Friday 28 April 2017 | Actualizada : 2017-03-29
 
Inicio > Leyendas Negras > Iniquidad - 1º difamar, fraudes, mentiras son faltas graves calumniar; fútil

 

El principio de "todas las personas y todas las ideas son respetables" parece una hipocresía. Hay personas (sobre todo si pertenecen al círculo público) que son muy poco respetables, y menos lo son algunas de sus ideas o conductas. Ya se dice que peor que el insulto es la violencia en su forma más dañina. La cosa tampoco es tan grave con tal de que se respete la libertad de expresión, la oportunidad de réplica.

 

 

¿Por qué no soñar con un país de la verdad?. Un país establecido sobre el fundamento de la verdad. En el que esté prohibido decir mentiras. Que cada cual se ciña el cinturón de la responsabilidad. Que las actuaciones de cada individuo no estén reñidas con las buenas costumbres. Un país que mantenga como estandarte la paz sustentada en la verdad. La verdad, expuesta bajo el manto de la sinceridad. La carta sustantiva de un país con esas características, es el amor a la verdad. El amor a la verdad, que es su mejor defensa contra el relativismo moral y el cómodo conformismo. El amor, que lleva a todos al discernimiento para que abandonen el juicio sumario y temerario contra las personas, las opiniones sectarias y la deformación de los valores morales. En el país de la verdad, siempre están abiertas las puertas, para que cada ciudadano rectifique del falso juicio que se ha formado de los demás, bajo estrictas medidas, que no le haya dado cabida a la calumnia la difamación y la maledicencia. En el país de la verdad se respeta la intimidad de las personas. Sin excepción, todo aquel que viole las reglas establecidas, ya sea que atente contra la integridad moral de las personas o que de alguna manera su opinión o pronunciamiento faltare a la verdad, la pena capital impuesta es el destierro “in situ”, pena que consiste en el descreimiento e indiferencia absoluta a cualquier cosa que haga o diga el inculpado en cuestión. En un país así vale la pena vivir, porque no hay doblez, no hay cabida para la falta de veracidad, que se manifiesta también en la hipocresía o lo que es lo mismo falta de unidad de vida. 2005.05

 

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Hay una palabra poco usual, "camastrón", cuyo primer significado es algo así como persona astuta, taimada, traicionera. Comportamiento típico de los injuriadores, vilipendiadores, vituperadores, difamatores.

 

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Decía San Agustín: «¿Titubeará la Iglesia si titubea su fundamento, pero podrá quizá Cristo titubear? Visto que Cristo no titubea, la Iglesia permanecerá intacta hasta el fin de los tiempos» («Enarrationes in Psalmos», 103,2,5; PL, 37, 1353.) Así es, aunque fastidie a los difamadores con púlpito entre las sectas inventadas ayer.

 

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“Busca la paz y corre tras ella” (Sal 33,12) El hijo de la paz tiene que buscar y perseguir la paz, aquel que ama y conoce el vínculo de la caridad tiene que guardar su lengua del mal de la discordia.” San Cipriano (hacia 200-258) obispo de la Iglesia Católica, Cartagena, mártir

 

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Tres deberes que podríamos definir de relación con el prójimo: eliminar la calumnia de nuestra lengua, evitar toda acción que pueda causar daño a nuestro hermano, no difamar a los que viven a nuestro lado cada día (cf. v. 3).

 

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Entre los problemas específicos creados por Internet figura la presencia de sitios llenos de odio dedicados a difamar y atacar a los grupos religiosos y étnicos. Algunos de ellos toman como blanco a la Iglesia católica. Como la pornografía y la violencia en los medios de comunicación, estos sitios de Internet « evidencian la componente más turbia de la naturaleza humana, dañada por el pecado ».38 Y aunque el respeto a la libertad de expresión exige a veces tolerar hasta cierto punto incluso las voces de lo negativo, la aplicación de la autorregulación y, cuando sea necesario, la intervención de la autoridad pública, deberían establecer y hacer respetar algunos límites razonables acerca de lo que se puede decir.

 

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Se pueden entender mejor las palabras de Jesús en el Evangelio: "Lo que sale de dentro, eso sí mancha al hombre... Del corazón del hombre salen los malos propósitos; las fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, injusticias, fraudes, desenfreno, envidia, difamación, orgullo, frivolidad. Todas estas maldades... hacen al hombre impuro" (Mc 7, 20 - 23. cf. Mt 15, 18-20). Hemos de observar que en el léxico del Nuevo Testamento no se le dan al pecado tantos nombres que se correspondan con los del Antiguo: sobre todo se le llama con la palabra griega "άνομία" (= iniquidad, injusticia, oposición al reino de Dios: cf., por ejemplo, Mc 7, 23; Mt 13, 41; Mt 24, 12; 1 Jn 3, 4). Además con la palabra "άμαρτία" = error, falta; o también con "όφείλημα" = deuda por ejemplo, "perdónanos nuestras deudas..."; = pecados), (Mt 6, 12; Lc 11, 4).

 

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A partir del sc. XVI, algunos grupos evangélicos, asociaciones evangélicas, sectas evangelistas, ateneos biblistas y ciertas comunidades protestantes, -para desacreditar a la Iglesia fundada por Cristo-, prefieren distorsionar, mentir y calumniar, sabiendo de utilizar criterios falsos que les empuja a mutilar o malinterpretar los hechos históricos, echando a perder esfuerzos o talentos. No hay razón alguna que pueda justificar tal pérfida deshonestidad. ¡En modo alguno podemos admitir eso!.

Como nadie ignora, un libro de historia no consiste en una simple acumulación de datos, sino en un ordenamiento de los mismos conforme a un enfoque o teoría general. Una teoría buena permite exponer la lógica interna de los datos y sucesos, sin forzarlos ni mutilarlos; con una mala ocurre lo contrario. La investigación sobre los datos desafía de modo constante a las teorías, las cuales quedan confirmadas o bien han de modificarse o desecharse.

Sin embargo nuestra necesidad psicológica de orden y comprensión nos hace aferrarnos muchas veces a teorías aparentemente omni-explicativas, a pesar de su incapacidad para integrar los datos: se prefiere mutilar estos, o prescindir de ellos antes que abandonar el orden aparente ofrecido por la teoría. Así sucede en relación a tantas fábulas que el protestantismo acarrea con su la ‘leyenda negra’ contra la Iglesia. Y sigue pasando de modo muy destacado con el marxismo. Muchos intelectuales persisten en aplicar las categorías y concepciones de Marx, Engels y sus sucesores, de forma explícita o –más frecuentemente hoy día– implícita, incluso disimulada.

Fest apuntó en su momento que, volver sobre la historia, suele ser visto como investigación si lo hace la izquierda, pero como revisionismo si lo hace la derecha.

Los cristianos debemos reconocer las faltas, negligencias, errores y culpas de nuestras acciones, y no sólo seleccionar los argumentos que nos sirvan a nuestra justificación.

Es flaqueza humana querer interpretar hechos históricos sin hacer un esfuerzo leal a fin de llegar a la mayor objetividad alcanzable con soluciones inteligentes y razonables. Aún haciéndolo con rigor, ánimo y vigor, nuestra percepción estará siempre condicionada en el marco de los actuales conocimientos y experiencias. Este condicionamiento propio de la aventura humana no nos exime de ser fidedignos, verídicos y fieles en el trato o en el desempeño con el estudio de hechos puntuales que la historia nos muestra. Comprender que otras culturas –en otras épocas, con otros lenguajes, delante de otras cuestiones de otros hombres- han hecho también sus propias afirmaciones.

El gran Montalembert escribía: «Para juzgar el pasado deberíamos haberlo vivido; para condenarlo no deberíamos deberle nada». Todos, creyentes o no, católicos o laicos, nos guste o no, tenemos una deuda con el pasado y todos, en lo bueno y en lo malo, estamos comprometidos con él.

Entonces, el buen cristiano está advertido de que es necesario conocer la historia para distinguir los hechos. El cristiano a sus hermanos advierte que es imprescindible estudiar la historia –en todas sus fuentes- para comprender el contexto histórico de los hechos. El cristiano nota que, conociendo mejor la historia, se percibe la riqueza de la Tradición, repara la grandeza del Magisterio y la magnanimidad de la salvación, -en la Escritura enseñada por la Iglesia-, desde que Cristo la fundara.

Mueren, como hijos de la mentira, los fantasmas que nos ha poblado la ‘leyenda negra’; atrapados en la misma telaraña demoníaca… Trampa viscosa, inodora e incolora como saliva de calumnia. Desorden ponderado por los aduladores de una visión sesgada de la realidad, poco atinente a la verdad, sean biblistas de intelectualidad inane o disgregadores de la unidad evangélica. Cuando no hay formación y falta la fe, aparecen los «sucedáneos patológicos».

 

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HISTORIA Y COTEJAR IDEAS - Es un servicio útil a la Iglesia, un servicio útil a la verdad. Es justo discutir, profundizar, debatir, confrontarse. Pero hay que evitar el error más grave para un historiador, el anacronismo, juzgando la realidad de entonces con los ojos y la mentalidad de hoy.

 

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Contra la calumnia y la difamación (pública o secreta) vale recordar como  escribe San Basilio, gran  Padre de la Iglesia de Oriente, en su obra El bautismo, "ni siquiera el placer de un instante que contamina el pensamiento debe turbar a quien se ha configurado con Cristo en una muerte semejante a la suya" (Opere ascetiche, Turín 1980, p. 548). Los cristianos debemos rechazar el mal con rigor y firmeza.

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Difamación y calumnia

 

Grave falta se comete al mentir para dañar el buen nombre del prójimo o manifestar sin causa justa sus pecados y defectos, aunque sean verdad.


Por Ricardo Sada Fernández
Cuando se agrava la mentira

 

Mayor gravedad reviste el pecado de calumnia, ya que combina tres pecados: uno contra la veracidad (mentir), otro contra la justicia (herir el buen nombre ajeno), y el tercero contra la caridad (fallar en el amor debido al prójimo). La calumnia hiere al prójimo en lo más delicado: su reputación.

 

Si a un hombre le robamos su reloj, puede enojarse o entristecerse, pero normalmente al cabo del tiempo quizá compre otro. Pero si lo perdido es su buen nombre, lo privamos de algo que no podrá comprar con dinero. Es fácil entender, pues, que el pecado de calumnia es mortal si con él dañamos gravemente el honor del prójimo, aunque sea en la estimación de unas pocas gentes. Y esto es así incluso aunque ese mismo prójimo no se entere del daño que le hemos causado.

 

Lo anterior se aplica también cuando deliberada e injustamente dañamos la reputación del prójimo sólo en nuestra propia mente. Esto es el juicio temerario, un pecado que nos afecta a todos y al que muy posiblemente demos poca importancia. Si alguien inesperadamente realiza una buena acción, y yo me sorprendo pensando: “eso lo hizo sólo por presumir”, he cometido un pecado de juicio temerario. Si alguien hace un acto de generosidad, y yo me digo: “¿a quién tratará de impresionar?”, pecó contra el octavo mandamiento.

 

Contra este mandamiento se peca también a través de la difamación. Consiste en dañar la fama ajena manifestando sin causa justa pecados y defectos que son verdad. Por ejemplo, cuando comunico a los amigos los pleitos que tiene el matrimonio vecino cuando el marido llega borracho a casa.

 

Puede que haya ocasiones en que, con el fin de prevenir males mayores, deba revelar los pecados ajenos. Será una obligación hacer ver a mi hijo que su nuevo amigo es drogadicto, o que convenga informar a la autoridad pública las actividades sospechosas en la oficina contigua. Puede ser necesario advertir a los profesores del colegio la deshonesta actitud mostrada por un compañero de mi hijo. Pero lo más usual es que cuando hablamos mal de alguien lo hagamos llevados por una intención poco recta. Por eso, si no tenemos una causa justa, aunque lo que digamos sea verdad, es ilícito difundir sin necesidad los defectos ajenos.

 

Ahora bien, si el hecho peyorativo que menciono es algo público, algo que resulta del conocimiento de todos, no es pecado, como el caso de crímenes pasionales que publican todos los periódicos. Pero, aun en estos casos, la caridad nos llevará a condolernos y a rezar por el pecador, más que cebarnos en su desgracia.

 

No sólo se falta al octavo mandamiento con la palabra y la mente, sino que también hay pecados de oído. Escuchar con gusto la calumnia y difamación, aunque no digamos una palabra, fomenta la difusión de murmuraciones maliciosas. Nuestro deber cuando se ataque la fama de alguien en nuestra presencia, es cambiar la conversación, e incluso intentar sacar a relucir las virtudes del difamado.

 

Afrentar la dignidad de una persona, es decir, lesionar su honor, es el pecado de contumelia. En los pecados anteriores el prójimo está ausente, en éste el prójimo está presente. Este pecado de contumelia adopta distintas modalidades. Una de ellas sería, por ejemplo, negarnos a dar al prójimo las muestras de respeto y amistad que le son debidas, como no contestar su saludo o ignorar su presencia, como hablarle de modo altanero o ponerle apodos humillantes. Un pecado parecido de grado menor es esa crítica despreciativa, ese encontrar faltas en todo, que para algunas personas -por ejemplo, para la esposa con su marido; para el marido con su suegra- parece constituir una arraigada costumbre.

Otro posible modo de ir contra el octavo mandamiento es revelar secretos que nos han sido confiados. La obligación de guardar un secreto puede surgir de una promesa hecha, de la misma profesión (políticos, médicos, investigadores, etcétera), o, simplemente, porque la caridad me lleva a no divulgar lo que pueda dañar o herir al prójimo. Se incluyen en este tipo de pecados leer la correspondencia ajena sin permiso, o escuchar conversaciones privadas atrás de la puerta o por la extensión telefónica. La gravedad del pecado dependerá en estos casos del daño o perjuicios ocasionados por nuestra actitud.

 

Conviene recordar por último que este mandamiento, igual que el séptimo, nos obliga a reparar los males causados. Si perjudicamos a un tercero con alguna mentira, lo difamamos, lo humillamos o revelamos sus secretos, nuestra falta no estará saldada hasta que compensemos los perjuicios lo mejor posible. Y debemos hacerlo aunque hacer esa reparación nos exija humillarnos o sufrir un perjuicio nosotros mismos.

 

Si he calumniado, debo decir que me había equivocado radicalmente; si he murmurado, tengo que compensar mi difamación hablando cosas buenas del afectado; si he insultado, debo pedir disculpas, públicamente, si el insulto fue público; si he revelado un secreto, debo reparar lo mejor que pueda las consecuencias que se sigan de mi imprudencia.

 

Ojalá que la comprensión de la Verdad como atributo divino nos ayude a aborrecer todo lo que sepa a doblez, simulación, charlatanería y murmuración. “Que sea tu sí, sí; y tu no, no” (Mt. 5, 37); abrir la boca sólo para decir lo que estamos seguros de que es cierto y que es oportuno para el bien de nuestro interlocutor. Que nunca hablemos del prójimo si no es para alabarlo, y, si tenemos que decir de él algo negativo, lo hagamos obligados por una razón grave y suavizando nuestras palabras con el aceite de la caridad.2003-06-18 Encuentra.com

 

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No existe la libertad absoluta; además, la libertad no es un instrumento para usarlo contra los demás, sino para favorecer a los demás y para crecer.
La prensa necesita comprender que el espacio disponible para ejercitar la libertad está limitado por el respeto a los demás, no sólo como personas, sino también a sus creencias y a su fe. El derecho a la libertad de pensamiento y expresión «no puede implicar el derecho a ofender el sentimiento religioso de los creyentes». Pero igualmente deplorables, son las reacciones violentas de protesta: «La intolerancia real o verbal, no importa de donde venga, sea como acción o como reacción, siempre es una grave amenaza a la paz».

 

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Más de dos mil ciegos tienen

carné de conducir – no es el medioevo… 2004

 

Medio Oriente - Fraudes y mentiras... 2004

Más de dos mil israelíes ciegos, exactamente 2.385, disponen de permiso de conducir perfectamente válido para circular por todo el país, y por los territorios ocupados de Cisjordania y Gaza.

De una investigación realizada por el Ministerio de Transporte israelí se desprende que este número de personas ciegas disponen de forma simultánea de la documentación que les acredita como ciegos y del permiso de conducir, carnés ambos que suelen llevar juntos en su cartera. Radio Israel informaba ayer de que el ministerio está enviando notificaciones a estos invidentes para invalidar sus permisos de circulación, lo que nadie explica es cómo se ha llegado a esta situación. ‘ABC’ ESPAÑA. 2004-02-12

 

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SAN JUAN CRISÓSTOMO - Año 344 407

«Dilexit Ecclesiam» amó a la Iglesia Católica

 

El peligro de la lengua

LENGUA - PELIGRO: Pues bien, él está acostumbrado a intentar dañarnos por todos los medios, pero sobre todo a través de la lengua y de la boca, porque no hay para él instrumento más apropiado para engañarnos y perdernos que una lengua intemperante y una boca sin puertas. De aquí nacen nuestras numerosas caídas, de aquí nuestros graves motivos de acusación. 
Y cuán fácil sea resbalar con la lengua, alguien lo declaró cuando decía: Muchos cayeron a filo de espada, mas no tantos como los caídos por obra de la lengua 32, y la gravedad de la caída la revelaba el mismo diciendo otra vez: Mejor es resbalar del pavimento que resbalar de la lengua 33; y lo que dice viene a ser esto mismo: «Mejor es caer y magullarse el cuerpo que proferir una palabra tal que pueda perder nuestra alma». Pero no solamente habla de caídas, sino que además nos exhorta a que andemos con gran cuidado para no ser derribados, cuando dice así: Haz a tu boca una puerta y cerrojos 34, no para que realmente preparemos puertas y cerrojos, sino para que, con gran seguridad, cerremos a la lengua el paso a las palabras inconvenientes. 

Y en otra parte, mostrando que junto con nuestro cuidado, y antes de nuestro cuidado, necesitamos del impulso de lo alto, para que podamos retener a esta fiera dentro, el profeta, con las manos levantadas hacia Dios, volvía a decir: La elevación de mis manos sea como sacrificio vespertino. Pon, Señor, una guardia a mi boca y una puerta de protección a mis labios 35. Y el mismo que había exhortado anteriormente vuelve a decir: ¿Quién pondrá una guardia a mi boca, y a mis labios sello de prudencia? 36, 
¿Estás viendo cómo todos temen estas caídas, se lamentan, aconsejan y ruegan que su lengua disfrute de buena guardia? 
Y si tal es la ruina que nos acarrea este órgano, ¿por que -dice- lo puso Dios en nosotros ya desde el comienzo? Porque también tiene una gran utilidad y, si andamos con cuidado, únicamente nos trae utilidad y ningún perjuicio. Escucha, pues, lo que afirma el mismo que dijo lo de antes: En poder de la lengua están la vida y la muerte 37. Y Cristo viene a declarar lo mismo cuando dice: Por tus palabras serás condenado, y por tus palabras serás justificado 38, 
Efectivamente, la lengua está situada en el centro de uno y otro uso: el dueño eres tú. 
Lo mismo ocurre con la espada que yace en el medio: si la utilizas contra los enemigos, tendrás en ella un instrumento de salvación, pero, si asestas el golpe contra ti mismo, la causante de tu herida no será la naturaleza del hierro, sino tu propia transgresión de la ley.
Pensemos lo mismo respecto de la lengua: es una espada que yace en medio, por tanto agúzala para acusarte de tus pecados, no asestes el golpe contra un hermano. Por esta razón Dios la circundó con doble muro: con la valla de los dientes y la cerca de los labios, para que no profiera con facilidad y atolondradamente las palabras inconvenientes. 

Refrénala dentro. ¿Que no lo soporta? Entonces dale una lección utilizando los dientes, como si entregaras su cuerpo a estos verdugos, y haz que la muerdan, porque mejor es que sea mordida por los dientes ahora, mientras peca, que entonces, cuando ande achicharrada buscando una gota de agua 39, no consiga el alivio. 
En todo esto, pues, y en mucho más, suele pecar, cuando insulta, blasfema, profiere palabras torpes, calumnia, jura y perjura. 

Los peligros del juramento

5. Sin embargo, para no hundir vuestra mente en la confusión, si os digo hoy de golpe todo, os propongo entre tanto una sola ley: la que manda evitar los juramentos, y de antemano os digo y aviso esto: si no evitáis los juramentos -no 
digo solamente los perjurios, sino los mismos juramentos hechos por causa justa-, si no los evitáis, digo, no dialogaremos más con vosotros sobre otro tema. 
Efectivamente, sería absurdo que, mientras los maestros de las letras no dan a los niños una segunda noción hasta que ven la precedente bien fija en sus memorias, nosotros, por el contrario, a pesar de no haber podido inculcaros con exactitud las nociones precedentes, nos adelantaremos a imbuiros otras nuevas: esto no sería otra cosa que sacar agua en herrada agujereada. 
Por tanto, si no queréis que callemos, poned muchísimo cuidado en el asunto. 
Grave es, en efecto, este pecado, y muy grave. Y es muy grave, porque no parece ser grave, y por eso lo temo: porque nadie lo teme; y por eso es una enfermedad incurable: porque ni siquiera parece ser enfermedad, antes bien, como el simple 
platicar no es motivo de acusación, así tampoco esto parece ser motivo de acusación, al contrario, se tiene la osadía de cometer con la mayor confianza esta transgresión de la ley. Y si alguien intenta una acusación, inmediatamente se siguen la risa y gran escarnio, pero no contra los acusados por causa de los juramentos, sino contra los que quieren remediar la enfermedad.
Por esta razón amplío yo mi discurso sobre este asunto, porque quiero arrancar una raíz profunda y acabar con un mal crónico: no digo los perjurios solamente, sino también los mismos juramentos hechos según ley. 
«¡Pero el tal -dice- es un hombre honrado, que ejerce el sacerdocio y que vive con mucha templanza y piedad!» ¡No me hables de este hombre honrado, templado, piadoso y que ejerce el sacerdocio! Pon, si quieres, que éste sea Pablo, o Pedro, o incluso un ángel bajado del cielo: ¡ni aun así presto atención al valor de las personas! Efectivamente, la ley sobre los juramentos yo no la leo como ley servil, sino como ley regia; ahora bien, cuando se leen documentos de un rey, enmudece 
toda dignidad de los siervos. 
Pues bien, si tú puedes decir que Cristo mandó jurar, o que Cristo no lo castiga cuando se hace, muéstralo y quedaré persuadido; pero, si pone tanto empeño en impedirlo y tanto se preocupa por este asunto que al que jura lo equipara al Maligno 
(Pues lo que pasa de esto -del si y del no, dice-, del diablo procede 40), ¿por qué me mientas al tal y al cual? De hecho Dios no te dará su voto basándose en la 

negligencia de tus consiervos, sino en el mandato de sus leyes: Él lo mandó, así que era necesario obedecer, y no presentar al tal como pretexto, ni mezclarse en males ajenos. Aunque el gran David cometió un grave pecado 41, ¿acaso por esa razón, dime, no va a ser para nosotros peligroso el pecar? Por lo mismo es necesario, pues, ponerse en guardia contra esa idea y emular solamente las buenas acciones de los 
santos, y si en alguna parte se dan negligencia y transgresión de la ley, obligación es huir de ellas con suma diligencia. Efectivamente, el contenido de nuestro discurso no se refiere a nuestros consiervos, sino al Señor, y a Él daremos cuentas de todo lo vivido. Preparémonos, pues, para aquel tribunal, ya que, por infinitamente admirable y grande que sea el que viola esta ley, pagará cabalmente la pena debida por la transgresión, pues Dios no hace acepción de personas 42. 

Cómo evitar los juramentos

¿Cómo, pues, y de qué manera es posible evitar este pecado? Porque, en verdad, no solamente es necesario mostrar que la acusación es grave, sino también aconsejar sobre cómo poder librarnos de ella. 
¿Tienes mujer, criados, hijos, un amigo, un pariente, un vecino? Ordénales a todos ellos estar en guardia sobre esto. ¿Que la costumbre es cosa difícil, que cuesta arrancarla, que no es fácil guardarse de ella, y muchas veces nos empuja sin 
quererlo ni saberlo nosotros? Pues bien, cuanto más conoces la fuerza de la costumbre, tanto mayor empeño pon en ser liberado de la mala costumbre y en convertirte a la otra, a la más provechosa. 
Efectivamente, lo mismo que aquélla muchas veces fue capaz de hacerte caer, a pesar de tu diligencia, de tu cautela, de tu cuidado y preocupación, así también ahora, si te conviertes a la buena costumbre, la de no jurar, nunca podrás caer en el 
pecado de juramento, ni sin querer ni por negligencia, porque cosa grande es realmente la costumbre y tiene la fuerza de la naturaleza. 
Por consiguiente, para no andar penando continuamente, pasémonos a esta costumbre, y a cada uno de los que conviven y se relacionan contigo pídeles esta gracia: que te aconsejen y exhorten a evitar los juramentos, y si te sorprenden 
haciéndolos, que te acusen.
De hecho, la vigilancia ejercida por ellos sobre ti es también para ellos consejo y exhortación a obrar rectamente. En efecto, el que acusa a otro de juramento no caerá él mismo tan fácilmente en este abismo, pues abismo nada común es la 
frecuencia en el jurar, no sólo cuando se hace por cosas mínimas, sino también cuando se hace por las mayores.

Ahora bien, nosotros, lo mismo cuando compramos legumbres y regateamos por dos óbolos que cuando nos enfadamos con los criados y los amenazamos, en toda ocasión apelamos a Dios como testigo, y sin embargo, a un hombre libre y con un cargo de poca monta tú no te hubieras atrevido a llamarle a la plaza como testigo de tales cosas, y si acaso te atreves a hacerlo, se te castigará por tu insolencia: en cambio, ¡al rey de los cielos, al Señor de los ángeles, tú lo arrastras a dar testimonio cuando discutes sobre cosas venales, sobre dinero o sobre minucias! Y, ¿cómo esto va a ser tolerable? ¿Por qué medios, pues, podremos vernos libres de esta mala 
costumbre? Poniendo en derredor nuestro las guardias que dije, fijándonos a nosotros mismos un plazo para la enmienda e imponiéndonos una multa si, pasado el plazo, hubiéremos fracasado en el empeño. 
Ahora bien, ¿cuánto tiempo nos bastará para esto? Yo no creo que los muy sobrios, despiertos y que velan por su propia salvación necesiten más de diez días para quedar completamente libres de la mala costumbre de los juramentos. 
Pero si al cabo de esos diez días se nos viera seguir jurando, impongámonos a nosotros mismos una pena, incluso fijemos el castigo y la multa máximos por nuestra transgresión. ¿Cuál será, pues, la condena? Esto no os lo determino yo 
todavía, sino que os dejo a vosotros mismos el ser dueños de la sentencia. 
Administremos así nuestros asuntos, y no sólo los referidos a los juramentos, sino también los que atañen a los demás fallos: si nos fijamos a nosotros mismos un plazo, con gravísimas penas en el caso de reincidencia, partiremos puros hacia 
nuestro Señor, quedaremos libres del fuego infernal y con toda confianza nos mantendremos en pie delante del tribunal de Cristo. Ojalá podamos conseguirlo todos, por la gracia y la bondad de nuestro Señor Jesucristo, por el cual se dé la gloria al Padre, junto con el Espíritu Santo, por los siglos de los siglos. Amén. 

 

TERCERA CATEQUESIS 1

 

«Del mismo. Habiendo tratado en la Catequesis anterior 
sobre los juramentos, pronunció ésta volviendo sobre el mismo 
tema, y muestra que no sólo el perjurar, sino también el jurar 
según ley merece castigo, y que fue provechoso el que Cristo 
resucitase al cabo de tres días». 

 

 

Insistencia sobre la necesidad de no jurar nunca


1. ¿Verdaderamente habéis desterrado de vuestras bocas la 
mala costumbre de los juramentos? 


JURAMENTOS - CRISÓSTOMO: Porque yo no me he olvidado, ni de lo que yo mismo dialogué con vosotros, ni de lo que vosotros me prometisteis acerca de este tema. En efecto, yo disertaba, y vosotros prometíais, si no de palabra, cierto, sí al menos con vuestros elogios de lo dicho. Ahora bien, esta promesa es mejor que la hecha de palabra, pues muchas veces el que promete de palabra asiente con la lengua, pero no con la voluntad; en cambio, el que aprueba lo que se ha dicho realiza el asentimiento desde su alma. ¿En verdad, pues, habéis limpiado vuestra lengua de aquella grave mancha? ¿Entonces habéis desterrado la suciedad de vuestra sagrada alma? 
Yo supongo que la habéis limpiado, porque estáis a punto de recibir a un gran rey, y de saborear la abundante enseñanza espiritual de padres bastante entendidos. 
Por otra parte, el plazo es suficiente, y el término prefijado para la enmienda se acerca ya al final, y vosotros sois dóciles y obedientes, pues dice el Apóstol: Obedeced y someteos a vuestros dirigentes 2, y vosotros le hacéis caso en todo. 
Basándome en todo esto, creo que el éxito es total. Sin embargo, yo no quería suponerlo ni creerlo, sino saberlo con toda claridad, para, en tal caso, entregarme con más ardor a discursos más místicos, descargado ya de la preocupación por los juramentos: os hubiera introducido en el santuario mismo y os hubiera mostrado al Santo de los Santos con todo lo que allí se contiene: no una vasija de oro con maná 3, sino el cuerpo del Señor, el pan del cielo; os hubiera mostrado, no un arca de 
madera con las tablas de la ley, sino la carne irreprochable y santa que contiene al legislador en persona; os hubiera mostrado en su interior, no una oveja irreprochable degollada, sino al cordero de Dios sacrificado, mística víctima que hace temblar a los mismos ángeles cuando la miran; os hubiera mostrado, no a Aarón entrando con vestimenta de oro 4, sino al Unigénito que entra, que tiene la primicia de nuestra naturaleza 5 y que manifiesta a su Padre la grandeza de su éxito: Porque no entró Cristo -dice- en su santuario hecho de mano, sino en el 

mismo cielo, para presentarse ahora en la presencia de Dios 6. 

Hay allí un velo, no tal cual lo tenía el templo judío, sino mucho más terrible. Escucha, pues, qué clase de velo es éste, para que aprendas cómo era aquel Santo de los Santos, y cómo es éste: Puesto que tenemos -dice- mucha confianza para 
entrar en el santuario por la sangre de Jesús, por el camino nuevo y vivo que Él inauguró para nosotros a través del velo, esto es, de su propia carne 7. 
¿Ves cómo este velo es más terrible que aquél? En todo esto quería iniciaros hoy. 

2. Pero, ¿qué va a ser de mí? La inquietud por los juramentos no me abandona, y me consume el alma. 
Y sé bien que muchos condenarán por exagerado lo que acabo de decir, al escuchar que consume mi alma, pues ellos creen que es un pecado leve: pero justo por eso yo me lamento más. Los otros pecados, efectivamente, son graves, pero también se piensa que son graves, como ocurre con el homicidio y el adulterio: son graves y se cree que son graves; en cambio, el juramento es grave, ciertamente, pero no se

cree que sea grave. Por eso me lamento y tengo miedo de este pecado. Esto, en efecto, esto es lo propio de la estratagema del diablo: introducir encubierto el pecado y, como si mezclara veneno con el alimento habitual, se las ingenia para ocultar el juramento entre los preconceptos 8 de los hombres. 
Entonces, ¿qué? ¿Vamos a gastar para el juramento toda la enseñanza y todo el tiempo? De ninguna manera, sobre todo porque supongo a algunos de vosotros ya corregidos. Efectivamente, lo mismo que cuando salió el sembrador no toda la simiente cayó entre los espinos, ni toda entre las piedras, sino que mucha también fue a parar a la buena tierra 9, así también ahora es imposible que, después de tanta enseñanza, no haya entre tal muchedumbre nadie que pueda mostrar el fruto. 
Así pues, ya que se han corregido muchos, aunque no todos, repartamos también nosotros el discurso. Era, en efecto, necesario que los no corregidos tampoco escuchasen por entero las palabras misteriosas; sin embargo, en atención a los 
más diligentes, complaceremos a los más negligentes, para que no se vean defraudados, pues mucho mejor es complacer a éstos en atención a aquellos, que perjudicar a los más diligentes por causa de los negligentes. 

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Nueva exhortación contra los juramentos


8. JURAMENTO - MALICIA: Quería decir también otra cosa, que justamente no había prometido decir. Pero era necesario aclarar por qué razón nosotros nos llamamos fieles y, en cambio, los no iniciados catecúmenos. Y en efecto es realmente vergonzoso y ridículo que quien recibe una dignidad no sepa siquiera el nombre de tal dignidad. 
Pero, ¿qué me está pasando? ¡Otra vez se me ha presentado la preocupación por los juramentos, que me acusa de lentitud y arrastra hacia ella mi discurso! 
Por esta razón dejemos para el próximo día lo que estábamos tratando y volvamos ahora a la exhortación sobre los juramentos. 
¡Cosa terrible el juramento, querido! Terrible y dañina: remedio fatal, veneno intolerable, herida oculta, llaga invisible, pastizal totalmente sombreado y que lleva el miasma hasta el alma, dardo satánico, flecha encendida, alfanje de doble filo, 
espada aguzada, yerro inexcusable, delito sin posible defensa, abismo profundo, precipicio escarpado, trampa poderosa, red extendida, atadura indisoluble, nudo corredizo sin posible escape 34.
Pues bien, ¿os basta lo dicho para que creáis que el juramento es algo terrible y más peligroso que todos los pecados? 
Fiaos de mí, os lo ruego, fiaos. Pero si alguno no cree, desde ahora mismo ofrezco la demostración: ningún pecado posee lo que precisamente tiene este pecado. 
Efectivamente, si no transgredimos los demás mandamientos, estamos libres de castigo; pero el juramento, tanto si lo guardamos como si lo violamos, muchas veces somos castigados por igual. 
¿Quizá no habéis comprendido lo dicho? Pues bien, entonces es necesario repetirlo más claro. Muchas veces alguien juró realizar una acción inicua, y cayó dentro de un nudo corredizo indisoluble: en adelante le era necesario guardar el juramento y transgredir la ley, o bien no guardar el juramento y ser condenado bajo acusación de perjurio. 
Así, por uno y otro lado el precipicio se hizo profundo: por uno y otro lado, la muerte inexorable, tanto si guardaba el mandamiento como si no lo guardaba. Por consiguiente, ¿hay algo más fatal que esto, lo mismo cuando se cumple que cuando no se cumple? 

El juramento de Herodes


9. Y para que aprendáis que esto es así y que muchos se hicieron acreedores muchas veces al castigo, no sólo violando el juramento, sino también guardando el juramento voy a relataros algo parecido. 
Herodes estaba una vez festejando su cumpleaños y celebraba el día de su nacimiento 35. 
Como quería hacer espléndido aquel día, invitó a la hija de la reina a que bailase para él, sin percatarse de que así deshonraba más bien aquel día. Y en efecto, cuando lo que necesitaba era dar gracias al Dios bondadoso por haberle creado de la nada, por haberle dado un alma, por haberle introducido en este augusto espectáculo de la creación, por haberle hecho espectador de esta hermosísima y maravillosa creación; cuando era necesario, digo, que honrase el día con himnos y acciones de gracias al Señor, él, sin embargo, lo honró con el deshonor. 
Efectivamente, ¿hay algo más deshonroso que el baile? Y ese día bailó la hija de Herodías. 
¡Escuchad, hombres y mujeres, todos cuantos con tales bailes y tales cantares honráis lo mejor de vosotros mismos! No son pequeños estos males, aunque parezcan ser indiferentes. Por eso precisamente son males grandes: porque parecen ser indiferentes y por ello tampoco se benefician de especial precaución. 
Efectivamente, la enfermedad grande y que se cuida desaparece; en cambio la que parece pequeña, al ser descuidada por esto mismo, se hace grande. 
¿Qué estás diciendo? ¿Alguien se atreve a meter el baile en la casa de un fiel y no teme que un rayo de lo alto caiga y todo lo abrase? 
Esto lo digo también a las mujeres, para que hagan entrar en razón a sus maridos y los aparten de semejante diversión. 
Aquel día, la hija de la reina entró y bailó. ¡Dios bendito! 
¡Hacia qué gran templanza hiño que se volviera nuestra vida! 
Escuchad, fieles, a qué esposo os estáis acercando: al que adornó con pudor, templanza y recato vuestra vida, muy degradada antes de esto: lo que entonces la reina no se avergonzó de hacer, ahora no querría soportarlo una simple criadita. 
Bailó, pues, aquélla, y después del baile cometió otro pecado más grave: persuadió al mentecato aquel a que le prometiera con juramento darle lo que ella pidiese. 
¿Estáis viendo cómo el juramento hace también mentecatos? 
¡Juró él, sin más, darle justamente lo que pidiese! 
Pues bien, ¿qué hubiera pasado si ella hubiera pedido su cabeza? ¿Y qué, si hubiese pedido el reino entero? Solamente que él de nada de esto era consciente: el diablo 
se había presentado junto a él con un fuerte lazo y, en cuanto el rey acabó el juramento, puso el lazo y extendió la red por todas las partes, y entonces sugirió aquella petición que haría inevitable la presa: Dame -dice- sobre una bandeja la cabeza de Juan el Bautista 36, 
¡Desvergonzada la petición! ¡Insensata y fatal la donación! 
¡Culpable de ambas, el juramento! 
¿Qué se debía, pues, hacer? Recordad lo que yo os decía: que somos igualmente castigados, tanto si guardamos el juramento, como si lo violamos. 
¿Era necesario dar la cabeza del profeta? ¡En tal caso el castigo habría sido insoportable! ¿No darla, entonces? ¡Sobrevendría la acusación de 
perjurio! 
¿Ves cómo el precipicio se abre a uno y otro lado? Dame -dice- aquí, sobre una bandeja, la cabeza de Juan el Bautista. 
¡Oh petición maldita! ¡Y sin embargo logró persuadir, y con ello creía acallar aquella sagrada lengua que, por el contrario, aún ahora sigue gritando! En efecto, cada día, pero sobre todo en cada iglesia, a través del Evangelio escucháis a Juan advertir a gritos: ¡No te es licito tener la mujer de tu hermano! 


37 (/Mt/14/03-04). 
Cortó la cabeza, pero no cortó la voz. Acalló la lengua, pero no acalló la reprobación. 
10. Ya veis lo que hace el juramento: corta cabezas de profetas. Viste el cebo: teme tu pérdida. Viste la red: no caigas en ella. 
Sólo que, en adelante, será necesario andar con talento para evitar que el corte se haga más profundo: en adelante, será necesario detener la mano y el hierro ensangrentado, y reducir a silencio el discurso referente a las heridas del perjurio. 
Sí, recordad esto y nunca pecaréis: tanto si guardáis el juramento como si no lo guardáis, seréis igualmente castigados. 
¿Dónde están ahora los que decían: «¿Y si juro por un justo?». Porque, ¿cómo puede esto ser justo, si hay transgresión de la ley? ¿Cómo justo, si Dios lo prohíbe pero tú 
lo haces? 
En adelante, empero, soportad que nosotros os vendemos las heridas, porque incluso el vendaje tiene su tanto de doloroso. Efectivamente, grave es el castigo, tanto del perjurio como del juramento guardado, ya antes de nuestra enseñanza: 
pero será mucho más grave después de nuestra enseñanza. 
Dice, en efecto: Si yo no hubiera venido, ni les hubiera hablado, no tendrían pecado; mas ahora no tienen excusa de su pecado 38. 
También es posible decir esto refiriéndolo a vosotros: en adelante, no tendréis disculpa alguna si erráis. Lo cierto es que ahora el bautismo, aunque encuentre 
perjurio, juramento legal, fornicación, adulterio o cualquier otra maldad, lo limpia y lo purifica todo con el máximo rigor.¡Ojalá en lo porvenir también vosotros conservéis esta limpieza, libres ya de toda mancha, y nosotros podamos participar de alguna confianza por vuestras oraciones! En adelante, efectivamente, os está permitido rogar también por vuestros maestros, porque, de hecho, dentro de muy poco vais a aparecer ante nosotros desde el cielo, resplandeciendo con mayor luminosidad que las mismas estrellas. 
¡Ojalá, pues, todos nosotros participemos, por vuestras oraciones, de segura confianza delante del tribunal de Cristo, por el cual y con el cual se dé gloria al Padre, junto con el Espíritu Santo, ahora y siempre, y por los siglos de los siglos! 
Amén. 

 

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Mientras el tigre no puede dejar de ser tigre, no puede destigrarse, el hombre vive en riesgo permanente de deshumanizarse. José Ortega y Gasset

 

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Los avances científicos nos han dado el poder de alterar incluso nuestro propio código genético y ahora vemos el mundo y a nosotros mismos no como un don que viene de Dios, sino como un producto de nuestra propia fabricación.

Con todo, nuestra capacidad para tomar decisiones morales no ha ido al paso con el progreso técnico. Más bien, ha disminuido, porque la mentalidad científica y técnica que ahora domina el pensamiento en la sociedad contemporánea confina la moralidad al reino de lo puramente personal y subjetivo. El divorcio entre nuestras capacidades técnicas y cualquier norma moral que pueda limitar las elecciones que hacemos al utilizar este poder, sin embargo, nos coloca en una situación de grave riesgo, dado el potencial destructivo de las tecnologías modernas.

El mundo hoy, indicaba el cardenal Ratzinger, necesita más que nunca la ayuda de una moralidad que influya en la esfera pública, que nos ayude a hacer frente a los graves riesgos y desafíos a que se enfrenta la sociedad. En un análisis final, observaba, las condiciones seguras que son una precondición necesaria para el ejercicio de nuestra libertad no dependen de una serie de medios técnicos, sino de fuerzas morales. Y cuando falta la moralidad, el poder del hombre se transforma en una fuerza destructiva. 2005.

Ahora tenemos la capacidad de clonar humanos, utilizar a personas como bancos de órganos para otros, y hacer armas militares de destrucción masiva. Y la filosofía predominante del racionalismo y el positivismo, que rechaza cualquier creencia moral o religiosa, rechaza los intentos de poner cualquier límite a nuestra libertad de poner en práctica lo que nuestra capacidad técnica nos permita hacer.

El cardenal Ratzinger también observaba que incluso aunque las ideas como la paz y la justicia son comunes en el discurso público de hoy, no se basan en valores morales, sino en una vaga concepción que se reduce al nivel de política de partidos. Con demasiada frecuencia estos términos se quedan al nivel de los discursos, y no se trasladan a un compromiso personal por estos valores en nuestra vida diaria.

El cardenal reconoció la importancia de las aportaciones del pensamiento moderno a la sociedad de hoy. Pero la mentalidad secularista que suele acompañarlo no debería ignorar las profundas raíces cristianas de la sociedad, defendía. El choque cultural real en el mundo de hoy, decía, no es entre diferentes culturas religiosas, sino entre quienes buscan una emancipación radical del hombre de Dios y las principales religiones.

Eliminar cualquier referencia a Dios o a la religión en la vida pública no es una expresión de tolerancia que es una protección para los no creyentes, sino más bien la expresión de un punto de vista que quiere ver a Dios permanentemente fuera de la vida pública y dejarlo a un lado como alguna clase de residuo cultural del pasado.

Concluía el cardenal Ratzinger, el relativismo, que es el punto de partida de esta mentalidad secularista, se convierte en una clase de dogmatismo que cree que ha alcanzado el estadio definitivo de conocimiento de lo que la razón humana realmente es. Pero, si desterramos a Dios, la dignidad humana también desaparecerá. 2005

 

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En la Iglesia toda tarea es importante, cuando se coopera a la realización del reino de Dios. La barca de Pedro, para que pueda avanzar con seguridad, necesita numerosas tareas escondidas que, junto con otras más visibles, contribuyen al desarrollo regular de la navegación. Es indispensable no perder jamás de vista el objetivo común, es decir, la entrega a Cristo y a su obra de salvación. Dos mil años navega la barca de Pedro, como Cristo ordena: ‘pescadora de hombres’.

 

«Pedro expresó en primer lugar, en nombre de los apóstoles, la profesión de fe: "Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo". Esta es la tarea de todos los sucesores de Pedro: ser la guía en la profesión de fe en Cristo, el Hijo del Dios vivo».

S. S. Benedicto XVI reconoció que «esta potestad de enseñanza da miedo a muchos hombres dentro y fuera de la Iglesia. Se preguntan si no es una amenaza a la libertad de conciencia, si no es una presunción que se opone a la libertad de pensamiento. No es así», aseguró Su Santidad.

«El poder conferido por Cristo a Pedro y a sus sucesores es, en sentido absoluto, un mandato a servir --señaló--. La potestad de enseñar, en la Iglesia, comporta un compromiso al servicio de la obediencia a la fe. El Papa no es un soberano absoluto, cuyo pensamiento y voluntad son ley. Por el contrario, el ministerio del Papa es garantía de la obediencia a Cristo y a su Palabra».

«Él no debe proclamar sus propias ideas, sino vincularse constantemente y vincular a la Iglesia a la obediencia a la Palabra de Dios, ante los intentos de adaptarse y aguarse, así como ante todo oportunismo».

Según el Papa, esta fue la misión de Juan Pablo II, «cuando ante todos los intentos, aparentemente benévolos, ante las erradas interpretaciones de la libertad, subrayó de manera inequívoca la inviolabilidad del ser humano, la inviolabilidad de la vida humana desde su concepción hasta la muerte natural».

«La libertad de matar no es una verdadera libertad, sino una tiranía que reduce el ser humano a la esclavitud», aclaró S. S. Benedicto XVI


«El Papa es consciente de estar, en sus grandes decisiones, ligado a la gran comunidad de la fe de todos los tiempos, a las interpretaciones vinculantes desarrolladas a través del camino de peregrinación de la Iglesia» 2005.05 Vat.

 

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¿Por qué no soñar con un país de la verdad?. Un país establecido sobre el fundamento de la verdad. En el que esté prohibido decir mentiras. Que cada cual se ciña el cinturón de la responsabilidad. Que las actuaciones de cada individuo no estén reñidas con las buenas costumbres. Un país que mantenga como estandarte la paz sustentada en la verdad. La verdad, expuesta bajo el manto de la sinceridad. La carta sustantiva de un país con esas características, es el amor a la verdad. El amor a la verdad, que es su mejor defensa contra el relativismo moral y el cómodo conformismo. El amor, que lleva a todos al discernimiento para que abandonen el juicio sumario y temerario contra las personas, las opiniones sectarias y la deformación de los valores morales. En el país de la verdad, siempre están abiertas las puertas, para que cada ciudadano rectifique del falso juicio que se ha formado de los demás, bajo estrictas medidas, que no le haya dado cabida a la calumnia la difamación y la maledicencia. En el país de la verdad se respeta la intimidad de las personas. Sin excepción, todo aquel que viole las reglas establecidas, ya sea que atente contra la integridad moral de las personas o que de alguna manera su opinión o pronunciamiento faltare a la verdad, la pena capital impuesta es el destierro “in situ”, pena que consiste en el descreimiento e indiferencia absoluta a cualquier cosa que haga o diga el inculpado en cuestión. En un país así vale la pena vivir, porque no hay doblez, no hay cabida para la falta de veracidad, que se manifiesta también en la hipocresía o lo que es lo mismo falta de unidad de vida. 2005.05

 

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"La identificación de la conciencia con el conocimiento superficial y la reducción del hombre a la subjetividad no liberan, sino que esclavizan; nos hacen completamente dependientes de las opiniones dominantes y reducen día a día el nivel de las mismas opiniones dominantes." (Ratzinger, Verdad, 55) S.S. Benedicto XVI - P. P.

 

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“La libertad de matar no es verdadera libertad, sí una tiranía que reduce al ser humano en esclavitud” 2005-05-07 – S. S. Benedicto XVI – San Juan de Letrán.

 

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“Las Escrituras no se pueden interpretar solo con los instrumentos de la ciencia de la exégesis –como hacen los protestantes-, mas va leída a la luz de la Tradición del Magisterio”. “En la Iglesia, las Sagradas Escrituras, cuya comprensión crece bajo la inspiración del Espíritu Santo, y el misterio de la interpretación auténtica, dado a los apóstoles, pertenecen el uno al otro en modo indisoluble. Y entonces, allí donde la Sagrada Escritura viene separada de la voz viviente de la Iglesia, vemos que esa cae prisionera a las disputas de los expertos”.

2005-05-07 – S. S. Benedicto XVI – San Juan de Letrán.

 

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“El Papa no es un soberano absoluto que lo que piensa y quiere es ley. Al contrario, su ministerio es garantía de la obediencia hacia Cristo y a su Palabra. Él no debe proclamar sus propias ideas, mas debe vincularse constantemente él propio y la Iglesia a la obediencia hacia la Palabra de Dios, en frente a todos los tentativos de acomodamientos y diluentes, como así también afrontar cualquier oportunismo”. 

2005-05-07 – S. S. Benedicto XVI – San Juan de Letrán.

 

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El Señor ama la Niñez - "Cuando los tres Magos fueron conducidos por el resplandor de una nueva estrella para venir a adorar a Jesús, ellos no lo vieron expulsando a los demonios, resucitando a los muertos, dando vista a los ciegos, curando a los cojos, dando la facultad de hablar a los mudos, o en cualquier otro acto que revelaba su poder divino ; sino que vieron a un niño que guardaba silencio, tranquilo, confiado a los cuidados de su madre. No aparecía en él ningún signo de su poder; mas le ofreció la vista de un gran espectáculo: su humildad. Por eso, el espectáculo de este santo Niño, al cual se había unido Dios, el Hijo de Dios, presentaba a sus miradas una enseñanza que más tarde debía ser proclamada a los oídos, y lo que no profería aún el sonido de su voz, el simple hecho de verle hacía ya que El enseñaba. Toda la victoria del Salvador, que ha subyugado al diablo y al mundo, ha comenzado por la humildad y ha sido consumada por la humildad. Ha inaugurado en la persecución sus días señalados, y también los ha terminado en la persecución. Al Niño no le ha faltado el sufrimiento, y al que había sido llamado a sufrir no le ha faltado la dulzura de la infancia, pues el Unigénito de Dios ha aceptado, por la sola humillación de su majestad, nacer voluntariamente hombre y poder ser muerto por los hombres.

Si, por el privilegio de su humildad, Dios omnipotente ha hecho buena nuestra causa tan mala, y si ha destruido a la muerte y al autor de la muerte (cf. 1 Tim 1,10), no rechazando lo que le hacían sufrir los perseguidores, sino soportando con gran dulzura y por obediencia a su Padre las crueldades de los que se ensañaban contra El, ¿cuánto más hemos de ser nosotros humildes y pacientes, puesto que, si nos viene alguna prueba, jamás se hace esto sin haberla merecido? ¿Quién se gloriará de tener un corazón casto y de estar limpio de pecado? Y, como dice San Juan, si dijéramos que no tenemos pecado, nos engañaríamos a nosotros mismos y la verdad no estaría con nosotros (1 Jn 1,8). ¿Quién se encontrará libre de falta, de modo que la justicia nada tenga de qué reprocharle o la misericordia divina qué perdonarle? Por eso, amadísimos, la práctica de la sabiduría cristiana no consiste ni en la abundancia de palabras, ni en la habilidad para discutir, ni en el apetito de alabanza y de gloria, sino en la sincera y voluntaria humildad, que el Señor Jesucristo ha escogido y enseñado como verdadera fuerza desde el seno de su madre hasta el suplicio de la cruz. Pues cuando sus discípulos disputaron entre sí, como cuenta el evangelista, quién sería el más grande en el reino de los cielos, El, llamando a sí a un niño, le puso en Medio de ellos y dijo: En verdad os digo, si no os mudáis haciéndoos como niños, no entraréis en el reino de los cielos. Pues el que se humillare hasta hacerse como un niño de éstos, ése será el más grande en el reino de los cielos (Mt 18,1-4). Cristo ama la infancia, que El mismo ha vivido al principio en su alma y en su cuerpo. Cristo ama la infancia, maestra de humildad, regla de inocencia, modelo de dulzura. Cristo ama la infancia; hacia ella orienta las costumbres de los mayores, hacia ella conduce a la ancianidad. A los que eleva al reino eterno los atrae a su propio ejemplo. S. León Magno, papa, Homilía VII (37), Solemnidad de la Epifanía.

 

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«La Iglesia, por una tradición apostólica, que trae su origen del mismo día de la Resurrección de Cristo, celebra el misterio pascual cada ocho días, en el día que es llamado con razón "día del Señor" o domingo. En este día los fieles deben reunirse a fin de que, escuchando la palabra de Dios y participando en la Eucaristía, recuerden la Pasión, la Resurrección y la gloria del Señor Jesús y den gracias a Dios, que los “hizo renacer a la viva esperanza por la Resurrección de Jesucristo de entre los muertos" (I Pe, 1,3). Por esto el domingo es la fiesta primordial, que debe presentarse e inculcarse a la piedad de los fieles, de modo que sea también día de alegría y de liberación del trabajo. No se le antepongan otras solemnidades, a no ser que sean de veras de suma importancia, puesto que el domingo es el fundamento y el núcleo de todo el año litúrgico».

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Están los que dicen; “no hay religiones mejores ni peores”, lo cual es mucho decir, sobre todo si tenemos en cuenta que en la historia de las religiones nos encontramos con que algunas han admitido los sacrificios humanos, la esclavitud, las castas  o la prostitución sagrada, sólo por poner algunos ejemplos, sin necesidad de preguntar a las mujeres.

 

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RIQUEZA/IMPEDIMENTO

—Cuando—me dijo—se recorte de ellos la riqueza que ahora los arrastra, entonces serán útiles para Dios. Porque, al modo que la piedra redonda, si no se la labra y recorta algo de ella, no puede volverse cuadrada; así los que gozan de riquezas en este siglo, si no se les recorta la riqueza, no pueden volverse útiles a Dios. Por ti mismo, ante todo, puedes darte cuenta: cuando eras rico, eras inútil; ahora, en cambio, eres útil y provechoso para la vida. Haceos útiles para Dios, pues tú mismo eres empleado como una de estas piedras.

En cuanto a las otras piedras que viste arrojar lejos y caer en el camino y que rodaban del camino a parajes intransitables, éstas representan a los que han creído; pero luego, arrastrados de sus dudas, abandonan su camino, que es el verdadero. Imaginándose, pues, que son ellos capaces de hallar camino mejor, se extravían y lo pasan míseramente andando por soledades sin senderos.

Las que caían en el fuego y allí se abrasaban representan a los que de todo punto apostataron del Dios vivo y todavía no ha subido a su corazón el pensamiento de hacer penitencia, por impedírselo los deseos de su disolución y las perversas obras que ejercitaron.

¿Quieres saber quiénes son las otras piedras que venían a parar cerca de las aguas y que no podían rodar hasta ellas? Estos son los que, después de oír la palabra de Dios, quisieran bautizarse en el nombre del Señor; pero luego, al caer en la cuenta de la castidad que exige la verdad, cambian de parecer y se echan otra vez tras sus perversos deseos.

Terminó, pues, la explicación de la torre. Importunándola yo todavía, le pregunté si a todas aquellas piedras rechazadas y que no encajaban en la construcción de la torre, se les daría ocasión o posibilidad de penitencia y tendrían aún lugar en esta torre.

—Posibilidad de penitencia—me contestó—sí que la tienen; pero ya no pueden encajar en esta torre. Sin embargo, se ajustarán a otro lugar mucho menos elevado, y eso cuando hayan pasado por los tormentos de la penitencia y hayan cumplido los días de expiación de sus pecados. La razón de que sean trasladados es porque, al fin y al cabo, participaron de la palabra justa. E incluso para ser trasladados de sus tormentos, es preciso que antes suban a su corazón, por la penitencia, las obras malas que ejecutaron; si no suben, no se salvarán, en castigo de su dureza de corazón.

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I. El mensaje de penitencia.

Habiendo yo ayunado y orado insistentemente al Señor, me fue revelado el sentido de la escritura. Lo escrito era lo siguiente: Tus hijos, Hermas, se enfrentaron contra Dios, blasfemaron contra el Señor y traicionaron a sus padres con gran perversidad, y tuvieron que oírse llamar traidores de sus padres. Y aun cometida esta traición, no se enmendaron, sino que añadieron a sus pecados sus insolencias y sus perversas contaminaciones, con lo que llegaron a su colmo sus iniquidades. Sin embargo, haz saber a todos tus hijos y a tu esposa, que ha de ser hermana tuya, estas palabras. Pues tu esposa no se modera en su lengua, con la que obra el mal. Pero si oye estas palabras, se contendrá y obtendrá misericordia.

Después que les hubieres dado a conocer estas palabras que me encargó el Señor que te revelara, se les perdonarán a ellos todos los pecados que hubieren anteriormente cometido, así como también a todos los santos que hubieren pecado hasta este día, con tal de que se arrepientan de todo corazón y alejen de sus corazones toda vacilación. Porque el Señor hizo este juramento por su gloria con respecto a sus elegidos: si después de fijado este día todavía cometen pecado, no tendrán salvación, ya que la penitencia para los justos tiene un limite. Los dias de penitencia están cumplidos para todos los santos, mientras que para los gentiles hay penitencia hasta el último día. Así pues, dirás a los jefes de la Iglesia que enderecen sus caminos según justicia, para que puedan recibir el fruto pleno de la promesa con gran gloria. Por tanto, los que obráis la justicia manteneos firmes y no vaciléis, para que se os conceda la entrada a los ángeles santos. Bienaventurados vosotros, los que soportáis la gran tribulación que está por venir, así como los que no han de negar su propia vida. Porque el Señor ha jurado por su propio Hijo que los que nieguen al Señor serán privados de su propia vida, es decir, los que lo negaren a partir de ahora en los días venideros. Pero los que hubieren negado antes obtendrán perdón por su gran misericordia.

En cuanto a ti, Hermas, no guardes ya más rencor contra tus hijos, ni abandones a tu hermana, para que tengan lugar a purificarse de sus pecados pasados. Porque si tú no les guardas rencor, serán educados con justa educación. El rencor produce la muerte. Tú, Hermas, sufriste grandes tribulaciones en tu persona a causa de las transgresiones de los de tu casa, pues no cuidaste de ellos, porque tenías otras preocupaciones y te enredabas en negocios malvados. Pero te salva el hecho de no haber apostatado del Dios vivo, así como tu sencillez y tu mucha continencia. Esto es lo que te ha salvado—con tal que perseveres—y lo que salvará a cuantos hagan lo mismo y vivan en inocencia y simplicidad. Estos triunfarán de toda maldad y perseverarán para la vida eterna. Bienaventurados todos los que obran la justicia, porque no se perderán para siempre... 1

¿No te parece—me dijo el pastor—que el mismo arrepentirse es una especie de sabiduría? Si—dijo—, el arrepentirse es una sabiduría grande, porque el pecador se da cuenta de que hizo el mal delante del Señor, y penetra en su corazón el sentimiento de la obra que hizo, con lo que se arrepiente y ya no vuelve a obrar el mal, sino que se pone a practicar toda suerte de bien, y humilla y atormenta su alma, por haber pecado. Ya ves, pues, cómo el arrepentimiento es una gran sabiduría...

Señor—le dije—he oído de algunos maestros que no se da otra penitencia fuera de aquella por la que bajamos al agua (del bautismo) y alcanzamos el perdón de nuestros pecados anteriores.

El me dijo: Has oído bien, pues así es: porque el que ha recibido el perdón de sus pecados ya no debiera pecar, sino que debiera vivir puro. Pero ya que quieres enterarte de todo con exactitud, te explicaré también otro aspecto, sin que con ello quiera dar pretexto de pecar a los que en lo futuro han de creer o a los que poco ha creyeron en el Señor. Porque los que poco ha creyeron, o han de creer en lo futuro no tienen lugar a penitencia de sus pecados, fuera de la remisión de sus pecados anteriores (en el bautismo). Pero para los que fueron llamados antes de estos días, el Señor tiene establecida una penitencia: porque el Señor es conocedor de los corazones, y lo sabe todo de antemano, y conoció la debilidad de los hombres y la mucha astucia del diablo con la que había de hacer daño a los siervos de Dios y ensañarse con ellos. Ahora bien, siendo grandes las entrañas de misericordia del Señor, se apiadó de su creatura, y dispuso esta penitencia haciéndome a mí el encargado de la misma. Sin embargo, he de decirte esto: si después de aquel llamamiento grande y santo, alguno, tentado por el diablo, cometiere pecado, sólo tiene lugar a una penitencia. Pero si continuamente peca y se vuelve a arrepentir, de nada le aprovecha al tal hombre, pues difícilmente alcanzará la vida.

Yo le repliqué: El oir esta explicación tan exacta sobre estas cosas me ha devuelto la vida, pues ahora sé que si no vuelvo a cometer más pecados me salvaré.

Te salvarás—me dijo— tú y todos los que hicieron estas cosas 2,

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II. Riqueza y pobreza.

Así como la piedra redonda no puede convertirse en sillar si no es cortándola y quitando algo de ella, así también los ricos en este siglo no pueden hacerse útiles para el Señor si no se les recorta su riqueza. Por ti mismo puedes saberlo en primer lugar: cuando eras rico eras inútil, pero ahora eres útil y provechoso para la vida... 3

El rico tiene realmente mucho dinero, pero con respecto al Señor es pobre, arrastrado como anda tras su riqueza. Muy pocas veces hace su acción de gracias y su oración ante el Señor, y aun cuando lo hace es con brevedad, sin intensidad y sin fuerza para penetrar hasta lo alto. Pero cuando el rico se entrelaza con el pobre y le proporciona lo necesario creyendo que podrá encontrar en Dios la recompensa de lo que hubiere hecho por el pobre—ya que el pobre es rico en la oración y en la acción de gracias, y sus peticiones tienen gran fuerza delante de Dios—entonces el rico atiende al pobre en todas las cosas sin reservas. Por su parte, el pobre, atendido por el rico, ruega por él y da gracias a Dios por aquel de quien recibe beneficios. Y entonces el rico todavía toma mayor interés por el pobre, para no hallarse falto de nada en su vida, pues sabe que la oración del pobre es rica y aceptable delante de Dios. De esta suerte, uno y otro llevan a cabo su obra en común: el pobre coopera con su oración, en la que es rico, habiéndola recibido del Señor y devolviéndola al mismo Señor que se la había dado. A su vez, el rico pone a disposición del pobre sin reservas la riqueza que recibió del Señor. Es ésta una gran obra agradable a Dios, con la que muestra que entiende el sentido de sus riquezas poniendo a disposición del pobre los dones del Señor y cumpliendo rectamente el servicio que el Señor le encomendara... De esta forma, los pobres, rogando al Señor por los ricos dan pleno sentido a la riqueza de éstos, y a su vez, los ricos, socorriendo a los pobres alcanzan la plenitud de lo que falta a sus almas. Con ello se hacen unos y otros colaboradores en la obra de justicia. Por tanto, el que así obrare no será abandonado de Dios, sino que quedará escrito en el libro de los vivos. Bienaventurados los que tienen y entienden que sus riquezas las tienen del Señor: porque el que entiende esto podrá cumplir el servicio debido...

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III. Discernimiento de espíritus. Dos ángeles acompañan al hombre, uno de justicia y otro de maldad... El ángel de justicia es delicado y recatado y manso y tranquilo. Así pues, cuando este ángel penetre en tu corazón, te hablará inmediatamente de justicia, de pureza, de santidad, de contentarte con lo que tienes, de toda obra justa y de toda virtud reconocida. Cuando sientas que tu corazón está penetrado de todas estas cosas, entiende que el ángel de la justicia está contigo, porque ésas son las obras del ángel de la justicia. A él pues has de creerle, y a sus obras.

Considera por otra parte las obras del ángel de la maldad: en primer lugar, es impaciente, amargado e insensato: sus obras son malas y capaces de abatir a los siervos de Dios. Cuando este ángel penetre en tu corazón, has de saber conocerle por sus obras... Cuando te sobrevenga alguna impaciencia o amargura, entiende que él está dentro de ti: igualmente cuando tengas ansia de hacer muchas cosas, o de muchos y exquisitos manjares, de muchas y variadas bebidas, de embriagueces muelles e inconvenientes; igualmente cuando tienes deseo de mujeres, o de posesiones o de gran soberbia y altanería y de otras cosas por el estilo: cuando estas cosas penetren en tu corazón, sábete que el ángel de la maldad está dentro de ti. Así pues, tú, conociendo sus obras, apártate de él y no le creas para nada, pues sus obras son malvadas y no traen provecho alguno a los siervos de Dios... 5

¿Cómo se conocerá a un hambre, si es verdadero o falso profeta? ...Al hombre que tiene el Espíritu divino has de examinarle por su vida. En primer lugar, el que tiene el Espíritu divino de lo alto, es manso, tranquilo y humilde; se aparta de toda maldad, así como de los vanos deseos de este siglo, y se hace a sí mismo el más pobre de todos los hombres; no empieza a dar respuestas a nadie solo porque se le pregunte, ni habla en secreto, que no habla el Espíritu Santo cuando el hombre quiere, sino que habla cuando Dios quiere que hable. Así pues, cuando un hombre que tiene el espíritu divino llega a una reunión de hombres justos que tienen fe en el espíritu divino, y en aquella reunión se hace oración a Dios, entonces el ángel del espíritu profético que está en él llena a aquel hombre, y lleno así con el Espíritu Santo habla a la muchedumbre como lo quiere el Señor...

Escucha ahora lo que se refiere al espíritu terreno y vacuo, que no tiene virtud alguna, sino que es necio. En primer lugar, el hombre que aparentemente tiene el Espíritu, se exalta a sí mismo, y quiere ocupar la silla presidencial; e inmediatamente se muestra como ligero, desvergonzado y charlatán; vive entre muchos placeres y con muchos otros engaños; se hace pagar sus profecías, y si no se le paga no profetiza. ¿Es que el Espíritu divino puede cobrar para profetizar? No puede hacer esto un profeta de Dios, sino que el espíritu de tales profetas es de la tierra. Además, el falso profeta no se acerca para nada a la reunión de los justos, sino que huye de ellos; en cambio se pega a los vacilantes y vacuos, echándoles sus profecías por los rincones, y los embauca hablándoles conforme a sus deseos, aunque son vacuos, pues responde a hombres vacuos. Cuando una vasija vacía choca con otras igualmente vacías, no se rompe, sino que resuenan todas con un mismo sonido. Cuando el falso profeta llega a una reunión llena de hombres justos que poseen el espíritu de la divinidad y hacen oración, se queda vacío, y su espíritu terreno huye de él amedrentado, y el hombre queda mudo y totalmente destrozado, sin poder hablar palabra 6.

Los que nunca han escudriñado la verdad ni han inquirido acerca de la divinidad, sino que se han contentado con creer, agitados con sus negocios, sus riquezas. sus amistades paganas y muchas otras ocupaciones de este siglo, todos los que andan enfrascados en estas cosas. no entienden las parábolas acerca de la divinidad. Es que con todos estos negocios, están entenebrecidos, corrompidos y secos. Así como las viñas hermosas, si no se cuidan se secan a causa de las espinas y de toda suerte de yerbas, así también los hombres que después de recibir la fe se entregan a la multiplicidad de acciones dichas, se extravían en sus inteligencias y ya no entienden absolutamente nada acerca de la divinidad. Porque, en efecto, cuando oyen algo acerca de la divinidad su mente se encuentra en sus negocios, y así no comprenden absolutamente nada. Pero los que tienen el temor de Dios, e investigan acerca de la divinidad y de la verdad, y tienen su corazón vuelto hacia el Señor, entienden y comprenden en seguida cuanto se les dice, pues tienen dentro de sí el temor de Dios. Porque donde habita el Señor, allí hay gran inteligencia. Adhiérete, pues, al Señor, y lo comprenderás y entenderás todo 7.

ALEGRÍA - TRISTEZA: Arranca de ti la tristeza, y no aflijas al Espíritu Santo que habita en ti, no sea que hagas tu oración a Dios en contra tuya y él se aparte de ti. Porque el Espíritu de Dios, que ha sido dado a esa carne tuya, no tolera la tristeza ni la angustia. Así pues, revístete de alegría, que encuentra siempre gracia delante de Dios y siempre le es agradable, y complácete en ella. Porque todo hombre alegre obra el bien, piensa el bien y no hace caso de la tristeza. En cambio, el hombre triste siempre va por mal camino. En primer lugar, hace mal entristeciendo al Espíritu Santo que fue dado en alegría al hombre. En segundo lugar, comete iniquidad al no orar ni dar gracias a Dios, ya que siempre la oración del hombre triste no tiene fuerza para remontarse hasta el altar de Dios... La tristeza se ha asentado en su corazón, y al mezclarse la tristeza con la oración, no deja a ésta que suba pura hasta el altar de Dios... Purifícate de esta malvada tristeza, y vivirás para Dios. Y asimismo vivirán para Dios cuantos arrojen de sí la tristeza y se revistan de toda alegría 8.

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1. Visiones 2, 2.3
2. Mandamientos 4, 2-3.
3. Visiones 3, 6, 6.
4. Comparaciones 2, 3.
5. Mandamientos 6, 2.
6. Mand. 11, 7-14.
7. Mand. 10, 1,
8. Mand. 10, 3.


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¿Cuántos mosquitos has matado hoy?

¿Cuántos insectos –en las últimas 24 horas- han muerto por utilizar tu automóvil?

¿Cuántos perros, gatos han muerto hoy a causa del ferrocarril?

¿Cuántos pájaros han muerto hoy en las turbinas del avión?

¿Y los animales muertos electrocutados en los cables eléctricos extendidos para  favorecernos con energía y luz?

¡Defendamos la vida humana, respetemos la naturaleza pero no invirtamos los valores! Primero el ‘hombre’ y su libertad para el bien, usando la razón. 

 

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También la transfiguración sucede en la contemplación de la creación. Dios ha escrito dos libros: uno es la Escritura, el otro la creación. Uno está hecho de letras y palabras, el otro de cosas. No todos conocen y pueden leer el libro de la Escritura, pero todos, también los iletrados, pueden leer el libro que es la creación. Está abierto de par en par a los ojos de todos.

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Gracias por venir a visitarnos

 

Seis libros sin imposturas ni ocultamientos:

España Frente al Islam - De Mahoma a Ben Laden -Dr.hist.César VIDAL-Ediciones

‘La esfera de los libros’.

Roma dulce hogar. De protestantes, nuestro camino al catolicismo. Ed. Rialp

Leyendas negras de la Iglesia. Vittorio Messori. Ed. Planeta+ Testimonio.

Nueve siglos de cruzadas. Luis María Sandoval. Ed. Criterio-Libros.

Por qué no soy musulmán. Ibn Warraq. Ediciones del bronce.

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‘MANUEL II: DIÁLOGO CON UN MUSULMÁN’. Áltera (Barcelona-España), 2006;

154 páginas. Prólogo de JON JUARISTI.

El Papa y el islam

Por Gorka Echevarría Zubeldia

[un libro que recomendamos vivamente]

"Yo amo la cruz porque la veo siempre en las espaldas de Jesús." (Padre Pio de Pietrelcina)

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'JESUCRISTO PADECIÓ BAJO EL PODER DE PONCIO PILATO,
FUE CRUCIFICADO, MUERTO Y SEPULTADO'
Evangelio según San Lucas, Cap.3, vers.1º: El año decimoquinto del reinado del emperador Tiberio, cuando Poncio Pilato gobernaba la Judea, siendo Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Felipe tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene…

Crucifixión de San Pedro: fue crucificado al revés cabeza abajo - Pergamino con San Pedro en cruz invertida, de Maguncia- Alemania; entre el 900 y el 1000ca. - Museo Diocesano de la Catedral Maguncia (Mainz) Alemania - Pedro en su cruz, invertida. ¿Qué significa todo esto? Es lo que Jesús había predicho a este Apóstol suyo: "Cuando seas viejo, otro te llevará a donde tú no quieras"; y el Señor había añadido: "Sígueme" (Jn 21, 18-19). Precisamente ahora se realiza el culmen del seguimiento: el discípulo no es más que el Maestro, y ahora experimenta toda la amargura de la cruz, de las consecuencias del pecado que separa de Dios, toda la absurdidad de la violencia y de la mentira. No se puede huir del radicalismo del interrogante planteado por la cruz: la cruz de Cristo, Cabeza de la Iglesia, y la cruz de Pedro, su Vicario en la tierra. Dos actos de un único drama: el drama del misterio pascual: cruz y resurrección, muerte y vida, pecado y gracia.

La maternidad divina de María – Catecismo de la Iglesia
495 Llamada en los Evangelios 'la Madre de Jesús'(Jn 2, 1; 19, 25; cf. Mt 13, 55, etc.), María es aclamada bajo el impulso del Espíritu como 'la madre de mi Señor' desde antes del nacimiento de su hijo (cf Lc 1, 43). En efecto, aquél que ella concibió como hombre, por obra del Espíritu Santo, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el Hijo eterno del Padre, la segunda persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre de Dios [Theotokos] (cf. Concilio de Éfeso, año 649: DS, 251).
La virginidad de María
496 Desde las primeras formulaciones de la fe (cf. DS 10-64), la Iglesia ha confesado que Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María únicamente por el poder del Espíritu Santo, afirmando también el aspecto corporal de este suceso: Jesús fue concebido absque semine ex Spiritu Sancto (Concilio de Letrán, año 649; DS, 503), esto es, sin semilla de varón, por obra del Espíritu Santo. Los Padres ven en la concepción virginal el signo de que es verdaderamente el Hijo de Dios el que ha venido en una humanidad como la nuestra:
Así, san Ignacio de Antioquía (comienzos del siglo II): «Estáis firmemente convencidos acerca de que nuestro Señor es verdaderamente de la raza de David según la carne (cf. Rm 1, 3), Hijo de Dios según la voluntad y el poder de Dios (cf. Jn 1, 13), nacido verdaderamente de una virgen [...] Fue verdaderamente clavado por nosotros en su carne bajo Poncio Pilato [...] padeció verdaderamente, como también resucitó verdaderamente» (Epistula ad Smyrnaeos, 1-2).

El acontecimiento histórico y transcendente – Catecismo de la Iglesia
639 El misterio de la resurrección de Cristo es un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas como lo atestigua el Nuevo Testamento. Ya san Pablo, hacia el año 56, puede escribir a los Corintios: "Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce: "(1 Co 15, 3-4). El apóstol habla aquí de la tradición viva de la Resurrección que recibió después de su conversión a las puertas de Damasco (cf. Hch 9, 3-18).
El sepulcro vacío

640 "¿Por qué buscar entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado" (Lc 24, 5-6). En el marco de los acontecimientos de Pascua, el primer elemento que se encuentra es el sepulcro vacío. No es en sí una prueba directa. La ausencia del cuerpo de Cristo en el sepulcro podría explicarse de otro modo (cf. Jn 20,13; Mt 28, 11-15). A pesar de eso, el sepulcro vacío ha constituido para todos un signo esencial. Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección. Es el caso, en primer lugar, de las santas mujeres (cf. Lc 24, 3. 22- 23), después de Pedro (cf. Lc 24, 12). "El discípulo que Jesús amaba" (Jn 20, 2) afirma que, al entrar en el sepulcro vacío y al descubrir "las vendas en el suelo"(Jn 20, 6) "vio y creyó" (Jn 20, 8). Eso supone que constató en el estado del sepulcro vacío (cf. Jn 20, 5-7) que la ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana y que Jesús no había vuelto simplemente a una vida terrenal como había sido el caso de Lázaro (cf. Jn 11, 44).