Y aquí está el problema que debemos afrontar los profesores y los que viven en el mundo universitario. ¿Cómo puede uno vivir la fe sin rebajas si no conoce la propia fe? Creo que no es exagerado decir que nosotros, los católicos, nos encontramos en medio de una crisis de formación que afecta a nuestros teólogos y, por tanto, a la educación de los padres.
Avivar el espíritu para ser denodados, hombres de carácter, intrépidos, esforzados y sabiamente atrevidos.
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la naturaleza -y el hombre también puede- responder con serenidad
a la agresividad y violencia del invierno o de malas lenguas
Agresividad - Si uno mira alrededor, termina asustándose de tanta agresividad física y verbal como nos rodea. Y como es verdad que agresión provoca agresión, resulta que la agresividad se está espesando y difundiendo cada día más entre nosotros. Y la convivencia, lógicamente, se está tornando cada vez más molesta y difícil, más áspera y enojosa. Hay, sin embargo, un tipo de agresivos que merecen nuestro respeto y admiración.
En primer lugar, los “denodados”. Es denodado aquel que se atreve, que se arriesga sin temer a la dificultad y sin amilanarse ante los obstáculos.
Los “arrebolados”. Arrebolar viene del latín “ruborare” (rubor) que significa “enrojecer”. Arrebolado es, según esto, aquel que es capaz de encenderse con las enrojecedoras llamas de los más altos ideales y lanzarse a los más nobles empeños.
Los “emprendedores”. Emprendedor es aquel que no se contenta con lo ya adquirido y conquistado, y se lanza a abrir nuevos surcos y romper nuevos horizontes para lograr nuevas y valiosas conquistas en la ciencia, en la técnica, en el arte, en la Industria y en el Comercio.
Los “aguerridos”. Aguerrido es aquel que no se arruga ante el obstáculo y pelea hasta que vence.
Los “tenaces”. Tenaz es aquel que es firme, porfiado e indesmallable en sus propósitos.
De esta madera están hechos los triunfadores, los héroes y los santos.
Jesucristo mismo alabó y ponderó este tipo de agresivos: “El Reino de los cielos exige esfuerzo y los violentos son los que lo conquistan” (Mt 11, 12).
Estos agresivos no crean dificultades a la convivencia. Más bien la aguijonean, la enardecen y la potencian. Sin ellos las cosas se estancan o se hacen rutinarias y lentas. Sin ellos lo normal se hace anodino y lo extraordinario, quimérico. Desgraciados los pueblos, los grupos sociales, las Instituciones, las ciencias, las técnicas, las artes, las industrias, los comercios, los servicios públicos y privados que carezcan de estos hombres. Empequeñecerlos, obstruirlos, desalentarlos, liquidarlos es crimen de lesa humanidad.
Dejémoslos que se yergan enhiestos, tremolantes y estimuladores, benéficos y propulsores.
Junto a estos, sin embargo, pululan otros “agresivos”, hostiles y disociadores. Merecen nuestra reprobación y estigma. En todo lo que dicen o hacen hay siempre un alto grado de violencia y agresión maléfica e inadmisible. Todos los conocemos y los padecemos. Su tipología es extensa y variadísima.
Están los “Bravucones”. Si pueden, llevan pistola. Son demasiados entre nosotros los que llevan siempre pistola.. Se sienten bien con ella presionándoles la cintura. Ella les da derecho y fuerza para alardear, para hablar duro, para amenazar, para pisar fuerte, para manejar su carro o camión como emperadores de la carretera y para imponerse siempre y a todos. Dios nos libre de tener el menor conflicto con ellos. Tendremos en un abrir y cerrar los ojos, como respuesta absoluta, al margen de todo el derecho y verdad que nos asista, un cañón de pistola apuntándonos. Los hay que no portan pistola, pero la substituyen con un cuchillo o un punzón. Es su verdad y su derecho cuantas veces surja la disputa o una simple discusión.
Bravucones en el hogar, en el trabajo, en el Estadio, en los bares, en la calle, en todos los círculos donde se mueven.. Tienen siempre la verdad. Hay que oírles sin interrumpirles. Hay que acatar lo que dicen. No permiten observaciones ni réplicas. Gritan, no hablan. Cuanto menos razón tienen, más se exaltan y gesticulan, más se acaloran y enardecen. Si son Jefes (en el hogar son siempre jefes), repiten con frecuencia: ”aquí el que manda soy YO”.
“Matones”. Se dedican a la delincuencia o son candidatos para ella. Les encanta destruir: objetos y personas. En las algaradas y motines se sienten en su salsa. El homicidio no les resulta repulsivo. Al revés lo perciben excitante. Les encanta torturar física y psicológicamente.
En forma más benigna de esta agresividad los hay cuyo lema y táctica es oponerse siempre a todo y a todos, mofándose de todo y todos e ironizando de todos y todo.
“Peleones”. Todo lo convierten en reyerta, altercado y riña. Si uno calla, juzgan que uno no está con ellos. Si se discrepa en algo, convierten a uno en mortal enemigo que hay que aplastar. La impresión es que a todo el mundo lo juzgan hostil y adversario. Siempre están a la ofensiva. Jamás se muestran serenos y abiertos a los demás con anchura de espíritu.
“Mandones”. Ellos son la ley y la verdad. Y su ley y su verdad debe ser oída y acatada sin epiqueyas ni respingos. Jamás sugieren. Tampoco suplican. Y menos aún admiten correcciones y advertencias. Ordenan y mandan siempre.
“Criticones”. Todo lo encuentran mal: mal orientado, mal enfocado, mal enjuiciado, mal analizado, mal entendido, mal presentado y mal solucionado. Esto supuesto, arremeten contra todo y contra todos. A veces descaradamente y a veces sutilmente para tener mayor éxito.
“Intransigentes”. Rechazan violentamente todo lo que sea contrario a sus gustos, hábitos, ideas, ideales y planes. Y arremeten despiadada o solapadamente contra todos sea quien sea el que les contradice. Ellos saben, ellos tienen la solución de todo, ellos cuentan con todos los medios necesarios para salir airosos. Ellos y nada más que ellos.
“Explosivos”. Desconocen un gran principio de la felicidad en la vida: “simplificar lo complicado y no complicar lo simple”. Convierten los oleajes en tempestades y las tempestades en huracanes. Viven en perpetuo ciclón. Tienden a reaccionar siempre sin mesura. Desconocen la cordura, la magnanimidad, la comprensión y la compasión.
El “Sadismo” y el “Masoquismo” son formas sicópatas de la agresividad.
Evidentemente que en todas estas actitudes hay grados. Hemos detallado en cada actitud el grado quizás más agudo para que el mecanismo aparezca más claro.
Los hay, evidentemente, agresivos en el pensar, en el sentir y en el hablar; en el mirar, en el ademán y en los gestos; en el reaccionar y en el actuar. Y los hay en determinadas circunstancias, contra personas concretas, consigo mismo, con los demás y los hay agresivos siempre y en todo.
Como en la unión está la fuerza y no hay nada tan necesario en la convivencia humana como la solidaridad, el daño que estos agresivos negativos proporcionan a la sociedad es inmenso e irreparable. Son obstáculo perenne, a veces insalvable, a la unión y solidaridad. Irritan, desalientan y , por su provocación nos meten contra nuestra voluntad en la espiral de la agresividad obligándonos a defendernos de la agresividad con agresividad.
Tiene hondura insospechada a este propósito la séptima bienaventuranza de Cristo en el Sermón de la Montaña: “Bienaventurados los pacíficos (“los que construyen la paz”) porque ellos serán llamados hijos de Dios”.
En la base del fenómeno de la agresividad está el instintivo mecanismo de la propia conservación y defensa. Más a las inmediatas la agresividad la produce unas veces la frustración y otras la tensión nerviosa.
El trabajo intenso, el deterioro del sistema nervioso, la ansiedad, la depresión, la arteriosclerosis, ciertas condiciones bioquímicas y hormonales producen agresividad. Uno está tentado a afirmar que la agresividad en muchos casos y personas no es otra cosa que un mero mecanismo de descarga de la tensión nerviosa.
Cannon, acucioso investigador del comportamiento animal, provocaba y hacía desaparecer en perros y gatos la agresividad a base de manipular el hipotálamo.
A las causas citadas hay que añadir el aprendizaje. Una educación áspera y dura puede tener trágicas consecuencias en una agresividad inducida. Los formados en los cuarteles suelen perpetuar un sello especial hasta su muerte. Con sus excepciones, por supuesto.
Hay agresividades sencillas que pudiéramos llamar meramente reactivas y las hay complejas y elaboradas en las que juega un papel muy determinante los juicios de valor y la escala estimativa que ha ido adquiriendo el individuo a lo largo de su vida.
Hay también agresividades individuales y colectivas en las que pesa mucho la premeditación y el adoctrinamiento. En estas última entran ciertos nacionalismos, militarismos y partidos y grupos políticos o sindicales radicalizados.
Juan Pablo II en su primer viaje a Polonia como Papa, se expresó en estos términos en el estremecedor campo de exterminio de Auschwitz: “ Basta revestir al hombre de un uniforme diverso, armarlo con instrumentos de violencia e imponerle una ideología en la que los derechos humanos queden totalmente sometidos a las exigencias de un sistema, y el ser humano ya no existirá de hecho”. No quisiéramos desanimar con este artículo a los agresivos negativos. Son gente que tienen un capital mal invertido. Su gran tarea es recuperar ese capital a base de un sabio y bien dosificado re-aprendizaje y a base de dominio y disciplina; y convertir así ese caudal de energía, que poseen, en fortaleza y constancia para lograr nobles y difíciles objetivos.
Francisco José Arnaiz S.J. - 23/V/2009
Agradecemos este aporte al Sr. Mario SAVIÑON – Santo Domingo. Rep.Dominicana.
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Es una crisis que deja a los padre pobremente pertrechados para educar las almas de las generaciones venideras, que difícilmente pueden competir con la agresividad de las escuelas estatales, fuertemente secularizadas, y con la gran industria del entretenimiento que se complace en derribar todo lo que sea católico. Representa especialmente un peligro en las sociedades modernas porque, si la educación religiosa no se sitúa en el nivel general de la educación laica, nos llegará a resultar difícil defender nuestras creencias incluso para nosotros mismos.
Habiéndonos dado a la Iglesia católica una larga y distinguida tradición intelectual, es trágico que hoy muchos católicos sean incapaces de responder incluso a los más simples ataques relativistas, historicistas y nihilistas. Es un escándalo que muchos católicos callen cuando se confrontan con anti-católicos. Más aún si se supone que una de las glorias de nuestra fe es que podemos dar razones de las posiciones morales que mantenemos, razones que son accesibles a todos los hombres y mujeres de buena voluntad, a otras confesiones o a los que no tienen fe.
Como ha escrito Juan Pablo II, “para que el testimonio cristiano sea eficaz, sobre todo en temas delicados y controvertidos, es importante realizar un esfuerzo especial en explicar con rigor las razones de la posición de la Iglesia, subrayando que no se trata de imponer a los no creyentes una visión que nace de la fe, sino de interpretar y defender los valores enraizados en la misma naturaleza del hombre”.
Los educadores e intelectuales católicos tienen que volver a familiarizarse con la gran tradición intelectual que es nuestra herencia fundamental. Lo necesitamos no sólo por el bien de la Iglesia: ¡también por el bien de nuestra sociedad!
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¡Escuela! Las actitudes religiosas
y morales no son despreciables!
La labor de un centro educativo y de su personal docente debe abarcar algo más que impartir el conocimiento de las matemáticas, ciencias naturales, lengua e idiomas. El alumnado joven está a la espera de recibir los apoyos que necesita para ser más hombre, para crecer en humanidad. Y eso se le da cuando se le pone en contacto con la verdad acerca de Dios, de la vida, del hombre y de las cosas.
La enseñanza de la Religión, y todo lo que conlleva de conocimientos y actitudes prácticas, está pasando, debido a la malicia de unos cuantos y a la inoperancia de muchos, por una situación decadente. Se le pone a esta materia todo género de trabas y dificultades. Algunos llegan a considerar que es materia poco necesaria; sí, que no importa demasiado proveer a los niños y jóvenes de un bagaje de conocimientos sagrados que les capacite en el presente y futuro a tomar postura frente a los temas que le hagan ser hombres y mujeres íntegros y puedan construir un futuro verdaderamente humano.
Quienes dificultan la enseñanza de la Religión en los centros docentes, buenos conocedores de la influencia definitiva que tiene la enseñanza en edad temprana, son quienes han promovido en la misma escuela campañas nacionales perversas en lo que se refiere a la sexualidad. Pienso ahora en la escandalosa campaña de los preservativos que tiempo atrás sufrimos. Cosas como ésta llevan al desprecio de la vida naciente.
Formar al hombre en su integridad comporta prepararle en el dominio de sí y en el servicio al amor. La sexualidad sólo es recta cuando capacita para amar.
¡Escuela! Las actitudes religiosas y morales no son despreciables!
"A la formación de la conciencia está vinculada estrechamente la labor educativa, que ayuda al hombre a ser cada vez más hombre, lo introduce siempre más profundamente en la verdad, lo orienta hacia un respeto creciente por la vida, lo forma en las justas relaciones entre las personas.
En particular, es necesario educar en el valor de la vida comenzando por sus mismas raíces. Es una ilusión pensar que se puede construir una verdadera cultura de la vida humana, si no se ayuda a los jóvenes a comprender y vivir la sexualidad, el amor y toda la existencia según su verdadero significado y su íntima correlación. La sexualidad, riqueza de toda la persona, manifiesta su significado íntimo al llevar a la persona hacia el don de sí misma en el amor. La banalización de la sexualidad es uno de los factores principales que están en la raíz del desprecio por la vida naciente: sólo un amor verdadero sabe custodiar la vida. Por tanto, no se nos puede eximir de ofrecer sobre todo a los adolescentes y a los jóvenes la auténtica educación de la sexualidad y del amor, una educación que implica la formación de la castidad, como virtud que favorece la madurez de la persona y la capacita para respetar el significado esponsal del cuerpo". (Encíclica EVANGELIUM VITAE, nº97.)
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LIBERTAD - Grito de los hombres y de los pueblos. En todas las culturas, en todas las épocas. Es como un hambre insaciable porque corresponde al ser humano para que pueda serlo. Sin ella seríamos una cosa, un pelele sin alma, un monigote.
Hoy que tanto traemos y llevamos esta palabra porque queremos un mundo sin dictaduras, una tierra en la que el hombre lo sea de verdad, conviene resaltar su contenido ya que en su nombre están teniendo lugar las mayores tiranías y injusticias que conoce la historia.
Con frecuencia se da una confusión terrible: reducir la libertad a hacer lo que quiero o realizar lo que me gusta. Propiamente la libertad consiste en elegir voluntariamente el bien, lo que objetivamente es bueno, la verdad. Lo contrario, elegir lo que en sí mismo es malo se llama libertinaje, abuso de libertad. Es lo que hace el terrorista cuando explota su coche bomba, o el padre de familia que se emborracha, o el novio que abusa de su encantadora novia, o el esposo infiel, o la esposa que toma anticonceptivos, o el estudiante que disfruta de la vida suspendiendo, etc. Todos hacen lo que quieren, pero no eligen voluntariamente lo que les conviene como lo que son. Por eso no andan en la verdad.
Así venimos a la conclusión de que quien voluntariamente adapta su conducta a lo que Dios ha manifestado, mandando o prohibiendo algo para bien del hombre, ése es libre; quien no lo hace, quiere el mal, usa mal de su libertad.
¡Qué mala cosa es vivir sin Dios!
"No menos decisivo en la formación de la conciencia es el descubrimiento del vínculo constitutivo entre la libertad y la verdad. Como he repetido otras veces, separar la libertad de la verdad objetiva hace imposible fundamentar los derechos de la persona sobre una sólida base racional y pone premisas para que se afirme en la sociedad el arbitrio ingobernable de los individuos y el totalitarismo del poder público causante de la muerte.
Es esencial pues que el hombre reconozca la evidencia original de su condición de criatura, que recibe de Dios el ser y la vida como don y tarea. Sólo admitiendo esta dependencia innata en su ser, el hombre puede desarrollar plenamente su libertad y su vida y, al mismo tiempo, respetar en profundidad la vida y libertad de las demás personas. Aquí se manifiesta ante todo que el punto central de toda cultura lo ocupa la actitud que el hombre asume ante el misterio más grande: el misterio de Dios. Cuando se niega a Dios y se vive como si no existiera, o no se toman en cuenta sus mandamientos, se acaba fácilmente por negar o comprometer también la dignidad de la persona humana y el carácter inviolable de la vida". (Encíclica EVANGELIUM VITAE nº 96.)
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La educación de los hijos
San Juan Crisóstomo (hacia 345-407) obispo de Antioquia y Constantinopla, doctor de la Iglesia
(Homilías sobre el Evangelio de San Mateo, 59, 6-7)
En la guerra y en el campo de batalla, el soldado que sólo mira cómo salvarse por medio de la fuga, se pierde a sí mismo y a los otros. El valiente, en cambio, que lucha por salvar a los demás, se salva también a sí mismo. Pues nuestra religión es una guerra, y la más dura de todas las guerras, y pelea, y batalla. Formemos la línea de combate tal como nuestro Rey nos ha mandado, dispuestos siempre a derramar nuestra sangre, mirando por la salvación de todos, alentando a los que permanecen firmes y levantando a los que han caído.
Verdaderamente, muchos hermanos nuestros yacen por el suelo en esta batalla, acribillados de heridas y chorreando sangre; y nadie hay que se cuide de ellos: ni gente del pueblo, ni sacerdote, ni ningún otro; ni protector, ni amigo, ni hermano. Cada uno mira sólo por sí mismo. De ahí proviene, justamente, la mezquindad en que vivimos.
La mayor libertad y gloria nos viene de no preocuparnos sólo de nosotros mismos. Si somos débiles, si tan fácilmente nos derriban los hombres y el diablo, se debe precisamente a que nos buscamos a nosotros mismos, a que no nos protegemos unos a otros como con un escudo, a que no nos rodeamos—como de una cerca—de la caridad de Dios. Por el contrario, buscamos otros motivos de amistad: el parentesco, la comunicación, la mera vecindad... Cualquier cosa nos sirve para hacer amistad, menos la religión, cuando habría de ser esto lo que más nos uniera a unos con otros. Ahora, sin embargo, sucede todo lo contrario: antes somos amigos de judíos y de paganos, que de hijos de la Iglesia.
—Es verdad—me dices—. Pero es que mi hermano en la fe es un malvado, y el otro, judío o gentil, es bueno y modesto.
—¿Qué dices? ¿Malvado llamas a tu hermano, cuando tienes mandado no llamarle ni siquiera «raca», es decir, necio? ¿No te avergüenzas, no te ruborizas de infamar públicamente a tu hermano, al que es miembro tuyo, que salió del mismo seno y participa de la misma mesa? (...).
—Es que realmente es un malvado, y no hay quien lo aguante.
—Pues hazte amigo suyo para que deje de ser como es, para convertirle, para llevarle a la virtud.
—Es que no me hace caso—me respondes—ni aguanta un consejo.
—¿Cómo lo sabes? ¿Le has exhortado o intentado corregirle?
—Le he exhortado muchas veces, me contestas.
—¿Cuántas?
—Muchas; una y otra vez.
—¿Y eso es muchas veces? Aunque lo hubieras hecho durante toda la vida, no tendrías que cansarte ni desesperar. ¿No ves cómo Dios nos exhorta durante toda la vida por medio de los profetas, de los apóstoles y de los evangelistas? Y nosotros, ¿acaso cumplimos todo lo que nos dice y le hacemos caso en todo? ¡Ni mucho menos! ¿Y ha dejado Él de exhortarnos por eso? ¿Ha guardado silencio? (...).
Pero ¿a qué acusarnos de descuido por los extraños, si ni siquiera hacemos caso de nuestra misma familia, de la mujer, de los hijos, de los sirvientes? Como si estuviéramos borrachos, nos ocupamos en unas cosas por otras: que los criados sean cuantos más mejor, y nos sirvan con el mayor cuidado; que los hijos puedan recibir un día una pingüe herencia; que la mujer tenga oro, vestidos lujosos y perlas... No nos preocupamos de nosotros mismos, sino de nuestras cosas, como tampoco nos preocupamos de la mujer ni de los hijos, sino de las cosas de la mujer y de los hijos. Nos comportamos como aquél que, teniendo la casa en ruinas, con las paredes que se tambalean, no se preocupa de levantarlas o reforzarlas, sino que construye una gran cerca alrededor de la casa (...).
Si un oso, burlando la vigilancia, se escapa de la jaula, al punto cerramos las puertas y corremos por las calles por miedo de caer en las garras de la fiera; y aquí no es una fiera, sino muchos pensamientos los que, como fieras, desgarran nuestra alma, y ni nos damos cuenta. En las ciudades se cuida mucho que las fieras estén en lugares apartados, bien cerradas en sus jaulas, y no se las deja cerca del concejo de la ciudad, ni de los tribunales, ni del palacio imperial. Se las tiene bien atadas, lejos de estos lugares (...).
Sin embargo, hay entre nosotros hombres peores que las animales más salvajes. Tal es la mayor parte de nuestra gente joven. Dejándose llevar por una concupiscencia salvaje, como ellos saltan, cocean y corren sin freno, sin tener la más leve idea de sus deberes. Y los culpables son sus padres. Cuando se trata de sus caballos, mandan a los caballerizos que los cuiden bien, y no consienten que crezcan sin domarlos, y desde el principio les ponen freno y demás arreos. Pero cuando se trata de sus hijos jóvenes, les dejan sueltos por todas partes durante mucho tiempo, y así pierden la castidad, se manchan con deshonestidades y juegos, y malgastan el tiempo con la asistencia a inicuos espectáculos. Su deber sería, antes de que se dieran a la impureza, buscarles una esposa casta y prudente (...).
—Es mejor esperar—me dices—a que adquiera nombre y brille en las actividades públicas.
—Sí; pero de su alma no hacéis caso alguno, sino que consentís que se arrastre por el suelo. Y así, porque el alma se tiene por cosa accesoria, porque se descuida lo importante y se pone el afán en lo secundario, todo está lleno de confusión y desorden.
¿No sabes que el mejor favor que puedes hacer a tu hijo es guardarle limpio de la impureza de la fornicación? Nada hay tan precioso como el alma. ¿Qué le aprovecha al hombre ganar todo el mundo, si pierde su alma? (Mt 16, 26), dice el Señor. Pero todo lo ha trastornado el amor al dinero, que ha desterrado el verdadero temor de Dios y se ha apoderado de las almas de los hombres como un tirano de una ciudadela. Esta es la razón por la que descuidamos la salvación de nuestros hijos y la nuestra propia, sin otra mira que enriquecernos lo más posible y dejar a otros la riqueza, para que éstos se la dejen a otros, y éstos a otros. Parece como si fuéramos meros transmisores, y no dueños de nuestros bienes. Y ahí se origina la inmensa insensatez de que los hombres libres estén más vilipendiados que los esclavos. Porque a los siervos les reprendemos sus faltas: si no por interés de ellos, al menos por el interés nuestro; pero los hombres libres no gozan de estos cuidados, sino que se les tiene en menos que a los mismos esclavos.
Incluso las bestias reciben más cuidados que los hijos. Más velamos por nuestros asnos y nuestros caballos, que por nuestros hijos. El que posee una mula, se preocupa de encontrar un buen arriero, que no sea tonto, ni ladrón, ni borracho, sino un hombre que conozca bien su oficio. En cambio, cuando se trata de buscar un maestro para el alma del niño, contratamos al primero que se nos presenta. Y, sin embargo, no hay arte superior a éste. ¿Qué hay comparable con el arte de formar un alma, de plasmar la inteligencia y el espíritu de un joven´? El que profesa esta ciencia ha de proceder con más cuidado que un pintor o un escultor al realizar su obra.
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La oración es luz del alma
"El sumo bien está en la plegaria y en el diálogo con Dios, porque equivale a una íntima unión con Dios: y así como los ojos del cuerpo se iluminan cuando contemplan la luz, así también el alma dirigida hacia Dios se ilumina con su inefable luz. Una plegaria, por supuesto, que no sea de rutina, sino hecha de corazón; que no esté limitada a un tiempo concreto o a unas horas determinadas, sino que se prolongue día y noche sin interrupción.
Pues conviene que elevemos la mente a Dios no sólo cuando meditamos en el tiempo de la oración, sino también que combinemos el anhelo y el recuerdo de Dios con la atención a otras ocupaciones, lo mismo en medio del cuidado de los pobres que en las útiles tareas de la munificencia; de tal manera que todas las cosas se conviertan como en un alimento dulcísimo para el Señor y se hallen como condimentadas con la sal del amor de Dios. Pero sólo podremos disfrutar perpetuamente de la abundancia que de Dios brota, si le dedicamos mucho tiempo.
La oración es la luz del alma, el verdadero conocimiento de Dios, la mediadora entre Dios y los hombres. Hace que el alma se eleve hasta el cielo, que abrace a Dios con inefables abrazos apeteciendo, igual que el niño que llora y llama a su madre, la divina leche: expone sus propios deseos y recibe dones mejores que toda la naturaleza visible.
Pues la oración se presenta ante Dios como venerable intermediaria, ensancha el alma y tranquiliza su afectividad. Y me estoy refiriendo a la oración de verdad, no a las simples palabras. La oración es un deseo de Dios, una inefable piedad, no otorgada por los hombres, sino concedida por la gracia divina, de la que también dice el Apóstol: "Porque nosotros no sabemos pedir lo que nos conviene, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables".
Cuando Dios otorga a alguien el don de semejante súplica, ello significa una riqueza inagotable y un alimento celestial que satura el alma; quien le saborea se enciende en un deseo indeficiente del Señor, como un fuego ardiente que inflama su alma.
Cuando quieras reconstruir en ti aquella morada que Dios se edificó en el primer hombre, adórnate con la modestia y la humildad, hazte resplandeciente con la luz de la justicia; adorna tu ser con buenas obras, como con oro acrisolado, y embellécelo con la fe y la grandeza de alma, a manera de muros y piedras; y por encima de todo, como quien pone la cúspide para coronar un edificio, por la oración a fin de preparar a Dios una casa perfecta, y poderle recibir como si fuera una mansión regia y espléndida, ya que, por su gracia, es como si poseyeras su misma imagen colocada en el templo del alma".
Oración
Oremos.
Confírmanos, Señor, en el espíritu de penitencia con que hemos empezado la Cuaresma; y que la austeridad exterior que practicamos vaya siempre acompañada por la sinceridad de corazón. Por nuestro Señor.
De las Homilías de San Juan Crisóstomo, obispo; (Homilía VI, suppl.: PG 64, 462-466)
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1. "Nada hay mejor que la oración y coloquio con Dios ....Me refiero, claro está, a aquella oración que no se hace por rutina, sino de corazón, que no queda circunscrita a unos determinados momentos, sino que se prolonga sin cesar día y noche". (Hom. 6 sobre la oración).
2. "La oración es luz del alma, verdadero conocimiento de Dios, mediadora entre Dios y los hombres. Por ella nuestro espíritu, elevado hasta el cielo, abraza a Dios con abrazos inefables; por ella nuestro espíritu espera el cumplimiento de sus propios anhelos y recibe unos bienes que superan todo lo natural y visible". (Hom. 6, sobre la oración).
3. "La oración no es el efecto de una actitud exterior, sino que procede del corazón. No se reduce a unas horas o momentos determinados, sino que está en continua actividad, lo mismo de día que de noche. No hay que contentarse con orientar a Dios el pensamiento cuando se dedica exclusivamente a la oración; sino que, aun cuando se encuentre absorbida por otras preocupaciones (...) hay que sembrarlas del deseo y el recuerdo de Dios". (Hom. 6 sobre la oración).
4. "La oración viene a ser una venerable mensajera nuestra ante Dios, alegra nuestro espíritu, aquieta nuestro ánimo". (Hom. 6, sobre la oración).
5. "La oración es perfecta cuando reúne la fe y la confesión; el leproso demostró su fe postrándose y confesó su necesidad con sus palabras". (Hom. sobre S. Mateo, 25).
6. "La luz para nosotros es la inteligencia, que se muestra oscura o iluminada, según la cantidad de luz. Si se descuida la oración, que alimenta la luz, la inteligencia bien pronto se queda a oscuras". (Catena Aurea).
7. "Cuando digo a alguno: Ruega a Dios, pídele, suplícale, me responde: ya pedí una vez, dos, tres, diez, veinte veces, y nada he recibido. No ceses, hermano, hasta que hayas recibido; la petición termina cuando se recibe lo pedido. Cesa cuando hayas alcanzado; mejor aún, tampoco entonces ceses. Persevera todavía. Mientras no recibas pide para conseguir, y cuando hayas conseguido da gracias". (Homilía, 10).
8. "Quien te redimió y te creó no quiere que cesen tus oraciones, y desea que por la oración alcances lo que su bondad quiere concederte. Nunca niega sus beneficios a quien los pide, y anima a los que oran a que no se cansen de orar". (Catena Aurea).
9. "La necesidad nos obliga a rogar por nosotros mismos, y la caridad fraterna a pedir por los demás. Es más aceptable a Dios la oración recomendada por la caridad que la que es impulsada por la necesidad". (Catena Aurea).
10. "Habiendo Dios dotado a los demás animales de la velocidad en la carrera, o la rapidez en el vuelo, o de uñas, o de dientes, o de cuernos, sólo al hombre lo dispuso de tal forma que su fortaleza no podía ser otra que la del mismo Dios: y esto lo hizo para que, obligado por la necesidad de su flaqueza, pida siempre a Dios cuanto pueda necesitar". (Catena Aurea).
San Juan Crisóstomo (hacia 345-407) obispo de Antioquia y Constantinopla, doctor de la Iglesia
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La adolescencia
Por el Dr. Ángel García Prieto. De la sociedad Asturiana de Psiquiatría.
«Adolescencia» es un término que, etimológicamente, tiene al menos dos acepciones distintas que interesan para el propósito de describirla. Por un lado, del latín «adoleceré» que significa «crecer», y manifiesta el crecimiento corporal de la persona que, hasta su entrada en esta fase del desarrollo, era un niño. En ese crecimiento está implicado, por un lado, el cuerpo humano, con la puesta en marcha de todo un mecanismo hormonal muy complejo, que condiciona cambios hacia una morfología que va a variar la estructura exterior del cuerpo en crecimiento y en nuevas formas y funciones y en el que las hormonas sexuales tienen una actuación especialmente destacada. Por otro lado, «adolescencia», según otra perspectiva etimológica viene de «adolecer», que significa estar en carencia de algo. Y en este caso significaría estar en trance de poder conseguir algo, de lo que hasta ese momento se carece. Es, pues, un período de transición en el que, al que abandona la niñez, le falta algo que tiene que conseguir adquirir..
En efecto, las dos acepciones son buenas, porque la primera indica el conjunto de mutaciones biológicas que van a condicionar también una trasformación intelectual y un cambio emocional. Y, por otro lado, la segunda hace referencia a crecimiento personal de un ser humano del todo dependiente de sus mayores, como es el niño, que pasa a ser una persona con la autonomía suficiente para irse formando poco a poco en el ámbito del trabajo, de los afectos y de los conocimientos. De modo que las dos acepciones son muy válidas, complementarias e ilustrativas. Se podría decir que la adolescencia es, por un lado, un proceso de adaptación e integración a los cambios biológicos, intelectuales y afectivos, y a la vez la adquisición de la autonomía suficiente para afrontar la vida de adulto.
No es difícil que los chicos que se encuentran en esta tesitura puedan tener dificultades en alguno de sus aspectos. Y esas contrariedades se pueden manifestar – por ejemplo - en trastornos de la conducta afectiva, que denominamos depresión. En otras ocasiones va a haber una utilización patológica de drogas, o de alcohol, que es la sustancia de mayor consumo y más cercana a nosotros. Y de otra parte, también se pueden plantear problemas de la conducta alimentaria, muy frecuentes en esta época, sobre todo entre las chicas; o trastornos de ansiedad, obsesiones, fobias, etc.
Antes de comenzar a abordar algunos de estos trastornos de conducta o alteraciones en la vida afectiva que pueden presentar los adolescentes se hace necesario una descripción de esta etapa, aunque ya se haya visto de alguna manera, a través de la etimología del término, y aunque sea un tema más o menos conocido por todos .
La adolescencia es un período de la vida humana situada entre la infancia y la edad adulta, y cuyos límites concretos varían de unas personas a otras, cambian sobre todo según las latitudes geográficas y evolucionan con el paso del tiempo. Pues razones genéticas, climatológicas y sociales que ligan la alimentación, las condiciones sanitario-higiénicas, adelantan la aparición de la pubertad si son positivas. De todos modos siempre alrededor de los trece o los quince años comienza la adolescencia en los varones y entre los doce y los catorce en las mujeres. La finalización de la adolescencia no tiene, en cambio, una temporalidad pues, en definitiva, dejar de ser adolescente en los aspectos afectivos y de conocimiento requiere una cierta madurez que algunas personas, de manera patológica, a veces no llegan a poseer nunca.
La adolescencia se manifiesta en tres importante facetas humanas. Por un lado hay una maduración que supone un cambio cualitativo de la inteligencia, que consiste en el paso de lo que se llama el período de las «operaciones concretas» al de las «operaciones abstractas», utilizando términos de Piaget – famoso psicólogo de Ginebra del último tercio del siglo XX - por el que es capaz de crear intelectualmente unos conceptos universales y sacar consecuencias abstractas de la experiencia concreta que tiene en su entorno. Por otro lado, desde un punto de vista biológico se producen cambios, suficientemente conocidos, que se denominan como en su comienzo como «pubertad» – porque lo más llamativo es la aparición del vello del «pubis» – y es el crecimiento del sistema genitosexual. Esta circunstancia biológica condiciona el cambio en la experiencia afectiva que supone la experimentación de una necesidad de autonomía, la aparición de las primeras tendencias amorosas, la necesidad de romper con la infancia para el comienzo de la aventura de una nueva vida, lo que impone unas exigencias emocionales muy importantes que desde fuera se perciben como una época «crítica».
Decía Dante, en «El Convite», que la adolescencia es “acrecentamiento de vida y nuestra alma tiende al crecimiento y al hermoseamiento del cuerpo y de ahí los muchos y grandes cambios que operan en la persona”. Y efectivamente la adolescencia es un período crítico, lo que no supone prejuzgar esa crisis como algo negativo, tal como se vive una experiencia mala, sino que puede ser un cambio hacia lo positivo. De hecho, como ejemplo de expresividad acertada, se puede citar que en uno de los idiomas chinos – quizá el mandarín - el ideograma de crisis se escribe con dos dibujos, uno para «cambio» y otro de «esperanza». Es un buen modo de expresar y desear lo mejor para el adolescente, un cambio hacia una situación más rica, mejor, llena de esperanza.
Una anécdota ocurrida hace poco tiempo en la mañana de un domingo, puede servir para ilustrar lo que continúa. Aquella mañana, un matrimonio que observan a unos chicos al salir de una discoteca para dirigirse a sus coches y volver a su lugar de origen, decían: “Éstos meten miedo”. Se les veía con ojeras, enrojecidos, desaliñados, vasos rotos en la calle, arrancando los coches con estruendo y acelerones... y realmente producían una mala sensación que podía circundar el temor y la pena. Pero, a pesar de detalles y signos negativos hay que insistir en el tema la esperanza. Entre otras razones porque no se puede olvidar que en toda la historia ha habido jóvenes, y pesar de esas apariencias la evolución de la humanidad, en general, es siempre positiva. En este sentido, la siguiente cita que puede sorprender un poco: “Todos nuestros adolescentes actuales parecen amar el lujo, tienen malos modales, y desprecian a la autoridad, son irrespetuosos con los adultos y se pasan el tiempo vagando por las plazas y chismorreando entre ellos, son inclinados a contradecir a sus padres monopolizan la conversación cuando están en compañía, comen con glotonería y tiranizan a sus maestros”. Esta frase, que se puede atribuir a cualquiera de los ambientes que frecuentan los adolescentes de hoy, es de ni más ni menos que de Sócrates, lo que significa que tiene ya unos veinticinco siglos de antigüedad.
La historia se va repitiendo y los adolescentes siempre han sido unos rebeldes, que han creado problemas de comprensión entre los adultos. Problemas para ser tenidos en cuenta con comprensión, precisamente en el ámbito familiar porque esa época juvenil necesita de un especial ámbito en el que los chicos se sientan apoyados de una manera indirecta. Indirecta, porque es bien sabido que el adolescente aparentemente no quiere saber nada con sus padres, ni con sus tutores inmediatos y probablemente proyecta el ideal de identificación en personas a veces lejanas: artistas, deportistas o el anonimato del grupo - de ahí que se vea a los adolescentes amontonados en grupos y sin ningún, aparente, diálogo personal. Como se viene manifestando, el adolescente está sufriendo una crisis interior que le supone una ruptura muy grande, ya que tiene que perder una serie de situaciones vitales que eran positivas hasta entonces, y a cambio no gana absolutamente nada a corto plazo. Hasta entonces era feliz jugando con otros niños, con sus juguetes, sintiendo el cariño de sus padres, el beso por la noche cuando se duerme, los abrazos, aquellos adjetivos denominativos: “cielo”, “rey”, “precioso”, el baño de una mamá que le enjabona... y de repente desaparecen todas estas cosas y tiene que encaminarse hacia algo arduo que está por ver si podrá conseguir. Y eso, en la soledad de su encerramiento psicológico, es muy difícil y crea tensiones interiores, cambios de carácter, sensaciones de depresión, otros momentos de euforia, en ocasiones irritabilidad, respuestas muy desiguales en la dedicación y la eficacia al estudio y a sus amigos y aficiones....
Pasando a otro tema crucial para afrontar estas cuestiones, se puede leer un texto del profesor Seva, catedrático de Psiquiatría de Zaragoza, que dice: “Lo que has heredado de tus padres, adquiérelo para poseerlo”, lo que significa que el adolescente tiene que tomar de sus padres una herencia no sólo económica sino fundamentalmente de afectos, de valores, de virtudes familiares y sociales, y tiene que luchar por conseguirlas aunque se las hayan cedido. Para que haya una adolescencia enriquecedora tiene que existir siempre un toma y daca y algunas veces ocurre que los padres no son capaces de dar, saben ceder. El quid de una buena educación está en saber darle al adolescente lo que es preciso para realizar ese paso que supone la autonomía personal: libertad de decisión en tantas cosas de la vida cotidiana, en cuestiones de aficiones, gustos, orientaciones profesionales, horarios. Libertad que es difícil ceder cuando aún no se ha visto cómo se administra, como se acompaña de la correspondiente responsabilidad. En definitiva riesgo, un riesgo que como es lógico atemoriza a los padres, pero que es necesario arrostrar... A veces los padres llevados de un exceso de celo, de una falta confianza no saben hacerlo adecuadamente. Y ese es el quid de la cuestión: que el chico pueda tomar en el momento adecuado aquello que le han de ceder para hacerlo propio y responsabilizarse de ello
¿Qué hacer, pues, ante la adolescencia? Hay que pensar, primero, que todos hemos pasado por ella y ninguno de los que leen esto ha muerto en el intento. Luego, considerar que, desde un punto de vista histórico, todas las personas que están o han estado en el mundo han pasado por la adolescencia y la humanidad, como se ha visto antes, va a mejor de una manera progresiva. Y en tercer lugar se hace necesaria una actitud de generosidad hacia el chico, que no podría adquirir nada si los padres no son capaces de ceder, y eso es una actitud de generosidad propia del mismo hecho de ser padre. Los padres supieron dar algo de sí mismo para que ellos nacieran, lo siguieron haciendo en la infancia. Y en la adolescencia hay que dar todavía un poco más...
EL PREJUICIO DE EDIPO.
Nuestra cultura tiene muchas referencias del mito de Edipo, a través de la literatura en las obras de Esquilo Sófocles, Eurípides, Séneca, Corneille, Gide, Cocteau, o en la música de Mussorgsky, Mendelssonh, Strawinsky, etc.Pero sobre todo, son los seguidores de Freud quiénes han dado más vuelo al nombre del rey de Tebas, al popularizar el célebre y confuso complejo de Edipo, tan en boga las décadas pasadas, cuando el psicoanálisis hacía un furor que se va apagando poco a poco.
El complejo de Edipo podría sintetizarse mucho al describirlo cómo un trastorno de la afectividad y la conducta derivados de carencias por falta de autonomía e independencia emocional respecto a las figuras paternas; que con frecuencia se interpreta sobre todo en el ámbito de la madurez psicosexual. Se puede decir que Edipo no padeció el complejo de Edipo, o al menos no parece deducirse de lo que se ha descrito de este personaje. Aunque, en el drama del héroe de Tebas, haya símbolos que le sirvieran a Freud para bautizar con el nombre de Edipo dicho trastorno psíquico.
Edipo era hijo de los reyes de Tebas, Layo y Yocasta. El augurio predijo a Layo que un hijo suyo lo mataría, casándose con su madre. Por eso Layo lo llevó al monte Citerón y lo abandonó colgado de un árbol por los pies para librase de él. Sin embargo Edipo fue recogido por un pastor y cedido al rey Polibo, de Corinto, que no tenía hijos y lo adoptó. Ya adulto, Edipo comenzó a dudar de su verdadera identidad y acudió al oráculo de Delfos - ¡otra vez el oráculo! - para aclarar el misterio. La Pitia no le reveló el nombre de sus padres, tan sólo le advirtió que no volviese a su patria, pues su futuro estaba determinado a matar a su padre y casarse con su madre. Muy asustado, Edipo abandonó Corinto y se dirigía a Tebas, cuando en el camino fue atropellado por un carro muy veloz. Lleno de furor, Edipo entabló una pelea, en la que mató al conductor, un lacayo y al dueño, que no era otro que su verdadero padre, Layo – desconocido para Edipo.
Continuando Edipo su camino, encontró a la Esfinge, un monstruo con cuerpo de león y rostro de mujer, que tenía aterrorizada a la población de Tebas. La venció con su lógica, descifrando una adivinanza del malvado ser, y fue recibido triunfalmente en la ciudad, donde recibió el premio de su hazaña y se casó con Yocasta, su madre, pasando a ser rey. Los dos vivieron felices, ajenos al conocimiento de su relación natural y tuvieron cuatro hijos. Hasta que la fatalidad asoló la ciudad y Edipo recurrió de nuevo al oráculo, que acusó al asesino de Layo como culpable de la ira de los dioses contra Tebas. Un anciano servidor del palacio le reveló su verdadera identidad y Yocasta se ahorcó al conocer la verdad, a la vez que él mismo se arrancó los ojos y los tebanos le obligaron a abandonar la ciudad.
En esta leyenda tan dramática hay mucho prejuicio, facilitado por tanto oráculo. Quizá las cosas han cambiado y la perspectiva actual no es la misma que la del mundo griego, dominado por la idea determinista de la fatalidad, los tiempos cíclicos y, sobre todo, del acontecer ya predeterminado por los vaticinadores. Pero no hay que olvidar que las enseñanzas de la mitología tienen una validez perenne y, por lo tanto, deben interpretarse con los matices que pueda darle el tiempo en que se recrean. Así, ahora, me parece que en esta historia hay aprensiones, adquiridas por la creencia en lo que dicen los adivinos. Y son, precisamente estos temores concebidos de antemano, los que alteran la libertad, los que conducen por derroteros equivocados la conducta hasta el sarcasmo, hasta el drama...Como Edipo y Layo que, sin complejos, llevaron hasta la exasperación la fatalidad de sus prejuicios.
ESQUEMA SOBRE EL DESARROLLO PSICOSOCIAL EN LA ADOLESCENCIA:
Se puede hacer una clasificación evolutiva de tres fases, desde la primera adolescencia (entre los 12 y los 15 años, aproximadamente), a la adolescencia media (l5-18 años, aprox.) y la adolescencia tardía (18-21 años, aprox.).
1. Respecto a la identidad personal.
· Mayor conocimiento intelectual, mundo de fantasías, sentimientos y necesidad de intimidad.
· Vocación marcada por el idealismo que va evolucionando hacia intereses prácticos y realistas.
· Sentimientos de omnipotencia, que se van atemperando.
· Escaso control impulsivo, que evoluciona hacia las conductas de riesgo y llega a conseguir comprometerse y establecer límites.
· Delimitación de los valores éticos, religiosos, sexuales y sociales.
2. Respecto a la corporalidad.
· Desde la preocupación, rechazo e inseguridad de los cambios corporales, hasta la preocupación para hacerse más atractivo y la aceptación del cuerpo.
3. Respecto a las relaciones sociales
· Intensas relaciones con amigos del mismo sexo, al principio.
· Integración y aceptación de los valores de los demás, en la adolescencia media.
· Pérdida de importancia en el grupo, con una mayor tendencia a relaciones más personales e íntimas.
4. Respecto a la independencia.
· Desde una progresiva pérdida de interés en las refrencias de los padres, pasando por un rechazo total y una posterior de aceptación de consejos y valores familiares.
2004-01-04
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Hacia una nueva cultura
Por Alejandro Llano
En vísperas de la celebración del V Congreso Católicos y Vida pública, que tendrá lugar del 14 al 16 de noviembre en la Universidad San Pablo- CEU, de Madrid, el Director del Instituto de Antropología y Ética de la Universidad de Navarra reflexiona, para Alfa y Omega, sobre la necesidad de apostar por la cultura cristiana, frente al vacío de la cultura oficial cimentada sobre la mera transgresión.
El campo de la cultura parece ser una de las pocas áreas del territorio social donde reina un cierto sosiego. La política nos divide, la cultura hace que nos encontremos. La economía nos enfrenta, mientras que en el ámbito del arte y del pensamiento nos alegramos de que otros hagan bien las cosas. Parece que en los envases del supermercado cultural podría fijarse la consabida pegatina: Todo el mundo es bueno. No quisiera sembrar cizaña en este panorama tan bucólico, pero lo cierto es que esta prolongada concordia me resulta sospechosa. Sobre todo cuando los panoramas que, por ejemplo, nos pintan los medios de comunicación ofrecen casi siempre idénticos paisajes. Son siempre los mismos quienes aparecen diciendo o haciendo cosas semejantes en las páginas de los suplementos culturales. Otros, en cambio, quedan ocultos por el velo de la ignorancia; y muchas veces sus creaciones son más interesante y rompedoras que las de la cultura oficial. Como se demostró en los últimos años de la difunta Unión Soviética, nada se persigue con más saña que la cultura inoficial, cuando resulta que sus representantes ni se integran ni se callan. Alzar la voz y decir algo que no está previsto en el guión resulta peligroso. No suele perdonarse. Todo lo cual abona el convencimiento de que la neutralidad de la cultura es un mito interesado. Porque en la creación de belleza y en el desvelamiento de la verdad se reflejan y se cultivan las diversas concepciones del hombre, del mundo y de Dios que, por fortuna, no pueden conciliarse pacíficamente en la versión autorizada. De ahí que la pregunta clave sea: ¿Qué cultura? –porque no da lo mismo una que otra–. A este interrogante se intentará responder en el Simposio de la Universidad San Pablo- CEU, que tendrá lugar a mediados de noviembre.
A mí me parece una cuestión decisiva, sobre todo si –como espero– los que intervengan en esas jornadas tienen la valentía de decir lo que piensan y la lucidez de pensar el hondón de los muchos enigmas que rodean a las mujeres y los hombres de nuestro tiempo. Hay otra cultura que no tiene la obligación de mimetizarse con esa continua ceremonia de la transgresión programada –no pocas veces de escasa calidad– que recibe toda suerte de patrocinios públicos y privados. La hoguera de las vanidades ha de ser continuamente alimentada. Primero le arrojamos todo lo que tenemos. Después nos acabamos arrojando nosotros mismos a ella, para aplacar su voracidad y eliminar nuestro propio vacío. Hay, lo digo de una vez, una cultura cristiana que, en lugar de envilecer a la persona, trata de llevar hacia la luz lo mejor que de ella surge. No es edificación confesional ni propaganda eclesiástica. Es la autenticidad de quien no admite que se cierren por orden superior las puertas del espíritu, ésas que según Kierkegaard han de abrirse hacia afuera. Es la cultura que crea y anticipa, que se toma de una vez por todas, la libertad de innovar a golpe de verdad y de amor, siempre más fecundos que la máscara y el resentimiento. A esta nueva cultura, hecha de dignidad y de audacia, hay que darle voz, para que no quede ahogada por el estrépito de la prepotencia y la confusión. La capacidad de descubrir y valorar lo nuevo procede de la interna energía vital que supera lo ya conocido o tenido, para adentrarse en zonas que no están sometidas al poder impersonal de una opinión pública comercializada y manipulada, sino que constituyen una expresión de nuestra capacidad inventiva. El logro de esta creatividad depende de que el hombre y la mujer se conciban a sí mismos como proyecto. La virtualidad de inauguración humana incide primariamente en la propia persona. La cultura no es una feria de ocurrencias, ni una exposición de antigüedades: es un modo de ser en el que, como dijo Juan Ramón, la «libertad de lo bien arraigado se abre a la seguridad del infinito vuelo».
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PENSAMIENTO Y ACCIÓN
Contra la educación de valores
Descubrir el valor de cada cosa para dar valor a a quello que lo tiene
Emili Boronat, profesor del Centro Universitario Abat Oliba CEU- 24.01.2002
Es corriente en los ambientes educativos oír hablar con preocupación de la falta de valores entre las nuevas generaciones, de la necesidad de transmitir valores a los jóvenes, de impartir una educación en los valores. Padres, maestros, teóricos de la educación y políticos, católicos o no, nos urgen en tal sentido.
Vistas las cosas desde una cierta perspectiva se puede tener la sensación de que algo parecido a lo que sigue debe estar sucediendo: que una generación adulta percibe en las filas de la generación que le sigue que las cosas normalmente no van bien. Que los criterios por los que los jóvenes se mueven crean condiciones que van a hacer la vida más difícil en un futuro próximo: egoísmo, individualismo, competencia desleal, marginación, falta de solidaridad, desgana vital, soledad, abandono de ancianos, ruptura de la vida familiar... Habría que impedirlo. Al mismo tiempo, también da la impresión que en un mundo tan cambiante, tan rápido en transformaciones que alteran nuestra vida, conviene fijar aquel código de conducta que pueda ser aceptado por la mayoría y que sirva para la mayor parte de nuevas situaciones posibles, aún imprevistas. En definitiva: algo habrá que transmitir a las nuevas generaciones que la experiencia nos haya mostrado como válido; pero también tendremos que convenir algo nuevo y adaptado a las nuevas exigencias, para poder progresar sin renunciar a lo verdaderamente útil y necesario de las normas que garantizan el buen funcionamiento de la sociedad.
Pocas cosas más allá de lo que acabamos de citar sucintamente aflora de los análisis que en boca de la mayoría se puede escuchar. Mantener lo bueno, adaptarlo a lo nuevo. Parece que de ese modo el antiguo aforismo de progresar conservando y conservar progresando, cobra sentido y validez social.
Pero a nuestro entender las actitudes personales y sociales que subyacen a esta postura son muchas veces manifestación del miedo: miedo a perder un conjunto de normas, valores, criterios, códigos, que han sido garantía, con todos sus defectos, de un cierto orden general de la vida, favorable aún, sobre todo si lo comparamos con lo que nos viene o presentimos lo que nos amenaza. Miedo, por otra parte, a que todo ese mundo nuevo, global, multiétnico, multicultural (¿o unicultural?), virtual, nos pille desprevenidos, sin nada que decir ante una realidad que nos desborda. Nos deje, por así decirlo, débiles, de ideas, sistemas y posiciones. Miedo, en fin, a perder lo poco bueno de nuestro pasado y de nuestro presente ante un futuro que nos desarma.
La posición común: ´´hay que recuperar valores, hay que rearmarse moralmente´´. Esta es la expresión oída varias veces en boca de algún político, sobre todo de las filas de la derecha, la de toda la vida, ¿cómo no? También lo afirma algún que otro advenedizo, tránsfuga ideológico de la izquierda tras el descalabro social causado precisamente por el progresismo cultural. ´´Hay que transmitir los valores básicos´´. O mejor, como propone el progresismo ¿por qué no crear nuevos valores y partir de éstos como nuevo sistema de principios básicos? Y ¿cuáles son los básicos? En época de escepticismo y relativismo, consensuemos. Y a la hora de transmitirlos, formulémoslos de modo tal que ninguna sensibilidad, religión, condición, opción o credo, se sienta discriminada. Resultado: una solución sin lógica interna, una amalgama sin alma, una propuesta sin atractivo. Eso sí, valores.
Creo que esa idea de determinar y consensuar valores responde a un espíritu conservacionista y falsamente progresista. Su causa, el miedo a perder sin ver qué se gana; el desconcierto ante la realidad en este futuro ya presente. Su consecuencia: ni se conserva ni se progresa. Y eso a pesar de dos fenómenos que parecen contradictorios con lo que acabamos de decir: el giro conservador de la sociedad, con la recuperación del valor de la familia, de ciertos códigos morales, de un retorno a lo religioso, y al mismo tiempo una fe firme en las ventajas que el progreso nos depara en el futuro.
En realidad, todos los esfuerzos que se puedan hacer en orden a lo que comúnmente se llama transmisión de valores, van a dar en nada si los presupuestos que impregnan la mentalidad educativa son el escepticismo, el relativismo y sus frutos de consumo en su versión actual: multiculturalismo, tolerancia, globalización, solidaridad, etc. Muchos educadores constatan el gran esfuerzo que realizan en la llamada educación en valores en comparación con los escasos frutos obtenidos: tutorías grupales, créditos de síntesis, temas transversales que van desde la educación viaria, la prevención de enfermedades de trasmisión sexual, el uso responsable de la capacidad reproductora, la antixenofobia, el machismo en educación, la educación para la salud y un largo etcétera de temas y créditos ensayados de mil maneras, con los métodos pedagógicos más avanzados, sobretodo si se trata de autonomías donde la innovación pedagógica y la experimentación de nuevos procedimientos han llegado a convertirse en bandera de identidad de su capacidad de gestión y de su indiscutible modernidad. A la vez, los tristes resultados estadísticamente descritos y silenciados por políticos y responsables culturales: aumento de los accidentes de tráfico entre los jóvenes, de embarazos no deseados entre adolescentes con sus consiguientes abortos, las manifestaciones violentas gratuitas contra inmigrantes, el deterioro de la salud por mala alimentación, abuso de tabaco, alcohol, drogas nuevas y dietas sin control. Y un síntoma aun peor: todo eso se produce sin pasión, sin ardor, sin resquemor ni espíritu rebelde, sin rechazo ni aprecio fervoroso por algo... sin ira, como dice la canción, eso sí, con libertad. Algo ha pasado para que un número creciente y ya alarmante de jóvenes crezcan sin ser ´´ni fríos ni calientes, sino tibios´´, sin odio para pecar rebelándose contra no se sabe qué Dios y qué mandamiento. Sin amor, en fin, para llegar hasta el final, sino con solo deseo hasta alcanzar el linde de su satisfacción pequeña e inmediata.
Nunca ´´los valores´´ han estado tan presentes en los medios, en los programas educativos, con textos y manuales, en los discursos de educadores, ... nunca tan ausentes en la vida. ¿Qué sucede? ¿En qué se ha fallado? ¿Qué se ha hecho mal?
Dos causas explican tal fenómeno: el relativismo y el voluntarismo. La educación no puede darse jamás en una atmósfera espiritual, moral, cultural, de relativismo o de escepticismo generalizado, a no ser que entendamos por educar domar ciudadanos para crear condiciones de orden, de modo que se pueda satisfacer determinadas expectativas políticas o económicas de poder. Por esa doma adquirimos hábitos de obediencia, orden y consumo; un determinado comportamiento social, moral, político y económico. Puro conductismo. Es lo propio del puritanismo y del utilitarismo. Busca conservar el orden para la satisfacción creciente de los intereses. En el fondo, una regulación represión-concesión de los deseos hedonistas siempre insaciables.
En una percepción relativista de la vida, lo que hay que hacer, lo que hay que transmitir, es tal o cual cosa, en el fondo, por su utilidad o beneficio. Hay que conseguir que se haga, que tal acción, tal posición, tal criterio, valga, sea valorada, sea valor: ante la diferencia, de raza o de opción sexual, integración; ante el desconcierto vital; tolerancia. He aquí, pues, la segunda raíz del mal: esos valores, que no justificamos racionalmente como verdad, pues nada es en definitiva verdad, no convencen, pero la voluntad afirma, la del poder que los crea, la de la mayoría que los refrenda y la personal, por la que el entendimiento y el sentido común se sobreponen a su natural desconfianza y al deseo natural de entender, de explicarse, de someter a crítica, de llevar a examen.
Del relativismo, entre muchas otras cosas, surge también el voluntarismo. Y la voluntad, crea valores y los transmite. Vence, somete, pero no convence. Mueve a hacer pero no satisface. Nuestros jóvenes -se dice- no creen en nada y, encima, no obedecen (de hecho ya no se les manda, para evitarnos el disgusto o constatar que ni en lo mínimo deseable, obedecen).
He aquí la clave para explicar tres fenómenos concatenados: el fracaso manifiesto de las nuevas formas de la educación cívico-social; el consiguiente aumento -mentes bienpensantes arcaizantes dicen- de los problemas de ´´orden público´´; finalmente, la tristeza, la desesperanza, la abulia espiritual, la acedia, el tedio, el vacío en el alma de los jóvenes, y, a caballo, también en la de muchos adultos embobados por la idea de que los jóvenes, por llegar después, en ese futuro mejor, son lo deseable para todos, el modelo a imitar.
Los valores, tal como se entienden, son un producto de la voluntad que transforma y adapta, que afirma y crea, que hace ser, pero no dice porqué.
Queremos insistir, bien que el voluntarismo nace del relativismo, en ese defecto por exceso de la voluntad y que supone un abandono de la razón. De hecho de este abandono nace el relativismo mismo. Pero vayamos a hablar de ese voluntarismo como defecto de la educación.
De hecho el voluntarismo nace como reacción a un defecto también grave, el intelectualismo. Este consiste en la consideración de la vida intelectual, del acto del conocimiento y de la vida moral, como separada de la realidad concreta y de la experiencia natural práctica del hombre. Es como si las ideas, los conceptos, la norma se generaran como algo propio y diferente de las cosas. El tipo de educación que deriva de ahí promueve la habilidad por el uso y manipulación de las ideas, las palabras y los objetos. Abusa de la memoria, pero no como preparación al entendimiento, sino como disposición a lo útil y lo práctico. Por eso el intelectualismo acaba manifestándose en la pedantería del uso de la realidad a través del lenguaje y de la imagen, creando situaciones narrativas figurativas, estéticas, absurdas, o sea, ´´sordas´´ a la realidad, a la naturaleza de las cosas. Generan mundos virtuales y alejan a los jóvenes de la realidad, de la comprensión del mundo y de su propia realidad personal. La deformación intelectualista se esconde lamentablemente bajo la apariencia deslumbrante de ´´creatividad´´, tan cacareada en la moderna pedagogía. Y ésta no es sino, por negar la realidad y pretender suplantarla en su condición dada por nuevas ideas, por un orden racional, original, mera imaginación. El intelectualismo acaba degenerándose en fascinación de lo imaginario, ensoñación de la razón.
La segunda forma moderna del intelectualismo es la especialización técnica y el culto tecnicista: manipulación de objetos para fines útiles, pero separadores o indiferentes al fin general y más elevado de la vida humana. El resultado: si en el primer caso es la creación de una realidad nueva en la que toda ley es posible y todo es igualmente verdadero; en el segundo es la realización práctica de tales proyectos de la mente, es decir, una ciencia sin límite y una técnica sin ética. En definitiva, un mundo de virtualidades posibles y de posibilidades sin más límite que la voluntad del poder.
Ante el sentimiento de pánico suscitado por un mundo espiritual y material tan amenazador, surge la reacción voluntarista. Aparentemente bien encaminada. Pretende, mediante el desarrollo del carácter, de la voluntad, en definitiva, mantener a raya las tentaciones de una inteligencia sin freno. Es hoy un tema de moda pedagógico. Digo de moda porque toda moda pretende sustituir lo anterior por considerarlo caduco y poco adecuado a las nuevas situaciones. Pero en realidad es un grave error juzgar de tendencia antigua en pedagogía el intelectualismo y de innovación moderna la reacción voluntarista bajo el epígrafe de educación en valores. Creo haber mostrado como muy actuales ciertas formas que sobredimensionan la inteligencia (la creatividad virtual y la especialización técnicas). De hecho el intelectualismo es un mal tan moderno como su antítesis voluntarista. Son el signo de identidad de la modernidad histórica, cultural, religiosa, etc., etc.
Haciendo una apretada simplificación el voluntarismo se expresa hoy de este modo: bien por la ciencia y los desarrollos técnicos, bien por los frutos de la creatividad literaria, artística, cinematográfica, televisiva, bien, cómo no, por la libertad de expresión, de opinión, ... pero con un cierto arbitraje ético, moral, deontológico o como se quiera llamar. Todo ese progreso, será bueno porque va por sí mismo y es imparable, pero pongamos límites a su expansión peligrosa a sus posibles efectos contrarios a ciertos intereses generales. Y como esos intereses varían y se consensúan, ¿dónde está el límite? Por esta vía como vemos, se llega a considerar todo límite como relativo, arbitrario o, como se solía decir, represor. ¿Qué va después? Eliminémoslo en nombre de la libertad o aceptémoslo por una cuestión de interés o de orden público. Muy mezquino, muy poco motivador un valor cuyo fin no sirve para nada más. El voluntarismo colectivo creador de valores y transmisor a través de determinada educación adoctrinadora, me parece conservador por timorato; contrario a la libertad que pretende garantizar, pues todo valor colectivo no deja de ser una alternativa coactiva a mi libertad personal. ¿Por qué no generar yo mis propios valores?
Pero la educación voluntarista tiene otra consecuencia práctica: el debilitamiento del entendimiento, por el hecho de exagerar el dominio de la voluntad sobre él, de tal manera que todo acaba por depender de la voluntad de creer. Creer en la tolerancia, creer en el antirracismo, creer en la juventud, como creer en la familia, los matrimonios homosexuales, o creer en lo religioso. Creer en las bondades de esos valores, o en otros ¿por qué no? Ese es el fin de la nueva educación voluntarista, sea la laica, con sus valores de igualdad, libertad, fraternidad y progreso, o sea la religiosa moderna, con sus mandamientos y leyes morales bien codificadas. Ambas, en el fondo, hijas de la misma modernidad, aunque una expulse al pasado a la otra. Ambas fracasan. Se vio en ciertas deformaciones en la educación religiosa impartida en determinados ambientes no hace muchos años, como se está viendo en la educación laica actual, más renovada y planetaria. Porque lo que ha sucedido y sucederá es que, debilitado el entendimiento, se debilita también la voluntad, pues la verdadera voluntad pierde vigor al no ver alimentada su disposición por un anhelo de Bien, suscitado por el entendimiento. Resultado: el hombre se desencanta, los jóvenes no se sienten motivados, impelidos a algo desde el fondo más vital de sí mismos. Con el voluntarismo, nacido como reacción ante los frutos del escepticismo y del relativismo, se acaba provocando el escepticismo y el relativismo mismos, pero aun más radicales si cabe, pues ahora son fruto de la decepción y de la derrota. Va apareciendo entonces un tipo de hombre debilitado y manipulable, pues, por las ideologías y por el Estado.
El voluntarismo, entonces, nace del relativismo: no hay algo más verdadero, no existe entonces bien y bien mayor. Pactemos valores; tomemos como valores lo que sugiere la circunstancia. Resignémonos a ellos por su utilidad circunstancial. A pesar de ello, y por eso mismo, desengañados, alimentamos el relativismo.
Es natural que, no entendiendo lo que pasa, culpemos a los jóvenes de no tener fuerza de voluntad. Apliquemos métodos de motivación. Esto no sale bien: los profesores están cansados, los jóvenes más desmotivados, los padres desconcertados, los poderes marean la perdiz e inventan nuevos ajustes. La vida se neurotiza y todo cae ya bajo un sospechoso dominio de la Psicología. O ¿no será que falla el planteamiento mismo de la educación en los valores?
La solución a este problema está en la recuperación de una noción natural del hombre, de una verdadera antropología. El hombre se mueve tras lo que quiere: ´´Donde tienes el tesoro, allí tendrás tu corazón.´´ (Mt. 6,21). Eso es lo que hace la voluntad, moverse o enfermar. El fin de la educación es mostrar esos tesoros mejores a través del entendimiento. El entendimiento descubre la realidad atrayente de las cosas mismas. Las muestra porque las ve admirables. Así, se tornan deseables a la voluntad.
Lo verdadero, la realidad convincente, es el bien al que la voluntad se va a dirigir. Sólo hay un camino: que vean. Recuperar el uso de la inteligencia, del entendimiento, entender cuan apetecible es la verdad, cuál es el bien en ella. Sólo por medio de la inteligencia se penetran las facultades del desear, del amar, dando así dirección al crecimiento espiritual, moral e intelectual de hombre.
La buena educación lleva a descubrir el valor de cada cosa, para dar valor a lo que lo tiene, para reconocer por qué vale lo que vale.
Justo desde esta perspectiva cobra verdadero sentido la adquisición de hábitos, pues estos disponen las potencias del educando -memoria, entendimiento y voluntad-, para poder conocer la realidad de las cosas y desear el Bien.
Esta ordenación de las facultades humanas según su naturaleza tiene consecuencias tanto en el orden educativo como en el social. Educativamente libera al educando de la determinación social, cultural, o del consenso como causa de la bondad de sus juicios y de sus actos, pues es por sí mismo, inclinado por la realidad que va descubriendo, que ve la ley misma de las cosas y de nuestro buen obrar. Como la realidad es el objeto propio, diríamos el patrimonio del entendimiento, cada educando puede, a partir de su propia condición y facultades, pero con ayuda de la educación, ir aprendiendo lo mejor y lo más verdadero. En el valor hay que creer, o aceptarlo, al ver su utilidad cuando reflexionamos sobre las consecuencias. En fin, lo que Kant llamaría una perfecta heteronomía de la voluntad, con lo cual no hay ni libertad ni acto moral. Lo bueno, lo verdadero, lo justo, lo asentimos. El buen maestro no seduce, no cae en la trampa de confiar en los llamados procedimientos de motivación, pues superando la dependencia de la primacía de los medios, es capaz de crear y recrear los más adecuados a la naturaleza de los educandos y, sobre todo, al objeto al cual sirven. El buen maestro conduce nuestro entendimiento ante las cosas para suscitar ante ellos la admiración por su existencia y su orden. No arrastra, señala. Para ello debe amar la realidad porque a través de ella se desvela el misterio mismo de la vida.
Si la consecuencia educativa es, vistas así las cosas, el goce por el saber, el saber como vía hacia el bien, una verdadera libertad personal, las consecuencias sociales son en primer lugar una disposición moral como acto personal, no de aceptación voluntaria de una norma social consensuada.
Sólo así la vida política podrá descansar sobre la responsabilidad de los ciudadanos, pues, de lo contrario puede suceder que, siendo el poder el autor de los valores, peligre no sólo la libertad general, sino la integridad personal misma, la vida espiritual, la identidad de los ciudadanos. Podrá decirse que vivimos en un régimen de libertades pero aumenta el sentimiento creciente de fatalismo histórico y de ausencia verdadera de libertad personal, en todo caso sólo reducida a una condición formal de la manifestación de deseos y pasiones.
Más que hablar de valores, debemos hablar del Bien, de aquello a que nuestra naturaleza, un bien querido por Dios, como toda la realidad misma, tiende a buscar para su mayor plenitud. Sólo fundada en el bien la educación mueve el entendimiento y la voluntad y da sentido a todas las pasiones del ser humano. Esta es la máxima garantía de libertad personal y de dignidad. Un pueblo así fundado puede vivir esperanzadamente una vida social, económica y política protegida de los desvaríos totalitarios del poder y de la violencia gratuita del nihilismo.
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La sencillez de la belleza
J. Mª. ALIMBAU
M iguel de Unamuno sostenía: «La falta de sencillez lo estropea todo». Y el escritor católico Giovanni Papini afirmaba: «La sencillez es una fuerza que vence a todas las astucias». Por su parte, Francisco de Quevedo decía: «Es imposible que exista una persona importante ¬en ciencia, en nobleza, en méritos, en fama de santidad¬ si carece de la virtud de la sencillez».
San Benito Menni aconsejaba a las religiosas fundadas por él, cuya vocación estaba dirigida hacia los enfermos mentales y físicos: «Debéis ser almas sencillas como palomas».
Juan XXIII escribía: «Conforme me voy haciendo viejo percibo con mayor claridad la dignidad y la belleza de la sencillez... Sencillez en la forma de pensar. Sencillez en la manera de hablar. Sencillez en el modo de conducirme»... Y añadía: «Debo limpiar mi viña de todo sarmiento estéril y de toda hojarasca inútil. Debo concentrarme... en la verdad, en la justicia y en la caridad. He de simplificar, hacer sencillo todo lo que es complicado. He de enfrentarme a todo... con la mayor naturalidad, con la mayor sencillez».2004-01-07
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Capaces, ¿de qué?
«Cada día, al levantarme, doy gracias a Dios por la pierna que su bondad infinita ha querido concederme». No es una frase hecha, como queriendo expresar una piadosa resignación. Es el lúcido testimonio de una mujer que, siendo muy joven, perdió, a causa de un accidente, una pierna, pero no la luz del corazón. Ella repite con frecuencia esa elocuente expresión, recibida en nuestra herencia cristiana, que llena de verdad y de realismo toda decisión y todo propósito: «Si Dios quiere»; y lo dice con esta personal, y ciertamente sabia, añadidura: «Y lo que Él quiera, lo quiero yo». Se encontró con nuevas limitaciones, y también con nuevas fuerzas. Quien la creó de la nada, y la sostiene, como a la creación entera, a cada instante, no está a merced de condicionamiento alguno, es El que es, según sus propias palabras. Sin Él, hablar de capacidades –nuestro tema de portada está dedicado a los discapacitados– es un completo sarcasmo.
¿Quién puede, por mucho que se esfuerce, añadir siquiera un centímetro a su estatura, o un instante al tiempo de su vida? Tal pregunta no parece que hoy día sea muy políticamente correcta. A muchos, la cultura dominante no les deja ni planteársela, y otros muchos hasta se atreven a descalificarla, en su necia adoración a la ciencia y al dinero como si de auténticos dioses capaces de todo se tratase. Cuando se derrumba un avión sobre las aguas del mar Rojo y perecen todos los pasajeros, o incluso cuando un terremoto, como acaba de suceder en Irán, deja la estela de decenas de miles de muertos bajo los escombros de las casas, hablar de la discapacidad de las mismas, pobres construcciones de adobe, o de la discapacidad del avión, que no habría contado con las suficientes medidas de seguridad, ¿es sabiduría o necedad? Ni qué decir tiene que unas casas mejor construidas y un transporte aéreo con las mejores condiciones posibles de seguridad serían más capaces de servir a la vida de la Humanidad, ¿pero acaso tales mejoras constituyen la capacidad misma de la vida?
«¿De qué le sirve al hombre –las palabras evangélicas resuenan con imponente actualidad– ganar el mundo entero, si se pierde a sí mismo?» ¿Quién está más capacitado en su humanidad, el pobre y el enfermo que enriquecen al mundo con su amor, o el rico y el rebosante de salud del cuerpo que lo empobrecen todo con su ciega autosuficiencia? Hablar de discapacidad es hacer referencia a una limitación. Y ¿quién no tiene, no ya una, sino múltiples limitaciones? Hasta el más dotado, física y psíquicamente, ¿acaso es capaz de alcanzar el deseo infinito de su corazón? ¿Y no es experiencia común de toda la Humanidad que la presencia o la ausencia de ciertas capacidades no implica necesariamente la presencia o la ausencia de la felicidad? Sin embargo, la obstinación de muchos en no reconocer tal experiencia es emblemática. Pero más obstinada es la realidad. El hecho es que nadie puede darse la felicidad a sí mismo. Nos viene siempre de fuera de nosotros mismos. Es un don que, en definitiva como mendigos, acogemos…, o rechazamos. Por eso, la única discapacidad a temer es la autosuficiencia.
¿De qué somos capaces si antes no nos ha sido dado serlo? No seamos ciegos. La capacidad que nos define como seres humanos –y justamente ahí reside la imagen de Dios que nos constituye– es precisamente la capacidad de infinito, es decir, la capacidad de acogerlo Todo. En la medida en que le cerramos las puertas, por mucho que creamos tener, nos quedamos sin nada. Por el contrario, sólo reconociendo nuestra nada, sedienta de Todo, somos capaces de ser saciados sin fin.
2004-01-09
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Las ventajas de hacer el bien
José María Alimbau
Haciendo el bien... se vive mejor.
¬ Tú que sufres y gimes, debes vivir mejor. Dios ve y mira tu corazón, tu interior, tus sufrimientos. Y jamás juzga ni retribuye por el exterior, por las apariencias... sino por el interior.
¬ Si los fracasos, las humillaciones, las frustraciones, los vaivenes de la vida... te han lastimado, pero también te han humanizado, te han enriquecido interiormente, te han hecho más espiritual... tú podrás ayudar a otros.
¬ Si sabes mirar al cielo ¬a Dios¬, aunque los ojos estén llenos de lágrimas y tu corazón rebose sufrimientos y amarguras... experimentarás pronto el don de la paz. Y vivirás mejor.
¬ Si has derramado luz donde había tinieblas; paz donde había resentimiento; perdón donde habitaba el odio, amor donde imperaba el egoísmo... sin duda, tu conciencia y tu vida te lo agradecerán y, de igual manera, todos los que estén a tu alrededor.
¬ Si has puesto comida... donde había hambre;
¬ Si has llevado agua allí donde había sed
¬ Salud donde había enfermedad;
¬ Consuelo donde había dolor y lágrimas...
¬ Esperanza donde habitaba la miseria...
¬ Tu ayuda ¬grande o pequeña¬ habrá mejorado, sin duda, la vida de una persona.
¬ Si has sabido sonreír y reír con quienes hacía tiempo que no conocían la alegría, que no sonreían y, mucho menos, reían... entonces, debes estar contento de tu aportación porque es tu luz la que ha hecho brillar esos rostros.
¬ Porque así es como uno vive y enseña a vivir mejor la vida.
2004-02-11
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PADRES E HIJOS - La confusión de papeles en las relaciones entre padres e hijos causa disfunciones: el padre actúa casi como amigo del hijo, y los hijos actúan casi como padres de sus padres. No basta sólo el diálogo; hace falta autoridad. Si todo es relativo y dialogable, el hijo pierde puntos sólidos de referencia, queda sin guía, y eso le genera ansiedad. La autoridad es necesaria.
El autoritarismo es tan pernicioso como la falta de autoridad; hay situaciones en las que los padres deben decir no. Y que ese no sea firme, innegociable. Y no ceder en esas cosas importantes. Los padres se pasan hoy de demócratas
Andrea Fiorenza, psicólogo – 2004
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Religión y verdad
UN PUNTO DE VISTA FILOSÓFICO
Por Victor Sanz
La religión –así piensan algunos y es, por otro lado, una idea bastante difundida- proporciona las respuestas y hace, por tanto, innecesarias las preguntas. Es más, una vez que poseemos la respuesta, continuar preguntándose es temerario o inútil. Pero una religión que incite a no preguntarse manifiesta evidentes muestras de debilidad y cercena el camino a la verdad. Por eso, el quehacer teológico es, ante todo, expresión de valentía y de audaz confianza en la verdad de la religión a la que sirve.
UNA DE LAS ENSEÑANZAS que obtenemos de la historia, en sus complicados vericuetos y desarrollos, es la cambiante valoración que concede a las palabras, con una volubilidad que en muchos casos se nos antoja caprichosa y se asemeja a las cotizaciones de los llamados “valores” bursátiles. Se podría evocar, a este propósito, la conocida expresión con la que Giambattista Vico se refería al flujo y reflujo del vivir y, especialmente, a su permanencia en forma de historia: los corsi e ricorsi. Las palabras —y los conceptos que ellas designan— experimentan también, a lo largo de su historia, un continuo ir y venir subir y bajar, que recuerda el incesante vaivén de las olas que mueren en la playa. Lo cual muestra, sobre todo, que no son algo inerte y pétreo, sino vivo, pues poseen su propia biografía. Si retomamos la primera de las metáforas apuntadas, pienso que no resulta difícil aceptar que la palabra “religión” —cosa bien distinta es ponerse de acuerdo en el significado del término— se cotiza hoy al alza, mientras que no se puede decir lo mismo de la “verdad”, palabra caída en desgracia, que en muchos ambientes suena tan extraña como la palabra “virtud”, y que no goza de prestigio entre quienes se dedican a la especulación.
Bien es cierto que el resurgimiento de la religión y la revalorización del término, después de una larga etapa de desprestigio, adopta una serie de rasgos entre los que destaca la generosa amplitud con que se emplea, hasta el punto de que a veces resulta difícil dibujar un perfil definido de su significado, como se aprecia, por ejemplo, en las expresiones que se van imponiendo en el lenguaje especializado, como “religión vacía’ “religión civil’ “religiones laicas de salvación’ “religiones de sustitución” “religión secular’ “religión implícita’ “sucedáneos de religión’ “religión a la carta” “supermercado de las religiones’ etcétera. Esta proliferación de expresiones, algunas de ellas un tanto variopintas y paradójicas, hace que no resulte descabellado sostener —al menos a simple vista— que la religión ha logrado afianzarse y recobrar su antigua reputación a costa de desvincularse de la cuestión de la verdad. Se podría trazar el recorrido de los hitos más sobresalientes de este proceso y de las figuras que han contribuido a él. Figuras, por otra parte, que se cuentan entre las más señeras e influyentes de la historia de la filosofía, lo cual confirma de nuevo el lugar central que la cuestión de la religión —con independencia de que logremos ponemos de acuerdo acerca de su significado— ocupa en la vida de los hombres y en una de sus características más relevantes, como es el pensamiento.
No me propongo aquí hacer un ejercicio de reconstrucción histórica, pero sí aludiré a algunas propuestas que, a mi juicio, han tenido una influencia decisiva en la transformación del concepto de religión y su progresiva disociación del de verdad. Esta disociación, como trataré de mostrar, tiene consecuencias también para la filosofía, que, desde sus inicios, aspiraba a descubrir la verdad de las cosas, empresa que quizá hoy muchos consideren una aspiración desmesurada y pretenciosa, explicable quizá en los tiempos heroicos de los comienzos, caracterizados por una ingenuidad inasequible al desaliento.
Disociación de religión y verdad: breve recorrido histórico
Una de las propuestas disociadoras es la que hace Baruch Spinoza en el Tratado teológico-político, donde, movido por su nada oculta pretensión racionalista de instaurar claridad y orden geométrico en el panorama de la realidad, establece una nítida y definitiva distinción, que es también separación, entre una y otra instancia. Así, escribe al final del capítulo XIV de la obra: “Sólo nos falta, finalmente, hacer ver que entre la fe o teología y la filosofía no existe comunicación o afinidad alguna, cosa que no puede ignorar nadie que haya conocido el objetivo y fundamento de es tas dos facultades, pues se diferencian radicalmente. En efecto, el fin de la filosofía no es otro que la verdad; en cambio, el de la fe, como hemos probado ampliamente, no es otro que la obediencia y la piedad”. Para los menos familiarizados con el texto del Tractatus spinoziano, es preciso advertir que, a lo largo de la obra, es habitual —y sin duda consciente, si tenemos en cuenta la conocida cautela del pensador de Amsterdam— la equivalencia que establece entre términos como “religión”, “fe”, “teología”, “palabra de Dios”, “Sagrada Escritura”, “revelación”. Estas expresiones las utiliza indistintamente para designar lo otro que la razón y que la filosofía, que, como acabamos de leer en el pasaje citado, no tiene que ver con la verdad, tarea exclusiva de la filosofía, y es sólo capaz de sumisa obediencia y piedad devota.
La observación de Spinoza estaba llamada a ejercer un duradero y profundo influjo en la historia de la filosofía y a ser compartida, en sus consecuencias fundamentales, por gran número de pensadores. La opción que se presentaba, con diversos matices y observaciones, era doble: o bien negar la posibilidad de verdad a la religión, recluyendo esta al mundo de lo irracional, del sentimiento, de lo exclusivamente moral —todo lo sublime y a priori que se quiera—, o admitir una verdad que, en último término, le viene de fuera, concretamente de la instancia con que se identifica a la religión hasta resultar absorbida por ella: a saber, la filosofía.
Esta última opción, especialmente tentadora, parte, en el fondo, del mismo supuesto que la anterior, es decir, de la sólida convicción de que la verdad es ajena a la religión y que, en el mejor de los casos, es algo que le sobreviene. Por otro lado, parece incluso confirmar que la pretensión de verdad por parte de la religión resulta, a fin de cuentas, deletérea para ella y lleva a su desaparición, lo cual demostraría, de modo inequívoco, que tal aspiración no es sino un espejismo al que debe renunciar. No es así extraño que la reputación de que gozó durante un tiempo el concepto de religión natural —entendida como religión de la razón o religión filosófica, que, en realidad, era una religión desencarnada, casi de laboratorio— acabara por difuminarse, porque se sustentaba sobre una frágil estructura de puros conceptos, y dio paso a dos situaciones o actitudes, que, en líneas generales, siguen aún presentes en el mundo en que vivimos: la renuncia a la religión y lo religioso, que queda sumido en la indiferencia y el olvido y deja de hecho de existir para muchas personas; o la comprensión y aceptación de la religión como un abrigo al socaire de una racionalidad rígida y a veces tiránica, que coarta y aprisiona aspectos fundamentales de lo humano, que buscan entonces en la religión un refugio al que acogerse.
La trayectoria del idealismo hegeliano es una buena muestra de lo que ocurre cuando filosofía y religión acaban por identificarse. No es, en este sentido, puro azar que Hegel dedicara los últimos años de su vida a dictar las lecciones de filosofía de la religión, que impartió durante cuatro semestres, entre 1821 y 1831, año de su fallecimiento. El propio Hegel escribe en sus Lecciones sobre filosofía de la religión que “cuando decimos que la filosofía debe considerar la religión, ambas están puestas en una relación de diversidad, donde permanecen en oposición mutua. Frente a esto hay que decir que el contenido de la filosofía, su exigencia e interés son totalmente comunes a los de la religión. El objeto de la religión, así como el de la filosofía, es la verdad eterna, Dios y nada más que Dios y la explicación de Dios. La filosofía no se explicita a sí misma, sino en cuanto explicita a la religión, y, en cuanto se explicita a sí misma, explicita a la religión. El espíritu pensante es aquel que penetra en este objeto, la verdad, el que está ocupado en el goce de la verdad y en la purificación de la conciencia subjetiva. Así, religión y filosofía coinciden en una misma cosa”.
En otros términos, la conversión de la filosofía en religión no significa la desaparición de aquella, sino de esta, pues, si se me permite el juego de palabras, la religión en la que se convierte la filosofía no es otra religión que la filosofía misma. Esta opción, por tanto, ni siquiera deja resquicio para una religión autónoma y distinta —no digamos separada—, una vez que Hegel, después de afirmar como acabamos de leer, que el contenido, la exigencia y los intereses de la filosofía y de la religión son comunes, acto seguido, en un texto que se ha hecho célebre, convierte la actividad teórica en praxis religiosa mediante esta solemne fórmula: “de hecho, la filosofía es ella misma un culto divino (Gottesdienst), como la religión”. Fórmula que en la segunda edición de las obras de Hegel, de la que se ocupó Bruno Bauer y que fue publicada en 1840, es todavía más explícita y tajante, pues ahí se afirma que “de hecho la filosofía misma es culto divino, es religión” y unas líneas antes advierte que la filosofía “es la misma actividad que es la religión”.
Ciertamente, Hegel no destierra la cuestión de la verdad del ámbito de la religión, pues, como hemos visto, hace de la verdad eterna —que es Dios mismo— su objeto. Pero lo que en realidad lleva a cabo es la supresión de la religión. El proceso de transformación de la teología natural en filosofía de la religión, que Feiereis ha estudiado magistralmente, acaba conduciendo, en un segundo momento, a una sustitución de la religión por la filosofía, dado que, como ha señalado Jaeschke, no se debe olvidar que la sustancia al final resultante ya no es la misma. Tal proceso hay que considerarlo como una sustitución de una disciplina por la otra, con contenidos y métodos diferentes, como diferentes son también sus intereses y sus respectivos objetos, aunque, como es lógico, el ámbito general continúa siendo común y esto es precisamente lo que facilita el tránsito y hace menos perceptible la profunda transformación que se ha operado.
Lo que, de cualquier modo, queda claro es que la teología natural o filosófica de inspiración clásica no se ve, sin más, completada con una dimensión práctica, sino que se produce una desviación o reorientación desde la teoría hacia la práctica que abre una fisura entre ambas, al despreocuparse la filosofía de la religión del alcance teórico que era característico de la filosofía sobre Dios, con lo que se da lugar a un desequilibrio que facilita la aparición de propuestas que en algunos casos pueden calificarse de irracionalistas.
La nueva situación creada se ve favorecida por el clima religioso e intelectual que reina en Alemania a lo largo del siglo XVIII y que perdura hasta comienzos del siglo siguiente, caracterizado por la honda influencia que en el seno del protestantismo tuvo la corriente pietista, que valoraba más la voluntad que la inteligencia y descuidaba el aspecto dogmático-doctrinal de la fe cristiana.
La identificación de filosofía y religión conduce, en definitiva, a la desaparición de esta, absorbida por la filosofía. Pero la realidad es terca y la religión, de un modo u otro, se resiste a ser eliminada. Lo que entonces ocurre es que, cuando reaparece, lo hace de un modo reacio a la filosofía, esto es, de acuerdo con las diversas posibilidades señaladas en la primera opción, que son variantes de un único modelo, caracterizado por rechazar la relación con la verdad o, más exactamente, con la razón. Más aún, la religión se consolida entonces, y la obra ya clásica de Rudoff Otto es un buen ejemplo de ello, como el cobijo a cuyo amparo acuden aquellas dimensiones de la persona sobre las que el tribunal de la razón ha pronunciado una sentencia negativa, por no estar sujetas a “las leyes eternas e invariables que la razón posee” según la conocida afirmación kantiana del prólogo de la primera Crítica.
Se abre así la puerta a una serie de aspectos que el propio Otto no tiene inconveniente en calificar de irracionales, convencido como está de que “lo irracional arraiga, con raíces propias e independientes, en las recónditas profundidades del espíritu”. Con esto no pretendo tildar sin más de irracionalismo la concepción de la religión defendida por Otto, pues él mismo sostiene la necesidad de una conexión interna de lo racional e irracional en la religión, que culmina en la noción de sagrado o santo como categoría a priori que se constituye mediante la síntesis de lo racional y lo irracional. No obstante, ya desde el comienzo mismo de la obra se aprecia que el nuevo equilibrio que el autor quiere establecer entre ambos aspectos se conseguirá reforzando la dimensión irracional, como reacción frente al predominio de la tendencia a la racionalización entonces imperante. Manifestaciones del nuevo acento puesto en la experiencia religiosa y del modo preciso en que esta se entiende, son algunos de los términos que Otto emplea con frecuencia para describirla, como “emoción religiosa” “estremecimiento” “estupor”, “sentimiento numinoso’ “pavor” etc., expresiones que, al insistir en el carácter subjetivo y experiencial de lo sagrado, que es además originario e irreductible a toda otra dimensión, alejan del horizonte toda referencia a un contenido objetivo de verdad, accesible mediante la razón.
La sombra de Schleiermacher es alargada y se proyecta a través de los siglos. Su justificación de la religión frente a sus “menospreciadores cultivados” discurre por los caminos de la intuición y el sentimiento, en los que, según sus propias palabras, consiste la esencia de la religión. A la religión, escribe en otro texto, le compete una “provincia propia en el ánimo, en la que impera de un modo ilimita do”. En Schleiermacher se encuentra ya un expreso rechazo de la especulación sobre la esencia de Dios o, al menos, del lugar preeminente que generalmente se le ha concedido, pues más que la pregunta por Dios le interesa la pregunta por la religión, que, en sus propias palabras, es “bastante más amplia y comprehensiva”.
Así, en una referencia autobiográfica escribe evocando su propia experiencia: “La religión fue el cuerpo maternal, en cuya sagrada oscuridad se aumentó mi vida juvenil y se preparó para el mundo, que todavía constituía para ella una realidad no descifrada; en la religión ha respirado mi espíritu antes de que él hubiera hallado sus objetos externos, la experiencia y la ciencia; ella me ayudó cuando comencé a examinar la fe paterna y a purificar el corazón de los desechos del pasado; ella permaneció en pie para mí cuando Dios y la inmortalidad se esfumaron ante los ojos vacilantes”. A la vista de este texto, que no es un pasaje aislado, parece claro que en el pensamiento de Schleiermacher se difumina la idea de Dios, que pasa a ocupar un lugar secundario en favor de la religión, o más exactamente de la religiosidad o de la piedad, entendida, según la célebre expresión que emplea en una obra posterior, como un “originario sentimiento de dependencia, que no es accidental, sino que constituye un elemento esencial de la vida y que ni siquiera es diverso según las personas, sino que el mismo es común a toda conciencia desarrollada”. Por esto, se ha podido hablar de “un ateísmo religioso o de una idea atea de religión” en Schleiermacher.
No parece que en Schleiermacher haya lugar para una consideración de la religión que admita la relación con la verdad. Como tampoco la hay en Hume, uno de los autores que adopta una actitud más crítica frente a la religión, cuyo origen atribuye al miedo y a la ignorancia. En el caso del pensador escocés, el escepticismo del que hace gala le lleva a mantener una postura equidistante, que parece conceder a cada parte sus derechos, pero que en el fondo resulta estéril, ante la imposibilidad de llegar a certezas que puedan ser refrendadas por la razón.
Así, escribe al final de su Historia natural de la religión: «La ignorancia es la madre de la devoción: he aquí una máxima que es proverbial y que ha sido confirmada por la experiencia general. Mas buscad un pueblo que carezca enteramente de religión; y, si lográis encontrarlo, estad seguros de que dicho pueblo no se diferenciará mucho de los brutos”. Ante una situación semejante, ¿qué alternativa adoptar? Hume reconoce haber llegado a un callejón sin salida: “Todo es un rompecabezas, un enigma, un misterio inexplicable”, escribe no sin cierta resignación. Y continúa: “La duda, la incertidumbre y la suspensión del juicio parecen ser el único resultado de nuestras investigaciones más cuidadosas respecto a este asunto. Pero tal es la fragilidad de la razón humana, y tan irresistible es el contagio de la opinión, que ni siquiera esta duda deliberada puede ser mantenida mucho tiempo”.
Razón por la cual, en un intento de solución —que, en realidad, no es más que un modo de esquivar el problema—, concluye la obra proponiéndose buscar “refugio en las tranquilas, si bien oscuras, regiones de la filosofía”. En todo caso, la filosofía reconoce su incapacidad para aclarar qué sea la religión, especialmente si, al lado de estas palabras que cierran la Historia natural de la religión, situamos la afirmación con la que Filón, uno de los personajes de los Diálogos sobre la religión natural, finaliza su intervención resumiendo así su postura: “ser un escéptico filosófico es, en un hombre de letras, el primer paso, y el más esencial, para llegar a ser un auténtico cristiano creyente”.
En este desordenado y muy incompleto recorrido por la historia del pensamiento moderno, no podía faltar Kant y su reducción de la religión a moralidad. En La contienda entre las Facultades de Filosofía y Teología, obra de 1798, reitera su convicción —expuesta en la Crítica de la razón práctica, la Crítica del juicio y La religión dentro de los límites de la mera razón— de que “la religión no constituye el conjunto de ciertas doctrinas en cuanto revelaciones divinas (pues a eso se le llama teología), sino el compendio de todos nuestros deberes en general tomados cual mandatos divinos (lo que se traduce a nivel subjetivo en la máxima de acatarlos como tales)”. Y continúa: “la religión no se distingue de la moral por su materia, es decir, por su objeto, puesto que se refiere a los deberes en general, sino que tal distinción es meramente formal, al suponer una legislación racional que, mediante esa idea de Dios emanada de la propia moral, proporciona a esta una influencia sobre la voluntad humana de cara al cumplimiento de todos sus deberes”.
En otras palabras, la religión no es sino “la moral en relación con Dios como legislador”. El trasfondo de la argumentación kantiana acerca de la religión subraya, de modo muy significativo, el carácter secundario y meramente referencial que se concede a Dios, aspecto que está en la base del modo de afrontar la religión en la época moderna, como hemos visto claramente expresada en los Discursos de Schleiermacher, obra coetánea de la de Kant. En el caso de este último, no resulta difícil advertir que la idea de Dios se desfigura hasta hacerse una idea puramente moral, y lleva a comprender a Dios como un “soberano moral del universo”, que no importa qué sea en sí mismo, sino “qué es para nosotros como ser moral”.
La filosofía y la cuestión de la verdad religiosa
Las diversas alternativas de la reflexión sobre la religión en el pensamiento moderno, a las que he aludido someramente, no constituyen puras elaboraciones especulativas alejadas de la vida, sino que han impregnado la actitud religiosa de amplios estratos de la población, contribuyendo a modificar el concepto de religión y la manera de vivirla. Conviene aclarar, ya desde ahora, que tal novedad no tiene sólo efectos negativos, y pienso que no es difícil apreciar la vertiente positiva que esa transformación de la religión lleva consigo, sin olvidar que en muchos casos se trata de intentos de recuperación de la pureza y sencillez de una religiosidad que, con el paso del tiempo, se ha visto cargada de inercias, rutinas y no pocas adherencias que la deforman y devalúan.
Por otra parte, sería una ingenuidad pensar que la trayectoria que ha conducido hasta la situación actual es rectilínea y que es posible trazar su recorrido a partir de un único hilo conductor. La religión, tal como es vivida, tiene que ver ante todo con la condición histórica —y, por tanto, real y contingente— de cada ser humano, y en ella influye un variado y complejo haz de circunstancias que no es posible reducir a unidad. Pero si hubiera que entresacar algunas de las características más relevantes de la forma en que ha ido cambiando el modo de comprender y de vivir la religión en la época moderna, una de las que habría que destacar, sin lugar a dudas, sería la desvinculación de la religión respecto de la verdad, a la que me referí al comienzo.
Esto explica, por ejemplo, un fenómeno muy característico de los últimos siglos, como es la reclusión de la religión en el ámbito privado y su consiguiente desaparición del espacio público o, al menos, una sensible disminución de su presencia, en comparación con otras épocas históricas. Es una situación que no sólo afecta a las manifestaciones sociales y externas de la religión, como el culto, la representación institucional o el papel que desempeña en la vida cívica, sino también, y esto es quizá lo más importante, a la exclusión de lo religioso del debate intelectual, al no ser aceptado en condiciones de igualdad por quienes configuran la opinión pública y deciden las reglas del juego y los requisitos necesarios para participar en el libre intercambio de ideas.
La religión, en suma, admite opinión —de hecho, todo el mundo opina acerca de ella y, en este sentido, cualquier opinión es válida—, pero no se considera, en cambio, legitimada una discusión científica, porque lo que se le niega es esta condición.
He hablado de falta de carácter “científico” en la religión. La cuestión no es ya la verdad, sin más, sino la ciencia y la verdad de la ciencia, entendida en el sentido de la ciencia positiva moderna. Lo que no se somete a sus parámetros metodológicos queda fuera del discurso público y de cualquier pretensión de objetividad. La filosofía no pocas veces se ha plegado a estas exigencias, y eso ha tenido como consecuencia la renuncia a la verdad sin más, diferente de las verdades, parciales y verificables, que son el objeto asequible de la ciencia. Una ciencia, habría que añadir que es consciente de sus límites y necesidades y no se aventura por los imaginarios senderos de lo que Kant llamó ilusión trascendental, un mero espejismo de la razón que sólo puede proporcionar consuelo.
Se aprecia así, una vez más, el relevante papel del mundo intelectual y filosófico en la generación de un ambiente que da lugar a una transformación del concepto de religión. Que las ideas van siempre por delante y tienen una decisiva influencia en los hechos no es una cuestión “dogmática” que se deba mantener por principio, sino algo que no es sólo lógico, sino que la experiencia se ocupa de demostrar. Algunos de los hitos de ese largo proceso de transformación de la religión ya han sido mencionados, comenzando por la tajante separación de ámbitos que establece Spinoza. La cuestión es si esa distribución de competencias no resulta, a la postre, empobrecedora para la propia filosofía. Una prueba de que quizá sea así lo constituye la devaluación de la verdad a que ha dado lugar, porque una filosofía que reclame para sí sola el patrimonio de la verdad está faltando al requisito fundamental de universalidad y apertura que la verdad implica de suyo.
Cuando se cierra a la verdad el ámbito de lo religioso, es la verdad misma la que se resiente. La consecuencia es que el concepto de verdad, aunque se siga manteniendo por la propia fuerza de la tradición, se estraga y queda reducido al estrecho ámbito de lo racional-discursivo. La filosofía se atrinchera entonces en un concepto reducido de verdad, que actúa a la manera de un blindaje que la separa de las otras dimensiones constitutivas de la persona que no son la estrictamente racional, facilitando, todo lo más, una situación de coexistencia pacífica, pero sin posibilidad de una efectiva y fecunda interrelación. La verdad se hace opaca y, curvada sobre sí misma, deja de hacer honor a su nombre, porque pierde su capacidad de irradiar, de proyectar luz sobre las cosas o, si se prefiere, de desvelarlas, de retirar el velo que las cubre y las oculta en parte.
Encerrada en una autosuficiencia complaciente, la filosofía no advierte que el paradigma de verdad elegido es reduccionista, por que lo sacrifica todo a la exactitud y a un rigor entendido en términos mensurables, que limita el ámbito de lo que, estrictamente hablando, puede ser objeto de un conocimiento “verdadero’ mientras que, en la misma proporción, se amplia el orden de lo que está sujeto, sin más, a la fe o a la opinión, en otras palabras, de lo que no permite de un conocimiento riguroso y “científico”.
El empleo del adjetivo “científico” ejerce una influencia casi mágica en la modernidad y, entre otros efectos, implica el rechazo inmediato de la idea de una verdad religiosa. Pero, para desgracia de la propia filosofía, también la verdad filosófica acabará corriendo la misma o parecida suerte y quizá por eso algunos ven la filosofía como una “religión” y ésta, a su vez, no raramente se entiende como “filosofía” o, simplemente, “ideología”.
Lo cierto es que, si se puede hablar hoy día de la crisis de la verdad, esta implica al mismo tiempo una grave crisis de la filosofía, que parece abdicar de su identidad y, en su defecto, busca adoptar los criterios de cientificidad de las ciencias positivas, o bien renuncia también a toda pretensión científica y se repliega al mundo de lo narrativo y literario. Pero, entonces, la filosofía deja de ser un saber de pretensión universal, entendiendo este término en un sentido en el que se refuerza y subraya especialmente el aspecto de unidad, subyacente a lo diverso y plural que aparece, aspecto que está ausente en el modo de proceder característico de la ciencia moderna, siempre parcial y disgregado.
De ahí que la mentalidad moderna, una vez que ha rechazado la cuestión de la verdad como algo no verificable que entiende como una pretensión vana e ilusoria, se encuentra desarmada frente a la pregunta por el sentido, para la que tiene siempre una respuesta negativa, que ahonda en el sinsentido propio de lo que no va más allá de lo fáctico, lo dado, lo que hay. No es extraño que, entonces, sea el escepticismo la actitud que más ha proliferado en la modernidad, escepticismo que se aplica cada vez a más sectores de la realidad, porque a medida que los criterios de verificación se depuran y perfeccionan, se reducen considerablemente las posibilidades de conocer algo de modo exacto y verificable. Lo que queda, como vio Hume, es la costumbre y la tradición; en suma, la inercia como motivo último de tantos actos vitales que resultan inexplicables.
Toda pretensión de sentido se considera injustificada, una ilegítima transgresión de los límites de lo dado, un intento desesperado y baldío de asomarse fuera del mundo, que no tiene más que un valor literario o imaginativo, capaz de idear (falsos) mundos fantásticos. Precisamente, la principal objeción que se ha dirigido contra el cristianismo en diferentes épocas y bajo múltiples formas es, como ha recordado Michel Henry, que aleja al hombre de este mundo de aquí abajo, que se considera el único existente y se halla sometido a los parámetros cuantificables de la razón instrumental, convertida en paradigma. La reducción que se ha operado en el concepto de verdad impide que esta se pueda aplicar a la religión.
La consecuencia para la filosofía es que apenas puede penetrar en el contenido de la religión y tratar de comprenderla, debiendo limitarse a una simple descripción, propia de la historia o de la fenomenología, condicionada por el juicio previo que dictamina que la religión es un asunto al margen de la razón y trata entonces de explicar los extraños e irracionales resortes y motivos que la originan acudiendo a criterios extra-religiosos. En este punto, conviene recordar tanto a los filósofos como a los demás estudiosos de las ciencias humanas que se ocupan de la religión, la crítica de Kolakowski, a propósito del mito y de su estudio por parte del antropólogo.
Según Kolakowski, en esos casos se dan casi siempre dos presupuestos importantes: “en primer lugar, se supone que los mitos, tal como se relatan y se creen explícitamente, tienen un significado latente detrás del ostensible y que aquellos que comparten un credo no sólo no perciben de hecho ese significado, sino que, por necesidad, éste no puede ser percibido.
En segundo lugar, se supone que el significado latente, que es accesible sólo al antropólogo que lo estudia desde fuera, es el significado por excelencia, mientras que el ostensible, es decir, el mito tal como lo entienden los creyentes, tiene la función de ocultar el otro; este significado ostensible se nos presenta entonces como el producto de un autoengaño, de una mixtificación ideológica o, simple mente, de la ignorancia”.
Si aplicamos esto al caso de la religión, hay que reconocer que muchas veces está latente el prejuicio de quien investiga, que le impide aceptar el supuesto tan elemental de que “lo que las personas quieren decir en su discurso religioso es lo que dicen ostensiblemente” y le lleva, por el contrario, a pensar que él conoce mejor que el creyente o el hombre religioso el verdadero significado de las expresiones religiosas y que estas, por otra parte, no son verdad, pues designan y significan algo distinto —y, por supuesto, no “religioso” en el sentido en que lo entiende el creyente— de lo que la persona religiosa ostensible e ingenuamente proclama.
La religión, se podría decir, es un asunto demasiado serio para dejarlo sólo en manos de los creyentes o de las personas religiosas.
Ciertamente, no se puede negar el valor histórico, social, cultural, filosófico, psicológico, etc. de la religión, pero parece ilegítimo excluir a quienes la practican del juicio reflexivo sobre aquello que conocen desde dentro. La convicción de que los sujetos religiosos actúan movidos por prejuicios inconscientes impide ver que tal convicción es también un prejuicio que condiciona lo observado y lo interpreta según una tesis o teoría previa, tesis que parte del supuesto de que la religión y todo lo que tiene que ver con ella no puede alcanzar la verdad y se circunscribe, como estableció Spinoza, al ámbito de la obediencia y la piedad.
La cuestión que, de modo un tanto provocativo planteo, es si esta actitud que ha sido dominante en la filosofía de los últimos siglos no está en la base de la crisis de la verdad, que es al mismo tiempo la crisis de la filosofía, porque ha tenido como consecuencia la ex pulsión de la cuestión de Dios, asunto no sólo religioso, sino por antonomasia filosófico, en cuanto que, desde los inicios mismos de la filosofía, ha ido de la mano de la pregunta por el fundamento y por el principio absoluto de lo que existe.
Religión y verdad
Llegamos así al último punto que me propongo tratar. Hemos visto que una filosofía que, implícita o explícitamente, desvincula religión y verdad se incapacita para una auténtica comprensión del fenómeno religioso y acaba por renunciar a la cuestión de la verdad.
Por su parte, la religión siempre se encuentra ante la tentadora inclinación a desentenderse de toda pretensión especulativa y atrincherarse en su función de suministrar consuelo y refugio, que en ocasiones promete a cambio de renunciar a una inquisición que desasosiega. En no pocas de las formas actuales en que se presenta la religión, se observa que esta ha sucumbido a tentación tan seductora y se ha encaminado por los senderos de lo que, en términos generales, podemos denominar “religión del sentimiento”, caracterizada por excluir o reducir al mínimo el papel de la razón.
Esta “religión del sentimiento” ofrece, sin embargo, numerosos flancos que dejan traslucir su debilidad. Uno de ellos es el carácter parcial e incompleto de semejante propuesta, que contrasta con el alcance total de la religión, en el que ha insistido la fenomenología y que, en palabras de Zubiri, estriba en que “la actitud religiosa no es una actitud más en la vida, sino que es la actitud radical y fundamental con que se pueden vivir todos los hechos y procesos de la vida”. Una religión del sentimiento, de la emoción, del rechazo, incluso, de todo intento de explicación racional, aunque pueda proceder de una actitud profundamente religiosa, motivada por una reverencia y respeto sagrados ante lo que trasciende y supera infinitamente lo humano, no deja de resultar, a pesar de todo, insuficiente, porque deja fuera la dimensión inteligente y reflexiva de la persona, su capacidad de captar —en el doble sentido de capturar o aprehender y de ser consciente de ello— el carácter verdadero de aquello que anhela.
Hablar del contenido de verdad implica abandonar el ámbito exclusivamente formal, al que se han limitado muchas de las explicaciones de la religión surgidas en los últimos siglos. Tales explicaciones buscaban lo común dentro de la diversidad casi inabarcable de religiones, pero, a la vez, hacían manifiesta su falta de interés por examinar el contenido de las creencias, desinterés que en realidad partía de un juicio previo que daba por supuesta la inutilidad de tal intento, ya que, como hemos visto, un principio incontestable y casi dogmático prescribía que la religión es algo privado, susceptible de opinión, pero no de verdad.
En el lenguaje ordinario, este juicio se presenta bajo la forma de que todas las religiones tienen igual valor, porque lo esencial es la intención o actitud de cada sujeto. Un juicio así impide, o hace innecesario, el examen del contenido; en realidad, el contenido mismo desaparece, identificado con la forma, es decir con la actitud o intención subjetiva del creyente.
Por el contrario, buscar la verdad significa establecer diferencias, no contentarse con la apariencia, con la forma, ni siquiera con la creación de un clímax o ambiente determinado que propicia experiencias y vivencias que obedecen a una misma tipología. Detenerse ahí equivale a renunciar a ir más allá del umbral de lo religioso, quizá por un inconfesado temor a que una indagación demasiado exigente nos sitúe frente a la ausencia de respuesta y haga entonces vana la esperanza depositada en la religión.
Es curioso comprobar que el temor a que la religión defraude —que en realidad es manifestación de una religiosidad vacilante (aspecto subjetivo), pero al mismo tiempo convencida de la fuerza de la religión (aspecto objetivo)— lleva a adoptar una actitud defensiva, tratando de preservarla de la posibilidad de poner en duda la esperanza que en ella se tiene.
Esto explica, en parte, el miedo a situar a la religión ante las exigencias de la pregunta por la verdad. Pero eso no es tanto un defecto imputable a la religión, cuanto una falta de confianza en la verdad por parte de quien, movido por sus anhelos, temores y esperanzas, quiere asegurarse el amparo de la religión. En buena medida, es en la esperanza donde reside la fuerza y atractivo de la religión, que actúa como un imán y revela una gran resistencia a desaparecer, que ha obligado a revisar los, pronósticos que, un tanto apresuradamente, anunciaban su definitivo declive. Por eso, hay quienes hablan ya de “persistencia” como una de las propiedades de la religión, aunque sólo sea por la imposibilidad de negar un hecho sociológico que está a la vista de todos.
Ese temor, que acompaña muchas de las manifestaciones de la religión y que tiene generalmente un alcance positivo, debe, sin embargo, ser superado, advirtiendo su carácter momentáneo y pasajero y reconociendo que, si no se deja atrás, se convierte en un obstáculo, una debilidad propia que incapacita e impide buscar la verdad de la religión. Eso implica romper el envoltorio, el “cuerpo maternal” al que se refería Schleiermacher en uno de los textos citados, por necesario y consolador que pueda ser, para dar con el espíritu que le anima y da vida. En otras palabras, hay que plantear explícitamente la cuestión teológica, pues, como ha escrito Zubiri, “la diferencia esencial entre las religiones está en los dioses que tienen. Ahí está el problema: en la divinidad. (...) El elemento fundamental que hace verdadera o no verdadera una religión es precisamente la divinidad, Dios o los dioses”. Así es como se va a la esencia del problema, sin rodeos ni evasivas.
Se hace necesario, por tanto, retornar a la teología. Es, además, un concepto dotado de una fecunda tradición y capaz de ser reivindicado tanto por la filosofía como por la religión —entiéndase, por alguna religión, y en primer lugar la cristiana—, de manera que constituye el adecuado punto de encuentro entre dos instancias a las que resulta familiar.
En una breve entrevista que concedió Josef Pieper con motivo de su noventa cumpleaños, afirmaba, de modo lapidario, que “la filosofía sin teología será siempre estéril”. Lo que ocurre es que el resurgimiento de la religión, que hoy día a nadie se le oculta, no siempre va acompañado de la rehabilitación e impulso de la teología.
A primera vista, el significado que el lenguaje ordinario reserva al término teología, subrayando su carácter técnico y especializado, explicaría la escasa relevancia que la teología actualmente posee en el debate público, a diferencia de la religión. Más grave es que la religión, o al menos algunas de sus formas, haya relegado la cuestión teológica a un lugar secundario, considerándola de escasa relevancia.
Que el “silencio sobre lo esencial” del que se lamentaba Jean Guitton, se produzca también en el seno de la religión, que se haya hecho habitual, en suma, hablar de una religión sin Dios es la prueba definitiva de la renuncia a la verdad.
Ha favorecido poco a la imagen de la religión, contribuyendo a desfigurarla, la excesiva insistencia que muchas veces se ha puesto en su función de asilo, de consuelo, de seguridad, porque eso ha facilitado la descamada crítica que la “filosofía de la sospecha” ha dirigido contra ella, y que, en sustancia, considera que religiosidad es sinónimo de cobardía, de temor a afrontar las ineludibles consecuencias del sinsentido final de la vida, ofreciendo en su lugar construcciones ilusorias para aplacar la inquietud y, en último término, la desesperanza que se alza como insuperable barrera en el horizonte de la existencia.
No cabe duda de que esta imagen es una caricatura de la verdadera religiosidad, pero no es menos cierto que esta crítica responde a la percepción de que la religión fomenta en algunas personas la falta de audacia para enfocar la cuestión de la verdad, por considerar que no le afecta o, mejor aún, que es una cuestión que está de más.
La religión —así piensan algunos y es, por otro lado, una idea bastante difundida— proporciona las respuestas hace, por tanto, innecesarias las preguntas. Es más, una vez que poseemos la respuesta, continuar preguntándose es temerario o inútil.
Frente a esto, pienso que hay que sostener que la respuesta no anula la pregunta: la responde. Y si se ha recibido una respuesta a una pregunta no formulada, es preciso entonces formular esta, para poder entender adecuadamente la respuesta. La pedagogía sencilla y elemental de los viejos catecismos posee más alcance y sabiduría de lo que a simple vista parece.
Una religión que incite a no preguntarse manifiesta evidentes muestras de debilidad y cercena el camino a la verdad. Por eso, el quehacer teológico es, ante todo, expresión de valentía y de audaz confianza en la verdad de la religión a la que sirve y en la capacidad de la razón para penetrar en el contenido inteligible de lo que se cree; y ello porque va directamente a la raíz y “la fonte que mana y corre” como dice el místico castellano. Sólo entonces puede el creyente, la persona religiosa, rebasar los límites de lo finito y abrirse a la posibilidad de entender, de modo confuso e imperfecto pero verdadero, el mensaje que se le propone para que libremente manifieste su adhesión, es decir, para que entendiendo crea y creyendo entienda, como admirablemente sintetizó San Agustín.
El cristianismo, desde sus inicios, se esforzó por vincular la religión y la verdad.
Un ejemplo de ello es el empleo habitual del término “filosofía” para denominar la religión de los seguidores de Cristo, que comenzó con Justino, el filósofo mártir, y se prolongó durante varios siglos, como Malingrey ha estudiado minuciosamente.
Uno de los más egregios representantes de esa religio nova que comenzaba a propagarse por todos los rincones del Imperio, Clemente de Alejandría, defendió en los primeros siglos del cristianismo que la fe no es sólo conjetura u opinión (dóxa), sino que es también conocimiento verdadero, porque se apoya en la sabiduría divina: “la fe es un poder de Dios, porque es la fuerza de la verdad”.
Hoy, a dieciocho siglos de distancia, estas palabras siguen teniendo validez para todos aquellos a quienes la afirmación de Cristo “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida” les resulta familiar y reconocen en ella un programa que, según ha señalado Michel Henry, no se propone y transmite “como una verdad teórica e indiferente, sino como esta verdad esencial que les conviene por cierta afinidad misteriosa, hasta el punto de que es la única capaz de asegurarles la salvación”, porque es la Verdad de Dios mismo, que se ha revelado en Cristo.
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Publicado en el nº 555 de Nuestro Tiempo
Edición autorizada de arvo.net
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"No nos van a callar ni vamos a callar: Cristo es el Mesías, el Redentor"
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El Alma:
1. Tus juicios, Señor, me aterran como un espantoso trueno, estremeciéndose todos mis huesos penetrados de temor y temblor, y mi alma queda despavorida. Estoy atónito, considero que los cielos no son limpios en tu presencia. Si en los ángeles hallaste maldad y no los perdonaste, ¿qué será de mí? Cayeron las estrellas del cielo; y yo, que soy polvo, ¿qué presumo? Aquellos cuyas obras parecían muy dignas de alabanza, cayeron al profundo; y los que comían pan de ángeles, vi deleitarse con el manjar de animales inmundos.
2. No hay, pues, santidad, si Tú, Señor, apartas tu mano. No aprovechará discreción, si dejas de gobernar. No hay fortaleza que ayude, si dejas de conservarla. No hay castidad segura, si no la defiendes. Ninguna propia guarda aprovecha, si nos falta tu santa vigilancia. Porque en dejándonos Tú, luego no vamos a fondo y perecemos; pero visitados de Ti, nos levantamos y vivimos. Mudables somos; pero por Ti, estamos firmes; nos entibiamos, mas Tú nos enciendes.
3. ¡Oh! ¡Cuán vil y bajamente debo sentir de mí! ¡Cuánto debo reputar por nada lo poco que acaso parezca tener de bueno! ¡Oh Señor! ¡Cuán profundamente me debo anegar en el abismo de tus juicios, donde no me hallo ser otra cosa que nada y más que nada! ¡Oh peso inmenso! ¡Oh piélago insondable, donde nada hallo de mí, sino ser nada en todo! ¿Pues dónde se esconde el fundamento de la vanidad? ¿Dónde la confianza de mi propia virtud? Anegase toda vanagloria en la profundidad de tus juicios sobre mí.
4. ¿Qué es toda carne en tu presencia? Por ventura, ¿podrá gloriarse el lodo contra el que lo trabaja? ¿Cómo se puede engreír con vanas alabanzas el corazón que está verdaderamente sujeto a Dios? Todo el mundo no ensoberbecerá a aquel a quien sujeta la verdad, ni se moverá por mucho que le alaben el que tiene firme toda su esperanza en Dios. Porque todos los que hablan son nada, y con el sonido de las palabras fallecerán; pero la verdad del Señor permanece para siempre.
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El valor de una sociedad se define por el de sus instituciones, sobre todo las educativas. Y la Iglesia desde los albores de la edad media, instituye escuelas y universidades, después.
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“La enseñanza de los niños es tal vez la forma más alta de buscar a Dios; pero es también la más terrible en el sentido de tremenda responsabilidad.” (Gabriela Mistral) Hoy no; hoy es una profesión
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“La gente se asombra de que seamos capaces de hacer lo que hacemos, pero lo asombroso es que, al hacerlo, somos felices” santa Luisa de Marillac [mujer de continua oración].
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Cuando por Cristo se trabaja, la felicidad es total porque el trabajo en nos lo hace Cristo.
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La pobreza es una forma de tortura que viola los derechos del hombre. El alimento es un derecho natural del ser humano. No es caridad, como muchos creen, pero sí es justicia. Desde el punto de vista sociológico, cultura es un sistema bien ordenado de intuiciones, leyes y valores. Cultura es el equilibrio psíquico del individuo y del grupo, es el humanismo integral del que nos hablaba Maritain.
Todos los seres humanos son iguales y dignos del mayor respeto; por ello [los veros cristianos], con sus vidas han intentado construir un mundo nuevo, entregando su vida de servicio a Cristo a través de los pobres.
Reflexionando en voz alta, pienso que todos y cada uno de nosotros puede ayudar a las Hijas de la Caridad y a los sacerdotes de san Vicente de Paúl. Como ellos, veamos en cada pobre al ser humano, que tiene derecho al afecto, al cariño, a ser tratado dignamente, y al enfermo que reclama el primero de sus derechos, un trato digno y humano. La vida, como afirmaba la Beata Madre Teresa de Calcuta, es una oportunidad única: aprovechémosla. Soledad Porras Castro – 2005.11.11
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“Lo que necesita La Iglesia hoy no son panegiristas de lo existente, sino hombres y mujeres en quienes la humildad y la obediencia no sean menores que la pasión por La Verdad; hombres y mujeres que den testimonio a desprecio de todo desconocimiento y ataque; hombres y mujeres –en una palabra- que amen a La Iglesia más que a la comodidad e intangibilidad de su propio destino.” [S.S. Benedicto XVI] 2005
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“En ella se encuentra un espíritu inteligente, santo, único, múltiple, ágil, móvil, penetrante, puro, límpido, no puede corromperse, orientado al bien y eficaz. Es un espíritu irresistible, bienhechor, amigo de los hombres, firme, seguro, apacible, que lo puede todo y que vela por todo, impregna a todos los otros espíritus por inteligentes, puros y sutiles que sean. La sabiduría es más movible que cualquier cosa, gracias a su fuerza atraviesa y lo penetra todo. Se desprende, como un vapor, del poder de Dios, es una emanación muy pura de su Gloria; por eso, nada de sucio se introduce en ella. Es la irradiación de la luz eterna, el espejo sin tacha de la actividad de Dios y la imagen de su perfección. Es una, pero lo puede todo; sin salir de sí misma, lo renueva todo. De generación en generación pasa a las almas santas de las cuales hace amigos de Dios y profetas. Porque Dios sólo ama al que vive con la Sabiduría. Es más bella que el sol y supera a cualquier constelación; comparada con la luz, le gana, porque la noche sucede al día, mientras que el mal jamás vencerá a la sabiduría. Sí, la sabiduría se extiende de un extremo al otro de la tierra, y en todas partes pone orden.” [Sabiduría VII, 22- VIII, 1]
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Cantate domino canticum novum laus eius ab extremis terrae
“Alegraos en el Señor siempre; lo repito: alegraos. Que vuestra bondad sea notoria a todos los hombres. El Señor está cerca. No os inquietéis por cosa alguna, sino más bien en toda oración y plegaria presentad al Señor vuestras necesidades con acción de gracias. Y la paz de Dios, que sobrepasa toda inteligencia, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús. Por lo demás, hermanos, considerad lo que hay de verdadero, de noble, de buena fama, de virtuoso, de laudable; practicad lo que habéis aprendido y recibido, lo que habéis oído y visto en mí, y el Dios de la paz estará con vosotros.” San Pablo en su carta a los Filipenses 4, 4-9vs.
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¡Que tu conducta nunca dé motivos de injustificada inquietud a la creación, de la que tú eres el rey!
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Dijo Dios: «Produzca la tierra animales vivientes según su especie: ganados, reptiles y bestias salvajes según su especie». Y así fue. Dios hizo las bestias de la tierra, los ganados y los reptiles campestres, cada uno según su especie. Vio Dios que esto estaba bien. Gen. 1, 24-25
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“Desde ahora me llamarán dichosa todas las generaciones” Biblia. Evangelio según San Lucas Cap.1º vs. 48. La Iglesia, hace XXI siglos fundada por Tu Hijo, te alaba, ¡Oh Madre plena de dicha y felicidad!
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VERITAS OMNIA VINCIT
LAUS TIBI CHRISTI.
Debido a la existencia de páginas excelentes sobre apologética y formación, lo que se pretende desde aquí es contribuir muy modestamente y sumarse a los que ya se interesan por el Evangelio de Cristo de manera mucho más eficaz.
Benedicto XVI: “la obra curativa de Jesús se prolonga en la misión de la Iglesia” 2009.II.08 †