|
En memoria de los mártires cristianos, quienes perseverando en las doctrinas bíblicas enseñadas por la Iglesia católica [inclusive antes de estar finalizada la Biblia] no dudaron en ofrendar sus vidas, exaltando el nombre de Cristo y confesando ser ‘hijos de la Iglesia’. Jesucristo nos envió el Espíritu Santo para que santifique y asista con su Amor a la Iglesia. Las sectas son inventos desequilibrados y perversos. En la Iglesia, el Espíritu Santo santifica también nuestras almas, las llena de su Amor, de su Sabiduría, nos infunde la fe, nos da la verdad, nos llena de fortaleza para permanecer firmes en la fe en medio de las persecuciones que tengamos que sufrir, nos comunica el santo temor de Dios. Si estamos en gracia somos templos del Espíritu Santo y habita en nuestras almas. Procuremos vivir con toda pureza y santidad y amor para que viva dignamente en nosotros el Espíritu Santo. Jesús nos dice: «El Espíritu de Verdad os guiará hacia la Verdad completa».
+++

Ser pescadores de hombres (cf. Mc 1, 17), sin dejarse vencer por el cansancio o el desánimo producidos por el vasto campo de trabajo apostólico, debido al reducido número de sacerdotes y a las muchas necesidades pastorales de los fieles que abren su corazón al Evangelio.
En los misteriosos designios de su sabiduría, Dios sabe cuándo es tiempo de intervenir. Y entonces, como la dócil adhesión a la palabra del Señor hizo que se llenara la red de los discípulos, así también en todos los tiempos, incluido el nuestro, el Espíritu del Señor puede hacer eficaz la misión de la Iglesia en el mundo.
+++
328 año – En el conflicto entre el cristianismo y el culto tradicional del emperador, típico de la resistencia pagana, a Parma-Italia se erige un cipo a Constantino como ‘Pontífice máximo’ que, lógicamente nada tiene a ver con los ‘papas’ sucesores del apóstol Pedro, desde el 64ca.
+++

COLECCIONES ANTERIORES AL "CORPUS IURIS CANONICI"
2.1. Colecciones pseudoapostólicas (ss.II-V)
Doctrina Duodecim Apostolorum o Didaché (ss. I-II): con tiene preceptos morales, normas litúrgico-sacramentales y normas sobre la jerarquía.
Didascalia (s. 111): su contenido es similar al de la Didaché, pero ofreciendo el testimonio de una disciplina más articulada en el episcopado.
Traditio Apostolica S. Hippolyti (220 aprox.): contiene el ritual romano de la ordenación de todos los grados y ministerios en la Iglesia primitiva y trata de varias instituciones eclesiásticas.
Constitutiones Apostolicae (ss. IV-V): es una colección de normas relativas a las costumbres y a la liturgia; depende de las recopilaciones anteriores, pero contiene también algunas herejías.
Canones 85 Apostolici (s. IV): forman la última parte de las Constitutiones Apostolicae y tratan de las obligaciones, de las cualidades de la ordenación de los clérigos, de los delitos y de las penas. Hay varios cánones que provienen de los sínodos orientales de los cuatro primeros siglos.
+++
Remar mar adentro ¿para ir a dónde? La respuesta es clara: para ir al encuentro del hombre, misterio insondable; y para ir a todos los hombres, océano ilimitado. Esto es posible en una Iglesia misionera, capaz de hablar a la gente y, sobre todo, capaz de llegar al corazón del hombre porque allí, en ese lugar íntimo y sagrado, se realiza el encuentro salvífico con Cristo. Remar en la barca de Pedro: ¡pescador de hombres!
+++
AÑO 313 – La Iglesia católica ya estaba compuesta por cerca de 7.000.000 de fieles, o sea, el 5%ca. de la población del Imperio.
+++

Para conocer una historia es necesario, pero no suficiente, conocer los hechos, pues es preciso también conocer el espíritu, o si se quiere la intención que animó esos hechos, dándoles su significación más profunda.
+++
El cristiano está advertido de que es necesario conocer la historia para distinguir los hechos. El cristiano a sus hermanos advierte que es imprescindible estudiar la historia para comprender el contexto histórico de los hechos. El cristiano nota que conociendo la historia, se percibe la riqueza de la Tradición, repara la grandeza del Magisterio y la magnanimidad de la salvación en la Escritura enseñada por la Iglesia.
+++
DE CÓMO LA IGLESIA CATÓLICA IBA ESCRIBÍENDO EL NUEVO TESTAMENTO… El misterio de la resurrección de Cristo es un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas como lo atestigua el Nuevo Testamento. Ya San Pablo, hacia el año 56, puede escribir a los Corintios: "Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce: "(1 Co 15, 3-4). El Apóstol habla aquí de la tradición viva de la Resurrección que recibió después de su conversión a las puertas de Damasco (cf. Hch 9, 3-18).
“El que a vosotros escucha, a mí me escucha” (Lc 16,10). Es cierto que no podemos escuchar las palabras de Jesús, como podemos escuchar, por ejemplo, las palabras del Papa Juan Pablo II, de feliz memoria, por medio de un video o un DVD. En este caso estaremos escuchando las palabras del difunto Papa. Jesús, en cambio, no es un difunto; él está vivo y está hablando hoy. En efecto, él aseguró a sus apóstoles que hablaría a través de ellos y en ellos: “El que a vosotros escucha, a mí me escucha” (Lc 16,10). La voz de Cristo no cesó cuando murió el último apóstol, como enseña el Catecismo: “Por institución divina los Obispos han sucedido a los apóstoles como pastores de la Iglesia. El que los escucha a ellos, escucha a Cristo; el que, en cambio, los desprecia a ellos, desprecia a Cristo y al que lo envió” (N. 862). La recomendación de Dios no está errada –‘absit’- cuando nos manda escuchar a Jesús, porque Jesús está vivo hoy y habla a través de los legítimos pastores de la Iglesia que son sucesores de esos apóstoles. “Escuchémosles”. Dos milenios, solo la Iglesia Católica anunciando a Cristo: “El que a vosotros escucha, a mí me escucha” (Lc 16,10). “fidem custodire, concordiam servare”», custodiar la fe, conservar la concordia.
+++
La Iglesia es evangélica porque evangeliza en la universalidad (católicos) de su misión. Y lo hace con el Evangelio que es en primer lugar, la Obra de Cristo, lo que predica y lo que hace Jesucristo. Dar la vida por el Evangelio es lo mismo darla por Cristo Jesús. Y este Evangelio que es la Obra de Jesús, debe ser predicado en el mundo entero Mc. 13,10; 16,15. La Iglesia -solo ella con las palabras de Pedro en la sucesión apostólica- predica al mundo: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo” Mt.16,18. Y por esta verdad absoluta, ‘las sectas manipuladoras de la Biblia’, o ‘las idolatrías εἰδωλολατρεία contemporáneas’, la acosan, la persiguen sin tregua hasta el derramamiento de sangre. Como un yunque, en el que se han gastado tantos martillos durante 2000 años, la Iglesia ‘nuevo pueblo de Dios’ (Mc.6,30), -ofrece la salvación- teniendo como destinatarios a todos los pueblos. Esa es su misión católica y catolizante, para quien pregunte: ¿Quién es éste?, lo descubra con Pedro que le confiesa como Mesías (Mc 8,29). Es Jesús que con su obra, nos ha conseguido la salvación. Siendo luz, buena sal y fermento en el mundo, evangeliza la Iglesia.
+++
Cuando Constantino decidió aliarse con los cristianos, perseguidos por sus rivales Magencio en Italia y Licinio en Asia, es porque los cristianos ya eran mayoría en muchas ciudades y minorías importantes, vivas y coordinadas en otras muchas. La demografía cristiana ya había ocupado socialmente el imperio antes de Constantino. La Iglesia Católica ya llevaba 300 años anunciando el Reino de Dios en la salvación de Cristo.
+++
Card. Joseph Ratzinger
Fecha: 28/07/2008. Publicado en: Mirar a Cristo (1989), Edicep, Valencia, 1990.
La misión en la Iglesia antigua - “Es interesante recordar que la Iglesia antigua, tras el fin de la época apostólica, desarrolló como Iglesia una actividad misionera relativamente reducida, que no tenía ninguna estrategia propia para anunciar la fe a los paganos, y que, no obstante, su época fue un período de gran éxito misionero. La conversión del mundo antiguo al cristianismo no fue el resultado de una actividad planificada, sino el fruto de la verificación de la fe en el mundo, tal y como se hacía visible en la vida de los cristianos y en la comunidad de la Iglesia. La invitación real, de experiencia a experiencia y nada más, fue, humanamente hablando, la fuerza misionera de la antigua Iglesia. La comunidad de vida de la Iglesia invitaba a la participación en esta vida. Viceversa, la apostasía de la Edad Moderna se basa en la caída de verificación de la fe en la vida de los cristianos. En esto queda demostrada la gran responsabilidad de los cristianos de hoy”. Al siglo: Card. Joseph Ratzinger -
S.S. Benedicto PP. XVI, Obispo de Roma
+++
Historia de la Iglesia – del siglo I al III

Cristo Jesús ´alfa y omega´ principio y fín
Autor: P. Antonio Rivero | Fuente: Catholic.net
Estudiar la historia de la Iglesia es estudiar la historia de nuestra familia en la fe.
INTRODUCCIÓN
Estudiar la historia de la Iglesia es estudiar la historia de nuestra familia en la fe. ¿A quién no le interesa saber sobre la historia de su propia familia? ¿No es verdad que solemos repasar los álbumes de fotos pasadas con regocijo y con emoción contenida? También nos asombramos de algunas fotos que salieron movidas, o un poco oscuras y mal enfocadas.
Repasaremos nuestro álbum de fotos; fotos sacadas desde hace dos mil años. Iremos viéndolas juntos con el cariño con que uno va hojeando lo más querido de su familia. De aquellas fotos que salieron muy bien, alegrémonos y demos gracias a Dios. De aquellas que están un poco movidas o medio mal, no nos escandalicemos, sino con respeto y en silencio demos la vuelta a la página, tratando de pedir a Dios por esos momentos difíciles de algunos hijos de la Iglesia, que tal vez desfiguraron el rostro de la Iglesia con su conducta. A todos nosotros nos puede pasar esto, si nos desviamos del espíritu del Evangelio.
La Iglesia es la estupenda obra que nos dejó Jesús aquí en la tierra para que le conozcamos a Él a fondo, lo amemos mejor, nos entusiasmemos de Él y extendamos su Nombre por todos los confines de la tierra. Es, pues, en la Iglesia donde nacimos a la vida divina, a la vida de fe. Es la Iglesia la que, como Madre, alimenta nuestra fe en la liturgia y en los sacramentos. Es la Iglesia la que nos protege con sus brazos maternales, cuando nos sentimos desprotegidos. Es la Iglesia la que nos tiende sus manos cuando hemos caído en el camino de la vida. Es en la Iglesia donde queremos vivir y morir en paz.
Antes de ir hojeando las fotos siglo por siglo, quiero dejar unos presupuestos, sin los cuales es imposible entender y amar a la Iglesia:
1. La Iglesia es de origen divino:
Dios Padre la planeó. Dios Hijo la fundó durante su vida terrena, cuando fue eligiendo a sus apóstoles, los fue formando, les ordenó celebrar el memorial de su muerte, y con la fuerza de su Espíritu les dejó la misión de continuar su obra y de predicar su Reino; por eso, podemos decir que la Iglesia es “Cristo prolongado”. Y Dios Espíritu Santo la está santificando y llevando a su plenitud. Por tanto, a la Iglesia hay que mirarla con los ojos de la fe; si no, jamás la podremos entender. De esta fe tiene que brotar un amor apasionado a nuestra madre Iglesia y un deseo de dilatarla por todo el mundo. A esto lo llamamos apostolado, que no es fanatismo, sino exigencia del amor a la Iglesia.
2. Diversos nombres dados a la Iglesia:
Jesús, para hacernos entender lo que es la Iglesia, quiso explicarla a través de imágenes o figuras: redil, cuya puerta es Cristo; rebaño que tiene por pastor a Cristo; campo y viña, cuyo dueño es el Señor; edificio, cuya piedra angular es Cristo, que tiene a los Apóstoles como fundamento y en el que los demás somos piedras vivas y necesarias. Pero uno de los más hermosos nombres que la Iglesia ha recibido es el de “comunión”. “Comunión expresa más que comunidad, más que hecho social, más que congregación, más que asociación, más que fraternidad, más que asamblea, más que sociedad, más que familia, más que cualquier forma de colectividad humana; significa Iglesia, es decir, hombres y mujeres vinculados en Cristo. Ese cuerpo social, visible y espiritual, es precisamente lo que llamamos Iglesia” (Pablo VI). Esta Iglesia-Comunión exige espíritu de comunidad; la comunión y la comunidad no admiten ni individualismo ni particularismo.
El Concilio Vaticano II ahondó en otra imagen de la Iglesia: la Iglesia como Pueblo de Dios, que peregrina en la historia hacia la plenitud escatológica, es decir, hacia la plena glorificación en Cristo al final de los tiempos; Pueblo de Dios, que convoca a judíos y gentiles, se forma parte de él, no por la carne, sino por el agua y el Espíritu; Pueblo de Dios, que tiene por cabeza a Cristo muerto y resucitado; todos los que formamos parte de ese Pueblo de Dios tenemos la dignidad y libertad de los hijos de Dios; la ley de este Pueblo de Dios es el mandato de la caridad y tiene como fin extender a todos los hombres el Reino de Dios y hacerlo crecer hasta la consumación final. Esta imagen de Pueblo de Dios tiene un contenido profundamente religioso, pues es un Pueblo creado por la elección de Dios y por la alianza que él establece con los hombres. No es un término con sabor político-social, como ha querido manipular y reducir la así llamada “iglesia popular” .
3. El Espíritu Santo es el alma de la Iglesia.
Así como el alma da vida al cuerpo humano, así el Espíritu da vida a este cuerpo que es la Iglesia, mediante los sacramentos; además, el Espíritu Santo ilumina y guía a la Iglesia durante todos los momentos de su caminar terreno para que permanezca fiel a las enseñanzas de Jesús, su fundador.
4. Las propiedades de la Iglesia:
Esta iglesia es una, porque tiene su origen en la Trinidad, porque su única cabeza es Cristo, y porque está animada por un solo Espíritu; y manifiesta esa unidad en una sola fe, unos mismos sacramentos, y una misma jerarquía. Es santa, porque su fundador, Jesucristo, es santo y la vivifica con su Espíritu; porque a través de los sacramentos la santifica, y porque sus frutos más hermosos son los santos. Es católica, porque ha sido enviada a todos los hombres, está abierta a todas las razas, lenguas y naciones, sin excluir a nadie, y porque conserva la totalidad de la fe. Y es apostólica, porque por voluntad de Cristo está cimentada sobre Pedro y los demás apóstoles.
5. Estructura de la Iglesia:
Cristo quiso fundar una en la que todos somos iguales por el bautismo, pero al mismo tiempo la quiso gobernada por Pedro y los demás apóstoles. La Iglesia, por tanto es jerárquica, no democrática. Todos somos Iglesia y Pueblo de Dios, sí, pero Cristo dio a Pedro y a los demás apóstoles la misión y la autoridad para guiar, santificar y regir a sus hermanos. Los continuadores de los apóstoles son los obispos y sacerdotes. Por tanto, la Iglesia está formada por los ministros sagrados (obispos, sacerdotes y diáconos), por los laicos y por los religiosos. La misión de los pastores es servir a sus hermanos con la Palabra, con los sacramentos y la caridad, al estilo de Cristo, que vino a servir y no a ser servido. La misión de los laicos, en comunión y bajo la guía de los pastores, es participar en las realidades temporales, ordenándolas según el plan de Dios en Cristo, a fin de que su mensaje llegue y transforme todos los ámbitos sociales. La misión de los religiosos es seguir de cerca las huellas de Cristo practicando los consejos evangélicos, y de esa forma vivir consagrados a Dios, santificar a la Iglesia y dar testimonio ante el mundo de las realidades del Reino de los cielos.
6. ¿Cómo mirar a la Iglesia?
Tres miradas podemos lanzar a la Iglesia:
a) Mirada superficial: La Iglesia se presentaría como una sociedad religiosa más, entre muchas otras. Es la mirada “aséptica” del descreído, de quien no tiene fe. Sólo ve los defectos de quienes están en la Iglesia y al frente de la Iglesia.
b) Mirada más penetrante: Reconocerá los valores y la vitalidad de la Iglesia. Discernirá en su unidad y universalidad un conjunto de caracteres maravillosos. Se asombrará del poder espiritual del Papa, afirmando que su origen, desarrollo e influjo constituyen el fenómeno más extraordinario de la historia del mundo. Pero todavía no va al fondo. Es la mirada del estudioso bien intencionado y honesto.
c) Mirada de fe: Es la única manera de percibir el misterio de la Iglesia. Con la fe descubrimos que su origen está en Dios, que Cristo la ha enriquecido con su Espíritu y con los medios de la salvación, y que tiene por misión hacer que todos los hombres lleguen al pleno conocimiento de la verdad y participen de la redención operada.
7. ¿Qué es, pues, la historia de la Iglesia y las claves de interpretación?
Es un entramado de hechos humanos y divinos, en donde la silenciosa acción del Espíritu Santo se combina eficazmente con la palpable libertad de los hombres. Y las claves de interpretación de la historia de la Iglesia son éstas:
a) La historia de la Iglesia sólo se entiende en función de su tarea santificadora y evangelizadora. El Vaticano II definió a la Iglesia como “Sacramento universal de salvación” (Lumen Gentium, 48)...”enviada por Dios, se esfuerza en anunciar el Evangelio a todos los hombres” (Ad Gentes, 1). Sólo a la luz de la fidelidad a esa misión cabe calificar de acertados o equivocados los hechos de sus ministros y de sus fieles.
b) La capacidad de errar de los hombres explica muchos episodios históricos negativos : las herejías, la torpe intromisión de algunos eclesiásticos en cuestiones o ambiciones temporales (aseglaramiento, afán de poder, simonía, etc...), así como las vidas poco edificantes de otros. Estos hechos tristes, recogidos en su historia, no afectan a lo que es la Iglesia. Es más, ponen de manifiesto que ella es divina porque, a pesar de sus hombres, su doctrina se ha mantenido incólume desde que Cristo la predicara, produciendo abundantes frutos de santidad en todos los tiempos .
c) La Iglesia, manteniendo los rasgos esenciales determinados por su fundador, Cristo, también ha evolucionado en la historia al compás de los hombres, precisamente porque no es una sociedad desencarnada. Por eso, a la hora de interpretar los hechos hay que considerar el contexto histórico, que explica muchas decisiones y modos de obrar (p.e. la inquisición eclesiástica, Papas que coronaban a los emperadores, lucha por la investidura, etc.). No hacerlo así, es pecar de anacronismo o errores de juicio objetivo.
d) La Iglesia es experta en humanismo:iluminada por la revelación de Cristo, Dios y hombre perfecto, y enriquecida por su larga historia conoce en profundidad las glroias y las miserias del hombre, al que quiere ofrecer la salvación de Cristo. Esto explica:
Que a lo largo de sus veinte siglos haya sabido enjuiciar con tanta libertad y equidad muchas situaciones humanas, venciendo la fuerte coacción de poderosos intereses partidistas: guerras, decisiones de parlamentos, conferencias internacionales, etc.
Que esté en inigualables condiciones para defender la dignidad de la persona humana y los principios morales de su actuación, y para juzgar con la luz de la moral los retos que la ciencia, la cultura o la política ponen a la sociedad. Fruto de todo ello es su doctrina social .
8. ¿Cuál es el fin de la Iglesia?
Es predicar a todos los hombres la Buena Nueva de la redención operada por Cristo. Esta salvación de Cristo debe abarcar a todos los hombres sin distinción de clases sociales, y a todo el hombre: en su alma y en su cuerpo. Es un fin, por tanto, sobrenatural pero que empieza en el tiempo, espiritual pero que transforma la realidades de este mundo.
9. ¿Cuáles son los deberes para con la Iglesia?
a) Creer en ella: No se puede creer en Cristo sin creer en ella. No se puede ser cristiano sin la mediación de la Iglesia. “Nadie puede tener a Dios por Padre, si no tiene a la Iglesia por madre” –decía san Cipriano. La fe en Cristo nos llega a través de la Iglesia.
b) Conocer su doctrina: La doctrina de la Iglesia no es otra que el evangelio de Cristo, que le fue transmitido por los apóstoles y que ella, guiada por el Espíritu de la Verdad, continuamente medita, predica, defiende y aplica a las diversas situaciones en que viven sus hijos y el mundo.
c) Amar a la Iglesia, Si la Iglesia nos ha engendrado para Cristo, por medio del bautismo, debemos amarla como un hijo ama a su madre: un amor que la comprende, que la apoya, que reza por ella, que se alegra de sus triunfos, que sufre con sus fracasos.
d) Cooperar con su misión, para que todos lleguen al pleno conocimiento de la verdad y a la salvación que Cristo nos ha traído con su vida, muerte y resurrección. Así fue al inicio: la Iglesia fue extendiendo su radio de acción gracias a los viajes de san Pablo, a la palabra y ejemplo de los primeros cristianos, y a los milagros con que los apóstoles confirmaban la doctrina de Jesús. Incluso las mismas persecuciones, como veremos, sirvieron, para bien o para mal, para dar a conocer al mundo este fenómeno del cristianismo.
e) Defenderla, aunque suframos martirio. Defenderla con la palabra, con los escritos, con el testimonio. Nunca, lógicamente, con las armas o con la violencia,pues se oponen a su esencia que es la caridad.
Termino esta introducción con un texto de Hermas, escritor de la primera mitad del siglo II, preocupado de los problemas de la Iglesia de su tiempo. Tuvo una visión con un ángel, que tomó la apariencia de un joven pastor. Y en esto llegó una anciana vestida de esplendor, con un libro en las manos, se sentó sola y saludó a Hermas.
Hermas, afligido y llorando, le dijo al ángel vestido de pastor:
-¿Quién es esa anciana? -La Iglesia, me dijo. -Y, ¿cómo es tan anciana? -Porque fue creada antes que todo lo demás. Por eso es tan anciana; el mundo fue formado para ella, dijo el ángel.
“En la primera visión la vi muy anciana y sentada en un sillón. En la siguiente, tenía un aspecto más joven, pero el cuerpo y los cabellos eran todavía viejos; me hablaba de pie; estaba más alegre que antes. En la tercera visión era muy joven y hermosa; de anciana tenía tan sólo los cabellos; estuvo muy alegre y sentada en un barranco”.
“En la primera visión –dijo el joven- esa mujer aparecía tan anciana y sentada en un sillón, porque vuestro espíritu estaba ya viejo, marchito y sin fuerzas, por vuestra molicie y vuestras dudas...En la segunda visión la viste en pie, con aire más joven y alegre que antes, pero con el cuerpo y los cabellos de anciana, pues el Señor se apiadó de vosotros; vosotros desechasteis vuestra molicie y os volvió la fuerza y os afianzasteis en la fe...En la tercera visión, la viste más joven, hermosa, alegre, de un aspecto encantador; los que hayan hecho penitencia se verán totalmente rejuvenecidos y afianzados”
De nosotros, sus hijos, depende que la Iglesia siga joven, lozana y alegre. Y con nuestra actitud de continua conversión y lucha por la santidad iremos hermoseando el rostro de esta madre, que tantos hijos han afeado con sus actos a lo largo de los siglos.
Comencemos, pues, a abrir con respeto el álbum de familia, de nuestra familia eclesial desde el principio.

Historia de la Iglesia Siglo I Edad Antigua
Los primeros pasos y dificultades de la Iglesia.
SIGLO I INTRODUCCIÓN
La Iglesia no es obra humana. La fundó Cristo cuando fue escogiendo a sus apóstoles, pero fue en Pentecostés donde Dios Espíritu Santo lanzó a la Iglesia hasta los confines de la tierra. Ya Jesús había ascendido al cielo. El mensaje de los apóstoles no era otro que el que les dejó Jesucristo, pues ellos fueron testigos privilegiados de cuanto hizo y dijo el Hijo de Dios.
Ese día de Pentecostés en Jerusalén, ante los peregrinos judíos reunidos con ocasión de la fiesta, Pedro proclamó la Buena Nueva y se hicieron bautizar tres mil personas. ¡Había nacido la Iglesia misionera! Poco tiempo después, la comunidad de Jerusalén contaba con unas quince mil personas, hecho de suyo exorbitante, pues Jerusalén no contaría con más de cincuenta mil almas. Nótese que fue esto un hecho casi único, regalo del Espíritu Santo, pues de ahí en adelante ni paganos ni judíos se convirtieron masivamente. La evangelización también para los apóstoles fue un trabajo lento, palmo a palmo, de hombre a hombre.
Lo mismo que Jesús, esos primeros miembros de la Iglesia son judíos. Hablan el arameo, la lengua semítica más extendida por el Próximo Oriente. Siguen llevando una vida de judíos piadosos: rezan en el templo, respetan las normas alimenticias y practican la circuncisión. Los primeros judíos convertidos al cristianismo aparecen como “grupo” dentro del judaísmo, en el cual hay fariseos, saduceos, zelotes. Ellos son los “nazarenos”, por seguir a Jesús de Nazaret. Lo que les caracteriza es el bautismo en el nombre de Jesús, la asiduidad a la enseñanza de los apóstoles, la fracción del pan (eucaristía) y la constitución de comunidades fraternas llenas de caridad . Pero eran hombres de la tierra, con virtudes y con vicios, como todos.
A estos cristianos de cultura judía se añaden pronto otros judíos y paganos de cultura griega, que son llamados helenistas.
Los primeros pasos de la Iglesia se encuentran narrados en el libro de la Sagrada Escritura, llamado Hechos de los Apóstoles, primera historia de la Iglesia.
Historia de la Iglesia. Sucesos en el Siglo I Edad Antigua
La Iglesia fundada por Jesucristo tropieza desde el inicio con un ambiente religioso, político y social en el que abundan la injusticia y la corrupción.
SUCESOS
No todo fue fácil para la Iglesia
La Iglesia fundada por Jesucristo tropieza desde el inicio con un ambiente religioso, político y social en que abundan la injusticia y la corrupción. La corrupción comenzaba en los gobernadores y jefes religiosos y se extendía a todos los estratos de la sociedad. En ese ambiente los cristianos fueron creciendo y resolviendo las dificultades que surgían.
Veamos ahora qué dificultades encontró esta Iglesia, fundada por Cristo.
¿Qué obstáculos y dificultades enfrentó la Iglesia primitiva?
El primer escollo que debió superar la Iglesia primitiva fue éste: ¿Sería la Iglesia una rama más de la religión judaica, o se trataba de algo nuevo? ¿Cómo llegó el cristianismo a independizarse de sus raíces judías y convertirse en una religión universal?
Nuestra religión se llama católica, es decir, universal. Cristo envió a los suyos “a todas las naciones” (Mt 28, 19), diciéndoles: “Seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaría y hasta el extremo de la tierra” (Hech 1, 8). Sin embargo, dicho universalismo no fue entendido desde el inicio por todos. Tal desinteligencia constituyó el primer gran escollo con que se topó la Iglesia en los albores de su existencia.
¿Cuál era la actitud que se debía tomar frente a la ley antigua, frente a Israel? No olvidemos que los cristianos estaban convencidos de que Israel era el pueblo de Dios. Gran parte de los primeros cristianos eran judíos de nacimiento, como los doce apóstoles y los setenta y dos discípulos, fieles a la ley de Moisés, y sólo podían entender el cristianismo como un complemento del judaísmo. La Iglesia no era sino la flor que coronaba el viejo tronco de Jesé.
Resultaba lógico que así pensaran. Parecía, pues, obvio que en el pensamiento de muchos de los primeros cristianos la Iglesia no fuera sino la prolongación de Israel, una nueva rama brotada del pueblo elegido. Para muchos de ellos la Iglesia era judía: judío su divino fundador, judía su madre, judíos los apóstoles, judíos sus primeros miembros. Como se ve, la Iglesia hundía sus raíces en el antiguo Israel.
Esta perplejidad se manifestaba asimismo en la liturgia de los primeros cristianos. Tenían un culto propio, que realizaban en las casas particulares y consistía en escuchar la predicación de los apóstoles y celebrar la fracción del pan o Eucaristía. Pero también asistían al culto público, que se celebraba en el templo, junto con los demás judíos (cf Hech 2, 42.46). Igual que había hecho Jesús, acudían a las sinagogas, donde les era posible hacer oír la buena nueva al interpretar la ley y los profetas. Lo único que los distinguía de los allí presentes era la fe en que Cristo, muerto y resucitado, era el Mesías anunciado por los profetas.
El vínculo entre la Iglesia y el pueblo judío sólo se rompería por una señal del cielo y en razón de una imposibilidad absoluta, cuando la autoridad judía, hasta entonces respetada, rechazase de manera violenta la nueva comunidad.
Y llegó lo que tenía que llegar, pues al predicar los apóstoles y los primeros cristianos que Jesús era el Mesías, el Sanedrían se inquietó y comenzó la persecución. Los jefes del pueblo judío quisieron acabar con “esta nueva secta” y el nuevo estilo de vida, porque los apóstoles y seguidores ya no seguían la ley de Moisés en todo, sino la nueva ley dada por Jesús, el Hijo de Dios, con quien habían vivido. Querían acabar con ellos porque practicaban nuevos ritos: bautismo, eucaristía y porque obedecían la autoridad de Pedro y de los demás apóstoles.
La persecución abierta comenzó un día en que Pedro y Juan subieron al templo a orar. A la entrada yacía un tullido de nacimiento, que les pidió limosna. Pedro le dijo que no tenía dinero, pero que le daba lo que estaba a su alcance, la curación en nombre de Jesús. Y así fue.
Todos los presentes quedaron estupefactos, y se arremolinaron en torno a los dos apóstoles. Entonces Pedro habló al pueblo enrostrándoles el haber entregado a Jesús cuando Pilato deseaba liberarlo. Prosiguió diciéndoles que Dios había preanunciado estas cosas por los profetas, así como por Moisés. “Resucitando Dios a su Hijo, os lo envió a vosotros primero para que os bendijese al convertirse cada uno de sus maldades” (Hech 3, 14-26).
Era demasiado para los jefes judíos. Mientras Pedro hablaba, las autoridades lo mandaron prender, juntamente con Juan, ordenando que fuesen conducidos al día siguiente a la presencia del consejo. Asi se hizo, pero al comparecer ante el tribunal Pedro no se amilanó, confesando tajantemente que no había salvación sino en Jesucristo, piedra angular rechazada por la Sinagoga.
Comenzó entonces a desencadenarse la persecución. Esteban fue el primer mártir discípulo de Cristo que murió por su fidelidad a Él el año 36. Entre estos fariseos convencidos estaba Saulo de Tarso, a quien posteriormente Jesús, camino de Damasco, se le apareció y le mostró el nuevo camino a seguir . A raíz de ese encuentro Saulo se convirtió, se hizo bautizar y, por gracia de Dios, llegó a ser el apóstol de los gentiles o paganos.
¿Qué otras dificultades tuvo que afrontar la primitiva Iglesia de Cristo?
Se suscitó una discusión entre los primeros cristianos. Los de origen judío pensaban que debían exigir a quienes creían en Cristo y pedían el bautismo la práctica de algunas costumbres judías, como la circuncisión y el no comer carne de cerdo ni sangre. Pero Pablo y Bernabé se opusieron diciendo que bastaban la fe y el bautismo. Tal fue la disputa que los apóstoles tuvieron que reunirse en Jerusalén, y allí, inspirados por el Espíritu Santo, dieron la razón a Pablo.
Surgió también tirantez entre los cristianos judíos y los helenistas convertidos. Los helenistas se quejaron de que sus viudas necesitadas eran mal atendidas en las distribuciones cotidianas de alimentos. Los apóstoles eligieron a 7 hombres de beuna fama y llenos del Espíritu para imponerles las manos y dedicarlos a ese servicio.
Otra dificultad que encontraron los primeros cristianos fue la inserción de la fe cristiana en el mundo grecorromano, en que había tantas religiones politeístas, se daba culto de adoración al emperador, dilagaban los vicios, y las ideas filosóficas no siempre concordaban con el Evangelio. ¿Qué hacer?
¡Pobre Jerusalén!
La catástrofe que marcó dramáticamente la historia de Israel fue la destrucción de Jerusalén, llevada a cabo por Tito en el año 70. Quedaron arrasados la ciudad y el templo, centros neurálgicos del pueblo de Israel. A pesar de todo, los judíos lograron reorganizarse; pero años después el emperador romano envió al general Julio Severo que aniquiló toda resistencia judía y fundó una colonia romana, donde los judíos no podían poner el pie. Golpe mortal. Destruidos Jerusalén y el templo, se desmoronó la moral del pueblo judío. Los símbolos visibles de la antigua alianza habían desaparecido.
Pero Dios hizo surgir un huracán llamado Saulo de Tarso...
La Iglesia despliega velas con Pablo de Tarso que viaja por Asia, Grecia, Roma y otros sitios. Funda numerosas comunidades eclesiales, sufre hambre, cárcel, torturas, naufragios, peligros sin fin. Una obsesión tiene: predicar a Cristo. Toda su labor evangelizadora quedó plasmada en sus cartas, que encontramos en el Nuevo Testamento.
En estas cartas profundizó el tema de la redención con que el Señor Jesús nos liberó del pecado, y desarrolló las exigencias de la vida cristiana . Pensamiento clave en Pablo es Cristo : “Cristo, misterio de Dios” (Col 2,2). El Cristo de Pablo es vivo y arrebatador (Fil 3, 7-14), lo describe con caracteres de fuego (Gál 3,1). El mismo, Pablo, lleva en su cuerpo las señales de Cristo (Gál 6,7) y se siente impulsado a predicar el evangelio (1Cor 1,17). Por el evangelio se hace todo para todos (1Cor 9,20-23); soporta todo por dar a conocer a Cristo (Flp 1,18); todo lo puede en Cristo (Flp 4,13). Le impulsa el amor de Cristo (2Cor 5,14), y nadie en el mundo lo puede separar de él (Rm 8,35-39). Su vida es Cristo y morir es una ganancia para irse con Cristo (Flp 1,23). Lo que no es Cristo, para él es basura (Flp 3,8-15). Cristo es misterio oculto desde los siglos en Dios (Ef 3,9). En la persecución de Nerón, año 67, Pablo fue decapitado; fue el único modo de hacerlo callar.
Y el Imperio Romano tuvo miedo...”¡cristianos a las fieras!”
Ante la expansión del cristianismo el imperio romano tuvo miedo, pues no quería que nadie le hiciera sombra. Varios emperadores se sirvieron de cualquier catástrofe para echar la culpa a los cristianos , pues causas justas para perseguirlos no había . Resulta también una ironía de la historia constatar quien cometió tan grande injusticia contra los cristianos fue el imperio romano, el inventor del derecho .
Así comenzaron las persecuciones de los emperadores romanos . La primera de todas, la de Nerón (54-68) que incendió Roma, expuso a los cristianos a los mordiscos de las fieras, crucificó a muchos de ellos y los cubrió de resina y brea para que sirvieran de antorchas que iluminaran el Circo de Nerón (hoy la plaza de san Pedro). En esta persecución de Nerón murió crucificado Pedro, el primer Papa, en el año 64, y en el año 67 Pablo, por decapitación. Ambos, Pedro y Pablo, fueron primeramente encerrados en la cárcel Mamertina. Más tarde fueron muriendo también los demás apóstoles; algunos de ellos martirizados, según cuenta la tradición. Otra de las persecuciones del primer siglo contra los cristianos fue la del emperador Domiciano, en el año 92, en la que murieron muchos y otros fueron torturados. Por ejemplo, san Juan Evangelista fue metido en una caldera de aceite hirviendo, pero salió ileso y milagrosamente rejuvenecido. Desterrado a la isla de Patmos, escribió el Apocalipsis y, según la tradición, escribió en Efeso su Evangelio y las tres epístolas. Murió en dicha ciudad alrededor del año 101.
Algunos convertidos al cristianismo flaqueaban también
Ya desde este siglo se dieron las primeras herejías . La herejía ha sido una ola interna que siempre ha amenazado la nave de la Iglesia. Estos herejes, dice san Juan, “de nosotros han salido, pero no eran de los nuestros” (1 Jn 2, 19). Lo quiere decir: que eran cristianos “de nombre”, pero no verdaderos. ¿Cuáles fueron las primeras herejías que brotaron en este siglo?
a) Los judaizantes, judíos que, después de bautizados, exigían a los demás la circuncisión y otras prácticas judías, como necesarias para la salvación.
b) Ebionitas: judaizantes que afirmaban que la salvación depende de la guarda de la ley mosaica. Consideraban a Jesús como un simple hombre, hijo por naturaleza de unos padres terrenos. Jesús, por su ejemplar santidad, había sido consagrado por Dios como Mesías el día del bautismo y animado por una fuerza divina. La misión que recibió sería la de llevar el judaísmo a su culmen de perfección, por la plena observancia de la Ley mosaica, y ganar a los gentiles para Dios. Esa misión la habría cumplido Jesús con sus enseñanzas pero no con una muerte redentora, puesto que el Mesías se habría retirado del hombre Jesús al llegar la pasión. La cruz era escándalo para estos judaizantes. Rechazaban el punto esencial del cristianismo: el valor redentor de la muerte de Cristo.
c) Los gnósticos, influidos por cierto misticismo difundido en ambientes hebreos, por el dualismo del zoroastras persas y por la filosofía platónica, buscaban resolver el problema del mal. Entre Dios que es bueno y la materia que es mala están los eónes. Uno de esto toma la apariencia de Jesús, pero sólo la apariencia. La salvación consiste en liberar de la materia el elemento divino. Esto sólo lo podrán hacer los “espirituales”, gracias al conocimiento secreto y superior que Jesús les ha comunicado.
d) Maniqueos: gnósticos persas, de moralidad severa. Creían en dos principios creadores: el creador del bien y el creador del mal, que siempre están en pugna. Cayeron en la mayor disolución.

Historia de la Iglesia. Respuesta de la Iglesia. Siglo I Edad Antigua.
Nunca se desanimaban. Sentían en su interior arder el fuego y el ímpetu de Pentecostés.
II. RESPUESTA DE LA IGLESIA
¿Qué hizo la Iglesia y los primeros cristianos, con la luz y la fuerza del Espíritu Santo, ante toda esta avalancha de dificultades y problemas? Nunca se desanimaban. Sentían en su interior arder el fuego y el ímpetu de Pentecostés.
“¡Felices de poder sufrir algo por el Nombre de Cristo!”
Ante la oposición de los fariseos y del Sanedrín, que impedían a los apóstoles predicar en nombre de Jesús, ellos, los cristianos obedecían a Dios antes que a los hombres. Fueron presos, azotados, pero ellos salían gozosos por haber podido padecer por el nombre de Jesús. El discurso de Esteban ante el Sanedrín fue la gota de agua que colmó la medida: un arrebato de furor sacudió a la asamblea, que arrastró a Esteban fuera de la ciudad y le dio muerte, a pedradas. Esta persecución obligó a muchos discípulos a huir de Jerusalén, y gracias a ello se abrieron nuevos caminos a la predicación evangélica.
“Como vosotros os resistís, nos dirigimos a los paganos”
¿Cómo reaccionó la Iglesia primitiva ante la destrucción de Jerusalén? Los judíos, ante la destrucción del templo y de Jerusalén, se dispersaron por toda la geografía del imperio romano: Antioquía, Éfeso, Tesalónica, Corinto, Chipre y Roma. Este hecho, conocido como la diáspora, ya había comenzado antes de Cristo, pero se intensificó con la caída de la ciudad santa. Fue a ellos a quienes Pablo y los primeros cristianos predicaron primeramente el evangelio. Pero como muchos se cerraron en banda y no quisieron creer en Jesús como el Mesías preanunciado por los profetas, se dedicaron a predicar a los paganos para lograr su conversión al cristianismo .
Nuevos problemas, nuevas soluciones
La Iglesia seguía su afán evangelizador. Muchos griegos se convertían y recibían el bautismo. Pero no tardaron en venir las dificultades, pues algunos helenistas comenzaron a quejarse de que no se atendía debidamente sus las viudas.
¿Qué hicieron los apóstoles? Los apóstoles establecieron el servicio del diaconado, escogiendo a siete hombres, que tenían la finalidad de cooperar con los doce en la predicación, en el bautismo y en el servicio del prójimo. De esta manera, los apóstoles no abandonarían la oración y la predicación.
Otro problema surgió: qué cargas imponer a los paganos que se convertían. También aquí los apóstoles dieron solución convocando el concilio de Jerusalén (año 51 d.C.): no se les impondrán las prescripciones judías. No debe haber más ley que la de Jesucristo. Así la fe cristiana se iba desligando del judaísmo y se abría a una visión universal, sin necesidad de sufrir un trasplante cultural para acceder al Evangelio.
Fue sobre todo Pablo, quien más luchó por la unidad de los primeros cristianos, judíos y paganos . Su ímpetu evangelizador era imparable, y poco a poco fue formando pequeñas comunidades de cristianos, iglesias locales, en diversas ciudades del Asia Menor y de Grecia. Incluso, ya encadenado, llegó a Roma donde existía una comunidad cristiana y en ella ejerció su ministerio apostólico. En esas iglesias locales iba dejando presbíteros con autoridad, como Tito y Timoteo. Así las primeras comunidades, por la acción de los apóstoles, se iban estructurando jerárquicamente, de tal forma que a principios del siglo segundo, san Ignacio de Antioquia, hablaba de que en cada iglesia había un obispo, varios presbíteros y diáconos. Así se consolidó la jerarquía eclesiástica .
Pero no sólo Pablo, también Pedro se dedicó a predicar a los judíos que vivían en la diáspora: Ponto, Galacia, Bitinia, etc., tal como atestigua su primea carta. También llegó a Roma, la capital de imperio. En esa ciudad predicó, ejerció su autoridad apostólica y fue crucificado. Muerto él, le sucedieron san Lino, san Anacleto, san Clemente, san Evaristo, etc. en una sucesión ininterrumpida que llega hasta el actual pontífice, Juan Pablo II, Vicario de Cristo.
Es aquí el lugar para hablar un poco sobre el origen divino de la Iglesia y el gobierno apostólico, es decir, quién fundó la Iglesia y cómo los apóstoles iban gobernando la Iglesia al inicio. Lo explicaré como apéndice de esta lección .
Se oye ya la voz del Papa y de la tradición
Del Papa san Clemente (ca. 97) nos queda su carta a los corintios, escrita para exhortarlos a poner fin a las divisiones que los perturbaban. No obstante, los obstáculos para la conversión no fueron pocos.
De este siglo I es el importante documento llamado “Didaché” (Didajé) o “Doctrina de los doce apóstoles”. Este documento, juntamente con dos cartas de san Clemente Romano y la llamada Epístola de Bernabé son el hallazgo más valioso de los tiempos modernos, referente a la primitiva literatura cristiana; apareció en un códice de 1873, encontrado en la biblioteca del Hospital del Santo Sepulcro de Constantinopla, por el arzobispo griego Filoteo Briennios. Se ignora quién fuera el autor, pero la doctrina es netamente evangélica, por eso se conjetura que el autor sería algún apóstol fundador de una iglesia o alguno de sus discípulos. La fecha exacta de su composición se ignora, pero se calcula hacia el 70 ó 90.
La Didaché termina con un llamado a velar en espera de la venida del Señor: “Vigilad sobre vuestra vida, estad preparados. Reuníos con frecuencia, inquiriendo lo que conviene a vuestras almas. Porque de nada os servirá todo el tiempo de vuestra fe, si no sois perfectos en el último momento”. Juntamente a este documento de la Didaché aparece otro de similar valor llamado “Discurso a Diogneto”, de autor y destinatario desconocidos, verdadera joya literaria y ascética de la cristiandad primitiva.
¿Cómo comenzaron a administrar los sacramentos en este siglo?
Los sacramentos se administraban ya en la era apostólica, en cuanto a su esencia, pero no en cuanto a su modalidad, pues no había ritual fijo en ese momento.
Se practicaba el bautismo, incluso a los niños, y se hacía normalmente por inmersión. Inmediatamente se ungía a los bautizados para comunicarles el Espíritu Santo y se les admitía a la eucaristía. Eran los sacramentos de la iniciación. También practicaban la confesión, pues dice la Didaché: “Reunidos cada día del Señor, partid el pan y dad gracias, después de haber confesado vuestros pecados”. Quien absolvía era únicamente el obispo y se consideraban pecados gravísimos: el homicidio, la idolatría y el adulterio. La carta de Santiago (St 5,4) atestigua asimismo que, cuando uno enfermaba, llamaban a los presbíteros de la Iglesia para ungirlos con óleo.
No existía, es verdad, una teología de los sacramentos, ni se había fijado su número. Todo esto ocurrió mucho después. Pero en algunas lápidas sepulcrales y pinturas de la catacumbas aparecen símbolos del bautismo, de la confirmación, eucaristía y confesión.
No hay mal que por bien no venga
Como la fe es necesaria para el bautismo, poco a poco se sintió la necesidad de hacer breves compendios de la doctrina, que los catecúmenos debían aprender antes de ser bautizados. Así nacieron los “credos” bautismales. Más tarde, cuando brotaron las herejías, los obispos reunidos en sínodos y en concilios precisaron y sintetizaron las verdades de la fe en “credos” más amplios. Dice san Ambrosio: “La estructura del Credo es ternaria, porque es esencialmente símbolo de la Trinidad. Resume la triple respuesta a la triple pregunta concerniente a las tres Personas divinas: ¿crees en Dios Padre Todopoderoso? ¿Crees en Jesucristo? ¿Crees en el Espíritu Santo?” (De sacramentis, tract. II c, 7, n. 20).
“Id por todo el mundo”
Ante el problema de la inserción de la fe cristiana a la cultura grecorromana, los primeros cristianos fueron poco a poco sembrando la palabra de Jesús con firmeza, claridad y valentía, con la predicación y con el ejemplo de una vida coherente, honesta, que llegó incluso al heroísmo de morir por Cristo.
El mismo imperio romano facilitó, con su organización y sus vías de comunicación, la predicación rápida del evangelio por todo el mundo mediterráneo. Pero lo más importante de todo es que el evangelio responde a una espera profunda de los hombres. Los puntos principales en los que insistían los primeros cristianos constituyeron una bomba para el imperio romano; y son éstos:
·La comunidad cristiana acoge a todos los hombres, porque son iguales y libres ante Dios y salvados por Cristo. ·A sólo Dios hay que dar culto. ·Hay que llevar una vida de austeridad, de pureza y de caridad con los necesitados.
“La sangre de los mártires es semilla de cristianos”!
CONCLUSIÓN
Comenzaba la lucha de varios siglos del imperio contra los cristianos, pero también el atractivo cada vez mayor del evangelio para los habitantes de ese imperio, al ver el ejemplo heroico de muchos cristianos que se dejaban matar antes de claudicar de su fe. ¡Qué razón tuvo Tertuliano al decir: “La sangre de los mártires es semilla de cristianos”! Cuando llegó la hora de la libertad de la Iglesia, el cristianismo había penetrado profundamente en Oriente y Occidente: Siria, Asia Menor, Armenia, Mesopotamia, Roma y la mayor parte de Italia, Egipto y Africa del norte. Otras tierras, como Galia y España, sin alcanzar el nivel de las primeras regiones, contarían también en su población con fuertes minorías cristianas.

Historia de la Iglesia. Apéndice. Siglo I Edad Antigua
La Iglesia no es una invención humana. Ya estuviera destruida hace muchos siglos. La Iglesia es parte del misterio de Dios.
APÉNDICE
1.Origen divino de la Iglesia
La Iglesia no es una invención humana. Ya estuviera destruida hace muchos siglos. El concilio Vaticano en su constitución “Lumen Gentium” presenta a la Iglesia como fruto de la sabiduría y la bondad con que Dios Trino busca reunir a todos los hombres, dispersos por el pecado, en una sola familia.
La Iglesia es parte del misterio de Dios. Si olvidamos esto, nunca comprenderemos el origen y la finalidad de la Iglesia. Colocar en Dios Trino el origen de la Iglesia puede herir la sensibilidad del hombre moderno, acostumbrado a una convivencia democrática y educado en una cultura que tiende a rehuir la trascendencia. Le resulta difícil comprender que una asociación de personas, como es la Iglesia, deba su origen a alguien que es anterior y está por encima de ella. Por eso, no es raro que muchos se pregunten hoy día si realmente la ekklesía es una asamblea convocada por Dios, o si más bien es fruto de una simple decisión asociativa de los primeros discípulos de Jesús después de la resurrección y ascensión a los cielos.
Si decimos que la Iglesia tiene su origen en Dios, debemos aceptar que no somos dueños de ella y que es Él quien determina su naturaleza y su misión, y que por lo mismo debemos acudir a lo que Él nos ha revelado para resolver los problemas que surjan. Pero si alguien dice que la Iglesia ha nacido de una simple decisión de los primeros discípulos de Jesús, entonces los amos de la Iglesia somos nosotros; el modo de concebirla, de estructurarla, las mismas tareas que ejerza dentro de la historia caen bajo nuestro arbitrio. Son muchos los que hoy día piensan así, los que consideran que la Iglesia no es más que una sociedad humana, y que está en nuestras manos decidir pragmáticamente los diversos problemas que la historia y las culturas van presentando. Rechazan todo magisterio que se apoye en la autoridad de Cristo, y se extrañan de que los pastores de la Iglesia no acepten las teorías de los teólogos o la opinión pública como norma de fe o moral .
Los liberales protestantes, por contraponer razón y fe y separar el Jesús histórico del Cristo de la fe, veían el origen de la Iglesia no en el Jesús que predicó en Palestina y murió en Jerusalén, sino en la fe de la primera comunidad en Cristo resucitado. Los manuales católicos, en cambio, por su afán apologético, consideraban imprescindible presentar que la Iglesia como sociedad había sido fundada directamente por Jesucristo, quien la dotó de su propio fin y de sus propios medios. Ambas visiones, aun siendo contrapuestas, se mueven dentro de un mismo ámbito teológico, que nos parece claramente reducido. Unos se referían al Cristo de la fe; los otros, en cambio, al Jesús de la historia. El enfoque queda así exclusivamente crístico (centrado en Cristo); y no se integra el misterio de Cristo en el misterio de Dios Trino. Y esto si lo vio claro el concilio Vaticano II, en su constitución “Lumen Gentium”, que concluye su primer capítulo con las palabras de san Cipriano: “Así toda la Iglesia aparece como el pueblo unido por la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo” (Lumen Gentium, 4).
Por tanto, en el origen de la Iglesia está Dios Trino. Dios Padre la planeó y la preparó admirablemente en la historia del pueblo de Israel y en la Antigua Alianza; Dios Hijo la inauguró en la tierra, eligiendo a unos apóstoles a quienes llamó, formó y les envió, dándoles sus poderes para que continuaran su misión salvadora; y el Espíritu Santo, la está llevando a su plenitud, hasta el final de los tiempos, santificándola, iluminándola y guiándola.
2.Gobierno apostólico en este siglo I
La autoridad en Iglesia, durante el siglo I, fue ejercida por los apóstoles mientras estos vivieron. En Jerusalén, tal como cuenta el Libro de los Hechos, los Doce iban resolviendo los problemas bajo la guía de Pedro. Éste gozaba ya desde el inicio de una función preeminente, y así lo vemos que visita las comunidades de Samaría (Hch 8,14) y más tarde recorre las ciudades costeras de Lida, Jope y Cesarea (Hch 9,32-10,48). Posteriormente es Pablo quien, tras su conversión, predica en Damasco y Antioquía, y se lanza a una serie de viajes durante los cuales va fundando diversas iglesias locales: Corinto, Tesalónica, Éfeso, etc. En todas ellas Pablo ejerce la autoridad apostólica, pero para ayudarse consagra a Tito y Timoteo. Incluso les ordena que vayan consagrando a otras personas dignas para ponerlas al frente, como obispos, de las comunidades. Tal fue el encargo de Tito en Creta.
El hecho es que los apóstoles, queridos por Cristo como pastores con autoridad en el seno de su Iglesia, consagraron a otros por medio de la invocación del Espíritu Santo y la imposición de las manos, y éstos consagraron a otros. Era la forma de perpetuar en la Iglesia la autoridad apostólica con que Cristo había querido enriquecerla. El resultado es que en cada comunidad o iglesia local había “obispos” o “presbíteros”, y que a inicios del siglo I – según ya dijimos - la jerarquía en una iglesia local estaba compuesta de un obispo, al que ayudaban varios presbíteros y diáconos.
En estas comunidades no todo era agua de rosas, como podemos ver por los problemas a los que debía hacer frente san Pablo en sus cartas, e incluso surgían herejías como se aprecia por las cartas de san Juan y por el libro del Apocalipsis. Pero había entre ellas la conciencia de la unidad, de formar la Iglesia de quienes creían en Jesús y habían recibido su Espíritu. Y de esta conciencia brotaba la búsqueda de la comunión.
Esta comunión se alimentaba de la eucaristía, pues “aun siendo muchos, somos un solo cuerpo, pues todos participamos del mismo pan” (1Co 10,17), y en la adhesión al propio obispo. Dice san Ignacio de Antioquía: “El obispo no ha obtenido el ministerio de regir la comunidad por sí mismo o por medio de los hombres, sino de Nuestro Señor Jesucristo...Seguid dondequiera que esté a vuestro pastor, como hacen las ovejas; todos los que pertenecen a Dios y a Cristo están unidos con el obispo...No participéis sino en la única eucaristía, no hay más que un altar, no hay más que un solo obispo rodeado del presbiterio y de los diáconos” (A los de Filadelfia 1, 1-2; 3, 2-5).
También buscaban la comunión y cohesión entre las diversas comunidades. Se manifestaba ese empeño en las colectas por las comunidades pobres, en las cartas que se enviaban mutuamente, y en la lucha por mantenerse adheridas a la doctrina de los apóstoles.
3. Estructura de la Iglesia
Creo que es bueno, antes de seguir con los siguientes siglos, dar algunas notas sobre la estructura de la Iglesia, para que podamos comprender mejor su misterio y su misión. Y los vamos hacer en una breve síntesis:
a) Igualdad y diversidad en la Iglesia: Por una parte, el concilio Vaticano II reafirma, por un lado la radical igualdad de todos los miembros de la Iglesia, basándose no en motivos humanos y sociológicos, sino en la voluntad de Dios que nos ha hecho partícipes de las mismas realidades sobrenaturales por medio del bautismo (cf. Lumen gentium, 32b); esta igualdad bautismal convierte a los cristianos en una comunidad. Pero por otro lado, junto a esta igualdad fundamental, el concilio reconoce la pluralidad de carismas que el Espíritu Santo reparte entre los diversos miembro de la Iglesia, y afirma igualmente la diferencia que el Señor estableció entre los ministros sagrados y el resto del Pueblo de Dioscf. Lumen gentium 32c). Esta unidad fundamental y esa diversidad funcional, que Cristo ha querido para su Iglesia, están ordenadas entre sí, se implican y se exigen mutuamente.
b) Ministerialidad de las diversas funciones: tanto la función de los pastores como las funciones de los demás fieles deben ser consideradas como servicios o ministerios. Los pastores están para santificar, apacentar y guiar a los fieles. Y los laicos están para elevar el mundo donde trabajan y ordenarlo según el plan de Dios. Por tanto, esta ministerialidad es el puente que une la pluralidad de funciones y la unidad bautismal.
Terminemos diciendo que no debemos reducir la Iglesia a una comunidad humana cualquiera. La Iglesia sí es una comunidad, pero en un sentido un poco especial. Veamos tres diferencias entre la Iglesia y cualquier otra sociedad natural, cultural, política, etc. En primer lugar, la Iglesia no nace de la voluntad asociativa de sus miembros, es fruto de una convocación divina acogida en la fe. En segundo lugar, la Iglesia es una comunidad en tanto en cuanto vive históricamente y expresa en formas visibles de comportamiento una comunión sobrenatural. En tercer lugar, podríamos decir que la comunidad eclesial, visible, con sus funciones varias, sólo tiene sentido en cuanto signo de la comunión sobrenatural en Cristo y en su Espíritu.
De todo esto sacamos estas conclusiones: La autoridad de los pastores en la Iglesia no puede considerarse como representación y delegación de la base popular, ya que la reciben del mismo Cristo, quien a su vez recibió del Padre todo poder en el cielo y en la tierra par realizar la obra de la redención. La verdad que transmite la Iglesia no puede tampoco reducirse a la simple opinión de la mayoría, pues su misión es conservar, predicar y defender, con la asistencia del Espíritu Santo, únicamente la verdad revelada para nuestra salvación. Los ministros ordenados en la Iglesia no son meros delegados de la comunidad para realizar ciertas funciones necesarias, sino que, por haber recibido el sacramento del orden, son configurados ontológicamente con Cristo, Cabeza y Pastor, y participan de su función capital, es decir, de su autoridad, de manera que en ellos y por medio de ellos Cristo Cabeza continúa enseñando, santificando y guiando a su Cuerpo que es la Iglesia .
SIGLO II
INTRODUCCIÓN
Las comunidades cristianas vivían su fe en un ambiente mayoritariamente pagano. Y sin embargo, aumentaba, por la gracia de Dios, el número de los creyentes. Esto ocasionó problemas. La discreción de que rodeaban su culto, hacía sospechar lo peor. Por esta época ya se ha generalizado la celebración de la eucaristía cada domingo, que era el Día del Señor .
Nos encontramos aquí con un fenómeno de psicología de masas. El cristianismo viene de Oriente y se está extendiendo a Occidente. Los cristianos son algo así como unos inmigrantes cuyas costumbres no acaban de comprenderse: se reúnen, rezan, comparten sus bienes, son respetuosos, recatados, demasiado honestos... Constituyen –se dice- una secta; y ya sabemos todo lo que se oculta tras esta palabra. Por eso, el mundo romano no ve con buenos ojos a los cristianos. Hay, pues, que eliminarlos.

Historia de la Iglesia. Sucesos en el Siglo II Edad Antigua
Varias fueron las calumnias y herejías populares que se levantaron contra los cristianos.
SUCESOS
“El varón que no peca con la lengua es varón perfecto”
Varias fueron las calumnias populares que se levantaron contra los cristianos:
a)Los cristianos son ateos: porque no participaban en el culto a los dioses oficiales, ni en el culto idolátrico al emperador. Esto amenaza el equilibrio de la ciudad, pues – según la opinión popular- los dioses se sienten ofendidos y se vengan enviando calamidades tales como inundaciones, terremotos, epidemias, incursiones de los bárbaros. También se decía que los cristianos daban culto a un asno o a un bandido condenado a muerte en una cruz.
b)Los cristianos practican el incesto: los paganos pensaban que, si los cristianos se reunían en banquetes nocturnos, era para entregarse a orgías y a las peores torpezas entre hermanos y hermanas.
c)Los cristianos son antropófagos: por no comprender la eucaristía, los paganos pensaban que el cuerpo que comen y la sangre que beben eran los de un niño, sacrificado ritualmente.
Había también objeciones y calumnias de los sabios y políticos contra los cristianos :
d)Los cristianos son unos pobres hombres ignorantes y pretenciosos: son gente reclutada entre las clases sociales inferiores, aprovechando su credulidad. Ponen en entredicho los valores de la civilización romana y minan la autoridad del padre de familia dado que el Cristianismo reconocía la dignidad de las mujeres y de los niños. No olvidemos que en el mundo pagano la mujer y el niño no valían prácticamente nada; simplemente se les toleraba: a la mujer, porque trabajaba en casa y criaba los hijos; y a los niños, porque después serían mayores.
e)Los cristianos son malos ciudadanos: porque no participan en los cultos de la ciudad ni en el culto imperial, no aceptan las costumbres de los antepasados, y rechazan formar parte de la magistratura y del ejército.
f)La doctrina cristiana se opone a la razón: Dios, perfecto e inmutable, no puede rebajarse a ser un niño pequeño. La resurrección de los cuerpos es una formidable mentira. El Dios pacífico del Nuevo Testamento está en contradicción con el dios guerrero del Antiguo Testamento. Los cuatro relatos de la pasión se contradicen. Los ritos cristianos son inmorales. El bautismo fomenta los vicios, al pensar que un poco de agua perdona de una vez todos los pecados. La eucaristía es un rito antropofágico. Todo esto decían los sabios sobre los cristianos.
“Exterminad a los cristianos”
En este siglo II continuaron las persecuciones contra los cristianos. Había que borrar el nombre de Cristo de sobre la faz de la tierra.
La de Trajano, tercera persecución, que al igual que Nerón, consideraba el Cristianismo como “religión ilícita”. Víctima de esta persecución fue Ignacio de Antioquía, despedazado por las fieras en el anfiteatro, llamado hoy coliseo. Trajano condenaba a los que se afirmaban cristianos. Una carta del historiador Plinio el Joven, gobernador de Bitinia (norte de la actual Turquía), nos informa sobre el procesamiento y la ejecución de cristianos en su provincia.
Durante el reinado del emperador Marco Aurelio (161-180) fueron condenados en Roma el apologista Justino, y en Esmirna el obispo Policarpo, que fue discípulo de Juan y catequista de Ireneo, futuro obispo de Lyon. Con Policarpo tenemos el primer testimonio del culto a las reliquias de los mártires.
Siguieron las persecuciones de Adriano, Antonio Pio, Septimio Severo. Este último prohibió a los paganos abrazar el Cristianismo bajo pena de muerte
¡Otra vez la herejía!
Brotes de herejía en este siglo:
Herejía docetista: estas personas afirmaban que Cristo no era hombre, sino que sólo tenía apariencia de hombre. Pensaban que ser hombre restaba mérito, dignidad a Cristo, el Hijo de Dios. Por querer defender la divinidad, no se aceptaba la humanidad. Nuestra fe es bien clara: Cristo es al mismo tiempo verdadero Dios y verdadero hombre. Esta es la verdad completa. La verdad incompleta constituye ya una herejía.
El gnosticismo fue la herejía más fuerte de este siglo II, aunque ya vimos que comenzó en el siglo I. Era como una gran corriente de ideas y de intuiciones religiosas de diversa procedencia, aunadas por la tendencia sincretista que tanto auge alcanzó en la antigüedad. El punto de arranque de esa corriente lo constituía el anhelo de resolver el problema del mal. ¿Cómo encontrar el conocimiento perfecto, la verdadera ciencia que diese la clave del enigma del mundo y de la presencia del mal, que aclarase el sentido de la existencia humana? Decía que existía un Dios supremo y, por debajo de él, una multitud de “eones”, seres semi-divinos que formaban con Dios el pleroma, el mundo superior. Nuestro mundo material e imperfecto, donde reside el mal, no era obra del Dios supremo, sino del demiurgo, que ejercía el dominio sobre su obra. En este mundo creado se encontraba desterrado el hombre, la obra maestra del demiurgo, en quien late una centella de la suprema Divinidad. De ahí, el impulso que el hombre siente, en lo más íntimo de su ser, a unirse con el Dios sumo y verdadero. Tan sólo la “gnosis”, es decir, el conocimiento perfecto de Dios y de sí mismo, permitiría al hombre liberarse de los malignos poderes mundanos y alcanzar el universo luminoso, el pleroma del Dios Padre y Primer Principio.
Esta herejía fue difundida en el siglo II por Marción, Valentín, Epifanio y Simón el mago. Trató de incluir a Cristo en ese sistema cosmogónico, como un “eón” en medio de los demás. Cristo desciende sobre Jesús en el momento del bautismo (dualismo personal).
El mismo Marción, originario del Ponto, distingue el Dios del Antiguo Testamento, creador y malo, del Dios del amor que nos revela Jesús. Detrás de esta postura de Marción, se esconden dos dioses: el del Antiguo Testamento y el del Nuevo Testamento. Además, niega a Jesús una verdadera naturaleza humana. Y finalmente dice que no habrá salvación más que para las almas, no para los cuerpos.
La herejía de los montanistas también dio dolores de cabeza a la Iglesia. Apareció hacia el año 170 cuando Montano, después de recibir el bautismo, comenzó a anunciar que era el profeta del Espíritu Santo, y que este Espíritu iba a revelar por su conducto a todos los cristianos la plenitud de la verdad. El rasgo más notable de esta revelación era el mensaje escatológico: estaba a punto de producirse la segunda venida de Cristo, y con ella el comienzo de la Jerusalén celestial. Solamente una estricta vida moral prepararía a los creyentes para esta venida; por ello había que evitar huir del martirio, había que guardar ayuno riguroso y abstener, en lo posible, del matrimonio. A esta secta se adhirió Tertuliano.
Los novacianos: Novaciano sostenía que la apostasía era un pecado irremisible y que los lapsi nunca podían ser readmitidos a la comunión de la Iglesia, ni siquiera en la hora de la muerte. Sostenía, además, que la Iglesia debía formarse sólo por los enteramente puros; y negaba, como los montanistas, que la idolatría, el adulterio y el homicidio pudieran perdonarse.
Los lapsi: ante persecuciones tan duras, algunos cristianos claudicaron y desertaron para salvar la vida, adoraron las divinidades paganas y rindieron culto al emperador. Se les llamó traidores. Algunos, terminada la persecución, pidieron perdón y volvieron al seno de la Iglesia.

Historia de la Iglesia Respuesta de la Iglesia. Siglo II Edad Antigua
La Iglesia tuvo que hacer frente a todos los desafíos, siempre con el auxilio del Espíritu Santo, que le daba fuerza y luz.
II. RESPUESTA DE LA IGLESIA
La Iglesia seguía muy de cerca el latido del mundo y tuvo que hacer frente a todos los desafíos, siempre con el auxilio del Espíritu Santo, que le daba fuerza y luz.
“Al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios...”
La actitud de la Iglesia frente al poder temporal civil y político del imperio era bien clara: “Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios” (Mt 20, 15-21). Los dos apóstoles Pedro y Pablo desarrollaron en sus cartas toda una catequesis sobre los deberes del cristiano frente a la autoridad pública, que sirvió de pauta a los fieles en sus actitudes ante el imperio romano. Consecuencia de ella es el deber de obedecer a la autoridad pública, cuando esa autoridad pública respete la ley de Dios. La manifestación práctica de esa actitud era el perfecto cumplimiento de todas las cargas y servicios, que incumben al cristiano como deber cívico (cf. 1 Pe 2, 17; Rm 13, 1-2; Rm 13, 5-7).
La Iglesia no se quedaba callada
Graves eran las herejías que querían destruir nuestra fe y nuestro dogma. Y Dios hizo surgir a una serie de hombres de Iglesia, bien formados, que supieron aclarar la doctrina de Cristo, para que no se diluyera con otras doctrinas extrañas y paganas.
Entre ellos, emergen los padres apostólicos: el mártir san Ignacio de Antioquía (muerto alrededor del año 117), san Policarpo (muerto en el 180), Papías (muerto en el 154), san Ireneo de Lyon (muerto en el 202). Estos padres apostólicos profundizaron las enseñanzas de Cristo. Sus aportaciones doctrinales y morales son muy valiosas para nosotros, sobre todo, al defender la fe cristiana contra la herejía gnóstica, ya explicada anteriormente, que enseñaba la existencia de un Dios del bien y de un principio del mal.
Y ante dichas herejías y calumnias terribles contra los cristianos, Dios siguió ayudando a su Iglesia por medio de una serie de cristianos, hombres de cultura, que lucharon por dar base filosófica al cristianismo, no siempre con acierto, pero que influyeron en la teología posterior. Se los llamó los padres apologistas: defendieron a la Iglesia de las acusaciones, elaborando así una primera teología. Entre ellos, el gran Orígenes, primer teólogo cristiano; san Justino (mártir en 165), y Tertuliano en su obra Apologética, y un autor desconocido que escribió la carta a Diogneto. Contestan así a las calumnias y acusaciones:
a)“Nada hay secreto entre nosotros”:“estamos presentes por todas partes, tenemos las mismas actividades que vosotros, los mismos alimentos y los mismos vestidos. Lo único que rechazamos es acudir a los templos y asistir a los espectáculos del anfiteatro”.
b)“Sois vosotros los que tenéis costumbres nefastas”:la sociedad romana practicaba el infanticidio y el aborto, dos cosas que los cristianos no aceptamos, por ser un crimen. Además, la sociedad romana exaltaba el desenfreno de la sexualidad hasta el paroxismo, contando las hazañas amorosas de los dioses y tolerando el intercambio de esposas.
c)“El cristianismo es una doctrina conforme a la razón”: nada hay en el cristianismo que se oponga a la razón. Es verdad que algunos apologistas defendieron el cristianismo atacando la religión pagana con poco tacto y caridad, por ejemplo, Tertuliano, que era muy impulsivo. Pero, en general, los cristianos fueron respetuosos de los paganos, y trataban de evangelizar más con el ejemplo que con la palabra.
d)“Los cristianos somos buenos ciudadanos”:los apologistas no cesan de proclamar su lealtad al estado, siguiendo lo que dicen la carta a los romanos en 13, 1-7 y la primera carta 1 Pedro en 2, 13. Y aunque no consideran al emperador como divino, sin embargo le obedecen y rezan por él. Además pagan sus impuestos. Y si no aceptaban formar parte de la magistratura y del ejército, era porque, tarde o temprano, estarían en contradicción con el evangelio, dado que estaban obligados a participar en ceremonias idolátricas y a ejercer la violencia.
A cada una de esas herejías, la Iglesia respondió.
a)Contra los docetistas, reaccionó Ignacio,obispo de Antioquía, que defendió con vehemencia el realismo de la encarnación: Jesús es verdaderamente un personaje histórico, un hombre verdadero, que comía, bebía, lloraba, se cansaba, sonreía. A este Jesús lo encuentran los cristianos en una comunidad unida en la fe, en el amor y en la eucaristía.
b)Contra Marción reaccionó san Ireneo, defendiendo la unidad de Dios en el antiguo y nuevo testamento, y la salvación completa del hombre, cuerpo y alma, realizada por Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre. El mismo Ireneo exige que no se tengan en cuenta para nada las doctrinas o escritos transmitidos fuera de la sucesión apostólica, pues en ese tiempo aparecieron los llamados evangelios apócrifos. Fue Ireneo quien declaró que sólo hay cuatro evangelios.
La fuerza y el alimento de los sacramentos
¿Cómo celebraban los Sacramentos y la Cuaresma?
a)El Bautismo: desde el día de Pentecostés, los apóstoles bautizaron a todos los que tenían fe en Jesús. No era necesaria preparación especial. Sólo bastaba tener fe en lo que predicaban los apóstoles. Posteriormente ya se exigió un período específico de preparación llamado catecumenado, cuya duración variaba de una iglesia a otra. El catecúmeno debía saber de memoria el credo; se le instruía además en la doctrina cristiana, en los ritos, oraciones y cantos. Sirvió el catecumenado para seleccionar candidatos con más seguridad. La mayoría de los que entraban en la fe eran adultos. La selección permitía posponer el bautismo a quienes todavía practicaban oficios o profesiones que chocaban con la doctrina cristiana, hasta que cambiaran de oficio. Tal era el caso de los actores eróticos y gladiadores. ¡Qué conciencia se tenía de la dignidad cristiana!
b)La eucaristía: En este siglo II no existían ritos fijos ni uniformes, exceptuando las palabras de Jesús en la última cena. Pero la celebración eucarística o misa, en lo substancial, era la misma que hoy día. Sólo han ido cambiando los ritos, que con el paso de los siglos fueron formando diversas tradiciones . La eucaristía, como era sacramento instituido por Jesús, no se celebraba en el templo ni en las sinagogas sino en casas de familias . La primera documentación sobre la eucaristía consta en los evangelios y en la carta de san Pablo a los corintios (cf. Lc 22, 19-20; Mt 26, 26-30; Mc 14, 22-26; 1 Co 11, 23-25). Al inicio, la eucaristía se celebraba sólo el día del Señor (domingo), pero luego comenzó a celebrarse también los días feriados (siglo II). Habla con frecuencia de la eucaristía san Ignacio de Antioquía, martirizado en la persecución de Trajano (año 107). Luego san Justino, mártir (año 150) nos deja un precioso testimonio; dice que el domingo se reúnen los fieles cristianos, se leen las memorias de los apóstoles (evangelios) y algunos profetas; el celebrante pronuncia la homilía; se ponen de pie para orar, y darse el beso de la paz. Luego ofrecen al obispo que preside pan, vino y agua. Este los recibe en forma solemne y pronuncia la “oración larga” de la eucaristía (hoy diríamos la plegaria eucarística) que incluye las palabras sacramentales de Cristo. Todos respondían: Amén. Enseguida se distribuía la eucaristía a los presentes.
c)¿Y la penitencia o confesión? Ya desde el siglo II existía la reconciliación de los pecadores, pero solamente para los pecados graves (apostasía, asesinato, adulterio) y una sola vez en la vida. La Iglesia exigía mucho de los cristianos al inicio, tanto que algunos por este motivo retrasaban la hora de bautizarse. Hay que esperar hasta el siglo V para ver cómo se inicia la confesión privada, gracias a los monjes británicos e irlandeses. Poco a poco, conociendo nuestra debilidad, la Iglesia fue facilitando la práctica de la confesión, dando oportunidad de acercarse a ella con mayor frecuencia. Hoy día, ya sabemos, podemos acercarnos cuantas veces queramos a este sacramento, con arrepentimiento y sincero propósito de enmienda, pues Dios nos tiende sus brazos misericordiosos a todas horas. En el apéndice de este capítulo explicaré las etapas que tuvo el sacramento de la confesión.
d)La Cuaresma: En la segunda mitad del siglo II el Papa Víctor (189-198), después de una intensa controversia, fijó la Pascua cristiana en el domingo siguiente al 14 de Nisán, fiesta de la Pascua judía, aunque casi todas las iglesias de Oriente continuaron celebrándola el 14 de Nisán. La Cuaresma inició embrionariamente con un ayuno comunitario de dos día de duración: Viernes y Sábado Santos (días de ayuno), que con el Domingo formaron el “triduo”. Era un ayuno más sacramental que ascético; es decir, tenía un sentido pascual (participación en la muerte y resurrección de Cristo) y escatológico (espera de la vuelta de Cristo Esposo, arrebatado momentáneamente por la muerte). A mediados del siglo III, el ayuno se extendió a las tres semanas antecedentes, tiempo que coincidió con la preparación de los catecúmenos para el bautismo de la noche pascual. A finales del siglo IV se extendió el triduo primitivo al jueves, día de reconciliación de penitentes (al que más tarde se añadió la Cena Eucarística), y se contaron cuarenta día de ayuno, que comenzaban el domingo primero de la Cuaresma. Como la reconciliación de penitentes se hacía el Jueves Santo, se determinó, al objeto de que fueran cuarenta días de ayuno, comenzar la Cuaresma el Miércoles de ceniza, ya que los domingos no se consideraban días de ayuno. Al desaparecer la penitencia pública, se expandió por toda la cristiandad, desde finales del siglo XI, la costumbre de imponer la ceniza a todos los fieles como señal de penitencia. Por tanto, la Cuaresma como preparación de la Pascua cristiana se desarrolló poco a poco, como resultado de un proceso en el que intervinieron tres componentes: la preparación de los catecúmenos para el bautismo de la Vigilia Pascual, la reconciliación de los penitentes públicos para vivir con la comunidad el Triduo Pascual, y la preparación de toda la comunidad para la gran fiesta de la Pascua. Como consecuencia de la desaparición del catecumenado (de adultos) y del itinerario penitencial (o de la reconciliación pública de los pecadores notorios), la Cuaresma se desvió de su espíritu sacramental y comunitario, llegando a ser sustituida por innumerables devociones y siendo ocasión de “misiones populares” o de predicaciones extraordinarias para el motivar el cumplimiento pascual, en las que se ponía el énfasis en el ayuno y la abstinencia. Con la reforma litúrgica, después del Concilio Vaticano II (1960-1965), se ha hecho resaltar el sentido bautismal y de conversión de este tiempo litúrgico, pero sin perder también la orientación del ayuno, la abstinencia y las obras de misericordia.

Historia de la Iglesia. Conclusión. Siglo II Edad Antigua
La Iglesia, con la asistencia del Espíritu Santo, iba poco a poco llevando a cabo la misión encomendada por Jesucristo
CONCLUSIÓN
Así acabamos el siglo II. La Iglesia, con la asistencia del Espíritu Santo, iba poco a poco llevando a cabo la misión encomendada por Jesucristo. Dificultades, había, no cabe duda. Los cristianos iban con el ejemplo y con la palabra defendiendo su fe cristiana, y llevando esa fe por donde iban. Es verdad que los cristianos apologistas no convencieron a todos sus interlocutores; tampoco Cristo lo logró. Los enemigos eran fuertes y usaban todo tipo de tretas para acabar con el cristianismo. Por eso, cuando buscaban a los responsables de las desgracias de la época, siempre las acusaciones se lanzaban contra los cristianos. Y para calmar el furor del pueblo, los emperadores pronunciaban condenas contra los cristianos. Así nacieron las crueles e inhumanas persecuciones. ¿Qué hicieron en esos terribles momentos los cristianos? Ellos se fortalecían con los sacramentos y se animaban con su caridad.
¿Quieres conocer un poco la vida de los primeros cristianos? Aquí te dejo este fragmento de la famosa carta anónima a Diogneto del siglo II: “Los cristianos no se distinguen de los demás hombres ni por el país, ni por el lenguaje, ni por la forma de vestir. No viven en ciudades que les sean propias, ni se sirven de ningún dialecto extraordinario; su género de vida no tiene nada de singular...Se distribuyen por las ciudades griegas y bárbaras, según el lote que le ha correspondido a cada uno; se conforman a las costumbres locales en cuestión de vestidos, de alimentos y de manera de vivir, al mismo tiempo que manifiestan las leyes extraordinarias y realmente paradójicas de su república espiritual. Cada uno reside en su propia patria, pero como extranjeros en un domicilio. Cumplen con todas sus obligaciones cívicas y soportan todas las cargas como extranjeros. Cualquier tierra extraña es patria suya y cualquier patria es para ellos una tierra extraña. Se casan como todo el mundo, tienen hijos, pero no abandonan a los recién nacidos. Comparten todos la misma mesa, pero no la misma cama. Están en la carne, pero no viven según la carne. Pasan su vida en la tierra, pero son ciudadanos del cielo. Obedecen a las leyes establecidas y su forma de vivir sobrepuja en perfección a las leyes. Aman a todos los hombres y todos les persiguen. Se les desprecia y se les condena; se les mata y de este modo ellos consiguen la vida. Son pobres y enriquecen a un gran número. Les falta de todo y les sobran todas las cosas. Se les desprecia y en ese desprecio ellos encuentran su gloria. Se les calumnia y así son justificados. Se les insulta y ellos bendicen...En una palabra, lo que el alma es en el cuerpo, eso son los cristianos en el mundo. El alma se extiende por todos los miembros del cuerpo como los cristianos por las ciudades del mundo. El alma habita en el cuerpo, pero sin ser del cuerpo, lo mismo que los cristianos habitan en el mundo, pero sin ser del mundo...El alma se hace mejor mortificándose por el hambre y la sed: perseguidos, los cristianos se multiplican cada vez más de día en día. Tan noble es el puesto que Dios les ha asignado, que no les está permitido desertar de él”.
Termino con unas palabras de san Justino (siglo II) sobre la celebración de la Eucaristía:“El día llamado del Sol (actual domingo) se reúnen todos en un lugar, lo mismo los que habitan en la ciudad que los que habitan en el campo, y, según conviene, se leen los recuerdos de los apóstoles y los escritos de los profetas, conforme el tiempo lo permita. Luego, cuando el lector termina, el que preside se encarga de amonestar con palabras de exhortación, a la imitación de cosas tan admirables. Después nos levantamos todos a la vez y recitamos preces; y a continuación, como ya dijimos, una vez que concluyen las plegarias, se trae pan, vino y agua. El que preside pronuncia con todas sus fuerzas preces y acciones de gracias y el pueblo responde “Amén”, tras de lo cual se distribuyen los dones sobre los que han pronunciado la acción de gracias, comulgan todos, y los diáconos se encargan de llevárselo a los ausentes..Y nos reunimos todos el día del Sol, primer porque es el primero de la semana y luego porque es día en que Jesucristo resucitó de entre los muertos. Lo crucificaron, en efecto, la víspera del día de Saturno (sábado) y al día siguiente del de Saturno, o sea el día del Sol, se dejó ver de sus apóstoles y discípulos y les enseñó todo lo que hemos expuesto a vuestra consideración” (San Justino, Apología en defensa de los cristianos, cap. 66-67, Patrología Griega 6, 430-432).

Siglo II Edad Antigua Apéndice
El sacramento del perdón a lo largo de los siglos
APÉNDICE: El sacramento del perdón a lo largo de los siglos
A partir del inaudito poder de remitir los pecados, concedido por Nuestro Señor Jesucristo a los apóstoles, este sacramento ha comenzado su complejo camino por la historia de los hombres. Simplificando mucho, podemos decir que se han sucedido tres diversas formas de celebración: la penitencia pública en la antigüedad, la penitencia “tarifada” y la penitencia “privada”. La transición de una a otra no ha sido ni inmediata ni fácil. Porque cada nueva etapa fue fruto de una maduración inspirada por el Espíritu del Señor y de una ardua búsqueda por descubrir las riquezas, por corregir los abusos, por aumentar el valor santificador del sacramento del perdón.
Nos dice el Catecismo de la Iglesia Católica: “A través de los cambios que la disciplina y la celebración de este sacramento han experimentado a lo largo de los siglos, se descubre una misma estructura fundamental. Comprende dos elementos igualmente esenciales: por una parte, los actos del hombre que se convierte bajo la acción del Espíritu Santo, a saber, la contrición, la confesión de los pecados y la satisfacción; y, por otra parte, la acción de Dios por el ministerio de la Iglesia. Por medio del obispo y de sus presbíteros, la Iglesia en nombre de Jesucristo concede el perdón de los pecados, determina la modalidad de la satisfacción, ora también por el pecador y hace penitencia con él. Así el pecador es curado y restablecido en la comunidad eclesial” (Número 1448).
1.Penitencia pública
El modo habitual en que se celebraba el sacramento de la penitencia durante los primeros siglos de la Iglesia suponía una sucesión de varias etapas, un verdadero camino penitencial que iba desde la confesión del pecado hasta la reconciliación final. Tratemos de describir cada una de esas etapas.
El primer paso era el más reservado y el menos litúrgico. El cristiano que había pecado gravemente se acercaba al obispo y le confesaba su pecado. El obispo lo amonestaba severamente haciéndole tomar conciencia de la gravedad de su falta, invitándolo a confiar en la misericordia del Señor y determinando la duración de la penitencia que debía él realizar, de acuerdo a la gravedad de su acción pecaminosa. No siempre la confesión era espontánea. Muchas veces el obispo mismo iba al encuentro del miembro de la comunidad que había pecado gravemente y lo exhortaba a la conversión y a la penitencia. En algunas ocasiones, cuando el pecado era conocido por todos y el pecador era impenitente, el obispo lo amonestaba públicamente para lograr su salvación y para edificación de la comunidad. Esta función espiritual era muy importante en todo ese período. Tiene además un valor permanente, pues el ministro no actuaba solamente al final del proceso penitencia (absolviendo), sino que era quien ponía en marcha todo el proceso llamando a la conversión, amonestando, exhortando. Es interesante recalcar que la confesión era secreta. Más aún, la confesión pública se consideraba un abuso. A lo sumo se daba sí una publicidad indirecta cuando el pecado era ya públicamente conocido. Como ahora. Públicos eran los demás pasos del proceso penitencial, es decir, a partir del ingreso en el grupo de penitentes.
Esta entrada en el grupo de los penitentes poseía carácter público y litúrgico. La Iglesia tenía entonces dos comunidades sin plena competencia eucarística, es decir, que no podían comulgar: la de los catecúmenos que se preparaban para el bautismo y la de los penitentes que se preparaban para la reconciliación sacramental. El pecador entraba a formar parte de estos grupos en medio de una celebración comunitaria. Poco a poco se fueron desarrollando ritos de entrada, como la imposición de las cenizas o la expulsión simbólica del templo como signo de la ruptura que el pecado había introducido en la comunidad.
Durante el lapso que duraba la pertenencia al grupo, los penitentes estaban sometidos a determinadas prescripciones litúrgicas. Las costumbres eran ligeramente diversas según las distintas iglesias locales. Algo, sin embargo, era común a todas: la prohibición de comulgar; así comprobamos que el pecado ya ha introducido distancia entre el pecador y la eucaristía. Y no podría recuperarse la plena comensalidad con Cristo, sino hasta después de la reconciliación. El pecado es una autoexclusión que solamente puede levantarse con la penitencia.
Estas prácticas litúrgicas eran duras y penosas. Pero la cosa no terminaba allí. El grupo debía “hacer penitencia”, no solamente en la asamblea, sino también en la vida cotidiana. Los penitentes estaban sometidos a ayunos y actos de humildad. Debían renunciar a fiestas y diversiones. Debían renunciar a cargos honoríficos. Estaban obligados a la abstinencia sexual. Muchas de estas prescripciones durísimas no cesaban del todo ni siquiera con la reconciliación.
¿Qué hace la comunidad cristiana durante el tiempo de penitencia? Colabora con los pecadores en la reparación del pecado. Con su ejemplo y especialmente con su oración. La remisión del pecado debía obtenerse de Dios y para conseguirla no bastaba la acción del penitente. Era necesaria la acción de la comunidad, la oración de la Iglesia. El pecador no está en condiciones de expiar sus pecados por sí solo: “Por eso pide la ayuda de todo el pueblo cristiano” (san Cesáreo de Arlés). Por otra parte, la comunidad cristiana no puede permanecer indiferente: “El cuerpo no puede gozar cuando uno de los miembros está enfermo; sufre todo entero y debe trabajar todo entero en la curación” (Tertuliano).
Cumplida la penitencia, llega el tiempo de la reconciliación, que es pública y solemne. En la mañana del Jueves Santo se realizaba una celebración comunitaria, presidida por el obispo en presencia de los fieles. Los penitentes dejaban entonces sus lugares habituales y eran llevados a la asamblea. Se postraban en tierra en señal de humildad y un diácono, asumiendo la representación de toda la comunidad, era el encargado de presentar los penitentes al obispo y pedir la gracia de la reconciliación.
Después de esta petición de la comunidad pronunciada por el diácono, el obispo exhortaba a los penitentes a no recaer en el pecado. Luego ejercía su ministerio de reconciliación.
Para concluir esta descripción es preciso tener en cuenta que a la dureza de la acción penitencias se añadía un elemento terrible: sólo se podía recibir el sacramento una sola vez en la vida. No podía repetirse. Por eso, muchos demoraban la penitencia hasta el momento de la muerte, para no malgastar la última oportunidad y para evitar las severidades consecuentes.
¿Qué decir de esta primera forma de penitencia?
Esta forma de penitencia pone ante nuestros ojos la seriedad del pecado y la incongruencia que implicaba la recaída del cristiano. El pecado no es una banalidad o una travesura. Si el pecado es cosa seria, también ha de serlo la penitencia. Positivo fue también el tiempo de maduración que suponía todo el proceso; todo esto ayudaba a madurar la propia conversión y a fortalecer la decisión de recomenzar una vida nueva. Otra cosa de alabar en esta penitencia: el aspecto comunitario. Era una auténtica liturgia comunitaria en la que toda la Iglesia estaba afectada y participaba. En esta penitencia el acento caía sobre la acción penitencial que expresaba la contrición interior (la satisfacción) y sobre la reconciliación. La confesión del pecado no ocupaba aún el centro psicológico de la celebración, sino que constituía más bien un requisito para poder determinar la duración de la penitencia.
También esta forma de penitencia encerraba algunos aspectos que la Iglesia fue mejorando con el tiempo: el rigor excesivo dejaba a la sombra la actitud bondadosa de Jesús hacia los pecadores. La excesiva acentuación de la satisfacción parecería que el perdón era conquista personal y no un regalo gratuito de Dios. Además los demás fieles podían dejar anidar el fariseísmo en su corazón: al fin y al cabo los pecadores serios eran los otros, los que estaban allí, en ese grupo. “Nosotros, después de todo, tan malos no somos...”.
2.La penitencia tarifada
Para superar estos inconvenientes de la penitencia pública, Dios suscitó la creatividad pastoral de los monjes británicos, por cuyo influjo aparece, hacia fines del siglo VI, un nuevo modo de celebrar el sacramento de la penitencia. Los elementos son los mismos. Pero el marco celebratorio cambia sustancialmente. Y cambia también la disciplina penitencial.
Estas son las características de esta segunda forma de penitencia:
.El ministro no es ya solamente el obispo, sino cualquier sacerdote debidamente autorizado. El motivo es obvio: el aumento de los penitentes hacía ya imposible al obispo presidir personalmente las liturgias penitenciales.
·Desaparece la publicidad de la penitencia, y no hay ingreso a ningún grupo, es decir que no hay grupo especial de penitentes; no hay reconciliación en el marco de una celebración comunitaria; todo el proceso es ahora reservado y secreto, y sólo algunos parientes y amigos pueden identificar al cristiano penitente por el modo de comportarse en su vida doméstica.
·Nadie queda excluido de los beneficios del sacramento, ni los jóvenes, ni los religiosos, ni los sacerdotes.
·Porque se ha abolido el principio de la unicidad, la penitencia es ahora repetibles y la repetición ya no es tan temible.
·Ya no existen consecuencias penitenciales que duren toda la vida.
No se crea, sin embargo, que todas estas facilidades han convertido al sacramento en una “ganga”, ya que todavía es rigurosa la expiación que se exige.
Así quedaría este segundo modo de confesarse: el pecador busca al sacerdote y confiesa sus pecados; el sacerdote lo amonesta, le aconseja y le impone una satisfacción de acuerdo con determinadas reglas. El pecador se retira y cumple la satisfacción. Al final de su expiación retorna y recibe la absolución de sus pecados.
La satisfacción por lo tanto no queda al arbitrio del sacerdote, sino que era determinada de acuerdo con libros específicos, los “libros penitenciales”, que establecían una medida, una tasa, una tarifa por cada pecado. De aquí el nombre de penitencia “tarifada” .
Así se iban educando las conciencias, se iban encarnando los valores evangélicos. El sacramento de la penitencia se iba transformando en una escuela de vida.
¿Qué decir de esta segunda forma de penitencia?
Aunque se mantiene todavía el sentido de la seriedad del pecado y la laboriosidad de la penitencia, sin embargo, se va perdiendo en el camino el sentido comunitario y eclesial.
Entre los aspectos más positivos de esta penitencia tarifada hay que tener en cuenta el sentido pastoral y educativo que el sacramento ha ido consolidando; se da una mayor atención a la singularidad de cada individuo en la determinación de las satisfacciones, hay un mayor respeto por la intimidad de la persona al suprimir toda publicidad y acentuar el carácter reservado de la celebración y el secreto de la confesión: hay un verdadero aporte educativo en la formación de las conciencias y en la transmisión de los valores.
Quizá la evolución más notable consiste en haber hecho pasar el sacramento de una óptica “penal” a una óptica “ascética”. Al hacerlo, se difunde en la Iglesia la conciencia de la pecaminosidad personal, el sacramento se convierte en una posibilidad de crecimiento para todos (jóvenes, religiosos, sacerdotes, etc.) y se abre el camino a la llamada confesión de devoción, es decir, a la acusación de los pecados veniales.
Entre los aspectos que habría que mejorar en esta forma de penitencia tarifada son éstos: además de lo dicho, sobre que se perdió el sentido eclesial del proceso, habría que decir también que las tarifas podían abrir el camino al formalismo y a una concepción demasiado “material” de la penitencia y de la satisfacción; es decir, parecería una concepción mercantil de la penitencia en la que se podrían esconder gravísimos abusos.
3. La penitencia privada
También aquí el Espíritu Santo volvió a iluminar a la Iglesia para revisar un poco el modo de llevar el perdón de Dios.
Dado que algunas penitencias tarifadas eran exorbitantes, entonces la reflexión de la Iglesia encontró una manera de redimir las “tasas” penitenciales. Y lo hace subrayando que no sólo el ayuno es una obra penitencial, sino también la limosna y la oración. Se va creando de esta manera un sutil sistema de compensaciones penitenciales: tanta oración (recitación de los salmos, por ejemplo) equivale a tantos días de ayuno. O bien, tanta limosna equivale a una penitencia de tal duración.
Pero, ¿qué pasa con quien no sabe leer los salmos o, en razón de su debilidad, no puede ni ayunar ni velar, ni hacer genuflexiones, ni tener los brazos en cruz, ni postrarse en tierra? “Que elija a alguno que cumpla la penitencia en su lugar y que le pague por eso, pues está escrito: Llevad las cargas los unos por los otros” (Cánones del rey Edgar).
Pero, como se puede uno imaginar, esto dio lugar a abusos. Esta solidaridad sobrenatural completa, pero no reemplaza, la propia parte personal. Nada más personal e inalienable que la conversión y la penitencia. Los méritos de los demás vienen en apoyo, en ayuda; pero no son alienantes. Y sobre todo, no pueden comprarse. He aquí el abuso: ha nacido una nueva profesión, la de los penitentes “a sueldo”. Peor aún, la penitencia se ha convertido, prácticamente, en una actividad para pobres. El rico encuentra quien lo sustituya. De esta manera la tarifa penitencial desemboca en un mercado de penitencias.
Menos mal que no faltaron las intervenciones sensatas de la jerarquía. Pero había que atacar la raíz de estos abusos. Y la raíz estaba en la tarifa penitencial, en los libros penitenciales. Estos abusos suscitaron una severa reacción eclesial: los obispos individualmente, y reunidos en concilios, prohibieron el uso de las tarifas penitenciales y ordenaron incluso la destrucción de los libros penitenciales.
Nace así, prácticamente desde el siglo XI, esa forma de celebración del sacramento de la penitencia que podríamos llamar “privada” y que es aquella en la que hemos sido educados la mayoría de nosotros.
¿Cuáles son las características de este modo de celebrar la penitencia?
·La supresión de cualquier tipo de tasa penitencial. Se aconseja que la satisfacción consista en actos pertenecientes a la virtud que ha sido conculcada por el pecador: actos de humildad a los soberbios, pureza y mortificación a los impuros, justicia a los deshonestos, actos de generosidad a los tacaños, etc...
·Ya no hay etapas penitenciales, pues se concede la absolución en la misma ceremonia de la confesión, sin haber cumplido la satisfacción. Por eso el sacerdote que confiesa tiene que lograr todo ese clima de arrepentimiento en el penitente, para que la confesión no se convierta en algo formalista sin peso interior. El dolor de la confesión bien hecha, la vergüenza, eran en sí mismos ya satisfactorios.
·La confesión se convierte en el elemento fundamental, ya no tanto la satisfacción. Por eso, se llamará el sacramento de la confesión.
¿Qué decir de esta tercera forma del sacramento de la penitencia?
Esta forma ha posibilitado una profundización de la gracia concedida por el sacramento en el camino de la santidad, y no tanto una conquista personal debida a todo el esfuerzo de ascesis, penitencia o de oración que hacía el penitente, como podrían parecer las formas anteriores. La purificación propia de sí mismo y la búsqueda de la santidad, no se sitúan solamente en el plano de la ascesis, sino en el orden sacramental, son “pascualizados” gracias a la celebración frecuente del sacramento, incluso para los pecados veniales.
También se potencia el valor educativo del sacramento, gracias a la sistematización de los principios de la vida moral llevada a cabo por una buena teología de las virtudes y los pecados.
Esta celebración, por otra parte, ha permitido una máxima atención de las necesidades espirituales de cada persona y ha constituido en muchos casos el punto de partida de una verdadera dirección espiritual, en la que han descollado tantos santos confesores, y que ha eclosionado en tantos frutos de santidad y de apostolado.
También esta forma puede traer consigo algunas puntos a tener en cuenta: no convertir el sacramento de la penitencia a un solo recuento de pecados, sin olvidarse ninguno; pero sin valorar la sinceridad de la conversión; llegar incluso a escrúpulos indecibles por haber olvidado algún pecado, y no saborear la gracia y la alegría pascual que me trae el sacramento.
Hay que lograr integrar en el sacramento de la penitencia todos los elementos armónicamente: examen de conciencia, dolor profundo por los pecados, confesar sinceramente todos los pecados, propósito de enmienda y cumplir la satisfacción o penitencia. Pero todo en un clima de humildad y penitencia, pero siempre en una celebración renovada, fecunda y gozosa. Eso es lo que se ha propuesto el Concilio Vaticano II con respecto a este sacramento.
Carta a Diogneto
Escritos de los Padres de la Iglesia
Se trata de un breve tratado apologético dirigido a un tal Diogneto que, al parecer, había preguntado acerca de algunas cosas que le llamaban la atención sobre las creencias y modo de vida de los cristianos: "Cuál es ese Dios en el que tanto confían; cuál es esa religión que les lleva a todos ellos a desdeñar al mundo y a despreciar la muerte, sin que admitan, por una parte, los dioses de los griegos, ni guarden, por otra, las supersticiones de los judíos; cuál es ese amor que se tienen unos a otros, y por qué esta nueva raza o modo de vida apareció ahora y no antes» (Cap. 1).
El desconocido autor de este tratado, compuesto seguramente a finales del siglo II, va respondiendo a estas cuestiones en un tono más de exhortación espiritual y de instrucción que de polémica o argumentación. Literariamente es, sin duda, la obra más bella y mejor compuesta de la literatura apologética: sus formulaciones acerca de la postura de los cristianos en el mundo o del sentido de la salvación ofrecida por Cristo son de una justeza y una penetración admirables.
Esta antigua obra es una exposición apologética de la vida de los primeros cristianos, dirigida a cierto Diogneto—nombre puramente honorífico, según la opinión más difundida—y redactada en Atenas, en el siglo II. Investigaciones recientes invitan a identificarla con la Apología de Cuadrato al emperador Adriano, que durante siglos se creyó perdida. Desgraciadamente, el único manuscrito que se conservaba de este antiguo texto fue destruido en el siglo pasado, durante la guerra franco-prusiana, en el incendio de la biblioteca de Estrasburgo. Todas las ediciones y traducciones se basan en ese único manuscrito, ya desaparecido.
La parte central de esta apología expone un aspecto fundamental de la vida de los primeros cristianos: el deber de santificarse en medio del mundo, iluminando todas las cosas con la luz de Cristo. Un mensaje siempre actual, que el Señor ha recordado a los hombres en estos tiempos últimos con las enseñanzas del Concilio Vaticano II.
I. Refutación del politeísmo
Una vez que te hayas purificado de todos los prejuicios que dominan tu mente y te hayas liberado de tus hábitos mentales que te engañan, haciéndote como un hombre radicalmente nuevo puedes comenzar a ser oyente de ésta que tú mismo confiesas ser una doctrina nueva. Mira, no sólo con tus ojos, sino también con tu inteligencia cuál es la realidad y aun la apariencia de ésos que vosotros creéis y decís ser dioses. Uno es una piedra como las que pisamos; otro es un pedazo de bronce, no mejor que el que se emplea en los cacharros de nuestro uso ordinario; otro es de madera, que a lo mejor está ya podrida; otro es de plata, y necesita de un guardia para que no lo roben; otro es de hierro y el orín lo corrompe; otro es de arcilla, en nada mejor que la que se emplea para los utensilios más viles. ¿No están todos ellos hechos de materia corruptible?... ¿No fue el escultor el que los hizo, o el herrero, o el platero o el alfarero?... No son todos ellos cosas sordas, ciegas, inanimadas, insensibles, inmóviles? ¿No se pudren todas? ¿No se destruyen todas? Esto es lo que vosotros llamáis dioses, y a ellos os esclavizáis, a ellos adoráis, para acabar siendo como ellos. ¿Por eso aborrecéis a los cristianos, porque no creen que eso sean dioses?... 1
II. Refutación del judaísmo
¿Por qué los cristianos no practican la misma religión que los judíos? Los judíos, en cuanto se abstienen de la idolatría y adoran a un solo Dios de todas las cosas al que tienen por Dueño soberano, piensan rectamente. Pero se equivocan al querer tributarle un culto semejante al culto idolátrico del qué hemos hablado. Porque los griegos muestran ser insensatos al presentar sus ofrendas a objetos insensibles y sordos; pero éstos hacen lo mismo, como si Dios tuviera necesidad de ellas, lo cual más parece propio de locura que de verdadero culto religioso. Porque el que hizo «el cielo y la tierra y todo lo que en ellos se contiene» (Sal 145, 6) y que nos dispensa todo lo que nosotros necesitamos, no tiene necesidad absolutamente de nada, y es él quien proporciona las cosas a los que se imaginan dárselas... No es necesario que yo te haya de informar acerca de sus escrúpulos con respecto a los alimentos, su superstición en lo referente al sábado, su gloriarse en la circuncisión y su simulación en materia de ayunos y novilunios: todo eso son cosas ridículas e indignas de consideración. ¿Cómo no hemos de tener por impío el que de las cosas que Dios ha creado para los hombres se tomen algunas como bien creadas, mientras que se rechazan otras como inútiles y superfluas? ¿Cómo no es cosa irreligiosa calumniar a Dios, atribuyéndole que él nos prohíbe que hagamos cosa buena alguna en sábado? ¿No es digno de irrisión el gloriarse en la mutilación de la carne como signo de elección, como si con esto ya hubieran de ser particularmente amados de Dios?... Con esto pienso que habrás visto suficientemente cuánta razón tienen los cristianos para apartarse de la general inanidad y error y de las muchas observaciones y el orgullo de los judíos 2.
III. Los cristianos en el mundo
En cuanto al misterio de la religión propia de los cristianos, no esperes que lo podrás comprender de hombre alguno. Los cristianos no se distinguen de los demás hombres ni por su tierra, ni por su lengua, ni por sus costumbres. En efecto, en lugar alguno establecen ciudades exclusivas suyas, ni usan lengua alguna extraña, ni viven un género de vida singular. La doctrina que les es propia no ha sido hallada gracias a la inteligencia y especulación de hombres curiosos, ni hacen profesión, como algunos hacen, de seguir una determinada opinión humana, sino que habitando en las ciudades griegas o bárbaras, según a cada uno le cupo en suerte, y siguiendo los usos de cada región en lo que se refiere al vestido y a la comida y a las demás cosas de la vida, se muestran viviendo un tenor de vida admirable y, por confesión de todos, extraordinario. Habitan en sus propias patrias, pero como extranjeros; participan en todo como los ciudadanos, pero lo soportan todo como extranjeros; toda tierra extraña les es patria, y toda patria les es extraña.
Se casan como todos y engendran hijos, pero no abandonan a los nacidos. Ponen mesa común, pero no lecho. Viven en la carne, pero no viven según la carne. Están sobre la tierra, pero su ciudadanía es la del cielo. Se someten a las leyes establecidas, pero con su propia vida superan las leyes. Aman a todos, y todos los persiguen. Se los desconoce, y con todo se los condena. Son llevados a la muerte, y con ello reciben la vida. Son pobres, y enriquecen a muchos (/2Co/06/10). Les falta todo, pero les sobra todo. Son deshonrados, pero se glorían en la misma deshonra. Son calumniados, y en ello son justificados. «Se los insulta, y ellos bendicen» (1 Cor 4, 22). Se los injuria, y ellos dan honor. Hacen el bien, y son castigados como malvados. Ante la pena de muerte, se alegran como si se les diera la vida. Los judíos les declaran guerra como a extranjeros y los griegos les persiguen, pero los mismos que les odian no pueden decir los motivos de su odio.
Para decirlo con brevedad, lo que es el alma en el cuerpo, eso son los cristianos en el mundo. El alma está esparcida por todos los miembros del cuerpo, y los cristianos lo están por todas las ciudades del mundo. El alma habita ciertamente en el cuerpo, pero no es del cuerpo, y los cristianos habitan también en el mundo, pero no son del mundo. El alma invisible está en la prisión del cuerpo visible, y los cristianos son conocidos como hombres que viven en el mundo, pero su religión permanece invisible. La carne aborrece y hace la guerra al alma, aun cuando ningún mal ha recibido de ella, sólo porque le impide entregarse a los placeres; y el mundo aborrece a los cristianos sin haber recibido mal alguno de ellos, sólo porque renuncian a los placeres. El alma ama a la carne y a los miembros que la odian, y los cristianos aman también a los que les odian. El alma está aprisionada en el cuerpo, pero es la que mantiene la cohesión del cuerpo; y los cristianos están detenidos en el mundo como en un prisión, pero son los que mantienen la cohesión del mundo. El alma inmortal habita en una tienda mortal, y los cristianos tienen su alojamiento en lo corruptible mientras esperan la inmortalidad en los cielos. El alma se mejora con los malos tratos en comidas y bebidas, y los cristianos, castigados de muerte todos los días, no hacen sino aumentar: tal es la responsabilidad que Dios les ha señalado, de la que no sería licito para ellos desertar.
Porque, lo que ellos tienen por tradición no es invención humana: si se tratara de una teoría de mortales, no valdría la pena una observancia tan exacta. No es la administración de misterios humanos lo que se les ha confiado. Por el contrario, el que es verdaderamente omnipotente, creador de todas las cosas y Dios invisible, él mismo hizo venir de los cielos su Verdad y su Palabra santa e incomprensible, haciéndola morar entre los hombres y estableciéndola sólidamente en sus corazones. No envió a los hombres, como tal vez alguno pudiera imaginar, a un servidor suyo, algún ángel o potestad de las que administran las cosas terrenas o alguno de los que tienen encomendada la administración de los cielos, sino al mismo artífice y creador del universo, el que hizo los cielos, aquel por quien encerró el mar en sus propios limites, aquel cuyo misterio guardan fielmente todos los elementos, de quien el sol recibió la medida que ha de guardar en su diaria carrera, a quien obedece la luna cuando le manda brillar en la noche, a quien obedecen las estrellas que son el séquito de la luna en su carrera; aquel por quien todo fue ordenado, delimitado y sometido: los cielos y lo que en ellos se contiene, la tierra y cuanto en la tierra existe, el mar y lo que en el mar se encierra, el fuego. el aire, el abismo, lo que está en lo alto, lo que está en lo profundo y lo que está en medio. A éste envió Dios a los hombres. Ahora bien, ¿lo envió, como alguno de los hombres podría pensar, para ejercer una tiranía y para infundir terror y espanto? Ciertamente no, sino que lo envió con bondad y mansedumbre, como un rey que envía a su hijo rey, como hombre lo envió a los hombres, como salvador, para persuadir, no para violentar, ya que no se da en Dios la violencia. Lo envió para invitar, no para perseguir; para amar, no para juzgar. Ya llegará el día en que lo envíe para juzgar, y entonces ¿quién será capaz de soportar su presencia?... 3.
IV. El designio salvador de Dios
65 Dios, Señor y Creador del universo, que hizo todas las cosas y las distinguió según su orden, no sólo se mostró amador de los hombres, sino también magnánimo con ellos. En realidad siempre fue tal, y lo sigue siendo, y lo será: benévolo, bueno, sin ira y veraz: sólo él es bueno. Y habiendo concebido un designio grande e inefable, lo comunicó sólo con su Hijo. Pues bien, mientras su voluntad llena de sabiduría se mantenía en secreto y se guardaba, parecía que no se cuidaba ni se preocupaba de nosotros. Pero después que lo reveló por medio de su Hijo amado y manifestó lo que tenía preparado desde el principio, nos lo dio todo de una vez, a saber, no sólo tener parte en sus beneficios, sino ver y comprender lo que ninguno de nosotros hubiera jamás esperado.
Así pues, teniéndolo todo preparado en sí mismo y con su Hijo, hasta el tiempo próximo pasado nos permitió que nos dejáramos llevar a nuestro antojo por nuestros desordenados impulsos, arrastrados por los placeres y concupiscencias. No es que tuviera en manera alguna complacencia en nuestros pecados, pero los toleraba. Ni tampoco aprobaba entonces aquel tiempo de iniquidad, sino que iba preparando el tiempo actual de justicia, para que, habiendo quedado en aquel tiempo convictos par nuestras propias obras de que éramos indignos de la vida, ahora fuéramos hechos dignos de ella por la bondad de Dios; y habiendo quedado bien patente que nosotros por nosotros mismos no podíamos entrar en el reino de Dios, se nos conceda ahora la capacidad de entrar por el poder del mismo Dios. Cuando nuestra iniquidad llegó a su colmo y se puso plenamente de manifiesto que la paga que podíamos esperar era el castigo y la muerte, llegó aquel momento que Dios había dispuesto de antemano a partir del cual tenía que mostrarse su bondad y su poder. ¡Oh maravillosa benignidad y amor de Dios para con los hombres! No nos aborreció, no nos arrojó de sí, no nos guardó rencor, sino que se mostró magnánimo, nos soportó, y compadecido de nosotros cargó sobre sí nuestros pecados. ÉI mismo «entregó a su propio Hijo» (Rm 8, 32) como rescate por nosotros: al santo por los pecadores, al inocente por los malvados, «al justo por los injustos» (1 Pe 3, 18), al incorruptible por los corruptibles, al inmortal por los mortales. Porque, ¿qué otra cosa podía cubrir nuestros pecados, fuera de su justicia? ¿En quién podíamos nosotros, malvados e impíos, ser justificados, sino sólo en el Hijo de Dios? ¡Oh dulce trueque! ¡Oh obra insondable! ¡Oh beneficios inesperados! La iniquidad de muchos quedó sepultada en un solo justo, y la justicia de uno bastó para justificar a muchos malvados.
De esta suerte, habiéndonos convencido Dios en el tiempo pasado de que por nuestra propia naturaleza no éramos capaces de alcanzar la vida, y habiendo mostrado ahora al salvador que es capaz de salvar lo imposible, quiso que a partir de estas dos cosas creyéramos en su bondad y le tuviéramos como sustentador nuestro, padre, maestro, consejero, médico, inteligencia, luz, honor, gloria, fuerza, vida, sin que anduviéramos preocupados de nuestro vestido o comida.
Si deseas llegar a alcanzar también tú esta fe, procura primero alcanzar el conocimiento del Padre. Porque Dios amó a los hambres, por los cuales hizo el mundo, a quienes sometió todas las cosas de la tierra, a quienes dio la razón y la inteligencia, los únicos a quienes concedió mirar hacia arriba para que pudieran verle, a quienes modeló a su propia imagen, a quienes envió a su Hijo unigénito (1 Jn 4, 9), a quienes prometió el reino de los cielos, que dará a los que le hubieren amado. No tienes idea de la alegría que te llenará cuando llegues a alcanzar este conocimiento, o del amor que puedes llegar a sentir para con aquel que primero te amó hasta tal extremo. Y cuando llegues a amarle, te convertirás en imitador de su bondad. No te maravilles de que el hombre pueda llegar a ser imitador de Dios: lo puede, si lo quiere Dios. Porque la felicidad no está en dominar tiránicamente al prójimo, ni en querer estar siempre por encima de los más débiles, ni en la riqueza, ni en la violencia para con los más necesitados: en esto no puede nadie imitar a Dios, porque todo esto es ajeno de su grandeza. Más bien el que toma sobre sí la carga de su prójimo, el que en aquello en que es superior está dispuesto a hacer el bien a su inferior, el que suministra a los necesitados lo que él mismo recibió de Dios, éste se convierte en Dios de los que reciben de su mano, éste es imitador de Dios.
Entonces, aunque morando en la tierra, podrás contemplar cómo Dios es el Señor de los cielos; entonces empezarás a hablar los misterios de Dios; entonces amarás y admirarás a los que reciben castigo de muerte por no querer negar a Dios; entonces condenarás el engaño y el extravío del mundo, cuando conocerás la verdadera vida del cielo, cuando llegarás a despreciar la que aquí se tiene por muerte, cuando temerás la muerte verdadera, que está reservada para los condenados al fuego eterno que ha de castigar hasta el fin a los que a él sean arrojados. Entonces, cuando hayas llegado a tener conocimiento de aquel fuego, admirarás a los que por causa de la justicia soportan este fuego temporal, y los tendrás por bienaventurados 4. ........................ 1. Carta a Diogneto, cap. 2, 2, Ibid., cap. 3-4. 3. Ibid., cap. 5-7. 4. Ibid., cap. 8-10.
+++
La búsqueda apologética no es otra cosa que la búsqueda de la Verdad: sobre Dios, sobre el Hombre, sobre la Historia. No, por tanto, un oficio más entre muchos, sino el primer trabajo que se le pide al creyente. No al de hoy, al de siempre: la primera entre todas las obras de caridad es proclamar la Verdad.
+++
HISTORIA ECLESIÁSTICA -
Eusebio de Cesarea
Libro 3
Lugares en los que los apóstoles predicaron a Cristo
I 1. Así, pues, se hallaban los judíos cuando los santos apóstoles de nuestro Salvador y los discípulos fueron esparcidos por toda la tierra. Tomás, según sostiene la tradición, recibió Partia; Andrés, Escitia, y Juan, Asia, y allí vivió hasta morir en Éfeso.
2. Pedro parece que predicó en el Ponto, en Galacia, en Bitinia, en Capadocia y en Asia a los judíos en la dispersión y, finalmente, cuando llegó a Roma, fue crucificado invertido, como él mismo había creído conveniente padecer.
3. ¿Qué diremos de Pablo, el cual, partiendo de Jerusalén y hasta el Ilírico, llevó a término el evangelio de Cristo y al final fue martirizado en Roma durante el reinado de Nerón? Estos detalles los cuenta Orígenes literalmente en el tomo III de sus Comentarios al Génesis.
Quién fue el primero en dirigir la iglesia de Roma
II 1.Lino fue el primero en ser elegido para el episcopado de la iglesia de Roma después del martirio de Pablo y de Pedro. Esto lo recuerda Pablo al escribir a Timoteo desde Roma, en la salutación al final de la espístola.
Acerca de las epístolas de los apóstoles
III 1. Sólo se reconoce una Epístola de Pedro. Ésta la usaban los antiguos ancianos como irrefutable en sus propias obras, pero la que llaman Segunda Epístola no ha sido aceptada como testamentaria. No obstante, ya que muchos la han considerado útil, ha sido respetada junto con las otras Escrituras.
2. Referente a los Hechos que llevan su nombre, al Evangelio llamado con su nombre, a la predicación que dice ser suya y al escrito que llaman Apocalipsis, nos consta que no aparece en absoluto en los escritos apostólicos, porque ningún escritor eclesiástico, antiguo o contemporáneo, se ha servido jamás de testimonios procedentes de ellos.
3. Más adelante en esta historia haré a propósito que, con las sucesiones, se muestren también los escritos eclesiásticos que en cada época utilizaron los libros que se han discutido, cuáles usaron y qué dicen con relación a los libros testamentarios admitidos y acerca de los que no lo son.
4. No obstante, las obras que se llaman de Pedro, de las que sólo una epístola se conoce como auténtica y admitida entre los antiguos ancianos, son las ya mencionadas.
5. Pero las catorce Epístolas son claras y evidentemente de Pablo, aunque no sería justo olvidar que algunos no han aceptado la Epístola a los Hebreos arguyendo que la iglesia de Roma niega que sea de Pablo. En el momento conveniente explicaré lo que comentaron acerca de esta epístola los autores anteriores a nosotros. De ningún modo he recibido entre los discutidos a los Hechos que dicen ser de él.
6. Ya que el mismo apóstol, en su salutación final de la Epístola a los Romanos, hace mención, junto con otros, de Hermas (de quien, según dicen, es el libro del Pastor),es preciso ser consciente de que mientras unos lo rechazan y por su causa no lo incluye entre los aceptados, otros lo han considerado en extremo necesario, muy especialmente para aquellos que necesitan una introducción inicial. Por ello, nos consta que se ha utilizado públicamente en las iglesias y entendemos que ya lo usaron los más antiguos escritores.
7. Todo esto sea suficiente a modo de exposición de las Escrituras de Dios indiscutidas de las que no todos aceptan.
Acerca de la primera sucesión apostólica
IV 1. Ciertamente, que Pablo predicó a los gentiles y estableció los fundamentos de las iglesias, desde Jerusalén avanzando hasta el Ilírico, es evidente por sus propias palabras y por lo que relata Lucas en los Hechos.
2. De lo que dice Pedro en su Epístola (la que ya mencionamos y que es aceptada) que escribe a los hebreos de la dispersión en el Ponto, en Galacia, en Capadocia, en Asia y en Bitinia, se aprecia con plena certidumbre en qué regiones predicó él mismo a Cristo y dio a conocer la Palabra del Nuevo Testamento a los de la circuncisión.
3. Pero no es fácil dar el número y el nombre de los convertidos en hombres esforzados y sinceros que fueron estimados como capacitados para apacentar las iglesias que fundaron los apóstoles, si no es por lo que se recoge de las palabras de Pablo.
4. De hecho hubo muchísimos colaboradores suyos y, como él mismo los llama, compañeros de milicia. A los más de ellos los tiene por dignos de recuerdos indestructibles, incluyendo extensamente su testimonio en su propia Epístola; y, además, también Lucas en los Hechos enumera los discípulos de Pablo, indicando su nombre.
5. Así pues, explica que Timoteo fue el primer escogido para el episcopado de la religión en Éfeso, y que Tito lo fue en las iglesias de Creta.
6. Lucas, procedente de una familia de Antioquía, y siendo médico, acompañó a Pablo la mayor parte del tiempo. No obstante, su contacto con los restantes apóstoles no fue accidental; de ellos asimiló la terapéutica de las almas, de la que nos ha transmitido algunas muestras en los libros divinamente inspirados: en el Evangelio, del cual da testimonio que lo compuso de acuerdo con lo que le entregaron los que desde el principio presenciaron los hechos y se convirtieron en servidores de la Palabra, y a todos ellos dice que siguió atentamente desde el primer momento; y en los Hechos de los Apóstoles, que redactó, ya no siguiendo de oídas, sino con los detalles que recogió con sus propios ojos.
7. Además, se dice que habitualmente Pablo mencionaba este Evangelio como si fuera suyo propio cada vez que escribía: «conforme a mi Evangelio».
8. De los demás seguidores de Pablo, hay testimonios de que Crescente fue enviado por él a las Galias, y Lino, el que menciona que está con él en Roma en la Segunda Epístola a Timoteo, vimos claramente que fue el primero en recibir el episcopado de la iglesia en Roma después de Pedro.
9. Pero Pablo también da testimonio de que Clemente (el cual, a su vez, fue establecido tercer obispo de la iglesia de Roma) fue su colaborador y compañero de combate.
10. A todo esto cabe añadir aquel areopagita llamado Dionisio, del cual Lucas escribió en los Hechos, que fue el primer creyente después del discurso de Pablo a los atenienses en el Areópago. Además, otro antiguo Dionisio, pastor de la región de Corinto, dice que este areopagita fue el primer obispo de Atenas.
11. Ahora bien, ya iremos mencionando a su tiempo todo lo concerniente a la sucesión de los apóstoles según avancemos en el camino. Ahora sigamos el curso de la narración.
+++

Historia de la Iglesia Siglo III Edad Antigua
Las herejías ayudan a la Iglesia a profundizar su doctrina
INTRODUCCIÓN
Ser cristiano es acoger la Buena Nueva de Jesús y cambiar de vida dejándose transformar por ella. La palabra puede ser anunciada por todas partes. El bautismo puede celebrarse a orillas de un río..., pero el cristiano no es un individuo aislado. Pertenece a una comunidad, al nuevo Pueblo de Dios, a la Iglesia. La palabra iglesia, en griego ekklesia, significa “reunión o convocación”. “Creo en la comunión de los santos”, dice el Credo apostólico, es decir, en la unión espiritual entre los bautizados.
Signo sensible y causa de esta unidad fue siempre la eucaristía. El pecador o el que rompía la unidad era excluido de la eucaristía y, por consiguiente, de la comunión; incurría en la pena de la ex-comunión. La comunión afianzaba a las comunidades, les daba cohesión espiritual y apoyo mutuo; por la comunión se sentían unidos a los apóstoles, a los mártires y hermanos desconocidos. Incluso cuando debían viajar, llevaban “carta de comunión” –salvoconducto- todos los cristianos, incluso obispos y presbíteros. Esta carta de comunión se llamaba también carta de hospitalidad y abría las puertas en todo el imperio; el portador era recibido en la comunidad, en la eucaristía y gozaba de alojamiento sin cargo alguno. Estaban estas cartas respaldadas por listas completas que los obispos remitían a todas las comunidades, donde constaba el nombre de los que estaban “en comunión” o en “excomunión”. El Papa Ceferino en este siglo III revocó las cartas de comunión a algunos herejes.
Centro geográfico de la comunión era Roma. El obispo africano Optato (siglo IV) dice: “La primera sede episcopal en Roma fue conferida a Pedro. Sobre esta sede descansa la unidad de todos, gracias al sistema de las cartas de paz, en una única sociedad de comunión”. Y san Ambrosio, más tarde: “De la Iglesia romana fluyen hacia todas las demás los derechos de la venerable comunión”. Era, pues, el Papa el centro de la comunión donde se respaldaban los obispos, no a la inversa. Cuando el Papa hubo de dictar excomunión a más de cien obispos de África y Asia Menor, no tembló la sede de Roma. Vivió la Iglesia apostólica en verdadera comunión, como consta en los escritos de los apóstoles, especialmente en san Pablo y san Juan, y en algunos epitafios .
Es verdad que Jesús no fue componiendo punto por punto los estatutos de este primer grupo, ni tampoco lo hicieron los apóstoles. Pero un grupo que quiere vivir y durar se va dando poco a poco la organización necesaria en función de la misión encomendada. Así hicieron los primeros cristianos, sobre todo, quienes tenían la autoridad, bajo la guía del Espíritu Santo. Cristo puso la primera semilla del gobierno de su Iglesia: puso la cabeza o roca, puso las primeras columnas, puso la ley de la caridad y la afirmación bien clara: “Quien a vosotros escuche, a Mí me escucha; quien a vosotros desprecia, a Mí me desprecia” (Lc 10, 16). El resto, es competencia del Espíritu Santo que guía a la Iglesia a su plenitud y perfección.

Historia de la Iglesia. Sucesos en el Siglo III Edad Antigua
Vuelta a las herejías. Los pueblos bárbaros se acercaban cada vez más a las fronteras romanas y se hicieron sentir.
SUCESOS
El gigante del Imperio comienza a tambalearse
Roma sufría de una profunda crisis, una gran inestabilidad. Los militares se habían adueñado del poder. Las crisis económicas y las convulsiones sociales eran endémicas. Los pueblos bárbaros se acercaban cada vez más a las fronteras romanas y se hicieron sentir; hasta tal punto que obligó a Roma a rectificar el “limes”, abandonando ciertos territorios muy avanzados. Ya los vándalos habían llegado desde el siglo primero. Los godos y alamanos arribaron a principios del siglo III, junto con los francos (240) y los burgundios (277). Estas naciones bárbaras seguían en su mayoría sin evangelizar, sumidas en el paganismo ancestral.
Vuelta a las herejías
Aunque el imperio experimentaba su crisis, sin embargo, los cristianos seguían profundizando en su fe. De hecho, algunos cristianos empezaron a estudiar el misterio de la Trinidad, en su intento de seguir ahondando en el conocimiento de la Persona de Jesucristo. Pero desgraciadamente algunos cristianos se apartaron de la unidad de la fe y se dieron algunas herejías o errores en materia doctrinal. Entre estas herejías se encontraban:
a)El adopcionismo, que afirmaba que Jesús era Hijo adoptivo de Dios, pero no Dios verdadero. Decía así: “El Verbo de Dios, que habitaba en el hombre Jesús no era una persona sino un atributo de Dios”. Pablo de Samosata fue el principal defensor de esta tesis.
b)Politeísmo: No faltó quien sostuviera que el Padre y el Hijo eran tan diferentes, que en realidad eran dos dioses distintos.
c)El modalismo de Sabelio negó la Trinidad. Afirmaba que al Padre se le llamaba Hijo en cuanto se había encarnado, y que el Espíritu Santo no es más que una modalidad de Dios.
d)El monarquianismo: propone la existencia de un solo principio y de un único gobierno y no acepta las tres personas en Dios. Reduce al Hijo y al Espíritu Santo a fuerzas divinas o a modos en que Dios se presenta a los hombres en la historia.
e)El patripasianismo, que decía que el Padre se encarnó y padeció.
f)El maniqueísmo: insistía, como los gnósticos, en la existencia de dos principios supremos, ambos creadores: la luz y las tinieblas. La luz había creado el alma y todos los seres buenos. Las tinieblas crearon, por su parte, el cuerpo y las cosas materiales que, por tanto, eran consideradas malas.
g)Celso fue hostil a los libros inspirados, a Cristo y a la Iglesia.
La furia de las persecuciones
Dios iba haciendo su obra, es verdad; pero también el enemigo hacía la suya, sirviéndose de la fuerza, tiranía y la prepotencia de los emperadores que se dieron con sorda lucha a la destrucción del Cristianismo. Por eso, en este siglo siguieron las persecuciones:
h)Septimio Severo (193-211): prohibió el proselitismo cristiano bajo pena de graves castigos; y prohibió también el catecumenado, es decir, la preparación de los adultos paganos que querían recibir el bautismo. Durante esta persecución murieron mártires santas Perpetua y Felicidad, bautizadas en la cárcel (202).
i)Decio (249-251): obligó a todos los ciudadanos a sacrificar a los dioses del imperio y pidió un certificado de haberlo hecho. Algunos cristianos desertaron y sacrificaron a los dioses. A éstos se les llamó “lapsi” (los caídos).
j)Valeriano (253-260): pretendió dar un golpe fatal a la Iglesia, orientando el ataque hacia los puntos neurálgicos de la estructura cristiana. Por eso, tomó medidas contra el clero, prohibiendo el culto y las reuniones en los cementerios o catacumbas. Quienes no sacrificaban a los dioses, debían morir. Murieron Cipriano de Cartago, Sixto, Papa y obispo de Roma y su diácono Lorenzo.
k)Diocleciano (285): la última y la más terrible de las persecuciones fue la de Diocleciano, aunque su esposa y su hija eran cristianas. Prohibió las reuniones de los cristianos. Mandó destruir los libros sagrados, los lugares de culto; pérdida de derechos jurídicos de los cristianos, condena a las minas o a la muerte. Mandó a prisión al clero, con el fin de privar a los fieles de sus pastores. Infligió suplicios terribles: hachazos en Arabia; fuego lento en Antioquía; cortar pies en Capadocia; colgar la cabeza en un brasero ardiendo en Mesopotamia; meter trocitos de caña entre carne y uña; quemar las entrañas con plomo derretido en el Ponto; echar los cadáveres a los perros en Cesarea, decapitar y crucificar a muchos. En este tiempo el número de los cristianos alcanzaba ya el 50 por ciento de la población.
Historia de la Iglesia. Respuesta de la Iglesia Siglo III Edad Antigua
La Iglesia vivía en un ambiente hostil a causa de las persecuciones, pero daba razón de su fe y de su esperanza en aquel ambiente pagano y viciado. La evangelización iba progresando.
II. RESPUESTA DE LA IGLESIA
Más se expandía la semilla evangélica... ”Sangre de mártires es semilla de cristianos”
Aunque la Iglesia en ese tiempo vivía en un ambiente hostil a causa de las persecuciones, sin embargo, daban razón de su fe y de su esperanza en aquel ambiente pagano y viciado de los últimos y decadentes decenios del Imperio Romano. La evangelización iba progresando: Italia central, sur de España, África, Italia del norte, Galia, Edesa (hoy, Irak), Persia y Mesopotamia, Armenia, etc.
Es curioso este dato: cuanto más era perseguida la Iglesia y más se oía el edicto del emperador que prohibía el culto de los cristianos, más se expandía la verdad del evangelio y más se consolidaba la fe de los cristianos. Dios siempre saca un bien del mal, o como decía san Agustín: “Dios, siendo el sumo bien, no permitiría el mal, si no fuera a sacar del mal un bien”. Tertuliano decía que la sangre de los mártires es semilla de nuevos cristianos.
Las persecuciones pretendían dejar acéfala a la Iglesia, por la supresión de la clase dirigente cristiana. Y, ¿qué lograban? Todo lo contrario: los cristianos se unían mucho más junto a sus pastores, sus sacerdotes, formando un solo corazón y una sola alma. Y aunque grandes funcionarios públicos cristianos perdían sus cargos, por la coherencia de su vida, sin embargo, entre todos los demás cristianos les ayudaban caritativamente. Casi todos prefirieron la muerte por Cristo antes que claudicar y renegar de su fe.
Mártires de este siglo, en tiempo de la persecución de Valeriano son: el Papa Sixto II y el diácono Lorenzo, en Roma; en África, el gran obispo de Cartago san Cipriano; en España, el obispo san Frutuoso de Tarragona, con sus diáconos, y así un sinfín de cristianos en todas las regiones del Imperio. Esta persecución terminó con la muerte de Valeriano en 259. Su hijo y sucesor Galieno suspendió inmediatamente todas las medidas contra los cristianos y mandó devolverles las iglesias y lugares de culto que se les habían expropiado. Con ello se abrió un nuevo período de tolerancia que duró más de cuarenta años y fue muy beneficioso para la ulterior expansión del cristianismo.
La última de las persecuciones, la de Diocleciano, aunque fue la más terrible de todas, sin embargo, en su balance final, la persecución constituyó un rotundo fracaso, en cuanto a los que renegaron de su fe. Hubo un cierto número de “lapsi” –se les llamó “traditores” a los que entregaron, para su destrucción, los libros sagrados-, pero en mucho menor proporción que en la persecución de Decio. Fueron, en cambio, muy numerosos los mártires y confesores. Entre aquellos se cuentan nombres famosos como los de santa Inés, los santos médicos Cosme y Damián, san Sebastián. En España fue donde hubo el mayor número de mártires: el diácono Vicente y los dieciocho mártires de Zaragoza, y santa Eulalia de Mérida. La Iglesia salió fortalecida de la persecución, aunque ésta se prolongase en la parte oriental del Imperio durante varios años más, después de la abdicación de Diocleciano y Maximiano. Era la última prueba de la Iglesia, en su lucha heroica sostenida durante siglos con la Roma pagana, y a las puertas estaba ya la definitiva libertad del cristianismo.
Catecumenado
En medio de las invasiones de los bárbaros, la Iglesia, gobernada desde Roma por el Vicario de Cristo, el Papa, guardaba la unidad de fe, extendida en el mundo conocido: norte de África, Siria, Alejandrina, en donde existían iglesias locales. Es más, la Iglesia seguían administrando los sacramentos, como la fuerza para resistir a todas las luchas. Es en los sacramentos donde debemos encontrar el vigor y la fortaleza para hacer frente a todas las pruebas de los enemigos y de la vida.
¿Cómo era la iniciación cristiana? Gracias a san Hipólito, conocemos la importancia que se daba a la iniciación cristiana del bautismo , confirmación y la primera comunión. Esta preparación o catecumenado podía durar en este siglo III hasta tres años. El candidato al bautismo tenía que ser presentado por los cristianos, que se ofrecían como garantía de la sinceridad de su actitud (hoy los llamaríamos padrinos y madrinas). Ese candidato tenía que renunciar a ciertos oficios ligados a la idolatría o a comportamientos inmorales. La preparación supone una enseñanza dogmática y moral que recibe el nombre de “catequesis” (acción de hacer resonar la doctrina de Cristo y los apóstoles) y que hace descubrir el contenido de la fe a los que han sido despertados por la proclamación (kerigma) del evangelio. Esta catequesis era dada por un clérigo o laico, e iba seguida de una oración común acompañada de una imposición de manos por parte del catequista. Al final del catecumenado, se examina la conducta de los candidatos. ¿Qué pasos hacían?
a)El viernes anterior al bautismo, los catecúmenos y parte de la comunidad practicaban el ayuno. El sábado, en una última reunión preparatoria, el obispo imponía las manos a los candidatos, pronunciaba los exorcismos, les soplaba en el rostro, les hacía la señal de la cruz en la frente, los oídos y la nariz. Los catecúmenos pasaban en vela toda la noche del sábado al domingo escuchando lecturas e instrucciones. Al final de la noche, venían los ritos bautismales definitivos. La última imposición de manos y la última unción del obispo después de vestirse de nuevo los bautizados dieron origen a la confirmación. Más tarde, con la libertad que algunos emperadores fueron dando a los cristianos, tendrán éstos entrada libre en la vida pública y cargos administrativos, en una sociedad impregnada de paganismo. Muerto el cristianismo de los mártires, el cristianismo se vuelve un poco aburguesado. Y en ese ambiente, algunos lo retrasaron para disfrutar un poco de la vida y sólo se bautizaban en el lecho de muerte, dado que el bautismo borra todo pecado. A ese bautismo se llamó clínico . Penetró este mal en todos los sectores. Siendo san Agustín niño, pidió el bautismo y su madre santa Mónica se lo retrasó; lo mismo san Basilio y san Juan Crisóstomo. San Ambrosio, elegido ya obispo de Milán, aún no estaba bautizado. Con el correr de los años, necesitó la Iglesia bautizar a pequeños hijos de cristianos: se favoreció así la práctica de bautizar a los niños y se eliminó el abuso de los bautismos clínicos.
b) Inmediatamente después, los recién bautizados participaban de la eucaristía con que se cerraba la iniciación cristiana. La Eucaristía venía celebrada cada domingo, por ser el día de la resurrección del Señor, como ya hablamos en el capítulo anterior.
Institución de los ministerios
En el siglo III las diversas iglesias locales alcanzaron una sólida estructura. En cada una de ellas había un obispo, al que auxiliaban los presbíteros y los diáconos. También se instituyeron otros ministerios con el de acólito, exorcista, etc.
Un ejemplo lo encontramos en la iglesia de Roma. Hacia el 250, el obispo de Roma presenta a su iglesia: “Hay 46 sacerdotes, 7 diáconos, 7 subdiáconos, 42 acólitos, 52 exorcistas, lectores y porteros (ostiarios), más de 1.500 viudas y pobres a los que alimentan la gracia y el amor del Señor” (Eusebio, Historia eclesiástica, VI, 43, 11).
Al principio, sólo el obispo preside la eucaristía, predica, bautiza, reconcilia a los penitentes. Los sacerdotes no hacen más que asistir al obispo. Cuando aumenta el número de cristianos, las sedes episcopales se multiplican en ciertas regiones como África. Pero en las grandes ciudades como Roma y Alejandría se crean varios lugares de culto que atienden algunos sacerdotes, que de este modo adquieren una responsabilidad especial.
¿Diaconisas? No recibían ningún sacramento, como los obispos, los sacerdotes y los diáconos . Ayudaban sobre todo en el bautismo de las mujeres, pues se hacía por inmersión. Las diaconisas llevaban a la piscina a las mujeres que debían ser bautizadas y hacían los ritos secundarios; pero será el sacerdote quien les administraba el sacramento del bautismo con las palabras sacramentales. Dice así la Didascalía de los apóstoles: “Es necesario el oficio de una mujer diácono. En primer lugar, cuando las mujeres bajan al agua, tienen que ser ungidas con el óleo de la unción por una diaconisa...Pero que sea un hombre el que pronuncie sobre ellas los nombres de la invocación de la divinidad en el agua. Y cuando salga del agua, que la acoja la diaconisa y que ella le diga y le enseñe cómo debe ser conservado el sello del bautismo totalmente intacto en la pureza de la santidad”.
Las herejías consolidaban y explicitaban la fe
No hubo siglo sin dificultades doctrinales. Pero esto era un verdadero desafío para la Iglesia, pues así se iba consolidando y explicitando la doctrina cristiana. El Espíritu Santo era quien guiaba a la Iglesia de Cristo; y Él no podía permitir que se tergiversara la doctrina de Cristo.
a)La herejía adopcionista fue condenada en el Concilio de Antioquía en el año 268. Las demás herejías fueron condenadas en los siguientes siglos, cuando ya la reflexión teológica estuvo más madura.
b)San Cipriano, obispo de Cartago, muerto en el 258, luchó para que fueran perdonados, después de haberse arrepentido y de haber hecho penitencia, aquellos que habían apostatado durante las persecuciones (los “lapsi”), pero después de bautizarlos de nuevo . Y publicó también un libro sobre la unidad de la Iglesia católica. Entre otras cosas dice que la unidad en la Iglesia es el signo de un encuentro con el Cristo auténtico; esta unidad descansa en la comunión de los obispos entre sí.
c)San Clemente de Alejandría, escribió comentarios a la Biblia, obras teológicas y morales, y mostró cómo la filosofía griega había preparado el camino al pensamiento cristiano.
d)Orígenes, muerte en el 254 refutó a Celso. Sin embargo, sus teorías sobre la preexistencia de las almas, su exégesis demasiado alegorista y su creencia en el perdón final para todos los seres inteligentes, fueron rechazadas por la Iglesia.
Comienza la construcción de iglesias
Parece ser que desde mediados del siglo III se construyen verdaderas iglesias. Lo prueba el hecho de que Diocleciano ordenó su demolición.
Cuando nuestro Señor quiso instituir, el Jueves Santo, la Eucaristía, y celebrar la primera Misa, tuvo interés en buscar un lugar apropiado, amplio y bien aderezado. Tal fue el Cenáculo, primer templo cristiano. Lo mismo hicieron después los Apóstoles y sus sucesores inmediatos. Elegían éstos para sus asambleas religiosas, ora las mansiones de los cristianos acomodados, ora otros lugares aptos para el culto, y las mismas sinagogas judías.
Poco a poco fueron edificando pequeños oratorios y templos expresamente dedicados para el servicio divino. En ellos oraban, leían y comentaban las Escrituras, recitaban salmos y, en momentos señalados, hacían la Fracción del Pan o sagrada Eucaristía. Muchos de aquellos lugares se convirtieron luego en verdaderos templos. Al principio se les denominaba, familiarmente, “domus ecclesiae”, es decir, casa de reunión, por su parecido arquitectónico con los domicilios domésticos privados.
Y con la paz de Constantino (313) el cristianismo cambió de faz. El culto divino empezó a ser público y a revestir solemnidad y magnificencia, en honor a Dios. Y así comenzaron las grandiosas basílicas constantinianas; así llamadas por su fundador y dotador, el mismo emperador.

Historia de la Iglesia. Conclusión. Siglo III Edad Antigua
La Iglesia, a pesar de todas las dificultades, seguía firme y en pie, porque estaba cimentada sobre la firme roca que puso Jesucristo.
CONCLUSIÓN
La Iglesia, a pesar de todas las dificultades, seguía firme y en pie, porque estaba cimentada sobre la firme roca que puso Jesucristo. Se iba perfilando la primera teología dentro de la Iglesia y quedaban en claro estos puntos:
·Los cristianos tienen que referirse siempre a la tradición de los apóstoles y ésta está viva en las iglesias apostólicas, las fundadas por ellos (Roma, Antioquia, Alejandría, Jerusalén). En ellas podemos remontarnos a los apóstoles a través de la sucesión de los obispos. ·Uno de los criterios para discernir, entre los muchos libros que circulaban, cuáles eran inspirados por Dios, era la apostolicidad; es decir, si ese libro directa o indirecta había sido escrito por uno de los apóstoles o de sus discípulos. A éste se añadía otro criterio: si ese determinado libro era usado en la liturgia de las iglesias apostólicas. ·La Iglesia anuncia un mensaje idéntico en todo el mundo; por tanto, una sola fe y una misma doctrina.
La promesa de Cristo “Las puertas del infierno no prevalecerán contra la Iglesia” era un estímulo para todos los cristianos. Por eso, seguían firmes en la fe y gozosos en la esperanza. Si Cristo sufrió lo indecible, ¿iban ellos, los cristianos, a pensar en un camino de rosas?
+++
Historia de la Iglesia Siglo IV Edad Antigua
Los primeros cristianos dieron testimonio de Jesús, a quien consideraban como Maestro y Señor.
INTRODUCCIÓN
El cristianismo seguía difundiéndose por todo el mundo conocido. Los primeros cristianos no empezaron proponiendo de antemano una filosofía o una teología. Dieron, más bien, testimonio de Jesús, a quien consideraban como Maestro y Señor. Pero al contacto con otras culturas se vieron estos primeros cristianos en la necesidad de explicar con lenguaje inteligible y racional lo que ellos vivían por la fe. A este esfuerzo de la primera Iglesia por poner por escrito la fe o credo en lenguaje humano, sin traicionar lo esencial, lo llamamos inculturación. No todo fue fácil, ciertamente. Pero el Espíritu Santo era quien iluminaba las mentes de los obispos.
El siglo IV empezó con una gran persecución, la novena, decretada por el emperador Diocleciano, en el año 303. Entre las regiones que más sufrieron está España, Italia y África. Pero los cristianos daban testimonio de su fe en Cristo, y preferían morir antes que renegar de sus creencias.

Cabeza de Constantino hallada en Roma 2005.
Historia de la Iglesia. Sucesos en el Siglo IV Edad Antigua
El hecho más importante de este siglo fue la conversión al cristianismo del emperador Constantino, siguiendo el ejemplo de su madre santa Elena.
I. SUCESOS
El Evangelio llegó, por fin, al palacio imperial
El hecho más importante de este siglo fue la conversión al cristianismo del emperador Constantino, siguiendo el ejemplo de su madre santa Elena. El año 312, en el puente Milvio sobre el Tíber, vence a Majencio que quería arrebatarle el Imperio. Majencio huye y se ahoga en el Tíber. Eusebio, amigo y confidente del emperador, añade que en la víspera Constantino y sus soldados vieron en el cielo una cruz luminosa con estas palabras: “Con esta señal vencerás”. Lactancio, escritor contemporáneo, dice que, convertido Constantino, hizo inscribir en el lábaro o bandera imperial el monograma de Cristo.
Y en el 313 publicó un edicto de tolerancia para los cristianos e impuso la paz religiosa. Así terminaron las crueles persecuciones. Es lo que se ha llamado el Edicto de Milán, que reconocía plena libertad de culto a todos los ciudadanos del imperio de cualquier religión que fueran. Debían devolverse a los cristianos los edificios confiscados. Prohibió que se obligara a los cristianos a celebrar ritos paganos; fomentó la conversión al cristianismo; defendió a los esclavos y prohibió su matanza; prohibió el adulterio; declaró que el día domingo fuera festivo para todo efecto. Se hablaba así de la Iglesia constantiniana y del imperio cristiano. Constantino construyó iglesias, obsequió al Papa Silverio el palacio de Letrán y levantó en el Vaticano una basílica en honor del príncipe de los apóstoles. Restituyó, además, los bienes eclesiásticos confiscados por sus antecesores. Pero, ¿con qué fin?
A la muerte de Constantino, Juliano, emperador de 361 a 363, trató vanamente de restablecer el paganismo. Atacó el cristianismo y murió como apóstata, pronunciando la famosa frase: “Venciste, Galileo”. Con este emperador se extinguió la familia de Constantino.
Muerto Juliano, subió al trono Teodosio que en el 380 proclama al cristianismo religión del estado. Persigue a los herejes y a los paganos. Derrumba los templos paganos. Religión y estado vivían juntas. El evangelio iba poco a poco penetrando en la sociedad .
No todo era miel sobre hojuelas
Aunque este siglo proporcionó la paz oficial a la Iglesia y la misma Iglesia quedó reconocida y protegida, sin embargo, pronto se cernieron graves peligros de índole diversa, que comenzaron con el emperador Constantino, quien, siendo el dueño absoluto del imperio, cayó en la tentación de adueñarse de la Iglesia o tenerla como aliada. Le dio primero libertad, luego protección y culminó entrometiéndose en ella. Convocó, sin estar todavía bautizado, el concilio de Nicea (año 325). Estos fueron otros peligros graves que sufrió la Iglesia en este siglo:
a)El gobierno romano pretendió manejar los asuntos eclesiásticos para su conveniencia política. A esto se ha llamado cesaropapismo, y fue iniciado por Constantino, y causó mucho daño a la Iglesia, como veremos. Los emperadores cristianos se pusieron el título de “Sumo Pontífice” y quisieron desempeñar un papel semejante al de la Iglesia; se consideraban “igual a los apóstoles”, “obispo de fuera”. Los cristianos aceptan el carácter sagrado del emperador, a quien consideran naturalmente como jefe del pueblo cristiano: nuevo Moisés, nuevo David. Incluso el emperador convocaba los concilios.
b)La Iglesia comienza a recibir inmensos beneficios de los emperadores cristianos y obtiene un opíparo patrimonio; al mismo clero le vienen regalados privilegios jurídicos...y comienza la tentación de la ambición terrenal. Los mismos obispos y cristianos apelarán al emperador como árbitro de sus disputas incluso teológicas.
c)Muchos quisieron ser admitidos a la Iglesia más por conveniencia y oportunismo que por convicción. Esto acarreó lamentable descenso en la práctica fervorosa del Evangelio. Se bautizaban, pero no cambiaban sus costumbres. Se prohibía el infanticidio, pero no la exposición de los niños. Seguían las luchas de gladiadores. Incluso la justicia del estado recurrió a la tortura para poner orden “religioso” .
d)Al llevar Constantino la capital del imperio a Oriente, a una pequeña ciudad del Bósforo, a la que llamó Constantinopla, ésta quiso ser la “segunda Roma” y polarizó en torno a sí a los cristianos del Oriente. Esta ciudad posteriormente fue elevada al rango de patriarcado. Como es natural entre los hombres, las ambiciones y los intereses políticos fueron creando de vez en cuando problemas entre Constantinopla y Roma, problemas que fueron el germen de la futura división de la Iglesia. Esta división se efectuó en 1054, cuando el patriarca de Constantinopla, Miguel Cerulario, y el delegado del Papa se excomulgaron mutuamente. Y todavía estamos divididos. El patriarcado de Constantinopla, encabeza las iglesias ortodoxas, que no reconocen la autoridad ni el primado del Papa.
Nuevas herejías
Como nos dice Cristo en la parábola de la cizaña: el enemigo nunca duerme. Y quiere poner su cizaña en medio del campo de buen trigo. Y lo hace mientras la Iglesia duerme y descansa.
En este siglo se dieron las siguientes herejías:
Donato, natural de Cartago, provocó una dolorosa división entre los obispos africanos y atrajo a su bando a 270 de ellos y a numerosos seguidores. Sostenía que el sacramento del bautismo, impartido por un obispo indigno –uno de los “lapsi”- no era válido; y que, por tanto, había que rebautizarse para volver a la Iglesia; y, también, sostenía que el cristiano que cometiera pecados graves, debería ser expulsado definitivamente de la Iglesia. Esta herejía concebía a la Iglesia como una comunidad integrada tan sólo por los justos.
Por su lado, Macedonio de Constantinopla negó la divinidad del Espíritu Santo. Decía que era un ser situado entre Dios y la creatura.
Arrio vino a perturbar la paz interna de la Iglesia. Era un sacerdote de Alejandría. Negó la divinidad de Cristo, diciendo que era una criatura, la más perfecta, una criatura superior. Esta herejía fue muy peligrosa. No sólo subordinaba el Hijo al Padre en naturaleza, sino que le negaba la naturaleza divina. Su postulado fundamental era la unidad absoluta de Dios, fuera del cual todo cuanto existe es criatura suya. El Verbo habría tenido comienzo, no sería eterno, sino tan sólo la primera y más noble de las criaturas, aunque, eso sí, la única creada directamente por el Padre, ya que todos los demás seres habrían sido creados a través del Verbo. El Verbo, por tanto, no sería sino Hijo adoptivo de Dios, elevado a esta dignidad en virtud de una gracia particular, por lo que en sentido moral e impropio era lícito que la Iglesia le llamase también Dios. Arrio expuso esta doctrina en su obra Talía, el Banquete. El arrianismo consiguió una rápida difusión, porque simpatizaron con él los intelectuales procedentes del helenismo, racionalista y familiarizados con la noción del Dios supremo. Contribuyó también a su éxito el concepto del Verbo que proponía y que entroncaba con la idea platónica del Demiurgo, en cuanto era un ser intermedio entre Dios y el mundo creado y artífice a su vez de la creación.

Historia de la Iglesia. Respuesta de la Iglesia. Siglo IV Edad Antigua.
Las herejías fueron muy duras. La Iglesia se reunió en Concilios para explicitar mejor y defender la doctrina cristiana.
II. RESPUESTA DE LA IGLESIA
La Iglesia, fiel a su Maestro
Las herejías fueron muy duras. Pero Dios sigue conduciendo su barca a buen puerto.
Ante las herejías que iban brotando, la Iglesia, queriendo ser fiel a su Maestro, se reunió en Concilios para explicitar mejor y defender la doctrina cristiana. Nunca mejor dicho el refrán: “No hay mal que por bien no venga”; es decir, las herejías ayudaron mucho a la Iglesia para perfilar mejor el credo y la doctrina de Cristo. En relación con los concilios la Iglesia tenía una certeza: sin el obispo de Roma, sucesor de Pedro, no era posible un concilio ecuménico. El Papa tenía que convocarlo o dar su consentimiento y luego ratificar los decretos. Así se mostraba que la autoridad primera era la del sucesor de Pedro. Así lo quiso Jesucristo: “Tú eres Pedro...”.
¿Qué concilios se celebraron en este siglo?
a)El concilio de Nicea (325), el primer concilio ecuménico, convocado por el emperador Constantino . Este concilio condenó la herejía arriana y proclamó a Cristo verdadero Dios consustancial al Padre, es decir, de la misma naturaleza divina. Así quedó: “...Creemos en un solo Señor Jesucristo, Hijo único de Dios; Dios verdadero de Dios verdadero”. Tomó el pueblo parte activa en manifestaciones emocionales, pero nunca dejó de ser católico. “Ni los obispos más arrianos se atrevían a negar la divinidad de Jesús ante el pueblo. Los oídos de los fieles son más santos que los corazones de algunos obispos” (San Hilario de Poitiers, Contra Auxensium, cap. 6). Era necesaria la condena del arrianismo, pues afectaba a la esencia misma de la obra de la redención: si Jesucristo, el Verbo de Dios, no era Dios verdadero, su muerte careció de eficacia salvadora y no pudo haber verdadera redención del pecado del hombre. La Iglesia de Alejandría se dio pronto cuenta de la trascendencia del problema, y su obispo, Alejandro, trató de disuadir a Arrio de su error. Mas la actitud de Arrio era irreductible, y en el año 318 hubo de ser condenada su doctrina por un concilio de cien obispos de Egipto. Y en el 325, por el concilio ecuménico de Nicea.
b)El concilio de Constantinopla (381) definió la divinidad del Espíritu Santo. Fue convocado por el emperador cristiano Teodosio, quien influyó activamente en la marcha de las discusiones. El Papa no estuvo representado por ningún delegado suyo. Sembrada estaba la semilla de la discordia: Constantinopla contra Roma. Así se amplió el credo de Nicea: “Creemos en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida, que con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria, y que habló por los profetas”. Se llamó a este credo Símbolo niceno-constantinopolitano.
Aportación de los Padres de la Iglesia
a)San Atanasio: Puntal del concilio de Nicea fue el diácono Atanasio, secretario de san Alejandro, obispo de Alejandría. Enérgico, culto, piadoso. Fue el terror de Arrio y sus secuaces. En el 328 fue nombrado obispo de Alejandría. Los arrianos, con acusaciones y calumnias y poniendo a precio su cabeza, consiguieron desterrarlo cinco veces.
b)San Hilario de Poitiers escribió acerca de la Trinidad, una historia eclesiástica y comentarios de diversos libros de la Sagrada Escritura.
c)San Basilio y san Gregorio Nacianceno expusieron el dogma de la Trinidad.
d)San Gregorio de Nisa, místico, nos dejó también una gran síntesis de la doctrina católica.
e)San Ambrosio de Milán fue excelente predicador y muy versado en la Biblia, escribió tratados para favorecer la práctica cristiana. Ambrosio en Milán y san Juan Cristóstomo en Constantinopla introducen las costumbres de oriente, la “monodia” y la “antífona”, que formarán la base del futuro canto gregoriano. La comunidad oraba cantando. Las primeras comunidades adoptaron el sistema del canto alternado: un lector decía versículos de un salmo, la comunidad respondía el estribillo.
El desierto y la soledad atrajo a algunos...
En este siglo comenzaron los primeros monjes .
La vida monacal y conventual está basada en la frase que Jesús dijo a un joven: “Si quieres ser perfecto, vende todo lo que tienes, dalo a los pobres, luego ven y sígueme” (Mt 19, 21); es decir, desasimiento total, aun de los legítimos placeres de la vida, por amor a Cristo. Hubo, pues, un número de hombres que se retiraron a la soledad para dedicar su tiempo a la oración y a la penitencia.
Comenzó el monacato en Egipto (siglo III). El ejemplo de Antonio en la Tebaida (356), llamado san Antonio abad, atrajo a muchos seguidores. San Pacomio (347) organizó la vida cenobítica, escribiendo una regla de cómo vivir en comunidad; la más antigua regla monacal. Este monaquismo primitivo se extiende rápidamente por Egipto, Palestina, Siria y Mesopotamia. No tiene formas jurídicas muy concretas. El candidato se pone bajo la dirección de un maestro o padre espiritual, llamado abad, hasta volar por sus propias alas. Este monaquismo pone el acento en la lucha contra el demonio, contra las propias pasiones, por eso se dan a penitencias que nos parecen exageradas.
San Basilio redactó la primera regla formal para monjes, para ordenar un poco el monaquismo: les exige vivir en comunidad, les anima al estudio y al cuidado de los pobres. A Europa llegó este estilo de vida monacal gracias a san Atanasio, que desterrado fue a ver al Papa Julio; en el viaje, lo acompañaban varios monjes, y esto despertó por donde pasaba admiración y atracción. Entre los pilares de la vida monacal en Europa está san Martín de Tours (muerto en el 397), animador del movimiento monástico y del apostolado rural; san Ambrosio de Milán; y san Benito de Nursia, ya en el siglo V y VI, como veremos. También en este siglo IV comienza la liturgia de consagración de vírgenes o de entrega de velo. San Ambrosio propone como modelo de las vírgenes a la Virgen María. San Jerónimo (347-419) es el propagandista de la vida monástica entre las mujeres de la aristocracia romana. Su alimento será la cultura bíblica. Jerónimo será adalid del monje que pone su talento al servicio de la cultura cristiana.
La Iglesia continuaba profundizando en los sacramentos y en la disciplina
Primero el bautismo. Al ser el cristianismo la religión oficial del imperio, son muchos los que piden el bautismo. Continúa siendo administrado sobre todos a los adultos, pero también a los niños. Algunos de ellos lo retrasaban hasta la hora de su muerte (bautismo clínico, del que ya hablamos), porque se sentían débiles para no pecar ; además, porque la preparación para recibirlo era larga: instrucción, confesión, ayunos y oración. Los catecúmenos comenzaban la catequesis al inicio de la cuaresma. Esta catequesis se dividía en dos partes:
·Catequesis bautismal, anteriores al bautismo: exorcismos, explicación del credo, conversión moral. ·Catequesis mistagógica, posterior al bautismo, orientada a la comprensión del propio bautismo y de la eucaristía.
Después, la confesión. Ya hablamos extensamente sobre las etapas que tuvo este sacramento de la confesión en el apéndice del siglo II. Hagamos ahora un breve resumen. En este tiempo se permitía una sola confesión en la vida, por eso los pecadores la retrasaban lo más posible, a menudo para la hora de la muerte. Había también penitencias oficiales o canónicas, que eran públicas, por pecados graves y escandalosos. El que ha pecado gravemente hace confesión de su culpa al obispo, secretamente. Este también podía pedir a los pecadores que acudieran a la penitencia .
El primado de Roma
El primado de Roma sobre la Iglesia universal tenía un fundamento dogmático que los Papas , a partir del siglo IV, se esforzaron por definir con la mayor claridad. San Dámaso, san León I, Gelasio y san Gregorio Magno figuran entre los principales expositores de esta doctrina, cuya formulación se volvía cada vez más necesaria por las crecientes pretensiones de los patriarcas de Constantinopla.
No se funda esta primacía romana sobre una razón de orden político, como sucedía en el imperio. Su fundamento hay que encontrarlo en la Sagrada Escritura, en el conferimiento del primado a Pedro por parte de Jesús (cf. Mt 16,18). Los Papas, por ser los sucesores de Pedro en la cátedra de Roma, tienen en la Iglesia la preeminencia y la autoridad que Cristo concedió al Simón Pedro.
A lo largo de los siglos se le dieron al obispo de Roma títulos diversos: Papa, Vicario de san Pedro, Vicario de Cristo, para significar la naturaleza de su primado universal. Pero siempre se añadía el humilde calificativo de “siervo de los siervos de Dios”.
Los Papas ejercían activamente su primacía sobre las iglesias de occidente. En oriente, en cambio, aunque se consideraba a la Sede Romana como la primera, su influjo era menor. Pero cuando surgían conflictos de fe o de disciplina recurrían al juicio del obispo de Roma. Fueron numerosos los asuntos que los Papas resolvieron por medio de “decretales”. También el mismo Papa enviaba sus legados para hacer llegar eficazmente la autoridad pontificia a las diversas iglesias.
¿Sacerdotes casados?
Es un hecho que, durante los primeros siglos, gran parte de los sacerdotes estaban casados. Pero a medida que las comunidades crecían y su atención pastoral requería más tiempo y dedicación, y a medida que fueron apareciendo escándalos, la Iglesia de occidente comenzó a exigir el celibato a sus sacerdotes. El primer concilio conocido, que lo prescribe, es el de Elvira (España) en el año 306. Esta exigencia, aunque no siempre fue fácil de cumplir, se fue extendiendo por toda la Iglesia de occidente. En ese modo de vivir se veía un reflejo del modo como Cristo mismo vivió para cumplir su obra redentora.
El celibato para los sacerdotes católicos de rito latino es una perla preciosa, de la que habló el Papa Pablo VI en una hermosa encíclica “Sacerdotalis coelibatus”. Es un llamado de Dios a una consagración total a Él y a la Iglesia, y al mismo tiempo es una respuesta libre del candidato al sacerdocio; no es una imposición. Todavía en el siglo XX se levantan voces pidiendo su abolición . Pero el Papa Juan Pablo II ha zanjado la discusión afirmando que este modo de vivir, fundado en el ejemplo de Cristo mismo y una antiquísima tradición, es un don que Dios ha hecho a su Iglesia, y que ésta debe custodiar con fidelidad.
Historia de la Iglesia. Conclusión. Siglo IV Edad Antigua
La fe es un don de Dios y vale más que la propia vida física.
CONCLUSIÓN
Nuestra fe sigue robusteciéndose siglo a siglo. La fe es un don de Dios y vale más que la propia vida física. ¿Por qué no acabamos recitando el símbolo de fe del concilio de Nicea?
“Creemos en un Dios, Padre Todopoderoso, hacedor de todo lo visible e invisible, y en un Señor Jesucristo, el Hijo de Dios, Unigénito engendrado del Padre, es decir, de la sustancia del Padre, Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, que no hecho, consubstancial (homoousios) al Padre, por quien todo fue hecho, lo que está en el cielo y lo que está en la tierra, quien por nosotros los hombres y por nuestra salvación bajó y se encarnó, se hizo hombre, padeció y resucitó al tercer día, subió a los cielos, vendrá a juzgar a los vivos y a los muertos, y en el Espíritu Santo”.
+++
Historia de la Iglesia siglo a siglo. Epílogo
No hay conclusión ni punto final en una historia de la iglesia. Lo que comenzó el año 30 después de Cristo, continúa todavía hoy.
EPÍLOGO
No hay conclusión ni punto final en una historia de la iglesia, como puede haberlo en una historia de las dinastías del antiguo Egipto o de la monarquía francesa. Lo que comenzó el año 30 después de Cristo, continúa todavía hoy. Hemos caminado al lado de una muchedumbre de cristianos. Hemos sido sensibles al entusiasmo de unos y a los compromisos de otros. Hemos vivido el drama de ciertas situaciones. La fidelidad al evangelio de Jesús, obra del Espíritu de Pentecostés, permite a los cristianos de hoy asumir la tradición viva y transmitir la herencia recibida bajo unas formas renovadas en un mundo que cambia. Los cristianos de antaño se enfrentaron con las dificultades de su época; nos toca hoy a nosotros enfrentarnos con las nuestras y dar solución desde el amor y la verdad del evangelio.
El siglo XXI se nos ha abierto, desde el punto de vista mundial, con conflictos terroristas y bélicos en Afganistán, en Medio Oriente, y en otras partes de la tierra. Todavía nos espantan las escenas del 11 de septiembre de 2002, en Estados Unidos.
También nos avasalla el problema de la globalización, con sus luces y sombras. Nos preocupa todo el campo de la bioética: la clonación, la fecundación artificial y demás experimentos genéticos...¿a dónde llegará el hombre con su ciencia? ¿Todo lo que se puede hacer, se debe hacer? No todo avance técnico significa de por sí avance ético y moral. Nos asusta el pulular de sectas y los movimientos pseudorreligiosos, que nos ofrecen todo tipo de propuestas, como si fueran supermercados religiosos o restaurantes a la carta.
El siglo XXI y el tercer milenio de la era cristiana habrán de afrontar desafíos inéditos, cuyo alcance resulta imposible adivinar. La defensa de la vida humana, la resistencia frente a posibles aberraciones de la ingeniería genética, la lucha contra la corrupción en la vida pública y las clamorosas desigualdades existentes entre los hombres, el esfuerzo por extender el acceso a los bienes de la cultura y un razonable bienestar a todos los pueblos de la tierra, estos y otros muchos campos más serán frentes abiertos a la generosa acción de los cristianos en el mundo.
La iglesia ha luchado y luchará con denuedo en la defensa de la persona, imagen y semejanza de Dios. Esta misión a favor del hombre la iglesia la ha venido cumpliendo desde los comienzos mismos del cristianismo. Es cierto que en tan dilatado espacio de tiempo ha habido miembros de la iglesia que han cometido errores y tuvieron conductas públicas y privadas impropias del nombre de cristianos, y que esa incoherencia entre el Evangelio y su vida se dio incluso en jerarcas y pastores.
Tal fue el caso del impacto del régimen señorial de la edad media, investiduras y patronatos incluidos en las estructuras eclesiásticas; o de algunos modos con que la inquisición persiguió la herejía, cuando ésta era considerada el peor de los crímenes y se estimaba la unidad religiosa como el supremo bien de una comunidad política; o, todavía, el error del nepotismo, fruto de un desordenado extravío de los afectos familiares.
Pero sería obstinación sectaria cerrar los ojos ante la evidencia: es indudable que ninguna institución ha hecho tanto a lo largo de los siglos a favor de la persona humana y de su dignidad, ninguna ha aportado tantos beneficios a las sociedades terrenas, como la iglesia de Cristo; y eso durante dos milenios y en todos los lugares de la tierra a donde llegó su presencia y su acción apostólica. Y no se olvide por otra parte que el fin primordial de la iglesia no es mejorar la condición del hombre en el mundo, aunque esto también forme parte de su misión, sino abrirle el camino que ha de conducirle a la eterna bienaventuranza. Nadie como la Iglesia ha sembrado la paz, el bien y la belleza en el curso de la historia, ni está por tanto más cualificado que ella para asumir la defensa de la dignidad humana en el mundo del tercer milenio.
Precisamente por eso, ningún poder de la tierra, sólo el Papa Juan Pablo II, ha tenido el valor de pedir perdón públicamente en la jornada de perdón del año del Gran Jubileo del 2000 por los pecados y errores de quienes encarnaron a la iglesia en las distintas épocas de la historia. Así decía el Papa en la homilía del 12 de marzo: “El actual primer domingo de cuaresma me ha parecido la ocasión apropiada para que la iglesia, reunida espiritualmente alrededor del sucesor de Pedro, implore el perdón divino por las culpas de todos los creyentes. Perdonamos y pedimos perdón”.
La iglesia ha comenzado el siglo XXI bajo el timón de Juan Pablo II y con su consigna: “Remad mar adentro...desplegad las velas”. El impulso evangelizador de la Iglesia es muy fuerte y consciente. La Iglesia está decidida a llevar su mensaje de salvación a todas partes, porque así se lo ha mandado el Maestro, nuestro Señor Jesucristo. Es un deber que nos incumbe a todos los miembros de la Iglesia. Y todo, con la caridad de Cristo que nos urge. Haremos la verdad, pero con caridad. Ya el Papa ha pedido perdón por las veces que hijos de la Iglesia no supieron hacer esa verdad en la caridad. Ahora es el momento. Tenemos un desafío: la unidad de los cristianos y el diálogo interreligioso con las demás religiones, que el Papa Juan Pablo II tanto ha impulsado y favorecido. ¿Lograremos terminar este siglo XXI sentados todos en la misma mesa, hablando el mismo lenguaje y mirándonos y amándonos los unos a los otros, como hermanos?
Sueño con la misma esperanza de Monseñor Van Thuan en su libro “Testigo de la esperanza:
“Sueño con una iglesia que es Puerta Santa, abierta, que acoge a todos, llena de compasión y de comprensión por las penas y los sufrimientos de la humanidad, dedicada a consolarla. Sueño con una iglesia que es Palabra, que muestra el libro del evangelio a los cuatro puntos cardinales de la tierra, en un gesto de anuncio, de sumisión a la Palabra de Dios, como promesa de la alianza eterna. Sueño con una iglesia que es pan, eucaristía, que se deja comer por todos para que el mundo tenga vida en abundancia. Sueño con una iglesia que está apasionada por la unidad que quiso Jesús, como Juan Pablo II, que abre la Puerta Santa de la Basílica de san Pablo Extramuros, ora en el umbral y avanza junto con un metropolita ortodoxo, con el arzobispo anglicano de Canterbury y con muchos otros representantes... Sueño con una iglesia que lleva en su corazón el fuego del Espíritu Santo, y donde está el Espíritu hay libertad, diálogo sincero con el mundo y especialmente con los jóvenes, con los pobres y con los marginados; hay discernimiento de los signos de nuestro tiempo...Sueño con una Iglesia que es testigo de esperanza y de amor, con hechos concretos...”.
Me sirven también las palabras de Nicolaj Gogol, insigne literato ruso, fiel de la iglesia ortodoxa: “Nuestra iglesia debe ser santificada en nosotros y no en nuestras palabras. Nosotros mismos debemos ser nuestra iglesia, nosotros mismos debemos anunciar su verdad. ¿Dicen que nuestra iglesia carece de vida? Mienten, porque nuestra iglesia es vida; su mentira, empero, deriva de un razonamiento lógico y justo: nosotros somos los cadáveres y no nuestra iglesia, y juzgando por nosotros la han calificado también a ella como un cadáver. ¿Cómo debemos defender a nuestra iglesia y qué respuesta podemos dar, si nos preguntan: “Pero, ¿vuestra iglesia os ha hecho mejores? ¿Cada uno de vosotros cumple realmente con su deber?” ¿Qué les responderemos, cuando en un momento determinado el alma y la conciencia nos digan que hemos ignorado siempre a nuestra iglesia y que incluso ahora apenas la conocemos? Poseemos un tesoro inestimable y no sólo no nos alegramos de ello, sino que no sabemos ni siquiera dónde lo hemos puesto... No hemos introducido aún en nuestra vida esta iglesia, creada para la vida. Dios nos guarde de defender a nuestra iglesia ahora. Significaría desacreditarla. Para nosotros sólo hay una propaganda posible: nuestra vida. Con nuestra vida debemos defender a nuestra iglesia, que está completamente viva; con la pureza de nuestras almas debemos anunciar su verdad. El predicador debe presentarse al pueblo de modo que su mismo aspecto humilde, ojos ausentes y voz calma, sugestiva, que viene de un alma en la que han muerto los deseos de este mundo, induzcan a todos a convertirse aun antes de que él explique de qué se trata; y entonces al unísono le dirán: “No pronuncies palabras, incluso sin ellas sentimos la santa verdad de tu iglesia”.
No olvidemos lo que dijo el Papa Juan Pablo II, recordando en Milán a san Carlos Borromeo: “La iglesia de hoy no tiene necesidad de nuevos reformadores. La iglesia tiene necesidad de nuevos santos”. ¡Atrevámonos a ser santos, con la ayuda de Dios! Sólo así haremos creíble, hermosa y fuerte a nuestra Madre Iglesia, y podremos limpiar las manchas que algunos hermanos nuestros, también nosotros, han provocado e infligido en el rostro de la Iglesia.
Que terminemos nuestra vida como la terminó santa Teresa de Jesús, la santa de Ávila, lugar donde yo también nací: “Por fin muero como hija de la iglesia”.
+++
BIBLIOGRAFÍA
ORLANDIS José, MARTÍN Francisco y CÁRCEL Vicente, Historia de la Iglesia (tres volúmenes), Editorial. Palabra, Madrid 1998 HERTLINGS Ludwig, Historia de la Iglesia, Editorial. Herder, Barcelona CHURRUCA P. Agustín, Historia mínima de la Iglesia, Librería Parroquial de Clavería, México IRABURU José María, Hechos de los apóstoles de América, Fundación Gratis Date, Pamplona, 1999 LOPES Antonio, Los papas, Futura edizioni, 1997 MALAISI Ricciotti Alfonso, ABC de la historia de la Iglesia, Editorial Claretiana MEYER Jean, La cristiada, (I, II, III), Siglo Veintiuno editores, s.a. de c.v., México, 14ª edición 1994 SAÉNZ Alfredo, La nave y las tempestades, Ediciones Gladius, 2002
MAXIMILIANO Barrio ‘DICCIONARIO DE LOS PAPAS Y CONCILIOS’ – Ariel Ed.
FERNÁNDEZ Mitre ‘HISTORIA DEL CRISTIANISMO I y II – Ed. Trotta.
DICCIONARIO ENCICLOPÉDICO de historia de la Iglesia – Editorial Herder
MESSORI V. ‘LEYENDAS NEGRAS DE LA IGLESIA’ Ed. Planeta Testimonio
MESSORI Vittorio y RATZINGER, Informe sobre la fe, BAC popular, Madrid 1986 CATECISMO DE LA IGLESIA CATÓLICA – Ed. Vaticana
DICCIONARIO TEOLÓGICO del catecismo de la Iglesia. Ed. Bac. Esp.
Breve catecismo de la Iglesia – Martín Santiago. Ed. Planeta Testimonio
COMPRENDER LOS EVANGELIOS. V.Balaguer – Ed. Eunsa-Astrolabio
DIOS Y LAS COSMOLOGÍAS MODERNAS. Ed. BAC. Esp.
MARIA EN LA BIBLIA Y EN LOS PADRES DE LA IGLESIA. Ed. Edibesa
RATZINGER JOSEPH – al día S. S. Benedicto XVI – 2005 obras imprescindibles para conocer la IGLESIA fundada por Cristo hace 2000 años:
‘SER CRISTIANO EN LA ERA NEOPAGANA’ Ed. Encuentro
‘LA IGLESIA’, una comunidad siempre en camino
‘INTRODUCCIÓN AL CRISTIANISMO’ Ed. Sígueme
DEMOCRACIA EN LA IGLESIA. ED. San Pablo´
FE, VERDAD Y TOLERANCIA. Y religiones en el mundo. Ed. Sígueme
TEORÍA DE LOS PRINCIPIOS TEOLÓGICOS. Ed. Biblioteca Herder
VERDAD, VALORES, PODER. Ed. Rialp
PRINCÍPIOS DE MORAL CRISTIANA COMPENDIO. Ed. Edicep
MIRAR A CRISTO. Ed. Edicep
LA EUCARISTÍA CENTRO DE LA VIDA. Ed. Edicep
EL ESPÍRITU DE LA LITURGIA. Ed. Cristiandad
EN EL PRINCIPIO CREÓ DIOS. Ed. Edicep
LA FRATERNIDAD DE LOS CRISTIANOS. Ed. Sígueme
UN CANTO NUEVO PARA EL SEÑOR. Ed. Sígueme
LA FIESTA DE LA FE. Ed. Desclée de Brouwer
LA SAL DE LA TIERRA. Ed. Libros palabra
CONVOCADOS EN EL CAMINO DE LA FE. Ed. Cristiandad
+++

¡Prodigiosa providencia, silenciosa y no obstante tan eficaz, constante e infalible! Ella destruye las maquinaciones del diablo. Satanás no puede conocer la mano de Dios que obra en el curso de los acontecimientos. Cardenal John Henry Newman (1801+1890)
+++
“Muchos escuchan más a gusto a los que dan testimonio, que a los que enseñan, y si escuchan a los que enseñan es porque dan testimonio.” [Pablo VI]
+++
Cuando la Iglesia protesta por el aborto, la eutanasia, la manipulación de embriones o el divorcio rápido, no lo hace porque considere que eso afecta a la comunidad católica, sino porque cree que perjudica al conjunto de la sociedad. Tampoco lo hace porque se violen principios cristianos –como ocurriría, por ejemplo, si se prohibiera ir a misa el domingo–-, sino porque se está yendo en contra de la ley moral escrita en la naturaleza humana y contra la cual no puede legislar ningún parlamento. Por eso, del mismo modo que protesta por los casos citados, eleva su voz para condenar el terrorismo, la violencia doméstica o el racismo. No se argumenta, en estos casos con los que la mayoría están de acuerdo, con motivos cristianos, sino con los mismos, de tipo meramente humano, que se usan para rechazar el aborto o la eutanasia. Sin embargo, en unos temas se la insulta porque habla y en otros se le reprocha que no hable más claro. 2005
+++
Así pues, hermanos, manteneos firmes y conservad las tradiciones que habéis aprendido de nosotros, de viva voz o por carta. -II Tesalonicenses 2,15
+++
Ante la proliferación de "personalidades frágiles, fragmentadas, incoherentes" generadas por el pensamiento débil, propongamos un cristiano caracterizado por "una identidad clara y firme". En la actual sociedad pluralista toda expresión explícita de la propia identidad cristiana viene etiquetada como fundamentalismo o integrismo. Por ello, la fe se convierte en un hecho rigurosamente confinado a la esfera de la vida privada.
Es nuestro derecho y deber encontrar modos de defender y reforzar nuestra identidad católica en la sociedad post-moderna que quiere hacemos "invisibles" en cuanto cristianos, porque somos incómodos. Hoy más que nunca se necesitan cristianos coherentes, con una fuerte conciencia de su vocación y de su misión. Hace falta pues redescubrir la esencia del cristianismo: el encuentro personal con Jesucristo. Redescubrir el cristianismo como un acontecimiento real que ocurre hoy en nuestra vida, como ocurrió en la vida de los primeros discípulos. El cristianismo no es una doctrina por aprender, ni tampoco un simple código ético. El cristianismo es una Persona, la persona viva de Cristo que hay que encontrar y acoger en la propia vida. Porque sólo este encuentro cambia realmente la existencia de las personas y da el sentido último y definitivo a nuestro destino. Ha llegado el momento de liberamos de nuestros complejos de inferioridad respecto al mundo así llamado laico, para ser atrevidamente nosotros mismos, discípulos de Cristo. ¡Debemos reapropiamos el significado de nuestra identidad y estar orgullosos de ella! Hace falta por tanto remontar hasta el Bautismo y al cometido que este sacramento tiene en la vida del cristiano. Todo el patrimonio genético, por así decir, del cristiano se contiene en este sacramento. La segunda peculiaridad que debería caracterizar al cristiano sería como, la audacia de una presencia visible e incisiva en la sociedad; la audacia de ser verdaderamente «levadura evangélica», «sal y luz» del mundo.
+++

"Obras todas del Señor, bendecid al Señor".-
¡Gloria y alabanza a ti, Santísima Trinidad, único y eterno Dios!
San Juan Crisóstomo (†14 de septiembre de 407) meditando el libro del Génesis, guía a los fieles de la creación al Creador, que es el Dios de la condescendencia, y por eso llamado también «padre tierno», médico de las almas, madre y amigo afectuoso. Une a Dios Creador y Dios Salvador, ya que Dios deseó tanto la salvación del hombre que no se reservó a su único Hijo. Comentando los Hechos de los Apóstoles propone el modelo de la Iglesia primitiva, desarrollando una utopía social, casi una «ciudad ideal». Trataba de dar un rostro cristiano a la ciudad, afrontando los principales problemas, especialmente las relaciones entre ricos y pobres, a través de una inédita solidaridad.
VERITAS OMNIA VINCIT
LAUS TIBI CHRISTI.
Gracias por venir a visitarnos
Iglesia de Cristo -fundada hace 2000 años, inmutable guardiana en la sucesión apostólica- de la Fe y la Tradición bíblica; anunciadora del Evangelio al orbe todo: por ello ‘Iglesia Católica’ y las puertas del infierno ni los ataques protestantes* podrán contra ella, porque Jesús de Nazareth así nos lo ha prometido. La Iglesia custodia la Palabra-que es manantial de bondad y gloria a todos los hombres de buena voluntad; domiciliada está en la colina vaticana–Roma, Italia, 2000 años ha.
*Protestantes y miles de sectas que continuan apareciendo.
+++
Recomendamos vivamente: Título: ¿Sabes leer la Biblia? Una guía de lectura para descifrar el libro sagrado-Autor: Francisco Varo-Editorial: Planeta Testimonio-
Grüss Gott. Salve, oh Dios. †
|