Tuesday 30 September 2014 | Actualizada : 2014-09-29
 
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A todos se les pide el saber cultivar un atento discernimiento y una constante vigilancia, madurando una sana capacidad crítica ante la fuerza persuasiva de tantos medios de comunicación que no cesan de inventar, suponer o repetir ‘leyendas negras’, difamaciones o mentiras históricas… mienten sabiendo de mentir.

Los que escuchan no deben ser obligados a imposiciones ni compromisos, engaño o manipulación. Jesús enseña que la comunicación es un acto moral “El hombre bueno, del buen tesoro saca cosas buenas y el hombre malo, del tesoro malo saca cosas malas. Os digo que de toda palabra ociosa que hablen los hombres darán cuenta en el día del Juicio. Porque por tus palabras serás declarado justo y por tus palabras serás condenado” (Mt 12, 35-37).

 

“Por tanto, desechando la mentira, hablad con verdad cada cual con su prójimo, pues somos miembros los unos de los otros. […]No salga de vuestra boca palabra dañosa, sino la que sea conveniente para edificar según la necesidad y hacer el bien a los que os escuchen” (Ef 4, 25.29).

 

 

HISTORIA - Para adentrarse en la época de la gran gesta hispánica [1492-1592] y analizar la magnitud del descubrimiento, es necesario penetrarlo estudiando el contexto histórico; solo así podremos llegar a un discernimiento moderado y con el sentimiento sano del deber o de una conciencia objetiva. Con este objetivo presentamos tantos temas y acontecimientos -aparentemente- en discontinuidad.

 

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Para no caer en el anacronismo, es necesario tener la humildad y la inteligencia de leer los hechos del pasado no con las categorías mentales de hoy, más, dentro el marco histórico temporal en que se efectuaron. 

 

Al igual que ocurre con cualquier otra expresión de la mente humana, quizás la objetividad plena es imposible, pero lo que se le pide a cualquier intelectual honrado es que, cuando menos, haga el esfuerzo de buscarla, tenga la valentía de acercarse serena y responsablemente al mayor grado de objetividad histórica posible.

 

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1480 - Los Reyes Católicos promulgan la primera ley reguladora del libro impreso. Por ella queda libre del pago de todo tipo de tributos la introducción en España de libros extranjeros.

 

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1499 el 18 de mayo: del Puerto de Santa María (Cádiz, España) parte una flota de cuatro barcos, mandada por Alonso de Ojeda y acompañado de Américo Vespucio y Juan de la Cosa. Llegarán a las costas de Surinam, y explorarán el golfo de Paria y la isla de Curazao, en el Caribe.

 

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PASADO - El gran Montalembert escribía: «Para juzgar el pasado deberíamos haberlo vivido; para condenarlo no deberíamos deberle nada». Todos, creyentes o no, católicos o laicos, nos guste o no, tenemos una deuda con el pasado y todos, en lo bueno y en lo malo, estamos comprometidos con él.

 

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PASADO HISTORIA - La inscripción del templo de Delfos, que inspiró a Sócrates: conócete a ti mismo. Se trata de una verdad fundamental: conocerse a sí mismo es típico del hombre. En efecto, el hombre se distingue de los demás seres creados sobre la tierra por su capacidad de plantearse la cuestión del sentido de su propia existencia. Gracias a lo que conoce del mundo y de sí mismo, el hombre puede responder a otro imperativo que nos ha transmitido también el pensamiento griego: llega a ser lo que eres.

Por tanto, el conocimiento tiene una importancia vital en el camino que el hombre recorre hacia la realización plena de su humanidad: esto es verdad de modo singular por lo que atañe al conocimiento histórico. En efecto, las personas, como también las sociedades, llegan a ser plenamente conscientes de sí mismas cuando saben integrar su pasado.

 

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Petición de perdón - Para concluir, quisiera haceros partícipes de una reflexión, que me interesa particularmente. La petición de perdón, de la que tanto se habla en este período, atañe en primer lugar a la vida de la Iglesia, a su misión de anunciar la salvación, a su testimonio de Cristo, a su compromiso en favor de la unidad, en una palabra, a la coherencia que debe caracterizar a la existencia cristiana. Pero la luz y la fuerza del Evangelio, del que vive la Iglesia, pueden iluminar y sostener, de modo sobreabundante, las opciones y las acciones de la sociedad civil, en el pleno respeto a su autonomía. Por este motivo, la Iglesia no deja de trabajar, con los medios que le son propios, en favor de la paz y de la promoción de los derechos del hombre. En el umbral del tercer milenio, es legítimo esperar que los responsables políticos y los pueblos, sobre todo los que se hallan implicados en conflictos dramáticos, alimentados por el odio y el recuerdo de heridas a menudo antiguas, se dejen guiar por el espíritu de perdón y reconciliación testimoniado por la Iglesia, y se esfuercen por resolver sus contrastes mediante un diálogo leal y abierto. 31. X. 1998 S.S. Juan Pablo II – Magno

 

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La memoria no se opone a la historia. Esto es evidente. Son dos géneros distintos. Primero es la memoria y luego, la historia. La memoria, que radica en la persona, es recuerdo de una familia, una comunidad, una nación o un pueblo y tiene un fuerte componente afectivo y, por lo mismo, es selectiva. En consecuencia, las memorias no siempre coinciden, porque cada grupo social evoca unos sucesos según su origen y su identidad. La historia, en cambio, es una elaboración científica posterior.

 

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UNIVERSIDAD EUROPA Y CRISTIANISMO«1º

 

ÁNGELUS Meditación mariana del Santo Padre en Castelgandolfo

domingo 20 de julio 2003

 

El cristianismo es un elemento central en la historia de Europa

 

Amadísimos hermanos y hermanas: 
1. En los últimos meses se ha trabajado intensamente en la redacción de la nueva Constitución europea, cuya versión definitiva será aprobada por la Conferencia intergubernativa a partir del próximo mes de octubre. A esta importante tarea, que interesa a todos los componentes de la sociedad europea, también la Iglesia siente el deber de dar su contribución.
La Iglesia recuerda, entre otras cosas, como afirmé en la exhortación apostólica postsinodal Ecclesia in Europa, que "Europa ha sido impregnada amplia y profundamente por el cristianismo" (n. 24). Esto constituye, en la compleja historia del continente, un elemento central y relevante, que ha ido consolidándose sobre el fundamento de la herencia clásica y de las diversas contribuciones dadas por las corrientes étnico-culturales que se han sucedido a lo largo de los siglos.
2. Así pues, se puede decir con razón que la fe cristiana ha forjado la cultura de Europa, fundiéndose con su historia y, a pesar de la dolorosa división entre Oriente y Occidente, el cristianismo se ha convertido en "la religión de los europeos" (ib.). Su influencia ha seguido siendo notable también en la época moderna y contemporánea, a pesar del fuerte y extendido fenómeno de la secularización.
La Iglesia sabe que su interés por Europa brota de su misión misma. En cuanto depositaria del Evangelio, ha promovido los valores por los que ha sido apreciada universalmente la cultura europea. Este patrimonio no puede dilapidarse. Por el contrario, es preciso ayudar a la nueva Europa "a construirse a sí misma, revitalizando las raíces cristianas que le han dado origen" (ib., 25).
3. María, Madre de la esperanza, vele sobre la Iglesia en Europa para que se convierta cada vez más en "transparencia del Evangelio" y sea lugar donde crezcan la comunión y la unidad, de modo que el rostro de Cristo resplandezca en su plena luz para la paz y la alegría de todos los habitantes del continente europeo.
Después de rezar la plegaria mariana del Ángelus, el Santo Padre recordó el centenario de la muerte del Papa León XIII con las palabras que publicamos aparte en esta misma página. Asimismo, dirigió saludos particulares en francés, inglés, alemán, español, portugués, polaco e italiano. A los peregrinos de lengua hispana les dijo: 
Deseo saludar con todo afecto a los peregrinos y visitantes de lengua española, en especial a los "Jóvenes de Santa Vicenta María" aquí presentes. Imploro sobre todos vosotros y sobre vuestras familias la maternal protección de nuestra Señora. Buen domingo a todos.
Antes de concluir, saludó de forma especial a los participantes en el Curso internacional para formadores de seminarios, organizado por el Ateneo pontificio "Regina Apostolorum".
(©L´Osservatore Romano - 25 de julio de 2003)

DISCURSO A los participantes en el simposio sobre "Universidad e Iglesia en Europa", Castelgandolfo, 19 de julio MMIII

 

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«No se descubrirá nunca nada, si se considera satisfecho de lo ya descubierto». Séneca.

 

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La conciencia renacentista e ilustrada era mucho menos cristiana que la conciencia medieval.

La conciencia de aquellos cristianos toleró la esclavitud más o menos como la conciencia actual de muchos cristianos e ilustrados filántropos ha resistido que el comunismo haya matado más de cien millones de hombres, sin mayores aspavientos, o como tolera que la matanza de los niños inocentes, por el aborto, se haya hecho legal y subsidiada.

 

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El Renacimiento y la Reforma han configurado el individuo occidental moderno, que no se siente agobiado por cargas externas, como la autoridad meramente extrínseca y la tradición. Hay muchos que sienten cada vez menos la necesidad de «pertenecer» a las instituciones (pese a lo cual, la soledad sigue siendo en gran medida un azote de la vida moderna), y no se inclinan a dar a las opiniones «oficiales» mayor valor que a las suyas propias. Con este culto a la humanidad, la religión se interioriza, de manera que se va preparando el terreno para una celebración de la sacralidad del yo; en el plano del análisis histórico, se cultiva el caldo del relativismo atenuando las responsabilidades importantes. Lo que importa señalar aquí y ahora es que, en ciertas prácticas de algunos grupos protestantes y la masonería en general, gustan recurrir constantemente a la mentira, a la desfiguración de los hechos quitándoles del contexto, o insisten recurrir llana y repetitivamente «sin vergüenza alguna» a las conocidas ‘leyendas negras’.

 

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Hilvanando hechos, acontecimientos y documentos…

 

 

 

La memoria histórica es indispensable
para fundar la perspectiva cultural de Europa

 

Del 17 al 20 de julio se celebró en Roma el simposio sobre "Universidad e Iglesia en Europa", con ocasión del VII centenario de fundación de la universidad romana "La Sapienza", organizado por el Consejo de las Conferencias episcopales de Europa y por la Comisión episcopal para la Universidad de la Conferencia episcopal italiana, en colaboración con el Ministerio para la Universidad de la República italiana. El sábado 19, por la mañana, Su Santidad Juan Pablo II los recibió en audiencia en el patio del palacio pontificio de Castelgandolfo. Además de los rectores, profesores y alumnos, participaron los capellanes y obispos responsables de la pastoral universitaria. Al comienzo del encuentro, monseñor Amédée Grab, o.s.b., obispo de Coira (Suiza) y presidente del Consejo de las Conferencias episcopales de Europa, dirigió unas palabras de introducción y de saludo a Juan Pablo II. Durante el acto, el Santo Padre encendió una antorcha, que los alumnos, por relevos, llevarían luego hasta la iglesia de San Ivo en "La Sapienza", pasando por las diversas sedes universitarias de Roma, simbolizando así la irradiación de la luz de Cristo en el ámbito universitario. Ofrecemos seguidamente el discurso del Papa.
Venerados hermanos en el episcopado y en el sacerdocio; ilustres señores rectores y profesores; amadísimos jóvenes universitarios: 
1. Me alegra mucho acogeros con ocasión del simposio "Universidad e Iglesia en Europa", organizado por el Consejo de las Conferencias episcopales de Europa y por la Comisión episcopal italiana para la Universidad, en colaboración con el Ministerio para la Universidad. Agradezco cordialmente a monseñor Amédée Grab las palabras con que ha introducido este encuentro, y a las autoridades civiles y académicas su grata presencia. A todos, profesores, capellanes y alumnos, doy mi cordial bienvenida.


Os habéis dado cita en Roma con ocasión del VII centenario de la universidad más antigua de la ciudad, "La Sapienza". Desde Roma vuestro horizonte se ensancha en estos días a toda Europa, para reflexionar sobre la relación entre Universidad e Iglesia, al inicio del tercer milenio.
2. Esta relación nos conduce directamente al corazón de Europa, allí donde su civilización ha llegado a expresarse en una de sus instituciones más emblemáticas. Nos hallamos en los siglos XIII y XIV:  la época en la que toma forma el "humanismo", como acertada síntesis entre el saber teológico, el filosófico y las demás ciencias. Síntesis inimaginable sin el cristianismo y, por tanto, sin la obra secular de evangelización realizada por la Iglesia en el encuentro con las múltiples realidades étnicas y culturales del continente (cf. Discurso al V Simposio de los obispos de Europa, 19 de diciembre de 1978, n. 3).
Esta memoria histórica es indispensable para fundar la perspectiva cultural de la Europa de hoy y de mañana, en cuya construcción la Universidad está llamada a desempeñar una función insustituible.
Como la nueva Europa no puede proyectarse sin tomar de sus raíces, lo mismo puede decirse de la Universidad, pues es el lugar, por excelencia, de la búsqueda de la verdad, del análisis esmerado de los fenómenos en la constante aspiración a síntesis cada vez más perfectas y fecundas. Y, como Europa no puede reducirse a un mercado, del mismo modo la Universidad, aun debiendo insertarse bien en el entramado social y económico, no puede subordinarse a sus exigencias, so pena de perder su naturaleza, que sigue siendo principalmente cultural.


3. Así, la Iglesia en Europa mira a la Universidad con la estima y la confianza de siempre, comprometiéndose a dar su multiforme contribución. Ante todo, con la presencia de profesores y alumnos que sepan conjugar la competencia y el rigor científico con una intensa vida espiritual, de modo que animen con espíritu evangélico el ambiente universitario. En segundo lugar, mediante las universidades católicas, en las que se actualiza la herencia de las antiguas universidades, nacidas ex corde Ecclesiae. Además, deseo reafirmar la importancia de los llamados "laboratorios culturales", que oportunamente constituyen una opción prioritaria de la pastoral universitaria a nivel europeo. En ellos se mantiene un diálogo constructivo entre fe y cultura, entre ciencia, filosofía y teología, y la ética se considera exigencia intrínseca de la investigación con vistas a un auténtico servicio al hombre (cf. Discurso a los participantes en el encuentro mundial de profesores universitarios, 9 de septiembre de 2000, n. 5).
A vosotros, profesores, os aliento; a vosotros, alumnos, os exhorto a aprovechar con empeño vuestros talentos; a todos os deseo que colaboréis siempre en la promoción de la vida y la dignidad del hombre.
Dentro de poco encenderé la antorcha que con relevos será llevada a la iglesia de San Ivo en la Sapienza, pasando por las diversas sedes universitarias de Roma:  es un modo de destacar el significado y el valor del VII centenario de la universidad "La Sapienza".
María santísima, Sede de la sabiduría, vele siempre sobre vosotros. Os acompaño con mi oración y mi bendición.
Saludo a los profesores y a los alumnos de lengua francesa, expresándoles mis mejores deseos para sus investigaciones y para su participación en la animación cristiana del mundo universitario.
Saludo cordialmente a los participantes de lengua inglesa, y los animo a promover en sus universidades el estudio de las raíces cristianas de Europa.
Saludo a todos los participantes de lengua alemana. Que la comunión y el trabajo en común a la luz de Cristo realicen la nueva evangelización en el ámbito de las universidades.
A los profesores y estudiantes de lengua española les dirijo un cordial saludo, animándolos a trabajar siempre por la promoción integral de la persona humana.
Saludo cordialmente a los profesores y alumnos procedentes de Polonia, Ucrania, Rusia y Bielorrusia. Sed, en vuestras universidades, portadores del mensaje cristiano, que orienta al hombre en el camino de la auténtica libertad.
(©L´Osservatore Romano - 25 de julio de 2003)

 

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El 10 de julio de 1517 se completó el último de los seis tomos que forman la Biblia Políglota, la obra más representativa del Renacimiento español. La realización de esta obra, proyecto personal del cardenal Cisneros, corrió a cargo de un equipo de humanistas, filólogos y orientalistas vinculados a la nueva Universidad de Alcalá de Henares, que el cardenal había fundado en 1499. Los trabajos se iniciaron en 1504 con un presupuesto de 50.000 ducados, participando conversos como Alfonso Zamora, que se encargaría de la parte hebrea y aramea, cretenses como Hernán Núñez el Pinciano, para los textos griegos, y españoles como Antonio de Nebrija, que se encargaría de la traducción de los textos latinos. Nebrija se mostrará partidario de corregir algunos de los errores de la edición latina, pero Cisneros se negará a retocar la traducción de la Vulgata y preferirá modificar antes la versión griega.

El resultado de tan magna obra fueron seis volúmenes que ofrecen paralelamente los textos originales griego, hebreo y arameo, con una traducción latina interlineal y un diccionario hebreo con su correspondiente gramática. La impresión fue encomendada al tipógrafo francés Arnao Guillén de Brocar y el resultado fue considerado un espléndido monumento tipográfico, uno de los más sobresalientes de la historia de la imprenta. Los signos griegos están considerados los más bellos jamás creados y los hebreos sirvieron de ejemplo para el segundo ejemplar políglota de las Sagradas Escrituras, la Biblia Regia, impresa en Amberes entre 1569 y 1573. Tal fue la fama del impresor que Carlos I le nombraría más tarde Tipógrafo Real, título que pasaría por herencia a su hijo Juan.

Cisneros tuvo la alegría de ver terminada esta obra que fue el sueño de su vida, aunque no llegaría a verla publicada, pues fallecería en noviembre de 1517. Ante la impresión del último volumen Cisneros exclamó: «Aunque hasta el presente he llevado a cabo muchas empresas duras y difíciles por la nación, nada es más de mi agrado, por lo que debáis felicitarme con más efusión, que por esta edición de la Biblia». Se editaron 600 ejemplares de la Biblia Políglota, que comenzaron a difundirse en 1522, aunque con tan mala suerte que los ejemplares destinados al mercado italiano se perdieron en el fondo del mar a causa de un naufragio. La edición de la Biblia fue considerada un éxito técnico de la época, que demostraba la rapidez con la que España se había adaptado al nuevo invento de Gutenberg, la imprenta.

 

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1293 el 21 de mayo Sancho IV agregó a Burgos Villaymara, España


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IGLESIA. 1312 – UNIVERSIDAD VALENCIA

 

Un sarcófago gótico de piedra, correspondiente a un obispo de Valencia del siglo XIV, ha sido descubierto "en perfecto estado de conservación" a dos metros de profundidad bajo la Catedral de Valencia, según ha indicado hoy a la agencia AVAN el canónigo conservador de la Seo, Jaime Sancho. El sepulcro, que ha sido extraído hoy de su ubicación, pesa 3 toneladas y está lleno de relieves en piedra "de extraordinario interés artístico", ha confirmado Sancho. Según el escudo heráldico tallado en él, corresponde a Raimundo Gastón, que fue obispo de Valencia desde 1312 hasta su muerte en 1348.
     
     El sarcófago, que mide 1,70 metros de largo y 1 metro de alto, ha sido descubierto por un equipo de arqueólogos contratado por el cabildo de la Catedral para la realización de unas excavaciones. El sepulcro de piedra se encontraba en un habitáculo hasta ahora desconocido bajo la capilla de San José en la Seo en la que permaneció desde el siglo XIV. Sin embargo la capilla, fundada por el propio Raimundo Gastón, fue derribada en la reforma neoclásica de la Catedral en el siglo XVIII, cuyos promotores determinaron también la colocación de los sarcófagos bajo el suelo, donde fueron "depositados cuidadosamente" en estancias subterráneas.
     
     En el sepulcro, realizado todo él en piedra caliza, aparece sobre la tapa la estatua yacente del obispo Ramón de Gastón, vestido de pontifical con báculo, mitra y guantes. "El rostro de la imagen se conserva perfecto y es el mismo que aparece en su retrato pintado dos siglos después de la muerte del prelado por Juan de Juanes que se conserva en la sala capitular de la Seo, lo que hace suponer que la escultura del sarcófago sirvió de modelo para el retrato", asegura Sancho. La figura del obispo aparece de forma inclinada porque el sarcófago se diseñó para estar adosado a una pared. Presenta "innumerables coincidencias en el estilo de los relieves con el extraordinario sepulcro del cardenal Gil de Albornoz de la Catedral de Toledo, contemporáneo del prelado de Valencia, porque fueron obra muy posiblemente del mismo autor anónimo". El sarcófago encontrado ahora, al igual que el de Toledo, aparece repleto de relieves en piedra "de gran perfección hasta el punto que detrás de algunas columnas exentas talladas en las esquinas de la tumba, se puede introducir una mano".
     
     La piedra del sarcófago "se conserva intacta, gracias a que en el habitáculo se mantenía una humedad estable, al no estar situado sobre corrientes de agua subterráneas". Aunque el hallazgo del sepulcro se produjo el pasado día 12, no ha sido hasta hoy, lunes, cuando, tras haber sido eliminadas la adherencias, ha podido ser extraído utilizando un camión grúa que ha entrado en la Catedral de Valencia por la puerta de la Almoina. Un forense ha autentificado hoy los restos que contiene. Ramón de Gastón nació en Milá (Lleida) y fue canónigo de la Catedral de Valencia, cuyo cabildo le propuso como obispo al Papa, como era costumbre entonces. Fundó el Estudio de Lectura Pública de Teología, origen de la Universitat de Valencia- Estudi General. Además, repobló con cristianos la localidad de Villar del Arzobispo. Coincidió en sus reinados con los monarcas Jaime II El Justo, fundador del mon asterio de la Valldigna, y Pedro IV el Ceremonioso.

2003-XII-31 - España

 

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La antigua Universidad de Alcalá

 

La antigua Universidad de Alcalá, conocida también como Universidad Complutense, fue unos de los centros más importantes de la vida intelectual europea de la edad moderna y base de la expansión cultural española en todo el orbe. Su vida fue larga (1499 - 1836), brillando con esplendor durante el siglo XVI, con un brillo más apagado en el XVII y entrando a partir de ese momento en una crisis, de la que se intentó salir a finales del siglo XVIII.

Los orígenes de la Universidad son profundas y se remontan al Estudio General, fundado por el rey castellano Sancho IV en 1293, intento frustado de crear la universidad; testigo luego recogido por el arzobispo Alonso Carrillo de Acuña, quien con las cátedras de gramática fundadas a mediados del siglo XV, volvió tímidamente a desear una verdadera universidad.

 

Fue el Cardenal Francisco Jiménez de Cisneros quien con renovados brios recogió los antecedentes, aportando una nueva forma de concebir la enseñanza universitaria. La fundación de la universidad de Alcalá coincide con los albores de una nueva época en la historia de la humanidad, el final de la edad media y el surgimiento de la edad moderna con su primera gran manifestación cultural el Renacimiento. Los años que van desde 1499 a 1517, año de la muerte del Cardenal, son claves para entender la historia de la Universidad de Alcalá y calibrar acertadamente todo lo que de novedoso se introdujo en este nuevo concepto de universidad. Los pilares sobre los que se sustenta tan magna obra son: la generosidad del fundador, la buena organización, la acertada elección de los primeros profesores, la construcción de espléndidos edificios universitarios, la protección que dispensaron papas y reyes a la universidad, lo acertado de los planes de estudios de las facultades y el continuo crecimiento en el número de colegios fundados; estos aspectos son las líneas maestras que marcan la época de esplendor.

Cisneros con la bula Inter Caetera (13 de abril de 1499) y las sucesivas bulas expedidas por los papas Alejandro VI, León X y Julio II consiguió dar forma legal a la universidad y dotarla de rentas; años después la reina Juana y el emperador Carlos V ratificaron con su protección la nueva fundación. En principio se crearon sólo tres facultades, la de Artes, Cánones y la de Teología, incluyéndose en 1514 la Facultad de Medicina. El armazón legal fueron las Constituciones de 1510 en las que se describían y regulaban hasta los mínimos aspectos tanto de la vida académica como de la vida diaria y cotidiana de los estudiantes y miembros de los colegios.

Hubo un deseo firme de que la nueva universidad tuviese unos rasgos propios que la diferenciasen del resto de universidades peninsulares; aunque bien es verdad que conserva elementos de alguna universidad fundada en la edad media como Salamanca o París, pero Cisneros intentó que se adecuase a la nueva época, participando activamente en la sociedad y en las estructuras de poder, sin ser sólo un centro exclusivo para el cultivo erudito del saber, como había estado recluído dentro de los muros de los conventos medievales.

La Universidad de Alcalá tenía en si misma tres grandes fines u objetivos. Primero un fin eminentemente religioso, así la universidad debía ser una institución de enseñanza para formar a eclesiásticos que recuperasen los valores de la espiritualidad antigua que se habían ido perdiendo en los siglos bajomedievales. Cisneros recogía uno de los retos más importantes de la época, la reforma de la Iglesia en España en sus dos grandes divisiones, las órdenes regulares y el clero secular; había que renovar no sólo la preparación intelectual del clero sino también los textos bíblicos, las fuentes escriturarias con los que se exponía la doctrina católica desde los pûlpitos, que se habían tergiversado. De ahí surgió la Biblia Políglota y el consiguiente desarrollo de las imprentas universitarias. Junto a este deseo de que la Universidad fuese un organismo de formación eclesiástica hay que situar un fin que podría llamarse político. La edad moderna española se caracterizó por una expansión militar en Europa, América y Africa; rasgo básico en la definición del Estado moderno fue la aportación de cualificados letrados y obispos a las estructuras de gobierno de la Monarquía Católica, capaces de dirigir los complejos asuntos de gobierno, personajes revestidos de una formación académica que únicamente se podía conseguir en las universidades. El tercer fin, un objetivo cultural, es la bûsqueda de adecuar la teología a los principios de la antigüedad clásica.


El nuevo modelo de universidad se basaba en lo que se conoce como Colegio-Universidad; modelo copiado por otras universidades españolas posteriormente fundadas. Para plasmar los objetivos señalados se creó una verdadera ciudad universitaria, dotada de un correcto sentido urbanístico y buenas infraestructuras. En ella se levantó la Universidad de Alcalá, formada en un principio por un único colegio mayor, el de San Ildefonso (en recuerdo del santo patrón de Toledo, sede de la diócesis eclesiástica) que era la cabeza que dirigía los destinos de la universidad; entre sus colegiales, en número de treinta y tres que en la primera época sólo podían estudiar teología, se elegiría anualmente al rector, personaje investido de un amplio poder académico, judicial y económico. Alrededor del colegio mayor, y bajo su tutela, se crearon diferentes colegios de artistas con becas para buenos estudiantes de origen humilde, capaces en el futuro de acceder a las facultades mayores. Cisneros creó cinco colegios menores: Santa Catalina para estudiantes que estudiasen la Física de Aristóteles, San Eugenio para gramáticos y estudiantes de lenguas, Santa Balbina para lógicos y summulistas y San Isidoro para gramáticos y estudiantes de griego. También en estrecha unión con el Colegio Mayor estaban dos colegios,uno para teólogos y médicos, el de la Madre de Dios, y otro para frailes de la orden de San Francisco, el de San Pedro y San Pablo.

A partir de este embrión creado desde 1500 a 1512, junto con un primitivo edificio de pobre mampostería, la Iglesia de San Ildefonso y el precioso Theatro Escolástico (hoy conocido como Paraninfo), se fue expandiendo la ciudad universitaria a lo largo del siglo XVI y XVII. Se fundaron distintos colegios menores, alrededor de treinta, por personas privadas, encabezadas por el rey Felipe II, como de las diferentes órdenes religiosas, creando una urdimbre de colegios que cubría los amplios terrenos de la ciudad universitaria. Para adecuar la ciudad a las nuevas necesidades se hicieron transformaciones urbanísticas que cambiaron la faz de la ciudad de Alcalá. De entre las muchas obras de arte que la cubren, ninguna como la espléndida fachada plateresca de la universidad finalizada en 1543, construída sobre la base de la antigua y que es la mejor representación de la grandeza de esta universidad en en el siglo XVI y de la protección de los reyes castellanos.

Más que nada fueron los profesores y estudiantes complutenses los que colaboraron a dar prestigio a la joven universidad, que pronto se convirtió en una de las tres grandes universidades de España, junto con Salamanca y Valladolid. Al menos hasta que murió el cardenal Cisneros el nivel de exigencia hacia el profesorado fue alto, imponiéndosele muchas horas de clase. Especialmente los primeros catedráticos de lenguas, medicina y teología se nos aparecen hoy como eruditos personajes, cumplidores con su trabajo, aún después de las preceptivas horas de clase. Para supervisar la calidad del profesorado, Cisneros ordenó que se realizaran visitas anuales a las cátedras para averiguar, interrogando al alumnado, el nivel de cumplimiento de las labores docentes. Personajes como Jorge Naveros, Jerónimo de Almonacid, Cipriano de Huerga, Gaspar Cardillo de Villalpando, Miguel Carrasco o el doctor Medina impulsaron la escuela teológica complutense en sus dos grandes corrientes, primero la nominalista, después la escolástica. Igualmente en Alcalá dieron clase y se formaron profundos pensadores, imbuidos de ideas renovadoras para la reforma de la Iglesia; son los erasmistas, un grupo encabezado por los hermanos Vergara, Agustín de Cazalla, Juan Valdés, Constantino de la Fuente o Mateo Pascual.


Durante el siglo XIX, y hasta 1836, fecha del traslado a Madrid, la Universidad estuvo condicionada por los avatares políticos y no pudo aguantar los empujes de los gobiernos liberales, deseosos de tener una universidad en la capital del Estado.

La Universidad de Alcalá es hoy una universidad que busca la conexión entre el presente y su esplendoroso pasado. Los avatares de la Historia, resumidos en que durante ciento cuarenta y un años Alcalá vivió sin universidad, siendo ocupados los espléndidos edificios de la edad moderna por el ejército e instituciones penitenciarias, hace necesario que se plantee una recreación del pasado para volver a impregnar a toda la ciudad y el área geográfica del espíritu universitario.

 

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Francisco Ximénez de Cisneros 1436 1517

«Dilexit Ecclesiam» amó a la Iglesia Católica

¡Laudetur Iesus Christus!

 

(Se puede escribir JIMÉNEZ)

Franciscano, cardenal, y Primado de España, nacido en Torrelaguna en Nueva Castilla, en 1436; murió en Roa, cerca de Valladolid, en 1517. Se educó en Alcalá y Salamanca, y después de graduarse en derecho canónico y civil, fue a Roma en 1459 donde ejerció algunos años como abogado consistorial. Habiendo atraído la atención de Sixto V, este Papa le prometió la primera vacante en su provincia natal. Esta resultó ser en Uceda, donde Carillo, Arzobispo de Toledo, deseaba asignar a uno de sus seguidores. Ximénez reclamó su derecho sobre ella, y por hacerlo así fue encarcelado por el arzobispo, primero en Uceda y después en la fortaleza de Santorcaz. Fue liberado en 1480, después de seis años de confinamiento, y, transferido a la Diócesis de Sigüenza, pasó a ser gran vicario del Cardenal González, obispo de esa diócesis. En 1484 renunció a ella para hacerse Franciscano de la Congregación Observante en la Hermandad de San Juan en Toledo. Desde entonces, hasta su profesión, fue enviado a Salceda, donde posteriormente fue elegido guardián.

En 1492, por recomendación del Cardenal Mendoza, Arzobispo de Toledo, fue nombrado confesor de la Reina Isabel, cargo que aceptó a condición de poder seguir viviendo en el monasterio y seguir la vida religiosa, asistiendo a la Corte únicamente cuando fuera convocado. Por el mismo tiempo fue elegido provincial de su orden en Castilla, cargo en el que permaneció durante tres años. En 1495 fue elegido para suceder a Mendoza como Arzobispo de Toledo, a cuyo cargo se agregó la cancillería de Castilla que le ofrecieron Fernando e Isabel. Ximénez rechazó la dignidad por humildad, y se mantuvo en su negativa durante seis meses, y sólo consintió finalmente aceptar el cargo obedeciendo el pedido expreso del Papa. Como arzobispo continuó viviendo como un simple franciscano, dedicando una gran parte de sus vastos recursos en beneficio de los pobres y a favor de la liberación de los cautivos. Este estilo de vida fue mal interpretado por muchos, y, a consecuencia de informes recibidos por él, el Papa Alejandro VI lo amonestó por descuidar el esplendor externo que correspondía a su rango; pero Ximénez sólo iba a consentir usar la vestidura episcopal dejando ver por debajo su hábito de fraile. Este celo se inscribía en un intento de reforma de los franciscanos y de los cánones de Toledo. Obligaba a sus hermanos religiosos a observar la regla que prohibía la posesión de propiedades, y como resultado muchos frailes se alejaron de España. Como canciller estaba obligado a tener una preponderante participación en los asuntos de Estado, donde su prudencia y sabiduría fueron de gran valor para su país.


Ganó prestigio también como patrocinador de la enseñanza, y hacia el año 1504 fundó la Universidad de Alcalá, para cuyas cátedras profesionales procuró algunos de los más distinguidos académicos de París, Bolonia, y Salamanca. Era tan alta la estima en que se tenía a esta nueva universidad que todas las órdenes religiosas de España, excepto los benedictinos y los jerónimos, establecieron casas en Alcalá vinculadas a ella. El rey Fernando visitó la universidad en 1514, y dio una eminente aprobación a lo realizado por Ximénez. En 1502 el arzobispo comenzó a trabajar en la publicación de la primera Biblia Políglota, llamada Complutense, por ser Complutum el nombre latino de Alcalá. Esta Biblia tuvo una gran influencia en los estudios bíblicos posteriores; fue dedicada a León X, y su compilación le llevó a Ximénez quince años; se terminó en 1517, sólo cuatro meses antes de su muerte, a un costo personal en torno a las £25.000 ($125.000). La restauración del antiguo Rito Mozárabe en Toledo fue otro de sus proyectos. Para su celebración agregó, en el año 1500, una capilla especial a su catedral y estableció un colegio de sacerdotes para su servicio. Posteriormente surgieron instituciones similares en Valladolid y Salamanca; en Toledo continúa en uso hasta nuestros días.

En el año 1499 Ximénez acompañó a Fernando e Isabel en su visita a la recién conquistada provincia de Granada, y sus labores allí en pro de la conversión de los Moros tuvieron un considerable éxito. A la muerte de Isabel (1504) tuvo que actuar nuevamente en política en relación con la disputada sucesión al trono de Castilla. Felipe de Borgoña murió en 1506, y, estando Fernando ausente en Italia, Ximénez fue designado virrey del reino y tutor de Juana, viuda de Felipe, que había perdido la razón. Al año siguiente Fernando pasó a ser regente de Castilla, y uno de sus primeros actos fue obtener del Papa Julio II el capelo cardenalicio para Ximénez, quien simultáneamente fue nombrado Gran Inquisidor de Castilla y León. Erróneamente se le ha adjudicado la instauración de la Inquisición en España, pero ya estaba totalmente establecida diez años antes de su entrada en la Corte. Como gran inquisidor inició varias reformas en su funcionamiento y constantemente se preocupó de reducir el número de casos reservado a este tribunal. Observaba cuidadosamente la actuación de los diversos funcionarios de la Inquisición, para que no abusaran de su poder con violencias u opresiones indebidas, y organizó y circunscribió los límites de su jurisdicción. Salvaguardó a los académicos y a los profesores del examen y de la supervisión de los inquisidores, y emitió beneficiosas reglas relativas a la instrucción y a la dirección de los nuevos conversos, para protegerlos contra la superstición y la blasfemia. La revisión de algunos de los diversos casos investigados y sentenciados por Ximénez ponen de manifiesto el cuidado y la diligencia con que cumplía los deberes de un cargo que ha sido tan calumniado y mal interpretado. Era ciertamente severo, pero siempre franco y justo en el ejercicio de su autoridad como gran inquisidor.


En 1509, ante su insistente pedido, Fernando equipó una expedición contra los Moros, y, añadiendo dos cañones de su catedral, Ximénez en persona encabezó el ejército. Inspirados en su ejemplo y exhortaciones, las fuerzas españolas tomaron por asalto la ciudad de Orán. En su incansable celo por la propagación de la Fe, Ximénez se preocupó de hacer que su victoria fuera religiosa; cantidad de cristianos cautivos fueron liberados, y varias mezquitas se convirtieron en iglesias cristianas. Al volver a España el cardenal fue recibido como un héroe conquistador tanto en Alcalá como en Toledo. Por esta época ocurrió una seria ruptura de relaciones entre Francia y la Santa Sede, debido al creciente poder de Luis XII, que Julio II temía que pudiera poner en peligro la autoridad de la Iglesia. Para contrarrestarla, el Papa tomó parte a favor de la República de Venecia en contra de Francia, a pesar de que poco tiempo antes los venecianos habían tomado posesión de una parte de los Estados Papales, que le fue restituida a la Iglesia con la ayuda de Luis. Por esta ingratitud de parte de Julio, Luis juró venganza y, en lo posible, la caída del Papa. Atacó a las espiritualidades de la Iglesia en relación con los beneficios, y el ejército francés tomó posesión de Bolonia, que pertenecía al Papa. Al mismo tiempo Luis y el Emperador Maximiliano, con el apoyo de siete cardenales, principalmente franceses, se encargaron de organizar un concilio en Pisa, convocando la asistencia de Julio. Lo acusaban de haber perturbado la paz de Europa, de haber llegado al papado por medios corruptos, y de no haber mantenido su promesa de convocar un concilio general de la Iglesia. Julio decidió librar a Italia de los franceses y llamó a Fernando en su ayuda contra Luis. Por consejo de Ximénez, Fernando resolvió suspender las operaciones en Africa y enviar sus fuerzas para ayudar al Papa, y a fines de 1512 los franceses habían sido expulsados de Italia. El Sínodo cismático de Pisa fue inaugurado el 1º de noviembre de 1511, con la presencia de siete cardenales y unos veinte obispos. El clero de Pisa se negó a involucrarse, puesto que Julio los había amenazado con la excomunión si lo hacían. Los prelados reunidos tomaron miedo y se trasladaron a Milán, para estar bajo la protección de Francia. Allí declararon depuesto al Papa. Entretanto, Julio, cuya mala salud lo había demorado, convocó el Quinto Concilio General Lateranense para la Pascua de 1512, declarando al mismo tiempo inválido el Sínodo de Pisa y Milán. Ximénez apoyó al Papa durante todo este asunto, y su actitud sin duda contribuyó mucho a preservar la unidad de la Iglesia en España. También trabajó activamente para obtener la publicación de la Bula de convocatoria del concilio.


Fernando murió en 1516, habiendo designado a Ximénez como regente hasta el arribo de Carlos V desde Flandes. Adrián, Deán de Lovaina, también reclamó el nombramiento sobre la autoridad de un documento previamente firmado por Carlos. Los juristas que fueron consultados decidieron a favor de Ximénez, quien magnánimamente propuso que él y Adrián actuaran juntos hasta recibir instrucciones adicionales de Carlos. Sospechando que el cardenal sería mejor aceptado por el pueblo español que un extranjero como Adrián, Carlos confirmó a Ximénez en la regencia, mientras a Adrián le dieron el Obispado de Tortona y el puesto de Gran Inquisidor de Aragón. El importante cargo de regente le brindó una amplia perspectiva a la capacidad administrativa del cardenal y a su solicitud por la paz y la seguridad del reino. Los celos y las intrigas entre los grandes, en detrimento del orden del Estado, lo hicieron trasladar la sede del gobierno de Guadalupe a Madrid, por su ubicación central, y esta elección de capital fue confirmada por los siguientes soberanos. Actuando como regente mejoró mucho la condición del ejército y de la marina, y forzó a varias ciudades y personas rebeldes a reconocer su autoridad como representante de Carlos. Inició un nuevo sistema de impuestos, y realizó varias otras reformas internas. Su diplomacia actuó exitosamente para evitar una pactada alianza entre Francia y Portugal que habría perjudicado a Castilla, y cuando Jean d´Albret, el exiliado rey de Navarra, intentó recuperar su perdido reino, Ximénez juntó fuerzas con Francisco I de Francia y lo venció. Tanto como regente durante la ausencia de Carlos y anteriormente como tutor de Juana, su sabiduría y rectitud así como su fortaleza de carácter ayudaron mucho a mantener la integridad del trono español. Participó preponderantemente en los esfuerzos realizados para el beneficio espiritual de las posesiones españolas en América, y organizó una hueste de misioneros para la evangelización del Nuevo Mundo. Colón se había demostrado inepto para gobernar el territorio recientemente adquirido, al tratar como esclavos a los indios conquistados, y su método de acción mereció la más severa condena de parte de Ximénez. En el período de su regencia, llegó a España mayor información acerca de la esclavitud, y tomó fuertes medidas para reprimirla. Elaboró un código de instrucciones para el bienestar de los nativos y utilizó todos sus esfuerzos para protegerlos de la opresión y convertirlos a la fe cristiana.


La salud quebrantada y la edad avanzada lo obligaron a retirarse de la vida pública, y se dice que su fin lo aceleró la ingratitud de Carlos V ante los muchos servicios que le prestó a España. Tenía ochenta y un años cuando murió, y fue enterrado con grandes honores en Alcalá. Se hicieron varios esfuerzos para su canonización, pero sin éxito, aunque ha sido honrado como santo en mucho lugares de España. La mayor parte de su fortuna la dejó a su querida Universidad de Alcalá. Su carácter, que fue muy mal interpretado, fue notable por su gran versatilidad. Era tanto soldado como sacerdote, como lo demuestra su actuación en la conquista de Orán. Fue estrictamente consciente en su vida pública, sin temor de las consecuencias que pudiera acarrearle la realización de lo que pensaba era su deber, mientras en lo privado llevaba sus austeridades y mortificaciones al extremo de poner en riesgo su salud. Moralmente estaba por encima de todo reproche, y cumplía con exactitud las observancias de su estado religioso.

(Ver también ALCALÁ, UNIVERSIDAD DE; BIBLIAS POLÍGLOTAS.)

Las primeras biografías de Ximénez, en las cuales casi todas las demás se han basado, son las de GOMEZ (Alcalá, 1569), ROBLES (Toledo, 1604), y QUINTANILLA (Palermo, 1633). De las posteriores, merecen mencionarse: FLECHIER, Hist. du Cardinal Ximénez (Paris, 1700); BARRETT, Life of Cardinal Ximénez (London, 1813); HEFELE, Der Cardinal Ximénez (Tubingen, 1844), tr. DALTON (London, 1885). Puede encontrarse información adicional en: WADDING, Annales minorum, XV (Rome, 1736); IDEM, Script. ord. min. (Rome, 1806); JAMES, Lives of Eminent Foreign Statesmen, I (London, 1832); ROBERTSON, Life of Charles V (London, 1856); PRESCOTT, History of the Reign of Ferdinand and Isabella (London, 1849), pero en la lectura de las dos últimas, hay que descontar los prejuicios protestantes.

CYPRIAN ALSTON - Transcrito por Michael T. Barrett
Dedicado a Matthew Bettger - Traducido por Amparo Cabal

 

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Ælio Antonio de Nebrija

Salamanca universidad – 1479/80

 

A mediados del siglo XV la situación del reino de Castilla era caótica, lo que tuvo su reflejo en la Universidad de Salamanca, que llegó a contar con tres rectores a un tiempo. En el curso 1479-1480, un bedel se burlaba así de una orden recibida: "... que a ellos les den un Rector en derecho para obedecer...". En 1480 los Reyes Católicos pusieron fin a esta situación ordenando que el arcediano de Toledo, don Tello de Buendía, visitara el Estudio. A partir de su actuación se inició la recuperación y la Universidad se incorporó a las corrientes renacentistas procedentes de Italia.

 

El humanista Antonio de Nebrija fue el máximo representante de estas corrientes en Salamanca. Preguntado por Isabel la Católica sobre el sentido que tenía componer una gramática castellana, Nebrija destacó la importancia política de la lengua, y añadió: "... que siempre fue la lengua compañera del Imperio...". Si bien la palabra "imperio" presenta hoy evidentes connotaciones negativas, también es hoy evidente la fuerza de una lengua como seña de identidad comunitaria.

 

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ESPAÑA 1483 – UNIVERSIDAD DE MALLORCA - EL 30 DE AGOSTO DE 1483, LOS REYES CATÓLICOS RECONOCEN Y AMPLÍAN LA UNIVERSIDAD DE MALLORCA.


 

 

John Henry Newman y su idea de la universidad

  

Por Marcelino Rodríguez Molinero (*)
1. La persona y su obra

Fue como un rayo caído del cielo sobre el planeta para iluminar con la luz deslumbrante de su espiritualidad la opaca materialidad que a veces aprisiona a los habitantes de la superficie terrestre dotados de inteligencia. Y había caído exactamente en aquella zona del planeta en la que la concepción materialista de la vida y del mundo, hábilmente disfrazada de liberalismo económico y moral, amenazaba con arruinar los extensos cultivos de valores religiosos y morales que la civilización cristiana había plantado durante siglos con laboriosidad incesante cuando no combativa. Brillaba con luz propia y no prestada, incandescente, irrefragable, inconfundible, inapagable, calificativos ciertamente negativos, pero que, lejos de debilitar la carga conceptual que transmiten, la acrecientan de manera imponderable. Así fue y así me atrevería a afirmar que sigue siendo John Henry Newman, aquel atrayente gentleman inglés, casi nonagenario, con lejana ascendencia judía por línea paterna y con sangre francesa por línea materna, lo que sin duda contribuyó a modelar el perfil de su polifacética imagen, y que llenó con su melíflua presencia las nueve primeras décadas del siglo XIX, tan encomiado como controvertido.

En los dos retratos en vida que, ya anciano venerable, se le hicieron, se puede apreciar la poderosa inteligencia que asoma a través de su cansada y hundida mirada, aunque el lienzo no sea capaz de mostrarla toda entera. Aparece revestido con todos los atributos de la dignidad cardenalicia, otorgada por decisión personal del gran papa León XIII, una decisión que fue calurosamente aplaudida por la gran mayoría de los católicos y recibida con agrado por los anglicanos que quedaban del Movimiento de Oxford, de los Tractarians y del anglocatolicismo, además de ser elogiada por muchos intelectuales no católicos y por toda le gente sencilla que se declaraba cristianamente creyente.

Muchos fueron los campos en los que la intensa y fulgurante acción irradiadora de John Henry Newman regeneró compulsivamente estratos enteros, que se daban por definitivamente perdidos. Pero entre todos ellos hay uno en el que esa acción revitalizadora fue tan profunda como necesaria. Este campo no fue otro que el de la ya por entonces multisecular institución universitaria, a la que dedicó sus singulares dotes profesorales desde la temprana edad de veintiún años en el más prestigioso de sus modelos históricos: la incomparable Universidad de Oxford. Y fue a la institución universitaria a la que dedicó una de sus obras más extensas y más admiradas, como resultado de dos series de conferencias impartidas cuando fue llamado para presidir y dirigir una de las primeras Universidades católicas. En esta singular obra, considerada todavía por muchos única en su género, Newman se preocupó preferentemente de clarificar lo que la Universidad es y lo que exige para merecer ese nombre, concretado todo ello en una serie de puntos cardinales, que son más o menos los cinco siguientes: la definición de su esencia y la descripción de sus caracteres; la delimitación y la señalización inconfundible de sus objetivos; la perfecta demarcación de sus divisiones naturales, de sus regiones y de sus áreas de conocimiento; la distinción de la irrenunciable función docente y discente respecto de su complementaria tarea investigadora; y, por último, la necesidad de separar convenientemente la dirección, la administración y la gestión de la institución universitaria de aquellas otras tareas que constituyen su distintivo esencial y su verdadera razón de ser, cual es en primer lugar la transmisión y renovación de conocimientos de nivel superior y secundariamente la innovación y el progreso en la investigación científica.

Dentro de este marco general hay ciertamente una finalidad directa y como tal indisimulable, por mucho que se la quisiera preterir, en la singular obra de Newman, y no es otra que la discusión de las posibilidades y de las condiciones para la creación de una auténtica Universidad católica, como la que se proyectaba erigir en Dublin cuando él fue llamado para presidirla. Con todo lo melosa que pudiera ser esta invitación para no resistirse a aceptarla, lo cierto es que Newman no lo hizo a cualquier precio y otorgando todo género de concesiones a una jerarquía católica como la irlandesa, que, enferma de solipsismo e imbuida de orgullo nacionalista pero bastante ajena a lo que una nueva Universidad consigo lleva, pretendía tirar hacia adelante importándole sólo el resultado. Firme en sus convicciones y teniendo siempre en su mente el modelo de Universidad conocido ya entonces como Oxbridge, representado por las Universidades de Oxford y Cambridge, Newman sentó como principio axiomático que una supuesta Universidad católica, antes de ser católica, debe ser Universidad, con todas las consecuencias que de tal principio se derivan y que con relativa frecuencia se ignoran. Una Universidad católica, remarcaba en su argumentación, tiene que ser del mismo rango que cualquier otra Universidad que se precie de ese nombre y sea digna de llevarlo, bien sea propiedad de la Iglesia, del Estado o de cualquier otra entidad pública o privada que la promueva y la financie. Solamente se diferencia de ellas en su misión específica, que no es otra que la de formar hombres, o como él gustaba repetir gentlemen o gentilhombres, conforme a la concepción de la vida y de la moral católicas.

Es evidente y como tal incontrovertible que estas líneas directivas e ideas programáticas en torno a la institución universitaria, expuestas de manera bella en una envidiable prosa inglesa, con frecuente recurso a las principales figuras retóricas, estaban destinadas a tener una aceptación soberanamente plausible en la cultura y en la enseñanza superior de su tiempo. Es más, su excelencia como obra literaria contribuyó poderosamente a divulgar y a hacer popular lo que la Universidad representa en la configuración y evolución de la Sociedad moderna. Además este eco sonoro alargaría su resonancia a la inevitable sucesión de las generaciones futuras, no sólo de Gran Bretaña e Irlanda, sino también de todos los países de habla inglesa, sobre todo aquellos más próximos a su ámbito cultural, como son los Estados Unidos y Australia. Pero tampoco quedaron ajenos a su influencia otros ámbitos culturales, principalmente los más cercanos del continente europeo.

2. La génesis de un libro, único en su género

Contra lo que a primera vista se pudiera pensar y contra lo que algunos inesperadamente opinan, el gran libro de Newman The Idea of a Universiity no fue un libro unitariamente planeado y escrito. Lo componen varias piezas, muy bien ensambladas ciertamente y en dos grandes bloques soldadas, de los que resultan dos partes, preparadas y escritas en una distancia temporal de dos a cuatro años. La primera parte, más sustantiva y uniforme, contiene una serie de lecciones o conferencias, impartidas por Newman en 1852 tras ser nombrado Rector de la todavía en proyecto Universidad Católica de Dublin. A ellas se añadieron otras cinco, que no fueron pronunciadas. Reelaboradas como ensayos y ampliado el texto con otros materiales, convenientemente adaptados, fueron publicadas a finales del mismo año 1852 con el título Discourses on the Scope and Nature of University Education y con el rótulo añadido Addresed to the Catholics of Dublin. Además de un largo prefacio, este primer libro independiente contiene una introducción no muy extensa y se presenta dividido en nueve discursos, que corresponden a las diez conferencias, ya que el texto de la primera se refunde en el prefacio. En ellos se discuten las cuestiones principales que cualquier proyecto de fundación de una Universidad nueva, y además denominada católica, exige resolver o por lo menos tener en cuenta. La segunda parte de la obra conjunta recoge el texto, también retocado, de otra serie de lecciones o conferencias sobre diversas materias concernientes a la Universidad, en particular sobre las diversas ramas en que el conocimiento científico se divide. Primeramente se publicó también como libro independiente en 1858, con el expresivo título Lectures and Essays on University Subjects. Al año siguiente, 1859, se publicó una revisión del primer libro editado en 1852, ahora con el título abreviado The Scope and Nature of University Education. Sólo en 1873, es decir, más de dos décadas después de publicado por primera vez este primer libro, aparecieron los dos libros unidos con el título desde entonces universalmente conocido de The Idea of a University, y con el añadido, tan típico de los libros ingleses del momento, Defined and Illustrated. En él se distinguen claramente las dos partes que lo componen, intituladas e inicialmente descritas del modo siguiente: I In Nine Discourses, delivered to the Catholics of Dublin; y II In occasional Lectures and Essays addresed to the Members of the Catholic University. Su éxito editorial superó todas las expectativas, hasta tal punto que de él se hicieron nada menos que nueve ediciones, cuidadas por el propio autor durante su vida, la última publicada precisamente en 1889, un año antes de su fallecimiento. Agotada también en poco tiempo, fue reimpresa como edición definitiva en 1891, poco después de la muerte de Newman, por la prestigiosa editorial Longman, la editora de casi todas sus obras. Es el texto que desde entonces ha servido de modelo para todas las ediciones posteriores hasta la edición crítica de Ian Ker, publicada por Clarendom Press en 1976. Aun así sigue siendo editada posteriormente, por considerarla el texto uniforme más fiable y completo.

Cuando Newman se decidió a publicar los nueve discursos y los diversos ensayos que componen su obra conjunta, tenía un conocimiento muy profundo y una experiencia muy amplia de la vida universitaria, tanto en calidad de alumno como en cuanto docente y profesor, incluyendo el desempeño de importantes cargos. Pues había ingresado como alumno del Trinity College de Oxford cuando apenas contaba dieciséis años; se había graduado a los diecinueve años, y a los veintiuno, tras superar las duras pruebas del concurso en pugna con otro cualificado candidato, había conseguido una plaza de Fellow en el Oriel College, que en aquellos años era el de más prestigio de la Universidad oxoniense. Fue en él donde ejerció la función docente durante más de dos décadas y además desempeñó cargos directivos. Pero sobre todo es de señalar que, con sólo veintisiete años, había sido nombrado Vicario de St. Mary, cargo que le ponía al frente de la iglesia oficial de la Universidad de Oxford, con todo lo que esto representaba entonces, al ser ésta la tribuna universitaria en la que se abordaban las más candentes cuestiones relacionadas con la confesión anglicana. Mientras Newman regentó el centro, la audiencia se fue incrementando progresivamente, sobre todo en la década de 1830, coincidente con el famoso Movimiento de Oxford y el grupo conocido como los Tractariam o tratadistas, por la publicación que hacían de una serie de folletines -los Tracts- sobre los principales temas del dogma anglicano y de la moral cristiana. Era ésta una hoja de servicios difícil de superar, sólo quebrada por la intransigencia anglicana tras su conversión al catolicismo.

3. Definición de la esencia y delimitación de los objetivos de la Universidad

Para salir al paso de cualquier especulación ensoñadora y para evitar divagaciones innecesarias, Newman dedica el primer párrafo del prefacio de su obra a fijar con toda exactitud lo que una Universidad es o debe ser. Dice en efecto: "Mi visión de la Universidad en estos discursos es la siguiente: que ésta es un lugar para enseñar conocimiento universal. Esto implica que su objeto es, de una parte, intelectual, no moral; y, de otra parte, que es la difusión y extensión del conocimiento antes que su avance. Si su objeto fuera la investigación científica o filosófica, no puedo ver por qué la Universidad debe tener estudiantes; si es la formación religiosa, no veo cómo pueda ser la sede de la literatura y de las ciencias". Y, para más claridad y contundencia, comienza así el segundo párrafo: "Such is a University in its essence", "tal, es una Universidad en su esencia". Y remata su argumento añadiendo "independientemente de su relación con la Iglesia", es decir, de que sea una Universidad católica o de otro signo.

Si bien es verdad que Newman reconoce desde un principio la diversidad de campos que la enseñanza superior universitaria cultiva, como lo demuestra esta distinción inicial de literatura y ciencias, la idea central de su obra, resaltada insistentemente a lo largo de la amplia serie de discursos y conferencias que originariamente la componen, es la unidad y la excelencia de la Universidad como institución. La razón de la unidad es doble: en primer lugar porque la verdad es única y no es admisible abrir la puerta a un relativismo académico, que corra paralelo al relativismo moral; y en segundo lugar porque carece de sentido imaginarse campos de conocimiento tan diversificados de Letras y de Ciencias, de Humanidades y de Ciencias positivas, o bien de estudios científicos y estudios técnicos, sin referencia obligada a una base sólida común sobre la que todos ellos deben asentarse. Y el fundamento de su excelencia es único y no es otro que la necesidad de reconocer un nivel superior de conocimientos, tanto respecto a su posesión como a su difusión, en la cultura y en la civilización humanas. Incapaz de sustraerse al ambiente selectivo de la época victoriana que le tocó vivir, Newman no duda en calificar a la Universidad de "imperial intellect", recurriendo como otros escritores del momento a la comparación con el Imperio británico para ejemplificar la grandeza de una fundación o de una institución.

 


Es evidente y como tal indiscutible que el modelo de Universidad que Newman tiene presente es el de su propia Universidad de Oxford. Por eso sugiere que una Universidad, para ser tal, debe contar al menos con estas cinco Facultades: Teología, Filosofía y Letras, Derecho y Economía, Medicina y Ciencias. Dentro de ellas menciona a veces alguna que otra sección, como, por ejemplo, Filosofía, Literatura, Bellas Artes, Astronomía, Geografía y Biología, lo que permite incluir en la lista una serie de centros que en su tiempo o no existían o estaban todavía en mantillas. La inclusión de la Teología, y además como primera Facultad, se explica por el rango que tenía entonces en Oxford y Cambridge y también en las principales Universidades europeas. Su insistencia en la necesidad de mantener la unidad dentro de esta diversidad, considerando estas Facultades como partes integrantes esenciales de lo que una Universidad debe ser, y sobre su utilidad como estudio superior para la formación integral humana, corre pareja con la inculpación y crítica acerba a la mentalidad surgida de la Revolución francesa, algo que le resultaba tan rechazable y hasta repugnante que su primer viaje al mediterráneo y al sur de Italia lo hizo bordeando Francia para no pisar la tierra generadora de la irreligiosidad y la increencia.

Hay en esta idea de la Universidad que Newman presenta tan pulcramente dos advertencias muy importantes, que se repiten también de forma reiterada a lo largo de las páginas de su obra y que deben ser convenientemente resaltadas. La primera es que toda Universidad, que se precie de llevar dignamente tan noble nombre, debería tener todas o al menos la mayoría de las cinco Facultades mencionadas, o bien sus sucesivas ramificaciones. De poseer sólo alguna o algunas no debe ser considerada una Universidad independiente, sino más bien dependiente de otra como centros asociados, en cuyo supuesto sí pueden conservar el rango de estudios superiores universitarios. Lo exige la naturaleza misma de la Universidad como institución unitaria dedicada a impartir conocimiento universal y no conocimientos particulares, radicalmente limitados a la parcela científica que cultivan. La segunda advertencia es quizá más preocupante desde la perspectiva actual. Consiste en que sólo merecen acogerse a la denominación aquellos estudios superiores que pertenezcan a los amplios géneros de Letras y de Ciencias o, como hoy se les prefiere llamar, de Humanidades y de Ciencias positivas. Los estudios técnicos, por muy elevados que sean, no deben recibir, en su opinión, el nombre de Universidad, sino de Escuelas Superiores de Estudios Técnicos. Es lo que hoy se llaman, sobre todo en la terminología anglosajona, simplemente Politécnicas, si bien en la mayoría de los países, usurpando un nombre que por naturaleza no les corresponde a tenor de lo dicho, por no versar sobre el conocimiento universal ni tener como meta la formación integral, suelen llamarse Universidades Politécnicas o simplemente Universidades Técnicas. Como natural rechazo quedan también fuera de la denominación mentada los estudios de grado medio dedicados a enseñar o a formar para el ejercicio de una profesión de carácter más bien laboral o manual. Aquí la usurpación y el abuso lingüístico es mucho mayor y por ende más recusable, como ocurrió, por ejemplo, con los cinco centros inexplicablemente llamados Universidades laborales en el anterior régimen político español, que la fanfarronería franquista propalaba a diestro y siniestro como cosa única en el mundo. El propio Newman, que fue pionero en la creación de este tipo de centros, los llamó simplemente escuelas de formación o Escuelas politécnicas, como ocurrió en las anejas a su fundación más preciada, el incomparable Oratorio de Birmingham, instaladas en la ciudad industrial del centro de Inglaterra y que estaban destinadas a la formación técnica y humana de jóvenes adolescentes, preferentemente de la zona industrial. Habían sido precedidas por otras escuelas de rango inferior, que continuaron funcionando, y que fueron creadas para enseñar y sacar del analfabetismo a los niños pobres o procedentes de familias emigrantes irlandesas sin apenas recursos, como eran los muchos que se hacinaban en los slums de los barrios más míseros y conflictivos de la gran ciudad industrial.

4. Primacía de la función docente sobre la investigación

Otra de las peculiaridades constantemente presentes en la gran obra de Newman sobre la Universidad, y que aparece también consignada en su párrafo inicial, es la primacía, casi cabría decir, a tenor de lo que escribe, la absoluta preeminencia de la función docente sobre la labor investigadora, hasta tal punto que aquélla constituye, según él, la auténtica razón de ser de la Universidad como institución. En este más que en ningún otro aspecto Newman tiene delante, como él mismo reitera más de una vez, el modelo inglés de la Univesidad de su tiempo y más en concreto el modelo Oxbridge, es decir, el de las Universidades de Oxford y Cambridge. Poco más adelante, sin salir del prefacio, explica y matiza esta preeminencia señalando que no es que la investigación deba ser excluida de los objetivos propios de la Universidad, sino que más bien ésta es una tarea secundaria frente a la indispensable función docente. Lo cual no supone, en su opinión, sacrificar el progreso científico o renunciar a él. Lo único que indica es que, de anteponer la investigación a la docencia, la Universidad pervertiría su misión esencial. Y es que, sigue explicando, la investigación como tal es más bien propia de otras instituciones, como las Academias científicas, tan celebradas en la Francia e Italia de su tiempo, que en la práctica estaban vinculadas frecuentemente a las Universidades en calidad de Comisiones, de Institutos o de Delegaciones, y como tales plenamente subordinadas a ellas. Tal es el caso, ejemplifica, de la Royal Society en la Universidad de Oxford, fundada en tiempos de Carlos II, o de la Sociedad Ashmolean o la de Arquitectura, también adscritas y subordinadas a la Universidad oxoniense; como también lo era la British Association en la mayoría de las Universidades protestantes del Reino Unido y en las erigidas en otros países culturalmente dependientes de él; y lo era asimismo la Royal Academic de Bellas Artes. Todas estas y otras instituciones similares tenían como objetivo primordial las ciencias y el progreso científico y no los estudiantes. Para convencer de que esto es así y que no es exclusivo del modelo inglés de Universidad, invoca la autoridad del eminente cardenal francés de la curia romana Hyacinte Segismonde Gerdil (1708-1802), fallecido al año siguiente de que él naciera, quien, saliendo al paso de una posible confrontación de objetivos, dejó escrito que no había oposición real de ningún género entre el espíritu de las Academias y el de las Universidades, pues únicamente se trata de puntos de vista diferentes. Y declara, en el mismo sentido que Newman, que "les Universités sont établies pour enseigner des sciences aux éleves qui voulent s"y former; les Académies se proposent de nouvelles recherches a faire dans la carriere des sciences" (Opera, Romae 1806-1821, vol. III, p. 253).

De todo ello se desprende que, según estos presupuestos, una Universidad que careciera de actividad docente y que no tuviera estudiantes, no merecería apropiarse de ese excelso nombre, por muy alta que fuera la tarea investigadora y por muy exitosos que fueran los resultados obtenidos en ella y los avances y el progreso del conocimiento científico conseguidos. Para mejor determinar ese objetivo esencial e irrenunciable de la transmisión de conocimientos, Newman no escatima páginas dedicadas primariamente a explicar en qué consiste ese objetivo. Para comprobarlo, basta con reseñar brevemente el contenido temático de cada uno de los discursos o capítulos que componen el libro. En el discurso inicial, que sirve de introducción, contrapone la formación universitaria de inspiración católica a la formación liberal de orientación laica y agnóstica. Sobre esta base, en el siguiente discurso trata de demostrar que la Teología es una rama del conocimiento científico, no sólo por su objeto sino también por su tradición histórica, por lo que, en una Universidad de inspiración católica, debe impregnar a todas las demás ramas de conocimiento científico. A poner de manifiesto esta implicación mutua están destinados sendos discursos. Los tres siguientes discursos de la primera parte, sin duda los más importantes y que más eco siguen teniendo, se centran en el análisis del conocimiento como objeto propio de la enseñanza universitaria, así como la relación existente entre el conocimiento científico y la formación profesional y técnica, y viceversa. Bien es verdad que los dos últimos discursos, el octavo y el noveno, vuelven en cierto modo al principio, algo así como la serpiente que se muerde la cola, dibujando en el suelo un círculo que, al ponerse en movimiento, queda indefectiblemente marcado, y se ocupan de la relación del conocimiento científico con el deber religioso y de las obligaciones de la Iglesia con el conocimiento científico y con su progreso.

Es necesario fijar sobre todo la atención en los tres discursos capitales, que constituyen el núcleo de la primera parte del extenso libro, de un valor inapreciable, tanto por su denso contenido como la bella forma en que están escritos. Aunque pensados para ser impartidos como conferencias o lecciones extraordinarias, cinco de ellos no fueron pronunciados sino más bien directamente escritos para ser publicados. Entre ellos figuran esos tres discursos centrales. De ahí procede seguramente la precisión de los conceptos y la pulcritud del lenguaje que en ellos se detecta. Es sorprendente todavía hoy la agradable sensación que causa el leer y volver a leer el primero de ellos, el que lleva el número cinco, el más elogiado de todos por la crítica tanto científica como literaria. Trata nada menos que de demostrar que el conocimiento, así designado en abstracto y genéricamente conceptuado, es el objetivo fundamental y la razón de ser de la Universidad como institución social. Naturalmente que, tras una reposada lectura de sus primeros párrafos, advertimos que el discurso no se refiere a todo tipo de conocimiento y mucho menos al conocimiento vulgar u ordinario, sino solamente al conocimiento científico y filosófico. Y al progresar en la lectura y adentramos en la trama temática de todo el discurso, comprobamos que nos hallamos ante una descripción del conocimiento científico, que nada tiene que envidiar al análisis epistemológico más exigente hecho desde la perspectiva actual. Este alto nivel se mantiene en el siguiente discurso, que versa sobre el conocimiento científico, visto desde su relación con la docencia y con el aprendizaje o más simplemente con la formación científica y humana de los alumnos. Y culmina en el discurso séptimo, en el cual se examinan comparativamente el conocimiento científico, propio de la educación universitaria, y el conocimiento técnico, propio de la formación profesional.

5. Un recorrido ilustrado por las diversas ramas del conocimiento científico

Las conferencias o lecciones extraordinarias, que en su conjunto constituyen la segunda parte de la gran obra de Newman The Idea of a University, fueron impartidas, aunque tampoco todas ellas, cuando ya ejercía el cargo de priner Rector de la recién erigida Universidad Católica de Dublin, que comenzó su andadura oficial en octubre de 1854. Versan sobre materias diversas, todas ellas relativas a la Universiad, aunque predominan las que describen y presentan las peculiaridades de cada una de las grandes ramas del conocimiento científico. La imagen más gráfica de la indisoluble unidad común de éste y de la diversidad de sus ramas es sin duda alguna la conocida metáfora del árbol de la ciencia, tan divulgada desde la Edad Media y actualizada en el siglo anterior a Newman. El caso es que desde la época moderna el árbol de la ciencia o de las ciencias constituye el mejor recurso para expresar con él la unidad de la ciencia y del conocimiento científico así como de sus primeras y sucesivas divisiones.

De esta serie de conferencias o lecciones magistrales sobre asuntos o materias concernientes a la Universidad, en su mayor parte impartidas de hecho en diversas ocasiones, y cuyo texto fue adaptado por Newman para que constituyera la segunda parte de su obra conjunta hay cuatro que merecen atención especial, en cuanto versan sobre las primeras divisiones o grandes ramas del conocimiento científico y que como tales dieron origen a las primeras Facultades universitarias, concebidas como unidades orgánicas dentro de la institución unitaria que es la Universidad como corporación de Derecho público. Las cuatro fueron pronunciadas en actos solemnes de la joven Universidad Católica de Dublin en los cuatro años en que J. H. Newman ejerció efectivamente el cargo de Rector. La primera de ellas, con el título Christianity and Letters, fue impartida en la solemne inauguración oficial de la Facultad de Filosofía y Letras en noviembre de 1854, que en la tradición medieval se llamaba todavía Facultad de Artes. La segunda conferencia trata de la literatura católica en lengua inglesa, con la cual Newman se introduce en el recinto propio de lo que después fue Facultad de Filología, como primer desgaje de la robusta rama inicial Filosofía y Letras. La tercera, impartida en noviembre de 1855 ante una numerosa y entusiasmada asistencia con motivo de la puesta en marcha de la Facultad de Medicina. Su título es Christianity and Physical Science, denominación ésta que tiene su explicación en el hecho histórico de que, hasta muy avanzada la época moderna, los médicos todavía eran llamados físicos, según el nombre que habían recibido en la cultura griega. Y la otra conferencia, muy acertadamente titulada Christianity and Scientific lnvestigation, fue pronunciada en la entonces indivisa Facultad de Ciencias en el mismo año 1855 durante el primero de los tres términos o trimestres, en que, según la tradición universitaria inglesa, se dividía y sigue dividiendo el curso académico. En estas cuatro lecciones magistrales Newman derrocha inteligencia, sabiduría, perfecto conocimiento de las peculiaridades de cada una de las grandes ramas científicas tratadas, gran dominio de la terminología que cada una de ellas utiliza, combinación adecuada del lenguaje científico o técnico con el lenguaje ordinario, pulcritud insuperable de la expresión lingüística y excelente manejo de la técnica oratoria, lo que, con sus cuidados ademanes y su resonante voz, hacían las delicias del público asistente y todavía hoy dejan percibir sus encantos a través del velo de la prosa escrita. En todas ellas, después de un atrayente exordio, Newman presenta un detenido análisis de lo que es y significa cada una de estas primeras divisiones del árbol de la ciencia, destaca sus caracteres o notas constitutivas como ramas específicas de conocimiento científico, señala sus coincidencias y sus divergencias, ilustra con datos históricos su separación del tronco común de la ciencia y su formación y desarrollo posterior hasta la madurez alcanzada y, por último, resalta su grandeza y su contribución al progreso de la civilización y de la cultura humanas. Todo ello, una vez más, sin perder de vista su preocupación fundamental, que es la de mostrar la unidad congénita que, como estudios superiores de una misma Universidad, por naturaleza las hermana y preside.

6. La idea de la Universidad de Newrnan y la Universidad de nuestro tiempo

No es tarea fácil comparar el prototipo propuesto por Newman de lo que una Universidad es o debe ser con las Universidades que existen o que se erigen en nuestro tiempo. Pese a ello es una tarea que no puede ser preterida, en cuanto viene exigida por el propio título de su obra y por la índole de este artículo y por la del órgano en que se publica.

Lo primero que cabe anotar es que el modelo de Universidad ideado por Newman y el modelo hoy día predominante en la mayoría de los países, entre ellos España, no se corresponden El ideal humanista de la concepción tradicional europea de la Universidad se ha olvidado, por no decir que se ha perdido. Y la fundación y la supervivencia de una Universidad han pasado a ser también, por muy lamentable que sea reconocerlo, uno de tantos productos del mercado. Con lo cual aquella luminosa idea de ser la sede unitaria del saber, cuya misión esencial consistía en impartir conocimiento universal ha palidecido de tal manera que apenas se puede vislumbrar su imagen en la multitud y variedad de centros que se atribuyen el noble nombre de Universidad. Y con ello han desaparecido también ilusiones tan excelsas como la del imperial intellect o la de la formación integral humana, forjadora de gentilhombres - gentlemen-, cuya presencia en una Sociedad moderna es un signo indeleble de su prosperidad y de su desarrollo. Si bien es verdad que Newman no dejaba de inculcar que el conocimiento intelectual es una cosa y la formación moral es otra, también lo es que para él esta última debe ser una misión irrenunciable de la educación universitaria. Hoy día en cambio, debido en gran medida al proceso de secularización, la formación moral se considera totalmente ajena a la institución universitaria de la misma manera que la formación religiosa.

Pero la divergencia más notable, y ésta sí que merece mayor atención, entre el modelo de Universidad de Newman y el modelo actual, es su exigencia de que, en aras de esa condición de ser el lugar en el que se custodia y se transmite el conocimiento universal, toda Universidad, que se precie de llevar dignamente ese nombre, debe tener todas o al menos la mayoría de la Facultades clásicas y tradicionales, a saber: Teología, Filosofía y Letras, Derecho y Economía, Medicina y Ciencias. Respecto a aquellas que se han dividido, como ocurre con Filosofía y Letras y Ciencias, bastaría con que contaran con alguna de sus principales ramas. Habrá que exceptuar obviamente la Teología, la cual, aunque todavía se mantiene en muchas Universidades europeas, como en el modelo Oxbridge o en la mayoría de las del ámbito germánico, desde la Revolución francesa ha sido literalmente barrida de todas las Universidades públicas y de las privadas no confesionales en todos aquellos países, como España, que han optado por el modelo napoleónico. Aún con esta excepción, la divergencia subsiste y, si bien es verdad que las principales Universidades, o al menos las de larga tradición histórica, cumplen sobradamente ese requisito, proliferan los centros de nueva creación que, sin reparo alguno, utilizan el nombre de Universidad ignorando totalmente esa exigencia, como si lo único exigible fuera ponedle el nombre de una personalidad histórica o actual para presentarse al público como Universidad independiente.

La otra característica esencial del modelo de Universidad de Newman era la primacía o la absoluta preeminencia de la función docente sobre la función investigadora. Por mucho que se quiera discutir, esta exigencia debe ser mantenida en pie, y la sutil advertencia de Newman de que una Universidad sin estudiantes no sería propiamente una Universidad, debe seguir vigente con todas sus consecuencias. Otra cosa es que actualmente la investigación haya alcanzado mayores cuotas en la Universidad de las que tenía en su tiempo. Entre otros motivos porque las instituciones que él menciona, las famosas Sociedades o Academias científicas, o los Institutos científicos, se han integrado plenamente en la Universidad de la que dependían o a la que estaban subordinados. La misma Universidad de Oxford, que es el modelo directo en el que Newman se inspira, no tardó en englobar en su seno la función investigadora como función y propia y específicamente suya, hasta tal punto que en la actualidad es una de las Universidades principales del mundo en lo que a investigación científica se refiere, no sólo en las ciencias experimentales, sino también en Medicina y en Humanidades. Ahí está para comprobarlo su incomparable complejo editorial, con un sello de distinción en todos los campos de la investigación y del conocimiento científico y técnico.

Marcelino Rodríguez Molinero (*) Catedrático de Filosofía del Derecho
Universidad Complutense. Madrid - CRISTIANISMO, UNIVERSIDAD Y CULTURA, nº 7 Enero-junio, 2003 Agradecemos al autor - -2004-01-08

 

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John Henry Newman y su idea de la universidad

 

Universidad significa universalidad en todas sus dimensiones

Por Alejandro Llano

El viaje, una metáfora de la vida humana, es también e inseparablemente el camino de la sabiduría. Por eso la necesidad de ese tiempo de peregrinación que se exigían a sí mismos los universitarios románticos y del cual el “turismo científico” tan practicado hoy día, con ocasión de fantasmagóricos congresos o dudosos intercambios, no es más que una caricatura.


UNIVERSIDAD significa universalidad en todas sus dimensiones: de saberes, de personas, de lugares, de ideas y creencias. El joven que acude a comenzar sus estudios superiores en cualquier carrera está pretendiendo —de manera consciente o inconsciente— ampliar horizontes, romper con la visión monocromática propia de la infancia y empezar a captar grados, matices, variedades y variaciones.

Se sabe, desde antiguo, que este propósito de extender la mirada a perspectivas más dilatadas sólo se logra si se rompe el cerco de lo consabido y se establecen relaciones con ámbitos nuevos, en los que las cosas se ven de otro modo. En buena parte, el escepticismo pesimista de la actual cultura juvenil procede de una dificultad para captar lo nuevo, que implica una diferencia para cuya percepción es imprescindible una cierta distancia. Si parece que a muchos jóvenes todo les da igual, es porque en el fondo piensan que todo es igual y que, como dice la boutade posmoderna, “lo único nuevo es que ya no hay nada nuevo”.

Para buscar nuevos saberes en nuevos ambientes, es preciso viajar por el simple “afán de ver’ como decía el viejo Herodoto. De ahí que los maestros medievales exigieran que los buenos escolares fueran terra aliena, procedentes de otras regiones o reinos. El viaje, que es una metáfora de la vida humana, es también e inseparablemente el camino de la sabiduría. Por eso la necesidad de ese tiempo de peregrinación que se exigían a sí mismos los universitarios románticos y del cual el “turismo científico” tan practicado hoy día, con ocasión de fantasmagóricos congresos o dudosos intercambios, no es más que una caricatura.

Afortunadamente, en los países donde se encuentran las mejores universidades del mundo sigue siendo una exigencia no escrita que los jóvenes cursen sus estudios superiores fuera de la ciudad natal y, de ser posible, frecuenten varias universidades a lo largo de su carrera, a la busca de los profesores más destacados en cada materia. En otros parajes, en cambio, la burocratización educativa condujo a la desafortunada creación de los distritos universitarios, cuyos efectos todavía perviven, con la consiguiente dificultad —agudizada por la escasez de becas— para que la movilidad estudiantil sea una posibilidad real. El parroquialismo localista, paradójicamente fomentado en la era de la globalización, ha conducido a que autoridades municipales y familias exijan que los estudiantes dispongan de una Universidad justo al lado de casa. Se ha podido así empezar a llamar universidades a lo que no pasan de ser academias profesionales en las que se cursan estudios que nunca tuvieron la categoría de superiores y que en ocasiones no alcanzan un mínimo nivel científico.

Más insólito y perjudicial aún que la inmovilidad estudiantil es el enfeudamiento del profesorado, cuando la llamada “endogamia” o “endogenia” pasa de ser excepción para convertirse en regla.

También en este campo hay que tener a la vista el ejemplo de las mejores Universidades internacionales en las que de hecho está prohibido que un docente reciba nombramientos estables en la universidad donde se ha doctorado. Los buenos departamentos o áreas temáticas desean recibir estudiosos procedentes de otras escuelas, para lograr esa confrontación de puntos de vista diversos que da lugar a enfoques inéditos y a injertos científicos tan innovadores como fecundos.

Todo lo contrario del dócil clientelismo consanguíneo que empobrece la calidad intelectual de las poblaciones académicas y deja fuera de la carrera universitaria a talentos de primera categoría.

Como sugiere Kolakowski, antes de sembrar y de poder recoger, en la vida intelectual es preciso remover la tierra, airearla, exponerla a todos los vientos, fecundarla con catalizadores que pueden parecer distorsionantes, pero que provocan reacciones nuevas. Nada hay más arriesgado en la dinámica del espíritu que la paralización a la que conduce la búsqueda a ultranza de la seguridad. La paz no tiene nada que ver con el inmovilismo.

Una de las trampas que dificulta la innovación es la que algunos científicos sociales han denominado “el ancla”: la tendencia natural del hombre y la mujer a aferrarse a la primera información recibida respecto a un determinado asunto. Inconscientemente, esta información primera desempeña el papel de una fijación difícil de superar, a la que uno se remite, como a su origen, para compararla o contrastarla con informaciones posteriores: estas podrán tener mayor fundamento, ofrecer mejores pruebas de veracidad, pero ya no son las primeras. Quien desee mantener la mente abierta, debe precaverse reflexivamente para no quedar anclado. Porque una de las exigencias del hallazgo de lo nuevo es liberarse de prejuicios. Y desprenderse de tales preconcepciones exige originalidad de pensamiento, que no consiste en pensar de distinta forma que los demás, sino en pensar desde el origen, por propia cuenta y riesgo, sin dar lo escuchado como supuesto, acudiendo a la fuente de donde brota el conocimiento. La originalidad estriba en remontarse al origen del conocimiento, sin aceptar como definitivas informaciones ya estructuradas y contextualizadas, que traen incorporadas las respuestas a los problemas que aparentan plantear.

Por ventura, no faltan las materias y los métodos docentes que han resistido el paso de los siglos y han demostrado su eficacia a través de los más variados cambios. Pero también sabemos de un buen número de temas y de procedimientos cuya falta de vigencia ha quedado suficientemente probada, y a los que quizá seguimos aferrándonos por un presunto respeto a la tradición que en realidad oculta pereza y rutina. Dictar apuntes para que sean copiados nos remite a la época anterior al descubrimiento de la imprenta. Evitar que las carreras tradicionales se “contaminen” con materias procedentes de otras licenciaturas suele ser una crasa expresión de estrecha mentalidad corporativista. No querer saber nada de nuevas titulaciones, como si fueran huéspedes no invitados, proyecta en la Universidad el aire melancólico de una foto fija en color sepia. Cuando tenemos a nuestra disposición el mágico recurso de las nuevas tecnologías, se impone incorporarlas sin timideces a la enseñanza universitaria.

Sin improvisadas precipitaciones ni cambios puramente estéticos, la enseñanza universitaria ha de ser siempre reformada, para hacerla cada vez más activa y participable. Sólo así las universidades pueden superar la tentación del localismo y recuperar su capacidad de innovar. Los que han hecho de la Universidad su forma de vida saben que la indagación de verdades nuevas es el método más adecuado para cambiar la sociedad desde dentro. La sociedad se mejora en el intenso silencio de las bibliotecas, en la atención concentrada de los laboratorios, en el diálogo riguroso de las aulas. Todas estas tareas universitarias son, en último término, investigación: afán gozoso y esforzado por encontrar una verdad teórica y práctica cuyo descubrimiento nos perfecciona al perfeccionar a los demás.

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Publicado en Noviembre del año 2002, nº 581 de Nuestro Tiempo
Edición autorizada de arvo.net- Agradecemos al autor

 

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CONSTITUCIÓN APOSTÓLICA DEL

SUMO PONTÍFICE JUAN PABLO II

EX CORDE ECCLESIA

SOBRE LAS UNIVERSIDADES CATÓLICAS

 

INTRODUCCIÓN

 

1. NACIDA DEL CORAZÓN de la Iglesia, la Universidad Católica se inserta en el curso de la tradición que remonta al origen mismo de la Universidad como institución, y se ha revelado siempre como un centro incomparable de creatividad y de irradiación del saber para el bien de la humanidad. Por su vocación la Universitas magistrorum et scholarium se consagra a la investigación, a la enseñanza y a la formación de los estudiantes, libremente reunidos con sus maestros animados todos por el mismo amor del saber (1). Ella comparte con todas las demás Universidades aquel gaudium de veritate, tan caro a San Agustín, esto es, el gozo de buscar la verdad, de descubrirla y de comunicarla (2) en todos los campos del conocimiento. Su tarea privilegiada es la de «unificar existencialmente en el trabajo intelectual dos órdenes de realidades que muy a menudo se tiende a oponer como si fuesen antitéticas: la búsqueda de la verdad y la certeza de conocer ya la fuente de la verdad»(3).

2. Durante muchos años yo mismo viví la benéfica experiencia, que me enriqueció interiormente, de aquello que es propio de la vida universitaria: la ardiente búsqueda de la verdad y su transmisión desinteresada a los jóvenes y a todos aquellos que aprenden a razonar con rigor, para obrar con rectitud y para servir mejor a la sociedad.

Deseo, por tanto, compartir con todos mi profunda estima por la Universidad Católica, y expresar mi vivo aprecio por el esfuerzo que en ella se viene realizando en los diversos campos del conocimiento. En particular, deseo manifestar mi alegría por los múltiples encuentros que el Señor me ha concedido tener, en el transcurso de mis viajes apostólicos, con las Comunidades universitarias de los distintos continentes. Ellas son para mí el signo vivo y prometedor de la fecundidad de la inteligencia cristiana en el corazón de cada cultura. Ellas me dan una fundada esperanza de un nuevo florecimiento de la cultura cristiana en el contexto múltiple y rico de nuestro tiempo cambiante, el cual se encuentra ciertamente frente a serios retos, pero también es portador de grandes promesas bajo la acción del Espíritu de verdad y de amor.

Quiero expresar también aprecio y gratitud a tantos profesores católicos comprometidos en Universidades no Católicas. Su tarea como académicos y científicos, vivida en la perspectiva de la luz cristiana, debe considerarse sumamente valiosa para el bien de la Universidad en la que enseñan. Su presencia, en efecto, es un estímulo constante para la búsqueda desinteresada de la verdad y de la sabiduría que viene de lo Alto.

3. Desde el comienzo de mi pontificado, ha sido mi propósito compartir estas ideas y sentimientos con mis colaboradores más inmediatos, que son los Cardenales, con la Congregación para la Educación Católica, así como también con las mujeres y los hombres de cultura de todo el mundo. En efecto, el diálogo de la Iglesia con la cultura de nuestro tiempo es el sector vital, en el que «se juega el destino de la Iglesia y del mundo en este final del siglo XX»(4). No hay, en efecto, más que una cultura: la humana, la del hombre y para el hombre(5). Y la Iglesia, experta en humanidad, según expresión de mi predecesor Pablo VI hablando a la ONU(6), investiga, gracias a sus Universidades Católicas y a su patrimonio humanístico y científico, los misterios del hombre y del mundo explicándolos a la luz de la Revelación.

4. Es un honor y una responsabilidad de la Universidad Católica consagrarse sin reservas a la causa de la verdad. Es ésta su manera de servir, al mismo tiempo, a la dignidad del hombre y a la causa de la Iglesia, que tiene «la íntima convicción de que la verdad es su verdadera aliada ... y que el saber y la razón son fieles servidores de la fe»(7). Sin descuidar en modo alguno la adquisición de conocimientos útiles, la Universidad Católica se distingue por su libre búsqueda de toda la verdad acerca de la naturaleza, del hombre y de Dios. Nuestra época, en efecto, tiene necesidad urgente de esta forma de servicio desinteresado que es el de proclamar el sentido de la verdad, valor fundamental sin el cual desaparecen la libertad, la justicia y la dignidad del hombre. Por una especie de humanismo universal la Universidad Católica se dedica por entero a la búsqueda de todos los aspectos de la verdad en sus relaciones esenciales con la Verdad suprema, que es Dios. Por lo cual, ella, sin temor alguno, antes bien con entusiasmo trabaja en todos los campos del saber, consciente de ser precedida por Aquel que es «Camino, Verdad y Vida»(8), el Logos, cuyo Espíritu de inteligencia y de amor da a la persona humana la capacidad de encontrar con su inteligencia la realidad última que es su principio y su fin, y es el único capaz de dar en plenitud aquella Sabiduría, sin la cual el futuro del mundo estaría en peligro.

5. Es en el contexto de la búsqueda desinteresada de la verdad que la relación entre fe y cultura encuentra su sentido y significado. «Intellege ut credas; crede ut intellegas»: esta invitación de San Agustín(9) vale también para la Universidad Católica, llamada a explorar audazmente las riquezas de la Revelación y de la naturaleza, para que el esfuerzo conjunto de la inteligencia y de la fe permita a los hombres alcanzar la medida plena de su humanidad, creada a imagen y semejanza de Dios, renovada más admirablemente todavía, después del pecado, en Cristo, y llamada a brillar en la luz del Espíritu.

6. La Universidad Católica, por el encuentro que establece entre la insondable riqueza del mensaje salvífico del Evangelio y la pluralidad e infinidad de campos del saber en los que la encarna, permite a la Iglesia establecer un diálogo de fecundidad incomparable con todos los hombres de cualquier cultura. El hombre, en efecto, vive una vida digna gracias a la cultura y, si encuentra su plenitud en Cristo, no hay duda que el Evangelio, abarcándolo y renovándolo en todas sus dimensiones, es fecundo también para la cultura, de la que el hombre mismo vive.

7. En el mundo de hoy, caracterizado por unos progresos tan rápidos en la ciencia y en la tecnología, las tareas de la Universidad Católica asumen una importancia y una urgencia cada vez mayores. De hecho, los descubrimientos científicos y tecnológicos, si por una parte conllevan un enorme crecimiento económico e industrial, por otra imponen ineludiblemente la necesaria correspondiente búsqueda del significado, con el fin de garantizar que los nuevos descubrimientos sean usados para el auténtico bien de cada persona y del conjunto de la sociedad humana. Si es responsabilidad de toda Universidad buscar este significado, la Universidad Católica está llamada de modo especial a responder a esta exigencia; su inspiración cristiana le permite incluir en su búsqueda, la dimensión moral, espiritual y religiosa, y valorar las conquistas de la ciencia y de la tecnología en la perspectiva total de la persona humana.

En este contexto, las Universidades Católicas están llamadas a una continua renovación, tanto por el hecho de ser universidad, como por el hecho de ser católica. En efecto, «está en juego el significado de la investigación científica y de la tecnología, de la convivencia social, de la cultura, pero, más profundamente todavía, está en juego el significado mismo del hombre»(10). Tal renovación exige la clara conciencia de que, por su carácter católico, la Universidad goza de una mayor capacidad para la búsqueda desinteresada de la verdad; búsqueda, pues, que no está subordinada ni condicionada por intereses particulares de ningún género.

8. Habiendo dedicado ya a las Universidades y Facultades eclesiásticas la Constitución Apostólica Sapientia Christiana,(11) me ha parecido un deber proponer a las Universidades Católicas un documento de referencia análogo, que sea para ellas como la «magna charta», enriquecida por la experiencia tan amplia y fecunda de la Iglesia en el sector universitario, y abierta a las realizaciones prometedoras del porvenir, el cual exige audaz creatividad y al mismo tiempo rigurosa fidelidad.

9. El presente documento va dirigido especialmente a los dirigentes de las Universidades Católicas, a las Comunidades académicas respectivas, a todos aquellos que se interesen por ellas, particularmente a los Obispos, a las Congregaciones Religiosas y a las Instituciones eclesiales y a los numerosos laicos comprometidos en la gran misión de la enseñanza superior. La finalidad es hacer que se logre «una presencia, por así decir, pública, continua y universal del pensamiento cristiano en todo esfuerzo tendiente a promover la cultura superior y, también, a formar a todos los estudiantes de manera que lleguen a ser hombres insignes por el saber, preparados para desempeñar funciones de responsabilidad en la sociedad y a testimoniar su fe ante el mundo»(12).

10. Además de las Universidades Católicas, me dirijo también a las numerosas Instituciones Católicas de estudios superiores. Según su naturaleza y objetivos propios, ellas tienen en común alguna o todas las características de una Universidad y ofrecen una particular contribución a la Iglesia y a la sociedad, sea mediante la investigación sea mediante la educación o la preparación profesional. Si bien este documento se refiere específicamente a la Universidad Católica, también pretende abarcar a todas las Instituciones Católicas de enseñanza superior, comprometidas en la transmisión del mensaje del Evangelio de Cristo a los espíritus y a las culturas.

Es, por tanto, con gran confianza y esperanza que invito a todas las Universidades Católicas a perseverar en su insustituible tarea. Su misión aparece cada vez más necesaria para el encuentro de la Iglesia con el desarrollo de las ciencias y con las culturas de nuestro tiempo.

Junto con todos los hermanos Obispos, que comparten conmigo las tareas pastorales, deseo manifestaros mi profunda convicción de que la Universidad Católica es sin duda alguna uno de los mejores instrumentos que la Iglesia ofrece a nuestra época, que está en busca de certeza y sabiduría. Teniendo la misión de llevar la Buena Nueva a todos los hombres, la Iglesia nunca debe dejar de interesarse por esta Institución. Las Universidades Católicas, en efecto, con la investigación y la enseñanza, ayudan a la Iglesia a encontrar de un modo adecuado a los tiempos modernos los tesoros antiguos y nuevos de la cultura, «nova et vetera», según la palabra de Jesús(13).

11. Me dirijo, en fin, a toda la Iglesia, convencido de que las Universidades Católicas son necesarias para su crecimiento y para el desarrollo de la cultura cristiana y del progreso. Por esto, toda la Comunidad eclesial es invitada a prestar su apoyo a las Instituciones Católicas de enseñanza superior y a asistirlas en su proceso de crecimiento y renovación. Ella es invitada especialmente a tutelar los derechos y la libertad de estas Instituciones en la sociedad civil, a ofrecerles apoyo económico, sobre todo en aquellos Países que tienen más urgente necesidad de él y a contribuir al establecimiento de nuevas Universidades Católicas, allí donde sean necesarias.

Espero que estas disposiciones, fundadas en la enseñanza del Concilio Vaticano II y en las normas del Código de Derecho Canónico, permitan a las Universidades Católicas y a los demás Institutos de Estudios Superiores cumplir su imprescindible misión en el nuevo Adviento de gracia que se abre con el nuevo Milenio.

 

 

I PARTE

IDENTIDAD Y MISIÓN

A. IDENTIDAD DE LA UNIVERSIDAD CATÓLICA

 

1. Naturaleza y objetivos

12. La Universidad Católica, en cuanto Universidad, es una comunidad académica, que, de modo riguroso y crítico, contribuye a la tutela y desarrollo de la dignidad humana y de la herencia cultural mediante la investigación, la enseñanza y los diversos servicios ofrecidos a las comunidades locales, nacionales e iternacionales(14). Ella goza de aquella autonomía institucional que es necesaria para cumplir sus funciones eficazmente y garantiza a sus miembros la libertad académica, salvaguardando los derechos de la persona y de la comunidad dentro de las exigencias de la verdad y del bien común(15).

13. Puesto que el objetivo de una Universidad Católica es el de garantizar de forma institucional una presencia cristiana en el mundo universitario frente a los grandes problemas de la sociedad y de la cultura(16), ella debe poseer, en cuanto católica, las características esenciales siguientes:

una inspiración cristiana por parte, no sólo de cada miembro, sino también de la Comunidad universitaria como tal;

una reflexión continua a la luz de la fe católica, sobre el creciente tesoro del saber humano, al que trata de ofrecer una contribución con las propias investigaciones;

la fidelidad al mensaje cristiano tal como es presentado por la Iglesia;

el esfuerzo institucional a servicio del pueblo de Dios y de la familia humana en su itinerario hacia aquel objetivo trascendente que da sentido a la vida(17).


14. «A la luz de estas cuatro características, es evidente que además de la enseñanza, de la investigación y de los servicios comunes a todas las Universidades, una Universidad Católica, por compromiso institucional, aporta también a su tarea la inspiración y la luz del mensaje cristiano. En una Universidad Católica, por tanto, los ideales, las actitudes y los principios católicos penetran y conforman las actividades universitarias según la naturaleza y la autonomía propias de tales actividades. En una palabra, siendo al mismo tiempo Universidad y Católica, ella debe ser simultáneamente una comunidad de estudiosos, que representan diversos campos del saber humano, y una institución académica, en la que el catolicismo está presente de manera vital»(18).
15. La Universidad Católica es, por consiguiente, el lugar donde los estudiosos examinan a fondo la realidad con los métodos propios de cada disciplina académica, contribuyendo así al enriquecimiento del saber humano. Cada disciplina se estudia de manera sistemática, estableciendo después un diálogo entre las diversas disciplinas con el fin de enriquecerse mutuamente.
Tal investigación, además de ayudar a los hombres y mujeres en la búsqueda constante de la verdad, ofrece un eficaz testimonio, hoy tan necesario, de la confianza que tiene la Iglesia en el valor intrínseco de la ciencia y de la investigación.
En una Universidad Católica la investigación abarca necesariamente: a) la consecución de una integración del saber; b) el diálogo entre fe y razón; c) una preocupación ética y d) una perspectiva teológica.
16. La integración del saber es un proceso que siempre se puede perfeccionar. Además, el incremento del saber en nuestro tiempo, al que se añade la creciente especialización del conocimiento en el seno de cada disciplina académica, hace tal tarea cada vez más difícil. Pero una Universidad, y especialmente una Universidad Católica, «debe ser "unidad viva" de organismos, dedicados a la investigación de la verdad ... Es preciso, por lo tanto, promover tal superior síntesis del saber, en la que solamente se saciará aquella sed de verdad que está inscrita en lo más profundo del corazón humano»(19). Guiados por las aportaciones específicas de la filosofía y de la teología, los estudios universitarios se esforzarán constantemente en determinar el lugar correspondiente y el sentido de cada una de las diversas disciplinas en el marco de una visión de la persona humana y del mundo iluminada por el Evangelio y, consiguientemente, por la fe en Cristo-Logos, como centro de la creación y de la historia.
17. Promoviendo dicha integración, la Universidad Católica debe comprometerse, más específicamente, en el diálogo entre fe y razón, de modo que se pueda ver más profundamente cómo fe y razón se encuentran en la única verdad. Aunque conservando cada disciplina académica su propia identidad y sus propios métodos, este diálogo pone en evidencia que la «investigación metódica en todos los campos del saber, si se realiza de una forma auténticamente científica y conforme a las leyes morales, nunca será en realidad contraria a la fe, porque las realidades profanas y las de la fe tienen su origen en el mismo Dios»(20). La vital interacción de los dos distintos niveles de conocimiento de la única verdad conduce a un amor mayor de la verdad misma y contribuye a una mejor comprensión de la vida humana y del fin de la creación.


18. Puesto que el saber debe servir a la persona humana, en una Universidad Católica la investigación se debe realizar siempre preocupándose de las implicaciones éticas y morales, inherentes tanto a los métodos como a sus descubrimientos. Aunque presente en toda investigación, esta preocupación es particularmente urgente en el campo de la investigación científica y tecnológica.
«Es esencial que nos convenzamos de la prioridad de lo ético sobre lo técnico, de la primacía de la persona humana sobre las cosas, de la superioridad del espíritu sobre la materia. Solamente servirá a la causa del hombre si el saber está unido a la conciencia. Los hombres de ciencia ayudarán realmente a la humanidad sólo si conservan "el sentido de la trascendencia del hombre sobre el mundo y de Dios sobre el hombre"»(21).
19. La teología desempeña un papel particularmente importante en la búsqueda de una síntesis del saber, como también en el diálogo entre fe y razón. Ella presta, además, una ayuda a todas las otras disciplinas en su búsqueda de significado, no sólo ayudándoles a examinar de qué modo sus descubrimientos influyen sobre las personas y la sociedad, sino dándoles también una perspectiva y una orientación que no están contenidas en sus metodologías. A su vez, la interacción con estas otras disciplinas y sus hallazgos enriquece a la teología, proporcionándole una mejor comprensión del mundo de hoy y haciendo que la investigación teológica se adapte mejor a las exigencias actuales. Considerada la importancia específica de la teología entre las disciplinas académicas, toda Universidad Católica deberá tener una Facultad o, al menos, una cátedra de teología(22).
20. Dada la íntima relación entre investigación y enseñanza, conviene que las exigencias de la investigación, arriba indicadas, influyan sobre toda la enseñanza. Mientras cada disciplina se enseña de manera sistemática y según sus propios métodos, la interdisciplinariedad, apoyada por la contribución de la filosofía y de la teología, ayuda a los estudiantes a adquirir una visión orgánica de la realidad y a desarrollar un deseo incesante de progreso intelectual. En la comunicación del saber se hace resaltar cómo la razón humana en su reflexión se abre a cuestiones siempre más vastas y cómo la respuesta completa a las mismas proviene de lo alto a través de la fe. Además, las implicaciones morales, presentes en toda disciplina, son consideradas como parte integrante de la enseñanza de la misma disciplina; y esto para que todo el proceso educativo esté orientado, en definitiva, al desarrollo integral de la persona. En fin, la teología católica, enseñada con entera fidelidad a la Escritura, a la Tradición y al Magisterio de la Iglesia, ofrecerá un conocimiento claro de los principios del Evangelio, el cual enriquecerá el sentido de la vida humana y le conferirá una nueva dignidad.
Mediante la investigación y la enseñanza los estudiantes deberán ser formados en las diversas disciplinas de manera que lleguen a ser verdaderamente competentes en el campo específico al cual se dedicarán en servicio de la sociedad y de la Iglesia; pero, al mismo tiempo, deberán ser preparados para dar testimonio de su fe ante el mundo.


2. La Comunidad universitaria
21. La Universidad Católica persigue sus propios objetivos también mediante el esfuerzo por formar una comunidad auténticamente humana, animada por el espíritu de Cristo. La fuente de su unidad deriva de su común consagración a la verdad, de la idéntica visión de la dignidad humana y, en último análisis, de la persona y del mensaje de Cristo que da a la Institución su carácter distintivo. Como resultado de este planteamiento, la Comunidad universitaria está animada por un espíritu de libertad y de caridad, y está caracterizada por el respeto recíproco, por el diálogo sincero y por la tutela de los derechos de cada uno. Ayuda a todos sus miembros a alcanzar su plenitud como personas humanas. Cada miembro de la Comunidad, a su vez, coadyuva para promover la unidad y contribuye, según su propia responsabilidad y capacidad, en las decisiones que tocan a la Comunidad misma, así como a mantener y reforzar el carácter católico de la institución.
22. Los docentes universitarios esfuércense por mejorar cada vez más su propia competencia y por encuadrar el contenido, los objetivos, los métodos y los resultados de la investigación de cada una de las disciplinas en el contexto de una coherente visión del mundo. Los docentes cristianos están llamados a ser testigos y educadores de una auténtica vida cristiana, que manifieste la lograda integración entre fe y cultura, entre competencia profesional y sabiduría cristiana. Todos los docentes deberán estar animados por los ideales académicos y por los principios de una vida auténticamente humana.
23. Se insta a los estudiantes a adquirir una educación que armonice la riqueza del desarrollo humanístico y cultural con la formación profesional especializada. Dicho desarrollo debe ser tal que se sientan animados a continuar la búsqueda de la verdad y de su significado durante toda la vida, dado que «es preciso que el espíritu humano desarrolle la capacidad de admiración, de intuición, de contemplación y llegue a ser capaz de formarse un juicio personal y de cultivar el sentido religioso, moral y social»(23). Esto les hará capaces de adquirir o, si ya lo tienen, de profundizar una forma de vida auténticamente cristiana. Los estudiantes deben ser conscientes de la seriedad de su deber y sentir la alegría de poder ser el día de mañana «líderes» calificados y testigos de Cristo en los lugares en los que deberán desarrollar su labor.
24. Los dirigentes y el personal administrativo en una Universidad Católica deben promover el desarrollo constante de la Universidad y de su Comunidad mediante una esmerada gestión de servicio. La dedicación y el testimonio del personal noacadémico son indispensables para la identidad y la vida de la Universidad.
25. Muchas Universidades Católicas han sido fundadas por Congregaciones Religiosas y continúan dependiendo de su apoyo. Se pide a las Congregaciones Religiosas que se dedican al apostolado de la enseñanza superior, que ayuden a estas Instituciones a renovarse en su tarea y que sigan preparando religiosos y religiosas capaces de ofrecer una positiva contribución a la misión de la Universidad Católica.
Además, las actividades universitarias han sido por tradición un medio gracias al cual los laicos pueden desarrollar un importante papel en la Iglesia. Hoy, en la mayor parte de las Universidades Católicas, la Comunidad académica está compuesta mayoritariamente por laicos, los cuales asumen en número siempre creciente altas funciones y responsabilidades de dirección. Estos laicos católicos responden a la llamada de la Iglesia «a estar presentes, a la enseña de la valentía y de la creatividad intelectual, en los puestos privilegiados de la cultura, como es el mundo de la educación: Escuela y Universidad»(24). El futuro de las Universidades Católicas depende, en gran parte, del competente y generoso empeño de los laicos católicos. La Iglesia ve su creciente presencia en estas instituciones con gran esperanza y como una confirmación de la insustituible vocación del laicado en la Iglesia y en el mundo, con la confianza de que ellos, en el ejercicio de su propia misión, «iluminen y ordenen las realidades temporales, de modo que sin cesar se desarrollen y progresen y sean para gloria del Creador y del Redentor»(25).
26. En muchas Universidades Católicas la Comunidad universitaria incluye miembros pertenecientes a otras Iglesias, a otras Comunidades eclesiales y religiones, e incluso personas que no profesan ningún credo religioso. Estos hombres y mujeres contribuyen con su formación y su experiencia al progreso de las diversas disciplinas académicas o al desarrollo de otras tareas universitarias.


3. La Universidad Católica en la Iglesia
27. Afirmándose como Universidad, toda Universidad Católica mantiene con la Iglesia una vinculación que es esencial para su identidad institucional. Como tal, participa más directamente en la vida de la Iglesia particular en que está ubicada, pero al mismo tiempo, -estando incorporada, como institución académica, a la comunidad internacional del saber y de la investigación-, participa y contribuye a la vida de la Iglesia universal, asumiendo, por tanto, un vínculo particular con la Santa Sede en razón del servicio de unidad, que ella está llamada a cumplir en favor de toda la Iglesia. De esta estrecha relación con la Iglesia derivan, como consecuencia, la fidelidad de la Universidad, como institución, al mensaje cristiano, y el reconocimiento y adhesión a la Autoridad magisterial de la Iglesia en materia de fe y de moral. Los miembros católicos de la Comunidad universitaria, a su vez, están también llamados a una fidelidad personal a la Iglesia, con todo lo que esto comporta. De los miembros no católicos, en fin, se espera el respeto al carácter católico de la institución en la que prestan su servicio, mientras que la Universidad, a su vez, deberá respetar su libertad religiosa(26).
28. Los Obispos tienen la particular responsabilidad de promover las Universidades Católicas y, especialmente, de seguirlas y asistirlas en el mantenimiento y fortalecimiento de su identidad católica incluso frente a las Autoridades civiles. Esto se conseguirá más fácilmente estableciendo y manteniendo relaciones estrechas, personales y pastorales, entre la Universidad y las Autoridades eclesiásticas, caracterizadas por la confianza recíproca, colaboración coherente y continuo diálogo. Aunque no entren directamente en el gobierno de las Universidades, los Obispos «no han de ser considerados agentes externos, sino partícipes de la vida de la Universidad Católica»(27).
29. La Iglesia, aceptando «la legítima autonomía de la cultura humana y especialmente la de las ciencias», reconoce también la libertad académica de cada estudioso en la disciplina de su competencia, de acuerdo con los principios y métodos de la ciencia, a la que ella se refiere(28), y dentro de las exigencias de la verdad y del bien común.
También la teología, como ciencia, tiene un puesto legítimo en la Universidad junto a las otras disciplinas. Ella, como le corresponde, tiene principios y método propios que la definen precisamente como ciencia. A condición de que acepten tales principios y apliquen el correspondiente método, los teólogos gozan, también ellos, de la misma libertad académica.
Los Obispos deben animar el trabajo creativo de los teólogos. Ellos sirven a la Iglesia mediante la investigación llevada a cabo respetando el método teológico. Ellos tratan de comprender mejor, de desarrollar ulteriormente y de comunicar más eficazmente el sentido de la Revelación cristiana como es transmitida por la Sagrada Escritura, por la Tradición y por el Magisterio de la Iglesia. Ellos estudian también los caminos a través de los cuales la teología puede proyectar luz sobre las cuestiones específicas, planteadas por la cultura actual. Al mismo tiempo, puesto que la teología busca la comprensión de la verdad revelada, cuya auténtica interpretación está confiada a los Obispos de la Iglesia(29), es elemento intrínseco a los principios y al métodos propios de la investigación y de la enseñanza de su disciplina académica, que los teólogos respeten la autoridad de los Obispos y adhieran a la doctrina católica según el grado de autoridad con que ella es enseñada(30). En razón de sus respectivos roles vinculados entre sí, el diálogo entre los Obispos y los teólogos es esencial; y esto es verdad especialmente hoy, cuando los resultados de la investigación son tan rápida y tan ampliamente di fundidos medios de comunicación social(31).


B. LA MISIÓN DE SERVICIO DE LA UNIVERSIDAD CATÓLICA
30. La misión fundamental de la Universidad es la constante búsqueda de la verdad mediante la investigación, la conservación y la comunicación del saber para el bien de la sociedad. La Universidad Católica participa en esta misión aportando sus características específicas y su finalidad.


1. Servicio a la Iglesia y a la Sociedad
31. Mediante la enseñanza y la investigación la Universidad Católica da una indispensable contribución a la Iglesia. Ella, en efecto, prepara hombres y mujeres, que, inspirados en los principios cristianos y motivados a vivir su vocación cristiana con madurez y coherencia, serán también capaces de asumir puestos de responsabilidad en la Iglesia. Además, gracias a los resultados de las investigaciones científicas que pone a disposición, la Universidad Católica podrá ayudar a la Iglesia a dar respuesta a los problemas y exigencias de cada época.
32. La Universidad Católica, como cualquier otra Universidad, está inmersa en la sociedad humana. Para llevar a cabo su servicio a la Iglesia está llamada -siempre en el ámbito de su competencia- a ser instrumento cada vez más eficaz de progreso cultural tanto para las personas como para la sociedad. Sus actividades de investigación incluirán, por tanto, el estudio de los graves problemas contemporáneos, tales como, la dignidad de la vida humana, la promoción de la justicia para todos, la calidad de vida personal y familiar, la protección de la naturaleza, la búsqueda de la paz y de la estabilidad política, una distribución más equitativa de los recursos del mundo y un nuevo ordenamiento económico y político que sirva mejor a la comunidad humana a nivel nacional e internacional. La investigación universitaria se deberá orientar a estudiar en profundidad las raíces y las causas de los graves problemas de nuestro tiempo, prestando especial atención a sus dimensiones éticas y religiosas.
Si es necesario, la Universidad Católica deberá tener la valentía de expresar verdades incómodas, verdades que no halagan a la opinión pública, pero que son también necesarias para salvaguardar el bien auténtico de la sociedad.
33. Deberá darse una especial prioridad al examen y a la evaluación, desde el punto de vista cristiano, de los valores y normas dominantes en la sociedad y en la cultura modernas, y a la responsabilidad de comunicar a la sociedad de hoy aquellos principios éticos y religiosos que dan pleno significado a la vida humana. Es ésta una ulterior contribución que la Universidad puede dar al desarrollo de aquella auténtica antropología cristiana, que tiene su origen en la persona de Cristo, y que permite al dinamismo de la creación y de la redención influir sobre la realidad y sobre la justa solución de los problemas de la vida.
34. El espíritu cristiano de servicio a los demás en la promoción de la justicia social reviste particular importancia para cada Universidad Católica y debe ser compartido por los profesores y fomentado entre los estudiantes. La Iglesia se empeña firmemente en el crecimiento integral de todo hombre y de toda mujer(32). El Evangelio, interpretado a través de la doctrina social de la Iglesia, llama urgentemente a promover «el desarrollo de los pueblos, que luchan por liberarse del yugo del hambre, de la miseria, de las enfermedades endémicas y de la ignorancia; de aquellos que buscan una participación más amplia en los frutos de la civilización y una valoración más activa de sus cualidades humanas; que se mueven con decisión hacia la meta de su plena realización»(33). La Universidad Católica siente la responsabilidad de contribuir concretamente al progreso de la sociedad en la que opera: podrá buscar, por ejemplo, la manera de hacer más asequible la educación universitaria a todos los que puedan beneficiarse de ella, especialmente a los pobres o a los miembros de grupos minoritarios, que tradicionalmente se han visto privados de ella. Además, ella tiene la responsabilidad -dentro de los límites de sus posibilidades- de ayudar a promover el desarrollo de las Naciones emergentes.


35. En su esfuerzo por ofrecer una respuesta a estos complejos problemas, que atañen a tantos aspectos de la vida humana y de la sociedad, la Universidad Católica deberá insistir en la cooperación entre las diversas disciplinas académicas, las cuales ofrecen ya su propia contribución específica a la búsqueda de soluciones. Además, puesto que los recursos económicos y de personal de cada Institución son limitados, es esencial la cooperación en proyectos comunes de investigación programados entre Universidades Católicas, y también con otras Instituciones tanto privadas como estatales. A este respecto y también en lo que se refiere a otros campos de actividades específicas de una Universidad Católica, se reconoce la función que tienen las distintas asociaciones nacionales e internacionales de Universidades Católicas. Entre éstas cabe mencionar especialmente la misión de la Federación Internacional de las Universidades Católicas, constituida por la Santa Sede(34), la cual espera de ella una fructífera colaboración.
36. Mediante programas de educación permanente de adultos, permitiendo a los docentes estar disponibles para servicios de asesoría, sirviéndose de los modernos medios de comunicación y en varios otros modos, la Universidad Católica puede hacer que el creciente acervo de conocimientos humanos y una comprensión siempre mejor de la fe puedan ponerse a disposición de un público más amplio, extendiendo así los servicios de la Universidad más allá de los límites propiamente académicos.
37. En el servicio a la sociedad el interlocutor privilegiado será naturalmente el mundo académico, cultural y científico de la región en la que trabaja la Universidad Católica. Se deben estimular formas originales de diálogo y colaboración entre las Universidades Católicas y las otras Universidades de la Nación para favorecer el desarrollo, la comprensión entre las culturas y la defensa de la naturaleza con una conciencia ecológica internacional.
Junto con otras Instituciones privadas y públicas, las Universidades Católicas, mediante la educación superior y la investigación, sirven al bien común; representan uno de entre los varios tipos de instituciones necesarias para la libre expresión de la diversidad cultural, y se esfuerzan en promover el sentido de la solidaridad en la sociedad y en el mundo. Ellas, por lo tanto, tienen todo el derecho a esperar, de parte de la sociedad civil y de las Autoridades públicas, el reconocimiento y la defensa de su autonomía institucional y de la libertad académica. Idéntico derecho tienen en lo que respecta a la ayuda económica, necesaria para que tengan asegurada su existencia y desarrollo.


2. Pastoral universitaria
38. La pastoral universitaria es aquella actividad de la Universidad que ofrece a los miembros de la Comunidad la ocasión de coordinar el estudio académico y las actividades para-académicas con los principios religiosos y morales, integrando de esta manera la vida con la fe. Dicha pastoral concretiza la misión de la Iglesia en la Universidad y forma parte integrante de su actividad y de su estructura. Una Comunidad universitaria preocupada por promover el carácter católico de la institución, debe ser consciente de esta dimensión pastoral y sensible al modo en que ella puede influir sobre todas sus actividades.
39. Como natural expresión de su identidad católica, la Comunidad universitaria debe saber encarnar la fe en sus actividades diarias, con momentos significativos para la reflexión y la oración.
De esta manera, se ofrecerán oportunidades a los miembros católicos de la Comunidad para asimilar en su vida la doctrina y la práctica católicas. Se les animará a participar en la celebración de los sacramentos, especialmente del sacramento de la Eucaristía, como el más perfecto acto del culto comunitario. Aquellas comunidades académicas que tienen en su seno una importante presencia de personas pertenecientes a diferentes Iglesias, Comunidades eclesiales o religiones, respetarán sus respectivas iniciativas de reflexión y oración en la salvaguardia de su credo.
40. Cuantos se ocupan de la pastoral universitaria invitarán a los profesores y estudiantes a ser más conscientes de su responsabilidad hacia aquellos que sufren física y espiritualmente. Siguiendo el ejemplo de Cristo, se preocuparán especialmente de los más pobres y de los que sufren a causa de las injusticias en el campo económico, social, cultural y religioso. Esta responsabilidad se ejercita, en primer lugar, en el interior de la comunidad académica, pero encuentra aplicación también fuera de ella.
41. La pastoral universitaria es una actividad indispensable; gracias a ella los estudiantes católicos, en cumplimiento de sus compromisos bautismales, pueden prepararse a participar activamente en la vida de la Iglesia. Esta pastoral puede contribuir a desarrollar y alimentar una auténtica estima del matrimonio y de la vida familiar, promover vocaciones para el sacerdocio y la vida religiosa, esti mular el compromiso cristiano de los laicos e impregnar todo tipo de actividad con el espíritu del Evangelio. El acuerdo entre la pastoral universitaria y las Instituciones que actúan en el ámbito de la Iglesia particular, bajo la dirección o con la aprobación del Obispo, no podrá ser sino de beneficio común(35).
42. Las diversas Asociaciones o Movimientos de vida espiritual y apostólica, sobre todo los creados específicamente para los estudiantes, pueden ser de una grande ayuda para desarrollar los aspectos pastorales de la vida universitaria.


3. Diálogo cultural
43. Por su misma naturaleza, la Universidad promueve la cultura mediante su actividad investigadora, ayuda a transmitir la cultura local a las generaciones futuras mediante la enseñanza y favorece las actividades culturales con los propios servicios educativos. Está abierta a toda experiencia humana, pronta al diálogo y a la percepción de cualquier cultura. La Universidad Católica participa en este proceso ofreciendo la rica experiencia cultural de la Iglesia. Además, consciente de que la cultura humana está abierta a la Revelación y a la trascendencia, la Universidad Católica es el lugar primario y privilegiado para un fructuoso diálogo entre el Evangelio y la cultura.
44. La Universidad Católica asiste a la Iglesia precisamente mediante dicho diálogo, ayudándola a alcanzar un mejor conocimiento de las diversas culturas, a discernir sus aspectos positivos y negativos, a acoger sus contribuciones auténticamente humanas y a desarrollar los medios con los cuales pueda hacer la fe más comprensible a los hombres de una determinada cultura(36). Si es verdad que el Evangelio no puede ser identificado con la cultura, antes bien trasciende todas las culturas, también es cierto que «el Reino anunciado por el Evangelio es vivido por personas profundamente vinculadas a una cultura, y la construcción del Reino no puede dejar de servirse de ciertos elementos de la cultura o de las culturas humanas»(37). «Una fe que se colocara al margen de todo lo que es humano, y por lo tanto de todo lo que es cultura, sería una fe que no refleja la plenitud de lo que la Palabra de Dios manifiesta y revela, una fe decapitada, peor todavía, una fe en proceso de autoanulación»(38).
45. La Universidad Católica debe estar cada vez más atenta a las culturas del mundo de hoy, así como a las diversas tradiciones culturales existentes dentro de la Iglesia, con el fin de promover un constante y provechoso diálogo entre el Evangelio y la sociedad actual. Entre los criterios que determinan el valor de una cultura, están, en primer lugar, el significado de la persona humana, su libertad, su dignidad, su sentido de la responsabilidad y su apertura a la trascendencia. Con el respeto a la persona está relacionado el valor eminente de la familia, célula primaria de toda cultura humana.
Las Universidades Católicas se esforzarán en discernir y evaluar bien tanto las aspiraciones como las contradicciones de la cultura moderna, para hacerla más apta para el desarrollo integral de las personas y de los pueblos. En particular se recomienda profundizar, con estudios apropiados, el impacto de la tecnología moderna y especialmente de los medios de comunicación social sobre las personas, las familias, las instituciones y el conjunto de la cultura moderna. Se debe defender la identidad de las culturas tradicionales, ayudándolas a incorporar los valores modernos sin sacrificar el propio patrimonio, que es una riqueza para toda la familia humana. Las Universidades, situadas en ambientes culturales tradicionales, tratarán cuidadosamente de armonizar las culturas locales con la contribución positiva de las culturas modernas.


46. Un campo que concierne especialmente a la Universidad Católica es el diálogo entre pensamiento cristiano y ciencias modernas. Esta tarea exige personas especialmente competentes en cada una de las disciplinas, dotadas de una adecuada formación teológica y capaces de afrontar las cuestiones epistemológicas a nivel de relaciones entre fe y razón. Dicho diálogo atañe tanto a las ciencias naturales como a las humanas, las cuales presentan nuevos y complejos problemas filosóficos y éticos. El investigador cristiano debe mostrar cómo la inteligencia humana se enriquece con la verdad superior, que deriva del Evangelio: «La inteligencia no es nunca disminuida, antes por el contrario, es estimulada y fortalecida por esa fuente interior de profunda comprensión que es la palabra de Dios, y por la jerarquía de valores que de ella deriva ... La Universidad Católica contribuye de un modo único a manifestar la superioridad del espíritu, que nunca puede, sin peligro de extraviarse, consentir en ponerse al servicio de ninguna otra cosa que no sea la búsqueda de la verdad»(39).
47. Además del diálogo cultural, la Universidad Católica, respetando sus fines específicos y teniendo en cuenta los diversos contextos religioso-culturales y siguiendo las orientaciones dadas por la Autoridad eclesiástica competente, puede ofrecer una contribución al diálogo ecuménico, con el fin de promover la búsqueda de la unidad de todos los cristianos, y al diálogo inter-religioso, ayudando a discernir los valores espirituales presentes en las diversas religiones.


4. Evangelización
48. La misión primaria de la Iglesia es anunciar el Evangelio de manera tal que garantice la relación entre fe y vida tanto en la persona individual como en el contexto socio-cultural en que las personas viven, actúan y se relacionan entre sí. Evangelización significa «llevar la Buena Nueva a todos los ambientes de la humanidad y, con su influjo, transformar desde dentro, renovar a la misma humanidad ... No se trata solamente de predicar el Evangelio en zonas geográficas cada vez más vastas o en poblaciones cada vez más numerosas, sino de alcanzar y como trastocar mediante la fuerza del Evangelio los criterios de juicio, los valores determinantes, los puntos de interés, las líneas de pensamiento, las fuentes inspiradoras y los modelos de vida de la humanidad que están en contraste con la palabra de Dios y con el designio de salvación»(40).
49. Según su propia naturaleza, toda Universidad Católica presta una importante ayuda a la Iglesia en su misión evangelizadora. Se trata de un vital testimonio de orden institucional de Cristo y de su mensaje, tan necesario e importante para las culturas impregnadas por el secularismo o allí donde Cristo y su mensaje no son todavía conocidos de hecho. Además todas las actividades fundamentales de una Universidad Católica deberán vincularse y armonizarse con la misión evangelizadora de la Iglesia: la investigación realizada a la luz del mensaje cristiano, que ponga los nuevos descubrimientos humanos al servicio de las personas y de la sociedad; la formación dada en un contexto de fe, que prepare personas capaces de un juicio racional y crítico, y conscientes de la dignidad trascendental de la persona humana; la formación profesional que comprenda los valores éticos y la dimensión de servicio a las personas y a la sociedad; el diálogo ?con la cultura, que favorezca una mejor comprensión de la fe; la investigación teológica, que ayude a la fe a expresarse en lenguaje moderno. «La Iglesia, porque es cada vez más consciente de su misión salvífica en este mundo, quiere sentir estos centros cercanos a sí misma, desea tenerlos presentes y operantes en la difusión del mensaje auténtico de Cristo»(41).

 

 

II PARTE

NORMAS GENERALES

 

Artículo 1. La naturaleza de estas Normas Generales
§ 1. Las presentes Normas Generales están basadas en el Código de Derecho Canónico(42), del cual son un desarrollo ulterior, y en la legislación complementaria de la Iglesia, permaneciendo en pie el derecho de la Santa Sede de intervenir donde se haga necesario. Son válidas para todas las Universidades Católicas y para los Institutos Católicos de Estudios Superiores de todo el mundo.
§ 2. Las Normas Generales deben ser concretamente aplicadas a nivel local y regional por las Conferencias Episcopales y por otras Asambleas de la Jerarquía Católica(43), en conformidad con el Código de Derecho Canónico y con la legislación eclesiástica complementaria, teniendo en cuenta los Estatutos de cada Universidad o Instituto y -en cuanto sea posible y oportuno- también el Derecho Civil. Después de la revisión por parte de la Santa Sede,(44),dichos «Ordenamientos» locales o regionales serán válidos para todas las Universidades Católicas e Institutos Católicos de Estudios Superiores de la región, exceptuadas las Universidades y Facultades Eclesiásticas. Estas últimas Instituciones, incluidas las Facultades Eclesiásticas pertenecientes a una Universidad Católica, se rigen por las normas de la Constitución Apostólica Sapientia Christiana(45).
§ 3. Una Universidad, erigida o aprobada por la Santa Sede, por una Conferencia Episcopal o por otra Asamblea de la Jerarquía católica, o por un Obispo diocesano, debe incorporar las presentes Normas Generales y sus aplicaciones, locales y regionales, en los documentos relativos a su gobierno, y conformar sus vigentes Estatutos tanto a las Normas Generales como a sus aplicaciones, y someterlos a la aprobación de la Autoridad eclesiástica competente. Se entiende que también las demás Universidades Católicas, esto es, las no establecidas según alguna de las formas más arriba indicadas, de acuerdo con la Autoridad eclesiástica local, harán propias estas Normas Generales y sus aplicaciones locales y regionales incorporándolas a los documentos relativos a su gobierno y -en cuanto posible- adecuarán sus vigentes Estatutos tanto a las Normas Generales como a sus aplicaciones.


Artículo 2. La naturaleza de una Universidad Católica
§ 1. Una Universidad Católica, como toda Universidad, es una comunidad de estudiosos que representa varias ramas del saber humano. Ella se dedica a la investigación, a la enseñanza y a varias formas de servicios, correspondientes con su misión cultural.
§ 2. Una Universidad Católica, en cuanto católica, inspira y realiza su investigación, la enseñanza y todas las demás actividades según los ideales, principios y actitudes católicos. Ella está vinculada a la Iglesia o por el trámite de un formal vínculo constitutivo o estatutario, o en virtud de un compromiso institucional asumido por sus responsables.
§ 3. Toda Universidad Católica debe manifestar su propia identidad católica o con una declaración de su misión, o con otro documento público apropiado, a menos que sea autorizada diversamente por la Autoridad eclesiástica competente. Ella debe proveerse, particularmente mediante su estructura y sus reglamentos, de los medios necesarios para garantizar la expresión y la conservación de tal identidad en conformidad con el § 2.
§ 4. La enseñanza y la disciplina católicas deben influir sobre todas las actividades de la Universidad, respetando al mismo tiempo plenamente la libertad de conciencia de cada persona(46). Todo acto oficial de la Universidad debe estar de acuerdo con su identidad católica.
§ 5. Una Universidad Católica posee la autonomía necesaria para desarrollar su identidad específica y realizar su misión propia. La libertad de investigación y de enseñanza es reconocida y respetada según los principios y métodos propios de cada disciplina, siempre que sean salvaguardados los derechos de las personas y de la comunidad y dentro de las exigencias de la verdad y del bien común(47).
Artículo 3. Erección de una Universidad Católica
§ 1. Una Universidad Católica puede ser erigida o aprobada por la Santa Sede, por una Conferencia Episcopal o por otra Asamblea de la Jerarquía Católica, y por un Obispo diocesano.
§ 2. Con el consentimiento del Obispo diocesano una Universidad Católica puede ser erigida también por un Instituto Religioso o por otra persona jurídica pública.
§ 3. Una Universidad Católica puede ser erigida por otras personas eclesiásticas o por laicos. Tal Universidad podrá considerarse Universidad Católica sólo con el consentimiento de la Autoridad eclesiástica competente, según las condiciones que serán acordadas por las partes(48).
§ 4. En los casos mencionados en los §§ 1 y 2, los Estatutos deberán ser aprobados por la Autoridad eclesiástica competente.
Artículo 4. La Comunidad universitaria
§ 1. La responsabilidad de mantener y fortalecer la identidad católica de la Universidad compete en primer lugar a la Universidad misma. Tal responsabilidad, aunque está encomendada principalmente a las Autoridades de la Universidad (incluidos, donde existan, el Gran Canciller y/o el Consejo de Administración, o un Organismo equivalente), es compartida también en medida diversa, por todos los miembros de la Comunidad, y exige por tanto, la contratación del personal universitario adecuado especialmente profesores y personal administrativo que esté dispuesto y capacitado para promover tal identidad. La identidad de la Universidad Católica va unida esencialmente a la calidad de los docentes y al respeto de la doctrina católica. Es responsabilidad de la Autoridad competente vigilar sobre estas exigencias fundamentales, según las indicaciones del Código de Derecho Canónico(49).
§ 2. Al momento del nombramiento, todos los profesores y todo el personal administrativo deben ser informados de la identidad católica de la Institución y de sus implicaciones, y también de su responsabilidad de promover o, al menos, respetar tal identidad.
§ 3. En los modos concordes con las diversas disciplinas académicas, todos los profesores católicos deben acoger fielmente, y todos los demás docentes deben respetar la doctrina y la moral católicas en su investigación y en su enseñanza. En particular, los teólogos católicos, conscientes de cumplir un mandato recibido de la Iglesia, deben ser fieles al Magisterio de la Iglesia, como auténtico intérprete de la Sagrada Escritura y de la Sagrada Tradición(50).
§ 4. Los profesores y el personal administrativo que pertenecen a otras Iglesias, Comunidades eclesiales o religiones, asimismo los que no profesan ningún credo religioso, y todos los estudiantes, tienen la obligación de reconocer y respetar el carácter católico de la Universidad. Para no poner en peligro tal identidad católica de la Universidad o del Instituto Superior, evítese que los profesores no católicos constituyan una componente mayoritaria en el interior de la Institución, la cual es y debe permanecer católica.
§ 5. La educación de los estudiantes debe integrar la dimensión académica y profesional con la formación en los principios morales y religiosos y con el estudio de la doctrina social de la Iglesia. El programa de estudio para cada una de las distintas profesiones debe incluir una adecuada formación ética en la profesión para la que dicho programa prepara. Además, se deberá ofrecer a todos los estudiantes la posibilidad de seguir cursos de doctrina católica(51).
Artículo 5. La Universidad Católica en la Iglesia
§ 1. Toda Universidad Católica debe mantener la comunión con la Iglesia universal y con la Santa Sede; debe estar en estrecha comunión con la Iglesia particular y, en especial, con los Obispos diocesanos de la región o de la nación en la que está situada. De acuerdo con su naturaleza de Universidad, la Universidad Católica contribuirá a la acción evangelizadora de la Iglesia.
§ 2. Todo Obispo tiene la responsabilidad de promover la buena marcha de las Universidades Católicas en su diócesis, y tiene el derecho y el deber de vigilar para mantener y fortalecer su carácter católico. Si surgieran problemas acerca de tal requisito esencial, el Obispo local tomará las medidas necesarias para resorverlos, de acuerdo con las Autoridades académicas competentes y conforme a los procedimientos establecidos(52) y -si fuera necesario- con la ayuda de la Santa Sede.
§ 3. Toda Universidad Católica, incluida en el Art. 3, §§ 1 y 2, debe enviar periódicamente a la Autoridad eclesiástica competente un informe específico concerniente a la Universidad y a sus actividades. Las otras Universidades deben comunicar tales informaciones al Obispo de la diócesis en la que se encuentra la sede central de la Institución.
Artículo 6. Pastoral universitaria
§ 1. La Universidad Católica debe promover la atención pastoral de los miembros de la Comunidad universitaria y, en particular, el desarrollo espiritual de los que profesan la fe católica. Debe darse la preferencia a aquellos medios que facilitan la integración de la formación humana y profesional con los valores religiosos a la luz de la doctrina católica, con el fin de que el aprendizaje intelectual vaya unido con la dimensión religiosa de la vida.
§ 2. Deberá nombrarse un número suficiente de personas cualificadas -sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos- para proveer una acción pastoral específica en favor de la Comunidad universitaria, que se ha de desarrollar en armonía y colaboración con la pastoral de la Iglesia particular y bajo la guía o la aprobación del Obispo diocesano. Todos los miembros de la Comunidad universitaria deben ser invitados a comprometerse en esta labor pastoral y a colaborar en sus iniciativas.
Artículo 7. Colaboración
§ 1. Con el fin de afrontar mejor los complejos problemas de la sociedad moderna y de fortalecer la identidad católica de las Instituciones, se deberá promover la colaboración a nivel regional, nacional e internacional en la investigación, en la enseñanza y en las demás actividades universitarias entre todas las Universidades Católicas, incluidas las Universidades y Facultades eclesiásticas.53 Tal colaboración debe ser, obviamente, promovida también entre las Universidades Católicas y las demás Universidades e Instituciones de investigación y enseñanza, privadas o estatales.
§ 2. Las Universidades Católicas, cuando sea posible y de acuerdo con los principios y la doctrina católicos, colaboren en programas de los gobiernos y en los proyectos de Organizaciones nacionales e internacionales en favor de la justicia, del desarrollo y del progreso.


NORMAS TRANSITORIAS
Art. 8. La presente Constitución entrará en vigor el primer día del año académico de 1991.
Art. 9. La aplicación de la Constitución se encomienda a la Congregación para la Educación Católica, a la que corresponderá proveer y dictar las disposiciones necesarias a tal fin.
Art. 10. Cuando con el pasar del tiempo las circunstancias lo requieran, compete a la Congregación para la Educación Católica proponer los cambios que se deban introducir en la presente Constitución, para que se adapte continuamente a las nuevas necesidades de las Universidades Católicas.
Art. 11. Quedan abrogadas las leyes particulares o costumbres, actualmente en vigor, que sean contrarias a esta Constitución. Igualmente quedan abolidos los privilegios concedidos hasta hoy por la Santa Sede a personas físicas o morales, y que estén en contra de esta Constitución.

 

CONCLUSIÓN

 

La misión que la Iglesia confía, con gran esperanza, a las Universidades Católicas reviste un significado cultural y religioso de vital importancia, pues concierne al futuro mismo de la humanidad. La renovación, exigida a las Universidades Católicas, las hará más capaces de responder a la tarea de llevar el mensaje de Cristo al hombre, a la sociedad y a las culturas: «Toda realidad humana, individual y social, ha sido liberada por Cristo: tanto las personas, como las actividades de los hombres, cuya manifestación más elevada y personificada es la cultura. La acción salvífica de la Iglesia sobre las culturas se cumple, ante todo, mediante las personas, las familias y los educadores ... Jesucristo, nuestro Salvador, ofrece su luz y su esperanza a todos aquellos que cultivan las ciencias, las artes, las letras y los numerosos campos desarrollados por la cultura moderna. Todos los hijos e hijas de la Iglesia deben, por tanto, tomar conciencia de su misión y descubrir cómo la fuerza del Evangelio puede penetrar y regenerar las mentalidades y los valores dominantes, que inspiran las culturas, así como las opiniones y las actitudes que de ellas derivan»(54).
Con vivísima esperanza dirijo este documento a todos los hombres y mujeres que están empeñados, de formas diversas, en la alta misión de la enseñanza superior católica.
Queridos Hermanos y Hermanas, mi aliento y mi confianza os acompañen en vuestro arduo trabajo diario, cada vez más importante, urgente y necesario para la causa de la evangelización y para el futuro de la cultura y de las culturas. La Iglesia y el mundo necesitan de vuestro testimonio y de vuestra competente, libre y responsable contribución.
Dado en Roma, junto a San Pedro, el 15 de agosto -solemnidad de la Asunción de María Santísima- del año 1990, duodécimo de mi pontificado.

 


1 Cf. Carta del Papa Alejandro IV a la Universidad de París, 14-IV-1255, Introducción: Bullarium Diplomatum..., t. III, Torino 1858, p. 602.
2 SAN AGUSTIN, Confes., X, XXIII, 33: «La vida feliz es, pues, gozo de la verdad, porque éste es un gozo de ti, que eres la verdad, ¡oh Dios mio, luz mia, salud de mi rostro, Dios mio!»: PL 32, 793-794. Cf. SANTO TOMAS DE AQUINO, De Malo, IX, 1: «Es, en efecto, natural al hombre aspirar al conocimiento de la verdad».
3 JUAN PABLO II, Discurso al Instituto de París, 1-VI-1980: Insegnamenti di Giovanni Paolo II, vol. III/1 (1980), p. 1581.
4 JUAN PABLO II, Discurso a los Cardenales, 10-XI-1979: Insegnamenti di Giovanni Paolo II, vol. II/2 (1979), p. 1096; cf. Discurso a la UNESCO, París, 2-VI-1980: AAS (1980), pp. 735-752.
5 Cf. JUAN PABLO II, Discurso a la Universidad de Coimbra, 15-V-1982: Insegnamenti di Giovanni Paolo II, vol. V/2 (1982), p. 1692.
6 PABLO VI, Alocución a los Representantes de los Estados, 4-X-1965: Insegnamenti di Paolo VI, vol. III (1965), p. 508.
7 JOHN HENRY Cardenal NEWMAN, The Idea of a University, p. XI, Londres, Longmans, Green and Company, 1931.
8 Jn 14,6.
9 Cf. SAN AGUSTIN, Serm. 43, 9: PL 38, 258. Cf también, SAN ANSELMO, Proslogion, cap. I: PL 158, 227.
10 Cf. JUAN PABLO II, Alocución al Congreso Internacional de las Universidades Católicas, 25-IV-1989, n. 3: AAS 18 (1989), p. 1218.
11 JUAN PABLO II, Constitución Apostólica Sapientia Christiana sobre las Universidades y Facultades eclesiásticas, 15-IV-1979: AAS 71 (1979), pp. 469-521.
12 CONCILIO VATICANO II, Declaración sobre la Educación Católica Gravissimum educationis, n. 10: AAS 58 (1966), p. 737.
13 Mat 13, 52.
14 Cf. Carta Magna de las Universidades Europeas, Bolonia, Italia, 18-IX-1988, «Principios fundamentales».
15 Cf. CONCILIO VATICANO II, Constitución Pastoral sobre la Iglesia en el mundo contemporáneo Gaudium et spes, n. 59: AAS 58 (1966), p. 1080; Gravissimum educationis, n. 10: AAS 58 (1966), p. 737. «Autonomía institucional» quiere significar que el gobierno de una institución académica está y permanece dentro de la institución. «Libertad académica» es la garantía, dada a cuantos se ocupan de la enseñanza y de la investigación, de poder indagar, en el ámbito del propio campo específico del conocimiento y conforme a los métodos propios de tal área, la verdad por doquiera el análisis y la evidencia los conduzcan, y de poder enseñar y publicar los resultados de tal investigación, teniendo presentes los criterios citados, esto es, la salvaguardia de los derechos del individuo y de la comunidad en las exigencias de la verdad y del bien común.
16 El concepto de cultura, expresado en este documento abarca una doble dimensión: la humanística y la socio-histórica. «Con la palabra genérica "cultura" se indica todo aquello con lo que el hombre afina y desarrolla sus innumerables cualidades espirituales y corporales; procura someter el mismo orbe terrestre con su conocimiento y trabajo; hace más humana la vida social, tanto en la familia como en toda la sociedad civil, mediante el progreso de las costumbres e instituciones; finalmente, a través del tiempo expresa, comunica y conserva en sus obras grandes experiencias espirituales y aspiraciones para que sirvan de provecho a muchos, e incluso a todo el género humano. De aquí se sigue que la cultura humana presente necesariamente un aspecto histórico y social, y que la palabra "cultura" asuma con frecuencia un sentido sociológico y etnológico» (Gaudium et spes, n. 53: AAS 58 [1966], p. 1075).
17 Las Universidades Católicas en el mundo moderno. Documento final del II Congreso de Delegados de Universidades Católicas, Roma, 20- 29 nov. 1972, § 1.
18 Ibid.
19 JUAN PABLO II, Alocución al Congreso Internacional sobre las Universidades Católicas, 25-IV-1989, n. 4: AAS 81 (1989), p. 1219. Cf. también Gaudium et spes, n. 61: AAS 58 (1966), pp. 1081-1082. El Cardenal Newman observa que una Universidad «declara asignar a todo estudio, que ella acoge, su propio puesto y sus límites precisos; definir los derechos sobre los que basa las recíprocas relaciones y de efectuar la intercomunicación de cada uno y entre todos» (Op. cit, p. 457).
20 Gaudium et spes, n. 36: AAS 58 (1966), p. 1054. A un grupo de científicos hacía observar que «mientras razón y fe representan sin duda dos órdenes diferentes de conocimiento, cada uno autónomo en relación a sus métodos, ambos, en fin, deben converger en el descubrimiento de una sola realidad total que tiene su origen en Dios» (JUAN PABLO II, dirigiéndose al Convenio sobre Galileo, 9-V-1983, n. 3: AAS 75 [1983], p. 690).
21 JUAN PABLO II, Discurso a la UNESCO el 2-VI-1980, n. 22: AAS 72 (1980), p. 750. La última parte de la cita recoge mis palabras dirigidas a la Pontificia Academia de las Ciencias, el 10-XI-1979: Insegnamenti di Giovanni Paolo II, vol. II/2 (1979), p. 1109.
22 Cf. Gravissimun educationis, n. 10: AAS 58 (1966), p. 737.
23 Gaudium et spes, n. 59: AAS 58 (1966), p. 1080. El Cardenal Newman describe así el ideal perseguido: «Se forma una mentalidad que dura toda la vida y cuyas características son la libertad, la equidad, el sosiego, la moderación y la sabiduría» (Op. cit., pp. 101-102).
24 JUAN PABLO II, Exhortación Apostólica post-sinodal Christifideles laici, 30-XII-1988, n. 44: AAS 81 (1989), p. 479.
25 CONCILIO VATICANO II, Constitución Dogmática sobre la Iglesia Lumen gentium, n. 31: AAS 57 (1965), pp. 37-38. Cf. Decreto sobre el apostolado de los seglares Apostolicam actuositatem, passim: AAS 58 (1966), pp. 837 ss. Cf. también Gaudium et spes, n. 43: AAS 58 (1966), pp. 1061-1064.
26 Cf. CONCILIO VATICANO II, Declaración sobre la libertad religiosa Dignitatis humanae n. 2: AAS 58 (1966) pp. 930-931.
27 JUAN PABLO II, Palabras dirigidas a los líderes de la Educación Superior Católica, Universidad Javier de Luisiana, U.S.A., 12-IX-1987, n. 4: AAS 80 (1988), p. 764.
28 Gaudium et spes, n. 59: AAS 58 (1966), p. 1080.
29 Cf. CONCILIO VATICANO II, Constitución Dogmática sobre la Divina Revelación Dei verbum, nn. 8-10: AAS 58 (1966), pp. 820-822.
30 Cf. Lumen gentium, n. 25: AAS 57 (1965), pp. 29-31.
31 Cf. «Instrucción sobre la vocación eclesial del teólogo» de la Congregación para la Doctrina de la Fe, 24-V-1990.
32 Cf. JUAN PABLO II, Carta Encíclica Sollicitudo rei socialis, nn. 27-34: AAS 80 (1988), pp. 547-560.
33 PABLO VI, Carta Encíclica Populorum progressio, n. 1: AAS 59 (1967), p. 257.
34 «Habiéndose, por tanto, tan felizmente propagado tales centros superiores de estudios, ha parecido sumamente útil que sus profesores y alumnos se reunieran en una común asociación, la cual, apoyándose en la autoridad del Sumo Pontífice, como padre y doctor universal, actuando de común acuerdo y en estrecha colaboración, pudiese más eficazmente difundir y extender la luz de Cristo» (Pío XII, Carta Apostólica Catholicas studiorum universitates, por la que erigió la Federación Internacional de las Universidades Católicas: AAS 42 [1950], p. 386).
35 El Código de Derecho Canónico señala la responsabilidad general del Obispo respecto a los estudiantes universitarios: «El Obispo diocesano ha de procurar una intensa cura pastoral para los estudiantes, incluso erigiendo una parroquia o, al menos, mediante sacerdotes destinados establemente a esta tarea; y cuide de que en las universidades, incluso no católicas, haya centros universitarios católicos que proporcionen ayuda, sobre todo espiritual, a la juventud» (CIC, can. 813).
36 «La Iglesia, al vivir durante el transcurso de la historia en variedad de circunstancias ha empleado los hallazgos de las diversas culturas para difundir y explicar el mensaje cristiano en su predicación a todas las gentes, para investigarlo y comprenderlo con mayor profundidad, para expresarlo mejor en la celebración litúrgica y en la vida de la multiforme comunidad de los fieles» (Gaudium et spes, n. 58: AAS 58 [1966], p. 1079).
37 PABLO VI, Exhortación Apostólica Evangelii nuntiandi, n. 20: AAS 68 (1976), p. 18. Cf. Gaudium et spes, n. 58: AAS 58 (1966), p. 1079.
38 JUAN PABLO II, Palabras dirigidas a los intelectuales, estudiantes y personal universitario en Medellín, Colombia, 5-VII-1986, n. 3: AAS 79 (1987), p. 99. Cf. también Gaudium et spes, n. 58: AAS 58 (1966), p. 1079.
39 PABLO VI, A los Delegados de la Federación Internacional de las Universidades Católicas, 27-XI-1972: AAS 64 (1972), p. 770.
40 Evangelii nuntiandi, nn. 18 ss.: AAS 68 (1976), pp. 17-18.
41 PABLO VI, dirigiéndose a los Presidentes y Rectores de las Universidades de la Compañía de Jesús, 6-VIII-1975, n. 2: AAS 67 (1975), p. 533. Hablando a los participantes en el Congreso Internacional sobre las Universidades Católicas, 25-IV-1989, decía yo: «En una Universidad Católica la misión evangelizadora de la Iglesia y la misión investigadora y de enseñar van unidas y coordinadas»: cf. AAS 81 (1989), p. 1220.
42 Cf. en particular el capítulo del Código: «De las Universidades Católicas y otros Institutos Católicos de Estudios Superiores» (Cánones 807-814).
43 Las Conferencias Episcopales se hallan constituidas en el Rito Latino Otros Ritos tienen otras Asambleas de la Jerarquía católica.
44 Cf. Canon 455 § 2, CIC.
45 Cf. Sapientia Christiana: AAS 71 (1979), pp. 469-521. Universidades y Facultades eclesiásticas son aquellas que tienen el derecho de otorgar grados académicos por la autoridad de la Santa Sede.
46 Cf. Dignitatis humanae, n. 2: AAS 58 (1966), pp. 930-931.
47 Cf. Gaudium et spes, nn. 57 y 59: AAS 58 (1966), pp. 1077-1080; Gravissimum educationis, n. 10: AAS 58 (1966), p. 737.
48 Sea el establecimiento de una tal Universidad, sean las condiciones por las que pueda considerarse Universidad Católica, deberán ser conformes a las normas precisas dictadas por la Santa Sede, la Conferencia Episcopal u otra Asamblea de la Jerarquía Católica.
49 El Canon 810 del CIC especifica la responsabilidad de la Autoridad competente en esta materia: § 1. La autoridad competente según los estatutos debe procurar que, en las Universidades Católicas, se nombren profesores que destaquen, no sólo por su idoneidad científica y pedagógica, sino también por la rectitud de su doctrina e integridad de vida; y que, cuando falten tales requisitos, sean removidos de su cargo, observando el procedimiento previsto en los estatutos. - § 2. Las Conferencias Episcopales y los Obispos diocesanos interesados tienen el deber y el derecho de velar para que en estas Universidades se observen fielmente los principios de la doctrina católica». Cf. también, infra, artículo 5, 2.
50 Lumen gentium, n. 25: AAS 57 (1965), p. 29; CONCILIO VATICANO II, Constitución Dogmática sobre la Divina Revelación Dei verbum, nn. 8-10: AAS 58 (1966), pp. 820-822; cf. CIC, can. 812: «Quienes explican disciplinas teológicas en cualquier Instituto de Estudios Superiores deben tener mandato de la Autoridad eclesiástica competente».
51 Cf. CIC, can. 811, § 2.
52 Para las Universidades, de las que habla el art. 3, §§ 1 y 2, estos procedimientos deben estar establecidos en los estatutos aprobados por la Autoridad eclesiástica. Para las otras Universidades Católicas, serán determinados por las Conferencias Episcopales o por otras Asambleas de la Jerarquía Católica.
53 Cf. CIC, can. 820. Cf., también, Sapientia Christiana, Normas Comunes, art. 49: AAS 71 (1979), p. 512.
54 JUAN PABLO II, al Pontificio Consejo de la Cultura, 13-I-1989, n. 2: AAS 81 (1989), pp. 857-858.

 

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La misión de la Iglesia su orden de Cristo, es anunciar la salvación a la ‘nación’ de los pobres, marginados, excluidos y manipulados, primeramente.

 

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Los jesuitas prestan servicios en los campos más diversos de la sociedad, especialmente en los de acción social y educación. 
En la acción social sus objetivos, proclaman, son impregnar las estructuras de la vida humana con una expresión más plena de amor y justicia, lo que les lleva a estar presentes en centros de estudio y publicaciones, en asociaciones de cooperación al desarrollo, en el voluntariado y en proyectos de apoyo a las clases más necesitadas.
La educación la asumen como participación en la misión evangelizadora de
la Iglesia. Tienen instituciones en todos los niveles educativos: universidades, colegios, centros de formación profesional y redes educativas.    Tienen centros en 69 países: 207 instituciones de Educación Superior (universidades), 472 de secundaria, 165 de primaria y 78 de profesional o Técnica, donde estudian 2,5 millones de alumnos. 
En España disponen de 67 colegios, en los que estudian unos 70.000 alumnos y nueve universidades -Pontificia de Comillas, de Madrid; Deusto, en Bilbao; Teología de Granada; INEA en Valladolid; ESADE en Barcelona; ETEA en Córdoba; E.U. Magisterio SAFA en Úbeda; CESTE en Santander e IQS en Cataluña- con 50.000 jóvenes.  

También tienen prestigiosas universidades, como la Gregoriana de Roma. 

[2008.I.]

 

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Desde hace 2000 años. -y a pesar de tanta calumnia, mentira y desprecio- hacia la Iglesia de Jesucristo, vemos que: “El cariño de Dios nos sostiene en el desierto de la historia” S.S. Juan Pablo II – Magno – Pontifex Max.

 

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Cuerpo-Iglesia. En esta perspectiva, se descubre inmediatamente el sentido de la primacía pontificia. No es solamente ser la autoridad suprema, porque la experiencia habría demostrado la necesidad de una instancia suprema. Es ser el Signo de Jesucristo, Jefe de la Iglesia. Es éste, además, el sentido que oculta el lenguaje de la Escritura. Ésta proclama que Cristo es el único fundamento de la Iglesia, la piedra angular que asegura el edificio (1 Corintios, 3, 1 1; Efesios, 2, 20; 1 Pedro, 2, 4). Sin embargo, Pedro es también el fundamento de la Iglesia, la piedra que asegura su solidez (Mateo, 16, 18). Ahora bien, Pedro no podría reemplazar a Jesucristo, esto está suficientemente claro. Es preciso, pues, que Pedro sea el signo y el instrumento de Jesucristo, Gobernador, Doctor, Santificador. El pensamiento católico lo ha comprendido espontáneamente. Llama al papa «Vicario de Cristo». El mismo sentido cristiano distinguió muy pronto que los superiores tienen por función prolongar, imprimir y aplicar la única autoridad que en la Iglesia existe, la del Hijo de Dios. Así el cristiano ve en los superiores «los representantes de Cristo», en grados diferentes - esto está claro -, según las circunstancias y según los cargos.
Por esta razón se hace patente que la autoridad en la Iglesia está siempre subordinada a la misión eclesial. Es ésta santificar el pueblo de Dios, ayudarlo a seguir siendo el Cuerpo de Cristo, ser la «custodia de nuestras almas», como el mismo Cristo (1 Pedro. 2, 25). A este respecto, jurisdicción y magisterio están al servicio del poder de orden.

III. El ejercicio de la autoridad en la Iglesia - Considerar el ejercicio de la autoridad en la Iglesia, no es abandonar la contemplación del Misterio, es examinar cómo entra el misterio de la Iglesia en la vida corriente por medio de intervenciones particulares, magisterio y jurisdicción. Parece necesario detenernos en ello.
Las intervenciones de la jerarquía son diversas. Ora se ejerce la autoridad pronunciándose sobre objetos que dimanan directamente del magisterio, a saber las verdades que se refieren a la fe y a las costumbres y se contienen en el depósito de la Revelación. Verdades que constituyen la doctrina de la salvación y son el terreno propio del magisterio. Ora interviene la autoridad en puntos que están íntimamente conectados con el dogma, sin que estos puntos sean formalmente atestiguados en el depósito de la Revelación. Verdades que constituyen el objeto secundario e indirecto del magisterio 3. Ora en fin la autoridad de la Iglesia interviene en las cuestiones temporales. Así, por ejemplo, da un juicio sobre la aspiración a la independencia de los pueblos colonizados. En este último caso, notémoslo, se trata a la vez del 
ejercicio del magisterio, en cuanto se da un juicio doctrinal, y del ejercicio de la jurisdicción, en cuanto las directrices prácticas postulan la obediencia 4. 

El Magisterio.­ Antes de examinar las modalidades concretas en que se ejerce el magisterio, observemos que no toda palabra del papa es el ejercicio del magisterio infalible, aunque esta palabra sea oficial. Lo mismo ocurre, con mucha más razón, si se trata de un obispo, puesto que ningún obispo posee el poder de proponer, por sí solo e infaliblemente, la verdad de fe. Solo el Cuerpo Episcopal entero, en comunión con el Sumo Pontífice, ha recibido el derecho de declarar auténtica e infaliblemente las verdades que hay que creer. 
Examinemos las dos modalidades en que se ejerce la docencia infalible de la Iglesia: el magisterio extraordinario y el magisterio ordinario. 

MAGISTERIO-EXTRA: El magisterio extraordinario.­ La forma del magisterio más familiar a los cristianos es el magisterio extraordinario, precisamente porque es solemne. Éste es ejercido sea por el papa solo, sea por los obispos en comunión con el papa, reunidos en torno a él o a sus legados. 
El magisterio extraordinario es cosa del papa solo cuando el obispo de Roma, hablando ex-cathedra como doctor y pastor de todos los cristianos proclama las verdades que hay que creer, reveladas por Dios en materia de fe o de moral. Ningún error es pues posible: el Sumo Pontífice está sometido a la Autoridad de la Palabra de Dios en Jesucristo. No propone nada que no esté contenido en el depósito de la Revelación pública, y este depósito se cierra con la muerte de los Apóstoles. El papel del magisterio en general no es pues «revelar» lo que la Iglesia no conocería, sino 
«proponer» a la fe lo que es revelado por Dios. Así pues, en términos rigurosos, los dogmas no son idénticamente «la Palabra de Dios», sino la interpretación auténtica en lenguaje humano de la Palabra de Dios contenida en el depósito revelado. 
No hay que imaginar pues que la Revelación continuaría a través del papa. Sin duda el Sumo Pontífice es asistido por el Espíritu Santo para proponer las verdades de la fe, pero la asistencia del Espíritu Santo no constituye en manera alguna una Revelación continua, sino una garantía contra el error y una ayuda para discernir las verdades sobre las cuales hay que llamar la atención de la Iglesia. Sea lo que fuere lo que se haga en este orden, el Sumo Pontífice obra en virtud de su autoridad, y la aprobación de los fieles o del cuerpo Episcopal no es condición de validez para su enseñanza. 
Se reconoce que el papa habla ex cathedra cuando expresa su intención de hablar como jefe de la Iglesia Universal. No obstante, no se requiere ninguna fórmula particular a este efecto, y no hay en esta materia regla determinada por protocolo alguno. Basta que sea suficientemente clara la intención del Sumo Pontífice de obligar a la Iglesia entera. Este fue el caso cuando Pío IX proclamó la Inmaculada Concepción de María en 1854, y cuando Pío XII, en 1950, definió su Asunción. 
El magisterio extraordinario es ejercido por los obispos en unión con el papa en forma de concilios ecuménicos. Estos están constituidos en derecho por la reunión de todos los cardenales y de todos los obispos encargados de una diócesis. No es necesario para la validez del concilio que estén todos presentes físicamente. 
Pero lo que es indispensable para la legitimidad del concilio y para la validez de su enseñanza es la unión con el papa, sea esta manifestación por la presencia física del Sumo Pontífice o por la de sus representantes. Los concilios ejercen el magisterio 
extraordinario cuando proponen solemnemente las verdades que hay que creer, referentes a la fe o a las costumbres, y su intención de obligar a toda la Iglesia es suficientemente manifestada. Así fue como el concilio del Vaticano definió la primacía de jurisdicción y la infalibilidad pontificia. 

El magisterio-ordinario.­ A diferencia del magisterio extraordinario, el magisterio ordinario no está circunscrito a períodos determinados y a algunos documentos poco numerosos, como son concilios ecuménicos y definiciones ex cathedra. Es ejercido continuamente en la Iglesia. En efecto, desde los orígenes, los papas y los obispos han tenido que enseñar a los fieles encomendados a sus cuidados. En formas múltiples, sermones, libros, exhortaciones, cartas, han propuesto y siguen proponiendo las verdades que hay que creer A veces su enseñanza doctrinal aparece en una condenación, a veces en la adhesión de una condenación ya dada, pero más a menudo la enseñanza es 

presentada en forma de explicación positiva, sea que los papas y obispos enseñen por sí mismos, sea que encarguen a alguien que lo haga. Los actos del magisterio ordinario son pues variados, innumerables: encíclicas, documentos litúrgicos, sermones, mandamientos de cuaresma, discursos, alocuciones,  censuras, aprobaciones de libros o de catecismo, decisiones de las Congregaciones romanas, etc... El conjunto de estos actos extendidos a lo largo de toda la historia de la Iglesia constituye el ejercicio del magisterio ordinario. 
Pero ¿en qué condiciones una doctrina particular enunciada en un acto del magisterio ordinario exige un asentimiento de fe teologal?­ Únicamente, quede bien claro, si el magisterio ordinario pronuncia infaliblemente que esta doctrina particular es revelada por Dios.­¿Pero cómo discernir que el magisterio se ha pronunciado infaliblemente? en efecto, ninguno de los actos del magisterio ordinario, considerado en sí mismo y aisladamente, es infalible, trátese de una encíclica pontificia o de una inclusión en el índice. ¿Cómo reconocer pues que sobre tal punto el magisterio ordinario se ha pronunciado infaliblemente? La respuesta es ésta: el magisterio ordinario propone infaliblemente una enseñanza que concierne a la fe o en las costumbres, cuando es unánime en esta enseñanza. Basta por otro lado que la unanimidad sea moral. Dicho de otro modo, el magisterio ordinario no puede equivocarse cuando manifiesta un acuerdo universal sobre una doctrina dada.
Es el caso, por ejemplo, de esta proposición: «La Iglesia es el Cuerpo de Cristo». Aislado de las demás, ninguno de los documentos que contienen esta afirmación constituye la expresión infalible del magisterio ordinario, aunque sea la palabra de un papa como Bonifacio VIII. De hecho, la historia demuestra la unanimidad de todos los actos del magisterio ordinario sobre esta doctrina, y porque hay unanimidad, debe decirse que el magisterio ordinario enseña infaliblemente que la Iglesia es el Cuerpo de Cristo. Esta proposición es pues una verdad de fe.
Si bien la noción del magisterio ordinario infalible es en si bastante sencilla, el discernimiento de los casos en que el magisterio ordinario se ejerce infaliblemente no lo es tanto. Imaginemos a un cristiano culto recorriendo una encíclica de Pío XII,  Humani Generis, por ejemplo, y leyendo que la razón humana puede, absolutamente hablando, adquirir el conocimiento de Dios personal. Imaginemos que el lector se interroga entonces sobre la adhesión que debe dar en conciencia a esta proposición.
No es la naturaleza del documento lo que puede iluminarlo. Una encíclica, en efecto, puede contener enseñanzas de valor muy diferente. Así pues, nuestro cristiano culto procederá muy prudentemente interrogando sobre este punto el Concilio del  Vaticano que se fijó precisamente en la misma cuestión. Pero el Concilio del Vaticano, que «definió» que la razón humana es capaz de conocer a Dios, no precisa que se trate del Dios personal. Para decidir sobre el grado de asentimiento que hay que dar a la frase de la encíclica Humani Generis, habría pues que interrogar el 
conjunto de los actos del magisterio ordinario y comprobar si hay unanimidad sobre este punto. Pero fácilmente concebimos que sólo los teólogos de profesión, pueden entregarse a esta tarea. Así pues nuestro cristiano, abonado a sí mismo, permanecerá incapaz de decidir si esta proposición sacada de Humani Generis reclama un asentimiento de fe o una adhesión intelectual interior.
Claro está que el lector de una encíclica podrá reconocer de una ojeada muchas verdades de fe. Pero no es seguro que pueda en todos los casos. Menos aún podrá distinguir en todos los casos si determinada verdad de fe -por ejemplo la satisfacción realizada por nuestros pecados por Cristo- ha sido enseñada por el magisterio extraordinario o por el magisterio ordinario. A decir verdad, la importancia práctica de esta distinción es secundaria para la vida cristiana, puesto que el único punto capital es saber que se trata de una verdad de fe.
Pueden presentarse casos más complejos. Supongamos que un sabio católico lea otra frase de la encíclica Humani Generis: «No se ve en forma alguna cómo esta doctrina (la hipótesis según la cual el género humano descendería de varias parejas primitivas, hipótesis denominada «poligenismo») puede conciliarse con las enseñanzas que proponen sobre el pecado original las fuentes de la revelación y los actos del Magisterio eclesiástico». El sabio se pregunta: 
¿Afirma esta declaración la incompatibilidad de la fe y de la hipótesis poligenista? No inmediatamente, puesto que el texto dice: no se ve cómo conciliar la fe y la hipótesis poligenista. Que existe aquí un matiz, es evidente, y éste es importante. En cuanto a apreciar exactamente el alcance de este matiz, teólogos en esta ocasión, lo conseguirán. Puede hasta suceder a veces que no puedan conseguir un acuerdo completo entre ellos. Es el caso del texto que nos ocupa. Comoquiera que sea, estas divergencias no autorizan para considerar el texto citado corno nulo y no dado.
Queda por sacar la conclusión práctica. Sería tan ridículo considerar como infalible toda palabra, incluso doctrinal, salida de boca de un obispo o de un papa, como inadmisible reservar el asentimiento sólo para las definiciones dadas por el Sumo Pontífice o por el Concilio ecuménico. Fuera de los casos en que se exige la adhesión de fe, toda enseñanza pronunciada por un papa o por un obispo, en el ejercicio de su cargo y por fidelidad a su cargo, reclama por lo menos un asentimiento respetuoso.

 

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LA CALIDAD de las personas, como la de las sociedades, se disimula bien en la opulencia, pero se desnuda en la desgracia. Cuando las cosas van bien, es fácil sonreír y parecer alegre. Cuando sobra, es fácil dar y queda bien. Lo verdaderamente difícil es sonreír cuando las cosas van mal, pensando en los otros en vez de en uno mismo. O compartir cuando andamos con lo justo. Se ve que la supuesta civilización, la cultura que muchos ostentan, se queda en mera cáscara, incapaz de soportar la adversidad. No ha sido invadida por los bárbaros, sino por sí misma, esa realidad nuestra –tambaleante- que carece de calidad.

 

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Capítulo 2 de la Segunda Epístola Católica de San Pedro

Hubo también en el pueblo falsos profetas, como habrá entre vosotros falsos maestros que introducirán herejías perniciosas y que, negando al Dueño que los adquirió, atraerán sobre sí una rápida destrucción. Muchos seguirán su libertinaje y, por causa de ellos, el Camino de la verdad será difamado. Traficarán con vosotros por codicia, con palabras artificiosas; desde hace tiempo su condenación no está ociosa, ni su perdición dormida.

 

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Jesucristo:
1. Hijo, no quieras ser curioso, ni tener cuidados impertinentes. ¿Qué te va a ti de esto o de lo otro? Sígueme tú. ¿Qué te importa que aquel sea tal o cual; o que este viva o hable de este o del otro modo? No necesitas tú responder por otros, sino dar razón de ti mismo. ¿Pues por qué te ocupas en eso? Mira que yo conozco a todos; veo cuanto pasa debajo del sol, y sé de que manera está cada uno, qué piensa, que quiere, y a qué fin dirige su intención. Por eso se deben encomendar a Mí todas las cosas; pero tú consérvate en santa paz, y deja al bullicioso hacer cuanto quisiere. Sobre él vendrá lo que hiciere, porque no puede engañarme.
2. No tengas cuidado de la autoridad y gran nombre, ni de la familiaridad de muchos, ni del amor particular de los hombres. Porque esto causa distracciones y grandes tinieblas en el corazón. De buena gana te hablaría mi palabra, y te revelaría mis secretos, si tú esperases con diligencia mi venida, y me abrieses la puerta del corazón. Está apercibido, y vela en oración, y humíllate en todo.

 

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Citar continuamente la Biblia, allí es donde está el triunfo de la fe en Jesucristo, enseñada por su ‘única y católica Iglesia’ hace dos mil años ininterrumpidos.

 

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“Durante su vida mortal fue María, de corazón tan piadoso y sensible para con los hombres, que nadie se ha afligido tanto por las penas propias, como María por las ajenas” Expresión simbólica del modo de ser de la Virgen, que ya en el siglo IV resaltaba San Jerónimo, doctor de la Iglesia.

 

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San Ignacio de Antioquia (hacia año 110) obispo y mártir de la Iglesia católica - Carta a los Efesios, 3-4, 9 

 

“La Escritura dice: ‘Mi casa es una casa de oración.” (Lc 19,46) -    Os exhorto a caminar según el pensamiento de Dios. Porque Jesucristo, príncipe indefectible de nuestra vida es el pensamiento de Dios. Del mismo modo, los obispos, extendidos por toda la tierra, están en el pensamiento de Cristo Jesús. De manera que os conviene caminar según el pensamiento de vuestro obispo. Es lo que ya hacéis. El conjunto de vuestros presbíteros, dignos de Dios, está unido al obispo como las cuerdas lo son a la cítara. Así, en el acorde de vuestros sentimientos y en la armonía de vuestra caridad, cantáis a Jesucristo. Que cada uno de vosotros se haga miembro del coro para que, en la armonía de vuestros acordes y sobre el tono de Dios, cantéis a una sola voz las alabanzas del Padre, por Jesucristo.
       Sois las piedras del templo del Padre, talladas para el edificio construido por Dios el Padre, elevadas hasta la cumbre por Jesucristo, que es la piedra angular, por el Espíritu Santo. Vuestra fe os eleva a las alturas y la caridad es el camino que os eleva hasta Dios. Sois todos compañeros de ruta, portadores de Dios y de su templo, portadores de Cristo, llevando los objetos sagrados, adornados de los preceptos de Jesucristo. Con vosotros me siento lleno de alegría... Mi gozo consiste en ver que viviendo en una vida nueva, no aspiráis a nada fuera del amor de Dios.

 

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No hay vida humana sin libertad, se entiende no sin una absoluta sino sin cierta dosis, mayor o menor, de ella. Sí cabe vida humana sin libertad política. Defender la libertad, amarla, tomársela no es sólo un asunto político. Pero existe otra forma de corromper la libertad aún más peligrosa y consiste, cosa bastante usual, en entenderla como ausencia de normas o ideales, e incluso como pura insumisión. En una de sus versiones, se pretende que sólo la inexistencia de la verdad en sentido religioso o moral permitiría la libertad. Según esta paradójica pretensión, y en contra de la idea cristiana, sería la verdad lo que nos haría siervos. En suma, que la libertad vendría a ser el ilimitado derecho a hacer nuestra real gana, por utilizar la hispánica expresión.

 

Solo la verdad puede hacernos libres, como lo enseña Jesucristo.

 

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Sobre la libertad, a la cual nos llama la gracia del Salvador, no debe hablarse de paso y negligentemente, dice San Agustín. Consejo de hombre de tanta autoridad intelectual no es bueno que caiga en saco roto.

 

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"Obras todas del Señor, bendecid al Señor".-

Los animales son criaturas de Dios, que los rodea de su solicitud providencial (cf Mt 6, 16). Por su simple existencia, lo bendicen y le dan gloria (cf Dn 3, 57-58). También los hombres les deben aprecio. Recuérdese con qué delicadeza trataban a los animales san Francisco de Asís o san Felipe Neri.

 

“Alegraos en el Señor siempre; lo repito: alegraos. Que vuestra bondad sea notoria a todos los hombres. El Señor está cerca. No os inquietéis por cosa alguna, sino más bien en toda oración y plegaria presentad al Señor vuestras necesidades con acción de gracias. Y la paz de Dios, que sobrepasa toda inteligencia, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús. Por lo demás, hermanos, considerad lo que hay de verdadero, de noble, de buena fama, de virtuoso, de laudable; practicad lo que habéis aprendido y recibido, lo que habéis oído y visto en mí, y el Dios de la paz estará con vosotros.” San Pablo en su carta a los Filipenses 4, 4-9vs.

 

¡Hoy la tierra y los cielos me sonríen
hoy llega hasta el fondo de mi alma el sol
hoy la he visto... la he visto y me ha mirado
Hoy creo en Dios!

 

¡Que tu conducta nunca de motivos de injustificada inquietud a la creación, de la que tú eres el rey!

 

Dijo Dios: «Produzca la tierra animales vivientes según su especie: ganados, reptiles y bestias salvajes según su especie». Y así fue. Dios hizo las bestias de la tierra, los ganados y los reptiles campestres, cada uno según su especie. Vio Dios que esto estaba bien. Gen. 1, 24-25

 

“Desde ahora me llamarán dichosa todas las generaciones” Biblia. Evangelio según San Lucas Cap.1º vs. 48. La Iglesia, hace XXI siglos fundada por Tu Hijo, te alaba, ¡Oh Madre plena de dicha y felicidad!

 

 

Gracias por venir a visitarnos


VERITAS OMNIA VINCIT

LAUS TIBI CHRISTI.

 

Recomendamos vivamente:

1º ‘CÓMO LA IGLESIA CONSTRUYÓ LA CIVILIZACIÓN OCCIDENTAL’. Ninguna institución ha hecho más para dar forma a la civilización occidental que la Iglesia Católica, y en modos que muchos de nosotros hemos olvidado o nunca sabido. Como la Iglesia construyó la civilización occidental es una lectura esencial para redescubrir esta relegada verdad. De un modo senillo y muy atractivo. 2007.

Autor: Thomas E. WOODS Jr.-Editorial: CIUDADELA. 


Debido a la existencia de páginas excelentes sobre apologética y formación,  lo que se pretende desde aquí es contribuir muy modestamente y sumarse a los que ya se interesan por el Evangelio de Cristo de manera mucho más eficaz.

 

Aspiramos a superarnos, a corregirnos, a hacer bien lo que todavía hacemos mal, a dejar de hacer mal lo que ya deberíamos hacer mejor que nadie. Tenemos aún muchos defectos, y por ello pedimos públicamente disculpas a nuestros lectores.

 

Compendio del Catecismo de la Iglesia católica
La fe de los sencillos - Una síntesis fiel y segura del Catecismo de la Iglesia católica. Contiene, de modo conciso, todos los elementos esenciales y fundamentales de la fe de la Iglesia. 2005.
¡No falte en el bolsillo de cada cristiano para aprenderlo!

Creer, celebrar, vivir y orar, esta y no más es la fe cristiana desde hace 2000 años, enseñada por la Iglesia Católica sin error porque Cristo la ilumina y sólo Él la guía. 


.La misión prioritaria que el Señor os confía hoy, renovados por el encuentro personal con él, consiste en testimoniar el amor de Dios por el hombre. Estáis llamados a hacerlo ante todo con las obras del amor y las opciones de vida a favor de las personas concretas, comenzando por los más débiles, frágiles, indefensos, no autosuficientes, como los pobres, los ancianos, los enfermos... (A la asamblea del segundo congreso eclesial de Aquilea, 7 de mayo 2011). Benedicto PP. XVI.  +

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'JESUCRISTO PADECIÓ BAJO EL PODER DE PONCIO PILATO,
FUE CRUCIFICADO, MUERTO Y SEPULTADO'
Evangelio según San Lucas, Cap.3, vers.1º: El año decimoquinto del reinado del emperador Tiberio, cuando Poncio Pilato gobernaba la Judea, siendo Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Felipe tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene…

Crucifixión de San Pedro: fue crucificado al revés cabeza abajo - Pergamino con San Pedro en cruz invertida, de Maguncia- Alemania; entre el 900 y el 1000ca. - Museo Diocesano de la Catedral Maguncia (Mainz) Alemania - Pedro en su cruz, invertida. ¿Qué significa todo esto? Es lo que Jesús había predicho a este Apóstol suyo: "Cuando seas viejo, otro te llevará a donde tú no quieras"; y el Señor había añadido: "Sígueme" (Jn 21, 18-19). Precisamente ahora se realiza el culmen del seguimiento: el discípulo no es más que el Maestro, y ahora experimenta toda la amargura de la cruz, de las consecuencias del pecado que separa de Dios, toda la absurdidad de la violencia y de la mentira. No se puede huir del radicalismo del interrogante planteado por la cruz: la cruz de Cristo, Cabeza de la Iglesia, y la cruz de Pedro, su Vicario en la tierra. Dos actos de un único drama: el drama del misterio pascual: cruz y resurrección, muerte y vida, pecado y gracia.

La maternidad divina de María – Catecismo de la Iglesia
495 Llamada en los Evangelios 'la Madre de Jesús'(Jn 2, 1; 19, 25; cf. Mt 13, 55, etc.), María es aclamada bajo el impulso del Espíritu como 'la madre de mi Señor' desde antes del nacimiento de su hijo (cf Lc 1, 43). En efecto, aquél que ella concibió como hombre, por obra del Espíritu Santo, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el Hijo eterno del Padre, la segunda persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre de Dios [Theotokos] (cf. Concilio de Éfeso, año 649: DS, 251).
La virginidad de María
496 Desde las primeras formulaciones de la fe (cf. DS 10-64), la Iglesia ha confesado que Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María únicamente por el poder del Espíritu Santo, afirmando también el aspecto corporal de este suceso: Jesús fue concebido absque semine ex Spiritu Sancto (Concilio de Letrán, año 649; DS, 503), esto es, sin semilla de varón, por obra del Espíritu Santo. Los Padres ven en la concepción virginal el signo de que es verdaderamente el Hijo de Dios el que ha venido en una humanidad como la nuestra:
Así, san Ignacio de Antioquía (comienzos del siglo II): «Estáis firmemente convencidos acerca de que nuestro Señor es verdaderamente de la raza de David según la carne (cf. Rm 1, 3), Hijo de Dios según la voluntad y el poder de Dios (cf. Jn 1, 13), nacido verdaderamente de una virgen [...] Fue verdaderamente clavado por nosotros en su carne bajo Poncio Pilato [...] padeció verdaderamente, como también resucitó verdaderamente» (Epistula ad Smyrnaeos, 1-2).

El acontecimiento histórico y transcendente – Catecismo de la Iglesia
639 El misterio de la resurrección de Cristo es un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas como lo atestigua el Nuevo Testamento. Ya san Pablo, hacia el año 56, puede escribir a los Corintios: "Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce: "(1 Co 15, 3-4). El apóstol habla aquí de la tradición viva de la Resurrección que recibió después de su conversión a las puertas de Damasco (cf. Hch 9, 3-18).
El sepulcro vacío

640 "¿Por qué buscar entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado" (Lc 24, 5-6). En el marco de los acontecimientos de Pascua, el primer elemento que se encuentra es el sepulcro vacío. No es en sí una prueba directa. La ausencia del cuerpo de Cristo en el sepulcro podría explicarse de otro modo (cf. Jn 20,13; Mt 28, 11-15). A pesar de eso, el sepulcro vacío ha constituido para todos un signo esencial. Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección. Es el caso, en primer lugar, de las santas mujeres (cf. Lc 24, 3. 22- 23), después de Pedro (cf. Lc 24, 12). "El discípulo que Jesús amaba" (Jn 20, 2) afirma que, al entrar en el sepulcro vacío y al descubrir "las vendas en el suelo"(Jn 20, 6) "vio y creyó" (Jn 20, 8). Eso supone que constató en el estado del sepulcro vacío (cf. Jn 20, 5-7) que la ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana y que Jesús no había vuelto simplemente a una vida terrenal como había sido el caso de Lázaro (cf. Jn 11, 44).