), antes (letra hebrea), del siglo IV, contiene el A. y el N.T.; descubierto en el monasterio del Monte Sinaí en el año 1844 por Constantino de Tischendorf, teólogo protestante y filólogo alemán, conservado después en Petrogrado, ahora en el Museo Británico de Londres.

Alejandrino A (O 2), del siglo V, contiene el A. y el N.T., en otro tiempo perteneció al Patriarca de Alejandría, ahora se conserva en el Museo Británico.

Ephraem rescriptus C (O 4), del siglo V, contiene fragmentos del A. y del N.T., casi íntegro, después, en el siglo XII, se escribieron en él las obras de San Efrén. Se conserva en París.

Freerianus W (O 32), del siglo V, se conserva en Washington.

Bezae o Cantabrigense D (O 5), del siglo VI, contiene los evangelios y los Hechos de los apóstoles, quitado en otro tiempo del monasterio de León, vino al poder de Teodoro Beza (1519‑1605) y fue donado por éste a la Academia de Cambridge, donde se conserva. Este códice no debe ser confundido con el siguiente, también D.

Cloromontano D (0 6), del siglo VI, contiene las epístolas de S. Pablo y se conserva en París.

 

 

 

 

Artículo II - LAS VERSIONES DEL NUEVO TESTAMENTO

 

226. Aparte de los códices antes mencionados, se conoce también el texto del N.T. por las versiones que del texto griego se hicieron.

1) Entre las versiones siriacas, la primera fue la de Taciano, discípulo de S. Justino. El, hacia el año 170, había hecho en lengua griega, según parece, una armonía o concordia de los cuatro evangelios (de donde le viene el nombre de DIATESSARON DE TACIANO, FgJ"4*@JFTD"<("Lg(@48g<), y de esta concordia se hizo la versión Siria, como S. Afraates (+ hacia el 367) y S.Efrén (hacia 306-373).

Hoy el Diatessaron se contiene en latín en el códice F (de Fulda, siglo VI) de la Vulgata.

Otras versiones sirias, de las que se hace mención en el aparato crítico del N.T., son: la VETUS SIRIACA (syv), que se hizo cerca del año 200 utilizando el Diatessaron de Taciano. Se conserva en el códice Syro-Curetoniano (llamado así por W. Cureton que lo editó en el año 1858 (syc), del siglo V, ahora en Londres, en el Museo Británico. Esta versión se conserva también en el códice Sirio-sinaítico (sys), porque fue encontrado en el monasterio de Santa Catalina en el Monte Sinaí, pertenece al siglo IV‑V.

PESITTHA (syp), significa entre los sitios lo mismo que la versión simple y vulgata. Nació al comienzo del siglo V, corrigiendo la antigua versión precedente en cuanto a los evangelios, y haciendo una versión nueva en cuanto a los otros libros del N.T. Ahora existen unos 200 ejemplares de la misma.

Y está la VERSIÓN SYRA POSTERIOR del año 508 aproximadamente, traducida del texto griego y de la recensión antioqueana hecha por Policarpo corepíscopo, bajo el cuidado de Filoxeno, obispo de Mabuguense. De ahí que se la llame filoxeniana.

La recensión o retractación de la misma se hizo en el año 614-615 en Alejandría, por Tomás de Heraclea (Harkel), obispo mabugense exiliado en Alejandría. El nombre de esta recensión o versión es harclensis (syh).

A ésta se añade la VERSIO PALESTINENSIS del griego al arameo palestino, quizá del siglo V o del VI, y conocida por los leccionarios para el uso litúrgico. Se la tiene como la versión siria de la recensión jerosolimitana, de aquí su sello (syi).

227. 2) Entre las versiones latinas se cuentan:

Las VETERES LATINAE (vet lat, las antiguas latinas) o praevulgatae, es decir, antes de la Vulgata de San Jerónimo, que se tenían en los siglos II y III, y no solamente una sino varias, con la molesta variedad de las interpretaciones que después dio ocasión a la nueva versión de S. Jerónimo, que fue la Vulgata. Porque, como dice San Agustín: «Se pueden contar los que tradujeron las escrituras de la lengua hebrea a la griega, pero es imposible contar los intérpretes latinos. Porque en los primeros tiempos de la fe se atrevió a hacer de intérprete cualquiera a cuyas manos vino a caer algún códice griego y él se juzgó a sí mismo con algún conocimiento de una y otra lengua».

Lo cual, sin embargo, puede explicarse así: «no porque existiesen muchas versiones íntegras de toda la escritura, sino porque cada libro fue traducido al latín por cada intérprete». Pues se hicieron una o pocas versiones totales de muchas versiones parciales y éstas mismas no eran adecuadamente distintas entre sí».

El lenguaje era sencillo y popular, de aquí el valor de estas versiones para conocer la evolución de la lengua latina en las neolatinas y la versión se hizo desde la lengua griega, de la cual retiene vocablos que pasan a la latina, como bautismo, holocausto, misterio. Y la fidelidad al traducir «por lo general es tan grande que apenas se puede desear que fuese mayor, de tal modo que más bien llega al servilismo. Porque expresan palabra por palabra y con frecuencia retienen los mismos vocablos griegos». Pero en la interpretación exegética «no atienden frecuentemente ni a los diferentes sentidos de las palabras griegas ni al contexto, contentos con una traslación casi mecánica.

La versión AFRA (af) es la que prevaleció en África proconsular, que utilizaron Tertuliano (c. 160‑223) y San Cipriano (c. 200‑258).

Las ITALAS (it) representan versiones nacidas en Italia y Europa.

La VULGATA (vg) es la que hizo San Jerónimo, de la que tratamos a continuación.

228. La Vulgata del Nuevo Testamento. Por las lecciones discrepantes y la multitud de las mismas en los libros del N.T. (nacidas de la tendencia a armonizar diversos evangelios), sucedió que San Jerónimo, por orden del Papa San Dámaso, comenzase en el año 383 a hacer la nueva versión, de modo que devolviese el N.T. a la fe griega.

Esto lo hizo con el deseo y la intención, a) no de utilizar los códices de las recensiones recientes del siglo 11 y IV, sino los códices griegos antiguos, veteres; b) enmendar los códices latinos, si discrepaban en el sentido de éstos y retener, sin embargo, su dicción[2]. Así lo hizo en Roma, de modo que su versión se aproxima a la óptima familia del códice B y a veces al de Cesarea (cf. n.232).

Parece que San Jerónimo hizo la versión de otros libros del N.T. aparte de los evangelios, porque, en general, dice él mismo varias veces que «enmendó del griego el Nuevo Testamento», y son los mismos el estilo de la lengua y la tendencia a la sobriedad, en la versión de estos libros de la Vg. y en la versión de los evangelios.

No parece que es contrario a esto el que omita en esos libros el estudiado prefacio que él mismo pone en otros de los que dice él que los tradujo. Ni tampoco importa el que en los comentarios de San Pablo desapruebe con cierta frecuencia el vocablo de la versión que está en la Vulgata, puesto que él mismo retracta voces más antiguas utilizadas también por él en la versión del hebreo, o palabras de los evangelios en sus propios comentarios.

Esta es la versión de San Jerónimo comúnmente aceptada con alegría y utilizada en el uso eclesiástico.

Ahora existen cerca de 8000 códices de la Vulgata que muestran diversos tipos de versión: el italicum (v.gr., codex F, Fuldensis, siglo VI), el hibernicum (v.gr., codex Dublinensis), el hispanicum (codex toletanus, codex legionensis, siglo X).

229. 3) Otras versiones.

a) Entre las cópticas: La SAHIDICA (sa) del siglo III, en Egipto superior (austral) y en Egipto inferior (boreal) la BOHARICA (bo) del siglo V. Se acercan a la forma alejandrina y reproducen formas extremas, mientras que en el Egipto medio se ven versiones para los dialectos propios de las regiones: la versión fayumica, achmimica y subachmimica.

b) Entre otras versiones: la GOTTICA (got) del siglo IV, hecha por el obispo arríano Wulfila del códice griego aceptado en Constantinopia,

AETHIOPICA (aet), que parece ser del siglo V, del texto alejandrino.

ARMENICA (ar), de] siglo V, parece que proviene de la vetere syra.

GEORGICA (gg) en el Cáucaso, parece hecha en el siglo V‑VI, y supone la base de la versión arménica[3].

ARABICA, parece que pertenece al siglo VIII, y la SLAVONICA al siglo IX.

230. Las citas de los Padres. Las citas y alusiones al N.T. en diversas versiones que se encuentran en los Padres, sirven para delimitar más exactamente el tiempo de su composición y, al menos, en cuanto al sentido (porque citan frecuentemente de memoria) pueden darnos a lección que tuvieron o la que estaba vigente en su región.

 

 

 

 

Artículo III

HISTORIA DEL TEXTO DEL NUEVO TESTAMENTO

 

231. Las recensiones del texto. Para el estudio crítico del texto o para establecer el texto genuino, importa mucho la convergencia de las lecciones de los diversos códices. Pero si todos esos códices reproducen la misma familia o la misma recensión del texto, no significa mucho tal convergencia. Otra cosa sería si los códices así coincidentes provienen de lugares y familias de códices diversos, o son reproducción de alguna familia en que el texto se ha conservado muy bien. Entonces se acrecienta la probabilidad o llega a producirse la certeza de alguna lección, porque de la multitud y de la variedad e independencia de los testigos, consta y se aviva la autoridad de los testimonios.

Por las razones precedentes y por la necesidad de evitar la confusión en el estudio de tantos códices, se han distribuido éstos en familias que nos dan diversas recensiones en la lectura del texto del Nuevo Testamento. Suelen distinguirse las siguientes familias:

232. H. von SODEN distribuye las lecturas variantes según tres recensiones:

1) RECENSIÓN H, de Hesiquio (Hesichii) (hacia el año 300), a la cual pertenecen los códices unciales más antiguos B,S,C... y los fragmentos de Egipto o membranas (059ss) o papiros. Esta recensión, que parece ser de Egipto y que se llama también alejandrina, se considera óptima porque muestra un número de correcciones para procurar la armonía de los lugares paralelos, o para la belleza de la lengua, y no busca la amplitud sino la concisión, de donde parece que persigue la cruda sinceridad.

233. 2) RECENSIÓN I, Jerosolimitana, se tiene en los códices D,W. Se la llama también occidental porque se propagó en Occidente. Se aproxima a las antiguas versiones latinas, de donde queda recomendada por su antigüedad, pero da señales de una tendencia armonizadora y de añadiduras, o aun de omisiones, de donde esta familia parece más descuidada.

Bajo esta clase I von Soden incluye otros códices que parecen pertenecer a otra familia y recensión y que es como media entre las dos precedentes, acercándose ya a una, ya a otra. Se tiene en el códice 1 .

Esta recensión refiere el texto de Orígenes (185-255) al fin de su vida y de Eusebio de Cesarea (c. 265‑340) y, en general, el texto que estaba vigente en Cesarea de Palestina en el siglo III. De aquí que se llame recensión CESARIENSE O palestínense. Con ésta tienen un cierto parentesco las versiones arménica, georgiana, sirosinaítica y la vulgata; los caracteres de la recensión cesariense se aproximan a la familia alejandrina, aunque de una manera moderada.

Según T. Ayuso existe la forma precesariense, semejante en verdad a la cesariense, pero preexistente ya en ella en el siglo II, conocida especialmente en el Egipto superior y muy afín al texto original. El mismo autor defiende el gran valor de esta familia, junto con la llamada occidental, para descubrir el texto genuino y prerrecensional a esta antigüedad.

234. 3) RECENSIÓN 5, 4@6<0 antioquena-bizantina, se tiene principalmente en el códice A. Refiere el texto que se encuentra en los Padres de la iglesia de Antioquía y tiende a pulir la lengua y a buscar la claridad a la conformación de un evangelio con otro, a procurar la plenitud (v.gr., por lo que se refiere a Lc 24,53, mientras D tiene alabando a Dios, y B bendiciendo a Dios, A tiene alabando y bendiciendo a Dios, así esta recensión se distingue por su elegancia académica.

El P, J. M. BOVER, S.I., tiene los principales códices distribuidos según la recensión a que pertenezcan, en los prolegómenos de su edición del N.T.

235. Historia del texto del Nuevo Testamento. De lo dicho hasta ahora acerca de las diversas recensiones, se podrá colegir más fácilmente la historia del texto y con qué empeño se ha conservado el texto primitivo en cada una de las regiones.  

En el Egipto superior parece conservado el texto con más diligencia y en Cesarea han sido mudadas muy pocas cosas para buscar la elegancia del estilo, por lo tanto, esta forma nodista mucho del original.

Pero la forma occidental obtuvo una difusión mucho mayor. Por las citas de los primeros Padres (Justino, Ireneo, Clemente de Alejandría) y por as versiones más antiguas (latina, siria antigua, sahídica) y por algunos papiros (P37, P38, P48 en Egipto), consta que en los siglos II y III fue ampliamente difundida la recensión occidental del texto.

Y parece que Marción (+ hacia el año 160) y Taciano utilizaron esta recensión.

236. Pero hacia el final del siglo III se ha buscado más cuidadosamente la forma primitiva, y esto especialmente en Cesarea, por obra del mártir Pamfilio (+ 309) y de Eusebio obispo (+ 340), y en Antioquía por Luciano (+ 312),de donde toma nombre la recensión antioquena o bizantina, de la que se escribieron varios códices. Por fin, Hesiquio (+ c.300), por otra parte bastante desconocido, puso el fundamento para la recensión alejandrina, cercenando lo más posible lo que parecía dudoso o añadido.

La recensión antioquena prevaleció en Sira y Asia Menor y en todo el imperio bizantino, especialmente cuando Egipto y Palestina fueron arrancados del imperio por la invasión arábiga, por lo que en la Edad Media se hizo común la recensión antioquena, bizantina o constantinopolitana. Pues los códices de esta recensión eran más fáciles de leer y aun se prestaban más para la imprenta, por lo que sucedió que, inventada ésta, el texto antioqueno reinó durante largo tiempo y se llamó el texto recibido.

237. Las ediciones del texto del Nuevo Testamento. La primera edición crítica de la Sagrada Escritura la preparó el Cardenal FRANCISCO JIMÉNEZ DE CISNEROS (1436-1517), por cuya asiduidad y munificencia, en el año 1514 se acabó y fue impresa la Políglota Complutense (Alcalá de Henares), en cuanto al N.T., y por fin, en el año 1522, fue editada toda ella.

Pero antes DESIDERIO ERASMO (c. 1466-1536), en el año 1516 editaba la Sagrada Biblia de los códices minúsculos, elaborada con menor cuidado que la complutense. Por fin, en el año 1535, el tipógrafo Roberto Stephanus (Estienne), editaba en París la quinta edición de Erasmo.

Este Esteban, en el año 1550, acumuló para la 3ª edición (regia) de esa obra las observaciones críticas de 16 manuscritos. De la edición de Esteban (S) dependen las ediciones de TEODORO BEZA (1519-1605), de las cuales, una, impresa repetidas veces, hizo que se divulgase la edición de Esteban, y se tuviera como el texto recibido.

238. OTRAS POLIGLOTAS, además de la Complutense (1522), están la de Amberes o plantiniana, porque fue impresa en la oficina de la imprenta de Cristóbal Plantín (Amberes, 1569-1575) la parisina (1620-1645); la londinense o waltoniana (de Walton) (1655-1657). Una nueva empezó (1957), la matritense, que trae también el texto del N.T.

239. En el siglo XVIII algunos editores de los libros sagrados añadieron varias variantes de diversos códices al texto recepto y así se hicieron casi "ediciones críticas". Tales autores fueron JOHN MILL (1707, Oxford), quien reunió cerca de 30.000 variantes; JACOBO WETTSTEIN (1751, Amsterdam), el primero que designó con las letras A,B,C ... los códices principales. JOHANNES JACOB GRIESBACH (1774, 1796, Halle; 1805, Leipzig), quien distinguió las familias de los códices occidental, alejandrina, bizantina; JOHANNES M. SCHOLZ (1830, Leipzig), amplió el aparato crítico, añadiendo la ayuda de varios códices.

240. Por último, en el siglo XIX el texto fue enmendado según la norma de los códices antiquísimos, como hizo KARL LACHMANN (1831, Berlín), y especialmente CONSTANTLNO VON TISCHENDORF (1815-1874) quien, habiendo viajado mucho e investigado en las bibliotecas orientales, encontró muchas cosas nuevas y, con un nuevo y copioso aparato crítico, hizo recensión óptima del texto, en una edición octava crítica mayor, y sin embargo, «aunque dotado de un juicio recto y sincero», se dejó arrastrar no pocas veces por su gran amor a su código sinaítico (que él había encontrado)[4].

B.F. WESTCOTT (+ 1901) y F.J.A. HORT (+ 1892) hicieron una nueva edición (en Londres, 1881), pero sin aparato crítico, y aunque dotados de un agudísimo sentido crítico, atribuyen, sin embargo, demasiada autoridad al códice Vaticano y se vieron impulsados por una afición excesiva de las lecciones más breves.

Otros trabajaron en estos estudios: FR. R. WEYMOUTH, B. WEISS, M. HETZENHAUER, O.M.C. (Innsbruck, 1892-1900), F. BRANDSCHEID (Friburgo B., 1893), EBERHARD NESTLE hizo sus ediciones desde el año 1898 (Stuttgart), con el intento de seleccionar lo que les había agradado a otros muchos (Tischendorf, Westcott-Hort, Weiss).

241. Debemos recordar, en el siglo XIX, los trabajos de HERMANN VON SODEN, del que procede una designación peculiar de los códices pero complicada, éste distribuyó las lecciones variantes, de las que había reunido muchas en familias H, I, K - como dijimos más arriba ‑ y «es digno de la mayor alabanza por haber dado a conocer y haber divulgado tantos y tan nuevos documentos, sin embargo, teme demasiado el influjo imaginado de Taciano y la contaminación de las lecciones armonizadas, aparte de que no dio prueba de tener unos principios críticos suficientemente justos ni observados con constancia suficiente».

Otras ediciones son de H.J. VOGELS (1920,1955) y del P. AGUSTIN MERCK, S.J. (1933, 1958), que hizo un texto con sus propios principios y usó muchas cosas que habían sido tomadas útilmente del trabajo de von Soden, corrigió unas, las aumentó con otras nuevas y conservó la notación introducida por Gregory.

242. El P. José M. Bover, S.J., preparó recientemente (1943-1959) una nueva edición crítica, en la cual llevó a la práctica los principios propuestos antes acerca de la crítica, en la cual llevó a la práctica los principios propuestos antes acerca de la crítica en una edición elegante y cuidadosa del texto griego del N.T. y de la versión vulgata latina.

El P. Bover quiere en primer lugar discernir las cosas en que todos los críticos convienen, de aquellas en que discrepan para retener el elemento común y someter a crisis el variable. Computa todas las lecciones discrepantes, incluso las marginales, que se apoyaban aun en las más leves sospechas de los críticos.

No toma el criterio para discernir la lección genuina de la autoridad de los críticos o del número, de modo que determinase la lección por la suma de elementos dispares, sino que lo toma del valor de los testigos de la antigüedad. Tischendorf, Westcott-Hort habían elegido con frecuencia la lección antioquena (K) y la alejandrina (H) y habían descuidado la occidental (I), a la que conviene también prestar atención, puesto que en ella se han reunido muchos elementos diversos (la forma occidental, la forma cesariense y otras no ciertas todavía ... ). Conviene igualmente atender para la crítica a los testigos más antiguos que el texto antioqueno y alejandrino.

De aquí que el texto admitido por el P.Bover es un texto resultante o ecléctico, no por la acumulación arbitraria de otros textos diferentes, sino por ciertos principios. No se puede oír a ningún testigo que no pueda ser orientado por alguna razón directa o indirecta, hacia la forma más antigua del texto accesible a nosotros, es decir, la que estaba vigente en el siglo II. Porque no toda lección es buena por el hecho de ser antigua, pero ninguna puede ser buena si no es antigua. Por esta razón resulta que todos los testigos pueden ser computados y numerados como de igual valor. Puesto lo cual, se debe mirar cómo cada testigo o cada clase de testigos puede aproximarse al siglo II.

Recientemente, conferidas las fuerzas de todas las naciones, han nacido nuevos conatos para descubrir críticamente el texto genuino, por lo cual, y gracias a esos esfuerzos, podemos tener una buena esperanza de éxito.

243. Normas racionales para la crítica textual. A partir de la ya establecida genealogía de los códices, para conocer la dependencia de un códice de otro y poder así proceder o encontrar la lección primitiva, se pueden dar las normas siguientes en lo que se refiere al examen mismo de las lecciones:

a) Entre varias lecciones se debe preferir la que aparece como la original de las demás.

b) Debe ser preferida la lección ardua y más difícil, porque es menor la probabilidad de haberla recibido fácil y erróneamente; sin embargo, no debe ser preferida una lección absurda.

c) Se debe preferir una lección que no armoniza o que no se conforma a los lugares paralelos, por el afán que prevaleció de hacer estas armonías de las lecciones.

d) Se debe preferir generalmente, la lección más breve y más ruda, por la inclinación que hubo a pulir las lecciones.

e) Debe preferirse la lección que es más conforme con el estilo del escritor.

244. A veces ocurre que los códices presentan varias lecciones para el mismo texto, por la imperfección de las facultades humanas al transcribirlo, por lo cual sucede que, por falta de vista o de oído, o de retención en la memoria, se omiten algunas letras o sílabas o palabras o frases (haplografía, si se da una semejanza con la siguiente), o se duplican (ditografía).

Se llama omoioteleuton cuando ocurre la omisión o la duplicación de la sentencia por la semejanza de la desinencia de las dos; omoioarcton, si la semejanza está al principio de las frases.

A veces las variantes se producen porque el amanuense entendió mal ese lugar, el cual, por su propio parecer y estimando en exceso su propia sabiduría, quiso enmendarlo, o se dejó llevar por el influjo del contexto o de los lugares paralelos, por lo que añadió algo o armonizó.

245. SOBRE LA UTILIDAD Y LA IMPORTANCIA DE LA CRITICA TEXTUAL habló Pío XII en la Encíclica «Divino afflante Spiritu»: EB 547s.

SOBRE LA INCORRUPCIÓN DEL TEXTO DEL N.T. trataremos especialmente después, ns.322-331.

 

[1] K. ALAND, Zur Liste der neutestamentlichen Handschriften, VI: ZNTWiss 48 (1957) 141-191, numera los hallazgos recientes de manuscritos del N.T. "aptos para ser copiados”. Entre estos nuevos hallazgos se encuentran los P 65-68, los códices minúsculos O 240, O 241: 42 códices minúsculos (2492-2533),90 leccionarios (L 1749 - L 1838), aparte de fragmentos de otros manuscritos ya conocidos. Entre estos hallazgos sobresale el P 66.

[2] El códice utilizado pertenecía a la forma constantinopolitana y de las versiones antiguas, enmendó «las que parecían mudas el sentido.... las demás las dejó como estaban» (Praefatio in 4 evangelia: ML 29.559).

[3] En la versión arménica se distingue una forma doble: una más antigua del sirio y una más reciente del griego, y hay quienes creen o se inclinan a la sentencia de que hubo primitivamente una concordia o diatessaron de los evangelios, como entre los sirios y entre los latinos. Cf. H. VOGELS, Theologische Literaturzeitung 76 (1951), 544s, y S. LYONNET. S.I., Les origines de la version arménienne et le Diatessaron (Roma, 1950).

[4] J.M. BOVER, Prolegomena N.T., p. XVIII

 

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El gran poeta calagurritano Prudencio compone a caballo de los siglos IV y V, una obra de extraño nombre, Dicchotaeum, "doble alimento", que es en realidad una breve ilustración de pasajes históricos de toda la Biblia.

 

HISTORIA DE LA BIBLIA EN ESPAÑA… -  

A mediados del s. III ya hay una compleja organización eclesiástica en Hispania y unos años después encontramos el primer testimonio directo de lectura de la Biblia en España. Aparece en las actas auténticas del martirio del obispo de Tarragona, Fructoso, y sus diáconos Augurio y Eulogio, que mueren mártires en la hoguera el año 259. En este documento, escrito probablemente por un militar de la Legio VII Gemina, testigo presencial de los hechos, se nos dice que ya existe el oficio eclesiástico de "lector" de la Escritura en las celebraciones litúrgicas ... Nuestros cristianos del siglo III, al menos los pertenecientes al clero, leían la Biblia, lo hacían en los actos litúrgicos y el texto que usaban era el conocido como Vetus Latina versio, una de las antiguas traducciones latinas hechas desde el griego..
Siglo IV. 


El poeta y escritor cristiano Juvenco elabora un poema entre la armonía evangélica y el relato de la vida de Jesús. ·   El gran poeta calagurritano Prudencio compone a caballo de los siglos IV y V, una obra de extraño nombre, Dicchotaeum, "doble alimento", que es en realidad una breve ilustración de pasajes históricos de toda la Biblia, ·   Prisciliano fue un laico intelectual y bien preparado, ordenado luego en circunstancias no claras obispo de Ávila. Reivindicaba la libertad de leer e interpretar la Biblia sin atenerse a las estrecheces del canon comúnmente recibido y sin aceptar que el libro santo fuese leído e interpretado sólo por los obispos y el clero.      Lucinio Bético y su mujer Teodora habían oído que la mejor traducción latina del momento era la que estaba realizando Jerónimo, conocido presbítero sabio y políglota, residente por aquellos tiempos en Belén. Lucinio puso en marcha todos sus recursos para conseguir el objetivo. "Con qué afán —dice el mismo San Jerónimo— solicitó mis propias obras, hasta el punto de mandarme aquí seis amanuenses ... que trasladaran todo lo que he dictado desde mi mocedad hasta el día de hoy". Así fue como llegó a España por primera vez la versión latina de la Biblia, que, con el correr del tiempo, sería la más conocida y divulgada, la Vulgata.
Todos estos casos nos hablan siempre de personas cultas y, en general, pertenecientes a lo que hoy llamaríamos clase más que acomodada. Los demás no leían la Biblia, no podían leerla. Mejor dicho, no podían leerla al modo como nosotros entendemos hoy la lectura, en voz baja y como para sí mismos. Su leer era casi siempre un oír, y el modo de conocer la Escritura, casi exclusivamente el de escucharla en la celebración litúrgica, cuando se proclamaban los textos sagrados, comentándose después. Nada tenía esto de extraño, pues formaba parte de la cultura general. De hecho, el latín legere significa con frecuencia y en la mayoría de los casos "leer en voz alta, proclamar", tanto en época clásica, como en tiempos del latín cristiano.

 

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IGLESIA CATÓLICA-

Escritura-Situación en la Iglesia primitiva

 

17. Los primeros cristianos eran en su mayor parte judíos de Palestina, " hebreos " o " helenistas " (cf. Hch 6,1): sus puntos de vista sobre de la Escritura reflejarían los de su entorno, pero estamos mal informados a este respecto. Más adelante, los escritos del Nuevo Testamento demuestran que entre las comunidades cristianas circulaba una literatura sagrada más extensa que el canon hebreo. Tomados globalmente, los autores del Nuevo Testamento muestran un conocimiento de los libros deuterocanónicos y de algunos no canónicos, pues el número de libros citados en el Nuevo Testamento sobrepasa no sólo el del canon hebreo, sino también el que se conjetura como canon alejandrino.34 Cuando el cristianismo se propagó por el mundo helenístico, continuó utilizando los libros sagrados que había recibido del judaísmo helenizado.35 Sabemos que los cristianos de expresión griega recibieron de los judíos las Escrituras bajo la forma de los Setenta, pero no conocemos con precisión dicha forma, pues los Setenta nos han llegado en manuscritos cristianos. Parece que la Iglesia recibió un conjunto de Escrituras sagradas, que en el interior del judaísmo llevaban camino de convertirse en canónicas. Cuando el judaísmo decidió cerrar su propio canon, la Iglesia cristiana ya era suficientemente autónoma en relación con el judaísmo como para no sentirse inmediatamente afectada por ello. Sólo en una época posterior el canon hebreo ya cerrado empezó a ejercitar alguna influencia sobre la opinión de los cristianos.

 

18. El Antiguo Testamento de la Iglesia antigua tomó formas diversas en las distintas regiones, como demuestran las distintas listas de la época patrística. La mayoría de los escritores cristianos a partir del siglo II, así como los manuscritos de la Biblia de los siglos IV y siguientes, utilizan o contienen un gran número de libros sagrados del judaísmo, incluyendo algunos que no fueron admitidos en el canon hebreo. Sólo después de que los judíos hubieron definido su canon, pensó la Iglesia en cerrar su propio canon del Antiguo Testamento. Nos falta información sobre el modo cómo se procedió y las razones que se alegaron para incluir tal libro en el canon y rechazar tal otro. Es posible, sin embargo, delinear a grandes rasgos la evolución del tema en la Iglesia, tanto en Oriente como en Occidente.

En Oriente, a partir de la época de Orígenes (entre el 185 y el 253), se procura conformar el uso cristiano al canon hebreo de 2224 libros, utilizando para ello distintas combinaciones y estratagemas. El mismo Orígenes era consciente, además, de la existencia de numerosas diferencias textuales, a veces considerables, entre la Biblia hebrea y la griega. A ese problema se añadía el de las distintas listas de libros. Los esfuerzos realizados en orden a adaptarse al canon y al texto hebreos no privaron a los autores cristianos de Oriente de utilizar en sus escritos libros que no habían sido admitidos en el canon hebreo, ni de seguir para los demás el texto de los Setenta. La idea de que el canon hebreo debía ser preferido por los cristianos no parece haber producido en la Iglesia de Oriente una impresión profunda ni duradera.

En Occidente se mantiene igualmente una utilización más amplia de los libros sagrados, que encuentra en Agustín su defensor. Cuando se trata de seleccionar los libros a incluir en el canon, Agustín (354-430) basa su juicio en la práctica constante de la Iglesia. A principios del siglo V, algunos concilios tomaron postura para fijar el canon del Antiguo Testamento. Por más que aquellos concilios fueron sólo regionales, la unanimidad expresada en sus listas los hace representativos del uso eclesial en Occidente.

En cuanto a las diferencias textuales entre la Biblia en griego y en hebreo, Jerónimo basa su traducción en el texto hebreo. Para los libros deuterocanónicos, se contenta generalmente con corregir la antigua traducción latina (Vetus Latina). Desde entonces, la Iglesia en Occidente reconoce una doble tradición bíblica: la del texto hebreo para los libros del canon hebreo y la de la Biblia griega para los demás libros, todos en traducción latina.

Fundándose en una tradición secular, el concilio de Florencia, en 1442, y más tarde el de Trento, en 1564, disiparon, para los católicos, dudas e incertidumbres. Su lista se compone de 73 libros, recibidos como sagrados y canónicos, en cuanto que inspirados por el Espíritu Santo: 46 para el Antiguo Testamento y 27 para el Nuevo Testamento.36 Así la Iglesia católica ha logrado su canon definitivo. Para determinar este canon, el Concilio se basó en el uso constante de la Iglesia. Adoptando este canon más amplio que el hebreo, ha preservado una memoria auténtica de los orígenes cristianos, puesto que, como hemos visto, el canon hebreo más limitado es posterior a la época de la formación del Nuevo Testamento.

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(34) Si la Iglesia primitiva hubiera recibido de Alejandría un canon cerrado o una lista cerrada, sería de esperar que los manuscritos de los Setenta, todavía existentes y las listas cristianas de libros del Antiguo Testamento, tendrían todos una extensión virtualmente idéntica a ese canon. Pero ese no es el caso. Las listas veterotestamentarias de los Padres de la Iglesia y de los primeros concilios no manifiestan ese tipo de unanimidad. No son pues los judíos en Alejandría los que han establecido un canon exclusivo de las Escrituras, sino la Iglesia a partir de los Setenta.

(35) Estos libros no comprendían sólo escritos originariamente compuestos en hebreo y traducidos al griego, sino también escritos compuestos directamente en griego.

(36) Cf. Denziger-Hünermann, Enchiridion symbolorum, 36a ed., Friburgo de Brisgovia, Basilea, Roma, Viena 1991, nos. 1334-1336, 1501-1504.

 

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 San Jerónimo

«Dilexit Ecclesiam» amó a la Iglesia Católica.

 

fiesta 30 Septiembre
Es uno de los cuatro Doctores originales de la Iglesia Latina. Padre de las ciencias bíblicas y traductor de la Biblia al latín. Presbítero, hombre de vida ascética, eminente literato.
(343-420)

JERÓNIMO (Eusebius Hieronymus Sophronius), el Padre de la Iglesia que más estudió las Sagradas Escrituras, nació alrededor del año 342, en Stridon, una población pequeña situada en los confines de la región dálmata de Panonia y el territorio de Italia, cerca de la ciudad de Aquilea. Su padre tuvo buen cuidado de que se instruyese en todos los aspectos de la religión y en los elementos de las letras y las ciencias, primero en el propio hogar y, más tarde, en las escuelas de Roma. En la gran ciudad, Jerónimo tuvo como tutor a Donato, el famoso gramático pagano. En poco tiempo, llegó a dominar perfectamente el latín y el griego (su lengua natal era el ilirio), leyó a los mejores autores en ambos idiomas con gran aplicación e hizo grandes progresos en la oratoria; pero como había quedado falto de la guía paterna y bajo la tutela de un maestro pagano, olvidó algunas de las enseñanzas y de las devociones que se le habían inculcado desde pequeño. A decir verdad, Jerónimo terminó sus años de estudio, sin haber adquirido los grandes vicios de la juventud romana, pero desgraciadamente ya era ajeno al espíritu cristiano y adicto a las vanidades, lujos y otras debilidades, como admitió y lamentó amargamente años más tarde. Por otra parte, en Roma recibió el bautismo (no fue catecúmeno hasta que cumplió más o menos los dieciocho años )y, como él mismo nos lo ha dejado dicho, "teníamos la costumbre, mis amigos y yo de la misma edad y gustos, de visitar, los domingos, las tumbas de los mártires y de los apóstoles y nos metíamos a las galerías subterráneas, en cuyos muros se conservan las reliquias de los muertos". Después de haber pasado tres años en Roma, sintió el deseo de viajar para ampliar sus conocimientos y, en compañía de su amigo Bonoso, se fue hacia Tréveris. Ahí fue donde renació impetuosamente el espíritu religioso que siempre había estado arraigado en el fondo de su alma y, desde entonces, su corazón se entregó enteramente a Dios. En el año de 370, Jerónimo se estableció temporalmente en Aquilea donde el obispo, San Valeriano, se había atraído a tantos elementos valiosos, que su clero era famoso en toda la Iglesia de occidente. Jerónimo tuvo amistad con varios de aquellos clérigos, cuyos nombres aparecen en sus escritos. Entre ellos se encontraba San Cromacio, el sacerdote que sucedió a Valeriano en la sede episcopal, sus dos hermanos, los diáconos Joviniano y Eusebio, San Heliodoro y su sobrino Nepotiano y, sobre todo, se hallaba ahí Rufino, el que fue, primero, amigo del alma de Jerónimo y, luego, su encarnizado opositor. Ya para entonces, Rufino provocaba contradicciones y violentas discusiones, con lo cual comenzaba a crearse enemigos. Al cabo de dos años, algún conflicto, sin duda más grave que los otros, disolvió al grupo de amigos, y Jerónimo decidió retirarse a alguna comarca lejana ya que Bonoso, el que había sido compañero suyo de estudios y de viajes desde la infancia, se fue a vivir en una isla desierta del Adriático. Jerónimo, por su parte, había conocido en Aquilea a Evagrio, un sacerdote de Antioquía con merecida fama de ciencia y virtud, quien despertó el interés del joven por el oriente, y hacia allá partió con sus amigos Inocencio, Heliodoro e Hylas, éste último había sido esclavo de Santa Melania.Jerónimo llegó a Antioquía en 374 y ahí permaneció durante cierto tiempo. Inocencio e Hylas fueron atacados por una grave enfermedad y los dos murieron; Jerónimo también estuvo enfermo, pero sanó. En una de sus cartas a Santa Eustoquio le cuenta que en el delirio de su fiebre tuvo un sueño en el que se vio ante el trono de Jesucristo para ser juzgado. Al preguntársele quién era, repuso que un cristiano. "¡Mientes!", le replicaron. "Tú eres un ciceroniano, puesto que donde tienes tu tesoro está también tu corazón". Aquella experiencia produjo un profundo efecto en su espíritu y su encuentro con San Maleo, cuya extraña historia se relata en esta obra en la fecha del 21 de octubre, ahondó todavía más el sentimiento. Corno consecuencia de aquellas emociones, Jerónimo se retiró a las salvajes soledades de Calquis, un yermo inhóspito al sureste de Antioquía, donde pasó cuatro años en diálogo con su alma. Ahí soportó grandes sufrimientos a causa de los quebrantos de su salud, pero sobre todo, por las terribles tentaciones carnales."En el rincón remoto de un árido y salvaje desierto", escribió años más tarde a Santa Eustoquio, "quemado por el calor de un sol tan despiadado que asusta hasta a los monjes que allá viven, a mi me parecía encontrarme en medio de los deleites y las muchedumbres de Roma ... En aquel exilio y prisión a los que, por temor al infierno, yo me condené voluntariamente, sin más compañía que la de los escorpiones y las bestias salvajes, muchas veces me imaginé que contemplaba las danzas de las bailarinas romanas, como si hubiese estado frente a ellas. Tenía el rostro escuálido por el ayuno y, sin embargo, mi voluntad sentía los ataques del deseo; en mi cuerpo frío y en mi carne enjuta, que parecía muerta antes de morir, la pasión tenía aún vida. A solas con aquel enemigo, me arrojé en espíritu a los pies de Jesús, los bañé con mis lágrimas y, al fin, pude domar mi carne con los ayunos durante semanas enteras. No me avergüenzo al revelar mis tentaciones, pero sí lamento que ya no sea yo ahora lo que entonces fui. Con mucha frecuencia velaba del ocaso al alba entre llantos y golpes en el pecho, hasta que volvía la calma". De esta manera pone Dios a prueba a sus siervos, de vez en cuando; pero sin duda que la existencia diaria de San Jerónimo en el desierto, era regular, rnonótona y tranquila. Con el fin de contener y prevenir las rebeliones de la carne, agregó a sus mortificaciones corporales el trabajo del estudio constante y absorbente, con el que esperaba frenar su imaginación desatada. Se propuso aprender el hebreo. "Cuando mi alma ardía con los malos pensamientos", dijo en una carta fechada en el año 411 y dirigida al monje Rústico, "como último recurso, me hice alumno de un monje que había sido judío, a fin de que me enseñara el alfabeto hebreo. Así, de las juiciosas reglas de Quintiliano, la florida elocuencia de Cicerón, el grave estilo de Fronto y la dulce suavidad de Plinio, pasé a esta lengua de tono siseante y palabras entrecortadas. ¡Cuánto trabajo me costó aprenderla y cuántas dificultades tuve que vencer! ¡Cuántas veces dejé el estudio, desesperado y cuántas lo reanudé! Sólo yo que soporté la carga puedo ser testigo, yo y también los que vivían junto a mí. Y ahora doy gracias al Señor que me permite recoger los dulces frutos de la semilla que sembré durante aquellos amargos estudios". No obstante su tenaz aprendizaje del hebreo, de tanto en tanto se daba tiempo para releer a los clásicos paganos. Por aquel entonces, la Iglesia de Antioquía sufría perturbaciones a causa de las disputas doctrinales y disciplinarias. Los monjes del desierto de Calquis también tomaron partido en aquellas disensiones e insistían en que Jerónimo hiciese lo propio y se pronunciase sobre los asuntos en discusión. El habría preferido mantenerse al margen de las disputas, pero de todas maneras, escribió dos cartas a San Dámaso, que ocupaba la sede pontificia desde el año 366, a fin de consultarle sobre el particular y preguntarle hacia cuáles tendencias se inclinaba. En la primera de sus cartas dice: "Estoy unido en comunión con vuestra santidad, o sea con la silla de Pedro; yo sé que, sobre esa piedra, está construida la Iglesia y quien coma al Cordero fuera de esa santa casa, es un profano. El que no esté dentro del arca, perecerá en el diluvio. No conozco a Vitalis; ignoro a Melesio; Paulino es extraño para mí. Todo aquel que no recoge con vos, derrama, y el que no está con Cristo, pertenece al anticristo... Ordenadme, si tenéis a bien, lo que yo debo hacer". Como Jerónimo no recibiese pronto una respuesta, envió una segunda carta sobre el mismo asunto. No conocemos la contestación de San Dámaso, pero es cosa cierta que el Papa y todo el occidente reconocieron a Paulino como obispo de Antioquía y que Jerónimo recibió la ordenación sacerdotal de manos del Pontífice, cuando al fin se decidió a abandonar el desierto de Calquis. El no deseaba la ordenación (nunca celebró el santo sacrificio) y, si consintió en recibirla, fue bajo la condición de que no estaba obligado a servir a tal o cual iglesia con el ejercicio de su ministerio; sus inclinaciones le llamaban a la vida monástica de reclusión. Poco después de recibir las órdenes, se trasladó a Constantinopla a fin de estudiar las Sagradas Escrituras bajo la dirección de san Gregorio Nazianceno. En muchas partes de sus escritos Jerónimo se refiere con evidente satisfacción y gratitud a aquel período en que tuvo el honor de que tan gran maestro le explicase la divina palabra. En el año de 382, San Gregorio abandonó Constantinopla, y Jerónimo regresó a Roma, junto con Paulino de Antioquía y San Epifanio, para tomar parte en el concilio convocado por San Dámaso a fin de discutir el cisma de Antioquía. Al término de la asamblea, el Papa lo detuvo en Roma y lo empleó como a su secretario. A solicitud del Pontífice y de acuerdo con los textos griegos, revisó la versión latina de los Evangelios que "había sido desfigurada con transcripciones falsas, correcciones mal hechas y añadiduras descuidadas". Al mismo tiempo, hizo la primera revisión al salterio en latín.Al mismo tiempo que desarrollaba aquellas actividades oficiales, alentaba y dirigía el extraordinario florecimiento del ascetismo que tenía lugar entre las más nobles damas romanas. Entre ellas se encuentran muchos nombres famosos en la antigua cristiandad, corno el de Santa Marcela, a quien nos referimos en esta obra el 31 de enero, junto con su hermana Santa Asela y la madre de ambas, Santa Albina; Santa Léa, Santa Melania la Mayor, la primera de aquellas damas que hizo una peregrinación a Tierra Santa; Santa Fabiola (27 de diciembre), Santa Paula (26 de enero) y sus hijas, Santa Blesila y Santa Eustoquio (28 de septiembre). Pero al morir San Dámaso, en el año de 384, el secretario quedó sin protección y se encontró, de buenas a primeras, en una situación difícil. En sus dos años de actuación pública, había causado profunda impresión en Roma por su santidad personal, su ciencia y su honradez, pero precisamente por eso, se había creado antipatías entre los envidiosos, entre los paganos y gentes de mal vivir, a quienes había condenado vigorosamente y también entre las gentes sencillas y de buena voluntad, que se ofendían por las palabras duras, claras y directas del santo y por sus ingeniosos sarcasmos. Cuando hizo un escrito en defensa de la decisión de Blesila, la viuda joven, rica y hermosa que súbitamente renunció al mundo para consagrarse al servicio de Dios, Jerónimo satirizó y criticó despiadadamente a la sociedad pagana y a la vida mundana y, en contraste con la modestia y recato de que Blesila hacía ostentación, atacó a aquellas damas "que se pintan las mejillas con púrpura y los párpados con antimonio; las que se echan tanta cantidad de polvos en la cara, que el rostro, demasiado blanco, deja de ser humano para convertirse en el de un ídolo y, si en un momento de descuido o de debilidad, derraman una lágrima, fabrican con ella y sus afeites, una piedrecilla que rueda sobre sus mejillas pintadas. Son esas mujeres a las que el paso de los años no da la conveniente gravedad del porte, las que cargan en sus cabezas el pelo de otras gentes, las que esmaltan y barnizan su perdida juventud sobre las arrugas de la edad y fingen timideces de doncella en medio del tropel de sus nietos". No se mostró menos áspero en sus críticas a la sociedad cristiana, como puede verse en la carta sobre la virginidad que escribió a Santa Eustoquio, donde ataca con particular fiereza a ciertos elementos del clero. "Todas sus ansiedades se hallan concentradas en sus ropas ... Se les tomaría por novios y no por clérigos; no piensan en otra cosa más que en los nombres de las damas ricas, en el lujo de sus casas y en lo que hacen dentro de ellas". Después de semejante proemio, describe a cierto clérigo en particular, que detesta ayunar, gusta de oler los manjares que va a engullir y usa su lengua en forma bárbara y despiadada. Jerónimo escribió a Santa Marcela en relación con cierto caballero que se suponía, erróneamente, blanco de sus ataques. "Yo me divierto en grande y me río de la fealdad de los gusanos, las lechuzas y los cocodrilos, pero él lo toma todo para sí mismo ... Es necesario darle un consejo: si por lo menos procurase esconder su nariz y mantener quieta su lengua, podría pasar por un hombre bien parecido y sabio".A nadie le puede extrañar que, por justificadas que fuesen sus críticas, causasen resentimientos tan sólo por la manera de expresarlas. En consecuencia, su propia reputación fue atacada con violencia y su modestia, su sencillez, su manera de caminar y de sonreír fueron, a su vez, blanco de los ataques de los demás. Ni la reconocida virtud de las nobles damas que marchaban por el camino del bien bajo su dirección, ni la forma absolutamente discreta de su comportamiento, le salvaron de las calumnias. Por toda Roma circularon las murmuraciones escandalosas respecto a las relaciones de San Jerónimo con Santa Paula. Las cosas llegaron a tal extremo, que el santo, en el colmo de la indignación, decidió abandonar Roma y buscar algún retiro tranquilo en el oriente. Antes de partir, escribió una hermosa apología en forma de carta dirigida a Santa Asela. "Saluda a Paula y a Eustoquio, mías en Cristo, lo quiera el mundo o no lo quiera", concluye aquella epístola. "Diles que todos compareceremos ante el trono de Jesucristo para ser juzgados, y entonces se verá en qué espíritu vivió cada uno de nosotros". En el mes de agosto del año 385, se embarcó en Porto y, nueve meses más tarde, se reunieron con él en Antioquía, Paula, Eustoquio y las otras damas romanas que habían resuelto compartir con él su exilio voluntario y vivir como religiosas en Tierra Santa. Por indicaciones de Jerónimo, aquellas mujeres se establecieron en Belén y Jerusalén, pero antes de enclaustrarse, viajaron por Egipto para recibir consejo de los monjes de Nitria y del famoso Dídimo, el maestro ciego de la escuela de Alejandría.Gracias a la generosidad de Paula, se construyó un monasterio para hombres, próximo a la basílica de la Natividad, en Belén, lo mismo que otros edificios para tres comunidades de mujeres. El propio Jerónimo moraba en una amplia caverna, vecina al sitio donde nació el Salvador. En aquel mismo lugar estableció una escuela gratuita para niños y una hostería, "de manera que", como dijo Santa Paula, "si José y María visitaran de nuevo Belén, habría donde hospedarlos". Ahí, por lo menos, transcurrieron algunos años en completa paz. "Aquí se congregan los ilustres galos y tan pronto como los británicos, tan alejados de nuestro mundo, hacen algunos progresos en la religión, dejan las tierras donde viven y acuden a éstas, a las que sólo conocen por relaciones y por la lectura de las Sagradas Escrituras. Lo mismo sucede con los armenios, los persas, los pueblos de la India y de Etiopía, de Egipto, del Ponto, Capadocia, Siria y Mesopotamia. Llegan en tropel hasta aquí y nos ponen ejemplo en todas las virtudes. Las lenguas difieren, pero la religión es la misma. Hay tantos grupos corales para cantar los salmos como hay naciones ... Aquí tenemos pan y las hortalizas que cultivamos con nuestras manos; tenemos leche y los animales nos dan alimento sencillo y saludable. En el verano, los árboles proporcionan sombra y frescura. En el otoño, el viento frío que arrastra las hojas, nos da la sensación de quietud. En primavera, nuestras salmodias son más dulces, porque las acompañan los trinos de las aves. No nos falta leña cuando la nieve y el frío del invierno, nos caen encima. Dejémosle a Roma sus multitudes; le dejaremos sus arenas ensangrentadas, sus circos enloquecidos, sus teatros empapados en sensualidad y, para no olvidar a nuestros amigos, le dejaremos también el cortejo de damas que, reciben sus diarias visita.Pero no por gozar de aquella paz, podía Jerónimo quedarse callado y con los brazos cruzados cuando la verdad cristiana estaba amenazada. En Roma había escrito un libro contra Helvidio sobre la perpetua virginidad de la Santísima Virgen María, ya que aquél sostenía que, después del nacimiento de Cristo, Su Madre había tenido otros hijos con José. Este y otros errores semejantes fueron de nuevo puestos en boga por las doctrinas de un tal Joviniano. San Pamaquio, yerno de Santa Paula, lo mismo que otros hombres piadosos de Antioquía, se escandalizaron con aquellas ideas y enviaron los escritos de Joviniano a San Jerónimo y éste, como respuesta, escribió dos libros contra aquél en el año de 393. En el primero, demostraba las excelencias de la virginidad cuando se practicaba por amor a la virtud, lo que había sido negado por Joviniano, y en el segundo atacó los otros errores. Los tratados fueron escritos con el estilo recio, característico de Jerónimo, y algunas de sus expresiones les parecieron a las gentes de Roma demasiado duras y denigrantes para la dignidad del matrimonio. San Pamaquio y otros con él, se sintieron ofendidos y así se lo notificaron a Jerónimo; entonces, éste escribió la Apología a Pamaquio, conocida también corno el tercer libro contra Joviniano, en un tono que, seguramente, no dio ninguna satisfacción a sus críticos. Pocos años más tarde, Jerónimo tuvo que dedicar su atención a Vigilancio -a quien sarcásticamente llama Dormancio-, un sacerdote galo romano que desacreditaba el celibato y condenaba la veneración de las reliquias hasta el grado de llamar a los que la practicaban, idólatras y adoradores de cenizas. En su respuesta, Jerónimo le dijo: "Nosotros no adoramos las reliquias de los mártires, pero sí honramos a aquellos que fueron mártires de Cristo para poder adorarlo a El. Honramos a los siervos para que el respeto que les tributamos se refleje en su Señor". Protestó contra las acusaciones de que la adoración a los mártires era idolatría, al demostrar que los cristianos jamás adoraron a los mártires como a dioses y, a fin de probar que los santos interceden por nosotros, escribió: "Si es cierto que cuando los apóstoles y los mártires vivían aún sobre la tierra, podían pedir por otros hombres, y con cuánta mayor eficacia podrán rogar por ellos después de sus victorias! ¿Tienen acaso menos poder ahora que están con Jesucristo?" Defendió el estado monástico y dijo que, al huir de las ocasiones y los peligros, un monje busca su seguridad porque desconfía de su propia debilidad y porque sabe que un hombre no puede estar a salvo, si se acuesta junto a una serpiente. Con frecuencia se refiere Jerónimo a los santos que interceden por nosotros en el cielo. A Heliodoro lo comprometió a rezar por él cuando estuviese en la gloria y a Santa Paula le dijo, en ocasión de la muerte de su hija Blesila: "Ahora eleva preces ante el Señor por ti y obtiene para mí el perdón de mis culpas".Del año 395 al 400, San Jerónimo hizo la guerra a la doctrina de Orígenes y, desgraciadamente, en el curso de la lucha, se rompió su amistad de veinticinco años con Rufino. Tiempo atrás le había escrito a éste la declaración de que "una amistad que puede morir nunca ha sido verdadera", lo mismo que, mil doscientos años más tarde, diría Shakespeare de esta manera:
... Love is not love which alters when its alteration finds or bends with the remover to remove.(No es amor el amor que se altera ante un tropiezo o se dobla ante el peligro)
Sin embargo, el afecto de Jerónimo por Rufino debió ceder ante el celo del santo por defender la verdad. Jerónimo, corno escritor, recurría continuamente a Orígenes y era un gran admirador de su erudición y de su estilo, pero tan pronto como descubrió que en el oriente algunos se habían dejado seducir por el prestigio de su nombre y habían caído en gravísimos errores, se unió a San Epifanio para combatir con vehemencia el mal que amenazaba con extenderse. Rufino, que vivía por entonces en un monasterio de Jerusalén, había traducido muchas de las obras de Orígenes al latín y era un entusiasta admirador suyo, aunque no por eso debe creerse que estuviese dispuesto a sostener las herejías que, por lo menos materialmente, se hallan en los escritos de Orígenes. San Agustín fue uno de los hombres buenos que resultaron afectados por las querellas entre Orígenes y Jerónimo, a pesar de que nadie mejor que él estaba en posición de comprender suyas eran, necesariamente, enemigos de la Iglesia. Al tratarse de defender el bien y combatir el mal, no tenía el sentido de la moderación. Era fácil que se dejase arrastrar por la cólera o por la indignación, pero también se arrepentía con extraordinaria rapidez de sus exabruptos. Hay una anécdota referente a cierta ocasión en la que el Papa Sixto V contemplaba una pintura donde aparecía el santo cuando se golpeaba el pecho con una piedra. "Haces bien en utilizar esa piedra", dijo el Pontífice a la imagen, "porque sin ella, la Iglesia nunca te hubiese canonizado".Pero sus denuncias, alegatos y controversias, por muy necesarios y brillantes que hayan sido, no constituyen la parte más importante de sus actividades. Nada dio tanta fama a San Jerónimo como sus obras críticas sobre las Sagradas Escrituras. Por eso, la Iglesia le reconoce como a un hombre especialmente elegido por Dios y le tiene por el mayor de sus grandes doctores en la exposición, la explicación y el comentario de la divina palabra. El Papa Clemente VIII no tuvo escrúpulos en afirmar que Jerónimo tuvo la asistencia divina al traducir la Biblia. Por otra parte, nadie mejor dotado que él para semejante trabajo: durante muchos años había vivido en el escenario mismo de las Sagradas Escrituras, donde los nombres de las localidades y las costumbres de las gentes eran todavía los mismos. Sin duda que muchas veces obtuvo en Tierra Santa una clara representación de diversos acontecimientos registrados en las Escrituras. Conocía el griego y el arameo, lenguas vivas por aquel entonces y, también sabía el hebreo que, si bien había dejado de ser un idioma de uso corriente desde el cautiverio de los judíos, aún se hablaba entre los doctores de la ley. A ellos recurrió Jerónimo para una mejor comprensión de los libros santos e incluso tuvo por maestro a un doctor y famoso judío llamado Bar Ananías, el cual acudía a instruirle por las noches y con toda clase de precauciones para no provocar la indignación de los otros doctores de la ley. Pero no hay duda de que, además de todo eso, Jerónimo recibió la ayuda del cielo para obtener el espíritu, el temperamento y la gracia indispensables para ser admitido en el santuario de la divina sabiduría y comprenderla. Además, la pureza de corazón y toda una vida de penitencia y contemplación, habían preparado a Jerónimo para recibir aquella gracia. Ya vimos que, bajo el patrocinio del Papa San Dámaso, revisó en Roma la antigua versión latina de los Evangelios y los salmos, así como el resto del Nuevo Testamento. La traducción de la mayoría de los libros del Antiguo Testamento escritos en hebreo, fue la obra que realizó durante sus años de retiro en Belén, a solicitud de todos sus amigos y discípulos más fieles e ilustres y por voluntad propia, ya que le interesaba hacer la traducción del original y no de otra versión cualquiera. No comenzó a traducir los libros por orden, sino que se ocupó primero del Libro de los Reyes y siguió con los demás, sin elegirlos. Las únicas partes de la Biblia en latín conocida como la Vulgata que no fueron traducidas por San Jerónimo, son los libros de la Sabiduría, el Eclesiástico, el de Baruch y los dos libros de los Macabeos. Hizo una segunda revisión de los salmos, con la ayuda del Hexapla de Orígenes y los textos hebreos, y esa segunda versión es la que está incluida en la Vulgata y la que se usa en los oficios divinos. La primera versión, conocida como el Salterio Romano, se usa todavía en el salmo de invitación de los maitines y en todo el misal, así como para los oficios divinos en San Pedro de Roma, San Marcos de Venecia y los ritos milaneses. El Concilio de Trento designó a la Vulgata de San Jerónimo, como el texto bíblico latino auténtico o autorizado por la Iglesia católica, sin implicar por ello alguna preferencia por esta versión sobre el texto original u otras versiones en otras lenguas. En 1907, el Papa Pío X confió a los monjes benedictinos la tarea de restaurar en lo posible los textos de San Jerónimo en la Vulgata ya que, al cabo de quince siglos de uso, habían sido considerablemente modificados y corregidos.En el año de 404, San Jerónimo tuvo la gran pena de ver morir a su inseparable amiga Santa Paula y, pocos años después, cuando Roma fue saqueada por las huestes de Alarico, gran número de romanos huyeron y se refugiaron en el oriente. En aquella ocasión, San Jerónimo les escribió de esta manera: ¿Quién hubiese pensado que las hijas de esa poderosa ciudad tendrían que vagar un día, como siervas o como esclavas, por las costas de Egipto y del Africa? ¿Quién se imaginaba que Belén iba a recibir a diario a nobles romanas, damas distinguidas criadas en la abundancia y reducidas a la miseria? No a todas puedo ayudarlas, pero con todas me lamento y lloro y, completamente entregado a los deberes que la caridad me impone para con ellas, he dejado a un lado mis comentarios sobre Ezequiel y casi todos mis estudios. Porque ahora es necesario traducir las palabras de la Escritura en hechos y, en vez de pronunciar frases santas, debemos actuarlas".De nuevo, cuando su vida estaba a punto de terminar, tuvo que interrumpir sus estudios por una incursión de los bárbaros y, algún tiempo después, por las violencias y persecuciones de los pelagianos, quienes enviaron a Belén a una horda de rufianes para atacar a los monjes y las monjas que ahí moraban bajo la dirección y la protección de San Jerónimo, el cual había atacado a Pelagio en sus escritos. Durante aquella incursión, algunos religiosos y religiosas fueron maltratados, un diácono resultó muerto y casi todos los monasterios fueron incendiados. Al año siguiente, murió Santa Eustoquio y, pocos días más tarde, San Jerónimo la siguió a la tumba. El 30 de septiembre del año 420, cuando su cuerpo extenuado por el trabajo y la penitencia, agotadas la vista y la voz, parecía una sombra, pasó a mejor vida. Fue sepultado en la iglesia de la Natividad, cerca de la tumba de Paula y Eustoquio, pero mucho tiempo después, sus restos fueron trasladados al sitio donde reposan hasta ahora, en la basílica de Santa María la Mayor, en Roma. Los artistas representan con frecuencia a San Jerónimo con los ropajes de un cardenal, debido a los servicios que prestó al Papa San Dámaso, aunque a veces también lo pintan junto a un león, porque se dice que domesticó a una de esas fieras a la que sacó una espina que se había clavado en la pata. La leyenda pertenece más bien a San Gerásimo, pero el león podría ser el emblema ideal de aquel noble, indomable y valiente defensor de la fe.En los últimos años se hicieron muchos progresos en el estudio y la investigación de la vida de San Jerónimo. Es particularmente valioso el volumen Miscellanea Geronimiana, publicado en Roma en 1920, en ocasión de celebrarse el décimo quinto centenario de su muerte. Gran número de ilustres investigadores, corno Duchesne, Batifol, Lanzoni, Zeiller y Bulic, colaboraron en la formación de ese libro con diversos estudios sobre puntos de particular interés en relación con el santo. En 1922, hizo su aparición la mejor de sus modernas biografías, la de F. Cavallara, Saint Jéróme, sa vie et son ceuvre (1922, 2 vols). También se deben consultar las notas críticas M padre Peeters en Analecia Bollandiana, Vol. XLIII, PP. 180-184. En fechas anteriores, tenemos el descubrimiento hecho por G. Morin de los Comentarioli et Tractatus de San Jerónimo sobre los salmos, así como otros hallazgos (ver a Morin en Études, textes, découverts, pp. 17-25). Un artículo muy completo sobre San Jerónimo, escrito por H. Leclercq, aparece en el DAC., vol. vii, ec. 2235-3304, así como otro de J. Forget, en DTC., vol. viii (1924), ce. 894-983. En el siglo dieciocho Vallarsi y los bolandistas (septiembre, vol. viii) escribieron sendas obras minuciosas sobre el santo. Los escritos más antiguos sobre San Jerónimo, a excepción de la crónica de Marcelino (editado por Mominsen en MGH., Auctores Antiquissimi, vol. ii, pp. 47 y ss.), carecen de valor. La correspondencia y las obras de San Jerónimo fueron, son y serán siempre la fuente principal para el estudio de su vida. Ver también a P. Monceaux, en St. Jerome: the early years (1935) ; a J. Duff, en Letters of St. Jerome (1942) ; A. Penna, en S. Girolamo (1949) ; a P. Antin, en Essai sur S. Jeróme (1951) y el Monument to St. Jerome (1952), un ensayo de F. X. Murphy.

 

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«Hay que plantar cara a los gregarios que denigran a la Iglesia»

 

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Pero la culpa no es de la sociedad, sino de los propios católicos que viven desganados y apáticos.

 

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“Para que el testimonio cristiano sea eficaz, sobre todo en temas delicados y controvertidos, es importante realizar un esfuerzo especial en explicar con rigor las razones de la posición de la Iglesia, subrayando que no se trata de imponer a los no creyentes una visión que nace de la fe, sino de interpretar y defender los valores enraizados en la misma naturaleza del hombre”. JUAN PABLO II - MAGNO

 

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No hay mayor culpa que ser indulgente con los deseos. Lao-Tsê

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«Son totalmente indispensables sólidos conocimientos de las lenguas latina y griega, sin los cuales se impide el acceso a las fuentes de la tradición eclesiástica. Sólo con su ayuda es posible también hoy redescubrir la riqueza de la experiencia de vida y de fe que la Iglesia, bajo la guía del Espíritu Santo, ha venido acumulando en los dos mil años pasados» S.S. Juan Pablo II – 04.2004 Vat.

 

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Sobre los altares es suficiente con que brille la Hostia Sagrada. Sino, como dijo san Hilario + 367 ca., construiríamos iglesias para destruir la fe.

 

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El Sabbat, culminación de la obra de los "seis días". El texto sagrado dice que "Dios concluyó en el séptimo día la obra que había hecho" y que así "el cielo y la tierra fueron acabados"; Dios, en el séptimo día, "descansó", santificó y bendijo este día (Gn 2, 1-3). Estas palabras inspiradas son ricas en enseñanzas salvíficas:

346 En la creación Dios puso un fundamento y unas leyes que permanecen estables (cf Hb 4, 3-4), en los cuales el creyente podrá apoyarse con confianza, y que son para él el signo y garantía de la fidelidad inquebrantable de la Alianza de Dios (cf Jr 31, 35-37, 33, 19-26). Por su parte el hombre deberá permanecer fiel a este fundamento y respetar las leyes que el Creador ha inscrito en la creación.

347 La creación está hecha con miras al Sabbat y, por tanto, al culto y a la adoración de Dios. El culto está inscrito en el orden de la creación (cf Gn 1, 14). "Operi Dei nihil praeponatur" ("Nada se anteponga a la dedicación a Dios"), dice la regla de S. Benito, indicando así el recto orden de las preocupaciones humanas.

348 El Sabbat pertenece al corazón de la ley de Israel. Guardar los mandamientos es corresponder a la sabiduría y a la voluntad de Dios, expresadas en su obra de creación.

349 El octavo día. Pero para nosotros ha surgido un nuevo día: el día de la Resurrección de Cristo. El séptimo día acaba la primera creación. Y el octavo día comienza la nueva creación. Así, la obra de la creación culmina en una obra todavía más grande: la Redención. La primera creación encuentra su sentido y su cumbre en la nueva creación en Cristo, cuyo esplendor sobrepasa el de la primera (cf MR, vigilia pascual 24, oración después de la primera lectura).

 

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Creemos firmemente que Dios es el Señor del mundo y de la historia. Pero los caminos de su providencia nos son con frecuencia desconocidos. Sólo al final, cuando tenga fin nuestro conocimiento parcial, cuando veamos a Dios "cara a cara" (1 Co 13, 12), nos serán plenamente conocidos los caminos por los cuales, incluso a través de los dramas del mal y del pecado, Dios habrá conducido su creación hasta el reposo de ese Sabbat (cf Gn 2, 2) definitivo, en vista del cual creó el cielo y la tierra.

 

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La obra maestra de la Creación, el ser humano. Dios le presta una particular atención ya desde su primer momento de vida, cuando le “tejía en el seno materno”, como dice el salmista. Ya entonces, Dios se fija en él con amor para completar su designio en esta obra prodigiosa que es el hombre. De cada uno conoce todo, su pasado y su futuro, sin descuidar nada ni a nadie. Por eso, como decía san Gregorio Magno, por pequeños e informes que sean, no se apartan del amor a Dios y al prójimo según sus posibilidades, contribuyendo a su modo a la edificación de la Iglesia. Este es, pues, un mensaje de esperanza, que se dirige también a los que aún son débiles en la vida espiritual. S. S. Benedicto P.P. XVI – MMV.XII.XXVIII

 

El creyente es animado a ver la gloria de Dios en el mundo creado, una gloria que eleva una naturaleza que ha sido redimida. Además, el cristianismo, tanto en la teología oriental como occidental, anima a la humanidad a encontrar el amor y la bondad de Dios en el orden creado.

Esta visión, no obstante, no lleva a una suerte de optimismo fácil sobre la naturaleza y la economía de la vida y la muerte. El cristiano contemplaría el mundo con ojos imbuidos de amor.
Esta visión va más allá de la elaborada máquina de los deístas o de la visión mecanicista de la modernidad. Un cristiano ve el mundo en su belleza y terror, y en su primera y última verdad: no sólo naturaleza, sino creación.

En cuanto al mal y al sufrimiento, que también producen las catástrofes como los sucesos infaustos de la naturaleza, el pensamiento cristiano da otra dimensión a estos acontecimientos. Dios puede hacerlos ocasiones para cumplir sus fines buenos, aunque no sean en sí bienes morales. Además, el Evangelio enseña que Dios no puede ser derrotado y que la victoria sobre el mal y la muerte ya ha sido ganada.
Pero es una victoria que no ha alcanzado su cumplimiento, debemos esperar hasta la venida final de Dios.

Para los cristianos que realmente tienen fe en esta promesa, la realidad de la muerte y el sufrimiento no debería presentarse como un obstáculo insuperable. Es, de hecho, mucho más que una piedra de tropiezo para un optimismo superficial o un fatalismo pagano. Los creyentes cristianos, por el contrario, abrazan la esperanza en la victoria final de Dios.

 

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A ti, Padre omnipotente,
origen del cosmos y del hombre,
por Cristo, el que vive,
Señor del tiempo y de la historia,
en el Espíritu que santifica el universo,
alabanza, honor y gloria
ahora y por los siglos de los siglos. Amén.

 

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¡Gloria al Señor, Rey de Reyes, fundamento de la Iglesia!

¡Buenaventura eres Tú, Oh María, Madre del Salvador!

“Desde ahora me llamarán dichosa todas las generaciones” Biblia. Evangelio según San Lucas Cap.1º vs. 48. La Iglesia, hace XXI siglos fundada por Tu Hijo, te alaba, ¡Oh Madre plena de dicha y felicidad!

 

 

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‘HISTORIA DE LA LITERATURA CRISTIANA ANTIGUA

GRIEGA Y LATINA (II)

(Desde el Concilio de Nicea hasta los comienzos de la Edad Media)

Autor: Claudio MORESCHINI . Enrico NORELLI

Editorial: BIBLIOTECA DE AUTORES CRISTIANOS – BAC maior 86

Vivir amando... para encontrar el Tesoro.


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