Wednesday 22 October 2014 | Actualizada : 2014-10-13
 
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Fuertemente sabido y sólidamente aceptado es por los grandes historiadores y por todas las disciplinas académicas filológicas,  -finos observadores de los acontecimientos del pasado-, declarando que: fueron ciertamente los cristianos quienes, estudiando primero directamente el griego, tradujeron al árabe, textos de los clásicos griegos. En el Imperio de Bizancio se enaltece ese significativo eslabón cultural; además en el mismo Occidente cristiano hubo otros centros de importancia capital para las traducciones clásicas griegas, a ejemplo, las traducciones de Mont-Saint-Michel venían del griego. Mientras que, tiempos después, algunos árabes mahometanos hicieron traducciones a otras lenguas autóctonas, desde la base del árabe, y no del griego original.  Los cristianos de Bizancio estudiaron a los clásicos en la lengua original del griego, los mahometanos en las traducciones árabes; he allí la gran diferencia: estudiar de los originales o través de las traducciones.


Entre tanto, los eruditos europeos aprendieron griego para leer y profundizar los textos originales, los árabes los tradujeron a su lengua para estudiarlos, como ocurría en Toledo, años después de otras abadías europeas.

Aquellos estudiosos cristianos eran mayormente monjes autóctonos de los territorios: Persia, Iraq, Siria, Palestina, Egipto, Creta, etc. En tales tierras el cristianismo había hecho raíces más 500 años antes de las invasiones árabes musulmanas. El monacato había percibido e indicaba ya a través del estudio y de la oración que: 

1. Fe y razón son dones de Dios al género humano.

2. Fe y razón no están en contradicción entre sí, pero la fe puede estar en algunos casos por encima de la razón, pero nunca en contra de ella.

3. Fe y razón son intrínsecamente no violentas. Ni la razón ni la fe deben usarse para la violencia; algunos malos sucesos no pueden poner en cuestión ni la razón ni la fe.

 

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La Iglesia naciente, orfebrería bizantina.

 

El Imperio Romano poco o nada pudo hacer frente al incontenible avance de los bárbaros; finalmente, uno de ellos, Odoacro, despojará en el año 476 a Rómulo Augústulo de sus insignias imperiales enviándoselas a Zenón (474-491), emperador en Constantinopla. En Occidente, el Imperio Romano ha dejado de existir.

Las obras de Paulo Orosio, Salviano de Marsella, Hidacio o San Agustín, entre otros, nos hablan del pesimismo, el dolor y la angustia que se apoderó de la sociedad romana, al mismo tiempo que son capaces de vislumbrar una luz, una esperanza, que sólo se puede explicar providencialmente: estos bárbaros no carecen de valores ni cultura, y son además cristianos -arrianos herejes, pero cristianos al fin-; es, pues, posible construir con ellos un nuevo mundo. Si los romanos veían en los bárbaros la ruina del Imperio dentro de una concepción cíclica del tiempo, los cristianos incorporan una dimensión histórica, lineal, donde existe un futuro por edificar. San Agustín (354-430), la mente más preclara de la época, advierte que la caída de Roma no es más que el fin de una forma histórica, no necesariamente el fin del mundo, y que, en definitiva, el desenlace de los acontecimientos que se viven sólo Dios lo conoce. Frente al misterio y a la incertidumbre está la esperanza y la posibilidad de proyectarse al futuro sin el pesimismo fatalista de los paganos. Es éste uno de los grandes aportes del cristianismo: la visión optimista y positiva del decurso histórico en el marco de un Plan Providencial. La Iglesia Católica será, consecuentemente, la única institución universal que se proyectará históricamente tras el colapso de Roma, y sus hombres más connotados, los obispos -especialmente el de Roma-, los únicos garantes de un orden futuro.  José Marín R

 

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Siendo Alfarabí (873 - 950) primer filósofo del mundo mahometano, está evidente que tenemos prácticamente un milenio, o sea: mil años de Aristóteles y cristianismo, antes del islam. Por ende, la presencia aristotélica –con sus naturales altibajos y alguna escasez, propios a diez siglos- fue transmitida esencialmente por el trabajo titánico del monaquismo eclesial de la Iglesia católica. Las raíces griegas de la Europa cristiana dejan evidente, hasta casi finales del primer milenio, por la forma del pensamiento e inteligencia, la ausencia del islam. No existió ni hubo requisito o necesidad alguna filosófica del aporte musulmán, indiscutiblemente porque no existió antes de Alfarabí (873 - 950) primer filósofo del mundo mahometano. Bienvenido sea el fruto monacal de transcribir y transmitir durante siglos altos textos filosóficos, pues permitieron la dinámica del saber filosofar a Alfarabí, un autentico pensador. Se consolidaba la Iglesia y se acumularon los primeros mil años de historia cristiana. A ese momento, la élite cultural bizantina era cristiana, pero también griega.

 

BIZANCIO TAMBIÉN PRODUJO SABIOS. Entre ellos, León el Matemático (segunda mitad del siglo IX), cuyo sobrenombre  significa ‘el sabio’ (equivalente del termino griego ta mathemata), que escribió tratados de mecánica, geometría y astronomía; inventó un telégrafo óptico que unía la frontera del Tauro, amenazada por las incursiones árabes, con Constantinopla. Este hombre conocía a Ptolomeo, Arquímedes y Euclides y difundió su pensamiento; (1), hizo lo mismo con Porfirio y más aún con Platón. Se procuró su propia formación, en las bibliotecas de Constantinopla, y a continuación dirigió la ‘universidad’, de la Magnaura, a partir de 863 (2). Sus competencias matemáticas le valieron, según un relato que ofrece dudas a los historiadores, ser llamado a Bagdad por Al-Mamum, que había sabido de sus trabajos gracias a uno de sus antiguos alumnos, hecho prisionero por los árabes. Prudente, León el Matemático declinó la invitación…

 

Otro intelectual del siglo IX deja constancia de la vitalidad bizantina, el patriarca Focio (820 891), que domina todo el final del siglo. Procedente de una buena familia, realizó una brillante carrera administrativa y se rodeó de un pequeño círculo de discípulos. En 858 se convirtió en patriarca de Constantinopla y desarrolló a partir de entonces una obra extraordinaria en la que no sólo encontramos numerosos escritos teológicos de alto nivel, sino también libros de erudición: un Léxico con ocho mil entradas y una Biblioteca, es decir, un inventario y un análisis de los libros que más apreciaba, doscientas setenta y nueve obras en total, de las que doscientas veintiuna son profanas. Se interesó por los debates filosóficos, se inclinó por ARISTÓTELES frente a Platón y supo utilizar la cultura pagana con fines cristianos. Es un hombre de gran talla y una de las fuentes del clasicismo bizantino que brillará hasta la caída de la ciudad en 1453. Y promovió un aristotelismo cristiano que retomaría su alumno Zacarías de Calcedonia. (3)

 

Menos conocido que Foscio, el erudito Nicetas, a quien Miguel III (842-867) encargó –como muy tarde en 855- redactar un tratado que refutase las acusaciones hechas por los árabes contra el cristianismo, también es discípulo de Aristóteles. Toma del Estagirita no sólo la lógica, sino también la psicología, la cosmología, la teoría de las causas, el devenir, el acto y la potencia, así como los argumentos sobre la existencia de Dios. (4)

 

En el siglo X, Aretas de Cesarea es un editor infatigable que ha transmitido más de la mitad de la obra de Platón y casi toda la de Aristóteles. Se autoproclama aristotélico: “Yo he sido hasta ahora un ferviente admirador de Aristóteles y he examinado sus escritos con entusiasmo”, escribe (5). La vida cultural se intensificaba todavía más en el siglo XI, marcada por un esplendor de la reflexión y la creación que alienta las ciencias, la filosofía y la teología. Ilustra esta situación la obra de Miguel Pselo (1020 1079), neoplatónico que, no obstante, conoce los escritos de Aristóteles: comentó la Física para el hijo de Constantino Ducas, el futuro emperador Miguel VII.

 

El personaje de Juan el Italiano (1025 1082) constituye otro caso de erudito vinculado al pensamiento de Aristóteles. (5)  Se instala en Constantinopla en 1049, donde se convierte en alumno de Miguel Pselo antes de polemizar con él. De hecho, es su sucesor en el cargo de cónsul (hypathos) de los filósofos, con la ayuda del emperador Miguel VII. Caído en desgracia bajo el mandato de Alejo I, fue condenado en un juicio celebrado en 1082 por herejía y paganismo –cargos que él rechazó-, pero se negó a abandonar la más mínima referencia al pensamiento antiguo. Idénticas acusaciones se habían lanzado contra él hacia 1075, y en dicha ocasión Pselo lo había defendido. Sin embargo, parece ser que fue absolutamente ortodoxo y que adoptó posiciones filosóficas bastante matizadas: más que su interés por Aristóteles, fue, al parecer, su carácter resuelto el motivo de su evicción. 

Juan el Italiano discutió y debatió con sus contemporáneos sobre cuestiones filosóficas esenciales: la eternidad del cosmos y la existencia de los universales, la materia y la naturaleza. Según sus adversarios, era favorable a las tesis de la eternidad de la materia, el cielo y la tierra. Su alumno Teodoro de Esmirna escribe un tratado sobre ‘Los principios físicos y la física de los antiguos’.

 

El entusiasmo por Aristóteles prosigue en el siglo XII. En torno a la princesa Ana Comnena, hija del emperador Alejo I, que despliega en su Alexiada toda la amplitud de las enseñanzas de las que ha disfrutado, (6) se desarrolló un círculo de eruditos preocupados por estudiar las filosofías de Platón y Aristóteles: Eustrato de Nicea, Miguel de Éfeso, Juan de Venecia. Las otras mujeres de la familia Comneno no le fueron a la zaga: Irene Ducas, emperatriz y madre de Ana, reunió a su lado a numerosos eruditos: Nicolás Calicles, Teodoro Pródromo, Teofilacto, arzobispo de Ochrida, Nicolás Cataspeceno, Manuel Straboromanos. María de Alania, viuda del emperador Miguel VII (muerto en 1090), tenía contactos con Eustrato de Nicea y Teofilacto de Ochrida, entre otros.  

 

Estos eruditos no eran cortesanos, sino auténticos pensadores. Eustrato de Nicea y Miguel de Éfeso comentaron cada uno por su cuenta la Ética a Nicómano, y Eustrato se dedicó también a elaborar comentarios de un gran número de obras de Aristóteles, como la Política, la Física, el De caelo y los Segundos analíticos.(7)  Teodoro Pródromo (1100-1170), por su parte, se interesó por el Organon y redactó tratados sobre las Categorías y los Segundos analíticos. Al final del siglo XII, Nicolás Mesaritas describe la iglesia de los Santos Apóstoles como un verdadero hervidero en el que numerosas personas debaten sobre la naturaleza del alma, los mecanismos físicos de la sensación o la teoría de los números. En ese mismo momento el sabio Juan Camatero se convierte en patriarca de Constantinopla (1198-1206). En definitiva, Bizancio nunca perdió el hilo que la unía a los autores y los sabios clásicos; es más, preservó la curiosidad intelectual que los caracterizaba y su actitud hacia el saber.

 

Este fenómeno explica que los contactos entre Bizancio y Occidente, ya fuera a través de las migraciones personales o por medio de las relaciones con los occidentales que pasaban temporadas allí –mercaderes italianos, embajadores de la corte imperial alemana, clérigos o laicos que habían acudido a instruirse-, permitieran difundir a Europa elementos de una cultura antigua que conservaban los griegos del Imperio. Los latinos eran numerosos en Bizancio en tiempos de Manuel I Comneno (1143-1180), es decir, mucho antes de la toma de Constantinopla0 a manos de los cruzados en 1204: podemos destacar, hacia 1136, a Burgundio de Pisa, Moisés de Bérgamo, Pascual de Roma y más tarde, hacia 1160, a Hugo Eteriano (o Hugo de Pisa) y León Toscano, ambos próximos al emperador: León porque era su intérprete oficial y Hugo por participar en su calidad de teólogo en los numerosos debates del momento entre clérigos latinos y griegos.(8)

 

1) Su Biblioteca contenía tratados de Cirino y Marcelo, Apolonio y los escritos de Euclides.

 

2) La Universidad de la Magnaura fue fundada en 863 por César Bardas, en un palacio situado en el interior de un recinto que albergaba el Palacio Imperial. Bizancio conocía el sistema de la universidad desde Justiniano, pero en realidad se trataba de una forma de enseñanza superior limitada a ciertas disciplinas (las del quadrivium; en griego, de la tetraktys), sin una auténtica institución dotada de estatutos y reglamentos como en el caso de las universidades europeas del siglo XIII.

 

3) Sobre la renovación de los estudios aristotélicos en Bizancio en el siglo IX: J. Irigoin, “Survie et renouveau de la littérature anticue à Constantinople, IXe. Siècle”, Cahiers de civilisation médiévale, 5, 1962, págs. 287-302; K. Oehler, “Aristote in Byzantium”, Byzantine and Modern Greek Studies, 5, 1964, págs. 133-146.

 

4) Véase A.- Th. Khoury, Les Théologiens byzantins et l’islam. Textes et auteurs, Louvaina/Paris, Nauwelaerts, 1969. Los escritos de Nicetas han sido editados y traducidos en K. Forstel (dir.), Niketas von Byzanz, Schriften zum Islam, Corpus islamo-christianum, Series Graeca, Wurzbourg, 2000.

 

5) Arethae Scripta minora, ed. L.G. Westerink, I, Leipzig, 1968, pág. 325.

 

6) Sus obras: Opea, ed. N. Kecakmadze, Tbilisi, 1966; Questines quodlibetales, ed. P. Joannou, Ettal, Buch-Kunstverlag, 1956. Véase P. Joannou, Christliche Metaphysik in Byzanz, Ettal, Buch-Kunstverlag, 1956; P. Stephanou, Jean Italos, philosophe et humaniste, Roma, Pontificum Institutum orientalium studiorum, 1949; L. Clucas, The Trial of John Italos and the Crisis of Intellectual Values in Byzantium in the Eleventh Century, Múnich, Institut fur Byzantinistik, 1981.

 

7) Estudio profundo del griego, práctica y retórica, lectura de los grandes filósofos Aristóteles y Platón (tas Aristotelikas teknas eu analexamene kai Tous Platonos dialogous), a los que se sumó la tetraktys de las ciencias (Ana Comnena,

Alexiade, ed. B. Leib, París, Les Belles Lettres, 1989, t. III, pág. 218). Gracias a ella sabemos lo elevada que era la cultura dispensada a las élites a finales del siglo XI.

 

8) También realiza comentarios sobre los Parva naturalia, las Partes de los animales, el De generatione, etc.

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Ref: “ARISTÓTELES Y EL ISLAM. LAS RAÍCES GRIEGAS DE LA EUROPA CRISTIANA” – Autor: Sylvain Gouguenheim – Editorial GREDOS S.A. Esp.

 

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Italia Bizantina - La amenaza árabe

 

 

 

Historia de la segunda dominación bizantina

en Italia Meridional y Sicilia (867-1071)

por Roberto Zapata Rodríguez

 

NOTA PRELIMINAR:

El origen de este trabajo está en las páginas que tuve que dedicar a la situación de Italia en la biografía de Jorge Maniaces para explicar su aventura occidental en el contexto apropiado. Después de haber reflejado los acontecimientos de un momento tan destacado como fue el de la segunda invasión normanda de 1041 me pareció que sería una continuación lógica explorar el antes y el después de aquellos sucesos para obtener así una síntesis de la segunda dominación bizantina en el sur de Italia. Como el periodo ya tratado abarcaba los hechos del periodo 1030-1043, el objetivo inicial fue realizar dos trabajos por separado, uno que comenzase con el reinado de Basilio I y cubriese hasta el final de la gobernación de Basilio Boioannes y un segundo a modo de epílogo que resumiese los acontecimientos y la rápida decadencia de la dominación bizantina desde la rebelión de Maniaces en 1043 hasta la toma de Bari en 1071. Finalmente he optado por presentar el conjunto como un todo y para evitar el salto en la narración he reutilizado (ligeramente modificados) algunos pasajes y mapas que en el trabajo de Maniaces cubrían la historia general, lo que me ha permitido además incluir algunas hermosas ilustraciones del Skylitzés Matritensis a las que no tuve acceso en diciembre de 2003 cuando esa biografía estaba siendo redactada. El atento lector de aquel trabajo queda advertido pues del previsible déjà vu.

En segundo lugar un apunte referido a la transcripción de los nombres propios. He experimentado dudas con los correspondientes a los personajes lombardos, habida cuenta de la escasa presencia de éstos en textos en castellano que pudiesen servir de referencia. ¿Es preferible Landulfo o Landolfo? ¿Pandolfo o Pandulfo? ¿Ariquis, Arichis, Aricis, Arequis? Sinceramente en muchos casos es difícil optar por una de las opciones ya que todas ellas parecen aceptables, así que he intentado ser consistente en el uso confiando en la bondad de mi elección. Asimismo respecto a los nombres griegos también he intentado, en la medida de mis escasos conocimientos, realizar una transcripción siguiendo las sabias recomendaciones de Eva Latorre Broto, mi guía para estas ocasiones. Mi más sincero agradecimiento para Eva y desde este momento reclamo, estoica y enteramente para mi persona, la autoría y responsabilidad de cualquier despropósito en el trabajo que a continuación se desarrolla.


· Introducción

· Italia bizantina: 867-983

· La reconquista de la Italia Meridional (880-886)

· El asentamiento de la dominación bizantina

· La amenaza árabe

· La organización administrativa

· Años de inestabilidad

· La lucha por Sicilia

· Siracusa capta

· La expedición a Sicilia de 964

· El regreso del Imperio Germánico

· La campaña de Otón II

· Reformas administrativas: la instauración del catepanato

· Italia bizantina: 983-1030

· El hostigamiento de los piratas musulmanes

· Años turbulentos

· La aparición de los normandos

· La primera invasión normanda

· La época del catepán Basilio Boioannes

· Italia bizantina: 1030-1043

· La expedición a Sicilia

· La segunda invasión normanda

· Maniaces en Italia

· El fin de la Italia bizantina: 1043-1071

· Las actividades del príncipe de Salerno

e="mso-ansi-language: ES-TRAD">· El gobierno de Argyros y la batalla de Civitate

· La última resistencia

· Bari 1071

· Apéndice: Economía y Sociedad en la Italia bizantina

· La estructura poblacional

· La configuración de la ciudad

· La estructura social·

Bibliografía

 


Cuando en 867 la flota del drongario del plöimon imperial Nicetas Ooryfas echaba el ancla ante las costas de Ragusa, hoy en día Dubrovnik, Bizancio estaba preparado de nuevo para reclamar su derecho a decidir en los asuntos de Italia tras la desaparición del exarcado un siglo atrás. En estos momentos los territorios controlados por el Imperio se reducían a algunos reductos en la región de Otranto y muy lejos quedaban ya los días en que en las tierras italianas se escuchaba con acatamiento la voluntad de Constantinopla. De entre los antiguos territorios dependientes el ducado de Nápoles había derivado insensiblemente hacia un estado de autonomía tácita que le llevó a seguir una línea política independiente alejada ya de la colaboración con Bizancio, como se puso de manifiesto en 812 cuando el duque Antemio contestó negativamente a la petición del patricio de Sicilia para que hostigase a los piratas que acababan de saquear Ischia ese mismo año. La ruptura de lazos de los napolitanos con su antigua metrópoli se reflejaba también en planos más simbólicos con la ausencia de consultas con el Imperio a la hora de decidir el relevo de sus líderes o la omisión del nombre del emperador en las monedas acuñadas por el ducado. Más al norte, Venecia seguía respondiendo afirmativamente a las solicitudes de Constantinopla pero ya como una entidad política que seguía su propio camino e intereses.

A mediados del siglo IX el principal actor de la política peninsular era Luis II, rey de Italia desde 844 y emperador de los francos en 850. Luis asumió como una de las principales tareas de su reinado, obligación heredada de su cargo como rey de los lombardos, el liderar la lucha contra los piratas árabes que asolaban sistemáticamente el litoral italiano. Ya en 812 tenemos noticias de incursiones piráticas en la región pero su presencia se hace mucho más sentida desde 836 cuando acuden al reclamo del duque Andrés de Nápoles para protegerse de las agresiones lombardas. Empleados como mercenarios a sueldo de todos los estados italianos en el sur pero también sirviendo a sus propios intereses y los de los Aglábidas de Sicilia y  norte de África su presencia pasó a ser una amenaza demasiado clara, especialmente a partir de 839 cuando estalló la guerra civil en el principado de Benevento entre Radelquis y Sikenulfo que provocó diez años después la segregación de Salerno sancionada por la famosa Divisio de 849. Los árabes se mostraron infatigables en sus correrías: en 838 Brindisi fue saqueada y en 840 y 841 Tarento y Bari sufrieron la misma suerte. En 846 tuvo lugar la famosa incursión aguas arriba del Tíber y el saqueo de los suburbios de Roma, incluida la basílica de San Pedro que tanta conmoción provocó en la Cristiandad. Ese mismo año otra fuerza árabe volvió a ocupar Tarento y la convirtió en un emirato autónomo dedicado al comercio, fundamentalmente de esclavos, y al pirateo. Al año siguiente Bari sufrió la misma suerte. La propia Roma fue salvada de nuevo en 849 cuando una flota de napolitanos unida a barcos de Amalfi y Gaeta derrotó ante Ostia a una armada árabe. El victorioso Cesario, hijo del duque Sergio de Nápoles, fue honrado como salvador de Roma por el jubiloso pontífice.


En la década de 850 los recién llegados aprovecharon esas bases y el desorden político en las tierras italianas para recorrer el país en profundidad saqueando y sometiendo las poblaciones locales a su voluntad. Los señores lombardos habitualmente no corrían peligro resguardados en sus ciudades, pero carecían de los medios para defender su territorio adecuadamente, sin olvidar el hecho de que casi todos utilizaban los servicios de los mercenarios árabes para saquear las tierras de sus vecinos. Expulsar a los musulmanes de Italia requería de una fuerza mayor que sólo podía estar en manos del emperador carolingio. Desgraciadamente incluso para Luis II la tarea resultó ser mucho más dura de lo esperada, comenzando por la ciudad de Bari contra la que realizó sucesivas campañas en 847, 852, 866-67, 869 hasta tomarla finalmente dos años después.

En esos años la mirada de Bizancio volvió a posarse sobre Italia. La pugna sostenida con el Papado sobre el control religioso de la recién convertida Bulgaria había demostrado a Constantinopla que valía la pena presionar en Italia para persuadir al pontífice a inclinarse ante los intereses de Constantinopla. Por ello cuando a finales de la década la flota griega comenzó a mostrar su pabellón en aguas del Adriático, posiblemente poco después del establecimiento del thema naval de Dalmacia, muchas novedades se estaban gestando en el panorama político de la región.

Las depredaciones de los piratas sarracenos en las costas dálmatas hicieron por fin  inevitable la llamada de socorro a Constantinopla en 867. Una escuadra de casi 400 chelandia, al decir de los fantasiosos historiadores francos y 140 según otras fuentes, se apostó frente a la ciudad de Ragusa y forzó la apresurada huida de los sitiadores que optaron por atravesar el Adriático y dedicarse a saquear las costas de Apulia en lugar de enfrentarse a los poderosos navíos imperiales. Pronto los jefes serbios de la región se apresuraron a acogerse a la protección de la remozada autoridad bizantina, lo cual fue aprovechado por parte del jefe de la expedición para reafirmar la influencia imperial sobre la zona. Al año siguiente, mientras Luis II se preparaba para una nueva tentativa contra Bari,  se acordó el envío de apoyo naval bizantino para la empresa, aunque no está claro si la iniciativa partió del monarca franco o fue una sugerencia del emperador Basilio. En marcha estaba por aquel entonces el proyecto de alianza entre los dos Imperios mediante el compromiso entre el primogénito de Basilio, Constantino, y Ermengarda, la hija de Luis. Lamentablemente la empresa conjunta y la nonata alianza acabaron desastrosamente cuando la flota que había arribado ante las costas de Bari con la misión de ayudar en la campaña y recoger a la joven princesa se encontró con que Luis había hecho regresar a buena parte de sus tropas y sólo mantenía el sitio con algunos centenares de hombres. El propio Luis no estaba ya presente, pues se había retirado a Venosa a conferenciar con su hermano Lotario y no parecía muy dispuesto ahora a concluir el tratado. Furioso, el drongario Nicetas se alejó de la ciudad y llevó a la flota al golfo de Corinto no sin haber mostrado antes su cólera por la conducta de Luis, lo que estuvo a punto de provocar un enfrentamiento armado con los francos. Posteriormente el monarca intentó excusar su conducta y arreglar la situación aunque el proyectado matrimonio finalmente nunca tuvo lugar. La colaboración volvió a establecerse a partir del año siguiente en un período en el que la flota bizantina se mostró muy activa, realizando también incursiones contra los piratas eslavos apostados en la desembocadura del Narenta y contra sus bases en territorio dálmata.


Por fin, tras varias campañas infructuosas, las tropas de Luis II hicieron su entrada en Bari el 2 de febrero de 871. De inmediato el monarca se propuso extender su ofensiva a la ciudad de Tarento considerando que Apulia no se podría asegurar en tanto esta plaza continuase en manos musulmanas. Las dificultades para la empresa eran muchas debido a la fácil comunicación de los tarentinos con Sicilia. En esos momentos una pequeña escuadra bizantina al mando del patricio Jorge prestó su colaboración en las tareas del bloqueo, pero a sus escasos chelandia les resultó imposible establecer un cierre total del puerto. La desesperada necesidad de una fuerza naval de la que carecía el Imperio franco, unido a la nueva amenaza que suponía la alianza del Duque Sergio de Nápoles con los musulmanes, animó a Luis II a proponer a Basilio una alianza en firme en la que la tierra quedaría para los francos y el mar para los griegos. Como premio último Sicilia regresaría a las manos de sus antiguos dueños y Luis ofreció su ayuda para hacer avanzar la empresa bizantina en la isla.

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Tan buenos propósitos se vieron frustrados por un nuevo fracaso diplomático. Peor todavía, la embajada franca que se encontraba en Constantinopla a principios de 870 se enredó en disputas sobre la cuestión de Focio y la jurisdicción sobre la iglesia búlgara, dejando a un lado su misión original. El emperador acusó a los enviados de su mala disposición al tiempo que rehusó ratificar el título imperial al monarca franco que Focio había prometido hacer reconocer. La cuestión de fondo que yacía tras este enfrentamiento era la pretensión de Luis II de considerarse Emperador de los Romanos y no de los Francos, entrando así en conflicto directo con la posición del soberano de Constantinopla. Alejados, pues, por sus intereses divergentes ambos se decidieron a continuar la guerra en Italia contra los musulmanes por separado. La flota imperial abandonó en esos momentos las costas italianas para actuar sobre las bases piratas de Creta, persiguiendo a sus enemigos a lo largo de las costas del Peloponeso hasta dispersarlos. Por su parte Luis tampoco pudo continuar su campaña sobre el siguiente objetivo, Tarento. Una conspiración urdida por el duque Adelquis de Benevento en agosto de 871 le convirtió en prisionero de éste durante unos meses. Sólo la promesa de no buscar venganza sobre los conjurados y no amenazar el territorio de Benevento le permitió volver a recuperar la libertad. Muy afectado por este suceso no emprendería ya grandes acciones en Italia y su muerte en 875 marcó el fin de la intervención de la monarquía carolingia en el sur. Sólo entonces tras la desaparición del animoso y desafortunado Luis volvieron los barcos de Bizancio a luchar de nuevo contra los sarracenos en Italia. 

El fracaso de los francos fue la señal para la reanudación de una vigorosa contraofensiva musulmana especialmente desde la colonia radicada en Tarento. Pronto sus algaradas recorrieron toda la Italia del sur llegando en sus incursiones a las cercanías de Benevento, mientras que por mar los corsarios árabes aprovecharon la falta de vigilancia en el Adriático para llegar hasta el fondo del golfo de Venecia y saquear Comacchio. Para entonces el gobierno bizantino estaba convencido de que el Adriático y las posesiones imperiales en Iliria estarían siempre a merced de los piratas en tanto que éstos encontrasen refugio y apoyo en el litoral italiano, Se hizo pues necesaria la intervención en tierra firme y la ocasión vino dada muy pronto por la petición de socorro que los lombardos de Apulia dirigieron al gobernador bizantino de Otranto, que acababa de recibir las promesas y juramento del príncipe Adelquis II de Benevento en 873. En obediencia a esos acuerdos se abrieron las puertas de Bari a las tropas encabezadas por el baiulos Gregorio, primicerio y protospatharios imperial, que se hizo dueño de la ciudad en nombre de Basilio el 25 de diciembre de 876 enviando luego a Constantinopla como rehenes a algunos de los principales ciudadanos junto con el gastaldo encargado de su gobierno hasta la llegada de las tropas bizantinas.


El rápido asentamiento de las fuerzas imperiales en Bari no fue muy del agrado de Adelquis, que no esperaba una presencia demasiado visible de los recién llegados, lo que le llevó a intentar tratar directamente con los musulmanes pero para entonces ya se había establecido en Bari una fuerte guarnición que aseguraba el dominio de la ciudad para los bizantinos. Constantinopla ganó así una posición privilegiada para controlar ambas costas del Adriático y afirmó su intención de reclamar protagonismo transformando la nueva posesión en la sede del strategos como una base firme desde la que empezar a desempeñar de nuevo un papel relevante en la política italiana. Basilio concedió plenos poderes a su representante para llevar adelante el juego diplomático con los estados lombardos y las dotes de gobierno y habilidades de Gregorio le permitieron desempeñar con eficacia las funciones de su cargo hasta 885.

Como representante del emperador Gregorio no tardó en establecer contacto con los actores relevantes en la escena italiana, particularmente con el papa Juan VIII, que en estos años buscaba ayuda desesperadamente para hacer frente a la amenaza de las flotas piratas sarracenas que a finales de 876 volvían a asomarse a la desembocadura del Tíber. El basileo respondió afirmativamente a la petición del pontífice y ordenó a Gregorio que enviase algunos barcos hacia el litoral de Campania. Sabemos que a finales de 879 un pequeño destacamento naval, al mando del espatario Gregorio, el turmarca Teofilacto y el conde Diógenes se apostó ante Nápoles y derrotó a los musulmanes. Aliviado, el papa felicitó calurosamente a sus salvadores pero insistió en que debían llegar hasta Roma y defenderla por tierra y mar de nuevas amenazas. Al año siguiente los barcos regresaron y colaboraron en la protección de las tierras de la Santa Sede. Durante ese periodo las relaciones entre Roma y Constantinopla alcanzaron una armonía que rara vez se volvió a disfrutar posteriormente. 

El éxito de Bari, aunque valioso, no pudo compensar la calamitosa fortuna de las armas imperiales en otros frentes, particularmente en Sicilia. Mientras la flota de Nicetas Ooryfas se ocupaba de recorrer las costas griegas en busca de piratas el litoral siciliano quedaba a merced de los ataques de los musulmanes de Palermo. Siracusa estaba siendo sometida a un duro asedio en esos momentos y durante semanas esperó en vano el socorro de una flota que al mando del navarca Adriano debía llegar en su auxilio. Demorado en las costas del Peloponeso Adriano conoció la noticia de la toma de la ciudad en mayo de 878 sin tiempo ya para poder prestarle el socorro tan desesperadamente implorado. La conquista de Siracusa ofreció a los musulmanes una base ideal para emprender la conquista definitiva de Calabria por lo que, animado con el reciente triunfo, el emir de África envió de inmediato una flota de 60 galeras de buen porte hacia el Jónico para saquear las costas griegas.

Escarmentado Basilio por el fracaso en la empresa de Siracusa quiso atajar de raíz las nuevas incursiones y dirigió contra la flota sarracena al plöimon imperial al mando del sirio Nasar, que había sustituido entretanto en el cargo a Nicetas Ooryfas. La flota imperial, compuesta por 45 navíos, consiguió expulsar de las aguas del Jónico a los incursores, tras sorprender y aniquilar una escuadra árabe de 16 galeras en el puerto de Metona, y se dirigió después a toda vela hacia las costas de Sicilia. Las primeras velas de la armada se dejaron ver ante Nápoles en octubre de 879 y probablemente fue entonces cuando de la flota se separó el contingente destinado a proteger las costas de Campania a petición del papa. Tras reagrupar la escuadra Nasar inició su ataque en la costa septentrional de la isla, al este de Palermo. En Milazzo, en las cercanías de las islas Lípari, se libró un gran combate que resultó victorioso para los bizantinos, y tras el encuentro Nasar pudo dedicarse a perseguir el rico tráfico mercantil organizado entre Sicilia y el continente. De la riqueza del botín obtenido dieron cuenta los cronistas afirmando que el precio del aceite en Constantinopla cayó en aquellos días hasta alcanzar valores irrisorios. Animado por el éxito de la empresa la flota se aprestó a llevar adelante la segunda y más importante fase de la operación que tenía como objetivo desembarcar en tierra italiana los primeros ejércitos imperiales que esas costas veían en más de un siglo. Bizancio regresaba con fuerza a sus antiguos dominios y lo hacía reclamando su derecho de propiedad.

  

Tras dejar algunos navíos en los puertos sicilianos de Términi y Cefalú, Nasar dirigió la flota hacia Calabria y allí en 880, se produjo el desembarco del ejército bizantino. A partir de entonces no se trataría sólo de operaciones navales sino de la combinación de fuerzas por mar y tierra para reestablecer el dominio de Bizancio en la Italia del Sur. Los objetivos para la campaña estaban centrados en conseguir el dominio de Calabria para luego forzar la expulsión de los musulmanes de Tarento y unir esos territorios con la región de Bari ya controlada previamente. Los medios a disposición eran particularmente poderosos: los contingentes de los themata de Occidente (Sicilia, Cefalonia, Dirraquio y Peloponeso) apoyados por destacamentos de serbios y croatas todos ellos al mando del protovestiarios Procopio. Además formaban parte también de la expedición las tropas de Tracia y Macedonia al mando de su estratego León Apostypos. Aunque no conocemos las cifras exactas sin duda se trataba de un ejército imponente, particularmente en un escenario en el que Bizancio se había movido siempre con gran parquedad de medios.

El ejército imperial empezó a remontar la costa oriental de Calabria flanqueado en su marcha por la flota. Ésta mantuvo un combate victorioso con barcos sarracenos, posiblemente en las cercanías de Punta Stilo y les obligó a refugiarse en Palermo. Sin más contratiempos y recibiendo la sumisión de todas las plazas que encontraban en su marcha el ejército llegó a la llanura del Crati y se apostó ante Tarento donde les esperaban sus enemigos. Según parece Procopio detentaba el mando supremo durante la campaña, pero Apostypos era casi su igual en rango y de ahí se derivaron disputas entre ambos oficiales que tuvieron funestas consecuencias. Cuando las tropas formaron para el combate cada general estaba situado en una de las alas del despliegue. León Apostypos, que combatía en el ala derecha, se impuso fácilmente a las escasas tropas que se le oponían mientras que Procopio debió hacer frente al grueso del ejército enemigo que concentró el ataque por su lado. Incapaz de resistir fue derrotado por completo ante la pasividad de su colega que rehusó acudir en su ayuda. El resultado fue una completa derrota y la muerte del comandante en jefe. Asustado por las posibles consecuencias y deseoso de reparar el desastre Apostypos se apresuró a reunir las tropas restantes y con ellas emprender de inmediato el asalto a Tarento que consiguió forzar tras un violento combate. Tras la caída de la ciudad se envió a la esclavitud a los prisioneros y se estableció una guarnición bizantina. Nasar, una vez consolidada la posición tomó rumbo a Constantinopla con la flota imperial mientras que el general superviviente fue llamado a juicio por su comportamiento durante el combate. Hallado culpable de traición, Apostypos fue condenado al exilio en Kotiea.

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A finales de 880 la dominación bizantina estaba firmemente establecida en la región del golfo de Tarento aunque quedaban todavía muchas plazas en Calabria en poder de los sarracenos, que desde villas como Santa Severina o Amantea podían todavía amenazar los territorios recién conquistados o presionar a los aliados de Bizancio, sobre todo Salerno y Nápoles. Contra ellas se dirigieron los siguientes movimientos. 

La muerte de Juan VIII en diciembre de 882 coincidió con una reactivación de la lucha en Calabria contra los musulmanes. En 882 o 883, tras el regreso de León Apostypos, el emperador envió a Italia un nuevo ejército, esta vez al mando del estratego capadocio Esteban Majencio, en el que los contingentes asiáticos, anatólicos y de Carsiano, hacen por primera vez su aparición en las fuentes. Majencio comenzó su actividad en tierras italianas poniendo sitio a Amantea sin lograr ningún resultado y luego fue derrotado lamentablemente ante Santa Severina. Ante su manifiesta incapacidad Majencio fue prontamente reclamado de vuelta y en su lugar llegó, hacia 885, Nicéforo Focas el Mayor, el primer miembro destacado de esta familia que a partir del reinado de Basilio pasó a ocupar un puesto de primer rango entre la aristocracia bizantina.

El talento y las dotes de Nicéforo tuvieron gran parte en la consolidación de las posiciones bizantinas en Italia al conseguir en un año la expulsión de los sarracenos de Calabria y Apulia. El nuevo estratego traía consigo refuerzos de los themata asiáticos, armenios especialmente, y contaba además con la ayuda de auxiliares entre los que descollaban los antiguos paulicianos cuyo jefe, Diaconitzes, había sido en tiempos lugarteniente del famoso Crisoquiro.

Nicéforo dividió a sus tropas en varios cuerpos asignándoles distintos objetivos. Mientras que él establecía el asedio de Santa Severina un destacamento atravesó Calabria para poner sitio a Amantea. Esta plaza no tardó en sucumbir, al igual que la villa de Tropea, y con ellas los dos bastiones principales en poder de los árabes en el occidente calabrés. Pronto fue el turno también para la propia Santa Severina y con su conquista a mediados de 886 toda Calabria quedó en manos de los bizantinos. Los vencedores se apresuraron a establecer guarniciones en las villas conquistadas tras deportar a Sicilia a la población musulmana, de acuerdo con los tratados de rendición.


El siguiente objetivo del general bizantino fue asegurar la comunicación del territorio recién conquistado con Tarento y Bari, por lo que se hizo necesario avanzar a lo largo del valle del Crati y obtener la sumisión de los señores lombardos en la franja comprendida entre Cosenza y Brindisi para incorporarlos a la órbita del Imperio. En estas regiones alejadas de Salerno y Benevento la autoridad señorial era muy débil y la ausencia de socorro ante las incursiones musulmanas facilitó sin duda la decisión de aceptar la protección de las tropas del basileo. Quedó entonces a la habilidad del estratego el convertir esa dominación en un establecimiento firme de la autoridad bizantina, un proceso que no era posible conseguir solamente por la fuerza sino que debía contar con la aquiescencia de las poblaciones locales y sus señores. Aunque faltan los detalles parece ser que precisamente en esa tarea sobresalió Nicéforo Focas, que fue considerado por León VI en su obra Taktika como un ejemplo de cómo un general debe organizar un país conquistado. Entre sus méritos expresos destacó el haber impedido a sus soldados en el reembarque en Brindisi llevar cautivos a un gran número de naturales del país. Recomienda el monarca en su obra que al tomar una ciudad se debe actuar con benevolencia y no asfixiar a sus habitantes con onerosas contribuciones ni aterrorizarlos con castigos y sigue... 

“Es así como nuestro strategos Nicéforo trató a la nación de los lombardos. No solamente supo someterlos mediante campañas hábilmente dirigidas sino que fue moderado y clemente. Se mostró justo, benevolente y les concedió la libertad y la exención de impuestos.” 

Tras las campañas de Nicéforo Focas el territorio controlado por Bizancio se extendía hasta Oria y Matera, donde en estos momentos residía ya una guarnición y están atestiguados diversos funcionarios bizantinos. Como señal inequívoca de la extensión de la influencia imperial se crearon entonces obispados griegos en Cosenza, Bisignano y poco después en Cassano, lo que da a entender que en estos años toda la región desde el valle del Crati hasta Tarento obedecía ya a Constantinopla, así como el tramo inferior del valle del Bradano y del Sinni, aunque no se sabe nada con certeza para los territorios al norte y oeste de Bari.   

 


Más allá del territorio controlado directamente por la administración imperial se extendían los principados sobre los que Bizancio deseaba ejercer su influencia y protección aprovechando el estado de perpetua discordia que reinaba entre ellos. A la muerte de Basilio I en 886 el más importante era el de Salerno cuyo príncipe Guaimar solicitó la ayuda bizantina frente a las agresiones de la colonia musulmana de Agropoli. La respuesta del nuevo monarca León VI fue el envío de oro y trigo y el asentamiento en Salerno de una pequeña guarnición imperial que se mantuvo allí durante unos años. A cambio Guaimar debió reconocer la soberanía bizantina y para ello él mismo se trasladó a Constantinopla a finales de 886 donde recibió una calurosa acogida por parte de los emperadores León y Alejandro y fue por ellos honrado con el título de patricio.

El ejemplo de Salerno decidió al duque-obispo Atanasio II de Nápoles a imitar su ejemplo pidiendo el envío también de auxiliares para luchar contra los sarracenos. Se le enviaron trescientos soldados al mando de un oficial llamado Casano pero Atanasio se desdijo de sus aparentes propósitos y mostró sus verdaderas intenciones: los soldados imperiales constituían un precioso refuerzo y serían de gran utilidad en su guerra contra los señores de Capua. Pronto Casano fue reclamado y en su lugar llegó a Nápoles otro oficial, el kandidatos Juan, con más refuerzos. Atanasio continuó su guerra particular contra Capua, en el transcurso de la cual Juan consiguió liberar al antiguo conde Pandenulfo. A lo largo del año 887 continuaron las hostilidades entre los napolitanos y sus rivales con el paradójico espectáculo para los soldados bizantinos de ver combatir auxiliares sarracenos en ambos bandos. 

Pronto Bizancio intentó extender su protectorado también sobre Benevento. Su antiguo príncipe Gaideris, depuesto en 881, consiguió escapar y buscar refugio en Bari. Se le envió a Constantinopla desde donde regresó revestido con la dignidad de protoespatario para gobernar en nombre del emperador la villa de Oria, al sur de Apulia, donde ejercía ya en 885 cuando se le encuentra junto al estratego Gregorio firmando como testigo un privilegio en favor de la abadía de Montecassino. Su sucesor en Benevento, Agión, se enfrentó en esos años a revueltas internas lo que fue aprovechado por el gobernador bizantino para apoderarse de algunas villas que hasta entonces reconocían la soberanía de Benevento. Ese oficial era Teofilacto, posiblemente el sucesor inmediato de Gregorio, que al comienzo del año 887 penetró en Campania con un pequeño ejército para combatir contra los sarracenos acantonados en el río Garellano. Tras ser obligado a retirarse por éstos regresó tomando la ruta de Nápoles aprovechando el camino de vuelta para entrar por la fuerza en algunas villas lombardas. Esta tentativa dio lugar a un levantamiento general en Apulia impulsado por Benevento, apercibida de la muerte reciente del emperador Basilio y considerando que éste era el momento más adecuado para intentar recuperar el territorio perdido. Agión avanzó con sus hombres hasta Bari y consiguió expulsar de la ciudad a la guarnición imperial, que sin duda debía ser muy débil en esos momentos. Mientras el estratego maniobraba para intentar recuperar Bari su aliado napolitano Atanasio, siempre con sus auxiliares bizantinos al lado, atacó Benevento por el oeste, lo que obligó a Agión a regresar a su principado dejando que los lombardos de Apulia se defendiesen por si mismos de sus señores bizantinos.


En 888 León VI reconoció que las fuerzas bizantinas en Italia eran demasiado débiles para poder inclinar decisivamente la situación en su favor, y que el análisis de la situación demostraba que era necesario el envío de nuevas tropas. El encargado de conducirlas fue un alto cargo, el patricio y epi tes trapezés Constantino que según las crónicas tenía a su mando “todas las tropas de Occidente”. Por su parte Agión había tomado a su servicio un cuerpo de auxiliares sarracenos y con su ayuda ofreció batalla a los recién llegados bajo los muros de Bari. El resultado fue una derrota total para los imperiales, cuyo jefe a duras penas consiguió salvar la vida. Tal derrota causó honda impresión en Constantinopla y los esfuerzos prosiguieron aunque esta vez intentando evitar una batalla campal. En lugar del combate abierto los bizantinos optaron por obligar a Agión a encerrarse en Bari donde fue bloqueado. Abandonado por sus sarracenos, el príncipe de Benevento intentó en vano pedir auxilio al duque de Espoleto y al conde de Capua Atenolfo. Éste último, que debía a Agión su dominio en Capua, cambió de alianzas y en lugar de ayudar a su benefactor se ofreció a Constantino para establecer un acuerdo con la esperanza de obtener un título imperial que le igualase a su rival de Salerno. Abandonado por todos, Agión optó por negociar con Constantino y en 888 Bari volvió a poder de Bizancio mientras el príncipe de Salerno regresaba sano y salvo a su tierra.

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En esos momentos Bizancio era ya el principal poder en Italia meridional ante el que los principados lombardos se inclinaban, aunque debe recordarse en todo momento la fragilidad de las alianzas en la inestable política italiana. Los señores lombardos apoyaban en cada momento a aquel que pudiera beneficiarles más y no vacilaron nunca en cambiar de bando sin el menor escrúpulo cuando la ocasión lo aconsejaba. Esa había sido siempre la situación y los hechos demostrarían que tales prácticas seguirían siendo aplicadas en las décadas venideras. 

La posición de Bizancio en la península había vuelto a ser tan fuerte como a principios del VIII y en consecuencia se beneficiaba de una actitud más complaciente por parte del papado, que en estos años intentaba afirmar su independencia respecto a los designios de los sucesores de Luis II y por ello estaba más que dispuesto a probar la vía bizantina. Los gobernantes del sur de Italia aceptaban presurosos los títulos otorgados por la corte imperial, imitaban sus usos y modas y reconocían, aunque con intermitencia, su autoridad como lo prueba que en estos años en Nápoles las monedas volviesen a a incluir el nombre del emperador después de más de un siglo, y más llamativo todavía que también en estos años se introdujesen iguales usos en las monedas acuñadas en Salerno y Benevento. Estos hechos sin embargo no pueden ocultar la realidad de la posición bizantina en Italia, que era muy diferente de la existente, por ejemplo, en Asia Menor. Buena parte del territorio oficialmente administrado por el Imperio en Italia estaba en realidad fuera del control directo del estratego. La autoridad bizantina, siguiendo una práctica sancionada por la experiencia de siglos, dependía de las habilidades diplomáticas de sus oficiales, del trato con las élites locales, del control de los rivales y también del pago de generosos tributos a los piratas de Sicilia y Norte de África, y sólo cuando era imprescindible se recurría al uso de la fuerza. Cuando el emperador León VI elogiaba a Nicéforo Focas por su trato cuidadoso a los lombardos evitando el pillaje y la toma de esclavos o renunciando a imponer pesadas contribuciones se reconocía implícitamente que la autoridad imperial sólo podía ser mantenida en Italia a través de su aceptación por parte de las poblaciones locales. 


Mientras se desarrollaban así los asuntos italianos la protección de la recién conquistada Calabria exigía continua vigilancia. Hacia 888-889 los árabes sicilianos intentaron un nuevo ataque, esta vez en la región de Reggio. Una flota bizantina atravesó el estrecho de Messina pero fue derrotada por completo cerca de Milazzo. La noticia del desastre provocó el pánico en la región impulsando a los habitantes de las villas a abandonar sus hogares y buscar refugio en el interior. La situación mejoró poco después cuando el drongario Miguel hizo prisionero al jefe de la flota árabe y volvió a controlar el paso del estrecho. En los años siguientes las discordias internas en Sicilia permitieron que Calabria experimentara un breve respiro. 

Tras recuperar Bari Constantino y buena parte de sus tropas se embarcaron de vuelta a Constantinopla. El nuevo gobernante Simbaticio era probablemente de origen armenio y en su titulatura se proclamaba “protoespatario imperial, estratego de Macedonia, Tracia, Cefalonia y de Longobardia”, lo que constituye en el caso de ésta última la primera mención documentada de un thema con esa denominación. Simbaticio disponía al comienzo de su mandato de más tropas que sus antecesores por lo que se dispuso, para evitar el riesgo de una nueva revuelta, a someter directamente a la autoridad imperial a los lombardos de Benevento en donde entretanto Urso, todavía un niño, había sucedido a su padre Agión tras la muerte prematura de éste. El 18 de agosto de 891 Simbaticio llegó con su ejército ante los muros de Benevento y encontró una decidida resistencia por parte de la población local. Un asedio de tres meses obligó finalmente a los beneventanos a capitular el 18 de octubre. El estratego Simbaticio de inmediato transfirió la gobernación de la provincia desde su sede en Bari hasta la nueva posesión y fijó allí su residencia convirtiéndola en la nueva capital de los territorios imperiales en Italia. Debido al hecho de que la denominación bizantina para el principado de Benevento era Longobardia, término opuesto a Gran Longobardia que designaba al desaparecido reino lombardo, muy posiblemente cabe deducir que el thema de Longobardia fue constituido en ese preciso momento tras la conquista de Benevento en octubre de 891 y mantenido su denominación mucho después de que el principado abandonase la órbita de influencia del gobierno bizantino en Italia. Desde la nueva capital Simbaticio empezó a despachar la administración ordinaria, como lo muestran unos privilegios de confirmación de bienes en favor de Montecassino fechados en junio de 892. En ese mismo mes las tropas bizantinas ocuparon Siponto, al pie del Gargano.


En agosto de 892 Simbaticio fue relevado en el mando y sustituido por el patricio Jorge, protoespatario imperial, estratego de Cefalonia y de Longobardia al que ya en estas fechas vemos confirmando privilegios a los monjes de San Vicente de Volturno.

El nuevo estratego deseaba hacer con Capua y Salerno lo mismo que su predecesor había realizado con Benevento. Bajo el pretexto de combatir a los musulmanes del Garellano comenzó el asedio de Capua que se demostró infructuoso. Al no conseguir ningún resultado realizó una intentona por sorpresa sobre Salerno que consiguió cerrar sus puertas a las tropas bizantinas obligándolas a batirse en retirada sin obtener ningún resultado.

Tras la muerte de Jorge en julio de 894 llegó a Italia como sucesor el patricio Barsacio, que volvió a establecer su residencia en Bari dejando en Benevento como delegado al turmarca Teodoro. Fue éste el momento elegido por los beneventanos para intentar la expulsión de la guarnición bizantina y deshacerse así de un detestado ocupante. En su ayuda acudió Guido,  margrave de Espoleto, que en agosto de 895 llevó sus tropas ante las murallas de la ciudad. Los intentos de Teodoro por recibir refuerzos desde Bari fueron inútiles ante la colaboración de la población local con los atacantes a los que hizo entrar en la ciudad en secreto y colaboró con entusiasmo en la expulsión de la pequeña guarnición bizantina que sólo pudo salir sin daño tras el pago de un fuerte rescate. Tras la victoria Guido retuvo durante dos años el control de Benevento en lugar de devolver al poder a la antigua dinastía. En los años siguientes la ciudad cambió de dueño en varias ocasiones hasta que en 899 Atenulfo de Capua, asociado con su hijo Landulfo, fundó una nueva dinastía que habría de prolongarse hasta finales del siglo XI.  

 


Con el comienzo del siglo X la amenaza árabe volvió a hacerse omnipresente en Calabria y Campania. El foco principal del peligro estaba en la colonia musulmana en el Garellano, establecida alrededor de 880 en un enclave permanente solidamente protegido en las alturas de la orilla derecha del río y desde el que salían con regularidad bandas para saquear y pillar las ciudades lombardas. A la amenaza permanente de los piratas del Garellano se unió desde 900 la amenaza sobre Calabria de los árabes africanos liderados por el emir de Cairuán Ibrahim Ibn Ahmed. Tras haber consolidado su posición en África envió a su hijo Abdallah para someter a sus súbditos sicilianos en rebeldía. El desembarco del ejército africano en Mazara el 1 de agosto de 900 provocó un aluvión de refugiados que buscaron socorro entre los griegos de Taormina, todavía en posesión del Imperio, mientras otros optaron por la mayor seguridad del continente.

Dueño ya de Palermo Abdallah se dirigió contra los cristianos de Taormina y Catania mientras un ejército se concentraba en Reggio para apoyar a los cristianos de la isla y entrar en negociaciones con los musulmanes rebeldes. En 901 Abdallah pasó al continente, dispersó las tropas bizantinas que allí estaban apostadas y sometió Reggio a pillaje. El botín obtenido fue inmenso, acrecentado por las contribuciones que las ciudades de la región se apresuraron a ofrecer para ahorrarse la suerte de sus vecinos. Durante este tiempo hizo su aparición una escuadra bizantina a la altura de Messina pero fue derrotada por Abdallah que, tras una nueva incursión en Calabria, regresó a Palermo para poner en orden su administración. Al año siguiente su padre renunció al poder y reclamó a su hijo a África para que ocupase su puesto. Él antiguo emir proclamó entonces su voluntad de llevar la guerra santa a sangre y fuego a Sicilia y ese mismo año puso sitio a Taormina que sucumbió tras una heroica resistencia. El terror entre la población cristiana ante la crueldad demostrada por el antiguo emir provocó una oleada de refugiados que afluyó a Calabria, pero tras ellos llegaba el propio Ibrahim. El 3 de septiembre de 902 el sanguinario caudillo musulmán atravesó el estrecho con todo su ejército y avanzó arrasando todo ante si hasta el valle del Crati. Su avance fue tan rápido que imposibilitó la llegada a tiempo de los refuerzos bizantinos desde Constantinopla. Despreciando a los emisarios de las ciudades que corrían a someterse ante él Ibrahim llegó ante Cosenza a finales de septiembre. La noticia de esta repentina invasión provocó el terror en toda Italia meridional acrecentada por las amenazas del caudillo africano de llegar hasta Roma para destruir “la ciudad de ese ridículo viejo Pedro”. Las ciudades no se hacían ilusiones sobre la amenaza que se cernía sobre ellas. En Nápoles, por ejemplo, el cónsul Gregorio, tras consultar con el obispo Esteban y otros principales decidió destruir el Castellum Luculli, la fortaleza que se erigía en el cabo Miseno por temor a que los árabes lo utilizaran como base permanente. Toda la población tomó parte en el proceso de derribo del bastión y de él luego se trasladaron los restos de San Severino, que allí se custodiaban, para ser solemnemente transferidos a Nápoles en octubre.

Entretanto los habitantes de Cosenza, tras intentar en vano parlamentar con sus atacantes se prepararon para un asedio largo que comenzó con el asalto del 1 de octubre que consiguieron rechazar. Pero la muerte repentina de Ibrahim el 23 de ese mismo mes a causa de la disentería puso fin al bloqueo. El desmoralizado ejército árabe renunció al asedio y el sucesor de Ibrahim, su nieto, se contentó con cobrar un rescate de guerra y ordenó la retirada, lo que supuso un respiro para las atormentadas poblaciones de la región. 


Tras este episodio no se registraron nuevos ataques en Calabria hasta 914. La atención musulmana estaba en esos momentos centrada en otras prioridades, en Sicilia donde la guerra civil había estallado y en África donde los Aglabíes fueron desplazados en 909 por los Fatimíes, lo que fue aprovechado por los sicilianos para romper sus lazos con África y pasar a depender directamente de Bagdad. El ataque de 914 tuvo escasas consecuencias por la disposición del gobierno bizantino a tratar con los sicilianos que se comprometieron a cesar en sus agresiones a cambio del pago de una contribución regular.

Pero si la situación en Calabria era más pacífica no ocurría lo mismo en Campania, donde continuaban los combates contra los árabes del Garellano. Entre 880 y 915 las bandas de saqueadores recorrieron libremente los valles del Volturno, el Liri y los afluentes del Tíber partiendo no sólo desde su base principal sino también desde otros enclaves en Sepino y Boiano. En 903 derrotaron a los cristianos en las orillas del río y dos años más tarde, en 905, se unieron a sus tradicionales aliados napolitanos para derrotar a las tropas de la ciudad de Capua. Poco después sin embargo Atenulfo, el señor de Capua, consiguió atraer a los napolitanos a una liga de la que también formó parte la ciudad de Amalfi. Los aliados pretendieron construir un puente sobre pontones para atravesar el río pero los sarracenos, ayudados por la gente de Gaeta, se arrojaron sobre los aliados y acabaron con buena parte de ellos.

Por esa misma época las bandas musulmanas hicieron de nuevo su aparición en las cercanías de Roma y ocuparon la región de la Sabina y las villas de Narni y Nepi. En su avance llegaron a controlar el valle del Tíber al norte de Roma y tras atravesar el río se adentraron en Tuscia y convirtieron en su base el monasterio abandonado de Farfa. Los efectos en la región se hicieron notar. Las crónicas de esos años nos hablan de un panorama desolador. En 905 las villas aparecían desiertas, las iglesias abandonadas se desmoronaban y en palabras del monje del Monte Soracto “desde hace treinta años los sarracenos reinan en el estado romano”. Los peregrinos que se dirigían a Roma experimentaban grandes dificultades para alcanzar la ciudad y con frecuencia se veían detenidos por bandas árabes que les obligaban a pagar fuertes cantidades para permitirles continuar su camino. Tal y como narra Gregorovius: 

“Tan pronto como los peregrinos del Norte en ruta hacia Roma atravesaban los Alpes se encontraban con su camino cerrado por los moros de España que estaban fortificados desde 891 en Fraxinetum en el sur de Galia. Tras haberse rescatado a sí mismos allá los peregrinos caían luego en manos de los sarracenos en tierras de Narni, Rieti y Nepi. Ningún peregrino llegaba a Roma con ofrendas, y esta situación se prolongó durante treinta años. Cualquier traza de gobierno central en la región había desaparecido y cada villa, cada fortaleza y abadía estaban reducidas a sus propios recursos.” 

Impotentes en su debilidad los señores lombardos sólo pudieron mirar hacia Oriente en busca de su salvación. Llegaba la hora de acudir de nuevo al basileo de Constantinopla. 


En estos primeros años del siglo el gobierno bizantino, ocupado en otros frentes, no había prestado mucha atención a los asuntos de Campania, más allá de la concesión de algunos subsidios a los príncipes de la región. Por ello el señor de Capua y Benevento, Atenulfo, se decidió por la apelación directa al basileo enviando en 909 a su hijo Landulfo para solicitar el envío de un ejército imperial. León acogió favorablemente la embajada y prometió su apoyo a condición que el príncipe reconociese expresamente su condición de vasallo del Imperio. Durante estas negociaciones murió Atenulfo y su hijo regresó a Capua con el permiso del emperador e investido con el título de patricio imperial. Con él gobernaba su hermano Atenulfo II pero era Landulfo con su nueva dignidad quien se podía codear en la jerarquía oficial con su par el príncipe de Salerno o el gobernador del thema. Para resolver el problema que planteaba la colonia árabe del Garellano era indispensable separar a Nápoles de la alianza con los sarracenos, lo que se consiguió en 911 tras la firma de un tratado con el duque Gregorio que tuvo como punto principal la constitución de una alianza ofensiva entre Nápoles y Capua-Benevento contra los árabes, aunque este acuerdo demostró tener tan poca vida como el que se firmó en tiempos de Atanasio pues cuando lleguen las tropas bizantinas poco tiempo después Nápoles y Gaeta seguirán estando de nuevo en paz con los musulmanes.

La muerte de León VI en 912 y los tiempos de inestabilidad que se sucedieron retrasaron el envío de las tropas prometidas. Mientras tanto el papa Juan X, en la sede pontificia desde marzo de 914, buscó el concurso del margrave Alberico de Espoleto para expulsar a las bandas sarracenas del valle del Tíber. Tras contactar también con Landulfo y aconsejado por éste envió una embajada a Constantinopla para pedir como sus antecesores Juan VIII y Esteban V la ayuda de la corte imperial. En tanto se intensificaban las acciones diplomáticas la defensa se fue organizando alrededor de Espoleto y Salerno. Un notable de Rieti encabezó un pequeño ejército que consiguió expulsar a los musulmanes del valle alto del Anio. Poco después los habitantes de Nepi y Sutri consiguieron otra victoria cerca del Tíber lo que obligó a las bandas árabes a un repliegue táctico a través de la llanura del Lacio para fortificarse en el campamento del Garellano,  mientras tras ellas llegaban las tropas de Roma y Espoleto acaudilladas por el Papa y el margrave Alberico.

Pronto llegaron refuerzos de importancia al campamento cristiano: el nuevo estratego de Longobardia, Nicolás Picingli, acudió a Campania con las tropas a su mando reforzadas por destacamentos enviados directamente desde Constantinopla. En su marcha hizo un alto ante Nápoles para obligar al duque Gregorio a abandonar la alianza con los árabes. La demostración de fuerza unida a la seducción del oro y la promesa de un título oficial convencieron al duque y a su socio el hypatos de Gaeta para reconocer la autoridad bizantina y romper su alianza con los musulmanes. Por su parte el señor de Gaeta obtuvo la confirmación de la donación papal de la villa de Fondi que ya le había sido concedida por Juan VIII en 882.


Tras solucionar esta cuestión en 915 la liga cristiana se reunió por fin a orillas del Garellano. La flota bizantina comenzó a entrar en la desembocadura del río en el mes de junio mientras las tropas terrestres maniobraron para formar un cerco sobre el campamento fortificado. En la acción estaban presentes todos los señores principales de la Italia Meridional: el duque Gregorio, Atenulfo de Capua y Guaimar de Salerno acompañados  del conde Berenguer de Friuli y del margrave de Espoleto que combatían al frente de sus tropas al igual que el Papa. Al mando de la coalición se situó el estratego Picingli que comenzó a dirigir las operaciones al pie de la colina principal donde se concentraba la defensa sarracena. Durante tres meses se bloqueó concienzudamente el recinto hasta que, acuciados por la necesidad, los asediados se decidieron a intentar la salida en agosto siguiendo el consejo en secreto de los señores de Nápoles y Gaeta. Tras incendiar el campamento los árabes intentaron la huida en grupos reducidos a través de los montes vecinos por donde fueron perseguidos por los cristianos de modo que pocos pudieron escapar con vida.

La victoria del Garellano hizo desaparecer de la península la última colonia musulmana y liberó la Campania y la Italia central de sus incursiones. El beneficio para Bizancio fue ver su autoridad reconocida en toda la Italia meridional desde Gaeta hasta el monte Gargano, con los señores de Nápoles y Gaeta portando orgullosamente las dignidades conferidas por el emperador. En recuerdo de la gran victoria el hypatos Juan I hizo construir en la orilla del río una torre fortificada sobre la tierra en la que ahora Gaeta volvía a señorear.    

 

 

Tras la caída de Taormina en 902 nada quedaba ya del antiguo thema de Sicilia del que Calabria había sido en tiempos un ducado. Desde el siglo VIII su estratego tenía a su cargo, además de la propia isla, los ducados de Calabria y Otranto junto con Nápoles, que desde 755 empezó a desarrollar una política independiente del Imperio liderada por el duque Esteban, miembro de la aristocracia militar local y elegido por vez primera por sus conciudadanos en lugar de serlo por su superior en Sicilia. Estos ducados sufrieron desde mediados del IX la transformación administrativa que los convirtió en turmas igualándolos así con la tipología organizativa vigente en el resto del estado bizantino. 

Ahora un estratego pasó a residir en Reggio, prueba quizás de la relación estrecha que todavía debía existir con las comunidades cristianas que mantenían un cierto grado de independencia en algunas comarcas al oeste y al sur de Messina. En la propia Calabria el territorio comprendido por la demarcación administrativa era mayor que el existente a principios del VIII al extenderse también al valle del Crati con las villas de Cosenza y Bisignano. Por contra la tierra de Otranto que antes había formado parte de la región calabresa pasó a depender del nuevo thema de Longobardia. En esta época se produjeron algunas actuaciones de repoblación. Basilio I reconstruyó Galipoli y la repobló con griegos de Heraclea del Ponto. En Calabria se asentaron parte de las tropas auxiliares armenias que llegaron a Italia con Nicéforo Focas, así como 1.000 esclavos liberados de la viuda Danielis, la famosa terrateniente del Peloponeso. Otros 3.000 libertos de la misma procedencia fueron enviados a Apulia más tarde, ya durante el reinado de León VI. En el terreno eclesiástico sin embargo las circunscripciones fijadas en la época de León VI reprodujeron la antigua distribución, y así por ejemplo el obispado de Galipoli en la tierra de Otranto siguió dependiendo de la sede calabresa de Santa Severina. Desde el reinado de Basilio I la villa de Otranto fue residencia de altos funcionarios bizantinos, pero fue la ciudad de Bari, tras la ocupación por el baiulos Gregorio la que desde el principio se constituyó en capital del nuevo thema de Longobardia y residencia por tanto del gobernador bizantino en la península.


El estratego radicado en Bari estaba encargado de una doble misión militar y diplomática: como político debía entrar en contacto con los príncipes lombardos y coordinar su participación en las luchas contra los sarracenos. Y debido a que Bizancio consideraba que todos los estados de Italia meridional seguían estando bajo su soberanía el gobernador era el encargado de hacer llegar a los señores de Benevento, Capua, Salerno, Nápoles, Amalfi y Gaeta los despachos que la cancillería imperial enviaba significativamente en forma de órdenes (keleusis), procedimiento administrativo utilizado con los súbditos del Imperio en contraposición a grammata, las cartas imperiales dirigidas a aliados independientes. Durante todo el período las relaciones con los pequeños estados pasaron por fases alternantes de paz y tensión que pueden ser seguidas e interpretadas fácilmente por el estudio de la datación de la documentación de la época que utilizaba los años de gobierno del Imperio cuando estaba en buenas relaciones con Constantinopla o los de la autoridad local en momentos de desencuentro. De la misma forma en el primer caso eran citados los títulos otorgados por Bizancio o bien silenciados si las relaciones no eran buenas en el momento de la redacción del documento. 

El estratego debía también intervenir en Campania para influir sobre la política local en defensa de los intereses del Imperio. Pero también tenía que guerrear en colaboración con los estrategos de otros themata que acudieron a Italia sucesivamente enviados por el emperador para afirmar el dominio de Bizancio en la península. Probablemente el primer gobernador de Longobardia fue Gregorio, sucedido por Teofilacto en 886 y en el desempeño de su cargo no deben ser confundidos con hombres como Esteban Majencio o Nicéforo Focas, militares investidos con poderes extraordinarios para una campaña específica a cuyo término debían regresar a Constantinopla. Sabemos también del patricio Jorge, que residía en Tarento hacia 887-888, donde quiso obligar a sus habitantes a escoger un obispo griego que reconociese la jurisdicción de Constantinopla, pero no podemos conocer con absoluta certeza si este oficial era o no gobernador de Longobardia.

El primer oficial que se declara expresamente estratego de Longobardia es Simbaticio, el conquistador de Siponto y Benevento en 891. Resulta significativo en estos años que los oficiales al mando lo son también de Cefalonia en las islas del Jónico, que parecen haber compartido durante unos años al mismo gobernador posiblemente hasta que las necesidades organizativas en Italia exigieron de nuevo la división en dos circunscripciones. Por estos mismos años, perdida prácticamente Sicilia salvo las plazas de Taormina, Aci y Rametta que cayeron en 902, se fue afirmando en las fuentes la denominación de Calabria como thema aunque en la nomenclatura oficial el cargo de estratego de Sicilia siguió apareciendo regularmente. Sólo entre 938 y 956, según Falkenhausen, puede datarse la creación oficial del thema de Calabria, pues ya en esa última fecha Mariano Argiro utilizó esa titulación aunque probablemente la reorganización administrativa llevaba ya algunos años en funcionamiento. En ocasiones puntuales los themata de Calabria y Longobardia fueron reunidos temporalmente en un único mando, como fue el caso durante los gobiernos de Basilio Cladon en 938, de Mariano Argiro en 956 o de Nicéforo Hexacionites en 965, debido posiblemente a la necesidad de reemplazar a un general caído en combate o reclamado a Constantinopla. En otros casos el motivo fue agrupar más eficazmente las fuerzas de ambas circunscripciones, pero en cualquier caso la administración de ambos themata volvió luego a recibir sus gobernadores independientes.

Aunque en estos años no se advierte una delimitación clara de los límites de la provincia se pueden distinguir tres zonas reconocibles en la Italia meridional. En primer lugar la región del litoral del Adriático alrededor de Bari y Siponto, Tarento y el valle del Crati en donde la autoridad bizantina estaba solidamente establecida. En segundo lugar las tierras del antiguo condado de Capua, alrededores de Benevento y Salerno donde los príncipes lombardos seguían ejerciendo el control. Y en tercer lugar una zona intermedia en la que la autoridad no estaba claramente definida y se inclinaba sucesivamente a favor de unos u otros en medio de una lucha sorda de influencias en la que se pueden apreciar los intentos por parte de la administración bizantina de ir sustituyendo pacientemente el protectorado vago por un control más directo. Los medios empleados para atraer a los indecisos incluían el soborno, el otorgamiento de títulos y dignidades y la promesa de ingresos regulares en metálico por parte de la administración imperial. La generalización de tales prácticas derivó en excesos que fueron ya denunciados por León VI en sus obras, en las que se queja de las malas costumbres adoptadas por los oficiales que permanecían durante un tiempo prolongado en Italia contagiados, según sus palabras, “por la avidez de los lombardos y su deseo de lucro”. Una práctica política de estas características costaba cara y debía ser financiada mediante contribuciones siempre en alza, pero los gobernadores italianos no recibían ingresos de Bizancio con regularidad, tal y como nos informa Constantino VII en el Libro de las Ceremonias, por lo que en muchas ocasiones debía ser el propio thema el que subviniese a sus necesidades.  El peligro de sublevaciones y descontento ante las cargas económicas impuestas por ello a las poblaciones locales era pues un peligro real del que se dieron alguna muestra las rebeliones de 887 en Bari y 894 en Benevento. Sin embargo durante los primeros años del siglo X la situación se mantuvo tranquila y sólo sería a partir de la década de 920 cuando comience a reproducirse un ciclo constante de revueltas e inestabilidad política en la región.    

 

La paz de que gozaba Calabria se interrumpió bruscamente en 917 con la reanudación de los ataques piráticos, esta vez encabezados por los gobernantes fatimíes que en ese año habían derribado el emirato independiente de Palermo. Desde Mahdia se enviaron nuevas expediciones que asolaron las costas calabresas sin otro objetivo que saquear y tomar prisioneros y descartando objetivos más ambiciosos a excepción del incidente aislado que fue la toma temporal de Reggio en 918. La respuesta de las autoridades bizantinas ante la reanudación de los ataques fue tratar de llegar a un acuerdo económico. El estratego de Calabria Eustacio, uno de los chambelanes del emperador, ofreció a los musulmanes el pago de un tributo de  veintidós mil piezas de oro, posiblemente a finales de ese mismo año, lo que puede explicar el cese de las incursiones en el período siguiente.

Poco tiempo después Eustacio fue sustituido en el cargo por Juan Muzalon (también llamado en las fuentes Bizalon). El nuevo estratego tomó una decisión impopular al elevar los impuestos para poder hacer frente al tributo y su actuación dió lugar a una revuelta en la que pereció asesinado, poco tiempo después de la llegada al poder de Romano I Lecapeno, posiblemente entre 921 y 922. En su ayuda los sublevados pidieron auxilio a Landulfo de Capua. En abril de 921 se produjo también la muerte en Ascoli Satriano del estratego de Longobardia Ursileon durante un enfrentamiento contra los príncipes lombardos venidos en ayuda de los habitantes de Apulia en rebeldía. Tras hacerse dueños de Ascoli, Landulfo de Capua y su hermano Atenulfo extendieron su dominio a toda la región en un acto de declarada rebeldía a la autoridad imperial. Una fuente alternativa para estos hechos está disponible en las cartas del patriarca Nicolás Mstikos que en esos años mantuvo una activa correspondencia con diversos personajes de relevancia en Italia, entre ellos el propio Landulfo. Por ellas se conoce que los sublevados se apresuraron a enviar cartas a Constantinopla responsabilizando de los hechos al fallecido estratego y reafirmaban su voluntad de mantenerse leales a Bizancio a condición de que no se castigase a los culpables y se nombrase como nuevo gobernante de Longobardia al propio Landulfo. La corte bizantina respondió con cautela ante esas propuestas sabedora del peligro que encerraban. Aunque no se conocen los detalles exactos de las negociaciones se documenta a partir de 925 en los documentos oficiales de Capua la desaparición de los títulos de patricio y anthypatos que antes portaba el príncipe, signo inequívoco de la ruptura de relaciones. Sabemos también que Landulfo se retiró finalmente de Apulia porque volvió a invadirla pocos años después.



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En el año 922 se registró en tierras de Campania la aparición de las temidas bandas húngaras que por esos años saqueaban toda la Europa Central. Simultáneamente a esta amenaza los piratas árabes volvieron a la actividad en el mismo año en las costas de Calabria donde ocuparon la villa de Santa Agata. A partir de 924 le tocó el turno a Apulia donde los piratas eslavos hicieron su aparición actuando desde sus bases en las islas del Adriático o al servicio de los jefes árabes. En 925 un ejército árabe llegado de África desembarcó cerca de Tarento al mando de Abu Ahmed Jaffar Ibn Obeid y avanzó en dirección a Oria. En esta ciudad rica y populosa, que contaba con una abundante colonia judía, se había refugiado el estratego de Calabria. Su resistencia duró poco y tras una breve lucha la ciudad cayó en manos de los atacantes el 1 de julio librando un enorme botín. El oficial bizantino debió pagar por su libertad un fuerte rescate y la entrega de un tributo aseguró a la región la paz durante algunos meses. De estos hechos tenemos cumplidas noticias por las crónicas de un miembro de la numerosa comunidad judía de Oria, el juez Sabbatai Donnolo, entonces un niño de 12, hecho prisionero en la villa. Donnolo fue liberado en breve y en su carrera posterior, famosa por sus conocimientos de medicina y astrología fue médico personal del gobernador de Calabria Eupraxio, emprendió viajes en busca de conocimiento que le llevaron hasta Bagdad y mantuvo correspondencia con importantes personajes de la época como Nilo el Menor, abad de Grotta-Ferrata.

Parece ser que en este año 925 tuvo lugar el curioso episodio de la detención de unos embajadores búlgaros y árabes de regreso de África a la altura de las costas calabresas. El rey Siméon, que en estos momentos se encontraba en guerra con Bizancio, había iniciado contactos con los fatimíes para establecer una alianza contra su enemigo común. Los barcos bizantinos que apresaron a los diplomáticos regresaron con sus valiosos prisioneros a Constantinopla donde haciendo gala de prudencia Romano Lecapeno ordenó la retención de los búlgaros y la devolución de los árabes a su hogar con la promesa de la renovación del tributo regular acordado en 918/19 que volvería a ser pagado por el estratego de Calabria aunque esta vez reducido a la mitad del montante original, unos 11.000 nomismata en total.

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El Mahdi aceptó la ratificación de la tregua que se había firmado en Oria poco antes aunque la paz demostró ser poco duradera ya que al año siguiente se produjo un nuevo ataque, esta vez a cargo del emir de Sicilia acompañado por el jefe eslavo Sabir al mando de una armada de más de cincuenta galeras que llegaron para asediar Tarento. El 15 de agosto de 928 la ciudad cayó por asalto y según las fuentes árabes más de 6.000 cristianos perecieron y los supervivientes fueron deportados como esclavos a África. Ese mismo año otro jefe eslavo, Miguel Vysevic de Zaclumia, atacó y saqueó Siponto. Por su parte Sabir, tras la toma de Tarento remontó las costas del Tirreno e impuso cuantiosos rescates a las ciudades de Salerno y Nápoles. Tras volver sobre sus pasos Sabir entró en el Adriático y superando el promontorio del Gargano entró en Térmoli tras haber dispersado a unos cuantos navíos bizantinos que intentaron ofrecerle resistencia.

Tras la muerte del Mahdi en 934 las ciudades y villas de Calabria dejaron de pagar el tributo anual y la revuelta en Sicilia de los habitantes de Agrigento de 937 a 941 que arrastró a buena parte de la isla distrajo la atención de los musulmanes que dejaron tranquilas las costas italianas por algunos años. Los bizantinos, muy interesados en la prolongación de ese conflicto,  sostuvieron la causa de los rebeldes enviándoles entre 937 y 939 barcos cargados de trigo para asegurar su sustento.

La delicada situación ante los repetidos ataques musulmanes fue aprovechado a su vez por los príncipes lombardos para liberarse de un protectorado no deseado ya. En 926 Landulfo de Capua, esta vez aliado con Guaimar de Salerno, invadió nuevamente Apulia. La ruptura simbólica con Bizancio había tenido lugar ese año ya con el cese de las menciones a títulos bizantinos en las cartas y privilegios otorgados por esos príncipes pero ahora la rebeldía abierta se tradujo en el recurso a las armas. Las tropas aliadas de ambos principados atacaron a los bizantinos pero fueron vencidas en un primer encuentro. En socorro de los coaligados acudió Teobaldo, margrave de Espoleto, y con su ayuda los aliados consiguieron derrotar a su vez a los imperiales. La rebelión afirmada con estos apoyos externos se prolongó hasta 934.


Mientras estos acontecimientos tenían lugar el príncipe de Salerno por su parte había invadido Lucania y el norte de Calabria. Sólo se tienen noticias confusas de los combates en la región aunque hay registros de un enfrentamiento en Basentello, entre Acerenza y Venosa, contra las tropas del estratego Anastasio. Según un testimonio posterior de Liutprando de Cremona Landulfo permaneció en Apulia durante cinco años antes de ser desalojado por un contraataque bizantino.

La respuesta de la corte imperial llegó en 934 cuando el patricio Cosmas fue despachado rumbo a Italia con una pequeña escuadra compuesta por once chelandia a la que acompañaba un contingente de 415 rusos en siete barcos largos. Excepcionalmente para esta expedición contamos con cifras precisas que se nos han conservado en el Libro de las Ceremonias. Los soldados escogidos que la componían eran sobre todo de caballería: 200 hombres de los themata de los Tracesios y de Macedonia, y una representación de la guardia imperial compuesta por 98 scholarioi, 608 neoi scholarioi, 31 soldados de la gran Heteria y 46 de la Heteria media, 71 basilikoi, 35 hombres del Arithmos y un grupo de federados entre los que aparecían turcos, armenios y jázaros hasta un total de 1.453 soldados. Una fuerza tan pequeña no desembarcaba para combatir sino para ofrecer una escolta rutilante a su jefe, llegado como embajador en nombre del emperador para negociar con los príncipes lombardos.

Pronto tuvo lugar una entrevista entre Cosmas y Landulfo en la que el primero, que había conocido tiempo atrás a su interlocutor, razón por la cual había sido elegido por el emperador para esta misión, invitó al lombardo a abandonar las tierras ocupadas y a volver a la gracia de su favor exponiéndole los peligros a los que se enfrentaba por su rebeldía ante su señor. A pesar de sus esfuerzos la cuestión quedó indecisa, aunque Landulfo posteriormente accedió a retirarse de Apulia.

Para convencer con argumentos persuasivos al renuente Landulfo en 935 una nueva misión llegó de Constantinopla, también formada por once barcos de la flota imperial, que trasladaba a Italia al protoespatario Epifanio encargado de transportar los presentes que sellaban la alianza del Imperio con Hugo de Provenza, rey de Italia desde su coronación en Pavía en 926, contra los señores lombardos. Epifanio traía un rico cargamento de telas de seda, mantos finamente bordados, perfumes, incienso y joyas destinados a sus nuevos aliados entre los que descollaba el margrave de Espoleto, vecino de sus rivales lombardos y que ahora cambiaba de bando. Una alianza de estas características era demasiado para Salerno y Capua. Atenulfo en nombre de Capua y Benevento, y Guaimar y Guaifer, como señores de Salerno aceptaron a regañadientes firmar la paz y acabar con la revuelta aunque su mala disposición al entendimiento se puso de manifiesto al año siguiente cuando Atenulfo volvió a atacar territorio bizantino, esta vez en Siponto pese a la oposición del estratego Basilio Cladon. Los enfrentamientos se reproducirían años después, pues hay noticia de un combate en Matera alrededor del año 940 contra el nuevo estratego de Longobardia, probablemente Teognosto Limnogalacto.


Es en estos años de frecuentes contactos con el rey Hugo cuando la flota bizantina, aprovechando la paz momentánea con los árabes sicilianos, hizo aparición con frecuencia en el Mediterráneo occidental dejándose ver por las costas de Córcega y Cerdeña y persiguiendo a los piratas árabes hasta las costas francesas. La operación más significativa tuvo lugar en Fraxinetum (actual La Garde-Freinet, al norte de Saint-Tropez) en la costa provenzal  en 941 y a petición del monarca franco que deseaba la colaboración de los barcos imperiales provistos de fuego griego para desalojar a los piratas árabes allí establecidos. Romano Lecapeno contestó afirmativamente a la petición de ayuda al tiempo que solicitó el envío de una hija del rey para su nieto Romano, el hijo de Constantino VII y futuro emperador. Hugo se apresuró a contestar atemorizado que sólo tenía una hija, ilegítima pero muy hermosa. Tras considerar la cuestión Romano consideró finalmente aceptable a la joven Berta y aprobó el ofrecimiento. En 944 el estratego de Longobardia Pascual acudió a la corte para recoger a la muchacha que marchó hacia el este acompañada por el antiguo obispo de Parma y un suntuoso cortejo. A su llegada a Constantinopla Berta fue rebautizada como Eudocia y en septiembre de ese año contrajo matrimonio con el joven Romano, aunque la joven princesa no llegó a ver consumado su matrimonio al morir prematuramente en 949. Si la alianza matrimonial fracasó en último término tampoco fueron satisfactorias las operaciones militares pues, si bien la flota bizantina consiguió dispersar a los barcos árabes establecidos en la costa provenzal, la colonia musulmana resistió todavía medio siglo más antes de ser eliminada.


En estos últimos años del reinado de Romano I Bizancio también reestableció relaciones con Cerdeña, que desde la caída del exarcado de África había quedado abandonada a sus propios medios al igual que Córcega que probablemente carecía entonces de cualquier estructura política estable. Por la sigilografía se conocen los nombres de algunos hypatoi y duques sardos durante los siglos VII y VIII lo que permite suponer que la estructura administrativa imperial se mantuvo en cierta medida. Sabemos también que en 935 la isla fue saqueada por los piratas árabes lo cual nos informa indirectamente de la ausencia de una administración musulmana en Cerdeña. Precisamente de mediados del X se conservan referencias en el Libro de las Ceremonias a los arcontes sardos que, según se explica, recibían órdenes directas (keleusis) del gobierno de Constantinopla. Han sobrevivido de esta época algunas inscripciones en varias iglesias en las villas de Villasor y Sulcis datadas entre 930 y 1000, en las que se hace referencia al arconte denominándolo Torquitorio como portador en un caso del título de protoespatario imperial y en otro de espatario lo cual ha llevado a Runciman a sugerir que se tratase de un cargo local más que de un nombre propio. 

En enero de 945 comenzó la etapa de gobierno personal de Constantino VII tras la exitosa  conspiración contra su suegro en diciembre anterior. Constantino quiso mantener el papel de Bizancio como actor principal en los asuntos italianos e intercambió embajadas con Berenguer, el sucesor de Hugo. Precisamente en una de ellas en 949 figuró ya Liutprando, el obispo de Cremona que nos ha dejado un testimonio de su primer viaje a Constantinopla en su Antapodosis.

Italia meridional gozó de un tiempo de paz en sus relaciones con los sarracenos de Sicilia y África, todavía ocupados en sus contiendas civiles. A pesar de todo, las autoridades bizantinas mantuvieron una prudente vigilancia en prevención de posibles sorpresas especialmente en momentos delicados como la preparación de la expedición a Creta de 949. En los meses previos la flota imperial se mostró muy activa en los apostaderos occidentales para supervisar los movimientos de los árabes de Sicilia y África. En Dirraquio se estacionaron siete navíos ousiai y en Calabria otros tres para prevenir posibles incursiones en Grecia y Dalmacia. Tres de estos barcos al mando del ostiario y nipsistiario Esteban llegaron incluso hasta las costas españolas en sus misiones de vigilancia mientras que ante África se apostó el protoespatario y asekretis Juan con tres chelandia y cuatro dromones. Similares precauciones se tomaron en el resto de las costas del Imperio.


La agitación política en Sicilia redundó en beneficio de Bizancio y no sólo por la tregua en las incursiones sino también por las oportunidades comerciales que surgieron entonces al tratar con los sublevados sicilianos que necesitaban urgentemente grano del continente. El tráfico de trigo en dirección a los mercados árabes proporcionó enormes ganancias al entonces estratego de Calabria Crinités Caldos al obtener el grano de los calabreses a muy bajo precio y revenderlo luego a sus clientes más allá del mar. El escándalo provocado por estos manejos provocó una investigación imperial que supuso el cese de Crinités y la pérdida de todos sus bienes.

 En 947 la guerra civil concluyó por fin en Sicilia y el nuevo emir Al Hassan se apresuró a reclamar al estratego de Calabria el pago del tributo que desde hacía años había sido descuidado. Ante la amenaza de nuevas incursiones los calabreses pidieron auxilio a Constantinopla que contestó preparando una nueva expedición a occidente. La flota al mando de Macroioannes transportaba un ejército a las órdenes del patricio Malaceno y desembarcó en Otranto en 951 para unir sus fuerzas a las tropas del estratego Pascual. Por su parte Al Hassan, después de recibir un refuerzo de 7.000 jinetes y 3.500 infantes desde África, comenzó en julio el asedio de Reggio que al poco se rindió tras la huida de sus habitantes a las montañas. Remontando hacia el norte atacó la plaza fuerte de Gerace pero la noticia de la llegada inminente del ejército bizantino obligó al emir a pactar una tregua con los lugareños a cambio del cobro de un tributo. Tras arreglar este asunto Al Hassan condujo a su ejército en busca del enemigo. En su avance barrió la débil resistencia de las avanzadas imperiales y sin oposición atravesó el Crati y puso sitio a Cassano donde también recibió tributo. Tras comprobar que el ejército rival no aparecía por ningún lado Al Hassan dio media vuelta y regresó a Messina.

En la primavera de 952 el ejército árabe volvió a atravesar el estrecho y chocó con el ejército imperial cerca de Gerace el 7 de mayo. En el combate encontró la muerte Malaceno y Pascual logró escapar a duras penas. Tras la victoria se reinició el asedio a Gerace interrumpido el año anterior pero de nuevo no llegó a su término por la llegada en verano del asekretis Juan Pilato venido de Constantinopla para tratar de la paz. En el acuerdo posterior los bizantinos debieron aceptar la construcción de una mezquita en Reggio obligándose a respetar sus actividades y reconociendo el derecho de asilo en ella para los refugiados musulmanes que pudiera haber en la región. De cualquier modo esta tregua no detuvo los ataques de los piratas que siguieron azotando la región y en algunos casos obligando a las poblaciones de algunas villas a huir hacia el norte en busca de condiciones de subsistencia más seguras. 


En estos años el thema de Longobardia había sido atacado repetidas veces por los húngaros. Hacia 938 habían sometido a tributo al monasterio de Montecassino y sembrado el terror en la región de Salerno. En 947 volvieron a hacer su aparición en Apulia llegando en sus incursiones hasta Otranto. Posiblemente la acción combinada de sus ataques y la miseria provocada en las poblaciones locales supuso un acicate para la renovación de las contiendas civiles en la región con el estallido de nuevos conflictos entre las autoridades bizantinas y la población lombarda. Tenemos noticias de una sangrienta revuelta en Bari en 946 y entre ese año y 950 Ascoli y Conversano se declararon en rebeldía y cerraron sus puertas a los funcionarios imperiales. La respuesta fue la organización de una nueva expedición.


En 955 llegó a la península el anthypatos y patricio Mariano Argiro con tropas tracias y macedónicas. Su misión, además de vengar la derrota ante los árabes en Calabria, era la de someter de nuevo a la autoridad imperial a Nápoles, cuyo duque Juan había establecido una alianza con Capua y Benevento. El patricio, investido de la autoridad absoluta en Italia como lo atestigua su título de estratego de Calabria y Longobardia, se dirigió desde Otranto al encuentro de los napolitanos mientras una flota al mando de Crambeas y Moroleon avanzaba a lo largo del Tirreno sirviéndole de apoyo. A su paso por Campania Mariano Argiro entabló contacto con Gisulfo, príncipe de Salerno, que en 956 retomó nuevamente el título de patricio y una vez ante Nápoles la sometió por la fuerza imponiendo la renovación de los antiguos juramentos de fidelidad al Imperio. Tras restablecer la situación en el norte Argiro regresó para enfrentarse a los árabes. Un nuevo ejército sarraceno al mando de Ammar, un hermano de Al Hassan, acantonado en Palermo desde el invierno de 956, se preparó para pasar en la primavera del año siguiente a Calabria pero su acción fue retrasada por las operaciones del protokarabos Basilio que al mando de una pequeña fuerza naval destruyó la mezquita de Reggio y hostigó las costas sicilianas llegando a tomar Termini. En 958 por fin los dos hermanos reunieron sus tropas y se dispusieron a pasar al continente. Sin embargo no se conoce bien cómo terminó la campaña pues  las fuentes griegas hablan del retorno apresurado de los árabes a Sicilia y las crónicas musulmanas celebran una victoria sobre Mariano Argyro y el envío de numerosos prisioneros a Sicilia. Durante su regreso la flota árabe se vio sorprendida por un temporal en el que perdió la vida Ammar. Pronto se acordó una nueva tregua que duraría hasta la época de la desastrosa expedición a Sicilia ya durante el reinado de Nicéforo Focas pero la paz llegaba tarde para Calabria. Los testimonios de los contemporáneos hablan de un país despoblado por las invasiones y arrasado por la depredación que obligó incluso a la marcha de muchos de los ascetas y monjes moradores de las cavernas que allí estaban asentados.

Tras la llegada de la paz a Italia meridional llegó la hora de que Bizancio volviese su mirada sobre Sicilia. La isla había sido teatro de continuos combates desde principios del siglo IX y su control por parte de los árabes condicionó siempre la vida de las provincias italianas del continente. Con la llegada de un gobierno decidido a pasar a la ofensiva quizá el Imperio podría recobrar las posesiones tanto tiempo perdidas y afirmar así su dominio en el Mediterráneo occidental.


las amenazas y emboscadas mahometas contra la Sicilia para invadirla y ocuparla,

se hacían ya notar a mediados de los 680 - 690 d.C.


Aunque los árabes comenzaron la conquista de Sicilia durante el reinado de Miguel II su presencia se había hecho notar desde mucho antes y ya a mediados del siglo VII las costas sicilianas vieron aparecer los primeros barcos musulmanes. En 652 una flotilla proveniente de Siria al mando de Moawya Ibn Hodaig fue la primera en explorar las posibilidades que la gran isla ofrecía. La expedición fue un simple tanteo y tras enfrentarse a las tropas del exarca Olimpio se retiraron sin ser molestadas. Una nueva expedición llegó esta vez desde Alejandría en 669 con casi 200 barcos, aprovechando la confusión tras el asesinato de Constante II en Siracusa el año anterior. Tras saquear el país y obtener un rico botín regresó a su base nuevamente sin tropiezos. La buena fortuna de las empresas realizadas movió a los gobernantes en Egipto a preparar una base adecuada para sostener nuevas campañas y en 700 la isla de Cossyra (Pantelaria) a 60 millas de Sicilia se convirtió en la cabeza de puente de la ofensiva sobre la isla. Durante la primera mitad del siglo VIII los ataques fueron constantes, aunque hacia mediados de siglo se alcanzó una situación de tregua. En 805 el gobernador de África Ibrahim Ibn al Aglab acordó con el patricio de Sicilia Constantino una tregua de diez años, aunque la inestabilidad política en África del Norte, con los Idrisíes tomando el poder en Túnez y Tripolitania y los Omeyas españoles saqueando las islas de Córcega y Cerdeña convirtieron la tregua en ineficaz. Afortunadamente para los intereses bizantinos omeyas, idrisíes y aglabíes estaban demasiado ocupados luchando entre sí para formar un frente común.

En 813 Abu’l Abbas, hijo de Ibrahim, acordó una nueva tregua de diez años y un intercambio de prisioneros con el patricio Gregorio. En el tratado también se examinó la cuestión de la seguridad de los mercaderes griegos y árabes que en flujo continuo circulaban entre Sicilia y África, pero a pesar de estos acuerdos las incursiones árabes se reanudaron en la década de 820 con el resultado de logros territoriales permanentes. En opinión de Treadgold la defensa de Sicilia en estos años estaba a cargo de un destacamento no superior a 1000 soldados apoyados por una fuerza de similar porte en Calabria. Las fuerzas navales del thema debían ser también de tamaño modesto, posiblemente una decena de barcos.


El desencadenante último de la invasión de la isla en 827 fue la disputa entre el estratego de Sicilia Constantino Sudes y el turmarca Eufemio. Éste último, al mando de los destacamentos de la flota apostados en la isla, se había rebelado en 826 contra el gobierno imperial. Eufemio se había destacado poco antes al realizar exitosas incursiones en la costa africana en el transcurso de las cuales había logrado apresar varios mercantes y apoderarse de un cuantioso botín y numerosos prisioneros. En esos momentos Constantino Sudes recibió órdenes de Constantinopla para detener a Eufemio y someterlo a juicio (las fuentes griegas explican esa orden repentina aludiendo a una trama novelesca según la cual Eufemio había raptado dos o tres años antes a una monja y la había forzado a casarse con él. Las quejas de sus familiares ante el emperador llevaron a una investigación a cargo del patricio de Sicilia que supondría para Eufemio, en caso de confirmarse su culpabilidad, la pérdida de su nariz. Conocedor del peligro, Eufemio expuso la causa ante sus hombres y la flota, que le apoyaba, se declaró por su causa. En opinión de Vasiliev las causas deben verse más bien en el aprovechamiento por parte de Eufemio de la revuelta de Tomás el Eslavo y el ataque musulmán a Creta que favorecieron sus propios proyectos, sin duda meditados desde tiempo atrás).


Cuando el turmarca tuvo noticias de lo que se preparaba contra él se decidió a tomar la iniciativa atacando Siracusa. Tras conocer la toma de la ciudad Constantino Sudes se dirigió a su encuentro pero fue vencido y tuvo que refugiarse en Catania. Acosado por su rival intentó huir pero pronto fue hecho prisionero y muerto. Tras su victoria Eufemio se proclamó emperador a finales de 826 y empezó a organizar el gobierno de la isla apoyándose en sus partidarios. Confió el control de la región occidental a uno de sus oficiales llamado Platón, el Palata de las fuentes árabes, seguramente con la esperanza de que pudiese atraer a la causa a su primo hermano Miguel, que era gobernador de Palermo en esos momentos. Pero los cálculos de Eufemio se demostraron erróneos cuando Platón se mostró más que dispuesto a cambiar de bando y formar de nuevo bajo la insignia imperial y no dudó en reunir un ejército para enfrentarse a su antiguo comandante. En el combate que siguió Eufemio fue derrotado y fue expulsado de Siracusa desde la que tuvo que reembarcarse con lo que le quedaba de sus tropas y zarpó hacia África. En su desesperación pidió auxilio al emir de Kairuán Zidayat Ala prometiendo reconocer su soberanía y compartir con él las rentas de la isla. Tras consultar con su corte el emir se decidió por enviar una expedición al mando del qadi Abu Abdala Asad Ibn al Furat Ibn Sinan. La flota comprendía entre 70 y 100 barcos y transportaba a 1000 infantes y 700 caballos sin contar con las fuerzas de Eufemio. Ambas armadas se reunieron en la bahía de Susa el 14 de junio de 827 y al cabo de tres días alcanzaron el punto más cercano de Sicilia, la villa de Mazara, donde Eufemio tenía partidarios, evitando pasar junto a Lilibeo que se encontraba bien fortificada. Los destacamentos de vigilancia en la zona opusieron una débil resistencia y las tropas de Asad pudieron capturar a los soldados con facilidad aunque éstos fueron liberados en breve cuando prudentemente se declararon partidarios de Eufemio. En cualquier caso Asad desconfiaba de sus aliados y le pidió a Eufemio que él y sus hombres se mantuvieran al margen de los combates que iban a tener lugar, no sin antes haber recomendado a su aliado que utilizase algún distintivo en su vestimenta para evitar ser confundido otra vez con las tropas imperiales.

Entretanto Platón seguía ejerciendo el mando en la isla y a la espera de refuerzos que no acababan de llegar se decidió por reunir todas las tropas posibles y marchar al encuentro de los invasores. Llegado  a mediados de julio a la llanura de Balata (en opinión de Amari a la salida de Mazara en dirección a Marsala) allí se trabó de inmediato una reñida batalla de la que salieron vencedores finalmente las tropas de Asad. Según los árabes los bizantinos huyeron en dirección a la plaza de Enna y dejaron el camino libre a la penetración de los invasores en el interior de la isla. Por su parte Platón pasó a Calabria con el propósito de reunir más tropas pero fue asesinado antes de poder regresar a la isla.


Asad no perdió tiempo en reemprender la marcha. Tras dejar custodiada Mazara partió en dirección a Siracusa siguiendo la costa sur de la isla. En su camino pasó por Licata y poco después salieron a su encuentro embajadores griegos con la promesa de un tributo y la petición de que detuviese su avance. Asad consintió en detenerse durante unos días por su necesidad de reagrupar sus tropas aún a sabiendas de que la tregua era aprovechada por sus enemigos para fortificar Siracusa, reunir víveres y poner a salvo bienes y tesoros. En breve los siracusanos se negaron a pagar el resto del tributo acordado alentados en secreto por Eufemio que les animaba a ofrecer resistencia a unos árabes más poderosos de lo conveniente para sus propósitos. Ante estas circunstancias Asad optó por reemprender la marcha y tras saquear el país llegó ante los muros de Siracusa y la bloqueó por mar y tierra a la espera de refuerzos de África. La falta de víveres en el campamento árabe provocó un amago de motín que fue sofocado autoritariamente por Asad. Entretanto ambos bandos estaban recibiendo refuerzos. De África llegaron contingentes nuevos que se vieron aumentados con la aparición de los futuros conquistadores españoles de Creta. Por su parte el emperador consiguió convencer al Dogo veneciano Justiniano Partecipazio para que acudiera en auxilio de la ciudad con sus barcos de guerra. Pronto tuvo lugar un nuevo enfrentamiento ante los muros de Siracusa en el que el uso de un foso por parte de los árabes provocó un gran revés para las tropas bizantinas conducidas por el comandante de la guarnición de Palermo. Tras esa victoria el cerco a Siracusa se hizo más estrecho a finales de 827 y las condiciones de los asediados más penosas hasta el punto de iniciar conversaciones con los árabes que fueron rechazadas por éstos ante la esperanza de un rico botín no limitado por ninguna capitulación pactada. Finalmente los siracusanos se vieron favorecidos por un golpe de fortuna en el momento de mayor peligro. La falta de alimentos entre los árabes apostados ante los muros de Siracusa afectó gravemente la moral musulmana y  facilitó un brote epidémico en el campamento que terminó por cobrarse la vida de Asad a comienzos del verano de 828. Sin tiempo de consultar a Cairuán el ejército escogió como jefe a Mohamed Ibn Abi’l Gawari. En ese momento, cuando Siracusa parecía al alcance de la mano, aparecieron ante la costa los barcos de la flota enviada por el emperador en auxilio de la ciudad. Esta vez el gobierno imperial era consciente del peligro de la situación y de lo difícil que sería recuperar Siracusa si los árabes llegaban a apoderarse de ella por lo que se habían reunido todos los medios navales posibles incluyendo la flota de los Cibyrreotas con su estratego Cratero al frente. Con ellos llegaban otra vez los venecianos a los que se había recurrido nuevamente tras el fracaso anterior.


Habiéndose convertido de asediantes en asediados, debilitados por el hambre y la enfermedad y a la vista de una flota mucho mayor que la suya el ejército árabe sólo pensó en regresar a África por lo que procedieron de inmediato a embarcarse e intentaron salir por la estrecha bocana de la bahía. La flota imperial maniobró para cerrar el paso y atrapó a sus adversarios dentro. Ante la imposibilidad de poder forzar el paso a mar abierto los árabes optaron por quemar sus embarcaciones e internarse en la isla.

El ejército musulmán se dirigió hacia el noroeste guiado por Eufemio y en su camino tomó la localidad de Mineo, a un día de marcha de Siracusa. Otro destacamento se apoderó de Agrigento, en la costa meridional. Mientras tanto la gran flota imperial había tenido que zarpar de nuevo ante la acuciante necesidad de hacer frente al ataque de Abu Hafs en Creta con lo que Sicilia volvió a quedar abandonada a sus propios medios. Mientras tanto los árabes seguían progresando. Tras dejar guarnición en Mineo siguieron ruta hasta llegar a la gran fortaleza natural de Enna (la futura Castrogiovanni). Las negociaciones fueron confiadas a Eufemio al que los lugareños prometieron someterse si alejaba a los árabes de su tierra. Cuando el antiguo turmarca acudió con algunos de sus hombres al lugar convenido para la entrevista la delegación de la ciudad repentinamente se arrojó sobre él y lo acuchilló hasta la muerte. Seguramente los árabes no lamentaron mucho la muerte de su aliado pero este acto presagiaba un restablecimiento de la confianza de la población en la pronta llegada de refuerzos.


A comienzos de la primavera de 829 el emperador envió al patricio Teodoto, que posiblemente había sido anteriormente estratego de Sicilia y conocía por tanto la región, con parte de la flota imperial ya que los Cibyrreotas estaban fuera de combate por un tiempo tras su derrota en Creta en el otoño anterior. Tras desembarcar, Teodoto condujo a sus tropas directamente contra los árabes, que todavía estaban en los alrededores de Enna. Los bizantinos atacaron pero fueron derrotados por sus rivales y padecieron muchas bajas además de la captura de 90 oficiales de alto rango. Tras su derrota Teodoto tuvo que refugiarse en la fortaleza pero su habilidad le permitió a partir de entonces conducir una inteligente táctica de acoso a los asediantes que le reportó buenos resultados. Tras emboscar a una partida y derrotarla los hombres de Teodoto fueron capaces al día siguiente de vencer al ejército árabe que se había apostado ante la ciudad para vengar las pérdidas de la jornada anterior. Tras causar muchas bajas a sus enemigos los bizantinos pudieron rechazarlos hasta su campamento y asediarlo. Desprovistos de víveres para resistir por mucho tiempo los africanos intentaron un ataque nocturno pero sólo consiguieron ser destrozados por los imperiales que aguardaban el asalto. Los árabes, que ya habían perdido a su jefe Abi’l Gawari durante el sitio, se decidieron finalmente por abandonar el campamento y refugiarse en Mineo mientras la guarnición de Agrigento, incapaz de sostenerse, desmanteló la posición y se retiró a Mazara. Así en el otoño de 829 los árabes sólo retenían en su poder dos localidades en Sicilia y su amenaza parecía estar conjurada. Sin embargo ese mismo año falleció el emperador Miguel II y con el reinado de su hijo Teófilo volvió a empeorar la situación para Bizancio en la isla. 

En el verano de 830 Sicilia fue atacada por una poderosa flota española que se unió a los refuerzos de África del norte. Se trataba de entre 20.000 y 30.000 hombres transportados por 300 barcos. Los españoles llegaban con la intención de saquear, sin intención de coordinarse con sus hermanos de fe africanos. Al mando de Asbag Ibn Wakil entraron en contacto con los árabes de Sicilia que les propusieron una acción común contra los griegos, lo que fue aceptado por los españoles a condición de que Asbag fuese nombrado comandante en jefe y que los sicilianos les proporcionasen caballos todo lo cual fue aceptado.


El primer movimiento de los recién llegados fue acudir en socorro de Mineo, que seguía siendo asediada por Teodoto. Enfrentados a una fuerza muy superior los bizantinos tuvieron que retirarse a Enna en agosto de 830 mientras Asbag y sus hombres entraban en Mineo en medio del regocijo de los asediados. Tras destruir la plaza el jefe árabe llevó todas sus tropas al asedio de otra ciudad en el este, probablemente Caloniana (actual Caltanisetta). Pero al igual que sucediera en Enna y en Siracusa otra epidemia en el campamento volvió a causar la muerte del comandante en jefe, y aunque los hombres de Asbag fueron capaces de tomar la ciudad en el otoño de ese año decidieron finalmente la retirada. Era la ocasión que estaba esperando Teodoto. En una serie de combates de retaguardia provocó tan gran número de bajas entre los árabes en retirada que forzó a los hispanos supervivientes a reembarcar en sus navíos en Mazara y desde allí tomar rumbo en dirección a la península. Desgraciadamente en estos combates también Teodoto cayó muerto con lo que en enero de 831 ambos bandos se encontraron sin jefes y Sicilia libre de árabes con la excepción del norte, donde seguían los combates.

Porque entre tanto los árabes africanos durante el mes de agosto de 830 habían puesto sitio a Palermo. La  ciudad luchaba sola porque el emperador Teófilo no había sido capaz de enviar barcos en socorro de la plaza a causa de las pérdidas sufridas en los dos últimos años y las luchas que los Cibyrreotas estaban librando contra los árabes cretenses en el Mediterráneo oriental. Tras un penoso sitio que se había prolongado durante más de un año Palermo capituló a principios de septiembre de 831 cuando los víveres se agotaron al igual que la esperanza de ayuda desde el exterior. Su gobernador, posiblemente el espatario Simeón, y el obispo Lucas con otros personajes distinguidos y posiblemente los restos de la guarnición pudieron abandonar la ciudad con sus bienes y regresar a Constantinopla mientras que el resto de la población, que había quedado reducida a menos de 3.000 almas, fue considerada como botín de guerra y enviada a la esclavitud.


Palermo fue la primera ciudad importante en Sicilia conquistada por los árabes y proporcionó una base sólida para la expansión por el interior. El emir africano envió en marzo de 832 un nuevo gobernador a la isla aunque las discordias políticas entre árabes africanos y españoles que siguieron en los dos años siguientes permitieron un cierto respiro para Bizancio mientras unos reafirmaban sus conquistas y otros se preparaban para dar una respuesta, pues en este espacio de tiempo los combates se redujeron al área de Enna donde estaba agrupada la mayor parte de las fuerzas griegas en la isla.

Al comienzo de 834 Abu Fihr, el nuevo gobernador de la parte musulmana de la isla,  salió en expedición hacia Enna y tras derrotar a los bizantinos les obligó a refugiarse en la fortaleza. En el curso de un año volvió a vencer en otros dos encuentros campales. Tras regresar a Palermo el gobernador envió destacamentos en todas direcciones para saquear y hostigar al enemigo. La buena fortuna de Abu Fihr se detuvo aquí pues en ese mismo año 835 fue asesinado durante una revuelta por algunos de sus propios hombres que buscaron refugio entre los bizantinos. Su sucesor inmediato, Ibn Ya’qub, volvió a derrotar ante Siracusa y Enna a los imperiales y dejó su cargo en septiembre ante la llegada de Abu’l Aglab, primo del propio Ziyadat Ala. La llegada del nuevo gobernador coincidió con la aparición en aguas sicilianas de una nueva flota arribada desde Constantinopla. Los navíos griegos se enfrentaron a los barcos del recién llegado hundiendo o capturando muchos antes de que los restantes se pudieran poner a salvo en Palermo el 12 de septiembre. Abu’l Aglab sin embargo contaba con medios para contestar este ataque e hizo zarpar a todos los navíos de puerto para enfrentarse a la flota imperial. En el combate naval que siguió los árabes lograron derrotar decisivamente a los griegos y tomaron varias presas. Para vengar la derrota anterior el gobernador ordenó que se decapitara de inmediato a todos los prisioneros. Tras restablecer la fortuna de sus armas Abu’l Aglab ordenó un ataque por mar a la isla de Pantelaria y otro terrestre sobre Taormina, donde sus hombres tomaron prisioneros, quemaron cosechas y se apropiaron de un cuantioso botín. En adelante el gobernador se mostró muy activo especialmente contra la fortaleza de Enna que se había convertido en un objetivo primordial para los árabes y hacia la cual dirigieron repetidos ataques en estos años. En 837 se le puso de nuevo sitio y durante el invierno un ataque por sorpresa a través de un pasaje mal guardado permitió a los musulmanes hacerse dueños de la ciudad y asediar a los defensores en la ciudadela. Los griegos iniciaron negociaciones y aceptaron el pago de un enorme tributo a condición de que los árabes abandonaran la ciudad, cosa que hicieron regresando a Palermo cargados con un gran botín. 


En la primavera del año 838, tras un largo período sin respuesta ante las acometidas musulmanas en Sicilia, el gobierno de Constantinopla envió su respuesta a Sicilia con la expedición conducida por el futuro yerno del emperador, el césar Alejo Mosele. Era éste un armenio que había hecho una rápida y brillante carrera recibiendo sucesivamente los títulos de patricio, anthypatos y magistros. Tras ser prometido con María, hija de Teófilo, fue proclamado césar y como tal considerado como posible sucesor aunque las sospechas que recaían sobre él y que lo señalaban como alguien que ambicionaba el trono hacen pensar que Teófilo deseaba probar a Alejo o en cualquier caso alejarlo de Constantinopla. Tras haber combatido contra los eslavos en Tracia durante 836 fue encargado al año siguiente de preparar una expedición a occidente con la misión de restablecer la situación en Sicilia. Tras desembarcar obligó a los árabes a abandonar el sitio de Cefaledio, una plaza al este de Palermo. En los siguientes meses Mosele consiguió nuevas victorias aunque no demasiado significativas pero pronto el ímpetu de la ofensiva se estancó y la llegada de refuerzos árabes dio la vuelta a la situación. Además Alejo pronto se encontró con dificultades por las intrigas locales. Fue acusado por algunos sicilianos ante el emperador de parlamentar con los árabes y de conspirar contra el emperador y la muerte de su prometida debilitó todavía más su posición. Pronto Teófilo ordenó a Mosele que regresase a Constantinopla y para ello en 839 se envió con esta misión al arzobispo Teodoro Critinos como portador de un salvoconducto para Alejo. Mosele aceptó la garantía y emprendió el regreso a la capital. Cuando el general hizo su entrada en la capital fue azotado, arrestado y sufrió la confiscación de sus bienes. Teodoro, que acusó al emperador de haber jurado en falso fue desterrado aunque en breve ambos fueron rehabilitados en su posición gracias a la mediación del patriarca Juan el Gramático. El césar empleó su recién recuperada fortuna en construir un monasterio donde se retiró a vivir el resto de su vida. 


Simultaneamente a sus operaciones contra Enna los árabes habían puesto sitio a la fortaleza de Cefalú en la costa norte a 48 millas al este de Palermo. En la primavera de 838 mientras se alargaba el asedio llegaron refuerzos navales desde Constantinopla que obligaron a los árabes a abandonar el sitio. La muerte en esas mismas fechas de Ziyadat Ala tuvo como resultado una pausa en la ofensiva árabe en la isla pero en los últimos años del reinado de Teófilo la situación empeoró rápidamente para Bizancio. En 840 cayeron sucesivamente Platani, Caltabellotta, Corleone y Gerace entre otras. A la muerte de Teófilo a principios de 842 la parte occidental de la isla estaba ya en poder de los árabes. A finales de ese mismo año o comienzo de 843 se inició el ataque al extremo este con el asedio de Messina. En estas operaciones los árabes se vieron auxiliados por sus aliados napolitanos. Atacada por mar y tierra la ciudad tuvo que capitular y pasó a poder de los musulmanes. El avance continuó por la costa en dirección sudeste y en el año 845 le tocó el turno a la fortaleza de Modica. En ese año, tras la paz en Asia con los árabes orientales, la emperatriz Teodora pudo enviar algunos refuerzos a Sicilia. Estas tropas, provenientes del thema de Carsiano trabaron combate en las cercanías de la villa sureña de Butera pero fueron batidas por Abu’l Aglab y sufrieron la pérdida, al decir de las crónicas árabes, de más de 10.000 hombres. Animados por este éxito los árabes sicilianos continuaron su avance y en 846/847 le llegó el turno a la fortaleza de Leontinos, entre Catania y Siracusa. Los reveses para las armas imperiales se sucedieron en los años siguientes. En 849 los bizantinos intentaron una operación por sorpresa en la bahía de Mondello, a 8 millas de Palermo. Con la ayuda de10 chelandia se inició un desembarco pero las tropas se desorientaron y debieron regresar a los barcos. En el camino de regreso una tormenta sorprendió a la escuadrilla y hundió siete barcos. En 850 un nuevo ataque sobre Enna llevó a su saqueo y quema. Y en 852 y 853 le tocó el turno al sudeste con la devastación de los alrededores de Catania, Siracusa, Noto y Ragusa. Ante la fortaleza de Butera los árabes consiguieron la devolución de 6.000 prisioneros de guerra que fueron conducidos a Palermo.

En los años siguientes se repitieron metódicamente los ataques y devastaciones anuales sobre el territorio controlado por los griegos. Tras un par de encuentros navales con victorias alternas en el invierno de 859 cayó por fin la fortaleza de Enna, donde hasta entonces se encontraba la residencia del gobernador imperial en la isla. Ayudados por un prisionero 2.000 jinetes conducidos por el gobernador Al Aglab, sucesor de Abu’l Aglab en 851, penetraron en la fortaleza por sorpresa y tomaron la ciudad el 23 de enero. 


La caída de Enna obligó al emperador Miguel III a enviar de inmediato refuerzos a la isla. Una gran flota de 300 chelandia al mando del patricio Constantino Contomités llegó a Sicilia en otoño de ese año. En la gran batalla naval que se trabó ante Siracusa los bizantinos fueron derrotados con la pérdida de más de cien naves, pero a pesar de la derrota la noticia de la llegada de refuerzos animó a muchas poblaciones de la isla que habían capitulado ante los musulmanes a tomar las armas de nuevo. Tal fue el caso de Sutera, Avola, Platani, Caltabellotta y Calttavuturo en el sudoeste de la isla. Pero la reacción de Al Aglab fue rápida y tras batir a una parte del ejército expedicionario en Cefalú obligó a éstos a reembarcarse en Siracusa, lo que permitió tiempo para la fortificación de la preciada posición de Enna.

En la década de 860 la ofensiva árabe se centró en la región de Siracusa, la plaza más importante todavía en poder de los bizantinos. En febrero o marzo de 864 cayó Noto, que fue perdida y recuperada otra vez dos años más tarde. En 867 el gobernador Jafaga Ibn Sufyan se puso en marcha otra vez contra Siracusa y Catania en unos momentos en los que las bandas árabes recorrían sin oposición toda Sicilia.

La llegada al trono de Basilio I intensificó la intervención bizantina en Italia y tras las actividades de la flota en el Adriático un destacamento apareció en aguas sicilianas en 868. Tras desembarcar se enfrentó a las tropas de Jafaga y fue derrotado por completo dejando en manos del enemigo bagajes, armas y caballos en abundancia. Animado por esta victoria Jafaga envió a su hijo Mohamed a la península y donde saqueó los territorios de Gaeta antes de regresar a Palermo.


A comienzos de 869 Jafaga realizó la primera tentativa seria para apoderarse de Taormina que terminó en fracaso ante la descoordinación de los atacantes que ya habían logrado apoderarse a traición de una de las puertas. Pocos meses después sus tropas fueron derrotadas por los bizantinos cerca de Siracusa. Deseoso de vengar el revés el propio Jafaga condujo a sus tropas para asediar la ciudad pero en junio inició su regreso a Palermo. Fue su última empresa pues en el camino de vuelta fue asesinado por un bereber de su ejército, posiblemente sobornado por los bizantinos que deseaban a toda costa eliminar a un enemigo temible por su actividad.

Durante el breve gobierno de su hijo Mohamed (muerto el 27 de mayo de 871 por sus eunucos) Malta fue conquistada con lo que todas las islas cercanas a Sicilia pasaron a control musulmán. Pantelaria había sido tomada ya alrededor de 700. Las Égadas pasaron a sus manos en los  primeros años de la conquista y en 836 una flota había saqueado ya las Lipari, donde se guardaban los venerados restos de San Bartolomé, lo que llevó al gobernador de Benevento a ordenar a los amalfitanos que enviasen navíos a las islas para recoger las reliquias y transportarlas a Benevento. Malta, una posición estratégica de primer orden, fue tomada en 869 por un destacamento naval a las órdenes de Ahmed ben Omar. Los bizantinos corrieron al rescate y pusieron sitio a la guarnición musulmana pero un ejército enviado desde Sicilia sorprendió a los imperiales el 29 de agosto de 870 y aseguró el dominio de la isla.

  

Durante los primeros años de la década de 870 la inestabilidad política en la Sicilia musulmana había impedido la realización de acciones de relieve. Sin embargo las continuas campañas durante decenios habían reducido las posesiones bizantinas en Sicilia a Siracusa y Taormina, siendo especialmente importante la primera por su tamaño, la calidad de sus fortificaciones y su excelente puerto. Los árabes sicilianos eran conocedores de ello y desde los primeros años del reinado de Basilio centraron sus ataques en la gran ciudad portuaria. Las intentonas de 868, 869 y 873 acabaron en fracaso debido a la carencia de los medios adecuados para tan gran empresa, a la discordia política interna que trababa cualquier acción de relieve y al escaso apoyo prestado por los gobernadores aglabíes de África del Norte.

Esta situación cambió con el nombramiento de Ibrahim b. Ahmed como nuevo soberano africano. Decidido a solucionar definitivamente el problema que Siracusa planteaba ordenó el envío de la flota africana a la isla para actuar de común acuerdo con las tropas sicilianas. Las operaciones militares fueron dirigidas por el nuevo gobernador Ga’far b. Mohamed, que comenzó su mandato en 877 con una expedición para saquear las cosechas en los alrededores de Siracusa, Catania, Taormina y Rametta. Tras estos movimientos preliminares sus tropas avanzaron hasta ocupar los suburbios exteriores de Siracusa y desde agosto de ese año se estableció el asedio de la ciudad por mar y tierra. Los defensores estaban bien pertrechados para resistir, pero esta vez sus atacantes llegaban decididos y preparados para vencer. Entre sus armamentos destacaban gran número de máquinas de asedio, alguna de las cuales por su tamaño y terribles efectos destructores causó gran pavor entre los defensores. Una vez completado el cerco los atacantes comenzaron a bombardear la ciudad día y noche sin dejar respiro a los siracusanos.


Frente a esta amenaza manifiesta sorprende comprobar que el gobierno imperial reaccionó de un modo muy ineficaz. Sólo unos cuantos barcos de guerra se acercaron hasta el puerto pero la flota árabe apostada allí los pudo rechazar sin esfuerzo. En aquellos momentos las galeras que hubieran debido acudir a toda vela al socorro de la ciudad estaban siendo empleadas en la capital en el transporte de materiales para la construcción de la Nea, la nueva iglesia dedicada al Salvador, a los Archiestrategas y a San Elías. El retraso en disponer de estos barcos para su envío a occidente fue fundamental para provocar la pérdida de Siracusa, aunque  algunos autores como Vogt achacan el retraso de la flota a la desidia de su comandante. Otros autores aducen también que la necesidad de vigilar Chipre, recuperada recientemente, distrajo medios navales que hubieran podido ser empleados en Sicilia. 

Por fin parte de la flota imperial al mando de Adriano fue enviada en auxilio de Siracusa pero aquel, una vez llegado a Monemvasia se detuvo durante largo tiempo en su puerto de Hierax a la espera de vientos favorables para cruzar a Sicilia. La noticia de la caída de la ciudad sorprendió a la flota todavía en aguas de Grecia.


Mientras tanto en el interior de la ciudad sitiada los efectos del sitio se estaban haciendo notar en la disminución paulatina de las reservas de víveres. Como relata Vasiliev siguiendo las noticias transmitidas por el monje Teodosio, presente en la ciudad en la época del sitio: 

“Los precios de los alimentos subieron: el celemín de trigo cuando se podía encontrar, costaba 150 sous de oro, el celemín de harina más de 200; había que pagar un nomisma por dos onzas de pan; un buey destinado a la carnicería costaba 300 sous de oro y se pagaba de 15 a 20 nomismas por una cabeza de caballo o de asno. No quedaban aves de corral ni aceite ni frutos secos, tampoco había queso, legumbres o pescado. La gente comenzó a comer hierba, pellejos de animales, huesos pelados que encontraban en la fuente de Aretusa e incluso, de creer a Teodosio, se comían los cadáveres de los muertos y de los niños. El hambre, a causa del recurso a tales extremos para calmarla, provocó una epidemia que hizo morir a los siracusanos a millares.” 

Ante tal situación la defensa comenzó a debilitarse. Los árabes, dueños de los accesos por mar, destruyeron las fortificaciones que defendían la entrada a los dos puertos de Siracusa, las llamadas braquiolia. En medio de continuos bombardeos una de las grandes torres en el puerto grande se derrumbó y al cabo de cinco días buena parte del lienzo de muralla que la rodeaba se vino abajo provocando una gran brecha en el sistema defensivo. A partir de entonces los ataques se concentraron en ese punto frente a unos defensores que combatieron con heroísmo durante veinte días y sus noches en medio de un campo de batallas sembrado de muertos.


En la mañana del 21 de mayo de 878, en un momento de tranquilidad durante el cual el patricio y buena parte de la guarnición se había retirado de las murallas para un breve reposo, los árabes comenzaron un violento bombardeo con sus máquinas de asedio. En ese instante sólo estaba en la brecha un pequeño destacamento al mando de un oficial llamado Juan Patriano. Un impacto afortunado tronzó la escala de madera que comunicaba la zona de la brecha con la torre derruida y dejó aislados a los defensores. Ante el tumulto el patricio, que en esos momentos estaba tomando un bocado se levantó apresuradamente y corrió a toda prisa hacia las murallas pero llegó tarde para evitar el daño. Los asaltantes habían llegado ya a la brecha y aniquilaron a los hombres de Patriano, que murió combatiendo allí mismo. Tras eliminar esa resistencia inicial los árabes se desplegaron en el interior de la ciudad. Un pequeño grupo de defensores intentó organizar la resistencia creando una barrera cerca de la iglesia de San Salvador pero pronto fueron aniquilados. Tras derribar las puertas del edificio los atacantes se precipitaron sobre una multitud de refugiados que en su interior había y los mataron a todos. El patricio, que se había encerrado en una torre con 70 soldados, intentó resistir durante algún tiempo más pero al día siguiente tuvo que rendirse y al cabo de una semana fue ejecutado. La dignidad con la que se comportó en sus últimos momentos impresionó incluso al comandante árabe Abu Ishaq, chambelán del emir aglabí. Los soldados que habían sido hechos capturados con el patricio junto con otros prisioneros fueron llevados a las afueras para ser muertos a pedradas y a lanzazos. Uno de los defensores llamado Nicetas de Tarso, que había llegado a ser muy conocido de los musulmanes durante el sitio por sus insultos al Profeta fue torturado hasta la muerte con gran crueldad por sus captores.

El propio Teodosio, autor de una carta sobre la toma de Siracusa, sufrió la suerte del cautiverio. Él mismo nos hace saber en su obra que se encontraba con el obispo Sofronio en la iglesia en el momento en que se produjo el ataque. Cuando llegó la noticia de la caída de la ciudad el pánico se apoderó de los presentes. Mientras los asaltantes saqueaban los barrios cercanos el obispo, Teodosio y otros dos eclesiásticos se deshicieron de sus ropajes y se refugiaron en el altar donde se pidieron perdón de sus pecados temiendo llegada su última hora. Por fin los soldados árabes hicieron su entrada en la iglesia con las espadas desenvainadas. Uno de ellos se acercó al altar y vio a los religiosos orando. Reconociendo entre ellos al obispo se abstuvo de atacarles y preguntó dónde se encontraba la sacristía en la que sabía se guardarían los ornamentos sagrados de mayor valor. Sin sufrir otro mal que el pillaje de los vasos sagrados y demás objetos preciosos los cautivos fueron conducidos a través de la ciudad hasta ser conducidos ante el emir que se había establecido en una iglesia y fueron luego encerrados en una cámara pequeña y sucia.


La ciudad padeció terriblemente el saqueo tras los nueve meses de sitio. Se calcula un total de 4.000 muertos en las ejecuciones inmediatamente posteriores a la conquista además de un enorme botín que pasó a manos de los vencedores. Sin embargo no todos los defensores sufrieron la triste suerte de su comandante en jefe. Algunos mardaítas del Peloponeso y otros soldados que estaban en la ciudad en esos momentos consiguieron escapar y alcanzar las costas griegas hasta llegar a Monemvasia, donde encontraron a Adriano y le informaron de las tristes noticias de las que eran portadores. Adriano decidió regresar a Constantinopla y temeroso de la ira del emperador se refugió en el altar de Hagia Sofía. Basilio se conformó con enviarlo al exilio. 

Los árabes permanecieron en Siracusa durante dos meses tras la victoria. A finales de julio regresaron con el botín y los prisioneros a Palermo, donde fueron triunfalmente recibidos por el pueblo.

El monje Teodosio, todavía prisionero, fue llevado ante el gobernador de Sicilia ante el cual tomó la palabra para defender la religión ortodoxa. Fue conducido a una lóbrega prisión en la que se hacinaban africanos, tarsiotas, judíos, lombardos y griegos entre los que se encontraba el obispo de Malta, capturado unos años antes durante la conquista de la isla.

La flota de socorro tan desesperadamente necesitada hizo su aparición ante el puerto de Siracusa cuando ya todo había concluido. Los barcos musulmanes se enfrentaron en combate con ella y les tomaron cuatro galeras cuyas tripulaciones fueron ejecutadas.

Los desgraciados cautivos tuvieron que esperar siete años a su rescate, que tuvo lugar durante un intercambio realizado en 885, posiblemente el momento en el que Teodosio recobró la libertad. Para Bizancio la caída de Siracusa fue un duro golpe. Incluso el propio León VI escribió dos poemas sobre el tema y el Patriarca Nicolas el Místico en sus cartas echó toda la culpa a la negligencia de Adriano. En el plano político este fracaso obligó a Basilio a renunciar a sus planes para la isla, falto de medios para intervenir decisivamente en Sicilia, y a prestar su atención preferente a la entrada de sus ejércitos de regreso a la península italiana en los últimos años de su reinado.

En el mismo año de la caída de Siracusa el gobernador de Sicilia fue asesinado en Palermo por sus propios servidores. En el verano de 879 su sucesor, Husayn b. Rabah realizó una expedición contra Taormina, ahora la fortaleza más importante en poder de los bizantinos en la isla. En los combates que tuvieron lugar los griegos perdieron a su jefe, un patricio llamado Crisafios.


Tras tomar Siracusa los musulmanes sicilianos comenzaron a realizar expediciones con Italia meridional y las islas del Jónico como objetivo. En algunos casos el éxito no acompañó la empresa, como en 880 cuando una flota de 16 naves que saqueaba el Peloponeso fue sorprendida en Metona por los barcos de Nasar que, operando en conjunción con el estratego del Peloponeso  Juan de Creta, sorprendieron en un ataque nocturno a sus enemigos y aniquilaron la flotilla hundiendo algunos barcos y capturando otros, que fueron entregados como ofrenda a la iglesia del lugar. De allí Nasar zarpó en dirección a Sicilia y saqueó las costas de Palermo capturando gran número de barcos mercantes y haciéndose con una gran provisión de aceite. Luego la flota tomó rumbo a Reggio, donde se preparaba la expedición de Procopio y León Apostypos. Posiblemente entonces, tras un encuentro afortunado con la flota árabe en Punta Stilo, se separó de la armada un destacamento con destino a la desembocadura del Tíber donde se apostó para impedir las acciones de las bandas piráticas que hostigaban en esos años los territorios de la Santa Sede. 

Un nuevo gobernador, al Hasan b. al Abbas, deseoso de borrar el recuerdo de la derrota del año anterior emprendió en 881 una nueva campaña contra Taormina y Catania en el transcurso de la cual derrotó al estratego Barsacio. La situación mejoró ligeramente para Bizancio a finales de ese año y en 882 cuando consiguieron vencer en dos encuentros, siendo especialmente notable la segunda victoria en Caltavuturo conducidos por el estratopedarca Musilices. Este fracaso determinó la caída del gobernador al Abbas y su sustitución por Mohamed b. al Fadl que reemprendió las incursiones por todo el territorio griego y fue capaz de rechazar los chelandia que en esos momentos se dedicaban a saquear la costa norte de la isla. En una nueva batalla los imperiales perdieron 3.000 hombres y vieron reducidas sus posesiones a los territorios en la costa oriental de la isla, en la llanura comprendida entre los montes Peloritanos y el Etna. No obstante, la división entre los musulmanes sicilianos, la inestabilidad y poca duración de sus gobernadores y el frágil equilibrio de las relaciones con África impidieron en esos años la unificación de todas las fuerzas para aplicar el golpe definitivo a la debilitada posición de Bizancio en la isla. 


Con el comienzo del reinado de León VI la situación en Sicilia fue empeorando. El nuevo soberano no albergaba esperanzas de una reconquista e intentó desde el principio conservar lo que quedaba ofreciendo treguas a sus adversarios a la vista del infortunio de sus armas. En 888 la flota imperial se enfrentó a los barcos árabes en aguas de Milazzo. La batalla terminó en un auténtico desastre para los griegos que perdieron más de 10.000 hombres. La mala suerte de las armas bizantinas provocaba el pánico también en Italia meridional, donde las tradiciones nos muestran a los ascetas Elías el Joven, Elías el Espeleota y Arsenio recibiendo premoniciones del desastre y abandonando Italia para establecerse temporalmente en Patrás por sus problemas con el estratego de Calabria Nicetas Boterites.


Durante la década de 890 las relaciones entre árabes y bizantinos en Sicilia fueron pacíficas debido a los enfrentamientos continuos entre sicilianos y aglabíes de África. La situación cambió cuando el despótico emir Abu Ishaq Ibrahim (875-902), tras aplastar una rebelión en tierras africanas y deseoso de acabar con la resistencia a su autoridad en la isla, hizo zarpar en 900 a su hijo Abu’l Abbas Abdala hacia Sicilia con una gran flota. Abu’l Abbas aplastó con enorme crueldad la revuelta y tras la caída de Palermo en septiembre de ese año provocó la huida de millares de ciudadanos con sus familias que buscaron refugio entre los cristianos de Taormina. Queriendo aprovechar la circunstancia un patricio fue enviado a la ciudad con un ejército y más tropas se concentraron en Reggio al tiempo que llegaba a Messina una flota desde Constantinopla. Por su parte Abu’l Abbas no había permanecido inactivo y tras sojuzgar Palermo, estando ya avanzado el otoño marchó contra Taormina y Catania que hostigó sin mayores resultados. Tras preparar una nueva expedición durante el invierno, el 25 de marzo de 901 envió una flota al mar mientras él mismo conducía a sus hombres al asedio de la villa de Demona que bombardeó durante unos días con sus balistas. En esos momentos Abu’l Abbas recibió la noticia de los grandes preparativos que los bizantinos estaban realizando en Reggio, por lo que decidió levantar el asedio y dirigirse a Messina desde donde se embarcó con dirección al punto de concentración del enemigo. Tras una breve resistencia Reggio cayó el 10 de julio y en la ciudad los vencedores se entregaron a una auténtica masacre. Tras reunir 15.000 cautivos y un enorme botín Abu’l Abbas recibió la sumisión de las poblaciones vecinas que pagaron tributo para no sufrir la misma suerte que Reggio. De regreso a Messina los árabes tuvieron tiempo de enfrentarse a la flota bizantina y hundirle 30 embarcaciones.


Tras esta expedición triunfal Abu’l Abbas pudo regresar a Palermo de donde partió en 902 rumbo a África, en la que se necesitaba su presencia. Hartos del gobierno cruel de Ibrahim los musulmanes de Túnez pidieron a su señor supremo en Bagdad Mutadid que pusiera fin a su gobierno. El jalifa ordenó a Ibrahim que abandonara el mando en favor de su hijo y el destronado emir, tras obedecer a su señor, anunció su deseo de llevar la yihad a tierras cristianas. En el verano de 902 Ibrahim desembarcó con un ejército en Trapani e hizo su entrada en Palermo el 8 de julio. De inmediato envió una expedición en dirección a Taormina, la última plaza fuerte importante en poder de los bizantinos y en la que éstos tenían en estos momentos concentradas todas sus tropas. Conocemos el nombre de los jefes militares al mando en Taormina durante el verano de 902, el drongarios ton plöimon Eustacio, el patricio y estratego de Sicilia Constantino Caramalo y un comandante de la flota llamado Miguel Caracto.

Los bizantinos no se encerraron tras los muros de Taormina esperando el ataque del enemigo, sino que salieron a su encuentro con decisión. Tuvo lugar una batalla encarnizada en la que la suerte del encuentro estuvo durante mucho tiempo en duda. Finalmente los árabes de Ibrahim fueron capaces de sobreponerse de su derrota inicial y consiguieron arrollar a sus enemigos parte de los cuales consiguieron reembarcarse mientras el resto se acogía al refugio de la fortaleza a la que pronto se le puso sitio. Las noticias del peligro que acechaba a Taormina llegaron pronto al emperador pero por fatalidad, al igual que sucediera durante el reinado de Basilio, la flota que hubiera podido acudir de inmediato en socorro de la ciudad estaba nuevamente ocupada en la construcción de dos iglesias en la capital, una en recuerdo de Teófano, la primera mujer del emperador, y la segunda la de San Lázaro.

Privada de auxilio Taormina cayó el 1 de agosto de 902. Los defensores fueron ejecutados y las mujeres y niños llevados como esclavos. Fiel a su carácter Ibrahim se comportó con crueldad con los enemigos de la fe y no dudó en matar al obispo de la ciudad Procopio cuando se negó a abjurar de sus creencias.

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Al igual que sucediera en 878 la caída de Taormina fue muy sentida en Bizancio, donde no faltaron los reproches hacia la negligencia del gobierno tal y como se refleja en las cartas del Patriarca Nicolás. Los éxitos de Ibrahim provocaron el pánico en la misma capital, pues se creía que pretendía avanzar contra la propia Constantinopla. Asustado el emperador reforzó la guarnición y envió a Sicilia refuerzos insuficientes que fueron de nula utilidad para mejorar la situación. Los jefes al mando en Taormina consiguieron escapar al cautiverio y regresar a Constantinopla. A su llegada Miguel Caracto acusó a su colega Caramalo de traición y éste fue condenado a muerte en un primer momento, aunque la mediación del Patriarca transformó luego la pena capital en el castigo de la tonsura. Caracto fue nombrado a continuación estratego de Sicilia.

El infatigable Ibrahim no se contentó con este éxito y de inmediato envió destacamentos en diversas direcciones para atacar los territorios todavía en poder de los griegos. Así cayó Demona mientras que Rametta ofrecía pagar tributo. Los vencedores exigían a las poblaciones locales la rendición sin condiciones y la conversión al Islam; tras hacer abandonar las plazas a sus ocupantes se dedicaron a destruir las fortificaciones convirtiéndolas en inservibles para futuras rebeliones.

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Tras la muerte de Constantino VII la atención del Imperio se centró en los asuntos asiáticos y sólo en 964, durante el reinado de Nicéforo Focas, Constantinopla volvió a intentar desequilibrar la balanza en Occidente con una campaña dirigida directamente contra Sicilia, la base principal del enemigo musulmán. En el año anterior el emir de Sicilia había emprendido la batalla final para someter a las comunidades cristianas semi independientes de la región montañosa al sur de Messina. El objetivo era someter definitivamente la región e islamizar a todos sus habitantes. Taormina, que tras ser arrebatada a Bizancio en 902 había conseguido recuperar su independencia en 912/13, volvió ahora a ser asediada de nuevo y sólo capituló  el 21 de diciembre de 962 tras un sitio que se prolongó durante siete meses. Para castigar a los vencidos por su obstinada resistencia se les arrebataron todos sus bienes y el nombre mismo de la villa fue suprimido para ser denominada a partir de entonces Muizzia honrando así el nombre del jalifa fatimí. En esos momentos el último bastión cristiano en la isla era la plaza fuerte de Rametta adonde muchos habitantes de Messina acudieron para buscar refugio. Esta plaza fuerte había sido desde la toma de Messina en 843 el refugio habitual de sus ciudadanos por lo agreste de su emplazamiento y su cercanía a la ciudad. El 23 de agosto de 963 el general Hassan Ibn Ammar puso sitio a la fortaleza con la intención de acabar cuanto antes con ese núcleo de pertinaz resistencia. Los asediados se apresuraron a enviar al basileo una petición desesperada de auxilio y esta vez Nicéforo estuvo dispuesto a actuar. Tras ordenar el cese del pago del tributo acordado con los sicilianos ordenó aprestar un poderoso ejército de más de 40.000 hombres entre contingentes armenios, rusos, paulicianos y tracios. Al mando de la expedición figuraba el drongario del plöimon Nicetas, eunuco y hermano del patricio, prepósito y vestes Miguel que había servido de intermediario entre Nicéforo y Teófano a la muerte de Romano II. A su lado, con el rango de comandante de la caballería, aparecía Manuel Focas, hijo ilegítimo de León, el rival de Romano Lecapeno en 919, y primo hermano del emperador. Sobre los méritos de Manuel el parecer de los cronistas bizantinos es dispar pero parece predominar en sus escritos la idea de que era demasiado joven para la tarea encomendada y su fogosidad e imprudencia rayana en la temeridad le hacían “más apto para obedecer que para mandar”. Acompañaba también a la expedición como consejero religioso otro personaje de alto rango, Nicéforo, que luego habría de ser obispo de Mileto. En conjunto la impresión que queda es que la elección de los altos mandos fue muy deficiente aunque se desconocen las razones que impulsaron al emperador para decidir estos nombramientos. En cualquier caso poner al mando de una campaña tan importante a hombres inadecuados era dar el primer paso hacia el desastre tal y como se corroboró después.

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Los preparativos para una expedición de esta magnitud duraron meses y sólo al año siguiente estuvo el ejército dispuesto para levar anclas rumbo a occidente. Las tropas griegas partieron de sus bases a finales del verano de 964 y desembarcaron en Messina. El espectáculo del ejército en campaña debió ser abrumador para los contemporáneos: según confesión de testigos contemporáneos los barcos de transporte eran los mayores que habían salido de los astilleros del Imperio y estaban acompañados de numerosos navíos dotados con fuego griego. Los soldados se contaban entre los mejores y más escogidos y ofrecían una elocuente estampa de los nuevos ejércitos bizantinos preparados para grandes campañas ofensivas. Acompañaba al ejército un numeroso tren de máquinas de asedio transportadas en navíos especiales.

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Las cosas parecieron ir bien al principio de la expedición. En el otoño de 964 Rametta llevaba resistiendo desde hacía más de un año el sitio de las tropas de Hassan Ibn Ammar. Éste, tras los repetidos fracasos en sus asaltos a la plaza optó por rendirla por hambre y procedió a rodearla con una poderosa muralla para impedir cualquier intento de la guarnición de buscar auxilio o intentar una salida. La noticia de la llegada del ejército bizantino provocó una gran agitación entre los árabes, que se apresuraron a poner en estado de defensa las costas y reunieron refuerzos llegados desde todos los rincones de la isla a los que se unieron contingentes bereberes enviados a toda prisa desde el norte de África. Las tropas musulmanas desembarcaron en la isla en los primeros días de octubre y Hassan envió rápidamente algunos destacamentos a reforzar la posición de Rametta y se mantuvo con el resto en observación en las cercanías de Palermo. Entre tanto la flota bizantina se había reagrupado en la punta de Calabria y el 13 de octubre puso rumbo a Messina con el propósito de acudir rápidamente al auxilio de Rametta que estaba situada a sólo algunos kilómetros de la ciudad. El ejército empleó nueve días en atravesar el estrecho y desembarcar el cuerpo expedicionario tras lo cual se procedió a ocupar la propia Messina, posiblemente sin mucha resistencia, y a ponerla otra vez en buen estado de defensa. Mientras tanto diversos destacamentos navales empezaron a explorar la costa para preparar nuevos asaltos. Al norte Termini fue tomada ante los propios ojos de Hassan que no pudo hacer nada por evitarlo y en el sur Taormina y Leontinos se rindieron también sin ofrecer combate. La siguiente plaza en caer fue Siracusa aunque esta vez tuvo que ser tomada al asalto.

Mientras la flota se desperdigaba atacando simultáneamente diferentes objetivos Manuel Focas se dirigió de inmediato con el grueso de sus tropas al socorro de Rametta en lo que parece haber sido una marcha apresurada en la que no se guardaron las debidas normas de precaución cuando se avanza por territorio enemigo. Los escuadrones de caballería pesada se abrieron paso entre los serpenteantes senderos que conducían a Rametta y se vieron obligados a un largo desvío para contornear el monte Dinamare que se interponía en su ruta. El camino que se vieron obligados a seguir desembocaba en una llanura rodeada de montañas en medio de la cual se levantaba un farallón donde estaba enclavado el reducto de Rametta. Al pie de ésta les esperaba todo el ejército enemigo. El emplazamiento del lugar semejaba un circo rodeado de elevados muros que sólo se interrumpían en tres pasajes: al norte el camino de Spadafora, al sur la ruta que llevaba al kastron de Mikos y a occidente un sendero hacia la fortaleza de Demona. Al este una garganta muy profunda que se extendía durante varios kilómetros ofrecía el aspecto de un foso natural de bordes muy arriscados. Tal era el lugar en el que se produjo el enfrentamiento decisivo entre ambos ejércitos.


Hassan había tenido tiempo para avisar a su hijo Ahmed del desembarco de las tropas bizantinas aunque éste no pudo llegar a tiempo para impedir a los imperiales la llegada hasta la llanura de Rametta. En la noche del 24 al 25 de octubre Manuel atacó. Varios destacamentos de caballería intentaron forzar el paso simultáneamente por los desfiladeros de Mikos y Demona mientras un tercero fue enviado hacia el camino que llevaba a Palermo para impedir el paso a las tropas de Ahmed que desde allí se esperaban inminentemente. El propio Manuel Focas condujo el grueso de sus tropas divididas en seis banda a toda marcha por el camino de Spadafora con la intención de llegar cuanto antes a Rametta.

Sus enemigos estaban advertidos de lo que estaba pasando. Dos cuerpos de ejército estaban apostados en los desfiladeros del sur y occidente esperando la llegada de los bizantinos mientras un tercero se mantenía en guardia en el campamento preparado para mantener en jaque a la guarnición e impedir cualquier tentativa de salida por su parte. Hassan mismo, con las tropas que le quedaban, marchó directamente al encuentro del enemigo y el combate comenzó así al alba del 25 de octubre.

Seguramente advertidos por los preparativos de los árabes de la llegada del socorro los asediados intentaron una salida pero débiles por sus padecimientos no fueron rival para las tropas que se les enfrentaban y debieron ampararse otra vez detrás de sus murallas. Por su parte los defensores de los desfiladeros de Mikos y Demona consiguieron rechazar a sus asaltantes que posiblemente llegaron en pequeño número. Pero donde verdaderamente se ponía en juego el éxito de la jornada era en Spadafora donde en esos momentos se produjo con gran violencia el choque del grueso de los ejércitos en un sangriento cuerpo a cuerpo que provocó enorme número de bajas en ambos bandos. Las tropas africanas, compuestas casi en su totalidad por infantería sufrió terriblemente el impacto de las cargas de la caballería bizantina auxiliada en su ataque por las máquinas de guerra que lanzaban continuamente dardos y piedras desde las laderas cercanas. Incapaces de resistir comenzaron a ceder terreno y a desmoronarse en algunos puntos. Ibn Ammar, sabedor de que el combate estaba llegando a un punto de ruptura y que sería imposible reagrupar a sus tropas en la llanura donde serían masacradas a placer por la caballería, prefirió morir combatiendo en su puesto y reuniendo algunos miles de soldados se lanzó a un ataque desesperado. Para entonces buena parte del ejército musulmán se batía desordenadamente en retirada en dirección a su campamento fortificado y muchos soldados bizantinos desembocaban ya en la llanura preparándose para rodear a los vencidos. Tanta prisa llevó a la desorganización de las filas griegas y con ello a la perdición del ejército. Ibn Ammar cargó sobre el centro del ejército imperial y consiguió provocar el pánico entre los soldados que ya se creían victoriosos. Manuel, seguido de sus más selectos hombres, acudió a la zona de mayor peligro para intentar reagrupar a sus soldados mientras les exhortaba a grandes voces para que se mantuviesen firmes, tal y como lo ha relatado León Diácono: 


“Vosotros que a las órdenes de Nicéforo habéis vencido tantas veces, gritaba a sus soldados, ¡huís hoy ante un puñado de bárbaros africanos! ¿Dónde están los resonantes juramentos que tan pronto prestasteis a vuestro emperador? ¿Dónde están las proezas que le prometisteis cuando pasaba revista ante vosotros?” 

Sus frenéticas palabras no sirvieron de nada en ese momento de pánico irracional. Desesperado, optó por cargar sobre los atacantes. Consiguió derribar al primero que se le echó encima pero pronto fue rodeado por una gran multitud de africanos. Decenas de lanzas se abatieron sobre Manuel pero ninguna consiguió horadar su espesa armadura escamada así que sus enemigos se arrojaron sobre él y e intentaron derribarlo de su montura haciendo inútiles los esfuerzos de su séquito por protegerle. Un soldado se deslizó bajo su caballo y lo desjarretó provocando la caída de Manuel al suelo. Alrededor del desgraciado comandante se produjo entonces un combate salvaje en el que todos los defensores de Manuel lucharon hasta ser abatidos. Finalmente el propio general murió acribillado por múltiples heridas. A su lado cayó también degollado su escudero. En el frenesí del combate los vencedores se apresuraron a despojar el cadáver y llevar su cabeza como presente a Ibn Ammar.

Al conocerse la noticia de la muerte de su jefe el ejército bizantino emprendió la huida. Era media tarde y la persecución de los vencidos no acabó hasta la noche. Para agravar sus males en esa noche terrible una tormenta se abatió sobre la región dificultando todavía más la marcha en la oscuridad a través de esos senderos escabrosos y desconocidos lo que dio lugar a más y más pérdidas. Un escuadrón entero de jinetes acorazados se precipitó a todo galope por el barranco que se extendía en la zona este de la planicie de Rametta. El amontonamiento de cuerpos de hombres y animales en la hondonada fue tal que los últimos fugitivos y sus perseguidores pudieron franquear el paso al galope sobre los muertos. Los combates desesperados en retaguardia continuaron durante horas hasta que la fatiga puso fin a la lucha. El balance para el ejército bizantino fue desolador: más de diez mil muertos, muchos prisioneros de rango en poder de los vencedores y un enorme botín compuesto por caballos, bagajes, armas y corazas enriquecieron a los hombres de Ibn Ammar. Entre los prisioneros estaban doscientos bárbaros, rusos o armenios, escogidos entre los de mejor presencia. Este botín, de inusitada novedad para los árabes sicilianos fue destinado a la guardia personal del jalifa de Mahdia en África.

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El emir Hassan tuvo poco tiempo para disfrutar de su victoria. El espectáculo del botín de Rametta llegando a Palermo en ruta hacia África fue demasiado para su corazón. Cayó enfermo y a comienzos de noviembre fallecía llorado por todos sus súbditos.

Quedaba por consumar el último acto en Rametta con los desesperados defensores de la ciudad. Agotadas sus esperanzas resistieron todavía algún tiempo más, desesperados por el hambre hicieron salir primero a un millar de ancianos, mujeres, enfermos y niños que, en contra de lo que se esperaban, encontraron una piadosa recepción a manos de Ibn Ammar que los envió a Palermo sin causarles daño aunque estrechó el cerco sobre los restantes defensores. En los primeros días de enero de 965 se lanzó el ataque final. Los famélicos cristianos se defendieron heroicamente hasta la noche pero al final terminaron todos por sucumbir. Por orden de Ibn Ammar todos los hombres fueron muertos y las mujeres reducidas a esclavitud. En el lugar se estableció una fuerte guarnición y con ello finalizó un asedio que había durado año y medio. 

En el momento en que los ejércitos combatían en Rametta el wali Ahmed se estaba dirigiendo hacia el lugar a marchas forzadas. En el camino se le comunicó el desenlace del combate por lo que tuvo lugar un cambio de planes. Cambiando bruscamente de dirección Ahmed se apresuró a retomar Messina que ya en esos momentos había sido evacuada por los imperiales, retirados a Reggio. Desde la ciudad el wali se dedicó a vigilar los movimientos de los bizantinos para impedir nuevas intentonas sobre la isla. 


De este modo terminó la desventurada expedición a Sicilia aunque todavía se sucedieron algunos combates en los meses siguientes. Los musulmanes tomaron posesión rapidamente de las plazas que habían perdido, como Siracusa, Termini y Taormina. Durante bastante tiempo la flota imperial comandada por Nicetas no se atrevió a salir de Reggio y dio tiempo con ello a reunir refuerzos navales a Ahmed. Cuando la escuadra largó velas para regresar a Constantinopla se encontró con toda la flota africana que estaba al acecho. Tuvo lugar un combate de gran violencia en el que se vió a los marinos bereberes arrojarse al agua con vasijas de fuego griego para dirigirse a nado hacia los dromones y chelandia e incendiarlos. En las cubiertas de los barcos enlazados por grandes garfios se sucedían batallas encarnizadas por el control de los navíos. Al final la victoria fue para los árabes y resultó un triunfo completo. Casi todos los navíos bizantinos fueron capturados o incendiados y se hicieron miles de prisioneros, entre ellos el incapaz Nicetas que fue enviado cargado de cadenas al Jalifa en Mahdia. Allí permaneció cautivo durante dos años, tiempo que empleó en copiar las homilías de San Basilio y textos piadosos de San Gregorio Nacianzeno y San Juan Crisóstomo en un manuscrito que se ha conservado hasta nuestros días y en el que dejó escrito el testimonio de su infortunado cautiverio. 

Animadas por esta victoria las partidas piratas comenzaron de nuevo a atacar las costas de Calabria forzando a las poblaciones locales a pagar de nuevo rescates por sus vidas y propiedades. Sin duda el eco de esta derrota fue muy grande en toda Italia meridional como lo muestran algunos testimonios contemporáneos. Cuando el magistros Nicéforo Hexacionites quiso en 965 obligar a los habitantes de Rossano a proveer los medios para equipar nuevos barcos que reemplazasen a los perdidos el año anterior se encontró ante una revuelta declarada de la población local que no dudó en quemar los barcos en puerto y matar a sus capitanes. Sólo la mediación de San Nilo, tal y como se nos cuenta en su Vida, evitó un sangriento castigo para los amotinados. De la lectura de su vivaz relato de los hechos se puede deducir, tal y como hizo Amari, que en realidad Nicéforo no disponía de los medios suficientes para castigar a los rebeldes tan severamente como hubiese deseado y por ello estuvo más dispuesto a mostrar benevolencia. En el vivo diálogo mantenido con el venerado monje el magistros accedió primero a perdonar la vida a los rosanitas y luego a permitir que el propio Nilo fijase la multa por el asesinato de los protokaraboi. Su cólera recayó entonces en el recaudador de impuestos de la zona, Gregorio Maleinos, seguramente responsable en buena parte de la revuelta por sus exacciones. El aterrorizado recaudador se había escondido para evitar la ira de su superior y sólo la persuasión de Nilo consiguió llevarlo ante Nicéforo: 

Éste, sin atreverse a ajusticiarlo allí mismo por respeto al monje, lo colmó de injurias “maldiciéndole a él y a todas sus pertenencias, comenzando por sus caballos y sus bueyes y acabando por sus gallinas y su perro.” Maleinos, aterrorizado, no se atrevió a decir nada y se mantenía sentado ante su señor en razón de su rango de protoespatario. “Miserable, le gritó Nicéforo, ve a reunirte con tus iguales. Te perdono.” Y luego añadió dirigiéndose a la multitud “Deberíais hacer pintar el retrato de San Nilo y no dejar jamás de adorarlo y de darle gracias. En verdad, por la cabeza de nuestro santo soberano Basilio, deberíais esforzaros en rendirle el mayor honor”. 

Debilitado por la derrota y absorto en otros frentes en los próximos años el Imperio debió limitarse a mantener la situación a un coste económico muy alto, sancionada la paz con el acuerdo firmado en 967 mientras continuaba la guerra en Asia contra los Hamdánidas de Alepo. Entretanto en occidente acababa de hacer su aparición un rival que regresaba para disputarle a Bizancio el derecho a decidir sobre los asuntos de Italia.

 

 

El 2 de febrero de 962 el rey de Germania Otón I recibió en Roma la corona imperial de manos del papa Juan XII. El nuevo emperador confirmó las donaciones y promesas que ya en 817 había realizado Luis el Piadoso, en particular el señorío sobre las tierras de Fondi y Gaeta. A cambio el pontífice se comprometió a no oponerse a los derechos imperiales sobre Roma. Sin embargo la conciencia de haberse encontrado con un amo en lugar de un protector hizo que el papa, representante de la indómita aristocracia romana, rompiese el acuerdo con Otón nada más abandonar éste la capital, llamando en su lugar a su teórico vasallo Adalberto, el hijo de Berenguer de Ivrea. Pronto el emperador volvió sobre sus pasos, puso en fuga a Adalberto y Juan XII haciendo elegir en su lugar a León VIII y forzando a los romanos a jurar que no procederían a ninguna elección pontificia sin la aprobación del emperador. El depuesto pontífice volvió sobre sus pasos para expulsar a su rival y consiguió mantenerse en el poder hasta su muerte en mayo de 964. Otón debió recurrir nuevamente a la fuerza para volver a imponer en Roma a su criatura León y tras la muerte de éste en marzo de 965 a su sucesor Juan XIII. Una nueva revuelta de la población romana provocó finalmente una violenta represión por parte de las tropas germanas a finales de 966 y facilitó el gobierno pacífico de Juan XIII hasta su muerte en septiembre de 972. Tras asegurar su dominio de Roma Otón I se consideró preparado para retomar los viejos proyectos de conquista de Luis II un siglo atrás y hacer realidad el regnum italicum, lo que suponía el dominio de toda la península y en consecuencia el enfrentamiento con Bizancio.

En abril de 967 los embajadores de Nicéforo Focas se encontraron en Rávena por primera vez con el emperador Otón. De aquella reunión no se conocen con certeza los contenidos pero probablemente tuvo como objeto conocer las intenciones y los objetivos del emperador germánico especialmente con respecto a las posesiones bizantinas en Italia. Ese mismo año Otón envió una embajada en respuesta a Constantinopla con la proposición de un enlace matrimonial entre su hijo Otón y Ana, la hija de Romano II. Una nueva embajada bizantina se encontró con el emperador en Capua en enero de 968 pero llegaba sin instrucciones precisas para concluir los acuerdos del compromiso nupcial. Irritado por la lentitud de las negociaciones Otón se decidió a utilizar la fuerza para obligar a Nicéforo a aceptar sus condiciones y, tras dirigirse a Benevento,  invadió Apulia en marzo de 968. Un breve alto ante las murallas de Bari le convenció de la imposibilidad de tomarla con su pequeño ejército y tras esta demostración se decidió a enviar a Constantinopla una nueva embajada a cargo, otra vez, de Liutprando con el objetivo de reiniciar las conversaciones interrumpidas. De los resultados y experiencias vividas el obispo de Cremona nos ha dejado un vivaz testimonio en su famosa Legatio.


En las conversaciones mantenidas con el embajador, Nicéforo puso en claro las quejas ante el proceder de Otón: Roma debía ser abandonada y su autonomía reconocida. Apulia había sido invadida y los príncipes de Capua y Benevento habían cometido traición alentados por el monarca germánico por lo que Bizancio estaba dispuesto a recurrir a las armas para defender sus derechos tradicionales.

Mientras las negociaciones se sucedían en Constantinopla Otón I, desconocedor de lo que allí estaba sucediendo, decidió recurrir a la fuerza de nuevo y en octubre de ese año 968 tomó de nuevo el camino del sur. Aunque no se nos han conservado los detalles se sabe que en noviembre Otón estaba ya en Apulia, donde dedicó los meses siguientes a pillar y saquear la región mientras las guarniciones bizantinas, inferiores en número, se refugiaban tras las murallas de las ciudades costeras. En la primavera de 969 el ejército germano llegó hasta Calabria deteniéndose ante Cassano, que le opuso resistencia en el mes de abril. Abandonando el sitio Otón regresó a Apulia para establecer un nuevo asedio, esta vez a Bovino, y el 1 de mayo a Ascoli, pero sus asuntos en el norte le hicieron regresar a Rávena tras dejar al mando a su fiel aliado de Capua el príncipe Pandolfo I Cabeza de Hierro que mantuvo el asedio al frente de parte de sus tropas. Éste, que poco antes había sido premiado por su fidelidad a la causa imperial con los títulos de margrave de Camerino y duque de Espoleto, continuó el sitio de la villa de Bovino y aunque afortunado al derrotar a la guarnición bizantina en una primera salida de ésta tuvo menos suerte en un segundo enfrentamiento al ser derribado de su caballo y caer prisionero. Sus tropas, derrotadas por completo, escaparon en dirección a Benevento haciendo volver sobre sus pasos al gastaldo Lando que con un pequeño ejército de apoyo enviado por Gisulfo de Salerno acudía en auxilio de Cabeza de Hierro. El estratego Eugenio envió a su prisionero a Constantinopla, donde por orden del emperador fue cargado de cadenas y encarcelado, y procedió luego a invadir el principado lombardo. Las tropas imperiales llegaron hasta las inmediaciones de Avellino, donde la asustada población entregó a su gastaldo Sikenulfo como rehén. De allí los bizantinos tomaron el camino a Capua y asediaron la plaza durante cuarenta días mientras saqueaban concienzudamente los alrededores. En la empresa tuvieron el apoyo del oportunista duque Marino de Nápoles, que quiso con este gesto testimoniar la fidelidad de su ciudad a la causa del basileo. Tras recoger un enorme botín y hacer multitud de prisioneros los sitiadores levantaron el asedio de Capua ante la noticia de la llegada de un ejército de socorro. En el camino de vuelta Eugenio se detuvo en Salerno donde, típica muestra de la flexibilidad de las relaciones políticas de la época, fue principescamente recibido por parte de Gisulfo. Eugenio concluyó su expedición por tierras lombardas atravesando tranquilamente el territorio de Benevento sin oposición ante los atemorizados ciudadanos encerrados tras sus murallas.


El ejército germano llegado para vengar la afrenta de Bovino llegó por fin a Capua. En sus filas marchaban contingentes sajones y suabos al mando de los condes Gunther y Sigfrido con el auxilio de tropas de Espoleto y su conde Sicon. Al encontrar la plaza libre de enemigos se dirigieron en primer lugar a saquear las tierras de Nápoles para castigar su colaboración con el enemigo y tras entrar en Benevento retomaron Avellino. Una vez reagrupadas emprendieron de nuevo la marcha, esta vez en dirección al sur.

Entretanto el patricio Eugenio, que parece haber sido muy impopular por sus exacciones tributarias y su dureza, había sido enviado encadenado a Constantinopla y su lugar ocupado por el patricio Miguel Abidelas, a cuyo lado aparecía Romualdo, hermano de Pandolfo, exiliado largo tiempo ha  en Constantinopla y que ahora llegaba dispuesto a buscar su oportunidad.

El choque entre ambos ejércitos no se hizo esperar y pronto tuvo lugar un encarnizado combate bajo los muros de Ascoli. Los bizantinos fueron derrotados por completo y perdieron la ciudad, que fue ocupada por el conde Conon. Por su parte Sicon atacó a las tropas auxiliares que estaban comandadas por Romualdo e hizo prisionero a éste. Abidelas consiguió huir con los restos de su ejército, abandonando Apulia a los saqueos de los vencedores que se dedicaron en los siguientes meses a cobrar cuantiosos tributos de las ciudades de la región. 

En la primavera de 970 Otón I llegó a Campania para proseguir con las operaciones militares. Tras un nuevo ataque a las tierras de Nápoles se reunió con sus hombres que en esos momentos estaban ocupados con el sitio de Bovino que seguía ofreciendo una resistencia tenaz.  Posiblemente en estos momentos se conoció en el campamento germano la noticia del asesinato del emperador Nicéforo y la llegada al poder de Juan I Tzimisces. El cambio de gobierno en Constantinopla tuvo efectos significativos en Italia donde se hubiera podido esperar razonablemente una continuación de los combates de haber vivido Nicéforo, pero su sucesor tenía otras preocupaciones distintas, entre ellas la de reafirmar su todavía insegura posición en la capital, para seguir a la ofensiva en las tierras de occidente. Deseoso de llegar a un acuerdo con Otón, Tzimisces le envió una embajada que llevaba de vuelta a su hogar al irreductible Pandolfo, que se había ofrecido a sí mismo como intermediario para llegar a un acuerdo entre las dos cortes. Posiblemente el astuto lombardo fue capaz de aprovechar en su favor la deficiente información sobre los asuntos italianos de Tzimisces representándole un peligro en la actuación de Otón mayor del que correspondía a la realidad y convenciéndole de que sólo él, que tan buenas relaciones mantenía con el soberano germánico, estaba capacitado para mediar de la forma más conveniente para los intereses de Bizancio.


Una vez convencido el basileo Pandolfo fue conducido, todavía como prisionero, hasta Bari donde fue puesto al cuidado del estratego Abidelas con el que convivió durante un tiempo como rehén. Cuando Otón tuvo noticia de la llegada de su fiel aliado se apresuró a escribir a Miguel Abidelas para mostrar su buena disposición a negociar a condición de que su antiguo vasallo fuese puesto en libertad. Abidelas aceptó y Pandolfo fue conducido hasta el campamento de Otón bajo los muros de Bovino que todavía en esas fechas (verano de 970) no había sido reducida. Otón decidió entonces levantar sus reales y abandonar Apulia en dirección al norte, en una decisión en la que seguramente contaban a partes iguales su compromiso con las autoridades bizantinas y la posibilidad de retirarse decorosamente de una guerra infructuosa que se alargaba sin resultados. En cualquier caso ambos bandos deseaban ahora retomar las negociaciones en el punto en el que estaban en Capua en 967 cuando se habían visto interrumpidas. Otón era sabedor gracias a Pandolfo de la buena disposición del nuevo emperador a la conclusión del acuerdo matrimonial del que se había hablado años atrás, una buena disposición en la que no pequeña parte debía tener la amenaza de Sviatoslav de Kiev en los Balcanes y los intentos de los fatimíes en la frontera oriental. Pronto una nueva embajada puso rumbo a la capital del Bósforo para tratar el tema. Encabezada por el arzobisbo Gero de Colonia y compuesta por otros altos dignatarios eclesiásticos y seculares tenía como objetivo cerrar el trato con Tzimisces. Esta vez los legados no se encontraron con la fría recepción que sufriera Liutprando tres años atrás y recibidos en medio de grandes honores pudieron sellar en noviembre de 971 el acuerdo que envió a Teófano Esclerina, la sobrina por matrimonio del nuevo emperador, como prometida del joven heredero Otón II de vuelta con la embajada. No se trataba de la porfirogénita que la corte germánica deseaba pero en cualquier caso no se vió decepcionada. La princesa imperial desembarcó con una brillante escolta en Italia y fue recibida en Benevento por el obispo Thierry de Metz en nombre del emperador en un acto que dejó gran impresión entre los contemporáneos por el lujo y la pompa desplegada por la delegación bizantina. El matrimonio entre los dos jóvenes se celebró finalmente en Roma el 14 de abril de 972 y la princesa recibió como dote extensos dominios en Alemania y Flandes además de Istria y el condado de Pescara en Italia.

El enlace selló la paz entre ambos Imperios, aunque desconocemos si hubo realmente un tratado formal que lo ratificara. Otón volvió a pasar los Alpes en agosto tras una estancia en Italia de más de cinco años y recibió en Quedlimburgo en marzo de 973 durante las festividades pascuales una nueva embajada bizantina como muestra de las buenas relaciones de ambos estados. Pocos días después, en la noche del 6 al 7 de mayo, el emperador falleció dejando a su hijo un Imperio próspero y en paz que gozaba de su momento de mayor prestigio. 

Por su parte Tzimisces, una vez concluida la paz con Otón, no volvió a prestar atención a los asuntos italianos absorbido por las grandes guerras contra los rusos y las campañas en Asia. A su muerte en enero de 976 los estados lombardos se veían sometidos a la presión creciente del fortalecido Pandolfo de Capua que entretanto había conseguido asegurar para su hijo la sucesión en Salerno mientras que en las costas de Calabria volvían a presentarse la amenaza de los árabes de Sicilia.

Tras el desastre de la expedición de 964 la paz había reinado entre fatimíes y bizantinos pero las victorias de Juan Tzimisces en Siria y la toma de Egipto por parte de aquellos en 971 llevó a un enfrentamiento directo en tierras del Líbano cuando los fatimíes expulsaron las guarniciones imperiales de Beirut y Trípoli en 974/75. Los árabes sicilianos no se habían mostrado conformes con la política de paz con Bizancio y desde el momento en que el estado de opinión de El Cairo se decidió por la guerra el emir Abul Kassim se apresuró a reanudar los ataques contra sus vecinos al otro lado del estrecho. Tomando como pretexto una incursión bizantina contra Messina a principios de 976, en la que posiblemente tomaron parte también algunas naves pisanas, el emir reunió a sus tropas y recuperó la ciudad en el mes de mayo. Luego pasó al continente y avanzó hacia el norte por el valle del Crati hasta Cosenza de dónde sólo se retiró tras haber cobrado un tributo de sus habitantes.


También en Apulia se hizo visible la amenaza sarracena, en una región que no había visto piratas en sus costas desde los ataques de 929. Ahora varias partidas comenzaron de nuevo a realizar incursiones adentrándose profundamente en el territorio. El jefe de una de ellas, un tal Ismael, fue muerto poco después cerca de Bitonto por las tropas conducidas por el protoespatario Zacarías pero otras siguieron adelante a través del valle del Bradano hasta atacar Gravina al mismo tiempo en que una nueva flota árabe aparecía en las costas conducida por el hermano del emir de Sicilia. Pronto Tarento, Bovino y Oria sufrieron ataques con los habitantes de ésta última abandonando la ciudad en llamas presas del pánico. El propio Abul Kassim condujo las operaciones que le llevaron a Otranto en 977 tras haber conquistado poco antes la villa fortificada de Santa Ágata, cerca de Reggio. En los años siguientes todo el litoral sur experimentó el azote de las continuas incursiones de los piratas que se enfrentaban a una resistencia débil y desorganizada.

El gobierno bizantino pasaba en esos años por una situación muy difícil haciendo frente a la rebelión de Bardas Esclero. El estado de turbulencia de una auténtica guerra civil hace suponer que no había medios para enviar a Italia y que las provincias occidentales habrían de contar con sus propios recursos para hacer frente a las amenazas que sobre ellas se cernían. Por otra parte los testimonios contemporáneos dejan entrever que las poblaciones locales preferían defenderse por su propia cuenta tratando de llegar a acuerdos singulares con sus agresores mediante el pago de un tributo antes que verse arrastradas a una guerra general. En cualquier caso la amenaza de la guerra no se limitaba a las tierras de Apulia y Calabria y el acercamiento de los incursores a los señoríos lombardos provocó la intervención del propio emperador germánico en defensa de sus vasallos.


En enero de 981 Otón II hizo su entrada en Roma. Había franqueado los Alpes en diciembre anterior para acudir a la ciudad santa con el objetivo de reafirmar la autoridad imperial siempre expuesta a los cambios de humor de la levantisca aristocracia romana y apoyar a su devoto pontífice Benito VII reafirmándolo en la sede papal. A su llegada Otón recibió los preocupantes informes de la situación en el sur. El emperador, que tenía entonces sólo veintiséis años de edad pero una amplia experiencia de muchas campañas en las fronteras del norte, se decidió por actuar de inmediato con el doble objetivo de expulsar a los árabes y aprovechar la debilidad de los bizantinos, que en estos momentos además se tenían que enfrentar a nuevas insurrecciones locales, para apoderarse de las tierras que ya había reivindicado su padre años atrás. La paz existente entre ambos Imperios en esos momentos obligaba a utilizar como excusa la amenaza árabe para justificar la intrusión germana en las posesiones bizantinas. Las autoridades en Bari no fueron engañadas con estas pretensiones y desde el primer momento advirtieron el grave peligro que se estaba gestando por lo que de inmediato enviaron embajadores para solicitar de Otón la renuncia a su empresa. Sabemos que el patricio Romano delegó en el monje Sabas la misión de influir en el emperador y arreglar un acuerdo con él.

La expedición de Otón II coincidió en el tiempo con la insurrección de algunas villas en Apulia, pues sabemos que en 981 Trani, Ascoli y Bari se habían declarado en rebelión. Tras abandonar el territorio controlado por sus vasallos lombardos el emperador llegó a Lucera en septiembre de 981 pero la noticia de graves disturbios en Salerno le obligó a dar la vuelta. En marzo de ese año había muerto su gran aliado Pandolfo I y los salernitanos habían aprovechado el alejamiento de los soldados germánicos para expulsar a su segundo hijo Pandolfo llamando en su lugar al duque de Amalfi Manson III. El 4 de noviembre Otón llegó a Nápoles, donde fue bien recibido por el patricio Sergio III, celoso sin duda de las ventajas que el golpe había proporcionado a su rival amalfitano. A principios de diciembre el emperador llegó ante los muros de Salerno decidido a tomarla por la fuerza pero la resistencia de la ciudad le obligó a llegar a un acuerdo con Manson, que retuvo el control de la villa para sí y para su hijo Juan I a cambio de que ambos reconociesen su soberanía. El ejemplo de Salerno fue pronto imitado por los ciudadanos de Benevento que expulsaron al hijo mayor de Pandolfo I, Landulfo IV, y proclamaron a su primo Pandolfo II. En esos momentos sólo Capua mostraba su adhesión a la causa imperial pero Otón renunció a perder más tiempo en la resolución de las interminables querellas de los estados lombardos y se decidió a reemprender la invasión de Apulia con un brillante ejército en el que figuraban los arzobispos de Colonia y Mayence y los obispos de Cambrai y Verdún. Además estaban presentes contingentes suabos y bávaros encabezados por Otón, el sobrino del emperador, el obispo de Augsburgo, el abad de Fulda y una multitud de señores llegados de toda Alemania en un significativo precedente de lo que serían las cruzadas un siglo después. La emperatriz Teófano acompañaba a su marido en la expedición.

El ejército germano inició su marcha desde Salerno el 6 de enero de 982 y penetró en territorio bizantino haciendo alto ante Matera el 25 del mismo mes. Desde allí se trasladó en marzo a las cercanías de Tarento. No se conocen con seguridad los detalles de esta fase de la campaña pero parece bastante probable que el emperador no haya sido capaz de penetrar en las ciudades asediadas y aunque sabemos que prestó ayuda a las poblaciones en rebelión conocemos también que ésta logró sostenerse por poco tiempo tras la derrota de Otón en Colonna pues sabemos que el nuevo catepán Caloquiro Delfinas volvió a recuperarlas durante ese mismo año 982.


Tras haber pasado casi cinco meses en Apulia Otón II condujo su ejército en dirección a Calabria y tras atravesar el Crati fue en busca del ejército árabe. Las noticias de la aparición del ejército germano llegaron en mayo a Abul Kassim que procedió de inmediato a proclamar la yihad y se apresuró a remontar la costa de Calabria con todas sus tropas para hacer frente al enemigo. Otón mientras tanto, tras haber dejado en Rossano a Teófano con el obispo Dietrich de Metz y el tesoro imperial, avanzó hacia el sur y derrotó a la vanguardia árabe en las cercanías de Crotona obligándoles a replegarse. Pocos días antes, posiblemente en el puerto de Tarento, había entrado en conversaciones con los protokaraboi de dos grandes chelandia armados con fuego griego que allí habían recalado. Otón carecía de medios navales de reconocimiento y convenció a aquellos para que zarpasen en busca de noticias del enemigo. Pronto los marinos le informaron de que el ejército musulmán se retiraba a toda prisa, lo que produjo en el joven monarca el deseo de partir de inmediato con sus tropas más escogidas en persecución de los fugitivos. Dejando atrás toda la impedimenta las tropas avanzaron a marchas forzadas hasta alcanzar en la mañana del 13 de julio a las avanzadillas del ejército de Abul Kassim. Viéndolos de lejos y desconocedor de las tácticas de su rival Otón creyó enfrentarse a tropas muy escasas y dio de inmediato la orden de ataque. Lo que parecía una escaramuza en la playa cercana al Cabo Colonna se convirtió pronto en una batalla generalizada debido a un conocimiento muy deficiente de las posiciones que ocupaba su enemigo. Creyendo tener enfrente sólo a una pequeña parte del ejército árabe Otón se lanzó al ataque al frente de sus tropas. Abul Kassim detuvo la marcha para revolverse y hacer frente a la masa de atacantes y dispuso a sus hombres para formar una barrera al borde del mar. En un clima de febril exaltación religiosa muchos guerreros germánicos hicieron sus testamentos en frente de sus camaradas antes de lanzarse a la carga. Tras ello partieron al encuentro del enemigo. En un terrible choque cuerpo a cuerpo ambos bandos se batieron con igual fiereza hasta que una carga por el centro logró romper la línea árabe y llegar hasta los estandartes del emir. Una cruenta pugna tuvo lugar alrededor de las insignias que finalizó con la muerte de todos los árabes que allí combatían, entre los que se encontraba el propio Abul Kassim, derribado por un golpe mortal en la cabeza.


El sacrificio de este valeroso grupo permitió que el resto del ejército árabe pudiera reagruparse y volver a la lucha aunque la noticia de la muerte de su jefe hizo cundir el desaliento entre las filas y provocó su retirada desordenada bajo los golpes de los caballeros alemanes. Otón se creyó vencedor de la jornada y queriendo aprovechar el impulso ordenó a sus agotados hombres que emprendieran de inmediato la persecución de los fugitivos. El combate había tenido lugar en medio del calor sofocante de mediados de julio, en condiciones muy duras para hombres pesadamente acorazados y poco acostumbrados a soportar ese clima ardiente. A pesar de ello el ejército cristiano se lanzó a la persecución a través de caminos difíciles bordeados por el mar a su izquierda y escarpadas montañas a su derecha en un terreno salpicado de torrentes y muy propicio para las emboscadas. Era la ocasión que esperaban sus enemigos, muy acostumbrados a ese tipo de guerra y ardiendo en deseos de venganza. Agrupados en las alturas observaron como los cristianos se desorganizaban en su apresurada persecución y se prepararon para dar el contragolpe decisivo esperando el momento propicio.

Este llegó cuando divisaron al propio Otón que se había adelantado imprudentemente con algunos caballeros en persecución de un grupo de jinetes que huían por la orilla. De repente surgieron árabes por todas partes que se abalanzaron desde las alturas con fieros rugidos y el ejército germano se vió asaltado súbitamente por tres lados y obligado a combatir de espaldas a la costa. El combate se convirtió muy pronto en una carnicería en la que los cristianos debieron elegir morir por la espada o arrojarse al mar. Esta lucha sin piedad duró hasta la noche, momento en el que muchos murieron sin saberlo a manos de sus camaradas en medio de la terrible confusión. La lista de los magnates y señores principales caídos era escalofriante. En la batalla perecieron Ricardo, el portador de la lanza del emperador, el conde Otón, jefe de los guerreros francos, los margraves Bertoldo y Gunther de Misnia, los condes Tietmar, Bezelin, Gebard, Ezelin, Burcardo, Dedi, Conrado, Irmfrido, Arnoldo e innumerables guerreros y caballeros menores. Por su parte la iglesia perdió al obispo Enrique de Augsburgo y al abad Werner de Fulda entre otros muchos de los que, como dijo el cronista Tietmar de Merseburgo “sólo Dios sabe el nombre”. Otro contemporáneo se lamentaba amargamente: 


“Allí pereció bajo la espada de los infieles la flor de la patria, el ornamento de la rubia Germania, la juventud tan querida para el emperador, que debió asistir a la masacre del pueblo de Dios bajo la espada de los sarracenos, la gloria de la cristiandad hollada bajo los pies de los paganos.” 

También los señores lombardos tuvieron que lamentar sensibles pérdidas por su alianza con el emperador pues en la batalla cayeron Landulfo, príncipe de Capua, hijo mayor de Pandolfo I y otro hijo de éste, Atenulfo además de sus sobrinos Ingulfo, Vadiperto, Guido de Sessa y el marqués Trasamundo de Tuscia.

Los supervivientes no encontraron alivio a sus sufrimientos tras la batalla. El tórrido calor y la sed hicieron perecer a muchos de los agotados fugitivos y muchos más fueron hechos prisioneros para ser llevados atados y desnudos a la venta como esclavos en los mercados de Palermo, Mahdia y Cairo.

Entre los supervivientes se encontraba el propio emperador que pudo escapar milagrosamente con vida. Rodeado de enemigos consiguió romper el cerco y huir seguido por su sobrino Otón, el duque de Baviera. Mientras cabalgaba a rienda suelta por la costa divisó a poca distancia dos embarcaciones. Se trataba de los dos chelandia con cuyos capitanes había estado en contacto pocos días antes. En ese momento su agotado caballo se detuvo negándose a seguir adelante. Un judío de nombre Calónimo que le seguía desmontó y le ofreció su montura a la que Otón subió de un salto para seguir cabalgando hacia el mar. Lanzándo su caballo en medio de las olas pidió a gritos a la tripulación del navío más cercano que le salvasen de los perseguidores que ya se acercaban pero el navío se alejó sin detenerse. Desesperado, Otón regresó a la costa y descubrió que sus perseguidores, ignorantes de su identidad, se habían alejado en busca de otras víctimas. A su regreso a la orilla sólo encontró a Calónimo, que no le había querido abandonar mientras que el duque de Baviera había continuado la huida. A lo lejos los dos hombres divisaron otro grupo de jinetes árabes que se dirigía hacia ellos. Desesperado Otón se lanzó de nuevo al mar intentando alcanzar otro barco que se veía a lo lejos. Entretanto sus perseguidores habían llegado hasta la orilla y mataron de inmediato al fiel judío pero no se atrevieron a seguir al caballo de Otón, que nadaba con fuerza en dirección a la embarcación haciéndole signos para que se detuviesen. El capitán, al ver al jinete que intentaba escapar de una muerte segura, se compadeció y dió órdenes de recoger al agotado caballero. Una vez a salvo la mayor preocupación de Otón fue la de ser descubierto y llevado a Constantinopla de modo que intentó ocultar su identidad pero fue reconocido por un oficial de origen eslavo llamado Xolunta que en otro tiempo había servido a sus órdenes. Compadecido el hombre le hizo en secreto señales para que no revelase su nombre y convenció al capitán de que el jinete era un noble germano por el que podría obtener un gran rescate, pero que sería necesario dirigirse a Rossano para cobrarlo, pues allí estaba depositado el tesoro imperial.

El capitán consintió en ello y al día siguiente la embarcación fondeó en el puerto para entrar en tratos sobre la liberación del cautivo. Xolunta pudo descender a tierra con el pretexto de negociar el rescate y así enviar un aviso a Teófano y al obispo de Metz. Muy pronto ambos acudieron angustiados al muelle para negociar acompañados de una larga hilera de bestias de carga que transportaban el tesoro imperial. Al ver esto el protocarabos ordenó echar el ancla para iniciar las negociaciones mientras el obispo salía en una lancha con algunos oficiales en dirección al chelandion. Los bizantinos, confiados, dejaron subir a bordo al obispo Dietrich que, bajo algún pretexto, consiguió que Otón cambiase su cota de mallas por una vestimenta más ligera. En un momento de descuido el emperador se arrojó por la borda y empezó a nadar en dirección a la costa. Un marinero intentó detenerlo pero fue muerto por Liuppo, uno de los hombres del séquito del obispo. Los griegos, repuestos de la sorpresa, intentaron iniciar la persecución pero los caballeros germanos empuñaron sus espadas y les hicieron retroceder. Simultáneamente numerosas embarcaciones salieron de la orilla cargadas de guerreros en defensa de su príncipe. Por fin Otón pudo alcanzar la orilla y fue puesto a salvo por sus hombres en medio de la desbordada alegría de todos. Fiel a su compromiso comunicó al barco bizantino que estaba dispuesto a recompensar magnificamente sus servicios, pero el capitán no se fió de la palabra de su antiguo prisionero e hizo vela de inmediato para alejarse de Rossano.

Tras alcanzar la playa Otón se dirigió de inmediato a reencontrarse con Teófano. Aquí los cronistas sitúan un episodio singular: en medio de la alegría del encuentro y alterada por las angustias padecidas la emperatriz hizo comentarios desdeñosos sobre la valía de los ejércitos germanos, lo que provocó el furor de Otón y una disputa entre ambos esposos, la única seria durante su matrimonio, que provocó un distanciamiento durante meses de lo que puede dar muestra indirecta la evidencia de que hasta el mes de julio del año siguiente el nombre de la emperatriz no apareció al lado del de su esposo en los diplomas imperiales.

De inmediato Otón abandonó Rossano y se dirigió a Cassano adonde llegó antes de acabar el mes de julio. Desde allí atravesando las montañas del Mercurion pasó a tierras de Salerno el 2 de agosto y el 18 de ese mes hacía su entrada en la propia capital. Desde allí Otón marchó a Capua, la única capital lombarda en la que tenía partidarios fieles, donde invistió como nuevo príncipe a Landenulfo, cuarto hijo de Pandolfo I, y se preparó para regresar a Roma y rehacer su ejército. 


La batalla de Colonna fue un desastre para ambos bandos. Los árabes tras la pérdida de su jefe tuvieron que regresar a Sicilia pero en Italia y el Imperio lo único en lo que se reparó fue en la tremenda derrota de Otón y la pérdida de su ejército. En medio de la enorme conmoción que sacudió toda Alemania estallaron revueltas en las fronteras del Elba y los propios servidores del emperador criticaron la ligereza e imprudencia de su aventura italiana mientras que en el norte de Italia las poblaciones se sublevaron contra los obispos como partidarios demasiado fieles de la voluntad de su señor y se negaron a obedecer los decretos imperiales. Para animar a sus partidarios en el mes de junio de 983 Otón convocó en Verona una gran asamblea en la que los señores de Alemania e Italia volvieron a proclamarlo rey de Germania e Italia al igual que a su hijo Otón entonces con tres años de edad. Queriendo borrar el recuerdo de su fracaso Otón se propuso organizar una nueva expedición en la que sólo pudo reclutar tropas italianas debido a las muchas pérdidas que sus súbditos alemanes habían sufrido y a la necesidad de proteger las fronteras en el noreste.

En septiembre Otón II llegó a la región de Larino en Benevento preparado para iniciar la nueva campaña pero la noticia de la muerte del Papa Benito VII y el temor a una revuelta en Roma hicieron dar marcha atrás al emperador. En la ciudad santa Otón se aseguró de que su canciller, el obispo Pedro de Pavía, fuese proclamado como Juan XV. Poco después el emperador cayó enfermo de disentería y falleció el 7 de diciembre de 983 a los veintiocho años de edad. Su cuerpo fue enterrado en San Pedro cerca del sepulcro de los Apóstoles. Con la muerte de Otón se puso fin a una época de intervenciones germánicas en Italia. Harán falta más de cuarenta años para volver a ver a un emperador alemán interviniendo con su ejército en tierras de Apulia. 

Mientras tanto en Sicilia los árabes, debilitados por la pérdida de su carismático jefe, no reemprendieron sus incursiones hasta 986 por lo que las autoridades bizantinas, espectadores pasivos de los últimos acontecimientos, terminaron obteniendo un provecho por el debilitamiento de todos sus rivales, también incluso en el caso de los lombardos, que habían perdido a los príncipes de Capua y Benevento en la jornada de Colonna y que en estos momentos no estaban en disposición de ofrecer una oposición decidida a los avances bizantinos. Los últimos rebeldes en Apulia se sometieron a Caloquiro Delfinas y los obispos latinos, que habían defendido la causa del Imperio, fueron recompensados por el catepán con importantes privilegios.


El primer texto que hace mención de un katepâno de Italia es un diploma fechado en la primavera de 970 a favor de la iglesia y monasterio de San Pedro de Tarento por el anthypatos y patricio Miguel en el que se hace mención a su antecesor en el cargo el catepán Miguel Abidelas. Por esta misma época fue redactado el Taktikon llamado del Escorial en el que se cita al catepán de Italia (término intercambiable con Longobardia en la nomenclatura oficial) en el puesto número 20, tras el catepán de Mesopotamia y el duque de Tesalónica, mientras que los strategoi de Sicilia, Longobardia y Calabria ocupan en la citada lista de dignidades los puestos del 60 al 62. La última referencia oficial conocida anterior a esa fecha es la de Mariano Argiro en 956, momento en el que se sigue utilizando todavía la  denominación de “estratego de Calabria y Longobardia” por lo que es en este período cuando cabe situar la reforma, muy posiblemente durante el reinado de Nicéforo Focas.

A partir de este momento y hasta el final de la dominación bizantina en Italia el catepán sustituye al antiguo estratego de Longobardia en su gobierno de Bari. Posiblemente es razonable conectar este cambio administrativo a una reforma que se proponía mejorar la defensa de las posesiones bizantinas en Italia.

Hasta entonces los territorios administrados por Bizancio se dividían en dos provincias: Longobardia y Calabria, gobernadas cada una por un estratego independiente. Aunque ambos tenían a su cargo funciones diplomáticas y militares el ámbito de acción era distinto. Para el primero correspondía la relación con los príncipes lombardos, regular sus intercambios diplomáticos con Constantinopla y hacer valer la autoridad imperial en la medida de sus posibilidades. Para el segundo quedaba el trato con el emirato de Sicilia regulando sus incursiones en tierra firme mediante el pago de una contribución regular.

También en la población de ambos themata había profundas diferencias, especialmente el predominio cultural y religioso de lo griego en Calabria frente a la mayoría latina y lombarda en Apulia, cuyos obispos eran ordenados desde Roma. Diferentes medios y diferentes políticas provocaron durante toda la primera mitad del siglo X que la mala coordinación y dispersión de fuerzas hicieran fracasar todos los intentos para establecer una paz duradera en Italia meridional. La primera reacción ante estas deficiencias organizativas se atestiguan desde 950 cuando el patricio Malaceno, al mando del ejército de socorro, llega investido con la autoridad suprema y los strategoi locales deben unir como subordinados sus fuerzas a las suyas pero sólo se trata de una medida excepcional y provisional. Pocos años más tarde Mariano Argiro es nombrado también estratego de Longobardia y Calabria pero posiblemente tras la paz los dos themata volvieron a ser gobernados por sus respectivos oficiales. 


Hacia 965 Nicéforo Focas envió a Bari para gobernar simultáneamente Longobardia y Calabria al magistros Nicéforo Hexacionites en una decisión recibida con expectación en Italia pues, como nos cuenta el biógrafo de la Vida de San Nilo, nunca se había visto en esas tierras un funcionario de tan alta dignidad. Es en estos momentos cuando se sitúa el episodio de la quema de barcos en Rossano provocada por el deseo del nuevo gobernador de mejorar el estado de la defensa marítima de Calabria. En esos días apenas algunos pocos barcos patrullaban a lo largo de las costas de modo que en caso de necesidad se hacía necesario recurrir a la flota imperial o a la de los themata marítimos. Parece claro que en esta época en Constantinopla se veía claramente la necesidad de reformar la administración italiana estableciendo una unión más estrecha entre ambos territorios. Por aquellos años aparece en Rossano un alto funcionario civil, Eupraxio, que es llamado “juez imperial de Italia y de Calabria” al tiempo que en el terreno religioso se busca la unificación del clero intentando asegurar también en Apulia la supremacía del rito griego. Fue éste un período de recuperación que asistió a la reconstrucción de Tarento, posiblemente en 967/968, hasta entonces abandonada tras su destrucción en 928 a manos de los árabes. La ciudad fue por completo reconstruida a partir de los restos de la antigua villa y emplazada ahora en la cima de la acrópolis. La nueva población, reclutada entre las poblaciones vecinas pero contando también con colonos griegos, fue servida por un acueducto de cerca de 40 Km. que abastecía a la ciudad con las aguas de Vallenza. Pronto Tarento recuperó su posición de antaño hasta consolidarse como la segunda ciudad de Calabria y se convirtió en sede de un obispado dependiente del metropolitano de Reggio. Parece datable también de este período o en todo caso de principios del XI la fundación de Catanzaro y de la cercana fortaleza de Rocca Niceforo (actualmente Rocca-Falluca). Paralelamente a estos esfuerzos reconstructores el emperador, de acuerdo con el patriarca Polieucto, dictó órdenes para acelerar la helenización de las provincias italianas en el plano religioso impidiendo la práctica de las ceremonias de rito latino en las tierras sometidas a la autoridad de Bizancio. Tal y como Liutprando hace notar en su Legatio


“Nicéforo, lleno de odio contra vos (Otón I) y contra la Iglesia, acaba de ordenar al patriarca de Constantinopla que transforme el obispado de Otranto en metropolitano y que no se tolere que los divinos misterios se celebren en lengua latina en ninguna localidad de Apulia o Calabria. A partir de ahora sólo se podrá usar la lengua griega. El patriarca Polieucto, en consecuencia, ha dado la orden al jefe de esta iglesia de Otranto concediéndole pleno poder para consagrar obispos en las iglesias de Acerenza, Tursi, Gravina, Matera, Tricarico, todas ellas dependientes sin duda alguna del papa de Roma”. 


Seguramente la creación del título de catepán de Italia debe remontarse también al reinado de Nicéforo Focas, pues en el diploma de 970 se hace alusión a una donación anterior de otro catepán. No obstante el título no supone que la autoridad del nuevo oficial se extendiera por igual en ambas regiones ya que en la titulatura el término “Italia” no se aplica nunca a Calabria y este thema mantuvo siempre su individualidad aunque parece que progresivamente se fue convirtiendo en subordinado del de Italia. Finalmente el uso del término katepâno para el oficial al mando en Italia se explica por la constatacion de que en el siglo X el gobierno imperial tendía a llamar así a los oficiales al mando en regiones fronterizas (de Baja Media, de Iberia, de Dirraquio, etc.) o a cargo de tropas auxiliares (como los Mardaítas o los eslavos de Opsikion). La propia Italia era una región fronteriza en la que el oficial al mando debía tener unas atribuciones y una autonomía superiores a la de un estratego normal. El oficial al mando ejercía una autoridad incontestada sólo sujeta por el poder central mediante la breve duración de los cargos y la posibilidad siempre presente de una investigación al término de los mismos para decidir sobre las posibles faltas y abusos de poder cometidos durante el mandato. 


Las especiales circunstancias que caracterizaban las provincias italianas exigieron siempre de la praxis administrativa bizantina una particular flexibilidad. El gobierno de un territorio con una población mayoritariamente de lengua latina, que dependía en lo eclesiástico de Roma y no del Patriarca y que en el plano jurídico seguía utilizando el derecho lombardo implicaba la concesión de una amplia autonomía y el reconocimiento de las limitaciones del gobierno imperial para imponer su voluntad. Una voluntad que conoció altibajos muy señalados a la hora de ser aplicada a unos súbditos en ocasiones muy reacios a aceptar las imposiciones que llegaban del otro lado del Adriático.

A la cabeza de la estructura administrativa de los themata de Sicilia-Calabria y Longobardia, al menos hasta el final del reinado de Nicéforo Focas, se situaba un estratego con atribuciones civiles y militares. Cuando se instituyó el catepanato, alrededor de 969, el thema de Calabria mantuvo su independencia bajo su propio gobernador. La norma administrativa bizantina impedía habitualmente los mandatos de larga duración y durante este período un oficial no permanecía en su puesto habitualmente más de cuatro años. El rango de los gobernadores en la primera época era normalmente de protoespatario o patricio. Con la llegada de los catepanes el rango de los oficiales seleccionados fue habitualmente el de patricio y sólo en épocas críticas como en la década de 1040 fueron nombrados para el cargo magistros o duques. La nueva organización no trajo sin embargo novedades en cuanto a las competencias del gobernador de Italia pues en todos los casos se ve a los catepanes atender, además de sus tareas militares, asuntos judiciales, confirmando privilegios a instituciones religiosas y a particulares, decidiendo en cuestiones administrativas, etc.

Cuando las circunstancias lo requerían el estratego o catepán delegaba en un representante denominado ek prosopou, aunque el oficial subordinado que más frecuentemente aparece en las fuentes es el turmarca. Habitualmente un thema estaba dividido en varias turmas, cada una con un turmarca a su frente. En Italia este sistema fue aplicándose a medida que se comenzaron a reconquistar tierras a finales del IX. Cuando el estratego Barsacio regresó en 895 a Bari tras su estancia en Benevento dejó en la ciudad al turmarca Teodoro al mando. Los turmarcas eran nombrados directamente por el emperador y tenían mando directo sobre un contingente de tropas aunque su importancia se devaluó ya en la primera mitad del siglo X, cuando Constantino Porfirogénito, hablando de los preparativos para la expedición a Creta de 949, distingue dos tipos de turmarcas con diferente nivel de retribución y ya en los años 70 el cargo había descendido tanto en la jerarquía que no es citado en el Taktikon de El Escorial.


En el caso italiano abundan las referencias a los turmarcas asociadas a actividades de tipo judicial y realizadas por indígenas, aunque no es descartable que éstos siguiesen desempeñando funciones de tipo militar. Las turmas estaban a su vez divididas en druggoi y éstos a su vez en banda o topoteresiai aunque hasta el momento no han podido ser identificadas y delimitadas con seguridad en Italia.

Subordinado al turmarca aparecían los oficiales de gradio medio: el merarca, y tras él el komes tes kortes, componente del estado mayor (proeleusis) del gobernador de la provincia, detentando habitualmente el rango de espatario o espatarocandidato. El kartoularios tou thematos era el responsable del catastro provincial, dependiente por un lado del estratego pero también relacionado con la oficina del Logoteta del Stratiotikon. Otro miembro del séquito del gobernador era el domestikos tou thematos que junto a kometes de los banda, centarcas, protocentarcas, un proximos y protocancelarios son mencionados en las fuente asumiendo diversas funciones administrativas y judiciales.

Más definidos en sus competencias eran otros dos funcionarios que trabajaban a las órdenes del estratego: el protonotarios tou thematos, a cargo de la administración financiera y el krités, dikastés o praitor tou thematos, que ejercía la función de juez supremo de la provincia. Ambos, al igual que el cartulario, respondían ante el gobernador y la administración central, en este caso del Sakellion. Los jueces solían ser profesionales de la carrera notarial, frecuentemente con el rango de asekretis, y dependían del protoasekretis de Constantinopla hasta la creación durante el reinado de Constantino IX Monómaco de la oficina epi ton criseon.

Se reconocen también en las fuentes los cargos de taxiarca, oficial al mando de una fuerza de 1.000 soldados y que desde fines del X aparecen en Italia ocupados en cuestiones de ámbito civil  y topotereta, éste último muy posiblemente vinculado al mando de pequeñas guarniciones y no exento de funciones extramilitares. En todos los casos, a la vista de la documentación conservada, las funciones y competencias de los distintos oficiales de la administración bizantina parecen menos rígidas de lo que se pudiera pensar y más adaptada por ello a las necesidades del momento. 

El sistema defensivo de los themata italianos se basaba en la autonomía militar de cada circunscripción y sólo en momentos de crisis o en caso de expediciones se emplearon tropas llegadas de otras regiones. La base económica del ejército era la strateia, carga no necesariamente militar que desde finales del X fue progresivamente convertida en dinero. En pocas ocasiones el poseedor de un stratiotikon ktema coincidía con un soldado en ejercicio, aunque era responsable de los gastos derivados de la adquisición y mantenimiento del armamento ante el fisco, lo que explica la circunstancia de que frecuentemente encontremos a clérigos en posesión de stratiotika ktemata y por tanto sujetos al pago de la strateia. Las necesidades acuciantes de defensa de las provincias italianas sobrepasaron en mucho la capacidad de las milicias locales y exigieron la presencia casi constante de tropas llegadas desde otras partes del Imperio. La progresiva profesionalización del ejército bizantino desde mediados del siglo X disminuyó todavía más la importancia de los reclutas italianos a los que encontramos a lo largo del siglo XI enrolados como milicia de infantería ligera (contaratoi o conterati como son llamados en las fuentes) de escaso valor militar. En su lugar las batallas fueron libradas principalmente con soldados de exóticos orígenes: rusos, armenios, válacos además de una amplia representación de los themata orientales.


Entre los oficiales documentados en las fuentes encontramos abundantes referencias a miembros de las scholae, excubitores y manglabitas y también, a partir de 1040 hay alusiones a los pantheotai, miembros de un cuerpo de la guardia palatina constantinopolitana, desempeñando funciones de carácter judicial.

En el ámbito judicial el derecho lombardo siguió siendo utilizado entre la población latina de Apulia. Los iudices de cada población se hacían cargo de los procesos jurídicos en su área de actuación y en muchos casos se alternaban en las funciones los krités y los gastaldi. Éstos últimos, originariamente los funcionarios provinciales lombardos de rango más elevado, habían sufrido una pérdida de importancia a lo largo del siglo IX incluso en los principados de Benevento y Salerno y aparecieron desde entonces aplicados a funciones administrativas de rango subalterno como la realización de contratos de donación, adquisición y permuta de tierras o divisiones de herencia. En cualquier caso no parece que haya habido especiales problemas en su integración en el sistema administrativo bizantino, bajo el cual siguieron activos sin mayores problemas. Esa flexibilidad de la administración imperial se trasladó también a la práctica utilizada en algunas comunidades cercanas al santuario del Monte Gargano con población de mayoría eslava y en la que la administración de los asuntos judiciales quedó también a cargo de los zupan locales.

La autoridad superior a los jueces y gastaldos era el turmarca de la ciudad, muy frecuentemente de origen lombardo. En caso de no disponer de uno los asuntos eran dirigidos a la instancia superior, bien fuese el krités tou thematos, el ek prosopou o el estratego o catepán mismos si era necesario o si ocurría que llegasen a la población durante un viaje de inspección.

En los asuntos portuarios el parathalassites tenía la jurisdicción suprema, decidiendo sobre todas las cuestiones que afectaban a la marina mercante desde su sede en el puerto de Bari. Este cargo siguió en vigencia durante la época normanda. 


La administración financiera en la Italia bizantina en principio no difería de los procedimientos observados en otras partes del Imperio. Los estrategos y catepanes podían otorgar exenciones a iglesias y monasterios imitando el ejemplo de la corte imperial. Los funcionarios fiscales eran también los mismos: el protonotario, encargado provincial del Sakellion, el cartulario, que formaba parte del Logothesion tou stratiotikou, y los kommerkiarioi, funcionarios de la aduana que dependían del Logothesion tou genikou. También aparecen en las fuentes los administradores de los bienes imperiales, curatores y episkeptitai, que en ocasiones parecen haber dependido de la autoridad del catepán y no del gobierno central. En un primer momento, cuando el control sobre las tierras reconquistadas no era firme todavía el gobierno bizantino optó por mantener el sistema tributario tradicional en el país, tal y como se ve en los privilegios del año 892 en los que los monasterios de Montecassino y San Vicente de Volturno son exentos de todos los impuestos (datio), tributos, derechos de puente y puerta (portaticum) y de amarre (ripaticum). En fechas posteriores el único impuesto documentado es el kommerkion recaudado por los funcionarios correspondientes asentados en Bari. Curiosamente los ciudadanos de Bari estaban obligados a pagar el kommerkion de nuevo en Abidos en caso de dirigirse a Constantinopla y en el tratado firmado con Venecia en 992 se prohibía a sus marinos transportar en sus naves mercancías o comerciantes amalfitanos, judíos y barenses so pena de perder todo el cargamento. A pesar de ello el tráfico con la capital parece haber sido floreciente a lo largo del siglo XI a juzgar por las numerosas referencias a naufragios de naves mercantes en esa ruta. 

 

 

Tras la fallida empresa de Otón II y la derrota de Colonna las tropas bizantinas pudieron ir recuperando paulatinamente las villas de Apulia que habían sido ocupadas por los alemanes durante su campaña. Así sabemos que ya en diciembre de 982 el patricio Delfinas había recuperado Ascoli Satriano tras haber entrado en Bari en junio anterior y que en el año 983 los documentos jurídicos de Lucera volvieron a ser datados con los años del reinado de los emperadores Basilio y Constantino. El 11 de junio de 984 los hermanos Teofilacto y Sergio, sin duda ciudadanos prominentes y cabeza del partido probizantino, hicieron entrega de Bari tras haber expulsado a la guarnición alemana, siendo ambos recompensados con el título de protoespatario. Posiblemente en estos momentos la administración bizantina de los dos themata se organizó más sólidamente bajo la autoridad de un único jefe militar, el catepán, con residencia en Bari. Si bien el primero atestiguado en las fuentes es Miguel Abidelas, citado ya en un acta de 970 es a partir de estos momentos cuando se regulariza su situación. 

La atención de los bizantinos en Italia se volvió sobre la amenaza musulmana cada vez más presionante frente a unas defensas reducidas a la condición de milicias locales, e imposibilitadas de recibir refuerzos desde Constantinopla en una época de revueltas, guerras civiles y enfrentamientos con los búlgaros. Los gobernantes de los años finales del X y comienzos del XI, de los que conocemos a Caloquiro Delfinas (¿980?-984), Romano (984-988), Juan Amirópulo (989-?), Gregorio Tarcaniotes (998-1006) y Alejo Jifias (1006-1008) seguramente tuvieron muy pocos medios con los que enfrentarse a la amenaza que llegaba desde las costas. Por ello los piratas y corsarios sarracenos multiplicaron sus algaradas en esos años finales del siglo X, saqueando, obteniendo rescates de las poblaciones y atreviéndose incluso a ocupar en firme diversas localidades. En 986 cayó la ciudad de Gerace y al año siguiente fueron destruidas las murallas de Cosenza.

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sulmanes parecen haber aprovechado unos años de revueltas y agitaciones especialmente acentuadas pues se nos da cuenta en 986 de la muerte en Bari del protoespatario Sergio a manos de sus conciudadanos. Este Sergio había sido uno de los protagonistas de la recuperación de Bari dos años atrás. Al año siguiente fue el turno de un tal Andraliscos o Adralestos, muerto por el krités Nicolás, jefe de otra revuelta. Esta asonada en Bari debió tener bastante importancia pues no se documenta el final de la misma hasta 989, ya con Juan Amirópulo al mando, que hizo ejecutar a los cabecillas entre los que se encontraban Porfirio, el krités Nicolás y el hikanates León. Y a pesar de todo la paz no llegó a la capital pues al año siguiente se registraron nuevas muertes de funcionarios imperiales, esta vez los excubitores Pedro y Bubalés. Posiblemente tengamos que ver detrás de toda esta inestabilidad cuestiones de tipo fiscal y exacciones monetarias muy mal recibidas por parte de la comunidad ciudadana de la capital. 

La presencia de los piratas siguió siendo constante en estos años y pronto la misma Bari fue amenazada directamente en el año 988, cuando los corsarios llegaron a saquear los suburbios y llevan prisioneros a Sicilia a gran cantidad de campesinos. Aunque no asediaron todavía Bari sí se atrevieron a atacar Tarento en 991, batiendo el 28 de agosto a un ejército de auxilio que había llegado desde Espoleto al mando del conde Atón para unirse a las milicias locales de Apulia. Es posible que las bandas árabes mantuviesen algunas bases en las zonas montañosas de Basilicata, particularmente en la región de Pietrapertosa.

En 994 los corsarios se apoderaron de Matera tras un largo asedio de cuatro meses. En ocasiones los invasores contaban con la colaboración local. Sabemos que en 997 un tal Esmaragdo, un lombardo que había sido exiliado de su ciudad natal de Bari, asesinó en compañía de su hermano Pedro a un alto funcionario bizantino de Oria, el excubitor Teodoro, posiblemente al mando de la guarnición local. La sublevación se mantuvo durante todo un año y en octubre de 998 Esmaragdo entró en contacto con un jefe musulmán, el caid Abu Said y le prometió facilitarle la entrada en Bari valiéndose de sus contactos en la ciudad. En el último momento, ya ante los muros de la ciudad, Abu Said sospechó una celada y se retiró apresuradamente. Seguramente otros casos similares tuvieron lugar pues conocemos que en 999 el protoespatario y catepán de Italia Gregorio Tarcaniotes recompensó a un oficial en Tarento por los servicios prestados en la lucha contra los piratas, alabando su fidelidad hacia el basileo “cuando tantos otros hacían causa común con el enemigo”. Las fuentes de la época son unánimes al testimoniar los grandes padecimientos de la población ante los ataques repetidos y la miseria que asoló por estos años toda la Italia meridional.

Tarcaniotes, miembro de una familia que habría de destacarse a lo largo del siglo siguiente, parece haber sido un soldado enérgico que se aplicó pronto a dominar las distintas revueltas. En 999 recuperó Gravina de manos de unos rebeldes lombardos guiados por un tal Teofilacto. Al año siguiente le tocó el turno finalmente a Esmaragdo. De Tarcaniotes se conservan varios sigillia en el monasterio de Montecassino en los que se hace donación de propiedades a diversas instituciones religiosas y también a particulares que, como el otorgado al espatarocandidato Cristóforo Bocomaqués en noviembre de 999, se habían distinguido “en recompensa por su valerosa y patriótica actitud al servicio de los santos emperadores en la lucha contra los miserables agarenos”. 


Venecia y Bizancio compartían el objetivo común de proteger las costas del Adriático y el tráfico marítimo contra los eslavos, croatas y árabes. Para la primera ésto significaba un acceso libre al Mediterráneo y para Bizancio la garantía de comunicaciones despejadas entre la capital y las provincias italianas.  En marzo de 992 los emperadores Basilio II y Constantino VIII llegaron a un acuerdo con Venecia que nos ha sido transmitido por la traducción latina del crisóbulo original. De acuerdo con este tratado el emperador garantizaba privilegios aduaneros a los barcos venecianos en los puestos de Constantinopla y Ábydos mientras que el dogo Pedro II Orseolo prometía asistencia naval siempre que el emperador necesitase enviar tropas al sur de Italia. En los siguientes años el acuerdo funcionó a satisfacción de ambas partes: Venecia sin duda contó con la colaboración bizantina durante su exitosa expedición a Dalmacia en 1000/1001 que le reportó la toma de Zara, Curzola y Lagosta. Y  la ayuda veneciana fue fundamental para Bizancio tras la captura de Dirraquio por los búlgaros en la década de los noventa, pues la toma de ese importante enclave supuso la interrupción de las comunicaciones directas entre Bizancio y las provincias italianas. Esas cláusulas del tratado tuvieron que hacerse efectivas muy pronto a raíz de un recrudecimiento de los ataques piratas a partir de 1002 cuando la propia Bari fue tomada como objetivo y presa. Un numeroso ejército al mando del caid Safi asedió la ciudad por tierra y mar desde finales de mayo hasta el 20 de septiembre. Sólo la llegada de la flota veneciana el 6 de septiembre, al mando del propio Dogo Pedro II Orseolo pudo avituallar a la población presa ya de la hambruna. Tras aportar el auxilio los navíos venecianos se hicieron a la mar para enfrentarse a la flota sitiadora, mientras las tropas de Tarcaniotes realizaban una salida por sorpresa. Los combates en tierra y mar duraron tres días y tuvieron gran intensidad, e incluso el propio catepán estuvo a punto de caer prisionero en manos de los lombardos rebeldes que combatían junto a los sarracenos. Por fin los sitiadores se dieron por vencidos en la noche del tercer día y aprovecharon la oscuridad para retirarse. Bari se vió libre entonces de la amenaza y Basilio II recompensó al Dogo con el matrimonio de María Argyrina con su hijo Juan en el año 1004. 

En estos años también se hablaba de renovar alianzas matrimoniales con la corte germánica mediante el proyecto de enlace entre una princesa porfirogénita y el joven Otón III. Cuando el embajador de éste último, el arzobispo de Piacenza Juan Filagatos, griego de Rossano, antiguo tutor y canciller de Otón y fiel colaborador de Teófano, regresó a Roma de su misión en 997 se vió envuelto en medio de circunstancias poco claras en una conspiración contra el papa Gregorio V, primo del emperador. Apoyado por los romanos, especialmente por la poderosa familia de los Crescencios, asumió la tiara pontificia con el nombre de Juan XVI, posiblemente incitado por las maquinaciones del embajador bizantino León, metropolitano de Synada. Como dice Falkenhausen, es significativo de la influencia bizantina en Italia en estos años que la elección de un papa griego fuese preferible a la de un sajón para los romanos. En cualquier caso a finales del siglo X vivían en Roma y su entorno un buen número de clérigos y monjes griegos, algunos de ellos de gran predicamento y autoridad espiritual entre los romanos y la corte imperial como el obispo de Damasco Sergio, Sabas el joven, Nilo de Rossano y Gregorio de Cassano. Cuando en 998 el emperador cruzó los Alpes para reestablecer su autoridad en Roma los rebeldes, incluido Juan, fueron cruelmente castigados pero las relaciones entre ambos Imperios no se vieron dañadas por este episodio y las negociaciones siguieron adelante. Sólo la muerte repentina de Otón el 23 o 24 de enero de 1002 puso fin al proyecto cuando ya el embajador imperial el obispo Arnulfo de Milán acompañado por la novia bizantina había desembarcado en Bari. La desdichada princesa tuvo que regresar a su patria con todos sus acompañantes.

 


Aunque Bari había sorteado el peligro todavía siguieron menudeando los ataques árabes en otras zonas, principalmente en Calabria: en julio de 1006 llegó a Italia un nuevo catepán llamado Alejo Jifias, muy posiblemente el Alejo Caronte padre de Ana Dalasena citado por Ana Comneno en su Alexíada, y el 6 de agosto tuvo lugar cerca de Reggio otra gran batalla naval, aunque esta vez fue la marina de Pisa la que sirvió bien a los intereses de Bizancio. A pesar de todo el peligro y las incursiones no cesaron inmediatamente pues en 1009 las bandas musulmanas volvieron a invadir el valle del Crati y ocuparon de nuevo Cosenza. 

A partir de estos momentos la amenaza en las costas se alejó gracias a la colaboración de las flotas de las ciudades estado del norte. A ello contribuyó también la recuperación de Dirraquio  desde 1005, evento reconocido por la aristocracia de Apulia como un hecho remarcable al permitir la reapertura del tráfico y el comercio con Bizancio. Sin embargo las dificultades para las autoridades bizantinas no se acabaron porque en los primeros años del siglo XI se asistió a un recrudecimiento de la agitación en las comunidades locales, presas de continuas luchas intestinas. Fue durante el mandato del nuevo catepán y anterior estratego de Samos, Juan Curcuas, llegado en mayo de 1008 para reemplazar a Alejo Jifias, fallecido en algún momento entre marzo y agosto de 1007, cuando estalló una grave revuelta merecedora de ser recogida en la crónica de Skylitzés, más seria que todas las producidas a lo largo del medio siglo anterior y que habría de tener repercursiones de gran trascendencia en las décadas posteriores.

El 9 de mayo de 1009, poco después de la llegada a Bari de Curcuas, se inició en la ciudad una revuelta encabezada por el adinerado ciudadano Meles o Melo. Éste, quizá de origen armenio, fue lo suficientemente hábil para arrastrar a los habitantes a un desafío abierto a la autoridad griega, lo que no era un hecho nuevo pues con relativa regularidad se habían sucedido en los dominios bizantinos motines y asonadas en los cuales no es necesario vislumbrar un deseo de desligarse del destino de Bizancio. Tales revueltas frecuentemente estallaban por causas e individuos concretos: no contra el Imperio sino contra un determinado funcionario, por el odio hacia algún magnate (que portaba títulos y dignidades bizantinos) en una secuencia que se repitió una y otra vez en las principales villas de Apulia.

Posiblemente también el factor económico debe ser tenido muy en cuenta, al no estar limitados los catepanes por un monto fijo en la fijación de los impuestos imperiales, lo que podía llevar a situaciones de abuso y sobrecarga fiscal que eran muy mal recibidos por las poblaciónes locales, especialmente en momentos como el invierno de 1009 que fue recordado en las crónicas por su excepcional crudeza. Tras la eliminación de la amenaza musulmana seguramente las actividades comerciales en la ciudad de Bari recibieron un nuevo impulso y es posible que los comerciantes y gentes adineradas de la villa recibieran de muy mal grado las cargas financieras que el nuevo catepán fijase a su llegada. Precisamente se nos dice que Meles era el ciudadano más rico de Bari, aquel que tenía más que perder con el aumento de la carga fiscal y el más interesado en que la situación no progresase en esa dirección. No es descartable que el objetivo político de Meles fuese el de crear una estructura política similar a los ducados de Amalfi o Venecia, ciudades con intereses marítimos como los de Bari, y quizá lo confirma el hecho de que posteriormente fuese premiado con el título de Dux Apuliae por el emperador germánico.

La insurrección en Bari se extendió con rapidez a Trani, y pronto se llegó al combate entre ambos bandos, con una sangrienta lucha en las cercanías de Bitonto. La milicia barense fue derrotada en el encuentro con las tropas del catepán, pero pudo conservar el control de la ciudad para los sublevados. Es posible que por aquella época hubiese otro choque, esta vez en Montepeloso y que los rebeldes contasen con la ayuda de bandas de sarracenos que permanecían en la región.


En enero o febrero de 1010 murió también Juan Curcuas y en su sustitución llegó en marzo el protoespatario Basilio Argiro, llamado Mesardonites, estratego de Samos acompañado en calidad de lugarteniente por el estratego de Cefalonia León Tornicio, apodado por su baja estatura Contoleón. Los dos oficiales pusieron sitio a Bari desde el 11 de abril. Tras un asedio de dos meses los barenses capitularon permitiendo al catepán la ocupación de la ciudadela en junio. Mesardonites exigió a los vencidos la entrega de su cabecilla Meles pero éste huyó en el último momento acompañado por su cuñado Datón. No tuvieron la misma suerte su mujer Maralda y su hijo Argyros, que fueron enviados a Constantinopla como rehenes. Décadas después su hijo volvería a Italia para tener un destacado papel en la escena política, aunque en un contexto totalmente diferente. Para prevenir la amenaza de futuras revueltas Mesardonites ordenó la construcción en la cercanía del puerto del Praitorion, de la residencia fortificada del gobernador en el lugar donde luego a finales del siglo se erigiría la iglesia de San Nicolás.

Mientras tanto el huido Meles llegó en su escapada hasta Ascoli, que también se había manifestado a favor de la revuelta, pero los éxitos de Basilio Mesardonites habían entibiado los entusiasmos revolucionarios de los amotinados y Meles no se consideró todavía a salvo, por lo que optó por buscar asilo entre los principados lombardos, primero en Benevento, luego en Salerno  que le denegaron su apoyo y finalmente en Capua, donde estableció su residencia.

Tras someter Bari y convertirla de nuevo en sede del gobierno del thema Basilio Mesardonites emprendió un viaje a Campania para afirmar la soberanía del basileo en la zona, forzando a los príncipes lombardos a mantener al menos una apariencia de sumisión a Constantinopla, devolviendo así el prestigio a la causa imperial y desanimando con ello a los rebeldes de Apulia. En octubre de 1011 se encontró en Salerno con monjes de Montecassino a los que extendió un diploma confirmando la protección de sus dominios en Apulia. Es posible que el catepán hubiese emprendido también este viaje para intentar prender al fugitivo Meles, pero éste consiguió finalmente sustraerse a su vigilancia en la corte de Pandolfo II de Capua, con lo que el príncipe lombardo afirmó frente a Bizancio su deseo de mantener una total independencia del Imperio.

 


Según la tradición conservada en Montecassino durante su estancia en Capua Meles trabó conocimiento con un cierto número de normandos que allí prestaban sus servicios como mercenarios. Conocedor de sus virtudes militares y sabedor de sus ansias de aventura y riquezas les propuso llevar contra los bizantinos una nueva tentativa. Por el contrario, de acuerdo con la tradición transmitida por la obra de Guillermo de Apulia, se fija el primer contacto entre Meles y los normandos hacia el final de 1011, en un encuentro con peregrinos que, de vuelta de Jerusalén, se detuvieron en el santuario de San Miguel de Monte Gargano. Ante ellos se presentó un lombardo exiliado, vestido a la moda bizantina, que dijo llamarse Meles. El hombre les narró su historia y sus desventuras y, viendo en ellos a hombres belicosos dispuestos a arriesgar todo en busca de fortuna, les expuso el atractivo de la empresa por la facilidad con que los griegos podrían ser derrotados y el inmenso botín del que se podrían adueñar en un país dispuesto a ser dominado por aquel que tuviese la audacia de reclamar su señorío.

Ante este prometedor panorama los normandos prometieron a Meles regresar con muchos más compatriotas para intentar la conquista de Apulia. De vuelta en su Normandía natal esparcieron la noticia y pronto encontraron multitud de compatriotas dispuestos a escuchar con agrado. La Normandía de principios del XI estaba sobrepoblada de hombres sin posibilidades de labrarse un futuro en los estrechos límites del ducado y,  separados de su pasado vikingo sólo por dos generaciones, conservaban el arrojo y la energía para lanzarse a cualquier empresa que les pudiera proporcionar tierras, honores y riquezas.

Según la tradición los primeros normandos que acudieron a Capua a ponerse al servicio de Meles habían tenido que huir de Normandía para escapar al castigo del duque Ricardo II. Uno de ellos, Gisleberto Buatère, había sido acusado del asesinato de un vasallo del duque, Guillermo Repostel, y llegó pronto a un acuerdo con otros caballeros en malas relaciones también con el duque: Rainulfo, Aseligrín, Osmudo, Lofuldo, todos ellos hermanos de Gisleberto, así como Gosman, Rufino, Stigand y Raúl de Toeni junto con sus respectivos hombres de armas y servidores. Raúl de Toeni parece haber sido el lider de los exiliados. El porqué de la elección de Italia como destino está en otra tradición que nos cuenta que, alrededor del año 1000, cuarenta peregrinos normandos se detuvieron en Salerno de vuelta de un viaje a Jerusalén. La ciudad estaba entonces asediada por los musulmanes y el príncipe Guaimar, muy apurado, solicitó la ayuda de los recién llegados. Las habilidades militares de los peregrinos contribuyeron decisivamente a la liberación de la ciudad y el agradecido príncipe, tras recompensarles espléndidamente, les rogó que difundieran al regreso a su hogar su petición para que otros compatriotas acudiesen a alistarse como auxiliares a su servicio. No contento con esto Guaimar envió directamente una embajada a Normandía y sus mensajes y las impresiones de los peregrinos tuvieron gran acogida entre unos caballeros ávidos de riqueza y asfixiados por la escasez de oportunidades que les esperaba en su tierra natal. El tentador panorama de un país rico y la perspectiva de la guerra contra los infieles sedujo facilmente a sus destinatarios y fueron los asesinos de Guillermo Repostel los primeros que acudieron a la llamada desde Italia.

En 1015 o 1016 Gisleberto y sus compañeros llegaron a Capua tras haberse detenido en Roma. Durante su estancia en la ciudad el Papa Benito VIII les había animado a entrar al servicio de los príncipes lombardos, seguramente deseoso de librarse de unos huéspedes potencialmente incómodos y considerándolos un arma para contrarrestar la influencia bizantina en la zona. Es posible que sea entonces cuando haya que situar históricamente la amenaza sarracena sobre Salerno, que la tradición sitúa quizá erróneamente unos años antes. Tras desaparecer el peligro los mercenarios se encontraron ociosos y sin empleo, por lo que éste pudo ser el momento en que de acuerdo con Meles se dirigieron hacia Apulia. A la pequeña banda de normandos se unieron contingentes lombardos reclutados aquí y allá por Meles, haciendo llamamientos a todos los descontentos y capitanes de fortuna hasta formar un ejército bastante numeroso con el que poder enfrentarse a las tropas del emperador.

 

invasiónormanda

La irrupción de Meles y sus normandos en Apulia tuvo lugar en mayo de 1017 y de inmediato los saqueos a los que se entregaron los recién llegados llenaron de terror a los habitantes de las comarcas septentrionales de Apulia. La actitud desdeñosa de los normandos por una población a la que consideraban reblandecida y acomodada les sustrajo desde el primer momento el apoyo popular. Aunque la rebelión volvió a surgir en alguna ciudad, como Trani, la mayor parte de las villas fueron tomadas a la fuerza y no se produjo ningún tipo de movimiento en contra de la dominación bizantina. La población asistió espantada, pero inactiva, a las evoluciones de esta guerra.

 

En estos momentos al frente del catepanato ya no se encontraba Basilio Mesardonites, trasladado a finales del año anterior al Epiro y posteriormente al Vaspurakán. Su lugar había sido ocupado en mayo de 1017 por su antiguo segundo de vuelta de nuevo en Italia, el estratego de Cefalonia y protoespatario Contoleón Tornicio que, ante la noticia de la invasión, envió por delante a uno de sus lugartenientes, el excubitor León Paciano. Ese mes de mayo tuvo lugar un primer encuentro indeciso en Arenula, a orillas del Fortore. Pocas semanas después el catepán se reunió con su subordinado y juntos se enfrentaron el 22 de junio en una nueva batalla a los invasores cerca de Civitate. El combate terminó con una derrota bizantina y la muerte de Paciano, tras lo que los vencedores pudieron proseguir su marcha hacia el sur. Un tercer enfrentamiento tuvo lugar a mediados de julio en Vacarizza, cerca de lo que luego sería Troia, con una nueva victoria de los hombres de Meles. Las sucesivas derrotas del catepán provocaron su inmediata sustitución ese mismo verano y su regreso a Constantinopla.

En su sustitución llegó un personaje que ocuparía un lugar central en la escena política de la Italia Meridional durante el próximo decenio y que llevaría a la Italia Bizantina a su período de mayor esplendor. Se trataba del nuevo catepán, el protoespatario Basilio Boioannes, quizá de origen búlgaro, llegado en diciembre de 1017 en compañía del patricio Balantés y de un ejército considerable en el que destacaban los auxiliares rusos.

Durante este tiempo los normandos y Meles habían avanzado hasta Trani, ocupando en su camino diversos pueblos y villas. Para entonces ambos bandos habían reforzado considerablemente sus números, porque si Boioannes contaba con soldados profesionales a su mando por su parte los normandos de Raúl de Toeni se habían beneficiado de la llegada incesante de pequeños grupos de compatriotas atraídos por los sucesos acaecidos durante ese año y medio de combates. Boioannes contaba por su parte con el poderoso estímulo del oro, del que había sido bien provisto. Con su ayuda pudo ganar el concurso de las milicias locales y es posible que probase a corromper a aquellas que militaban bajo el mando de Meles.

En cualquier caso los imperiales se tomaron su tiempo para realizar sus preparativos. El gran retraso pudo haber sido debido a la necesidad de hacer frente a las diversas sublevaciones que se produjeron a raíz de las derrotas del año 1017. Intensos combates se produjeron en la región de Trani donde el protoespatario Juanicio y el lombardo Romualdo se mantuvieron en rebeldía contra la autoridad imperial. Finalmente las tropas del topoteretes Ligorio derrotaron a los rebeldes en un enfrentamiento que le costó la vida a Juanicio. Su colega Romualdo fue hecho prisionero y deportado a Constantinopla. Sabemos también que en junio de 1021 Falcón, turmarca y episkeptites de Trani, ejecutó en nombre del catepán las sanciones aplicadas a la población por su rebeldía, que afectaron especialmente al ciudadano Maraldo, cuyos bienes fueron adjudicados al abad Atenulfo de Montecassino.


Otra de las preocupaciones para Boioannes fue tratar de recuperar el apoyo de los principados lombardos que se habían mantenido neutrales ante la revuelta de Meles. Desde febrero de 1018 confirmó los bienes pertenecientes al monasterio de Montecassino y por estas fechas también logró un acuerdo con Pandolfo IV de Capua, el primero de los señores lombardos que se reconcilió con el gobierno bizantino.

Tras estos movimientos diplomáticos llegó el momento de las armas. En el mes de octubre de ese año tuvo lugar la última y decisiva batalla. Tras unos días en los que los ejércitos enfrentados maniobraron para situarse en la situación más ventajosa finalmente el catepán atrajo a los normandos a campo abierto a orillas del Ofanto, cerca de la villa de Cannas. En octubre de 1018 tuvo lugar un choque sangriento en el que finalmente los bizantinos llevaron la mejor parte. El ejército de Meles fue completamente derrotado y los normandos que combatían en primera linea sufrieron particularmente con sólo diez supervivientes entre los doscientos cincuenta que iniciaron el combate. Todas las ganancias de la campaña se perdieron en un día. Los fugitivos emprendieron la huida a toda velocidad en dirección a Benevento. Los normandos que sobrevivieron a la batalla se dispersaron: unos entraron al servicio de los príncipes lombardos Pandolfo de Capua y Guaimar de Salerno, otros huyeron a Montecassino, otros finalmente se unieron al cuñado de Meles, Datón, al que el Papa Benedicto había puesto al mando de una fortaleza en la desembocadura del Garellano.

Meles, acompañado por Raúl de Toeni, se decidió pronto a abandonar Italia y acudió a la corte del emperador Enrique II donde intentó con todas sus fuerzas convencerlo para que emprendiese una expedición contra los bizantinos. Llegó a Bamberg a comienzos de 1020, y allí Enrique le concedió el título de duque de Apulia afirmando con ello las pretensiones del Imperio Germánico sobre la región. Pero Meles pudo gozar poco tiempo de su recompensa pues falleció poco después de su llegada, el 23 de abril de 1020 y fue enterrado en la catedral de la ciudad. El emperador y sus sucesores se preocuparon siempre de que su tumba, la de un fiel vasallo del Imperio, fuese debidamente honrada.

Así fracasó la primera intentona normanda sobre los territorios bizantinos en una empresa en la que demostraron su crueldad y rapacidad sobre unas poblaciones que no demostraron tanto odio hacia sus señores bizantinos como para querer sustituirlos por unos amos todavía más implacables. El triunfo de Cannas permitiría un respiro de veinte años hasta que una nueva oleada normanda se extendiese sobre la Italia del Sur. Mientras tanto tuvo lugar el florecimiento de la dominación bizantina bajo el gobierno de Basilio Boioannes.

 

La victoria de Cannas y la huida de Meles renovaron el prestigio y la influencia de Bizancio en las tierras de la Italia meridional. En pocos meses la autoridad del basileo se vio restablecida y la paz llegó a las comunidades de Apulia. Los bienes de los rebeldes fueron distribuidos entre los grandes propietarios o las abadías latinas, a las que se quería ganar para la causa bizantina, entre las que fue especialmente beneficiada la de Montecassino, que recibió numerosas propiedades producto de las confiscaciones realizadas en la región de Trani. 

La preocupación principal del nuevo gobernador imperial fue asegurar por todos los medios la protección de la frontera en el norte de Apulia, de forma que de inmediato se procedió a la construcción de numerosas fortalezas en la llanura que se extiende entre el río Fortore y el Ofanto con el objetivo de presentar una barrera a las incursiones lombardas y germánicas que tenían esta región como vía habitual de penetración en las posesiones bizantinas. Esta nueva Marca aislaba la región del principado de Benevento, protegía Siponto y separaba la zona de peregrinación del Gargano del contacto de extranjeros. De hecho, en los primeros años tras la victoria sobre Meles las guarniciones bizantinas de la zona impidieron la entrada en la región a todos los foráneos, incluidos los peregrinos, de modo que todos aquellos que buscaban embarcarse rumbo a Jerusalén tomando la ruta habitual desde el puerto de Bari tuvieron que cambiar su itinerario.

Entre las villas y localidades reconstruidas o edificadas de nuevo en esta época la más famosa fue la de Troia, erigida sobre las ruinas de la antigua Ecana, que se convirtió en el puesto bizantino de mayor importancia en la ruta de Benevento a Siponto. La posición estratégica de la fortaleza, que dominaba desde una colina la llanura circundante y controlaba la antigua Via Trajana en la ruta hacia Siponto, era tan clara que contra ella se dirigieron en 1022 todos los esfuerzos del emperador Enrique II, llegado a Italia para continuar la empresa de Meles.

Conocemos algunos detalles del proceso de población de Troia, que empezó en los primeros meses de 1019, por diplomas que se han conservado, entre ellos la carta fundacional datada en junio de ese año. Se sabe que su población, ruda y belicosa, fue reclutada primordialmente entre lombardos y normandos del vecino condado de Ariano que, tras la victoria de Cannas, ofrecieron al catepán sus servicios y prefirieron la protección del basileo al dominio del señor de Benevento.

Además de Troia otras villas fueron reconstruidas con el mismo objetivo en la región, entre las que destacaron Dragonara, Montecorvino, Fiorentino y Civitate. Todas las obras fueron rematadas a lo largo del año 1019. En estas tierras famosas por su abundante producción de cereales está atestiguado en esta época el aumento de las actividades agrícolas tras un largo período de abandono. La preocupación de los gobernantes imperiales por la revitalización de la frontera quedó documentada en las abundantes donaciones y privilegios otorgados a las villas, obispados y monasterios del norte del catepanato tanto por Boioannes como por sus inmediatos sucesores Burgaris, Pothos Argyros o Constantino Opos. La reorganización de la región se completó con la creación de un arzobispado en Siponto independiente de Benevento y nuevos obispados en las fundaciones de Troya y Dragonara. De esta forma el norte de Apulia fue adquiriendo una identidad propia a lo largo del siglo XI hasta el punto de empezar a ser denominada en adelante como Capitanata, una deformación de la expresión “el país del catepán”.

 

Mientras tanto en la zona sur la amenaza sarracena seguía existiendo, aunque ya no con la gravedad del decenio anterior. Entre 1010 y 1015 se registra la actividad de algunas bandas en los alrededores de Bari y la persistencia del peligro se ve confirmada por documentos que nos hablan del abandono por parte de un alto funcionario bizantino de su residencia en Polignano para instalarse en la plaza más segura de Conversano. A partir de 1015 los graves disturbios en Sicilia redujeron todavía más las actividades corsarias y sólo en 1020 en Bisignano y en junio de 1023 se conocen las actividades de un jefe musulmán que en esta última fecha avanza sobre Bari, pero que pronto dirige sus actividades hacia Palagiano, al noroeste de Tarento. Como respuesta a estas incursiones Boioannes construyó en esta época las fortalezas de Móttola y Melfi, pero aunque se mantuvo la presencia árabe en la zona de Otranto en estos años con los jefes Rayca y Ja’far la amenaza no parece haber sido especialmente preocupante, aunque se sabe de combates con éstos últimos cerca de Bari en 1029, tras la marcha de Boioannes, cuando se produjo un recrudecimiento de la actividad corsaria en las costas italianas.

Las actividades de Basilio Boioannes también se extendieron al campo diplomático, en el que se esforzó por reactivar la defensa de los intereses bizantinos más allá de las fronteras del thema de Italia. Pronto entabló conversaciones con Pandolfo de Capua y su hermano Atenolfo, abad de Montecassino. Ambos, interesados en hacerse perdonar sus anteriores desvíos, se esforzaron en mostrar su solicitud ante el emperador, llegando el primero a enviar las llaves de oro de la ciudad en reconocimiento de la soberanía del emperador sobre su principado. El catepán puso a prueba la nueva fidelidad de Pandolfo y le exigió paso libre por su territorio para conducir sus tropas en busca de Datón, el cuñado de Meles. Pandolfo cedió a la solicitud y Boioannes condujo a sus tropas hasta las orillas del Garellano, donde se erigía la torre que gobernaba aquél. Tras un asedio de dos días el rebelde se rindió y fue conducido a Bari. La guarnición normanda se libró de represalias pasando al servicio del abad de Montecassino pero el desgraciado Datón fue condenado como rebelde a sufrir el castigo de los parricidas por la traición a su soberano y se le lanzó al mar metido en un saco de cuero el 15 de junio de 1021.

La actividad de Boioannes en la zona permitió restablecer la autoridad de Basilio II desde Troia hasta los límites con los Estados Pontificios, lo cual fue visto de inmediato como una amenaza para los intereses del Imperio Germánico en la zona por el temor a que Roma y el Papado volviese a caer bajo la influencia del poder de Constantinopla.


Tanto Enrique II como Benedicto VIII consideraron que no podían permanecer impasibles ante esa nueva amenaza. El emperador, que se encontraba en tierras renanas, ordenó de inmediato la organización de una expedición al sur tan pronto como le llegaron noticias de los acontecimientos en Campania. A mediados de noviembre de 1021 el emperador estaba ya en Augsburgo, punto de reunión de los contigentes suabios, bávaros y loreneses. Puesto en marcha con rapidez, atravesó el paso del Brennero y llegó a Rávena a finales de diciembre. El emperador llevaba consigo un poderoso ejército de 60.000 hombres dividido en tres cuerpos. El más fuerte, que conducía personalmente Enrique, asistido por Raúl de Toeni como consejero, se dirigió hacia el sur bordeando el litoral adriático hasta llegar a la región de las Marcas, donde recibió los testimonios de fidelidad de los señores de la región de los Abruzzos. Por su parte Poppo, el patriarca de Aquilea, a la cabeza de 11.000 soldados se dirigió a la región del lago Fucino, en el país de los Marsos, punto de reunión con el cuerpo principal del ejército imperial. Finalmente el arzobispo de Colonia, Peregrino, con 20.000 hombres tomó rumbo directo hacia Roma y Campania, donde debía detener al abad de Montecassino y al príncipe de Capua y hacerlos juzgar por traición y rebeldía.

En su marcha hacia el sur Enrique II se dirigió hacia Benevento, esperando con ello obtener la sumisión de los lombardos y atemorizar a los habitantes de Troia. Tras tomar contacto con las tropas del arzobispo de Aquilea y recibir la sumisión de numerosos condes lombardos atravesó el Volturno y remontó el Calore hasta Benevento donde fue recibido y asistió a diversos procesos judiciales en los que favoreció a abadías rivales de la de Montecassino.

Por su parte el arzobispo de Colonia llegó a su destino demasiado tarde como para sorprender al abad Atenolfo, que abandonó la abadía el 15 de marzo y buscó refugio en Otranto. Pertrechado con parte del tesoro de la abadía y mucha documentación intentó pasar a Constantinopla, pero pereció pocos días después en un naufragio, el 30 de marzo de 1022. Su perseguidor, tras tener noticia de la fuga se encaminó al siguiente objetivo y procedió en breve a poner sitio a la ciudad de Capua.

Tras poner en regla los asuntos en Benevento el emperador entró en territorio bizantino hacia el 15 de marzo y de inmediato se dirigió hacia Troia con la intención de asediarla y asestar un duro golpe al prestigio de las autoridades bizantinas con la toma del símbolo de su poder renovado. Durante el asedio el arzobispo de Colonia se le unió trayendo como prisionero al intrigante Pandolfo IV de Capua. Enrique se contentó esta vez con enviarlo a Alemania cargado de cadenas y nombrando a otro Pandolfo, primo del primero, para ocupar su puesto en la ciudad.

Los soldados alemanes saquearon los alrededores de Troia durante tres meses a lo largo de 1022 intentando rendir por hambre a la guarnición, pero ésta con gran heroismo resistió todos los ataques y se mantuvo firme, protegidos por la altura de sus muros y lo escarpado de su posición. Les animaba además la esperanza de la pronta llegada del ejército del catepán, que en esos momentos estaba apostado tras la línea del Ofanto. Los atacantes intentaron forzar la fortaleza mediante el uso de máquinas de asedio, pero sus intentos se vieron frustrados al ser éstas incendiadas por los defensores. El abrasador calor del verano y la disentería hicieron presa entre las filas germánicas y Enrique II se vió obligado a ordenar la retirada del ejército hacia Campania sin haber podido lograr su objetivo. Es posible que antes de su marcha llegase a algún tipo de armisticio o sumisión simbólica de los habitantes para evitar el desprestigio de las armas imperiales, pero no se llegó a producir una ocupación o toma real de la fortaleza. Conocemos la existencia dos años después de un diploma de Basilio Boioannes fechado en enero de 1024 en el que se elogia la gran resistencia de los troianos y se les conceden privilegios y recompensas “para recompensarles por la bravura de la que han dado muestra durante el asedio de su ciudad y su inviolable fidelidad a nuestros soberanos de Constantinopla”, por lo que podemos deducir que la empresa fracasó finalmente. Tras la marcha de los imperiales el 6 de junio de 1022 la ciudad abrió de inmediato sus puertas al catepán y reclamó su recompensa. Como premio Boioannes les otorgó la exención de impuestos y les autorizó a comerciar en todo el thema sin ser gravados con las tasas habituales. A partir de entonces toda su contribución a las arcas públicas debería ser un tributo anual de 100 sous skyphati (una variante del sous tradicional que se caracterizaba por su forma cóncava).


A pesar de la intervención germánica Bizancio siguió inmiscuyéndose durante los años siguientes en la política de Campania. Tras la muerte de Enrique II en 1024 Pandolfo IV se las arregló para obtener de su sucesor Conrado el permiso para volver a Italia. Una vez llegado intentó de inmediato reunir un ejército para arrebatarle Capua a su sucesor Pandolfo de Teano y a las bandas lombardas y algunos normandos que acudieron a la llamada se unió pronto el socorro del catepán que se aprestó a participar en la empresa con tropas reclutadas en Apulia. En esa época ya se encontraba entre los normandos al servicio de Guaimar de Salerno Rainulfo Dregnot, el normando que lograría en 1030 obtener el primer feudo en Italia con el señorío de Aversa.

El asedio demostró ser duro y fatigoso, extendiéndose durante más de un año y medio. Por fin en mayo de 1026 Pandolfo IV logró entrar en Capua e hizo prisionero a su rival que entregó a Boioannes que a su vez se lo remitió al duque Sergio de Nápoles. Con estas actuaciones Bizancio volvía a ser la potencia dominante el sur de Italia reduciendo a la nada los efectos de la pasada expedición imperial.

La muerte en julio de 1024 del emperador Enrique II se vió seguida de cerca por la del Papa Benedicto VIII por lo que el juego de intrigas para ganar la sucesión comenzó nuevamente. Esta vez Bizancio pudo intervenir en una favorable posición aprovechándose de su renovada influencia en la política regional. El hermano del difunto pontífice se hizo elegir con el nombre de Juan XIX y poco tiempo después de su elección recibió a los embajadores del basileo y del patriarca que le entregaron magníficos presentes. La noticia de estos encuentros provocó una viva alarma en Occidente y aunque el Papa intentó tranquilizar a los obispos de Francia y Alemania afirmando que nada se había tratado es bastante probable que Boioannes obtuviese en esa ocasión el reconocimiento como metropolitano del nuevo arzobispo de Bari Bizantios. En la bula que sancionaba la concesion figuraban las doce sedes sufragáneas de Bari y el resultado era la creación de una provincia eclesiástica autónoma que se extendía hasta Siponto y Lucera por el norte, hasta Monopoli al sur y por el este alcanzaba hasta las regiones de Benevento y Salerno. Con ello Boioannes completó su labor de restauración dando a la iglesia de Apulia una organización más regular y sin duda más dócil para reforzar la influencia del clero griego en la región. 

La actividad del enérgico catepán no se limitó a la península italiana, sino que también tuvo su extensión al otro lado del Adriático, donde participó en diversas campañas para restablecer la autoridad imperial en la zona, todavía no asegurada por completo. Hacia 1024 desembarcó con una milicia reclutada en Bari al norte de Dirraquio y tras las operaciones allí realizadas envió como rehenes a Constantinopla a la mujer y a un hijo del príncipe croata Kresimir III. Se sabe también que por estas fechas diversos zupanes eslavos procedentes de Iliria atravesaron el mar para establecerse con sus hombres en la región al pie del Gargano.

La última empresa importante del gobierno de Basilio Boioannes fue la invasión frustrada en Sicilia, planteada como preámbulo a la operación en gran escala que habría de encabezar el propio Basilio II. Para ello comenzó primero por reconstruir las fortificaciones de Reggio tras lo cual zarpó a mediados de 1025 en dirección a Messina con una flota que transportaba poderosos contingentes del ejército imperial. Tras tomar al asalto la ciudad, y cuando ya se preparaban los alojamientos para los varegos de cara a las inminentes operaciones llegó la noticia a finales de diciembre de la muerte del emperador. Boioannes fue reclamado de nuevo al continente y las operaciones quedaron a cargo del chambelán Orestes cuya incompetencia hizo pronto fracasar el proyecto. La muerte repentina del emperador condenó a un olvido momentáneo una empresa que sin embargo sería pronto  sería retomada unos años más tarde.

El gobierno de Boioannes en Italia estaba siendo anormalmente largo para la costumbre bizantina y el relevo llegó finalmente en septiembre de 1028, poco antes de la muerte de Constantino VIII, siendo sustituido por su lugarteniente Cristóforo Burgaris. Habían sido diez años llenos de éxitos y de acertada administración que llevaron a la Italia bizantina a conocer su época más próspera que no habría de ser vivida de nuevo durante el resto de la permanencia de la administración bizantina en las tierras de Italia del sur.

 

 

Las consecuencias de la marcha de Boioannes se pusieron de manifiesto muy pronto en el reinado de Romano III con la vuelta de las incursiones árabes en las costas italianas, principalmente en Apulia y el norte de Calabria. Los breves mandatos de los sucesores de Boioannes, Cristóforo Burgaris y Pothos Argiro se vieron envueltos en continuas luchas contra los piratas a partir de 1029. El emperador, deseoso de reemprender las grandes empresas de Basilio II, fijó sus ojos también en la desvalida Italia y envió refuerzos con el protoespatario Miguel y posteriormente con el nuevo catepán Constantino Opos, llegado en mayo de 1033. Fueron éstos años de guerra naval en los que las naves del estratego de Nauplia Nicéforo Caranteno y la flota del chambelán Juan barrieron los mares y eliminaron la amenaza pirata. Una vez dominado el mar el emperador pudo negociar en mejores condiciones con los árabes de Sicilia y su emir Akhal. En agosto de 1035 el diplomático Jorge Probatas firmó la paz en nombre del basileo, que concedió al emir el título y los honores de magistros. Un comportamiento tan amistoso por parte del emir sólo pudo estar justificado por la guerra civil que estalló por aquel entonces en Sicilia y la necesidad que aquél tenía del apoyo de Bizancio.

Pero esta situación favorable duró poco. El emir de África envió a su hijo Abdallah en apoyo de los rebeldes sicilianos. Vencido Akhal tuvo que buscar el refugio del catepán. Éste, decidido a actuar, reunió sus tropas poco numerosas y pasó el estrecho para combatir contra el ejército africano en 1037.

Por aquel entonces en Constantinopla se había decidido dar un empuje decisivo a la cuestión siciliana. Consciente el emperador de la debilidad de las fuerzas locales preparó una flota para asestar un golpe decisivo. Esta armada transportaba a las mejores tropas del Imperio entre las que destacaban las fuerzas armenias al mando de Catacalon Cecaumeno, contingentes rusos y los varegos del luego célebre Harald Hardrada. Y al frente se colocó al hombre del momento, célebre por sus éxitos en Asia frente a los árabes, Jorge Maniaces. Su misión como “estratego autokrator de las fuerzas del thema de Longobardia”, como lo llama Skylitzés, consistía en apoyar al bando opuesto al emir africano. Rápidamente los árabes entendieron que era mejor llegar a un acuerdo entre ellos que permitir la entrada de las tropas imperiales en la isla y se prepararon en secreto para expulsar de la isla a los cristianos. Ante la falta de medios Constantino Opos tuvo que retirarse al continente, llevándose con él a 15.000 cristianos sicilianos rescatados del cautiverio. El emir Akhal murió asesinado en la ciudadela de Palermo y Abdallah estableció su autoridad sobre toda la isla.   


Acompañado por el almirante Esteban, cuñado del emperador, cuya flota debía navegar a lo largo de la costa oriental de la isla y estar dispuesta a colaborar con las necesidades del ejército. Maniaces desembarcó en Italia con sus combatientes y se apresuró a unir sus tropas con los contingentes que debían ser proporcionados por los themata italianos.  El plan estratégico de la campaña permitía a Maniaces plena independencia de movimiento sin depender en modo alguno del catepán de Longobardia. Entretanto acababa de llegar a Bari el patricio y duque Miguel Spondyles, antiguo gobernador de Antioquía, para unirse a la expedición. Quizá también entre sus obligaciones estuviese la de reemplazar a Opos, que desaparece de la narración histórica en estos momentos, aunque al año siguiente ya encontramos a Nicéforo Dociano como catepán en activo. En cualquier caso Spondyles fue el encargado de realizar las levas de las milicias de Apulia y Calabria, una acción que provocó un vivo resentimiento en las poblaciones italianas. A estas fuerzas se unió un cuerpo de entre 300 y 500 caballeros normandos de élite proporcionados por Guaimar de Salerno, al que el emperador Miguel había solicitado ayuda para combatir al enemigo común. Al frente de estos brillantes guerreros estaban Guillermo Brazo de Hierro y Drogón, hijos de Tancredo de Hauteville, que acababan de llegar de Normandía. Guaimar estuvo más que gustoso de poder desembarazarse de sus turbulentos huéspedes los cuales, ansiosos de botín y tierras, acudieron prestamente a unirse a Maniaces a Reggio en una aventura que prometía grandes beneficios.

Junto a ellos se alistó también el lombardo Arduino, un antiguo hombre de armas de la iglesia de San Ambrosio en Milán, que había acudido con un grupo de sus compatriotas a sumarse a la aventura italiana sirviendo además de intérprete gracias a su conocimiento del griego. La falta de oportunidades en su patria le habían llevado a probar fortuna en otras empresas y su astucia pronto le permitió convertirse en tácito portavoz de todos los auxiliares latinos y francos en el ejército. Esa preeminencia le animaría a jugar bazas más ambiciosas en un momento posterior de la historia.

Por fin, a mediados de 1038 y tras dos largos años de preparativos el ejército de Jorge Maniaces abandonó Reggio y atravesando el estrecho de Faro desembarcó en Sicilia y avanzó sobre Messina. Ante los muros de la ciudad tuvo lugar un combate en el que los normandos se cubrieron de gloria y rechazaron una tumultuosa salida de los defensores. Luego atravesaron las puertas pisándoles los talones y ganaron la ciudad al primer combate. Este primer éxito, aunque importante, carecía de gran valor estratégico. En cambio la plaza de Rametta, escenario de tantos combates en el pasado y que estaba situada al sudeste de Messina, dominaba la ruta que conducía por el litoral norte a Palermo, y hacia allí se dirigió de inmediato el ejército.

 

La llegada del cuerpo expedicionario bizantino puso fin a las discordias internas de los musulmanes sicilianos que acordaron unir esfuerzos para hacer frente a la invasión. Cerca de Rametta salieron al paso de las tropas imperiales con una fuerza estimada en 50.000 hombres. La batalla que tuvo lugar de inmediato fue encarnizada y tras una dura pugna finalmente los bizantinos lograron imponerse. Este éxito abrió las puertas de Sicilia al ejército de Maniaces que pudo así proseguir su marcha bordeando la costa oeste. A finales de 1038 habían sido conquistadas ya trece poblaciones pero estos éxitos no lograban ocultar la dificultad de la campaña por la naturaleza agreste de las tierras sicilianas. Sólo tras muchos padecimientos pudo llegar el ejército ante los muros de Siracusa en el comienzo de 1040. De inmediato se puso sitio a la ciudad y los imperiales se vieron envueltos en continuas escaramuzas y choques en las frecuentes salidas que intentaban los defensores. En estos enfrentamientos destacó especialmente Guillermo Brazo de Hierro, que alcanzó fama por matar en combate singular a un caid que había sembrado el terror entre los sitiadores por sus proezas en la lucha. Las poderosas defensas de Siracusa provocaron que el sitio se prolongase dando tiempo al emir Abdallah para reunir fuerzas llegadas de toda Sicilia y de África y agruparlas en la región montañosa de la isla. A la cabeza de más de 60.000 soldados intentó un movimiento audaz atacando por retaguardia al ejército acampado ante Siracusa. Ante esta maniobra Maniaces se vió obligado a levantar el sitio y retroceder con su ejército para hacer frente a la nueva amenaza. Avanzando por las laderas occidentales del Etna el ejército imperial hizo alto en la llanura de Troina, al noroeste del volcán, en una localidad donde tiempo después se construiría un castillo que llevó el nombre del general bizantino.

En Troina le estaba esperando Abdallah con todo su ejército atrincherado en un campamento fortificado. Los árabes habían tenido tiempo para preparar cuidadosamente su posición y sembraron la llanura circundante con abrojos metálicos para estorbar el ataque de la caballería imperial. Lamentablemente para sus intereses no tuvieron en cuenta la costumbre bizantina de herrar sus cabalgaduras, lo que convirtió en inútil esta estrategia.

Con el enemigo a la vista Maniaces dispuso sus tropas según la acostumbrada formación en tres cuerpos que deberían entrar sucesivamente en combate. Cuando se entabló el combate cuerpo a cuerpo la fortuna acompañó a los bizantinos al descargar una fuerte tormenta que levantó grandes nubes de polvo que cegaron a los árabes. Desorganizadas las filas el ejército de Abdallah fue incapaz de resistir el ímpetu incontenible de la primera carga de caballería pesada. Pronto la batalla se convirtió en una masacre en la que perecieron a millares los soldados musulmanes y en la que nuevamente los normandos encontraron ocasión para sobresalir por la fuerza de su brazo.

 

El derrotado emir huyó con muchas dificultades y sólo a duras penas consiguió llegar hasta la costa desde donde se dirigió a Palermo. Mal recibido por la población local, se vió obligado a abandonar la isla y refugiarse en África. Su lugar fue ocupado por Hassan Ad Daula, hermano del fallecido Akhal. Fue una gran victoria que tuvo un gran éxito en toda la isla y que ha dejado para el recuerdo en Troina el nombre de “Fondaco dei Maniaci” dado a la llanura en la que tuvo lugar.

La batalla, que tuvo lugar en la primavera o el verano de 1040, proporcionó a Maniaces el control de la zona oriental de la isla y abrió las puertas de Siracusa al ejército imperial que hizo en ella una entrada triunfal en medio del entusiasmo de la población cristiana local. El descubrimiento por esas fechas de los restos de la vírgen y mártir Santa Lucía en la ciudad contribuyó a un clima de exaltación general que ponía en boca de todos el nombre del artífice de tantos éxitos. En la memoria local ha sobrevidido este recuerdo con la denominación de “castillo de Maniaces” que se le dió a la fortaleza bizantina que se erige en la ciudad.

Fiel a su temperamento el general no se relajó en el momento de la victoria. Antes de Troina había encargado al almirante Esteban la tarea de vigilar cuidadosamente las costas de la isla para impedir la huida del emir en caso de derrota. Pero la ineptitud de Esteban le hizo incapaz de cumplir con su misión. Abdallah escapó y sobre el almirante cayó de inmediato la ira implacable de Maniaces. Haciendo acudir a su presencia al inepto oficial lo cubrió de injurias y le acusó ante el emperador de traición y cobardía. Tan grande fue su cólera que llegó a maltratarlo físicamente acusándole de cobarde, afeminado y “proveedor de los placeres del emperador”. Este acceso de cólera provocaría muy pronto funestas consecuencias para la carrera del general.

 

Tras la toma de Siracusa Maniaces comenzó de inmediato los trabajos de reparación y consolidación de las murallas de la ciudad para ponerla en el mejor estado posible de defensa. El siguiente paso, tras la victoria de Troina,  era la ocupación del interior de la isla, pero todos los planes tuvieron que suspenderse cuando mensajeros llegados de Constantinopla ordenaron Imperiosamente al general que abandonara el mando y regresara a la capital.

El ofendido Esteban, enfurecido por el humillante tratamiento a que había sido sometido por el general en jefe, había aprovechado su influyente posición en la corte para denunciar a Maniaces ante el todopoderoso Juan el Orfanotrofo, hermano del emperador, acusándole de traición y de aspirar a la púrpura. Juan no dudó en reclamar la vuelta de Maniaces ordenando que se le trajera encadenado junto con su camarada de armas Basilio Teodorocano.

 

Con Maniaces languideciendo en prisión el mando en Sicilia recayó en el incapaz Esteban ayudado por el praipositos Basilio Pediadites y Miguel Dociano.

 


Por desgracia los sucesores de Maniaces eran muy inferiores en talento y su desgraciada dirección provocó un rápido empeoramiento de la suerte de las armas bizantinas. Maniaces había desarrollado una meticulosa actividad de construcción de kastra en cada una de las plazas conquistadas con vistas a preparar puntos de apoyo sólido para futuras operaciones en la isla e impedir simultáneamente sublevaciones de las poblaciones musulmanas locales. Tras la marcha del general esas fortificaciones fueron abandonadas por negligencia e imprevisión y en pocos meses las plazas en las que habían sido edificadas fueron recuperadas una tras otra por sus antiguos dueños. En mayo de 1041 sólo quedaba Messina en manos del ejército imperial, y ésta gracias a la enérgica actuación del protoespatario Catacalon Cecaumeno, estratego del thema de los Armeníacos, que hace aquí su primera aparición en las crónicas. El 10 de mayo Cecaumeno obtuvo una brillante victoria sobre las fuerzas que asediaban la ciudad. Después de mantenerse oculto tras los muros por un espacio de tres días realizó una salida repentina con todas sus tropas, 300 jinetes y 500 infantes. El éxito fue total y los árabes, tomados por sorpresa, fueron aplastados. Su jefe encontró la muerte a manos de Cecaumeno y sus bienes pillados. Los supervivientes huyeron a toda prisa hacia Palermo, permitiendo un respiro momentáneo para Messina. 

Desgraciadamente hacía meses ya que el resto de la isla había caído de nuevo en manos de los musulmanes. Muy pronto los generales al mando fueron reclamados a la península ante el estallido de la revuelta de los contaratoi y la declaración de guerra de los normandos. Ambos sucesos exigieron de las autoridades bizantinas en Italia toda su atención dejando los asuntos sicilianos abandonados a la espera de tiempos mejores.

De acuerdo con las órdenes recibidas el resto del ejército repasó el estrecho y fue conducido de nuevo a Calabria y Apulia donde tuvo que enfrentarse a una nueva amenaza que ponía en grave peligro la seguridad de los themata italianos, la invasión de los normandos de Campania. Una gran masa de refugiados cristianos acompañó a las tropas en su regreso a Calabria, temerosos de la venganza árabe. 


Los orígenes del enfrentamiento, aunque obedecen a causas más profundas que tienen que ver con la complicada estructura política de la región, se desencadenaron a raíz de la campaña siciliana. Durante las operaciones militares se puso de manifiesto la falta de entendimiento entre los auxiliares normandos y los generales imperiales. Los normandos, representados por sus jefes Guillermo Brazo de Hierro y Drogon, se quejaron airadamente ante Maniaces al considerar que la parte del botín que se les había concedido no premiaba suficientemente sus méritos en los ataques a Messina y Siracusa. Junto a ellos se alineó Arduino,  que esperaba guardar para sí un hermoso caballo que había ganado en Troina después de haber matado a su jinete. Pero Maniaces, sin que conozcamos el motivo, le ordenó que devolviese el animal. Arduino se negó por tres veces a cumplir la orden y desoyó todos los avisos que se le transmitieron hasta que, agotada la paciencia, Maniaces decidió aplicar un castigo ejemplar por desobediencia que sirviese de lección al resto de sus subordinados y ordenó que se le despojara de sus vestimentas y lo azotaran con varas desnudo en medio del campamento.

Arduino, después del humillante castigo, disimuló su resentimiento y a partir de entonces sólo tuvo en su pensamiento el proyecto de regresar al continente. Por su parte los normandos, indignados por el maltrato de que se había hecho objeto a su camarada y por la mezquindad del botín que les había tocado en suerte, tachaban de avariciosos a los bizantinos y atribuían a mala fe su comportamiento, con lo que también desearon regresar al otro lado del estrecho. Arduino logro sobornar al secretario de Maniaces para que expidiese un permiso de retorno para sí mismo y para los normandos, con lo que pudieron llegar a la costa italiana sin contratiempos. Los normandos, a partir de entonces enemigos irreconciliables de Bizancio, regresaron a Aversa y Salerno.

Parece ser que por la misma época Harald Hardrada también se enemistó con Maniaces y como consecuencia los escandinavos abandonaron la campaña italiana. No conocemos las fechas concretas, aunque es bastante probable que la partida de unos y otros fuese cercana en el tiempo. En cualquier caso en octubre de 1041 Hardrada y su gente se encontraban ya en Tesalónica luchando contra el insurgente búlgaro Pedro Delian y el emperador le había recompensado con el título de manglabites. Seguramente el perdón imperial por el abandono del puesto de combate fue facilitado por la caída en desgracia de Maniaces que había sucedido entre tanto. 

También había mucha agitación entre las poblaciones italianas. El descontento contra las autoridades bizantinas, la ausencia de las tropas empeñadas en la campaña siciliana y las levas forzosas produjeron sublevaciones ya desde mediados de 1038, poco después de la entrada del ejército en Sicilia. Toda Apulia estaba muy agitada y en Bari se produjeron revueltas en ese año con el resultado de la muerte de varios oficiales y ciudadanos griegos. Estas movilizaciones ciudadanas tuvieron su origen en las levas de milicias locales (contaratoi o conterati) con destino a la campaña siciliana y posiblemente a un alza de los impuestos para costear las operaciones. Con la misión de arreglar los asuntos italianos llegó a Bari el catepán Nicéforo Dociano en febrero de 1039. El nuevo gobernador traía órdenes expresas de acabar con los tumultos y lo consiguió por algún tiempo, aunque a los pocos meses la reanudación de las levas forzosas produjo nuevas revueltas populares y con ellas el derramamiento de sangre de varios funcionarios imperiales. La ocasión llegó durante la gira de Dociano por la zona norte del thema con la misión de reclutar más tropas auxiliares para la guerra. Los contaratoi se negaron a ser alistados y se sublevaron contra los oficiales bizantinos llegando a matar a algunos. El primero de ellos el propio catepán Nicéforo, muerto en Ascoli en enero de 1040. El 5 de mayo le llegó el turno al krités Miguel Coirosfactes, asesinado por contaratoi amotinados en el kastron de Móttola y en el mismo día otro oficial, Romano, fue muerto en Matera.


Los rebeldes intentaron aprovechar la debilidad de las guarniciones bizantinas para ocupar las grandes ciudades del litoral y señalaron Bari como su objetivo principal. En el camino se les unió Argyros, hijo de aquel Meles que se había rebelado contra el Imperio en 1009/1010 y nuevamente en 1017. Había regresado en 1029 procedente de Constantinopla donde se había educado y ocupaba ahora un lugar entre los prohombres de Bari, y guiados por él se dispusieron a entrar por la fuerza en la capital del thema. Sin embargo pronto surgieron disputas entre los sublevados, las milicias se dispersaron y el 7 de mayo Argyros se reconcilió de nuevo con las autoridades bizantinas tras derrotar a los contaratoi y apresar a sus jefes. Era un éxito importante, pero en el resto de los territorios la situación empeoraba. 

Para sustituir al fallecido catepán llegó en el otoño de 1040 su pariente el protoespatario Miguel Dociano. Éste intentó en Bari restablecer la situación mediante detenciones y ajusticiamientos, pero la situación general se había deteriorado a causa de las sublevaciones populares en Apulia por los abusos de su antecesor en el cargo y los problemas con los mercenarios normandos. El lombardo Arduino, que hasta entonces se había mantenido en un discreto segundo plano, se decidió a un audaz movimiento para perjudicar los intereses de Bizancio. Su motivo principal era la venganza, por la humillación sufrida tiempo atrás a manos de Maniaces. Ganándose el favor del nuevo catepán con atenciones y demostraciones de celo, consiguió que éste lo nombrara candidatos y lo enviara a Apulia para asumir el mando de algunas plazas entre las que destacaba la ciudad fronteriza de Melfi, llave de la entrada a Apulia. Desde allí Arduino empezó a desarrollar sus planes de venganza incitando a la población a sublevarse contra la tiranía de los griegos. La ocasión era favorable, pues buena parte de las tropas bizantinas se encontraban todavía en Sicilia y muchas ciudades en Apulia se habían alzado en armas.

Esta situación en el continente fue la que provocó el regreso desde Sicilia de buena parte de las tropas allí destinadas, y para finales de 1040 Miguel Dociano hizo de nuevo su entrada en Bari. Decidido a castigar el comportamiento de la población local comenzó a actuar en Ascoli, lugar donde había perecido su predecesor en el cargo. Poco después le tocó el turno a la cercana población de Bitonto, donde se ensañó con los representantes de la nobleza del lugar. Desde allí se dirigió de nuevo a Bari para aguardar la llegada de los refuerzos de Constantinopla antes de emprender nuevas acciones.


Tras el paréntesis invernal Dociano salió en campaña a comienzos de la primavera de 1041 para enfrentarse a los invasores normandos que por entonces, con la ayuda de Arduino, acababan de ocupar Melfi, en el valle del Ofanto. Esta población fronteriza, en la que Arduino residía con el cargo de topoteretes, se hizo eco de la llamada a la insurrección que había partido de Ascoli y que se expandió por el descontento de las poblaciones locales. Arduino se esforzó en animar a ricos y humildes a tomar las armas para luchar contra la opresión militar y fiscal de los funcionarios bizantinos. En marzo de 1041, pretextando dirigirse a Roma en peregrinaje, estableció contacto con los Hauteville en Aversa  y les animó a emprender una nueva campaña en Apulia contra sus antiguos aliados tentándoles con la visión de un fabuloso botín y la esperanza de una resistencia escasa al estar el ejército imperial ocupado en Sicilia.

Los normandos, todavía pocos en número pero creciendo día a día, estuvieron más que dispuestos a intentar la empresa. Buscaron la alianza de algunos señores locales, tomaron el título de condes y procedieron a repartirse de antemano las tierras que pensaban conquistar, con la promesa de ceder a Arduino la mitad de todo lo que consiguiesen. De las tierras de Benevento partieron 300 caballeros de fortuna que fueron introducidos de noche en la ciudad de Melfi. Los recién llegados se encontraron con una gélida bienvenida por parte de la población local, que percibía el peligro de su presencia y a duras penas consiguió Arduino apaciguar los ánimos y evitar que intentasen expulsarlos de la ciudad. Al calmarse los ánimos los normandos fueron aceptados a regañadientes y éstos contaron al fin con una sólida base de operaciones desde la que intentar nuevas conquistas. Por el contrario, en las vecinas Venosa, Lavello y en la propia Ascoli los alarmados ciudadanos se apresuraron a pedir ayuda al catepán para expulsar a esos bárbaros invasores. Sin duda el recuerdo de la primera invasión normanda de Apulia en 1017 y de sus desmanes estaba muy vivo en la memoria colectiva.


Miguel Dociano salió de Bari con las tropas que tenía a su disposición, auxiliares rusos, contingentes del Opsikion y los Tracesios además de las milicias locales, sin esperar a que se le unieran el resto de sus fuerzas, todavía en camino desde la isla. Sicilia quedó desguarnecida con la excepción de Messina, que también sería abandonada poco después a pesar de los éxitos de Catacalon Cecaumeno.  El ejército imperial era superior al de los normandos, que contaban con poco más de 2000 o 3000 guerreros tras la llegada de lombardos de Benevento y de otros capitanes del norte. El choque tuvo lugar cerca de Venosa, el 17 de marzo de 1041 y los griegos llevaron la peor parte, teniendo que retirarse a la zona montuosa cercana para proteger su posición.

Los normandos aprovecharon la ocasión para saquear la comarca de Venosa, Ascoli y Lavello convirtiendo Melfi en su base de operaciones y centro de recogida del botín. Ante una situación que empeoraba más la población local volvió a pedir socorro a Dociano. Éste se preparó para un nuevo encuentro tras recibir refuerzos y avanzó con un ejército que incluía soldados de los themata asiáticos, auxiliares de Pisidia y Licaonia, rusos y milicias locales de Calabria y Capitanata. El 4 de mayo, en Montemaggiore (Cannas) se produjo el segundo enfrentamiento. Fue una lucha confusa y cruenta en la que de nuevo los imperiales llevaron la peor parte. Dociano fue derribado de su caballo pero consiguió huir, no así muchos de sus soldados que murieron ahogados en las aguas del río Ofanto, víctimas de una súbita crecida. Entre los muertos se contaban además los obispos de Troia y de Acerenza.

Este desastre debilitó gravemente al ejército imperial y obligó al catepán a volver a Bari y solicitar nuevos refuerzos, lo que supuso la retirada de Messina de los últimos contingentes allí emplazados y con ello la pérdida de todas las conquistas de los años anteriores. Cuando la noticia de estas derrotas llegó a Constantinopla el emperador ordenó la destitución del valeroso pero infortunado Dociano y su sustitución por el hijo de Boioannes, el antiguo catepán que venciera a Meles. El nuevo gobernador, llamado Exaugustos por los cronistas locales, llegó con tropas rusas de refuerzo que se vinieron a sumar a las tropas sicilianas de Maniaces, soldados del thema de Macedonia, paulicianos y reclutas locales.

Por su parte los victoriosos normandos veían como sus fuerzas aumentaban día a día por el prestigio ganado tras las dos victorias del año y nuevos contingentes de los principados lombardos del norte de Italia venían a sumarse a sus filas. Con ellos estaba también Atenulfo, hijo del príncipe de Benevento Pandolfo II, al que reconocieron como su jefe en Melfi.

El nuevo catepán no esperó mucho a probar fortuna con las armas. El 3 de septiembre tuvo lugar la tercera batalla, esta vez en Montepeloso, después de un frustrado intento de los imperiales por sorprender a Melfi. Tras un enconado combate en el que los bizantinos estuvieron a punto de imponerse la batalla se decidió por la intervención en el último momento del conde normando Gautier. Boioannes fue hecho prisionero y conducido a Benevento desde donde fue liberado poco después tras el pago de un fuerte rescate.

 

Animados por estas victorias la voluntad de los normandos de consolidar sus conquistas fue imparable. Aunque en un primer momento, antes de la batalla de Venosa habían prometido fidelidad al emperador con la condición de retener las tierras que poseían entonces, ahora fue imposible contener su ambición. En el otoño de 1041 los normandos dominaban ya la zona de Melfi y la región oeste de Apulia hasta las cercanías de Matera. Bizancio no controlaba ya más que el litoral, salvo en Capitanata y la tierra de Otranto. Incluso las grandes ciudades costeras comenzaron entonces a tratar individualmente con los invasores arreglando acuerdos concretos con la esperanza de preservar sus territorios. Bari, Giovinazzo y Monopoli aceptaron pagar tributo, como en su momento habían hecho con los árabes. Por esa época llegó a la zona un funcionario bizantino, Sinodiano, para tratar con las ciudades que habían parlamentado con los normandos pero falto de recursos renunció a la acción y se encerró en Tarento. Como él otros oficiales se vieron obligados a guarecerse tras los muros de las ciudades que todavía mantenían fidelidad al Imperio, dejando el territorio libre para las correrías de los invasores. En breve sólo quedaron en manos de Bizancio cuatro plazas en Italia: Brindisi, Otranto, Tarento y Bari. Ante esta situación de deterioro Constantinopla se vió obligada a llamar de nuevo al único hombre capaz de hacer frente a la situación. Llegaba de nuevo la hora de Jorge Maniaces.

 


Miguel IV, el emperador que había enviado a prisión a Maniaces, falleció en diciembre de 1041. Su sucesor Miguel V y su esposa Zoé, deseosos de enderezar la suerte de los asuntos occidentales, liberaron al general y lo reenviaron a Italia con el título de magistros, catepán de Italia y strategos autokrator de los tagmata de Italia tras hacer llamar de vuelta a Sinodiano. Maniaces desembarcó en Tarento a finales de abril de 1042 con un nuevo ejército reforzado con contingentes albaneses, los arvanitai que pasaron luego a constituir uno de los cuerpos extranjeros permanentes en el ejército imperial. En el momento de su llegada sólo seguían en poder de Bizancio las plazas de Brindisi, Otranto, Tarento, Trani y Oria.

Entre tanto sus adversarios no habían permanecido ociosos, habían tenido cinco meses de desgobierno bizantino para maniobrar y establecer alianzas con las ciudades de Apulia. Tras haberse malquistado con el principado de Benevento negociaron con los principales de Bari y propusieron a Argyros reconocerlo como su señor. Éste, seducido por la propuesta, repitió el comportamiento de Arduino e hizo entrar de noche a los normandos en la ciudad y allí concluyó un acuerdo definitivo con ellos recibiendo en febrero de 1042 el título de duque y príncipe de Italia con los guerreros normandos como vasallos. Éstos seguían el mismo procedimiento utilizado con éxito en otras ocasiones: imponer su participación, hacerse temer, reconocer en teoría la soberanía de los antiguos amos del país para luego desequilibrar la situación en su propio provecho. Es posible que en lo tocante a Argyros su proyecto fuese llegar a una futura reconciliación con Bizancio previa aceptación de los hechos consumados y con la secreta esperanza del catepanato por entonces vacante.

La llegada de Maniaces trastornó todos esos cálculos y dejó a Argyros como un simple rebelde, tal y como su padre lo había sido en tiempos, por lo que se vio obligado a vincular su destino más estrechamente a los recién llegados del norte. Avanzando en su propósito reclamó la ayuda de los normandos de Aversa y reunió varios miles de soldados que se aprestaron a combatir al ejército imperial acampado bajos los muros de Tarento. Pero Maniaces rehuyó el combate y optó por refugiarse tras los muros de la ciudad a la espera de una oportunidad favorable. Los normandos intentaron en vano provocar a los bizantinos a un encuentro en campo abierto y se contentaron con saquear la región de Oria. Tras reconocer la imposibilidad de asediar una plaza poderosa como Tarento se replegaron pronto hacia el norte en mayo de ese año.

En el litoral adriático Trani, la plaza más importante después de Bari, mantuvo la fidelidad al emperador y rehusó negociar con Argyros. Su ejemplo fue imitado por Giovinazzo con peor suerte pues Argyros apostó su ejército ante la plaza y la tomó el 3 de julio de 1042 después de tres días de sitio sometiéndola a pillaje  y asesinando a los funcionarios bizantinos en ella refugiados. De allí pasó a Trani, a la que sometió a asedio durante más de un mes hasta que los acontecimientos de Constantinopla provocaron un vuelco en la situación.


Entretanto Maniaces había salido en junio de Tarento con su ejército barriendo delante de sí las bandas de normandos que encontraba a su paso. Castigó cruelmente a los habitantes de Matera acusándoles de trato con el enemigo y demostró ser tan despiadado como sus enemigos normandos, arrasando los campos, quemando las cosechas y asesinando a centenares de campesinos. Desde Matera Maniaces se dirigió hacia el este y sometió a Monopoli al mismo castigo y a la misma demostración de crueldad y ensañamiento: muchos ciudadanos fueron ahorcados y otros enterrados vivos, pero las ciudades no le abrieron sus puertas por ello. Con todos estos hechos Maniaces se ganó una reputación de tirano abominable en la región y perjudicó muy gravemente la suerte de la causa bizantina en Italia. Mientras tanto en Constantinopla se sentaba en el trono un nuevo emperador y la llegada al poder de Constantino Monómaco en julio supuso malas noticias para la fortuna de Maniaces.

Durante la época de sus mandatos en Asia Menor el general había adquirido grandes propiedades en el thema de los Anatólicos. Algunas de esas tierras eran vecinas de las de un poderoso señor, Romano Esclero, nieto del famoso Bardas. Pronto las relaciones entre ambos se deterioraron y Maniaces, que debió ser un hombre de genio pronto, amenazó de muerte a Esclero. Éste, amedrentado, abandonó sus tierras y desde entonces experimentó un odio feroz por su antiguo vecino. La situación era delicada para Maniaces por cuanto Romano tenía muy buenas conexiones en la corte, al ser su hermana la amante del emperador. El momento para la venganza llegó cuando su rival tuvo que ausentarse para guerrear en Italia. Romano, seguro del apoyo de Monómaco, saqueó las propiedades de Maniaces y yendo más allá en la ofensa, ultrajó a su mujer. Cuando el general fue informado de estos penosos acontecimientos experimentó una cólera indecible, cólera que se convirtió en exasperación al saber que el emperador, a instancias de su rival, había decidido finalmente destituirlo de su puesto. En ese momento Maniaces, considerando muy peligroso regresar a Constantinopla como un simple particular, optó por la única solución que veía a su alcance, la revuelta. 


En esos momentos las noticias llegadas de Constantinopla le decidieron a rebelarse, sabedor de que la pérdida de favor de la corte y la llamada a la capital suponían de nuevo la prisión. La llegada al poder de Constantino Monómaco y el favor que éste propiciaba a su mortal enemigo Romano Esclero no auguraban más que desgracias para su carrera. Puesto al corriente de todos los detalles comenzó a incitar en secreto a sus soldados contra Monómaco. 

En septiembre de 1042 desembarcó en Otranto una representación del basileo. El patricio Pardos, el protoespatario Tubaces y el arzobispo Nicolás llegaron portadores de un crisóbulo dirigido a Maniaces con el que el emperador pretendía reconciliarse con su exasperado general. Pardos además debía sucederle en el cargo de catepán. Maniaces, conocedor en secreto del contenido del documento, al principio les dispensó una favorable acogida pero la torpeza del enviado muy pronto empeoró las cosas. El comportamiento arrogante de Pardos fue demasiado para el genio del general que dió órdenes de inmediato a sus hombres para detener al patricio al que al cabo de pocos días hizo asesinar en unas caballerizas tras someterlo a muchas vejaciones. El protoespatario Tubaces sufrió la misma suerte pocos días después. El secreto se había desvelado y tras la favorable reacción de sus hombres Maniaces se decidió por fin en octubre de 1042 a asumir las insignias imperiales del poder supremo y se hizo proclamar emperador por sus tropas, decidido a emprender la lucha a vida o muerte por el poder. Su empresa requería oro y Maniaces lo encontró apropiándose de los fondos de la embajada, unas fuertes sumas destinadas a comprar la retirada de los normandos. 

Anteriormente, en julio, otra delegación imperial se había encontrado con Argyros, que estaba asediando Trani en esas fechas, y le presentaron un crisóbulo en el que se le comunicaba el perdón del emperador y se le conferían los títulos de patricio y vestes si demostraba su fidelidad al Imperio y atraía a los normandos al servicio de Bizancio. Ello suponía aceptar definitivamente la presencia de éstos en los territorios bizantinos intentando obtener a cambio un provecho para los intereses del Imperio. Argyros aceptó el trato y obligó a los normandos a levantar el sitio de Trani, quemó las máquinas de asedio y se dirigió de nuevo a Bari hacia donde también se encaminaba su rival.

 

Maniaces después del asunto de la embajada partió a marchas forzadas desde Otranto con parte de su ejército. Pretendía presentarse en Bari y utilizar el oro recién ganado para comprar el favor de los magnates de la capital y atraerlos a su causa. Pero la brutalidad que había demostrado en el trato con la población local lo había vuelto odioso e impopular, y los magnates decidieron mantenerse fieles a Argyros y a Bizancio. Tras ser incapaz de llegar a un acuerdo con su rival Maniaces se volvió hacia los normandos, pero éstos, con el recuerdo fresco de sus difíciles relaciones en Sicilia rehusaron también y sólo un pequeño número se unió a su ejército. Ante este fracaso Maniaces decidió no perder más tiempo en Italia y llevar su ejército al otro lado del Adriático para intentar su suerte hacia el corazón del Imperio, allí donde se jugarían todas las bazas. Por ello tras ser rechazado de Bari se replegó sobre Tarento que se había convertido en la base de operaciones de su ejército y preparó el embarque de sus tropas hacia Grecia. Los normandos saqueaban la región y la población local mostraba una disposición muy poco amistosa hacia el rebelde por el duro trato que había recibido de su parte, por lo que Maniaces decidió abandonar la ciudad y marchar sobre Otranto para desde allí dejar Italia.

 

En estos momentos, en febrero de 1043 había llegado a Bari Basilio Teodorocano el antiguo compañero de armas de Maniaces y nuevo catepán de Italia. Argyros con las milicias locales de Bari y contingentes normandos rodeó Otranto mientras que una flota bizantina mandada por Teodorocano bloqueó el puerto. Pero siendo un hombre de recursos Maniaces encontró la forma de apoderarse de unos barcos, forzó su salida de puerto en ese mismo mes y puso proa rumbo a Dirraquio.

 

 

Tras la marcha de Maniaces los oficiales bizantinos recibieron una mejor acogida en tierras italianas, pero la situación no mejoró por la falta de medios para oponerse a los normandos y recobrar los territorios perdidos desde 1041. Bizancio controlaba todavía en 1043 Calabria, Tarento y la tierra de Otranto, pero en Apulia sólo las ciudades costeras reconocían fidelidad al basileo. En el interior sólo algunas villas aisladas como Troia (hasta 1048) o Lucera (hasta 1060) se sustrajeron al dominio normando. En estos años aparece documentado el problemático thema de Lucania, conocido sólo por un documento datado en noviembre de 1042 por el que su estratego Eustacio Skepides dicta una sentencia en favor del abad del monasterio de San Nicolás en el valle del Lao. Constituido alrededor de Cassano en opinión de Falkenhausen o de Tursi para Guillou y agrupando en opinión de este último autor los territorios de Latinianon, Merkurion y Lagonegro, este thema debió ser organizado posiblemente a partir de 1035 tras la alianza con el emirato siciliano y tuvo corta vida pues no aparece registrado en la titulación del duque Argyros a su llegada a Italia en 1051.

En enero de 1043 los barones  normandos mantuvieron una reunión en Melfi para decidir el reparto de sus futuras conquistas, aunque por el momento se centraron en tomar posesión de las primeras plazas conquistadas en los valles del Ofanto y el Bradano que abrían paso desde Melfi hacia el resto de la provincia bizantina. Tras conceder a Rainulfo de Aversa la villa de Siponto con el simbólico santuario de San Miguel de Gargano, los barones procedieron al reparto: los barones procedieron al reparto: Guillermo Brazo de Hierro reclamó para sí la villa de Ascoli Satriano; Drogón, Venosa; Arnolín, Lavello; Hugo Touboeuf, Monópoli; Rodolfo, Cannas; Gautier, Civitate; Pedro, la ciudad de Trani; Rodolfo, el hijo de Bebena, se quedó con Sant´Arcangelo; Tristán, Montepeloso; Hervé, Frigento; Asclitin, Acerenza y Rainfredo, Minervino. Melfi, el origen de la fortuna normanda, fue considerada como capital del condado de Apulia y se convirtió en una posesión común para los doce jefes. Los historiadores afirman que Arduino se quedó con la mitad del territorio aunque lo cierto es que poco tiempo después su nombre desaparece de los registros históricos.

Tras el reparto el príncipe Guaimar de Salerno, en su calidad de señor de los barones normandos, condujo a estos contra Argyros, que había regresado a Bari tras su cambio de bando. El sitio de la ciudad se prolongó durante cinco días pero Bari era demasiado poderosa como para rendirse ante un enemigo poco preparado, de modo que tras saquear los alrededores los normandos regresaron a Melfi. Es posible que por entonces supiesen ya de la inminente llegada de la flota de refuerzo al mando de Basilio Teodorocano que llegó en febrero para combatir al rebelde Maniaces.

Pronto hubo relevos también entre los normandos. En junio de 1044 fallecía Rainulfo de Aversa y Gaeta, el primer normando que había fundado en Italia un señorío independiente, sustituido pronto por su sobrino Rainulfo y a fines de 1045 o a principios de 1046 moría prematuramente, para gran consternación de sus compatriotas, Guillermo Brazo de Hierro, primer conde de Apulia, sucedido no sin oposición por su hermano Drogón.


El patricio y vestes Argyros, cuya posición e influencia podían colisionar con el nuevo catepán Basilio Teodorocano, fue rápidamente llamado a Constantinopla por el emperador y el propio Teodorocano no permaneció tampoco mucho tiempo en su puesto, ya que pronto fue nombrado a finales de 1045 en su lugar un nuevo oficial llamado Eustacio Palatino que, en un esfuerzo por recabar apoyos, reclamó la vuelta a Bari de todos aquellos que se habían exilado. Mientras todos estos cambios tenían lugar la lucha continuaba en las tierras de Apulia y Calabria. El flamante catepán intentó mostrar energía en su desempeño pero fue prontamente derrotado a las afueras de Tarento, el 8 de mayo de 1046, circunstancia que fue aprovechada por los normandos para tomar poco después la villa de Lecce. Parece ser que en estos momentos los notables de la ciudad de Bari, sin conocimiento de los oficiales bizantinos, entraron en tratos con el conde Umfredo, hermano de Guillermo Brazo de Hierro y de Drogón y llegado recientemente a Italia e hicieron prisionero al derrotado catepán, que había buscado refugio en Bari tras su derrota en el sur. Por aquel entonces los inestables normandos se habían dividido en dos partidos: uno reconocía el señorío de Umfredo y Drogón y el otro a Pedro, el hijo de Amigo, que por aquel entonces estaba ocupado en el sitio de Trani.

El derrotado y prisionero Eustacio fue relevado de su cargo a finales de 1046 y en su lugar llegó a la península el patricio y vestes Juan Rafael, comandante de la guardia varega que desembarcó en Bari a la cabeza de un destacamento escogido. La llegada de estos contingentes fue muy mal recibida por los lugareños y Rafael tuvo que abrirse paso a la fuerza hasta el Pretorio, la residencia del gobernador en la ciudad. Lo inestable de la situación le decidió a ordenar la retirada al día siguiente y entablar negociaciones con las autoridades locales para conseguir la liberación de su antecesor en el cargo. El acuerdo al que llegó con los bariotas implicó el reconocimiento del estado de cosas en la ciudad, lo que venía a significar su independencia de facto y su desligamiento de la autoridad bizantina. Además la tensa relación con la población obligó al catepán a trasladar sus mercenarios a la base más segura de Otranto. 


A mediados de 1046 hizo su aparición en la escena italiana otro hijo de Tancredo de Altavilla, el mayor de los habidos en su segundo matrimonio, Roberto el que luego sería llamado Guiscardo, y que habría de seguir una carrera que eclipsaría los logros de sus hermanos mayores. Intentando emular la gloria y la fortuna de sus predecesores abandonó Normandía en compañía de cinco caballeros y treinta infantes. Una vez en Italia, tras  ser muy mal recibido por sus hermanastros, sirvió durante un tiempo bajo las órdenes de Pandolfo de Capua en su enfrentamiento con Guaimar de Salerno. Tras enfrentarse a su señor por no atenerse a las promesas realizadas se dirigió hacia Calabria a instancias de Drogón al que solicitó tierras y dinero. Éste le ofreció el puesto de Scribla primeramente antes de ocupar en 1050 una primera posición fortificada en la zona norte del valle del Crati, posiblemente San Marcos, desde la que se dedicó a saquear y pillar la región llevando la existencia de un bandido en una frontera que por aquella época trazaba una línea desde Amantea en un arco hasta el sur de Cosenza y Rossano. 

Los normandos siguieron adelante con la ofensiva en todos los frentes, avanzando sobre Lucania y Capitanata mientras quedaba a cargo de Roberto de Altavilla comenzar los combates en Calabria. Troia cayó en 1048. En el mismo año Umfredo pudo derrotar a los bizantinos en Tricarico, cerca de Potenza, en unos momentos en los que Constantinopla tenía su atención puesta en los asuntos internos enfrentada a graves rebeliones e imposibilitada para enviar refuerzos en cantidad suficiente para producir un cambio decisivo en la situación. 

La estancia de Argyros en Constantinopla duró varios años, durante los cuales gozó del favor imperial y tuvo ocasión de distinguirse en la defensa de los intereses del basileo, tal y como ocurrió durante la sublevación de León Tornicio en 1047. Finalmente fue devuelto a Italia en marzo de 1051 con el título de magistros vestes y duque de Italia, Calabria, Sicilia y Paflagonia con el encargo de gobernar los territorios imperiales en la península, hecho inusitado el de confiar tan alto cargo a un griego italiano, en realidad al hijo de un lombardo, un latino que ni siquiera profesaba la ortodoxia (se sabe de hecho que mantuvo diferencias con el patriarca Miguel Cerulario que lo consideraba extranjero y herético). Sin duda la pésima situación de los asuntos italianos convenció al gobierno imperial de que  Argyros era por su pasado la persona adecuada para intentar enderezar la fortuna de Bizancio en la península apoyándose más en la diplomacia y la habilidad que por la fuerza de las armas. Un factor añadido que impedía el recurso a la fuerza era la constatación de la mala situación en la costa oriental del Adriático, pues las revueltas búlgaras habían reducido a la nada las ganancias territoriales de los tiempos de Basilio II. El thema de Nicópolis se había perdido y las comunicaciones terrestres entre Macedonia y Tesalia con las ciudades costeras se habían interrumpido, lo que dificultaba el envío de nuevas tropas con destino a Italia.

 


Guaimar, el príncipe de Salerno, soberano de los normandos de Apulia tras recibir el título de duque de Apulia y Calabria espoleó a sus súbditos para que se adentrasen profundamente en los territorios del basileo. Muy lejos quedaban ya los lazos que habían unido Salerno al Imperio. Una intentona directa sobre Bari fracasó, por lo que Guaimar, acompañado por Guillermo Brazo de Hierro, se decidió por explorar la senda de Calabria, aunque parece ser que por entonces no avanzó mucho más allá del valle del Crati. Pronto otros problemas distrajeron al príncipe y le obligaron a fijar su atención en Aversa y a los normandos allí establecidos. Éstos, encabezados por su jefe Rainulfo, demostraron ser unos vasallos incómodos y turbulentos y pronto desafiaron la autoridad de su señor natural. Cuando a la muerte del señor de Aversa Guaimar intentó imponer un noble de otra familia de inmediato estalló una guerra que terminó con la derrota del protegido del príncipe de Salerno. Éste, con muchos esfuerzos, intentó en estos años mantener bajo control las actividades en la región comprendida entre los Estados Pontificios y los territorios bizantinos de Calabria y Apulia. Para ello mantuvo embajadas regulares con el emperador germánico Enrique III asegurándole su fidelidad y postulándose como su principal vasallo en la región. El emperador, que acababa de ser coronado en 1046, aprovechó su viaje a Roma para retomar el papel de Otón I y  dictar sus condiciones en la organización de la Iglesia con la deposición de tres papas y la elevación al solio pontificio del obispo de Bamberg con el nombre de Clemente II. A continuación, como mandaba la tradición, descendió en enero de 1047 a Campania con su ejército para imponer su arbitrio como señor de la Cristiandad. En febrero recibió en Capua la sumisión de los condes de Apulia y Aversa, Drogón y Rainulfo II, a los que nombró vasallos directos del Imperio al tiempo que les concedía la investidura imperial para todas las tierras que conquistasen, de modo que ambos ascendieron al mismo rango que el disfrutado hasta entonces por los antiguos príncipes lombardos. Sólo Benevento, dominada por Pandolfo IV, se resistió a la voluntad del emperador, por lo que éste, obligado a abandonar Italia  en abril reclamado por otros asuntos, dejó a cargo de sus nuevos vasallos normandos el castigo del rebelde. La ratificación imperial a su posición convirtió a los normandos en más inexorables en su explotación del país, sometiendo a sus exacciones a lombardos e italo-bizantinos por igual. 


Por esa época un nuevo personaje entra con fuerza en la política de la Italia Meridional, el nuevo papa León IX, nombrado por el emperador el 12 de febrero de 1049 tras la muerte de Dámaso II. Peregrino e infatigable reformador mantuvo una constante lucha por erradicar los abusos que habían llevado a un grado extremo de corrupción a la Iglesia Latina, entre los que se encontraban las cuestiones de la simonía y los matrimonios de los sacerdotes y fue el primero de la serie de papas reformadores que llevarían a la querella de las investiduras. Cuestión fundamental era para el nuevo pontífice el recuperar el control de los bienes y los nombramientos eclesiásticos, que desde largo tiempo antes residían en manos de los señores locales y en general reestablecer la situación, muy perturbada por las rivalidades entre lombardos y normandos, las guerras continuas, los saqueos y confiscaciones de iglesias y monasterios.

Una de las cuestiones pendientes a la que León IX tuvo que hacer frente fue la ocupación por los normandos de territorios incluidos en el patrimonio de San Pedro. El Papa intentó negociar en diversas ocasiones un arreglo para conseguir la restitución de las tierras robadas, actuando no sólo como jefe de la Iglesia sino también como representante del emperador y por ello empeñado en el restablecimiento del orden y la paz. Ante esos avances los lombardos de Benevento se afirmaron en su rebeldía ante el poder imperial y rechazaron la intervención papal, mientras que los normandos acogieron con mansedumbre las reconvenciones del pontífice sin variar ni un ápice su actitud de fondo. A la vuelta a Roma del Papa tras su embajada llegaron en oleadas las denuncias de todas partes acusando las depredaciones de los normandos. Se puede detectar en las crónicas de la época el odio creciente que el pillaje sistemático estaba produciendo en todo el sur italiano. León IX recibió en Roma delegaciones que denunciaban a voz en grito los abusos y saqueos que debían soportar las poblaciones a manos de sus nuevos amos. Elocuente testimonio fueron las palabras del abad normando Jean de Fécamp que al dirigirse al Papa para narrarle el ataque de que había sido objeto en Toscana le explicó: 


“El odio de los italianos contra los normandos ha llegado a tal exasperación que no hay, por así decirlo, una aldea en Italia que un normando pueda atravesar con seguridad. Incluso aunque vaya como peregrino se arriesga a ser atacado, despojado y arrojado a prisión.”

Esta situación produjo finalmente un cambio en la actitud del Papa que, tras comprobar el fracaso de su intervención personal e indignado por la mala fe normanda, empezó a considerar a éstos como el peor enemigo de la Iglesia. A comienzos de 1051 los beneventanos comenzaron una aproximación a la Santa Sede lo que permitió a León IX, tras una serie de negociaciones, asumir la soberanía en el principado de Benevento y detraerlo de la esfera imperial a cambio de concesiones en Alemania. En julio, tras una entrevista con el príncipe de Salerno y Drogón para encomendarles la protección del nuevo territorio pontificio de las depredaciones de los pequeños señores normandos, el conde de Apulia fue asesinado en Montoglio por uno de sus hombres de armas. La muerte de Drogón dio la señal a una insurrección general en Apulia contra los normandos y la situación de gran inestabilidad convenció definitivamente al Papa para formar una alianza ofensiva contra los normandos y expulsarlos definitivamente de los territorios del principado de Benevento. Desde finales de 1051 o principios de 1052 León inició contactos secretos con las autoridades bizantinas con vistas a establecer una alianza contra el enemigo común.

 

Argyros desembarcó por fin en Otranto en marzo de 1051 con el título de magistros, vestes y duque de Italia y de Calabria con plenos poderes. Sus instrucciones eran claras: con los medios económicos de los que había sido provisto debería corromper a los normandos e invitarlos a atravesar el mar para combatir en Asia como mercenarios. No parece que su llegada fuese acompañada del refuerzo de tropas para asegurar su posición. En caso de no obtener éxito en sus gestiones debería intentar al menos sembrar la división entre los jefes normandos azuzando unos contra otros.

Desde Otranto Argyros se dirigió a Bari donde en un primer momento se le negó la entrada a la ciudad por parte de los señores locales Adralestos, Romualdo y Pedro, partidarios de los normandos. Pocas semanas después el oro empezó a mover voluntades y una asonada en abril consiguió derribar al gobierno y abrir las puertas al duque de Italia. Sólo Adralestos logró huir y refugiarse junto a Umfredo, el sucesor de Drogón, mientras que su mujer e hijos junto con sus hermanos fueron enviados cargados de cadenas a Constantinopla. Por la misma época las luchas por el poder arreciaron también en Tarento donde tenemos noticias de la lucha entre los partidarios de Bizancio liderados por un tal Genesio, administrador de las propiedades de la catedral, frente a los rebeldes dirigidos por Basilio Crisoqueinos, los hermanos Eustacio y León Catananges y varios clérigos de iglesias latinas y ortodoxas.

Argyros, una vez asegurada su posición en Bari, emprendió de inmediato conversaciones con los normandos. Éstos demostraron pronto su poca voluntad de acuerdo al preferir las ganancias en las tierras italianas a la aventura en la lejana Asia. Una dificultad añadida en las conversaciones fue la anarquía que la muerte de Drogón había traído a las filas normandas. En su intento por aprovechar la ocasión Argyros sacó su ejército al campo de batalla en 1052, pero fue derrotado primero cerca de Tarento y luego ante Siponto a manos de Umfredo y Pedro, el hijo de Amigo. Las cosas no fueron mejor en Calabria, donde Roberto Guiscardo batió en Crotona a las tropas del protoespatario Sicón. Ante el fracaso de su iniciativa Argyros cambió de estrategia y envió una embajada a León IX para proponerle una acción conjunta contra los normandos.  


El Papa estaba por entonces más que dispuesto a adoptar esa vía de acción, harto de las tropelías e insubordinaciones de sus peligrosos vecinos. El propósito de una acción conjunta desde el norte y el sur se vió frustrada por la negativa de Guaimar V de Salerno a unirse a la alianza. Éste temía un triunfo que resultaría muy favorable para Bizancio y amenazaría la independencia de su  territorio. León tuvo que esperar a condiciones más favorables.

En agosto de 1052 una revolución, en la que posiblemente estuviese implicada la mano de Bizancio, estalló en Salerno provocando la muerte de Guaimar V. Su sobrino Gisulfo consiguió recuperar el poder con ayuda de los normandos de Aversa, pero la situación del principado quedó muy debilitada por la pérdida del control de las villas marítimas de Amalfi y Sorrento que recuperaron su autonomía.  Los cambios en Salerno reforzaron la influencia normanda sobre el principado, por lo que el Papa tuvo que recurrir a aliados todavía más poderosos, y esos se podían encontrar en el Imperio. Se imponía el concurso de tropas numerosas y bien disciplinadas y se estimó como indispensable la colaboración de Enrique III, por la poca confianza de León IX en las tropas locales. A finales de 1052 el Papa pasó a Baviera donde se encontró con el emperador y le hizo efectiva su petición de ayuda. En la corte imperial estaba vivo el recuerdo de anteriores e infructuosas expediciones italianas, de forma que a duras penas León consiguió el concurso de contigentes de loreneses, suabos y franconios. La airada intervención ante el emperador del obispo Gebhardt protestando por la indefensión de Baviera al ser despojada de esas tropas tuvo como resultado que finalmente el Papa sólo pudo regresar con un pequeño grupo de setecientos suabos mandados por Trasemundo, Atón, Garnier y Alberto y reclutados a cuenta del pontífice.

En febrero de 1053 el ejército pontificio llegó a la llanura lombarda y el día  21 el Papa estaba ya en Mantua. Tras pasar por Roma y Montecassino llegó finalmente a Benevento. Su objetivo no era enfrentarse con los normandos de inmediato, sino reunirse con Argyros, que se encontraba en las cercanías de Siponto. Para evitar un encuentro precoz con el enemigo Léon efectuó un rodeo hacia el norte hasta atravesar la llanura que se extiende al norte del Gargano. Durante el camino se le unieron numerosos contigentes italianos entre los que destacaban las tropas del duque de Gaeta Atenulfo, Lando conde de Aquino, y soldados del país de los Marsos, Ancona, Espoleto, Sabina y Fermo. Tras atravesar el río Fortore en junio el ejército pontificio acampó en la orilla derecha, cerca de Civitate. El 17 de junio de 1053, inopinadamente, se toparon allí con el ejército normando que les esperaba, recién llegado tras batir a las tropas de Argyros.


Frente a una clara amenaza para su supervivencia los normandos, olvidadas por un momento sus diferencias, habían acudido masivamente de todas partes a reagruparse bajo el mando de Umfredo, y de Ricardo de Aversa. Junto a ellos formaban los normandos de Calabria al mando de Roberto Guiscardo además de muchos otros pequeños señores. La decisión inmediata en el campo normando fue impedir la unión de los ejércitos de sus rivales por lo que se apresuraron a dirigirse al norte de Apulia pretendiendo impedir el paso del ejército papal y evitar que alcanzase Siponto, donde se habían situado los hombres de Argyros. Éste tras un breve combate huyó por mar desde el puerto de Viesti. Ahora sólo quedaban en pie dos contendientes.

Enfrentados los dos ejércitos en la llanura, León IX envió parlamentarios para conocer las intenciones de los normandos y pedirles que se sometieran. Éstos le contestaron que estaban dispuestos a hacerlo y devolver todas las tierras que ocupaban, pero que no podían consentir que se hubiese aliado con su enemigo Argyros. Tras los parlamentos ambos ejércitos se tantearon durante unos días, pero la falta de víveres en el campamento normando decidió a éstos a pasar a la acción sin más retrasos. El combate se inició el viernes 18 de junio. En un primer momento la lucha fue desfavorable para los normandos, pero la situación cambió al recibir refuerzos. En medio del furioso ataque normando las tropas italianas del Papa fueron presas del pánico y emprendieron la huida. Los condes lombardos reunieron a sus tropas y las llevaron al norte de modo que sólo quedaron para hacer frente a los normandos las tropas alemanas. Éstas ofrecieron una encarnizada resistencia durante horas hasta sucumbir y ser masacrados hasta el último hombre. La defensa se derrumbó finalmente y el Papa, refugiado en Civitate, asistió como espectador al fin de su proyecto. Los victoriosos normandos se dispusieron al asedio de la ciudad quemando los arrabales y ya se preparaban para asaltar los muros cuando León IX, presionado por los aterrorizados ciudadanos, se vio obligado a parlamentar. El pontífice aceptó  entregarse y concluir un acuerdo a condición de que cesase el combate. Además les otorgó el perdón de la iglesia y la anulación de la excomunión que pesaba sobre ellos de forma que poco después los ciudadanos de Civitate pudieron ser testigos de una curiosa escena: el Papa saliendo de la ciudad ornado con sus vestimentas pontificias y rodeado de clérigos abriéndose paso ante una masa de guerreros que se postran a sus pies jurando obediencia y fidelidad mientras el pontífice pronuncia las solemnes fórmulas de la reconciliación.


El 23 de junio de 1053 el Papa regresó a Benevento escoltado por Umfredo. Allí permaneció durante seis meses vigilado por los normandos que lo mantuvieron incomunicado, aunque oficialmente guardando todas las consideraciones hacia su persona. Esa condición de rehén era evidentemente la más favorable para sus intereses.

 Durante la larga estancia del Papa en su forzada residencia de Benevento (junio de 1053-marzo de 1054) León entabló contacto con Constantino Monómaco y Miguel Cerulario mediante una legación encabezada por el cardenal Humberto, el canciller Federico de Lorena y el arzobisbo de Amalfi Laurencio. Motivos políticos y religiosos animaron la embajada pues a la cuestión de la alianza contra los normandos se sumaba la delicada cuestión de las diferencias religiosas entre las iglesias latina y oriental tan alteradas ya desde la época de Focio. La pretensión del Papa era conseguir la retractación del patriarca y el reconocimiento de la supremacía romana, aunque es bien conocido como el resultado fue muy otro: las diferencias y desconfianzas entre ambos bandos provocaron una ruptura oficial que separó todavía más a ambas partes y dejó huellas permanentes para el futuro. 

Los primeros sorprendidos por el desenlace de la jornada de Civitate fueron los propios normandos, que no esperaban alcanzar un éxito tan rotundo. Rodeados por un entorno muy hostil y en perpetua división interna por su escasa disposición a reconocer un señor común se contentaron en los tiempos posteriores con consolidar sus ganancias y no aprovecharon la inacción de sus adversarios para emprender grandes aventuras sino que optaron por una lenta progresión en su avance. Los pequeños barones se instalaron en la zona del litoral al noroeste del Gargano en la región de Lesina, Ripalta y Vieti, mientras Umfredo regresó a Melfi y se ocupó de castigar a los asesinos de su hermano reafirmando su autoridad en la región de Melfi y Venosa. Troia, que tras una primera sumisión en 1048 había recobrado su independencia, volvió otra vez a pagar tributo y las grandes ciudades litorales de Apulia como Bari, Trani y quizá Otranto reconocieron la autoridad del conde normando so pena de verse hostigadas por continuas algaradas. Probablemente esta dominación permitía, como de costumbre en la tradición italiana medieval, una amplia autonomía en las ciudades que mantuvieron sus magistrados locales, frecuentemente titulados con dignidades bizantinas.


Si en la Apulia bizantina los normandos no encontraban una resistencia organizada no fue así el caso en la región de Benevento que, a la muerte de León IX (19 de abril de 1054) volvió a manos de la antigua dinastía lombarda, por lo que la atención normanda volvió de nuevo hacia el sur, que prometía presas más apetitosas. Las operaciones se reanudaron en 1054, cuando se documenta la conquista de Conversano, cerca de Bari, aunque a medida que los invasores se aproximaban al golfo de Tarento la resistencia fue volviéndose más encarnizada. Se sabe que el protoespatario Sicón fue muerto en combate ante los muros de Matera y que en Oria tuvo lugar un enfrentamiento con los bizantinos en 1055. Tras superar esa oposición los normandos pudieron adentrarse en la tierra otrantina y conseguir triunfos significativos. Lecce y Nardo fueron tomadas por el conde Gaufredo. Pronto fue el turno de Otranto mientras Galípoli era asediada. Las siguientes plazas en caer Castro, Minervino y Catanzaro. Una nueva derrota bizantina en 1056 cerca de Tarento dejó el campo libre para el saqueo por parte de los vencedores. Fueron años duros para la región acosada también por una feroz hambruna que llevó la desolación a esas tierras.

Durante estos años la figura de Roberto Guiscardo, que habría de ser más adelante el enemigo mortal de Bizancio comenzó a destacarse claramente entre sus compatriotas. Un golpe de fortuna le había permitido en 1050 acrecentar sus recursos al contraer matrimonio con la tía de Gerardo de Buonalbergo, un noble propietario de las cercanías de Benevento. Éste, reconociendo los signos de un futuro brillante en el hasta entonces jefe de bandoleros, le ofreció en lugar de dote el concurso de doscientos caballeros para participar en la empresa de Calabria. Guiscardo, así llamado desde entonces por su nuevo socio, se vió convertido repentinamente en un caudillo con los recursos suficientes para llevar adelante la conquista de Calabria. Desde 1048 al menos se habían sucedido las incursiones normandas en tierras calabresas y consta un enfrentamiento con los bizantinos en 1052 cerca de Crotona y saqueos en la zona de Gerace. Tras la victoria de Civitate Roberto se dedicó metódicamente desde su refugio de San Marcos a hostigar la región de Cosenza, Martorano y Bisignano cobrando tributos, saqueando e imponiendo su ley en la zona. En 1056 se unió a las tropas de su hermano para asediar Galípoli y cuando Umfredo agoniza al año siguiente lo reclama en Melfi para ser tutor de su heredero. A la muerte de su hermano Roberto asumió el mando supremo como conde de Apulia. 


Frente a estos avances la resistencia en la región bizantina había quedado a cargo sólo de las milicias locales. Argyros solicitó en vano ayuda de Constantinopla para hacer frente a la amenaza normanda, pero el Imperio tenía que hacer frente en esos años a amenazas internas y externas que le impidieron considerar el desvío de fuerzas a las lejanas posesiones italianas. Los únicos medios disponibles eran el oro y la diplomacia para intentar detener a los normandos. Argyros probó también la opción imperial y en mayo de 1054 sus enviados llegaron a la corte de Enrique III donde fue bien acogido, sin duda por el recuerdo de su padre Meles que tan estrechos vínculos había mantenido con la corte germánica. En los dos años siguientes se sucedieron una serie de movimientos diplomáticos con vistas a emprender una acción contra los señores normandos, pero la muerte del emperador germánico en agosto de 1056 dio al traste con todos los proyectos. El Papa Víctor II, que había pretendido el apoyo imperial para recuperar Benevento y dominar a los normandos, se dio entonces por vencido y buscó el acuerdo con éstos. Su repentina muerte en 1057 y su sustitución por Esteban IX, el antiguo canciller Federico de Lorena, permitió durante unos meses mantener el proyecto de una nueva embajada a Constantinopla pero la pronta muerte del nuevo Papa en febrero del siguiente año supuso la cancelación definitiva de la alianza con Bizancio y un giro en la estrategia de la Santa Sede, que abandonó entonces la alianza con ambos Imperios y se aprestó a entenderse con los ocupantes normandos. Éstos ofrecieron rapidamente su ayuda al nuevo pontífice Nicolás II para imponerse a sus adversarios en Roma. La reconciliación final tuvo lugar en agosto de 1059, en el concilio de Melfi. Allí Ricardo de Aversa y Roberto Guiscardo juraron fidelidad a la Iglesia Romana. Además éste último concluyó una alianza con el papado que le dejó las manos libres en toda la Italia Meridional, olvidados ya los derechos de la corona germánica y de Bizancio. Roberto fue entonces reconocido por primera vez como duque de Apulia y Calabria y abiertamente  manifestó su derecho a las posesiones bizantinas. 

Mientras tanto Argyros abandonó Italia a finales de 1058 sin haber podido cumplir su misión. La corte bizantina, ocupada en otras prioridades, se mantuvo indiferente a la cada vez peor situación en la península y sin embargo en estas tierras todavía asistieron al último esfuerzo por mantenerlas en la órbita de Bizancio.

 


Tras sellar su alianza con el Papado Roberto Guiscardo emprendió de nuevo las operaciones en los territorios para él destinados. En 1060 sometió Troia y en la primavera de ese mismo año recibió el homenaje de las poblaciones de Brindisi y Tarento al tiempo que sus hombres expulsaban a la guarnición bizantina de Oria. Pero en estos momentos el principal asunto era el control de Calabria. Desde 1056 había comenzado a realizar incursiones partiendo de sus posiciones en el valle del Crati acompañado por su hermano menor Roger. Sus tropas llegaron hasta la inmediación de Reggio saqueando y obteniendo rehenes, aunque las principales poblaciones como Crotona, Gerace, Santa Severina, Rossano o la propia Reggio mantuvieron su independencia.

De vuelta en Apulia Guiscardo encomendó a su hermano Roger la prosecución de la conquista. Éste se asentó en las cercanías de Vibona, donde luego se construiría la gran fortaleza de Mileto, y desde allí comenzó sus algaradas. Por medio de depredaciones y ataques constantes sembró el terror en toda la región del Aspromonte. Frente a él las autoridades bizantinas estaban divididas. Por razones desconocidas el estratego de Calabria León Trymbos hizo ejecutar en 1058 a algunos magistrados civiles (scribones) de Crotona y la población enardecida se rebeló y le obligó a huir. A los males de la guerra se unieron también los estragos causados por la terrible sequía de la primavera de 1058 y sus secuelas en forma de hambre y disentería que diezmaron a la población.

Entretanto en el bando normando se produjo un enfriamiento en las relaciones entre Roberto y Roger. Siendo ambos hombres ambiciosos colisionaron entre sí a causa del reparto del botín, lo que fue aprovechado por los calabreses para retomar Nicastro y aniquilar su guarnición normanda. Por fin Roberto y Roger arreglaron sus diferencias y reemprendieron las operaciones sobre la región. Reggio, donde habían hallado refugio los altos funcionarios bizantinos que todavía se mantenían en la zona, era la única ciudad que no se avino a parlamentar.


En el otoño de 1060, tras someter a Brindisi y Tarento, los normandos pusieron sitio por fin a Reggio. Tras una encarnizada resistencia la ciudad capituló y los dos funcionarios bizantinos (probablemente el estratego de Calabria y el krités) se encerraron en la vecina Scilla con parte de la guarnición bizantina, aunque al poco tiempo fueron obligados a embarcarse para Constantinopla mientras la población concluía un tratado con los normandos. Roberto Guiscardo en esa época residía ya en Reggio, donde se hizo reconocer como duque de Calabria. En estos momentos los funcionarios bizantinos de alto rango habían sido ya obligados a abandonar la región, y sólo quedaban los jefes de la aristocracia local, ellos mismos funcionarios de bajo nivel. Abandonados a su suerte entraron en tratos con los normandos. Éstos, una vez asegurada su posición, ofrecieron condiciones aceptables a las poblaciones locales imponiendo un tributo no más oneroso que el cobrado por las autoridades bizantinas y permitiendo que se mantuviese la autonomía local, con lo que pudieron establecer su dominio, al menos de forma aparente. A pesar de todo seguía viva la llama de la resistencia que aprovechaba cualquier coyuntura favorable para manifestarse. En el valle del Crati los indígenas se beneficiaron del alejamiento de los jefes normandos para alzarse en armas, como en Agello, cerca de Cosenza. Por la misma época diputados de varias ciudades calabresas llegaron a Amalfi y Roma buscando una alianza contra los nuevos ocupantes.

La reacción normanda ante la resistencia local fue la creación de colonias militares usando los mismos procedimientos que los bizantinos en Asia. Trasladaron a poblaciones enteras reduciendo a cenizas sus enclaves, como en el caso de Policastro que fue destruida y su población transportada a Nicotera. Con prisioneros sicilianos se pobló Scribla, tras el comienzo de las operaciones en Sicilia en 1061 luego de la toma de Messina.

El gobierno bizantino no volvió a enviar tropas a Calabria tras los sucesos de 1060, pero ello no supuso el fin de sus esfuerzos por recuperar sus posesiones en las tierras italianas porque a finales de ese año desembarcaron nuevas tropas comandadas por un miriarca, como es llamado en las fuentes y que quizá deba ser interpretado como un merarca, obedeciendo las órdenes del nuevo emperador Constantino Ducas. En rápida sucesión los bizantinos reconquistaron Tarento, Brindisi, Oria y Otranto, a la vez que se internaban en Apulia hasta llegar ante los muros de Melfi. Ante las desconcertantes noticias Roberto Guiscardo regresó a toda prisa de Sicilia y acometio a los bizantinos. Tras someter Acerenza obligó a los imperiales a abandonar el sitio de Melfi. En 1062 volvió a tomar Brindisi y Oria haciendo prisionero al miriarca bizantino. Ante estos fracasos los bizantinos se desmoralizaron y adoptaron en adelante una actitud mucho más pasiva, debido posiblemente también a la falta de medios. Por ello los dos catepanos que se sucedieron en Bari, Marulés en 1061 y Siriano en 1062 se vieron obligados a mantenerse a la defensiva.

Ante el fracaso en las operaciones militares se recurrió la vía diplomática. El emperador participó muy activamente entre 1061 y 1064 en la lucha por la sucesión del Papa Nicolás II. La derrota final de su candidato puso bien en claro la imposibilidad de formar una coalición antinormanda y que la única posibilidad para detener el avance de Guiscardo era apoyar a las poblaciones que todavía resistían y sembrar la división entre los caudillos normandos, celosos del poder de Roberto y descontentos con su primacía.

 


Mientras Roberto Guiscardo preparaba en colaboración con Roger un ataque sobre los musulmanes de Palermo, los barones normandos en Apulia se dedicaron metódicamente a reconquistar las poblaciones tomadas por los bizantinos durante su intervención. Un tal Godofredo tomó en 1063 Tarento y Móttola, y pronto cayeron también Matera y Otranto. En 1064 desembarcó en Bari el catepán Abulcaré y pudo enviar algunos refuerzos a las ciudades que aún resistían. En esos momentos Bizancio controlaba todavía parte del litoral, desde la península de Gargano hasta las cercanías de Brindisi, aunque el catepán no pudo impedir que las gentes de Bari llegaran a una tregua con Guiscardo debido a la escasez de sus reservas. A la resistencia se unió el duque de Dirraquio Pereno, también encargado de la defensa de las costas italianas, que se puso en contacto con normandos descontentos como Jocelin de Molfetta, Roberto de Montescaglioso, Roger Touboeuf, Abelardo (hijo de Umfredo de Hauteville y por tanto sobrino de Guiscardo), y Amigo el hijo de Gautier. Estos nobles se dirigieron a Dirraquio para parlamentar con el representante del emperador y allí fueron espléndidamente recibidos. Tras asegurarse sus servicios se les envió de nuevo a Italia donde entre 1063 y 1064 es probable que ocuparan las ciudades antes mencionadas en nombre del basileo.

Guiscardo reaccionó con rapidez y volvió para castigar a los rebeldes. Algunos, como Jocelin, huyeron a Constantinopla y entraron al servicio del Imperio, otros obtuvieron el perdón y recuperaron el favor del duque de Apulia. Había sido la de los bizantinos una iniciativa condenada a fracasar ante la falta de tropas para sostener una acción más decidida que no podía ser ganada sólo a base de sobornos.

En 1066 el arzobispo de Bari pidió otra vez ayuda a Constantinopla. La respuesta fue el envío de una flota al mando del duque de Dirraquio Miguel Mauricas que transportaba contigentes varegos. En 1067 las tropas de Mauricas consiguieron ocupar Brindisi y Tarento. En la primera se instaló una fuerte guarnición al mando del experimentado oficial Nicéforo Caranteno que se mostró muy activo organizando salidas contra las bandas de saqueadores normandos que se movían libremente por las cercanías. 


Así pues a la muerte de Constantino Ducas en mayo de 1067 la situación en Italia no era peor que en 1060 y los normandos no habían logrado avances permanentes de importancia desde entonces. La ocupación de Calabria era inestable y en Apulia, en la zona de Bari, Otranto y Tarento, se concentraba la resistencia más tenaz, sostenida en todos los casos principalmente por la población local pues no se detectan en esta época guarniciones bizantinas de gran importancia numérica.

Consciente de ello Roberto Guiscardo renunció a la conquista de Sicilia y concentró sus energías en la toma de Brindisi y Bari no dudando en reunir a todos sus vasallos para intentar un esfuerzo supremo. Fruto de ello fue la caída de Otranto, en la que de creer lo narrado en el Strategikon de Cecaumenos estaba acantonada una guarnición de rusos y varegos al mando de uno de los Malapetzes o Malapezzi, y por fin entabló el asedio de Bari en agosto de 1068.

La noticia llegó a Constantinopla en circunstancias muy delicadas para el Imperio ante el continuo hostigamiento de los turcos en las fronteras orientales. En el momento en que Romano II Diógenes comenzaba sus campañas en Asia el llamamiento desesperado de la población de Bari en demanda de ayuda no pudo ser atendido inicialmente y la ciudad tuvo que hacer frente en solitario a los normandos.

Como maniobra previa Guiscardo declaró ante las autoridades locales su deseo de reclamar el poder que hasta su muerte había detentado Argyros, fallecido ese mismo año. Al ser rehusado su derecho se convirtió en su pretexto para iniciar el ataque. Cuando una pequeña fuerza de reconocimiento se adelantó hasta los muros de la ciudad el intento fue visto con burla por los bariotas, acostumbrados a incursiones similares durante muchos años. Pero pronto la llegada del ejército principal mostró a las claras que esta vez el intento iba en serio y estaba acompañado por el contundente argumento de poderosas máquinas de asedio y una flota desplegada ante el puerto en una línea contínua unida por gruesas cadenas de hierro.

Conscientes los asediados de la gravedad de la situación pidieron socorro de nuevo a Constantinopla. El emperador estaba ocupado en esos momentos en los preparativos de una nueva campaña contra los turcos, pero el gobierno no podía ignorar la petición de auxilio de su mayor bastión en Italia. Por ello se aprestó apresuradamente una flota con armas y provisiones al mando de Esteban Paterano. La flota llegó a Bari en enero de 1069 y fue interceptada a la entrada del puerto por los normandos. En el combate que siguió doce barcos griegos fueron apresados pero el resto consiguió abrirse paso y reforzar con su cargamento las defensas de la ciudad. Estos refuerzos fueron acogidos con entusiasmo por la población y les dió ánimos para  prolongar una resistencia que se fue extendiendo durante ese año y el siguiente de 1070 con pocos avances por una y otra parte. Los combates se sucedieron ante los muros de la ciudad. Los normandos, en su deseo de asegurar más el cerco, obstruyeron el puerto con grandes bloques de piedra, un puente y una torre fortificada, aunque estas obras fueron pronto destruidas por los asediados. El grave deterioro de la moral que la duración del sitio estaba causando entre los sitiadores quiso ser superado con una intentona sobre Brindisi, la única otra plaza restante en poder todavía de Bizancio, pero la expedición fue sorprendida en una emboscada por los griegos y permitió un breve alivio a los asediados, aunque finalmente Brindisi acabó cayendo en manos de los normandos.


La perspectiva de otro invierno de asedió decidió a Guiscardo a solicitar la ayuda de su hermano Roger, que llegó desde Sicilia con una flota. Eso hizo mejorar la situación, combinado con sus esfuerzos para minar la resistencia interior mediante el apoyo a la facción local pronormanda.

En Bari la situación había mejorado tras la arribada de una flota mercante con víveres, pero la discordia estalló finalmente en el interior ante la pugna entre dos bandos. Uno de ellos, liderado por Argyrizo, uno de los ciudadanos más ricos de la población y apoyado por el dinero normando, era partidario de negociar con Guiscardo, mientras que el otro, comandado por Bizantios Guirdelicos, defendía la resistencia a ultranza. Un intento de asesinato de Guiscardo fracasó y finalmente Bizantios cayó asesinado por los hombres de Argyrizo. La crítica situación en la ciudad había provocado una nueva llamada de auxilio a Constantinopla. Ante el éxito de misiones de aprovisionamiento anteriores el gobierno bizantino aprestó en Dirraquio una flota de veinte barcos cargados con alimentos, armas y refuerzos al mando de Jocelin, uno de los normandos que se había pasado al servicio del emperador tras rebelarse contra Guiscardo. Su flota atravesó el Adriático sin incidentes y llegó a la vista de Bari donde le esperaban los ansiosos ciudadanos. Desgraciadamente para su causa la inusual actividad en el puerto esa noche alertó a los normandos que tuvieron tiempo de aprestar sus barcos y dirigirlos contra el convoy entrante. En un confuso combate nocturno los normandos de Roger fueron capaces de concentrar su ataque en la nave capitana y hacer prisionero al jefe de la expedición. Los bizantinos perdieron además nueve barcos aunque los normandos no escaparon sin pérdidas incluido uno de sus navíos que se fue al fondo con ciento cincuenta caballeros acorazados al volcar por un desplazamiento brusco de estos a una de las bordas.  


Este combate fue un durísimo golpe para las esperanzas de los asediados. Fracasaba así el último intento de ayuda desde el exterior y sin abastecimientos no podían sostenerse por más tiempo, ya que durante el invierno habían agotado las provisiones en los almacenes y la moral era ahora muy baja. Las voces que clamaban por un acuerdo con los sitiadores fueron cada vez más fuertes y dieron poder al bando de Argyrizo. Cuando en definitiva sus partidarios se hicieron con el control de una de las torres de la muralla Paterano se decidió por fin a parlamentar ante el temor de ser traicionado desde dentro y mientras aún estaba en condiciones de obtener un buen trato. La buena disposición de Guiscardo facilitó un acuerdo rápido. El 15 de abril de 1071 Roberto y Roger hicieron su entrada en Bari poniendo fin a treinta años de lucha por el dominio de la Italia del Sur. Basándose en los acuerdos que se habían establecido a lo largo de los años con las autoridades de la ciudad se mantuvo en gran medida la administración local, aunque el beneficiario de la recaudación de sus impuestos pasó a ser su nuevo señor normando y no Constantinopla. De acuerdo con la costumbre normanda la comunidad juró obediencia a su nuevo duque y se vió cargada con nuevas obligaciones militares, incluidas la de aportar fuerzas navales cuando se requiriese. Los bariotas mantuvieron la posesión de sus propiedades incluidas aquellas que habían sido saqueadas por los normandos durante el asedio. En muchos aspectos el acuerdo se trataba más de un tratado que una pura rendición, pero la causa de ello no radicaba en la bondad de Guiscardo sino en el reconocimiento de que llegaba el momento de modificar los métodos y gobernar un país como un estadista y no como un caudillo de bandoleros.

Los vencidos fueron tratados también con clemencia: se concedió permiso a Esteban Paterano para regresar a Constantinopla y muchos oficiales bizantinos fueron liberados tras una breve estancia en prisión. Sólo el rebelde Jocelin tuvo que pagar con la prisión de por vida el alzamiento ante su antiguo señor. Guiscardo devolvió a los aristócratas locales las tierras y dominios de los que se había apoderado y protegió a la ciudad de los abusos a manos de otros señores normandos. A cambio pidió su ayuda en forma de hombres y barcos para la empresa de Sicilia, que tendría como fruto la caída de Palermo en enero de 1072 tras cinco meses de sitio. El hecho simbólico es todavía más significativo, pues con la toma de Bari la autoridad del duque de Apulia tomaba una base definitiva frente a sus connacionales normandos, le reafirmaba como el señor de Italia del sur así como el sucesor del basileo en el dominio de las tierras que durante siglos pertenecieron al Imperio bizantino.

 

 

APÉNDICE:

 

Desde la antiguedad Italia meridional se singularizó por una densidad de población relativamente alta con una red de núcleos urbanos que superaron las vicisitudes de las guerras del siglo VI y el asentamiento de lombardos y árabes de modo que cuando los bizantinos volvieron a establecerse en la región se encontraron con una tierra en la que el poblamiento seguía siendo mayoritariamente urbano. La actuación inicial de las autoridades fue remediar los daños causados por la guerra y promover el asentamiento de nuevos ciudadanos que pudiese compensar las pérdidas sufridas, pero poco a poco se inició el proceso de creación de nuevos asentamientos (kastra). Especialistas como Martin y Noyé distinguen dos oleadas de fundaciones impulsadas por la administración bizantina. La primera puede situarse a finales del IX y la segunda en la primera mitad del XI. En el primer caso los esfuerzos de fortificación se detectan en villas como Nicastro, Montescaglioso, Cosenza, Santa Ágata, la construcción de la ciudad portuaria de Monopoli y los enclaves de Giovinazzo y Molfetta, ya activos durante el X. Paralelamente los esfuerzos de colonización en zonas poco pobladas en estos años hicieron aparecer los enclaves de Umbriatico, Cerenzia, o Isola Capo Rizzuto.

 

El segundo esfuerzo fundacional tuvo un marcado carácter defensivo como se puede deducir de la cuidadosa elección de los lugares de ubicación de los nuevos enclaves, en su mayor parte kastra cuyos nuevos habitantes estaban sometidos a la tasa de kastroktisia. Las alturas, el control de las rutas terrestres o la desembocadura de los ríos se constituyeron en los factores fundamentales a la hora de decidir dónde se erigiría el nuevo emplazamiento. Los ejemplos mejor conocidos de estos procesos de fundación son los de Catanzaro y Troia de los que ha sobrevivido documentación detallada. En el caso de Catanzaro, en Calabria, las autoridades imperiales reunieron a las poblaciones del entorno y las asentaron en un recinto amurallado en el que fue construida una iglesia y un edificio administrativo (praitorion). Posiblemente el periodo más fecundo fue durante el gobierno de Basilio Boioannes, que estableció en la Capitanata varios asentamientos fortificados como defensa de las fronteras norteñas ante lombardos, germanos y normandos. En estos años aparecieron nuevos núcleos de población en Melfi, Civitate, Dragonara, Castel Fiorentino, Montecorvino, Tertiveri, Biccari y Rapolla aunque es el proceso de fundación de Troia sobre el que estamos mejor informados ya que conocemos el documento jurídico que lo regló, un eggraphon fechado en junio de 1019. Por él sabemos que fueron instalados en la nueva ciudad lombardos venidos del vecino condado de Ariano Irpino que se habían pasado al bando imperial y en cuya presencia fueron demarcados los límites del territorio por parte de funcionarios imperiales al tiempo que se reglaba el herbaticum para los foráneos. Poco después, en 1023, le llegó el turno a Móttola, erigida sobre una colina que dominaba el paso de la Via Apia por la región para vigilar las actividades de los saqueadores árabes que habían vuelto a hacer sentir su presencia en esas tierras. Por esa misma época la antigua ciudad calabresa de Santa Ágata fue refundada en un lugar fortificado de las proximidades y rebautizada muy adecuadamente con el nombre de Oppido. Otros enclaves aparecen en las fuentes denominados como kastellia, pequeños recintos amurallados para cobijar a la población circundante de los ataques árabes como es el caso de Battifarano, Noepoli o Turri en la Basilicata meridional.

 



El territorio ciudadano contaba con un sector densamente poblado intra muros y una zona fuera de las murallas con características más rurales como las que podemos encontrar ejemplificadas en el caso del chôrion de Boutzanon situado en la turma de las Salinas, cerca de Reggio y que ha sido estudiado por Guillou. Los chôria, a la vez comunidades rurales y circunscripciones fiscales basadas en la responsabilidad colectiva de sus miembros frente a la administración, pagaban las tasas a la administración en una suma global, como lo registra el pago de 36 nomismata al catepán Mesardonites en 1016 por parte del pequeño burgo fortificado de Palagiano. El representante de la comunidad, un calígrafo llamado Cinamo, recibió del catepán un recibo justificatorio del pago que Palagiano debería conservar. Los habitantes del chôrion tenían la posibilidad de asegurar la permanencia de la propiedad de las tierras dentro de la comunidad ejerciendo el derecho de adquisición preferencial (preempción o protimesis) de los vecinos en caso de la venta de una propiedad. Cuando en la primera mitad del XI Juan Casifis compra una tierra con olivares al judío Manasses en Buterito, cerca de Bari,  se encuentra con la oposición del clérigo Romualdo, vecino del judío, que aduce el derecho de protimesis y accede a vendérsela a éste por el precio de compra. Al reprocharle Romualdo que haya querido comprar indebidamente una propiedad que por proximidad le correspondía con más derecho a él Juan le contestó “que sería mejor que un vecino la hubiese adquirido antes que entrase un extranjero”. El concepto de estabilidad de la propiedad comunal estaba firmemente establecido. 


La estructura típica de una población presentaba un núcleo habitado rodeado de pequeñas huertas tras las cuales estaban situados los proasteia, propiedades de gente acomodada residentes en la ciudad trabajadas por sus siervos allí instalados y los agridia donde vivían y laboraban los campesinos propietarios. Las ciudades más desarrolladas presentaron habitualmente un modelo de triple corona en torno al núcleo habitado a partir del cual se extendían huertos para el consumo doméstico, tierras arables con viñedos, moreras y árboles frutales y finalmente zona de pastos y bosque de aprovechamiento comunal. Las dimensiones del territorio urbano variaban de un caso a otro: en el caso de Troia con distancias desde el centro urbano que oscilaban entre los 7 y los 22 Km., mientras que en el caso de Tricarico, conocido por un diploma de Gregorio Tarcaniotes de 1001 o 1002, el área de influencia tenía un radio de 5-7 Km.

La siempre inestable situación política obligó a las ciudades y villas a protegerse con murallas. Generalmente las ciudades contaban sólo con un recinto aunque Bari constituye la excepción con una doble muralla en la parte de tierra aunque la ribera carecía de defensas. También está documentada la existencia de torres defendiendo las puertas y poternas. Era muy frecuente la edificación en la parte interna de los muros de defensa, lo que en algunos casos suponía un peligro para la defensa de la plaza como lo atestigua el testimonio de Cecaumeno en su Strategikon en relación con la toma de Otranto por los normandos. El autor recomienda a los comandantes que destruyan todos los edificios adosados a las murallas para reducir el peligro de un asalto por traición desde esos puntos débiles. En algunos casos la fortificación tenía lugar dentro de la propia ciudad al ser erigido un recinto amurallado interior como en los casos de Tarento, donde Romano I construyó un frourion tras una revuelta o los diversos ejemplos de praitoria o residencias fortificadas de los gobernadores imperiales, la más famosa de las cuales fue la construida en Bari en 1011 por Basilio Mesardonites tras la primera revuelta de Meles. La autoría se conoce por una inscripción en verso encastrada en un muro de la basílica de San Nicolás en la que Mesardonites se atribuye el levantamiento de la muralla con ladrillos “duros como la piedra” y la construcción de una arcada fortificada y un vestíbulo “para librar de sus temores a los soldados del campamento” así como una pequeña iglesia dedicada a San Demetrio. Se trataba de un conjunto residencial amplio que cumplía además las funciones de centro militar, judicial y fiscal del thema además de servir como morada para el catepán. En el complejo había viviendas, oficinas, acuartelamientos para las tropas, una prisión y también tierras de cultivo tanto en el interior como en el exterior. El cuidado de la salud espiritual de sus moradores quedaba bien cubierta con cuatro iglesias o capillas dedicadas a San Basilio, Santa Sofía, San Eustracio y San Demetrio y sobre la que después fue edificada la basílica de San Nicolás. El conjunto no parece haber sobrevivido más allá de la década de 1080, ya que sabemos que en 1087 la iglesia de San Eustracio y los otros santuarios fueron derribados para dejar sitio a la nueva construcción que albergaría los restos de San Nicolás de Myra. Otro praitorion está documentado en Reggio en su calidad de capital del thema de Calabria. 


Poco se sabe de las construcciones domésticas. Desde el siglo X parece ser que gran parte de las moradas eran construidas con piedra conviviendo con otras de madera. Las coberturas eran de teja, tablas o paja. En Calabria en esta época se data una tipología de vivienda troglodítica excavada en roca con ejemplos como los de Gerace o Santa Severina en los que se han encontrado moradas con una estructura muy simple: sala de estar, alcoba y depósitos para el agua y los alimentos. En las viviendas urbanas era frecuente la existencia de pequeñas cámaras-almacen abovedadas en el bajo y un primer piso con una estancia común (triclinum), una o varias cámaras (cubicula) y en ocasiones una galería. Los edificios solían rematar en una terraza y disponen en ocasiones de patio privado aunque generalmente varias viviendas se agrupaban en torno a un patio común y se empleaban escalas de piedra o madera para acceder a las estancias. En el caso de la Capitanata está documentada además la presencia de silos en el exterior de las casas.

Las ciudades más antiguas presentaban un desarrollo urbanístico más avanzado con calles a las que daban las viviendas mientras que en las ciudades de nueva creación del XI se advierte una organización mucho más cerrada con casas separadas sólo por muy estrechas callejuelas destinadas a permitir el paso y evacuar las aguas. La catedral se encuentra en el centro de la población y  desde ella se suceden los círculos cerrados habitacionales. En las poblaciones de nueva planta anteriores al XI no se advierte un plan urbanístico y los edificios se amontonan en capas sucesivas mientras que los núcleos urbanos surgidos de la oleada fundacional de la época de Boioannes se caracterizan por la presencia de una larga calle longitudinal llamada platea que articulaba el conjunto urbano como se puede atestiguar en las ruinas de Catanzaro, Troia, Fiorentino u Oppido mientras que las calles perpendiculares aparecen desiguales, estrechas e irregularmente repartidas.

Mucho más numerosas son las alusiones en las fuentes a las abundantes construcciones religiosas (iglesias públicas y privadas, monasterios y hospicios) que salpicaban las ciudades y que estaban atendidas por un personal muy numeroso: sólo en el caso de Bari durante el siglo XI conocemos al menos 23 iglesias, monasterios y capillas dentro del recinto urbano además de la iglesia episcopal de Santa María. Pero también se encuentran documentados otro tipo de edificación con funciones eminentemente ciudadanas como son los baños públicos (balneum, loutron) que en muchos casos eran administrados por las autoridades monásticas como los conocidos en Reggio o Stilo en Calabria y Melfi o Bari en Basilicata y Apulia respectivamente.

 

En las fuentes griegas la población italiana aparece dividida estereotipadamente en tres clases: arcontes, hiereis y laos, esto es magnates, clero regular y secular y pueblo llano. La aristocracia estaba formada por los señores dueños de latifundios, frecuentemente ostentando títulos de la escala administrativa bizantina y ejerciendo en muchos casos funciones oficiales. Junto a ellos estaban los oficiales bizantinos de alto rango, militares (estrategos, catepanes) y civiles así como algunos miembros de las familias lombardas de los principados vecinos. Algunas familias de origen local desempeñaron durante generaciones cargos de importancia y mantuvieron su preeminencia incluso durante la dominación normanda como fue el caso de los Maleinos de Stilo (sobre los que en principio no tenemos fundamento para relacionar con la poderosa familia homónima y coetánea del Asia Menor). El primer Maleinos calabrés aparece a mediados del X y es el Gregorio exactor de impuestos mencionado en la Vida de San Nilo en relación con los motines en Rossano de 965. Otros miembros de la familia aparecen en las fuentes hasta finales del siglo XII siempre desempeñando cargos de cierta relevancia. Otro caso es el de los Mesimerios de Catanzaro entre los que encontramos obispos y monjes en diversos momentos o los Ankinareses de Rossano, algunos de cuyos miembros como León y Eufemio detentaron el cargo de turmarca a mediados del XI. Los Malapezzi de Bari, probablemente uno de los cuales era el Malapetzes mencionado por Cecaumeno, poseían una torre fortificada cerca de la iglesia de San Nicolás y en 1051 estuvieron implicados en las revueltas que tuvieron lugar en Bari. Uno de ellos, Nicolás, fue juez bajo Bohemundo así que podemos asegurar que la familia siguió prosperando bajo los nuevos amos de la ciudad.

En muchos casos el mayor problema para seguir la evolución de una familia es la ausencia de apellidos, salvo en el caso de Calabria como se ha visto en los ejemplos anteriormente citados. A pesar de ello es posible seguir hasta cierto punto la sucesión de padres e hijos en posesión de los mismos cargos: el topotereta Faraco era hijo de Maraldo, a su vez protoespatario y topotereta de Polignano en 1019. En 1035 había en Trani dos turmarcas llamados Maraldo, tío y sobrino respectivamente. En 1028 un privilegio firmado en Tarento tuvo como testigos a Adralestos, hijo del protoespatario Pedro y nieto del protoespatario Juan, Teofilacto, hijo del turmarca León y nieto del citado Juan, el turmarca Constantino, hijo del espatarocandidato León y finalmente el turmarca Juan. La tendencia en cualquier caso es a un aumento de la presencia en la documentación de nombres bizantinos en detrimento de los lombardos. 

Como norma los altos funcionarios bizantinos al mando de las provincias no podían ser originarios de las mismas y su mandato, salvo excepciones, no duraba más allá de tres o cuatro años pero durante éste ejercían el poder absoluto en la región. Sus idas y venidas eran escrupulosamente registradas en las crónicas locales, otorgaban privilegios y confiscaban propiedades a los rebeldes. Significativamente la figura del strategos como personaje hostil o amistoso con respecto al santo es una constante en las Vidas de monjes santos compuestas en esta época y que constituyen una preciosa fuente de información para el período.


Relacionado con el hecho de que el catepanato de Italia desde mediados del X era uno de los puestos de más alto rango de la administración provincial bizantina muchos de los altos oficiales al mando durante este período de los que conocemos el apellido provenían de los primeros niveles de la aristocracia bizantina: Argyros, Docianos, Curcuas, Cecaumeno, Crinités, Tarcaniotes, Jifias, etc. mientras que otros pertenecían a un segundo nivel como los Cladon, Skepides, Amiropulo o eran hombres hechos a sí mismos como el famoso Maniaces. Sólo en un par de ejemplos, Ursoleón (posiblemente un italiano, muerto en una sedición en 921) y el duque Argyros a partir de 1051 se puede testimoniar un origen local para los gobernantes que en cualquier caso no supuso un mayor apoyo por parte de la población italiana.

La tarea de un gobernador no era sólo defender la provincia contra la amenaza exterior sino también proteger los intereses del emperador, en ocasiones si era necesario contra los propios lugareños, y evitar la tentación de adquirir propiedades para sí aunque conocemos casos que indican lo contrario a través del arriendo y la práctica de la enfiteusis. Sabemos que el baiulos Gregorio adquirió monasterios e iglesias de por vida y alquiló por un período de 29 años las propiedades del monasterio de Montecassino en Apulia aunque devolvió todo a su marcha en 885. O que la katepanissa Teoctista disfrutaba de una proasteia dedicada al gusano de seda que era propiedad de una iglesia de Reggio. Y también conocemos otros modos ilegales de enriquecimiento como el de Crinités con el comercio de grano con Sicilia. En este caso hubo sanción pero es muy  probable que otros hayan salido impunes.

Otra de las obligaciones del gobernador era la construcción de edificios públicos. Ya conocemos la actividad fundacional de Basilio Boioannes en Capitanata o el pretorio edificado por su predecesor Mesardonites en la propia Bari. Otros oficiales como Constantino Caramalo, uno de los últimos defensores de Taormina en 902, construyó en sus cercanías la fortaleza de Castro Mola. Por lo que respecta a construcciones privadas o fundaciones eclesiásticas probablemente los catepanes y strategoi prefirieron invertir en sus hogares sabedores de la limitación de su estancia en tierras italianas. Sabemos por ejemplo que el sucesor de Boioannes, Cristóforo Burgaris, fundó con su mujer e hijos la iglesia de Panagia de Calceon en Tesalónica, posiblemente su hogar. Otro caso conocido es el de Eustacio Skepides que está en activo en Italia en 1042 como estratego de Lucania. Eustacio debía ser capadocio ya que se han encontrado en las cercanías de la villa anatólica de Soganli algunas construcciones que parecen guardar relación con él. La iglesia de Karabas Kilise construida en 1060/61 por el protoespatario Miguel Skepides y la de Gök Kilise con el nombre del protoespatario del crisotriclio, hypatos y estratego Juan Skepides. Significativamente en ésta última se encuentra una representación de San Eustacio, prueba posiblemente de la estrecha relación entre ellos.

La condición de foráneo del gobernador impulsó a muchos a mantener amistosas relaciones con la jerarquía eclesiástica de la provincia y con los monjes locales famosos por su santidad como medio de establecer un lazo con las poblaciones locales y ganarse su bendición en sus empresas militares y también para la salvación de su alma. Un medio para ganarse ese favor era la concesión de donaciones a iglesias y monasterios como hizo el praipositos Basilio Pediadites, comandante en Sicilia en 1041, entregando su manto oficial (skaramangion) a la iglesia de San Nicolás de Calamizzi en Reggio. El admirador de San Nilo y estratego de Calabria Basilio ofreció al santo 500 nomismata que había ganado durante la campaña de Creta en 961. Nilo declinó la oferta y le sugirió que se los ofreciera al obispo. Ejemplos de conductas similares aparecen con frecuencia en las fuentes.

No hay constancia de que la familia de los gobernadores les acompañase a Italia durante el periodo de su mandato, pues posiblemente considerasen preferible la comodidad de su residencia o fuesen retenidos en el hogar familiar por el emperador como garantía de la lealtad del oficial. En algunos casos se sabe que los hijos del catepán o estratego acompañaron a su padre como inicio de su aprendizaje del servicio oficial. Por otra parte resulta significativa la conexión entre algunas poblaciones y diversos oficiales incluso tiempo después de su estancia en Italia. El nombre de familia de algunos de ellos aparece con frecuencia en determinadas ciudades: Argyros es usado reiteradamente en Bari y Curcuas en Tarento. Hay Tarcaniotes en Monteverde y Malaceno en Gerace, Crinités en Mercurion e incluso un Jorge Maniaces en el Tarento del siglo XII. Posiblemente en todos estos casos no se trata de descendientes de estos oficiales sino de clientes o descendientes de sirvientes liberados.  


El pueblo llano (laos) estaba formado por los artesanos y pobladores de la ciudad, los campesinos y pequeños propietarios. Entre ellos están documentadas diversas profesiones: médicos, fabricantes de zapatos, tejedores, panaderos, carniceros, artesanos del cuero, obreros, herreros, bodegueros, cambistas, etc. aunque no se ha documentado la existencia de asociaciones o corporaciones.

En las fuentes latinas la terminología usada es maiores/nobiles, mediani y minores/cunctus populus, derivada de las leyes lombardas según las cuales la población era dividida en tres clases en función de su capacidad económica para la guerra. Según esta los maiores et potentes eran aquellos que podían disponer de caballos, coraza, yelmo y lanza y disfrutaban de los beneficios de al menos siete propiedades mientras que los mediani poseían caballo, yelmo y lanza y al menos 40 yugadas de tierra dejando en último lugar a los minores a los que sólo se les exigía arco y flechas. En los años cuarenta del siglo XI las milicias urbanas armadas a la ligera (contaratoi o conterati) pasaron a tener un papel destacado en la política urbana, destacando por su actuación en los momentos de crisis y revuelta.

En ocasiones el conjunto de la población tomaba parte en ciertos actos jurídicos: en 992 en Polignano un topotereta de las scholae, un turmarca, el obispo, tres gastaldos, un juez y otros treinta personajes ofrecieron al monasterio de San Benito los bienes de un donante en nombre de todo el pueblo. En mayo de 1054 los habitantes de Monopoli garantizaron al abad de San Nicolás que el monasterio no tendría que hacer frente a ninguna carga achacable a la ciudad. Por otra parte toda la población participaba en el proceso de elección del abad. Y en otras ocasiones era la comunidad colectivamente la receptora de algunos derechos como el nomistron que compartían Troia y Vacarizza por los rebaños que pacían en los campos comunes. De todas formas en los momentos de peligro los textos dejan entrever que los notables tenían la potestad de constituirse en tribunales para decidir las cuestiones colectivas. 

La vida no debió ser fácil en la Italia meridional a juzgar por los testimonios escritos y dejando aparte las rebeliones y estallidos más espectaculares como la rebelión de Meles hay muchas indicaciones de la violencia política que imperaba. Tomando sólo como ejemplo las crónicas de la ciudad de Bari, de las que se han conservado tres redacciones distintas, las entradas para cada año registran regularmente los asesinatos y luchas entre miembros de la aristocracia local. En 960 Adralestos e Ismael combaten. El mismo Ismael muere en 975. Asesinato del obispo de Oria a manos del protoespatario Porfirio en 979. Muerte del protoespatario Sergio por el pueblo de Bari en 987. Quema de las casas del hikanatos Juan en 1036 y 1047. En 1035 muere el obispo Bizantios en Bari, conocido por su oposición al partido griego. Su sucesor, el protoespatario Romualdo no place al gobierno imperial y de inmediato es enviado al exilio a Constantinopla en compañía de su hermano obligando a los bariotas a realizar una nueva elección.


En muchas ocasiones no podemos conocer las causas de tales brotes de violencia pero sería una equivocación identificarla solamente en términos de una actitud pro o anti bizantina. Probablemente se trataba de luchas por el poder local entre las familias más importantes de la ciudad en las que se buscaba al aliado del momento que en unos casos podía ser la autoridad bizantina y en otros los señores lombardos o el emperador germánico. En cualquier caso la fidelidad a cualquier bando era de corta duración y las alianzas cambiaban rapidamente en función de los intereses del momento. Sería también un error identificar a los portadores de nombres griegos o de títulos oficiales como probizantinos y a los lombardos como contrarios ya que los cargos y funciones de la administración bizantina siguieron largo tiempo en ejercicio tras el final de la presencia griega en Italia. Muchos aristócratas que habían servido a Bizancio entraron al servicio de los nuevos señores normandos como los Maleinos calabreses, que aparecen en las crónicas durante todo el siglo XII ejerciendo diversos cargos. También las mismas familias que detentaron el poder en las ciudades con Bizancio siguieron al frente después, incluso conservando sus dignidades y títulos imperiales y los de sus padres. El caso de la familia Alferanites es típico: procedentes de un barrio de Bari del que retuvieron el nombre, Juan tes Alferanas y su hermano el topotereta Bizantios sirvieron a las órdenes de Basilio Boioannes y estuvieron presentes en la fundación de Troia en 1019. Años después otros miembros de la familia siguieron ostentando títulos bizantinos y participando en la vida política de la ciudad y ya en época normanda un Grimoaldo Alferanites fue capaz de erigir a Bari en un principado independiente por breve tiempo antes de ser aplastado por Roger II en 1132. 

Al referirse al estudio de otros grupos sociales más desfavorecidos no parece que los esclavos hayan constituido una parte importante de la población italiana aunque siguieron existiendo y apareciendo en la documentación jurídica no obstante con una presencia bastante minoritaria. Por su parte los extranjeros y foráneos son citados con cierta frecuencia en las fuentes aunque no parecen haber sufrido especiales desventajas con respecto a los naturales de la población. Parece haber existido una activa movilidad residencial dentro de las regiones administradas por Bizancio sin que ello haya supuesto un problema especial para las autoridades ciudadanas. Sin duda también era un factor a favor la presencia constante de guarniciones imperiales cuyos integrantes llegaban de otras partes del Imperio y que tendieron a forjar lazos con la población local. Hombres de la región póntica, eslavos del Peloponeso asentados mayoritariamente en colonias en la región del Gargano y norte de Calabria y de los que hay numerosos testimonios en la primera mitad del XI, prisioneros paulicianos y sobre todo armenios que llegaron en cantidades notables hasta formar comunidades como la que existió en Celia en la Via Trajana, cerca de Bari. Los recién llegados pronto emparentaron con los lugareños y en la segunda generación se servían ya del derecho lombardo para la vida diaria como el resto de la población italiana. Nombres de raigambre armenia como Kurtikés, Krikorikios (Gregorio) o Meles (Mleh/Ismael) se hicieron muy familiares en la región de Bari. Tan notoria era su presencia ya en los primeros tiempos de la presencia bizantina que en un privilegio emitido por Simbaticio en 892 a favor del monasterio de Montecassino se prometía proteger al monasterio de las interferencias de oficiales y funcionarios griegos, armenios y lombardos.


Otra comunidad presente en la península fue la hebrea. A finales del IX había ya importantes enclaves en Apulia y Lucania que están documentadas al menos desde el siglo V en plazas como Venosa, Lavello o Brindisi. Una de las más celebres fue la de Oria, famosa por la crónica del Rabí Ajimaz, pero en cualquier caso encontramos judíos indistintamente en tierras lombardas y bizantinas donde no encontraban oposición para moverse libremente y adquirir propiedades a condición de que en éstas no estuviera edificada una iglesia cristiana. El florecimiento de estas comunidades motivó la creación de barrios enteros hebreos en ciudades como Bari o Salerno. 

Cuando los bizantinos comenzaron su reconquista en el tercer cuarto del IX las grandes ciudades estaban al mando de gastaldos lombardos enviados desde Salerno o Benevento con atribuciones civiles y militares. Bajo su mando no es probable que pudiese subsistir una administración municipal autónoma, como tampoco lo fue con la administración bizantina que ya con León VI había hecho promulgar la abolición de aquella y de los privilegios de los bouletai.

Las evidencias existentes parecen dar como seguro que la mayor parte de los cargos en la Italia bizantina eran desempeñados por indígenas a excepción del puesto de gobernador y un reducido número de altos cargos militares y civiles. Incluso el puesto de lugarteniente (ek prosopou tou thematos) fue adjudicado a miembros de la aristocracia local. Los niveles medios de la administración siguieron estando en manos de la gente que conocía el idioma, pues el latín siguió siendo el idioma empleado en Apulia incluso durante la dominación bizantina, y los usos y leyes locales, que siguieron basándose en la tradición legal lombarda. 


 La ciudad poseía terrenos comunales de aprovechamiento compartido y que podían ser alienados con el consentimiento de todos los ciudadanos, frecuentemente en forma de dotaciones o donaciones en favor de monasterios o iglesias en cuyo caso la ciudadanía tenía la opción compartida con los monjes de elegir al abad. En ocasiones dos o más ciudades acordaban el disfrute conjunto de prados y bosques en los respectivos territorios comunales sin pago de tributo (derecho de pasto conocido como nomistron o herbaticum), como fue el caso del pacto entre Troia y Vacarizza.

La economía de la región estaba basada en la agricultura (trigo candeal y cebada de invierno) y la tierra era la base de la riqueza individual en forma de viñedos en el centro y sur de Apulia y cereales en el norte de la provincia. Parece ser que los olivos no se cultivaban en masa sino como ejemplares aislados en los campos, jardines y viñedos en el modelo llamado por los especialistas de coltura promiscua en el que se mezclaban árboles, viñedos y cereales y la expansión de aquellos no se produjo más que a partir de mediados del XI, al igual que con el castaño y el nogal, que eran cultivados para obtener una harina de sustitución. En Calabria, además del vino y la aceituna se cultivó con intensidad la morera cuyas hojas eran indispensables para la industria de la seda. La sericultura conoció un gran esplendor en estos años. En 1050 el brebion o inventario de la metrópolis de Reggio contabilizaba cerca de 24.000 moreras en la parte sur del thema de Calabria y éstas eran cultivadas por sus hojas, no por su fruto. La producción reportaba a la metrópolis unos ingresos de 2.085 taria de oro o sus equivalentes 521 nomismata cada año. Los vestidos de seda eran considerados objetos de lujo y frecuentemente utilizados como moneda de cambio por su valor en oro. En ocasiones los sueldos, subsidios y tributos eran pagados directamente en tejidos de seda, práctica seguida también con los pagos efectuados a extranjeros: a mediados del X los pechenegos fueron recompensados con tejidos de seda (chareria) y brocados de oro por impedir las incursiones rusas en el Quersoneso y en 922 se pagó con vestiduras de seda a los húngaros para que devolviesen a los prisioneros capturados durante sus correrías por Italia. También la producción de la miel calabresa fue lo suficientemente importante como para acompañar a la seda en las exportaciones a Egipto.

No hay evidencia de prácticas ganaderas a gran escala en Italia en esta época, sólo se documentan bovinos, ovejas y cerdos y siempre en poca cantidad. En el norte de Apulia sin embargo sí se mencionan rebaños y prácticas trashumantes pero no tenemos datos sobre su tamaño o a quién pertenecían.

En los primeros años del siglo X se desarrollaron intensos trabajos de preparación de tierras cultivables (chôraphia) a partir de bosques y landas como se documenta a partir de los testimonios de las actividades de numerosas fundaciones monásticas en todo el sur de Italia. Comenzando con un pequeño núcleo cultivado pronto se fueron desarrollando pequeñas células económicas que contaban con molinos de agua y salinas como complementos más habituales. En un periodo de quince años una fundación podía crecer lo suficiente como para atraer la atención del catastro y la administración imperial y ser reconocida como chôrion, circunscripción a efectos fiscales, e inscrita en los correspondientes registros. En ocasiones el favor de las autoridades suponía la exención de impuestos: en mayo de 1054 el duque Argyros otorgó al higúmeno Ambrosio para su monasterio de San Nicolás la liberación del pago del mitaton, angareia, kastroktisia, chreia kai chortasmata (tasas de origen militar), de la provisión de barcas (kontourai) y de reclutas (kontaratoi) que serían pagadas en su lugar por los habitantes de Monopoli.


Otra fuente de ingresos era el servicio a la administración bizantina y se esperaba ver recompensada la fidelidad a la causa imperial en tiempos de disturbios. El gobierno gratificó generosamente a los súbditos que se destacaban por su lealtad. El juez Bizantios de Bari, que permaneció fiel al emperador durante la rebelión de Maniaces fue recompensado por el catepán Eustacio Palatino en diciembre de 1045 con la villa de Fulianon, cerca de Bari, cuyos habitantes a partir de entonces debieron pagar tasas e impuestos a su nuevo señor que además tendría la potestad de poder atraer nuevos pobladores a sus tierras y a las de una aldea cercana deshabitada. Aún más, Bizantios fue investido con el poder jurídico sobre su gente con excepción de los cargos capitales. En otro ejemplo Basilio, un constantinopolitano del barrio de Krommidou que había servido en Italia durante diez años como lorikatos kai protomandator epi tou basilikou armamentou, un oficio asignado al arsenal de Bari, fue recompensado por sus servicios en 1032 con una pequeña vivienda en la ciudad que pudo vender por 24 nomismata antes de regresar a casa. Otra forma de concesión imperial fue la entrega de un monasterio en kharistiké. El emperador o su representante entregaba una fundación imperial a un laico, habitualmente por tres generaciones, para que lo protegiese y patrocinase aunque en realidad suponía el total usufructo de la propiedad y de sus rentas. Tal fue el caso de la concesión por un sigillion fechado en noviembre de 999 de la administración del monasterio imperial de San Pedro en Tarento con sus campesinos exkoussatoi (exentos de pagar al fisco), tres barcos y varios viveros de peces a favor del espatarocandidato Cristóforo Bocomaqués y de su hijo Teófilo por los servicios del primero en la lucha contra los árabes. La concesión tendría validez durante la vida de ambos tras lo cual el Estado volvería a recuperar sus bienes.

Otro medio de incrementar la riqueza individual era la práctica de alquilar tierra a un interés bajo a instituciones eclesiásticas o monásticas, pero la obligación de pagar una fuerte suma inicial para establecer el alquiler impidió el acceso a esta modalidad salvo a una minoría de propietarios adinerados. Hay indicios de que entre los miembros de la aristocracia local también se practicaba el comercio. El Anonimus Barensis informa esporádicamente de la actividad de mercantes y navieros que comerciaban con los territorios orientales del Imperio y en las crónicas se mencionan regularmente los naufragios de barcos mercantes señal de un tráfico intenso en la capital de Apulia.

La moneda bizantina volvió a circular en Italia tras la reconquista pero tanta o mayor presencia tuvo el tari arabe, con el valor de un cuarto de nomisma y utilizado como moneda divisionaria. La difusión del tari alcanzó también a ciudades como Nápoles, Salerno o Amalfi donde su uso era habitual e incluso eran acuñados. Desde principios del siglo XI los solidi fueron relegados a un papel de moneda de cuenta frente al empleo real de los solidi skiphati y los taria. El tari continuó en uso durante la época normanda como única moneda real hasta la reforma de Federico II ya en el siglo XIII.

Al contrario que los funcionarios llegados desde fuera de Italia la aristocracia local se apresuró a reinvertir sus ganancias en la fundación de iglesias privadas y monasterios en las que frecuentemente deseaban ser enterrados. Para la salvación de su alma las nuevas iglesias eran dotadas con generosidad para poder ofrecer servicios litúrgicos a perpetuidad. En algunos casos se trataba de instituciones modestas pero en ocasiones estos proyectos encerraban objetivos más ambiciosos. En 1015 el monje Nikón y su hijo el turmarca Ursoleón entregaron al abad de San Ananías unas tierras en Oriolo, en el norte de Calabria. El abad fue requerido para que construyese un castillo para proteger a la población de la zona de la amenaza árabe. Dentro de las murallas tendría que erigirse un monasterio en el que Nikón deseaba vivir el resto de sus días. La carta fundacional fue firmada ocho miembros de la aristocracia local, prueba del interés despertado por el proyecto entre la población de Oriolo. Siguiendo la costumbre bizantina era habitual en estos casos que el fundador retuviese la potestad para controlar la elección del abad y del administrador y en muchos casos se documentan sustituciones por el descontento ante la gestión de los encargados para el puesto. Fundaciones de este estilo fueron San Menas, construida por la familia Ankinareses en Rossano, San León de Catania fundada en Gerace por el taxiarca León Maurutzico y su mujer o las iglesias de Todos los Santos o San Pedro en Bari por obra del domestico Teudelmano y el protoespatario Sergio.

 

Roberto Zapata Rodríguez

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Agradecemos al autor http://www.imperiobizantino.com/La_reconquista_de_la_Italia_Meridional    

(880-886 - 2005-09-24

 

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The Byzantine Emperor Welcoming Roussillon and Martel

tempera 1467- 1472 iluminado origen Brujas - Bélgica

 

2007/Musulmanes turcos contra la cultura y tradición armenia. La bandera turca frente a una iglesia armenia recientemente re-estructurada en Akdamar, vecina a la ciudad oriental de Van. Después de la restauración, la bellísima iglesia de Akdamar –es de los más significativos vestigios de la antiquísima cultura armnenia, está siendo transformada por los mahometanos turcos, en museo; en lugar obviamente de destinarla –por respeto, cultura artística y tradición- a su función específica milenaria: ‘el culto católico armenio. (Umit Bektas / Reuters). C.della Sera-IT. 2007-03-29

 

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"Obras todas del Señor, bendecid al Señor".-

¡Gloria y alabanza a ti, Santísima Trinidad, único y eterno Dios!

San Juan Crisóstomo (†14 de septiembre de 407) meditando el libro del Génesis, guía a los fieles de la creación al Creador, que es el Dios de la condescendencia, y por eso llamado también «padre tierno», médico de las almas, madre y amigo afectuoso. Une a Dios Creador y Dios Salvador, ya que Dios deseó tanto la salvación del hombre que no se reservó a su único Hijo. Comentando los Hechos de los Apóstoles propone el modelo de la Iglesia primitiva, desarrollando una utopía social, casi una «ciudad ideal». Trataba de dar un rostro cristiano a la ciudad, afrontando los principales problemas, especialmente las relaciones entre ricos y pobres, a través de una inédita solidaridad.

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Recomendamos un libro fundamental ‘Islam para adultos’ Autor: Antonio López Campillo. Prólogo del doctor César VIDAL -Editorial ‘Adhara publicaciones’ . Librería Hispania.

«Cien preguntas sobre el Islam» Doctor y Pbro. árabe don Samir Khalil Samir, Sin prejuicios y sin ingenuidad. Editado por ‘encuentro-actualidad’.

Señor doctor Samir Khalil Samir, sacerdote católico jesuita profesor de la Universidad St. Joseph de Beirut y del Pontificio Instituto Oriental de Roma, es hoy en día uno de los mayores especialistas en relaciones entre cristianismo e islam. 

«El lenguaje político del islam» Bernard Lewis. Editado por ‘taurus’

«La crisis del islam» Bernard Lewis. Editado  por ‘B’ (Argentina, etc.).

«El conflicto del islam» Marc Ferro. Editado por ‘cátedra’.

«España frente al islam» Dr. César Vidal. Editado por ‘la esfera de los libros’.

«El valor distinto de las religiones» José Morales. ‘Editado por Rialp’.


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'JESUCRISTO PADECIÓ BAJO EL PODER DE PONCIO PILATO,
FUE CRUCIFICADO, MUERTO Y SEPULTADO'
Evangelio según San Lucas, Cap.3, vers.1º: El año decimoquinto del reinado del emperador Tiberio, cuando Poncio Pilato gobernaba la Judea, siendo Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Felipe tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene…

Crucifixión de San Pedro: fue crucificado al revés cabeza abajo - Pergamino con San Pedro en cruz invertida, de Maguncia- Alemania; entre el 900 y el 1000ca. - Museo Diocesano de la Catedral Maguncia (Mainz) Alemania - Pedro en su cruz, invertida. ¿Qué significa todo esto? Es lo que Jesús había predicho a este Apóstol suyo: "Cuando seas viejo, otro te llevará a donde tú no quieras"; y el Señor había añadido: "Sígueme" (Jn 21, 18-19). Precisamente ahora se realiza el culmen del seguimiento: el discípulo no es más que el Maestro, y ahora experimenta toda la amargura de la cruz, de las consecuencias del pecado que separa de Dios, toda la absurdidad de la violencia y de la mentira. No se puede huir del radicalismo del interrogante planteado por la cruz: la cruz de Cristo, Cabeza de la Iglesia, y la cruz de Pedro, su Vicario en la tierra. Dos actos de un único drama: el drama del misterio pascual: cruz y resurrección, muerte y vida, pecado y gracia.

La maternidad divina de María – Catecismo de la Iglesia
495 Llamada en los Evangelios 'la Madre de Jesús'(Jn 2, 1; 19, 25; cf. Mt 13, 55, etc.), María es aclamada bajo el impulso del Espíritu como 'la madre de mi Señor' desde antes del nacimiento de su hijo (cf Lc 1, 43). En efecto, aquél que ella concibió como hombre, por obra del Espíritu Santo, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el Hijo eterno del Padre, la segunda persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre de Dios [Theotokos] (cf. Concilio de Éfeso, año 649: DS, 251).
La virginidad de María
496 Desde las primeras formulaciones de la fe (cf. DS 10-64), la Iglesia ha confesado que Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María únicamente por el poder del Espíritu Santo, afirmando también el aspecto corporal de este suceso: Jesús fue concebido absque semine ex Spiritu Sancto (Concilio de Letrán, año 649; DS, 503), esto es, sin semilla de varón, por obra del Espíritu Santo. Los Padres ven en la concepción virginal el signo de que es verdaderamente el Hijo de Dios el que ha venido en una humanidad como la nuestra:
Así, san Ignacio de Antioquía (comienzos del siglo II): «Estáis firmemente convencidos acerca de que nuestro Señor es verdaderamente de la raza de David según la carne (cf. Rm 1, 3), Hijo de Dios según la voluntad y el poder de Dios (cf. Jn 1, 13), nacido verdaderamente de una virgen [...] Fue verdaderamente clavado por nosotros en su carne bajo Poncio Pilato [...] padeció verdaderamente, como también resucitó verdaderamente» (Epistula ad Smyrnaeos, 1-2).

El acontecimiento histórico y transcendente – Catecismo de la Iglesia
639 El misterio de la resurrección de Cristo es un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas como lo atestigua el Nuevo Testamento. Ya san Pablo, hacia el año 56, puede escribir a los Corintios: "Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce: "(1 Co 15, 3-4). El apóstol habla aquí de la tradición viva de la Resurrección que recibió después de su conversión a las puertas de Damasco (cf. Hch 9, 3-18).
El sepulcro vacío

640 "¿Por qué buscar entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado" (Lc 24, 5-6). En el marco de los acontecimientos de Pascua, el primer elemento que se encuentra es el sepulcro vacío. No es en sí una prueba directa. La ausencia del cuerpo de Cristo en el sepulcro podría explicarse de otro modo (cf. Jn 20,13; Mt 28, 11-15). A pesar de eso, el sepulcro vacío ha constituido para todos un signo esencial. Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección. Es el caso, en primer lugar, de las santas mujeres (cf. Lc 24, 3. 22- 23), después de Pedro (cf. Lc 24, 12). "El discípulo que Jesús amaba" (Jn 20, 2) afirma que, al entrar en el sepulcro vacío y al descubrir "las vendas en el suelo"(Jn 20, 6) "vio y creyó" (Jn 20, 8). Eso supone que constató en el estado del sepulcro vacío (cf. Jn 20, 5-7) que la ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana y que Jesús no había vuelto simplemente a una vida terrenal como había sido el caso de Lázaro (cf. Jn 11, 44).