Thursday 27 April 2017 | Actualizada : 2017-03-29
 
Inicio > Leyendas Negras > Europa - 4º lo que debe a la Iglesia Católica: historia, universidad, aritmética

1202. El sacerdote católico, fraile Fibonacci, escribe el «Liber Abaci» y con él los números hindúes traídos por los árabes hasta España, empiezan la conquista de todo el continente europeo.

 

 

La sucesión de Fibonacci

Consideremos la siguiente sucesión de números:

1, 1, 2, 3, 5, 8, 13, 21, 34...

Cada número a partir del tercero, se obtiene sumando los dos que le preceden. Por ejemplo, 21 = 13 + 8; el siguiente a 34 será 34 + 21 = 55.

Esta sucesión es la llamada "sucesión de Fibonacci" (Leonardo de Pisa 1170-1240).

Los cocientes (razones) entre dos números de la sucesión, se aproximan más y más al número áureo (1´61803...).


Siglo XIII. El comercio le pone las pilas a la numeración y a la aritmética.

1478. La imprenta da a luz el primer libro de matemáticas, una aritmética mercantil.

1489/1544. En los puertos de la Liga Hanseática nacen los signos + y -, y el de la raíz cuadrada.

1494. La aritmética y la contabilidad, un matrimonio perfecto en la «Summa» de Luca Pacioli.

1557. Recorde inventa el signo =-

1632. Oughtred idea el aspa (x) como signo de la multiplicación. Su idea fue CEPTADA.

 

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Nicomachus o Nicómaco (60 d.C. - 120 d.C.) nació en Gerasa, (actualmente Jerash, Jordania). Uno de los más importantes matemáticos del mundo antiguo. Influido por Aristóteles y Pitágoras, es conocido por su Introducción a la Aritmética, considerado el primer trabajo en el que la aritmética se separa de la geometría y donde se trató sobre los números deficientes, perfectos o abundantes. Sus métodos y disciplinas fueron estudiados y transmitidos por el monaquismo cristiano a través de sus copistas. De tal importancia su saber, que fue libro de texto durante toda la Edad Media.

 

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Aquellos que niegan las raíces cristianas de Europa no pecan contra la Iglesia, sino contra la Historia.

 

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El catedrático Eudaldo Forment MMVIII

 

Eudaldo Forment, autor del prólogo a la nueva edición de "Idea de la Hispanidad", celebra con Diario YA la Fiesta Nacional

 

"La cualidad propia del humanismo español es la fe en la igualdad de todos los hombres"

 

Rafael Nieto. 12 de Octubre.

Eudaldo Forment, Catedrático de Metafísica en la Facultad de Filosofía de la Universidad de Barcelona es un catalán que, precisamente por serlo, se siente muy orgulloso de ser español. Por eso hemos querido charlar con él sobre el prólogo que ha escrito de la nueva edición de la obra "Idea de la Hispanidad", de Manuel García Morente, de la editorial Homo Legens. Un libro que recoge una serie de conferencias pronunciadas por quien fuera el mejor discípulo de José Ortega y Gasset los días 1 y 2 de Junio de 1938 en la Asociación de Amigos del Arte en Buenos Aires.

 

¿Cómo entiende Vd. la palabra “hispanidad” (con minúscula), teniendo en cuenta la cantidad de interpretaciones y controversias que despierta esa palabra?

 

                Creo que el término «hispanidad», creado en 1926 por Zacarías de Vizcarra, para sustituir al de «raza», que se empleaba  entonces y que no parecía adecuado para designar a pueblos integrados por diferentes razas, tiene un significado, que me parece indiscutible, y que se podría escribir, como indica Usted, en minúscula. Expresa el conjunto de naciones que han surgido de una misma raíz española. Constituyen una especie de «familia de naciones», una colectividad de pueblos que hablan, piensan, sienten, rezan y viven, en definitiva, al modo español. Negar esta comunidad de pueblos y naciones de Europa, América, África y Oceanía, de cultura y origen hispánico, sería ir contra la historia y la realidad.

 

Usted habla en su prólogo de “Defensa de la Hispanidad”, la famosa obra de Maeztu, y de esta “Idea de la Hispanidad” de García Morente, quizá no tan popular…¿qué conceptos básicos defienden los dos autores?, ¿en qué se diferencian, o qué matices distintos ofrecen?

 

                También estoy plenamente convencido de queel filósofo Manuel García Morente, el famoso catedrático de Ética de la Universidad de Madrid, que falleció en 1942, acertó plenamente al distinguir entre dos acepciones de hispanidad. Una, la citada, que sería una hispanidad concreta, la que se da en la historia, y otra abstracta, en cuanto expresaría la esencia de lo español, aquello que por lo cual lo hispánico es hispánico. Esta esencia o idea de “Hispanidad”, que merece escribirse con mayúscula, es la que explicaría sus distintas concreciones en diferentes lugares y momentos históricos o temporales. García Morente en la Idea de la Hispanidad, demuestra, utilizando el método fenomenológico, de Husserl, aplicado a la historia, que está esencia de lo hispánico es un estilo, una modalidad singular, diferente de otros ideales colectivos. Ramiro de Maeztu, en su Defensa de la Hispanidad  descubrió que la cualidad propia constitutiva del humanismo español es la fe profunda en la igualdad esencial de todos los hombres. Además, que su origen está en una verdad católica: todo pecado puede recibir la redención y todo justo, en este mundo, puede no ser fiel a la gracia. El español no cree ni en razas ni pueblos superiores. Lo hispánico es reconocer y respetar la dignidad de todos los hombres.

 

Quizá lo que más preocupe del momento actual no es que en un Día como hoy (domingo, 12 de octubre) haya miles de exaltados que nos insulten a quienes nos sentimos españoles, sino el desconocimiento profundo que existe en el pueblo español acerca de lo que es la hispanidad y lo que ello
representa, ¿no le parece?

 

               Tiene Usted mucha razón. Tanto Maeztu como García Morente creen que los ideales hispánicos, por ser esenciales, de manera parecida como es la idea de justicia, trascienden el espacio y el tiempo y permanecen, aunque en un determinado momento, por ejemplo, pocos o incluso ninguno sea justo. Hoy especialmente deberíamos aprender la lección que nos dan con sus escritos: ayudar a recuperar la memoria de los valores hispánicos.

 

Llama mucho la atención, volviendo al texto de G. Morente, los catorce rasgos que él encuentra en el “estilo hispánico” caballeresco…¿Piensa que hoy, con esto de la igualdad de género y el relativismo imperante, la mayoría de los jóvenes lo encontrarían “sexista” o “demodé”?, ¿cree que habría base, sólo con estas características indiscutiblemente comunes, a impulsar algo así como un nuevo “nacionalismo español” (lo digo porque como otros presumen de “rh”…)?

 

               Una pregunta parecida me hizo hace pocos días una periodista de una cadena de radio hispanoamericana. Le contestaré, si me permite, de la misma manera. García Morente encuentra, como Usted muy bien ha dicho,  catorce rasgos en el hombre de la hispanidad, al que denomina «caballero cristiano». Naturalmente no se refiere ni sólo al varón ni a una sola nación como España. Es innegable que estos rasgos se dieron en un grado superior en mujeres hispánicas, como, por ejemplo, en Isabel la Católica o en Santa Teresa de Jesús, por citar a dos muy representativas. Son cualidades, como el «quijotismo», el valor, el no dejarse humillar, ni ser servil, entre otras, que se pueden descubrir en todos los momentos de la historia, en hombres y mujeres, y en cada una de las veinte naciones de la hispanidad. Siempre en determinados grados, que varían, y a veces quedan velados por otras cualidades accidentales o circunstanciales, e incluso por notas negativas.

 

Usted cita en su prólogo, y también lo hacía Ramiro de Maeztu en su obra más célebre, a otros intelectuales españoles, como Menéndez Pelayo, Jaime Balmes o Donoso Cortés…, ¿qué han aportado ellos al sentido de la hispanidad? 

 

        Me alegra que me haga esta pregunta, porque, aunque el término «hispanidad» sea relativamente reciente, sus significados han estado siempre presentes en nuestra cultura. Jaime Balmes decía, a principios del siglo XIX, en Cataluña, que el fundamento de toda la nación española, y de las ramas que han brotado de ella en el mundo, está en el catolicismo. Menéndez Pelayo precisaba, en este sentido,  que la religión católica es la que dio la unidad a España, y la que le permitió ser fecunda. Añadía el ilustre polígrafo santanderino que el día que España pierda la religiosidad volverá al estéril cantonalismo, como el de los reyes taifas. Lo que en realidad hizo García Morente fue desarrollar, y con un avance considerable, el concepto de hispanidad, del que siempre se ha tenido conciencia.

 

Uno de los rasgos que enumera G. Morente, y que aparece en el resto de autores citados, es la innegable religiosidad y el catolicismo de los españoles…, quizá por eso no deja de sorprender el empeño de los políticos de hoy en barrer todo rastro de Fe en la vida pública española. ¿Usted piensa que puede llegar a perderse por completo la fe católica en nuestro país?

 

                Muchos indicios parecen apuntar a ello, pero, como participo completamente de la visión providencialista de estos grandes intelectuales, muchas veces silenciados, confió en la intervención de Dios en la historia de la hispanidad. Los ideales hispánicos serán siempre fecundos. Se iniciaron en España y se extendieron en el espacio y en el tiempo pasado. Pueden hacerlo, igualmente con la ayuda de Dios, también en el futuro. Creo, sin embargo, con el hispanista argentino Alberto Caturelli, que esta vez la ayuda concreta vendrá de América. Hispanoamérica devolverá así lo que en el pasado le dio España.

 

Otro fenómeno que siempre sale a relucir los “12 de Octubre” es el asunto de la bandera: quienes creen que exponerla en una plaza pública es una provocación, y quienes simplemente nos sentimos orgullosos de ella al verla ondear al viento, ¿cree que este es un fenómeno exclusivo de España?, ¿piensa que es consecuencia exclusiva de la dictadura de Franco, o puede haber algún otro “ingrediente” de tipo sociológico?

 

               El uso de las banderas como símbolo nacional no tiene nada que ver con la historia reciente. Es muy antiguo y casi universal. Se sabe que eran ya utilizadas por los pueblos asirios y en Egipto. Probablemente, su uso que se ha extendido a todos los pueblos y culturas, y que parece incluso connatural al ser humano, no sólo es representativo de la nación, sino también una manera de expresar concretamente la virtud del patriotismo. Se advierte claramente en las manifestaciones deportivas de carácter internacional. Cuando falta el patriotismo, puede ocurrir que sea vea la bandera como algo sin sentido e incluso negativo u hostil, tal como Usted ha señalado.

 

Hay muchos “hispanistas” extranjeros,  y eso demostraría que España es un país que apasiona y seduce…Pero en cambio, a la mayoría de los ciudadanos españoles les aburre la Historia de España, ¿a qué puede
deberse?, ¿qué consecuencias tiene esto para una nación milenaria como la nuestra?

 

               Decía San Agustín que la facultad más importante del hombre es la «memoria de sí», el tener presente el propio yo, con lo que soy, con mi pasado, con  mi historia. Gracias a esta memoria personal puedo tener inteligencia y voluntad libre. Se podría decir lo mismo de la hispanidad y también más concretamente de España. Si desconozco los momentos en que se ha manifestado el estilo español, ni lo entenderé, ni lo amaré Además, lo que todavía es peor, perderé libertad. Adoptaré o me impondrán otros estilos, o sucedáneos del mismo, que ya no serán propios. En definitiva, sin pasado, perderé el futuro. Es una grave responsabilidad que debemos asumir todos los españoles e hispánicos en general. 2008-X-12

 

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La libertad de pensamiento y de expresión constituye la gran conquista occidental, que hoy día es patrimonio del mundo entero. Todo intento de constreñir ese pensamiento que se atiene exclusivamente a la evidencia supone un atentado contra la dignidad de la persona humana. Confundir la enseñanza con el adoctrinamiento y la información con la propaganda implica un retroceso en lo que constituye la base de nuestra civilización. Donde está el espíritu, allí se encuentra la libertad.

 

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La Iglesia no es enemiga de la historia, ni mucho menos. Es, si acaso en estos momentos de memorias como amnesias y de amnesias como memorias, la institución que, una vez más, está empeñada en salvar la historia, preservar la historia. A este paso, la verdad de la historia terminará por refugiarse entre los muros de lo sagrado, como aquel tiempo en el que el saber clásico greco-latino se refugió entre las tapias de las abadías y de los monasterios.

 

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Ocurre, además, que la universidad, institución clave en la cultura occidental, fue creada en gran medida por la Iglesia, en desarrollo de las enseñanzas dadas, en la Edad de Supervivencia europea o Alta Edad Media, en torno a los templos y, luego, a las catedrales. Cristianismo y universidad han estado estrechamente vinculados durante siglos, para que ahora unos fanáticos agresivos pretendan cortar esos lazos y raíces para imponer ideologías totalitarias bajo membrete laicista.

Y es preciso desenmascarar las pretensiones de "cultura" con que nuestros matones talibanes tratan de encubrir sus desmanes. Ningún universitario está obligado a ser creyente, pero los derechos de los creyentes y la tradición universitaria –de origen cristiano, guste o no a estos ignorantes– deben ser respetados. Si queremos convivir en libertad.

 

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La escritura es sin duda la invención más importante de la historia humana, porque gracias a ella han podido acumularse y diversificarse los conocimientos, el arte, etc. En los milenios y decenas de milenios anteriores los hombres apenas si podían mantener los conocimientos, relatos y tradiciones adquiridas, estrechamente limitados por la memoria oral y expuestos por ello a continuas desvirtuaciones o variaciones puramente azarosas, incluso en pueblos cuyos sacerdotes cultivaron la memoria con especial asiduidad, como los celtas. ¡Cuántos relatos, creencias, sucesos, reflexiones y observaciones valiosas se habrán perdido a lo largo de ese largo tiempo!

Probablemente la escritura nació en los templos de las primeras civilizaciones, inventada por las castas sacerdotales, en un principio con propósitos conservadores: asegurar la permanencia y fidelidad de los ritos. Los documentos escritos más antiguos suelen tener carácter religioso. Y su aplicación al comercio pudo muy bien haber tenido el mismo origen, pues los templos solían ser también centros de comercio –a veces incluso sexual–. Asimismo encontraremos en ellos las primeras observaciones más o menos científicas sobre el cosmos, la naturaleza con fines económicos o medicinales, y unos principios de geometría necesarios para la construcción de grandes edificios.

En definitiva, los sacerdotes eran el único grupo social no excesivamente presionado por la necesidad de ganarse el pan o por las exigencias de la guerra o del poder, y podían dedicar tiempo a otras actividades, según el frado de su curiosidad espiritual. Todavía en tiempos tan recientes como nuestra alta Edad Media, la lectura era ignorada por las capas bajas de la población y a menudo desdeñada por las, digamos, clases políticas. La conservación de gran parte de la cultura clásica se debió a los clérigos, y asimismo las primeras escuelas.

15 de Diciembre de 2007 - 17:44:18 - Pío Moa –‘L.D.ESP.’

 

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Lucas Pacioli - (Paciuolo) 1450?ca. Matemático, nacido en Borgo San Sepolco, Toscana, hacia la mitad del siglo XV; muerto, probablemente, algo después de 1509. Poco se conoce acerca de su vida. Llegó a ser fraile franciscano y consecutivamente profesor de matemática en Perugia, Roma, Nápoles, Pisa, y Venecia. Con Leonardo da Vinci  estuvo en Milán en la corte de Luis el Moro, hasta la invasión francesa. Los últimos años de su vida los pasó en Florencia y Venecia. Sus escritos científicos, aunque humildes en estilo, constituyeron la base para los trabajos de los matemáticos del siglo XVI, incluídos Cardan y Tartaglia. En su primer trabajo, "Summa de Arithmetica, Geometria, Proportioni, et Proportionalita", Venecia, 1494, utilizó, libremente, los escritos de Leonardo da Pisa (Fibonacci) sobre la teoría de los números. De esta manera, logró preservar fragmentos de algunos trabajos, perdidos, de ese matemático. La aplicación de álgebra a la geometría, y el tratamiento para la teoría de la probabilidad, contribuyeron también para hacer, notable, este tratado. La "Divina Proportioni" (Venecia, 1509), fue escrita con alguna cooperación de Leonardo da Vinci. Es de interés, principalmente, por algunos teoremas sobre el trazado de poliedros dentro de otros poliedros y por el uso de letras para indicar cantidades numéricas. Su edición de Euclid fue publicada en 1509, en Venecia.

PAUL H. LINEHAN - Transcrito por Christine J. Murray
Traducido por José Luis Anastasio

 

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Comunistas y socialistas destruyendo el patrimonio cultural... bibliotecas, museos, etc.…

Les recordaremos que "memoria histórica" es el brutal cerco al que fue sometido Oviedo en la Revolución del 1934 y en la Guerra del 1936; Los comunistas y socialistas no escapen a la "memoria histórica": son los bombardeos que durante un año asolaron Oviedo; la voladura de la Cámara Santa y la torre de la Catedral; la quema de la Universidad y de su biblioteca, de la Audiencia y de su archivo.

Millares de libros y antiquísimos códices –conservados por la Iglesia Católica-  fueron desvastados por el fuego y algunos robados…. Innumerables obras de arte fueron destruidas con los saqueos de iglesias, además de los asesinatos de sacerdotes, religiosos y fieles católicos por el simple hecho de serlo, dentro de la mayor persecución religiosa de la historia; y un largo etcétera que todavía muchos ovetenses, con muy buena "memoria histórica" recuerdan. 2008.V.

 

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«Cultura es, ante todo, el mejoramiento intelectual y moral de la persona y el resultado de ese mejoramiento»

Una cultura del hombre sólo es auténtica cultura humana y humanista si esta abierta a los valores absolutos, los cuales no tienen en el hombre su más radical fundamento. Y una civilización sólo será humana y positiva si logra una situación jurídica y una cultura donde el hombre se afirme, porque ancla en las exigencias más profundas de su propia naturaleza, y por la cual el hombre puede acceder a la Verdad, al Bien y a la Belleza, que son los tres ordenes de la verdadera cultura y fuente de toda verdadera felicidad.
El Cristianismo ha aportado los elementos esenciales de la cultura»

Alvaro Maortua – 2003.

 

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Su Eminencia el doctor Giuseppe Cardenal Gaspare Mezzofanti *(1774-1849), que era también profesor de lenguas orientales y de griego a la Universidad de Bologna, Italia, conocía bien 58 lenguas con sus relativos dialectos. A los núcleos históricos de la Biblioteca (otrora Pontificia) de Bologna,  en el curso de los siglos XIX y XX, importantes ofertas, donaciones y adquisiciones de fondos especiales, la han enriquecido. Ya en el 1857, la librería políglota del Cardenal Giuseppe Gaspare Mezzofanti, fue adquirida por el Papa Pío IX a un valor de 2000 escudos que, posteriormente donó el mismo Papa, a la Biblioteca de Bologna.

 * Probablemente el mayor políglota de la historia.

 

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Las difíciles condiciones de vida de la época medieval, un período en el que la muerte, bien en la batalla, bien presa de la enfermedad, era lugar común en casas de pobres y ricos. A pesar de que no eran tiempos fáciles, y, en parte, porque no eran tiempos fáciles, Dios representaba el centro de la vida cotidiana medieval. La devoción estaba presente en todos los rincones de la casa. En los palacios, las muestras eran aún más abundantes, con relieves en capiteles, columnas y dinteles, frescos en los muros, piezas escultóricas que formaban parte de la decoración, capillas en todas las residencias, y un especial cuidado en los enterramientos funerarios, por ser paso hacia la vida eterna.

 

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Es difícil calificar una institución –como la Iglesia Católica que, en sus dos mil años- nos ofrece con sus bibliotecas, monasterios y universidades, nada menos que el ‘patrimonio intelectual de la humanidad’.

 

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‘El caso andalusí’ - Al Andalus fue un periodo, obviamente por ser de imposición y ocupación musulmana, entra como otro ejemplo más de intolerancia islámica. No es verdad que fue siempre una convivencia serena o pacífica entre gentes de religiones diversas; nada más lejos de la realidad histórica apodíctica, demostrada y enseñada por los escritos –a todos conocidos- de tal época. También las mujeres mahometanas ‘siervas coránicas, sumisas musulmanas’ bajo el mismo Corán, sufrieron.

En lo femenino, los poemas de la princesa omeya Wallada o los de Hind, conocida como ‘la divina doctora’ son bellos, pertenecen a esa literatura que se hace amar. Pero nunca, imposible en contenido, tenor y, por la altísima calidad en la escritura femenina teresiana, cabría intentar compararlos a los de la Wallada. Teresa de Ávila, con sus rasgos ascéticos, aplicados al dominio radiante de la lengua, hace de sus propios versos carmelitanos, insuperables e incomparables hasta en nuestros días. En la excelsa poesía mística universal, es el exceso de belleza y experiencia de lo divino que nos ofrece esa excepcional mujer ‘Teresa de Ávila’. A su lado, también fuera de la regla común, aparece otro hijo de la Iglesia Católica: su gran amigo el doctor San Juan de la Cruz. Ambos descubren en la arquitectura de las letras, sublimes senderos celestiales. Ambos exquisitos literatos españoles, bienaventurados en el deleite místico del trazar signos, fueron conocedores de la contrariedad que significaba el yugo moro, ese constante acoso musulmán, sea proveniente desde el norte africano, sea desde el imperio otomano, también musulmán. ¡Y en Lepanto vencido!

 

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Algunos piensan, no sin razones que la cultura europea está en decadencia y puede llegar a desaparecer. No es imposible si se toma en el sentido estricto de europeo-occidental, pero en cambio no es posible si se refiere al fondo o núcleo esencial de la misma, el cristianismo, que primero fue judío, luego romano, bárbaro, feudal, europeo, americano y después africano y asiático. El cristianismo no está hecho para lograr una cultura propia, cerrada y perecedera, sino para ser la sal y la luz de cualquiera de las civilizaciones que vayan apareciendo y que quieran llevar en ellas algo de eternidad.

 

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"El cristianismo es creador de cultura en su mismo fundamento", (Discurso a la UNESCO, 2 de junio de 1980). En el mundo cristiano, una cultura realmente prestigiosa se ha extendido a lo largo de los siglos, tanto en el campo de las letras y de la filosofía, como en el de las ciencias y de las artes. El sentido mismo de la belleza en la antigua Europa es ampliamente tributario de la cultura cristiana de sus pueblos, y su paisaje ha sido modelado a su imagen. El centro en torno al cual se ha construido esta cultura es el corazón de nuestra fe: el misterio eucarístico. Las catedrales al igual que las humildes iglesias de los campos, la música religiosa como la arquitectura, la escultura y la pintura, irradian el misterio del verum Corpus, natum de Maria Virgine, hacia el cual todo converge en un movimiento de admiración. Por lo que concierne a la música, recordaré con mucho gusto, éste año a Giovanni Pierluigi da Palestrina, con ocasión del cuarto centenario de su muerte. Parecería que en su arte, después de un período de confusión, la Iglesia vuelve a encontrar una voz pacifica por la contemplación del misterio eucarístico, como una serena respiración del alma que se sabe amada de Dios.

La cultura cristiana refleja admirablemente la relación del hombre con Dios, renovada en la Redención. Ella abre a la contemplación del Señor, verdadero Dios y verdadero hombre. Esta cultura se halla vivificada por el amor que Cristo derrama en los corazones (cf. Rm 5, 5), y por la experiencia de los discípulos llamados a imitar a su Maestro. De tales fuentes han nacido una conciencia intensa del sentido de la existencia, una gran fuerza de carácter alegre en el corazón de las familias cristianas y una fina sensibilidad, antes desconocida. La gracia despierta, libera, purifica, ordena y dilata las potencias creativas del hombre. Y, si invita a la ascesis y a la renuncia, es para liberar el corazón, libertad eminentemente favorable tanto para la creación artística como para el pensamiento y la acción fundados en la verdad.

9. Así, en esta cultura, el influjo ejercido por los santos y las santas es determinante: por la luz que irradian, por su libertad interior y por la fuerza de su personalidad, marcan el pensamiento y la expresión artística de períodos enteros de nuestra historia. Basta recordar aquí a san Francisco de Asís: tenía un temperamento de poeta, algo que testimonian ampliamente sus palabras, sus actitudes y su sentido innato del gesto simbólico. Aunque se situo bien lejos de toda preocupación literaria, no es menos creador de una nueva cultura, en el campo del pensamiento y la expresión artística. San Buenaventura y Giotto no se habrían realizado sin él.

Es decir, queridos amigos, allí reside la verdadera exigencia de la cultura cristiana. Esta maravillosa creación del hombre sólo puede surgir de la contemplación del misterio de Cristo y de la escucha de su palabra, puesta en práctica con una total sinceridad y con un compromiso sin reservas, a ejemplo de la Virgen María. La fe libera el pensamiento y abre nuevos horizontes al lenguaje del arte poético y literario, a la filosofía y a la teología, así como a otras formas de creación propias del genio humano.

Es en la expansión y en la promoción de esta cultura que: unos son llamados mediante el diálogo con los no-creyentes: otros mediante la búsqueda de nuevas expresiones del ser cristiano, todos mediante una irradiación cultural más vigorosa de la Iglesia en este mundo en búsqueda de la belleza y de la verdad, de unidad y de amor.

Para cumplir vuestra tarea, así bella, así noble y así necesaria, os acompañe mi bendición apostólica, con mi afectuosa gratitud.

 

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La religión católica es algo consustancial a España desde tiempo de los emperadores Constantino y Teodosio, en el siglo IV de nuestra era. Hispania parece tierra apropiada para que el cristianismo arraigue, con una clase media latinizada en las ciudades y un campo en el que no habían llegado a penetrar los ídolos romanos y su culto imperial, mientras seguían ciertas prácticas paganas ancestrales. Campo abonado, efectivamente, para una religión que se dirige al individuo y a la sociedad al margen del Estado, y que se ocupa más del espíritu que de lo material. Predica el amor, la sobriedad, lo sobrenatural, incluso el sacrificio y el martirio en defensa de la fe, algo que tan bien se presta a la tradicional devotio hispánica.

Pocas, casi nulas, las noticias sobre los inicios de la propagación del cristianismo en la Península. Entre la Historia y la leyenda, la venida del apóstol Santiago, la devoción itinerante de Europa, la tradición del Pilar y la visita a España que anunciaba san Pablo en su epístola a los Romanos.
Según Tertuliano, la nueva religión se extendió al norte peninsular con verdadero éxito entre cántabros y astures, que tanto habían resistido a las legiones romanas. En cambio, entre los vascones, que no se habían resistido, tardó mucho años en penetrar en sus valles pirenaicos, que siguieron largo tiempo hundidos en el paganismo y la brujería.
Contribuyeron a la expansión del cristianismo los llamados Varones Apostólicos: Torcuato, Tesifonte, Indalecio, Segundo… Este último nombrado obispo de Abula, probablemente Ávila. En conjunto puede decirse que había ya varias comunidades cristianas a fines del siglo II. También que las primeras persecuciones contra ellas fueron las de Decio y Diocleciano. En su tiempo, Roma seguía considerando a los cristianos como un peligro para el Imperio.

(José Antonio Vaca de Osma)

 

 

Concilio de Iliberis (Elvira)
En el año 314 se reunió este concilio al que asistieron 19 obispos, entre ellos el gran Osio de Córdoba. Los cánones de este concilio nos dan una idea de como era la sociedad cristiana en España a primeros de siglo IV. El canon 60 trataba de frenar el celo exagerado de algunos fieles, indicando que no se considerará mártir de la fe al que hubiera derribado los ídolos y sufriera muerte por ello. En el canon 51 se prohibía a los clérigos y también a los fieles comer con los hebreos bajo pena de excomunión. El mismo canon mandaba a los propietarios que en ninguna manera consintieran a los judíos bendecir las mieses, para que no esterilizaran la bendición de los cristianos. En cuanto a la condición moral de la sociedad, podemos adivinar la situación a través de los 14 cánones dedicados al matrimonio: Se niega la comunión a la mujer bígama en el canon 8; al incestuoso en el canon 66; al adúltero pertinaz en los cánones 47 y 48; a la infanticida en el 63; al marido consentidor en el adulterio de su esposa en el 70; e impuso penas a la viuda caída en pecado en el canon 72; a la mujer que abandone a su consorte, en el canon 9; y aún a las casadas que dirijan a los laicos en nombre propio cartas amatorias, en el canon 81. Excluye de la comunión al reo de homosexualidad (71); a las prostitutas y alcahuetas (12); al clérico fornicador (18); manda a obispos, diáconos y presbíteros abstenerse de sus mujeres (33), e impone siete años de penitencia a la mujer que con malos tratos cause la muerte de su sierva. En este concilio aparece por primera vez en la historia de la Iglesia una disposición a favor del celibato del clero. También prohíbe el Concilio los matrimonios de cristianos con gentiles, herejes o judíos…

 

 

 

Época cristiano-romana

Primeras manifestaciones. –Heterodoxias. –Los agapetas. Prisciliano: descubrimiento de opúsculos suyos. –Sus doctrinas. –Juicio de ellas. –Baquiario. –Origenismo: los Avito.

 

La literatura cristiana, desenvuelta en pos de la conversión del imperio, es menos española, debido a su carácter religioso y cosmopolita. Llenan este período los poemas religiosos, hagiografías, tratados teológicos, disciplinarios y litúrgicos, sin que ni las obras de Osio, el elocuente obispo de Córdoba, propagador del platonismo, que pronunció la Fórmula de la fe en el concilio de Nicea y a quien se atribuye una traducción del Timeo, bien que la desempeñara por sí, o que la mandara ejecutar a Calcidio, brinden el mínimo interés para el pensamiento nacional.

 

Apenas cristianizada la península ibérica, florecen las heterodoxias, aunque ninguna con carácter nacional. Sin detenernos en los libeláticos, no disidentes, sino cobardes obispos y tibios creyentes, ni en las opiniones más o menos acertadas referentes a la Encarnación que se profesaron en la Bética, ni menos en el donatismo, el luciferianismo ni en las ráfagas arrianas, porque nada hay en ello de indígena ni de propiamente filosófico, señalaremos la intrusión en el siglo IV del gnosticismo, debida a Marco, el egipcio, y sus discípulos el retórico Elpidio y la matrona Agape, de cuyo nombre se derivó el de agapetas, aplicado a la nueva comunión. Del agapetismo aprendió Prisciliano, español, [16] rico y erudito, cualidades a que, según Sulpicio Severo, «mezclaba gran vanidad, hinchado con su falsa y profana ciencia».

De las ideas de Prisciliano, únicamente se sabía lo que cantaban sus enemigos, pues no poseíamos más que algunas líneas reputadas auténticas; pero en 1885 el doctor Jorge Schepss encontró en la biblioteca de la Universidad de Wurzbourg un códice del siglo V con once opúsculos anónimos. La lectura de ellos convenció al Dr. Schepss de que nadie podía ser su autor sino Prisciliano y divulgó su descubrimiento en una Memoria, a cuyo frente va un facsímile de una hoja del original, que presenta claros indicios de ser escritura española.

Es el primero de los opúsculos citados el Liber Apologeticus, en que Prisciliano rebate el libelo presentado por Itacio en el concilio de Zaragoza. El segundo, el Liber ad Damasum episcopum, relación de los sucesos que se desarrollaron desde la clausura del concilio hasta la llegada del autor a Roma, acompañado de una vindicación de su doctrina y conducta. Sigue el Liber de fide et apocryphis, en defensa de los libros apócrifos. Los siguientes, menos importantes, son: Tractatus ad populum I, Tractatus ad populum II, compuestos ambos de pláticas dirigidas al pueblo; Tractatus Genesis, Tractatus Exodi, no menos enderezados a la propaganda popular; dos tratados sobre los salmos primero y tercero, y la Benedictio super fideles, notable por su estilo oratorio, pero sin interés por lo que respecta a la doctrina. Completa este descubrimiento la compilación titulada Priscilliani in Pauli Apostoli Epistulas (sic) Canones a Peregrino Episcopo emendati. No se sabe quién sería este Peregrino que, según confiesa, expurgó la obra de Prisciliano y le antepuso un breve prefacio, ni hasta dónde logró alterar el primitivo texto. Al lado de tales testimonios, ayúdannos a reconstruir el credo priscilianista los escritos de Orosio y Santo Toribio, pues las noticias de éstos son las que reproducen Sulpicio Severo, San Agustín, San Jerónimo y San León. [17]

Parece que los priscilianistas daban enseñanza oral y reservaban ciertas doctrinas esotéricas para los perfectos. Prisciliano lo niega en el Apologético citado, mas hay indicios en el himno de Algirio que Jesús dijo secretamente a los apóstoles, en algunas abraxas y en las reuniones secretas de los afiliados.

Esta observación es importante, porque de lo contrario no podría explicarse la incoherencia de ciertas afirmaciones de Prisciliano. Hay que pensar que esas opuestas sentencias se hallaban armonizadas por vínculos que no conocemos. Una de estas contradicciones, probablemente aparentes, es la de no admitir distinción de personas en la esencia divina, sino sólo en los atributos, siendo el mismo Dios unas veces Padre, otras Hijo y otras Espíritu Santo, habiendo, por consecuencia de esta indivisibilidad, padecido las tres personas muerte en la cruz y admitir que el hijo era inferior y posterior al padre, el cual no tuvo hijo hasta que lo engendró.

En varias ocasiones, principalmente en los dos primeros opúsculos, Prisciliano hace una profesión de fe perfectamente ortodoxa y anatematiza con sospechosa insistencia las herejías de que era generalmente acusado; mas debe rebajarse mucho de su ortodoxia así como de sus negativas de las reuniones secretas, pues estos escritos eran alegatos ante jueces eclesiásticos que seguramente habían de condenar la herejía y los conciliábulos nocturnos.

Prisciliano aceptaba escrituras apócrifas. Según él, el canon bíblico no estaba cerrado y en el tercer libelo se esfuerza en demostrar que los mismos libros aceptados conceden autoridad a los apócrifos. Confesaba que estos últimos contenían doctrinas heréticas; pero pensaba que el buen juicio podía separar lo bueno de lo malo, es decir, que recomendaba en cierto modo el ejercicio del libre examen. Opinaba además que no existe sólo la revelación escrita, sino que hay otra revelación perpetua del Verbo, siendo el grado supremo de la fe el conocimiento de la Divinidad de Cristo. Reminiscencia acaso de los dogmas del [18] mazdeísmo, existe en la metafísica de Prisciliano un dualismo muy interesante. Según esta metafísica, el diablo no es obra divina, sino producto de las tinieblas, por lo cual nunca fue ángel. Y como le atribuye la creación de los cuerpos, le parece absurda la resurrección de la carne. Al lado de los cuerpos está el mundo de los espíritus, que, aunque dotados de una común esencia, poseen individualidad propia en consonancia con las aptitudes de su cuerpo.

Cada facultad anímica corresponde a un personaje del antiguo testamento, creencia que debe de ser simbólica por más que hoy no poseamos la clave del simbolismo. Las almas prometen luchar con valor en la vida y, descendiendo por los siete círculos celestes, en cada uno de los cuales habita una inteligencia, llegan al mundo inferior, donde el diablo las encarcela en cuerpos cuyos miembros dependen cada uno de un signo del Zodiaco. Purgaban así las almas la falta primitiva, y, como el mal es sombra, Cristo lo vence mostrándose a los hombres bajo una forma fantástica y clavando en la cruz el signo de su servidumbre.

Protesta con indignación el autor del cargo que se le dirige de rendir culto a los demonios y traza una demonología que difiere en parte de la gnóstica. Con no menos ardor se defiende del dictado de encantador, cargo que acaso le achacaran sus enemigos porque el pecado de la magia se condenaba con la pena de muerte. Al defenderse, desenvuelve cierto panteísmo, según el cual, una sustancia única se reparte entre los seres, coparticipando todos de la esencia divina, y torna al dualismo persa admitiendo la creación de los seres por dos principios, uno masculino y femenino el otro, que se subdistinguen en la naturaleza de Dios.

La moral de Prisciliano descansaba en el ascetismo con absoluto menosprecio de los goces mundanos. Practicaran o no sus prosélitos esa austeridad, él atribuye la animadversión de sus enemigos a que la conducta de los priscilianistas [19] era una reprobación de la licencia en que los contrarios vivían.

Como se ve, Prisciliano era fundamentalmente un gnóstico e intenta conciliar las dos direcciones en que se bifurcaba el gnosticismo, la panteísta y la dualista, tratando a la vez de armonizar la Biblia con el Zendavesta.

Hay dos circunstancias curiosas en la disidencia de Prisciliano: la primera, que preparó el pensamiento para la difusión en España del platonismo cristiano de San Agustín; la segunda, que al proclamar la libre interpretación, vino a ser un prematuro precursor de la reforma protestante.

Fue inmenso el número de eclesiásticos y seglares que se afiliaron al priscilianismo en todas las regiones de España. Asustado Adygino, obispo de Córdoba, recurrió a Idacio, prelado de Mérida, el cual extremó tanto el rigor, que obtuvo resultados contraproducentes, aumentando el número de los heterodoxos. Para atajar los progresos de la nueva secta, se reunió un concilio en Zaragoza (380) al cual no asistieron los disidentes; pero su jefe presentó su Apologético en contestación al capítulo de cargos formulado por Idacio. El concilio no se satisfizo, siendo excomulgados los obispos Salviano e Instancio y el mismo Prisciliano. Tales rigores no detuvieron el curso del priscilianismo, antes bien, aumentaron sus secuaces, y el mismo Adygino, que levantó el primero la voz contra la herejía, se pasó al campo enemigo, por lo cual fue depuesto. El emperador Graciano dio un rescripto en 381 que desterraba extra, omnes terras a los herejes españoles, resolución que pareció apagar la hoguera.

Prisciliano, elevado por los suyos a la sede de Ávila, consultó con los prelados de su partido el remedio para acabar con la discordia reinante en la Iglesia española y, al tener conocimiento del rescripto de Graciano, marchó a Roma, haciendo de paso muchos prosélitos en las Galias, entre ellos a Eucrocia, con cuya hija, Prócula, se dice mantuvo relaciones amorosas.

Llegado a Roma, negóse S. Dámaso a oírle y él entonces [20] le dirigió el Libelo ad Damasum, solicitando también que el obispo de Mérida, su enemigo, compareciese ante el Tribunal de S. Dámaso, y, si se negase por cualquier consideración, que ordenara el papa la reunión de un concilio provincial para fallar la controversia entre Idacio y él. Dirigióse después al emperador y consiguió la derogación del rescripto imperial.

Se devolvieron sus iglesias a los priscilianistas y comenzó la persecución de éstos a los ortodoxos en tales términos, que Ithacio, el obispo portugués, que más se había señalado contra aquéllos, se vio precisado a huir de la península. Ocurrió entonces la proclamación del español Clemente Máximo, que, después de destronar a Graciano, compartió con el andaluz Teodosio el poder imperial. Ithacio le presentó un hábil escrito contra los priscilianistas. El emperador remitió la decisión al Sínodo bordelés. Allí fue condenado y depuesto Instancio. Prisciliano apeló al emperador, el cual nombró juez de la cuestión al prefecto Evodio. Terminado el proceso, se mandó abrir otro nuevo en que el acusador no fue ya Ithacio, sino Patricio, oficial del fisco. Por la sentencia se condenó a muerte a Prisciliano y a los principales sectarios. Todos ellos fueron degollados en Tréveris (385) en tanto que los menos importantes se vieron desterrados y algunos apedreados por el pueblo.

El sangriento castigo de los heterodoxos priscilianistas indignó a S. Martín Turonense, el cual se dirigió a la corte, y, a cambio de comulgar con Ithacio y los demás instigadores del emperador, consiguió la revocación del rescripto. Efectuóse una reacción contra los antipriscilianistas, llamados también ithacianos, se atribuyó su conducta a animosidades personales, e Ithacio fue excomulgado (389) y depuesto de su silla; Idacio, su principal secuaz, tuvo que renunciar la mitra, y Rufo, otro de sus más ardientes partidarios, acusado de prestar fe a un impostor que embaucaba con falsos milagros al pueblo, perdió también su obispado. [21]

Animados los priscilianistas, trajeron a España los restos de sus mártires, los de Prisciliano entre ellos, y les tributaron culto de santos; constituyéronse en sociedades secretas, jurando no revelar a nadie lo que en ellas aconteciese; nombraron obispos y produjeron un cisma que sumió a la Iglesia española en la más completa anarquía. Tal era la confusión, que los mismos heterodoxos propusieron a S. Ambrosio renunciar sus opiniones, si hallaba fórmula de avenencia. S. Ambrosio escribió desde Milán a los obispos españoles aconsejándoles que recibiesen en su comunión a los gnósticos y maniqueos convertidos. Reunióse un concilio en Toledo (396), donde los priscilianistas declararon haber abandonado los errores de su secta; pero continuaron firmes en sus libros y prácticas. Aunque fracasó el primer intento de avenencia, el año 400, en el concilio de Toledo, llamado primero por no conservarse las actas del anterior, Simphosio, Dictino, Isonio, Vegetino, Comasio y todos los priscilianistas abjuraron en masa.

En este concilio se formó la Regula fidei contra omnes hereses, maxime contra Priscillianistas. Sólo persistieron en su fe algunos presbíteros, que fueron depuestos por el concilio, mas no todos los obispos españoles se conformaron con la absolución concedida a los priscilianistas después de su conversión y, negándose a comunicar con ellos, resucitaron las ideas luciferianas. Por todas partes se ordenaban y se deponían obispos, reinando tal desconcierto, que el papa Inocencio dirigió a los prelados españoles una Decretal en que encarecía la concordia; fustigaba a los luciferianos, excomulgando a los que no aceptasen las resoluciones del concilio toledano, y mandaba deponer a los obispos elegidos anticanónicamente (404).

A pesar de sus desventuras, el priscilianismo no se extinguió. En vano Honorio (409) rompió contra los priscilianistas, les condenó a perder sus bienes y sus derechos civiles, declaró libre al siervo que delatase a su señor e impuso multas a los funcionarios públicos remisos en perseguir [22] la herejía. Ya a mediados del siglo V, Santo Toribio, obispo de Astorga, se aplicó a arrebatar de manos de los fieles todos los libros priscilianistas y, comprendiendo que todavía este remedio era ineficaz, remitió al papa San León el Magno el Communitorium, enumeración de los errores consignados en los libros apócrifos, y el Libellus, donde refutaba el priscilianismo. San León aconsejó la celebración de un concilio nacional, o, si esto era imposible por el estado de guerra en que ardía la península, un Sínodo de obispos gallegos. Celebróse el Sínodo, llamado de Aquis Caelenis, mas los heterodoxos, aun aparentando admitir la Assertio fidei, perseveraron en sus doctrinas y prácticas, hasta mediado el siglo VI. El priscilianismo se enterró en el concilio bracarense (567), donde por última vez condenaron diez y siete cánones las proposiciones de gnósticos y maniqueos. Como se ve, la doctrina de Prisciliano nada tiene de original ni de español. Se reduce a un sincretismo de la idea gnóstica oriental y poseía su parte exotérica y su esoterismo sólo comunicable a los perfectos.

Frente a Prisciliano, Baquiario, galaico, optimista e ignorante, de quien se conservan dos opúsculos sin interés, manifiesta su desconocimiento de la naturaleza y origen del alma y hasta del fondo del problema.

Contemporáneo del priscilianismo, brotó el origenismo en España. Dos presbíteros bracarenses llamados los dos Avito salieron el uno para Jerusalén y el otro para Roma. El primero se impregnó de las doctrinas de Orígenes y, vueltos ambos a España, convirtió al otro, que había adoptado las doctrinas platónicas de Mario Victorino. Comenzaron la propaganda del origenismo, extremando las ideas del maestro y estableciendo que todo estaba realmente en el pensamiento divino antes de poseer existencia exterior. La sustancia era una sola desde el ángel al demonio, de donde se deducía que no podía haber penas eternas y aun el mismo diablo acabaría por salvarse, pues su esencia, que era la de Dios, quedaría buena, así que el fuego consumiera la parte accidental, que era la mala. [23]

El mundo es un lugar de expiación para las almas que pecaron en anteriores existencias. Los cuerpos celestes son entidades vivas y racionales; los seres, todos imperfectos; los mismos ángeles necesitan redención y Cristo ha debido adoptar la forma de cada jerarquía de seres que ha tenido necesidad de redimir. Este panteísmo platónico conquistó gran número de sectarios en Galicia y Portugal. San Agustín, a instancias del obispo Orosio, refutó las doctrinas de los Avito en su tratado Contra Priscillianistas et Origenistas. Tan rápido como su desarrollo fue el descenso del origenismo, y desde su desaparición no se registra ninguna otra disidencia en la España romana. [24]

 

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Las difíciles condiciones de vida de la época medieval, un período en el que la muerte, bien en la batalla, bien presa de la enfermedad, era lugar común en casas de pobres y ricos. A pesar de que no eran tiempos fáciles, y, en parte, porque no eran tiempos fáciles, Dios representaba el centro de la vida cotidiana medieval. La devoción estaba presente en todos los rincones de la casa. En los palacios, las muestras eran aún más abundantes, con relieves en capiteles, columnas y dinteles, frescos en los muros, piezas escultóricas que formaban parte de la decoración, capillas en todas las residencias, y un especial cuidado en los enterramientos funerarios, por ser paso hacia la vida eterna.

 

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22.06.1535 – Muere en el patíbulo, condenado por la inquisición protestante, el Obispo Juan FISHER, victima de su oposición a Enrique VIII de Inglaterra, y luego santo de la Iglesia católica.

 

La Iglesia es evangélica porque evangeliza en la universalidad (católicos) de su misión. Y lo hace con el Evangelio que es en primer lugar, la Obra de Cristo, lo que predica y lo que hace Jesucristo. Dar la vida por el Evangelio es lo mismo darla por Cristo Jesús. Y este Evangelio que es la Obra de Jesús, debe ser predicado en el mundo entero Mc. 13,10; 16,15. La Iglesia -solo ella con las palabras de Pedro en la sucesión apostólica- predica al mundo: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo” Mt.16,18. Y por esta verdad absoluta, ‘las sectas manipuladoras de la Biblia’, o ‘las idolatrías εδωλολατρεία contemporáneas’, la acosan, la persiguen sin tregua hasta el derramamiento de sangre. Como un yunque, en el que se han gastado tantos martillos durante 2000 años, la Iglesia ‘nuevo pueblo de Dios’ (Mc.6,30), -ofrece la salvación- teniendo como destinatarios a todos los pueblos. Esa es su misión católica y catolizante, para quien pregunte: ¿Quién es éste?, lo descubra con Pedro que le confiesa como Mesías (Mc 8,29). Es Jesús que con su obra, nos ha conseguido la salvación. Siendo luz, buena sal y fermento en el mundo, evangeliza la Iglesia.

 

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Biblia monasterio de Ripoll

 

El monasterio de Ripoll es el gran centro librario del Nordeste peninsular. Las relaciones con los centros ultrapirenaicos son conocidas, y fáciles de comprender si se tiene en cuenta su permanente vinculación a los condes de Cerdaña y Besalú. En Ripoll, desde su principio gran cenáculo cultural, los manuscritos ocupan un lugar destacado, bien en su biblioteca bien como productos de su escriptorio22. Además, por una serie de razones que no son ahora del caso, los abades suelen ser al mismo tiempo obispos de Vich, una sede que con este motivo adquiere grandes responsabilidades en el terreno cultural y literario. Es bien sabido que ya por los sesenta del siglo X corre por el mundo carolingio, al menos el aquitano, la noticia de que en Ripoll se encuentran latinadas obras arábigas que introducen en nuevos saberes. De hecho desde aquí se extienden noticias sobre el astrolabio, desconocido en otras partes, y nuevas versiones de textos astronómicos que comienzan a hacer furor. Por si fuera poco, un obispo de Vich, Atón, aparece como especialmente ducho en cuestiones matemáticas. Todo ello provoca a un monje de Aurillac, de nombre Gerberto, a venir a Vich y Ripoll para aprender nuevas técnicas en relación con los saberes matemáticos árabes. El prestigio ripollés aumenta sin cesar desde que Gerberto confiesa una y otra vez su nostalgia por el fructuoso tiempo pasado en la Marca Hispánica, sobre todo después de que asciende al solio pontificio como Silvestre II.

      A la vez que desde los ambientes ripolleses se difunde la nueva ciencia, llegan a Ripoll nuevos manuscritos con obras carolingias de primera clase, y otros que son copiados sobre modelos romanos o norditalianos. El cúmulo de manuscritos es tal que a mediados del siglo XI rebasa el centenar el número de códices guardados en la biblioteca de Ripoll, para uso y provecho de los numerosísimos monjes que allí siguen la vía monacal (se dice que más de doscientos, número que puede ser real, pero que no deja de chocar cuando recordamos que también en 950 se decía que eran doscientos los monjes de Albelda). La escuela que funciona en el monasterio tenía que ser excelente, por los medios de que disponía, pero sobre todo por los frutos que produjo: no sólo Oliba, el hijo de los condes de Cerdaña, monje, abad de Ripoll y obispo de Vich, fue capaz de escribir poemas de calidad, oraciones notables y cartas de contenidos diversos, sino que otros muchos monjes como Poncio y Juan escribían con soltura y elegancia cartas. y puede asegurarse que casi todos los notarios de la región, clérigos o no, tenían algo que ver con la escuela ripollesa.

      Con tal fondo, se entiende que estos notarios presenten un dominio, a veces desaforado, de recursos especiales en que interviene sobre todo el léxico, aquí transido de helenismos, el origen y fundamento de cuyo aprecio todavía no ha sido analizado. Con frases y vocabulario de rebuscado preciosismo se busca deslumbrar, incluso a costa de la comprensión. Este manierismo afectado ha sido señalado frecuentemente, porque contrasta con la aparente sencillez de otros textos literarios muy elaborados, como poemas y cartas del propio Oliba, en que el cuidado y la atención del escritor van más orientados a la claridad y diafanidad de la expresión, ya la elegancia del buen decir.

      No pocos notarios estaban capacitados para obtener un ornato especial en sus cartas. No sólo se practica con cierta frecuencia y notable habilidad la inserción de frases rítmicas, a veces supuestos hexámetros, en textos de cualquier clase, sino que se retuercen, complican y abrillantan las frases con vocablos rebuscadísimos. Habrá que buscar qué clase de glosarios han servido de guía a estos tabeliones ilustrados para crear sus textos, verdaderamente llamativos. Parece conveniente ilustrar mediante unos ejemplos las direcciones antes señaladas, con especial atención a la glosística.

      En un primer caso, en documento de 978 - 23, se formulan así los deseos sobre la familia del futuro abad Oliba de Ripoll:

Pro remedio igitur anime predicti comitis et pro salute tam animarum quam corporum meorum fidelium in hac terra degencium qui in illo cenobio aliquod prestiterint beneficium ceu pro statu celsitudinis siue salute dompni Olibani comitis sueque coniugis suorumque filiorum quorum uitas
omnipotens deus multis protelare dignetur temporibus ut uiuant deo felices longo feliciter evo,
et post huius uite excursum
celeste mereantur perfruere regnum,
in quo detineant magnarum gaudia rerum,
gaudia que nullus uiuens decernit ocellus
nec aliquis uigili poterit comprehendere corde,
quod deus in terris uluit promittere sanctis
et residens celos uoluit concedere iustis.

      Se trata mediante la inclusión de hexámetros, bastante regulares24, en el preámbulo de desarrollar la idea de la felicidad presente y futura ganada por los bienes concedidos al monasterio. Para entender mejor los mecanismos de amplificación y amaneramiento, pueden compararse los últimos versos con su fuente, 1 Cor 2,9: sicut scriptum est quod oculus non uidit nec auris audiuit nec in cor hominis ascendit quae praeparauit deus his qui diligunt illum.

      Este texto se sitúa, por consiguiente, en la línea del ornato rítmico que habíamos encontrado por la misma época en Celanova, bien que aquí con mayor dominio del procedimiento métrico. La solemnidad del documento explica que se hayan introducido como variaciones del pensamiento paulino estos buenos hexámetros que ennoblecen el texto. A pesar de que la calidad del recurso podría hacer suponer que se mantuviera largamente (incluso por el procedimiento de introducir pequeñas variaciones en estos párrafos manteniendo su tenor sustancial), va a ser otro el mecanismo que vamos a encontrar repetidamente en Ripoll y su entorno en unas cuantas actas, que me ocuparán a continuación.

      Muy llamativa para nosotros es el Acta de elección del abad de Serrateix de 993 - 25, que se inicia así:

Cum priscorum multiformis etas series oppido subsolaribus prelongum sine legibus consumeret aeuum cumque exiciale cuncti subirent periculum, sacrum quoque mortale genus inuaderet letum, cumque miseratus deus suum plasma uoluisset pociori iure uti statuissetque preesse qui apciora legerent sancita ne sua racionalis factura periret errabunda dechorosque diuersi ordinis sublimasset gradus in quibus uelut in supemis astris aurea effulgeret helencorum speciositas...,

frases rebuscadas con las que se quiere ponderar las ventajas de la aparición de leyes y principios de autoridad queridos por Dios para evitar la destrucción del hombre, criatura suya.

      Y en relación con ésta, pero acorde con el mayor fausto del acto, se dice en las primeras líneas del Acta de elección de Oliba como abad de Ripoll, en 1008, documento en que se hace gala de grandes prendas de omato26:

Cum ab omnipotentis luciformi sancione chosmus se diuerteret omnis sticeque subnexa ruine prorui in baratro se ipsam doleret humana mortalitas, cumque nec scita legalia tenens mundus oberraret inermis et loetale uenenosi anguis distillaret uirus in omnes cumque celsus deus eulogetos in omnia manens orribilem a suis uoluisset diuellere cultum terrisque a damnis creaturam suam liberaret, ipse misertus uoluit ut seductor qui ante ceu doxasmenon uidebatur lautus a suis...

      Merece la pena comparar frase a frase este preámbulo con el citado de Serrateix para comprender mejor las técnicas de enriquecimiento, con la abundancia aquí de términos griegos, diestramente repartidos, junto con elementos y usos léxicos derivados de glosarios de diverso tipo. Es lástima que todavía no hayan sido valoradas retóricamente de la manera debida todas estas demostraciones de dominio de los recursos.

      Puede, en efecto, apenas descubrirse, tras tanta frase alambicada, el tenor no siempre simple, pero desde luego menos agobiante, del texto usual, que podemos considerar representado por el preámbulo semejante de otra elección, tampoco carente de medios retóricos pero incomparablemente menores en número y variedad: la del abad de San Felíu de Guíxols, que dice así27:

Tocius creature conditor atque omnium seculorum auctor omnipotens deus, cum in primordio seculi uniuersam conderet machinam mundi, hominemfecit cui cuncta creata subegit atque ut ille homo factus ad similitudinem dei immaginis non tumeret fastu elationis alios decreuit preficere aliis...

      He querido destacar algunas muestras de cómo se conseguía, por diversos procedimientos léxicos y rítmicos, producciones de efectos sorprendentes, que los entendidos gustaban y apreciaban. No es menester decir que al lado de los autores de estas elaboraciones en que se consumía ingenio y saber, y se ponían en juego muchos y diversos materiales, cuidadosamente analizados y utilizados, había otros muchos capaces de escribir textos fácilmente comprensibles, adaptados a las exigencias de estilo y vocabulario de cada género literario, para lo que contaban con modelos diversos que se empleaban sin cesar.

      Pero el interés de las muestras presentadas reside en el hecho de que los artificios son indicio de una nueva disposición de los espíritus, en que se empieza a prestar atención a la forma, aunque sea ésta distorsionada por la acumulación desmedida de recursos y procedimientos. Frente a la anterior obsesión por la doctrina, que requería más profundidad en los conocimientos, lo que implicaba una minoría de interesados y capaces, esta nueva dedicación a la forma, preciosista y amanerada, nos lleva a los primeros efectos de un resurgimiento de la escuela, de una valoración positiva de sus procedimientos, de una demostración de la incorporación de muchos a los niveles convenientes del triuium.

      Desde el Occidente al Oriente de la Península, el siglo X significa, en efecto, el momento de inflexión en que se expanden las escuelas; la cultura, al menos en grados medios, llega a muchísimos clérigos y laicos, ufanos de poseerla. Los eclesiásticos se cuidan de mejorar  sus condiciones de poner en práctica sus conocimientos con mecanismos y recursos diferentes de los que se habían empleado en la Península desde el siglo VII. Las relaciones entre las regiones peninsulares y ultrapirenaicas entran en un período de normalidad y frecuencia impensable en los primeros siglos de la Reconquista. Los libros, sobre todo, constituyen el soporte de toda formación e información: al lado de los tradicionales, en que se conserva el saber heredado de los tiempos godos (que son el inevitable paradigma peninsular hasta cerca del año 1000), aparecen en flujo continuo las obras de grandes escritores del mundo carolingio, las limitadas y poco novedosas del mundo mozárabe, pero sobre todo comienzan a expandirse las obras de dos mundos diferentes: las obras de ciertos autores clásicos, más ricos y variados que los anteriormente leídos, y ya no mediatizados por sistemas escolares que reducían su valor; y las obras traducidas o adaptadas del mundo árabe, que introducen nuevas técnicas originadas casi siempre en Al-Andalus, y que además ofrecen el aliciente de sus campos inéditos, más en conexión con la Naturaleza que comienza a ser descubierta.

      No son siglos oscuros. Son solamente siglos difíciles, en que la vida cotidiana, personal y social, absorbe mucho esfuerzo, en detrimento de las exigentes actividades intelectuales. Por razones del ambiente, son los libros la fuente suprema y el único camino hacía la sabiduría, que se sitúa en Dios, origen y fin del universo. El estudio ensimismado de los libros llevó a una especie de involución literaria, en que aparece como subproducto interesante toda esta digamos literatura, que en diversos géneros he procurado explicar y poner al descubierto. Como siempre, el manierismo representa el final enloquecido de una época, que intuye o descubre que otra surge dispuesta a sustituirla. Por suerte, no se agotaba con estos juegos la capacidad de los ilustrados. Hubo otras inquietudes y se pusieron en boga otras doctrinas y conocimientos que prepararon el terreno para que poco a poco la cultura latina hispana se fuera situando al nivel de todas las otras regiones europeas, ya desde el siglo XII, cuando comenzó el gran despertar de los estudios, la gran literatura latina y vernacular, el cambio radical en la estructura y aprecio de los saberes.

 

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Manuscrito - en la Universidad de París - 1250/1260

 

La Universidad, configuradora de Europa

 

Por José Luis Orella

Un recorrido por los orígenes y el desarrollo de la Universidad, así como sus promotores y fines

 

Contexto histórico y social

En el siglo XI, Europa inicia una fase de fuerte desarrollo económico, y en consecuencia, demográfico. El aumento del comercio internacional, la expansión hacia el este alemán, la presencia en Sicilia y en Tierra Santa y el incremento de la roturación de los campos producen el renacimiento de los centro urbanos. Regiones, como el norte de Italia (Lombardía), Flandes y Renania, a causa del avance comercial inician un paulatino movimiento creador de ciudades. Pero principalmente, la costa italiana, el sur de Francia y la costa oriental de España; a los que habría que sumar las rutas fluviales del Rin y del Danubio, serán los ejes centrales de ese desarrollo urbano europeo. El comercio y las peregrinaciones a Santiago, Roma y Jerusalén serán causa del desarrollo de una Europa que no ha dejado de avanzar.

El gran comercio con Oriente desarrolló la industria textil, se acuñó oro y plata como monedas, se utilizó la numeración árabe para facilitar la contabilidad y se creó toda una red de establecimientos comerciales; barrios residenciales y almacenes de mercancías en Tierra Santa, cuya población, italiana, principalmente, necesitará la protección de un servicio de consulados, que iniciará la aparición de la diplomacia y del servicio de inteligencia. La ruta de la seda, que venía de la lejana China, por el Asia central, y la ruta de las especias, que venía por Persia y el Mar Rojo, desembocaban sus productos exóticos en los puertos del levante del próximo oriente, donde los comerciantes venecianos, pisanos y genoveses, rivalizaban por monopolizar el intercambio comercial con nuevo mundo europeo. Aparte, los miles de peregrinos que partían para ganar las gracias espirituales que se ganaban, si se conseguía culminar las difíciles rutas hacia la ciudad de La Pasión. Por barco, principalmente, miles de personas surcaron el Mediterráneo, pagando pasajes, y demandando hospitales, albergues y un mínimo de infraestructura, que los reinos latinos tendrán que proporcionar.

Pero este desarrollo comercial promovido por la dinamización de las rutas comerciales y la amplia movilidad social causada por las peregrinaciones van a generar nuevas sociedades en las ciudades. En los centros urbanos, el comercio produce nuevos sectores sociales, que tienden a emanciparse de los señores laicos y eclesiásticos. Además, estos núcleos sociales, son más abiertos por el comercio y la competencia, que propicia el sentido crítico. La burguesía naciente, por la necesidad de llevar la contabilidad, aprende, aunque sea en lengua romance, a leer y escribir. Aparte, la aparición de las herejías, desde un inicio del cristianismo, había fomentado la dialéctica entre los primeros cristianos y el afán de superación intelectual. En este momento, el nuevo grupo social, muestra unas cualidades cultas y un interés por las ideas, que le llevará también a ser protagonista en las nuevas disputas teológicas. La mayor complejidad de la vida urbana, demanda notarios y juristas que ayuden a validar los documentos de las propiedades y las diferentes transacciones comerciales que se realizan. Incluso, los gobiernos de las ciudades necesitan para su mejor manejo, escribientes y funcionarios que ayuden al gobierno de la ciudad. La sociedad, en definitiva, se va haciendo más compleja y especializada.

Las ciudades tendrán personalidad propia, los comerciantes y artesanos, fortalecidos por su importancia económica y al representar al sector social más importante del casco urbano, irán, de manera progresiva independizándose de los señores. Agrupados en gremios o ghildas, obtendrán fueros que remarcarán su autogobierno y libertades, con respecto a los antiguos señores. La nueva elite patricia, surgida del comercio y las finanzas, será la clase dirigente, que vivirá en lujosas mansiones, fomentará el arte y tendrá tiempo de mejorar el arte de la política. Por encima de ellos sólo estará la autoridad del Papa y del emperador.

Por tanto, aunque en el siglo XI, la cultura es algo de clérigos, únicos preocupados por la preservación de la cultura grecolatina. Para el siglo XIII, la demanda de la sociedad muestra una fuerte presión porque la cultura sea patrimonio de muchos seglares, necesarios para la administración y el comercio.

Antecedentes del renacer cultural europeo

La
renovatio imperii producida con la consagración por el Papa León III de Carlomagno como emperador en el 800, es el inicio de Europa, como Cristiandad o Romanidad, la convergencia del mundo romano y germánico, bajo el crisol nutriente del cristianismo. Bajo el nuevo molde carolingio, se experimentará el renacer cultural, que había estado recogido y guardado por la Iglesia. La necesidad de alimentar la administración del nuevo imperio con personas de un alto nivel cultural, llevó al emperador a apoyar la labor del moje anglosajón, Alcuino, quien se dedicó a fundar escuelas palatinas en los monasterios dedicadas al canto, la aritmética y la gramática. Estas escuelas monásticas se adaptaron al trivium (gramática, retórica y dialéctica) y al quadrivium (aritmética, geometría, música y astronomía). El alumno estudiaba en latín, aprendía a recitar y las necesarias técnicas de debatir, ya que desde el siglo IV, habían aparecido herejías que hacían cada vez más necesaria una alta preparación de los eclesiásticos. Durante el siglo XII renació el interés por la teología por la aparición de herejías, como las de los valdenses y dualistas, surgidas por la necesaria reforma de la Iglesia. Aparte, de las escuelas monásticas existentes, surgen en este período con fuerza, las escuelas episcopales y las urbanas, donde aparecerá el goliardo (alumno errante) que elegía a su maestro según gusto.

Todos estos hechos desembocan en un siglo XIII dominado por el ambiente urbano, una sociedad más secularizada y la necesidad de reformar el espíritu a través de nuevas experiencias, como serán el nacimiento de los franciscanos de San Francisco de Asís y de los dominicos de Santo Domingo de Guzmán. Las escuelas urbanas y episcopales se habían mostrado incompetentes para luchar contra las herejías modernas. Había que perfeccionar la teología, como se había hecho con la jurisprudencia.

El nacimiento de la Universidad y del universitario

La necesidad de renovar el saber llevará a maestros y alumnos de la escuela episcopal de París a organizarse de manera independiente del obispo. Para ello, en 1200 consiguieron independizarse de la jurisdicción civil, por gracia del rey Felipe II y de la del obispo en 1215, por el Papa Inocencio III. Esta primera universidad empezó a reunir estudiantes de distintas partes de Europa y estaba protegida por la autoridad del Papa y del monarca francés. La protección del Papa daba independencia a la universidad de la jurisdicción real y de la eclesiástica del lugar. La importancia del alumnado, venía por formar parte del gobierno administrativo de la universidad, que no del académico.

A nivel organizativo, la universidad se dividía en cuatro facultades: Artes, derecho, medicina y teología. Cada facultad tenía un decano, elegido por profesores y alumnos, aunque el decano de Arte, era rector, regía a los decanos de las otras facultades. En la primera facultad se enseñaba el trivium, el quadrivium y la filosofía, sin las cuales no podían ingresar en las otras facultades. Los alumnos estaban agrupados en cuatro naciones (franceses, normandos, ingleses y picardos). La universidad llegaría a tener casi centenar y medio de profesores y más de mil doscientos estudiantes. Aunque un siglo después habría que multiplicar estas cifras por diez. Las lecciones se impartían de manera oral, por lectura y comentario posterior (
disputatio), ya que los libros eran carísimos de obtener, por su difícil elaboración y copia posterior. La enseñanza universitaria medieval consistía ante todo en comentarios de textos (llamada lectio) de autores canónicos en su materia tutelados por profesores ayudantes unidos a clases magistrales reservadas al maestro regente.

Además, dos veces al año se organizaban en la Universidad debates llamados disputas
quodlibetales en los que un profesor desafiaba a todo el claustro de profesores y estudiantes a plantearle cualquier tema sobre el que disertar, teniendo que hacer frente a continuación a las preguntas de todos aquel que quisiera tomar la palabra. Estos debates duraban a veces más de siete horas y aquél que decidía afrontarlo debía tener una presencia de espíritu poco común y una sabiduría casi universal.

Los exámenes como tales no existían. Bien, en realidad sí existían pero solo había uno al final de los seis años de estudio en Artes al igual que en las tres titulaciones superiores. Era éste un doble examen. Primeramente se realizaba un examen privado (
examen privatum). Pero una semana antes de realizarlo, el estudiante era presentado al rector de la Facultad y juraba en su presencia cumplir los estatutos de la Universidad y no tratar de corromper a sus examinadores. Similar ceremonia se realizaba ante el arcediano de la catedral. Cuando finalmente llegaba la mañana del examen, tras oír la misa del Espíritu Santo, el estudiante comparecía ante el claustro de maestros regentes de la Facultad y uno de ellos le daba dos pasajes de un texto para que los comentara, dándole unas horas en privado para que preparara su comentario.

Llegada la tarde el candidato a la licenciatura o doctorado defendía oralmente su comentario ante el claustro de maestros regentes y ante un público numeroso que se solía congregar para la ocasión, ya que esta exposición se celebraba normalmente a las puertas de la catedral, al aire libre. Tras su exposición y tras responder el candidato a las preguntas formuladas por el tribunal, el claustro votaba si era digno del título de licenciado.

Pero el candidato sólo adquiría el título de doctor tras un segundo examen, el
examen publicus o doctoratus. Este examen público consistía en la exposición de una lección magistral en un lugar solemne y público. Tras impartir la lección magistral el doctorando debía hacer frente a las críticas a sus tesis de cualquier estudiante allí presente. Si pasaba con éxito esa prueba, el arcediano de la catedral le hacía entrega de las insignias del doctor: la licentia ubique docendi (un documento que le permitiría enseñar en cualquier universidad de la Cristiandad), una cátedra, un anillo de oro, un libro abierto y el birrete doctoral.

Este sistema de doble examen expuesto era el que regía en casi todas las universidades europeas pero en París se le añadía una tercera prueba previa al doble examen: la llamada
determinatio baccalariandorum. La determinatio era un debate entre el candidato y un profesor previo al examen privatus que se realizaba en el mes de Diciembre. Si se pasaba con éxito el estudiante se convertía en bachiller, por lo que en París había tres grados: bachiller, licenciado y doctor. La obtención del título de doctor iba siempre acompañada de una fiesta que costeaba el recién doctorado, fiesta que tenía algo de iniciación del antiguo estudiante en el gremio de los profesores y que seguía unos ritos cuidadosamente establecidos.

Universidades y protagonistas

Las universidades se convirtieron en centros del saber, motores de la economía de la ciudad y depositarios de la cultura. El estudio de miles de estudiantes demandó la fundación de bibliotecas universitarias. La copia de las
pecias (lecciones del profesor escritas en cuatro pergaminos de piel de ternero) solicitaba una cantidad increíble de escribientes con sus talleres de copitas.

Siguiendo este modelo, aparte de París (Teología) y Bolonia (jurisprudencia), surgirían de la conversión de las antiguas escuelas Oxford (1200), Cambridge (1209), Montepellier (1220), Tolosa (1217), Padua (1222), Orleáns (1229), Salerno (1231), Palencia (1208), Salamanca (1220), Nápoles (1224), Roma (1244), Siena (1247), Plasencia (1248), Perusa (1308), Lisboa (1290), Coimbra (1308), Praga (1348), Cracovia (1364), Viena (1365), Heidelberg (1386), Colonia (1388), Tubingen y Erfurt (1392), Leipzig (1409), Wittenberg (1502), Lovaina (1425) etc...

En torno a las universidades, los miles de estudiantes que estudiaban, se mantenían dando clases a los hijos de familias pudientes o copiaban libros a mano. Para poder vivir, de manera digna, algunos mecenas decidieron fundar colegios que sirviesen de albergue a aquellos jóvenes que vivían a salto de mata. Sería la fundación de los colegios mayores, como el surgido para estudiantes de teología de la universidad de París, La Sorbona (1250), que daría nombre finalmente a toda la universidad. La necesidad de vivir convertirá a los estudiantes en una especie humana comparada con Babilonia, mientras, ellos gastarán su agresividad en cínicos y agresivos sonetos contra las autoridades civiles y religiosas.

En el París universitario surgirán diversos protagonistas, uno de los principales será Pedro Abelardo. Pedro Abelardo fue el primer gran escolástico de París y también el primer gran profesor universitario europeo. Nacido en Bretaña en el año 1079 en el seno de una familia de la pequeña nobleza, Pedro Abelardo se dedicó desde muy joven al estudio. Para Abelardo el debate intelectual era una suerte de justa caballeresca del que siempre había que salir vencedor. Por ello se convirtió en el maestro de la Dialéctica, un talento invencible en los debates filosóficos y teológicos.

Seguro de sí mismo, desafió nada más llegar a París, donde la Universidad aún no existía, al más grande los maestros que allí enseñaban entonces: Guillermo de Champeaux. Tras ser su alumno durante unos meses y estudiarle, lo provoca a un debate público sobre una compleja cuestión de la Lógica aristotélica y lo humilla. Abelardo protagonizará una triste experiencia amorosa y su soberbia será lo único que le llenará durante su vida. No obstante, será el autor del
Manuel de Lógica para principiantes (el primer manual universitario de la historia) y la Historia calamitatum mearum (“historia de mis desgracias”).

Otro de los más brillantes vendrá en plena época moderna. Francisco Javier se convertirá en uno de los profesores de mayor arraigo humano, tanto por su inteligencia, como sus demostraciones físicas en los distintos deportes. Un águila que acabará sirviendo fielmente las directrices de un hábil halconero, Ignacio de Loyola.

Forja de saberes

Los monjes benedictinos habían salvado buena parte de la cultura, desde los tiempos de Carlomagno, pero se habían concentrado en las obras literarias antes que en las científicas o filosóficas. Por el contrario, los árabes habían concentrado sus esfuerzos en estas últimas desde que el califa abasí Al Mamun fundara en el siglo IX la Bayt al Hikma (“Casa de la Sabiduría”) en Basora, una escuela de traductores que tradujo al árabe el corpus científico y filosófico grecorromano. En la ciudad de Toledo, el arzobispo franco Raimundo (1125-1151) decidió fundar una Escuela de Traductores cristiana y que bajo su protección recuperó las obras de Aristóteles, que a finales del siglo XII comenzó a desplazar a Platón como el
príncipe de los filósofos para los escolásticos.

Pero durante el siglo XIII, las nuevas órdenes regulares habían ingresado en las universidades, aumentando su vitalidad y dando frutos de incomparable calidad. Los franciscanos crearon su propia escuela filosófica, continuadora de la corriente platónico-agustiniana. Dando maestros como San Buenaventura, Ramón Llull, Juan Peckham, Guillermo de la Mare, Juan Duns Scoto y Guillermo de Ockham. Por otro lado, la escuela dominica, defendería el aristotelismo a través de maestros como San Ramón de Peñafort, San Alberto Magno y especialmente Santo Tomás de Aquino, con la
Summa theologica. Las divergencias entre ambas corrientes finalizarían con la victoria final del tomismo. No obstante, en Oxford, baluarte del franciscanismo, Rogerio Bacon, utilizaría el método inductivo, y a través de la experiencia directa, creaba la ciencia experimental. Había comenzado el método que se aplicaría a la física y las ciencias naturales. En el siglo XVI, un eclesiástico, Nicolás Copérnico demostraría la teoría heliocéntrica, antiguo estudiante de Bolonia y Ferrara.

Durante el siglo XIV y XV, las universidades se enriquecieron con la fundación de grandes bibliotecas: Oxford (1337), Venecia (1362, Louvre (1364), Londrés (1387), Heidelberg (1386), Vaticano (1450). El avance mercantil y el interés por la cultura permitieron a Juan Gutenberg inventar la imprenta en Maguncia, en 1454. Además, las lenguas vernáculas alcanzan su mayoría de edad. Desde Dante Aligueri, pasando por Francesco Petrarca, hasta Boccaccio, se desarrolla el toscano. Pero en 1321, se confirma el polaco en Cracovia, el inglés es oficial en 1366, y el español ya era oficial en los distintos reinos hispánicos.

En el plan intelectual, Petrarca critica el pensamiento escolástico que domina la cultura filosófica de su tiempo. Es notoria su aversión para el integralismo aristotélico de los filósofos de la Universidad de Padua acerca de la primacía de las verdades racionales y virtudes naturales, a la cual él oponía la doctrina auténticamente tradicional y humanista de la razón iluminada y guiada por la fe. Para el poeta, erudito admirador de Antigüedad clásica latina y griega, la cultura de las universidades de su tiempo tiene una limitación en el logicismo exagerado de la filosofía escolástica, alimentada por un pensamiento aristotélico asociado a unas traducciones latinas que inducían a sospechar una deformación semántica del sentido original del filósofo griego.

En polémica con el interés cientificista y naturalista el aristotelismo, él sostiene que el objetivo central de la reflexión humana debe abarcar la realidad existencial y la problemática espiritual del hombre mismo, su praxis moral y su sentido religioso. Y aquí radica el humanismo de Francesco Petrarca; quien reivindica el magisterio de Platón con el apoyo de la
sapientia agustiniana por la cual las enseñanzas de cultura clásica pagana sobre el hombre y la vida se integran en la suprema novedad del cristianismo, reconstituyendo así el ideario unitario del saber, fracturado anteriormente por el aristotelismo, especialmente por la teología escolástica que se había apartado del contacto directo con las Escrituras y la Patrística. Por eso el humanista Petrarca se suma a quien formula la exigencia de un retorno al magisterio de los Padres de Iglesia universal y de las sagradas Escrituras. El agustino Petrarca acepta el platonismo por su mayor cercanía a la suprema verdad del cristianismo, considerando el platonismo como una preparación a Cristo, y en el mismo sentido con el cual los obispos alejandrinos y los demás teólogos de la patrística aceptaban el patrimonio cultural de la antigüedad griego-cristiana.

La clara opción filosófica de Petrarca entonces desarma la tesis de quienes sostienen que su modernidad consistiría en un alejamiento de la Edad Media para aproximarse a una visión laica, urbana e civil, símil a aquella que expresará el humanismo renacentista florentino del siglo XV, cuando distintos intelectuales de entonces pondrán su saber a disposición de la aristocracia económica en el poder porque propiciaba, con la forma republicana de gobierno, la dignidad del hombre y el desarrollo de la cultura

Desde la Revolución hasta la actualidad

La revolución francesa significó el fin de la Iglesia como institución fuerte e independiente. Su persecución y eliminación, supuso la desaparición de todas las instituciones educativas y sociales dependientes de órdenes religiosas, pasando su responsabilidad al Estado. La educación tendría, a partir de ahora, sólo una voz, la del gobierno y existiría una universidad, la napoleónica, de la cual proceden todas las europeas.

En el ambiente hostil del liberalismo, el sobreviviría creando de nuevo instituciones educativas que generasen los cuadros selectos necesarios para reconquistar la sociedad para Dios. La labor importante de la Compañía de Jesús, sería importante en poblar los claustros de universidades de nueva creación como Comillas o Deusto, en España, o la católica de Milán. La Rerum Novarum de León XIII, significó una nueva evangelización de Europa, desde todos los campos, pero con un papel protagonista de las elites católicas surgidas de los nuevos centros educativos. En un mundo tan difícil, todavía la Iglesia mostrará su interés por el campo científico, como el descubrimiento de las leyes genéticas realizadas por el monje agustino Mendel. El catolicismo seguirá teniendo protagonistas en el mundo de la investigación, como el premio Nobel de medicina, Alexis Carrel. No sólo en el mundo de las Humanidades, sino también, en el científico, la mente del cristiano demostraba que era la más apropiada para discernir los avances de la ciencia e impulsarla a nuevas cotas de complejidad .- José Luis Orella – 2004.12. REVISTA ARBIL Nº 87.ESPAÑA

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Inmersión por decreto en la «cultura de la incultura»

 

La mejora de la especie humana no pasa por manipulación genética sino por la cultura, dice el doctor Sydney Brenner (premio Nobel 2002). Nuestro problema es que nos hallamos inmersos voluntariamente o por decreto en la «cultura de la incultura»

 

El doctor Sydney Brenner, que ayudó al también Nobel de Medicina Francis Crick a descifrar el código genético, sostuvo en una entrevista concedida al dominical suizo "NZZ am Sonntag" que «los intentos actuales de mejorar a la especie humana mediante la manipulación genética no son peligrosos, sino ridículos: supongamos que queremos un hombre más inteligente. El problema es que no sabemos con exactitud qué genes manipular». Según Brenner sólo «hay un instrumento para transformar a la humanidad de modo duradero y es la cultura. Yo lo explico de este modo –dice-: el cerebro humano es más poderoso que el patrimonio genético. Debemos por ello concentrarnos más en la evolución cultural, cuyo funcionamiento aún desconocemos. Lo importante es hacernos ese tipo de preguntas en lugar de empeñarnos en la magia genética. La forma más importante de aprendizaje es la educación. Las diferencias de patrimonio genético entre los distintos organismos son muy pequeñas: todos los animales y el hombre, comparten los genes más importantes. Ignoramos dónde están las diferencias en el patrimonio genético, pero no hay genes específicamente humanos. Nada más ilusorio que la afirmación de algunos de haber hallado el gen que nos permite hablar. En broma les respondo que yo también he encontrado el gen que nos hace engordar y que no es otro que el que abre la boca. Mucha gente tiene una idea un tanto ridícula de lo que es y lo que puede un gen»

Sucede que estamos inmersos en la época de «las culturas». No me refiero al fenómeno del «multiculturalismo», que me parece estupendo, sino al empeño de los poderes públicos en imponernos, queramos o no, determinadas «culturas», como aquella bendita ministra -si no recuerdo mal- de asuntos sociales que se empeñó en sumergir a la juventud española en «la cultura del preservativo», para disminuir el número de embarazos no deseados entre los adolescentes. La pobre no sabía, que el preservativo lo que hace es fomentar la promiscuidad y no evita el descuido en el apasionamiento propio del caso; con lo cual, la promoción de preservativos equivale a la promoción del aborto, es decir, de la matanza de criaturas humanas inocentes. A cualquier cosa se llama ahora «cultura de»; «culturas genitivas» podríamos decir, que cuando son impuestas por los poderes públicos indican incultura manifiesta en los sujetos que los ostentan y maneras obviamente totalitarias. El resultado suele ser el contrario al esperado. Los hijos de la LOGSE, por ejemplo, y es lugar común, se hallan inmersos en un revoltijo de «culturas» que en conjunto y como resultado bien podría llamarse «la cultura de la incultura». Fácil de entender: es la «cultura» edificada sobre un segmento reducido de la información posible sin información alguna acerca del sentido del humano vivir. Mucha tinta ha corrido sobre el asunto, pero el «Gobierno de la Nación» (?) así como algunos de Comunidades autónomas y de otros países, parecen disfrutar vaciando de cultura a nuestras jóvenes generaciones. Muchos ya no saben que hubo alguien que hace un tiempo –no se sabe cuánto- fue crucificado, ni cómo se llama ni por qué lo fue. Podrá parecer una exageración interesada, pero es un hecho real que se produce en un país que se llamó hasta hace poco España y para comprobarlo bastaría hacer una somera encuesta entre individuos de hasta 25 o 30 años. De tal cosa no son inocentes los inmediatos antecesores en la gestión pública, aunque estaban a punto de mejorar un poco el asunto de la «cultura», añadiendo algo más de información acerca del «sentido» en la enseñanza media. Se nos fue con un decretazo la tenue esperanza.

Toda una generación, o más de una, adormecida por el consumismo y el encantamiento de la «magia» de la que habla Brenner, magia genética, magia del brujo de laboratorio, magia de la ciencia elevada a la categoría de divinidad pagana voluntarista y totalitaria (que niega por ejemplo el ser humano a la vida humana naciente, contra toda evidencia científica). Perdida la brújula del sentido del vivir, quizá sin saberlo se ha convertido de hecho en lo que más fustiga con la palabra: el totalitarismo nazi, estalinista o camboyano. Me gustaría que el lector leyera los siguientes párrafos de una conferencia pronunciada hace casi treinta años por un sabio profesor:

«Aunque parezca innecesario por obvio, no es inoportuno comenzar recordando cuál es la idea central que configura la democracia moderna: volver una y otra vez a los principios fundamentales es –en definitiva– la sana y prudente regla del buen gobierno que recogió la Declaración de Derechos del Buen Pueblo de Virginia. La democracia en sentido actual –el que aparece en el siglo XVIII– es, ciertamente, una forma de gobierno en la que el pueblo designa a sus gobernantes; pero es también –y principalmente– un
régimen de libertad. Sin libertades personales y, de modo fundamental, sin la libertad de ser persona –en el sentido propio de esta palabra– no hay democracia, aunque haya votaciones. Sólo por votar no se es persona, ni las elecciones son la democracia; ambas cosas son instrumentos para la libertad y para la democracia, mas no son la democracia ni la libertad.

Un pueblo manipulado, unos ciudadanos masificados, por mucho que participen en asambleas y votaciones no forman un pueblo libre, ni son ciudadanos que vivan en libertad. Son marionetas del grupo manipulador, que convierte el régimen político en una dictadura oligárquica, aunque tenga la máscara de una democracia.

Por eso es regla elemental de una verdadera democracia el respeto a la libertad de pensamiento filosófico, científico y cultural y, con ella, la libertad de comunicación, de palabra. No sin razón, las Naciones Unidas acogieron como piezas clave de la Declaración de Derechos Humanos las cuatro libertades con cuyo enunciado Roosevelt resumió el ideario de los aliados en su lucha contra el totalitarismo: la libertad de palabra y de expresión, la libertad religiosa, la libertad de vivir sin miedo y la libertad de vivir a cubierto de la necesidad. Alguna de estas libertades, es cierto, pueden ser entendidas de modo incorrecto como lo ha hecho la filosofía liberal. Pero tienen también un modo correcto de entenderse y aplicarse.

He aquí un principio fundamental: no hay sociedad libre si la cultura y su transmisión están en manos del poder. Si el Estado se convierte en el sujeto de la cultura y en sus manos está el medio de su transmisión, que es la enseñanza, no es posible el hombre libre. Para construir una sociedad verdaderamente libre es indispensable que la ciencia y la cultura estén en manos de la propia sociedad. Esto es lo que, en su radicalidad, quieren decir las libertades sobre el pensamiento filosófico, científico y cultural, la libertad de las conciencias y la libertad religiosa. Los sistemas culturales, la ciencia, la decisión de vivir según conciencia, el culto, a Dios pertenecen a la persona, no al Estado, porque son aspectos de un derecho que está en la raíz de todos ellos: el derecho a ser persona.

Que tales libertades las tiene como propias la persona humana, lo muestra el hecho fundamental de que el Estado no es el sujeto de la cultura –del pensamiento–, de la conciencia moral, ni del acto radical de adhesión del hombre a Dios. Es el hombre, personalmente, su sujeto: quien piensa, quien tiene conciencia, quien primeramente está relacionado con Dios. Del hombre vienen y al hombre van. De la cultura, de la moralidad, de la religión el Estado no es agente, sino receptor. El Estado es también auxiliador, pero ayudando a la libertad, no sustituyéndola. De lo contrario, los términos se invierten: el Estado es agente y el hombre es receptor; entonces la libertad ha sido segada de raíz y la personalidad del hombre se esfuma.

Las libertades de pensamiento filosófico y científico, de las conciencias y religiosa, la libertad cultural en una palabra, tampoco son –políticamente hablando– libertades residuales. Se las concibe como libertades residuales cuando se entienden como meras ausencias de coacción, en cuya virtud el Estado no coaccionaría a quienes no siguiesen la cultura y las concepciones ofrecidas desde las estructuras oficiales. Esto no es libertad, sino simple tolerancia.

Para una sociedad libre es necesario que la cultura y su transmisión estén en posesión de la sociedad y no del Estado. En el caso de las libertades a que nos referimos, derecho o libertad significa que el sujeto de esos bienes –y por consiguiente de su transmisión– no es el Estado, sino la persona. Significa que el sistema de ideas, de cultura, de ciencia y de moralidad pertenecen a la persona y a su libre desarrollo. No hay peor encadenamiento de la persona y de la sociedad que el dirigismo cultural, o sea atribuir al Estado la función de dirigir la cultura y su transmisión.

La ilación entre las libertades nucleares enunciadas y la libertad de enseñanza es clara. Enseñar y educar no es otra cosa que transmitir el sistema de ideas, de cultura, de ciencia, de moralidad y de religión. Por consiguiente, las libertades de cultura, de las conciencias y religiosa quedan gravemente cercenadas –y reducidas a la triste condición de libertades residuales– sin verdadera libertad de enseñanza, lo que quiere decir que la enseñanza debe estar en manos de la sociedad, o sea, de los ciudadanos. Conclusión evidente: si el sujeto y agente de la cultura, de la moralidad y de la religión es el hombre y no el Estado, el sujeto y agente de la enseñanza es la persona, no el Estado. La transformación del Estado en sujeto y agente de la enseñanza, tanto cercenará la libertad cuanto suponga hacerse sujeto y agente primero y principal de la cultura.

La libertad de enseñanza no es, pues, un tema más o menos importante, sino un punto capital de la construcción y organización de una sociedad libre y de la estructuración política de una democracia en sentido moderno, es decir, de un régimen democrático de la libertad.

Y advierto, para evitar equívocos, que esto no significa el desarme ideológico del Estado, punto importante en el que no puedo detenerme ahora; significa sencillamente que las ideas no van del Estado a la sociedad, sino de la sociedad al Estado. Y a eso se le llama sociedad libre.»

Ahora puede ser un buen momento para «bajarse» toda la conferencia del profesor filósofo del Derecho y canonista eminente
Javier Hervada
Derecho Natural, democracia y cultura
,
Antonio Orozco-Delclós - 2004-VI-12

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(*) Los científicos británicos Sydney Brenner y John E. Sulston, junto con el estadounidense H. Robert Horvitz, fueron los galardonados con el Premio Nobel de Medicina 2002, que ha otorgado la Asamblea Nobel del Instituto Karolinska de Estocolmo por sus descubrimientos en el campo de la «regulación genética del desarrollo de órganos y de la muerte celular programada». En un comunicado, la Academia sueca explica que el organismo humano se compone de cientos de tipos de células que se originan todas del óvulo fertilizado. Durante el período embrionario y fetal, el número de células aumenta dramáticamente. Estas células maduran y se especializan para formar distintos tejidos y órganos. Gran cantidad de células se forman también en el organismo adulto. Paralelamente a la generación de nuevas células, la muerte celular es también un proceso normal, tanto en el feto como en el individuo adulto, para mantener el adecuado número de células en los tejidos. Esta cuidadosa y controlada eliminación de células es lo que se conoce como muerte celular programada o apoptosis. El comunicado señala que los galardonados con el Premio Nobel en Fisiología y Medicina de este año son responsables de descubrimientos claves acerca de la regulación genética del desarrollo de órganos y de la muerte celular programada. Investigando el gusano Caenorhabditis elegans como modelo de experimentación, han abierto posibilidades para seguir la división celular y la diferenciación desde el óvulo fertilizado al individuo adulto. Asimismo, han identificado genes claves en la regulación del desarrollo de órganos y de la apoptosis y mostrado que los genes correspondientes existen en las especies más desarrolladas, entre ellas el ser humano. Según la Academia sueca, estos descubrimientos son importantes para la investigación médica y han arrojado nueva luz a la patogénesis de muchas enfermedades.

 

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«La cultura no se basta a sí misma»

 

Don Manuel Fontán, doctor en Filosofía, Director del Instituto Cervantes en Bremen, hasta el año 2000, y ponente del Congreso sobre Evangelización y cultura, en la Universidad Católica de Murcia (noviembre 2001), aclara las notas características de la cultura occidental y la aportación del cristianismo a la cultura

 

¿Qué es la cultura?
Es el mundo interpretado por los hombres. Paul Valery, el poeta francés, decía que la cultura es aquello que hace que seamos lo que somos y de lo que nos hemos olvidado.

¿Cuáles son las notas características de la cultura occidental?

Se han dado muchas respuestas a lo largo de la Historia. Lo característico de la cultura occidental es que, en un momento determinado, tuvo lugar en ella la pregunta filosófica. No acerca de qué somos como cultura, sino acerca de quiénes somos en cuanto seres humanos, con independencia del sitio en el que hemos nacido y en el momento en el que hemos nacido.

La cultura occidental tiene raíces cristianas. Pero, actualmente, se prescinde de ellas. ¿Qué aporta el cristianismo a la cultura occidental?

En primer lugar, es imposible explicar la cultura actual sin el cristianismo. Lo cual no quiere decir que la cultura actual siga siendo cristiana. Dice un escritor contemporáneo que cuando se produce la muerte de Dios, cuando Dios deja de ser al menos una hipótesis explicativa, empiezan a endiosarse otras realidades. El cristianismo aporta el sentido del misterio, con la esperanza de dar al misterio una respuesta. Aportar la idea de que las culturas no se bastan a sí mismas. Es decir, la realidad y el mundo no se acaban en sí mismos. Hay algo más. Aporta el sentido de la trascendencia como un elemento que, por ejemplo, tiene una enorme fuerza contra el inmenso aburrimiento que nos invade. Aporta profundidad, una profundidad que es posible buscar y encontrar en la superficie, porque no es una profundidad esotérica. Aporta misericordia, sentido de la justicia. Muchísimas cosas.

¿Qué aporta a una determinada cultura el contacto con otras realidades culturales?

Aporta riqueza. Por ejemplo, la cultura española tiene aspectos muy valiosos. Quizá, no somos unos genios en música, pero sí hemos tenido grandes genios en la literatura. Y el conocimiento de esa literatura puede aportar riqueza a países que, a lo mejor, han sido grandes productores de cultura en términos musicales, pero no literarios. En cualquier caso, me parece más interesante el hecho de que dos culturas entren en contacto que el valor de los productos culturales que se puedan intercambiar. Creo que es muy importante el contacto con otra cultura porque eso ayuda a conocer algo que no es propio, y eso tiene valor porque amplía el horizonte. Eso es riqueza en sentido filosófico. Además, se es más sabio respecto a lo propio. Por ejemplo, el sentido de la patria o de lo propio que tienen las personas que han vivido en el extranjero, muchas veces, es más acusado que el sentido de la
patria que tienen los que siempre han vivido en su propio país.
(En Alfa y Omega, nº 284, 06.XII.2001)

 

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Los malos pastores: aseglarados, no aman, como esposa su breviario.

 

"¡ Oh hija queridísima! Estos miserables de los que he hablado no tienen para consigo mismos ninguna consideración. Si la tuviesen, no caerían en tantos vicios, sino que vivirían como los que viven virtuosamente, que prefieren la, muerte antes que ofenderme y manchar su alma o disminuir la dignidad en que yo los he puesto, sino que aumentan la dignidad y belleza de sus almas. No que la dignidad del sacerdote en sí pueda crecer por la virtud o menguar por algún pecado, como te he dicho. Pero las virtudes son un adorno y una dignidad para el alma encima de la belleza que el alma tiene desde su principio, cuando yo la creé a imagen y semejanza mía. Los que así viven, conocen la verdad de mi bondad, su belleza y dignidad, porque la soberbia y el amor propio no los han ofuscado ni quitado la luz de la razón. Por no tener este amor propio, me aman a mí y desean la salud de las almas. Pero estos desgraciados, privados totalmente de la luz, van de vicio en vicio tranquilamente, hasta que caigan en el hoyo.

Del templo de su alma y de la santa Iglesia, que es un jardín han hecho establo de animales. ¡Oh carísima hija! ¡ Cuán abominable es en mi presencia que sus casas, que deberían ser hospedaje de mis siervos y de los pobres, tener en ellas como esposa a su breviario, y por hijos los libros de la santa Escritura, y deleitarse en ellos para exhortar a su prójimo a emprender una santa vida, las hayan convertido en guarida de personas inmundas y malvadas !

Su esposa no es el breviario. Más bien trata a esta esposa del breviario como a adúltera. Es un demonio en cuerpo de mujer la que inmundamente vive con él. Sus libros los constituyen la manada de sus hijos, y sin ninguna vergüenza se deleita con los hijos que ha tenido con tanta deshonestidad y maldad.

Las pascuas y días solemnes, en los que debería dar gloria y alabanza a mi Nombre con el Oficio divino y ofrecerme el incienso de humildes y devotas acciones, los pasa en el juego y entretenimiento con estas criaturas del demonio y se divierte con los seglares cazando, como si fuese un seglar más o un señor de corte.


¡ Oh hombre miserable, a qué estado has llegado ! Lo que tú debes cazar son las almas para gloria y alabanza de mi Nombre y estar en el jardín de la santa Iglesia, y no andar de caza por los bosques. Pero te has hecho bestia ; dentro de ti tienes los animales de muchos pecados mortales. Por esto eres cazador de bestias y el huerto de tu alma está lleno de maleza y de espinas, porque has tomado el gusto de ir por lugares desiertos buscando las bestias salvajes. Avergüénzate y considera tus pecados. Motivo tienes para avergonzarte a cualquier parte que te vuelvas. Pero tú no te avergüenzas, porque has perdido el santo y verdadero temor de mí. Como la mujer pública, que ha perdido el pudor, te vanagloriarás de tener inmejorable posición en el mundo, de tener mucha familia y muchos hijos.

Y, si no los tienes, procuras tenerlos para que sean tus herederos. Eres salteador y ladrón, porque tú sabes perfectamente que no les puedes dejar tus bienes; tus herederos son los pobres y la santa Iglesia.

i Oh demonio encarnado, espíritu sin luz ! Buscas lo que no debes buscar. Te precias y vanaglorias de lo que debería ser para ti motivo de confusión y de vergüenza delante de mí, que veo lo más íntimo de tu corazón, y delante de las criaturas. Estás ciego en verdad, y los cuernos de tu soberbia no te permiten ver tu misma ceguera.

i Oh queridísima hija ! Yo te he puesto sobre el puente de la doctrina de mi verdad para que os sirviera a vosotros, peregrinos, y os administrara los sacramentos de la santa Iglesia, mas él permanece en el río miserable debajo del puente y en el río de los placeres y miserias del mundo. Allí ejerce su ministerio, sin percatarse de que le llega la ola que le arrastra a la muerte y se va con los demonios, señores suyos, a los que ha servido y de los que se ha dejado guiar, sin recato alguno, por el camino del río. Si no se enmienda, llegará a la condenación eterna, con tan gran reprensión y reproche, que tu lengua no sería capaz de referirlo. Y él, por su oficio de sacerdote, mucho más que cualquier otro seglar. Por donde una misma culpa es más castigada en él que en otro que hubiera permanecido en el mundo. Y en el momento de la muerte, sus enemigos le acusarán más terriblemente, como te he dicho."

Santa Catarina de Siena, Doctor de la Iglesia: El Diálogo, CXXX.

 

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Las maravillas de la creación (año: 313-386)

"Quisiera más bien que contemplaras la primavera, reteniendo la variedad de sus flores que todas son iguales y a la vez distintas: el púrpura de la rosa y la excelsa blancura del lirio. Pues, aunque ambos proceden de la misma lluvia y del mismo suelo, ¿quién es el que las hace distintas y las construye? Quisiera también que consideraras qué habilidad del único artífice es la que hace que árboles de la misma clase sirvan a veces para dar sombra y a veces para desparramarse en frutos diversos. Una parte de la vid se destina a la quema, otra a convertirse en renuevos, otra en follaje, otra en horquillas y, por fin, una última en uvas. Asómbrate también, en una caña, de la amplitud del espacio que su autor puso entre sus nudos. En un mismo terreno salen serpientes, jumentos, árboles, alimentos, oro, plata, cobre, hierro, piedra. Una es la sustancia de las aguas, y salen de ellas las especies de los peces y de las aves, de manera que unos nadan en el agua mientras las aves vuelan en el aire.

 «Ahí está el mar, grande y de amplios brazos, y en él, el hervidero innumerable de animales, grandes y pequeños» (Sal 104, 25). ¿Quién podrá exponer la hermosura de los peces que ahí viven? ¿Quién la magnitud de los cetáceos o la naturaleza de los animales anfibios que viven tanto en la tierra árida como en el agua? ¿Quién puede exponer la profundidad y la hondura del mar o el inmenso ímpetu de las olas? Se mantiene, sin embargo, dentro de los límites que le ha fijado quien le dijo: «Llegarás hasta aquí, no más allá..., aquí se romperá el orgullo de tus olas» (Job 38,11). Explica claramente el mandato que se le ha impuesto el hecho de que las olas, al retirarse, dejan una línea visible en las orillas. A los que la ven se les indica así que el mar no habrá de pasar de los límites establecidos.

¿Quién puede captar la naturaleza de las aves del cielo? ¿Cómo es que unas poseen una lengua experta en el canto, mientras otras poseen una gran variedad de colores en sus plumas y algunas, como las aves de presa, se mantienen, en medio del vuelo, inmóviles en el aire? Pues es por mandato de Dios por lo que «el halcón emprende el vuelo, despliega sus alas hacia el sur» (Job 39,26). ¿Qué hombre percibe cómo «se remonta el águila» a «las alturas» (cf Job 39,27). Pues si con toda tu capacidad de pensar no puedes darte cuenta de cómo las aves se elevan a lo alto, ¿cómo podrás entonces abarcar con tu mente al autor de todas las cosas?

¿Quién ha llegado a saber simplemente los nombres de todas las fieras? ¿Y quién se ha dado cuenta de la naturaleza de cada una de ellas y de su fuerza? Pero si ni siquiera conocemos sus nombres, ¿cómo podremos abarcar a su autor?

Uno fue el precepto de Dios, por el que dijo: «Produzca la tierra animales vivientes de cada especie: bestias, sierpes y alimañas terrestres de cada especie» (Gén 1,24). Por un único mandato brotaron, como de una única fuente, las diversas clases de animales: la mansísima oveja, el león carnicero. Por su parte, movimientos diversos de animales irracionales reflejan una variedad de inclinaciones humanas: la zorra, por ejemplo, expresa la perfidia humana; la serpiente, a los que hieren a sus amigos con dardos venenosos; el caballo que relincha, a jóvenes voluptuosos(cf Jr 5,8). Sin embargo, la hormiga diligente sirve para estimular al negligente y al perezoso. Pues cuando alguien, en su juventud, vive en la desidia y el ocio, los mismos animales irracionales le estimulan según el mismo reproche que recoge la Escritura: «Vete donde la hormiga, perezoso, mira sus andanzas y te harás sabio» (Prov 6,6). Pues cuando veas que guarda alimentos para el tiempo oportuno, imítala y recoge para ti mismo como tesoros, para la vida futura, los frutos de las buenas obras. Por otra parte: «Ponte a la obra y aprende qué trabajadora es» (Prov 6,8). Observa cómo, recorriendo toda clase de flores, produce miel para tu servicio, para que también tú, haciendo el recorrido por las Sagradas Escrituras, consigas tu salvación eterna y, saciado por ellas, digas: «¡Cuán dulce al paladar me es tu promesa, más que miel a mi boca!» (Sal 119,103).

¿Acaso, pues, no es el Creador digno de toda alabanza? ¿O es que, porque tú no conozcas la naturaleza de todas las cosas, han de ser por ello inútiles los seres creados? ¿Puedes, quizá, llegar a conocer las cualidades de todas las hierbas? ¿O eres capaz de aprender qué utilidad tiene lo que proviene de cualquier animal? Pues es cierto que incluso de las víboras venenosas proceden ciertos antídotos para la salud de los mortales. Pero me dirás: las serpientes son cosa horrenda. Teme al Señor y no podrá hacerte daño. El escorpión cobra fuerza al picar: teme al Señor y no te picará. El león está sediento de sangre: teme al Señor—como en cierta ocasión Daniel (Dan 6,23)— y (el león) permanecerá tranquilo junto a ti. Realmente son de admirar las fuerzas de los mismos animales: unos clavan con el aguijón, mientras la fuerza de otros reside en sus dientes; los hay que luchan con sus garras; la fuerza, por último, del basilisco reside en su mirada.

Por las diversas cualidades de su obra puedes, pues, comprender la capacidad del Creador".

Cirilo de Jerusalén, 313 + 386 ca. - Catequesis bautismal, 9,10-15

 

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Alégrese la madre naturaleza
con el grito de la luna llena:
que no hay noche que no acabe en día,
ni invierno que no reviente en primavera,
ni muerte que no dé paso a la vida;
ni se pudre una semilla
sin resucitar en cosecha.

 

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“Cuando contemplo el cielo, obra de tus manos, 
la luna y las estrellas que has creado, 
¿qué es el hombre para que te acuerdes de él, 
el ser humano, para darle poder? 
Lo hiciste poco inferior a los ángeles, 
lo coronaste de gloria y dignidad”(Ps. 8).   

 

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Cuando la Iglesia celebra el Misterio de Cristo, hay una palabra que jalona su oración: ¡Hoy!, como eco de la oración que le enseñó su Señor (Mt 6,11) y de la llamada del Espíritu Santo (Hb 3,7-4,11; Sal 95,7). Este "hoy" del Dios vivo al que el hombre está llamado a entrar, es la "Hora" de la Pascua de Jesús que es eje de toda la historia humana y la guía:

La vida se ha extendido sobre todos los seres y todos están llenos de una amplia luz: el Oriente de los orientes invade el universo, y el que existía "antes del lucero de la mañana" y antes de todos los astros, inmortal e inmenso, el gran Cristo brilla sobre todos los seres más que el sol. Por eso, para nosotros que creemos en él, se instaura un día de luz, largo, eterno, que no se extingue: la Pascua mística (S. Hipólito, pasc. 1-2).

 

Cuando meditamos, oh Cristo, las maravillas que fueron realizadas en este día del domingo de tu santa Resurrección, decimos: Bendito es el día del domingo, porque en él tuvo comienzo la Creación...la salvación del mundo...la renovación del género humano...en él, el cielo y la tierra se regocijaron y el universo entero quedó lleno de luz. Bendito es el día del domingo, porque en él fueron abiertas las puertas del paraíso para que Adán y todos los desterrados entraran en él sin temor (Fanqîth, Oficio siriaco de Antioquía, vol 6, 1ª parte del verano, p.193b).

 

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¡Gloria al Jesucristo, base y fundamento de su Iglesia!

¡Buenaventura eres Tú, Oh María, Madre de mi Maestro!

“Desde ahora me llamarán dichosa todas las generaciones” Biblia. Evangelio según San Lucas Cap.1º vs. 48. La Iglesia, hace XXI siglos fundada por Tu Hijo, te alaba, ¡Oh Madre plena de dicha y felicidad!

 

 

Gracias por venir a visitarnos

 

‘CÓMO LA IGLESIA CONSTRUYÓ LA CIVILIZACIÓN OCCIDENTAL’

Ninguna institución ha hecho más para dar forma a la civilización occidental que la Iglesia Católica, y en modos que muchos de nosotros hemos olvidado o nunca sabido. ´Como la Iglesia construyó la civilización occidental´ es una lectura esencial para redescubrir esta relegada verdad. De un modo senillo y muy atractivo. 2007. Autor: Thomas E. WOODS Jr.-Editorial: CIUDADELA.

 

Recomendamos vivamente:

2º ‘Europa y la Fe’. Editor: Ciudadela Libros. Autor: Hilaire Belloc.
Páginas: 237 - ISBN: 978-84-96836-23-5 -

En esta obra se trata con un realismo histórico apabullante el tema de Europa y su relación con la fe católica. No se debería desconocer este ensayo histórico admirable en que su autor explica cómo la Iglesia católica ayudó a salvar a Occidente, en las Edades oscuras, preservando lo mejor de la civilización griega y romana, y cómo los europeos, todavía hoy, nos beneficiamos de instituciones sociales y de forma políticas de indudable origen católico como los Parlamentos. Es muy posible que no se haya escrito una mejor visión de conjunto de la civilización occidental que este libro.

Grüss Gott. Salve, oh Dios.





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'JESUCRISTO PADECIÓ BAJO EL PODER DE PONCIO PILATO,
FUE CRUCIFICADO, MUERTO Y SEPULTADO'
Evangelio según San Lucas, Cap.3, vers.1º: El año decimoquinto del reinado del emperador Tiberio, cuando Poncio Pilato gobernaba la Judea, siendo Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Felipe tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene…

Crucifixión de San Pedro: fue crucificado al revés cabeza abajo - Pergamino con San Pedro en cruz invertida, de Maguncia- Alemania; entre el 900 y el 1000ca. - Museo Diocesano de la Catedral Maguncia (Mainz) Alemania - Pedro en su cruz, invertida. ¿Qué significa todo esto? Es lo que Jesús había predicho a este Apóstol suyo: "Cuando seas viejo, otro te llevará a donde tú no quieras"; y el Señor había añadido: "Sígueme" (Jn 21, 18-19). Precisamente ahora se realiza el culmen del seguimiento: el discípulo no es más que el Maestro, y ahora experimenta toda la amargura de la cruz, de las consecuencias del pecado que separa de Dios, toda la absurdidad de la violencia y de la mentira. No se puede huir del radicalismo del interrogante planteado por la cruz: la cruz de Cristo, Cabeza de la Iglesia, y la cruz de Pedro, su Vicario en la tierra. Dos actos de un único drama: el drama del misterio pascual: cruz y resurrección, muerte y vida, pecado y gracia.

La maternidad divina de María – Catecismo de la Iglesia
495 Llamada en los Evangelios 'la Madre de Jesús'(Jn 2, 1; 19, 25; cf. Mt 13, 55, etc.), María es aclamada bajo el impulso del Espíritu como 'la madre de mi Señor' desde antes del nacimiento de su hijo (cf Lc 1, 43). En efecto, aquél que ella concibió como hombre, por obra del Espíritu Santo, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el Hijo eterno del Padre, la segunda persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre de Dios [Theotokos] (cf. Concilio de Éfeso, año 649: DS, 251).
La virginidad de María
496 Desde las primeras formulaciones de la fe (cf. DS 10-64), la Iglesia ha confesado que Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María únicamente por el poder del Espíritu Santo, afirmando también el aspecto corporal de este suceso: Jesús fue concebido absque semine ex Spiritu Sancto (Concilio de Letrán, año 649; DS, 503), esto es, sin semilla de varón, por obra del Espíritu Santo. Los Padres ven en la concepción virginal el signo de que es verdaderamente el Hijo de Dios el que ha venido en una humanidad como la nuestra:
Así, san Ignacio de Antioquía (comienzos del siglo II): «Estáis firmemente convencidos acerca de que nuestro Señor es verdaderamente de la raza de David según la carne (cf. Rm 1, 3), Hijo de Dios según la voluntad y el poder de Dios (cf. Jn 1, 13), nacido verdaderamente de una virgen [...] Fue verdaderamente clavado por nosotros en su carne bajo Poncio Pilato [...] padeció verdaderamente, como también resucitó verdaderamente» (Epistula ad Smyrnaeos, 1-2).

El acontecimiento histórico y transcendente – Catecismo de la Iglesia
639 El misterio de la resurrección de Cristo es un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas como lo atestigua el Nuevo Testamento. Ya san Pablo, hacia el año 56, puede escribir a los Corintios: "Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce: "(1 Co 15, 3-4). El apóstol habla aquí de la tradición viva de la Resurrección que recibió después de su conversión a las puertas de Damasco (cf. Hch 9, 3-18).
El sepulcro vacío

640 "¿Por qué buscar entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado" (Lc 24, 5-6). En el marco de los acontecimientos de Pascua, el primer elemento que se encuentra es el sepulcro vacío. No es en sí una prueba directa. La ausencia del cuerpo de Cristo en el sepulcro podría explicarse de otro modo (cf. Jn 20,13; Mt 28, 11-15). A pesar de eso, el sepulcro vacío ha constituido para todos un signo esencial. Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección. Es el caso, en primer lugar, de las santas mujeres (cf. Lc 24, 3. 22- 23), después de Pedro (cf. Lc 24, 12). "El discípulo que Jesús amaba" (Jn 20, 2) afirma que, al entrar en el sepulcro vacío y al descubrir "las vendas en el suelo"(Jn 20, 6) "vio y creyó" (Jn 20, 8). Eso supone que constató en el estado del sepulcro vacío (cf. Jn 20, 5-7) que la ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana y que Jesús no había vuelto simplemente a una vida terrenal como había sido el caso de Lázaro (cf. Jn 11, 44).