Saturday 29 April 2017 | Actualizada : 2017-03-29
 
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La patrología trata de la vida y escritos de los antiguos Padres de la Iglesia. No se debe confundir la “patrología”, que trata de la vida y escritos de los Padres, con la “Patrística”, cuyo objeto es la doctrina teológica de esos autores.

 

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Iglesia – de hombres pecadores. Por desgracia, en el seno de la Iglesia, que está constituida por hombres, no faltan los pecadores, sobre todo cuando no se vive el precepto de la caridad, que es esencial y es el primero para un cristiano. De este modo se produce un antitestimonio de Jesucristo. La muchedumbre inmensa de los mártires testifica con su sangre la fidelidad de la Iglesia a Jesucristo, porque, aunque haya en ella pecadores, es a la vez una Iglesia de mártires, es decir, de cristianos auténticos, que han practicado su fe en Cristo y su caridad hacia los hermanos, incluidos los enemigos, hasta el sacrificio, no sólo de su vida, sino también con frecuencia de su honra, habiendo tenido que soportar humillaciones tremendas, entre otras la de ser tachados de traidores y farsantes.

Faltas del pasado - No podemos ocultar que muchos que profesaban ser discípulos de Jesús han cometido errores a lo largo de la historia. Con frecuencia, ante problemas graves, han pensado que primero se debía mejorar la tierra y después pensar en el cielo. La tentación ha sido considerar que, ante necesidades urgentes, en primer lugar se debía actuar cambiando las estructuras externas. Para algunos, la consecuencia de esto ha sido la transformación del cristianismo en moralismo, la sustitución del creer por el hacer. Por eso, mi predecesor de venerada memoria, Juan Pablo II, observó con razón: «La tentación actual es la de reducir el cristianismo a una sabiduría meramente humana, casi como una ciencia del vivir bien. En un mundo fuertemente secularizado, se ha dado una “gradual secularización de la salvación”, debido a lo cual se lucha ciertamente en favor del hombre, pero de un hombre a medias, reducido a la mera dimensión horizontal. En cambio, nosotros sabemos que Jesús vino a traer la salvación integral»[Enc.Redemptoris missio.]

S.S. Benedicto PP XVI: MMVI.

 

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La Iglesia, esposa enamorada del Cordero, con la mirada puesta en aquel día de luz, eleva la invocación ferviente:  "Marana tha" (1 Co 16, 22), "¡Ven, Señor Jesús!" (Ap 22, 20).

 

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Padres de la Iglesia

 

 

I. El período de los Padres.

II. Clasificación de los Escritos Patrísticos.

A. Los Padres Apostólicos y el Siglo II.
B. El Siglo III.
C. El Siglo IV.
D. El Siglo V.
E. El Siglo V y VII.

III. Características de los Escritos Patrísticos.

A. Comentarios.
B. Oradores.
C. Escritores.
D. El Oriente y Occidente.
E. Teología.
F. Disciplina, Liturgia y Ascetismo.
G. Materiales Históricos.

IV. Estudio Patrístico.

A. Editores de los Padres
B. Los Estudios de los Padres


La palabra Padre es usada en el Nuevo Testamento para indicar a un profesor de cosas espirituales, por cuyos medios el alma del hombre renace a imagen de Cristo: “Porque aunque tengáis diez mil años en Cristo, no tendréis muchos padres; que en Cristo Jesús yo os engendré por el Evangelio. Por tanto, os ruego que me imitéis así como yo también soy de Cristo” (I. Cor., iv, 15,16; cf. Gal., iv, 19). Los primeros maestros de la Cristiandad parecen haber sido colectivamente llamados “los Padres” (II, Pedro, iii, 4).

Es por esto que San Ireneo define que un maestro es un padre, y un discípulo es un hijo (iv, 41,2), y así también dice Clemente de Alejandría (Strom. I, i, 1). Un obispo es enfáticamente un “padre en Cristo”, ambos porque era él, en tiempos primitivos, quien bautizaba al rebaño y porque el es el maestro jefe de su iglesia. Aunque éste era también considerado por los primeros Padres, tales como Hegesippus, Ireneo y Tertuliano, como recipiente de la tradición de sus predecesores en la Sede, y consecuentemente, como los testigos y representantes de la fe de su Iglesia ante el Catolicismo y el mundo. Por lo tanto, la expresión “los Padres” viene naturalmente a ser aplicado a los santos obispos de una edad precedente, ya sea de la última generación o anterior, dado que son los padres bajo cuya rodilla la Iglesia actual ha enseñado su fe. La palabra es también aplicable a los obispos que se sientan en el Concilio, “los padres de Nicea”, “los Padres de Trento”. Es por esto que los padres han aprendido de los Padres y en último término, de los Apóstoles quienes a veces son llamados Padres en este sentido: “son vuestros Padres” dice San Leo, del Príncipe de los Apóstoles hablando a los Romanos; San Hilario de Arles los llama sancti patres, Clemente de Alejandría dice que sus maestros de Grecia, Ionia, Coele-Siria, Egipto, el Oriente, Asiria, Palestina respectivamente, han entregado a la tradición las benditas enseñanzas desde Pedro, Santiago, Juan, y Pablo, recibiéndolas como “el hijo del padre”.

Se sigue que, como nuestros propios Padres son los predecesores que nos han enseñado, así también los Padres de toda la Iglesia son especialmente los primeros maestros quienes la instruyeron en las enseñanzas de los Apóstoles durante su infancia y primeros años. Es difícil definir los primeros años de la Iglesia, o los años de los Padres. Es hábito común detener el estudio de la Iglesia primitiva en el Concilio de Chalcedon en el año 451. “Los Padres” deben sin dudas incluir en Occidente a San Gregorio el Grande (m. 604), y en Oriente a San Juan Damascene (m. approx. 754). Con frecuencia, se dice que San Bernardo (m. 1153) fue el último de los Padres y en la “Patrología Latina” de Migne, la extiende hasta Inocente III, claudicante solo al borde del siglo XIII, mientras que en su ”Patrología Griega” va tan lejos como el Concilio de Florencia (1438-9). Estos límites son evidentemente demasiado amplios. Sería mejor considerar que el gran mérito de San Bernardo como escritor radica en su parecido en estilo y materia a los grandes entre los Padres, a pesar de la diferencia en el período. San Isidoro de Sevilla (m. 636) y el Venerable Bede (m. 735) pueden ser clasificados entre los Padres aunque bien se puede decir que nacieron fuera del debido tiempo, como San Teodoro el Erudito, lo era en Occidente.

I. El Período de los Padres

 

Aunque el uso del término Padres ha sido continuo, aun así no pudo ser empleado al principio en el preciso sentido moderno de Padres de la Iglesia. En los tiempos primitivos, la expresión se refería a los escritores que, en aquel entonces, eran recientes. Aún hoy es empleado para aquellos escritores que son antiguos para nosotros, pero ya no en el mismo sentido a escritores que son recientes hoy en día. La exhortación a los Padres es una subdivisión de la exhortación a la tradición. En la primera mitad del siglo II, comenzó la exhortación a los tiempos sub-Apostólicos: Papias exhortó a los presbíteros, y a través de ellos, a los Apóstoles. Medio siglo después, San Ireneo completó este método exhortando a la tradición transmitida en toda la Iglesia por la sucesión de sus obispos (Adv. Haer, III,I-III), y Tertuliano afianza este argumento al observar que, como todas las Iglesias acuerdan, su tradición es segura, porque no pudieron todos haberse extraviado al azar dentro del mismo error (Praescr. XXVIII). Esta exhortación es, por ende, a las Iglesias y sus obispos, ninguna otra sino los obispos como exponentes autoritarios de la doctrina de sus Iglesias. Tarde, como en el año 341, los obispos del Concilio Dedicado en Antioquia declararon: “No somos seguidores de Ario; porque ¿cómo podemos nosotros como obispos, ser discípulos de un sacerdote?”.

Sin embargo, poco a poco, en tanto las exhortaciones a los presbíteros morían, nació por el lado de las exhortaciones de las Iglesias, un tercer método: la costumbre de apelar a los maestros Cristianos quienes no necesariamente eran obispos. Mientras, fuera de la Iglesia, las escuelas gnósticas fueron sustituidas por las iglesias, dentro de la Iglesia, las escuelas Católicas crecieron. Filósofos como Justino y la mayoría de los numerosos apologetas del siglo II razonaban sobre la religión, y la gran escuela catequética de Alejandría reunía a los más renombrados. Grandes obispos y santos como Dionisio de Alejandría, Gregorio Thaumaturgus de Pontus, Firmiliano de Capadocia y Alejandro de Jerusalem eran orgullosos discípulos del sacerdote Orígenes. El Obispo Cipriano diariamente citaba las obras del sacerdote Tertuliano con las palabras “Dame la habilidad”. El Patriarca Atanasio se refiere al antiguo uso de la palabra homoousios no solamente a los dos Dionisios, sino al sacerdote Theognostus. Sin embargo, estos sacerdotes-maestros no eran aún llamados Padres, y el más grande entre ellos, Tertuliano, Clemente, Orígenes, Hipólito, Novaciano, Luciano, sucede que fueron matizados con herejía; dos de ellos se tornaron antipapales; uno es el padre del Arianismo; otro fue condenado por un concilio general. En cada caso podemos aplicar las palabras usadas por San Hilario de Tertuliano: "Sequenti errore detraxit scriptis probabilibus auctoritatem" (Comm. en Mat., v, 1, citado por Vicente de Lérins, 2.4). Una cuarta forma de exhortación fue mejor fundamentada y con un valor más duradero. Eventualmente, pareciera que tanto obispos como sacerdotes eran falibles. En el siglo II, los obispos eran ortodoxos. En el tercero a menudo se los consideraba deficientes. En el cuarto, eran líderes de cismas y herejías, de los problemas Meletiano y Donatistas y del gran problema Ariano, en el cual unos pocos fueron considerados firmes ante la insidiosa persecución de Constancio. En un momento se consideró que los verdaderos Padres de la Iglesia eran aquellos maestros Católicos que habían perseverado en su comunión y cuyas enseñanzas han sido reconocidas como ortodoxas. Así fue como sucedió que fuera de los cuatro “Doctores Latinos”, uno de ellos no es obispo. Otros dos Padres que no eran obispos han sido declarados Doctores de la Iglesia, Bede y Juan Damascene, mientras que entre los Doctores fuera del período patrístico encontramos otros dos sacerdotes, el incomparable San Bernardo y el más grande de todos los teólogos, Santo Tomás de Aquino. Ahora bien, muy pocos escritores tuvieron tan gran autoridad en las Escuelas de la Edad Media como el laico Boecio, muchas de cuyas definiciones son aún comunes en la teología. Similarmente, el nombre “Padre” que perteneció originalmente a los obispos, ha sido delegado a los sacerdotes, especialmente como ministros del Sacramento de Penitencia. Hoy es una forma de dirigirse a todos los sacerdotes en España, Irlanda y, en años recientes, en Inglaterra y los Estados Unidos. Papas o Pappas, Papa era un término de respeto por los eminentes obispos (e.g. en cartas a San Cipriano y a San Agustín – ninguno de estos escritores parecen haberlo usado al dirigirse a otros obispos, excepto cuando San Agustín escribe a Roma). Eventualmente, el término fue reservado a los obispos de Roma y Alejandría; sin embargo, en Oriente, todo sacerdote es un “pope”. La palabra árabe abbe fue usada desde tiempos primitivos por los superiores de casas religiosas. Aunque a través del abuso de otorgar abadías in cammandam a seculares, se tornó en un titulo refinado para todos los clérigos seculares, incluso seminaristas en Italia y especialmente en Francia donde todos los religiosos que eran sacerdotes, se les llamada “padre”. San Basilio dice que sólo aceptamos lo que nos han enseñado los santos Padres; y agrega que en su Iglesia de Caesarea, la fe de los santos Padres de Nicea hace mucho tiempo que ha sido implantada. (Ep. cxl, 2). San Gregorio Nazianzeno declara que se abstiene de enseñar lo que escuchó de los santos Oráculos y fuera enseñado por los santos Padres.

Estos santos Cappadocianos parecen haber sido los primeros en ser exhortados como una cadena real de Padres. Recurrir a uno o dos era suficientemente común; pero ni siquiera el docto Eusebio había pensado en una larga cadena de autoridades. San Basilio, por ejemplo, (De Spir. S., ii, 29), se refiere a la fórmula “con el Espíritu Santo” en la doxología, el ejemplo de Ireneo, Clemente y Diosçnisio de Alejandría, Dionisio de Romas, Eusebius de Cesarea, Origen, Africanus, el preces lucerariae dicho a la luz de las lámparas, Athenagoras,Gregory Thaumaturgus Firmilian, Meletius.

En el siglo quinto, este método se convirtió en una costumbre estereotipada. San Jerónimo es tal vez el primer escritor en intentar establecer su interpretación de un texto por un hilo de exégetas (Ep. cxii, ad Aug.). Paulino, el diácono y biógrafo de San Ambrosio, en el libellus que presenta contra los Pelagianos, al Papa Zosimus en el año 417, cita a Cipriano, Ambrosio, Gregorio Nazianzeno y los decretos del difunto Papa Inocente.

En el año 420, San Agustín cita a Cipriano y a Ambrosio contra los mismos herejes (C. duas Epp. Pel., iv). Juliano de Eclanum citó a Crisóstomo y Basilio; San Agustín le responde en el 421 (Contra Julianum, i) con Ireneo, Cipriano, Reticius, Olympius, Hilario, Ambrosio, los decretos de los concilios africanos, y sobre todo a los Papas, Inocente y Zosimus. En un celebrado pasaje, el argumenta que estos escritores occidentales son mas que suficientes, pero como Juliano ha apelado al Oriente, deberá irse y el santo agrega a Gregorio Naziazeno, Basilio, Sínodo de Diospolis, Crisóstomo. A estos, agrega a Jerónimo (c. xxxiv): “Tampoco debes pensar Jerónimo, porque el fuera sacerdote, que debe ser menospreciado” y agrega una eulogía. Esto es gracioso si recordamos que Jerónimo en un estado de irritación, quince antes, había escrito a Agustín (Ep. cxlii) "No estimule contra mi la tonta corona del ignorante, que lo venera a Ud. Como un obispo, y reciba Ud. Con el honor debido a un prelado cuando Ud. Recite en la Iglesia, ya sea que piensen poco en mi, un hombre viejo casi decrépito en mi monasterio en la soledad del campo”.

En el Segundo libro “Contra Julianum”, San Agustín nuevamente cita con frecuencia a Ambrosio y Cipriano, Gregorio Nazianzano, Hilario, y Crisóstomo; in ii, 37, recapitula los nueve nombres (omitiendo concilios y papas), agregando (iii, 32) a Inocente y Jerónimo. Unos pocos años después, los Semipelagianos del Sur de la Galia, dirigidos por San Hilario de Arles, San Vicente de Lérins, y Bl. Cassiano, rehusaron aceptar el severo punto de vista de San Agustín sobre la predestinación porque "contrarium putant patrum opinioni et ecclesiastico sensui". Su oponente, San Próspero, quien intentó convertirlo al Agustinianismo, se queja:

"Obstinationem suam vetustate defendunt" (Ep. inter Atig. ccxxv, 2), y decían que ningún escritor eclesiástico nunca antes había interpretado a los Romanos como lo hizo San Agustín – lo cual puede ser lo suficientemente cierto. El interés en esta actitud estriba en el hecho que era, aunque no nuevo, pero al menos más definitiva que cualquiera otra exhortación anterior a la antigüedad. A través de la mayoría del siglo IV, la controversia con los Arianos se volcó sobre las Escrituras y la apelación a la autoridad pasada fue muy poca. Aunque la exhortación a los Padres nunca fue el más impuesto locus theologicus, porque no podían ser fácilmente organizados de manera de formar una prueba absolutamente conclusiva.

Por otro lado, a finales del siglo IV, no había prácticamente ninguna definición infalible disponible, excepto las condenaciones y herejías principalmente por los Papas. En los tiempos de la reacción Ariana bajo Valens provocó que los conservadores de Occidente tendieran hacia la ortodoxia, y preparó la restauración de la ortodoxia al poder por Teodosio, las decisiones Niceanas fueron consideradas como sacrosantas y ese concilio como el preferido y única posición por sobre todas las otras. Al llegar el año 430, el Credo que hoy decimos en Misa fue venerado en Oriente, ya sea para bien o para mal, como obra de los 150 Padres de Constantinopla en el año 381, y hubieron también nuevas decisiones papales, especialmente la tractaria del papa Zosimus, la cual en el año 418 fuera enviada a todos los obispos del mundo para ser firmada. Es a la autoridad viva la idea a la cual estaba apelando San Próspero en su controversia con la escuela Lerinese.

Cuando fue a la Galia, en el año 431 como enviado papal, justo después de la muerte de San Agustín, respondió a sus dificultades, no reiterando los argumentos más duros del santo, sino llevando consigo una carta del Papa San Celestino, en la cual San Agustín es elogiado al punto de haber sido considerado por los predecesores del papa “inter Magistros optimos”. A nadie se le permite despreciarlo, aunque no se dice que cada una de sus palabras deba ser seguida. Los desturbidores habían apelado a la Santa Sede y la respuesta fue: “Desinar incessere novitas vetustatem” (¡Cesen en la novedad de atacar la antigüedad!). Se le agregó un apéndice, no de las opiniones de los antiguos Padres, sino de papas recientes, dado que los mismos monjes que pensaron que San Agustín había ido demasiado lejos, profesaron (dice el apéndice) “que sólo seguirían y aprobaban lo que la mas santa Sede del Bendito Apóstol Pedro sancionó y fuera enseñado por el ministerio de sus prelados”. Por ende, le sigue una lista de “juicios de los príncipes de la Iglesia Romana”, a las cuales se les agregan algunas sentencias de los concilios africanos, “las cuales sin dudas, los obispos apostólicos hacen suyas una vez que las aprueban”. A estas inviolabiles sanctiones (que podemos interpretar como “declaraciones”) se les agregaron oraciones usadas en los sacramentos “ut legem credendi lex statuat supplicandi" – una frase frecuentemente citada erróneamente – y en conclusion, se declara que estos testimonios de la Sede Apostólica son suficientes, “de manera que consideramos que no son del todo católicos, cualquiera que aparezca contrario a las decisions que hemos citado”. Por lo tanto, las decisiones de la Sede Apostólica son puestas en muy diferentes niveles desde el punto de vista de San Agustín, como que este santo siempre estableció una aguda distinción entre las resoluciones de los concilios Africanos o los extractos de los Padres por un lado, y los decretos de los Papas Inocente y Zosimus por el otro. Tres años después, un famoso documento de la tradición y su uso emanó de la Escuela Lerinese, el “Commonitorium” de San Vicente. Con todo su corazón aceptó la carta del Papa Celestino y la citó como testigo autoritativo e irresistible de su propia doctrina que fuera quod ubique, o universitas, es incierto, debemos volver a quod semper, o antiquitas. Nada pudo estar mas acorde a su propósito que las palabras del papa: "Desinat incessere novitas vetustatem" El Concilio Ecuménico de Efeso se realizó el mismo año en que escribió Celestino. Sus hechos fueron anteriores a San Vicente, y queda claro que el consideraba tanto al papa como al Concilio autoridades decisivas. Era necesario establecer esto, antes de volverse a su famoso canon, quod ubique, quod semper, quod ab omnibus de otro modo, universitas, antiquitas, consensio. No era un nuevo criterion, cualquier otro habría sido como cometer suicidio por su misma expresión. Pero nunca la doctrina había sido tan admirablemente expresada ni tan limpiamente explicada, ni tan adecuadamente ejemplificada. Incluso la ley de la evolución del dogma es definido por Vicente en un lenguaje que difícilmente puede ser superado en exactitud y rigor. El triple test de San Vicente es totalmente mal interpretado si es tomado como una regla ordinaria de fe- Como todos los Católicos, el tomó la regla ordinaria para ser el vivo magisterium de la Iglesia, y asumió que la decisión formal en casos de duda radicaba en la Sede Apostólica, o en un concilio general. Aunque aparecen casos de duda cuando no se han tomado aún decisiones. Entonces es cuando los tres test se deben aplicar, no simultáneamente pero, si es necesario, sucesivamente.

Cuando se encuentra un error en algún lugar de la Iglesia, entonces la primera prueba, universitas, quod ubique, es una refutación incontestable, como tampoco cabe un exámen posterior (III, 7, 8). Pero si un error ataca a toda la Iglesia, entonces se apela a la antiquitas, quod semper, esto es, un consenso existente previo a la aparición de la novedad. Aún así, en el período previo uno o dos maestros, incluso hombres de gran fama, pudieron haber errado. Entonces acudimos al quod ab omnibus, consensio, de los muchos contra algunos (si es posible en un concilio general; si no, a un exámen de los escritos). Aquellos pocos son un juicio de fe “ut tentet vos Dominus Deus vester” (Deum., XIIIi, 1 y sgutes). Así, Tertuliano fue una magna tentatio; así también Orígenes – sin duda la más grande tentación de todas. Debemos saber que siempre que algo nuevo o no escuchado previamente, es introducido por un hombre mas allá o contra todos los santos, pertenece no a la religión sino a la tentación (xx, 49). ¿Quiénes son los “santos” a quienes apelamos? La respuesta es una definición de “Padres de la Iglesia” dada por San Vicente con precisión inimitable: "Inter se majorem consulat interrogetque sententias, eorum dumtaxat qui, diversis licet temporibus et locis, in unius tamen ecclesiae Catholicae communione et fide permanentes, magistri probabiles exstiterunt; et quicquid non unus aut duo tantum, sed omnes pariter uno eodemque consensu aperte, frequenter, perseveranter tenuisse, scripsisse, docuisse cognoverit, id sibi quoque intelligat absque ulla dubitatione credendum" (III, 8). Esta sentencia poco ambigua nos define cual es la forma correcta de llamar Padres, y las palabras itálicas explican perfectamente qué es un “Padre”: “Aquellos quienes, a pesar de la diversidad de tiempos y lugares, aunque perseveran en el tiempo en comunión y fe con la única Iglesia Católica, han sido aprobados como maestros.” El mismo resultado se obtiene en los teólogos modernos en sus definiciones; por ejemplo, Fessler define lo que constituye a un “Padre”:

- Doctrina y aprendizaje ortodoxo;
- Vida santa;
- (en los tiempos actuales) cierta antigüedad.

 

 

El criterio por el cual juzgamos si un escritor es un “padre o no es:

- Citado por un concilio general, o
- En Actas públicas de los papas dirigidos a la Iglesia concernientes a la Fe;
- Encomio en la Martirología Romana como “sanctitate at doctrina insignis”;
- Lectura pública en las Iglesias de los primeros siglos;
- Citas, con alabanzas, como autoridad en relación a la Fe por alguno de los Padres más celebrados.

Los autores más primitivos, aunque pertenecientes a la Iglesia, que fallaron en lograr este estándar son simplemente escritores eclesiales ("Patrologia", ed. Jungmann, ch. i, #11).

Por otro lado, cuando la apelación no es a la autoridad del escritor, sino que su testimonio es requerido solamente para la creencia de su tiempo, éste es tan bueno como otro, y si un Padre es citado con este propósito, no es citado en tanto Padre, sino meramente como un testigo de los hechos muy bien conocidos por él. Por lo tanto, para la historia del dogma, las obras de los escritores eclesiales que no solo no estaban aprobados, sino que incluso eran heréticos, son a menudo tan valiosas como aquellas de los Padres. Por otro lado, el testimonio de un Padre es ocasionalmente de gran peso para la doctrina cuando es considerado individualmente, si éste enseña un tema donde es reconocido por la Iglesia como una autoridad especial. Por ejemplo, San Atanasio sobre la Divinidad del Hijo, San Agustín, sobre la Santísima Trinidad, etc. Existen algunos casos donde un concilio general ha aprobado la obra de un Padre, las mas importantes fueron las dos cartas de San Cirilo de Alejandría las cuales fueron leídas en el Concilio de Éfeso. Pero la autoridad de un Padre individual considerado en sí mismo, dice Franzelin (De traditione, thesis xv), “no es infalible o perentoria; aunque la piedad y la razon concuerdan que las opiniones teológicas de tales individuos no deben ser tratadas con liviandad, y no deben sin gran precaución, ser interpretadas en un sentido el cual choca con la doctrina común de otros Padres”. La razón es suficientemente plena; eran hombres santos, de los que no se presume con intenciones de desviarse de la doctrina de la Iglesia, y sus dudosas declaraciones son por lo tanto para ser consideradas en el mejor de los sentidos de los cuales son capaces. Si no pueden ser explicadas en un sentido ortodoxo, debemos admitir que ni los más grandes son inmunes a la ignorancia, al error accidental o a la oscuridad. Pero en el uso de los Padres en materias teológicas, debe ser consultado el artículo TRADICIÓN y los tratados dogmáticos ordinarios en aquellas materias, tal como es propio considerar aquí el desarrollo histórico de sus usos. El tema nunca fue tratado como parte de la teología dogmática hasta el nacimiento de lo que hoy es comúnmente llamado “Teología fundamentalis” en el siglo dieciséis, cuyos fundadores fueron Melchior Canus y Belarmino.

El primero contiene una discusion sobre el uso de los Padres en las decisiones sobre cuestiones de fe (De locis theologicis, VII). Los Reformadores Protestantes atacaron la autoridad de los Padres. El más famoso de estos oponentes es Dalbeus (Jean Daillé, 1594-1670, "Traité de l´emploi des saints Pères", 1632; en Latin "De usu Patrum", 1656). Pero sus objeciones han sido olvidadas por mucho tiempo. Habiendo trazado el desarrollo del uso de los Padres hasta el período de sus más frecuentes y de su declaración formal por San Vicente de Lérins, sería bueno dar una mirada a la continuación de esta práctica. Vimos que, en el año 431, era posible para San Vicente (en un libro que ha sido el mas injustificadamente considerado como una mera polémica contra San Agustín – una noción ampliamente refutada por el uso dado en él por la carta de San Celestino) definir el significado y método de las exhortaciones patrísticas. De aquellos tiempos en adelante, son muy comunes. En el Concilio de Éfeso, año 431, tal como lo puntualiza San Vicente, San Cirilo presentó una serie de citas de los Padres tôn hagiôtatôn kai hosiôtatôn paterôn kai episkopôn diaphorôn marturôn, las cuales fueron leídas sobre la moción de Flaviano, Obispo de Filipi. Eran de Pedro I de Alejandría, Mártir, Atanasio, Papas Julio y Félix (falsificadas) Teófilo, Cipriano, Ambrosio, Gregorio Nazianzeno, Basilio, Gregorio de Niza, Aticus, Amphilochius. Por otro lado, Eutyques, al ser probado en Constantinopla por San Flaviano, el año 449, rehusó aceptar, ya sea a los Padres o Concilios como autoridades limitándose a la Sagrada Escritura, una posición que horrorizó a sus jueces (ver Eutyques). Al año siguiente, San Leo envió a sus embajadores, Abundius y Asterius a Constantinopla con una lista de testimonios de Hilario, Atanasio, Ambrosio, Agustín, Crisóstomo, Teófilo, Gregorio Nazianzeno, Basilio, Cirilo de Alejandría. Fueron firmadas en aquella ciudad, pero no fueron producidas en el Concilio de Chalcedon en el año siguiente. De allí en adelante, la usanza es fija, y resulta innecesario dar ejemplos. Sin embargo, aquel del sexto concilio en el año 680 es importante: El Papa San Agato envió una larga serie de extractos desde Roma, y el líder de los Monotelitas, Macario de Antioquia, presentó otro. Ambos grupos fueron muy cuidadosamente verificados desde la Biblioteca del Patriarcado de Constantinopla y sellados. Debe hacerse notar que en tales casos nunca se pensó necesario trazar una doctrina de los primeros tiempos; San Vicente exigió la prueba de la creencia de la Iglesia antes que apareciera la duda – esta es su noción de antiquitas; y en conformidad con este punto de vista, los Padres citados por los Concilios y papas y Padres son en su mayoría, recientes (Petavius, De Incarn., XIV, 15, 2-5). En los últimos años del siglo quinto un famoso documento atribuido a los Papas Gelasius y Hormisdas, agregan a los decretos de San Dámaso del año 382 una lista de libros aprobados y otra de aquellos no aprobados. En su forma presente, la lista de Padres aprobados comprende a:

Cipriano, Gregorio Nazianzeno, Basilio, Atanasius, Crisóstomo, Teofilo, Hilario, Cirilo de Alejandría (deseado en un MS.), Ambrosio, Agustín, Jeronimo, Próspero, Leo ("todo iota" del volumen a Flaviano aceptado como anatema) "también todos los tratados de todos los Padres ortodojos quienes no se desviaron en nada de la mancomunada santa Iglesia Romana, y donde no estuvieron separadas de su fe y enseñanzas, sino que fueron participes hasta el fin de sus vidas en su comunión; también la cartas decretales las cuales los papas mas benditos han entregado en distintos tiempos al ser consultados por varios Padres, deben ser recibidas con veneración”. Son elogiados Orosius, Sedulius y Juvencus. Son rechazados Refino y Orígenes. La “Historia” y “Crónicas” de Eusebio no fueron condenadas como un todo, aunque en otra parte de la lista, aparecen como “apocrifa” con Tertuliano, Lactantius, Africanus, Commodiano, Clemente de Alejandría, Arnobius, Casiano, Victorinus de Pettay, Faustus y las obras de los heréticos y documentos escrituriales falsificados. Los últimos Padres constantemente utilizaron los escritos de los más tempranos. Por ejemplo, San Cesáreo de Arles se inspiró libremente en los Sermones de San Agustín y los incorporó en colecciones propias; San Gregorio el Grande es encontrado frecuentemente en San Agustín; San Isidoro descansa sobre todos sus predecesores; la obra de San Juan Damascano es una síntesis de la teología patrística. Los sermones de San Bede son un cento de los más grandes Padres. Eugipio hizo una selección de los escritos de San Agustín que estuvo de gran moda. Casiodoro hizo una colección de selectos comentarios de variados escritores sobre todos los libros de las Sagradas Escrituras. San Benedicto recomendó especialmente el estudio patrístico y sus hijos observaron su consejo: "Ad perfectionem conversationis qui festinat, sunt doctrinae sanctorum Patrum, quarum observatio perducat hominem ad celsitudinem perfectionis. . . quis liber sanctorum catholicorum Patrum hoc non resonat, ut recto cursu perveniamus ad creatorem nostrum?" (Sanet Regula, lxxiii). Florilegia y Catenae se tornaron comunes desde el siglo quinto en adelante. Aunque la mayoría son anónimos, aquellos de Oriente que son conocidos bajo el nombre de Ecumenius son bien conocidos. Los mas famosos de todos a través de la Edad Media fueron la "Glossa ordinaria" atribuida a Walafrid Strabo. La "Catena aurea" de Santo Tomás de Aquino, aún es utilizada. (Ver CATENAE, y lel valioso material coleccionado por Turner en Hastings, Diccionario de la Biblia, V, 521)

San Agustín fue el primero reconocido como el mayor de los Padres Occidentales, con San Ambrosio y San Jerónimo a su lado. San Gregorio Magno fue agregado y estos cuatro fueron los “Doctores Latinos”. San Leo, de algún modo el mas grande de los teólogos, fue excluido, tanto considerando la exigüidad de sus escritos y por el hecho que sus cartas tuvieron una autoridad mas alta como las expresiones papales. En Oriente, San Juan Crisóstomo, siempre fue el mas popular, en tanto es el más voluminoso de los Padres. Con el gran San Basilio, padre del monaquismo, y San Gregorio Nazianzeno, famoso por la pureza de su fe, constituyeron un triunvirato llamado “los tres jerarcas”, familiar hasta el arte Oriental de nuestros días. San Atanasio fue agregado a éstos por los Occidentales, de manera que cuatro pudieran responder a cuatro (Ver. DOCTORES DE LA IGLESIA). Podemos observar que muchos de los escritores rechazados en la lista Gelasiana vivieron y murieron en comunión Católica, aunque incorrectos en algunas partes de sus escritos. Ejemplo, el error Semipelagianista atribuido a Casina y Fausto, la doctrina milenaria de la conclusión en el comentario de Victorino sobre el Apocalipsis (San Jerónimo redactó una edición purificada, la única impresa aún) del defectuoso “Hypotyposes” de Clemente y así sucesivamente, previnieron a tales escritores de la falta de sanidad del perdido “Hipotiposes” de Clemente y así sucesivamente, previno a tales escritores de ser citados como Hilario lo hizo.

Con Jerónimo, "inoffenso pede percurritur". Como todas las doctrinas importantes de la Iglesia (excepto aquella del Canon y la inspiración de las Escrituras), pueden ser probadas, o al menos ilustradas de las Escrituras, el trabajo mas amplio de la tradición es la interpretación de las Escrituras y la autoridad de los Padres es en esto de gran importancia. Sin embargo, solo se sigue necesariamente si todos tienen el mismo pensamiento: "Nemo . . . contra unanimum consensum Patrum ipsam Scripturam sacram interpretari audeat", dice el Concilio de Trento; y el Credo de Pío IV reza similarmente:". . . nec eam unquam nisi juxta unanimum consensum Patrum accipiam et interpretabor". El Concilio Vaticano hace eco del de Trento: "nemini licere . . . contra unanimum sensum Patrum ipsam Scripturam sacram interpretari."

 

 

Un consenso de los Padres, no es, por su puesto, algo esperado sobre materias muy pequeñas: "Quae tamen antiqua sanctorum patrum consensio non in omnibus divinae legis qua estiunculis, sed solum certe praecipue in fidei regula magno nobis studio et investiganda est et sequenda" (Vicente, xxviii, 72). Este no es el método – agrega San Vicente, contra las herejías bien conocidas y habituales, sino mas bien contra novedades, para ser aplicado directamente cuando aparecen. Difícilmente pudiera darse una mejor instancia que en la forma bajo la cual el Adopcionismo fue refutado por el Concilio de Frankfort en 794, tampoco pudo el principio ser mejor expresado que por los Padres del Concilio: "Tenete vos intra terminos Patrum, et nolite novas versare quaestiunculas; ad nihilum enim valent nisi ad subversionem audientium. Sufficit enim vobis sanctorum Patrum vestigia sequi, et illorum dicta firma tenere fide. Illi enim in Domino nostri exstiterunt doctores in fide et ductores ad vitam; quorum et sapientia Spiritu Dei plena libris legitur inscripta, et vita meritorum miraculis clara et sanctissima; quorum animae apud Deum Dei Filium, D.N.J.C. pro magno pietatis labore regnant in caelis. Hos ergo tota animi virtute, toto caritatis affectu sequimini, beatissimi fratres, ut horum inconcussa firmitate doctrinis adhaerentes, consortium aeternae beatitudinis . . . cum illis habere mereamini in caelis" ("Synodica ad Episc." in Mansi, XIII, 897-8). Y un excelente acto de fe en la tradición de la Iglesia es aquel de Carlomagno (ibid., 902) realizado en la misma ocasión: "Apostolicae sedi et antiquis ab initio nascentis ecclesiae et catholicis traditionibus tota mentis intentione, tota cordis alacritate, me conjungo. Quicquid in illorum legitur libris, qui divino Spiritu afflati, toti orbi a Deo Christo dati sunt doctores, indubitanter teneo; hoc ad salutem animae meae sufficere credens, quod sacratissimae evangelicae veritatis pandit historia, quod apostolica in suis epistolis confirmat auctoritas, quod eximii Sacrae Scripturae tractatores et praecipui Christianae fidei doctores ad perpetuam posteris scriptum reliquerunt memoriam."

II. Clasificación de los escritos patristicos

 

Con el objeto de tener una clara visión del período patrístico, los Padres pueden ser divididos de varias maneras. El método favorito es por períodos; Los Padres Ante-Niceanos hasta el año 325; Los Grandes Padres del siglo IV y mitad del quinto (325-451); y los últimos Padres. Una división más obvia es entre Orientales y Occidentales, y los Orientales incluirán escritores Griegos, Sirios, Armenios y Coptos. Una conveniente división en grupos más pequeños, será por períodos, nacionalidades y carácter de los escritos; porque tanto en Oriente como en Occidente habían muchas razas y algunos de los escritores eclesiásticos eran apologetas, algunos predicadores, historiadores, comentaristas y así sucesivamente.

A. Los Padres Apostolicois y el siglo II

 

 

Luego (1) de los Padres Apostólicos vinieron en el siglo II  2) los apologistas Griegos, seguidos por (3) los apologistas occidentales, algo después (4) por los Gnósticos y herejes Marcionitas con sus Escritos apócrifas y (5) la réplica Católica.

B. El siglo III

 

 

El siglo tercero con dejó (1) los escritores Alejandrinos de la escuela catequista, (2) los escritores del Asia Menor y (3) Palestina, y los primeros escritores Occidentales, (4) en Roma, Hipólito (en Grecia) y Novaciano, (5) los grandes escritores africanos y algunos otros.

C. El siglo IV

 

 

El siglo IV comienza con (1) las obras apologetas e históricas de Eusebio de Cesarea, con quien podemos clasificar a San Cirilo de Jerusalem y San Epifanio, (2) los escritores Alejandrinos, Atanasio, Didimus y otros, (3) los de Capadocia, (4) los de Antioquia, (5) los escritores Sirios. En Occidente, tenemos (6) los opuestos al Arianismo, (7) los Italianos, incluyendo a Jerónimo, (8) los Africanos y (9) los escritores Españoles y Galos.

D. El siglo V

 

 

El siglo V nos entregó (1) la controversia Nestoriana, (2) la controversia Eutiquia, incluyendo al Occidental San Leo, (3) y los historiadores. En Occidente (4) la Escuela de Lérins, (5) y las cartas de los papas.

E. El siglo VI y VII

 

 

El siglo VI y VII, no nos entrega nombres tan importantes, por lo que deben ser agrupados en una forma más mecánica.(1) En Occidente y (2) en Oriente.

 

A. (1) Si consideramos estos grupos en detalle, encontraremos las cartas de los Padres apostólicos mas importantes, San Clemente, San Ignacio y San Policarpo, venerables no sólo por su antigüedad, sino por su cierta simplicidad y nobleza de pensamiento y estilo que es muy conmovedor para el lector. Sus citas del Nuevo Testamento son bastante libres. Ofrecen la mas importante información al historiador, aunque de algún modo en cantidades homeopáticas.

A estos, debemos agregar a Didaque, probablemente el más antiguo de todos; la curiosa epístola que alegoriza el Anti-Semitismo que conocemos bajo el nombre de Barnabas; el Pastor de Hermas, una mas bien sosa serie de visiones principalmente conectadas con la penitencia y el perdón, compuesta por el hermano del Papa Pío I, y por mucho tiempo anexo al Nuevo Testamento con importancia casi canónica. Las obras de Papias, el discípulo de San Juan y Aristión, están perdidas salvo algunos fragmentos.

(2) Los apologistas son en su mayoría filosóficos en su tratamiento del Cristianismo. Algunas de sus obras fueron presentadas a emperadores con el objeto de sosegar las persecuciones. No siempre debemos aceptar el punto de vista dado a foráneos por los apologistas, como representación de toda la Cristiandad que conocían y practicaban. Las apologías de Cuadratus a Hadrian, de Aristo de Pella a los Judíos, de Miltiades de Apolinaris de Hierapolis, y de Melito de Sardis están perdidas para nosotros. Pero, poseemos aún varias de mayor importancia. Aquella de Arístides de Atenas fue presentada a Antonino Pío y versa principalmente del conocimiento del Dios verdadero. La refinada apología de San Justino con sus apéndices es por sobre todo interesante por su descripción de la liturgia en Roma c.150. sus argumentos contra los Judíos se encuentran en un muy bien compuesto “Diálogo con Trifo” donde habla de la autoría Apostólica del Apocalipsis de una manera que es de suma importancia en la boca de un hombre que fue convertido en Éfeso algún tiempo antes del año 132. La “apología” del discípulo Sirio de Justino, Tatian es una obra menos conciliadora y su autor cayó en herejía. Atenágoras, un ateniense (c.177) dirigió a Marco Aurelio y Commodus una elocuente refutación de las absurdas calumnias contra los Cristianos. Teófilo, Obispo de Antioquia, más o menos en la misma fecha, escribió tres libros de apología dirigidos a un cierto Autolycus.

(3) Todas estas obras contienen una considerable habilidad literaria. Este no es el caso de la gran apología Latina la cual la sigue muy de cerca en data, la “Apologeticus” de Tertuliano, que se encuentra en un lenguaje tosco e intraducible de su autor. Sin embargo, es una obra de extraordinario genio, de mayor interés y valor que todo el resto e incomparable en su energía y osadía. Su vehemente “Ad Scapulam” es una advertencia dirigida a un procónsul perseguidor.

"Adversus Judaeos" es un título que se explica por sí mismo. Los otros apologistas latinos son posteriores. El "Octavios" de Minucius Felix es tan pulido y gentil, como Tertuliano es rudo. Su fecha es incierta. Si el "Apologeticus " fue muy bien calculado para infundir coraje en los Cristianos perseguidos, el "Octavius" era más bien para impresionar al inquisidor pagano como si se atraparan mas moscas con miel que con vinagre. Junto a estas obras, debemos mencionar el más tardío Lactantius, el más perfecto de todos en su forma literaria ("Divinae Institutiones", c. 305-10, y "De Mortibus persecutorum", c. 314). Las apologías Griegas, probablemente posteriores al siglo II con las “Irrisiones” de Hermias, y la bella “Epístola” de Diognetus.

(4) La mayoría de los escritos heréticos del siglo II están perdidos. Los Gnósticos tenían Escuelas y filosofaron; sus escritos fueron numerosos. Algunas obras curiosas han llegado hasta nosotros en Copto. La carta de Ptolomeo a Flora en Epifanio es casi el único fragmento griego de real importancia. Marcion fundó no solo una Escuela, sino una Iglesia y su Nuevo Testamento consiste en San Lucas y San Pablo, está preservado de algún modo en las obras escritas contra el por Tertuliano y Epifanio. De los escritos de los Montanistas Griegos y de otros herejes anteriores, no queda casi nada. Los Gnósticos compusieron una cantidad de Evangelios apócrifos mezclados con Hechos de Apóstoles individuales, grandes porciones aún preservadas, la mayoría en fragmentos, de revisiones Latinas, o en versiones en Sirio, Cóptico, árabe o Eslavo. A estos debemos agregar aquellas falsificaciones bien conocidas como las cartas de Pablo a Séneca, y el Apocalipsis de Pedro, del cual recientemente se ha encontrado un fragmento en el Fayum.

(5) Respuestas a los ataques herejes, seguido por las apologías contra los perseguidores paganos por un lado y los judíos por otro, fue la literatura Católica característica del Siglo II.

The "Syntagma" de San Justino contra todas las herejías, está perdida. Más primitivo aún, San Papias (ya mencionado) ha dirigido sus esfuerzos en refutar los errores que van apareciendo y la misma preocupación se ve en San Ignacio y San Policarpo. Hegesippus, un judío converso de Palestina, viajó a Corintio y Roma, donde se quedó desde el episcopado de Aniceto hasta el de Eleuterio (c. 160-180) con la intención de refutar las novedades de los Gnósticos y Marcionistas a través de la apelación a la tradición. Su obra está perdida. Pero la gran obra de San Ireneo (c. 180) contra las herejías se encuentra en Papias, Hegesippus y Justino, y nos da cuenta con cuidadosa investigación los muchos sistemas Gnósticos, junto con su refutación. Su apelación es menor a las Escrituras que a la tradición la cual toda la Iglesia Católica ha recibido y es entregada desde los Apóstoles, a través del ministerio de sucesivos obispos y particularmente a la tradición de la Iglesia Romana, fundada por Pedro y Pablo. Al lado de Ireneo, debemos colocar al Latino Tertuliano cuyo libro “De las Prescripciones contra los Heréticos” no sólo es una obra maestra de argumento, sino es casi tan efectiva contra las herejías modernas como contra aquellas de la Iglesia primitiva. Es un testimonio de extraordinaria importancia para los principios de la tradición invariable que la Iglesia Católica siempre ha profesado y para la creencia primitiva que la Sagrada Escritura debe ser interpretada por la Iglesia y no por la industria privada. Utiliza a Ireneo en esta obra y sus polémicos libros contra los Valentinistas y los Marcionistas, prestando libremente de ese santo. El es el menos persuasivo de los dos porque es muy abrupto, demasiado astuto, demasiado ansioso para ventaja de la más pequeña controversia, sin pensar en las fáciles réplicas que pueden darse. A veces, prefiere el ingenio o el golpe duro al argumento sólido. En este período, las controversias estaban comenzando dentro de la Iglesia, y la más importante era la cuestión sobre si la Pascua podría celebrarse en un día hábil. Otro asunto candente en Roma, al terminar el siglo, era la duda de si las profesías de los Montanistas debían ser aprobadas, y sin embargo otra, en los primeros años del siglo tercero, era la controversia con un grupo de oponentes del Montanismo (así parece) quienes negaron la autenticidad de los escritos de San Juan, un error en aquellos días, bastante nuevo.

 

 

B. (1) Ya en el siglo dos, la Iglesia de Alejandría mostraba señales junto con el hábito prestado de los Judíos Alejandrinos, especialmente Filo, de una interpretación alegorizante de las Escrituras. La última de las características, se encuentra en la “Epístola a Barnabas” la cual puede tener origen Alejandrino. Pantamus fue el primero en hacer famosa a la escuela Catequista de la ciudad. No existió ningún escrito suyo, pero su pupilo Clemente, quien enseñó en la escuela con Pantamus c. 180 y como su cabeza. C.180-202 (muerto en 214) dejó una considerable cantidad de algo largas disquisiciones que versaban sobre mitología, teología mística, educación y observancias sociales, y todas aquellas otras cosas del cielo y de la tierra. Fue seguido por el gran Orígenes, cuya fama se extendió a lo largo y ancho entre los gentiles. Lo que queda de su obra, aunque llena varios volúmenes, está en gran parte solo en libres traducciones Latinas, y guarda poca relación con la vasta cantidad que ha perecido.

Los Alejandrinos sostienen tan firmemente como cualquier Católico la tradición como regla de fe al menos en teoría, pero mas allá de la tradición, se permiten especular, de tal que la “Hypotyposis” de Clemente ha estado casi enteramente perdida considerando los errores que se encontraron en ella y las obras de Orígenes caen bajo la amonestación de la Iglesia, aunque su autor vivió la vida de un santo y murió poco después de la persecusión Deciana, de los sufrimientos que debió padecer en ella. Los discípulos de Orígenes fueron muchos y eminentes.

La biblioteca encontrada por uno de ellos, San Alejandro de Jerusalem, fue luego muy apreciada por Eusebio. El más celebrado de la escuela fue San Dionisio “el grande” de Alejandría y San Gregorio de Neocesarea en el Pontus, conocido como el Trabajador-Maravilla quien, como San Nonnosus en el Oeste, se dice que movió una montaña una pequeña distancia con sus oraciones. De los escritos de estos dos santos, no es mucho lo que existe.

(2) El Montanismo y la cuestión de Pascal, sacó al Asia Menor de una posición de liderazgo que tuvo en el siglo segundo a un rango inferior en el tercero. Además de San Gregorio, San Metodius al final de aquel siglo fue un escritor pulido y oponente del Origenismo – su nombre es consecuentemente pasado por encima sin mención por el historiador Origenista, Eusebio. Tenemos su “Banquete” en Griego, y algunas obras menores en Eslovaco antiguo.

(3) Antioquia era la Sede cabeza sobre el “Oriente” incluídas Siria y Mesopotamia, como también Palestina y Fenicia, pero nunca esta asumió un patriarcado compacto como aquel de Alejandría. Debemos agrupar aquí escritores que no tienen conexión entre sí ni en materia ni en estilo. Julio Africanus vivió en Emaús y compuso una cronografía, desde donde las listas episcopales de Roma, Alejandría y Antioquia, y una gran cantidad de otras materias, han sido preservadas hasta nosotros por la versión de San Jerónimo de las Crónicas de Eusebio y en los cronógrafos Bizantinos. Dos cartas suyas son de interés, pero los fragmentos de su “kestoi” o “Cercos” no tienen valor eclesial; contienen mucha materia curiosa y mucha que es objetable. En la segunda mitad del siglo tercero, tal vez hacia el final, se estableció una gran escuela en Antioquia, por Luciano, quien fuera martirizado en Nicomedia en el 312. Se dice que fue excomulgado bajo tres obispos, pero si esto es cierto había sido restituído mucho tiempo antes del tiempo de su martirio. Es bastante incierto ya sea si compartió los errores de Pablo de Samosata (obispo de Antioquia, despuesto por Erija en 268-9). En todo caso, el era – aunque sin intención – el padre del Arianismo y sus pupilos eran los líderes de aquellas herejía: Eusebio de Nicomedia, Ario mismo, con Menofantus de Éfeso, Atanasio de Anazarbus, y los únicos dos obispos que rehusaron firmar el nuevo credo en el Concilio de Nicea, Theognis de Nicea y Maris de Chalcedon, además del escandaloso obispo Leontius de Antioquia y el sofista Asterius. En Cesarea, un centro Origenista, floreció bajo otro mártir, San Pamfilo, quien con sus amigos Eusebius, un cierto Ammonius y otros, coleccionaron las obras de Origen en una gran y famosa biblioteca, corrigieron la “Hexapla” de Orígen y editaron los textos tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento.

(4) No hemos oido de escritos en Roma excepto en Griego, hasta la mención de algunas pequeñas obras en Latín por el Papa San Víctor, las cuales existían hasta los tiempos de Jerónimo. Hipólito, un sacerdote romano escribió desde el año 200 al 235 y siempre en Griego aunque en Cártago, Tertuliano había escrito antes esto en Latín. Si Hipólito es el autor de “Philosophumena”, él era un antipapa, y lleno de enemistad irracional con su rival San Calixto; su teología hace proceder la Palabra de Dios por Su Voluntad, distinta a El en sustancia, y tornándose Hijo al convertirse en hombre. No hay nada de Romano en la teología de su obra; mas bien lo conecta con los apologistas griegos. Una gran parte de un largo comentario sobre Daniel y una obra contra Noetus son los únicos restos de este escritor, quien fuera rápidamente olvidado en Occidente, aunque los fragmentos de sus obras terminaron todas en lenguas Orientales.

Partes de su cronografía, tal vez su última obra ha sobrevivido. Otro antipapa Romano, Novaciano, escribió en prosa ponderada y estudiada con finales métricos. Algo de sus obras ha llegado a nosotros bajo el nombre de San Cipriano. Como Hipólito, hizo de rigurosos sus puntos de vista, el pretexto de su cisma. A diferencia de Hipólito, es bastante ortodoxo en su obra principal “De Trinitate”.

 

 

(5) Las obras apologéticas de Tertuliano han sido mencionadas. Las más tempranas, fueron escritas por el cuando era un sacerdote de la Iglesia de Cártago, aunque por el año 200 terminó por creer en los profetas Montanistas de Frigia y encabezó un cisma Montanista en Cártago. Muchos de sus tratados fueron escritos para defender su posición y sus doctrinas rigoristas, y lo hace con considerable violencia y con la argumentación astuta y arrojada que le es natural. El plácido flujo de la elocuencia de San Cipriano (Obispo de Cártago, en el 249-58) es un gran contraste con aquella de su “maestro”. Los pocos tratados y gran cantidad de correspondencia de este santo son todas relativas a cuestiones y necesidades locales y evade toda teología especulativa. De lo anterior, nos hemos iluminado del estado de la Iglesia, sobre su gobierno, y en un número interesante de materias eclesiales y sociales. En todo el período patrístico, no hay nada, con la excepción de la Historia de Eusebio, que nos relate lo bastante sobre la Iglesia primitiva como un pequeño volumen que contiene las obras de San Cipriano. A fines del siglo, Arnobius, como Cipriano, un convertido en la Edad Media y como otros Africanos, Tertuliano, Cipriano, Lactantius y Agustín, un ex retórico, compusieron una apología aburrida. Lactantius nos lleva dentro del siglo cuarto. Era un escritor elegante y elocuente, pero tal como Arnobius, no era un Cristiano bien instruído.

C. (1) El siglo cuarto es el gran tiempo de los Padres. Cuando Constantino tenía doce años de edad, publicó su edicto de tolerancia y comenzó una nueva era en la religión Cristiana. Fue introducida por Eusebio de Cesarea, con sus grandes obras apologetas “Praeparatio Evangelica” y “Demonstratio Evangelica” que muestra el trascendente mérito de la Cristiandad y su gran obra históricas hasta hoy, la “Crónica” (El original Griego está perdido) y su “Historia” la cual ha reunido los fragmentos de la era de las persecuciones y nos ha preservado mas de la mitad de todo lo que sabemos hoy sobre los heroicos tiempos de la Fe. En teología, Eusebio fue seguidor de Origen, aunque el rechazó la eternidad de la Creación y del Logos, de forma que fue capaz de ver a los Arianos con considerable cordialidad. La forma original del romance seudo Clementino, con sus largos y cansadores diálogos, parecen ser una obra del mismo comienzo del siglo contra los nuevos desarrollos del paganismo, y fue escrito ya sea en la costa Fenicia o no muy lejos dentro en la vecindad con Siria. Las respuestas a los más grandes ataques paganos, aquel de Porfirio, se tornaron mas frecuentes luego del renacimiento pagano bajo Juliano (361-3) y ocuparon los trabajos de muchos escritos celebrados. San Cirilo de Jerusalen nos dejó una completa serie de instrucciones a los catecúmenos y los bautizados, de este modo nos entrega un conocimiento exacto de las enseñanzas religiosas impartidas al pueblo en una importante Iglesia del Este a mediados del siglo cuarto. Un palestino de la segunda mitad del siglo, San Epifanio, fue Obispo de Salamis en Chipre y escribió una conocida historia de todas las herejías. Desafortunadamente, no fue preciso y mas adelante nos creó grandes dificultades al no nombrar a sus autoridades. Era amigo de San Jerónimo, y era un descomprometido oponente del Origenismo.

(2) El sacerdote Alejandrino Ario, no fue producto de la escuela catequista de aquella ciudad, sino de la Escuela Luciánica de Antioquia. La tendencia Alejandrina era bastante opuesta al de Antioquía, y al obispo Alejandrino, Alejandro, quien condenó a Ario en cartas que aún existen desde donde reunimos la tradición de la Iglesia Alejandrina. En ellos, no hay trazo de Origenismo, la Casa matriz de la cual por mucho tiempo fue en Cesarea en Palestina, en la sucesión Theoctistus, Pamfilo, Eusebio. La tradición de Alejandría fue más bien aquella que Dionisio el Grande había recibido del Papa Dionisio. Tres años después del Concilio de Nicea (325), San Atanasio comenzó su largo episcopado de 45 años. Sus escritos no son muy voluminosos, siendo ya sea teología controversial o memorias apologeticas de sus propios problemas, su valor teológico e histórico es enorme, considerando el rol de liderazgo tomado por este verdaderamente gran hombre en los cincuenta años de lucha con el Arianismo. La cabeza de la escuela catequista durante este medio siglo fue Dirimo el Ciego, un Atanasio en su doctrina del Hijo y mas bien mas claro incluso que su patriarca en su doctrina de la Trinidad, aunque en muchos otros puntos llevó consigo la tradición Origenista. Aquí podemos mencionar, a propósito a un escritor más tardío, Synesius de Cirene, un hombre de hábitos filosóficos y literarios, que mostró energía y piedad sincera como un obispo, a pesar del carácter mas bien pagano de su cultura. Sus cartas son de gran interés.

(3) La segunda mitad del siglo está ilustrado por un ilustrasa terna en Capadocia, San Basilio, su amigo San Gregorio Nazianceno, y su hermano San Gregorio de Nisa. Eran los principales trabajadores en el regreso a la ortodoxia del Este. Su doctrina de la Trinidad es un avance incluso sobre aquella de Didimus y está muy cerca, sin dudas, a la doctrina Romana que mas tarde fuera asumida en el credo Atanasio. Pero al Este le tomó un largo tiempo asimilar el significado completo del punto de vista ortodoxo. San Basilio demostró gran paciencia con aquellos que habían avanzado menos en el recto camino que él mismo e incluso temperó su lenguaje de forma de conciliarlos. Por fama de santidad, casi ninguno de los Padres, salvo San Gregorio, el Trabajador-Maravilla, o San Agustín, nunca lo igualaron. Practicó extraordinario ascetismo, y en su familia, todos eran santos. Compuso una regla para los monjes que se ha mantenido prácticamente la única en el Este. San Gregorio tenía mucho menos carácter pero iguales habilidades y aprendizaje, con mayor elocuencia. El amor de Origen quien persuadió a sus amigos en su juventud a publicar un libro de extractos de sus escritos tuvo muy poca influencia en su teología tardía; en particular, aquella de San Gregorio es célebre por su rigurosidad o incluso infalibilidad. San Gregorio de Nisa está, por otro lado, lleno de Origenismo. La cultura clásica y la forma literaria de los Capadocios, unidos a la santidad y ortodoxia, los hace un grupo único en la historia de la Iglesia.

(4) La escuela de Antioquía del siglo cuarto parece haber cesado dentro del Arianismo, hasta los tiempos cuando los grandes Alejandrinos, Atanasio y Didimus estaban muriendo, cuando estaba recién reviviendo no meramente dentro de la ortodoxia sino dentro de una florescencia superarando la reciente gloria de Alejandría e incluso de Capadocia. Diodorus, un monje de Antioquía y luego obispo de Tarso, era un leal defensor de la doctrina Niceana y un gran escritor, aunque gran parte de sus obras hayan perecido. Su amigo, Teodoro de Mopsuescia, era un juicioso y culto comentador en el literal sentido de Antioquía, pero desafortunadamente su oposición a la herejía de Apolinario de Laodicea lo llevó al un extramo opuesto, al Nestorianismo – sin duda el pupilo Nestorio escasamente fue tan lejos como su maestro Teodoro. Pero luego, Nestorio se resistió al juicio de la Iglesia donde Teodoro murió en comunión Católica y fue amigo de los santos, incluyendo la coronada gloria de la escuela de Antioquia. San Juan Crisóstomo, cuyos grandes sermones fueron predicados en Antioquía, antes que fuera obispo de Constantinopla. Crisóstomo es, sin dudas, el más importante de los Padres Griegos, el primero de todos los comentadores, y el primero de todos los oradores en el Este y en Oeste. Por un tiempo, fue un hermitaño, y se mantuvo asceta durante su vida; fue también un ferviente reformador social. Su grandeza de carácter lo hace merecedor de un lugar al lado de San Basilio y San Atanasio. Como Basilio y Gregorio fueron formados en la oratoria por el Cristiano Prohaeresius, así también lo fue Crisóstomo, por el pagano Libanius. En el Gregorio clásico podemos encontrar a veces, al retórico; en Crisóstomo, nunca; sus increíbles talentos naturales impiden la necesidad de recurrir a la asistencia del arte, y aunque le precedió un aprendizaje, se perdió en el flujo de pensamiento enérgico y torrente de palabras. No teme repetir ni de olvidar las reglas, porque nunca deseó ser admirado sino de persuadir e instruir. Aunque un hombre tan grandioso tiene sus limitaciones. No tenía interés especulativo en filosofía ni teología, aunque era lo suficientemente docto para ser absolutamente ortodoxo. Es un hombre santo y práctico, de tal que sus pensamientos están llenos de piedad, belleza y sabiduría; aunque no fue un pensador. Ninguno de los Padres fue tan imitado ni leído; aunque muy poco de sus escritos se puede decir que moldearon su tiempo o los futuros y no podría ni por un instante competir con Origen o Agustín por el lugar entre los escritores eclesiásticos.

(5) En el siglo cuarto, Siria produjo un gran escritor, San Efraín, diácono de Edesa (306-73). La mayoría de sus escritos son poesía; sus comentarios están en prosa, pero los restos de estos son escasos. Sus homilías e himnos están todos en métrica, y de una gran belleza. Tal tierna y amorosa piedad es muy difícil encontrar en los Padres. Las 23 homilías de Afrates (326-7) un obispo de Mesopotamia, son de gran interés.

 

 

(6) San Hilario de Poitiers es el más famoso de los oponentes primitivos del Arianismo en Occidente. Escribió comentarios y obras polémicas, incluyendo el gran tratado “De Trinitate” y una obra histórica perdida. Su estilo es afectadamente comprometido y oscuro, aunque sin embargo es un teólogo de considerable mérito. El mismo nombre de su tratado sobre la Trinidad demuestra que consideró el dogma bajo el punto de vista Occidental de una Trinidad en Unidad, aunque ha empleado las obras de Orígen, Atanasio y otros Orientales. Sus exégesis son del tipo alegórico. Hasta el día de hoy, el único gran Padre Latino fue San Cipriano, e Hilario no tuvo rival en su propia generación. Lucifer, Obispo de Calaris en Cerdeña fue un rudo controversialista que escribió de manera muy popular y casi falto de educación. El español Gregorio de Illiberis, del Sur de España, sólo hoy recibe lo debido, dado que Dom. A. Wilmart restauró en 1908 el importante tal llamado "Tractatus Origenis de libris SS. Scripturae",

El cual el y Batiffol habían publicado en 1900 como obras genuinas de Origen traducidas por Victorinus de Pettau. Los comentarios y obras anti-Arianas de Marius Victorinus retórico convertido, no tuvieron éxito. San Eusebio de Versalles sólo nos dejó unas cuantas cartas. La fecha de los cortos discursos de Zeno de Verona es incierta. La refinada carta del papa Julios I a los Arianos y algunas cartas de Liberius y Damasus son de gran interés.

El mayor de los oponentes del Arianismo en Occidente fue San Ambrosio (m. 397). Su santidad y sus grandes acciones lo hacen una de las figuras más solemnes del período patrístico. Desafortunadamente el estilo de sus escritos es a menudo poco placentero, afectado e intrincado sin ser correcto o artístico. Su exégesis no es meramente del tipo alegórico extremo, sino tan imaginativo que a veces parece absurdo. Y, sin embargo, cuando no está atento, habla con elocuencia genuina y sensitiva; produce apotegmas de admirable brevedad, y sin ser un teólogo profundo, muestra una maravillosa profundidad en su pensamiento moral ascético y materias devocionales. Así como su carácter nos exige entusiasmada admiración, así también sus escritos se ganan nuestro respetuoso afecto, a pesar de sus bastante irritantes defectos. Es fácil ver que es muy leído dentro de los clásicos y los escritores Cristianos del Este y el Oeste, aunque sus mejores pensamientos son todos propios.

(7) En Roma un escritor original, extraño y docto compuso un comentario sobre las Epístolas de San Pablo y una serie de cuestiones sobre el Antiguo y Nuevo Testamentos. Usualmente se habla de él como un Ambrosiano, y tal vez pudo haber sido un judío converso llamado Isaac quien luego renegó. San Dámaso escribió versos que son pobre como poesía pero interesante porque nos entrega información sobre los mártires y las catacumbas. Su secretario por un tiempo fue San Jerónimo, Pannoniano de nacimiento, y Romano por bautismo. Este docto Padre, "Doctor maximus in Sacris Scripturis", es bien conocido por nosotros, porque casi todo lo que escribió es una revelación de sí mismo. Relata al lector sus inclinaciones y antipatías, sus entusiasmos y sus irritaciones, sus amistades y enemistades. Si a menudo está fuera de sí, es muy humano, muy afectuoso, muy asceta, muy devoto de la ortodoxia y de muchas maneras de un carácter muy amable; porque si es rápido en ofenderse, es fácil en apaciguarse, es laborioso mas allá de la capacidad ordinaria y está contra la herejía que usualmente enciende su ira. Vivió toda la última parte de su vida en un retiro en Belén, rodeado del cariño de sus discípulos cuya incansable devoción muestra que el santo era sin lugar a dudas un diamante en bruto, alguien podría decir, un ogro, como es representado a menudo. No tenía gusto por la filosofía y rara vez se dio tiempo para pensar aunque leyó y escribió incesantemente. Sus muchos comentarios son breves y al punto, llenos de información y producto de una amplia lectura. Su mejor obra fue la traducción del Antiguo Testamento del Hebreo al Latín. Continuó las obras textuales de Origen, Pamfilo y Eusebio y su revisión de los Evangelios Latinos demuestran el uso de un admirable Griego puro M.SS, aunque pareciera haber gastado menos dolores en el resto del Nuevo Testamento. Atacó las herejías con mayor claridad, con toda la vivacidad, y con mucho más que la elocuencia y eficiencia que Tertuliano. Usó las mismas armas contra cualquiera que lo atacara y especialmente contra su amigo Rufinus, durante su pasajero período hostil.

Si sólo “tal vez” es el mas docto de los Padres, está mas allá de duda, que es el escritor en prosa más grande entre todos ellos. No podemos comparar su energía y habilidades con la originalidad y pulido de Cicerón o con la delicada perfección de Platón, pero ninguno de ellos o ningun otro escritor puede compararse con Jerónimo en su propia esfera. No intenta vuelos de la imaginación, la entonación musical, ni pintura con palabras; no tiene un lenguaje fluido de miel como Cipriano ni torrente de frases como Crisóstomo; es un escritor, no un orador, y un escritor erudito y clásico. Aunque sus cartas, por su fuerza y vividez impactante, por su punto e inteligencia, por su tersa expresión, nunca fueron ni serán escritas. No hay sentido de esfuerzo y aunque nos sentimos que el lenguaje debió haber sido estudiado, raramente nos atrevemos a llamarlo lenguaje estudiado, porque Jerónimo conoce el extraño secreto de pulir sus armas de acero mientras están al fuego blanco, y de lanzarlo antes que se enfríen. Era un peligroso adversario. Tenía el desafortunado defecto de su extraordinaria prontitud, de su extremada inexactitud y sus declaraciones históricas necesitan un cuidadoso control. Sus biografías de los ermitaños, sus palabras sobre la vida monástica, la virginidad, la fe Romana, nuestra Bendita Señora, las reliquias de los santos, han ejercido gran influencia. Solo se ha sabido en los últimos años, que Jerónimo era un predicador; los pequeños discursos ex tempore publicados por Dom Mona están llenos de su irrepresible personalidad y su descuidada erudición.

(8) Africa, ocupada en una batalla propia, desconocía el problema Ariano. El Donatismo (311-411) fue por largo tiempo soberano en Numidia y a veces en otras partes. La mayoría de los escritos de los Donatistas han perecido. Cerca del 370 San Optatus publicó una obra efectiva controversial contra ellos. El ataque fue continuado por un aún mayor controversial San Agustín, con un éxito maravilloso, de tal que el cisma crónico fue prácticamente final veinte años antes de la muerte del santo. Tan afortunado evento volvió los ojos de todo el Cristianismo al brillante protagonista de los Católicos Africanos quien ya había enfrentado trayendo contratiempos a los escritores Latinos Maniqueos. Desde 417 hasta su muerte en 431, estuvo comprometido en un conflicto aún mayor, con la herejía filosófica y naturalista de Pelagio y Caelestius. En esta, al principio fue asistido por el anciano Jerónimo; los papas condenaron a los innovadores y el emperador legisló contra ellos. Si San Agustín tiene la fama única de haber destruido tres herejías, es porque era tan ansioso en persuadir como en refutar. El fue tal vez el mayor escritor controversial que el mundo jamás ha visto. Además de esto, no sólo era el mayor filósofo entre los Padres, sino que era el único gran filósofo. Sus obras puramente teológicas, especialmente su “De Trinitate” son insuperables en profundidad, comprensión y claridad, entre los escritores eclesiásticos primitivos, ya sea en Occidente o en Oriente. Como teólogo filosófico no tuvo superior, excepto a su propio hijo y discípulo, Santo Tomás de Aquino. Probablemente es correcto decir que ninguno, excepto Aristóteles, ha ejercido tan vasta, tan profunda y tan beneficiosa influencia sobre el pensamiento Europeo. Agustín mismo era en todo platónico. Como comentador, poco se preocupó por la letra, y todo por el espíritu, aunque su armonía con los Evangelios, demuestra que pudo cuidar los datos históricos y los detalles. Las tendencias alegorizantes que heredó de Ambrosio, su padre intelectual, lo llevó a veces a extravagancias, aunque más a menudo se eleva que comenta y su “In Genesim in litteram” y sus tratados sobre los Salmos y sobre San Juan son obras de extraordinario poder e interés, y bastante merecedoras, en un estilo totalmente diferente, del rango de Crisóstomo sobre Mateo. San Agustín era un profesor de retórica antes de su maravillosa conversión; pero como San Cipriano, e incluso más que San Cipriano, puso a un lado, como un Cristiano, todos los artífices de la oratoria que conocía muy bien. Se mantuvo correcto en la gramática y de perfecto buen gusto, junto con el poder de hablar y escribir con facilidad en un estilo de maestra simplicidad y dignidad aunque casi con llaneza coloquial. Nada pudo ser tan individual que este estilo de San Agustín, donde habla al lector o a Dios con perfecta apertura y con una asombrosa, y casi siempre exasperante sutileza de pensamiento. Tenía el poder de considerar totalmente un tema y continuarlo, y era demasiado concienzudo para no usar este talento al extremo. De gran inteligencia y profunda visión, era también un erudito. Manejaba el Griego solo al final de su vida, con el objeto de familiarizarse con las obras de los Padres orientales. Si “De Civitate Dei” demuestra abundancia de lectura; más aún, lo coloca en el primer lugar entre los apologistas. Antes de su muerte (431) fue objeto de extraordinaria veneración. Fundó un monasterio en Tagaste, el cual entregó obispos y vivió en Hippo con su clero en vida común, la cual los Cánones Regulares de tiempos posteriores siempre vieron como su modelo. La Gran Orden Domínica, los Agustinos y un sin número de congregaciones de monjas aún lo ven como su padre y legislador.

Sus obras devocionales estuvieron de moda solo para otro de sus hijos espirituales, Tomás de Kempis. Tuvo en su vida reputación de milagros y su santidad es sentida en todos sus escritos, y se respira en la historia de su vida. Ha sido notado que en este obispo de muchas caras, existía cierta simetría que lo hizo casi un modelo sin fallas de hombre santo, sabio y activo. Es bueno recordar que fue esencialmente un penitente.

(9) En España, el gran poeta Prudencio, superó a todos sus predecesores, de los cuales el mejor había sido Juvencus y el casi pagano retórico Ausonius. Los curiosos tratados del hereje español Priscilliam fueron descubiertos solo en 1889. En la Galia, Rufinus de Auileia debe ser mencionado como el más libre traductor de Origenes, etc y de la “Historia” de Eusebio la cual continuó hasta sus días. En el Sur de Italia, su amigo Paulinus de Nola nos dejó píos poemas y elaboradas cartas.

D. (1) Los fragmentos de los escritos de Nestoirus, fueron coleccionados por Loofs. Algunos de ellos, fueron preservados por un discípulo de San Agustín, Marius Mercator, quien hizo dos colecciones de documentos en relación al Nestorianismo y el Pelagianismo respectivamente. El gran adversario de Nestorius, San Cirilo de Alejandría, tuvo por opositor a un escritor aún más grande, Theodoret, Obispo de Cyrus. Cirilo es un escritor bastante voluminoso, y sus largos comentarios sobre la veta mística Alejandrina, no tienen mucho interés entre los lectores modernos. Pero sus tratados y cartas principales sobre la cuestión Nestoriana, lo muestran como un teólogo que tuvo un profundo conocimiento espiritual dentro del significado de la Encarnación y sus efectos sobre la raza humana – el levantamiento del hombre a la unión con Dios. Vemos aquí la influencia del ascetismo Egipcio de Antonio el Grande (cuya vida fue escrita por San Atanasio) y de Macario (uno de los cuales dejó algunas valiosas obras en Grieogo) y Pachomius, de su propio tiempo. En sus sistemas ascéticos, la unión con Dios por contemplación era naturalmente el fin en visión pero uno se sorprende cuan poca meditación hicieron sobre la vida y pasión de Cristo. No es omitido, pero la tendencia así como San Cirilo y con los Monophysitos quienes creyeron y lo siguieron, es pensar mas bien en la divinidad que en la Humanidad. La escuela de Antioquia había exagerado la tendencia contraria, fuera de la oposición al Apolinarianismo, que hizo la humanidad de Cristo incompleta, y pensaron mad del hombre unido a Dios que de Dios hecho hombre. Theodoret sin dudas evitó los excesos de Teodoro de Nestorius y su doctrina fue al fin aceptada por San Leo como ortodoxa, a pesar de sus temprana persistente defensa de Nestorius. Su historia de los monjes es menos valiosa que los escritos anteriores de testigo – Paladio en el Este, Rufino y después Casiano en Occidente. Pero la “Historia” de Teodoro como continuación de la de Eusebio contiene información valiosa. Su escritos apologetas y controversiales son las obras de un buen teólogo. Sus piezas maestras son sus obras exegéticas, las cuales no son ni oratorias como aquellas de Crisóstomo, ni exageradamente literales como aquellas de Teodoro. Con el la gran escuela de Antioquia honorablemente terminó, como la Alejandrina con San Cirilo. Junto con estos grandes hombres, puede ser mencionado el consejero espiritual de San Cirilo, San Isidoro de Pelusium, cuyas 2000 cartas tratan principalmente con la exégesis alegórica, los comentarios sobre San Marcos por Víctor de Antioquia y la introducción a la interpretación de las Escrituras por el monje Hadrian, un manual del método antioquino.

 

 

(2) La controversia Eutiquiana no produjo grandes obras en Oriente. Tales obras de los Monophysitos, como habían sobrevivido están en versiones Sirias o Cópticas.

(3) Los dos historiadores de Constantinopla, Sócrates y Sozoman, a pesar de sus errores, contienen algunos datos que son preciados, mientras que muchas de las fuentes que utilizaron están perdidas para nosotros. Con Theodoret, su contemporáneo, formaron una tríada justo en la mitad del siglo. San Nilus de Sinai es el más importante entre muchos escritores ascéticos.

(4) San Sulpicius Severus, un noble de la Galia, discípulo y biógrafo del gran San Martín de Tours era un clásico erudito, quien se muestra a sí mismo como un escritor elegante en su “Historia Eclesiástica”. La escuela de Lérins, produjo muchos escritores además de San Vicente. Podemos mencionar a Eucherius, Faustus y el gran San Cesareo de Arles (543). Otros escritores Galos fueron Salviano, San Sidonio Apolinaris, Gennadius, San Avitas de Viena y Julianus Pomerius.

(5) En Occidente, las series de decretos papales comenzaron con el Papa Siricus (384-98). Han sido preservadas gran cantidad de cartas de los papas más importantes. Aquellas del sabio San Inocente I (401-17), el cascarrabias San Zosimus (417-8) y el severo San Celestino son, probablemente, los más importantes de la primera mitad del siglo; en la segunda mitad, aquellas de Hilarus, Simplicius y sobre todo, del docto San Gelasius (492-6). A mediados del siglo tenemos a San Leo, el más grande de los primeros papas, cuya inmutabilidad y santidad salvó a Roma de Atila, y a los Romanos de Genseric. Pudo haber sido inflexible en el enunciado de un principio; fue condescendiente al condonar las faltas de disciplina en pro de la paz además de ser un hábil diplomático. Sus sermones y cartas dogmáticas en su larga correspondencia, nos lo muestran como el más lúcido de todos los teólogos. Claro en su expresion, no por superficialidad, sino porque pensaba clara y profundamente. Navegó entre el Nestorianismo y el Eustaquismo, sin utilizar distinciones sutiles o argumentos elaborados, sino realizando simples definiciones con palabras precisas. Condenó el Monotelismo por anticipación. Su estilo era cuidadoso, con cadencias métricas. Su majestuoso ritmo y sus sonoras conclusiones vistieron al lenguaje Latino con un nuevo esplendor y dignidad.

E. (1). En el siglo sexto la gran correspondencia del Papa Homisdas es del más gran interés. Aquel siglo concluyó con San Gregorio el Grande, cuyo celebrado “Registrum” excede en volumen por varias veces las colecciones de las cartas de otros papas anteriores. Las Epístolas son de gran variedad y arrojan luz sobre varios intereses de la vida del gran papa y una variedad de eventos en Oriente y Occidente de su época. Sus “Morales en el Libro de Job” no es un comentario literal sino que pretende sólo ilustrar el sentido moral que subyace en el texto. Con toda la extrañeza que se presenta ante las nociones modernas, es una obra plena de sabiduría e instrucción. Son de especial interés, las advertencias de San Gregorio sobre la vida espiritual y sobre la contemplación. Como teólogo su originalidad radica en que combina toda la teología tradicional de Occidente sin agregarle nada. Comúnmente, sigue a Agustín como teólogo, comentador y predicador. Sus sermones son admirablemente prácticos; son modelos de lo que debe ser un buen sermón. Después de San Gregorio, hubieron algunos grandes papas cuyas cartas ameritan ser estudiadas, tales como las de Nicolás I y Juan VIII; pero estos y muchos escritores posteriores de Occidente pertenecen propiamente al período medieval. San Gregorio de Tours es ciertamente medieval, aunque el erudito Bede es bastante patrístico. Su gran historia es la más fidedigna y perfecta historia que podemos encontrar en los primeros siglos.

(2) En Oriente, la última mitad del siglo quinto fue muy estéril. El siglo sexto no fue mucho mejor. La importancia para la historia del dogma, de Leoncio de Byzancio (m. 543) solo fue considerada mas tarde. Los poetas y hagiógrafos, cronistas, canonistas y escritores ascetas se sucedían unos a otros. A través de comentarios, Catenas estaba a la orden del día. Debemos nombrar a San Maximo Confesor, Anastasio del Monte Sinai y Andrés de Cesarea.

El primero de éstos comentó sobre las obras del seudo Dionisio, el Areopagita, quien probablemente fue el primero en ver la luz hacia el fin del siglo quinto. San Juan Damascos (750) conluye el período patrístico con sus polémicas contra las herejías, sus escritos exegetas y ascetas, sus bellos himnos y sobre todo su “Fuente de Sabiduría” la cual es un compendio de la teología patrística y una especie de anticipación a la Escolástica. Sin dudas, la “Summae Theologicae” de la Edad Media se encuentran en las “Sentencias” de Pedro Lombardo, quien tomó el esqueleto de su obra del último de los Padres Griegos.

 

 

  

III. Características de los escritos patrísticos.

A. Comentarios.

  

Hemos visto que la escuela literal de exégesis tiene su hogar en Antioquía, mientras que la escuela alegórica era Alejandrina y todo Occidente, siguió el método alegórico, mezclando el literalismo en varios grados. La sospecha de Arianisno nos hace perder a los escritores del siglo cuarto de la escuela de Antioquia, tales como Teodoro de Heraclea y Eusebio de Emesa y el cargo de Nestorisnimo causó que los comentarios de Diodorus y Teodoro de Mopsuestia (la mayor parte) desaparecieran. La Escuela Alejandrina ha perdido sin embargo aún más, por lo menos del gran Orígen no quedan sino fragmentos y versiones no confiables.

Los grandes de Antioquía, Crisóstomo y Teodoret tienen una comprensión real del sentido del texto sagrado. Lo tratan con reverencia y amor y sus explicaciones tienen un valor profundo porque el lenguaje del Nuevo Testamento era su propia lengua, de manera que nosotros, los modernos no podemos darnos el lujo de descuidar sus comentarios. Por el contrario, Origen el plasmador del tipo alegórico de comentarios, quien había heredado la tradición Filónica de los Judíos Alejandrinos, era esencialmente irreverente con los autores inspirados. El Antiguo Testamento, estaba para él lleno de errores, mentiras y blasfemias, hasta donde en lo que atañe a sus cartas, y su defensa de el contra los paganos, los Gnósticos, y especialmente los Marcionistas, era solo para puntualizar al significado espiritual. Teóricamente, distinguía un sentido triple, el somático, el psíquico y el neumático, siguiendo la tricotomía de San Pablo; pero en la práctica otorgó principalmente el espiritual como opuesto al corporal o literal. A veces San Agustín defiende el Antiguo Testamento contra los Maniqueos en el mismo estilo y ocasionalmente de un modo no tan convincente, pero con gran moderación y freno. En su “De Genesi ad litteram” el había logrado un método mucho mas efectivo con su usual brillante originalidad mientras señala que las objeciones traídas contra la verdad de los primeros capítulos del libro invariablemente descansan sobre la asunción sin base que quien objecta ha encontrado el verdadero significado del texto. Pero Origen aplicó su método, aunque parcialmente, incluso al Nuevo Testamento y consideraba a los Evangelistas como a veces falsos en la letra, pero como guardando la verdad en un escondido sentido espiritual. En este punto el buen sentido de los Cristianos los previno de seguirlo. Aunque el brillante ejemplo que dio al darle curso al alboroto en la fantastica exégesis que alentó su método, tuvo una influencia desafortunada. Es aficionado a dar una variedad de explicaciones a un solo texto, y su promesa de no sostener nada que no pueda ser probado desde las Escrituras, se torna ilusorio cuando muestra por ejemplo que ninguna parte de las Escrituras puede significar nada que el desea. La índole reverente de los escritores posteriores y especialmente en los Occidentales, quienes preferían representar como el verdadero significado del escritor sagrado, la alegoría, la cual les parecía a ellos lo más obvio. San Ambrosio y San Agustín en sus bellas obras sobre los Salmos mas bien espiritualizador o moralizador mas que alegóricas y sus interpretaciones imaginativas son principalmente de eventos, acciones, números, etc. Pero casi toda interpretación alegórica es tan arbitraria y depende tanto del capricho del exegeta que es difícil conciliar con la reverencia, sin embargo, algunos podrían quedar maravillados por la belleza de mucha de ella. Una forma alternativa de defender el Antiguo Testamento fue inventada por el ingenioso autor del pseudo-Clementinos; afirma que ha sido depravado e interpolado. El saber de San Jerónimo hizo única su exégesis; frecuentemente otorga explicaciones alternativas y se refiere a los autores que ha adoptado. Desde la mitad del siglo quinto en adelante, comentarios de segunda mano son universales tanto en Oriente como en Occidente y la originalidad desaparece casi por completo. Andrés de Cesarea es tal vez la excepción por sus comentarios sobre el libro que escasamente ha sido leído en el Este, el Apocalipsis.

Las discusiones del método no son escasas. Clemente de Alejandría entrega “los métodos tradicionales literal, típico, moral y profético. La tradición viene obviamente del Rabanismo. Debemos admitir que tiene en su favor la práctica de San Mateo y San Pablo. Incluso más que Orígen, San Agustín teorizó sobre la materia. En su “Doctrina Cristiana” nos entrega elaboradas reglas de exégesis. En todas partes, distingue cuatro sentidos de las Escrituras: histórico, aetiologo (económico), analógico (donde el Nuevo Testamento explica el Antiguo Testamento) y alegórico (“De Util. Cred.”, 3; cf “De Vera Rel”, 50).

El libro de reglas compuesto por el Donatista Ticonius, tiene su análogo en los “cánones” más pequeños de las Cartas de San Pablo por Priscillian. Hadrian de Antioquia fue mencionado más arriba. San Gregorio el Grande compara las Escrituras con un río tan superficial que un cordero puede caminar en el, tan profundo que un elefante puede flotar. (Pref. "Morales sobre Job”). Distingue los sentidos histórico y literal, el moral y el alegórico o típico. Si los Padres Occidentales son imaginativos, no obstante esto es mejor que el extremo liberalismo de Teodoro de Mopsuestia, quien rehusó alegorizar incluso el Cantar de los Cantares.

B. Predicadores.

  

Tenemos sermones de la Iglesia Griega mucho mas primitivos que de la Latina. Sin dudas, Sozomen nos relata hasta hoy día (c. 450) que no habían sermones públicos en las iglesias en Roma. Esto parece casi increíble. Sin embargo, los sermones de San Leo, ciertamente los primeros predicados en Roma han llegado a nosotros, por aquellos de Hipólito que están todos en Griego; a no ser que la homilía “Adversus Alcatores” sea un sermón de un antipapa Novaciano. La series de predicadores latinos comenzó en las mitad del siglo cuarto. La así llamada “Segunda Epístola de San Clemente” es una homilía perteneciente posiblemente al siglo segundo. Muchos de los comentarios de Origen son una serie de sermones, como es el caso posterior con todos los comentarios de Crisóstomo y muchos de San Agustín. En muchos casos los tratados son compuestos por una serie de sermones, como, por ejemplo, es el caso de algunos de aquellos de Ambrosio, quien al parecer reescribió sus sermones luego de entregarlos. El “De Sacaramentis” puede ser posiblemente la versión de un escritor taquígrafo de la serie las cuales el santo mismo editó bajo el título “De Misteriis”. En cualquier caso “De Sacramentis” (ya sea por Ambrosio o no) tiene una frescura e inocencia la cual es, sin dudas, escasa en la ciertamente auténtica “De Misterios”. Similarmente, la gran serie de sermones predicados por San Crisóstomo en Antioquia fueron evidentemente escritos o corregidos por su propia mano, pero aquellos que entregó en Constantinopla fueron ya sea rápidamente corregido o de ningún modo. Sus sermones sobre los Hechos, que han llegado hasta nosotros en dos textos bastante distintos en la MSS., son probablemente conocidos por nosotros solo en las formas en las cuales fueron tomadas por dos diferentes taquígrafos. San Gregorio Nazianceno se queja de la inoportunidad de aquellos taquígrafos (Orat. Xxxii), como San Jerónimo lo hace de sus incapacidades (Ep. Lxxi,5). Su arte fue evidentemente altamente perfeccionado, y algunos de estos especimenes, llegaron a nosotros. Eran oficialmente empleados en los concilios (ejemplo en la gran conferencia con los Donatistas en Cartago, el año 411, escuchamos de ellos). Parece ser que muchos o la mayoría de los obispos en el Concilio de Efeso, el año 449, tenían sus propios taquígrafos con ellos. El método de tomar notas y de amplificar es ilustrado en los Hechos del Concilio de Constantinopla del 27 de Abril del año 449.

Muchos de los sermones son ciertamente de notas. Respecto a los otros, no tenemos certeza, porque el estilo de los escritos es tan coloquial que es difícil llegar a algún criterio. Los sermones de San Jerónimo en Belén, publicado por Dom Morin, vienen de informes taquigráficos y los discursos mismos eran conferencias desprovistas sobre porciones de los Salmos o de los Evangelios que han sido cantados en la liturgia. El orador a menudo era claramente precedido por otro sacerdote, y en el Dia de la Navidad Occidental, la cual era guardada sólo por su comunidad, el obispo estaba presente y hablaría al final. De hecho, el peregrino AEtheria nos relata que en Jerusalem en el siglo cuarto, todos los sacerdotes presentes si así lo decidían hablaban en turnos y el obispo lo hacía al final. Tales comentarios improvisados estaban lejos, sin dudas, de los discursos oratorios de San Gregorio Nazianceno, de los encumbrados vuelos de Crisóstomo, del torrente de repeticiones que caracteriza los cortos sermones de Pedro Crisologus, de las diáfanas frases de Maximo de Turín, y los ritmos ponderados de Leo el Grande. La elocuencia de estos Padres no es necesario ser descrita aquí. En Occidente, podemos agregar en el siglo cuarto a Gaudentius de Brescia; algunas pequeñas colecciones de interesantes sermones aparecen en el siglo quinto; el sexto abre con las numerosas colecciones hechas por San Cesarius para uso de los predicadores. Prácticamente no hay edición de las obras de este eminente y práctico obispo. San Gregorio (aparte de algunas fantásticas exégesis) es el predicador más práctico de Occidente. Nada puede ser más admirable de ser imitado que San Crisóstomo. Los escritores más ornados están menos seguros de ser copiados. El estilo de San Agustín es demasiado personal como para ser un ejemplo, y muy pocos han sido tan eruditos, tan grandes y preparados que se puedan aventurar a hablar con la simpleza con la que a menudo lo hace.

C. Escritores.

  

 

Los Padres no pertenecen estrictamente al período clásico ni Griego ni Latino; pero esto no implica que escribieran mal el Latín o el Griego. La forma conversacional de la Coiné o el dialecto común Griego, el cual se encuentra en el Nuevo Testamento y en muchos papiros, no es el lenguaje de los Padres, excepto de los más antiguos. Porque los Padres Griegos escriben en un estilo más clásico que la mayoría de los escritores del Nuevo Testamento; ninguno de ellos usa el Griego vulgar o sin gramática, mientras que si algunos Atticize, por ejemplo, los de Cappadocia y Synesius. A menudo, los Padres Latinoso son menos clásicos. Tertuliano es un Carlyle Latino; sabía Griego y escribió libros en esa lengua e intentó introducir términos eclesiásticos en Latin. En “Ad Donatum” de San Cipriano probablemente su primer escrito Cristiano, muestra una preciosidad Apuleian que evitó en todas sus otras obras, pero la cual su biógrafo Poncio ha imitado y exagerado. Hombres como Jerónimo y Agustín quienes tenían un conocimiento acabado de la literatura clásica, no podrían haber usado trucos de estilo, y cultivaron una manera que puede haber sido correcta, aunque simple y al grano; sin embargo, su estilo no pudo haber sido el que fue sino por sus estudios previos. Porque el Latín hablado en todos los siglos patrísticos, era muy diferente al escrito. Tenemos ejemplos de la lengua vulgar aquí y allá en las cartas del Papa Cornelio como fueron editadas por Mercati, en el siglo tercero, o en la Regla de San Benedicto en Wölfflin o en las ediciones de Dom Mona en el sexto. En el último encontramos modernismos tales como cor murmurantem, post quibus, cum responsoria sua, lo cual muestra cómo la confusión de géneros y casos de los clásicos fueron desapareciendo hacia una simplicidad más razonable de italiano. Alguno de los Padres usan los finales rítmicos de los “cursos” en su prosa; algunos tienen el posterior final tónico los cuales fueron corrupciones de las correctas prosódicas. Ejemplos familiares de lo anterior están en las colecciones más antiguas de la Misa; del último Te Deum es una instancia obvia.

D. Oriente y Occidente.

  

Antes de hablar de las características teológicas de los Padres, debemos tomar en cuenta la gran división del Imperio Romano en dos lenguas. El lenguaje es el gran separador. Cuando los emperadores dividen el Imperio, no fue precisamente de acuerdo al lenguaje; tampoco fueron mas exactas las divisiones eclesiásticas, dado que la gran provincia de Illyricum, incluyendo Macedonia y toda Grecia, estaban más vinculados a Occidente a través de por lo menos una gran parte del período patrístico, y fue gobernada por la Arzobispo de Tesalónica, no como su exarca o patriarca, sino como legado papal. Pero al considerar las producciones literarias de la época, debemos clasificarlas como Latinas o Griegas, y es a ello a lo que nos referimos por Occidental y Oriental. La comprensión de las relaciones entre Griegos y Latinos es a menudo oscura por ciertas preposesiones. Hablamos del “inmutable Este”, de los filosóficos griegos como opuestos a los prácticos Romanos, del reposado pensamiento de la mentalidad Oriental contra la velocidad y la clasificación metódica que caracteriza la inteligencia Occidental. Todo esto es bastante desorientador y es importante volver a los hechos. En primer lugar, el Este fue convertido mucho más rápidamente que el Oeste. Cuando Constantino hizo del Cristianismo la religión establecida de ambos imperios desde el año 323 hacia delante, existía un notable contraste entre los dos. En el Oeste el paganismo estaba en todas partes y en una gran mayoría, excepto posiblemente en Africa. Pero en el mundo Griego, la Cristiandad era bastante igual que las antiguas religiones en influencia y números; en las grandes ciudades, podríamos decir que era predominante, y algunos pueblos eran prácticamente Cristianos. La historia relatada por San Gregorio el Trabajador Maravilla que encontró 17 Cristianos en Neocesarea cuando fue obispo, y que dejó la misma ciudad con 17 paganos cuando murió (270-5) debe ser sustancialmente cierta. Tal historia en el Oeste podría ser absurda. Las villas en los países Latinos eran sostenidas por mucho tiempo, y los pagani mantenían su adoración a los dioses antiguos incluso después de que fueron nominalmente Cristianizados. Por el contrario, en Frigia, mucho antes de Constantino, todas las villas eran Cristianas, por lo que también es cierto que en otros sitios, el día de Juliano, algunos pueblos aún eran paganos – Gaza en Palestina es un ejemplo; pero luego Maiouma, el puerto de Gaza, era Cristiano.

Debemos notar, entre otras, dos consecuencias de esta rápida evangelización del Este. En primer lugar, mientras el lento progreso de Occidente era favorable a la preservación de la inmutable tradición, la rápida conversión del Este estuvo acompañada por un ágil desarrollo el cual, en la esfera del dogma, fue precipitado, desigual, y pleno de error. En segundo lugar, la religión del Este participó, incluso durante los heroicos tiempos de persecución, del mal el cual Occidente sintió tan profundamente después de Contantino, el cual fue, de las masas dentro de la Iglesia de multitudes que fueron solo Cristianizadas a medias, porque era lo que estaba de moda o porque eran vistas una parte de las bellezas de la nueva religión y de los absurdos de lo viejo. Actualmente tenemos escritores Cristianos en el Este y Oeste, tales como Arnobius y en alguna medida Lactantius y Julios Africanus, lo que muestra que eran solo la mitad de instruídos en la Fe. Este debió ser en mucho el caso entre la gente en Oriente. La tradición en el Este era menos considerada y la fe era menos profunda que en las comunidades mas pequeñas de Occidente. Nuevamente, los escritores Latinos comenzaron en Africa con Tertuliano, justo antes del tercer siglo, en Roma con Novaciano, justo en la mitad del tercer siglo, y en España y la Galia no hasta el cuarto. Aunque Oriente tuvo escritores en el siglo primero y númerosos en el segundo; habían escuelas Gnósticas y Cristianas en el segundo y tercer siglos. Sin duda, había escritores griegos en Roma en los dos primeros siglos y parte del tercero. Pero cuando la Iglesia romana se tornó Latina fueron olvidados; los escritores Latinos no citan a Clemente y Hermas; olvidaron completamente a Hipólito, excepto su crónica y su nombre de tornó simplemente en un tema legendario. Aunque Roma fue poderosa y venerada en el siglo segundo, el rompimiento en su literatura fue completo. La literatura latina es, por lo tanto un siglo y medio mas jóven que la Griega; sin duda es prácticamente dos siglos y medio más jóven. Tertuliano subsiste solo y se volvió un hereje. No fué sino hasta la mitad del siglo cuarto que apareció un solo Padre para lectura espiritual de los educados Cristianos Latinos y es natural que la versometría, editada (tal vez semi oficialmente) bajo el Papa Liberius para el control de los precios de los libros, produjo las obras de San Cipriano así como también los libros de la Biblia Latina. Esta posición única de San Cipriano fue hasta hoy reconocida al principio del siglo quinto. Desde Cipriano (m. 258) a Hilario había escasamente un libro latino que pudiera ser recomendado para lectura popular excepto "De mortibus persecutorum", de Lactantius y no había teología del todo. Incluso un poco después, los comentarios de Victorinus el Retórico no tenían valor y aquellos de Isaac el Judío (¿) eran extraños. El unico período vigoroso de la literatura Latina es solo el siglo que termina con Leo (m. 461). Durante aquel siglo, Roma había sido repetidamente capturada o amenazada por los bárbaros; los Vandalos Arianos, además de devastar Italia y Galia, habían casi destruído el Catolicismo de España y Africa; La Bretaña Cristiana había sido asesinada en la invasión inglesa.

No obstante, Occidente había sido capaz de rivalizar con Oriente en rendimiento y en elocuencia e incluso superarlo en conocimientos, profundidad y variedad. La hermana mayor sabía poco de éstas producciones, pero Occidente estaba provista con un considerable cuerpo de traducciones del Griego, incluso en el siglo cuarto. En el sexto, Casiodoro se preocupó de aumentar la cantidad. Esto dio a los Latinos una mayor perspectiva, e incluso el decaimiento de la academia la cual Casiodoro y Agapito no pudieron remediar, y la cual el Papa Agato deploró tan humildemente en su carta al concilio Griego de 680, fue resistido con un cierto persistente vigor.

En Contantinopla, los medios de investigación eran abundantes, y existían muchos autores; sin embargo, hay una declinación gradual hasta el siglo quince. Los escritores mas notables son como vacilantes rodeados de chispas moribundas. Habían cronistas y cronógrafos, aunque con escasa originalidad. Incluso el Monasterio de Studium es difícilmente un despertar literario. En el Este no hay entusiasmo como aquel de Casiodoro, de Isidoro, de Alcuin, mezclado por un mundo bárbaro. Photius tanía excelentes bibliotecas a su disposición, sin embargo Debe era un erudito mayor y probablemente sabía más de Oriente que Photius sabía de Occidente. Las industriosas escuelas Irlandesas las cuales propagaban el saber en todas partes de Europa no tenían paralelo en el mundo Oriental. Fue solo después del siglo quinto que el Este comenzó a ser “inmutable”. Y en la medida que el vínculo con Occidente creció menos y menos continuamente, su teología y literatura se tornaron mas y mas momificadas; donde el mundo Latino floreció de nuevo con un Anselmo, con un perspiecaz Agustín, un Bernardo, rival de Crisóstomo, un Aquino, principe de los teólogos. Por lo tanto, vemos en los primeros siglos un movimiento doble, del cual debemos hablar en forma separada: un movimiento Oriental de teología, por el cual el Occidente impuso sus dogmas sobre el reticente Oriente, y un movimiento Occidental sobre asuntos mas prácticos – organización, liturgia, ascetas, devoción – por el cual Occidente asimiló la rápida evolución de los Griegos. Primero, consideremos el movimiento teológico.

E. Teología.

 

 

  

A través del siglo segundo, la porción Griega de la Cristiandad engendró herejías. La multitud de escuelas Gnósticas intentó introducir todo tipo de elementos extraños a la Cristiandad. Aquellos que enseñaron y les creyeron no comenzaron de una creencia en la Trinidad y la Encarnación tal como nosotros estamos acotumbrados. Marión no formó una escuela sino una Iglesia; su Cristología estaba muy alejada de la tradición. Los montanistas provocaron un cisma el cual conservó las creencias y prácticas tradicionales, pero afirmaron una nueva revelación. Los líderes de todos los nuevos puntos de vista llegaron a Roma e intentaron ganar allí una base; todos fueron condenados y excomunicados. Al final del siglo, Roma tenía todo el Este concordando con su tradicional regla que la Pascua de Resurrección debía celebrarse un Domingo. Las Iglesias del Asia Menor tenían una costumbre diferente. Uno de sus obispos protestó. Aunque parece ser que se sometieron casi de inmediato. En las primeras décadas del siglo tercero, Roma imparcialmente repelió herejías opuestas, aquellas que identificaban las tres Personas de la Santísima Trinidad sólo con una distinción modal (Monaruistas, Sebelianos, “Patripasianos”) y aquellos que, por el contrario, hicieron de Cristo un mero hombre o al parecer atribuían al Verbo de Dios un ser distinto de aquel del Padre. Esta última concepción, para nuestra sorpresa, es asumida, al parecer, por los primeros Griegos apologistas, aunque en variado lenguaje; Atenágoras (quien como ateniense pudo haber tenido relación con Occidente) es el único que afirma la Unidad de la Trinidad. Hipólito (de alguna manera diverso en la “Contra Neitum” y en la “Philosophumena” si ambas son suyas) enseñó la misma división del Hijo del Padre como tradicional y el registra que el Papa Calixto lo condenó por Diteísta. Como muchos otros, Orígen hace la procesión del Verbo dependiente de Su oficio de Creador; Y si es lo suficientemente ortodoxo como para hacer la procesión, eterna y necesaria, esto es solo porque ve a la Creación misma como necesaria y eterna. Su pupilo, Dionisio de Alejandría, al combatir a los Sabelinos, quien no admitió una distinción real en la Divinidad, manifestó la característica debilidad de la teología Griega, aunque algunos de sus propios Egipcios estaban mas en lo correcto que su patriarca y apelaron a Roma. El Alejandrino escuchó al Romano Dionisio, en todo respetó la inmutable tradición e intachable ortodoxia de la Sede de Pedro; su apología acepta la palabra "consubstancial", y explica, sin sincera duda, que nunca ha querido decir otra cosa; pero tuvo que aprender a ver más claramente sin reconocer cuan desafortunadamente puso en palabras sus argumentos anteriores.

El no estaba presente cuando un concilio, principalmente de Origenistas, justamente condenó a Pablo de Samosata (268); y estos obispos, sosteniendo el punto de vista tradicional de Oriente, rehusaron usar la palabra “consubstancial” por ser muy Sabelina. Los Arianos, discípulos de Luciano, rechazaron (como lo hizo el mas moderado Eusebio de Cesarea) la eternidad de la Creación, y fueron lo suficientemente lógicos como para argumentar que consecuentemente “hubo (antes del tiempo) cuando el Verbo no era” y que El fue una criatura. Todo el Cristianismo se horrorizó; pero Oriente fue rápidamente aplacado con vagas explicaciones y luego de Nicea, el Arianismo real, desenmascarado, difícilmente se mostró por cerca de cuarenta años. El punto más alto de ortodoxia que Oriente pudo alcanzar es mostrado en las admirables disertaciones de San Cirilo de Jerusalem. Hay un solo Dios, - enseñó – que es el Padre, y Su Hijo es igual a El en todo, y el Espíritu Santo es adorado con Ellos; no podemos separarlos en nuestra adoración. Pero el no se pregunta cómo es que no hay tres Dioses; no usará la palabra niceana “consubstancial” y nunca sugiere que hay una Divinidad común a las tres Personas. Si vemos a los Latinos, todo es diferente. El monoteísmo esencial del Cristianismo no es guardado en Occidente con sólo decir que hay “un Dios el Padre” como en todos los credos Orientales, sino que los teólogos enseñan la unidad de la esencia divina, en la cual subsisten tres Personas. Si Tertuliano y Novaciano usan el lenguaje subordinacionista del Hijo (tal vez prestado de Oriente) tiene poca consecuencia si lo comparamos con su doctrina principal, que hay una sustancia del Padre y del Hijo. Calixto excomulgó igualmente a aquellos que negaron la distinción de Personas, y a aquellos que rehusaron afirmar la unidad sustancial. El Papa Dionisio estaba impresionado que su homónimo no usara la palabra “consustancial”- esto es mas de sesenta años antes de Nicea. En aquel gran concilio un obispo occidental tuvo el primer lugar con dos sacerdotes romanos, y el resultado de la discusión es que la palabra romana “consustancial” se impone sobre todas las demás. En Oriente, el concilio logra una conspiración de silencio; los Orientales no usarían la palabra. Incluso Alejandría, que había mantenido la doctrina de Dionisio de Roma, no está convencida que la política era buena, y Atanasio gasta su vida luchando por Nicea, aunque raramente usa la palabra crucial. Tomó medio siglo a los Orientales digerirlo; y cuando lo hicieron, no sacaron todo el provecho de su significado. Es curioso cuan poco interés, incluso de Atanasio por la Unidad de la Trinidad, la cual raramente menciona excepto al citar al Dionisio; es Didymus y los Cappadocianos que parafrasearon la doctrina Trinitaria hasta cierto dado el punto que con los siglos fuera consagrada – tres hipóstasis, una usia; aunque esto es meramente la traducción convencional de la antigua fórmula Latina, aunque nueva para Oriente. Si volvemos a los tres siglos, el segundo, tercero y cuarto de los que hemos estado hablando, podemos ver que la Iglesia griego-parlante enseñó la Divinidad del Hijo y Tres Personas inseparables, y un Dios, el Padre, sin ser filosóficamente capaces de armonizar estas concepciones. Los intentos que se hicieron, fueron a veces condenados como herejía en la unica dirección o la otra, o a lo más, llegaron a explicaciones insatisfactorias y erróneas, tales como la distinción del logos endiathetos y el logos prophorikos o la afirmación de la eternidad de la Creación. La Iglesia Latina siempre preservó la simple tradición de tres Personas distintas y una Esencia divina. Debemos juzgar a los Orientales de haber comenzado de una tradición menos perfecta, porque sería muy duro acusarlos de perversión voluntaria. Pero muestran su amor por distinciones sutiles al mismo tiempo queda desnudo su deseo de comprensión filosófica. La gente común hablaba de teología en las calles; aunque los teólogos profesionales no veían que la raíz de la religión fuera la unidad de Dios y eso, al parecer es mejor ser un Sabelino que un Semi-Ariano, Hay algo mitológico en sus concepciones, incluso en el caso de Origen aunque, sin embargo fuera un pensador importante en comparación con otros antiguos. Sus concepciones del Cristianismo dominaron Oriente por algún tiempo, pero un Cristiano Origenista no podría haber influenciado al mundo moderno.

La concepción Latina de la doctrina teológica, por otro lado, no era por ningún motivo una mera adherencia a una tradición incomprendida. Los Latinos en cada controversia en estos siglos primitivos comprendieron el punto principal y lo preservaron ante todos los peligros. Nunca, por un instante permitieron que la unidad de Dios se oscureciera. La igualdad del Hijo y su consustancialidad fueron consideradas necesarias a aquella unidad. La idea Platónica de la necesidad de un mediador entre el Dios trascendente y la Creación no los enredó, porque lo tenían muy claro como para suponer que pudiera haber nada a medio camino entre lo finito y lo infinito. En una palabra, los Latinos son filósofos y los orientales no. El Este puede especular y disputar sobre teología pero no pueden atrapar una gran visión. De acuerdo a esto que fue en Occidente, luego que los problemas fueron superados, que la doctrina Trinitaria fue completamente sistematizada por Agustín; en Occidente fue formulado el credo Atanasio. La misma historia se repite en el siglo quinto. La herejía filosófica de Pelagio nació en Occidente y sólo en Occidente pudo ser exorcizada. Las escuelas de Antioquia y Alejandría, cada una insistía sobre un lado de la cuestión de la unión de las dos Naturalezas en la Encarnación; un Escuela cayó en el Nestorianismo, la otra en el Eutyquianismo, aunque los líderes fueran ortodoxos. Pero ni Cirilo ni el gran Theodoret fueron capaces de levantarse sobre la controversia y expresan las dos verdades complementarias en una doctrina consistente. Sostenían lo que San Leo sostuvo; aunque, omitieron sus interminables argumentos y pruebas, el escritor Latino puso en palabras la verdadera doctrina de una vez por todas, porque la consideraba filosóficamente. No es sorpresa que el mas popular de los Padres orientales haya siempre sido el no teologo Crisóstomo, mientras que el mas popular de los Padres Occidentales es el filósofo Agustín. Desde que Oriente fue seccionado de Occidente, no contribuyó en nada a la dilucidación y desarrollo del dogma y cuando estuvieron unidos, su contribución fue mayormente el poner dificultades que Occidente tuvo que desenredar. Pero Occidente ha continuado sin cesar su trabajo de exposición y evolución. Luego del siglo quinto no hay mucho desarrollo o definición en el período patrístico; los dogmas definidos, necesitaron solo una referencia a la antigüedad. Pero una y otra vez, Roma debió imponer sus dogmas sobre Bizancio – 519, 680 y 786 son fechas famosas que toda la Iglesia Oriental tuvo que aceptar un documento papal por el bien de la reunificación, y los intervalos entre estas fechas entregaron menos instancias. La Iglesia Oriental siempre ha poseído una creencia tradicional en la tradición romana y en el deber de recurrir a la Sede de Pedro; los Arianos lo expresaron cuando escribieron al Papa Julius lamentando la interferencia- Roma – decían – era “la metrópolis de la fe desde el principio”. En los siglos sexto, séptimo y octavo, la lección había sido completamente aprendida y Oriente proclamó las prerrogativas papales y apeló a ellas con un fervor cuya experiencia ha enseñado ser apropiada. En una reseña como esta, no se pueden tomar en consideración todos los elementos. Es obvio que la teología oriental tuvo una gran y variada influencia sobre la Cristiandad Latina. Pero la verdad esencial es que Occidente pensó mas claramente que Oriente, al tiempo que preservó con mayor fidelidad una tradición mas explícita en relación a los dogmas cardinales y que Occidente impuso sus doctrinas y definiciones sobre Oriente y repetidamente, si fue necesario reafirmó y se les reimpusieron.

F. Disciplina, Liturgia, Ascetas.

 

 De acuerdo a la tradición, la multiplicación de obispados, de modo que cada ciudad tuviera su propio obispado, comenzó en la provincia de Asia bajo la dirección de San Juan. El desarrollo no fue parejo. Debió haber habido una sede en Egispo a fines del siglo segundo, aunque había una gran cantidad en todas las provincias del Asia Menor y una gran cantidad en Fenicia y Palestina. Agrupados bajo sedes metropolitanas comenzó en aquel siglo en Oriente, y en el siglo tercero, esta organización fue reconocida como materia supuesta. Sobre las metropolitanas, estaban los patriarcas. Este método de agrupación fue divulgado en Occidente. Al principio Africa tenía las sedes más numerosas; en la mitad del siglo tercero había alrededor de cien, y pronto aumentaron a más de cuatro veces ese número. Pero cada provincia de Africa no tenía una sede metropolitana; solo una presidencia fue de acuerdo al obispo mayor, excepto en Proconsularis, donde Cártago era la metrópolis de la provincia y su obispo era el primero en todo Africa. Sus derechos son indefinidos, aunque su influencia fue grande. Aunque Roma estaba cerca, y el papa ciertamente tenía mucho más poder que el actual, como también mayor derecho reconocido que el primado; vemos esto en los tiempos de Tertuliano, y se mantiene cierto a pesar de la resistencia de Cipriano. Los otros paises, Italia, España, Galia, fueron gradualmente organizados de acuerdo al modelo Griego y fue adoptada la metrópolis Griega, el patriarcado. Los Concilios fueron realizados al principio en Occidente. Pero los canones disciplinarios fueron decretados primero en Oriente. Los Concilios más grandes de San Cipriano, no pasaron ningún cánon y este santo consideró que cada obispo era responsable sólo ante Dios por el gobierno de su diócesis; en otras palabras, no conoció ley canónica. La fundación de la ley canónica está en los canones de los concilios de Oriente, los cuales abren la colección Occidental. A pesar de esto, no necesitamos suponer que Oriente fuese más regular, o mejor gobernado que Occidente, donde los papas guadaban orden y justicia. Pero Oriente tenía comunidades más grandes, y se desarrollaron más completamente, y por lo tanto, surgió más temprano la necesidad de comprometerse con reglas definitivas por escrito.

El gusto florido de Oriente, pronto decoró la liturgia con bellas carnosidades. Muchas de tales excelentes prácticas llegaron hasta Occidente; los ritos Latinos prestaron oraciones y canciones, antífonas, cantos antifonales, el uso del allelluya, de la doxología, etc. Si Oriente adoptó el día de Navidad Latina, Occidente no solo importó la Epifanía Griega, sino fiesta tras fiesta en los siglos cuarto, quinto, sexto y séptimo. Occidente se unió en la devoción a los mártires orientales. El honor y amor especial a Nuestra Señora es al principio característico de Oriente (excepto Antioquía) y luego conquistó Occidente. El precintar los cuerpos de los santos como reliquias con propósitos devocionales, se divulgó por todo Occidente desde Oriente; solo Roma se mantuvo fuera hasta el tiempo de San Gregorio el Grande, contra lo que pudo pensarse como una irreverencia en lugar de un honor a los santos. Si los tres primeros siglos están llenos de peregrinaciones a Roma desde Oriente, aun desde el siglo cuarto hacia delante, Occidente de unió a Oriente en hacer de Jerusalem el objetivo principal de tales viajes píos; y estos viajeros trajeron consigo muchos conocimientos desde Oriente a las más alejadas partes de Occidente.

El Monasticismo comenzó en Agripto con Pablo y Antonio, y se diseminó desde Egipto hasta Siria; San Atanasio trajo el conocimiento de el hacia Occidente y el monaquismo Occidental de Jerónimo y Agustín, de Honoratus y Martín, de Benedicto y Columba siempre miró hacia Oriente, a Antonio y Pacomius e Hilarion y sobretodo a Basilio, por sus modelos mas perfectos. La edifición de la literatura en la forma de las vidas de los santos comenzó con Atanasio y fue imitada por Jerónimo. Pero los escritores Latinos, Rufinus y Casiano, dieron cuenta del monaquismo Oriental y Palladius y los escritores griegos posteriores fueron tempranamente traducidos al Latin. Pronto, sin duda habían vidas de santos Latinos de las cuales aquella de San Martín fue la mas famosa aunque el año 600 casi había llegado cuando San Gregorio el Grande sintió aún que era necesario protestar que se podían encontrar tan buenas en Italia como en Egipto y Siria, y publicó sus diálogos para probar su punto, entregando así una edificante historia de su propio pais para poner de lado las viejas historias de los monjes. Aquí estaría fuera de lugar entrar en los detalles de estos temas. Se ha dicho suficiente para mostrar que Occidente prestó, con simplicidad de mente abierta y humildad, del viejo Oriente, todo tipo de formas prácticas y utiles en asuntos eclesiales y en la vida Cristiana. La recíproca influencia en asuntos prácticos de Occidente sobre Oriente era naturalmente, muy poca.

G. Materiales Históricos.

  

Los principales historiadores antiguos del período patrístico fueron mencionados con anterioridad. No siempre pueden ser completamente creibles. Los continuadores de Eusebio, esto es, Rufinus, Sócrates, Sozomen, Theodoret, no pueden ser comparados con el mismo Eusebio, porque este industrioso prelado afortunadamente nos ha legado en vez, una colección de invaluables materiales, más que una historia. Su “vida” o mejor “Panegírico de Constantito” es menos afortunado por su contenido que por sus omisiones políticas. Eusebio encontró sus materiales en la biblioteca de Pamfilo en Cesarea y aún más en aquella dejada por el Obispo Alejandro en Jerusalem. Cita colecciones de documentos mas antiguos, las cartas de Dionisio de Corintio, Dionisio de Alejandría, Serapión de Antioquia, algunas de las epístolas enviadas al Papa Victor por concilios todo lo largo de la Iglesia, además de utilizar a más antiguos escritores de historias o memorias tales como Papias, Hegesippus, Apollonius, un anónimo oponente de los Montanistas, el “Pequeño Laberinto” de Hipólito (¿), etc. Los principales agregados que podemos hacer a estos preciosos remanentes son, primero, San Ireneo sobre las herejías; luego, las obras de Tertuliano, llenas de valiosa información sobre las controversias de su propio tiempo y lugar y las costumbres de la Iglesia Occidental, y otra información menos valiosa sobre materias más tempranas – menos valiosas, porque Tertuliano es singularmente descuidado y deficiente en su sentido histórico. Luego, poseemos la correspondencia de San Cipriano, comprendiendo cartas de concilios Africanos, de San Cornelio y otros, además aquellas del santo mismo. A toda esta información fragmentaria podemos agregar mucho de San Epifanio, algo de San Jerónimo y también de Photius y cronógrafos Bizantinos. Toda la evidencia Ante-Niceana ha sido catalogada con una gran industria por Harnack con la ayuda de Preuschen y otros en un libro de 1021 páginas, el primer volumen de su invaluable “Historia de la Literatura Cristiana Antigua” A mediados del siglo cuarto, el libro de San Epifanio sobre herejías es erudito pero confuso; es bastante molesto pensar cuan util pudo haber sido que su pío autor hubiese citado sus autoridades por su nombre, como lo hizo Eusebio. Como es, podemos con dificultad, si del todo, descubrir ya sea que sus fuentes son confiables o no. Las vidas de hombres ilustrados de San Jerónimo, son descuidadamente unidas, principalmente desde Eusebio, pero con información adicional de gran valor donde podemos confiar en su precisión. Gennadius de Marsella continuó su obra con gran beneficio para nosotros. Los catalogadores occidentales de herejías, tales como Philastrius, Praedestinatus, y San Agustin, son menos útiles.

Las colecciones de documentos son de la más importante materia de todas. En la controversia Ariana, las colecciones publicadas por San Atanasio en sus obras apologetas son autoridades de primera línea. De aquellas, unidas por San Hilario solo sobrevivieron fragmentos. Otro dossier por el Homoiousian Sabinus, Obispo de Heraclea, fue conocido por Sócrates y podemos seguir su uso por el. Una colección de documentos conectados con los orígenes del donatismo fue hecho el principio del siglo cuarto, y fue anexado por San Optatus a su gran obra. Desafortunadamente, sólo se preservó una parte de ella; pero mucha de la materia perdida es citada por Optatus y Agustín. Un pupilo de San Agustín, Marius Mercator, sucede que estaba en Constantinopla durante la controversia Nestoriana, y formó una interesante colección de pièces justificatives. Reunió un set a cartas correspondientes en relación a controversia Pelagiana. Ireneo, Obispo de Tiro, amasó documentos en conexión con el Nestorianismo, como un informe en su propia defensa. Estos han sido preservados para nosotros como respuesta de un oponente, quien ha agregado un gran número. Otro tipo de colección es aquella de cartas. Las de San Isidoro y San Agustín son inmensamente numerosas, pero contienen poco de historia. Hay mucha mas materia histórica en aquellas (por ejemplo) de San Ambrosio y Jerónimo, Basilio y Crisóstomo. Son numerosas aquellas de los papas y de valor de primera línea; y las grandes colecciones de ellas tambièn contienen cartas dirigidas a los papas. La correspondencia de Leo y de Mormisdas es muy completa. Además de estas colecciones de cartas papales y de decretos, tenemos colecciones separadas de las cuales dos son importantes, la Colectio Avellana y aquella de Esteban de Larisa.

Los Concilios entregan otra fuente importante de historia. Aquellos de Nicea, Sarina, Constantinopla, no nos dejaron Actas, solo algunas cartas y cánones. De los últimos concilios ecuménicos no tenemos solo las Actas detalladas, sino tambien un nùmero de cartas conectadas con ellas. Muchos concilios mas pequeños se han preservados en colecciones posteriores; aquellas hechas por Ferrandus de Cártago y Dionisio el Pequeño merecen atención especial. En muchos casos, las Actas de un concilio son preservadas por otro en el cual son leídas. Por ejemplo en el año 418, un Concilio en Cártago recitó todos los cánones de los concilios plenarios a Africanos anteriores en presencia del pegado papal; El Concilio de Chalcedón incorporó todas las Actras de la primera sesión del Concilio Robber de Éfeso, y las Actas de esa sesión contenían las Actas de dos sínodos de Constantinopla. Las últimas sesiones del Concilio Robber (preservadas solo en Siriaco) contienen un número de documentos en relación a consultas y juicios de prelados. Mucha información de varios tipos han sido derivadas de años anteriores de fuentes Sirías y Cóptas, e incluso de Arabico, Armenio, Persa, Etiopía y Slavonia. No es necesario hablar aquí de los escritos patrísticos como fuentes de nuestro conocimiento de la organiuzación de la Iglesia, geografía eclesiástica, liturgias, ley canónica y procedimientos, arquieología, etc. Sin embargo, las fuentes son, mas o menos las mismas para todos estos aspectos como historia propia.

  

IV. Estudio Patrístico

A. Editores de los Padres.

  

Las historias mas antiguas de la literatura patrística están contenidas en la obra de Eusebio y de Jerome "De viris illustribus". Le siguieron Gennadius, quien continuó a Eusebio, por San Isidoro de Sevilla y por San Ildefonso de Toledo. En la Edad Media el más conocido es Sigebert del monasterio de Gembloux (m. 1112), y Trithemius, Abbot de Sponheim y de Würzburg (d. 1516). Entre éstos apareció un monje anónimo de Melk (Mellicensis, c. 1135) y Honorio de Autun (1122-5). Editores antiguos no son escasos; por ejemplo muchas obras anónimas, como el Seudo – Clementino y las Constitutiones Apostólicas habían sido remodeladas mas de una vez; las traducciones de Orígen (Jerónimo, Rufinus y personas desconocidas) recortaron, alteraron, agregaron; San Jerónimo publicó una edición expuragada de Victoninus “Sobre el Apocalipsis”. Pánfilo hizo una lista de los escritos de Orígen y Possidius hizo lo mismo sobre aquellos de Agustín. Las grandes ediciones de los Padres, comenzaron cuando la imprenta se hizo común. Uno de los editores mas antiguos fue Faber Stapulensis (Lefèvre d´Estaples), cuya edición de Dionisio el Areopagita fue publicado el año 1498. El Belga Pamèle (1536-87) publicó mucho. El controversial Feuardent, un Franciscano (1539-1610) hizo algunas buenas ediciones. El siglo dieciséis produjo obras de historia gigantezcas. El Protestante “Centuriators” de Magdeburg describió trece siglos en tanto volúmenes como fueron necesarios (1559-74). El Cardenal Baronius (1538-1607) replicó con su famoso “Annales Acclesiastici” alcanzando el año 1198 (12 vols. 1588-1607). Margguerin de la Bigne, un doctor de la Sorbona (1546-89) publicó su “Biblioteca veterum Patrum” (9 vols. 1577-9) para asistir en la refutación de “Centuriators”.

Los grandes editores Jesuítas eran casi del siglo diecisiete; Gretserus (1562-1625), Fronto Ducaeus (Fronton du Duc, 1558-1624), Andreas Schott (1552-1629), eran editores diligentes de los Padres Griegos. El celebrado Sirmond (1559-1651) continuó publicando a los Padres Griegos y concilios y mucho más desde la edad de 51 hasta los 92. Denis Petau (Petavius, 1583-1652) editó a los Padres Griegos, escribió una cronología y produjo un incomparable libro de teología histórica. "De theologicis dogmatibus" (1044). A estos, debemos agregar el asceta Halloiz (1572-1656) el inescrupuloso Chifflet (1592-1682) y Jean Garnier, el historiador de los Pelagianos (m. 1681). La obras mas grande de la Sociedad de Jesús, es la publicación del “Acta Sanctorum” la cual ha llegado hasta principios de Noviembre en 64 volúmenes. Fue planificada por Rosweyde (1570-1629) como una gran colección de vida de santos; pero el fundador de la obra como nosotros la tenemos, es el famoso John van Bolland (1596-1665). Se unió en 1643 por Henschenius y Papebrochius (1628-1714) y por ende, la Sociedad de los Bollandistas comenzó y continuó a pesar de la supresión de los Jesuitas, hasta la Revolución Francesa de 1794. Fue felizmente revivida en 1836 (Ver BOLLANDISTAS). Otros editores Catòlicos fueron Gerhard Voss (d. 1609), Albaspinaeus (De l´Aubespine, Obispo de Orléans, 1579-1630), Rigault (1577-1654), y Cotelier, doctor de la Sorbonne doctor Cotelier (1629-86). El Domínico Combéfis (1605-79) editó a los Padres Griegos, agregando dos volúmenes a la colección de la Bigne y hizo colecciones de sermones patrísticos. El laico Velasius (de Valois, 1603-70) fue de gran eminencia.

Entre los Protestantes, debemos mencionar al controversial Clericus (Le Clerc, 1657-1736);
Obispo Fell de Oxford (1625-86), el editor de Cipriano, con quien debe ser clasificado el Obispo Pearson y Dodwell; Grabe (1666-1711), un Prusiano establecido en Inglaterra; el VçCalvinista Basnage (1653-1723). El famoso Gallican Etienne Baluze (1630-1718), fué un editor muy trabajador. El Franciscano Provenzal, Pagi, publicó un invaluable comentario sobre Baronius en 1689-1705. Pero el logro histórico mas grande fue aquel de un sacerdote secular, Louis Le Nain de Tillemont, cuya "Histoire des Empereurs" (6 vols., 1690) y "Mémoires pour servir à l´histoire ecclésiastique des six premiers siècles" (16 vols., 1693) nunca han sido superadas o igualadas. Otros historiadores son el Cardenal H. Noris (1631-1704); Natalis Alexander (1639-1725) un domínico; Fleury (en Francés, 1690-1719). A Estos debemos agregar el Arzobispo Protestante Usher de Dublin (1580-1656), y muchos canonistas, tales como Van Espen, Du Pin, La Marca, y Christianus Lupus. El Orador Tomasen escribió sobre antiguedades Cristianas (1619-95); el inglés Bingham compuso una gran obra sobre el mismo tema (1708-22). Holstein (1596-1661), un convertido del Protestantismo, fué un bibliotecario del Vaticano y publicó colecciones de documentos. El Orador J. Morin (1597-1659) publicó una famosa obra sobre la historia de las órdenes Sagradas y uno confuso sobre la penitencia. El más importante de los teólogos patrísticos entre los Protestantes ingleses, es el Obispo Bull, quien escribió una respuesta a los puntos de vista de Petavius sobre el desarrollo del dogma titulado “Defensio fidei Nicaenae” (1685). El Girego Leo Allatius (1586-1669) custodio de la Biblioteca Vaticana, fue casi un segundo Bessarion. Escribió sobre el dogma y sobre las obras eclesiásticas de los Griegos. Un siglo después, el Maronita J.S. Assemani (1687-1768) publicó entre otras obras, una “Biblioteca Orientalis” y una edición de Efrem Syrus. Su sobrino editó una inmensa colección de liturgias. El más importante lituriologista del siglo XVII es el Bendito Cardenal Tomáis, un Theatino (1649-1713, beatificado en 1803), el tipo de un santamente sabio.

Los grandes Benedictinos, forman un grupo por sí mismos, porque (aparte de Dom Calmet, un erudito biblico y Dom Ceillier, quien perteneció a la Congregación de San Vannes) todos eran de la congregación de San Maur, los hombres doctos de los cuales fueron dibujados en la Abadía de Saint Germain-des-Prés en Paris. Dom Luc d´Achéry (1605-85) es el fundaador ("Spicilegium", 13 vols.) ; Dom Mabillon (1632-1707) es el nombre más grande, pero estaba principalmente ocupado con la temprana Edad Media. Bernard de Montfaucon (1655-1741) tuvo casi la misma fama (Atanasius, Hexapla de Origen, Chrysostomo, Antiquities, Palaeografía). Dom Coustant (1654-1721) fue el principal colaborador, al parecer, en la gran edición de San Agustín (1679-1700; también cartas de los Papas, Hilario). Dom Garet (Cassiodoro, 1679), Du Friche (San Ambrosio, 1686-90), Martianay (San Jerónimo, 1693-1706, menos exitoso), Delarue (Origen, 1733-59), Maran (con Toutée, Cirilo de Jerusalem, 1720; solo, los Apologetas, 1742; Gregorio Nazianceno, incompleto), Massuet (Irenaeus, 1710), Sta.-Marta (Gregorio el Grande, 1705), Julien Garnier (San Basilio, 1721-2), Ruinart (Acta Martyrum sincera, 1689, Victor Vitensis, 1694, y Gregorio de Tours y Fredegar, 1699), son nombres muy bien conocidos. Las obras de Martène (1654-1739) sobre ritos monásticos y eclasiales (1690 y 1700-2) y su colección de anecdotas (1700, 1717, and 1724-33) son muy voluminosas; fue asistido por Durand. Las grandes obras históricas de los Benedictinos de San Maur no necesitan ser mencionadas aquí, pero la edición de Dom Sabatier de la Antigua Biblia Latina, y la nueva edición de los glosarios de Du Cange deben ser notados. Para ver los grandes editores de colecciones de concilios, ver bajo los nombres mencionados en la bibliografía del artículo CONCILIOS.

En el siglo XVIII debe ser considerado el Arzobispo Potter (1674-1747, Clemente de Alejandría). En Roma Arévalo (Isidoro de Sevilla, 1797-1803); Gallandi, un Orador Veneciano (Bibliotheca veterum Patrum, 1765-81). Los sabios Veroneses forman un notable grupo. Del historiador Maffei (para nuestro propósito su "anecdota de Cassiodorus" debe ser considerada, 1702), Vallarsi (San Jeronimo, 1734-42, una gran obra, y Rufinus, 1745), los hermanos Ballerini (San Zeno, 1739; San Leo, 1753-7, una producción bastante notable) sin dejar de mencionar a Bianchini, quien publicó codigos de los Evangelios del Latín Antiguo, y el Domínico Mansi, Arzobispo de Lucca, quien re-editó a Baronius, Fabricius, Thomassinus, Baluze, etc., así como también la "Collectio Amplissima" de concilios. Un sumario general, nos muestra a los Jesuítas tomando el liderazgo, c. 1590-1650, y los trabajos Benedictinos por los años 1680-1750. Los franceses siempre estuvieron en primer lugar. Hay algunos pocos nombres de eminencia en la Inglaterra Protestante; unos pocos en Alemania; Italia toma el liderazgo en la segunda mitad del siglo XVIII. Las grandes historias literarias de Bellarmino, Fabricius, Du Pin, Cave, Oudin, Schram, Lumper, Ziegelbauer, y Schoenemann podrán ser encontradas mas adelante en la bibliografía. La primera mitad del siglo XIX fue singularmente infructuoso de estudios patrísticos; sin embargo, hubieron señales del comienzo de una nueva era en la cual Alemania toma la cabeza. La segunda mitad del siglo XIX fue excepcional y poco a poco prolífico. Es imposible enumerar los principales editores y críticos. Nueva materia fue vertida por el Cardenal Mai (1782-1854) y el Cardenal Pitra (1812- 89), ambos prefectos de la Biblioteca Vaticana. Parece que no se encontraron mas obras inéditas, pero se hacen frecuentes descubrimientos aislados hasta ahora; las bibliotecas orientales, tales como aquellas del monte Athos y Patmos, Constantinopla, y Jerusalem, y el monte Sinai, han arrojado tesoros desconocidos mientras que los Sirios, Coptos, Armenios, etc, nos han provisto de muchas perdidas supuestamente irrecuperables. Las arenas de Egipto nos han dado algo, pero no mucho a la patrología.

La mayor dádiva en la forma de editar han sido las dos grandes patrologías de Abbé Migne (1800-75). Este hombre enérgico puso las obras de todos los Padres Latinos y Griegos dentro de una accesible obra "Patrologia Latina" (222 vols., incluidos 4 vols. De índices) y la "Patrologia Graeca" (161 vols).

Los Atelieres Católicos que encontró que produjeron talla en madera, cuadros, organos, etc, aunque la impresión era un trabajo especial. Los talleres fueron destruídos por un incendio desastroso en 1868, y recomenzar el trabajo fue imposible por la guerra Franco-Germana. La "Monumenta Germaniae", comenzó por el bibliotecario Berlinés Pertz, fue continuado con vigor bajo el mas celebrado docto del siglo, Theodor Mommsen. Pequeñas colecciones de obras patrísticas son catalogadas más abajo. Una nueva edición de Padres Latinos fue comenzada en los sesenta por la Academia de Viena. Los volúmenes publicados hasta hoy han sido uniformemente obras confiables las cuales no llaman a ningún entusiasmo particular. Al rango presente de progreso se necesitaran algunos siglos para una gran obra. La Academia de Berlín ha comenzado una tarea mas modesta, la re-edición de los escritores Griegos Ante-Niceanos y la energía de Adolf Harnack asegura una rápida publicación y real éxito. El mismo infatigable estudiante, con von Gebhardt, edita una serie de "Texte und Untersuchungen", el cual tiene por una parte de su objeto ser un órgano de los editores Berlineses de los Padres. Las series contienen muchos estudios valiosos, con mucho que pudo ser difícilmente publicado en otros países.

Las series Cambridge de “Textos y Estudios” son más nuevas y proceden mas lentamente, pero mantienen un nivel bastante alto. Debemos mencionar también el “Studdi e Testi” Italiano, en el cual Mercati y Pio Franchi de´ Cavalieri colaboran. En Inglaterra, a pesar del leve renacimiento del interés por estudios patrísticos causado por un Movimiento de Oxford, la cantidad de obras no ha sido grande. De eruditos, tal vez Newman es realmente el primero en las cuestiones teológicas. Como críticos, la Escuela Cambridge, Westcott, Hort, y sobretodo Lightfoot, son segundo a ninguno. Pero la cantidad editada ha sido muy pequeña, y el excelente "Diccionario de Biografía Cristiana" es la única gran obra publicada. Hasta 1898 no había absolutamente ningún órgano de estudios patrísticos, y al "Journal of Theological Studies" fundado en ese año, le ha sido difícil sobrevivir financieramente sin la ayuda de la Prensa Universitaria de Oxford. Aunque ha habido un aumento en el interés por estas materias en los últimos años, ambos, entre los Protestantes y Católicos, en Inglaterra y en los Estados Unidos. Últimamente, Francia está llevando, una vez más, la delantera y está muy cerca del nivel de Alemania incluso en resultados. En los últimos cincuenta años, la arqueología ha agregado mucho a los estudios patrísticos; en esta esfera, el nombre mas grande es aquel de De Rossi.

B. El Estudio de los Padres.

 

  

Las ayudas para su estudio, tales como las Patrologías, información léxica, historias literarias, son mencionadas a continuación.

COLLECCIONES:-- Las principales colecciones de los Padres son las siguientes: DE LA BIGNE, Bibliotheca SS. PP. (5 vols. fol., Paris, 1575, y App., 1579; 4ª ed., 10 vols., 1624, con Auctarium, 2 vols., 1624, y Suppl., 1639, 5ª y 6ª ed., 17 vols. fol., 1644 y 1654); esta gran obra es un suplemento de mas de 200 escritos a las ediciones hasta entonces publicadas de los Padres; edición aumentada por UNIV. DE COLONIA (Colonia, 1618, 14 vols., y App., 1622); la edición de Colonia aumentada en 100 escritos, en 27 folio vols. (Lyons, 1677). COMBEFIS, Graeco-Latinae Patrum Bibliothecae novum Auctarium (2 vols., Paris, 1648), y Auctarium novissimum (2 vols., y 3 vols. fol., 1723), mayoritariamente de escritos poeteriores al período patrístico, como es también el caso con BALUZE, Miscellanea (7 vols. 8vo, Paris, 1678-1715); re-ed. por MANSI (4 vols. fol., Lucca, 1761-4); SIRMOND, Opera varia nunc primum collecta (5 vols. fol., Paris, 1696, y Venecia, 1728); MURATORI, Anecdota del Libro Ambrosiano. en Milán (4 vols. 4to, Milan, 1697-8; Padua, 1713); IDEM, Anecdota graeca (Padua, 1709); GRABE, Spicilegium de los Padres de los siglos primero y segundo (Oxford, 1698-9, 1700, y ampliada, 1714); GALLANDI, Bibl. vet. PP., una edición ampliada de Lyons ed. De la Bigne (14 vols. fol., Venecia, 1765-88, y index puhl. en Bolonia, 1863) – casi todos los contenidos son reimpresos en MIGNE; OBERTHÜR, SS. Patrum opera polemica de veriate religionis christ. c. Gent. et Jud. (21 vols. 8vo, Würzburg, 1777-94); IDEM, Opera omnia SS. Patrum Latinorum (13 vols., Würzburg, 1789-91); ROUTH, Reliquiae sacrae, siglos Segundo y tercero (4 vols., Oxford, 1814-18; en 5 vols., 1846-8); IDEM, Scriptorum eccl. opuscula praeipua (2 vols., Oxford, 1832, 3er vol., 1858); MAT, Scriptorum veterum nova collectio (material no publicada del MSS Vaticano, 10 vols. 4to, 1825-38); IDEM, Spicileqium Romanum (10 vols. Svo, Rome, 1839-44); IDEM, Nova Patrum Bibtiotheca (7 vols. 4to, Rome, 1844-54; vol. 8 completado por COZZA-LUZI, 1871, vol. 9 por COZZA-LUZI, 1888, App. ad opera ed. ab A. Maio, Rome, 1871, App. altera, 1871). Algunos escritos eclesiásticos en MAI´s Classici auctores (10 vols., Roma, 1828-38); CAILLAU, Collectio selecta SS. Ecclesia Patrum (133 vols. em. 8vo, Paris, 1829-42); GERSDORF, Bibl. Patrum eccl. lat. selecta (13 vols., Leipzig, 1838-47); la Oxford Bibliotheca Patrum logró 10 vols. (Oxford, 1838-55); PITRA, Spicilegium Solesmense (4 vols. 4to, Paris, 1852-8). El número de estas varias colecciones hacen difícil obtener un set completo de escritos patrísticos. MIIGNE nos provee de lo necesario al coleccionar casi todos los anteriores (excepto el fin de las ultimas obras mencionadas tardíos volúmenes de Mais) en sus ediciones completas: Patrologiae cursus completus, Series latine (de Inocente III, A.D. 1300, 221 vols. 4to, incluyendo cuatro vols. de índices, 1844-55), Series graeco-latine (del Concilio de Florencia D.C. 1438-9, 161 vols. 4to, 1857-66, y otro raro vol. de adiciones, 1866); la Series graece fueron también publicadas solo en Latín en 81 volúmenes; no hay índice en las Series gracia; una lista alfabética de contenidos por SCHOLAREOS (Atenas, 1879, muy útil); otras publicaciones no incluídas en Migne, por PITRA, son Juris ecclesiastici Graecarum hist. et monum. (2 vols., Roma, 1864-8); Analecta sacra (6 vols., numerados I, II, III, IV, VI, VIII, Paris, 1876-84); Analecta sacra et classica (Paris, 1888); Analecta novissima, medieval (2 vols., 1885-8); la nueva edición de los Padres Latinos es llamada Corpus scriptorum ecclesiasticorum latinorum, editum consilio et impensis Academiae litterarum Caesarea Vindobonensis (Vienna, 1866, 8vo, en proceso); y de los Padres Griegos: Die griechischen christlichen Schriftsteller der ersten drei Jahrhunderten, herausgegeben von der Kirchenvätter-Kommission den Königl. preussiechen Akad. den Wise. (Berlin, 1897, gran 8vo, en proceso). De la Monumenta Germaniae historica, una porción, la Auctores antiquissimi (Berlin, 1877-98), contiene obras del siglo sexto los cuales se conectan con la patrología. Pequeñas colecciones modernas son HURTER, SS Patrum opuscula selecta, con algunas buenas notas (Innebruck, 1ªs series, 48 vols., 1868-85, 2da series, 6 vols.. 1884-92) estos pequeños libros han sido justamente populares; KRÜGER, Semmlung ausgewählter kirchen- und dogmengeschichtlicher Quellenechriften (Freiburg, 1891-); RAUSCHEN, Florilegium patristicum, de los siglos primero y segundo (3 fasc., Bonn, 1904-5); Cambridge patristic texts (I, The Five Theol. Orat. of Greg. Naz., ed. MASON, 1899; II, The Catech. Or. of Greg. Nyssen., ed. SRAWLEY, 1903; Dionysius Alex., ed. FELTRE, 1904, in progress); VIZZINI, Bibl. SS. PP. Theologiae tironibus et universo clero accomodata (Rome, 1901- in progress); LIETZMANN, Kleine Texte, für theol. Vorlesungen und Uebungen (25 números han aparecido de aproximadamente 16 cada uno, Bonn, 1902- en proceso); una edición inglesa del mismo (Cambridge, 1903-); Textes et documents pour l´étude historique du chrietienisme, ed. HEMMER AND LEJAY (texts, French tr., y notas, Paris, en proceso – unas series admirables).

INITIA:-- De escritores Griegos y Latinos hasta Eusebio, el índice a HARNACK, Gesch. der altchr. Litt., I; sobre los escritores Latinos de los primeros seis siglos, AUMERS, Initia libronum PP. lat. (Vienna, 1865); y hasta el 1200, VATASSO, Initia PP. aliorumque scriptorum sect, lat. (2 vols., Prensa Vaticana, 1906-8).

HISTORIAS LITERARIAS. El primero es BELARMINO, De Scriptoribus ecclesiasticis (Roma 1613, a menudo reimpreso; con agregados por LABBE, Paris, 1660, y por OUDEN, Paris, 1686); DE PIN, Bibliothèque universelle des auteurs eccles. (61 vols. 8vo, o 19 vols. 4to, Paris, 1686, etc.); severamente criticado por el Benedictino PETITDIDIER y por el Orador SIMON (Critique de la Bibl. des auteurs eccl. publ. pen ill. E. Dupin, Paris, 1730), y la obra de Du Pin fue puesta en el Indice en 1757; FABACCEUS, Bibliotheca Graece, sive edititia Scriptorum veterum Graecorum (Hamburgo, 1705-28, 14 vols.; nueva ed. por HARLES, Hamburgo, 1790-1809, 12 vols., no abarca 11 vol de la edición original; índice a esta edición., Leipzig, 1838) – esta gran obra es en realidad una vasta colección de materiales; Fabricius era un Protestante (m. 1736); hizo una colección más pequeña de la historia literarias Latina, Bibl. Latina, sive non. scr. vett, latt. (1697, 1708, 1712, etc., ed. por ERNESTI, 3 vols., Leipzig, 1773-4), y una continuación de la Edad Media (1734-6, 5 vols.); la obra completa fue reditada por MANSI (6 vols., Padua, 1754, y Florencia, 1858-9); LE NOURRY, Apparatus ad Biblioth. Max. vett. Patr. (2 vols. fol., Paris, 1703-15), que trata de los Padres Griegos del siglo Segundo con apologistas Latinos; CEILLIER, Hist. générale des auteurs sacrés et ecclés. (desde Moses a 1248, 23 vols., Paris, 1729-63; Table gén. des Met., by RONDET, Paris, 1782; nueva ed. 16 vols., Paris, 1858-69); SCHRAM, Analysis Operum SS. PP. et Scriptorum eccles. (Viena, 1780-96, 18 vols., una obra valiosa); LUMPER, Hist. Theologico-critica de vitâ scriptis atque doctrina SS. PP. at scr. eccl. trium primorum saec. (Viena, 1783-99, 13 vols.; una Buena compilación); la CAVE anglicana publicó una excelente obra, Scriptorum eccl. historia literaria (Londres, 1688; mejor edición, Oxford, 1740-3); OUDIN, a Premonstratensian, who became a Protestant, Commentarius de Scriptoribus eccl. (fundado en Bellarmino, 3 vols. fol., Leipzig, 1722). Sobre las ediciones de los Padres Latinos, SCHOENEMANN, Bibliotheca historico-litteraria Patrum Latinorum a Tert, ad Greg. M. at Isid. Hisp. (2 vols., Leipzig, 1792-4).

PATROLOGIAS (libros más pequeños):-- GERHARD, Patrologia (Jena, 1653); HÜLSEMANN, Patrologia (Leipzig, 1670); OLEARIUS, Abacus Patrologicus (Jena, 1673); estos son libros protestantes antiguos. Son obras católicas alemanas: GOLDWITZER, Bibliographie der Kirchenväter und Kirchenlehrer (Landshut, 1828); IDEM, Patrologie verbunden mi Patristik (Nuremberg, 1833-4); la mas antiguo distinction en Alemania entre patrologóia, el conocimiento de los Padres y sus usos, y patrística, la ciencia de la teología de los Padres es, hoy en día de algún modo anticuada.; BUSSE, Grundriss der chr. Lit. (Münster, 1828-9); MÖHLER, Patrologie, una importante obra póstuma de este gran hombre, sobre los tres primeros siglos (Ratisbon, 1840); PERMANEDER, Bibliotheca patristica (2 vols., Landshut, 1841-4); FESSLER, Institutiones Patrologiae (Innsbruck, 1851), nueva edicación por JUNGMANN es la mas valiosa (Innsbruck, 1890-6); ALZOG, Grundriss der Patrologie (Freiburg im Br., 1866 y 1888); la misma en Francés por BELET (Paris, 1867); NIRSCHL, Handbuch der Patrologie und Patristik (Mainz, 1881-5); RESBÁNYAY, Compendium Patrologiae et Patristicae (Funfkirchen in Hungary, 1894); CARVAJAL, Institutiones Patrologiae (Oviedo, 1906); BARDENHEWER, Patrologie (Freiburg Br., 1894; nueva edición. 1901) – este es, por lejos el manual más importante; el autor es un profesor de la facultad de Teología Católica en la Univ. De Munich; una traducción francesa por GODET AND VERSCHAFFEL, Les Pères de l´Église (3 vols., Paris, 1899); traducción italiana por A. MERCATI (Roma, 1903); y una traducción inglesa con la bibliografía traída hasta hoy en día por SHAHAN (Freiburg im Br. y St. Louis, 1908); son obras mas pequeñas, insuficientes para estudiantes avanzados, pero excelentes para propósitos ordinarios: SCHMID, Grundlinien der Patrologie (1879; 4th ed., Freiburg im Br., 1895); traducción inglesa revisada por SCHOBEL (Freiburg, 1900); SWETE de Cambridge, Estudio Patristico (Londres, 1902).

HISTORIAS DE LOS PADRES:-- No es necesario aquí catalogar todas las historias generales de la Iglesia, grandes y pequeñas, desde Baronius; sera suficiente nombrar algunas de aquellas que versen especialmente de los Padres y con la literatura eclesiástica. La primera y mas importante es la incomparable obra de TILLEMONT, Mémoires pour servir à l´histoire eccl. des six premiers siècles (Paris, 1693-1712, 16 vols., y otras ediciones); MARÉCHAL, Concordance des SS. Pères de l´Eglise, Grecs at Latins, una armonía de su teología (2 vols., Paris, 1739); BÄHR, Die christlich-römische Litteratur (4to vol. de Gesch. der römischen Litt., Karlsruhe, 1837; una nueva edición de la primera parte, 1872); SCHANZ, Gesch. der röm. Litt., Part III (Munich, 1896), 117-324; EBERT, Gech. der christlich-lateinischen Litt. (Leipzig, 1874; 2da ed., 1889); Anciennes littératunes chrétiennes (en Bibliothèque de l´enseignement de l´hist. eccl., Paris): I; BATIFFOL, La littérature grecque, un esquema muy útil (4ta ed., 1908), II; DUVAL, La littérature syriaque (3rd ed., 1908); LECLERCQ, L´Afrique chrétienne (en la misma Bibl. de l´ens. da l´h. eccl., 2da ed., Paris, 1904); IDEM, L´Espagne chrétienne (2da ed., 1906); BATIFFOL, L´église naissante et le Catholicisme, una fina cuenta apologética del desarrollo de la Iglesia desde el testimonio de los Padres de las primeras tres centurias (Paris, 1909); de las historias generales, la más importante es de Ducesesrese, Hist. ancienne eta tEglisa (2 han aparecido 2 vol. Paris, 1906-7); finalmente, la que tiene el primer lugar dentro de las historias de los Padres por un trabajo a completarse en seis volúmenes, de BARDENHEWER, Geschichte der altkirchlichen Litteratur (I, to D.C. 200, Freiburg im Br., 1902; II, al 300, D.C., 1903). Los siguientes son Protestantes: NEWMAN, The Church of the Fathers (Londres, 1840, etc.); DONALDSON, Historia crística de la lit. cristiana…desde el Concilio de Nicea: I; Los Padres Apostólicos, II y III; Los Apologistas (Londres, 1864-6 – no simpatético); BRICHY, La era de los Padres (2 vols., Londres, 1903); ZÖCKLER, Gesch. der theologischen Litt. (Patristik) (Nördlingen, 1889); CRUTTWELL, A Literary History of Early Christianity . . . Nicene Period (2 vols., Londres, 1893); KRÜGER, Gesch. der altchristlichen Litt, in den ersten 3 Jahrh. (Freiburg im Br. and Leipzig, 1895-7); tr. GILLET (New York, 1897) – esta es la raíz de la historia protestante alemana. Los siguientes consisten en materiales: A. HARNACK, Gechichte der altchr. Litt, bis Eusebius, I, Die Ueberlieferung (Leipzig, 1893; este volúmen numera todas las obras conocidas de cada escritor y todas las ferencias antiguas a ellas, y notas de MSS); II, 1 (1897), y II, 2 (1904), Die Chronologie, duscutida la fecha de cada escrito; el último período Griego es considerado por KRUMBACHER, Geschichte der byzantinischen Litt. 527-1453 (2da ed. Con asistencia de EHRHARD, Munich, 1897). Las siguientes series coleccionadas de estudios, deben ser agregadas: Textd und Untersuschungen zur Geschichte der altchristlichen Litt., ed. VON GEBHARDT AND A. HARNAcK (1ra series, 15 vols., Leipzig, 1883-97, 2das series, Neue Folge, 14 vols., 1897-1907, en proceso) – hoy, los editores son HARNACK AND SCHMIDT; ROBINSON, Texts and Studies (Cambridge, 1891 – en proceso); EHRHARD AND MÜLLER, Strassburger theologische Studien (12 vols., Freiburg im Br., 1894 – en proceso); EHRHARD AND KIRSCH, Forschungen zur christl. Litt. und Dogmengeschichte (7 vols., Paderborn, en proceso); La Pensée chrétienne (Paris, en proceso); Studii e Testi (Prnesa Vaticana, en proceso). De historias de desarrollo del dogma, HARNACK, Dogmengeschichte (3 vols., 3ra ed., 1894-7, nueva ed. en la prensa; Trad. Francesa., Paris, 1898; Trad. inglesa., 7 vols., Edinburgh, 1894-9), una obra aguda y visionaria; LOOFS, Leitfaden zum Studium der D. G. (Halle, 1889; 3ra ed., 1893); SEEBERG, Lehrb. der D. G. (2 vols., Erlangen, 1895), Protestante conservador; IDEM, Grundriss der D. G. (1900; 2da ed., 1905), obra mas pequeña: SCHWANE, Dogmengeschichte, Católico (2da ed., 1892, etc.; Trad. Francesa tr., Paris, 1903-4); BETHUNE-BAKER, Introducción a la Historia Antigua de la Doctrina (Londres, 1903); TIXERONT, Histoire des Dogmas: I, La théologie anti-nicéenne (Paris, 1905 -- excelente); y otras.

FILOLOGICAS:-- Sobre el período primitivo Griego común ver a MOULTON, Grammar of N. T. Greek: I, Prolegomena (3ra ed., Edinburgo, 1909), y referencias; sobre la literature Griega de D.C. 1-250, ver a SCHMIDT, Den Atticismus von Dion. Hal. bis auf den zweiten Philostratus (4 vols., Stuttgart, 1887-9); THUMB, Die griechieche Sprache im Zeitalter des Hellenismus (Strasburg, 1901). Además del Thesaurus de STEPHANUS (última ed., 8 vols., fol., Paris, 1831-65) y lexicos de los clásicos Griegos Bíblicos, diccionarios especiales de los últimos Griegos son DU CANGE, Glossarium ad scriptores mediae et infimae graecitatis (2 vols., Lyons, 1688, y nueva edición., Breslan, 1890-1); SOPHOCLES, Greek Lexicon of the Roman and Byzantine Periods, 146-1100 (3ra ed., Nueva York, 1888); palabras escasas en Stefanus y en Sofocles son coleccionadas por KUMANUDES (S. A. Koumanoudes), Sunagôgê lexeôn athêsauristôn en tois heggênikois lexikois (Atenas, 1883); notas generales de la Grecia Bizantina en KNUMBACHER, op. cit. On patristic Latin, KOFFMANE, Gesch. des Kinchenlateins: I, Entstehung . . . bis auf Augustinus-Hieronymus (Breslau, 1879-81); NORDEN, Die antika Kunstprosa (Leipzig, 1898), II; hay una gran cantidad de estudios del lenguaje de Padres particulares [e.g. HOPPE sobre Tertuliano (1897); WATSON (1896) y BAYARD (1902) sobre Cipriano; GOELTZER sobre Jerónimo (1884); REGNER sobre Agustín (1886), etc.], e indices latinitatis a los volúmenes del Corpus de Viena PP. latt.; TRAUBE, Quellen and Untensuchungen zur lat. Phil. des Mittelalters, I (Munich, 1906); mucho sera encontrado en Archiv für lat. Lexicographie, ed. WÖLFFLIN (Munich, comenzando en 1884).

TRADUCCIONES:-- Biblioteca de los Padres de la Santa Iglesia Católica, traducida por miembros de la Iglesia inglesa. (por PUSEY, NEWMAN, etc.), (45 vols., Oxford, 1832-). ROBERTS AND DONALDSON, The Ante-Nicene Christian Library (24 vols., Edinburgo, 1866-72; nueva edición por COXE, Buffalo, 1884-6, con la excelente sinopsis bibliográfica como suplemento de RICHARDSON., 1887); SCHAFF Y WAGE, A Select Library of Nicene and post-Nicene Fathers of the Chr. Ch., con buenas notas (14 vols., Buffalo y New York, 1886-90, y 2da series, 1900, en proceso).

ENCICLOPEDIAS Y DICCIONARIOS:-- SUICER, Thesaurus ecclesiasticus, a patribus graecis ordine alphabetico exhibens quaecumqua phrases, ritus, dogmata, haereses et hujusmodi alia spectant (2 vols., Amsterdam, 1682; nuevamente en 1728; y Utrecht, 1746); HOFFMANNS, Bibliographisches Lexicon der gesammten Litt. der Griechen (3 vols., 2da ed., Leipzig, 1838-45); los artículos de los primeros Padres y herejías en la Enciclopedia Británica (8va ed.) son muchas de ellas, por Harnack y ameritan su lectura; WETZER AND WELTE, Kirchenlex., ed. HERGENRÖTHER, y luego por KAULEN y otros, 12 vols., un vol. De índice (Freiburg im Br., 1882-1903); HERZOG, Realencylopädie für prot. Theol. und Kirche, 3ra ed. por HAUCK (21 vols., 1896-1908); VACANT AND MANGENOT, Dicc.. de Teol. cat. (Paris, en proceso); CABROL, Dict. d´archéologie chr. et de liturgie (Paris, en proceso); BAUDRILLART, Dict. d´hist. at de géogr. ecclésiastiques (Paris, en proceso); SMITH AND WACE, A Dictionary of Christian Biography, muy complete y valioso (4 vols., Londres, 1877-87).

LIBROS GENERALES DE REFERENCIA:-- ITTIG, De Bibliothecis et Catenis Patrum, entrega los contenidos de las colecciones mas antiguas de los Padres, que fueron enumeradas anteriormente (Leipzig, 1707); IDEM, Schediasma de auctoribus qui de scriptoribus ecclesiasticis egerunt (Leipzig, 1711); DOWLING, Notitia scriptorum SS. PP. . . . quae in collectionibus Anecdotorum post annum MDCC in lucem editis continentur (una continuación de ITTIG´s De Bibl. et Cat., Oxford, 1839); una admirable obra moderna es EHRHARD, Die alt christliche Litt, und ihre Erforschung seit 1880: I, Allgemeine Uebersicht, 1880-4 (Freiburg im Br., 1894); II, Ante-Nicene lit., 1884-1900 (1900); las bibliografías en las obras de HARNACK y de BARDENHEWER (ver más arriba) son excelentes; del período ante Niceano, RICHARDSON, Bibliographical Synopsis (un vol. extra Ante-Niceano. Padres, Buffalo, 1887); de todo el período. CHEVALIER, Répertoire des sources historiques du moyen-âge: Bio-bibliographie, entrega nombres de personas (2da ed., Paris, 1905-07); Topo-bibliographie entrega nombres de lugares y temas (2da ed., Paris, 1894-1903); el progreso de cada año es registrado en la obra de HOLTZMANN y KRÜGER´s Theologischer Jahresbericht de 1881; KROLL AND GURLITT, Jahresbericht für kleseische Alterthumewissenschaft (ambos Protestantes); BIHLMEYER, Hagiagraphischer Jahresbericht de 1904-6 (Kempten y Munich, 1908). Una bibliografías muy completa aparece cuatrimestralmente en la Revue d´hist. eccl. (Lovaina, desde 1900), con índice al final de año; en esta publicación, se encontrarán los nombres de todas las Reviews que versan de materias patrísticas.

JOHN CHAPMAN - Transcrito por Kevin Cawley
Traducido por Carolina Eyzaguirre Arroyo.

 

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San Máximo el Confesor + 662

Santa María,
ayúdame a esforzarme
según el máximo de mi capacidad
y el máximo de mis posibilidades
para así responder al Plan de Dios
en todas las circunstancias
concretas de mi vida.
Amén.

 

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La carta a Diogneto (hacia 190)
XI, 3-7; PG 2, 1183-1186

 

“Se extrañaba de su falta de fe” - El Padre ha enviado al Verbo para manifestarlo al mundo. Este Verbo fue despreciado por los suyos; pero, por la predicación de los apóstoles, los pueblos gentiles creyeron en él. El Verbo existía desde el principio y se manifestó en los tiempos más recientes. Aunque existe desde siempre, nace constantemente en el corazón de los santos. Es proclamado como Hijo en un hoy eterno. (Sal 2,7).
Por él, la Iglesia se enriquece de la gracia que se derrama y se acrecienta en el corazón de los santos; les confiere la inteligencia espiritual, les revela los misterios sagrados y les hace comprender los signos de los tiempos. La Iglesia se regocija por la fe de sus fieles; se ofrece a aquellos que la buscan y respetan los compromisos de la fe y las indicaciones de los Padres. Desde ahora, el temor de la Ley inspira cantos de alabanza, la gracia anunciada por los profetas se ha hecho manifiesta, la fe evangélica queda reforzada, la tradición de los apóstoles queda intacta y la gracia hace regocijar en danzas a la Iglesia.
Si no entristeces a la gracia conocerás los secretos que el Verbo comunica por quien quiere y cuando quiere...Si os acercáis i prestáis atención sabréis todo lo que Dios concede a los que le aman de verdad.

 

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La afirmación de que existe una relación intrínseca entre el Magisterio de la predicación de la Palabra verdadera y la sucesión apostólica (cf 1 Tim 1,10; ~,6; 2 Tim 4,3; Tit 1,9) está en la base de la comprensión y de la justificación de un Magisterio en la Iglesia. Se trata del poder conferido por Cristo a los apóstoles y a sus sucesores de exponer, guardar y defender la doctrina de la revelación de forma auténtica, y en ciertos casos infalible, presentándola como objeto de fe para conseguir la salvación. Esta potestad de enseñanza es de institución divina, como se deriva de las palabras con que Cristo confía a los apóstoles la misión de evangelizar a las gentes: id y enseñad a todos los pueblos» (Mt 2-8,18), y también: «id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura» (Mc 16,15). Por lo demás, la misma Iglesia primitiva es consciente de que el evangelio no es la doctrina de la comunidad entendida de manera distinta, sino que es la « enseñanza de los apóstoles» (Hch 2,42), Así pues, los apóstoles constituyen el punto de referencia irrenunciable para conocer con certeza la palabra del Señor Y la verdad salvífica.

Por consiguiente, es verdad que toda la Iglesia, globalmente entendida, vive de la verdad de Cristo Y es el sujeto portador y fiel de la revelación, que no puede engañarse en el creer; pero es igualmente verdad que la Iglesia es jerárquica por su misma naturaleza y que en ella la autoridad está relacionada con la sucesión apostólica y deriva su origen del propio Cristo, confiado al colegio de los apóstoles, después de la constitución del primado de Pedro (Mt 16,18; Jn 21,15ss), principio de unidad y pastor supremo y universal de la Iglesia, este Magisterio reside en los sucesores de Pedro y de los apóstoles, mediante la sucesión apostólica, garantizada por el sacramento del orden. A la luz de la enseñanza dogmática de la Iglesia, con especial referencia al Vaticano I (DS 3074) y al Vaticano II (LG 25), se pueden precisar ulteriormente el sujeto, las modalidades de ejercicio del Magisterio Y el objeto de la enseñanza magisterial

El sujeto del Magisterio es todo el colegio episcopal en unión con el papa y bajo su autoridad; este colegio expresa la continuidad con el colegio apostólico constituido por Cristo, y es sujeto de plena y suprema potestad sobre toda la Iglesia (LG 22). También el sucesor de Pedro es, por otra parte, sujeto y portador de la misma potestad (DS 3074; LG 22). Sin embargo, no hay que pensar que existan dos sujetos adecuadamente distintos, sino un solo sujeto magisterial, que actúa de dos maneras: o con un acto propiamente colegial, o con un acto del papa como cabeza del colegio.

El ejercicio del Magisterio puede expresarse de varias modalidades. Según la enseñanza de la Lumen gentium (n. 25), se pueden considerar tres modos de ejercicio del Magisterio, desde la perspectiva del sujeto que actúa:

- la enseñanza de los obispos dispersos en sus respectivas diócesis, en comunión entre ellos y con el papa;

- la enseñanza del colegio episcopal, reunido en concilio;

- la enseñanza del papa, en cuanto cabeza del colegio episcopal.

Esta enseñanza o Magisterio puede ser de dos tipos:

- Magisterio auténtico infalible, - Magisterio auténtico ordinario (no infalible).

El Magisterio auténtico infalible se expresa en tres modalidades específicas:

- la primera modalidad se llama Magisterio extraordinario del concilio, que se realiza cuando todos los obispos unidos al papa proclaman de forma solemne y formal una doctrina como procedente de la revelación y que todas las Iglesias tiene que creer o retener definitivamente (LG 25);

- la segunda modalidad es el Magisterio extraordinario del papa, que se realiza cuando el sumo pontífice proclama ex cathedra, es decir, solemnemente y con una declaración oficial, que una doctrina relativa a la fe o a la moral tiene que creerse o retenerse de modo definitivo por todos los fieles (DS 3074; LG 25). La definición del Vaticano I precisa que las definiciones dogmáticas del romano pontífice son «irreformables por sí mismas (ex sese) y no por el consentimiento de la Iglesia» (DS 3074). De esta forma se ha querido excluir la interpretación galicana, según la cual la verificación en el sentido jurídico del consentimiento al pronunciamiento dogmático tenía que ser la condición previa para reconocer la verdad de la definición papal. Por tanto, no puede ser objeto de verificación por parte de instancias extrínsecas el cumplimiento de las condiciones de una definición dogmática. Pero esto no tiene que entenderse en el sentido de que la definición del papa ex cathedra no dependa de la fe de la Iglesia. A este propósito la Declaración Mysterium Ecclesiae de la Congregación para la doctrina de la fe enseña que el Magisterio se vale de la contemplación, de la experiencia espiritual y de la investigación de los fieles, que exploran la riqueza del depositum fidei; pero «su oficio no se reduce a ratificar el consentimiento ya expresado por ellos; más aún, en la interpretación y en la explicación de la Palabra de Dios escrita o transmitida, él puede llegar a exigir ese consentimiento » (AAS, LXV, 1973, 399ss); - la tercera modalidad es el Magisterio ordinario universal, que se realiza cuando una doctrina de fe o de moral es enseñada constantemente por todos los obispos unidos al papa, dispersos por el mundo, sin que haya una proclamación solemne, sino con el convencimiento concorde y explícito de que transmiten una enseñanza verdadera y definitiva (LG 25).

El Magisterio auténtico ordinario (no infalible) es la forma común y más frecuente del ejercicio de la enseñanza magisterial. El carácter fundamental de esta enseñanza (del papa y de cada uno de los obispos) es que se trata de una enseñanza « auténtica », es decir, ejercida por la autoridad de Cristo (LG 25). Actúa y hace concreta en la comunidad del pueblo de Dios la autoridad intrínseca de la palabra divina, dado que la autoridad del Magisterio está al servicio de la Palabra de Dios (DV 10. LG 25). La tarea del Magisterio ordinario no es la de formular con precisión una verdad, sino la de guiar a la comprensión de los misterios de la salvación, la de indicar los medios de la acción pastoral y la de aplicar espiritual y vitalmente el mensaje de la fe. Esto explica por qué las indicaciones del Magisterio ordinario no son de suyo irreformables, sino que tienen a menudo un valor y un significado prudencial.

Pero estas dos formas de Magisterio, infalible u ordinario, no deben separarse ni dividirse más allá de lo debido. En efecto, expresan, a niveles distintos, pero unidos y relacionados entre sí, la naturaleza de la enseñanza magisterial de la Iglesia. El Magisterio eclesiástico constituye un momento .avanzado y peculiar del camino de la Iglesia en la comprensión cada vez más plena de la verdad, pero precisamente por este motivo no totaliza este camino, sino que es el Magisterio ordinario el que representa el camino habitual mediante el cual se anuncia en la Iglesia la doctrina de la verdad.

El objeto de la enseñanza del Magisterio es la Palabra de Dios en toda su amplitud, es decir, la doctrina revelada que concierne a la fe y a las costumbres (DS 3018). La reflexión teológica distingue un objeto primero y otro secundario. El objeto primario comprende todo lo que Dios ha revelado con vistas a nuestra salvación (DV 11). El objeto secundario, aunque no ha sido directamente revelado por Dios, está sin embargo ligado íntimamente con los misterios de la salvación, de manera que no es posible un anuncio eficaz de éstos sin unas aclaraciones doctrinales del objeto secundario (DS 3015;

3017). Este objeto secundario se refiere a los preámbulos de la fe, a la ley moral natural, a los llamados «hechos dogmáticos », como la legitimidad de un concilio, la validez de la elección papal, la canonización de los santos.

Si consideramos, por otra parte, más específicamente el objeto de la enseñanza del Magisterio en relación con el grado de adhesión o de asentimiento al que el Magisterio vincula al pueblo cristiano, habrá que hacer esta triple distinción, tal como ha recordado recientemente la Professio fidei et iusiurandum (cf. AAS, LXXXI, 1989, 105).

Deben creerse como inspiradas por Dios las doctrinas contenidas en la Palabra de Dios escrita o transmitida, y proclamadas como tales por un acto solemne del Magisterio extraordinario o por el Magisterio ordinario universal. Se trata de las verdades de fe divina.

- Deben retenerse firmemente todas y cada una de las doctrinas que propone el Magisterio de manera definitiva. Se trata de doctrinas que el Magisterio enuncia, no como reveladas por Dios, pero a las que se debe un asentimiento definitivo, ya que están íntima y estrechamente relacionadas con la revelación (objeto secundario).

- Deben aceptarse con el obsequio religioso del entendimiento y de la voluntad las doctrinas que se refieren a materias de fe y de moral, que el Magisterio auténtico del papa y del colegio episcopal proponen de manera no definitiva. Se trata de una enseñanza sobre la fe y las costumbres que no pretende pronunciarse de modo definitivo sobre las cuestiones en discusión, pero que intenta ser orientativa y que, por tanto, obliga según el modo con que se propone tal enseñanza. El asentimiento que se exige no es de fe, ni tampoco es definitivo, sino religioso, mediante el cual uno se adhiere a esa enseñanza, sin excluir una maduración ulterior en la comprensión del problema ni una reforma eventual de la misma enseñanza.

Así pues, la misión del Magisterio es la de afirmar, en coherencia con la «naturaleza escatológica» propia del acontecimiento de Jesucristo, el carácter definitivo de la alianza salvífica establecida por Dios por medio de Jesucristo con su pueblo, protegiéndolo de desviaciones y errores y garantizándole la posibilidad objetiva de profesar sin equivocaciones la fe auténtica, en todo tiempo y en las diversas situaciones históricas. El servicio a la verdad cristiana que rinde el Magisterio es un servicio a todos los fieles llamados a entrar en la libertad de la verdad que Dios ha revelado en Cristo y que, mediante la asistencia del Espíritu Santo, es guardada y profundizada por la Iglesia.

G. Pozzo

 

Bibl.: G. B. Sala, Magisterio, en DTI, 111, 36 38; K. Rahner, Magisterio eclesiástico, en SM, 1V 382-398; M. LOhrer, Sujetos de la transmisión, en MS, 112, 625-669. AA. VV Teología y magisterio, Sígueme, Salamanca ., 1987. D. Pérez, El Magisterio de la Iglesia, Madrid 1972; J Alfaro, La teologia y el Magisterio en R. Latourelle - G. O´Collins (eds.), problemas y perspectivas de teologia fundamental, Sígueme, Salamanca 1982.

 

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Originariamente se aplicaba la palabra padre a los maestros; y como en la antigüedad cristiana el oficio de enseñar incumbía principalmente al obispo, el título de Padre le fue aplicado en primer lugar a él.

 

Las controversias doctrinales del siglo IV hicieron extensivo el uso de la palabra padre a los escritores eclesiásticos que la iglesia reconocía como representantes de la tradición, aunque no fueran obispos.

 

Actualmente se consideran como Padres de la Iglesia los escritores eclesiásticos que reúnen estas cuatro condiciones:

 

— Doctrina ortodoxa.

 

— Santidad.

 

— Aprobación de la iglesia.

 

— Antigüedad:

 

• Para los escritores orientales, hasta la muerte de San Juan Damasceno († 749).

 

• Para los escritores occidentales, hasta la muerte de San Isidoro de Sevilla († 636).

 

Se consideran simplemente corno escritores eclesiásticos aquellos escritores de la antigüedad a quienes les falta la nota de la santidad o de la ortodoxia

  

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 ‘Cuando se encasquilla la razón se disparan las sectas’.

Gracias a Dios (nunca mejor dicho) los que nos consideramos hijos suyos tenemos a lo que acudir cuando nos asalte alguna duda o, simplemente, para cuando el diario vivir como cristianos nos lo requiera.  Dice León XIII en el nº 4 de su Carta Encíclica Providentissimus Deus que «Toda la Escritura, divinamente inspirada, es útil para enseñar, para argüir, para corregir, para instruir en la justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto y pronto a toda buena obra».  Porque, además, como dice el Libro de los Hebreos (4:12) «Ciertamente, es viva la Palabra de Dios y eficaz, y más cortante que espada alguna de dos filos».  Por lo tanto, las Sagradas Escrituras son elementos fundamentales a los que debemos, sobre todo obediencia y cumplimiento.

Sin embargo, resulta demasiado fácil argumentar que, en ocasiones (en más de una) el texto de los textos sagrados no se entiende. Para eso, por decirlo así, tenemos otro instrumento que viene en auxilio las muchas veces que nos produzca desazón no reconocer, para nuestras vidas, como válido, el contenido de las Sagradas Escrituras.  Así, la Tradición nos echa, por así decirlo, una mano en nuestras cuitas interpretativas o, simplemente, aplicativas a nuestro diario vivir, de la Ley de Dios.

Por tanto, la Tradición Apostólica (Catecismo de la Iglesia Católica 75-79) como transmisión del mensaje de Jesucristo a lo largo de los siglos dando comienzo, tal transmisión, con los primeros doce discípulos de Cristo, nos sirve de apoyo, ayuda y, las más de las veces, consuelo en los pasos que, trabajosamente, damos, hacia el definitivo Reino de Dios.

‘Cuando se encasquilla la razón se disparan las sectas’.

 



Proponemos una lista de personajes

(filosóficos) que pueden ayudarnos a

comprender diversos periodos históricos.

  

Cuadro Cronológico

 

Figuran en este cuadro, en orden cronológico, los nombres de todos los autores a los cuales se han dedicado artículos. Para la confección del cuadro se han adoptado las siguientes normas:

 

1) Los nombres de autores desde Tales de Mileto (ca. 640/30-546/45 antes de J. C.) —los Siete Sabios forman «grupo aparte»- hasta Eudoro de Alejandría (fl. 25 antes de J. C.) inclusive han sido distribuidos en cinco grupos. Estos grupos no representan períodos bien definidos, pero permiten ver qué autores están cronológicamente más cercanos unos a otros dentro de ciertas fechas.

 

2) Los nombres de autores desde Filón de Alejandría (ca. 25 antes de J. C.-50) inclusive hasta nuestros días están agrupados por siglos. Se han adoptado a este efecto las normas siguientes:

 

a) La colocación del autor en un lugar está determinada por la fecha de nacimiento.

 

b) Si la fecha de nacimiento es sólo aproximada (precedida por ca. [circa] o ´cerca´, ´hacia´, ´alrededor de´, ´aproximadamente´), se ha considerado como si fuera segura.

 

c) Si se conoce del autor sólo el «año de florecimiento» (precedido por ´fl.´ [floruit]) se ha considerado que su fecha de nacimiento cae treinta años antes. Cuando se indican dos fechas entre las cuales tiene lugar el «florecimiento», se ha adoptado la fecha intermedia como la que designa el floruit.

 

d) Si se conoce del autor sólo la fecha de fallecimiento, se considera que la fecha de nacimiento cae sesenta años antes de la primera.

 

e) Si se conoce sólo el siglo en el cual vivió un autor, se supone que el año de su «florecimiento» es la mitad del siglo.

 

f) Si se sabe sólo que su período de florecimiento es un siglo determinado, se supone que el año de florecimiento es la mitad del siglo.

 

g) Los autores nacidos, o presumiblemente nacidos, entre los años 70 y final de un siglo han sido incluidos en el siglo posterior.

 

Esta última norma no debe hacer olvidar que en algunos casos un autor nacido antes del año 70 de un determinado siglo puede ser considerado, por su actuación o influencia, como perteneciente al siglo posterior. Para referimos sólo a los últimos siglos, podemos comprobarlo en Francis Bacon y Galileo —nacidos antes de 1570, pero usualmente incluidos dentro del siglo XVII, en Louis de Bonald, Saint-Simon, Fichte, Royer-Collard, Maine de Biran —nacidos antes de 1770 pero tratados con frecuencia como autores ochocentistas-, en Freud, Lévy-Bruhl, Simmel, Peano, Meyerson, Alexander, Husserl, Bergson, Duhem, Dilthey, Dewey, Santayana, Max Weber, Unamuno, Chestov, Croce, Driesch, Lalande, Brunschvicg, etc. —nacidos antes de 1870 y casi siempre incluidos en las exposiciones de la «filosofía del siglo XX». Para los efectos de la agrupación de autores en siglos conviene dar una ojeada a los últimos autores que figuran en cada grupo y tener en cuenta otros factores además del cronológico.

A partir del siglo XVI, cuando hay dos o más autores nacidos en el mismo año, se han ordenado alfabéticamente.

  

Antes de J.C.

 

Siete Sabios
Tales de Mileto (ca. 640/639-546/545)
Anaximandro (ca. 610-547)
Anaxímenes (ca. 588-524)
Jenófanes (ca. 570-470)
Ferécides de Tiro (mediados siglo VI)
Pitágoras (fl. 532)
Alcmeón (fl. siglo VI)
Parménides (nac. ca. 540-539)
Heráclito (nac. ca. 544 [fl. 504/501])
Hipodamo de Mileto (fl. ca. 480)
Anaxágoras (ca. 499-428)
Zenón de Elea (ca. 490-430)
Empédocles (ca. 483/482-430)
Leucipo (fl. 450)
Deógenes de Apolonia (fl. 450)
Protágoras (ca. 480-410)
Cratilo (siglo V)
Hippias (siglo V)
Trasímaco (fl. 450)
Pródico (fl. 441)
Meliso (fl. 441)

  

Sócrates (470/469-399)
Demócrito (460-370)
Filolao (fl. fines siglo V)
Antifón (segunda generación sofistas)
Euclides de Megara (ca. 450-ca. 380)
Arquelao (fl. ca. 420)
Antístenes (ca. 444-365)
Arístipo (nac. ca. 435)
Fedón (fl. ca. 399)
Euclides de Alejandria (fl. 365)
Platón (428/427-347)
Jenofonte (ca. 430-354)
Gorgias († 380)
Diógenes de Sínope (ca. 413-327)
Eudoxo de Cnido (ca. 408-355)
Mo-Tse (ca. 468-ca. 376)
Espeusipo (ca. 407-339)
Jenócrates (ca. 396-314)
Heráclides Póntico (fl. 360)

 



Aristóteles (ca. 384/383-322)
Eubúlides de Mileto (fl. 350)
Arquitas (siglo IV)
Yang-Chu (siglo IV)
Teofrasto (ca. 372-288)
Eudemio de Rodas (coetáneo de Teofrasto)
Mencio (ca. 371-289)
Chuang-Tse (ca. 369-286)
Diodoro Cronos († 307)
Pirrón (ca. 360-270)
Aristoxeno (nac. ca. 354)
Dicearco de Mesina (coetáneo de Aristoxeno)
Onesicrito (gl. 330)
Crates de Tebas (fl. 326)
Estilpón de Megara (fl. 320)
Demetrio de Falera (ca. 345-283)
Epicuro (ca. 341-270)
Clearco (nac. 340)
Creantor (340-290)


Menedemo de Eretria (ca. 340-ca. 265)
Zenón de Citio (ca. 335-ca. 264)
Cleantes (331/330-233/232 o 232/231)
Metrodoro de Lámpsaco (ca. 330-ca. 277)


Filón de Megara (fl. ca. 300)
Evemero (fl. 300)
Timón (ca. 320-235)
Aristón de Quíos (ca. 320-250)
Arcesilao (ca. 315-ca. 241/240)
Polemón (escolarca: 314-ca. 276)
Nausifanes de Teo (fl. ca. 300)
Estratón de Lámpsaco (fl. 288/286-266)
Aristarco de Samos (fl. ca. 280)
Arquímedes (287-212)
Crisipo (281-208)
Licón (fl. 250: escolarca: 272/268-288/225)
Menipo de Gadara (fl. 270)
Crates de Atenas (fl. 270)
Heguesías (siglo III)
Bión de Borístenes (fl. 230)
Aristón de Quedos (fl. 228-225)
Critolao († ca. 156)
Carnéades (ca. 214-129)
Aristóbulo (fl. 165)
Clitómaco (187/186-110/109)
Panecio (ca. 185-110/109)
Hiparco de Samos (siglo II)
Posidonio (ca. 135-50)
Filón de Larisa (fl. 100)
Varrón (Marcus Terentius Varro) (116-27)
Cicerón (Marcus Tullius Cicero) (106-43)
Aristón de Alejandría (siglo I)
Asclepiades (siglo I)
Cratipo (siglo I)
Andrónico de Rodas (fl. 70)
Antíoco de Ascalón (fl. 70)
Enesidemo (fl. 70)
Lucrecio (Titus Lucretius Carus) (ca. 96-55)
Nigidio Figulo (Publius Nigidius Figulus) († 45)
Musonia (C. Musonius Rufus) (fl. 65)
Filodemo de Gadara (fl. 60)
Nicolás de Damasco (nac. ca. 64)
Potamón (63-14 después de J.C.)
Eudoro de Alejandría (fl. 25)

 

 

Después de J.C.

 

 

Siglo I

 

Quintiliano (Marcus Fabius Quintilianus) (ca. 35-ca. 95)
Filón De Alejandría (ca. 25 antes de J.C. —50)
Séneca (Lucio Anneo) (Lucius Annaeus Seneca) (ca. 4-65)
Pablo (San) († ca. 67)
Demetrio El Cínico (siglo I)
Moderato de Gades (fl. siglo I)
Cornuto (Lucius Annaeus Cornutus) (fl. 66).
Dion Crisóstomo (ca. 40-120)
Plutarco (ca. 45-125)
Epicteto (ca. 120)
Arriano, Flavio, discípulo de Epicteto (siglo I)
Severo (siglo I)

Siglo II

Demonax de Chipre (ca. 80-160)
Favorino (ca. 80-150)
Marción (ca. 85-ca. 165)
Hierocles El Estoico (fl. ca. 120)
Ptolomeo (Claudio Ptolomeo) (fl. 127 a 150)
Valentino (ca. 100-ca. 165)
Carpócrates (fl. ca. 130)
Basílides (fl. ca. 130)
Justino (San) (ca. 105—ca. 165)
Teón de Esmirna (siglo II; época del emperador Adriano [117-138])
Nicómaco de Gerasa (fl. 140)
Peregrino Proteo (siglo II)
Oinomao de Gadara (siglo II)
Numenio de Apamea (siglo II)
Arístides (Marciano Arístides) (siglo II)
Diogeniano (siglo II)
Marco Aurelio Antonino (121-180)
Luciano de Samosata (ca. 125-180)
Ireneo (San) (ca. 125-ca. 202)
Apuleyo (nac. 125)
Galeno (130-200)
Aecio (fl. ca. 150)
Nicóstrato (fl. 160 a 170)
Ático (fl. 170)
Celso (fl. 170)
Minucio Félix (Marcus Minucius Felix) (fl. 170)
Clemente (San) (ca. 150-ca. 215)
Albino (fl. 180)
Máximo De Tiro (fl. 180)
Bardesano de Edesa (154-222)
Tertuliano (Quintus Septimus Florens Tertullianus) (ca. 155-ca. 222)
Hipólito (San) (ca. 160-ca. 236)

Siglo III

Filostrato (Flavio) (ca. 170-ca. 249)
Alejandro de Afrodisia (fl. 200)
Diógenes de Oionanda (fl. 200)
Sexto El Empírico (fl. 200)
Ammonio Saccas (ca. 175-242)
Orígenes (185/186-254)
Diógenes Laercio (fl. 225 a 250)
Plotino (205-270)
Orígenes El Neoplatónico (compañero de Plotino)
Amelio (fl. 240)
Longino (ca. 213-273)
Aniceris (siglo III)
Porfirio (232/233-ca.
304)
Metodio († 311)
Jámblico (ca. 240-325)
Lactancio (Lucius Caecilius Firmianus Lactantius) (nac. ca. 250)
Anobio [Arnobios] (ca. 260-327)
Eusebio de Cesárea (ca. 265-339/340)

Siglo IV

Alejandro de Licópolis (fl. ca. 300)
Papo (Pappus) (fl. ca. 300)
Teodoro de Asine (fl. 300)
Atanasio (San) (ca. 297-373)
Victorino (Cayo Mario) († ca. 380)
Temistio (ca. 317-ca. 387)
Calcidio (fl. 350)
Crisantio de Sardes (fl. 350)
Donato, Helio (Aelius Donatus) (fl. 350)
Teodoro El Ateo (siglo IV)
Gregorio Nacianceno (San) (ca. 329-389/390)
Basilio (San) (ca. 330-379)
Pseudo-Macario (atribuido a Macario El Egipcio) († 395)
Ambrosio (San) (ca. 340-397)
Eunapio de Sardes (nac. ca. 345/346)
Máximo de Alejandría (fl. 380 a 390)
Agustín (San) 354-430)
Hipatía († 415)
Gregorio de Nisa (San) o Gregorio Niceno (San) (ca. 355— después de 394)

Siglo V

Sinesio de Cirene (ca. 370-415)
Salustio El Neoplatónico (ca. 370-415)
Dionisio El Areopagita (Pseudo Dionisio) (ca. fines siglo IV—comienzos siglo V)
Nemesio (fl. 400)
Macrobio (Ambrosio Teodosio) (fl. 400)
Orosio (Pablo) (hacia 415)
Hierocles de Alejandría (fl. 420)
Marciano Capella (Martianus Minneus Felix Capella) (fl. 430)
Proclo (410-485)
Eneas (ca. 450-534)
Marino de Neápolis (sigo V discípulo de Proclo; secesor de éste como escolarca en la Academia)
Asclepiodoto de Alejandría (fl. 450)
Siriano (fl. ca. 450)
Salustio El Cínico (siglo V)
Procopio (465-529)

Siglo VI

Damascio (nac. ca. 470)
Prisciano (fl. 500)
Estobeo (Juan Estobeo) (nac. entre fines siglo V y principios del VI)
Leoncio de Bizancio (ca. 475-542/543)
Boecio (ca. 480-524/525)
Casiodoro (en 490-ca. 570)
Ammonio Hermeiou [Ammonio de Hermia] (fl. 530)
Zacarías († ca. 550)
Juan Filopón (fl. 530)
Olimpiodoro (siglo VI)
Simplicio (fl. 527-565)
Isidoro (San) (ca. 560-635)

Siglo VII

Máximo El Confesor (580-662)

Siglo VIII

Beda El Venerable (672/673-735)
Juan Damasceno (San) (ca. 674/675-749)

Siglo IX

Fredegiso [Fredegisus, Fridugius, Fredegis] († 834)
Rabano Mauro (Hrabanus Maurus) (784-856)
Alkindi (800-873)
Juan Escoto Erigena (ca. 810-877)
Enrique de Auxerre (ca. 841-ca. 876)
Remigio de Auxerre (ca. 841-908)
Isaac Israeli (mitad siglo IX—principios siglo X)

Siglo X

Abenmasarra (883-931)
Alfarabi († 950)
Saadia (Saadia Bn Josep Al Fayum) (892-943)
Gerberto de Aurillac (930-1003)
Fulberto de Chartres (ca. 960-1028)

Siglo XI

Avicena (980-1037)
Abenhazam (994-1063)
Berengario de Tours (ca. 998-1088)
Lanfranco [Lanfranc, Lanfrancus] (ca. 1005-1089)
Pedro Damián (San) (1007-1072)
Psellos (Miguel) (1018-1078)
Avicebrón (Avencebrol, Abengabirol) (ca. 1020-1059 ó 1070)
Gaunilo [Gaunilon] († 1083)
Juan Ítalo (fl. ca. 1060)
Anselmo (San) 1035-1109)
Roscelino (ca. 1050-ca. 1120)
Abenalsid (1052-1127)
Anselmo de Laón († 1117)
Algazeli (Algazel) (1058-1111)
Abu Salt (1067-1134)

 

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Pentecostés, punto de partida de la misión de la Iglesia

La tarde del día de su resurrección, Jesús, apareciéndose a los discípulos, «sopló sobre ellos y les dijo: “Recibid el Espíritu Santo”» (Jn 20, 22). El Espíritu Santo se posó sobre los Apóstoles con mayor fuerza aún el día de Pentecostés: «De repente un ruido del cielo –se lee en los Hechos de los Apóstoles–, como el de un viento recio, resonó en toda la casa donde se encontraban. Vieron aparecer unas lenguas, como llamaradas, que se repartían, posándose encima de cada uno» (2, 2-3).

El Espíritu Santo renovó interiormente a los Apóstoles, revistiéndolos de una fuerza que los hizo audaces para anunciar sin miedo: «¡Cristo ha muerto y ha resucitado!». Libres de todo temor comenzaron a hablar con franqueza (cf. Hch 2, 29; 4, 13; 4, 29.31). De pescadores atemorizados se convirtieron en heraldos valientes del Evangelio. Tampoco sus enemigos lograron entender cómo hombres «sin instrucción ni cultura» (cf. Hch 4, 13) fueran capaces de demostrar tanto valor y de soportar las contrariedades, los sufrimientos y las persecuciones con alegría. Nada podía detenerlos. A los que intentaban reducirlos al silencio respondían: «Nosotros no podemos dejar de contar lo que hemos visto y oído» (Hch 4, 20). Así nació la Iglesia, que desde el día de Pentecostés no ha dejado de extender la Buena Noticia «hasta los confines de la tierra» (Hch 1, 8).  «Duc in altum» (Lc 5,4) dijo Cristo al apóstol Pedro en el Mar de Galilea.

 

Comprometerse activamente en favor de la justicia, derramar signos luminosos de esperanza. Multiplicar los testimonios de mansedumbre y perdón. Caminar por la senda de la solidaridad y de la paz. Jesús Resucitado envía por doquier a sus discípulos como testigos de la esperanza y les asegura: "siempre estoy con vosotros". Más de dos mil años la Iglesia es testigo del Cristo resucitado, esperanza para todo hombre.

 

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Encíclica «Spe Salvi»: «Una sociedad que no logra aceptar a los que sufren y no es capaz de contribuir mediante la compasión a que el sufrimiento sea compartido y sobrellevado también interiormente, es una sociedad cruel e inhumana» (No. 38).

 

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«Nolite conformari huic saeculo, sed reformamini in novitate sensus vestri, ut probetis quae sit voluntas Dei bona et beneplacens et perfecta» (Rom. XII, 2). «Nos os amoldéis a este mundo, procurad reformaros con un nuevo sentido de la vida; tratando de discernir la voluntad de Dios, lo que es bueno, de más valor, más perfecto».

 

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Los creyentes no son nunca totalmente extraños el uno para el otro. Estamos en comunión a causa de nuestra identidad más profunda: Cristo en nosotros. Así la fe es una fuerza de paz y reconciliación en el mundo: la lejanía ha sido superada, estamos unidos en el Señor (cf. Ef 2, 13).

 

"Obras todas del Señor, bendecid al Señor".-

Se multiplican los diagnósticos desesperados (algunos exagerados ciertamente), sobre el estado de la tierra: "un hormiguero que se resquebraja", "un planeta que agoniza"... La ciencia describe cada vez con más detalles el posible escenario de la disolución final del cosmos. Se enfriarán la tierra y los demás planetas; se enfriarán el sol y las demás estrellas; se enfriará todo... Disminuirá la luz y aumentarán en el universo los agujeros negros... Un día, la expansión se agotará y comenzará la contracción; al final se asistirá al colapso de toda la materia y de toda la energía existente en una estructura compacta de densidad infinita. Se producirá entonces el "Big Crunch", o gran implosión, y todo volverá al vacío y al silencio que precedió a la gran explosión, o "Big Bang", de hace quince mil millones de años.
Nadie sabe si las cosas sucederán realmente así o de otro modo. Pero la fe nos asegura que, aunque fuese así, ese no sería el final total. Dios no ha reconciliado consigo al mundo para luego abandonarlo a la nada; no ha prometido permanecer con nosotros hasta el fin del mundo para luego retirarse, él solo, a su cielo, en el momento en que llegue ese fin. "Te he amado con un amor eterno", dijo Dios al hombre en la Biblia (Jr 31, 3) y las promesas de "amor eterno" de Dios no son como las del hombre.

 

 

 

Por venir a visitarnos, os agradecemos.-


Benedicto PP XVI: 2008.I.01 ‘Día mundial de la paz’ como cada primero de enero. Familia humana: comunidad de paz’ lema 01 enero para el 2008. 40 aniversario de la celebración de la primera Jornada Mundial de la Paz (1968-2008) ‘la celebración de esta Jornada, fruto de una intuición providencial del Papa Pablo VI’.-

Anno Domini 2008 - Dominus illuminatio mea - "The Lord is my light"
El Señor es mi luz, Salmo 27.

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¿Por qué repetimos y recomendamos algunos libros? - No responde esta habitual insistencia a ningún imperativo ni legal, ni moral, ni de compromiso alguno. El único compromiso es el del servicio a la conformación de una cultura católica que hoy es más necesaria que nunca.

Recomendamos vivamente:

1º Título: ‘Biblia y ciencia de la fe’ La Palabra de Dios fecunda.

Autor: Carlos Granados-Agustín Jiménez (eds.)- Editorial: Ediciones Encuentro

LA EXPERIENCIA DE DIOSAutor: José Morales – Editorial: Rialp - Madrid –Esp. 255 paginas - “Es probablemente cierto que la experiencia es el elemento más radical del fenómeno religioso, pero este fenómeno no es vivido en estado puro por ningún sujeto, sino que se inscribe en el interior de un hecho religioso que comporta toda una serie de mediaciones que influyen en la experiencia que cada sujeto pueda hacer”.

3º ‘Europa y la Fe’. Editor: Ciudadela Libros. Autor: Hilaire Belloc.
Páginas: 237 - ISBN: 978-84-96836-23-5 -

En esta obra se trata con un realismo histórico apabullante el tema de Europa y su relación con la fe católica. No se debería desconocer este ensayo histórico admirable en que su autor explica cómo la Iglesia católica ayudó a salvar a Occidente, en las Edades oscuras, preservando lo mejor de la civilización griega y romana, y cómo los europeos, todavía hoy, nos beneficiamos de instituciones sociales y de forma políticas de indudable origen católico como los Parlamentos. Es muy posible que no se haya escrito una mejor visión de conjunto de la civilización occidental que este libro.

4º ‘Jesús de Nazaret’ – ‘Benedicto XVI’. 2007;al siglo: Joseph Cardenal Ratzinger

5º ‘El Libro negro de las nuevas persecuciones anticristianas’, Thomás Grimaux es el autor - Favre, 160 páginas. Valeurs Actuelles, 2008 -. Todo un acierto.

6º ‘LA LEYENDA NEGRA’, de PHILIP W. POWELL (1913-1987), publica la editorial Áltera en su colección ‘Los Grandes Engaños Históricos’. 2008 –

Grüss Gott. Salve, oh Dios.

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'JESUCRISTO PADECIÓ BAJO EL PODER DE PONCIO PILATO,
FUE CRUCIFICADO, MUERTO Y SEPULTADO'
Evangelio según San Lucas, Cap.3, vers.1º: El año decimoquinto del reinado del emperador Tiberio, cuando Poncio Pilato gobernaba la Judea, siendo Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Felipe tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene…

Crucifixión de San Pedro: fue crucificado al revés cabeza abajo - Pergamino con San Pedro en cruz invertida, de Maguncia- Alemania; entre el 900 y el 1000ca. - Museo Diocesano de la Catedral Maguncia (Mainz) Alemania - Pedro en su cruz, invertida. ¿Qué significa todo esto? Es lo que Jesús había predicho a este Apóstol suyo: "Cuando seas viejo, otro te llevará a donde tú no quieras"; y el Señor había añadido: "Sígueme" (Jn 21, 18-19). Precisamente ahora se realiza el culmen del seguimiento: el discípulo no es más que el Maestro, y ahora experimenta toda la amargura de la cruz, de las consecuencias del pecado que separa de Dios, toda la absurdidad de la violencia y de la mentira. No se puede huir del radicalismo del interrogante planteado por la cruz: la cruz de Cristo, Cabeza de la Iglesia, y la cruz de Pedro, su Vicario en la tierra. Dos actos de un único drama: el drama del misterio pascual: cruz y resurrección, muerte y vida, pecado y gracia.

La maternidad divina de María – Catecismo de la Iglesia
495 Llamada en los Evangelios 'la Madre de Jesús'(Jn 2, 1; 19, 25; cf. Mt 13, 55, etc.), María es aclamada bajo el impulso del Espíritu como 'la madre de mi Señor' desde antes del nacimiento de su hijo (cf Lc 1, 43). En efecto, aquél que ella concibió como hombre, por obra del Espíritu Santo, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el Hijo eterno del Padre, la segunda persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre de Dios [Theotokos] (cf. Concilio de Éfeso, año 649: DS, 251).
La virginidad de María
496 Desde las primeras formulaciones de la fe (cf. DS 10-64), la Iglesia ha confesado que Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María únicamente por el poder del Espíritu Santo, afirmando también el aspecto corporal de este suceso: Jesús fue concebido absque semine ex Spiritu Sancto (Concilio de Letrán, año 649; DS, 503), esto es, sin semilla de varón, por obra del Espíritu Santo. Los Padres ven en la concepción virginal el signo de que es verdaderamente el Hijo de Dios el que ha venido en una humanidad como la nuestra:
Así, san Ignacio de Antioquía (comienzos del siglo II): «Estáis firmemente convencidos acerca de que nuestro Señor es verdaderamente de la raza de David según la carne (cf. Rm 1, 3), Hijo de Dios según la voluntad y el poder de Dios (cf. Jn 1, 13), nacido verdaderamente de una virgen [...] Fue verdaderamente clavado por nosotros en su carne bajo Poncio Pilato [...] padeció verdaderamente, como también resucitó verdaderamente» (Epistula ad Smyrnaeos, 1-2).

El acontecimiento histórico y transcendente – Catecismo de la Iglesia
639 El misterio de la resurrección de Cristo es un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas como lo atestigua el Nuevo Testamento. Ya san Pablo, hacia el año 56, puede escribir a los Corintios: "Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce: "(1 Co 15, 3-4). El apóstol habla aquí de la tradición viva de la Resurrección que recibió después de su conversión a las puertas de Damasco (cf. Hch 9, 3-18).
El sepulcro vacío

640 "¿Por qué buscar entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado" (Lc 24, 5-6). En el marco de los acontecimientos de Pascua, el primer elemento que se encuentra es el sepulcro vacío. No es en sí una prueba directa. La ausencia del cuerpo de Cristo en el sepulcro podría explicarse de otro modo (cf. Jn 20,13; Mt 28, 11-15). A pesar de eso, el sepulcro vacío ha constituido para todos un signo esencial. Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección. Es el caso, en primer lugar, de las santas mujeres (cf. Lc 24, 3. 22- 23), después de Pedro (cf. Lc 24, 12). "El discípulo que Jesús amaba" (Jn 20, 2) afirma que, al entrar en el sepulcro vacío y al descubrir "las vendas en el suelo"(Jn 20, 6) "vio y creyó" (Jn 20, 8). Eso supone que constató en el estado del sepulcro vacío (cf. Jn 20, 5-7) que la ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana y que Jesús no había vuelto simplemente a una vida terrenal como había sido el caso de Lázaro (cf. Jn 11, 44).