Wednesday 29 March 2017 | Actualizada : 2017-03-03
 
Inicio > Leyendas Negras > Europa - 3º lo que debe a la Iglesia Católica en su historia Euclides, Galeno

La Historia ha de ser siempre una búsqueda animosa de la verdad.

 

 

EUROPA: «En diversas ocasiones, Juan Pablo II nos recordó a los españoles la conveniencia de investigar en nuestras raíces para conseguir comprender los fundamentos de la europeidad, resultado de una fusión que el cristianismo fue capaz de realizar entre tres herencias que afectan a la naturaleza humana: Trascendencia absoluta, Antropocentrismo helénico y Jurisprudencia romana que hizo del hombre persona. Europa es patrimonio cultural, y no tan sólo una estructura política o económica». Los creadores de Europa, cuatro protagonistas gigantes: san Benito, san Gregorio Magno, san Isidoro y san Bonifacio, que se enfrentaron a un mundo arruinado para reconstruirlo. A esto es a lo que debe llamarse progreso, que no consiste únicamente en acumular recursos materiales, sino en un crecimiento de la capacidad humana. Importa mucho en nuestros días rescatar su visión humana y cristiana, verdaderamente grandiosa, y descubrir, para tratar de seguirlos, los pasos decisivos que ellos supieron dar.

 

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1526 - Destrucción de la mayor parte de la biblioteca de Matías Corvino, rey de Hungría, en la conquista de Buda por los turcos musulmanes.

 

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El sano conocimiento nos libera de varias formas de miseria – Los conocimientos sobre Hipócrates y sobre el Corpus hipocraticum llegaron a través del cristianismo nestoriano-siriano, que presta con sus escuelas y monasterios el espacio en el que, por entonces, se conserva y transmite la obra filosófica y científica y más precisamente la línea de Aristóteles de esa herencia: no sólo Aristóteles mismo, sin o también Euclides, Hipócrates, Galeno, Arquímedes. Las obras filosóficas, matemáticas y médicas de estos autores fueron traducidas en primer lugar del griego al siriano y después a la lengua árabe. El concepto de potentia puede atribuirse al concepto griego de dynamis y se encuentra también en el Corpus hipocraticum, usado también en relación con la enfermedad.
La recientísima elaboración con computer d e la Opera omnia de Tomás de Aquino da mayor perfección y seguridad al tratado de nuestro argumento.
En el comentario del Aquinate sobre la meteorología de Aristóteles, es nombrado Hipócrates algunas veces. Se trata del significado de las estrellas en el orden del mundo, de cuestiones de la visión teológica, de principios metafísicos, teorías científicas, astronomía y astrología.

 

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Es difícil calificar una institución –como la Iglesia Católica que, en sus dos mil años- nos ofrece con sus bibliotecas, monasterios y universidades, nada menos que el ‘patrimonio intelectual de la humanidad’.

 

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1184 bibliotecas, ciertamente porque fueron 1184 monasterios...  En solo apenas unos 200 años, los monjes de Cluny, hijos de la Iglesia propagan la cultura greco – latina, y el conocimiento espiritual en cada nuevo monasterio que fundan.

Laudemus viros gloriosos (Eccli. 44,1).

 

La abadía de Cluny, fundada en el año 910, célebre por la santidad y letras de sus monjes y por la influencia que tuvieron en la Iglesia, llegando muchos de ellos a la tiara, fue en el siglo X eficacísimo dique contra las adversidades ‘intra muros et extra muros’. Aumentado prodigiosamente el número de monasterios que obedecían su regla (en el año 1100ca. contaba con unos 1.184 monasterios, en todos se procuraba poseer el máximo de libros. Y se solía leer en el portal del Scriptorium: ‘Scríbere qui cupiunt, sensum / Deus áugeat illis’ Que Dios les aumente el sentido a quienes desean escribir’.  

 

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"No hay temor en el amor; sino que el amor perfecto expulsa el temor" (1 Jn 4, 18), nos dice también el Apóstol.
Jesús invita a sus discípulos a tener esta misma seguridad y confianza cuando la tempestad amenaza su barca, como relata san Marcos en el pasaje evangélico de hoy: "¡Ánimo! Soy yo, no tengáis miedo". San Agustín, particularmente estimado en la Iglesia de Túnez, al que habéis dedicado una hermosísima exposición en la antigua basílica de Cartago, comenta el episodio de la tempestad calmada insistiendo en la confianza que nos proporciona la presencia de Cristo en medio de nuestras dudas y dificultades. "Los discípulos -afirma en uno de sus sermones (LXXV)- se habían turbado al verlo sobre el mar y pensaban que era un fantasma. Pero al subir él a la barca, quitó la fluctuación mental de sus corazones, pues peligraban en la mente por las dudas más que en el cuerpo por las olas. (...) Pero mayor (que el viento) es que intercede por nosotros, porque en esa fluctuación en que nos debatimos nos da confianza, viniendo a nosotros y confortándonos".

 

¿Dejará Europa que en el futuro sólo hablen del cristianismo las piedras?

«Allí donde está Dios, allí hay futuro». En ese futuro, es, por tanto, esencial la responsabilidad de los cristianos, que no proponen sólo «una moral», sino «el don de la amistad» con Cristo. Desde esa óptica, el Papa anima a releer el Decálogo del Sinaí... Es ante todo un sí a Dios, a un Dios que nos ama y nos guía, que nos apoya y que además nos deja nuestra libertad; es más, la transforma en verdadera libertad. Es un sí a la familia, un sí a la vida, un sí a un amor responsable, un sí a la solidaridad, a la responsabilidad social y a la justicia; un sí a la verdad, y un sí al respeto del prójimo y a aquello que le pertenece. En virtud de la fuerza de nuestra amistad con el Dios viviente, nosotros vivimos este múltiple sí , y al mismo tiempo lo llevamos como indicador del recorrido por nuestro mundo en esta hora».

 

«Si para el hombre no existe una verdad, en el fondo, no puede ni siquiera distinguir entre el bien y el mal. Entonces los grandes y maravillosos conocimientos de la ciencia se hacen ambiguos: pueden abrir perspectivas importantes para el bien, para la salvación del hombre, pero también -y lo vemos- pueden convertirse en una terrible amenaza, en la destrucción del hombre y del mundo», explicó. «Nuestra fe -dijo- se opone decididamente a la resignación que considera al hombre incapaz de la verdad, como si ésta fuera demasiado grande para él».
La propuesta del Santo Padre estaba impregnada de realismo:

 

«Europa ha vivido y sufrido también terribles caminos equivocados. Forman parte de ellos: restricciones ideológicas de la filosofía, de la ciencia e incluso de la fe, el abuso de religión y razón con fines imperialistas, la degradación del hombre mediante un materialismo teórico y práctico y, en fin, la degradación de la tolerancia en una indiferencia privada de referencias y valores permanentes».


Ahora bien, aunque los mismos cristianos en la Historia hayan cometido abusos, esos abusos no son el cristianismo. Se llega a ser cristiano cuando se descubre en Dios la fuente de la vida y a Cristo como el único Salvador. «Esto no significa de ninguna manera que despreciemos a las otras religiones ni que seamos soberbios de pensamiento». Y no duda el Papa en afirmar: «Necesitamos la verdad... Pero tenemos miedo de que la fe en la verdad comporte intolerancia». Por eso, «si este miedo, que tiene sus buenas razones históricas, nos asalta, es tiempo de contemplar a Jesús» hecho niño.
Y al contemplarle -dijo-, se puede descubrir que «la verdad no se afirma mediante un poder externo, sino que es humilde y sólo es aceptada por el hombre a través de su fuerza interior: por el hecho de ser verdadera». Viena. 07/09-IX.2007- Benedicto PP. XVI. Obispo de Roma

 

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El cristianismo no es la vía de escape para los deseos insatisfechos, sino el testimonio de un Dios que es Razón creadora, y al mismo tiempo, Razón que es Amor. El gran peligro del mundo occidental hoy es precisamente la autocomplacencia en su saber y su poder, que le empuja a despreciar la cuestión de la verdad. Y sin embargo siempre habrá hombres y mujeres que no acepten esa terrible mutilación, que peregrinan buscando en medio de la niebla para salir del laberinto del nihilismo. Quiera Dios que puedan encontrar el abrazo de una Iglesia que no teme compartir con ellos el camino de la vida, como nos ha enseñado Benedicto XVI.

 

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El sentido cristiano de la Historia

 

Por Dom Prosper Guéranger 

 

Recuperación de un texto que retoma una idea que quiere que se olvide

 

Lo sobrenatural en la historia

 

Así como para el cristianismo la filosofía separada no existe, así también, para él no hay historia puramente humana. El hombre ha sido divinamente llamado al estado sobrenatural; este estado es el fin del hombre; los anales de la humanidad deben ofrecer su rastro. Dios podía dejar al hombre en estado natural; plugo a su bondad el llamarlo a un orden superior, comunicándose a él, y llamándolo, en último término, a la visión y la posesión de su divina esencia; la fisiología y la psicología naturales son pues impotentes para explicar al hombre en su destino. Para hacerlo completa y exactamente, es preciso recurrir al elemento revelado, y toda filosofía que, fuera de la fé, pretenda determinar únicamente por la razón el fin del hombre, está, por eso mismo, atacada y convicta de heterodoxia. Sólo Dios podía enseñar al hombre por la revelación todo lo que él es en realidad dentro del plan divino; sólo ahí está la clave del verdadero sistema del hombre. No cabe duda de que la razón puede, en sus especulaciones, analizar los fenómenos del espíritu, del alma y del cuerpo, pero por lo mismo que no puede captar el fenómeno de la gracia que transforma el espíritu, el alma y el cuerpo, para unirlos a Dios de una manera inefable, ella no es capaz de explicar plenamente al hombre tal como es, ya sea cuando la gracia santificante que habita en él hace de él un ser divino, ya sea cuando habiendo sido expulsado este elemento sobrenatural por el pecado, o no habiendo éste aún penetrado, el hombre siente haber descendido por debajo de sí mismo.

No hay, pues, no puede haber, un verdadero conocimiento del hombre fuera del punto de vista revelado. La revelación sobrenatural no era necesaria en sí misma: el hombre no tenía ningún derecho a ella; pero de hecho, Dios la ha dado y promulgado; desde entonces, la naturaleza sola no basta para explicar al hombre. La gracia, la presencia o la ausencia de la gracia, entran en primera línea en el estudio antropológico. No existe en nosotros una sola facultad que no requiera su complemento divino; la gracia aspira a recorrer al hombre íntegramente, a fijarse en él en todos los niveles; y a fin de que nada falte en esta armonía de lo natural y de lo sobrenatural, en esta creatura privilegiada, el Hombre-Dios ha instituido sus sacramentos que la toman, la elevan, la deifican, desde el momento del nacimiento hasta aquél en que ella aborda esa visión eterna del soberano bien que ya poseía, pero que no podía percibir sino por la fe.

Pero, si el hombre no puede ser conocido totalmente sin la ayuda de la luz revelada, ¿es dable imaginar que la sociedad humana, en sus diversas fases a las que se llama la historia, podrá volverse explicable, si no se pide socorro a esa misma antorcha divina que nos ilumina sobre nuestra naturaleza y nuestros destinos individuales? ¿Tendría acaso la humanidad otro fin distinto del hombre? ¿Sería entonces la humanidad otra cosa distinta del hombre multiplicado? No. Al llamar al hombre a la unión divina, el Creador convida al mismo tiempo a la humanidad. Ya lo veremos el último día cuando de todos esos millones de individuos glorificados se formará, a la derecha del soberano juez, ese pueblo inmenso “del que será imposible, nos dice San Juan, hacer el recuento”. (Apoc. 7, 9). Mientras tanto la humanidad, quiero decir la historia, es el gran teatro en el cual la importancia del elemento sobrenatural se declara a plena luz, ya sea que por la docilidad de los pueblos a la fe domine las tendencias bajas y perversas que se hacen sentir tanto en las naciones como en los individuos, ya sea que se postre y parezca desaparecer por el mal uso de la libertad humana, que sería el suicidio de los imperios, si Dios no los hubiera creado “curables” (Sap. 1, 14).

La historia tiene que ser entonces cristiana, si quiere ser verdadera; porque el cristianismo es la verdad completa; y todo sistema histórico que hace abstracción del orden sobrenatural en el planteamiento y la apreciación de los hechos, es un sistema falso que no explica nada, y que deja a los anales de la humanidad en un caos y en una permanente contradicción con todas las ideas que la razón se forma sobre los destinos de nuestra raza aquí abajo. Es porque así lo han sentido, que los historiadores de nuestros días que no pertenecen a la fe cristiana se han dejado arrastrar a tan extrañas ideas, cuando han querido dar lo que ellos llaman la filosofía de la historia. Esa necesidad de generalización no existía en los tiempos del paganismo. Los historiadores de la gentilidad no tienen visiones de conjunto sobre los anales humanos.

La idea de patria es todo para ellos, y jamás se adivina en el acento del narrador que esté por nada del mundo inflamado con un sentimiento de afecto por la especie humana considerada en sí misma. Por lo demás, solamente a partir del cristianismo es cuando la historia ha comenzado a ser tratada de una manera sintética; el cristianismo, al hacer volver siempre el pensamiento a los destinos sobrenaturales del género humano, ha acostumbrado a nuestro espíritu a ver más allá del estrecho círculo de una egoísta nacionalidad. Es en Jesucristo donde se ha develado la fraternidad humana y, desde entonces, la historia general se ha convertido en un objeto de estudio.

 El paganismo nunca habría podido escribir sino una fría estadística de los hechos, si se hubiera encontrado en condiciones de redactar de una manera completa la historia universal del mundo. No se lo ha señalado suficientemente que la religión cristiana ha creado la verdadera ciencia histórica, dándole la Biblia por base, y nadie puede negar que hoy en día, a pesar de los siglos transcurridos, a pesar de las lagunas, no estemos más adelantados, en resumidas cuentas, en los acontecimientos de los pueblos de la antigüedad, de lo que lo estuvieron los historiadores que esa antigüedad misma nos ha legado.

Los narradores no cristianos de los siglos XVIII y XIX han pues copiado al método cristiano el modo de generalización; pero lo han dirigido contra el sistema ortodoxo. Muy pronto se dieron cuenta de que apoderándose de la historia y cambiándola a sus ideas, asestaban un duro golpe al principio sobrenatural; tan cierto es que la historia declara a favor del cristianismo. Bajo este aspecto su éxito ha sido inmenso; no todo el mundo es capaz de seguir y de paladear un sofisma; pero todo el mundo comprende un hecho, una sucesión de hechos, sobre todo cuando el historiador posee ese acento particular que cada generación exige de aquellos a quienes otorga el privilegio de encantarla.

 

 

Tres escuelas han explotado alternada, y a veces simultáneamente, el campo de la historia.

La escuela fatalista, se podría decir atea, que no ve más que la necesidad de los acontecimientos, y muestra a la especie humana en conflicto con el invencible encadenamiento de causas brutales seguidas de inevitables efectos.

La escuela humanista que se prosterna ante el ídolo del género humano, del que proclama el desarrollo progresivo, con la ayuda de las revoluciones, de las filosofías, de las religiones. Esta escuela consiente de bastante buen grado en admitir la acción de Dios, en el comienzo, como habiendo dado principio a la humanidad; pero una vez la humanidad emancipada, Dios la ha dejado hacer su camino, y ella avanza, en la vía de una perfección indefinida, despojándose en el camino de todo lo que podría ser un obstáculo a su marcha libre e independiente.

Por fin, tenemos la escuela naturalista, la más peligrosa de las tres, porque ofrece una apariencia de cristianismo, proclamando en cada página la acción de la Providencia divina. Esta escuela tiene por principio el hacer constantemente abstracción del elemento sobrenatural; para ella, la revelación no existe, el cristianismo es un incidente feliz y bienhechor en el que aparece la acción de las causas providenciales; pero ¿quién sabe si mañana, si dentro de un siglo o dos, los recursos infinitos que Dios posee para el gobierno del mundo, no traerán tal o cual forma más perfecta aún, con ayuda de la cual se verá al genero humano correr, bajo el ojo de Dios, a nuevos destinos, y a la historia iluminarse con un esplendor más vivo?

Fuera de estas tres escuelas, no queda sino la escuela cristiana.

 Ésta no busca, no inventa, ni siquiera duda. Su procedimiento es simple: consiste lisa y llanamente en juzgar a la humanidad, como juzga al hombre individual. Su filosofía de la historia está en su fe. Sabe que el Hijo de Dios hecho hombre es el rey de este mundo, que “todo poder le ha sido dado en el cielo y en la tierra” (Mt. 28, 18).

La aparición del Verbo encarnado aquí abajo es para ella el punto culminante de los anales humanos; es por ello que ella divide la duración de la historia en dos grandes secciones: antes de Jesucristo, después de Jesucristo. Antes de Jesucristo, muchos siglos de espera; después de Jesucristo, una duración de la que ningún hombre conoce la hora de la concepción del último elegido; porque este mundo no es conservado sino para los elegidos que son la causa de la venida del Hijo de Dios encarnado.

Con este dato cierto de una certidumbre divina, la historia ya no tiene misterios para el cristianismo.

Si vuelve sus miradas hacia el período transcurrido antes de la Encarnación del Verbo, todo se explica a sus ojos. El movimiento de las diversas razas, la sucesión de los imperios, es el camino abierto para el pasaje del Hombre-Dios y de sus enviados; la depravación, las tinieblas, las inauditas calamidades, es el indicio de la necesidad que siente la humanidad de ver a Aquél que es a la vez el Salvador y la Luz del mundo; no sin duda que Dios haya condenado a la ignorancia y al castigo a este primer período de la humanidad: lejos de eso, los socorros le son asegurados, y es a él que pertenecerá Abraham, el Padre de todos los creyentes por venir; pero es justo que la mayor efusión de la gracia tenga lugar por las manos divinas de Aquél sin el cual nadie ha podido ser justo, ya sea antes, o después de su venida.

Él viene por fin, y la humanidad, cuyo progreso estaba en suspenso, se lanza por la vía de la luz y de la vida; el historiador cristiano sigue mejor aun los destinos de la sociedad humana en este segundo período cuando se cumplen todas las promesas. Las enseñanzas del Hombre-Dios le revelan con una soberana claridad el modo de apreciación que debe emplear para juzgar los acontecimientos, su moralidad y su alcance.

 No tiene sino una misma medida, ya se trate de un hombre o de un pueblo. Todo lo que expresa, mantiene o propaga el elemento sobrenatural, es socialmente útil y ventajoso; todo lo que lo contraría, lo enerva y lo destruye, es socialmente funesto. Por este procedimiento infalible, comprende el papel de los hombres de acción, de los acontecimientos, de las crisis, de las transformaciones, de las decadencias; sabe de antemano que Dios actúa en su bondad, o permite en su justicia, pero siempre sin derogar su plan eterno, que es el de glorificar a su Hijo en la humanidad.

Pero lo que vuelve siempre más firme y más calmo el golpe de vista del historiador cristiano, es la seguridad que le da la Iglesia que camina sin cesar ante él como una columna luminosa, e ilumina divinamente todas sus apreciaciones. Él sabe que lazo estrecho une a esta Iglesia al Hombre-Dios, cómo ella tiene la garantía de su promesa contra todo error en la enseñanza y en la conducta general de la sociedad cristiana, cómo el Espíritu Santo la anima y la conduce; es pues en ella adonde va a buscar la regla de sus juicios. Las debilidades de los hombres de Iglesia, los abusos temporarios no lo asombran, porque sabe que el Padre de familia ha resuelto tolerar la cizaña en su campo hasta la cosecha.

Si tiene que contar, se cuidará de omitir los tristes relatos que dan testimonio de las pasiones de la humanidad y atestiguan al mismo tiempo la fuerza del brazo de Dios que sostiene su obra; pero él sabe dónde se manifiesta la dirección, el espíritu de la Iglesia, su instinto divino. Los recibe, los acepta, los confiesa valerosamente; los aplica en sus relatos. Por ello, nunca traiciona, nunca sacrifica; llama bueno lo que la Iglesia juzga bueno, malo lo que la Iglesia juzga malo.

 ¿Qué le importan los sarcasmos, los clamores de los cobardes cortos de vista? Él sabe que está en la verdad puesto que está con la Iglesia y que la Iglesia está con Cristo. Otros se obstinarán en no ver sino el lado político de los acontecimientos, volverán a descender al punto de vista pagano; él, se mantiene firme, porque está seguro de antemano de no equivocarse.

Si hoy las apariencias parecen estar en contra de su juicio, él sabe que mañana, los hechos cuyo alcance no se ha revelado todavía, darán la razón a la Iglesia y a él.

Este papel es humilde, estoy de acuerdo; pero quisiera saber qué garantías comparables tiene para presentar el historiador fatalista, el humanitario o el naturalista. Ponen por delante su juicio personal: cada uno tiene pues derecho a darles la espalda.

Para llegar al historiador cristiano, es preciso antes demoler a la Iglesia sobre la que se apoya. Es verdad que hace diecinueve siglos que los tiranos y los “filósofos” trabajan en ello: pero sus murallas están tan sólidamente construidas que hasta ahora no han podido aún desprender una sola piedra.

Pero si nuestro historiador se aplica en buscar y en señalar, en la sucesión de los acontecimientos de este mundo, el aspecto que relaciona de cerca o de lejos cada uno de ellos al principio sobrenatural, con mayor razón se cuida de callar, de disimular, de atenuar los hechos que Dios produce fuera de la conducta ordinaria, y que tienen por meta el certificar y el hacer más palpable todavía el carácter maravilloso de las relaciones que ha fundado entre Él mismo y la humanidad.

En primer lugar están las tres grandes manifestaciones del poder divino y que dan por el milagro un sello divino a los destinos del hombre sobre la tierra. El primero de estos hechos es la existencia y el papel del pueblo judío en el mundo.

El historiador no puede eximirse de presentar a plena luz la alianza que Dios contrajo primeramente con ese pequeño pueblo, y los inauditos prodigios que la sellaron; la esperanza de la humanidad depositada en la sangre de esta raza débil y despreciada de conservar el conocimiento del verdadero Dios y los principios de la moral, en medio de la defección sucesiva de casi todos los pueblos; las migraciones de Israel a Egipto primero, más tarde al centro del imperio asirio, siempre a medida que el teatro de los asuntos humanos se desplaza y se extiende; de manera que en vísperas del día en que Roma, heredera momentánea de los otros imperios, va a encontrarse reina y dueña de la mayor parte del mundo civilizado, el judío la habrá precedido en todas partes; ahí estará con sus oráculos traducidos desde ese momento a la lengua griega; ahí estará conocido por todos los pueblos, aislado, inasimilable, signo de contradicción, pero dando testimonio del advenimiento cada día más cercano de Aquél que debe unir a todas las naciones y “juntar en un solo cuerpo a los hijos de Dios hasta entonces dispersos” (S. Juan 11, 25).

Esta milagrosa influencia del pueblo judío que escapa a todas las leyes ordinarias de la historia, el narrador la mostrará con complacencia en las profecías confiadas a ese pueblo, y que no solamente son para nosotros la antorcha del pasado, sino que tan vivamente han preocupado a los gentiles, durante los siglos que precedieron y siguieron a la llegada del Hijo de Dios.

Cicerón ya había escuchado su eco cuando habla con una especie de terror misterioso del nuevo imperio que se prepara; Virgilio, en el más armonioso de sus cantos, repite los acentos de Isaías; Tácito y Suetonio atestiguan que el universo todo se vuelve, en su espera, hacia Judea, y que el presentimiento general es ver llegar de ese país a unos hombres que van a conquistar el mundo. Rerum potirentur. ¿Acaso se negará después de esto que la historia, para ser verídica, deba tomar el tono y los colores de lo sobrenatural?

El segundo hecho que se encadena al primero es la conversión de los gentiles, dentro y fuera del imperio romano. El historiador cristiano se aplicará a mostrar que ese inmenso resultado procede directamente de la mano de Dios, quien, para efectuarlo, se ha liberado de las leyes simplemente providenciales. Señalará en él, con San Agustín, el milagro de los milagros; con Bossuet, el golpe de estado divino que no ha tenido su igual sino en el momento en que la creación salió de la nada para gloria de su autor.

 Contará la colosal grandeza de la meta y la exigüidad de los medios; las significativas preparaciones a un cambio tan grande que presagian que este mundo debe pertenecer a Jesucristo, al mismo tiempo que son por sí mismas un obstáculo más a todo éxito humano de la empresa; los apóstoles, armados solamente con la palabra y con el don de los milagros que la confirma y la hace penetrar; las profecías judías estudiadas, comparadas, profundizadas en todo el imperio, y volviéndose, como nos lo atestiguan los escritos de los tres primeros siglos, uno de los más poderosos instrumentos de las conversiones; la constancia sobrehumana de los mártires, cuya inmolación casi incesante, lejos de extirpar la nueva sociedad, la propaga y la afirma; por fin, la cruz, el patíbulo del hijo de María, coronando después de tres siglos, la diadema de los Césares; las ideas, el lenguaje, las leyes, las costumbres, en una palabra todas las cosas transformadas según el plan que habían traído de Judea los conquistadores de la nueva especie que el imperio esperaba, y que supieron triunfar sobre él, derramando su sangre bajo su espada.

En medio de todos estos prodigios, el historiador cristiano se siente cómodo y nada le asombra, porque sabe y proclama que aquí abajo todo es para los elegidos y que los elegidos son para Cristo. Cristo está en su casa en la historia; es pues muy simple que no se la pueda explicar sin Él, y que con Él ella parezca en toda su claridad y en toda su grandeza. La sucesión de los anales humanos responde al comienzo; pero desde la publicación del Evangelio, los destinos del mundo han tomado un nuevo vuelo; después de haber esperado a su rey, ahora la tierra lo posee. La preparación sobrenatural que se había manifestado en el papel del pueblo judío, esa otra preparación a la vez natural y sobrenatural que había aparecido en la marcha siempre progresiva del poderío romano, ha llegado cada una a su término.

 Todo ha sido consumado, Jerusalén cede sus derechos y sus honores a Roma; Tito es el ejecutor de las grandes obras del Padre celestial que venga la sangre de su Hijo eterno. El milagro del pueblo judío no cesa sin embargo por esto; se transforma, y las naciones tendrán ante los ojos, hasta la víspera del último día, el espectáculo no ya de un pueblo privilegiado, sino de un pueblo maldito de Dios.

En cuanto al Imperio pagano, construyó, sin saberlo, la capital del reino de Jesucristo; le será dado residir ahí tres siglos más; es de ahí de donde partirán esos sangrientos edictos que no tendrán otro efecto que el de mostrar a los siglos futuros el vigor sobrenatural del cristianismo; luego, cuando haya llegado el tiempo, cederá el lugar, y partirá a refugiarse al Bósforo, y la imperecedera dinastía de los Vicarios de Cristo que no han abandonado su puesto desde el martirio de Pedro, su primer eslabón, ceñirá la corona en la ciudad de las siete colinas. El imperio se desmoronará pieza por pieza bajo los golpes de los bárbaros; pero antes de infligirle la humillación y el castigo que crímenes seculares han acumulado sobre él, la justicia divina esperará a que el cristianismo, victorioso de las persecuciones, haya extendido lo bastante alto y lo bastante lejos sus ramificaciones para dominar en todas partes las oleadas de ese nuevo diluvio; se lo verá después cultivar nuevamente, y con pleno éxito, la tierra renovada y rejuvenecida por esas aguas incluso más purificantes que devastadoras.

¿Acaso después de haber expuesto todas estas maravillas, el historiador cristiano cambiará el tono de sus relatos? ¿Volverá a la explicación simplemente providencial de los fastos de la tierra? ¿No es acaso lo maravilloso sólo el punto central de los anales humanos, de manera que desde ese momento la acción de Dios deba permanecer velada bajo las causas segundas hasta el fin de los tiempos? ¡Qué Dios no quiera que así sea!

Un tercer hecho sobrenatural, hecho que debe durar hasta la consumación de los siglos, llama su atención y reclama toda su elocuencia. Este hecho es la conservación de la Iglesia a través de los tiempos, sin mezcla en su doctrina, sin alteración en su jerarquía, sin suspensión en su duración, sin desfallecimiento en su marcha. Miles de grandes cosas humanas han sido creadas, se desarrollaron y cayeron en decadencia: la conducta habitual de la Providencia cuidó de ellas durante su duración; hoy quedan sus huellas sólo en la historia.

 

 

 

 La iglesia está siempre de pie: Dios la sostiene directamente, y todo hombre de buena fe, capaz de aplicar las leyes de la analogía, puede leer en los hechos que la conciernen esa promesa inmortal de durar siempre, que ella tiene escrita en su base por la mano de un Dios.

 

Las herejías, los escándalos, las defecciones, las conquistas, las revoluciones, nada han conseguido; rechazada de un país, ha avanzado en otro; siempre visible, siempre católica, siempre conquistadora y siempre sufriente. Este tercer hecho, que no es sino la consecuencia de los dos primeros, termina por dar al historiador cristiano la razón de ser de la humanidad. Él concluye con la evidencia de que la vocación de nuestra raza es una vocación sobrenatural; que las naciones, sobre la tierra, no solamente pertenecen a Dios que ha creado la primera familia humana, sino que también son, como lo ha dicho el Profeta, el dominio particular del Hombre-Dios. Entonces, basta de misterios en la sucesión de los siglos, basta de vicisitudes inexplicables; todo se dirige a la meta, todo problema se resuelve por sí mismo con este elemento divino.

Sé que hoy hace falta coraje, sobre todo cuando no se es del clero, para tratar la historia con este tono; se cree sinceramente, no se quisiera por nada del mundo adoptar el sentido y las maneras de las escuelas fatalistas y humanitaria; pero la escuela naturalista es tan poderosa por su número y su talento, es tan benevolente con el cristianismo, que es duro desafiarla en todo y no ser a sus ojos nada más que un escritor místico, a lo sumo un hombre de poesía, cuando se aspiraría a la reputación de ciencia y de filosofía.

Todo lo que puedo decir, es que la historia ha sido tratada, desde el punto de vista que me he permitido exponer, por dos poderosos genios cristianos y que su reputación no ha naufragado por ello. "La ciudad de Dios" de San Agustín, el "Discurso sobre la historia universal" de Bossuet, son dos aplicaciones de la teoría que he adelantado.

La ruta está pues trazada con mano maestra, y es posible exponerse en seguimiento de tales hombres a los fútiles juicios del naturalismo contemporáneo. Es mucho, sin duda, regular su vida íntima por el principio sobrenatural; pero sería una grave inconsecuencia, una alta responsabilidad, el que ese mismo principio no condujera siempre la pluma. Veamos a la humanidad en sus relaciones con Jesucristo su jefe; no la separemos nunca de Él en nuestros juicios ni en nuestros relatos, y cuando nuestras miradas se detengan en el mapa del mundo, recordemos ante todo que tenemos ante los ojos al imperio del Hombre-Dios y de su Iglesia.

La acción de la santidad en la historia

El historiador cristiano, satisfecho de haber marcado así en rasgos generales el carácter sobrenatural de los anales humanos, ¿se creerá dispensado de registrar las manifestaciones de menor importancia que la bondad y el poder divinos han sembrado en el transcurso de los siglos, con el fin de reavivar la fé en las generaciones sucesivas? El se cuidará de semejante ingratitud, y así como se habrá sentido encantado al reconocer que el Redentor del mundo no prometió en vano a sus fieles los signos visibles de su intervención hasta el final, igualmente se mostrará solícito por iniciar a sus hermanos en la alegría que sintió al encontrar en su ruta miles de rayos de una luz inesperada que, aun cuando se vinculen más o menos directamente a los tres grandes centros, no dejan de ofrecer, cada uno de ellos, el testimonio de la fidelidad de Dios a sus promesas y una preciosa confirmación que repercute sobre todo el conjunto. Los milagros de detalle pueden pues pertenecer a la historia humana, cuando han tenido un alcance más que individual y han repercutido a lo lejos. Inútil agregar que para entrar en su relato grave y verdaderamente histórico, deben estar seguros desde el punto de vista de una crítica imparcial. Así la aparición de la Cruz a Constantino tiene derecho a figurar seriamente en los anales del siglo IV.

Diré lo mismo, para la misma época, de los prodigios que se operaron en Jerusalén cuando Julián el Apóstata quiso reedificar el templo de Salomón.

Los milagros de San Martín que han tenido tanta influencia en las Galias para la extinción de la idolatría, no deben tampoco ser silenciados al igual que los de San Felipe Neri en Roma y de San Francisco Javier en las Indias, que atestiguaron de manera tan manifiesta en el siglo XVI que la Iglesia papal, a pesar de las blasfemias de la Reforma y de la decadencia de las costumbres, no dejaba de ser la única heredera de las promesas y el asilo de la verdadera fe.

 ¿No sería acaso dejar una laguna en la historia desde el punto de vista cristiano, el callar los hechos prodigiosos que acompañaron casi en todas partes la introducción del Evangelio en los diversos países donde fue predicado, por ejemplo, los milagros del monje San Agustín en el apostolado de Inglaterra, y los que señalaron los misión de los ilustres promotores de la vida religiosa, tanto de Oriente como de Occidente, desde San Antonio en los desiertos de Egipto hasta San Francisco y Santo Domingo, entre nuestros padres del s. XIII?

La cadena de estas maravillas prosigue hasta nuestros tiempos; sería pues comprender mal el papel del historiador cristiano pensar que se ha hecho lo suficiente señalando los hechos de esta naturaleza en el origen del cristianismo. Ellos han sido, por decirlo así, permanentes y continuarán siéndolo; son la prenda de la presencia sobrenatural de Dios en el movimiento de la humanidad; en fin, han tenido una real influencia en los pueblos; debéis pues tenerlos en cuenta, si los estimáis verdaderos, vuestro deber es el de registrarlos y el de asignarles su papel y su alcance.

Me apresuro a decir que no toda forma de historia exige la investigación minuciosa de los hechos sobrenaturales, y no pienso que la Historia eclesiástica propiamente dicha deba ser la única a la cual el cristiano consagre su talento de escribir y de narrar. Que este talento se ejerza pues bajo todas las formas; que la historia sea general o particular; que adopte el género de las memorias o el de la biografía, todo está bien, con tal de que sea cristiana; pero el historiador debe esperar encontrarse muy pronto y a menudo en su camino al elemento sobrenatural; ¡ojalá pueda entonces no faltar nunca a su deber!

¿Queréis escribir la historia de Francia? Nada mejor si sois capaces; pero esperad a encontraros frente a Juana de Arco. Ahora bien, ¿qué haríais con esa maravillosa figura? No iréis a negar o a contar en una forma ambigua hechos que estén de ahora en más aclarados en sumo grado. ¿Buscaréis explicarlos naturalmente? Sería perder el tiempo; ¡nada menos explicable que la misión y los gestos de la Doncella de Orleáns!

¿Veréis allí acaso la aplicación de una ley providencial que rige los acontecimientos humanos, o incluso en particular los destinos de Francia? Pero aquí, todo escapa al régimen providencial, las leyes ordinarias están invertidas; no vemos nada, ni antes ni después, que dé lugar a pensar que Dios hace tales cosas en el gobierno general del mundo. ¿Diréis entonces con estilo académico que, todo bien pensado, la misión de Juana de Arco sigue siendo inexplicable y que aquellos que han querido explicarla humanamente se han metido en dificultades de las que no pudieron salir? Llegad hasta el final, creedme; confesad francamente que hay milagros en la historia, y que la misión de Juana de Arco es uno de ellos. Convenid pues lisa y llanamente en que la pastora de Domrémy verdaderamente vio a los santos y escuchó las voces; que Dios la revistió con su fuerza invencible; que él mismo la hizo victoriosa en las murallas de Orleáns; que la asistió con la virtud sobrehumana de los mártires en el sublime sacrificio que debía terminar esa milagrosa carrera. Pero, después de esto, cuidaos de no sacar las inducciones que se presentan por sí mismas de resultas de esos hechos maravillosos.

¿Qué es entonces al fin de cuentas Juana de Arco? ¿Es un meteoro con el que Dios se complació en deslumbrar nuestras miradas, sin otro fin que el de mostrar su poder?

 

Carlomagno

 

 La razón nos prohíbe pensarlo, y la fe nos muestra en esta manifestación sin igual de la predilección divina por Francia, la intención de sustraer el cristianísimo reino al yugo de la herejía que la Inglaterra protestante no hubiera dejado de hacer pesar sobre él un siglo más tarde.

Pero la historia cristiana no se limita a señalar en los hechos milagrosos otros tantos indicios de la vocación sobrenatural de la humanidad; también le da importancia a estudiar y señalar las manifestaciones más o menos frecuentes, más o menos raras, de la santidad en los siglos. Dios, en sus consejos de justicia o de misericordia, da o sustrae los santos en las diversas épocas, de suerte que, si es dado hablar así, es preciso consultar el termómetro de la santidad si uno quiere darse cuenta de la condición más o menos normal de un período de tiempo o de una sociedad. Los santos no sólo están destinados a figurar en el calendario; ellos tienen una actuación a veces oculta, cuando se limita a la intercesión y a la expiación, pero a menudo también, patente y eficaz largo tiempo después de ellos.

No hablo de los mártires a quienes les debemos la conservación de la fe, y uno de los principales argumentos sobre los que reposa nuestra creencia; la importancia de su papel en la historia del mundo es demasiado evidente pero no es permitido ignorar que al salir de la persecución de Dioclesiano, en medio del cataclismo de las herejías que estuvieron a punto de sumergir la barca de la Iglesia en los s. IV y V, en vísperas de la invasión de los bárbaros paganos, el cristianismo y por él, la sociedad, fue salvado por los santos.

 ¡Obispos, doctores, monjes, vírgenes consagradas, qué lista nos ofrece esta época que fue como el segundo campo de batalla de la Iglesia! ¿Puede callarse el historiador en presencia de ese incomparable fenómeno?

Sin duda, no podría eximirse de nombrar a un Atanasio, un Basilio, un Ambrosio; porque esos personajes tienen, como se dice, un papel histórico; pero por más grandes que sean, están lejos de representar todo lo que la santidad ha producido de eficaz en el orden visible de este mundo durante el período del que hablamos. El papel de San Agustín, por ejemplo, es bastante poco histórico; sin embargo, ¿qué hombre ha influido más en su siglo y en todos aquellos que lo han seguido? El detalle nos llevaría muy lejos, si hubiera que contar las obligaciones que nosotros los cristianos tenemos con esos amigos de Dios: un San Gregorio Nacianceno, un San Hilario, un San Martín, un San Juan Crisóstomo, un San Jerónimo, un San Cirilo de Alejandría, un San León.

 Y no nos detengamos en ver en ellos a grandes genios y grandes hombres. Sin duda, grandes genios y grandes hombres ortodoxos son un don de Dios; Bossuet y Fénelon, en el s. XVII, son un don de Dios; pero cuando la santidad está unida al genio, a la importancia de la persona, la acción es muy diferente. El hombre de genio os encanta; el santo os subyuga; admiráis al gran hombre, pero el nombre solo del santo, las huellas de sus pasos os conmueven; su recuerdo os hace latir el corazón después que ha desaparecido de este mundo.

Que no crea pues haber encontrado el secreto de la influencia de los santos de los s. IV y V en la fama más o menos brillante que les habría adquirido su saber y su elocuencia, o también la jerarquía que la mayoría de los que acabo de recordar ocuparon en el orden eclesiástico.

El pueblo veneraba en ellos otra aureola; Valente temblaba ante Basilio, y Teodoro ante San Ambrosio, por un motivo muy distinto que el de su valor personal, para hablar con el lenguaje de hoy. Es a Dios, a Dios mismo al que se siente en los santos; y es por estar razón que se les resiste poco. Se sabía que esos hombres que formaban entonces la muralla de la Iglesia de la que eran al mismo tiempo la luz y la gloria, eran de la misma familia que esos héroes del desierto cuyos nombres y obras eran universalmente conocidos; que incluso la mayoría de ellos había revestido el pellico antes que el palio.

De Occidente como de Oriente, los fieles partían en caravanas para ir a visitar los desiertos de Egipto y de Siria, a fin de contemplar y escuchar, si era posible, a los Antonio, los Pacomio, los Hilarión, los Macario y, de vuelta en sus ciudades, se regocijaban de volver a encontrar esos sublimes tipos en los pastores mismos encargados de santificarlos. No, ese culto de la santidad, justificado por tantos ejemplos, no podría ser pasado en silencio en los relatos de la época que siguió a la paz de la Iglesia; atestigua demasiado claramente la presencia y la acción de los santos durante esos siglos, y por ello mismo el género de socorro sobrenatural que Dios repartió entonces a la sociedad cristiana.

La invasión de los bárbaros, con las desgracias que la acompañaron, proporcionará al historiador la ocasión de señalar un nuevo papel de la santidad en medio de esos inauditos desastres. Esas tumultuosas hordas que se precipitan sobre el imperio encuentran en todas partes a los santos, y los santos les resultan como un dique que hace retroceder la inundación.

Santos obispos que detuvieron a un jefe feroz en su carrera; santos pastores que salvan a su rebaño entregándose a la espada; santos monjes cuya majestuosa simplicidad desarma al orgulloso conquistador que primeramente no pensaba más que en inmolarlos; santas vírgenes que, como Genoveva, tranquilizan a la ciudad y desvían por medio de sus oraciones el azote de Dios.

Por poco que se estudie a fondo el duro período de la invasión, uno verá en él por todas partes este asombroso fenómeno y se convencerá de que entra dentro de la verdad de la historia el contar estas maravillas y convenir en que el único obstáculo que encontraron los bárbaros, el único que respetaron, fue la santidad.

 

 

 Agustín yacía sobre su lecho de muerte en Hipona, cuando los vándalos vinieron a sitiar este ciudad: esperaron para dar el asalto, a que el admirable obispo hubiera entregado su alma a Dios. Sería triste que unos bárbaros se hubiesen mostrado superiores a los cristianos de nuestros días en la apreciación de ese elemento celestial que nunca falta por entero en la Iglesia, pero que se manifiesta en ella de tiempo en tiempo, como mayor o menor abundancia, según las necesidades de los pueblos y según que la justicia o la misericordia prevalezcan en los consejos de Dios.

El historiador cristiano no puede olvidar ni las obras ni la regla del gran Patriarca de los monjes de Occidente, a quien le cabe el honor de haber preparado la salvación de la cristiandad europea; ni esa pléyade de santos obispos que brillaron en los siglos VI y VII, y que, por sus concilios y sus fundaciones religiosas, lo hicieron todo en nuestras regiones, e hicieron entre otras cosas el reino de Francia como las abejas hacen su colmena: la expresión es de Gibbon. Que el historiador no se olvide de decir que esos constituyentes de nuestra monarquía están por centenares en nuestros altares.

Tampoco dejará de poner en evidencia a los santos pontífices de la sede apostólica, un San Gregorio Magno cuyas virtudes rigieron y santificaron con tanta dulzura a Oriente y a Occidente; un San Gregorio II, la providencia de Italia; un San Zacarías, el oráculo de la nación franca; un San Nicolás I, entregándose con tanta generosidad para arrancar de su ruina al imperio de Oriente, y manteniendo allí la unidad con la verdadera fé. Seguirá los pasos de esos heroicos apóstoles que el monacato occidental dirige hacia las regiones del norte; ni uno que no sea santo, ni uno solo cuyo fecundo apostolado no triunfe por la santidad.

¿Pero el historiador podría pasar en silencio esta gloriosa falange de santos emperadores y de santos reyes, que, durante tres siglos y más, aparece en los tronos y viene a dar el sello sobrenatural a la política de las edades de fe? ¡Qué materia de estudio la de la influencia de esos santos coronados sobre la sociedad, y durante siglos!

 ¡Un San Enrique, un San Esteban de Hungría, un San Eduardo el Confesor, un San Fernando y nuestro San Luis!

 ¡Y esas santas emperadoras, reinas, duquesas, ángeles visibles cuya serie prosigue más lejos todavía y que aparecen en medio de los pueblos a los cuales se mezclan en todas formas, con la misión de cultivar, de desarrollar con sus sublimes ejemplos ese sentido cristiano contra el cual la corrupción de la naturaleza protesta sin cesar, y que sin cesar tiene necesidad de ser reconfortado! ¿Se piensa acaso que baste, para exponer el papel activo de tantos héroes y heroínas del trono, decir al pasar que fueron virtuosos y que se los ha puesto en el número de los santos? No, hay que penetrar más adentro y comprender que aquí el punto de vista de lo que se llama la leyenda no es más que el punto de vista mismo de la historia más rigurosa.

 

 

 El beneficio de los santos reyes y de las santas reinas es una de las principales manifestaciones de Dios en la conducción sobrenatural de la sociedad.

Cuando el historiador llega por fin a la presencia de la reacción cristiana del siglo XI, reacción que arrancó a Europa de la barbarie, que tenga cuidado de no equivocarse. Que no vaya a atribuir, contra toda verdad, al genio de éste, a la entereza de aquél, el triunfo que tuvo lugar entonces del espíritu sobre la fuerza bruta. Ese triunfo tuvo lugar porque Dios dio santos a su Iglesia. Si Gregorio VII no hubiese sido un santo, nunca se hubiera atrevido a poner manos a la obra.

¿Qué habrían hecho entonces Anselmo, Pedro Damián si no hubiesen sido más que piadosos pontífices y sabios doctores? Cluny fue el punto de apoyo de la palanca que el Papado hizo mover en ese siglo, pero no olvidemos que fue edificado sobre cuatro santos cuya larga vida da un período de un siglo y medio. En el siglo XII, ¿quién podrá explicar jamás la acción de San Bernardo, sin tener en cuenta la rutilante santidad que brilló en él?

¿Quién sostuvo pues a la sociedad del siglo XIII, ya declinante, sino el seráfico Francisco y el apostólico hijo de Guzmán, que despertaron tan poderosamente por sus obras y sus virtudes sobrehumanas el sentido sobrenatural próximo a desfallecer?

 

Y en la Escuela, ¿qué otro elemento sino el de la santidad aseguró a Tomás de Aquino y a Buenaventura la superioridad que los colocó tan considerablemente por encima de todos los demás doctores de la escolástica?

En el siglo XIV, la cristiandad parece sucumbir, cansada por los desgarramientos del gran cisma, pero mucho más todavía por la invasión del naturalismo y del sensualismo que el ascendiente de la santidad en el siglo XIII había podido neutralizar pero no destruir. Dios parece entonces mostrarse más avaro de santos. Aparte de la ilustre Santa Catalina de Siena, no vemos ni uno solo, en esta época, cuya acción se haya hecho sentir a lo lejos. El historiador no dejará de señalar ese rasgo característico de una decadencia que sin embargo no hace más que comenzar; pero tendrá que estudiar sin prisas la sublime figura de Catalina de Siena, en la que se compendia toda la vitalidad sobrenatural de su tiempo.

El siglo XV, más desdichado aun que el precedente, puesto que vio las doctrinas anárquicas formuladas por primera vez por los más célebres doctores, y muy pronto la herejía de Wiclef y de Juan Huss que alzaban el estandarte contra la cristiandad, el siglo XV, digo, fue pobre en santos. Su cifra no llega a la mitad de la del siglo XIII. El extraordinario efecto que produjo San Vicente Ferrer en varios reinos muestra sin embargo que el sentido de la santidad vivía aún en las masas; pero hay que agregar que este Ángel del juicio de Dios había ya terminado su carrera en 1419.

Viene luego el siglo XVI, tiempo de terrible prueba en su primera mitad, época de triunfo en la segunda. El historiador no dejará de mostrar con los hechos que la santidad se muestra ahí en una proporción análoga.

 

San Cayetano llena casi él solo la primera mitad; pero apenas ha sonado el año 1550, cuando una maravillosa floración se declara en las ramas del árbol secular del cristianismo, y mientras el protestantismo detiene por fin sus conquistas, Dios se complace en mostrar que la Iglesia romana nada ha perdido, puesto que ha conservado los dones de la santidad.

 Debería hacerse de nuevo una historia cristiana del XVI si no se apreciara en ella la renovación de las costumbres cristianas preparada por San Cayetano y continuada con tanto vigor y amplitud por San Ignacio de Loyola y por los santos de su Compañía; la reforma de la disciplina formulada en los sabios decretos del concilio de Trento, y hecha efectiva por papas como San Pío V y obispos como San Carlos Borromeo; el apostolado de los gentiles renaciente con San Francisco Javier, el de las ciudades cristianas, con San Felipe Neri; el claustro purificándose por Teresa, Juan de la Cruz, Pedro de Alcántara. Hay que remontar hasta el siglo IV, si se quiere volver a ver una constelación de santos tan radiante como la que brilló en el cielo de la Iglesia cuando la pretendida reforma hubo por fin determinado sus fronteras.

 

 

Pero entre todos esos nombres gloriosos, Francia no proporcionó ni uno solo; el historiador deberá explicar la razón de un rasgo tan característico.

Aparece el siglo XVII, y aunque llamado a una aureola menor de santidad que el precedente, todavía ofrece bastantes bellas manifestaciones del principio sobrenatural en los hombres de Dios. San Francisco de Sales tiene derecho a detener durante mucho tiempo al historiador. En él está, por decir así, encarnada la Iglesia Católica, con su fe inviolable, su caridad sin límites, su lucha incesante.

La santidad de Francisco desborda en escritos que vienen a reanimar y a regular la piedad en todas las naciones católicas, pero principalmente en Francia. Jacobo I decía a sus obispos anglicanos, mostrándoles la Vida devota: "Hacednos, pues, libros como ése".

Este príncipe herético tenía en ese momento el sentido de la santidad, ese sentido que me permito recomendar al historiador cristiano. Una historia no es completa si no es al mismo tiempo historia literaria en cierto grado. Aconsejo a nuestro narrador no omitir en ella los escritos de los santos. Sobre todo que no los confunda con las inspiraciones y los trabajos del genio piadoso. Las páginas escritas por los santos tienen un sabor particular que no se alcanza sin ser un santo; y la experiencia dice que la lectura de Santa Teresa, por ejemplo conmueve de muy distinta manera que la de las cartas espirituales más alabadas del siglo XVII.

Francia mucho debe a San Francisco de Sales y es justicia el mirarlo como uno de los principales autores de ese movimiento ascendente del sentido cristiano con el que nuestra patria se vio favorecida durante medio siglo. Gracias a esta feliz reacción, Francia recomienza a contar, durante este período, entre las naciones en las cuales florece la santidad. La cristiandad recibe de nosotros entonces un Pedro Fourrier, un Francisco-Régis, una Juana Francisca de Chantal, un Vicente de Paúl; pero este último héroe del cristianismo cierra la lista de los santos franceses del siglo XVII.

Se apagó en 1660, y desde ese momento, Francia, gloriosa bajo tantos aspectos, permaneció estéril de santos.

Es cierto que es precisamente ese período el que es más celebrado hoy en día. Sin embargo, que el historiador no descuide la búsqueda de las causas de este debilitamiento del sentido cristiano entre nosotros, en la misma época en que se escribía con tanta elocuencia sobre temas religiosos. Tal vez conseguirá explicar cómo, desde la regencia que comenzó en 1715, Francia fue explotada con éxito por el espíritu de incredulidad, sin que nada pudiera detener su curso.

Evidentemente, el sentido sobrenatural se había empobrecido, el naturalismo había ganado sordamente. Por cierto, hubo aún dos servidores de Dios, que después de haber brillado en los últimos años del s. XVIII, prolongaron su trayectoria hasta bastante avanzado el siglo XVIII: Juan Bautista La Salle y Luis de Montfort; pero hay que agregar que fueron ignorados, perseguidos, cargados de censuras, y que sí Dios no hubiera velado sobre el don que nos hacía con ellos, su reputación y sus obras se habrían apagado en el desprecio y el olvido.

Además, que se lean los libros escritos para reanimar la piedad cristiana, en la segunda mitad del s. XVII, y que nos digan si ahí se habla a menudo de las maravillas de la santidad que estallaron fuera de Francia en esa época. ¿Acaso nuestros padres encontraban en los autores de renombre algunas alusiones a Santa Magdalena de Pazzi, a Santa Rosa de Lima, que habían penetrado ese mismo siglo con el perfume de sus virtudes y cuyo nombre era tan popular en cualquier otra parte? ¿Es concebible que los prodigios y hasta el nombre de San José de Cupertino, conocidos en todo el universo católico, hayan demorado tanto en pasar los Alpes; que un duque de Brunswick, testigo de las maravillas divinas que aparecían en el servidor de Dios, haya abjurado por ese motivo del luteranismo entre sus manos, renunciando así para siempre a los derechos de su soberanía, y que nunca el instrumento maravilloso de esta célebre conversión, personificación de la santidad de la Iglesia, y que vivía a algunos centenares de leguas de París, no haya sido alegado a los protestantes, ya sea antes, ya después de la revocación del edicto de Nantes? Pero todos los pasajes estaban cerrados de este lado.

En el siglo V, desde el fondo de Oriente y de lo alto de su columna, San Simeón Estilita se encomendaba a las oraciones de Santa Genoveva en París, ¡en el s. XVII, un taumaturgo, que superó en maravillas a la mayoría de los santos, pudo vivir y morir en un país vecino sin que nadie en Francia, fuera de los religiosos de su orden, se preocupara lo más mínimo! Después de esto, asombrémonos de las blasfemias y de las risas imbéciles que provocó la publicación de la vida de San José de Cupertino. Repito, nuestro historiador, si quiere profundizar, como debe, el estado de las costumbres cristianas, deberá preocuparse por esos extraños fenómenos.

El siglo XVIII le revelará a su vez, por la disminución siempre más marcada del número de santos, un síntoma general de debilitamiento en la sociedad cristiana. Nunca el termómetro que habíamos reconocido en la santidad fue más exactamente aplicable. El siglo naturalista, por lo demás, no merecía que Dios se apresurara tanto en dar pruebas de lo sobrenatural.

 Sin embargo, estallaban maravillas en el corazón de la Iglesia, allí donde la vida no puede extinguirse nunca. Verónica Giuliani, decorada con los estigmas de la Pasión de Cristo, resumía en su vida los prodigios de muchos santos; Leonardo de Porto-Maurizio, Pablo de la Cruz, Alfonso de Ligorio, cada día merecían más, por sus heroicas virtudes, el honor que les estaba reservado de ser un día elevados a los altares. Francia ya no tenía para mostrar al mundo a ninguno de sus hijos que pareciera destinado a tales honores, hasta que haya visto nuestra historia, dos mujeres de la sangre de San Luis se presentaron sucesivamente para tomar la palma de la santidad que la Iglesia, es de esperar, les confirmará tarde o temprano. Una, virgen y discípula de Teresa, Fue Luisa de Francia; otra, esposa y reina, fue Clotilde de Cerdeña.

 

 

Estas dos princesas y un mendigo, Benito José Labre, son las únicas manifestaciones de santidad que Francia parece haber producido durante todo el curso del siglo XVIII, y cuando aparecieron, el país estaba en vísperas de ser entregado a los enemigos del orden sobrenatural que no habrían hecho de él sino un montón de ruinas sangrientas, si la mano misericordiosa quería castigarnos e instruirnos y no aniquilarnos, no hubiera por fin quebrado a los opresores de su pueblo.

Esta enumeración muy incompleta de los recursos que ofrece al historiador cristiano el estudio de la santidad en cada siglo, me ha llevado demasiado lejos; me resumiré en dos palabras; si el narrador posee el don de la fe, que recoja en sus relatos los hechos sobrenaturales, cuando tienen un alcance sensible sobre los pueblos; porque son la continuación y la aplicación de los tres grandes hechos milagrosos sobre los cuales rueda toda la historia de la humanidad. Si quiere contar y pintar las costumbres de los pueblos cristianos, que resuma, en cada siglo, la estadística de la santidad; que muestre que es por la influencia de la santidad que la fe se sostiene y que la moral se conserva; en una palabra, que dé a los santos un amplio lugar en la historia, si quiere que, bajo su pluma, la historia sea tal como Dios la ve y la juzga.

Los deberes del historiador cristiano

Se comprende, con un poco de lectura, que nada difiere más del tono cristiano que el tono filosófico, y la razón de ello es simple: es que no hay nada más disímil que un cristiano y un filósofo. No tengo necesidad de definir largamente al filósofo tal como lo entiendo aquí.

Es aquél que estando bautizado y viviendo en el seno de una sociedad cristiana, hace sistemáticamente abstracción, en su lenguaje, de las ideas que sugiere la fe de la Iglesia en la que ha sido regenerado, y habla como si su pensamiento no tuviera ya nada en común con el orden sobrenatural. Un libro escrito con el tono de un filósofo, aunque fuese de un católico, es siempre un escándalo; se la concibe fácilmente en cuanto se quiere reflexionar que nada es más peligroso para el hombre que favorecer en él la inclinación racionalista.

La fe es una virtud, no es el resultado de una labor científica; con frecuencia está amenazada por el enemigo del hombre, que ve en ella con razón el medio por el cual nuestra inteligencia se ilumina a la luz de Dios.

Es por eso mismo que el cristiano no tiene solamente el deber de creer, sino también el de confesar lo que cree

Esta doble obligación, fundada en la doctrina del Apóstol (Rom. 10,10), es más estrecha todavía en las épocas de naturalismo y el historiador cristiano debe comprender que no ha hecho lo suficiente cuando ha declarado su creencia, en tal o cual pasaje de su libro, si el tono cristiano desaparece luego para hacer lugar al tono filosófico.

Primeramente algunos dudarán de él, y es una desgracia; otros más numerosos, no tomando en cuenta su profesión de fe, fortificarán su naturalismo con los pasajes del libro donde el autor habla como filósofo; y hay ahí, lo repito, un verdadero escándalo. ¿Qué pasaría si un libro fuera escrito enteramente por un creyente, sin que jamás se reconociera en él el acento cristiano? y los hay sin embargo para quien semejante proeza es un acto de imparcialidad, eso es lo que piensan por lo menos.

¡Como si le fuera permitido al cristiano ser imparcial cuando se trata de la fe y de sus aplicaciones! Que el tono del historiador creyente sea pues siempre un tono cristiano, y que se reconozca constantemente en el estilo de un hijo de la Iglesia la plenitud y la firmeza de las doctrinas que están en él.

Los juicios históricos tienen una singular importancia, sobre todo cuando el historiador goza de estima.

 

Pueden ser formulados con cierta autoridad, u otras veces resultar del arreglo de los relatos y de la elección de los términos; en uno y otro caso, ellos son lo que el lector busca especialmente en un libro de historia.

Cuando hablo de los juicios históricos, no hablo de los hechos: para estos últimos, no existe sino la verdad, y el historiador cristiano debe ser entre todos un narrador verídico. No debe halagar a nadie, ni disfrazar los errores de quien sea; al mismo tiempo, no debe temer el hacer justicia con los miles de calumnias que habían hecho de la historia una inmensa conspiración contra la verdad.

Mantendrá pues derecha la balanza, y es en esto en donde se mostrará fiel a la más rigurosa imparcialidad. Esto en cuanto a los hechos; en cuanto a los juicios, a las apreciaciones, es evidente que el cristiano debe ser completamente diferente del filósofo. Lo contrario sería simplemente absurdo, y la blandura en semejante materia sería gravemente reprensible. El cristiano juzga los hechos, los hombres, las instituciones desde el punto de vista de la Iglesia; no es libre para juzgar de otra manera, y es ello lo que hace su fuerza.

Un historiador cristiano cuyos juicios son aceptados por los filósofos es infiel, o los filósofos en cuestión ya no son filósofos. Es preciso pues resolverse a chocar, o, si no se tiene valor, abstenerse de escribir historia. Ya estamos hartos de esos libros híbridos cuyos autores creyentes hacen coro, en sus juicios, con los que no creen. Son esas innumerables traiciones las que han creado tantos prejuicios y también tantas inconsecuencias, obstáculo invencible para la formación de una catolicidad enérgica y compacta.

Pero, dirán ciertos escritores hábiles en disfrazar su fé con una verborrea a la moda, siempre fervientes en ensalzar lo que ellos llaman las ideas de la sociedad moderna, ¿ queréis acaso que escribamos la Historia con el tono de un libro de devoción? ¿deberemos hacer de nuestros libros, de nuestros artículos en las revistas, otros tantos sermones, otros tantos tratados de teología o de derecho canónico?

No, cada cosa tiene y debe tener el tono que le es propio; pero la historia es el gran teatro donde se produce lo sobrenatural, y es preciso tener el valor de mostrarla a vuestros lectores.

Nos habláis con admiración de la "Ciudad de Dios", del "Discurso sobre la historia universal", ése es, decís; el género cristiano en la historia; pero, por favor, ¿qué tiene de común la manera de San Agustín y de Bossuet, con la vuestra? ¡ Ellos narran todo, juzgan todo desde el punto de vista de Jesucristo y de su Iglesia; no hacen nada de ascetismo porque no es el lugar; pero, en cambio, se dedican a mostrar no solamente en su conjunto, sino hasta en sus detalles, el principio sobrenatural como dirigiendo y explicando todo; se los siente cristianos en cada línea, y leyéndolos, uno mismo se vuelve más cristiano. Ved allí al historiador tal como es, cuando se inspira en su fe.

Vaciláis en proclamar los milagros más evidentes, les buscáis explicaciones atenuantes del prodigio, a riesgo de desquiciar la fé de vuestros lectores; dejáis las profecías, disimuláis la santidad y su acción, para poner a hombres en escena, grandes hombres sin ninguna duda; aunque confesando la divinidad de la Iglesia, tratáis sobre todo de hacerla ver como sociedad humana; en una palabra, no negáis lo sobrenatural, pero lo ponéis a cubierto por temor de asustar y para parecer un hombre de vuestro tiempo.

 San Agustín y Bossuet todo lo contrario. Un filósofo, Saisset, nos ha dado una traducción de "la Ciudad de Dios"; en el prefacio, aunque testimoniando su admiración por el obispo de Hipona, lamenta que ese gran genio se detenga demasiado a menudo en pueriles interpretaciones de la Biblia, en relatos de milagros que huelen en demasía a sacerdote cristiano.

 ¡Ojalá pudieran nuestros historiadores de hoy merecer semejantes reproches! Será señal de que habrán escrito como se debe escribir, cuando se está iluminado con la luz de la fe. En efecto, San Agustín se detiene con frecuencia y largamente en los oráculos proféticos e ilumina sus relatos con una exégesis tan sabia como mística; ¿pero no es acaso el principal medio de comprender el cristianismo el pedir su comprensión a las divinas predicciones de las que éste salió?

San Agustín desarrolla en un lenguaje inmortal el argumento que se deduce de la milagrosa propaganda del Evangelio, y al mismo tiempo se detiene a narrar los prodigios operados en la tierra de África, bajo sus ojos y a la vista de su pueblo, por las reliquias de San Esteban. Algunos de nuestros católicos aquejados de naturalismo se preguntarán por qué un genio tan grande estropea un tema tan grande con anécdotas de tan corto alcance. ¡Se perderán lamentando que semejantes detalles les hagan perder de vista las ideas generales! ¡Son ellos, ay, quienes pierden de vista esas ideas generales!

No ven el alcance de esos episodios milagrosos y contemporáneos del gran doctor. No comprenden que después que ha demostrado la divinidad del cristianismo por el hecho de su propagación operada contrariamente a todas las leyes de la historia, y a todas las condiciones de la naturaleza humana, le queda ahora por probar que la sociedad católica a la cual pertenece, de la cual es uno de sus obispos, es precisamente ese cristianismo que sólo Dios ha establecido por la fuerza irresistible de su brazo.

 Ahora bien, es por el don permanente de los milagros como esta identidad se prueba, y he aquí por qué San Agustín no cree rebajar el vasto plan de la "Ciudad de Dios" bajando a los hechos en apariencia mínimos de los que ha sido testigo, y en apoyo de los cuales puede invocar el testimonio de su pueblo. Examen precioso para el historiador cristiano, Y elocuente confirmación de las reglas que hemos expuesto en el capítulo precedente.

No hay que temer pues, escribiendo historia el exponerse al reproche de un cierto misticismo, si se entiende por esta palabra el tinte sobrenatural que resulta de un relato en donde la acción maravillosa de Dios se vislumbra a cada paso. Cuidémonos de sonrojarnos por ello; bastantes otros se dedican a expulsar de la historia a Dios y a su Cristo, como para tener a mucha honra el restablecerlo.

Pero todavía tengo que responder a otro prejuicio, al que debemos en parte unos imprudentes avances que algunos de nuestros historiadores creen poder hacer al naturalismo. Se persuaden de que esas complacencias son un medio de atraer a la fe a los filósofos, descubriéndoles una especie de analogía, de fraternidad entre el punto de vista cristiano y el punto de vista filosófico, en los hechos. De ahí esas frases de origen racionalista, esas consignas con ayuda de las cuales uno espera hacerse escuchar. Hay en esto dos inconvenientes. El primero que no es el menos grave, es que vuestras historias y vuestros artículos de revistas, al caer bajo los ojos de los católicos débiles para quienes no están escritos, no les hacen otro favor que el de entibiar su fe y sumirlos más profundamente en ese vacío del que tanta necesidad tendrían de salir.

Les sería útil encontrar libros apropiados para nutrir su creencia; os leen con confianza porque os saben católicos como ellos, y esta lectura los deja en un estado peor que el primero.

 El otro inconveniente es que, lejos de llevar a los filósofos a la fe, acrecentáis su orgullo. Triunfan viendo a católicos a remolque de sus sistemas; se aplauden por el progreso que han hecho, hasta imponer su lenguaje y sus ideas. Notan solamente lo incómodo de vuestra postura, porque os veis reducidos a llevar de frente dos sistemas a la vez: vuestra, creencia, a la que apreciáis por encima de todo, y 1as exigencias de lo que llamáis el espíritu de la sociedad moderna, al que tampoco queréis ser infiel. Estos contrarios se unen como pueden en vuestra obra; pero estad bien seguros que si escandalizáis indefectiblemente a varios de vuestros hermanos, no conseguiréis atraer a los otros.

Hoy más que nunca, que se comprenda bien, la sociedad necesita doctrinas fuertes y consecuentes consigo mismas. En medio de la disolución general de las ideas, solamente el aserto, un aserto firme, denso, sin mezcla, podrá hacerse aceptar. Las transacciones se vuelven cada vez más estériles y cada una de ellas se lleva un jirón de la verdad.

 

 

Como en los primeros días del cristianismo, es necesario que los cristianos impresionen a todas las miradas por la unidad de sus principios y de sus juicios.

 No tienen nada que recibir de ese caos de negaciones y de ensayos de toda clase que atestiguan bien alto la impotencia de la sociedad presente. Ya no vive, esta sociedad, sino de unos pocos restos de la antigua civilización cristiana que las revoluciones aún no se han llevado y que la misericordia de Dios ha preservado hasta ahora del naufragio. Mostraos pues a ella tal como sois en el fondo, católicos convencidos. Ella tal vez tenga miedo de vosotros durante algún tiempo; pero, estad seguros, ella volverá a vosotros. Si la halagáis hablando su lenguaje, la divertiréis un instante, luego os olvidará; porque no le habréis hecho una impresión seria. Se habrá reconocido en vosotros más o menos, y como tiene poca confianza en sí misma, tampoco la tendrá ya en vosotros.

Hay una gracia agregada a la confesión plena y entera de la Fe. Esta confesión, nos dice el Apóstol, es la salvación de quienes la hacen y la experiencia demuestra que es también la salvación de quienes la escuchan. Seamos católicos y nada más que católicos, ni filósofos, ni soñadores de utopías, y seremos esa levadura de la que el Señor dice que hace fermentar toda la pasta. Lo repito, así lo fue al comienzo. Si la sociedad tiene una posibilidad de salvación, ésta reside en la actitud cada vez más resuelta de los cristianos. Que se sepa que no transigimos en nada, que desdeñamos repetir la jerga de los filósofos. Es una verdad de hecho que el cristianismo se impone, no por la violencia, sino por el ascendiente convicción de aquél que lo predica.

Por lo demás, todas las veces que se ha dado un ejemplo de esta franqueza, nunca deja de excitar la simpatía. Cuando Montalambert publicó la Introducción a la Historia de Santa Isabel, claro que produjo cierto asombro, algunos susurros, a propósito de esas páginas donde el sentimiento católico se expresaba con tanta desnudez.

Era difícil atacar abiertamente al naturalismo histórico con más energía de lo que lo había hecho el autor; ¿acaso la "Introducción" y el libro al que ésta conduce sufrieron por ello? Las numerosas ediciones están ahí para atestiguar lo contrario. Era preciso sin embargo remontar dos siglos para encontrar un libro escrito con esa desenvoltura católica. Ahí estaba el germen de toda una revolución y el ejemplo aprovechó a más de uno. Pero la influencia de ese bello y gran ejemplo no se extendió ni tan lejos ni tan generalmente como hubiera sido de desear. Con demasiada frecuencia desde entonces, hemos tenido historiadores católicos que, contrariamente al consejo del Salvador, han querido coser a la tela siempre nueva de la fe cristiana los jirones siempre viejos, aunque rejuvenecidos, de la historia humana.

¿De dónde proviene esta ilusión? ¿Es preciso ver en ella una señal de ese ablandamiento de los caracteres que ellos mismos señalan con tanta insistencia hoy en día?

No me atrevo a decirlo, porque sería devolverles, injustamente sin duda, el reproche que ellos dirigen a otros. Pero es dable pensar que si el sentimiento de la dignidad cristiana estuviera más claro entre ellos, estarían menos prontos a lisonjear los prejuicios modernos.

Como Donoso Cortés se darían cuenta por fin de que, desde hace largos años, damos la espalda al progreso, que las ruedas de nuestro carro están hundidas hasta el eje en un carril en donde pereceremos si no salimos de él con un supremo esfuerzo. Imaginarse hacer fe con el naturalismo es tan irrazonable como querer hacer en política orden con el desorden.

 Todo lo que se ensaya dentro de este método resulta mal, y las conquistas que con él se hacen no son tales.¡Qué clase de éxito es el de llegar a ponerse de acuerdo sobre el empleo de ciertas palabras tan sonoras como pérfidas, cuando se está separado por un abismo en cuanto al sentido que esas palabras representan! Son las ideas las que hay que rehacer, y no sé de nada más eficaz para eso que la historia contada de una buena vez tal como es, con sus enseñanzas sobrenaturales que hacen planear la figura de Cristo tanto sobre los mayores, como sobre los menores movimientos de la humanidad.

La suprema desgracia del historiador cristiano sería la de tomar como regla de apreciación las ideas del día, y trasponerlas a sus juicios sobre el pasado. Por el contrario, necesita verlas tales como son, hostiles al principio sobrenatural. Tiene que darse cuenta de los estragos del paganismo moderno, y para no ser invadido él mismo por éste, es necesario que tenga sin cesar la mirada fija sobre la inmutable verdad revelada, tal como se manifiesta en la enseñanza y la práctica de la Iglesia.

 

"Un sentimiento enemigo de la fe, una sobreexcitación del espíritu pagano, dice el señor de Champagny, fue el hálito que impulsó la tempestad de 1789".

 Si todavía os demoráis en la admiración por las conquistas de entonces, mucho temo por vuestros juicios históricos y por el tono de vuestros relatos cualquiera sea por otra parte vuestra intención de ortodoxia. ¡Feliz el historiador que, en medio de la lucha de los principios contradictorios, liberado de toda búsqueda de popularidad, discípulo hasta en las cosas ínfimas de esta Iglesia a la que pertenece el porvenir del tiempo y el de la eternidad, habrá sabido atravesar una crisis tan terrible sin haber sacrificado la menor verdad a su paso!

 

Cristo, héroe de la historia

Tanto importa prevenir a los católicos contra la tendencia naturalista de las ideas de nuestro siglo en la apreciación de los hechos históricos cuanto y con mayor razón es necesario precaverlos de que ese naturalismo no existe simplemente en el estado de teoría, sino también que se encuentra generalmente insinuado y hasta aplicado en la mayoría de los escritos que han sido publicados desde hace mucho por autores incluso ortodoxos en su intención sobre las cuestiones de historia general o particular.

Nada es más raro que los libros de historia en donde nunca falte el sentido cristiano. Tal historiador será en su lenguaje privado , en su práctica, el fiel discípulo de la Iglesia el cual cuando toma una pluma, ya no encuentra sino la palabrería filosófica para narrar y explicar los hechos. Es una desgracia ese doble lenguaje, esta doble vida; pero es un peligro para los lectores, sobre todo para la juventud. De ello resulta que ya no encontramos más de esos cristianos todos de una pieza, como lo eran otrora, y como sería de desear que existieran muchos en nuestros días.

No es mi intención pasar revista aquí a la historia universal, ni señalar los mil puntos en los cuales se ha encontrado el medio de infiltrar el naturalismo; me limitaré a destacar al pasar algunos rasgos que podrán servir de ejemplo. En tesis general, el naturalismo se reconoce en un libro, cuando el autor finge velar la acción de Dios para destacar la acción humana; cuando se apega a las ideas filosóficas de Providencia, en lugar de proclamar el orden sobrenatural; cuando razona sobre la Iglesia como sobre una institución humana; cuando se pronuncia sobre los hechos, sobre las ideas, sobre los hombres, de manera distinta a la que la Iglesia misma se pronuncia. Se quiere ser de vanguardia, pasar por ser de su siglo; en una palabra, se está demasiado apresurado por recoger la clase de éxito reservado a quienquiera ha sabido merecer el nombre de hombre de progreso.

La historia del mundo antiguo es tratada dentro del género naturalista, cuando el narrador, en lugar de mostrar la imperfección de las virtudes paganas, les consagra una admiración a la cual no tienen derecho. Entiendo aquí por virtudes paganas esas cualidades y esas acciones brillantes en el exterior, cuyo principio no era el de realizar la ley divina, sino el orgullo, la dureza de corazón, el estoico desprecio de la vida, el culto bárbaro de una nacionalidad material.

Se conocen las funestas excitaciones que ha producido esta apoteosis de las virtudes paganas al final del siglo XVIII, y con qué rabia los monstruos de entonces se inspiraban en los ejemplos de Grecia y de Roma. Pero existe otro escollo que el historiador cristiano debe ocuparse de evitar. Discípulo de la Revelación, que tenga cuidado de no figurarse que los gentiles se encontraban impotentes para llegar al conocimiento del verdadero Dios y a la realización, en un grado suficiente, de las virtudes que lo honran y que son la salvación del hombre. Los medios de una Providencia sobrenatural para operar ese gran designio son uno de los objetivos de la historia cristiana; y al lado de la Iglesia judaica, la teología católica nos descubre la Iglesia de los gentiles, menos visible, menos latente, pero siempre accesible por la gracia que nunca que negada totalmente a la creatura humana, incluso a la más desamparada.

Aquí no se trata de la filosofía, instrumento de orgullo y de decepción, sino de la palabra de Dios transmitida de una manera oral, luchando contra la marea siempre creciente del politeísmo y reavivada por los socorros de esta Providencia sobrenatural de la que hablábamos hace poco y por mil incidentes exteriores, por mil toques interiores, que la infinita bondad de Dios no ha reservado solamente a los cristianos. Que el historiador católico nunca olvide estas palabras: "Dios quiere que todos los hombres sean salvos y lleguen al conocimiento de la verdad", y que se dedique a descubrir cómo, en el mundo antiguo, toda Nínive sabía ablandar la cólera del verdadero Dios, con la simple palabra de Jonás; y cómo el centurión Cornelio había madurado para el bautismo antes de haber conocido la misión del Salvador.

 El papel del pueblo judío, la resonancia de los prodigios operados en su favor, sus relaciones tan extendidas en ciertas épocas, sus migraciones a Egipto primero, más tarde a Asiria, a Persia, hasta a las Indias; la traducción de sus libros sagrados en lengua griega, en el siglo de los Ptolomeos; sus sinagogas desparramadas más allá de los limites del mundo conocido y florecientes en el seno de Roma y de Grecia, desde hacía ya siglos, cuando apareció el Hombre-Dios; todos esos hechos son otros tantos elementos con cuya ayuda es fácil seguir todavía hoy la huella de lo sobrenatural en los anales del mundo antiguo.

¿Hablaré de los oráculos, de los profetas de la gentilidad, de los que la Escritura nos proporciona un tipo en Balaán; de las Sibilas, limitándome incluso a lo que nos enseñan al respecto Cicerón y Virgilio? Fontenelle fue en Francia uno de los precursores del naturalismo, y no temió, en un siglo en que todavía reinaba la fe, dar un brutal desmentido a los más graves monumentos del cristianismo primitivo, sosteniendo que los oráculos no habían cesado al advenimiento de Cristo, dado, decía, que los oráculos no fueron siempre sino una superchería del paganismo.

 

 

Le fue fácil a la ciencia cristiana demostrar que la tesis de Fontenlle conducía al pirronismo histórico, y vengar el buen sentido de los pueblos de la antigüedad, gratuitamente calumniado por un hombre roído ya por la antipatía de lo sobrenatural.

El historiador cristiano del mundo antiguo encontrará a menudo en su ruta a lo sobrenatural diabólico cuyo imperio aún no había sentido la fuerza victoriosa de la Cruz. Que no tema caracterizar la dura esclavitud de Satanás, que pesó sobre nuestros padres de la gentilidad, durante los siglos que transcurrieron antes del cumplimiento de la promesa.

Jamás ningún hombre ha sido del dominio propio del espíritu de las tinieblas sin haberlo merecido; pero, en esos tiempos, el poder del espíritu de la mentira era mucho más extendido de lo que lo ha sido desde la victoria del Hijo de Dios; y negar esta explicación de los horrorosos desórdenes del mundo antiguo, sería, en un cristiano, no solamente un acto culpable de respeto humano, sino una falta de fé que nada puede justificar.

Jesucristo no ha omitido hablarnos del diablo por su nombre; lo ha llamado el príncipe de este mundo; y se diría que ciertos autores cristianos de nuestros días tienen el partido tomado de no tener en ninguna cuenta numerosos pasajes del Evangelio en los que este agente perverso nos es denunciado como el autor de todos nuestros males. Se habla del mal, del genio del mal, del desorden, del error, de la depravación humana; pero toda esta metafísica encubre mal la repugnancia que se experimenta por poner en escena al ser maligno que tan hábilmente se aprovecha del olvido que ha sabido difundir en nuestros días, hasta sobre su existencia. Que nos sea entonces permitido decir que una historia del mundo antiguo donde no se articule el nombre del eterno enemigo de Dios y del hombre, donde uno se obstine en querer explicar el mal por el solo efecto de la perversidad humana y de las pasiones, no es ni una historia cristiana ni una historia completa. En ella se ha omitido sin motivo la principal causa de los desórdenes que había que narrar.

En cuanto al hecho de la sucesión de los imperios, de la unificación de los pueblos que debía ser su resultado, de las profecías que todo lo habían anunciado, es evidente que el historiador que no sabe o no quiere decir cuál es la finalidad de todas esas vicisitudes, que no señala el reino de Cristo que cada vez se acerca más, en cada revolución de los pueblos, es un ciego que trabaja en mantener a otros ciegos en las tinieblas, en el seno de las cuales se complace en habitar.

 Ésa es la historia sin finalidad, a la manera de los paganos que ignoraban adonde Dios llevaba al mundo. Los historiadores ven muy bien que todo desemboca en el imperio romano, en ese imperio colosal que debe sucumbir definitivamente; pero del imperio de Jesucristo al que el imperio romano debía servir de pedestal, de eso no hablan. Es porque, a sus ojos, Jesucristo es el gran civilizador de la raza humana, aquél a quien el mundo debe todo; pero decir que reina, que tiene un imperio, que este mundo es de su propiedad, que nadie manda en él en adelante sino en su nombre, eso es algo en lo que nunca se ha pensado. Jesucristo reina sobre los espíritus, sobre la moral de los hombres; su reino no está en este mundo. Verdaderamente se diría que tal es el pensamiento de muchos historiadores, cristianos sin embargo, cuando se los ve desarrollar la historia de los antiguos pueblos, sin parecer sospechar que preparan la vía al Verbo encarnado. Sí, claro, dicen que la venida de Cristo es el acontecimiento más grande de todos los tiempos, que Cristo es el autor de la más amplia y más saludable revolución que se haya efectuado en este globo, pero nunca dejan adivinar, ni aun menos lo dicen, que la tierra, durante millares de años esperó a su rey, y que lo posee desde hace diecinueve siglos.

Cuando nuestros padres, cuya educación había sido tan solidamente impregnada de cristianismo, bajaron a la liza para combatir a la escuela de Voltaire, quien osaba pretender que Jesucristo había hecho retroceder a la humanidad y que su religión conducía a los hombres a la barbarie, fue cuando se hizo necesario sostener contra los filósofos esta tesis nueva y fácil de demostrar, que la civilización moderna es, en todo lo que tiene de útil para el hombre y la sociedad, la hija del cristianismo, y que las religiones paganas, el politeísmo y la filosofía, llevaban a los pueblos al embrutecimiento y a la destrucción. Este punto de vista indiscutible no tenía entonces ningún peligro, porque los que lo sostenían no ignoraban que la misión de Jesucristo tuvo además como objetivo otros intereses mucho más preciosos para el hombre y la sociedad que los que se refieren a la economía política; se sabía que los frutos del cristianismo que, incluso en la vida presente, colocan a las naciones cristianas tan por encima de las que no lo son, no son sino puras consecuencias de esos otros beneficios de un orden infinitamente superior que Jesucristo vino a traemos. Se sabía de memoria el Evangelio; no se lo leía para buscar en él los versículos que uno imagina poder desviar en el sentido de las ideas del día, dejando a los otros de lado en discreto silencio; se aceptaba todo, y se sabía perfectamente que si Jesucristo anuncia que "el príncipe de este mundo será echado de su imperio", que la sangre redentora será derramada para la reparación del pecado, que el género humano será llamado a no formar ya nada más que un solo rebaño bajo el cayado del Buen Pastor que da su vida por sus ovejas, no se dice ni una palabra sobre la regeneración política de los pueblos, sobre la civilización por venir, sobre las futuras conquistas de la inteligencia, sobre el progreso de las ciencias y de las artes; todas ventajas que nos vinieron por el cristianismo y que sin él no hubieran venido. En todo el Evangelio, no hay sino una sola palabra de Cristo que designa estos bienes del tiempo : "Buscad el reino de Dios y su justicia, y el resto os será dado por añadidura". El resto, coetera, así es como Cristo habla de aquellos, por temor a que los hagamos la cosa principal, la propia cosa comparable.

Los defensores del cristianismo, en el siglo XVIII, sabían todo esto, comprendían todo esto, y se aplicaban en realzar todos estos beneficios exteriores del cristianismo, que el mismo Juliano el Apóstata empezaba a captar desde el siglo IV, y que Turquía en la actualidad nos envidia sin poderlos alcanzar jamás, y no era que dejasen de prestar la primera importancia a los beneficios sobrenaturales de los que el divino misterio de la Encarnación fue su fuente.

Desde entonces, el tiempo ha dado un paso; la sociedad moderna, de la que algunos de nosotros están tan orgullosos, ha comenzado sus destinos un tanto tormentosos; el cristianismo ya no figura dentro de las obras públicas; la legislación no lo reconoce como vínculo social, y si le asegura una protección más o menos amplia según los tiempos, no es de ninguna manera porque lo reconoce como divino, sino únicamente porque se supone que ese culto representa el interés religioso de la mayoría de la nación. En semejante situación, la fe vive aún en muchísimas almas, de suerte que los frutos del cristianismo continúan produciéndose en cierta medida; ¿pero cuál será el vínculo de los cristianos entre sí? ¿Cómo se unirán para formar esa fuerza invisible que triunfó del paganismo ? Sin duda, por la energía y la homogeneidad de la idea cristiana; es ahí donde está la necesidad y no en otra parte. Pregunto: ¿hay rastros de economía política, de utopías, de perfectibilidad humana, en los escritos de los autores cristianos de los tres primeros siglos? Sin embargo, en el siglo IV, los cristianos se habían convertido en la mayoría, y Constantino, al recibir el bautismo, era sólo un cristiano más. Si él no se hubiera rendido, su sucesor habría sido más clarividente y más sabio. ¿Cómo pues se operó la conquista? Por la fe en Jesucristo crucificado, aportó al mundo misterios para creer y virtudes sobrenaturales para practicar. A los ojos de los primeros cristianos, la era de Cristo no era la era de la civilización; demasiados crímenes y envilecimientos los rodeaban como para que tal ilusión se les hiciera posible; para ellos, la era de Cristo era la era de la salvación ofrecida a cada hombre, a condición de sacrificar los bienes de la vida presente a los de la futura, cuyo sendero acababa de ser abierto por el Redentor. No fue menester ni más ni menos para regenerar el mundo; en nuestros días, no será menester ni más ni menos para salvarlo.

Es pues una triste manera, para un autor cristiano que escribe la historia, presentamos la venida de Jesucristo al mundo como el gran hecho social y entregarse a los lugares comunes más o menos rejuvenecidos sobre ese tema. Nadie o casi nadie impugnará ni vuestros hechos ni vuestras conclusiones, tanto más cuanto sobresalís en hablar el lenguaje del día. Pero ¿cuándo entonces tendréis a bien emplear vuestro talento en escribir para los cristianos? ¿No comprendéis que todas esas miras de aplicación a un orden inferior, siempre reproducidas y con una variedad que no es sino aparente, dan por resultado desapegar poco a poco a los hombres del orden sobrenatural cuya primacía mantenemos en nosotros sólo por el esfuerzo de la fe? Los hombres tienen mayor necesidad de que se les repita que Jesucristo vino para redimirlos, que la necesidad que hay de decirles en todos los tonos que el objeto de su misión fue el de civilizarlos.

Pero, me diréis, ¿Hay, pues, que cesar de insistir sobre las consecuencias del Evangelio? Que Dios no quiera que os dé semejante consejo. Toda verdad es útil, pero toda verdad deber ser clasificada según su importancia. ¿Quién, hoy en día, una vez más, osa dudar de los resultados que ha producido el cristianismo para el perfeccionamiento de la condición humana en la vida presente? Algunos impíos, furiosos con los que no se discute. Los filósofos, los políticos, los economistas sensatos están con vosotros; inútil pues de rivalizar con ellos en materia de elogios para el gran civilizador de los tiempos modernos. Lo que acucia, lo que no es oportuno, es pensar en los cristianos que necesitan ser sostenidos y reunidos. A hora bien, no lo haréis sino proclamando en voz alta que, bajo el reinado de César Augusto, el Hijo único de Dios se dio encarnarse en el seno de una Virgen y ofrecerse en sacrificio para redimir los pecados del mundo y romper el yugo de Satanás que mantenía esclavizado al hombre. Hablando así, hablaréis como San Agustín y como Bossuet; claro que eso se asemejará un poco al catecismo, pero no os inquietéis por ello; es precisamente el catecismo el que hace falta hoy día. El catecismo sirvió de base a las dos grandes obras históricas de San Agustín y de Bossuet, y no se advierte que su talento haya disminuido por ello. A hora, si tenéis algo que agregar sobra las aplicaciones del Evangelio al bienestar del hombre y de la sociedad, no os privéis de hacerlo. Os escucharemos y lo aprovecharemos. Es cierto que nada nos sorprenderá, porque contábamos con él «por añadidura, caetera» prometido por Jesucristo mismo. Lo que necesitamos únicamente es que ese «por añadidura, caetera», no sea el único bien que oséis señalar en la venida de Cristo a la tierra. Somos débiles en la fe, con frecuencia nuestra educación ha sido poco cristiana, la sociedad que nos rodea no refleja nuestras creencias; y, lo que aumenta el peligro, vivimos en el seno de una revolución social que mantiene en fermentación todos los orgullos.

Se dirá tal vez que tomar tal camino, es el medio de poblar con sus libros los estantes de las bibliotecas de parroquia y de los gabinetes de buena lectura. Quizás, en efecto, vuestros libros cristianamente pensados y cristianamente escritos corran la suerte de ir a reunirse en esos humildes depósitos con el discurso sobre la historia universal, en lugar de abriros las puertas de la Academia; pero ¿qué desgracia veis en ello ? La primera necesidad hoy en día es fortificar y proteger a los cristianos en su fe; La segunda es aumentar su número. Si obtenéis la primera meta, no habréis perdido vuestro tiempo. En cuanto a la segunda, es evidente que lo aumentaréis poco, persuadiendo a los que no creen que los que creen, piensan y hablan como ellos. Por otra parte, tenemos escritores católicos, pocos, lo acepto, que sin dejar de buscar nada más que l pura ortodoxia, han negado a preocupar a la vez a los simples creyentes y a las personas de gusto y de inteligencia.

Y acaso no sentís la necesidad de decir alguna vez sus verdades a vuestro siglo? ¡No hace ya demasiado tiempo que se lo halaga y se lo extravía al no sostener lo verdadero sino con mesura, coloreando con un barniz moderno y dudoso lo que existe de más antiguo y de más inmutable? Tenéis razón, se han descubierto no sé qué terrenos neutrales en los que ciertos creyentes se reúnen con los no creyentes para celebrar unas especies de congresos de donde cada uno sale tan de avanzada como había venido; ¿pero qué resulta de esos encuentros?: mutuos cumplidos, y, en espera de que salga de otra cosa, la sociedad, que perece porque no se le habla francamente de Jesucristo, os pide cuenta de vuestros talentos, de vuestra influencia, ¿ qué digo? de vuestras convicciones cristianas, tan a menudo disimuladas bajo las apariencias naturalistas. Es tiempo de cargar su estilo con un acento más cristiano y hablar en los libros con el tono que se acostumbra usar en el seno de la familia. No instruiríais a vuestros hijos en su religión empleando teorías naturalistas; tendríais miedo de no hacer de ellos unos cristianos. Queréis para ellos el catecismo, que comentáis con vuestros ejemplos; que vuestros libros, vuestros discursos, vuestros escritos públicos, sean pues a su vez su expresión. EI momento es tanto mejor elegido por cuanto vosotros mismos comprobáis la benevolencia con que se os escucha. Dad el paso, y narrad en lo sucesivo los hechos históricos con el acento de un cristiano convencido que siente la necesidad de proclamar que el progreso está en Jesucristo y por Jesucristo. Seréis entonces un historiador digno ante Dios y ante los hombres.

Se sabe por experiencia que los hombres de hoy que no son creyentes no adivinan nada por sí mismos, en materia de principios, en las cosas religiosas. Esta impotencia resulta del silencio demasiado discreto que se guarda desde hace demasiado tiempo sobre ellos y los deja en una ignorancia total. Es imposible no sentirse impresionado por la abnegación y el tranquilo heroísmo de las hermanas de la caridad. Sin duda, en general es dable darse cuenta del principio de terminante de esa abnegación y de ese heroísmo, se sabe que el sentimiento religiosos es su fuente. Pero entre las personas que reclaman sus socorros, las que no tienen la felicidad de estar iluminadas por la luz sobrenatural, ¿qué idea se forman del sentimiento religioso que anima a esas hermanas? Porque, en fin, el sentimiento religioso se encuentra en todas partes donde existe una religión. ¿De dónde proviene entonces que semejante abnegación no exista en las religiones del mundo antiguo? ¿De dónde proviene que no se lo encuentre, entre los pueblos cristianos, sino entre los de la comunión romana? Ahí está pues el producto de un dogma particular que no se encuentra en otra parte. Se hubiera debido sondear hasta allí, en este sigla, en el que uno quiere enterarse de todo, en el que se confecciona la estadística de todo. No se hace eso; uno se limita a admirar, mientras se aceptan los servicios. En el fondo, la cosa es muy sencilla; basta con decir a los interesados: «Tenéis hermanas de caridad a vuestras órdenes... porque existe un sacerdocio fundado por Jesucristo, y porque los miembros de ese sacerdocio ejercen el poder de purificar las almas y de ponerlas luego en relación con Dios mismo, en un misterio que se llama la comunión y de los que ellos son los dispensadores. Si ese sacerdocio dejara de actuar, si fuera echado de nuestras sociedades, veríais apagarse al mismo tiempo a la raza de esa siervas de los pobres y de los enfermos. Lo que llamáis el sentimiento religioso no podría producirlas en lo sucesivo, ni aún menos multiplicarlas».

Es así como una cuestión de dogma revelado es traída naturalmente para resolver el problema particular del que hablamos; lo mismo sucede, que no se dude, para todas las otras cuestiones que se podrían suscitar sobre las diversas formas del progreso que el cristianismo ha hecho saborear a las naciones cristianas. Nuestros padres, que eran cristianos por tradición, no lo ignoraban cuando discutían la cuestión económica del cristianismo con los filósofos de entonces; pero nosotros, nosotros ya no lo sabemos, y es por eso que es necesario que nos lo digan, a riesgo de alarmar a algunos.

 Ahora bien, es tarea de la historia en particular el formular sus relatos de manera de saber expresar todo lo que importa que se conozca. ¿Qué es un relato histórico en el que se narran los efectos, sin confesar francamente las causas? Lo hemos dicho, y lo repetimos, el destino del género humano es un destino sobrenatural; de ello resulta que una historia que no se inspire en las fuentes sobrenaturales, no podría ser una historia verídica, por más cristianas que fuesen por otra parte las convicciones de aquél que creyó oportuno escribirla.

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Dom Prosper Guéranger
(1805-1875), célebre monje benedictino francés, historiador y liturgista, restaurador de la vida monástica en Francia -
2004-05-03

 

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Carlomagno - vencedor de los mahometanos invasores

 

‘Europa’: el islam como religión- las sectas

 

Por Arturo Fontangordo

De todos es sabido que es necesario conocer bien al enemigo que te ataca para defenderse con efectividad. Ese es precisamente el objetivo de este trabajo, intentar dar unas pinceladas que sirvan primero para demostrar que estamos ante un enemigo de la Verdadera Religión, y segundo para tener una imagen rápida y clara de su estructura, que facilite el profundizar en su conocimiento, y el gozar de una mínima capacidad crítica a fin de asimilar correctamente la información que de él nos llegue. Por un lado, repasaremos de manera sucinta los fundamentos de la creencia islámica, y las fuentes y elementos adicionales en materia doctrinal; por otro, intentaremos fijar las diferencias entre los distintos grupos islámicos más importantes, diferencias que convierten a los mahometanos en una masa mucho menos homogénea de lo que a menudo se piensa

 

El término “Islam” es de origen árabe y significa “sumisión”. Según la fe islámica, Dios ha transmitido a la humanidad una serie de revelaciones a través de diversos profetas a lo largo de los siglos, de Adán a Jesús, pasando por Noé, Abraham y Moisés, entre otros. De hecho, los musulmanes se consideran a sí mismos, junto con cristianos y judíos, como descendientes de Abraham, en una pretensión absolutamente mítica e infundada. Creen que estas revelaciones anteriores fueron imperfectas, y que, además, fueron deformadas por los hombres con el devenir del tiempo. Mahoma es el último de los profetas, el más importante, el que cierra el ciclo de la revelación divina con el libro sagrado, el Corán. Así pues, allí donde la Torah o el Evangelio entren en contradicción con los preceptos coránicos, veremos una huella de la corrupción humana o una revelación incompleta. Se trataría de la obra de Satanás, que aleja a los hombres y a las naciones del servicio de Dios.

El Corán no es fruto, como en el caso del Antiguo y el Nuevo Testamento, de una inspiración de Dios, que se sirve de instrumentos humanos para dar a conocer su Palabra, sino que es dictado por Dios mismo a Mahoma a través de San Gabriel. El texto sería simplemente la transcripción literal de un Corán increado, transcripción realizada en lengua árabe que resulta ser, por ende, sagrada. Durante la vida del profeta, esas palabras se conservaron de memoria por parte de un grupo de discípulos especialmente dedicados a esta tarea. Diezmados en una de las múltiples batallas iniciales para imponer el Islam en Arabia, se decidió ponerlas por escrito para asegurar su pervivencia. La redacción definitiva más antigua corresponde al tiempo del califa Otmán, y fue realizada por Zaid ibn Tabib, que hizo la clasificación de los 6226 versículos en 114 suras, ordenadas de mayor a menor extensión, con la excepción de la primera sura, la Sura al-Fatiah, que sólo tiene 7 versículos.

El Corán es, pues, un trabajo perfecto, eterno e inalterable. Así como los católicos decimos que Dios se ha hecho hombre y hablamos de Encarnación, para describir la creencia musulmana, habría que decir que Dios se ha hecho libro, y que este libro es el Corán. No hay ninguna posibilidad de interpretación crítica o histórica, ni de distinción entre elementos fundamentales y accesorios. El apego al Corán inunda la vida del musulmán: recitado a los niños en la cuna, memorizado en cuanto se aprende a hablar, copiado para aprender a escribir, compañía en el tránsito de la muerte. En una religión sin sacerdotes y sin sacramentos, el libro es la relación casi exclusiva con Dios. Así pues, es un craso error hablar de clero islámico, no tiene sentido alguno; sólo existen predicadores, exegetas y jueces. Los ulemas son estudiosos del Corán encargados de la predicación; los imanes son los líderes espirituales de la comunidad musulmana (umma). Ello, sumado a una doctrina de libre examen, hace que no quepa hablar en sentido estricto de ortodoxia y herejías islámicas, sino de corrientes mayoritarias o minoritarias.

Fundamentos doctrinales. Los cinco pilares.

La predicación inicial de Mahoma se basó en tres puntos: el monoteísmo radical, un único dios, todo bondad y todo poder; la idea de juicio final; y la respuesta del hombre que ha de ser triple: gratitud, adoración (afirmación pública de fe) y generosidad.

Dios creó la naturaleza de la nada, dando como resultado un conjunto armónico, un cosmos ordenado cuyo propio funcionamiento es la principal prueba de la existencia de su Creador. Alá es enteramente autosuficiente, con lo que es ridículo suponerle compañeros o hijos. Creó a los ángeles para que formaran su corte y a los hombres y genios (jinn) para que le sirvieran obedientemente. Dios es además misericordioso, y dispuesto a perdonar al pecador arrepentido, siempre y cuando profese la auténtica fe y le adore sinceramente. Es el señor del día del Juicio, en el que cuidadosamente serán contabilizados el debe de faltas y el haber de méritos de cada uno, para que eternamente se goce en el paraíso o se padezca en el infierno. Paraíso, por cierto, vívidamente descrito como lleno de concupiscencias y placeres terrenales; revisaremos este punto a la hora de tocar la moral islámica. En el Corán se reconoce además otra clase de juicio divino, que afecta a la historia de las naciones, castigadas con la destrucción o sojuzgadas por pueblos más virtuosos si no se someten al Islam.

Aparte de estos postulados iniciales, la doctrina islámica, tremendamente simplista, se asienta sobre lo que se conoce como “los cinco pilares”:

Xahada o testimonio: la proclamación de la unicidad de Dios, expresada en la fórmula “No hay más Dios que Alá, y Mahoma es su profeta”. Esta profesión debe ser hecha pública por cada musulmán al menos una vez en su vida, lo que equivale al ingreso en la comunidad islámica.

Salat u oración: realizada cinco veces al día. Consiste en unas frases pronunciadas siguiendo un conjunto de posturas: de pie, inclinado, postrado y sentado. La oración pública tiene lugar el viernes, día de la semana reservado para las observancias religiosas especiales. Cada viernes, los musulmanes acuden a una sesión especial de oración que tiene lugar al mediodía. A ella asisten los varones, en tanto que las mujeres hacen las plegarias especiales en casa. Lo que hace diferente a la plegaria del viernes en el sermón dado por el imán, que se conoce como jutba, en el que se habla a menudo de asuntos políticos o sociales.

Sawn o ayuno: se practica todos los años durante el Ramadán, el noveno mes del año, en recuerdo del mes en el que Mahoma recibió la revelación divina. Se combina la abstinencia física y el incremento de las prácticas religiosas, con lo que se obtiene el perdón de los pecados anteriores. Los enfermos o viajeros quedan exentos de la obligación, debiendo compensarla cuando les sea posible en días posteriores.

Zakat o limosna: ha tenido y tiene diversas interpretaciones. En algunas épocas, se entendía como tal el pago de un impuesto al Estado, como vehículo de sostenimiento de la comunidad; hasta que no se pagaba, no se podía considerar legítima la propiedad y fortuna de un musulmán. Hoy en día se espera de los musulmanes que lo paguen voluntariamente. Conviene distinguirlo de la sadaqa que es un acto de caridad, no una obligación.

Hayy o peregrinación a La Meca: todo musulmán debe hacerlo al menos una vez en su vida, siempre y cuando tenga los medios necesarios y no deje sin satisfacer las necesidades domésticas. Se realiza durante el duodécimo mes del año y va acompañado de numerosos ritos, abstinencia y purificaciones. En La Meca, se participa en unos actos rituales que duran 5 días.

La Sunna y la Shariah

La Sunna o tradición es la segunda fuente de la fe. Vino a completar y explicar el Corán tras la muerte de Mahoma. Son los testimonios de la vida del profeta, sus prácticas religiosas y los recuerdos (hadices) sobre su conducta en vida. Estos hadices fueron filtrados y seleccionados en el siglo IX y contienen principios éticos y prescripciones para la vida social. La Sunna es, como veremos, la primera fuente de división dentro del Islam.

La Shariah (camino) es la ley islámica. El Corán tiene carácter de código moral, civil y penal: no estamos ante una doctrina social inspiradora que debe informar los principios sobre los que se asiente la ley sino ante la ley en sí. La Shariah es la aplicación práctica de ese código, que debe extenderse a todos los ámbitos de la vida, entendidos en una indivisible unidad de acuerdo con la filosofía social islámica. La shariah privada ha sido más respetada, mientras que la pública ha sido saltada siempre que le ha convenido al poder político; en el Islam, la “teología” (más correctamente cabría decir pseudoteología), siempre ha estado subordinada a los intereses temporales: de lo contrario, los musulmanes no pagarían impuestos ni conocerían las instituciones crediticias, por ejemplo. Existen cuatro escuelas jurídicas “ortodoxas” en el Islam, que se reconocen mutuamente como legítimas: maliquí, hanafí, chafí y hanbalí; al margen de estas, que son todas sunnitas, hay una quinta escuela chiíta. La coincidencia entre ellas estriba siempre en los cinco pilares.

Todos los actos del hombre se clasifican en cinco categorías legales: deber absoluto (exige recompensa o castigo), actos meritorios (recompensa si se realizan), actos permisibles, actos reprensibles (sin castigo) y actos prohibidos (castigados). En lo penal, la apostasía, el asesinato, el daño físico premeditado y el bandidaje se castigan con la muerte; el homicidio o los daños físicos involuntarios se sancionan con una multa; el robo, con la amputación de la mano derecha; el adulterio, la falsa acusación y el consumo de alcohol con azotes; el resto de delitos, considerados leves, sólo implican una amonestación. En lo civil, el hombre tiene un grado superior a la mujer según el Corán, con derecho a golpearla como marido o como padre; el matrimonio no es indisoluble, se acepta la poligamia y la separación a iniciativa de cualquiera de los cónyuges; el Estado debe establecer los mecanismos necesarios para el sostenimiento económico de las mezquitas.

Elementos adicionales del Islam

Conviene insistir en el simplismo y las contradicciones internas del Islam, seguidas inevitablemente del caos absoluto que es el Corán. Hasta el siglo X, y más como una necesidad defensiva frente a la Teología cristiana que otra cosa, no aparecen los mutazilíes, los dogmatizadores del Islam, que contaron desde el principio con la oposición de los círculos conservadores, refractarios a toda sistematización. Los filósofos medievales como Avicena y Averroes, que intentaron integrar el pensamiento griego, fundamentalmente el aristotélico, con el Islam, llegaron necesariamente a anular varios artículos de fe, hasta el punto de considerar la religión como “filosofía para la plebe”, una especie de metáfora generalizada para aquellos que no podían alcanzar a comprender la filosofía. Ni que decir tiene que enseguida el Islam “ortodoxo” cercenó cualquier intento subsiguiente de especulación racional. ¡Cuán diferente es la historia de la escolástica cristiana, brillantísima síntesis de Razón y Fe, como sólo puede esperarse de la Fe verdadera!

En la moral islámica encuentran cobijo pecados capitales. Desde la concupiscencia, fomentada por la creencia en un paraíso hedonista, hasta la ira, pasando sobre todo por la soberbia; soberbia tanto de la umma situada por encima de los “perros infieles”, como del musulmán que se enfrenta a la misericordia de Dios armado únicamente del libre examen. Se consideran graves los pecados que atentan contra Dios y contra la fe, y los que destruyen o dañan la vida humana; los pecados leves serían aquellos que afectan a los medios de vida y el falso testimonio. Dios perdona todos los pecados salvo la incredulidad y la injusticia. La moral ha sido motivo de controversia en el Islam: los mutazilíes afirmaban que el hombre era capaz de establecer mediante la razón la bondad o maldad de un acto; los asharíes conservadores, por el contrario, asumían que esto era competencia exclusiva de Alá. En todo caso, la moral queda siempre subordinada por la ley (más o menos un “es moral lo que es legal”).

La umma es la comunidad islámica, que no se fundamenta en principios de raza o nacionalidad, y que trasciende las fronteras. Es el conjunto de quienes se someten a Dios y obedecen su ley.

La Ijma es el acuerdo de la comunidad. Es un importantísimo matiz que sirve para justificar cualquier evolución de la doctrina o el derecho islámico, y en la que encuentran amparo, dentro del propio Islam, todas las manifiestas contradicciones que un estudio detallado revela. Enunciado en palabras de Mahoma, el principio se puede transcribir como “mi comunidad nunca consentirá un error”. En fin, podemos considerarla en cierta medida como la primera actualización, anterior al liberalismo, de la estupidez protagórica. La umma se convierte así en infalible, y como en su momento la umma determinó que cierta diversidad de opinión sobre la interpretación del Corán es un regalo misericordioso de Dios (allá por la época de la dogmatización de la que hablábamos antes), voilà que el texto inflexible, eterno e inmutable se interpreta a gusto del consumidor sin reparos teológicos a priori. La ijma permitió que apareciese el misticismo, del que hablaremos luego, y el culto a los santos, prohibidísimo en el Corán, pero que se aceptó por la práctica popular árabe, de raigambre politeísta.

Del concepto de umma se deriva también la visión geopolítica del Islam. Dar al-Islam (la casa del Islam) es el conjunto de países que tienen al Islam como religión de Estado, y dar al-Harb (la casa de la guerra) es el mundo no musulmán, impío. En dar al-Islam, el infiel monoteísta (dhimmi) es tolerado, aunque no puede optar a ninguna función político-administrativa; su único derecho es el de someterse a la ley islámica para ser protegido política y militarmente, a cambio de un impuesto. Esta es la razón de la supervivencia de minorías dhimmis en los países musulmanes. No existe la posibilidad de matrimonio mixto si el varón es dhimmi (el Corán prohíbe incluso la mera amistad con el infiel), ni se pueden levantar templos nuevos, ni se admite en un juicio el testimonio de un dhimmi. El proselitismo no musulmán también está prohibido, mientras que el Islam debe ser predicado en iglesias y sinagogas.

Por otra parte, los habitantes de dar al-Harb pueden ser muertos en tierras musulmanas si han entrado sin autorización, aunque sean náufragos. De hecho, dar al-Harb pertenece de derecho al Islam, que debe recuperarlos tan pronto como las circunstancias lo permitan. Es obligatorio hacerle la guerra o someterlo, no hay paz más allá de la conversión y la sumisión. La tregua (sulh) sólo es lícita cuando no hay posibilidad de victoria, los musulmanes pueden predicar en tierra infiel sin reciprocidad y toda medida adicional redunda en un beneficio para asegurar la victoria final. Que los gobiernos occidentales examinen con atención este precepto, y deduzcan de él el auténtico significado de la yihad o guerra santa.

Sectas y variedades del Islam

El laberinto de variantes dentro de la creencia islámica es casi infinito, como corresponde a una doctrina sin jerarquía y sin ortodoxia alguna. Nos limitaremos a repasar las más significativas, que conviene conocer para saber enfrentarse mejor a la realidad compleja del Islam, añadiendo algún caso especialmente curioso o llamativo.

Los sunnitas aceptan la Sunna, que consideran sirve para adaptar el Corán a todo tiempo y lugar. Creen en el califato electivo, no admiten secta alguna y, considerados en sentido amplio, suponen el 90% del total de los musulmanes. Los wahabíes, en el poder en Arabia Saudí, no son una secta en sí mismos, sino una variante especialmente puritana y ortodoxa del sunnismo. Rechazan radicalmente toda forma de idolatría, lo que les llevó tiempo atrás a al destrucción de santuarios en Kerbala y en la propia ciudad de La Meca. Tras la conformación del Estado saudí, relajaron en parte su doctrina, aunque se les considera el régimen más extremista del mundo islámico, al margen de los talibán afganos. A modo de ejemplo, sirva decir que no abolieron la esclavitud hasta 1962.

Los chiítas (guerrilleros de Alí) apoyan el califato hereditario. La división con los sunnitas, profundizada doctrinalmente en el transcurso de los siglos, arranca de su defensa de Alí, yerno de Mahoma, a quien éste había investido de una “jurisdicción igual a la suya”. Sin embargo, a la muerte del profeta fue postergado por tres califas antes de dirigir la comunidad, y cuando accedió al califato se enfrentó con una oposición virulenta, hasta ser derrotado en combate. Los chiítas duodecimanos o imaníes (el 90% de los chiíes) esperan la vuelta del duodécimo descendiente del profeta, perdido en el desierto, y que les dejó descabezados desde el siglo IX. En el chiísmo la palabra del ayatollah equivale a la ley.

Los jaridchíes son un grupo escindido en los primeros tiempos del chiísmo, debido a lo que ellos consideraron actitud cobarde de Alí. Creen que el califa no tiene por qué ser descendiente del profeta, sino que ha de ser el más digno y piadoso de la comunidad, lo que les dio cierto éxito en poblaciones no árabes, como las del Magreb. Sostenían que la comisión de pecados serios sin arrepentimiento excluye al individuo de la umma, lo que les llevó a considerar impías a las autoridades en su época inicial. Los jaridchíes más moderados, también denominados mzabíes o ibadíes, sobreviven hoy en día en número de apenas millón y medio, repartidos por Omán, Djerba y el sur de Argelia.

Los ismaelitas son otra secta de chiítas radicales escindidos, con fuertes influencias del gnosticismo y el neoplatonismo. Entre las variantes de esta secta encontramos a los alawíes, que creen que Alí fue una encarnación de Alá; los drusos, surgidos tras la desaparición en el Cairo del califa al Hakim, a quien consideran también una encarnación de Dios; y la novelesca secta de los hashassin, los “asesinos”, especie de orden antitemplaria extendida por Armenia, Siria y Tierra Santa en la época de las Cruzadas. Fundada por el misterioso Anciano de la Montaña, tenía su centro en la fortaleza de Alamut, donde los miembros eran adiestrados en las artes del asesinato y fanatizados mediante el uso de estupefacientes, lo que les llevaba a cometer los más audaces crímenes seguros de alcanzar el Paraíso. Llegaron a asesinar a grandes personalidades de la época, tanto musulmanas como cristianas, entre ellas un Gran Maestre del Temple. Fueron definitivamente arrasados por las hordas mogolas.

Los sufíes, o místicos musulmanes, no son en realidad una secta en sí mismos, pues surgieron en las distintas variantes del Islam. Aficionados a la música, el baile y la poesía, elevaron el árabe vulgar a lengua religiosa, lo que les valió cierto predicamento entre las capas populares. Contaron en su momento con recia oposición, pero, finalmente, la ijma sirvió para justificar el misticismo “verdadero”, que encontró alambicadas confirmaciones en el Corán y la Sunna, frete al misticismo herético, de tipo panteísta. El misticismo ortodoxo es de carácter fundamentalmente ético; pretende la unión con Dios a través de la purificación moral del alma. En realidad, los sufíes absorbieron las enseñanzas de místicos judíos y cristianos que vivían en determinadas zonas de Oriente Medio, y fueron desarrollando sus ideas ascéticas iniciales en prácticas más formales. Así nacieron centros de sufismo a cargo de un maestro con sus discípulos que sirvieron para expandir el Islam; con el paso del tiempo los centros se transformaron en las llamadas órdenes sufíes, inspiradas por las enseñanzas del maestro original.

Los ahmadíes o babíes son los seguidores de un iluminado decimonónico que decía ser la reencarnación de Cristo y del Krishna hindú. En términos coloquiales, serían una especie de testigos de Jehová del Islam; eso sí, radicalmente anticristianos. Desarrollaron una doctrina pacifista y universalista y se declararon religión independiente, logrando numerosos adeptos en los Estados Unidos, fundamentalmente entre la población negra.

El llamado Islam popular viene a representar la anuencia de la ijma para continuar con prácticas animistas o espiritistas, destinadas a mantener a raya a toda clase de espíritus y diablillos que pululan por el mundo. Sin embargo, quizás el más importante Islam popular sea el de Indonesia. Indonesia es el país islámico más poblado (200 millones de habitantes), y también el menos islámico. La mayor parte de la población, los llamados abangan (campesinos) practican una religión sincrética, muy influida por el sufismo, de marcado carácter panteísta. Los musulmanes “ortodoxos”, conocidos como los santri (conocedores de la Escritura), y que se ven a sí mismos como una élite en medio de una vasta masa de ignorantes o descreídos, sólo tienen cierta relevancia numérica en Sumatra.

Finalmente, también cabe hablar de musulmanes secularizados, cada vez menos importantes, pues solían ser aquellos que habían derivado hacia el marxismo.

Islam y Cristianismo

Consideremos brevemente las relaciones entre Islam y Cristianismo. Los mahometanos consideran a Jesús como un gran profeta, y creen en la virginidad de Santa María. Pero el Corán hace al Niño Jesús negar su divinidad, y edifica una leyenda por la que, en la Cruz, Jesús es suplantado, siendo asunto a los cielos en vida. Y es que, evidentemente, carece de sentido el acto redentor de la cruz cuando no hay pecado original que redimir, pues resulta que el propio Dios ya perdonó a Adán inmediatamente después de la caída, limitándose a hacerle padecer la decrepitud física del envejecimiento. Por lo tanto, existe una oposición ya no sólo de orden teológico, sino de orden antropológico con el Cristianismo, al no concebir al hombre como inclinado al mal. Otro aspecto muy a tener en cuenta en esta confrontación es el sirk, es decir, el término árabe que describe la asociación de algo con dios. El sirk es uno de los pecados imperdonables, pecado que precisamente cometen los cristianos al proclamar la divinidad de Cristo. De hecho, el Islam considera politeístas a los cristianos por creer en la Santísima Trinidad. En definitiva, el Corán no puede considerarse, a pesar de la pretensión musulmana, una continuación superadora de la revelación bíblica, toda vez que niega todos los fundamentos doctrinales de la verdadera Religión, que se asienta sobre el Verbo encarnado y vivo, y no sobre el Verbo escrito.

Como señala acertadamente Luis María Sandoval en su artículo “Esencia y papel del Islam”, publicado en la revista Arbil, es fácilmente explicable la escasa capacidad evangelizadora entre los musulmanes, debido a la propia estructura de su religión. Es una creencia postcristiana, con la capacidad de configurarse por lo tanto en contra del cristianismo, y adaptada mefistofélicamente a la medida del hombre. Este simplismo sería igualmente el causante de la propensión del Islam hacia el extremismo.

Islam y Occidente

Las relaciones entre el Islam y Occidente pueden entenderse en una doble clave temporal: el complejo del pasado y la esperanza del futuro. El colonialismo fue, en efecto, un golpe increíble sufrido por los países islámicos. Embebidos de su desprecio hacia los infieles, se encontraron repentinamente con la súbita, aplastante e indiscutible derrota frente a las escasas pero modernas tropas coloniales. La trascendencia de esta circunstancia es tal que hoy en día no podría entenderse el sentimiento de los mahometanos hacia Occidente sin concebirlo como un gran complejo heredado de aquellos tiempos.

Un complejo que se tradujo en diferentes posturas que intentaban justificar el desastre. Todas coinciden en que ninguna se baja del burro de la superioridad:

La teoría conspiratoria, absurda, justificada por míticos documentos que nadie ha visto nunca.

La teoría del castigo de Alá, que había permitido la derrota de los creyentes por su desviación de la fe mahometana.

La teoría de que, en realidad, el avance de Occidente se debe a la grandiosa herencia cultural del Islam medieval, de manera que la superioridad técnica y material es, en realidad, de origen islámico.

Esta última teoría, no menos fantasiosa que las otras dos, goza, sin embargo, de un incomprensible predicamento en la historiografía débil y entreguista del Occidente actual. En todo caso, no es este el lugar de rebatirla, pues nos llevaría demasiado lejos en la exposición.

La segunda clave temporal que mencionaba es la de la esperanza en el futuro: esperanza a la que me lleva mi deber del optimismo para juzgar la situación actual. El Islam, utilizado como un ariete más para demoler el Occidente cristiano, es, posiblemente, la única gran potencia humana que escapa al control del Mundialismo. El perro rabioso ha mordido la mano del amo, un amo que creía controlarlo sin problema alguno en base a laicización y progreso material cuando llegase el momento. En el largo plazo, y espero que no se me acuse de tener las menores ansias de devenir en profeta, existirán dos salidas a la situación. O bien el Islam arrasa Occidente, como así hizo, por ejemplo, con el Norte de África en los siglos VII-VIII hasta no dejar ni el menor rastro de aquella floreciente perla cristiana; o bien se transforma como digo, en la gran esperanza, en la gran oportunidad. Esta solución, que es por la que quiero decantarme, implicaría que el Islam fuese el catalizador de la reacción de Occidente, que, viendo como con el liberalismo, el hedonismo y el materialismo no pueden hacer otra cosa que sucumbir ante el empuje musulmán, resurja de sus ya ni siquiera humeantes cenizas para, con brío renovado, reconstruir la Cristiandad.

Conclusión

A la luz de lo que es el Islam, es evidente que es un enemigo de nuestra Fe, un enemigo poderoso e irreconciliable, con el que no caben componendas y ecumenismos. Un enemigo poderoso, pero, como vemos, dividido y vencible, a pesar de la imagen homogénea que a veces transmite y que nos intimida con cierta aureola de imbatibilidad. Y un enemigo irreconciliable, ante el que sólo cabe la encomienda a San Miguel Arcángel para combatirlo: desde la Fe, con la oración; desde la razón, con la Teología y la Filosofía; desde la acción práctica, con la lucha por la restauración de la Iglesia; y, cuando llegue el momento en el que sea necesario –momento que mucho me temo que llegará–, desde las trincheras, con las armas en la mano.

Arturo Fontangordo 2004.05. - Revista Arbil nº 80

 

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Europa -- Sus fundamentos espirituales

ayer, hoy y mañana

 

Por el cardenal Joseph  + Ratzinger

ROMA, sábado, 22 mayo 2004- Publicamos la conferencia que pronunció el cardenal Joseph Ratzinger, prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, en la biblioteca del Senado de la República Italiana, el pasado 13 de mayo sobre los fundamentos espirituales de Europa.

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Europa. ¿Qué es exactamente? Esta pregunta de siempre, fue planteada expresamente por el cardenal Józef Glemp en uno de los círculos lingüísticos del Sínodo de obispos sobre Europa: ¿dónde comienza, dónde termina Europa? ¿Por qué, por ejemplo, Siberia no pertenece a Europa aunque también la habitan europeos, que tienen un modo de pensar y de vivir completamente europeo? ¿Dónde se pierden las fronteras de Europa en el sur de la comunidad de los pueblos de Rusia? ¿Dónde está su límite en el Atlántico? ¿Qué islas pertenecen a Europa, y cuáles, en cambio, no? Y, ¿por qué? En estos encuentros se manifiesta claramente que sólo de modo secundario Europa es un concepto geográfico. Europa no es un continente netamente determinado en términos geográficos, sino más bien es un concepto cultural e histórico.


1. El surgimiento de Europa


Esto se percibe con bastante evidencia si intentamos remontarnos a los orígenes de Europa. Quien habla del origen de Europa, cita normalmente a Heródoto (484-425 a.C. aproximadamente), quien, de hecho, es el primero en definir Europa como concepto geográfico; y lo hace así: «Los persas consideran Asia como su propiedad y los pueblos bárbaros que habitan en ella, mientras estiman que Europa y el mundo griego es un país distinto». No hace referencia a las fronteras de Europa, pero está claro que tierras que hoy son el núcleo de Europa estaban completamente fuera del campo visual del historiador antiguo.

De hecho, con la formación de los estados helenísticos y del imperio romano, se había formado un continente que se transformó en la base de la sucesiva Europa, pero que tenía otras fronteras: eran las tierras alrededor del Mediterráneo, que gracias a sus vínculos culturales, gracias al tráfico y al comercio, gracias al sistema político común, formaban un verdadero y particular continente.

Sólo el avance triunfal del Islam en el siglo VII y al inicio del siglo VIII trazó una frontera a lo largo del Mediterráneo; por así decirlo, la partió en dos, de tal manera que todo lo que hasta entonces era un continente se subdividía ahora en tres continentes: Asia, África y Europa.

En oriente, la transformación del mundo antiguo se realizó más lentamente que en occidente: el imperio romano, con Constantinopla como punto central, resistió hasta el siglo XV, aunque fue quedando cada vez más al margen. Mientras tanto, en torno al año 700, la parte meridional del Mediterráneo queda completamente fuera de lo que hasta ese entonces era un continente cultural. Al mismo tiempo se lleva a cabo una mayor extensión hacia el norte. El límite, que hasta entonces había sido un confín continental, desaparece y se abre hacia un nuevo espacio histórico que ahora abrazaría Galia, Germania, Bretaña como tierras-núcleo propiamente dichas, y se extiende cada vez más hacia Escandinavia.

En este proceso de cambio de los confines, la continuidad ideal con el precedente continente mediterráneo, medido geográficamente de un modo nuevo, tiene como garantía un modelo de teología de la historia: partiendo del libro de Daniel, se consideraba al Imperio Romano renovado y transformado por la fe cristiana como el último y permanente reino de la historia del mundo en general y, por tanto, se definía la trabazón de pueblos y estados que estaba en vías de formación como el permanente «Sacrum Imperium Romanum».

Este proceso de una nueva identificación histórica y cultural se realizó de manera totalmente consciente bajo el reino de Carlomagno. Aquí surge nuevamente el antiguo nombre de Europa, con un significado diverso: este vocablo se utilizaba incluso como definición del reino de Carlomagno, y expresaba, al mismo tiempo, la consciencia de la continuidad y de la novedad con que la nueva trabazón de estados se presentaba: como una fuerza con futuro. Con futuro porque se concebía en continuidad con lo que había sido la historia del mundo hasta entonces y anclada últimamente en lo que permanece para siempre.

Esta autocomprensión que se estaba formando se expresa al mismo tiempo en la consciencia de la definitividad, así como la de una misión.

Es verdad que el concepto de Europa casi desaparece nuevamente después del fin del reino carolingio y se conserva solamente en el lenguaje de los doctos; en el lenguaje popular sólo se usa al inicio de la época moderna --aunque en relación con el peligro de los Turcos, como modalidad de autoidentificación--, para imponerse en general en el siglo XVIII. Independientemente de esta historia del término, la constitución del reino de los francos como el imperio romano jamás desaparecido y entonces renacido, significa, de hecho, el paso decisivo hacia lo que nosotros entendemos hoy cuando hablamos de Europa.

Ciertamente no podemos olvidar que hay también una segunda raíz de la Europa, de una Europa no occidental: el imperio romano de hecho, como ya he mencionado, había resistido en Bizancio contra las tempestades de la migración de los pueblos y de la invasión islámica. Bizancio se percibía a sí misma como la verdadera Roma; es un hecho que aquí el imperio no había decaído jamás, razón por la cual seguía reivindicando la otra mitad del imperio, la occidental.

También este imperio romano de oriente se extendió ulteriormente hacia el norte, abarcando al mundo eslavo, y se creó un mundo propio, greco-romano, que se diferencia respecto a la Europa latina del occidente en virtud de la diversidad de su liturgia, de una constitución eclesiástica diferente, de una escritura diversa, y en virtud de la renuncia al latín como lengua común enseñada.

Ciertamente hay también suficientes elementos unificadores, que pueden hacer de los dos mundos un único, común continente: en primer lugar, la herencia común de la Biblia y de la Iglesia antigua, que, por otra parte, en ambos mundos hace referencia a una realidad que está más allá de sí misma, hacia un origen que ahora se encuentra fuera de Europa, es decir, en Palestina; en segundo lugar, la misma idea común de Imperio, la común comprensión de fondo de la Iglesia y, por tanto, también la comunión en las ideas fundamentales del derecho y de los instrumentos jurídicos; por último, yo mencionaría también el monaquismo, que en los grandes movimientos de la historia se ha mantenido como el vehículo esencial, no sólo de la continuidad cultural, sino, sobre todo, de los valores fundamentales religiosos y morales, de las orientaciones últimas del hombre, y en cuanto fuerza pre-política y super-política se transformó en el vehículo de los renacimientos siempre necesarios.

Entre las dos Europas, a pesar de la común y esencial herencia eclesial, hay sin embargo una profunda diferencia, cuya importancia ha quedado subrayada especialmente por Endre von Ivanka: en Bizancio, Imperio e Iglesia aparecen casi identificados el uno con el otro; el emperador también es el jefe de la Iglesia. Él se considera a sí mismo como representante de Cristo, y en unión con la figura de Melquisedec, que era al mismo tiempo rey y sacerdote (Gén 14 18), lleva desde el siglo VI el título oficial de «rey y sacerdote». Dado que a partir de Constantino el emperador había escapado de Roma, en la antigua capital del imperio pudo desarrollarse la posición autónoma del obispo de Roma, como sucesor de Pedro y pastor supremo de la Iglesia; aquí ya desde el inicio de la era constantiniana se enseñó una dualidad de potestad: emperador y papa tienen de hecho potestades separadas, ninguno dispone de la totalidad. El papa Gelasio I (492-496) formuló la visión de occidente en su famosa carta al emperador Anastasio y, todavía más claramente, en su cuarto tratado, donde ante la tipología bizantina de Melquisedec subraya que la unidad de las potestades está exclusivamente en Cristo: «él, de hecho, a causa de la debilidad humana (¡soberbia!) Ha separado para los tiempos sucesivos los dos ministerios de manera que ninguno se ensoberbezca» (c. 11). Para las cosas de la vida eterna los emperadores cristianos tienen necesidad de los sacerdotes (pontífices) y éstos, a su vez, se atienen para el curso temporal de las cosas, a las disposiciones imperiales. Los sacerdotes deben seguir en las cosas mundanas las leyes del emperador, puesto por querer divino, mientras éste debe someterse en las cosas divinas al sacerdote. Con esto se introdujo la separación y distinción de las potestades, que fue de máxima importancia para el desarrollo sucesivo de Europa, y que, por así decirlo, puso los fundamentos de lo que es propiamente típico de Occidente.

Ya que de ambas partes, ante tales delimitaciones, siempre permaneció vivo el impulso a la totalidad, la codicia de imponer el poder propio sobre el del otro, este principio de separación se convirtió también en fuente de sufrimientos infinitos. La manera en que se debe vivir correctamente y concretar política y religiosamente este principio sigue siendo un problema fundamental, incluso para la Europa de hoy y de mañana.



2. El viraje hacia la época moderna


Si a partir de cuanto he dicho hasta ahora podemos considerar el surgimiento del imperio carolingio de una parte, y la continuación del imperio romano en Bizancio y su misión hacia los pueblos eslavos por otra, como el verdadero y propio nacimiento del continente Europa, el inicio de la época moderna significa para ambas Europas un viraje, un cambio radical que concierne tanto a la esencia de este continente como a sus contornos geográficos.

En 1453 Constantinopla fue conquistada por los turcos. O. Hiltbrunner comenta este acontecimiento de manera lacónica: «los últimos... doctos emigraron... hacia Italia y transmitieron a los humanistas del Renacimiento el conocimiento de los textos originales griegos; sin embargo, oriente se hundió en la ausencia de cultura». Esta afirmación puede ser un poco burda, ya que, de hecho, también el reino de la dinastía de los Osman tenía su cultura; pero es cierto que la cultura greco-cristiana europea de Bizancio tuvo su fin con esta invasión. De este modo, una de las dos alas de Europa estuvo a punto de desaparecer, pero la herencia bizantina no estaba muerta: Moscú se declara a sí misma como la tercera Roma, funda entonces un propio patriarcado sobre la base de la idea de una segunda «translatio imperii» y se presenta, por tanto, como una nueva metamorfosis del «Sacrum Imperium » --como una forma propia de Europa, que, sin embargo, permaneció unida con occidente y se orientó cada vez más hacia él, hasta el punto de que Pedro el Grande intentó convertirla en un país occidental--. Este movimiento hacia el norte de la Europa bizantina implicó también un amplio movimiento hacia oriente de las fronteras del continente. El establecimiento de los Urales como frontera es sumamente arbitrario. De cualquier forma, el mundo que quedaba a su oriente se convirtió cada vez más en una especie de subestructura de Europa --ni Asia ni Europa--; esencialmente forjado por Europa, pero sin participar de su carácter de sujeto: objeto, pero no vehículo de su historia. Quizás con esto se define la esencia de un estado colonial.

Por tanto, al inicio de la época moderna, podemos hablar, en la Europa bizantina, no occidental, de un doble acontecimiento: por una parte se da la disolución del antiguo Bizancio con su continuidad histórica en relación con el Imperio Romano; por otra parte, esta segunda Europa obtuvo con Moscú un nuevo centro y amplió sus confines hacia oriente, para erigir en Siberia una especie de pre-estructura colonial.

Contemporáneamente, también podemos constatar en occidente un doble proceso con un significado histórico notable. Gran parte del mundo germánico se separa de Roma; surge una nueva forma iluminada de cristianismo, de modo que, por medio de occidente, se crea a partir de entonces una línea de separación que forma también claramente una frontera cultural, un confín entre dos diversos modos de pensar y relacionarse. Ciertamente, también dentro del mundo protestante hay una fractura: en primer lugar entre luteranos y reformados, a los cuales se asocian los metodistas y presbiterianos, mientras la Iglesia anglicana busca formar un camino intermedio entre católicos y evangélicos; a esto se añade también la diferencia entre el cristianismo bajo la forma de una iglesia de Estado, que llega a ser un distintivo de Europa, e iglesias libres, que encuentran su espacio de refugio en Norteamérica, tema éste del que debemos volver a hablar.

Pongamos atención, en primer lugar, al segundo acontecimiento, que caracteriza esencialmente la situación de la época moderna, diferenciándola de la que era la Europa latina: el descubrimiento de América. A la extensión de Europa hacia el este, gracias a la progresiva extensión de Rusia hacia Asia, corresponde la radical salida de Europa más allá de sus confines geográficos hacia el mundo que está más allá del océano, que ahora se llama América. La subdivisión de Europa en una mitad latino-católica y una mitad germánico-protestante se transfirió y repercutió sobre esta parte de tierra ocupada por Europa. También América fue al inicio una Europa ampliada, una colonia, pero ella también se crea --contemporáneamente a la agitación europea provocada por la Revolución Francesa-- su propio carácter de sujeto: desde el siglo XIX en adelante, aunque forjada en sus aspectos profundos por su nacimiento europeo, América se presenta ante Europa como un sujeto propio.

En este intento de conocer la identidad más profunda e interior de Europa a través de una mirada histórica, hemos tomado en consideración dos virajes históricos fundamentales: el primero es la disolución del viejo continente mediterráneo, por obra del continente del «Sacrum Imperium», colocado más hacia el norte, en el que se forma Europa a partir de la época carolingia como mundo occidental-latino, junto a éste está la continuación de la vieja Roma en Bizancio, con su extensión hacia el mundo eslavo. Como segundo paso, hemos observado la caída de Bizancio y, por una parte, el consiguiente traslado hacia el norte y hacia el este de la idea cristiana de imperio de una parte de Europa, y, por otra parte, la división interna de Europa en un mundo germánico-protestante y un mundo latino-católico. Además de esto, se encuentra la expansión hacia América, a la que se trasfiere esta división y que, al final, se constituye como un sujeto histórico propio que está ante Europa.

Ahora debemos considerar un tercer viraje, cuyo faro más visible lo constituye la Revolución francesa. Es verdad que el «Sacrum Imperium» como realidad política se estaba disolviendo desde el final de la Edad Media y se había vuelto cada vez más frágil, incluso como válida e indiscutible interpretación de la historia; pero sólo entonces este marco espiritual se fragmenta también formalmente, este marco espiritual sin el cual Europa no habría podido formarse. Es un proceso de considerable importancia, tanto desde el punto de vista político como ideal. Desde el punto de vista ideal, esto significa que se rechaza el fundamento sacro de la historia y de la existencia estatal: la historia ya no se mide de acuerdo con una idea de Dios precedente a ella y que le da forma; el Estado es considerado, a partir de entonces, en términos puramente seculares, fundado en la racionalidad y en la voluntad de los ciudadanos.

Por primera vez en absoluto surge en la historia el Estado puramente secular, que abandona y deja a un lado la garantía divina y la normativa divina del elemento político, considerándolo como una visión mitológica del mundo y declara al mismo Dios como una cuestión privada, que no es parte de la vida pública y de la formación de la voluntad común. Ésta es concebida únicamente como un asunto de la razón, para la cual Dios no aparece claramente cognoscible: religión y fe en Dios pertenecen al ámbito del sentimiento, no al de la razón. Dios y su voluntad cesan de ser relevantes en la vida pública.

De este modo surge, con el fin del siglo XVIII y el inicio del siglo XIX, un nuevo tipo de cisma, cuya gravedad percibimos cada vez más netamente. En alemán, este proceso no tiene ningún término, ya que se ha desarrollado más lentamente. En las lenguas latinas es caracterizado como división entre cristianos y laicos. En los últimos dos siglos esta laceración ha penetrado en las naciones latinas como una fractura profunda, mientras el cristianismo protestante, al inicio, tuvo una vida fácil al conceder dentro de sí espacio a las ideas liberales e ilustradas, sin destruir el marco de un amplio consenso cristiano.

El aspecto de política realista de la disolución de la antigua idea de imperio consiste en esto: las naciones, los estados, que son identificables como tales gracias a la formación de ámbitos lingüísticos unitarios, aparecen definitivamente como los únicos y verdaderos portadores de la historia, y, por tanto, obtienen un rango que antes no les correspondía.

El dramatismo explosivo de este sujeto histórico, plural, se muestra en el hecho de que las grandes naciones europeas se consideraban depositarias de una misión universal, que necesariamente debía llevar a conflictos entre ellas, cuyo impacto mortal lo hemos experimentado dolorosamente en el siglo recién pasado.


3. La universalización de la cultura europea y su crisis


Finalmente debemos considerar un proceso ulterior, con el cual la historia de los últimos siglos avanza claramente hacia un mundo nuevo. Si la vieja Europa precedente a la época moderna, en sus dos mitades había conocido esencialmente sólo un adversario, con el cual debía confrontarse para la vida y para la muerte, es decir, el mundo islámico; si el viraje de la época moderna había llevado a la extensión hacia América y hacia partes de Asia sin grandes sujetos culturales propios, ahora tiene lugar la salida hacia los dos continentes hasta ahora tocados sólo marginalmente: África y Asia, que trataron de transformarse en sucursales de Europa, en colonias. Hasta cierto punto, esto también se logró, pues ahora también Asia y África siguen el ideal del mundo forjado por la técnica y el bienestar, de tal modo que también allí las antiguas tradiciones religiosas entran en crisis y estratos de pensamiento puramente secular dominan siempre más la vida pública.

Pero hay también un efecto contrario: el renacimiento del Islam no está solamente unido a la nueva riqueza material de los países islámicos, sino que también se alimenta por la conciencia de que el Islam es capaz de ofrecer una base espiritual válida para la vida de los pueblos, una base que parece haberse escapado de la mano de la vieja Europa, que, no obstante su duradera potencia política y económica, se ve, cada vez más, como condenada al declino y al obscurecimiento.

Las grandes tradiciones religiosas de Asia, sobre todo su componente mística, que encuentra expresión en el budismo, se elevan también como potencias espirituales contra una Europa que reniega de sus fundamentos religiosos y morales. El optimismo acerca de la victoria del elemento europeo, que Arnold Toynbee podía sostener todavía al inicio de los años sesenta, aparece hoy extrañamente superado: «de 28 culturas que nosotros hemos identificado... 18 están muertas y nueve de las restantes; de hecho, todas menos la nuestra muestran que están golpeadas de muerte».

¿Quién repetiría hoy todavía las mismas palabras? Y, en general, ¿qué es nuestra cultura, la que todavía permanece? La cultura europea, ¿es quizás la civilización de la técnica y del comercio difundida victoriosamente por el mundo entero? ¿O no es esta civilización más bien la nacida de manera post-europea por el fin de las antiguas culturas europeas?

Yo veo aquí una sincronía paradójica: con la victoria del mundo técnico-secular post-europeo, con la universalización de su modelo de vida y de su manera de pensar, se da en todo el mundo --especialmente en los mundos estrictamente no-europeos de Asia y África-- la impresión de que el mundo de valores de Europa, su cultura y su fe, aquello sobre lo que se basa su identidad, ha llegado al final y esté saliendo del escenario; da la impresión de que ha llegado la hora de los sistemas de valores de otros mundos, de la América precolombina, del Islam, de la mística asiática.

Europa, justo en esta hora de su máximo éxito, parece haberse vaciado por dentro, paralizada en cierto sentido por una crisis de su sistema circulatorio, una crisis que pone en riesgo su vida, dependiendo por así decirlo, de trasplantes, que sin embargo no pueden eliminar su identidad. A esta disminución interior de las fuerzas espirituales importantes corresponde el hecho de que también étnicamente Europa parece que recorre el camino de la desaparición.

Hay una extraña falta de deseo de futuro. Los hijos, que son el futuro, son vistos como una amenaza para el presente; se piensa que nos quitan algo de nuestra vida. No se les experimenta como una esperanza, sino como un límite para el presente. Se impone la comparación con el Imperio Romano en declive: funcionaba todavía como gran armazón histórico, pero en la práctica vivía ya de quienes debían disolverlo, porque a él mismo ya no le quedaba ninguna energía vital.

Con esto hemos llegado a los problemas del presente. En cuanto al posible futuro de Europa hay dos diagnósticos contrapuestos.

Por una parte, está la tesis de Oswald Spengler, quien creía poder fijar una especie de ley natural para las grandes expresiones culturales: existe un momento de nacimiento, crecimiento gradual, florecimiento, lento entorpecimiento, envejecimiento y muerte. Spengler enriquece su tesis --de modo impresionante--, con documentación entresacada de la historia de las culturas, documentación en la que se puede entrever esta ley del decurso natural. Su tesis era que Occidente ha alcanzado su época final, que este continente cultural está corriendo inexorablemente al encuentro con la muerte, a pesar de todos los intentos de rechazarla. Naturalmente, Europa puede transmitir sus dones a una nueva cultura emergente, como ya ha sucedido en los precedentes ocasos de una cultura, pero como sujeto, ella tiene ya su tiempo de vida a las espaldas.

Esta tesis --definida como «biologista»-- ha encontrado opositores apasionados en el tiempo de entreguerras, especialmente en el ámbito católico; Arnold Toynbee se opuso a ella de manera impresionante, aunque con postulados que encuentran actualmente poca resonancia. Toynbee muestra la diferencia entre progreso técnico-material de una parte y progreso real de otra. Define este último como espiritualización. Admite que Occidente --el mundo occidental-- se encuentra en una crisis, y su causa sería el hecho de que se ha pasado de la religión al culto a la técnica, a la nación, al militarismo. La crisis, para él, significa al final secularismo.

Si se conoce la causa de la crisis, se puede indicar también el camino hacia la curación: se debe introducir nuevamente el factor religioso, del que forma parte, según él, la herencia religiosa de todas las culturas, pero, especialmente, lo «que ha quedado del cristianismo occidental». Aquí se contrapone a la visión «biologista» una visión «voluntarista», que apunta a la fuerza de las minorías creativas y a las personalidades singulares y excepcionales.

La pregunta que se plantea es: ¿es justo este diagnóstico? Y si lo es, ¿está en nuestras manos introducir nuevamente el momento religioso, en una síntesis de cristianismo residual y herencia religiosa de la humanidad? En todo caso, la cuestión entre Spengler y Toynbee permanece abierta porque no podemos ver el futuro. Pero independientemente de todo eso, se impone la tarea de preguntarnos qué es lo que puede garantizar el futuro y mantener viva la identidad interior de Europa a través de todas las metamorfosis históricas. O más simplemente: qué podría ofrecer --tanto para hoy como mañana-- la dignidad humana y una existencia conforme a ella.

Para encontrar una respuesta debemos echar de nuevo un vistazo a nuestro presente teniendo en cuenta sus raíces históricas. Anteriormente nos habíamos detenido en la Revolución Francesa y en el siglo XIX. Durante este tiempo se han desarrollado sobre todo dos nuevos modelos europeos. En las naciones latinas el modelo laicista: un Estado netamente separado de los organismos religiosos, que son relegados al ámbito privado. El mismo Estado rechaza cualquier fundamento religioso y se sabe fundado solamente sobre la razón y sus intuiciones. Frente a la flaqueza de la razón, estos sistemas se han revelado frágiles y se convierten con facilidad en víctimas de las dictaduras; sobreviven, propiamente, sólo porque partes de la vieja conciencia moral continúan subsistiendo aun sin los fundamentos precedentes, permitiendo así un consenso moral básico. Por otra parte, en el mundo germánico, existen de manera diferenciada los modelos de Iglesia de Estado del protestantismo liberal. En ellos una religión cristiana iluminada, esencialmente concebida como moral ..y con formas de culto resguardadas por el Estado-- garantiza un consenso moral y un fundamento religioso amplio, al que cada religión que no es del Estado debe adecuarse. Este modelo en Gran Bretaña, en los estados escandinavos y en un primer momento en la Alemania dominada por los prusianos aseguró durante mucho tiempo una cohesión estatal y social. En Alemania, sin embargo, la caída del cristianismo de Estado prusiano creó un vacío, que después se ofreció igualmente como vacío para el surgimiento de una dictadura. Hoy en día, las iglesias de Estado han caído en todas partes, víctimas del desgaste: de cuerpos religiosos que son derivaciones del Estado ya no proviene ninguna fuerza moral, y el mismo Estado no puede crear una fuerza moral, sino que la debe presuponer para después construir sobre ella.

Entre estos dos modelos se colocan los Estados Unidos de Norteamérica, que por una parte --formados sobre la base de las iglesias libres-- parten de un rígido dogma de separación y por otra parte --más allá de las denominaciones individuales--, se caracterizan por un consenso de fondo cristiano-protestante no forjado en términos confesionales. Consenso que se vinculaba a una particular conciencia de la misión de tipo religioso frente al resto del mundo. De este nodo, daba al factor religioso un significativo peso público, que en cuanto fuerza pre-política y supra-política podía ser determinante para la vida política. Ciertamente no se puede esconder que también en los Estados Unidos la disolución de la herencia cristiana avanza incesantemente, mientras que al mismo tiempo el rápido aumento del elemento hispánico y la presencia de tradiciones religiosas provenientes de todo el mundo cambian el panorama. Se podría observar también que los Estados Unidos promueven ampliamente la protestantización de América Latina y, de ese modo, la disolución de la Iglesia católica a través de la formación de iglesias libres. Todo ello porque tienen la convicción de que la Iglesia católica no puede asegurar un sistema político y económico estable, ya que fracasa como educadora de las naciones. En cambio, esperan que el modelo de las iglesias libres haga posible un consenso moral y una formación democrática de la voluntad pública, similares a aquellos característicos de los Estados Unidos. Para complicar todavía más el panorama, se debe admitir que actualmente la Iglesia católica forma la comunidad religiosa más grande de los Estados Unidos. Esta Iglesia, en su vida de fe, está decididamente del lado de la identidad católica. Sin embargo, los católicos, por lo que se refiere a la relación entre Iglesia y política han recibido las tradiciones de las iglesias libres, es decir, que una Iglesia que no se confunda con el Estado garantiza mejor los fundamentos morales del todo, de forma que la promoción del ideal democrático aparece como un deber moral profundamente conforme a la fe. En una posición similar, se puede ver una continuación, adecuada a los tiempos, del modelo del Papa Gelasio, del que se ha hablado anteriormente.

Regresemos a Europa. A los dos modelos de los que he hablado anteriormente se le añadió en el siglo XIX, un tercero: el socialismo, que rápidamente se subdividió en dos vías diversas: la totalitaria y la democrática.

El socialismo democrático fue capaz, desde el inicio, de integrarse dentro de los dos modelos existentes, como un sano contrapeso frente a las posiciones liberales radicales, enriqueciéndolas y corrigiéndolas. Esto se reveló como algo que iba más allá de las confesiones: en Inglaterra era el partido de los católicos, que no podían sentirse a gusto ni en el campo protestante-conservador, ni en el liberal. También, en la Alemania guillermina el centro católico podía sentirse más cercano al socialismo democrático que a las fuerzas conservadoras rígidamente prusianas y protestantes. En muchos aspectos el socialismo democrático estaba y está cerca de la doctrina social católica; en todo caso, ha contribuido considerablemente a la formación de una conciencia social.

Sin embargo, el modelo totalitario se vinculaba a una filosofía de la historia rígidamente materialista y atea: la historia se comprende deterministamente como un proceso de progreso que pasa a través de la fase religiosa y de la liberal para alcanzar la sociedad absoluta y definitiva, en la que la religión, como residuo del pasado, se supera y el funcionamiento de las condiciones materiales puede garantizar la felicidad de todos. El aparente carácter científico esconde un dogmatismo intolerante: el espíritu es producto de la materia; la moral es producto de las circunstancias y debe definirse y practicarse de acuerdo con los objetivos de la sociedad; todo lo que sirve para favorecer la llegada de un Estado final feliz es moral. La inversión de los valores que habían construido Europa es completa. Aún más, se da una fractura frente a la tradición moral de toda la humanidad: ya no hay valores independientes de los objetivos del progreso; en un momento dado todo puede permitirse e incluso resultar necesario, puede ser moral en el sentido nuevo del término. Incluso el hombre puede llegar a ser un instrumento; no cuenta el individuo. Sólo el futuro llega a ser la terrible divinidad que dispone de todos y de todo.

Los sistemas comunistas, mientras tanto, han naufragado sobre todo por su falso dogmatismo económico. Pero se olvida demasiado fácilmente el hecho de que han naufragado sobre todo por su desprecio de los derechos humanos, por su subordinación de la moral a las exigencias del sistema y a sus promesas de futuro. La verdadera y propia catástrofe que han dejado a sus espaldas no es de naturaleza económica; consiste en el desecamiento de las almas, en la destrucción de la conciencia moral. Veo esto como un problema esencial del momento actual para Europa y para el mundo: nadie cuestiona el naufragio económico, y por eso sin dudarlo los ex-comunistas se han vuelto liberales en economía. Sin embargo, la problemática moral y religiosa, el problema de fondo, es casi totalmente removida de la consideración.

La problemática dejada tras de sí por el marxismo continúa existiendo hoy: la disolución de las certezas primordiales del hombre sobre Dios, sobre sí mismo y sobre el universo. Esta disolución de la conciencia de los valores morales intangibles es precisamente ahora nuestro problema y puede conducir a la autodestrucción de la conciencia europea que debemos comenzar a considerar --independientemente de la visión del ocaso de Spengler-- como un peligro real.

4. ¿En qué punto estamos hoy?

Así nos encontramos ante la cuestión: ¿cómo deberían continuar las cosas? En los violentos trastornos de nuestro tiempo, ¿hay una identidad de Europa que puede tener un futuro y por la cual podamos comprometernos con todo nuestro ser? No estoy preparado para entrar en una discusión detallada sobre la futura Constitución europea. Sólo quisiera indicar brevemente los elementos morales fundamentales que, en mi opinión, no deberían faltar.

Un primer elemento es el carácter incondicional con que la dignidad humana y los derechos humanos deben presentarse como valores que preceden a cualquier jurisdicción estatal. Estos derechos fundamentales no son creados por el legislador ni son conferidos a los ciudadanos, «sino más bien existen por derecho propio, siempre han de ser respetados por el legislador, a quien le son dados previamente como valores de orden superior». Esta validez de la dignidad humana previa a cualquier actuar político y a toda decisión política nos remite al Creador: sólo Él puede establecer valores que se fundan en la esencia del hombre y que son intangibles. Que existan valores que no son manipulables por nadie es la garantía verdadera y propia de nuestra libertad y de la grandeza humana; la fe cristiana ve en esto el misterio del Creador y de la condición de imagen de Dios que Él ha conferido al hombre.

Ahora bien, hoy en día casi nadie negará directamente la preeminencia de la dignidad humana y de los derechos humanos fundamentales respecto a toda decisión política; son aún demasiado recientes los horrores del nazismo y de su teoría racista. Pero en el ámbito concreto del así llamado progreso de la medicina, hay amenazas muy reales para estos valores: sea que pensemos en la clonación, sea que pensemos en la conservación de fetos humanos para la investigación y donación de órganos, sea que pensemos en todo el ámbito de la manipulación genética -la lenta consunción de la dignidad humana que aquí nos amenaza no puede ser desconocida por nadie. A esto se añaden, de manera creciente, el tráfico de personas humanas, las nuevas formas de esclavitud, el negocio del tráfico de órganos humanos para trasplantes. Siempre se aducen finalidades buenas, para justificar lo injustificable. En estos sectores, hay algunos puntos firmes en la Carta de los derechos fundamentales de los que podemos alegrarnos, pero en puntos importantes resulta demasiado vaga, mientras que es propiamente en estos puntos donde se arriesga la seriedad del principio que está en juego.

Resumiendo: fijar por escrito el valor y la dignidad del hombre, la libertad, igualdad y solidaridad con las afirmaciones de fondo de la democracia y del estado de derecho, implica una imagen del hombre, una opción moral y una idea de derecho que no son para nada obvias, pero que de hecho son factores fundamentales de identidad de Europa. Estos principios deberían garantizarse, también, en sus consecuencias concretas y sólo se pueden defender si se forma siempre nuevamente una conciencia moral correspondiente.

Un segundo punto en donde aparece la identidad europea es el matrimonio y la familia. El matrimonio monógamo, como estructura fundamental de la relación entre hombre y mujer y, al mismo tiempo, como célula en la formación de la comunidad estatal, se ha forjado a partir de la fe bíblica. Éste dio a Europa, tanto a la occidental como a la oriental, su rostro particular y su particular humanidad, también y precisamente porque la forma de fidelidad y de renuncia delineada en ella siempre debió conquistarse nuevamente, con muchas fatigas y sufrimientos. Europa no sería Europa, si esta célula fundamental de su edificio social desapareciese o se cambiase algo de su esencia. La Carta de los derechos fundamentales habla de derecho al matrimonio, pero no expresa ninguna protección jurídica y moral específica para él, y ni siquiera lo define de forma más precisa. Todos sabemos cuán amenazados están el matrimonio y la familia tanto mediante el vaciamiento de su indisolubilidad a través de formas cada vez más fáciles de divorcio, como por un nuevo comportamiento que va difundiéndose cada vez más: la convivencia de hombre y mujer sin la forma jurídica del matrimonio. En notable contraste con todo esto, existe la petición de comunión de vida de los homosexuales, quienes ahora paradójicamente exigen una forma jurídica, que debe equipararse más o menos al matrimonio. Con esta tendencia se sale del complejo de la historia moral de la humanidad, que a pesar de toda la diversidad de formas jurídicas del matrimonio, sabía siempre que éste, según su esencia, es la particular comunión de hombre y mujer, que se abre a los hijos y así a la familia. No se trata de discriminación, sino de la pregunta sobre qué es la persona humana en cuanto hombre y mujer y cómo la convivencia de hombre y mujer puede formalizarse jurídicamente. Si, por una parte, su convivencia se separa cada vez más de las formas jurídicas, si, por otra parte, se ve la unión homosexual como participante del mismo rango del matrimonio, entonces estamos ante una disolución de la imagen del hombre, cuyas consecuencias sólo pueden ser extremadamente graves.

Mi último punto es la cuestión religiosa. No quisiera entrar aquí en las complejas discusiones de los últimos años, sino poner de relieve sólo un aspecto fundamental para todas las culturas: el respeto de a lo que es sagrado para otra persona, y particularmente el respeto por lo sagrado en el sentido más alto, por Dios. Es lícito suponer que se pueden encontrar este respeto en quien no está dispuesto a creer en Dios. Donde se quebrante este respeto, se pierde algo esencial en la sociedad. En la sociedad actual, gracias a Dios, se multa a quien deshonra la fe de Israel, su imagen de Dios, sus grandes figuras. Se multa también a quien vilipendia el Corán y las convicciones de fondo del Islam. Sin embargo, cuando se trata de Cristo y de lo que es sagrado para los cristianos, la libertad de opinión aparece como el bien supremo, cuya limitación resulta una amenaza o incluso una destrucción de la tolerancia y la libertad en general. Sin embargo, la libertad de opinión tiene su límite en que no puede destruir el honor y la dignidad del otro; no hay libertad para mentir o para destruir los derechos humanos.

Occidente siente un odio por sí mismo que es extraño y que sólo puede considerarse como algo patológico; occidente sí intenta laudablemente abrirse, lleno de comprensión a valores externos, pero ya no se ama a sí mismo; sólo ve de su propia historia lo que es censurable y destructivo, al tiempo que no es capaz de percibir lo que es grande y puro. Europa necesita de una nueva --ciertamente crítica y humilde-- aceptación de sí misma, si quiere verdaderamente sobrevivir. A veces, la multiculturalidad, que se estimula y favorece continua y apasionadamente, se transforma en abandono y negación de lo que le es propio, una fuga de las cosas propias. Pero la multiculturalidad no puede subsistir sin constantes en común, sin puntos de referencia a partir de valores propios. Seguramente no puede subsistir sin respeto de lo que es sagrado. De ella forma parte el andar al encuentro con respeto a los elementos sagrados del otro, pero esto podemos hacerlo sólo si lo sagrado, Dios, no nos es extraño a nosotros mismos. Ciertamente, podemos y debemos aprender de lo que es sagrado para los demás, pero justamente ante los demás y por los demás, es deber nuestro nutrir en nosotros mismos el respeto ante lo que es sagrado y mostrar el rostro de Dios que se nos ha aparecido --del Dios que tiene compasión de los pobres y de los débiles, de las viudas y de los huérfanos, del extranjero; del Dios que hasta tal punto es humano que él mismo se ha hecho hombre, un hombre sufriente, que sufriendo junto a nosotros da dignidad y esperanza al dolor.

Si no hacemos esto, no sólo renegamos de la identidad de Europa, sino que se desvanece un servicio a los demás al que ellos tienen derecho. Para las culturas del mundo, la profanidad absoluta que se ha ido formando en Occidente es algo profundamente extraño. Están convencidas que un mundo sin Dios no tiene futuro. Por lo tanto, justamente la multiculturalidad nos llama a entrar nuevamente en nosotros mismos.

No sabemos cómo será el futuro de Europa. La Carta de los derechos fundamentales puede ser un primer paso, un signo de que Europa busca nueva y conscientemente su alma. En esto hace falta darle la razón a Toynbee: el destino de una sociedad depende siempre de minorías creativas. Los cristianos creyentes deberían concebirse a sí mismos como tal minoría creativa y contribuir a que Europa recobre nuevamente lo mejor de su herencia y esté así al servicio de toda la humanidad.

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Nuevo Testamento

 

Si no es cristiana, no es Europa"

 

El cristianismo es una religión, un mensaje de salvación dirigido a todos los hombres. Ningún continente, región, pueblo, ideología o partido político, nadie en suma, puede apropiárselo sin injusticia. La vigencia del cristianismo, como la de toda religión, depende de la existencia de auténticos cristianos y, como consecuencia de ella, de su capacidad para impregnar las vidas personales y la vida colectiva. No hay una cultura cristiana sin cristianos, aunque pueda haber cultura cristiana sin que muchos de sus miembros lo sean. Quiero decir que existe una cultura cristiana, pero el cristianismo no es una mera cultura.

Quienes se atienen a lo más visible de la historia, a lo superficial, tienden a pensar que la clave de la difusión del cristianismo y, para quienes tienen fe, la obra de la Providencia, residió en su nacimiento en el ámbito universalista del Imperio Romano. Por mi parte, me permito apuntar otra clave, y otra interpretación de la Providencia.

Europa es la síntesis entre la filosofía griega y la religión cristiana. Europa, es decir la Cristiandad, es imposible sin ambas. No soy, en absoluto, original al adherirme a esta primacía griega. Husserl, por ejemplo, afirma que Europa tiene lugar y fecha de nacimiento: Grecia y los siglos VII y VI antes de Cristo. Éste es su origen remoto. Pero, sin el ingrediente cristiano, no habría surgido propiamente Europa sino sólo la Hélade. Nuestra civilización es el resultado de la síntesis entre Atenas y Jerusalén, y su misión, dar razón de lo Absoluto. Sea esto dicho sin demérito para el Derecho romano ni para la ciencia moderna, hija al cabo del pensar griego. La esencia de Europa se encuentra en la filosofía y el cristianismo. La muerte de la filosofía o del cristianismo sería la muerte de Europa.

Lo que me gustaría sugerir es que, si esto es cierto, y pienso que lo es, el cristianismo no constituye sólo una de las raíces espirituales de Europa, sino que es también parte de su esencia. Entonces, la posibilidad misma de una Europa no cristiana sería una contradicción en los términos. «Europa cristiana» vendría a ser una expresión tan obvia como «círculo redondo». Todo lo que nuestra civilización es y ha hecho en la historia es sencillamente ininteligible sin el cristianismo. Para bien y para mal, y creo que, en justo balance, más para bien. Podemos elegir el ámbito que queramos: político, social, cultural, incluso económico. Pensemos en lo más superficial y, por ello, fundamental para los superficiales: la política. Allí donde no anidó la semilla del cristianismo germina con dificultad, próxima a la imposibilidad, la democracia. Sin la idea de Dios y la creación del hombre a su imagen, la dignidad de éste se resquebraja y se reduce a la animalidad. Sin la común paternidad divina, la fraternidad entre los hombres es pura quimera. Y, sin fraternidad no son posibles la igualdad ni la solidaridad. Incluso la Ilustración no es sino un fruto tardío y extraviado de la idea de Dios. Suprimido el cristianismo, la cultura europea quedaría reducida casi a la nada.

La incultura y la ignorancia, es decir la barbarie, entienden otra cosa: que Europa sólo llega a ser lo que es cuando logra despojarse del cristianismo. Su desconocimiento de la Edad Media carece de límites. No les importa que todo lo que defienden como laicistas conversos se tambalee en cuanto se prescinde del cristianismo. En este sentido, Nietzsche fue un genial vidente. La muerte de Dios vuelve todo del revés. No queda en pie ni la moral cristiana, ni la dignidad del hombre, ni los derechos humanos, la democracia, el socialismo, el liberalismo y el anarquismo. Sólo quedan los valores vitales propios del superhombre, su jerarquía y su autoridad. Vano es el intento de quienes suprimen a Dios y pretenden apuntalar todo el edificio con sucedáneos como la razón o la justicia. El edificio, inexorablemente, se desmorona. Por eso, quizá Nietzsche sea la única alternativa seria al cristianismo. San Pablo afirmó que si sólo en esta vida esperamos en Cristo, somos los más miserables de los hombres. O Dios o el nihilismo. No hay alternativa. Otra cosa es que, como Max Scheler magistralmente demostró en El resentimiento en la moral, la crítica nietzscheana a la genealogía de la moral cristiana resulte equivocada.

Quienes se empeñan en esta tarea imposible de sustentar sus convicciones en el aire, sin su único fundamento posible, al menos deberían reconocer la inmensa labor social de la Iglesia en beneficio de los pobres y marginados. Pero nadie puede ver lo que no quiere ver. Sólo se fijan en los errores, y apenas les importa que sea precisamente la Iglesia la institución que más se ha empeñado en reconocerlos y pedir perdón por ellos, a pesar de que no se le reconozcan los muchos bienes que ha producido. Las mezquindades, agresiones e injusticias actuales no son sino síntomas de un mal mucho más hondo. Éste es el que debe ser tratado, más que aquellas. En España, cualquier estupidez compartida con otros pueblos adquiere proporciones ciclópeas. Toda politización del cristianismo fracasa necesariamente, tanto la de unos como la de los otros. Acaso el pasaje evangélico de la adúltera perdonada muestre el camino. Unos se obstinan en la lapidación; otros, se quedan con el perdón. Aquellos suelen olvidar la distinción entre la moral y el Derecho y propugnan una especie de «juridificación» de la moral. Éstos olvidan que Cristo, después de renunciar a condenar a la adúltera, le dijo: «Vete y no peques más». No declara, pues, abolidos el mal y el pecado. Por lo demás, sin la falta es imposible el perdón. También manipulan algunos su presencia entre prostitutas, publicanos y pecadores, pues no se trata de adhesión a su forma de vida ni de complacencia en su compañía, sino, por el contrario, de cumplir su misión de salvar a los pecadores. La Iglesia cumple su tarea, si no me equivoco, cuando condena el pecado y perdona al pecador arrepentido, no si insiste sobre todo en condenar jurídicamente al pecador ni si declara abolido el pecado.

La tragicomedia que vivimos es más obra de la ignorancia que de la maldad, aunque acaso ambas caminen, como enseñó Sócrates, de la mano. Lo que resulta más difícil de entender es el empeño, deliberado o no, de suscitar un problema donde no lo había. No hay en España una cuestión religiosa. La aconfesionalidad del Estado, que no el laicismo, está reconocida y garantizada por la Constitución y nunca ha sido puesta en entredicho, ni con los gobiernos de la UCD, ni con los del PSOE, ni con los del PP. La libertad de expresión de la Iglesia no se encuentra limitada por la conformidad forzosa con las propuestas legislativas del Gobierno. Criticar a la mayoría nunca es antidemocrático. Silenciar a las minorías sí que lo es. Es sólo cierto ingenuo y fatal adanismo, que parece haber invadido a los actuales gobernantes, el que les sugiere que todo está por estrenar: la democracia, la libertad y la aconfesionalidad del Estado. Incluso se diría que aspiran a estrenar una nueva Constitución. Sólo cabe esperar que lo que el Gobierno no rectifique por convicción, al menos lo haga por propio interés. España forma parte de Europa. Y ésta, si no es cristiana, no es Europa, sino que queda reducida a la condición geográfica de continente o a mero espacio para el libre comercio.

Ignacio SÁNCHEZ CÁMARA. 2004.12.09 –

 

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¿Cuánto habrá pasado desde que por primera vez un hombre opinó de distinta manera a otro y argumentó? Aunque hoy día más interesante sería ¿cuánto queda hasta que esto deje de suceder? ¿Por qué tantos gobiernos detestan la filosofía?

¿No será para mejor dominar al hombre bajo un neo-totalitarismo? 2005.

 

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“Jamás lo antiguo por antiguo ha sido bueno, como lo nuevo por nuevo, mejor.” S.S. Benedicto XVI.

 

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Solo Dios basta - "Antes que más diga, diré quien era la fundadora y como el Señor le hizo fundarle. Fue hija de Teresa de Layz, la fundadora del monasterio de la Anunciación de nuestra Señora de Alba de Tormes, de padres nobles, muy hijosdealgo y de limpia sangre. Tenían su asiento, por no ser tan ricos como pedía la nobleza de sus padres, en un lugar llamado Tordillos, que es dos leguas de la dicha villa de Alba. Es harta lástima que, por estar las cosas del mundo puestas en tanta vanidad, quieren más pasar la soledad que hay en estos lugares pequeños, de doctrina y otras muchas cosas, que son medios para dar luz a las almas, que caer un punto de los puntos que esto que ellos llaman honra traen consigo. pues habiendo ya tenido cuatro hijas, cuando vino a nacer Teresa de Layz, dio mucha pena a sus padres de ver que también era hija. Cosa cierto mucho para llorar que, sin entender los mortales lo que les está mejor, como los que del todo ignoran los juicios de Dios, no sabiendo los grandes bienes que puede venir de las hijas ni los grandes males de los hijos, no parece que quieren dejar al que todo lo entiende y los cría, sino que se matan por lo que se habían de alegrar. Como gente que tiene dormida la fe, no van adelante con la consideración, ni se acuerdan que es Dios el que así lo ordena, para dejarlo todo en sus manos. Y ya que están tan ciegos que no hagan esto, es gran ignorancia no entender lo poco que les aprovecha estas penas. ¡Oh, válgame Dios! ¡Cuán diferente entenderemos estas ignorancias en el día adonde se entenderá la verdad de todas las cosas, y cuántos padres se verán ir al infierno por haber tenido hijos y cuántas madres, y también se verán en el cielo por medio de sus hijas!

Pues, tornando a lo que decía, vienen las cosas a términos, que, como cosa que les importaba poco la vida de la niña, a tercer día de su nacimiento se la dejaron sola y sin acordarse nadie de ella desde la mañana hasta la noche. Una cosa habían hecho bien, que la habían hecho bautizar a un clérigo luego en naciendo. Cuando a la noche vino una mujer que tenía cuenta con ella y supo lo que pasaba, fue corriendo a ver si era muerta, y con ella otras algunas personas que habían ido a visitar a la madre, que fueron testigos de lo que ahora diré. La mujer la tomó llorando en brazos, y le dijo:

"¿Cómo, mi hija, vos no sois cristiana?", a manera de que había sido crueldad. Alzó la cabeza la niña y dijo: "Sí soy". Y no habló más hasta la edad que suelen hablar todos. Los que la oyeron quedaron espantados, y su madre la comenzó a querer y regalar desde entonces, y así decía muchas veces que quisiera vivir hasta ver lo que Dios hacía de esta niña. Criábalas muy honestamente enseñándolas todas las cosas de virtud."

Santa Teresa de Jesús, Historia de las Fundaciones, XX

 

Oración: Señor Dios, Tú que inspiraste en santa Teresa de Jesús una fe profunda para acometer las misiones más arduas en su celo por la reforma del Carmelo. Concédenos, por su intercesión, la gracia de vivir los acontecimientos personales y públicos de nuestra tiempo con su misma fe y con un celo ardiente por el bien de todos los hombres. Te lo pedimos por Jesucristo, tu Hijo, nuestro Señor, que contigo vive y reina en la unidad del Espíritu Santo, por los siglos de los siglos. Amén.

 

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"Obras todas del Señor, bendecid al Señor".-

“¡Señor, dueño nuestro, qué admirable es tu nombre en toda la tierra!” (Sal 8, 2).

 

La belleza de la naturaleza nos recuerda que Dios nos ha encomendado la misión de "labrar y cuidar" este "jardín" que es la tierra (cf. Gn 2, 8-17).

 

Que nos guíe y acompañe siempre con su intercesión, la Santísima Madre de Dios.

Su fe indefectible que sostuvo la fe de Pedro y de los demás Apóstoles, durante más de dos mil años, siga sosteniendo la de las generaciones cristianas, aquella y siempre misma fe. Reina de los Apóstoles, ruega por nosotros. Amen

 

 

Gracias por venir a visitarnos

 

‘CÓMO LA IGLESIA CONSTRUYÓ LA CIVILIZACIÓN OCCIDENTAL’

Ninguna institución ha hecho más para dar forma a la civilización occidental que la Iglesia Católica, y en modos que muchos de nosotros hemos olvidado o nunca sabido. Como la Iglesia construyó la civilización occidental es una lectura esencial para redescubrir esta relegada verdad. De un modo senillo y muy atractivo. 2007.

Autor: Thomas E. WOODS Jr. -

Editorial: CIUDADELA. 

 

Comprometidos con Dios – autor: Scott Hahn

El autor profundiza en la Escritura y la Tradición de la Iglesia, para exponer la importancia y la riqueza de los siete sacramentos, establecidos por Cristo: su doctrina, símbolos, historia y rituales. Con su habitual estilo vigoroso, Hahn narra su experiencia del descubrimiento de la vida sacramental, y ayuda al lector a entender la necesidad de los sacramentos en el plan de salvación de Dios. MMVI

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'JESUCRISTO PADECIÓ BAJO EL PODER DE PONCIO PILATO,
FUE CRUCIFICADO, MUERTO Y SEPULTADO'
Evangelio según San Lucas, Cap.3, vers.1º: El año decimoquinto del reinado del emperador Tiberio, cuando Poncio Pilato gobernaba la Judea, siendo Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Felipe tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene…

Crucifixión de San Pedro: fue crucificado al revés cabeza abajo - Pergamino con San Pedro en cruz invertida, de Maguncia- Alemania; entre el 900 y el 1000ca. - Museo Diocesano de la Catedral Maguncia (Mainz) Alemania - Pedro en su cruz, invertida. ¿Qué significa todo esto? Es lo que Jesús había predicho a este Apóstol suyo: "Cuando seas viejo, otro te llevará a donde tú no quieras"; y el Señor había añadido: "Sígueme" (Jn 21, 18-19). Precisamente ahora se realiza el culmen del seguimiento: el discípulo no es más que el Maestro, y ahora experimenta toda la amargura de la cruz, de las consecuencias del pecado que separa de Dios, toda la absurdidad de la violencia y de la mentira. No se puede huir del radicalismo del interrogante planteado por la cruz: la cruz de Cristo, Cabeza de la Iglesia, y la cruz de Pedro, su Vicario en la tierra. Dos actos de un único drama: el drama del misterio pascual: cruz y resurrección, muerte y vida, pecado y gracia.

La maternidad divina de María – Catecismo de la Iglesia
495 Llamada en los Evangelios 'la Madre de Jesús'(Jn 2, 1; 19, 25; cf. Mt 13, 55, etc.), María es aclamada bajo el impulso del Espíritu como 'la madre de mi Señor' desde antes del nacimiento de su hijo (cf Lc 1, 43). En efecto, aquél que ella concibió como hombre, por obra del Espíritu Santo, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el Hijo eterno del Padre, la segunda persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre de Dios [Theotokos] (cf. Concilio de Éfeso, año 649: DS, 251).
La virginidad de María
496 Desde las primeras formulaciones de la fe (cf. DS 10-64), la Iglesia ha confesado que Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María únicamente por el poder del Espíritu Santo, afirmando también el aspecto corporal de este suceso: Jesús fue concebido absque semine ex Spiritu Sancto (Concilio de Letrán, año 649; DS, 503), esto es, sin semilla de varón, por obra del Espíritu Santo. Los Padres ven en la concepción virginal el signo de que es verdaderamente el Hijo de Dios el que ha venido en una humanidad como la nuestra:
Así, san Ignacio de Antioquía (comienzos del siglo II): «Estáis firmemente convencidos acerca de que nuestro Señor es verdaderamente de la raza de David según la carne (cf. Rm 1, 3), Hijo de Dios según la voluntad y el poder de Dios (cf. Jn 1, 13), nacido verdaderamente de una virgen [...] Fue verdaderamente clavado por nosotros en su carne bajo Poncio Pilato [...] padeció verdaderamente, como también resucitó verdaderamente» (Epistula ad Smyrnaeos, 1-2).

El acontecimiento histórico y transcendente – Catecismo de la Iglesia
639 El misterio de la resurrección de Cristo es un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas como lo atestigua el Nuevo Testamento. Ya san Pablo, hacia el año 56, puede escribir a los Corintios: "Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce: "(1 Co 15, 3-4). El apóstol habla aquí de la tradición viva de la Resurrección que recibió después de su conversión a las puertas de Damasco (cf. Hch 9, 3-18).
El sepulcro vacío

640 "¿Por qué buscar entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado" (Lc 24, 5-6). En el marco de los acontecimientos de Pascua, el primer elemento que se encuentra es el sepulcro vacío. No es en sí una prueba directa. La ausencia del cuerpo de Cristo en el sepulcro podría explicarse de otro modo (cf. Jn 20,13; Mt 28, 11-15). A pesar de eso, el sepulcro vacío ha constituido para todos un signo esencial. Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección. Es el caso, en primer lugar, de las santas mujeres (cf. Lc 24, 3. 22- 23), después de Pedro (cf. Lc 24, 12). "El discípulo que Jesús amaba" (Jn 20, 2) afirma que, al entrar en el sepulcro vacío y al descubrir "las vendas en el suelo"(Jn 20, 6) "vio y creyó" (Jn 20, 8). Eso supone que constató en el estado del sepulcro vacío (cf. Jn 20, 5-7) que la ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana y que Jesús no había vuelto simplemente a una vida terrenal como había sido el caso de Lázaro (cf. Jn 11, 44).