Tuesday 23 May 2017 | Actualizada : 2017-03-29
 
Inicio > Leyendas Negras > Iglesia - 1º miedo y verdad; la Iglesia edifica Occidente; genocidio indígena

Quién, sino la Iglesia, a través de los monasterios, salvó la ciencia de los clásicos y la transmitió para el futuro; quién creó las universidades, sino la Iglesia; quién fue mecenas del arte y de la mejor cultura de Europa, sino la Iglesia; quién lo sigue siendo.

 

 

 

La conciencia renacentista e ilustrada era mucho menos cristiana que la conciencia medieval. La conciencia de aquellos cristianos toleró la esclavitud más o menos como la conciencia actual de muchos cristianos e ilustrados filántropos ha resistido que el comunismo haya matado más de cien millones de hombres, sin mayores aspavientos, o como tolera que la matanza de los niños inocentes, por el aborto, se haya hecho legal y subsidiada.

 

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"La Iglesia encierra una realidad misteriosa, un misterio  profundo, inmenso, divino. (...) La Iglesia es el sacramento, el signo sensible de una realidad  escondida, que  es la presencia de Dios entre nosotros" (Homilía durante la misa celebrada en la parroquia de San Pedro Damián, 27 de febrero de 1972:  L´Osservatore Romano, edición en lengua española, 5 de marzo de 1972, p. 4).

 

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Conocer implica recordar, sin memoria no hay conocimiento, sin conocimiento no hay vida personal. Hemos vivido épocas en las que se ha sobreestimado la memoria, o mejor dicho, se ha confundido el «memorare» con lo mismo que hace un papagayo y también un disco rayado. Y se ha obligado a los niños en la escuela a aprender listas de ríos y de reyes de un modo irritante. En esta época más bien sucede lo contrario, se desprecia la memoria y ya no se somete a un recio aprendizaje, como si no fuera un elemento indispensable para la vida del pensamiento, tanto como para evitar el haber de aprenderlo todo cada día. MMVI

 

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Dentro de una línea que en los siglos pasados fue una constante en el ejercicio del pontificado, Juan Pablo II ha dado un paso entusiasta en la recuperación de esta tradición, al extremo de constituirse en un digno continuador de los grandes papas de la antigüedad medieval o renacentista, o de aquellos que, como Benedicto XIV, en los tiempos de la Ilustración, llevaron a su más alto nivel las expresiones de la cultura de su tiempo. En el caso del actual pontífice la atención dedicada a la cultura no sólo está marcada por el más alto rigor en el tratamiento del tema, sino por su enfoque desde el punto de vista pastoral y de la nueva evangelización. 2004.

 

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¿Debe la Iglesia intentar imponer sus valores sobre la sociedad no católica?

 

Ni lo intenta. El diálogo de creyentes y no creyentes, de la Fe y la Razón es una línea estratégica muy fructífera. En este periódico se demuestra. Pero ha de hacerse en torno a unos valores comunes, como la libertad. Si yo pudiera imponer mis valores a los etarras, crea usted que lo haría.

 

¿Debe la Iglesia intentar imponer sus valores sobre la sociedad no católica (oposición al matrimonio homosexual, al divorcio en su momento) o debería limitarse a luchar por una sociedad democrática que respetase los Derechos Humanos, donde entrásemos todos y pudiese ella y las otras religiones- ejercer su magisterio e intentar ganar simplemente convenciendo a más ciudadanos?

 

Ratifico lo anterior. Sólo el cristianismo (y el judaísmo) permite la existencia de esas sociedades abiertas. Por algo será. 2005.05

 

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Bebe a las 21-22 semanas y sobrevivió - USA.

 

Genocidio del siglo XX - Pier Paolo Pasolini escribió: «Soy contrario a la legalización del aborto porque la considero una legalización del homicidio. Que la vida humana sea sagrada es obvio: es un principio más fuerte que cualquier principio de la democracia». Glosando a Pasolini, podríamos preguntarnos si una sociedad que no considera sagrada la vida humana puede calificarse de democrática.

 

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Usted afirma que de no ser por el cristianismo no habría ni democracia, ni universidades, ni revolución científica... Japón o Israel, son dos países no cristianos, y no les va nada mal en ese sentido, ¿no cree?

 

Sí, pero Japón fue vencido por los Estados Unidos, contaba con una minoría cristiana nada desdeñable y además McArthur tenía claro la importancia que la Biblia podía tener para su desarrollo democrático. En el caso de Israel, la herencia era en buena medida común: un sistema copiado del británico y una escala de valores surgida de la Biblia. Subieron ya muy avanzada la Historia al carro del legado cristiano.

Dr.César VIDAL, historiador, filósofo, teólogo, escritor. MMV.XI.XV. [LD.ESP.].

 

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Aunque soy consciente de la complejidad, ¿puede decirme alguna cifra mínima del número de muertos que supuso el Islam hasta ahora? ¿Y el cristianismo?

 

Tendría que hacer un cálculo obviamente pero hay consideraciones más fáciles de hacer. Por ejemplo, la desaparición total de culturas avanzadas en Oriente medio, Asia Menor y África del norte por la acción del islam. Hubo una época –antes del islam, claro– en que existía el mismo nivel cultural a uno y otro lado del Mediterráneo. El atraso se lo debemos al islam.

Dr.César VIDAL, historiador, filósofo, teólogo, escritor. MMV.XI.XV. [LD.ESP.].

 

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¿Quiénes pueden ser los tiranos más crueles de la historia?

 

Lenin, Stalin, Hitler, Mao, Pol Pot... la lista no es pequeña por desgracia.

Dr.César VIDAL, historiador, filósofo, teólogo, escritor. MMV.XI.XV. [LD.ESP.].

 

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La Iglesia católica, para cumplir el mandato divino Enseñad a todas las gentes, debe trabajar denodadamente para que la palabra de Dios sea difundida y glorificada. Así pues, la Iglesia ruega encarecidamente a sus hijos que, ante todo, hagan peticiones, súplicas, plegarias, acciones de gracias por todos los hombres… Porque esto es bueno y grato ante Dios nuestro Salvador, el cual quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad. Los cristianos, al formar su conciencia, deben atender con diligencia a la doctrina cierta y sagrada de la Iglesia. Pues, por voluntad de Cristo, la Iglesia católica es maestra de la verdad y su misión es anunciar y enseñar auténticamente la Verdad, que es Cristo , y, al mismo tiempo, declarar y confirmar con su autoridad los principios de orden moral que fluyen de la misma naturaleza humana. Además, los cristianos, comportándose sabiamente con aquellos que están fuera, deben esforzarse por difundir, en el Espíritu Santo, en caridad no fingida, en palabras de verdad, la luz de la vida con toda confianza y fortaleza apostólica hasta el derramamiento de sangre. Porque el discípulo tiene la obligación grave, con respecto al Maestro Cristo, de conocer cada vez mejor la verdad recibida de Él, de anunciarla fielmente y de defenderla denodadamente, excluidos los medios contrarios al espíritu evangélico. Al mismo tiempo, sin embargo, la caridad de Cristo le urge a tratar con amor, prudencia y paciencia a los hombres que viven en el error o la ignorancia de la fe. Por consiguiente, hay que tener en cuenta no sólo los deberes hacia Cristo, Verbo vivificante que debe ser predicado, sino también los derechos de la persona humana y la medida de la gracia que Dios ha concedido por medio de Cristo al hombre, que es invitado a recibir y confesar por propia voluntad la fe.

Declaración Dignitatis humanae, 14 – Concilio Vaticano II -

 

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Medieval - El único momento histórico en que Europa tuvo su unidad fue con la cristiandad medieval. Era la Europa católica. La cristianitas de la Europa medieval era la patria común. La reforma luterana destruyó todo esto, separó a los países y creó los nacionalismos.

Vittorio Messori; escritor, periodista, comentarista e investigador histórico. MMV.

 

Gracias a la Iglesia Católica, antes del 1300, había fundadas en Europa cuarenta y cuatro Universidades, en las que se forja un individuo especial dotado de cierta uniformidad: homo Scholasticus.

 

La Universidad y, de modo más amplio, la cultura universitaria constituyen una realidad de importancia decisiva. En su ámbito se juegan cuestiones vitales, profundas transformaciones culturales, de consecuencias desconcertantes, suscitan nuevos desafíos. La Iglesia no puede dejar de considerarlos en su misión de anunciar el Evangelio.

La Universidad es, en su mismo origen, una de las expresiones más significativas de la solicitud pastoral de la Iglesia. Su nacimiento está vinculado al desarrollo de escuelas establecidas en el medioevo por obispos de grandes sedes episcopales. Si las vicisitudes de la historia condujeron a la « Universitas magistrorum et scholarium » a ser cada vez más autónoma, la Iglesia continúa igualmente manteniendo aquel celo que dio origen a la institución.3 Efectivamente, la presencia de la Iglesia en la Universidad no es en modo alguno una tarea ajena a la misión de anunciar la fe. « La síntesis entre cultura y fe no es sólo una exigencia de la cultura, sino también de la fe... Una fe que no se hace cultura es una fe que no es plenamente acogida, enteramente pensada o fielmente vivida ».4 La fe que la Iglesia anuncia es una fides quaerens intellectum, que debe necesariamente impregnar la inteligencia del hombre y su corazón, ser pensada para ser vivida. La presencia eclesial no puede, pues, limitarse a una intervención cultural y científica. Tiene que ofrecer la posibilidad efectiva de un encuentro con Jesucristo.

Concretamente, la presencia y la misión de la Iglesia en la cultura universitaria revisten formas diversas y complementarias. Primeramente está la tarea de apoyar a los católicos comprometidos en la vida de la Universidad como profesores, estudiantes, investigadores o colaboradores. La Iglesia se preocupa luego por el anuncio del Evangelio a todos los que en el interior de la Universidad no lo conocen todavía y están dispuestos a acogerlo libremente. Su acción se traduce también en diálogo y colaboración sincera con todos aquellos miembros de la comunidad universitaria que estén interesados por la promoción cultural del hombre y el desarrollo cultural de los pueblos.

 

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Medioevo - La gran figura histórica del emperador Carlomagno evoca las raíces cristianas de Europa, remitiendo a cuantos la estudian a una época que, a pesar de los límites humanos siempre presentes, se caracterizó por un imponente florecimiento cultural en casi todos los campos de la experiencia. Al buscar su identidad, Europa no puede prescindir de un esfuerzo enérgico de recuperación del patrimonio cultural legado por Carlomagno y conservado durante más de un milenio. La educación en el espíritu del humanismo cristiano garantiza la formación intelectual y moral que forma y ayuda a la juventud a afrontar los serios problemas planteados por el desarrollo científico-técnico. En este sentido, también el estudio de las lenguas clásicas en las escuelas puede ser una valiosa ayuda para introducir a las nuevas generaciones en el conocimiento de un patrimonio cultural de inestimable riqueza.

 

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Durante el luminoso medioevo - En términos cuantitativos, las catedrales góticas son tan asombrosas como las Pirámides egipcias. Sólo en Francia, durante noventa años, desde 1180 a 1270, se vio la construcción de 80 catedrales y casi 500 abadías.

 

UNIVERSIDADES - La síntesis del saber teológico, filosófico y de otras ciencias realizada por las Universidades en los siglos XIII y XIV, en que se forma el Humanismo, es impensable sin el cristianismo.

 

Entre 1200 y 1400 se fundaron en Europa 52 universidades, 29 de ellas pontificias. Según orden de antigüedad, no en importancia, puesto que la de París fue la más destacada, las fechas de fundación parecen ser las siguientes: Palencia (1208-12), Oxford (1214), París (1215), Padua (1222), Nápoles (1224), Salamanca (1228), Toulouse (1229), Bolonia (1230). Valladolid fue fundada a mediados del S. XIII (1250).

 

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Moyen Age - Nos ancêtres n´étaient pas nécessairement meilleurs que nous au point de vue moral. Ils pouvaient même manifester des faiblesses qui nous laissent croire que nous serions meilleurs. Mais ils vivaient assurément le mystère du Christ avec plus de profondeur et d´intensité que nous ne le faisons. Surtout, leur univers intérieur était tout baigné de la lumière de la foi. Le monde de la foi, pour eux, était aussi réel que le monde matériel qui les entourait. D´où une joie et une espérance, nourries par la contemplation des vérités de la foi, qui se traduisaient naturellement dans l´expression de la beauté.

 

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... Esto significa que no nos construimos un Dios privado, un Jesús privado, sino que creemos y nos postramos ante el Jesús que nos muestran las Sagradas Escrituras, y que en la gran comunidad de fieles llamada Iglesia se manifiesta viviente, siempre con nosotros y al mismo tiempo siempre ante de nosotros. Se puede criticar mucho a la Iglesia. Lo sabemos, y el Señor mismo nos lo ha dicho: es una red con peces buenos y malos, un campo con trigo y cizaña. El Papa Juan Pablo II, que nos ha mostrado el verdadero rostro de la Iglesia en los numerosos santos que ha proclamado, también ha pedido perdón por el mal causado en el transcurso de la historia por las palabras o los actos de hombres de la Iglesia. De este modo, también a nosotros nos ha hecho ver nuestra verdadera imagen, y nos ha exhortado a entrar, con todos nuestros defectos y debilidades, en la muchedumbre de los santos que comenzó a formarse con los Magos de Oriente. En el fondo, consuela que exista la cizaña en la Iglesia. Así, no obstante todos nuestros defectos, podemos esperar estar aún entre los que siguen a Jesús, que ha llamado precisamente a los pecadores. La Iglesia es como una familia humana, pero es también al mismo tiempo la gran familia de Dios, mediante la cual Él establece un espacio de comunión y unidad en todos los continentes, culturas y naciones. Por eso nos alegramos de pertenecer a esta gran familia; de tener hermanos y amigos en todo el mundo. Justo aquí, en Colonia, experimentamos lo hermoso que es pertenecer a una familia tan grande como el mundo, que comprende el cielo y la tierra, el pasado, el presente y el futuro de todas las partes de la tierra. En esta gran comitiva de peregrinos, caminamos junto con Cristo, caminamos con la estrella que ilumina la historia. DISCURSO DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI - Colonia - Explanada de Marienfeld
Sábado 20 de agosto de 2005 -  Alemania

 

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«La Iglesia hubo de asumir la tarea de introducir la ley del Evangelio y la ética del sermón de la montaña entre gentes para quienes el homicidio era la más honrosa de las ocupaciones y la venganza era sinónimo de justicia... (Los bárbaros eran pueblos guerreros que asombraban a los romanos por sus costumbres y conductas salvajes)» …[…]… C. Dawson

También lo mismo sucedió con el descubrimiento del ‘nuevo mundo’ frente a las prácticas sanguinarias y antropófagas autóctonas.

 

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[La Iglesia] "...no tiene miedo a la verdad que emerge de la historia y está dispuesta a reconocer equivocaciones allí donde se han verificado, sobre todo cuando se trata del respeto debido a las personas y a las comunidades. Pero es propensa a desconfiar de los juicios generalizados de absolución o de condena respecto a las diversas épocas históricas. Confía la investigación sobre el pasado a la paciente y honesta reconstrucción científica, libre de prejuicios de tipo confesional o ideológico, tanto por lo que respecta a las atribuciones de culpa que se le hacen como respecto a los daños que ella ha padecido".
S. S. Juan Pablo II, discurso del 1 de Septiembre 1999


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Católico: ‘Que no te amedrenten los que se dan aires de hombres dignos de todo crédito y enseñan doctrinas extrañas a la fe. Por tu parte, mantente firme como un yunque golpeado por el martillo. Es propio de un grande atleta el ser desollado y, sin embargo, vencer. Pues ¡cuánto más hemos de soportarlo todo nosotros por Dios, a fin de que también él nos soporte a nosotros! Sé todavía más diligente de lo que eres. Date cabal cuenta de los tiempos. Aguarda al que está por encima del tiempo, al intemporal, al invisible, que por nosotros se hizo visible; al impalpable, al impasible, que por nosotros se hizo pasible; al que en todas las formas posibles sufrió por nosotros.’ San Ignacio de Antioquia de la Iglesia católica año 35-107 ca. - Carta a S. Policarpo de Esmirna 1,1 -4, 3 Ignacio, por sobrenombre Teóforo, es decir, Portador de Dios, a Policarpo, obispo de la Iglesia de Esmirna.


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"La Iglesia "se vale de los paganos como material para su acción, de los herejes como confirmación de su doctrina, de los cismáticos como demostración de su perpetuidad y de los hebreos como término comparativo de su belleza... Lo que de carnal hay en la Iglesia, la Iglesia lo tolera como el cascabillo, que protege mejor el grano en la era hasta que se le despoja de ello". (San Agustín).

 

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Las quince (15) marcas distintivas de La Iglesia:

 

Ø      El Nombre de la Iglesia Católica - No está confinada a una nación o gente en particular.

Ø      Antigüedad - Traza sus ancestros directamente a Jesucristo*.

Ø      Constante Duración - Duración substancial (a través de los siglos) sin cambios.

Ø      Extensa. - Número de sus fieles.

Ø      Sucesión Episcopal - Desde los primeros Apóstoles a la  jerarquía presente.

Ø      Acuerdo Doctrinal - La misma doctrina y enseñanzas de la Iglesia primitiva.

Ø      Unión. - Todos los miembros entre sí y con la cabeza visible, el Romano Pontífice.

Ø      Santidad - Doctrina que refleja la santidad de DIOS.

Ø      Eficacia - Eficacia de doctrina en el poder de santificar creyentes e inspirarlos a                       grandes logros morales.

Ø      Santidad de Vida - Defensores representantes de la Iglesia.

Ø      La gloria de Milagros - Trabajados en la Iglesia y bajo el auspicio de la Iglesia.

Ø      El don de Profecía. Don encontrado entre los santos de la Iglesia y sus    portavoces.

Ø      La Oposición - que la Iglesia levanta entre aquellos que la atacan en los mismos terrenos que Cristo fuera atacado por sus enemigos.

Ø      El Triste Fin - de todos aquellos que luchan contra ella.

Ø      La Paz Temporal y Felicidad Terrenal - Todos aquellos que viven de acuerdo a las enseñanzas de la Iglesia y que defienden sus intereses.

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* 2000 años de historia y con sede sobre la tumba de Pedro en la colina vaticana en la ciudad de Roma donde murió crucificado cabeza abajo, en cruz invertida. Y San Pablo -no lejos- murió decapitado.

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San Roberto Belarmino (+ 1621) Roberto "el que brilla por su fama", Belarmino: "guerrero bien armado".  Su fama brilló por ser un guerrero en defensa de la verdadera fe. Jesuita, Arzobispo de Capua, Cardenal y Doctor de la Iglesia; defensor de la sana doctrina cristiana durante y después de la Reforma Protestante.

 

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Así ayudó la Iglesia a edificar Occidente

 

 


Un libro pone de relieve la aportación católica

NUEVA YORK, sábado, 11 junio 2005 .- Ninguna institución ha hecho más para forjar Occidente como la Iglesia. Ésta es la tesis del libro publicado recientemente, «How the Catholic Church Built Western Civilization» (Cómo construyó la Iglesia Católica la Civilización Occidental) (Regnery Publishing), de Thomas E. Woods Jr.

La Iglesia católica, observa Woods, ha tenido mala prensa en los últimos años. Y mucha gente sólo conoce las partes más oscuras de la historia de la Iglesia. Este libro busca cambiar esto, tratando de modo sucinto en una serie de capítulos temáticos algunas de las áreas donde la Iglesia ha jugado un papel crucial.

La civilización occidental, precisa Woods, no deriva exclusivamente del catolicismo. Sin embargo, resulta fácil olvidar cuánto ha contribuido la Iglesia en áreas como el arte, la música, la arquitectura, la ciencia y el derecho.

Todavía persiste una fuerte visión negativa sobre la Edad Media, aunque Woods afirma que casi todos los historiadores rechazan actualmente el viejo prejuicio ante este periodo que lo calificaba como la «Edad Oscura». Aunque de hecho hubo un periodo de declive en los siglos VI y VII, esto se debió a las invasiones bárbaras y a las constantes guerras. La destrucción habría sido peor si no hubiera sido por los esfuerzos de la Iglesia por mantener el orden.

La civilización moderna tiene una particular deuda con la labor de innumerables monjes durante la Edad Media, apunta Woods. Fue en los monasterios donde los textos de los grandes romanos se copiaron y conservaron para las futuras generaciones. Y aunque durante siglos se destruyeron muchos monasterios por las sucesivas oleadas de bárbaros, volvían a renacer de nuevo para continuar su tarea.

Los monasterios medievales fueron también vitales para el desarrollo de la agricultura. En particular, miles de establecimientos benedictinos desempeñaron un papel crucial en la roturación y desarrollo de la tierra. También introdujeron en las poblaciones locales importantes técnicas, como la crianza de ganado, la fabricación de queso, la gestión del agua y la apicultura. Los monasterios cistercienses también desempeñaron un papel vital, añade Woods, en áreas como el desarrollo de la hidráulica y la metalurgia.

Un tiempo de aprendizaje
Lejos de ser un periodo de ignorancia, la Edad Media vio el nacimiento del sistema universitario. La Iglesia estuvo en el meollo de este avance, que surgió en la segunda mitad del siglo XII en los centros establecidos en París, Bolonia, Oxford y Cambridge. El Papado, explica Woods, también desempeñó un papel central en el establecimiento y respaldo a las universidades. En la época de la Reforma, 81 universidades habían recibido el reconocimiento papal.

La ciencia moderna también tiene una gran deuda con la Iglesia católica. La mayoría de la gente recuerda el conflicto de la Iglesia con Galileo, que no fue tan negativo como los mitos populares lo consideran, sostiene Woods. La Iglesia promovió los avances científicos, con muchos clérigos que combinaban su vocación divina con el interés por la ciencia.

El dominico del siglo XIII, San Alberto el Grande, por ejemplo, ha sido considerado uno de los precursores de la ciencia moderna. Y Roberto Grosseteste, canciller de la Universidad de Oxford y obispo de Lincoln, es descrito por Woods como uno de los hombres de más conocimientos de la Edad Media. Él fue, entre otras realizaciones suyas, el primero en anotar la serie completa de pasos para realizar un experimento científico.

La implicación de la Iglesia en la ciencia continuaría en los siguientes siglos. En el siglo XVII, está acreditado que el padre Nicolaus Steno de Dinamarca estableció la mayoría de los principios de la geología moderna. Y en los siglos XVII y XVIII, los jesuitas hicieron importantes aportaciones a la ciencia, especialmente en áreas como las matemáticas y la astronomía.

El arte y la arquitectura también tienen una gran deuda con la Iglesia católica. Cuando los iconoclastas, que se oponían a las imágenes de figuras religiosas, intentaron destruir el arte religioso en los siglos VIII y IX, fue la Iglesia la que se opuso a esta herejía.

En los siglos siguientes, el patronazgo de la Iglesia, a través de la construcción de grandes catedrales y el encargo de innumerables obras de arte, fue el centro del arte y la arquitectura europeas. Los Papas, en particular, como patrones de muchos de los grandes artistas estuvieron detrás de la producción de muchas obras maestras.

Derecho internacional
El descubrimiento y conquista del Nuevo Mundo dio la oportunidad a los teólogos católicos de desarrollar lo que serían los principios legales y éticos para regir el trato de los nativos en los nuevos territorios. El más conocido de estos pensadores fue Francisco de Vitoria, un dominico al que se atribuye el haber dado fundamento al derecho internacional moderno. Defendió el principio de que todos los hombres son igualmente libres y tienen el mismo derecho a la vida, la cultura y la propiedad.

Vitoria, junto con otras figuras como su compañero dominico Bartolomé de las Casas, desempeñaron un importante papel en la defensa de las poblaciones nativas contra quienes buscaban tratarlas como una clase subhumana, legitimando así la esclavitud y otras clases de malos tratos. A pesar de estos esfuerzos se cometieron injusticias, observa Woods, pero los teólogos españoles hicieron importantes aportaciones a conceptos como los derechos naturales y la guerra justa.

Muchos otros aspectos de los sistemas legales occidentales deben su origen a la Iglesia, explica Woods. El código legal desarrollado por la Iglesia para su propio uso, el derecho canónico, fue el primer cuerpo legal sistemático desarrollado en la Europa medieval y conformó la base de los sistemas legales seculares posteriores.

La influencia de la Iglesia fue vital para asegurar, por ejemplo, que un matrimonio válido requiere el libre consentimiento tanto del hombre como de la mujer. Y la defensa de la vida humana por parte de la Iglesia significó que no se continuara con la práctica del infanticidio de Grecia y Roma. Otras prácticas bárbaras como el juicio por batalla o juicio de sangre fueron perdiendo vigor gracias a la influencia de la Iglesia. Los estudiosos del derecho canónico introdujeron también principios como la reducción de la responsabilidad legal debido a circunstancias atenuantes.

Obras de caridad
Las obras de caridad católicas son otro campo examinado por Woods. Desde los primeros siglos, la Iglesia buscó aliviar los sufrimientos causados por las hambrunas y las enfermedades. Inspirándose en el Evangelio, se animaba al fiel a que donase su dinero a la Iglesia para utilizarlo en ayudar a quienes estaban en necesidad.

En la primera Iglesia, se organizaron hospicios para cuidar a peregrinos, rescatar esclavos y pobres. Otros grupos, como las viudas y los huérfanos, se beneficiaron de las instituciones puestas en marcha por la Iglesia. El establecimiento de hospitales a gran escala también proviene de iniciativas organizadas por la Iglesia católica desde el siglo IV en adelante. Y, durante la Edad Media, los monasterios se convirtieron en dispensadores de asistencia médica en muchas áreas.

La extensión de estas ayudas fue tal que muchos que eran hostiles a los católicos, desde paganos a reformadores protestantes y figuras de la Ilustración como Voltaire, todos reconocieron la labor caritativa de la Iglesia.

Woods también hace notar que cuando Enrique VIII suprimió en Inglaterra los monasterios y confiscó sus propiedades la perdida de ayudas de caridad que se creó como consecuencia llevó a sublevaciones civiles en algunas partes. Y la nacionalización de las propiedades de la Iglesia durante la Revolución Francesa significó que medio siglo después, en 1847, Francia tuviera un 47% menos de hospitales que en 1789.

Woods concluye afirmando: «Tan inculcados están los conceptos que el catolicismo introdujo en el mundo que con mucha frecuencia los movimientos que se oponen a él están, a pesar de todo, imbuidos de ideales cristianos». La Iglesia católica, continúa, «no hizo una aportación digna de mérito a la civilización occidental – la Iglesia ha construido dicha civilización». La civilización contemporánea se está alejando más y más de este fundamento, observa Woods, en muchos casos con consecuencias negativas. ZS05061101

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Un capítulo menos en la leyenda negra, tan falaz como voluminosa, valga la antítesis, pues no siempre una mentira se convierte en realidad, por muchas veces que se repita.

 

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Hace ya mucho, sin embargo, que la Iglesia Católica probó no ser ella una invención de su tiempo: es la obra de su Creador, y sigue siendo capaz de vivir lo mismo en su vejez que en su primera juventud: y sus enemigos, en lo más profundo de sus almas, han perdido ya la esperanza de verla morir algún día. Y a las sectas esta evidencia les he insoportable.

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“Qué haríamos con dos millones (si los tuviéramos): Los filántropos se lo darían a los pobres que se lo merecieran, y los cristianos a los pobres que no se lo merecieran: porque si los cristianos fueran verdaderos cristianos, lo primero que pensarían es que ellos mismos constituían un ejemplo de ricos que no merecían serlo”. G.K.Chesterton - Ilustrated London News

 

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Inquisición significaba en la época medieval: búsqueda, pregunta, investigación...

 

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Leyendas negras

Tres lugares comunes

 

Denigración de la hispanidad: algunas respuestas

 

Fuente: www.apologetica.org

 

… de las leyendas negras…
Introducción

La conmemoración del Quinto Centenario reavivó, como era previsible, el empecinado odio anticatólico y antihispanista de vieja y conocida data. Y tanto odio alimenta la injuria, ciega a la justicia y obnubila el orden de la razón, según bien lo explicara Santo Tomás en olvidada enseñanza. De resultas, la verdad queda adulterada y oculta, y se expanden con fuerza el resentimiento y la mentira. No es sólo, pues, una insuficiencia histórica o científica la que explica la cantidad de imposturas lanzadas al ruedo. Es un odium fidei alimentado en el rencor ideológico. Un desamor fatal contra todo lo que lleve el signo de la Cruz y de la Espada.

Bastaría aceptar y comprender este oculto móvil para desechar, sin más, las falacias que se propagan nuevamente, aquí y allá. Pero un poder inmenso e interesado les ha dado difusión y cabida, y hoy se presentan como argumentos serios de corte académico. No hay nada de eso. Y a poco que se analizan los lugares comunes más repetidos contra la acción de España en América, quedan a la vista su inconsistencia y su debilidad. Veámoslo brevemente en las tres imputaciones infaltables enrostradas por las izquierdas

El despojo de la tierra

Se dice en primer lugar, que España se apropió de las tierras indígenas en un acto típico de rapacidad imperialista.

Llama la atención que, contraviniendo las tesis leninistas, se haga surgir al Imperialismo a fines del siglo XV. Y sorprende asimismo el celo manifestado en la defensa de la propiedad privada individual. Pero el marxismo nos tiene acostumbrados a estas contradicciones y sobre todo, a su apelación a la conciencia cristiana para obtener solidaridades. Porque, en efecto, sin la apelación a la conciencia cristiana —que entiende la propiedad privada como un derecho inherente de las criaturas, y sólo ante el cual el presunto despojo sería reprobable— ¿a qué viene tanto afán privatista y posesionista? No hay respuesta.

La verdad es que antes de la llegada de los españoles, los indios concretos y singulares no eran dueños de ninguna tierra, sino empleados gratuitos y castigados de un Estado idolatrizado y de unos caciques despóticos tenidos por divinidades supremas. Carentes de cualquier legislación que regulase sus derechos laborales, el abuso y la explotación eran la norma, y el saqueo y el despojo las prácticas habituales. Impuestos, cargas, retribuciones forzadas, exacciones virulentas y pesados tributos, fueron moneda corriente en las relaciones indígenas previas a la llegada de los españoles. El más fuerte sometía al más débil y lo atenazaba con escarmientos y represalias. Ni los más indigentes quedaban exceptuados, y solían llevar como estigmas de su triste condición, mutilaciones evidentes y distintivos oprobiosos. Una "justicia" claramente discriminatoria, distinguía entre pudientes y esclavos en desmedro de los últimos y no son éstos, datos entresacados de las crónicas hispanas, sino de las protestas del mismo Carlos Marx en sus estudios sobre "Formaciones Económicas Precapitalistas y Acumulación Originaria del Capital". Y de comentaristas insospechados de hispanofilia como Eric Hobsbawn, Roberto Oliveros Maqueo o Pierre Chaunu.

La verdad es también, que los principales dueños de la tierra que encontraron los españoles —mayas, incas y aztecas— lo eran a expensas de otros dueños a quienes habían invadido y desplazado. Y que fue ésta la razón por la que una parte considerable de tribus aborígenes —carios, tlaxaltecas, cempoaltecas, zapotecas, otomíes, cañarís, huancas, etcétera— se aliaron naturalmente con los conquistadores, procurando su protección y el consecuente resarcimiento.

Y la verdad, al fin, es que sólo a partir de la Conquista, los indios conocieron el sentido personal de la propiedad privada y la defensa jurídica de sus obligaciones y derechos. Es España la que se plantea la cuestión de los justos títulos, con autoexigencias tan sólidas que ponen en tela de juicio la misma autoridad del Monarca y del Pontífice. Es España -con ese maestro admirable del Derecho de Gentes que se llamó Francisco de Vitoria— la que funda la posesión territorial en las más altas razones de bien común y de concordia social, la que insiste una y otra vez en la protección que se le debe a los nativos en tanto súbditos, la que garantiza y promueve un reparto equitativo de precios, la que atiende sobre abusos y querellas, la que no dudó en sancionar duramente a sus mismos funcionarios descarriados, y la que distinguió entre posesión como hecho y propiedad como derecho, porque sabía que era cosa muy distinta fundar una ciudad en el desierto y hacerla propia, que entrar a saco a un granero particular. Por eso, sólo hubo repartimientos en tierras despobladas y encomiendas "en las heredades de los indios". Porque pese a tantas fábulas indoctas, la encomienda fue la gran institución para la custodia de la propiedad y de los derechos de los nativos. Bien lo ha demostrado hace ya tiempo Silvio Zavala, en un estudio exhaustivo, que no encargó ninguna "internacional reaccionaria", sino la Fundación Judía Guggenheim, con sede en Nueva York. Y bien queda probado en infinidad de documentos que sólo son desconocidos para los artífices de las leyendas negras.

Por la encomienda, el indio poseía tierras particulares y colectivas sin que pudieran arrebatárselas impunemente. Por la encomienda organizaba su propio gobierno local y regional, bajo un régimen de tributos que distinguía ingresos y condiciones, y que no llegaban al Rey —que renunciaba a ellos— sino a los Conquistadores. A quienes no les significó ningún enriquecimiento descontrolado y si en cambio, bastantes dolores de cabeza, como surgen de los testimonios de Antonio de Mendoza o de Cristóbal Alvarez de Carvajal y de innumerables jueces de audiencias. Como bien ha notado el mismo Ramón Carande en "Carlos V y sus banqueros", eran tan férrea la protección a los indios y tan grande la incertidumbre económica para los encomenderos, que América no fue una colonia de repoblación para que todos vinieran a enriquecerse fácilmente. Pues una empresa difícil y esforzada, con luces y sombras, con probos y pícaros, pero con un testimonio que hasta hoy no han podido tumbar las monsergas indigenistas: el de la gratitud de los naturales. Gratitud que quien tenga la honestidad de constatar y de seguir en sus expresiones artísticas, religiosas y culturales, no podrá dejar de reconocer objetivamente

No es España la que despoja a los indios de sus tierras. Es España la que les inculca el derecho de propiedad, la que les restituye sus heredades asaltadas por los poderosos y sanguinarios estados tribales, la que los guarda bajo una justicia humana y divina, la que los pone en paridad de condiciones con sus propios hijos, e incluso en mejores condiciones que muchos campesinos y proletarios europeos Y esto también ha sido reconocido por historiógrafos no hispanistas. Es España, en definitiva, la que rehabilita la potestad India a sus dominios, y si se estudia el cómo y el cuándo esta potestad se debilita y vulnera, no se encontrará detrás a la conquista ni a la evangelización ni al descubrimiento, sino a las administraciones liberales y masónicas que traicionaron el sentido misional de aquella gesta gloriosa. No se encontrará a los Reyes Católicos, ni a Carlos V, ni a Felipe II. Ni a los conquistadores, ni a los encomenderos, ni a los adelantados, ni a los frailes. Sino a los enmandilados Borbones iluministas y a sus epígonos, que vienen desarraigando a América y reduciéndola a la colonia que no fue nunca en tiempos del Imperio Hispánico.

La sed de Oro

Se dice, en segundo lugar, que la llegada y la presencia hispánica no tuvo otro fin superior al fin económico; concretamente, al propósito de quedarse con los metales preciosos americanos.

Y aquí el marxismo vuelve a brindarnos otra aporía. Porque sí nosotros plantamos la existencia de móviles superiores, somos acusados de angelistas, pero si ellos ven sólo ángeles caídos adoradores de Mammon se escandalizan con rubor de querubines. Si la economía determina a la historia y la lucha de clases y de intereses es su motor interno ; si los hombres no son más que elaboraciones químicas transmutadas, puestos para el disfrute terreno, sin premios ni castigos ulteriores, ¿a qué viene esta nueva apelación a la filantropía y a la caridad entre naciones. Unicamente la conciencia cristiana puede reprobar coherentemente —y reprueba semejantes tropelías. Pero la queja no cabe en nombre del materialismo dialéctico. La admitimos con fuerza mirando el tiempo sub specie aeternitatis. Carece de sentido en el historicismo sub lumine oppresiones. Es reproche y protesta si sabemos al hombre "portador de valores eternos" u homo viator, como decían los Padres. Es fría e irreprochable lógica si no cesamos de concebirlo como homo acconomicus.

 

 

Pero aclaremos un poco mejor las cosas.

Digamos ante todo que no hay razón para ocultar los propósitos económicos de la conquista española. No solo porque existieron sino porque fueron lícitos. El fin de la ganancia en una empresa en la que se ha invertido y arriesgado y trabajado incansablemente, no está reñido con la moral cristiana ni con el orden natural de las operaciones. Lo malo es, justamente, cuando apartadas del sentido cristiano, las personas y las naciones anteponen las razones finaneleras a cualquier otra, las exacerban en desmedro de los bienes honestos y proceden con métodos viles para obtener riquezas materiales. Pero éstas son, nada menos, las enseñanzas y las prevenciones continuas de la Iglesia Católica en España. Por eso se repudiaban y se amonestaban las prácticas agiotistas y usureras, el préstamo a interés, la "cría del dinero", las ganancias malhabidas. Por eso, se instaba a compensaciones y reparaciones postreras —que tuvieron lugar en infinidad de casos—; y por eso, sobre todo, se discriminaban las actividades bursátiles y financieras como sospechosas de anticatolicismo. No somos nosotros quienes lo notamos. Son los historiógrafos materialistas quienes han lanzado esta formidable y certera "acusación": ni España ni los países católicos fueron capaces de fomentar el capitalismo por sus prejuiclos antiprotestantes y antirabínicos. La ética calvinista y judaica, en cambio, habría conducido como en tantas partes, a la prosperidad y al desarrollo, si Austrias y Ausburgos hubiesen dejado de lado sus hábitos medievales y ultramontanos.

De lo que viene a resultar una nueva contradicción. España sería muy mala porque llamándose católica buscaba el oro y la plata. Pero sería después más mala por causa de su catolicismo que la inhabilitó para volverse próspera y la condujo a una decadencia irremisible.

Tal es, en síntesis, lo que vino a decirnos Hamilton —pese a sí mismo hacia 1926, con su tesis sobre "el Tesoro Americano y el florecimiento del Capitalismo". Y después de él, corroborándolo o rectificándolo parcialmente, autores como Vilar, Simiand, Braudel, Nef, Hobsbawn, Mouesnier o el citado Carande. El oro y la plata salidos de América (nunca se dice que en pago a mercancías, productos y estructuras que llegaban de la Península) no sirvieron para enriquecer a España, sino para integrar el circuito capitalista europeo, usufructuado principalmente por Gran Bretaña.

Los fabricantes de leyendas negras, que vuelven y revuelven constantemente sobre la sed de oro como fin determinante de la Conquista, deberían explicar, también, por que España llega, permanece y se instala no solo en zonas de explotación minera, sino en territorios inhóspitos y agrestes. Porque no se abandonó rápidamente la empresa si recién en la segunda mitad del siglo XVI se descubren las minas más ricas, como las de Potosí, Zacatecas o Guanajuato. Por qué la condición de los indígenas americanos era notablemente superior a la del proletariado europeo esclavizado por el capitalismo, como lo han reconocido observadores nada hispanistas como Humboldt o Dobb, o Chaunu, o el mercader inglés Nehry Hawks, condenado al destierro por la Inquisición en 1751 y reacio por cierto a las loas españolistas. Por qué pudo decir Bravo Duarte que toda América fue beneficiada por la Minería, y no así la Corona Española. Por qué, en síntesis —y no vemos argumento de mayor sentido común y por ende de mayor robustez metafísica—, si sólo contaba el oro, no es únicamente un mercado negrero o una enorme plaza financiera lo que ha quedado como testimonio de la acción de España en América, sino un conglomerado de naciones ricas en Fe y en Espíritu. El efecto contiene y muestra la causa: éste es el argumento decisivo. Por eso, no escribimos estas líneas desde una Cartago sudamericana amparada en Moloch y Baal, sino desde la Ciudad nombrada de la Santísima Trinidad y Puerto de Santa María de los Buenos Aires, por las voces egregias de sus héroes fundadores.

El genocidio indígena

Se dice, finalmente, en consonancia con lo anterior, que la Conquista —caracterizada por el saqueo y el robo— produjo un genocidio aborigen, condenable en nombre de las sempiternas leyes de la humanidad que rigen los destinos de las naciones civilizadas.

Pero tales leyes, al parecer, no cuentan en dos casos a la hora de evaluar los crímenes masivos cometidos por los indlos dominantes sobre los dominados, antes de la llegada de los españoles; ni a la hora de evaluar las purgas stalinistas o las iniciativas multhussianas de las potencias liberales. De ambos casos, el primero es realmente curloso. Porque es tan inocultable la evidencia, que los mismos autores indigenistas no pueden callarla. Sólo en un día del año 1487 se sacrificaron 2.000 jóvenes inaugurando el gran templo azteca del que da cuenta el códice indio Telleriano-Remensis. 250.000 víctimas anuales es el número que trae para el siglo XV Jan Gehorsam en su articulo "Hambre divina de los aztecas". Veinte mil, en sólo dos años de construcción de la gran pirámide de Huitzilopochtli, apunta Von Hagen, incontables los tragados por las llamadas guerras floridas y el canibalismo, según cuenta Halcro Ferguson, y hasta el mismísimo Jacques Soustelle reconoce que la hecatombe demográfica era tal que si no hubiesen llegado los españoles el holocausto hubiese sido inevitable. Pero, ¿qué dicen estos constatadores inevitables de estadísticas mortuorias prehispánicas? Algo muy sencillo: se trataba de espíritus trascendentes que cumplían así con sus liturgias y ritos arcaicos. Son sacrificios de "una belleza bárbara" nos consolará Vaillant. "No debemos tratar de explicar esta actitud en términos morales", nos tranquiliza Von Hagen y el teólogo Enrique Dussel hará su lectura liberacionista y cósmica para que todos nos aggiornemos. Está claro: si matan los españoles son verdugos insaciables cebados en las Cruzadas y en la lucha contra el moro, si matan los indios, son dulces y sencillas ovejas lascasianas que expresaban la belleza bárbara de sus ritos telúricos. Si mata España es genocidio; si matan los indios se llama "amenaza de desequilibrio demográfico".

La verdad es que España no planeó ni ejecutó ningún plan genocida; el derrumbe de la población indígena —y que nadie niega— no está ligado a los enfrentamientos bélicos con los conquistadores, sino a una variedad de causas, entre las que sobresale la del contagio microbiano. La verdad es que la acusación homicidica como causal de despoblación, no resiste las investigaciones serias de autores como Nicolás Sánchez Albornoz, José Luis Moreno, Angel Rosemblat o Rolando Mellafé, que no pertenecen precisamente a escuelas hispanófilas. La verdad es que "los indios de América", dice Pierre Chaunu, "no sucumbieron bajo los golpes de las espadas de acero de Toledo, sino bajo el choque microbiano y viral",. la verdad —¡cuántas veces habrá que reiterarlo en estos tiempos!— es que se manejan cifras con una ligereza frívola, sin los análisis cualitativos básicos, ni los recaudos elementales de las disciplinas estadísticas ligadas a la historia. La verdad incluso —para decirlo todo— es que hasta las mitas, los repartimientos y las encomiendas, lejos de ser causa de despoblación, son antídotos que se aplican para evitarla. Porque aquí no estamos negando que la demografía indígena padeció circunstancialmente una baja. Estamos negando, sí, y enfáticamente, que tal merma haya sido producida por un plan genocida.

Es más si se compara con la América anglosajona, donde los pocos indios que quedan no proceden de las zonas por ellos colonizados -¿donde están los índlos de Nueva Inglaterra?- sino los habitantes de los territorios comprados a España o usurpados a Méjico.

Ni despojo de territorios, ni sed de oro, ni matanzas en masa. Un encuentro providencial de dos mundos. Encuentro en el que, al margen de todos los aspectos traumáticos que gusten recalcarse, uno de esos mundos, el Viejo, gloriosamente encarnado por la Hispanidad, tuvo el enorme mérito de traerle al otro nociones que no conocía sobre la dignidad de la criatura hecha a imagen y semejanza del Creador. Esas nociones, patrimonio de la Cristiandad difundidas por sabios eminentes, no fueron letra muerta ni objeto de violación constante.

Fueron el verdadero programa de vida, el genuino plan salvífico por el que la Hispanidad luchó en tres siglos largos de descubrimiento, evangelización y civilización abnegados.

Y si la espada, como quería Peguy, tuvo que ser muchas veces la que midió con sangre el espacio sobre el cual el arado pudiese después abrir el surco; y si la guerra justa tuvo que ser el preludio del canto de la paz, y el paso implacable de los guerreros de Cristo el doloroso medio necesario para esparcir el Agua del Bautismo, no se hacia otra cosa más que ratificar lo que anunciaba el apóstol: sin efusión de sangre no hay redención ninguna.

La Hispanidad de Isabel y de Fernando no llegó a estas tierras con el morbo del crimen y el sadismo del atropello. No se llegó para hacer víctimas, sino para ofrecernos, en medio de las peores idolatrías, a la Víctima Inmolada, que desde el trono de la Cruz reina sobre los pueblos de este lado y del otro del océano temible.

  

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La Enciclopedia francesa, vademécum de la ilustración, recordaba que Europa era un continente pequeño, pero el faro del mundo debido a su cultura, su historia, su arte y, "sobre todo", su religión: la Iglesia Católica fundada por Jesucristo.

 

 

 

España podrá completar su archivo de la

Inquisición con los fondos del Vaticano

 

VIRGINIA RÓDENAS/

 

MADRID. Por fin una buena noticia para los investigadores: durante los primeros días de septiembre, según ha anunciado a ABC Rogelio Blanco, director general del Libro, Archivos y Bibliotecas del Ministerio de Cultura, tendrá lugar la reunión con monseñor Alejandro Cifres, director del archivo del Santo Oficio, «para completar -según explicó- los procesos más relevantes del Tribunal de la Inquisición en España, ya que éstos se iniciaban aquí, pero las apelaciones y recursos ante la Santa Sede se quedaban en el Vaticano y no volvían, por lo que hoy disponemos de una información incompleta sobre los mismos que pretende subsanarse con este intercambio de documentos microfilmados: nosotros facilitamos al Archivo de la Santa Sede los expedientes de la parte española de los que carece, y éste proporciona al Estado español la parte romana, con lo que se cierra un círculo de información sumamente interesante para el conocimiento de la Historia».

Blanco precisó a este periódico que «toda la información que podamos obtener en este intercambio pasará a engrosar la Sección de Inquisición del Archivo Histórico General de Salamanca. Además, tenemos la intención de incorporarla al Plan de Archivos Estatales en Red (AER), proyecto que necesita ser impulsado y mejorado, para que, a través de internet, esos fondos puedan ser consultados por los investigadores de cualquier parte del mundo, especialmente de Iberoamérica, en donde también actuó el Tribunal de la Inquisición española, y hay mucho interés por esta cuestión».

Catalogar todos los fondos

Cuando a finales del pasado mes de junio monseñor Alejandro Cifres, director del Archivo de la Congregación para la Doctrina de la Fe, explicó la idea de la colaboración a través de estas páginas, relató su gestación como parte de un proyecto «que llevan adelante mi Archivo, la Dirección General de Archivos del Ministerio italiano para los Bienes Culturales y el Centro Internacional de Estudios sobre la Inquisición de Trieste y cuyo objetivo es catalogar todos los fondos inquisitoriales existentes en Italia y procedentes de cualquier Inquisición, esto es la medieval, la española o la romana. Ya que, como sabe -detalló Cifres-, los historiadores distinguen tres inquisiciones: la medieval, ejercida por los obispos locales, o por la Santa Sede con carácter puntual y esporádico (por ejemplo, la Cruzada contra los Albigenses); la española (y más tarde, por imitación, la portuguesa), creada a finales de 1400 por los Reyes Católicos con el beneplácito y bulas papales, con actuación restringida al territorio de la Corona española (y Portuguesa), o sea, también en América y en los territorios europeos (en particular italianos) dependientes de ella; y una tercera inquisición, la romana, la más moderna, fundada por el Papa Pablo III en 1542 e inspirada en el modelo centralista español, pero con ámbito teóricamente universal. Estudiar o completar los respectivos archivos, el de la española conservado en el Archivo Histórico Nacional, y el de la romana (mi archivo) significa poner en relación documental dos realidades más unidas de lo que a primera vista pudiera parecer».

A juicio de monseñor Cifres, «en la investigación histórica es fundamental el contexto. Los hechos y los textos no pueden separarse del ambiente, la época, las personas, en definitiva, del entorno que los ha visto nacer. Cuanto más ampliamos ese contexto, más se facilita una profundización objetiva, libre de prejuicios, de los hechos que estudiamos. En el caso de la Inquisición, tanto española como romana, disponer de la documentación más completa permitirá estudiarla con más objetividad. En concreto, si bien la Inquisición española es anterior a la romana e independiente de ésta, no es menos cierto que jerárquicamente le estaba sometida, de modo que la Inquisición papal era tribunal de segunda instancia del español. Viceversa, la Inquisición romana, habiendo sido constituida según el ejemplo español, no se entiende hasta el fondo sin conocer el precedente ibérico». De ahí que una parte del proyecto, como adelanta el archivero vaticano, se refiera exclusivamente a la recuperación de la información relativa a la inquisición española en Italia, sobre todo en Nápoles y Sicilia.

El hecho de que hasta el momento no se haya propiciado un acuerdo de esta envergadura se debe a que «el archivo que dirijo -precisó Alejandro Cifres- es muy joven en cuanto a archivo abierto a la consultación, ya que sólo desde 1998 es oficialmente accesible a los estudiosos».

De momento, el Departamento de Rogelio Blanco ya trabaja en un listado de los procesos que requieren completarse, y que serán todo un regalo para la investigación y para el conocimiento de la verdad histórica.

 

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Al rescate de la memoria de las

ideas de la Europa moderna

 

Durante la conquista de Italia por Bonaparte, los archivos de la Inquisición fueron llevados a París por el emperador. Tras su caída, la Monarquía aceptó devolverlos al Vaticano, pero el transporte era muy caro y, de acuerdo con la Santa Sede, se decidió destruir dos terceras partes del mismo y sólo se repatriaron los documentos considerados más importantes. A esta merma contribuyeron posteriormente los saqueos de la República romana. ¿Podría este expolio impedir que se completaran los archivos españoles?

El archivero del Santo Oficio, Alejandro Cifres, aclara que «los archivos españoles son independientes de los romanos. Por lo que yo sé, los archivos españoles se conservan en su casi totalidad. En cuanto a nuestros archivos, es cierto que se perdieron unos dos tercios, correspondientes, casi exclusivamente, a los procesos criminales. Pero ello no significa en absoluto que se haya perdido la mayor parte de la información. En primero lugar, muchos de aquellos procesos eran duplicados de los celebrados en las inquisiciones locales italianas, que tenían obligación de mandar copias a Roma; en la medida que se vayan recuperando los archivos periféricos, se podrá ir reconstruyendo esa parte de los procesos; además, un discreto número se salvó y se conserva en la biblioteca del Trinity College de Dublín; otros procesos, considerados «célebres», como el de Carranza, Galileo, Cagliostro o el cardenal Morone, se recuperaron de París. Y además hay otro dato muy interesante: antes de que los procesos se llevaran a Francia y fueran posteriormente destruidos o perdidos, los archiveros romanos se habían ocupado de extraer de los fascículos todas las partes de contenido doctrinal, como las censuras de los libros requisados y demás. De manera que las series procesales, al parecer, conservaban sólo la información relativa al caso personal, importante, ciertamente, si se trata de hacer un estudio, por ejemplo, de un antepasado o de un determinado personaje más o menos marginal, pero relativamente irrelevante en términos de historiografía general. Los ejemplos que poseemos bastan y sobran para estudiar los procedimientos, los criterios y las ideas subyacentes a la actividad inquisitorial y, desde luego, para conocer la historia de las ideas en general en la Europa moderna». 2004-08-16 ‘ABC’

 

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Los historiadores distinguen tres inquisiciones: la medieval, ejercida por los obispos locales, o por la Santa Sede con carácter puntual y esporádico (por ejemplo, la Cruzada contra los Albigenses); la española (y más tarde, por imitación, la portuguesa), creada a finales de 1400 por los Reyes Católicos con el beneplácito y bulas papales, con actuación restringida al territorio de la Corona española (y Portuguesa), o sea, también en América y en los territorios europeos (en particular italianos) dependientes de ella; y una tercera inquisición, la romana, la más moderna, fundada por el Papa Pablo III en 1542 e inspirada en el modelo centralista español, pero con ámbito teóricamente universal.

Y permanecen todas las otras ‘inquisiciones’ ejercidas por poderes - político como religioso - a ejemplo, el protestantismo.

 

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Descubra a la Iglesia como la principal impulsora del progreso de Occidente

 

       Lo cierto es que sin la Iglesia, Europa no existiría como tal y por tanto tampoco la cultura occidental. Esta verdad, conocida por los estudiosos que no se acercan a los hechos con las anteojeras del anticlericalismo, no ha llegado al amplio público que sigue viviendo de los slogans que repiten los medios y cacarean los pedantes desde los púlpitos del resentimiento. Hacen falta obras divulgativas que den a conocer el papel decisivo del cristianismo. Estamos ante una de ellas.

        Thomas E. Woods aprovecha las investigaciones recientes que empiezan a hacer justicia al pasado y ponen en evidencia que, sin el catolicismo, Europa no habría pasado del estado de barbarie. Para ilustrarlo sigue un método bien simple. Toma en consideración algunos puntos importantes: la ciencia, la Universidad, el Arte, la economía, el Derecho… y muestra como la Iglesia fue la matriz decisiva para su progreso.

        Es cierto que la cultura occidental bebe también de otras fuentes, como Grecia o Roma, que fue una especie de cruce de caminos actuando de transmisora de los mejor de la cultura antigua, pero el cristianismo aporta un factor decisivo.

        Simplificando podríamos decir que libera a la razón y la conduce hacia lugares que pensaba imposibles. Es por ello que mientras la cultura china colapsa, a pesar de haber hecho algunos descubrimientos antes que Occidente, en Europa alcanza verdadera carta de naturaleza.

        Muy interesante el apunte sobre el papel de la Edad Media al respecto, que de oscuro no tiene más que las legañas con que la miran los orgullosos ilustrados.

        Pero, además, ¿por qué el papado protege y alienta las Universidades? ¿Sabe alguien hoy que muchos científicos fueron religiosos o sacerdotes? ¿Se reconoce el papel de los monjes y los monasterios en la educación de lo que después sería Europa y que gracias a ellos muchas tierras baldías se volvieron cultivables?

        ¿Por qué se ignora que el Derecho internacional, de gentes en la terminología de la época, nació en la Universidad de Salamanca de la mano de sesudos dominicos? Estas y muchas otras preguntas dejarán de hacerse después de la lectura de este ameno e informado libro.

        Lo recomendamos para el lector medio, pero especialmente para el estudiante que ha de soportar la vacuidad de programas, en algunos centros de enseñanza media. Una vez más la divulgación no significa pérdida de calidad en la exposición ni de rigor.

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La civilización occidental nos ha dado el milagro de la ciencia moderna, la riqueza de la economía libre, la seguridad del imperio de la ley, un sentido único de los derechos humanos y de la libertad, la caridad como virtud, un espléndido arte y música, una filosofía fundada en la razón y otros innumerables regalos que la hacen la civilización más rica y poderosa de la

Pero, ¿cuál es la fuente última de todos esos regalos? El autor de varios best-sellers y profesor universitario Thomas E. Woods, Jr. nos brinda la -por demasiado tiempo- pospuesta respuesta: La Iglesia católica.

En Cómo la Iglesia construyó la civilización occidental usted aprenderá:

-Por qué la ciencia moderna surgió de la Iglesia católica.

-Cómo los sacerdotes católicos desarrollaron la idea de economía libre quinientos años antes que Adam Smith.

-Cómo la Iglesia católica inventó la universidad.

-Por qué todo lo que usted ha oído sobre el affaire Galileo es falso.

-Cómo la Iglesia católica humanizó Occidente insistiendo en la sacralidad de toda vida humana.

 

Ninguna institución ha hecho más para dar forma a la civilización occidental que los dos mil años de la Iglesia católica, y en modos que muchos de nosotros hemos olvidado o nunca sabido. Cómo la Iglesia construyó la civilización occidental es una lectura esencial para redescubrir esta relegada verdad.

 

‘CÓMO LA IGLESIA CONSTRUYÓ LA CIVILIZACIÓN OCCIDENTAL’

Ninguna institución ha hecho más para dar forma a la civilización occidental que la Iglesia Católica, y en modos que muchos de nosotros hemos olvidado o nunca sabido. Como la Iglesia construyó la civilización occidental es una lectura esencial para redescubrir esta relegada verdad. De un modo senillo y muy atractivo. 2007.

Autor: Thomas E. WOODS Jr. -

Editorial: CIUDADELA. 

 

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“La Imitación de Cristo’, de Tomás de Kempis, en honor a Cristo Crucificado.

Mira en todas las cosas lo que haces y lo que dices, y dirige toda tu intención al fin de agradarme a Mí solo, y no desear ni buscar nada fuera de Mí. Ni juzgues temerariamente de los hechos o dichos ajenos, ni te entremetas en lo que no te han encomendado: con esto podrá ser poco o tarde te turbes. Porque el no sentir alguna tribulación, ni sufrir alguna fatiga en el corazón o en el cuerpo, no es de este siglo, sino propio del eterno descanso. No juzgues, pues, haber hallado la verdadera paz, porque no sientas alguna pesadumbre; ni que ya es todo bueno, porque no tengas ningún adversario; ni que está la perfección en que todo te suceda según tú quieres. Ni entonces te reputes por grande o digno especialmente de amor, porque tengas gran devoción y dulzura; porque en estas cosas no se conoce el verdadero amador de la virtud, ni consiste en ellas el provecho y perfección del hombre.

¿Pues en qué consiste, Señor?

En ofrecerte de todo tu corazón a la divina voluntad, no buscando tu interés en lo poco, ni en lo mucho, ni en lo temporal, ni en lo eterno. De manera que con rostro igual, des gracias a Dios en las cosas prósperas y adversas, pensándolo todo con un mismo peso. Si fueres tan fuerte y firme en la esperanza que, quitándote la consolación interior, aún esté dispuesto tu corazón para padecer mayores penas, y no te justificares, diciendo que no debieras padecer tales ni tantas cosas, sino que me tuvieres por justo y alabares por santo en todo lo que Yo ordenare, cree entonces que andas en el recto camino de la paz, y podrás tener esperanza cierta de ver nuevamente mi rostro con júbilo. Y si llegares al perfecto menosprecio de ti mismo, sábete que entonces gozaras de abundancia de paz, cuanto cabe en este destierro.

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El alma cristiana es sana y generosa, agradecida y leal. A nadie desprecia, ni siquiera desecha a los pecadores, sabe que el odio engendra las tinieblas y que, al detestar a los enemigos, es a menudo a los hermanos a quienes se desprecia – saepe fratem odisti, et nescis.

 

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Todos, tarde o temprano tendremos que tomar una decisión, pues nadie puede servir a dos amos; porque odiará a uno y amará al otro, o será fiel a uno y al otro no le hará caso. No se puede servir a Dios y al ‘santero’ (Mateo 6, 24). ‘Si quieres alcanzar la vida eterna, guarda los mandamientos (ama a Dios sobre todas las cosas, y al prójimo como a ti mismo). Si quieres conocer la verdad, cree en Mí (Jesús de Nazaret). Si quieres ser perfecto, vende cuanto tienes (y hazte pobre de espíritu). Si quieres ser mi discípulo, niégate a ti mismo (acaba con el orgullo). Si quieres alcanzar la vida eterna, desprecia la presente (mira hacia el cielo). Si quieres ser ensalzado en el cielo, humíllate en la tierra (se humilde). Si quieres reinar conmigo, lleva conmigo la cruz (con ánimo). Porque sólo los siervos de la cruz hallan el camino de la felicidad y de la luz verdadera que lleva a Dios. (Evangelio de Ntro. Señor Jesucristo según San Mateo y San Lucas)

 

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Citar continuamente la Biblia, allí es donde está el triunfo de la fe en Jesucristo, enseñada por su ‘única y católica Iglesia’ hace dos mil años ininterrumpidos.

 

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Hermanos, alegraos; sed perfectos; animaos; tened un mismo sentir; vivid en paz, y el Dios de la caridad y de la paz estará con vosotros.

Meditación improvisada de Benedicto XVI en la primera congregación del Sínodo - CIUDAD DEL VATICANO, martes, 4 octubre 2005- Publicamos la meditación improvisada que dirigió Benedicto XVI en la mañana de este lunes después del rezo de la Hora Tercia, cuya lectura estaba tomada de la segunda carta de san Pablo a los Corintios (13, 11), al comenzar la primera congregación general del Sínodo de los Obispos.

Queridos hermanos:
El texto de la Hora Tercia de hoy implica cinco imperativos y una promesa. Intentemos entender un poco mejor qué trata de decirnos el Apóstol con estas palabras.
El primer imperativo se encuentra con mucha frecuencia en las Cartas de San Pablo, más bien, se podría decir que es el «Cantus firmus» de su pensamiento: «gaudete»
En una vida tan atormentada como era la suya , una vida llena de persecuciones, de hambre, de sufrimientos de todo tipo, sin embargo, una palabra clave queda siempre presente: «gaudete».

Nace aquí la pregunta: ¿es posible ordenar la alegría? La alegría, quisiéramos decir, llega o no llega, pero no puede ser impuesta como un deber. Y aquí nos ayuda pensar en el escrito más conocido sobre la alegría de las Cartas paulinas, el de la «Domenica Gaudete» en el corazón de la liturgia del Adviento: «Gaudete, iterum dico gaudete quia Dominus propest».

Aquí sentimos el motivo del por qué Pablo con todos sus sufrimientos, con todas sus tribulaciones sólo podía decir a los demás «gaudete»: lo podía decir porque en él mismo la alegría era presente «gaudete, Dominus enim prope est».

Si el amado, el amor, el más grande don de mi vida, me es cercano, si puedo estar convencido que quien me ama está cerca de mí, aunque esté afligido, queda en el fondo del corazón la alegría que es más grande que todos los sufrimientos.

El apóstol puede decir «gaudete» porque el Señor está cerca a cada uno de nosotros. Y así este imperativo, en realidad, es una invitación a darse cuenta de la presencia del Señor en nosotros. Es la conciencia de la presencia del Señor. El apóstol busca hacernos conscientes de esta presencia de Cristo - escondida pero bastante real - en cada uno de nosotros. Para todos nosotros son verdaderas las palabras del Apocalipsis: llamo a tu puerta, escúchame, ábreme.

Es, por esto, una invitación a ser sensibles por esta presencia del Señor que toca a mi puerta. No debemos ser sordos a Él, porque los oídos de nuestros corazones están tan llenos de tantos ruidos del mundo que no podemos escuchar esta silenciosa presencia que toca a nuestras puertas. Reflexionemos, en el mismo momento, si estamos realmente dispuestos a abrir las puertas de nuestro corazón; o quizás nuestro corazón está lleno de tantas otras cosas que no hay espacio para el Señor y por el momento no tenemos tiempo para el Señor. Y así, insensibles, sordos a su presencia, llenos de otras cosas, no escuchamos lo esencial: Él toca a la puerta, está cerca de nosotros y así está cerca la verdadera alegría que es más potente que todas las tristezas del mundo, de nuestra misma vida.

Oremos entonces en el contexto de este primer imperativo: Señor haznos sensibles a Tu presencia, ayúdanos a escuchar, a no cerrar nuestros oídos a Ti, ayúdanos a tener un corazón libre y abierto a Ti.

El segundo imperativo «perfecti estote» así como se lee en el texto latín, parece coincidir con la palabra que resume el Sermón de la Montaña: «perfecti estote sicut Pater vester caelestis perfectus est».

Esta palabra nos invita a ser lo que somos: imágenes de Dios, seres creados en relación al Señor, «espejo» en el cual se refleja la luz del Señor. No vivir el cristianismo al pie de la letra y no escuchar la Sagrada Escritura al pie de la letra con frecuencia es difícil, históricamente discutible, pero hay que ir más allá de la letra, de la realidad presente hacia el Señor que nos habla hasta llegar a la unión con Dios. Pero si vemos el texto griego encontramos el uso de otro verbo «catartizesthe», y esta palabra quiere decir rehacer, reparar un instrumento, restituirle su función total.

El ejemplo más frecuente para los apóstoles es el de rehacer una red para los pescadores que ya no está en la posición justa, que tiene tantos agujeros que ya no sirve, rehacer la red para que pueda ser nuevamente una red de pescar, volver a la perfección como instrumento para este trabajo. Otro ejemplo, un instrumento musical de cuerdas que tiene una cuerda rota no permitirá que se pueda ejecutar la música como debería ser. Por eso, con este imperativo aparece nuestra alma como una red apostólica que, con frecuencia, no funciona bien porque está lacerada por nuestras propias intenciones; o como un instrumento musical en el que desgraciadamente alguna cuerda está rota y, por lo tanto, la música de Dios que debería sonar desde la profundidad de nuestra alma no puede resonar bien. Hay que rehacer este instrumento, conocer las laceraciones, las destrucciones, las negligencias, cuando está descuidado e intentar que este instrumento esté perfecto, que sea completo para que sirva a lo que fue creado por el Señor.
Y así este imperativo también puede ser la invitación para hacer un examen de conciencia regular, para ver cómo está este instrumento mío y hasta qué punto está descuidado o ha dejado de funcionar, para intentar recuperar su integridad. Es además una invitación al Sacramento de la Reconciliación en el cual Dios mismo rehace este instrumento y nos da de nuevo la plenitud, la perfección y la funcionalidad para que en esta alma puedan resonar las alabanzas a Dios.

Luego «exortamini invicem». La corrección fraterna es una obra de misericordia. Ninguno de nosotros se ve bien a sí mismo ni ve bien sus faltas. Y por eso es un acto de amor útil para constituir el complemento el uno del otro, para ayudarnos a vernos mejor, a corregirnos. Pienso que una de las funciones de la colegialidad es precisamente la de ayudarnos, también en el sentido del imperativo precedente, la de conocer las lagunas que nosotros mismos no queremos ver - «Ab occultis meis munda me» dice el Salmo - de ayudarnos para que nos abramos y podamos ver estas cosas.

Naturalmente, esta gran obra de misericordia de ayudarnos los unos a los otros para que cada uno pueda realmente encontrar la propia integridad, la propia funcionalidad como instrumento de Dios, exige mucha humildad y amor. Sólo se conseguirá si viene de un corazón humilde que no se pone por encima del otro, no se considera mejor del otro, sino sólo instrumento para ayudarse recíprocamente. Sólo si se siente esta profunda y verdadera humildad, si se siente que estas palabras vienen del amor común, del afecto colegial en el cual queremos servir juntos a Dios, podremos, en este sentido, ayudarnos con un gran acto de amor. También aquí el texto griego añade algunos matices, la palabra griega es «Paracaleisthe»; es la misma raíz de la cual también viene la palabra «Paracletos, paraclesi», consolar. No sólo corregir, sino también consolar, compartir los sufrimientos del otro, ayudarlo en las dificultades. Y también esto me parece un gran acto de verdadero afecto colegial. En las tantas situaciones difíciles que nacen hoy en nuestra pastoral, alguno se encuentra realmente un poco desesperado, no ve cómo puede ir adelante. En aquel momento tiene necesidad de consuelo, tiene necesidad de que alguien esté con él en su soledad interior y cumpla la obra del Espíritu Santo, del Consolador: la de dar coraje, la de acompañarnos, apoyarnos mutuamente, ayudados por el Espíritu Santo mismo que es el gran Paráclito, el Consolador, nuestro Abogado que nos ayuda. Por lo tanto, es una invitación a hacer nosotros mismos «ad invicem» la obra del Espíritu Santo Paráclito.

«Idem sapite»: sentimos detrás de la palabra latina la palabra «Sapor»: Tengan el mismo sabor por las cosas, tengan la misma visión fundamental de la realidad, con todas las diferencias que no sólo son legítimas sino necesarias, pera tengan «eundem sapore», tengan la misma sensibilidad. El texto griego dice «froneite», lo mismo. Es decir, tengan sustancialmente el mismo pensamiento. ¿En realidad cómo podremos conseguir conjuntamente un pensamiento común que nos ayude a guiar a la Santa Iglesia si no compartimos conjuntamente la fe que no está inventada por ninguno de nosotros, sino que es la fe de la Iglesia, el fundamento común que nos guía, sobre el cual estamos y trabajamos? Por lo tanto, es una invitación a que entremos siempre y nuevamente en este pensamiento común, en esta fe que nos precede. «Non respicias peccata nostra sed fidem Ecclesiae tuae»: es la fe de la Iglesia que el Señor busca en nosotros y que también es el perdón de los pecados. Tener esta misma fe común. Podemos, debemos vivir esta fe, cada uno en su originalidad, pero siempre sabiendo que esta fe nos precede. Y debemos comunicarles a todos los demás la fe común. Este elemento ya nos hace superar el último imperativo, que nos trae la paz profunda entre nosotros.
Llegados a este punto, también podemos pensar en «touto froneite», en otro texto de la Carta a los Filipenses, al principio del gran himno al Señor, donde el Apóstol nos dice: tengan los mismos sentimientos de Cristo, entrar en la «fronesis», en el «fronein», en el pensamiento de Cristo. Por tanto, podemos tener la fe de la Iglesia conjuntamente, para que con esta fe entremos en los pensamientos y en los sentimientos del Señor. Pensar juntos con Cristo.

Esto es la última profundización de la advertencia del Apóstol: pensar con el pensamiento de Cristo. Y podemos hacerlo leyendo la Sagrada Escritura en la que los pensamientos de Cristo son Palabras, hablan con nosotros. En este sentido, debemos ejercer la «Lectio Divina», escuchar en las escrituras el pensamiento de Cristo, aprender a pensar con Cristo, a pensar el pensamiento de Cristo y, de esta manera, tener los pensamientos de Cristo, ser capaces de dar a los demás también el pensamiento de Cristo y los sentimientos de Cristo.

Y así tenemos el último imperativo «pacem habete et eireneute», es casi el resumen de los cuatro imperativos precedentes, estando en unión con Dios, que es nuestra paz, con Cristo que nos ha dicho: «pacem davo vobis». Estamos en la paz interior porque estar en el pensamiento de Cristo une nuestro ser. Las dificultades, los contrastes de nuestra alma se unen, se han unido al original, del que somos imagen con el pensamiento de Cristo. Así nace la paz interior y sólo si nuestro fundamento es una profunda paz interior podemos ser personas de la paz y en el mundo, para los demás.

De aquí la pregunta, ¿está esta promesa condicionada por los imperativos? Es decir, ¿sólo en la medida en la que nosotros podemos realizar los imperativos, este Dios de la paz está con nosotros? ¿Cuál es la relación entre imperativo y promesa?

Diría que es bilateral, es decir, la promesa precede los imperativos y los hace realizables y sigue también dicha realización. Es decir, antes de todo lo que hacemos nosotros, el Dios del amor y de la paz se ha abierto a nosotros, está con nosotros. En la Revelación empezada en el Antiguo Testamento, Dios nos ha salido al encuentro con su amor, con su paz.

Y finalmente en la Encarnación se ha hecho Dios con nosotros, Emanuel, está con nosotros este Dios de la paz que se ha hecho carne con nuestra carne, sangre de nuestra sangre. Es hombre con nosotros y abraza a todo ser humano. Y en la crucifixión, y en el descenso a la muerte, se ha hecho uno con nosotros totalmente, nos precede con su amor, abraza antes que nada todas nuestras acciones. Y esta es nuestra gran consolación. Dios nos precede. Ya ha hecho todo. Nos ha dado paz, perdón y amor. Está con nosotros. Y sólo porque está con nosotros, porque en el Bautismo hemos recibido su gracia, en la confirmación el Espíritu Santo, y en el sacramento del Orden hemos recibido su misión, podemos ahora actuar nosotros, cooperar con su presencia que nos precede. Toda acción nuestra, sobre la cual hablan los cinco imperativos es un cooperar, un colaborar con el Dios de la paz que está con nosotros.
Pero también vale, por otra parte, en la medida en la que realmente entramos en esta presencia que nos ha donado, en este don ya presente en nuestro ser. Crece naturalmente su presencia, su estar con nosotros.

Y rogamos al Señor que nos enseñe a colaborar con su precedente gracia y estar así realmente siempre con nosotros. Amén. ZS05100408

 

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"Obras todas del Señor, bendecid al Señor".-

“¡Señor, dueño nuestro, qué admirable es tu nombre en toda la tierra!” (Sal 8, 2).

 

El Sabbat, culminación de la obra de los "seis días". El texto sagrado dice que "Dios concluyó en el séptimo día la obra que había hecho" y que así "el cielo y la tierra fueron acabados"; Dios, en el séptimo día, "descansó", santificó y bendijo este día (Gn 2, 1-3). Estas palabras inspiradas son ricas en enseñanzas salvíficas:

346 En la creación Dios puso un fundamento y unas leyes que permanecen estables (cf Hb 4, 3-4), en los cuales el creyente podrá apoyarse con confianza, y que son para él el signo y garantía de la fidelidad inquebrantable de la Alianza de Dios (cf Jr 31, 35-37, 33, 19-26). Por su parte el hombre deberá permanecer fiel a este fundamento y respetar las leyes que el Creador ha inscrito en la creación.

347 La creación está hecha con miras al Sabbat y, por tanto, al culto y a la adoración de Dios. El culto está inscrito en el orden de la creación (cf Gn 1, 14). "Operi Dei nihil praeponatur" ("Nada se anteponga a la dedicación a Dios"), dice la regla de S. Benito, indicando así el recto orden de las preocupaciones humanas.

348 El Sabbat pertenece al corazón de la ley de Israel. Guardar los mandamientos es corresponder a la sabiduría y a la voluntad de Dios, expresadas en su obra de creación.

349 El octavo día. Pero para nosotros ha surgido un nuevo día: el día de la Resurrección de Cristo. El séptimo día acaba la primera creación. Y el octavo día comienza la nueva creación. Así, la obra de la creación culmina en una obra todavía más grande: la Redención. La primera creación encuentra su sentido y su cumbre en la nueva creación en Cristo, cuyo esplendor sobrepasa el de la primera (cf MR, vigilia pascual 24, oración después de la primera lectura).

 

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Creemos firmemente que Dios es el Señor del mundo y de la historia. Pero los caminos de su providencia nos son con frecuencia desconocidos. Sólo al final, cuando tenga fin nuestro conocimiento parcial, cuando veamos a Dios "cara a cara" (1 Co 13, 12), nos serán plenamente conocidos los caminos por los cuales, incluso a través de los dramas del mal y del pecado, Dios habrá conducido su creación hasta el reposo de ese Sabbat (cf Gn 2, 2) definitivo, en vista del cual creó el cielo y la tierra.

 

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La obra maestra de la Creación, el ser humano. Dios le presta una particular atención ya desde su primer momento de vida, cuando le “tejía en el seno materno”, como dice el salmista. Ya entonces, Dios se fija en él con amor para completar su designio en esta obra prodigiosa que es el hombre. De cada uno conoce todo, su pasado y su futuro, sin descuidar nada ni a nadie. Por eso, como decía san Gregorio Magno, por pequeños e informes que sean, no se apartan del amor a Dios y al prójimo según sus posibilidades, contribuyendo a su modo a la edificación de la Iglesia. Este es, pues, un mensaje de esperanza, que se dirige también a los que aún son débiles en la vida espiritual. S. S. Benedicto P.P. XVI – MMV.XII.XXVIII

 

El creyente es animado a ver la gloria de Dios en el mundo creado, una gloria que eleva una naturaleza que ha sido redimida. Además, el cristianismo, tanto en la teología oriental como occidental, anima a la humanidad a encontrar el amor y la bondad de Dios en el orden creado.

Esta visión, no obstante, no lleva a una suerte de optimismo fácil sobre la naturaleza y la economía de la vida y la muerte. El cristiano contemplaría el mundo con ojos imbuidos de amor. Esta visión va más allá de la elaborada máquina de los deístas o de la visión mecanicista de la modernidad. Un cristiano ve el mundo en su belleza y terror, y en su primera y última verdad: no sólo naturaleza, sino creación.

En cuanto al mal y al sufrimiento, que también producen las catástrofes como los sucesos infaustos de la naturaleza, el pensamiento cristiano da otra dimensión a estos acontecimientos. Dios puede hacerlos ocasiones para cumplir sus fines buenos, aunque no sean en sí bienes morales. Además, el Evangelio enseña que Dios no puede ser derrotado y que la victoria sobre el mal y la muerte ya ha sido ganada. Pero es una victoria que no ha alcanzado su cumplimiento, debemos esperar hasta la venida final de Dios.

Para los cristianos que realmente tienen fe en esta promesa, la realidad de la muerte y el sufrimiento no debería presentarse como un obstáculo insuperable. Es, de hecho, mucho más que una piedra de tropiezo para un optimismo superficial o un fatalismo pagano. Los creyentes cristianos, por el contrario, abrazan la esperanza en la victoria final de Dios.

 

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El respeto de la integridad de la creación

Catecismo de la Iglesia Católica

 

2415 El séptimo mandamiento exige el respeto de la integridad de la creación. Los animales, como las plantas y los seres inanimados, están naturalmente destinados al bien común de la humanidad pasada, presente y futura (cf Gn 1, 28-31). El uso de los recursos minerales, vegetales y animales del universo no puede ser separado del respeto a las exigencias morales. El dominio concedido por el Creador al hombre sobre los seres inanimados y los seres vivos no es absoluto; está regulado por el cuidado de la calidad de la vida del prójimo incluyendo la de las generaciones venideras; exige un respeto religioso de la integridad de la creación (cf CA 37-38).

2416 Los animales son criaturas de Dios, que los rodea de su solicitud providencial (cf Mt 6, 16). Por su simple existencia, lo bendicen y le dan gloria (cf Dn 3, 57-58). También los hombres les deben aprecio. Recuérdese con qué delicadeza trataban a los animales san Francisco de Asís o san Felipe Neri.

2417 Dios confió los animales a la administración del que fue creado por él a su imagen (cf Gn 2, 19-20; 9, 1-4). Por tanto, es legítimo servirse de los animales para el alimento y la confección de vestidos. Se los puede domesticar para que ayuden al hombre en sus trabajos y en sus ocios. Los experimentos médicos y científicos en animales, si se mantienen en límites razonables, son prácticas moralmente aceptables, pues contribuyen a cuidar o salvar vidas humanas.

2418 Es contrario a la dignidad humana hacer sufrir inútilmente a los animales y sacrificar sin necesidad sus vidas. Es también indigno invertir en ellos sumas que deberían remediar más bien la miseria de los hombres. Se puede amar a los animales; pero no se puede desviar hacia ellos el afecto debido únicamente a los seres humanos.

 

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Consecuencias ambientales

21. Las desigualdades en la distribución de la propiedad de las tierras desencadenan un proceso de degradación del medio ambiente difícilmente reversible,(15) a lo que se añade el deterioro del suelo, la disminución de su fertilidad, el riesgo de inundaciones, la disminución de la capa freática, el aterramiento de los ríos y de los lagos y otros problemas ecológicos.

A menudo se fomenta, con facilidades fiscales y de crédito, la deforestación de amplios territorios para dejar sitio a la cría extensiva del ganado, a las actividades mineras o el manufacturado de las maderas, pero sin prever planes de rehabilitación del medio ambiente y si están previstos no se aplican.

La pobreza también está vinculada al deterioro medio ambiental en un círculo vicioso cuando los pequeños agricultores, expropiados del latifundio, y los pobres sin tierra, en busca de nuevas tierras, se ven obligados a ocupar las tierras estructuralmente frágiles, como por ejemplo los terrenos pendientes y a erosionar el patrimonio forestal para poder cultivar.

 

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El mensaje biblico - El cuidado de la creación

22. La primera página de la Biblia relata la creación del mundo y de la persona humana: « Creó, pues, Dios al ser humano a imagen suya: a imagen de Dios le creó; macho y hembra los creó » (Gn 1, 27). Palabras solemnes expresan la tarea que Dios les confía: « Sed fecundos y multiplicaos y henchid la tierra y sometedla; mandad en los peces del mar y en las aves de los cielos y en todo animal que serpea sobre la tierra » (Gn 1, 28).

La primera tarea que Dios les encomienda —es evidente que se trata de una tarea fundamental— se refiere a la actitud que deben tener con la tierra y con todos los seres vivientes. « Henchir » y « dominar » son dos verbos que se pueden malentender con facilidad e incluso pueden parecer una justificación de ese dominio despótico y desenfrenado que no se preocupa por la tierra y por sus frutos y hace estragos con ella a su propio favor. En realidad « henchir » y « dominar » son verbos que, en el lenguaje bíblico, sirven para describir la dominación del rey sabio que se preocupa por el bienestar de todos sus súbditos.

 

El hombre y la mujer tienen que cuidar la creación, para que ésta les sirva y para que esté a disposición de todos y no sólo de algunos.

23. La naturaleza profunda de la creación es la de ser un don de Dios, un don para todos, y Dios quiere que se quede así. Por eso la primera orden que Dios da es la de conservar la tierra respetando su naturaleza de don y bendición, y de no transformarla en instrumento de poder o motivo de conflictos.

El derecho-deber de la persona humana de dominar la tierra nace del hecho de ser imagen de Dios: corresponde a todos y no sólo a algunos la responsabilidad de la creación. En Egipto y en Babilonia este privilegio era sólo de algunos. En la Biblia, en cambio, el dominio pertenece a la persona humana por ser tal y, por lo tanto a todos. Es más, es la humanidad conjuntamente la que se debe sentir responsable de la creación.

Dios deja al hombre en el jardín para que lo labre y lo cuide (cf. Gn 2, 15) y para que se alimente de sus frutos. En Egipto y en Babilonia el trabajo es una dura necesidad impuesta a los hombres en beneficio de los dioses: en realidad, en beneficio del rey, de los funcionarios, de los sacerdotes y de los terratenientes. En la narración bíblica, en cambio, el trabajo es algo para la realización de la persona humana.

 

La tierra es de Dios quien la ofrece a todos sus hijos

24. El israelita tiene el derecho de propiedad de la tierra, que la ley protege de muchas formas. El Decálogo prescribe: « no codiciarás la casa de tu prójimo, su campo, su siervo o su sierva, su buey o su asno: nada que sea de tu prójimo » (Dt 5, 21).

Se puede decir que el israelita se siente verdaderamente libre y plenamente israelita sólo cuando posee su parcela de tierra. Pero la tierra es de Dios, insiste el Antiguo Testamento, y Dios la ha dado en herencia a todos los hijos de Israel. Se debe por lo tanto repartir entre todas las tribus, clanes y familias. Y el hombre no es el verdadero dueño de su tierra sino que es más bien un administrador. El dueño es Dios. Se lee en el Levítico: « La tierra no puede venderse para siempre, porque la tierra es mía, ya que vosotros sois para mí como forasteros y huéspedes » (25, 23).

En Egipto la tierra pertenecía al faraón y los campesinos eran sus esclavos y de su propiedad. En Babilonia había una estructura feudal: el rey entregaba las tierras a cambio de servicios y de fidelidad. No hay nada parecido en Israel. La tierra es de Dios que la ofrece a todos sus hijos.

 

25. De ahí derivan varias consecuencias. Por un lado, nadie tiene el derecho de quitar la tierra a la persona que la cultiva, en caso contrario se viola un derecho divino; ni siquiera el rey puede hacerlo.(16) Por otro lado, se prohibe toda forma de posesión absoluta y arbitraria a propio favor: no se puede hacer lo que se quiere con los bienes que Dios ha dado para todos.

Sobre esta base la legislación ha ido añadiendo, impulsada siempre por situaciones concretas, muchas restricciones al derecho de propiedad. Algunos ejemplos: la prohibición de recoger los frutos de un árbol durante los cuatro primeros años (cf. Lv 19, 23-25), la invitación a no cosechar la miés hasta el borde del campo y la prohibición de recoger los frutos y las espigas olvidados o caídos, porque pertenecen a los pobres (cf. Lv 19, 9-10; 23, 22; Dt 24, 19-22).

A la luz de esta visión de la propiedad se entiende la severidad del juicio moral expresado por la Biblia sobre los abusos de los ricos, que obligan a los pobres y a los campesinos a ceder sus fundos familiares. Los Profetas son los que más condenan estos abusos. « ¡Ay, los que juntáis casa con casa, y campo con campo anexionáis! » grita Isaías (5, 8). Y su contemporáneo Miqueas añade: « Codician campos y los roban, casas, y las usurpan; hacen violencia al hombre y a su casa, al individuo y a su heredad » (2, 2).

 

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De la carta de san Clemente primero, Pont. Papa [años 88-97ca.Roma], a los Corintios - (Caps. 19, 2-20, 12: Funk 1, 87-89)

 

Dios ha creado el mundo con orden y sabiduría
y con sus dones lo enriquece

 

No perdamos de vista al que es Padre y Creador de todo el mundo, y
tengamos puesta nuestra esperanza en la munificencia y exuberancia del don de la paz que nos ofrece. Contemplémoslo con nuestra mente y pongamos los ojos de nuestra alma en la magnitud de sus designios, sopesando cuán bueno se muestra él para con todas sus criaturas.

Los astros del firmamento obedecen en sus movimientos, con exactitud y orden, las reglas que de él han recibido; el día y la noche van haciendo su camino, tal como él lo ha determinado, sin que jamás un día irrumpa sobre otro. El sol, la luna y el coro de los astros siguen las órbitas que él les ha señalado en armonía y sin transgresión alguna. La tierra fecunda, sometiéndose a sus decretos, ofrece, según el orden de las estaciones, la subsistencia tanto a los hombres como a los animales y a todos los seres vivientes que la habitan, sin que jamás desobedezca el orden que Dios le ha fijado.

Los abismos profundos e insondables y las regiones más inescrutables obedecen también a sus leyes. La inmensidad del mar, colocada en la concavidad donde Dios la puso, nunca traspasa los límites que le fueron impuestos, sino que en todo se atiene a lo que él le ha mandado. Pues al mar dijo el Señor: Hasta aquí llegarás y no pasarás; aquí se romperá la arrogancia de tus olas. Los océanos, que el hombre no puede penetrar, y aquellos otros mundos que están por encima de nosotros obedecen también a las ordenaciones del Señor.

Las diversas estaciones del año, primavera, verano, otoño e invierno, van sucediéndose en orden, una tras otra. El ímpetu de los vientos irrumpe en su propio momento y realiza así su finalidad sin desobedecer nunca; las fuentes, que nunca se olvidan de manar y que Dios creó para el bienestar y la salud de los hombres, hacen brotar siempre de sus pechos el agua necesaria para la vida de los hombres; y aún los más pequeños de los animales, uniéndose en paz y concordia, van reproduciéndose y multiplicando su prole.

Así, en toda la creación, el Dueño y soberano Creador del universo ha querido que reinara la paz y la concordia, pues él desea el bien de todas sus criaturas y se muestra siempre magnánimo y generoso con todos los que recurrimos a su misericordia, por nuestro Señor Jesucristo, a quien sea la gloria y la majestad por los siglos de los siglos. Amén.

 

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De los sermones de san Atanasio, obispo de la Iglesia Católica [años 295-373], contra los arrianos - (Sermón 2, 78. 79: PG 26, 311. 314)

 

Las obras de la creación, reflejo de la Sabiduría eterna

 

En nosotros y en todos los seres hay una imagen creada de la Sabiduría eterna. Por ello, no sin razón, el que es la verdadera Sabiduría de quien todo procede, contemplando en las criaturas como una imagen de su propio ser, exclama: El Señor me estableció al comienzo de sus obras. En efecto, el Señor considera toda la sabiduría que hay y se manifiesta en nosotros como algo que pertenece a su propio ser.

Pero esto no porque el Creador de todas las cosas sea él mismo creado, sino porque él contempla en sus criaturas como una imagen creada de su propio ser. Ésta es la razón por la que afirmó también el Señor: El que os recibe a vosotros me recibe a mí, pues, aunque él no forma parte de la creación, sin embargo, en las obras de sus rnanos hay como una impronta y una imagen de su mismo ser, y por ello, como si se tratara de sí mismo, afirma: El Señor me estableció al principio de sus tareas, al comienzo de sus obras.

Por esta razón precisamente, la impronta de la sabiduría divina ha quedado impresa en las obras de la creación para que el mundo, reconociendo en esta sabiduría al Verbo, su Creador, llegue por él al conocimiento del Padre. Es esto lo que enseña el apóstol san Pablo: Lo que puede conocerse de Dios lo tienen a la vista: Dios mismo se lo ha puesto delante. Desde la creación del mundo, sus perfecciones invisibles son visibles para la mente que penetra en sus obras. Por esto, el Verbo, en cuanto tal, de ninguna manera es criatura, sino el arquetipo de aquella sabiduría de la cual se afirma que existe y que está realmente en nosotros.

Los que no quieren admitir lo que decimos deben responder a esta pregunta: ¿existe o no alguna clase de sabiduría en las criaturas? Si nos dicen que no existe, ¿por qué arguye san Pablo diciendo que, en la sabiduría de Dios, el mundo no lo conoció por el camino de la sabiduría? Y, si no existe ninguna sabiduría en las criaturas, ¿cómo es que la Escritura alude a tan gran número de sabios? Pues en ella se afirma: El sabio es cauto y se aparta del mal y con sabiduría se construye una casa.

Y dice también el Eclesiastés: La sabiduría serena el rostro del hombre; y el mismo autor increpa a los temerarios con estas palabras: No preguntes: «,,Por qué los, tiempos pasados eran mejores que los de ahora?» Eso no lo pregunta un sabio.

Que exista la sabiduría en las cosas creadas queda patente también por las palabras del hijo de Sira: La derramó sobre todas sus obras, la repartió entre los vivientes, según su generosidad se la regaló a los que lo temen; pero esta efusión de sabiduría no se refiere, en manera alguna, al que es la misma Sabiduría por naturaleza, el cual existe en sí mismo y es el Unigénito, sino más bien a aquella sabiduría que aparece como su reflejo en las obras de la creación. ¿Por qué, pues, vamos a pensar que es imposible que la misma Sabiduría creadora, cuyos reflejos constituyen la sabiduría y la ciencia derramadas en, la creación, diga de sí misma: El Señor me estableció al comienzo de sus obras? No hay que decir, sin embargo, que la sabiduría que hay en el mundo sea creadora; ella, por el contrario, ha sido creada, según aquello del salmo: El cielo proclama la gloria de Dios, el firmamento pregona la obra de sus manos.

 

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¿Dedico algunos minutos a contemplar lo bello en la naturaleza?. ¿La reconozco como obra amorosa del Creador?. ¿Yo mismo me reconozco como obra del corazón y de las manos de Dios?. ¿Le doy gracias a Dios?. ¿Cuántas veces elevo mi corazón a Dios con jaculatorias de loas y gratitud?

 

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¡Que tu conducta nunca de motivos de injustificada inquietud a la creación, de la que tú eres el rey!

 

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Dijo Dios: «Produzca la tierra animales vivientes según su especie: ganados, reptiles y bestias salvajes según su especie». Y así fue. Dios hizo las bestias de la tierra, los ganados y los reptiles campestres, cada uno según su especie. Vio Dios que esto estaba bien. Gen. 1, 24-25

 

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“Desde ahora me llamarán dichosa todas las generaciones” Biblia. Evangelio según San Lucas Cap.1º vs. 48. La Iglesia, hace XXI siglos fundada por Tu Hijo, te alaba, ¡Oh Madre plena de dicha y felicidad!

 

 

Gracias por venir a visitarnos

VERITAS OMNIA VINCIT

LAUS TIBI CHRISTI.

 

Debido a la existencia de páginas excelentes sobre apologética y formación,  lo que se pretende desde aquí es contribuir muy modestamente y sumarse a los que ya se interesan por el Evangelio de Cristo de manera mucho más eficaz.

 

S. S. Benedicto XVI: “Oh Cristo, eres la alegría de nuestra fe”. MMV.

 

Aspiramos a superarnos, a corregirnos, a hacer bien lo que todavía hacemos mal, a dejar de hacer mal lo que ya deberíamos hacer mejor que nadie. Tenemos aún muchos defectos, y por ello pedimos públicamente disculpas a nuestros lectores.

 

Compendio del Catecismo de la Iglesia católica
La fe de los sencillos - Una síntesis fiel y segura del Catecismo de la Iglesia católica. Contiene, de modo conciso, todos los elementos esenciales y fundamentales de la fe de la Iglesia. 2005.
¡No falte en el bolsillo de cada cristiano para aprenderlo!

Creer, celebrar, vivir y orar, esta y no más es la fe cristiana desde hace 2000 años, enseñada por la Iglesia Católica sin error porque Cristo la ilumina y sólo Él la guía. 

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'JESUCRISTO PADECIÓ BAJO EL PODER DE PONCIO PILATO,
FUE CRUCIFICADO, MUERTO Y SEPULTADO'
Evangelio según San Lucas, Cap.3, vers.1º: El año decimoquinto del reinado del emperador Tiberio, cuando Poncio Pilato gobernaba la Judea, siendo Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Felipe tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene…

Crucifixión de San Pedro: fue crucificado al revés cabeza abajo - Pergamino con San Pedro en cruz invertida, de Maguncia- Alemania; entre el 900 y el 1000ca. - Museo Diocesano de la Catedral Maguncia (Mainz) Alemania - Pedro en su cruz, invertida. ¿Qué significa todo esto? Es lo que Jesús había predicho a este Apóstol suyo: "Cuando seas viejo, otro te llevará a donde tú no quieras"; y el Señor había añadido: "Sígueme" (Jn 21, 18-19). Precisamente ahora se realiza el culmen del seguimiento: el discípulo no es más que el Maestro, y ahora experimenta toda la amargura de la cruz, de las consecuencias del pecado que separa de Dios, toda la absurdidad de la violencia y de la mentira. No se puede huir del radicalismo del interrogante planteado por la cruz: la cruz de Cristo, Cabeza de la Iglesia, y la cruz de Pedro, su Vicario en la tierra. Dos actos de un único drama: el drama del misterio pascual: cruz y resurrección, muerte y vida, pecado y gracia.

La maternidad divina de María – Catecismo de la Iglesia
495 Llamada en los Evangelios 'la Madre de Jesús'(Jn 2, 1; 19, 25; cf. Mt 13, 55, etc.), María es aclamada bajo el impulso del Espíritu como 'la madre de mi Señor' desde antes del nacimiento de su hijo (cf Lc 1, 43). En efecto, aquél que ella concibió como hombre, por obra del Espíritu Santo, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el Hijo eterno del Padre, la segunda persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre de Dios [Theotokos] (cf. Concilio de Éfeso, año 649: DS, 251).
La virginidad de María
496 Desde las primeras formulaciones de la fe (cf. DS 10-64), la Iglesia ha confesado que Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María únicamente por el poder del Espíritu Santo, afirmando también el aspecto corporal de este suceso: Jesús fue concebido absque semine ex Spiritu Sancto (Concilio de Letrán, año 649; DS, 503), esto es, sin semilla de varón, por obra del Espíritu Santo. Los Padres ven en la concepción virginal el signo de que es verdaderamente el Hijo de Dios el que ha venido en una humanidad como la nuestra:
Así, san Ignacio de Antioquía (comienzos del siglo II): «Estáis firmemente convencidos acerca de que nuestro Señor es verdaderamente de la raza de David según la carne (cf. Rm 1, 3), Hijo de Dios según la voluntad y el poder de Dios (cf. Jn 1, 13), nacido verdaderamente de una virgen [...] Fue verdaderamente clavado por nosotros en su carne bajo Poncio Pilato [...] padeció verdaderamente, como también resucitó verdaderamente» (Epistula ad Smyrnaeos, 1-2).

El acontecimiento histórico y transcendente – Catecismo de la Iglesia
639 El misterio de la resurrección de Cristo es un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas como lo atestigua el Nuevo Testamento. Ya san Pablo, hacia el año 56, puede escribir a los Corintios: "Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce: "(1 Co 15, 3-4). El apóstol habla aquí de la tradición viva de la Resurrección que recibió después de su conversión a las puertas de Damasco (cf. Hch 9, 3-18).
El sepulcro vacío

640 "¿Por qué buscar entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado" (Lc 24, 5-6). En el marco de los acontecimientos de Pascua, el primer elemento que se encuentra es el sepulcro vacío. No es en sí una prueba directa. La ausencia del cuerpo de Cristo en el sepulcro podría explicarse de otro modo (cf. Jn 20,13; Mt 28, 11-15). A pesar de eso, el sepulcro vacío ha constituido para todos un signo esencial. Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección. Es el caso, en primer lugar, de las santas mujeres (cf. Lc 24, 3. 22- 23), después de Pedro (cf. Lc 24, 12). "El discípulo que Jesús amaba" (Jn 20, 2) afirma que, al entrar en el sepulcro vacío y al descubrir "las vendas en el suelo"(Jn 20, 6) "vio y creyó" (Jn 20, 8). Eso supone que constató en el estado del sepulcro vacío (cf. Jn 20, 5-7) que la ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana y que Jesús no había vuelto simplemente a una vida terrenal como había sido el caso de Lázaro (cf. Jn 11, 44).