"Para quienes desean instalarse en el vacío de la posmodernidad, será un Papa incómodo; para quienes busquen salir de las contradicciones, una luminosa ayuda"

La misericordia de Cristo no es una gracia barata, no supone la banalización del mal. Cristo lleva en su cuerpo y en su alma todo el peso del mal, toda su fuerza destructora. El día de la venganza y el año de la misericordia coinciden en el misterio pascual, en Cristo, muerto y resucitado. Esta es la venganza de Dios: él mismo, en la persona del Hijo, sufre por nosotros. Cuanto más quedamos tocados por la misericordia del Señor, más solidarios somos con su sufrimiento, más disponibles estamos para completar en nuestra carne «lo que falta a las tribulaciones de Cristo» (Colosenses 1, 24). 2005-04-18 Joseph Cardenal + Ratzinger
2005-04-21 - S. S. BENEDICTO XVI
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Ante el problema del relativismo en la cultura contemporánea, un vicario parroquial pidió al Santo Padre una palabra iluminadora sobre la relación entre unidad de fe y pluralismo en teología.
--Benedicto XVI: ¡Es una gran pregunta! Cuando aún era miembro de la Comisión teológica internacional afrontamos durante un año este problema. Fui el relator y, por tanto, lo recuerdo bastante bien. Y, sin embargo, me reconozco incapaz de explicar con pocas palabras esta cuestión. Quisiera decir solamente que la teología ha sido siempre múltiple. Pensemos en los Padres, en el Medioevo, la escuela franciscana, la escuela dominicana, luego en la Baja Edad Media, etc. Como hemos dicho, la palabra de Dios es siempre más grande que nosotros; por eso no podemos agotar jamás el alcance de esta Palabra, y se necesitan enfoques diversos, diversos tipos de reflexión.
Quisiera simplemente decir: es importante que el teólogo, por una parte, en su responsabilidad y en su capacidad profesional, trate de encontrar pistas que respondan a las exigencias y a los desafíos de nuestro tiempo; y, por otra, que sea siempre consciente de que todo esto se basa en la fe de la Iglesia y, por tanto, debe volver siempre a la fe de la Iglesia. Pienso que si un teólogo está arraigado personal y profundamente en la fe y comprende que su trabajo es reflexión sobre la fe, logrará conciliar la unidad con la pluralidad.
Encuentro con los sacerdotes de Roma, el 22 de febrero, Benedicto PP XVI.
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Porque la banalidad del mal comienza por la banalización de la moral, que se evapora cuando se la disocia de la verdad. Basta con afirmar que lo moral es lo legal, según lo decida el poder de turno. Llegados a este punto, la ideología ha suplantado a la ética, y en nombre del partido todo está permitido.
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UN PAPA BENDITO – S. S. BENEDICTO XVI
Por ALEJANDRO CIFRES. Director del Archivo de la Congregación para la Doctrina de la Fe/
ANTEAYER, en la tarde gris de una extraña primavera romana, muchos se llevaron algunas sorpresas. Sorprendente pareció, de hecho, que en el tiempo récord de 24 horas y cuatro votaciones, el Colegio de los Cardenales nunca antes tan variopinto, hubiera alcanzado el consenso suficiente para elegir a un Papa que recogiera, nada más y nada menos, que la herencia inmensa de Juan Pablo II el Grande.
Mayor aún la sorpresa de que el escogido fuera el cardenal alemán Joseph Ratzinger, que habiendo entrado en el cónclave como «papa», estaba destinado -según el viejo adagio romano- a salir de él como «cardenal». En efecto, si bien su nombre estaba entre los favoritos, su trayectoria, su fama de conservador a ultranza y el protagonismo mismo tenido durante la Sede Vacante como Decano del Colegio Cardenalicio lo daban para muchos como un candidato «quemado».
Finalmente la sorpresa del nombre: ni Juan, como el Papa bueno, ni Pablo, como el Papa de la modernidad, ni Juan Pablo o Pío como los gigantes que lo precedieron en el siglo apenas terminado, sino un nombre aparentemente pasado de moda, Benedicto, precisamente el del Papa quizás menos famoso y popular de todo el siglo XX.
Pero claro, estas son sorpresas sólo para quienes no conocían bien al Elegido, o para aquellos que se olvidan, aunque sea sólo por un momento, de la historia y de la naturaleza de la Iglesia, o simplemente miden la realidad sólo con criterios humanos.
Y es que en realidad hemos asistido a uno de esos acontecimientos extraordinarios, a uno de esos momentos de gracia en los que a los ojos del creyente e incluso del no creyente, si tiene la mirada limpia, se presenta en toda su claridad la santidad de la Iglesia, esposa de Cristo, guiada siempre por Él. Ya los acontecimientos -incluso los pequeños «detalles»- que rodearon el tránsito de Juan Pablo II fueron un diseño sorprendente de la Providencia, pero ya no es éste el momento de hablar de ello. Ahora es la elección de su sucesor la que no ha defraudado como revelación del misterio de amor con el que Cristo ama a su Esposa. Dios nos ha enviado en verdad un Pastor universal, un Vicario de Cristo, que es un hombre bendito y una bendición para toda la Iglesia, un «Benedictus».
No debería en efecto sorprender, para empezar, que los cardenales hayan elegido tan pronto, porque entre ellos ha primado la fe y el amor a la Iglesia, así como la profunda responsabilidad de ser fieles a la herencia dejada por el Papa Wojtyla. No debe tampoco sorprender que Ratzinger haya sido el escogido, porque es el hombre de la Providencia en estos momentos para el pueblo de Dios. Y tampoco sorprende que, en lugar de ir a buscar un nombre que definiera una u otra línea pastoral calcada de alguno de sus predecesores inmediatos, el nuevo Papa haya preferido el de Benedicto. Para los hispanoparlantes este nombre resulta un tanto confuso, porque se relaciona casi exclusivamente con el nombre de otros 15 Papas de remota memoria, pero en realidad, en latín y en italiano, Benedicto (Benedictus, Benedetto) no es otro que el nombre del Patrón de Europa, San Benito de Nursia, aquel que con su ejemplo y su palabra, y los de sus continuadores, alumbró la Europa cristiana, ésa que desgraciadamente hace años abandonó en gran parte las enseñanzas de Cristo y ahora parece querer olvidar sus propias raíces cristianas. Los que hemos colaborado con el cardenal Ratzinger sabemos cuánto le ha preocupado siempre la «pavorosa descristianización» de su amada Europa, tierra otrora fecunda de misioneros, que esparcieron el mensaje cristiano por los cinco continentes. Cuánto ha sufrido por el indiferentismo, el hedonismo, la secularización creciente. Él, que porta consigo la experiencia de una familia cristiana, cómo podía no tener en consideración el nombre del apóstol de Europa San Benito, y desear, ahora como Pontífice, contribuir a que ésta se redescrubra hija del Evangelio.
Ratzinger es el hombre al que muchos han tachado injustamente de inquisidor, de dogmático y cerrado al diálogo, de conservador a ultranza. Yo he tenido el privilegio de trabajar con él durante casi 14 años, la mitad del pasado Pontificado, y puedo por ello testimoniar que ninguno de esos clichés se adecuan a su persona. Nacido en Marktl am Inn, un pequeño pueblo de Baviera hace exactamente 78 años, creció en una familia sencilla de profunda religiosidad, donde cada don de Dios era recibido como una bendición, especialmente el don de la fe: su hermano mayor, Georg, sacerdote como él, y como él entregado al servicio de la Iglesia, a través de la Palabra y de la música, del que es un gran maestro; la única hermana, María, que decidió renunciar al matrimonio para cuidar de sus hermanos sacerdotes y que acompañó al que hoy es Papa en todos sus destinos, incluida Roma, hasta su muerte en 1991. Una familia, pues, de benditos, una familia para Dios en favor de los hombres. También el joven Joseph tuvo que realizar numerosas renuncias para servir a la Iglesia. Brillantísimo teólogo ya en los tiempos del Concilio -y considerado entonces, por cierto, como un teólogo casi «peligroso», osado y abierto, como en realidad lo es- tuvo que renunciar a su fulgurante carrera académica por obediencia a Pablo VI, que lo quiso Cardenal Arzobispo de Munich-Frising en 1977, y poco después abandonar su amada patria -sé muy bien cuánto la ama y sufre por ella- para venir a Roma, a recubrir el puesto quizás más odiado por gran parte de los colegas teólogos de su generación, el de Prefecto de lo que los recalcitrantes aún perseveran en llamar «ex Santo Oficio».
Durante casi 25 años ha servido y trabajado con humildad en el puesto que le había sido asignado, sin exigir nunca nada para sí, pobremente, sin llevar una vida de príncipe de la Iglesia, sin lujos ni compañías, más que la de su amada hermana hasta que el Señor se la llevó consigo; desde entonces ha vivido prácticamente solo, con un mínimo servicio, en un apartamento prestado, con la sola asistencia de sus secretarios, que por la mañana lo ayudaban en la Congregación y por las tardes en su infatigable estudio. El Cardenal Ratzinger ha sido el Prefecto que ha enseñado a todos lo que es trabajar, cumplir un horario, levantarse temprano y acostarse tarde para no dejar pendiente ninguno de los graves asuntos que el Papa y la Iglesia ponían en sus manos. Trabajador infatigable, animal de carga, como él mismo se definió cuando explicó en su libro «Mi vida», la razón del oso que campea en su escudo episcopal: «De la leyenda de Corbiniano -escribía-, fundador de la diócesis de Frising, he tomado la imagen del oso. Un oso -cuenta la historia- había matado al caballo del santo, mientras éste se dirigía a Roma. Corbiniano le reprochó ásperamente su crimen y como castigo cargó sobre sus espaldas el fardo que hasta entonces había portado el caballo, y lo obligó a llevarlo hasta Roma... También yo -proseguía el entonces Cardenal- he llevado mi equipaje a Roma, y ya hace muchos años que camino con mi fardo por las calles de la Ciudad Eterna. Cuando seré liberado, no lo sé, pero sé que también para mí vale aquello de «me he convertido en una bestia de carga, y es así como estoy cerca de ti» (cf. Sal 73, 22).
Los que lo hemos conocido sabemos cuántas veces había suplicado a Juan Pablo II que le permitiese abandonar su puesto, que le dejase regresar a la Selva Negra para poder escribir teología mientras las fuerzas aún se lo permitiesen. Y todos sabemos cuántas veces ha renunciado al derecho a jubilarse por ser fiel a Aquel que había puesto toda su confianza en él, por servir en definitiva al Vicario de Cristo y a la Iglesia. Hace apenas tres días, cuando celebrábamos en la Congregación su 78 cumpleaños, a punto de entrar en el Cónclave, nos confiaba con sus pequeños y pícaros ojos llenos de ilusión: «espero que el próximo Papa me confirme sólo unos pocos meses todavía al frente de la Congregación, justo lo necesario para elegir a mi sucesor». Y sabíamos que diciéndolo acariciaba ya su viejo sueño del retiro para sumergirse en las profundidades de su amada teología. Pero los caminos de Dios son diferentes, y el hombre bendito que vino de Alemania para defender la fe, a costa de su propia fama, estaba destinado por Dios a seguir siendo una bestia de carga, llevando sobre sus hombros, esta vez, el peso de toda la Iglesia. 2005-04-21
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-¿Habla realmente castellano?
Responde GEORG RATZINGER Hermano del nuevo Papa - 2005-04-20
-Sé que ha leído frecuentemente en español pero no sé como lo habla. Y ha estudiado a fondo la gran teología española, que ocupa un lugar destacado en su formación, Teresa la Grande (de Ávila) y san Juan de la Cruz, grandes místicos que han representado grandes jalones en la reforma y avance de la Iglesia.
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La cuestión católico-protestante
Los expertos subrayaban la especialización de Benedicto XVI en la cuestión católico-protestante que tanta división costó durante siglos a los alemanes y el norte de Europa. Las primeras palabras del nuevo Papa en este sentido han sembrado cierta esperanza entre las iglesias protestantes, después de que el obispo líder de esta asociación, Wolfgang Huber, hubiese lamentado horas antes de Ratzinger «un cierto grado de exclusión y prejuicio» hacia algunas iglesias reformadas.
La vieja casa de la familia Ratzinger está en la plaza del Mercado número 11. En la misma, que muestra una placa de ciudadano honor para el hasta ahora decano del Colegio Cardenacilio, se señala que aquí nació asimismo en 1779 Georg Lankensperger, el inventor del eje de dirección en los vehículos, algo que parecía una premonición para el hoy nuevo pontífice romano.
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«Duc in altum» (Lc 5,4) dijo Cristo al apóstol Pedro en el Mar de Galilea.
Tras una noche de dura fatiga sin ningún resultado, Jesús invita a Pedro a remar mar adentro y a echar de nuevo la red. Aun cuando esta nueva fatiga parece inútil, Pedro se fía del Señor y responde sin dudar: «Señor, en tu palabra, echaré la red» (Lc 5,4). La red se llena de peces, hasta el punto de romperse. Hoy, después de dos mil años de trabajo en la barca agitada de la Historia, la Iglesia es invitada por Jesús a «remar mar adentro», lejos de la orilla y las seguridades humanas, y a tirar de nuevo la red. Es hora de responder de nuevo con Pedro: «Señor, en tu palabra, echaré la red».
S. S. BENEDICTO PP XVI - 2005-04-21
"Nada tiene de extraño que un Papa fiel a la fe de la Iglesia resulte menos agradable a quienes desearían una Iglesia con una identidad débil y acompasada a los gustos de la postmodernidad".
"El anuncio del Evangelio se hace hoy desde la pobreza de medios de este mundo, con la única fuerza de la misma verdad, y con el diálogo como método, es decir, en apertura comprensiva y misericordiosa a las vacilaciones y dudas, a las heridas y debilidades de tantas personas, a la vez que con firme confianza en el Señor y en todos los hombres, en los cuales quedan siempre vestigios de verdad, de bondad y de anhelo de justicia".
Entre las cualidades personales de Benedicto XVI que garantizan esta elección, porque "es una persona profundamente religiosa y evangélica; de gran austeridad de vida, humilde y sencillo, afable y hasta encantador en el trato personal, dialogante desde la verdad y la aceptación personal de las razones del otro".
"Y es sumamente inteligente, agudísimo en la comprensión de los problemas, tanto a la hora de analizar como de hacer síntesis. Su amplísima cultura, de carácter universal, sin excluir el conocimiento de los idiomas (5) y es pianista, además su obra teológica le acreditan como una de las mejores cabezas de la Iglesia después del Vaticano II".
"Una firme y gozosa esperanza en que Benedicto XVI será un Papa del diálogo con nuestra cultura, que conoce como pocos", aunque advierte que "para quienes desearan instalarse cómodamente y de forma superficial en el vacío espiritual y cultural de la llamada postmodernidad, puede ser un Papa incómodo".
"Para quienes, sin dejar de ser modernos, busquen sinceramente un camino de salida de las contradicciones en que nos tiene sumidos la actual cultura, puede ser una luminosa ayuda".
"Para los católicos, Benedicto XVI será un Papa fiel a la verdad del Evangelio, que consolidará la identidad de la Iglesia en la fe" y "un seguro guía en el discernimiento del camino evangélico de la Iglesia en medio del mundo".
“Puede depararnos significativas sorpresas, en diversos ámbitos de la acción de la Iglesia".
"Es una persona muy inteligente y muy libre. Los católicos hemos sido puestos por el Señor en buenas manos. No hay lugar para el temor, sino para la gozosa esperanza" 2005-04-22
"El Papa Benedicto XVI es un profeta de la verdad y de la humildad. Este fue el secreto de su sabiduría y esta es auténtica si se sustenta en la adoración profunda a Dios y en la fidelidad, sin chantajes, a Jesucristo y a la doctrina de su Iglesia. Lo que ahora nos deparará este Papa es indescifrable y lo que sí es cierto que nos ayudará a centrar nuestra vida en el único Señor de la historia". Benedicto XVI nos llevará por los "caminos de auténtica dignificación" del ser humano.
"La búsqueda del hombre contemporáneo es, cada día, más dramática y la Iglesia tiene el deber de dar a beber el "agua que salta hasta la vida eterna". Este Papa nos va ayudar". Dios guarde a S.S. Benedicto XVI - 2005-04-21
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Benedicto PP XVI a los teólogos: “Dios se deja comprender por los más humildes” 02.XII.2009
“El verdadero teólogo es el que no cae en la tentación de medir con la propia inteligencia el misterio de Dios, vaciando a menudo de sentido la figura de Cristo, sino que es consciente de sus propias limitaciones”. Benedicto PP XVI a los teólogos 02.XII.2009
Para el Papa, los teólogos presuntuosos que estudian las Sagradas Escrituras como algunos científicos que estudian la naturaleza son similares a los antiguos escribas que indicaron a los Magos el camino a Belén.
Son, explicó el pontífice, "grandes especialistas: pueden decir dónde nace el Mesías", pero "no se sienten invitados a ir".
La noticia "no toca su vida, permanecen fuera; pueden dar información, pero la información no se convierte en formación de su propia vida".
"También es así en nuestro tiempo, en los últimos doscientos años observamos lo mismo -continuó-. Son grandes dotados, grandes especialistas, grandes teólogos, maestros de la fe que nos han enseñado tantas cosas".
"Han penetrado en los detalles de las Sagradas Escrituras, de la historia de la salvación, pero no han podido ver el misterio mismo, el verdadero núcleo: que este Jesús era realmente Hijo de Dios", lamentó.
"Se podría fácilmente decir grandes nombres de la historia de la teología de estos doscientos años de los que hemos aprendido mucho, pero que no han abierto su corazón al misterio", destacó.
Con esta manera de proceder, afirmó, "uno se coloca por encima de Dios". "Se pesca en las aguas de las Sagradas Escrituras con una red que permite sólo una cierta medida para estos peces y lo que exceda esta medida no entra en la red y por tanto no existe", explicó.
"Y así, el gran misterio de Jesús, del Hijo hecho hombre, se reduce a un Jesús histórico, realmente una figura trágica, un fantasma sin carne y huesos, alguien que permanece en el sepulcro, que está corrompido, realmente muerto", continuó.
Sin embargo, el Papa destacó que la historia de la Iglesia está llena de hombres y mujeres capaces de reconocer su pequeñez en comparación con la grandeza de Dios, capaces de humildad y por tanto de llegar a la verdad.
Es una historia que va, por ejemplo, "de Bernardette Soubirous a Santa Teresa de Lisieux con una nueva lectura de las Sagradas Escrituras, no científica, sino que entra en el corazón de las Sagradas Escrituras, hasta los santos y beatos de nuestro tiempo: Sor Bakhita, Madre Teresa, Damián de Veuster".
El Papa también mostró estos "pequeños que también son dotados" como modelos de inspiración para "ser verdaderos teólogos que pueden anunciar su misterio porque ha llegado a la profundidad de su corazón".
Entre ellos, también nombró a la Virgen María, al centurión al pie de la cruz y a San Pablo, que "en la primera carta a Timoteo se llama ignorante en aquel tiempo, a pesar de su ciencia; pero el resucitado lo toca, se vuelve ciego y se convierte en realmente vidente, empieza a ver".
"Y el gran docto se convierte en pequeño y, justamente así, ve la insensatez de Dios que es sabiduría, sabiduría más grande que todas las sabidurías humanas".
Los trabajos de la Comisión Teológica Internacional, presidida por el cardenal William Levada, proseguirán en el Vaticano hasta el viernes, 4 de diciembre.
En esta primera sesión del nuevo quinquenio, la Comisión decidirá los temas que tratará en los próximos cinco años y la organización concreta de los trabajos.
Entre los temas que el cardenal presidente ha pedido a la Comisión que tome en consideración, figura la cuestión de la metodología teológica, ya afrontada en el quinquenio anterior.
Benedicto PP XVI a los teólogos 02.XII.2009
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“El verdadero teólogo es el que no cae en la tentación de medir con la propia inteligencia el misterio de Dios, vaciando a menudo de sentido la figura de Cristo, sino que es consciente de sus propias limitaciones”. Benedicto PP XVI a los teólogos 02.XII.2009
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01.XII.2009 el Papa Benedicto XVI les dio una soberana lección a los miembros de la Comisión Teológica Internacional. En una homilía dirigida no sólo a ellos, de hecho más bien creo que pensaba en teólogos de otro perfil, sino a todos los habidos y por haber en el mundo mundial, el Santo Padre puso los puntos sobre las íes. Por ejemplo, afirmó esto:
“Se pesca en las aguas de la Sagrada Escritura con una red que permite sólo una cierta medida para los peces, y todo aquello que está más allá de esta medida no entra en la red y, por lo tanto, no puede existir. Y así, el gran misterio de Jesús, del Hijo hecho hombre, se reduce a un Jesús histórico, realmente una figura trágica, un fantasma sin carne y hueso, uno que ha quedado en el sepulcro, está corrompido, es realmente un muerto. Se trata de un método que “sabe pescar ciertos peces pero excluye el gran misterio porque el hombre se hace él mismo la medida y tiene esta soberbia que, al mismo tiempo, es una gran necedad, que absolutiza ciertos métodos que no son aptos para las grandes realidades (…) Es la especialización que ve todo los detalles pero ya no ve la totalidad”.
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Benedicto XVI: libertad, confianza y comunión
¡Qué fácil habría sido elegir un Papa joven, guapo, sin "antecedentes"!
Para comenzar, nuestra gratitud se dirige al Espíritu Santo, que es quien ha inspirado en última instancia la elección de Benedicto XVI como sucesor de Juan Pablo II. Esta Iglesia es la Esposa de Cristo, y nadie tiene más interés que Él en cuidarla. Dicho lo cual, no podemos olvidar que la acción divina se lleva a cabo a través de mediaciones humanas, y es justo también agradecer a los cardenales de la Iglesia Católica la libertad de espíritu, confianza en Dios, e interna comunión con la que han procedido en esta elección:
Libertad de espíritu: ¡Qué fácil hubiese sido dejarse condicionar en esta elección del cardenal Ratzinger, por el temor a una más que previsible hostilidad mediática, que a la postre podría dificultar la deseable buena acogida de los fieles católicos! Una Iglesia que procediese en base a estos cálculos de imagen, que buscase el aplauso de los hombres por encima de la voluntad de Dios, que hiciese de la corrección política su bandera... jamás hubiese elegido a Joseph Ratzinger como sucesor de Juan Pablo II. Los cardenales han procedido con evidente libertad de espíritu, buscando el bien de la Iglesia y la humanidad, antes que su complacencia.
El cardenal alemán, a diferencia de Karol Wojtila, accede al papado con una imagen notablemente "desgatada". No en vano, ha recibido muchos zarpazos en la defensa de la fe. Está claro que no estamos ante una de esas personas que hacen carrera eclesiástica a costa de esquivar los problemas ingratos y de buscar en cada momento el lugar más cómodo en el ministerio eclesial. Accede al papado un cardenal mártir de la fe.
Confianza en la Providencia: La elección ha recaído en un candidato de edad avanzada -la misma edad de Juan XXIII- y con una salud puesta a prueba. Cabe extraer la interpretación de que estamos ante un pontificado de transición, en el que después de una figura tan carismática como Juan Pablo II, se ha querido dar tiempo para madurar la elección de un Papa más joven. En cualquier caso, en mi opinión, la clave para entender esta elección está en el impacto que ha tenido en toda la Iglesia el testimonio de la vida, enfermedad y muerte de Juan Pablo II. Su testimonio ha sido definitivo de cara a trasmitirnos confianza en la Divina Providencia, permitiéndonos obrar con mayor libertad evangélica por encima de otros cálculos humanos.
Baste recordar las voces de alarma que se levantaron sobre la "imagen patética" que el Papa estaba dando al mostrar a los ojos del mundo su decrepitud. ¡Se temía que la imagen de la Iglesia pudiera resentirse! Y luego resultó que aquella enfermedad y muerte "publicas" ganaron más corazones para Cristo que los planes pastorales desarrollados en plenitud de cualidades humanas.
Esta es la gran lección recibida del pontificado de Juan Pablo II, así como de su "buena muerte": que nuestra única preocupación sea vivir santamente, dando gloria a Dios y sirviendo humildemente al hombre, y dejemos en manos de Dios el cuidado de nuestra imagen. ¡Nuestro público es Dios! Ocupémonos de sus cosas, que El ya se ocupará de las nuestras.
Comunión eclesial: Nos habían calentado la cabeza hasta la saciedad con las quinielas de los papables, y con los supuestos encuadramientos ideológicos entre los cardenales conservadores y progresistas. A tenor de las informaciones que estábamos leyendo y escuchando, algunos podrían haber creído que la fe y moral católica podría cambiar, dependiendo del cardenal en el que recayese la elección. Y, sin embargo, pocas veces ha visto la Iglesia en su historia una elección tan rápida y tanta unánime del sucesor de Pedro; claro indicio de que la comunión en el colegio cardenalicio es muy superior a la supuesta.
Más aún, si existiese humildad para hacer la debida autocrítica, habríamos de admitir que es absurdo juzgar la fe católica desde los parámetros políticos a los que estamos acostumbrados (izquierda-derecha, conservador-progresista). Se trata de términos extraños e inapropiados para designar el ser de la Iglesia, y más todavía, si cabe, para referirse al “depósito de la fe” custodiado por ella.
Para botón de muestra, acordémonos de la reiterada acusación dirigida al pontificado de Juan Pablo II: ¡¡ha sido progresista en temas sociales y conservador en las cuestiones morales y eclesiales!! Lo cierto es que fue -como lo será Benedicto XVI- simplemente fiel y coherente, sin aceptar la doble vara de medir de nuestra cultura. Por poner un ejemplo, ¿tendría sentido que quien lanzó su voz contra la guerra, no hubiese defendido al mismo tiempo la vida humana desde su fase embrionaria hasta su muerte natural? La incoherencia se da tanto en compaginar el belicismo de la política internacional con los valores provida, al estilo de Bush; como en predicar la “alianza de culturas” con el desprecio de la vida humana ya concebida, al estilo de Zapatero.
No es cuestión de dejarnos arredrar por las críticas que estamos escuchando contra la elección de Benedicto XVI. Por desgracia, sabíamos de sobra que los enemigos de Juan Pablo II se habían de convertir también en los opositores de su sucesor, fuera quien fuere, antes o después, en cuanto comenzase a ejercer su ministerio petrino. Y es que; su problema no es el Papa, sino el Papado. ¡No nos confundamos!
José Ignacio Munilla Aguirre - 2005-04-21 ESPAÑA
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LA BATALLA RELIGIOSA
Por César ALONSO DE LOS RÍOS/
EL mundillo cultural y político progresista estaba esperando el martes, con la escopeta cargada, la noticia de la elección del Papa. Temían que, si no Ratzinger, terminara saliendo un candidato de éste. Por tanto, reaccionario e inquisitorial. La homilía en la que aquél había condenado la «dictadura del relativismo» había sido tomada como una declaración de guerra ideológica, ya que venía a plantear, como universal, una cuestión que está desde hace años en el debate político y moral en España: la pérdida de principios y de referencias morales en la izquierda española. Porque aun cuando el relativismo moral alcanza a toda la sociedad, hay una diferencia entre la izquierda y la derecha en este punto: mientras que para aquélla la inexistencia de valores es un valor, para la derecha es al menos motivo de mala conciencia.
Este era, en síntesis, el clima político-religioso que rodeaba al Cónclave y en esto residía el suspense de aquellas horas. Si salía elegido un progresista, habría que acorralar a la Iglesia oficial española como antisocial, y, en el caso de que el elegido fuera Ratzinger o algún cardenal en la línea de este, habría que convertirlo en el paradigma del dogmatismo y el inmovilismo.
Lo repetiré una vez más: la izquierda está lanzada a la batalla contra la religión porque necesita llenar su patético vacío ideológico. Los viejos programas basados en la lucha de clases y en el materialismo histórico están siendo sustituidos por propuestas que en otros tiempos habrían sido consideradas primitivas y precientíficas (desde un punto de vista marxista). Así, el PSOE vuelve a las fuentes anticlericales como vuelve al populismo y a una Ilustración degradada. Terminará echando mano de los tópicos volterianos y de recetas propias de «El frailazo».
EN todo caso, hay que reconocer que pasaron aquellos tiempos en los que los marxistas acudían a Salzburgo para dialogar con los católicos. Claro que entonces (mediados de los sesenta) la izquierda española necesitaba el «empadronamiento» y éste podía llegarle con la ayuda legitimadora de los cristianos dialogantes y heterodoxos. Pero no es éste el caso de Zapatero y su generación. Estos socialistas reclaman el título de la «cáscara amarga» y ni siquiera necesitan el apoyo de los teólogos de la liberación.
ES cierto que el torpe y analfabeto laicismo español que desde las siete de la tarde del martes iba a comenzar a propagar los juicios reduccionistas del nuevo Papa no deja de temer que la personalidad intelectual de este sirva para rearmar a los católicos. Se teme a Ratzinger en la medida que se teme a una gran inteligencia unida a una gran fortaleza moral. En este sentido, la Iglesia puede ser un mal enemigo. Entre otras cosas porque aquí, en España, no hay un agnóstico que como Havermas fuera capaz de mantener una conversación con un Ratzinger. ¿Qué izquierda es ésta que como mucho tiene algún historiador materialista, pero no, desde luego, filósofos marxistas? ¿Qué cultura de izquierdas es esta que tiene que traducir a un pensador tan banal como Flores d´Arcais?
En poco tiempo el progresismo español ha conocido dos pésimas noticias: en política, la reelección de Bush; en religión, la elección de Ratzinger, ya Benedicto XVI. Si el aparato propagandístico socialista ha salido al paso de la primera con un antiamericanismo elemental y zafio, espero que contra la religión no aplique el anticlericalismo incendiario y criminal de la segunda República. Podrían dar una batalla lacista, pero ¿están preparados culturalmente para ello? 2005-04-21 ABC.
“Conocereisdeverdad.org” no se identifica necesariamente con todas las opiniones y matices vertidos por los autores en los artículos aquí publicados, sin embargo, estima que son dignos de consideración en su conjunto.
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"La mies es mucha", dice el Señor. Y cuando dice "es mucha" no se refiere sólo a aquel momento y a aquellos caminos de Palestina por los que peregrinaba durante su vida terrena; sus palabras valen también para nuestro tiempo. Eso significa: en el corazón de los hombres crece una mies. Eso significa, una vez más: en lo más profundo de su ser esperan a Dios; esperan una orientación que sea luz, que indique el camino. Esperan una palabra que sea más que una simple palabra. Se trata de una esperanza, una espera del amor que, más allá del instante presente, nos sostenga y acoja eternamente. La mies es mucha y necesita obreros en todas las generaciones. Y para todas las generaciones, aunque de modo diferente, valen siempre también las otras palabras: "Los obreros son pocos".
EN el comienzo mismo de su pontificado, Benedicto XVI ha querido anticipar algunas líneas maestras del período que ahora se inicia para la Iglesia. Nada mejor que hacerlo frente a quienes pocas horas antes procedían a su elección, que tuvo lugar en un cónclave de corta duración, prueba evidente del consenso básico en el Colegio Cardenalicio. La escueta «hoja de ruta» que ayer apuntaba el nuevo Papa confirma la idea de que se ha impuesto como tarea fundamental la consolidación de la labor realizada por su predecesor, a quien estaban -una vez más- dedicadas sus primeras palabras como muestra de cercanía espiritual. En efecto, como indica el Diccionario de la Real Academia, consolidar significa «dar firmeza y solidez a algo». En este caso, no se trata sólo de prolongar el trabajo, sino también de conseguir que el mensaje evangélico arraigue con energía en un mundo que ofrece con frecuencia síntomas de escepticismo y de falta de convicción moral. Teólogo de máximo nivel, capaz de traducir las intuiciones en conceptos precisos, el Papa Ratzinger ha transmitido, sin duda de forma muy meditada, algunas ideas que marcan el rumbo a seguir. Ante todo, la apuesta en favor de la juventud, preocupación y a la vez consuelo para Juan Pablo II, consciente de que el futuro de la Iglesia pasa por atraer a las nuevas generaciones. De ahí la importancia decisiva de la enseñanza de la Religión y de su presencia en los medios de comunicación, con un planteamiento atractivo pero al mismo tiempo exigente. Si se interpreta rectamente el mensaje, no se trata de ganar adeptos a base de relativismo moral; muy al contrario, el objetivo consiste en demostrar que merece la pena recorrer ese difícil camino que conduce a la visión trascendente de la vida. Los grandes acontecimientos de masas son, según la concepción que inspiraba al Papa anterior y al actual, un medio y no un fin en sí mismos. Por ello, aunque el temperamento de uno y el del otro sean diferentes, parece probable que Benedicto XVI mantenga un fuerte protagonismo en el ámbito público. El anuncio de su primer viaje oficial al encuentro de jóvenes en Colonia supone no sólo una lógica prueba de afecto hacia su patria alemana, sino también una señal que refleja la vía que está dispuesto a seguir.
Otra idea nuclear del pontificado anterior que ahora se refuerza es el entendimiento con las demás iglesias cristianas. Nadie ha hecho tanto como Juan Pablo II en la historia del papado por aproximarse al mundo protestante, anglicano y ortodoxo. Hay muchas discrepancias acumuladas con el paso de los siglos, pero la preparación teológica del nuevo Papa le sitúa en muy buena posición para distinguir lo esencial de lo accesorio y para encontrar elementos comunes. Al fin y al cabo, todas las confesiones comparten análoga preocupación por la impronta materialista y utilitaria que se atribuye -a veces sin reparar en los matices- a la sociedad contemporánea. Conviene asimismo tomar nota de la referencia específica al Concilio Vaticano II, que fue el genuino punto de partida para la actual concepción de la Iglesia. En sus trabajos, por cierto, participó con entusiasmo el entonces joven pero ya reconocido profesor bávaro. Juventud, ecumenismo y apoyo en la gran obra puesta en marcha por Juan XXIII son principios que identifican las intenciones del Papa, en línea con su excepcional predecesor. Un objetivo esperanzador que tal vez haya cogido por sorpresa a quienes han dibujado a toda prisa un perfil dogmático del nuevo Papa y no esperaban una respuesta semejante. Las primeras palabras de Benedicto XVI pueden haber empezado a romper los rígidos esquemas de quienes no entienden que la Iglesia está por encima de una mera división simplista entre progresistas y conservadores. 2005-04-21
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Jesucristo, al momento en que envía a los apóstoles a predicar el evangelio a todo el mundo, desea que su Iglesia sea universal (en griego ‘católicos’), es decir: en plena catolicidad hasta al final de los tiempos, la designa Jesucristo.
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LA UNIVERSALIDAD SALVÍFICA DE JESUCRISTO HACE A SU IGLESIA ‘CATÓLICA’ PORQUE SU ANUNCIO SALVÍFICO ES UNIVERSAL.
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«¿No es una arrogancia hablar de verdad en cosas de religión y llegar a afirmar haber hallado en la propia religión la verdad, la sola verdad, que por cierto no elimina el conocimiento de la verdad en otras religiones, pero que recoge las piezas dispersas y las lleva a la unidad?». Card. + Joseph Ratzinger
Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe - 2004
Fragmento de «La Unicidad y la Universalidad salvífica de Jesucristo y de la Iglesia»
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La inteligencia israelí informa a Zapatero sobre
el pasado antinazi de Benedicto XVI
Como era de esperar, la "progresía" intelectual y política ha hecho circular la fotografía de Joseph Ratzinger desfilando con las tropas nazis cuando contaba 17 años. No han informado todavía de que el actual Benedicto XVI nació muy cerca de Adolf Hitler, hecho casual que seguramente servirá para establecer una relación causa efecto.
La comunidad judía no esta dispuesta a frivolizar con este asunto. Observa a Ratzinger como una "bendición" que impulsará el perdón después del horror nazi. Y, por si quedaban algunas dudas, recientemente las autoridades israelíes informaron al embajador de España en Tel Aviv de que la familia de Joseph Ratzinger era antinazi, que el actual Benedicto XVI fue forzado a afiliarse en las juventudes hitlearianas y que escapó aún asumiendo que pesaba sobre los prófugos la amenaza de pena de muerte.
Tal y como esperaban las autoridades israelíes, el embajador español remitió un oficio al Gobierno Zapatero y esta información descansa clasificada en el Palacio de Santa Cruz desde el pasado martes para conocimiento de Moratinos y del resto de Gabinete. 2005-04-21 Hispania.com
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BENEDICTO EL TEÓLOGO
Por JAIME VÁZQUEZ ALLEGUE Profesor de Sagrada Escritura Universidad Pontificia de Salamanca/
Nada de continuidad. Comienza una nueva etapa en la historia de la Iglesia. Benedicto XVI, el cardenal Joseph Ratzinger, el que era guardián de la ortodoxia, al que algunos consideraban sucesor de los antiguos inquisidores, el teólogo oficial de Juan Pablo II, es el nuevo Papa de la Iglesia.
Todo el mundo sabe que Ratzinger fue el hombre de confianza de Karol Wojtyla en sus últimos años. Pero lo que mucha gente tal vez no sepa es que antes de cardenal fue teólogo, y uno de los más grandes teólogos de la segunda mitad del siglo XX. El doctor Joseph Ratzinger fue profesor de Teología Dogmática, de Teología Fundamental y de Escatología Cristiana. Su pensamiento se hizo presente y determinó en buen grado la teología del Concilio Vaticano II. Por aquel entonces era tachado de progresista y avanzado. Cualquier pensador católico reconoce que su teología orientó la Iglesia del cambio de milenio.
Su figura como teólogo, a veces controvertida y discutida, conserva esa inquietud de intelectual creativo que plasmó -siendo ya cardenal de la Iglesia- en el documento «La interpretación de la Biblia en la Iglesia» de la Pontificia Comisión Bíblica. Sus palabras, lejos de mostrar la imagen de un guardián de la ortodoxia, abrieron las puertas de la exégesis y la teología bíblica a las ciencias sociales, psicológicas, filosóficas, filológicas, a una lectura crítica de la Sagrada Escritura desde los métodos y acercamientos más modernos de interpretación de los textos sagrados.
El Papa Benedicto XVI es un teólogo, un pensador como nunca ha visto la Iglesia sentado en la Cátedra de San Pedro. Joseph Ratzinger es un intelectual venido a Papa. Sobre él recae ahora la demostración de que la praxis ha de tener por detrás el respaldo de una teoría, la de una preparación incuestionable.
Quienes han venido trabajando de cerca con el cardenal Ratzinger, sostienen que es una persona cercana, afable, cordial y muy humana. Quienes lo han tenido como profesor en las facultades alemanas dicen que era un gran pedagogo capaz de hacer pensar a sus alumnos por sí mismos. Ojalá que quienes lo vamos a tener como Sumo Pontífice podamos decir un día que fue uno de los grandes Papas de la Iglesia. 2005-04-21
“Conocereisdeverdad.org” no se identifica necesariamente con todas las opiniones y matices vertidos por los autores en los artículos aquí publicados, sin embargo, estima que son dignos de consideración en su conjunto.
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Se dice que este Papa será un Pontífice duro y conservador...
-Hay una imagen muy limitada del cardenal Ratzinger. Es una persona amable, exquisitamente educada, con una gran cabeza, una profundidad espiritual y unos valores teológicos y humanos importantes. Benedicto XVI nos va a dar muchas sorpresas, y muy gratas, sobre todo a los sectores que ofrecen una imagen caricaturesca de él.
-¿Qué espera de Benedicto XVI?
-Aquello que el Papa ya nos dice en sus primeros gestos. Un acercamiento a los grandes problemas de la Iglesia y entre las comunidades cristianas, y también con algunos sectores teológicos de la Iglesia. Creo que en el campo de la teología va a ver un gran acercamiento, y también, por qué no, con la Teología de la Liberación. Los grandes documentos sobre esta corriente se han hecho desde la Congregación para la Doctrina de la Fe, que nunca ha condenado esta teología sino la politización de la fe. 2005-04-21
Monseñor Doctor CARLOS AMIGO VALLEJO Cardenal Arzobispo de Sevilla España.
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DECLARACIÓN DE HUMILDAD
Acabo de leer el Mensaje que el nuevo Papa ha dirigido a la Iglesia y al mundo al concluir su primera celebración eucarística como Sucesor de Pedro. Me han llamado la atención estas palabras: «Al asumir su ministerio, el nuevo Papa es bien consciente de que su tarea consiste en permitir que la luz de Cristo brille ante los hombres y mujeres de hoy: no la propia luz, sino la de Cristo».
La alegría que inundaba en la tarde del pasado martes la Plaza de San Pedro cuando el cardenal Ratzinger hizo su aparición en el balcón como Benedicto XVI se ha apoderado de toda la Iglesia. Ya tenemos Papa de nuevo. Un Papa que ha suscitado con facilidad el consenso suficiente de los cardenales electores y que nos ha sorprendido escogiendo para sí un nombre inesperado. ¿Podemos aventurarnos a señalar algún motivo de por qué precisamente este hombre y este nombre para el primer Papa del siglo XXI?
Me atrevo a señalar que la razón fundamental de esta elección se esconde en las primeras palabras pronunciadas por el Papa desde el balcón de San Pedro: «Soy un humilde trabajador de la viña del Señor».
Los cristianos necesitamos ante todo conocer a Cristo, amarle e identificarnos vitalmente con Él. En esto ha consistido siempre el ser cristianos. Pero hoy día las dificultades para conseguirlo son especiales. Porque la mentalidad moderna, de la que todos participamos de uno u otro modo, nos induce a pensar con cierta autosuficiencia que el mundo empieza a merecer la pena con lo que cada uno de nosotros idea y hace. El ser humano se considera en estos tiempos a sí mismo como llegado a la edad «adulta» y mira hacia las generaciones pasadas y, en general, hacia todo lo que él mismo no ha pensado o hecho, como cosa de poco o nulo interés.
Pues bien, el Papa se presenta a sí mismo precisamente no como el sujeto que va ha hacer e idear esto y aquello, ni a realizar descubrimientos personales portentosos, sino más bien como quien trabaja humildemente el viñedo de Otro y como quien no ha de hacer brillar las luces propias, sino sólo la luz de Cristo.
Es lo que San Benito enseñó en su tiempo a Europa a través de escuelas, libros y, sobre todo, del testimonio de sus admirables seguidores: «No anteponer nada a Cristo», se lee en la Regla benedictina que modeló y modela el camino de tantos seguidores del Maestro.
Benedicto XVI es un gran teólogo. Sus muchos escritos delatan una mente aguda y clara, un conocimiento excepcional de la historia de las fuentes y del pensamiento cristiano y el aliento espiritual propio de quien ha gustado y meditado aquello sobre lo que piensa. Su teología tiene el aire de la de los Padres de la Iglesia, aquellos geniales escritores conocedores de la literatura y la filosofía clásica y sabios, al mismo tiempo, con la sabiduría que dimana de la contemplación del Verbo encarnado. El teólogo luterano alemán Wolfhart Pannenberg no duda en afirmar que el profesor Ratzinger es la cabeza teológica más preclara que ha producido la teología católica del siglo XX. No es difícil compartir esta opinión desapasionada. Pienso que el secreto de la grandeza y de la creatividad teológica de Ratzinger está precisamente en su connatural capacidad de escucha de la Palabra de Cristo, en su voluntad de no anteponer nada a la sabiduría divina que otorga su Revelación. Un trabajo teológico así orientado exige tanta humildad como inteligencia. Y lo mismo, el trabajo del pastor. Algunos estarán tentados de confundir la obediencia a Cristo, la sencillez en el trabajo de su viña, con una supuesta rigidez doctrinal o incluso con la mera simplicidad iletrada. Por sus frutos los conoceréis. ¿Dónde prospera el conocimiento verdadero de Cristo? ¿Dónde se convierte en esperanza viva la vida cristiana? No precisamente allí donde la fatuidad del pensamiento se deja llevar por la ilusión de que hay que hacerlo todo con las propias manos. No, lo principal ya está hecho por Dios en Cristo. Es necesario dejar que su luz alumbre.
Benedicto XVI comienza su pontificado con una declaración de humildad que viene avalada por muchos años de coherente ministerio teológico al servicio de Jesucristo. Él ha escrito y dicho muchas veces que tampoco la Iglesia ni el Papa lo pueden todo. También el Papa ha de obedecer y escuchar la Palabra de la Vida. Con un programa así, la esperanza seguirá floreciendo en la Iglesia para el gozo y la libertad verdadera de los hombres. 2005-04-21
JUAN ANTONIO MARTÍNEZ CAMINO Secretario General de la Conferencia Episcopal Española/
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El sacerdote no es un empleado, «es un consagrado, un ‘Cristo´ de Dios», célibe, que se nutre de la Eucaristía, lejano de las modas de este mundo y al servicio de la gente.
Habla el secretario de la Congregación para el Clero ROMA.
Lo dijo en una entrevista a L´Osservatore Romano (20-21 marzo 2008) el arzobispo Mauro Piacenza, secretario de la Congregación para el Clero, al subrayar los rasgos sobresalientes del sacerdote y su papel en la misión de la Iglesia en el mundo.
El sacerdote no es un empleado, es un consagrado, un ‘Cristo’ de Dios, célibe, que se nutre de la Eucaristía, lejano de las modas de este mundo y al servicio de la gente.
«El sacerdote no puede realizarse plenamente si la Eucaristía no es de verdad el centro y la raíz de su vida, si su fatiga cotidiana no es irradiación de la celebración eucarística.
Como recuerda el relato evangélico sobre el ‘lavatorio de los pies’ de los apóstoles por parte de Jesús, la tarea del sacerdote está en la entrega incondicional: ¡El sacerdote no se pertenece! Está al servicio del Pueblo de Dios sin límites de horario y de calendario.
La gente no es para el sacerdote, sino el sacerdote para la gente, en su globalidad, sin restringir nunca su propio servicio a un pequeño grupo.
El sacerdote no puede elegir el puesto que le gusta, los métodos de trabajo que considera más fáciles, las personas consideradas más simpáticas, los horarios más cómodos, las distracciones --aunque legítimas-- cuando sustraen tiempo y energías a la propia específica misión pastoral.
Además, aún actuando en el mundo, el sacerdote no está sin embargo asimilado al mundo, mimetizándose en él, dejando de ser fermento transformador.
Frente a un mundo anémico de oración y de adoración, de verdad y de justicia, el sacerdote es sobre todo el hombre de la oración, de la adoración, del culto, de la celebración de los santos Misterios ‘ante los hombres, en nombre de Cristo’.
Su compromiso es el testimonio, entendido etimológicamente como martirio en la conciencia renovada de que Cristo, ordinariamente, viene a nosotros sólo ‘en la’ Iglesia y ‘de la’ Iglesia, que prolonga su presencia en el tiempo.
Porque la Iglesia es trascendente y misterio y sólo si no renuncia a la propia identidad sobrenatural podrá auténticamente evangelizar las realidades ‘naturales’.
En efecto, la Iglesia tiene la tarea ‘negativa’ de liberar al mundo del ateísmo y la ‘positiva’ de satisfacer la necesidad imborrable que el hombre, consciente o inconscientemente, tiene de realizarse, es decir, de la santidad.
Por ello, el sacerdote debe responder a la sed abrasadora de una humanidad siempre en búsqueda y sembrar esa inquietud que es el santo temor de Dios.
En este sentido, la totalidad de la oblación a Dios es el único metro con el que se mide la dignidad de un sacerdote y la garantía de la totalidad del servicio a los hermanos.
Al mismo tiempo, la apertura a los jóvenes de los vastos horizontes de la integridad del seguimiento de Cristo puede contribuir a afrontar la crisis de las vocaciones en la sociedad actual.
Por el contrario, allí donde se efectúan intentos reductores de la identidad y del ministerio pastoral, todo languidece por el camino de la progresiva desertificación.
Pero a la luz de la configuración del sacerdote con Jesucristo, se comprenden mejor también las promesas de obediencia, de castidad vivida en el celibato, en el compromiso de un camino en el desprendimiento de las cosas, de las situaciones, de sí mismos.
El arzobispo por ello subrayó que la castidad garantiza la dimensión esponsal y la gran paternidad, y recordó que en todo esto no hay noes, sino un grande sí liberador, un amor más grande que se expresa en la lógica gozosa de la entrega.
El sacerdote no entrará nunca en crisis ni de identidad, ni de soledad, ni de frustración cultural si, resistiendo a la tentación de perderse en la multitud anónima, no desciende nunca --en cuanto a intención, rectitud moral y estilo-- de la tarima del altar del sacrificio del Cuerpo y de la Sangre de Cristo.
Sin embargo, admitió, frente a una disgregación cada vez más acentuada de los vínculos entre las personas, en cada ámbito social [...] no podemos pensar que la figura del sacerdote célibe no sufra el contragolpe de estas innumerables soledades.
Por esto, hay necesidad de sacerdotes que sepan mostrar la fecundidad para la comunión y para la comunidad de su ‘soledad’ virginal. III.2008
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Giovanni Maria Vian:
«Su imagen de feroz inquisidor
es sólo una burda caricatura»
GIOVANNI MARIA VIAN Catedrático de la Universidad de La Sapienza - Juan Manuel de Prada Enviado especial. Roma/
En las fechas anteriores al Cónclave, Giovanni Maria Vian, catedrático de filología patrística en la Universidad de La Sapienza y miembro del Consejo Pontificio de Ciencias Históricas, apareció para guiarme entre el tumulto de pronósticos contradictorios. Para alguien como yo, poco versado en los intríngulis vaticanos, su ayuda y su generosidad han resultado providenciales. Giovanni Maria Vian me auguró desde un principio que el sucesor de Juan Pablo II sería el cardenal Ratzinger; incluso cuando las primeras fumatas negras hacían prever que su candidatura podría haber fracasado, Vian me aconsejó que centrara mis crónicas en el Decano del Sacro Colegio. Hoy, Giovanni Maria Vian, aunque exhausto después de escribir tropecientos artículos para la prensa italiana, es un hombre feliz y convencido de que el Papado de Benedicto XVI será fructífero e iluminador para la Iglesia. Me he acercado hasta su casa, aledaña de la que ha ocupado durante años, para compartir con los lectores de ABC sus reflexiones, tan atinadas como clarividentes.
-Al final se cumplieron tus previsiones, Giovanni.
-No eran previsiones, amigo Prada, sino certezas. No había otro cardenal de su estatura; sobrepasaba a los demás con mucho, principalmente como intelectual y como teólogo, pero también como hombre espiritual. Desde tiempos de Pío XII no se producía una elección tan rápida. Pero entonces era otro tiempo muy distinto: las nubes de la guerra se estaban cerniendo sobre Europa y Pacelli era un hombre experimentado en la Secretaría de Estado. A Ratzinger lo han elegido porque era el hombre de más prestigio del Colegio, pero también porque los cardenales estaban convencidos de que era el más adecuado para suceder a Pedro. No se equivocaban. Esta misma mañana he tenido que hacer cola en una consulta médica y tuve ocasión de escuchar la conversación de dos mujeres que me precedían, dos señoras que se mostraban muy impactadas por los «ojos buenos» de Ratzinger. La gente sencilla tiene este don intuitivo. Los cardenales no sólo han elegido al gran intelectual, sino también al mejor Pastor.
-Sin embargo, se ha repetido que la experiencia pastoral de Benedicto XVI es más bien escasa.
-Es cierto que no ha ejercido mucho esta faceta. Pablo VI lo designó Arzobispo de Munich en marzo de 1977, cuando acababa de cumplir los cincuenta años; a los pocos meses, concretamente el 27 de junio, lo nombró cardenal. Aunque después su vida haya estado muy ligada a Juan Pablo II, nadie podrá negar que el Cónclave ha elegido a una criatura de Pablo VI.
Miniaturas medievales
-Veo que concedes mucha importancia a este detalle simbólico.
-Es que es un maravilloso signo de la continuidad de la Iglesia. Y hay otro detalle que me gustaría resaltar. En el momento en que el nuevo Papa salió al balcón central de la basílica de San Pedro, por primera vez en época reciente, aparecieron en los balcones laterales una gran cantidad de cardenales. La imagen me recordó, por su belleza, ciertas miniaturas medievales. En esa imagen se cifraba la colegialidad de la Sede Romana, que aunque es regida por un solo hombre, no es de un hombre, sino del entero colegio cardenalicio.
-Me temo que la noticia de la elección no ha sido acogido con tanto alborozo en círculos progresistas...
-Ha habido, en efecto, una información bastante tendenciosa, durante el período de Sede Vacante, dirigida por los progresistas. Tras la homilía del lunes, los progresistas se relamían: «Ah -decían-, Ratzinger se ha quitado la máscara; ha mostrado su faz de terrible conservador. No resultará elegido». A la postre, sus predicciones se han mostrado vacuas y carentes del más mínimo sentido de la realidad. Los cardenales no se han dejado influir por esta propaganda. A pesar de que individualmente no son grandes intelectuales, como cuerpo han sabido estar a la altura de su responsabilidad. Por lo demás, creo que Benedicto XVI va a causar grandes sorpresas, porque es un hombre capaz de dialogar con todos. Siempre, claro está, desde el rechazo al relativismo imperante hoy. No olvidemos que su lema ha sido «Cooperatores veritatis».
-Sin embargo, se le presenta como un feroz inquisidor.
-Esa imagen es una burda caricatura. Nadie que se haya tomado la molestia de leerlo podría afirmar semejante estupidez. Es evidente que es un teólogo muy sólido, que dice las cosas con absoluta claridad, sin miedo a las reacciones adversas. Pero al mismo tiempo es un hombre que está en disposición de avanzar en la senda del ecumenismo, ampliando el diálogo con las otras confesiones.
-¿Crees que establecerá una continuidad con el papado de Juan Pablo II?
-La continuidad se mostrará, sobre todo, en los grandes temas. En su homilía de la Capilla Sixtina ante los cardenales ha hablado de comunión colegial, al servicio de la Iglesia y de la unidad en la fe, de la cual depende en notable medida la eficacia de la acción evangelizadora en el mundo contemporáneo. Se le ha criticado que haya elegido un nombre que evoca a Papas anteriores al Concilio, pero en esa misma homilía ha hablado del Concilio Vaticano II como brújula para guiarse, citando las palabras de su predecesor. Ha hablado de diálogo teológico y de «purificación» de la Iglesia, algo que enlaza con sus severas palabras en el último Vía Crucis. Ha reafirmado, en la estela de su predecesor, su voluntad de ecumenismo. No creo, en cambio, que sea tan viajero como Juan Pablo II. Pero Navarro ya ha anunciado que su primer viaje podría ser a Polonia, lo cual constituye un homenaje de admiración y cariño a Juan Pablo II. Se había dicho que, a pesar de ser mayor que él, Juan Pablo II se consideraba un discípulo del nuevo Papa en el plano teológico. Y, en efecto, Wojtyla era, más que teólogo, un filósofo y un pensador místico, providencial; Ratzinger, en cambio, encarna al profesor alemán, de inteligencia muy bien estructurada, lo cual no quiere decir en absoluto que sea rígido. Ha escrito centenares de artículos que son el fruto de clases, conferencias o debates con laicos e incluso con no católicos; en muchos de esos artículos se ve cómo modifica su postura, en base a lo que ha escuchado. Es hombre de claridad, pero no de rigidez. No es expansivo, sino más bien tímido, pero muy afable e irónico. Muchas veces me lo tropezaba en la plaza de San Pedro; iba vestido como un antiguo curial, con sotana y boina negra y una vieja cartera de cuero. Yo lo saludaba inclinando la cabeza, y él me respondía con otra inclinación, sonriendo.
Nueva evangelización de Europa
-¿Cuál crees que será la máxima preocupación de su Papado?
-Ratzinger desea una nueva evangelización de Europa; desea que se vuelva a predicar el Evangelio en un continente que se está descristianizando a una velocidad de vértigo. La elección del nombre es simbólica: es el hombre bendito. Viene a nuestra mente Benedicto XV, el Papa de la paz y de las misiones. Benedicto XVI no puede ser una mala copia de Juan Pablo II y quiere comunicarlo con un nombre sencillo. En su obra más importante, «Introducción al cristianismo», el nuevo Papa hace un comentario al Símbolo Apostólico, una fórmula de fe muy antigua, más antigua que el Credo de Nicea. «Repensar los fundamentos» de la fe, ese será su principal caballo de batalla.
-Se ha dicho también que es un hombre pesimista.
-Escribió su tesis sobre San Agustín, de quien puede haber heredado cierto pesimismo antropológico, aunque de raíz cristiana, por supuesto; y compensado, además, por su magnífico estudio de San Buenaventura, que tiene una visión de la historia más armónica que San Agustín. Pero un hombre de fe no puede ser pesimista. El cristiano sabe que vive en este mundo como peregrino o extranjero: nuestra patria verdadera, como dijo San Pablo, está en el cielo. Alguien que piensa en la muerte, como Benedicto XVI, no es pesimista; la muerte es la única verdad para cualquier hombre, sea o no creyente. Que haya sido elegido en el día en que se conmemora la memoria litúrgica de San León IX, un gran Papa alemán reformador, es significativo y esperanzador.
-En cualquier caso, parece evidente que se va a tropezar con mucha hostilidad.
-Sin duda, sobre él pesa cierta imagen negativa. Durante muchos años, al asumir la Prefectura de la Congregación para a Doctrina de la Fe, ha encarnado eso que tú, muy expresivamente, llamas el «poli malo». Pero recordarás que, al final, en las películas yanquis, el «poli malo» muestra su humanidad y acaba resolviendo los problemas. Benedicto XVI no tardará en mostrar al mundo su faceta más humana; hasta ahora, estaba obligado a mostrar una imagen más severa. Pero sobre todo, el mundo verá en él al hombre de fe profunda, equilibrado, sensato, enemigo de extremismos. Es el hombre que puede dar vitalidad a una tradición inmensa, que es la tradición de la Iglesia católica, y otorgarle un sentido comprensible para los hombres de hoy.
Giovanni Maria Vian, en pleno rapto de optimismo, me ha invitado a cenar. A esto se le llama magnanimidad: primero me soluciona la crónica y luego me mata el hambre. Procuraré no apartarme de su vera, mientras dure mi estancia romana. 2005-04-21 ABC. ESP.
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Joseph Ratzinger:
«No acepto la etiqueta de fundamentalista»
Roma- LA RAZÓN reproduce a continuación la entrevista publicada el pasado 6 de abril 2005 al Papa Benedicto XVI, entonces decano del Colegio Cardenalicio. La entrevista fue realizada poco antes de la muerte de Juan Pablo II, su predecesor.
Giuseppe de Carli
La Razón
Es afable el decano del Colegio Cardenalicio. A veces, incluso tímido. Una timidez que esconde unas convicciones graníticas. Hablar con él es siempre una extraordinaria aventura humana e intelectual. El cardenal Ratzinger no tiene pelos en la lengua.
En el año 2000, en pleno Jubileo, publicó con el apoyo del Papa Juan Pablo II la encíclica «Dominus Iesus» sobre la unicidad y la universalidad salvífica de Jesucristo y de la Iglesia, un documento de una dureza sin precedentes. Las comunidades eclesiales hijas de la Reforma la definieron como «un golpe bajo al diálogo» y, con alguna diferencia, también las Iglesias de ortodoxas orientales. «La porcelana ecuménica se romperá en pedazos» o «El péndulo del diálogo está volviendo atrás», fueron algunos de los titulares alemanes e ingleses. El cardenal
no se inmutó y siguió por su camino. Tampoco podemos olvidar aquel libro– entrevista, «Informe sobre la fe» que le hizo el escritor italiano Vittorio Messori y que se ha convertido en un clásico, en un best-seller planetario.
De sus últimos años, podemos recordar «Dios y el mundo», «Introducción al Espíritu de la liturgia», «Mi vida», «Recuerdos», «La sal de la tierra», «Fe y futuro».
¿Qué más se puede decir? Que el más agudo deseo de este gran, grandísimo cardenal teólogo es el de dejar las bridas de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Espera ese momento como un centinela espera la aurora del nuevo día.
– Eminencia, ¿cuáles son las palabras clave del pontificado de Juan Pablo
II?
– Sigue siendo válido aquel grito del 22 de octubre de 1978 en la plaza de San Pedro: «¡No tengáis miedo, abrid de par en par las puertas a Cristo!». Las otras dos grandes palabras son «paz»y «unidad». Y, finalmente, también la palabra «verdad». Ahí están las encíclicas «Veritatis Splendor» y «Fides et Ratio». Un llamamiento a abrir los ojos, también los de la razón, para ver y seguir la verdad.
–Pero no han faltado dificultades en el pontificado de Juan Pablo II...
– Son las dificultades de nuestra época: materialismo, agnosticismo y
relativismo. Por una parte, la vida de consumo, por otra, la miseria que impide al hombre vivir según su alta vocación. Los problemas del mundo son los problemas de la Iglesia, que forma parte del mundo.
Centralismo romano. – Según usted, ¿han funcionado bien los sínodos de los obispos? Da la impresión de que el centralismo romano ha prevalecido.
Una Roma no como centro de comunión, sino como órgano de control sobre una miríada de detalles de la vida de las iglesias locales.
– Es una impresión un poco superficial. No tenemos el aparato suficiente para controlarlo todo. Somos pocos, y cuando los obispos vienen a vernos –también los políticos– se maravillan de los pocos que somos aquí dentro trabajando para la Iglesia Universal. Es cierto que puede existir un centralismo equivocado, pero hacia lo que apuntamos es hacia la colaboración entre centro y periferia. Le pongo un ejemplo: cuando yo era arzobispo de Munich, hice en 1977 una visita «ad limina» y
me di cuenta del formalismo con el que se vivían estas visitas. Hoy existen más ocasiones de encuentro y esto es algo maravilloso. Son momentos que a menudo favorecen el crecimiento de amistades personales.
– ¿No ve usted una participación más amplia de las conferencia
episcopales en las decisiones que atañen a la Iglesia Universal? Me refiero
al «reclutamiento» de obispos.
– Es una cuestión en la que se debería profundizar. Muchas conferencias episcopales son grandes conferencias. Cuando una diócesis se queda sin pastor se busca la implicación de los obispos de las diócesis limítrofes. Se pregunta a laicos, a religiosos y sacerdotes. El sistema de «reclutamiento», como usted lo define, es realmente mejorable, aunque no es sencillo. Hoy se nombra un obispo después de
un proceso bastante largo. Este proceso, del que muchos se lamentan, busca implicar a muchísimas personas que tienen en la Iglesia papeles muy variados.
Pedofilia. – En cambio hay algo que no ha funcionado. Me refiero al terrible
fenómeno de la pedofilia.
– Sí, tenemos que hacer examen de conciencia sobre lo que nos ha sucedido. La Iglesia es una institución inmersa en el mundo, con todas sus tentaciones. Una serie de malentendidos derivados del Concilio hacía pensar que bastaría con identificarse con los comportamientos del mundo...
–¿Y en consecuencia?
– En consecuencia muchos sacerdotes han perdido el ancla de la comunión con Cristo. Ahora debemos reflexionar sobre cómo podemos, por una parte, conservar la apertura al mundo, es decir, ser solidarios con nuestros contemporáneos, y por otra, permanecer en profunda comunión con Cristo. Sólo así se puede garantizar la
posibilidad de vivir según el Evangelio en nuestro tiempo.
– El Colegio Cardenalicio está por encima del colegio de los obispos. Este es un problema para las Iglesias orientales. ¿En el futuro cónclave ve usted solo a cardenales?
– No diría que el Colegio Cardenalicio está por encima del Colegio de los obispos.
A partir de Juan XXIII, todos los cardenales son obispos y, gran parte de ellos, obispos de grandes diócesis. No veo esta tensión, aunque quizá esta dificultad implica a la Iglesia oriental. Pero al mismo tiempo, muchos patriarcas son cardenales. Llegados a este punto, se puede discutir y valorar si un patriarca, por el hecho de serlo, pueda participar directamente en el cónclave. La tradición que une al Papa con los cardenales, que pertenecen al clero de Roma, es de por sí una
buena tradición. En cuanto a la Iglesia Oriental, se podría reflexionar sobre cómo mejorar este punto.
Relaciones con la Iglesia Ortodoxa – ¿No sería oportuno un nuevo concilio Vaticano verdaderamente ecuménico, con la participación de las Iglesias ortodoxas? Perdone, eminencia, si han caído las excomuniones, estamos en comunión...
– Se puede excomulgar a las personas, no a las Iglesias. La figura de las
«Iglesias excomulgadas» no existe. Las personas que fueron excomulgadas en 1054 ya no están, y en el otro mundo no rige el derecho eclesiástico, se vive en las manos de Dios. En 1965 no se quiso tanto levantar excomuniones que ya no existían como purificar la memoria de la Iglesia. Con la purificación de la memoria
deberíamos haber llegado a la unidad perfecta.
– En cambio, no ha sido así...
– Por desgracia. Nuestros amigos ortodoxos afirman que en muchas cosas no estamos a la altura de su punto de vista. Ven herejías. Precisamente no consigo encontrar la oportunidad para implicarlos en un nuevo concilio. Ellos mismos serían, probablemente, los que darían una respuesta negativa. Por tanto, queda la difícil y trabajosa, amorosa y apasionada búsqueda de cómo superar estos impedimentos.
– Hablaba usted de los laicos. Me pregunto, leyendo tantos documentos de la Iglesia, dónde ha ido a parar la categoría de «pueblo de Dios»....
– Quizá era mal interpretada. En el Antiguo Testamento era el pueblo de Israel; de Cristo en adelante el nuevo pueblo es el de sus seguidores. No es un concepto que indique de por sí una teología del laicado. Al pueblo de Dios, gracias a Dios, pertenecen también los obispos y los sacerdotes. La teología del laicado debe ser repensada de un modo muy realista.
– ¿En qué sentido?
– En el sentido de no clericalizar a los laicos. Se piensa que solo los cristianos que gestionan las cosas de la Iglesia son cristianos al cien por cien. El problema está en cómo el cristiano puede cooperar para que el evangelio sea levadura del mundo.
– Usted, cardenal, ha hecho sufrir mucho a los de otras confesiones cristianas no católicas durante el Jubileo. La declaración «Dominus Iesus» ha sido juzgada como un documento fundamentalista que corría el riesgo de cortar de raíz cualquier diálogo ecuménico. ¿Lo volvería a escribir?
– Sí, ciertamente. Etiquetar a un documento como «fundamentalista» es una manera de evitar el diálogo. Es una etiqueta que no acepto porque no es justa. A muchos, casi todos los protestantes, les agradó la primera parte del documento, en donde hay una confesión franca, humilde y abierta de que Cristo es el Hijo de Dios, aunque es distinto a todas las grandes personalidades de la Historia de las Religiones. Sólo la Iglesia católica tenía la posibilidad de hablar al mundo con esta
voz, sobre Cristo. El segundo punto, naturalmente, ha presentado serias
dificultades a los protestantes. La Iglesia no es sólo un proyecto para el mañana, es una realidad para hoy, y está bien que una Iglesia piense en custodiar a la Persona que la ha creado. Y esto, a pesar de nuestras insuficiencias y nuestras separaciones. Muchos obispos que han llegado de países donde los católicos son minoría nos dan las gracias por la valentía con la que hemos afirmado nuestra identidad. Sólo a partir de una identidad bien definida se puede discutir.
– ¿Las religiones son todas iguales para alcanzar la salvación o son todas
complementarias a la Revelación? Contésteme sí o no.
– El término «complementarias» no me gusta. Me sorprende que personas que no se interesan por la salvación formulen la teoría de la convergencia de todas las religiones...
–¿Una religión es igual que otra?
– No, no son todas idénticas. Con esta fraseología se intenta ahorrar el esfuerzo de conocer realmente las religiones. Muchos nos invitan a no ser conservadores, tradicionalistas o conformistas, y al mismo tiempo exaltan el valor de la tradición, por tanto el conservadurismo. Este es un procedimiento contradictorio. Todos debemos buscar con nuestras conciencias lo que sea mejor para la salvación del hombre.
– Hace tiempo, usted declaró: «Lo que me maravilla no es la
incredulidad, sino la fe. El que me sorprende no es el ateo, sino el
cristiano». ¿Sigue pensando lo mismo?
– No he cambiado de idea. El mundo nos aconseja el agnosticismo. Pensar que somos demasiado pequeños, que nuestra razón es demasiado frágil para poder creer en Dios. Y sin embargo, en un mundo tan fragmentado y oscuro, millones de personas siguen creyendo. Esto es un milagro. Es el signo de que Dios obra en medio de nosotros.
El arte de la felicidad. – La Iglesia católica debe enseñar el arte de vivir bien, el arte de la felicidad. «Vosotros sois el pueblo de las
bienaventuranzas», dijo el Juan Pablo II a los jóvenes en Toronto.
¿Satisface la Iglesia esta sed de felicidad y de infinito que hay en el corazón del hombre?
– No siempre, no siempre de modo suficiente. Queda, sin embargo, como una fuente. Si uno se acerca, aceptando también los aspectos humanos más débiles, puede encontrar la luz de la eternidad y los signos de la felicidad.
– ¿Dios ya no se deja escuchar o es el hombre el que ya no está en condiciones de escucharlo?
– Dios a veces se esconde, como se lee en las Sagradas Escrituras, para invitarnos a buscarlo más, con mayor fuerza. El hombre, por el contrario, está demasiado ocupado en otras cosas y se convierte en sordo y ciego. Debemos liberarnos de las ocupaciones inútiles y procurarnos un poco más de atención interior para poder ver mejor.
– ¿Cuáles son, según el custodio de la fe católica, las herejías más peligrosas de nuestro tiempo?
– El problema central es nuestra sordera a la voz de Dios: el agnosticismo se convierte en algo cotidiano, en una elección de vida. Además, se intenta reducir a Cristo a una persona con una gran experiencia religiosa. Un Cristo exclusivamente humano, que no es grande por su divinidad, sino sólo por las conveniencias del
momento.
– ¿Cuál es el futuro del cristianismo?
– ¿Quién puede osar responder a esto? El Señor nos asegura que la Iglesia estará siempre viva hasta el fin del mundo, aunque con gran sufrimiento, y quizá muy reducida. El Evangelio se pregunta: «Cuando Cristo vuelva, ¿encontrará todavía fe sobre la Tierra?». Habrá muchas crisis: por otra parte sabemos que el hombre está siempre abierto a Dios y que Dios se hace presente. La Iglesia, como en el pasado,
deberá sufrir muchas tentaciones, sufrimientos y persecuciones. Quedará sin embargo una fuente de vida, de alegría, una razón de esperanza.
– Cuando Cristo llegue, ¿encontrará todavía fe sobre la tierra?
– Aquí el Señor habla de forma interrogativa; otros textos de la Escritura, en cambio, nos dicen que Cristo encontrará la fe y encontrará a su Iglesia. La redimirá y redimirá al mundo.
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Benedicto XVI es el séptimo Papa alemán
VATICANO, 19 Abr. 2005 .-El recién electo Papa, Benedicto XVI, se ha convertido en el séptimo Pontífice de origen alemán, luego que Adrián VI ocupara la Sede de Pedro en el siglo XVI.
Al Papa Benedicto XVI le precedieron Gregorio V de Sajonia (996-999), Clemente II de Sajonia (1046-1047), Dámaso II de Baviera (1048-1048, muere al mes), San León IX de Alsacia (1049-1054), Víctor II de Baviera (1055-1057) y Adrián VI de Utrech (1522-1523), que fue el último Papa no italiano antes del polaco Juan Pablo II.
Benedicto XVI, Joseph Ratzinger, nació en Baviera el 16 de abril de 1927 y es el Pontífice 265 de la historia de la Iglesia Católica.
Entre San Pedro y Juan Pablo II, la Iglesia ha contado con 212 papas italianos, 17 franceses, once griegos, seis sirios, seis alemanes, tres españoles, tres africanos, dos dálmatas (de Dalmacia - Croacia), un portugués, un inglés, un cretense, un holandés y un polaco.
“Benedicto”
El Santo Padre Benedicto XVI ha elegido el tercer nombre más escogido por los Romanos Pontífices: Benedicto. Los nombres más escogidos fueron Juan, en 23 ocasiones, y Gregorio, en 16.
Otros nombres escogidos por los Papas son: Clemente (14), León (13), Inocencio (12), Pío (12), Esteban (9), Urbano (8), Alejandro (7), Adriano (6), Paulo (6), Sixto (5), Martín (5), Nicolás (5), Celestino (5), Anastasio (4) y Honorio (4).
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¡SEAMOS ADULTOS Y NO TENGAMOS MIEDO!
CON VENERACIÓN A S.S. BENEDICTO XVI
En el fondo, lo que les resulta inadmisible de los Pontífices no son sus principios, sino el hecho subversivo de que los tengan, sean cuales fueran. Así, Benedicto XVI, igual que Juan Pablo II, a sus ojos, es un reaccionario por rehuir el alegre eclecticismo contemporáneo que ordena seleccionar los valores con el mando a distancia del televisor. Por eso resulta un integrista: porque se niega absurdamente a diluir en cómodas opciones los imperativos éticos de su fe. He ahí el pecado mortal que no le van a perdonar jamás: resistirse a amueblar su conciencia con las estanterías modulares de un self-service. Por tal crimen de lesa modernidad, el dedo acusador que empezó a señalarlo ayer, ya no dejara de perseguirlo nunca. Y es que para ese anacrónico pastor, la Biblia no resulta equivalente al Corán o al último manual de autoayuda que arrase en los quioscos; Cristo no deviene intercambiable por Buda o el tarot egipcio; la Iglesia de Pedro no representa una alternativa a los cursillos mixtos de aeróbic y meditación trascendental; Mozart no se puede comparar con Tony Ronald; un par de botas nunca equivaldrá a Shakespeare, y un cuadrúpedo no puede ser genial, por mucho que triunfe en los estadios. En fin, todo un dogmático.
Y como dogma significa doctrina de Dios revelada por Jesucristo a los hombres y testificada por la Iglesia, no le aceptarán nunca: demasiado exigente el Cristo.
Puesto que el fundamento o puntos capitales de la doctrina cristiana está en el Evangelio que dice: “Quien a vosotros desprecia, a mi desprecia…” está todo dicho.
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A la luz de estos hechos, y teniendo en cuenta las infamias que se están vertiendo contra el Papa Benedicto XVI sobre su actitud inquisitorial e integrista durante su tiempo de cardenal, cabría otra pregunta: ¿Por qué fue excomulgada esa persona? Pues, según reconocen católicos y ateos, tirios y troyanos, fue excomulgado por integrista, por intentar practicar, precisamente, “eso” de lo que acusan villanamente a Ratzinger. En efecto, el obispo Lefevre, de origen francés, fue excomulgado por ser, valga la expresión, más papista que el Papa.
He ahí la prueba más eficaz, quizá más contundente, para desmontar la patraña totalitaria de los desnortados progres hispanos contra Benedicto XVI, que acusan de su mal a quien lejos de pretender integrarlo sólo aspira a que lo respeten. El cristiano no impone sino que manifiesta su verdad, la buena nueva. Por el contrario, el ateísmo en el poder, el ateísmo como religión oficial, no difunde nada nuevo, sino que persigue a las otras.
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No es un lamento sino un pretexto acudir a la machacona colección de prejuicios, exabruptos e insultos que se ha disparado estos días desde medios de comunicación de un mismo signo. Y siempre aparece uno de esos teólogos perdonavidas, armado más con la soberbia que con la humildad y la búsqueda de la verdad, corrigiendo los errores y maldades en las que vive anclado el papado. Uno de ellos que, por su origen alemán, conoce al nuevo papa, se ha apresurado a afirmar que a Benedicto XVI “hay que darle una chance”; démosle una oportunidad; puede que, siendo conservador como cardenal, se vuelva progresista como Papa.
El discurso conservador vs. progresista es una trampa en la que no debemos entrar, que no lleva a ninguna parte porque se aparta del camino del Espíritu. Pretender interpretar la vida de la Iglesia encasillándola en los esquemas y lenguajes políticos al uso es errar en el intento. La conversión a la lectura creyente de la realidad exige otra metodología que pasa por la dinámica de la conversión personal, como condición evangélica del seguimiento de Jesucristo; nadie se libra de ella. Por eso, no entiendo a los hermanos en la fe que están constantemente tirando piedras sobre su comunidad; nunca les escucho una palabra de esperanza y aliento, siempre el látigo y el juicio. Creo que vale recordar aquí la invitación de Juan Pablo II: No tengáis miedo, sed generosos. Es el momento de una fe clara y adulta, cultivada con conocimiento y amor, dijo el todavía Cardenal Ratzinger, en la homilía de la misa que precedió al Cónclave.
El sucesor de Juan Pablo II en la cátedra de Pedro ha tomado el nombre de Benedicto XVI. Pensé inmediatamente en su antecesor, el Papa Benedicto XV, cuyo pontificado transcurrió de 1914 hasta 1922, los años de la I Guerra Mundial y siguientes. Entonces, fue declarado el “Papa de la Paz”; se negó a bendecir a los ejércitos porque la misión de la Iglesia a la que sirve es de paz, no de guerra; porque la paz en la que creía se construía sobre los valores del Evangelio y de la dignidad de la persona humana, que lleva en sí misma la marca de su Creador. Al pedir a los católicos de su tiempo que fundamentaran sobre estos valores la sociedad que deseaban construir, Benedicto XV indicaba el camino más seguro para erradicar la violencia, las desigualdades sociales y las injusticias; por esta vía darían paso a la “civilización del amor”.
Cuando terminó la I Guerra Mundial, el “Papa de la Paz” invocó los valores del amor fraterno y del perdón como bases de la convivencia. A los obispos y al clero les pidió que ayudaran a cerrar las heridas y los odios. Dijo que la paz no podía alcanzarse sobre la represión y el castigo de los vencidos, con hostilidades y rencores. Tomó iniciativas diplomáticas, porque la Iglesia podía aportar soluciones, obras y laicos al servicio de la transformación de las sociedades. Ante la ideología nacionalista, que consideraba que la única causa justa era la propia, Benedicto XV adoptó la postura de la imparcialidad ante los dos bandos contendientes, pero uniéndose a las víctimas. Puso la reconciliación en el centro de su Magisterio. Pidió a los periodistas y escritores un lenguaje limpio al servicio del entendimiento y la verdad. Apoyó la creación de una “sociedad, o mejor dicho, una familia de naciones” y un plan de desarme, creyendo en la posibilidad de encontrar instrumentos alternativos a la guerra, a través de la negociación, la diplomacia y los tratados internacionales. Y perdonó a quienes le habían censurado y criticado con dureza.
Pongamos que hablo de Benedicto XVI. Con todo el afecto de un hermano.
Juan Souto Coelho es miembro del Instituto Social “León XIII”.
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Autor: Joseph Ratzinger – S.S. BENEDICTO XVI
“La fraternidad de los cristianos” Joseph Ratzinger Ediciones ‘sígueme’
“Verdad, valores, poder” Joseph Ratzinger. Editorial Rialp
“Principios de moral cristiana” 98 p.p. 6,00 € editorial EDICEP
“Evangelio, catequesis, catecismo” 80 p.p. 4,75 € “
“La eucaristía, centro de vida” 170 p.p. 10,00 € “
“En el principio creó Dios” 128 p.p. 7,25 € “
“La provocación del discurso sobre Dios” - Editorial TROTTA
“Dios y el mundo” Editorial Galaxia Gutenberg
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El surgir del sol y su ocaso no son momentos anónimos de la jornada. Tienen una fisonomía inconfundible: la belleza gozosa de una aurora y el esplendor triunfal de un ocaso marcan los ritmos del universo, en los que está profundamente implicada la vida del hombre. Además, el misterio de la salvación, que se realiza en la historia, tiene sus momentos vinculados a fases diversas del tiempo. Por eso, juntamente con la celebración de las Laudes al inicio de la jornada, se ha consolidado progresivamente en la Iglesia la celebración de las Vísperas al caer la tarde. Ambas Horas litúrgicas poseen su propia carga evocativa, que recuerda los dos aspectos esenciales del misterio pascual: "Por la tarde el Señor está en la cruz, por la mañana resucita... Por la tarde yo narro los sufrimientos que padeció en su muerte; por la mañana anuncio la vida de él, que resucita" (san Agustín, Esposizioni sui Salmi, XXVI, Roma 1971, p. 109).
2005-04-20-Benedetto XVI ha inviato un messaggio a Di Segni, rabbino capo di Roma –
ROMA - «Confido nell´aiuto dell´Altissimo per continuare il dialogo e rafforzare la collaborazione con i figli e le figlie del popolo ebraico»: lo ha scritto papa Benedetto XVI in un messaggio inviato al rabbino capo di Roma, Riccardo Di Segni. Era stato lo stesso Di Segni a inviare un telegramma al Pontefice e in giornata ha reso nota la replica del Santo Padre.
Nel telegramma inviato mercoledì a papa Benedetto XVI, il rabbino capo di Roma aveva «espresso gli auguri per l´ascesa al soglio pontificio, confidando nella prosecuzione di un dialogo proficuo nel rispetto delle diversità, come garantisce la promessa divina di Abramo».
Questo il testo integrale del messaggio scritto dal Papa: «Il Signore abbia pietà di noi e ci benedica, su di noi faccia splendere il suo volto. Il 19 aprile 2005 i cardinali di Santa Romana Chiesa mi hanno eletto Vescovo di Roma e pastore universale della Chiesa cattolica. Nell´annunciarle la mia elezione e l´inaugurazione solenne del mio Pontificato, domenica 24 aprile, alle ore 10.00, confido nell´aiuto dell´Altissimo per continuare il dialogo e rafforzare la collaborazione con i figli e le figlie del popolo ebraico. Dal Vaticano, 20 aprile 2005 Benedjctus XVI».
«Sono compiaciuto e grato per questo messaggio - ha commentato Riccardo Di Segni - tanto tempestivo, importante e significativo».
21 aprile 2005
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1977-año
De la “Carta a los fieles” de San Francisco de Asís - "Los que no quieren gustar cuán suave sea el Señor (cf Ps 33, 9) y aman las tinieblas más que la luz (Jn 3, 19), no queriendo cumplir los mandamientos de Dios, son malditos; de los cuales se dice por el profeta: Malditos los que se apartan de tus mandamientos (Ps 118, 21). Pero, oh cuán bienaventurados y benditos son aquellos que aman a Dios y hacen como dice el mismo Señor en el Evangelio: Amarás al Señor tu Dios con todo el corazón y con toda la mente y a tu prójimo como a ti mismo (Mt 22, 37, 39.
Amemos, pues, a Dios y adorémoslo con corazón puro y mente pura, porque buscando él esto sobre todas las cosas, dijo: Los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y verdad (Jn 4, 23). Pues todos los que lo adoran, es preciso que lo adoren en el Espíritu de la verdad (cf Jn 4, 24). Y digámosle alabanzas y oraciones día y noche (Ps 31, 4) 6, 9), diciendo: Padre nuestro, que estás en los cielos (Mt 6, 18, 1). 9), porque es preciso que oremos siempre y no desfallezcamos (Lc 18, 1).
Debemos ciertamente confesar al sacerdote todos nuestros pecados; y recibamos de él el cuerpo y la sangre de nuestro Señor Jesucristo. Quien no come su carne y no bebe su sangre (cf Jn 6, 55, 57), no puede entrar en el reino de Dios (Jn 3, 5). Pero cómalo y bébalo dignamente, porque quien lo recibe indignamente, come y bebe su propia sentencia no reconociendo el cuerpo del Señor (1 Cor 11, 29),es decir, sin discernirlo. Hagamos, además, frutos dignos de penitencia (Lc 3, 8). Y amemos a nuestros prójimos como a nosotros mismos (cf Mt 22, 39). Y si alguno no quiere amarlos como a sí mismo, al menos no les acarree males, sino que les haga bien.
En cuanto a los que recibieron potestad de juzgar a otros, ejerzan el juicio con misericordia, así como ellos mismos quieren obtener misericordia del Señor. Pues habrá juicio sin misericordia para aquellos que no hicieren misericordia (Sant 2, 13). Tengamos, pues, caridad y humildad; y hagamos limosna, porque ésta lava las almas de las manchas de los pecados (cf Tob 4, 11; 12, 9). Pues los hombres pierden todo lo que dejan en este siglo; sin embargo, consigo llevan el precio de la caridad y las limosnas que hicieron, por las que tendrán del Señor premio y digna remuneración".
Oración - Omnipotente, eterno, justo y misericordioso Dios, danos a nosotros miserables hacer por ti mismo lo que sabemos que tú quieres, y siempre querer lo que te place, para que interiormente limpiados, interiormente iluminados y por el fuego del Espíritu Santo abrasados podamos seguir la huellas de tu amado Hijo, nuestro Señor Jesucristo, y a ti, Altísimo, llegar por sola tu gracia, que en Trinidad perfecta y en simple Unidad vives y reinas y eres glorificado, Dios omnipotente, por todos los siglos de los siglos. Amén
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"Obras todas del Señor, bendecid al Señor".-
¡Gloria y alabanza a ti, Santísima Trinidad, único y eterno Dios!
San Juan Crisóstomo (†14 de septiembre de 407) meditando el libro del Génesis, guía a los fieles de la creación al Creador, que es el Dios de la condescendencia, y por eso llamado también «padre tierno», médico de las almas, madre y amigo afectuoso. Une a Dios Creador y Dios Salvador, ya que Dios deseó tanto la salvación del hombre que no se reservó a su único Hijo. Comentando los Hechos de los Apóstoles propone el modelo de la Iglesia primitiva, desarrollando una utopía social, casi una «ciudad ideal». Trataba de dar un rostro cristiano a la ciudad, afrontando los principales problemas, especialmente las relaciones entre ricos y pobres, a través de una inédita solidaridad.
Gracias por venir a visitarnos
Recomendamos vivamente:
‘CÓMO LA IGLESIA CONSTRUYÓ LA CIVILIZACIÓN OCCIDENTAL’
Ninguna institución ha hecho más para dar forma a la civilización occidental que la Iglesia Católica, y en modos que muchos de nosotros hemos olvidado o nunca sabido. Como la Iglesia construyó la civilización occidental es una lectura esencial para redescubrir esta relegada verdad. De un modo senillo y muy atractivo. 2007.
Autor: Thomas E. WOODS Jr. -
Editorial: CIUDADELA.
-.-
Esta es la Iglesia que el siervo de Dios Pablo VI amó con amor apasionado y trató de hacer comprender y amar con todas sus fuerzas. Releamos su "Meditación ante la muerte", donde, en la parte conclusiva, habla de la Iglesia. "Puedo decir –escribe – que siempre la he amado... y que para ella, no para otra cosa, me parece haber vivido. Pero quisiera que la Iglesia lo supiese". †