Friday 26 May 2017 | Actualizada : 2017-03-29
 
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"El mundo está sostenido por cuatro pilares:  

el conocimiento de los doctos,  

la justicia de los mejores,  

las oraciones de los virtuosos  

y el valor de los valientes".  

Esta inscripción se encontraba sobre la entrada de las Universidades españolas desde el Medioevo. 

 

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Pero la Universidad y la tradición de la enseñanza de los libros sabios deben más al platonismo y a la filosofía que a Homero y a la literatura. Buena parte de la sabiduría de las grandes obras literarias puede ser formulada como tesis filosófica. No hay sabiduría sin (búsqueda de la) verdad.

 

  

"La civilización occidental le debe a la Iglesia el sistema universitario, las obras de beneficencia, el derecho internacional, las ciencias y principios jurídicos fundamentales...  La deuda de la civilización occidental con la Iglesia católica es mucho mayor de lo que la mayoría de la gente cree –católicos incluidos... En realidad, la Iglesia creó la civilización occidental".

 

El cristianismo implica siempre verdad e historia. Una de las tentaciones recurrentes de los cristianos a lo largo y ancho de los tiempos ha sido convertir la fe en ideología; el movimiento interior del espíritu en promesa exterior de materia y materialización. Cuando la santidad desaparece, nace la utopía. Demasiados son los que, en estos tiempos, olvidan que gran parte de las fundamentales instituciones de la civilización occidental son fruto de la originalidad cristiana.

 

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Gracias a la Iglesia católica, la Universidad fue un fenómeno enteramente nuevo en la historia de Europa. Ni en Grecia ni Roma había existido nada similar. La institución que hoy conocemos, con sus facultades, programas, exámenes y títulos, procede directamente del mundo medieval. "La Iglesia desarrolló el sistema universitario porque era la única institución en Europa que mostraba un interés riguroso por la conservación y el cultivo del conocimiento", recuerda Lowrie Daly en The Medieval University.

Y al impulso intelectual de la Iglesia en el fomento de las Universidades se sumaron el estímulo y el apoyo –incluido el económico– del Papado. La concesión de una "Cédula Pontificia" para dar origen a una nueva Universidad es indicio de esta importante función papal. La Sapienza obtuvo de Bonifacio VIII la bula In SupraemaePraeminentia Dignitatis el 20 de abril de 1303, por la que se fundaba el entonces llamado Studium Urbis, la primera universidad de Roma, y el primer centro universitario abierto a todos –no sólo al clero–, libre y público.

 

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1460: 4 de abril  en Basilea (norte de Suiza) el Papa Pío II funda la famosa universidad. E iban los hombres de la Iglesia Católica seminando de saber por todo Europa y, en pocos años más, humedecía -con ese húmedo radical-ª al descubierto Nuvo mundo ibero-americano.

ª húmedo radical. 1. m. Med. Entre los antiguos, humor linfático, dulce, sutil y balsámico, que se suponía da a las fibras del cuerpo flexibilidad y elasticidad.

 

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"El mundo está sostenido por cuatro pilares: 

el conocimiento de los doctos, 

la justicia de los mejores, 

las oraciones de los virtuosos 

y el valor de los valientes". 

Esta inscripción se encontraba sobre la entrada de las Universidades españolas desde el Medioevo. 

 

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Universidad: un lugar dedicado a los estudios, a la ciencia, donde los jóvenes deben aprender a cuestionar todo, a poner todo en duda para así profundizar y saber escoger lo mejor, disciplinándose en el conocimiento y aplicarlo debidamente. Por ello la Iglesia católica –segura de la armonía entre fe y razón- ya en luminoso medioevo exalta las ciencias y funda la Universidad

 

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Distinción o las características específicas de la ciencia y de la fe.

Porque de hecho, cada una tiene sus propios métodos, ámbitos, objetos de investigación, finalidades y límites. Confesamos que se debe respetar y reconocer a una como a la otra, la legítima posibilidad del ejercicio autónomo, según los propios principios y, entre ambas, trabajar juntas y están llamadas a servir al hombre y a la humanidad, favoreciendo el desarrollo y el crecimiento integral de cada uno y de todos.

 

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...de la antigüedad, eso que podemos entender como escuela…

 

"Cuando se habla de escuelas en la antigüedad —tanto en el ámbito cristiano como no cristiano— hay que distinguir en primer lugar, admitiendo la posibilidad de ulteriores matizaciones, entre escuela como centro docente y escuela en el sentido figurado de una determinada doctrina común".

"El sistema de enseñanza helenístico-romano constaba de tres etapas y comenzaba en el sexto o séptimo año de edad con la enseñanza elemental de la lectura, escritura y cuentas impartida p or un maestro en casa o en la escuela elemental del litterator/ludi magister (grammateV). Venían luego las clases con el grammaticus, que enseñaba la gramática, la primera de las siete «artes liberales», es decir, los fundamentos de la lengua. Para ello se servía de las principales obras literarias de la Antigüedad; sobre todo de Homero y de Virgilio. El rethor continueba la formación en las seis materias restantes: dialéctica, retórica, aritmética, música, geometría y astronomía. Hasta entonces los fundamentos escolares eran comunes para todos los ilustrados de la Antigüedad. Aunque algunos Padres de la Iglesia (por ejemplo, Tertuliano) lamentaban que los hijos de cristianos aprendieran en esas escuelas los inútiles, incluso dañinos, mitos paganos, sin embargo, jamás existieron en la Antigüedad escuelas cristianas que impartieran la enseñanza general. La formación literaria uniforme constituía la base de todas las profesiones cultas. Todas ellas presuponían un sobresaliente dominio de la lengua: la del rethor (maestro), la del abogado y la del político. Por último, estaba la etapa superior: la «escuela superior» del pensamiento y de la comprensión del mundo, la filosofía, donde el término «escuela» tenía dos significados. Se podía asistir a las clases de un filósofo (la escuela de filosofía más famosa e importante fue desde el año 387 a.C. hasta el año 529 d.C. —y, sin duda, la escuela de más larga vida de la historia— la Academia Platónica de Atenas, en la que estudiaron también destacados Padres de la Iglesia como Basilio el Grande y Gregorio de Nacianzo), pero uno también podía adherirse a una doctrina filosófica («escuela»)".

 

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Algunas fechas de fundaciones de Universidades entre tantas, gracias a las ‘Bulas pontificias’ en pro-del estudio de todas las ciencias:

Bolonia (1088), Oxford (1096), París (1150), Módena (1175), Cambridge (1208), Palencia (1208), Salamanca (1218), Nápoles (1224), Coimbra (1290), Praga (1347), Viena (1365), Heidelberg (1386), Colonia (1388), Erfurt (1389), Leipzig (1409). Las fechas pueden contener breves diferencias entre la data de la Bula, el asentir o aprobación local, o el inicio de la obra, o al finalizar la obra civil.

 

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Desde los primeros siglos, la Iglesia ha tenido experiencia de la importancia de la pastoral del pensamiento —baste evocar a San Justino [griego y filósofo, año 120  160/5 ca.] y a San Agustín— y han sido innumerables sus iniciativas en este sector.

 

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Una afirmación del filósofo Paul Feyerabend dice que: «en la época de Galileo la Iglesia fue mucho más fiel a la razón que Galileo, y que el juicio que la Iglesia le hizo a Galileo fue razonable y justo». La Comunidad científica acepta sólo demostraciones y las hipótesis* siempre quedan a demostrar.

*hipótesis. (Del lat. hypothesis, y este del gr. ??????).1. f. Suposición de algo posible o imposible para sacar de ello una consecuencia.

 

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La prestigiosa y respetada Universidad de ‘La Sapienza’ fue fundada por el Papa S.S. Bonifacio VIII en 1303, y fue además visitada en las últimas décadas por S.S. Pablo VI y S.S. Juan Pablo II Magno. A inicios del años 1200 la Iglesia fundaba escuelas de altos estudios, ateneos y Universidades, proponiendo el estudio profundo y el confronto de las ciencias. Manifestaba así que la obediencia a la verdad no significa renuncia a la investigación y a fatiga de pensar. 

 

 

  

CULTURA - Sembrad, con la cultura, gérmenes de humanidad; gérmenes que crezcan, se desarrollen y hagan robustas a las nuevas generaciones. Trabajad con un sentido de trascendencia, porque Dios es la Suma Verdad, la Suma Belleza, el Sumo Bien y con la labor científica y artística, se puede dar gloria al Creador y preparar así el encuentro con Dios Salvador.

 

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Derecho, razón y natura

2. “Servir al derecho y combatir el dominio de la injusticia es y debe ser el deber fundamental del político. En un momento histórico en el que el hombre ha adquirido un poder hasta ahora inimaginable, este deber se convierte en algo especialmente urgente (…) En la base de la convicción acerca de la existencia de un Dios creador se ha desarrollado la idea de los derechos humanos, la idea de la igualdad de todos los hombres ante la ley, el conocimiento de la inviolabilidad de la dignidad humana de cada individuo y la conciencia de la responsabilidad de los hombres por sus actuaciones. Estos conocimientos de la razón constituyen nuestra memoria cultural. Ignorarla o considerarla como mero pasado sería una amputación de nuestra cultura en su conjunto y la privaría de su totalidad. La cultura de Europa nació del encuentro entre Jerusalén, Atenas y Roma -del encuentro entre la en el Dios de Israel, la razón filosófica de los griegos y el pensamiento jurídico de Roma. Este triple encuentro forma la identidad de Europa. En la conciencia de la responsabilidad del hombre ante Dios y en el reconocimiento de la dignidad inviolable del hombre, de todo hombre, este encuentro ha fijado los criterios del derecho, defenderlos es nuestro deber en este momento histórico”.

Papa Benedicto XVI durante su viaje a Alemania, IX. MMXI Berlín, 22 de septiembre de 2011.

 

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Es difícil calificar una institución –como la Iglesia Católica que, en sus dos mil años- nos ofrece con sus bibliotecas, monasterios, universidades y archivos, nada menos que el ‘patrimonio intelectual de la humanidad’.

A la Iglesia Católica es la comunidad religiosa más organizada del mundo; cuenta, además, con más de seiscientos [600] Universidades o Institutos superiores de investigación.

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--¿Por qué los benedictinos han tenido esta influencia tan fuerte en la arquitectura, el arte y la cultura europea?

--López-Tello: Los benedictinos, nacidos en el ocaso de la cultura romana (siglo VI), recibieron la herencia espiritual de ese mundo que sucumbía y supieron conservarla y recrearla para hacer de ella un vehículo de expresión de cómo el hombre puede hablar del Dios infinito a través de una variedad y pluralidad siempre limitada de lenguajes artísticos.

Dado que los monjes tuvieron un papel fundamental en la evangelización de Europa (por ello san Benito es el patrón principal de todo el continente), su presencia llevó a numerosas áreas del viejo mundo la posibilidad de usar las artes figurativas de un modo creativo para transmitir el Evangelio. 

 

--Es fácil asociar benedictinos con abadías medievales, pero no con el arte moderno. ¿Es un prejuicio?
--López-Tello: Esa posibilidad expresiva no se encuentra limitada al medioevo, como muchos pueden creer, sino que, sobrepasando el barroco y los historicismos del siglo XIX, usa las posibilidades expresivas de la arquitectura, pintura, escultura o, incluso, fotografía, del siglo XX. Es un reflejo de cómo el hombre de todos los tiempos puede hablar de Dios con el lenguaje del arte. 09.I.2008

 

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La teología pertenece correctamente a la universidad y está dentro del amplio diálogo de las ciencias, no solo como una disciplina histórica y ciencia humana, sino precisamente como teología, como una profundización en la racionalidad de la fe.

 

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A propósito de universidad (y de «oscurantismo»): habrá pues un motivo si, a principios del siglo XVII, cuando Galileo tenía unos cuarenta años y se hallaba en plena actividad investigadora, había en Europa 108 universidades -esta típica creación de la Edad Media católica-, algunas más en las Américas españolas y portuguesas y ninguna en territorios no cristianos. Y también habrá una razón si las obras matemáticas y geométricas de la antigüedad (principalmente la obra de Euclides), que han constituido la base fundamental para el desarrollo de la ciencia moderna, nos han llegado sólo gracias a las copias de monjes benedictinos y, una vez inventada la tipografía, gracias a libros impresos siempre por religiosos. Alguien ha señalado incluso que, precisamente a principios de este siglo XVII, un Gran Inquisidor de España creó en Salamanca la Facultad de Ciencias Naturales, donde se enseñaba, apoyándola, la teoría copernicana... Historia compleja, como se puede ver. Mucho más compleja de la que generalmente nos cuentan. Habrá que volver sobre ello. Vittorio MESSORI

 

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The Descent of the Holy Spirit

Unknown  - Italian, Montecassino, 1153
Tempera colors, gold leaf, and gold paint on parchment
7 9/16 x 5 3/16 in.  - MS. LUDWIG IX 1, FOL. 289

 

 

Entre 1200 y 1400 se fundaron en Europa 52 universidades, 29 de ellas pontificias. Según orden de antigüedad, no en importancia, puesto que la de París fue la más destacada, las fechas de fundación parecen ser las siguientes: Palencia (1208-12), Oxford (1214), París (1215), Padua (1222), Nápoles (1224), Salamanca (1228), Toulouse (1229), Bolonia (1230). Valladolid fue fundada a mediados del S. XIII (1250).

 

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1480 - Los Reyes Católicos promulgan la primera ley reguladora del libro impreso. Por ella queda libre del pago de todo tipo de tributos la introducción en España de libros extranjeros.

 

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1526 - Destrucción de la mayor parte de la biblioteca de Matías Corvino, rey de Hungría, en la conquista de Buda por los turcos musulmanes.

 

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Transcribiendo manuscritos, almacenando códices, propulsando el saber, acumulando ciencias y libros, creando las Universidades y protegiendo el arte, las instituciones de la Iglesia asientan bases contra la ignorancia ciudadana... y la burla de la inteligencia. Papa Nicolás V* (1397 † 1455), indicaba tal finalidad con las palabras: "Pro communi doctorum virorum commodo", "Para la utilidad y el interés común de los hombres de ciencia". Análogamente subrayada por el Papa Sixto IV** al nacer el Renacimiento: "Ad decorem militantis Ecclesiae et fidei augmentum", "Para decoro de la Iglesia militante y para la difusión de la fe".

*Al siglo Tommaso Parentucelli, nacido en Sarzana-It. el 15 de noviembre de 1397 y † Roma el 24 de marzo de 1455 (PP. entre 1447 y 1455).

**Al siglo Francesco Della Rovere, nacido en Albisola-Savona-It. el 21 de Julio de 1414 y † Roma, 12 de Agosto de 1484 (PP. Entre 1471 y 1484).

 

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A partir de los cabildos se originaron en el siglo XIII, los Studium generale, abiertos a alumnos de cualquier comarca o nacionalidad. Éstos, poco a poco, pasaron a denominarse Universidad, siendo desarrolladas y amparadas por la Iglesia católica. Las primeras fueron la Universidad de Bolonia (1158), la de París (1200), la de Oxford (1214), la de Cambridge (1318)... En total, a lo largo de los siglos XIII y XIV los papas fundaron 29 universidades.

 

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En el siglo VII los musulmanes invadieron a griegos, romanos, godos, judíos, iranios, indios. Los consideraban decadentes, como ahora a nosotros. Traían una cultura cerrada y dogmática, una teocracia de guerreros que, si morían, iban al paraíso. 2005.

 

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A pesar de la largísima lista de grandes científicos creyentes, mucha gente cree que Cristianismo y Ciencia son enemigos irreconciliables ¿Qué se puede decir?

 

Que no se caracterizan por su conocimiento de la Historia. La revolución científica hubiera sido imposible sin el impulso de la universidad de la Edad Media -surgida a impulsos del cristianismo y constante esfuerzo a favor de la educación por parte de la Iglesia Católica.

 

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SAN TOMÁS DE AQUINO + 1274-Filósofo, teólogo, doctor de la Iglesia (Angelicus Doctor), patrono de las universidades y escuelas Católicas. Nacido en Rocca Secca, en el Reino de Nápoles en 1225 o 1227; fallecido en Fossa Nuova, 7 de marzo de 1274.

 

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UN NUEVO HUMANISMO PARA

LA VIDA DE LA UNIVERSIDAD

 

PEDRO MORANDÉ COURT

 

Texto de la exposición hecha por el autor en Roma, en el marco del Jubileo de los docentes universitarios. Septiembre 2000.

El lema con que hemos venido desde nuestros claustros universitarios a celebrar con gozo esta jornada jubilar, “La Universidad para un nuevo humanismo”, nos hace renovar el sentido de nuestra vocación y misión de “diaconía de la verdad” en el corazón de cada una de las culturas que aquí representamos. Pero no podríamos ser portadores de esperanza para la vida de la sociedad si no encarnamos la sabiduría que anunciamos en nuestras propias comunidades universitarias. Por ello, quisiera referirme a la importancia de un nuevo humanismo para renovar la vida de la Universidad.
La aparición de orientaciones “humanistas” a lo largo de la historia ha tenido siempre un rasgo paradojal: nacen de la conciencia de que existe en ese momento histórico-cultural una profunda deformación de la vida humana en medio de las costumbres e instituciones sociales, un abandono o descrédito de aquello que, aún confusa y oscuramente, se tiene todavía por lo más natural y propio de la vida humana. Hay así en todo humanismo una denuncia de inhumanidad y un genuino y a veces angustioso deseo de restituir al ser humano sobre su centro, sobre la fuente de su dignidad.
Nuestra época no es, a este respecto, una excepción. La conciencia humana quedó estremecida después de las dos guerras mundiales, después de Auschwitz y de los Gulags, ante la comprobación de que los actos más irracionales y destructivos de la dignidad humana se realizan ahora con los medios más racionales que el ser humano ha podido crear en virtud de su ciencia. La conmoción producida por estos hechos creó el ambiente propicio para proclamar solemnemente la Declaración Universal sobre los Derechos Humanos en 1948 a la que han adherido la mayoría de los Estados del mundo. Pero sabemos que no ha sido suficiente. Los profundos cambios sociales introducidos desde entonces por la innovación tecnológica en la biología, la informática y las comunicaciones sociales no han sido acompañados por un fortalecimiento congruente de la conciencia moral, perdiendo ésta incluso su capacidad de estremecerse ante los actos de inhumanidad. La legalización del aborto ha tenido, en este contexto, un significado emblemático, puesto que es un signo de la amenaza más general de consagrar la “tiranía de los fuertes sobre los débiles” como principio rector de la convivencia humana, con su secuela de discriminación e inequidad tanto a nivel de las relaciones interpersonales, como en el nivel más “globalizado” del intercambio económico y de las relaciones internacionales.


La denuncia de inhumanidad implicada en toda proposición humanista, sin embargo, no ha logrado superar siempre sus propias contradicciones, especialmente al pasar del momento de la crítica al reconocimiento de la positividad de lo humano. La pretensión de Protágoras según la cual “el hombre es la medida de todas las cosas”, ha simbolizado, en cierto sentido, la paradoja de todo humanismo. Por una parte, quiere valorar la condición racional humana como aquello que distingue cualitativamente al hombre de todos los demás entes que existen. Por otra, esta misma diferenciación lleva aparejada la tendencia a la idolatría de la razón, a su entronización como principio y fundamento de toda verdad. Por ello, la historia del humanismo ha sido también la historia de la corrupción del humanismo. Por él atraviesa esa profunda, pero a veces irreconocible diferencia a los ojos del mundo, entre quien ama de verdad la sabiduría (el filósofo) y el sofista, entre quien experimenta la inteligencia como una apertura radical frente a la realidad y a su significado, para comprenderla en la unidad de todos sus factores, y quien clausura la razón sobre sí misma, valorando la inteligencia por su capacidad de manipular la realidad sin otro límite que los medios técnicos disponibles.
Fides et ratio nos ha proporcionado una mirada profunda sobre la situación del pensamiento moderno en relación a este dilema y sobre el divorcio consiguiente entre la razón y la sabiduría. Eclecticismo, cientificismo, historicismo, pragmatismo y nihilismo,
[1]son las variantes que menciona la Encíclica del itinerario del así llamado “pensamiento débil”, el cual, despreciando los datos de la Revelación, ha terminado por minar la confianza misma en la capacidad de la razón para buscar la unidad y el fundamento de lo real. Cuando se desconfía de la capacidad racional y sapiencial que es fruto de la unidad de la razón y de la fe en la contemplación de la verdad, nos advierte, el hombre pierde toda dimensión objetiva para mirar los sucesos de la historia, pudiendo llegar a las arbitrariedades más extremas y a las peores denigraciones de su dignidad.
Como universitarios, sabemos que este dilema no sólo afecta hoy al ambiente cultural de esta época, que valoriza la dimensión instrumental de la ciencia y de la técnica por encima de cualquier consideración relativa a la moralidad de los actos humanos, sino que afecta también a la propia Universidad, al sentido de nuestro trabajo cotidiano y, consiguientemente, a la actitud con que miramos nuestra vocación de servicio a las personas y a las culturas en las que vivimos inmersos. Como dijo una vez Chesterton, “el sabio es quien quiere asomar su cabeza al cielo”, al infinito, en tanto que el loco es “quien quiere meter el cielo en su cabeza”, creyéndose, precisamente, la medida de todo. Este es también el dilema del humanismo actual al que nos vemos enfrentados cotidianamente en la docencia e investigación.
La Constitución Apostólica
Ex Corde Ecclesiae, nuestra carta magna, resumió lo esencial de la tradición universitaria afirmando que ella “es un conjunto de personas reunidas por el gozo de buscar la verdad, de descubrirla y de comunicarla en todos los campos del conocimiento”.
[2]Puso con ello la persona humana en el centro. Dotada de capacidad racional y de voluntad libre, es la persona quien experimenta en sí misma y en la comunión con otros maestros y discípulos el gozo por la verdad, manifestando el inagotable deseo humano de encontrar el esplendor de la belleza, la perfección y gloria de la obra y de su artífice. Una tal visión sería, sin embargo, unilateral e ingenuamente positiva, si no considerara simultáneamente su contracara. El gozo por la verdad tiene como contraparte, el horror a la mentira y a la impostura, el vivo deseo de evitar todo sofisma y de aprisionar la verdad en la injusticia, como previene San Pablo. Preferir la verdad a la mentira no es solamente un acto propio de la capacidad cognoscitiva del intelecto humano, sino también un acto propio de la libertad que busca el bien, y con ello, la realización plena del sentido de la existencia.
Si la Constitución ha puesto de relieve precisamente en este tiempo la dimensión contemplativa del intelecto humano, es porque reconoce que ha sido duramente cuestionada por la cultura moderna y, como consecuencia, la misma Universidad ha sido hondamente transformada. Primero, la ciencia positiva desplazó a la teología y a la filosofía de su rol integrador de los distintos saberes, perdiéndose una visión unitaria de la realidad. La búsqueda de la unidad fue sustituida por la aceptación de la fragmentación y la sobrevaloración de la especialización. Más recientemente, las propias ciencias positivas han sido desplazadas en su peso relativo por las disciplinas técnicas de alta demanda social.

 

 

 

Las universidades han devenido, en gran medida, institutos politécnicos de capacitación para el trabajo con espacios cada vez más reducidos para el desarrollo de la visión contemplativa de la inteligencia.
Si en el pasado el dilema del humanismo podía comprenderse a partir de la opción entre antropocentrismo y teocentrismo, hay que reconocer, sin embargo, que la racionalidad cultural actualmente emergente ni siquiera es antropocentrista, sino más bien antropofóbica. El centro de gravedad lo ha ocupado la tecnología misma, con la consecuente homologación de lo “natural” y de lo “artificial”. La tendencia dominante parece ser la de poner la vida, la técnica y la sociedad bajo el paradigma común de lo que podría llamarse la pretensión de una “evolución autocontrolada”. Lo que está en discusión actualmente no es sólo la verdad del hombre, sino de la creación entera, o incluso si se quiere, la verdad misma. Diferenciación, variedad y autoselección aparecen como los conceptos clave de un pensamiento constructivista y autorreferencial que no busca otro fundamento que el replicarse a sí mismo en todos los planos que logra distinguir.
Surge entonces la pregunta: ¿Es la pérdida del sentido metafísico de la unidad de lo real verdaderamente un problema de complejidad evolutiva que ha vuelto imposible la existencia de un punto de observación para el conjunto de las conductas humanas o se trata más bien de una renuncia deliberada a la inteligencia contemplativa, a su contenido propio, que es la verdad, y a la justificación que de ella nace para la libertad? Esta misma interrogante puede formularse también, dramáticamente, en el plano antropológico: ¿Es la persona humana,
única completa e indivisible, el único sujeto óntico de la cultura, su objeto y su término, como afirmó solemnemente el Santo Padre ante la UNESCO,
[3] o la organización funcional de la sociedad ya no reconoce ninguna realidad finita como indisponible y todo lo que tiene existencia social está sometido a criterios de eficiencia que suponen la comparabilidad y la sustituibilidad?
Nietzsche describió agudamente el nihilismo como aquella situación en que
“falta la finalidad, falta la pregunta por el por qué”.
[4]Si la razón no puede descubrir la finalidad de los actos humanos, entonces tampoco puede reconocer una norma objetiva y absoluta, inconmensurable para el hombre, desde la cual orientar la acción humana en la sociedad hacia su fin natural. Por ello, Fides et ratio nos invita a recuperar la memoria de las grandes figuras filosóficas y teológicas cristianas, para afirmar, una vez más, que la razón no tiene su fundamento en la necesidad de autorregulación de los procesos naturales, sociales o políticos en busca de equilibrios sustentables, sino en las exigencias del corazón humano que busca un significado para su presencia en el mundo. Como de modo admirable ha sido expuesto en la tradición metafísica de la Iglesia, el deseo de verdad pertenece a la naturaleza misma del hombre.[5]Sin embargo, la misma tradición enseña que este deseo humano de infinito descubre pronto su propia finitud y la búsqueda de una verdad universal y absoluta debe aceptar la precariedad e incompletitud de lo conocido. La razón humana alcanza, de este modo, el umbral del Misterio, el cual puede presentir y desear ardientemente conocer, mas no puede por sí sola penetrar. Sólo la fe es capaz de cruzar este umbral, puesto que ella es una luz que no proviene del ser humano sino de Dios mismo.
Tanto la Constitución
Ex Corde Ecclesiae como la Encíclica Fides et ratio constituyen dos documentos proféticos para la Evangelización de la Cultura de cara a los desafíos de este comienzo de milenio. La primera de ellas señala que “nuestra época tiene necesidad urgente de esta forma de servicio desinteresado que es el de proclamar el sentido de la verdad, valor fundamental sin el cual desaparecen la libertad, la justicia y la dignidad del hombre... Por lo cual, [la universidad] sin temor alguno, antes bien con entusiasmo trabaja en todos los campos del saber, consciente de ser precedida por Aquel que es... el Logos, cuyo Espíritu de inteligencia y de amor da a la persona humana la capacidad de encontrar con su inteligencia la realidad última que es su principio y su fin”.
[6]
Por su parte, Fides et ratio nos exhorta a la renovación de la mirada contemplativa sobre el mundo en el doble sentido de transformar el saber en sabiduría y de pasar del fenómeno al fundamento. Ambos aspectos son esenciales a la vocación universitaria. En la Universidad no sólo se elabora un pensamiento que refleja la síntesis del saber, sino que ese saber se hace persuasivo para quien lo conoce sólo cuando se encarna en personas, es decir, cuando encierra una verdad sobre la que se puede tener experiencia y dar testimonio. Se hace entonces sabiduría. Buscar el fundamento es la necesaria consecuencia de esta actitud. Para quien busca tener experiencia de la verdad y de su significado, no puede ser satisfactoria la mera descripción de los fenómenos que estudia. La cuestión del fundamento aparece en el horizonte de la razón precisamente cuando ella se atreve a formular la pregunta por la finalidad, por el por qué. En ella se expresa la tensión entre lo finito y lo infinito, entre lo condicionado y lo incondicionado, conquistando para la razón la libertad necesaria para superar su ensimismamiento y abrirse al significado objetivo de todo lo que existe.
La
communio universitaria da testimonio de que es posible realizar humanamente en la propia vida lo que el pensamiento formula como integración entre razón y fe. Ambas confluyen a la realización de la humanidad misma de quienes persiguen, con humildad, comprender la verdad de todo lo que existe como verificación y cumplimiento de su propia vocación. La communio universitaria sólo se puede construir desde la convergencia de la libertad de cada uno con la participación en el bien común que representa la verdad compartida, custodiada y fielmente transmitida.
Tratándose de una “
diaconía de la verdad” esta actitud de servicio no puede dejar de tener una dimensión crítica. El amor al destino de cada ser humano obliga a descubrir y denunciar el error, la mentira, el sin sentido, el sofisma. La gran tentación de la Universidad en esta época es orientar la búsqueda de su saber por el prestigio, la utilidad y la recompensa social, sacrificando a ellas la verdad. ¿Puede haber una corrupción mayor que la intelectual, que llama bien al mal y que aprisiona la verdad en la injusticia? Es preciso reconocer que vivimos hoy un ambiente intelectual enrarecido y que el nihilismo ha penetrado en la propia universidad. La consideración instrumental, pragmática o escéptica de la verdad sólo puede florecer allí donde se ha perdido el gusto por la vida, por el gozo de la verdad.
La posibilidad de un nuevo humanismo pasa por la santidad de la vida intelectual y universitaria. Debemos preguntarnos si ella ha logrado penetrar en las universidades a partir del oficio mismo del profesor y del estudiante, si la santificación como finalidad de la vida ha logrado entrar a las aulas, a los laboratorios, a las bibliotecas y a los curricula o ha permanecido más bien en los patios, en las actividades extraprogramáticas. Pareciera que se ha encontrado en los claustros un sustituto funcional para la santidad en el concepto de “excelencia académica”, que suele definirse operacionalmente por la aceptación social, por el prestigio, por la acreditación de terceros o por la propia autoevaluación. No deja lugar para la acción de la gracia, sino sólo para el autoesfuerzo.
La comunidad universitaria, como los profesores, requerimos una profunda conversión para llegar a ser hijos en el Hijo. Decía Santo Tomás que “
todo conocedor conoce a Dios implícitamente en todo lo que conoce”. Por ello se puede hablar propiamente de dimensión contemplativa del conocimiento y no de un mero constructivismo intelectual. La verdad se nos da al conocimiento en el carácter creatural de todo lo que existe y exige, de nuestra parte, la actitud receptiva, de apertura a Dios que habla por medio de su obra. Y aunque el Logos de Dios se manifiesta en toda su plenitud con la encarnación del Verbo, esta plenitud no contradice el conocimiento natural de la obra divina, sino que lo lleva al esplendor de su verdad. Como dice el himno de Colosenses, “Todo fue creado en El y para El. El es antes que todo y todo subsiste en El”.
[7]Así, la implicación de Dios en el acto del conocimiento y en el objeto conocido, adquiere el rostro de Cristo, en quien todo subsiste. La finalidad de la vida intelectual, el gozo de buscar, descubrir y comunicar la verdad, es el gozo de buscar, descubrir y comunicar la presencia de Cristo en todo.
Desde el horizonte nihilista, la búsqueda de la consistencia de todo lo real se pretendió encontrar en la voluntad de poder, primero, y en la autorreferencia y autosustentación tecnológica, en nuestros días. En esta perspectiva se hace incomprensible la gratuidad del don de sí mismo y la experiencia de la comunión entre las personas. Pero tal experiencia efectivamente existe. Ella se oculta a los ojos de la violencia y de la manipulación instrumental, pero se revela a la mirada contemplativa que descubre el Misterio presente en el mundo como misericordia y sabiduría de Dios. De ella los cristianos damos testimonio.
De la conversión de la Universidad a su misión original dependerá, en gran medida, la capacidad que tenga la cultura de los próximos siglos de superar la tragedia del nihilismo, su arbitraria y autodestructiva separación entre razón y voluntad, su proclamación de la neutralidad de la razón y de la técnica frente a Dios y al destino del hombre, su imposición de una lógica neo-malthusiana de la sobrevivencia del más fuerte. El camino trazado por
Fides et ratio es el de la racionalidad sapiencial que busca el sentido último de todo. Para que ese camino pueda ser recorrido, es indispensable que la communio universitaria renueve su deseo de conversión a Cristo, desde la nobleza de su propio oficio universitario. Ese es para nosotros el umbral de la esperanza que el Santo Padre nos invita a cruzar.

[1] Cfr. Fides et ratio, nn. 85-91.
[2] Ex Corde Ecclesiae n.1.
[3]Discurso de S.S. Juan Pablo II ante la UNESCO, 2 de junio de 1980, nn. 7 y 8.
[4] Nietzsche, Federico, "La voluntad de poderío", Edaf, Madrid 1981, pág. 33.
[5] Cfr. Fides et ratio n. 3.
[6] Ex Corde Ecclesiae n. 4.
[7] Col. 1, 16-17.

 

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Historia e Iglesia - “Las doctrinas centrales del cristianismo fueron capaces de inspirar y sostener relaciones sociales y organizaciones atractivas, liberadoras y eficientes”. Fueron las doctrinas de la Iglesia las que permitieron que el cristianismo se encontrara “entre los movimientos de revitalización más formidables y de mayor éxito en la historia”. Con los cristianos aparece un Dios que, de hecho —algo nunca visto hasta entonces—, se preocupa por todos los seres humanos, que los ama con locura y que pide y espera de sus seguidores un amor semejante entre ellos y fuera de ellos, incluso a sus enemigos y a quienes no les entienden. La Buena Nueva del cristiano,  era dos veces buena y nueva, pues al dar a la humanidad un Dios amoroso y misericordioso daba también a los hombres y a las mujeres su auténtica humanidad.

 

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Durante el luminoso medioevo - En términos cuantitativos, las catedrales góticas son tan asombrosas como las Pirámides egipcias. Sólo en Francia, durante noventa años, desde 1180 a 1270, se vio la construcción de 80 catedrales y casi 500 abadías.

 

UNIVERSIDADES - La síntesis del saber teológico, filosófico y de otras ciencias realizada por las Universidades en los siglos XIII y XIV, en que se forma el Humanismo, es impensable sin el cristianismo.

 

Iglesia - entre 1200 y 1400 se fundaron en Europa 52 universidades, 29 de ellas a carácter «pontificias». Según orden de antigüedad, no en importancia, puesto que la de París fue la más destacada, las fechas de fundación parecen ser las siguientes: Palencia (1208-12), Oxford (1214), París (1215), Padua (1222), Nápoles (1224), Salamanca (1228), Toulouse (1229), Bolonia (1230). Valladolid fue fundada a mediados del S. XIII (1250).

 

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500 años de cultura - Los Museos Vaticanos surgieron hace quinientos años en los jardines vaticanos, cuando el Papa Julio II colocó el grupo de mármol del Laocoonte, descubierto el 14 de enero de 1506, en un viñedo cerca al Coliseo. «Se trata de un aniversario que quiere recordar la historia de siglos de cultura y de arte que los pontífices romanos promovieron con constancia y competencia, recogiendo las obras del pasado para preservarlas del olvido y de la destrucción, destinándolas a las generaciones sucesivas».
«En momentos en que se habla de los museos como lugares de encuentro, de contacto y diálogo, de madurez y de reflexión entre religiones, culturas, experiencias y distintas concepciones del mundo, los Museos Vaticanos interpretan hoy, más que nunca y de manera ejemplar, este papel»

Por este motivo, recordó, S. S. Juan Pablo II los definía «una de las más significativas puertas de la Santa Sede abiertas al mundo». MMVI.II

 

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Moyen Age - Nos ancêtres n´étaient pas nécessairement meilleurs que nous au point de vue moral. Ils pouvaient même manifester des faiblesses qui nous laissent croire que nous serions meilleurs. Mais ils vivaient assurément le mystère du Christ avec plus de profondeur et d´intensité que nous ne le faisons. Surtout, leur univers intérieur était tout baigné de la lumière de la foi. Le monde de la foi, pour eux, était aussi réel que le monde matériel qui les entourait. D´où une joie et une espérance, nourries par la contemplation des vérités de la foi, qui se traduisaient naturellement dans l´expression de la beauté.

 

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La Iglesia Católica, la Santa Iglesia de los pecadores. La magnifica obra de la mano del Señor, en su misericordioso trabajo por transformar a los pecadores en santos.” (Dr. Sánchez Rojas Prof. de Teología.)

Cuando uno va a un museo y contempla una obra maestra, admira la obra pero más admira al autor. Amo a la Iglesia como la obra magnifica que es, pero más amo al Artista… Dios mismo. Glorifiquemos al Señor con nuestras vidas.

 

 

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Cómo la Iglesia inventó las universidades

 

Digan lo que digan las novelas tipo Código Da Vinci, la universidad no fue creada por librepensadores enemigos de la religión.

¿Quién inventó la Universidad? Parece la pregunta rencorosa de un estudiante angustiado por los exámenes. Pero la cuestión tiene más calado de lo que a simple vista parece. Influenciados por los best-sellers y la falta de cultura actual, más de uno podría atribuir el mérito a “científicos librepensadores” de la Edad Media, que pretendían liberar al pueblo de la superstición y la ignorancia, a intelectuales que no querían someterse a los estamentos religiosos. La realidad es distinta: también apasionante, pero sin extrañas conspiraciones.

Las escuelas monásticas y las escuelas episcopales

A partir del siglo IX, con el florecimiento de la vida monástica, empiezan a surgir escuelas cobijadas en los monasterios. Se trata de una institución docente para formar a sus monjes, aunque en bastantes lugares se añade una escuela exterior que recibe otros estudiantes.

La lista de las escuelas monacales de prestigio es interminable: Jarrow, York, San Martín de Tours, San Gall, Corbie, Richenau, Montecasino…

Paralelamente los Obispos y los cabildos crean en las ciudades centros docentes similares a las que ya funcionaban en los monasterios. Cobran importancia sobre todo desde el siglo XI.

Estas escuelas, llamadas episcopales, nacen a la sombra de las catedrales. Las de más renombre son las de Reims, Chartres, Colonia, Maguncia, Viena, Lieja…

Tanto las escuelas monásticas como las episcopales comparten un mismo programa de estudios: la enseñanza de las siete artes liberales: el trivio (gramática, retórica y dialéctica) y el cuadrivio (aritmética, geometría, astronomía y música).

 

Estudio General y Universidad

Hacia el siglo XII empiezan a enseñar maestros que no están vinculados a ninguna escuela monástica o episcopal determinada y nace el fenómeno de la “movilidad” estudiantil (el preludio de los hoy famosos erasmus). Los centros pasan a ser promovidos directamente por los Papas y los Reyes.

Paulatinamente se sustituyen las escuelas monásticas por estos nuevos centros a los que se les denomina
Studium Generale (estudio general). El adjetivo general indica que están abiertos a estudiantes de todas las nacionalidades y que se imparten todas las disciplinas científicas.

Fueron los Studium Generale de más competencia los que se convirtieron en universitas (universidades). El documento más antiguo en el que aparece la palabra universitas con este significado es del papa Inocencio III e iba dirigido al Estudio General de París.

Toda universidad admitía estudiantes y maestros de las distintas naciones y aspiraba a dar títulos que fueran universalmente valederos. Esta necesidad de universalidad hace que se recurra a autoridades universales como los papas y reyes para que expidan las “licencias”.

Este hecho lleva a los historiadores a afirmar que “hay pocas universidades en cuya partida de nacimiento no se encuentre un documento pontificio o por lo menos la intervención de un delegado de la Santa Sede”.

Las primeras universidades

El primer centro de Estudio General que recibió el permiso para expedir licencias (convirtiéndose por tanto en Universidad) fue la de Bolonia en 1158 y procedía de la anterior escuela eclesiástica. Ésta a su vez se originó como fusión de la escuela episcopal y la teológica del monasterio camaldulense de San Félix.

El canciller de la escuela episcopal de Nôtre Dame auspició la formación de la segunda de las universidades, la de París. Esta fue la mayor y más famosa de todas y por sus aulas pasaron figuras como San Alberto y Santo Tomás de Aquino entre muchos otros.

Un grupo de estudiantes ingleses formados en París se instalaron en las escuelas monacales de Oxford y organizaron los estudios como en su Universidad de origen. El papa Inocencio IV le privilegia con una carta de 1254. Fue el nacimiento de una Universidad cuya fama perdura hasta el día de hoy: la Universidad de Oxford.

 

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El Papa Gerberto de Aurillac, un mártir de la ciencia

 

Silvestre II, matemático y sabio, sufrió la persecución por sus geniales ideas científicas seis siglos antes que Galileo; y quien le perseguía no era la Iglesia.

Hace unos años todo el mundo estuvo en vilo durante un tiempo ante el temido “cambio de milenio”. El efecto 2000 en la informática y los profetas de calamidades se encargaron de alimentar la frenética imaginación del pueblo. Nihil novo sub sole (Nada nuevo bajo el sol) dice la máxima latina.

Y es cierto. En el primer cambio de milenio la población también se aterrorizó de manera infundada. Entonces fue Silvestre II el encargado de apaciguar los miedos de sus fieles e introducirlos en el segundo milenio de la era cristiana. A los que les guste esta época y quieran enmarcar al personaje, les puede ir bien leer Cercamón, una premiada novela de Luis Racionero en la que aparece el gran papa matemático.

Un monje francés formado en Barcelona y amigo del Obispo de Vic

Gerberto de Aurillac (futuro Silvestre II) nació en Auvernia, sur de Francia, en el año 940. Estudió el Trivium (gramática, lógica y retórica) en el monasterio benedictino de su ciudad y allí se sintió llamado a abrazar el estilo de vida que propusiera San Benito cinco siglos antes. Ya siendo monje pudo viajar a la Ciudad Condal para completar su formación.

Estudió el Quadrivium (Aritmética, Geometría, Astronomía y Música) bajo la tutela del conde Borrell II, que a su vez nombró a Atón, el Obispo de Vic, su preceptor.

 

Una miniatura del Apocalipsis, del Beato de Gerona; alguna gente se asustó al acercarse el año 1000, pero no el papa Gerberto

Al corazón de Cataluña ya había llegado la ciencia árabe, con la que Gerberto entró en contacto. Esto permitió que adquiriera una sólida formación científica. Sus conocimientos iban desde la matemática y la astronomía hasta la alquimia y la música.

Su extraordinaria valía no pasó desapercibida ni al Papa Juan XIII ni al Emperador Otón II. Fue maestro en la escuela catedralicia de Reims, ciudad de la que llegaría a ser Obispo, abad del monasterio de Bobbio y, antes de ser nombrado Sumo Pontífice, Obispo de Rávena.

Las “extravagantes ideas” del nuevo Papa

Gerberto fue uno de los científicos más brillantes de su época. Sus colegas acudían a él para solventar problemas científicos incluso cuando ya había sido nombrado Papa. Algunos hicieron correr ignominiosas leyendas sobre Gerberto, al que acusaban de haber pactado con el diablo a cambio de gozar de poderes mágicos.

Como matemático fue el primero que introdujo el sistema numérico indoarábigo. Expuso las ventajas de éste con respecto a la numeración tradicional romana con las letras I, V, X, L, C, D, M. No tuvo éxito con su propuesta, que acabaría imponiéndose doscientos años más tarde.

En Europa se decía “¿A qué viene esta moda de escribir las cantidades con signos árabes? ¡Eso es cosa del diablo! Las cifras romanas son cristianas y hace siglos que se usan en la Iglesia, mientras que las arábigas vienen de infieles y no se pueden aceptar”.

Toda su autoridad papal no le sirvió para implantar el sistema numérico que utilizamos hoy día. Tampoco le valió su autoridad para librarse de tremendas habladurías surgidas a raíz de sus reformas eclesiásticas. Se hizo creer a los fieles que Satanás se llevaría su alma cuando muriera y que el mismo Papa había mandado trocear su cuerpo al morir para que el demonio no se apoderara de él.

El mito duró casi siete siglos hasta que el Vaticano decidió abrir su sepulcro en el 1648 para acabar con la leyenda. Se encontraron a Silvestre II, con su mitra en la cabeza y las manos cruzadas sobre un cuerpo entero y casi intacto.

Las contribuciones del Papa científico

Además de difundir las cifras árabes, Gerberto también popularizó el uso del astrolabio, que es un instrumento astronómico. Se expandió por todo el mundo latino desde Catalunya y fue Gerberto quien describiera su modo de utilización en su Liber de utilitatibus astrolabii.

También fue el primero en adoptar el uso del ábaco (de origen sarraceno como el astrolabio) y escribir unas reglas para su uso.

 

 

Astrolabio de Muhammad al-Naqqas (año 1079, Al-Ándalus)

Su pasión por la música le hizo capaz de proyectar la construcción de un órgano a vapor en la catedral de Reims. También inventó diversas máquinas hidráulicas así como una tabla de cálculo y un primitivo reloj de péndulo.

A todo esto hay que añadir su buen trabajo como líder religioso y político. Silvestre II fue, sobre todo, el gran organizador de la Iglesia en Polonia y en Hungría. Cuando el caudillo de los húngaros, Esteban, se convirtió al catolicismo, el papa le coronó rey. Era el año 1000.

No todos los mártires de la ciencia son Galileo y Bruno

Existe la falsa creencia de que el desarrollo de las ciencias es debido a la “sangre” vertida por ciertos mártires del saber como Galileo Galilei o Giordano Bruno. También se atribuye a la Iglesia el papel de perseguidora del saber racional y se la considera la principal fuerza contra la que tuvieron que batallar los defensores de la verdad científica. Silvestre II nos demuestra la falsedad de estas tesis.

Seis siglos antes que Galileo y Bruno, él ya tuvo que sufrir la incomprensión y la persecución por causa de sus ideas científicas. Y su oponente no fue precisamente la Iglesia, ya que él mismo fue Obispo y más tarde Papa.

Es propio de la condición humana el miedo ante lo desconocido y lo novedoso. El ser humano prefiere la seguridad de lo “malo conocido” que las promesas de lo “bueno por conocer”. Ya se sabe que el miedo nos hace actuar en ocasiones de manera irracional y de ese ataque no se escaparon Galileo y Bruno, pero tampoco todo un Papa como Silvestre II.

 

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Hablando de datas de fundación universitaria, existe siempre algunas innegables variantes históricas. Depende si ‘fecha de fundación’ se considera la data de la ‘Bula papal’, o data de la ‘Cédula real’, o data de la ‘primera piedra fundamental’, o data de la ‘inauguración oficial’ o, finalmente, la data del ‘inicio de la actividad y función universitaria (normativa fundacional)’. Por tanto, siempre es posible encontrarse con la desigualdad de cinco referencias a cinco momentos diferentes, sin ser en nada contradictorios entre ellos.

 

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Cada objeto aterrizado en Europa es la huella del expolio que conllevó. Pero, cada objeto de nuestra civilización que está fuera de Europa, es el mismo expolio y despojo a la inversa. Mas, la historia no da marcha atrás, y un mea culpa eterno y paralizador no resultará útil a nadie.

 

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"¿San Alberto Einstein?"; el patrón de los científicos

 

Pocos son los estudiantes de ciencias que conocen las aportaciones científicas de su patrón, San Alberto Magno.

Alrededor del 15 de noviembre en las facultades de ciencias de todos los países de herencia católica se conmemora la fiesta del patrono, que es San Alberto. En el campus universitario de la Diagonal de Barcelona, de los muchos actos que se celebran, sólo uno nos refiere directamente al sentido originario de la festividad: la celebración eucarística del SAFOR (Servicio de Asistencia y Formación Religiosa). Por ello no es de extrañar que la mayoría de estudiantes no sepan exactamente qué están celebrando.

La lógica consecuencia es que uno de ellos escribiera en uno de los carteles que anunciaban las fiestas: “Sant Albert… Einstein?”. Quizá en un momento de lucidez en medio de los litros de alcohol que corren en los vestíbulos de cada facultad, el buen estudiante se preguntara a qué venía todo aquello.

Es evidente que la Iglesia no ha canonizado a Einstein. Como físico está a la altura de los más grandes, como Newton y Maxwell, aunque como persona y como marido su contribución es más discutible… y si no que se lo pregunten a Mileva, su sufrida esposa.

 

El verdadero San Alberto

Fue un Papa contemporáneo, Pío XII (1876-1958), quien declaró a Alberto patrono de todos los que se dedican a las ciencias naturales.

San Alberto Magno nació en la ciudad bávara de Lavignan (perteneciente a la actual Alemania) hacia el 1206 y murió en Colonia en 1280. Sólo con ver las fechas y si uno se deja llevar por la famosa leyenda negra entorno al supuesto oscurantismo de la Iglesia en la Edad Media, lo más sencillo es imaginarse a San Alberto como un obispo dedicado a refrenar las desmedidas ambiciones de los alquimistas por encontrar la piedra filosofal o disuadiendo al pueblo de acudir a los astrólogos para indagar sobre el futuro.

En realidad, Alberto sí que fue obispo, en concreto lo eligieron en 1260 para ocupar la sede de Ratisbona, pero sólo “duró” dos años. Vio que no era lo suyo y prefirió volver a sus antiguas ocupaciones. Además de ser teólogo, exegeta, filósofo y predicador, también tuvo tiempo para cultivar de manera muy notable las ciencias naturales: astronomía, meteorología, zoología, botánica, medicina, agricultura…

Fue capaz de describir toda la fauna europea (necesitó 26 libros para ello) y analizó con rigor la flora alemana, con una profundidad tal que fueron necesarios varios siglos para superar lo que él dio a conocer.

Dos “pequeños” favores que le debemos a San Alberto

H.J. Sadler dijo de San Alberto en 1932: “Si se hubiera continuado el desarrollo de la ciencias de la naturaleza por el camino que había tomado San Alberto se habría ahorrado a esta ciencia un rodeo de tres siglos”.

San Alberto basó su método científico en la observación y experimentación de los fenómenos de la naturaleza. Dio mucha importancia a contrastar sus proposiciones de manera empírica, proponiendo una manera de hacer ciencia menos especulativa y más experimental.

Hay que señalar que las ciencias naturales de la época eran más bien una filosofía de la naturaleza y, por tanto, se utilizaba de manera prioritaria el método filosófico.

Hasta la aparición de Galileo tres siglos más tarde la ciencia no adoptaría firmemente el método empírico y por eso el autor citado muestra a San Alberto como un precursor de la ciencia moderna.

Por otra parte, y como es bien sabido, San Alberto fue profesor de Santo Tomás de Aquino en la Universidad de París. Los dos compartieron orden religiosa (los dos eran dominicos) y una gran pasión por la verdad. Es bonito pensar que San Alberto tuviera gran parte de “culpa” del gran legado que nos dejó su mejor discípulo.

 

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PRESENCIA DE LA IGLESIA EN LA UNIVERSIDAD

Y EN LA CULTURA UNIVERSITARIA

 

CONSEJO PONTIFICIO PARA LA CULTURA

 

Nota preliminar: naturaleza, finalidad, destinatarios

La Universidad y, de modo más amplio, la cultura universitaria constituyen una realidad de importancia decisiva. En su ámbito se juegan cuestiones vitales, profundas transformaciones culturales, de consecuencias desconcertantes, suscitan nuevos desafíos. La Iglesia no puede dejar de considerarlos en su misión de anunciar el Evangelio.1

En su visita « ad limina » numerosos Obispos han manifestado su preocupación e interés de ser ayudados ante problemas inéditos cuya súbita emergencia, novedad y agudeza toman desprevenidos a los responsables, hacen a menudo inoperantes los métodos tradicionales de la pastoral y desalientan al celo más generoso. Alguna diócesis y Conferencias Episcopales han emprendido estudios y acciones pastorales que ofrecen ya elementos de respuestas. También las comunidades religiosas y los movimientos apostólicos están enfrentando con renovado vigor los nuevos retos de la pastoral universitaria.

Con el fin de poner esas iniciativas en común y de asumir una perspectiva global del desafío, la Congregación para la Educación Católica, el Consejo Pontificio para los Laicos y el Consejo Pontificio de la Cultura llevaron a cabo una consulta a todas las Conferencias Episcopales, a los Institutos religiosos y a diversos organismos y movimientos eclesiales sobre la vocación y la misión de los laicos en la Iglesia y en el mundo, de la cual una primera síntesis fue presentada el 28 de Octubre de 1987 al Sínodo de los Obispos.2 Esta documentación se ha completado con ocasión de sucesivos encuentros, y sirviéndose también de las observaciones hechas al texto publicado de parte de las instituciones implicadas, y de las publicaciones de trabajos y de estudios que se han hecho en torno a la acción de los cristianos en el mundo de la universidad.

Este conjunto de elementos ha permitido individuar un buen número de constataciones, formular interrogantes precisos, trazar líneas orientativas, a partir de la experiencia apostólica de las personas comprometidas en el ambiente universitario.

El actual documento, recogiendo los puntos y las iniciativas más relevantes, se ofrece como instrumento de reflexión y de trabajo, en servicio a las Iglesias particulares. Se dirige en primer lugar a las Conferencias Episcopales y, de modo particular, a los Obispos directamente interesados a causa de la presencia de Universidades o Escuelas Superiores en sus territorios. Pero las observaciones y las orientaciones que se hacen tienen igualmente en perspectiva a todos los que, bajo la dirección de los Obispos, participan en la pastoral universitaria: sacerdotes, laicos, institutos religiosos, movimientos eclesiales. Al proponer sugerencias para la nueva evangelización, este documento busca inspirar una profundización de la reflexión en todas las personas interesadas y suscitar una pastoral renovada.

 

UNA EXIGENCIA URGENTE

 

La Universidad es, en su mismo origen, una de las expresiones más significativas de la solicitud pastoral de la Iglesia. Su nacimiento está vinculado al desarrollo de escuelas establecidas en el medioevo por obispos de grandes sedes episcopales. Si las vicisitudes de la historia condujeron a la « Universitas magistrorum et scholarium » a ser cada vez más autónoma, la Iglesia continúa igualmente manteniendo aquel celo que dió origen a la institución.3 Efectivamente, la presencia de la Iglesia en la Universidad no es en modo alguno una tarea ajena a la misión de anunciar la fe. « La síntesis entre cultura y fe no es sólo una exigencia de la cultura, sino también de la fe... Una fe que no se hace cultura es una fe que no es plenamente acogida, enteramente pensada o fielmente vivida ».4 La fe que la Iglesia anuncia es una fides quaerens intellectum, que debe necesariamente impregnar la inteligencia del hombre y su corazón, ser pensada para ser vivida. La presencia eclesial no puede, pues, limitarse a una intervención cultural y científica. Tiene que ofrecer la posibilidad efectiva de un encuentro con Jesucristo.

Concretamente, la presencia y la misión de la Iglesia en la cultura universitaria revisten formas diversas y complementarias. Primeramente está la tarea de apoyar a los católicos comprometidos en la vida de la Universidad como profesores, estudiantes, investigadores o colaboradores. La Iglesia se preocupa luego por el anuncio del Evangelio a todos los que en el interior de la Universidad no lo conocen todavía y están dispuestos a acogerlo libremente. Su acción se traduce también en diálogo y colaboración sincera con todos aquellos miembros de la comunidad universitaria que estén interesados por la promoción cultural del hombre y el desarrollo cultural de los pueblos.

Perspectiva semejante pide a los agentes de la pastoral universitaria entender la Universidad como un ambiente específico con problemas propios. El éxito de su empeño dependerá, en efecto, en buena medida, de las relaciones que con él establezcan, relaciones que, a veces, se encuentran en estado embrional. De hecho, la pastoral universitaria queda frecuentemente en los márgenes de la pastoral ordinaria. Por ello se hace necesario que toda la comunidad cristiana tome conciencia de su responsabilidad pastoral en relación con el ámbito universitario.

 

I.                   SITUACIÓN DE LA UNIVERSIDAD

 

 

En el espacio de medio siglo, la institución universitaria ha vivido una transformación considerable, cuyas características, sin embargo, no pueden generalizarse en todos los países, ni aplicarse de manera unívoca a todos los centros académicos de una misma región; cada Universidad es tributaria de su contexto histórico, cultural, social, económico y político. Esa gran variedad requiere ponderada adaptación en las formas de la presencia de la Iglesia.

 

 

1. En numerosos países, en especial en algunos de los desarrollados,

seguidamente a la « contestación » de los años 1968-70 y de la crisis institucional que precipitó a la Universidad en un cierto desorden, se afirmaron tendencias diversas, positivas y negativas.

Los contrastes, crisis, y especialmente el derrumbe de las ideologías y utopías entonces dominantes, han dejado huellas profundas. La Universidad, hasta no hace mucho reservada a privilegiados, se ha ampliamente abierto a un vasto público, tanto en el campo de la enseñanza inicial, como en el de la formación permanente. Es un hecho importante y significativo de la democratización de la vida social y cultural. En muchos casos la afluencia masiva de los estudiantes es de tal magnitud que las infraestructuras, los servicios y hasta los métodos mismos tradicionales de enseñanza se revelan inadecuados. Por otra parte, fenómenos de diverso orden han provocado, en ciertos contextos culturales, modificaciones esenciales respecto a la posición de los maestros, quienes, entre el aislamiento y la colegialidad, la diversidad de sus compromisos profesionales y la vida familiar, ven debilitarse su estatuto académico y social, su autoridad y seguridad. La situación práctica de los estudiantes suscita también fundadas inquietudes. Concretamente, muchas veces se echan de menos estructuras de acogida, de acompañamiento y de vida comunitaria, por lo que, al ser trasplantados de su propio ambiente familiar a una ciudad que les es desconocida, se sienten solos. Además, con frecuencia, las relaciones con los maestros son escasas y los estudiantes son atrapados al improviso por problemas orientativos que no saben afrontar. Muchas veces el ambiente en el que deben inserirse está marcado por la influencia de comportamientos de tipo socio-político y por la reivindicación de una libertad ilimitada en los campos de la investigación y de la experimentación científica. En numerosos lugares, en fin, los jóvenes universitarios confrontan un difuso liberalismo relativista, un positivismo cientista y un cierto pesimismo ante las perspectivas profesionales vueltas aleatorias por el marasmo económico.

2. Por otra parte, la Universidad ha perdido parte de su prestigio. La proliferación de ellas y su especialización han creado una situación de gran disparidad: algunas gozan de un reconocido prestigio, otras ofrecen apenas una enseñanza de mediocre calidad. La Universidad no tiene ya el monopolio de la investigación en campos en los que destacan institutos especializados y Centros de Investigación, privados o públicos. De todos modos, también éstos participan de un clima cultural específico, el de la « cultura universitaria », que es generador de una « forma mentis » característica: importancia otorgada a la fuerza argumentativa del raciocinio, desarrollo del espíritu crítico, alto nivel de informaciones sectoriales y debilidad de la síntesis, aún dentro de perspectivas específicas.

3. Vivir inmersos en esta cultura en mutación con una exigencia de verdad y una actitud de servicio conformes al ideal cristiano se ha hecho a menudo difícil. Si ser estudiante y más aún profesor ayer era por doquier una promoción social indiscutible, hoy los estudios universitarios se desarrollan en un contexto frecuentemente marcado por dificultades nuevas, materiales y morales, que se transforman rápidamente en problemas humanos y espirituales de consecuencias imprevisibles.

4. En numerosos países, la Universidad encuentra grandes dificultades en el esfuerzo en pro de la continua renovación que pide la evolución de la sociedad, el desarrollo de sectores nuevos de conocimientos, las exigencias de economías en crisis. La sociedad reclama una Universidad que responda a sus necesidades específicas, comenzando por la de un empleo para todos. De este modo, el mundo de la industria se hace presente notablemente en la vida universitaria, con exigencias específicas de prestaciones técnicas, rápidas y seguras. Esta « profesionalización », cuyos efectos benéficos son innegables, no siempre encuadra dentro de una formación « universitaria » al sentido de los valores, a la deontología profesional y al confronto con otras disciplinas como complemento de la necesaria especialización.

5. En contraste con la «profesionalización » de algunos institutos, numerosas facultades, sobre todo de letras, filosofía, ciencias políticas, jurisprudencia, se limitan frecuentemente a ofrecer una formación genérica en su propia disciplina, sin preocuparse de las eventuales salidas profesionales para sus estudiantes. En muchos países de desarrollo medio, las autoridades gubernamentales utilizan a las universidades como « areas de estacionamiento » para atenuar las tensiones generadas por el desempleo de los jóvenes.

6. Además, una constación se impone: en numerosos países, la Universidad que por vocación está llamada a representar un papel de primer plano en el desarrollo de la cultura, se ve expuesta a dos riesgos antagónicos: o someterse pasivamente a las influencias culturales dominantes, o quedar marginada respecto a ellas. Le es difícil afrontar esas situaciones, porque a menudo deja de ser una « comunidad de estudiantes y de profesores en búsqueda de la verdad », para transformarse en un mero instrumento en manos del Estado y de las fuerzas económicas dominantes, con el propósito exclusivo de asegurar la preparación técnica y profesional de especialistas y sin prestar a la formación educativa de la persona el lugar central que le corresponde. Por lo demás —y tal situación no deja de tener graves consecuencias—, muchos estudiantes frecuentan la Universidad sin encontrar en ella una formación humana capaz de ayudarles en el necesario discernimiento acerca del sentido de la vida, los fundamentos y la consecución de los valores y de los ideales, lo cual les lleva a vivir en una incertidumbre grávida de angustia respecto al futuro.

7. En países que estuvieron o están aún sometidos a una ideología de tipo materialista y atea, ésta ha penetrado la investigación y la enseñanza, singularmente en los campos de las ciencias humanas, de la filosofía y de la historia. Resulta por ello que, aún en aquellos que han vivido cambios radicales a nivel político, los espíritus no han adquirido todavía la libertad suficiente para operar los necesarios discernimientos en el ámbito de las corrientes dominantes de pensamiento y percibir en ellas la presencia, a menudo disimulada, de un liberalismo relativista. Se abre camino cierto escepticismo ante la idea misma de la verdad.

8. Se advierte por doquier una gran diversificación de los saberes. Las diferentes disciplinas han llegado a delimitar su propio campo de investigación y de afirmaciones, y a reconocer la legítima complejidad y diversidad de sus métodos. Se hace cada vez más evidente el riesgo de ver a investigadores, docentes y estudiantes encerrarse en su propio sector de conocimientos, y limitarse a una consideración fragmentaria de la realidad.

9. En ciertas disciplinas se fortalece un nuevo positivismo sin referencia ética: la ciencia por la ciencia. La formación « utilitarista » se impone sobre el humanismo integral y lleva a desconsiderar las necesidades y las espectativas de la persona, a censurar o a sofocar los interrogantes más constitutivos de su existencia personal y social. El desarrollo de las técnicas científicas, en el campo de la biología, de la comunicación, de la robotización, plantea nuevos y cruciales problemas éticos. Mientras más capaz se hace el hombre de dominar la naturaleza, más depende de la técnica, y más necesidad tiene de conquistar su propia libertad. Esto presenta interrogantes inéditos sobre las perspectivas y los criterios epistemológicos de las diversas disciplinas del saber.

10. La difusión del escepticismo y de la indiferencia generados por el difundido secularismo camina parejamente con una nueva demanda religiosa de perfil no bien definido. En este clima, caracterizado por la incertidumbre de la orientación intelectual de profesores y alumnos, la Universidad resulta a veces un medio en el que se desarrollan comportamientos nacionalistas agresivos. Sin embargo, en algunas situaciones, el clima de contestación es inferior al conformismo.

11. El desarrollo de la formación universitaria « a distancia » o « tele-enseñanza » hace posible que la información sea accesible a un mayor número, pero el contacto personal entre el profesor y el estudiante corre el riesgo de desaparecer, y, con él, la formación humana ligada a esa relación irremplazable. Algunas formas mixtas combinan oportunamente teleenseñanza y relaciones episódicas entre profesor y estudiante: ellas podrían constituir un buen instrumento de desarrollo de la formación universitaria.

12. La cooperación inter-universitaria e internacional conoce un progreso real allí donde los centros académicos más desarrollados están en grado de ayudar a los menos avanzados. Pero ésto no sucede siempre en ventaja de éstos últimos: las grandes Universidades pueden, en efecto, ejercer un cierto « influjo » técnico, o incluso ideológico, más allá de las fronteras del propio país, en detrimento de los países menos favorecidos.

13. El lugar ocupado por la mujer en la Universidad y su acceso generalizado a los estudios universitarios constituyen en algunos países una tradición ya bien establecida, mientras en otros aparecen como un aporte nuevo, una excepcional posibilidad de renovación y un enriquecimiento de la vida universitaria.

14. El papel central de las Universidades en los programas de desarrollo va acompañado por una tensión entre la prosecución de la nueva cultura generada por la modernidad y la salvaguardia y promoción de las culturas tradicionales. Sin embargo, para responder a su vocación, la Universidad carece de una « idea directriz », de un hilo conductor entre sus múltiples actividades. Ahí radica la crisis actual de identidad y de finalidad de una institución orientada por su naturaleza misma hacia la búsqueda de la verdad. El caos del pensamiento y la pobreza de criterios de fondo impiden el surgimiento de propuestas educativas aptas a afrontar los nuevos problemas. No obstante sus imperfecciones, la Universidad sigue siendo, por vocación, junto a las demás Instituciones de enseñanza superior, un lugar privilegiado para la elaboración del saber y de la formación, y juega un papel fundamental en la preparación de los cuadros dirigentes de la sociedad del siglo XXI.

15. Un nuevo impulso pastoral. La presencia de los católicos en la Universidad constituye de por sí un motivo de interrogación y de esperanza para la Iglesia. En numerosos países, esta presencia es en efecto a la vez imponente por el número, pero de alcance relativamente modesto; ésto es debido al hecho de que demasiados profesores y estudiantes consideran su fe como un asunto estrictamente privado, o no perciben el impacto de su vida universitaria en su existencia cristiana. Algunos, incluso sacerdotes o religiosos, llegan hasta a abstenerse, en nombre de la autonomía universitaria, de testimoniar explícitamente su fe.

Otros utilizan esa autonomía para propagar doctrinas contrarias a las enseñanzas de la Iglesia.

La falta de teólogos competentes en los campos científicos y técnicos, y de profesores con una buena formación teológica, especialistas en las ciencias, agrava esta situación. Esto evidentemente reclama una toma de conciencia renovada con miras a un nuevo impulso pastoral. Además, aún apreciando las loables iniciativas emprendidas un poco por doquier, es necesario constatar que la presencia cristiana parece por lo general reducirse a grupos aislados, a iniciativas esporádicas, a testimonios ocasionales de personalidades famosas, a la acción de éste o de aquél movimiento.

 

 

 

 

II.PRESENCIA DE LA IGLESIA EN LA UNIVERSIDAD Y EN LA CULTURA UNIVERSITARIA

 

1. Presencia en las estructuras de la Universidad

Enviada por Cristo a los hombres de todas las culturas, la Iglesia se esfuerza por participar con ellos la buena nueva de la salvación. Siendo depositaria de la Verdad revelada por Cristo sobre Dios y sobre el hombre, tiene la misión de conducir hacia la auténtica libertad mediante su mensaje de verdad. Fundada en el mandato recibido de Cristo, se abre para iluminar los valores y las expresiones culturales, corregirlos y, si necesario fuera, purificarlos a la luz de la fe para llevarlos a su plenitud de sentido.5

En la Universidad la acción pastoral de la Iglesia, en su rica complejidad, comporta en primer lugar un aspecto subjetivo: la evangelización de las personas. En esta perspectiva, la Iglesia entra en diálogo con las personas concretas —hombres y mujeres, profesores, estudiantes, empleados— y, por medio de ellos, aunque no exclusivamente, con las corrientes culturales que caracterizan ese ambiente. No hay que olvidar después el aspecto objetivo, o sea, el dialogo entre la fe y las diversas disciplinas del saber. En efecto, en el contexto de la Universidad, la aparición de nuevas corrientes culturales está estrechamente vinculada a las grandes cuestiones del hombre, a su valor, al sentido de su ser y de su obrar, y, en particular, a su conciencia y a su libertad. A este nivel, es deber prioritario de los intelectuales católicos promover una síntesis renovada y vital entre la fe y la cultura.

La Iglesia no puede olvidar que su acción se ejerce en la situación particular propia a cada Centro universitario y que su presencia en la Universidad es un servicio hecho a los hombres en su doble dimensión personal y social. Por lo tanto el tipo de presencia varía según los diversos países, marcados por diferentes tradiciones históricas, culturales y religiosas. En particular, allí donde la legislación lo permite, la Iglesia no puede renunciar a su acción institucional en la Universidad. Está atenta a apoyar y a promover la enseñanza de la teología donde ésto sea posible. La capellanía universitaria, a nivel institucional, reviste una importancia particular en el ámbito del « campus » mismo. Con la oferta de un amplio abanico de propuestas de formación doctrinal y al mismo tiempo espiritual, constituye, una de la mayores posibilidades para el anuncio del Evangelio. Mediante la actividad de animación y de toma de conciencia, promovidas desde la capellanía, la pastoral universitaria puede esperar conseguir su objetivo, a saber, crear dentro del ambiente universitario una comunidad cristiana y un compromiso de fe misionera.

Las Ordenes religiosas y las Congregaciones ofrecen una presencia específica en las Universidades y contribuyen, con la riqueza y la diversidad de sus carismas -especialmente su carisma educativo- a la formación cristiana de los profesores y de los estudiantes. Es necesario que esas comunidades religiosas, muy empeñadas en la enseñanza primaria y secundaria, consideren en sus opciones pastorales la importancia de la presencia en la enseñanza superior y eviten toda forma de repliegue bajo pretexto de confiar a otros esta misión tan congenial a su vocación.

Para ser aceptada e irradiante, la presencia institucional de la Iglesia en la cultura universitaria tiene que ser de calidad, aún si con frecuencia falta el personal y aún los medios financieros necesarios. Esta situación requiere una capacidad de adaptación creativa y un adecuado esfuerzo pastoral.

 

2. La Universidad católica

Entre las diversas formas institucionales con que la Iglesia está presente en el mundo universitario, hay que destacar a la Universidad católica, que es en sí misma una institución eclesial.

La existencia de un número importante de Universidades católicas —muy variada según las regiones y los países, ya que va desde la multiplicación dispersiva en unos, hasta la carencia total en otros— es en sí misma una riqueza y un factor esencial de la presencia de la Iglesia en la cultura universitaria. Sin embargo, a menudo ese « capital » está lejos de dar los frutos que legítimamente se esperan.

Indicaciones importantes para promover el papel específico de la Universidad católica fueron dadas por la Constitución Apostólica « Ex Corde Ecclesiae », publicada el 15 de Agosto de 1990. Esta señala que la identidad institucional de la Universidad católica depende de la realización conjunta de sus características en cuanto « universidad » y en cuanto « católica ». No alcanza su plena configuración sino cuando logra dar un testimonio serio y rigoroso como miembro de la comunidad internacional del saber y, al mismo tiempo, expresar, en explícita vinculación con la Iglesia, a nivel local y universal, su propia identidad católica, que conforma de modo concreto la vida, los servicios y los programas de la comunidad universitaria. Así la Universidad católica, por su misma existencia, consigue el objetivo de garantizar bajo una forma institucional una presencia cristiana en el mundo universitario. De lo cual se deduce su misión específica, caracterizada por múltiples aspectos inseparables.

La Universidad católica, para cumplir su función ante la Iglesia y ante la sociedad, tiene la tarea de estudiar los graves problemas contemporáneos y de elaborar proyectos de solución que concreticen los valores religiosos y éticos propios de una visión cristiana del hombre.

Seguidamente viene la pastoral universitaria propiamente dicha. A este respecto, la Universidad católica no está ante desafíos sustancialmente diferentes a los que deben afrontar otros centros académicos. Sin embargo, conviene destacar que el problema de la pastoral universitaria empeña a una institución que se define « católica » en un nivel de profundidad que es el mismo de las finalidades que ella se propone conseguir, a saber, la formación integral de las personas, de aquellos hombres y mujeres, que, en el contexto académico, están llamadas a participar activamente en la vida de la sociedad y de la Iglesia.

Un ulterior aspecto de la misión de la Universidad católica es, en fin, el empeño respecto al diálogo entre fe y cultura, y el desarrollo de una cultura arraigada en la fe. Por eso mismo, si hay que procurar que en todos los lugares en los que los bautizados participan a la vida de la Universidad se desarrolle una cultura en armonía con la fe, la urgencia es todavía mayor en el ámbito de la Universidad católica. Ella está llamada, de forma privilegiada, a ser un interlocutor significativo del mundo académico, cultural y científico.

Evidentemente, la solicitud de la Iglesia respecto a la Universidad —bajo la forma del servicio inmediato a las personas y de la evangelización de la cultura— encuentra en la realidad de la Universidad católica una referencia ineludible. La exigencia creciente de una presencia cualificada de los bautizados en la cultura universitaria resulta así un llamado lanzado a toda la Iglesia para que tome una conciencia cada vez más clara de la vocación específica de la Universidad católica y favorezca su desarrollo como un instrumento eficaz de su misión evangelizadora.

 

3. Fecundas iniciativas en obra

Para salir al encuentro de las necesidades originadas por la cultura universitaria, numerosas Iglesias locales han llevado a cabo diversas y oportunas iniciativas:

  1. Nombramiento por parte de la Conferencia Episcopal de asistentes eclesiásticos universitarios, dotados de una formación « ad hoc », de un estatuto específico y de un apoyo adecuado.
  2. Creación de equipos diocesanos diversificados de pastoral universitaria, en los que se expresa la responsabilidad propia de los laicos y el carácter diocesano de esas unidades de misión apostólica.
  3. Primeras etapas de un trabajo pastoral orientado hacia los rectores de Universidades y hacia los maestros de Facultad, cuyos ambientes están frecuentemente dominados por preocupaciones técnico-profesionales.
  4. Accciones en orden a la creación de Departamentos de Ciencias Religiosas, aptos para abrir perspectivas nuevas a profesores y a estudiantes, y conformes a la promoción de la misión de la Iglesia. En esos Departamentos los cató1icos tendrían que ejercer un papel de primera importancia, en particular cuando las estructuras universitarias están privadas de Facultad de Teología.
  5. Instauración de cursos regulares de moral y de deontología profesional en los Institutos especializados y en los Centros de enseñanza superior.
  6. Promoción de movimientos eclesiales dinámicos. La pastoral universitaria logra mejores resultados cuando se apoya en grupos o movimientos y asociaciones, a veces poco numerosos pero de calidad, sostenidos por las diócesis y las Conferencias Episcopales.
  7. Búsqueda de una pastoral universitaria que no se limite a una pastoral de jóvenes genérica e indiferenciada, sino que tome como punto de partida el hecho de que muchos jóvenes se encuentran profundamente influenciados por el ambiente universitario. Aquí está en juego en gran medida su encuentro con Cristo y su testimonio cristiano. Esta pastoral se propone, consecuentemente, educar y acompañar a los jóvenes para afrontar la realidad concreta de los ambientes y de las actividades en que conviven.
  8. Promoción de un diálogo entre teólogos, filósofos y científicos, capaz de renovar profundamente las mentalidades y de dar lugar a nuevas y fecundas relaciones entre la Fe cristiana, la teología, la filosofía y las ciencias en su concreta búsqueda de la verdad. La experiencia demuestra que los universitarios, sacerdotes y laicos especialmente, están en primera fila en el mantener y promover el debate cultural sobre las grandes cuestiones que afectan al hombre, la ciencia, la sociedad, y los nuevos desafíos que se abren al espíritu humano. Toca especialmente a los maestros católicos y a sus asociaciones promover iniciativas interdisciplinares y encuentros culturales, dentro o fuera de la Universidad, y, conjugando método crítico y confianza en la razón, confrontar los datos metafísicos y las adquisiciones científicas con los enunciados de la fe, en el lenguaje de las diversas culturas.

 

 

 

III. SUGERENCIAS Y ORIENTACIONES PASTORALES

 

1. Sugerencias pastorales propuestas por Iglesias locales
1. Una consulta, que llevaran a cabo Comisiones episcopales « ad hoc », permitiría conocer mejor las diferentes iniciativas de pastoral universitaria y de la presencia de los cristianos en la Universidad, y preparar un documento orientativo para apoyar las iniciativas apostólicas fructuosas y promover las que resulten necesarias.
2. La
institución de una Comisión nacional para asuntos relativos a la Universidad y a la Cultura ayudaría a las Iglesias locales a poner en común sus experiencias y capacidades. Su tarea sería promover para los seminarios y para los centros de formación de religiosos y de laicos un programa de actividades, de estudios y de encuentros sobre Evangelización y Culturas, con un capítulo explícitamente dedicado a la cultura universitaria.
3.
A nivel diocesano, en ciudades universitarias, conviene alentar la institución de una comisión especializada, formada por sacerdotes, universitarios y estudiantes católicos que sean capaces de ofrecer indicaciones útiles para la pastoral universitaria y la acción de los cristianos en los ámbitos de la enseñanza y de la investigación. Esta comisión ayudaría al Obispo a ejercer la misión, que le es propia, de suscitar y confirmar las diversas iniciativas de la diócesis, y de relacionarlas con las de carácter nacional o internacional. Investido de responsabilidad pastoral al servicio de su Iglesia, el Obispo diocesano es el primer responsable de la presencia y de la pastoral de la Iglesia en las Universidades del Estado, en las Universidades católicas y en las privadas.
4.
A nivel parroquial, es de desear que las comunidades cristianas, sacerdotes, religiosos y fieles, presten una mayor atención a los estudiantes y a los profesores, así como también al apostolado que se ejerce en las capellanías universitarias. La parroquia es, por su propia naturaleza, una comunidad dentro de la cual pueden crearse fructuosas relaciones para un más eficiente servicio del Evangelio. Por su capacidad de acogida juega un papel notable, sobre todo cuando favorece la fundación y el funcionamiento de Residencias estudiantiles y universitarias. El éxito de la evangelización de la Universidad y de la cultura universitaria dependen, en gran medida, del compromiso de la entera Iglesia local.


5.
La parroquia universitaria es en algunos lugares una institución más que nunca necesaria. Requiere la presencia activa de uno o más sacerdotes bien preparados para este específico apostolado. Esta parroquia es un medio único de comunicación con el mundo académico en su variedad. Permite establecer relaciones con personalidades de la cultura, del arte y de la ciencia, y asegura a la vez una penetración de la Iglesia en ese ambiente tan complejo en su multiforme singularidad. Lugar de encuentro, de reflexión cristiana y de formación, brinda a los jóvenes la posibilidad de aproximarse a una realidad de Iglesia hasta entonces desconocida o mal conocida y abre la Iglesia a la juventud estudiantil, a sus problemáticas y a su dinamismo apostólico. Lugar privilegiado de la celebración litúrgica de los sacramentos, la parroquia es antes que todo lugar de la eucaristía, corazón de toda comunidad cristiana, culmen y manantial de todo apostolado.
6. Donde sea posible, la pastoral universitaria debería crear o intensificar fructuosas relaciones entre las Universidades o Facultades católicas y los otros medios universitarios según formas diversas de colaboración.
7. La situación actual constituye un llamado instante a organizar la formación de agentes pastorales cualificados dentro de las parroquias, los movimientos y las asociaciones católicas. Invita urgentemente a la elaboración de una estrategia de largo alcance, ya que la formación cultural y teológica requiere una preparación apropiada. En la práctica, muchas diócesis no están en grado de organizar y realizar tal formación de nivel universitario. La puesta en común de los recursos de las diócesis, de los institutos religiosos especializados y de los grupos de laicos permitirá afrontar esta exigencia.
8. En cualquier situación, se trata de concebir la «
presencia» de la Iglesia como una « plantatio » de la comunidad cristiana en el ambiente universitario, mediante el testimonio, el anuncio del Evangelio, el servicio de la caridad. Esta presencia hará crecer a los « christifideles » y ayudará para llegar hasta aquellos que se encuentran alejados de Jesucristo. En esta perspectiva, parece importante desarrollar y promover:
— una pedagogía catequética de carácter « comunitario », que ofrezca diversidad de propuestas, presente la posibilidad de itinerarios diferenciados y de respuestas adaptadas a las necesidades reales de las personas concretas.
— una pedagogía del acompañamiento personal, hecha de acogida, de disponibilidad y de amistad, de relaciones interpersonales, de discernimiento de las situaciones vividas por los estudiantes y de los medios concretos para mejorarlas.
— una pedagogía de la profundización de la fe y de la vida espiritual, arraigada en la Palabra de Dios, ahondada en la vida sacramental y litúrgica.
9. Finalmente, la presencia de la Iglesia en la Universidad llama a un testimonio común de los cristianos. Inseparablemente de su dimensión misionera, este testimonio ecuménico constituye una contribución importante a la unidad de los cristianos. Según las modalidades y en los límites fijados por la Iglesia, y sin perjuicio del cuidado pastoral debido a los fieles católicos, esta colaboración ecuménica, que supone una formación adecuada, resultará particularmente fructuosa en el estudio de los problemas sociales y, en general, en la profundización de todas las cuestiones que atañen al hombre, al sentido de su existencia y de su actividad.6

2. Desarrollar el apostolado de los laicos, especialmente de los maestros
«
La vocación cristiana es, por su misma naturaleza, vocación también al apostolado ».7 Esta afirmación del Concilio Vaticano II, aplicada a la pastoral universitaria, resuena como un vibrante llamado a la responsabilidad de los maestros, de los intelectuales y de los estudiantes católicos. El compromiso apostólico de los fieles es un signo de vitalidad y de progreso espiritual de toda la Iglesia. Desarrollar esa conciencia del deber apostólico entre los universitarios se sitúa en línea de continuidad con las orientaciones pastorales del Concilio Vaticano II. De tal modo, en lo más vivo de la comunidad universitaria, la fe se vuelve fuente irradiante de una vida nueva y de una auténtiea cultura cristiana. Los fieles laicos gozan de una legítima autonomía para ejercer su vocación apostólica específica. Para impulsarla, se invita a los pastores no sólo a reconocer esta especificidad, sino también a alentarla vivamente. Este apostolado nace y se desarrolla a partir de las relaciones profesionales, de los intereses culturales comunes, de la vida cotidiana compartida con los diversos sectores de la actividad universitaria. El apostolado personal de los laicos cató1icos es « el principio y la condición de todo apostolado seglar, incluso del asociado, y nada puede sustituirlo ».8 Sin embargo, resta necesario y urgente que los cató1icos presentes en la Universidad den un testimonio de comunión y de unidad. A este respecto, los movimientos eclesiales son particularmente preciosos.
Los profesores católicos juegan un papel fundamental en la presencia de la Iglesia en la cultura universitaria. Su calidad y generosidad pueden incluso suplir en ciertos casos las deficiencias de las estructuras. El compromiso apostó1ico del profesor católico, concediendo prioridad al respeto y al servicio de las personas, colegas y estudiantes, les ofrece aquel testimonio del
hombre nuevo « siempre dispuesto a dar respuesta a todo el que le pida razón de su esperanza », haciéndolo con « dulzura y respeto » (Cf. I Pe 3, 15-16). La universidad es ciertamente un sector limitado de la sociedad, pero que ejerce cualitativamente una influencia que desborda ampliamente su dimensión cuantitativa. Ahora bien, en contraste con esa preeminencia, la figura misma del intelectual católico casi parece haber desaparecido de algunos espacios universitarios; en este punto los estudiantes lamentan dolorosamente la falta de verdaderos maestros, cuya presencia asidua y disponibilidad personal hacia ellos podrían asegurar un acompañamiento de calidad.
El testimonio del profesor católico no consiste ciertamente en introducir temáticas confesionales en las disciplinas que enseña, sino en abrir el horizonte a las inquietudes últimas y fundamentales, en la generosidad estimulante de una presencia activa ante las preguntas, a menudo no formuladas, de esos espíritus jóvenes que andan a la búsqueda de referencias y certezas, de orientación y de metas. De esto depende su vida de mañana en la sociedad. Con mayor razón, la Iglesia y la Universidad esperan de los sacerdotes profesores, encargados de docencia en la Universidad, una competencia de alto nivel y una sincera comunión eclesial.
La unidad se promueve en la diversidad, sin ceder a la tentación de querer unificar o formalizar las actividades: la variedad de impulsos y de medios apostólicos, lejos de oponerse a la unidad eclesial, la postula y la enriquece. Los pastores tendrán en cuenta las legítimas características del espíritu universitario: diversidad y espontaneidad, respeto de la libertad y de la responsabilidad personales, rechazo de todo intento de forzada uniformidad.
Conviene animar a los movimientos o grupos católicos, llamados a multiplicarse y desarrollarse, pero es importante también reconocer y revitalizar las asociaciones de laicos católicos cuyo apostolado universitario cuenta con una larga y fecunda tradición. El apostolado de los laicos es fructuoso en la medida en que es eclesial. Entre los criterios de valoración destaca el de la coherencia doctrinal de las diversas iniciativas con la identidad católica; a éste hay que añadir el de la ejemplaridad moral y profesional, que, junto a la vida espiritual, garantiza la autenticidad irradiante del apostolado laico.

CONCLUSIÓN
Entre los inmensos campos de apostolado y de acción de que la Iglesia es responsable, el de la cultura universitaria es uno de los más prometedores, pero también uno de los más difíciles. La presencia y la acción apostólicas de la Iglesia en un ambiente de tanta influencia en la vida social y cultural de las naciones, y del que tanto depende el futuro de la Iglesia y de la sociedad, se realiza a nivel institucional y personal con el concurso específico de sacerdotes, laicos, personal administrativo, profesores y estudiantes.
La consulta y los encuentros con numerosos Obispos y universitarios han puesto de manifiesto la importancia de la cooperación entre las diversas instancias eclesiales interesadas. La Congregación para la Educación Católica, el Consejo Pontificio para los Laicos y el Consejo Pontificio de la Cultura renuevan su disponibilidad para favorecer estos intercambios y para promover encuentros a nivel de Conferencias Episcopales y Organizaciones Internacionales Católicas, así como de las Comisiones de Enseñanza, de Educación y de Cultura que estén implicadas en ese sector específico.
Al servicio de las personas comprometidas en la Universidad y, por medio de ellas, al servicio de la sociedad, la presencia de la Iglesia en el ambiente universitario se inscribe en el proceso de inculturación de la fe como una exigencia de la evangelización. En el umbral de un nuevo milenio en el que la cultura universitaria será un componente mayor, el deber de anunciar el Evangelio se presenta cada vez más urgente. Esto pide comunidades de fe capaces de trasmitir la Buena Nueva de Cristo a todos los que se forman, enseñan y ejercen su actividad en el ámbito de la cultura universitaria. La urgencia de este compromiso apostólico es grande, ya que la Universidad es uno de los más fecundos lugares creadores de cultura.
«
... Ia Iglesia es plenamente consciente de la urgencia pastoral de reservar a la cultura una especialísima atención. Por eso la Iglesia pide que los fieles laicos estén presentes, con la insignia de la valentía y de la creatividad intelectual, en los puestos privilegiados de la cultura, como son el mundo de la escuela y de la universidad, los ambientes de investigación científica y técnica, los lugares de la creación artística y de la reflexión humanista. Tal presencia está destinada no sólo al reconocimiento y a la eventual purificación de los elementos de la cultura existente críticamente ponderados, sino también a su elevación mediante las riquezas originales del Evangelio y de la fe cristiana ».9

Ciudad del Vaticano, 22 de Mayo de 1994 Solemnidad de Pentecostés.

Pio Card. Laghi
Prefecto de la Congregación para la Educación Católica
Eduardo Card. Pironio
Presidente del Consejo Pontificio para los Laicos
Paul Card. Poupard
Presidente del Consejo Pontificio de la Cultura


1 Un ejemplo de la presencia de esta solicitud pastoral en el Magisterio de la Iglesia lo constituye el conjunto de los discursos a los universitarios de S.S. Juan Pablo II. Cf. Giovanni Paolo II Discorsi alle Università, Camerino, 1991. Para un resumen particularmente significativo en la materia, véase discurso a los participantes al encuentro de trabajo sobre el tema de la pastoral universitaria, en Insegnamenti di Giovanni Paolo II, V1, 1982, 771-781.
2 Esta síntesis hecha pública por el Cardenal Paul Poupard en nombre de los tres Dicasterios, fue publicada el 25 de Marzo de 1988, e impresa en diversas lenguas.
Cf. La Documentation Catholique, n. 1964,19 Juin 1988, 623-628. Origins, vol. 18, N. 7, June 30, 1988, 109-112. Ecclesia, N. 2381, 23 de Julio 1988, 1105-1110. La Civiltà Cattolica, N. 139, 21 Maggio 1988, n. 3310, 364-374.
3 Cf. Juan Pablo II, Constitución Apostólica Ex Corde Ecclesiae, 15 de Agosto 1990, n. 1.
4 Juan Pablo II, Carta autógrafa instituyendo el Consejo Pontificio de la Cultura, 20 de Mayo 1982, en AAS, t. 74, 1983, 683-688.
5 Cf. Juan Pablo II, Carta Enciclica « Veritatis Splendor », n. 32-33.
6 Cf. Pont. Consilium ad Christianorum Unitatem Fovendam, « Directorio para la aplicación de los Principios y de las normas sobre el ecumenismo », Ciudad del Vaticano. 1993. n. 211-216.
7 Concilio Vaticano II, Decreto sobre el apostolado de los laicos, « Apostolicam Actuositatem », n. 2.
8 Ibid., n. 16.
9 Juan Pablo II, Exhortación Apostólica post-sinodal « Christifideles Laici », sobre la vocación y misión de los laicos en la Iglesia y en el mundo, 30 de Diciembre 1988, n. 44.

 

 

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Universidad y Cristianismo en Europa

 

La síntesis del saber teológico, filosófico y de otras ciencias realizada por las Universidades en los siglos XIII y XIV, en que se forma el Humanismo, es impensable sin el cristianismo.

El pasado 19 de julio, en el patio del palacio apostólico de Castelgandolfo, Juan Pablo II recibió a 1.500 participantes en el simposio europeo que se celebra en Roma con motivo del séptimo centenario de la universidad más antigua de la urbe, La Sapienza. El tema del simposio, al que asisten rectores, profesores y estudiantes, así como obispos y sacerdotes de todo el Viejo Continente es: "Universidad e Iglesia en Europa".

La relación entre la Iglesia y las universidades, dijo el Papa, "nos lleva directamente al corazón de Europa, donde su civilización se ha expresado en una de sus instituciones más emblemáticas. Nos encontramos en los siglos XIII y XIV: la época en que se forma el Humanismo, como síntesis feliz entre el saber teológico, el filosófico y otras ciencias. Síntesis impensable sin el cristianismo y por tanto sin la secular obra de evangelización llevada a cabo por la Iglesia en el encuentro con las múltiples realidades étnicas y culturales del continente".

La universidad juega un papel irreemplazable en la fundación de la perspectiva cultural del presente y del futuro de Europa, agregó el Santo Padre, subrayando que "la universidad es por excelencia el lugar donde se busca la verdad" y "si bien deba insertarse en el tejido social y económico, no puede rebajarse a sus exigencias, so pena de extraviar su propia naturaleza, que es eminentemente cultural".

Juan Pablo II observó que la Iglesia puede ofrecer su propia contribución a la universidad con "la presencia de profesores y estudiantes -dijo- que sepan unir la competencia y el rigor científico con una intensa vida espiritual" y con "universidades católicas, en las que se actualiza la herencia de las antiguas universidades, nacidas "ex corde Ecclesiae" (del corazón de la Iglesia)".

Después recalcó la importancia de los "laboratorios culturales (...) en los que se lleva a cabo un diálogo constructivo entre fe y cultura, entre ciencia, filosofía y teología, y la ética se considera una exigencia intrínseca de la investigación para un servicio auténtico al ser humano".

Al final, el Papa pidió a todos que empleasen bien los talentos recibidos y afirmó que esperaba que colaborasen "siempre en la promoción de la vida y la dignidad del ser humano".

Tras los saludos en francés, inglés, alemán, español y polaco, el Santo Padre encendió una antorcha que se llevará a la iglesia de San Ivo alla Sapienza (en la sede de la antigua universidad romana) y desde allí a otras sedes universitarias de Roma. Cfr. VIS 030721 (420)

CRISTIANISMO, ELEMENTO CENTRAL EN LA HISTORIA EUROPEA

CIUDAD DEL VATICANO, 20 JUL 2003 (VIS).-Esta mañana en su residencia veraniega, el Santo Padre rezó el Angelus con los peregrinos llegados a Castelgandolfo y dedicó unas palabras a la futura constitución europea y a los fuertes lazos del continente con el cristianismo.

El Papa recordó que los últimos meses habían estado dedicados a elaborar la nueva constitución, "cuya versión definitiva será aprobada por la Conferencia intergubernamental a partir del próximo mes de octubre. A esta tarea tan importante, que interesa a todos los elementos de la sociedad europea, también la Iglesia quiere ofrecer su aportación propia".

La Iglesia, prosiguió Juan Pablo II, "recuerda entre otras cosas, como observé en la exhortación apostólica post-sinodal "Ecclesia in Europa", que "Europa ha sido impregnada amplia y profundamente por el cristianismo", que constituye, en la compleja historia del continente, un elemento central y calificador, que se ha consolidado sobre la base de la herencia clásica y de las diversas aportaciones ofrecidas por los flujos étnicos-culturales que se han sucedido a lo largo de los siglos".

"Podríamos decir que la fe cristiana ha plasmado la cultura europea y se ha entrelazado con su historia, y a pesar de la dolorosa separación entre Oriente y Occidente, el cristianismo se ha afirmado como "la religión de los europeos". Su influjo ha sido notable también en la época moderna y contemporánea, no obstante el fenómeno, fuerte y difundido, de la secularización".

El Santo Padre concluyó sus palabras subrayando que "la Iglesia sabe que su interés por Europa brota de su misma misión. En cuanto depositaria del Evangelio, ha fomentado los valores que han hecho universalmente apreciada la cultura europea. Este patrimonio no puede disiparse. Al contrario, hay que ayudar a la nueva Europa a "construirse a sí misma, revitalizando las raíces cristianas que le han dado origen"".
VIS 030721 (320) 2003-10-31

 

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Explica el papel de la universidad en la

«purificación de la memoria»

CIUDAD DEL VATICANO, martes, 17 febrero 2004- En los numerosos procesos de integración social que tienen lugar en tiempos de globalización, Juan Pablo II ha alertado del grave riesgo de negar el pasado, y propone más bien comprenderlo y «purificar la memoria». 


Para lograr este objetivo, el pontífice considera que las universidades tienen un papel decisivo.

Así lo explicó este martes al recibir en el Vaticano el doctorado «honoris causa» que le entregó la Universidad polaca de Opole por haber contribuido a restablecer el reconocimiento estatal de la Teología en las universidades de ese país tras la caída del régimen comunista.

En el discurso que pronunció en la ceremonia, el obispo de Roma dejó claro ante todo que la Iglesia «alienta los procesos de la unificación en virtud de la fe común, los valores comunes espirituales y morales, la misma esperanza y la misma caridad que sabe perdonar».

Por su parte –añadió--, la Universidad ofrece en este sentido los instrumentos de «la profundización en el patrimonio de la cultura, del tesoro del saber nacional y universal, y del desarrollo de las diferentes ramas de la ciencia, que no son accesibles sólo a los que comparten el mismo credo, sino también a quienes tienen convicciones diferentes».

«Si hablamos de integración de la sociedad, no podemos entenderla en el sentido de anular las diferencias, de unificar la manera de pensar, de olvidar la historia --marcada con frecuencia por acontecimientos que creaban divisiones--», afirmó.

La integración debe basarse, por el contrario, en «una búsqueda perseverante de esos valores que son comunes a los hombres, que tienen raíces diferentes, historias diferentes, y por lo tanto, una propia visión del mundo y de las referencias a la sociedad en la que les ha tocado vivir».

«La universidad, al crear las posibilidades para el desarrollo de las ciencias humanísticas --aseguró--, puede ser de ayuda para una purificación de la memoria, que no olvide los errores y las culpas, pero que permita perdonar y pedir perdón».

De este modo, explicó, se puede «abrir la mente y el corazón a la verdad, al bien y a la belleza, valores que constituyen una riqueza común y que deben ser cultivados y desarrollados concordemente».

«Las ciencias también pueden ser útiles en la obra de la unión --aclaró--. Parece que incluso, gracias al hecho de que están libres de las premisas filosóficas y especialmente de las ideológicas, pueden realizar esta tarea de una manera más directa».

«Sí, es posible manifestar diferencias en referencia a la evaluación ética de las investigaciones y éstas no pueden ser ignoradas», reconoció, pero «si los investigadores reconocen los principios de la verdad y del bien común» se abrirán a un conocimiento del mundo en virtud de las mismas fuentes.

El Santo Padre puso un ejemplo de actualidad, la mención de las raíces cristianas de Europa, debate que ha tenido lugar en el seno de la Convención que ha preparado el borrador de Tratado constitucional europeo.

«Si son signos de éstas [la raíces cristianas] las catedrales, las obras de arte, la música y la literatura, en cierto sentido hablan en silencio --afirmó--. Las universidades, por el contrario, pueden hablar en voz alta. Pueden hablar con el lenguaje contemporáneo, comprensible para todos».

«Sí, esta voz puede que no sea acogida por aquellos que han quedado ensordecidos por la ideología del laicismo de nuestro continente, pero esto no exime a los hombres de ciencia, fieles a la verdad histórica, de la tarea de dar testimonio a través de una sólida profundización en los secretos de la ciencia y de la sabiduría, crecidas en el fértil terreno del cristianismo», concluyó. ZS04021702

 

 

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"Europa tiene su base en la única fuerza que es capaz de aunar la herencia cultural helénica, el derecho romano y el avance de la Ciencia: el Cristianismo". Esta es la conclusión del historiador Luis Suárez, catedrático emérito de la Universidad Autónoma de Madrid. Suárez recuerda que el progreso europeo fue posible gracias al Cristianismo. En efecto, la creación de bibliotecas en territorio europeo por Isidoro de Sevilla, fueron impulsadas gracias a los padres de la Iglesia como Benito o Alejandro Magno, quienes consideraron que el progreso se basaba en el conocimiento, no en el atesoramiento de riquezas.

 Además, Suárez recordó que los derechos humanos no nacieron con la revolución francesa de 1789, sino que fueron inicialmente formulados por el Papa Clemente VI, quien, en 1346, pronunció por vez primera los derechos humanos de la libertad, la vida y la propiedad. En este contexto, negar las raíces cristianas de Europa, como pretende Francia y Bélgica, en el tratado constitucional parece un intento de construir una Europa de mercaderes, en lugar de una comunidad humana. "El término Europa fue inicialmente pronunciado por San Beda el Venerable en el siglo VII para referirse al territorio en el que el Cristianismo había llegado a arraigarse", concluye Suárez.  2004-02-27 – Agradecemos a Hispanidad.com

 

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LA IGLESIA CATÓLICA FUNDA

LAS UNIVERSIDADES EN AMÉRICA

 

En el siglo XVI, mientras los colonos franceses e ingleses intentaban comprar pieles a los indios norteamericanos, en América Latina se edificaban universidades: Santo Domingo (1538), San Marcos de LIma (1551), México (1551), La Plata (1552), Santiago de la Paz (1558), Santa Fe de Bogotá (1580), San Fulgencio de Quito (1586)... En el siglo XVII, una mexicana como sor Juana Inés de la Cruz o el obispo Palafox de Puebla tenían bibliotecas con más de 4.000 volúmenes. Gramáticas, evangelios y otros libros se editaban e imprimían en latín, español o lenguas indígenas y las órdenes religiosas se planteaban una y otra vez el aislar a los indígenas de los colonos, considerados un mal ejemplo que impedían la evangelización. Es la historia de un Nuevo Mundo que nace con imparable originalidad en el periodo llamado "del Imperio Hispánico" aunque las autoras prefieren la denominación, más exacta, de Monarquía Hispánica, de 1474 a 1700.

 

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 Cómo se entregó al servicio de los leprosos
 

17. "Después, el santo enamorado de la perfecta humildad se fue a donde los leprosos; vivía con ellos y servía a todos por Dios con extremada delicadeza: lavaba sus cuerpos infectos y curaba sus úlceras purulentas, según él mismo lo refiere en el testamento: ´Como estaba en pecado, me parecía muy amargo ver leprosos; pero el Señor me condujo en medio de ellos y practiqué con ellos la misericordia´. En efecto, tan repugnante le había sido la visión de los leprosos, como él decía, que en sus años de vanidades, al divisar de lejos, a unas dos millas, sus casas, se tapaba la nariz con las manos.

Mas una vez que, por gracia y virtud del Altísimo, comenzó a tener santos y provechosos pensamientos, mientras aún permanecía en el siglo, se topó cierto día con un leproso, y, superándose a sí mismo, se llegó a él y le dio un beso. Desde este momento comenzó a tenerse más y más en menos, hasta que, por la misericordia del Redentor, consiguió la total Victoria sobre sí mismo.

También favorecía, aun viviendo en el siglo y siguiendo sus máximas, a otros necesitados, alargándoles, a los que nada tenían, su mano gene Rosa, y a los afligidos, el afecto de su corazón. Pero en cierta ocasión le sucedió, contra su modo habitual de ser - porque era en extremo cortés -, que despidió de malas formas a un pobre que le pedía limosna; en seguida, arrepentido, comenzó a recriminarse dentro de sí, diciendo que negar lo que se pide a quien pide en nombre de tan gran Rey, es digno de todo vituperio y de todo deshonor. Entonces tomó la determinación de no negar, en cuanto pudiese, nada a nadie que le pidiese en nombre de Dios. Lo cumplió con toda diligencia, hasta el punto de llegar a darse él mismo todo en cualquier forma, poniendo en práctica, antes de predicarlo, el consejo evangélico que dice: A quien te pida, dale, y a quien te pida un préstamo, no le des la espanda."
TOMÁS DE CELANO, Vida primera, nn. 348-349

 

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"Obras todas del Señor, bendecid al Señor".-

Dios habla al hombre a través de la creación visible. El cosmos material se presenta a la inteligencia del hombre para que vea en él las huellas de su Creador (cf Sb 13,1; Rm 1,19-20; Hch 14,17). La luz y la noche, el viento y el fuego, el agua y la tierra, el árbol y los frutos hablan de Dios, simbolizan a la vez su grandeza y su proximidad.

 

 

Gracias de vuestra visita

...propter veritatem, quae permanet in nobis,et nobiscum erit in aeternum.

...en razón de la verdad, que permanece en nosotros,
y estará con nosotros eternamente. 2 San Juan 2.

Desde que Cristo fundara su Iglesia, nuestra alegría es esperanza universal-catolica. 

Recomendamos vivamente:

1º Jesús de Nazaret – Al siglo Joseph Cardenal Ratzinger ‘Benedicto XVI’. 2007

2º ‘CÓMO LA IGLESIA CONSTRUYÓ LA CIVILIZACIÓN OCCIDENTAL’. Ninguna institución ha hecho más para dar forma a la civilización occidental que la Iglesia Católica, y en modos que muchos de nosotros hemos olvidado o nunca sabido. Como la Iglesia construyó la civilización occidental es una lectura esencial para redescubrir esta relegada verdad. De un modo senillo y muy atractivo. 2007.

Autor: Thomas E. WOODS Jr.-Editorial: CIUDADELA. 

"Revivirán tus muertos, tus cadáveres resurgirán, despertarán y darán gritos de júbilo los moradores del polvo; porque rocío luminoso es tu rocío y la tierra echará de su seno las sombras" (Is 26, 19).  

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'JESUCRISTO PADECIÓ BAJO EL PODER DE PONCIO PILATO,
FUE CRUCIFICADO, MUERTO Y SEPULTADO'
Evangelio según San Lucas, Cap.3, vers.1º: El año decimoquinto del reinado del emperador Tiberio, cuando Poncio Pilato gobernaba la Judea, siendo Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Felipe tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene…

Crucifixión de San Pedro: fue crucificado al revés cabeza abajo - Pergamino con San Pedro en cruz invertida, de Maguncia- Alemania; entre el 900 y el 1000ca. - Museo Diocesano de la Catedral Maguncia (Mainz) Alemania - Pedro en su cruz, invertida. ¿Qué significa todo esto? Es lo que Jesús había predicho a este Apóstol suyo: "Cuando seas viejo, otro te llevará a donde tú no quieras"; y el Señor había añadido: "Sígueme" (Jn 21, 18-19). Precisamente ahora se realiza el culmen del seguimiento: el discípulo no es más que el Maestro, y ahora experimenta toda la amargura de la cruz, de las consecuencias del pecado que separa de Dios, toda la absurdidad de la violencia y de la mentira. No se puede huir del radicalismo del interrogante planteado por la cruz: la cruz de Cristo, Cabeza de la Iglesia, y la cruz de Pedro, su Vicario en la tierra. Dos actos de un único drama: el drama del misterio pascual: cruz y resurrección, muerte y vida, pecado y gracia.

La maternidad divina de María – Catecismo de la Iglesia
495 Llamada en los Evangelios 'la Madre de Jesús'(Jn 2, 1; 19, 25; cf. Mt 13, 55, etc.), María es aclamada bajo el impulso del Espíritu como 'la madre de mi Señor' desde antes del nacimiento de su hijo (cf Lc 1, 43). En efecto, aquél que ella concibió como hombre, por obra del Espíritu Santo, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el Hijo eterno del Padre, la segunda persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre de Dios [Theotokos] (cf. Concilio de Éfeso, año 649: DS, 251).
La virginidad de María
496 Desde las primeras formulaciones de la fe (cf. DS 10-64), la Iglesia ha confesado que Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María únicamente por el poder del Espíritu Santo, afirmando también el aspecto corporal de este suceso: Jesús fue concebido absque semine ex Spiritu Sancto (Concilio de Letrán, año 649; DS, 503), esto es, sin semilla de varón, por obra del Espíritu Santo. Los Padres ven en la concepción virginal el signo de que es verdaderamente el Hijo de Dios el que ha venido en una humanidad como la nuestra:
Así, san Ignacio de Antioquía (comienzos del siglo II): «Estáis firmemente convencidos acerca de que nuestro Señor es verdaderamente de la raza de David según la carne (cf. Rm 1, 3), Hijo de Dios según la voluntad y el poder de Dios (cf. Jn 1, 13), nacido verdaderamente de una virgen [...] Fue verdaderamente clavado por nosotros en su carne bajo Poncio Pilato [...] padeció verdaderamente, como también resucitó verdaderamente» (Epistula ad Smyrnaeos, 1-2).

El acontecimiento histórico y transcendente – Catecismo de la Iglesia
639 El misterio de la resurrección de Cristo es un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas como lo atestigua el Nuevo Testamento. Ya san Pablo, hacia el año 56, puede escribir a los Corintios: "Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce: "(1 Co 15, 3-4). El apóstol habla aquí de la tradición viva de la Resurrección que recibió después de su conversión a las puertas de Damasco (cf. Hch 9, 3-18).
El sepulcro vacío

640 "¿Por qué buscar entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado" (Lc 24, 5-6). En el marco de los acontecimientos de Pascua, el primer elemento que se encuentra es el sepulcro vacío. No es en sí una prueba directa. La ausencia del cuerpo de Cristo en el sepulcro podría explicarse de otro modo (cf. Jn 20,13; Mt 28, 11-15). A pesar de eso, el sepulcro vacío ha constituido para todos un signo esencial. Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección. Es el caso, en primer lugar, de las santas mujeres (cf. Lc 24, 3. 22- 23), después de Pedro (cf. Lc 24, 12). "El discípulo que Jesús amaba" (Jn 20, 2) afirma que, al entrar en el sepulcro vacío y al descubrir "las vendas en el suelo"(Jn 20, 6) "vio y creyó" (Jn 20, 8). Eso supone que constató en el estado del sepulcro vacío (cf. Jn 20, 5-7) que la ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana y que Jesús no había vuelto simplemente a una vida terrenal como había sido el caso de Lázaro (cf. Jn 11, 44).