Friday 26 May 2017 | Actualizada : 2017-03-29
 
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“El cariño de Dios nos sostiene en el desierto de la Historia” Juan Pablo II Magno.

 

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Para adentrarse en la época de la gran gesta hispánica y analizar la magnitud del descubrimiento, es necesario penetrarlo estudiando el contexto histórico; solo así podremos llegar a un discernimiento moderado y con el sentimiento sano del deber o de una conciencia objetiva.

 

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Corría el año 414 a.C. cuando el dramaturgo griego Sófocles terminó la redacción de una tragedia titulada Tereo. El argumento de la obra giraba en torno a la vida del rey tracio de ese nombre y causó, sin duda, un enorme impacto en los atenienses que llegaron a contemplarla. Desgraciadamente, esta tragedia no ha llegado hasta nosotros. De su contenido tan sólo se salvaron algunos fragmentos, que nos permiten hacernos una idea de su calidad. Entre ellos se encuentra uno especialmente oportuno para nuestra época, tan entregada a relativismos de todo tipo. Se trata, precisamente, de aquel que afirma: “No tengas miedo. Si hablas la verdad, nunca te desmoronarás”.

 

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La búsqueda de lo absoluto - El hombre no puede ser ajeno a las exigencias de su propio ser, ontológicamente determinado por dimensiones que le son propias. Por ello, requiere su remisión a una realidad trascendente que otorgue las posibilidades de dar a su existencia ese sello de plenitud. Ante la carencia de los parámetros antes señalados en un mundo en el que las ideologías del bienestar pretenden llenar el vacío de una concepción axiológica y de la dimensión trascendente del hombre, aparecen las más diversas corrientes religiosas, la mayoría de procedencia oriental. Aparecen sectas de los más diversos talantes que ofrecen el hombre de hoy su mensaje salvador. Todo este panorama, que va desde la hechicería, la magia o la brujería, pasando por todas las formas posibles del esoterismo, hasta las más refinadas presentaciones de las sectas cristianas, contribuye a agrandar la brecha de la ruptura con las más propias tradiciones culturales, filosóficas y religiosas de nuestras sociedades.

 

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La libertad de pensamiento y de expresión constituye la gran conquista occidental, que hoy día es patrimonio del mundo entero. Todo intento de constreñir ese pensamiento que se atiene exclusivamente a la evidencia supone un atentado contra la dignidad de la persona humana. Confundir la enseñanza con el adoctrinamiento y la información con la propaganda implica un retroceso en lo que constituye la base de nuestra civilización. Donde está el espíritu, allí se encuentra la libertad.

 

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«La Iglesia hubo de asumir la tarea de introducir la ley del Evangelio y la ética del sermón de la montaña entre gentes para quienes el homicidio era la más honrosa de las ocupaciones y la venganza era sinónimo de justicia... (Los bárbaros eran pueblos guerreros que asombraban a los romanos por sus costumbres y conductas salvajes)» …[…]… C. Dawson

También lo mismo sucedió con el descubrimiento del ‘nuevo mundo’ frente a las prácticas sanguinarias y antropófagas autóctonas.

 

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Educando en los valores altos y respeto de la persona humana, ya enseñados en las universidades europeas, los hombres de la Iglesia fundaban escuelas para educar y liberar de ignorancias, especialmente, desterrar la brujería, adivinación, magia y supersticiones. El fenómeno de la brujería fue y sigue siéndolo hoy día, muy sofisticado y en realidad sólo tiene fines de tipo económico, otrora como hoy.

 

Ya en 1533 los franciscanos tenían una escuela pública para la población.

El colegio sirvió para educar a generaciones de nobles indígenas mexicanos en humanidades, arte y filología…

 

Un escudo de Carlos V en el colegio de los indígenas

E. R. 2008.01

CIUDAD DE MÉXICO. El Colegio de la Santa Cruz, localizado en la Plaza de las Tres Culturas, fue una de las primeras instituciones educativas fundada por los españoles en América. Utilizado como escuela desde 1533 y como colegio regentado por franciscanos desde 1536, los arqueólogos del Instituto Nacional de Antropología e Historia (Inah) creen haber hallado en él uno de los primeros escudos de armas de Carlos V que hay en México.

La pieza se localiza «en la Caja de Agua encontrada hace algunos años en el interior del Imperial Colegio de la Santa Cruz», detalló el Inah. Mediría unos dos metros cuadrados y habría sido hasta el momento parcialmente descubierto. «Será el año próximo cuando se obtengan importantes resultados al respecto», indicó el organismo mexicano.

El colegio sirvió para educar a generaciones de nobles indígenas mexicanos en humanidades, arte y filología, pero su presencia y orientación se convirtieron en un riesgo para España, por lo que dejó de funcionar como tal en 1576. Durante los años en que funcionó enseñaron en él figuras como fray Bernardino de Sahagún, Arnaldo de Basacio y Andrés de Olmos. Algunos de los estudiantes llegaron a escribirle cartas a Carlos V, en las que le reclamaban tierras y tributos que estuvieran acorde con su estatus nobiliario. ‘ ABC’ http://www.abc.es/20080103/cultura-arqueologia

 

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PASADO HISTORIA - La inscripción del templo de Delfos, que inspiró a Sócrates: conócete a ti mismo. Se trata de una verdad fundamental: conocerse a sí mismo es típico del hombre. En efecto, el hombre se distingue de los demás seres creados sobre la tierra por su capacidad de plantearse la cuestión del sentido de su propia existencia. Gracias a lo que conoce del mundo y de sí mismo, el hombre puede responder a otro imperativo que nos ha transmitido también el pensamiento griego: llega a ser lo que eres.

Por tanto, el conocimiento tiene una importancia vital en el camino que el hombre recorre hacia la realización plena de su humanidad: esto es verdad de modo singular por lo que atañe al conocimiento histórico. En efecto, las personas, como también las sociedades, llegan a ser plenamente conscientes de sí mismas cuando saben integrar su pasado.

 

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Petición de perdón - Para concluir, quisiera haceros partícipes de una reflexión, que me interesa particularmente. La petición de perdón, de la que tanto se habla en este período, atañe en primer lugar a la vida de la Iglesia, a su misión de anunciar la salvación, a su testimonio de Cristo, a su compromiso en favor de la unidad, en una palabra, a la coherencia que debe caracterizar a la existencia cristiana. Pero la luz y la fuerza del Evangelio, del que vive la Iglesia, pueden iluminar y sostener, de modo sobreabundante, las opciones y las acciones de la sociedad civil, en el pleno respeto a su autonomía. Por este motivo, la Iglesia no deja de trabajar, con los medios que le son propios, en favor de la paz y de la promoción de los derechos del hombre. En el umbral del tercer milenio, es legítimo esperar que los responsables políticos y los pueblos, sobre todo los que se hallan implicados en conflictos dramáticos, alimentados por el odio y el recuerdo de heridas a menudo antiguas, se dejen guiar por el espíritu de perdón y reconciliación testimoniado por la Iglesia, y se esfuercen por resolver sus contrastes mediante un diálogo leal y abierto. 31. X. 1998 S.S. Juan Pablo II – Magno

 

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Historia - El cristiano está advertido de que es necesario conocer la historia para distinguir los hechos. El cristiano a sus hermanos advierte que es imprescindible estudiar la historia para comprender el contexto histórico de los hechos. El cristiano nota que conociendo la historia, se percibe la riqueza de la Tradición, repara la grandeza del Magisterio y la magnanimidad de la salvación en la Escritura enseñada por la Iglesia.

 

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Análisis histórico - Con frecuencia en los análisis históricos se peca de falta de objetividad por juzgar con valores actuales los sucesos del pasado. Esto no significa relativizar el juicio valórico de los sucesos, sino extirpar ciertos moralismos actuales que no son reales, que suponen una "moral" moderna y postmoderna que juzga enloquecidamente las cosas. Desde una perspectiva objetiva tenemos que condenar sin reserva los errores ocurridos en l período analizado, pero sin rasgar vestiduras por la "monstruosa" noticia del descubrimiento y civilización europea en América, maldiciendo la hora en que se produjo al estilo del cuestionado activista verde Jacques Cousteau quien declaró en 1992 que la llegada de la Colón a América "fue un desastre peor que la lluvia de meteoritos que acabó con los dinosaurios en la prehistoria"

Aquí la premisa tribalista de "cada uno en su tierra sin invadir otra" queda desvanecida por el absurdo ante el dinamismo y realidad de la historia. Toda civilización es el fruto de una mezcla frecuentemente nada pacífica. La misma epopeya del Pueblo de Dios suponía conquistar una tierra prometida ocupada por tribus locales. Los mismos europeos provienen de invasiones y nuevas invasiones que mezclaron sus sangres e hicieron nacer las distintas culturas que dan alma al Viejo Mundo.

 

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Chesterton afirma: "Si alguien me pregunta, desde el punto de vista exclusivamente intelectual, por qué creo en el cristianismo, sólo puedo contestarle que creo en él racionalmente, obligado por la evidencia".

 

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La mano del Arqueólogo Salvado GUILLIEM, muestra los trozos de una pintura al fresco pintada por los aztecas poco después del descubrimiento de América por España. El descubrimiento [XX.I.MMVI] fue en México Ciudad D.C. y es muy importante porque muestra ya el intercambio entre las dos culturas. En la imagen se ve una crucifixión, algunos pescadores y animales reales y míticos; una combinación del simbolismo pre-hispánico y el cristianismo. La pintura ha sido fechada por el 1530ca. y se encontraba bajo el suelo de un ex -convento de religiosas españolas. La parte superior de la obra se ha roto en 25.000 fragmentos aproximadamente; pero los expertos ya están tratando de ordenarlos debidamente. 2006-01-21 Uno straordinario affresco azteco sepolto in un convento. L.R. It. Italia

 

PASAJES DE LA HISTORIA DE ESPAÑA

Así se conquistó México

 

 

Por Fernando Díaz Villanueva

 

La empresa más asombrosa que un español ha culminado con éxito en toda la Historia es la conquista del Imperio Azteca. Apenas mil hombres, mal armados, peor abastecidos y aislados, en un país inmenso y extraño poblado por caníbales, a miles de kilómetros de España y enemistados con el gobernador de Cuba. Mil hombres comandados por Hernán Cortés.

Bernal Díaz del Castillo, cronista en primera persona de la epopeya, se preguntará años después:

 

"Muchas veces, ahora que soy viejo, me paro a considerar las cosas heroicas que en aquel tiempo pasamos que me parece que las veo presentes [...] porque, ¿qué hombres ha habido en el mundo que osasen entrar cuatrocientos soldados, y aún no llegábamos a ellos, en una fuerte ciudad como es México, que es mayor que Venecia, estando apartados de nuestra Castilla más de mil quinientas leguas, y prender a tan gran señor y hacer justicia de sus capitanes delante de él?".

 

Cabe responder a Díaz del Castillo que, exceptuando a Pizarro, ninguno. La gesta de aquel grupo de españoles es irrepetible porque su artífice, Hernán Cortés, no se limitó a conquistar un imperio por la fuerza de las armas. Eso estaba ya muy visto. Cortés, arquetipo del conquistador español, con todas sus miserias y grandezas, empleó a partes iguales, en una combinación casi perfecta, ingenio militar, diplomacia cortesana y la testarudez que nos es tan propia a los hijos de la Piel de Toro.

 

Hernán Cortés había nacido en Medellín, un pueblecito extremeño, en el seno una familia hidalga que llegaba justita a fin de mes. Para que progresase en la vida lo enviaron a estudiar a Salamanca. Hernán, sin embargo, era poco amigo de los libros, y al poco se marchó a Sevilla para embarcar hacia América, la tierra prometida que Colón acababa de entregar en bandeja de plata a la reina. Se estableció en Santo Domingo como encomendero, hasta que Diego Velázquez le animó a unírsele en la conquista de Cuba. Aventurero como era, el extremeño se apuntó sin dudarlo. Le cayó en suerte nueva hacienda y la alcaldía de Baracoa.

 

Pero no era suficiente para el inquieto medellinense. Las expediciones que partían de Cuba para asentarse en Tierra Firme, que es como se conocía la costa del continente americano, salían escaldadas: unas no regresaban, y otras lo hacían en tan pésimo estado que el gobernador de Cuba veía peligrar su cómoda poltrona. Cortés, que todavía era joven, pensó que él era la persona indicada para la empresa. De salir bien, las ganancias podían ser sustanciosas, según lo que contaban los marineros que regresaban de la costa mexicana.

 

El oro vendría, además, a sanear sus deudas y a ponerle de buenas con el gobernador Velázquez, de quien se había distanciado por un asunto de faldas. Algo pendenciero, aficionado al juego y a las mujeres, había prometido matrimonio a la cuñada de Velázquez, Catalina Suárez, para luego, cobrada la presa, desdecirse como un genuino Don Juan, dejando a la novia tirada a los pies del altar, con el vestido comprado y las invitaciones del banquete enviadas. Una perla de hombre. Díaz del Castillo le retrató con precisión de cirujano asegurando que era "travieso de mujeres e que se acuchilló algunas veces con hombres esforzados e diestros".

 

Reclutó 600 hombres y se apresuró a partir, antes de que Velázquez le echase el guante. El 10 de febrero de 1519 comenzó la odisea. Hernán Cortés tenía entonces 34 años, y no podía siquiera sospechar la hazaña que iba a realizar ni el lugar que la Historia le reservaba. Dieron vela hacia Cozumel, una islita frente a las costas de Yucatán. Allí se encontraron con un cura español, Jerónimo de Aguilar, que había caído en manos de los indios tras el naufragio de la expedición comandada por Juan de Valdivia. A los demás  náufragos –excepto al capitán Gonzalo Guerrero, que echó raíces entre la indiada– se los habían comido.

 

Aguilar se unió a los hombres de Cortés. Fue un regalo caído del cielo. El clérigo conocía la lengua maya, vehículo imprescindible para ir ganando aliados en la costa. Cortés, muy a diferencia de otros españoles, cuyos rescates de oro se convertían frecuentemente en degollinas gratuitas de indios, pretendía ir guardándose las espaldas por si tenía que volver atrás. La flota continuó su camino y arribó a Tabasco, donde el capitán extremeño desplegó todos sus encantos para seducir al cacique local. Lo consiguió hasta tal punto que éste le entregó veinte mujeres en señal de amistad. Una de ellas era la india Malinche, bautizada como Marina, que terminaría siendo amante de Cortés y madre de uno de sus hijos, Martín Cortés, el primer mexicano. El resto pasaron a los oficiales, que las recibieron con aullidos de satisfacción.

 

Malinche hablaba maya y náhuatl, la lengua de los aztecas del interior. Era la pieza que a Cortés le faltaba. Sin Malinche los españoles jamás se hubiesen entendido con los tlaxcaltecas, sus principales aliados en la guerra contra Moctezuma, y, probablemente, Cortés nunca hubiera llegado a conquistar México. Tan importante fue su papel que todavía hoy, en México, el malinchismo es sinónimo de preferir lo extranjero a lo propio, es decir, lo contrario del chovinismo, ese vicio que figura en el muestrario de "virtudes" de nuestros vecinos franceses.

 

Con la retaguardia pacificada y el botín de indias a buen recaudo en los lechos de sus oficiales, Cortés prosiguió camino al norte. A Tecnochtitlán, la capital del imperio, había llegado la noticia de que unos hombres barbudos de piel clara merodeaban por la costa incordiando al personal. En lugar de enviar un ejército para castigar la arrogancia de los recién llegados, el emperador se sumió en un mar de dudas. Un mito muy arraigado en la cultura azteca decía que el dios Quetzalcoalt, enojado con los hombres por su mal comportamiento, había partido años atrás, prometiendo regresar por donde nace el sol. Los mexicas vivían la religiosidad profundamente, eran supersticiosos hasta la náusea y dedicaban infinidad de sacrificios humanos a aplacar la ira de los dioses. Moctezuma, que había interpretado la llegada del hombre blanco a sus costas como el regreso de Quetzalcoalt, no sabía que hacer.

 

Envió una embajada de buena voluntad para que se encontrase con los españoles y los colmara de regalos. Los emisarios confirmaron sus temores: eran, efectivamente, teules (dioses en náhuatl). Se trataba de hombres corpulentos, blancos y barbados, dotados de insólitos animales, sobre los que cabalgaban, y de aún más insólitos ingenios para la guerra, que daban pavor con sólo mirarlos. Cortés, ajeno al sin vivir de los aztecas pero sospechando que tanta amabilidad no venía a cuento, siguió rumbo al norte hasta recalar en Cempoala. Los totonacas de esta región estaban sometidos a Moctezuma, pero de muy mala gana, por lo que recibieron con agrado a los españoles. Cortés, astuto como siempre, hizo exhibición pública de sus cañones y de sus jinetes a galope por la playa. Para los indios no había duda: eran teules, y habían venido del otro lado del mar a ajustar cuentas con ese emperador que les freía a impuestos.

 

El caballo fascinaba y aterrorizaba a los indios. No existían en América animales domésticos de ese porte, tan versátiles, poderosos y letales en la guerra. Cortés, conocedor de que se encontraba solo en el fin del mundo, se afanó por conquistar la psicología de los indios, sacando el máximo provecho a la ligera pero decisiva superioridad tecnológica europea.

 

Mientras Cortés se dedicaba a hacer amigos, Velázquez había ordenado su captura allá donde se encontrase. El extremeño, que había cursado un par de años de Derecho en Salamanca, ingenió una ficción jurídica fundando una ciudad, Veracruz, para obtener así la independencia del gobernador. Pero su intención no era quedarse en la costa, sino internarse en el corazón del imperio y rendirlo. Para que nadie se echase a atrás, desarmó las naves que le habían llevado hasta allí y dejó a Juan de Escalante como alcalde de Veracruz.

 

Junto con un grupo de totonacas, emprendió el viaje hacia Tenochtitlán, flamante capital del imperio. La tropa de Cortés estaba compuesta por unos 400 españoles y 200 indios, armada de manera tan precaria que en Europa no hubiera conseguido conquistar ni un fortín de tercera mal guarnecido: 16 caballos, 13 mosquetones, 10 cañones de bronce y 4 cañones ligeros.

 

Antes de salir, los de Cempoala recomendaron a Cortés llegar a Tenochtitlán a través de Tlaxcala, una orgullosa ciudad mexica que desafiaba el poder del tatloani azteca. Los tlaxcaltecas, sin embargo, eran correosos e intratables. El capitán español no se arrugó: si no era por las buenas sería por las malas. Los tlaxcaltecas eran más, muchos más, y se jugaban nada menos que su independencia. Cortés perdió algunos soldados, pero no podía, ni quería, echarse atrás, porque es preferible "morir por buenos, como dicen los cantares, que vivir deshonrados". Acampó frente a la ciudad y dispuso los cañones para repeler cualquier ataque.

 

El cacique de Tlaxcala, Xicotenga, harto de enviar los suyos al matadero, cambió de táctica. Envió como regalo cuatro mujeres, para que las sacrificasen y se las cenasen, junto a cuarenta indios, provistos de la guarnición. Los emisarios de Xicotenga tenían el encargo secreto de dar, por la noche, tras el festín, muerte a los españoles. Malinche, que les oyó cuchichear en náhuatl, denunció sus intenciones a Cortés y éste, sin pestañear, los detuvo. Mandó a sus hombres que les amputasen las manos. Hecho esto, los envió de vuelta. Entonces Xicotenga se rindió. Los españoles no sólo habían descubierto la celada, sino que habían dejado intactas a las cuatro mujeres; es decir, no se las habían comido. Algo inexplicable para el indio. Iba a ser verdad que eran dioses.

 

Tlaxcala estaba a tiro de piedra de Tenochtitlán, pero Cortés prefirió dar un rodeo. Muy cerca se encontraba la ciudad de Cholula, perrunamente fiel a Moctezuma. Ocupar la plaza era enviar, con menos desgaste, un último y definitivo mensaje al emperador. Los cholultecas, advertidos del brío que desplegaban los españoles en la guerra y de lo mortífero de sus armas, abrieron las puertas a Cortés sin demasiado entusiasmo.

 

Los aztecas eran un pozo de sorpresas. Pretendían deshacerse de los hombres de Cortés con una trampa. Cavaron pozos ocultos en las calles, en cuyos fondos instalaron estacas afiladas. El plan era que, al pasar la caballería, el arma más temida, cayesen los jinetes en las fosas, desgraciando de paso sus monturas. Neutralizados los caballos, los guerreros de Cholula atacarían al resto y los harían prisioneros, para sacrificarlos en Tenochtitlán.

 

Malinche volvió a descubrir la encerrona. Cortés, entre la espada y la pared, vio que lo único que podía hacer era dar un escarmiento ejemplar, para persuadir a sus anfitriones de que, con él, las mandangas eran inútiles. Se reunió con sus hombres y les ordenó que batiesen la ciudad matando a todo el que estuviese al alcance de sus espadas. La escabechina fue terrible. Sólo se salvaron los jóvenes que los sacerdotes tenían encerrados y en engorde para ser devorados en espantosas ceremonias antropofágicas.

 

A Moctezuma no le quedaba elección: o aceptaba a los españoles o sucumbía. Cortés se dispuso a entrar en la capital y culminar su conquista. Tenochtitlán era grandiosa. Los españoles no se habían encontrado en América nada parecido, ni se lo volverían a encontrar. Estaba enclavada en una isla del lago Texcoco. Albergaba no menos de 200.000 habitantes, en una época en la que Sevilla, la ciudad más poblada de España, llegaba rabiando a los 60.000. Sólo el centro ceremonial contaba con 100.000 metros cuadrados de templos y palacios. Sus habitantes se movían por anchas avenidas y una soberbia red de canales, digna de la Venecia barroca. Pues bien, todo eso, el 8 de noviembre de 1519, un hidalgo de Medellín, trotamundos y ambicioso, lo hizo suyo.

 

Moctezuma recibió a Cortés acongojado. Los teules por fin estaban en Tenochtitlán, habían vuelto. Cortés se bajó ceremonioso del caballo, tomó posesión de la ciudad en nombre de Carlos I, otro emperador –que se encontraba a miles de kilómetros, ajeno a todo el cotarro–, y a Moctezuma le puso al cuello un collar de cuentas de vidrio, baratija que, curiosamente, fue más útil para conquistar América que los cañones.

 

Se alojaron en un palacio, el de Axayacátl, rodeados de lujos, viandas y un harén de serviciales mexicas para cada uno. El paraíso en la tierra. Por si las moscas, tomaron a Moctezuma como rehén: después de lo visto, de los aztecas no había quien se fiase.

 

En Cuba, Diego Velázquez, se enteró de que Cortés había fundado una ciudad a sus espaldas y se encontraba, también a sus espaldas, de conquista en tierra firme, cobrando incontables riquezas. Comisionó a Pánfilo de Narváez para que se dirigiese a México con 1.400 hombres a apresar al insubordinado. Cortés, alertado por los indios de la expedición, partió de Tenochtitlán, dejando al mando a Pedro de Alvarado. Ése podía ser el fin de su aventura, pero no se arredró: tendió una emboscada y capturó a Narváez. La hueste enviada por Velázquez, no demasiado motivada y engolosinada por las riquezas del Azteca, se unió a Cortés. Asunto resuelto.

 

En Tenochtitlán, Alvarado, que no tenía ni la mitad de talento que su jefe, temiendo una rebelión de los aztecas desató una matanza de aristócratas. Cortés aceleró el paso para regresar y serenar los ánimos, pero ya era tarde. El pueblo, indignado, se concentró frente al palacio, a cuyo balcón salió Moctezuma para calmar a la plebe. Al verle, Cuatemoc, sobrino del tatloani, lanzó una pedrada con tanta fuerza que le descalabró.

 

Cortés ordenó la evacuación de la ciudad. En la huida, los mexicas mataron a flechazos y a palos a unos 800 españoles. Aquella noche Cortés la pasó, magullado y vencido, en compañía de los pocos que le quedaban y de la leal Malinche. Fue la Noche Triste de Hernán Cortés. Lo había perdido todo, o casi.

 

La voluntad del extremeño era, sin embargo, inquebrantable. Decidió contraatacar, pero esta vez para sojuzgarla de verdad, destruirla y alzar sobre sus ruinas una nueva ciudad, a la medida de sus conquistadores. Se refugió junto a su mermado ejército en Tlaxcala. Allí, durante meses mascó la venganza y trazó un plan de ataque. Asoló la comarca, haciendo marcar a fuego una G de guerra en la espalda de quienes se le oponían. Una vez estuvo madura la fruta, puso sitio a Tenochtitlán. Carecía de material de asedio, pero iba sobrado de maña. Si la ciudad se encontraba en un lago, habría que rendirla con barcos. Los mandó construir.

 

Valiéndose de los conocimientos de algunos soldados, armó una escuadra de bergantines y la botó en el lago. La batalla por Tenochtitlán duró más de dos meses. Fue el único combate naval de la historia librado a 400 kilómetros de la costa y a 2.200 metros de altura. Los aztecas resistieron heroicamente, hasta que les faltó el agua. Como hiciese Escipión Emiliano en Numancia quince siglos antes, Cortés cortó el suministro de agua potable. Lo que son las cosas: los celtíberos, antepasados de los españoles, que habían sufrido la conquista romana, se habían convertido ahora en los conquistadores.

 

A principios de agosto, Cuatemoc, el último tatloani, salió de la ciudad en una canoa, huyendo de las tropas españolas que arrasaban Tenochtitlán. El capitán García Holguín la interceptó y detuvo a sus ocupantes. Llevado ante Cortés, el emperador dijo entre lágrimas: "Ya he hecho lo que estoy obligado en defensa de mi ciudad y no puedo más. Puesto que vengo por fuerza y preso ante tu persona y poder, toma este puñal que tienes en la cintura y mátame enseguida con él". Cortés, conmovido por tanta nobleza, le dejó con vida.

 

El 13 de agosto de 1521 el orgulloso Imperio Azteca escribía su última página en la historia: la de su rendición. Las cenizas de un imperio vendrían a abonar las raíces de otro. México se convirtió en la posesión más preciada de la Corona, tanto que recibió el nombre de Nueva España. Durante tres largos y laboriosos siglos, lo indígena y lo español se mezclaron, alumbrando el mestizo y fascinante México actual, que con sus 106 millones de habitantes es la nación con más hispanohablantes del planeta. Nunca le han dedicado un monumento a Cortés. Ni falta que hace: México es su monumento. 2006-01-21 L.D.Esp.

 

La mano del Arqueólogo Salvado GUILLIEM, muestra los trozos de una pintura al fresco pintada por los aztecas poco después del descubrimiento de América por España. El descubrimiento [XX.I.MMVI] fue en México Ciudad D.C. y es muy importante porque muestra ya el intercambio entre las dos culturas. En la imagen se ve una crucifixión, algunos pescadores y animales reales y míticos; una combinación del simbolismo pre-hispánico y el cristianismo. La pintura ha sido fechada por el 1530ca. y se encontraba bajo el suelo de un ex -convento de religiosas españolas. La parte superior de la obra se ha roto en 25.000 fragmentos aproximadamente; pero los expertos ya están tratando de ordenarlos debidamente. 2006-01-21 Uno straordinario affresco azteco sepolto in un convento. L.R. It. Italia

 

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En el contexto histórico e hilvanando hechos:

 

Beatos Cristóbal, Antonio y Juan,

mártires mexicanos (+1527 y 1529)

 

En 1523, junto con Hernán Cortés, llegaron a tierras tlaxcaltecas los primeros evangelizadores franciscanos y dominicos, quienes tuvieron grandes problemas para enseñar el Evangelio, ya que los adultos eran muy religiosos y politeístas y practicaban la poligamia, especialmente los caciques.  En Tlaxcala los franciscanos tuvieron la feliz idea de convocar a los hijos de los caciques, sin excluir a los niños plebeyos, a aprender la Doctrina cristiana, y fue así como el pequeño CRISTÓBAL, nacido en Tlaxcala hacia el año de 1514 e hijo del cacique, acogió la Doctrina cristiana con tal arraigo, que comenzó a tirar los ídolos de sus mayores, así como el pulque con el que se embrutecían.  Su padre lo golpeó, le quebró los brazos y las piernas, y luego lo quemó en una hoguera.  Cristobalito murió sólo después de encomendarse a Dios y de perdonar a su padre.  Su cuerpo fue hallado incorrupto un año después de sepultado.

 

ANTONIO y JUAN fueron otros dos niños que quisieron acompañar a los dominicos a la evangelización de Oaxaca, partiendo de Tlaxcala.  Nacieron en Tizatlán, Tlaxcala, hacia el año 1516-17.  En un poblado de Puebla fueron sorprendidos tirando ídolos y fueron matados a palos, después de haberles dicho a los mayores que "los ídolos son diablos y no dioses".  Estos tres niños son considerados los protomártires de la Nueva España, así como las primicias de la primera evangelización de México, y ejemplo para la niñez y juventud de Tlaxcala y de México.  Fueron beatificados por S.S. Juan Pablo II, en mayo de 1990.

 

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-En la historiografía mexicana Cortés no habita en el limbo, sino en el infierno. Todos los males que aquejan a México habrían comenzado con él... Era un manejo político que ofrecía una salida fácil para desviar la atención. Eso era la historiografía oficial, pero han transcurrido 480 años de la Conquista y ese discurso está desgastado. En México se ha dado mucho el caso del historiador funcionario, y como el antiespañolismo era lo de tono, por ahí iban todos.

 

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Esos hombres, sin esperarlo, se toparon con un mundo desconocido, primero unas islas en el Caribe, pobladas por seminómadas, después, un continente habitado por hombres de cultura muy variada: altas culturas: aztecas, en México; mayas, en América Central y Yucatán; incas, en el área andina; ciudades-estados: muiscas en la Gran Colombia; seminómadas aguerridos: chichimecos del Norte y araucanos del Sur; y muchos más que sería difícil de enumerar.

Descubrieron sus modos de vivir, grandiosos monumentos y ciudades con alto desarrollo y población: Tenochtitlán (México, con unos 80.000 habitantes) y Cusco, con sus calles y edificios de piedra sillar, capital de un Imperio de unos ocho millones de súbditos. Hallaron restos de otras ciudades ya desaparecidas de alto nivel: Teotihuacán, la ciudad de los templos de piedra, con unos 50.000 habitantes, Tikal (Guatemala), Copán (Honduras), Palenque (México). Encontraron pueblos de cultura cazadora y recolectora, seminómadas, en las zonas periféricas de los grandes imperios, en la selva y en los llanos y páramos.

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HECHOS HISTÓRICOS - Se perfilan así diversos interrogantes: ¿se puede hacer pesar sobre la conciencia actual una culpa vinculada a fenómenos históricos irrepetibles, como las cruzadas o la inquisición? ¿No es demasiado fácil juzgar a los protagonistas del pasado con la conciencia actual (como hacen escribas y fariseos, según Mt 23,29-32), como si la conciencia moral no se hallara situada en el tiempo? ¿Se puede acaso, por otra parte, negar que el juicio ético siempre tiene vigencia, por el simple hecho de que la verdad de Dios y sus exigencias morales siempre tienen valor? Cualquiera que sea la actitud a adoptar, ésta debe confrontarse con estos interrogantes y buscar respuestas que estén fundadas en la revelación y en su transmisión viva en la fe de la Iglesia. La cuestión prioritaria es, por tanto, la de esclarecer en qué medida las peticiones de perdón por las culpas del pasado, sobre todo cuando se dirigen a grupos humanos actuales, entran en el horizonte bíblico y teológico de la reconciliación con Dios y con el prójimo.  

 

La identificación de las culpas del pasado de las que enmendarse implica, ante todo, un correcto juicio histórico, que sea también en su raíz una valoración teológica. Es necesario preguntarse: ¿qué es lo que realmente ha sucedido?, ¿qué es exactamente lo que se ha dicho y hecho? Solamente cuando se ha ofrecido una respuesta adecuada a estos interrogantes, como fruto de un juicio histórico riguroso, podrá preguntarse si eso que ha sucedido, que se ha dicho o realizado, puede ser interpretado como conforme o disconforme con el Evangelio, y, en este último caso, si los hijos de la Iglesia que han actuado de tal modo habrían podido darse cuenta a partir del contexto en el que estaban actuando. Solamente cuando se llega a la certeza moral de que cuanto se ha hecho contra el Evangelio por algunos de los hijos de la Iglesia y en su nombre habría podido ser comprendido por ellos como tal, y en consecuencia evitado, puede tener sentido para la Iglesia de hoy hacer enmienda de culpas del pasado.

 

La relación entre «juicio histórico» y «juicio teológico» resulta, por tanto, compleja en la misma medida en que es necesaria y determinante. Se requiere, por ello, ponerla por obra evitando los desvaríos en un sentido y en otro: hay que evitar tanto una apologética que pretenda justificarlo todo, como una culpabilización indebida que se base en la atribución de responsabilidades insostenibles desde el punto de vista histórico. Juan Pablo II ha afirmado respecto a la valoración histórico-teológica de la actuación de la Inquisición: «El Magisterio eclesial no puede evidentemente proponerse la realización de un acto de naturaleza ética, como es la petición de perdón, sin haberse informado previamente de un modo exacto acerca de la situación de aquel tiempo. Ni siquiera puede tampoco apoyarse en las imágenes del pasado transmitidas por la opinión pública, pues se encuentran a menudo sobrecargadas por una emotividad pasional que impide una diagnosis serena y objetiva... Ésa es la razón por la que el primer paso debe consistir en interrogar a los historiadores, a los cuales no se les pide un juicio de naturaleza ética, que rebasaría el ámbito de sus competencias, sino que ofrezcan su ayuda para la reconstrucción más precisa posible de los acontecimientos, de las costumbres, de las mentalidades de entonces, a la luz del contexto histórico de la época» 

 

 

La interpretación de la historia

 

¿Cuáles son las condiciones de una correcta interpretación del pasado desde el punto de vista del conocimiento histórico? Para determinarlas hay que tener en cuenta la complejidad de la relación que existe entre el sujeto que interpreta y el pasado objeto de interpretación 65; en primer lugar se debe subrayar la recíproca extrañeza entre ambos. Eventos y palabras del pasado son ante todo «pasados»; en cuanto tales son irreductibles totalmente a las instancias actuales, pues poseen una densidad y una complejidad objetivas, que impiden su utilización únicamente en función de los intereses del presente. Hay que acercarse, por tanto, a ellos mediante una investigación histórico‑crítica, orientada a la utilización de todas las informaciones accesibles de cara a la reconstrucción del ambiente, de los modos de pensar, de los condicionamientos y del proceso vital en que se sitúan aquellos eventos y palabras, para cerciorarse así de los contenidos y los desafíos que, precisamente en su diversidad, plantean a nuestro presente.

 

En segundo lugar, entre el sujeto que interpreta y el objeto interpretado se debe reconocer una cierta copertenencia, sin la cual no podría existir ninguna conexión y ninguna comunicación entre pasado y presente; esta conexión comunicativa está fundada en el hecho de que todo ser humano, de ayer y de hoy, se sitúa en un complejo de relaciones históricas y necesita, para vivirlas, de una mediación lingüística, que siempre está históricamente determinada. ¡Todos pertenecemos a la historia! Poner de manifiesto la copertenencia entre el intérprete y el objeto de la interpretación, que debe ser alcanzado a través de las múltiples formas en las que el pasado ha dejado su testimonio (textos, monumentos, tradiciones...), significa juzgar si son correctas las posibles correspondencias y las eventuales dificultades de comunicación con el presente, puestas de relieve por la propia comprensión de las palabras o de los acontecimientos pasados; ello requiere tener en cuenta las cuestiones que motivan la investigación y su incidencia sobre las respuestas obtenidas, el contexto vital en que se actúa y la comunidad interpretadora, cuyo lenguaje se habla y a la cual se pretenda hablar. Con tal objetivo es necesario hacer refleja y consciente en el mayor grado posible la precomprensión, que de hecho se encuentra siempre incluida en cualquier interpretación, para medir y atemperar su incidencia real en el proceso interpretativo.

 

Finalmente, entre quien interpreta y el pasado objeto de interpretación se realiza, a través del esfuerzo cognoscitivo y valorativo, una ósmosis («fusión de horizontes»), en la que consiste propiamente la comprensión. En ella se expresa la que se considera inteligencia correcta de los eventos y de las palabras del pasado; lo que equivale a captar el significado que pueden tener para el intérprete y para su mundo. Gracias a este encuentro de mundos vitales, la comprensión del pasado se traduce en su aplicación al presente: el pasado es aprehendido en las potencialidades que descubre, en el estímulo que ofrece para modificar el presente; la memoria se vuelve capaz de suscitar nuevo futuro.

 

A una ósmosis fecunda con el pasado se accede merced al entrelazamiento de algunas operaciones hermenéuticas fundamentales, correspondientes a los momentos ya indicados de la extrañeza, de la copertenencia y de la comprensión verdadera y propia. Con relación a un «texto» del pasado, entendido en general como testimonio escrito, oral, monumental o figurativo, estas operaciones pueden ser expresadas del siguiente modo: «1) comprender el texto, 2) juzgar la corrección de la propia inteligencia del texto y 3) expresar la que se considera inteligencia correcta del texto» 66. Captar el testimonio del pasado quiere decir alcanzarlo del mejor modo posible en su objetividad, a través de todas las fuentes de que se pueda disponer; juzgar la corrección de la propia interpretación significa verificar con honestidad y rigor en qué medida pueda haber sido orientada, o en cualquier caso condicionada, por la precomprensión o por los posibles prejuicios del intérprete; expresar la interpretación obtenida significa hacer a los otros partícipes del diálogo establecido con el pasado, sea para verificar su relevancia, sea para exponerse a la confrontación con otras posibles interpretaciones.

 

Para que la Iglesia realice un adecuado examen de conciencia histórico delante de Dios, con vistas a la propia renovación interior y al crecimiento en la gracia y en la santidad, es necesario que sepa reconocer las «formas de antitestimonio y de escándalo» que se han presentado en su historia, en particular durante el último milenio. No es posible llevar a cabo una tarea semejante sin ser conscientes de su relevancia moral y espiritual. Ello exige la definición de algunos términos clave, además de la formulación de algunas precisiones necesarias en el plano ético. MM.

 

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Precisamente en cuanto cada acto humano pertenece a quien lo hace, cada conciencia individual y cada sociedad elige y actúa en el interior de un determinado horizonte de tiempo y espacio. Para comprender de verdad los actos humanos y los dinamismos a ellos unidos, deberemos entrar, por tanto, en el mundo propio de quienes los han realizado; solamente así podremos llegar a conocer sus motivaciones y sus principios morales. Y esto se afirma sin perjuicio de la solidaridad que vincula a los miembros de una específica comunidad en el discurrir del tiempo. MM.

 

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El emperador azteca Moctezuma Xocoyotzin (1466-1520), el soberano que se encontró Hernán Cortés a su llegada a México, no murió de una pedrada en la cabeza a manos de sus encolerizados súbditos, sino que se suicidó, según asegura el investigador Jaime Montell, autor de «La caída de México-Tenochtitlán», libro que acaba de aparecer en el país hispanoamericano publicado por Joaquín Mortiz (Planeta). El autor rechaza, además, casi todas las líneas argumentales que Hugh Thomas recogió en su «Conquista de México» y defiende, a su vez, la figura de Hernán Cortés. LA RAZÓN. ESP. 2003-08-31

 

 

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PASAJES DE LA HISTORIA DE ESPAÑA

Las lágrimas de Boabdil

 

Por Fernando Díaz Villanueva

 

Lo que el moro Muza y sus secuaces tardaron dos años en conquistar, nos costó ocho siglos, con todos sus días y sus noches, reconquistar. El empeño fue lento, a trompicones, salpicado de episodios gloriosos y bochornosas derrotas. Al final, después de 600 años de ajetreo, la Reconquista quedó estancada en los montes de Jaén.

 

 

Los reyes cristianos se acomodaron dentro de lo ya ganado y se dedicaron con fruición a darse bofetadas entre ellos, afición, por lo demás, muy nuestra desde tiempos inmemoriales. Había nacido la España de los cinco reinos, cuatro cristianos: Castilla, Aragón, Navarra y Portugal, y uno musulmán: el pequeño emirato nazarí de Granada.

 

El último empujón de la Reconquista había venido de mano de dos hombres: Fernando III de Castilla y Jaime I de Aragón. Se propusieron darle la puntilla a Al Ándalus, y casi lo consiguen. En una de esas extrañas ocasiones en que los españoles nos ponemos de acuerdo, los dos monarcas concertaron la acción: Jaime I se lanzó sobre Valencia y Mallorca, mientras Fernando entró a saco en el valle del Guadalquivir. Murcia la conquistó el primero y, tras un pacto entre caballeros, se la entregó al segundo, razón por la cual en el valle del Segura se habla hoy castellano y no valenciano.

 

A este arreglo le sucedieron 250 años de tranquilidad. La frontera se estabilizó y moros y cristianos se dedicaron, dentro de lo posible, al noble y pacífico arte del comercio. Los reyes de Castilla, que, de manirrotos que eran, andaban siempre a la cuarta pregunta, cobraban un tributo a sus homólogos nazaríes. Un tributo en oro, porque Granada, que se beneficiaba de sus privilegiadas relaciones de sangre con el norte de África, era la puerta del oro africano. Quizá de aquí provenga lo del "oro que cagó el moro". Sea como fuere, lo cierto es que Granada era un reino próspero, muy poblado y de refinadas costumbres. Ahí tenemos ese despliegue de orfebrería que es el palacio de la Alhambra como muestra de lo finolis que era aquella dinastía.

 

A mediados del siglo XV el oro dejó de fluir como lo había venido haciendo y las tornas cambiaron. El rey moro, deleitándose sobre su diván con la contemplación de la sierra, no sabía la que le venía encima. A muchos kilómetros de allí, en la lejana y fría Valladolid, dos jovenzuelos, herederos de Castilla y Aragón, habían contraído matrimonio, casi de matute pero con una idea clara: querían reunir bajo su cetro los dominios de Rodrigo, el último de los godos.

 

Empezaron entonces las escaramuzas fronterizas. Los que abrieron fuego no fueron, como muchos creen hoy día, los cristianos, sino el gobernador moro de Ronda, Mohamed al Zagrí, que se apoderó de la plaza de Zahara en un arranque de hombría un tanto descerebrado. Las grandes tragedias las desatan siempre arrebatos de este tipo, pero nunca se aprende.

 

Isabel, que acababa de salir victoriosa de una guerra con Portugal, vislumbró que ella era la elegida por el Altísimo para dar el puntapié definitivo al infiel. Lo cual no es ninguna tontería, y menos en aquellos tiempos. Su marido, ya convertido en rey de Aragón, andaba también ilusionado con el proyecto, por lo que ambos se pusieron manos a la obra.

 

Los primeros años fueron un tanto descorazonadores. Las mesnadas de Fernando asaltaban en verano la fértil vega del Genil para retirarse con los primeros fríos y un suculento botín. Pero, claro, así no se conquista un reino, de manera que, acuartelado en Córdoba, el astuto aragonés trazó un cuidadoso plan para ganar la guerra.

 

Organizó un ejército regular con sus distintos cuerpos, su impedimenta y su Estado Mayor. Las campañas serían, como era de rigor, en los meses calurosos, pero no irían a tontas y a locas sino obedeciendo una estrategia premeditada a largo plazo. Del genio de Fernando de Aragón había nacido la guerra moderna. Algo teníamos que inventar. Los resultados fueron inmejorables. En apenas dos veranos Fernando había puesto al emir Muley Hacén mirando a Tarifa, y nunca mejor traida la comparación.

 

En Granada estas victorias no sentaron demasiado bien. Los granadinos, como buenos musulmanes, se sentían moralmente superiores a los cristianos, y no podían tolerar que un niñato aragonés les diese lecciones de guerra. Afloró entonces la crisis dentro del emirato. Si en la frontera pintaban bastos para el emir, en Palacio se afilaban las dagas en mil intrigas cortesanas. Muley Hacén, que ya era madurito, se encaprichó con una concubina cristiana mucho más joven que él llamada Soraya. Su esposa Aixa, temiendo lo peor y muy resentida por perder la condición de favorita, se conchabó en secreto con su hijo Boabdil para que le destronase y diese cumplida venganza a la traición. Boabdil, que, la verdad, muy avispado no era, se dejó enredar, y pasó lo que pasó.

 

A Muley Hacén le sucedió lo que a todos los cincuentones que se enamoran de jovencitas. Creyó ser más joven de lo que realmente era, y llevado por el entusiasmo, salió de campaña contra los cristianos para recuperar la ciudad de Alhama, que además de ser plaza importante era el lugar donde pasaba las vacaciones. Boabdil aprovechó la ausencia de su progenitor para dar un golpe de mano con la ayuda del poderoso clan de los Abencerrajes, una familia aristocrática cuya afición predilecta era quitar y poner emires.

 

Pero Boabdil no fue el único en sacar partido de la situación. Las noticias del folletín familiar granadino llegaron hasta Córdoba, donde había instalado Fernando su cuartel general. El Trastámara, que era más listo que el hambre, se aplicó a fomentar las rencillas internas, que a la postre podían ser más valiosas que el mejor motivado de los ejércitos.

 

Muley Hacén, enterado de la traición, se refugió en el castillo de Mondújar, asistido por su hermano Mohamed el Zagal. Y allí se quedaron esperando el momento propicio para el desquite. Boabdil ignoró a su padre y consideró, con buen tino, que lo primero era ganarle la partida a los cristianos. Condujo entonces un ejército hasta territorio cristiano, pero ese era campo minado. Los castellanos salieron a su encuentro, le derrotaron en Lucena y se lo enviaron a Fernando cargado de cadenas.

 

Los nobles pidieron que rodase la cabeza del moro para que sirviese de ejemplo a los granadinos. Pero eso no entraba en los planes del maniobrero Fernando. Le dejó marchar a cambio de que, en secreto, fuese su aliado y pagase una indemnización, porque la guerra estaba saliendo carísima. Los contables de Isabel se las veían negras para atender unos gastos que no hacían sino crecer. El Papa había echado una mano en forma de bula de Cruzada, pero ni eso fue suficiente. Menos mal que al final Granada se ganó, porque de lo contrario la guerra hubiera dejado un profundo boquete en las siempre exhaustas cuentas reales.

 

Con el emirato partido en dos bandos que se la tenían jurada, Fernando se dispuso a ir troceando con paciencia los dominios del enemigo, mientras su esposa Isabel rezaba... y se cambiaba de camisa a diario. Porque eso de que la reina católica llevó durante once años el mismo jubón es una de las trolas más tontas y maledicentes de cuantas se han inventado.

 

Desde 1484 todas las campañas fueron triunfantes. Ronda y Marbella cayeron en 1485, Loja en 1486 y Málaga en 1487, tras un sonado asedio. Málaga era un dulce bombón que justificaba el dispendio. Los reyes reclamaron soldados de todos sus reinos, y hasta allí llegaron enfervorecidas huestes de vizcaínos, guipuzcoanos, asturianos y valencianos. La flota castellana bloqueó el puerto para evitar que la ciudad recibiese refuerzos y provisiones de Marruecos. A finales de agosto se rindió. Tanto había costado doblegarla que Fernando fue extremadamente cruel con los supervivientes. Ordenó que todos fuesen esclavizados y, para curarse la mala conciencia, entregó a la ciudad la llamada Virgen de la Victoria, una talla que le había regalado Maximiliano de Habsburgo y que es hoy la patrona de los malagueños.

 

Lo que quedaba del emirato estaba dividido entre Boabdil, que controlaba Granada, y su tío el Zagal, que tenía en su poder Almería y Guadix. Muley Hacén había muerto dos años antes, abandonado por todos. Se cuenta que, al morir, los pocos partidarios que le quedaban llevaron su cadáver hasta lo más alto de Sierra Nevada, donde le dieron sepultura. El pico pasaría a llamarse como él: Mulhacén, que es, además, con sus casi 3.500 metros, el más alto de la Península. Bonito broche final para el último rey moro que mereció tal nombre.

 

Fernando se concentró en derrotar al Zagal, correoso militar de fino olfato, antes dar el remate al timorato Boabdil, que se escondía en el Albaicín detrás de las faldas de su madre. Los castellanos conquistaron Baza, y Fernando envió un emisario al Zagal para persuadirle de que la resistencia no tenía sentido... y para que se acordase de lo que había pasado en Málaga. El Zagal lo entendió a la perfección. Entregó Almería y se largó al norte de África, a Tlemecén, donde moriría con el alma partida por todo lo que se había perdido en España.

 

Granada, la rutilante capital del emirato, era ya, en 1490, fruta madura lista para la recolección. Pero Fernando no quería desperdiciar ni un céntimo ni una vida más de lo necesario, de modo que, en lugar de tratar de tomarla al asalto, la sitió. De un curioso modo: mandó construir una ciudad junto a Granada, a la que llamó Santa Fe, pío nombre que se ha mantenido hasta nuestros días y que ha cruzado el Atlántico. Santa Fe es, por ejemplo, la capital del estado de Nuevo México y una de las provincias de Argentina. Caso insólito éste: edificar una ciudad para sitiar otra. No se volvería a ver cosa igual.

 

Como, a pesar de todo, Granada resistía, Isabel envió al eficiente Hernando de Zafra para que negociase una salida honrosa. Zafra ofreció a Boabdil un señorío en la Alpujarra, cuantiosas rentas y el compromiso de respetar la religión y las costumbres de los granadinos. El acuerdo no parecía malo, y más en la desesperada situación en que se encontraba, por lo que el emir aceptó. Se fijó el 2 de enero para hacer efectiva la entrega de la ciudad. Para evitar machadas de última hora, Fernando ordenó a Gutierre de Cárdenas que entrase con un pequeño contingente por la noche y ocupase la Alhambra.

 

Al amanecer, los reyes esperaron a Boabdil a orillas del Genil. El moro se acercó parsimonioso, derrotado; hizo ademán de besar las manos de Fernando, cosa que éste rechazó, y entregó las llaves al rey, que, a su vez, se las dio a Isabel. Era su regalo, el más preciado que una reina de Castilla pudo soñar jamás. Gutierre de Cárdenas hizo entonces ondear el pendón de Castilla en lo más alto de la Alhambra, en la torre de la Vela. El cardenal Mendoza, que estaba con él, puso una cruz junto al estandarte. Después de 781 años de batallar sin tregua, la Reconquista había terminado.

 

La noticia recorrió Europa con celeridad. El Papa hizo repicar al unísono todas las campanas de la Ciudad Eterna. Los reyes de Europa, incluido el de Francia, celebraron la conquista y ordenaron misas en gratitud por la victoria. Mientras tanto, un vencido Boabdil salía camino del exilio en compañía de su madre, la vengativa Aixa. Al coronar uno de los cerros que anticipan la sierra, Boabdil descendió del caballo, se giró y, mientras contemplada compungido el perfil de Granada al atardecer, con sus palacios y torres reflejando la delicada luz dorada que baña la ciudad los días de invierno, se echó a llorar. Es entonces cuando Aixa pronunció una de las frases más famosas de nuestra historia:

 

"Llora, llora como mujer lo que no supiste defender como hombre".

 

Cruel epitafio para un rey que nació condenado a la derrota; de ahí que sea conocido como Boabdil el Desdichado. Sus lágrimas siguen hoy inspirando a poetas, y el lugar donde las derramó se llama desde entonces Puerto del Suspiro del Moro.

 

El destronado iría, como su tío, a morir a África sirviendo a las órdenes del sultán. Granada, por su parte, se cristianizó a golpe de bautismo masivo, y a la vuelta de un siglo su esplendoroso pasado islámico se había convertido en arqueología, ruinas y olvido. Washington Irving, el redescubridor de la Alhambra, haría el resto.  2006-01-21 L.D.ESP.

 

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Historia y pasado - «La dominante cultura cínica de la amnesia se mueve en la abstracción de prescindir sistemáticamente del pasado, de la realidad, de la Historia y de la tradición, lo que le confiere empero un falso carácter innovador. Es una cultura neutral en la que está ausente la imaginación creadora. Ésta se suple, justamente, con el olvido o el rechazo de la realidad y de la tradición, para que parezca nuevo todo lo que produce. Y eso explica los absurdos proyectos y programas educativos vigentes, que parten del supuesto de que toda la cultura anterior carece de valor y debe ser desechada. Trátase de una inane y pervertida reproducción de la eterna polémica entre los antiguos y los modernos en la que el Estado como tal no solía tomar parte y que, por ende, impulsaba la cultura».

 

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Pompeya- desde Roma hacia Occidente y Oriente

 

PASAJES DE LA HISTORIA DE ESPAÑA

Todo lo que no se ganó en Lepanto

 

Por Fernando Díaz Villanueva

 

A mediados del siglo XVI, el rey de España era el monarca más poderoso de la Cristiandad. Sólo dos borrones ensombrecían su gloria: la revuelta de los protestantes en Centroeuropa y la amenazadora presencia del turco en el Mediterráneo. Lo de los luteranos era una inacabable sangría que terminó por costarnos un riñón. Con los alemanes se llegó a un medio acuerdo; los holandeses, sin embargo, eran mucho más tozudos, y hasta que no se salieron con la suya no pararon de incordiar.

 

En el Mediterráneo la cosa quedó en tablas, y dando gracias, porque el empate lo logramos en Lepanto. Una idolatrada batalla que, en palabras de Miguel de Cervantes, que se dejó el brazo en ella, fue "la más alta ocasión que vieron los siglos pasados, los presentes, ni esperan ver los venideros". No fue para tanto, aunque es cierto que Lepanto es, con creces, nuestra plusmarca naval de todos los tiempos, que no es moco de pavo.

 

La batalla empezó a cocinarse unos años antes, frente a las costas de Almería. Tras la conquista de Granada, los Reyes Católicos no expulsaron a todos los musulmanes que vivían en España. Los dejaron tranquilos, a condición de que se convirtiesen al cristianismo, cosa que, naturalmente, no hicieron o hicieron a medias.

 

Esta comunidad de moriscos era especialmente numerosa en Andalucía y Levante. Se deslomaba a trabajar en el campo mientras soñaba con la vuelta del Califa y el fin de la indignante opresión cristiana. Sus primos del otro lado del Estrecho les insuflaban esperanzas en visitas relámpago de corsarios argelinos que no dejaban títere con cabeza. El más célebre de todos era un moro llamado Luchalí: infundía tanto pavor que las madres amedrentaban a los niños con sólo mentar su nombre. Al final, crecidos por el poderío que mostraban los piratas de Alá, se levantaron contra Felipe II, con tal virulencia que al rey le llevó dos años sofocar la revuelta.

 

Ese fue el primer compás; el segundo y definitivo tuvo lugar un año después de la rebelión de la Alpujarra. Los turcos andaban muy envalentonados: sus dominios se extendían desde el Tigris hasta el Danubio, y en el mar, al menos en el Mediterráneo, eran los amos. Durante décadas habían respetado a los venecianos, diligentes comerciantes con los que mantenían una próspera relación, hasta el punto de que les permitían disponer de bases de avituallamiento como la isla de Chipre. En 1569 el sultán Selim II decidió que ni eso: invadió Chipre, largó a los venecianos y puso sus ojos en el sur de Italia. Y hasta ahí llegaron porque Italia era una finca española.

 

Felipe II empezó a preocuparse en serio y se lo hizo saber al Papa Pío V, para que fuese tejiendo una Santa Liga que plantase cara a unos sarracenos que, a poco que se les dejase, se plantarían a las puertas de Roma como los nuevos bárbaros.

 

Pío V, que era muy beato, acogió con agrado la idea del Rey Católico y fue contactando, uno a uno, a todos los monarcas de la Cristiandad para que dejasen las rencillas a un lado y se uniesen en esta cruzada. Francia se negó porque con España no quería ir ni a cobrar; los príncipes alemanes se hicieron los suecos alegando que bastante tenían con lo suyo, y suecos, ingleses y demás bárbaros del norte se frotaron las manos fantaseando con el negro porvenir que le esperaba al herético catolicismo. Occidente, como siempre, muy unido.

 

A la vuelta de las gestiones papales sólo un estado se había comprometido en firme con la alianza: la República de Venecia, que, además de pesetera, aún respiraba por la herida de Chipre. Pío V, convencido de que la Providencia –y el oro de las Indias– ayudarían en el lance, envió un mandado a Madrid, donde Felipe II dispuso que la flota se reuniese a finales del verano de 1571 en Sicilia.

 

Deseo del rey fue que la flota la mandase uno de los suyos, tan suyo que se trataba de su propio hermanastro: Juan de Austria, hijo ilegítimo de Carlos I y gallardo general a quien, por causa de su bastardía, había criado, con el nombre de Jeromín, un mayordomo real en un caserío de Leganés. Juan de Austria era por entonces un joven y prometedor militar, pero mucha experiencia no tenía. Los venecianos enviaron a Sebastiano Veniero, un marino de raza, malhumorado y pendenciero. El Papa, que como promotor algo tenía que poner aparte de la bendición, contrató a un veterano mercenario llamado Marco Antonio Colonna. Las discrepancias entre Juan de Austria y Veniero no tardaron en aflorar. Al veneciano le sobraba carácter, y no llevó nada bien ponerse a las órdenes de un español barbilampiño.

 

Por suerte, Felipe II había enviado para asistir a su hermano lo mejor que tenía entonces la Armada Real. El legendario Andrea Doria y una cohorte de los más bravos capitanes españoles: los castellanos Álvaro de Bazán y Gil de Andrade o los catalanes Juan de Cardona y Luis de Requesens. A la flota no le faltó en esta ocasión ni estrategas navales de la talla de García de Toledo, perspicaz marino gracias al cual, siendo menor y peor dotada, nuestra Armada se impuso a la turca. Al ingenio de García de Toledo, se debió, por ejemplo, que las naves cristianas rompiesen con la tradición de usar el espolón de proa para acometer a los navíos enemigos.

 

El estratega español pensó, con muy buen tino, por cierto, que liberando la proa podían utilizarse sus cañones para barrer la cubierta del oponente. Idea de García de Toledo fue también llevar el combate lo más cerca posible de la costa, lo que causó numerosas bajas en el bando turco. Muchos marineros del Sultán, que no estaban por la labor de dejarse el pellejo en la refriega, se echaron al agua en pleno combate para ganar la costa a nado, una costa que les pertenecía. El golfo de Lepanto está en la actual Grecia, que por entonces era parte del Imperio Otomano.

 

La espectacular armada de la Santa Liga abandonó el puerto de Mesina en septiembre con idea de encontrarse con los turcos de Alí Pachá en aguas griegas. Navegaban juntos un total de 214 navíos, entre galeones y galeras. La dotación de combate no era desdeñable: más de 50.000 marineros y galeotes y 31.000 soldados de varias nacionalidades, pero sobre todo españoles. Nunca se había visto nada igual navegando al unísono por las aguas del Mare Nostrum.

 

El 7 de octubre las dos flotas se avistaron. Los turcos, precavidos como de costumbre, enviaron dos esquifes camuflados como barcas de pesca para conocer de primera mano los efectivos cristianos y decidirse al combate. Las noticias no podían ser mejores. Los exploradores informaron a Alí Pachá de que Juan de Austria tenía menos barcos, y de que, al ser de diferentes países, sus capitanes no se entenderían entre ellos.

 

El turco no se lo pensó dos veces. Disparó el cañón de su galera, la Sultana, invitando a Juan de Austria a la pelea. El español aceptó cortésmente el cañonazo, y lo devolvió a la vez que arriaba el estandarte de la Liga: la cruz de Cristo flanqueada por los escudos de los aliados. Los turcos se habían dispuesto en forma de media luna frente a la costa. La armada cristiana, que, según cuenta la leyenda, venía desde Italia formando un inmenso crucifijo, secundó la maniobra y se abrió hasta cubrir los extremos del enemigo.

 

De primeras no pintaba muy bien. Los turcos eran más, tenían más barcos y combatían en casa. Parecía un partido amañado, pero Juan de Austria no se acobardó. Dividió la flota en tres: una, al mando de Andrea Doria, para enfrentarse contra el moro Luchalí, el terror de la costa, que había sumado sus naves a las de Alí Pachá; otra, capitaneada por el veneciano Agostino Barbarigo, para detener al temible gobernador de Alejandría, Mohamed Siroco; y en el centro, el grueso de la armada, con Juan de Austria y los capitanes españoles, que no veían la hora de ajustar cuentas con el infiel, personificado en Alí Pacha y, muy especialmente, en su lugarteniente, el renegado Pertev, un antiguo cristiano convertido al Islam.

 

Barbarigo resistió como un valiente hasta que una flecha turca envenenada le atravesó un ojo y murió sobre cubierta. Siroco se las vio entonces muy felices, pero Álvaro de Bazán, advertido de la maniobra, envió a Martín de Padilla para que saliese al encuentro del egipcio. Padilla atacó con tal furia –española, naturalmente– que la galera de Siroco cedió y se fue al fondo del mar con su capitán.

 

Mientras el cadáver de Mohamed Siroco flotaba ensangrentado en las agitadas aguas del golfo, Andrea Doria, en inferioridad numérica, hubo de ceder al empuje de Luchalí. Álvaro de Bazán, que estaba en todo, acudió en su auxilio. El combate dio la vuelta: los españoles de éste se ensañaron con la tropa del argelino, y al moro cobarde no le quedó más remedio que replegarse y abandonar el campo de batalla. Doria trató de perseguir a Luchalí, pero desistió, pues la batalla no se había decidido todavía.

 

El moro había perdido más de la mitad de sus barcos, pero se llevó de premio, cargado de cadenas en el sollado de su galera, a un cautivo que con el tiempo daría mucho que leer: un joven soldado de fortuna, nacido en Alcalá de Henares y de nombre Cervantes. En el fragor de la batalla acababa de perder el brazo izquierdo; el derecho lo emplearía, y bien, en escribir las más delicadas páginas que se hayan escrito jamás en nuestra bella lengua castellana.

 

Con Siroco bajo el agua y Luchalí en desbandada, los protagonistas del acto final de la batalla serían, como en las películas, los comandantes de ambas flotas, el bueno y el malo peleando a cara de perro. No veo necesario remarcar que, en esta lid, el bueno era Juan de Austria y el malo, el turco traidor. Las dos galeras, la Real del español y la Sultana de Alí Pachá, se enzarzaron en una feroz jarana de cañonazos hasta que, conforme a lo que dictaban los manuales de guerra, la Sultana embistió al navío español. Y ahí es donde le estaban esperando los artilleros. Barrieron la cubierta una y otra vez, pero la Sultana era imposible de abordar. Los turcos contaban con un cuerpo de élite, los jenízaros, aguerridos soldados que se juramentaban ante Alá para dejarse la vida en el combate.

 

Álvaro de Bazán corrió en auxilio de la Real, pero ni con esas: los arqueros turcos rechazaban todos los intentos de abordaje. Entonces a Juan de Austria se le encendió la bombilla: mandó liberar a los galeotes que permanecían encadenados a los remos. Los galeotes eran delincuentes que purgaban su pena en galeras bogando de por vida. Para encender su furia, el almirante les prometió la libertad si salían victoriosos.

 

Mano de santo: como fieras corrupias, dejaron sus bancos para arrojarse con una daga entre los dientes contra el enemigo. En los barcos turcos se produjo entonces una revuelta. Los galeotes que empleaba el Sultán solían ser prisioneros de guerra cristianos que, al encontrarse cerca de sus hermanos de fe, hicieron de tripas corazón y se enfrentaron a sus verdugos.

 

El lado turco devino en un caos total y absoluto. Ni los jenízaros, ni los arcabuceros, ni la supuesta protección que Alá prestaba a los ejércitos de la Sublime Puerta pudieron evitar la hecatombe. Un galeote cristiano recién liberado se dirigió hacia un Alí Pachá que ya estaba preso de la desesperación y le decapitó con un hacha. Su cabeza enturbantada rodó por las tablas de cubierta marcando el fin definitivo de la batalla.

 

Ya no tenía sentido continuar. Los navíos turcos que seguían combatiendo se rindieron suplicando clemencia a los españoles. La hubo: Juan de Austria confiscó las naves enemigas y permitió a sus aliados venecianos que se llevasen cuanto quisiesen. Cosa que hicieron gustosos, empezando por las alhajas. Los hijos de Alí Pachá también cayeron en manos cristianas, pero Juan de Austria, que era un tanto desprendido, se los regaló al Papa para que pidiese rescate por ellos. Muy español: aquí, ya se sabe, con tal de quedar bien tiramos la casa por la ventana sin remilgos.

 

La victoria había sido completa. Los turcos habían perdido las tres cuartas partes de su flota, unos 225 navíos, y más de 25.000 hombres. A los cristianos, por el contrario, les había salido barato el lance: sólo 15 barcos y 8.000 hombres. Sin embargo, el bofetón propinado en la cara del sultán no sirvió de mucho. Juan de Austria se encargó personalmente de que el estandarte de Alí Pachá llegase a Madrid como prueba de la victoria.

 

Y nada más. A los pocos días cada uno volvió a su casa y la cosa terminó como había empezado. Es cierto que los turcos nunca se atrevieron a invadir Italia, pero no lo es menos que los piratas musulmanes siguieron haciendo de las suyas en los puertos cristianos. La gloria se desvaneció pronto. Francia, en su mezquindad habitual, siguió aliándose con el turco siempre que pudo, y el rey de España tuvo que atender otras urgencias, como, por ejemplo, mantener a salvo de los corsarios británicos el río de oro que llegaba de América, para poder gastárselo a placer en Flandes.

 

Al final, lo que no se ganó en Lepanto superó con creces a lo que se ganó. La gloria militar pura, sin contrapartidas materiales. Quijotesco a más no poder: normal que su héroe más recordado fuese Miguel de Cervantes, el inmortal manco de Lepanto, padre del no menos inmortal Don Quijote de la Mancha, obra cumbre de la literatura universal.

 

A la batalla de Lepanto le cupo, eso sí, el honor de ser la última gran batalla naval en el Mediterráneo, la última en que se despachaba algo importante entre dos potencias. Tuvo que ser en Grecia, entre Oriente y Occidente, entre la barbarie y la civilización; vamos, la historia de siempre. La partida se desplazó entonces a los grandes océanos, y ahí sigue. Aunque, claro, nosotros hace tiempo que la abandonamos. 2006-01-21 L.D.esp.

 

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Durante el luminoso medioevo - En términos cuantitativos, las catedrales góticas son tan asombrosas como las Pirámides egipcias. Sólo en Francia, durante noventa años, desde 1180 a 1270, se vio la construcción de 80 catedrales y casi 500 abadías.

 

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Es bueno valorar acontecimientos y hechos que han sucedido en el pasado, reflexionar sobre ellos, para caminar con los talentos de la historia como bastón de guía.

 

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La historia no puede hacerse sin acudir a las fuentes. Estas fuentes son testimonios, y, como tales testimonios, pueden ser parciales. Para el estudio de los tres primeros siglos del cristianismo, las fuentes son escasas. Pero en este período que estudiamos —especialmente en el siglo IV— son muy numerosas. La abundancia de los escritos de este período se debe probablemente al hecho de que en él la educación retórica era tenida en grandísima consideración y permitía subir fácilmente en la escala social. Hablar hoy de retórica presenta una gran carga peyorativa, mas en aquella época no era así. De hecho, la educación que se recibía entonces se dividía en dos grandes momentos: gramática —correspondería a la escuela media— y retórica —estudios ya universitarios—. Había no sólo que decir las cosas, sino decirlas bien. Y para expresarse bien había que tener un buen conocimiento de los clásicos. Los hombres eminentes tenían la posibilidad de llegar muy alto en la escala social. Esto ocurría así hasta que, a causa de las reformas de Diocleciano y de Constantino, se impuso un orden social más estable para garantizar las ganancias fiscales.

Naturalmente las obras de mayor interés para la historia de la Iglesia son aquéllas de carácter religioso. Mas conviene tener presente la importancia que para el mismo propósito revisten también los autores paganos: en primer lugar, ellos nos permiten conocer mejor el contexto histórico-político y cultural en el cual se desarrollan los acontecimientos de la Iglesia; en segundo lugar, a tales acontecimientos los mismos autores hacen a veces referencia, revelando así su punto de vista diverso. Cultura profana y cultura cristiana, en cambio, fueron tal vez muy cercanas entre ellas: el filósofo pagano Temistio, por ejemplo, estuvo al servicio de emperadores cristianos; y Juliano, antes de volverse pagano, había recibido una educación cristiana.

 

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Eliminar la calumnia de nuestra lengua, evitar toda acción que pueda causar daño a nuestro hermano, no difamar a los que viven a nuestro lado cada día.

 

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Islam… ese acoso que no cesa. Que el Islam moderado alienta opciones que no sean el odio contra el quehacer de Occidente está por ahora fuera de toda duda, pero al solaparse el terrorismo islamista y cierta complicidad del Islam europeo emergen incertidumbres hondas y desesperanzadas... 2005-07-

 

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Historia - Para conocer una historia es necesario, pero no suficiente, conocer los hechos, pues es preciso también conocer el espíritu, o si se quiere la intención que animó esos hechos, dándoles su significación más profunda.

 

PASAJES DE LA HISTORIA DE ESPAÑA

Castilla comunera

 

Por Fernando Díaz Villanueva

 

Una de las mayores calamidades de nuestra historia es haber padecido durante casi trescientos años a la dinastía de los Habsburgo, más conocida como la de los Austrias. Nefasta, se llame como se llame. El drama comenzó en 1516, cuando Fernando el Católico dio el último suspiro en Madrigalejo, un pueblecito extremeño del que, a diferencia de Yuste, nunca se acuerda nadie.

 

 

Las dos coronas, la de Castilla y la de Aragón, habían quedado unidas por arriba, por lo que la heredera de los reinos era Juana de Trastámara. Pero su perturbado ánimo le impedía recibir la herencia, y languidecía encerrada en Tordesillas como una de esas princesas de los cuentos, abandonada por todos.

 

Muy lejos de allí, en Bruselas, vivía su hijo Carlos, un crío de 16 años a quien la reina apenas conocía. El niño había crecido en Holanda, y era esa lengua, el holandés, la única que manejaba con soltura. Y no demasiado, porque Carlos inauguró una tara genética que duraría varios siglos en la Monarquía española, llegando a constituir una de sus señas de identidad: el prognatismo. El príncipe no podía, literalmente, cerrar la boca, porque las mandíbulas no le encajaban. Cuando se hizo mayor se dejó barba para disimular el defecto, pero ese gen travieso del prognatismo lo legó a sus sucesores, de ahí que entre los reyes de España haya tanto belfo caído y tanta cara de tonto.

 

Por derecho, le correspondían los reinos de sus abuelos españoles, pero no para heredarlos de inmediato, sino para cuando su madre muriese, pues era Juana, por muy loca que estuviera, la verdadera propietaria de los mismos. Los cortesanos flamencos no estaban, sin embargo, por la labor de esperar, así que desoyeron las súplicas del regente Cisneros y proclamaron rey al chaval dos meses después de la muerte de Fernando.

 

Fue un golpe de estado, el primero de la España moderna. Cisneros se tragó el sapo y apremió al joven monarca a venir a España para ceñirse la corona y prestar juramento, ante las Cortes de Castilla, Aragón, Cataluña, Valencia y Navarra; aquí, de juramentos siempre hemos andado muy sobrados, aunque luego no se cumplan.

 

Un año y medio después, el rey desembarcó en Asturias, en la ría de Villaviciosa, tras un tormentoso viaje que había alejado a la flota del puerto de Santander, al que en un principio se dirigían los bravos marinos vizcaínos que habían ido a recogerle a Flandes. No perdió el tiempo. Fue a ver a su madre a Tordesillas, en una visita relámpago; cumplido el trámite, condujo su numeroso séquito a Valladolid, donde se habían convocado las Cortes en las que habría de jurar como rey.

 

Aquí comenzó a torcerse todo. Al imberbe Carlos le acompañaba una camarilla de nobles flamencos que no se habían visto en una igual en su vida. El rey, que no sabía ni palabra de castellano, sólo se podía entender con ellos, por lo que les dejó hacer a su antojo.

 

Eso sentó a cuerno quemado entre los castellanos. En pocos meses, los principales hombres del reino habían sido postergados por el corrillo privado del rey. Un tal Marliano de Chièvres, de inconfundibles reminiscencias francesas, se convirtió en el amo de Castilla. Tenía la cara tan dura este Chièvres que llegó a proponer a su sobrino como arzobispo de Toledo, nada anormal si no fuese porque el sobrino era un niñato de 20 años que ni siquiera sabía dónde estaba Toledo.

 

El maniobrero Chièvres logró que el presidente de las Cortes fuese otro de los consejeros del rey, Jean de Sauvage, y envió a Fernando, hermano de Carlos, nacido en Alcalá y criado en España, a Bruselas, para alejar la tentación de que los castellanos escogiesen como monarca a otro Habsburgo más casero. Eso fue el colmo. Muchos de los representantes pusieron el grito en el cielo, pero no sirvió de mucho. Carlos sacó 600.000 ducados a las Cortes y puso rumbo a Zaragoza.

 

En Aragón, más de lo mismo. La camarilla real enredó todo lo que pudo, y los aragoneses aflojaron la bolsa: 200.000 ducados del ala, los justos para que el rey prosiguiese camino a Barcelona. Los catalanes, haciendo honor a su fama de gente sensata que no se deja engatusar por farsantes como Chièvres, alargaron la cuestión del dinero durante un año. Entonces, en pleno tira y afloja en la Ciudad Condal, llegó la noticia que habría de desencadenar todo el lío. Los electores alemanes habían decidido que Carlos era digno de suceder en el trono del Imperio a su abuelo Maximiliano.

 

Pero la elección no era gratis: los electores eran una recua de príncipes corruptos, y hacían un pingüe negocio con la designación del Emperador. Carlos necesitaba dinero, mucho dinero; más de lo que, a regañadientes, le habían dado las Cortes en España. En Castilla, que era de lejos el reino más rico de cuantos había heredado el afortunado joven, lo vieron venir. Carlos cabalgó hasta Santiago de Compostela, y allí reunió deprisa y corriendo, en marzo de 1520, las Cortes castellanas. Asistido por los valiosos oficios del obispo Mota, obtuvo un servicio (así es como se llamaban este tipo de atracos) de 220 millones de maravedíes. Todo por el Imperio, aunque, la verdad, a los españoles de entonces ni les iba ni les venía; bueno, les venía, pero mal.

 

El malestar se extendió por toda Castilla. Unos frailes de Salamanca redactaron una carta en la que exponían las razones para oponerse al servicio. Pedían al rey que no viajase a Alemania y que abandonase la costumbre de dárselo todo a los extranjeros que le acompañaban noche y día. Lo decían por Chièvres, no me cabe duda. Fueron estos frailes los que acuñaron el término "Comunidad". Hicieron uso de esa palabra para amenazar veladamente al monarca: si se salía con la suya, obligación de la Comunidad era oponerse y actuar en consecuencia.

 

El rey, encaramelado con el Imperio, se embarcó en La Coruña y dejó a Adriano de Utrecht a cargo de sus posesiones hispánicas. La mecha de la insurrección prendió con fuerza. La primera ciudad en alzarse fue Toledo. Capitaneados por Juan de Padilla, los toledanos expulsaron al corregidor real y se declararon en rebeldía. Los ecos de la revuelta saltaron las cumbres de Guadarrama y Segovia se levantó en armas unos días después. Aquí corrió la sangre. El corregidor y dos de los representantes de la ciudad en Cortes fueron linchados por la multitud; uno de ellos murió estrangulado en plena calle. La ciudad del Acueducto daría el líder comunero más legendario: Juan Bravo.

 

Los excesos de Segovia inspiraron al resto de ciudades, o de Comunidades, que ya venían a ser lo mismo. En pocas semanas toda Castilla estaba incendiada: Zamora puso sus procuradores frente a un tribunal, Guadalajara expulsó a sus magistrados municipales y la muchedumbre arrasó sus casas; Burgos depuso al corregidor y se cebó con uno de los cortesanos que se había traído el rey de Bruselas, Jofré de Cotannes, un francés engreído que había llamado "marranos" a los burgaleses: fue apaleado hasta la muerte y colgado por los pies.

 

En apenas dos meses, Carlos había perdido por las malas casi todo lo que no supo mantener por las buenas. Informado de la rebelión castellana, ordenó a su lugarteniente Adriano de Utrecht que tomase las medidas pertinentes. Adriano pensó que lo mejor sería dar un castigo ejemplar a Segovia, para que el resto de conjurados lo pensasen dos veces antes de seguir incordiando. Ese movimiento habría que combinarlo con el control de Tordesillas, ciudad en la que vivía la reina. La lógica impulsaba a creer que lo primero que harían los comuneros sería ofrecer el trono a Juana, y así fue.

 

La comunidad de Toledo, comandada por Padilla, sabía que la cosa se iba a terminar de cocer en Castilla la Vieja, así que reclutó una milicia y se dirigió a Tordesillas. La única opción que le quedaba a Adriano era frenar al ejército toledano, que se había reforzado con la milicia de Madrid; sí, de la villa de Madrid, que no era, como dicen ahora algunos, una insignificante aldeúcha, sino una ciudad con voto en Cortes.

 

El problema es que la artillería se encontraba en Medina del Campo. Envió al general Fonseca a recogerla, pero los medinenses se negaron, lo que ocasionó que los soldados de Fonseca metiesen fuego a la ciudad. La preciada artillería, eso sí, se quedó donde estaba.

 

El saco de Medina extendió la rebelión por todo el valle del Duero, y sus ecos resonaron a lo largo y ancho de Castilla. A mediados del verano, los insurrectos formaron la Santa Junta de las Comunidades en Ávila, que se erigió como legítima representante de Castilla. La Junta decidió trasladarse a Tordesillas, y una delegación, compuesta por Juan de Padilla, Juan Bravo y el salmantino Francisco de Maldonado, se entrevistó con la reina. Juana, que no había dicho esta boca es mía hasta ese momento, les respondió: "Avisadme de todo y castigad a los malos, que en verdad os tengo mucha obligación". Los malos eran los flamencos, se entiende.

 

Eso era mucho más de lo que el regente estaba dispuesto a soportar. Adriano, que era extremadamente hábil –por algo llegó a ser Papa–, cambió su estrategia. En lugar de enfrentarse a tumba abierta con todo el reino, guerra que tenía perdida de antemano, optó por dividirlo. Se atrajo a los aristócratas y a ciertos comerciantes de la lana, y procuró arrimar a su causa alguna ciudad. Pero para esto el monarca tenía que hacer concesiones. Aceptó alguna de las demandas comuneras y nombró dos nobles castellanos para ejercer de virreyes, junto a Adriano.

 

Sirvió de revulsivo inmediato: Burgos, cabeza de Castilla, y la nobleza, que se había mantenido indecisa, se desvincularon de la Junta. Había sido una estratagema perfecta, digna de un cardenal.

 

La suerte estaba echada. Sólo era necesario reconquistar Tordesillas, para alejar a la reina de los generales comuneros, y garantizarse el apoyo de Andalucía, cuyas ciudades no habían tomado partido ni por unos ni por otros. Lo primero acaeció en diciembre: la deserción de Burgos y una pésima maniobra de las tropas comuneras, capitaneadas por Pedro de Girón, pusieron la ciudad en bandeja a los realistas; lo segundo, dos meses después: las ciudades andaluzas hicieron público su compromiso de lealtad con el rey Carlos. La cosa se iba poniendo muy fea.

 

Los comuneros que habían salido con vida de Tordesillas escaparon a Valladolid. La causa, sin embargo, iba perdiendo adeptos. En la ciudad del Pisuerga sólo se dieron cita los procuradores de once ciudades: Toledo, León, Salamanca, Madrid, Toro, Segovia, Cuenca, Ávila, Valladolid, Zamora y la lejana Murcia, que se había apuntado a la verbena. En el otro lado las cosas tampoco pintaban muy bien: los vencedores de Tordesillas, que eran señores feudales, no querían provocar demasiado a los comuneros, para evitar que se lanzasen como locos al saqueo de sus feudos.

 

Durante semanas se dedicaron a observarse y mantener lo ganado. Hasta que volvió Padilla de Toledo. El general no entendía otro lenguaje que el del combate. Rearmó moralmente a los rebeldes y tomó al asalto la imponente fortaleza de Torrelobatón.

 

Los nobles, por su parte, que habían eludido la lucha, contemplaron atónitos cómo los comuneros se entregaban a una orgía de destrucción de sus propiedades. El movimiento comunero se había mutado en una revuelta antiseñorial, algo bastante habitual en aquella época: revueltas que terminaban siempre como el rosario de la aurora.

 

Al final, y a pesar de que la guerra tenía en vilo a todo el reino, la suerte de los comuneros se iba a ventilar en el corazón de Castilla, en Villalar. Los realistas reunieron dos ejércitos, el de Burgos y el de Tordesillas, y se lanzaron contra Torrelobatón. Padilla abandonó el castillo para refugiarse en Toro, pero no le dio tiempo a llegar.

 

El 23 de abril los realistas les alcanzaron junto a Villalar. Fue una derrota sin contemplaciones. A las pocas horas, bajo una inclemente lluvia, el conde de Haro proclamaba la victoria sobre un campo sembrado de miles de cadáveres.

 

Los cabecillas que habían sobrevivido fueron apresados y ejecutados de manera sumaria, al día siguiente, en la plaza del pueblo. Juan Bravo pidió morir primero para no ver la muerte de su admirado Padilla, que, mirándole a los ojos, le contestó: "Señor Bravo, ayer era día de pelear como caballero. Hoy es día de morir como cristiano".

 

Muchos creen, o eso les han hecho creer, que la rebelión comunera terminó en Villalar. Nada de eso. Las ciudades del valle del Tajo, especialmente Toledo, Madrid y Alcalá de Henares, siguieron enseñando los dientes una temporada. Adriano, al ver que no sólo no se rendían sino que intensificaban la resistencia, envió un ejército para devolverles el juicio.

 

Madrid y Alcalá fueron tomadas en mayo, pero Toledo era otro cantar. Encaramada sobre una privilegiada fortaleza natural, valiéndose del río como impenetrable foso, la ciudad arzobispal resistió todo el verano y parte del otoño. A su frente se situó una mujer, la viuda de Padilla, María Pacheco, una de esas españolas de rompe y rasga cuya tenacidad le valió el sobrenombre de Leona de Castilla. La ciudad terminó por rendirse, Pacheco hubo de emigrar a Portugal y Castilla quedó definitivamente pacificada.

 

A principios de 1522, casi al tiempo en que los canónigos de la catedral de Toledo realizaban una inscripción en el claustro para dar fe del final de la guerra, Adriano de Utrecht era elevado al solio pontificio como Adriano VI. Se lo había ganado a pulso. Ese mismo verano, el rey Carlos volvía a España, belfo en ristre, convertido en el monarca más poderoso del planeta. La España imperial daba sus primeros pasos en la historia. La experiencia nos dejaría baldados.

2006-01-21 L.Digital. Esp. Agradecemos al autor.

 

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“El que cree que es religioso, pero no frena su lengua, se engaña a sí mismo y su religiosidad no vale para nada”. Carta de Santiago apóstol, capitulo 1º versículo 26.

 

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“El cariño de Dios nos sostiene en el desierto de la historia” S.S. Juan Pablo II – Magno – Pontifex Max.

 

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La conciencia renacentista e ilustrada era mucho menos cristiana que la conciencia medieval.

La conciencia de aquellos cristianos toleró la esclavitud más o menos como la conciencia actual de muchos cristianos e ilustrados filántropos ha resistido que el comunismo haya matado más de cien millones de hombres, sin mayores aspavientos, o como tolera que la matanza de los niños inocentes, por el aborto, se haya hecho legal y subsidiada.

 

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II. Autoridad y magisterio en la Iglesia - La fe del Cuerpo de Cristo es infalible. Pero la fe, según el pensamiento del Nuevo Testamento, no es solamente una adhesión interior e invisible, sino que es igual e indisolublemente profesión exterior de la fe (Romanos, 10, 9). Por definición, la fe es proclamación. Igualmente, cuando se declara que la fe de la Iglesia es infalible, se declara inmediatamente que es infalible en la confesión exterior que expresa a la luz del día y proclama desde los tejados el mensaje revelado. Es así como Cristo entendía las cosas. Es por lo menos lo que hay implicado en sus declaraciones sobre la unidad de la Iglesia. Él quiso que la unidad de la fe y de la caridad en los suyos fuese, a los ojos de las generaciones futuras el testimonio de su misión divina (Juan, 17, 21-23; compárese con 15, 7, 15; 16, 13). ¿Puede imaginarse que la unidad de la fe se exprese en declaraciones falsas y sea al mismo tiempo un signo de la veracidad de Jesucristo, de su misión divina? Esto sería caer en el absurdo. Hay que reconocer, pues, que la fe colectiva, expresada colectivamente por la Iglesia, se expresa de una manera infalible y será confesión sin error. Ésta es la voluntad cierta del Señor.
Pero entonces no podemos eludir la pregunta: ¿dónde se encuentra la expresión auténtica e infalible de la fe confesada por la Iglesia? ¿Se encuentra esta expresión sin error en la palabra de cada cristiano individual? Es imposible, puesto que todo cristiano puede engañarse, ignorar ciertos artículos de la fe, caer en la herejía, o incluso perder completamente la fe.¿Se encuentra en la Escritura? Sin duda, pero no habla de ésta Cristo en el texto a que hemos aludido. Por otra parte, el Nuevo  Testamento aún no estaba escrito en el momento en que Jesús hacía esta declaración. Lo que Cristo señala expresamente es un testimonio dado por personas vivas. Examínense todas las palabras del Señor, y en parte alguna veremos que haya pedido a su Iglesia que recurriera a un texto escrito como único criterio apto para 
discernir la expresión auténtica de la fe. Por su lado, los Apóstoles, que escribían al dictado del Espíritu Santo, no hicieron mención de un método de tal discernimiento.
¿Encuéntrase la expresión auténtica e infalible de la fe en la Iglesia creyente, considerada en su conjunto? Es evidente que sí, como hemos demostrado antes. Pero esta respuesta no es plenamente iluminadora. Ya que a fin de cuentas la siguiente pregunta no es absurda: Entre las voces divergentes que se dejan oír en el seno de la Iglesia, ¿cuáles son las que expresan auténticamente el mensaje revelado por Jesucristo? Esta pregunta se planteaba ya en los tiempos apostólicos (I Juan, 3; Il Juan, 7-11). Cristo, que es «la Sabiduría del Padre», ¿previó esta eventualidad?
La respuesta definitiva se encuentra en el Nuevo Testamento y en la Historia de la Iglesia, cuyos inicios presenta, además, el Nuevo Testamento. Vemos en ellos cómo comprendieron los Apóstoles y sus sucesores las estructuras de la Iglesia, cómo se justifica el concepto que de ella se hicieron. Hay que referirse, pues, a os Evangelios, a las Epístolas y a los Hechos de los Apóstoles.

Infalibilidad y autoridad del Cuerpo Episcopal y del Sumo Pontífice. -Es un hecho bien conocido que, en los primeros tiempos de la joven Ekklesia, Pablo era sustituido, en ciertos territorios, por personajes provistos de autoridad, Timoteo y Tito. Éstos son los primeros sucesores de los Apóstoles. Podríamos denominarlos 
«obispos», aplicándoles nuestro lenguaje, aunque en realidad todavía no se les dio este nombre. Es bien conocido también que, en esta época, esos jefes de Iglesia regional desempeñaron un papel constante y determinante en la vida de la Iglesia universal, sea que enseñasen a sus fieles en sus respectivas circunscripciones, sea que se reunieran en asambleas plenarias (concilios ecuménicos), bajo la presidencia del obispo de Roma o de sus legados. Fueron los jefes de Iglesia -los obispos, como 
decimos hoy - quienes, con el obispo de Roma, trataron las cuestiones referentes a la fe. A ellos correspondían el derecho y el deber de hablar con autoridad en estas materias, dirimir los debates. Los jefes de la Iglesia eran también doctores de la Iglesia, como los Apóstoles.
Desde los orígenes, la conciencia cristiana tuvo a gran honor los concilios y sus decisiones. Pío IX dará en 1863 la expresión desde entonces clásica del papel y la autoridad del cuerpo episcopal. La infalibilidad de la Iglesia, dice, se ejerce en materia de fe por el magisterio extraordinario, es decir por las definiciones solemnes de los Concilios ecuménicos y de los Sumos Pontífices, pero también por el magisterio ordinario de toda la Iglesia, es decir, por la enseñanza de los obispos dispersados por la tierra en comunión con el Papa. En 1870, el concilio del Vaticano sanciona una afirmación análoga y le añade una declaración sobre la autoridad de los obispos, sucesores de los Apóstoles. En el momento de la crisis modernista, a principios del siglo xx, la Santa Sede afirma de nuevo «la existencia cierta de un carisma de verdad que está, ha estado y estará siempre en la sucesión episcopal salida de los Apóstoles».
Tal es, en resumen, el pensamiento de la Iglesia sobre la autoridad de gobierno y de enseñanza en el cuerpo episcopal entero.
En cuanto al Sumo Pontífice, su papel en la Iglesia fue ampliamente expuesto por el Concilio del Vaticano en el aspecto de pastor y de doctor supremos de la Iglesia. Después de definir la primacía de jurisdicción de los sucesores de Pedro en la Iglesia 
universal, después de descartar las restricciones que los siglos pasados intentaron aportarle, el Concilio llega a la definición de la infalibilidad pontificia en las materias referentes a la fe o a la moral. Preguntábamos: ¿Dónde se encuentra la expresión auténtica e infalible de la fe cristiana? Ahora tenemos la respuesta: las palabras que pronuncian los sucesores de los Apóstoles son la expresión auténtica e infalible de la fe cristiana, cuando éstos, ejerciendo su papel de pastor y doctor, enseñan al pueblo que Cristo les ha confiado. La Iglesia reconoce, pues, que Cristo fundó un magisterio 
vivo, auténtico, asistido por el Espíritu Santo para asumir sin error esta misión. Además, la Iglesia ha creído y cree que el magisterio ha sido entregado a las manos de los jefes de la Iglesia, sucesores de los Apóstoles y sucesores de Pedro. En una palabra, la jerarquía eclesiástica es una jerarquía de jefes cuyo papel es también ser 
doctores.

 

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Citar continuamente la Biblia, allí es donde está el triunfo de la fe en Jesucristo, enseñada por su ‘única y católica Iglesia’ hace dos mil años ininterrumpidos.

 

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“Durante su vida mortal fue María, de corazón tan piadoso y sensible para con los hombres, que nadie se ha afligido tanto por las penas propias, como María por las ajenas” Expresión simbólica del modo de ser de la Virgen, que ya en el siglo IV resaltaba San Jerónimo, doctor de la Iglesia.

 

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Las fuentes de la doctrina.- La fe en la autoridad y en el magisterio de la Iglesia jerárquica ha sido primero vivido y ejercido bajo la dirección del Espíritu Santo, antes de expresarse como noción. Pero la fe vivida y ejercida se despertó bajo el choque de ciertos hechos y de ciertas palabras situadas en el origen de la Iglesia.
He aquí uno de estos acontecimientos primerizos. Los Hechos de los Apóstoles refieren el primer caso de ejercicio del magisterio de la Iglesia. Era, a decir verdad, el primer concilio. Se celebró en Jerusalén hacia 48-49 después de Jesucristo. La asamblea debía deliberar sobre la manera de actuar con los convertidos procedentes del paganismo. ¿Había o no que imponerles las observancias de la Ley judaica? Después de deliberación, la asamblea remite a Antioquía una carta de la cual extraemos el siguiente pasaje: «Ha parecido al Espíritu Santo y a nosotros no 
imponeros otra carga, fuera de éstas que son precisas: que os abstengáis de manjares inmolados a los ídolos, y de sangre, y de animal sofocado, y de la fornicación» (Hechos, 15, 28-29). La Escritura acaba de presentar, en estos términos, el ejercicio del magisterio institucional. Éste expone la verdad y estas decisiones son autoridad. Tiene asegurada la asistencia del Espíritu Santo y lo 
sabe. No puede equivocarse enseñando oficialmente, y saca de esta fe su seguridad.
Nadie en Jerusalén pareció sorprendido de esta declaración, así y todo sorprendente: «Ha parecido al Espíritu Santo y a nosotros... » Nadie vio en ella una pretensión insostenible. Y con razón. ¿Acaso Cristo no había confiado colectivamente a los Apóstoles la autoridad y el magisterio cuando les había dicho: «Todo lo que atareis en la tierra, atado será en el cielo, y todo lo que desatarais en la tierra, desatado será en el cielo» (Mateo, 18, 18)? Pedro en particular, se había visto confiar antes los mismos poderes (Mateo, 16, 18 ss.). Finalmente, antes de dejar a sus Apóstoles, en el momento de la Ascensión, Cristo repite a los Once los deberes que les incumben: enseñar, hacer discípulos, recordar los mandamientos del Señor (Mateo, 28, 16).Nos encontramos aquí en los orígenes del poder magisterial y jurisdiccional. Si bien algunos protestantes lo discuten en estos últimos años menos que en otro tiempo, añaden inmediatamente que esta autoridad fue confiada únicamente a los Apóstoles y que este poder desapareció con ellos.
Es un error. Cristo quiso sucesores en las cargas que confiaba a los Apóstoles. Sin duda no expresó directamente en parte alguna la noción de «sucesión apostólica», pero habló de manera bastante clara para que no hubiera equívoco.
En efecto, el Hijo del Hombre no reunió a los Apóstoles y fundó la Iglesia sino para transmitir su misión propia: llamar a la salvación a todos los pecadores, en todos los tiempos y en todos los lugares -puesto que habrá también pecadores en todos los tiempos y lugares hasta el fin de la historia-. Es la misión pública y oficial de Cristo en pro del Reino de Dios. La delegación que de ella hace no es transitoria. De esta misión participan los poderes confiados a los Apóstoles.
Así, al confiar su misión a los Doce, Cristo no les concede una dignidad a título individual, sino que organiza el servicio del Reino de Dios, establece las funciones que deben procurar su cumplimiento. Ahora bien, si la misión es perpetua, los «servicios» de la misión lo son igualmente. Por ello la institución de «servicios 
perpetuos» implica unos sucesores de los Apóstoles, en sus «funciones» o «ministerios».
¿Puede imaginarse por otra parte a Cristo confiriendo en su Iglesia otra cosa que cargas y responsabilidades, y atribuyendo dignidades o privilegios? ¿Qué frase del Evangelio sostendría una quimera semejante? Lo que Cristo establece son «deberes», una misión, a fin de que la Redención se extienda al universo. Son 
servicios, y se llaman magisterio y jurisdicción. Estos hombres, pues, enseñarán y gobernarán. No lo harán sino con la asistencia del Paráclito. Cristo no establece en su Iglesia poderes seculares, sino una misión santa, para la cual el Espíritu Santo «os recordará todo lo que os he dicho» (Juan, 14, 26). En el Espíritu ahondarán los Apóstoles su fe, dejándose «conducir hacia la verdad entera» (Juan 16, 13). En él conservarán la continuidad con Cristo: «Él me glorificará, porque recibirá de lo mío, y os lo anunciará» (Juan, 16, 14; cf. 15,; 15, 27).
¿Mas no es a los mismos hombres a quienes confía Cristo el magisterio y el gobierno? Sin duda alguna. Los jefes fueron instituidos doctores. El magisterio, pues, no fue confiado a sabios, a especialistas, ni siquiera a teólogos. El magisterio es misión de los que gobiernan. En estas condiciones, la más alta función de magisterio ¿no será atribuida por Cristo al que detenta la más alta autoridad en la Iglesia? Es exactamente esto lo que decide el Señor. Pedro recibe con el poder supremo de gobierno el poder supremo de enseñanza. Pedro será la voz de la Iglesia, su voz 
oficial y definitiva. No podrá estarse en la verdad de Cristo sino siendo unánime con Pedro y sus sucesores. Cristo es demasiado explícito para que pueda ignorarse este punto: 

«Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del Infierno no prevalecerán contra ella. Y a ti te daré las llaves del Reino de los Cielos. Y todo lo que atares en esta tierra, atado será en el cielo; y lo que desataras en esta tierra, desatado será en el cielo» (Mateo, 16, 18-19).

 

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Orígenes (hacia 185-253) presbítero de la Iglesia Católica y teólogo - Homilías sobre Josué, 11, 3-4 

 

“Mientras tenéis esta luz, caminad para que  no os sorprendan las tinieblas.” (Jn 12,35) -     Desde que vino el Salvador ha llegado el fin del mundo. Él mismo lo dijo cuando se sitúa en el final de los tiempos: “Arrepentíos, porque está llegando el reino de los cielos.” (Mt 4,17) Pero, él retarda el día de la consumación, no deja que se manifieste. Porque Dios Padre, viendo que la salvación de las naciones tiene que venir por Jesús, le dijo: “Pídemelo y te daré en herencia las naciones, en posesión los confines de la tierra.” (Sal 2,8) Así, pues, hasta el cumplimiento de esta promesa del Padre, hasta que la Iglesia se desarrolle en las distintas naciones y que todos formen parte de ella, “toda la plenitud de los paganos”, para que “todo Israel se salve” (Rm 11,25), el día se prolonga, el ocaso se difiere. El “sol de justicia” (Ml 3,20) no se pone nunca sino que continua derramando la luz de la verdad en el corazón de los fieles.
       Pero cuando la medida de los fieles esté colmada y cuando haya llegado la época degenerada y corrompida de la última generación, cuando “a causa de la magnitud del mal, la caridad de muchos hombres se enfriará” (cf Mt 24,12)..., entonces, “los días se acortarán” (Mt 24,22). Sí, el mismo Señor sabe prolongar la duración de los días cuando es el tiempo de salvación y sabe acortarlos en el momento de la tribulación y de la perdición. En cuanto a nosotros, mientras es de día y se prolongo este tiempo de luz, “portémonos con dignidad, como quien vive en pleno día,” (Rm 13,13) y cumplamos con las obras de la luz.

 

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«La sociedad no puede marcar el destino del hombre» Cardenal Rouco Varela MMV

 

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«Duc in altum» (Lc 5,4) dijo Cristo al apóstol Pedro en el Mar de Galilea. Sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Aleluya (Mt 28,20). †

 

Evangelio de san Juan habla de «tres obstáculos para el hombre: la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y la soberbia de la vida» y reza para destruir «el poder de las ideologías, para que los hombres puedan reconocer que están entretejidas de mentiras» y para que «el muro del materialismo» no «llegue a ser insuperable». El Cardenal Ratzinger despliega una visión crítica de la labor de ciertos miembros de la Iglesia: «¡Cuánta suciedad en la Iglesia y entre los que, por su sacerdocio, deberían estar completamente entregados a él! ¡Cuánta soberbia, cuánta autosuficiencia!», escribió el purpurado para la novena estación del Vía Crucis, la tercera caída de Jesús. 2005-03-25 Viernes Santo – Colina vaticana, Roma- Italia.

 

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La Iglesia ha nacido con este fin: propagar el reino de Cristo en toda la tierra para gloria de Dios Padre, y hacer así a todos lo hombres partícipes de la redención salvadora y por medio de ellos ordenar todo el universo hacia Cristo. Toda la actividad del Cuerpo místico, dirigida a este fin, recibe el nombre de apostolado, el cual la Iglesia lo ejerce por obra de todos sus miembros, aunque de diversas maneras. La vocación cristiana es, por su misma naturaleza, vocación también al apostolado. Así como en el conjunto de un cuerpo vivo no hay miembros que se comportan de forma meramente pasiva, sino que todos participan en la actividad vital del cuerpo, de igual manera en el Cuerpo místico de Cristo, que es la Iglesia. Es tan estrecha la conexión y trabazón de los miembros en este Cuerpo, que el miembro que no contribuye según su propia capacidad al aumento del cuerpo debe reputarse como inútil para la Iglesia y para sí mismo. Hay en la Iglesia diversidad de ministerios, pero unidad de misión. A los Apóstoles y a sus sucesores les confirió Cristo el encargo de enseñar, de santificar y de regir en su propio nombre y autoridad. Los seglares, por su parte, al haber recibido partición en el ministerio sacerdotal, profético y real de Cristo, cumplen en la Iglesia y en el mundo la parte que les atañe en la misión total del pueblo de Dios. Ejercen, en realidad, el apostolado con su trabajo por evangelizar y santificar a los hombres y por perfeccionar y saturar de espíritu evangélico el orden temporal, de tal forma que su actividad en este orden dé claro testimonio de Cristo y sirva para la salvación de los hombres. Y como lo propio del estado seglar es vivir en medio del mundo y de los negocios temporales, Dios llama a los seglares a que, con el fervor del espíritu cristiano, ejerzan su apostolado en el mundo a manera de fermento.
Decreto Apostolicam actuositatem, 2 – CONCILIO VATICANO II

 

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La clave de todo cuanto la Iglesia enseña en relación con María se encuentra en las siguientes palabras: «Lo que la fe católica cree acerca de María se funda en lo que cree acerca de Cristo, pero lo que enseña sobre María ilumina a su vez la fe en Cristo». La doctrina mariana está enteramente construida en referencia a Cristo, en una doble dirección: todo cuanto la Iglesia cree de María, lo cree como consecuencia de lo que ella cree de Jesucristo; pero también es verdad que la doctrina mariana orienta hacia una fe más profunda en Cristo. – C. Caffarra -

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San Ignacio de Antioquia (hacia año 110) obispo y mártir de la Iglesia católica - Carta a los Efesios, 3-4, 9 

 

“La Escritura dice: ‘Mi casa es una casa de oración.” (Lc 19,46)      Os exhorto a caminar según el pensamiento de Dios. Porque Jesucristo, príncipe indefectible de nuestra vida es el pensamiento de Dios. Del mismo modo, los obispos, extendidos por toda la tierra, están en el pensamiento de Cristo Jesús. De manera que os conviene caminar según el pensamiento de vuestro obispo. Es lo que ya hacéis. El conjunto de vuestros presbíteros, dignos de Dios, está unido al obispo como las cuerdas lo son a la cítara. Así, en el acorde de vuestros sentimientos y en la armonía de vuestra caridad, cantáis a Jesucristo. Que cada uno de vosotros se haga miembro del coro para que, en la armonía de vuestros acordes y sobre el tono de Dios, cantéis a una sola voz las alabanzas del Padre, por Jesucristo.
       Sois las piedras del templo del Padre, talladas para el edificio construido por Dios el Padre, elevadas hasta la cumbre por Jesucristo, que es la piedra angular, por el Espíritu Santo. Vuestra fe os eleva a las alturas y la caridad es el camino que os eleva hasta Dios. Sois todos compañeros de ruta, portadores de Dios y de su templo, portadores de Cristo, llevando los objetos sagrados, adornados de los preceptos de Jesucristo. Con vosotros me siento lleno de alegría... Mi gozo consiste en ver que viviendo en una vida nueva, no aspiráis a nada fuera del amor de Dios.

 

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"Obras todas del Señor, bendecid al Señor".-

La Biblia tiene que dictar los principios morales fundamentales del designio de Dios sobre la relación entre hombre y creación.  Es necesario desarrollar una conciencia ecológica de responsabilidad por la creación y por la humanidad.  La cuestión del ambiente involucra a todo el planeta, pues es un bien colectivo.  Es necesario confirmar la primacía de la ética y de los derechos del hombre sobre la técnica.

 

 

 

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Compendio del Catecismo de la Iglesia católica
La fe de los sencillos - Una síntesis fiel y segura del Catecismo de la Iglesia católica. Contiene, de modo conciso, todos los elementos esenciales y fundamentales de la fe de la Iglesia. 2005.
¡No falte en el bolsillo de cada cristiano para aprenderlo!

 

Los ideales cristianos constituyen 
la riqueza cultural y espiritual de Europa. †

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'JESUCRISTO PADECIÓ BAJO EL PODER DE PONCIO PILATO,
FUE CRUCIFICADO, MUERTO Y SEPULTADO'
Evangelio según San Lucas, Cap.3, vers.1º: El año decimoquinto del reinado del emperador Tiberio, cuando Poncio Pilato gobernaba la Judea, siendo Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Felipe tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene…

Crucifixión de San Pedro: fue crucificado al revés cabeza abajo - Pergamino con San Pedro en cruz invertida, de Maguncia- Alemania; entre el 900 y el 1000ca. - Museo Diocesano de la Catedral Maguncia (Mainz) Alemania - Pedro en su cruz, invertida. ¿Qué significa todo esto? Es lo que Jesús había predicho a este Apóstol suyo: "Cuando seas viejo, otro te llevará a donde tú no quieras"; y el Señor había añadido: "Sígueme" (Jn 21, 18-19). Precisamente ahora se realiza el culmen del seguimiento: el discípulo no es más que el Maestro, y ahora experimenta toda la amargura de la cruz, de las consecuencias del pecado que separa de Dios, toda la absurdidad de la violencia y de la mentira. No se puede huir del radicalismo del interrogante planteado por la cruz: la cruz de Cristo, Cabeza de la Iglesia, y la cruz de Pedro, su Vicario en la tierra. Dos actos de un único drama: el drama del misterio pascual: cruz y resurrección, muerte y vida, pecado y gracia.

La maternidad divina de María – Catecismo de la Iglesia
495 Llamada en los Evangelios 'la Madre de Jesús'(Jn 2, 1; 19, 25; cf. Mt 13, 55, etc.), María es aclamada bajo el impulso del Espíritu como 'la madre de mi Señor' desde antes del nacimiento de su hijo (cf Lc 1, 43). En efecto, aquél que ella concibió como hombre, por obra del Espíritu Santo, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el Hijo eterno del Padre, la segunda persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre de Dios [Theotokos] (cf. Concilio de Éfeso, año 649: DS, 251).
La virginidad de María
496 Desde las primeras formulaciones de la fe (cf. DS 10-64), la Iglesia ha confesado que Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María únicamente por el poder del Espíritu Santo, afirmando también el aspecto corporal de este suceso: Jesús fue concebido absque semine ex Spiritu Sancto (Concilio de Letrán, año 649; DS, 503), esto es, sin semilla de varón, por obra del Espíritu Santo. Los Padres ven en la concepción virginal el signo de que es verdaderamente el Hijo de Dios el que ha venido en una humanidad como la nuestra:
Así, san Ignacio de Antioquía (comienzos del siglo II): «Estáis firmemente convencidos acerca de que nuestro Señor es verdaderamente de la raza de David según la carne (cf. Rm 1, 3), Hijo de Dios según la voluntad y el poder de Dios (cf. Jn 1, 13), nacido verdaderamente de una virgen [...] Fue verdaderamente clavado por nosotros en su carne bajo Poncio Pilato [...] padeció verdaderamente, como también resucitó verdaderamente» (Epistula ad Smyrnaeos, 1-2).

El acontecimiento histórico y transcendente – Catecismo de la Iglesia
639 El misterio de la resurrección de Cristo es un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas como lo atestigua el Nuevo Testamento. Ya san Pablo, hacia el año 56, puede escribir a los Corintios: "Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce: "(1 Co 15, 3-4). El apóstol habla aquí de la tradición viva de la Resurrección que recibió después de su conversión a las puertas de Damasco (cf. Hch 9, 3-18).
El sepulcro vacío

640 "¿Por qué buscar entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado" (Lc 24, 5-6). En el marco de los acontecimientos de Pascua, el primer elemento que se encuentra es el sepulcro vacío. No es en sí una prueba directa. La ausencia del cuerpo de Cristo en el sepulcro podría explicarse de otro modo (cf. Jn 20,13; Mt 28, 11-15). A pesar de eso, el sepulcro vacío ha constituido para todos un signo esencial. Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección. Es el caso, en primer lugar, de las santas mujeres (cf. Lc 24, 3. 22- 23), después de Pedro (cf. Lc 24, 12). "El discípulo que Jesús amaba" (Jn 20, 2) afirma que, al entrar en el sepulcro vacío y al descubrir "las vendas en el suelo"(Jn 20, 6) "vio y creyó" (Jn 20, 8). Eso supone que constató en el estado del sepulcro vacío (cf. Jn 20, 5-7) que la ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana y que Jesús no había vuelto simplemente a una vida terrenal como había sido el caso de Lázaro (cf. Jn 11, 44).