Sed siempre humildes y amables; sed comprensivos, sobre llevaos mutuamente con amor; esforzaos en mantener la unidad del Espíritu, con el vínculo de la paz. Dios acepta y recibe con agrado a la Iglesia como sacrificio cuando la Iglesia conserva la caridad que derramó ella el Espíritu Santo: así, si la Iglesia conserva la caridad del Espíritu, puede presentarse ante el Señor como una hostia viva, santa y agradable a Dios.

San Félix de Nicosia solía repetir en todas las circunstancias, alegres o tristes: "Sea por amor de Dios". Así podemos comprender bien cuán intensa y concreta era en él la experiencia del amor de Dios revelado a los hombres en Cristo. Este humilde fraile capuchino, hijo ilustre de la tierra de Sicilia, austero y penitente, fiel a las expresiones más auténticas de la tradición franciscana, fue plasmado y transformado gradualmente por el amor de Dios, vivido y actualizado en el amor al prójimo. Fray Félix nos ayuda a descubrir el valor de las pequeñas cosas que enriquecen la vida, y nos enseña a captar el sentido de la familia y del servicio a los hermanos, mostrándonos que la alegría verdadera y duradera, que anhela el corazón de todo ser humano, es fruto del amor.
“El Espíritu Santo nos asegura la fuerza necesaria para dar testimonio de la alegría de la fe y de la belleza de ser cristianos”. Benedicto PP. XVI 25.12.MMVIII
Los humildes obedecen, los obedientes se salvan. En una punta Jesús y en la otra María, la primera mujer perfectamente obediente. La que dijo que sí al Espíritu en su aldea de Belén y luego en el cuarto aquel de Jerusalén en el Pentecostés. En la primera vez nació Jesús, en la segunda: la Iglesia. La Madre es la misma.
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El celibato es vivir fascinado por la belleza del rostro de Dios descubierto en Cristo. En la Eucaristía contemplamos el Sacramento de esta síntesis viva de la ley: Cristo nos entrega en sí mismo la plena realización del amor a Dios y del amor a los hermanos. Nos comunica este amor suyo cuando nos alimentamos de su Cuerpo y de su Sangre. Entonces puede realizarse en nosotros lo que san Pablo escribe a los Tesalonicenses en la segunda lectura de hoy: "Abandonando los ídolos, os habéis convertido, para servir al Dios vivo y verdadero" (1 Ts 1, 9). Esta conversión es el principio del camino de santidad que el cristiano está llamado a realizar en su existencia. El santo es aquel que está tan fascinado por la belleza de Dios y por su verdad perfecta, que es progresivamente transformado. Por esta belleza y esta verdad está dispuesto a renunciar a todo, incluso a sí mismo. Le basta el amor de Dios, que experimenta en el servicio humilde y desinteresado al prójimo, especialmente a quienes no están en condiciones de corresponder. Desde esta perspectiva, ¡cuán providencial es que hoy la Iglesia indique a todos sus miembros a cinco nuevos santos que, alimentados de Cristo, Pan vivo, se convirtieron al amor y en él centraron toda su existencia! En diversas situaciones y con diversos carismas, amaron al Señor con todo su corazón y al prójimo como a sí mismos, y "así llegaron a ser un modelo para todos los creyentes" (1 Ts 1, 6-7).
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LAS RAZONES PROFUNDAS DEL CELIBATO SACERDOTAL
Y LAS RAZONES DEL ESCÁNDALO MEDIÁTICO
CELIBATO SACERDOTAL Y EUCARISTÍA

Por Antonio Orozco-Delclós
Arvo.net, 2006-2010 www.arvo.net
En 1906, cuando tenía apenas 37 años Gandhi - Mohandas Karamchand Gandhi (n. 1869-1948) - hizo junto con su mujer un voto de castidad. No parece que influyera en tal decisión el hecho de que no hubiera sabido llevarse del todo bien con su esposa (el matrimonio en la pubertad de los 13 años le despertó un deseo carnal exacerbado, celos y ambición de posesión que lo convirtieron en un pequeño déspota). Tampoco estoy seguro de que lo hiciera sólo por quedar más libre para dedicarse a la lucha por la justicia. Gandhi se acercó al cristianismo, pero era un místico indú. Sin duda fue un hombre excepcional, de libro. Quiso alcanzar el más alto grado de pureza y para ello adoptó el singular método de dormir rodeado de jóvenes doncellas, con la sincera y firme voluntad de permanecer incólume.
Sin duda lo consiguió. Pero no es ese el estilo católico de entender el asunto de la castidad y del celibato. Sin embargo podemos ver en el admirado Mahatma (Alma Grande) un testimonio –una tanto pintoresco, desde luego-, de que el celibato y la continencia total pueden tener sentido también extra muros de la Iglesia católica y también de que es posible vivirlo en cualquier circunstancia, eso sí, siempre que se entienda desde una perspectiva trascendente. No hace falta ser católico para entenderlo, sobre todo cuando no se teoriza en abstracto, sino que se trata el asunto al modo del científico: ateniéndose a los hechos y reflexionando en torno a datos ciertos, vengan de donde vengan.
Pero Jesucristo nos advirtió que no todos entenderían el celibato «por razón del Reino de los Cielos». Cuando explica que «quien repudie a su mujer y se case con otra, comete adulterio», los discípulos –con mentalidad no tan lejana a la de nuestro tiempo como se supone- replican: «Si tal es la condición del hombre respecto de su mujer, no trae cuenta casarse».
Contrariamente a lo que se suele pensar, la dificultad de entender la indisolubilidad del matrimonio no es signo de la «adultez» de nuestra cultura. Pero él les dijo: «No todos entienden este lenguaje, sino aquellos a quienes se les ha concedido. Porque hay eunucos que nacieron así del seno materno, y hay eunucos que se hicieron tales a sí mismos por el Reino de los Cielos. Quien pueda entender, que entienda. » (Mt 19, 9-12)
Esta última frase, según se lea, da la impresión de que a Cristo no le preocupa mucho el déficit de entendederas que padece buena parte de la humanidad, lo cual sucede en modo especialmente vasto, en el sector posmoderno: «el que pueda entender que entienda», y punto. Creo que la Iglesia que vive en el mundo debe compartir esa cierta dosis de indiferencia del Maestro e ir a lo que debe, a donde debe, sin preocuparse ni poco ni mucho del «qué dirán». No quiero decir que no se esfuerce en dar explicaciones lo más claras posibles, pero sin agobios innecesarios. Al que no es católico, poco debiera importarle que los curas sean célibes o no. Por eso no entiendo por qué algunos ateos o agnósticos se meten con tanta vehemencia en polémicas sobre el asunto si no es por agredir. Por lo demás, también se comprenderá que las confesiones cristianas que no tengan la Eucaristía, o no la entiendan bien, tampoco entiendan la gran conveniencia e incluso la relativa necesidad del celibato sacerdotal.
A los católicos, debiera importarles mucho el asunto. Hay razones muy poderosas que éstos, los católicos, sí pueden y deben entender. Si no se entiende el celibato sacerdotal significa que no se entienden muchas otras cosas de gran relevancia teológica, cuyo conocimiento proporciona enorme gozo. Por supuesto es preciso partir de la trascendencia, en concreto, de la luz que proporciona aquella divina revelación que Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, nos ha traído al mundo hace unos veinte siglos. Fue una auténtica revolución, en el sentido de que introdujo en el pensamiento sobre toda la realidad una cierta inversión de valores, a la vez que un enriquecimiento inconmensurable del conocimiento sobre el mundo, el hombre y Dios, empezando por lo último que acabo de mencionar: Dios.
El cardenal Ratzionger, hoy papa Benedicto XVI, lo explicaba breve y claramente en un libro que escribió junto al teólogo H. Urs von Balthasar con el título «María, Iglesia naciente», páginas 57-60 (Ed. Encuentro). Tiene unos párrafos de densa reflexión histórico-teológica: «Para el pensamiento antiguo, a la esencia de Dios pertenecía la impasibilidad de la pura razón. A los Padres les resultaba difícil rechazar esta idea y concebir «pasión» alguna en Dios, pero por la Biblia veían, perfectamente que la revelación de la Biblia hace estremecer... [todo] lo que el mundo había pensado sobre Dios. Veían que en Dios hay una pasión muy íntima, que incluso es su genuina esencia: el amor. Y porque ama, el padecimiento no le es ajeno en la forma de com-pasión.
En su amor al hombre, el Impasible ha sufrido la com-pasión misericordiosa, escribe Orígenes a este respecto [H. de Lubac, «Geist aus der Geschichte. Das Schriftverständnis des Origenes, Einsiedeln 1968 (original francés 1950), p. 286].
Este párrafo me parece luminoso, es como un síntesis de la historia de la reflexión teológica sobre la esencia de Dios y sus atributos, que no pueden entenderse sobre la base de la categorías aristotélicas, al menos tal como se presentan en cierta escolástica que ha lastrado buena parte de la reflexión filosófica y teológica hasta nuestros días, como si el «ser» sólo pudiera ser «sustancia» o «accidentes». No vamos ahora entrar en detalles, pero es claro que el «Ser» divino no cabe en categorías obtenidas desde el conocimiento del mundo físico.
Desde un esquema semejante cualquier cosa que dice la Escritura sobre lo que «hace o deja de hacer» Dios sería un paso de la potencia al acto, una mutación, una negación del dogma de la inmutabilidad. No cabría en absoluto «pasión» alguna en Dios ni nada análogo; y entonces habría que echar la Biblia a la papelera.
De ahí la dificultad que, según Joseph Ratzinger, se encontraron incluso algunos Padres de la Iglesia. Pero añade el entonces cardenal: «En Bernardo de Claraval se encuentra esta palabra maravillosa: Dios no puede padecer, pero puede com-padecer (1). Bernardo pone con ello cierto punto final a la disputa de los Padres acerca de la novedad del concepto cristiano de Dios» [«In Cant.», s. 26, n. 5, PL 183, 906: «impassibilis est Deus, sed non incompassibilis». Cf. H. de Lubac, «Geist aus der Geschichte. Das Schriftverständnis des Origenes, Einsiedeln 1968 (original francés 1950), p. 285.
Todo el capítulo «Ver Gott des Origenes», pp. 269-289, es importante para esta cuestión. H. U. von Balthasar ha tratado repetidas veces el tema contiguo a éste del «dolor de Dios», por última vez en: ID 5, «El último acto», Madrid 1997, pp. 210-243)].
Sucede que «Dios es amor» (1 Jn 4, 3): «es»; lo es por esencia. Su esencia es Amor, todo Él es Amor. En términos coloquiales cabría decir que el amor es la pasión de las pasiones. Cuando el amor es auténtico, cuando una persona está propia y profundamente enamorada, sufre -¡goza!- una pasión más fuerte que todas las pasiones, que va de persona a persona y alcanza la belleza del alma más que la apariencia física. El amor verdadero y pleno es más fuerte que la muerte.
Dios es una pasión a la que hay que negar toda imperfección y afirmar toda perfección, más allá de lo que podamos imaginar y pensar. Una pasión que alcanza lo «increíble». Cuando Jesús, Dios Hijo hecho carne, habiendo llegado «su hora» se sentó con los Apóstoles para celebrar la Pascua suprema, «los amó hasta el extremo» (Jn 13, 1). ¿Hasta qué extremo? La respuesta puede resumirse en una palabra: EUCARISTÍA. Les amó hasta la Eucaristía.
Anticipó su sacrificio del Calvario entregando su cuerpo y su sangre bajo las figuras de pan y vino. Y así, transustanciando el pan y el vino en su carne y sangre nos entregó todo lo que se contiene en su Misterio Pascual: Pasión, Muerte y Resurrección. ¡Misterio de fe! El misterio que supera infinitamente todas las categorías del pensamiento humano y encierra la pasión infinita, más fuerte que todas las demás pasiones habidas y por haber.
«Pasión» en un doble sentido: pasión de amor inmenso y pasión de cierto sufrimiento inaudito por los amados que sufren. Com-pasión. Una combinación tan impresionante como misteriosa. El vigor, la fuerza de esa pasión es irresistible y está atrayendo a Sí todo, todas las cosas y todos los hombres, es el centro de la Historia de la humanidad y del cosmos. En la Eucaristía se centra y concentra todo. Supera toda pasión; y toda pasión noble en ella encuentra su último y definitivo sentido. En cierto modo, el primer atraído e inmerso en el Misterio es el sacerdote que celebra el Sacrificio Eucarístico, la Santa Misa.
Por eso, a mi modo de ver, el papa Benedicto pronuncia una palabra definitiva, tras múltiples intentos a lo largo de la historia de la teología. Las palabras son éstas, breves, sintéticas, formidables: «Sobre el misterio eucarístico, celebrado y adorado, se funda el celibato que los presbíteros han recibido como don precioso y signo del amor indiviso hacia Dios y hacia el prójimo» [Homilía de la Clausura del Sínodo de los obispos y del Año de la Eucaristía (23.X.2005).
Nada se plantea aquí sobre la «utilidad» del celibato en función de la eficacia o ineficacia «pastoral». El celibato no se exige al sacerdote en la Iglesia para que pueda «hacer» más o menos cosas. No es esa la cuestión. No debiera entrarse en semejante polémica.
La Eucaristía encierra la Gran Pasión de Cristo Sacerdote (permítase el doble sentido con que me he referido a la palabra «pasión»). El sacerdote católico es el hombre de la Eucaristía. Se ordena principalmente para confeccionar y dar Eucaristía: la Santa Misa y los demás sacramentos, que todos a ella se ordenan.
«No cabe duda -afirmaba Mons. Álvaro del Portillo- de que esta centralidad del Sacrificio Eucarístico es una realidad en la vida de todo cristiano, pero en el sacerdote este hecho adquiere matices especiales. Como afirma Juan Pablo II, «mediante nuestra ordenación ‑cuya celebración está vinculada a la Santa Misa desde el primer testimonio litúrgico‑ nosotros estamos unidos de manera singular y excepcional a la Eucaristía. Somos, en cierto modo, por ella y para ella»» (Vd. Una vida centrada y enraizada en la Eucaristía)
El sacerdote católico está primordialmente para vivir en «la Gran Pasión» de Cristo y ser testigo y transmisor de ella. La recibe, y recibe ese don de modo absolutamente inmerecido. El sacramento del Orden le convierte en alter ego de Cristo. Es un hombre como los demás (la naturaleza no cambia), pero no es una persona como las demás: la persona queda modificada, ha sido asumida desde lo más íntimo de su ser para poder actuar in persona Christi capitis, en la Persona de Cristo Cabeza de la nueva humanidad por Él redimida.
«El sacerdote ofrece el Santo Sacrificio «in persona Christi», lo cual quiere decir más que «en nombre», o también «en vez» de Cristo. «In persona»: es decir, en la identificación específica, sacramental con el «Sumo y Eterno Sacerdote», [42] que es el Autor y el Sujeto principal de este su propio Sacrificio, en el que, en verdad, no puede ser sustituido por nadie. Solamente El, solamente Cristo, podía y puede ser siempre verdadera y efectiva «propitiatio pro peccatis nostris ... sed etiam totius mundi».[43] Solamente su sacrificio, y ningún otro, podía y puede tener «fuerza propiciatoria» ante Dios, ante la Trinidad, ante su trascendental santidad. La toma de conciencia de esta realidad arroja una cierta luz sobre el carácter y sobre el significado del sacerdote-celebrante que, llevando a efecto el Santo Sacrificio y obrando «in persona Christi», es introducido e insertado, de modo sacramental (y al mismo tiempo inefable), en este estrictísimo «Sacrum», en el que a su vez asocia espiritualmente a todos los participantes en la asamblea eucarística.» [JPII, Dominicae Cenae, n. 8]
El sacerdote católico se encuentra diciendo en el momento de la Consagración: «Esto es mi cuerpo que se entrega…». Juan Pablo II escribe: «Accipite et manducate... Accipite et bibite... La autodonación de Cristo, que tiene sus orígenes en la vida trinitaria del Dios-Amor, alcanza su expresión más alta en el sacrificio de la Cruz, anticipado sacramentalmente en la Última Cena.
No se pueden repetir las palabras de la consagración sin sentirse implicados en este movimiento espiritual. En cierto sentido, el sacerdote debe aprender a decir también de sí mismo, con verdad y generosidad, «tomad y comed». En efecto, su vida tiene sentido si sabe hacerse don, poniéndose a disposición de la comunidad y al servicio de todos los necesitados.» [Cartas a los Sacerdotes para el Jueves Santo, n.3]
Quien transustancia el pan es Cristo, pero no sin la intervención del sacerdote, que dice las palabras consecratorias «en» y «con» Cristo. No se trata de una simple representación en el sentido teatral, es un misterio grandísimo en el que se halla implicada la persona del sacerdote; cabe decir, todo él. Cristo quiere que su cuerpo sea cuerpo de cada uno de sus fieles, pero muy especialmente de aquél que ha escogido para decir en Él y con Él (y viceversa) «Esto es mi cuerpo que se entrega…».
Que se entrega ¿a quién? ¿a una mujer? Huelga la respuesta. «Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella» (Ef 5, 25).
La Iglesia es todos y cada uno de los miembros del Cuerpo de Cristo, es decir todos y cada uno de aquellos que comen –y los que no comen pero debieran comer, todos los que están llamados a comer- del mismo Pan eucarístico. Ese otro Cristo y aun el mismo Cristo que es el sacerdote católico no conviene que se particularice, no conviene que –en expresión de Pablo- se «divida». No es cuestión de dedicar más o menos tiempo al ministerio sacerdotal. Se trata de una entrega del espíritu en la Persona de Cristo a Dios –Padre, Hijo y Espíritu Santo- y a toda persona humana, de un modo intencionalmente omniabarcante y, en la medida de lo posible, de un modo material en el cotidiano servicio propio del ministerio, hasta donde pueda alcanzarse.
El sacerdote católico, en coherencia con lo que es y hace, es y ha de esforzarse para ser testigo cada día mejor de la Gran Pasión de Dios, por Dios y por la humanidad entera. Está llamado a vivir una pasión más fuerte que cualquier pasión, incluida, por supuesto, la sexual y la del corazón de varón.
Para esto se prepara durante años. Insisto. El fundamento del celibato no es que «pueda hacer más cosas». Este debate no tiene sentido… católico. El sentido del celibato sacerdotal se encuentra fundamentalmente en el ser sacerdotal.
«"Haced esto en memoria mía". La Eucaristía no recuerda un simple hecho; ¡recuerda a Él! Para el sacerdote, repetir cada día, in persona Christi, las palabras del «memorial» es una invitación a desarrollar una «espiritualidad de la memoria». En un tiempo en que los rápidos cambios culturales y sociales oscurecen el sentido de la tradición y exponen, especialmente a las nuevas generaciones, al riesgo de perder la relación con las propias raíces, el sacerdote está llamado a ser, en la comunidad que se le ha confiado, el hombre del recuerdo fiel de Cristo y todo su misterio» [JPII, Cartas a los Sacerdotes para el Jueves Santo,, n. 5). El celibato sacerdotal es memoria de Cristo y de su Misterio Pascual; es vida para la memoria eucarística, memoria para la memoria de del sacerdote y para la memoria de los demás fieles. Y aquí podríamos hacer un inciso sobre la necesidad de un atuendo visiblemente sacerdotal, para la memoria de todos, que es muy flaca y requiere estimulación constante. «Ser sacerdotal» - «atuendo sacerdotal»- «memoria eucarística», nexo ineludible.
Memoria del Memorial, memoria del Sacrificio: de la entrega de cuerpo y alma por todos. Ciertamente, el celibato es una llamada que incluye el sacrificio de la tendencia normal al matrimonio. Pero sobre todo, es una vocación a vivir un tipo especial de amor que se realiza en la amistad intimísima humano-divina con Jesucristo, en quien se encuentra toda Verdad y Sabiduría, Belleza, Bondad y Amor encarnado. Hay toda una teología que el papa Juan Pablo II ha impulsado sobre el carácter esponsal del cuerpo humano y toda una teología fundada en numerosos elementos bíblicos sobre la analogía de la relación esponsal aplicada a la de Cristo y la Iglesia.
Cristo es el «Esposo», la Iglesia es la «Esposa» de Cristo. La analogía está en relación con la expresión bíblica de la más profunda relación esponsal: «serán dos en una sola carne: duo in carne una». Con el cuerpo y por medio del cuerpo los esposos se entregan a sí mismos, enteramente el uno al otro y en esa entrega, cuando es auténtica, encuentran el éxtasis amoroso que, por trascender el mero impulso sexual, crece de día en día (lo meramente sexual satura enseguida). Y, por trascenderlo, se llega a vivir cada vez más intensamente en un amor «suprasexual».
El sacerdote católico no necesita, si vive en coherencia con lo que es y hace en la Misa, de la vida matrimonial, la cual –está claro ya en nuestros días- para otros es sacramento, camino de santificación, algo maravilloso, una vocación divina. Pero para el sacerdote católico - esencialmente eucarístico -, no es necesario porque la perfección de la persona se encuentra en el amor: cuanto mayor es el amor, mayor es la riqueza personal, mayor el gozo de vivir; la madurez del humano vivir sólo se encuentra en el amor. Y en la Iglesia católica Cristo ofrece a sus sacerdotes la increíble posibilidad de vivir un creciente amor que podríamos llamar, con los debidos matices, «teándrico», es decir, humano y divino a la vez.
Prescindiendo del matrimonio según la «carne», el sacerdote se hace apto para vivir – sin necesidad de sensiblerías – el éxtasis místico del momento supremo de su vida en la tierra: «Esto es mi cuerpo que se entrega por vosotros…». «Ya no soy yo quien vive, sino que es Cristo quien vive en mí», dirá san Pablo. El apóstol sacerdote se encuentra asumido por Cristo de un modo esencialmente superior a la de los demás fieles no ordenados. Hay una diferencia esencial –es verdad de fe- entre el sacerdocio ministerial y el sacerdocio común.
Se dice, por ejemplo: «la raíz y la fuente de este compromiso hay que buscarlas en la preocupación por cómo agradar al Señor» (1 Co 7, 32). Bien, hay que agradar al Señor, pero parece un lenguaje light, si tratamos de la fuente y raíz. El preciso ahondar hasta el «ser eucarístico», que implica vivir totalmente de y en la Eucaristía, ser para la Eucaristía, servir a la Eucaristía, conducir a la Eucaristía. Lo cual significa vivir inmerso en el «amor extremo» puesto por Cristo en la Eucaristía, para enamorar en primer lugar a quien la «confecciona» y enseguida a todo el «pueblo de Dios», su Cuerpo Místico. No se olvide por lo demás, que en el amor de Cristo se halla inseparable el amor del Padre y el del Espíritu Santo; en rigor son un solo Amor, el Amor de la Trinidad. Con su cuerpo y sangre Cristo se nos entrega entero, y con Cristo entero nos entrega la entera Trinidad. Son indisolubles.
Todo el ministerio sacerdotal es eucarístico o, si se prefiere se ordena a la Eucaristía, la Gran Pasión. ¿También, por ejemplo, cuando se promueve la justicia social? También, porque todo lo justo, todo lo bueno, todo lo honrado encuentra su sentido en el punto omega Cristo, en quien Dios quiere ser y será «todo en todos». Sin Él nada tiene sentido y su «doble Pasión» por la humanidad no ha admitido un nivel inferior al supremo, es decir, al nivel del extremo eucarístico.
No puede sorprendernos -dice McGovern- que los Papas hayan sentido la necesidad de reafirmar el valor del carisma del celibato. Por un lado, la sabiduría del mundo ha sido siempre hostil a la virtud cristiana de la castidad, y al celibato sacerdotal en particular, y por eso el sacerdote necesita que se le recuerde el sentido de este don y su significado esencialmente sobrenatural. Por otro lado, precisamente porque el celibato es un compromiso que afecta a la raíz misma de la existencia sacerdotal, el sacerdote necesita reflexionar frecuentemente que el celibato «por el Reino de los Cielos» es una fuente de energía espiritual que, con la ayuda de la gracia de Dios, le capacita para ejercer un sacerdocio fecundo.
Pues bien, para superar todas las posibles dificultades que pueden surgir para vivir fielmente este compromiso, cabe recordar: ¿Cómo se vence una gran pasión? Respuesta: con una pasión más fuerte. El sacerdote es el testigo de la existencia de la pasión más fuerte de todas las pasiones humanas, por invencibles que puedan parecer, por violentas que puedan resultar en momentos concretos de la existencia humana.
Juan Pablo II ha subrayó que «las razones últimas para la disciplina del celibato no se pueden fundamentar en el campo psicológico, sociológico, histórico o jurídico, sino, esencialmente, en el teológico y pastoral, en el mismo carisma ministerial». Tampoco se pueden fundar en el hecho de que «hay mucho que hacer», lo cual es bien cierto. Y se hará, si el sacerdote es fiel a su «ser» sacerdotal.
Recientemente, el 14 de junio de 2010, el papa Benedicto XVI, en un coloquio que mantuvo con cinco sacerdotes de los cinco continentes, en representación de los miles de presbíteros presentes el pasado jueves 10 de junio en la Vigilia de Clausura del Año Sacerdotal, en la Plaza de San Pedro, el representante de los europeos le dirigió la siguiente pregunta:
P. – Padre Santo, soy don Karol Miklosko y vengo desde Europa, precisamente desde Eslovaquia, y soy misionero en Rusia. Cuando celebro la Santa Misa me encuentro a mí mismo y comprendo que allí encuentro mi identidad y la raíz y energía de mi ministerio.
El sacrificio de la Cruz me revela al Buen Pastor, que lo da todo por el rebaño, por cada oveja, y cuando digo: “Éste es mi cuerpo … esta es mi sangre" dada y derramada en sacrificio por vosotros, entonces comprendo la belleza del celibato y de la obediencia, que prometí libremente en el momento de la ordenación. Aún con las naturales dificultades, el celibato me parece obvio, mirando a Cristo, pero me siento trastornado al leer tantas críticas mundanas a este don. Le pido humildemente, Padre Santo, que nos ilumine sobre la profundidad y sobre el sentido auténtico del celibato eclesiástico.
La respuesta es profunda y bellísima:
R. – Gracias por las dos partes de su pregunta. La primera, en la que muestra el fundamento permanente y vital de nuestro celibato; la segunda que muestra todas las dificultades en las que nos encontramos en nuestro tiempo. Es importante la primera parte, es decir: el centro de nuestra vida debe ser realmente la celebración cotidiana de la Santa Eucaristía; y aquí son centrales las palabras de la consagración: “Esto es mi cuerpo, esta es mi Sangre”; es decir, hablamos in persona Christi. Cristo nos permite usar su “yo”, hablamos en el “yo” de Cristo, Cristo nos “atrae hacia sí” y nos permite unirnos, nos une con su “yo”. Y así, a través de esta acción, este hecho de que Él nos “atrae” a sí mismo, de forma que nuestro “yo” queda unido al suyo, realiza la permanencia, la unicidad de su Sacerdocio; así Él es realmente siempre el único Sacerdote, y aún muy presente en el mundo, porque nos “atrae” en sí mismo y así hace presente su misión sacerdotal. Esto quiere decir que somos atraídos al Dios de Cristo: es esta unión con su “yo” que se realiza en las palabras de la consagración. También en el “yo te absuelvo” – porque ninguno de nosotros podría absolver de los pecados – es el “yo” de Cristo, de Dio, el único que puede absolver.
http://arvo.net/nuestros-temas-de-hoy/celibato-sacerdotal-y-eucaristia/gmx-niv902-con9268.htm
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Celibato y matrimonio. El compromiso fortalecido por la fe.
El sentido del celibato es vivir dando testimonio de la fe cristiana, que implica la vida eterna, la vida propia de Dios; y, con ello, dar testimonio, ante todo, de «que Dios existe, que Dios tiene que ver con mi vida, que puedo fundar mi vida sobre Cristo, sobre la vida futura».
23.VI.2010 - Ramiro Pellitero
Sacerdote, Profesor de Teología pastoral, Universidad de Navarra
La víspera de la conclusión del Año Sacerdotal, un sacerdote eslovaco, misionero en Rusia, le pidió a Benedicto XVI que profundizara en el sentido del celibato. Resultó muy oportuno que inscribiera su pregunta en el contexto de la Eucaristía, raíz de la identidad y del ministerio sacerdotal.
El Papa desarrolló su explicación sobre el sentido del celibato a partir de la Eucaristía y lo relacionó con el matrimonio.
En la Eucaristía –como también al perdonar los pecados– el sacerdote celebra “en la persona de Cristo”, es decir, permitiendo ser asumidos por el “yo” de Cristo, que es al que sirve de instrumento.
Esa unificación con el yo de Cristo “atrae” al sacerdote también a la vida nueva de Jesús resucitado. Esa vida está más allá del matrimonio (Mt 22,23-32). Y “en este sentido, el celibato es una anticipación. Trascendamos este tiempo y sigamos adelante, y así nos ‘atraemos’ a nosotros mismos y a nuestro tiempo hacia el mundo de la resurrección, hacia la novedad de Cristo, hacia la vida buena y verdadera”.
Se trata, por tanto, de una anticipación de la vida futura del cielo, hecha posible por la gracia de Dios. Y aquí está, según el Papa, un motivo principal por el que hoy no se entiende el celibato (cabría añadir: no sólo el celibato sacerdotal, sino también el celibato en la vida religiosa y en la condición laical): porque no se piensa ya en el futuro que Dios nos prepara, donde Dios nos espera; “parece suficiente solo el presente de este mundo. Queremos tener solo este mundo, vivir solo en este mundo”. Pero “así cerramos las puertas a la verdadera grandeza de nuestra existencia”. Pues bien –añade Benedicto XVI– “el sentido del celibato como anticipación del futuro es precisamente abrir estas puertas, hacer más grande el mundo, mostrar la realidad del futuro que es vivido por nosotros ya como presente”.
En otros términos, el sentido del celibato es vivir dando testimonio de la fe cristiana, que implica la vida eterna, la vida propia de Dios; y, con ello, dar testimonio, ante todo, de “que Dios existe, que Dios tiene que ver con mi vida, que puedo fundar mi vida sobre Cristo, sobre la vida futura”.
Tiene su lógica –seguía explicando– que para los agnósticos el celibato sea un “gran escándalo”, puesto que supone considerar a Dios como realidad y vivir en consecuencia. Este escándalo parece que tiene más peso que la moda de no casarse.
De hecho, “en un cierto sentido, puede sorprender esta crítica permanente contra el celibato, en un tiempo en el que está cada vez más de moda no casarse”. Claro que este no-casarse tiene un significado totalmente distinto al celibato; “porque el no casarse se basa en la voluntad de vivir solo para sí mismos, de no aceptar ningún vínculo definitivo, de tener la vida en todo momento en una autonomía plena, decidir en cada momento qué hacer, qué tomar de la vida; es por tanto un ‘no’ al vínculo, un ‘no’ a la definitividad, un tener la vida sólo para sí mismo”.
En cambio, “el celibato es precisamente lo contrario: es un ‘sí’ definitivo, es un dejarse tomar de la mano por Dios, entregarse en las manos del Señor, en su ‘yo’, y es por tanto un acto de fidelidad y de confianza, un acto que supone también la fidelidad del matrimonio; es precisamente lo contrario de este ‘no’, de esta autonomía que no quiere obligarse, que no quiere entrar en un vínculo; es precisamente el ‘sí’ definitivo que supone, confirma el ‘sí’ definitivo del matrimonio”; es decir, de la forma bíblica y natural de relacionarse el hombre y la mujer que está en la raíz de nuestra cultura.
En definitiva, “el celibato confirma el ‘sí’ del matrimonio con su ‘sí’ al mundo futuro, y así queremos seguir y hacer presente este escándalo de una fe que pone toda su existencia en Dios”.
En efecto –puede resumirse todo ello–: cuando la fe flaquea, se oscurece la vida futura y con ello surge el fantasma del miedo al compromiso, sea en el celibato, sea en la vida matrimonial, por querer aferrarse y encerrarse en el presente individualista, cerrando los ojos a la belleza y la fuerza de la vida eterna que la fe anuncia e inaugura.
Somos conscientes, observa Benedicto XVI, de que junto a este gran escándalo que produce la fe, y que el mundo no quiere ver, están también “los escándalos secundarios de nuestras insuficiencias, de nuestros pecados, que oscurecen el verdadero y gran escándalo, y hacen pensar: ¡Pero no viven realmente fundados en Dios!”.
“¡Pero –responde– hay mucha fidelidad!” Y “el celibato, precisamente las críticas lo muestran, es un gran signo de la fe, de la presencia de Dios en el mundo”. Por eso debemos rezar a Dios “para que nos ayude a hacernos libres de los escándalos secundarios” de modo “que se haga presente el gran escándalo de nuestra fe: ¡la confianza, la fuerza de nuestra vida, que se funda en Dios y en Jesucristo!”
Ramiro Pellitero, sacerdote, profesor de Teología pastoral, Universidad de Navarra
http://www.infocatolica.com/?t=opinion&cod=6664
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Pablo llama a Timoteo – y en él al obispo y, en general, al sacerdote – “hombre de Dios” (1Tim 6,11). Esta es la tarea central del sacerdote: llevar a Dios a los hombres. Ciertamente puede hacerlo solamente si él mismo viene de Dios, si vive con y por Dios. Eso se expresa maravillosamente en un versículo de un salmo sacerdotal que nosotros – la vieja generación – hemos pronunciado durante la admisión al estado clerical: “El Señor es la parte de mi herencia y mi de mi copa, en tus manos está mi vida” (Sal 16[15], 5). […] Esta teocentricidad de la existencia sacerdotal es necesaria precisamente en nuestro mundo totalmente funcionalista, en el cual todo se funda sobre acciones calculables y verificables. El sacerdote debe verdaderamente conocer a Dios desde adentro y llevarlo así a los hombres: es este el servicio prioritario del que la humanidad de hoy tienen necesidad. [...]
El celibato, que es vigente para los obispos en toda la Iglesia oriental y occidental y, según una tradición que se remonta a una época cercana a la de los Apóstoles, para los sacerdotes en general en la Iglesia latina, puede ser comprendido y vivido, en definitiva, sólo en base a esta impostación de fondo. Las razones solamente pragmáticas, la referencia a la mayor disponibilidad, no bastan: tal mayor disponibilidad de tiempo podría fácilmente volverse también una forma de egoísmo que se ahorra los sacrificios y las fatigas requeridas por el aceptarse y el soportarse mutuamente en el matrimonio; podría así llevar a un empobrecimiento espiritual o a una dureza de corazón. El verdadero fundamento del celibato puede ser resumido en la frase: “Dominus pars” – Tu eres mi tierra […] Nuestro mundo convertido totalmente en positivista, en el cual Dios entra en juego a lo más como hipótesis, pero no como realidad concreta, tiene necesidad de este apoyarse sobre Dios en el modo más concreto y radical posible. Tiene necesidad del testimonio para Dios que esta en la decisión de acoger a Dios como tierra sobre la cual se funda la propia existencia. Por esto el celibato es así importante precisamente hoy, en nuestro mundo actual; también si su cumplimiento en esta época nuestra está continuamente amenazado y puesto en duda […] Contrariamente a la tendencia cultural que busca convencernos que no somos capaces de tomar tales decisiones, este testimonio puede ser vivido y así, en nuestro mundo, puede volver a poner en juego a Dios como realidad.
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ANTROPOLOGÍA DEL DON DEL CELIBATO
Vocación del ser humano en la Creación. 2. A imagen de Dios Trino. 3. El significado «esponsalicio» del cuerpo. 4. Significado esponsalicio del cuerpo y celibato. 5. La llamada al celibato. 6. El celibato, preanuncio del estado escatológico. 7. Celibato y matrimonio.
Por Blanca Castilla de Cortázar Larrea
de la Real Academia de Doctores
Arvo Net, 17 diciembre 2005
Agradecemos vivamente al autor – XVIII-XII-MMV
ANTROPOLOGÍA DEL DON DEL CELIBATO
1. Vocación del ser humano en la Creación
Cuando Dios creó al ser humano a su imagen trinitaria: “Hagamos (lo dice en plural) al hombre a nuestra imagen y semejanza (plural)” (Gén 1, 26), “creó Dios al ser humano a imagen suya, a imagen de Dios le creó, varón y mujer los creó” (Gén 1, 27). Y Dios les bendijo diciéndoles: “sed fecundos, multiplicáos, llenad la tierra y dominádla” (Gén 1, 28), encomendándoles una misión común: la familia y la cultura. Y más adelante vuelve a relatar el Génesis que el matrimonio fecundo es la llamada universal del ser humano en el misterio de la Creación: “Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y se harán una sola carne” (Gén 2, 24).
En el Nuevo Testamento hay otra vocación que Cristo señaló a sus seguidores, la de renunciar al matrimonio y a la familia propia “por el reino de los cielos”. Para entenderla en profundidad, sin embargo, es necesario conocer las líneas fundamentales de la llamada universal de la creación. En eso nos detendremos en primer lugar.
La antropología y la teología de la creación del varón y la mujer, la imagen trinitaria que se da en ellos, el significado del cuerpo, el matrimonio y la familia, son temas en estudio, pues la tradición apenas se ha ocupado de estas cuestiones. Sin embargo, Juan Pablo II ha iniciado la llamada Teología del cuerpo, al que ha dedicado durante en más de 5 años 139 Audiencias de los Miércoles, desde el 5 de septiembre de 1979 hasta el 28 de noviembre de 1984[1]. En ellas viene a decir que la unión del varón y de la mujer en el matrimonio es una imagen de la intimidad de la Trinidad[2].
Las 23 primeras Audiencias tienen dos aportaciones muy originales:
1) En la tradición cristiana había cristalizado una lectura literal de Génesis 2, a pesar de su difícil contenido. San Agustín llega a afirmar que es el texto más oscuro de la S.E. Pues bien, Juan Pablo II hace de él una interpretación metafórica[3].
2) Se presenta al hombre sin pecado original. Esto no lo había hecho nadie hasta ahora.
En ellas se pueden distinguir tres líneas transversales:
1) la idea de “principio”,
2) la idea de “imagen de Dios” y
3) el significado «esponsalicio» del cuerpo, marcado por la sexualidad[4].
De momento me quiero detener sumariamente a las dos últimas.
2. A imagen de Dios Trino
Dios al principio creó al hombre a su imagen, y lo hizo varón y mujer (cfr Gen 1, 26). Sólo en el primer relato de la creación la noción de “imagen de Dios” -como se ha visto- aparece tres veces. Por otra parte, según el Pontífice, el segundo relato, aunque no la nombra, constituye una explicitación de dicha imagen. Esto pone de relieve que la conceptualización de la imagen de Dios en el ser humano se ha ido desarrollando a lo largo de los siglos y no está aún terminada de perfilar.
Como es sabido hasta hace poco tiempo la imagen de Dios se circunscribía a que el ser humano era inteligente y libre, es decir, persona. Sin embargo en el análisis de Génesis II se pone de relieve que la imagen es sobre todo la que se da en la “comunión de personas”: se trata de una imagen trinitaria. En palabras de Juan Pablo II:
«El hombre se convierte en imagen de Dios no tanto en el momento de la soledad cuanto en el momento de la comunión. Efectivamente, él es “desde el principio” no sólo imagen en la que se refleja la soledad de una Persona que rige el mundo, sino también, y esencialmente, imagen de una inescrutable comunión divina de Personas. De este modo, el segundo relato podría también preparar a comprender el concepto trinitario de la “imagen de Dios”, aun cuando ésta aparece sólo en el primer relato»[5].
Esta noción de la imagen como comunión no se había tenido en cuenta hasta ahora. Y está en perfecta continuidad con toda la Revelación, sobre todo, de la verdad de que Dios en su intimidad es Amor (1 Jn 4,16)[6].
Vivir en “comunión” significa hacer realidad dos ideas que el Papa toma de la Const. Gaudium et Spes, 24, y cita innumerables veces. Que «el ser humano es el único ser al que Dios ha amado de un modo absoluto y no llega a su plenitud sino en el don sincero de sí a los demás». Analicemos el texto.
1) Afirmar que «el ser humano es amado de un modo absoluto» tiene una gran profundidad antropológica. Supone que el Creador, cada vez que un nuevo ser humano es concebido, le crea no sólo una alma inmortal sino una persona, un acto de ser propio, que se lo da -valga la redundancia- “en propiedad”[7]. La persona es un acto de ser recibido pero propio de cada cual. Cada persona «es suya», como ha expresado magistralmente Zubiri, que lo ha formulado con un término nuevo «suidad»[8]. Cada ser humano tiene “autopropiedad” de su propia realidad. Un acto de ser que no dejará de ser después de la muerte del cuerpo, porque en ese caso habría aniquilación. Esta es una de las causas estrictamente antropológicas, sin entrar en las teológicas que son más profundas, de por qué Dios ha querido a cada persona de un modo absoluto[9].
En este sentido designa Zubiri al ser humano como «absoluto relativamente»[10]. Es absoluto, porque tiene su ser (realidad) en propiedad. Lo es relativamente porque su ser le es dado. Solamente Dios el «absolutamente absoluto»[11].
2) «Llegar a la plenitud en el don sincero de sí a los demás», pone de relieve otra de las dimensiones constitutivas de la persona: su apertura a los demás, su capacidad de comunicación, de lenguaje, de amor, de entrega. El ser humano es un ser hecho para el amor, para amar a las otras personas. Y para amar hay que abrirse, no encerrarse en el egoísmo, y darse. Esta «hermenéutica del don» es muy importante en antropología. La persona no puede ser un ser solitario. «Una persona única -afirma Polo- sería una desgracia absoluta»[12], porque la persona es capaz de darse[13] y el don requiere un destinatario. No tendría con quien hablar, a quien darse. Por esta razón es fundamental que, desde el primer momento de la creación el ser humano estuviera acompañado. Dios dice «no es bueno que el hombre esté solo” (Gén 2,18). Por eso lo hace dos “desde el principio” (Gén 1, 26). Pues bien, vivir en comunión no supone sólo estar acompañado: vivir “con” (la convivencia), lo cual es innegable en la vida. Vivir en comunión es vivir “para”, en un recíproco “para” el otro. Así, y sólo así, se llega a la plenitud personal.
Esta imagen de la “comunión” supone, por tanto, pluralidad de personas y, en último término, de personas distintas, si de ellas se dice que son complementarias, un leiv motiv de los escritos de Juan Pablo II sobre el varón y la mujer[14].
Esta imagen, que incluye la comunión, es también una imagen familiar. Así lo afirma Juan Pablo II en la Carta a las familias, cuando dice que el arquetipo de la familia humana está en la Trinidad divina[15]. Aquí me limitaré a señalar un texto del principio de su Pontificado, que después no ha hecho sino desarrollar:
«Dios en su misterio más íntimo no es una soledad sino una familia, puesto que lleva en Sí mismo paternidad, filiación y la esencia de la familia que es el amor. Este Amor, en la familia divina, es el Espíritu Santo»[16].
Siguiendo el razonamiento de Juan Pablo II, varón y mujer, complementarios entre sí, tienen creaturalmente una estructura familiar, y, en primer lugar, como más tarde veremos, una estructura esponsal o esponsalicia.
La noción de “imagen de Dios” ha tenido una línea evolutiva, que se ha resumido en tres pasos:
1. Adán teomorfo, Eva derivada
2. Imagen asexuada en el alma
3. La imagen holística, según la cual el ser humano sexuado es teomorfo en cuanto femenino y masculino[17].
Pues bien, la idea de la imagen de Dios que desarrolla Juan Pablo II es completamente moderna al menos por dos razones:
1) porque afirma que la mujer, y no sólo el varón, es imagen de Dios. Así afirma:
«Los recursos personales de la feminidad no son ciertamente menores que los recursos de la masculinidad; son sólo diferentes. Por consiguiente, la mujer -como por su parte también el varón- debe entender su “realización” como persona, su dignidad y vocación, sobre la base de estos recursos, de acuerdo con la riqueza de su feminidad, que recibió el día de la creación y que hereda como expresión peculiar de la “imagen y semejanza de Dios”»[18]
Siguiendo la línea argumental del Pontífice, la masculinidad y la feminidad no se quedan simplemente en un conjunto de “recursos” sino que configuran el “yo” y se engarzan con la persona misma de cada uno.
2) porque no duda en afirmar que la imagen de Dios está no sólo en el alma sino también en el cuerpo[19] y, por tanto, en el sexo con su masculinidad y feminidad[20]. Así, entre otros lugares, afirma:
«El hombre, al que Dios ha creado “varón y mujer”, lleva impresa en el cuerpo, “desde el principio”, la imagen divina; varón y mujer constituyen como dos diversos modos del humano “ser cuerpo” en la unidad de esa imagen»[21].
A esas razones habría que añadir otras, que no entran en el esquema trazado por Børresen, como son la imagen trinitaria como “comunión de personas” y la “imagen familiar”.
Respecto a la imagen familiar, cuyo desarrollo aquí alargaría demasiado el propósito inicial de este trabajo, bastaría decir que era habitual entre los primeros cristianos griegos, existe el simple hecho material de la comparación de la Trinidad con una familia, como entre otros señala Congar[22]; que muchos Padres de la Iglesia desde el principio hasta el siglo IV, comparan a la Trinidad con la primera familia formada por Adán (el ingénito), Eva (procedente) y Set (primogénito entre muchos hermanos)[23].
Esta tradición llegó hasta San Agustín, que la negó. Entre otras, por estas dos razones: 1) porque no sabía como conciliarla con el celibato. Pensaba que si la imagen de Dios estaba en el tres habría que casarse y tener hijos[24]; 2) También lo rechazaba porque no sabía hacer compatible la Trinidad con lo revelado en la Sagrada Escritura de que Dios sólo hubiera creado dos seres humanos en el principio[25] (aunque éstos estuvieran abiertos a la vida). Por eso desarrolló la analogía psicológica, es decir, que la imagen de Dios se da en cada persona, porque tiene conocimiento y amor: en el conocimiento estaría la imagen del Hijo y en el Amor la del Espíritu Santo. Esta analogía, sin embargo, es hoy criticada porque deja fuera la comunión entre varias personas y por tanto el Amor, que requiere pluralidad de personas[26].
Tras San Agustín, al que siguió Santo Tomás, hay un silencio de 15 siglos sobre la analogía familiar de la Trinidad, que Juan Pablo II ha resucitado, partiendo de la experiencia. Para Juan Pablo II la imagen trinitaria y familiar no es incompatible ni con el celibato, ni con la «unidualidad»[27] originaria Adán y Eva.
3. El significado «esponsalicio» del cuerpo
Otra línea conductora de las Audiencias, conectada con la anterior, es la del significado del cuerpo. «El cuerpo es expresión de la persona» afirma en repetidas ocasiones[28] Ahí está su principal significado: hacer visible a la persona.
El significado del cuerpo lo califica como «esponsalicio», expresión que aparece en Audiencia XIV, y se va perfilando poco a poco. Que el cuerpo sea esponsalicio supone que lleva siempre impreso sus características femeninas o masculinas, es decir, pertenece siempre a un varón o a una mujer.
En este lugar es preciso abordar qué entiende Juan Pablo II por «sexo». El sexo, en primer lugar, es constitutivo de la persona. En palabras suyas:
«la función del sexo, que en cierto sentido es “constitutivo de la persona” (no sólo “atributo de la persona”), demuestra lo profundamente que el hombre, con toda su soledad espiritual, con la unicidad e irrepetibilidad propia de la persona, está constituido por el cuerpo como “él” o “ella”»[29].
Para el Pontífice, no se debe tratar del sexo separadamente de la persona. Así afirma:
«Esta verificación puramente antropológica nos lleva, al mismo tiempo, al tema de la “persona” y al tema “cuerpo_sexo”. Esta simultaneidad es esencial. Efectivamente, si tratáramos del sexo sin la persona, quedaría destruida toda la educación de la antropología que encontramos en el libro del Génesis. Y entonces estaría velada para nuestro estudio teológico la luz esencial de la revelación del cuerpo, que se transparenta con tanta plenitud en estas primeras afirmaciones»[30].
En efecto, aunque el sexo se descubra en el cuerpo, «el sexo es algo más que la fuerza misteriosa de la corporeidad humana, que obra casi en virtud del instinto. A nivel del hombre y en la relación recíproca de las personas, el sexo expresa una superación siempre nueva del límite de la soledad del hombre inherente a la constitución de su cuerpo y determina su significado originario»[31].
Como advierte al hablar de los primeros capítulos del Génesis, aunque Dios creó sexuados a muchos animales, es significativo que la Biblia sólo subraye la diferencia del sexo respecto del hombre. Es decir, en el hombre el sexo deja de pertenecer al nivel de la “naturaleza” para ascender al nivel personal, es decir, al nivel más alto de las relaciones personales, porque el sexo determina la identidad y ser concreto e irrepetible del varón y de la mujer. Esto lo afirma claramente al hablar del específico “conocimiento” que el varón y la mujer pueden tener al unirse en “una sola carne”:
«cada uno de ellos, varón y mujer, no es sólo un objeto pasivo, definido por el propio cuerpo y sexo, y de este modo determinado “por la naturaleza”. Al contrario, precisamente por el hecho de ser varón y mujer, cada uno de ellos es “dado” al otro como sujeto único e irrepetible, como “yo”, como persona. El sexo decide no sólo la individualidad somática del hombre, sino que define al mismo tiempo su personal identidad y ser concreto. Y precisamente en esta personal identidad y ser concreto, como irrepetible “yo” femenino_masculino, el hombre es “conocido” cuando se verifican las palabras de Gen 2, 24: “El varón... se unirá a su mujer y los dos vendrán a ser una sola carne”»[32].
O como dice claramente en otro lugar, el cuerpo humano, con su masculinidad y feminidad, manifiesta la comunión de personas:
«atravesando la profundidad de esta soledad originaria surge ahora el hombre en la dimensión del don recíproco, cuya expresión -que por esto mismo es expresión de su existencia como persona- es el cuerpo humano en toda la verdad originaria de su masculinidad y feminidad. El cuerpo, que expresa la feminidad “para” la masculinidad, y viceversa, la masculinidad “para” la feminidad, manifiesta la reciprocidad y la comunión de las personas»[33].
Esto es así, porque la dimensión sexual del cuerpo humano no se agota en el plano físico, sino que penetra en las más altas esferas de la persona. Dicho con otras palabras, el cuerpo tiene la potencialidad de poder amar con él: se puede amar con el cuerpo[34].
«El cuerpo humano, orientado interiormente por el “don sincero” de la persona, revela no sólo su masculinidad o feminidad en el plano físico, sino que revela también este valor y esta belleza de sobrepasar la dimensión simplemente física de la “sexualidad”. De este modo se completa, en cierto sentido, la conciencia del significado esponsalicio del cuerpo, vinculado a la masculinidad_feminidad del hombre. Por un lado, este significado indica una capacidad particular de expresar el amor, en el que el hombre se convierte en don; por otro, le corresponde la capacidad y la profunda disponibilidad para la “afirmación de la persona”»[35].
En este sentido de sobrepasar la dimensión exclusivamente física habla Juan Pablo II, por ejemplo, de la «esencia espiritual de la masculinidad». Así: «El varón, pues, no sólo acepta el don, sino que a la vez es acogido como don por la mujer, en la revelación de la interior esencia espiritual de su masculinidad juntamente con toda la verdad de su cuerpo y de su sexo»[36].
Esa expresión novedosa de significado esponsalicio del cuerpo quiere decir para el Papa: «ser capaz de expresar el amor» y «la capacidad y la profunda disponibilidad para la afirmación de la persona»; y que es no sólo compatible sino que se manifiesta en su radical verdad en el celibato.
4. Significado esponsalicio del cuerpo y celibato
Ha hecho falta esta larga introducción para empezar a hablar de la antropología del don del celibato. En efecto, es necesario conocer algo sobre la teología del cuerpo, de la naturaleza “doble” -la masculinidad y la feminidad- con la que Dios creó al ser humano, de la llamada universal al matrimonio en la creación, de la imagen de Dios trino, que incluye la comunión de personas, para empezar a entender que la virginidad o el celibato “por el reino de los cielos”, no son una amputación del hombre sino también una llamada, en este caso no universal sino “particular” -y quizá más excelsa- a la plenitud personal, y desde la que se entiende con más profundidad la llamada al matrimonio, después de que el ser humano cayera en el pecado y su acción esté casi siempre mezclada con egoísmo.
No es incompatible el celibato -sino más bien necesario- con el reconocimiento de la belleza de aquello a lo que se renuncia “por el reino de los cielos”; es más, el apreciar como bello aquello que se entrega, cuando Dios llama al celibato a un varón o a una mujer, permite a la criatura poder hacer un regalo al Creador. Esto es evidente en la biografía de Juan Pablo II como se ha recogido en muchos lugares: «Hubo un día en el que supe con certeza que mi vida no se realizaría en el amor humano, cuya belleza, por otra parte, he apreciado profundamente»[37].
Precisamente porque se aprecia profundamente, el celibato es una llamada al servicio del matrimonio, para ayudar a otras muchas personas a descubrir esa belleza del don de sí y de la afirmación de la persona sin utilizarla nunca como medio sino siempre como fin.
Para Juan Pablo II es importante descubrir el significado esponsalicio del cuerpo, que, como se ha visto, tiene estas dos manifestaciones: «ser capaz de expresar el amor» y «la capacidad y la profunda disponibilidad para la afirmación de la persona»; por ello el significado esponsalicio del cuerpo humano se puede comprender solamente en el contexto de la persona[38].

{El celibato es vivir fascinado por la belleza del rostro de Dios descubierto en Cristo.
En la Eucaristía contemplamos el Sacramento de esta síntesis viva de la ley: Cristo nos entrega en sí mismo la plena realización del amor a Dios y del amor a los hermanos. Nos comunica este amor suyo cuando nos alimentamos de su Cuerpo y de su Sangre. Entonces puede realizarse en nosotros lo que san Pablo escribe a los Tesalonicenses en la segunda lectura de hoy: "Abandonando los ídolos, os habéis convertido, para servir al Dios vivo y verdadero" (1 Ts 1, 9). Esta conversión es el principio del camino de santidad que el cristiano está llamado a realizar en su existencia. El santo es aquel que está tan fascinado por la belleza de Dios y por su verdad perfecta, que es progresivamente transformado. Por esta belleza y esta verdad está dispuesto a renunciar a todo, incluso a sí mismo. Le basta el amor de Dios, que experimenta en el servicio humilde y desinteresado al prójimo, especialmente a quienes no están en condiciones de corresponder. Desde esta perspectiva, ¡cuán providencial es que hoy la Iglesia indique a todos sus miembros a cinco nuevos santos que, alimentados de Cristo, Pan vivo, se convirtieron al amor y en él centraron toda su existencia! En diversas situaciones y con diversos carismas, amaron al Señor con todo su corazón y al prójimo como a sí mismos, y "así llegaron a ser un modelo para todos los creyentes" (1 Ts 1, 6-7)}.-
Este significado esponsalicio del cuerpo es ante todo virginal, es decir, el cuerpo manifiesta externamente la apertura al otro y esto no está necesariamente unido a la unión “en una sola carne”. En efecto, en el Edén la primera comunión de personas que se dio entre Adán y Eva fue virginal, distinta de la unión en “una sola carne”, que vino después. Es más, según expone Juan Pablo II, la unión específicamente conyugal hace revivir la unión virginal, que constituyó el valor originario[39].
Por ello, la vocación que descubrió Jesucristo, del celibato por el reino de los cielos, no es incompatible con el significado esponsalicio del cuerpo, sino que en cierto modo lo significa más plenamente:
«Si Cristo ha revelado al varón y a la mujer, por encima de la vocación al matrimonio, otra vocación -la de renunciar al matrimonio por el Reino de los cielos-, con esta vocación ha puesto de relieve la misma verdad sobre la persona humana. Si un varón o una mujer son capaces de darse en don por el Reino de los cielos, esto prueba a su vez (y quizá aún más) que existe la libertad del don en el cuerpo humano. Quiere decir que este cuerpo posee un pleno significado “esponsalicio”»[40].
En efecto, el significado esponsalicio del cuerpo, se descubre gracias a la inocencia originaria que tenían varón y mujer en el paraíso. En aquel estado el cuerpo del otro no era para cada uno “objeto” sino expresión de su persona[41].
En el estado de inocencia originaria, la libertad traspasaba sin dificultad todas las capacidades humanas. El ser humano no era coaccionado por las tendencias de su cuerpo, independiente en cierto modo de su espíritu, por una especie de instinto. Juan Pablo II expresa esta situación diciendo que eran «libres de la libertad del don»[42]. En esta expresión se nombra dos veces la libertad; pues bien, la primera vez la palabra «libres» indica el dominio de sí mismos, y la segunda vez la libertad es intrínseca al don. El don es por sí mismo un regalo, y no tiene necesidad de una manifestación concreta, porque no tiene sólo una, sino muchas manifestaciones. El don que se puede realizar haciéndose “una sola carne” no es necesario para llegar a la plenitud personal, aunque sí lo sea el don de sí a los demás y la comunión de personas.
En el estado de naturaleza caída es más difícil advertir estas verdades, pero no dejan de ser verdades originarias, posibles de advertir también para el hombre actual, si se sitúa en la perspectiva de la redención.
5. La llamada al celibato
Al celibato dedica Juan Pablo II, 14 Audiencias de su Teología del cuerpo, después de haber hablado de la Creación, de la Redención del corazón (después del pecado) y de la resurrección de los cuerpos.
Reconociendo el valor universal de la llamada al matrimonio en el misterio de la Creación, Cristo presenta a los discípulos otra llamada a la virginidad o celibato “por el reino de los cielos”, que Él mismo eligió. Los discípulos sólo eran capaces de entenderlo, basándose en el ejemplo personal de la vida de Cristo, que eligió esta opción, pues cuando se lo anunció desconocían el misterio de la concepción virginal del mismo Cristo.
«Cristo indica, en su respuesta a los judíos (Mt 19,10), indirectamente que si el matrimonio, fiel a la institución originaria del Creador, posee una plena congruencia y valor por el reino de los cielos, valor fundamental, universal y ordinario, la continencia, por su parte, posee un valor particular y “excepcional” por este reino. Es obvio que se trata de la continencia elegida conscientemente por motivos sobrenaturales»[43].
Esto es importante. El matrimonio es una vocación universal y ordinaria, hacia la que no se pierde la inclinación; sin embargo, la llamada al celibato es una vocación “particular” y “concreta” hecha a personas “determinadas”, “elegidas” por el bien del reino de los cielos, es decir, por un motivo sobrenatural. Como el mismo Papa ha comentado de su vida: «Me siento elegido por Dios y no puedo decir que no: no me puedo negar a esta llamada, porque es una llamada divina»[44].
A esta vocación corresponde una motivación subjetiva, proporcionada a la motivación objetiva que es el bien “por el reino de los cielos”, de la que deriva una fecundidad diversa a la fecundidad carnal, la fecundidad espiritual. Esa motivación se deriva del entendimiento del bien objetivo «el que pueda entender, entienda» y «no todos entienden esto, sino aquellos a los que les ha sido dado» (Mt, 19,11).
a. Celibato y renuncia
Se trata, por tanto, de una vocación “excepcional”, no “ordinaria”, y muy importante para el reino de los cielos[45], para trabajar exclusivamente por su extensión, no exenta, sin embargo, de sacrificio.
«Cristo pone de relieve el peso específico de esta decisión, que se explica por una motivación nacida de una fe profunda, pero al mismo tiempo no oculta el gravamen que esta decisión y sus consecuencias persistentes pueden traer al ser humano, a las normales (y por otra parte nobles) inclinaciones de su naturaleza»[46].
Juan Pablo II no obvia que esta llamada exija una renuncia consciente y voluntaria, a diversos bienes: al matrimonio, a la generación, como fundamento de la comunidad familiar compuesta por los padres y los hijos. Basándose en las palabras de Cristo explica como el Señor «hace comprender que esa salida del círculo del bien, a la que Él mismo llama “por el reino de los cielos”, está vinculada a cierto sacrificio de sí mismo. Esa salida se convierte también en comienzo de renuncias sucesivas, si la primera y fundamental opción ha de ser coherente a lo largo de toda la vida terrena; y sólo gracias a esa coherencia, la opción es interiormente razonable y no contradictoria»[47].
Sin embargo, una vez explicado el “regalo” que la criatura puede hacer a su Creador, al ofrecerle de por vida algo valioso y que exige renuncia, el Pontífice explica que la lucha que el célibe debe mantener se debe al estado débil de nuestra naturaleza, después el pecado, que supone una lucha paralela al resto de los cristianos:
«Es precisamente este hombre, en todo caso este hombre “histórico” (se refiere al ser humano tal y como se da en la historia actual, caído y redimido), en el que permanece a la vez la heredad de la triple concupiscencia, la heredad del pecado y al mismo tiempo la heredad de la redención, el que toma la decisión acerca de la continencia “por el reino de los cielos”: debe realizar esta decisión, sometiendo el estado pecaminoso de la propia humanidad a las fuerzas que brotan del misterio de la redención del cuerpo. Debe hacerlo como todo otro hombre, que no tome esta decisión y su camino sea el matrimonio. Sólo es diverso el género de responsabilidad por el bien elegido, como es diverso el género mismo del bien elegido»[48].
Sin embargo, normalmente, y quizá salvo algunas ocasiones, suelen se más las gracias que se reciben, que las dificultades que el celibato comporta.
b. El celibato y el don del Amor
El celibato es una llamada que recibe una “persona” concreta a vivir esponsalmente sólo para Dios. Esta llamada se puede considerar desde dos puntos de vista: desde Dios y desde la persona que la recibe.
Por parte de Dios es un regalo. Es una predilección, porque toda vocación da derecho a las gracias necesarias para llevarla a término. Ser célibe supone un bien que no es capaz de mantener el ser humano con su solas fuerzas, luego supone una especial asistencia de Dios.
Pero es un regalo en un sentido más profundo. El Papa pone de relieve que el celibato está en función “del reino de los cielos”, para trabajar intensivamente en la obra de Jesucristo. Ser llamado a colaborar en una gran obra que hace otro es siempre un privilegio. Primero, porque da sentido a la vida. Saberse necesario, sin serlo, en una empresa que hace otro -de esto se puede tener experiencia humana-, es una llamada a la compenetración que llena las ansias más profundas del corazón humano llamado a la amistad, a la comunión. Pero si, además, ese Álguien es humanamente perfecto y trabaja, actúa y ama sin mezcla de egoísmo, el privilegio se va haciendo más grande. Y si, además, a través de sus virtudes, de su amistad, de trabajar junto a Él y por Él, se encuentra el tesoro de una Persona y una naturaleza divina, el regalo es innombrable, espectacular. Porque ahí se encuentra toda la fuerza, todo el consuelo, toda la omnipotencia con la que uno no se atreve ni siquiera a soñar.
Esa llamada es un don, porque Dios sabe cómo ha creado a cada persona. Y conoce sus gustos, sus ansias, sus necesidades. Y tiene todo el poder para satisfacer todo eso mejor que lo pueda hacer ninguna persona humana. Porque todo amor humano es -aunque tangible y visible, eso sí-, un pequeño reflejo o participación del Amor de Dios. Esto llevaba a exclamar al Fundador del Opus Dei: «¡No hay más amor que el Amor!»[49], o «El Amor... ¡bien vale una amor!»[50].
Ser llamado por Dios a la continencia “por el reino de los cielos” es un modo de decir que Dios sabe como puede colmar todas las aspiraciones de la inteligencia, del corazón, de la libertad humanas.
El aspecto subjetivo de la llamada voy a describirlo transcribiendo palabras de Juan pablo II. Dice así:
«Es propio del corazón humano aceptar exigencias difíciles, en nombre del amor por un ideal y sobre todo en nombre del amor hacia la persona (efectivamente, el amor está orientado por esencia hacia la persona). Y, por eso, esa llamada a la continencia “por el reino de los cielos” (...) es una donación de sí entendida como renuncia, pero hecha, sobre todo, por amor»[51].
Cuando se es destinatario de un don, de un regalo y se acepta, uno mismo es enriquecido por ese bien. Pero a la vez posibilita corresponder (responder con) la riqueza recibida. La correspondencia, la compenetración. La comunión de personas, en la que consiste la “imagen de Dios” está garantizada y enriquecida.
c. Celibato e imagen de Dios
Al hacer referencia al “principio”, hablando de la continencia, Cristo tiene presente «la duplicidad varón-mujer propia de la constitución de la humanidad y la unidad de los dos que se basa en ella y que permanecen “desde el principio”, esto es, desde su misma profundidad ontológica, obra de Dios»[52].
Aunque larga voy a recoger una cita que da mucha luz sobre la constitución ontológica del ser humano y la llamada a la celibato.
«Al proclamar la continencia “por el reino del los cielos”, Cristo acepta plenamente todo lo que desde el principio fue hecho e instituido por el Creador. Consiguientemente, por una parte, la continencia debe demostrar que el hombre, en su constitución más profunda, no sólo es «doble», sino que (en esta duplicidad) está «solo» delante de Dios con Dios. Pero, por otra parte, lo que, en la llamada a la continencia por el reino de los cielos, es una invitación a la soledad por Dios, respeta, al mismo tiempo, tanto la «duplicidad de la humanidad» (esto es, su masculinidad y feminidad), como también la dimensión de comunión de la existencia que es propia de la persona. El que, según las palabras de Cristo, «comprende» de modo adecuado la llamada a la continencia por el reino de los cielos, la sigue, y conserva así la verdad integral de la propia humanidad, sin perder, al caminar, ninguno de los elementos esenciales de la vocación de la persona creada «a imagen y semejanza de Dios». Esto es importante para la idea misma, o mejor, para la idea de la continencia, esto es, para su contenido objetivo, que aparece en la enseñanza de Cristo como una novedad radical. Es igualmente importante para la realización de ese ideal, es decir, para que la decisión concreta, tomada por el hombre, de vivir en el celibato o en la virginidad por el reino de los cielos (el que «se hace» eunuco, para usar las palabras de Cristo) sea plenamente auténtica en su motivaciónn »[53].
Es decir, la persona llamada por Dios al celibato no se convierte en una especie de ser asexuado; sigue siendo plenamente varón o mujer en el modo de amar y de darse a los demás. Por otra parte, no pierde la imagen de Dios Trinitaria de llamada a la Comunión, primero con Dios y luego con el resto de los seres humanos.
Ese modo de amar es esponsal, pues en tal amor la persona se convierte en don para el otro. Las mujeres llamadas al celibato se hacen un sólo espíritu con Jesucristo, varón; y se compenetran con su masculinidad virginalmente[54]. La llamada de los varones es también esponsal y su modo de realización ha de entenderse de un modo similar[55]; en él influya de un modo peculiar el amor femenino de la Virgen, como manifiesta la consagración que el Papa hizo con el TOTUS TUUS a Ella, como camino para llegar a Dios, en el que por otra parte se halla el arquetipo de la feminidad como de la masculinidad.
d. Celibato y fecundidad
El célibe, aunque renuncia por Amor a la generación no queda fuera de la fecundidad. Esta se realiza de un modo espiritual, con la fecundidad en el Espíritu Santo, que manifestó patentemente en la Encarnación del Verbo.
Así como entre los esposos lo más importante es que desarrollen su maternidad y paternidad espirituales que se manifiesta en la educación y en la transmisión de unos valores a sus hijos, los célibes desarrollan también esta maternidad y paternidad virginales.
Para el Pontífice la mayor muestra de la fecundidad de la virginidad es la de María que fue Madre en lo humano del Verbo, por la fecundidad en el Espíritu Santo Estas son sus palabras:
«La gracia de la unión hipostática diríamos que está vinculada precisamente con esta absoluta plenitud de la fecundidad sobrenatural, fecundidad en el Espíritu Santo, participada por una criatura humana, María, en el orden de la “continencia por el reino de los cielos”. La maternidad divina de María es también, en cierto sentido, una sobreabundante revelación de esa fecundidad en el Espíritu Santo, al cual somete el hombre su espíritu cuando elige libremente la continencia “en el cuerpo”: precisamente la continencia “por el reino de los cielos”»[56].
6. El celibato, preanuncio del estado escatológico
Este aspecto es de gran interés. Pero antes de entrar en su más profundo contenido se podría decir, que el celibato, es un preanuncio del Reino de los cielos, porque sin la fuerza divina el ser humano no sería capaz de hacer ese compromiso y de mantenerlo de por vida. Un célibe, y más si es en medio del mundo, supone una prueba de la existencia y del Amor de Dios.
Sin desdeñar la anterior verdad, es preciso decir que no es éste, sin embargo, el sentido exacto, por el que se afirma que es un preanuncio del estado escatológico. Su verdad más profunda la explicó Cristo al responder a los saduceos, que no creían en la resurrección, cuando le preguntan de quien será en la otra vida, la mujer que se casó con siete hermanos. Cristo anuncia que en el reino de los cielos no habrá matrimonio, que es una estructura de temporalidad, aunque no dejaremos de ser allí varones ni mujeres, y donde se vivirá con plenitud la “comunión de personas” entre los seres humanos, como una imagen de la “comunión de las Personas divinas”.
La continencia según Juan Pablo II se trata de un signo carismático[57]. Resumiendo sus palabras se puede decir que el ser humano viviente, varón y mujer, que en la situación terrena, donde de ordinario “toman mujer y marido” (Lc 20, 34), elige con libre voluntad la continencia “por el reino de los cielos”, indica que en ese reino, que es el “otro mundo” de la resurrección, “no tomarán mujer ni marido” (Mc 12, 25), porque Dios será “todo en todos” (1 Cor 15, 28).
Este ser humano, varón y mujer, manifiesta, pues, la “virginidad” escatológica del hombre resucitado, en el que se revelará, diría, el absoluto y eterno significado esponsalicio del cuerpo glorificado en la unión con Dios mismo, mediante la visión de Él “cara a cara”: y glorificado también mediante una perfecta intersubjetividad, que unirá a todos los “partícipes del otro mundo”, varones y mujeres, en el misterio de la comunión de los santos.
La continencia terrena “por el reino de los cielos” es signo de que el cuerpo, cuyo fin no es la muerte, tiende a la glorificación y por esto mismo, es ya, diría, entre los hombres un testimonio que anticipa la resurrección futura. Sin embargo, este signo carismático del “otro mundo” expresa la fuerza y la dinámica más auténtica del misterio de la “redención del cuerpo”: un misterio que ha sido grabado por Cristo en la historia terrena del hombre y arraigado por Él profundamente en esta historia. Así, pues, la continencia “por el reino de los cielos” lleva sobre todo la impronta de la semejanza con Cristo, que, en la obra de la redención, hizo Él mismo esta opción “por el reino de los cielos”.
7. Celibato y matrimonio
Esto traerá como consecuencia que «la misma continencia arroja una luz particular sobre el matrimonio visto desde el misterio de la creación y de la redención»[58].
Se ha planteado en la teología la superioridad del la llamada al celibato sobre la del matrimonio, basándose en las palabras de Cristo y sobre en el texto de San Pablo 1 Cor 7, 38, donde afirma que el que se casa hace bien y el que hace mejor.
Realmente lo que toda la tradición de la Iglesia ha mantenido son dos cosas: 1) que para cada uno es mejor la vocación a la que ha sido llamado; cada cual tienen su don; y 2) que la superioridad del celibato no supone nunca una infravaloración del matrimonio o un menoscabo de su valor esencial.
El Pontífice, sin embargo quiere hacer hincapié en algo más profundo. Dice así: «esa “superioridad” e “inferioridad” están contenidas en los límites de la misma complementariedad del matrimonio y de la continencia por el reino de Dios. El matrimonio y la continencia ni se contraponen el uno a la otra, ni dividen, de por sí, la comunidad humana (y cristina) en dos campos (diríamos: los “perfectos” a causa de la continencia, y los “imperfectos” o menos perfectos a causa de la realidad conyugal). Pero estas dos situaciones fundamentales (...) En cierto sentido se explican y complementan mutuamente (...) Pues la continencia “por el reino de los cielos” tiene una importancia particular y una particular elocuencia para los que viven la vida conyugal. Por otra parte, es sabido que éstos últimos forman la mayoría»[59].
Es decir, la continencia es una ayuda para quienes viven el matrimonio, no sólo porque pueden tener una dedicación hacia ellos, sino porque por su amor desinteresado a Dios están poniendo constantemente a sus ojos, cómo ha de ser su amor conyugal, de don sincero de sí, y porque les recuerdan que en la otra vida todos serán célibes.
Estas dos vocaciones, es más se completan y, en cierto sentido, se compenetran mutuamente y la razón es porque «la naturaleza de uno y otro amor es “esponsalicia”, es decir, expresada a través del don total de sí. Uno y otro amor tienden a expresar el significado esponsalicio del cuerpo, que “desde el principio” está grabado en la misma estructura personal del varón y de la mujer»[60].
Es importante porque el amor esponsalicio comporta fecundidad. «El amor esponsalicio que encuentra su expresión en la continencia “por el reino de los cielos”, debe llevar en su desarrollo normal a “la paternidad” o “maternidad” en sentido espiritual (a esa “fecundidad en el Espíritu Santo”), de manera análoga al amor conyugal que madura en la paternidad y maternidad física y en ellas se confirma precisamente como amor esponsalicio. Por su parte, incluso la generación física sólo responde plenamente a su significado si se completa con la paternidad y maternidad en el espíritu, cuya expresión y cuyo fruto es toda la labor educadora de los padres respecto a los hijos, nacidos de su unión conyugal corpórea»[61].
Este es un modo más de complementariedad entre ambas vocaciones, en la que una aprende de la otra. Donde se puede comprender, por una parte, la santidad del matrimonio, y por otra, el desinterés con miras al “reino de los cielos”.

[1] Estas Audiencias han sido publicadas en castellano, además de en otros lugares, en 4 volúmenes, por ed. Palabra: 1. JUAN PABLO II, Varón y mujer. Teología del cuerpo, 5E ed. Palabra 2003. 2. La Redención del corazón, Madrid 1996. 3. El celibato apostólico, 2ª ed. Madrid 1995. 4. Matrimonio, amor y fecundidad, Madrid 1998. ADVANCE d 12
[2] Cfr. WEIGER, George, Biografía de Juan Pablo II. Testigo de esperanza, Plaza Janés 1999, pp 451-466.ADVANCE d 12
[3] De aquí se pueden deducir importantes consecuencias para la antropología como he señalado en mi reciente libro: ¿Fue creado el varón antes que la mujer? Reflexiones en torno a la antropología de la creación, ed. Rialp, Madrid 2005.ADVANCE d 12
[4] De ellas hablo en la introducción al primer volumen: JUAN PABLO II, Varón y mujer. Teología del cuerpo, 5E ed. Palabra 2003, pp. 9-24.ADVANCE d 12
[5] AG, 14.XI.79, n. 3, en Varón y mujer..., p. 74.ADVANCE d 12
[6] Esto lo desarrolla sumariamente, pero de un modo completo, en la Carta Apostólica Mulieris dignitatem, n. 7, que viene a ser un extracto de lo tratado en las Audiencias.ADVANCE d 12
[7] «Cada persona encierra en sí el carácter de un mí. Ser persona es ser efectivamente mío. Ser una realidad sustantiva que es propiedad de sí misma. El ser realidad en propiedad, he aquí el primer modo de respuesta a la cuestión de en qué consiste ser persona. La diferencia radical que separa a la realidad humana de cualquiera otra forma de realidad es justamente el carácter de propiedad. Un carácter de propiedad que no es simplemente un carácter moral. Es decir, no se trata únicamente de que yo tenga dominio, que sea dueño de mis actos en el sentido de tener derecho, libertad y plenitud moral para hacer de mí o de mis actos lo que quiera dentro de las posibilidades que poseo. Se trata de una propiedad en sentido constitutivo. Yo soy mi propia realidad, sea o no dueño de ella. Y precisamente por serlo, y en la medida en que lo soy, tengo capacidad de decidir. La recíproca, sin embargo, es falsa. El hecho de que una realidad pueda decidir libremente entre sus actos no le confiere el carácter de persona, si esa voluntad no le perteneciera en propiedad. El ´mío´ en el sentido de la propiedad, es un mío en el orden de la realidad, no en el orden moral o en el orden jurídico»: ZUBIRI, Xavier, La persona como forma de realidad: personeidad, en Sobre el hombre, Alianza Editorial, Madrid, p. 111.ADVANCE d 12
[8] ZUBIRI, Xavier, El hombre y Dios, Alianza Editorial, Madrid, p. 49.ADVANCE d 12
[9] Un texto bíblico que explica el carácter absoluto de la persona es: “Me amó y se entregó a Sí mismo por mi” Gal 2, 20. Cfr. También Ef 5, 21.ADVANCE d 12
[10] ZUBIRI, Xavier, Inteligencia Sentiente, Alianza Editorial, Madrid, pp. 212-213.ADVANCE d 12
[11] Cfr. Entre otros lugares: ZUBIRI, Xavier, El hombre y Dios..., p. 348.ADVANCE d 12
[12] POLO, Leonardo, La coexistencia del hombre, en Actas de las XXV Reuniones Filosóficas de la Facultad de Filosofía de la Universidad de Navarra, t. I, Pamplona, 1991 pp. 33-48.
[13]
Cfr. POLO, Leonardo, Tener y dar, en Estudios sobre la Encíclica ´Laborem exercens´, BAC, Madrid 1897, pp. 222_230.
[14] Una posible explicación filosófica a este ser personas distintas se puede ver en mis libros: Persona femenina, persona masculina, 2Eed. Rialp, Madrid 2004; Persona y género. Ser varón, ser mujer, ed. Universitarias Internacionales, Barcelona 1997. ADVANCE d 12
[15] “El modelo originario de la familia hay que buscarlo en Dios mismo, en el misterio trinitario de su vida”: JUAN PABLO II, Carta a las familias, 2.II.1994, n. 6. ADVANCE d 12
[16] JUAN PABLO II, Homilía, 28_I_79.ADVANCE d 12
[17] Cfr. BØRRESEN, Kari Elizabeth, Imagen actualizada, tipología anticuada, en Mª A. MACCIOCCHI, Las mujeres según Wojtyla, ed. Paulinas Madrid 1992, pp. 181-195. Como se expone en este artículo la Carta Apostólica Mulieris Dignitatem recoge esta tercera posición. Cfr. nn.: 6-7.ADVANCE d 12
[18] Carta Apostólica Mulieris dignitatem, n. 10.ADVANCE d 12
[19] El primero en afirmarlo fue San Ireneo en el siglo II: «El hombre es imagen de Dios incluso en su corporalidad»: SAN IRENEO, Adversus Haereses, V, 6, 1; V, 9, 1-2.ADVANCE d 12
[20] Entre otros lugares se puede señalar el siguiente: «la analogía del cuerpo humano y del sexo en relación al mundo de los animales -a la que podemos llamar analogía “de la naturaleza”- en los dos relatos (aunque en cada uno de modo diverso), se eleva también, en cierto sentido, a nivel de “imagen de Dios” y a nivel de persona y de comunión entre las personas»: Audiencia general, 9.I.80, n. 6, en Varón y mujer..., p. 105-106.ADVANCE d 12
[21] AG, 2.I.80, n. 2, en Varón y mujer..., p. 97.ADVANCE d 12
[22] CONGAR, Yves M.J., Je crois en l´Esprit Saint, ed. du Cerf, Paris 1980. Trad. cas.: El Espíritu Santo, ed. Herder, Barcelona 1983, p. 594.ADVANCE d 12
[23] Cfr. Mi trabajo La Trinidad como Familia. Analogía humana de las procesiones divinas, en «Annales Theologici» 10 (1996) 381-416.ADVANCE d 12
[24] SAN AGUSTÍN, De Trinitate, XII, 6, 8 (PL 42, 1002), BAC, p. 665.ADVANCE d 12
[25] SAN AGUSTÍN, De Trinitate, XII, 5, 7 (PL 42, 1002), BAC, p. 665.ADVANCE d 12
[26] Cfr. RATZINGER, Joseph, Palabra en la Iglesia, ed. Sígueme, Salamanca, 1976, p. 173.ADVANCE d 12
[27] Expresión utilizada por JUAN PABLO II, Carta a las mujeres, 29_VI_95, n. 8.ADVANCE d 12
[28] Lo venía haciendo desde su obra Persona y acción. Cfr. WOJTYLA, Karol, Persona e atto, Librería Editrice Vaticana, 1982, trad. española: Persona y acción, BAC, Madrid 1982. Texto definitivo en inglés: The Acting Person, 1977, p. 238.ADVANCE d 12
[29] AG, 21.XI.79, n. 1, en Varón y mujer..., p. 78.ADVANCE d 12
[30] AG, 9.I.80, n. 3, en Varón y mujer..., p. 103.ADVANCE d 12
[31] AG, 21.XI.79, n. 2, en Varón y mujer..., p. 79.ADVANCE d 12
[32] AG, 5.II.80, n. 5, en Varón y mujer..., p. 141.ADVANCE d 12
[33] AG, 9.I.80, n. 4, en Varón y mujer..., pp. 103-104.ADVANCE d 12
[34] Cfr. SANTAMARÍA GARI, Mikel Gotzon, Saber amar con el cuerpo, 4ª ed. Palabra, Madrid 1999.ADVANCE d 12
[35] AG, 16.I.80, n. 4, en Varón y mujer..., p. 110.ADVANCE d 12
[36] AG, 6.II.80, n. 6, en Varón y mujer..., p. 123.ADVANCE d 12
[37] Revista Hola, n. 3.167. IV. 2005, p. 64.ADVANCE d 12
[38] Cfr. AG, 16.I.80, n. 1, en Varón y mujer..., pp. 107-108.ADVANCE d 12
[39] «El varón y la mujer, uniéndose entre sí (en el acto conyugal) tan íntimamente que se convierten en “una sola carne” descubren de nuevo, por decirlo así, cada vez y de modo especial, el misterio de la creación, retornan así a esa unión en la humanidad (“carne de mi carne y hueso de mis huesos”) que les permite reconocerse recíprocamente y llamarse por su nombre, como la primera vez. Esto significa revivir, en cierto sentido, el valor originario virginal del hombre, que emerge del misterio de su soledad frente a Dios y en medio del mundo. El hecho de que se conviertan en “una sola carne” es un vínculo potente establecido por el Creador, a través del cual ellos descubren la propia humanidad tanto en su unidad originaria como en la dualidad de un misterioso atractivo recíproco»: AG, 21.XI.79, n. 2, en Varón y mujer..., p. 79.ADVANCE d 12
[40] AG, 16.I.80, n. 5, en Varón y mujer..., p. 112.ADVANCE d 12
[41] En palabras de Juan Pablo II: «En el relato de la creación (particularmente en Gen 2, 23_25), “la mujer”, ciertamente, no es sólo “un objeto” para el varón, aun permaneciendo ambos el uno frente a la otra en toda la plenitud de su objetividad de criaturas, como “hueso de mis huesos y carne de mi carne”, como varón y mujer, ambos desnudos. Sólo la desnudez que hace “objeto” a la mujer para el varón, o viceversa, es fuente de vergüenza. El hecho de que “no sentían vergüenza” quiere decir que la mujer no era un “objeto” para el varón, ni él para ella. (...) Tenían recíproca conciencia del significado esponsalicio de sus cuerpos, en el que se expresa la libertad del don y se manifiesta toda la riqueza interior de la persona como sujeto»: AG, 20.II.80, n. 1, en Varón y mujer..., pp. 131-132.ADVANCE d 12
[42] AG, 16.I.80, n. 3, en Varón y mujer..., p. 109.ADVANCE d 12
[43] El celibato apostólico, AG, 31.III.82, n. 2, p. 92.ADVANCE d 12
[44] Revista Hola, n. 3.167. IV. 2005, p. 64.ADVANCE d 12
[45] El celibato apostólico, AG, 7.IV.82, n. 5, p. 101.ADVANCE d 12
[46] El celibato apostólico, AG, 31.III.82, n. 5, p. 94.ADVANCE d 12
[47] El celibato apostólico, AG, 7.IV.82, n. 3, p. 99.ADVANCE d 12
[48] El celibato apostólico, AG, 7.IV.82, n. 4, p. 100.ADVANCE d 12
[49] SAN JOSEMARÍA ESCRIVÁ, Camino, n. 417.ADVANCE d 12
[50] SAN JOSEMARÍA ESCRIVÁ, Camino, n. 171.ADVANCE d 12
[51] El celibato apostólico, AG, 21.IV.82, n. 9, p. 114.ADVANCE d 12
[52] El celibato apostólico, AG, 31.III.82, n. 6, p. 95.ADVANCE d 12
[53] El celibato apostólico, AG, 7.IV.82, n. 1, pp. 97-98.ADVANCE d 12
[54] Cfr. Carta Apostólica Mulieris dignitatem, n. 20.ADVANCE d 12
[55] Ibídem.ADVANCE d 12
[56] El celibato apostólico, AG, 24.III.82, n. 3, pp. 87-88.ADVANCE d 12
[57] Cfr. El celibato apostólico, AG, 24.III.82, n. 1, pp. 85-86.ADVANCE d 12
[58] El celibato apostólico, AG, 31.III.82, n. 6, p. 95.ADVANCE d 12
[59] El celibato apostólico, AG, 14.IV.82, n. 2, pp. 104-105.ADVANCE d 12
[60] El celibato apostólico, AG, 14.IV.82, n. 4, p. 106.ADVANCE d 12
[61] El celibato apostólico, AG, 14.IV.82, n. 5, p. 106.ADVANCE d 12
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¡Rememos mar adentro! Esa es nuestra respuesta como cristianos:
"remar mar adentro", confiando en la palabra y en la presencia vivificante de Jesús,
a ejemplo de Pedro y Pablo. La Iglesia por Cristo fundada está segura en su Señor y, a pesar de las adversidades, calumnias y faltas en la conducta de muchos cristianos, solo ella transporta dos mil años y es faro seguro.
El celibato sacerdotal, para la Iglesia católica desde tiempos primitivos, es un don de Dios
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La castidad consagrada, texto de Juan Pablo II.
1. Entre los consejos evangélicos, según el concilio Vaticano II, sobresale el precioso don de la «perfecta continencia por el reino de los cielos»: don de la gracia divina, «concedido a algunos por el Padre (cf. Mt 19, 11; 1 Co 7, 7) para que se consagren a solo Dios con un corazón que se mantiene más fácilmente indiviso (cf. 1 Co 7, 32-34) en la virginidad o en el celibato..., señal y estímulo de la caridad y como un manantial extraordinario de espiritual fecundidad en el mundo» (Lumen gentium, 42). Tradicionalmente, se solía hablar de los tres votos ―pobreza, castidad y obediencia―, comenzando por la pobreza como desapego de los bienes exteriores, colocados en un nivel inferior con relación a los bienes del cuerpo y a los del alma (cf. santo Tomás, Summa Theol., II-II, q. 186, a. 3). El Concilio, por el contrario, habla expresamente de la «castidad consagrada» antes que de los otros dos votos (cf. Lumen gentium, 43; Perfectae caritatis, 12, 13 y 14), porque la considera el compromiso decisivo para el estado de la vida consagrada. También es el consejo evangélico que manifiesta de forma más evidente el poder de la gracia, que eleva el amor por encima de las inclinaciones naturales del ser humano.
2. El evangelio pone de relieve su grandeza espiritual, porque Jesús mismo dio a entender el valor que atribuía al compromiso del celibato. Según Mateo, Jesús hace el elogio del celibato voluntario inmediatamente después de reafirmar la indisolubilidad del matrimonio. Dado que Jesús prohíbe al marido repudiar a su mujer, los discípulos reaccionan: «Si tal es la condición del hombre respecto de su mujer, no trae cuenta casarse». Y Jesús responde, dando al «no trae cuenta casarse» un significado más elevado: «No todos entienden este lenguaje, sino aquellos a quienes se les ha concedido. Porque hay eunucos que nacieron así del seno materno, y hay eunucos que se hicieron tales a sí mismos por el reino de los cielos. Quien pueda entender, que entienda» (Mt 19, 10-12).
3. Al afirmar esta posibilidad de entender un camino nuevo, que era el que seguía él y sus discípulos, y que tal vez suscitaba la admiración o incluso las críticas del entorno, Jesús usa una imagen que aludía a un hecho muy conocido, la condición de los eunucos. Éstos podían serlo por una deficiencia de nacimiento, o por una intervención humana; pero añade inmediatamente que había una nueva clase, la suya, es decir, los eunucos por el reino de los cielos. Era una referencia clarísima a la elección realizada por él y sugerida a sus seguidores más íntimos. Según la ley de Moisés los eunucos quedaban excluidos del culto (cf. Dt 23, 2) y del sacerdocio (cf. Lv 21, 20). Un oráculo del libro de Isaías había anunciado el fin de esta exclusión (cf. Is 56, 3-5). Jesús abre una perspectiva aún más innovadora: elegir voluntariamente por el reino de los cielos esa situación considerada indigna del hombre. Desde luego, las palabras de Jesús no quieren aludir a una mutilación física, que la Iglesia nunca ha permitido, sino a la libre renuncia a las relaciones sexuales. Como escribí en la exhortación apostólica Redemptionis donum, se trata de una «renuncia ―reflejo del misterio del Calvario―, para volver a encontrarse más plenamente en Cristo crucificado y resucitado; renuncia, para reconocer en él plenamente el misterio de la propia humanidad y confirmarlo en el camino de aquel admirable proceso, del que el mismo Apóstol escribe: «mientras nuestro hombre exterior se corrompe, nuestro hombre interior se renueva de día en día (2 Co 4, 16)» (n. 10).
4. Jesús es consciente de los valores a los que renuncian los que viven en el celibato perpetuo: él mismo los había afirmado poco antes, hablando del matrimonio como de una unión cuyo autor es Dios y que por eso no puede romperse. Comprometerse al celibato significa, ciertamente, renunciar a los bienes propios de la vida matrimonial y de la familia, pero no dejar de apreciarlos en su valor real. La renuncia se realiza con vistas a un bien mayor, a valores más elevados, resumidos en la hermosa expresión evangélica reino de los cielos. La entrega total a este reino justifica y santifica el celibato.
5. Jesús atrae la atención hacia el don de luz divina que es necesario incluso para entender el camino del celibato voluntario. No todos lo pueden entender, en el sentido de que no todos son capaces de captar su significado, de aceptarlo y de ponerlo en práctica. Este don de luz y de decisión sólo se concede a algunos. Es un privilegio que se les concede con vistas a un amor mayor. No hay que asombrarse, por tanto, de que muchos, al no entender el valor del celibato consagrado, no se sientan atraídos hacia él, y con frecuencia ni siquiera sepan apreciarlo. Eso significa que hay diversidad de caminos, de carismas de funciones, como reconocía san Pablo, el cual hubiera deseado espontáneamente compartir con todos su ideal de vida virginal. En efecto escribió: «Mi deseo sería que todos los hombres fueran como yo; mas cada cual ―añadía― tiene de Dios su gracia particular: unos de una manera, otros de otra» (1 Co 7, 7). Por lo demás, como afirmaba santo Tomás, «de la variedad de los estados brota la belleza de la Iglesia» (Summa Theol., II-II, q. 184, a. 4).
6. Al hombre se le pide un acto de voluntad deliberada, consciente del compromiso y del privilegio del celibato consagrado. No se trata de una simple abstención del matrimonio, ni de una observancia no motivada y casi pasiva de las reglas impuestas por la castidad. El acto de renuncia tiene su aspecto positivo en la entrega total al reino, que implica una adhesión absoluta a Dios amado sobre todas las cosas y al servicio de su reino. Por consiguiente, la elección debe ser bien meditada y ha de provenir de una decisión firme y consciente, madurada en lo más íntimo de la persona.
San Pablo enuncia las exigencias y las ventajas de esta entrega al reino: «El no casado se preocupa de las cosas del Señor, de cómo agradar al Señor. El casado se preocupa de las cosas del mundo, de cómo agradar a su mujer; está por tanto dividido. La mujer no casada, lo mismo que la doncella, se preocupa de las cosas del Señor, de ser santa en el cuerpo y en el espíritu. Mas la casada se preocupa de las cosas del mundo, de cómo agradar a su marido» (1 Co 7, 32-34). El Apóstol no quiere pronunciar condenas contra el estado conyugal (cf. 1 Tm 4, 1-3), ni «tender un lazo» a alguien, como él mismo dice (cf. 1 Co 7, 35); pero, con el realismo de una experiencia iluminada por el Espíritu Santo, habla y aconseja ―como escribe― «para vuestro provecho..., para moveros a lo más digno y al trato asiduo con el Señor, sin división» (1 Cor 7, 35). Es la finalidad de los consejos evangélicos. También el concilio Vaticano II, fiel a la tradición de los consejos, afirma que la castidad es «medio aptísimo para que los religiosos se consagren fervorosamente al servicio divino y a las obras de apostolado» (Perfectae caritatis, 12).
7. Las críticas al celibato consagrado se han repetido a menudo en la historia, y en varias ocasiones la Iglesia se ha visto obligada a llamar la atención sobre la excelencia del estado religioso bajo este aspecto: basta recordar aquí la declaración del concilio de Trento (cf. Denz.-S., 1810), recogida por el Papa Pío XII en la encíclica Sacra virginitas por su valor magisterial (cf. AAS 46 [1954] 174). Eso no equivale a arrojar una sombra sobre el estado matrimonial. Por el contrario, conviene tener presente lo que afirma el Catecismo de la Iglesia católica: «Estas dos realidades, el sacramento del matrimonio y la virginidad por el reino de Dios, vienen del Señor mismo. Es él quien les da sentido y les concede la gracia indispensable para vivirlos conforme a su voluntad. La estima de la virginidad por el reino y el sentido cristiano del matrimonio son inseparables y se apoyan mutuamente» (n. 1.620; cf. exhortación apostólica Redemptionis donum, 11).
El concilio Vaticano II advierte que la aceptación y la observancia del consejo evangélico de la virginidad y del celibato consagrados exige «la debida madurez psicológica y afectiva» (Perfectae caritatis, 12). Esta madurez es indispensable.
Por consiguiente, las condiciones para seguir con fidelidad a Cristo en este aspecto son: la confianza en el amor divino y su invocación, estimulada por la conciencia de la debilidad humana; una conducta prudente y humilde; y, sobre todo, una vida de intensa unión con Cristo.
En este último punto, que es la clave de toda la vida consagrada , estriba el secreto de la fidelidad a Cristo como esposo único del alma, única razón de su vida.
Miércoles 16 de noviembre de 1994
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El abad Antonio-Egipto [298 ca.] escrutaba la profundidad de los juicios de Dios, y preguntó: «Señor, ¿por qué algunos mueren después de una vida corta, mientras otros alcanzan una prolongada ancianidad? ¿Por qué unos carecen de todo y otros nadan en la abundancia? ¿Por qué los malos viven en la opulencia y los justos padecen extrema pobreza?». Y vino una voz que le dijo: «Antonio, ocúpate de ti mismo. Así son los juicios de Dios y no te conviene conocerlos».
Había en una comunidad un hermano que se cargaba sobre sus espaldas todas las faltas que cometían los hermanos, llegando a acusarse hasta de fornicación. Algunos hermanos, ignorando su conducta, empezaron a murmurar contra él: «Tanto mal como hace y no trabaja nada». El abad, que conocía sus obras, decía a los hermanos: «Prefiero una estera de éste con humildad, que todas las vuestras con soberbia». Y para que los juicios de Dios demostrasen quién era aquel hermano, mandó traer todas las esteras que habían fabricado los hermanos y la del hermano. Encendió una mecha y la tiró en medio de ellas. Se quemaron todas las esteras de los hermanos, pero la del hermano quedó intacta. Al ver esto los hermanos se llenaron de temor, hicieron una metanía ante el hermano y desde entonces le consideraron como un Padre.
Preguntaron a un anciano cómo algunos podían decir que habían visto el rostro de los ángeles. Y él contestó: «Dichoso el que ve siempre sus pecados».
Un hermano estaba enfadado con otro hermano. Lo supo éste y vino a pedirle perdón. Pero aquél no le abrió la puerta de su celda. Fue el hermano a contar lo sucedido a un anciano, y éste le dijo: «Mira si no conservas en tu corazón una razón que te parezca justa para culpar a tu hermano, y que ella te lleva a reprenderle a él y a justificarte a ti. Tal vez sea esta la causa por la que Dios no movió su corazón para que te abriera la puerta. Yo te aconsejo que si él te ha ofendido, asientes en tu corazón que tú le has ofendido a él y des la razón a tu hermano. Entonces Dios pondrá en su corazón lo que sea necesario para que viva en buena amistad contigo». Y le contó este ejemplo: «Dos seglares piadosos se pusieron de acuerdo y dejaron el mundo para hacerse monjes. Llenos de celo según la letra, pero no según el espíritu del Evangelio, se castraron por el Reino de los Cielos. Lo supo el arzobispo y los excomulgó. Ellos, creyendo que habían procedido bien, se indignaron contra él, diciendo: "Nos hemos castrado por el Reino de los Cielos, y él nos excomulga. Apelaremos al arzobispo de Jerusalén". Fueron, le contaron lo sucedido y el arzobispo de Jerusalén les dijo: "Yo también os excomulgo". Irritados de nuevo, acudieron al arzobispo de Antioquía, le contaron todo y también les excomulgó. Los hermanos se dijeron entonces: "Vamos al Papa de Roma, y él nos hará justicia". Acudieron pues el Sumo Pontífice, le contaron todo lo que les habían hecho los citados arzobispos, y le dijeron: "Acudimos a ti porque eres la cabeza de todos". El Papa les respondió: "Yo también os excomulgo y quedáis fuera de la Iglesia". Al verse excomulgados por todos se dijeron el uno al otro: "Estos obispos se conciertan y se apoyan unos a otros porque se reúnen en Concilio. Vayamos a san Epifanio, obispo de Chipre, que es varón de Dios y profeta y no tiene acepción de personas". Cuando ya estaban cerca de la ciudad, san Epifanio tuvo una revelación acerca de ellos y mandó a decirles: "No entréis en esta ciudad". Entonces volvieron en si, y dijeron: "Somos verdaderamente culpables, ¿por qué tratamos de justificarnos? Pase que aquellos nos excomulgasen injustamente, ¿pero que lo haga este profeta? Tiene que ser porque Dios le ha hecho alguna revelación". Y los dos se reprocharon vehementemente la culpa que habían cometido. El que conoce los corazones vio que se reconocían de verdad culpables y se lo reveló al obispo Epifanio. Este les mandó de nuevo un mensajero, les hizo venir a su presencia, les consoló y les admitió en la Iglesia. Luego escribió sobre ellos al arzobispo de Alejandría: "Recibe a estos hijos tuyos que han hecho de verdad penitencia" ». Y añadió el anciano que contó esta historia: «Este es el secreto de la santidad y lo que Dios quiere: que el hombre arroje sus pecados a los pies de Dios». Al oír esto el hermano hizo lo que le había enseñado el anciano y fue a llamar a la puerta de su hermano. Este, apenas le oyó, se arrepintió interiormente y abrió al punto la puerta. Se abrazaron desde el fondo de su corazón, y se estableció entre ellos una profunda paz.
(1) HESYQUIA: Tranquilidad, quietud, sea del alma pacificada, sea de la vida monástica en general, sea, finalmente, de una vida más solitaria dentro o fuera el cenobitismo.
(2) METANÍA: Cambio de ideas, conversión, penitencia interior, gesto por el cual se da tetimonio de su arrepentimiento después de una falta o simplemente de un encuentro con otro, casi siempre postración
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"No sigas a la muchedumbre para obrar mal, ni el juicio acomodes al parecer del mayor número, si con ello te desvías de la verdad" SAN ATANASIO + año 373
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Eusebio de Cesarea (hacia 265-340) obispo de la Iglesia Católica, teólogo e historiador - Comentario sobre Isaías 40; PG 24, 365-368
“¿Qué habéis ido a ver al desierto?” (Lc 7,24) - “Voz del que clama en el desierto: Preparad una ruta al Señor, allanad los caminos de nuestro Dios.” (Is 40,3) Esta palabra muestra claramente que los acontecimientos profetizados no se cumplieron en Jerusalén sino en el desierto. La gloria del Señor aparecerá en el desierto. Allí todo el mundo conocerá la salvación de Dios. (cf Is 40,5) Esto es lo que aconteció realmente, literalmente cuando Juan Bautista proclamó en el desierto del Jordán que la salvación de Dios se iba a manifestar. Ahí apareció la salvación de Dios. En efecto, Cristo en su gloria se dio a conocer a todos cuando fue bautizado en el Jordán...
El profeta hablaba de esta manera porque Dios tenía que residir en el desierto, este desierto que es inaccesible al mundo. Todas las naciones paganas eran desiertos del conocimiento de Dios, inaccesibles a los justos y a los profetas de Dios. Por esto, la voz clama para preparar el camino a la Palabra de Dios, de allanar la ruta inaccesible y pedregosa para que nuestro Dios que viene a habitar entre nosotros pueda avanzar por ella...
“Súbete a un monte elevado, mensajero de Sión; alza tu voz con brío, mensajero de Jerusalén...” (Is 40,9) ¿Quién es esta Sión,...la que los antiguos llamaron Jerusalén?...¿No es, más bien, una manera de designar al grupo de los apóstoles, escogidos de entre el pueblo? No es la que le tocó en herencia la salvación de Dios,...ella misma, situada en lo alto de la montaña, es decir, fundada sobre el Verbo único de Dios? A ella encomienda...anunciar a todos los hombres la Buena Noticia de la salvación.
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Santa Blandina: «Soy cristiana, nosotros no negociamos ninguna maldad» mártir del + 178ca. Lyon- France- Testimonio de la Iglesia Católica
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La Iglesia no se edifica sobre comités, juntas o asambleas. La palabra y la acción de sus miembros salvarán al mundo en la medida en que estén conectados con el sacrificio redentor de Cristo, actualizado en el misterio eucarístico, que aplica toda su fuerza salvífica. Toda palabra que se oye en la Iglesia, sea docente, exhortativa, autoritativa o sacramental, sólo tiene sentido salvífico, y edifica la Iglesia, en la medida en que es preparación, resonancia, aplicación o interpretación de la "protopalabra" [48]: la palabra de la “anamnesis” ("hoc est enim corpus meum...") que hace sacramentalmente presente al mismo Cristo y su acción redentora eternamente actual, al actualizar el sacrificio del Calvario para que se realice la obra de la salvación con la cooperación de la Iglesia, su esposa.
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Las costumbres cambian, es cierto, igual que cambian las modas. Pero el bien y el mal son fácilmente discernibles. Hay verdades que no dependen del valor subjetivo que les demos y que serán verdades siempre y a pesar de los nuevos inquisidores, la verdad es la verdad, dígala Agamenón o su porquero.
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HOY pocos son los que se atreven a decir lo que está bien o lo que está mal. Aquello de que nada es verdad ni es mentira, sino que todo depende del color del cristal con que se mira, ha quedado elevado a categoría absoluta. Lo importante ya no es lo que miramos, sino el color del cristal a través del cual miramos. Lo importante ya no es la verdad, sino el valor que le demos a esa verdad.
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«Una investigación histórica, libre de prejuicios y vinculada únicamente con la documentación científica es insustituible para derrumbar las barreras entre los pueblos» (Juan Pablo II -Magno)
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"Obras todas del Señor, bendecid al Señor".
Dijo Dios: «Produzca la tierra animales vivientes según su especie: ganados, reptiles y bestias salvajes según su especie». Y así fue. Dios hizo las bestias de la tierra, los ganados y los reptiles campestres, cada uno según su especie. Vio Dios que esto estaba bien. Gen. 1, 24-25
La naturaleza canta las glorias del Creador y el hombre sepa gozar en armonía con todo lo creado.
¡Hoy la tierra y los cielos me sonríen
hoy llega hasta el fondo de mi alma el sol
hoy la he visto... la he visto y me ha mirado
Hoy creo en Dios!
¡Que tu conducta nunca sea motivo de injustificada inquietud a la creación, en la que tu eres el rey!
El ecologismo espiritual nos enseña a ir más allá de la pura «protección» y del «respeto» de la creación; nos enseña a unirnos a la creación en la proclamación de la gloria de Dios.
«La belleza podrá cambiar el mundo si los hombres consiguen gozar de su gratuidad» Susana Tamaro – católica, escritora - 2004.12.
¡Oh galaxias de los cielos inmensos, alabad a mi Dios porque es omnipotente y bueno! ¡Oh átomos, protones, electrones! ¡Oh canto de los pájaros, rumor de las hojas, silbar del viento, cantad, a través de las manos del hombre y como plegaria, el himno que llega hasta Dios!»
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Señor Jesús, queremos recoger la lección de S. Francisco que aprendió de la Iglesia.
Como él queremos verte en tus obras y a través de ellas llegar a Ti.
Que todo el universo sea para nosotros un cántico de alabanza en tu honor.
Que a través de nuestras buenas obras, los demás también Te glorifiquen y juntos construyamos esa fraternidad universal, de la cual el mundo entero está necesitado. AMÉN.

«Decálogo católico» sobre ética y ambiente
Presentado por el Consejo Pontificio para la Justicia y la Paz- ROMA, 08.11.2005 expresa la enseñanza –síntesis- de la doctrina social de la Iglesia católica sobre el ambiente.
1) La Biblia tiene que dictar los principios morales fundamentales del designio de Dios sobre la relación entre hombre y creación.
2) Es necesario desarrollar una conciencia ecológica de responsabilidad por la creación y por la humanidad.
3) La cuestión del ambiente involucra a todo el planeta, pues es un bien colectivo.
4) Es necesario confirmar la primacía de la ética y de los derechos del hombre sobre la técnica.
5) La naturaleza no debe ser considerada como una realidad en sí misma divina, por tanto, no queda sustraída a la acción humana.
6) Los bienes de la tierra han sido creados por Dios para el bien de todos. Es necesario subrayar el destino universal de los bienes.
7) Se requiere colaborar en el desarrollo ordenado de las regiones más pobres.
8) La colaboración internacional, el derecho al desarrollo, al ambiente sano y a la paz deben ser considerados en las diferentes legislaciones.
9) Es necesario adoptar nuevos estilos de vida más sobrios.
10) Hay que ofrecer una respuesta espiritual, que no es la de la adoración de la naturaleza.
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“De la grandeza y hermosura de las criaturas se llega, por analogía, a contemplar a su Autor”. S. S. Benedicto XVI. P.M. – MMV.XI.X.
“Dios no aparece en la Biblia como un Señor impasible e implacable, ni es un ser oscuro e indescifrable, como el hado, con cuya fuerza misteriosa es inútil luchar”.
Dios se manifiesta «como una persona que ama a sus criaturas, que vela por ellas, les acompaña en el camino de la historia y sufre por la infidelidad de su pueblo «a su amor misericordioso y paterno».
«El primer signo visible de esta caridad divina hay que buscarlo en la creación»: «los cielos, la tierra, las aguas, el sol, la luna y las estrellas».
«Incluso antes de descubrir a Dios que se revela en la historia de un pueblo, se da una revelación cósmica, abierta a todos, ofrecida a toda la humanidad por el único Creador»
«Existe, por tanto, un mensaje divino, grabado secretamente en la creación», signo de «la fidelidad amorosa de Dios que da a sus criaturas el ser y la vida, el agua y la comida, la luz y el tiempo».
«De las obras creadas se llega a la grandeza de Dios, a su amorosa misericordia».
El Papa acabó su discurso, dejando a un lado sus papeles, comentó un pensamiento de san Basilio Magno, doctor de la Iglesia, obispo de Cesárea de Capadocia, quien constataba que algunos, «engañados por el ateísmo que llevaban dentro de sí, imaginaron el universo sin un guía ni orden, a la merced de la casualidad».
«Creo que las palabras de este padre del siglo IV son de una actualidad sorprendente», reconoció S. S. Benedicto XVI preguntándose: «¿Cuántos son estos "algunos" hoy?».
«Engañados por el ateísmo, consideran y tratan de demostrar que es científico pensar que todo carece de un guía y de orden».
«El Señor, con la sagrada Escritura, despierta la razón adormecida y nos dice: al inicio está la Palabra creadora. Al inicio la Palabra creadora --esta Palabra que ha creado todo, que ha creado este proyecto inteligente, el cosmos-- es también Amor».
El Papa concluyó exhortando a dejarse «despertar por esta Palabra de Dios» e invitando a pedirle que «despeje nuestra mente para que podamos percibir el mensaje de la creación, inscrito también en nuestro corazón: el principio de todo es la Sabiduría creadora y esta Sabiduría es amor y bondad». S. S. Benedicto XVI. P.M. MMV.XI.X.
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“Desde ahora me llamarán dichosa todas las generaciones” Biblia. Evangelio según San Lucas Cap.1º vs. 48. La Iglesia, hace XXI siglos fundada por Tu Hijo, te alaba, ¡Oh Madre plena de dicha y felicidad!
VERITAS OMNIA VINCIT
LAUS TIBI CHRISTI.
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Recomendamos vivamente: ANTROPOLOGÍA DEL HECHO RELIGIOSO- Autor: José María Barrio Maestre, (Rialp, Madrid 2006) . El libro pone de relieve la influencia positiva que ha tenido la religión en el desarrollo de la civilización humana; incluye un debate Ratzinger-Habermas.
In Obsequio Jesu Christi.
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Grüss Gott. Salve, oh Dios.
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