Tuesday 23 May 2017 | Actualizada : 2017-03-29
 
Inicio > Leyendas Negras > Europa - 1º lo que debe a la Iglesia Católica en su historia patrimonio cultural

«Cultura es, ante todo, el mejoramiento intelectual y moral de la persona y el resultado de ese mejoramiento».

Una cultura del hombre sólo es auténtica cultura humana y humanista si esta abierta a los valores absolutos, los cuales no tienen en el hombre su más radical fundamento. Y una civilización sólo será humana y positiva si logra una situación jurídica y una cultura donde el hombre se afirme, porque ancla en las exigencias más profundas de su propia naturaleza, y por la cual el hombre puede acceder a la Verdad, al Bien y a la Belleza, que son los tres ordenes de la verdadera cultura y fuente de toda verdadera felicidad.

El Cristianismo ha aportado los elementos esenciales de la cultura».

Alvaro Maortua – 2003.

 

 

Algunos piensan, no sin razones que la cultura europea está en decadencia y puede llegar a desaparecer. No es imposible si se toma en el sentido estricto de europeo-occidental, pero en cambio no es posible si se refiere al fondo o núcleo esencial de la misma, el cristianismo, que primero fue judío, luego romano, bárbaro, feudal, europeo, americano y después africano y asiático. El cristianismo no está hecho para lograr una cultura propia, cerrada y perecedera, sino para ser la sal y la luz de cualquiera de las civilizaciones que vayan apareciendo y que quieran llevar en ellas algo de eternidad.

 

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Es difícil calificar una institución –como la Iglesia Católica que, en sus dos mil años- nos ofrece con sus bibliotecas, monasterios y universidades, nada menos que el ‘patrimonio intelectual de la humanidad’.

 

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Santa María del Pi, de la Ciudad Condal – Barcelona, España

Millares y millares de libros celosamente custodiados por la historia

eclesiástica católica española, fueron destruidos, saqueados, vendidos, quemados.

Nuevamente parte del patrimonio cultural de la humanidad fue a robado o a cenizas.


En síntesis, puede decirse que las fuerzas comunistas e izquierdistas anárquicas de la República acabaron (la mayor parte, durante las dos primeras semanas del comienzo de la guerra) con 500 iglesias, lo que quiere decir que desaparecieron, incendiadas o arrasadas por dentro, todas las iglesias de la diócesis de Barcelona- España. Todas, menos diez, entre las que se encuentran la abadía de Montserrat y la catedral). Fueron incendiados 464 retablos: más de dos kilómetros de obras de arte, si fueran expuestos todos juntos, así como pinturas, esculturas, piezas de orfebrería y órganos, entre los que se encontraban el de Santa María, uno de los más importantes de Europa.

 

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A pesar de la largísima lista de grandes científicos creyentes, mucha gente cree que Cristianismo y Ciencia son enemigos irreconciliables ¿Qué se puede decir?

 

Que no se caracterizan por su conocimiento de la Historia. La revolución científica hubiera sido imposible sin el impulso de la universidad de la Edad Media -surgida a impulsos del cristianismo y constante esfuerzo a favor de la educación por parte de la Iglesia Católica.

 

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EUROPA: «En diversas ocasiones, Juan Pablo II nos recordó a los españoles la conveniencia de investigar en nuestras raíces para conseguir comprender los fundamentos de la europeidad, resultado de una fusión que el cristianismo fue capaz de realizar entre tres herencias que afectan a la naturaleza humana: Trascendencia absoluta, Antropocentrismo helénico y Jurisprudencia romana que hizo del hombre persona. Europa es patrimonio cultural, y no tan sólo una estructura política o económica». Los creadores de Europa, cuatro protagonistas gigantes: san Benito, san Gregorio Magno, san Isidoro y san Bonifacio, que se enfrentaron a un mundo arruinado para reconstruirlo. A esto es a lo que debe llamarse progreso, que no consiste únicamente en acumular recursos materiales, sino en un crecimiento de la capacidad humana. Importa mucho en nuestros días rescatar su visión humana y cristiana, verdaderamente grandiosa, y descubrir, para tratar de seguirlos, los pasos decisivos que ellos supieron dar.

 

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EUROPA, TÉRMINO PRONUNCIADO POR

SAN BEDA EL VENERABLE YA EN EL S.C. VII

 

"Europa tiene su base en la única fuerza que es capaz de aunar la herencia cultural helénica, el derecho romano y el avance de la Ciencia: el Cristianismo". Esta es la conclusión del historiador Luis Suárez, catedrático emérito de la Universidad Autónoma de Madrid. Suárez recuerda que el progreso europeo fue posible gracias al Cristianismo. En efecto, la creación de bibliotecas en territorio europeo por Isidoro de Sevilla, fueron impulsadas gracias a los padres de la Iglesia como Benito o Alejandro Magno, quienes consideraron que el progreso se basaba en el conocimiento, no en el atesoramiento de riquezas.

 

Además, Suárez recordó que los derechos humanos no nacieron con la revolución francesa de 1789, sino que fueron inicialmente formulados por el Papa Clemente VI, quien, en 1346, pronunció por vez primera los derechos humanos de la libertad, la vida y la propiedad. En este contexto, negar las raíces cristianas de Europa, como pretende Francia y Bélgica, en el tratado constitucional parece un intento de construir una Europa de mercaderes, en lugar de una comunidad humana. "El término Europa fue inicialmente pronunciado por San Beda el Venerable en el siglo VII para referirse al territorio en el que el Cristianismo había llegado a arraigarse", concluye Suárez.  2004-02-27 – www.hispanidad.com 

 

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Gracias a la Iglesia Católica, antes del 1300, había fundadas en Europa cuarenta y cuatro Universidades, en las que se forja un individuo especial dotado de cierta uniformidad: homo Scholastic’s.

 

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La Iglesia no tiene paladines en política. Los unos la hostigan; y los otros la abandonan a su suerte, o le dan el «abrazo del oso», según les convenga.

 

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«La cultura atea del Occidente moderno vive todavía gracias a la liberación del miedo a los demonios que ha traído el cristianismo. Pero si esta luz redentora de Cristo llegara a extinguirse, el mundo recaería en el terror y la desesperación con toda su tecnología, no obstante su gran saber. Existen ya signos de este regreso de fuerzas oscuras, mientras en el mundo secularizado aumentan los cultos satánicos» (Card. J. Ratzinger).

 

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‘Donde no hay Dios, despunta el infierno, y el infierno persiste sencillamente a través de la ausencia de Dios’. Cardenal  Ratzinger.

 

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La iglesia está siempre de pie: Dios la sostiene directamente, y todo hombre de buena fe, capaz de aplicar las leyes de la analogía, puede leer en los hechos que la conciernen esa promesa inmortal de durar siempre, que ella tiene escrita en su base por la mano de un Dios.

 

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El cristianismo, como es sabido, no nació en Europa, sino en Asia Menor, en la encrucijada de tres continentes, el asiático, el africano y el europeo. Por este motivo, la interculturalidad de las corrientes espirituales de estos tres continentes pertenece a la forma originaria del cristianismo. Solo la difusión del Islam sustrajo al cristianismo de Oriente próximo gran parte de su fuerza vital, mientras echaba a las comunidades cristianas de Asia; en cualquier caso, a partir de entonces el cristianismo se convirtió en una religión europea. 2003-07-18 Cardenal + Joseph RATZINGER

 

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EL NACIMIENTO DE EUROPA


Esto se manifiesta con toda evidencia cuando tratamos de remontarnos a los orígenes de Europa. Al hablar de origen de Europa es costumbre remitirse a Heródoto (aprox. 484-425 a. de C.), probablemente el primero en dar cuenta de Europa como concepto geográfico, que la define así: «Los persas consideran Asia con sus pueblos como país. Europa y el país de los griegos, dicen, está completamente fuera de sus fronteras». No se indican las fronteras propias de Europa, pero está claro que el núcleo de la Europa actual está completamente fuera del campo de visión del historiador clásico. De hecho, con la formación de los Estados helenos y del Imperio Romano, se había constituido un «continente» que se convirtió en la base de la ulterior Europa, pero que tenía unas fronteras enteramente distintas. Se trataba de los países que circundaban el Mar Mediterráneo, que configuraban un verdadero «continente» por su vinculación cultural, por la circulación de personas y el comercio y por un sistema político común. Sólo las victoriosas campañas del Islam trazaron, por primera vez, en el siglo VII y comienzos del VIII, una frontera a través del Mediterráneo. Lo partieron, por así decir, por la mitad, de modo que lo que hasta entonces había sido un continente se dividió ahora en tres: Asia, África y Europa.

En Oriente, la reestructuración del mundo antiguo se llevó a cabo con mayor lentitud que en Occidente, El Imperio Romano, con capital en Constantinopla, se mantuvo allí –aunque cada vez retrocediendo más– hasta entrado el siglo XV. Mientras, alrededor del año 700 la parte sur del Mediterráneo quedó separada definitivamente de su anterior continente cultural, al mismo tiempo que se llevaba a cabo una creciente expansión hacia el Norte. El limes, que hasta ahora había sido una frontera continental, desaparece y se abre a un nuevo espacio histórico que ahora abarca las Galias, Germania y Britania como su auténtico núcleo y se extiende a ojos vistas hacia Escandinavia.

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CRISTO PROCLAMA CON LOS SANTOS EVANGELIOS,

EL NÚCLEO Y CULMEN DE LOS DERECHOS HUMANOS:

‘TODO HOMBRE ES MI HERMANO’

‘PORQUE TODOS SOMOS HIJOS DE DIOS’

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«Derechos humanos»

proclamados por la Iglesia Año 1346

 

 

«Europa» pronunciada por vez primera por

San Beda, sc. VII

 

Al principio, cuando Beda, el anónimo de Córdoba o Eghinardo emplearon el término Europa, se están refiriendo a un suceso: la sustitución de la vieja romanidad latina por una nueva en la que se insertan los germanos. Pero esa sustitución se refería a un aspecto, el cristianismo, que actuaba como profundo unificador en el pensamiento y en la conducta, haciendo que latinos y francos y sajones y otros más formasen la nueva y sólida comunidad. Por eso, no tardando mucho, el nombre fue sustituido por el de Universitas christiana (comunidad), Respublica christiana (forma de gobierno), o, simplemente, Christianitas, que nos indica un modo de ser. A eso es a lo que llamamos europeidad.
Sus grandes fundadores pusieron los cimientos. Benito enseñó que la libertad nace del cumplimiento del deber en la verdad, que el trabajo es siempre honorable si se encamina al bien común, y que la vida es un ritmo de tres tiempos en que, labor, estudio y oración forman los ángulos esenciales. Gregorio habló de la plena dignidad que reviste la naturaleza humana. Isidoro enseñó que el saber no se encamina tanto a la utilidad material cuanto al crecimiento del hombre, que es lo que constituye progreso. Y Bonifacio derribó a hachazos el árbol de la superstición, y murió mártir mientras se defendía con un ejemplar de las Etimologías, de san Isidoro.
De este modo nacieron las cinco naciones que forman Europa, por este orden: Italia, Alemania, Francia, España e Inglaterra, que marca la relación con Roma. A la antigua politeia griega sucedía una nueva, formulada por san Agustín como ciudadanía de Dios, es decir, obediencia a los mandatos éticos que la Iglesia custodia convirtiendo el poder político en simple medio. Europa salió de la espantosa ruina en que la sumiera la caída del Imperio romano, y entró en un esquema en que las monarquías, como embriones de Estados, trataban de garantizar un pacto entre rey y reino en el cumplimiento de las leyes. Es a esto a lo que llamaban libertades en plural. Y se descubrió finalmente que el ser humano está dotado en su naturaleza de esas tres condiciones: vida, libertad y propiedad, que se identifican con derechos naturales humanos, porque pertenecen a su propia naturaleza y no son producto del consenso.


Pero después del siglo XIII, el más maduro y eficaz de su historia, esa unidad se rompió. Frente a la racionalidad tomista se alzó el nominalismo voluntarista, tratando de apoderarse también del protagonismo de la persona humana en un nuevo Humanismo. Y no hubo diálogo. Erasmo será combatido por ambos frentes. Sin diálogo se entra en guerra. Hubo un momento de descanso, en 1648, en que se creyó encontrar la solución a esta ruptura, consolidando el Estado. Es la fórmula de Westfalia o, mejor, de Hobbes y su Leviathan. No hubo paz sino guerra, en una secuela prolongada: Luis XIV, Sucesión española, Pragmática, Siete Años, revolución e Imperio, Crimea, 70, 14 y 39, cada vez más duras, hasta hacer del siglo XX el más cruel de la Historia. Y en ese punto de llegada, tres católicos –Adenauer, Schuman y De Gasperi– levantaron la voz para decir: basta. Ése es el esfuerzo constructor que ha librado a Europa de la trampa de siglos. Pero que nadie se engañe. A menos que se restauren, conserven y amen los fundamentos esenciales de esa europeidad, antes llamada Cristiandad, el resultado no será duradero. Europa necesita, ante todo, un sistema de valores, concordes con la naturaleza y no contrarios a ella, si quiere salir adelante del impasse en que se viera sumida. Es el gran desafío, de modo especial, para los cristianos. Defender las raíces de la europeidad no es otra cosa que volver a ser ella misma.
Luis Suárez Fernández 2004.11.España

 

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Cristianismo y Europa - Hemos conocido el texto de la Constitución europea. A muchos nos indigna que se silencie tan descaradamente la herencia cristiana de nuestro continente. A los que estudian con objetividad la Historia, les deja perplejos el interés de Giscard d’Estaing por suprimir de la memoria histórica algo tan patente como la contribución cristiana a la construcción de Europa. Ni siquiera sus detractores pueden sustraerse al influjo de la cultura cristiana. Los responsables de semejante atropello a la Historia serán mirados como ridículos defensores de un sectarismo laicista trasnochado. Lo dice muy bien el agnóstico Léo Moulin, profesor de Historia y Sociología de la Universidad de Bruselas: «Tras un balance de veinte siglos de cristianismo, las luces prevalecen ampliamente sobre las sombras». ¿Quién, sino la Iglesia, salvó la cultura grecolatina? ¿Acaso no fue ella la impulsora de las primeras escuelas y universidades? ¿No es verdad que creó también los primeros hospitales y centros asistenciales? Como digo a mis hijos y alumnos, la religión cristiana se hizo sustrato de nuestra cultura: moldeó las fiestas e inspiró páginas brillantes de Historia, arte y literatura, de Derecho y filosofía. El cristianismo está en la clave de nuestro pensamiento, y los templos y catedrales son seña de identidad de nuestras ciudades y pueblos. Hasta los ideales de igualdad, libertad y fraternidad que inspiraron a los pensadores del llamado Siglo de las Luces parten del Evangelio. Reconocer y respetar en su integridad la urdimbre europea, ¿no será una maestra de coherencia, garantía de unidad y de fortaleza? Robert Schuman, que formó parte del trío paterno de la moderna Unión Europea (los tres fueron destacados cristianos), lo dijo claramente: «Un pueblo que no acepta su pasado, no puede tener futuro».
Josefa Romo – Valladolid - 2003-07-18 ALFA Y OMEGA. ESP.

 

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Nace Europa y el Cristianismo la engrandece

 

Por Antonio Fontán.
Ex presidente del Senado - En ABC, 2.10.2003


EUROPA, «la más hermosa de las tierras», como dijo Plinio (23-79 d.C.), era para griegos y romanos y para la Edad Media una de las tres partes del mundo. Las otras dos de entonces se llamaban como ahora, Asia y África. Los más antiguos testimonios de esta tripartición del orbe que se conservan son de Heródoto (480-424 a. C.), el «padre de la historia» y el primer escritor occidental que enriqueció con su elocuencia este género literario. Pero no fue él quien puso el nombre a Europa. Lo empleaba como algo conocido y declaraba ignorar el origen de esta denominación. «No existen datos que especifiquen de dónde ha tomado ese nombre, ni quién fue el que se lo impuso».


Según una leyenda procedía del de una princesa fenicia de la que se prendó Zeus cuando la vio jugando con otras muchachas en una playa y la raptó, montándola sobre los lomos del manso toro blanco en que se había transformado para esta aventura. Pero Heródoto no lo creía, porque la bella princesa era de Asia y ni el toro ni ella pisaron el continente europeo.

Antes de Heródoto, Europa, como nombre geográfico, había sido mencionada en el relato de un viaje del dios Apolo por la Hélade. Allí se llamaba Europa a la Grecia continental, pero sólo a ella. ¿Sería que entre el tiempo de ese himno y el de Heródoto el nombre se extendió hasta designar toda una parte del mundo? ¿O es que el vate lo aplicó a ese espacio más reducido para distinguirlo de las islas y del Peloponeso?

En todo caso, la división del mundo en esas tres partes, separadas entre ellas por el río Don, el mar Mediterráneo o la cuenca del Nilo, fue doctrina común entre los griegos desde el siglo V a. C. De ellos la tomaron los romanos y de estos los europeos de los «siglos oscuros» y los de la Edad Media.

Ya en el 700 a. C. había establecimientos helénicos en las costas de Anatolia y en las del Mar Negro. Pero aquello no era Europa sino Asia. Después de Alejandro (356-323 a. C.) los griegos y su cultura se adueñaron de los dominios del «Gran Rey» y de Egipto. Pero esos reinos pertenecían a Asia o a África. Por el contrario, la península itálica, sus islas y las colonias y centros comerciales griegos del Mediterráneo occidental (Marsella, Ampurias, etc.) estaban en Europa.

La primera Europa que conoció la Antigüedad fue la griega que, desde la Hélade en oriente, llegaba a Italia, a la gran colonia de Marsella y a las más modestas de Iberia. Después, Europa fue la de la Roma republicana de la cultura grecorromana de expresión latina. Con centro en Italia abarcaba desde Tracia a los Alpes, el sur de la actual Francia y las provincias hispanas, y se coronó con la conquista de las Galias por César y su desembarco en Britania. En los primeros reinados del Imperio sus límites fueron el Rin y el Danubio, hasta sus desembocaduras en las provincias de la «Germania inferior» y de Dacia. Finalmente, a partir del siglo IV, se entiende por Europa, la Europa cristiana, que en seiscientos años alcanzaría a cubrir todo el continente. Esa es la Europa que tiene su continuación en el resto de la Edad Media y en la Moderna hasta hoy, por muy secularizados que estén en la actualidad los pueblos y los estados.

Un ilustre y acreditado historiador británico, recientemente fallecido, John Morris Roberts, es autor, entre otras monografías y obras generales, de una de las mejores historias de Europa que yo conozco. Se publicó en Oxford en 1996 y no ha sido traducida al español. Con el estilo sobrio y directo de los buenos escritores anglosajones de ahora el profesor Roberts gusta de salpicar su prosa con frases rotundas y expresivas.

Así, en uno de los primeros capítulos de su libro, al enunciar las herencias que han dado vida y significación al continente, escribe que en los últimos años del reinado de Augusto ocurrió un acontecimiento del que se puede afirmar que no ha habido ningún otro de tanta repercusión en la existencia de la humanidad. «Fue, prosigue, el nacimiento en Palestina de un judío que ha pasado a la historia con el nombre de Jesús». Para sus seguidores, que pronto se llamaron cristianos, la trascendencia de este hecho se basa en que entendieron que era un ser divino. «Pero no hay que decir tanto para encarecer la importancia de ese Jesús. Toda la historia lo pone de relieve». «Sus discípulos iban a cambiar el mundo. En lo que concierne a Europa, ningún otro grupo de hombres o mujeres ha hecho más para conformar su historia».

«No ha dejado de haber, reconoce el profesor inglés, violentos desacuerdos sobre quién era Jesús y lo que hizo y se propuso hacer. Pero es innegable que su enseñanza ha tenido mayor influencia que la de ningún otro «santo» de cualquier época, porque sus seguidores lo vieron crucificado y después creyeron que resucitó de entre los muertos». «Somos lo que somos, concluye Roberts, y Europa es lo que es, porque un puñado de judíos palestinos dieron testimonio de estas cosas».

Los discípulos y continuadores de esos palestinos, en menos de diez generaciones -o sea, unos tres siglos-, cristianizaron en griego y en latín el mundo romano, integrando en su mensaje religioso los valores, principios e historias del judaísmo, cuyos libros sagrados pasaron a formar parte de su patrimonio espiritual y cultural, junto con los que referían la vida y las enseñanzas de Jesús -los Evangelios- y los escritos doctrinales de los primeros y más inmediatos seguidores del «Maestro».

Ambas series de obras, conocidas como el Antiguo y el Nuevo Testamento, constituyen la Biblia de los cristianos.

Desde el siglo V el cristianismo se propagó por tierras y pueblos no romanizados (los celtas irlandeses, los godos, francos y otros germanos invasores), gracias a la acción misionera de los monjes y a la obra política de los reyes. Hacia el año mil o poco después había llegado por el lado latino a Escandinavia y al centro del continente hasta Polonia. Por el lado bizantino, con la escritura cirílica y la vieja lengua eslava, se asentó en Bulgaria, en lo que hoy es Ucrania («ukraina» es frontera) y en la Rusia de Kiev.

Pero al nivel de la época el cristianismo había asimilado la filosofía y la ciencia de los griegos y los conceptos y principios romanos de la persona, la igualdad y universalidad del género humano y la organización política de la sociedad, el derecho y el poder. Todos esos contenidos y doctrinas los recibe la Modernidad por la «intermediación cristiana». Hasta el siglo XX, el de los totalitarismos nazi y comunista, todo -lo bueno y lo malo, las guerras y las paces- ha quedado entre cristianos: ortodoxos o heterodoxos, de una u otra confesión o iglesia, como ya venía ocurriendo desde la Edad Media: Dante y Bonifacio, Loyola y Lutero, Trento y Calvino, Descartes y Kant, Galileo y Newton, Maquiavelo y Erasmo

Pero tratando de cristianismo y Europa no todo es historia. También hay sociología. La mayoría de los ciudadanos de la actual Unión son cristianos. Asiduos o no a la práctica de sus respectivas confesiones, los cristianos superan los dos tercios de la población de los «quince». Con las diez nuevas incorporaciones su número y proporción aumentarán. Son herencia viva de la cultura cristiana en Europa hasta el calendario, las fiestas, el descanso semanal y el domingo, así como la influencia ideológica y moral de las iglesias. Las familias europeas suelen bautizar, por lo menos en su mayor parte, a sus hijos y quieren que en su país y entre los suyos se conozcan los hábitos y tradiciones del cristianismo. El anticristianismo de marxistas y de nazis, vencido por la historia, ha arriado sus banderas o ha limado sus uñas. La libertad religiosa -que implica la de no tener religión- es un principio compartido por creyentes e increyentes. Política y religión son entidades separadas. En una palabra, ha acabado siendo de general aceptación el principio enunciado por Jesús de Nazaret cuando mandó «dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios».

No obstante, parece existir en algunos doctrinarismos oficiales de ciertos estados y políticos un nuevo laicismo militante que conduce al absurdo de negar la historia de los pueblos y la realidad social.

Por el contrario, recoger en el pórtico de la Constitución europea la herencia del cristianismo no es un confesionalismo anacrónico. Será el reconocimiento, a la altura del siglo XXI, del propio ser de Europa, de su cultura y la de las naciones que la integran.

 

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No se puede entender Europa, sin dos elementos: la herencia de Grecia y Roma y el cristianismo. Pero de los dos el último es el más decisivo. Y lo es en tres vertientes: la espiritual, la cultural y la jurídica. Es decir, no se puede entender Europa sin la religión cristiana; sin obras como La divina comedia, la catedral de Burgos, las novelas de León Tolstoi, El Quijote o el camino de Santiago; y sin los derechos humanos o el concepto de persona. A quienes quieren soslayar en la Constitución de la UE las referencias a nuestras raíces cristianas habría que preguntarles de dónde creen que proceden las universidades o la revolución científica. No existen paralelismos en el Islam o en el budismo. Lo mismo ocurre con conceptos cruciales como la dignidad de la persona y los derechos humanos, ideas que nacen en la Biblia y que desarrollan posteriormente la patrística y la escolástica y que no se conciben en los mundos islámico o budista.

César VIDAL. Historiador, escritor y comentarista. 2003-07-14

 

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¿Existe Europa sin lo cristiano?

 

Por JOSEP MIRÓ I ARDÈVOL
LA VANGUARDIA, Barcelona ESPAÑA - 27/10/2003

Cuando estas líneas se publiquen, justamente habrá finalizado en Cracovia la segunda reunión plenaria de la Convención de Cristianos por Europa (CCE), que nació, quizás lo recuerden, el diciembre pasado en Barcelona, donde radica su sede central y la presidencia. Tres hechos enmarcan este nuevo encuentro. Primero, la incorporación de miembros de las confesiones cristianas no católicas al proceso de constitución de una expresión organizada, cada vez más completa, de los cristianos de la sociedad europea; segundo, la participación de miembros pertenecientes a los nuevos países de la Unión, y, finalmente, el que la reflexión se celebre en el momento final que conduce al nuevo tratado constitucional europeo; a su refundación.

Cuatro tareas han ocupado la atención de la reunión. Una es la construcción de la llamada “red neuronal europea”, que tiene como objetivo enlazar por Internet a un millón de cristianos activos. La segunda es el inicio del proyecto que debería culminar en la edición de un periódico digital europeo, un medio de información realmente comunitario, independiente de partidos, estados y lobbies. Las otras dos cuestiones se mueven en el plano de la reflexión: la crisis de Europa, de su identidad y el papel que tiene en ésta última el cristianismo, que necesita de la fe, y la cultura cristiana que se forja en la historia y compete a la razón. Uno puede no ser cristiano en términos religiosos y pensar y obrar en términos de cultura cristiana. Esto es una evidencia en Europa.

Por ello, sigue vivo y seguirá siéndolo más allá de la Constitución, el debate sobre la incorporación de la referencia al cristianismo. Objetivamente no hay ninguna razón para no hacerlo en el preámbulo, allí donde deben fijarse las fuentes que dan sentido al articulado, empezando por un principio tan esencial para la Unión, porque difícilmente existiría sin él, como el de la subsidiariedad, un concepto ininteligible sin acudir a la doctrina social católica. La referencia es necesaria para fijar un componente fundamental de la cultura y moral europea, porque fue el único marco de referencia entre los siglos III y XVIII, y ha continuado vivo y presente desde entonces, hasta el extremo de que la casi totalidad de los padres fundadores de la Unión Europea, Schuman, Monet, Adenauer, De Gasperi, lo fueron como sujetos políticos cristianos. Sólo ya por eso, el vínculo es obligado. La propuesta cristiana no es excluyente, sino integradora. No persigue cerrar el paso a otras referencias reales, aunque su aportación histórica sea menor, por eso el ejemplo siempre ha sido el preámbulo de la Constitución polaca. Y es que si el nuevo tratado constitucional omite el cristianismo, se alejará mucho de la media que expresan las constituciones europeas, donde sólo Francia es laicista. Por su parte, el argumento sobre un futurible turco, además de ser eso, un futuro imperfecto, adolece de falta de fundamento, porque aquel país es institucionalmente laico. Siendo así, ¿por qué ha de ser un obstáculo la referencia cultural cristiana, a la que se integrará voluntariamente? Y si se trata de su sociedad en gran medida musulmana, ¿dónde van a encontrar un mejor marco de respeto y libertad religiosa? ¿En su propio Estado, que todavía los persigue? Esta es, en definitiva, una ocasión histórica para superar el conflicto que sigue abierto entre laicismo post-ilustrado y cristianismo, y así mostrar al mundo que la fidelidad a las propias convicciones significa primero y antes que nada el respeto sincero a las convicciones del otro.
e–cristians.net 2003-10-28

 

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Deudas europeas con el cristianismo

 

El profesor Dalmacio Negro ha publicado de una separata en Anales de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas, institución a la que pertenece. Lucidísimamente, aborda la cuestión de las raíces cristianas de Europa. 2004-04-17
Ofrecemos lo esencial

 

El cristianismo ha sido, durante largos siglos, el modo de estar instalado el europeo en la realidad. Sólo un acuerdo mínimo acerca del ser de Europa, sobre en qué consiste la tradición europea, sobre su naturaleza, puede permitir inferir las ideas rectoras de la Europa unida política y culturalmente de las que adolece. Precisamente porque el estado de cosas habría llegado al punto que no faltan pensadores, como Romano Guardini o, más recientemente, Robert Spaemann, que sostienen que espiritualmente hoy no existe Europa, por haber comenzado aquí lo que llamaba C.S. Lewis la abolición del hombre. El arzobispo Carlo Cafarra no se recató en decir, en 1994, que la cultura europea actual consiste en gran medida en la organización de la mentira, lo que equivale al rechazo de la tradición que la constituye.
Si bien parece que debiera ser indiscutible, según el sentido común, el reconocimiento de que el cristianismo constituye uno de los elementos indispensables, si no el principal, para la comprensión del ser de Europa y, correlativamente, la ordenación de su futuro, sin embargo, en la práctica, como se ve en las discusiones, materializadas ya en un proyecto, sobre una Constitución europea, intelectualmente no es así.
Se puede afirmar, sin necesidad de muchas precisiones, que la historia de Occidente, que incluye la de Europa, es la historia del Êthos cristiano.
Dado el predominio político en Europa del pensamiento nacionalista, constructivista, laicista y secularista indiferente o adverso al cristianismo, no es nada seguro que la religión sea tenida suficientemente en cuenta, ni siquiera históricamente.
Cuando una religión se contrae a la moral, acaba reduciéndose a formalidades, perdiendo su fuerza, y así, con cierta lógica, la concepción de Europa como civilización empezó a prescindir en el siglo XIX del cristianismo, como si lo divino no formase parte de la civilización. En los albores del siglo XXI, el cristianismo no constituye un sistema de referencias de la cultura, y menos aún de la política europea, si bien el conflicto con el Islam parece estar resucitándolo polémicamente como problema intelectual.
Resulta indiscutible que muchos de los factores que vienen a ser como el resorte vital de esta civilización son, velis nolis, de origen cristiano. Lo que no significa, por cierto, que formen parte de la doctrina cristiana. Es igualmente evidente que, en la actualidad, aparte del laicismo, por un lado, la extendida idea del pluralismo, unida a la del multiculturalismo –ambas de origen norteamericano–, favorece la eliminación, en el imaginario proyecto político europeo, de toda consideración religiosa y, con ello, quizá también de lo tradicional. Las ideologías dominantes en el siglo XX de las que se nutre han sido ideologías ateas o adversas, en mayor o menor medida, a la religión. Han funcionado como gnosis para el pueblo y, en muchos casos, por ejemplo en el marxismo, la más difundida, como religiones políticas, con la pretensión, no siempre confesada, de sustituir a la religión.
No es ocioso recordar que Gramsci, un pensador secundario, pero sumamente influyente, pensaba que el marxismo sólo podría triunfar si se eliminaba la religión cristiana. La ideología se caracteriza por su odio a la realidad.
Decía Whitehead que lo esencial de toda educación es que sea religiosa. En el caso particular de la Iglesia católica, el ateísmo fue justamente, en palabras del cardenal König, el aguijón del Concilio Vaticano II.
Julián Marías observó hace tiempo que el núcleo de la cuestión es que «el cristianismo tiende a no funcionar primariamente como religión», sino como otras cosas que también es (o puede ser): moral, ideología, interpretación de la realidad, principio de convivencia, fundamento de una sociedad, instrumento de poder… Con enorme frecuencia –afirma Marías–, se pierde la perspectiva de la fe. Así el propio cristianismo se presenta como una suerte de humanismo, el llamado humanismo cristiano. Con ello, el cristianismo, entregado al culto de la tolerancia y al diálogo, aunque el diálogo es imposible sin un sustrato común de ideas-creencia, deja de ser un signo de contradicción.
Es muy posible que la religión sea considerada, a lo sumo, una tradición más o menos formal o costumbrista, o una cuestión privada, del fuero interno de la conciencia, quedando excluida como un asunto público, de modo parecido a la poderosa tendencia a separar la ética de la moral arrinconando esta última en la privacidad.
Según Vaclav Havel, los europeos están creando «la primera civilización atea en la historia de la Humanidad».
La reacción de bastantes europeos ante los problemas que está planteando el Islam –debidos en buena medida a la decadencia del cristianismo, por ejemplo en la cuestión de la natalidad–, tiene mucho de resentimiento en relación con el cristianismo. El Islam, a menos que se disuelva aquí en el laicismo y el nihilismo europeos, no está en decadencia, sino en efervescencia.
Se pone el énfasis en que la Europa del futuro ha de ser una Europa democrática, quizá a veces sustituyendo inconscientemente la religión, en este caso el cristianismo, por una suerte de religiosidad democrática. Pero aun así cabe preguntarse si podría sobrevivir la democracia sin los supuestos cristianos.
La Iglesia, vista secularmente, es una gran institución pedagógica, que no sólo instruye sino, sobre todo, educa; ha sido la educadora de Europa, tanto por su papel como vehículo transmisor de la cultura antigua cuanto por la difusión del espíritu del cristianismo.
La idea europea de la democracia descansa, no obstante, en cualquier sentido de la misma, en supuestos en los que el cristianismo desempeña un papel esencial. También la familia europea posee características singulares debidas a la influencia del cristianismo.
Dalmacio Negro

 

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"El cristianismo ¿es una religión europea?"

 

Joseph Ratzinger - Cardenal - El Corriere della Sera, 3.VII.03

En el debate sobre la historia de la misión cristiana se ha convertido en habitual decir que, con la misión, Europa (Occidente) ha tratado de imponer al mundo su religión. Se ha tratado –se dice– de colonialismo religioso, una parte del más amplio sistema colonial. La renuncia al eurocentrismo tendría por tanto que incluir también la renuncia a la misión. En relación con esta tesis hay algunas cosas que criticar, empezando por el plano histórico. El cristianismo, como es sabido, no nació en Europa, sino en Asia Menor, en el punto geográfico donde se encuentran los tres continentes, asiático, africano y europeo. Un contacto que nunca ha sido solo geográfico, sino de las corrientes espirituales de los tres continentes. Por esta razón, la “interculturalidad” pertenece a la forma originaria del cristianismo. Además, en los primeros siglos, la misión se extendió tanto hacia Oriente como hacia Occidente. El punto focal del cristianismo se encontraba en Asia Menor, en el Oriente Próximo, pero pronto se dirigió también hacia la India; la misión nestoriana llegó hasta China, y numéricamente, el cristianismo asiático equivalía, poco más o menos, al europeo. Solo la difusión del islam ha sustraído al cristianismo del Oriente Próximo gran parte de su fuerza vital, y al mismo tiempo, dejó fuera de los centros de Siria, Palestina y Asia Menor a las comunidades cristianas de India y de Asia, y de este modo ha provocado su desaparición.

En cualquier caso, desde entonces en adelante el cristianismo se convirtió en una religión europea. Sí y no, habría que responder. La herencia del origen, que no había germinado en Europa, seguía siendo la raíz vital de todo, y seguía así siendo también, siempre, criterio y crítica de lo que es puramente europeo. Además, con “europeo” no se indica en realidad un bloque monolítico. Desde el punto de vista cronológico y cultural, se indica una realidad extremadamente estratificada. Se encuentra en primer lugar el proceso de “inculturación” en el mundo griego y romano, al que sigue la “inculturación” entre las distintas poblaciones germánicas, entre las eslavas y neolatinas.

Todas estas culturas, desde la antigüedad a la Edad Media, hasta la época moderna y contemporánea, han recorrido amplios espacios en los que el cristianismo ha tenido siempre que volver a nacer, no subsistía en sí mismo por así decir. Es importante centrar la atención sobre este punto con la ayuda de algunos ejemplos. Para los griegos, el cristianismo, como decía Pablo, era “una estupidez”, es decir, barbarie respecto a la altura de su cultura. El espíritu griego proporcionó a la fe cristiana estructuras esenciales de pensamiento y de razonamiento, pero no sin obstáculos: la comprensión cristiana de las cosas tuvo que sustraerse al espíritu griego empeñándose en ásperos debates que acogieron la herencia griega, pero al mismo tiempo la transformaron profundamente. Fue un proceso de muerte y resurrección.

Es cierto, existe el “Plato christianus”, pero siempre ha existido el “Plato antichristianus”: el platonismo de Plotino hasta sus configuraciones más tardías, opuso la más vehemente resistencia al cristianismo, ha querido constituir el polo opuesto. En el ámbito latino vemos algo similar. Basta recordar la historia de la conversión de Agustín. La lectura del libro de Cicerón Hortensius hizo nacer en él la nostalgia por la belleza eterna, por el encuentro y el contacto con Dios. Por la educación recibida, le resultaba evidente que la respuesta a esta nostalgia, que la filosofía había despertado, podría encontrarse en el cristianismo. Por lo tanto, pasa del Hortensius a la Biblia y vive la experiencia de un shock cultural. Cicerón y la Biblia –dos mundos– chocan entre sí, dos culturas colisionan. ¡Entonces, la respuesta no es esta!, debió de decirse Agustín. La Biblia le parecía como pura barbarie, que no estaba a la altura de las exigencias espirituales que la filosofía romana le había transmitido. Este shock cultural de Agustín puede ser sintomático de la novedad y alteridad del cristianismo, que verdaderamente no provenía del espíritu latino, aunque también en él había una espera de Cristo. Para poder convertirse en cristiano, Agustín –y el mundo greco-romano– tuvo que realizar un éxodo, mediante el cual obtuvo como don aquello que había perdido. El éxodo, la fractura cultural, con su “morir para renacer”, es un rasgo fundamental del cristianismo.

 

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Europa: sus fundamentos espirituales ayer, hoy y mañana


Conferencia que pronunció el cardenal Joseph Ratzinger, prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, en la biblioteca del Senado de la República Italiana, el 13 de mayo de 2004 sobre los fundamentos espirituales de Europa.

 

Europa. ¿Qué es exactamente? Esta pregunta de siempre, fue planteada expresamente por el cardenal Józef Glemp en uno de los círculos lingüísticos del Sínodo de obispos sobre Europa: ¿dónde comienza, dónde termina Europa? ¿Por qué, por ejemplo, Siberia no pertenece a Europa aunque también la habitan europeos, que tienen un modo de pensar y de vivir completamente europeo? ¿Dónde se pierden las fronteras de Europa en el sur de la comunidad de los pueblos de Rusia? ¿Dónde está su límite en el Atlántico? ¿Qué islas pertenecen a Europa, y cuáles, en cambio, no? Y, ¿por qué? En estos encuentros se manifiesta claramente que sólo de modo secundario Europa es un concepto geográfico. Europa no es un continente netamente determinado en términos geográficos, sino más bien es un concepto cultural e histórico.

1. El surgimiento de Europa

Esto se percibe con bastante evidencia si intentamos remontarnos a los orígenes de Europa. Quien habla del origen de Europa, cita normalmente a Heródoto (484-425 a.C. aproximadamente), quien, de hecho, es el primero en definir Europa como concepto geográfico; y lo hace así: «Los persas consideran Asia como su propiedad y los pueblos bárbaros que habitan en ella, mientras estiman que Europa y el mundo griego es un país distinto». No hace referencia a las fronteras de Europa, pero está claro que tierras que hoy son el núcleo de Europa estaban completamente fuera del campo visual del historiador antiguo.

De hecho, con la formación de los estados helenísticos y del imperio romano, se había formado un continente que se transformó en la base de la sucesiva Europa, pero que tenía otras fronteras: eran las tierras alrededor del Mediterráneo, que gracias a sus vínculos culturales, gracias al tráfico y al comercio, gracias al sistema político común, formaban un verdadero y particular continente.

Sólo el avance triunfal del Islam en el siglo VII y al inicio del siglo VIII trazó una frontera a lo largo del Mediterráneo; por así decirlo, la partió en dos, de tal manera que todo lo que hasta entonces era un continente se subdividía ahora en tres continentes: Asia, África y Europa.

En oriente, la transformación del mundo antiguo se realizó más lentamente que en occidente: el imperio romano, con Constantinopla como punto central, resistió hasta el siglo XV, aunque fue quedando cada vez más al margen. Mientras tanto, en torno al año 700, la parte meridional del Mediterráneo queda completamente fuera de lo que hasta ese entonces era un continente cultural. Al mismo tiempo se lleva a cabo una mayor extensión hacia el norte. El límite, que hasta entonces había sido un confín continental, desaparece y se abre hacia un nuevo espacio histórico que ahora abrazaría Galia, Germania, Bretaña como tierras-núcleo propiamente dichas, y se extiende cada vez más hacia Escandinavia.

En este proceso de cambio de los confines, la continuidad ideal con el precedente continente mediterráneo, medido geográficamente de un modo nuevo, tiene como garantía un modelo de teología de la historia: partiendo del libro de Daniel, se consideraba al Imperio Romano renovado y transformado por la fe cristiana como el último y permanente reino de la historia del mundo en general y, por tanto, se definía la trabazón de pueblos y estados que estaba en vías de formación como el permanente «Sacrum Imperium Romanum».

Este proceso de una nueva identificación histórica y cultural se realizó de manera totalmente consciente bajo el reino de Carlomagno. Aquí surge nuevamente el antiguo nombre de Europa, con un significado diverso: este vocablo se utilizaba incluso como definición del reino de Carlomagno, y expresaba, al mismo tiempo, la consciencia de la continuidad y de la novedad con que la nueva trabazón de estados se presentaba: como una fuerza con futuro. Con futuro porque se concebía en continuidad con lo que había sido la historia del mundo hasta entonces y anclada últimamente en lo que permanece para siempre.

Esta autocomprensión que se estaba formando se expresa al mismo tiempo en la consciencia de la definitividad, así como la de una misión.

Es verdad que el concepto de Europa casi desaparece nuevamente después del fin del reino carolingio y se conserva solamente en el lenguaje de los doctos; en el lenguaje popular sólo se usa al inicio de la época moderna –aunque en relación con el peligro de los Turcos, como modalidad de autoidentificación–, para imponerse en general en el siglo XVIII. Independientemente de esta historia del término, la constitución del reino de los francos como el imperio romano jamás desaparecido y entonces renacido, significa, de hecho, el paso decisivo hacia lo que nosotros entendemos hoy cuando hablamos de Europa.

Ciertamente no podemos olvidar que hay también una segunda raíz de la Europa, de una Europa no occidental: el imperio romano de hecho, como ya he mencionado, había resistido en Bizancio contra las tempestades de la migración de los pueblos y de la invasión islámica. Bizancio se percibía a sí misma como la verdadera Roma; es un hecho que aquí el imperio no había decaído jamás, razón por la cual seguía reivindicando la otra mitad del imperio, la occidental.

También este imperio romano de oriente se extendió ulteriormente hacia el norte, abarcando al mundo eslavo, y se creó un mundo propio, greco-romano, que se diferencia respecto a la Europa latina del occidente en virtud de la diversidad de su liturgia, de una constitución eclesiástica diferente, de una escritura diversa, y en virtud de la renuncia al latín como lengua común enseñada.

Ciertamente hay también suficientes elementos unificadores, que pueden hacer de los dos mundos un único, común continente: en primer lugar, la herencia común de la Biblia y de la Iglesia antigua, que, por otra parte, en ambos mundos hace referencia a una realidad que está más allá de sí misma, hacia un origen que ahora se encuentra fuera de Europa, es decir, en Palestina; en segundo lugar, la misma idea común de Imperio, la común comprensión de fondo de la Iglesia y, por tanto, también la comunión en las ideas fundamentales del derecho y de los instrumentos jurídicos; por último, yo mencionaría también el monaquismo, que en los grandes movimientos de la historia se ha mantenido como el vehículo esencial, no sólo de la continuidad cultural, sino, sobre todo, de los valores fundamentales religiosos y morales, de las orientaciones últimas del hombre, y en cuanto fuerza pre-política y super-política se transformó en el vehículo de los renacimientos siempre necesarios.

Entre las dos Europas, a pesar de la común y esencial herencia eclesial, hay sin embargo una profunda diferencia, cuya importancia ha quedado subrayada especialmente por Endre von Ivanka: en Bizancio, Imperio e Iglesia aparecen casi identificados el uno con el otro; el emperador también es el jefe de la Iglesia. Él se considera a sí mismo como representante de Cristo, y en unión con la figura de Melquisedec, que era al mismo tiempo rey y sacerdote (Gén 14 18), lleva desde el siglo VI el título oficial de «rey y sacerdote». Dado que a partir de Constantino el emperador había escapado de Roma, en la antigua capital del imperio pudo desarrollarse la posición autónoma del obispo de Roma, como sucesor de Pedro y pastor supremo de la Iglesia; aquí ya desde el inicio de la era constantiniana se enseñó una dualidad de potestad: emperador y papa tienen de hecho potestades separadas, ninguno dispone de la totalidad. El papa Gelasio I (492-496) formuló la visión de occidente en su famosa carta al emperador Anastasio y, todavía más claramente, en su cuarto tratado, donde ante la tipología bizantina de Melquisedec subraya que la unidad de las potestades está exclusivamente en Cristo: «él, de hecho, a causa de la debilidad humana (¡soberbia!) Ha separado para los tiempos sucesivos los dos ministerios de manera que ninguno se ensoberbezca» (c. 11). Para las cosas de la vida eterna los emperadores cristianos tienen necesidad de los sacerdotes (pontífices) y éstos, a su vez, se atienen para el curso temporal de las cosas, a las disposiciones imperiales. Los sacerdotes deben seguir en las cosas mundanas las leyes del emperador, puesto por querer divino, mientras éste debe someterse en las cosas divinas al sacerdote. Con esto se introdujo la separación y distinción de las potestades, que fue de máxima importancia para el desarrollo sucesivo de Europa, y que, por así decirlo, puso los fundamentos de lo que es propiamente típico de Occidente.

Ya que de ambas partes, ante tales delimitaciones, siempre permaneció vivo el impulso a la totalidad, la codicia de imponer el poder propio sobre el del otro, este principio de separación se convirtió también en fuente de sufrimientos infinitos. La manera en que se debe vivir correctamente y concretar política y religiosamente este principio sigue siendo un problema fundamental, incluso para la Europa de hoy y de mañana.

2. El viraje hacia la época moderna

Si a partir de cuanto he dicho hasta ahora podemos considerar el surgimiento del imperio carolingio de una parte, y la continuación del imperio romano en Bizancio y su misión hacia los pueblos eslavos por otra, como el verdadero y propio nacimiento del continente Europa, el inicio de la época moderna significa para ambas Europas un viraje, un cambio radical que concierne tanto a la esencia de este continente como a sus contornos geográficos.

En 1453 Constantinopla fue conquistada por los turcos. O. Hiltbrunner comenta este acontecimiento de manera lacónica: «los últimos... doctos emigraron... hacia Italia y transmitieron a los humanistas del Renacimiento el conocimiento de los textos originales griegos; sin embargo, oriente se hundió en la ausencia de cultura». Esta afirmación puede ser un poco burda, ya que, de hecho, también el reino de la dinastía de los Osman tenía su cultura; pero es cierto que la cultura greco-cristiana europea de Bizancio tuvo su fin con esta invasión. De este modo, una de las dos alas de Europa estuvo a punto de desaparecer, pero la herencia bizantina no estaba muerta: Moscú se declara a sí misma como la tercera Roma, funda entonces un propio patriarcado sobre la base de la idea de una segunda «translatio imperii» y se presenta, por tanto, como una nueva metamorfosis del «Sacrum Imperium » –como una forma propia de Europa, que, sin embargo, permaneció unida con occidente y se orientó cada vez más hacia él, hasta el punto de que Pedro el Grande intentó convertirla en un país occidental–. Este movimiento hacia el norte de la Europa bizantina implicó también un amplio movimiento hacia oriente de las fronteras del continente. El establecimiento de los Urales como frontera es sumamente arbitrario. De cualquier forma, el mundo que quedaba a su oriente se convirtió cada vez más en una especie de subestructura de Europa –ni Asia ni Europa–; esencialmente forjado por Europa, pero sin participar de su carácter de sujeto: objeto, pero no vehículo de su historia. Quizás con esto se define la esencia de un estado colonial.

Por tanto, al inicio de la época moderna, podemos hablar, en la Europa bizantina, no occidental, de un doble acontecimiento: por una parte se da la disolución del antiguo Bizancio con su continuidad histórica en relación con el Imperio Romano; por otra parte, esta segunda Europa obtuvo con Moscú un nuevo centro y amplió sus confines hacia oriente, para erigir en Siberia una especie de pre-estructura colonial.

Contemporáneamente, también podemos constatar en occidente un doble proceso con un significado histórico notable. Gran parte del mundo germánico se separa de Roma; surge una nueva forma iluminada de cristianismo, de modo que, por medio de occidente, se crea a partir de entonces una línea de separación que forma también claramente una frontera cultural, un confín entre dos diversos modos de pensar y relacionarse. Ciertamente, también dentro del mundo protestante hay una fractura: en primer lugar entre luteranos y reformados, a los cuales se asocian los metodistas y presbiterianos, mientras la Iglesia anglicana busca formar un camino intermedio entre católicos y evangélicos; a esto se añade también la diferencia entre el cristianismo bajo la forma de una iglesia de Estado, que llega a ser un distintivo de Europa, e iglesias libres, que encuentran su espacio de refugio en Norteamérica, tema éste del que debemos volver a hablar.

Pongamos atención, en primer lugar, al segundo acontecimiento, que caracteriza esencialmente la situación de la época moderna, diferenciándola de la que era la Europa latina: el descubrimiento de América. A la extensión de Europa hacia el este, gracias a la progresiva extensión de Rusia hacia Asia, corresponde la radical salida de Europa más allá de sus confines geográficos hacia el mundo que está más allá del océano, que ahora se llama América. La subdivisión de Europa en una mitad latino-católica y una mitad germánico-protestante se transfirió y repercutió sobre esta parte de tierra ocupada por Europa. También América fue al inicio una Europa ampliada, una colonia, pero ella también se crea –contemporáneamente a la agitación europea provocada por la Revolución Francesa– su propio carácter de sujeto: desde el siglo XIX en adelante, aunque forjada en sus aspectos profundos por su nacimiento europeo, América se presenta ante Europa como un sujeto propio.

En este intento de conocer la identidad más profunda e interior de Europa a través de una mirada histórica, hemos tomado en consideración dos virajes históricos fundamentales: el primero es la disolución del viejo continente mediterráneo, por obra del continente del «Sacrum Imperium», colocado más hacia el norte, en el que se forma Europa a partir de la época carolingia como mundo occidental-latino, junto a éste está la continuación de la vieja Roma en Bizancio, con su extensión hacia el mundo eslavo. Como segundo paso, hemos observado la caída de Bizancio y, por una parte, el consiguiente traslado hacia el norte y hacia el este de la idea cristiana de imperio de una parte de Europa, y, por otra parte, la división interna de Europa en un mundo germánico-protestante y un mundo latino-católico. Además de esto, se encuentra la expansión hacia América, a la que se trasfiere esta división y que, al final, se constituye como un sujeto histórico propio que está ante Europa.

Ahora debemos considerar un tercer viraje, cuyo faro más visible lo constituye la Revolución francesa. Es verdad que el «Sacrum Imperium» como realidad política se estaba disolviendo desde el final de la Edad Media y se había vuelto cada vez más frágil, incluso como válida e indiscutible interpretación de la historia; pero sólo entonces este marco espiritual se fragmenta también formalmente, este marco espiritual sin el cual Europa no habría podido formarse. Es un proceso de considerable importancia, tanto desde el punto de vista político como ideal. Desde el punto de vista ideal, esto significa que se rechaza el fundamento sacro de la historia y de la existencia estatal: la historia ya no se mide de acuerdo con una idea de Dios precedente a ella y que le da forma; el Estado es considerado, a partir de entonces, en términos puramente seculares, fundado en la racionalidad y en la voluntad de los ciudadanos.

Por primera vez en absoluto surge en la historia el Estado puramente secular, que abandona y deja a un lado la garantía divina y la normativa divina del elemento político, considerándolo como una visión mitológica del mundo y declara al mismo Dios como una cuestión privada, que no es parte de la vida pública y de la formación de la voluntad común. Ésta es concebida únicamente como un asunto de la razón, para la cual Dios no aparece claramente cognoscible: religión y fe en Dios pertenecen al ámbito del sentimiento, no al de la razón. Dios y su voluntad cesan de ser relevantes en la vida pública.

De este modo surge, con el fin del siglo XVIII y el inicio del siglo XIX, un nuevo tipo de cisma, cuya gravedad percibimos cada vez más netamente. En alemán, este proceso no tiene ningún término, ya que se ha desarrollado más lentamente. En las lenguas latinas es caracterizado como división entre cristianos y laicos. En los últimos dos siglos esta laceración ha penetrado en las naciones latinas como una fractura profunda, mientras el cristianismo protestante, al inicio, tuvo una vida fácil al conceder dentro de sí espacio a las ideas liberales e ilustradas, sin destruir el marco de un amplio consenso cristiano.

El aspecto de política realista de la disolución de la antigua idea de imperio consiste en esto: las naciones, los estados, que son identificables como tales gracias a la formación de ámbitos lingüísticos unitarios, aparecen definitivamente como los únicos y verdaderos portadores de la historia, y, por tanto, obtienen un rango que antes no les correspondía.

El dramatismo explosivo de este sujeto histórico, plural, se muestra en el hecho de que las grandes naciones europeas se consideraban depositarias de una misión universal, que necesariamente debía llevar a conflictos entre ellas, cuyo impacto mortal lo hemos experimentado dolorosamente en el siglo recién pasado.

3. La universalización de la cultura europea y su crisis

Finalmente debemos considerar un proceso ulterior, con el cual la historia de los últimos siglos avanza claramente hacia un mundo nuevo. Si la vieja Europa precedente a la época moderna, en sus dos mitades había conocido esencialmente sólo un adversario, con el cual debía confrontarse para la vida y para la muerte, es decir, el mundo islámico; si el viraje de la época moderna había llevado a la extensión hacia América y hacia partes de Asia sin grandes sujetos culturales propios, ahora tiene lugar la salida hacia los dos continentes hasta ahora tocados sólo marginalmente: África y Asia, que trataron de transformarse en sucursales de Europa, en colonias. Hasta cierto punto, esto también se logró, pues ahora también Asia y África siguen el ideal del mundo forjado por la técnica y el bienestar, de tal modo que también allí las antiguas tradiciones religiosas entran en crisis y estratos de pensamiento puramente secular dominan siempre más la vida pública.

Pero hay también un efecto contrario: el renacimiento del Islam no está solamente unido a la nueva riqueza material de los países islámicos, sino que también se alimenta por la conciencia de que el Islam es capaz de ofrecer una base espiritual válida para la vida de los pueblos, una base que parece haberse escapado de la mano de la vieja Europa, que, no obstante su duradera potencia política y económica, se ve, cada vez más, como condenada al declino y al obscurecimiento.

Las grandes tradiciones religiosas de Asia, sobre todo su componente mística, que encuentra expresión en el budismo, se elevan también como potencias espirituales contra una Europa que reniega de sus fundamentos religiosos y morales. El optimismo acerca de la victoria del elemento europeo, que Arnold Toynbee podía sostener todavía al inicio de los años sesenta, aparece hoy extrañamente superado: «de 28 culturas que nosotros hemos identificado... 18 están muertas y nueve de las restantes; de hecho, todas menos la nuestra muestran que están golpeadas de muerte».

¿Quién repetiría hoy todavía las mismas palabras? Y, en general, ¿qué es nuestra cultura, la que todavía permanece? La cultura europea, ¿es quizás la civilización de la técnica y del comercio difundida victoriosamente por el mundo entero? ¿O no es esta civilización más bien la nacida de manera post-europea por el fin de las antiguas culturas europeas?

Yo veo aquí una sincronía paradójica: con la victoria del mundo técnico-secular post-europeo, con la universalización de su modelo de vida y de su manera de pensar, se da en todo el mundo –especialmente en los mundos estrictamente no-europeos de Asia y África– la impresión de que el mundo de valores de Europa, su cultura y su fe, aquello sobre lo que se basa su identidad, ha llegado al final y esté saliendo del escenario; da la impresión de que ha llegado la hora de los sistemas de valores de otros mundos, de la América precolombina, del Islam, de la mística asiática.

Europa, justo en esta hora de su máximo éxito, parece haberse vaciado por dentro, paralizada en cierto sentido por una crisis de su sistema circulatorio, una crisis que pone en riesgo su vida, dependiendo por así decirlo, de trasplantes, que sin embargo no pueden eliminar su identidad. A esta disminución interior de las fuerzas espirituales importantes corresponde el hecho de que también étnicamente Europa parece que recorre el camino de la desaparición.

Hay una extraña falta de deseo de futuro. Los hijos, que son el futuro, son vistos como una amenaza para el presente; se piensa que nos quitan algo de nuestra vida. No se les experimenta como una esperanza, sino como un límite para el presente. Se impone la comparación con el Imperio Romano en declive: funcionaba todavía como gran armazón histórico, pero en la práctica vivía ya de quienes debían disolverlo, porque a él mismo ya no le quedaba ninguna energía vital.

Con esto hemos llegado a los problemas del presente. En cuanto al posible futuro de Europa hay dos diagnósticos contrapuestos.

Por una parte, está la tesis de Oswald Spengler, quien creía poder fijar una especie de ley natural para las grandes expresiones culturales: existe un momento de nacimiento, crecimiento gradual, florecimiento, lento entorpecimiento, envejecimiento y muerte. Spengler enriquece su tesis –de modo impresionante–, con documentación entresacada de la historia de las culturas, documentación en la que se puede entrever esta ley del decurso natural. Su tesis era que Occidente ha alcanzado su época final, que este continente cultural está corriendo inexorablemente al encuentro con la muerte, a pesar de todos los intentos de rechazarla. Naturalmente, Europa puede transmitir sus dones a una nueva cultura emergente, como ya ha sucedido en los precedentes ocasos de una cultura, pero como sujeto, ella tiene ya su tiempo de vida a las espaldas.

Esta tesis –definida como «biologista»– ha encontrado opositores apasionados en el tiempo de entreguerras, especialmente en el ámbito católico; Arnold Toynbee se opuso a ella de manera impresionante, aunque con postulados que encuentran actualmente poca resonancia. Toynbee muestra la diferencia entre progreso técnico-material de una parte y progreso real de otra. Define este último como espiritualización. Admite que Occidente –el mundo occidental– se encuentra en una crisis, y su causa sería el hecho de que se ha pasado de la religión al culto a la técnica, a la nación, al militarismo. La crisis, para él, significa al final secularismo.

Si se conoce la causa de la crisis, se puede indicar también el camino hacia la curación: se debe introducir nuevamente el factor religioso, del que forma parte, según él, la herencia religiosa de todas las culturas, pero, especialmente, lo «que ha quedado del cristianismo occidental». Aquí se contrapone a la visión «biologista» una visión «voluntarista», que apunta a la fuerza de las minorías creativas y a las personalidades singulares y excepcionales.

La pregunta que se plantea es: ¿es justo este diagnóstico? Y si lo es, ¿está en nuestras manos introducir nuevamente el momento religioso, en una síntesis de cristianismo residual y herencia religiosa de la humanidad? En todo caso, la cuestión entre Spengler y Toynbee permanece abierta porque no podemos ver el futuro. Pero independientemente de todo eso, se impone la tarea de preguntarnos qué es lo que puede garantizar el futuro y mantener viva la identidad interior de Europa a través de todas las metamorfosis históricas. O más simplemente: qué podría ofrecer –tanto para hoy como mañana– la dignidad humana y una existencia conforme a ella.

Para encontrar una respuesta debemos echar de nuevo un vistazo a nuestro presente teniendo en cuenta sus raíces históricas. Anteriormente nos habíamos detenido en la Revolución Francesa y en el siglo XIX. Durante este tiempo se han desarrollado sobre todo dos nuevos modelos europeos. En las naciones latinas el modelo laicista: un Estado netamente separado de los organismos religiosos, que son relegados al ámbito privado. El mismo Estado rechaza cualquier fundamento religioso y se sabe fundado solamente sobre la razón y sus intuiciones. Frente a la flaqueza de la razón, estos sistemas se han revelado frágiles y se convierten con facilidad en víctimas de las dictaduras; sobreviven, propiamente, sólo porque partes de la vieja conciencia moral continúan subsistiendo aun sin los fundamentos precedentes, permitiendo así un consenso moral básico. Por otra parte, en el mundo germánico, existen de manera diferenciada los modelos de Iglesia de Estado del protestantismo liberal. En ellos una religión cristiana iluminada, esencialmente concebida como moral ..y con formas de culto resguardadas por el Estado– garantiza un consenso moral y un fundamento religioso amplio, al que cada religión que no es del Estado debe adecuarse. Este modelo en Gran Bretaña, en los estados escandinavos y en un primer momento en la Alemania dominada por los prusianos aseguró durante mucho tiempo una cohesión estatal y social. En Alemania, sin embargo, la caída del cristianismo de Estado prusiano creó un vacío, que después se ofreció igualmente como vacío para el surgimiento de una dictadura. Hoy en día, las iglesias de Estado han caído en todas partes, víctimas del desgaste: de cuerpos religiosos que son derivaciones del Estado ya no proviene ninguna fuerza moral, y el mismo Estado no puede crear una fuerza moral, sino que la debe presuponer para después construir sobre ella.

Entre estos dos modelos se colocan los Estados Unidos de Norteamérica, que por una parte –formados sobre la base de las iglesias libres– parten de un rígido dogma de separación y por otra parte –más allá de las denominaciones individuales–, se caracterizan por un consenso de fondo cristiano-protestante no forjado en términos confesionales. Consenso que se vinculaba a una particular conciencia de la misión de tipo religioso frente al resto del mundo. De este nodo, daba al factor religioso un significativo peso público, que en cuanto fuerza pre-política y supra-política podía ser determinante para la vida política. Ciertamente no se puede esconder que también en los Estados Unidos la disolución de la herencia cristiana avanza incesantemente, mientras que al mismo tiempo el rápido aumento del elemento hispánico y la presencia de tradiciones religiosas provenientes de todo el mundo cambian el panorama. Se podría observar también que los Estados Unidos promueven ampliamente la protestantización de América Latina y, de ese modo, la disolución de la Iglesia católica a través de la formación de iglesias libres. Todo ello porque tienen la convicción de que la Iglesia católica no puede asegurar un sistema político y económico estable, ya que fracasa como educadora de las naciones. En cambio, esperan que el modelo de las iglesias libres haga posible un consenso moral y una formación democrática de la voluntad pública, similares a aquellos característicos de los Estados Unidos. Para complicar todavía más el panorama, se debe admitir que actualmente la Iglesia católica forma la comunidad religiosa más grande de los Estados Unidos. Esta Iglesia, en su vida de fe, está decididamente del lado de la identidad católica. Sin embargo, los católicos, por lo que se refiere a la relación entre Iglesia y política han recibido las tradiciones de las iglesias libres, es decir, que una Iglesia que no se confunda con el Estado garantiza mejor los fundamentos morales del todo, de forma que la promoción del ideal democrático aparece como un deber moral profundamente conforme a la fe. En una posición similar, se puede ver una continuación, adecuada a los tiempos, del modelo del Papa Gelasio, del que se ha hablado anteriormente.

Regresemos a Europa. A los dos modelos de los que he hablado anteriormente se le añadió en el siglo XIX, un tercero: el socialismo, que rápidamente se subdividió en dos vías diversas: la totalitaria y la democrática.

El socialismo democrático fue capaz, desde el inicio, de integrarse dentro de los dos modelos existentes, como un sano contrapeso frente a las posiciones liberales radicales, enriqueciéndolas y corrigiéndolas. Esto se reveló como algo que iba más allá de las confesiones: en Inglaterra era el partido de los católicos, que no podían sentirse a gusto ni en el campo protestante-conservador, ni en el liberal. También, en la Alemania guillermina el centro católico podía sentirse más cercano al socialismo democrático que a las fuerzas conservadoras rígidamente prusianas y protestantes. En muchos aspectos el socialismo democrático estaba y está cerca de la doctrina social católica; en todo caso, ha contribuido considerablemente a la formación de una conciencia social.

Sin embargo, el modelo totalitario se vinculaba a una filosofía de la historia rígidamente materialista y atea: la historia se comprende deterministamente como un proceso de progreso que pasa a través de la fase religiosa y de la liberal para alcanzar la sociedad absoluta y definitiva, en la que la religión, como residuo del pasado, se supera y el funcionamiento de las condiciones materiales puede garantizar la felicidad de todos. El aparente carácter científico esconde un dogmatismo intolerante: el espíritu es producto de la materia; la moral es producto de las circunstancias y debe definirse y practicarse de acuerdo con los objetivos de la sociedad; todo lo que sirve para favorecer la llegada de un Estado final feliz es moral. La inversión de los valores que habían construido Europa es completa. Aún más, se da una fractura frente a la tradición moral de toda la humanidad: ya no hay valores independientes de los objetivos del progreso; en un momento dado todo puede permitirse e incluso resultar necesario, puede ser moral en el sentido nuevo del término. Incluso el hombre puede llegar a ser un instrumento; no cuenta el individuo. Sólo el futuro llega a ser la terrible divinidad que dispone de todos y de todo.

Los sistemas comunistas, mientras tanto, han naufragado sobre todo por su falso dogmatismo económico. Pero se olvida demasiado fácilmente el hecho de que han naufragado sobre todo por su desprecio de los derechos humanos, por su subordinación de la moral a las exigencias del sistema y a sus promesas de futuro. La verdadera y propia catástrofe que han dejado a sus espaldas no es de naturaleza económica; consiste en el desecamiento de las almas, en la destrucción de la conciencia moral. Veo esto como un problema esencial del momento actual para Europa y para el mundo: nadie cuestiona el naufragio económico, y por eso sin dudarlo los ex-comunistas se han vuelto liberales en economía. Sin embargo, la problemática moral y religiosa, el problema de fondo, es casi totalmente removida de la consideración.

La problemática dejada tras de sí por el marxismo continúa existiendo hoy: la disolución de las certezas primordiales del hombre sobre Dios, sobre sí mismo y sobre el universo. Esta disolución de la conciencia de los valores morales intangibles es precisamente ahora nuestro problema y puede conducir a la autodestrucción de la conciencia europea que debemos comenzar a considerar –independientemente de la visión del ocaso de Spengler– como un peligro real.

4. ¿En qué punto estamos hoy?

Así nos encontramos ante la cuestión: ¿cómo deberían continuar las cosas? En los violentos trastornos de nuestro tiempo, ¿hay una identidad de Europa que puede tener un futuro y por la cual podamos comprometernos con todo nuestro ser? No estoy preparado para entrar en una discusión detallada sobre la futura Constitución europea. Sólo quisiera indicar brevemente los elementos morales fundamentales que, en mi opinión, no deberían faltar.

Un primer elemento es el carácter incondicional con que la dignidad humana y los derechos humanos deben presentarse como valores que preceden a cualquier jurisdicción estatal. Estos derechos fundamentales no son creados por el legislador ni son conferidos a los ciudadanos, «sino más bien existen por derecho propio, siempre han de ser respetados por el legislador, a quien le son dados previamente como valores de orden superior». Esta validez de la dignidad humana previa a cualquier actuar político y a toda decisión política nos remite al Creador: sólo Él puede establecer valores que se fundan en la esencia del hombre y que son intangibles. Que existan valores que no son manipulables por nadie es la garantía verdadera y propia de nuestra libertad y de la grandeza humana; la fe cristiana ve en esto el misterio del Creador y de la condición de imagen de Dios que Él ha conferido al hombre.

Ahora bien, hoy en día casi nadie negará directamente la preeminencia de la dignidad humana y de los derechos humanos fundamentales respecto a toda decisión política; son aún demasiado recientes los horrores del nazismo y de su teoría racista. Pero en el ámbito concreto del así llamado progreso de la medicina, hay amenazas muy reales para estos valores: sea que pensemos en la clonación, sea que pensemos en la conservación de fetos humanos para la investigación y donación de órganos, sea que pensemos en todo el ámbito de la manipulación genética -la lenta consunción de la dignidad humana que aquí nos amenaza no puede ser desconocida por nadie. A esto se añaden, de manera creciente, el tráfico de personas humanas, las nuevas formas de esclavitud, el negocio del tráfico de órganos humanos para trasplantes. Siempre se aducen finalidades buenas, para justificar lo injustificable. En estos sectores, hay algunos puntos firmes en la Carta de los derechos fundamentales de los que podemos alegrarnos, pero en puntos importantes resulta demasiado vaga, mientras que es propiamente en estos puntos donde se arriesga la seriedad del principio que está en juego.

Resumiendo: fijar por escrito el valor y la dignidad del hombre, la libertad, igualdad y solidaridad con las afirmaciones de fondo de la democracia y del estado de derecho, implica una imagen del hombre, una opción moral y una idea de derecho que no son para nada obvias, pero que de hecho son factores fundamentales de identidad de Europa. Estos principios deberían garantizarse, también, en sus consecuencias concretas y sólo se pueden defender si se forma siempre nuevamente una conciencia moral correspondiente.

Un segundo punto en donde aparece la identidad europea es el matrimonio y la familia. El matrimonio monógamo, como estructura fundamental de la relación entre hombre y mujer y, al mismo tiempo, como célula en la formación de la comunidad estatal, se ha forjado a partir de la fe bíblica. Éste dio a Europa, tanto a la occidental como a la oriental, su rostro particular y su particular humanidad, también y precisamente porque la forma de fidelidad y de renuncia delineada en ella siempre debió conquistarse nuevamente, con muchas fatigas y sufrimientos. Europa no sería Europa, si esta célula fundamental de su edificio social desapareciese o se cambiase algo de su esencia. La Carta de los derechos fundamentales habla de derecho al matrimonio, pero no expresa ninguna protección jurídica y moral específica para él, y ni siquiera lo define de forma más precisa. Todos sabemos cuán amenazados están el matrimonio y la familia tanto mediante el vaciamiento de su indisolubilidad a través de formas cada vez más fáciles de divorcio, como por un nuevo comportamiento que va difundiéndose cada vez más: la convivencia de hombre y mujer sin la forma jurídica del matrimonio. En notable contraste con todo esto, existe la petición de comunión de vida de los homosexuales, quienes ahora paradójicamente exigen una forma jurídica, que debe equipararse más o menos al matrimonio. Con esta tendencia se sale del complejo de la historia moral de la humanidad, que a pesar de toda la diversidad de formas jurídicas del matrimonio, sabía siempre que éste, según su esencia, es la particular comunión de hombre y mujer, que se abre a los hijos y así a la familia. No se trata de discriminación, sino de la pregunta sobre qué es la persona humana en cuanto hombre y mujer y cómo la convivencia de hombre y mujer puede formalizarse jurídicamente. Si, por una parte, su convivencia se separa cada vez más de las formas jurídicas, si, por otra parte, se ve la unión homosexual como participante del mismo rango del matrimonio, entonces estamos ante una disolución de la imagen del hombre, cuyas consecuencias sólo pueden ser extremadamente graves.

Mi último punto es la cuestión religiosa. No quisiera entrar aquí en las complejas discusiones de los últimos años, sino poner de relieve sólo un aspecto fundamental para todas las culturas: el respeto de a lo que es sagrado para otra persona, y particularmente el respeto por lo sagrado en el sentido más alto, por Dios. Es lícito suponer que se pueden encontrar este respeto en quien no está dispuesto a creer en Dios. Donde se quebrante este respeto, se pierde algo esencial en la sociedad. En la sociedad actual, gracias a Dios, se multa a quien deshonra la fe de Israel, su imagen de Dios, sus grandes figuras. Se multa también a quien vilipendia el Corán y las convicciones de fondo del Islam. Sin embargo, cuando se trata de Cristo y de lo que es sagrado para los cristianos, la libertad de opinión aparece como el bien supremo, cuya limitación resulta una amenaza o incluso una destrucción de la tolerancia y la libertad en general. Sin embargo, la libertad de opinión tiene su límite en que no puede destruir el honor y la dignidad del otro; no hay libertad para mentir o para destruir los derechos humanos.

Occidente siente un odio por sí mismo que es extraño y que sólo puede considerarse como algo patológico; occidente sí intenta laudablemente abrirse, lleno de comprensión a valores externos, pero ya no se ama a sí mismo; sólo ve de su propia historia lo que es censurable y destructivo, al tiempo que no es capaz de percibir lo que es grande y puro. Europa necesita de una nueva –ciertamente crítica y humilde– aceptación de sí misma, si quiere verdaderamente sobrevivir. A veces, la multiculturalidad, que se estimula y favorece continua y apasionadamente, se transforma en abandono y negación de lo que le es propio, una fuga de las cosas propias. Pero la multiculturalidad no puede subsistir sin constantes en común, sin puntos de referencia a partir de valores propios. Seguramente no puede subsistir sin respeto de lo que es sagrado. De ella forma parte el andar al encuentro con respeto a los elementos sagrados del otro, pero esto podemos hacerlo sólo si lo sagrado, Dios, no nos es extraño a nosotros mismos. Ciertamente, podemos y debemos aprender de lo que es sagrado para los demás, pero justamente ante los demás y por los demás, es deber nuestro nutrir en nosotros mismos el respeto ante lo que es sagrado y mostrar el rostro de Dios que se nos ha aparecido –del Dios que tiene compasión de los pobres y de los débiles, de las viudas y de los huérfanos, del extranjero; del Dios que hasta tal punto es humano que él mismo se ha hecho hombre, un hombre sufriente, que sufriendo junto a nosotros da dignidad y esperanza al dolor.

Si no hacemos esto, no sólo renegamos de la identidad de Europa, sino que se desvanece un servicio a los demás al que ellos tienen derecho. Para las culturas del mundo, la profanidad absoluta que se ha ido formando en Occidente es algo profundamente extraño. Están convencidas que un mundo sin Dios no tiene futuro. Por lo tanto, justamente la multiculturalidad nos llama a entrar nuevamente en nosotros mismos.

No sabemos cómo será el futuro de Europa. La Carta de los derechos fundamentales puede ser un primer paso, un signo de que Europa busca nueva y conscientemente su alma. En esto hace falta darle la razón a Toynbee: el destino de una sociedad depende siempre de minorías creativas. Los cristianos creyentes deberían concebirse a sí mismos como tal minoría creativa y contribuir a que Europa recobre nuevamente lo mejor de su herencia y esté así al servicio de toda la humanidad.

 

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“La Iglesia Católica, la Santa Iglesia de los pecadores. La magnifica obra de la mano del Señor, en su misericordioso trabajo por transformar a los pecadores en santos.” (Dr. Sánchez Rojas Prof. de Teología).

 

Cuando uno va a un museo y contempla una obra maestra, admira la obra pero más admira al autor. Amo a la Iglesia como la obra magnifica que es, pero más amo al Artista… Dios mismo. Glorifiquemos al Señor con nuestras vidas.

 

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El concepto de persona, y gracias a la Iglesia.

 

A la religión monoteísta cristiana debemos la concepción de persona como realidad incuestionable, puesto que su origen es trascendente: es criatura e hijo de Dios. El hombre es un valor sagrado. Dios lo ha revelado así, al tiempo que se nos ha dado a conocer y nos ha mostrado, aunque sea veladamente, cuál es su pretensión sobre los hombres, el mundo y la Historia: la salvación final. Hay una meta. Hay un futuro. Se ha roto el mito del eterno retorno: la escatología teológica abre la esperanza. ¿Qué ha quedado hoy de todo aquello? ¿Sigue teniendo algo que decir la religión, y más en concreto el cristianismo, en la construcción de la Europa de los valores? ¿Es actual y europeo el mensaje cristiano? Es muy enriquecedor adquirir criterios para un juicio ponderado. 2005.

 

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«Europa y cristianismo»

 

Con el título genérico de Europa y el cristianismo fuimos convocados a las aulas estivales de la Universidad de Burgos, en el curso de verano organizado por la Facultad de Teología del Norte de España, en su sede de Burgos. La pretensión no podía ser más ambiciosa. Cada uno de los dos sustantivos que forman el enunciado del tema merecería por sí solo no un curso de verano, sino todo un proyecto académico.

 

No era, pues, el objetivo del curso un desarrollo detallado de lo que es el cristianismo y qué se entiende por Europa en su identidad profunda (si económica, social, étnica, política, coyuntural, estratégica…) La pretensión fue más sencilla, o si se quiere más puntual. Nos preguntábamos por la relación que tienen estas dos realidades: el conjunto de pueblos que geográficamente llamamos Europa y la religión cristiana, con más de dos milenios de existencia y amplia implantación y difusión entre las gentes que constituyen y conforman el viejo continente.
A nadie, medianamente culto, se le escapa lo que ya forma parte del tópico cultural: que en los orígenes de Europa, en sus raíces, tres son los vectores configuradores de su identidad: Grecia, Roma y el cristianismo. Más aún, la peculiar amalgama y mezcolanza de los tres han influido de un modo básico en la constitución de una Europa cultural y de los valores, más allá de la mera concomitancia geográfica.
A estos factores se dedicaron las conferencias de los profesores José Luis Abellán (Universidad Complutense), Alfonso Murillo (Universidad de Burgos) y Michel Van Parys (Abadía de Chevctogne, Bélgica), respectivamente. A esta panorámica se añadió el análisis de otros dos aspectos que están también en el trasfondo del origen de Europa: el paganismo, en sus diversas formas, y las tradiciones semita e islámica. En el trasfondo de la segunda área del curso celebrado, estaba la pregunta por el cuándo se configura Europa y quiénes han sido sus protagonistas. Más allá de los debates históricos, pero teniéndolos en cuenta, se dio un salto en el tiempo, y desde los factores considerados influyentes en los orígenes hasta su plasmación real y plástica, al tiempo que progresiva, en el rostro europeo concreto. En este bloque denominado Europa, conjunto de pueblos: sus protagonistas culturales, se afrontaba, sin afán de exhaustividad, cuatro aspectos de la vida europea de la Edad Media, que ayudaron a delinear y formar la actual figura de Europa, y que también están presentes, aunque cambiando las formas, en la actualidad. ¿Quién negará el papel de los monjes y las abadías, sembradas por toda Europa, en la edificación concreta de esa nueva realidad que se iba perfilando?: éste era el objeto de la conferencia del abad de Silos, Dom Clemente Serna. ¿Cómo no dar todo el relieve debido a la tarea que, en el mismo sentido de la construcción de Europa, desempeñaron, y aún desempeñan, las universidades donde el saber es patrimonio común y donde lo propio es la universitas, lo universal, lo común, lo que es de todos, lo que a todos atañe?: tema abordado en la ponencia de Margarita Cantera, de la Universidad Complutense. ¿Se atreverá alguien a poner en cuestión el protagonismo desempeñado por el Camino de Santiago en la realización histórica de Europa, como un conjunto de pueblos unidos no sólo por la tierra, sino por la cultura y los valores compartidos que se llevaban y traían en el ir y venir de la Ruta Jacobea, autopista de comunicación europea?: éste fue el objeto de una interesante mesa redonda. Y ¿qué decir de las catedrales como expresión del sentir religioso de un pueblo?: así quedó expresado por Joaquín Luis Ortega, de la Universidad de Comillas y por el canónigo fabriquero de la catedral de Burgos, Agustín Lázaro.
Precisamente, con el título de Encrucijada actual y futuro de Europa, se abordó el tercer bloque temático del curso. En este capítulo se incluían tres aspectos complementarios: una mirada experta y cercana al actualísimo debate de la Constitución europea en sus bases jurídicas e ideológicas, a cargo de Camilo Villarino, del Ministerio de Asuntos Exteriores; una reflexión sosegada e inevitable sobre el pensar Europa, delineada por el filósofo malagueño Juan Fernando Ortega Muñoz; una información y análisis de la posición de la Iglesia católica en el debate que da nombre a este curso cuando invita, reivindicativamente, a no perder las raíces cristianas de Europa. Este último tema quedó iluminado desde una triple perspectiva: desde el compromiso personal del Papa Juan Pablo II (tema éste de la charla de Paloma Gómez Borrero, periodista y corresponsal en Roma); desde la propuesta eclesial refrendada en los dos Sínodos extraordinarios sobre Europa celebrados en 1991 y 1999, del último de los cuales estaba aún reciente la Exhortación apostólica postsinodal Ecclesia in Europa (conferencia de José Luis Cabria, de la Facultad de Teología de Burgos); y desde un análisis de las raíces cristianas de los valores de la nueva Europa (ponencia de Roiland Minnerath, de la Universidad de Estrasburgo y miembro de la Comisión Teológica Internacional).
José Luis Cabria Ortega - co-director del Curso

 

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"Europa, política y religión"

 

Al siglo: Joseph Ratzinger – Cardenal - Berlín, 28.XI.2000

>> Los fundamentos espirituales de la cultura europea de ayer, hoy y mañana. Berlín, 28.XI.2000

La Declaración de Derechos Fundamentales, aprobada el año pasado por los jefes de Estado y de Gobierno de la Unión Europea, revela el deseo de dar un fundamento de valores comunes a la Europa unida. ¿Hasta qué punto es apropiada para dotar de un núcleo espiritual común al cuerpo económico de Europa? Esto es lo que planteaba el Cardenal Joseph Ratzinger en una conferencia pronunciada el pasado 28 de noviembre en Berlín, cuyo texto íntegro ha sido publicado en español por Nueva Revista (enero-febrero 2001) (1).

Europa... ¿qué es en realidad Europa? Esa pregunta fue planteada con énfasis una y otra vez por el cardenal Glemp en uno de los grupos lingüísticos del Sínodo romano de los obispos europeos: ¿dónde comienza, dónde termina Europa? ¿Por qué, por ejemplo, Siberia no pertenece a Europa, aunque está predominantemente habitada por europeos, que viven y piensan de manera claramente europea? ¿Dónde es pierde Europa por el Sur de la comunidad de Estados rusos? ¿Por dónde discurre su frontera asiática? ¿Qué islas son Europa, cuáles no, y por qué? En esas conversaciones se puso de manifiesto que Europa sólo de forma secundaria es un concepto geográfico: Europa no es un continente geográficamente aprehensible con claridad, sino un concepto cultural e histórico.

EL NACIMIENTO DE EUROPA

Esto se manifiesta con toda evidencia cuando tratamos de remontarnos a los orígenes de Europa. Al hablar de origen de Europa es costumbre remitirse a Heródoto (aprox. 484-425 a. de C.), probablemente el primero en dar cuenta de Europa como concepto geográfico, que la define así: «Los persas consideran Asia con sus pueblos como país. Europa y el país de los griegos, dicen, está completamente fuera de sus fronteras». No se indican las fronteras propias de Europa, pero está claro que el núcleo de la Europa actual está completamente fuera del campo de visión del historiador clásico. De hecho, con la formación de los Estados helenos y del Imperio Romano, se había constituido un «continente» que se convirtió en la base de la ulterior Europa, pero que tenía unas fronteras enteramente distintas. Se trataba de los países que circundaban el Mar Mediterráneo, que configuraban un verdadero «continente» por su vinculación cultural, por la circulación de personas y el comercio y por un sistema político común. Sólo las victoriosas campañas del Islam trazaron, por primera vez, en el siglo VII y comienzos del VIII, una frontera a través del Mediterráneo. Lo partieron, por así decir, por la mitad, de modo que lo que hasta entonces había sido un continente se dividió ahora en tres: Asia, África y Europa.

En Oriente, la reestructuración del mundo antiguo se llevó a cabo con mayor lentitud que en Occidente, El Imperio Romano, con capital en Constantinopla, se mantuvo allí –aunque cada vez retrocediendo más– hasta entrado el siglo XV. Mientras, alrededor del año 700 la parte sur del Mediterráneo quedó separada definitivamente de su anterior continente cultural, al mismo tiempo que se llevaba a cabo una creciente expansión hacia el Norte. El limes, que hasta ahora había sido una frontera continental, desaparece y se abre a un nuevo espacio histórico que ahora abarca las Galias, Germania y Britania como su auténtico núcleo y se extiende a ojos vistas hacia Escandinavia.

EL IMPERIO DE CARLOMAGNO

En este proceso de desplazamiento de fronteras, la continuidad ideal con el anterior continente mediterráneo se vio garantizada por una construcción histórico-teológica. Enlazando con el Libro de Daniel, se consideró que mediante la fe cristiana el Imperio Romano se renovaba y se convertía en el último y permanente imperio de la Historia Universal y definió el conjunto de pueblos y Estados que se estaba formando como el permanente Sacrum Imperium Romanum. Este proceso de nueva identificación histórica y cultural se llevó a cabo con plena conciencia bajo Carlomagno, y aquí emerge la vieja palabra Europa, con un significado transformado. Ahora este vocablo se utiliza como denominación para el imperio de Carlomagno, y expresa a un tiempo la conciencia de la continuidad y de la novedad, con las que el nuevo conglomerado de Estados se identifica en tanto que verdadera fuerza de futuro: de futuro, precisamente porque se entiende anclado en la continuidad de la Historia anterior y, en última instancia, siempre permanente. En la comprensión de sí mismo que así se forma se expresa tanto la conciencia de algo definitivo como la de una misión.

Ciertamente, tras el final del Imperio Carolingio el concepto de Europa vuelve a desaparecer, y sólo se conserva en el lenguaje de los eruditos; tan sólo a principios de la Edad Moderna –probablemente en relación con el peligro turco, como forma de autoidentificación– pasará a la lengua popular, para imponerse con carácter general en el siglo XVIII. Con independencia de este recorrido etimológico, la constitución del imperio franco, como el nunca desaparecido y entonces vuelto a nacer Imperio Romano, significó el paso decisivo hacia lo que hoy entendemos cuando hablamos de Europa.

EL IMPERIO DE BIZANCIO

Ciertamente, no debemos olvidar que hay una segunda raíz de Europa, una Europa que no es la del Oeste, que no es la Europa occidental. En Bizancio, el Imperio Romano, como ya se ha dicho, había resistido las tempestades de las invasiones bárbaras y la invasión islámica. Bizancio se entendía a sí mismo como la auténtica Roma; de hecho aquí el Imperio no había sucumbido, por lo que también se mantenían sus pretensiones sobre la mitad occidental del mismo. También este Imperio Romano de Oriente se extendió hacia el Norte, hacia el mundo eslavo, y creó un mundo propio, greco-romano, que se distingue de la Europa latina de Occidente por poseer otra liturgia, otra constitución eclesiástica, otra escritura y por haber renunciado al latín como lengua común de cultura.

Hay, sin duda, bastantes elementos de cohesión que podrían hacer de los dos mundos un continente común. En primer lugar, la herencia común de la Biblia y de la Iglesia antigua, que, por lo demás, en ambos mundos se remite a un origen que está fuera de Europa, en Palestina, Además, la idea común de imperio, la concepción básicamente común de la Iglesia y, por tanto, también la comunidad de concepciones jurídicas e instrumentos legales fundamentales. Finalmente, habría que mencionar el monacato que, en medio de las grandes conmociones de la Historia, siguió siendo soporte esencial no sólo de la continuidad cultural, sino sobre todo de los valores religiosos y morales básicos de la orientación última de la vida del hombre, y que como fuerza prepolítica y suprapolítica, se convirtió también en vehículo de los renacimientos que una y otra vez se hicieron necesarios.

EL PODER POLÍTICO Y EL ESPIRITUAL

Entre ambas Europas hay sin embargo una profunda diferencia, sobre cuya importancia ha llamado la atención Endre Von Ivanka. En Bizancio, el Imperio y la Iglesia aparecen casi identificados entre sí; el Emperador es también la cabeza de la Iglesia. Se considera vicario de Cristo, y enlazando con la figura de Melquisedec, que era rey y sacerdote a un tiempo (Gen. 14, 18), ostenta desde el siglo VI el título oficial de «rey y sacerdote».

Como, por su parte, el Imperio, desde Constantino, había abandonado Roma, en la antigua capital imperial pudo desplegarse la independencia del obispo romano como sucesor de Pedro y cabeza de la Iglesia. Desde el principio de la era constantiniana, en Roma se enseñó que había una dualidad de poderes. El Emperador y el Papa tienen plenitud de facultades, pero separadas: ninguno de los dos dispone de todas. El papa Gelasio I (492-496), en su famosa carta al emperador Atanasio y aún con más claridad en su cuarto Tratado, frente a la tipología bizantina de Melquisedec, recalcó que la unidad de poderes residía exclusivamente en Cristo. «Debido a las debilidades humanas (¡superbia!), Él mismo separó para los tiempos ulteriores los dos oficios, a fin de que ninguno se creyera superior al otro» (c. 1l). Para las cosas de la vida eterna, los emperadores cristianos necesitan a los sacerdotes (pontífices), y éstos a su vez se atienen a las disposiciones imperiales en lo referente a asuntos temporales. En las cuestiones del mundo, los sacerdotes tienen que obedecer las leyes del emperador instaurado por ordenación divina, mientras que, en las cuestiones divinas, éste tiene que someterse al sacerdote. Con ello se introduce una separación y diferenciación de poderes que alcanzó la mayor importancia para el ulterior desarrollo de Europa y, por así decirlo, sentó las bases de lo específicamente occidental. Pero, dado que en contra de tales delimitaciones se mantuvo viva por ambas partes el ansia de totalidad, permaneció la exigencia de predominio de un poder sobre el otro. Este principio de separación se convirtió también en fuente de infinitos padecimientos. Cómo hay que vivir y organizarse correctamente desde el punto de vista político y el religioso subsiste como un problema fundamental para la Europa de hoy y de mañana.

EL CAMBIO HACIA LA EDAD MODERNA

Si, con todo lo dicho, consideramos como el verdadero nacimiento del «continente» Europa, por una parte, la formación del Imperio Carolingio, y por otra, la pervivencia del Imperio Romano en Bizancio y su misión entre los eslavos, para ambas Europas el principio de la Edad Moderna representa una ruptura que afecta tanto a la esencia del continente como a sus contornos geográficos. En 1493, Constantinopla fue conquistada por los turcos. O. Hiltbrunner comenta al respecto, con laconismo: «Los últimos (...) eruditos emigraron (...) a Italia y proporcionaron a los humanistas del Renacimiento el conocimiento de los originales griegos; pero Oriente se hundió al arruinarse su cultura».

La formulación puede ser un tanto brusca, porque también el imperio otomano tenía su cultura; lo que sí es cierto es que con estos hechos llegó a su fin la cultura greco-cristiana, «europea», de Bizancio. Con ello amenazaba con desaparecer una de las alas de Europa, pero la herencia bizantina no había muerto. Moscú se declaró a sí misma «tercera Roma», constituyó su propio patriarcado basándose en la idea de una segunda translatio imperii y se presentó como una nueva metamorfosis del Sacrum Imperium, como una forma propia de ser Europa y, sin embargo, seguía vinculada a Occidente y se orientaba cada vez más hacia él, hasta que finalmente Pedro el Grande trató de convertirla en un país occidental. Este desplazamiento hacia el Norte de la Europa bizantina trajo consigo que las fronteras del continente se ensancharan entonces también hacia el Este. La fijación del límite de los Urales como frontera es absolutamente arbitrario, pero en cualquier caso el mundo al Este de ellos fue convirtiéndose cada vez más en una especie de patio trasero de Europa; no es Asia ni Europa; pero estaba esencialmente conformado por la personalidad europea aunque sin ser él mismo parte de esa personalidad: era objeto y no titular de su historia. Quizá es eso lo que define la esencia de un status colonial.

Así pues, en lo que respecta a la Europa bizantina, no occidental, a comienzos de la Edad Moderna podemos hablar de un doble proceso. Por una parte, está la extinción del antiguo Bizancio, y de su continuidad histórica respecto al Imperio Romano; por otra, esa segunda Europa obtiene con Moscú un nuevo centro y extiende sus fronteras hacia el Este, para levantar finalmente en Siberia una especie de avanzadilla colonial.

LA EUROPA DE LA REFORMA

Al mismo tiempo, podemos constatar igualmente en Occidente un doble proceso de enorme importancia histórica. Una gran parte del mundo germánico se desgarra de Roma; surge una forma nueva e ilustrada de Cristianismo, de tal forma que, desde ahora, recorre el «Occidente» una línea de separación que constituye también claramente un limes cultural, una frontera entre distintas formas de pensar y actuar. Ciertamente, hay también grietas dentro del mundo protestante, por ejemplo entre luteranos y reformados, a los que se unen metodistas y presbiterianos, mientras la iglesia anglicana trata de construir un camino intermedio entre lo católico y lo protestante, A esto se añade la diferencia entre el Cristianismo con Iglesia de Estado, que se hará característico de Europa, y las iglesias libres que buscan refugio en América del Norte, de las que luego hablaremos.

LA DOBLE EUROPEIZACIÓN DE AMÉRICA

Primero prestaremos atención al segundo proceso que transforma esencialmente en la Edad Moderna la situación de la Europa hasta entonces latina: el descubrimiento de América. A la ampliación de Europa hacia el Este mediante la continua expansión de Rusia hacia Asia, se une la radical ruptura de los límites geográficos de Europa hacia el mundo del otro lado del océano, que ahora recibe el nombre de América. La división de Europa en una mitad latino-católica y otra germánico-protestante se traslada a ese otro continente conquistado por ella. También América se convierte al principio en una Europa ampliada, en «Colonia», pero al mismo tiempo, con la sacudida que sufre Europa a través de la Revolución Francesa, crea su propia personalidad. A partir del siglo XIX, aunque profundamente marcada por su nacimiento europeo, se contrapone a Europa con esa personalidad propia.

Al hacer el intento de reconocer la identidad íntima de Europa mirando a su historia, hemos advertido dos cambios históricos fundamentales: en primer lugar, la sustitución del viejo continente mediterráneo por el continente del Sacrum Imperium, situado más al Norte, en el que desde la época carolingia se constituye «Europa» como mundo latino-occidental. junto a ella, la subsistencia de la antigua Roma en Bizancio, con su expansión hacia el mundo eslavo. Como un segundo momento, hemos observado la caída de Bizancio y el desplazamiento hacia el Norte y el Este de la idea imperial cristiana en un lado de Europa, y en el otro la división interna de Europa en mundo germano-protestante y mundo latino-católico, con una extensión hacia América, a donde se traslada esa división, y que finalmente se constituye con una personalidad histórica propia y enfrentada a Europa. Ahora tenemos que prestar atención a un tercer cambio cuya antorcha más visible fue la Revolución Francesa.

Sin duda, desde la Baja Edad Media el Sacro Imperio estaba en curso de disolución como realidad política y se había hecho cada vez más frágil como hilo conductor de la Historia, pero sólo ahora se rompe también formalmente ese marco espiritual sin el que Europa no habría podido constituirse. Se trata, tanto desde el punto de vista de la política real como desde un punto de vista ideal, de un proceso de notable alcance. Desde el punto de vista ideal, significa que se rechaza la fundamentación sacral de la Historia y de la existencia de los Estados. La Historia ya no echa de menos una idea de Dios que la precede y la conforma; a partir de ahora el Estado se considera algo puramente secular, basado en la racionalidad y en la voluntad de los ciudadanos. Por primera vez en la Historia surge un Estado secular puro, que desecha la acreditación y normatividad divina de la política calificándola de cosmovisión mítica, a la vez que declara a Dios asunto privado, que no pertenece al ámbito público de la voluntad popular. Ésta es considerada únicamente cosa vinculada a la razón, para la que Dios no aparece como claramente reconocible: la religión y la fe en Dios pertenecen al ámbito del sentimiento, no de la razón. Dios y su querer dejan de ser públicamente relevantes.

De esta forma, a finales del siglo XVIII y principios del XIX, se produce una nueva clase de escisión de la fe, cuya gravedad empezamos a percibir a ojos vistas. En alemán no tiene nombre, porque aquí ha tenido una repercusión más lenta. En las lenguas latinas, se define como una división entre «cristiano» y «laico». En los últimos dos siglos, esa tensión ha causado las naciones latinas una profunda grieta, mientras el Cristianismo protestante logró, más fácilmente al principio, dar cabida en su espacio a las ideas liberales e ilustradas, sin tener que romper el marco de un amplio y básico consenso cristiano.

La cara político-real de la disolución de la vieja idea del Imperio consiste en que, ahora, las naciones que se habían hecho identificables como tales mediante la formación de espacios lingüísticos unitarios, aparecen definitivamente como los verdaderos y únicos sujetos de la Historia, es decir, alcanzan un rango que antes no les correspondía. El explosivo dramatismo de este sujeto de la Historia, ahora plural, acabó en que las grandes naciones europeas se consideraban depositarias de una misión universal que necesariamente tenía que conducir a conflictos entre ellas, conflictos cuya mortal furia hemos experimentado dolorosamente en el siglo que ahora termina.

 

 

LA UNIVERSALIZACIÓN DE LA CULTURA EUROPEA Y SU CRISIS

Finalmente, hay que tener en cuenta otro proceso más con el que la historia de los últimos siglos entra claramente en una nueva fase. Si la vieja Europa premoderna sólo había conocido en sus dos mitades esencialmente un único adversario con el que tenía que enfrentarse a vida o muerte, el mundo islámico, y si la inflexión de la Edad Moderna había traído consigo la expansión hacia América y parte de Asia sin grandes culturas propias, ahora se produce el salto a los dos continentes hasta el momento tan sólo tangencialmente tocados: África y Asia, a los que también se trata de convertir en vástagos de Europa, en «colonias». Esto se ha conseguido en una cierta medida, en cuanto que Asia y África también persiguen el ideal del mundo marcado por la tecnología y el bienestar, de modo que también allí las viejas tradiciones religiosas han entrado en una situación de crisis y los estratos de pensamiento puramente secular dominan cada vez más la vida pública.

Pero también hay una reacción. El renacimiento del Islam no sólo está vinculado a la nueva riqueza material de los países islámicos, sino que está alimentado por la conciencia de que el Islam puede ofrecer un fundamento espiritual sólido para la vida de los pueblos que la vieja Europa parece haber perdido, lo que hace que a pesar de mantener su poder político y económico, se vea condenada cada vez más al retroceso y a la decadencia. También las grandes tradiciones religiosas de Asia, sobre todo sus componentes místicos, expresados en el Budismo, se alzan como fuerzas espirituales frente a una Europa que niega sus fundamentos religiosos y morales.

El optimismo acerca de la victoria de lo europeo que Amold Toynbee aún podía representar a principios de los años sesenta parece hoy curiosamente superado: «De veintiocho culturas que hemos identificado... dieciocho están muertas y nueve de las diez restantes –de hecho, todas excepto la nuestra– muestran signos de estar ya derrumbándose». ¿Quién podría hoy decir una cosa así? Y además... ¿qué es esa cultura «nuestra» que ha quedado? La cultura europea ¿es la civilización de la tecnología y el comercio victoriosamente extendida por el mundo? ¿No ha derivado más bien un resultado poseuropeo como consecuencia del fin de las viejas culturas europeas? Yo descubro en esto una paradójica sincronía: a la victoria del mundo técnicosecular poseuropeo, a la universalización de su modelo de vida y su forma de pensar, va unida, especialmente en los ámbitos estrictamente no europeos de Asia y de Africa, la impresión de que el mundo de valores de Europa, su cultura y su fe, en los que descansaba su identidad, están acabados y en realidad han sido ya abandonados; que ha sonado la hora de los sistemas de valores de otros mundos; de la América precolombina, del Islam, de la mística asiática.En esta hora de su máximo éxito, Europa parece vaciada por dentro, paralizada por una mortal crisis circulatoria, forzada por así decirlo a someterse a trasplantes, que sin embargo tendrán que anular su identidad. A ese morir interno de las fuerzas sustentadoras del espíritu se une que, también desde el punto de vista étnico, Europa parezca en vías de extinción. Hay un extraño desinterés por el futuro. Los niños, que son el futuro, son vistos como una amenaza para el presente; se piensan que nos quitan algo de nuestra vida. Ya no se les percibe como esperanza, sino como límite del presente. Se impone la comparación con el hundimiento del Imperio Romano decadente que aún funcionaba como gran marco histórico, pero que, en la práctica, vivía ya por obra de los que iban a liquidarlo, porque no tenía energía vital en sí mismo.

DIAGNÓSTICOS CONTEMPORÁNEOS

Con esto hemos llegado a los problemas del presente. Hay dos diagnósticos contrapuestos sobre el posible futuro de Europa. Por una parte está la tesis de Oswald Spengler, que creía poder constatar para las grandes culturas una especie de desarrollo sujeto a leyes naturales. Serían los momentos del nacimiento, paulatina ascensión, el del esplendor de una cultura, su lento agotamiento, envejecimiento y muerte. Spengler documenta su tesis de forma impresionante con testimonios extraídos de la Historia de las culturas, en los que se puede rastrear esa ley del desarrollo. Su tesis era que Occidente había llegado a su fase tardía; que, a pesar de todos los exorcismos, desembocaría irrevocablemente en la muerte de este continente cultural. Naturalmente, podría transmitir sus dones a una nueva cultura ascendente, como ha ocurrido en anteriores decadencias, pero como tal sujeto había dejado atrás su vigencia vital.

Entre las dos guerras mundiales, esta tesis biologista encontró apasionados adversarios, especialmente en el ámbito católico. También le salió al paso, de forma impresionante, Arnold Toynbee, por cierto con postulados que tienen hoy poco eco. Toynbee establece la diferencia entre progreso técnico-material, por una parte, y el verdadero progreso, que él define como espiritualización, por otra. Acepta que Occidente –el «mundo occidental»– se encuentra en una crisis, cuyas causas descubre en la apostasía de la religión para rendir culto a la técnica, a la nación y al militarismo. En última instancia, la crisis tiene para él un nombre: secularización. Si se conoce la causa de la crisis, también se puede indicar el camino hacia la curación: hay que regresar al momento religioso, que para él comprende la herencia religiosa de todas las culturas, pero especialmente «lo que ha quedado del Cristianismo occidental». Al punto de vista biológico se contrapone aquí una visión voluntarista, que apuesta por la fuerza de las minorías creadoras y las personalidades destacadas. Se plantea la pregunta. ¿es correcto el diagnóstico? Y si lo es, ¿está en nuestras manos reimplantar el momento religioso, haciendo una síntesis entre el Cristianismo residual y la herencia religiosa de la Humanidad?En última instancia, entre Spengler y Toynbee la cuestión queda abierta, porque no podemos atisbar el futuro. Pero con independencia de ello se nos plantea la tarea de preguntarnos por aquello que pueda garantizar el futuro y por aquello que sea capaz de mantener la identidad interna de Europa a través de todas las metamorfosis históricas. O más sencillo aún: por aquello que hoy y mañana prometa mantener la dignidad humana v una existencia conforme a ella.

IGLESIA Y ESTADO CONTEMPORÁNEOS

Nos habíamos quedado en la Revolución Francesa y sus consecuencias en el siglo XIX. En ese siglo se desarrollaron sobre todo dos nuevos modelos «europeos». En las naciones latinas, el modelo laicista: el Estado está estrictamente separado de las corporaciones religiosas, que son remitidas a la esfera de lo privado. El propio Estado rechaza un fundamento religioso y se sabe fundado únicamente sobre la razón y sus criterios. En vista de la fragilidad de la razón, estos sistemas se han revelado débiles y propensos a las dictaduras. En realidad, sólo sobreviven porque se mantienen como parte de la vieja conciencia moral; incluso sin los fundamentos de antes, hacen sin embargo posible un consenso básico.

Por otro lado, en el ámbito germánico se encuentran de distintas maneras los modelos de relaciones entre Iglesia y Estado característicos del protestantismo liberal, en los que una religión cristiana ilustrada, esencialmente entendida como moral, –incluso con formas de culto garantizadas por el Estado–, asegura un fundamento religioso de amplia base al que tienen que adaptarse las distintas religiones no estatales. Este modelo garantizó durante largo tiempo la cohesión estatal y social en Gran Bretaña, en los Estados escandinavos y al principio también en la Alemania dominada por Prusia. En Alemania, la quiebra de la iglesia estatal prusiana creó un vacío que era campo abonado para una dictadura.Hoy, las iglesias estatales están amenazadas de consunción por todas partes. De las corporaciones religiosas, que son derivadas del Estado, no emana fuerza moral alguna, y el Estado mismo tampoco puede crear fuerza moral, sino que tiene que presuponerla y construir sobre ella.

Entre los dos modelos están los Estados Unidos de América, que por una parte –constituidos sobre un fundamento eclesial libre– parten de un estricto dogma de separación, y por otra están profundamente impregnados de un consenso básico cristiano-protestante no confesional, al que se unió una especial conciencia de misión respecto del resto del mundo, que dio al momento religioso un peso público importante, que podía llegar a ser decisivo para la vida política, como fuerza prepolítica y suprapolítica. Naturalmente, no se puede ocultar que también los Estados Unidos avanza incesantemente la disolución de la herencia cristiana, mientras que, al mismo tiempo, el rápido crecimiento del elemento hispano y la presencia de tradiciones religiosas provenientes de todo el mundo modifica el cuadro.Quizá haya también que observar que los Estados Unidos promueven de manera evidente la protestantización de América Latina, es decir, la sustitución de la Iglesia Católica por formas de iglesia libre, en la convicción de que la Iglesia Católica no puede garantizar sistemas políticos y económicos estables, que fracasa por tanto como educadora de las naciones, mientras que se espera que el modelo de las iglesias libres haga posible un consenso moral y una formación democrática de la voluntad parecidos a los que son característicos de los Estados Unidos.

Para complicar aún más todo el cuadro, hay que aceptar que hoy en día la Iglesia Católica representa la mayor comunidad religiosa de los Estados Unidos, y que en su vida religiosa apuesta decididamente por la identidad católica. No obstante, respecto a las relaciones entre Iglesia y política los católicos han asumido las tradiciones de las Iglesias libres, en el sentido de que precisamente una Iglesia que no está fundida con el Estado garantiza mejor los fundamentos morales de¡ conjunto, de forma que la promoción del ideal democrático aparece como una profunda obligación moral conforme a la fe. Hay buenas razones para ver en tal postura una continuación adaptada a los tiempos del modelo del papa Gelasio del que hablé antes.

 

 

EL SOCIALISMO

Regresemos a Europa. A los dos modelos de los que hablábamos antes se unió en el siglo XIX un tercero, el del socialismo, que pronto se dividió en dos vías distintas, la totalitaria y la democrática. El socialismo democrático ha podido insertarse desde el principio como un saludable contrapeso frente a las posturas liberales radicales de los dos modelos existentes, los ha enriquecido y también corregido.

Se reveló, además, como interconfesional. En Inglaterra era el partido de los católicos, que no podían sentirse como en casa ni en el campo protestante-conservador ni en el liberal. También en la Alemania guillermina el Centro católico pudo sentirse mucho más próximo al socialismo democrático que a las fuerzas conservadoras protestantes, estrictamente prusianas. En muchas cosas, el socialismo democrático estaba y está próximo a la doctrina social católica, y en cualquier caso ha contribuido notablemente a la formación de la conciencia social.

En cambio, el modelo totalitario se asoció a una filosofía de la Historia estrictamente materialista y atea. La Historia es entendida, de forma determinista, como un proceso de progreso que, pasando por las fases religiosa y liberal, se encamina hacia la sociedad absoluta y definitiva, en la que la religión queda superada como reliquia del pasado y el funcionamiento de las condiciones materiales garantiza la felicidad de todos.

Este aparente cientificismo esconde un dogmatismo intolerante: el espíritu es producto de la materia; la moral es producto de las circunstancias y tiene que ser definida y puesta en práctica conforme a los fines de la sociedad; todo lo que sirva para alcanzar el feliz estado final, es moral. Esto culmina la perversión de los valores que habían construido Europa. Más aún; aquí se lleva a cabo una ruptura con toda la tradición moral de la Humanidad. Ya no hay valores independientes de los fines del progreso, en un momento dado todo puede estar permitido o incluso ser necesario, moral en un nuevo sentido. Incluso el ser humano puede convertirse en un instrumento; no cuenta el individuo, sólo el futuro que se convierte en una terrible divinidad, que dispone de todo y de todos.

Actualmente, los sistemas comunistas han fracasado por su falso dogmatismo económico. Pero se pasa por alto con demasiada complacencia el hecho de que se derrumbaron, de forma más profunda, por su desprecio del ser humano, por su subordinación de la moral a las necesidades del sistema y sus promesas de futuro. La verdadera catástrofe que dejaron detrás no es de naturaleza económica; es la desolación de los espíritus, la destrucción de la conciencia moral. Yo veo un problema esencial de esta hora de Europa y del mundo en que, sin duda, en ninguna parte se discute el fracaso económico, y por eso los vicios comunistas se han convertido sin titubeos en liberales en economía; en cambio, la problemática religiosa y moral, que es de lo que de verdad se trataba, ha quedado casi completamente desplazada. Pero la problemática legada por el marxismo sigue vigente hoy: la liquidación de las certidumbres originarias del ser humano acerca de Dios, de sí mismo y del Universo, la liquidación de la conciencia de unos valores morales que no son de libre disposición, sigue siendo ahora nuestro problema, y es precisamente lo que puede conducir a una autodestrucción de la conciencia europea que, con independencia de la visión decadentista de Spengler, tenemos que contemplarla como un peligro real.

¿DÓNDE NOS ENCONTRAMOS HOY?

Así llegamos a la pregunta ¿hacia dónde seguir? ¿Hay en los violentos cambios de nuestro tiempo una identidad de Europa que tenga futuro y que podamos respaldar desde dentro? Para los padres de la unión europea tras la devastación de la Segunda Guerra Mundial –Adenauer, Schumann, De Gasperi– estaba claro que ese fundamento existe, y que descansa en la herencia cristiana de lo que el Cristianismo convirtió en nuestro continente. Para ellos estaba claro que las destrucciones a las que nos habían enfrentado la dictadura nazi y la dictadura de Stalin se basaban precisamente en el rechazo de esos fundamentos, en un monstruoso orgullo que ya no se sometía al Creador, sino que pretendía crear él mismo un hombre mejor, un hombre nuevo, y transformar el mundo malo del Creador en el mundo bueno que surgiría del dogmatismo de la propia ideología. Para ellos estaba claro que esas dictaduras, que habían puesto de manifiesto una cualidad del Mal enteramente nueva, reposaban, más allá de todos los horrores de la guerra, en la voluntad de eliminar aquella Europa, y que había que regresar a aquella concepción que había dado su dignidad a este continente, a pesar de todos los errores y sufrimientos. El entusiasmo inicial por el retorno a las grandes constantes de la herencia cristiana se ha esfumado rápidamente, y la unión europea se ha llevado a cabo casi exclusivamente en aspectos económicos, dejando a un lado en gran medida la cuestión de los fundamentos espirituales de tal comunidad.En los últimos años ha vuelto a crecer la conciencia de que la comunidad económica de los Estados europeos necesita también un fundamento de valores comunes. El crecimiento de la violencia, la huida hacia la droga, el aumento de la corrupción, hacen muy perceptible que la decadencia de los valores también tiene consecuencias materiales, y que es preciso un cambio de rumbo. Partiendo de ese punto de vista, los días 3 y 4 de julio de 1999 los jefes de Estado y de Gobierno de la Unión Europea acordaron la elaboración de una Declaración de Derechos Fundamentales. A la ponencia encargada de redactarla se dio el 3 de febrero de 2000 el nombre de «convención» y el 14 de septiembre del mismo año presentó un proyecto definitivo, que fue aprobado el 14 de octubre por los jefes de Estado y de Gobierno. Yo no puedo intentar analizar aquí ese esbozo de Declaración; tan sólo pretendo plantear la pregunta de hasta qué punto es apropiada para dotar de un núcleo espiritual al cuerpo económico de Europa.

Es importante la segunda frase del preámbulo: «En la conciencia de su herencia religioso-espiritual y moral, la Unión se fundamenta sobre los valores indivisibles y universales del ser humano: la libertad, la igualdad y la solidaridad». Se ha lamentado la ausencia en este texto de la referencia a Dios: sobre esto volveré luego. Es importante en principio la incondicionalidad con la que la dignidad y los derechos del hombre aparecen aquí como valores que preceden a todo derecho estatal. Günther Hirsch ha recalcado con razón que esos derechos fundamentales no son ni creados por el legislador ni concedidos a los ciudadanos, sino que «más bien existen por derecho propio y han de ser respetados por el legislador, pues se anteponen a él como valores superiores». Esta vigencia de la dignidad humana precedente a toda acción y decisión política remite en última instancia al Creador: sólo él puede crear derechos que se basan en la esencia del ser humano y de los que nadie puede prescindir. En este sentido, aquí se codifica una herencia cristiana esencial en su forma específica de validez. Que hay valores que no son manipulables por nadie es la verdadera garantía de nuestra libertad y de la grandeza del ser humano; la fe ve en ello el misterio del Creador y la semejanza con Dios conferida por Él al hombre. De este modo, esta frase protege un elemento esencial de la identidad cristiana de Europa en una formulación comprensible también para el no creyente.

Hoy, nadie negará directamente la preeminencia de la dignidad humana y de los derechos fundamentales sobre cualquier decisión política; aún están muy próximos los espantos del nazismo y su doctrina racista. Pero en el ámbito concreto de lo que se suele llamar progreso médico hay amenazas muy reales a estos valores. Pensemos en la clonación, en el almacenamiento de fetos humanos con fines de investigación y donación de órganos o en todo el campo de la manipulación genética. A esto se añaden el comercio de seres humanos, nuevas formas de esclavitud, el tráfico de órganos humanos con fines de trasplante. Siempre se alegan «buenos fines» para justificar lo injustificable. En lo que respecta a estos ámbitos, hay algunas constataciones satisfactorias en la Declaración de Derechos Fundamentales, pero en otros puntos importantes sigue siendo demasiado vaga, cuando es precisamente aquí donde los principios corren peligro.

Resumamos: la afirmación del valor y la dignidad del ser humano, de la libertad, igualdad y solidaridad, en los principios de la democracia y el Estado de Derecho, incluye una imagen del ser humano, una opción moral y una idea del Derecho que en modo alguno se entienden por sí mismas, pero son factores básicos de la identidad de Europa, que también han de ser garantizados en sus consecuencias concretas y, naturalmente, sólo podrán ser defendidos si vuelve a integrarse en la correspondiente conciencia moral.

Pero quiero señalar otros dos puntos en los que aparece la identidad europea, Ahí están, en primer lugar, el matrimonio y la familia. El matrimonio monógamo ha sido conformado como figura ordenadora fundamental de las relaciones entre hombre y mujer y a la vez como célula de la formación comunitaria del Estado, a partir de la fe bíblica. Tanto la Europa del Oeste como la Europa del Este han configurado su historia y su concepción del hombre a partir de unos preceptos muy precisos de fidelidad y de comunión. Europa ya no sería Europa si esta célula básica de su estructura social desapareciera o cambiara de forma sustancial. La Declaración de Derechos Fundamentales habla del derecho al matrimonio, pero no prevé ninguna protección jurídica y moral específica para él ni lo define con más precisión. Pero todos sabemos lo amenazados que están el matrimonio y la familia. Por una parte, por el socavamiento de su indisolubilidad, por formas cada vez más fáciles de divorcio; por otra, por el nuevo comportamiento, que cada vez se extiende más, de la convivencia de hombre y mujer sin la forma jurídica del matrimonio. En clara contraposición a esto está la demanda de las uniones homosexuales, que, paradójicamente, reclaman una forma jurídica más o menos equiparable al matrimonio. Con esta tendencia se abandona toda la historia moral de la Humanidad, que a pesar de toda la variedad de formas jurídicas del matrimonio, siempre supo que por su esencia es la especial convivencia de hombre y mujer, que se abre a los hijos y, por tanto, a la familia. Aquí no se trata de discriminación, sino de la cuestión de lo que el ser humano es como hombre y como mujer y de cómo se conforma jurídicamente la relación mutua de un hombre y una mujer. Si por un lado esa relación se separa cada vez más de su forma jurídica y si, por otra parte, la asociación homosexual es vista cada vez más como de igual rango que el matrimonio, nos encontramos ante una disolución de la imagen del hombre cuyas consecuencias pueden ser extremadamente graves. Por desgracia, en la Declaración falta una palabra clara al respecto.

Finalmente, permítanme tratar el ámbito de lo religioso. En el artículo diez se garantizan las libertades de pensamiento, de conciencia y de religión, la libertad de cambiar de religión o visión del mundo y, en fin, la libertad de manifestarse y practicar la religión, solo o en comunidad con otros, pública o privadamente, por medio de servicios religiosos, enseñanza, costumbres y ritos. Los Estados se declaran neutrales respecto a las religiones, pero al mismo tiempo les conceden el derecho de una presencia pública. Esto es en sí mismo positivo, y responde en última instancia al básico criterio cristiano de la distinción entre los ámbitos estatal y eclesial, de la libertad del acto de fe y del ejercicio de la misma, del no a la religión ordenada por el Estado. No obstante, en la práctica se plantea la cuestión de cómo se integran en el conjunto de la sociedad las distintas manifestaciones públicas de la religión. Voy a poner un sencillo ejemplo. El Estado no puede declarar día libre el viernes para los musulmanes, el sábado para los judíos y el domingo para los cristianos. Tendrá que decidirse por una ordenación común del tiempo y después preguntarse por preferencias. Las grandes fiestas –Navidad, Pascua, Pentecostés–, ¿no son señas de identidad de nuestra cultura? ¿Y el domingo?Aún es más difícil cuando en las distintas religiones se encuentran elementos que no concuerdan con los objetivos constitucionales básicos del preámbulo y el primer capítulo, referidos a la dignidad de la persona. ¿Qué ocurriría si una religión considerase por principio la violencia parte de su programa? ¿Si una religión negara por principio la libertad de religión y exigiera formas de teocracia política? ¿Qué pensar de la magia que quiere dañar el cuerpo y el alma del otro? La reaparición de ideologías de extrema derecha vuelve a hacernos conscientes de que la tole, rancia no puede llegar hasta el punto de promover su propia eliminación: tiene su límite allí donde la libertad ilimitada se emplea para destruir la libertad en beneficio de ideologías hostiles a la libertad e inhumanas. Hay que seguir reflexionando sobre esa cuestión de los límites internos de la tolerancia, límites que necesita en aras de sí misma.

En este punto vuelve a plantearse la cuestión de si, partiendo de la tradición humanista europea y sus fundamentos, no habría sido necesario anclar en la Declaración a Dios y la responsabilidad ante él. Probablemente no se ha hecho porque en modo alguno quería prescribiese desde el Estado una convicción religiosa. Esto hay que respetarlo. Pero mi convicción es que hay algo que no debiera faltar: el respeto a aquello que es sagrado para otros, y el respeto a lo sagrado en general, a Dios, un respeto perfectamente exigible incluso a aquel que no está dispuesto a creer en Dios. Allá donde se quiebra ese respeto, algo esencial se hunde en una sociedad. En nuestra sociedad actual se castiga, gracias a Dios, a quienes escarnecen la fe de Israel, su imagen de Dios, sus grandes figuras. Se castiga también a quien denigra el Corán y las convicciones básicas del Islam. En cambio, cuando se trata de Cristo y lo que es sagrado para los cristianos, la libertad de opinión se convierte en el bien supremo, y limitarlo pondría en peligro o incluso destruiría la tolerancia y la libertad. Pero la libertad de opinión tiene sus límites en que no debe destruir el honor y la dignidad del otro; no es libertad para la mentira o para la destrucción de los derechos humanos. Aquí hay un autoodio, que sólo cabe calificar de patológico, de un Occidente, que sin duda (y esto es digno de elogio) trata de abrirse comprensivamente a valores ajenos, pero que ya no se quiere a sí mismo; que no ve más que lo cruel y destructor de su propia Historia, pero no puede percibir ya lo grande y puro que hay en ella.

Para sobrevivir, Europa necesita una nueva aceptación –sin duda crítica y humilde– de sí misma. A veces el multiculturalismo que, con tanta pasión, se promueve es ante todo renuncia a lo propio, huida de lo propio. Pero el multiculturalismo no puede existir sin constantes comunes, sin directrices propias. Sin duda, no podrá existir sin respeto a lo sagrado. Eso incluye salir con respeto al encuentro de lo que es sagrado para el otro; pero es algo que sólo podremos hacerlo si lo que es sagrado para nosotros, Dios, no nos es ajeno a nosotros mismos. Desde luego que podemos y debemos aprender de lo que es sagrado para otros, pero nuestra obligación, precisamente ante los otros y por los otros, es alimentar en nosotros mismos el respeto a lo sagrado y mostrar el rostro del Dios que se nos ha aparecido: el Dios que acoge a los pobres y los débiles, a las viudas y a los huérfanos, a los extranjeros; el Dios que es tan humano que él mismo quiso ser hombre, un hombre doliente, que sufriendo con nosotros da dignidad y esperanza al sufrimiento. Si no lo hacemos, no sólo negaremos la identidad de Europa, sino que dejaremos de hacer a los otros un servicio al que tienen derecho. La absoluta profanidad que se ha construido en Occidente es profundísimamente ajena a las culturas del mundo. Esas culturas se fundamentan en la convicción de que un mundo sin Dios no tiene futuro. En ese sentido, el multiculturalismo nos llama a volver a nosotros mismos.

No sabemos cómo seguirá Europa su camino. La Declaración de Derechos Fundamentales puede ser un primer paso para que vuelva a buscar conscientemente su alma. Hay que dar la razón a Toynbee en que el destino de una sociedad depende una y otra vez de minorías creadoras. Los creyentes cristianos deberían verse a sí mismos como una minoría creadora, y contribuir a que Europa recupere lo mejor de su herencia y así sirva a toda la Humanidad.

 

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Cristo y Europa

 

Por Anselmo A. Navarrete

El cristianismo ha sido el seno y la cuna, la casa natal de Europa: nacida a la sombra de la Iglesia, bautizada en el nombre de Cristo. De él hemos recibido el aire y la luz, el calor y la savia nutricios que han acompañado nuestros pasos. Fue el cristianismo el que prohijó a esta criatura, Europa, en los siglos de hierro que acompañaron su despertar y desarrollo. Desaparecida la Roma imperial, lo único que persistió como germen de una nueva realidad histórica fue, en Oriente, el Imperio cristiano bizantino y, en Occidente, la comunidad espiritual nacida del Evangelio de Jesús. Fue su vigor espiritual el que promovió el desarrollo histórico, político y cultural de los reinos godos y de las germinales entidades nacionales surgidas en la Alta Edad Media; el mismo que logró aclimatar a la cultura romano-cristiana los pueblos bárbaros y detuvo la marea del islam cuando amenazaba anegar el continente.  

Sin ese factor de cohesión dinámica la gestación y el parto de Europa hubieran tenido una evolución completamente imprevisible había preparado el alma, el espíritu y los elementos básicos de su cultura antes de que surgiera el organismo histórico en que estaban llamados a encarnarse. La Roma imperial desechó esa fuerza espiritual en el momento mismo en que penetró en la historia, renunciando así a ser el instrumento de una humanidad nueva. Pero fueron esa fuerza y esa misión los que constituyeron el núcleo del que germinó la Europa naciente.

La fecundación del nuevo orden

CRISTO está en el origen de este aliento espiritual e histórico. Él es la piedra angular que consolidó la nueva construcción, tanto de Europa como la del nuevo orden humano y espiritual que emergía a partir de su Evangelio. A su modo, «en el principio» de Europa fue la palabra y la gracia de Cristo. En Él Europa ha tenido el Padre, el Progenitor. Con más razón que Pablo a los Corintios El nos dice: «Yo os he engendrado por el Evangelio» (1 Cor 4,15). Yo he fecundado en vosotros la nueva vida del Espíritu, el nuevo orden humano, la nueva historia, abierta a la creatividad de una raza de hombres nuevos, regenerados por el agua del bautismo, portadora de una semilla divina. Cristo mismo ha sido el Primogénito de este mundo nuevo que se abría sobre el suelo europeo. Él ha sido el primer habitan te de este nuevo planeta histórico. El ya estaba allí cuando Europa era todavía una ruina calcinada, un continente sin nombre, un futuro sin perfiles; todos los demás hemos venido después, caminando a la luz de la única antorcha que iluminaba el horizonte. El fue quien viniendo de su pasado eterno y de su nacimiento en el tiempo, penetró el primero en ese universo que le tuvo como eje de lo que se llamaría Europa. El ha sido su primer ciudadano, y continúa siendo el contemporáneo de cada una de sus genera ciones. Y si ha sido el Primogénito será también el Ultimo: «Yo soy el Alpha y la Omega, el primero y el último... (Ap 23,13). Lo que pretenda venir en sustitución de El sólo será la sombra de la nada.

El suyo ha sido el primer nombre europeo, el primero que se pronunció en el espacio histórico en formación. El nombre que ha dejado, desde los primeros momentos, huellas más profundas: el que ha sido pronunciado con más veneración, el que ha pervivido como centro de infinitos corazones, de permanentes búsquedas, de ilimitadas esperanzas.

El los afanes e iniciativas más humanos y, lo que es más importante, la vida presente y el anhelo de la futura. 1-lacia El hemos hecho afluir los mejores te soros, «las riquezas de las naciones»: el esplendor del arte, de la belleza, del ingenio, del espíritu. El ha concentrado el amor de todos, hasta que finalmente sucedió lo que había sido advertido: «se enfrió la caridad de muchos». Signo siempre de contradicción, pero por eso mismo siempre irremediablemente presente en la fe y la adhesión, o en la negación y l hostilidad.

Él es el primero y más egregio, príncipe por excelencia. Príncipe de Europa: el excelso entre los reyes, los señores y los sabios de la tierra: « no temerá y glorificará tu Nombre?», porque «Tú sólo eres el Santo, Tú sólo el Señor Altísimo». «Nosotros predicamos que Jesucristo es Señor» (2 Cor 4,5), por tanto el ‘primer servido’, como han proclamado magnates y plebeyos de todas las épocas. Aquel cuyo señorío ha sido más fervientemente acogido, porque no en vano es el mismo Jesús de Nazaret, el «Rey de los judíos» y de los hombres todos, ante cuya realeza sí se ha inclinado, durante siglos, Europa.

Su rostro ha sido, y lo es aún, el más repetido, el más familiar, el más reverenciado. Su imagen se encuentra todavía representada en todos los rincones del continente, y su fisonomía, como ninguna otra, permanece fija en la retina y en la memoria histórica de todos los europeos. Todo en Europa habla de Cristo, para afirmarlo por casi todos, para ser re chazado por los mismos escribas y fariseos de todos los tiempos. Todo lo que en Europa se ha dicho o hecho le tiene como referencia, incluso el pensamiento postcristiano: por Él o contra El. Todos somos hijos de las generaciones que le han tenido como Camino, Verdad y Vida, que han reclamado para sí su Evangelio, aunque sea el evangelio secularizado de la justicia, La libertad o los derechos humanos, en los que, sin embargo, Cristo no sólo ha puesto lo huma no —el Hombre—, sino los derechos: la naturaleza y la dignidad de donde emana todo lo que es justa mente predicable del hombre. Porque, además, Él ha sido —El es—, el «Hijo del Hombre» por excelencia.

En esa Europa destaca la omnipresencia de la Cruz. Crecida a la sombra de este signo redentor, esa debería ser la enseña de Europa, como lo es de algunos de sus países. ¿Qué otro símbolo más universal y ecuménico entre nosotros?, ¿qué otro emblema semejante a él, invicto como él, y como él divisa de libertad y unidad?

Pero no son los símbolos externos la única huella de Cristo en nuestro suelo. Hay algo más fundamen tal. Europa ha sido depositaria privilegiada del lega do de verdad y de gracia contenido en la obra de Dios por el hombre. Por ella hemos conocido que su existencia fue plasmada por el Verbo de Dios, y que en El se ha revelado la verdadera imagen que le de fine: hecho a semejanza suya, «como uno de nosotros»; y él mismo, en el seno de la humanidad a la que pertenece, constituido como el hombre herma no, igual, libre, persona. El, Cristo, fundamenta su realidad actual y la promesa de algo nuevo y superior que ha de sobrevenirle. Los horizontes inéditos que en el hombre se han abierto a su conocimiento y realización, en el plano humano y en el trascendente, han recibido su impulso del Verbo y del hombre modélico que es Cristo.

La configuración de Europa

Ha sido la herencia fundamental que Europa ha recibido de Cristo. Ninguna concepción del hombre es equiparable a aquella en la que El sirve de arquetipo y fundamento mediante su Palabra y su Persona. Antropología que resulta ser la obra más alta del espíritu humano y la máxima contribución espiritual y cultural de Europa a la humanidad, a la que ninguna de sus deformaciones ha po dido anular en su verdad y grandeza. Nadie como el cristianismo ha pensado al hombre de manera más alta y positiva, nadie ha creído tan convencidamente en su dignidad ni la ha promovido tan decisivamente, nadie le ha dado un soporte tan inquebrantable. El hombre ha tenido en Europa una segunda creación, cuando en ella se ha revelado, a través del cristianismo, una realidad del hombre desconocida hasta entonces: bosquejada en la revelación, ejemplarizada en Jesús de Nazaret, ofrecida a su realización en el espacio de la historia si así lo consiente su libertad. ¡Libertad! Sólo al cristianismo pertenece su descubrimiento.

Las verdaderas «luces» de Europa han sido, en primer lugar, Cristo, el Evangelio y la Iglesia y, a partir de ellos, el pensamiento y la cultura cristianos, los santos, los místicos, los monjes, los teólogos, que han contribuido a forjar la imagen más poderosa y auténtica de Europa.

Una muy particular participación corresponde, desde la primera hora, a esos monjes, agrupados en miríadas de monasterios por toda la extensión del oriente y occidente europeos, en cenobios femeninos y masculinos, cuyos lemas «Pax» y «Ora et La bora», culminan en la sentencia más repetida por su patriarca san Benito: «no tengan nada más querido que Cristo». Ellos son hoy los testigos insobornables del alma cristiana de Europa. La leyenda del Anticristo, soberbiamente reconstruida por Soloviev, atribuye el último testimonio a favor de Cristo a un pequeño grupo de monjes, de quienes ese personaje espera el más valioso de cuantos reconocimientos ha venido obteniendo, y a los que les brinda el gobierno, con él, de la nueva humanidad. Le responden: «nosotros no tenemos nada más precioso que Cristo». Sin apenas palabras, en el silencio de sus vidas escondidas, cincelaron con la cruz y el arado, con el libro y la oración, con su existencia cristiana y monástica, el ser de Europa.

Padres del humanismo europeo, a través de ellos se configuraron las ideas y el espíritu, la filosofía y los valores humanos y morales que condujeron a la difícil fermentación de unos pueblos recién venidos de la barbarie y que se iniciaban, entre los restos demolidos de la romanidad, a la vida del Evangelio, del espíritu y del desarrollo humano. Entre otros de sus rasgos, ellos fundaron la civilización del trabajo: su valor social, moral y humano, su significado de contribución a la obra del Creador, el hábito de la laboriosidad y el amor por la obra bien hecha. Todo lo cual es algo bien distinto de la simple dimensión mercantil y de los rendimientos utilitarios del traba jo, aunque tengan su propia legitimidad.

¿Qué decir de la aportación del mundo clásico? Grecia y Roma apenas han tenido nada que ver con lo que Europa considera hoy su mejor éxito: la van guardia en el progreso técnico y científico, de los que los griegos se desentendieron pese a su dominio de los principios de la ciencia. Nada que ver tampoco con él la cultura laica y secularizada de la modernidad: el paganismo greco-romano fue compatible con una religiosidad en la que ésta no ha querido seguirle. Por otra parte, las ideas de justicia y progreso, libertad o democracia deben mucho más al cristianismo que a Grecia o Roma, que las ignora ron en la práctica y sólo supieron hacer de la democracia, por parte de Grecia, una inoperante especulación política. El progreso, con todos sus derivados plausibles, es un mandato específicamente bíblico, entregado al hombre junto con su acta de nacimiento; por eso sólo se ha desarrollado en el área de influenciajudeo-cristiana.

En dos puntos sí ha habido transferencia de cultura clásica a Europa: en las elaboraciones filosóficas y estéticas de Grecia y en el derecho romano. No les hemos retirado esa acogida. En cambio, hemos desechado su intuición del «Dios desconocido», al que los atenienses habían levantado un altar. Nosotros sí le hemos conocido, pero hoy estamos em peñados en borrar su nombre y en demoler su pedestal. Grecia y Roma reconocieron la divinidad, y muchos de sus filósofos hablaron un lenguaje precristiano acerca de Dios. Ellos nos dejaron los teatros y los templos; Europa sólo parece reconocerse ya en los estadios y en las fábricas: es un retroceso de milenios.

Sólo la acogida de la Europa cristiana permitió la supervivencia y el acoplamiento al nuevo espacio histórico-cultural del pasado clásico, demanera similar a como tuvo lugar la incorporación por ella de las sucesivas oleadas de invasores venidos del este y del norte, al fundir integradoramente los tres elementos: cristianismo, cultura clásica y pueblos bárbaros. ¿Cuál habría sido el destino de la civilización griega y romana, en Occidente, sin el cristianismo? ¿Cuál el futuro de Europa sin la asimilación religiosa y cultural de los conquistadores que cayeron sobre ella durante siglos? ¿Quién propició el «Renacimiento», en los albores de la modernidad, mientras en el islam se perdían las huellas del mundo antiguo?

La herencia clásica es parte de la aportación de la Iglesia a Europa: conservada, transmitida, bautizada, implicada en el pensamiento y cultura de la Iglesia y del mundo occidental, desde una actitud crítica que discierne los elementos armonizables con el Logos cristiano, pero que al mismo tiempo retiene contenidos sustanciales de esa aportación y los entrega a la posteridad como testimonio del genio humano. La apertura universal que caracteriza a Europa en el campo de la cultura es el resultado de la específica voluntad cristiana de asumir todo lo que es «justo, bello y noble», cuya fuente sitúa en ese Logos. Esa pluralidad, única en la historia cultural de la humanidad, es también resultado de una apuesta cristiana.

Grecia y Roma simbolizan la razón y la praxis; el Evangelio incorpora a ellas el espíritu, la trascendencia y la divinización del hombre. El cristianismo realizó esta síntesis en la que se contiene el proyecto humano, y que representa una de las afirmaciones básicas de la revelación judeo-cristiana. Renunciar a esa culminación significa abortar la única gesta ción posible del hombre. Esta perspectiva constituye el núcleo de la cultura cristiana. En ella el elemento revelado aporta no sólo una perspectiva total mente nueva para la comprensión de Dios y del hombre, sino que además posee un poder de transformación que la filosofía ignora. No son Grecia o Roma las que salvan: la salvación proviene de Cristo. Ellas no conocieron la Revelación, ni la Encarnación del Verbo, ni la gracia, ni la cruz, ni la Resurrección, ni la Eucaristía, ni el misterio de María. Esta economía de saber y de gracia es lo que ha definido la realidad europea mucho más que la filosofía griega o el derecho romano, en los que, pese a su sabiduría, no se alcanzó a superar la «vaciedad de la mente» característica del hombre y de los tiempos paganos (cf Ef4, 17).

El logos griego tuvo la réplica del Logos —el Verbo de Dios— que entra en el tiempo para asumir la humanidad y la historia, para trascender los balbuceos del pensar humano acerca de las cosas y del hombre mediante la plena manifestación del significado del mundo y del sujeto humano. Asimismo, para trascender esta realidad inmanente dando su último cumplimiento a la sabiduría griega al mostrarle al Dios manifestado en Cristo, aunque utilizara para ello no pocos ingredientes de su propio pensamiento.

La cultura clásica es válida como portadora de racionalidad y humanismo, pero para la historia humana lo decisivo es el Verbo eterno, encarnado en el tiempo, portador de Verdad y de Vida inmortal. El Logos cristiano ha surgido en la plenitud de los tiempos, cuando en la humanidad había cristalizado la semilla del espíritu y de la razón, sembrada por el Espíritu de Dios, cuya presencia no los desvirtúa, sino que les da su último cumplimiento y los ejemplifica en el Logos-Cristo, fundador del hombre y del tiempo nuevos. En el cómputo final carecen de peso la razón y la ciencia que no reconocen la fuente de la que emana la realidad, ni la sabiduría desde la que puede ser descifrada. Ambas residen en Cristo.

Los puentes entre el mundo clásico y Europa fue ron tendidos por los Padres de la Iglesia y los teólogos y pensadores cristianos, que llevaron a cabo la simbiosis entre cultura clásica y cristianismo. La consistencia de esta obra se ha evidenciado en su persistencia de siglos y en la convicción no desmentida con que ha sido sustentada. Si la Iglesia se hubiera desinteresado de ese universo clásico éste podría haber subsistido en alguna de sus piedras y de sus libros, pero habría quedado reducido a un recuerdo histórico frente al que apenas supondría nada el res cate momentáneo por el islam de algunos vestigios griegos. El legado clásico aparece, pues, como un regalo del cristianismo a Europa. Regalo prolonga do en el Renacimiento, cuyas figuras fueron cristianas en su casi totalidad.

Otras aportaciones

EUROPA ha conocido otras contribuciones culturales. Cabe pensar en las heterodoxias, ya se trate de no pocas de las ideologías surgidas en la modernidad, o las de orden religioso, como la Reforma y el islam. Con distinto grado de penetración en cada caso, las primeras han sido declara das canceladas por sus propios prosélitos, dando así paso a la postmodernidad. De las segundas, la Re forma se mantiene dentro de la órbita cristiana. Por su parte el islamismo ha resultado mucho más una amenaza que una contribución, y su voluntad de in fluencia, sea militar o religiosa, ha sido rechazada o minimizada, y ha quedado limitada, en lo cultural, a algunos filósofos y centros universitarios medievales, mezclada con el ascendiente del pensamiento griego y con la belleza cautivante de los alcázares moriscos. En buena parte, su influjo intelectual so bre Europa pasó también por manos cristianas: los creadores de la Escuela de traductores de Toledo, iniciada por el monje Bernardo de Cluny y llevada a su apogeo por el rey Alfonso X el Sabio.

Como ya queda indicado, las corrientes posteriores se posicionaron, una tras otra, por referencia al cristianismo, a partir de una actitud crítica que ha terminado siendo radical. Racionalismo e Ilustración, naturalismo, materialismo y secularización en sus distintas versiones, no han salido de su ámbito, dan do la razón al Evangelio: o conmigo o contra mi. También ellas han convertido a Cristo en «piedra de tropiezo y roca de escándalo» (1 Pc 2,8), lo que arrancó de Él aquella suprema inconveniencia política; «el que caiga sobre esta piedra se hará trizas, y aquel sobre el que caiga será triturado» (Mt 21,44).

Como era inevitable, Europa ha conocido a lo largo de su historia multitud de esas influencias, que en muchos casos han quedado reducidas a aportaciones residuales o presencias transitorias, de efecto muy inferior a su brillo o su fuerza aparentes. Ahora bien, lo que por encima de todo interesa, una vez recapituladas esas diversas aportaciones, son los rasgos que finalmente han conformado de manera más honda y estable las formas de vida y de pensamiento, las orientaciones fundamentales del espíritu y de la cultura de la sociedad europea.

A este propósito, apenas es necesario observar que las influencias que inciden sobre los sujetos o las colectividades no tienen todos el mismos rango ni la misma intensidad. Al referirse a ellas no basta describir su número y significado; ante todo deben ser valoradas por su contribución, en este caso a lo que llamamos Europa. Sucede que el relativismo nos ha llevado a la convicción de que todas las ideas tienen igual validez, y que no hay valores universa les y permanentes. Pero sucede también que las gran des culturas lo han sido tanto por la calidad de esos valores como por su estabilidad, y que su decadencia final ha sido determinada por el agotamiento de los mismos. La variación del núcleo no altera todo el conjunto, de manera que otros valores opuestos re presentan otra cultura, otra realidad.

Esto ha ocurrido en Europa: los elementos definidores de la conciencia europea han sido casi completamente desplazados por otros en los que es difícil seguir reconociéndola. La conjunción de humanismo y espiritualidad, moldeados en la matriz cristiana, ha sido suplantada por el intento de exclusión de Dios y por la emergencia del hombre autó nomo, portador de esos conceptos de prestigio llamados libertad, progreso, derechos humanos o solidaridad, propuestos ahora en nombre de la razón en lugar de vincularlos primariamente a la dignidad de origen divino depositada en el hombre. Mutación que cambia el paradigma pero que rebaja de manera ostensible la excelencia de los ingredientes de relevo.

En todos los casos, el valor de las afirmaciones e innovaciones producidas por el hombre debe de ser medido por su riqueza en humanidad auténtica, por su capacidad para crearla y renovarla. Ahora bien, la preferencia de la moral materialista sobre el humanismo cristiano, de la Enciclopedia sobre el Evangelio, de la ciencia sobre la gracia, sitúa a la modernidad en indudable inferioridad ética y metafísica sobre lo que había sido el pensamiento fundacional de Europa: el que se sustentaba en la Palabra de Ver dad y de Vida, creadora del orden que rige la única armonía posible en que se asienta el hombre y la sociedad.

La Piedra que desecharon los arquitectos

Lo incontestable es que sobre ese mosaico de influencias emerge el cristianismo. Europa tiene su máximo centro de convergencia en Cristo: «Piedra angular, preciosa, escogida» (Pe 2, 6), ante el que se ha definido mediante la fidelidad o el rechazo. Esa es también la cuestión medular de la Constitución europea. Lo más clamoroso de ella es la omisión, de momento pretendida, de su nombre y su memoria. Toda ella está recorrida por esa ausencia, que grita más que todas sus palabras y que las denuncia. Aunque se prefiera ignorar, su presencia o ausencia va a determinar inapelablemente la trascendencia a la vez teológica e histórica de lo que se construya bajo su dictado. Por eso, de nada va a ser vir que bajo el nombre de Europa se recubra una realidad desnaturalizada.

Cristo sigue siendo la magna quaestio mundi, la gran pregunta y el gran asunto del mundo, como afirma un texto litúrgico medieval. El sigue estando en el núcleo constitutivo de Europa al mismo tiempo que es el corazón del mundo. Y continuará siéndolo. Cristo es la única realidad que ha persistido, junto con su Iglesia, a lo largo de la historia de Europa: ambos son coextensivos. En El está la realidad más antigua y, pese a todo, la más nueva, aunque «esto esté oculto a los ojos de muchos». Así será incluso cuando la presencia del «Hombre del Pecado», el Anticristo anunciado, quiera usurpar el lugar de Cristo. Pero esta usurpación, secundada por los pseudocristos y pseudoprofetas de los que ya teníamos noticia, será un amago inútil, como el de Lucifer frente a Dios. Para siempre, El está en cada página de la historia europea, en la evocación de todas las generaciones pasadas, y sin duda también lo estará en la de las futuras: «lo escrito, escrito está».

Es necesario añadir que Cristo no debía ser un patrimonio reservado a Europa, como tampoco Yahvé constituyó la heredad exclusiva de Israel. Pero sí fue ella el lugar donde puso preferentemente su tabernáculo para desde él recorrer el camino de todas las naciones. No había sido casual que el cristianismo naciera en una provincia de Roma cuyo imperio fue el lugar y el instrumento de su expansión. Europa fue su heredera para que en ella prosiguiera su difusión y desde ella se extendiera «hasta los confines del orbe».

Anselmo A. Navarrete - 2004-V-03

 

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"Obligaremos al hombre a ser feliz", grito bolchevique de octubre 1917

"Obligaremos al hombre a ser justo", repite el nacional- socialismo

Obligaremos al hombre a la igualdad”, chilla el ecologismo fracasado

Obligaremos al hombre a ser mahometano”, impone el islamofascismo “Obligaremos al hombre a ser puro, exento de maldad” braman las sectas

Obligaremos al hombre obedecer a nuestro orden” vocean los relativistas

Obligaremos al hombre estar sometido a la mujer” cargan las feministas

 

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¿Cuánto habrá pasado desde que por primera vez un hombre opinó de distinta manera a otro y argumentó? Aunque hoy día más interesante sería ¿cuánto queda hasta que esto deje de suceder? ¿Por qué tantos gobiernos detestan la filosofía?

¿No será para mejor dominar al hombre bajo un neo-totalitarismo? 2005.

 

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“Jamás lo antiguo por antiguo ha sido bueno, como lo nuevo por nuevo, mejor.” S.S. Benedicto XVI.

 

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Gracias a la Iglesia Católica, antes del 1300, había fundadas en Europa cuarenta y cuatro Universidades, en las que se forja un individuo especial dotado de cierta uniformidad: homo Scholastic’s.

 

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“La Iglesia Católica, la Santa Iglesia de los pecadores. La magnifica obra de la mano del Señor, en su misericordioso trabajo por transformar a los pecadores en santos.” (Dr. Sánchez Rojas Prof. de Teología).

Cuando uno va a un museo y contempla una obra maestra, admira la obra pero más admira al autor. Amo a la Iglesia como la obra magnifica que es, pero más amo al Artista… Dios mismo. Glorifiquemos al Señor con nuestras vidas.

 

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Descubra a la Iglesia como la principal impulsora del progreso de Occidente

 

       Lo cierto es que sin la Iglesia, Europa no existiría como tal y por tanto tampoco la cultura occidental. Esta verdad, conocida por los estudiosos que no se acercan a los hechos con las anteojeras del anticlericalismo, no ha llegado al amplio público que sigue viviendo de los slogans que repiten los medios y cacarean los pedantes desde los púlpitos del resentimiento. Hacen falta obras divulgativas que den a conocer el papel decisivo del cristianismo. Estamos ante una de ellas.

        Thomas E. Woods aprovecha las investigaciones recientes que empiezan a hacer justicia al pasado y ponen en evidencia que, sin el catolicismo, Europa no habría pasado del estado de barbarie. Para ilustrarlo sigue un método bien simple. Toma en consideración algunos puntos importantes: la ciencia, la Universidad, el Arte, la economía, el Derecho… y muestra como la Iglesia fue la matriz decisiva para su progreso.

        Es cierto que la cultura occidental bebe también de otras fuentes, como Grecia o Roma, que fue una especie de cruce de caminos actuando de transmisora de los mejor de la cultura antigua, pero el cristianismo aporta un factor decisivo.

        Simplificando podríamos decir que libera a la razón y la conduce hacia lugares que pensaba imposibles. Es por ello que mientras la cultura china colapsa, a pesar de haber hecho algunos descubrimientos antes que Occidente, en Europa alcanza verdadera carta de naturaleza.

        Muy interesante el apunte sobre el papel de la Edad Media al respecto, que de oscuro no tiene más que las legañas con que la miran los orgullosos ilustrados.

        Pero, además, ¿por qué el papado protege y alienta las Universidades? ¿Sabe alguien hoy que muchos científicos fueron religiosos o sacerdotes? ¿Se reconoce el papel de los monjes y los monasterios en la educación de lo que después sería Europa y que gracias a ellos muchas tierras baldías se volvieron cultivables?

        ¿Por qué se ignora que el Derecho internacional, de gentes en la terminología de la época, nació en la Universidad de Salamanca de la mano de sesudos dominicos? Estas y muchas otras preguntas dejarán de hacerse después de la lectura de este ameno e informado libro.

        Lo recomendamos para el lector medio, pero especialmente para el estudiante que ha de soportar la vacuidad de programas, en algunos centros de enseñanza media. Una vez más la divulgación no significa pérdida de calidad en la exposición ni de rigor.

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La civilización occidental nos ha dado el milagro de la ciencia moderna, la riqueza de la economía libre, la seguridad del imperio de la ley, un sentido único de los derechos humanos y de la libertad, la caridad como virtud, un espléndido arte y música, una filosofía fundada en la razón y otros innumerables regalos que la hacen la civilización más rica y poderosa de la

Pero, ¿cuál es la fuente última de todos esos regalos? El autor de varios best-sellers y profesor universitario Thomas E. Woods, Jr. nos brinda la -por demasiado tiempo- pospuesta respuesta: La Iglesia católica.

En Cómo la Iglesia construyó la civilización occidental usted aprenderá:

-Por qué la ciencia moderna surgió de la Iglesia católica.

-Cómo los sacerdotes católicos desarrollaron la idea de economía libre quinientos años antes que Adam Smith.

-Cómo la Iglesia católica inventó la universidad.

-Por qué todo lo que usted ha oído sobre el affaire Galileo es falso.

-Cómo la Iglesia católica humanizó Occidente insistiendo en la sacralidad de toda vida humana.

 

Ninguna institución ha hecho más para dar forma a la civilización occidental que los dos mil años de la Iglesia católica, y en modos que muchos de nosotros hemos olvidado o nunca sabido. Cómo la Iglesia construyó la civilización occidental es una lectura esencial para redescubrir esta relegada verdad.

 

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En la Confesión se realiza la misericordia de Dios


"También recibe el alma de otra manera este bautismo, hablando de un modo figurado, por especial providencia de mi divina caridad. Yo conocía la debilidad y fragilidad del hombre, que le lleva a ofenderme. No que se vea forzado por ella ni por ninguna otra cosa a cometer la culpa, si él no quiere, sino que, como frágil, cae en culpa de pecado mortal, por la que pierde la gracia que recibió en el santo bautismo en virtud de la Sangre. Por esto fue necesario que la divina Caridad proveyese a dejarles un bautismo continuo de la Sangre. Este bautismo se recibe con la contrición del corazón y con la santa confesión, hecha, cuando tienen posibilidad de ello, a los pies de mis ministros, que tienen la llave de la Sangre. Esta Sangre es la que la absolución del sacerdote hace deslizar por el semblante del alma.

Si la confesión es imposible, basta la contrición de! corazón. Entonces es la mano de mi clemencia la que os da el fruto de esta preciosa sangre. Mas, pudiendo confesaros, quiero que lo hagáis. Quien pudiendo no la recibe, se ha privado del precio de la Sangre. Es cierto que en el último momento, si el alma la desea y no la puede haber, también la recibirá; pero no haya nadie tan loco que con esta esperanza aguarde a la hora de la muerte para arreglar su vida, porque no está seguro de que, por su obstinación, yo en mi divina justicia, no le diga: "Tú no te acordaste de mí en vida, mientras tuviste tiempo, tampoco yo me acuerdo de ti en la hora de la muerte". Que nadie, pues, se fíe, y si alguien, por su culpa, lo hizo hasta ahora, no dilate hasta última hora el recibir este bautismo de la esperanza en la Sangre. Puedes ver, pues, cómo este bautismo es continuo, en el que el alma debe ser bautizada hasta el final de su vida.

En este bautismo conoce que mi operación (es decir, el tormento de la cruz) fue finita, pero el fruto del tormento que por mí habéis recibido es infinito en virtud de la naturaleza divina, que es infinita, unida con la naturaleza humana, finita, que fue la que sufrió en mí. Verbo, vestido de vuestra humanidad. Mas porque una naturaleza está unida y amasada con la otra, la Deidad eterna trajo de sí e hizo suya la pena que yo sufrí con tanto fuego de amor. Por esto puede llamarse infinita esta operación, no porque lo sea el sufrimiento actual del cuerpo y el sufrimiento que me proporcionaba el deseo de cumplir vuestra redención (ya que ambas terminaron en la cruz cuando el alma se separó del cuerpo), pero el fruto, que proviene del sufrimiento y del deseo de vuestra salvación, sí es infinito. Por esto lo recibís infinitamente. Si no hubiese sido infinito, no habría sido restaurado todo el género humano: pasados, presentes y venideros. Ni el hombre cuando peca podría levantarse después de su pecado, si no fuera infinito este bautismo de la Sangre que se os ha dado, es decir, si no fuera infinito su fruto.

Esto os manifesté en la apertura de mi costado, donde halláis los secretos del corazón, demostrándoos que os amo mucho más de lo que puedo manifestar con un tormento finito. ¿En qué te he revelado que es infinito? En el bautismo de la Sangre, unido con el fuego de mi caridad, derramada por amor, con el bautismo general, dado a los cristianos y a quienes quieran recibirlo, del agua, unido con la Sangre y con el fuego, en que el alma se amasa con mi Sangre. Para dároslo a entender, quise que del costado saliese sangre y agua. Con esto he querido responder a lo que tú me preguntabas".
Santa Catalina de Siena, Doctor de la Iglesia: El Diálogo 75.

 

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"Obras todas del Señor, bendecid al Señor".-

“¡Señor, dueño nuestro, qué admirable es tu nombre en toda la tierra!” (Sal 8, 2).

 

La belleza de la naturaleza nos recuerda que Dios nos ha encomendado la misión de "labrar y cuidar" este "jardín" que es la tierra (cf. Gn 2, 8-17).

 

Que nos guíe y acompañe siempre con su intercesión, la Santísima Madre de Dios.

Su fe indefectible que sostuvo la fe de Pedro y de los demás Apóstoles, durante más de dos mil años, siga sosteniendo la de las generaciones cristianas, aquella y siempre misma fe. Reina de los Apóstoles, ruega por nosotros. Amen

 

 

Gracias por venir a visitarnos

 

‘CÓMO LA IGLESIA CONSTRUYÓ LA CIVILIZACIÓN OCCIDENTAL’

Ninguna institución ha hecho más para dar forma a la civilización occidental que la Iglesia Católica, y en modos que muchos de nosotros hemos olvidado o nunca sabido. Como la Iglesia construyó la civilización occidental es una lectura esencial para redescubrir esta relegada verdad. De un modo senillo y muy atractivo. 2007.

Autor: Thomas E. WOODS Jr. -

Editorial: CIUDADELA. 

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'JESUCRISTO PADECIÓ BAJO EL PODER DE PONCIO PILATO,
FUE CRUCIFICADO, MUERTO Y SEPULTADO'
Evangelio según San Lucas, Cap.3, vers.1º: El año decimoquinto del reinado del emperador Tiberio, cuando Poncio Pilato gobernaba la Judea, siendo Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Felipe tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene…

Crucifixión de San Pedro: fue crucificado al revés cabeza abajo - Pergamino con San Pedro en cruz invertida, de Maguncia- Alemania; entre el 900 y el 1000ca. - Museo Diocesano de la Catedral Maguncia (Mainz) Alemania - Pedro en su cruz, invertida. ¿Qué significa todo esto? Es lo que Jesús había predicho a este Apóstol suyo: "Cuando seas viejo, otro te llevará a donde tú no quieras"; y el Señor había añadido: "Sígueme" (Jn 21, 18-19). Precisamente ahora se realiza el culmen del seguimiento: el discípulo no es más que el Maestro, y ahora experimenta toda la amargura de la cruz, de las consecuencias del pecado que separa de Dios, toda la absurdidad de la violencia y de la mentira. No se puede huir del radicalismo del interrogante planteado por la cruz: la cruz de Cristo, Cabeza de la Iglesia, y la cruz de Pedro, su Vicario en la tierra. Dos actos de un único drama: el drama del misterio pascual: cruz y resurrección, muerte y vida, pecado y gracia.

La maternidad divina de María – Catecismo de la Iglesia
495 Llamada en los Evangelios 'la Madre de Jesús'(Jn 2, 1; 19, 25; cf. Mt 13, 55, etc.), María es aclamada bajo el impulso del Espíritu como 'la madre de mi Señor' desde antes del nacimiento de su hijo (cf Lc 1, 43). En efecto, aquél que ella concibió como hombre, por obra del Espíritu Santo, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el Hijo eterno del Padre, la segunda persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre de Dios [Theotokos] (cf. Concilio de Éfeso, año 649: DS, 251).
La virginidad de María
496 Desde las primeras formulaciones de la fe (cf. DS 10-64), la Iglesia ha confesado que Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María únicamente por el poder del Espíritu Santo, afirmando también el aspecto corporal de este suceso: Jesús fue concebido absque semine ex Spiritu Sancto (Concilio de Letrán, año 649; DS, 503), esto es, sin semilla de varón, por obra del Espíritu Santo. Los Padres ven en la concepción virginal el signo de que es verdaderamente el Hijo de Dios el que ha venido en una humanidad como la nuestra:
Así, san Ignacio de Antioquía (comienzos del siglo II): «Estáis firmemente convencidos acerca de que nuestro Señor es verdaderamente de la raza de David según la carne (cf. Rm 1, 3), Hijo de Dios según la voluntad y el poder de Dios (cf. Jn 1, 13), nacido verdaderamente de una virgen [...] Fue verdaderamente clavado por nosotros en su carne bajo Poncio Pilato [...] padeció verdaderamente, como también resucitó verdaderamente» (Epistula ad Smyrnaeos, 1-2).

El acontecimiento histórico y transcendente – Catecismo de la Iglesia
639 El misterio de la resurrección de Cristo es un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas como lo atestigua el Nuevo Testamento. Ya san Pablo, hacia el año 56, puede escribir a los Corintios: "Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce: "(1 Co 15, 3-4). El apóstol habla aquí de la tradición viva de la Resurrección que recibió después de su conversión a las puertas de Damasco (cf. Hch 9, 3-18).
El sepulcro vacío

640 "¿Por qué buscar entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado" (Lc 24, 5-6). En el marco de los acontecimientos de Pascua, el primer elemento que se encuentra es el sepulcro vacío. No es en sí una prueba directa. La ausencia del cuerpo de Cristo en el sepulcro podría explicarse de otro modo (cf. Jn 20,13; Mt 28, 11-15). A pesar de eso, el sepulcro vacío ha constituido para todos un signo esencial. Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección. Es el caso, en primer lugar, de las santas mujeres (cf. Lc 24, 3. 22- 23), después de Pedro (cf. Lc 24, 12). "El discípulo que Jesús amaba" (Jn 20, 2) afirma que, al entrar en el sepulcro vacío y al descubrir "las vendas en el suelo"(Jn 20, 6) "vio y creyó" (Jn 20, 8). Eso supone que constató en el estado del sepulcro vacío (cf. Jn 20, 5-7) que la ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana y que Jesús no había vuelto simplemente a una vida terrenal como había sido el caso de Lázaro (cf. Jn 11, 44).