Wednesday 8 September 2010 | Actualizada : 2010-08-31 
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La dignidad regia del hombre - "A la manera que, en las cosas humanas, los artífices dan a los instrumentos que fabrican aquella forma que parece ser la más idónea al uso a que se destinan, así el Artífice sumo fabricó nuestra naturaleza como una especie de instrumento, apto para el ejercicio de la realeza; y para que el hombre fuera completamente idóneo para ello, le dotó no sólo de excelencias en cuanto al alma, sino en la misma figura del cuerpo. Y es así que el alma pone de manifiesto su excelsa dignidad regia, muy ajena a la bajeza privada, por el hecho de no reconocer a nadie por señor y hacerlo todo por su propio arbitrio. Ella, por su propio querer, como dueña de sí, se gobierna a sí misma. .¿Y de quién otro, fuera del rey, es propio semejante atributo?

Según la costumbre humana, los que labran las imágenes de los emperadores tratan primeramente de reproducir su figura y, revistiéndola de púrpura, expresan juntamente la dignidad imperial. Es ya uso y costumbre que a la estatua del emperador se le llame emperador; así, la naturaleza humana, creada para ser señora de todas las otras criaturas, por la semejanza que en sí lleva del Rey del universo, fue levantada como una estatua viviente y participa de la dignidad y del nombre del original primero. No se viste de púrpura, ni ostenta su dignidad por el cetro y la diadema, pues tampoco el original lleva esos signos. En vez de púrpura se reviste de virtud, que es la más regia de las vestiduras; en lugar de cetro se apoya y estriba sobre la bienaventuranza de la inmortalidad; y en el puesto de la diadema se ciñe la corona de la justicia; de suerte que, reproduciendo puntualmente la belleza del original, el alma ostenta en todo la dignidad regia".San Gregorio de Nisa, La creación del hombre, 4

 

+++

 

 

El respeto y las afrentas a la dignidad humana

 

Por Tomás Melendo [1]
[Algunos fragmentos de Dignidad humana y bioética, 1999]

 

“La metafísica no se ha de considerar como alternativa a la antropología, ya que la metafísica permite precisamente dar un fundamento al concepto de dignidad de la persona por su condición espiritual. La persona, en particular, es el ámbito privilegiado para el encuentro con el ser y, por tanto, con la reflexión metafísica”
(JUAN PABLO II, Fides et ratio).

 

1. Respeto y veneración, correlatos de la dignidad personal
a) Consideraciones terminológicas


De manera explícita a partir de Kant, y de forma menos expresa en la filosofía y en la vida de los siglos precedentes, el respeto ha venido considerándose como la actitud correspondiente, la respuesta, a la excelsa eminencia de lo digno. Por consiguiente, si queremos completar el análisis de la dignidad personal llevado a término otras veces, hemos de dar vida ahora a ciertas reflexiones en torno a la noción de respeto.

El Diccionario de sinónimos de Samuel Gili Gaya propone, como términos íntimamente emparentados con “respeto”, los de “veneración” y “reverencia”; y, en relación a estos últimos, hace una mención explícita de la dignidad. El de la Real Academia y el Diccionario del uso del español, de María Moliner, también establecen una familiaridad semántica entre los tres vocablos aludidos —“respeto”, “veneración” y “reverencia”—, y añaden algunas puntualizaciones. El respeto es una actitud que puede prodigarse, proporcionalmente, tanto a las personas como a las cosas; por el contrario, la veneración y la reverencia parecen dirigirse de modo más propio a las personas, y a las cosas sólo en la medida en que apuntan o se relacionan con los sujetos personales. Venerar y reverenciar suponen, pues, una potenciación cualitativa del respeto. Y, así, el Diccionario de la Real Academia dice que venerar equivale a “respetar en sumo grado a una persona por su santidad, dignidad o grandes virtudes, o a una cosa por lo que representa o recuerda”. María Moliner, por su parte, establece una sinonimia entre “venerar” y “reverenciar”, y los define como “sentir y mostrar respeto y devoción por una persona o por algo que es suyo y la recuerda”. Además, de la “reverencia” sostiene que es, “particularmente, respeto hacia las cosas sagradas”. Venerar, a su vez, viene considerado por los dos diccionarios como dar o rendir “culto a Dios, a los santos o a las cosas sagradas”.

Podría extraerse como conclusión de todo ello que el respeto constituye una suerte de género o significado base, del que reverenciar y venerar representan, de manera simultánea, especificaciones e intensificaciones. Y que al reservar estos dos últimos términos de forma prioritaria a las personas, se pone implícitamente de manifiesto el carácter sagrado que a éstas correspondería en la tradición cristiana o, más en general, en la clásica. A los efectos, parece oportuno recordar que Agustín de Hipona y Séneca fundamentaban la veneración debida a la persona del enfermo calificando a éste como “res sacra miser”
[2]. La índole “sagrada” del paciente está clara, y se erige como cimiento de su nobleza personal. La condición miserable, por su parte, no supone ciertamente un incremento de excelencia respecto al individuo sano (por lo menos en lo que atañe a su dignidad fundamental o constitutiva, a la que más tarde me referiré); pero sí que aparenta exigir un robustecimiento de la veneración y del respeto con que se le trata, justo por su extrema vulnerabilidad. Porque la eminencia personal del enfermo parece verse momentánea y más o menos gravemente atacada, y porque sólo con trabajo y esfuerzo trasluce a través de su estado disminuido la excelsitud de su naturaleza humana, esa nobleza pide a gritos ser suplementariamente defendida.

Pero retornemos a las disquisiciones semánticas, con el fin de esclarecer el significado primordial de la voz “respeto”. Las fuentes a que nos venimos refiriendo ofrecen un conjunto de indicaciones que cabría agrupar en torno a tres ejes.

1) Por una parte, la propia etimología de “respeto” instaura un conjunto de remisiones entrelazadas. Antes que nada, al verbo castellano “respectar”, hoy en desuso, derivado del latín “respectare”. Éste es un intensivo de “respicere”, atender, que remite a su vez a “specere”, mirar. El respeto incluiría, pues, en primer término, una alusión al conocimiento, por cuanto “respectare” viene a significar “mirar con atención o considerar”. De ahí algunos sinónimos castellanos de “respeto”, que incluyen esta implícita referencia al ámbito cognoscitivo: “miramiento”, de mirar; “atención”, de atender; “consideración”, de considerar.

2) En segundo lugar, encontramos referencias a lo que cabría conceptuar como el núcleo semántico de nuestro vocablo. La espina dorsal de la actitud de respeto parece estar constituida por la “no-intervención” contraria al valor y al desarrollo de la realidad apreciada. El Diccionario del uso enumera, así, entre las acepciones explicativas de la voz “respetar”, expresiones como “abstenerse de tratar con desconsideración”, “no censurar o atacar a alguien”, “no usar cierta cosa, con el fin de reservarla”, “no destruir o hacer desaparecer cierta cosa”; y, entre las que despliegan el significado de “respeto”, voces como “consideración”: “actitud hacia una cosa cuando no se la trata a la ligera”, y “tolerancia: actitud de no imponer con violencia los propios gustos u opiniones”. Resulta obvio que, no ya desde un punto de vista filológico, sino real o antropológico, la faceta subrayada en estas líneas —la del “no-intervencionismo” reverente— supone o entraña la que antes comentábamos: el re-conocimiento. No se respeta una realidad si antes no se conoce y re-conoce que posee un valor por sí misma, una entidad o consistencia interna que la configura como buena.

3) La admisión de esa valía opera también en el tercer grupo de sinónimos sugeridos por el término “respeto”. En general, podrían englobarse todos ellos bajo el sentido aludido por las voces “subordinación” o “sometimiento”. Los diccionarios que vengo utilizando recogen explícitamente palabras como “sumisión”, “acatamiento”, “rendimiento” u “obsequio”, y expresiones como “actitud de someterse a lo establecido por la ley” y, “también, a las conveniencias o prejuicios sociales”. Y llegan a mencionar, pero ya en último término, el vocablo “miedo”.

Evidentemente, los que hemos calificado como “ejes” del significado primordial del respeto no son independientes entre sí. La primacía concedida a uno u otro depende, desde el punto de vista de la filología, del énfasis con que los supuestos interlocutores acentúen nuestro semantema. La investigación debe, por tanto, completarse en los dominios de la filosofía. Pero del análisis realizado hasta ahora, por fuerza incompleto, cabría establecer ya dos conclusiones.

1) En primer término, y como antes sugería, el respeto se presenta como la respuesta de un sujeto racional, de una persona, ante un determinado bien. Ese respeto ostenta un momento previo, que es la captación cognoscitiva y la aceptación del valor en cuestión (aprehensión y aprobación mutuamente condicionadas e interdependientes). Posee también una faceta predominantemente negativa, que consiste en no interferir en el despliegue, o en la mera existencia, de lo que se ofrece como bueno. Y goza por fin de un tercer aspecto, que en cierta manera condiciona a los anteriores, y cristaliza en la supeditación a la bondad de lo que ante nosotros se exhibe. Todo parece girar, pues, alrededor de la valía intrínseca o constitutiva de la realidad que se respeta.

2) Segunda observación: cuando esta enjundia interna alcanza un calibre suficiente para ser calificada como “dignidad”, la persona responde con una vigorización del respeto que, sobre todo hasta hace algunos lustros, solía ser calificada como “veneración” o “reverencia”: éstas designan, por tanto, el respeto correlativo a lo digno.

b) Naturaleza y estructura del respeto

Lo mismo que para la noción de dignidad, el locus clásico para el estudio del respeto en la filosofía occidental está constituido por la doctrina que Kant desarrolla, prioritariamente, en su Fundamentación de la metafísica de las costumbres
[3]. Pero el significado último de las reflexiones kantianas sobre la Achtung exceden el carácter introductorio de este escrito. Nos limitaremos, pues, a hilvanar algunos comentarios que “traduzcan” el pensamiento del filósofo alemán y lo sitúen dentro de las coordenadas que orientan nuestras propias indagaciones.

Para Kant, el respecto constituye un sentimiento “espontáneamente oriundo de un concepto de la razón, y, por tanto, específicamente distinto de todos los sentimientos […] que pueden reducirse a inclinación o miedo”
[4]. En realidad, y según venimos sugiriendo, el respeto se configura más bien como una actitud, que puede o no incluir sentimientos propiamente dichos, y que suele comprometer, cuando es genuino, a la persona toda, hasta en sus fibras más íntimas. Pero de manera particular y necesaria afecta, como sugiere la cita kantiana y antes veíamos, a las potencias o facultades superiores: el entendimiento y la voluntad; sin la intervención de éstos no puede florecer la actitud humana del respeto.

Kant da, pues, perfectamente en el clavo cuando identifica el respeto “con la conciencia de la subordinación de mi voluntad”; pero marra estrepitosamente el blanco al establecer como objeto de semejante sumisión, de forma exclusiva, la ley. Ahí se encuentra el discrimen radical entre la doctrina kantiana de la Achtung —que, a través de la ley emanada por una voluntad absoluta, acaba en la exaltación incondicionada del sujeto humano— y la perspectiva que venimos adoptando, desde la que lo digno de respeto es, proporcionalmente, cuanto posee ser; y desde la que el hombre, la persona humana, exige reverencia por cuanto encarna de manera sublime esa misma perfección de ser.

Vuelve Kant a acercarse a la auténtica fenomenología del respeto al recalcar que éste es efecto que se impone a nosotros en virtud de la excelencia constitutiva de “lo respetable”, y no movimiento espontáneo de la voluntad con independencia del objeto; y al esclarecer que el respeto es “la representación de un valor que menoscaba el amor que me tengo a mí mismo”. Pero desbarra de nuevo cuando aclara, sin más puntualizaciones, que “todo respeto a una persona es propiamente sólo respeto a la ley […], de la cual esa persona nos da el ejemplo”. Tal como ya he sugerido, lo que de radicalmente desviado se encuentra en las disquisiciones kantianas sobre nuestro problema es, de forma substancial y definitiva, la eliminación del ser en favor de la conciencia humana o, en general, de la subjetividad.

Porque lo más decisivo y primordial de la actitud de respeto reside, justamente, en que nos abre de forma primigenia a la pregnancia de lo real, del ente en cuanto tiene ser y, por ende —acudiendo a la terminología contemporánea, que no puede superponerse sin más con la clásica— en cuanto posee un valor. En sus Sittliche Grundhaltungen, Dietrich von Hildebrand expresa a las mil maravillas la condición básica constitutiva del respeto, al sostener desde un punto de vista fenomenológico que éste se despliega en tres momentos: “percepción, aceptación y respuesta a los valores”. A lo que añade: “El respeto es aquella actitud fundamental que también puede ser llamada madre de toda vida moral, porque en él adopta el hombre primordialmente ante el mundo una actitud de apertura que le hace ver los valores”
[5].

En un estudio muy sugerente, cuyo título es El respeto, actitud ética fundamental de la medicina, Gonzalo Herranz reinterpreta la reflexión de von Hildebrand sobre la Ehrfurcht, resumiéndola en estos tres párrafos:

“El respeto, como actitud ética fundamental es mucho más que la buena educación. Viene a ser la pieza central, algo así como el sistema nervioso, del organismo ético. La vida moral depende, en su abundancia y en su calidad, de la capacidad de captar los valores morales. Y eso sólo lo conseguimos cuando nuestra sensibilidad ética está afinada por el respeto. Así como la deprivación sensorial empobrece, de modo extremo en ocasiones, el desarrollo intelectual, así también la ceguera a los valores morales impide el desarrollo ético del hombre.

”Pero el respeto no es simplemente un aparato sensorial para percibir estímulos morales: el verdadero respeto es un aparato de alta precisión que integra los estímulos morales en una imagen real, libre de aberraciones, fiel, por tanto, a lo que las cosas son en sí mismas. El respeto nos lleva a reconocer que los demás seres son algo valioso en sí, que existen independientemente de la persona del observador, que poseen un valor propio. El respeto es un poderoso inhibidor de la manipulación caprichosa, de la falsificación de los datos de valor. El respeto me vacuna contra el subjetivismo ético. Por eso, el hombre respetuoso sabe que él no es el amo del mundo, titulado para tasar en cada momento la cotización de los valores éticos, haciéndolos depender de situaciones coyunturales.

”Además, el respeto es no sólo la condición del conocimiento inteligente y profundo, el aparato sensorial e integrador de la conciencia moral: es también su órgano efector. En conformidad con la información procesada, responde con una acción respetuosa, esto es, apreciadora de los valores objetivos y proporcionada a ellos. El respeto hace posible que la respuesta a los valores éticos pueda tomar la forma de la subordinación inteligente, no servil, sino razonable. La disposición de servicio forma parte habitualmente de la conducta del hombre respetuoso, pero no como una abdicación tímida, sino como una respuesta señorial al valor encerrado en las cosas y, sobre todo, en las personas”
[].

Teniendo en cuenta la orientación general de nuestro trabajo, eminentemente metafísica, la clave de las palabras citadas se encuentra en el párrafo que afirma que el respeto permite forjar, de las cosas, “una imagen real, libre de aberraciones, fiel […] a lo que las cosas son en sí mismas”. Porque respetar algo consiste, estricta y fundamentalísimamente, en dejarlo ser, optando por la realidad plena y consistente de lo-que-es, del ente como tal. Y para eso, como recuerda el propio von Hildebrand, es preciso matar el yo, en lo que éste encierra de subjetivo, de propio y excluyente, de no-entitativo, de insubstancial y ametafísico. Es decir, en cuanto que, más que encarnar y expresar una plenitud de ser —que le llevaría a reconocer la valía del resto del universo, por cuanto también éste es, aunque en menor grado—, se contrapone, como sujeto des-substancializado, al cosmos de lo existente.

“El hombre respetuoso —escribe von Hildebrand— está libre de la crispación del yo, del orgullo, de la concupiscencia. No desborda al mundo con su propio yo, sino que deja a los seres “sitio” para que desplieguen sus peculiaridades. Comprende la dignidad y la nobleza del ser como tal, el valor que el ser posee en cuanto opuesto a la nada; el valor que posee la piedra, el agua, la brizna de hierba, como realidades, como configuraciones que poseen su propio ser, que son así y no de otra manera, que, al contrario de la pura ficción o de la mera apariencia, son “algo” independiente de la persona del observador, algo sustraído a su arbitrio. Por ello, un ser no es un puro medio para el hombre y para sus eventuales objetivos y fines egoístas, sino algo que es acogido seriamente por él, algo a lo que él deja “sitio” para que muestre su propio contenido. Calla para dejar hablar al ser. El respetuoso sabe que el mundo del ser es más grande que él; sabe que no es el amo que pueda disponer de él a su antojo; sabe que tiene que aprender del ser.

”Esta actitud de respuesta al valor del ser como tal —actitud que está animada por la disposición de reconocer algo superior al propio arbitrio y antojo, de entregarse servicialmente— hace que los ojos espirituales se hagan aptos para ver la índole más profunda de todo ser, deja al ser la posibilidad de mostrar su esencia, permite que el hombre pueda ver los valores. ¿A quién se mostrará la arrebatadora belleza de una puesta de sol o de la “Novena Sinfonía”, de Beethoven, sino a aquel que respetuosamente se presenta ante ellas y se abre internamente a su ser? ¿Ante quién resplandecerá la maravilla de la vida que se manifiesta en cada planta, sino ante aquel que la mira lleno de respeto? Al que ve en ella un mero alimento o un medio para adquirir dinero, es decir, sólo algo que él puede utilizar y aprovechar, a ese tal jamás se le mostrará este mundo articulado y pleno de finalidad y sentido en su belleza y en su oculta dignidad”
[7].

Dejar ser a la realidad, abrirse sumisamente a la perfección del otro: he aquí, condensada, la cifra del respeto. Un respeto que podría definirse, ontológicamente, como la aceptación del ser, con todas sus implicaciones: rendirse ante el acto de ser, fundamento de cualquier valor de lo real. Permitir que el ente sea, desde las distintas perspectivas en que éste lo reclama. En cuanto verdadero o inteligible, el ente exige ser comprendido: conocido y re-conocido; la persona respetuosa puede apreciar con hondura la consistencia de cuanto existe. En cuanto bueno, el ente postula, en primer lugar, que admita su valía y me subordine a ella. En segundo término, que le permita alcanzar la plenitud que corresponde a lo bueno, a través del despliegue de sus propias virtualidades (de su virtus essendi). Y no sólo que posibilite ese desenvolvimiento, sino que lo apoye, incluso con todo mi ser, poniéndolo enteramente a su servicio, si ese fuera el caso; en este sentido, sobre todo en relación a las personas, el respeto se configura como el primer paso del amor y la amistad. Por eso, esta respuesta adopta, para lo inferior al hombre, la configuración del “cuidado”, de tanta raigambre en la filosofía clásica; y, para las demás personas, la modalidad de la “entrega”.

Re-conocimiento del ente como verdadero. Acogida de su bondad. Promoción hasta su destino definitivo en cuanto bueno. Son, como puede advertirse, los tres momentos a que apelaba von Hildebrand: percepción, aceptación y respuesta, pero elevados al plano metafísico iluminado por la consideración de los trascendentales clásicos.

2. Dignidad humana y acto personal de ser

a) Todos los hombres y todo el hombre


En las líneas que preceden hemos hecho girar la dignidad constitutiva de la persona en torno a la perfección primordial de su respectivo acto de ser. Nos resta, para concluir, examinar brevemente algunas de las consecuencias que de esta múltiple apelación al ser se derivan para la dignidad humana en los ámbitos más diversos: política, derecho, economía, relaciones de trabajo, medicina, bioética… Lo haremos de manera sumaria y sólo indicativa.

• Por ejemplo, la radicación terminal de la eminencia del hombre en su ser más íntimo se configura como cimiento conclusivo de la universalidad absoluta de la dignidad correspondiente, e impide las dolorosas distinciones que llevan a privar de su valía intrínseca a quienes, por motivos a veces peregrinos, se decide expulsar del orbe de lo que es fin en sí. En contra de estas discriminaciones, y apelando implícitamente a los principios que hemos establecido, escribe José Luis del Barco: “Ningún hombre está privado de dignidad. Toda existencia humana sobre la tierra —aplaudida o denostada, triunfante o derrotada, feliz o desgraciada, generosa o ruin— representa la irrupción en la historia de una novedad radical, la presencia de una excelencia de ser superior a la de cualquier otro ente observable”
[8].

He insistido en que la nobleza de la persona se encuentra como condensada íntegramente en su respectivo acto de ser. Ciertamente, semejante densidad interna tiende a expresarse hacia el exterior a través de distintas manifestaciones, sobre todo en el ámbito del obrar. Y, como veremos en seguida y podemos intuir por lo ya expuesto, una de esas operaciones —el libre comportamiento amoroso— redunda notablemente en el asentamiento e incluso en el acrecerse de semejante alcurnia. Pero ni siquiera este tipo de conducta es requerido para dotar de abolengo a la persona. Pues, más allá de cualquier acción humana, y como su fundamento intrínseco virtual, hallamos siempre la consistencia del acto de ser, que es el que, en definitiva, remite a las personas creadas hacia su destino terminal de amor en el Absoluto, y confiere su título más decisivo a la grandeza del hombre.

Por eso, aun en los casos más extremos y desesperados en que el despliegue del entendimiento y de la voluntad libre se encontraran definitivamente impedidos, cualquier otro indicio que nos permitiera adentrarnos hasta el descubrimiento de la presencia de un ser personal —la simple figura humana naturalmente animada, pongo por caso, o la continuidad de desarrollo entre el individuo recién concebido y el que posee la plenitud de sus facultades de persona adulta—, resultaría más que suficiente para obligarnos a adoptar la actitud de supremo respeto, o incluso de reverencia, exigida por quien se encuentra adornado por la sublime dignidad de lo personal.

Robert Spaemann lo ha expresado de manera contundente, definitiva. Sostiene, así, antes que nada: “Según la concepción tradicional, bien fundamentada filosóficamente, es persona todo individuo de una especie cuyos miembros normales tienen la posibilidad de adquirir conciencia del propio yo y racionalidad” y, por ello, de actuar libremente. Esa posibilidad radica en el ser, y no es necesario actualizarla para gozar de la condición de persona. En este sentido, agrega el propio Spaemann, “reducir la persona a ciertos estados actuales —conciencia del yo y racionalidad— termina disolviéndola completamente: ya no existe la persona, sino sólo “estados personales de los organismos””. Y concluye, en perfecta consonancia con lo que venimos exponiendo: “La personalidad es una constitución esencial, no una cualidad. Y mucho menos un atributo que —a diferencia del ser humano plenamente desarrollado— se adquiera poco a poco. Dado que los individuos normales de la especie homo sapiens se revelan como personas por poseer determinadas propiedades, debemos considerar seres personales a todos los individuos de esa especie, incluso a los que todavía no son capaces, no lo son ya o no lo serán nunca de manifestarlos”
[9].

• Esclarecido este primer extremo esencial, abordemos el análisis, también exiguo, del segundo. Lo que intento mostrar en él es que cuanto se da en el hombre puede ser ensalzado hasta la suprema excelencia de lo estricta y eminentemente personal. Para advertirlo, bastará con recordar que el ser que actualiza a todas y cada una de las dimensiones entitativas u operativas del sujeto humano es uno y el mismo y se encuentra situado en ese prominente grado de la jerarquía ontológica que corresponde a “lo más perfecto de toda la naturaleza”, a la persona. Todo lo que una persona es, por tanto, y todo lo que hace, se resuelve en fin de cuentas en la consistencia de su respectivo acto de ser… sin el que entidad y operación se reducirían a nada; y ese ser dota de su misma calidad intrínseca a todo lo que, al cabo, no constituye sino su floración entitativa u operativa.

En concreto, el cuerpo humano es un cuerpo personal, merecedor de la misma estima y reverencia (participadas) de las que es acreedora el alma. La razón profunda de este hecho nos la ofrece Tomás de Aquino. En virtud de su índole espiritual, el alma es capaz de recibir en sí al acto de ser con el que Dios la crea, y que por ello trasciende las dimensiones empobrecedoras de lo corpóreo y se coloca en los dominios superiores de la persona. Es ese mismo y único acto de ser —espiritual, por tanto— el que el alma da a participar al cuerpo. De ahí que el entero organismo humano resulte como introducido y elevado hasta los niveles propios del alma que lo anima, y pase a disfrutar del mismo rango ontológico que a aquélla le corresponde. Al respecto, la situación del hombre es única entre todos los entes dotados de componentes materiales, justo porque su esse pertenece en propiedad al alma, y es ésta la que, al contraerlo sin verse a su vez restringida por el influjo de la materia, determina su eminente densidad y alcurnia. Por eso, cuando el cuerpo recién concebido resulta ensalzado hasta la altura propia del espíritu, recibiendo toda su realidad del ser propio del alma, se verá introducido —sin dejar de ser cuerpo— en los dominios en que aquélla se mueve. Su dignidad, por tanto, consectaria al acto de ser, se tornará participadamente idéntica a la del alma.

Quedan vetadas, así, todas las pretensiones —tan frecuentes en los ámbitos de cierta “moral” sexual— de convertir el propio organismo en simple objeto al servicio de los intereses de un presunto yo y de una libertad desencarnados. Tan personal, tan “yo”, es el cuerpo como el alma que lo anima, pues uno y el mismo es su acto de ser: igual reverencia se debe a una y otro, y sería obrar contra la naturaleza pretender imponer sobre “lo físico personal” un dominio y un vasallaje arbitrarios y despóticos, transformándolo en simple instrumento al servicio de una emotividad sin norte.

Por razones similares, toda la actividad que despliega el sujeto humano puede ser enaltecida hasta la sublime categoría que corresponde a la persona. Basta, como he explicado con detenimiento otras veces, que esas acciones queden asumidas, y como englobadas, por la operación en que el acto de ser humano encuentra su expresión cimera más propia: el amor
[10]. Por eso, desde la perspectiva del acto personal de ser como fundamento de la suprema valía de la persona, palidecen y acaban por perder vigencia las clasificaciones de los individuos en virtud del trabajo profesional, del quehacer que despliegan. El clasicismo griego y algunas doctrinas posteriores —con su exaltación del intelecto y la minusvaloración o incluso el desprecio de las tareas manuales— quedan trascendidos y rebasados cuando lo que confiere su valor definitivo a las distintas ocupaciones es, en fin de cuentas, la real actitud de servicio amoroso —la búsqueda del bien del otro— con que se llevan a cabo esos cometidos. Derivada y como constituida por un acto de ser personal, y acompañada por la cristalización primordial de ese mismo acto, cualquier operación conducida a término por amor —incluso las más externas, corpóreas y en apariencia intrascendentes— pueden verse adornadas por la sublime categoría que pertenece a lo digno y contribuir al incremento de la nobleza ontológica de la que en definitiva dimanan.

Todo lo cual nos introduce, de manera nada violenta, en las reflexiones del siguiente apartado.

b) Crecimiento y mengua de la dignidad humana

Tal vez sea el momento de detenernos a considerar las posibilidades de incremento y merma incluidas en la dignidad humana. Y, de nuevo, su cimentación radical en el acto de ser constituye la clave para responder a semejantes cuestiones.

Al respecto, lo primero que se presenta con meridiana claridad es la imposibilidad absoluta de que la dignidad de cualquier persona sea efectivamente suprimida. Por el contrario, lo que al cabo descubrimos en la base de ese particular abolengo es la subsistencia en sí del alma humana, que recibe el acto de ser de tal manera que nada, excepto una impensable aniquilación divina, lo puede poner en peligro ni originar jamás su pérdida: y, por tanto, como es obvio, tampoco la de la nobleza que en semejante ser radica. No cabe, pues, la eliminación de la dignidad personal; se encuentra ésta dotada de una estabilidad substancial. Pero ¿lleva ello consigo que la singular grandeza del sujeto humano tampoco resulte susceptible de crecimiento o remisión? La respuesta nos la ofrece una vez más la naturaleza peculiar e íntima del acto personal de ser que, por su propia índole activa de suyo, fructifica necesariamente en operaciones: y éstas, cuando siguen la dirección virtualmente señalada por ese mismo acto primordial, perfeccionan más y más a su sujeto, tornándolo, en definitiva, más digno. ¿Estamos, entonces, ante algo estático o ante una realidad con posibilidades de deterioro y engrandecimiento?

El interrogante que así se plantea puede ser resuelto, en su esencia, distinguiendo dos momentos o aspectos de la eminencia personal humana:

• Antes que nada, una dignidad que podríamos calificar como “ontológica” o “constitutiva”, irrenunciable e inamisible, que pertenece a todo hombre por el hecho de serlo y se halla indisolublemente ligada a su naturaleza racional y libre. Desde este punto de vista, toda persona resulta merecedora de un amor y de un respeto fundamental, con independencia de sus condiciones singulares y de su particular actuación: todos los hombres, incluso el más depravado, tienen estricto derecho a ser tratados como personas.

Por consiguiente, y desde esta perspectiva, no hay momentos privilegiados en el surgimiento de la dignidad personal; o, mejor, existe un momento básico y fundamental: el de la concepción-constitución de cada ser humano. De aquí cabría inferir, como ya sabemos, que nadie puede ser discriminado en función de la etapa de desarrollo vital en que se encuentre ni, en el extremo contrario, a causa del abandono del pleno dominio de sus facultades superiores como consecuencia de la vejez o la enfermedad; y tampoco cabe discriminación alguna con base en las diferencias intelectuales o de eficiencia entre unos hombres y otros. Considerados desde este ángulo visual, los tarados y subnormales —incluso los más profundos— son tan acreedores de amor y veneración como las personas dotadas de la más egregia inteligencia. Cosa que resulta más que evidente al considerar que también ellos, al recibir el acto personal de ser, han sido llamados a gozar del Amor del Absoluto por toda la eternidad.

• Por otra parte, es lícito hablar de una dignidad añadida, complementaria o, si se desea utilizar un término más correcto, moral; una nobleza ulterior, derivada del propio carácter libre del hombre, de su índole de realidad incompleta pero dotada de la capacidad de conducirse a sí misma a su perfección definitiva (“el hombre es aquel ser que debe llegar a ser hombre”, decía Jaspers). Si lo miramos desde este lado, ciertas personas merecen —valga la expresión— un respeto suplementario, que no reclaman el resto de los mortales. Ahora bien, teniendo en cuenta lo examinado hasta el momento, podríamos intentar responder a esta pregunta clave: ¿cuál es, en definitiva, el único criterio, la sola razón que, desde una perspectiva radical, fundamenta ese incremento de dignidad y de respeto?; y la respuesta no podría ser sino la siguiente: lo que hace de ella —ontológicamente— mejor o peor persona. No, por tanto, la riqueza, el poder o la posición social; tampoco la simpatía, el grado de saber, su ingenio o penetración intelectual; sino, en última y conclusiva instancia, el uso que haya hecho de su libertad, el grado alcanzado en el ejercicio del amor.

Llegados a semejante punto, debemos investigar la relación existente entre estas “dos” dignidades. Y para ello, resulta imprescindible volver a considerar la naturaleza del acto de ser. Pues, en efecto, a primera vista se tendería a sostener que la dignidad moral se añade a la constitutiva en cierto modo desde fuera, como, según algunos, los accidentes a la substancia: y esto es, ciertamente lo que parece sugerir en más de una ocasión Tomás de Aquino
[11]. Pero una mayor penetración del problema nos haría advertir que la nobleza suplementaria es como la expansión o culminación natural del abolengo primordial, por cuanto también el ser —activo de suyo, según probara en su momento Carlos Cardona— tiende de manera natural y necesaria a expandirse a través de las operaciones, en las que ese acto primigenio alcanza su plenitud definitiva [12]. Y así como el obrar, en última instancia, no es más que el ser que se despliega, en virtud de la condensación energética en él contenida, hasta lograr su apogeo terminal, la dignidad moral representa el desenvolvimiento natural —¡y exigido!— de la nobleza intrínseca de la persona, que aspira también a conquistar su propia apoteosis como dignidad. En este sentido puede sostenerse que la persona humana se torna más digna a medida que va mejorando, y que la entera grandeza del ser humano culmina en el hecho de que “a través de sus operaciones más nobles, se eleva hasta su propia perfección” [13].

Esa posibilidad de acrecentamiento de la dignidad constitutiva en la dignidad moral permite comprender también el sentido en que puede hablarse de un deterioro de la propia dignidad, a pesar de que, como vengo repitiendo, el acto personal de ser, en el que se asienta la nobleza originaria, es poseído de forma definitiva. La clave, en última instancia, es que el despliegue de semejante ser, y de la dignidad primigenia, no es algo que quede al arbitrio de la persona que lo ejerce, sino que se configura como una obligación moral dotada de un fundamento ontológico: todo sujeto humano, a través del recto ejercicio de su libertad, tiene el deber de tornar plenamente actual la perfección virtualmente contenida, desde el mismo instante de su concepción, en la eminencia de su ser, activo de suyo
[14] . Por tanto, la falta de respuesta a esa exigencia de plenitud no tiene sólo razón de simple ausencia o carencia, sino, en la acepción más precisa de esta palabra, de privación y, por ende, de mal. En semejante coyuntura, la dignidad complementaria, por supuesto, no aparece; pero también la nobleza primordial queda dañada en ese implemento que ella misma exigía y que la libertad humana le ha negado. Desde este punto de vista, considero lícito sostener que, al no complementarla como es debido, una persona mancilla su propia y configuradora dignidad [15].

c) Las afrentas contra la dignidad personal

Acabamos de afirmar que todo ser humano puede vulnerar la propia dignidad, incluso la que dimana directamente de su estricta condición de persona. Ahora bien, puesto que semejante damnificación deriva en exclusiva de un mal uso de la libertad, resulta imposible —como ya sugiriera Sócrates al hablar de la justicia— que la propia nobleza o alcurnia sea efectivamente perjudicada desde fuera. Pero sí que cabe, y es por desgracia muy común, atentar contra la dignidad de otras personas, no respetándolas o reverenciándolas de la forma y con la intensidad adecuada (aunque en tales casos, vuelvo a decirlo, se perjudica más la propia valía que la ajena).

Sin ningún afán de sistematicidad, podríamos pasar revista a los distintos tipos de afrenta contra la nobleza de otro, considerando los modos en que se puede embestir contra su acto de ser:

• La forma más radical y directa, de extremada relevancia en los dominios de la bioética, es el intento inmediato de destrucción del acto de ser de la persona a quien se agravia. Las dos maneras fundamentales de llevar esto a cabo son: a) Por una parte, el atentado contra la vida biológica, ya que, de hecho, esa vida se identifica en su hontanar radical —viventibus esse est vivere— con la vida personal estricta. Obviamente, como la vida primordial —la del espíritu asentado en el ser— sólo Dios podría eliminarla mediante un acto de aniquilación, la dignidad constitutiva de un sujeto personal no puede suprimirse realmente; pero eso no quita que la agresión contra las dimensiones vitales del sujeto humano constituya, en quien lo lleva a término, una afrenta efectiva contra el núcleo configurador de la persona misma del atacado. b) El otro modo de denigrar la misma médula de la persona consiste en promover la desaparición de la vida del espíritu, que es propiamente el amor: todo lo que, por tanto, provoque el desamor radical —en último término, el pecado—, a través por ejemplo de la incitación directa o del escándalo, constituye una ofensa inmediata contra la dignidad personal de quien así se ve tratado: injuria más radical, si cabe, que la destitución de su vida biológica.

• En segundo término, atenta contra el abolengo personal todo cuanto impida el despliegue perfectivo del propio ser, por cuanto éste es activo de suyo y tiende a expandirse hasta conquistar su plenitud conclusiva. Ahora bien, semejante desenvolvimiento se lleva a cabo, de manera privilegiada y al término exclusiva, en virtud del recto uso de la libertad amorosa; en consecuencia, todo cuanto dificulte el ejercicio de esa libertad —coacciones físicas o psíquicas, desinformación, demagogia, torturas…— se alza como una afrenta innegable contra la dignidad de la persona.

• En tercera posición —y aunque la clasificación no aspira a ser sistemática— se encuentran las acciones en las que la persona no es tratada como tal, sino que se la reduce, o ella misma se rebaja, a la condición de objeto o cosa. Es decir, no viene conceptuada como fin en sí, sino que se la transforma, o ella se convierte a sí misma, en simple medio al servicio de intereses u objetivos distintos de los estricta y realmente personales. Las posibilidades, aquí, son amplísimas: desde la prostitución o la pornografía, tal vez las más escandalosas, hasta el vasallaje voluntario respecto al propio trabajo, por el que quien así actúa se torna mera herramienta, del todo supeditada a la obtención de los propios beneficios económicos. En el ámbito más estricto de la bioética, habría que encuadrar en esta esfera el cada vez más dilatado campo de la fecundación asistida o, en general, de la instrumentación genética, así como casi toda la “ingeniería genética”, incluidos los intentos de clonación: en ellos se instaura siempre una relación asimétrica, de dominio, entre el recién concebido y quienes, en fin de cuentas, deciden sobre su suerte y su vida.

• Por fin, se opone a la dignidad de la persona cuanto impide la manifestación externa de esa nobleza. Nos hemos referido otras veces a estas circunstancias al hablar, por ejemplo, de la crucifixión, de la picota y, en nuestros días, de la objetivación cosificante de cualquier tipo de voyeurismo y, más en concreto, de los reality shows. Ahora podemos señalar el fundamento de tales afrentas: en el caso del sujeto humano, compuesto de espíritu y materia, el único acto de ser del alma acoge y eleva hasta su propia altura el organismo al que anima: semejante ser tiende a manifestarse naturalmente a través de los gestos corpóreos de la materia en que se encarna (y que en cierto modo lo completan). Imposibilitar esa manifestación, desvinculando un organismo despersonalizado de su ontológico fontanal espiritual, lesiona la dignidad humana de manera parecida a como la vulneraba cuanto impedía la expansión operativa del acto personal de ser.
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Notas:

[1] Recogemos aquí algunos fragmentos de Tomás MELENDO, Dignidad humana y bioética, EUNSA, Pamplona 1999.

[2] Cfr. Peter VOLGESANGER, «Die Würde des Patienten», en Bull. Schweiz. Akad. Med. Wiss., 36 (1980), pp. 251-252.

[3] Inmanuel KANT, Fundamentación de la metafísica de las costumbres, Real Sociedad Económica Matritense de Amigos del País, Madrid 1993, pp. 31 ss.

[4] Fundamentación metafísica de las costumbres, cit., pp. 31-32, nota. El texto íntegro, del que extraeré también las próximas referencias textuales, es el que sigue: “Podría objetárseme que, bajo el nombre de respeto, busco refugio en un oscuro sentimiento, en lugar de dar una solución clara a la cuestión por medio de un concepto de la razón. Pero aunque el respeto es, efectivamente, un sentimiento, no es uno de los recibidos mediante un influjo, sino uno espontáneamente oriundo de un concepto de la razón, y por tanto, específicamente distinto de todos los sentimientos de la primera clase, que pueden reducirse a inclinación o miedo. Lo que yo reconozco inmediatamente para mí como una ley, reconózcolo con respeto, y este respeto significa solamente la conciencia de la subordinación de mi voluntad a una ley, sin la mediación de otros influjos en mi sentir. La determinación inmediata de la voluntad por la ley y la conciencia de la misma se llama respeto: de suerte que éste es considerado como efecto de la ley sobre el sujeto y no como causa. Propiamente es respeto la representación de un valor que menoscaba el amor que me tengo a mí mismo. Es, pues, algo que no se considera ni como objeto de la inclinación ni como objeto del temor, aun cuando tiene algo de análogo con ambos a un tiempo mismo. El objeto del respeto es, pues, exclusivamente, la ley, esa ley que nos imponemos a nosotros mismos, y, sin embargo, como necesaria en sí. Como ley que es, estamos sometidos a ella sin tener que interrogar al egoísmo; como impuesta por nosotros mismos es, empero, una consecuencia de nuestra voluntad: en el primer sentido, tiene analogía con el miedo; en el segundo, con la inclinación. Todo respeto a una persona es propiamente sólo respeto a la ley —a la honradez, etc.—, de la cual esa persona nos da el ejemplo. Como la ampliación de nuestros talentos la consideramos también como un deber, resulta que ante una persona de talento nos representamos, por decirlo así, el ejemplo de una ley —la de asemejarnos a ella por virtud del ejercicio—, y esto constituye nuestro respeto. Todo ese llamado interés moral consiste exclusivamente en el respeto a la ley” (o.c., pp. 31-32, nota).

[5] Dietrich von HILDEBRAND, Sittliche Grundhaltungen, trad. española en Santidad y virtud en el mundo, Rialp, Madrid 1972, pp. 119-120.

[6] Gonzalo HERRANZ, El respeto, actitud ética fundamental de la medicina, Lección inaugural del curso 1985-1986, Universidad de Navarra, Pamplona 1985, pp. 14-15.

[7] Dietrich von HILDEBRAND, Sittliche Grundhaltungen, cit., pp. 123-124.

[8] José Luis DEL BARCO, «Bioética y dignidad humana», en AA.VV., Bioética, Rialp, Madrid 1992., p. 24.

[9] Robert SPAEMANN, «¿Todos los hombres son personas?», en AA.VV., Bioética, cit., pp. 71-73.

[10] Cfr., entre otros, Tomás MELENDO, La dignidad del trabajo, Rialp, Madrid 1992. Consultar especialmente las pp. 69 y ss.

[11] Cfr. TOMÁS DE AQUINO, In I Sent., d. 17, q. 1, a. 2 ad 3, donde se habla de una bondad y nobleza consiguientes que la substancia posee en virtud de sus accidentes, en contraposición a la bondad primigenia de ser.

[12] Cfr. ahora IDEM, De Potentia, q. 3, a. 5 ad 3.

[13] «Y por eso dice Agustín —prosigue Tomás de Aquino— que el alma es más verdadera allí donde ama, porque en ese lugar se encuentra según su ser más noble, que es el correspondiente a su perfección última» (TOMÁS DE AQUINO, In I Sent., d. 15, q. 5, a. 3 ad 2).

[14] Escribe, en este contexto, Antonio MILLÁN-PUELLES: «Ya sea súbdito o gobernante, y tanto si es más remiso o más audaz en la personal forma de asumir la gestión de sus intereses, todo hombre es persona en cuanto tiene una esencial libertad que le hace responsable de sí mismo. […] En suma, es en absoluto inseparable de la dignidad de la persona humana el derecho-deber de que cada hombre lleve a cabo lo que sus propias fuerzas le permitan con el fin de atender a sus necesidades materiales y al despliegue y potenciación de la respectiva personalidad» (Antonio MILLÁN-PUELLES, Economía y libertad, Confederación española de Cajas de Ahorro, Madrid 1974, pp. 414-415).

[15] Es lo que sostiene de nuevo Millán-Puelles, aunque sin extraer la última consecuencia expresada por mí en el texto: «También el animal irracional apetece su propio bien privado y, aunque de hecho sirve al bien común, no lo apetece como bien común, porque le falta la capacidad de concebirlo. Por consiguiente, cuando un hombre sirve de hecho al bien común, mas no por estar queriéndolo como algo comunicable a otras personas humanas, sino tan sólo en función de su bien propio, se produce el fenómeno de una cierta animalización del ser humano, la cual no por ser libre deja de rebajar a quien la hace. La dignidad de la persona humana se sigue dando en quien así se animaliza, más no con toda la perfección de que es capaz. La persona en cuestión continúa teniendo el libre arbitrio y, por lo mismo, la dignidad “natural” de todo hombre, es decir, la que ninguno se da a sí mismo libremente, mas no la dignidad “moral” que libremente puede darse a sí mismo cualquier hombre elevando su voluntad a un bien que trasciende y supera el bien privado sin quitarle a éste su valor» (ibídem, p. 373).

2003-11-20

 

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"...Cuantas veces hicisteis eso a uno de estos mis hermanos menores, a mí me lo hicisteis" (Mt 25, 40). Cristo, Hijo de Dios, al encarnarse, asume la humanidad de todo hombre, comenzando por el más pobre y abandonado. Se hace solidario con cada persona hasta el punto de que sale garante de su misma dignidad. Efectivamente, en su muerte, expresión máxima de esa "humillación" humanamente inconcebible de Dios, de la que habla la Carta a los Filipenses (cf. Flp 2, 6-11), Cristo redime la dignidad de cada hombre y establece sus derechos de modo insuperable.

En Cristo, el más desgraciado entre los hombres puede decir como Pablo: "Me amó y se entregó por mí" (Gál 2, 20). Verdaderamente se debe reconocer que, en un continuo crescendo desde el Antiguo al Nuevo Testamento, se manifiesta en el cristianismo la concepción auténtica del hombre como persona y ya no sólo como individuo. Si perece un individuo, la especie queda inalterada: en cambio, dentro de la lógica inaugurada por el cristianismo, cuando desaparece una persona, se pierde algo único e irrepetible.

2. El fundamento de la dignidad humana, que cada hombre puede captar reflexionando sobre su naturaleza de ser dotado de libertad, esto es, de inteligencia, voluntad y energía afectiva, encuentra en la redención de Cristo su plena inteligibilidad. En la Carta Encíclica Redemptor hominis he escrito que: "...ese profundo estupor respecto al valor y a la dignidad del hombre se llama Evangelio, es decir, Buena Nueva. Se llama cristianismo (Redemptor hominis, 10).

Esto no esteriliza el esfuerzo que el hombre ha hecho desde siempre y continúa realizando para fundamentar en la propia naturaleza su dignidad de persona y establecer los derechos fundamentales que deben garantizarse a cada uno por parte de sus semejantes y de todas las instituciones. Más aún, se puede decir que este esfuerzo queda exaltado, según la lógica por la que el "cristianismo" hace descubrir lo "humano" y la gracia en la naturaleza.

El arraigo de la dignidad del hombre en ese nivel último, realizado por Cristo en la cruz, no destruye, pues, sino que concluye y corona la búsqueda racional con la que el hombre de todo tiempo, y especialmente el moderno, tiende hacia la definición cada vez más clara de los valores insertos en la propia realidad compuesta de alma y cuerpo.

3. El hombre debe inclinarse siempre, y de nuevo, sobre sí para descubrir la evidencia de la propia dignidad en la capacidad de trascenderse como persona, es decir, de decidir acerca de la propia vida con toda libertad y verdad. Es imposible captar esta dignidad al margen del nexo de la persona con la verdad. La verdad del hombre está en su relación íntima con Dios, ante todo por el sello que Él, al crearlo, imprimió en su estructura natural. "Creó Dios al hombre a imagen suya, a imagen de Dios lo creó..." (Gén 1, 27).

La gran Tradición patrística y escolástica, desde Agustín a Juan Damasceno y a Tomás, ha indagado a fondo la doctrina de la "imagen de Dios", llegando a dos conclusiones importantes.

Ante todo, el hombre, hecho a imagen de Dios, está colocado estructuralmente en relación con la verdad por medio de su "mens" (espíritu), sede singular de su facultad intelectiva y volitiva. La energía intelectiva con la que escruta la verdad, y la volitiva con la que tiende a ella, son la expresión elemental y universal de su dignidad. En segundo lugar, en su existencia cotidiana el hombre experimenta su contingencia que se deriva de sus límites y de su pecado. Entonces se da cuenta de ser a imagen de Dios y no ser ya imagen de Dios. Imagen de Dios es sólo el Verbo, el Hijo en quien el Padre tiene todas sus complacencias. El hombre es solamente una imagen muy imperfecta de Dios (cf. Tomás de Aquino, Scriptum super Sententiis. I, d. 3, q. 3 a 1 resp. ad 5um).

La expresión a imagen indica para el hombre una tensión hacia la plena transparencia en la verdad, le traza un camino ético y ascético, hecho de virtud y de ley, de deberes y derechos. En este camino no puede menos de encontrarse, pronto o tarde, con Aquel que es imagen plena de Dios, Cristo que ha "asociado a Sí" a cada uno de nosotros.

4. Sin embargo, el hombre no posee la Verdad última en la que se fundamenta su dignidad. Desde siempre aspira a ella, pero ella lo supera continuamente. Los griegos a través de la filosofía, los judíos por medio de la ley trataban de acercarse a la Verdad, que el hombre percibe como fundamento real, pero trascendente de su mismo ser.

Cristo nos señala en el amor este Camino de acceso a la Verdad última, que es Él mismo. La realización plena de la dignidad del hombre sólo se tiene en el dinamismo del amor que lleva a cada uno al encuentro con el otro y así lo abre a la experiencia de la trascendente presencia de Aquel que, al encarnarse, "se ha unido en cierto modo con todo hombre" (Gaudium et spes, 22).

"Cuantas veces hicisteis eso a uno de estos mis hermanos menores, a mí me lo hicisteis". Que la palabra solemne con la que el Juez divino concluirá la historia, ilumine nuestros pasos en el tiempo, haciéndonos descubrir en el amor el camino que lleva al reconocimiento del valor irrepetible de cada uno de nuestros semejantes, y de este modo a la plena realización de nuestra misma humanidad.

 

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El miedo a exigir

 

Josemanuel Tarrío

 

Sabemos que en realidad no se siente miedo a las cosas, situaciones o personas. Lo que nos produce miedo es la idea que sobre las cosas tengamos. No me da miedo la oscuridad sino la idea que yo tenga de la oscuridad.

Por tanto, no nos da miedo a exigir. Sino la idea que tenemos sobre lo que sea exigir. Y, especialmente, si esta exigencia está referida hacia los hijos y los alumnos.

A los padres, a un gran porcentaje de padres, les da miedo exigir a sus hijos. Porque se piensa que la exigencia es sinónimo de producir frustración, depresión, o reacciones extrañas en los hijos.

Y como los tiempos están como están y ocurren cantidad de desgracias, va creciendo en los padres un miedo atroz a provocar en los hijos cualquier sentimiento de contrariedad.

Creo, sinceramente, que no exagero con estas afirmaciones. Cuántos casos, como el que describo, me encuentro en el ejercicio de mi labor profesional.

Cualquier padre ve necesaria la exigencia. Pero en la vida cotidiana con los hijos, por esos miedos, se va cediendo y cediendo hasta el punto de que los hijos se convierten en pequeños dictadores familiares.

La solución pasa por cambiar la idea que tenemos sobre esta cuestión. Al igual que si quiero quitar mi miedo a la oscuridad tendré que cambiar la idea que de ésta tengo.

Y esto se consigue analizando la realidad. ¿Cómo se está educando con esta falta de exigencia como telón de fondo? ¿Son buenos los resultados? Claramente no. Ya se ve que el no exigir para evitar los problemas está acarreando lo que se quiere evitar. Problemas de todo tipo.

Precisamente porque las cosas están como están y ocurren tantas desgracias, exige a tus hijos más que nunca.

Y para no pasarte o saber que lo estés haciendo bien hay dos reglas que no fallan nunca.

La primera consiste en tener claro que no es negociable en tu casa. Ahí no cedas. En todo lo demás, negocia.

Febrero 24-

 

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“La relación entre libertad y verdad,

naturaleza y conciencia, clave de la

recuperación moral de nuestro tiempo”

 

La relación entre la verdad de la naturaleza de las cosas, su proyección en la conciencia humana, y la orientación de la libertad al bien para realizarlas, es la clave de la recuperación del sentido moral en nuestro tiempo. Ésta es la conclusión a la que llegaron hoy el obispo de Cartagena, monseñor Manuel Ureña, el filósofo holandés Leo Elders, el teólogo jesuita Bartholomew Kiely y el rector de la Internationale Akademie für Philosophie de Liechtenstein, Joseph Seifert, hoy en el Congreso sobre Teología Moral que se está celebrando actualmente en la Universidad Católica de Murcia.
     
     Para monseñor Ureña, “la libertad está intrínsecamente religada a la verdad. La autonomía del hombre se manifiesta en que, aun no siendo ni absoluto ni creador, no es un proceso determinado sino con trascendencia, dueño de sí y responsable de su persona”.
     
     Ureña afirmó que “el hombre es realmente libre cuando, conocida la verdad, que está escrita en las entrañas de todo ser humano, comienza a amarla, la desea vivamente e inclina su corazón a ella”.
     
     A pesar de ello, según el obispo de Cartagena, en la historia del hombre interviene el “misterio de la iniquidad, el pecado, que trastorna esta relación: “aun estando ordenada la libertad a la verdad, la historia y la cultura nos muestran que, desde los albores mismos de la humanidad, la verdad viene siendo pisoteada en nombre de la libertad”. Eso es lo que sucede hoy, según Ureña: “la cultura contemporánea ha perdido en gran parte el vínculo entre Verdad-Bien-Libertad”.
     
     “Por lo tanto, volver a conducir al hombre a redescubrir tal vínculo, es hoy una de las exigencias propias de la misión de la Iglesia, dirigida a procurar la salvación al mundo”, añadió.
     
     Según Leo Elders, los fines naturales son la base de la verdad de la vida moral: “La vida moderna, con su oferta de una enorme variedad de productos y una publicidad desenfrenada, contribuyen a apartar al hombre de la voz de su naturaleza y a llenar su espíritu con objetos que no tienen una relación con su verdadero bien”.
     
     Elders afirmó que la libertad separada de la verdad de las cosas, “pensamiento que Sartre ha transmitido a toda una generación, ha producido una fragmentación de la propia vida y un cierto desorden en su organización, porque ya no tiene otra finalidad dominante que el deseo de ser libre. Las normas morales tradicionales son percibidas como restrictivas de la propia libertad. Ahora se quiere algo, pero no se sabe el porqué”.
     
     Según Elders, aunque el panorama actual es negativo, sin embargo “la disolución de las costumbres y los problemas conexos como el egocentrismo, la desintegración de las familias, la disminución de la natalidad, la criminalidad creciente, van a provocar el efecto contrario: una reacción en el sentido de búsqueda de la verdad en el campo de la vida moral”.
     
     Para Bartholomew Kiely, hoy se da una nueva forma de nihilismo, que “está en el origen de la nueva mentalidad según la cual no se debe asumir ningún compromiso definitivo, ya que todo es fugaz y provisional”.
     
     Bartholomew Kiely afirmó que hoy muchos “desean que se reconozcan entre los derechos fundamentales del hombre la contracepción, el aborto, la eutanasia y el suicidio. El contenido de estos derechos es perverso porque no respeta el objeto de las acciones humanas, sino que intenta justificar la acción con independencia del fin (la muerte de un ser humano)”.
     
     Para Joseph Seifert, “pertenece a la esencia de la persona el ser capaz de respuestas sobreactuales tales como el amor o la convicción, que existen permanentemente en ella pero que, al mismo tiempo, apuntan a una realización continuamente renovada”.

Murcia. 28.11.2003. Congreso de Teología Moral de la UCAM

 

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Tres filósofos españoles coinciden en que la raíz

filosófica de la moral actual tiene "trampa"

 

"Es necesario recuperar la objetividad y universalidad de los principios éticos"

 

Pablo Domínguez, Enrique Bonete y Alejando Llano coincidieron esta mañana en la necesidad de superar algunos de los defectos de la moral actual volviendo a una Ética de principios objetivos y universales.
     
     Durante el Congreso de Teología Moral que se está celebrando en la Universidad Católica San Antonio de Murcia (UCAM) para conmemorar el décimo aniversario de la Encíclica Veritatis Splendor, del Papa Juan Pablo II, los tres filósofos han explicado el trasfondo filosófico del que han surgido las desviaciones más importantes de la moral contemporánea.
     
     Desde el compromiso personal con la verdad, al que se refirió Domínguez, pasando al acento puesto por Bonete en las implicaciones políticas, hasta una lectura moral de la cultura, que ocupó una parte importante del discurso de Llano, los tres pensadores han compartido la necesidad de reivindicar el ejercicio de una razón práctica basada en principios universales.
     
     Pablo Domínguez, Decano de la Facultad de Teología San Dámaso, de Madrid, se ha referido a un "mesianismo filosófico" que ha querido salvar al hombre desde sí mismo, consiguiendo sólo su destrucción.
     
     Para el filósofo "la actitud previa que se ha de mantener ante la verdad es martirial" y afirmó el carácter trágico "de las grandes cuestiones humanas", entre las que se sitúa la Ética.
     
     En este sentido definió "la paradoja existencial" como aquella que "pone en conflicto el deseo de infinito con la experiencia personal de lo efímero" y denunció "el empeño" de muchos por "salvar al hombre".
     
     Entre esos intentos, Domínguez destacó la Ilustración que "trató de dar solución a toda paradoja humana desde el hombre mismo, considerando a este un ente completo". El nacimiento de la "nueva moral" acaeció por la sustitución del "homo capax Dei" medieval al "homo capax sui" moderno".
     
     "La absolutización de la razón lleva al hombre a una inevitable experiencia ambivalente: de soberbia y de angustia. La ausencia de límite alguno al actuar moral del hombre, le introduce en una soberbia de endiosamiento que se quiere vender como progreso", dijo.
     
     Recurriendo al "teorema de Gödel", que básicamente sostiene que "la fórmula que define la coherencia de un sistema no pertenece a ese sistema", explicó que "la concepción realista de la verdad se sustenta en un horizonte mucho más amplio que ella misma y tiene su fundamentación fuera de los límites de la razón humana".
     
     Por su parte, Enrique Bonete, profesor de Filosofía Moral en la Universidad de Salamanca, afirmó que aunque "durante siglos, la humanidad ha mantenido firme la creencia de que la razón práctica y la ley natural constituyen la base teórica del esfuerzo intelectual humano por alcanzar determinados principios morales objetivos, universales e incondicionales", hoy esa postura parece estar en entredicho.
     
     El profesor dijo que "esos principios no sólo pretenden orientar la vida personal, sino que exigen ser aceptados socialmente y garantizados jurídicamente, a fin de que sea posible realizar una vida colectiva y política acorde con la dignidad de la persona creada a imagen y semejanza de Dios, y por ello, capaz de obrar en libertad".
     
     Sin embargo, sostuvo que especialmente a partir de la concepción hobbesiana, "la tesis subjetivista de la ética se ha desplegado históricamente, llegando hasta nuestro contexto social, en el que se sigue sosteniendo que son las emociones y los sentimientos de cada uno la raíz de nuestras decisiones y opiniones morales".
     
     "Nuestra cultura no penetra en la pregunta en torno al valor moral en sí de los fines que estamos persiguiendo. Son luchas de intereses económicos e ideológicos las que inspiran la toma de decisiones en el marco moral y político-social moderno, mas no principios éticos racionales que tengamos que asumir colectivamente".
     
     "El contexto emotivista y subjetivista en el que se desarrollan los debates morales ­prosiguió­ impide el seguimiento de la "razón práctica" y la formulación de la pregunta por lo bueno incondicionado".
     
     Finalmente el filósofo añadió que "hemos llegado hoy a una grave confusión moral según la cual se ha de abandonar y desconfiar de la potencia orientadora de lo que históricamente fue la razón práctica o la ley natural".
     
     Alejando Llano, profesor de Filosfofía en la Universidad de Navarra, dijo en su discurso que "gran parte de las debilidades de la ética más reciente se deben a la aceptación acrítica del emotivismo. La supuesta percepción inmediata, por vía de emoción o sentimiento, de la cualidad positiva o negativa de una acción no es criterio suficiente para su evaluación moral", dijo.
     
     Siguiendo a Platón, Llano sostuvo que "a diferencia de lo que acontece con lo bello, para asegurar la presencia del bien moral es necesaria la realidad de aquello que cabe considerar como bueno. Y sucede que sólo está capacitada para discernir el bien del mal la personal dotada de virtudes, cuya adquisición exige, a su vez, el respeto a los principios y normas morales".
     
     "Las prescripciones éticas fundamentales son condiciones imprescindibles para que se descubran los bienes y se cultiven las virtudes", añadió.
     
     En este sentido, afirmó también que "una moral de bienes virtudes y normas está dirigida por una orientación teleológica hacia la vida buena, hacia la vida lograda, que constituye la mejor interpretación real que podemos darle a nuestra propia existencia".
     
     "Todo intento de concebir la libertad humana como una capacidad de elegir que es anterior e independiente de los preceptos de la ley natural, no sólo está teóricamente equivocado, sino que será prácticamente inviable; porque la libertad no se pude constituir plenamente si no se sabe que las virtudes y las normas no la constriñen sino que la posibilitan. La libertad no se puede desplegar de espaldas a la verdad", añadió

2003-11-30

 

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El filósofo Alejandro Llano advierte del peligro

de relativismo moral en el pluriculturalismo.

 

"El relativismo ético responde a una concepción defectuosa de la naturaleza humana y de la propia cultura"

 

El profesor de Filosofía en la Universidad de Navarra, Alejandro Llano, se refirió durante su intervención de esta mañana en el Congreso de Teología Moral de Murcia, a la necesidad de trascender la diversidad cultural para no caer en un relativismo moral de signo culturalista.
     
     Llanos explicó la necesidad de superar algunos tópicos del pluriculturalismo y afirmó que una ética realista acepta que sea ³en los términos de la propia cultura como cada ser humano formule inicialmente las verdades que atañen a su propia naturaleza, por hallarse embebidas en el lenguaje y en el propio idioma".
     
     "Pero si están certeramente orientadas, tales formulaciones trascenderán los parámetros de la cultura propia, de la cual no somos prisioneros", añadió.
     
     Citando al filósofo MacIntyre afirmó que "toda verdadera tradición cultural nos lleva más allá de ella misma. Toda auténtica cultura nos hace trascenderla y entrar en diálogo con otras culturas", sin embargo, desde un trasfondo ontológico advirtió la conveniencia de tener en cuenta que las realidades humanas, mediadas siempre culturalmente "no se reducen a esa mediación cultural".
     
     ³En toda expresión cultural, en palabras de Sapemann­, hay un recuerdo de la naturaleza humana que en ella se manifesta; ir contra esa naturaleza que no deja de estar presente en medio de todas sus variaciones y modificaciones implicaría destruir el fundamento de tal epifanía cultural".
     
     "Así, el relativismo ético de corte culturalista responde a una defectuosa concepción de la naturaleza humana y de la propia índole de la cultura", añadió.
     
     Para el filósofo, contra el equilibrio que la moral clásica concedía a las leyes junto a los bienes y las virtudes, .se da en la moral moderna un enfoque parcial que sólo concede importancia a las "leyes" (que por otra parte no derivan de la moral sino de la autoridad) y que justificaría también el actual "el relativismo moral".
     
     El filósofo considera "inquietante que, en el actual boom que registra la ética, considerado con razón como sospechoso por Robert Spaemann, se haya acudido al concepto de valor para paliar de algún modo el pragmatismo rampante que domina a la sociedad globalizada".
     
     "Expresiones tan generalizadas como "educación en valores" o "educación para los valores", cuando casi ninguno de quienes las utiliza sería capaz de definir o describir con un mínimo de contenido la propia palabra "valor", son muy significativas de la penuria intelectual que preside algunos intentos actuales de superación de la crisis moral". 2003-11-30

 

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Un profesor de Ética cuestiona la base

moral de las democracias actuales durante el

Congreso de Teología Moral de la UCAM

 

Enrique Bonete: "la democracia se ha convertido en un mero procedimiento al margen de valores morales"

 

Basándoles en las líneas indicadas por la Veritatis Splendor respecto a principios éticos universales y objetivos, Enrique Bonete cuestionó esta mañana en la Universidad Católica San Antonio de Murcia (Ucam), "la base moral de las democracias actuales".
     
     Este profesor de Ética de la Universidad pública de Salamanca, dijo en el Congreso de Teología Moral organizado por la Ucam, que "la desvinculación de la libertad respecto de la verdad" (como denuncia la Veritatis Splendor) "es un fenómeno cultural que se manifiesta de forma especial en los debates éticos que continuamente emergen en las sociedades más avanzadas".
     
     "Uno de ellos es el referido a la base moral de la democracia y al olvido de la verdad en la práctica política", afirmó.
     
     Bonete hizo un breve análisis de la moral en el contexto democrático contemporáneo, y consideró como un serio problema "la dependencia de la verdad respecto de la opinión mayoritaria".
     
     Citando a teóricos como Kelsen o Rorty, dijo que la concepción más difundida es que "la base filosófica de la democracia radica en la aceptación de que no existe ninguna verdad absoluta que el hombre pueda conocer racionalmente, y además, que no existen valores morales universales".
     
     "Cualquier cuestión moral, política, económica, cultural, está sometida a la deliberación de los ciudadanos; lo referente a "lo bueno" o "lo justo" es el resultado de la aplicación del principio de mayorías, que se convierte en la garantía de a bondad, justicia o moralidad".
     
     "La democracia, según este enfoque sería la consecuencia política de esta ausencia de verdad", denunció.
     
     Sin embargo, el profesor cree que "la democracia no sólo es un procedimiento para resolver conflictos de la vida pública, sino que, como sistema de gobierno, presupone valores morales que no son nada relativos".
     
     "La democracia, al tener que resolver, por ejemplo, conflictos de carácter ético a través de resoluciones legislativas emanadas de acuerdos parlamentarios, ha difundido la mentalidad de que lo legal es moral, lo permitido por las leyes es bueno; luego, lo bueno es el resultado del acuerdo entre los hombres. No existe, pues, nada que sea bueno en sí mismo previo a los acuerdos", afirmó.
     
     "La propia democracia, en muchas ocasiones, legisla de tal forma que quedan en entredicho ­por intereses partidistas o electorales­ principios éticos presentes en la declaración de los derechos humanos", añadió.
     
     Pare este intelectual, incluso "las filosofías jurídica y política han olvidado en gran medida la preocupación por el fundamento de los derechos humanos y de la dignidad de la persona. Se han centrado en esclarecer los procedimientos dialógicos para aprobar leyes y hacerlas cumplir en los Estados de Derecho".
     
     "Junto a ello, han marginado también la búsqueda de la base moral de las democracias, reduciendo tal sistema de gobierno a un mero mecanismo formal para resolver conflictos, obviando la defensa coherente de los derechos humanos, entre ellos el de la vida, tal como la Evangelium Vitae, por ejemplo", denunció.

 

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Recuperar la palabra

 

Por Alberto Sánchez León
INTRODUCCIÓN (*)

Pretendo –en este trabajo- reflexionar y hacer reflexionar sobre algo que se está perdiendo (la palabra) y algo que se está imponiendo (la imagen).

La impostura de la imagen no está dejando lugar a la palabra, y cuando esto sucede, el hombre se despersonaliza, se queda sin rostro.

Perder la palabra es, de algún modo, avivar la infidelidad; ganarla, recuperarla, es redimir al hombre. Este es el sentido de estas reflexiones, porque cuando la palabra se pierde, entonces el hombre no se puede explicar a sí mismo.

a) ¿SER VISTO VERSUS SER ESCUCHADO?

“La palabra resalta sobre la visión” [1]. (E. Levinas, Totalidad e infinito).

En esta cultura de la imagen en la que estamos insertos cobra especial relevancia el ser visto. Cuando reducimos nuestro conocimiento sensible al conocimiento visual, entonces ocurre una paradoja: nos cegamos, pues ya no miramos hacia el horizonte, sino que miramos sólo por medio de un único reducto. De este modo, la realidad no depende de sí misma, sino del sujeto, y en concreto, del querer del sujeto, de la posición de los ojos del que ve[2].

Es este un tipo de conocimiento pasivo (no receptivo). Las imágenes [3] piden ser vistas. Parece que sólo agrada lo que se puede ver, pues es lo único que parece hacer sentir (o como dice el refrán: ¡Ojos que no ven, corazón que no siente!).

Y ¿qué es aquello que acostumbramos ver? Cada uno ve lo que quiere ver. Por eso huimos del dolor (de lo desagradable), huimos de aquello que, además de ser visto, nos puede llamar, nos puede comprometer: huimos, en el fondo, de nuestra conciencia misma, es decir, de lo que es verdadero y reclama una respuesta que, aparentemente, no queremos dar.

Las imágenes nos gritan por todos lados. Sólo sentimos con aquello que nos interesa ver, pero hemos desterrado a la conmoción y a la sorpresa. Parece que ya no nos conmueve nada fuera de las imágenes. Una música – si no la vemos en un vídeo clip- no nos atrae. La realidad que nos estamos construyendo necesita de la imagen, pues si no –pensamos- no nos llena, no nos interpela. Y es que el peligro consiste en ir dejando poco a poco –o mucho a mucho- la importancia del ser escuchado. Frente a los gritos del ser visto, el ser escuchado pierde su valor, un valor inconmensurable que no podemos devaluar.

El arte nos dice muchas cosas sobre el hombre. No podemos ver el arte como una manifestación directa del ser visto únicamente. El ser visto en el arte nos envía muchos mensajes a cerca de quién es el hombre, cuál es su historia, etc. Bien es cierto que el arte, la belleza, nos dice, nos atrae nuestra mirada, pero la mirada a la belleza nos debe llevar al bien. De esta manera, una estética que no guíe hacia la ética sería una señora coja y sin proyecto. La estética depende de la ética.[4]

Frente a una cultura del ser visto (una cultura de la imagen y del simulacro) debemos afinar más el oído y cultivar el arte del saber escuchar. Y lo que se escucha cuando afinamos es la voz del ser, una voz sutil que despierta en nosotros un deseo de verdad, un deseo de bondad y un deseo de contemplar la belleza de nuestro mundo.

b) LA VOZ DEL SER

Estaba sordo por el ruido de mis propias cadenas a cualquier voz que me llamara a la rectitud” (San Agustín, Las confesiones).


La voz del ser no es más que una realidad – no visible- que nos habla desde arriba y nos reclama. Al ser una voz invisible es, por tanto superior, más perfecta, ya que lo visible posee materia, ésta tiempo e imperfección.

No cabe un idealismo – de ningún tipo- pues de esta concepción se sigue que el hombre tiende a obedecer a la realidad, pues ésta dicta – sin ser una dictadura- una conducta, una determinada ética. Por ello, se podría decir también que una voz del ser es una voz del valor.

La voz del ser incita a su realización. Es el ser quien crea realidades. El ser está de continuo llamando a una tarea que se nombra en términos de conquista, y, aquello que se conquista es la propia autorrealización: la libertad.

Si el ser no nos llamara ya seríamos perfectos, no habría movimiento, ni, por tanto, ninguna conquista. Por eso, toda vocación supone nuestra finitud, pero una finitud capaz del Infinito.

La conquista de nuestra libertad se consigue cuando obedecemos, seguimos esa llamada. Taparse los oídos es negar nuestra felicidad. Por eso es muy importante que nuestros oídos estén bien atentos, para que no haya algo que dificulte el mensaje del ser.

Dicha voz no es agorera. Está dispuesta a ser rechazada, está dispuesta a quedarse en el vacío, pues para ella prima más la libertad que la consecución a una voz sin libertad. Por eso, la voz cuida mucho el respeto, nunca se impone, no quiere demostraciones, sólo se muestra, se insinúa. Se trata de una voz que no conoce el grito, el ruido y la murmuración.

Ahora bien, que no se imponga no significa que no reincida, y, reincide por su bondad.

Es una voz que se insinúa de mil modos diferentes hasta que nos hace descubrirla y secundarla.

Las resistencias – el cubrirse los oídos- de los que no quieren ver ni oír son manifestaciones de la dificultad que encierra el mensaje del ser[5].

Hay tres tipos de voces que contengan mensajes costosos[6] : la voz hablada (verum) la voz contada (bonum) y la voz cantada (pulchrum). En la primera el mensaje se descubre de un modo directo y sin trabas. Ante la voz hablada la libertad solo puede aceptar o rechazar, o se acoge esta voz o se tapan los oídos. No hay una respuesta ambigua ante este tipo de voz, pues la nitidez con la que se presenta es tan majestuosa que o se acoge el mensaje y se hace suyo, o se niega. La respuesta sería o un sí quiero o no quiero, no cabe pues un término medio.

La segunda voz, la contada, es una voz pedagógica, es la voz que indica, señala: enseña. Y enseña narrando. La voz contada cuenta cuentos, fábulas e historias, y, por tanto, en estas voces no se mira si son verdaderas o falsas, pues lo que se mira es el mensaje mismo, su contenido.

La tercera voz, la cantada es, según Hildebrand, “(...) la expresión de una afectividad que desborda, a la que se refiere San Agustín con las palabras cantare amantis est. La nueva solemnidad que posee la palabra cantada frente a la hablada, que es una nota sublime, despojada de su vertiente pragmática, nacida de la tendencia a expresarse no sólo del carácter dinámico (...), sino también de la realidad total peculiar que está completando razonablemente la parte de algo profundamente interior que sale al exterior extendiéndose hasta lo corporal frente a las tomas de conciencia hondamente íntimas y frente a las respuestas a los valores que no llegan a manifestarse. También desempeña aquí un papel la diferencia entre la objetivación específica que representa lo expresado por palabras y el gesto de nuestra alma, de nuestro corazón, no verbalizado”[7].

Es evidente que la voz del ser llama a todos y les envía un mensaje diferente a cada uno. De lo contrario, es decir, si el mensaje fuera el mismo para todos, entonces habría conflictos en hacer lo mismo la totalidad de los seres.

Quisiera matizar este último punto. Bien es cierto que los mensajes son distintos, pero la voz es única, es la voz del mismo ser. Por eso el ser no puede enviar mensajes contradictorios, la finalidad del mensaje es la misma, lo que cambia es el mensaje adaptado al que lo escucha. Una madre quiere para todos sus hijos lo mismo, y por tanto, todas sus acciones y palabras buscan la felicidad de sus hijos. Pero al ser lo seres oyentes distintos entre sí, aunque se nos diga lo mismo –nuestro fin último-, cambia el modo.

Con otras palabras. El ser, cuando habla, cuando nos habla, nos envía siempre un mensaje moral, sólo nos habla de virtudes (valores), pero todas ellas, por su mismo carácter intrínseco, se dirigen a autorrealizarnos, a buscar nuestro propio fin. Y, gracias a la pluralidad de los seres, hay muchos seres que necesitan unos valores (un tipo de llamada) y otros, otros.

Ahora bien, ¿por qué la voz del ser es una voz ética y no de otro orden? Hay una razón. La voz, la palabra, el logos no puede hablar del logos, de sí mismo. La verdad no puede hablar sobre la verdad, sino de cosas verdaderas. Eso que nos dice el logos, a modo de exigencia, es nuestra propia perfección, nuestro bien. Por eso el logos dirige, es una voz directiva, al modo de una brújula, nos guía y nos marca unas pautas a seguir, unas normas (nomos): las normas morales[8].

Por eso decimos que el bonum sigue al verum, y el verum al esse (operari sequitur esse), pues esas normas requieren un legislador que las haya pensado y las haya dictado. Y las dicta precisamente para hacerlas, para obrarlas.

La voz del ser, que llama desde arriba, exige ser realizada, exige ser oída, exige ser atendida.

En una sociedad donde rige el ruido, las prisas, los gritos o las voces agoreras, y donde es protagonista, por tanto, la confusión, es muy difícil que la voz se escuche con nitidez, y, por ende, es arduo la realización del mensaje que se nos envía.

Buscar el silencio no es fácil. El silencio hace cómoda la escucha. Y aquí se encuentra la paradoja. En una sociedad donde el fin parece confundirse con una vida cómoda, en esa sociedad la voz del ser también está molesta. Una voz molesta y una sociedad hedonista imposibilitan la llegada del mensaje. En esta sociedad irracional (donde parecen haber trasmutado los valores como profetizó Nietzsche) no puede llegar, o, por lo menos, el mensaje no llega a tiempo porque no se le ha oído bien desde el principio [9]. Parece hoy que, para encontrarse con el silencio, hay que
salirse del mundo [10].

 

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c) OBEDIENCIA [11] A LA VOZ: LA NATURALEZA DEL COMPROMISO


¡Ojalá escuchéis hoy su voz! No endurezcáis vuestro corazón. (Libro de los Salmos, 94 ).

Cuando el misterio es demasiado impresionante, no es posible desobedecer[12](El principito, A. Saint-Exúpery).


La voz del ser no es nuestra voz, no somos nosotros mismos. De lo contrario no habría dia-logo (dos inteligencias) sino mono-logo (una inteligencia).

Cuando la voz habla y la persona está atenta se inicia una diálogo maravilloso, donde se implican la inteligencia, la voluntad y el corazón. Ante ese diálogo donde se nos manifiesta el fin, el hombre debe dar una respuesta. Y la respuesta, si quiere ser una respuesta verdadera debe ser, a la vez, responsable, libre, racional y afectuosa.

Al comienzo del encuentro el hombre se conmueve. La conmoción es como una paralización que reflexiona. La conmoción no es por tanto ninguna emoción ni ningún tipo de acción sentimentalista. Si no hay conmoción la respuesta será poco reflexiva y, por tanto, poco razonable, será más bien, una respuesta no deliberada, y, por ello, poco libre y poco, al fin y al cabo, responsable. (Una respuesta irresponsable no es, en esencia, ni buena ni verdadera respuesta).

En el diálogo se manifiestan dos seres y, por tanto, dos inteligencias. La inteligencia que escucha (ésta bien podría ser una definición auténtica de persona) tiene que estar especialmente atenta, esto es, contemplando. Una inteligencia que escucha es un ser contemplativo. Ahora bien, un logos no atento solo puede dar respuestas precipitadas y efímeras. La actitud contemplativa no es una actitud pasiva, pues ella misma está en actitud, en actividad, y la actitud, por su misma índole, exige un mínimo de actividad.

En un diálogo donde intervienen dos inteligencias es lógico que una de ellas sea más capaz que otra. La menos capaz debe someterse libremente a la otra, pues ésta es directriz para aquella.

El trasunto del diálogo no es otro que el de la vida misma, y, en concreto, el de la vida buena.

Ante un tema tan lleno, tan dinámico y repleto de proyectos no cabe la distracción del que escucha. La distracción es enemiga de la unidad y cómplice del aislamiento, de la negación[13]. Sin embargo, la inteligencia que acoge –unifica- quiere aquello que acoge, y, en ese momento nace el compromiso, que es, al fin y al cabo, la unidad de dos voluntades.

Pues bien, dicho compromiso consiste en “dar la palabra” (dare verbum), prometer-con, y esto nos lleva a hablar de lealtad y fidelidad a aquello que la voz del ser nos dice con su palabra[14]. El compromiso es el querer operativo, el querer lo que la inteligencia más capaz dicta, y quererlo con mi propio hacer, esto es, con obras. De este modo se corrobora de nuevo el viejo adagio medieval: operari sequitur esse. Y dicho con otras palabras: el compromiso conlleva y ratifica mi libertad, de este modo un compromiso sin libertad es un sometimiento ciego hacia algo que no se ve con claridad. El compromiso radica, en último término, en empatizar con mi ser al sujeto de aquella voz sutil, perfeccionadora y libre del ser.

La fidelidad a la voz del ser en una sociedad placentera es una tarea que se debe conquistar. Pero fidelidad no significa mantenerse, no es algo estático, no es aguantar sin más. La fidelidad debe estar continuamente perfeccionándose, lográndose, pues la fidelidad es la perfección en el amor, el milagro profano, como lo ha denominado Grimaldi y citado Alejandro Llano en su célebre obra La vida lograda[15

d) EL SUJETO DE LA VOZ

Basta el oído para creer con firmeza” (Adoro te devote, Oración de Santo Tomás de Aquino).

Es totalmente lícita la pregunta por el sujeto de la voz. Para Heidegger, por el contrario, dicha pregunta sería un absurdo metafísico (sería algo antimetafísico).

Preguntarse por el sujeto de la voz es preguntarse por el portador del sentido y, a la vez, por el “gran divulgador”, es pues, una pregunta necesaria.

Es indudable que la voz que se nos envía, es una voz –palabra- que contiene un logos. Y un logos que delata a una inteligencia, esto es, a un ser con inteligencia y con palabra. Un ser que habla es un ser personal.

El sujeto de la voz es, pues, persona. No cabe un logos que no se comunique, pues un ser que queda incomunicado ha roto con su propia esencia personal. Lo característico de un ser que habla, de una persona es que es un ser –con –otro/s. De esta manera, el lenguaje funda la negación a todo tipo de solipsismo.

El logos expresado en la voz del ser es verbo, palabra. Se trata pues del verbo más lleno de sentido ( y no como pensaba Hegel), que no es género y ni mucho menos especie. Dicho verbo es ser.

El logos expresado es ser dicho, ser diciente, ser sido y ser siendo.

Ser dicho (lenguaje). El ser dicho es norma, nomos, ley. Lo que se dicta en pretérito es válido para todos los oyentes y, ante dicha norma la libertad debe acogerla. Las leyes de la naturaleza están ya en pretérito, y no meramente dictaminadas, sino realizadas y realizantes de hecho. El ser dicho es pretérito universal.

Ser diciente (persona) es el mismo sujeto de la voz.

Ser sido (naturaleza). El ser sido al ser también pretérito ya está de algún modo, acabado y perfecto. El ser sido es inmutable. No se trata de un pretérito sin más, es presente-pretérito.

Ser siendo. Es pues éste tipo de ser un infinito continuo. El ser siendo es la consecución de lo infinito. El ser siendo no es autorreferente, sino que es referente en su ser siendo. Autorreferencialmente el ser siendo es ser-para-sí. Referencialmente el ser siendo es ser-para nosotros.

Si en Heidegger la pregunta por el sujeto es un sinsentido, también lo es necesariamente la pregunta por el mensaje del sujeto. Si cupiera la posibilidad de la existencia de un sujeto sería un sujeto que guarda silencio, y, esto es otro sinsentido. El silencio del absoluto es su propio verdugo. Y la explicación de lo que hay solo puede ser una explicación desde dentro, una explicación inmanente.

Ahora bien una explicación inmanente sobre una realidad trascendente es un oxímoron. La intención de explicar la propia existencia desde mi existir-sin (ya que no cabe la coexistencia en Heidegger) no puede ser en ningún modo una explicación filosófica y por tanto tampoco científica. Sólo, y en el mejor de los casos, le queda a Heidegger un análisis de la existencia, una fenomenología inmanente existencial.

En este sentido Heidegger no añade nada nuevo al pensamiento de Descartes. Mientras éste último admite a Dios (de un modo a priori y, por tanto, acientífico) Heidegger guarda silencio.

La fenomenología inmanente existencial heideggeriana vislumbra su propia vida, pero nada más. Y su propia vida que corre hacia su término. La angustia de quedarse únicamente en un saber analítico, descriptivo es una angustia provocada y lógica. Describir algo sin saber qué es ese algo es no saber nada. Y cuando esto sucede al intentar explicar la vida, entonces la angustia es precisamente el no poder explicarme o no poder explicar el sentido de mi propia vida. A Heidegger le ocurre algo parecido a Kant cuando éste exclamaba algo así como: “no soy más que una x que conoce otra incógnita, (...) soy para mi mismo tinieblas”[16].

La vía idealista no puede llegar a otro puerto más que el de la angustia. La angustia no puede ser el sujeto de la voz que venimos sugiriendo desde el principio de estas reflexiones. La angustia no es voz porque sencillamente no es un mensaje, no es logos, sino anti-logos. La angustia como fin es el inicio de la locura existencialista.

Además, si hemos dicho que la voz del ser se insinúa, la angustia es una “voz” que obsesiona. Si la voz respeta, la angustia se impone y nos ciega. Una voz obsesiva, irrespetuosa, y que se impone no se asemeja más que a las características –no de la voz- sino del ruido. La angustia es pues la voz más agorera que cabe.


e) LA CULTURA DEL RECREO: EL NIÑO QUE JUEGA

Heidegger ha claudicado a la muerte, pues ha convertido ésta como fin de la carrera vital. Si todo es muerte, ¿por qué hago todas las cosas que hago? De aquí nace el sinsentido que provoca la angustia del hombre moderno (posmoderno) donde la única alternativa versa en construir un mundo que esquive artificialmente a la muerte, donde el tiempo que nos quede no sea aviso sino recreo, inconciencia.

Ya no es la vida un juego, con sus normas, premios y castigos, sino que la vida es recreo, ficción. Y cuando la ficción invade lo real, la cultura de la imagen, del simulacro se postula (se impone) como la auténtica cultura (olvidando así la concepción epifánica de la cultura).

Los modelos de vida, de conducta en las jóvenes promesas del siglo XXI se encuentra inmersos en esa cultura (¿anticultura?) del espectáculo, y, en concreto en el cine y la música (si es que se puede denominar música a la predominante).

¿Cómo volver a una cultura de la vida donde la realidad aparezca – se presente- como aquello a lo que me tengo que amoldar, y no que ella se amolde a mis gustos, sentimientos o incluso modos de pensar?

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Aún así, la voz del ser no quiere ponerse a la misma altura que el ruido y las voces agoreras, porque ella misma no se quiere imponer. Ella reclama compromiso -que es la plenitud de la libertad-, mientras que las otras voces exigen aislamiento, acuartelamiento, que es la negación de la libertad.

La voz del ser resuma por todos los lugares y tiempos, donde la historia se entreteje día a día.

La cultura del simulacro acalla la voz del ser e impone el silencio (un silencio[17] cuya connotación es negativa, pues este silencio es la no-palabra, el no-sentido, la no-significación). Este silencio es la consecuencia de la cultura que corre como fin hacia la muerte, es pues, el silencio ante toda palabra comprometida.

La cultura del recreo es tremendamente inconsciente. Es la propuesta nietzscheana cuyo protagonista principal es el niño que juega. Es también la cultura freudiana del yo como superación del ello.

Y no hay nada más efímero que lo recreativo, lo artificial, lo representativo: la imagen.

La voz del ser habita en lo más profundo del corazón. Está instalada allí, pero sólo se hace notar cuando se sienta libre de toda ficción, de toda esclavitud.

La cultura que propone el hombre moderno aturde. Y el aturdimiento atolondra, deja sin armas al hombre para enfrentarse a su propia condición. Por eso, el fruto de esta cultura de la que venimos hablando es el hombre masa, un hombre despersonalizado que vive (¿vive?) en un funcionalismo extremo, un funcionalismo que está al servicio del recreo. El hombre masa es en definitiva un hombre sin rostro, sin historia y sin proyectos.

Quien está de recreo olvida su propia identidad. El recreo tiene un carácter marcadamente efímero, transitorio, pues no dice nada respecto a lo que el hombre es. El recreo huye del sentido porque, a fin de cuentas, huye del hombre mismo, olvida sus raíces, y, por tanto, su identidad.

La cultura del recreo manifiesta el sinsentido. Estamos pues en las antípoda de la verdadera cultura, pues ésta consiste precisamente en dar sentido[18], en perfeccionar lo dado (la naturaleza).

Para aquellos que apuestan por una cultura recreativa, la contemplación no sería viable. Ven la vida no como un juego sino como juguete. Ven la vida no como un don, sino como un derecho y merecimiento, y, precisamente por eso, construyen así sus propias normas[19]. Este modo de proceder se observa más nítidamente en cuestiones de bioética, donde no se contempla la vida como regalo y don, sino que se ve incluso el derecho de trastocar el origen de la vida y jugar así –como si fuera un juguete- con los cromosomas. Y es que la cultura del recreo no tiene más fin que el capricho (que siempre busca intereses individuales, y casi siempre egoístas).

Para el hombre que está inserto en esta cultura el agradecimiento no existe. La gratitud[20] es un valor desconocido para el hombre inmerso en sí mismo, para aquél que juega con su vida. Y es que no podría ser de otro modo, ya que, el que agradece se hace cargo de su propia condición y limitación, es más objetivo precisamente por eso, porque no vive soñando, sino consciente.

Quien no da gracias piensa que toda su existencia es un derecho, que no podía ser de otra manera. Para él, insisto, la vida no es un regalo, no es un don, sino que es algo que él mismo ha conquistado. Pensar así no es propio del que busca la verdad, sino que es, más bien, propio del que impone su verdad.

f) LA CULTURA COMO EPIFANÍA, LA AUTÉNTICA CULTURA[21]

Bien sabemos que cultura viene de cultivar, hacer, transformar. Cuando cultivamos el campo, hacemos una poesía o transformamos algo estamos, de algún modo, manifestándonos. Detrás de un cultivo, una poesía o una fábrica vemos inexorablemente la mano del hombre. De ahí que la cultura sea manifestación, epifanía del ser humano.

Manifestarse es presentarse ante alguien, y presentarse es mostrarse, darse a conocer. Pero sólo nos damos a conocer, sólo nos manifestamos cuando tenemos confianza. Por eso toda manifestación supone un riesgo: la aceptación (sanctioning) o el rechazo del otro al que nos mostramos.

Hay “culturas” que no tienen presente su dimensión manifestativa, pues en vez de mostrarse se ocultan, en vez de dar se apropian. Son culturas que, normalmente, son menos libres que otras. No es cultura aquella que no se desvela. Una cultura así en vez de cultivar o hacer, destruye, y destruye precisamente aquello que no se muestra. En las culturas donde la mujer no puede desvelarse, no se puede dar a conocer, no hay libertad, se destruye la mujer. El ocultamiento del ser humano hace imposible el ámbito de la verdadera cultura.

Cuando hablamos de la Epifanía de Nuestro Señor es la misma Humanidad la que se nos da a conocer. La aceptación de dicha epifanía hace más posible la libertad, pues es el ser humano en su perfección lo que se nos da. Y todo acogimiento lleva consigo un reconocimiento. El reconocimiento ante la Epifanía del mismo Dios debe ser la adoración, el regalo. Y cuando se regala algo lo que se está haciendo es una entrega, la donación de un presente. Por eso la cultura más que en recibir, estriba en su modo de dar.

Hay culturas donde la manifestación humana se da únicamente de un modo externo y en exceso, y otras en las que se da de un modo externo y defectuosamente. En la primera el desvelamiento se da de una forma un tanto radical. Son culturas donde el pudor no existe, donde el cuerpo (manifestación externa del ser humano) se comercializa, se trivializa, y pierde su intimidad. Por el contrario, otras culturas, en su defecto, no desvelan el rostro, se cae en un anonimato que quita el protagonismo, la historia misma de la persona. En ambas hay un factor común: son manifestaciones no libres del ser humano.

La cultura más propia, más manifestativa es aquella que acoge, reconoce aquello que es lo más humano, aquella que sigue el modo de ser propio del hombre, su naturaleza. De este modo, la cultura es la perfección de lo que ya somos.

Una cultura que agradece, que regala y que se entrega es más perfecta pues cultiva precisamente lo que el hombre es y lo que debe ser. El agradecimiento es una acción del hombre humanizadora, y el agradecimiento o se da o no se da. El regalo es la manifestación, a su vez, del agradecimiento.

Cuando filósofos de la categoría de Ortega niegan la existencia de una naturaleza en el ser humano, rechazan por tanto una realización de la misma, dificultan la posibilidad de una verdadera cultura. Por eso, la cultura no es algo que se contrapone a la naturaleza, sino que la sigue y la enriquece.

El que agradece reconoce el valor de aquello que ha recibido, se hace cargo de su nueva situación. Por contra, el que no agradece ve lo recibido como algo natural, es decir, más que en reconocer, se apropia. La cultura auténtica es aquella que reconoce, que da (las gracias) y nunca se apropia. “¡Qué vacía es la vida de aquél que no entiende la plenitud y el valor de los regalos que recibe, ni reconoce que son regalos inmerecidos, ni que de ellos irradia la bondad, misericordia y caridad de Dios! En esta comparación resplandece la felicidad profunda que sólo conoce el agradecido”[22].

g) EL CORAZÓN: El ubi donde se acoge la voz del ser.

Quizás el lector tienda a ver el corazón con prejuicios de índole demasiado racionalistas. Y es que muchos filósofos –no la filosofía- lo han tratado, como decía Hildebrand, como a un hijastro. Vamos a intentar aquí, en esta última reflexión, dilucidar cuál es esa facultad del hombre donde es acogida (o rechazada) la voz del ser.

Efectivamente, quizás la voz corazón no aparezca en los léxicos filosóficos, pero sí en las revistas superficiales que venden en cualquier local o en las novelas sensiblerotas, donde se confunde el corazón con los sentimientos, el amor con los amoríos.

Para Hildebrand “(...) el corazón constituye el yo real de la persona más que su intelecto o su voluntad”[23]. Y no puede ser de otra manera, pues la felicidad, que es el objetivo principal de todo hombre, “tiene su lugar en la esfera afectiva, sea cual sea su fuente y su naturaleza específica, puesto que el único modo de experimentar la felicidad es sentirla. (...) El conocimiento sólo podría ser la fuente de la felicidad, pero la felicidad misma, por su propia naturaleza tiene que quedarse en una experiencia afectiva. Una felicidad “pensada” o “querida” no es felicidad; se convierte en una palabra sin significado si la separamos del sentimiento, la única forma de experiencia en la que puede ser vivida de modo consciente”[24].

De hecho, cuando queremos a una persona no la queremos de un modo intelectual o volitivo; la queremos con todo nuestro ser, con la fuerza del corazón, que es el núcleo de nuestra afectividad.

La palabra pronunciada llega al corazón sólo cuando se trata de una palabra verdadera, buena y bella. Es en esta dimensión tripartita –pero siendo una única cosa- de la realidad donde el corazón se hace eco, se hace con lo dicho, ambos –palabra y corazón- se identifican, se poseen mutuamente.

La voz portadora de valores, la voz que insinúa el bien debe ser una voz amada. Ahora bien, en la cultura del simulacro, dicha voz no es una voz amada sino soslayada, porque ni se puede ni se quiere oír. No se puede oír porque el auténtico silencio está ausente, y no se puede querer porque el ser visto cobra una primacía cegadora -valga la paradoja- respecto del ser escuchado.

El corazón, un corazón buscador, quiere porque lo contempla, desea porque quiere y siente porque late, la voz del ser, pero, los disvalores también tienen su papel, a los que no se les debe postergar.

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[1] Levinas, E, Totalidad e infinito, Ensayo sobre la exterioridad, p. 208. Ediciones Sígueme, Salamanca, 1995.

[2] Dicha cultura de la imagen no es más que el renacimiento de la filosofía de G. Berkeley (1685-1753), donde el "Esse est percipere et percipi", ser es percibir y ser percibido, pero matizando: el ser es percibir por los ojos y ser visto. Esto no es más que una manera más de idealizar, y, por tanto, de presumir, a la vez de caer en un insalvable solipsismo.

[3] De esta palabra, eikasia proviene el término icono (imagen).

[4] Cfr. Pulchrum, p. 24-27 y p. 173, Antonio Ruiz Retegui, Rialp, Madrid, 1998.

[5] Jean Guitton decía que uno cree en Dios porque cuesta (Cfr. Mi testamento filosófico, p. 27). Me parece uno de los mejores argumentos para una ética. De hecho, lo que más cuesta es lo más caro: los valores, e incluso hay valores que cuestan tanto que no pueden tener precio ninguno (la libertad, la dignidad, etc...).

[6] Los gritos y las murmuraciones no suelen tener ningún mensaje a realizar y que valgan la pena. Son voces agoreras.

[7] Hildebrand, D. von., La gratitud, p. 20. Encuentro, Madrid, 2000. Título original: Über die Dankbarkeit, 1980.

[8] También hay una razón que resulta obvia, y es que es propio mandar con voz, y por tanto, al que escucha le queda la obediencia, la libertad.

[9] Es una sociedad donde la tradición no cuenta, no es válida. Es esta una sociedad sin memoria, sin historia y con un culto diabólico hacia lo nuevo confundido con lo prohibido (con lo que nunca se ha hecho).

[10] Me gustaría citar un punto del Catecismo de la Iglesia Católica que guarda una estrecha relación con lo dicho: “La contemplación es silencio, este “símbolo del mundo venidero” (San Isaac de Nínive, tract. myst. 66) o “amor silencioso” (San Juan de la Cruz). Las palabras en la oración contemplativa no son discursos, sino ramillas que alimentan el fuego del amor. En este silencio, insoportable para el hombre “exterior” (o el hombre que vive en la cultura del simulacro), el Padre nos da a conocer a su Verbo encarnado, sufriente, muerto y resucitado, y el Espíritu filial nos hace partícipes de la oración de Jesús. Catecismo de la iglesia Católica, p. 589 (2717).

[11] Como es bien sabido, la etimología de la palabra obediencia viene de ob-audire, oír dentro. La obediencia es responder a la voz del ser, comprometerse con el ser.

[12] Saint-Exúpery, A., El principito, p.16. Alianza, Madrid, 2001.

[13] La distracción ante la voz del ser es amiga de las almas mediocres y vulgares.

[14] De este modo la palabra es la herramienta que cura (como propone Víktor Frankl con la logoterapia). La palabra salva, redime, pues ella reafirma el sentido de mis convicciones y me desata de las convenciones. La palabra resuena en cuanto mayor sentido (fin, significado) contenga. Pues bien, esa resonancia de la palabra que reverbera de continuo es el mensaje. Por eso, el mismo mensaje es inamovible, válido para cada uno siempre, pues se envía y resuena, incide en todas las épocas y a todas las generaciones. La palabra, si es verdadera, es fecunda, deja poso.

Cuando se ve y se escucha el sentido, cuando se acoge la voz del ser, ambos logos se confunden en un sólo querer, y, por tanto, en un sólo actuar, porque ya sólo queda una dirección: lo bueno.

[15] Cfr., La vida lograda, Alejandro Llano, p. 188-191, Ariel, Barcelona, 2002.

[16] No es literal.

[17] Cabe distinguir el silencio que propone la cultura del simulacro como el no-sentido, y el silencio que propone la misma realidad, el verdadero silencio donde es posible acoger la voz del ser. Dietrich von Hildebrand bien podría decir que el hombre que está inserto en la cultura del simulacro no tiene corazón o es prisionera de su corazón donde se hayan precisamente las cosas más triviales y mezquinas. La consecuencia inmediata de esta falta de corazón es la anulación del yo real, y, por ende, la afirmación de un yo ficticio, tan ficticio como el mundo que su cultura ha creado.

[18] Cfr. Una respuesta a la vida, Alberto Sánchez León, artículo publicado en Alfa y Omega el 6-6-2002 (suplemento nacional de ABC).

[19] Valga como ejemplo el derecho positivo cuando se desvincula del derecho natural. Y así nace una ética que ya no tiene en cuanta las leyes del juego de la vida, ya no es heterónoma, sino autónoma. Sería la ética del niño que juega.

[20] Es interesante ver cómo Hildebrand es consciente del embotamiento que padece la persona que no es agradecida, y, por el contrario, de ese estar despierto a la realidad con que se encuentra el alma que agradece. (Cfr. Hildebrand, D. von, La gratitud, p. 18).

[21] Artículo publicado en el suplemento nacional de ABC, Alfa y Omega, el 2 de enero de 2003, Alberto Sánchez León. También tiene algún cambio, aunque no esencial.

[22] Hildebrand, D. von, La gratitud, p. 22.

[23] Hildebrand, El corazón, p. 133.

[24] Ídem, p.32-33.

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Arvo Net, noviembre 2003
(*) Comunicación presentada al V Simposio Internacional, Fe cristiana y cultura contemporánea, Cristianismo y cultura postsecular, celebrado en la Universidad de Navarra los días 20 y 21 de octubre 2003.

 

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Pulcritud

 

El valor de la pulcritud es la práctica habitual de la limpieza, la higiene y el orden en nuestras personas, nuestros espacios y nuestras cosas.


Todos los días, dejamos ver a los demás parte de nuestra personalidad y costumbres a través de nuestro arreglo personal, el esmero para trabajar, el cuidado al utilizar las cosas y en general, por la limpieza que procuramos mantener en nuestra vivienda y lugar de trabajo.


En algunos momentos de nuestra vida nos preocupamos por dejar una buena impresión en las personas: elegimos con cuidado nuestro atuendo, peinamos nuestro cabello al detalle, acomodamos el interior de nuestro portafolios... y esto lo hacemos cuando vamos a solicitar un empleo, asistir a una reunión de negocios, o cualquier otro acontecimiento que consideramos importante para nuestra vida.


Desafortunadamente muchas veces esa primera impresión positiva dura poco tiempo, pasan los días y comienza a notarse cierto descuido en nuestra forma de vestir, en nuestros cajones, nuestras pertenencias... ¿Por qué sucede esto? Sencillamente porque no estamos acostumbrados a vivir con orden y someternos –al menos personalmente- a una disciplina que nos obligue a cambiar nuestros hábitos.


Efectivamente, orden, disciplina, perseverancia y congruencia, son valores que se complementan con el ejercicio de la pulcritud, porque dejamos de presentar una personalidad ficticia y de apariencias, para convertirlo en un modo de vida que demuestra educación, cultura y buenos modales.


Posiblemente lo primero que pasa por nuestra mente acerca de este valor es el arreglo personal: ropa limpia y sin arrugas, el afeitarse, la selección del maquillaje y zapatos bien lustrados, en una palabra: perfectamente aseados. Y todos son elementos tan obvios que parece redundante hablar de ellos. Lo cierto es que a nadie le gusta presentarse sucio y descuidado en público.


También las extravagancias en nuestra presentación personal denotan poca seriedad y carácter; aquí no es cuestión de edad sino de madurez para darse cuenta que el buen vestir es una costumbre de siempre.


Bueno sería que sólo tuviéramos que preocuparnos de nuestro atuendo, pero por nuestras actividades utilizamos cosas y ocupamos determinados lugares, ¿cómo lucen? Dicen que para conocer como es una persona basta con revisar sus cajones... y es muy cierto.

La pulcritud debe procurarse en la oficina, el orden de las cosas, sacudir el polvo del escritorio y los objetos, periódicamente hacer una limpia de nuestro cajones, evitar comer en nuestra área de trabajo, acomodar libros y archivero; es cierto, son muchas cosas, pero cada pedazo de papel fuera de su lugar habla de nuestros hábitos. Ese mismo cuidado se refleja en los documentos que elaboramos y entregamos, el contenido puede ser extraordinario, pero una pequeña mancha o una pésima distribución restan mérito a nuestro trabajo..


Comúnmente pensamos que todo pasa desapercibido y con una “arregladita” podemos cubrir nuestro desorden habitual, pero no es así. Existe diferencia entre una casa cuyo aseo es cotidiano y otra donde se hace cada vez que hay visita, tal vez el polvo en los marcos de los cuadros o debajo de los adornos... pero no hace falta penetrar en la intimidad de cualquier hogar para darse cuenta. Lo cierto, es que se nota.


En esta misma línea puede encontrarse nuestro automóvil, como es de uso personal y normalmente nadie nos acompaña –además de nuestra familia-, muchas veces es un verdadero basurero, no sólo por lo que hay tirado, sino por el olor. ¡Qué pena llevar a otra persona! Por eso es importante formarnos buenos hábitos, para no estar ofreciendo disculpas y sufrir penas innecesarias.


Todo lo que pasa por nuestras manos denota el cuidado que tenemos en su uso, agenda, apuntes, bolsillos y hasta las uñas. ¿Parece exageración vivir este valor? De ninguna manera, en las relaciones humanas nuestra personalidad tiene un sello distintivo, lo deseable es que sea positivo, sinónimo de limpieza, buena presencia y cuidado de las cosas.


Para vivir con mayor atención el valor de la pulcritud puedes considerar como importante:


- De tu aspecto personal: para los varones el afeitarse debidamente o recortarse barba y bigote diariamente; para las damas, la selección y cantidad de maquillaje; para todos, el corte de cabello, peinarse debidamente y evitar el exceso en el uso del fijador, las uñas recortadas y limpias, así como la higiene bucal.


- Si tu piel o ropa se mancha con algún líquido (tinta, grasa, pintura, polvo), procura lavarte inmediatamente y eliminar todo residuo, pues no siempre se piensa que es consecuencia de una actividad en concreto. Si es necesario, cámbiate de ropa.


- Cuida que tus prendas no tengan arrugas al salir de casa, evita los pequeñas manchas de comida, polvo, pelusa, falta de botones y el lustre para el calzado. Revisa los bolsillos de tu ropa antes de su lavado, este pequeño detalle te evitará disgustos y prendas desechadas a destiempo.


- Procura comer en el lugar adecuado, (nunca en la oficina, habitación de dormir o el auto).
Limpia periódicamente tus efectos personales y equipo que utilices en casa y lugar de trabajo; coloca todo su lugar y en correcta distribución. No olvides el uso de pequeños cestos bolsas para basura. Todo esto te ayudará, por consiguiente, a ser más ordenado.

- Asegúrate que tienes un lugar para cada cosa, y que cada cosa esté en su lugar, tanto en tu habitación como en tu oficina.


- Haz una lista de los detalles que tienes que mejorar, dedica especial atención a dos de ellos por semana hasta que consigas formarte el hábito. Con este ejercicio lograrás ser más observador y detectarás a tiempo otros puntos de mejora.


Toda persona que se esmera en su presentación personal, el cuidado de sus cosas y lugares donde usualmente asiste así como las cosas que ordinariamente usa, crea un ambiente con la armonía que da el orden y la limpieza, provocando una respuesta positiva en quienes le rodean.


El vivir el valor de la pulcritud nos abre las puertas, nos permite ser más ordenados y brinda en quienes nos rodean una sensación de bienestar, pero sobre todo, de buen ejemplo. 2003-10-29

 

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Obediencia y alegría

 

Ampliación del curso de formación para padres

 

Victoria Cardona i Romeu.
Educadora Familiar

Me parece que la obediencia siempre está impulsada por el amor. Por eso es por lo que, padres y madres, tenemos que hacerla agradable y comprensible a través de la confianza. Esta confianza está basada en el afecto, que facilita al niño obedecer. Destacaremos unos puntos para reflexionar, viviéndolos también nosotros mismos, que no nos pase como aquella pequeña que, preocupada porque su madre le decía que regalara un juguete, le preguntó: ¿y tú que das?, así la madre aprendió a pensar y preocuparse por ser un modelo para su hija, entregando ella también algo.

Actitud positiva: La alegría y el buen humor juegan un papel muy importante en los sentimientos de los pequeños, incluso en los de las personas mayores. Nada de desaliento ni de órdenes negativas. Quienes tenemos el deber de educar, debemos dar las instrucciones necesarias y claras para hacernos obedecer, con la comprensión de que los niños o jóvenes tienen que hacer un esfuerzo y con la paciencia de que los resultados nunca son inmediatos. Cuando hablamos de obediencia nunca podemos pensar en formas violentas de autoritarismo, que seria fruto de querer dominar, ni de sobre-proteccionismo o de imposición que anularían la voluntad del niño. No es buena una obediencia de esclavo.

Influencia del ambiente: Actualmente se confunde la comodidad y el egoísmo con la realización personal, cuando precisamente el espíritu de generosidad hacia los demás es lo que comporta más gozo. Se vive la verdadera libertad cuándo, dejando el amor propio, escuchamos lo que nos proponen y cambiamos de opinión y de forma de actuar. Seguro que cuando nos lo dicen con prudencia y con aprecio, no se hace ningún rechazo. No son los hijos e hijas los únicos que han de obedecer, sino también la mujer al marido y el marido a la mujer, y también ponderar consejos que nos lleguen de otros entornos. La convivencia se hace agradable cuando sabemos ceder en las preferencias personales y sabemos entregar el propio juicio. Dice el pedagogo Otto Dür: ´´La persona imbuida del propio ´´yo´´, encuentra una gran dificultad en obedecer´´. Por esto, es recomendable en el ámbito familiar habituarse a utilizar en el lenguaje el ´´nosotros.´´

Comunicación: Quien debe obedecer ha de amoldarse al criterio del otro, pero para hacerlo, necesita ejercitar su libertad, preguntar, pedir más información, tener iniciativas. Si hay una comunicación real entre quien dirige y quien debe obedecer todo es más efectivo. La palabra obediencia proviene etimológicamente de ob-audire: ´´escuchar con atención´´. Esto es aplicable, además de las relaciones familiares, a las laborales y a las sociales, para hacer el trabajo más productivo y para saber convivir con armonía. Sobre todo se trata de no formar personas rebeldes y contestatarias, que sólo saben ver la parte negativa de la vida, quejándose y no buscando nunca soluciones, limitándose a criticarlo todo y a querer hacer valer sólo sus ideas, sin respeto hacia la opinión de los demás. Se trata de comprender el mensaje dado y asimilarlo e integrarlo como propio.

2004-01-05

 

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Los padres son los principales educadores

 

Arturo Ramo García es inspector de Educación


A veces se plantea la cuestión de quiénes son los educadores de los chicos, los profesores o los padres. Ambos tienen campos de actuación distintos y complementarios en la educación de los chavales. Los padres educan al chico en cuanto persona, los profesores en cuanto estudiante, y en el futuro será un profesional.
   Los padres son los primeros y principales educadores de sus hijos por dos razones:
   a) En la familia se da la mayor proximidad entre el educador y el educando y los padres, por estar más próximos del niño que tiene derecho a ser educado, son los responsables y titulares del derecho y deber de educar.
   En la familia no sólo hay proximidad física, al convivir bajo el mismo techo, sino también proximidad biológica, al participar con Dios en la generación de los hijos, y proximidad espiritual al convivir y participar de la intimidad como personas. Con esto podemos concluir que la familia es el mejor ámbito para educar.
   b) La segunda razón es que la educación es el complemento natural de la generación de los hijos. «El padre es principio de generación, educación, disciplina y de todo cuanto se refiere al perfeccionamiento de la vida». (Santo Tomás de Aquino).
   La tarea de los padres empieza en la concepción del hijo y se prolonga su labor educadora durante toda la vida. La educación es la ayuda que se presta al hijo para que llegue a ser persona y desarrolle sus capacidades intelectuales y morales. «Educar el alma, educar el espíritu, educar los sentimientos, educar el carácter... son los deberes y el fin de la educación». (Dupanloup).
   La educación se logra fundamentalmente con el trato entre personas. El padre ayuda como persona y el hijo recibe esa formación como persona, no como estudiante ni como profesional. En la familia los chicos descubren y viven los valores humanos y muchas veces los cristianos que dan sentido a la vida. Pero los chicos reciben otros estímulos educativos de los colegios, la televisión y la sociedad que no deben ir en contra de la formación familiar. Los colegios son complementos educativos de la familia. Su misión es ayudar a los padres en aquellas materias o asignaturas donde éstos no pueden llegar. Los profesores deben compartir con los padres la responsabilidad de educar a los chicos y en muchas ocasiones concienciar a los padres de que son ellos los primeros y principales educadores y que la colaboración entre la familia y el centro es una responsabilidad compartida.

2004-01-02

 

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La libertad de enseñanza

 

Los padres tienen el derecho a educar a sus hijos, derecho inalienable por estar inseparablemente unido a su obligación. Y es un derecho anterior a cualquier derecho de la sociedad civil y del Estado, y por lo mismo inviolable por parte de toda potestad civil.

 

PIEDRA DE TOQUE DE LA DEMOCRACIA


José Gay Bochaca
Profesor de Filosofía

La educación de los hijos, derecho de los padres

No obstante, en el ámbito de la educación, a la autoridad pública le competen también derechos y deberes. Ella, sin embargo, no puede sustituir a los padres, ya que su cometido es el de ayudarles, para que puedan cumplir su deber-derecho de educar a sus hijos de acuerdo con sus convicciones. La autoridad pública tiene en este campo un papel subsidiario y no abdica de sus derechos cuando se considera al servicio de los padres.

Es importante y necesario un sistema educativo que tenga su centro en la familia y en su libertad de decidir el tipo de colegio al que van a mandar a sus hijos. No se trata, como algunos afirman erróneamente, de quitar a la escuela pública para dar a la escuela privada, sino más bien de superar una sustancial injusticia que penaliza a todas las familias, impidiendo una efectiva libertad de iniciativa y de elección. Por eso, se afirma que la educación de los hijos es un derecho-deber primario.

Contenido del derecho de los padres a la educación

El derecho a educar a los hijos supone que son libres para escoger el centro educativo que se adapte a sus convicciones. Este derecho se ve conculcado, en los principios, en aquellos sistemas que atribuyen una prioridad del Estado sobre la familia, invirtiendo el principio de subsidiariedad.

Conviene recordar que este principio está recogido en multitud de Tratados. Concretamente en el Art. 3 de la Declaración Universal de los Derechos del Hombre cuando señala que "los padres tendrán derecho preferente a escoger el tipo de educación que habrá de darse a sus hijos". También, nuestra Constitución en el Art. 27, 3, establece que: "los poderes públicos garantizan el derecho que asiste a los padres para que sus hijos reciban la formación religiosa y moral que esté de acuerdo con sus propias convicciones".

Derechos de los padres

El colegio, históricamente, ha surgido como una institución subsidiaria y complementaria de la familia; de ahí que su misión sea ayudar a la familia, no sustituirla. Por tanto, los padres tienen derecho a escoger colegios en los que se imparta una educación e instrucción en conformidad con sus propias convicciones, cumpliendo —por otro lado— con diligencia las exigencias justas que pueda haber indicado el Estado, que en este aspecto actúa siempre por delegación de los padres.

También está claro que al fomentar la educación y la instrucción pública y privada, el Estado debe respetar los derechos originarios de la familia a la educación, además de observar la justicia distributiva. Por tanto, todo monopolio educativo o escolar que fuerce física o moralmente a las familias para acudir a las escuelas del Estado contra los deberes de la conciencia, o aun contra sus legítimas preferencias, es injusto e ilícito.

El Estado debe excluir cualquier monopolio escolar, pues es contrario a los derechos de la persona humana, al progreso y a la divulgación de la misma cultura, a la convivencia pacífica de los ciudadanos, y al pluralismo que hoy predomina en muchas sociedades. En consecuencia, el Estado debe proteger, en materia educativa, los derechos de la familia anteriores al suyo.

El monopolio educativo va en contra de una sociedad libre y democrática, y da al poder político la tentación de un totalitarismo ideológico. Por eso, el Estado debe respetar la libertad de las conciencias, reconociendo al individuo el acceso a una cultura conforme a sus convicciones, y en consecuencia facilitar los recursos económicos para que este hecho sea factible.

Los regímenes totalitarios pretenden el control de la enseñanza; los democráticos y libres se refuerzan por la libertad de enseñanza. Por eso, la libertad de enseñanza es la piedra de toque de la verdadera democracia.

El liberalismo que dio paso a la posibilidad de la libertad de empresa (y, por tanto, a la educativa) fue seguido en Estados Unidos pero, paradójicamente, no lo fue en Europa. Y ello se debió a posturas agnósticas y anticristianas que intentaban evitar el influjo de los católicos en la sociedad. Para evitar el totalitarismo estatal (comunista, fascista y nazi) se redactaron varios tratados de los que conviene destacar el Art. 13 del Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales, cuando dice que "los Estados Partes en el presente Pacto se comprometen a respetar la libertad de los padres y, en su caso, de los tutores legales, de escoger para sus hijos o pupilos escuelas distintas de las creadas por las autoridades públicas, siempre que aquéllas satisfagan las normas mínimas que el Estado prescriba o apruebe en materia de enseñanza, y de hacer que sus hijos o pupilos reciban la educación religiosa o moral que esté de acuerdo con sus propias convicciones".

No obstante, se tendría una visión parcial si se redujese el problema a una oposición laicismo—confesionalismo. La libertad de enseñanza es un principio tanto para la confesionalidad como para instituciones no confesionales. Por lo tanto, no es un problema religioso sino civil. Pero eso no lo entienden los que mantienen una mentalidad fascista o marxista.

Rechazo de la escuela neutra

Se ha sostenido, sobre todo en países de régimen socialista, que, como los niños son miembros de la sociedad, le deben ser confiados al Estado para que los eduque. Para justificar este error parten del presupuesto de que la sociedad ha estado viciada desde siglos —idea que Lutero aplicó a la Iglesia y que después ha sido aplicada a la sociedad por todos los reformadores, desde Rousseau a Marx— y una de sus causas sería el modelo familiar propio de la burguesía.

Los que defienden estas teorías no reconocen que los hombres son miembros de la sociedad precisamente a través de la familia, ya que para ser ciudadanos deben primero existir. La familia es la célula de la sociedad, su fundamento, y es anterior al Estado e independiente de él. De ahí la importancia que tiene conservar, potenciar y fortalecer la vida familiar como medio para conservar y mejorar la sociedad.

En otros ambientes, dominados por una filosofía de tipo pragmático o agnóstico, se ha afirmado que pertenece a la autoridad civil la tarea de velar por el bien común, mientras que la esfera religiosa pertenecería tan sólo al ámbito privado de los individuos. De ahí deducen que al Estado no le compete ayudar y promover las escuelas de iniciativa social —que sostienen valores trascendentes—, sino que su única misión es el establecimiento de una escuela neutra, que sólo persiga unas finalidades de carácter técnico.

Aparte de que es imposible que una educación sea neutra, porque toda educación se ve mediada por la concepción del hombre y del mundo que tenga el educador, de hecho estas teorías no son más que una excusa para introducir un sistema educativo anticristiano. Por otra parte, en los países en que está permitida la enseñanza de iniciativa social, se suele entender este derecho como una concesión del Estado, que permite la existencia de estos centros educativos casi como un mal menor, ante la imposibilidad práctica de abarcar todas las necesidades por medio de organismos oficiales. Es, en definitiva, el polo opuesto al papel de subsidiaridad que en realidad corresponde al Estado.

La libertad educativa sólo puede darse desde la función subsidiaria del Estado, reconociendo de hecho instituciones educativas con derechos anteriores al suyo. El Estado debe posibilitar que los individuos puedan desarrollar sus tareas y sólo suplirlas si no pueden realizarlas por sí mismos. Por eso, el Estado debe suplir pero no suplantar. Eso quiere decir que el Estado debe ayudar, proteger y conseguir que las familias ejerzan sus derechos ayudándolas económicamente.

Si se niega la ayuda a las escuelas de iniciativa social supone que algunos padres deben sostener dos cargas: por una parte, el sostenimiento de la enseñanza estatal y por otra el de la iniciativa social. Si de verdad ayudara el Estado no se sostendría el prejuicio de que las escuelas de iniciativa social son para ricos. El conocido eslogan "el dinero público para la escuela pública" olvida que ese dinero sólo es administrado por el Estado y recaudado de los particulares a través de los impuestos. Además, no se trata de imponer una enseñanza, sino de respetar el derecho civil de muchos padres que desean este tipo de educación, legitimado democráticamente en un contexto ideológicamente pluralista.
Arvo Net, 12.4.2004

 

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LA PUERTA ANGOSTA

 

Y recorría ciudades y aldeas enseñando, mientras caminaban hacia Jerusalén.  Y uno le dijo: «Señor, ¿son pocos los que se salvan?». Él les contestó: «Esforzaos para entrar por la puerta angosta, porque muchos, os digo, intentarán entrar y no podrán.  Una vez que el dueño de la casa haya entrado y cerrado la puerta, os quedaréis fuera y empezaréis a golpear la puerta,

diciendo: "Señor, ábrenos".  Y os responderá: "No sé de dónde sois".  Entonces empezaréis a decir: "Hemos comido y hemos bebido contigo, y has enseñado en nuestras plazas".  Y os diré: "No sé de dónde sois; apartaos de mí todos los que obráis la iniquidad".

 

Allí será el llanto y rechinar de dientes, cuando veáis a Abraham y a Isaac y a Jacob y a todos los profetas en el Reino de Dios, mientras que vosotros sois arrojados fuera.

 

Y vendrán de Oriente y de Occidente y del Norte y el Sur y se sentarán a la mesa en el Reino de Dios.  Pues hay últimos que serán primeros y primeros que serán últimos». (Lc 13, 22-30)

 

 

I. Jesús, ¿cuál es esta puerta angosta?  Porque cuando la puerta se cierre no se volverá a abrir aunque la golpeemos con fuerza.  Si quiero salvarme, he de encontrar esta puerta -que es la única entrada al Reino de los cielos- antes de que sea tarde.  Por suerte, Tú mismo me das la respuesta: Yo soy la puerta; si alguno entra a través de mí, se salvará [137].

 

Jesús, Tú eres la puerta, la entrada a Dios.  Así como la puerta, perteneciendo a la casa, es parte también de la calle, así también Tú, Jesús, siendo Dios eres también hombre.  Por eso eres el mediador entre Dios y los hombres, y mi único camino hacia el Padre.  Y quieres que la Iglesia me guíe para que pueda entrar por esa puerta que eres Tú.

 

De nadie puede decirse que sea puerta; esta cualidad Cristo se la reservó para sí; el oficio, en cambio, de pastor lo dio también a otros y quiso que lo tuvieran sus miembros; por ello, Pedro fue pastor y pastores fueron también los otros apóstoles, y son pastores también todos los buenos obispos [138].

 

Tú eres la puerta que estaba cerrada en el Antiguo Testamento.  Con tu muerte en la cruz me la has abierto: me has dado tu gracia para que pueda entrar en tu casa, en tu vida.  Jesús, si te expulso de mi alma por el pecado, estoy volviendo a cerrar esa puerta que me comunica con Dios.  Ayúdame a no cerrarla nunca.  Y si alguna vez la cierro, que acuda con prontitud a la llave de la confesión para volverla a abrir.

 

Esforzaos para entrar por la puerta angosta.  Jesús, me recuerdas que la vida cristiana requiere esfuerzo.  La vida interior no es un sentimiento, sino una lucha continuada por hacer la voluntad de Dios.  La puerta no es ancha, no se amolda a las apetencias ni a las modas; la puerta es angosta, esto es, estrecha.  Y hay que esforzarse por entrar en ella.

 

II. Hablas continuamente de que hay que corregir, de que es preciso reformar.

Bien ... : ¡refórmate tú! -que buena falta te hace-, y ya habrás comenzado la reforma.  Mientras tanto, no daré crédito a tus proclamas de renovación [139].

 

Jesús, para entrar en el Reino de los cielos Tú vas a mirar mis obras.  No es suficiente con haber escuchado tu doctrina, o haber asistido a Misa los domingos.  Hemos comido y hemos bebido contigo, y has enseñado en nuestras plazas, se excusan aquellas gentes.  Y oyen tu respuesta tajante: Apartaos de mí todos los que obráis la iniquidad.  Son las obras las que definen nuestra cercanía a Dios en la tierra y, después, en la vida eterna.

 

Ni siquiera el que predica el Evangelio puede sentirse dispensado. San Pablo lo tenía muy claro: por eso mortifico mi cuerpo y lo castigo, no sea que habiendo predicado a otros sea yo desechado [140]. Para entrar por la puerta angosta es preciso esforzarse por hacer buenas obras, y para ello hay que luchar contra la comodidad, la sensualidad y el egoísmo: corregir esos vicios y flaquezas, reformar esos ideales egoístas, transformar la vida entera. ¡Refórmate tú! -que buena falta te hace-, y ya habrás comenzado la reforma.

[137] Jn 10, 9.

[138] Santo Tomás, Coment.  Evang.

[139] Surco, 636.

[140] 1 Cor 9. 27.

Comentario realizado por Pablo Cardona.

Fuente: Una Cita con Dios, Tomo VI, EUNSA

 

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LA ESCLAVITUD. - El dominio del hombre por otro hombre, la antigua esclavitud gracias a Dios abolida, ha sido sustituida por otras formas actuales no menos cruentas: Los homicidios de cualquier género, los genocidios, el aborto, la eutanasia y el mismo suicidio voluntario; todo lo que viola la integridad de la persona humana, como las mutilaciones, las torturas corporales y mentales, incluso los intentos de coacción psicológica; todo lo que ofende a la dignidad humana, como las condiciones infrahumanas de vida, los encarcelamientos arbitrarios, las deportaciones, la esclavitud, la prostitución, la trata de blancas y de jóvenes; también las condiciones ignominiosas de trabajo en las que los obreros son tratados como meros instrumentos de lucro, no como personas libres y responsables; todas estas cosas y otras semejantes son ciertamente oprobios que, al corromper la civilización humana, deshonran más a quienes lo s practican que a quienes padecen la injusticia y son totalmente contrarios al honor debido al Creador.

 

Estamos inmersos en una aventura apasionante que es como un mar sin orillas. Todo un reto para la Iglesia: padres, hijos, abuelos, mayores jóvenes y pequeños, intelectuales y técnicos, artistas, políticos y sociólogos, curas, obispos y madres de familia. Llevar al mundo el Evangelio de la Vida. Transmitir a la sociedad entera el convencimiento de que toda vida humana es sagrada: el no nacido aún, el enfermo, el minusválido, el anciano llevan el sello de Dios a quien únicamente pertenecen, valen por lo que son y no por lo que aportan. Valen toda la sangre de Cristo Redentor.

 

"En síntesis, podemos decir que el cambio cultural deseado aquí exige a todos el valor de asumir un nuevo estilo de vida que se manifieste en poner como fundamento de las decisiones concretas -a nivel personal, familiar, social e internacional- la justa escala de valores: la primacía del ser sobre el tener, de la persona sobre las cosas. Este nuevo estilo de vida implica también pasar de la indiferencia al interés por el otro y del rechazo a su acogida: los demás no son contrincantes de quienes hay que defenderse, sino hermanos y hermanas con quienes se ha de ser solidarios; hay que amarlos por sí mismos; nos enriquecen con su misma presencia". (Encíclica EVANGELIUM VITAE, nº 98.)

 

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“La Iglesia Católica, la Santa Iglesia de los pecadores. La magnifica obra de la mano del Señor, en su misericordioso trabajo por transformar a los pecadores en santos.” (Dr. Sánchez Rojas Prof. de Teología.)

Cuando uno va a un museo y contempla una obra maestra, admira la obra pero más admira al autor. Amo a la Iglesia como la obra magnifica que es, pero más amo al Artista… Dios mismo. Glorifiquemos al Señor con nuestras vidas.

 

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El valor de una sociedad se define por el de sus instituciones, sobre todo las educativas. Y la Iglesia desde los albores de la edad media, instituye escuelas y universidades, después.

 

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"No nos van a callar ni vamos a callar: Cristo es el Mesías, el Redentor"

 

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Catecismo de la Iglesia Católica, 858-860

 

“Creo en la Iglesia ....apostólica” -       Jesús es el enviado del Padre. Desde el comienzo de su ministerio, “llamó a los que él quiso, y vinieron donde él. Instituyó doce para que estuvieran con él y para enviarlos a predicar.” (Mc 3,13-14). Desde entonces, serán sus “enviados” (es lo que significa la palabra griega ‘apostoloi’). En ellos continúa su propia misión: “Como el Padre me envió, también yo os envío.” (Jn 20,21; cf 13, 20; 17,18). Por tanto su ministerio es la continuación de la misión de Cristo: “Quien a vosotros recibe, a mí me recibe”, dice a los doce. (Mt 10,40).
       Jesús los asocia a su misión recibida del Padre: como “el Hijo no puede hacer nada por su cuenta” (Jn 5,19.30), sino que todo lo recibe del Padre que le ha enviado, así, aquellos a quienes Jesús envía no pueden hacer nada sin El (cf Jn 25,5) de quien reciben el encargo de la misión y el poder para cumplirla. Los apóstoles de Cristo saben por tanto que están calificados por Dios como “ministros de una nueva alianza” (2 Cor 3,5), “ministros de Dios” (2 Cor 6,4), “embajadores de Cristo” (2Cor 5,20), “servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios” (1 Cor 4,1).
       En el encargo dado a los apóstoles hay un aspecto intransmisible: ser los testigos elegidos de la resurrección del Señor y los fundamentos de la Iglesia. Pero hay también un aspecto permanente de su misión. Cristo les ha prometido permanecer con ellos hasta el fin de los tiempos (cf Mt 28,20). “Esta misión divina confiada por Cristo a los apóstoles tiene que durar hasta el fin del mundo, pues el evangelio que tienen que transmitir es el principio de toda la vida de la Iglesia. Por eso los apóstoles se preocuparon de instituir...sucesores” (LG 20).

 

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"Quien no obedezca a Cristo aquí en la tierra, el cual está en el lugar de Cristo en el Cielo, no participa del fruto de la sangre del Hijo de Dios... Para tantos momentos de la historia, que el Diablo se encarga de repetir, me parecía una consideración muy acertada aquella que me escribías sobre lealtad: -llevo todo el día en el corazón, en la cabeza y en los labios una jaculatoria: !Roma!..." [Catalina de Siena (+ 1380)]


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Cruz, trabajos, tribulaciones:
los tendrás mientras vivas.
—Por ese camino fue Cristo,
y no es el discípulo más que el Maestro.

 

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De la diversidad de dones en la Iglesia 

"Nunca se cansa el alma enamorada de mi verdad de ser útil a todo el mundo en general y en particular, en lo poco y en lo mucho según la disposición del que recibe y del ardiente deseo del que da. Pues éste ha hecho el bien a los demás por el amor unitivo que me tiene a mí y por ello ama a los demás, extendiendo su afecto a la salvación de todo el mundo, socorriendo su necesidad. Se las ingenia, pues se ha hecho bien a si mismo en engendrar la virtud en él, de donde ha conseguido la vida de la gracia, para fijar sus ojos en las necesidades del prójimo en particular. Del mismo modo que, como se dijo, en general se ama a toda criatura racional con el afecto de caridad, así se socorre también en particular a quienes se hallan más cercanos de acuerdo con las diversas gracias que yo le he concedido administrar; (1 Co 12, 4-6) unos, en la enseñanza con la palabra, aconsejando con franqueza y sin respeto alguno; otros con el ejemplo de vida, y esto es lo que todos deben hacer: edificar al prójimo con buena, santa y honesta vida. 

Estas y otras muchas otras virtudes que no podrías enumerar son las que se engendran en el amor al prójimo. ¿Y por qué yo las he distribuido tan diversamente que no las he dado todas a uno solo, sino que a uno le doy una y a otro otra diversa? Aun suponiendo que nadie puede tener una sola sin tenerlas todas, puesto que todas están unidas entre sí, no obs­tante, muchas veces doy una virtud como principio de todas las demás. 

Y así a uno le daré principalmente la caridad; a otro la justicia; a quién la humildad; a quién la fe viva; a otros la prudencia, la templanza, la paciencia, o a otros la fortaleza. Y así, muchos dones y gracias tanto de virtud como de otras cosas espirituales y corporales, y digo corporales refiriéndome a las cosas necesarias a la vida del hombre, todas las he dado con tanta dife­rencia y no las he puesto todas en uno, para que así estéis por fuerza obligados a ejercer la caridad unos para otros, aunque bien habría podido proveer a los hombres de todo lo que necesitaban tanto en el alma cuanto en el cuerpo; pero quise que uno tuviera ne­cesidad del otro y así fuesen administradores míos en administrar las gracias y dones que han recibido de mí. Así que, quiera o no el hombre, no puede menos de ejercer forzosamente el acto de la caridad. Es cierto, empero, que si no la ejerce y no la da por amor de mí, ese acto de caridad no tiene valor en cuanto a gracia. 

Del Diálogo de santa Catalina de Siena, virgen y doctora (c.7, ed. G. Cavallini Roma, 1968, p. 8-19).  

 

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“La gente se asombra de que seamos capaces de hacer lo que hacemos, pero lo asombroso es que, al hacerlo, somos felices” santa Luisa de Marillac [mujer de continua oración].

 

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Cuando por Cristo se trabaja, la felicidad es total porque el trabajo en nos lo hace Cristo.  

 

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La pobreza es una forma de tortura que viola los derechos del hombre. El alimento es un derecho natural del ser humano. No es caridad, como muchos creen, pero sí es justicia. Desde el punto de vista sociológico, cultura es un sistema bien ordenado de intuiciones, leyes y valores. Cultura es el equilibrio psíquico del individuo y del grupo, es el humanismo integral del que nos hablaba Maritain.
Todos los seres humanos son iguales y dignos del mayor respeto; por ello [los veros cristianos], con sus vidas han intentado construir un mundo nuevo, entregando su vida de servicio a Cristo a través de los pobres.
Reflexionando en voz alta, pienso que todos y cada uno de nosotros puede ayudar a las Hijas de la Caridad y a los sacerdotes de san Vicente de Paúl. Como ellos, veamos en cada pobre al ser humano, que tiene derecho al afecto, al cariño, a ser tratado dignamente, y al enfermo que reclama el primero de sus derechos, un trato digno y humano. La vida, como afirmaba la Beata Madre Teresa de Calcuta, es una oportunidad única: aprovechémosla. Soledad Porras Castro – 2005.11.11

 

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“Lo que necesita La Iglesia hoy no son panegiristas de lo existente, sino hombres y mujeres en quienes la humildad y la obediencia no sean menores que la pasión por La Verdad; hombres y mujeres que den testimonio a desprecio de todo desconocimiento y ataque; hombres y mujeres –en una palabra- que amen a La Iglesia más que a la comodidad e intangibilidad de su propio destino.” [S.S. Benedicto XVI] 2005

 

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En ella se encuentra un espíritu inteligente, santo, único, múltiple, ágil, móvil, penetrante, puro, límpido, no puede corromperse, orientado al bien y eficaz. Es un espíritu irresistible, bienhechor, amigo de los hombres, firme, seguro, apacible, que lo puede todo y que vela por todo, impregna a todos los otros espíritus por inteligentes, puros y sutiles que sean. La sabiduría es más movible que cualquier cosa, gracias a su fuerza atraviesa y lo penetra todo. Se desprende, como un vapor, del poder de Dios, es una emanación muy pura de su Gloria; por eso, nada de sucio se introduce en ella. Es la irradiación de la luz eterna, el espejo sin tacha de la actividad de Dios y la imagen de su perfección. Es una, pero lo puede todo; sin salir de sí misma, lo renueva todo. De generación en generación pasa a las almas santas de las cuales hace amigos de Dios y profetas. Porque Dios sólo ama al que vive con la Sabiduría. Es más bella que el sol y supera a cualquier constelación; comparada con la luz, le gana, porque la noche sucede al día, mientras que el mal jamás vencerá a la sabiduría. Sí, la sabiduría se extiende de un extremo al otro de la tierra, y en todas partes pone orden.” [Sabiduría VII, 22- VIII, 1]

 

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La Iglesia, desde el inicio, es católica,

esta es su esencia más profunda, dice Pablo.

 

El nuevo pueblo de Dios, la Iglesia, es un pueblo que proviene de todos los pueblos. La Iglesia, desde el inicio, es católica, esta es su esencia más profunda. San Pablo explica y destaca esto en la segunda lectura, cuando dice:  "Porque en un solo Espíritu hemos sido todos bautizados, para no formar más que un cuerpo, judíos y griegos, esclavos y libres. Y todos hemos bebido de un solo Espíritu" (1 Co 12, 13). La Iglesia debe llegar a ser siempre nuevamente lo que ya es: debe abrir las fronteras entre los pueblos y derribar las barreras entre las clases y las razas. En ella no puede haber ni olvidados ni despreciados. En la Iglesia hay sólo hermanos y hermanas de Jesucristo libres. S. S. Benedicto XVI – P.P. 2005

 

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“Alegraos en el Señor siempre; lo repito: alegraos. Que vuestra bondad sea notoria a todos los hombres. El Señor está cerca. No os inquietéis por cosa alguna, sino más bien en toda oración y plegaria presentad al Señor vuestras necesidades con acción de gracias. Y la paz de Dios, que sobrepasa toda inteligencia, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús. Por lo demás, hermanos, considerad lo que hay de verdadero, de noble, de buena fama, de virtuoso, de laudable; practicad lo que habéis aprendido y recibido, lo que habéis oído y visto en mí, y el Dios de la paz estará con vosotros.” San Pablo en su carta a los Filipenses 4, 4-9vs.

 

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¡Que tu conducta nunca dé motivos de injustificada inquietud a la creación, de la que tú eres el rey!

 

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Dijo Dios: «Produzca la tierra animales vivientes según su especie: ganados, reptiles y bestias salvajes según su especie». Y así fue. Dios hizo las bestias de la tierra, los ganados y los reptiles campestres, cada uno según su especie. Vio Dios que esto estaba bien. Gen. 1, 24-25

 

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“Desde ahora me llamarán dichosa todas las generaciones” Biblia. Evangelio según San Lucas Cap.1º vs. 48. La Iglesia, hace XXI siglos fundada por Tu Hijo, te alaba, ¡Oh Madre plena de dicha y felicidad!

 

 

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VERITAS OMNIA VINCIT

LAUS TIBI CHRISTI.

 

Debido a la existencia de páginas excelentes sobre apologética y formación,  lo que se pretende desde aquí es contribuir muy modestamente y sumarse a los que ya se interesan por el Evangelio de Cristo de manera mucho más eficaz.


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