Friday 26 May 2017 | Actualizada : 2017-03-29
 
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Visión objetiva: Con frecuencia en los análisis históricos se peca de falta de objetividad por juzgar con valores actuales los sucesos del pasado. Esto no significa relativizar el juicio valórico de los sucesos, sino extirpar ciertos moralismos actuales que no son reales, que suponen una "moral" moderna y postmoderna que juzga enloquecidamente las cosas. Desde una perspectiva objetiva tenemos que condenar sin reserva los errores ocurridos en l período analizado, pero sin rasgar vestiduras por la "monstruosa" noticia del descubrimiento y civilización europea en América, maldiciendo la hora en que se produjo al estilo del cuestionado activista verde Jacques Cousteau quien declaró en 1992 que la llegada de la Colón a América "fue un desastre peor que la lluvia de meteoritos que acabó con los dinosaurios en la prehistoria".

Aquí la premisa tribalista de "cada uno en su tierra sin invadir otra" queda desvanecida por el absurdo ante el dinamismo y realidad de la historia. Toda civilización es el fruto de una mezcla frecuentemente nada pacífica. La misma epopeya del Pueblo de Dios suponía conquistar una tierra prometida ocupada por tribus locales. Los mismos europeos provienen de invasiones y nuevas invasiones que mezclaron sus sangres e hicieron nacer las distintas culturas que dan alma al Viejo Mundo.

 

 

 

ESPAÑA 1492 - Comprendiendo la cultura en que se gestó, llegaremos a una visión más equilibrada para cualificar la gesta hispánica ¡el descubrimiento de América!  

 

HISTORIA - Para adentrarse en la época de la gran gesta hispánica [1492-1592] y analizar la magnitud del descubrimiento, es necesario penetrarlo estudiando el contexto histórico; solo así podremos llegar a un discernimiento moderado y con el sentimiento sano del deber o de una conciencia objetiva. Con este objetivo presentamos tantos temas y acontecimientos -aparentemente- en discontinuidad.

 

Para no caer en el anacronismo, es necesario tener la humildad y la inteligencia de leer los hechos del pasado no con las categorías mentales de hoy, más, dentro el marco histórico temporal en que se efectuaron. 

 

Al igual que ocurre con cualquier otra expresión de la mente humana, quizás la objetividad plena es imposible, pero lo que se le pide a cualquier intelectual honrado es que, cuando menos, haga el esfuerzo de buscarla, tenga la valentía de acercarse serena y responsablemente al mayor grado de objetividad histórica posible.

 

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TRATADO DE TORDESILLAS.
Una línea divisoria, a 370 leguas al Oeste de las islas de Cabo Verde, marcó la  frontera imaginaria que permitió a Portugal la conquista de Brasil, y ratificó a España
como potencia colonial.

 

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Los historiadores distinguen tres inquisiciones: la medieval, ejercida por los obispos locales, o por la Santa Sede con carácter puntual y esporádico (por ejemplo, la Cruzada contra los Albigenses); la española (y más tarde, por imitación, la portuguesa), creada a finales de 1400 por los Reyes Católicos con el beneplácito y bulas papales, con actuación restringida al territorio de la Corona española (y Portuguesa), o sea, también en América y en los territorios europeos (en particular italianos) dependientes de ella; y una tercera inquisición, la romana, la más moderna, fundada por el Papa Pablo III en 1542 e inspirada en el modelo centralista español, pero con ámbito teóricamente universal.

Y permanecen todas las otras ‘inquisiciones’ ejercidas por poderes - político como religioso - a ejemplo, la protestante, tan cruel en algunas zonas de Europa.. 

 

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¿Quién ignora, que son innumerables las personas de uno, y otro sexo, a quienes contiene, para que no suelten la rienda a sus pasiones el temor del qué dirán? Este temor ya no subsistirá en el caso de que no haya murmuradores en el mundo, que son los que dicen, los que hablan, y aun los que acechan los pecados ajenos. Luego esos innumerables de uno, y otro sexo, faltando el freno de la infamia, o descrédito a que los expone la murmuración, desenfrenadamente se darán a saciar sus criminales pasiones.

 

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06.IX.1492 – Colón emprende desde la isla de Gomera la última etapa de su primer viaje hacia el descubrimiento de América.

 

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1492, 15 de junio en España, los Reyes Católicos aprueban la capitulación para enajenar los bienes que habían cedido a Boabdil y los que antes poseía, en la suma de 80.000 ducados.


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06.IX.1522 – Tras dar la primera vuelta al mundo en barco, llegan a Sanlúcar de Barrameda (Cádiz) Juan Sebastián Elcano y 16 hombres más, únicos supervivientes de la expedición de Magallanes.

 

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Beatificación de Isabel la Católica y los judíos

 

 

Zenit, 03.IV.2003 - Luis Suárez

 «La beatificación de Isabel la Católica sería muy importante para las relaciones entre Europa y América». Entrevista a Luis Suárez, historiador y testigo en el proceso de beatificación.

 

MADRID, 3 abril 2003 - Luis Suárez, miembro de la Real Academia de la Historia y Premio Nacional de Historia 2002, está reconocido internacionalmente como un profundo conocedor de la reina Isabel la Católica.

El próximo 22 de abril participará en el acto homenaje organizado por la Comisión «Isabel la Católica" para impulsar su Causa de Beatificación, que se realizará en la Casa de América de Madrid. La redacción de Zenit ha conversado con el historiador

--¿Por qué Isabel la Católica es una figura histórica tan controvertida, con defensores y detractores declarados?

--Luis Suárez: Yo no lo sé, a mí me sorprende también que ocurra una cosa así. En otros países no habría la menor duda, pero a mí me da la impresión de que influyen dos cosas fundamentales: Isabel iza la unidad española y ya estamos viendo que hay personas a quienes esto molesta, desearían que España volviera otra vez a la prehistoria o a la época de los arévacos, y naturalmente ésta es una de las razones; la otra es porque Isabel, como su título oficial (que no es un apodo) indica, hizo del catolicismo la clave fundamental para el reconocimiento de los derechos humanos en España y en América, y hoy el catolicismo también es objeto de debate que influye indirectamente en esta figura.

El hecho de que se expulsara a los judíos de España, yo diría mejor, se prohibiera la práctica del judaísmo (porque el judío que se convertía no se debía marchar) también ha creado un ambiente negativo en torno a su persona, porque no se tiene en cuenta que esta medida fue una medida general en Europa, y que España en realidad fue la última en aplicarla, y lo hizo cuando ya no quedaba otro remedio, cuando las presiones desde fuera eran sumamente fuertes. Pero no hay ninguna figura europea, de las que tanto nos vanagloriamos ahora, a quien no puedan atribuírsele errores, como fue éste el caso, un error no particular de los gobernantes de España, sino de toda la cristiandad occidental, en todos los reinos; el judaísmo estaba prohibido desde mucho tiempo atrás en Inglaterra y en Francia, en Nápoles, y prácticamente en toda Europa, sólo quedaban algunos pequeños lugares, muy pocos en donde se autorizase, por consiguiente es la norma general. No veo otras razones ni otros motivos para esta controversia.

--¿No cree que también en torno al papel de la reina en la conquista de América existe esta controversia?

--Luis Suárez: Bueno, la conquista de América fue una de las cosas mejores que se pudieron hacer nunca. La reina no conquista América, la descubre, es la primera en muchos siglos que reconoce que los habitantes de América son hombres como los demás, que han sido redimidos por Cristo y tienen que ver reconocidos sus derechos humanos. Sin esta postura de Isabel la Católica no se habría llegado a la Constitución de los Estados Unidos, que repite prácticamente lo que ella dijo, que Dios nos ha hecho a todos libres, iguales y en búsqueda de la felicidad, y ése es su testamento.

Por eso en América no hay una oposición, al contrario, existe un poco la actitud opuesta de decir «pero bueno, cómo esos europeos pueden ser tan ciegos que no se den cuenta de que aquello fue el gran momento». Luego, por razones políticas siempre hay gente que empieza a hablar de las atrocidades que se cometieron. América en el siglo XVII es un oasis de paz al lado de lo que es Europa; Europa vivía por, para y en la guerra, una guerra, la de los 30 años, que alcanzó niveles de crueldad nunca antes imaginados; en América, la guerra era una palabra casi desconocida; naturalmente que había delitos, como en todas partes; eso es inseparable del hombre.

--Como investigador y profundo conocedor de la reina ¿qué rasgo destacaría de su personalidad, a nivel de política, de madre y de reina? En general, ¿qué virtudes y qué defectos ha visto al estudiar este personaje?

--Luis Suárez: Yo creo que Isabel fue mujer antes que reina. Y aplicó el sentido de la feminidad, la intuición, el afecto, la capacidad comprensiva, a todas sus empresas. Es verdad que tuvo la suerte de contar a su lado con un rey como Fernando, que en algunos aspectos la superaba, en otros no, y que hubo entre ambos un entendimiento tan completo que no se puede hablar de una política de uno y de una política de otro, pero lo que establece de una manera clara Isabel es el derecho de la mujer a reinar.

En España no se había producido como en Francia una negativa tan rotunda al reconocimiento de los derechos de las mujeres, pero estos derechos eran más para ser transmitidos a los hijos o a los maridos que para ser ejercidos por ellas mismas. Isabel establece el principio contrario: no hay diferencia en cuanto a la capacidad de gobierno entre hombre y mujer, y así educa a sus hijas, y así procede ella misma también.

Luego, Isabel fue muy consciente de una doctrina heredada de la Edad Media, según la cual todos los poderes del Estado y toda la legislación tienen que someterse al orden moral; éste está por encima de cualquier otra consideración, es lo que ella está procurando mostrar en todo momento; por ejemplo, hablábamos antes de cuando se toma la decisión de prohibir el judaísmo, pues hay una preocupación que no había habido en los otros reinos de Europa, hay una preocupación de que los judíos dispongan de un plazo para decidir, y además, tengan disponibilidad de todos sus bienes para que nadie pudiera decir que había un perjuicio material en lo que entonces se consideraba como un beneficio moral, que es la unidad religiosa.

Aparte de esto, ella mostraba en su actitud diaria una enorme comprensión ante las debilidades de los demás. En el testamento aparece constantemente esta preocupación: rectificar los daños que hayamos podido causar, reparar todo. Una mujer y un marido, porque yo aquí no veo diferencia entre uno y otro, que al término de una guerra civil son capaces de eliminar toda clase de represalias y de pactar con aquellos que estuvieron sublevados en su contra y les negaban, para garantizarles que no van a sufrir perjuicio ninguno, sino que van a seguir desempeñando las funciones sociales y el nivel que hasta entonces ocupaban, eso es un ejemplo de primera categoría, y eso lo logran; por eso es una guerra civil que se cierra sin resentimientos, cosa muy difícil, porque lo normal en las guerras civiles es que se creen resquemores que afloran incluso a veces después de décadas muy largas; ella lo evita.

Ella tiene por ejemplo la intuición, a pesar de todos los informes en contra, y los informes tenían razón (Colón estaba diciendo que iba a llegar a China, y era imposible llegar a China), que le permite patrocinar la empresa pensando «algo se podrá encontrar»; esa intuición es uno de los rasgos verdaderamente importantes.

Luego yo veo otro rasgo también: la confianza que tenía en algunas personas no fue desmentida en ningún momento, es decir, los colaboradores duran hasta el final de su vida; es capaz además de mostrarles un enorme afecto.

--Esto confirma su gran intuición...

--Luis Suárez: Indudablemente ella sabía muy bien elegir a la gente, porque se guiaba más bien por el carácter de la persona que por otra cosa. Por eso claro, le rodea gente que siente hacia ella un afecto sin límites, sienten por la reina una adhesión que sin embargo se mueve en el terreno de la lealtad y no de la fidelidad; en la Castilla de entonces se hacía muy bien la diferencia entre estas dos palabras, fiel es el que sigue al señor sin preguntarse por la justicia de su causa, leal es aquel que procura que el señor no vaya a cometer injusticia.

Isabel quiere rodearse de leales, de gente que como don Fernando de Talavera en determinado momento le puede decir «Señora, por aquí no, esto no, es una equivocación»; gente como Cisneros, que la primera vez que le administra el sacramento de la Penitencia le dice «de rodillas», y la reina se pone de rodillas; según la vieja costumbre, los reyes se confesaban sentados, pero Isabel no.

Es muy difícil decir muchas más cosas de éstas. Por ejemplo, ella se siente portuguesa por su madre, indudablemente habla portugués, en un momento en que las relaciones entre Portugal y Castilla desembocan hasta en una guerra, su empeño siempre es volver a restablecer esa amistad, y lo consigue claro, al final es como si Castilla y Portugal fuesen una misma y sola cosa.

Hay que ver lo que es el Tratado de Tordesillas, el mayor modelo de concordia que se puede establecer entre dos países, en un momento en que se estaba jugando el destino del mundo, y sin embargo ellos se sientan en torno a una mesa para intentar compaginar los intereses de unos y otros a fin de que todos quedaran conformes, y eso se hace; eso no se había dado nunca y pocas veces se dará después; eso es un sueño que tienen los Estados. Del Tratado de Tordesillas nacen las bulas en relación con América diciendo «eso no es un imperio, eso no son colonias».

Es un error decir que España tuvo un imperio, un error gravísimo, a mí me indigna cada vez que alguien lo dice; España no tuvo colonias, tuvo reinos y tuvo ciudadanos al otro lado del mar. Para hacer trampa con esta situación, los grandes propietarios, siglos después, tuvieron que comprar negros ya esclavos en África para poder introducir allí esa servidumbre a la que aspiraban, porque las leyes de Castilla se lo impedían radicalmente: ningún indio podía ser esclavo.

Eso es esa mujer, esa mujer que una vez le escribe al marido una carta; el marido ha sufrido un atentado y está grave y le dice «acuérdate de que tenemos que rendir cuentas ante Dios, y las cuentas que nos va a pedir a nosotros, los reyes, son mucho más estrechas que las que pide a ninguno de nuestros súbditos».

--Respecto a la causa de beatificación de Isabel la Católica, ¿qué importancia tendría para usted que la Iglesia la declarara oficialmente beata?

--Luis Suárez: No me cabe la menor duda de que la beatificación de Isabel sería en estos momentos un dato muy positivo en relación con esa comunicación que hay entre Europa y América, porque supondría tanto como reconocer que América --me refiero a la América hispánica, portuguesa (eso que ahora los franceses quieren que llamemos América latina, no entiendo muy bien por qué)-- tiene un marchamo de nobleza y de dignidad. Utilizando una frase del Papa, sería convertir en oficial esa afirmación de que ninguna obra ha hecho Europa tan importante como la creación de las naciones americanas, en las que está además el futuro, y eso se debe al empeño de España de llevar allá lo que tenía de más valor: el cristianismo.

Yo siempre digo que España no llevó a América más que dos cosas, el caballo y el Padrenuestro; pero el caballo es el sentimiento de la caballería, es el respeto a la palabra dada, es el cumplir con la realidad; el Padrenuestro es amar al prójimo como a uno mismo, ni más ni menos. Y a mí me parece que la beatificación de Isabel vendría a ser como el marchamo oficial a decir «todo esto es lo que verdaderamente se ha hecho; pongan ustedes los defectos que les dé la gana, pero ahora, lo que tienen al otro lado del mar es un mundo que se está preparando para tomar las riendas en el siglo XXI, en él está el futuro».

--De alguna manera ¿este reconocimiento oficial dejaría sin ningún tipo de credibilidad la leyenda negra?

--Luis Suárez: Claro, indudablemente. La leyenda negra no es más que un vehículo de propaganda, explicable, en un momento de guerra terrible en Europa, porque no se refería a América al principio, sino a Europa, en un momento terrible porque hay que poner en marcha todos los recursos de los que uno dispone para destruir al adversario, y uno de los recursos es precisamente ese. A ello estamos asistiendo constantemente; no hay guerra en donde al enemigo se le presente de otra manera que como la encarnación del diablo o algo así.

Indudablemente despejaría el aspecto más esencial de esa leyenda negra, aquél que recogió una vez un artículo de la Enciclopedia en Francia (que explica que se prohibiese la venta del libro en España) en donde el autor llegaba a la conclusión de que si España no hubiera existido no se habría perdido nada; vendría a ser como decir, gracias a que España existió está todo eso ahí. Si España no hubiera existido ,¿existiría Viena? Tal vez no. ¿Existiría el catolicismo francés o italiano? Tal vez no. ¿Existirían las naciones americanas con lo que tienen hoy de profundos valores humanos? Seguramente no. Yo siento cuando he ido a América una gran emoción y un enorme afecto, porque uno allí se siente en casa, y hay que ver lo que eso significa.

--¿Usted forma parte de la comisión Isabel la Católica que se ha creado para impulsar la causa de beatificación?

--Luis Suárez: Yo fui testigo en el proceso, por eso estoy bajo juramento que prohíbe repetir lo que dije entonces. Ahora formo parte de la Comisión que funciona en Valladolid, bajo la presidencia del señor arzobispo.


--De cualquier forma, si se la beatifica, va a ser fundamentalmente por su conducta moral ¿Qué aspectos religiosos de la reina, de su piedad, de su espiritualidad, ha visto en sus investigaciones?

--Luis Suárez: La caridad. Sobre todo la caridad. Piense por ejemplo en los hijos ilegítimos de la mujer de Enrique IV, Pedro y Andrés; ella los recoge, los educa y los cuida. Cuida también de los ilegítimos de su marido, cuida de los hijos del cardenal Mendoza, y siente hacia todos ellos una obligación de afecto que va más allá del simple ejercicio de la caridad.

Una vez que fray Hernando de Talavera le criticó por esta conducta diciendo «da la impresión de que usted está legitimando el fruto del pecado», ella respondió que lo importante era evitar que esas almas se perdieran, y llamando a uno de los niños, hijo del cardenal Mendoza, le gastó una broma a fray Hernando y le dijo: «¿verdad que son muy bellos los pecados de mi cardenal?». ZENITESPAÑA03040313

 

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San Pablo se mostraba particularmente atento a los errores surgidos de los intentos de judaización de la Iglesia por obra de los cristianos nacidos judíos. "Temo, que inutilicéis todo cuanto habéis hecho por la fe cristiana", les decía (Act. XXI, 20-26). Inmerso en el más ardiente celo por amor de Dios y la salvación de las almas, su visión penetraba en el secreto de los corazones y se proyectaba más allá de las oscuridades de los tiempos.

 

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Judería: Conjunto de judíos referidos a un espacio. (Por ejemplo, la judería toledana).

Judaísmo: Religión, cultura y civilización de los judíos.

Judeidad: Conjunto ecuménico de los judíos.

Judaicidad: Características distintivas de los judíos según épocas u otras circunstancias.

 

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«Los judíos de España», ya que hubo habitantes de la Hispania romana que profesaban la religión judía incluso antes de Jesucristo, razón por la cual el apóstol Santiago viajó hasta Iria Flavia para explicar la nueva doctrina. Recuérdese que hasta que san Pablo no universalizó el cristianismo, éste se predicaba predominantemente en las sinagogas. La historia de España es indisociable, pues, de la historia de los judíos: catalanes, castellanos o gallegos, cristianos y judíos, todos tenemos las mismas raíces, a pesar de este nacionalismo postmoderno y de la limpieza lingüística.

El paso de los árabes y de su religión muslímica por España es algo muy distinto. Se trata de la historia de unos invasores que impusieron sus costumbres y creencias, con más o menos violencia, dependiendo de las épocas y de la resistencia encontrada, y que jamás se asimilaron a los pueblos que fueron dominando. De hecho, desde la conquista de Granada y posterior expulsión no quedó ni rastro de ellos a excepción de la arquitectura, deslumbrante en ocasiones, y de una cultura rica y florida a veces, pero sin arraigo en nuestra tradición. Sólo en las postrimerías del siglo XX se inicia un resurgir de la religión islámica, en su interpretación más brutal, debido al masivo fenómeno migratorio y al apoyo económico de las monarquías árabes «hermanas». Los árabes llegaron, conquistaron un territorio, impusieron sus costumbres y fueron expulsados. Nunca se asimilaron. Los judíos, en cambio, no llegaron nunca, sino que Sefarad era su tierra. Y es muy probable que el proceso de conversión de los habitantes de la Península se iniciase desde las mismas sinagogas, como en el resto del Imperio.

 

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"Los residuos de la leyenda negra",

 

El Mundo, 02.III.2000 – Dr. César VIDAL.

 

La leyenda negra constituye uno de los fenómenos propagandísticos que ha contado con un mayor éxito a lo largo de los siglos. La misma -en sus diversas versiones- consiste en pintar en tonos siniestros el pasado español como una cadena inacabable de muestras de intolerancia y oscurantismo, algunos de cuyos eslabones más destacados serían la expulsión de los judíos y de los musulmanes, la persecución de los disidentes o la opresión de los indígenas americanos. Para no pocos autores -generalmente de origen anglosajón- tales baldones definen supuestamente una manera de ser muy española y apuntan incluso a una vena racista que nos caracteriza de manera lúgubre como pueblo.

Comprensible políticamente en una época en que los piratas ingleses y holandeses asaltaban los galeones españoles que venían de las Indias o en que Gran Bretaña y EEUU deseaban acabar con el imperio español de ultramar, hoy en día la leyenda negra resulta inaceptable no sólo porque determinadas rivalidades nacionales deberían ser cosa del pasado sino, fundamentalmente, porque se asienta sobre una acumulación interesada de tergiversaciones históricas. Permítaseme detenerme al respecto en algunos aspectos concretos.

El primero es el del antisemitismo español. Que la expulsión de los judíos en 1492 -instada por el judío converso Torquemada en contra de la opinión original de los Reyes Católicos- fue un drama de enormes dimensiones es innegable. Sin embargo, jamás puede utilizarse como argumento para cargar sobre España el antisemitismo de toda Europa. Las matanzas de judíos acontecidas en Francia y Alemania en 1096 con ocasión de la primera cruzada carecieron de parangón español y no son pocos los casos, como en vísperas de las Navas de Tolosa, en que los caballeros españoles protegieron a sus compatriotas judíos del antisemitismo de los franceses y demás extranjeros que acudían a España a combatir contra el islam. Tampoco comenzaron en España las disputas antitalmúdicas, sino en Francia en 1240, impulsadas por un judío converso llamado Nicolás Donín. Cuando en 1263 el judío Najmánides se vio inmerso en Barcelona en una controversia semejante gozó de una libertad de argumentación absolutamente impensable para un correligionario suyo al norte de los Pirineos. La acusación vergonzosa de crimen ritual contra los judíos tampoco surgió en España, sino en la inglesa Lincoln, con ocasión de un episodio absolutamente bochornoso, y el primer cargo contra los judíos por profanar una hostia consagrada tampoco se dio en nuestro suelo sino en una localidad cercana a Berlín en 1243. Ni siquiera fue España la primera en expulsar a los judíos. En 1290 se decretó su expulsión total de Inglaterra, en 1306 de Francia aunque había sido precedida por otras parciales, durante el siglo XIII de diversas zonas de Alemania y todavía en 1519 se produjo la expulsión de Ratisbona. Sí hubo empero una diferencia entre estos episodios y el español, la de que los judíos -procedentes en no pocos casos de otros países europeos- la sintieron más porque precisamente en Sefarad habían vivido una edad dorada que no tuvo equivalencia en ningún otro lugar del mundo.

Si es cierto que la política de expulsiones fue terrible, no lo es menos que España no fue la única nación que la llevó a cabo, ni la primera ni tampoco la más cruel. Sí es, hasta donde yo sé, la única que públicamente ha pedido perdón a varios siglos de distancia por esos hechos. Algo muy similar puede decirse en relación con sus tratos con el islam. En una Europa que recibe pacífica y anualmente centenares de miles de musulmanes puede parecer políticamente correcto condenar a la España de la Reconquista, pero semejante conducta constituye un error histórico de bulto. Ha sido precisamente Paul Fregosi, un autor no español, el que ha señalado recientemente en su libro Jihad el peligro que el avance musulmán supuso para Occidente durante siglos. Basta leer las fuentes cristianas y musulmanas del periodo de la Reconquista para percatarse de que la supuesta convivencia entre las tres religiones no pasa de ser un mito y que la situación de las poblaciones sometidas al islam fue extraordinariamente dura. Como ha indicado Fregosi muy acertadamente, sin el papel de naciones como España y, en menor medida, Rusia, Occidente se habría visto anegado ante el impulso de las oleadas de los fundamentalistas islámicos de origen norteafricano o de los turcos. Para los que vivieron esos episodios, los españoles que combatieron defendiendo Viena contra los otomanos, que frenaron a los hombres de la Sublime Puerta en Lepanto o que sofocaron la sublevación de los moriscos de las Alpujarras en connivencia con el avance turco en el Mediterráneo y la conquista de Chipre no eran bárbaros racistas e intolerantes, sino protectores de una cultura que se veía a punto de ser aplastada por la violencia de la media luna.

Sin duda, en la lucha contra el islam se cometieron abusos pero, con todo, no se registraron ni las escenas de barbarie que los cruzados franceses, alemanes o ingleses cometieron en Tierra Santa ni se debieron a un racismo supuestamente característico de los hispanos. Este comportamiento español -desde luego no peor que el de otras naciones europeas de la época- quedó también de manifiesto durante la conquista de América. El 27 de diciembre de 1512, por ejemplo, se promulgaron las Leyes de Burgos, también conocidas como Ordenanzas dadas para el buen regimiento y tratamiento de los indios. A estas normas se añadieron otras cuatro leyes más, dictadas el 28 de julio de 1513 en Valladolid. Con ellas, se intentaba defender a los indígenas de los abusos siguiendo la línea de una pléyade de personajes como Fray Bartolomé de las Casas y se disponía el descanso de 40 días después de cinco meses de trabajo; su alimentación con carne; la prohibición del trabajo de las embarazadas; etc. Estas normas -al igual que otras- se cumplieron mejor o peor según las circunstancias, pero la intención de la Corona española no podía resultar más evidente. Por otro lado, una vez más, se trató de una conducta sin paralelo en otras naciones europeas. William Bradford, uno de los ingleses pertenecientes a los Padres Peregrinos de EEUU, describió, por ejemplo, de manera bastante realista los sentimientos de entusiasmo que el exterminio de los indios que los habían ayudado a sobrevivir a su llegada a América despertó en los colonos diciendo: «Fue una terrible visión contemplarlos friéndose en el fuego y los ríos de sangre que apagaban éste, y lo horrible que eran la peste y el olor que salían; pero la victoria pareció un dulce sacrificio, y dieron la alabanza por ello a Dios, que había actuado de una manera tan maravillosa en su favor, encerrando a sus enemigos en sus manos y dándoles una victoria tan rápida sobre un pueblo tan orgulloso e insolente».

En los siglos siguientes, los anglosajones llevarían a cabo una política consciente de exterminio de las etnias indígenas americanas, política defendida por personajes tan diversos como el autor de El mago de Oz o Theodore Roosevelt. En el curso de ese proceso incluso se realizó el primer ensayo de guerra química al entregar a los indios mantas contaminadas con viruela para que murieran con más rapidez. No debería extrañar, por ello, que, según su propia confesión, Hitler encontrara inspiración para parte de la política nazi contra los judíos en el ejemplo de la mantenida por los norteamericanos contra los indios. En ambos casos se perseguía el exterminio de una raza con fines de expansión territorial y económica y se tenía la convicción de obedecer a un destino providencial y racialmente superior.

Podríamos ampliar los ejemplos para dejar de manifiesto el carácter ahistórico, tendencioso y parcial de la leyenda negra recordando, por ejemplo, que Enrique VIII, padre del cisma anglicano, y su hija María ejecutaron a más protestantes que la Inquisición española o haciendo referencia a regímenes totalitarios de este siglo que ni nacieron ni arraigaron en España. Sin embargo, creo que los casos citados bastan para ilustrar lo afirmado ya. No se trata de ocultar dramas del pasado que no deberíamos olvidar jamás ni tampoco de cerrar los ojos a realidades que resultan incipientemente inquietantes en España y más cuando se observa como se desarrollan en otros países de nuestro entorno. Se trata más bien de ser equilibrados y veraces en los juicios históricos, y de no caer en etnicismos condenadores forjados en el pasado. Sólo esa conducta nos permitirá de manera sensata y democrática abordar las tareas del presente y los retos del futuro.

César Vidal - 2000

 

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De todos es sabido que el cosmos cultural y político hispano que concluyó la Reconquista tomando Granada o que envió carabelas al descubrimiento de un nuevo camino hacia las Indias, fue el mismo que optó por expulsar a los judíos del suelo español porque consideraba que no había lugar para ellos. Se sumaba así a una corriente por la que navegaba la política europea desde hacía más de dos siglos y que en el caso español contaba con razones que nunca han sido del todo aclaradas.
Abraham Seneor optó, como muchos otros judíos, por la conversión, una conversión que pudo obedecer, como señala la novela, a motivos diversos entre los que podría incluirse el deseo de disminuir el golpe descargado sobre la comunidad judía pero de entre los que no puede excluirse la convicción de la superioridad de la cultura en la que estaban inmersos. Época convulsa y no siempre bien comprendida -cuando no claramente manipulada- el libro de Enrique de Diego intenta reflejarla, y abunda en detalles sabrosos en esa tarea, desde la perspectiva de un mundo en el que la lucha por la libertad y la pluralidad han obtenido la victoria siquiera moral y una legitimidad que en el pasado fue violentamente discutida.
Enrique de Diego, El último rabino, Zaragoza, Aneto, 299 páginas. 8 euros.

 

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¿Judíos que combatieron por Hitler?

 

El antisemitismo no es una ideología reciente. Existen rastros de ella en el Antiguo Egipto y tuvo una presencia considerable en el mundo clásico. Pero no admite discusión que su peor forma fue la derivada del nacionalsocialismo alemán, que costó la vida a seis millones de judíos. Sin embargo, desafiando toda lógica, hubo no menos de ciento cincuenta mil judíos que sirvieron bajo la bandera de la cruz gamada.

 

El siglo XIX marcó un verdadero hito para los judíos alemanes. Tras recibir la emancipación social y política que derivaba del liberalismo, se produjo en el seno de las juderías germánicas un movimiento de asimilación que contaba con escasos antecedentes históricos. Entre 1800 y 1900 no fueron menos de setenta mil judíos los que se convirtieron al cristianismo en Alemania y Austro-Hungría y todo ello sin incluir a los que se limitaron a abandonar el judaísmo sin abrazar ninguna otra creencia religiosa. En torno a 1870, la fecha de creación del II Reich, incluso los judíos que seguían profesando el judaísmo eran profundamente nacionalistas. En 1890, el filólogo Hermann Steinthal llegaba a afirmar que “hoy podemos ser buenos judíos sólo si somos buenos alemanes y buenos alemanes sólo si somos buenos judíos”.

Sin embargo, con el cambio de siglo el número de matrimonios mixtos y de asimilados crecería considerablemente. El estallido de la Primera Guerra Mundial provocó también una corriente de entusiasmo patriótico entre los judíos y no deja de ser significativo que, junto con los austriacos de habla alemana, fueran la minoría que más lamentó la desaparición del imperio austro-húngaro de los Habsburgo o que constituyeran, en el caso del Reich alemán, un porcentaje muy elevado de los heridos en combate y condecorados por acción de guerra. Semejante resultado era lógico en la medida en que, como escribió un poeta judío en 1914, “seamos de alta o baja cuna, seamos judíos o cristianos, sólo existe un pueblo en nuestra tierra y juntos combatimos por el kaiser y el Reich”.

Por supuesto, la propaganda nacionalista posterior –y no sólo la hitleriana– desarrollaría la tesis de la puñalada por la espalda que había acabado con el II Reich y atribuiría tan ficticia situación a los judíos, pero la realidad histórica es que 30.000 judíos alemanes fueron condecorados durante la guerra y que 19.000 recibieron ascensos. El avance de un movimiento nacionalista como el nazismo provocó sentimientos muy encontrados entre la población judía de Alemania y Austria. La inmensa mayoría consideró que se trataba de un fenómeno pasajero frente al que no había que preocuparse en exceso porque la población germánica –la más culta del globo– acabaría repudiándolo. Un cierto porcentaje –especialmente judíos de ascendencia liberal o izquierdista– lo consideró activamente como un peligro real, pero tampoco faltaron los judíos, especialmente de ascendencia mezclada, que lo abrazaron con entusiasmo.

Hans Sander, por ejemplo, era en 1935 Sturmführer de las SA, así como miembro del partido nazi y receptor de la Medalla de oro del partido. Nazi entusiasta, Sander acabó recibiendo del propio Hitler un Deutschblüutigkeitserklärung –certificado de sangre alemana limpia– que le permitió no sólo ser considerado ario, sino servir incluso en el Ejército alemán como oficial. El certificado, expedido el 30 de julio de 1935 con la firma de Hitler, señalaba: “Apruebo su petición, en lo que a usted respecta personalmente, en consideración a su larga pertenencia al partido y su servicio digno de mención a nuestro movimiento. No existe razón por la que no debería usted permanecer en el partido o en las SA y retener su puesto de mando”. En realidad, esas razones existían y no eran otras que las propias leyes nazis, que privaban de la ciudadanía alemana no sólo a los judíos al cien por cien sino también a los que lo eran en parte e incluso a aquellos que siendo totalmente arios se hubieran convertido al judaísmo, lo que, dicho sea de paso, no dejaba de ser curioso para un antisemitismo que se pretendía fundamentalmente racial.

El caso de Sander no fue, desde luego, excepcional y, de hecho, no menos de 150.000 judíos sirvieron a las órdenes de Hitler. Por añadidura, en un porcentaje muy elevado obedeció a su propio deseo y obligó a un expediente previo que les permitiera combatir. Por ejemplo, el 30 de octubre de 1941, Hitler firmó un certificado de sangre alemana limpia a favor del teniente Ernst Prager, medio-judío, a fin de que pudiera incorporarse al servicio activo con un “status igual al de las personas de sangre alemana con respecto a las leyes raciales alemanas con todos sus derechos y obligaciones consiguientes”. Estos judíos, de acuerdo con las leyes nazis, llegaron a alcanzar incluso puestos de mando de relevancia. Por ejemplo, Ernst Bloch y Felix Bürkner fueron coroneles; Helmut Wilberg, general de la Luftwaffe; Paul Ascher, primer oficial de Estado mayor del almirante Lütjen en el famoso acorazado Bismarck; y los hermanos Johannes y Karl Zukertort, generales.

Por supuesto, el número de oficiales y suboficiales fue mucho mayor e incluyó al futuro canciller alemán Helmut Schmidt, que era un cuarto de judío y que llegó al grado de teniente de primera clase. La situación reviste un carácter aún más llamativo si se tiene en cuenta que en virtud de una orden de 8 de abril de 1940 se eximió de servir en el Ejército a todos los medio-judíos y que muchos de ellos se entregaron a un largo proceso para conseguir su readmisión en las unidades de combate. No sólo lo consiguieron, sino que obtuvieron numerosas condecoraciones militares por su valentía en el campo de batalla. Los ejemplos pueden, desde luego, contarse por docenas e incluyen al teniente judío Paul-Ludwig Hirschfeld condecorado con la medalla por heridas de guerra y la cruz de servicio militar con espadas, al capitán judío Edgar Jacoby, que recibió tres condecoraciones incluida la medalla por heridas de guerra; al medio judío Ernst Bloch, con cinco medallas incluida la cruz de hierro de primera clase; al Fedlwebel medio judío Wilhelm von Helmolt, con cuatro condecoraciones incluida la de heridas de guerra; al general medio judío Werner Maltzahn, con cuatro medallas incluida la cruz de servicios de guerra de segunda clase y un largo etcétera.

No pocos de ellos recibieron por añadidura certificados de sangre alemana limpia firmados por el propio Hitler. De hecho, la integración de estos judíos en el Ejército llegó a extremos tragicómicos. Por ejemplo, el medio judío Werner Goldberg, que era Gefreiter, fue presentado en una fotografía de propaganda del III Reich como “El soldado alemán ideal”. Tampoco faltaron los casos de judíos a los que se otorgó la plena ciudadanía aria por su cercanía con algún soldado alemán. Seguramente, el caso más conocido –aunque no el único– fue el del general y defensor de Berlín Gotthard Heinrici, que estaba casado con una medio judía. Legalmente, debería haberse divorciado pero logró para su esposa e hijos un certificado de sangre alemana limpia firmado por Hitler. ¿Cómo pudieron servir bajo el régimen antisemita de Hitler tantos judíos? Las razones son diversas.

Por supuesto, hubo casos en que la parte de sangre judía era aborrecida y se deseaba, sobre todo, aferrarse a la ascendencia aria. Sin embargo, éstos fueron, al parecer, excepcionales. En la mayoría de los casos, obedeció ciertamente a la convicción de ser alemanes por encima de todo. Por supuesto, el nazismo era antisemita, pero las deportaciones de judíos no comenzaron antes del inicio de la guerra y muchos creían –o querían creer– que el antisemitismo nazi se acabaría diluyendo como otros movimientos similares en el pasado. Mientras esperaban a que esto sucediera, la conducta normal era la de combatir a favor de la patria común. Semejante comportamiento puede parecernos disparatado ahora, pero tenía una enorme coherencia en la época. Baste pensar que cuando Hitler invadió la URSS en muchas aldeas y ciudades las poblaciones judías salieron a recibir a los alemanes como libertadores enarbolando la bandera del kaiser. Stalin les había ocultado lo que sucedía en el III Reich y aquellos judíos seguían identificando Alemania con la tierra de la emancipación que, bajo Guillermo II, tanto bien les había hecho. Según se desprende de los sorprendidos informes de los genocidas nazis, aquel comportamiento facilitó considerablemente la labor de exterminio en la URSS.

La siguiente pregunta que cabe formularse es cómo pudieron los judíos que lucharon por Hitler pasar por alto el Holocausto. Una vez más las respuestas son varias. En algunos casos, consideraron que ese conflicto no les concernía; en otros, durante algún tiempo no se supo nada, pero sobre todo a partir de 1942 su conocimiento era prácticamente general y más teniendo en cuenta que algunos de aquellos soldados fueron deportados como fue el caso del Obershütze medio-judío Rolf Schenk detenido en Buchenwald o el soldado medio-judío Werner Eisner que a pesar de ostentar la medalla por heridas de guerra fue enviado a Auchswitz. En su mayoría, los soldados judíos de Hitler optaron por el silencio convencidos de que las protestas sólo servirían para ser enviados también a un campo de exterminio. No obstante, también se produjeron excepciones. Por ejemplo, el medio-judío Ernst Prager que fue herido siete veces mientras combatía en el frente del Este mantuvo una entrevista con Eichmann para interceder por sus familiares. Dotado de un certificado de sangre alemana limpia y apoyado por algunos oficiales arios, Prager logró salvar de la muerte a su padre, que no fue deportado, y a su tío Stephan –un convencido converso al cristianismo además de entusiasta patriota alemán– que pasó la guerra en Theresienstadt y no en un campo de exterminio. Sin embargo, la suerte de la mayoría de sus familiares no fue tan afortunada.

El nazismo no estaba dispuesto, salvo de manera realmente excepcional, a dejar con vida a un grupo humano al que causó millones de muertos. Ésa era la amarga realidad que buen número de judíos –y de gentiles– no llegó a percibir durante años con resultados especialmente trágicos.

Por César Vidal - L.D. 2003

 

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JUDÍOS: Gregorio I P.P. (+ 604) recomendó el total respeto del derecho de los judíos y rechazó el principio del bautismo forzado. Otras eran las leyes que duramente coartaban la libertad de los judíos, desde el siglo III-IV.

En el periodo de las ‘cruzadas’ la persecución a los judíos fue de una perfidia particular, según al contexto histórico-antropológico de aquella época.

El IV Concilio del Laterano (1215) prohibió a los judíos poder ejercer funciones oficiales y obligó a llevar un signo de reconocimiento sobre las vestimentas. Habitaron en zonas cerradas, por decreto. A la fín del sc. XIII los judíos fueron expulsos de Inglaterra, a las fines del sc. XIV de la Francia, al inicio del sc. XV del Portugal y al final del mismo siglo, de la España; [en España, por ejemplo, las convivencias e intrigas con los moros, forzó la decisión de expulsión].

 

Lutero 1542/3:“En primer lugar, hay que quemar sus sinagogas o escuelas; y lo que no arda ha de ser cubierto con tierra y sepultado, de modo que nadie pueda ver jamás ni una piedra ni un resto”. En segundo lugar, “hay que destruir y desmantelar de la misma manera sus casas, porque en ellas hacen las mismas cosas que en sus sinagogas. Métaseles, pues, en un cobertizo o en un establo, como a los gitanos” En tercer lugar, “hay que quitarles todos sus libros de oraciones y los textos talmúdicos en los que se enseñan tales idolatrías, mentiras, maldiciones y blasfemias”. En cuarto lugar, “hay que prohibir a sus rabinos –so pena de muerte- que sigan enseñando”. En quinto lugar “no hay que concederles a los judíos el salvoconducto para los caminos, porque no tienen nada que hacer en el campo, visto que no son ni señores, ni funcionarios, ni mercaderes o semejantes. Deben quedarse en casa”. En sexto lugar “hay que prohibirles la usura, confiscarles todo lo que poseen en dinero y en joyas de plata y oro, y guardarlo”. En séptimo lugar “a los judíos y judías jóvenes y fuertes, se les ha de dar trillo, hacha, azada, pala, rueca, huso, para que se ganen el pan con el sudor de la frente”. Esto decía Lutero, el protestante.

En Concilio Vaticano II en la cuarta sección (1965) aprobó, al interno de la «Declaración sobre las relaciones de la Iglesia con las religiones no cristianas», una declaración altamente positiva hacia el pueblo judío del pasado y de los nuevos tiempos.

 

S. S. Pablo VI P.P. fundó en el año 1974 la «Comisión para las relaciones con el hebraísmo» al interno de la Secretaría para la unidad de los cristianos, instituido en el año 1960.

 

S. S. Juan Pablo II P.P. realizó pasos enormes e importantísimos, realmente de gigante, en dirección de una completa reconciliación entre la Iglesia Católica y los judíos. Fue en primer Pontífice [después de San Pedro] a visitar una sinagoga -aquella de Roma- donde definió a los hebreos «hermanos mayores» de los cristianos. Fue posteriormente en peregrinación a Tierra Santa, donde en Jerusalén se detuvo también en oración al ‘muro de las lamentaciones’, el lugar más sagrado del hebraísmo. A la sombra de la explanada del Templo (que algunos muy interesados hoy osan llamar explanada de las mezquitas), Juan Pablo II pide perdón por la culpa de los hombres de la Iglesia en el recorrido histórico de 2.000 años; Iglesia fundada por el Rey de los Judíos: Jesucristo el Mesías.

 

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BIBLIA: Admitimos que hubo algunos sacerdotes que sobrepasaron el límite de la prudencia al prohibir la lectura de la Biblia, no con intención de disminuir su importancia, sino para protegerla. Martín Lutero tuvo que admitir que sin la Iglesia católica él no hubiera tenido la Biblia (ver su Comentario sobre San Juan, 16). 

Por siglos, el idioma universal de la Iglesia y del mundo occidental fue el latín. En todas las misas el sacerdote leía la Biblia en este idioma. Cuando el latín dejó de ser el idioma universal en el occidente, por tradición, las lecturas de la Biblia quedaron en latín pero los feligreses tenían los misales con la traducción en su propio idioma. 

Los que piensan que antes de Martín Lutero no existían traducciones de la Biblia están equivocados. Antes de que él tradujera la Biblia al alemán, la Iglesia tenía ediciones completas o trozos de ella en 26 diferentes lenguas europeas, y en ruso. Por ejemplo, existía la Biblia Héxapla del año 240, la de Jerónimo, La Vulgata, del 390. Había además 30 ediciones de la Biblia completa en alemán antes de la 
versión de Lutero en 1534(2), nueve antes de que él naciera. Había 62 ediciones de la Biblia, autorizadas por la Iglesia en Hebreo, 22 en griego, 20 en italiano, 26 en francés, 19 en flamenco, dos en español: la Biblia ALFONSINA (de "Alfonso el Sabio", año 1280) y la Biblia De la Casa de Alba (año 1430, AT)(3), seis en bohemio y una en eslavo, catalán y checo.(4) 

La primera Biblia impresa, fue producida bajo los auspicios de la Iglesia católica- impresa por el inventor católico de la imprenta: Johannes (Juan) Gutenberg. La primera Biblia con capítulos y versículos numerados fue producida por la Iglesia católica, gracias al trabajo de Esteban Langton, Arzobispo de Canterbury, Inglaterra. A pesar de esto acusan a la Iglesia de haber intentando la destrucción de la Biblia; si hubiera deseado hacer esto, tuvo 1500 años para hacerlo. 

"Las sectas protestantes dicen que solamente la Biblia es fuente de revelación. ¿Podrían ustedes con la sola Biblia dar el capítulo y versículo donde se afirma que S. Mateo, S. Marcos, S. Lucas y S. Juan son los autores de los Evangelios que llevan su nombre y certificarlo de forma apodíctica, sin tener que recurrir a la Tradición de la Iglesia Católica?. Esto es sumamente importante, ya que más del 90 % de lo que sabemos acerca de Jesús, está en estos cuatro (4) sagrados documentos del origen del cristianismo y –siguiendo vuestra tesis-, no encontrando en la Biblia tal afirmación, no son dignos de considerarlos Palabra Divina con todas sus consecuencias." ¿Hay algún protestante que pueda responder a esta pregunta?

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En todo el proceso de completar el canon la lista de libros del NT entendemos mejor que fue la Biblia la que salió de la Iglesia y no la Iglesia de la Biblia. Por eso, verdaderamente no hay separación entre "Biblia" y "Tradición". La Biblia forma parte de la Tradición de la Iglesia católica. No es cuestión de fe, de historia es materia.-

La Tradición engendra la Escritura: “Así pues, hermanos, manteneos firmes y conservad las tradiciones que habéis aprendido de nosotros, de viva voz o por carta”.
-II Tesalonicenses 2,15

 

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ESPAÑA 1492 - Comprendiendo la cultura en que se gestó, llegaremos a una visión más equilibrada para cualificar la gesta hispánica ¡el descubrimiento de América!   

 

Francisco de Vitoria, al tener conocimiento en 1536 de las violencias cometidas durante la conquista de Perú, escribe su relección De indis, en la que declara que los indios no son seres inferiores a los que es legítimo esclavizar y explotar sino seres libres, con iguales derechos que los españoles y dueños de sus tierras y bienes. De este modo se inició el derecho de gentes.

 

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Isaías 9, 1-6

VENIDA DEL PRÍNCIPE DE LA PAZ

 

El pueblo que caminaba en tinieblas
vió una luz grande;
habitaba en tierra de sombras,
y una luz les brilló.

Acreciste la alegría,
aumentaste el gozo;
se gozan en tu presencia,
como gozan al segar,
como se alegran
al repartirse el botín.

Porque la vara del opresor,
el yugo de su carga,
el bastón de su hombro,
los quebrantaste como el día de Madián.

Porque la bota que pisa con estrépito,
y la túnica empapada de sangre
serán combustible,
pasto del fuego.

Porque un niño nos ha nacido,
un hijo se nos ha dado:
lleva a hombros el principado,
y es su nombre:
Maravilla de Consejero,
Dios guerrero,
Padre perpetuo,
Príncipe de la paz.

Para dilatar el principado,
con una paz sin límites,
sobre el trono de David
y sobre su reino.

Para sostenerlo y consolidarlo
con la justicia y el derecho,
desde ahora y por siempre.
El celo del Señor lo realizará.

 

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La católica Irena Sendler, «el Ángel del gueto

de Varsovia», salvó a 2.500 judíos del exterminio

 
El pasado martes la celebración en varios países de Europa ¬Alemania entre ellos¬ del «Día de la Memoria» de los seis millones de judíos víctimas del Holocausto recuerda también el testimonio de los «justos» que, contrarios al proyecto de exterminio, arriesgaron sus vidas. Entre ellos muchos cristianos, como Irena Sendler ¬conocida como el «ángel del gueto de Varsovia»¬ al poner a salvo a 2.500 niños judíos.
   La fecha se eligió recordando el 27 de enero de 1945, cuando el ejército soviético llegó al campo de concentración de Auschwitz, pocos días antes abandonado por las SS alemanas, liberando a los últimos supervivientes de la locura nazi.
   Irene Sendler, católica polaca que actualmente tiene noventa y tres años, no había cumplido treinta cuando en 1939 empezó a dedicarse a proteger judíos. Salvó a 2.500 niños de la persecución nazi, una actividad que le costó torturas y la condena a muerte, de la que finalmente pudo escapar, informa Zenit.
   En 1940, los nazis decidieron cerrar el gueto de Varsovia; medio millón de judíos corrían peligro de morir de hambre. Según relata Sendler, los niños sufrían malnutrición y las enfermedades se extendieron: «Era un infierno; niños y mayores morían por la calle a cientos, bajo la silenciosa mirada del mundo entero».
   Gracias a un antiguo profesor suyo, que estaba al cargo de la Oficina Sanitaria del Ayuntamiento, consiguió pases de entrada como enfermera para ella y un grupo de amigas. Utilizando los fondos del Ayuntamiento y de organizaciones humanitarias judías, Sendler introdujo alimentos, carbón y ropa.

2004-01-28 – LA RAZÓN. ESP.

 

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Los Protocolos de los sabios de Sión

 

Por César Vidal

 

Utilizado por los antisemitas de todo el mundo —sin excluir a los nazis o a los árabes de las últimas décadas— los Protocolos constituyen un documento de enorme interés histórico y político. Sin embargo, ¿tienen realmente alguna relación con los judíos? ¿Quién escribió los Protocolos de los sabios de Sión?

 

En las últimas semanas se ha producido un revuelo considerable en el mundo árabe a consecuencia de una serie de TV egipcia en la que se sostenía la autenticidad de un documento denominado los Protocolos de los sabios de Sión. El citado texto, redactado a finales del siglo XIX, contendría las líneas maestras de un plan de dominio mundial por parte de los judíos.

El antisemitismo constituye una actitud mental y una conducta que se pierde en la noche de los tiempos. Manetón, el sacerdote e historiador judío del periodo helenístico, ya dedicó vitriólicas páginas a los primeros momentos de la Historia de Israel y sus pasos siguieron los antisemitas de la Antigüedad clásica —prácticamente todos los autores de renombre— desde Cicerón a Tácito pasando por Juvenal. En términos generales, su antisemitismo, que presentó manifestaciones de enorme dureza en medio de una considerable tolerancia legal, era cultural más que racial. Durante la Edad Media, el antisemitismo estuvo relacionado con categorías de corte religioso (la resistencia de los judíos a convertirse al islam o al cristianismo) y social (el desempeño de determinados empleos por los judíos). Solamente con la llegada de la Ilustración, el antisemitismo se fue tiñendo de tonos raciales que aparecen ya en escritos injuriosos —y falsos— de Voltaire y que volvemos a encontrar muy acentuados en Nietzsche o Wagner. Aunque la figura del judío perverso y conspirador no se halla ausente de algunas de estas manifestaciones antisemitas y aunque, por ejemplo, Wagner y Nietzsche insistieron en tópicos como el del poder judío o el de su capacidad de corrupción moral (e incluso racial) no llegaron a agotar hasta el final el tema de una de las acusaciones ya popularizadas en su tiempo, la de la conspiración judía mundial. Ambos autores no llegaron a articular —aunque no les faltó mucho para ello— la tesis de que todo el poder degenerador de los judíos en realidad obedecía a un plan destructivo de características universales cuya finalidad era el dominio del orbe. Semejante papel le correspondería a un panfleto de origen ruso conocido generalmente como “Los Protocolos de los sabios de Sión”, en el que, supuestamente, se recogían las minutas de un congreso judío destinado a trazar las líneas de la conquista del poder mundial.

El análisis de esa obra constituye el objeto del presente Enigma, sin embargo, antes de entrar en el contenido y en las circunstancias en que la misma se forjó debemos detenernos siquiera momentáneamente en algunos de sus antecedentes. “Los Protocolos de los sabios de Sión” no fueron, en buena medida, una obra innovadora. Aunque, sin lugar a dudas, cuentan con el dudoso privilegio de constituir la obra más conocida y difundida sobre la supuesta conjura judía mundial, no son ni con mucho la única ni la primera. La idea de una conjura parcial (para envenenar las aguas, para empobrecer a la gente, para sacrificar niños, etc) aparecía periódicamente durante la Edad Media. Sin embargo, siempre se trataba de episodios aislados, regionales, desprovistos de un carácter universal. El cambio radical se produjo en 1797. Con la publicación de la Memoria para servir a la historia del Jacobinismo no quedará perfilada la tesis de una conspiración subversiva mundial. El autor de la obra, un clérigo llamado Barruel, pretendía que la orden de los Templarios, disuelta en el s. XIV, no había desaparecido sino que se había transformado en una sociedad secreta encaminada a derrocar todas las monarquías.

Cuatro siglos después, la misma se habría hecho con el control de la masonería y, a través de la organización de los jacobinos, habría
provocado la revolución francesa. Barruel afirmaba también que los masones eran, a su vez, una marioneta en manos de los iluminados bávaros que seguían a Adam Weishaupt. A menos que se acabara con estos grupos, afirmaba Barruel, pronto el mundo estaría en sus manos. Como suele ser habitual en todas las obras que desarrollan la teoría de la conspiración no sólo los datos expuestos recogen tergiversaciones sino también absolutos disparates. Barruel pasaba por alto, entre otras cosas, que el grupo de Weishaupt ya no existía en 1786, que siempre estuvo enemistado con los masones y que éstos no sólo por regla general habían sido monárquicos y conservadores sino que además habían experimentado la persecución a manos de los revolucionarios, muriendo centenares de ellos en la guillotina. Con todo Barruel, que había tomado sus ideas de un matemático escocés llamado John Robinson, apenas mencionaba a los judíos porque, ciertamente, éstos no habían tenido ningún papel de importancia durante la Revolución y porque además incluso habían sido víctimas de los excesos de ésta.

Pese a sus evidentes deficiencias, la obra de Barruel despertó, sin embargo, la pasión de un oficial llamado J. B. Simonini que le escribió desde Florencia proporcionándole supuestas informaciones sobre el papel judío en la conspiración masónica. En una carta —que fue un fraude de Fouchá para impulsar a Napoleón hacia una política antisemita— el militar felicitaba al clérigo por desenmascarar a las sectas que estaban “abriendo el camino para el Anticristo” y se permitió señalarle el papel preponderante de la “secta judaica”. Según Simonini, los judíos, tomándole por uno de los suyos, le habían ofrecido hacerse masón y revelado sus arcanos. Así se había enterado de que el Viejo de la Montaña (el fundador de la secta islámica de los Asesinos que tanto agradaba a Nietzsche) y Manes eran judíos, que la masonería y los iluminados habían sido fundados por judíos y que en varios países —especialmente Italia y España— los clérigos de importancia eran judíos ocultos. Su finalidad era imponer el judaísmo en todo el mundo, objetivo que sólo tenía como obstáculo la Casa de Borbón a la que los judíos se habían propuesto derrocar. Ni que decir tiene que las afirmaciones de Simonini carecían de la más mínima base (por esa época tanto los masones como los iluminados si acaso habían tenido alguna actitud hacia los judíos era de rechazo). Sin embargo, los dislates contenidos en la misma hicieron mella en la mente de Barruel, que, a juzgar por su obra, estaba bien predispuesto a creer este tipo de relatos.

De hecho, pese a que juzgó más prudente no publicarla, entre otras razones porque temía que provocara una matanza de judíos, distribuyó algunas copias en círculos influyentes. Finalmente, antes de morir en 1820, relató todo a un sacerdote llamado Grivel. Nacería así el mito, tan querido a tantos personajes posteriores, de la conjura judeo-masónica, mito al que se incorporaron los datos suministrados por Simonini en su carta. Con todo, inicialmente, la idea de una conspiración judeo-masónica iba a caer en el olvido y durante las primeras décadas del siglo XIX ni siquiera fue utilizada por los antisemitas. Con posterioridad, una obra de creación titulada Biarritz volvería a resucitarlo en Alemania. El autor de la novela se llamaba Hermann Goedsche y ya tenía un cierto pasado en relación con documentos de carácter sensacional. En el período inmediatamente posterior a la revolución de 1848 había presentado unas cartas en virtud de las cuales se pretendía demostrar que el dirigente demócrata Benedic Waldeck había conspirado para derrocar al rey de Prusia.

El acontecimiento dio origen a una investigación cuyo resultado no pudo resultar más bochornoso: los documentos eran falsos y además Goedsche lo sabía. Este se dedicó entonces a trabajar como periodista en el Preussische Zeitung, el periódico de los terratenientes conservadores, y a escribir novelas como Biarritz. Esta se publicó en 1868, una fecha en que la población alemana comenzaba a ser presa de renovados sentimientos antisemitas a causa de la Emancipación —sólo parcial— de los judíos. En un capítulo del relato, que se presentaba como ficticio, se narraba una reunión de trece personajes, supuestamente celebrada durante la fiesta judía de los Tabernáculos, en el cementerio judío de Praga. En el curso de la misma, los representantes de la conspiración judía mundial narraban sus avances en el control del gobierno mundial, insistiendo especialmente en la necesidad de conseguir la Emancipación política, el permiso para practicar las profesiones liberales o el dominio de la prensa. Al final, los judíos se despedían no sin antes señalar que en cien años el mundo yacería en su poder. Como en el caso de la conjura judeo-masónica, el episodio narrado en este capítulo de Biarritz iba a hacer fortuna.

En 1872, se publicaba en San Petersburgo de forma separada señalándose que, pese al carácter imaginario del relato, existía una base real para el mismo. Cuatro años después en Moscú se editaba un folleto similar con el título de “En el cementerio judío de la Praga checa (los judíos soberanos del mundo)”. Cuando en julio de 1881 Le Contemporain editó la obra, ésta fue presentada ya como un documento auténtico en el que las intervenciones de los distintos judíos se habían fusionado en un solo discurso. Además se le atribuyó un origen británico. Nacía así el panfleto antisemita conocido como el “Discurso del Rabino”. Con el tiempo la obra experimentaría algunas variaciones destinadas a convertirla en más verosímil. Así el rabino, anónimo inicialmente, recibió los nombres de Eichhorn y Reichhorn e incluso se le hizo asistir a un (inexistente) congreso celebrado en Lemberg en 1912.

Un año después de la publicación de Biarritz, Francia iba a ser el escenario donde aparecería una de las obras clásicas del antisemitismo contemporáneo. Se titulaba Le juif, le judaásme et la judaásation des peuples chrátiens y su autor era Gougenot des Mousseaux. La obra partía de la base de que la cábala era una doctrina secreta transmitida a través de colectivos como la secta de los Asesinos, los templarios o los masones pero cuyos jerarcas principales eran judíos. Además de semejante dislate —que evidencia una ignorancia absoluta de lo que es la cábala— en la obra se afirmaba, igual que en la Edad Media, que los judíos eran culpables de crímenes rituales, que adoraban a Satanás (cuyos símbolos eran el falo y la serpiente) y que sus ceremonias incluían orgías sexuales. Por supuesto, su meta era entregar el poder mundial al Anticristo para lo que fomentarían una cooperación internacional en virtud de la cual todos disfrutaran abundantemente de los bienes terrenales, circunstancias estas que, a juicio del católico Gougenot des Mousseaux, al parecer sólo podían ser diabólicas. Pese a lo absurdo de la obra, no sólo disfrutaría de una amplia difusión sino que además inspiraría la aparición de panfletos similares generalmente nacidos de la pluma de sacerdotes. Tal fue el caso de Les Francs-Maçons et les Juifs: Sixième Age de l´Eglise d´après l´Apocalypse (1881) del abate Chabauty, canónigo honorario de Poitiers y Angulema, donde aparecen dos documentos falsos que se denominarían “Carta de los judíos de Arles” (de España, en algunas versiones) y “Contestación de los judíos de Constantinopla”. Tanto la obra de Chabauty como la de Gougenot de Mousseaux serían objeto de un extenso plagio —a menos que podamos denominar de otra manera al hecho de copiar ampliamente secciones enteras sin citar la procedencia— por parte del antisemita francés Edouard Drumond, cuyo libro La France juive (1886) demostraría ser un poderoso acicate a la hora de convertir en Francia el antisemitismo en una fuerza política de primer orden.

El único país donde, por aquel entonces, el antisemitismo resultaba más acentuado que en Francia y Alemania, y donde, dicho sea de paso, se originaría el plan que culminaría en los Protocolos, era Rusia. Las condiciones de vida de los judíos bajo el gobierno de los zares se han calificado de auténticamente terribles pero la cuestión es digna de considerables matizaciones ya que no pocos progresaron considerablemente y llegaron a escalar socialmente puestos que les estaban vedados en países limítrofes al imperio zarista. Sin embargo, tras el asesinato de Alejandro II y el acceso al trono de Alejandro III empeoraron en parte, siquiera porque no eran pocos los judíos —generalmente jóvenes idealistas de familias acomodadas— que participan en grupos terroristas de carácter antizarista y, en parte, porque los revolucionarios recurrieron al antisemitismo en no pocas ocasiones como forma de obtener un ascendente sobre el pueblo. Así, a un antisemitismo instrumental de izquierdas —del que participaron no pocos judíos filorevolucionarios— se sumó otro popular que abominaba de la subversión y que estallaba ocasionalmente en pogromos. Tal situación estaba acompañada por la propaganda antisemita. Fue esta una floración libresca pletórica de odio, mala fe e ignorancia, que se extendió desde el Libro del Kahal (1869) de Jacob Brafman, editado con ayuda oficial, y en el que se pretendía que los judíos tenían un plan para eliminar la competencia comercial en todas las ciudades, hasta los tres volúmenes de El Talmud y los judíos (1879©1880) de Lutostansky, obra en que el autor demostraba ignorar lo que era el Talmud y además introducía en Rusia el mito de la conjura judeo-masónica.

No obstante, es posible que la obra de mayor influencia de este período fuera La conquista del mundo por los judíos (7ª ed. 1875) escrita por Osman-Bey, pseudónimo de un estafador cuyo nombre era Millinger. El aventurero captó fácilmente la paranoia antisemita que había en ciertos segmentos de la sociedad rusa y la aprovechó en beneficio propio. Su panfleto sostenía que existía una conjura judía mundial cuyo objetivo primario era derrocar la actual monarquía zarista. De hecho, sirviéndose de semejantes afirmaciones, el 3 de septiembre de 1881 salía de San Petersburgo con destino a París, provisto del dinero que le había entregado la policía política rusa, con la misión de investigar los planes conspirativos de la Alianza Israelita Universal que tenía su sede en esta última ciudad. Pasando por alto, como lo harían muchos otros, que este organismo sólo tiene fines filantrópicos Millinger afirmó que se había hecho con documentos que la relacionaban con grupos terroristas que deseaban derrocar el zarismo. En 1886, se editaban en Berna sus Revelaciones acerca del asesinato de Alejandro II. Con el nuevo panfleto quedaba completo el cuadro iniciado con La conquista... No sólo se afirmaba la tesis del peligro judío sino que además se indicaba ya claramente el camino a seguir para alcanzar “la Edad de Oro”. Primero, había que expulsar a los judíos basándose en “el principio de las nacionalidades y de las razas”. Un buen lugar para enviarlos sería África. Pero tales acciones sólo podían contemplarse como medidas parciales. En realidad, sólo cabía una solución para acabar con el supuesto peligro judío:

“La única manera de destruir la Alianza Israelita universal es a través del exterminio total de la raza judía”. El camino para la aparición de los Protocolos —y para realidades aún más trágicas— quedaba ya más que trazado. Del 26 de agosto al 7 de septiembre de 1903 aparecía en el periódico de San Petersburgo Znamya (La Bandera) la primera edición de los Protocolos, bajo el título de Programa para la conquista del Mundo por los judíos. El panfleto encajaba como un guante en el medio ya que el mismo estaba dirigido por P. A. Krushevan, un furibundo antisemita que había sido un personaje clave en el desencadenamiento del pogromo de Kishiniov. Krushevan afirmó que la obra —cuyo final aparecía algo abreviado— era la traducción de un documento original aparecido en Francia.

En 1905, el texto volvía a editarse en San Petersburgo en forma de folleto y con el título de La raíz de nuestros problemas a impulsos de G. V. Butmi, un amigo y socio de Krushevan que junto con éste se dedicaría a partir de ese año a sentar las bases de la Centurias negra. En enero de 1906, el panfleto era reeditado por la citada organización con el mismo título que le había dado Butmi e incluso bajo su nombre. Sin embargo, se le añadía un subtítulo que, en forma abreviada, haría fortuna: Protocolos extrañados de los archivos secretos de la Cancillería Central de Sión (donde se halla la raíz del actual desorden de la sociedad en Europa en general y en Rusia en particular).

Las ediciones mencionadas tenían una finalidad masivamente propagandística y consistieron en folletos económicos destinados a todos los segmentos sociales. Pero en 1905 los Protocolos aparecían incluidos en una obra de Serguei Nilus titulada Lo grande en lo pequeño. El Anticristo considerado como una posibilidad política inminente. El libro de Nilus ya había sido editado en 1901 y 1903, pero sin los Protocolos. En esta nueva edición se incluyeron con la intención de influir de manera decisiva en el ánimo del zar Nicolás II. La reedición de Nilus contaba con algunas circunstancias que, presumiblemente, deberían haberle proporcionado un éxito impresionante. Así, el metropolitano de Moscú llegó incluso a ordenar que en las 368 iglesias de la ciudad se leyera un sermón en el que se citaba esta versión de los Protocolos. Inicialmente, no resultó evidente si prevalecería la versión de Butmi o la de Nilus. Finalmente, sería esta última reeditada con ligeras variantes y bajo el título de Está cerca la puerta... Llega el Anticristo y el reino del Diablo en la Tierra la que llegaría a consagrarse. El motivo de su éxito estaría claramente vinculado a haberse publicado una vez más en 1917, el año de la Revolución rusa. El texto de Nilus está dividido en 24 supuestos protocolos en los que, realmente, se intenta demostrar la bondad del régimen autocrático (obviamente el zarista) y la perversidad de las reformas liberales.

Como justificación última de semejante discurso político se aduce la existencia de un plan de dominio mundial desarrollado por los judíos. Así el panfleto deja claramente establecido el supuesto absurdo del sistema liberal ya que la idea de libertad política no sólo resulta irreal sino que además sólo puede tener desastrosas consecuencias:

“La libertad política no es una realidad, sino una simple idea”. (1, 5)

“La idea de la libertad no puede realizarse porque nadie sabe hacer de ella el uso adecuado. Basta con permitir que el pueblo se gobierne durante un período breve de tiempo para que la administración se transforme al poco en desenfreno... los Estados arden en llamas y toda su grandeza se viene abajo convertida en cenizas”. (1, 6)

La razón fundamental que aduce Nilus, por boca de los supuestos conspiradores judíos, es similar a la esgrimida por otros antidemócratas anteriores y posteriores. Es absurda la libertad ya que la gente del pueblo no puede llegar a comprender lo que es la política:

“Los miembros de la plebe que han salido del pueblo, por más dotados que están, al no comprender la alta política no pueden guiar a la masa sin despeñar a toda la nación en la ruina”. (1, 18)

Si la idea de libertad política podía ser relativamente tolerada, esto se debería a algunas condiciones previas. Primero, su sumisión al poder clerical; segundo, la exclusión de los enfrentamientos sociales y, tercero, la eliminación de la búsqueda de reformas. En resumen, puede ser aceptable si no afecta en absoluto el sistema autocrático:

“La libertad podría ser inofensiva y darse sin peligro para el bienestar de los pueblos en los estados si se basase en la fe en Dios y en la fraternidad de los seres humanos y se alejase de la idea de igualdad, que está en contradicción con las leyes de la Creación...” (4, 3)

Sin embargo, la libertad no ha discurrido por los cauces deseados por Nilus y puestos en boca de los presuntos conspiradores judíos. El resultado ha sido por ello especialmente peligroso y ha degenerado en la mayor de las aberraciones posibles, la corrupción de la sangre:

“Después de haber instalado en el órgano estatal el “veneno del liberalismo”, toda su condición política ha sufrido una metamorfosis; los Estados han sido atacados por una dolencia mortal, “la corrupción de la sangre”; sólo hace falta esperar el final de su agonía. Del liberalismo han surgido los Estados constitucionales que han sustituido a la autocracia, único gobierno útil a los no judíos”. (10, 11-12)

Las afirmaciones relativas a lo nocivo de la libertad política tienen, lógicamente, en esta obra un reverso diáfano consistente en alabar las supuestas virtudes de la autocracia. Esta —sea la política de los zares o la religiosa de los papas— constituye, según los Protocolos, el único valladar contra el peligro judío:

“La autocracia de los zares rusos fue nuestro único enemigo en todo el mundo junto con el papado”. (15, 5)

Precisamente por eso, el poder del autócrata debe tener para ser efectivo un tinte innegable de cinismo, de maquiavelismo, de pura hipocresía utilitarista:

“La política no tiene nada que ver con la moral”. Un soberano que se deja guiar por la moral no actúa políticamente y su poder descansa sobre frágiles apoyos. “El que quiera reinar debe utilizar la astucia y la hipocresía”. (1, 12)

Sin embargo, tal actitud no debe causar malestar ni ser objeto de censura. Está más que justificada por el hecho de que la autocracia es la única forma sensata de gobierno y la única manera de crear y mantener en pie la civilización, algo que nunca puede emanar de las masas:

“Solamente una personalidad educada desde la juventud para la autocracia puede entender las palabras que forman el alfabeto político”. (1, 19) “... Sin despotismo absoluto no hay civilización; ésta no es obra de las masas sino sólo de su guía, sea quien fuere”. (1, 21)

Naturalmente, el modelo autocrático no se sustenta sólo sobre la figura del soberano sino sobre otros pilares del sistema. Los Protocolos contienen, por lo tanto, loas a estos estamentos concretos que se sitúan en labios de los supuestos conspiradores judíos. El primero de ellos es la nobleza:

“... El triunfo más importante... es acabar con los “privilegios”, que son indispensables para la vida de la “nobleza no-judía” y la única protección que las naciones tienen frente a nosotros” (1, 30)

Obviamente, la aristocracia es presentada en términos ideales y, dicho sea de paso, radicalmente falsos desde una perspectiva histórica. Así se afirma que es la protectora de las clases populares y que comparte sus mismos intereses:

“Bajo nuestra dirección fue “aniquilada la nobleza”, que es la protectora natural y la madre nutricia del pueblo, y cuyos intereses están unidos inseparablemente del bienestar del pueblo... La nobleza, que conforme a un derecho legal exigía la fuerza de trabajo de los trabajadores, estaba interesada en que los trabajadores estuvieran bien alimentados, sanos y fuertes”. (3, 6 y 8)

Obviamente el otro estamento que debe colaborar —y al que se retrata de nuevo en términos excesivamente positivos— es el clero que en Rusia llegó a extremos de cesaropapismo extraordinarios:

“Controlado por su fe, el pueblo avanzará bajo la tutela de su clero, pacífica y modestamente de la mano de sus pastores espirituales”. Frente al panorama idealizado de la autocracia, sustentada por la nobleza y el clero, Nilus opone el retrato de una supuesta conjura mundial tras la que se encuentran los judíos. Estos, en teoría, se hallarían ya muy cerca de la conquista del poder:

“... Hoy estamos sólo a unos pocos pasos de nuestra meta. Sólo un tramo breve y el círculo de la serpiente simbólica”, el símbolo de nuestro pueblo se cerrará. Y una vez que se cierre el círculo, todos los Estados de Europa quedarán apresados en él como dentro de un torno”. (3, 1)

Siguiendo un patrón multisecular, Nilus presenta como base del poder judío el dominio económico, dato no sólo falso sino sangrante si tenemos en cuenta la situación miserable de los judíos de la Rusia de la época:

“Toda la maquinaria de gobierno depende de un motor que está en nuestras manos y es el oro”. (5, 8)

La conjura, obviamente, se manifiesta en una serie de acciones moralmente perversas desencadenadas por los judíos. La primera es, naturalmente, intentar contaminar con su materialismo a los que no son como ellos:

“Para no dejar tiempo a los no-judíos para la reflexión y la observación, debemos apartar sus pensamientos hacia el comercio y la industria” (4, 4)

Pero eso es sólo el comienzo. Según los Protocolos de Nilus, para que los judíos dominen el mundo se entregan a una serie de actividades simultáneas que desafían la imaginación más delirante. A ellos se les atribuye potenciar la idea de un “gobierno internacional” (5, 18), crear “monopolios” (6, 1), apoyarse en “las logias masónicas” (15, 13) (de nuevo la tesis de la conjura judeo-masónica!), fomentar “el incremento de los armamentos y de la policía” (7, 1), provocar una “guerra general”, “idiotizar y corromper a la juventud de los no-judíos” (9, 12), aniquilar “la familia” (10, 6), “distraer a las masas con diversiones, juegos, pasatiempos, pasiones” (13, 4), eliminar “la libertad de enseñanza” (16, 7) e incluso “destruir todas las otras religiones” (14, 1). En suma no hay nada que repugne a la mente autocrática de Nilus que no se deba atribuir a los judíos.

En esa paranoia que ve la mano judía detrás de todo lo inaceptable llega en algunos casos hasta el retorcimiento más absoluto o el ridículo más absurdo. Así queda de manifiesto al afirmar que los no-judíos padecen “las enfermedades que les causamos (los judíos) mediante la inoculación de bacilos” (10, 25) o al atribuir la construcción del metro a turbias intenciones políticas:

“Pronto se habrán construido en todas las capitales “trenes subterráneos”; partiendo de los mismos volaremos por los aires todas las ciudades junto con todas sus instalaciones y documentos”. (9, 14)

Al final, los judíos conseguirán mediante semejantes artimañas su meta final:

“El “Rey de Israel” será el patriarca del mundo cuando se ciña en la cabeza santificada la corona que le ofrecerá toda Europa”. (15, 30)

Los últimos Protocolos están dedicados presuntamente a pergeñar una descripción de cómo deberá gobernar mundialmente el Rey de Israel. En realidad, son una descripción de la monarquía autocrática ideal según Nilus. En la misma el monarca ideal deberá evitar “los impuestos demasiado elevados” (20, 2) para evitar sembrar la semilla de la revolución (20, 5), introducirá reformas como la creación de un impuesto progresivo de timbres (20, 12), de un fondo de reservas (20, 14), de un tribunal de cuentas (20, 17) y de un patrón basado en la fuerza de trabajo (20, 24) y llevará a cabo una serie de medidas económicas como la restricción de los artículos de lujo (23, 1), el fomento del trabajo artesanal (23, 2) y de la pequeña industria (23, 3) o el castigo del alcoholismo (23, 4).

LIBERTAD DIGITAL. ESP. DR. CÉSAR VIDAL.

 

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ANTISEMITISMO  2004… Francia y la izquierda…

2005 - 2006

 

Que exista un antisemitismo, no diría cristiano, sino católico, lo ha reconocido y “pedido perdón” la propia iglesia, lo cual no impide, evidentemente, que siga habiendo antisemitas católicos. En cuanto a los árabes, lo han sido siempre, y lo son hoy más que nunca, bastaría con hacer una revista de prensa de los medios árabes para percatarse de ello, y de los aquelarres que profesan a diario, sin necesidad de remontarnos al siglo XIII o recordar al Mufti de Jerusalén, colaborador de los nazis durante la Segunda Guerra Mundial.

 

Las diferentes epidemias, o los diferentes virus: existiría un antijudaismo cristiano que considera a los judíos culpables de la muerte del Cristo, un antisemitismo racista que considera a los judíos como una raza inferior y perversa, incluso por parte de los árabes, que son ellos mismos semitas (como los fenicios, por cierto), y el antiisraelismo que considera que Israel debería convertirse en un nuevo Auschwitz o, en todo caso, desaparecer como sea.

 

El nuevo y virulento antisemitismo de izquierda y sobre todo de extrema izquierda actual, no le interesa la democracia en Israel aunque sea el primer valor en la Francia ha defender…

 

¿Por qué se destapa de pronto el antiguo antisemitismo popular, luengos años ocultado, y por qué en Francia, sin ir más lejos, la izquierda y la extrema izquierda se alían con los fundamentalistas musulmanes y se manifiestan todos a los gritos de “¡Muera Israel! ¡Mueran los judíos!”? ¿Tiene esto algo que ver con l’espirit des Lumières, o sencillamente con la tolerancia?

 

Claro que hay palestinos pobres, claro que hay víctimas palestinas y claro que en esta larga guerra, que dura desde 1948, Israel, con gobiernos laboristas como del Likud, ha cometido errores y hasta crímenes, pero cabe preguntarse si un país democrático, sometido a los ataques de un tan atroz terrorismo, no tiene derecho a defenderse.

 

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«Justo entre las Naciones»

 

Por salvar la vida de judíos durante la segunda guerra mundial


COLONIA, 3 noviembre 2003- Joseph Höffner, uno de los cardenales más significativos de la historia reciente de Alemania, ha recibido el reconocimiento de «Justo entre las naciones» que ofrece Israel por haber salvado la vida de judíos durante la segunda guerra mundial.

El anuncio del más alto reconocimiento estatal a una persona que no es judía, hecho este viernes, ha sido confirmado por la arquidiócesis de la que era arzobispo, Colonia.

El reconocimiento del Yad Vashem ha sido otorgado al cardenal y a su hermana Helene Hesseler-Höffner, por haber salvado la vida a una niña judía de la persecución nazi.

Hoffner, entonces sacerdote, y su hermana, a partir de marzo 1943, escondieron y acogieron a una niña de siete años, Esther Sara Meyerowitz, procedente de Berlín, en la ciudad de Kail, donde vivían.

En primer lugar, la niña fue acogida en la parroquia bajo el nombre de Christa Koch. Después de ser nombrado párroco en abril de 1943 de Tréveris, el sacerdote confió la niña a la familia del agricultor Wilhelm Hechler. Encontró la manera para que nadie supera la auténtica identidad de la niña, evitando que quienes la acogieron pusieran en peligro su propia seguridad o la seguridad de la misma niña.

El cardenal y su hermana más tarde, también en 1943, acogieron a la señora judía Edith Nowak junto a su marido, que era evangélico, durante seis meses.

El cardenal Joseph Höffner (1906-1987) ha pasado a la historia como uno de los mayores expertos de doctrina social de la Iglesia de su época. Fue fundador, director y miembro del Instituto de Ciencias de la Doctrina Social Cristiana de Munich entre 1951 y 1961. Por este motivo, fue consejero científico de tres ministros de la República Federal Alemana.

Elegido obispo de Munster, en 1962, participó en el Concilio Vaticano II (1962-1965). Fue nombrado obispo coadjutor de Colonia en enero de 1969 y promovido a arzobispo un mes más tarde.

Fue creado cardenal por Pablo VI en 1969. Tras haber sido presidente de la Conferencia Episcopal Alemana de 1976 a 1987, en ese mismo año presentó su renuncia al Papa por razones de edad. ZS03110308

 

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El martirio de una familia polaca y católica

 

La archidiócesis de Przemysl, en Polonia, está promoviendo en estos meses la causa de canonización de una familia católica, cuyos miembros fueron asesinados por los nazis, por haber dado refugio, durante la segunda guerra mundial, a ocho judíos que habían escapado del internamiento al que estaban sometidos por parte de las fuerzas de ocupación alemanas. Jozef y Wiktoria Ulma fueron asesinados en su pueblo de Markowa el 24 de marzo de 1944; junto al matrimonio, también murieron sus seis hijos, el mayor de los cuales tenía siete años. Ulma estaba embarazada cuando perdió la vida.
La noticia del proceso de canonización ha sido difundida por el postulador de la Causa, el padre Stanislaw Jamrozek. Entrevistado por la agencia polaca de información católica Kai, ha dicho: «La petición de canonización ha partido de los propios habitantes del pueblo de Markowa, que, de esta manera, han querido mostrar su amistad y afecto a la memoria de estas personas». 2004-02-20 –

 

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Desde hace 2000 años. -y a pesar de tanta calumnia, mentira y desprecio- hacia la Iglesia de Jesucristo, vemos que: “El cariño de Dios nos sostiene en el desierto de la historia” S.S. Juan Pablo II – Magno – Pontifex Max.

 

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S. S. Benedicto XVI, eres la alegría de nuestra fe. MMV.

 

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OBEDIENCIA/JERARQUÍA: La verdadera concepción de la obediencia no consiste, pues, en creer que toda decisión impuesta por la jerarquía es la única posible en las circunstancias dadas y la mejor absolutamente. La infalibilidad de la Iglesia, repitámoslo, sólo se halla comprometida en el orden magisterial y en modo alguno en el orden puramente jurisdiccional. Sin duda, el Espíritu Santo asiste a la jerarquía para preservarla de torpezas y de faltas en el gobierno. Pero el Espíritu Santo no ha prometido nunca garantizarla contra toda torpeza y todo error de gobierno. Luego la posibilidad de errores en las decisiones subsiste. Y de hecho las ha habido, por debilidad o por ignorancia. Si la posibilidad de error o de torpeza no pone en tela de juicio el deber de obediencia, éste da lugar entonces a problemas dolorosos y difíciles. Algunos son célebres en la historia pasada o presente de la Iglesia.
En cualquier hipótesis, una cosa permanece cierta e intangible. 
Nada puede conmoverla, ni siquiera la posibilidad del error: Dios quiere la obediencia a sus legados, cuando éstos mandan legítima y lícitamente, aun cuando lo que mandaren no lo fuere con bastante sabiduría y prudencia. Esta Voluntad de Dios se hace clara a su vez en Jesucristo. En efecto, el Hijo de Dios procuró la salvación del 
mundo por medio de la sumisión al Padre. Sin esta obediencia, la misma muerte en Cruz hubiera estado privada de su alcance salvador. Ahora bien, Jesús ejerció la sumisión a su Padre, ora directamente, ora indirectamente, a través de los hombres y las instituciones humanas. En todos los casos, obediencia directa o indirecta a su Padre, fue obediencia redentora para la salvación universal. Y he aquí que Jesucristo hizo de la Iglesia su Cuerpo para siempre. Por lo mismo, Cristo establece que la obediencia inaugurada por la Cabeza prosiguiera en el Cuerpo, que ella fuera, en el Cuerpo como en la Cabeza, una obediencia redentora. La obediencia se integra así a la existencia eclesial, es ley vital en el Cuerpo de Cristo.
Así pues, el fiel, cuando se somete a la Iglesia, no hace más que asumir su parte en un destino común al Cuerpo entero. Tratase simplemente -pero es indispensable- de proseguir y de prolongar la obediencia del Redentor. Obedeciendo, el cristiano se asocia al Cuerpo de Cristo y se hace miembro del Cristo obediente, a fin de cooperar con la Cabeza y con el Cuerpo entero a la Redención del género humano, Obrando así, el hijo de la Iglesia -como el Hijo de Dios en otro tiempo-, no obedece pura y simplemente a hombres, sino que, a través de los hombres que dependen de la Cabeza por la sucesión apostólica, obedece a Jesucristo, y en Jesucristo obedece a Dios. Nos encontramos en presencia del problema de la obediencia cristiana. No corresponde a nuestra intención decir más sobre ella. Baste haber notado esto: la autoridad de la Iglesia no puede comprenderse y justificarse sino situada en el Misterio del Cuerpo de Cristo.

IV. Conclusión

I/HUMILLACIONES  KENOSYS: Las precedentes reflexiones invitan a meditar sobre la Acción y las Humillaciones de Dios en su Iglesia. Humanamente, es una declaración insensata reivindicar una autoridad infalible cuando propone la verdad de fe. Realmente, sólo la demencia o el orgullo parecerían deber explicar una pretensión tal. Pero el tiempo y el infortunio siempre han acabado con la demencia y el orgullo. Ahora bien, han pasado veinte siglos que fueron ciertamente para la Iglesia veinte siglos de dificultades y de infortunios. La fe en la infalibilidad hubiera debido barrerse o simplemente gastarse. Ya que la infalibilidad es una carga  demasiado pesada para los que la reivindican y demasiado inexplicable para los que la soportan. Si los discípulos de algún maestro humano creyeron alguna vez en su infalibilidad, su creencia no encontró mucho tiempo defensores resueltos. La Iglesia, por lo demás, nada ganaba con proclamarse maestra de verdad infalible. Sus declaraciones no podían atraerle ninguna simpatía en el mundo, precisamente en el mundo de los cristianos separados. El acontecimiento hizo verlo bien.
¿Por qué entonces la Iglesia no ha abandonado progresivamente la afirmación de infalibilidad? ¿Cómo no ha renunciado a defender una pretensión tan exorbitante? El 
abandono que, en este punto, se ha realizado en el protestantismo y el anglicanismo es significativo. Humanamente hablando, deberíase sentir vergüenza de ser infalible. Humanamente hablando, la fe en la infalibilidad y su persistencia no son muy 
explicables. Para no renegar, se precisa aquí de toda la virtud del Espíritu Santo, se precisa creer hasta el extremo en Jesucristo y en sus palabras. Sólo el Poder de Dios puede realizar una obra tal. Si bien Dios es el autor de la creencia católica, su acción sin embargo permanece invisible, oculta bajo las apariencias humanas, muy humanas... demasiado humanas. En el magisterio y en la jurisdicción, como en la Encarnación, se realizan y se prolongan las humillaciones del Hijo de Dios.
Humillación para la Palabra de Dios, ya que la infalibilidad del magisterio no la preserva de servidumbres humanas, imperfección de la expresión, inadecuación de las palabras, sobrepasadas por la Verdad de Dios, incluso cuando el sentido propuesto a la fe es infaliblemente y absolutamente verdadero. Humillación de la Palabra de Dios, a causa de la pobreza del vocabulario humano, encargado, sin embargo, de encaminar la Verdad de Dios hasta las inteligencias humanas. Y esta pobreza permanece insuperable aunque las palabras fueran manejadas por genios en teología.
Humillación también, porque el Señor no prometió a sus ministros, sea que gobiernen, sea que enseñen, que les aseguraría los dones humanos necesarios para esta tarea infinita. Ésta las sobrepasa definitivamente. Cristo fue a buscar a los jefes y a los doctores de su Iglesia al lago de Genezaret, no en las escuelas, ni en los consejos de los reyes. Lo mismo ocurre hoy. Los papas no son todos personalidades relumbrantes. No todos los obispos son hábiles, prudentes, sabios ni siquiera santos. Por un Agustín, ¿cuántos jefes sin relieve? 
Pero el verdadero problema no es la constatación de los defectos y de los límites en los continuadores de Cristo. Es fácil acumular las quejas. Y si bien hay que saber en tiempo oportuno señalar las carencias, el verdadero problema es siempre de orden espiritual. Tratase, en efecto, muy sencillamente, de no borrar la frase del Señor en la propia vida: «Quien os escucha, me escucha.» Cuando Cristo pronunciaba estas palabras, sabía quiénes eran sus discípulos, conocía el nivel de su inteligencia y medía lo precario de su generosidad. Y, sin embargo, dijo: «Quien os escucha, me 
escucha».
A los ojos del mundo y para siempre, la Iglesia, podemos creerlo, será «un pequeño rebaño», pequeño por el número con respecto a la masa humana, pequeño por los medios, por la inteligencia, por los triunfos. Pero más allá de todas las flaquezas, la revelación hecha a San Pablo vale para la Iglesia entera, y es sólo la fe la que la repite: «Mi gracia te basta: ya que mi poder se manifiesta en la flaqueza» (2 Co 12, 9).

ANDRÉ DE BORIS - LA IGLESIA Y SU MISTERIO
Editorial CASAL I VALL ANDORRA-1962.Págs. 97-123

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1. La expresión «puertas del infierno» designa directamente los poderes del mal. Y la mentira y el error pertenecen a los poderes del mal. Por ello hay derecho a ver en este texto una afirmación de la infalibilidad de la Iglesia.

2. Concilio del Vaticano, sesión IV, cap. 4; cf. D. 1839. Antes, Gregorio XVI en 1834; cf. D. 1617; Pío VI, en 1794; cf. D. 1501; Simplicius en 476; cf. D. 476.
3. El ejemplo clásico en esta materia lo constituyen las 5 proposiciones extraídas del libro de Jansenio y de las cuales define la Iglesia que se encuentran de hecho en el libro de Jansenio, en cuanto a la sustancia y en cuanto al sentido. No damos sobre el magisterio sino indicaciones sumarias. Algunos puntos son discutidos entre teólogos. 
4. La jurisdicción de que se trata entonces es indirecta La expresión «jurisdicción indirecta» se ha prestado y se presta a equívoco. La mantenemos, a falta de una expresión mejor e igualmente breve.

 

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Citar continuamente la Biblia, -no antojadiza, sino junto al Magisterio y la Tradición-, allí es donde está el triunfo de la fe en Jesucristo, enseñada por su ‘única y católica Iglesia’ hace dos mil años ininterrumpidos.

 

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“Lo que el hombre piensa de sí mismo depende de que exista Dios o no. Me parece que la libertad y dignidad del hombre dependen de que pueda decir que hay ciertas cosas que no está dispuesto a hacer”. ROBERT SPAEMANN

 

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La presencia de Dios que es “roca, fortaleza, escudo, baluarte”, conforta a los justos y los exhorta a afrontar las situaciones difíciles, cuando a la prepotencia de los impíos, a los riesgos y hostilidades, al aislamiento, la ironía y el desprecio, se asocia la mediocridad, el desánimo y el cansancio.

 

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Urge un "rearme moral", pero éste implica un "rearme intelectual". Es urgente ponerse a pensar, aprender a pensar, enseñar a pensar, a pequeños y grandes.

 

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--Usted es prefecto para la Congregación para la Doctrina de la Fe, lo que antes se llamaba la Inquisición. Mucha gente desconoce los dicasterios vaticanos. Creen que es un lugar de condena. ¿En qué consiste su trabajo?

--Cardenal Ratzinger: Es difícil responder a esto en dos palabras. Tenemos dos secciones principales: una disciplinar y otra doctrina.

La disciplinar tiene que ocuparse de problemas de delitos de sacerdotes, que por desgracia existen en la Iglesia. Ahora tenemos el gran problema de la pederastia, como sabéis. En este caso, debemos sobre todo ayudar a los obispos a encontrar los procedimientos adecuados y somos una especie de tribunal de apelación: si uno se siente tratado injustamente por el obispo, puede recurrir a nosotros.

La otra sección, más conocida, es doctrinal. En este sentido, Pablo VI definió nuestra tarea como «promover» y «defender» la fe. Promover, es decir, ayudar el diálogo en la familia de los teólogos del mundo, seguir este diálogo, y alentar las corrientes positivas, así como ayudar a las tendencias menos positivas a conformarse con las tendencias más positivas. La otra dimensión es defender: en el contexto del mondo de hoy, con su relativismo, con una oposición profunda a la fe de la Iglesia en muchas partes del mundo, con ideología agnóstica, atea, etc., la pérdida de la identidad de la fe tiene lugar con facilidad. Tenemos que ayudar a distinguir auténticas novedades, auténticos progresos, de otros pasos que implican una pérdida de identidad de la fe.

Tenemos a disposición dos instrumentos muy importantes para este trabajo, la Comisión Teológica Internacional, con 30 teólogos propuestos por cinco años a propuesta de los obispos; y la Comisión Bíblica, con 30 exegetas, también ellos propuestos por los obispos. Son foros de discusión para los teólogos para encontrar por así decir un entendimiento internacional incluso entre las diferentes escuelas de teología, y un diálogo con el Magisterio.

Para nosotros es fundamental la colaboración con los obispos. Si es posible, deben resolver los problemas los obispos. Pero con frecuencia se trata de teólogos que tienen fama internacional y, por tanto, el problema supera las posibilidades de un obispo, de modo que es llevado a la Congregación. Aquí promovemos el diálogo con estos teólogos para llegar, si es posible, a una solución pacífica. Sólo en poquísimos casos se da una solución negativa. Roma 2002.11.30

 

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LA CALIDAD de las personas, como la de las sociedades, se disimula bien en la opulencia, pero se desnuda en la desgracia. Cuando las cosas van bien, es fácil sonreír y parecer alegre. Cuando sobra, es fácil dar y queda bien. Lo verdaderamente difícil es sonreír cuando las cosas van mal, pensando en los otros en vez de en uno mismo. O compartir cuando andamos con lo justo. Se ve que la supuesta civilización, la cultura que muchos ostentan, se queda en mera cáscara, incapaz de soportar la adversidad. No ha sido invadida por los bárbaros, sino por sí misma, esa realidad nuestra –tambaleante- que carece de calidad.

 

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«La fuerza moral no ha crecido junto al desarrollo de la ciencia, sino que al contrario ha disminuido», Ratzinger explicó que «el peligro más grave de este momento está justamente en este desequilibrio entre posibilidades técnicas y energía moral».
Cardenal Joseph Ratzinger 2005-04-11

 

«El intento de construir la comunidad humana absolutamente sin Dios».

«Europa ha desarrollado una cultura que, en un modo desconocido antes para la humanidad, excluye a Dios de la conciencia pública, ya sea negándolo del todo o juzgando que su existencia no es demostrable, incierta, y por tanto, algo irrelevante para la vida pública». Cardenal Joseph Ratzinger 2005-04-11

 

«El rechazo de la referencia a Dios no es expresión de una tolerancia que quiere proteger a las religiones no teístas y la dignidad de los ateos y agnósticos, sino más bien expresión de una conciencia que querría ver a Dios cancelado definitivamente de la vida pública de la humanidad, y arrinconado en el ámbito subjetivo de culturas residuales del pasado». Cardenal Joseph Ratzinger 2005-04-11

 

El relativismo», convirtiéndose en «un dogmatismo que se cree en posesión del definitivo conocimiento de la razón, y con derecho a considerar todo el resto sólo como un estadio de la humanidad, en el fondo superado, y que puede ser adecuadamente relativizado». Cardenal Joseph Ratzinger 2005-04-11

 

A este paso, con el relativismo, no se podrá afirmar que la homosexualidad, como enseña la Iglesia católica, es un desorden objetivo de la estructuración de la existencia humana.

«Necesitamos raíces para sobrevivir y no las debemos perder de vista si queremos que la dignidad humana no desaparezca».

«Sólo la razón creadora, y que se ha manifestado en el Dios crucificado como amor, puede verdaderamente mostrarnos el camino».

«Necesitamos hombres que mantengan la mirada en Dios, aprendiendo allí la verdadera humanidad, sólo mediante hombres tocados por Dios, Dios puede volver a estar cerca de los hombres». Cardenal Joseph Ratzinger 2005-04-11

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No hay vida humana sin libertad, se entiende no sin una absoluta sino sin cierta dosis, mayor o menor, de ella. Sí cabe vida humana sin libertad política. Defender la libertad, amarla, tomársela no es sólo un asunto político. Pero existe otra forma de corromper la libertad aún más peligrosa y consiste, cosa bastante usual, en entenderla como ausencia de normas o ideales, e incluso como pura insumisión. En una de sus versiones, se pretende que sólo la inexistencia de la verdad en sentido religioso o moral permitiría la libertad. Según esta paradójica pretensión, y en contra de la idea cristiana, sería la verdad lo que nos haría siervos. En suma, que la libertad vendría a ser el ilimitado derecho a hacer nuestra real gana, por utilizar la hispánica expresión.

 

Solo la verdad puede hacernos libres, como lo enseña Jesucristo.

 

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Sobre la libertad, a la cual nos llama la gracia del Salvador, no debe hablarse de paso y negligentemente, dice San Agustín. Consejo de hombre de tanta autoridad intelectual no es bueno que caiga en saco roto.

 

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"Obras todas del Señor, bendecid al Señor".-

“¡Señor, dueño nuestro, qué admirable es tu nombre en toda la tierra!” (Sal 8, 2).

 

“Alegraos en el Señor siempre; lo repito: alegraos. Que vuestra bondad sea notoria a todos los hombres. El Señor está cerca. No os inquietéis por cosa alguna, sino más bien en toda oración y plegaria presentad al Señor vuestras necesidades con acción de gracias. Y la paz de Dios, que sobrepasa toda inteligencia, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús. Por lo demás, hermanos, considerad lo que hay de verdadero, de noble, de buena fama, de virtuoso, de laudable; practicad lo que habéis aprendido y recibido, lo que habéis oído y visto en mí, y el Dios de la paz estará con vosotros.” San Pablo en su carta a los Filipenses 4, 4-9vs.

 

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¡Que tu conducta nunca de motivos de injustificada inquietud a la creación, de la que tú eres el rey!

 

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Dijo Dios: «Produzca la tierra animales vivientes según su especie: ganados, reptiles y bestias salvajes según su especie». Y así fue. Dios hizo las bestias de la tierra, los ganados y los reptiles campestres, cada uno según su especie. Vio Dios que esto estaba bien. Gen. 1, 24-25

 

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“Desde ahora me llamarán dichosa todas las generaciones” Biblia. Evangelio según San Lucas Cap.1º vs. 48. La Iglesia, hace XXI siglos fundada por Tu Hijo, te alaba, ¡Oh Madre plena de dicha y felicidad!

 

 

Gracias por venir a visitarnos

VERITAS OMNIA VINCIT

LAUS TIBI CHRISTI.

 

Recomendamos vivamente: Al caer de la tarde - es un ramillete de reflexiones al hilo de la liturgia de Adviento, que escribe Cristina González Alba para la colección Hablar con Jesús, de la editorial Desclée De Brower. El hilo conductor es despertar y empezar a caminar, con la mirada puesta en Jesús de Nazaret.

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Recomendamos vivamente: MI QUERIDA IGLESIA SANTA Y PECADORA - Decía José Luis Martín Descalzo que «nuestros pecados manchan tan poco la Iglesia como las manchas al sol». En este espíritu ha escrito Mariano Purroy Mi querida Iglesia, santa y pecadora (Edibesa), una mirada positiva y realista sobre los pecados de los cristianos y el perdón de Cristo.

 

 

Debido a la existencia de páginas excelentes sobre apologética y formación,  lo que se pretende desde aquí es contribuir muy modestamente y sumarse a los que ya se interesan por el Evangelio de Cristo de manera mucho más eficaz.

 

 

 

Aspiramos a superarnos, a corregirnos, a hacer bien lo que todavía hacemos mal, a dejar de hacer mal lo que ya deberíamos hacer mejor que nadie. Tenemos aún muchos defectos, y por ello pedimos públicamente disculpas a nuestros lectores.

 

Compendio del Catecismo de la Iglesia católica
La fe de los sencillos - Una síntesis fiel y seg
ura del Catecismo de la Iglesia católica. Contiene, de modo conciso, todos los elementos esenciales y fundamentales de la fe de la Iglesia. 2005. ¡No falte en el bolsillo de cada cristiano para aprenderlo!

Creer, celebrar, vivir y orar, esta y no más es la fe cristiana desde hace 2000 años, enseñada por la Iglesia Católica sin error porque Cristo la ilumina y sólo Él la guía.

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'JESUCRISTO PADECIÓ BAJO EL PODER DE PONCIO PILATO,
FUE CRUCIFICADO, MUERTO Y SEPULTADO'
Evangelio según San Lucas, Cap.3, vers.1º: El año decimoquinto del reinado del emperador Tiberio, cuando Poncio Pilato gobernaba la Judea, siendo Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Felipe tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene…

Crucifixión de San Pedro: fue crucificado al revés cabeza abajo - Pergamino con San Pedro en cruz invertida, de Maguncia- Alemania; entre el 900 y el 1000ca. - Museo Diocesano de la Catedral Maguncia (Mainz) Alemania - Pedro en su cruz, invertida. ¿Qué significa todo esto? Es lo que Jesús había predicho a este Apóstol suyo: "Cuando seas viejo, otro te llevará a donde tú no quieras"; y el Señor había añadido: "Sígueme" (Jn 21, 18-19). Precisamente ahora se realiza el culmen del seguimiento: el discípulo no es más que el Maestro, y ahora experimenta toda la amargura de la cruz, de las consecuencias del pecado que separa de Dios, toda la absurdidad de la violencia y de la mentira. No se puede huir del radicalismo del interrogante planteado por la cruz: la cruz de Cristo, Cabeza de la Iglesia, y la cruz de Pedro, su Vicario en la tierra. Dos actos de un único drama: el drama del misterio pascual: cruz y resurrección, muerte y vida, pecado y gracia.

La maternidad divina de María – Catecismo de la Iglesia
495 Llamada en los Evangelios 'la Madre de Jesús'(Jn 2, 1; 19, 25; cf. Mt 13, 55, etc.), María es aclamada bajo el impulso del Espíritu como 'la madre de mi Señor' desde antes del nacimiento de su hijo (cf Lc 1, 43). En efecto, aquél que ella concibió como hombre, por obra del Espíritu Santo, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el Hijo eterno del Padre, la segunda persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre de Dios [Theotokos] (cf. Concilio de Éfeso, año 649: DS, 251).
La virginidad de María
496 Desde las primeras formulaciones de la fe (cf. DS 10-64), la Iglesia ha confesado que Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María únicamente por el poder del Espíritu Santo, afirmando también el aspecto corporal de este suceso: Jesús fue concebido absque semine ex Spiritu Sancto (Concilio de Letrán, año 649; DS, 503), esto es, sin semilla de varón, por obra del Espíritu Santo. Los Padres ven en la concepción virginal el signo de que es verdaderamente el Hijo de Dios el que ha venido en una humanidad como la nuestra:
Así, san Ignacio de Antioquía (comienzos del siglo II): «Estáis firmemente convencidos acerca de que nuestro Señor es verdaderamente de la raza de David según la carne (cf. Rm 1, 3), Hijo de Dios según la voluntad y el poder de Dios (cf. Jn 1, 13), nacido verdaderamente de una virgen [...] Fue verdaderamente clavado por nosotros en su carne bajo Poncio Pilato [...] padeció verdaderamente, como también resucitó verdaderamente» (Epistula ad Smyrnaeos, 1-2).

El acontecimiento histórico y transcendente – Catecismo de la Iglesia
639 El misterio de la resurrección de Cristo es un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas como lo atestigua el Nuevo Testamento. Ya san Pablo, hacia el año 56, puede escribir a los Corintios: "Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce: "(1 Co 15, 3-4). El apóstol habla aquí de la tradición viva de la Resurrección que recibió después de su conversión a las puertas de Damasco (cf. Hch 9, 3-18).
El sepulcro vacío

640 "¿Por qué buscar entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado" (Lc 24, 5-6). En el marco de los acontecimientos de Pascua, el primer elemento que se encuentra es el sepulcro vacío. No es en sí una prueba directa. La ausencia del cuerpo de Cristo en el sepulcro podría explicarse de otro modo (cf. Jn 20,13; Mt 28, 11-15). A pesar de eso, el sepulcro vacío ha constituido para todos un signo esencial. Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección. Es el caso, en primer lugar, de las santas mujeres (cf. Lc 24, 3. 22- 23), después de Pedro (cf. Lc 24, 12). "El discípulo que Jesús amaba" (Jn 20, 2) afirma que, al entrar en el sepulcro vacío y al descubrir "las vendas en el suelo"(Jn 20, 6) "vio y creyó" (Jn 20, 8). Eso supone que constató en el estado del sepulcro vacío (cf. Jn 20, 5-7) que la ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana y que Jesús no había vuelto simplemente a una vida terrenal como había sido el caso de Lázaro (cf. Jn 11, 44).