Monday 27 February 2017 | Actualizada : 2017-02-03
 
Inicio > Leyendas Negras > Mentir - 7º escándalo plagios; falso testimonio; atestiguar y anunciar a Cristo

Cada vez que nos instruimos con honestidad y apertura intelectual, podemos distinguir dónde se esconde enmascarada una mentira insidiosa. Un capítulo menos en la leyenda negra, tan falaz como voluminosa, valga la antítesis, pues no siempre una mentira se convierte en realidad, por muchas veces que se repita.... si sabemos desenmascararla, si con habilidad la descubrimos.


Una persona se define por como habla de sus amigos. Pero se define mucho más, se autorretrata – en su grandeza y en su bajeza, en su nobleza y en su mezquindad – sobre todo por como habla de los antiguos amigos y de sus enemigos.


 

 

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Es difícil calificar una institución –como la Iglesia Católica que, en sus dos mil años- nos ofrece con sus bibliotecas, monasterios y universidades, nada menos que el ‘patrimonio intelectual de la humanidad’.

 

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Salmo 119,29.43.79-80.95.102. Apártame del camino de la mentira, y dame la gracia de conocer tu ley.
No quites de mi boca la palabra verdadera, porque puse mi esperanza en tus juicios.
Que se vuelvan hacia mí tus fieles; los que tienen en cuenta tus prescripciones.
Que mi corazón cumpla íntegramente tus preceptos, para que yo no quede confundido.
Los malvados están al acecho para perderme, pero yo estoy atento a tus prescripciones.
No me separo de tus juicios, porque eres Tú el que me enseñas.

 

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Lo peor no es la mentira. Lo peor es instalarse en la confusión mental y difundir alrededor esa neblina de la inteligencia en la cual ya no hay ni verdad ni error. Y es que, donde no hay error, tampoco hay verdad. Si no se admite que hay juicios falsos, tampoco se sabe ya qué podrán significar los ciertos. Pero quien denuncie que algo oficialmente establecido no es verdadero, será acusado de derrotismo. Y muchos se sentirán obligados a creer tal censura, porque viene marcada por el solemne sello de la autoridad. Tal es la estrategia del totalitarismo. Consiste en mantener que todo es política, en excluir cualquier ámbito de la realidad que no esté sometido a la aspiración de dominio. Nada queda fuera de una retórica hecha de apelaciones a la emotividad, de gestos y sonrisas, más que de argumentos. Pero ya Platón hizo ver que, cuando la retórica se convierte en la más alta instancia, lo que se busca con ella no es el conocimiento, sino el poder. Ya no se trata de hacer verosímil lo verdadero, sino de hacer verosímil lo que interese en cada caso a los poderosos. Lo cual ni siquiera merece el nombre de retórica: es sofística. Quienes no se sometan a los lugares comunes establecidos por este simulacro de razonamiento, quedarán fuera del discurso dominante y se verán excluidos de una cultura tan superficial como fácil de digerir. 2008

 

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“Os digo a vosotros, amigos míos: No temáis a los que matan el cuerpo, y después de esto no pueden hacer más. Os mostraré a quién debéis temer: temed a Aquel que, después de matar, tiene poder para arrojar a la gehenna; sí, os repito: temed a ése”. (Lc 12,4-5). Como sabemos aquel que tiene poder para enviarnos al infierno es el maligno.


El escándalo es un pecado terrible, al que pocos le dan su debida importancia y día a día, vivimos empapados de escándalos, que nos suministran en dosis generosas todos los medios de comunicación, presentándonos como natural y corriente las deleznables y reprobadas conductas de famosos, famosillos, políticos y señoras dedicadas al protagonismo que otorga la política, incluidas tanto las de unos partidos de izquierda, como las de derecha. El Señor fue duro en sus palabras, para aquellos que fomentaran el escándalo y dijo: ¡Ay del mundo por los escándalos! Porque no puede menos de haber escándalos; pero ¡ay de aquel por quien viniere el escándalo! Si, pues, tu mano o tú pie te es ocasión de pecado, córtatelo y arrójalo de ti; más te vale entrar en la Vida manco o cojo que, con las dos manos o los dos pies, ser arrojado en el fuego eterno. Y si tu ojo te es ocasión de pecado, sácatelo y arrójalo de ti; más te vale entrar en la Vida con un solo ojo que, con los dos ojos, y ser arrojado a la gehena del fuego”. (Mt 18,6-9).



Escándalo

Pero es el caso, de que todos somos y estamos constituidos con cuerpo y con alma, y desde luego lo ya dicho, puede ser que sea correcto y verdad que nunca hemos atentado con respecto a los cuerpos de nuestro prójimo, pero…; ¿Qué decir con respecto a sus almas? Porque a las almas de las personas también se las puede matar. El instrumento para dañar o matar el alma es el pecado mortal, el alma que lo comete sea por propia voluntad o inducida por otro, muere a los ojos de Dios, pierde su amistad, sus dones y la posibilidad de adquirir sus gracias y el alma de esta persona, consecuentemente nace o renace según sea el caso, a la vida en compañía de Lucifer, se entrega en sus manos y se adjudica el título de esclavo suyo. 

Por supuesto que este proceso es de carácter espiritual, no es corpóreo y los ojos de nuestra cara no lo ven ni tampoco pueden apreciarlo nuestros sentidos corporales, aunque si los espirituales. Esto determina que uno comete la ofensa, y sí bien en muchos casos hay un remordimiento, o una zozobra en su ser que le dice que algo no funciona; sin embargo, los ojos de su cara no ven nada y su alrededor todo está como antes, por lo que pasado el estado de remordimiento, que poco a poco va desapareciendo, la persona se va habituando a un nuevo estado y le va desapareciendo la necesidad de volver a encontrarse con Dios. En la medida en que su alma se va encalleciendo, ella se va poco a poco esclavizando más al maligno.

Y todo esto puede suceder por la comisión de un simple escándalo, al que a lo peor no se le ha dado la suficiente importancia. El escándalo es el comportamiento de una persona que induce a otra a hacer el mal, ya que no respeta el alma del prójimo, y la ensucia, la daña e inclusive la mata. Los escándalos afectan a muchos   hoy en día, y son temas que inclusive hay quienes los consideran normales e inocuos, como por ejemplo: muchas imágenes de la televisión o el abuso de menores, las casas de prostitución, las leyes injustas, y un sinfín de muchos más temas, porque la panoplia del maligno es muy variada y eficaz.

El escándalo es el arma que podemos utilizar para matar o dañar las almas de nuestro prójimo, en especial la de los niños. En el antiguo testamento, amén del tema de Caín y Abel, claramente en los mandamientos dados a Moisés, el matar era y es un tema grave. Nuestro Señor en los evangelios, da por supuesto este precepto del quinto mandamiento, en la parte referente al cuerpo y no pone más énfasis en este tema, pero si lo pone y mucho, en lo referente al tema de matar el alma, es decir, al escándalo y así más de una vez alude a este tema. Con carácter genérico nos dice: “Es imposible que no vengan escándalos; pero ¡ay de aquel por quien viene! Más le vale que le pongan al cuello una piedra de molino y sea arrojado al mar, que escandalizar a uno de estos pequeños”.  (Lc 17,1-3). Y también San Mateo recoge este pasaje aludiendo también al sujeto pasivo del escándalo, en este caso los niños, cuando escribe: “…, y al que escandalizare a uno de estos pequeñuelos que creen en mi, más le valiera que le colgasen al cuello u piedra de molino de la que mueven los asnos y le hundieran en el fondo del mar. ¡Ay del mundo por los escándalos! Porque no puede menos de haber escándalos; pero ¡ay de aquel por quien viniere el escándalo! Si, pues, tu mano o tú pie te es ocasión de pecado, córtatelo y arrójalo de ti; más te vale entrar en la Vida manco o cojo que, con las dos manos o los dos pies, ser arrojado en el fuego eterno. Y si tu ojo te es ocasión de pecado, sácatelo y arrójalo de ti; más te vale entrar en la Vida con un solo ojo que, con los dos ojos, y ser arrojado a la gehena del fuego”. (Mt 18,6-9). Como se ve, el Señor le daba mucha importancia al hecho de escandalizar a los niños, y de las pocas hipérboles que el Señor utiliza, sobre las cuales ya escribí una glosa,  en una de ellas se menciona: “una piedra de molino y sea arrojado al mar”.

           El escándalo lo producimos, no solo con los términos de nuestra conversación, sino también con nuestro comportamiento, con nuestra conducta, con nuestros gesto, con nuestras ideas, con nuestro ejemplo: Más se predica con el ejemplo que con la palabra. Y cuanto mayor sea nuestra posición en el orden social, más responsabilidades tenemos en el ejemplo que demos a los demás, porque, más seguidores e imitadores de nuestros pasos tendremos. 

Asusta pensar en toda esta caterva de famosos y famosillos, que inconscientemente están día a día escandalizado en la TV, más con sus desgracias que con su pretendida felicidad, pues da pena ver como se afanan en demostrarnos lo guapos y guapas y lo felices que son, cuando habría que aplicarles el refrán: “dime de qué presumes y te diré de qué careces”. Es imposible ser feliz en esta vida, y no digo ya en la otra, si es que no marcha de la mano del Señor. Cuando se vive en su amistad del Señor plenamente, hasta las mayores desgracias que les sucedían a muchos santos les parecían a estos, bendiciones del Señor. Otros ha habido, que lloraban cuando todo les salía bien, pues entendían que el Señor no les amaba.

Pero, no siempre debemos de evitar el producir escándalo, porque hay una actitud de escándalo que si debemos de practicar. Nos referimos al escándalo que podemos originar con el mensaje y la conducta cristianos que practiquemos. Este mensaje y esta conducta siempre causará escándalo entre los incrédulos, los hipócritas y los falsos cristianos, que se han rendido al mundo y lesionan a la Iglesia desde dentro. Y esto determina que los creyentes de verdad se verán, de alguna forma incomprendidos, ridiculizados y perseguidos, si aman de verdad al Señor. Manifestaba San Gregorio Magno que: “Debemos evitar el escándalo. Pero si el escándalo se produce por la verdad, antes que abandonar la verdad se debe de permitir el escándalo”.

Actualizado 6 septiembre 2009

Juan del Carmelo no es quien dice ser. O mejor dicho, es quien es, pero prefiere presentarse en su alter ego Juan del Carmelo que no es más que un seglar que, a finales de los años 80, experimentó la llamada de Dios y se vinculó al Carmelo Teresiano. Ha publicado libros de espiritualidad como «Mosaico espiritual», «Santidad en el Pontificado», o «En las manos de Dios» Como lo cortés no quita lo valiente es, además, un empresario de éxito. Y nos acompaña, con sencillez y hondura, desde «El blog de Juan del Carmelo».


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¿Qué debemos hacer frente a la agresión e inventos de tantas sectas? Amemos a la Iglesia fundada por Jesucristo. A esta Iglesia santa, amorosa y fuerte; a esta Iglesia verdaderamente supranacional. Hagamos que sea amada por todos los pueblos y por todos los hombres. Seamos nosotros mismos el fundamento estable de la sociedad; que ella resulte efectivamente aquella una gens de que habla el gran Obispo de Nipona: Una gens, quia una fides, quia una spes, quia una caritas, quia una expectatio[San Agustín, Enarrat. in Ps. 85,14: PL 37,1092].

Por lo tanto, para que todos aquellos a quienes la gracia del Señor ha llamado a su Iglesia de todas las tribus, y lenguas, y pueblos, y naciones (Ap 5,9) sean conscientes, en la grave hora presente, de su sagrado deber de irradiar de su fe viva y operante el espíritu y el amor de Cristo sobre la sociedad humana; y para que, a su vez, todos los pueblos y todos los hombres cercanos a la Iglesia, y aun los alejados de ésta, reconozcan que ella es la salvación de Dios hasta el confín de la tierra (cf. Is 49,6), impartimos de todo corazón a vosotros, venerables hermanos; a los obispos y a los sacerdotes que colaboran con vosotros en el apostolado, a los fieles de vuestras diócesis, a vuestras familias y a todas las personas e instituciones que os son caras, a vuestras naciones, a vuestros pueblos, a toda la Iglesia y a toda la familia humana, con particular afecto nuestra paterna bendición apostólica.

{Pío XII, alocución consistorial pronunciada con motivo de la imposición del birrete a los 32 nuevos cardenales, 20 de febrero de 1946: AAS 38 (1946) 141-151}.

 

La mentira ayer, la mentira hoy…

El escándalo de los plagios de Stephan

Ambrose quiebra la carrera del más

popular historiador de EE.UU.  MMII.

 

 

NUEVA YORK. Alfonso Armada, corresponsal

 

Stephen Ambrose formaba parte de esa pléyade de historiadores minuciosos, «ratas de biblioteca», como a menudo son despiadadamente descritos, que se queman las pestañas rastreando datos y componiendo sus libros: mucho trabajo, pocos lectores. Hasta que en 1994, con «El dia D», una emotiva reconstrucción de las vidas de soldados y oficiales estadounidenses en la II Guerra Mundial, hizo diana. Fue un superventas. La fama se multiplicó cuando fue llamado por Steven Spielberg para supervisar históricamente la película «Salvar al soldado Ryan» y finalmente eligió con Tom Hanks «El dia D» para realizar una miniserie de televisión («Banda de hermanos»). Ambrose ha sido puesto en el disparadero al descubrirse que había copiado párrafos de otro historiador sin descender al enojoso empleo de las comillas.

 

UN LIBRO CADA DOS AÑOS

 

El extraordinario éxito de sus libros llevo a Ambrose a crear Ambrose & Ambrose Inc., con sede en la ciudad de Helena, estado de Montana, tras incorporar a sus cinco hijos en su maquinaria de fabricación de superventas, al ritmo de un libro cada dos años. Con la ayuda de la familia se convirtió en el historiador más prolífico y desde luego el más vendido de Estados Unidos, y todo sin perder el respeto del gremio. Hasta que un periódico literario sacó a relucir hace unos días que fragmentos enteros de su nueva obra en lo alto de las listas de ventas, «The wild blue (El indómito azul)», habían sido trasladadas sin comillas a partir de «Las alas de la mañana», obra de otro historiador, Thomas Childers, mucho menos conocido, pero acaso con más escrúpulos.

 

Aunque el autor, y sobre todo su editorial, Simon and Shuster, esgrimieron una primera línea de defensa, asegurando que «The wild blue» y su autor eran citados en el libro, el propio Ambrose reconoció el pasado sábado que había obrado incorrectamente y prometió restituir lo debido a Thomas Childers. Pero un minucioso rastreo por parte de «The New York Times» volvió a proporcionar sorpresas: «al menos en otros cinco lugares Ambrose había tomado prestadas palabras, frases y pasajes de libros de otros historiadores», en concreto «La fuerza aérea en la Segunda Guerra Mundial», publicado en 1949 por Wesley F. Craven y J. L. Cate, y «El despegue del poder aéreo americano», obra que Michael S. Sherry publicó en 1987. Ambrose volvió a admitir sus «errores» y prometió enmendarlos en nuevas ediciones.

 

Ambrose, nacido hace 66 años, decidido a seguir la carrera de su padre, se matriculo en la universidad de Wisconsin para estudiar medicina, pero luego de un curso de historia de los Estados Unidos con William B. Hesseltine, cambio de carrera.Entre 1960 y 1995, Ambrose enseñó en varias universidades, una experiencia que el propio historiador recuerda así: «No hay nada como estar de pie frente a cincuenta estudiantes a las ocho de la mañana, hablando sobre lo que ocurrió hace cien años, porque en sus rostros se puede leer un «a ver si puedes mantenerme despierto». Uno aprende rápidamente las palabras que funcionan y las que no». Algo que sin duda le sirvió de entrenamiento.

 

PALINODIA

 

«Ojala hubiera puesto las comillas, pero no lo hice», se lamenta el propio escritor en declaraciones a «The New York Times» el pasado viernes. «Yo no ando por ahí robando los escritos de otra gente. Si estoy redactando un pasaje y es una historia que quiero relatar y funciona y forma parte de un escrito de otro, la transcribo tal cual y pongo una nota a pie de página. Lo que quiero saber es de dónde diablos procede». El diario neoyorquino, fuente de «inspiración» para periodistas de todo el mundo, señala que el propio Ambrose desafió inicialmente a cualquiera a que encontrara frases tomadas prestadas sin citar en los 30 libros que lleva publicados, antes de que le fueran mostrados pasajes del «Indómito azul» pasados de contrabando. Lo que sí parece claro es que antes de que Ambrose reclutara a sus propios hijos, especialmente a Hugh, a quien califica de «extraordinario investigador» y denomina «socio», hasta el punto de que figurará en la cubierta de su próxima obra, es que sus métodos de trabajo cambiaron de forma rotunda desde las primeras obras que cimentaron su prestigio en el gremio de los historiadores: sus biografías de Eisenhower (dos volúmenes) y Nixon (tres tomos), aunque en la biografía del presidente marcado por el Watergate y en una obra dedicada a «Caballo Loco y Custer» otros historiadores han encontrado «préstamos» sin atribución, es decir, plagios, que han enturbiado, quizá con una mancha imborrable, su reputación para siempre.«ABC. XIV.I.MMII-ESPAÑA)

 

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Dice el Antiguo Testamento que el profeta que se equivoca en una profecía es reo de muerte. Si se aplicara al pie de la letra, pronto nos quedábamos sin astrólogos...

Buen enseñamiento para indicarnos que, antes de usar con insensatez la lengua, pensemos durante toda una vida.

 

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No darás falso testimonio ni mentirás


 

 

La diferencia entre la verdad y la mentira es en ocasiones tan sutil y delgada como el grueso de un cabello. Resulta obvio que no pocas mentiras saltan a la vista y que, más tarde o más temprano, dejan de manifiesto su carácter de tales y la mayor o menor bajeza moral del que las ha proferido. Sin embargo, al lado de esas rampantes faltas contra la verdad, el lenguaje escrito o hablado nos permite quebrantar este mandamiento de mil y una maneras. Con profunda tristeza hay que reconocer que algunas profesiones –como es el caso del periodismo– se prestan especialmente para incurrir en tamaño pecado. Semejante situación debería llevarnos a realizar un profundo examen de conciencia sobre nuestra acción en la sociedad.
La ocultación de la realidad por intereses económicos, empresariales, políticos, corporativos o personales es mentir. La exposición sesgada de la realidad provocando un mayor brillo de lo aparentemente positivo, o ennegreciendo de manera aún más acusada lo supuestamente negativo, es mentir. El silencio frente al mal, a la corrupción, a la inmoralidad o a la injusticia es mentir. El amoldamiento de la opinión o de la información de acuerdo con el beneficio propio es mentir. La promoción de personajes, instituciones o ideologías, no porque se crea en ellos, sino porque de semejante comportamiento pueden derivar prebendas o ventajas personales, es mentir. La práctica del rumor, de la habladuría, de la frivolidad, arrojando irresponsablemente –no digamos ya voluntariamente– lodo y tinieblas sobre la buena fama de alguien, es mentir. La invención o aliño de noticias, hallazgos, descubrimientos y revelaciones sensacionales, simplemente para aumentar la tirada o la audiencia, es mentir.
Todas y cada una de esas formas de mentir erosionan la confianza de la gente en los medios de comunicación, en los políticos, en las instituciones y en las fuerzas sociales. Todas y cada una de esas formas de mentir acaban entenebreciendo la conciencia y la profesionalidad de aquellos que las practican, hasta el punto de que no llegan a distinguir, al fin y a la postre, lo verdadero de lo falso. Todas y cada una de esas formas de mentir corroen la convivencia, creando un mundo donde la falsedad es moneda de prudente cambio, y donde cada ser humano acaba encerrado en la engañosa fortificación de su soledad. Pero además de dañinas, todas y cada una son inútiles. Bien lo advirtió Jesús cuando dijo: «Porque no hay nada encubierto, que no haya de ser descubierto; ni nada oculto que no termine por saberse» (Lucas 12, 2).
Doctor
César Vidal - 2004

  

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Impunidad de la mentira

 

Por Julián MARÍAS, de la Real Academia Española, en ABC 22-XI-2001

 

(...) En la actualidad la mentira es demasiado frecuente y demasiado inquietante. No me refiero a los errores, que en principio se pueden aceptar, aunque por supuesto se pueden evitar, sino a la falsedad deliberada, buscada, difundida con grandes recursos, lo cual puede producir una intoxicación de la sociedad, una especie de septicemia que puede poner en peligro la salud colectiva.

Se miente a sabiendas, como un programa, como un arma que es sin duda desleal y muy peligrosa. La enorme difusión y la eficacia de los medios de comunicación permite que el cuerpo social quede contaminado por la mentira. Sería deseable que la evitaran los que acostumbran segregarla; deberían pensar que la mentira es dañosa también para el que la emite, que es víctima de ella y se condena al profundo descontento propio que engendra. Cuando alguien miente deliberadamente es inevitable pensar que no se estima, que tiene profundo descontento de sí mismo o de lo que pretende representar. Pero en todo caso hay que tener en cuenta la reacción de los demás, de los que quedan «expuestos» a la mentira. Me preocupa la general pasividad con que la mentira se acoge. Algunos, llevados por la fuerza de la propaganda, no la advierten, se podría decir que la aceptan; otros sienten cierto malestar, una impresión de que «no es eso», pero carecen de toda reacción propia. Esto hace que se produzca una amplísima impunidad de la mentira, que esta no tenga sanción ni remedio.

Un hecho importante es que la mayoría de los autores, promotores y difusores de la mentira dependen de la opinión de los demás, intentan influir sobre ella, modificarla, apoyarse en ella para conseguir poder e influencia. Esto quiere decir que buscan el «prestigio», la fuerza que viene de los demás. En este sentido su mejor o peor fortuna depende de la reacción social a sus propósitos. La mentira tiene que ser descubierta, mostrada, hacer que recaiga sobre sus autores o difusores. Esto es lo primero que habría que hacer, lo que haría que supiéramos a qué atenernos sobre cada cual -individuos, agrupaciones, medios de comunicación-. Si esto se realizara con acierto y energía, la impunidad sería evitada en altísima proporción. Se vería que en el fondo no trae cuenta mentir, que esa actitud tan destructora recae en primer lugar sobre los que la realizan.

Estoy pensando en las mentiras notorias, comprobables, que no pueden resistir la confrontación con los hechos, con la realidad. Los que mienten de esta manera no pueden refugiarse en ambigüedades de interpretación, en lo que es discutible. Hay que contrastar lo que se dice con lo que es. Esta operación de saneamiento es perfectamente posible; la única condición es que se haga con atención y claridad.

Pero hay un tipo de mentiras que tiene todavía mayor gravedad: las calumnias. Se leen o se oyen demasiadas, que afectan a la dignidad de personas o de sus agrupaciones en cualquier sentido. Significan la forma más perniciosa y menos tolerable de la práctica de mentir. Durante siglos existió el uso social del duelo. La persona agraviada podía desafiar al agresor, exigir una reparación en el terreno de las armas. Las espadas o las pistolas se cruzaban una madrugada, con funesto resultado para uno de los combatientes. Nuestra sensibilidad moral y social rechaza este recurso, que tiene además el defecto gravísimo de que puede afectar a la parte justa, ofendida, agraviada. El resultado del duelo era con frecuencia una injusticia más. Cuando hay algo en lo humano que desempeña una función pero es inadmisible, hay que sustituirlo por algo más justo y decente. El duelo no es practicable, y se echa de menos el temor que algunos sentían a ser desafiados y tener que enfrentarse con las consecuencias de su agravio. En nuestro tiempo parece que el recurso es la justicia. Si alguien es calumniado puede llevar el asunto a los tribunales, hacer que el agresor responda y pueda sufrir una sanción por ello. Creo que esta práctica es aconsejable y contribuiría a sanear el ambiente de nuestra sociedad. Pero es cierto que la confianza en la justicia es escasa, que su lentitud demora las respuestas, que se teme que esté sometida a diversas presiones o su politización evidente y todavía no superada.

Con todo, creo que es un recurso aplicable. Aunque los fallos se dilaten demasiado y no sean enteramente merecedores de confianza, ya el hecho de ser demandado judicialmente significaría un aviso, un toque de atención, un señalamiento muy útil. Existe, gracias a Dios, la «presunción de inocencia», que hay que conservar celosamente; pero también debe existir la «presunción de culpabilidad» cuando se funda en hechos comprobables, cuando responde a la sospecha fundada de tergiversación.

El problema es muy grave, porque se puede producir una perturbación de la convivencia, una pérdida de la confianza en el derecho, en la manifestación de las opiniones, en la democracia misma. La mentira es el máximo riesgo que ésta tiene, lo que lleva a la pérdida de su prestigio, lo que puede engendrar el riesgo máximo que es la aversión a ella. 
2003-

 

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CONVERSIÓN - Dondequiera que Dios abre la puerta de la palabra para anunciar el misterio de Cristo a todos los hombres, confiada y constantemente, hay que anunciar al Dios vivo y a Jesucristo, enviado por Él para salvar a todos, a fin de que los no cristianos, bajo la acción del Espíritu Santo, que abre sus corazones, creyendo se conviertan libremente al Señor y se unan a Él con sinceridad, quien, por ser Camino, Verdad y Vida, colma todas sus exigencias espirituales, más aún, las colma infinitamente. Esta conversión hay que considerarla, ciertamente, inicial, pero suficiente para que el hombre perciba que, arrancado del pecado, es introducido en el misterio del amor de Dios, quien lo llama a iniciar una comunicación personal con Él en Cristo. Puesto que, por la acción de la gracia de Dios, el nuevo convertido emprende un camino espiritual por el que, participando ya por la fe del misterio de la muerte y de la resurrección, pasa del hombre viejo al nuevo hombre perfecto en Cristo. Trayendo consigo este tránsito un cambio progresivo de sentimientos y de costumbres, debe manifestarse con sus consecuencias sociales y desarrollarse, paulatinamente, durante el catecumenado. Siendo el Señor, al que se confía, blanco de contradicción, el convertido sentirá con frecuencia rupturas y separaciones, pero también gozos, que Dios concede sin medida. La Iglesia prohíbe severamente que a nadie se obligue, o se induzca, o se atraiga por medios indiscretos a abrazar la fe, lo mismo que defiende con energía el derecho de que nadie sea apartado de la fe con vejaciones y amenazas. Según la antiquísima costumbre de la Iglesia, investíguense los motivos de la conversión y, si es necesario, purifíquense. Decreto Ad gentes, 13 – CONCILIO VATICANO II

 

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El testimonio de la fe en la Iglesia,

comunidad profética

 

 

(Lectura: Hechos de los Apóstoles, capítulo 1, versículos 6-8)

 

1. En las catequesis anteriores hemos hablado de la Iglesia como de una «comunidad sacerdotal» de «carácter sagrado y orgánicamente estructurado» que «se actualiza por los sacramentos y por las virtudes» (Lumen gentium, 11). Era un comentario al texto de la constitución conciliar Lumen gentium, dedicado ala identidad de la Iglesia. Pero, en la misma constitución leemos que «el pueblo santo de Dios participa también de la función profética de Cristo, difundiendo su testimonio vivo sobre todo con la vida de fe y caridad y ofreciendo a Dios el sacrificio de alabanza, que es fruto de los labios que confiesan su nombre (cf. Hb 13, 15)» (Lumen gentium, 12). Según el Concilio, por tanto, la Iglesia tiene un carácter profético como partícipe del mismo oficio profético de Cristo. De este carácter trataremos en esta catequesis y en las siguientes, siempre en la línea de la citada constitución dogmática, donde el Concilio expone más expresamente esta doctrina (Lumen gentium, 12).

Hoy nos detendremos en los presupuestos que fundan el testimonio de fe de la Iglesia.

 

2. El texto conciliar, presentando a la Iglesia como «comunidad profética», pone este carácter en relación con la función de «testimonio» para el que fue querida y fundada por Jesús. En efecto, dice el Concilio, que la Iglesia «difunde el vivo testimonio de Cristo». Es evidente la referencia a las palabras de Cristo, que se encuentran en el Nuevo Testamento. Ante todo a las que dirige el Señor resucitado a los Apóstoles, y que recogen los Hechos: «Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos» (Hch 1, 8). Con estas palabras Jesucristo subraya que la actuación de la función de testimonio, que es la tarea particular de los Apóstoles, depende del envío del Espíritu Santo prometido por él y que tuvo lugar el día de Pentecostés. En virtud del Paráclito, que es espíritu de verdad, el testimonio acerca de Cristo crucificado y resucitado se transforma en compromiso y tarea también de los demás discípulos, y en particular de las mujeres, que junto con la Madre de Cristo se hallan presentes en el cenáculo de Jerusalén, como parte de la primitiva comunidad eclesial. Más aún, las mujeres ya han sido privilegiadas, pues fueron las primeras en llevar el anuncio y ser testigos de la resurrección de Cristo (cf. Mt 28, 1-10).

 

3. Cuando Jesús dice a los Apóstoles: «Seréis mis testigos» (Hch 1, 8), habla del testimonio de la fe en un sentido que encuentra en ellos una actuación bastante peculiar. En efecto, ellos fueron testigos oculares de las obras de Cristo, oyeron con sus propios oídos las palabras pronunciadas por él, y recogieron directamente de él las verdades de la revelación divina. Ellos fueron los primeros en responder con la fe a lo que habían visto y oído. Eso hace Simón Pedro cuando, en nombre de los Doce, confiesa que Jesús es «el Cristo, el Hijo de Dios vivo» (Mt 16, 16). En otra ocasión, cerca de Cafarnaún, cuando algunos comenzaron a abandonar a Jesús tras el anuncio del misterio eucarístico, el mismo Simón Pedro no dudó en aclarar: «Señor, ¿donde quién vamos a ir? Tú tienes palabras de vida eterna, y nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios» (Jn 6, 68-69).

 

4. Este particular testimonio de fe de los Apóstoles era un «don que viene de lo Alto» (cf. St 1, 17). Y no sólo lo era para los mismos Apóstoles, sino también para aquellos a quienes entonces y más adelante transmitirían su testimonio. Jesús les dijo: «A vosotros se os ha dado el misterio del Reino de Dios» (Mc 4, 11). Y a Pedro, con vistas a un momento crítico, le garantiza: «yo he rogado por ti, para que tu fe no desfallezca. Y tú, cuando hayas vuelto, confirma a tus hermanos» (Lc 22, 32).

Podemos, por consiguiente, decir, a la luz de estas páginas significativas del Nuevo Testamento, que, si la Iglesia, como pueblo de Dios, participa en el oficio profético de Cristo, difundiendo el vivo testimonio de él, como leemos en el Concilio (cf. Lumen gentium, 12), ese testimonio de la fe de la Iglesia encuentra su fundamento y apoyo en el testimonio de los Apóstoles. Ese testimonio es primordial y fundamental para el oficio profético de todo el pueblo de Dios.

 

5. En otra constitución conciliar, la Dei Verbum, leemos que los Apóstoles, «con su predicación, sus ejemplos, sus instituciones, transmitieron de palabra lo que habían aprendido de las obras y palabras de Cristo y lo que el Espíritu Santo le enseñó». Pero también otros, junto con los Doce, cumplieron el mandato de Cristo acerca del testimonio de fe en el Evangelio, a saber: «los mismos Apóstoles (como Pablo) y otros de su generación pusieron por escrito el mensaje de la salvación inspirados por el Espíritu Santo» (n. 7). «Lo que los Apóstoles transmitieron comprende todo lo necesario para una vida santa y para una fe creciente del pueblo de Dios; así la Iglesia con su enseñanza, su vida, su culto, conserva y transmite a todas las edades lo que es y lo que cree» (Dei Verbum, 8).

Como se ve, según el Concilio existe una íntima relación entre la Iglesia, los Apóstoles, Jesucristo y el Espíritu Santo. Es la línea de la continuidad entre el misterio cristológico y la institución apostólica y eclesial: misterio que incluye la presencia y la acción continua del Espíritu Santo.

 

6. Precisamente en la constitución sobre la divina revelación, el Concilio formula la verdad acerca de la Tradición, mediante la cual el testimonio apostólico perdura en la Iglesia como testimonio de fe de todo el pueblo de Dios. «Esta Tradición apostólica va creciendo en la Iglesia con la ayuda del Espíritu Santo; es decir, crece la comprensión de las palabras e instituciones transmitidas cuando los fieles las contemplan y estudian repasándolas en su corazón (cf. Lc 2, 19. 51), y cuando comprenden internamente los misterios que viven, cuando las proclaman los obispos, sucesores de los Apóstoles en el carisma de la verdad. La Iglesia camina a través de los siglos hacia la plenitud de la verdad, hasta que se cumplan en ella plenamente las palabras de Dios» (Dei Verbum, 8).

Según el Concilio, por tanto, este tender a la plenitud de la verdad divina, bajo la tutela del Espíritu de verdad, se actualiza mediante la comprensión, la experiencia (o sea, la inteligencia vivida de las cosas espirituales) y la enseñanza (cf. Dei Verbum, 10).

También en este campo, María es modelo para la Iglesia, por cuanto fue la primera que «guardaba todas estas cosas, y las meditaba en su corazón» (Lc 2, 19 y 51).

 

7. Bajo el influjo del Espíritu Santo, la comunidad profesa su fe y aplica la verdad de fe a la vida. Por una parte, está el esfuerzo de toda la Iglesia para comprender mejor la revelación, objeto de la fe: un estudio sistemático de la Escritura y una reflexión o meditación continua sobre el significado profundo y sobre el valor de la palabra de Dios. Por otra, la Iglesia da testimonio de la fe con su propia vida, mostrando las consecuencias y aplicaciones de la doctrina revelada y el valor superior que de ella deriva para el comportamiento humano. Enseñando los mandamientos promulgados por Cristo, sigue el camino que él abrió y manifiesta la excelencia del mensaje evangélico.

Todo cristiano debe «reconocer a Cristo ante los hombres» (cf. Mt 10, 32) en unión con toda la Iglesia y tener entre los no creyentes «una conducta irreprensible» a fin de que alcancen la fe (cf. 1 P 2, 12).

 

8. Por estos caminos, señalados por el Concilio, se desarrolla y se transmite, con el testimonio «comunitario» de la Iglesia, aquel «sentido de la fe» mediante el cual el pueblo de Dios participa en el oficio profético de Cristo. «Con este sentido de la fe ―leemos en la Lumen gentium― que el Espíritu de verdad suscita y mantiene, el pueblo de Dios se adhiere indefectiblemente a la fe confiada de una vez para siempre a los santos (Judas 3), penetra más profundamente en ella con juicio certero y le da más plena aplicación en la vida, guiado en todo por el sagrado Magisterio, sometiéndose al cual no acepta ya una palabra de hombres, sino la verdadera palabra de Dios (cf. 1 Ts 2, 13)» (Lumen gentium, 12).

El texto conciliar pone de relieve el hecho de que «el Espíritu de verdad suscita y mantiene el sentido de la fe». Gracias a ese «sentido» en el que da frutos «la unción» divina, «el pueblo de Dios se adhiere indefectiblemente a la fe... guiado en todo por el sagrado Magisterio» (Lumen gentium, 12). «La totalidad de los fieles, que tienen la unción del Santo (cf. 1 Jn 2, 20 y 27), no puede equivocarse cuando cree, y esta prerrogativa peculiar suya la manifiesta mediante el sentido sobrenatural de la fe de todo el pueblo cuando "desde los obispos hasta los últimos fieles laicos" presta su consentimiento universal en las cosas de fe y costumbres» (Lumen gentium, 12).

Adviértase que este texto conciliar muestra muy bien que ese «consentimiento universal en las cosas de fe y costumbres» no deriva de un referéndum o un plebiscito. Puede entenderse correctamente sólo si se tienen en cuenta las palabras de Cristo: «Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a pequeños» (Mt 11, 25).

JUAN PABLO II - AUDIENCIA GENERAL
Miércoles 13 de mayo de 1992

 

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1. "Cuando venga el Consolador, que os enviaré

desde el Padre, el Espíritu de la verdad,

que procede del Padre, él dará testimonio

de mí" (Jn 15, 26).


Estas son las palabras que el evangelista san Juan recogió de los labios de Cristo en el Cenáculo, durante la última Cena, en la víspera de la pasión. Resuenan con singular intensidad para nosotros hoy, solemnidad de Pentecostés de este Año jubilar, cuyo contenido más profundo nos revelan.
Para captar este mensaje esencial es preciso permanecer en el Cenáculo, como los discípulos.
Por eso la Iglesia, también gracias a una oportuna selección de los textos litúrgicos, ha permanecido en el Cenáculo durante el tiempo de Pascua. Y esta tarde, la plaza de San Pedro se ha transformado en un gran Cenáculo, en el que nuestra comunidad se ha reunido para invocar y acoger el don del Espíritu Santo
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La primera lectura, tomada del libro de los Hechos de los Apóstoles, nos ha recordado lo que sucedió en Jerusalén cincuenta días después de la Pascua. Antes de subir al cielo, Cristo había encomendado a los Apóstoles una gran tarea:  "Id (...) y haced discípulos a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado" (Mt 28, 19-20). También les había prometido que, después de su marcha, recibirían "otro Consolador", que les enseñaría todo (cf. Jn 14, 16. 26).

Esta promesa se cumplió precisamente el día de Pentecostés:  el Espíritu, bajando sobre los Apóstoles, les dio la luz y la fuerza necesarias para hacer discípulos a todas las gentes, anunciándoles el evangelio de Cristo. De este modo, en la fecunda tensión entre Cenáculo y mundo, entre oración y anuncio, nació y vive la Iglesia.

2. Cuando el Señor Jesús prometió el Espíritu Santo, habló de él como el Consolador, el Paráclito, que enviaría desde el Padre (cf. Jn 15, 26). Se refirió a él como el "Espíritu de la verdad", que guiaría a la Iglesia hacia la verdad completa (cf. Jn 16, 13). Y precisó que el Espíritu Santo daría testimonio de él (cf. Jn 15, 26). Pero en seguida añadió:  "Y también vosotros daréis testimonio, porque desde el principio estáis conmigo" (Jn 15, 27). En el momento en que el Espíritu desciende en Pentecostés sobre la comunidad reunida en el Cenáculo, comienza este doble testimonio:  el del Espíritu Santo y el de los Apóstoles.

El testimonio del Espíritu es divino en sí mismo:  proviene de la profundidad del misterio trinitario. El testimonio de los Apóstoles es humano:  transmite, a la luz de la revelación, su experiencia de vida junto a Jesús. Poniendo los fundamentos de la Iglesia, Cristo atribuye gran importancia al testimonio humano de los Apóstoles. Quiere que la Iglesia viva de la verdad histórica de su Encarnación, para que, por obra de los testigos, en ella esté siempre viva y operante la memoria de su muerte en la cruz y de su resurrección.

3. "También vosotros daréis testimonio" (Jn 15, 27). La Iglesia, animada por el don del Espíritu, siempre ha sentido vivamente este compromiso y ha proclamado fielmente el mensaje evangélico en todo tiempo y en todos los lugares. Lo ha hecho respetando la dignidad de los pueblos, su cultura y sus tradiciones, pues sabe bien que el mensaje divino que se le ha confiado no se opone a las aspiraciones más profundas del hombre; antes bien, ha sido revelado por Dios para colmar, por encima de cualquier expectativa, el hambre y la sed del corazón humano. Precisamente por eso, el Evangelio no debe ser impuesto, sino propuesto, porque sólo puede desarrollar su eficacia si es aceptado libremente y abrazado con amor.

Lo mismo que sucedió en Jerusalén con ocasión del primer Pentecostés, acontece en todas las épocas:  los testigos de Cristo, llenos del Espíritu Santo, se han sentido impulsados a ir al encuentro de los demás para expresarles en las diversas lenguas las maravillas realizadas por Dios. Eso sigue sucediendo también en nuestra época. Quiere subrayarlo la actual jornada jubilar, dedicada a la "reflexión sobre los deberes de los católicos hacia los demás hombres:  anuncio de Cristo, testimonio y diálogo".

La reflexión que se nos invita a hacer no puede menos de considerar, ante todo, la obra que el Espíritu Santo realiza en las personas y en las comunidades. El Espíritu Santo esparce las "semillas del Verbo" en las diferentes tradiciones y culturas, disponiendo a las poblaciones de las regiones más diversas a acoger el anuncio evangélico. Esta certeza debe suscitar en los discípulos de Cristo una actitud de apertura y de diálogo con quienes tienen convicciones religiosas diversas. En efecto, es necesario ponerse a la escucha de cuanto el Espíritu puede sugerir también a los "demás". Son capaces de ofrecer sugerencias útiles para llegar a una comprensión más profunda de lo que el cristiano ya posee en el "depósito revelado". Así, el diálogo podrá abrirle el camino para un anuncio más adecuado a las condiciones personales del oyente.

4. De todas formas, lo que sigue siendo decisivo para la eficacia del anuncio es el testimonio vivido. Sólo el creyente que vive lo que profesa con los labios, tiene esperanzas de ser escuchado. Además, hay que tener en cuenta que, a veces, las circunstancias no permiten el anuncio explícito de Jesucristo como Señor y Salvador de todos. En este caso, el testimonio de una vida respetuosa, casta, desprendida de las riquezas y libre frente a los poderes de este mundo, en una palabra, el testimonio de la santidad, aunque se dé en silencio, puede manifestar toda su fuerza de convicción.
Es evidente, asimismo, que la firmeza en ser testigos de Cristo con la fuerza del Espíritu Santo no impide colaborar en el servicio al hombre con los seguidores de las demás religiones. Al contrario, nos impulsa a trabajar junto con ellos por el bien de la sociedad y la paz del mundo.
En el alba del tercer milenio, los discípulos de Cristo son plenamente conscientes de que este mundo se presenta como "un mapa de varias religiones" (Redemptor hominis, 11). Si los hijos de la Iglesia permanecen abiertos a la acción del Espíritu Santo, él les ayudará a comunicar, respetando las convicciones religiosas de los demás, el mensaje salvífico único y universal de Cristo.

5. "Él dará testimonio de mí; y también  vosotros  daréis  testimonio, porque desde el principio estáis conmigo" (Jn 15, 26-27). Estas palabras encierran toda la lógica de la Revelación y de la fe, de la que vive la Iglesia:  el testimonio del Espíritu Santo, que brota de la profundidad del misterio trinitario de Dios, y el testimonio humano de los Apóstoles, vinculado a su experiencia histórica de Cristo. Uno y otro son necesarios. Más aún, si lo analizamos bien, se trata de un único testimonio:  el Espíritu sigue hablando a los hombres de hoy con la lengua y con la vida de los actuales discípulos de Cristo.

En el día en que celebramos el memorial del nacimiento de la Iglesia, queremos elevar una ferviente acción de gracias a Dios por este testimonio doble y, en definitiva, único, que abraza a la gran familia de la Iglesia desde el día de Pentecostés. Queremos darle gracias por el testimonio de la primera comunidad de Jerusalén, que, a través de las generaciones de los mártires y de los confesores, ha llegado a ser a lo largo de los siglos la herencia de innumerables hombres y mujeres de todo el mundo.

La Iglesia, animada por la memoria del primer Pentecostés, reaviva hoy la esperanza de una renovada efusión del Espíritu  Santo. Asidua  y concorde en la oración con María, la Madre de Jesús, no deja de invocar:  "Envía tu Espíritu, Señor, y renueva la faz de la tierra" (Sal 103, 30).

Veni, Sancte Spiritus:  Ven, Espíritu Santo, enciende en los corazones de tus fieles la llama de tu amor.
Sancte Spiritus, veni!

VIGILIA DE PENTECOSTÉS - HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
Sábado 10 de junio - 2000

 

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No existe la libertad absoluta; además, la libertad no es un instrumento para usarlo contra los demás, sino para favorecer a los demás y para crecer.
La prensa necesita comprender que el espacio disponible para ejercitar la libertad está limitado por el respeto a los demás, no sólo como personas, sino también a sus creencias y a su fe. El derecho a la libertad de pensamiento y expresión «no puede implicar el derecho a ofender el sentimiento religioso de los creyentes». Pero igualmente deplorables, son las reacciones violentas de protesta: «La intolerancia real o verbal, no importa de donde venga, sea como acción o como reacción, siempre es una grave amenaza a la paz».

 

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La Iglesia es tan bíblica como "eclesiástica" es la Biblia.

La Iglesia es notablemente lógica y notablemente bíblica: en tanto que su razón de existir, su composición, sus funciones y su papel son enseñados y defendidos por la Escritura. La Iglesia es bíblica en tanto que enseña la doctrina cristiana basándose en la Biblia. La Biblia es "eclesiástica": En tanto que (el N.T.) fue escrito por Apóstoles y maestros de la Primitiva Iglesia Cristiana. Es "eclesiástica" en tanto que es compilada, ordenada, traducida, preservada y difundida por la Iglesia fundada por Jesucristo que es ‘una-santa-católica-apostólica’. Y es "eclesiástica" en tanto que reconoce y somete la interpretación de sus textos a la Iglesia, el instrumento de Dios para enseñar la fe.

 

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Salmo 15,2-5.

El que procede rectamente y practica la justicia; el que dice la verdad de corazón y no calumnia con su lengua. El que no hace mal a su prójimo ni agravia a su vecino, el que no estima a quien Dios reprueba y honra a los que temen al Señor. El que no se retracta de lo que juró, aunque salga perjudicado; el que no presta su dinero a usura ni acepta soborno contra el inocente. El que procede así, nunca vacilará.

 

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Salmo 34,2-3.4-7.

 

Bendeciré al Señor en todo tiempo, su alabanza estará siempre en mis labios.

Mi alma se gloría en el Señor; que lo oigan los humildes y se alegren.

Glorifiquen conmigo al Señor, alabemos su Nombre todos juntos.

Busqué al Señor: él me respondió y me libró de todos mis temores.

Miren hacia él y quedarán resplandecientes, y sus rostros no se avergonzarán.

Este pobre hombre invocó al Señor: él lo escuchó y lo salvó de sus angustias.

 

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   Los herreros no dan abasto en la fragua de la calumnia, pero no hay peligro de que se pare el fuelle. Lo dijo Karol Wojtyla cuando aún no era Juan Pablo II, pero entonces ya lo sabía: la antipalabra tiene un programa, que es el de nuestro tiempo. Avanza hacia las tinieblas y lo oscurece todo a su paso: la dignidad del hombre, la naturaleza del matrimonio, el bien de la familia, la libertad en la educación... Pero cuando la noche es más cerrada y parece dominarlo todo, sucede algo que atraganta la risa sardónica del demonio.
   La Iglesia también lo sabe, pero es respetuosa con los plazos. Sábado Santo, tiempo de espera al lado de la Virgen. Aún no es el tercer día; hay que tener paciencia. Mirad a los guardias junto a la tumba. Mañana tendrán que inventar una historia porque la muerte ha sido vencida.
   La vía dolorosa que conduce al Calvario es el camino de la historia. Una mujer lo recorre. Cada día le dan muerte y cada día se la encuentran de nuevo. Sufre persecución y le tienden trampas. No saben qué hacer con ella: es la Iglesia.
2005.03 - David AMADO – Esp.

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   En el libro de los Proverbios (14,30) leemos:
   –«Una mente en paz –un interior alegre– es vida para el cuerpo».

 

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«El más popular de todos los seres es Dios. El pobre lo llama, el moribundo lo invoca, el pecador le teme, el hombre bueno le bendice. No hay lugar, momento, circunstancia, sentimiento, en que Dios no se halle y sea nombrado. La cólera cree no haber alcanzado su expresión suprema, sino después de haber maldecido este Nombre adorable; y la blasfemia es asimismo el homenaje de una fe que se rebela al olvidarse de sí misma. »
Henri Lacordaire - Fraile dominico francés

 

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La Iglesia es santa. En Ella «todos, ya pertenezcan a la Jerarquía, ya pertenezcan a la grey, son llamados a la santidad según aquello del Apóstol: Porque esta es la voluntad de Dios, vuestra santificación (I Tes 4, 3; cfr Ef 1, 4)» (LG, 39). Esta misma y única santidad de la vocación cristiana es, por tanto, también propia de aquellos fieles que en el Pueblo de Dios reciben el sacramento del matrimonio. « El amor, con que el Esposo ‘amó hasta el extremo’ a la Iglesia, hace que ella se renueve siempre y sea santa en sus santos, aunque no deja de ser una Iglesia de pecadores» (Gratissimam sane -Carta a las Familias-, 19).

 

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"La comunidad cristiana tiene que mostrar la belleza del Amor al mundo"

 

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“El alma sola sin maestro, que tiene virtud, es como el carbón encendido que está solo; antes se irá enfriando que encendiendo” (SAN JUAN DE LA CRUZ, Dichos de luz y de amor)

 

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Algunos piensan, no sin razones que la cultura europea está en decadencia y puede llegar a desaparecer. No es imposible si se toma en el sentido estricto de europeo-occidental, pero en cambio no es posible si se refiere al fondo o núcleo esencial de la misma, el cristianismo, que primero fue judío, luego romano, bárbaro, feudal, europeo, americano y después africano y asiático. El cristianismo no está hecho para lograr una cultura propia, cerrada y perecedera, sino para ser la sal y la luz de cualquiera de las civilizaciones que vayan apareciendo y que quieran llevar en ellas algo de eternidad.

 

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"El hombre prehistórico también tiene un sitio en la Historia de la Salvación"

 

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Chesterton: “Estoy orgulloso de verme atado por dogmas anticuados, como dicen mis amigos periodistas, porque sólo el dogma razonable vive lo bastante para que se le llame anticuado”.

 

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Sobre los altares es suficiente con que brille la Hostia Sagrada. Sino, como dijo san Hilario + 367 ca., construiríamos iglesias para destruir la fe.

 

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Anunciar la novedad liberadora del Evangelio a todos los hombres, unirse a ellos en todo lo que atañe a su existencia y expresa su humanidad, es el desafío permanente de la Iglesia. Esta misión, que la Iglesia ha recibido de su Señor hace 2000 años, va unida a todos los hombres de buena voluntad.

 

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«No olvidemos que la violencia no existe ni puede existir por sí sola: está infaliblemente entrelazada con la mentira. Unen a ambos los lazos familiares y más profundamente naturales: la violencia no puede encubrirse con nada, salvo con la mentira; y el único sostén de la mentira es la violencia. Todo aquél que una sola vez ha proclamado como método la violencia, inexorablemente deberá elegir como principio la mentira» Solzhenitsyn – 1973

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Poco más tarde, en un artículo titulado «¡Rechacemos la mentira», difundido contemporáneamente a su detención, febrero de 1974, advertía Solzhenitsyn:
«No cada día, ni en cada hombro, posa la violencia su pesada zarpa: sólo exige de nosotros sumisión a la mentira [...] Aquí yace precisamente la clave que despreciamos. La más sencilla, la más asequible para nuestra liberación: ¡la no participación personal en la mentira! [...] Cuando las gentes se apartan de la mentira, ésta sencillamente, deja de existir
»
Comentando estos párrafos el argentino Luis María Sandoval apostilla: «es de recordar que Cristo Nuestro Señor no llamó al Demonio «padre de la violencia», sino padre de la mentira (Jn 8, 44)» ("Cuando se rasga el telón", Speiro, 1992, pág. 220)

 

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Alrededor del año 58 de nuestra era vivían en Jerusalén varios miles de judíos creyentes en la naciente Iglesia católica y catolizante. Así lo afirmaban los responsables de la Iglesia a Pablo: "Ya ves, hermano, cuantos miles de judíos son ahora creyentes y todos son fieles observantes de la Ley" (Hch 21,20).

 

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‘El Evangelio deja sin disfraces a las sectas’

Vigilantes contra falsas doctrinas en las sectas - Como contra toda obra buena, la Serpiente Antigua levantó toda clase de engaños y oposiciones a la Iglesia de Cristo. Unas veces insinuando falsas doctrinas o valiéndose de las bajas pasiones para combatir por el derramamiento de sangre y las prohibiciones, Satanás pretendía apagar la fuente radiante de santidad de la Iglesia.

El mismo Apóstol de Gentiles prevendrá a sus contemporáneos de este peligro. En efecto, San Pablo en sus epístolas repite frecuentemente a la vigilancia contra la falsa doctrina: "pseudónymos gnôsis" (I Tim. VI, 20). "Huid", dice, "de las cuestiones impertinentes, las genealogías y las fábulas vanas e inútiles" (I Tim. III, 4; Tito, III, 9). Desde Lutero, nacieron más 30.000 denominaciones protestantes y/o sectas

que se auto-declaran la ‘verdadera iglesia de Cristo basada en la Biblia’.

El despotismo perfecto parte de convertir la verdad en mentira y la mentira en verdad.


Las filosofías liberales, hijas del protestantismo, desprecian la dignidad intrínseca del hombre, como demuestra su negación del libre albedrío y por tanto sólo lo valoran en función de su éxito social.

 

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Acordaos, ¡oh piadosísima Virgen María! que jamás se ha oído decir que ninguno de los que han acudido a vuestra protección, implorado vuestra asistencia y reclamado vuestro socorro, haya sido abandonado de Vos. Animado con esta confianza, a Vos también acudo, ¡oh Madre, Virgen de las vírgenes! Y aunque gimiendo bajo el peso de mis pecados, me atrevo a comparecer ante vuestra presencia soberana. No desechéis, ¡oh Madre de Dios!, mis humildes súplicas, antes bien, inclinad a ellas vuestros oídos y dignaos atenderlas favorablemente.

 

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Los cristianos de la Iglesia de la antigüedad en Grecia, Egipto, Antioquía, Efeso, Alejandría y Atenas acostumbraban llamar a la Santísima Virgen con el nombre de Auxiliadora, que en su idioma, el griego, se dice con la palabra "Boetéia", que significa "La que trae auxilios venidos del cielo".

 

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“CREO EN LA SANTA IGLESIA QUE ES UNA, SANTA, CATÓLICA Y APOSTÓLICA, COMO EL CRISTO LA FUNDÓ SEGÚN CONSTATAMOS EN LA SANTA BIBLIA” (Cristo funda su Iglesia ‘una’; Cristo es la cabeza por tanto es ‘santa’; Cristo la envía a predicar a todos los confines del orbe, por tanto es ‘católica’; Cristo ordena el pregón del anuncio evangélico a los apóstoles, por tanto es ‘apostólica’. La Iglesia es cristiana porque proclama a Cristo; es evangélica y evangelizadora porque revela a Cristo... y un largo etc. de adjetivos le son propios.

¡2000 años sobre la tumba del apóstol Pedro y protegida por la promesa del Señor!  

 

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La Iglesia católica –que también es de este mundo– puede y debe muchas veces  proclamar su punto de vista a un asunto que no es dogmático, ni tampoco afecta al Depósito de la Fe; pero a la luz de la Doctrina Social de la Iglesia, considera que puede ofrecer un juicio sobre una cuestión que afecta para bien o para mal a millones de personas. En tales casos, no emite la Iglesia una declaración dogmática, ni tan siquiera un magisterio vinculante para el pueblo católico –en el que legítimamente se puede discrepar–, pero argumenta los bienes que resultan de una convivencia conjunta ante ciertas leyes discriminatorias, injustas, amorales y éticamente perversas, o impregnadas de fanatismo sea este religioso, político o militar. Leyes que son capaces de tener a las personas, las sociedades o al mundo en estado de ansiedad e inseguridad; leyes tejidas de un nihilismo que corrompe las costumbres buenas, sobornan el orden, la paz y sano estado habitual de las cosas

 

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La unión de la familia humana se fortalece mucho y se completa con la unidad, fundada en Cristo, de la familia de los hijos de Dios. Ciertamente, la misión propia que Cristo confió a su Iglesia no es de orden político, económico o social, pues el fin que le asignó es de orden religioso. Pero precisamente de esta misma misión religiosa fluyen tareas, luz y fuerzas que pueden servir para constituir y fortalecer la comunidad de los hombres según la ley divina.
Además, en virtud de su misión y su naturaleza, no está ligada a ninguna forma particular de cultura humana o sistema político, económico o social. Por ello, la Iglesia, desde esta su universalidad, puede ser un vínculo muy estrecho entre las diferentes comunidades humanas y naciones, a condición de que éstas confíen en ella y reconozcan realmente su verdadera libertad para cumplir esta misión suya. Por esta razón, la Iglesia aconseja a sus hijos, pero también a todos los hombres, que, en este espíritu familiar de hijos de Dios, superen todas las desavenencias entre naciones y razas, y den firmeza interior a las asociaciones humanas justas. El Concilio considera con gran respeto todo lo verdadero, bueno y justo que se encuentra en las variadísimas instituciones que el género humano ha fundado para sí y continúa fundando sin cesar. Declara, además, que la Iglesia quiere ayudar y promover todas estas instituciones, en la medida que esto dependa de ella y pueda conciliarse con su misión. Nada desea más ardientemente que poder desarrollarse libremente al servicio del bien de todos bajo cualquier régimen que reconozca los derechos fundamentales de la persona y de la familia y los imperativos del bien común.

Constitución Gaudium et spes, 42 – VATICANO II

 

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Oh María,
aurora del mundo nuevo,
Madre de los vivientes,
a Ti confiamos la causa de la vida:
mira, Madre, el número inmenso
de niños a quienes se impide nacer,
de pobres a quienes se hace difícil vivir,
de hombres y mujeres víctimas
de violencia inhumana,
de ancianos y enfermos muertos
a causa de la indiferencia
o de una presunta piedad.
Haz que quienes creen en tu Hijo
sepan anunciar con firmeza y amor
a los hombres de nuestro tiempo
el Evangelio de la vida.
Alcánzales la gracia de acogerlo
como don siempre nuevo,
la alegría de celebrarlo con gratitud
durante toda su existencia
y la valentía de testimoniarlo
con solícita constancia, para construir,
junto con todos los hombres de buena voluntad,
la civilización de la verdad y del amor,
para alabanza y gloria de Dios Creador
y amante de la vida (EV 105).

Juan Pablo II cierra así su encíclica Evangelium Vitae 1995

 

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Para poder amar a alguien es necesario conocerlo y para poder conocerlo hay que amarlo.

 

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La Biblia, el segundo libro de Dios, fue escrito para ayudarnos a descifrar el mundo, para devolvernos la mirada de la fe y de la contemplación y para transformar toda la realidad del hombre en una gran revelación de Dios.” [San Agustín]

 

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“A la valentía de la fe, debe corresponder la audacia de la razón” Juan Pablo Magno {Juan Pablo II} 2004

 

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 La Iglesia no se edifica sobre comités, juntas o asambleas. La palabra y la acción de sus miembros salvarán al mundo en la medida en que estén conectados con el sacrificio redentor de Cristo, actualizado en el misterio eucarístico, que aplica toda su fuerza salvífica. Toda palabra que se oye en la Iglesia, sea docente, exhortativa, autoritativa o sacramental, sólo tiene sentido salvífico, y edifica la Iglesia, en la medida en que es preparación, resonancia, aplicación o interpretación de la "protopalabra" [48]: la palabra de la “anamnesis” ("hoc est enim corpus meum...") que hace sacramentalmente presente al mismo Cristo y su acción redentora eternamente actual, al actualizar el sacrificio del Calvario para que se realice la obra de la salvación con la cooperación de la Iglesia, su esposa.

 

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“El gran problema de nuestro tiempo es que el hombre quiere experimentar la salvación y la plenitud pasando por encima de la verdad y queriendo realizarse a sí mismo a través de una libertad desconectada de esa verdad”. 2004

 

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“Lo único que busco es a Dios en Cristo Jesús por el Espíritu Santo en la Iglesia católica; en obediencia incondicional al Vicario de Cristo en la tierra, el Sumo Pontífice, sirviendo a todos los seres humanos por igual.” [San Ignacio de Loyola]

 

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"Sed maestros de la verdad, de la verdad que el Señor quiso confiarnos no para ocultarla o enterrarla, sino para proclamarla con humildad y coraje, para potenciarla, para defenderla cuando está amenazada." [S.S. Juan Pablo II]

 

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La libertad religiosa no es una dádiva del gobierno, es un derecho humano fundamental que todo gobierno que se diga democrático, además de respetarlo, debe fortalecerlo.

 

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La verdad no es concepto, es una persona, Jesucristo – Verbo Palabra Divina. Él es el Señor de la Historia, luz de la humanidad, esperanza de todo hombre.

 

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Tras la caída del comunismo en la antigua Unión Soviética, se constituyó una Comisión para la rehabilitación de las víctimas de la represión política. Su Presidente, Vladimir Paulovich Naumov, afirmó en 1996: «Ningún estamento como la Iglesia sufrió tanto durante el comunismo. Medio millón de sacerdotes fueron perseguidos, deportados o encerrados en campos de concentración. 200.000 fueron exterminados, por orden de Stalin».

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Cien millones de muertes atribuidas directamente a los regímenes comunistas de todo el mundo, en 90 años de existencia, no han sido suficientes para que los partidos comunistas hayan dejado de existir en las democracias modernas.- 2007

 

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El perdón libera el espíritu, desata la alegría, produce magnanimidad y hace noble al culpable como al inocente.

 

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Jesús a sus discípulos - Padre, los que tú me has dado, quiero que donde yo esté estén también conmigo" (Jn 17, 24). Jesús se refiere a sus discípulos,  en  particular a los Apóstoles, que están junto a él durante la última Cena. Pero la oración del Señor se extiende a todos los discípulos de todos los tiempos.

En efecto, poco antes había dicho:  "No ruego sólo por estos, sino también por aquellos que, por medio de su palabra, creerán en mí" (Jn 17, 20). Y si allí pedía que fueran "uno... para que el mundo crea" (v. 21), aquí podemos entender igualmente que pide al Padre tener consigo, en la morada de su gloria eterna, a todos los discípulos muertos con el signo de la fe.

"Los que tú me has dado": esta es una hermosa definición del cristiano como tal, pero obviamente se puede aplicar de modo particular a los que Dios Padre ha elegido entre los fieles para destinarlos a seguir más de cerca a su Hijo. Los sacerdotes son  hombres que el Padre "dio" a Cristo. Los separó del mundo, del "mundo" que "no lo conoció a él" (Jn 17, 25), y los llamó a ser amigos de Jesús. Esta es la gracia más valiosa para toda vida sacerdotal. Esta gracia nos corresponde a cada cristiano, como discípulos de Cristo.

 

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Danos, Señor, la inquietud del corazón que busca tu rostro. Protégenos de la oscuridad del corazón que ve solamente la superficie de las cosas. Danos la sencillez y la pureza que nos permiten ver tu presencia en el mundo. Cuando no seamos capaces de cumplir grandes cosas, danos la fuerza de una bondad humilde. Graba tu rostro en nuestros corazones, para que así podamos encontrarte y mostrar al mundo tu imagen.

 

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"Obras todas del Señor, bendecid al Señor".-

¡Gloria y alabanza a ti, Santísima Trinidad, único y eterno Dios!

Alégrese la madre naturaleza
con el grito de la luna llena:
que no hay noche que no acabe en día,
ni invierno que no reviente en primavera,
ni muerte que no dé paso a la vida;
ni se pudre una semilla
sin resucitar en cosecha.

Ad maiorem Dei gloriam.


 

Por venir a visitarnos, nuestro agradecimiento.

Anno Domini 2012 - "In Te, Domine, speravi; non confundar in aeternum!".

Mane nobiscum, Domine! ¡Quédate con nosotros, Señor!

"Marana tha, ven, Señor Jesús" (Ap 22, 20). - Ad maiorem Dei gloriam.

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«Cristo es, en todas las cosas, el Todo de todas las partes» Malebranche.

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«Dios es el Señor de todas las almas y, para cada uno, Señor de todos los días». Marta ROBIN. Châteauneuf-de-Galaure. 1930.

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¡¡¡ Paz y bien !!! Paix et bien!!! frieden und guten! Pace e bene! Peace and godness!

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"En caso de hallar un enlace o sub-enlace en desacuerdo con las enseñanzas de la Iglesia Católica, notifíquenos por e-mail, suministrándonos categoría y URL, para eliminarlo. Queremos proveer sólo sitios fieles al Magisterio". Gracias.-

“Conocereisdeverdad.org = CDV” no necesariamente se identifica con todas las opiniones y matices vertidos por autores y colaboradores en los artículos publicados; sin embargo, estima que son dignos de consideración en su conjunto. ‘CDV’ Gracias.-

CDV” intenta presentar la fe cristiana para la gente más sencilla (catequistas, etc.), en especial para los estratos aparentemente más bajos. ¿La razón? Simple: «Son ellos quienes más necesitan conocer la alegría de Cristo».-

Debido a la existencia de páginas excelentes sobre apologética y formación,  lo que se pretende desde ‘CDV’ es contribuir muy modestamente y sumarse a los que ya se interesan por el Evangelio de Cristo de manera mucho más eficaz. ‘CDV’ Gracias.-

In Obsequio Jesu Christi.

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Recomendamos vivamente:

1º Jesús de Nazaret – Al siglo Joseph Cardenal Ratzinger ‘Benedicto XVI’. 2007

2º ‘CÓMO LA IGLESIA CONSTRUYÓ LA CIVILIZACIÓN OCCIDENTAL’. Ninguna institución ha hecho más para dar forma a la civilización occidental que la Iglesia Católica, y en modos que muchos de nosotros hemos olvidado o nunca sabido. Como la Iglesia construyó la civilización occidental es una lectura esencial para redescubrir esta relegada verdad. De un modo senillo y muy atractivo. 2007.

Autor: Thomas E. WOODS Jr.-Editorial: CIUDADELA. 

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Recomendamos: ‘Desafíos cristianos de nuestro tiempo’, editado por Rialp. El autor, sacerdote, repasa algunos de los problemas más habituales a los que se enfrentan los cristianos hoy. Toca, por ejemplo, la cuestión del evolucionismo y el creacionismo para explicar de qué manera son complementarios, apoyándose en el magisterio de los distintos Papas. Otro tema de actualidad que no soslaya es la presencia del mal en el mundo. Y tampoco evita el cómo enfrentarse al dolor y a la muerte.  En opinión del autor, «la crisis del amor constituye el mar de fondo de las tormentas que agitan las aguas del Primer Mundo», y corresponde a los cristianos retomar el mandamiento nuevo del Señor. El laicismo intransigente en que vivimos anima a tomar ejemplo de los mártires y a hacernos presentes en la vida pública. 2007

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: ‘Inquisición’  historia crítica - Autores: Catedrático e historiador ‘Ricardo García Cárcel’ y la licenciada en Historia por la Universidad Autónoma de Barcelona-España ‘Doris Moreno Martínez’, investigadora. (Editado por Ediciones Temas de Hoy. Esp.). Cerca de doscientos años después de que Juan Antonio Llorente redactara su clásica ‘Historia crítica de la Inquisición’, los autores de este libro han querido escribir una nueva historia crítica del Santo Oficio, elaborada con la intención de huir del resentimiento, del morbo, los sectarismos, pero con fiel memoria –racional y sentimental- de las victimas de aquella institución, que fue muchas cosas al mismo tiempo: tribunal con jurisdicción especial, empresa paraestatal, instrumento aculturador, símbolo de representación y de identificación ideológica, arma en manos de otros poderes, poder en sí mismo. En este libro se examina la poliédrica identidad de la Inquisición y se responde a muchas preguntas que han inquietado a los historiadores: ¿por qué y para qué se creó el Santo Oficio?. ¿Por qué duro tanto? ¿Fueron los inquisidores hombres o demonios? Los procedimientos penales de la Inquisición ¿fueron normales o excepcionales?. ¿Cuántas víctimas hubo?. ¿Fue la Inquisición culpable del atraso cultural español respecto a Europa?. ¿Gozó de la complicidad o del rechazo de la sociedad?.

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5º: ‘LEYENDAS NEGRAS DE LA IGLESIA’. Autor Vittorio MESSORI – Editorial “PLANETA-TESTIMONIO” 10ª EDICIÓN – Óptimo libro para defenderse del cúmulo de opiniones arbitrarias, deformaciones sustanciales y auténticas mentiras que gravitan sobre todo en lo que concierne a la Iglesia.



In Obsequio Jesu Christi.

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'JESUCRISTO PADECIÓ BAJO EL PODER DE PONCIO PILATO,
FUE CRUCIFICADO, MUERTO Y SEPULTADO'
Evangelio según San Lucas, Cap.3, vers.1º: El año decimoquinto del reinado del emperador Tiberio, cuando Poncio Pilato gobernaba la Judea, siendo Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Felipe tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene…

Crucifixión de San Pedro: fue crucificado al revés cabeza abajo - Pergamino con San Pedro en cruz invertida, de Maguncia- Alemania; entre el 900 y el 1000ca. - Museo Diocesano de la Catedral Maguncia (Mainz) Alemania - Pedro en su cruz, invertida. ¿Qué significa todo esto? Es lo que Jesús había predicho a este Apóstol suyo: "Cuando seas viejo, otro te llevará a donde tú no quieras"; y el Señor había añadido: "Sígueme" (Jn 21, 18-19). Precisamente ahora se realiza el culmen del seguimiento: el discípulo no es más que el Maestro, y ahora experimenta toda la amargura de la cruz, de las consecuencias del pecado que separa de Dios, toda la absurdidad de la violencia y de la mentira. No se puede huir del radicalismo del interrogante planteado por la cruz: la cruz de Cristo, Cabeza de la Iglesia, y la cruz de Pedro, su Vicario en la tierra. Dos actos de un único drama: el drama del misterio pascual: cruz y resurrección, muerte y vida, pecado y gracia.

La maternidad divina de María – Catecismo de la Iglesia
495 Llamada en los Evangelios 'la Madre de Jesús'(Jn 2, 1; 19, 25; cf. Mt 13, 55, etc.), María es aclamada bajo el impulso del Espíritu como 'la madre de mi Señor' desde antes del nacimiento de su hijo (cf Lc 1, 43). En efecto, aquél que ella concibió como hombre, por obra del Espíritu Santo, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el Hijo eterno del Padre, la segunda persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre de Dios [Theotokos] (cf. Concilio de Éfeso, año 649: DS, 251).
La virginidad de María
496 Desde las primeras formulaciones de la fe (cf. DS 10-64), la Iglesia ha confesado que Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María únicamente por el poder del Espíritu Santo, afirmando también el aspecto corporal de este suceso: Jesús fue concebido absque semine ex Spiritu Sancto (Concilio de Letrán, año 649; DS, 503), esto es, sin semilla de varón, por obra del Espíritu Santo. Los Padres ven en la concepción virginal el signo de que es verdaderamente el Hijo de Dios el que ha venido en una humanidad como la nuestra:
Así, san Ignacio de Antioquía (comienzos del siglo II): «Estáis firmemente convencidos acerca de que nuestro Señor es verdaderamente de la raza de David según la carne (cf. Rm 1, 3), Hijo de Dios según la voluntad y el poder de Dios (cf. Jn 1, 13), nacido verdaderamente de una virgen [...] Fue verdaderamente clavado por nosotros en su carne bajo Poncio Pilato [...] padeció verdaderamente, como también resucitó verdaderamente» (Epistula ad Smyrnaeos, 1-2).

El acontecimiento histórico y transcendente – Catecismo de la Iglesia
639 El misterio de la resurrección de Cristo es un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas como lo atestigua el Nuevo Testamento. Ya san Pablo, hacia el año 56, puede escribir a los Corintios: "Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce: "(1 Co 15, 3-4). El apóstol habla aquí de la tradición viva de la Resurrección que recibió después de su conversión a las puertas de Damasco (cf. Hch 9, 3-18).
El sepulcro vacío

640 "¿Por qué buscar entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado" (Lc 24, 5-6). En el marco de los acontecimientos de Pascua, el primer elemento que se encuentra es el sepulcro vacío. No es en sí una prueba directa. La ausencia del cuerpo de Cristo en el sepulcro podría explicarse de otro modo (cf. Jn 20,13; Mt 28, 11-15). A pesar de eso, el sepulcro vacío ha constituido para todos un signo esencial. Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección. Es el caso, en primer lugar, de las santas mujeres (cf. Lc 24, 3. 22- 23), después de Pedro (cf. Lc 24, 12). "El discípulo que Jesús amaba" (Jn 20, 2) afirma que, al entrar en el sepulcro vacío y al descubrir "las vendas en el suelo"(Jn 20, 6) "vio y creyó" (Jn 20, 8). Eso supone que constató en el estado del sepulcro vacío (cf. Jn 20, 5-7) que la ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana y que Jesús no había vuelto simplemente a una vida terrenal como había sido el caso de Lázaro (cf. Jn 11, 44).