Friday 18 April 2014 | Actualizada : 2014-04-12
 
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Adóro te devóte, latens Déitas,
quae sub his figúris vere látitas:
tibi se cor meum totum súbicit,
quia te contémplans totum déficit.

Te adoro con devoción, Divinidad oculta,
verdaderamente escondida bajo estas apariencias.
A ti se somete mi corazón por completo,
y se rinde totalmente al contemplarte.

 

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«¡Salve, verdadero cuerpo nacido de María Virgen!»:Homilía del Viernes Santo

 

 

Del predicador del Papa en la celebración de la Pasión del Señor en el Vaticano
CIUDAD DEL VATICANO, viernes, 25 marzo 2005
- Publicamos la homilía que pronunció el padre Raniero Cantalamessa, predicador de la Casa Pontificia, en la celebración de la Pasión del Señor este Viernes Santo en la Basílica de San Pedro, en el Vaticano.

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Predicación del Viernes Santo 2005
P. Raniero Cantalamessa

¡Salve, verdadero cuerpo nacido de María Virgen!


¡Viernes Santo de 2005, año de la Eucaristía! ¡Cuánta luz, sobre uno y otro misterio, de este acercamiento! Pero si la Eucaristía es «el memorial de la pasión», ¿cómo es que la Iglesia se abstiene de celebrarla precisamente el Viernes Santo? (A lo que estamos asistiendo no es, como sabemos, una Misa, sino una liturgia de la Pasión en la que sólo se recibe el cuerpo de Cristo consagrado el día precedente).

Existe una profunda razón teológica en ello. Quien se hace presente en el altar en cada Eucaristía es Cristo resucitado y vivo, no un muerto. La Iglesia se abstiene por ello de celebrar la Eucaristía en los dos días en que se recuerda a Jesús que yace muerto en el sepulcro, cuya alma está separada del cuerpo (si bien no de la divinidad). El hecho de que hoy no se celebre la Misa no atenúa, sino que refuerza el vínculo entre el Viernes Santo y la Eucaristía. La Eucaristía es a la muerte de Cristo como el sonido y la voz son para la palabra que transportan en el espacio y hacen llegar al oído.

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Hay un himno latino, no menos querido que el Adoro te devote para la piedad eucarística de los católicos, que evidencia el vínculo entre la Eucaristía y la cruz, el Ave verum. Compuesto en el siglo XIII para acompañar la elevación de la Hostia en la Misa, se presta igualmente bien para saludar la elevación de Cristo en la cruz. Son apenas cinco versos, cargados sin embargo de mucho contenido:

¡Salve, verdadero cuerpo nacido de María Virgen!
Verdaderamente atormentado e inmolado en la cruz por el hombre.
De tu costado traspasado brotó agua y sangre.
Sé para nosotros prenda en el momento de la muerte.
¡Oh Jesús dulce, oh Jesús piadoso, oh Jesús, hijo de María!


El primer verso proporciona la clave para comprender el resto. Berengario de Tours había negado la realidad de la presencia de Cristo en el signo del pan, reduciéndola a una presencia simbólica. Para quitar todo pretexto a esta herejía, se comienza por afirmar la identidad total entre el Jesús de la Eucaristía y el de la historia. El cuerpo de Cristo presente en el altar es definido «verdadero» (verum corpus) para distinguirlo de un cuerpo puramente «simbólico» e incluso del cuerpo «místico» que es la Iglesia.

Todas las expresiones siguientes se refieren al Jesús terrenal: nacimiento de María, pasión, muerte, traspasamiento del costado. El autor se detiene en este punto; no menciona la resurrección porque ésta podría hacer pensar en un cuerpo glorificado y espiritual, y por lo tanto no lo suficientemente «real».

La teología ha vuelto hoy a una visión más equilibrada de la identidad entre el cuerpo histórico y el eucarístico de Cristo e insiste en el carácter sacramental, no material (si bien real y sustancial) de la presencia de Cristo en el sacramento del altar.

Pero, aparte de esta diferente acentuación, permanece intacta la verdad de fondo afirmada por el himno. Es el Jesús nacido de María en Belén, el mismo que «pasó haciendo el bien a todos» (Hch 10,38), que murió en la cruz y resucitó al tercer día, el que está presente hoy en el mundo, no una vaga presencia espiritual suya, o, como dice alguno, su «causa». La Eucaristía es el modo inventado por Dios para ser para siempre el «Emmanuel», Dios-con-nosotros.

Tal presencia no es una garantía y una protección sólo para la Iglesia, sino para todo el mundo. «¡Dios está con nosotros!». Esta frase nos atemoriza y ya casi no nos atrevemos a pronunciarla. Se le ha dado a veces un sentido exclusivo: Dios está «con nosotros», se entiende no con los demás, es más, está «contra» los demás, contra nuestros enemigos. Pero con la venida de Cristo todo se ha hecho universal. «Dios ha reconciliado al mundo consigo en Cristo, no tomando en cuenta las transgresiones de los hombres» (2Co 5,19). Al mundo entero, no a una parte; a todos los hombres, no a un solo pueblo.

«Dios está con nosotros», esto es, de parte del hombre, es su amigo y aliado contra las fuerzas del mal. Es el único que personifica todo y solo el frente del bien contra el frente del mal. Esto daba la fuerza a Dietrich Bonhoeffer, en la cárcel y en espera de la sentencia de muerte por parte del «poder malo» de Hitler, de afirmar la victoria del poder bueno:

Envueltos de maravilla por fuerzas amigas
esperamos con calma lo que ocurra.
Dios está con nosotros en la noche y en la mañana,
estará con nosotros cada nuevo día.

Von guten Mächten wunderbar geborgen
erwarten wir getrost, was kommen mag.
Gott ist mit uns am Abend und am Morgen
und ganz gewiss an jeden neuen Tag.


«No sabemos –escribe el Papa en la Novo millennio ineunte-- qué acontecimientos nos reservará el milenio que está comenzando, pero tenemos la certeza de que éste permanecerá firmemente en las manos de Cristo, el “Rey de Reyes y Señor de los Señores”» (Ap 19,16) [1].

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Tras el saludo llega, en el himno, la invocación: Esto nobis praegustatum mortis in examine. Sé para nosotros, oh Cristo, prenda y anticipo de vida eterna en la hora de la muerte. Ya el mártir Ignacio de Antioquía llamaba la Eucaristía «medicina de inmortalidad», esto es, remedio a nuestra mortalidad [2]. En la Eucaristía tenemos «la prenda de la gloria futura»: «et futurae gloriae nobis pignus datur».

Algunas investigaciones han revelado un hecho extraño: hay, también entre los creyentes, personas que creen en Dios, pero no en una vida para el hombre después de la muerte. ¿Pero cómo se puede pensar algo así? Cristo, dice la Carta a los Hebreos, murió para procurarnos «una redención eterna» (Hb 9,12). ¡No temporal, sino eterna!

Se objeta que nadie ha vuelto jamás del más allá para asegurarnos que existe de verdad y que no se trata sólo una piadosa ilusión. ¡No es cierto! Hay uno que cada día vuelve del más allá para asegurarnos y renovar sus promesas, si sabemos escucharle. Aquél hacia el cual estamos encaminados nos sale al encuentro en la Eucaristía para darnos una muestra (praegustatum!) del banquete final del reino.

Debemos gritar al mundo esta esperanza para ayudarnos a nosotros mismos y a los demás a vencer el horror que nos provoca la muerte y reaccionar al sombrío pesimismo que flota en nuestra sociedad. Se multiplican los diagnósticos desesperados sobre el estado del mundo: «un hormiguero que se desmorona», «un planeta que agoniza»... La ciencia traza con detalles cada vez mayores el posible escenario de la disolución final del cosmos. «Se enfriará la tierra y los demás planetas, se enfriará el sol y las demás estrellas, se enfriará todo... Disminuirá la luz y aumentarán en el universo los agujeros negros... La expansión un día se agotará y comenzará la contracción y al final se asistirá al colapso de toda la materia y de toda la energía existente en una estructura compacta de densidad infinita. Ocurrirá entonces el Big Crunch o gran implosión, y todo volverá al vacío y al silencio que precedió a la gran explosión o Big Bang, de hace quince mil millones de años...».

Nadie sabe si las cosas se desarrollarán verdaderamente así o de otra forma. En cambio la fe nos asegura que, aunque así fuera, no será ese el final total. Dios no ha reconciliado al mundo consigo para abandonarlo después a la nada; no ha prometido permanecer con nosotros hasta el fin del mundo para después retirarse, solo, en su cielo, cuando este fin acontezca. «Con amor eterno te he amado», dijo Dios al hombre en la Biblia (Jr 31,3), y las promesas de «amor eterno» de Dios no son como las del hombre.

Prosiguiendo idealmente la meditación del Ave verum, el autor del Dies irae eleva a Cristo una abrasadora oración que nunca como en este día podemos hacer nuestra: «Recordare, Iesu pie, quod sum causa tuae viae: ne me perdas illa die»: Acuérdate, oh buen Jesús, que por mí subiste a la cruz: no permitas que me pierda en ese día. «Quaerens me sedisti lassus, redemisti crucem passus: tantus labor non sit cassus»: Al buscarme, te sentaste un día cansado en el pozo de Siquem y subiste a la cruz para redimirme: que tanto dolor no sea malgastado.

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El Ave verum se cierra con una exclamación dirigida a la persona de Cristo: «O Iesu dulcis, o Iesu pie». Estas palabras nos presentan una imagen exquisitamente evangélica de Cristo: el Jesús «dulce y piadoso», esto es, clemente, compasivo, que no parte la caña quebrada y no apaga la mecha mortecina (Cf. Mt 12,20). El Jesús que un día dijo: «Aprended de mi, que soy manso y humilde de corazón» (Mt 11,29). La Eucaristía prolonga en la historia la presencia de este Jesús. ¡Es el sacramento de la no violencia!

La mansedumbre de Cristo sin embargo no justifica, más bien hace aún más extraña y odiosa, la violencia que se registra hoy frente a su persona. Se ha dicho que, con su sacrificio, Cristo puso fin al perverso mecanismo del chivo expiatorio, sufriendo él mismo las consecuencias [3]. Hay que decir con tristeza que tal mecanismo perverso está nuevamente en marcha respecto a Cristo de una forma hasta ahora desconocida.

Contra él se desahoga todo el resentimiento de un cierto pensamiento secular referente a las manifestaciones de unión entre la violencia y lo sagrado. Como es regla en el mecanismo del chivo expiatorio, se elige al elemento más débil para ensañarse contra él. «Débil», aquí, en el sentido de que se le puede escarnecer impunemente, sin correr peligro alguno de retorsión, habiendo los cristianos renunciado desde hace tiempo a defender la propia fe con la fuerza.

No se trata sólo de las presiones para retirar el crucifico de los lugares públicos y el pesebre de las celebraciones navideñas. Se suceden sin descanso novelas, películas y espectáculos en los que se manipula a placer la figura de Cristo basándose en fantasmales e inexistentes documentos y descubrimientos. Se está convirtiendo en una moda, una especie de género literario.

Siempre ha existido la tendencia a revestir a Cristo de los ropajes de la propia época o de la propia ideología. Pero al menos en el pasado, aún discutibles, había causas serias y de gran alcance: el Cristo idealista, socialista, revolucionario... Nuestra época, obsesionada con el sexo, ya no sabe representar a Jesús más que como un gay ante litteram o uno que predica que la salvación viene de la unión con el principio femenino y da ejemplo de ello casándose con la Magdalena.

Surgen como paladines de la ciencia contra la religión: ¡una reivindicación sorprendente a juzgar por como es tratada en estos casos la ciencia histórica! Las historias más fantasiosas y absurdas son propinadas y bebidas lamentablemente por muchos como si se tratasen de historia verdadera, más aún, de la única historia libre por fin de censuras eclesiásticas y tabúes. «El hombre que ya no cree en Dios está dispuesto a creer en todo», dijo alguien. Los hechos le están dando la razón.

Se especula sobre la vastísima resonancia que tiene el nombre de Jesús y sobre lo que significa para una gran parte de la humanidad, a fin de asegurarse una popularidad a buen precio o causar sensación con mensajes publicitarios que abusan de símbolos e imágenes evangélicas. (Ha ocurrido recientemente con la imagen de la última cena) ¡Pero esto es parasitismo literario y artístico!

Jesús es vendido de nuevo por treinta monedas, escarnecido y recubierto con vestidos de burla como en el pretorio. (¡En un espectáculo emitido el pasado enero por una televisión estatal europea Cristo aparecía en la cruz con pañales de niño!). Y luego surge el escándalo y se critica la intolerancia y la censura si los creyentes reaccionan enviando cartas y telefoneando en protesta a los responsables. La intolerancia desde hace tiempo ha cambiado de campo en Occidente: ¡de intolerancia religiosa se ha transformado en intolerancia de la religión en algunos ambientes!

«Nadie –se objeta— tiene el monopolio de los símbolos y de las imágenes de una religión». Pero también los símbolos de una nación –el himno, la bandera-- son de todos y de nadie; ¿está acaso por esto permitido burlarse de ellos y explotarlos a placer?

El misterio que celebramos en este día nos prohíbe abandonarnos a complejos de persecución y levantar de nuevo muros o bastiones entre nosotros y la cultura (o in-cultura) moderna. Tal vez debemos imitar a nuestro Maestro y decir sencillamente: «Padre, perdónales porque no saben lo que hacen». Perdónales a ellos y a nosotros, porque es ciertamente también a causa de nuestros pecados, presentes y pasados, que todo esto sucede y se sabe que frecuentemente es para golpear a los cristianos y a la Iglesia que se golpea a Cristo.

Nos permitimos sólo dirigir a nuestros contemporáneos, en nuestro interés y en el suyo, el llamamiento que Tertuliano hacía en su tiempo a los gnósticos enemigos de la humanidad de Cristo: «Parce unicae spei totius orbis»: no quitéis al mundo su única esperanza [4].

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La última invocación del Ave verum evoca la persona de la madre: «O Iesu filii Mariae». Dos veces es recordada, en el breve himno, la Virgen: al principio y al final. Por lo demás, todas las exclamaciones finales del himno son una reminiscencia de las últimas palabras de la Salve Regina: «O clemens, o pia, o dulcis virgo Maria»: oh clemente, oh pía, oh dulce Virgen María.

La insistencia en el vínculo entre María y la Eucaristía no responde a una necesidad sólo devocional, sino también teológica. Nacer de María fue, en tiempo de los Padres, el argumento principal contra el docetismo que negaba la realidad del cuerpo de Cristo. Coherentemente, este mismo nacimiento atestigua ahora la verdad y realidad del cuerpo de Cristo presente en la Eucaristía.

Juan Pablo II concluye su carta apostólica
Mane nobiscum Domine remitiéndose precisamente a las palabras del himno: «El Pan eucarístico que recibimos --escribe-- es la carne inmaculada del Hijo: “Ave verum corpus natum de Maria Virgine” . Que en este Año de gracia, con la ayuda de María, la Iglesia reciba un nuevo impulso para su misión y reconozca cada vez más en la Eucaristía la fuente y la cumbre de toda su vida» [5].

Aprovechamos la ocasión de estas palabras suyas para hacer llegar al Santo Padre el agradecimiento por el don del año eucarístico y el deseo de que recupere pronto la salud. Vuelva pronto, Santo Padre; la Pascua es mucho menos «Pascua» sin usted.

Concluyamos volviendo a nuestro himno. El signo más claro de la unidad entre Eucaristía y misterio de la cruz, entre el año eucarístico y el Viernes Santo, es que nosotros podemos ahora emplear las palabras del Ave verum, sin cambiar una sílaba, para saludar a Cristo, quien dentro de poco será elevado en la cruz ante nosotros. Humildemente, por ello, invito a todos los presentes (los que no conozcan el texto latino lo pueden encontrar en el librito que tienen en la mano) a unirse a mí y –posiblemente de pié-- proclamar en voz alta, con conmovida gratitud y en nombre de todos los hombres redimidos por Cristo:

Ave verum corpus natum de Maria Virgine
Vere passum, immolatum in cruce pro homine
Cuius latus perforatum fluxit aqua et sanguine
Esto nobis praegustatum mortis in examine
O Iesu dulcis, o Iesu pie, o Iesu fili Mariae !

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[1] Juan Pablo II, Novo millennio ineunte, 35.
[2] S. Ignacio de Antioquía, Carta a los Efesios, 20, 2.
[3] Cf. R. Girard, Des choses cachées depuis la fondation du monde, Grasset, París 1978.
[4] Tertuliano, De carne Christi, 5, 3 (CCL 2, p. 881).
[5] Mane nobiscum Domine, 31.
[Traducción del original italiano realizada por Zenit.org]
ZS05032501

 

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“Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida” -      El Árbol de la vida es el amor de Dios. Adán lo perdió en su caída y ya nunca jamás encontró de nuevo el gozo, sino que trabajaba y sufría en una tierra llena de espinas (Gn 3,18). Los que se han alejado del amor de Dios, trabajan y comen del pan de sus sudores (Gn 3,19), y es así aunque su vida fuera recta; éste es el pan que ha dado de comer a la primera criatura después de la caída. Hasta que no encontremos el amor, nuestro trabajo será realizado en tierra de espinas…; sea la que fuere nuestra justicia personal, comemos gracias al sudor de nuestro rostro.
     Pero cuando hemos encontrado al amor, nos alimentamos del pan celeste, y somos reconfortados más allá de todo trabajo y todo sufrimiento. El pan celeste es Cristo, que ha bajado del cielo y ha dado la vida al mundo. Y este es el alimento de los ángeles (Sl 77,25). El que ha encontrado al amor se alimenta de Cristo cada día y en cada hora, y llega a ser inmortal. Porque él mismo ha dicho: “El que coma del pan que yo le daré, no conocerá la muerte”. Dichoso el que come del pan del amor, que es Jesús. Porque el que se alimenta del amor se alimenta de Cristo, el Dios que domina el universo, aquel de quien Juan da testimonio cuando dice: “Dios es amor” (1Jn 4,8).
    Así pues, el que vive en el amor recibe de Dios el fruto de la vida. Respira ya en este mundo el aire de la resurrección, este aire en el cual los justos resucitados tienen sus delicias. El amor es el Reino. El Señor ha ordenado a sus apóstoles se alimentaran  de este Reino; comer y beber en la mesa de mi Reino (Lc 22,30) ¿es otra cosa que el amor? Porque el amor es capaz de alimentar al hombre en lugar de todo alimento y de toda bebida. Este es el “vino que alegra el corazón del hombre” (sl 104,16); dichoso el que bebe de este vino.

San Isaac, de Siria (siglo VII), monje en Nínive, cerca de Mosul en el actual Irak
Sermones ascéticos, 1ª serie, nº 72

 

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En respuesta al deseo y a las intenciones del Santo Padre de dedicar el año en curso a la Eucaristía, la predicación de este Adviento –y, si es voluntad de Dios, también la de la próxima Cuaresma— será un comentario, estrofa a estrofa, del «Adoro te devote».

Con su encíclica «Ecclesia de Eucharistia» el Santo Padre Juan Pablo II se ha propuesto, dice, renovar en la Iglesia «el estupor eucarístico» [1] y el «Adoro te devote» se presta maravillosamente para lograr este objetivo. Aquél puede servir para dar un soplo espiritual y un alma a todo lo que se hará, en este año, para honrar la Eucaristía.

Un cierto modo de hablar de la Eucaristía, lleno de cálida unción y devoción, y además de profunda doctrina, expulsado por la llegada de la teología llamada «científica», se refugió en los antiguos himnos eucarísticos y es ahí donde debemos ir a buscar si queremos superar un cierto conceptualismo árido que ha afligido al sacramento del altar después de tantas disputas a su alrededor.

La nuestra, sin embargo, no quiere ser una reflexión sobre el «Adoro te devote», ¡sino sobre la Eucaristía! El himno es sólo el mapa que nos sirve para explorar el territorio, la guía que nos introduce en la obra de arte.

 

1. Una presencia escondida

En esta meditación reflexionamos sobre la primera estrofa del himno. Dice así:

Adóro te devóte, latens Déitas,
quae sub his figúris vere látitas:
tibi se cor meum totum súbicit,
quia te contémplans totum déficit.

Te adoro con devoción, Divinidad oculta,
verdaderamente escondida bajo estas apariencias.
A ti se somete mi corazón por completo,
y se rinde totalmente al contemplarte.

Se hicieron intentos de establecer el texto crítico del himno en base a los pocos manuscritos existentes anteriores a la imprenta. Las variaciones respecto al texto que conocemos no son muchas. La principal se refiere precisamente a los dos primeros versos de esta estrofa que, según Wilmart, al principio resonaban así: Adoro devote latens veritas / Te qui sub his formis vere latitas, donde «veritas» estaría por la persona de Cristo y «formis» sería el equivalente a «figuris».

Pero aparte del hecho de que esta lectura es todo menos segura [2], hay otro motivo que empuja a atenerse al texto tradicional. Éste, como otros venerables himnos litúrgicos latinos del pasado, pertenecen a la colectividad de los fieles que lo han cantado durante siglos, lo han hecho propio y casi recreado, no menos que el autor que lo ha compuesto, frecuentemente, por lo demás, anónimo. El texto divulgado no tiene menos valor que el texto crítico y es con él de hecho que el himno sigue siendo conocido y cantado en toda la Iglesia.

En cada estrofa del «Adoro te devote» hay una afirmación teológica y una invocación que es la respuesta orante del alma al misterio. En la primera estrofa la verdad teológica evocada se refiere al modo de presencia de Cristo en las especies eucarísticas. La expresión latina «vere latitas» es densísima en significado; quiere decir: estás escondido, pero estás verdaderamente (en la parte en que el acento está en «vere»), y quiere decir también: estás verdaderamente, pero escondido (donde el acento se pone en «latitas», en el carácter sacramental de esta presencia).

Para comprender este modo de hablar de la Eucaristía hay que tener en cuenta el «gran cambio» que se verifica en torno a la Eucaristía en el paso de la teología simbólica de los Padres a la dialéctica de la Escolástica. Ella tiene sus remotos inicios en el siglo IX, con Pascasio Radberto y Ratramno de Corbie: el primero defensor de una presencia física y material de Cristo en el pan y en el vino, el segundo de una presencia verdadera y real, pero sacramental, no física; explota en cambio abiertamente sólo más tarde, con Berengario de Tours (H 1088), que acentúa hasta tal punto el carácter simbólico y sacramental de Cristo en la Eucaristía como para comprometer la fe en la realidad objetiva de tal presencia.

Mientras que antes se decía que Cristo en la Eucaristía está presente sacramentalmente, o, según los orientales, mistéricamente, ahora, con un lenguaje tomado prestado desde Aristóteles, se dice que está presente sustancialmente, o según la sustancia. Figura no indica ya, como sacramentum, el conjunto de los signos con que se realiza la presencia de Cristo, sino sencillamente las «especies o apariencias» del pan y del vino, en el lenguaje técnico los accidentes [3].

Nuestro himno se sitúa claramente en este lado del cambio, si bien evita el recurso a los nuevos términos filosóficos, poco apropiados en un texto poético. En el verso «quae sub his figuris vere latitas», el término figura indica las especies del pan y del vino en cuanto que ocultan lo que contienen y contienen lo que ocultan [4].

 

2. En devota adoración

Decía que en cada estrofa del himno hallamos una afirmación teológica seguida de una invocación con la que el orante responde a aquella y se apropia de la verdad evocada. A la afirmación de la presencia real, si bien escondida, de Cristo en el pan y en el vino el orante responde derritiéndose literalmente en devota adoración y arrastrando consigo, en el mismo movimiento, las innumerables formaciones de almas que durante más de medio milenio han orado con sus palabras.

Adoro: esta palabra con la que se abre el himno es por sí sola una profesión de fe en la identidad entre cuerpo eucarístico y el cuerpo histórico de Cristo, «nacido de María Virgen, que verdaderamente padeció y fue inmolado en la cruz por el hombre». Es sólo gracias a esta identidad de hecho y a la unión hipostática en Cristo entre humanidad y divinidad que podemos estar en adoración ante la hostia consagrada sin pecar de idolatría. Ya decía San Agustín: «En esta carne [el Señor] caminó aquí y esta misma carne nos ha dado para comer para la salvación; y ninguno come esa carne sin haberla adorado antes... Nosotros no pecamos adorándola, pero pecamos si no la adoramos» [5].

¿Pero en qué consiste exactamente y cómo se manifiesta la adoración? La adoración puede estar preparada por prolongada reflexión, pero termina con una intuición y, como toda intuición, no dura mucho. Es como un rayo de luz en la noche. Pero de una luz especial: no tanto la luz de la verdad, cuanto la luz de la realidad. Es la percepción de la grandeza, majestad, belleza, y a la vez de la bondad de Dios y de su presencia lo que quita la respiración. Es una especie de naufragio en el océano sin orillas y sin fondo de la majestad de Dios.

Una expresión de adoración, más eficaz que cualquier palabra, es el silencio. Adorar, según la estupenda expresión de San Gregorio Nacianceno, significa elevar a Dios un «himno de silencio». Hubo un tiempo en que, para entrar en un clima de adoración ante el Santísimo, me bastaba repetir las primeras palabras de un himno del místico alemán del siglo XVII Gerhard Tersteegen, que aún hoy se canta en las iglesias protestantes y católicas de Alemania:

«Dios está aquí presente; ¡venid, adoremos!
Con santa reverencia, entremos en su presencia.
Dios está aquí en medio: todo calla en nosotros
Y lo íntimo del pecho se postra en su presencia». [6]

Tal vez porque las palabras de una lengua extranjera están menos agotadas por el uso y la banalización, lo cierto es que aquellas palabras me producían cada vez un estremecimiento interior. «Gott ist gegenwärtig, Dios está presente, ¡Dios está aquí!: las palabras se desvanecían rápidamente, quedaba sólo la verdad que habían transmitido, el «sentimiento vivo de la presencia» de Dios.

El sentido de la adoración está reforzado, en nuestro himno, por el de la devoción: «adoro te devote». La Edad Media dio a este término un significado nuevo respecto a la antigüedad pagana y cristiana. Con él se indicaba al principio la adhesión a una persona, expresada en un fiel servicio y, en la costumbre cristiana, toda forma de servicio divino, sobre todo el litúrgico de la recitación de los salmos y de las oraciones.

En los grandes autores espirituales de la Edad media la palabra se interioriza; pasa a significar no las prácticas exteriores, sino las disposiciones profundas de corazón. Para San Bernardo indica «el fervor interior del alma encendida por el fuego de la caridad» [7]. Con San Buenaventura y su escuela la persona de Cristo se convierte en el objeto central de la devoción, entendida como el sentimiento de conmovida gratitud y amor suscitado por el recuerdo de sus beneficios. El Doctor angélico dedica dos artículos enteros de la Suma a la devoción, que considera el primero y más importante acto de la virtud de la religión [8]. Para él consiste en la prontitud y disponibilidad de la voluntad para ofrecerse a sí misma a Dios que se expresa en un servicio sin reservas y pleno de fervor.

Este rico y profundo contenido lamentablemente se perdió en gran parte después, cuando al concepto de «devoción» se arrimó el de «devociones», esto es, de prácticas exteriores y particulares, dirigidas no sólo a Dios, sino más a menudo a santos o a lugares determinados, advocaciones e imágenes. Se volvió en la práctica al viejo significado del término.

En nuestro himno el adverbio devote conserva intacta toda la fuerza teológica y espiritual que el propio autor (si él es Tomás de Aquino) había contribuido a dar al término. La mejor explicación de qué se entiende aquí por devotio está en las palabras que siguen en la segunda parte de la estrofa: Tibi se cor meum totum subiicit; «a ti se somete mi corazón por completo». Disponibilidad total y amorosa a hacer la voluntad de Dios.

 

3. La contemplación eucarística

Queda por tomar la llamarada más alta que es la que se eleva de los dos últimos versos de la estrofa: Quia te contemplans totum deficit: Al contemplarte todo se rinde. La característica de ciertos venerables himnos litúrgicos latinos, como el «Adoro te devote», el «Veni creator» y otros, es la extraordinaria concentración de significado que se realiza en cada palabra. En ellos cada palabra está llena de contenido.

Para comprender plenamente el sentido de esta frase, como de todo el himno, es necesario tener en cuenta el ambiente y el contexto en que nace. Estamos, decía, en este lado del gran cambio de la teología eucarística ocasionado por la reacción a las teorías de Berengario de Tours. El problema sobre el que se concentra casi exclusivamente la reflexión cristiana es el de la presencia real de Cristo en la Eucaristía, que a veces excede en la afirmación de una presencia física y casi material [9]. De Bélgica partió la gran oleada de fervor eucarístico que contagiará en poco tiempo toda la cristiandad y, en 1264, llevará a la institución de la fiesta del Corpus Domini por parte del Papa Urbano IV.

Se acrecienta el sentido de respeto de la Eucaristía y, paralelamente, aumenta el sentido de indignidad de los fieles de acercarse a ella, a causa de las condiciones casi impracticables establecidas para recibir la comunión (ayuno, penitencias, confesión, abstinencia de las relaciones conyugales). La comunión por parte del pueblo pasó a ser un hecho tan raro que el Concilio Lateranense IV en 1215 tuvo que establecer la obligación de comulgar al menos en Pascua. Pero la Eucaristía sigue atrayendo irresistiblemente a las almas y así, poco a poco, la falta del contacto comestible de la comunión se remedia desarrollando el contacto visual de la contemplación. (Observamos que en Oriente, por las mismas razones, a los laicos se les sustrae también el contacto visual porque el rito central de la Misa se desarrolla tras una cortina que después de convertirá en el muro del iconostasio).

 

 

La elevación de la hostia y del cáliz en el momento de la consagración, antes desconocido (el primer testimonio escrito de su institución es de 1196), se transforma para los laicos en el momento más importante de la Misa, en el que desahogan sus sentimientos de devoción y esperan recibir gracias. Se tocan en ese momento las campanas para advertir a los ausentes y algunos corren de una Misa a otra para asistir a varias elevaciones. Muchos himnos eucarísticos, entre ellos el «Ave verum», nacen para acompañar este momento; son himnos para la elevación. A ellos pertenece también nuestro «Adoro te devote». Desde el principio hasta el final su lenguaje es el de ver, contemplar: te contemplans, non intueor, nunc aspicio, visu sim beatus.

Nosotros ya no tenemos la misma concepción de la Eucaristía; hace tiempo que la comunión se convirtió en parte integrante de la participación en la Misa; las conquistas de la teología (movimiento bíblico, litúrgico, ecuménico) que confluyeron en el Concilio Vaticano II y en la reforma litúrgica han restablecido en valor, junto a la fe en la presencia real, otros aspectos de la Eucaristía, el banquete, el sacrificio, el memorial, la dimensión comunitaria y eclesial...

Se podría pensar que en este nuevo clima ya no hay lugar para el «Adoro te devote» y las prácticas eucarísticas nacidas en aquel período. En cambio es precisamente ahora cuando esos nos resultan más útiles y necesarios para no perder, a causa de las conquistas de hoy, las de ayer. No podemos reducir la Eucaristía a la sola contemplación de la presencia real de la Hostia consagrada, pero sería también una gran pérdida renunciar a ella. El Papa no hace sino recomendarla desde su primera carta «El misterio y el culto de la Santísima Eucaristía», del Jueves Santo de 1980: «La adoración a Cristo en este sacramento de amor debe encontrar su expresión en diversas formas de devoción eucarística: oración personal ante el Santísimo, horas de adoración, exposiciones breves, prolongadas, anuales... Jesús nos espera en este Sacramento del Amor. No escatimemos tiempo para ir a encontrarlo en la adoración y en la contemplación llena de fe».

Nuestros hermanos ortodoxos no comparten este aspecto de la piedad católica; alguno de ellos señala amablemente que el pan está hecho para ser comido, no para ser mirado. Otros, también entre los católicos, observan que la práctica se desarrolló en un tiempo de grave ofuscamiento de la vida litúrgica y sacramental.

Pero a favor de la bondad de la contemplación eucarística no hay especiales explicaciones teológicas y teóricas, sino el imponente testimonio de los hechos, literalmente «una nube de testimonios». Uno bastante reciente es el de Charles de Foucauld, quien hizo de la adoración de la Eucaristía uno de los puntos fuertes de su espiritualidad y de la de sus seguidores. Innumerables almas han alcanzado la santidad practicándola y está demostrada la contribución decisiva que ésta ha dado a la experiencia mística [10]. La Eucaristía, dentro y fuera de la Misa, ha sido para la Iglesia católica lo que en la familia era hasta hace poco el fuego doméstico durante el invierno: el lugar en torno al cual la familia reencontraba su propia unidad e intimidad, el centro ideal de todo.

Esto no quiere decir que no existan también razones teológicas en la base de la contemplación eucarística. La primera es la que brota de la palabra de Cristo: «Haced esto en memoria mía». En la idea de memorial hay un aspecto objetivo y sacramental que consiste en repetir el rito realizado por Cristo que recuerda y hace presente su sacrificio. Pero existe también un aspecto subjetivo y existencial que consiste en cultivar el recuerdo de Cristo, «en tener constantemente en la memoria pensamientos que se refieren a Cristo y a su amor» [11]. Esta «dulce memoria de Jesús» (Jesu dulcis memoria) no está limitada al tiempo que uno pasa ante el tabernáculo; se la puede cultivar con otros medios, como la contemplación de los iconos; pero es cierto que la adoración ante el Santísimo es un medio privilegiado para hacerlo.

Los dos aspectos del memorial –celebración y contemplación de la Eucaristía--, no se excluyen recíprocamente, sino que se integran. La contemplación de hecho es el medio con el que nosotros «recibimos», en sentido fuerte, los misterios, con el cual los interiorizamos y nos abrimos a su acción; es el equivalente de los misterios en el plano existencial y subjetivo; es un modo para permitir a la gracia, recibida en los sacramentos, plasmar nuestro universo interior, esto es, los pensamientos, los afectos, la voluntad, la memoria.

Hay una gran afinidad entre Eucaristía y Encarnación. En la Encarnación –dice San Agustín-- «María concibió al Verbo antes con la mente que con el cuerpo» (Prius concepit mente quam corpore). Es más, añade, de nada le habría valido llevar a Cristo en su vientre si no lo hubiera llevado con amor también en su corazón [12]. También el cristiano debe acoger a Cristo en su mente antes de acogerlo y después tenerlo en su cuerpo. Y acoger a Cristo en la mente significa, concretamente, pensar en él, tener la mirada puesta en él, hacer memoria de él, contemplando el signo que él mismo eligió para permanecer entre nosotros.

 

4. Olvido de todo

Te contemplans, «al contemplarte», dice nuestro himno. ¿Qué encierra el pronombre «te»? Ciertamente a Cristo realmente presente en la hostia, pero no una presencia estática e inerte; indica todo el misterio de Cristo, la persona y la obra; es volver a escuchar silenciosamente el Evangelio o una frase suya en presencia del autor mismo del Evangelio que da a la palabra una fuerza e inmediatez particular.

Pero esto no es aún la cumbre de la contemplación. Los grandes maestros del espíritu han definido la contemplación: «Una mirada libre, penetrante e inmóvil» (Hugo de San Víctor), o bien: «Una mirada afectiva en Dios» (San Buenaventura). Estar en contemplación eucarística significa, por lo tanto, concretamente, establecer un contacto de corazón a corazón con Jesús presente realmente en la Hostia y, a través de él, elevarse al Padre en el Espíritu Santo. En la meditación prevalece la búsqueda de la verdad, en la contemplación, en cambio, el gozo de la Verdad encontrada. La contemplación tiende siempre a la persona, al todo y no a las partes. Contemplación eucarística es mirar a quien me mira.

Esta fase de contemplación es la descrita por el autor del «Adoro te devote» cuando afirma: te contemplans totum deficit, al contemplarte todo se rinde. Estas son palabras nacidas ciertamente de la experiencia. «Todo se rinde», ¿el qué? No sólo el mundo exterior, las personas, las cosas, sino también el mundo interior de los pensamientos, de las imágenes, de las preocupaciones. «Olvido de todo excepto de Dios», escribía Pascal describiendo una experiencia similar a ésta. Y Francisco de Asís amonestaba a sus hermanos: «¡Gran miseria sería, y miserable mal si, teniéndole a Él así presente, os ocuparais de cualquier otra cosa que hubiera en todo el universo!» [13].

Por la misma época en que se componía nuestro himno, o sea a finales del siglo XIII, Roger Bacon, un gran enamorado de la Eucaristía, escribía estas palabras que parecen un comentario a la primera estrofa del «Adoro te devote» y una confirmación de la experiencia que de ella se trasluce: «Si la majestad divina se hubiera manifestado sensiblemente, no habríamos podido sostenerla y nos habríamos rendido (deficeremus!) del todo por la reverencia, la devoción y el estupor... La experiencia lo demuestra. Los que se ejercitan en la fe y en el amor de este sacramento no consiguen soportar la devoción que nace de una pura fe sin deshacerse en lágrimas y sin que su alma, saliendo de sí misma, se licue por la dulzura de la devoción, hasta el punto de no saber ya dónde se encuentra ni por qué» [14]

La contemplación eucarística es todo menos indulgencia al quietismo. Se ha observado cómo el hombre refleja en sí, a veces también físicamente, lo que contempla. No se está por mucho tiempo expuesto al sol sin que se note en la cara. Permaneciendo prolongadamente y con fe, no necesariamente con fervor sensible, ante el Santísimo asimilamos los pensamientos y los sentimientos de Cristo, por vía no discursiva, sino intuitiva; casi «ex opere operato».

Sucede como en el proceso de fotosíntesis de las plantas. En primavera brotan de las ramas las hojas verdes; éstas absorben de la atmósfera ciertos elementos que, bajo la acción de la luz solar, se «fijan» y transforman en alimento de la planta. ¡Tenemos que ser como esas hojas verdes! Son un símbolo de las almas eucarísticas que, contemplando el «sol de justicia» que es Cristo, «fijan» el alimento que es el Espíritu Santo mismo, en beneficio de todo el gran árbol que es la Iglesia. En otras palabras, es lo que dice el apóstol Pablo: «Mas todos nosotros, que con el rostro descubierto reflejamos como en un espejo la gloria del Señor, nos vamos transformando en esa misma imagen cada vez más gloriosos: así es como actúa el Señor, que es Espíritu» (2Co 3,18).

Si ahora, sin embargo, de estos fragmentos de luz que el autor del himno nos ha hecho entrever volvemos con el pensamiento a nuestra realidad y a nuestro pobre modo de estar ante la Eucaristía, nos arriesgamos a sentirnos acobardados y desanimados. Sería del todo erróneo. Es ya un aliento y un consuelo saber que estas experiencias son posibles; que lo que nosotros mismos hemos tal vez experimentado en los momentos de mayor fervor de nuestra vida y después perdido puede volver a encenderse, gracias también al año eucarístico que se nos ha dado a vivir.

Lo único que el Espíritu Santo requiere de nosotros es sólo que le demos nuestro tiempo, aunque al principio pudiera parecer tiempo perdido. Nunca olvidaré la lección que un día se me dio al respecto. Decía a Dios: «Señor, dame el fervor y yo te daré todo el tiempo que quieras para la oración». En mi corazón hallé la respuesta: «Raniero, dame tu tiempo y yo te daré todo el fervor que quieras en la oración». Lo recuerdo por si puede servirle a alguien como a mí.

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[1] Enc. Ecclesia de Eucharistia, 6.

[2] La expresión “latens veritas” recurre en Isidoro de Sevilla, Sent. III, col. 688, l. 22, pero no está referida a Cristo. A favor de «latens Deitas» está el paralelismo con «latens humanitas» de la tercera estrofa y también la posible alusión a Is 45,15: “vere tu es Deus absconditus”.

[3] Cfr. de Lubac, op. cit., p. 287.

[4] Cfr. Sto. Tomás de Aquino, Comentario al Evangelio de Juan, VI, lez. 6, n. 954: «El maná sólo prefiguraba, mientras que este pan contiene aquello que representa» (continet quod figurat).

[5] S. Agustín, In Ps. 98,9 (PL 37, 1264).

[6] G. Tersteegen, Geistliches Blumengärtlein 11, Stuttgart 1969, p.340 s.:
«Gott ist gegenwärtig; laßet uns anbeten,
Und in Ehrfurcht vor ihn treten!
Gott ist in der Mitte; alles in uns schweige
Und sich innigst vor ihm beuge! »

[7] Cfr. J. Charillon, art. Devotio, in Dict. Spir. 3, col. 715.

[8] Sto. Tomás, S. Th. II, IIae, q.82 a.1-2, cf. J.W. Curran, art. Dévotion, Fondement théologique, in Dict. Spir. III, coll. 716 ss.

[9] La primera fórmula de fe que se hizo suscribir a Berengario sostenía que, en la comunión, el cuerpo y la sangre de Cristo estaban presentes en el altar «sensiblemente y eran en verdad tocados, y partidos por las manos del sacerdote y masticados por los dientes de los fieles» : Denzinger - Sch`nmetzer, Enchiridion symbolorum, 690. Sto. Tomás de Aquino corrige esta afirmación, diciendo que el cuerpo de Cristo «no es partido, ni quebrado, ni dividido por quien lo recibe»: cfr. S. Th. III, q. LXXVII, a.7.

[10] Cfr. E. Longpré, Eucharistie et expérience mystique, in Dict. Spir. IV, coll.1586-1621.

[11] N. Cabasilas, Vita in Cristo, VI,4 (PG 150,653).

[12] Cf Agustín, Sulla santa verginità, 3 (PL 40, 398).

[13] S. Francisco, Lettera a tutti I frati, 2 (FF 220).

[14] Roger Bacon, De sacramento altaris, in Moralis philosophia, ed. E. Massa, Zurigo 1953, pp. 231 s.

 

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Evangelio de san Juan habla de «tres obstáculos para el hombre: la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y la soberbia de la vida» y reza para destruir «el poder de las ideologías, para que los hombres puedan reconocer que están entretejidas de mentiras» y para que «el muro del materialismo» no «llegue a ser insuperable». El Cardenal Ratzinger despliega una visión crítica de la labor de ciertos miembros de la Iglesia: «¡Cuánta suciedad en la Iglesia y entre los que, por su sacerdocio, deberían estar completamente entregados a él! ¡Cuánta soberbia, cuánta autosuficiencia!», escribió el purpurado para la novena estación del Vía Crucis, la tercera caída de Jesús. 2005-03-25 Viernes Santo – Colina vaticana, Roma- Italia.

 

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La ‘catolicidad’ la decretó Cristo, el ‘catolicismo’ va mucho del interés personal.

 

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"Todos los cristianos tienen que vivir la locura de la cruz y apartarse de toda filosofía terrestre, animal y diabólica, contraria al Evangelio".

SAN PEDRO DAMIÁN. Obispo y doctor de la Iglesia Católica - (988 + 1072).

 

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Los católicos tenemos el deber de defender la vida y para hacerlo, necesitamos estar bien informados.

 

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Descartar a Dios de la educación, es pretender enseñar a nadar sin agua.

 

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La creación es un templo y cada criatura una imagen de Dios.

 

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S. Tomás es el filósofo del ser.

S. Agustín es el filósofo de la verdad.

Beato Ramón Llull, es el filósofo del bien.

 

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La fe es como una noche, una noche oscura, diseminada de estrellas. En efecto, San Juan de la Cruz - aquél gran místico de la cristiandad - justamente hablaba de la noche oscura de la fe en la vida espiritual. ¿No es verdad, sin embargo, que durante la noche se ve mucho más? Durante el día, es verdad, vemos con claridad, con más precisión (hasta podemos tocar las cosas, medirlas), a pesar de esto, vemos poco porque vemos lo que nos circunda ya que nuestro campo visivo es muy limitado. Durante la noche, también es verdad que vemos con menos claridad, sin precisión, sin embargo, vemos podemos ver más plenamente, vemos más lejos y podemos ver las lejanas estrellas que están a miles de años luz, así podemos ver nuestra pequeña vida en el contexto del inmenso universo, en el contexto de la totalidad de la creación.

 

‘Dónde comienza y dónde termina el conocimiento de Dios’

"Dios siempre ha sido, siempre es y siempre será o más exactamente, siempre es. Porque «fue» y «será» significan fragmentos de tiempo, propios sólo de nuestra naturaleza fluyente, en tanto que Dios siempre es y, precisamente, El mismo se otorga este nombre cuando contesta a Moisés en el monte (Cf Ex. 3, 14).

Pues todo cuanto existe lo abarca El, que no tuvo principio ni tendrá final, como un mar ilimitado e infinito que excede todo pensamiento sobre el tiempo y la naturaleza, por grande que sea. En nuestro entendimiento nos representamos a Dios, bastante oscura y limitadamente, no concibiendo los atributos que le son propios, sino valiéndonos de los seres que hacen referencia a El. Mas si la imagen de algo se alcanza a partir de otra cosa, se llega solamente a una figura de la verdades que escapa antes de poder retenerla, huye antes de que la comprendamos. Tal figura de Dios ilumina lo mejor de nosotros mismos —con tal de que lo hayamos purificado—, al modo como un fugaz relámpago da luz a los ojos.

Sucede esto, según mi parecer para que, por una parte, por aquello por lo cual El puede ser comprendido por nosotros, nos atraiga a Si, pues nadie espera ni pretende conseguir lo que no le es dado conocer en modo alguno. Por otra, por cuanto nos es inasequible, se constituye en objeto de nuestra admiración, para que siendo admirado, sea deseado; deseándolo, nos purifique y purificados, nos haga divinos a fin de tener relación con quienes han sido hechos semejantes a El." ...[…]…

San Gregorio Nacianceno, Homilía 38, 7

 

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Por venir a visitarnos, nuestro agradecimiento.

Por la gracia de Dios, en el año del Señor 2007: Anno Domini

"In Te, Domine, speravi; non confundar in aeternum!".

Mane nobiscum, Domine! ¡Quédate con nosotros, Señor!

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La Iglesia testimonia el Evangelio por los caminos del mundo, ¡por eso es católica!; desde que Cristo la fundara, hace dos milenios.

“El que a vosotros escucha, a mí me escucha” (Lc 16,10).

"Marana tha, ven, Señor Jesús" (Ap 22, 20).

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Dones y frutos del Espíritu Santo - La vida moral de los cristianos está sostenida por los dones del Espíritu Santo. Estos son disposiciones permanentes que hacen al hombre dócil para seguir los impulsos del Espíritu Santo.

Los siete dones del Espíritu Santo son: sabiduría, inteligencia, consejo, fortaleza, ciencia, piedad y temor de Dios. Pertenecen en plenitud a Cristo, Hijo de David (cf Is 11, 1-2). Completan y llevan a su perfección las virtudes de quienes los reciben. Hacen a los fieles dóciles para obedecer con prontitud a las inspiraciones divinas.

Tu espíritu bueno me guíe por una tierra llana (Sal 143,10).
Todos los que son guiados por el Espíritu de Dios son hijos de Dios... Y, si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos de Cristo (Rm 8,14.17)

Los frutos del Espíritu son perfecciones que forma en nosotros el Espíritu Santo como primicias de la gloria eterna. La tradición de la Iglesia enumera doce: ‘caridad, gozo, paz, paciencia, longanimidad, bondad, benignidad, mansedumbre, fidelidad, modestia, continencia, castidad’ (Ga 5,22-23, vg.).

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In Obsequio Jesu Christi.

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'JESUCRISTO PADECIÓ BAJO EL PODER DE PONCIO PILATO,
FUE CRUCIFICADO, MUERTO Y SEPULTADO'
Evangelio según San Lucas, Cap.3, vers.1º: El año decimoquinto del reinado del emperador Tiberio, cuando Poncio Pilato gobernaba la Judea, siendo Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Felipe tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene…

Crucifixión de San Pedro: fue crucificado al revés cabeza abajo - Pergamino con San Pedro en cruz invertida, de Maguncia- Alemania; entre el 900 y el 1000ca. - Museo Diocesano de la Catedral Maguncia (Mainz) Alemania - Pedro en su cruz, invertida. ¿Qué significa todo esto? Es lo que Jesús había predicho a este Apóstol suyo: "Cuando seas viejo, otro te llevará a donde tú no quieras"; y el Señor había añadido: "Sígueme" (Jn 21, 18-19). Precisamente ahora se realiza el culmen del seguimiento: el discípulo no es más que el Maestro, y ahora experimenta toda la amargura de la cruz, de las consecuencias del pecado que separa de Dios, toda la absurdidad de la violencia y de la mentira. No se puede huir del radicalismo del interrogante planteado por la cruz: la cruz de Cristo, Cabeza de la Iglesia, y la cruz de Pedro, su Vicario en la tierra. Dos actos de un único drama: el drama del misterio pascual: cruz y resurrección, muerte y vida, pecado y gracia.

La maternidad divina de María – Catecismo de la Iglesia
495 Llamada en los Evangelios 'la Madre de Jesús'(Jn 2, 1; 19, 25; cf. Mt 13, 55, etc.), María es aclamada bajo el impulso del Espíritu como 'la madre de mi Señor' desde antes del nacimiento de su hijo (cf Lc 1, 43). En efecto, aquél que ella concibió como hombre, por obra del Espíritu Santo, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el Hijo eterno del Padre, la segunda persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre de Dios [Theotokos] (cf. Concilio de Éfeso, año 649: DS, 251).
La virginidad de María
496 Desde las primeras formulaciones de la fe (cf. DS 10-64), la Iglesia ha confesado que Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María únicamente por el poder del Espíritu Santo, afirmando también el aspecto corporal de este suceso: Jesús fue concebido absque semine ex Spiritu Sancto (Concilio de Letrán, año 649; DS, 503), esto es, sin semilla de varón, por obra del Espíritu Santo. Los Padres ven en la concepción virginal el signo de que es verdaderamente el Hijo de Dios el que ha venido en una humanidad como la nuestra:
Así, san Ignacio de Antioquía (comienzos del siglo II): «Estáis firmemente convencidos acerca de que nuestro Señor es verdaderamente de la raza de David según la carne (cf. Rm 1, 3), Hijo de Dios según la voluntad y el poder de Dios (cf. Jn 1, 13), nacido verdaderamente de una virgen [...] Fue verdaderamente clavado por nosotros en su carne bajo Poncio Pilato [...] padeció verdaderamente, como también resucitó verdaderamente» (Epistula ad Smyrnaeos, 1-2).

El acontecimiento histórico y transcendente – Catecismo de la Iglesia
639 El misterio de la resurrección de Cristo es un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas como lo atestigua el Nuevo Testamento. Ya san Pablo, hacia el año 56, puede escribir a los Corintios: "Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce: "(1 Co 15, 3-4). El apóstol habla aquí de la tradición viva de la Resurrección que recibió después de su conversión a las puertas de Damasco (cf. Hch 9, 3-18).
El sepulcro vacío

640 "¿Por qué buscar entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado" (Lc 24, 5-6). En el marco de los acontecimientos de Pascua, el primer elemento que se encuentra es el sepulcro vacío. No es en sí una prueba directa. La ausencia del cuerpo de Cristo en el sepulcro podría explicarse de otro modo (cf. Jn 20,13; Mt 28, 11-15). A pesar de eso, el sepulcro vacío ha constituido para todos un signo esencial. Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección. Es el caso, en primer lugar, de las santas mujeres (cf. Lc 24, 3. 22- 23), después de Pedro (cf. Lc 24, 12). "El discípulo que Jesús amaba" (Jn 20, 2) afirma que, al entrar en el sepulcro vacío y al descubrir "las vendas en el suelo"(Jn 20, 6) "vio y creyó" (Jn 20, 8). Eso supone que constató en el estado del sepulcro vacío (cf. Jn 20, 5-7) que la ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana y que Jesús no había vuelto simplemente a una vida terrenal como había sido el caso de Lázaro (cf. Jn 11, 44).