Wednesday 29 March 2017 | Actualizada : 2017-03-03
 
Inicio > Leyendas Negras > Brujona - 1º cruzadas, difamación inquisición América: ni robo, ni genocidio

Cuando la religiosidad abandona la senda de la razón, y se deja llevar por un miedo incontrolado, se convierte en superstición, fanatismo, profetismo... y violencia.  En favor de la razón, los tribunales de la Inquisición investigaron a los charlatanes-brujos, fantasmagóricos adivinos… Y como no se estudia un elefante con los ojos vendados ni se defiende de la pantera, el ciego…

 

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En el año 1080 escribió el Papa Gregorio VII al rey Harald de Dinamarca quejándose de que los daneses tuviesen la costumbre de hacer a ciertas mujeres responsables de las tempestades, epidemias y toda clase de males, y de matarlas luego del modo más bárbaro.

El papa conminaba al rey dano para que enseñase a su pueblo, que aquellas desgracias eran voluntad de Dios, la cual deberían complacer con penitencias y no castigando a presuntas autoras.

La sabiduría de esta postura se refleja también en una crónica eclesiástica, al referir el caso de tres mujeres, quemadas por envenenadoras y perdedoras de personas y cosechas en 1090, cerca de Munic, diciendo de ellas, que murieron mártires.

DE ACUERDO con esta postura de la Iglesia no encontramos nada sobre las brujas en los más antiguos manuales del Santo Oficio. En el más antiguo, escrito por el inquisidor Bemard Gui sobre 1324, bajo el título "De sortilegis et divinis et invocatoribus demonorum" se citan diversas prácticas mágicas y de adivinación, junto con algunos conjuros al demonio. Lo más que se acerca a las brujas, es al comentar sobre "fatis mulieribus quas vocant ´bonos res´que, ut dicunt, vadunt de nocte"l (Hansen 48). Las hadas que la gente con un eufemismo llamaba "la cosa buena" parece referirse a lo que en otro lugar he denominado "el aquelarre blanco" (Henningsen 1991).

 

 

 Calumnia (imputación de un delito hecha con conocimiento de su falsedad), injuria, (expresión que lesiona la dignidad de otra persona, menoscabando su fama, cuando por su naturaleza, efectos y circunstancias, sean tenidas en el concepto público por graves). 

 

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Ya lo dijo G. K. Chesterton: «El que deja de creer en Dios acaba creyendo en cualquier cosa». Extrapolando, algo similar ocurre en nuestra sociedad: ha dejado de creer en Dios para seguir a pies juntillas las tonterías que se le pasen por la cabeza a magos, quiromantes, brujas, adivinos y personajes de similar pelaje.
   Menos mal que Dios no se cansa de nosotros. Aunque dejes de creer en Él, Él nunca dejará de creer en ti.

 

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Una libertad que no sabe hacia dónde va es peor que la ausencia de libertad, del mismo modo que la sofística es peor que la ausencia de filosofía o la superstición es peor que la ausencia de religión.

 

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De hombres, hechos, notas y acontecimientos de tal época para comprender, alumbrar e ilustrar el contexto:

 

[La Iglesia y hombres de ciencia bregaban contra las supersticiones. Por ello, estaban bajo el fuego de muy malas lenguas, que les ametrallaba con noticias distorsionadas y confundía a quienes no tenían sólidas bases formativas espirituales e intelectuales].

 

La Iglesia, ante la difamación histórica

Leyendas negras de ayer, hoy y mañana

 

 

Escribe don Alejandro Rodríguez de la Peña, profesor de Historia Medieval, de la Universidad San Pablo-CEU y Secretario Nacional de Jóvenes de la Asociación Católica de Propagandistas.

C
uando se aborda la historia de la Iglesia católica, tarde o temprano nos encontraremos con el fenómeno historiográfico que se ha dado en llamar leyenda negra. Ésta consiste en una labor de propaganda, de desinformación, que, a través de la presentación tendenciosa de los hechos históricos, bajo la apariencia de objetividad y de rigor histórico o científico, procura crear una opinión pública, bien anticlerical, bien anticatólica. Por eso se aparta de lo que podría aceptarse como una simple crítica, una denuncia honesta y rigurosa de los errores cometidos por los miembros de la Iglesia, dando en cambio una imagen voluntariamente distorsionada del pasado de la Iglesia, para convertirla en una descalificación global de una misión milenaria, tanto antes como, sobre todo, en la actualidad.
La leyenda negra de la Iglesia no es un asunto baladí que deba ser objeto de preocupación sólo para los historiadores. Lo cierto es que todos los católicos nos jugamos mucho en la lucha contra sus manipulaciones. Y es que la descalificación global de esta institución religiosa a largo de toda su historia compromete seriamente ante la opinión pública su legitimidad social y moral de cara al futuro. Un fenómeno reciente como la polvareda social levantada por la novela El Código Da Vinci resulta ser un magnífico ejemplo del peligro que la manipulación de la historia de la Iglesia entraña para su acción pastoral actual.

Los ataques, desde antiguo

En realidad, los ataques demagógicos y panfletarios contra el pasado y el presente de la Iglesia datan de muy antiguo. En efecto, podemos encontrar diatribas furibundas contra el cristianismo católico por parte de autores paganos grecorromanos (Celso, Zósimo, Juliano el Apóstata…), de los diferentes heresiarcas medievales y de los polemistas judíos y musulmanes. Pero la polémica anticatólica se acentuó y cobró una especial virulencia en la segunda mitad del siglo XVI, cuando las discusiones entre católicos y protestantes invadieron también el campo historiográfico y literario, surgiendo entonces todo un modelo de difamación sistemática de la Iglesia.
Más en concreto, encontramos el origen del discurso anticatólico actual en la llamada leyenda negra, un conjunto de acusaciones contra la Iglesia y la monarquía hispánica que se generó y se desarrolló en Inglaterra y Holanda, en el curso de la lucha entre Felipe II y los protestantes.
El anticatolicismo llegó a ser, con el tiempo, parte integral de la cultura inglesa, holandesa o escandinava. Escritores y libelistas se esforzaron por inventar mil ejemplos de la vileza y perfidia papista, y difundieron por Europa la idea de que la Iglesia católica era la sede del Anticristo, de la ignorancia y del fanatismo. Tal idea se generalizó en el siglo XVIII, a lo largo y ancho de la Europa iluminista y petulante de la Ilustración, señalando a la Iglesia como causa principal de la degradación cultural de los países que habían permanecido católicos.
En los prejuicios difundidos sobre la historia de la Iglesia se observan dos elementos básicos y, en no pocas ocasiones, íntimamente entremezclados: la visión de la Iglesia medieval y moderna como una institución oscurantista, reaccionaria y enemiga de todo progreso intelectual o social; y su caricaturización como una fuerza represiva e intolerante, enemiga de los derechos humanos y promotora de las Cruzadas y la Inquisición.
Se suele afirmar, por ejemplo, que las Cruzadas fueron guerras de agresión provocadas contra un mundo musulmán pacífico. Esta afirmación es completamente errónea. Ahora mismo tenemos en nuestras pantallas una película, El reino de los cielos, bastante proclive a esta angelización de los musulmanes del medievo. Pero lo cierto es que, desde los mismos tiempos de Mahoma, los musulmanes habían intentado conquistar el mundo cristiano. E incluso habían obtenido éxitos notables. Tras varios siglos de continuas conquistas, los ejércitos musulmanes dominaban todo el norte de África, Oriente Medio, Asia Menor y gran parte de España. En otras palabras, a finales del siglo XI, las fuerzas islámicas habían conquistado dos terceras partes del mundo cristiano: Palestina, la tierra de Jesucristo; Egipto, donde nace el cristianismo monástico; Asia Menor, donde san Pablo había plantado las semillas de las primeras comunidades cristianas... Estos lugares no estaban en la periferia de la cristiandad, sino que eran su verdadero centro.

 

 

¡Así se escribe la Historia!

Otro lugar común de la leyenda negra anticatólica es –no podía ser de otro modo– la acción de la Inquisición en la Edad Media y la Moderna. Por ejemplo, todo el mundo ha oído hablar del caso de Galileo Galilei, casi siempre de modo deformado, ya que no se suele explicar que el sabio italiano apenas sufrió otro castigo que un cómodo arresto domiciliario en un palacio cardenalicio. Por el contrario, son pocos los colegiales que saben que Antoine Lavoisier, uno de los fundadores de la Química, fue guillotinado a causa de sus ideas políticas, por un tribunal durante el Terror jacobino, al grito de ¡La Revolución no necesita científicos! No olvidemos tampoco que, en Ginebra –la Meca del protestantismo–, Juan Calvino no dudó en mandar a la hoguera al ilustre descubridor de la circulación de la sangre, nuestro compatriota Miguel Servet. El científico aragonés fue tan sólo una de las quinientas víctimas de diez años de intolerancia calvinista en una ciudad con apenas diez mil habitantes. Con esta proporción brutal de represaliados, la Inquisición española habría debido quemar ¡un millón de personas cada siglo! –en realidad, fueron tres mil en trescientos años–. Aun así, Torquemada ha pasado al argot popular como sinónimo de intolerancia, y Calvino es ponderado por muchos como uno de los padres de las democracias liberales del norte de Europa.
Un ejemplo reciente de cómo la leyenda negra ha cobrado nuevos bríos últimamente lo hallamos en el ya mencionado Código Da Vinci. Su autor, Dan Brown, deja caer que la Iglesia habría quemado a cinco millones de brujas (p. 158), cuando todos los especialistas, con Brian Pavlac a la cabeza, limitan la cifra a 30.000, a lo sumo, para el período 1400-1800 (por cierto, el 90% víctimas de la Inquisición protestante, y no de la católica).
Esto conecta con el ominoso concepto de Gendercide (genocidio de las mujeres), que han acuñado el feminismo y el lesbianismo radicales en las universidades norteamericanas. Esto es, la criminalización de la Iglesia católica, que cargaría con una mancha histórica tan negra como el Holocausto nazi. De la misma forma que el nazismo ha quedado desacreditado para siempre jamás por su ejecutoria asesina contra los judíos, la Iglesia carecería de toda legitimidad como institución por su pasado criminal en relación a las mujeres. Barbaridades como ésta se leen y se escuchan en algunos departamentos de Gender studies de los Estados Unidos.
No en vano, el Código Da Vinci se basa en una serie de absurdas creencias neo-gnósticas y feministas que entran en oposición directa no sólo con el cristianismo, sino con la Historia académica tal y como es enseñada en todas las universidades respetables del mundo. Mucho se ha hablado de la inverosímil hipótesis de Dan Brown de que Cristo y María Magdalena estaban casados y tuvieron descendencia, pero eso sólo es la punta de un iceberg de disparates. Convenientemente camufladas tras la atractiva trama narrativa propia de un thriller policíaco, el autor va deslizando aquí y allá ideas propias de una cosmovisión que enseña que el cristianismo es una mentira violenta y sangrienta, que la Iglesia católica es una institución siniestra y misógina, y que la verdad es, en última instancia, creación y producto de cada persona.

 

 

La realidad, como es

Volviendo al espinoso asunto de la Inquisición, si queremos ser rigurosos, hay que señalar que el Santo Oficio era un tribunal dedicado a investigar si entre los católicos había herejes, un tema gravísimo entonces, al que ahora no se da importancia porque las sociedades no son confesionales. Pero es que entonces las disputas teológicas daban lugar a guerras y conmociones sin cuento (las guerras de religión en Europa provocaron un millón de muertos entre 1517 y 1648). Por consiguiente, la Inquisición era un instrumento básico para el mantenimiento de la paz en un reino. Por otro lado, un hecho no suficientemente conocido es que la Inquisición no tenía jurisdicción alguna sobre los no bautizados. Por tanto, ni judíos ni musulmanes podían ser juzgados, detenidos o acosados por la Inquisición.
Ciertamente, el Santo Oficio usaba el tormento como todos los tribunales de la época, pero generalmente con mayores garantías procesales, ya que se realizaba siempre en presencia del notario, los jueces y un médico, y sin que se pudieran causar al reo mutilaciones, quebrantamiento de huesos, derramamiento de sangre ni lesiones irreparables. Finalmente, hay que llamar la atención sobre el hecho de que la mayoría de las penas eran de tipo canónico, como oraciones o penitencias. Las condenas a muerte fueron rarísimas, y sólo en casos muy graves sin arrepentimiento, pues si había arrepentimiento había indulgencia con el reo. Como ya se ha dicho, en sus tres siglos de historia, la Inquisición ajustició a unos 3.000 reos (de un total de 200.000 procesados). Esta cifra, con ser alta, representa tan sólo la décima parte de los asesinados en Francia por el régimen del Terror jacobino en el periodo 1792-1795. Es decir, en tan sólo tres años, los hijos de la Ilustración iluminista habían multiplicado por diez las víctimas fruto de trescientos años de actuación de la Inquisición católica. ¿Y quien se atreve hoy en día a mentarle este hecho a un defensor de la democracia liberal, cuyos fundamentos mismos sentó la Revolución Francesa? ¿Porqué, entonces, tenemos los católicos que aguantar día sí día también que algunos sectarios nos recuerdan la Inquisición cada vez que nos identificamos como hijos de la Santa Madre Iglesia?
Manuel Alejandro Rodríguez de la Peña - 2005

 

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«La fe tiene necesidad de la razón para no caer en la superstición. La razón tiene necesidad de la fe para no caer en la desesperación». S. S. Juan Pablo II

 

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Los tribunales de la inquisición, siendo generalmente tan estrictos y a la vez ‘aseguradores y protectores’ frente a los imputados, impidieron que las brujas y personas que vivían ilícitamente de las prácticas mágicas o supersticiosas, fueran linchadas por el pueblo, sin proceso alguno o por meros supuestos del pueblo llano. Así fue en aquellos siglos, mientras que hoy 2008 en algunos lugares del India, con lapidación y ajusticiamiento, es la rabia popular la que se hace ‘supuesta justicia’, impulsada más por la venganza que por sed de derecho y equidad.

 

...la bruja entre burlas y escarnios, es rapada totalmente.India-2008...

 

A scatenare la rabbia il tentato suicidio di una donna psicolabile

India, "strega" picchiata e seviziata

Il filmato della "punizione" trasmesso in televisione. La donna accusata di praticare la magia nera

NUOVA DELHI - Legata a un palo, picchiata, presa a pugni. È la durissima punizione inflitta in India a una donna accusata di praticare la magia nera. Le immagini del linciaggio, girate a Dumaria Adalchak, alla periferia di Patna (capitale dello stato orientale del Bihar), sono state trasmesse in tv, dalla New Delhi Television, e hanno scosso l´intero Paese.
VIDEO - Il filmato (guarda: immagini particolarmente scioccanti) mostra infatti la "strega" presa a pugni in faccia e a calci da un uomo, poi una seconda persona le taglia i capelli. Decine di abitanti del villaggio assistono alla punizione culminata con un corteo-gogna nel villaggio. A scatenare la rabbia, riferisce la polizia locale, il tentato suicidio di una donna psicolabile che la "strega" avrebbe dovuto curare: il primo aggressore (arrestato) è il marito della malata mentale.

28 marzo 2008 – Corrieri della Sera.it.

 

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VII.- Inquisición, sexo sagrado y machismo

 

«La Iglesia quemó en la hoguera nada menos que a cinco millones de mujeres»

Capítulo 28, página 158:

 

«La Inquisición publicó el libro que algunos consideran como la publicación más manchada de sangre de todos los tiempos: el Malleus Malleficarum -El martillo de las brujas-, mediante el que se adoctrinaba al mundo de "los peligros de las mujeres librepensadoras" e instruía al clero sobre cómo localizarlas, torturarlas y destruirlas. Entre las mujeres a las que la Iglesia consideraba "brujas" estaban las que tenían estudios, las sacerdotisas, las gitanas, las místicas, las amantes de la naturaleza, las que recogían hierbas medicinales, y "cualquier mujer sospechosamente interesada por el mundo natural". A las comadronas tam-bien las mataban por su práctica herética de aplicar conocimientos médicos para aliviar los dolores de parto -un sufrimiento que, para la Iglesia, era el justo castigo divino por haber comido Eva del fruto del Árbol de la Ciencia, originando así el pecado original-. Durante trescientos años de caza de brujas, las Iglesia quemó en la hoguera nada menos que a cinco millones de mujeres. »La propaganda y el derramamiento de sangre habían surtido efecto. El mundo de hoy era la prueba viva de ello».

 

...Y colorín colorado, este cuento se ha acabado. Bueno, así al menos debería concluir este despropósito. Para dar aires de verdad a sus afirmaciones contra la Iglesia, Brown se monta en esta ocasión en la ola de la Leyenda negra.

En primer lugar, la Inquisición no publicó el libro titulado Malleus Malleficarum, sino que se editó a título privado en 1486. Se trataba de un manual que nunca fue tenido por oficial en los tribunales de la Inquisición. Conoció varias ediciones, sobre todo en Alemania. Sin embargo, en los ambientes eclesiásticos españoles no fue muy apreciado, y no tuvo gran influjo en la práctica de la injustamente difamada Inquisición española.

La oposición católica contra los excesos irracionalistas, a los que se podía prestar el tratado citado, fue creciente y adquirió rango de norma en 1624, cuando el Santo Oficio dictó una instrucción para los procesos a las brujas (Instructio pro formandis processibus in causis strigum, sortilegiorum et maleficiorum) en el que se confirmaba la tradicional prudencia y respeto que habían de observarse en los procesos canónicos.

Brown da rienda suelta a su imaginación cuando describe los excesos del Malleus. De haber sido como él cuenta hasta el oficio de comadrona hubiera desaparecido o se hubiera convertido en clandestino.

Según Brown, «durante trescientos años de caza de brujas, las Iglesia quemó en la hoguera nada menos que a cinco millones de mujeres». Estamos tan acostumbrados a escuchar barbaridades atribuidas alegremente a la Inquisición, que muchos lectores pasan por encima de estas cifras sin pestañear. Lo cierto es que después de muchos años de propaganda, la mentalidad común se niega a aceptar la verdad: todas estas patrañas están basadas en un presupuesto irracional, el «todo el mundo sabe que es así», el «no me irás a negar que la Inquisición mató a millones». Ésa es toda la prueba que se puede aportar.

Ahora se puede hablar con los datos en la mano. En junio de 2004 se publicaron las actas de un simposio internacional que tuvo lugar en Roma el año 2000. El volumen, titulado L´Inquisizione, recoge cifras precisas, extraídas no de fantasmagóricas y misteriosas fuentes, sino de documentos oficiales consultados por investigadores profesionales en los archivos secretos del Vaticano.

En la presentación de la obra, Antonio Borromeo, profesor de historia en la Universidad civil de La Sapienza reveló que «hoy se puede escribir la historia de la Inquisición al margen de los tópicos del siglo XIX», y confirmó que en lo relativo a la caza de brujas, en toda la historia de las inquisiciones nacionales, la española condenó a la pena capital a cincuenta y nueve brujas, la portuguesa a cuatro, la romana a treinta y seis. «Si sumamos todos los casos -afirma Borromeo refiriéndose a los datos contrastados- no llegamos ni siquiera al centenar de condenas, frente a las cincuenta mil personas condenadas al patíbulo por casos semejantes en tribunales civiles durante el mismo período, en la Edad Moderna». ¿En qué datos se basa Brown para afirmar que la Iglesia mandó a la hoguera a cinco millones de mujeres? Lo mismo le hubiera costado decir que fueron cincuenta millones. La realidad es que la Inquisición no condenó a la muerte a cinco millones de brujas, sino que en toda su historia condenó por brujería a cien mujeres, que fueron ejecutadas por el «brazo secular».

La Inquisición fue constituida originalmente por el Papa Gregorio IX (1227-1247). Era la época de la resaca de las crisis catara y albigense. En todos los países cristianos, los gobernantes civiles consideraban la herejía como un delito gravísimo, que quebraba la paz social y atentaba contra el bien común. Los señores civiles del mediodía francés, donde se había sufrido la infiltración del catarismo, participaban de la misma preocupación.

La idea original de crear un tribunal que determinara de la rectitud de la fe de los súbditos cristianos no fue eclesiástica, sino civil. Los señores civiles querían tener seguridad de quiénes incurrían en el delito civil de herejía, y necesitaban que autoridades religiosas competentes dictaminaran sobre la ortodoxia de los sospechosos de romper la paz social. Por eso solicitaron el auxilio de la Iglesia para inquirir, investigar la ortodoxia de la fe. Desde el comienzo las reglas procesales de los diversos tribunales de la Inquisición adoptaron prudentemente el criterio de la máxima garantía para los procesados. Los sospechosos preferían siempre ser juzgados por la Inquisición antes que por los tribunales civiles. Poco a poco la verdad sobre la Inquisición se va abriendo paso en medio de siniestras fantasías arraigadas en la mente de generaciones de occidentales. Según Brown, «la propaganda y el derramamiento de sangre habían surtido efecto», pero más parece que es él quien adopta el estilo propagandístico y que siempre huye del dato concreto.

 

La iluminación espiritual tiene dos mitades y la Iglesia detesta el sexo sagrado

Capitulo 28, página 159:

 

«Las mujeres, en otros tiempos consideradas la mitad esencial de la iluminación espiritual, estaban ausentes de los templos del mundo. No había rabinas judías, sacerdotisas católicas ni clérigas islámicas. El otrora sagrado acto de Hieros Gamos -la unión sexual natural entre hombre y mujer a través de la cual se completaban espiritualmente- se había reinterpretado como acto vergonzante».

«Las mujeres, en otros tiempos consideradas la mitad esencial de la iluminación espiritual, estaban ausentes de los templos del mundo». Brown no precisa nada. Exactamente ¿qué quiere decir con que las mujeres eran «la mitad esencial de la iluminación espiritual»? ¿Qué significa esa frase? ¿A qué «otros tiempos» se refiere, en concreto? Como en los cuentos, las premisas no se deben discutir: «Érase una vez...».

 

Entre los detractores de la Iglesia se ha hecho moneda corriente afirmar que la Iglesia hizo del sexo algo «sucio», que ha sido represora de la sexualidad, frente a la cultura pagana, que siempre vivió la sexualidad con alegre desenfado. La Iglesia siempre ha tratado la sexualidad con mucho respeto, porque, a diferencia de los paganos, considera que el ser humano es una unión de cuerpo y de alma, y que ambos sobrevivirán después de la muerte, tras la resurrección de la carne. La revelación cristiana, es cierto, hizo la vida más seria, pero también más alegre. El ser humano comprendía que su vida no acababa con su periplo por la tierra, y que con la ayuda de la gracia de Dios se jugaba el destino eterno: vivir o morir para siempre. Para los espíritus más sensibles del paganismo la doctrina cristiana tenía un atractivo enorme, pues daba respuestas profundas a preguntas que permanecían latentes en la cultura precristiana. Entre otras cosas, muy llamativas, los cristianos aportaron una novedad desconocida hasta entonces: la santidad de vida. La vida pagana tendía a una total licencia de costumbres, más o menos como la conocemos hoy. Eran raros los filósofos que se empleaban en dominar sus inclinaciones, y aún ésos, más en la reflexión que en la práctica. Muchos paganos, sumidos en sus vicios y placeres, se mofaban de la ejemplar y rigurosa vida de los cristianos, pero muchos otros se admiraban en silencio al ver que era posible llevar una vida que no fuera esclava de las pasiones.

La doctrina cristiana -desde los mismos evangelios- exalta el pudor y la modestia. Con un realismo único, el cristianismo advierte que todo lo que Dios ha creado en el hombre es bueno, y por ese motivo hay que honrarlo como merece. En concreto, Dios nos ha dado la sexualidad y a ésta la ha dotado de una fuerza muy intensa. La voluntad del hombre puede romper la conexión original que Dios ha establecido entre el placer sexual y función reproductiva y la vida afectiva. De modo que lo que fue pensado para integrarse en la relación reproductiva entre hombre y mujer se pueda convertir en una fuerza descontrolada y absorbente que nos separe de la vida espiritual. En un fin en sí mismo.

El pretendido «crimen» de la Iglesia consiste en recordar y advertir ese riesgo y en prevenirlo inculcando la práctica de virtudes que fortalezcan la voluntad y la vida espiritual. En el fondo, la «batalla» se da entre la Iglesia, que reconoce que todo lo que tenemos es de Dios y tiene un propósito que hay que respetar, y todos los que no están dispuestos a aceptar que ninguna norma gobierne su vida y su búsqueda del placer. Esta forma de pensar se ha infiltrado en la mentalidad de muchos que, sin rechazar del todo a la Iglesia, lamentan que no tenga más «manga ancha». Se olvida que la doctrina de la Iglesia es no sólo la voluntad de Dios, sino que ya que ese mismo Dios es quien nos ha hecho, es la profunda aspiración de nuestro ser. Dios no es un incoherente que crea a los hombres con unas inclinaciones y luego les manda que sean infelices negándolas. Todo esto es para recordar que la sexualidad es un aspecto muy importante y que la Iglesia lo respeta en extremo. Quienes no lo respetan son los que pretenden que en materia de sexualidad no haya normas, puesto que rebajan la sexualidad a algo banal y además niegan las terribles consecuencias, privadas y sociales, de una sexualidad desenfrenada.

Los cristianos no prestaron ninguna atención al fantasioso Hieros Gamos que según Brown en algún momento indeterminado era algo frecuente. En cambio la Iglesia sí que reaccionó contra algo mucho más real: la generalizada reducción de la sexualidad al puro apetito. La Iglesia condenó el adulterio y la sodomía, y exaltó la monogamia y el matrimonio indisoluble, así como la castidad matrimonial. Educó en el autodominio y en la vida de oración y enseñó que el ejercicio de la sexualidad conyugal está ordenado a la reproducción y, con gran realismo, «al remedio de la concupiscencia».

La Iglesia -no así muchos herejes gnósticos, a los que tanto parece admirar Brown- nunca dijo que el sexo fuera algo malo ni sucio. Precisamente por la importancia que la Iglesia da al cuerpo humano lo rodeó de un cuidado y de una delicadeza especial. La leyenda negra en torno a este punto hace de San Agustín uno de los principales forjadores de la repugnancia de la Iglesia ante el sexo. La verdad es que San Agustín fue un hombre de una inteligencia y de una sagacidad agudísimas y no es cierto que pensara que la unión sexual era algo vergonzante. «La efervescencia del placer adquiere una cierta seriedad, cuando al unirse el marido y la esposa tienen presente su condición de padre y madre», dice el santo, recordando la dignidad del acto sexual.

 

Lapsus machista de Langdon

Capítulo 28, página 159:

 

«Los hombres santos que en algún momento habían precisado de la unión sexual con sus equivalentes femeninas para alcanzar la comunión con Dios veían ahora sus impulsos sexuales naturales como obra del diablo, que colaboraba con su cómplice preferida... la mujer».

 

Langdon está relatando una historia absolutamente ficticia respecto de una supuesta época en la que los hombres y las mujeres copulaban en un rito «de comunión con Dios». Un tema, por cierto, recurrente en la denominada New Age. En la antigua Roma existían cultos provenientes de Oriente en los que los adeptos se sometían a ritos en los que caían en éxtasis y en los que perdían la conciencia. Para ello recurrían a actividades frenéticas, músicas repetitivas, consumían sustancias alucinógenas y en algunos casos se entregaban a desenfrenos sexuales. El resultado era siempre la anulación extática del raciocinio por algún tiempo. Estas religiones creían que los dioses eran arbitrarios y por ello la razón no era un vehículo adecuado para unirse a ellos. Los cristianos entienden que la oración es una elevación de la mente hacia Dios. Dios es la verdad y por eso nuestra intimidad con Él está basada en la verdad, que para nosotros depende primariamente del uso de la razón.

Los verdaderos éxtasis místicos en el cristianismo no son tan frecuentes como podría pensarse y nunca niegan el uso de la razón. Lo que ocurre es que al progresar en la unión con Dios, el auténtico místico se queda «toda sciencia trascendiendo», que diría San Juan de la Cruz.

Los gnósticos, que en muchas ocasiones recurrían a las prácticas de éxtasis, incluidas las cópulas rituales, niegan que entre la divinidad y nosotros se pueda establecer una comunicación personal, por eso se trata de buscar estados de intenso placer que sean incompatibles con el raciocinio.

En este párrafo, Brown hace que Langdon se lamente porque, tras el advenimiento del cristianismo, esa unión sexual mística ya no es posible. Lo curioso es que su lamento se refiere a «los hombres santos» que en ciertos momentos necesitan de la unión sexual «con sus equivalentes femeninas»... El modo en que Langdon construye el ejemplo indica claramente una concepción nada «femenina» del asunto. Los términos que utiliza reflejan una concepción que gira en torno a la genitalidad masculina, disfrazada de pretensiones pseudoreligiosas. Se queja de que los «hombres santos» ya no tengan a su disposición «mujeres santas» para tan altos fines. No parece que cuando escribió este párrafo, Brown estuviese igualmente preocupado por que las supuestas «mujeres santas» carecieran de sus compañeros.

Se comienza inventándose una religión fantástica y se acaba haciendo torpes cálculos.

Agradecemos al autor – www.conoze.com 2006-05-15

 

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Conquista de América: ni robo, ni genocidio

 

El empecinado odio anticatólico y antihispanista afirma, en primer lugar, que España se apropió de las tierras indígenas en un acto típico de rapacidad imperialista. La verdad es que, antes de la llegada de los españoles, los indios concretos y singulares no eran dueños de ninguna tierra, sino empleados gratuitos y castigados de un Estado idolatrizado y de unos caciques despóticos tenidos por divinidades supremas. Carentes de cualquier legislación que regulase sus derechos laborales, el abuso y la explotación eran la norma; y el saqueo y el despojo, las prácticas habituales. Impuestos, cargas, retribuciones forzadas, exacciones virulentas y pesados tributos fueron moneda corriente en las relaciones indígenas previas a la llegada de los españoles. El más fuerte sometía al más débil y lo atenazaba con escarmientos y represalias. Ni los más indigentes quedaban exceptuados, y solían llevar como estigmas de su triste condición mutilaciones evidentes y distintivos oprobiosos. Una justicia claramente discriminatoria distinguía entre pudientes y esclavos, en desmedro de los últimos. La verdad es, también, que los principales dueños de la tierra que encontraron los españoles –mayas, incas y aztecas– lo eran a expensas de otros dueños, a quienes habían invadido y desplazado. Y que fue ésta la razón por la que una parte considerable de tribus aborígenes –carios, tlaxaltecas, cempoaltecas, zapotecas, otomíes, cañarís, huancas, etcétera– se aliaron naturalmente con los conquistadores, procurando su protección y el consecuente resarcimiento.
Sólo a partir de la conquista, los indios conocieron el sentido personal de la propiedad privada y la defensa jurídica de sus obligaciones y derechos. Es España la que se plantea la cuestión de los justos títulos, con autoexigencias tan sólidas que ponen en tela de juicio la misma autoridad del monarca y del Pontífice. Es España –con ese maestro admirable del Derecho de Gentes que se llamó Francisco de Vitoria– la que funda la posesión territorial en las más altas razones de bien común y de concordia social, la que insiste una y otra vez en la protección que se le debe a los nativos en tanto súbditos, la que garantiza y promueve un reparto equitativo de precios, la que atiende sobre abusos y querellas, la que no dudó en sancionar duramente a sus mismos funcionarios descarriados, y la que distinguió entre posesión como hecho y propiedad como derecho, porque sabía que era cosa muy distinta fundar una ciudad en el desierto y hacerla propia, que entrar a saco a un granero particular. Por eso, sólo hubo repartimientos en tierras despobladas y encomiendas «en las heredades de los indios». Porque, pese a tantas fábulas indoctas, la encomienda fue la gran institución para la custodia de la propiedad y de los derechos de los nativos. Por la encomienda, el indio poseía tierras particulares y colectivas sin que pudieran arrebatárselas impunemente. Por la encomienda, organizaba su propio gobierno local y regional, bajo un régimen de tributos que distinguía ingresos y condiciones, y que no llegaban al Rey –que renunciaba a ellos–, sino a los conquistadores. No es España la que despoja a los indios de sus tierras. Es España la que les inculca el derecho de propiedad, la que les restituye sus heredades asaltadas por los poderosos y sanguinarios Estados tribales, la que los guarda bajo una justicia humana y divina, la que los pone en paridad de condiciones con sus propios hijos, e incluso en mejores condiciones que muchos campesinos y proletarios europeos.
Se dice también que la Conquista, caracterizada por el saqueo y el robo, produjo un genocidio aborigen. La verdad es que España no planeó ni ejecutó ningún plan genocida; el derrumbe de la población indígena –que nadie niega– no está ligado a los enfrentamientos bélicos con los conquistadores, sino a una variedad de causas, entre las que sobresale la del contagio microbiano. La verdad es que la acusación homicídica como causa de despoblación no resiste las investigaciones serias de autores como Nicolás Sánchez Albornoz, José Luis Moreno, Ángel Rosemblat o Rolando Mellafé, que no pertenecen precisamente a escuelas hispanófilas. La verdad, incluso, es que hasta las mitas, los repartimientos y las encomiendas, lejos de ser causa de despoblación, son antídotos que se aplican para evitarla. Ni despojo de territorios, ni sed de oro, ni matanzas en masa. Un encuentro providencial de dos mundos. Encuentro en el que, al margen de todos los aspectos traumáticos que gusten recalcarse, uno de esos mundos, el Viejo, gloriosamente encarnado por la Hispanidad, tuvo el enorme mérito de traerle al otro nociones que no conocía sobre la dignidad de la criatura, hecha a imagen y semejanza del Creador. Esas nociones, patrimonio de la cristiandad, difundidas por sabios eminentes, no fueron letra muerta ni objeto de violación constante. Fueron el verdadero programa de vida, el genuino plan salvífico por el que la Hispanidad luchó en tres siglos largos de descubrimiento, evangelización y civilización abnegados.
Arbil.org

 

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IGLESIA: EN DEFENSA DE LA CULTURA DE LA VIDA

 

La anti-cultura de la muerte - Pero si toda cultura tiene su dignidad, no por ello todo valor cultural es intocable. No podemos olvidar que toda cultura, en cuanto realidad humana, está marcada por el pecado. Si cultura es, según Juan Pablo II, «aquello por lo que el hombre en cuanto hombre se hace más hombre»*, es evidente que muchos elementos que llamamos culturales son en realidad anti-culturales. Por la misma razón, es un contrasentido hablar de «cultura de la muerte» o «cultura de la violencia», cuando en realidad se debería hablar de «anti-cultura de la muerte». En las culturas hay muchos antivalores, estructuras de pecado y situaciones de injusticia y de alienación que no merecen ser ni protegidas ni conservadas, por mucho que pertenezcan al patrimonio ancestral de un pueblo. La lista es interminable: clitoridectomia, poligamia, sacrificios humanos, discriminación de la mujer, aborto, abandono de los recién nacidos, privación de libertad religiosa, hasta la mayor de las alienaciones que es la privación de Dios. Al igual que acontece en el encuentro entre el hombre y la Palabra de Dios, también las culturas tienen que experimentar una metanoia, una conversión. Tienen que ser purificadas por la Palabra de Dios, que es viva y eficaz y penetra hasta los tuétanos, hasta la juntura entre los huesos. Y así como la gracia no destruye la naturaleza, sino que la eleva y perfecciona, el Evangelio, en su encuentro con una cultura, ya sea una cultura de la selva amazónica, una de las milenarias culturas asiáticas o nuestra cultura secularizada occidental, las purifica sin destruirlas, las sana y las conduce a dar lo mejor de sí mismas.

Dignidad de las culturas, diálogo entre ellas y superación de los elementos contrarios a la dignidad del hombre, son los puntos en torno a los que se debe construir la auténtica multiculturalidad, igualmente distante de la unificación y de la exasperación de la diversidad. Por ello la cuestión del diálogo intercultural no se puede separar de la cuestión de la verdad y de la capacidad del hombre para hallarla. Un diálogo constructivo entre culturas y civilizaciones sólo es posible sobre la base de una búsqueda común de la verdad y de la convicción que ésta puede darse con validez absoluta en nuestras categorías humanas. En caso contrario, permaneceríamos prisioneros del relativismo cultural que niega la posibilidad de superar los propios confines culturales y de acceder a la verdad, que sería entonces únicamente presentida asintóticamente tras las diversas culturas, sin poder ser nunca alcanzada. Sólo que con ello habríamos acabado con toda forma posible de auténtico diálogo entre culturas. El Choque de civilizaciones, está servido.

* Juan Pablo II, Carta autógrafa al Card. Agostino Casaroli con la que se instituye el Consejo Pontificio de la Cultura (20 mayo 1982), AAS (1982) 684.

 

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La Inquisición

 

La verdad no se impone de otra manera sino por la fuerza de la misma verdad

La Inquisición, más que una institución abolida, se ha convertido para la opinión pública en un símbolo de antitestimonio y escándalo. ¿En qué medida esta imagen es fiel a la realidad? El 12 de marzo del año 2000, el Papa Juan Pablo II, dentro de la celebración del Jubileo de ese año, quiso reconocer los errores cometidos por la Iglesia en el pasado con la Jornada del Perdón. Antes de pedir perdón es necesario conocer exactamente los hechos; por este motivo se estableció una investigación teológica e histórica por parte de expertos de todo el mundo sobre la Inquisición. Después de cinco años se han publicado las Actas del Simposio Internacional sobre la Inquisición

Un Miércoles de Ceniza, el 12 de marzo de 2000, la Iglesia celebraba, por iniciativa del Papa, la Jornada del Perdón. Fue ahí donde el Santo Padre reconoció los pecados y errores cometidos por los miembros y representantes de la Iglesia en el tema de la Inquisición. Y, como apunta el teólogo de la Casa Pontificia, cardenal Cottier, «una petición de perdón sólo puede afectar a hechos verdaderos y reconocidos objetivamente. No se pide perdón por algunas imágenes difundidas a la opinión pública, que forman parte más del mito que de la realidad».
Es muy amplia la novela negra que ha generado la Inquisición. La idea difundida, ya no sólo sobre ella, sino sobre toda la actuación histórica de la Iglesia, hace que los católicos educados por la televisión y el cine tengan la impresión de que su Iglesia ocupa un lugar en el museo de los horrores de la Historia.

 

El Papa Juan Pablo II a los pies de Cristo,
en la ceremonia en al que pidió perdón por los pecados pasados y presentes

de los católicos, durante el Jubileo
del año 2000


Hecho histórico

En enero de 1998 acontece un hecho relevante para la Historia como ciencia. La Congregación del Santo Oficio y la Congregación del Índice abren sus archivos al público general. Ya se podía acceder a ellos con anterioridad, pero de forma restringida y con un permiso especial. Ahora, cualquier historiador, estudioso, investigador, puede cotejar datos, leer originales y dejar de aludir a secretismos vaticanistas. «Esta iniciativa –recuerda el cardenal Etchegaray– demuestra que la Iglesia no teme someter el propio pasado al juicio de los historiadores». Meses después de este hecho, y para poder hacer una profunda y sincera reflexión sobre los errores, infidelidades, incoherencias y retrasos a lo largo de los siglos, de los cuales los creyentes se podían haber sentido responsables, se organizó en el Vaticano un Simposio Internacional sobre la Inquisición. El encuentro tuvo lugar del 29 al 31 de octubre de 1998, y en él destacó la presencia de historiadores, ya que se trataba de conocer la verdad de una institución de la Iglesia de la que se había escrito mucho, sin atender, en muchos casos, al rigor histórico.
Se convirtió en un acontecimiento histórico. No sólo era la única manera de hacer una verdadera y auténtica purificación de la memoria; fue una de las raras ocasiones en que medievalistas, modernistas y contemporáneos se encontraban reunidos para estudiar el tema específico de la Inquisición. «A ellos –puntualiza en las Actas el cardenal Etchegaray– no se les pedía otra cosa que exponer, con el máximo rigor metodológico posible, pero también con la máxima libertad, el resultado de sus investigaciones».
«Fue una institución de la Iglesia –comentaba el cardenal, días después de celebrado el Simposio–, nacida en una época en que la unidad de la fe constituía el elemento integrador de la sociedad civil. En el curso de los siglos, la tolerancia religiosa ha supuesto un largo, sinuoso y doloroso aprendizaje no sólo para los cristianos, sino para todos los hombres».
El historiador profesor Arturo Bernal Palacios apuntaba una salvedad lógica y fundamental: «Para comprender la institución que nos ocupa, hemos de situarnos en el tiempo, en la mentalidad, en la antropología, en la sociología, en las concepciones teológicas y jurídicas de los momentos de su nacimiento y de su aplicación durante su historia».
Para el teólogo de la Casa Pontificia, cardenal Cottier, «combatió un mal real, la herejía, que amenazaba la fe y destruía la unidad de la Iglesia». Nació para defender la verdad; el problema fue el recurso a métodos violentos para combatir el mal; se equivocó en los medios. «Los instrumentos utilizados en la época eran los comunes –observa monseñor Rino Fisichella, Vicepresidente de la Comisión Teológico-Histórica–, eran los que la sociedad empleaba».
La tortura, por ejemplo, no comenzó a aplicarse –en los tribunales civiles ya se empleaba este procedimiento– hasta 1252, cuando el Papa Inocencio IV la autorizó, teniendo en cuenta algunos límites, como el de prohibir llegar al extremo de la mutilación o poner en peligro la vida del imputado. «En el derecho inquisitorial –puntualiza el profesor Agostino Borromeo, miembro del comité científico del Simposio sobre la Inquisición–, la tortura no era un procedimiento para arrancar una confesión, sino, según la mentalidad de la época, un medio de prueba: quien, bajo los tormentos, se afirmaba en sus declaraciones precedentes y continuaba proclamando su inocencia, no podía ser condenado».

 

 

La novedad de la Inquisición

La novedad que aportaron los tribunales de la Inquisición se basan en la responsabilidad que recaía sobre los jueces de dichos tribunales. Anteriormente, el Derecho canónico contemplaba un solo procedimiento para los procesos, el acusatorio: el juez iniciaba la acción judiciaria solamente ante una acusación, y el peso de la prueba recaía sobre el acusador. Si éste no conseguía probar los hechos, se hacía merecedor de la misma pena que hubiera sido impuesta al acusado si hubiera sido encontrado culpable. En la Alta Edad Media, el hereje era castigado con sanciones que variaban desde las simples penas espirituales a la exclusión de la comunidad de los fieles –la excomunión–, el exilio y la confiscación de los bienes, según la gravedad de los casos.
La lucha de la Iglesia contra la heterodoxia se radicaliza cuando, en el siglo XII, surgen amplios movimientos heréticos colectivos: los cátaros o los valdenses. Resurge entonces una nueva forma de proceso, en el que el juez podía proceder de oficio ante los delitos graves en cuanto le llegase la noticia del hecho; y –aquí está la novedad– ahora correspondía al juez recoger las pruebas.
«Al vincular a los inquisidores a la aplicación del procedimiento inquisitorio –señala el profesor Borromeo–, el Papado acabó adoptando también la correspondiente normativa secular. En particular, adoptó la equiparación de la herejía al delito de lesa majestad, el más grave previsto por la legislación civil, y que establecía la pena de muerte en la hoguera para los herejes».
La Inquisición tuvo su mayor actividad en los siglos XIII y XIV, contra las herejías ya citadas. En el siglo XV comenzaron a desaparecer los grandes movimientos heréticos y, por tanto, muchos de los tribunales. En este momento se comienza a hablar de una segunda fase de la historia de la Inquisición. En 1478, los Reyes Católicos obtienen del Papa Sixto IV la autorización para designar inquisidores contra una nueva herejía, el criptojudaísmo, cometida por los conversos del judaísmo que no dejaban de practicar los ritos judíos en secreto. «La Inquisición en España –aclara el profesor Borromeo– celebró, entre 1540 y 1700, 44.674 juicios. Los acusados condenados a muerte fueron del 1,8%, y de ellos el 1,7% fueron condenados en contumacia, es decir, no pudieron ser ajusticiados por estar en paradero desconocido; en su lugar se quemaba o ahorcaba a muñecos». Los tribunales fueron suprimidos entre la segunda mitad del siglo XVIII y en las primeras décadas del siglo XIX. El último tribunal que desapareció fue el español, abolido en 1834.

 


Caza de brujas

«En el año 1080 –apunta el historiador Gustav Henningsen, participante del Simposio– escribió el Papa Gregorio VII al rey Harald de Dinamarca quejándose de la costumbre de los daneses de hacer responsables a ciertas mujeres de las tempestades, epidemias y toda clase de males, y matarlas luego del modo más bárbaro. Asimismo, en una crónica eclesiástica se habla de tres mujeres quemadas por los vecinos de Vötting, cerca de Munich, en 1090, por envenenadoras de hombres y perdedoras de cosechas. Diez años más tarde, en el reino católico de Hungría, se intentó por edicto de ley extirpar la creencia en las brujas».
La Iglesia –y menos los tribunales inquisidores– no se había interesado por estas ejecuciones y persecuciones de brujas, a menos para alertar a las autoridades del mal que se les producía. La única razón era que la Inquisición fue creada para detener herejías, y las brujas no eran herejes; es más, la Iglesia no creía que existieran las brujas y, por tanto, no podía condenarlas. Sin embargo, pasados los siglos, esto cambiaría.

Pánico social

Las primeras actas conocidas sobre brujería en los tribunales de la Inquisición datan de 1400. Se refieren a una secta de brujas que renuncian al cristianismo y adoran al diablo. «Uno puede preguntarse –afirma Henningsen–: ¿por qué la Iglesia dio este giro con respecto a su opinión en este punto?» El investigador intenta explicarlo basándose en los estudios de otros muchos expertos, como el americano Erich Goode, el israelita Nachman Ben-Yehuda, o Carlo Ginzburg –el que aplicó el término de moral panic (pánico social) para responder a este cambio– . «Mediante una reinterpretación por parte de los teólogos –dice Henningsen–, vemos que, de repente, la noción popular de la brujería viene a resultar plausible también desde un punto de visa teológico». Y es así como se comienzan a juzgar a hombres y mujeres, por ser pertenecientes a una secta, que más tarde llamarían brujería.
Cuando los inquisidores comenzaron a mezclar teología con brujería, en lugares donde se daba crédito a ésta última, los tribunales civiles ya hacía tiempo que practicaban las torturas y ejecuciones salvajes contra las brujas. De ellas se conservan aún en algunas exposiciones itinerantes los materiales de tortura, a los que erróneamente se les atribuye su pertenencia a los tribunales de la Inquisición.
Según el historiador Agostino Borromeo, coordinador de la edición de las Actas del Simposio Internacional sobre la Inquisición, al referirse a este tema en una entrevista para la agencia Zenit, constata que los tribunales eclesiásticos fueron mucho más indulgentes que los civiles. De los 125.000 procesos de su historia, la Inquisición española condenó a muerte a 59 brujas. En Italia fueron 36, y en Portugal 4. «Si sumamos estos datos –comentó el historiador– no se llega ni siquiera a un centenar de casos, contra las 50.000 personas condenadas a la hoguera, en su mayoría por los tribunales civiles, en un total de unos cien mil procesos (civiles y eclesiásticos) celebrados en toda Europa durante la edad moderna».
Despejados los mitos y las exageraciones, las nuevas Actas son, en boca del cardenal Cottier, un estudio histórico que sirve para que los teólogos puedan tener elementos de respuesta a preguntas como ¿Qué significa la paradoja: la Iglesia santa comprende en su seno a los pecadores? ¿Cuál es el sentido del testimonio evangélico como dimensión de la existencia cristiana y de los comportamientos antitéticos de antitestimonio y de escándalo? Era tiempo de volver a poner los relojes en hora respecto a las leyendas negras; ahora queda sacar una conclusión de los datos reales.
Una primera conclusión, dada ya en 1998, al concluirse los estudios, la ofreció el mismo Juan Pablo II: «De estos trazos dolorosos del pasado emerge una lección para el futuro, que debe llevar a todo cristiano a tener en cuenta el principio de oro dictado por el Concilio Vaticano II: La verdad no se impone de otra manera sino por la fuerza de la misma verdad, que penetra suave y fuertemente en las almas».

Carmen María Imbert – 2005.05. Esp.

 

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Ésta es la fe de los católicos:

así enseña el Señor:

 

Epístola de Santiago 3,13-18. - El que se tenga por sabio y prudente, demuestre con su buena conducta que sus actos tienen la sencillez propia de la sabiduría. Pero si ustedes están dominados por la rivalidad y por el espíritu de discordia, no se vanaglorien ni falten a la verdad. Semejante sabiduría no desciende de lo alto sino que es terrena, sensual y demoníaca. Porque donde hay rivalidad y discordia, hay también desorden y toda clase de maldad. En cambio, la sabiduría que viene de lo alto es, ante todo, pura; y además, pacífica, benévola y conciliadora; está llena de misericordia y dispuesta a hacer el bien; es imparcial y sincera. Un fruto de justicia se siembra pacíficamente para los que trabajan por la paz.

 

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--Benedicto XVI vino a la abadía después de la elección. ¿Qué significado tiene esta visita?

--Abad Power: La Iglesia de Roma se fundó sobre dos grandes apóstoles, Pedro y Pablo, no sobre uno ni sobre el otro, sino sobre los dos juntos. Es algo que a veces se olvida, dada la importancia de san Pedro y del Vaticano.

El Santo Padre decidió reconocer de nuevo este antiguo lazo, tomando posesión de la Basílica de San Pablo junto (de hecho al día siguiente) de la de San Pedro. Las catedrales del obispo de Roma son las cuatro basílicas patriarcales: San Pedro, San Pablo, San Juan de Letrán (ésta es propiamente la catedral de la diócesis de Roma), y Santa María la Mayor.

El Papa vino a San Pablo, por tanto, para venerar al apóstol y tomar posesión de la cátedra, por tanto, no vino en primer lugar para visitar a los monjes de la Abadía. Ahora bien, obviamente, la comunidad monástica, en calidad de «capítulo» de la Basílica, le dio la bienvenida. 2005.04

 

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SE CREE DENTRO DE LA IGLESIA Y CON LA IGLESIA

 

 

-La comunidad de los creyentes 


No se cree en la Iglesia - REPROCHES: FE-   -muchas dificultades de fe son dificultades con la Iglesia. Difícilmente habrá otro enunciado de la confesión de fe que suscite hoy tanta oposición e irritación como el que afirma creer en la Iglesia una, santa, católica y apostólica. De hecho, cada uno de estos importantes predicados parece quedar desmentido por la realidad. La Iglesia, tal como la experimentamos, no es una ni es en todo santa; considerada empíricamente, no es por completo católica, y en muchas cosas parece 
estar muy lejos de su origen apostólico. Por otra parte, a la Iglesia se le puede presentar una larga lista de pecados que ha cometido en el pasado y en el presente. Quien reivindica algo tan elevado como la Iglesia será medido, lógicamente, con arreglo a dicha reivindicación, pero jamás podrá corresponder plenamente a ella, y quedará sometido al juicio de su propia pretensión. Así, todos los reproches que se hacen a la Iglesia van, una y otra vez, en la línea de que ella misma ni vive ni realiza lo que anuncia; más aún, que incluso ha traicionado con frecuencia el evangelio del amor de Dios. Cuando se habla de la Iglesia como comunidad de los creyentes, conviene, pues, emplear desde el principio tonos moderados y autocríticos. 
I/FE-EN-LA: También las confesiones de fe de la Iglesia primitiva se expresan con cautela respecto de la Iglesia, y dicen: "Creo en un solo Dios,... en un solo Señor Jesucristo,... en el Espíritu Santo"; pero no suelen decir:"Creo en la Iglesia", sino únicamente: "Creo a la Iglesia". 
Con ello manifiestan que la Iglesia no es la meta del acto de fe; la meta y el objeto específico del acto de fe es únicamente el Dios trinitario. La Iglesia tiene su puesto dentro y, en cierto modo, debajo de la fe en Dios. La Iglesia no es Dios; es una realidad creatural que en ningún caso puede ser absolutizada ni divinizada. Esta absolutización es incluso una tentación permanente de la Iglesia. Puesto que la Iglesia es una realidad creatural y consta de hombres pecadores, no se puede en absoluto confiar en ella con la entrega radical con que se confía en 
Dios. No se cree en la Iglesia, pero sí dentro de la Iglesia y con la Iglesia (H. de ·Lubac-H); se cree a la Iglesia como lugar de la fe y como comunidad de los creyentes. Esto es lo que ahora es preciso desarrollar y fundamentar. 

Se cree dentro de la Iglesia y con la Iglesia
 


/NECESIDAD: Aun cuando la Iglesia no sea la meta del acto de fe, sin embargo, ocupa un lugar importante en la confesión de fe. No se puede decir simplemente: Dios y Jesús, sí; Iglesia, no. La fe y la Iglesia están esencialmente unidas. 
Incluso desde una perspectiva puramente humana, nadie vive completamente solo. Como hombres, dependemos en muchos aspectos unos de otros. Esto no sólo es válido respecto de la satisfacción de nuestras necesidades corporales básicas, de la consecución de alimento y vestido, vivienda y trabajo para las necesidades cotidianas. También en nuestras convicciones morales y religiosas nos nutrimos de lo que hemos recibido de nuestros padres y maestros, de amigos y conocidos y, en general, de nuestro entorno. Nuestro propio pensamiento necesita el lenguaje y con el lenguaje, por lo demás, expresamos nuestras ideas. Pero el lenguaje lo recibimos de la comunidad en la que crecemos y vivimos; con el lenguaje recibimos los patrones decisivos de interpretación del mundo. El hombre, en cuanto ser hablante, es un ser social. 
I/PUEBLO DE DIOS: Dios es un Dios de los hombres. Por ello, en su revelación, nunca se dirige a individuos aislados. Más bien habla a los individuos en su tejido social. Llama y reúne a un pueblo. Esto comienza ya con Adán, que es el representante de toda la humanidad. 
Cuando, con su rechazo de Dios, se introduce también la enemistad entre los hombres, desde el asesinato de Abel por Caín hasta la confusión babilónica de las lenguas, Dios vuelve a poner en marcha un proceso de reunificación que, según los Padres de la Iglesia, comienza con el justo Abel y prosigue en todos los hombres que viven justa y piadosamente conforme a su conciencia; se trata, pues, de un proceso que se verifica secretamente en todos los pueblos y que se hace visible con Abrahán (a quien Dios hace padre de un gran pueblo; más aún, en quien bendice a todos los pueblos), con Moisés y con los profetas. El mismo Jesús se sabe llamado a reunir al pueblo de Israel. Una vez que la mayoría de Israel, a través de sus representantes legítimos, lo ha rechazado, comienza, -tras la muerte de Jesús, tras la Pascua y Pentecostés- un nuevo proceso de reunificación, del que ahora forman parte judíos y paganos, que se reúnen en una fe común en el Dios único y en el único Señor y Salvador Jesucristo, en el único Espíritu Santo, y se reconocen entre sí como hermanos, en quienes todas las diferencias de nacionalidad, de raza y de generación han perdido su significado discriminatorio y de separación. 
La Iglesia, como pueblo de Dios reunido fraternalmente a partir de todos los pueblos, razas y generaciones, es, pues, la acción de Dios contra el caos producido por el pecado. Aparece cada vez más claramente en la medida en que avanza la historia de Dios con los hombres. Es comienzo, signo e instrumento de la paz y la reconciliación que Dios ha prometido y que todos anhelan. En ella, la humanidad dividida y enemistada queda de nuevo unida en las convicciones y orientaciones básicas de la vida; en ella los extraños se hacen amigos. 
Así pues, la Iglesia misma es un fruto esencial de la actuación salvífica de Dios y, en este sentido, también un contenido de la fe. La palabra reconciliadora de Dios no puede existir -así hay que decirlo, recogiendo una famosa expresión de Martín Lutero- sin pueblo de Dios, del mismo modo que tampoco puede haber pueblo de Dios sin palabra de Dios, por la que es convocado y en cuya confesión de fe queda unido. 


FE/INDIVIDUALISMO Dado que la Iglesia como comunidad de los creyentes está tan estrechamente unida a la palabra de Dios, no puede haber ningún legítimo cristianismo privado. La fe es, desde luego, una decisión personal, insustituible, de cada individuo. Pero este acto personal de fe significa siempre, al mismo tiempo, entrar en la historia mayor y en la comunidad mayor de la fe. Por ello en las confesiones de fe de la Iglesia primitiva se dice tanto "creo" como "creemos". El individuo nunca está solo en su fe personal; nosotros recibimos la fe de quienes han creído antes que nosotros, y en la fe estamos sostenidos por la fe de toda la comunidad de los creyentes. Se cree siempre dentro de la Iglesia y con la Iglesia. 


ECLESIAL: Puesto que la Iglesia es el sujeto total de la fe, pertenece a la fe el "sentire-ecclesiam", un sentir dentro de la Iglesia y con la Iglesia, un sentido eclesial. No consiste en decir sí y amén a todo lo que hay en la Iglesia, pero sí en un sentido para lo que es correcto e importante en la Iglesia. El sentido eclesial puede incluir una crítica abierta y sincera, pero detesta toda sabihondez presuntuosa y todo arrogante afán de crítica. Se manifiesta más bien en el respeto a la doctrina y a la praxis de la Iglesia, así como en el esfuerzo por entenderla y en la apertura frente a lo que el Espíritu dice a las comunidades (Ap 2,7, entre otros). 

La Iglesia como signo e instrumento: 
La conexión entre la Iglesia y la fe en la palabra de Dios se puede fundamentar aún más profundamente. La palabra de Dios está, en efecto, destinada a encontrar hombres que la escuchen, la acepten y den testimonio de ella. Sólo llega al mundo allí donde encuentra corazones y testigos fieles. Si no fuera recibida, hecha realidad viviente y testimoniada a otros por una comunidad de creyentes, sería como una llamada sin eco, quedaría privada de fuerza y de eficacia y se perdería en el vacío. Pero, puesto que la palabra de Dios es una palabra eficaz, que realiza lo que dice, a la revelación de Dios en la palabra también pertenece siempre su aceptación por el hombre en la fe. Por eso la Iglesia, como comunidad de los creyentes, pertenece constitutivamente al acontecimiento de la revelación. Sin la comunidad de los creyentes no se habría revelado nada en la historia. En la Iglesia y en su fe, a pesar de toda la debilidad y caducidad humanas, la palabra de Dios adquiere forma por el Espíritu de Dios. La Iglesia misma es una figura de la palabra de Dios. Es columna y fundamento de la verdad (1 Tim 3,15) y participa en el misterio de Cristo. I/PD PD/I: Yohann Adam Möhler expresó estas ideas así: "En la Iglesia y a través de ella la redención anunciada por Cristo adquirió realidad por medio de su Espíritu, porque en ella se creen sus verdades y se ejercen sus instituciones, y precisamente por ello han adquirido vida. Según esto, podemos decir también de la Iglesia que es la religión cristiana hecha objetiva, su exposición viviente. Cuando la palabra pronunciada por Cristo (tomada en su significado más amplio) penetró con su Espíritu en un círculo de personas y fue aceptada por éste, tomó forma, tomó carne y sangre; y esta forma es precisamente la Iglesia, que, en consecuencia, es considerada por los católicos como la forma esencial de la religión cristiana misma. Cuando el Redentor fundó por su palabra y su Espíritu una comunidad en la que dio vida a su palabra, se la confió precisamente a ella para que la conservara y la 
transmitiera; la depositó en ella para que, con fuerza siempre nueva, saliera de ella, se multiplicara y se extendiera, siendo siempre la misma y, sin embargo, eternamente nueva. Su palabra no es jamás separable de la Iglesia, ni su Iglesia de la palabra." 


I/SACRAMENTO-SV: Mohler también sabía, naturalmente, que la Iglesia, como Iglesia compuesta de hombres, más aún, de pecadores, muchas veces no refleja, sino que oscurece la palabra de Dios. Por eso el Vaticano II evita toda identificación directa de la Iglesia y de Jesucristo, que es la palabra de Dios. El Concilio designa más bien a la Iglesia como sacramento, es decir, signo e instrumento. Ella es un signo viviente, pleno y eficaz de la palabra salida de Dios, y al mismo 
tiempo su instrumento, por el que sigue resonando en la historia del mundo y de los hombres. Signo e instrumento no son, desde luego, meras funciones en la Iglesia. Todos los fieles y todos los bautizados están constituidos, como individuos y como conjunto, en testigos de la fe. El cardenal J. H. Newman, en su famoso tratado "Sobre la consulta de los fieles en cuestiones de fe", expuso que en el caótico siglo IV, en el que surgió la disputa en torno a la verdadera divinidad de Jesucristo, muchas veces no fueron los obispos ni los sínodos episcopales los que mantuvieron la verdadera fe, sino los simples fieles. Hoy ha llegado de manera especial la hora de los laicos cristianos. Porque sólo por medio de los laicos, que, en la familia, profesión y tiempo libre, viven en condiciones ordinarias, puede la fe llegar al mundo e impregnarlo desde dentro. 
Toda la comunidad de los creyentes es signo e instrumento de la fe, no sólo por la palabra, no sólo por la predicación, la catequesis, la enseñanza de la religión, sino por toda su vida. Lo que define al testigo es que no sólo da testimonio con la palabra, sino con toda su existencia; se compromete personalmente y, en casos extremos, pone incluso su vida en juego. Según las palabras del Vaticano II, la Iglesia es, por tanto, signo e instrumento por todo lo que es y por todo lo que cree. En su rostro ha de resplandecer en el mundo la luz, que es Jesucristo. 

 

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En la creación del mundo y del hombre, Dios ofreció el primero y universal testimonio de su amor todopoderoso y de su sabiduría, el primer anuncio de su "designio benevolente" que encuentra su fin en la nueva creación en Cristo.

316 Aunque la obra de la creación se atribuya particularmente al Padre, es igualmente verdad de fe que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son el principio único e indivisible de la creación.

317 Sólo Dios ha creado el universo, libremente, sin ninguna ayuda.

318 Ninguna criatura tiene el poder Infinito que es necesario para "crear" en el sentido propio de la palabra, es decir, de producir y de dar el ser a lo que no lo tenía en modo alguno (llamar a la existencia de la nada) (cf DS 3624).

319 Dios creó el mundo para manifestar y comunicar su gloria. La gloria para la que Dios creó a sus criaturas consiste en que tengan parte en su verdad, su bondad y su belleza.

320 Dios, que ha creado el universo, lo mantiene en la existencia por su Verbo, "el Hijo que sostiene todo con su palabra poderosa" (Hb 1, 3) y por su Espirita Creador que da la vida.

321 La divina providencia consiste en las disposiciones por las que Dios conduce con sabiduría y amor todas las criaturas hasta su fin último.

322 Cristo nos invita al abandono filial en la providencia de nuestro Padre celestial (cf Mt 6, 26-34) y el apóstol S. Pedro insiste: "Confiadle todas vuestras preocupaciones pues él cuida de vosotros" (I P 5, 7; cf Sal 55, 23).

323 La providencia divina actúa también por la acción de las criaturas. A los seres humanos Dios les concede cooperar libremente en sus designios.

324 La permisión divina del mal físico y del mal moral es misterio que Dios esclarece por su Hijo, Jesucristo, muerto y resucitado para vencer el mal. La fe nos da la certeza de que Dios no permitiría el mal si no hiciera salir el bien del mal mismo, por caminos que nosotros sólo coneceremos plenamente en la vida eterna.

 

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¡Gloria al Jesucristo, base y fundamento de su Iglesia!

¡Buenaventura eres Tú, Oh María, Madre de mi Maestro!

 

“Desde ahora me llamarán dichosa todas las generaciones” Biblia. Evangelio según San Lucas Cap.1º vs. 48. La Iglesia, hace XXI siglos fundada por Tu Hijo, te alaba, ¡Oh Madre plena de dicha y felicidad!

 

 

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Recomendamos vivamente: ‘Historia de la Inquisición en España y América’ – El conocimiento científico y el proceso histórico de la Institución (1478-1834). Obra dirigida por don Joaquín PÉREZ VILLANUEVA y Bartolomé ESCANDELL BONET. Es una elevada tarea historiográfica con planteamientos científicos, bases documentales, tratamiento y lenguaje actuales. Y:

La inquisición española - Editorial: BAC- Centro de estudios inquisitoriales- Madrid-España. Autora:(Comella Beatriz.- Rialp, Madrid) Breve-óptimo libro.

 

La Inquisición – la institución, quizás más polémica de cuantas han existido –porque el formidable proceso de secularización moderna la fue convirtiendo paulatinamente en una de las muestras de la mentalidad pretérita más incomprensibles para nuestra sociedad, de valores normativos antitéticos a los de aquella lógica histórica, y porque, por otra parte, ha sido siempre el arma preferida para la batalla ideológica contra determinadas realidades históricas-, no había sido objeto de una Historia amplia, por parte de los españoles, desde la obra del afrancesado José Antonio Llorente, aparecida en los primeros lustros del siglo XIX.

 

Recomendamos: Los signos de los tiempos

El silencio de Dios, las raíces cristianas de Europa, el problema del relativismo, la cultura de la muerte, el fin del mundo, la plenitud de los tiempos, la apostasía, la escatología en la Escritura: sobre éstos y otros temas reflexiona José Orlandis, en Los signos de los tiempos (ed. Rialp: colección Patmos).

 

Europa y la Fe’. Editor: Ciudadela Libros. Autor: Hilaire Belloc.
Páginas: 237 - ISBN: 978-84-96836-23-5 -

En esta obra se trata con un realismo histórico apabullante el tema de Europa y su relación con la fe católica. No se debería desconocer este ensayo histórico admirable en que su autor explica cómo la Iglesia católica ayudó a salvar a Occidente, en las Edades oscuras, preservando lo mejor de la civilización griega y romana, y cómo los europeos, todavía hoy, nos beneficiamos de instituciones sociales y de forma políticas de indudable origen católico como los Parlamentos. Es muy posible que no se haya escrito una mejor visión de conjunto de la civilización occidental que este libro.

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'JESUCRISTO PADECIÓ BAJO EL PODER DE PONCIO PILATO,
FUE CRUCIFICADO, MUERTO Y SEPULTADO'
Evangelio según San Lucas, Cap.3, vers.1º: El año decimoquinto del reinado del emperador Tiberio, cuando Poncio Pilato gobernaba la Judea, siendo Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Felipe tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene…

Crucifixión de San Pedro: fue crucificado al revés cabeza abajo - Pergamino con San Pedro en cruz invertida, de Maguncia- Alemania; entre el 900 y el 1000ca. - Museo Diocesano de la Catedral Maguncia (Mainz) Alemania - Pedro en su cruz, invertida. ¿Qué significa todo esto? Es lo que Jesús había predicho a este Apóstol suyo: "Cuando seas viejo, otro te llevará a donde tú no quieras"; y el Señor había añadido: "Sígueme" (Jn 21, 18-19). Precisamente ahora se realiza el culmen del seguimiento: el discípulo no es más que el Maestro, y ahora experimenta toda la amargura de la cruz, de las consecuencias del pecado que separa de Dios, toda la absurdidad de la violencia y de la mentira. No se puede huir del radicalismo del interrogante planteado por la cruz: la cruz de Cristo, Cabeza de la Iglesia, y la cruz de Pedro, su Vicario en la tierra. Dos actos de un único drama: el drama del misterio pascual: cruz y resurrección, muerte y vida, pecado y gracia.

La maternidad divina de María – Catecismo de la Iglesia
495 Llamada en los Evangelios 'la Madre de Jesús'(Jn 2, 1; 19, 25; cf. Mt 13, 55, etc.), María es aclamada bajo el impulso del Espíritu como 'la madre de mi Señor' desde antes del nacimiento de su hijo (cf Lc 1, 43). En efecto, aquél que ella concibió como hombre, por obra del Espíritu Santo, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el Hijo eterno del Padre, la segunda persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre de Dios [Theotokos] (cf. Concilio de Éfeso, año 649: DS, 251).
La virginidad de María
496 Desde las primeras formulaciones de la fe (cf. DS 10-64), la Iglesia ha confesado que Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María únicamente por el poder del Espíritu Santo, afirmando también el aspecto corporal de este suceso: Jesús fue concebido absque semine ex Spiritu Sancto (Concilio de Letrán, año 649; DS, 503), esto es, sin semilla de varón, por obra del Espíritu Santo. Los Padres ven en la concepción virginal el signo de que es verdaderamente el Hijo de Dios el que ha venido en una humanidad como la nuestra:
Así, san Ignacio de Antioquía (comienzos del siglo II): «Estáis firmemente convencidos acerca de que nuestro Señor es verdaderamente de la raza de David según la carne (cf. Rm 1, 3), Hijo de Dios según la voluntad y el poder de Dios (cf. Jn 1, 13), nacido verdaderamente de una virgen [...] Fue verdaderamente clavado por nosotros en su carne bajo Poncio Pilato [...] padeció verdaderamente, como también resucitó verdaderamente» (Epistula ad Smyrnaeos, 1-2).

El acontecimiento histórico y transcendente – Catecismo de la Iglesia
639 El misterio de la resurrección de Cristo es un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas como lo atestigua el Nuevo Testamento. Ya san Pablo, hacia el año 56, puede escribir a los Corintios: "Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce: "(1 Co 15, 3-4). El apóstol habla aquí de la tradición viva de la Resurrección que recibió después de su conversión a las puertas de Damasco (cf. Hch 9, 3-18).
El sepulcro vacío

640 "¿Por qué buscar entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado" (Lc 24, 5-6). En el marco de los acontecimientos de Pascua, el primer elemento que se encuentra es el sepulcro vacío. No es en sí una prueba directa. La ausencia del cuerpo de Cristo en el sepulcro podría explicarse de otro modo (cf. Jn 20,13; Mt 28, 11-15). A pesar de eso, el sepulcro vacío ha constituido para todos un signo esencial. Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección. Es el caso, en primer lugar, de las santas mujeres (cf. Lc 24, 3. 22- 23), después de Pedro (cf. Lc 24, 12). "El discípulo que Jesús amaba" (Jn 20, 2) afirma que, al entrar en el sepulcro vacío y al descubrir "las vendas en el suelo"(Jn 20, 6) "vio y creyó" (Jn 20, 8). Eso supone que constató en el estado del sepulcro vacío (cf. Jn 20, 5-7) que la ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana y que Jesús no había vuelto simplemente a una vida terrenal como había sido el caso de Lázaro (cf. Jn 11, 44).