Monday 27 March 2017 | Actualizada : 2017-03-03
 
Inicio > Leyendas Negras > Galileo - 1º - 2 Quién fue? 1564 + 1642; W.Harvey 1578 + 1675; habilidad



"De la religión procede el objetivo de hombre; de la ciencia su poder para alcanzarlo. A veces la gente se pregunta si la religión y la ciencia no se oponen la una a la otra. Así es: en el sentido en que el pulgar y los otros dedos de mi mano se oponen entre sí. Una oposición por medio de la cual se pueden coger firmemente muchas cosas". Sir William Bragg.

 


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Galileo y Einstein caracterizaron una época. La grandeza de Galileo es de todos conocida, como la de Einstein; pero a diferencia que el primero tuvo que sufrir mucho —no sabríamos ocultarlo— de parte de hombres y organismos de la Iglesia.

 

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«La romanización Jurídica de España» rememora el pasado romano de la ciudad con el «Bronce II» de Borrotia, símbolo de la primera querella documentada en la Península Ibérica en al año 87 antes de Cristo.

 

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Con fortuna –por sentido común y razonable-, en ningún momento nos podemos permitir autorizar a ningún iluminado a sentar por decreto su interpretación de los hechos. Porque la Historia, quede bien claro, la han de escribir los historiadores, nunca los legisladores; debe discutirse en la universidad, nunca en el parlamento; y debe producir libros, nunca leyes.


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Jamás en la historia ha habido contradicción entre ciencia auténtica y fe (dogma de fe)* enseñado por la Iglesia fundada por Jesucristo.

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Jamás hubo, jamás lo hay ni jamás lo habrá : Dios no se contradice en lo que comunica entre la ciencia y lo que me comunica entre la fe.


*no confundir con ‘disciplinas secundarias temporales, sean científicas como ecclesiásticas’


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La Academia Pontificia de las Ciencias fue fundada en Roma en 1603 con el nombre de Academia de los Linces (Galileo Galilei fue miembro), y está compuesta por ochenta «académicos pontificios» nombrados por el Papa a propuesta del Cuerpo Académico, sin discriminación de ningún tipo.



 

“No todo lo que es posible para la técnica es lícito desde la moral”


PONTIFICIAS ACADEMIAS DE CIENCIAS, CIENCIAS SOCIALES, PARA LA VIDA

El precursor de la Pontificia Academia de las Ciencias fue el "Linceorum Academia", fundado en Roma en 1603. Tras algunas vicisitudes, Pío IX la llamó en 1847 "Pontificia Accademia dei Nuovi Lincei". Fue ampliada por León XIII en 1887 y en 1936 recibió de Pío XI su nombre actual.

Actualmente (2006) es la única Academia de las Ciencias con carácter supranacional existente en el mundo. Tiene como fin: honrar la ciencia pura dondequiera que se encuentre; asegurar su libertad y favorecer las investigaciones, que constituyen la base indispensable para el progreso de las ciencias. La Academia se encuentra bajo la dependencia del Santo Padre.


;“Las doctrinas centrales del cristianismo fueron capaces de inspirar y sostener relaciones sociales y organizaciones atractivas, liberadoras y eficientes”. Fueron las doctrinas de la Iglesia las que permitieron que el cristianismo se encontrara “entre los movimientos de revitalización más formidables y de mayor éxito en la historia”. Con los cristianos aparece un Dios que, de hecho —algo nunca visto hasta entonces—, se preocupa por todos los seres humanos, que los ama con locura y que pide y espera de sus seguidores un amor semejante entre ellos y fuera de ellos, incluso a sus enemigos y a quienes no les entienden. La Buena Nueva del cristiano,  era dos veces buena y nueva, pues al dar a la humanidad un Dios amoroso y misericordioso daba también a los hombres y a las mujeres su auténtica humanidad.

 


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Valga esta excelente reflexión hecha por don Ángel Santos Ruiz, Catedrático de Bioquímica de la Universidad Complutense de Madrid: “Ningún hecho científico, plenamente confirmado, ha tenido que rechazarse por estar enfrentado con la doctrina revelada... De hecho, ningún físico, químico, biólogo, etc., ha tenido que renunciar nunca a sus convicciones sobre Dios, el alma, la Ley Moral y lo sobrenatural, porque fueran incompatibles con su ciencia”. 2007

 

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"Se da el hecho grotesco de que la Iglesia, tantas veces acusada de error al meterse en un terreno tan alejado de su competencia como el de las ciencias naturales, tuvo razón al exigir a Galileo que defendiera sólo como hipótesis el sistema copernicano (...) No se condenó en 1616 el sistema copernicano y en 1633 el "Diálogo" de Galileo porque la Iglesia considerara falsa la teoría heliocéntrica y verdadera la de Ptolomeo y Tycho Brahe. La negativa de Roma a Galileo y a Copérnico se basó más bien en la creencia de que la concepción copernicana estaba en contradicción con la Sagrada Escritura. Y ahí fue donde se equivocó la Inquisición. Empecinados en interpretar al pie de la letra los textos bíblicos, la mayoría de los exégetas no se atrevieron a adoptar la postura ya defendida por Cayetano ni fueron capaces de vislumbrar qué diría de aquellos textos la hermenéutica bíblica del siglo XX. Todavía no se había planteado el tema de las diferentes formas de expresión, de los géneros literarios dentro de la Biblia. Galileo, sin embargo, siguiendo a San Agustín y otros teólogos de la antigüedad, desarrolló algunos criterios de interpretación que cualquier especialista de hoy aprobaría en lo esencial (...) Todo esto conduce al paradójico resultado de que Galileo se equivocó en el campo de la ciencia y los eclesiásticos en la teología, mientras que éstos acertaron en los terrenos científicos y el astrónomo en la exégesis”.

 

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Galileo Galilei, que también fue sometido a un célebre proceso inquisitorio que por suerte, al menos en su caso, se concluyó con una simple abjuración.

 

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Aparte del dolor de cabeza y el perdurable papelón, Galileo le dio otra cosa a la Iglesia, la dulce vida de Sor Maria Celeste Galilei, su hija preferida que hizo realidad su antiguo sueño (Galileo quiso ser monje y no pudo.) En cuanto a la Iglesia del otro Galileo... anche oggi, si muove e pur dichiara la sua perdurabile verità.

 

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HOY COMO AYER Y MAÑANA - Sigue vigente el principio de que sólo delinquen y son responsables criminalmente las personas físicas. Ningún delincuente puede manchar otro honor que no sea el propio.

Hay quienes piensan que la democracia entraña el triunfo de la bondad moral y que, en ella, todos los ciudadanos, o la mayoría de ellos, son justos y benéficos. Es falso. La democracia no cancela la brutalidad ni suprime la barbarie. Por el contrario, nace más bien de la constatación de la existencia del mal. Precisamente por ello instaura los principios de la transparencia y de la libertad de expresión, y los mecanismos de limitación del poder, al que sitúa bajo permanente sospecha. Si la barbarie no fuera posible, acaso cupiera prescindir de los gobiernos y de la fuerza legítima del Derecho. Pero no es así. Si no lo es nunca, perfecta ocasión para la extensión del odio y la barbarie. Lo democracia no imposibilita la existencia de Caín; sólo impide, y no siempre, su impunidad. Dr. Ignacio SÁNCHEZ CÁMARA. 2004.05. ESPAÑA.

 

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El 31 de Octubre de 1992, S. S. Juan Pablo II – P.M.  reconoce solemnemente que la condena de Galileo fue injusta, 350 años después de la muerte natural del astrónomo italiano.

 

Y -sin embargo- ya en 1741 se divulgan con abundancia en las Universidades católicas, las ‘Obras Completas de Galileo’ - "En 1741, ante la prueba óptica, de la rotación de la tierra en torno al Sol, Benedicto XIV hizo conceder al Santo Oficio el Imprimatur a la primera edición de las Obras Completas de Galileo (...).

 

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Hay que poner de manifiesto que -y no solo- durante la época de Alfonso X, el Sabio, la astrología, rozando o reuniendo diversas disciplinas, gozaba de carácter científico (sabiduría y astrología llegaron a ser sinónimos en su época); ver la obra astromágica del Rey (Lapidario, Picatrix, Liber Racielis, Libro de las Formas, etc.). Alfonso X, el Sabio (1252-1284).

 

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El nombre de ‘leyenda negra’ es relativamente reciente. Pero el nombre es lo de menos. Importa el hecho. Desde el siglo XVI, se desarrolla en muchos países de

Europa una campaña de descrédito contra España y, ciertamente, la ofensiva del protestantismo contra la Iglesia Católica. A partir del siglo XVIII, la campaña contra la reputación  de España y de la religión católica, entra a formar parte de la habitual propaganda de las distintas formaciones masónicas, hasta hoy mismo: 2006-

 

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¿La tierra plana? Sobre el mito de que en la Edad Media creían que la tierra era plana. Pues no, muy pocos eran los que afirmaban tal cosa: “Durante los primeros quince siglos de la era cristiana (solamente) cinco autores parecen haber negado la esfericidad de la Tierra, y unos cuantos más se mostraron ambiguos y poco interesados en el tema. Pero casi toda la opinión académica afirmaba la esfericidad de la Tierra, y en el siglo XV habían desaparecido todas las dudas al respecto”.

 

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El arzobispo y eminente Doctor Gianfranco Ravasi explicó cómo "Galilei distinguió las dos razones, la verdad de la ciencia y las verdades útiles para la salvación, que son comunicadas por la voz del Espíritu".

Al final de la misa, el gran científico Zichichi anunció que en esa misma basílica ‘Santa María de los Ángeles y los Mártires en Roma’, se erigirá una estatua al gran científico para festejar los 445 años del nacimiento del fundador de la ciencia moderna. Martes 17 de febrero de 2009

 

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EL CASO GALILEO - 1º





Por Carlos Javier Alonso. 

Profesor de Filosofía

 

1. ¿Quién fue Galileo?

 

Galileo Galilei nació en Pisa, en 1564. Fue el primogénito de siete hermanos, hijos de Vicenzo Galilei, que emigró a Pisa para establecerse como comerciante. En 1574, la familia se trasladó a Florencia, donde Galileo estudió en el monasterio de Santa María de Vallombrosa. En 1581 ingresó en la Universidad de Pisa para estudiar medicina; a los cuatro años, abandonó la universidad sin lograr el título, pero con unos amplios conocimientos sobre Aristóteles. De vuelta a Florencia, se dedicó a profundizar en el estudio de las matemáticas, bajo la dirección de Ostilio Ricci, que había sido discípulo de Nicola Tartaglia, y empezó a realizar observaciones en el ámbito de la física. En 1583 descubrió el isocronismo de las oscilaciones del péndulo. Después de haber publicado en 1586 La pequeña balanza, donde ilustraba la balanza hidrostática que había proyectado siguiendo las indicaciones de Arquímedes, se dedicó a ampliar y a profundizar también en su propia cultura literaria, hasta que en 1589, el gran duque de Toscana le otorgó una cátedra de Matemáticas en la Universidad de Pisa. En 1589 compuso un texto sobre el movimiento, en el que criticaba las explicaciones aristotélicas sobre la caída de los cuerpos y el movimiento de los proyectiles.

En 1592 el pisano fue elegido profesor de Matemáticas en la Universidad de Padua, donde se ocupó de asuntos técnicos como la arquitectura militar y la topografía, desarrollando invenciones como una máquina para elevar agua, un termoscopio y un procedimiento mecánico de cálculo expuesto en Le operazioni del compasso geometrico e militare (1606). En 1609 transformó un anteojo fabricado en Holanda, hasta convertirlo en un auténtico telescopio, con el que observó que la Luna no era una esfera perfecta, como se deduciría de las teorías de Aristóteles, sino un lugar con montañas y cráteres. Descubrió cuatro satélites que giraban alrededor de Júpiter, poniendo en duda la afirmación de que la Tierra era el centro de todos los movimientos celestes, y reforzando la teoría heliocéntrica de Copérnico. Expuso sus observaciones en el texto Sidereus nuncius (Mensajero celestial, 1610). En 1632 consiguió el imprimatur para su obra Dialogo sopra i due massimi sistemi del mondo, tolemaico e copernicano (Diálogo sobre los dos principales sistemas del mundo), a pesar de lo cual fue sometido a proceso eclesiástico en 1633 por defender la teoría heliocéntrica y condenado a reclusión perpetua en su villa natal. Escribió asimismo Discorsi e dimostrazione matematiche intorno a due nuove scienze (Consideraciones y demostraciones matemáticas sobre dos nuevas ciencias, 1638). Murió en Arcetri, en 1642.

De las más de 8.000 publicaciones de toda índole sobre Galileo , son abundantes las que aluden al proceso inquisitorial que sufrió y que incurren en parcialidad o repiten viejos tópicos. En el poco espacio que podemos dedicar aquí a tan controvertido tema, intentaremos ir al núcleo de la cuestión, desenmarañando esta madeja. Aunque resulte sorprendente, el proceso de Galileo no fue, como tantas veces se afirma, el resultado de un conflicto entre la ciencia y la fe, sino más bien, como veremos en este apartado, la consecuencia de un debate interno entre los católicos sobre el modo de encarar las implicaciones religiosas de la naciente ciencia natural.

 



2. Galileo: un genio desafiante

  

Vayamos, pues, derechos a la cuestión. Si hay algo en lo que todos los conocedores de Galileo coinciden es en subrayar dos rasgos acusados de su personalidad: de una parte, una clarividencia genial, una lucidez mental deslumbrante que, a pesar de estar situado a cientos de años en el pasado, le facultan razonar como una persona de nuestro siglo, como alguien que sabía de antemano el rumbo que iba a seguir la historia; de otra, sobresale el afán polémico de aquel hombre, quien ya en su época de estudiante en la Universidad de Pisa se hizo famoso por contradecir a sus profesores. Algo tiene que ver este temperamento con las múltiples controversias en que se vio envuelto. Amigo de sus amigos, Galileo fue también enemigo implacable y contumaz, proclive a refutar a sus contradictores de un modo que los hería y cubría del mayor ridículo.

Fue sometido a proceso eclesiástico en 1633 por defender la teoría heliocéntrica y condenado a reclusión perpetua en su villa natal

Varios ejemplos bastarán para ilustrarlo. En 1597, en sendas cartas a Jacopo Mazzoni y a Kepler, se declara copernicano convencido. La noticia de la aparición de una estrella "nova", el 9 de octubre de 1604, señala el comienzo de su interés por la astronomía. Da tres conferencias sobre el significado antiaristotélico que aquella aparición encerraba y sus opiniones son criticadas anónimamente por Cesare Cremonini, colega suyo en la universidad, que defiende una interpretación totalmente aristotélica del fenómeno. Contra él escribe una dura réplica, pero los sucesos astronómicos no confirman sus hipótesis, y Galileo deja de interesarse momentáneamente por la astronomía copernicana. Reemprende la discusión, en 1606, contra un escrito de Ludovico delle Colombe, que comenta la aparición de una "nova" en sentido aristotélico. (Como es bien sabido, el modelo de Universo propuesto por Aristóteles modifica el modelo geométrico de Eudoxo y Calipo, dando realidad física a las esferas homocéntricas -concéntricas respecto de un mismo centro- y a la idea de movimiento físico. Así, el universo aristotélico se divide en dos regiones diferenciadas: la esfera sublunar, terrestre, que abarca la región de espacio comprendida desde la esfera de la Luna hasta la Tierra, que ocupa inmóvil el centro del Universo; la región en que el movimiento, natural o violento, de los cuatro elementos -aire, tierra, fuego y agua- da origen a la naturaleza, y la esfera supralunar, celeste, que comprende la región que está más allá de la esfera de la Luna hasta las estrellas fijas, y donde no hay cambio ni alteración posible, a excepción del movimiento circular y uniforme de los planetas llevados por sus esferas. Porque todos los cuerpos buscan su lugar natural y el lugar natural de la Tierra, como cuerpo pesado es el centro, la Tierra es centro inmóvil del Universo. Sobre este modelo aristotélico, aplicó Ptolomeo todo el desarrollo que la astronomía observacional y las técnicas matemáticas aplicadas a la astronomía habían alcanzado, en el s. I d.C., con el desarrollo de la ciencia helenística).

 

Quien denunció a Galileo fue un predicador azuzado por jesuitas aristotélicos

 

Otro episodio nos muestra a Baldasarre Capra, que intentó copiar uno de sus inventos, el compás geográfico-militar. El episodio no tendría mayor relevancia, pero Galileo reaccionó con extraordinaria energía: le acusó de plagio, obtuvo la condena pública del ofensor, y se propuso una prohibición absoluta del mismo, a pesar de haberse éste retractado y solicitado su perdón. También discrepaba Galileo de los profesores de Florencia y Pisa sobre la hidrostática, y en 1612 publicó un libro sobre cuerpos en flotación. Como respuesta, inmediatamente aparecieron cuatro publicaciones que atacaban a Galileo y rechazaban su física. En 1613 escribió un tratado sobre las manchas solares y anticipó la supremacía de la teoría de Copérnico. En su ausencia, un profesor de Pisa les dijo a la familia de los Médicis (que gobernaban Florencia y mantenían a Galileo) que la creencia de que la Tierra se movía constituía una herejía. En 1614, un sacerdote florentino denunció desde el púlpito a Galileo y a sus seguidores. Éste escribió entonces una extensa carta abierta sobre la irrelevancia de los pasajes bíblicos en los razonamientos científicos, sosteniendo que la interpretación de la Biblia debería ir adaptándose a los nuevos conocimientos y que ninguna posición científica debería convertirse en artículo de fe de la Iglesia católica.

A principios de 1616, los libros de Copérnico fueron censurados por un edicto, y el cardenal jesuita Roberto Belarmino dio instrucciones a Galileo para que no defendiera el concepto de que la Tierra se movía. El cardenal le había avisado previamente de que sólo tuviera en cuenta sus ideas como hipótesis de trabajo e investigación, sin tomar literalmente los conceptos de Copérnico como verdades y sin tratar de aproximarlos a lo escrito en la Biblia. Galileo guardó silencio sobre el tema durante algunos años y se dedicó a escribir El ensayador (1623). En él, aparte de una errónea hipótesis sobre los cometas, se halla la profesión de fe de Galileo en la ciencia moderna y la descripción de sus características: aquella que sabe leer el libro de la naturaleza escrito en lenguaje matemático. Pero la finalidad primordial de El ensayador era desprestigiar el sistema de Tycho-Brahe, defendido y difundido por los jesuitas del Collegio Romano como vía de compromiso, al no ser aristotélico ni contradecir a la Biblia; la ocasión se la brinda el libro del jesuita Orazio Grassi, quien, con el seudónimo de "Sarsi", publica Libra astronomica ac philosophica (con el equívoco buscado entre "libros" y "balanza"). Grassi se atrevió a defender una teoría sobre los cometas discrepante de la de Galileo, aunque más próxima a la verdad que la del pisano, y además replicó a los ataques de uno de sus discípulos. La contrarréplica de Galileo se convirtió en una persecución inmisericorde, en la que todos y cada uno de los errores del contrincante son señalados, ridiculizados y destruidos. Nada salva Galileo de su oponente: sus fallos son imperdonables, sus aciertos se vuelven contra su misma causa, sus argumentos denotan ignorancia, cortedad o mala fe. Cuando sorprende al desdichado dando un paso en falso, lo aplasta entre sus manos con regodeo.

No es necesario decir que este modus operandi le atrajo enconadas enemistades. Quien denunció a Galileo fue un predicador azuzado por jesuitas aristotélicos y profesores de filosofía, agraviados unos por los ataques que habían sufrido de él, envidiosos otros de su celebridad, y molestos todos con su prepotencia. Cuando Galileo llega a Roma el 1 de abril de 1611, es recibido con honores por el papa Pablo V, es nombrado miembro de la Accademia dei Lincei y los jesuitas astrónomos y matemáticos del Collegio Romano celebran su llegada. El cardenal Bellarmino pide informes a Christopher Clavius sobre la fidelidad de las observaciones. El cardenal Maffeo Barberini alaba públicamente a Galileo (más adelante, se convertirá en el Papa Urbano VIII). Galileo cuenta, además, con algún que otro discípulo directo o amigo, como Benedetto Castelli y Piero Dini. Algunos liberales, como Cremonini se oponen a las experiencias y observaciones de Galileo, sólo por fidelidad a sus principios de siempre. Frente a Galileo hay, no obstante, un grupo de aristotélicos, de no demasiada categoría, cerriles y dogmáticos. El 14 de diciembre de 1613, Benedetto Castelli, matemático de Pisa y discípulo y amigo de Galileo, escribe a éste acerca de una reunión a la que asiste, junto con filósofos y teólogos, en la Corte del Gran Duque de Toscana, donde se le plantea, en pregunta directa hecha por la Gran Duquesa, la cuestión de si las doctrinas copernicanas están o no de acuerdo con las Escrituras. Castelli opina que las cosas científicas deben solucionarse por vías exclusivamente científicas.

 

 

Galileo le contesta con su carta del 21 de diciembre de 1613, abundando en estas razones.

 

A la Escritura no le importa precisar si el cielo se mueve o no, o si la Tierra es una esfera o un plano; le importa enseñar cómo se va al cielo, no cómo es el cielo.

Tras afirmar, como declaración de principios, que las Sagradas Escrituras no pueden equivocarse, sostiene acertadamente que sólo pueden hacerlo quienes las interpretan ateniéndose a un sentido literal; el sentido literal hay que dejarlo exclusivamente a los asuntos que son de fe (ex fide); para el resto de cosas, que la "experiencia sensible" o las "demostraciones necesarias" hacen evidente o verdadero, no debe acudirse a la Escritura para mostrar una posible discordancia: como dos verdades no pueden contradecirse, quienes interpretan la Escritura han de hallar, para estos asuntos que no son de fe, el verdadero sentido de acuerdo con las conclusiones de la experiencia o de la razón; que nadie comprometa, pues, a la Escritura con interpretaciones que puedan oponerse a la ciencia; que quien acuda a ella se limite a cuestiones de fe. Se remite, luego, al conocido pasaje de Josué (10, 12-13), no para demostrar que no ha de entenderse literalmente, sino para observar que, si se interpreta en sentido literal, sólo la hipótesis copernicana hace inteligible el texto; en la hipótesis ptolemaica, detener el sol significaría acortar el tiempo del ocaso. (El modelo de Universo de Copérnico, tal como lo expone en el Commentariolus (hacia 1512) y en De revolutionibus orbium coelestium (1543), sustituye la posición central y estática de la Tierra, propia del sistema ptolemaico, por la del Sol centro del Universo y supone que la Tierra gira a su alrededor como uno cualquiera de los planetas. Los movimientos propios de la Tierra -a saber: traslación en torno al Sol, rotación sobre su propio eje y declinación del eje polar- explican todas las irregularidades observadas desde antiguo en el movimiento de los planetas, así como el movimiento del Sol en el horizonte, como movimientos aparentes).

Galileo añade a esta carta otras: dos a Piero Dini y una última Carta a la gran duquesa Cristina (hacia 1615); el conjunto de ellas recibe el nombre de Cartas copernicanas. En la Carta a la gran duquesa Cristina defiende claramente la hipótesis heliocéntrica y a su autor Copérnico contra quienes aducen que esta teoría va en contra de varios pasajes de la Biblia. Afirma, de nuevo, que la Escritura es infalible en cosas de fe, y que no siempre ha de entenderse en sentido literal, pero que, en cuestiones de "experiencias sensibles y demostraciones necesarias", no ha de comenzar por consultarse el sentido literal de la Escritura. Concede, no obstante, más que en la carta a Castelli: no es preciso reservar a la Escritura sólo lo que es de fe, también se le puede conceder superioridad de opinión en aquellas cosas humanas que no pretendan ser un saber demostrativo; pero éste no es el caso de la astronomía, para la que Dios, autor de todas las verdades, nos ha dado ojos y razón. A la Escritura no le importa precisar si el cielo se mueve o no, o si la Tierra es una esfera o un plano; le importa enseñar cómo se va al cielo, no cómo es el cielo. En ningún modo, ha de permitirse que nadie comprometa el sentido de los textos de la Escritura, máxime en cuestiones tan discutidas desde Pitágoras a Copérnico; que autores de poca monta se atrevan a aducir la Escritura en contra de opiniones científicamente fundadas, como son sus propios descubrimientos astronómicos, para obligar a defender como verdaderas opiniones que van en contra de la ciencia, supone, sin más, anular la posibilidad de toda ciencia y del mismo espíritu científico .

 

3. El proceso a Galileo

 

Desde la publicación de la documentación completa del juicio contra Galileo en 1870, toda la responsabilidad de la condena a Galileo ha recaído tradicionalmente sobre la Iglesia católica de Roma. Sin embargo, la imagen que tradicionalmente se ha presentado de una Jerarquía eclesiástica retrógrada, que habría censurado a Galileo por ser el exponente del progreso que amenazaba derrumbar los dogmas con que cobijaban sus privilegios, en modo alguno se compagina con la verdad. No podemos olvidar que, en aquellos momentos, la Iglesia católica representaba, desde el punto de vista sociocultural, la potencia más pujante del orbe. Incluso, desde la óptica estrictamente científica, no había en toda Europa nada comparable con el Colegio Romano de los jesuitas. Galileo, como cualquier matemático y astrónomo de su generación, lo sabía muy bien y trató de conseguir por todos los medios, no sólo que la autoridad religiosa tolerase el copernicanismo, sino, además, que lo adoptara oficialmente. La tolerancia del copernicanismo la tenía ya conseguida, pues, de hecho, la hipótesis astronómica copernicana había circulado libremente en los países católicos desde su formulación. En la Universidad de Salamanca, por ejemplo, se explicaba desde 1561, y preferentemente desde 1594. Pero el programa intelectual de Galileo choca de frente con las autoridades eclesiásticas. Veamos cómo se suceden los hechos.

La hipótesis astronómica copernicana había circulado libremente en los países católicos desde su formulación
El 24 de febrero de 1616, una comisión del Santo Oficio descalifica la afirmación de que el Sol sea el centro del mundo y esté quieto y que la Tierra no sea el centro del mundo y se mueva. El 5 de marzo de 1616 la Congregación del Santo Oficio declara acerca de la "falsa doctrina pitagórica" contraria a la Sagrada Escritura, a saber, que la tierra se mueve y que el Sol está quieto, enseñada por Nicolás Copérnico: que el libro De Revolutionibus, en que se expone, ha de considerarse suspendido de publicación -puesto en el Índice de libros prohibidos- mientras no se corrija; así como se prohíbe, condena y suspende todo libro o doctrina que hable en idéntico sentido. El Papa ordena al cardenal Bellarmino que advierta a Galileo que abandone sus puntos de vista copernicanos (26 de febrero de 1616). Galileo se compromete bajo juramento a guardar silencio.

Pero, en 1624, Galileo, que nunca da una batalla por perdida, empieza a trabajar en lo que será su defensa más paladina del sistema copernicano. Comenzó a escribir un libro que quiso titular Diálogo sobre las mareas, en el que abordaba las hipótesis de Ptolomeo y Copérnico respecto a este fenómeno. En 1630, el libro obtuvo la licencia de los censores de la Iglesia católica de Roma, pero le cambiaron el título por Diálogo sobre los sistemas máximos, y fue publicado en Florencia en 1632. De sus tres personajes, Simplicio y Salviati, defienden, respectivamente, el sistema aristotélico y el copernicano, mientras que Sagredo, es la persona de buen juicio que media entre uno y otro. El libro está escrito en italiano porque se dirige al público culto en general y trata de atraer al lector a la teoría heliocéntrica, que presenta como más correcta. Simplicio es el personaje tradicional y aristotélico que aduce razones propuestas por filósofos de la época y hasta expone un argumento utilizado por el propio Urbano VIII.

Inmediatamente Galileo fue llamado a Roma por la Inquisición a fin de procesarle bajo la acusación de "sospecha grave de herejía". Este cargo se basaba en un informe según el cual se le había prohibido en 1616 hablar o escribir sobre el sistema de Copérnico. Galileo presentó a favor del sistema copernicano, que enfrenta al ptolemaico, su argumentación ex suppositione, esto es, como si se tratara de una simple hipótesis matemática de los movimientos planetarios, pero probablemente tal planteamiento hipotético pareció a las autoridades eclesiásticas un mero artificio de disimulación de una verdadera defensa del copernicanismo. Por el incumplimiento de su juramento y, en menor medida, porque en verdad el Papa Urbano VIII se sintiera caricaturizado por Galileo al poner éste en boca de Simplicio una opinión suya, Galileo es juzgado y condenado; el castigo implica la abjuración de la teoría heliocéntrica, la prohibición del Diálogo, la privación de libertad a juicio de la Inquisición (que es conmutada por arresto domiciliario) y algunas penitencias de tipo religioso. La tradición ha inventado que, al levantarse Galileo tras permanecer arrodillado para la abjuración, golpeó con fuerza el suelo con el pie exclamando: eppur si muove! ("sin embargo, se mueve"). Durante los años siguientes, Galileo confinado domiciliariamente, reúne todos sus apuntes sobre mecánica, en los que había trabajado durante veinte años. El resultado son las Consideraciones y demostraciones matemáticas sobre dos nuevas ciencias, publicadas en la Editorial Elzevier, de Leiden (1638), con la advertencia que se hace "contra la voluntad del autor", truco utilizado para escapar a la vigilancia de los inquisidores. La gran aportación de Galileo en esta obra está en la tercera y cuarta jornadas, de las cuatro en que la divide, donde se refiere a las leyes del movimiento uniforme y acelerado y al movimiento de los proyectiles, respectivamente. Es su gran obra científica. Antes de la publicación de esta obra, Galileo se quedó ciego y murió el 8 de enero de 1642 en Arcetri, cerca de Florencia.

 

4. Valoraciones recientes

 

Los historiadores de la ciencia no coinciden en sus valoraciones sobre el caso Galileo. Desde una óptica marxista, Ludovico Geymonat sugiere que Galileo no sentía una preocupación especial por la religión en general. El pisano habría visto en la Iglesia nada más que un medio imprescindible para alcanzar el fin prioritario de su existencia, esto es, la instauración, a nivel social, de la nueva ciencia. No comparte tal tesis Stillman Drake, probablemente la primera autoridad entre los estudiosos de Galileo. Drake opina lo siguiente:
Su preocupación apuntaba más al futuro de la Iglesia católica y a la defensa de la fe religiosa.

"Mi hipótesis sobre el caso Galileo puede parecer a primera vista altamente improbable: Galileo no fue un copernicano fanático, sino que su preocupación apuntaba más al futuro de la Iglesia católica y a la defensa de la fe religiosa contra cualquier descubrimiento científico que pudiera hacerse (...) El idioma italiano de entonces requería frases corteses y ciertas exageraciones que no pueden ser tomadas por sinceras; también es cierto que el catolicismo exigía muestras verbales de deferencia hacia las doctrinas de la Iglesia y sus dignatarios, las cuales no tenían por qué ser necesariamente sentidas. Al aprender a leer el italiano de Galileo, traté de no confundir estas expresiones convencionales y un tanto diplomáticas con declaraciones realmente sinceras. Esta fue la causa de que durante mucho tiempo apenas reparase en sus frecuentes manifestaciones de "celo" por la Iglesia (...) Sólo al ponerme a escribir este libro, y después de haber redactado parte del mismo con una orientación distinta, se me ocurrió de repente que acaso tuviera sentido suponer que Galileo había hablado sinceramente acerca de su celo por la Iglesia y que eso mismo fuese lo que le indujo a correr ciertos riesgos (...) El efecto que esta nueva hipótesis ejerció entonces sobre mí fue electrizante, igual que si hubiera hallado un documento olvidado que permitiese despejar todas las viejas dudas".

Si la hipótesis es correcta, el proceso de Galileo no fue, como tantas veces se ha repetido, el resultado de un enfrentamiento entre la ciencia y la fe, sino algo derivado de un debate interno entre católicos acerca de las implicaciones religiosas de la ciencia moderna y su compatibilidad con la Sagrada Escritura.
Por su parte, el estudioso W. Brandmüller incide más en que la equivocación no residió sólo en el tribunal inquisitorial, sino que afectó a las dos partes: a Galileo y a los eclesiásticos que le juzgaron. Paralelamente, como suele suceder en todo debate, las dos posturas albergaban argumentaciones correctas:

"Se da el hecho grotesco de que la Iglesia, tantas veces acusada de error al meterse en un terreno tan alejado de su competencia como el de las ciencias naturales, tuvo razón al exigir a Galileo que defendiera sólo como hipótesis el sistema copernicano (...) No se condenó en 1616 el sistema copernicano y en 1633 el "Diálogo" de Galileo porque la Iglesia considerara falsa la teoría heliocéntrica y verdadera la de Ptolomeo y Tycho Brahe. La negativa de Roma a Galileo y a Copérnico se basó más bien en la creencia de que la concepción copernicana estaba en contradicción con la Sagrada Escritura. Y ahí fue donde se equivocó la Inquisición. Empecinados en interpretar al pie de la letra los textos bíblicos, la mayoría de los exégetas no se atrevieron a adoptar la postura ya defendida por Cayetano ni fueron capaces de vislumbrar qué diría de aquellos textos la hermenéutica bíblica del siglo XX. Todavía no se había planteado el tema de las diferentes formas de expresión, de los géneros literarios dentro de la Biblia. Galileo, sin embargo, siguiendo a San Agustín y otros teólogos de la antigüedad, desarrolló algunos criterios de interpretación que cualquier especialista de hoy aprobaría en lo esencial (...) Todo esto conduce al paradójico resultado de que Galileo se equivocó en el campo de la ciencia y los eclesiásticos en la teología, mientras que éstos acertaron en los terrenos científicos y el astrónomo en la exégesis”.

Efectivamente, Galileo fue condenado por no acatar, a pesar de haber sido oficialmente conminado a ello, la prohibición de 1616 de enseñar y defender el sistema copernicano. El inspirador de tal prohibición, el cardenal Belarmino, había reconocido claramente que, si la tesis copernicana fuese demostrada palmariamente, no habría más remedio que cambiar los criterios exegéticos vigentes. Hoy se admite que Galileo no tenía tal demostración, sino que fue aportada por Newton en 1687, al derivar las leyes de Kepler desde la ley universal de la atracción gravitatoria. Las afirmaciones de Belarmino indican que los teólogos pensaron que si aceptaban la versión galileana del sistema copernicano, tendrían que tomarse un trabajo considerable en el campo de la hermenéutica bíblica y en lo referente a la determinación de la autoridad de las interpretaciones de los Santos Padres. Como consideraron que la posibilidad de verse obligados a ello eran remotas, prefirieron ahorrarse el trabajo y proscribieron las voces que planteaban tan incómoda exigencia. Galileo, en cambio, pretendía que en los temas que no afectaban directamente al dogma y a la moral, se otorgara preferencia a las conclusiones sobre el sentido literal de unas fórmulas que podrían ser reinterpretadas fácilmente. La historia ha dado en esto la razón a Galileo, y hay base suficiente para pensar que aquellos teólogos se dejaron llevar por la indolencia y el escaso aprecio por la capacidad de la razón humana.

La figura de Galileo Galilei volvió a ponerse de actualidad en 1979, cuando se inició por una comisión nombrada por Juan Pablo II una investigación para esclarecer los distintos aspectos del proceso al que fue sometido por un tribunal eclesiástico. En octubre de 1992, esta comisión papal reconoció el error del Vaticano. Se cierra así un asunto que, envuelto siempre en una atmósfera enrarecida, se ha presentado como símbolo de un supuesto enfrentamiento secular entre ciencia y fe. Sin embargo, los partidarios de este supuesto enfrentamiento, deben retrotraerse al siglo XVII y, además, sólo disponen de este ejemplo, lo cual no significa que debiera de haber habido más casos. En cualquier caso, se trata de una polémica rancia y caduca, como concluye Karl Popper, cuyas palabras pueden servir muy bien de colofón a este artículo:

"(...) en la actualidad, esa historia [el proceso inquisitorial contra Galileo] es ya muy vieja, y creo que ha perdido su interés. Pues la ciencia de Galileo no tiene enemigos, al parecer: en lo sucesivo, su vida está asegurada. La victoria ganada hace tiempo fue definitiva, y en este frente de batalla todo está tranquilo. Así tomamos una posición ecuánime frente a la cuestión, ya que hemos aprendido, finalmente, a pensar con perspectiva histórica y a comprender a las dos partes de una disputa. Y nadie se preocupa por oír al fastidioso que no puede olvidar una vieja injusticia".

 

 

Para una profundización sobre la personalidad de Galileo, su contribución a la Ciencia y su proceso inquisitorial, pueden verse:

C.J. ALONSO: "El proceso a Galileo", en Historia básica de la ciencia, Eunsa, Pamplona, 2001
J. ARANA: "Galileo: el hombre y el filósofo", Atlántida, 1990, 2:158-169
A. BANFI: Vida de Galileo Galilei, Alianza, Madrid, 1967
B. A. BELTRAN: Galileo, el autor y su obra, Barcanova, Barcelona, ESPAÑA 1983
W. BRANDMÜLLER: Galileo y la Iglesia, 2ª edición, Rialp, Madrid, 1992
L. COOPER: Aristotle, Galileo, and the tower of Pisa, Itaca, Cornell University Press, New York, 1935
S. DRAKE: Galileo, Alianza, Madrid, 1983
K. FISCHER: Galileo Galilei, Herder, Barcelona, ESPAÑA 1986
L. GEYMONAT: Galileo Galilei, Península, Barcelona, ESPAÑA 1969
P. REDONDI: Galileo herético, Alianza, Madrid, 1990
P. THUILLIER: "Galileo y la experimentación", en Mundo Científico, 1983, 26: 585-597
W. A. WALLACE: Galileo and His Sources, Princeton, 1984
W. A. WALLACE: Galileo, the Jesuits and the Medieval Aristotle, Hampshire, 1991.
K. POPPER: Conjeturas y refutaciones. El desarrollo del conocimiento científico, Paidós, Barcelona-ESPAÑA, 1994, pp. 116-117.
© 2002 El Autor
© 2002 Edición digital Arvo Net en línea.

 

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El caso Galileo es una anécdota mal contada: Galileo estaba en lo cierto teológicamente, pero equivocado matemáticamente; no pudo, ni supo demostrar su teoría matemáticamente, por eso fue rechazada o mejor dicho puesta en cuarentena. Cuando otros hombres de Ciencia desarrollaron la herramienta matemática (logaritmos y cálculo diferencial) la Iglesia admitió la teoría Heliocentrista. Casualmente, Copérnico era un hombre de la Iglesia, como Nepier era hombre de fe, el inventor de los logaritmos.

 

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Transcribiendo manuscritos, almacenando códices, propulsando el saber, acumulando ciencias y libros, creando las Universidades y protegiendo el arte, las instituciones de la Iglesia asientan bases contra la ignorancia ciudadana... y la burla de la inteligencia. Papa Nicolás V* (1397 † 1455), indicaba tal finalidad con las palabras: "Pro communi doctorum virorum commodo", "Para la utilidad y el interés común de los hombres de ciencia". Análogamente subrayada por el Papa Sixto IV** al nacer el Renacimiento: "Ad decorem militantis Ecclesiae et fidei augmentum", "Para decoro de la Iglesia militante y para la difusión de la fe".

*Al siglo Tommaso Parentucelli, nacido en Sarzana-It. el 15 de noviembre de 1397 y † Roma el 24 de marzo de 1455 (PP. entre 1447 y 1455).

**Al siglo Francesco Della Rovere, nacido en Albisola-Savona-It. el 21 de Julio de 1414 y † Roma, 12 de Agosto de 1484 (PP. Entre 1471 y 1484).

 

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Las etiquetas coladas con astucia tramposa y de mala intención han hecho  algunas temáticas históricas algo espinosas, cuando no, muy difíciles de afrontar con limpidez y objetividad. En la muy marrullera transcripción que hacen de aquellos hechos históricos, ponderan más la mentira - complaciéndose en adulaciones con alto rédito inmediato- que molestar con la verdad. ¡Pero no es ésta la que buscan; por supuesto que no! Lo que siguen buscando, y a estas alturas nadie debiera dejarse engañar por sus charlatanerías, es una maniobra para silenciar la voz más influyente y poderosa que hoy defiende la libertad de todos. Y que las defiende a su propio riesgo –cárcel, vida y muerte- por anunciar a Jesucristo, proclamando el perdón e instruyendo a las gentes. Al contrario de quienes, desde su propio bando, intentan socavar su influencia; se llaman de los nuestros y viven haciendo el juego contrario. A la Iglesia, cuánto le deben muchos, y ¡qué poco les deben ellos a los efímeros matones! En la bruma de la guerra contra la Iglesia se cuelan pifias, trampas y errores y tantas, tantas mentiras y desinformaciones. Lo grave es la incomprensión con que multitud de medios de comunicación, políticos y comentaristas abordan con insensatez el dramático predominio cultural del agnosticismo y del relativismo con el acoso hacia los débiles o desesperados. Ven en los indefensos una incapacidad para “saber hacer”. Quieren pensar por ellos negándoles la libertad y dignidad otorgadas por el creador a cada ser humano, imagen y semejanza de Dios. "Todos los hombres —dice el Concilio—, conforme a su dignidad, por ser personas, es decir, dotados de razón y voluntad libre, (...) se ven impulsados, por su misma naturaleza, a buscar la verdad y, además, tienen la obligación moral de hacerlo, sobre todo la verdad religiosa".

 

¿Qué o quién les tiene puesta la mordaza?

 

Sepamos desenmascarar a todos aquellos que se sienten "poseedores de la verdad" (entre otros: el cientificísmo contemporáneo). Y le endilgan "precisamente esa misma actitud a la Iglesia", acusándola de su "dogmatismo" y ellos son los "dogmáticos absolutos" porque ya han definido (¡y no se nos ocurra contradecirles!), Que la realidad se agota en lo que se puede "comprobar" y por ende, todo conocimiento metafísico y de apertura a la Trascendencia, es "puro imaginario supersticioso", el regreso morbo a una época ya superada por las “luces propias del “espíritu positivo”. Además nadie, pero nadie, lo que se dice nadie, recuerda o no quiere recordar que la Iglesia ¡¡ha sido la única institución que -explícita y universalmente- ha pedido perdón por los errores y faltas en el comportamiento de algunos de sus hijos!!

 

¿De qué lado está la soberbia, entonces?

 

La Iglesia Católica es la única institución religiosa en el mundo que tiene una Academia de Ciencias’, no sólo de índole internacional, sino de la que puede participar cualquier docto científico (con o sin religión), con tal que goce no sólo de un amor desinteresado por la verdad, sino también de reconocida honestidad intelectual…  Siendo así, volvemos a repetir… y hasta el cansancio:

 

¿De qué lado está la soberbia, entonces?

 

¿Qué o quién les tiene puesta la mordaza?

 

¿De qué lado está la soberbia, entonces?

 

Desmitifiquemos a los grandes monstruos sagrados que el hombre de hoy adora, será una manera más de acercarnos desde una  razón que “no tiene miedo a la verdad” desde el mundo material hasta el Fundamento Último de todo lo real, en la necesaria e íntima vinculación entre las ciencias particulares y la Filosofía.

VIII.2006

 

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"¿Qué te ha apartado de nosotros?" He leído siempre a Plutarco.
"Y, ¿qué has aprendido?"
Que, en el fondo, todos han sido humanos"

 

Crucifixión de San Pedro cabeza abajo, por Cimabue. Fue enterrado en la

colina vaticana de la ciduad de Roma, bajo Nerón 64/67 donde hoy

está la Basílica de San Pedro en la ciudad del Vaticano, Italia.

 

El Archivo Secreto Vaticano, en la web

 

Desde las cartas de Miguel Ángel al intento de divorcio de Enrique VIII o el proceso a los Templarios, todo el mundo puede ya acceder, a través de internet, a los secretos que encierra el Archivo Vaticano


ROMA. El mítico «secretismo» del Vaticano ya no es lo que era. Aunque el milenario archivo de Estado mantiene el nombre tradicional de Archivo Secreto, el Papa León XIII lo abrió a los estudiosos en 1881, convirtiéndolo en uno de los centros de investigación histórica más importantes del mundo. El Archivo Secreto Vaticano se desclasifica por Pontificados enteros, y en la actualidad está ya abierto hasta la muerte de Benedicto XV en 1922. En un nuevo paso divulgativo, el Archivo ha puesto a disposición de cualquier persona interesada centenares de facsímiles de documentos en su página de Internet, a la que se accede desde el portal de entrada en el Vaticano (www.vatican.va), pulsando el icono respectivo.


Cada documento encierra muchos avatares históricos, desde la petición de divorcio de Enrique VIII -con una carta de apoyo firmada por todos los lores de Inglaterra- hasta el proceso de Galileo. O desde el documento de protección pontificia a la Universidad de Oxford, en 1254, hasta la tardía absolución papal a la orden del Temple en 1308 en el intento de que Felipe el Hermoso no ejecutase al Gran Maestro Jacques de Molay y los demás jefes de los Templarios.

Severos y conmovedores

A la vuelta de los siglos, resulta apasionante descubrir que los Pares de Inglaterra utilizaban la fórmula de «súplica» sólo por cortesía. Su carta a Clemente VII da por hecho que el Papa anularía el matrimonio de Enrique VIII con Catalina de Aragón, puesto que habían entrado en juego poderosas razones políticas. La nobleza de Inglaterra se equivocaba. Clemente VII no podía ceder, y la furia de Enrique VIII provocó un cisma que dura hasta hoy. Otras decisiones duraderas son menos trágicas, como la reforma del calendario realizada por el Papa Gregorio XIII en 1582 para sustituir al establecido por Julio Cesar en el año 46 antes de Cristo.

Algunos documentos son severos, como la amenaza de excomunión a Martín Lutero, enviada por León X el 15 de junio de 1520. El promotor de la Reforma no se echó atrás, y el Archivo Secreto conserva, a su lado, la bula de excomunión, emitida por el Papa el 3 de enero de 1521.

Otros documentos son conmovedores, como la desesperada carta de Miguel Ángel a su amigo y protector el obispo de Cesena cuando la Santa Sede, debido a un cambio de Papa, llevaba ya tres meses sin pagar las obras de construcción de la cúpula de San Pedro y todo el equipo de arquitectos, ingenieros y obreros amenazaba con marcharse.

El encargo a Miguel Ángel

A esas alturas de su vida, Miguel Ángel había pintado ya la bóveda de la Capilla Sixtina y también el Juicio Final. La carta del 1 de septiembre de 1535 en la que Pablo III le confiere este segundo encargo comienza con unas frases halagadoras: «Excellentia virtutis tuae cum in scultura et pictura tum in omni architectura...». El artista florentino era, efectivamente, un gran arquitecto, y Pablo III le encargaría en 1547 una empresa ciclópea: diseñar y construir la cúpula de la basílica de San Pedro.

Para un hombre de 72 años era una tarea superior a sus fuerzas. Aun así, Miguel Ángel la aceptó, sin sospechar que la muerte del Papa llegaría a dejarle en la estacada. En su breve carta de enero de 1550 al obispo de Cesena, que comienza con un «Mon(signore), io mi rachomando a Vostra S(ignioria) e priega quella che mi dia aiuto...», Miguel Ángel le informa que desde la muerte del Papa, los obreros se dedican «a proteger las obras y defender los materiales de construcción, y otras tareas de soldados, con peligro de su vida, sin recibir pago alguno desde hace casi tres meses...».

El maestro de arquitectos informa a su protector de que los obreros le han dicho «que no pueden seguir así», y que «tendrán por fuerza que abandonar las obras, con el consiguiente daño de muchos miles de escudos», y es necesario evitar «que se produzca tal escándalo». Por fortuna, Miguel Ángel logró su objetivo y, aunque nunca llegaría a ver la cúpula terminada, desde hace cuatro siglos la admira el mundo entero.2006-01-14/ABC. ESPAÑA, texto de JUAN VICENTE BOO,corresponsal.

 

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EL CASO GALILEO - 2


Generalmente conocido como Galileo. Nació en Pisa e el 18 de febrero de 1564, murió el 8 de enero de 1642. Su padre, Vincenzo Galilei perteneció a una familia de notables quienes poseyeron una importante fortuna, él había ganado cierta distinción como músico y matemático. A temprana edad Galileo manifestó su aptitud por las matemáticas y la mecánica, pero sus padres deseaban que se alejara de estos estudios que no prometían mayores ingresos y se dedicara a la profesión médica. Todo fue en vano, y durante su juventud decidió seguir la senda de su genio original, lo que le colocó rápidamente entre la primera categoría de los filósofos de la naturaleza.


Fue un gran mérito que Galileo felizmente combinara la experimentación con los cálculos, con ello se opuso al sistema prevaleciente en su tiempo. El mismo consistía en que en lugar de ir directamente a la naturaleza y la investigación de sus leyes y procesos, se hacía el aprendizaje por medio de la autoridad, especialmente la derivada de Aristóteles, quien se suponía había dicho la última palabra en esos asuntos. Basándose en esos planteamientos se arribó a muchas conclusiones erróneas, las cuales dominaron durante mucho tiempo. Contra ese estado de circunstancias y de supersticiones se mantuvo Galileo de manera resuelta y vehemente. Eso hizo que lograra desacreditar muchas creencias que se consideraban incuestionables, pero a la vez se granjeó una tormentosa oposición e indignación por parte de quienes había desacreditado.

No sólo llegó generar formidables controversias sino también a refutar y confundir a sus adversarios. Por si fuera poco Galileo tenía una buena pluma y con ella ridiculizó a sus oponentes, llegando a exasperarlos. Todo esto conllevo que enfrentara los innumerables problemas por los cuales es mayormente recordado en la actualidad. Tal y como Sir David Brewster (Martyrs of Science) indica, "La brillantez, por no decir la imprudencia, con la cual Galileo insistió en hacerse de enemigos, sirvió aún más para que estos últimos se alienaran de la verdad".

No obstante que en la mente popular, Galileo es recordado principalmente como un astrónomo, no fue precisamente en esta área en la cual realizó sus más substanciales contribuciones al conocimiento humano, tal y como es testificado por autoridades de la talla de Lagrange, Arago y Delambre. Sus mayores logros fueron en el campo de la mecánica y especialmente en dinámica, ciencia que se considera llegó a fundar.

Antes de cumplir 20 años de edad, sus observaciones en la oscilación de una lámpara colgante en la Catedral de Pisa, le condujeron al descubrimiento de los movimientos isocrónicos del péndulo, teoría que utilizaría unos cincuenta años más tarde en la construcción de un reloj astronómico. En 1588, la formulación de un tratado sobre gravedad en los cuerpos sólidos le valió la denominación del Arquímedes de su tiempo, y le aseguró una cátedra en la Universidad de Pisa. Durante los siguientes años, aprovechando la existencia de la torre inclinada, condujo la experimentación de la caída de los cuerpos y demostró la falsedad de una máxima peripatética, aceptada sin ninguna duda hasta entonces, según la cual la velocidad de caída era proporcional al peso de los objetos.

Esto provocó una tormenta en la reacción por parte de los aristotélicos quienes no aceptaban ni aún hechos que contradijeran los dictados de su maestro. Galileo, en vista de estos problemas y de otros que había generado, consideró prudente dejar Pisa y trasladarse a Florencia, el lugar de origen de su familia. Debido a la influencia de amigos del Senado de Venecia, fue nombrado en 1592 como presidente del área de matemáticas de la Universidad de Padua, posición que ocupó, con creciente renombre, durante 18 años.

A partir de allí se estableció definitivamente en Florencia donde fue nombrado filósofo y matemático extraordinario del Gran Duque de Toscania. Durante todo este período, y ya próximo a concluir su vida, fue infatigable su investigación de la naturaleza en sus múltiples campos. Dando seguimiento a sus experimentos de Pisa y otros respecto a planos inclinados, Galileo fue capaz de establecer las leyes de caída de los cuerpos tal y como se conocen en la actualidad. También formuló las leyes de los proyectiles, y en gran medida anticipó las leyes del movimiento, las que finalmente fueron formuladas por Newton. Galileo estudió las propiedades de ondas cíclicas e intentó resolver el problema asociado con su cuadratura, también utilizó los "infinitesimales", siendo el primero que introdujo su uso y con ello creando uno de los principios en que posteriormente se desarrollaría el cálculo en matemáticas. En el campo de la estática Galileo dio la primera demostración directa y completa de las leyes del equilibrio y del principio de las velocidades virtuales. En hidrostática, él estableció las bases para el principio de la flotación, inventó el termómetro (termómetro lento). Aunque algunas veces se sostiene lo contrario Galileo no inventó el microscopio.

Aunque son muy famosos sus descubrimientos astronómicos, no son ellos los que constituyen su aporte más substancial. En este sentido su mayor aporte fue indudablemente la práctica invención del telescopio. A principios de 1609 Galileo tuvo noticias de que un óptico holandés llamado Lippershey, había producido un instrumento que permitía ver de manera ampliada objetos distantes. Galileo estudió los procesos que estaban involucrados y sus principios, y se dice que luego de una noche completa de estar trabajando en los principios de la refracción de la luz, tuvo éxito en construir un objeto capaz de aumentar tres veces la visión de objetos distantes. Esa capacidad de visión rápidamente se aumentó a treinta y dos veces.

Este instrumento permitió a Galileo desarrollar sus observaciones y sus descubrimientos en el firmamento, los cuales fueron adquiriendo cada vez mayor significado. La luna, por ejemplo, fue vista, no como lo creían los antiguos astrónomos, como una esfera perfecta, o bien de naturaleza diferente a la de la tierra, sino que nuestro satélite posee colinas y montañas similares a los de nuestro planeta. Fue posible ver que el planeta Júpiter tiene satélites, como demostrando la existencia de un sistema solar en miniatura. Con ello se apoyaba la doctrina de Copérnico. Se había indicado para ese entonces, que si los planteamientos de Copérnico eran ciertos, esto implicaba que los planetas interiores -mercurio y venus- debían tener fases similares a las de la luna. Antes de los aportes de Galileo la controversia llevó a establecer que esos planetas interiores eran transparentes y que los rayos del sol pasaban a través de ellos. Con los descubrimientos de Galileo se pudo detectar las fases de esos planetas y se volvió a replantear el debate en torno al Copernicanismo. Finalmente, se pudo ver con claridad las manchas solares. A partir de ello, Galileo pudo probar la rotación de la estrella y que por tanto la misma no tenía una posición inamovible, tal y como algunos aseguraban.

Antes de esos descubrimientos, ya Galileo había abandonado los preceptos de Ptolomeo para adherirse a los planteamientos de Copérnico. Pero, tal y como lo confesó posteriormente a Kepler en 1597, él había evitado tal identificación por temor a ser víctima del ridículo, tal y como había ocurrido con Copérnico. Con sus descubrimientos, Galileo se sintió con la seguridad de salir públicamente en defensa de los postulados de Copérnico. Con ello no sólo se aseguraba la creencia más generalizada en los aportes copernicanos, sino que también Galileo ganaba la más prominente posición como astrónomo de sus época. Quizá el más grande astrónomo de todos los tiempos.

Esos elementos fueron la causa de su lamentable controversia con las autoridades eclesiásticas, lo que levantó graves cuestionamientos. Es necesario entender en este punto la posición exacta. Los brillantes descubrimientos que Galileo realizó mediante el descubrimiento del telescopio dieron, sin embargo, poco empuje al avance teórico de esta ciencia. Como se ha dicho en varias ocasiones, los aportes más teóricos en astronomía fueron hechos por un astrónomo contemporáneo de Galileo: Kepler. Este avance kepleriano no fue completamente reconocido o bien fue ignorado. Es casi inconcebible, tal y como lo refiere Delambre, que Galileo no hiciera mención de las leyes keplerianas. Las primeras dos de ellas fueron dadas a conocer en 1609 y la tercera 10 años más tarde. Estos últimos aportes fueron determinantes en establecer las bases que posteriormente permitirían a Newton formular los principios de la mecánica celeste.

Con los descubrimientos de Galileo se tuvo clara prueba de la mayor validez de los principios de Copérnico -base heliocéntrica- por sobre los de Ptolomeo y otros astrónomos antiguos los que sostenían el principio geocéntrico del universo. Sin embargo, esos aportes no pudieron convencer a otros ilustres e importantes astrónomos como Tycho Brahé (quien no vivió para ver el telescopio), y Lord Bacon, quien murió aún no creyendo la validez de los planteamientos galileanos. Milton, por su parte, quién visitó a Galileo ya a avanzada edad (1638), aparece como mediatizado en su criterio. Existen pasajes en su gran poema que favorecen planteamientos de ambos sistemas.

Entretanto, la explicación del fenómeno de las mareas, permitió a Galileo dar una prueba del fenómeno de rotación de la tierra sobre su eje. Hoy día este aporte es universalmente reconocido como un grave error. Galileo falló en establecer la influencia de la luna en tal fenómeno tal y como posteriormente lo demostraría Newton. Respecto a los cometas también Galileo sostuvo erróneamente que se trataba de fenómenos atmosféricos, tales como los meteoros. Tycho ya había adelantado la falsedad de esos planteamientos que se presentaban como una solución para el sistema anti-copernicano.

A pesar de las deficiencias de sus argumentos, Galileo planteó sus propuestas con tal vehemencia que logró convencer a muchos, contribuyendo de esa manera a crear las condiciones que amargaron buena parte de su vida. En este sentido, no obstante, es conveniente subrayar dos aspectos. Primero el aspecto quizá más conocido, que la hostilidad que recibieron las teorías copernicanas se debió al deseo de la iglesia de mantener a la gente en la ignorancia. Ese punto no tiene sólida sustentación si se toma en cuenta que la iglesia fue la institución por excelencia que estuvo preocupada por el conocimiento durante siglos, todo ello a pesar de los errores de método en que la iglesia haya caído. La representación más clara de esto es que los religiosos insistían en el carácter geocéntrico del sistema solar.

Aún así fue un hombre de iglesia: Nicolás Copérnico quien avanzó la idea de que el sistema solar giraba no en torno a la tierra sino con respecto al sol y que nuestro planeta se mantenía en rotaciones sobre su propio eje. Su trabajo más representativo "De Revolutionibus orblure coelestium", fue publicado a requerimiento de dos influyentes hombres de la iglesia: el Cardenal Schomberg y del Arzobispo de Culm, Tiedemann Giese. La obra contó con la autorización del Papa Paulo III, a efecto de que –tal y como lo reconoció Copérnico- la obra fuera protegida del casi seguro ataque que iba a enfrentar por los "matemáticos" (filósofos), debido a su aparente contradicción contra lo que percibía la percepción humana y el sentido común. Se agregó también que no se tenía recuento de objeciones que se podía hacer con base en las escrituras.

Ciertamente, durante unos 75 años no se originaron contrapropuestas por parte de la Iglesia Católica, aunque Lutero y Melanchthon condenaron el trabajo de Copérnico en términos desmedidos. Ni Paulo III, ni ninguno de los nueve papas que le siguieron, ni la Congregación de Roma, hicieron ver ninguna alarma, tal y como si fue originado por el propio Galileo en 1597. Quien, hablando de algunos de los riesgos que podría tener el apoyo a Copérnico, ridiculizó planteamientos sin decir nada de persecución. Aún cuando él ya había realizado sus grandes descubrimientos, nada cambió en este sentido.

Por el contrario, cuando Galileo llegó a Roma en 1611, fue recibido con pompa de triunfador. Todos, tanto clérigos como laicos trataron de verlo y su telescopio fue colocado en los jardines Quirinales pertenecientes al Cardenal Bandim. Galileo exhibió las manchas solares ante un pontífice admirado. No fue sino hasta unos cuatro años más tarde que surgieron los problemas entre los clérigos debido a la vehemencia con la cual en ese entonces, Galileo defendía las tesis de Copérnico. Es absurdo mantener que la oposición se debió a que se oponían a que las gentes fueran iluminadas por la verdad científica. Existen evidencias firmes de que para Bacon y otros, las nuevas enseñanzas eran radicalmente falsas y acientíficas. Galileo además no contaba con suficientes pruebas para lo que afirmaba de manera tan vehemente. Según el profesor Huxley, después de examinar esta situación concluía que los oponentes de Galileo tenían en cuanto a argumentos, "lo mejores".

Sin embargo lo más notorio, fue la insistencia con la que se deseaba dar créditos a los planteamientos con base en las sagradas escrituras, quienes representaban la máxima autoridad en asuntos de amplio alcance incluyendo planteamientos científicos. Por lo tanto, al establecerse el curso del sol en la Oración de Josué, o que la tierra era inmovible, se asumió que las doctrinas de Copérnico y Galileo estaban contra las escrituras, y por lo tanto eran herejías. Era evidente ya aún en los días de Copérnico, que la Reforma se mantenía sospechosa ante toda interpretación de la Biblia, lo que no fue exactamente suavizado por Galileo y su aliado Foscarini en el sentido de encontrar argumentos positivos para el Copernicanismo.

Foscarini era un fraile Carmelita de noble linaje que había dirigido los destinos de Calabria como provincial y tenía considerable reputación como predicador y teólogo. El mismo se lanzó a la defensa de Copérnico con gran evidencia y lo hizo buscando argumentos en el Candelabro de Siete Velas de la Antigua Ley. Especialmente él provocó la alarma al publicar trabajos en lenguaje vernáculo lo que contribuyó a no pocas confusiones entre el pueblo incapaz de formarse una opinión y de hacer juicio de los planteamientos. En ese tiempo había un partido de escépticos en Italia, quienes se oponían toda forma de religión, y tal y como David Brewster lo reconoce (Mártires de la Ciencia), no hay duda de que este partido lanzó su apoyo tras las posiciones de Galileo.

En esas circunstancias, sabiendo que su doctrina había sido presentada como contra la Iglesia, Galileo viajó a Roma en diciembre de 1615. Allí fue cortésmente recibido. Ante el tribunal de la Inquisición él fue oído y luego se declaró que sus postulados eran científicamente falsos y contra las escrituras, es decir heréticos. Con base en ello se declaró que Galileo debía abandonar sus teorías, cosa que hizo, prometiendo que no insistiría en esas enseñanzas. Luego se firmó el decreto de la Congregación del Indice del 5 de marzo de 1616. En el mismo se prohibían varios trabajos considerados heréticos a los cuales fueron agregados cualquiera que apoyara el sistema de Copérnico. En ese documento no se mencionan los trabajos de Galileo. Tampoco se tiene el nombre del papa, aunque se sabe que se contaba con la aprobación del pontífice en las sesiones previas de la Inquisición.

En este sentido es indiscutible que las autoridades eclesiásticas cometieron un grave y deplorable error, y sancionaron junto con falsos principios, el propio uso de la escritura. Tanto Galileo como Foscarini promovieron que la Biblia tenía por intención enseñar como la humanidad va al cielo, no como el cielo funciona. Al mismo tiempo debe recordarse que no se hacían objeciones al sistema copernicano y que el mismo mostraba en esa época pocas pruebas. No se ponía por otro lado objeción a que esa hipótesis explicaba en términos más simples lo que constituía el tema de presentación del sistema de Ptolomeo, y que para motivos prácticos podría ser adoptada por los astrónomos. Lo que si se objetaba era que el sistema de Copérnico era la verdad, "lo que contradecía la escritura".

Es claro además que los autores de ese escrito no pretendían ser absolutistas ni irreversibles. El Cardenal Bellarmino, el más influyente miembro del Colegio Sagrado, escribió a Foscarini promoviendo que tanto este último como Galileo debían demostrar como su sistema explicaba los fenómenos celestiales –una propuesta no excepcional y que estimula las aplicaciones prácticas- sin embargo se indicaba que no se debía contradecir a la Biblia:

Si se indica que el sol está en una posición central, inamovible y que es la tierra la que gira alrededor de él, se hace necesario, entonces, cuidadosamente, proceder a la explicación de los pasajes de la escritura que aparecen contrarios a este principio, y debemos decir más bien que estos principios han sido mal interpretados, en lugar de declararlos falsos en la demostración.

Por medio de este decreto tanto el trabajo de Copérnico fue prohibido como el de la "Epitomía" de Kepler, pero en ambos casos solamente donec corrigatur, la propuesta era presentar los sistemas como hipótesis y no como hechos definitivos. Se estableció luego que esos trabajos bien podrían ser leídos completamente por los entendidos en la materia "los preparados y hábiles en la ciencia" (de Remus a Kepler).

De acuerdo a von Gebler, parece que Galileo tomó el decreto de la Inquisición con frialdad hablando con satisfacción acerca de los cambios en el sistema de Copérnico. El se fue de Roma, evidentemente, con la promesa de violar la promesa que había hecho, y mientras desarrollaba otras ramas de la ciencia, no perdió oportunidad de manifestarse por el sistema que había declarado no aprobar. No obstante, cuando visitó Roma de nuevo en 1624, fue atendido con lo que se describió como una "noble y generosa recepción". El papa actual de ese momento Urbano VIII, había sido su amigo, tanto como el Cardenal Barberini y se habían opuesto a la condenación de 1616. Se le concedió una pensión a la que como extranjero no tenía derecho, y que de acuerdo a Brewster, debe considerarse como un respaldo a la ciencia en si misma. Pero para decepción de Galileo, Urbano no anuló el juicio de la Inquisición.

Luego de su regreso a Florencia, Galileo se dedicó a componer el trabajo que reavivó y agravó las viejas animosidades. Se trató de un diálogo entre un ptolomista que es confundido por dos copernicanos. El libro fue publicado en 1632 y era plenamente inconsistente con su promesa anterior. La autoridades en Roma lo consideraron como un reto. Por tanto fue citado de nuevo frente a la Inquisición y otra vez falló en mantener el valor de sus opiniones, declarando que desde 1616 no había apoyado la teoría de Copérnico. Tal declaración como era de esperarse, no fue tomada con seriedad y a pesar de ello, fue encontrado "vehementemente sospechoso de herejía" y a ser encarcelado a disposición del tribunal, además debía recitar los Siete Salmos Penitenciales una vez a la semana durante tres años.

Aunque la condena de prisión se mantuvo hasta la muerte de Galileo en 1642, no es apropiado hablar de él como de un prisionero. Como su "biógrafo protestante", von Gebler, nos dice: "un vistazo a lo que verdaderamente ocurrió en los hechos de este famoso juicio, convencería a cualquiera de que Galileo estuvo veintidós días en el edificio del Santo Oficio (la Inquisición), y no en una celda con rejas, sino en un cómodo apartamento de un oficial de la Inquisión". Por lo demás se le permitió el uso de otros lugares como de retiro tales como casas de amigos, siempre confortables y lujosas. No es cierto, como insistentemente se ha dicho, que fue torturado y enceguecido por sus prisioneros, aunque en 1637, cinco años antes de su muerte, llegó a quedar completamente ciego. En todo caso él rechazo ser enterrado en un lugar bendecido. Al contrario, aunque el papa (Urbano VIII) no autorizó que se construyera un monumento en su tumba, si envió sus bendiciones al hombre agonizante, quien fue finalmente enterrado en suelo bendecido en Florencia, en la iglesia de Santa Croce.

Finalmente, el famoso dicho de "E pur si mouve", supuestamente dicho por Galileo al levantarse luego de estar arrodillado, al renunciar al movimiento de la tierra, es una ficción, de la cual no se obtiene ninguna mención sino después de un siglo de su muerte, la que tuvo lugar el 8 de enero de 1642, el mismo año en que nació Newton.

Tal es en breve esta historia acerca de un famoso conflicto entre autoridades eclesiásticas y la ciencia. En relación a la misma, especial importancia se le ha dado a la conección de los hechos con la infalibilidad papal. ¿Se puede decir entonces que tanto Paulo V como Urbano VIII estaban tan comprometidos con la doctrina del geocentrismo que la impusieron como algo de fe, a partir de la iglesia, y que la decisión papal no fue cierta? Que ambos papas se mantuvieron contra Copérnico, es claro. Ellos creyeron que el sistema de Copérnico no estaba de acuerdo con la escritura y lo suprimieron. La pregunta, sin embargo, es si alguno de ellos condenó la doctrina ex cathedra. Esto no se hizo por parte de ambos pontífices.

En cuanto al decreto de 1616, hemos visto que fue promulgado por la Congregación del Indice, la cual no tiene ningún problema en cuanto a que se le demuestre su capacidad de falibilidad, este tribunal estaba absolutamente incompetente de hacer un decreto dogmático. Tampoco el caso está alterado por el hecho de que el papa aprobará la decisión de la Congregación in forma communi. Es decir que el propósito fue la prohibición en cuanto a circular los escritos que se consideraron hirientes. Tanto el papa como sus asesores pudieron haberse equivocado en ese juicio, pero eso no altera el carácter del pronunciamiento, o convierte al mismo en un decreto ex cathedra.

En referencia al segundo juicio, el de 1633, el mismo no tuvo un enfoque tan directo en la doctrina, como en la persona de Galileo, y en su actitud de no mantenerse fuera de la divulgación de las doctrinas copernicanas. La sentencia que se le dio claramente implicaba una condenación a las ideas de Copérnico, pero no se hizo un decreto formal acerca de este punto, y el mismo no tuvo la firma del papa. Esto no es solamente una opinión de teólogos, sino que también es corroborado por escritores quienes no pueden ser acusados de estar tendenciosamente a favor del papa. El profesor Augusto De Morgan (Budget of Paradoxes) declara:

Es claro que lo absurdo fue el acto de la Inquisición Italiana, para la satisfacción privada y personal del papa –quien sabía que cualquiera que fuera el curso que las acciones tomaran no lo implicarían a él como papa- y no a la institución de la Iglesia.

Yvon Gebler (Galileo Galilei):

La Iglesia nunca condenó (el sistema copernicano) en absoluto, debido a que los Calificadores del Santo Oficio nunca significaron la Iglesia.

Conviene agregar que a Riceloll y a otros contemporáneos de Galileo se les permitió, luego de 1616, que la definición copernicana había sido dada a conocer por el pontífice. Más vital aún es la pregunta que originó el debate: "¿Significa la condena de Galileo que la Iglesia mantiene una oposición implacable al progreso científico y la ilustración?" Se puede indicar al respecto, junto al Cardenal Newman, que esta instancia prueba lo opuesto, explícitamente, que la Iglesia no ha interferido con las ciencias físicas, y que para el caso, lo de Galileo, es "el argumento de valor" (Apología 5). El profesor De Morgan reconoce ("movimiento de la tierra" en la English Cyclopedia):

El poder papal ha sido utilizado moderadamente en cuestiones de filosofía, tal y como puede deducirse si se juzga la gran tensión en el caso de Galileo. Se trata de una prueba real de que la autoridad que ha durado más de mil años ha estado todo el tiempo monitoreando el progreso del pensamiento.

El doctor Whewell hablando de este mismo caso, indica (History of the Inductive Sciences):

No sería entendido el alegato de que la condena de las nuevas doctrinas, fue algo característico y general en la Iglesia Romana. Ciertamente la inteligencia y las mentes más cultivadas de Italia, y muchos de sus personalidades eclesiásticas entre ellas, han sido las más sobresalientes en promover y dar la bienvenida al progreso de la ciencia, y pueden encontrarse entre muchos de los eclesiásticos del tiempo de Galileo, los primeros y más ilustrados casos de adherentes al sistema copernicano.

JOHN GERARD - Transcrito por Carl H. Horst - Traducido por Giovanni E. Reyes

 

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MENTIRSE - ANTES pensaba que las palabras podían curar. Me parecía que, de hecho, algunas me habían curado de dolencias diversas. Ahora pienso que sólo curan las palabras que uno se dice a sí mismo y son verdad. Sanan las palabras que sondean la propia alma y la obligan a reconocer esa línea difusa de egoísmos que cruza más a menudo de lo que luego quisiera recordar o admitir. Lo contrario enferma. Le pasa a casi todo el mundo. La espiral de la insinceridad empieza en la mentira que uno se cuenta sobre sí mismo, y luego se embrolla y se convierte en algo insoportable, denso, que genera una atmósfera asfixiante alrededor en la que desaparece la confianza, porque, sencillamente, dejamos de fiarnos de nosotros mismos. Por eso me asusta tanta ausencia de autocrítica, tan poca capacidad para pedir perdón, tanto «volvería a hacer lo mismo» que sólo significa necedad reconcentrada y afila, a su vez, la capacidad para criticar a los demás hasta la demolición, para inventarles defectos o para regodearse en los que tienen como si fueran un bien propio. Si la mentira complaciente sobre ti mismo la cuentan otros, mejor. Es la clave de la manipulación. Entonces, ¡ay del que disienta! - La Voz de Galicia y Arvo Net, domingo 05/06/2005

 

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La Iglesia nunca persiguió a Galileo, revela autoridad vaticana - VATICANO, 26 Ago. 2003 (ACI).-Mons. Angelo Amato, desde hace poco tiempo Secretario de la Congregación para la Doctrina de la Fe, reveló que, de acuerdo a documentos recientemente descubiertos, Galileo Galilei nunca fue perseguido o torturado por el Vaticano por afirmar que la tierra giraba alrededor del sol.

Mons. Amato señaló que una carta recientemente descubierta en los archivos vaticanos, enviada por el Comisionado del Santo Oficio al Cardenal Francesco Barberini en 1633, señalaba el deseo expreso del Papa de que el juicio a Galileo concluyera rápidamente en consideración a su frágil salud.
”La idea de que Galileo fue encarcelado e incluso torturado para que abjure de su tesis no fue más que
una leyenda transmitida por una falsa iconografía”, agregó el Arzobispo.

Además de recordar que a Galileo se le juzgó no por su tesis científica, sino por decir que la Biblia estaba equivocada al hablar de que “se detuvo el sol” –cuando la que se detuvo fue la tierra-, Mons. Amato explicó que durante el juicio, a Galileo se le concedió “las habitaciones del abogado, uno de los más altos oficios de la Inquisición, donde fue asistido por su  propio siervo”. 

“Durante el resto de su estadía en Roma, fue el invitado del embajador florentino en la Villa Medici”, agregó además el Prelado.

El Arzobispo también reveló que en 1610, Galileo publicó su obra Sidereus Nuncius, donde planteaba su teoría y recibió el respaldo no sólo del gran astrónomo Johannes Kepler, sino también del jesuita Clavius, autor del calendario gregoriano, que hoy rige al mundo occidental.

Galileo “incluso tuvo mucho éxito entre los Cardenales romanos” porque “todos querían mirar al espacio con su famoso telescopio”.

 

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Giordano Bruno (1548-1600) no sólo fue condenado por la Iglesia católica, sino también por la luterana y la protestante.

Con dureza fue excomulgado por el Concilio Calvinista protestante debido a su actitud irrespetuosa hacia los líderes de esa nueva iglesia, y fue obligado a abandonar la ciudad. De ahí fue a Toulouse, Lyon y -en 1581- a París.

 

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El gran Montalembert escribía: «Para juzgar el pasado deberíamos haberlo vivido; para condenarlo no deberíamos deberle nada». Todos, creyentes o no, católicos o laicos, nos guste o no, tenemos una deuda con el pasado y todos, en lo bueno y en lo malo, estamos comprometidos con él.

 

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Academia de las Ciencias:

 





Un español, un griego, un japonés, un chino, y un estadounidense


CIUDAD DEL VATICANO, 30 octubre 2003 - Juan Pablo II ha nombrado a un científico español, un estadounidense, un griego, un japonés, y un chino como miembros de la Academia Pontificia de las Ciencias, la institución de este género más antigua de la historia.
Según anunció este jueves la Sala de Prensa de la Santa Sede, los nuevos académicos son:

--El profesor Antonio García-Bellido, nacido en 1936 en Madrid (España), profesor de Genética en el Centro de Biología Molecular «Severo Ochoa» de la Universidad Autónoma de Madrid (España).

--El profesor Fotis C. Kafatos, nacido en Creta (Grecia), profesor de Biología Molecular en las Universidades de Harvard (EE.UU.), de Atenas y de Creta.

--El profesor Tsung-Dao Lee, nacido en 1926 en Shanghai (China), profesor de Física en la Universidad de Columbia de New York (EE.UU.).

--El profesor Ryoji Noyori, nacido en 1938 en Kobe (Japón), profesor de Química orgánica en la Universidad de Nagoya (Japón).

--El profesor Kevin Ryan, nacido en 1932 en Mt. Vernon (New York), profesor y director emérito del «Center for the Advancement of Ethics and Character» de la Universidad de Boston (Estados Unidos).

La Academia Pontificia de las Ciencias fue fundada en Roma en 1603 con el nombre de Academia de los Linces
(Galileo Galilei fue miembro), y está compuesta por ochenta «académicos pontificios» nombrados por el Papa a propuesta del Cuerpo Académico, sin discriminación de ningún tipo.
Actualmente es la única Academia de las Ciencias con carácter supranacional existente en el mundo.

Tiene como fin honrar la ciencia pura dondequiera que se encuentre, asegurar su libertad y favorecer las investigaciones, que constituyen la base indispensable para el progreso de las ciencias.

La Academia se encuentra bajo la dependencia del Santo Padre. Su presidente, elegido por cuatro años, es desde 1993 Nicola Cabibbo, profesor de Física en la Universidad La Sapienza de Roma, y ex presidente del Instituto Nacional Italiano de Física Nuclear. El director de la Cancillería es el obispo argentino Marcelo Sánchez Sorondo. ZS03103008ZENIT

 

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Por primera vez desde 1578, el próximo 13 de junio 2004 tendrá lugar en las calles de Ámsterdam una procesión con el Santísimo Sacramento, en la solemnidad del Corpus Christi, presidida por el obispo de Haarlem, monseñor Punt.

 


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William Harvey (1578+1675)

 

 


William Harvey (1578-1657) estudió medicina en Cambridge, en el Colegio de Gonville y Caius, de 1593 a 1599, y de ahí viajó a Padua para continuar su educación, que terminó con el doctorado en 1602. En sus tres años en Italia estuvo expuesto al gran anatomista Girolamo Fabricius, y en esos tiempos uno de los profesores de la universidad era el joven Galileo, que pronto descubriría las montañas de la Luna, las fases del planeta Venus, los satélites de Júpiter, y muchos otros fenómenos celestes. Cuando Harvey regresó a Inglaterra se dedicó a la práctica de la medicina, pero pronto fue nombrado miembro del Colegio Real de Médicos, posteriormente aceptó la posición de médico del reyJacobo I, y continuó en esta plaza con el advenimiento de Carlos I, a quien atendió durante la Guerra Civil.


La gran contribución de Harvey al método científico de su tiempo (y de todos los tiempos) fue su éxito en el uso de experimentos para explorar a la naturaleza; por lo tanto, no resulta equívoco comparar los logros científicos de su gran contemporáneo Galileo, en astronomía y física, con los de Harvey en biología, De hecho, la comparación es singularmente reveladora, pues los dos investigadores, trabajando en áreas muy diferentes de la ciencia, coincidieron en dos aspectos fundamentales del método científico la importancia del análisis matemático de los fenómenos naturales, y el insustituible valor de los experimentos en el estudio de la realidad. La lectura del librito (apenas tiene 72 + 2 páginas, con 2 grabados) de Harvey, conocido comoDe motu cordis y publicado en Frankfurt en 1628, impresiona por su manejo de datos cuantitativos en apoyo de sus hipótesis y por su completa dependencia de los resultados de observaciones experimentales muy simples. En cambio, los historiadores de la ciencia han escudriñado los escritos de Harvey en búsqueda de algún pronunciamiento general del gran hombre sobre el método científico, con resultados uniformemente negativos. En el caso de Harvey, todo lo que se diga sobre su filosofia de la ciencia es interpretativo y, en los mejores casos, derivado del estudio directo de sus textos científicos, en vista de que no escribió otros.

 

 

   

El capítulo 1 del Motu cordis de Harvey se titula "Los motivos del autor para escribir" y en él dice lo siguiente:

Cuando empecé a realizar vivisecciones, como un medio para descubrir los movimientos y los usos del corazón, interesado como estaba en descubrirlos por inspección directa, y no a través de los escritos de otros, encontré la tarea tan verdaderamente ardua, tan llena de dificultades, que casi estuve tentado a pensar, con Fracastoro, que los movimientos del corazón solo podría comprenderlos Dios... Mi mente estaba grandemente inquieta y no sabía ni qué concluir por mí mismo ni qué creer de los demás. No me sorprendió que Andreas Laurentius hubiera dicho que el movimiento del corazón era tan asombroso como el flujo y reflujo del Euripus le había parecido a Aristóteles ... Después de mucho tiempo usando mayor diligencia cotidiana, realizando vivisecciones con frecuencia en una variedad de animales escogidos con ese propósito, y combinando numerosas observaciones, llegué a pensar que ya había alcanzado la verdad, que debería apartarme y escapar de ese laberinto, y que ya había descubierto lo que tanto deseaba, tanto el movimiento como los usos del corazón y las arterias. Desde entonces no he dudado en exponer mis puntos de vista sobre estos asuntos, no sólo en privado a mis amigos sino también en publico, en mis conferencias anatómicas, en el estilo de la antigua academia.


En todo el libro, Harvey se apega siempre al mismo protocolo: primero describe cuidadosamente sus observaciones, después examina si coinciden con las relatadas por otros autores, y finalmente interpreta el sentido de los hechos observados poniendo especial interés en no ir más allá de lo que tales hechos permiten. Su parsimonia en la extrapolación es notable, sobre todo porque la tradición antigua, sus propios ídolos Galeno y Aristóteles y muchos de sus contemporáneos (incluyendo a Galileo) tenían gran tendencia o hasta debilidad por las grandes generalizaciones. De hecho, Singer señala que la gran virtud científica de Harvey, aparte de su tenacidad y de su extraordinaria habilidad experimental, era la de su modestia, de su sentido de la proporción. Harvey se rehúsa a participar en el debate sobre temas grandiosos como la naturaleza de la vida o el origen del calor animal; él se pregunta cómo se mueven las arterias y qué significa su movimiento, cómo se mueven las aurículas y cuál es el significado de tal fenómeno, y así sucesivamente, hasta llegar a integrar todas sus observaciones e interpretaciones en una sola generalización, que es la siguiente:

 

 

 

Portada del libro Excercitatio Anatomica de Motu Cordis et Sanguinis in Animali, de William Harvey, publicado en 1628.

 

Por lo tanto, es necesario concluir que la sangre de los animales circula y que se encuentra en un estado de movimiento incesante, que éste es el acto o función del corazón, que realiza por medio de su pulso, y que es la única función y meta del movimiento y del pulso del corazón.


Confieso que los médicos científicos (especialmente los que nos dedicamos a la investigación) tenemos cierta debilidad por Harvey. Nos encanta su postura antigalénica, basada en mediciones directas de la capacidad del corazón en hombres, perros y ovejas, que multiplicadas por la frecuencia cardiaca le dieron cantidades totalmente incompatibles con la teoría de Galeno de la producción continua de sangre por el hígado. Harvey no demostró objetivamente la realidad de la circulación sanguínea, ya que en su tiempo se desconocía la existencia de los capilares periféricos, pero sus observaciones hicieron casi absolutamente inevitable tal existencia, confirmada por Marcello Malpighio en 1661, 33 años después de la publicación del famoso De motu cordis pero, desafortunadamente, cuatro años después de la muerte de Harvey.

El método científico de Harvey se inicia con un problema, que en su caso es "el movimiento, las acciones y los usos del corazón y las arterias". El problema surge porque:

[ ... ] Lo que hasta ahora se ha afirmado acerca de la sístole y de la diástole, del movimiento del corazón y de las arterias, se ha dicho con especial referencia a los pulmones. Pero como la estructura y los movimientos del corazón difieren de los del pulmón, y los movimientos de las arterias son distintos de los del tórax, parecería posible que tuvieran otros fines y oficios, y que los pulsos y funciones del corazón, así como los de las arterias, fueran diferentes en muchos aspectos de los usos e inspiraciones del tórax y los pulmones.

Es claro que la discrepancia entre los movimientos del corazón y las arterias, por un lado, y del tórax y los pulmones, por el otro, deberían llevar a la sospecha de que sus funciones no eran idénticas, como se postulaba en la antigüedad y como Fabricio de Aquapendante, profesor de Harvey y, por lo tanto, su contemporáneo un poco más viejo, afirmó en su texto sobre la respiración. Harvey se extiende en este punto más que en ningún otro de su libro (13.5 páginas de la edición que yo he usado, o sea el 12.8% del texto), pero es obvio que al final llegó a una solución satisfactoria del problema. De hecho, el último párrafo de De motu cordis dice:

Todas estas apariencias, y muchas otras, surgidas durante las disecciones, valoradas correctamente, parecen ilustrar y confirmar clara y completamente la verdad perseguida a través de todas estas páginas, mientras al mismo tiempo se oponen a la opinión vulgar, porque sería muy difficil explicar de cualquier otra manera el propósito para el que todo ha sido construido y arreglado, como hemos visto que lo está.

Permítanme repetir la última frase de Harvey: "porque sería muy difícil explicar de cualquier otra manera el propósito para el que todo ha sido construido y arreglado, como hemos visto que lo está". Ésta es una conclusión totalmente aristotélica, congruente con la realidad operativa de las causas finales, pero al mismo tiempo es completamente nueva en el siglo XVII, porque hace depender a la explicación de la realidad, y no viceversa, como se estiló durante los 15 milenios anteriores.

 

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“La Europa occidental ha nacido de una matriz totalmente cristiana. Las herencias griega y romana, como factor gestante, pesan menos en la génesis de Occidente que la cristiana. Y sin embargo, hay una posición que destila algo así como vergüenza a la hora de presentar al cristianismo como factor generador de Occidente”.

 

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“La tentación de las democracias occidentales es nadar en el vacío, perder el horizonte de la verdad y, en consecuencia, pretender que aquellas decisiones y opciones finales a las que llega un determinado parlamento se conviertan en fuente de verdad, cuando muchas veces no es así”.

 

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“El gran problema de nuestro tiempo es que el hombre quiere experimentar la salvación y la plenitud pasando por encima de la verdad y queriendo realizarse a sí mismo a través de una libertad desconectada de esa verdad”. 2004

 

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¿POR QUÉ TODOS LOS MAPAS MEDIEVALES ESTÁN ORIENTADOS AL ESTE?

 

 

 



En la Edad Media, la representación del mundo se hacía por medio de los llamados mapas TO. A éstos hay que imaginárselos como si dibujáramos una gran T y desde sus tres esquinas trazáramos una línea que los uniera formando un círculo.

La línea horizontal simboliza la distancia entre el mar Negro y el Nilo, y la línea vertical representa el Meditarráneo. Los mapas estaban orientados al Este porque es por donde sale el sol y por ser la dirección en la que se encuentra el centro del judaísmo: ciudad santa de Jerusalén para judíos y cristianos.

 


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Santa Teresa de Ávila (1515-1582), carmelita descalza, doctor de la Iglesia - Camino de Perfección, c. 27


«Cuando oréis, decid: “Padre”» (Lc 11,2)       «Padre nuestro que estás en los cielos» ¿Oh Señor mío, cómo parecéis Padre de tal Hijo y cómo parece vuestro Hijo hijo de tal Padre!  ¡Bendito seáis por siempre jamás! ¿No fuera al fin de la oración esta merced, Señor, tan grande? En comenzando, nos henchís las manos y hacéis tan gran merced que sería harto bien henchirse el entendimiento para ocupar de manera la voluntad que no pudiese hablar palabra.
¡Oh, qué bien venía aquí, hijas, contemplación perfecta! ¡Oh, con cuánta razón se entraría el alma en sí para poder mejor subir sobre sí misma a que le diese este santo Hijo a entender qué cosa es el lugar adonde dice que está su Padre, que es en los cielos!...
       ¡Oh Hijo de Dios y Señor mío!, ¿cómo dais tanto junto a la primera palabra? Ya que os humilláis a Vos con extremo tan grande en juntaros con nosotros al pedir haceros hermano de cosa tan baja y miserable, ¿cómo nos dais en nombre de vuestro Padre todo lo que se puede dar, pues queréis que nos tenga por hijos?... Pues siendo nuestro Padre nos ha de sufrir por graves que sean las ofensas. Si nos tornamos a El, como al hijo pródigo hanos de perdonar, hanos de consolar en nuestros trabajos, hanos de sustentar como lo ha de hacer un tal Padre, que forzado ha de ser mejor que todos los padres del mundo, porque en El no puede haber sino todo bien cumplido, y después de todo esto hacernos partícipes y herederos con Vos...
        Al menos bien veo, mi Jesús, que habéis hablado, como Hijo regalado, por Vos y por nosotros... Pues, ¿paréceos, hijas, que será razón que digamos vocalmente esta palabra, dejemos de entender con el entendimiento, para que se haga pedazos nuestro corazón con ver tal amor?

 

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 Si eres cristiano se tiene que ver tu fe.

 

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La dignidad regia del hombre - "A la manera que, en las cosas humanas, los artífices dan a los instrumentos que fabrican aquella forma que parece ser la más idónea al uso a que se destinan, así el Artífice sumo fabricó nuestra naturaleza como una especie de instrumento, apto para el ejercicio de la realeza; y para que el hombre fuera completamente idóneo para ello, le dotó no sólo de excelencias en cuanto al alma, sino en la misma figura del cuerpo. Y es así que el alma pone de manifiesto su excelsa dignidad regia, muy ajena a la bajeza privada, por el hecho de no reconocer a nadie por señor y hacerlo todo por su propio arbitrio. Ella, por su propio querer, como dueña de sí, se gobierna a sí misma. .¿Y de quién otro, fuera del rey, es propio semejante atributo?

Según la costumbre humana, los que labran las imágenes de los emperadores tratan primeramente de reproducir su figura y, revistiéndola de púrpura, expresan juntamente la dignidad imperial. Es ya uso y costumbre que a la estatua del emperador se le llame emperador; así, la naturaleza humana, creada para ser señora de todas las otras criaturas, por la semejanza que en sí lleva del Rey del universo, fue levantada como una estatua viviente y participa de la dignidad y del nombre del original primero. No se viste de púrpura, ni ostenta su dignidad por el cetro y la diadema, pues tampoco el original lleva esos signos. En vez de púrpura se reviste de virtud, que es la más regia de las vestiduras; en lugar de cetro se apoya y estriba sobre la bienaventuranza de la inmortalidad; y en el puesto de la diadema se ciñe la corona de la justicia; de suerte que, reproduciendo puntualmente la belleza del original, el alma ostenta en todo la dignidad regia."

San Gregorio de Nisa, La creación del hombre, 4


gracias de vuestra visita.


Recomendamos vivamente: MI QUERIDA IGLESIA SANTA Y PECADORA - Decía José Luis Martín Descalzo que «nuestros pecados manchan tan poco la Iglesia como las manchas al sol». En este espíritu ha escrito Mariano Purroy Mi querida Iglesia, santa y pecadora (Edibesa), una mirada positiva y realista sobre los pecados de los cristianos y el perdón de Cristo.


† El apoyo mayoritario, momentáneo, a opciones políticas que apoyan el asesinato por aborto, la manipulación genética, el reconocimiento y la potenciación de las aberraciones sexuales, la ruptura familiar y la explotación laboral, que cercena la libertad educativa y favorece la desintegración social y nacional, dentro de un marco de totalitarismo legal con ilimitación jurídica, no legitima sus acciones, aunque éstas sigan cauces legales.


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'JESUCRISTO PADECIÓ BAJO EL PODER DE PONCIO PILATO,
FUE CRUCIFICADO, MUERTO Y SEPULTADO'
Evangelio según San Lucas, Cap.3, vers.1º: El año decimoquinto del reinado del emperador Tiberio, cuando Poncio Pilato gobernaba la Judea, siendo Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Felipe tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene…

Crucifixión de San Pedro: fue crucificado al revés cabeza abajo - Pergamino con San Pedro en cruz invertida, de Maguncia- Alemania; entre el 900 y el 1000ca. - Museo Diocesano de la Catedral Maguncia (Mainz) Alemania - Pedro en su cruz, invertida. ¿Qué significa todo esto? Es lo que Jesús había predicho a este Apóstol suyo: "Cuando seas viejo, otro te llevará a donde tú no quieras"; y el Señor había añadido: "Sígueme" (Jn 21, 18-19). Precisamente ahora se realiza el culmen del seguimiento: el discípulo no es más que el Maestro, y ahora experimenta toda la amargura de la cruz, de las consecuencias del pecado que separa de Dios, toda la absurdidad de la violencia y de la mentira. No se puede huir del radicalismo del interrogante planteado por la cruz: la cruz de Cristo, Cabeza de la Iglesia, y la cruz de Pedro, su Vicario en la tierra. Dos actos de un único drama: el drama del misterio pascual: cruz y resurrección, muerte y vida, pecado y gracia.

La maternidad divina de María – Catecismo de la Iglesia
495 Llamada en los Evangelios 'la Madre de Jesús'(Jn 2, 1; 19, 25; cf. Mt 13, 55, etc.), María es aclamada bajo el impulso del Espíritu como 'la madre de mi Señor' desde antes del nacimiento de su hijo (cf Lc 1, 43). En efecto, aquél que ella concibió como hombre, por obra del Espíritu Santo, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el Hijo eterno del Padre, la segunda persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre de Dios [Theotokos] (cf. Concilio de Éfeso, año 649: DS, 251).
La virginidad de María
496 Desde las primeras formulaciones de la fe (cf. DS 10-64), la Iglesia ha confesado que Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María únicamente por el poder del Espíritu Santo, afirmando también el aspecto corporal de este suceso: Jesús fue concebido absque semine ex Spiritu Sancto (Concilio de Letrán, año 649; DS, 503), esto es, sin semilla de varón, por obra del Espíritu Santo. Los Padres ven en la concepción virginal el signo de que es verdaderamente el Hijo de Dios el que ha venido en una humanidad como la nuestra:
Así, san Ignacio de Antioquía (comienzos del siglo II): «Estáis firmemente convencidos acerca de que nuestro Señor es verdaderamente de la raza de David según la carne (cf. Rm 1, 3), Hijo de Dios según la voluntad y el poder de Dios (cf. Jn 1, 13), nacido verdaderamente de una virgen [...] Fue verdaderamente clavado por nosotros en su carne bajo Poncio Pilato [...] padeció verdaderamente, como también resucitó verdaderamente» (Epistula ad Smyrnaeos, 1-2).

El acontecimiento histórico y transcendente – Catecismo de la Iglesia
639 El misterio de la resurrección de Cristo es un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas como lo atestigua el Nuevo Testamento. Ya san Pablo, hacia el año 56, puede escribir a los Corintios: "Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce: "(1 Co 15, 3-4). El apóstol habla aquí de la tradición viva de la Resurrección que recibió después de su conversión a las puertas de Damasco (cf. Hch 9, 3-18).
El sepulcro vacío

640 "¿Por qué buscar entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado" (Lc 24, 5-6). En el marco de los acontecimientos de Pascua, el primer elemento que se encuentra es el sepulcro vacío. No es en sí una prueba directa. La ausencia del cuerpo de Cristo en el sepulcro podría explicarse de otro modo (cf. Jn 20,13; Mt 28, 11-15). A pesar de eso, el sepulcro vacío ha constituido para todos un signo esencial. Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección. Es el caso, en primer lugar, de las santas mujeres (cf. Lc 24, 3. 22- 23), después de Pedro (cf. Lc 24, 12). "El discípulo que Jesús amaba" (Jn 20, 2) afirma que, al entrar en el sepulcro vacío y al descubrir "las vendas en el suelo"(Jn 20, 6) "vio y creyó" (Jn 20, 8). Eso supone que constató en el estado del sepulcro vacío (cf. Jn 20, 5-7) que la ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana y que Jesús no había vuelto simplemente a una vida terrenal como había sido el caso de Lázaro (cf. Jn 11, 44).