Thursday 27 April 2017 | Actualizada : 2017-03-29
 
Inicio > Leyendas Negras > Leyenda - 7º negra hispanoamericana; y la Iglesia edifica universidades

Para no caer en el anacronismo, es necesario tener la humildad y la inteligencia de leer los hechos del pasado no con las categorías mentales de hoy, más, dentro el marco histórico temporal en que se efectuaron. 

 

 

Iglesia matriz Catedral de Cuzco - Perú- Corría el año 1537  -  2012: celebración del 475 aniversario de la primera diócesis de Perú y de Sudamérica, la actual diócesis de Cuzco. La celebración tendrá lugar del 24 al 28 de octubre de 2012.

  

Abriendo a los estudiosos los ‘Archivos Históricos’, la Iglesia

expone los documentos de época para estudiar y así averiguar,

por el ejercicio de las facultades intelectuales, la naturaleza,

cualidades y relaciones de las cosas. Las fábulas como las

leyendas se desmoronan en su propia ignorancia, por falta de

ciencias, letras y noticias como de honestidad intelectual.  

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Un capítulo menos en la leyenda negra, tan falaz como voluminosa, valga la antítesis, pues no siempre una mentira se convierte en realidad, por muchas veces que se repita.... si sabemos desenmascararla.

 

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Inquisición luterana: Tomás Müntzer (1467-1525) es un personaje contestado, controvertido, perennemente en fuga. Lutero nos ha transmitido la imagen de un hombre faccioso, sedicioso, fanático, loco, borracho, digno de ser condenado por Dios y por los hombres, .profeta perverso y sanguinario., que osó instigar a los campesinos pretendiendo «usar la espada para llevar a cabo sus empresas». Después de la ejecución de Müntzer, Lutero exclamó: «Estoy particularmente contento de la caída de Tomás Müntzer, porque quien ha visto a Müntzer, puede decir que ha visto al mismo diablo». Está clara la visión parcial de Lutero, el cual no hace reflexión sobre el pensamiento teológico del adversario.

 

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Una Universidad católica encuentra su centro iluminador y propulsor en Cristo, sabiduría del Padre, alfa y omega de la creación. La luz, la verdad y la vida que brotan de la presencia real del Señor en la Eucaristía, sanan y elevan la mente, el corazón y la actividad de los cristianos que viven y trabajan en medio de las realidades temporales.

 

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Es difícil calificar una institución –como la Iglesia Católica que, en sus dos mil años- nos ofrece con sus bibliotecas, monasterios y universidades, nada menos que el ‘patrimonio intelectual de la humanidad’.

 

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Al igual que ocurre con cualquier otra expresión de la mente humana, quizás la objetividad plena es imposible, pero lo que se le pide a cualquier intelectual honrado es que, cuando menos, haga el esfuerzo de buscarla, tenga la valentía de acercarse serena y responsablemente al mayor grado de objetividad histórica posible.

 

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La Librería Editora Vaticana: sus orígenes se remontan a 1587, fecha en la que Sixto V fundo la Tipografía vaticana; pero, en 1926, la Librería Editora se constituyó como organización autónoma. Hoy la dirige el padre salesiano Claudio Rossini 2006-10-30

 

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Hace más de cinco siglos que la Cruz de Cristo ilumina a América. Para la conciencia primitiva América no existía con una unidad que se expresara en términos de nacionalidad o continentalidad. Lo indígena y lo hispano se fusionaron mediante el mestizaje. Con la erección de ciudades, el establecimiento de instituciones de gobierno y cultura, España fundó a partir de la originalidad del universo precolombino, el Nuevo Mundo. El resultado fue una cristiandad mestiza, con magníficas realizaciones, pero también con deficiencias en la encarnación de los valores católicos dentro de la dimensión cultural, social y política de los pueblos. El ethos tradicional latinoamericano aparece hoy amenazado por la difusión de un relativismo que no reconoce las inclinaciones naturales del hombre: la verdad, el bien, la autoconservación, la familia, la vida social, la justicia y la amistad. La recuperación del lógos de la fe requiere una purificación de la razón organizadora de la sociedad iberoamericana que integre los valores del Evangelio en la cultura actual de nuestros pueblos de manera de establecer un orden humano y dirigido al bien común social. 2011


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SE TRATA DE LA DIÓCESIS DE SANTA MARÍA LA ANTIGUA

La Iglesia en Panamá celebrará el 500 aniversario de la primera diócesis católica en territorio continental

En 1492, América fue descubierta por Cristóbal Colón. Las primeras diócesis se formaron en las islas del Caribe. Sin embargo, en 1513 se formó la primera diócesis en territorio continental. Hoy, la Iglesia católica en Panamá se prepara para rememorar la gesta evangelizadora del nuevo continente en ocasión del Jubileo por los 500 años de la diócesis de Santa María La Antigua, la primera en tierra firme de América.

23/08/2013 5:16 PM | I

 

(Jaime Septién/Aleteia) El Jubileo cerrará el próximo mes de septiembre. La archidiócesis de Panamá ha explicado que «quiere hacer partícipe a todos los habitantes, de este terruño panameño, de este gran acontecimiento que cambió la historia de nuestro continente y de nuestro país».

El año jubilar, coincidente con el Año de la Fe, inició en noviembre de 2012, con una solemne eucaristía que presidió el cardenal Marc Ouelett, prefecto de la Congregación para los Obispos y presidente de la Comisión Pontificia para América Latina.

En la recuperación de la historia de la diócesis de Santa María la Antigua, la arquidiócesis panameña explica que a través del Jubileo «conmemoramos los frutos de nuestro caminar como Iglesia junto al pueblo panameño, confirmando la fe y conformando la identidad nacional en nuestro Panamá, bajo el manto protector de Santa María, bajo la advocación de la Antigua», patrona de este país que une América Central con América del Sur.

A partir de una promesa cumplida

En la génesis de este importante acto se encuentra la microhistoria de la venerada imagen de los panameños. En un principio, en el siglo XV, la imagen de la Santísima Virgen María se encontraba en una capilla lateral de la catedral de Sevilla, España.

Esta catedral fue reconstruida en el siglo XIV, pero se conservó solamente la pared en donde estaba la imagen, y se le llamó Santa María de la Antigua. En honor a esta advocación Enciso y Balboa fundaron en 1510 la ciudad de Santa María de la Antigua del Darién, cumpliendo una promesa pues ganaron la batalla, y dedicaron a Santa María La Antigua la casa del Cacique Cémaco; ésta fue la primera capilla dedicada a la Virgen María en Tierra Firme.

La ciudad de la Santa María de la Antigua fue sede de la primera diócesis en Tierra Firme creada por el Papa León X con bula del 9 de Septiembre de 1513. En 1524 el segundo obispo fray Vicente Peraza trasladó la sede de esta diócesis a la recién fundada ciudad de Panamá.

La ciudad fue incendiada en 1671 y reedificada junto al poblado de Ancón en 1673. La patrona de la catedral y de la diócesis de Panamá fue –desde 1513– Santa María La Antigua.

 

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Harvard cumple 379 años. Para cuando nace, los españoles han fundado ya 15 universidades en América 

8 septiembre 2015

 

  Sí señores, porque tal día como hoy, 8 de septiembre, pero del año 1636, era fundada la que hoy es considerada como la más importante universidad del mundo, la norteamericana Universidad de Harvard, en la ciudad de Cambridge en el estado de Massachussetts. 

 

            Pues bien señores, para cuando los ingleses fundan la Universidad de Harvard, en el mismo continente americano los españoles habían fundado ya ¿dos universidades?, ¿cuatro?, ¿siete?, ¿doce?... ¡Quince, señores, quince universidades! Todas ellas en menos de un siglo... ¡¡¡a un ritmo de una cada seis años!!! ¡¡¡En pleno siglo XVI!!! Pues bien, por si no se lo creen, porque es difícil de creer (y menos aún con la prensa de la que goza la evangelización y/o culturización españolas en América), ahí va la relación. 

 

            1º. Real y Pontificia Universidad de Santo Tomás de Aquino, en Santo Domingo (República Dominicana), creada por bula del 28 de octubre de 1538 y refundada por real cédula de 1747 

 

            2º.- Real y Pontificia Universidad de San Marcos, Lima (Perú), por real provisión del 12 de mayo de 1551 ratificada por bula del 25 de julio de 1571. Considerada la primera de América por haber sido fundada de acuerdo a la normativa jurídica impuesta por los reyes y también por ser la primera de las llegadas a nuestros días (pinche aquí para conocerlo todo sobre su fundador, Fray Tomás de San Martín). 

 

            3º.- Real y Pontificia Universidad de México, creada por real cédula de 21 de septiembre de 1551, sólo unas semanas después de la anterior. Cerrada y reabierta numerosas veces tras la independencia mexicana, cesa en su actividad en 1865 (pinche aquí para conocerlo todo sobre su fundación). 

 

            4º.- Real Universidad de La Plata, en Sucre (Bolivia), creada por real cédula del 11 de julio de 1552. 

 

            5º.- Real y Pontificia Universidad de Santiago de la Paz y de Gorjón, en Santo Domingo, creada por real cédula de 23 de febrero de 1558. Refundada por los jesuitas en 1703, cesa en su actividad en 1767, con la expulsión de la orden. 

 

            6ª.- Universidad de Santo Tomás de Aquino, en Bogotá (Colombia), fundada por bula de 1580, cerrada en 1826 y reabierta en 1855. 

 

            7ª.- Universidad de San Fulgencio, en Quito (Ecuador), fundada en 1586. 

 

            8ª.- Pontificia Universidad de San Ildefonso, en Lima (Perú), fundada por bula del 13 de octubre de 1608. 

 

            9ª.- Universidad de Córdoba (Argentina), fundada en 1613, actual Universidad Nacional de Córdoba. 

 

            10ª.- Pontificia Universidad de Santo Tomás de Aquino, en Santiago (Chile), fundada por bula papal de 1619. 

 

            11ª.- Real y Pontificia Universidad de Mérida, en Yucatán (México), extinguida en 1767. 

 

            12ª.- Pontificia Universidad de San Ignacio de Loyola, en Cuzco (Perú), fundada en 1621, extinguida también en 1767, con la expulsión de los jesuitas. 

 

            13ª.- Universidad de San Miguel (Chile), creada por bula de 1621. 

 

            14ª.- Pontificia Universidad de San Francisco Javier, en Bogotá (Colombia), fundada en 1621 por los jesuitas, cesa en su actividad en 1767. 

 

            15ª.- Universidad de San Gregorio Magno, en Quito (Ecuador), fundada en 1622 por los jesuitas la cual, como tantas de las anteriores, cesa en su actividad en 1767, con la expulsión de la orden de los reinos españoles. 

 

            Y bien amigo, esto es todo. Podría haber sido de otra manera, pero fue así, ¡qué se le va a hacer! 

http://www.religionenlibertad.com/harvard-cumple-379-anos-para-cuando-nace-los-espanoles-han-fundado-44748.htm 

 

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LA ONU, PRINCIPAL RESPONSABLE DE SU DIFUSIÓN  

La denominación “América Latina” nació en las logias masónicas del Río de la Plata 

El debate sobre la forma de referirse globalmente a los países americanos de habla española y portuguesa no es nuevo, y tampoco es inocente ni ideológicamente neutro. Un estudioso argentino ha sacado a la luz datos interesantes sobre la evolución del término Latinoamérica. 

 

(ReL) ¿Hispanoamérica, Iberoamérica o Latinoamérica? Aparentemente es sólo una cuestión de nombres, aunque incluso un análisis superficial de quién usa cuál permite desvelar una clara trascendencia ideológica en la elección. En España, por ejemplo, el término Latinoamérica es el empleado casi con exclusividad por los medios de comunicación de la izquierda, y ha terminado por impregnar también a los de la derecha. Es conocido que la aventura francesa en México, con el respaldo de Napoleón III a Maximiliano de Austria para gobernar el denominado Segundo Imperio Mexicano (1863-1867), dio inicio a una campaña sostenida de París para dejar huella cultural en un continente donde apenas la tenía. Y ya entonces comenzó a emplearse la palabra latino para designar una herencia genérica que América Central y del Sur habría recibido de Europa de manera indistinta, menoscabando así el papel histórico de España y Portugal en el continente. Un investigador argentino, Mariano García Barace, ha profundizado más en los orígenes y trayectoria del término América Latina. En su última publicación al respecto (Posición Iberoamericana), sostiene que el concepto Amérique Latine fue acuñado por la masonería francesa y era prácticamente desconocido en Iberoamérica hasta que empezaron a usarlo las logias del Río de la Plata, muy a finales del siglo XIX. 

“Es una denominación que se nos ha puesto desde fuera y que distorsiona nuestra verdadera identidad”, afirma. Su rastreo de los orígenes de esta “rareza idiomática” le lleva hasta el Congreso Científico Latino Americano celebrado en Buenos Aires en abril de 1898. Pese a la denominación del evento, ninguno de los intervinientes, ni los científicos ni los políticos, lo usaron, en beneficio de los clásicos “Hispanoamérica”, “Iberoamérica”, “Suramérica” o, sencillamente, “América”. Y señala como hecho curioso que el único representante no suramericano, el de México, era un ingeniero italiano residente en Buenos Aires... y hermano de un patriota garibaldino, Ernesto Teodoro Moneta, Premio Nobel de la Paz en 1907. La causa garibaldina fue el mayor vivero de la masonería en Italia durante la batalla por la unidad del país, lograda en 1870. Los estudios de García Barace detectan una influencia mínima del término Latin America (ya en inglés) en los países suramericanos antes de la creación de la ONU. Hasta entonces, lo usaban alguna vez los despachos de la agencia United Press, y casi siempre para referirse a la política exterior de Estados Unidos o a asuntos de la misma ONU. Sólo a partir de 1947 empieza a escucharse a personalidades de países iberoamericanos referirse a su realidad continental como “repúblicas latinoamericanas”, o expresiones similares. 

Según García Barace, “muy poco pudieron hacer nuestros representantes diplomáticos para defender la identidad cultural de la región ante los funcionarios norteamericanos y británicos que conducían la ONU en sus primeros años”. Luego ya todo sería una bola de nieve, que con tan potente foco de difusión acabó consagrando la palabra incluso en los países que le habían sido tan reticentes. Su uso generalizado por la prensa de Estados Unidos, Reino Unido y Francia acabó imponiendo la denominación a todos los organismos internacionales que afectaran a ese área del planeta, a raíz de la creación de la Comisión Económica para América Latina (CEPAL) de la ONU. Su secretario durante trece años (1950-1963) fue el argentino Raúl Prebisch, “uno de los hombres que más hizo para difundir la denominación Latin America”, según García Barace, y muy vinculado “con los capitales británicos del Río de la Plata”. En 1983 Prebisch se convirtió en un estrecho colaborador del recientemente fallecido presidente argentino Raúl Alfonsín, reconocido miembro de la masonería. 

http://www.religionenlibertad.com/la-denominacion-america-latina-nacio-en-las-logias-masonicas-del-rio-2544.htm 

 

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Latinoamérica, denominación al servicio del imperialismo

Manuel Morillo. 29 de diciembre 2008.

 

Los términos no son neutros. Detrás de cada denominación que se le da al Nuevo Mundo hay una visión del mundo

 

¿Como llamar al continente que descubrieron, conquistaron y colonizaron los españoles a finales del siglo XV?. Como indica Rojas Mix, ninguno de los nombres que se le asignan resultan gratuitos o inocentes. Algunos nombres recuerdan unas raíces culturales y un alma comunes en la que prevalecen las expresiones de plenitud espiritual y de unidad dentro de libertad, otros esconden deseos de hegemonía o resabios de políticas colonialistas y son la expresión del engaño a pueblos a los que se les esperanza con un futuro mejor. 

 

Todos los nombres tienen una fuerte carga ideológica que revela la identidad que se le quiere asignar a el nuevo continente para integrarlo de acuerdo a unas cosmovisiónes opuestas. 

 

El término América Latina surge en el ambiente parisino y dentro del contexto de las ideología de la Latinidad. Y es impulsado por los intereses galos. Así en los años setenta del siglo pasado ya se edita en París un periódico literario, comercial e industrial titulado "La América Latina". 

 

La latinidad es una ideología, pero también dentro de las concepciones geopolíticas de la época un plan de acción para justificar las aspiraciones de Francia respecto a los "Territoires d´Outre Mer" y legitimar la política expansionista de Napoleón III. Su principal ideólogo fue Michel Chevalier que prepara la coartada filosófica.

 

El latinismo y los intereses económicos e ideológicos de Francia están estrechamente ligados. Además Napoleón III estaba convencido que, a través de él, podía realizar el ideal sansimoniano, cuyo credo admiraba el emperador, porque no eliminaba las desigualdades pero permitía explotar las riquezas de americanas en provecho de Francia (como claramente lo expresa en carta que escribe al general Forey el 31 de Julio de 1862).

 

A pesar de que en sus orígenes el término también tenía un contenido diferenciador del anglosajonismo, a partir de finales del siglo XIX, y en adelante, el término es asumido por los Estados Unidos, como fórmula para eliminar el de Hispanoamérica, con su connotación de una cosmovisión católica, que conlleva, y facilitar la política panamericanista que favorece a sus intereses y los de las multinacionales. Y así es Woodrow Wilson el primero en utilizarla oficialmente. Desde entonces la idea se potencia, circula y se difunde hasta adquirir su prevalencia a partir de finales de los años cincuenta.

 

Por otro lado el concepto de América Latina y por las mismas razones de hacer olvidar el concepto de Hispanidad que es la cristiandad plasmada en el nuevo mundo, se afirma en la esfera "intelectual" y cultural liberal y marxista, particularmente en el pensamiento filosófico y antropológico.

 

En este contexto lo mismo los organismos económicos que sirven a las diversas internacionales como la CEPAL, la ALALC (Asociación Latinoamericana para el libre comercio), la ALADI (Asociación Latinoamericana de integración, la SELA (Sistema económico Latinoamericano), etc...que los revolucionarios socialistas como Mariategui, Castro o Allende hablan de Latinoamérica.

 

Sintetizando podemos recordar las palabras del chileno Jaime Eyzaguirre : "el término Indoamérica sustituye el factor común cristiano y occidental de nuestra cultura común por una deificación racista y que se despliega ciegamente en bajos estratos de la biología para rechazar todo contacto con el espíritu universal, la otra denominación de Latinoamérica... disfraza malamente el propósito de diluir el nombre español en una familia genérica de que daría cabida preponderante a otras naciones, (Hispanoamérica del dolor Santiago de Chile, 1968) 

 

Y al mejicano José Vasconcelos nos indica como el sajonismo, cuyo dominio propugna el panamericanismo, busca el dominio exclusivo de los blancos mientras que la hispanidad encuentra su misión en la formación de una nueva raza: la raza síntesis, la raza cósmica (Obras completas, Méjico 1958)

 

Por ello y con Gabriela Mistral, para evitar las intromisiones imperialistas del panamericanismo y las degradantes de la dignidad humana del relativismo liberal y del marxismo "dirijamos toda la actividad como una flecha hacia este futuro ineludible: La América Española una, unificada por dos cosas estupendas: la lengua que le dio Dios y el dolor que da el Norte" (Recados para América).

 

Y esto no es Latinoamérica sino Hispanoamérica. 

http://www.diarioya.es/content/latinoamérica-denominación-al-servicio-del-imperialismo

 

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P: ¿A partir de qué fecha considera usted que existe España?

 

R: Como entidad política desde Roma, sin ninguna duda. Como nación con conciencia de tal desde los visigodos. Está en las fuentes.

 

P: Cuando utilizo la expresión Hispanoamérica al hablar con un progre parece que le chirrían los oídos. ¿Podría explicarnos cuales son las diferencias entre Hispanoamérica, Iberoamérica y Latinoamérica?

 

R: Latinoamérica es un término acuñado por los franceses para evitar la referencia a España y que no nos olvidemos de Haití (ejemplo del dominio colonial francés, dicho sea de paso). Tanto Iberoamérica como Hispanoamérica me parecen correctos.

Este diálogo con el Dr.César Vidal tuvo lugar entre las 17.00 y las 18.00 del martes 31 de octubre 2006

 

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En defensa del término Hispanoamérica

 

La posición de Ramón Menéndez Pidal en el diario ´´El Sol´´ de Madrid en 1918

MADRID, sábado 24 noviembre 2012 (ZENIT.org).- Un lector nos envía una interesante carta escrita en 1918 por el ilustre académico y filólogo Ramón Menéndez Pidal. En la misma, defiende con fundados argumentos históricos el término Hispanoamérica como el más apropiado. En su defecto, Iberoamérica. Pero nunca: América Latina. Un término inventado, dicen, por Francia y adoptado de modo entusiasta por países anglosajones.

Ramón Menéndez Pidal fue discípulo de Marcelino Menéndez Pelayo y, en 1899, obtuvo la cátedra de Filología Románica de la Universidad de Madrid. Electo para la Real Academia Española en 1901, su maestro Menéndez Pelayo pronunció su discurso de acogida. El rey Alfonso XIII lo nombró comisario en el conflicto de límites entre Perú y Ecuador (1905), lo que aprovechó para, una vez terminada su labor y firmada la aceptación del arbitraje por ambos países, viajar por otros países hispanoamericanos para estudiar en ellos el Romancero tradicional español que aún pervivía. Fue director del Centro de Estudios Históricos. En 1925, fue elegido director de la Real Academia Española. Durante la guerra civil tuvo que salir de España. Vivió exiliado en Burdeos, Cuba, Estados Unidos y París.

¿Qué piensan los lectores de ZENIT? Nos interesa saber su opinión sobre el debatido argumento, después de leer esta fundamentada opinión.

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Del diario El Sol:

´´Nuestro título ´América Latina´ discutido por el Sr. Menéndez Pidal´´

NUESTRO TÍTULO “AMÉRICA LATINA” DISCUTIDO POR EL SR. MENÉNDEZ PIDAL

 

Madrid. 2 de enero de 1918

Sr. D. Félix Lorenzo. 

Mi distinguido amigo: Voy a molestarle con una pequeñez. Hace tiempo veo que el neologismo extranjero América latina va cundiendo entre nosotros; al fin, todo lo que procede de países de más cultura es siempre pegadizo, sea bueno o malo: pero ahora el hallar ese nombre lanzado diariamente a la circulación en un periódico como EL SOL, me mueve a oponerle algún reparo, reparo que dirijo a usted, rogándole haga suyo mi interés si lo cree razonable.

La causa de preferir tal neologismo al nombre antiguo es el creer que bajo ese título viejo, América española, no puede comprenderse el Brasil, de habla portuguesa. Esa es la razón que da en 1914 James Bryce (en su obra sobre la América meridional), para proponer el neologismo, y conviene advertir que él lo acepta con tibieza, ya que usa promiscuamente los nombres de América latina y América española, y siempre que trata de oponer a los caracteres "angloamericanos", los del resto de América, usa el tradicional adjetivo "hispanoamericanos". Fuera del Brasil no hay otra dificultad; pues no creo que pueda tomarse en cuenta el elemento francés de Haití. Invocar la mitad de la isla "Española" por antonomasia para impugnar el nombre tradicional de América española, tanto valdría como impugnar el adjetivo latina en vista de los elementos holandeses o daneses de la América antillana y meridional, o impugnar el nombre de América inglesa pensando en el elemento francés del Canadá.

 

Volviendo a la dificultad del Brasil, me parece que se desvanece considerando que el nombre "España" tuvo siempre en nuestra lengua el sentido amplio del latín Hispania, desde que en la Crónica de España de Alfonso el Sabio se incluyó la historia de Portugal, hasta hoy. Así se usa entre nosotros el nombre de Península Española al lado del de Península Ibérica, y reconociendo la misma extensión del nombre, los franceses dicen también "Péninsule hispanique". Otro ejemplo muy pertinente citaré. En 1904 se funda en Nueva York una sociedad que, según sus estatutos, tiene por objeto el Advancement of the study of the Spanish and ´Portuguese´ languages, literature and history; pues bien, esta sociedad no toma otro título que el de Hispanic Society of América, reconociendo que el título hispánico abarca el elemento portugués lo mismo que el castellano y el catalán, y en efecto, cumpliendo con sus estatutos y su título, la Hispanic Society ha publicado espléndidamente Os Luisiadas y el Cancionero de Resende, al lado del Poema del Cid, el Quijote y Tirant lo Blanch.

 

Si pues, para propios y extraños el nombre de España representa en su sentido lato esa vieja unidad cuadripartita, que errores de intelectualidad y de política no aciertan a mantener en su debida cohesión, no veo obstáculo para que bajo el nombre de América española se comprenda, al lado de las 18 Repúblicas americanas nacidas en los territorios colonizados por Castilla, la república nacida en tierra de colonización portuguesa.

 

Claro que el adjetivo español tiene también un sentido restringido, opuesto a portugués, pero el que quiera huir de la posible ambigüedad de ese adjetivo, puede adoptar la forma hispánico o hispano, que, por ser eruditas y latinas, indican mejor que se toman en sentido lato, para calificar a todo lo que procede de la Hispania en su conjunto, tal como únicamente la concebían los romanos. América hispana me parece irreprochable, y tiene, además, la ventaja de corresponderse con el sustantivo compuesto Hispanoamérica, que tanto usan los americanos.

 

En fin, el que no guste ninguno de estos nombres, todavía tiene a su disposición el de América ibera con el tan usual adjetivo Iberoamericano.

Pero ninguno de estos nombres basta, desde que hacia 1910 empezó a generalizarse, principalmente por Francia y los Estados Unidos, la denominación de América latina. La propiedad de tal nombre me parece muy dudosa. El adjetivo latino, aplicado a las naciones que heredaron la lengua del Lacio está perfectamente en su puesto; pero como en este sentido no envuelve ningún concepto de raza, sino sólo de idioma, me parece del todo desmesurado el extender su significado hasta aplicarlo a naciones que recibieron su lengua, no del Lacio, sino de la Península hispánica, de Castilla y de Portugal. Esas naciones americanas no heredaron la lengua latina, como la heredaron España, Francia e Italia de su colonización romana, sino que recibieron lenguas hispánicas, lengua castellana y portuguesa, y éstas, para adjetivarlas aludiendo a sus orígenes, se llaman comúnmente neolatinas y no latinas.

Y no ya impropio, sino inadmisible es el nombre de América latina, tomado, como por lo general se hace, en el concepto de raza. Si nadie cree en la raza latina de España, ¿qué habrá que decir de la latinidad de raza en esas repúblicas donde sobre los elementos indios se acumularon elementos españoles, a veces predominantemente vascos, es decir, procedentes de un pueblo que no ya por su raza, sino que ni por su lengua tiene el menor aspecto de latinismo? Con cuánta razón protestan algunos escritores hispanoamericanos contra "el error perjudicialísimo de creernos latinos y de raza latina", como declama el autor del divulgado libro sobre la Raza chilena, y con cuánta razón y fortuna el eminente propugnador de los sentimientos hispánicos J.C. Cebrián, combatió también el neologismo de que tratamos.

En suma, el nombre de América latina, tómese como se quiera, desconoce la parte exclusiva que tiene la Península española en la creación de la América, desde Méjico a la Patagonia, y niega la parte importante que en esa empresa corresponde a un pueblo como la Vasconia, queni racial ni lingüísticamente tiene nada que ver con el Lacio.

Pase que en el extranjero (sea por inconsideración a nuestro nombre, sea por otorgar una parte ideal en ese nuevo mundo a otras naciones llamadas latinas), se inventa el flamante título de América latina, para designar la porción de América descubierta y colonizada por las razas hispánicas; pero no somos ciertamente los españoles los llamados a recoger con precipitación este neologismo. Enamorarnos de él y propagarlo es contribuir a propagar una denominación falsa, y a borrar nuestro nombre de medio mundo, adonde lo llevaron las generaciones pasadas sacrificando mucha de su carne y de su sangre en la colosal empresa.

Si ve usted mis reparos favorables, ¿querría usted interesarse para que en uno de los epígrafes de EL Sol, se restaure cualquiera de los adjetivos que, aplicado a la América colonizada por razas hispánicas, representase la verdad y la justicia históricas, así como la propiedad del vocablo? Fuera de ese epígrafe aludido, el mismo diario prefiere, como es natural, las denominaciones más exactas, al tratar, según a menudo lo hace con elevadas miras, temas americanos en sus columnas.

Bien veo que los momentos son para pensar en cosas mucho más graves que las de simple denominación; pero el asunto a que me refiero, bien mirado, no deja de tener una positiva importancia ideológica.

Por esto, perdone tan larga misiva a su amigo y más atento seguro servidor.

R. MENÉNDEZ PIDAL

 

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Tradición y libertad - La tradición occidental desde las antiguas Atenas, Jerusalén y Roma, no se ha movido entre la represión o la descarga del impulso, sino que ha peleado por la libertad interior, que pasa por el dominio de sí, pues sin ésta difícilmente el hombre puede hablar de libertad, ya que no se trata simplemente de la ausencia de coacción externa, sino de capacidad para poder determinarse en orden al bien.

 

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Historia y pasado - «La dominante cultura cínica de la amnesia se mueve en la abstracción de prescindir sistemáticamente del pasado, de la realidad, de la Historia y de la tradición, lo que le confiere empero un falso carácter innovador. Es una cultura neutral en la que está ausente la imaginación creadora. Ésta se suple, justamente, con el olvido o el rechazo de la realidad y de la tradición, para que parezca nuevo todo lo que produce. Y eso explica los absurdos proyectos y programas educativos vigentes, que parten del supuesto de que toda la cultura anterior carece de valor y debe ser desechada. Trátase de una inane y pervertida reproducción de la eterna polémica entre los antiguos y los modernos en la que el Estado como tal no solía tomar parte y que, por ende, impulsaba la cultura».

 

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Medieval - El único momento histórico en que Europa tuvo su unidad fue con la cristiandad medieval. Era la Europa católica. La cristianitas de la Europa medieval era la patria común. La reforma luterana destruyó todo esto, separó a los países y creó los nacionalismos.

Vittorio Messori; escritor, periodista, comentarista e investigador histórico. MMV.

 

La síntesis del saber teológico, filosófico y de otras ciencias realizada por las Universidades en los siglos XIII y XIV, en que se forma el Humanismo, es impensable sin el cristianismo.

Quién, sino la Iglesia, a través de los monasterios, salvó la ciencia de los clásicos y la transmitió para el futuro; quién creó las universidades, sino la Iglesia; quién fue mecenas del arte y de la mejor cultura de Europa, sino la Iglesia; quién lo sigue siendo.

 

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Casiodoro Magno Aurelio, fue un filósofo, pensador, monje y escritor latino, consultado por los reyes y gobernantes de su época. Nació en el año 468 D.C., en Squillace y murió después del 562. Fue ministro de Teodorico el Grande. En el año 538 se retiró y fundó una orden monacal, precursora de la de San Benito (benedictinos), consagrada sobre todo a la conservación y copia de manuscritos antiguos.

 

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Gracias a la Iglesia Católica, antes del 1300, había fundadas en Europa cuarenta y cuatro Universidades, en las que se forja un individuo especial dotado de cierta uniformidad: homo Scholasticus.

 

La Universidad y, de modo más amplio, la cultura universitaria constituyen una realidad de importancia decisiva. En su ámbito se juegan cuestiones vitales, profundas transformaciones culturales, de consecuencias desconcertantes, suscitan nuevos desafíos. La Iglesia no puede dejar de considerarlos en su misión de anunciar el Evangelio.

La Universidad es, en su mismo origen, una de las expresiones más significativas de la solicitud pastoral de la Iglesia. Su nacimiento está vinculado al desarrollo de escuelas establecidas en el medioevo por obispos de grandes sedes episcopales. Si las vicisitudes de la historia condujeron a la « Universitas magistrorum et scholarium » a ser cada vez más autónoma, la Iglesia continúa igualmente manteniendo aquel celo que dio origen a la institución.3 Efectivamente, la presencia de la Iglesia en la Universidad no es en modo alguno una tarea ajena a la misión de anunciar la fe. « La síntesis entre cultura y fe no es sólo una exigencia de la cultura, sino también de la fe... Una fe que no se hace cultura es una fe que no es plenamente acogida, enteramente pensada o fielmente vivida ».4 La fe que la Iglesia anuncia es una fides quaerens intellectum, que debe necesariamente impregnar la inteligencia del hombre y su corazón, ser pensada para ser vivida. La presencia eclesial no puede, pues, limitarse a una intervención cultural y científica. Tiene que ofrecer la posibilidad efectiva de un encuentro con Jesucristo.

Concretamente, la presencia y la misión de la Iglesia en la cultura universitaria revisten formas diversas y complementarias. Primeramente está la tarea de apoyar a los católicos comprometidos en la vida de la Universidad como profesores, estudiantes, investigadores o colaboradores. La Iglesia se preocupa luego por el anuncio del Evangelio a todos los que en el interior de la Universidad no lo conocen todavía y están dispuestos a acogerlo libremente. Su acción se traduce también en diálogo y colaboración sincera con todos aquellos miembros de la comunidad universitaria que estén interesados por la promoción cultural del hombre y el desarrollo cultural de los pueblos.

 

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Durante el luminoso medioevo - En términos cuantitativos, las catedrales góticas son tan asombrosas como las Pirámides egipcias. Sólo en Francia, durante noventa años, desde 1180 a 1270, se vio la construcción de 80 catedrales y casi 500 abadías.

 

UNIVERSIDADES - La síntesis del saber teológico, filosófico y de otras ciencias realizada por las Universidades en los siglos XIII y XIV, en que se forma el Humanismo, es impensable sin el cristianismo.

 

Iglesia - entre 1200 y 1400 se fundaron en Europa 52 universidades, 29 de ellas a carácter «pontificias». Según orden de antigüedad, no en importancia, puesto que la de París fue la más destacada, las fechas de fundación parecen ser las siguientes: Palencia (1208-12), Oxford (1214), París (1215), Padua (1222), Nápoles (1224), Salamanca (1228), Toulouse (1229), Bolonia (1230). Valladolid fue fundada a mediados del S. XIII (1250).

 

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LA IGLESIA DEFENDIENDO LA MUJER AFRICANA: Según el dossier de Fides, los primeros que se opusieron a las mutilaciones genitales femeninas fueron – hacia los años 1600 - los jesuitas del siglo XVII. Sin embargo, el problema no se afrontó seriamente por los europeos hasta inicios del siglo XX. [2005.08.22]

Existen aún hoy autoridades religiosas mahometanas –sobre todo en África-, que exigen su aplicación, ignorando que es una aberración contra la mujer como una desviación de lo que hoy significa «la dignidad de toda persona». 2006.

 

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La leyenda negra de la Inquisición se nutre de una larga serie de historias que a menudo se encuentran al borde de la realidad.

 

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En el siglo XVI, mientras los colonos franceses e ingleses intentaban comprar pieles a los indios norteamericanos, en América-hispánica se edificaban universidades: Santo Domingo (1538), San Marcos de LIma (1551), México (1551), La Plata (1552), Santiago de la Paz (1558), Santa Fe de Bogotá (1580), San Fulgencio de Quito (1586)... En el siglo XVII, una mexicana como sor Juana Inés de la Cruz o el obispo Palafox de Puebla tenían bibliotecas con más de 4.000 volúmenes. Gramáticas, evangelios y otros libros se editaban e imprimían en latín, español o lenguas indígenas y las órdenes religiosas se planteaban una y otra vez el aislar a los indígenas de los colonos, considerados un mal ejemplo que impedían la evangelización. Es la historia de un Nuevo Mundo que nace con imparable originalidad en el periodo llamado "del Imperio Hispánico" aunque otros prefieren la denominación, más exacta, de Monarquía Hispánica, de 1474 a 1700.

 

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Por Hispanoamérica, al igual que por España, vuelan las águilas y los buitres carroñeros del socialismo laicista, y del neoliberalismo explotador y ateo. En sus garras y picos de de la intolerancia, sobrevuela el peligro de apoderarse y destruir la Hispanidad, que es el ser espiritual, moral y político que la engrandece, pero que sus responsables políticos niegan a sus pueblos. Las interrogantes de Rubén Darío* en el poema “Los cisnes”, aún siguen vigentes como una advertencia y una llamada a reconsiderar el presente y el futuro de Hispanoamérica:

“¿Seremos entregados a los bárbaros fieros?
¿Tantos millones de hombres hablaremos inglés?
¿Ya no hay nobles hidalgos ni bravos caballeros?
¿Callaremos ahora para llorar después?”
(Cantos de vida y esperanza, Los cisnes y otros poemas)

*Rubén Darío - - Félix Rubén García Sarmiento -
(Nicaragua, 1867-1916)

 

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PERÚ – LIMA - Con motivo de las celebraciones del IV centenario de la muerte de santo Toribio de Mogrovejo, segundo Arzobispo de Lima, deseo hacer llegar un saludo muy cordial al Señor Cardenal Juan Luis Cipriani Thorne, así como a los numerosos Arzobispos y Obispos que se han congregado para dar gracias a Dios por esta figura sobresaliente de Pastor. Saludo también con afecto a los sacerdotes, personas consagradas y demás pueblo fiel, que se unen al gozo de la Iglesia por el don que Dios le ha hecho con un Santo tan admirable, al que pueden invocar como intercesor y en el que tienen un modelo de vida también para nuestros días.

Deseo igualmente exhortar a todos a considerar esta efeméride como una ocasión providencial para reavivar el camino de la Iglesia en las diversas diócesis, inspirándose en la vida y obra de santo Toribio. Él, en efecto, se distinguió por su abnegada entrega a la edificación y consolidación de las comunidades eclesiales de su época. Lo hizo con gran espíritu de comunión y colaboración, buscando siempre la unidad, como demostró al convocar el III Concilio provincial de Lima (1582-1583), que dejó un precioso acervo de doctrina y de normas pastorales. Uno de sus frutos más preciados fue el llamado Catecismo de Santo Toribio, que se demostró un instrumento extraordinariamente eficaz para instruir en la fe a millones de personas durante siglos, y hacerlo de manera sólida y acorde con la doctrina auténtica de la Iglesia, uniendo así desde lo más hondo, por encima de cualquier diferencia, a cuantos se identifican por tener "un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo" (Ef 4, 5).

Consciente de que la vitalidad de la Iglesia depende en gran parte del ministerio de los sacerdotes, el santo Arzobispo fundó el Seminario conciliar de Lima, que funciona hasta el día de hoy. Es de esperar que siga dando abundantes frutos, precisamente en unos momentos en que urge promover las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada, para abordar la ingente tarea de construir comunidades cristianas que se reúnan con gozo en la celebración dominical, frecuenten los sacramentos, fomenten la vida espiritual, transmitan y cultiven con premura la fe, den testimonio de firme esperanza y practiquen siempre la caridad.

El profundo espíritu misionero de santo Toribio se pone de manifiesto en algunos detalles significativos, como su esfuerzo por aprender diversas lenguas, con el fin de predicar personalmente a todos los que estaban encomendados a sus cuidados pastorales. Pero era también una muestra del respeto por la dignidad de toda persona humana, cualquiera que fuere su condición, en la que trataba de suscitar siempre la dicha de sentirse verdadero hijo de Dios.

En esta circunstancia, invoco la intercesión maternal de la Santísima Virgen María, para que proteja al Pueblo de Dios que camina por tierras Latinoamericanas y lo guíe hacia la alegría de vivir plena y coherentemente la fe en Cristo. Con estos sentimientos, les imparto complacido la Bendición Apostólica, con una atención especial por la Iglesia en el Perú y, en particular, por la Arquidiócesis de Lima.

Vaticano, 23 de marzo, fiesta de Santo Toribio de Mogrovejo, año del Señor 2006.

BENEDICTUS PP. XVI

 

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La leyenda negra hispanoamericana

 

por Javier Sáenz del Castillo y Caballero

 

La Leyenda Negra no es sólo una visión negativa de España y de los países hispánicos que se difunde en Europa durante la Edad Moderna, sino que se ha transformado en parte del imaginario colectivo vigente en la cultura hoy dominante en occidente. Más aún, se ha producido por ello una “interiorización” de la misma en España y América., una asunción por nuestra sociedad de muchos de los postulados falsamente históricos sobre nuestro propio pasado en que tal imagen se fundamenta. Esta pervivencia y generalización de la Leyenda Negra resulta un elemento perturbador en el conocimiento de nuestra propia Historia, y como tal, un elemento negativo en el desarrollo de nuestra sociedad en aquellos aspectos que implican un trasfondo histórico, y al mismo tiempo es un factor perjudicial en las relaciones de España con los pueblos hermanos de América. El artículo incluye una definición de la Leyenda Negra. sus objetivos y características, trata los contenidos esenciales de la misma y explica el desarrollo histórico de la leyenda negra: sus orígenes, como se desarrolla en los siglos XVI y XVII, durante el siglo de la ilustración y en la época contemporánea, así como la polémica del V centenario.

 

 

“Quien es dueño del presente, escribe el pasado.
Y quien escribe el pasado, dominará el futuro”
George Orwell

 

Cuando se aborda la historia de Hispanoamérica (sea de forma general, sea sobre un periodo, territorio o aspecto concreto), o, más reducido, cuando se trata la historia de España sin hacer referencia al Nuevo Mundo, tarde o temprano nos encontramos con el fenómeno que se ha dado en llamar “Leyenda Negra”, como si se tratara de un fantasma cuya visión fuera inevitable. Y aparece tanto de forma inconsciente, reflejándose en el resultado final del trabajo (ya sea éste histórico, literario, periodístico, o de cualquier otro tipo) de los distintos autores algunas de las opiniones y explicaciones que de la historia hispanoamericana proporciona dicha leyenda, como conscientemente, cuando el autor en cuestión, mientras realiza su tarea, se enfrenta ante la reflexión de si lo que está haciendo se corresponde con la verdad o con el tópico, o incluso con la falsedad; pero unos tópicos y unas falsedades, unas deformaciones históricas en suma, tan persistentes y tan definidas que hasta gozan de nombre propio.

Y es que esa leyenda de la que hablamos no es simplemente una fábula caprichosa, ni algo que pertenezca al pasado y que hoy podamos tratar con el desapasionamiento que permite la lejanía en el tiempo. Lo que denominamos “Leyenda Negra” pretende ser una explicación supuestamente objetiva de la historia, y como tal es un elemento del pasado y también del presente, por cuanto es una especie de la memoria histórica que continúa hasta nuestros días, configurando para muchos la manera como entienden esa historia.


Siguiendo con esto, la Leyenda va más allá de la historia entendida simplemente como relato de lo sucedido en el pasado, puesto que, con la misma importancia que esto, también se compone de una interpretación de las causas y del significado de esos mismos sucesos. Llega así a formar parte de lo que es una ideología en el sentido amplio del término, es decir, el conjunto de ideas que caracterizan el pensamiento de una persona, de un grupo, o de una época: en definitiva, lo que entendemos por una mentalidad. Incluso se puede afirmar, sin caer en la exageración, que por lo que tiene de ideológico, de interpretación de la historia conforme a unas ideas o doctrinas determinadas, forma parte de lo que en filosofía se denomina una cosmovisión: una manera de ver e interpretar el mundo en su conjunto; en este caso, una manera de ver e interpretar la historia del mundo, o de una parte de éste.

No debe extrañar que esto sea así. No es necesario hacer filosofía de la historia y decir, con Hegel, que las ideas son el motor de esa misma historia, del desarrollo de los acontecimientos humanos. Basta con percatarse, y esto nadie puede negarlo, que la Historia, así escrita, con mayúscula, la explicación e interpretación del pasado antes referida, es la base de las diferentes doctrinas sociopolíticas (incluso de las que niegan esto, pues ya con esa negación toman una postura frente a la misma historia). Y es que dar una interpretación del pasado supone mostrar lo que es o ha sido bueno y lo que es o ha sido malo, lo justo y lo injusto, o lo que consideramos que lo es, así demostrado por el resultado de los acontecimientos pretéritos. En cierto modo, esto es afirmar que la historia es el “laboratorio de la moral”, y es por ello por lo que se puede decir que la interpretación de la historia es el fundamento de la política, en el sentido más amplio y noble de la palabra: de la forma como organizamos las relaciones de la sociedad en el presente. Ahí es donde se encuentra la verdadera importancia de la Historia y la necesidad de su estudio y de su conocimiento.

 

 

 

Una definición de la leyenda negra, sus objetivos y sus características

La mejor manera para definir algo, posiblemente, comienza por buscar su significado en los diccionarios. Según el de la Real Academia Española, la palabra leyenda significa, en su 4ª acepción, “relación de sucesos que tienen más de tradicionales y maravillosos que de históricos y verdaderos”. En este mismo diccionario encontramos que el adjetivo negra se refiere tanto a algo “oscuro y deslucido, o que ha perdido el color que le corresponde” (4ª acepción), es decir, que no es como debería ser en realidad, como a “la novela o el cine de tema criminal y terrorífico, que se desarrolla en ambientes sórdidos y violentos” (6ª acepción), es decir, una fantasía en torno al mal. Con lo dicho, resulta evidente que el término de “Leyenda Negra” no ha sido acuñado por quienes sostienen esa determinada visión de la historia hispanoamericana, sino precisamente por quienes han reaccionado[1] en contra de tales opiniones, al considerar que presentan como verdad lo que no lo es (es decir, leyenda), y considerar además que lo hacen intencionadamente de manera deformada y negativa (es decir, negra), para crear una opinión contraria. El mismo Diccionario de la Real Academia da una definición históricamente muy acertada, aunque algunos puedan estimarla incompleta, de la propia Leyenda Negra: “opinión antiespañola difundida a partir del siglo XVI y basada en la política de España en Italia, Alemania y los Países bajos, y en la conquista de América”.


Más allá de la discusión sobre las palabras (que, en cualquier caso, siempre es importante), lo que pretende el párrafo anterior es adelantar que la Leyenda Negra no es realmente Historia, como quedará explicado más adelante, puesto que no se corresponde con la realidad de los hechos, sino que es una ficción. Pero no se trata simplemente de una ficción literaria, sin más pretensiones que las propias del género, sino que es una ficción, como se indicó en la introducción, al servicio de unos planteamientos ideológicos, doctrinales, o de unos intereses particulares.

Una vez definido lo que es la Leyenda Negra, surge la inevitable pregunta: ¿y esto, por qué? Pues por algo tan simple como es la pugna por la hegemonía, en la que la Leyenda no es sino un instrumento propagandístico de quienes disputan esa hegemonía a España, primera potencia mundial durante tres siglos. En este sentido, los elementos esenciales para el nacimiento de la Leyenda no son más que la envidia y la competencia expansiva de sus rivales. Nada nuevo por otra parte en la Historia, sino una constante desde el principio de las relaciones entre civilizaciones y entre estados.

Pero no se trata sólo de una pugna política entre naciones fuertes, entre potencias, por la hegemonía mundial (España está presente a lo largo de ese periodo en todos los continentes y en todos los océanos), sino también de una pugna entre dos formas de concebir las relaciones entre los pueblos, –el Imperio frente a la afirmación nacional–, y de una pugna religiosa y cultural –entre el catolicismo y el protestantismo–.

Por eso la Leyenda Negra no se dirige únicamente contra España por su poderío como Estado, de cara a desacreditar a la nación española y disputarle esa hegemonía, sino también contra la Fe y la Iglesia católicas, que son quienes con sus principios morales y su labor eclesiástica, a la vez que impulsan la historia de España durante la mayor parte de su existencia, constituyen el eje de la cultura, en su más amplio significado, europea occidental desde el Bajo Imperio hasta la Reforma luterana, reforma que junto con la ruptura espiritual conlleva una ruptura cultural, la crisis de las mentalidades en Europa. En ese sentido el objetivo de la Leyenda Negra es crear una opinión contraria a los principios religiosos, morales y culturales del catolicismo, y a las formas como esos principios se han materializado mediante un modelo social y de pensamiento que hunde sus raíces en el organicismo medieval, en la idea imperial, y en el predominio de la Fe, y del que la España de los siglos XV al XVIII se convierte en ejemplo casi paradigmático. Crear una opinión contraria, obviamente, por quienes sostienen unas doctrinas opuestas o por quienes ven con resquemor el hecho de no haber sido los protagonistas de esos acontecimientos o de esa época, o, simplemente, el hecho de no haber gozado de una posición de predominio internacional para su propio beneficio e interés.


Así, la pervivencia y la constancia de la Leyenda Negra obedecen a la importancia del imperio español y al potencial del mundo hispánico como poder político, como baluarte de la religión y como modelo social y cultural, según unos parámetros abandonados primero y rechazados y combatidos posteriormente por la Modernidad.

En definitiva, se trata de una labor de propaganda, de desinformación, que a través de la presentación tendenciosa de los hechos bajo la apariencia de objetividad y de rigor histórico o científico, procura crear una opinión determinada. Por esto es por lo que se aparta de lo que podría aceptarse como una simple crítica, una denuncia de los errores e injusticias cometidos, aun cuando sólo se redujese a ello, o una visión distinta del pasado, fruto de las diferentes circunstancias en que uno se puede encontrar por pertenecer a distinta creencia, a distinto país, o a distinto tiempo; dando en cambio una imagen voluntariamente distorsionada del pasado para convertirla en una descalificación global de una acción histórica y de las ideas y valores que la impulsaron.

Este es, sin duda, uno de los rasgos más característicos de la Leyenda Negra: “que consiste en la descalificación global de un país (...) a largo de toda su historia, incluida la futura. En eso consiste la peculiaridad original de la Leyenda Negra”, según palabras de Julián Marías[2], y se puede añadir que de unas ideas religiosas o de base religiosa, por no decir directamente de una religión y ser tachados por ello de exagerados. Precisamente, es una descalificación global en la medida en que responde no sólo a una envidia nacional o a un recelo del pasado, sino también en la medida que tiene ese componente doctrinal del que hemos hablado, que conlleva una visión o una interpretación, evidentemente generalizadora, del mundo. Pero no se puede caer en la simpleza de creer que se debe a una especie de conjura internacional contra España, mantenida de forma constante a lo largo de los últimos cinco siglos[3]. Que la descalificación que se pueda encontrar de España se haga de forma global no significa que sea generalizada, que la haga todo el mundo y en todo momento. Unas líneas más arriba se ha dicho que consiste en crear una opinión contraria por quienes sostienen unas doctrinas o intereses opuestos a ese supuesto “ideal histórico” que España representa en la época Moderna; pero sólo por ellos, es decir, por aquellas elites o grupos ideológicos o políticos enfrentados a ello, con la fuerza y los medios que la situación y los intereses en conflicto en cada momento se lo indiquen o se lo permitan.

Hay otra particularidad de la Leyenda Negra: que no es meramente una acción externa a España o a Hispanoamérica, sino que se da dentro de nuestra propia sociedad, por parte de quienes son conciudadanos nuestros. Y esto está motivado por la misma causa ideológica que lo anterior: en la medida en que uno piensa de forma distinta, o incluso opuesta, a la que ha sido el motor de la historia hispanoamericana durante trescientos años, uno se aparta en mayor o menor medida de la identificación con su pasado nacional o colectivo, interpretándolo así de distinta forma, desde la frialdad de la indiferencia, que no por ello deja necesariamente de ser objetiva, hasta el rechazo y la aversión por esa historia, lo que lleva a muchos a caer en esa interpretación y manipulación negativa de su propio pasado. Sobre este punto se hablará más adelante.

 

 

 

Los contenidos esenciales de la leyenda negra

Para que esa labor de desinformación y de tergiversación de la Historia en que ha quedado aquí definida la Leyenda Negra sea efectiva, ésta, pese a pretender dar una imagen general, no puede limitarse a formular una serie de afirmaciones de concepto o unas ideas de principio basadas en abstracciones globales, pues en ese caso la postura del espectador ante tal visión de la Historia se limitaría a la de adoptar una mera opinión personal. Como toda acción de propaganda que se precie, la Leyenda Negra busca presentar una serie de hechos o de temas concretos, presuntamente expuestos de forma objetiva y veraz, de acuerdo a como se dice que son en realidad, y que por tanto se supongan que son comprobables, para demostrar así la validez de las afirmaciones propuestas (validez, hay que insistir pese a parecer reiterativos, que obtienen en la medida en que se les supone verdaderos). Cada uno de estos aspectos es, a su vez, presentado y explicado de la manera más conveniente para lograr tales objetivos propagandísticos que se persiguen, y no conforme a la auténtica veracidad de los hechos.

No son muchas las afirmaciones sobre los que se asienta la Leyenda Negra hispanoamericana. Al contrario, pueden hasta parecer pocos, más aún si se tiene en cuenta que están directa y continuamente relacionadas entre sí. Lo que se hace entonces para conseguir una apariencia general formada por múltiples cuestiones, es presentar cada uno de esos aspectos, aun siendo los mismos, desde distintos puntos de vista: unas veces desde la filosofía, otras desde la moral, otras desde su utilidad práctica..., bien desbrozados hasta sus más mínimos detalles y multiplicando así los ejemplos. De esta manera es como se consigue dar esa imagen negativa global (al verla desde diferentes aspectos) y permanente (siempre y en cada uno de los casos en que se plantea) que invalida la acción de España como nación y como Estado en el Mundo, y de las ideas y principios que han promovido dicha acción, que son fundamentalmente los de la religión católica.


De este modo se observa que son tres esos contenidos fundamentales de la Leyenda Negra sobre los que se incide una y otra vez, y, tal y como van a exponerse a continuación, queda bien patente la relación existente entre ellos, pues tienen como elemento común, básico y esencial en los tres, el carácter negativo del “ser español” o de “la forma católica de ser español”.

En primer lugar se presenta la condición injusta y tiránica del gobierno español allí donde se produce o se ha producido, y, por tanto, así será indudablemente allí donde se pueda producir en un futuro. Ese gobierno tiránico e injusto se manifiesta en tres aspectos:

1-       En la mala administración española, que no sólo no soluciona ninguno de los problemas existentes en los territorios bajo su mandato, sino que añade otros nuevos (cuando menos, los derivados de su propia ineficacia), y que genera con ello una situación crónica de desgobierno político, de injusticia legal, de inseguridad social, y de desorganización y explotación económica.

2-       En la opresión que padecen los súbditos de España sea cual sea su origen y nacionalidad, que son víctimas de una represión absoluta que abarca todas las facetas de su vida cotidiana, comenzando por sus formas tradicionales de vida y terminando por la represión de sus libertades. Y pasando, obviamente, por la represión del pensamiento y de las creencias en nombre de la ortodoxia religiosa, para lo cual los españoles se sirven de un instrumento tan terrorífico como se presenta a la Inquisición, que ejerce en la práctica como si se tratase de una policía secreta política y religiosa.

3-        En el atraso cultural e intelectual de los españoles, pues en tales condiciones el progreso de las ideas se hace imposible (cuando no es considerado como un hecho delictivo y hasta criminal), con lo que tampoco caben muchas esperanzas de lograr un progreso material. Atraso cultural, por otra parte, que se busca de forma intencionada por parte de los gobernantes españoles, pues de este modo, manteniendo al pueblo sumido en la ignorancia, les es más fácil asegurarse su dominio.

Así es el gobierno español en su planteamiento teórico, y así se puede trasladar este esquema al segundo aspecto, que es el de la opresión y la tiranía españolas, ya no expuestas de forma hipotética o teórica, sino vistas en sus realizaciones concretas, en los territorios donde ejerce su dominio. Esto se puede comprobar especialmente en las Indias, por ser en ellas donde con mayor claridad se manifiesta ese gobierno (o mejor, desgobierno), al haberse establecido tal autoridad gracias a una imposición por la fuerza, desde una conquista de América que se ha realizado a sangre y fuego; y con el agravante, además, de haberse impuesto sobre unos pueblos que, por su situación primitiva y su talante de bondad natural, proporcionaban la situación ideal para crear una nueva sociedad, un Nuevo Mundo, que recogiera lo mejor de los logros alcanzados por el occidente europeo sin caer en los errores que se daban en el Viejo Continente. Pero esa situación no es exclusiva de las Indias, sino que es también la que se está produciendo en Europa, conforme el dominio español se asienta en las tierras del Imperio (en Italia, en Alemania, en Flandes...) frente a los intentos de resistencia de los pueblos sometidos a España, cuyo ejemplo más elocuente es el de la rebelión flamenca. Incluso esta situación es la que se da en la propia España, donde se observa cómo las autoridades españolas ejercen su gobierno despóticamente, ya sea extirpando cualquier minoría social (la expulsión de los judíos y el problema de los moriscos, también solucionado con su expulsión), oprimiendo las tradiciones de los distintos pueblos de la península (como evidencian la sublevación de los Comuneros de Castilla, la revuelta de Aragón, la anexión de Portugal...), aplastando cualquier disidencia desde el poder (el caso de Antonio Pérez), o manteniendo al pueblo sometido a un férreo control mediante la Inquisición. Todos estos son los ejemplos supuestamente reales en los que se traduce ese gobierno hispano, y esta es la forma presuntamente verídica como han tenido lugar, con el obvio resultado que cabría esperar en un proceso de este tipo: pobreza, esclavitud, genocidio e incultura.


Y todo ello no es resultado de unas determinadas circunstancias históricas, que expliquen este panorama de tragedia, ni ese completo desgobierno es fruto de una incompetencia o una falta de preparación de unos determinados gobernantes españoles en un momento concreto, sino que tiene una explicación de fondo, una raíz que explica este cúmulo de despropósitos que España aporta al mundo, y que es la clave para poder explicarlo todo de una forma natural: este tercer aspecto es el carácter de los españoles, la esencia de su talante, su propia configuración racial y cultural, que les hace inferiores al resto de pueblos –pueblos europeos, por supuesto– tanto moral como física e intelectualmente. Esa depravación natural de los españoles se achaca al hecho de ser un pueblo fruto del mestizaje, cuya cultura y mentalidad está contaminada por elementos judíos y musulmanes (aunque, paradójicamente ,una de las cosas de las que se acuse a esos mismos españoles sea del trato dado a aquéllos y del desprecio hacia otros pueblos y culturas), y que utilizan la religión no como referente moral, sino únicamente como elemento de identificación nacional, como excusa para lograr su propio beneficio merced a la discriminación para con los demás; y por ello es por lo que los españoles abrazan el catolicismo de esa peculiar manera exaltada y sectaria, pues el carácter dogmático del catolicismo lleva así implícitos la intolerancia y el desprecio hacia “el otro”. Así es como se crea la imagen de los españoles como un pueblo compuesto por gentes despóticas, viciosas y crueles, egoístas y ambiciosas, fanáticas y desleales... Imagen que se forma desde el siglo XV y que perdura en algunos hasta hoy en día, desde la imagen de los Tercios de Flandes como asesinos y saqueadores de ciudades indefensas, hasta el tópico decimonónico del bandolero y la gitana con la navaja en la liga, para culminar en la España “de charanga y pandereta”, preocupada sólo de fiestas exóticas con toros y procesiones y de llenarse el buche más con vino que con otra cosa...

Llegados a este punto cabe preguntarse cómo es posible que un pueblo así, con esos rasgos, y autor de unas acciones con unos resultados tan elocuentes, pudo llegar a ser la primera potencia mundial y árbitro internacional durante trescientos años, y cómo es posible que durante toda su historia no haya habido un solo rasgo de humanidad o de creatividad de cualquier tipo, salvo por quienes denunciaban esa realidad o por quienes obraban desde la heterodoxia, contra corriente de lo que se sentía en el seno del pueblo español. También puede uno, de forma maliciosa, preguntarse que si un pueblo de tal índole, sádico, torpe e inculto, llegó a ostentar esa posición de predominio mundial, ¿cómo serían entonces los otros? En buena lógica, cuando menos más torpes e incompetentes. Considerando además que no sólo alcanzaron tal situación, sino que la mantuvieron por siglos, y teniendo en cuenta que España no ha constituido nunca una potencia por el número de sus habitantes, que pudiera explicar esa imposición española aunque sólo fuera por presión demográfica, lo mejor es ser indulgente y renunciar a las comparaciones...


Lógicamente, en una visión así de la historia no tienen cabida la explicación pormenorizada de la administración española, que constituyó el primer Estado moderno de Europa, con un sistema de centralización de la autoridad en la Monarquía, pero manteniendo los usos e instituciones propios de cada territorio. Ni cabe referirse, cuando se trata de la relación con otros pueblos y culturas, a los creadores del Derecho Internacional, los Suárez, Francisco de Vitoria, o la Escuela de Salamanca. O que, en cuanto a los derechos humanos de los indios y, por extensión, de todos los pueblos, se evite la mínima mención a Antonio de Montesinos, al mismo Vitoria, a las Leyes de Indias, o al hecho de que el padre Las Casas ejerciera como funcionario de la Corona. Tampoco tiene sentido entonces hablar de la creación española en las ciencias, las artes, y las letras: no existen figuras como Fray Luis de León, Lope de Vega, San Juan de la Cruz, Cervantes, Quevedo o Calderón; pintores como el Greco, Velázquez, Murillo o Zurbarán; religiosos como San Ignacio de Loyola o Santa Teresa de Jesús; el arquitecto Herrera, los humanistas Luis Vives y Antonio de Nebrija, los geógrafos y cosmógrafos Juan de la Cosa y Alonso de Santacruz, el médico Miguel Servet, o el botánico Celestino Mutis; teólogos como Domingo de Soto; etc., etc., etc... Sin mencionar la labor de las universidades españolas tanto en la península como en América, donde la primera se fundó en fecha tan temprana como fue 1538. No se pretende con estas líneas hacer una refutación de la Leyenda Negra, ni una exposición de los logros de España en aquellos años, sino mostrar cómo una de las tácticas de las que se vale la propaganda antiespañola es la ocultación intencionada de los aspectos positivos, lo que dicen en México ningunear, pues recuérdese el dicho: “no hay peor mentira que una media verdad”. Evidentemente, todos estos rasgos se han mostrado aquí, como en cualquier generalización, en su forma más cruda y exagerada para facilitar su exposición, pero es obvio que en las manifestaciones propagandística, literarias, o historiográficas de esa Leyenda Negra, esos rasgos muy rara vez aparecen de una manera tan descarnada sino infinitamente más sutil, salvo en casos de abierto enfrentamiento como es la propaganda de las Guerras de Religión en los siglos XVI y XVII.

 

 

 

El desarrollo en la historia de la leyenda negra

Esta imagen deformada de la historia de España no ha existido desde siempre, como parece que así debiera haber sido si sus planteamientos fueran correctos, ni ha sido siempre igual en su exposición, sino que ha evolucionado paralelamente a como lo han hecho los conflictos e intereses doctrinales o ideológicos en los distintos periodos. Este es un hecho muy significativo, por cuanto los momentos en que nace y arrecia la Leyenda Negra, y los contenidos en que incide la misma en cada etapa de su desarrollo, hacen evidente la esencia propagandística, y no histórica ni historiográfica, de las afirmaciones de dicha Leyenda, como se verá a continuación.

 

Orígenes de la Leyenda Negra

En efecto, esta particular visión de la historia surge en unas circunstancias muy concretas: a finales del siglo XV y principios del XVI, cuando los reinos de España van consolidando paulatinamente su unidad y van tomando un papel cada vez más importante en el contexto internacional de la época, apenas limitado entonces al espacio que forman el Mediterráneo y Europa Occidental. Ya desde el siglo XIV, la presencia de Aragón, una vez terminada su parte de la Reconquista, es emergente y progresiva en dicho mar Mediterráneo, donde choca con los intereses de algunos estados italianos. Poco a poco van a ir apareciendo las primeras descalificaciones, todavía esporádicas y desconexas entre sí, centradas en la escasa categoría humana que se atribuye a aragoneses, catalanes y valencianos, y a aquellos italianos que son sus partidarios (recordemos la difamación sufrida por la familia italovalenciana de los Borgia o Borja, o los tópicos acerca de napolitanos y sicilianos). Con la unión de Castilla y Aragón bajo los Reyes Católicos, los castellanos apoyan e impulsan la acción aragonesa, enfrentada ya no sólo con las repúblicas italianas, sino también con Francia, la gran potencia europea del momento, hasta lograr, tras las campañas del Gran Capitán y las posteriores de Carlos I, la hegemonía en esta zona del Viejo Mundo. Se extiende entonces esa crítica contra los súbditos aragoneses a todos los españoles, sean de la región que sean, y se va formando progresivamente un clima generalizado de opinión contraria, fruto de esa rivalidad entre estados y naciones, a diferencia de los primeros ataques, más de tipo satírico y difamador, meramente burlescos e insultantes, que formadores de prejuicios con fines políticos.


Es de destacar que en este nacimiento de la Leyenda Negra apenas tienen importancia dos asuntos que van a convertirse posteriormente en pilares básicos de la misma: la cuestión religiosa, con la implantación del Santo Oficio y la expulsión de los judíos, por un lado, y la expansión ultramarina, con el descubrimiento y conquista de América, por otro. Esto tiene una fácil explicación. Respecto al primer punto, la expulsión de los judíos no fue una decisión exclusiva de España, sino que el antihebraísmo estaba muy extendido por toda Europa: anteriormente habían sido expulsados de Inglaterra (1290) y de Francia (1306), y los motines y altercados contra los judíos eran frecuentes en todo el continente, mientras que, en contraste, se mantenía la imagen relativamente tolerante de la “España de las tres culturas” (por mucho que fuera más una imagen que una realidad) hasta esos momentos, y, desde luego, los conflictos en la península con los hebreos no eran más graves que en otras regiones del continente. Por lo que respecta a la Inquisición, no era una medida especialmente llamativa en una Europa cristiana todavía homogénea religiosamente, y donde existían otros tipos de Inquisición en otros países, ni dejaba de ser un reflejo de una mentalidad, tanto en el orbe cristiano como en el musulmán y dentro de las comunidades judías, donde la religión era el aspecto substancial de la vida en sociedad; no será hasta la división de la Cristiandad con la Reforma Protestante y las subsiguientes Guerras de Religión, cuando las cuestiones religiosas pasen a formar parte de la Leyenda, como se verá más adelante. En cuanto al Descubrimiento de América, hasta la conquista de México y del Perú y la vuelta al Mundo de Magallanes y Elcano, ya bien entrado el siglo XVI, las Indias no son más que unos territorios lejanos y exóticos, no se sabe bien de qué tamaño y con qué riquezas, por lo que aún no despiertan una envidia y unas apetencias en las otras potencias tan grandes como las que moverán más adelante, así que lo que allí sucede no constituye una preocupación de primer orden para una Europa poco interesada en esas tierras, o mejor dicho, incapaz de llevar a cabo una acción efectiva para explotar las posibilidades del Nuevo Mundo, algo todavía reservado en exclusiva a España y Portugal.

 

 

La Leyenda Negra en los siglos XVI y XVII

Sin duda alguna va a ser este periodo el momento álgido en el desarrollo de la Leyenda. Desde la década de 1520 a 1530, una serie de cambios trascendentales afectan al Viejo Continente, removiendo hasta sus más profundos cimientos y culminando la transición hacia lo que conocemos como el “Mundo Moderno”. Esos cambios también alientan la consolidación y la vigencia de la Leyenda Negra como instrumento de propaganda, al servicio de algunos de los intereses que protagonizan la vida de ese Mundo Moderno antes mencionado. Tres son los factores clave de este periodo de la historia, en los tres tiene España un papel principal que le enfrenta a otros países y grupos de población, y los tres encuentran su reflejo en el asunto que nos ocupa: la hegemonía europea, el enfrentamiento religioso, y la expansión ultramarina.

Respecto al primero de ellos, la pugna por la hegemonía, la monarquía de los Habsburgo encarna para unos la idea imperial, según el antiguo modelo romano y carolingio, y para otros la de una monarquía universal predominante sobre las demás naciones, y en ambos casos árbitro de las relaciones internacionales, frente al auge de otros estados nacionales y su lucha bien por conseguir hacerse con esa hegemonía (caso de Francia), bien por lograr un statu quo en el que su posición y sus intereses salgan reforzados (caso de Gran Bretaña, de algunos estado alemanes, o de Holanda).

En cuanto al segundo punto, la ruptura de la unión de la Cristiandad occidental con la Reforma luterana y la difusión del protestantismo en abierta pugna con el catolicismo, éste encuentra en España a su principal defensora, mientras que los reformistas hallan su mayor acomodo en los Países Bajos, Alemania y Gran Bretaña, precisamente donde se disputa a esa monarquía católica española la hegemonía, pues en una época como aquella, donde el fundamento de la política se encuentra en la religión, la ruptura religiosa facilita ese replanteamiento del orden político que algunos deseaban, prestando las nuevas ideas protestantes las bases para crear un nuevo marco teórico para la política. Es en este escenario de enfrentamiento religioso cuando la relación entre españoles y judíos toma vigor dentro de la Leyenda, pues los grupos de hebreos expulsados con presencia o con intereses en la política europea, encuentran así aliados en sus reclamaciones contra España, y las acusaciones de persecución e intransigencia católica y española (para el caso, se presentan como si fueran la misma cosa) contra los judíos, sirven como ejemplo de lo que sería la intolerancia y la represión contra los protestantes o contra las otras naciones de Europa si la posición católica o española resultara triunfante.


Por lo que se refiere al tercer aspecto, la expansión europea en otros continentes (en la que España –entiéndase, Aragón y Castilla– y Portugal habían sido los pioneros y hasta ese momento los únicos protagonistas), cuando se aprecian plenamente las posibilidades económicas que ofrecen las riquezas de ultramar, tras la llegada de los portugueses a la India y a la Especiería, tras la consecución de la primera vuelta al mundo, y tras la conquista por los españoles de los grandes imperios mexicano y peruano, las nuevas potencias emergentes, Francia, Gran Bretaña, Holanda, se lanzan en abierta competencia contra las dos naciones ibéricas intentando disputarles esos territorios tanto físicamente, fomentando exploraciones y conquistas, como teóricamente, negándoles las razones y derechos para mantener sus respectivos imperios, y para ello nada mejor que descalificar moralmente su actuación en aquellas tierras.

Son, pues, la política y la religión los caballos de batalla de la Leyenda en estos años, siendo la importancia de una u otra distinta según los países en los que se muestre. Pero la tarea desacretidora contra España no es exclusiva de extranjeros: exiliados políticos españoles, como el secretario de Felipe II, Antonio Pérez, descendientes de judíos expulsados en 1492, emigrados fundamentalmente a Holanda, o protestantes enfrentados al catolicismo imperante en la sociedad española, prestan su pluma y su inventiva a los escritos que configuran la misma, presentándose por unos o por otros como testimonios directos de quienes han sufrido en carne propia la ignominia hispana. Esencial será también para los publicistas antiespañoles el recurso a obras aparecidas en la misma España, utilizándolas de forma fragmentaria o descontextualizada, o bien exagerando la importancia y veracidad de aquellos textos que les pueden ser útiles, como ocurrió con los escritos del padre Las Casas, en un esfuerzo impresionante de lo que se entiende estrictamente como “desinformación” –es decir, como manipulación de la información–, en el que las obras del dominico se convirtieron en principal fuente testimonial.

Contra la política española en Europa aparecerán gran cantidad de escritos tanto de índole abiertamente política como supuestamente histórica. Entre las más importantes destaca la Apología o defensa del muy ilustre Príncipe Guillermo, libro encargado por Guillermo de Orange al francés Pierre Loyseleur de Villiers en 1580 para justificar la rebelión holandesa contra Felipe II, de la que Orange era líder, como una revuelta causada por el desgobierno español en los Países Bajos; o la titulada Relaciones y cartas, del antes citado Antonio Pérez, aparecida en Londres en 1594. Pero el material más numeroso contra España va a ser, sin duda, el compuesto por los folletos, los cuales, por la reducción de costes que permitía su pequeño tamaño y el empleo la imprenta, podían ver su edición fácilmente costeada por políticos y gobernantes, con lo que se podía organizar su distribución gratuita, y cuyo tono general queda perfectamente reflejado en este fragmento de un libelo de 39 páginas aparecido en 1590 y significativamente titulado Antiespañol, obra del francés Arnauld, donde avisa de la “insaciable avaricia (de los españoles), su crueldad mayor que la del tigre, su repugnante, monstruoso y abominable lujo; su incendio de casas, su detestable saqueo y pillaje de aquellos grandes tesoros que de todas partes de Europa se había reunido en suntuosos palacios; su lujuriosa e inhumana desfloración de matronas, esposas e hijas; su incomparable y sodomítica violación de muchachos...”

[4]. La mayoría de estos folletos vieron la luz en Holanda, al amparo de la rebelión allí existente, pero los encontramos igualmente en otras zonas de Europa, como Alemania, Francia (hay que tener en cuenta que en estos tres países se concentraba la mayor cantidad de imprentas existentes en Europa) y Gran bretaña, siendo este último país, tras la ruptura con la Iglesia Católica por Enrique VIII y la consolidación del anglicanismo con Isabel II, y sobre todo tras el fracasado intento de invasión por parte de la Gran Armada, en 1588, el principal instigador y financiador de este esfuerzo propagandístico, especialmente en los Países Bajos. Ya en el siglo XVII, será espectacular el impulso dado a esta propaganda por la Inglaterra puritana de Cromwell, quien llega a decir frases como ésta: “Nuestro verdadero enemigo es el español. Es él. Es el enemigo natural. Lo es hasta la médula, por razón de esa enemistad que hay en él contra todo lo que viene de Dios” [5].


En cuanto a la religión, el eje central de actuación en este ámbito será la denuncia de la intolerancia católica de los españoles, recogida sobre todo en multitud de panfletos obra de protestantes flamencos y alemanes, y es en esta época, como se indicó anteriormente, donde se pone de actualidad la cuestión de la expulsión de los judíos, fundamentalmente desde Holanda. La Inquisición, por su parte, se va a convertir en auténtica obsesión dentro de estas críticas, aun cuando el establecimiento de la inquisición española no se produjo fuera de la Península y de América, por ser éste territorio castellano, y no teniendo allende el océano jurisdicción sobre los indígenas. Acerca de estos temas religiosos encontramos obras capitales como el Libro de los mártires, del inglés John Foxe, aparecido en 1554, o el relato del francés Le Chailleaux sobre la expulsión de los hugonotes de La Florida, publicado por el famoso impresor flamenco Teodoro De Bry en 1591, quien añade a su publicación una novedad importantísima para conseguir el efecto pretendido de impactar al lector y causarle así la mayor impresión posible: el empleo de imágenes para ilustrar el texto. Esta obra formaba parte de la Colección de grandes y pequeños viajes sobre las Indias, editada por De Bry hasta su muerte en 1598 y continuada por sus hijos en Frankfurt entre 1590 y 1623, con un total de veintidós títulos, y todos ellos siguiendo un mismo diseño: escritos de denuncia, con manipulación de textos españoles y empleo masivo de imágenes. Junto con estos y otros libros, se observan cantidad de folletos anticatólicos y antiinquisitoriales, en gran parte debidos a sefardíes refugiados en Holanda e Inglaterra.

Por lo que respecta a la cuestión americana adquiere ahora plena importancia, como se dijo más arriba, y va a ser este el tema en el que más se recurra a la manipulación de textos procedentes de la propia España. Así, el italiano Girolamo Benzoni, protestante que tuvo problemas con la Inquisición en México, publicó en Venecia en 1572 una Historia del Nuevo Mundo, ejemplo de la mayor hostilidad hacia la acción española en Indias, utilizando en su interés fragmentos de obras de autores españoles (como López de Gómara, Pedro Mártir, Fernández de Oviedo o Cieza de León). Por su parte, el inglés Richard Hakluyt escribió numerosos libros y folletos sobre la empresa americana, muchos de ellos publicados en colaboración con el antes citado De Bry, quien siempre procuraba acompañarlos con las imágenes adecuadas; esa relación, y los frutos publicitarios que produjo, es una de las razones que impulsaron a éste último a editar una de las piezas más importantes en el desarrollo de la Leyenda Negra: la Brevísima relación de la destrucción de la Indias, de Fray Bartolomé de Las Casas, adornada con gran cantidad de grabados ilustrativos, impresa en Frankfurt en 1598, de la que se hicieron más de veinte ediciones en apenas cincuenta años, hasta la Paz de Westfalia de 1648.

La Brevísima... del padre Las Casas merece una mención especial por su trascendencia para el tema que nos ocupa. Era la primera obra de un autor español y aparecida en España (concretamente, en Sevilla, en 1552) y que era empleada en su totalidad y no de forma fragmentaria; nada mejor para ser presentado como prueba documental y fehaciente de la maldad española en el Nuevo Mundo, ilustrado con tintes dramáticos por los grabados de De Bry: ¿acaso no era lo dicho por los propios españoles, por “uno de ellos”? Por supuesto, se oculta el origen verdadero de este texto: en la Junta de Valladolid de 1542, convocada por el Consejo de Indias para revisar la actuación en América, y donde el propio Las Casas era uno de los protagonistas; es precisamente la Junta la que hace el encargo a Las Casas de que ponga por escrito y de forma sumaria los documentos y exposiciones que éste lleva ante la misma, acordando de forma previa que lo hiciera en un tono denunciante(aunque no tan exagerado como el que utilizó finalmente), para mentalizar a las autoridades de la necesidad de aprobar medidas resolutivas, como así ocurrió con las Leyes Nuevas, propuestas por tal Junta y aprobadas ese mismo año. De hecho, la edición sevillana de la Brevísima... iba acompañada de otros escritos lascasianos, entre ellos un Tratado sobre los indios que se han hecho esclavos, también encargado por dicho Consejo en 1548. Y, naturalmente, también se “olvida” que en 1516, el padre Las Casas es nombrado “defensor de los indios” por el regente Cardenal Cisneros: es decir, se le designa por las propias autoridades para un cargo desde el que interviene directamente (¡y cómo!) en los asuntos de Indias.


Curiosamente, el carácter y la personalidad de los españoles, pese a todo lo visto, aún no tiene la importancia que adquirirá en épocas posteriores. De hecho, los libros de viajeros que recorren España en el siglo XVI, sobre todo italianos, dan en general una imagen favorable del país y de sus habitantes. En estos momentos, ese talante negativo en sus diferentes facetas se considera más bien como un producto de la mentalidad católica y guerrera forjada en la Reconquista, y no como algo racial o biológico; aunque algo de esto sí que hay en la medida en que se atribuye, paradójicamente, a la parte de sangre judía y árabe de los españoles, frente a otros pueblos europeos más homogéneos racialmente. Se van así extendiendo poco a poco una serie de tópicos como algo comúnmente aceptado, como reflejan los comentarios que sobre el carácter de los españoles aparecen en un texto tan poco polemista como es la Cosmographia Universalis de Sebastián Münster, una de las obras geográficas más importantes de la historia. Ya en el siglo XVII son más numerosos los juicios negativos de tales testigos, especialmente por parte de los viajeros franceses, pudiendo recogerse opiniones como ésta, debida al francés Brunel en 1665: “Consideran [los europeos] a esta nación muy enverada y altiva, pero en el fondo no lo es tanto como lo parece; su traza, sin duda, engaña, y cuando se la frecuenta no encuentran en ella tanta gloria como imaginan, y reconocen que es un vicio que le viene más bien de una falsa moral que de un temperamento insolente u orgullosos. Creen que es grandeza de alma el aparecer fanfarrona en sus gestos y en sus palabras; y el mal está en que, viajando muy poco, no tienen medio de depurarse de ese defecto, que les viene con la leche que maman y el sol que les alumbra”.

 

 

 

La Leyenda Negra en el siglo de la Ilustración

Si en los siglos anteriores hemos visto cómo nace y se consolida la Leyenda, es en el siglo XVIII cuando se puede decir que alcanza su mayoría de edad. Lo cual no significa que desde entonces permanezca inalterable, sin experimentar nuevos añadidos y nuevas presentaciones. Hasta ahora hemos visto que el peso de la crítica estriba en la rivalidad nacional antiespañola, en el enfrentamiento religioso, y en el carácter de los españoles, por ese orden de importancia. En la época de las Luces se observa un cambio importante en esa formulación: esa rivalidad nacional pasa a un segundo plano, aunque no desaparece; el eje de la cuestión va a estar en el aspecto religioso y en la naturaleza de los españoles. Y la novedad reside no en los temas, pues son los mismos que antes, sino en la forma como éstos se presentan, radicalmente distinta.

El planteamiento que se hace ahora respecto a la religión no es tanto el del enfrentamiento católico–protestante, que tampoco desaparece, sino el de la religión en sí misma: se trata tanto del hecho de creer en algo como de las implicaciones sociales que esto conlleva. Europa asiste a la creciente secularización de la sociedad frente a la religión como tal, especialmente en las obligaciones morales que esto supone para la organización social, política o económica; y esto choca fundamentalmente con el catolicismo, por el carácter social, de deber o de compromiso colectivo de éste, frente al individualismo implícito en el protestantismo. No es extraño, pues, que el centro fundamental de la Leyenda en este periodo sea Francia (como en el anterior lo fueron Holanda e Inglaterra), eje de dicha Ilustración y líder en ese proceso de secularización, que en este país toma un carácter específicamente anticatólico (quizá por el mismo hecho de ser un país de cultura católica, y que sea esto lo que haga a las elites doctrinarias seguir esa especie de dinámica del converso, que reniega de su procedencia). En ese sentido no es sólo la afirmación católica del dogma lo que se combate, sino el carácter de la Corona española como Monarquía Católica, como modelo social y político inspirado en la filosofía cristiana medieval y en el concepto de la Civitas dei de San Agustín; es decir, la representación de España como ejemplo, al menos en teoría, del Orden Social Cristiano, frente al Despotismo Ilustrado, racionalista y antropocéntrico, que abrirá camino más adelante al relativismo liberal. Así cobran pleno sentido los escritos de los enciclopedistas, principalmente franceses, como Mabillon, Voltaire o Montesquieu. Así es como Masson, autor del artículo “España” de la Enciclopedia, inquiere tajantemente: “¿Pero qué debemos a España? Y desde hace dos siglos, cuatro, diez, ¿qué ha hecho por Europa?”. En esa línea de pensamiento escribe Voltaire, pionero del anticatolicismo más atroz, sus diatribas contra España y la Iglesia Católica en su Ensayo acerca de las costumbres y el espíritu de las naciones; o Montesquieu, uno de los padres de las teorías políticas modernas, en sus Cartas Persas, donde dedica a España la carta LXXVIII, o en su obra más conocida, Del espíritu de las leyes, donde presenta a la monarquía española como ejemplo de las peores actuaciones políticas posibles

[6]. Y así también el inglés Smollet dice en su Estado de los diversos países de Europa: “En ninguna parte hay más pompa, farsa y aparato en punto a religión, y en ninguna parte hay menos cristianos. Su celo y su superstición sobrepasa a los de cualquier país católico, salvo, quizá, Portugal”[7].


El otro pilar de la Leyenda en este periodo, como ya se ha dicho, es otra vez el talante natural de españoles y de hispanoamericanos, que pasa ahora de presentarse como una imagen escarnecedora o caricaturesca, con un afán meramente insultante, a plantearse desde un punto de vista “científico”: en el siglo de las Luces, del racionalismo y del cientifismo, ese carácter negativo busca una explicación racial, biológica, que ya no afecta sólo a los españoles, sino que se extiende a los pueblos indígenas americanos y al mestizaje. Es el reflejo en la Leyenda de la idea de la preeminencia de la cultura europea racionalista, de base protestante, demostrado en el progreso alcanzado por la misma, como manifestación cultural de la superioridad de la raza europea blanca nórdica, frente a los europeos mediterráneos y, por supuesto, frente a las otras razas humanas, y en consecuencia frente a los mestizajes derivados de éstas. El ejemplo más importante de esta idea se encuentra en la obra de uno de los naturalistas más importantes del siglo XVIII, el francés Buffon, autor de una vasta Historia natural en treinta y seis tomos, que es quien da forma a este pensamiento y quien más influye en todo tipo de autores, hasta culminar esta corriente de pensamiento en la figura de Gobineau, ya en la centuria siguiente. De hecho, no sólo naturalistas, sino gran parte de los historiadores y de los teóricos políticos y religiosos de la época se apoyan en este argumento como uno más de sus fundamentos. El mismo Montesquieu es buena prueba de ello. Esta idea se generaliza ahora entre los libros de viajeros, mayoritariamente franceses e italianos, y trasciende incluso a la literatura, como se observa clarísimamente en el famoso drama Don Carlos, de Schiller.

En cuanto a la visión de la historia de América, todas estas concepciones tienen de una manera u otra su expresión, aunque ello les haga caer en graves contradicciones, y en más de una ocasión de forma permanente. Encontramos así, por ejemplo, la descalificación de España por haber roto un equilibrio perfecto de vida natural, compaginada con la interpretación del hundimiento indígena frente a los españoles dada la inferioridad biológica del indio frente el europeo; pero si era inferior física, cultural y socialmente, ¿cómo se podía dar ese estado paradisíaco, atribuido a una supuesta bondad natural, signo de perfección humana? Son esenciales en esta permanencia de la Leyenda Negra en la historiografía americanista el libro del abate Raynal, ex–jesuita tremendamente resentido para con España y con la iglesia católica, seguidor de las teorías de Buffon en su Historia filosófica y política de los establecimientos en las dos Indias, aparecido en 1770, y la Historia de América del inglés Robertson, aparecida en 1777. Resumiendo, por lo que respecta a la historia de América vista desde Europa se continúa con la tendencia ya existente. Pero la novedad fundamental es que esa imagen se difunde también por los territorios de la América española, junto con el pensamiento ilustrado, entre las elites criollas, siendo por tanto un ingrediente más en la mentalidad de esa generación que crece y se forma en estos años, y que a principios del siguiente siglo liderará la independencia.

 

 

La Leyenda Negra durante la época contemporánea

En el tiempo que transcurre desde la lucha contra Napoleón en la Península y las guerras por la independencia en Hispanoamérica, a comienzos del siglo XIX, hasta hace unos pocos años, cuando resurge la polémica con motivo de las celebraciones del Quinto Centenario, el rasgo más característico de la Leyenda es sin duda alguna el hecho de que ya no se trata de un fenómeno o de una imagen ajena a la América española, “la opinión de otros”, sino que se extiende dentro de la propia España y de las naciones hispanoamericanas, mientras que en Europa y Estados Unidos continúa su vigencia sin cambios más significativos que los que afectan al conjunto de la cultura occidental.

En efecto, podemos decir que en el Viejo Mundo y en los Estados Unidos la Leyenda se mantiene en este periodo por inercia, como una repetición y una mera actualización de esa imagen ya consolidada y esquematizada anteriormente. Hay que destacar el hecho de que, al irse creando en el mundo contemporáneo lo que se ha dado en llamar sociedad de masas o sociedad de la comunicación, donde la formación y el control de la opinión pública juegan un papel de una importancia como nunca había tenido hasta ahora, la Leyenda Negra es uno de los elementos que configuran esa opinión pública en lo que hacia España y a Iberoamérica se refiere, según los intereses de cada momento. De este modo, por su repetición y su permanencia en los medios de comunicación, es como los tópicos de los que venimos hablando se convierten en lugar común, aceptados sin ningún tipo de reflexión crítica, ni histórica ni científica, sino asumidos simplemente por la fuerza de la costumbre.


Así se observa en la organización de las relaciones internacionales hacia las nuevas repúblicas americanas, y fundamentalmente en la consolidación del neocolonialismo surgido en el XIX y aún vigente. En este sentido, es muy significativo el origen y la difusión del término Latinoamérica, creado por los franceses Chevalier y Poucel, como denominación que recoge la mentalidad de la Ilustración y los ideales de la Revolución Francesa, frente al vocablo Hispanoamérica, que conlleva el ideal de monarquía tradicional católica propio de la Corona española; término generalizado para justificar la creciente influencia política y cultural francesa, ejemplo diáfano de los orígenes de ese neocolonialismo, y que culmina con la intervención de Francia en México en los años 60 del siglo XIX. Y, por supuesto, la Leyenda pervive en el enfrentamiento entre el liberalismo y el tradicionalismo político, por cuanto forma parte de esa justificación histórica de las doctrinas políticas de la que se habló en la introducción. Ya en el siglo XX, esa misma pervivencia por causa política se encuentra en las expresiones de los distintos movimientos de izquierda socialistas, comunistas o anarquistas, pero la única diferencia es la del autor de la crítica, siendo las motivaciones y los mecanismos en que se manifiesta los mismos, en el fondo, que desde otras posturas políticas, como pueda ser el liberalismo antes citado. Novedad importante en los últimos cincuenta años es la adopción de estos postulados por parte de los movimientos indigenistas e indianistas, de los que se hablará más adelante.

En cuanto a la historiografía contemporánea, la del siglo XIX es continuadora del racionalismo ilustrado a través fundamentalmente del positivismo histórico, según el cual la Historia es un largo camino del hombre hasta alcanzar el progreso material y el pensamiento “racional”, y sigue las mismas directrices que se han visto anteriormente. Por nombrar algunos de los exponentes más significativos entre los historiadores de la época, citemos a Guizot y su Historia de la civilización en Europa, de 1828–30, o a Madame de Stäel, Weiss, Dozy, Prescott o Michelet: en todos ellos se encuentran referencias al despotismo y al atraso cultural de España, arreciando esta interpretación a finales del siglo, cuando se produzca la crisis del 98, a la que considerarán el lógico epílogo de la historia de España, en comparación con la pujante expansión industrial y colonial de Occidente. En contraste con esa descalificación continuada del conjunto de la nación española y de sus gobernantes, se produce la exaltación y mitificación romántica de determinados personajes históricos, unas veces fruto del individualismo que caracteriza el mundo actual, otras como idealización y anticipación de las ideas contemporáneas frente a la mentalidad anterior, atribuida caprichosamente a estas figuras; los casos más expresivos son los de Cristóbal Colón, podríamos decir que como la audacia frente a la superstición, o el padre Las Casas, como la solidaridad enfrentada con la autoridad. Por el contrario, a lo largo del siglo XX, cuando la Historia se consolida como una disciplina por sí misma y consigue desprenderse poco a poco de la servidumbre de la política y del doctrinarismo (algo de lo que, en cualquier caso, nunca se podrá desligar completamente), y centrarse en el rigor metodológico de la investigación y no tanto en la interpretación, se abre paso una profunda revisión que va situando paulatinamente a la historia de España y de América cada vez más cerca de la realidad. Ya existían los encomiables precedentes de Humboldt y de Lord Kingsborough, pero será en este siglo cuando proliferen nombres como Adolf Bastian, Paul Rivet, Edward Seler, Henry Pirenne, e incluso ardientes panegiristas como W.T. Walsh; en las décadas posteriores a la segunda Guerra Mundial, no puede olvidar a Fernand Braudel, John Elliot, Pierre Chaunu, Marcel Bataillon o Stanley Payne, entre muchos otros afortunadamente.


Pero donde más llama la atención esa permanencia de los tópicos de la Leyenda es en el aspecto racial, algo por otra parte lógico, en cierto modo, si se tiene en cuenta que es en la segunda mitad del siglo pasado y a lo largo del XX cuando el racismo como tal ha tenido una formulación más elaborada y más “científica” que nunca, desde que el anteriormente citado conde de Gobineau publicara en 1853 su Ensayo sobre la desigualdad de las razas humanas. Sólo así se comprenden plenamente las palabras de Adolf Hitler en su Mein Kampf: “La América del Norte, cuya población está formada en su mayor parte por elementos germánicos que apenas sí llegaron a confundirse con las razas inferiores de color, exhibe una cultura y una humanidad muy diferente de las que exhiben la América Central y del Sur, pues allí los colonizadores, principalmente de origen latino, mezclaron con mucha liberalidad su sangre con la de los aborígenes”[8]. Y así se pueden enumerar multitud de ejemplos de desprecio y discriminación hacia lo hispano, extendidos incluso en nuestra propia sociedad como xenofobia hacia lo iberoamericano, como queda bien patente en el término sudaca. Esta actitud no es exclusiva hacia la población hispanoamericana, sino que también, se encuentra en la continuidad del tópico acerca del carácter de los españoles, aunque, efectivamente, con un tono mucho menos racista estrictamente hablando, sino más bien como algo exótico e irracional, pasional, frente a la rutina metódica y a la frialdad racional del mundo occidental; imagen de raíz romántica que nace de los viajeros y escritores del XIX, como fueron Lord Byron, Dumas, Washington Irving con sus Cuentos de la Alhambra, o Prosper Merimée con su Historia del reinado de Pedro I de Castilla y, fundamentalmente, con su archiconocida Carmen, y continuados con los relatos de la España taurina y belicosa, por ejemplo, de Ernest Hemingway. Ciertamente, esta deformación romántica no es explícitamente negativa hacia los españoles, pero no por ello deja de ser una imagen falsa.

Como se decía al principio de este apartado, la novedad más importante de la Leyenda Negra en el mundo contemporáneo es su difusión y su asunción en Hispanoamérica. Esto es debido a la complicada historia política de España y de las repúblicas iberoamericanas durante los últimos casi doscientos años, marcada en el caso de la primera por la ruptura progresiva con una tradición política[9], y por el afianzamiento de la identidad de las nuevas naciones en las segundas.


Ya se indicó en el periodo anterior cómo con la difusión, en mayor o menor grado, de las ideas ilustradas entre los criollos, se extenderá también la interpretación histórica de la Leyenda, y que esa generación es la que conduce a la independencia. Muchos de los líderes más importantes, especialmente los más doctrinarios, como Francisco Miranda (fundador en Londres de la logia masónica conocida con su propio nombre), Antonio Nariño, o Simón Bolívar, se sitúan en ese pensamiento. Por centrarnos tan sólo en el caso de Bolívar, considerado por muchos como el padre de la independencia, nos encontramos con una admiración absoluta por la imagen idealizada que se tenía del padre Las Casas y por la interpretación de la historia de América del padre Raynal, pero sustituyendo la relación conquistador–malo–explotador frente al indio–bueno–víctima por la de español (peninsular)–malo–explotador frente al criollo–bueno–víctima como uno de los pilares básicos de su propaganda; esto se aprecia claramente en sus manifestaciones políticas, como es el Discurso de Angostura, de 1819, uno de los más trascendentes. Pero también lo vemos en documentos de índole personal, que por su carácter privado permiten suponer una mayor sinceridad; así, en la conocida Carta de Jamaica, remitida al inglés Henry Cullen en 1815, y que fue publicada por la prensa inglesa y estadounidense en 1818, dice textualmente: “«Tres siglos han transcurrido –dice usted– desde que empezaron las barbaridades que los españoles cometieron contra los naturales de la América»; barbaridades que la edad presente se ha rehusado a creer, considerándolas fabulosas, pues parecen traspasar los límites de la depravación humana (...) Pero el velo por fin se ha rasgado; aun cuando la España quiso mantenernos en la oscuridad ya hemos visto la luz. Hemos roto nuestras cadenas; ya somos libres (...) Bajo el orden español, que hoy en día se impone quizá con mayor rigor que nunca, los americanos ocupan en la comunidad el lugar de las bestias de laboreo”[10]. Esa tendencia se continúa desde entonces, con momentos de mayor o menor insistencia; en el siglo XIX va a ser esencial el esfuerzo por escribir una historia que dé sentido a las nuevas naciones, diferenciándolas de las demás repúblicas y creando ese sentimiento nacional, las más de las veces nacionalista. Destacan en esta tarea figuras como el mexicano Servando Teresa de Mier o el chileno Francisco Bilbao, quien en 1864 publica en Buenos Aires El Evangelio Americano, donde, a la vez que identifica repetidamente la acción de España con la Iglesia Católica, afirma en su página 38 que “el progreso consiste en desespañolizarse”[11], único remedio para salir del presunto atraso en que sitúa a América y para afianzar el Estado independiente, según el modelo liberal frente al tradicional hispánico. Dentro de ese esfuerzo de adoctrinamiento juegan un papel importantísimo los textos escolares de historia y los llamados catecismos políticos y de la independencia, algunos de ellos incluso titulados con ese mismo nombre de “catecismo. En resumen, se parte de la descalificación de España para justificar la independencia y del rechazo de la herencia española para consolidar la nueva nacionalidad.

En el siglo XX esta postura se mantiene por inercia, intensificándose simplemente cuando es propagandísticamente útil a los intereses políticos del momento, tanto respecto a las relaciones con España (por poner sólo dos ejemplos, la actitud de los gobiernos mexicanos contra el régimen de Franco, o las acusaciones de neocolonialismo hacia España en algunos medios de la prensa chilena, con motivo del enrarecimiento de las relaciones entre España y Chile con motivo del asunto Pinochet, a lo largo de 1999) como en lo que se refiere al discurso político interno de los diferentes países: en una situación inestable como es la de Iberoamérica en el siglo XX, nada mejor que echar la culpa de los problemas del presente a las secuelas de la colonización en lugar de a la incompetencia de los gobernantes actuales, intentando así evitar responsabilidades y críticas ante la opinión pública del propio país.


También en España toma carta de naturaleza esta imagen negativa al amparo de las luchas que, a lo largo de todo el siglo XIX y una parte importante del XX, se producen entre las dos grandes corrientes políticas que pugnan en la política española, y que se puede simplificar en el enfrentamiento entre los ideales de la Revolución Francesa (desde el liberalismo hasta la izquierda) y los principios de la Monarquía tradicional española (desde los carlistas y los conservadores del siglo XIX hasta las corrientes autoritarias del XX). Hay que recordar que este enfrentamiento es tan violento como para desencadenar varias guerras civiles, desde la que transcurre soterrada bajo la guerra contra Napoleón de 1808–14 hasta la Guerra Civil de 1936–39[12]. Esa lenta y conflictiva implantación del sistema liberal en España se presenta con la idea de “rehacer a España”, lo que implica una decadencia previa, que se supone que es la que sufre España desde finales del siglo XVI hasta el siglo XVIII, debida al lastre que supusieron los tópicos que aquí se han mostrado: intolerancia religiosa, organicismo político, etc. Esta es la línea seguida por los historiadores románticos, positivistas, liberales y progresistas durante estos dos siglos, destacando las figuras de quien fuera presidente del gobierno con Isabel II, Francisco Martínez de la Rosa, tanto en El espíritu del siglo, de 1835, como, y fundamentalmente, en su Bosquejo histórico de la política de España desde los tiempos de los Reyes Católicos hasta nuestros días, de 1857, o el republicano Miguel de Morayta, Gran Maestre del Gran Oriente de la Masonería española, en los nueve volúmenes de su Historia de España, aparecida en 1889. Revisionismo histórico que se resume en aquella expresión de que había que “cerrar con siete llaves el sepulcro del Cid”, y que llevó al poeta Joaquín Bartrina a componer estos célebres versos:

“Oyendo hablar a un hombre, fácil es
acertar dónde vio la luz del sol:
si os alaba a Inglaterra, será inglés,
si os habla mal de Prusia, es un francés,
y si habla mal de España, es español.”

Revisionismo, por otra parte, que no dejó de verse rebatido de forma constante, unas veces con vehemente apasionamiento, caso de Marcelino Menéndez y Pelayo, otras con mayor mesura de formas, que no de fundamentación, caso de Rafael Altamira y Crevea. Esta actitud es la que desembocará, en el cambio de siglo estigmatizado por el Desastre del 98, en la formulación de lo que se conoce como “el problema de España”, y que ha marcado el pensamiento histórico español a lo largo de todo el siglo XX, desde el Regeneracionismo de Costa y Ganivet y la Generación del 98 hasta los debates de nuestros días en torno a los nacionalismos y a la organización del Estado. Precisamente vinculado a ese “problema de España” crece en los últimos cien años una crítica atroz no sólo contra la historia, sino contra la propia esencia de España, que recoge muchos de los supuestos de la Leyenda Negra, y que es la historiografía de corte separatista, de graves repercusiones por su intrusión en la enseñanza escolar desde mediados de la década de los 80. Y es que todos los nacionalismos parten, entre otras fuentes, de un discurso histórico, de una lectura maniquea del pasado, y los separatismos de nuestro siglo actúan en esto como unas líneas más arriba vimos que lo hacían los próceres de la independencia americana: si la historia descalifica la actuación de España, y si la descalifica globalmente, entonces nos sobra España. Asunto grave y candente éste cuyas repercusiones sobrepasan los objetivos de este trabajo.

 

 

La polémica del V Centenario

A pesar de todas las inercias y de todos los intereses implicados en el asunto que nos ocupa, ya se señaló cómo la investigación histórica, a lo largo de su desarrollo en los últimos tiempos, ha ido lenta pero inexorablemente situando las cosas en su lugar, fundamentalmente en los últimos cincuenta años (al menos en lo que se refiere al esfuerzo intelectual; otra cosa es la opinión popular, o mejor dicho, popularizada, como se verá en las conclusiones). Sin embargo, con motivo del V Centenario del Descubrimiento de América se observó a una reactivación de la propaganda empleando los viejos tópicos, ceñida en este caso a la cuestión religiosa y a la empresa americana. Y es que la fecha de 1992 supuso una ocasión para nuevos enfrentamientos, esta vez casi exclusivamente de tipo político, que, como es habitual, manipulan la historia como instrumento propagandístico.

En esta ocasión la contienda sociopolítica se puede simplificar en tres frentes, siendo recuperada la Leyenda en cada uno de ellos conforme a su utilidad para los intereses en juego. Por un lado se encuentran las reclamaciones de los movimientos indigenistas e indianistas, en su mayor parte influidos o directamente alineados por los grupos de izquierda y extrema izquierda, que recuperan el discurso del genocidio, el etnocidio y la explotación de los indios para legitimar sus reivindicaciones. Esta postura, formulada en su plenitud en el Congreso Internacional de Indigenismo convocado por las Naciones Unidas en Ginebra, en 1987, tuvo como uno de sus principales difusores al escritos uruguayo Eduardo Galeano, quien recoge todos estos planteamientos en su libro Las venas abiertas de América Latina, donde denuncia la situación actual de los grupos oprimidos americanos como resultado de la conjunción capitalismo–colonialismo–cristianismo. En ese sentido se manifestó la Delegación Indígena Unitaria de Guatemala, entre los que se encontraba la premio Nobel de la Paz en 1990 Rigoberta Menchú, representante del Comité de Unidad Campesina, en 1990 ante el grupo de Trabajo de la ONU sobre poblaciones indígenas: “Hace quinientos años, los primeros europeos comenzaron a llegar a nuestras tierras que ellos llamaron América. Lo que pudiera haber conducido a un fructífero intercambio entre diferentes culturas, desembocó en lo contrario. Durante cinco siglos hemos sido las víctimas de una expansión colonialista que nos sometió a un genocidio brutal”; y terminaban clamando: “Por el fin de quinientos años de opresión y discriminación, y el inicio del verdadero encuentro de dos culturas en base a la igualdad, la justicia y la paz”[13].


Por otra parte, la situación de empobrecimiento de los países iberoamericano, con el grave problema de la deuda externa, y el replanteamiento de las relaciones internacionales sobre el triángulo Iberoamérica–Estados Unidos–Comunidad Europea (en la que se integra España), hace que en torno a las celebraciones del V Centenario muchos gobiernos (más allá del debate entre encuentro y descubrimiento, que responden más bien al viejo intento por reafirmar su identidad nacional) iberoamericanos intentan, recobrando el discurso de la dependencia colonial, difundir la idea de una “deuda histórica” de España hacia las naciones americanas aún pendiente, en un intento de asegurarse una especie de intermediación del Estado español entre el mundo occidental desarrollado e Iberoamérica (papel por otra parte que España, bien o mal, ha cumplido y cumple de todos modos, como puente entre Europa y América, y que es una de las bazas que juega en el seno de la Comunidad Europea). Igualmente, para muchos gobernantes, ante su incapacidad política, la corrupción de sus gobiernos o del Estado, y los resultados negativos de su gestión, resulta un fácil recurso achacar los problemas actuales de su país a las herencias del pasado, culpando a Colón y a los Reyes Católicos, por ejemplo, para distraer la atención sobre su propia incompetencia o su corrupción.

En tercer lugar, el enfrentamiento abierto que se da entre varias corrientes de la llamada Teología de la Liberación con la Santa Sede y con el resto de la Iglesia Católica, con las implicaciones sociales y políticas en que este conflicto está inmerso, conlleva una revisión de la historia de la evangelización de América y, por asociación, de toda la colonización. Y ello no sólo en cuanto a su desarrollo y extensión, sino fundamentalmente en lo que respecta a los métodos, a las relaciones con los pueblos y culturas indios, y a la relación con el Estado (en aquellos momentos, la Corona española, por lo que, cuando interese, se extiende la crítica a la historia de España). Esa línea es la que promovieron, por ejemplo, los distintos Congresos de Justicia y Paz, alineados en esa Teología de la Liberación; en el IV de ellos, celebrado en Madrid entre el 20 y el 22 de Abril de 1990, se recogen entre sus conclusiones: “1– Si repasamos y analizamos la historia de América Latina, desde que los conquistadores llegaron a este continente, historia caracterizada –salvo honrosas excepciones– por la masacre y destrucción de las culturas indígenas, constatamos que este acontecimiento, hoy tan glorificado, realmente no supone un gran avance en la historia liberador de esos pueblos y de la Humanidad, y, por tanto, tampoco en la realización del Reino de Dios. (...) 8– Por último, frente a toda la parafernalia oficial que está organizando el gobierno español ante el aniversario del V Centenario [sic], afirmamos: –Que nosotros no tenemos nada que “celebrar”. –Que todas estas celebraciones oficiales realmente encubren (y no descubren) la realidad doliente de América Latina. –Que no se puede hablar de encuentro de las culturas cuando día a día estamos cerrando las puertas a estos países (véase, por ejemplo, nuestra actual ley de extranjería). (...) Por ello insistimos a todos los sectores sociales a movilizarse contra las celebraciones oficiales que se organicen con motivo del V Centenario, planteando una alternativa solidaria y de denuncia de la actual realidad latinoamericana. Firmado: Colectivo Verapaz”[14].


Estas tres líneas críticas no se desarrollaron de forma aislada, sino que se plantearon íntimamente relacionadas entre sí, marcada la mayor o menor ligazón entre ellas simplemente por la conjunción de distintos intereses, siendo la hipótesis más utilizada en esa propaganda, expuesta aquí de forma simplificada, la del genocidio provocado por una barbarie conquistadora que busca la explotación económica mediante la esclavitud y la opresión bajo la excusa de la religión, traicionando así la “verdadera evangelización”, y siendo todo ello raíz de la actual situación de desvertebración social interna y de dependencia neocolonial del exterior.

A pesar de toda la polémica desatada en los años previos a 1992 y de la violencia que se pudo observar en muchas de las campañas al respecto, una vez pasada la conmemoración, y por tanto perdido con ello su vigencia en los medios de comunicación, la situación ha vuelto a calmarse, entrando en el periodo en que nos encontramos cuando se escriben estas líneas, las celebraciones en torno a otros aniversarios, el de Carlos I y el de Felipe II, y el del desastre del 98, se han abordado con un casi total desapasionamiento y con la serenidad que era deseable, permitiendo una ocasión para olvidar los viejos tópicos y afrontar el futuro desde un acercamiento más profundo y sincero con la Historia. Y es agradable destacar el papel que la historiografía no hispana, ya sea estadounidense, francesa o inglesa, juega en estos momentos, aportando un positivo bagaje tanto de conocimientos como de interpretaciones, superando esos supuestos con que, a lo largo de estas páginas, hemos intentado analizar y explicar qué es y en qué consiste la Leyenda Negra.

 

 

Conclusiones

En resumen, la Leyenda Negra atacaba a España no tanto por envidias nacionalistas, sino porque la España unificada que surge del final de la Reconquista y del reinado de los Reyes Católicos, la que va a descubrir el Nuevo Mundo y a convertirse en árbitro mundial durante trescientos años, alcanza ese papel por su identificación con una mentalidad, con una cosmovisión que es la que le otorga la religión católica, como se mostraba al inicio. Y sobre esta base religiosa, el modelo político, social y cultural de la España Imperial responde, con sus aciertos y sus errores como toda obra humana, al Orden Social Cristiano que se ha desarrollado desde la idea del Imperio Romano, de la filosofía medieval, y de la moral cristiana. Y eso es lo que la Leyenda Negra pretendía desacreditar. Por supuesto, la Leyenda no actúa como un sujeto personal con vida propia, sino que es simplemente un medio, un instrumento, para crear una opinión generalizada, utilizado en la pugna que, durante los últimos siglos, ha vivido el mundo entre dos cosmovisiones, dos paradigmas filosóficos, que han configurado la historia de Occidente desde la desaparición del mundo antiguo: la mentalidad Tradicional, y el pensamiento de la Modernidad.

Lo que inicialmente era abierta propaganda militante pasó con el tiempo a presentarse como una realidad demostrada por el estudio y la razón, con lo que podía extenderse a quienes no estaban implicados directamente en las disputas anteriores y por tanto se mantenían al margen de esa propaganda. Así, se extendió buscando crear una opinión pública mayoritaria que aceptase, como toda opinión publica, tales supuestos sin crítica, confiando en la honestidad de intelectuales y políticos. Con el tiempo, el propio avance de las distintas disciplinas del saber se encargaría de desmontar esos tópicos, pero como ocurre siempre en el campo de las mentalidades, la erudición y el estudio no llevan la misma velocidad de cambio que la opinión pública, mucho más lenta y sujeta a la inercia, situación que más o menos describe el panorama actual.

Y es que, como dijo Walter Raleigh, “No es la verdad, sino la opinión, la que viaja por el mundo sin pasaporte”.

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Javier Sáenz del Castillo y Caballero

 

Bibliografía

 

-         ARNOLDSON, Sverker. La Leyenda Negra: estudios sobre sus orígenes. Gotemburgo, 1960. Publicaciones de la Universidad de Gotemburgo.

-         CARBIA, Rómulo. Historia de la Leyenda Negra hispanoamericana. Madrid, 1944. Publicaciones del Consejo de la Hispanidad.

-         GARCÍA CÁRCEL, Ricardo. La Leyenda Negra: historia y opinión. Madrid, 1992. Alianza Editorial.

-         GONZÁLEZ ANTÓN, Luis. España y las Españas. Madrid, 1997. Alianza Editorial.

-         HANKE, Lewis. La lucha por la justicia en la conquista de América. Madrid, 1988. Editorial Istmo.

-         JUDERÍAS, Julián. La Leyenda Negra. Madrid, 1986. Swan, Avantos y Hakeldama.

-         MAEZTU Y WHITNEY, Ramiro de. Defensa de la Hispanidad. Madrid, 1997. Editorial Rialp.

-         MOLINA MARTÍNEZ, Miguel. La Leyenda Negra. Madrid, 1991. Editorial Nerea.

-         PÉREZ AGUDO, Eduardo. La Leyenda Negra en la epopeya de América. Barcelona, 1994. Asociación de la Prensa de Barcelona.

-         POWELL, Philip W. Árbol de odio. Madrid, 1972. Ed. José Porrúa.

-         QUESADA MARCO, Sebastián. La leyenda antiespañola. Madrid, 1967. Publicaciones Españolas.

-         ZAVALA, Silvio. Filosofía de la Conquista. México D. F., 1984. Fondo de Cultura Económica.

Notas

[1] El término “Leyenda Negra” se debe a Julián juderías, quien publicó su obra así titulada en 1914.

[2] MARÍAS, Julián. La España inteligible. Madrid, 1986. Alianza Editorial. Cap. XVII, “La Leyenda Negra y sus consecuencias”; pp. 200-201.

[3] Es muy significativo al respecto el contraste entre las posturas sostenidas por Julián MARÍAS, op. cit., y Ricardo GARCÍA CÁRCEL en su introducción a La Leyenda Negra. Historia y opinión. Madrid, 1992. Alianza Editorial.

[4] GARCÍA CÁRCEL, op. cit.; p. 48.

[5] GARCÍA CÁRCEL, op. cit; p. 87.

[6] Son especialmente significativos los juicios que emite en el Libro VIII, capítulo XVIII; en el Libro XXI, capítulo XXII; y en el Libro XXV, capítulo XIII.

[7] Citado por JUDERÍAS, Julián. La Leyenda Negra. Madrid, 1986. P. 186.

[8] HITLER, Adolf. Mi lucha. Barcelona, 1987. Editors S.A. Cap. “Nación y raza”, p. 139.

[9] Una de las mejores interpretaciones, desde una visión tradicionalista, de esta ruptura es la que da Rafael Gambra en La primera guerra civil de España (1821–1823). Madrid, 1972. Editorial Escelicer. Fundamentalmente en “Una continuidad truncada,”, pp. 23–25, y en el capítulo IV, “La unidad de nuestra historia”.

[10] BOLÍVAR, Simón. La Carta de Jamaica. Edición de Francisco Cuevas Cancino, México D. F., 1975. El Colegio de México. Pp. 43, 45 y 58.

[11] Citado por CARBIA, Rómulo. Historia de la Leyenda Negra hispanoamericana. Madrid, 1944. Publicaciones del Consejo de la Hispanidad. P. 177.

[12] Vid. GAMBRA, op. cit.

[13] COLECTIVO VERAPAZ. IV Congreso Justicia y Paz. Salamanca, 1990. Editorial San Esteban.

[14] COLECTIVO VERAPAZ, op. cit.

 

2005.03-Agradecemos a la fuente: http://www.arbil.org/90leye.htm

 

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Causas de la independencia hispanoamericana

 

por María Saavedra Inaraja

El proceso histórico que culmina con la proclamación de las repúblicas independientes en el espacio americano que había formado parte de la Corona española es consecuencia de una multiplicidad de factores que es difícil sistematizar. El presente trabajo se va centrar en el análisis de las circunstancias que propiciaron el ciclo independentista desarrollado entre 1808 y 1824

Trataremos de describir las diferentes situaciones que causaron el debilitamiento primero y la ruptura posterior de los lazos que mantenían unidos a la Monarquía española y sus territorios de ultramar Los territorios americanos (Cuba, Puerto Rico) y del Pacífico (Filipinas) que aún continuaron vinculados a España corresponden a otro capítulo de nuestra historia.

Será en el reconocimiento de estas circunstancias donde encontremos los motivos del proceso emancipador, y podremos así establecer una sistematización de las causas que condujeron a dicho proceso.

La realidad americana a finales del siglo XVIII

Las reformas borbónicas que afectaron a todos los territorios de la Corona española en el siglo XVIII se dejaron sentir de una manera muy especial en América. De algún modo se rompe con la tradición económica e institucional de los territorios americanos, al buscar los gobernantes un mayor control sobre aquellos reinos, dentro de las limitaciones marcadas por la inmensa distancia que los separa de la capital de España.

Los reglamentos de comercio de 1765 y 1778 orientados a ampliar un “comercio  libre y protegido” entre España y América generan un problema: la desprotección de la industria americana, que decae.  En cambio, los cambios en el comercio sí traerán como consecuencia la aparición de una nueva clase de comerciantes con mayores conocimientos profesionales. Este sector, que ve aumentar su poder económico, buscará acompañarlo de una mayor presencia política. Especialmente significativo resulta este proceso en lugares como Venezuela, Chile y Río de la Plata. Y será precisamente en estos territorios, alejados de la América nuclear, en los que se encenderán las primeras chispas independentistas.

En cuanto a la organización administrativa de la América española, también es preciso señalar algunos cambios, que buscan racionalizar el gobierno de un territorio inmenso. De esta manera, en el siglo XVIII se crean dos nuevos virreinatos, el de Río de la Plata y el de Nueva Granada y se funda la Comandancia General de las Provincias Internas de la Nueva España. Junto a estas demarcaciones se impondrá la división e intendencias, siguiendo el modelo francés importado a España por los monarcas de la dinastía Borbón.


Estas novedades, que buscan un mayor control sobre el territorio y los súbditos americanos, van a chocar con el creciente deseo de autonomía fomentado por la burguesía criolla desde tiempo atrás. Y como señala Lynch, “para que los motivos de queja se convirtieran en reclamaciones, el patriotismo en nacionalismo y el resentimiento en una revolución, los hispanoamericanos necesitaban una coyuntura favorable que les permitiera tomar la iniciativa” [1]. Y esta coyuntura se dio a partir de 1796, cuando se iniciaron los enfrentamientos con Gran Bretaña, y llega a su momento más crítico entre 1808 y 1810 con la crisis dinástica generada en la Península.

Las causas de la independencia

Para tratar de establecer una sistematización de las causas próximas y remotas que desembocan en la emancipación de los territorios americanos, dividiremos las mismas en dos grupos: las que tiene su origen en el propio territorio americano, y las que se localizan en la realidad peninsular.

a)      Causas internas: madurez y situación de conflictividad

Partiendo de los cambios señalados anteriormente y que podemos encuadrar en las reformas borbónicas del siglo XVIII, reconocemos como grupo impulsor de la independencia a una minoría criolla que se ha visto despojada del control del territorio americano y que a la vez ve aumentar su poder económico.

Con anterioridad a 1808 se habían dado frecuentes movimientos rebeldes que generaban inestabilidad en aquel continente. Pero estos movimientos, algunos incluso de origen indígena, no buscaban subvertir el orden establecido. Querían mejoras sociales o económicas que aliviaran sus condiciones de vida. De hecho, tales levantamientos, como el de Tupac Amaru en Perú (1780), el efecto que consiguen es concienciar a los españoles (criollos o peninsulares) de que si quieren mantener el orden social deben permanecer unidos. El miedo a la violencia social retardará en algunos territorios –de manera significativa en el virreinato del Perú- la adhesión a la causa emancipadora.

De los movimientos revolucionarios anteriores a 1808 el único que propiamente puede considerarse precursor de la independencia es el de Francisco de Miranda.  Viajero, intrigante y revolucionario nato, promovió ideológicamente la independencia de Hispanoamérica. Desde los Estados Unidos organizó una expedición “libertadora” a Venezuela que fracasó por falta de apoyo, en 1806.

Siguiendo a Francisco Morales Padrón, podemos señalar algunas causas de los procesos de independencia. Pero, tal y como este autor señala, ninguna de ellas puede considerarse como causa única, ni se pueden generalizar para todo el territorio de Hispanoamérica. Se trata de una serie de factores que se dieron en mayor o menor medida dependiendo de los lugares y las épocas. Incluso algunas de estas causas fueron reformuladas a posteriori por los artífices de la emancipación.

- La negligente administración y la inmoralidad burocrática. No se puede negar que en muchas ocasiones los puestos de la administración no eran ocupados por las personas más idóneas, y que fue frecuente la venta de cargos. Por otra parte, generalizar las deficiencias y lentitud del régimen administrativo a todo el mundo hispanoamericano sería una injusticia.

- El régimen mercantil monopolista. Pero el monopolio era practicado por todas las demás potencias europeas, y además, el monopolio durante el siglo XVIII se había convertido en una ficción. Cuando las nuevas repúblicas decreten el comercio libre lo que están haciendo es sancionar una situación que se daba “de facto”.

- La relajación de costumbres, de la que se acusaba especialmente a los miembros del clero. Cierto que se daban casos de personas sin verdadera vocación, y que buscaban medrar en la carrera eclesiástica, pero sería una falta de rigor hacer esta acusación de manera general para todos los eclesiásticos.

- La postergación de los criollos para los cargos en la administración. Esta situación se dio especialmente a la llegada de los Borbones, que, como vimos buscan un mayor control de aquellos reinos. En cualquier caso, también habría que matizar esta afirmación y trasladarla fundamentalmente al siglo XVIII.

- La tiranía, oscurantismo y censura llevada a cabo desde la península. Esta acusación, generalizada, tiene mucho de falsedad, teniendo en cuenta los esfuerzos que la monarquía dedicó a elevar el nivel cultural de sus súbditos, a uno y otro lado del Atlántico. Como señala Morales, “España salpicó sus reinos de centros culturales y docentes”. Y sobre el papel de la Inquisición, precisamente es en las últimas fases del movimiento revolucionario, cuando de manera poco lógica, y en parte presionada por el propio rey, condena dicho movimiento.

- La concepción patrimonial del Estado y el sentimiento regionalista. Los reinos indianos estaban unidos a España pero en la persona del rey. Este sentimiento es fundamental a la hora de analizar la actitud de las Juntas que se constituyen en América y que dejan de acatar la autoridad de la Junta Central o, más tarde, de la Regencia.

- La servidumbre a que estaba sometidos los indígenas. Esta razón será esgrimida en algunos momentos, sobre todo para atraerse a la causa patriótica a las masas indígenas. Estas eran, en principio, mucho más reacias a sumarse a la revolución, y de hecho al triunfar los movimientos promovidos por las oligarquías criollas, las condiciones de esta población tardarían en mejorar.

En cuanto a las motivaciones de carácter ideológico que pudieran impulsar los procesos independentistas, debemos ser cautos a la hora de establecer similitudes con otros movimientos revolucionarios más o menos contemporáneos. El espíritu que mueve a la emancipación hispanoamericana es peculiar y resultado de un conjunto de hechos que no encuentran paralelismos en otros lugares.

Por este motivo no tiene demasiado sentido hablar de los modelos revolucionarios norteamericano o francés para adaptarlo a las circunstancias de la América española. No cabe duda que las ideas ilustradas llegaron a América, pero prendieron en una élite minoritaria. Como señala Lynch [2] , la Ilustración no fue causa de la Independencia, pero sí la fuente en que sus líderes bebieron para justificar, defender y legitimar sus acciones, antes, durante y después de la revolución.


En cuanto al posible influjo de la Revolución Francesa, los líderes de la emancipación, la minoría criolla, rechazará con horror los excesos a los que condujo la revolución en Francia. De hecho, los primeros movimientos revolucionarios en Hispanoamérica  son  una reacción frente a todo lo que Napoleón representaba. Después sí se dejará sentir la influencia francesa, pero más en su vertiente de pensamiento político liberal.

b)      Causas en la Península: crisis dinástica

Los sucesos acaecidos en la Península durante los últimos años del siglo XVIII y los primeros del XIX explican en gran medida la respuesta americana en este período. Y podemos resumir esta realidad señalando que, independientemente de la situación política que se diera en la Península, los sucesivos gobernantes fueron incapaces de comprender la realidad americana. Tomaron sus decisiones sobre Hispanoamérica sin conocer en absoluto –o ignorándola de hecho- la problemática y las reacciones  que allí se producían como consecuencia de la crisis vivida en la Península.

La Revolución Francesa y el posterior desarrollo de los acontecimientos en Europa llevan a España a embarcarse en una política internacional contraria a sus intereses y más aún contraria a los intereses de América. Como consecuencia de la guerra contra Inglaterra el comercio ultramarino se vio duramente afectado. Creció sin control el contrabando, y al autorizar el comercio con las potencias neutrales, al final los grandes favorecidos serán los comerciantes norteamericanos, que verán con muy buenos ojos cualquier acción tendente a lograr la emancipación de sus hermanos del sur.

A partir de 1808 los acontecimientos en América se sucederán al ritmo marcado por la crisis peninsular.

Tras las abdicaciones de Bayona y el levantamiento de los “patriotas” en mayo de 1808, en cada comarca o región de España se constituye una Junta. Esta acción viene justificada por la tesis escolástica sobre la soberanía, que revierte al pueblo en el caso de que el rey no pueda hacer uso legítimo de la misma [3] .

Pero cuando las Juntas son sustituidas por una Junta Central, la actitud de los americanos empieza a ser diferente de la de los peninsulares. Ya no está tan claro que el poder legítimo recaiga sobre esa Junta, en la que no aparecen representados los intereses de los españoles americanos. La Junta Central se mantuvo, además, reservada y fría ante las Juntas americanas. Su autoridad fue en principio acatada con reservas, pero pronto aparecerían Juntas en el Alto Perú y en Nueva Granada (1809).

La crisis no se generalizó en América hasta 1810, y fue motivada por las noticias recibidas acerca de la ocupación de toda la Península por parte de Napoleón. El miedo a que los franceses continuaran sus campañas conquistadoras por Hispanoamérica hizo crecer el sentimiento separatista: no querían correr los americanos la misma suerte que estaban corriendo los peninsulares.


Y cada momento histórico en la Península era una aportación más al estado de crisis que se vivía en América. Cuando se reúnen las Cortes de Cádiz, mantienen esta misma marginación de los territorios americanos; mientras que cada región peninsular puede enviar dos representantes a Cortes, solo uno será convocado por cada región de América.

Y cuando por fin el ejército napoleónico sea expulsado de la Península, tampoco las circunstancias van a ser propicias al acatamiento del poder peninsular. Fernando VII, al recuperar el trono, se empeña en ignorar la voluntad del pueblo que durante ocho años ha luchado por devolver la corona a su rey legítimo.  No reconoce –trata de aniquilarla- toda la labor realizada por las Cortes de Cádiz, y envía a América ejércitos realistas para eliminar cualquier foco separatista.

El rey utiliza la fuerza para mantener una situación que era difícilmente sostenible. Y será precisamente la fuerza lo que falle en 1820. El golpe de Riego, que debía haber mandado sus tropas para acallar la revolución americana, supuso el último impulso que necesitaba el movimiento emancipador. Se trata del mayor servicio que los liberales españoles prestaron –sin saberlo- al movimiento independentista hispanoamericano.

La restauración del régimen liberal en España no iba a satisfacer las apetencias de todos. Los liberales americanos ya no necesitaban la Constitución de Cádiz; querían una propia o, mejor dicho, una para cada región. Y los conservadores, viendo las consecuencias de implantar la Constitución, no eran favorables a ella en absoluto; por eso muchos de ellos apoyarán ahora decididamente la separación. Mientras tanto los constitucionalistas españoles pensaban, ingenuamente, que todos los problemas se resolverían con el nuevo régimen. Creían en la fuerza de la Constitución para acallar todas las voces discordantes en América. Y el resultado no fue ese en absoluto.

El año 1824 viene marcado por un cambio en España, con el regreso del poder absolutista, y también supondrá una fecha clave en América: aquellos territorios, por mucho que el monarca se empeñe en ignorarlo, son irrecuperables.

 

·- ·-· -······-·
María Saavedra Inaraja

Bibliografía:

Para una aproximación a los procesos independentistas de Hispanoamérica, siguen siendo válidas obras que ya se han convertido en clásicos sobre esta materia. Se señala a continuación una pequeña selección de obras de carácter general:

CÉSPEDES, Guillermo (1988): La Independencia de Iberoamérica. La lucha por la libertad de los pueblos. Biblioteca Iberoamericana. Anaya. Madrid.

DELGADO, Jaime (1960): La Independencia Hispanoamericana.  Instituto de Cultura Hispánica. Colección Nuevo Mundo. Madrid.

FERNÁNDEZ ALMAGRO, Melchor (1957): La emancipación de América y su reflejo en la conciencia española. Instituto de Estudios Políticos. Madrid.

HERNÁNDEZ SÁNCHEZ-BARBA, Mario (1988): América Americana 1. Vol 4 de Historia de América. Ed. Alambra. Madrid.

LYNCH, John (2001a): Las revoluciones hispanoamericanas 1808-1826. Ariel. Barcelona.

LYNCH, John (2001b): América Latina, entre colonia y nación. Crítica. Barcelona.

MALAMUD, Carlos (2005): Historia de América. Alianza. Madrid

MORALES PADRÓN, Francisco (1986): América Hispana. Hasta la creación de nuevas naciones. Vol 14 de Historia de España. Gredos. Madrid.

NAVARRO GARCÍA, Luis (Coord.) (1991): Historia de las Américas. Vol III Alhambra Longman. Universidad de Sevilla. Sociedad Estatal para el Quinto Centenario. Sevilla.

PALACIO ATARD, Vicente (1978): La España del siglo XIX.1808-1898. Espasa Calpe. Madrid.


[1] LYNCH, J. (2001b) p. 168

[2] LYNCH, J (2001a), p.33

[3] Esta tesis de la soberanía popular tenía mayor fuerza en la América española que dentro de la propia Península. Los criollos estaban absolutamente imbuidos de las doctrinas tradicionales del derecho castellano, que los Borbones habían tratado de modificar. Sobre este tema, v. DELGADO, J. (1960) y LYNCH (2001b).

http://www.arbil.org/105inde.htm 2006-07-25

 

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Evangelio de san Juan habla de «tres obstáculos para el hombre: la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y la soberbia de la vida» y reza para destruir «el poder de las ideologías, para que los hombres puedan reconocer que están entretejidas de mentiras» y para que «el muro del materialismo» no «llegue a ser insuperable». El Cardenal Ratzinger despliega una visión crítica de la labor de ciertos miembros de la Iglesia: «¡Cuánta suciedad en la Iglesia y entre los que, por su sacerdocio, deberían estar completamente entregados a él! ¡Cuánta soberbia, cuánta autosuficiencia!», escribió el purpurado para la novena estación del Vía Crucis, la tercera caída de Jesús. 2005-03-25 Viernes Santo – Colina vaticana, Roma- Italia.

 

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«Hay que plantar cara a los gregarios que denigran a la Iglesia»

Pero la culpa no es de la sociedad, sino de los propios católicos que viven desganados y apáticos.

 

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La cultura de lo efímero, del hombre light y del vacío tiene también su versión religiosa: la “Nueva Era”. De ella podríamos decir lo de Machado: “La Nueva Era ha venido y nadie sabe cómo ha sido”. Este nadie hay que entenderlo referido al ´´vulgo´´, eufemísticamente entendido conocido como el hombre de la calle. Porque los masones, los enemigos del cristianismo y los proxenetas de las ideas sí que lo saben.

 

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La condición del pueblo mesiánico, que tiene por cabeza a Cristo, es la dignidad y la libertad de los hijos de Dios, en cuyos corazones habita el Espíritu Santo como en un templo. Tiene por ley el nuevo mandato de amar como el mismo Cristo nos amó a nosotros. Y tiene como fin el dilatar más y más el reino de Dios, incoado por el mismo Dios en la tierra, hasta que, al final de los tiempos, Él mismo también lo consume, cuando se manifieste Cristo, vida nuestra, y la misma criatura sea libertada de la servidumbre de la corrupción para participar en la libertad de los hijos de Dios. Este pueblo mesiánico, por consiguiente, aunque no incluya a todos los hombres actualmente y con frecuencia parezca una grey pequeña, es, sin embargo, para todo el género humano, un germen segurísimo de unidad, de esperanza y de salvación. Así como al pueblo de Israel según la carne, peregrinando por el desierto, se le designa ya como Iglesia, así el nuevo Israel, que caminando en el tiempo presente busca la ciudad futura y perenne, también es designado como Iglesia de Cristo. Debiendo difundirse en todo el mundo, entra, por consiguiente, en la historia de la Humanidad, si bien trasciende los tiempos y las fronteras de los pueblos. Caminando, pues, la Iglesia en medio de tentaciones y tribulaciones, se ve confortada con el poder de la gracia de Dios, que le ha sido prometida para que no desfallezca de la fidelidad perfecta por la debilidad de la carne, antes, al contrario, persevere como esposa digna de su Señor y, bajo la acción del Espíritu Santo, no cese de renovarse hasta que, por la cruz, llegue a aquella luz que no conoce ocaso.
Constitución Lumen gentium, 9 – VATICANO II

 

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Sobre los altares es suficiente con que brille la Hostia Sagrada. Sino, como dijo san Hilario + 367 ca., construiríamos iglesias para destruir la fe.

 

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La esperanza de los cielos nuevos y de la tierra nueva

1042 Al fin de los tiempos el Reino de Dios llegará a su plenitud. Después del juicio final, los justos reinarán para siempre con Cristo, glorificados en cuerpo y alma, y el mismo universo será renovado:

La Iglesia ... sólo llegará a su perfección en la gloria del cielo...cuando llegue el tiempo de la restauración universal y cuando, con la humanidad, también el universo entero, que está íntimamente unido al hombre y que alcanza su meta a través del hombre, quede perfectamente renovado en Cristo (LG 48).

1043 La Sagrada Escritura llama "cielos nuevos y tierra nueva" a esta renovación misteriosa que trasformará la humanidad y el mundo (2 P 3, 13; cf. Ap 21, 1). Esta será la realización definitiva del designio de Dios de "hacer que todo tenga a Cristo por Cabeza, lo que está en los cielos y lo que está en la tierra" (Ef 1, 10).

1044 En este "universo nuevo" (Ap 21, 5), la Jerusalén celestial, Dios tendrá su morada entre los hombres. "Y enjugará toda lágrima de su ojos, y no habrá ya muerte ni habrá llanto, ni gritos ni fatigas, porque el mundo viejo ha pasado" (Ap 21, 4;cf. 21, 27).

1045 Para el hombre esta consumación será la realización final de la unidad del género humano, querida por Dios desde la creación y de la que la Iglesia peregrina era "como el sacramento" (LG 1). Los que estén unidos a Cristo formarán la comunidad de los rescatados, la Ciudad Santa de Dios (Ap 21, 2), "la Esposa del Cordero" (Ap 21, 9). Ya no será herida por el pecado, las manchas (cf. Ap 21, 27), el amor propio, que destruyen o hieren la comunidad terrena de los hombres. La visión beatífica, en la que Dios se manifestará de modo inagotable a los elegidos, será la fuente inmensa de felicidad, de paz y de comunión mutua.

1046 En cuanto al cosmos, la Revelación afirma la profunda comunidad de destino del mundo material y del hombre:

Pues la ansiosa espera de la creación desea vivamente la revelación de los hijos de Dios ... en la esperanza de ser liberada de la servidumbre de la corrupción ... Pues sabemos que la creación entera gime hasta el presente y sufre dolores de parto. Y no sólo ella; también nosotros, que poseemos las primicias del Espíritu, nosotros mismos gemimos en nuestro interior anhelando el rescate de nuestro cuerpo (Rm 8, 19-23).

1047 Así pues, el universo visible también está destinado a ser transformado, "a fin de que el mundo mismo restaurado a su primitivo estado, ya sin ningún obstáculo esté al servicio de los justos", participando en su glorificación en Jesucristo resucitado (San Ireneo, haer. 5, 32, 1).

1048 "Ignoramos el momento de la consumación de la tierra y de la humanidad, y no sabemos cómo se transformará el universo. Ciertamente, la figura de este mundo, deformada por el pecado, pasa, pero se nos enseña que Dios ha preparado una nueva morada y una nueva tierra en la que habita la justicia y cuya bienaventuranza llenará y superará todos los deseos de paz que se levantan en los corazones de los hombres"(GS 39, 1).

1049 "No obstante, la espera de una tierra nueva no debe debilitar, sino más bien avivar la preocupación de cultivar esta tierra, donde crece aquel cuerpo de la nueva familia humana, que puede ofrecer ya un cierto esbozo del siglo nuevo. Por ello, aunque hay que distinguir cuidadosamente el progreso terreno del crecimiento del Reino de Cristo, sin embargo, el primero, en la medida en que puede contribuir a ordenar mejor la sociedad humana, interesa mucho al Reino de Dios" (GS 39, 2).

1050 "Todos estos frutos buenos de nuestra naturaleza y de nuestra diligencia, tras haberlos propagado por la tierra en el Espíritu del Señor y según su mandato, los encontramos después de nuevo, limpios de toda mancha, iluminados y transfigurados cuando Cristo entregue al Padre el reino eterno y universal" (GS 39, 3; cf. LG 2). Dios será entonces "todo en todos" (1 Co 15, 22), en la vida eterna:

La vida subsistente y verdadera es el Padre que, por el Hijo y en el Espíritu Santo, derrama sobre todos sin excepción los dones celestiales. Gracias a su misericordia, nosotros también, hombres, hemos recibido la promesa indefectible de la vida eterna (San Cirilo de Jerusalén, 313 + 386 ca. catech. ill. 18, 29).

 

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Es, pues, el Espíritu Santo quien nos hace entender la palabra de Jesús, que es la palabra de Dios, trayendo a nuestra vida esa palabra no como simple recuerdo, sino como una realidad que ha de ser acogida en la fe y la alegría. Gracias al Espíritu conocemos esa palabra y podemos llevarla a la práctica expresando así nuestro amor a Cristo: «El que me ama guardará mi palabra y mi Padre lo amar á y vendremos a él y haremos morada en él» (Jn 14, 23), mientras que la negación de Dios es el rechazo a observar sus mandamientos: «El que no me ama, no guardará mis palabras» (Jn 14, 24).

 

 

“Alegraos en el Señor siempre; lo repito: alegraos. Que vuestra bondad sea notoria a todos los hombres. El Señor está cerca. No os inquietéis por cosa alguna, sino más bien en toda oración y plegaria presentad al Señor vuestras necesidades con acción de gracias. Y la paz de Dios, que sobrepasa toda inteligencia, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús. Por lo demás, hermanos, considerad lo que hay de verdadero, de noble, de buena fama, de virtuoso, de laudable; practicad lo que habéis aprendido y recibido, lo que habéis oído y visto en mí, y el Dios de la paz estará con vosotros.” San Pablo en su carta a los Filipenses 4, 4-9vs.

 

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EL HOMBRE VIVIENTE ES IMAGEN DE DIOS: alegría del Creador

 

EL HOMBRE VIVIENTE ES IMAGEN DE DIOS   

“Cuando contemplo el cielo, obra de tus manos, 
la luna y las estrellas que has creado, 
¿qué es el hombre para que te acuerdes de él, 
el ser humano, para darle poder? 
Lo hiciste poco inferior a los ángeles, 
lo coronaste de gloria y dignidad”(Ps. 8).   

El ser humano, varón y mujer, excelsa criatura de Dios, ha sido “coronado” por Dios con su amor. La grandeza, la dignidad y el valor de su humanidad radican en el ser partícipe del misterio de Dios, que es “amor”. El amor del “Padre por siempre” (Is 9,5) es la “corona” del hombre, pues lo reviste de trascendencia. Sin embargo, frente a tal grandeza, gloria y honor, no dejamos de experimentar dolores, males y límites. Uno de los límites, con todas las preguntas que suscita, lo presenta la discapacidad mental y física, o la combinación de ambas. 

Esto contrasta ampliamente con el dato bíblico que revela el misterio de los orígenes: El ser humano, todo ser humano, es criatura de Dios y es un ser viviente a imagen y semejanza de Dios.   

“Y dijo Dios: ‘Hagamos al ser humano a nuestra imagen y como semejanza nuestra’… Creó, pues, Dios al ser humano a imagen suya, a imagen de Dios le creó: macho y hembra los creó”(Gen 1,26-27).   

“El día en que hizo Yahveh Dios la tierra y los cielos, no había aún en la tierra arbusto alguno del campo, y ninguna hierba del campo había germinado todavía, pues Yahveh Dios no había hecho llover sobre la tierra, ni había hombre que labrara el suelo. Pero un manantial brotaba de la tierra, y regaba toda la superficie del suelo. Entonces Yahveh Dios formó al hombre con polvo del suelo, e insufló en sus narices aliento de vida, y resultó el hombre un ser viviente”(Gen 2,4-7).   

 

 

 

 

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Recomendamos vivamente: ‘Historia de la Inquisición en España y América’ – El conocimiento científico y el proceso histórico de la Institución (1478-1834). Obra dirigida por don Joaquín PÉREZ VILLANUEVA y Bartolomé ESCANDELL BONET. Es una elevada tarea historiográfica con planteamientos científicos, bases documentales, tratamiento y lenguaje actuales. Y:

La inquisición española - Editorial: BAC- Centro de estudios inquisitoriales- Madrid-España. Autora:(Comella Beatriz.- Rialp, Madrid) Breve-óptimo libro.

 

La Inquisición – la institución, quizás más polémica de cuantas han existido –porque el formidable proceso de secularización moderna la fue convirtiendo paulatinamente en una de las muestras de la mentalidad pretérita más incomprensibles para nuestra sociedad, de valores normativos antitéticos a los de aquella lógica histórica, y porque, por otra parte, ha sido siempre el arma preferida para la batalla ideológica contra determinadas realidades históricas-, no había sido objeto de una Historia amplia, por parte de los españoles, desde la obra del afrancesado José Antonio Llorente, aparecida en los primeros lustros del siglo XIX.

 

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'JESUCRISTO PADECIÓ BAJO EL PODER DE PONCIO PILATO,
FUE CRUCIFICADO, MUERTO Y SEPULTADO'
Evangelio según San Lucas, Cap.3, vers.1º: El año decimoquinto del reinado del emperador Tiberio, cuando Poncio Pilato gobernaba la Judea, siendo Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Felipe tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene…

Crucifixión de San Pedro: fue crucificado al revés cabeza abajo - Pergamino con San Pedro en cruz invertida, de Maguncia- Alemania; entre el 900 y el 1000ca. - Museo Diocesano de la Catedral Maguncia (Mainz) Alemania - Pedro en su cruz, invertida. ¿Qué significa todo esto? Es lo que Jesús había predicho a este Apóstol suyo: "Cuando seas viejo, otro te llevará a donde tú no quieras"; y el Señor había añadido: "Sígueme" (Jn 21, 18-19). Precisamente ahora se realiza el culmen del seguimiento: el discípulo no es más que el Maestro, y ahora experimenta toda la amargura de la cruz, de las consecuencias del pecado que separa de Dios, toda la absurdidad de la violencia y de la mentira. No se puede huir del radicalismo del interrogante planteado por la cruz: la cruz de Cristo, Cabeza de la Iglesia, y la cruz de Pedro, su Vicario en la tierra. Dos actos de un único drama: el drama del misterio pascual: cruz y resurrección, muerte y vida, pecado y gracia.

La maternidad divina de María – Catecismo de la Iglesia
495 Llamada en los Evangelios 'la Madre de Jesús'(Jn 2, 1; 19, 25; cf. Mt 13, 55, etc.), María es aclamada bajo el impulso del Espíritu como 'la madre de mi Señor' desde antes del nacimiento de su hijo (cf Lc 1, 43). En efecto, aquél que ella concibió como hombre, por obra del Espíritu Santo, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el Hijo eterno del Padre, la segunda persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre de Dios [Theotokos] (cf. Concilio de Éfeso, año 649: DS, 251).
La virginidad de María
496 Desde las primeras formulaciones de la fe (cf. DS 10-64), la Iglesia ha confesado que Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María únicamente por el poder del Espíritu Santo, afirmando también el aspecto corporal de este suceso: Jesús fue concebido absque semine ex Spiritu Sancto (Concilio de Letrán, año 649; DS, 503), esto es, sin semilla de varón, por obra del Espíritu Santo. Los Padres ven en la concepción virginal el signo de que es verdaderamente el Hijo de Dios el que ha venido en una humanidad como la nuestra:
Así, san Ignacio de Antioquía (comienzos del siglo II): «Estáis firmemente convencidos acerca de que nuestro Señor es verdaderamente de la raza de David según la carne (cf. Rm 1, 3), Hijo de Dios según la voluntad y el poder de Dios (cf. Jn 1, 13), nacido verdaderamente de una virgen [...] Fue verdaderamente clavado por nosotros en su carne bajo Poncio Pilato [...] padeció verdaderamente, como también resucitó verdaderamente» (Epistula ad Smyrnaeos, 1-2).

El acontecimiento histórico y transcendente – Catecismo de la Iglesia
639 El misterio de la resurrección de Cristo es un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas como lo atestigua el Nuevo Testamento. Ya san Pablo, hacia el año 56, puede escribir a los Corintios: "Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce: "(1 Co 15, 3-4). El apóstol habla aquí de la tradición viva de la Resurrección que recibió después de su conversión a las puertas de Damasco (cf. Hch 9, 3-18).
El sepulcro vacío

640 "¿Por qué buscar entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado" (Lc 24, 5-6). En el marco de los acontecimientos de Pascua, el primer elemento que se encuentra es el sepulcro vacío. No es en sí una prueba directa. La ausencia del cuerpo de Cristo en el sepulcro podría explicarse de otro modo (cf. Jn 20,13; Mt 28, 11-15). A pesar de eso, el sepulcro vacío ha constituido para todos un signo esencial. Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección. Es el caso, en primer lugar, de las santas mujeres (cf. Lc 24, 3. 22- 23), después de Pedro (cf. Lc 24, 12). "El discípulo que Jesús amaba" (Jn 20, 2) afirma que, al entrar en el sepulcro vacío y al descubrir "las vendas en el suelo"(Jn 20, 6) "vio y creyó" (Jn 20, 8). Eso supone que constató en el estado del sepulcro vacío (cf. Jn 20, 5-7) que la ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana y que Jesús no había vuelto simplemente a una vida terrenal como había sido el caso de Lázaro (cf. Jn 11, 44).