Friday 26 May 2017 | Actualizada : 2017-03-29
 
Inicio > Leyendas Negras > Judíos - 6º expulsión de Francia, Alemania, España época 1023-1300; 1492

 

La nueva judeofobia ha realizado otra sorprendente síntesis; y es que ha puesto de acuerdo a tres ideologías aparentemente dispares y opuestas: la izquierda, el islamismo y la extrema derecha. Pese a sus diferencias retóricas, lo cierto es que todas ellas comparten un profundo desprecio por la libertad y la democracia.

 

Israel es la quintaesencia de Occidente, la avanzadilla democrática en Oriente Medio: algo que, como a los judíos antaño, lo convierte inmediatamente en culpable, haga lo que haga, y en objetivo a destruir por parte de los enemigos dela libertad. Adiferencia del viejo antisemitismo religioso, es de esas tres fuentes ideológicas, esencialmente antidemocráticas y totalitarias, de donde se nutre el nuevo antisemitismo.

 

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Judíos en Colonia

En 321 d.C, un édito del emperador Constantino posibilitó que los judíos fueran elegidos para la Cámara Municipal.  El primero pogrom contra los judíos ocurrió en 1349, y en 1424 ellos fueron expulsos de la ciudad, pero fueron autorizados a regresar en 1798.

 

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La expulsión de los judíos.

 

   El año 1492  no marcó solo el final de la Reconquista  y el  Descubrimiento, hitos históricos relacionados, sino el de la expulsión de los judíos. La historia de los judíos en Europa,  y desde luego en España, alternó entre la tolerancia (en el sentido estricto de ser tolerados, no queridos), la persecución y la expulsión. Francia, Inglaterra y  Austria los habían expulsado en distintos momentos. En España los progroms habían sido recurrentes, como en el resto del continente, en especial el muy sangriento de 1391. Por lo común,  los judíos habían sido protegidos por los reyes y los nobles y, de modo ambivalente, por el Papado; y odiados por el pueblo llano (con las excepciones de rigor). Ya hemos aludido a las razones de esa aversión, básicamente su consideración de “pueblo deicida”, su carácter inasimilable, pues en toda Europa, como en Al Ándalus, siempre fueron vistos como un cuerpo social extraño,  y peligroso por el efecto corrosivo atribuido a su religión; en España la antipatía se extendía a la memoria de su colaboración con la invasión islámica. Precisados a protegerse entre sí en un ambiente por lo general  hostil, los judíos desarrollaron formas de solidaridad que a los ojos de los gentiles  les asemejaban a una sociedad  opaca, dedicada a secretas intrigas para socavar y destruir el cristianismo, acusación ya presente entre los visigodos. No menos inquina causaba la dedicación de la élite judaica a negocios como la recogida de impuestos y la usura, o la ostentación, por algunos, de su riqueza. Aunque los judíos ricos eran pocos, se creaba el estereotipo del “judío” enriquecido explotando las necesidades de los cristianos y dueño de un poder ganado por vías oscuras, más ultrajante por venir de una minoría ajena al país y su cultura. Pero esa capacidad para hacer y recaudar dinero era precisamente la razón de su protección por los reyes y los grandes… así como los impuestos a las aljamas o juderías, mayores que los que gravaban a los cristianos.
 

Se han dado diversas explicaciones de la habilidad comercial y financiera de los judíos --en realidad solo de la capa superior de ellos--, pero una causa parece probable: la hostilidad y  persecuciones sufridas les impulsaba a buscar bienes por así decir intangibles o fáciles de transportar si era preciso huir, creándose así un círculo vicioso: sus actividades generaban odio, pero eran al mismo tiempo su salvaguardia en caso de necesidad. La misma causa, posiblemente, tenía el interés de muchos de ellos por conseguir una preparación profesional que les permitiera valerse  en cualesquiera circunstancias. Ese interés por la instrucción formó una élite culta, profesionalmente experta y de notable capacidad intelectual, que intervino destacadamente en la Escuela de Traductores de Toledo y otras empresas culturales cristianas como las de Alfonso X el Sabio; y una cultura propia, en hebreo, árabe o idiomas españoles, de los que Maimónides es el ejemplo más elevado.
   Maimónides, precisamente, había inaugurado, hacia las Escrituras, una tendencia racionalista que muchos otros judíos rechazaban como una herejía. En dirección contraria se desarrolló la Cabalá (Tradición), predominante en la Península ibérica, donde, en Castilla, en la segunda mitad del siglo XIII,  se escribió el Sefer ha-Zohar (Libro del esplendor), obra central de la corriente cabalística. La Cabalá trataba de aclarar el significado profundo de la Biblia por métodos como el valor numérico de las letras, descomposición de las palabras en sus letras para formar con ellas nuevas palabras, o la obtención de significados alterando el orden de las letras de las palabras. 
     Debido a la presión ambiente, violenta y no violenta, las juderías  o aljamas sufrían una constante corrosión, y los bautismos fueron una corriente más o menos continua,  aunque siempre lejos de ser definitiva. Que el pueblo hebreo no se desintegrase pese a vivir siglo tras siglo bajo tal inseguridad y  acoso, es sin duda uno de los hechos más sorprendentes de la historia. Sin duda la noción de ser el pueblo elegido por Dios le daba una capacidad de resistencia excepcional, máxime al carecer de territorio propio y hallarse siempre, por tanto, en inferioridad. A ello se unía la esperanza, nunca perdida, de un mesías y la vuelta a Jerusalén; esperanza exacerbada a mediados del siglo XIV por las profecías, basadas en cálculos matemáticos, de Abraham bar Hiyá, dos siglos anterior (su Tratado de geometría fue por siglos texto en las escuelas cristianas). La religión se mantenía por medio del estudio, repetición y comentario de la Torá o Pentateuco. Los comentarios habían dado lugar a la Misná o Mishná, base a su vez del Talmud, compilación de historias, consideraciones y  preceptos sobre el trabajo, el derecho civil y comercial,  el matrimonio, la purificación, etc. La vida política y social se identificaba con la religión de modo absorbente, y la repetición y comentario de los textos sagrados, generación tras generación, daba a las comunidades el fuerte sentido de pertenencia que les permitía mantenerse, pese a no estar en condiciones de defenderse o atacar  por las armas, como habían hecho hasta sus repetidas expulsiones de Israel por los romanos. Para los cristianos, el Talmud era otro motivo de sospecha, puesto que ya no se trataba de la Biblia común a las dos religiones.


   Esta unidad no impedía diferencias en la interpretación religiosa que desgarraban a veces las comunidades y que, en condiciones de libertad,  habrían podido generar a conflictos violentos como había ocurrido en tiempos de Roma, atenuados luego por la falta de poder político y militar. Las disputas guardaban notable paralelo con las cristianas desde la introducción de Aristóteles, y giraban en  torno al racionalismo de Maimónides,  el problema del bien y el mal, etc. Algunas tendencias consideraban el mal como un principio activo y poderoso (el tomismo lo entendía, de modo más pasivo,  como ausencia de bien) y se orientaban al gnosticismo. También brotaron en las aljamas ideas similares a las de los franciscanos, con exigencia de pobreza total, esperanza de un mesías próximo y  feroces diatribas contra los judíos acaudalados.


  En el siglo XIII las juderías de España vivieron una época de considerable esplendor, también intelectual. Las de Cataluña eran las más importantes de España, también las de Aragón, y la de la ciudad de Valencia, con 250 familias quizá se convirtió en la mayor de la península. Se les concedían privilegios (relativos) para atraerlos como fuente de ingresos para los reyes y oligarquías. A principios del siglo XIV, el antisemitismo en Alemania y Francia, así como en Mallorca y zonas pirenaicas,  provocó la emigración de bastantes de ellos a Aragón y sobre todo a Castilla. Pero pronto iba a recrudecerse  a su vez el antisemitismo en la  península, empezando por Navarra, muy influida por Francia. A mediados de siglo, con motivo de la Peste Negra circularon las habituales calumnias sobre el envenenamiento de pozos, que dieron lugar a matanzas en Cataluña y Aragón, pese a que las aljamas sufrían la peste no menos que las ciudades cristianas, quizá más, por tratarse de barrios estrechos. La hostilidad persistió hasta que, a finales de siglo, en 1391, estalló en grandes matanzas extendidas desde Andalucía por Castilla, Valencia y Cataluña, provocando también numerosos bautizos forzados.
 

La política oficial osciló entre intentos de conversión mediante la predicación, y el uso de la fuerza, es decir, restricciones legales. Muestra de lo último, las leyes de Ayllón, en 1412, imponían en Castilla  una rigurosa separación de los judíos en barrios cerrados, vestimenta etc., y se les  prohibían todos los oficios provechosos o prestigiosos. En Aragón, la Inquisición  presionaba en pro de medidas resolutivas, por las buenas o las malas. Un converso,  Jerónimo de Santa Fe,  presentó al papa Benedicto XIII una interpretación de los textos bíblicos que justificaban a Jesús como el Mesías verdadero. Benedicto ordenó a los rabinos de la corona de Aragón se presentasen en Tortosa, a partir de  enero de 1413, para instruirse, preguntar y objetar al respecto. Los rabinos señalaron que aun si el mesías había venido, lo que importa es el cumplimiento de la ley sagrada, es decir, del Talmud. El argumento se refinó arguyendo que el mesías debía restaurar Jerusalén, es decir, obrar como un líder político, pero las almas no precisaban de él para salvarse, pues bastaba para ello el cumplimiento de la Ley, aunque el mesías no llegase hasta el final de los tiempos.


   Como entre los judíos comunes y los rabinos hubo algunas discrepancias, se abrió paso la acusación de que los jefes religiosos engañaban y tiranizaban a su pueblo. A su vez, los rabinos acusaron a Jerónimo de Santa Fe de utilizar  textos inseguros, y reafirmaron su opinión de que la Ley expuesta en la Torá es eterna e incambiable: el mesías  solo podía cumplirla, no transformarla, devolviendo a su pueblo Jerusalén y toda la tierra que Dios les había otorgado. Los sufrimientos que comportaba la lealtad a la doctrina debían entenderse como pruebas que Dios recompensaría. Pero hubo bastantes conversiones, lo cual confirmaba a los jefes religiosos el peligro del contacto con los cristianos, y a la vez demostraba que el aumento de la herejía era necesaria para que resplandeciera la virtud de los justos. El contacto con los cristianos se producía ante  todo entre las capas altas y adineradas: eran aquellos banqueros y usureros quienes con su codicia despertaban la cólera de los gentiles, y eran ellos los primeros en abandonar la fe a la hora de la prueba, según denunciaba el líder religioso Salomón Alami. Las discusiones de Tortosa duraron varios meses y, en definitiva la mayoría de los judíos persistió en su religión. Santa Fe los consideró herejes contumaces, y recomendó a Benedicto obrar en consecuencia. Por ello, muchos judíos de la corona de Aragón emigraron a Castilla, a pesar de las leyes de Ayllón, que dejaron pronto de cumplirse.


   Como quedó dicho, Enrique II de Trastámara explotó contra  Pedro I el Cruel, el odio popular antihebreo, pero cambió de actitud al ganar el trono. En 1432 el jefe religioso Abraham Bienveniste,  protegido por Álvaro de Luna, convocó una asamblea de rabinos  para redactar  los Estatutos (takanoz)  de Valladolid, de aplicación en Castilla. Las normas daban a los judíos una extraordinaria autonomía judicial,  con sus propios jueces y prohibición de acudir a jueces cristianos, incluso trataba de establecer la pena de muerte para los delitos de  delación y  calumnia, aunque no tenía medios de hacerla  efectiva salvo que la aprobase el Consejo real. Las aljamas funcionarían con una libertad que levantaba críticas en otros países europeos, y en el propio Papado, pues ella anularía el esfuerzo de convertirlos. Los estatutos obligaban  también a todas las familias a pagar un impuesto especial para sostener casas de oración y maestros que enseñasen a los niños la Torá y el Talmud. Esta atención a enseñanza religiosa, extendida a la instrucción práctica, fue un rasgo muy difundido entre los judíos, y les daba una ventaja cultural sobre la población común cristiana.
    Gracias a la actividad  de rabinos como Bienveniste o Abraham Seneor,  las aljamas fueron rehaciéndose lentamente de la aguda crisis  de los decenios anteriores,  pero aun así  su población había decaído grandemente,  debido a las pestes,  a los progroms y a las conversiones. También había decaído en productividad intelectual, y en riqueza, pues la participación de judíos en los oficios más lucrativos había descendido mucho, teniendo la inmensa mayoría de ellos oficios de escaso lucimiento como pequeños artesanos, tenderos, etc.


   En cualquier caso, la aversión popular a los judíos no dejó de crecer: eran acusados  de crímenes rituales como el asesinato del Niño de La Guardia, de profanar las sagradas formas, de mantener preceptos anticristianos y blasfemos en el Talmud, etc. El odio alcanzaba igualmente a los conversos. Muchos de estos se habían cristianizado por convicción,  a menudo abrazando un intenso nacionalismo hispano, pero otros muchos lo habían hecho de modo forzado, por temor a ser muertos en los progroms o a perder ventajas materiales. Algunos de los primeros mostraron un especial celo antijudaico, y los últimos, los insinceros, quedaban en posición equívoca, rechazados por sus antiguos correligionarios y sospechosos ante los cristianos, que los acusaban de judaizar en secreto. La mentalidad popular tendía a identificar a sinceros e insinceros, incluso a muchos que habían nacido cristianos, pues provenían de familias conversas de generaciones atrás.
     Con todo, los Reyes Católicos adoptaron una política más bien favorable al pueblo de Israel: “Los judíos son tolerados y sufridos y nos los mandamos tolerar y sufrir y que vivan en nuestros reinos como nuestros súbditos y vasallos”; y los protegieron en diversas ocasiones, anulando, por ejemplo, las normas de Bilbao, que obligaban a los comerciantes hebreos a pernoctar fuera de la ciudad, con riesgo de ser saqueados por los bandoleros, y otras restricciones impuestas por diversos municipios. Reaparecieron algunos judíos en la corte, como Abraham Seneor, que llegó a administrador de las rentas del reino y a tesorero de la Hermandad.


   Pero la situación empeoró cuando la Inquisición se extendió de Aragón a Castilla, en 1478, con el nombre de Inquisición Española y dos novedades: no dependía de los obispos como la Inquisición anterior, sino de la corona (aunque el papa estaba, en principio, por encima, y hubo algunos roces entre la corona y el Papado), y mostró mayor actividad desde el principio contra los conversos. Hubo resistencias a ella en Aragón, no muy significativas excepto en Nápoles, donde provocó verdaderas revueltas. La nueva actitud tomó impulso a partir de 1483, cuando Tomás de Torquemada fue nombrado Inquisidor general. A este se le atribuye algún antecesor converso, en todo caso muy secundario. Torquemada ha sido objeto de juicios contradictorios, presentándoselo a menudo como paradigma del más brutal  fanatismo o bien, a juicio del cronista Sebastián de Olmedo, como “el martillo de los herejes, la luz de España, el salvador de su país”.  Defendió la tortura pero la hizo usar bastante menos que en los tribunales corrientes europeos, organizó cárceles más habitables que las ordinarias y aseguró la buena alimentación de los presos (diversos presos comunes trataban de ser transferidos a tribunales eclesiásticos), y  combatió la corrupción judicial y las acusaciones falsas, acordando que quien acusase falsamente a otro recibiría la pena prevista para su víctima. Al mismo tiempo fue inflexible en la persecución de la herejía, sin reparo en llamar ante el tribunal a nobles u obispos. Se le consideraba incorruptible  y procuraba la reconciliación  de los acusados en la medida de lo posible. Suele considerarse que su período al frente de la Inquisición fue especialmente activo y duro,  aunque no hay datos muy fehacientes de ello, lo que permite un amplio margen a la especulación, según la tendencia ideológica del estudioso.


   Como fuere, no hay duda de que fue él quien presionó más fuertemente en pro de la expulsión de los judíos, considerando que la misma eliminaría el problema de los conversos judaizantes, pues estos persistían ocultamente en su fe a causa de la presencia de comunidades judías. La expulsión se estableció por decreto  real tres meses después de la toma de Granada y poco antes de la orden que llevaría al descubrimiento de América.  El decreto daba a los judíos que persistiesen en su fe cuatro meses  para liquidar sus bienes y salir de España. Los fundamentos de la orden no aludían a las acusaciones populares de sacrilegios y asesinatos rituales (que probablemente no creían las personas ilustradas),  y tampoco a la usura, excepto en una versión firmada por  el rey Fernando: “Hallamos los dichos judíos, por medio de grandísimas e insoportables usuras, devorar y absorber las haciendas y sustancias de los cristianos, ejerciendo inicuamente y sin piedad la pravedad usuraria contra los dichos cristianos públicamente y manifiesta como contra enemigos y reputándolos idólatras, de lo cual graves querellas de nuestros súbditos y naturales a nuestras orejas han prevenido”. Esto suena a pretexto, porque tales prácticas se habían restringido mucho. El motivo invocado era religioso, en particular el peligro de contagio y herejía sobre los cristianos. La expulsión valió a los reyes enhorabuenas en toda Europa, también de la Universidad de La Sorbona.

 

   Es probable que los Reyes Católicos esperasen que la comunidad judía, al verse en tal aprieto, se diluyera mediante la conversión, y  se prodigaron las exhortaciones, incluso promesas de privilegios económicos y jurídicos a los que se bautizasen. El prestigioso líder judío Abraham Seneor se convirtió al catolicismo e hizo campaña entre los suyos para que siguieran su ejemplo. Pero la mayoría se mantuvo firme, en contraste con las oleadas de conversiones más o menos forzadas de finales del siglo anterior y principios del XV: los rabinos habían logrado rehacer moralmente a su comunidad.
 

¿Cuántos emigraron?  No es fácil hacer un cálculo,  y las estimaciones varían entre los  200.000 y los 50.000. Pero teniendo en cuenta el número de aljamas, la población judía no podía ser alta después de los períodos de pestes, matanzas y conversiones que habían sufrido. Su número en Cataluña, antes tan alto, había bajado drásticamente. En Aragón quedaban 19 juderías, con un máximo de 1.900 familias,  es decir,  en torno a 10.000 personas, probablemente  muchas menos; y solo ellas significaban el 85% de todas las de la corona, pues entre Cataluña y Valencia se distribuían el restante 15%. Castilla  contaba con 224 aljamas, lo que calculando cien familias por cada una supondrían 22.400 familias y unas cien mil personas, pero seguramente no llegaban a la mitad, ya que una aljama de 200 familias podía considerarse muy numerosa;  pocas tenían más de 50 familias  y muchas no pasaban de 20 ó 30. Por ello, la cifra real de judíos no debía superar los 60.000, y de ella habría que deducir varios millares bautizados in extremis.


  La suerte de los expulsados fue muy varia, y a menudo trágica. Aunque se tomaron algunas medidas para evitar abusos contra ellos, la compraventa de sus bienes se hizo a menudo en condiciones de estafa. En largas filas menesterosas marcharon hacia el destierro, sostenidos en su fe por los rabinos que les exhortaban y hacían que las mujeres y muchachos cantaran y tañeran instrumentos musicales para elevar el ánimo.  El Imperio otomano los acogió bien, asombrándose de que España prescindiera de gente tan hábil en hacer dinero, y en Portugal solo pudieron mantenerse por breve tiempo. Otros marcharon a Italia o a Flandes. Padecieron más los que recalaron en el norte de África, donde bastantes de ellos fueron reducidos a la esclavitud.


   Los estudiosos han ofrecido diversos motivos para esta expulsión, desde el afán de los reyes y otros por enriquecerse con los bienes de los expulsados, hasta el racismo o la “lucha de clases”. Joseph Pérez y Luis Suárez, principalmente,  han deshecho la mayor parte de esas supuestas causas. Los reyes eran conscientes de que la medida  sería económicamente perjudicial --aunque no desastrosa,  porque la economía española se hallaba por entonces en pleno auge y, contra una idea extendida, el peso de los judíos en ella era pequeño--. Las razones  expuestas en el decreto son exclusivamente religiosas, como quedó indicado, lo cual tenía a su vez una dimensión política. La herejía siempre había sido vista como un grave peligro de descomposición social y discordias civiles, razón de que las reacciones ante ella hubieran sido siempre muy duras. Pero además, en la estela de la racionalización del estado, pesaba más que antes la tendencia a la homogeneidad y la norma de que la religión del príncipe debía ser la del pueblo (cuius regio eius religio, que aplicarían también los protestantes). El judaísmo, mirado siempre como un cuerpo extraño, debía disolverse por conversión o de otro modo.  03 de Mayo de 2009 - 07:58:43 - Pío Moa
http://blogs.libertaddigital.com/presente-y-pasado/la-expulsion-de-los-judios-4769/

 

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Sobre la decadencia hispana: “¿Reacción, tras la expulsión de 1492, contra los valores judíos de trabajo --incluidas las actividades financieras--, ahorro, estudio, especulación filosófica, promoción del talento, etc.?”.

Esta tontería está extendidísima, incluso entre personas inteligentes,  a partir de la judeomanía de Américo Castro, y por lo visto es muy difícil de erradicar. Los judíos españoles destacaban en muy pocas cosas por entonces, ni siquiera tenían una oligarquía muy enriquecida. Y apenas fueron expulsados, España se convirtió en una de las primeras potencias mundiales,  política y culturalmente.  Obviamente, el éxito español no se debió a dicha expulsión, pero tampoco tuvo nada que ver con los judíos (algunos conversos tuvieron un papel importante, pero ya no eran judíos en su mayoría, pese a la desconfianza suscitada por una parte de ellos). Por otra parte, basta recordar el franquismo como época de éxito y desarrollo español en casi todos los campos, y que tampoco debió nada a los judíos. Con la mayor facilidad pasamos de un antijudaísmo primario y absurdo a una beata judeomanía.   2010

 

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Las dos cruces de Isabel. Primera: la expulsión de los judíos (6-8) 

 

Javier Olivera Ravasi, el 18.04.2016 a las 5:28 AM

 

 

 

Las dos cruces de Isabel

 

a. La “expulsión” de los judíos

 

He aquí el gran drama de Isabel. Desde el último siglo y, especialmente en los últimos años, aquí se encuentra la piedra de toque de la católica reina. Basta con recordar que san Juan Pablo II, intentó su beatificación en las vísperas del V Centenario del descubrimiento de América (1492) pero encontró tal oposición que se vio obligado a suspenderla. Pero ¿de dónde venían las críticas?

 

Extrañamente a lo que podría pensarse, esta vez provenían, en parte, de la misma Iglesia, como señala Jean Dumont:

 

Una violenta campaña judía y pro-judía ha logrado de Roma la «suspensión» del proceso de beatificación de Isabel la Católica. Suspensión anunciada por el cardenal Felici, Prefecto de la Congregación romana para la causa, de los santos, el día 28 de marzo de 1991 y, que inmediatamente, ha motivado las felicitaciones (dirigidas el mismo día o el siguiente) de la célebre organización mundial del lobby judío, la Anti-Diffamation League of B’nai Brith. Felicitaciones que fueron recibidas en Roma a partir del día 2 de abril e iban dirigidas a monseñor Cassidy, presidente del Consejo para el ecumenismo, enviadas, por consiguiente, por gentes bien al tanto de lo que se tramaba» (…). El mismo (diario) Le Monde no ha revelado entre los prelados promotores de la «suspensión» del proceso de beatificación religiosa de «la católica» por título de la Iglesia, más que al cardenal Lustiger, que no ha cesado de referirse él mismo a su nacimiento judío (…)[1]. 

 

 

 

Pero, ¿qué fue lo que sucedió? Intentemos verlo a partir de la historia y no de la ideología.

 

Claudio Sánchez Albornoz, autor, que por su pasado político[2] resulta intachable para la ocasión, analizó con gran erudición el tema en su magna obra España, un enigma histórico[3], donde decía:

 

Ningún español culto siente hoy antipatía alguna hacia el pueblo hebreo, pero aún están vivas las sañas hebraicas contra España. Procuran los estudiosos hispanos examinar con serenidad la historia de los judíos peninsulares, y algunos llegan a mostrarles férvida devoción; los estudiosos judíos no han logrado a la hora de hoy contemplar el remoto ayer del pueblo hispano con mirar justiciero libre de rencor (…). Los españoles no fueron más crueles con los hebreos que los otros pueblos de Europa, y contra ninguno de ellos han sido sin embargo tan sañudos los hebreos[4]. La convivencia entre judíos y cristianos fue siempre difícil y llegó a ser imposible, pero no porque los hebreos llenaran el vacío dejado por la incapacidad de los cristianos y éstos se dejaran arrastrar por un torturante e invencible complejo de inferioridad. Fue siempre difícil y llegó a ser imposible porque los hebreos intentaron dominar, y lograron a lo menos explotar al pueblo que les había dado asilo cuando, huyendo de las persecuciones que padecían en la Europa cristiana o en la España islamita, fueron admitidos en su seno[5].

 

Citando al historiador judío Baer, Sánchez Albornoz señala que «en ningún país de Europa gozaron los hebreos de una pareja equiparación legal con la población cristiana entre la que vivían, ni de una autónoma organización judicial y administrativa remotamente semejante a la que disfrutaban en la España cristiana especialmente en León y Castilla»[6]; era allí, en los reinos de los reyes católicos, donde consiguieron no sólo ser legalmente equiparados a los cristianos sino que hasta se les permitía tener jueces propios y jurar por la Tora. Pero de vital importancia fue el papel jugado por los «marranos»:

 

Durante el medio siglo que precedió a la expulsión, no se atenúan los ecos de la tradicional hostilidad de las masas contra los judíos y atruena el rumor de su nueva enemiga contra los conversos. Eran éstos quienes suscitaban sus cóleras sangrientas; y fueron las proyecciones del problema, insoluble, de la «herética pravedad» de los «marranos» las que crearon el clima propicio para el trágico final. ¡Triste suerte la de los modestos trabajadores de las juderías españolas! La minoría oligárquica de hebreos que había trepado por las escalas de la fortuna había ganado para ellos el odio del pueblo: por su avaricia, su riqueza, su lujo, su orgullo y su poder. Esa minoría los había traicionado, se había hecho bautizar y los había combatido, a las veces con ásperas palabras y con no menos ásperos hechos. Y era ella, ahora, la que por su hipócrita doblez religiosa atraía el rayo sobre toda la nación. Porque fue en verdad la angustia encolerizada de la baja clerecía y de las gentes fanatizadas por ella, ante la falsía y las burlas de los conversos, la que empujó la triste historia de los judíos españoles hacia su terrible desenlace»[7].

 

 

 

El fenómeno político-social necesitaba imperiosamente una solución; fue entonces cuando:

 

          Llegó así el terrible y espantoso desenlace final de la tragedia: el destierro. Ha sido siempre y sigue siendo brutal y cruel el desarraigo de un hombre o de una comunidad de hombres de su solar nativo. No son discutibles la crueldad y la brutalidad de la expulsión de los hebreos de España; como no lo son la barbarie y la monstruosidad de los otros forzados exilios de los judíos de Inglaterra y Francia en la Edad Media, y más aún, dada la altura de los tiempos, las muchas persecuciones padecidas por los hebreos en diversos países en fechas mucho más cercanas a nosotros, y en Alemania en nuestros mismos días (…). Cualquiera sea el horror que nos inspire debemos enfocarlo históricamente como inevitable. No había otra posibilidad de cortar el nudo trágico que había venido apretándose durante cuatro siglos. Era imposible la prolongación indefinida de aquella pugna feroz. Inglaterra y Francia no había hallado otra solución a una fricción incomparablemente menos violenta; y durante el señorío de los Anjou, los napolitanos habían puesto un final no más suave al mismo enfrentamiento. De no haberse decretado la expulsión se habría llegado a la matanza. La marea de la saña popular había alcanzado una fuerza incontenible. Los judíos podían comprar la tolerancia de los reyes, pero no podían apaciguar la furia del pueblo contra ellos. ¿No podían? Habrían podido, sí, pero dejando de ser ellos y los conversos como eran, y eso era… imposible. Los reyes resistieron el odio del pueblo y —digámoslo de nuevo— de algunos conversos vehementemente hostiles a sus hermanos de raza, mientras creyeron que la expulsión podía perjudicar los intereses de sus reinos[8].

 

La cita es antológica, no sólo por lo que dice, sino por la indubitabilidad de quien la profiere.

 

Pero, ¿qué sucedió? ¿Qué determinó a los Reyes a seguir la costumbre de aquellos reinos de expulsar a los judíos?

 

En noviembre de 1491, mientras Isabel y Fernando intentaban la rendición de Granada, hubo en Ávila un suceso trágico: dos judíos y seis conversos, luego de ser apresados, habían sido condenados a muerte bajo el cargo de haber secuestrado un niñito cristiano de cuatro años en la ciudad de La Guardia (Toledo) a quien, luego de vejarlo, lo habían crucificado el Viernes Santo de ese año, en son de burla hacia Cristo; según el proceso, habían arrancado su corazón para utilizarlo en un maleficio contra los cristianos en España.

 

No era la primera vez que sucedía; ya en 1468, en un pueblo cercano a Segovia, había sucedido un episodio similar cuando ciertos judíos, movidos por su rabino Salomón Pico, hurtaron para Semana Santa a un niño y luego de torturarlo, lo ejecutaron.

 

Por cierto que, con frecuencia, podrían atribuirse maldades a los judíos, de allí que, en este caso y dado el tenor de los delitos imputados, se hiciesen prolijas investigaciones llegándose a la convicción de que, efectivamente, un niño había sido abofeteado, golpeado, escupido, coronado de espinas y luego crucificado. El asunto fue tan pulcramente tratado que hasta llegó a ser sometido a un jurado de siete profesores de Salamanca, quienes declararon culpables a los imputados; lo mismo hizo un segundo tribunal en Ávila, luego de lo cual los culpables fueron ejecutados el mismo mes en que se rindió Granada. El niño sería canonizado por la Iglesia bajo el nombre del «Santo Niño de La Guardia»[9].

 

Sobre la autenticidad del episodio se ha dicho mucho; se dijo que el hecho nunca existió y que fue una excusa para tomar la decisión de la expulsión. Las discusiones terminaron luego de que, en el siglo XIX, se publicara el terminante trabajo del P. Fita. Hoy ya ningún historiador serio discute la historicidad del episodio[10].

 

Señala Walsh respecto del proceso que, luego de un año de trabajos (17 de diciembre de 1490 a 16 de febrero, 1491, «aunque las pruebas no se hicieron públicas, el domingo siguiente, desde el púlpito de la iglesia de La Guardia, se dio lectura a la sentencia (…) y la noticia se extendió rápidamente de pueblo en pueblo. En todas partes se produjeron motines en contra de los judíos; y en Ávila una enfurecida multitud mató a pedradas a un judío»[11].

 

Los ánimos estaban más que caldeados; sumado al problema de los marranos, se pensaba a fines de 1491 que los judíos comenzarían a ayudar nuevamente a los moros para iniciar una re-reconquista de España; todo el clima estaba en efervescencia. Las escaramuzas se sucedían una tras otra y debía ponerse un fin al «problema judío». Ya en 1483 lo habían intentado expulsándolos de Andalucía y también de Zaragoza y Albarracín en 1486, luego del asesinato del inquisidor san Pedro de Arbués; pero nada.

 

Esta vez, la indignación que causó el caso del Santo Niño de la Guardia terminó de hacerles tomar una decisión. Es que los Reyes habían intentado todo; la predicación, la exención de responsabilidades, la Inquisición; todo parecía en vano.

 

continuará… 

 

 

 

[1] Jean Dumont, «Reconquista de la historia. Santa Isabel la Católica», en Verbo 295-296 (1991), 707-708. El 20 de Mayo de 1993, el Padre Anastasio Gutiérrez, postulador de la causa de beatificación de la reina, recibió de la Secretaría de Estado vaticana las siguientes líneas: «Mi pregio de significarli, per quanto riguarda la Causa in questione, che le circostanze suggeriscono di approfondire alcuni aspetti del problema, prendendo un tempo conveniente di studio e reflessione». Es decir, «las circunstancias (no se señalan cuáles pero pueden colegirse) aconsejan profundizar algunos aspectos del problema, tomando un tiempo conveniente de estudio y reflexión». Es decir, la causa sigue en trámite pero aún no es el momento de beatificarla. Algo similar sucedió con Santa Juana de Arco, que tardó casi 500 años en recibir el honor de los altares (más información sobre el proceso puede encontrarse aquí: http://www.reinacatolica.org/causa.html).

 

[2] Sánchez Albornoz no sólo ha sido una autoridad mundial en la materia, sino que, por ser anti-franquista, fue republicano y demócrata liberal, hasta debió exiliarse de España durante décadas desconfiados.

 

[3] Claudio Sánchez Albornoz, España, un enigma histórico Sudamericana, Buenos Aires 1971, 2 vv.

 

[4] Ibídem, 163.

 

[5] Ibídem, 180; las cursivas en las citas de Sánchez Albornoz, serán nuestras.

 

[6] Ibídem.

 

[7] Ibídem, 256.

 

[8] Ibídem, 257.

 

[9] El gran poeta Lope de Vega escribió una entonces famosa obra de teatro titulada «El Niño Inocente de La Guardia» para inmortalizar el hecho. Hoy la misma se halla casi prohibida.

 

[10] Al respecto véase  la tesis contraria de I. Loeb, « Le Saint Enfant de La Guardia », en Revue des Études Juives, 15 (1887), 203-232; a la cual respondió el P. Fita, La verdad sobre el martirio del Santo Niño de La Guardia, o sea, El Proceso y quema (16 nov 1491) del judío Juse Franco en Ávila, en BAH, 11 (1887) 7-134 y 14 (1889), 97-104.

 

[11] William T. Walsh, op. cit., 489. «Por más que se han querido declarar infundados, los sacrilegios o sacrificios rituales existieron en muchos lugares.Co­mo el de Santo Dominguito del Val, mártir inglés aparecido en Zaragoza, San Simón de Trento (+ 1475) y el homicidio unido a sacrilegio del Ni­ño de la Guardia (+ 1479)” (Ramiro Sáenz, op. cit., 87-88).

 

Infocatolica.com

 

 

 

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De Nueva historia de España: (…) "La línea de paz [de Felipe III]  incluyó la expulsión de los moriscos, en 1609. Las minorías religiosas habían demostrado ser un germen de guerra interna en Europa (África del norte no tenía ese problema, pues los musulmanes  habían hecho casi desaparecer a los cristianos, por unos u otros medios). Los moriscos formaban una minoría inasimilada y hostil, peligrosa porque se concentraba en algunas regiones, crecía a mayor ritmo que los cristianos y constituía una quinta columna de la piratería magrebí, de la amenaza turca y de Francia, siempre dispuesta a alentar su rebeldía. De su peso en Valencia  da idea el hecho de que su expulsión  dejó zonas semidespobladas. Por todo ello el pueblo en general aprobó su expulsión, pese al daño económico en algunas comarcas, aunque a los nobles les desagradó, porque perdían vasallos e ingresos. Saldrían unos 250.000 moriscos, a veces en condiciones dramáticas, que empeoraron para muchos en el norte de África, donde sus correligionarios a menudo los maltrataron, robaron o esclavizaron (…)".

Los moriscos, el premio Príncipe de Asturias y la traición a España - 2 de Junio de 2010 - 09:14:40 - Pío Moa

 

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…no será el único evento que tenga lugar en fecha tal del calendario gregoriano, es decir, 19 de julio, pues en 1290, 1876 años después, Eduardo I de Inglaterra emitía el Edicto de Expulsión de los judíos, unos 16.000, evento que es importante conocer para quitarnos ese complejo que nos atenaza –como tantos otros relacionados con nuestra historia, qué se le va a hacer- según el cual somos los únicos en haber expulsado judíos de nuestro territorio…

2014 – Julio. 18 

Durante todo el reinado de Eduardo, las dificultades financieras fueron constantes, debido a las continuas campañas militares del monarca.71 Los ingresos provenían de varias fuentes, principalmente aranceles e impuestos indirectos, préstamos e imposición directa (lay subsidies). Durante su reinado, Eduardo adoptó numerosas medidas para lograr la financiación que necesitaba. 

El pueblo judío también constituía una importante fuente de ingresos para el rey. Como propiedad privada suya, podía gravarlos a su conveniencia.73 Sin embargo, en 1280, los judíos ingleses habían sido explotados hasta extraer todo el rendimiento que de ellos se podía, aunque aún conservaban cierto valor político. Ya en 1275, el rey había promulgado el Estatuto de Judaísmo, que prohibía la usura e incentivaba al pueblo hebreo a dedicarse a otras actividades;74 en 1280, se ordenó a este grupo a asistir a sermones especiales de los frailes dominicos con la esperanza de lograr la conversión, aunque sin resultado.75 Finalmente, en 1290, Eduardo ordenó la expulsión formal de los judíos de Inglaterra.76 Esto le permitió apropiarse de los préstamos y propiedades que estaban en poder de los judíos, además de darle un capital político que le permitió obtener un nuevo subsidio del Parlamento. 

71 - ? Harriss, 1975, p. 49 

72 ? Prestwich, 1997, p. plate 14 

73  ? Prestwich, 1997, p. 344 

74 ? Powicke, 1962, p. 322 

75 ?? Morris, 2008, pp. 226 

76 ? Morris, 2008, pp. 226–8 

 

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Otra expresión muy discutible: el Occidente como civilización “judeocristiana”. Aunque el cristianismo procede del judaísmo, difiere de este o lo invierte  en al menos tres aspectos esenciales: no es exclusivista (“pueblo elegido”) sino universalista; separa el poder religioso y el político; elimina la mayor parte de las reglas y rituales que en la cultura judía llegaban a tener  carácter obsesivo. El cristianismo, por otra parte, diferencia claramente “el reino de Dios”, del de este mundo, y marca el primero como un objetivo nunca del todo alcanzable en la tierra. El mesianismo judío lo entendía de otro modo: el mesías vendría como un líder político a dar cumplimiento y apogeo a los objetivos de Israel. Debe añadirse, además, la profunda influencia de la cultura griega y romana en la formación del cristianismo. La cultura occidental es propiamente cristiana, no “judeo-cristiana”, como no es “latino-cristiana” o “greco-cristiana”.

2010-08-26

 

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El caso de los moriscos -   La mentalidad que llevó a la expulsión de los judíos tenía que ver seguramente con la euforia del final de la reconquista. Mas, paradójicamente, no se adoptaron en un primer momento medidas similares contra los mudéjares o moros que permanecían en España, sino que se les reconocieron derechos considerables, incluso privilegios como el de no pagar más impuestos que antes, conservar armas blancas, destitución de gobernantes cristianos sobre los que tuvieran queja. Podían mantener su religión y propiedades, su propio sistema legal, su sistema de instrucción, llevar la ropa que quisieran, no las capas que identificaban a los judíos, retener sin trabas a los cristianos islamizados... Estas normas iban más allá de las de Valladolid con respecto a los judíos, y creaban casi un estado dentro del estado, lo que chocaba con el impulso racionalizador de la monarquía autoritaria. Curiosamente, el odio hacia los mudéjares era mucho menor que hacia los judíos, lo que acaso se explique por las posiciones de poder y riqueza adquiridas por algunos de estos, en contraste con la pobreza casi generalizada de los moros, que vivían en condiciones similares o peores que los cristianos de clase baja.??No obstante, los mudéjares no dejaban de constituir otro cuerpo extraño a la homogeneidad religiosa querida por los reyes, tanto más cuanto que constituían una potencial quinta columna de los poderes musulmanes de África, solo separados por el estrecho de Gibraltar y el breve mar de Alborán, y que mantenían una piratería permanente, aparte de sus grandes invasiones del pasado (no parecía entonces peligro inminente la presencia turca en el Mediterráneo, todavía alejada de las costas españolas). Simétricamente, el África musulmana daba a los moros peninsulares esperanzas de un eventual cambio de tornas . ??Por consiguiente la política hacia ellos cambió pronto. Las predicaciones para convertirlos apenas dieron resultado, y en 1499 se adoptó una postura más drástica, con presiones económicas y a veces físicas para que los jefes musulmanes se bautizasen y arrastrasen a los demás; y se confiscaron y quemaron sus libros religiosos, mientras los científicos fueron enviados a la universidad de Alcalá de Henares. Miles de mudéjares se convirtieron pero otros más se rebelaron en Granada y las Alpujarras, en 1500. Vencida la rebelión, la política de los Reyes Católicos se endureció, y en 1502 se les aplicó la misma alternativa que a los judíos: convertirse o marcharse. La gran masa de ellos aceptó el bautismo, pero mantuvo sus tradiciones, costumbres, vestimenta y, ocultamente, su religión, recibiendo el nombre de moriscos. Así, el problema no desapareció, sino que se iba haciendo más alarmante conforme aumentaba la piratería magrebí y la amenaza turca se aproximaba a España durante el siglo XVI. ??--------------------------
5 de Mayo de 2009 - 08:28:44 - Pío Moa

 

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La expulsión de los judíos

 

3 de Mayo de 2009 - 07:58:43 - Pío Moa - 

El año 1492 no marcó solo el final de la Reconquista y el Descubrimiento, hitos históricos relacionados, sino el de la expulsión de los judíos. La historia de los judíos en Europa, y desde luego en España, alternó entre la tolerancia (en el sentido estricto de ser tolerados, no queridos), la persecución y la expulsión. Francia, Inglaterra y Austria los habían expulsado en distintos momentos. En España los progroms habían sido recurrentes, como en el resto del continente, en especial el muy sangriento de 1391. Por lo común, los judíos habían sido protegidos por los reyes y los nobles y, de modo ambivalente, por el Papado; y odiados por el pueblo llano (con las excepciones de rigor). Ya hemos aludido a las razones de esa aversión, básicamente su consideración de "pueblo deicida", su carácter inasimilable, pues en toda Europa, como en Al Ándalus, siempre fueron vistos como un cuerpo social extraño, y peligroso por el efecto corrosivo atribuido a su religión; en España la antipatía se extendía a la memoria de su colaboración con la invasión islámica. Precisados a protegerse entre sí en un ambiente por lo general hostil, los judíos desarrollaron formas de solidaridad que a los ojos de los gentiles les asemejaban a una sociedad opaca, dedicada a secretas intrigas para socavar y destruir el cristianismo, acusación ya presente entre los visigodos. No menos inquina causaba la dedicación de la élite judaica a negocios como la recogida de impuestos y la usura, o la ostentación, por algunos, de su riqueza. Aunque los judíos ricos eran pocos, se creaba el estereotipo del "judío" enriquecido explotando las necesidades de los cristianos y dueño de un poder ganado por vías oscuras, más ultrajante por venir de una minoría ajena al país y su cultura. Pero esa capacidad para hacer y recaudar dinero era precisamente la razón de su protección por los reyes y los grandes... así como los impuestos a las aljamas o juderías, mayores que los que gravaban a los cristianos.

Se han dado diversas explicaciones de la habilidad comercial y financiera de los judíos –en realidad solo de la capa superior de ellos–, pero una causa parece probable: la hostilidad y persecuciones sufridas les impulsaba a buscar bienes por así decir intangibles o fáciles de transportar si era preciso huir, creándose así un círculo vicioso: sus actividades generaban odio, pero eran al mismo tiempo su salvaguardia en caso de necesidad. La misma causa, posiblemente, tenía el interés de muchos de ellos por conseguir una preparación profesional que les permitiera valerse en cualesquiera circunstancias. Ese interés por la instrucción formó una élite culta, profesionalmente experta y de notable capacidad intelectual, que intervino destacadamente en la Escuela de Traductores de Toledo y otras empresas culturales cristianas como las de Alfonso X el Sabio; y una cultura propia, en hebreo, árabe o idiomas españoles, de los que Maimónides es el ejemplo más elevado.

Maimónides, precisamente, había inaugurado, hacia las Escrituras, una tendencia racionalista que muchos otros judíos rechazaban como una herejía. En dirección contraria se desarrolló la Cabalá (Tradición), predominante en la Península ibérica, donde, en Castilla, en la segunda mitad del siglo XIII, se escribió el Sefer ha-Zohar (Libro del esplendor), obra central de la corriente cabalística. La Cabalá trataba de aclarar el significado profundo de la Biblia por métodos como el valor numérico de las letras, descomposición de las palabras en sus letras para formar con ellas nuevas palabras, o la obtención de significados alterando el orden de las letras de las palabras.

Debido a la presión ambiente, violenta y no violenta, las juderías o aljamas sufrían una constante corrosión, y los bautismos fueron una corriente más o menos continua, aunque siempre lejos de ser definitiva. Que el pueblo hebreo no se desintegrase pese a vivir siglo tras siglo bajo tal inseguridad y acoso, es sin duda uno de los hechos más sorprendentes de la historia. Sin duda la noción de ser el pueblo elegido por Dios le daba una capacidad de resistencia excepcional, máxime al carecer de territorio propio y hallarse siempre, por tanto, en inferioridad. A ello se unía la esperanza, nunca perdida, de un mesías y la vuelta a Jerusalén; esperanza exacerbada a mediados del siglo XIV por las profecías, basadas en cálculos matemáticos, de Abraham bar Hiyá, dos siglos anterior (su Tratado de geometría fue por siglos texto en las escuelas cristianas). La religión se mantenía por medio del estudio, repetición y comentario de la Torá o Pentateuco. Los comentarios habían dado lugar a la Misná o Mishná, base a su vez del Talmud, compilación de historias, consideraciones y preceptos sobre el trabajo, el derecho civil y comercial, el matrimonio, la purificación, etc. La vida política y social se identificaba con la religión de modo absorbente, y la repetición y comentario de los textos sagrados, generación tras generación, daba a las comunidades el fuerte sentido de pertenencia que les permitía mantenerse, pese a no estar en condiciones de defenderse o atacar por las armas, como habían hecho hasta sus repetidas expulsiones de Israel por los romanos. Para los cristianos, el Talmud era otro motivo de sospecha, puesto que ya no se trataba de la Biblia común a las dos religiones.

Esta unidad no impedía diferencias en la interpretación religiosa que desgarraban a veces las comunidades y que, en condiciones de libertad, habrían podido generar a conflictos violentos como había ocurrido en tiempos de Roma, atenuados luego por la falta de poder político y militar. Las disputas guardaban notable paralelo con las cristianas desde la introducción de Aristóteles, y giraban en torno al racionalismo de Maimónides, el problema del bien y el mal, etc. Algunas tendencias consideraban el mal como un principio activo y poderoso (el tomismo lo entendía, de modo más pasivo, como ausencia de bien) y se orientaban al gnosticismo. También brotaron en las aljamas ideas similares a las de los franciscanos, con exigencia de pobreza total, esperanza de un mesías próximo y feroces diatribas contra los judíos acaudalados.

En el siglo XIII las juderías de España vivieron una época de considerable esplendor, también intelectual. Las de Cataluña eran las más importantes de España, también las de Aragón, y la de la ciudad de Valencia, con 250 familias quizá se convirtió en la mayor de la península. Se les concedían privilegios (relativos) para atraerlos como fuente de ingresos para los reyes y oligarquías. A principios del siglo XIV, el antisemitismo en Alemania y Francia, así como en Mallorca y zonas pirenaicas, provocó la emigración de bastantes de ellos a Aragón y sobre todo a Castilla. Pero pronto iba a recrudecerse a su vez el antisemitismo en la península, empezando por Navarra, muy influida por Francia. A mediados de siglo, con motivo de la Peste Negra circularon las habituales calumnias sobre el envenenamiento de pozos, que dieron lugar a matanzas en Cataluña y Aragón, pese a que las aljamas sufrían la peste no menos que las ciudades cristianas, quizá más, por tratarse de barrios estrechos. La hostilidad persistió hasta que, a finales de siglo, en 1391, estalló en grandes matanzas extendidas desde Andalucía por Castilla, Valencia y Cataluña, provocando también numerosos bautizos forzados.

La política oficial osciló entre intentos de conversión mediante la predicación, y el uso de la fuerza, es decir, restricciones legales. Muestra de lo último, las leyes de Ayllón, en 1412, imponían en Castilla una rigurosa separación de los judíos en barrios cerrados, vestimenta etc., y se les prohibían todos los oficios provechosos o prestigiosos. En Aragón, la Inquisición presionaba en pro de medidas resolutivas, por las buenas o las malas. Un converso, Jerónimo de Santa Fe, presentó al papa Benedicto XIII una interpretación de los textos bíblicos que justificaban a Jesús como el Mesías verdadero. Benedicto ordenó a los rabinos de la corona de Aragón se presentasen en Tortosa, a partir de enero de 1413, para instruirse, preguntar y objetar al respecto. Los rabinos señalaron que aun si el mesías había venido, lo que importa es el cumplimiento de la ley sagrada, es decir, del Talmud. El argumento se refinó arguyendo que el mesías debía restaurar Jerusalén, es decir, obrar como un líder político, pero las almas no precisaban de él para salvarse, pues bastaba para ello el cumplimiento de la Ley, aunque el mesías no llegase hasta el final de los tiempos.

Como entre los judíos comunes y los rabinos hubo algunas discrepancias, se abrió paso la acusación de que los jefes religiosos engañaban y tiranizaban a su pueblo. A su vez, los rabinos acusaron a Jerónimo de Santa Fe de utilizar textos inseguros, y reafirmaron su opinión de que la Ley expuesta en la Torá es eterna e incambiable: el mesías solo podía cumplirla, no transformarla, devolviendo a su pueblo Jerusalén y toda la tierra que Dios les había otorgado. Los sufrimientos que comportaba la lealtad a la doctrina debían entenderse como pruebas que Dios recompensaría. Pero hubo bastantes conversiones, lo cual confirmaba a los jefes religiosos el peligro del contacto con los cristianos, y a la vez demostraba que el aumento de la herejía era necesaria para que resplandeciera la virtud de los justos. El contacto con los cristianos se producía ante todo entre las capas altas y adineradas: eran aquellos banqueros y usureros quienes con su codicia despertaban la cólera de los gentiles, y eran ellos los primeros en abandonar la fe a la hora de la prueba, según denunciaba el líder religioso Salomón Alami. Las discusiones de Tortosa duraron varios meses y, en definitiva la mayoría de los judíos persistió en su religión. Santa Fe los consideró herejes contumaces, y recomendó a Benedicto obrar en consecuencia. Por ello, muchos judíos de la corona de Aragón emigraron a Castilla, a pesar de las leyes de Ayllón, que dejaron pronto de cumplirse.

Como quedó dicho, Enrique II de Trastámara explotó contra Pedro I el Cruel, el odio popular antihebreo, pero cambió de actitud al ganar el trono. En 1432 el jefe religioso Abraham Bienveniste, protegido por Álvaro de Luna, convocó una asamblea de rabinos para redactar los Estatutos (takanoz) de Valladolid, de aplicación en Castilla. Las normas daban a los judíos una extraordinaria autonomía judicial, con sus propios jueces y prohibición de acudir a jueces cristianos, incluso trataba de establecer la pena de muerte para los delitos de delación y calumnia, aunque no tenía medios de hacerla efectiva salvo que la aprobase el Consejo real. Las aljamas funcionarían con una libertad que levantaba críticas en otros países europeos, y en el propio Papado, pues ella anularía el esfuerzo de convertirlos. Los estatutos obligaban también a todas las familias a pagar un impuesto especial para sostener casas de oración y maestros que enseñasen a los niños la Torá y el Talmud. Esta atención a enseñanza religiosa, extendida a la instrucción práctica, fue un rasgo muy difundido entre los judíos, y les daba una ventaja cultural sobre la población común cristiana.??Gracias a la actividad de rabinos como Bienveniste o Abraham Seneor, las aljamas fueron rehaciéndose lentamente de la aguda crisis de los decenios anteriores, pero aun así su población había decaído grandemente, debido a las pestes, a los progroms y a las conversiones. También había decaído en productividad intelectual, y en riqueza, pues la participación de judíos en los oficios más lucrativos había descendido mucho, teniendo la inmensa mayoría de ellos oficios de escaso lucimiento como pequeños artesanos, tenderos, etc.

En cualquier caso, la aversión popular a los judíos no dejó de crecer: eran acusados de crímenes rituales como el asesinato del Niño de La Guardia, de profanar las sagradas formas, de mantener preceptos anticristianos y blasfemos en el Talmud, etc. El odio alcanzaba igualmente a los conversos. Muchos de estos se habían cristianizado por convicción, a menudo abrazando un intenso nacionalismo hispano, pero otros muchos lo habían hecho de modo forzado, por temor a ser muertos en los progroms o a perder ventajas materiales. Algunos de los primeros mostraron un especial celo antijudaico, y los últimos, los insinceros, quedaban en posición equívoca, rechazados por sus antiguos correligionarios y sospechosos ante los cristianos, que los acusaban de judaizar en secreto. La mentalidad popular tendía a identificar a sinceros e insinceros, incluso a muchos que habían nacido cristianos, pues provenían de familias conversas de generaciones atrás.

Con todo, los Reyes Católicos adoptaron una política más bien favorable al pueblo de Israel: "Los judíos son tolerados y sufridos y nos los mandamos tolerar y sufrir y que vivan en nuestros reinos como nuestros súbditos y vasallos"; y los protegieron en diversas ocasiones, anulando, por ejemplo, las normas de Bilbao, que obligaban a los comerciantes hebreos a pernoctar fuera de la ciudad, con riesgo de ser saqueados por los bandoleros, y otras restricciones impuestas por diversos municipios. Reaparecieron algunos judíos en la corte, como Abraham Seneor, que llegó a administrador de las rentas del reino y a tesorero de la Hermandad.

Pero la situación empeoró cuando la Inquisición se extendió de Aragón a Castilla, en 1478, con el nombre de Inquisición Española y dos novedades: no dependía de los obispos como la Inquisición anterior, sino de la corona (aunque el papa estaba, en principio, por encima, y hubo algunos roces entre la corona y el Papado), y mostró mayor actividad desde el principio contra los conversos. Hubo resistencias a ella en Aragón, no muy significativas excepto en Nápoles, donde provocó verdaderas revueltas. La nueva actitud tomó impulso a partir de 1483, cuando Tomás de Torquemada fue nombrado Inquisidor general. A este se le atribuye algún antecesor converso, en todo caso muy secundario. Torquemada ha sido objeto de juicios contradictorios, presentándoselo a menudo como paradigma del más brutal fanatismo o bien, a juicio del cronista Sebastián de Olmedo, como "el martillo de los herejes, la luz de España, el salvador de su país". Defendió la tortura pero la hizo usar bastante menos que en los tribunales corrientes europeos, organizó cárceles más habitables que las ordinarias y aseguró la buena alimentación de los presos (diversos presos comunes trataban de ser transferidos a tribunales eclesiásticos), y combatió la corrupción judicial y las acusaciones falsas, acordando que quien acusase falsamente a otro recibiría la pena prevista para su víctima. Al mismo tiempo fue inflexible en la persecución de la herejía, sin reparo en llamar ante el tribunal a nobles u obispos. Se le consideraba incorruptible y procuraba la reconciliación de los acusados en la medida de lo posible. Suele considerarse que su período al frente de la Inquisición fue especialmente activo y duro, aunque no hay datos muy fehacientes de ello, lo que permite un amplio margen a la especulación, según la tendencia ideológica del estudioso.

Como fuere, no hay duda de que fue él quien presionó más fuertemente en pro de la expulsión de los judíos, considerando que la misma eliminaría el problema de los conversos judaizantes, pues estos persistían ocultamente en su fe a causa de la presencia de comunidades judías. La expulsión se estableció por decreto real tres meses después de la toma de Granada y poco antes de la orden que llevaría al descubrimiento de América. El decreto daba a los judíos que persistiesen en su fe cuatro meses para liquidar sus bienes y salir de España. Los fundamentos de la orden no aludían a las acusaciones populares de sacrilegios y asesinatos rituales (que probablemente no creían las personas ilustradas), y tampoco a la usura, excepto en una versión firmada por el rey Fernando: "Hallamos los dichos judíos, por medio de grandísimas e insoportables usuras, devorar y absorber las haciendas y sustancias de los cristianos, ejerciendo inicuamente y sin piedad la pravedad usuraria contra los dichos cristianos públicamente y manifiesta como contra enemigos y reputándolos idólatras, de lo cual graves querellas de nuestros súbditos y naturales a nuestras orejas han prevenido".

Esto suena a pretexto, porque tales prácticas se habían restringido mucho. El motivo invocado era religioso, en particular el peligro de contagio y herejía sobre los cristianos. La expulsión valió a los reyes enhorabuenas en toda Europa, también de la Universidad de La Sorbona.

Es probable que los Reyes Católicos esperasen que la comunidad judía, al verse en tal aprieto, se diluyera mediante la conversión, y se prodigaron las exhortaciones, incluso promesas de privilegios económicos y jurídicos a los que se bautizasen. El prestigioso líder judío Abraham Seneor se convirtió al catolicismo e hizo campaña entre los suyos para que siguieran su ejemplo. Pero la mayoría se mantuvo firme, en contraste con las oleadas de conversiones más o menos forzadas de finales del siglo anterior y principios del XV: los rabinos habían logrado rehacer moralmente a su comunidad.

¿Cuántos emigraron? No es fácil hacer un cálculo, y las estimaciones varían entre los 200.000 y los 50.000. Pero teniendo en cuenta el número de aljamas, la población judía no podía ser alta después de los períodos de pestes, matanzas y conversiones que habían sufrido. Su número en Cataluña, antes tan alto, había bajado drásticamente. En Aragón quedaban 19 juderías, con un máximo de 1.900 familias, es decir, en torno a 10.000 personas, probablemente muchas menos; y solo ellas significaban el 85% de todas las de la corona, pues entre Cataluña y Valencia se distribuían el restante 15%. Castilla contaba con 224 aljamas, lo que calculando cien familias por cada una supondrían 22.400 familias y unas cien mil personas, pero seguramente no llegaban a la mitad, ya que una aljama de 200 familias podía considerarse muy numerosa; pocas tenían más de 50 familias y muchas no pasaban de 20 ó 30. Por ello, la cifra real de judíos no debía superar los 60.000, y de ella habría que deducir varios millares bautizados in extremis.

La suerte de los expulsados fue muy varia, y a menudo trágica. Aunque se tomaron algunas medidas para evitar abusos contra ellos, la compraventa de sus bienes se hizo a menudo en condiciones de estafa. En largas filas menesterosas marcharon hacia el destierro, sostenidos en su fe por los rabinos que les exhortaban y hacían que las mujeres y muchachos cantaran y tañeran instrumentos musicales para elevar el ánimo. El Imperio otomano los acogió bien, asombrándose de que España prescindiera de gente tan hábil en hacer dinero, y en Portugal solo pudieron mantenerse por breve tiempo. Otros marcharon a Italia o a Flandes. Padecieron más los que recalaron en el norte de África, donde bastantes de ellos fueron reducidos a la esclavitud.

Los estudiosos han ofrecido diversos motivos para esta expulsión, desde el afán de los reyes y otros por enriquecerse con los bienes de los expulsados, hasta el racismo o la "lucha de clases". Joseph Pérez y Luis Suárez, principalmente, han deshecho la mayor parte de esas supuestas causas. Los reyes eran conscientes de que la medida sería económicamente perjudicial –aunque no desastrosa, porque la economía española se hallaba por entonces en pleno auge y, contra una idea extendida, el peso de los judíos en ella era pequeño–. Las razones expuestas en el decreto son exclusivamente religiosas, como quedó indicado, lo cual tenía a su vez una dimensión política. La herejía siempre había sido vista como un grave peligro de descomposición social y discordias civiles, razón de que las reacciones ante ella hubieran sido siempre muy duras. Pero además, en la estela de la racionalización del estado, pesaba más que antes la tendencia a la homogeneidad y la norma de que la religión del príncipe debía ser la del pueblo (cuius regio eius religio, que aplicarían también los protestantes). El judaísmo, mirado siempre como un cuerpo extraño, debía disolverse por conversión o de otro modo.

http://blogs.libertaddigital.com/presente-y-pasado/archivo-2009-05.html

 

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Reliquary bust of Saint Yrieix
French (Haute-Vienne), Church of Saint-Yrieix-la-Perche, second quarter of 13th century
Gilded silver, rock crystal, gems, glass, originally over walnut core with silver leaf and gesso on interior; 15 x 9 3/16 x 10 5/16 in. (38.1 x 23.4 x 26.1 cm)
The Metropolitan Museum of Art, New York, Gift of J. Pierpont Morgan, 1917 (17.190.352a,b)

 

Los tópicos de la leyenda negra son bien conocidos: exageración de los males de la Inquisición, invento de oscuras intrigas sobre los reyes Austria, descrédito de la presencia de España en América, presunto fanatismo religioso de los españoles, expulsión de los judíos y de los moriscos, etc. No se trata de entrar en estos temas, sino de intentar explicar los porqués de esa campaña de descrédito y de su perdurabilidad como un locus historicus, un lugar común de la historiografía. Pero baste un dato. España no fue, ni mucho menos, la primera en decidir expulsiones de los judíos. Si en España fue en 1492, varios siglos antes ya habían tenido lugar expulsiones en Francia , en 1182, por mandato de Felipe Augusto; en Inglaterra, en 1290, por orden de Eduardo I de Inglaterra, que fue la primera expulsión de grandes proporciones; durante todo el siglo XIV, en Francia, expulsiones en 1306, 1321/22, y sobre todo la de 1394 por decisión de Felipe IV. Es más, durante siglos los judíos expulsados de Francia se refugiaron en España, país por el que tuvieron siempre predilección.

 

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El nombre de ‘leyenda negra’ es relativamente reciente. Pero el nombre es lo de menos. Importa el hecho. Desde el siglo XVI, se desarrolla en muchos países de Europa una campaña de descrédito contra España y, ciertamente, la ofensiva del protestantismo contra la Iglesia Católica. A partir del siglo XVIII, la campaña contra la reputación  de España y de la religión católica, entra a formar parte de la habitual propaganda de las distintas formaciones masónicas, hasta hoy mismo: 2006-

 

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Los porqués de la leyenda negra -

 

Por Rafael GÓMEZ PÉREZ – Opinión – ‘Historia de Iberia Vieja’ nº12. 2006-06-

En principio, no es otra cosa que la enemistad que suscita siempre el que manda y, durante todo el siglo XVI y una parte del XVII, España es hegemónica en Europa, además de haber descubierto un Nuevo Mundo. Pero Francia fue hegemónica después, Inglaterra en el XIX y hoy los EE.UU., y no ha existido en esos casos un equivalente a la leyenda negra.

 

Los tópicos de la leyenda negra son bien conocidos: exageración de los males de la Inquisición, invento de oscuras intrigas sobre los reyes Austria, descrédito de la presencia de España en América, presunto fanatismo religioso de los españoles, expulsión de los judíos y de los moriscos, etc. No se trata de entrar en estos temas, sino de intentar explicar los porqués de esa campaña de descrédito y de su perdurabilidad como un locus historicus, un lugar común de la historiografía. Pero baste un dato. España no fue, ni mucho menos, la primera en decidir expulsiones de los judíos. Si en España fue en 1492, varios siglos antes ya habían tenido lugar expulsiones en Francia , en 1182, por mandato de Felipe Augusto; en Inglaterra, en 1290, por orden de Eduardo I de Inglaterra, que fue la primera expulsión de grandes proporciones; durante todo el siglo XIV, en Francia, expulsiones en 1306, 1321/22, y sobre todo la de 1394 por decisión de Felipe IV. Es más, durante siglos los judíos expulsados de Francia se refugiaron en España, país por el que tuvieron siempre predilección...

 

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NAPOLEÓN – Las tropas napoleónicas en 1798 saquearon de los ‘museos vaticanos’, 546 obras de arte. Fueron destruidas o desaparecidas nueve (9) piezas de gran valor histórico; 248 piezas nunca restituyó la Francia y gran parte de ellas están en las salas del Louvre-Paris con la mofa-etiqueta: adquirido en 1798.

La Francia fue obligada por una Convención de Viena, a restituirlas a sus originarios y verdaderos propietarios, entrega solo 289 obras, las demás siguen siendo robadas.

 

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8) Época de las Cruzadas (1023-1300)

 

En muchos aspectos, la España musulmana debía muchísimo a la población judía; sin embargo, en 1066, los judíos fueron expulsados del Reino de Granada. También, en varios sentidos, los jóvenes reinos de la España Cristiana estaban en deuda con sus habitantes judíos; no obstante, Fernando I el Magno los sometió a medidas enojosas y solamente se evitó que se levantara la espada contra ellos gracias a la intervención del clero. Sin embargo, estos acontecimientos no fueron mas que tormentas pasajeras;  bien pronto, Alfonso VI (1071-1109) utilizó libremente a los judíos en sus operaciones diplomáticas y militares, mientras que en otros estados musulmanes, distintos de Granada, la cultura judía alcanzó el cenit de su esplendor. La época de las persecuciones contra los judíos empezó realmente con la Primera Cruzada (1096-1099). Los cruzados protagonizaron entre mayo y julio de 1096 sangrientas escenas contra los judíos de Tréveris, Worms, Mainz, Colonia, y otras ciudades renanas; estas escenas se repitieron a medida que los cruzados avanzaban por las ciudades del Main y del Danubio, hasta Hungría. Muchas veces los obispos y los príncipes estaban del lado de las víctimas pero, debido a distintas razones, no tuvieron el poder suficiente para protegerlos efectivamente. Con la captura de Jerusalén, el 15 de julio de 1099, los cruzados descargaron una terrible venganza sobre los judíos de la ciudad caída.

El intervalo entre la Primera y la Segunda Cruzada fue un periodo de descanso y de recuperación para el pueblo judío. No fueron perturbados ni en Inglaterra, ni en Alemania, ni siquiera en Palestina; mientras, en España y en Francia, alcanzaron un alto grado de prosperidad y de influencia y desarrollaron activamente estudios literarios y talmúdicos bajo la guía de Judá Haleví y de los hijos de Rasi. En 1146, en vísperas de la Segunda Cruzada, empezó la violenta persecución de los almohades del norte de África y del sur de España contra los judíos; esta persecución trajo como consecuencia la destrucción inmediata de las sinagogas y de las escuelas judías y habría supuesto la práctica exterminación de los judíos de la España musulmana si no hubiera sido porque la mayoría de ellos encontraron refugio en los dominios cristianos de Alfonso VIII (fallecido en 1157). Entonces llegó la Segunda Cruzada (1147-1149), con sus atrocidades contra los judíos en Colonia, Mainz, Worms, Spira y Estrasburgo, a pesar de las protestas de San Bernardo y de Eugenio III, y de los esfuerzos de los prelados alemanes y del emperador Conrado III en su favor; y con el más deplorable de los resultados, a saber, el mayor sometimiento de los judíos de Alemania a la Corona. Los siguientes cincuenta años fueron, en conjunto, un periodo de paz y de prosperidad para el pueblo judío: en España, donde Judá ibn-Ezra fue administrador del palacio, con Alfonso VIII; en Mesopotamia, donde Mohammed Almuktafi restableció la dignidad de exilarca; en las Dos Sicilias, donde los judíos tuvieron los mismos derechos que el resto de la población; en Italia, donde el papa Alejandro II les fue favorable y donde el Tercer Concilio de Letrán (1179) aprobó decretos que protegían su libertad religiosa; en Inglaterra y en sus provincias de Francia, donde los judíos fueron muy florecientes bajo Enrique Plantagenet (c. 1189); en la misma Francia, donde bajo los benignos reinados de Luis VI y Luis VII (1108-1180) prosperaron notablemente en todos los sentidos. Pero todavía, en alguno de esos países, persistía un odio profundamente asentado contra los judíos y su religión. Este odio se manifestó cuando, en 1171, los judíos de Blois fueron quemados bajo la acusación de que habían utilizado sangre de cristianos para celebrar la Pascua, y permitió a Felipe Augusto, en el año de su ascensión al trono (1180), expulsar a los judíos de sus dominios y decretar la confiscación de todos sus bienes raíces.

 

Cartilla de Alfonso X el sabio (1221-1284)

 

Este sentimiento de odio quedó puesto de manifiesto de manera especial con motivo de la Tercera Cruzada (1189-1192). Los judíos fueron masacrados en varias ciudades de Inglaterra el día de la coronación de Ricardo I, el 3 de septiembre de 1189, y también poco tiempo después, en 1190. Aproximadamente en las mismas fechas, los cruzados asesinaron a los judíos en diferentes plazas de la comarca del Rin, en Viena. Cuando, en 1198, se organizaba una nueva Cruzada (1202-1204), muchos caballeros del norte de Francia quedaron liberados de las deudas que tenían contraídas con acreedores judíos, quienes fueron, posteriormente, expulsados de sus dominios. Sin embargo, Felipe Augusto recibió a los exiliados en su propio territorio, aunque lo hizo principalmente movido por la codicia. Los judíos apelaron a Inocencio III para que pusiera freno a la violencia de los cruzados; y, en respuesta, el pontífice emitió una Constitución que prohibía terminantemente los grupos violentos y obligaba al bautismo; pero esta Constitución tuvo, aparentemente, escaso o ningún efecto.

El año 1204, en el cual tuvo lugar el final de la Cuarta Cruzada, marca el principio de todavía mayores desgracias para los judíos. Ese año fue testigo de la muerte de Maimónides, la mayor autoridad judía del s. XII, y del primero de los numerosos esfuerzos realizados por Inocencio III para evitar que los príncipes cristianos mostraran preocupación por sus súbditos judíos. Poco después, los judíos del sur de Francia sufrieron dolorosamente durante la guerra contra los albigenses, que no terminó hasta 1288. En 1210, los de Inglaterra fueron maltratados por el rey Juan sin Tierra y sus bienes confiscados para el Tesoro. Más tarde, los judíos de Toledo eran asesinados por los cruzados (1212). Las normas de los concilios de la época fueron, en general, desfavorables a los judíos y culminaron, en 1215, con las medidas antijudías del Cuarto Concilio de Letrán, entre las cuales se pueden mencionar la exclusión de los judíos de cualquier cargo público y el decreto según el cual los judíos debían llevar un distintivo que los identificase. Aparte de toda la legislación en su contra, los judíos estaban divididos entre ellos respecto a la ortodoxia de los escritos de Maimónides. Los decretos lateranenses contra los judíos fueron endurecidos paulatinamente allí donde fue posible y comenzaron nuevas persecuciones por parte de reyes y de cruzados; los reyes de Inglaterra se destacaron especialmente por las exacciones de dinero de entre sus súbditos judíos. En muchos lugares se produjeron excesos en la aplicación de los decretos lateranenses, de manera que, en 1235, Gregorio IX se sintió obligado a confirmar la Constitución de Inocencio III y, en 1247, Inocencio IV emitió una Bula reprobando las falsas acusaciones y los diversos excesos que se estaban cometiendo contra los judíos. Escribiendo a los obispos de Francia y Alemania, este último pontífice decía:

Parte de los clérigos, príncipes, nobles y grandes señores de vuestras ciudades y diócesis han inventado planes impíos contra los judíos, privándoles injustamente y por la fuerza de sus bienes y apropiándoselos ellos mismos; . . . los han acusado falsamente de repartirse, para celebrar la Pascua, el corazón de un muchacho asesinado . . . En su malicia, atribuyen a los judíos todos los asesinatos que se cometen, cualquiera que sea la circunstancia en la que ocurran. Y, sobre la base de estas y otras invenciones, han actuado con furia contra ellos, despojándolos de sus propiedades sin ninguna acusación formal, sin confesión, sin ningún juicio legal y sin pruebas, contrariando los privilegios que les otorga la Sede Apostólica. . . . Oprimen a los judíos haciéndolos pasar hambre, encarcelándolos y sometiéndolos a torturas y sufrimientos; los afligen con toda clase de castigos y, a veces, incluso los condenan a muerte; de esta manera, los judíos, aunque viven bajo príncipes cristianos, se encuentran en una situación peor que la que padecieron sus antepasados en la tierra de los Faraones. Se les obliga a vivir sin esperanza en la tierra en la que han morado sus antepasados desde tiempos inmemoriales. . . . Puesto que es nuestro deseo que no vuelvan a ser molestados, . . . ordenamos que os comportéis con ellos de forma amable y amistosa. Cuando llegue a vuestros oídos la noticia de que se ha perpetrado cualquier injusticia contra ellos, reparad los daños cometidos y haced que no vuelvan a padecer semejantes tribulaciones.

En general, no parece que se hizo mucho caso de las protestas de los pontífices romanos en los estados cristianos. En 1254, casi todos los judíos de Francia habían sido desterrados de sus dominios por San Luis. Entre 1257 y 1266, Alfonso X de Castilla compiló un código de leyes que contenían cláusulas muy severas contra los judíos y aceptaba las sangrientas acusaciones que habían sido reprobadas por Inocencio IV. Durante los últimos años de Enrique III (fallecido en 1272), los judíos de Inglaterra fueron de mal en peor. En esa época, el papa Gregorio X emitió una Bula ordenando que no se hiciera ningún daño ni a las personas ni a sus bienes (1273); pero no se pudo reprimir el odio popular contra los judíos, a quienes se acusaba de usura, del uso de sangre cristiana en la celebración de la Pascua, etc.; y el s. XIII, que había sido testigo de la persecución de los judíos en toda la cristiandad, salvo en Austria, Portugal e Italia, se cerró con su total expulsión de Inglaterra, en 1200, bajo Eduardo I y las carnicerías en Alemania, en 1283 y 1298. Durante este periodo tuvieron lugar discusiones públicas, aunque sin éxito, sobre la conversión de los judíos. Más adelante, en la sección "JUDAÍSMO: (4) Judaísmo y Legislación de la Iglesia", se da más información sobre la severidad de las medidas adoptadas por los papas o por los concilios en relación con los judíos y sobre las razones de los prejuicios y del odio popular contra ellos.

 

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“Sutil revolución” de Benedicto XVI en la relación con los judíos

Un sacerdote israelí comenta uno de los discursos del Papa en París

JERUSALÉN, miércoles 01 de octubre de 2008.- Benedicto XVI introdujo una "sutil revolución" en las relaciones con los judíos durante su reciente viaje a París, sencillamente citando el Talmud, explica un sacerdote israelí.

El jesuita David Mark Neuhaus, secretario general de vicariato católico de lengua hebrea en Israel (conocido también como "Asociación de Santiago"), lo aclara en un artículo publicado en el sitio web del vicariato.

"Nos hemos habituado al tono amistoso de los discursos papales y saludos a las diferentes comunidades judías cuando el Papa, después del Concilio Vaticano II, viaja por el mundo --dice el sacerdote, que también ejerce su ministerio sacerdotal como encargado de la comunidad católica hebreoparlante en Haifa.--. Debería quizá señalarse no obstante que en el reciente encuentro con los representantes de la comunidad judía en Francia, el Santo Padre obró otra sutil revolución".

Cuando comentaba la importancia del sabat, el Papa dijo: "¿Acaso no dice el Talmud Yoma (85b): "El sábado ha sido dado para vosotros, no vosotros para el sábado?".

El padre Neuhaus constata que la Iglesia en Francia tiene una historia de censura del Talmud, el cuerpo de legislación civil y ceremonial judíos.

"En 1229, el Papa Gregorio IX envió una carta a los monarcas de Europa ordenándoles confiscar los volúmenes del Talmud de las comunidades judías que vivían en sus tierras --escribe el jesuita--. Se habían dado acusaciones de que el Talmud contenía blasfemias contra la fe cristiana y era un obstáculo para la conversión de los judíos al cristianismo".

"Los monarcas europeos emprendieron pocas acciones fuera de Francia, aunque en muchos lugares se impuso la censura del Talmud".

"En Francia, como resultado de la carta del Papa condenando el Talmud, se estableció la primera disputa pública entre judíos y cristianos, del 25 al 27 de junio de 1240, en París. Dos años después, en junio de 1242, 24 carretadas de libros, incluyendo muchos valiosos volúmenes manuscritos del Talmud, fueron quemados".

"El rey francés, Luis IX, ordenó ulteriores confiscaciones en 1247 y 1248, y los siguientes monarcas de Francia mantuvieron el principio. Una posterior quema de libros tuvo lugar en Toulouse en 1319".

El jesuita se pregunta: "¿No es una sutil revolución que el Santo Padre no sólo salude con fervor a la comunidad judía de París sino que además cite el mismo Talmud babilónico? ¿No es significativo también que cite una enseñanza talmúdica que resuena profundamente en el magisterio de Jesús de Nazaret?".

Para saber más sobre la comunidad católica hebreoparlante en Israel: http://www.catholic.co.il/index.php?option=com_frontpage&Itemid=1

 

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Köln – Alemania - 2005-08-19 S. S. Benedicto XVI

La comunidad judía de Colonia puede sentirse realmente «en casa» en esta ciudad. En efecto, ésta es la sede más antigua de una comunidad hebrea en territorio alemán: se remonta a la Colonia de la época romana. La historia de las relaciones entre la comunidad hebrea y la comunidad cristiana es compleja y a menudo dolorosa. Ha habido periodos de buena convivencia, aunque también se ha producido la expulsión de los judíos de Colonia en el año 1424. Después, en el siglo XX, en el tiempo más oscuro de la historia alemana y europea, una demencial ideología racista, de matriz neopagana, dio origen al intento, planeado y realizado sistemáticamente por el régimen, de exterminar el judaísmo europeo: se produjo así lo que ha pasado a la historia como la Shoá. Sólo en Colonia, las víctimas conocidas por su nombre de este crimen inaudito, y hasta aquel momento también inimaginable, se elevan a 7.000; en realidad, seguramente fueron muchas más. No se reconocía la santidad de Dios, y por eso se menospreció también la sacralidad de la vida humana.

…En los cuarenta años transcurridos desde la Declaración conciliar Nostra aetate, tanto en Alemania como en el ámbito internacional se ha hecho mucho para mejorar y ahondar las relaciones entre judíos y cristianos. Además de las relaciones oficiales, y gracias sobre todo a la colaboración entre los especialistas en ciencias bíblicas, se han entablado muchas amistades. A este propósito, recuerdo las diversas declaraciones de la Conferencia Episcopal alemana y la actividad benéfica de la «Sociedad para la colaboración cristiano-hebrea de Colonia», que ha contribuido a que la comunidad hebrea, a partir del año 1945, pudiera sentirse nuevamente «en su casa» en Colonia y se estableciera una buena convivencia con las comunidades cristianas. Pero queda aún mucho por hacer. Hemos de conocernos recíprocamente mucho más y mejor. Por eso aliento a un diálogo sincero y confiado entre judíos y cristianos: sólo de este modo será posible llegar a una interpretación compartida sobre cuestiones históricas aún discutidas y, sobre todo, avanzar en la valoración, desde el punto de vista teológico, de la relación entre hebraísmo y cristianismo. Este diálogo, para ser sincero, no debe ocultar o minimizar las diferencias existentes: también en lo que, por nuestras íntimas convicciones de fe, nos distinguen unos de otros, y precisamente en ello, hemos de respetarnos recíprocamente.

 

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Cristo Jesús ´el judío´ victima inocente

 

 

La Madre Sofía en Belén 2004, nos contaba con dolor el drama de SUS niños. ¿Sabías que en la "Sharia" --ley musulmana-- todo hijo de musulmán es musulmán y NO puede darse en adopción a cristianos? ¿Sabías que en el Islam la filiación es biológica y la adopción no existe? ¿Sabías que los niños adoptados por musulmanes nunca serán considerados hijos, ni tiene derecho a heredar y que son tratados como sirvientes por las familias que los adoptan?. Era desgarrador escuchar a Madre Sofía, con lagrimas en los ojos, el no poder dar a estos niños en adopción a familias occidentales, donde serían tratados como hijos, pero sobre todo, como dignos hijos de Dios? P. Carlos E. García Llerena - sacerdote eudista- Roma, Marzo del 2005 

 

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«Al volver la mirada atrás y recordar estos años de mi vida, os puedo asegurar que vale la pena dedicarse a la causa de Cristo y, por amor a Él, consagrarse al servicio del hombre. ¡Merece la pena dar la vida por el Evangelio y por los hermanos!
Queridos jóvenes, ¡Id con confianza al encuentro de Jesús! y, como los nuevos santos, ¡no tengáis miedo de hablar de Él! pues Cristo es la respuesta verdadera a todas las preguntas sobre el hombre y su destino»

(Aeródromo de Cuatro Vientos, 3 de mayo de 2003)

«España evangelizada y evangelizadora, ese es el camino. No descuidéis nunca esa misión que hizo noble a vuestro País en el pasado y es el reto intrépido para el futuro». JUAN PABLO II MAGNO

 

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orar al caer del día entra en la tradición de los primeros cristianos 

 

“Muchos escuchan más a gusto a los que dan testimonio, que a los que enseñan, y si escuchan a los que enseñan es porque dan testimonio.” [Pablo VI

 

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"El sufrimiento no me es desconocido. En él encuentro mi alegría, pues en la cruz se encuentra Jesús y Él es amor. Y ¿qué importa sufrir cuando se ama?" . (Teresa de Los Andes, carta 14) 

 

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Nosotros los cristianos no llegamos a un grado de bondad y madurez espiritual de la noche a la mañana; nuestra vida es un continuo caminar. Incluso en los tramos rectos, he encontrado lugares con niebla tan densa que he tenido que seguir adelante creyendo que Jesús iba conmigo guiándome... Me di cuenta de que cuando me acercaba a Jesús despojada de toda pretensión, con espíritu de necesidad, lista para escucharlo y recibir lo que EL tuviera para mí, EL me había encontrado ya en mi punto de mayor necesidad... Cuando el futuro nos parece tenebroso y desolado, con EL todo se transforma en una vida nueva llena de gozo.” [Catherine Marshall (encontrarnos con Dios)].

 

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…como Pedro y Pablo, afrontar mares y romper confines anunciando a Cristo…  «Duc in altum» (Lc 5,4) dijo Cristo al apóstol Pedro en el Mar de Galilea.  «El "señorío de Cristo" sobre "las potencias celestes y el cosmos entero" constituye "un mensaje altamente positivo y fecundo" para el hombre pagano de ayer y de hoy». «Para el mundo pagano, que creía en un mundo lleno de espíritus, en gran parte peligrosos y contra los cuales había que defenderse, aparecía como una verdadera liberación el anuncio de que Cristo era el único vencedor y de que quien estaba con Cristo no tenía que temer a nadie». Dijo el Papa: «lo mismo el paganismo de hoy, porque también los actuales seguidores de estas ideologías ven el mundo lleno de poderes peligrosos. A estos es necesario anunciar que Cristo es el vencedor, así que quien está con Cristo, quien permanece unido a Él no debe temer a nada ni a nadie» Benedicto PP. XVI. Obispo de Roma 14.I.MMIX
 

Pidamos a Dios que nunca, ni cristianos ni musulmanes, pongamos a Dios al servicio de nuestros intereses políticos o de clase. A Dios se le adora, se le da gracias y se le ama.
El objetivo de la esperanza es Dios. Dios trabaja los corazones de los hombres, nos pide dar testimonio de su amor y lo ha hecho la Iglesia en distintas circunstancias.

 

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La Iglesia es universal porque Cristo le ordenó ser global - católica – universal.  Siendo en el 64/67ca. crucificado S.Pedro en cruz invertida, primer obispo de Roma, somos historia ‘Italia-Roma-Vaticano’ bien documentados desde hace 2000 años: «Pero yo puedo mostrar los trofeos de los apóstoles. Pues si deseas ir al Vaticano o al camino de Ostia, verás los trofeos de aquellos que fundaron esta iglesia».

Fuente: Historia Eclesiástica, de Eusebio de Cesarea, tomo I. Editorial CLIE

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(Palestina, c. 265- id., 340) Escritor y prelado cristiano griego. Favorito del emperador Constantino, fue elegido obispo de Cesarea en 313 e intervino en las luchas entre ortodoxos y arrianos. Llevado por su espíritu conciliador, se enfrentó varias veces con Atanasio. Fundó la historiografía eclesiástica, fijó las bases de la cronología hasta 323 en su Crónica y escribió una historia del cristianismo hasta esa fecha. Es autor también de dos obras apologéticas: Preparación evangélica y Demostración evangélica.

 

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“Una tentación de la democracia es pretender que aquellas decisiones de un determinado parlamento se conviertan en fuente de verdad”

 

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El alma cristiana es sana y generosa, agradecida y leal. A nadie desprecia, ni siquiera desecha a los pecadores, sabe que el odio engendra las tinieblas y que, al detestar a los enemigos, es a menudo a los hermanos a quienes se desprecia – saepe fratem odisti, et nescis.

 

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El neopaganismo no niega frontalmente a Dios, simplemente lo domestica invirtiendo los términos: dios es mi imagen y semejanza.

En nuestros días parece verdadera la intuición de Pascal al constatar que el hombre que deja de creer en Dios, no es que deje de creer, sino que cree en todo. No cree que su vida esté segura en manos de Dios, pero sí en la eficacia de un amuleto o la conjunción de los astros, que las cartas del tarot encierran el secreto de su vida futura… Los dioses paganos pueden ser cómodos y confortables pero no parecen ser muy fiables a juzgar por las precauciones que hay que tomar con ellos. 2005

 

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Glorificación de Dios, Señor y Creador

El salmo 148, que ahora se ha elevado a Dios, constituye un verdadero "cántico de las criaturas", una especie de Te Deum del Antiguo Testamento, un aleluya cósmico que implica todo y a todos en la alabanza divina.
Un exegeta contemporáneo lo comenta así:  "El salmista, llamándolos por su nombre, pone en orden los seres:  en el cielo, dos astros según los tiempos, y aparte las estrellas; por un lado, los árboles frutales, por el otro, los cedros; en un plano, los reptiles, y en otro los pájaros; aquí los príncipes y allí los pueblos; en dos filas, quizá dándose la mano, jóvenes y doncellas...
Dios los ha establecido, atribuyéndoles un lugar y una función; el hombre los acoge, dándoles un lugar en el lenguaje, y, así dispuestos, los conduce a la celebración litúrgica. El hombre es "pastor del ser" o liturgo de la creación" (Luis Alonso Schökel, Trenta salmi:  poesia e preghiera, Bolonia 1982, p. 499).   Sigamos también nosotros este coro universal, que resuena en el ábside del cielo y tiene como templo el cosmos entero. Dejémonos conquistar por la alabanza que todas las criaturas elevan a su Creador.

 

 

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Cinco libros sin imposturas ni ocultamientos:

España Frente al Islam - De Mahoma a Ben Laden - Dr. hist. César VIDAL -

Roma dulce hogar. De protestantes, nuestro camino al catolicismo. Ed. Rialp

Leyendas negras de la Iglesia. Vittorio Messori. Ed. Planeta+ Testimonio.

Nueve siglos de cruzadas. Luis María Sandoval. Ed. Criterio-Libros.

Por qué no soy musulmán. Ibn Warraq. Ediciones del bronce.

 

 

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«Una mentira repetida mil veces se convierte en una verdad»; esta frase pertenece a Lenin y es citada por el doctor JOSEPH GOEBBELS que siempre ha admirado el nacional- socialismo comunista, hasta el final de su vida.

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'JESUCRISTO PADECIÓ BAJO EL PODER DE PONCIO PILATO,
FUE CRUCIFICADO, MUERTO Y SEPULTADO'
Evangelio según San Lucas, Cap.3, vers.1º: El año decimoquinto del reinado del emperador Tiberio, cuando Poncio Pilato gobernaba la Judea, siendo Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Felipe tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene…

Crucifixión de San Pedro: fue crucificado al revés cabeza abajo - Pergamino con San Pedro en cruz invertida, de Maguncia- Alemania; entre el 900 y el 1000ca. - Museo Diocesano de la Catedral Maguncia (Mainz) Alemania - Pedro en su cruz, invertida. ¿Qué significa todo esto? Es lo que Jesús había predicho a este Apóstol suyo: "Cuando seas viejo, otro te llevará a donde tú no quieras"; y el Señor había añadido: "Sígueme" (Jn 21, 18-19). Precisamente ahora se realiza el culmen del seguimiento: el discípulo no es más que el Maestro, y ahora experimenta toda la amargura de la cruz, de las consecuencias del pecado que separa de Dios, toda la absurdidad de la violencia y de la mentira. No se puede huir del radicalismo del interrogante planteado por la cruz: la cruz de Cristo, Cabeza de la Iglesia, y la cruz de Pedro, su Vicario en la tierra. Dos actos de un único drama: el drama del misterio pascual: cruz y resurrección, muerte y vida, pecado y gracia.

La maternidad divina de María – Catecismo de la Iglesia
495 Llamada en los Evangelios 'la Madre de Jesús'(Jn 2, 1; 19, 25; cf. Mt 13, 55, etc.), María es aclamada bajo el impulso del Espíritu como 'la madre de mi Señor' desde antes del nacimiento de su hijo (cf Lc 1, 43). En efecto, aquél que ella concibió como hombre, por obra del Espíritu Santo, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el Hijo eterno del Padre, la segunda persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre de Dios [Theotokos] (cf. Concilio de Éfeso, año 649: DS, 251).
La virginidad de María
496 Desde las primeras formulaciones de la fe (cf. DS 10-64), la Iglesia ha confesado que Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María únicamente por el poder del Espíritu Santo, afirmando también el aspecto corporal de este suceso: Jesús fue concebido absque semine ex Spiritu Sancto (Concilio de Letrán, año 649; DS, 503), esto es, sin semilla de varón, por obra del Espíritu Santo. Los Padres ven en la concepción virginal el signo de que es verdaderamente el Hijo de Dios el que ha venido en una humanidad como la nuestra:
Así, san Ignacio de Antioquía (comienzos del siglo II): «Estáis firmemente convencidos acerca de que nuestro Señor es verdaderamente de la raza de David según la carne (cf. Rm 1, 3), Hijo de Dios según la voluntad y el poder de Dios (cf. Jn 1, 13), nacido verdaderamente de una virgen [...] Fue verdaderamente clavado por nosotros en su carne bajo Poncio Pilato [...] padeció verdaderamente, como también resucitó verdaderamente» (Epistula ad Smyrnaeos, 1-2).

El acontecimiento histórico y transcendente – Catecismo de la Iglesia
639 El misterio de la resurrección de Cristo es un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas como lo atestigua el Nuevo Testamento. Ya san Pablo, hacia el año 56, puede escribir a los Corintios: "Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce: "(1 Co 15, 3-4). El apóstol habla aquí de la tradición viva de la Resurrección que recibió después de su conversión a las puertas de Damasco (cf. Hch 9, 3-18).
El sepulcro vacío

640 "¿Por qué buscar entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado" (Lc 24, 5-6). En el marco de los acontecimientos de Pascua, el primer elemento que se encuentra es el sepulcro vacío. No es en sí una prueba directa. La ausencia del cuerpo de Cristo en el sepulcro podría explicarse de otro modo (cf. Jn 20,13; Mt 28, 11-15). A pesar de eso, el sepulcro vacío ha constituido para todos un signo esencial. Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección. Es el caso, en primer lugar, de las santas mujeres (cf. Lc 24, 3. 22- 23), después de Pedro (cf. Lc 24, 12). "El discípulo que Jesús amaba" (Jn 20, 2) afirma que, al entrar en el sepulcro vacío y al descubrir "las vendas en el suelo"(Jn 20, 6) "vio y creyó" (Jn 20, 8). Eso supone que constató en el estado del sepulcro vacío (cf. Jn 20, 5-7) que la ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana y que Jesús no había vuelto simplemente a una vida terrenal como había sido el caso de Lázaro (cf. Jn 11, 44).