Thursday 23 March 2017 | Actualizada : 2017-03-03
 
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Galileo Galilei, que también fue sometido a un célebre proceso inquisitorio que por suerte, al menos en su caso, se concluyó con una simple abjuración.

 

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¿La tierra plana? Sobre el mito de que en la Edad Media creían que la tierra era plana. Pues no, muy pocos eran los que afirmaban tal cosa: “Durante los primeros quince siglos de la era cristiana (solamente) cinco autores parecen haber negado la esfericidad de la Tierra, y unos cuantos más se mostraron ambiguos y poco interesados en el tema. Pero casi toda la opinión académica afirmaba la esfericidad de la Tierra, y en el siglo XV habían desaparecido todas las dudas al respecto”.

 

 

Las etiquetas coladas con astucia tramposa y de mala intención han hecho algunas temáticas históricas algo espinosas, cuando no, muy difíciles de afrontar con limpidez y objetividad.En la muy marrullera transcripción que hacen de aquellos hechos históricos, ponderan más la mentira - complaciéndose en adulaciones con alto rédito inmediato- que molestar con la verdad. ¡Pero no es ésta la que buscan; por supuesto que no! Lo que siguen buscando, y a estas alturas nadie debiera dejarse engañar por sus charlatanerías, es una maniobra para silenciar la voz más influyente y poderosa que hoy defiendela libertad de todos. Y que la defiende a su propio riesgo –cárcel, vida y muerte- por anunciar a Jesucristo, proclamando el perdón e instruyendo a las gentes. Al contrario de quienes, desde su propio bando, intentan socavar su influencia; se llaman de los nuestros y viven haciendo el juego contrario. A la Iglesia, cuánto le deben muchos, y ¡qué poco les deben ellos a los efímeros matones!En la brumade la guerra contra la Iglesia se cuelan pifias, trampas y errores y tantas, tantas mentiras y desinformaciones. Lo grave es la incomprensión con que multitud de medios de comunicación, políticos y comentaristas abordancon insensatez el dramáticopredominio cultural del agnosticismo y del relativismocon el acoso hacia los débiles o desesperados.Ven en los indefensos una incapacidad para “saber hacer”. Quieren pensar por ellos negándoles la libertad y dignidad otorgadas por el creadora cada ser humano, imagen y semejanza de Dios."Todos los hombres —dice el Concilio—, conforme a su dignidad, por ser personas, es decir, dotados de razón y voluntad libre, (...) se ven impulsados, por su misma naturaleza, a buscar la verdad y, además, tienen la obligación moral de hacerlo, sobre todo la verdad religiosa".

 

¿Qué o quién les tiene puesta la mordaza?

 

Sepamos desenmascarar a todos aquellos que se sienten "poseedores de la verdad" (entre otros: el cientificísmo contemporáneo). Y le endilgan "precisamente esa misma actitud a la Iglesia", acusándola de su "dogmatismo" y ellos son los "dogmáticos absolutos" porque ya han definido (¡y no se nos ocurra contradecirles!), Que la realidad se agota en lo que se puede "comprobar" y por ende, todo conocimiento metafísico y de apertura a la Trascendencia, es "puro imaginario supersticioso", el regreso morbo a una época ya superada por las “luces propias del “espíritu positivo”. Además nadie, pero nadie, lo que se dice nadie, recuerda o no quiere recordar que la Iglesia ¡¡ha sido la única institución que -explícita y universalmente- ha pedido perdón por los errores y faltas en el comportamiento de algunos de sus hijos!!

 

¿De qué lado está la soberbia, entonces?

 

La Iglesia Católica es la única instituciónreligiosaen el mundo que tiene unaAcademia de Ciencias’, no sólo de índole internacional, sino de la que puede participar cualquierdoctocientífico (con o sin religión),con tal que goce no sólo de un amor desinteresado por la verdad, sino también de reconocida honestidad intelectual…  Siendo así, volvemos a repetir…y hasta el cansancio:

 

¿De qué lado está la soberbia, entonces?

 

¿Qué o quién les tiene puesta la mordaza?

 

¿De qué lado está la soberbia, entonces?

 

Desmitifiquemos a los grandes monstruos sagrados que el hombre de hoy adora, será una manera más de acercarnos desde una  razón que “no tiene miedo a la verdad” desde el mundo material hasta el Fundamento Último de todo lo real, en la necesaria e íntima vinculación entre las ciencias particulares y la Filosofía.

VIII.2006

 

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COPERNICO: Realmente el sistema procedimental de la Inquisición (que etimológicamente significa averiguar, de ahí inquirir), representó un avance muy importante, pues establecía una serie de medidas de seguridad procesal, incluido un servicio médico de control, el ámbito civil esta situación no se vio ni de lejos. Otra cuestión son los motivos o causas que veía la Inquisición. Algún autor destaca que algún delincuente( y más de uno) prefería ser procesado por la Inquisición por alguna causa menor que por los tribunales civiles.La persecución de las brujas fue algo nacido de las brasas del renacimiento, y la vuelta del derecho Romano en especial en su vertiente pública (en la Edad Media, salvo casos relacionados con adoración al diablo , no se ven ). En derecho romano, la adivinación y brujería se condenaba con la muerte. En los países protestantes , la brujería debía ser abundantísima por los casos de condena (la Prusia ducal, protestante , regía territorios que en el siglo XV vivían en paganismo) y en un campo como el de la ciencia cabe recordar que Lutero condena verbalmente a Copérnico a la muerte, gracias a Dios, Copérnico vivía en la Prusia real, sometida a la autoridad directa del rey de Polonia, la otra Prusia era un estado vasallo nacido de la deformación de la Orden teutónica).

 

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La Inquisición no tiene nada de turbio. La Inquisición fue una institución que para la época, al menos en España, es la primera que ofreció las más avanzadas garantias legales para los acusados,subrayo: para la época. Ciertos procedimientos al uso no fueron creación ni de la Iglesia ni de los inquisidores.

 

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Copérnico accedió al sacerdocio y fue requerido por el V Concilio de Letrán para que colaborara en la reforma del calendario. Los jesuitas inventaron los telescopios reflectores –de hecho, hay 35 cráteres lunares que llevan el nombre de otros tantos miembros de la Compañía de Jesús–. El astrónomo Giovanni Cassini verificó la hipótesis de Kepler sobre la órbitas elípticas valiéndose del observatorio de la Basílica de San Petronio. Varias catedrales se construyeron para que hicieran también las veces de observatorios solares, y sirvieron de base para múltiples observaciones -sólo en la de San Petronio se realizaron más de 4.500 en menos de cien años-.

En relación a Galileo hay que decir que cuando publicó sus Cartas sobre las manchas solares, en las que defendía por primera vez la teoría heliocéntrica de Copérnico, recibió múltiples felicitaciones, incluso del futuro papa Urbano VIII, quien, ya como Sumo Pontífice, le describió como
"un hombre cuya fama brilla en el cielo y se extiende por todo el mundo".

El problema vino de que Galileo estableciera el sistema copernicano como verdad irrefutable y no como hipótesis de trabajo, sin aportar, además, prueba alguna. La Iglesia demandó a Galileo que cesara de considerarla como tal, si bien le autorizó a seguir estudiándola y presentándola como hipótesis. Pero el científico se negó; la Iglesia, entonces, recurrió a la censura, cierto. Pero el caso Galileo fue más un deseo de la Iglesia por mantener el método científico de contraste empírico que un desesperado intento por su parte de conservar el sistema de Ptolomeo que nada añadía ni quitaba a los Evangelios, por cierto.

Otras contribuciones científicas relevantes fueron la anticipación de la idea de inercia, a cargo de Jean Buridan; el desarrollo de la estratigrafía, a cargo de Nicolaus Steno; la creación de microscopios, a cargo de los jesuitas. Éstos, además, teorizaron sobre la circulación sanguínea, dieron inicio a los estudios de sismología y a la teoría atómica y descubrieron la difracción de la luz.

 

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Una afirmación del filósofo Paul Feyerabend dice que: «en la época de Galileo la Iglesia fue mucho más fiel a la razón que Galileo, y que el juicio que la Iglesia le hizo a Galileo fue razonable y justo». La Comunidad científica acepta solo demostraciones y las hipótesis* siempre quedan a demostrar.

*hipótesis. (Del lat. hypoth?sis, y este del gr. ????????).1. f. Suposición de algo posible o imposible para sacar de ello una consecuencia.

 

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La prestigiosa y respetada Universidad de ‘La Sapienza’ fue fundada por el Papa S.S. Bonifacio VIII en 1303, y fue además visitada en las últimas décadas por S.S. Pablo VI y S.S. Juan Pablo II Magno. A inicios del años 1200 la Iglesia fundaba escuelas de altos estudios, ateneos y Universidades, proponiendo el estudio profundo y el confronto de las ciencias. Manifestaba así que la obediencia a la verdad no significa renuncia a la investigación y a fatiga de pensar.

 

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Las hipótesis dejan de ser suposiciones, solo cuando van demostradas -  «Muchos clérigos influyentes creían que Galileo podía tener razón, pero necesitaban más datos. Cuando Galileo –en una pirueta científico-teológica– propuso la reinterpretación de ciertos versículos de la Biblia, los teólogos pensaron –con razón– que Galileo había usurpado su autoridad». Victoria Llopis

 

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Ya en 1741 se divulgan con abundancia en las Universidades católicas, las ‘Obras Completas de Galileo’ - "En 1741, ante la prueba óptica, de la rotación de la tierra en torno al Sol, Benedicto XIV hizo conceder al Santo Oficio el Imprimatur a la primera edición de las Obras Completas de Galileo (...).

 

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Investigadores confirman que los restos hallados en 2005 son los de Copérnico

 

Investigadores polacos y suecos confirmaron hoy que los restos humanos hallados hace tres años en la catedral de Frombork (norte de Polonia) pertenecen al astrónomo Nicolás Copérnico, fallecido en esa localidad en 1543.

Los científicos analizaron el ADN de varios pelos encontrados en un libro del científico "Calendarium Romanum Magnum" de Johannes Stoeffler, y encontraron las mismas secuencias en un diente y un hueso descubiertos en el templo.

"Ahora tenemos la certeza de que el cráneo hallado en Frombork es el de Nicolás Copérnico", dijo en rueda de prensa el profesor Jerzy Gassowski, del Instituto de Arqueología de Pultusk (centro de Polonia), quien en 2005 descubrió los restos en la catedral Frombork que atribuyó a Copérnico.

Una teoría basada en una nariz rotaGassowski basó entonces su teoría en la existencia de un retrato de Copérnico donde el erudito parecía tener la nariz rota, y en el hecho de que el cráneo enterrado en la catedral tenía también el hueso en la nariz partido, además de otros rasgos que podían atribuirse al estudioso polaco.

Con este hallazgo se confirma la teoría del profesor de Pultusk y se pone fin a la incógnita histórica sobre el lugar en el que fue enterrado el astrónomo (Torun, 1473-Frombork, 1543), creador de la teoría heliocéntrica del sistema solar y autor "De Revolutionibus Orbium Coelestium" ("De las revoluciones de las esferas celestes").

Copérnico fue el primero en afirmar que los planetas giran sobre sí mismos y alrededor del Sol, lo que le ha valido ser considerado como el padre de la astronomía actual.

EFE | POLONIA - Actualizado Jueves, 20-11-08 a las 22:05

 

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…[…]… 

Yo siempre vi lo mismo, que la Iglesia heredó el derecho romano y la filosofía griega y les dio un impulso gigantesco que, en cierto modo, fue lo que hizo la transición de la Edad Media a la Edad Moderna. Esto lo digo yo en un libro con comentarios a unas conferencias de Ratzinger, ¡Dios salve la Razón! Yo a Ratzinger le seguía mucho, era un teólogo que sabía mucho, no como este Papa de ahora, que es otro cantar, pero yo no comparto la teología de Ratzinger, Dios no es racional. Confundirlo con la razón es absurdo. Me dediqué a sacar textos escolásticos donde dicen que Dios no es racional, que Dios no puede hacer silogismos. Dios directamente lo ve todo.

 

Ahí citaba además una serie de nombres para quienes, tipo Draper, hablaban del conflicto ciencia-Iglesia, de la Iglesia como campeón de la superstición; el krausimo, en una palabra. Para negarlo citaba a Copérnico, que era canónigo y su obra fue apoyada por los papas, porque no veían ninguna contradicción con el pasaje de Josué en que paraba el sol, lo que demostraba que el sol estaba en movimiento.

 

La enemistad de la Iglesia contra Copérnico y Galileo no fue por geocentrismo, sino por el atomismo, que sí planteaba dificultades para explicar el dogma de la transustanciación.

 

La Iglesia desvió la atención con la astronomía porque temían mucho más el atomismo y la negación de la Eucaristía, del Corpus Christi, que es la esencia del catolicismo y que aquí por cierto se negó como si tal cosa. Un día el ministro Ordóñez dejó de considerar el Corpus Christi como fiesta obligatoria. Esto es la revolución, pensé, y no se han dado ni cuenta.

 

«Todo el mundo es filósofo ahora»

 

Pues además de Copérnico estuvo Mendel con la teoría de la herencia o el abate Lemaître, precursor de la teoría del big bang. Todos curas. ¿Cómo que la iglesia catolica es enemiga de la ciencia? Ahora bien, en el siglo XIX la cosa cambia con el materialismo y el marxismo; ahí la Iglesia perdió francamente posiciones, porque se extendió completamente esta ideología, el darwinismo, la termodinámica, el origen del universo y el fin del mundo.

 

Ahora todos los teóricos del big bang, Fleischmann, Hawking, empiezan sus libros contando un mito azteca. Que Dios vomitó el mundo y de la vomitina salió el sol y no sé qué. ¿Para qué me lo cuentas? ¿Para que veamos que eres más listo? En el fondo, siguen teniendo esa ideología. 

filósofo Gustavo Bueno – 91 años 

http://www.abc.es/cultura/cultural/20150914/abci-entrevista-gustavo-bueno-201509141132.html  -  2015-09-15 

 

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Galileo después de la Comisión Pontificia

 

 

SUMARlO: I. LAS CRÍTICAS A LA COMISIÓN Y A LOS DISCURSOS FINALES. II. CLARIFICACIONES PRELIMINARES. III. 10 DE NOVIEMBRE DE 1979: LA MANIFESTACIÓN DE UN DESEO. IV: MAYO-JULIO DE 1981: CREACIÓN DE LA COMISIÓN. V: EL TRABAJO DE LA COMISIÓN. VI. ¿EXISTÍAN DOCUMENTOS SECRETOS? VII. HACIA LA CONCLUSIÓN DE LOS TRABAJOS. VIII. ¿COMO CONCLUIR? IX. 31 DE OCTUBRE DE 1992: LA CONCLUSIÓN DEL TRABAJO DE LA COMISIÓN. X. VALORACIÓN FINAL.

 

Por Mariano Artigas (*)

«Sólo hubo un proceso a Galileo y, sin embargo, parece que hubo un millar: la represión de la ciencia por parte de la religión, la defensa del individualismo contra la autoridad, el choque entre lo revolucionario y lo establecido, el desafío de los descubrimientos radicalmente nuevos frente a las antiguas creencias, la batalla de la libertad de conciencia y de expresión contra la intolerancia. Ningún otro proceso en los anales de la justicia ordinaria o canónica ha resonado a lo largo de la historia con más significados, más consecuencias, más conjeturas y más lamentos».

Dava Sobel, La hija de Galileo, Madrid 1999, p. 223.
 
A casi 400 años de distancia, el proceso a Galileo sigue siendo tema de debate, lo cual muestra que se trata de un asunto muy complejo 1. No es difícil comprender por qué. Cuando se celebró el proceso en 1633, Galileo todavía no había publicado la obra que le convirtió en el padre de la ciencia moderna (los Discursos sobre dos nuevas ciencias, publicada en 1638). Casi nadie, por supuesto tampoco los jueces de Galileo, sabía que estaba naciendo una nueva ciencia. El proceso se basó en hechos sucedidos en 1616 de los que, excepto Galileo, no quedaban testigos. Siguen existiendo dudas sobre puntos importantes, tales como el documento de 1616 que se utilizó como base del proceso de 1633, sobre la larga y compleja negociación de Galileo para conseguir el permiso para publicar su Diálogo, sobre su verdadera intención al poner el argumento favorito del Papa en boca de un personaje ridículo, y sobre cómo se valoraban en el siglo XVII las posibles consecuencias que el copernicanismo podía tener para la doctrina católica. La lista de problemas podría aumentarse. Estas circunstancias convierten el proceso de Galileo en un auténtico culebrón, imposible de resumir en cuatro palabras.
 
El caso Galileo ha sido utilizado abundantemente para argumentar que la Iglesia es enemiga del progreso científico, y que ciencia y religión son realidades opuestas e incluso irreconciliables. Se comprende que Juan Pablo II, poco después de ser elegido Papa, se propusiera poner punto final a esa desagradable situación. En 1979 manifestó su deseo de que el caso fuera investigado a fondo para disipar cualquier mal entendido, en 1981 creó una Comisión para realizar ese deseo, y en 1992 dio por concluidos los trabajos de esa Comisión.
 
¿Consiguió la Comisión el objetivo previsto? Si se considera el impacto en la opinión pública, la respuesta sería más bien positiva. Parece que la Iglesia ha reconocido los errores cometidos con Galileo y que de algún modo le ha rehabilitado (aunque «rehabilitación», como veremos, no sería el término adecuado, porque no era eso lo que se pretendía). Sin embargo, en los últimos años algunos especialistas han criticado el trabajo de la Comisión. Me propongo analizar la trayectoria de la Comisión a la luz de las críticas que se han vertido contra ella, y la situación en que nos encontramos en la actualidad. No me detendré en las publicaciones promovidas por la Comisión, que se encuentran reseñadas en otros lugares y no son el objeto principal de esas críticas 2. Expondré en primer lugar las críticas, para profundizar mejor, a continuación, en el análisis del trabajo de la Comisión. Al hablar del trabajo de la Comisión incluyo también los antecedentes previos a su creación en 1981, así como su solemne conclusión el 31 de octubre de 1992. Mi interés principal es aportar elementos que permitan valorar en qué situación se encuentra el estudio del caso Galileo en la actualidad, especialmente en los aspectos que afectan a la Iglesia. 

 


I. LAS CRÍTICAS A LA COMISIÓN Y A LOS DISCURSOS FINALES
 
Las críticas que se han formulado se refieren en algunos casos a aspectos particulares del trabajo de la Comisión, a veces se centran en los discursos pronunciados en el acto de clausura de 1992, y en otros casos son una auténtica enmienda a la totalidad. Algunas provienen de autores hostiles a la Iglesia, y otras de católicos que no se encuentran satisfechos con el desarrollo de los trabajos de la Comisión, con su conclusión, o con ambas cosas. Mi análisis se centra en la discusión de los argumentos. En ningún momento pretendo criticar a los autores que menciono, que, por lo general, han dedicado serios esfuerzos a profundizar en el caso Galileo.
 
En la introducción a su importante monografía sobre los acontecimientos de 1616, Massimo Bucciantini ha afirmado que los trabajos de documentación sobre las fuentes, promovidos por la Comisión, tienen gran importancia para el desarrollo de los estudios galileanos en la actualidad, pero añade que las interpretaciones generales son a menudo débiles y, en algunos casos, carecen de la serenidad y objetividad que se deseaba, porque se limitan a reconocer los errores cometidos, cosa sobradamente conocida desde tiempo atrás, o bien proponen de nuevo antiguas tesis apologéticas de escaso o nulo valor. Admite que la rehabilitación de Galileo realizada por Juan Pablo II el 31 de octubre de 1992, al concluir los diez años de trabajo de la Comisión, fue «un acto políticamente importante», y opina que «sería grotesco, como mínimo, exigir hoy día actos reparatorios públicos y solemnes como respuesta a una abjuración conminada hace más de 350 años», pero advierte que el reconocimiento de los errores cometidos con Galileo es un dato adquirido desde hace tiempo y aceptado en el interior de la cultura católica 3.
 
Por su parte, Annibale Fantoli, autor de una monografía sobre el caso Galileo que tiene un notable rigor histórico y documental, ha criticado especialmente los dos discursos pronunciados por el cardenal Poupard y el Papa Juan Pablo II en el acto de conclusión de los trabajos de la Comisión, el 31 de octubre de 1992. Según Fantoli, «sin duda, estos
dos discursos y especialmente el del papa, han querido ofrecer el juicio final sobre la cuestión galileana por parte de la Iglesia católica», pero contienen inexactitudes históricas y deforman la posición de los protagonistas del caso, especialmente por la crítica de Galileo y la defensa de Belarmino. Fantoli critica especialmente que, en la conclusión de los trabajos de la Comisión, no se haya incluido un reconocimiento de las responsabilidades «en el vértice», que competían, en el caso Galileo, a las
Congregaciones del Santo Oficio y del Indice, y a los Papas Pablo V y Urbano VIII. y concluye que 1a causa del mito creado en torno a Galileo, que Juan Pablo II se proponía deshacer, se encuentra en la indebida intervención de las autoridades de la Iglesia, y que ese «mito» persistirá mientras no se reconozca su causa 4. A pesar de todo, reconoce que el discurso del Papa comporta un reconocimiento oficial, por parte de la Iglesia católica, de los errores cometidos en 1616 y 1633, y que eso es una novedad importante 5.
 
La referencia al cardenal Roberto Belarmino merece especial atención. Para defender a Belarmino se dice, en ocasiones, que su posición era no solamente más razonable, sino más científica que la del propio Galileo. Belarmino aconsejaba a Galileo que presentara el copernicanismo como una hipótesis porque no poseía pruebas demostrativas de su verdad. Así lo había hecho Osiander en su famoso prólogo a la obra de Copérnico, y lo mismo pedía el Papa Urbano VIII. A principios del siglo XX el físico francés Pierre Duhem afirmó que la reflexión moderna sobre el método científico muestra que Osiander, Belarmino y Urbano VIII tenían razón frente a Galileo. Así concluía una de sus obras: «A pesar de Kepler y Galileo, nosotros creemos hoy día, con
Osiander y Belarmino, que las hipótesis de la Física sólo son artificios matemáticos destinados a salvar los fenómenos; pero, gracias a Kepler y Galileo, les exigimos que salven a la vez todos los fenómenos del Universo inanimado» 6. Walter Brandmüller, muy relacionado con la Comisión galileana, ha aceptado la tesis de Duhem y ha propuesto lo que podría llamarse la «tesis del error mutuo», que expresa del siguiente modo: «Todo esto conduce al paradójico resultado de que Galileo se equivocó en el campo de la ciencia y los eclesiásticos en la teología, mientras que éstos acertaron en los terrenos científicos y el astrónomo en la exégesis» 7.
 
Fantoli cree advertir una influencia de esas ideas en los discursos del 31 de octubre de 1992, y hace notar que la tesis del error mutuo es muy frágil, porque no tiene en cuenta que «ni Osiander, ni Belarmino, ni Urbano VIII tenían la menor idea de lo que era el método experimental. Esto hace todavía más sorprendente que el juicio de Duhem
pueda haber influido -así lo parece- en las afirmaciones de los discursos del cardenal Poupard y del Papa». No se trataba de ignorancia por parte de Belarmino ni de Urbano VIII, porque «la mayor parte de los teólogos de la época no tenían ninguna conciencia de que existiera una "nueva ciencia", y menos aún conocían "sus métodos" ni se sentían obligados a reconocerle la "libertad de investigación" que menciona el discurso papal» 8.
 
Michael Segre también ha concentrado su atención en los discursos del 31 de octubre de 1992. Su crítica principal es que lo que estaba en juego era el derecho de libre pensamiento, investigación y expresión: el Papa debería pronunciarse sobre la conculcación de ese derecho en el proceso a Galileo y, dado que el Papa repite en la actualidad que Galileo se equivocó, parece seguir pensando que la Iglesia tiene derecho a decir a los científicos lo que es verdadero y lo que es falso. Además, critica que el discurso del Papa diluyera las responsabilidades porque no las concretó, pone en duda que el heliocentrismo realmente no causara daño a la Iglesia, y se pregunta por las causas de que la Comisión no lograra cumplir los deseos manifestados por Juan Pablo II en 1979 9.
 
Las críticas de Antonio Beltrán constituyen una enmienda a la totalidad 10. Por ejemplo, cuando Juan Pablo II afirma que«las clarificaciones aportadas por los recientes estudios históricos nos permiten afirmar que este doloroso malentendido pertenece al pasado», Beltrán comenta: «La desfachatez intelectual que encierra esta comedia es de tal envergadura que casi consigue disimular Su bajeza moral. Pero está claro que no iba dirigida a los estudiosos de Galileo» 11. En esta línea, la crítica de Beltrán se extiende a toda la historia de las intervenciones eclesiásticas en torno al caso Galileo desde el siglo XVII hasta la actualidad.
 
En el contexto de una biografía de Galileo, James Reston también ha criticado el trabajo de la Comisión en su conjunto, afirmando que la Iglesia no puede solucionar el problema provocado por el caso Galileo 12. Su posición se puede sintetizar con sus propias palabras: «En el verano de 1991 se quería simplemente zanjar el asunto, La Iglesia lo había estudiado serenamente y quería echar tierra sobre el asunto, que estaba a punto de ser enterrado vivo por otros cuatrocientos años, La Iglesia había topado con una cuestión que, pese a toda su sabiduría, no podía solucionar: ¿Cómo debe confesar sus errores una institución divina?»
 
En definitiva, las críticas principales se refieren a los puntos siguientes:
 
-La raíz de los errores es el «autoritarismo»; no se reconoce, y sigue siendo actual;
-Los dos discursos del 31 de octubre de 1992 contienen inexactitudes;
-Mal funcionamiento de la Comisión;
-El error consistió en juzgar una cuestión científica; no se reconoce, y se puede repetir;
-La Iglesia no puede admitir errores;
-El diálogo ciencia-religión es imposible.
 
No voy a valorar ahora estas críticas. Voy a analizar a continuación el trabajo de la Comisión, y expondré después mis conclusiones. Parece oportuno, de todos modos, introducir algunas clarificaciones previas.

 


II. CLARIFICACIONES PRELIMINARES
 
Una primera cuestión que no debería perderse de vista es que no todo han sido críticas, ni mucho menos. Ha habido muchas reacciones positivas y, como acabamos de ver, incluso quienes formulan críticas valoran otros aspectos del trabajo de la Comisión y de los discursos finales.
 
¿Qué pretendía el Papa Juan Pablo II al estimular un nuevo estudio del caso Galileo? Parece claro que pretendía superar prejuicios que podrían impedir o limitar el diálogo y la cooperación entre ciencia y religión. Algunos quizás esperaban algo más; por ejemplo, una petición pública de perdón, de modo solemne, tal como sucedió unos años más tarde. El 12 de marzo de 2000, en un acto solemne, Juan Pablo II, junto con un grupo de cardenales, celebró en la Basílica de San Pedro una «Jornada del perdón». En la homilía de la Santa Misa, el Papa se refirió a un documento aprobado poco antes por la Comisión Teológica Internacional y por el Cardenal Ratzinger, titulado «Memoria y reconciliación: la Iglesia y las culpas del pasado». Decía el Papa:
 
«Reconocer los errores del pasado sirve para despertar nuestras conciencias frente a los compromisos del presente, abriendo a cada uno el camino de la conversión... Pedimos perdón por las divisiones que se han producido entre cristianos, por el uso de la violencia en el servicio de la verdad que algunos han realizado, y por las actitudes de desconfianza y de hostilidad adoptadas en ocasiones en relación con los seguidores de otras religiones. Confesamos, con mayor motivo, nuestras responsabilidades de cristianos por los males de hoy. Frente al ateísmo, a la indiferencia religiosa, al secularismo, al relativismo ético, a las violaciones del derecho a la vida, al desinterés por la pobreza de muchos países, tenemos que preguntarnos cuáles son nuestras responsabilidades» 13.
 
El documento de la Comisión Teológica Internacional mencionado por el Papa es una larga reflexión que, en su sección 4ª, examina cómo se puede juzgar teológicamente la historia, y en la sección 5ª examina varios motivos para pedir perdón, entre los que se encuentra «El uso de la violencia al servicio de la verdad». Ahí se habla de «1as formas de violencia ejercidas en la represión y corrección de los errores» 14.
 
Ciertamente, ahí no se mencionó a Galileo. Pero se hizo algo más: se reconoció y se pidió perdón por haber ejercido en diversas ocasiones (no sólo en el caso Galileo) la violencia en casos de ese tipo, y se subrayó que al pedir perdón por los errores pasados hay que interrogarse, con mayor motivo, por las responsabilidades en los males presentes. La Iglesia manifestaba claramente su desaprobación por el uso de la violencia en el pasado y su deseo de evitar el uso de la violencia en la actualidad y en el futuro, y parece claro que esas manifestaciones son sinceras.
 
A pesar de todo, algunos estiman que esto es insuficiente y desearían que se concretaran responsabilidades en organismos y personas concretos. Esto no se hizo el 31 de octubre de 1992, al concluir el trabajo de la Comisión galileana, ni el 12 de marzo de 2000 en la Jornada del perdón. Me parece que este modo de actuar es el correcto. Emprender juicios contra personas difuntas no parece aconsejable (incluso se reprocha a la Inquisición haberlo hecho en algunas ocasiones), y es innecesario para extraer enseñanzas para el presente y el futuro. En esa línea, como veremos, desde el primer momento se excluyó que la Comisión galileana emprendiera una revisión del proceso o una rehabilitación de Galileo. No debería considerarse un fracaso, por tanto, que no se hayan detallado las responsabilidades «en el vértice». Por lo demás, es sobradamente conocido qué personas tomaron las diferentes decisiones.

 


III. 10 DE NOVIEMBRE DE 1979: LA MANIFESTACION DE UN DESEO
 
El sábado 10 de noviembre de 1979, Juan Pablo II sorprendió a la comunidad científica y a la opinión pública con un discurso en el que sacaba a relucir, por iniciativa propia, el caso Galileo. La ocasión fue una reunión de la Academia Pontificia de Ciencias, que celebraba el centenario del nacimiento de Albert Einstein. El marco era especialmente solemne: la Sala Regia del Vaticano, en presencia de los miembros de la Academia, de unos 50 Cardenales, numerosos obispos, y el Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede. El Papa escuchó los discursos del Presidente de la Academia, Carlos Chagas, y de dos ilustres miembros de la misma: Paul Dirac, premio Nobel de 1933 y uno de los físicos más importantes del siglo XX, y Victor Weisskopf; otro ilustre físico. Después, el Papa pronunció su discurso, cuya intención quedaba muy clara: eliminar los obstáculos que se oponen a la colaboración fructífera entre ciencia y religión. Se refirió a la ciencia como búsqueda de la verdad y a su legítima autonomía, y citó las siguientes palabras del Concilio Vaticano II:
 
«Son, a este respecto, de deplorar ciertas actitudes que, por no comprender bien el sentido de la legítima autonomía de la ciencia, se han dado algunas veces entre los propios cristianos; actitudes que, seguidas de agrias polémicas, indujeron a muchos a establecer una oposición entre la ciencia y la fe» 15.
  
El Papa hizo notar que ese texto, en nota a pie de página, cita la vida de Galileo escrita por monseñor Pio Paschini y editada por la Academia Pontificia de Ciencias, y a continuación dio un paso adelante:
 
«Para ir más allá de esta toma de posición del Concilio, deseo que teólogos, científicos e historiadores, animados por un espíritu de sincera colaboración, profundicen en el examen del caso Galileo y, reconociendo lealmente las equivocaciones, vengan de donde vengan, hagan desaparecer la desconfianza que ese caso todavía suscita en muchos espíritus para conseguir una fructífera concordia entre ciencia y fe, Iglesia y mundo. Doy todo mi apoyo a esa tarea, que podrá honrar a la verdad de la fe y de la ciencia, y abrir la puerta a futuras colaboraciones" 16.
 
Juan Pablo II señaló que Galileo tuvo que sufrir mucho por parte de hombres y organismos de la Iglesia, que el conflicto fue áspero y doloroso, y que se ha prolongado a lo largo de los siglos siguientes. Pero comentó tres puntos que le parecían importantes para situar en su verdadera luz el caso Galileo, en el cual, decía, las concordancias entre religión y ciencia son más numerosas e importantes que las incomprensiones. En primer lugar, Galileo afirmó explícitamente que las verdades de la fe y de la ciencia proceden ambas de Dios y no pueden contradecirse. Galileo también reconoció la iluminación divina que actúa sobre el científico que busca la verdad. Por fin, Galileo formuló importantes normas epistemológicas para poner de acuerdo la Escritura Santa y la ciencia. Juan Pablo II mostró el paralelismo entre esas afirmaciones de Galileo y las enseñanzas de la Iglesia en nuestra época, y concluyó que esas concordancias contribuyen a crear un punto de partida favorable para la solución honorable, honesta y leal del caso Galileo y de las viejas oposiciones que ese caso implica 17.
 
Sin embargo, por el momento todo quedó en la manifestación de un deseo que no fue unido a ninguna otra acción concreta. Las palabras del Papa no se referían a ninguna ulterior acción oficial por parte de la Iglesia. Se trataba de relaciones entre ciencia y religión, y eso más bien se podía interpretar como una tarea en la que podrían colaborar eclesiásticos junto con científicos. No hay base para pensar que, en aquel momento, el Papa pensara en otra cosa. En cambio, el fin que proponía estaba muy claro: disipar malentendidos que falsamente oponen ciencia y religión, en vistas a conseguir una colaboración fructífera en el futuro. El Papa proporcionaba, además, pistas para enfocar el problema de modo satisfactorio: descartaba la falsa idea de que Galileo combatía la religión, y subrayaba que Galileo era un católico convencido de la armonía entre ciencia y fe, y que, además, formuló principios básicos para conseguir esa armonía.

 


 
IV. MAYO-JULIO DE 1981: CREACIÓN DE LA COMISIÓN
 
El discurso del Papa fue acogido con enorme interés por la comunidad científica mundial, porque era la primera vez que se producía una intervención de este tipo por parte de la suprema autoridad eclesiástica, y porque la actitud positiva que manifestaba hacia la ciencia representaba para muchos una novedad inesperada. Ese interés se manifestó en artículos publicados en todo el mundo, así como mediante cartas enviadas a la Santa Sede. Para responder a las expectativas que el discurso había suscitado, en febrero de 1981 el Papa encargó al padre Enrico di Rovasenda, Canciller de la Academia Pontificia de Ciencias, que presentara una propuesta para el estudio de la cuestión galileana. El 11 de marzo, Rovasenda entregó su propuesta. El 1 de mayo, el cardenal Agostino Casaroli, Secretario de Estado, comunicó al cardenal Gabriel-Marie Garrone la aprobación de ese proyecto, que preveía la creación de cuatro secciones o grupos de estudio, y le encargó su coordinación; El 9 de octubre tuvo lugar la primera reunión de la Comisión 18.
 
Los cuatro grupos de trabajo abarcaban las principales facetas del problema. De la sección exegética se encargaba mons. Carlo Maria Martini, arzobispo de Milán y exrector del Pontificio Instituto Bíblico. De la sección cultural, mons. Paul Poupard, presidente del Consejo Pontificio para la Cultura. De la sección de cuestiones científicas y epistemológicas, el prof. Carlos Chagas, Presidente de la Academia Pontificia de Ciencias, y el padre George Coyne, Director del Observatorio Vaticano. Y de la sección de cuestiones históricas y jurídicas, mons. Michele Maccarrone, Presidente de la Comisión Pontificia de Ciencias Históricas, y el padre Edmond Lamalle (sustituido, por motivos de salud, por el prof. Mario d" Addio, catedrático de Historia en la Universidad La Sapienza de Roma). Rovasenda ayudaba al cardenal Garrone para coordinar los trabajos.
 
Todos los datos indican que la ayuda prometida por el Papa se limitaba a un apoyo moral. La Comisión no contaba con ningún medio propio, sino solamente con los que ya existían. Sus miembros no quedaban liberados de otros trabajos, ni se les proporcionaban medios especiales para realizar su tarea, ni se contaba con ayudantes dedicados a ese fin. Los miembros de la Comisión se veían, ciertamente, alentados por el interés del Sumo Pontífice, y contaban con esa fuerza moral para solicitar la ayuda de otras personas. Pero nunca existieron grupos de trabajo con una dedicación exclusiva a los objetivos marcados. Como es lógico, este factor condicionaba en buena medida el desarrollo del trabajo. El caso Galileo es enormemente complejo, y examinarlo a fondo exige una dedicación seria, tiempo, y medios (la bibliografía es inmensa). Seguramente se pensó, con razón, que los miembros de la Comisión, teniendo en cuenta los cargos que ocupaban, disponían de medios para realizar su trabajo. Pero tenían que hacer compatible la nueva tarea con sus ocupaciones habituales, y esto, en la práctica, podía fácilmente ser un impedimento para realizar un trabajo exigente a fondo.
 
A riesgo de equivocarme me atrevería a decir que una vez más, los asuntos relacionados con Galileo, a pesar de las mejores intenciones, iban a ocupar un lugar secundario. Esto ya le sucedió al propio Galileo, y probablemente fue uno de los motivos de su desgracia (y de la desgracia de la Iglesia). En 1624 Galileo fue a Roma con ánimo de explorar las posibilidades de publicar sus ideas copernicanas, una vez que su gran amigo y admirador Maffeo Barberini había sido elegido Papa. A pesar de que el Papa le recibió seis veces, no encontró demasiadas facilidades (en contra de lo que suele afirmarse) para que su problema se estudiara en serio. Para saber qué opinaba el Papa sobre el copernicanismo tuvo que recurrir al cardenal Zollern. El 15 de mayo de 1624 escribía a su gran amigo Federico Cesi, y le contaba que había hablado dos veces ampliamente con el cardenal Zollern, el cual le aseguró (como así lo hizo) que sondearía el pensamiento del Papa Urbano VIII cuando fuera a verle al cabo de pocos días. Galileo comentó en una carta a su gran amigo el príncipe Federico Cesi:
 
«Pero en definitiva, la cantidad de asuntos que se juzgan infinitamente más importantes que éstos, absorben y aniquilan el prestar atención a semejantes materias» 19.
 
En mi opinión, la tarea que se encomendaba ala Comisión Galileana era extraordinariamente difícil. Exigía la colaboración de auténticos expertos en diferentes áreas, y no suele ser fácil poner de acuerdo a los expertos cuando se encuentran en juego temas tan complejos como los que se dan cita en este caso. Incluso entre los expertos en Galileo existen serias discrepancias que afectan, a veces, a problemas importantes. Llegar a conclusiones generalmente aceptadas requeriría la colaboración en un trabajo serio y difícil. Además, se encuentran implicadas diversas perspectivas (histórica, científica, bíblica, cultural, epistemológica), como lo pone de manifiesto la creación de las cuatro secciones de la Comisión; por tanto, sería necesaria la colaboración de especialistas en Galileo, en física, en filosofía de la ciencia, en historia de la ciencia, en teología, etc.
 
Sin duda, los miembros de la Comisión eran personas muy cualificadas, y pidieron la colaboración de expertos. En mi opinión, sin embargo, las limitaciones de algunos de los resultados manifiestan que, para lograr los objetivos propuestos, hubiera sido deseable, e incluso imprescindible, una mayor dedicación de personas y medios.
 
A este problema se unía otro no menos grave, que se refería a los objetivos propuestos. En la carta del cardenal Casaroli al cardenal Garrone del 1 de mayo de 1981 definía los objetivos y, según me parece, es fácil advertir las dificultades que la consecución de tales objetivos implicaba. El objetivo de los grupos de trabajo era:
 
«volver a reflexionar sobre toda la cuestión galileana, con fidelidad plena a los hechos documentados históricamente y en conformidad con las doctrinas y la cultura de aquella época, reconociendo lealmente, en el clima del Concilio Ecuménico Vaticano II y del citado discurso de Juan Pablo II, las equivocaciones y las razones, vengan de donde vengan. No se trata de revisión de un proceso ni de rehabilitación, sino de una reflexión serena, fundamentada objetivamente, realizada en la época histórico-cultural actual 20.
 
Quizá se puedan calificar estos objetivos como concretos o muy precisos, pero también sería un objetivo muy preciso colocar una nave espacial fuera de nuestra galaxia. Baste señalar unas cuantas dificultades que salen a relucir una vez y otra cuando se habla de las implicaciones del caso Galileo, y cuya solución no es nada sencilla, tampoco en la actualidad:
 
-En sentido imtrumentalista, una «hipótesis» es sólo un recurso útil para calcular o para predecir fenómenos, sin ninguna pretensión de que sea verdadera. En sentido realista, se trata de una teoría que, por el momento, no podemos demostrar, pero pretendemos que refleje la realidad y esperamos que más adelante se pueda confirmar. Cuando los eclesiásticos decían a Galileo que se limitase a tratar el copernicanismo como una hipótesis, utilizaban el término en un sentido instrumentalista (Urbano VIII), o al menos en un sentido ambiguo, mezcla de los dos (Belarmino). Galileo atribuía al copernicanismo un sentido realista. Es muy difícil valorar en el contexto actual la actitud de Belarmino y de Urbano VIII, y qué es lo que les movía a no admitir en absoluto (Urbano VIII), o sólo muy difícilmente (Belarmino), que el copernicanismo pudiera tener un sentido realista;
 
-Es difícil.valorar el papel, sin duda importante, que desempeñaron los caracteres de algunos de los protagonistas, especialmente de Pablo V; Urbano VIII, y el propio Galileo, así como episodios como el del argumento favorito del Papa Urbano VIII puesto en boca del ridículo Simplicio, y el aparente doble juego tanto de Galileo como de Niccolo Riccardi, el Maestro del Sagrado Palacio encargado de autorizar la publicación del Diálogo. El proceso se desencadenó, en buena parte, debido a la ira de Urbano VIII que se sintió ridiculizado (al ver su argumento favorito puesto en boca de Simplicio), y engañado por Galileo y por monseñor Giovanni Ciampoli, gran amigo de Galileo y estrecho colaborador del Papa;
 
-Es muy difícil precisar con seguridad el valor del documento del Santo Oficio de 1616 sobre el mandato a Galileo de no defender el copernicanismo, y ese documento fue utilizado como prueba casi única en el proceso de 1633;
 
-La asociación del geocentrismo con la doctrina católica desempeñó, sin duda, un papel importante en la condenación del copernicanismo en 1616 y de Galileo en 1633. Sin embargo, es muy difícil valorar esta dimensión del problema, porque existen pocas referencias explícitas a estos temas. Esto constituye una dificultad enorme para comprender el verdadero significado del caso Galileo y, en general, de la polémica copernicana;
 
-No es fácil comprender por qué no se atendió a la propuesta de Galileo, avalada por citas de las autoridades tradicionales, de interpretar en sentido menos literal los pasajes de la Escritura que parecían referirse a cuestiones naturales.
 
Sería interesante saber qué veredicto merecerían estos problemas si se reunieran expertos en Galileo, de diversas tendencias, para discutirlos seriamente, utilizando todos los medios y el tiempo deseable. Algo así es lo que podría suponerse que realizaría la Comisión, pero la verdad es que no disponía de los medios para hacerlo: el planteamiento, como se ha visto, era diferente. Una clara desproporción entre el objetivo deseado y los medios disponibles parece encontrarse, pues, como un factor que condicionó desde el principio los trabajos de la Comisión. Aunque el resultado de los trabajos de la Comisión fue muy valioso, estuvo condicionado desde el principio por serias limitaciones. Probablemente, la singularidad del tema dificultó que se tomara conciencia de esos condicionamientos y de los riesgos que implicaban. En el curso de su trabajo, los miembros de la Comisión tuvieron que plantearse los problemas mencionados, aunque no es fácil saber hasta qué punto advirtieron su complejidad. Gracias a su trabajo, ahora nos encontramos en mejores condiciones. Ellos debían afrontar una problemática extraordinariamente difícil.
 
En cualquier caso, una cosa estaba muy clara desde el principio, cuando el cardenal Secretario de Estado indicaba en la carta del 1 de mayo de 1981: «No se trata de revisión de un proceso ni de rehabilitación, sino de una reflexión serena, fundamentada objetivamente, realizada en la época histórico-cultural actual». Una «revisión» del proceso significaría someterlo de nuevo a examen para corregirlo: esto quedaba excluido, y se trataba, en cambio, de repensar toda la cuestión y de reconocer errores, vinieran de donde vinieran. Una «rehabilitación» de Galileo significaría reintegrarle el honor o los derechos de que fue privado; esto era en parte imposible, y en parte ya estaba hecho desde mucho tiempo atrás, también por parte de los Papas.

 


V. EL TRABAJO DE LA COMISION
 
Sin un presupuesto de tiempo, de dinero ni de dedicación, alentada moralmente pero, en la práctica, abandonada a las circunstancias, no puede sorprender que el trabajo de la Comisión fuese muy irregular. En los primeros tres años (1981-1983), la Comisión se reunió 7 veces, y la reunión del 22 de noviembre de 1983 fue la última: ya no se celebraron más reuniones. Esto no significa que se dejara de trabajar. Refleja el carácter poco orgánico de los trabajos:
 
"Según el testimonio personal del Cardenal Poupard, en la primera reunión quedó claro que la Comisión daría a cada uno de los cuatro grupos de trabajo total libertad. De hecho, no todos sostuvieron igual ritmo de trabajo, ni todos tenían tareas igualmente definidas. Las reuniones plenarias de la Comisión servían únicamente para coordinar los trabajos e informar de los progresos que cada una de las subcomisiones realizaba con gran autonomía. Dentro de cada subcomisión, además, la mayor parte del trabajo la realizó individualmente cada uno de sus componentes, y sólo ocasionalmente en grupo» 21.
 
Que la Comisión estaba abandonada a las circunstancias es más que una frase. Fue una realidad que condicionó seriamente el desarrollo de su trabajo. Al cabo de pocos años, tres de sus miembros abandonaron el trabajo por motivos de edad (el padre Rovasenda, jubilado en 1986, y el profesor Chagas, jubilado en 1988: eran Canciller y Presidente, respectivamente, de la Academia Pontificia de Ciencias), o por enfermedad (el cardenal Garrone, coordinador general). Monseñor Martini estaba muy ocupado con su trabajo como arzobispo de Milán y, desde 1983, como cardenal, lo cual le impidió incluso participar en varias de las reuniones que se celebraron. Con estos datos se comprende que a partir de 1985, aunque se siguieron realizando diversos trabajos, faltaba un empuje unitario, y se creó una situación de estancamiento.
 
Tampoco era fácil desarrollar un trabajo amplio en todos los sectores. Por ejemplo, en la Sección exegética, en un principio podría parecer que se podía realizar un amplio trabajo, pero al cabo de varios años solamente se había publicado una obra bastante breve sobre la situación de la hermeneutica bíblica en la época de Galileo, y seguramente no se veía qué más se podía hacer.
 
En los primeros meses de 1989 se produjo un giro que cambiaría el curso de los acontecimientos hasta conducir a la recta final:
 
«En 1989, tras el relevo en la Presidencia y la Cancillería de la Academia de las Ciencias, se reanudaron los contactos entre algunos miembros de la Comisión con el objeto de desbloquear la situación. Estos contactos condujeron al nombramiento del Cardenal Poupard como coordinador de la Comisión, en sustitución del Cardenal Garrone, impedido por enfermedad, con vistas a la conclusión de los trabajos de la misma»22.
En esas circunstancias, correspondía al cardenal Poupard hacer un balance del trabajo realizado por la Comisión, y encaminarla hacia su conclusión. Se puso en contacto con los miembros de la Comisión, y les pidió una evaluación del trabajo realizado y sugerencias acerca de lo que quedaba por hacer. El 13 de julio de 1990, en la carta que el cardenal Poupard escribió al cardenal Secretario de Estado, decía que la Comisión había alcanzado el objetivo para el que había sido creada, y añadía una reflexión muy importante en la que distinguía dos problemas diferentes. Uno, el objetivo de la Comisión, que daba por cumplido, y otro más difícil que, teniendo en cuenta los factores culturales e ideológicos, se encontraba más allá de las posibilidades de la Comisión:
 
«En realidad, se trataría de conseguir separar eficazmente y de modo persuasivo el problema histórico como tal del otro, que se podría llamar eterno, filosófico-
científico-teológico, y frecuentemente ideológico. Tal proceso exige maduración y tiempo, más allá de las posibilidades efectivas de una Comisión, cualquiera que sea. Los hechos culturales, radicados en la historia, no se cambian por decreto o con una Comisión. Sólo se puede ayudar a su evolución histórica, con iniciativas oportunas, como sin duda se ha hecho mediante los trabajos desarrollados por iniciativa de la Comisión instituida por el Santo Padre durante este fructuoso decenio» 23.
 
Esta reflexión del cardenal Poupard es muy objetiva y realista. Muestra claramente que no se hacía ilusiones sobre un cambio radical en el mundo cultural como consecuencia de los trabajos de la Comisión. En el trasfondo se advierte la enorme dificultad de los objetivos propuestos inicialmente a la Comisión, si se piensa en disipar definitivamente los recelos que en algunos todavía suscita el caso Galileo. Poupard encamina a la Comisión hacia el final de sus trabajos con la clara conciencia de que los resultados logrados, aun siendo importantes, son limitados, y no bastan para el objetivo ideal de «pasar página» definitivamente en el caso Galileo.
 
El cardenal Poupard sugería una conclusión formal de los trabajos, y proponía que se realizara en el curso de una audiencia del Papa a la Pontificia Academia de Ciencias y al Consejo Pontificio para la Cultura. Finalmente se estableció como fecha para celebrar la sesión de clausura el 31 de octubre de 1992 24.

 


VI. ¿EXISTÍAN DOCUMENTOS SECRETOS?
 
Al programar una sesión pública de clausura de los trabajos, se quería evitar la impresión de que las autoridades bloqueaban los trabajos de la Comisión, cosa que era totalmente falsa. De hecho, las solicitudes de la Comisión para que se permitiera el acceso a todos los archivos necesarios fueron atendidas sin ninguna dificultad.
 
Hasta el siglo XIX no se conocían los documentos del proceso de Galileo. Una primera publicación, que luego resultó ser parcial en todos los sentidos, tuvo lugar hacia mitad de siglo. En las décadas siguientes se publicaron ediciones más completas, y en la edición nacional de las obras de Galileo (1890-1909), Antonio Favaro pudo incluir el dossier completo del proceso, habiendo recibido el permiso necesario del Vaticano. Desde finales del siglo XIX hasta comienzos del sigloXXI se han sucedido diferentes interpretaciones basadas en los mismosdatos. El trabajo de la Comisión tuvo un primer efecto extraordinariamente importante: poner de manifiesto que en el Vaticano no había constancia de documentos desconocidos. Hasta entonces, algunos todavía manejaban la hipótesis de posibles fraudes, documentos secretos, etc. Ahora este asunto parecía definitivamente despejado, y aunque sólo se hubiera producido este resultado hubiera valido la pena la creación de la Comisión. Además, en varias reuniones de la Comisión se decidió solicitar que los archivos de las Congregaciones del Santo Oficio y del Índice de libros prohibidos se abrieran para los investigadores; la Comisión insistió en varias ocasiones, y finalmente los archivos se abrieron en 1998. Era otro logro que también hubiera justificado, por sí sólo, la existencia de la Comisión. 
 
En realidad, no es rigurosamente cierto que la Comisión comprobase que no existían más documentos. Yo mismo descubrí en 1999, en el archivo del Santo Oficio, un nuevo documento del siglo XVII que podría tener cierta importancia en relación con el caso Galileo. Está relacionado con otro documento descubierto en ese mismo archivo por el historiador italiano Pietro Redondi, quien publicó en 1983 un libro titulado Galileo hereje 25, en el que proponía una nueva interpretación del caso Galileo. Redondi llamó a su documento G3, porque en la parte superior del documento, no sabemos por qué, está escrito G3. Yo llamé a mi documento EE 291, porque se encuentra en el folio 291 del volumen EE (existen otras numeraciones, pero por motivos que no son del caso aquí, prefiero 291).
 
La nueva interpretación del caso Galileo que propuso Redondi no ha convencido a muchos, pero contiene aspectos interesantes y ha cobrado nuevo interés con el descubrimiento más reciente de EE 291, que fue descubierto de modo independiente por tres personas en torno a las mismas fechas: por el historiador italiano Ugo Baldini y colaboradores, durante su trabajo sistemático, hecho por encargo oficial, en el archivo del Santo Oficio de Roma 26; por Thomas Cerbu, de la Universidad de Georgia (Athens, USA) 27; y por Mariano Artigas, de la Universidad de Navarra (Pamplona, España), quien ha trabajado sobre este documento en colaboración con William Shea, de la Universidad Louis Pasteur (Strasbourg, Francia) y Rafael Martínez, de la Pontificia Università della Santa Croce (Roma) 28. La coincidencia no es extraña, teniendo en cuenta que el Archivo del Santo Oficio de Roma se abrió para los investigadores el 1998. El triple descubrimiento muestra que la libertad de investigación produce frutos inmediatos.
 
G 3 fue descubierto porque Redondi andaba tras un informe al que aludía una carta a Galileo escrita desde Roma en 1625, a propósito de una denuncia contra Galileo ante el Vaticano. Los archivos del Santo Oficio y del Índice de libros prohibidos siempre habían estado inaccesibles. Redondi preguntó allí si existía algún documento relacionado con su tema, y le dijeron que existía uno. Pidió permiso para consultarlo, y se lo concedieron, pero sólo pudo consultar, en el grueso volumen donde se encuentra encuadernado, las tres páginas del documento G3. Era una denuncia contra el atomismo de Galileo, o mejor, en relación con el atomismo y una de sus consecuencias: Galileo negaba que las cualidades sensibles (olor, color, sabor, etc.) fueran reales y las reducía a simples sensaciones que sólo existen en el sujeto que las experimenta. Se le acusó de que esa doctrina dejaba sin sentido la doctrina católica sobre la Eucaristía, según la cual después de la consagración ya no hay pan y vino, sino el Cuerpo y la Sangre de Cristo, permaneciendo, sin embargo, las apariencias (las «especies», en la terminología del Magisterio; los «accidentes», según los escolásticos) del pan y del vino. Este problema provocó bastantes discusiones en el siglo XVII, ya que Galileo, y otros científicos y filósofos, negaban la realidad de las cualidades sensibles. Según Redondi, éste era el problema de fondo contra Galileo, pero su amigo el Papa Urbano VIII consiguió que «sólo» se le procesara por afirmar el movimiento de la Tierra.
 
G 3 permaneció ignorado en los archivos durante varios siglos, y ni siquiera los especialistas en Galileo conocían su existencia. Poco después de que en 1998 se abriera para los investigadores el archivo, y trabajando sobre G 3, en 1999, Artigas descubrió EE 291, que es un informe a propósito de la denuncia contenida en G 3. Ambos documentos son anónimos y no tienen fecha, pero Rafael Martínez ha conseguido demostrar más allá de toda duda que EE 291 fue escrito por el jesuita Melchior Inchofer, que trabajó para la Congregación del Índice. Es prácticamente seguro que fue redactado en torno al proceso de Galileo. Resulta tentador pensar que formó parte, junto con G3, de las acusaciones que seguramente se presentaron al Papa Urbano VIII contra Galileo cuando éste publicó su Diálogo en 1632, acusaciones que le llevaron al proceso y a la condena. Éste es otro punto importante sobre el que se sabe muy poco, aunque es prácticamente seguro que esas acusaciones existieron, e influyeron notablemente en el desarrollo de los acontecimientos. Finalmente, la acusación de G 3 no prosperó, sin duda porque era poco sólida.
 
Ugo Baldini ha descubierto varios documentos más relacionados con Galileo, aunque ninguno tiene la importancia de EE 291 29. Todo esto muestra que la sospecha de que podían existir documentos desconocidos en los archivos del Vaticano no carecía completamente de fundamento, aunque ello no se debiera a un intento de ocultar ningún documento en particular. Actualmente parece que estamos en condiciones de afirmar que no existen otros documentos sobre Galileo en los archivos del Santo Oficio y del Índice. No estará de más añadir que no puede excluirse que existan otros documentos sobre Galileo en otros lugares. Sin embargo, y esto es lo más importante, los aspectos fundamentales del caso Galileo no cambiarían aunque pudiéramos conocer datos que ahora nos son inaccesibles, incluso sobre las intenciones de los protagonistas. Se conoce demasiado, y demasiado bien, para que pueda cambiar lo esencial.

 


VII. HACIA LA CONCLUSION DE LOS TRABAJOS
 
La Comisión había realizado un trabajo que, en cierto modo, era sólo preliminar, pero no parecía que pudiera hacer mucho más. En el caso Galileo, todo seguía siendo tan sobradamente conocido, y al mismo tiempo tan completamente misterioso y complicado, como antes. Ya se ha señalado que ello se debe a que existen puntos importantes que no se pueden decidir. Era posible proponer conjeturas razonables, pero ¿era ése el objetivo de la Comisión? Ya existían muchas conjeturas, ¿qué se ganaba añadiendo otras? Además, la Comisión llevaba varios años estancada, y podía dar la impresión de que se la dejaba morir por falta de interés, o incluso porque se deseaba ocultar algo. Parecía conveniente sacar a la Comisión del punto muerto.
 
Sin embargo, quedaba un aspecto que, en cierto modo, constituía el objetivo principal de Juan Pablo II en su discurso de 1979 y después: el futuro.
 
Nos podemos preguntar: después del planteamiento del cardenal Poupard para encaminar los trabajos de la Comisión hacia su final, ¿qué quedaba de los objetivos iniciales marcados a la Comisión? La distinción de los dos problemas implicados en el caso Galileo, ¿no significa que, en realidad, se renunciaba a abordar con mayor profundidad los problemas de fondo, al calificarlo como «eterno» y «a menudo ideológico»?
 
Lo más sencillo es admitir que las posibilidades de esa Comisión, y de cualquier otra Comisión que se pudiera crear, eran bastante limitadas. Se podían hacer más accesibles los documentos, comprobar que no existían sorpresas, estudiar la época y el contexto, analizar los hechos: se podía avanzar, pero en una línea que, básicamente, ya está fijada. No cabía esperar grandes sorpresas, a finales del siglo XX, en el caso Galileo. Se podían esperar durante el siglo XIX, hasta que se publicaron los documentos del proceso, pero después ya no. Los datos esenciales ya estaban establecidos. Pueden aparecer documentos que tengan cierto interés, e incluso eventualmente pueden arrojar nuevas luces sobre algún aspecto importante del caso: de hecho, hemos visto que eso ha sucedido. Pero las líneas esenciales de los hechos históricos están fijadas y no se pueden cambiar. Las extensas informaciones del embajador de Toscana se encuentran en el Archivo de Estado de Florencia, muchas cartas de Galileo o dirigidas a él están en la Biblioteca Nacional de Florencia o en otras colecciones, el volumen del proceso está en el Archivo Secreto Vaticano y, a estas alturas, ya hace tiempo que ha sido examinado utilizando incluso procedimientos químicos. En ese volumen se encuentran las decisiones principales de las Congregaciones romanas y de los Papas, todas las declaraciones de Galileo en el proceso, los informes de los censores de su libro. Toda esta amplísima documentación puede contener algunas inexactitudes o elementos dudosos, pero en lo esencial es tan fiable como puede serlo cualquier documento histórico bien comprobado. En estas condiciones, ¿qué podría hacer una Comisión, sin adentrarse en opiniones e interpretaciones que serían siempre discutibles?
 
La ya mencionada carta del cardenal Poupard muestra explícitamente que admitía que la conclusión de los trabajos de la Comisión no equivalía a dar por resueltas todas las discusiones en torno al caso Galileo. ¿Significa esto que el objetivo inicial de la Comisión era demasiado alto, y quizás inalcanzable? No tendría nada de extraño, porque es lo que suele suceder a lo largo de cualquier trabajo de investigación. El ámbito del trabajo suele reducirse a medida que la investigación avanza, y los resultados suelen ser más modestos de lo que inicialmente se pensaba. Pero, a la vez, son más realistas y, probablemente, más interesantes.
 
De hecho, el impacto de la Comisión no se limitó a las obras publicadas hasta 1990. Después de esa fecha, y en parte gracias al impulso dado por el Papa y la Comisión, se han publicado importantes obras de documentación y de síntesis. Después de 1990 se han publicado los documentos referentes al caso Settele, que de algún modo significaron dar luz verde al copernicanismo por parte de la Iglesia de modo oficial y definitivo 30, y los referentes a las vicisitudes de los libros copernicanos en relación con la Congregación del Índice de libros prohibidos 31, y lo mismo sucede con el excelente libro de Annibale Fantoli sobre el caso Galileo en su conjunto, probablemente el mejor que se ha escrito hasta el momento 32.
 
El libro de Fantoli responde a la intención inicial de Juan Pablo II. El título mismo lo muestra: Galileo por el copernicanismo y por la Iglesia. Es un título muy significativo. Galileo era, a la vez, copernicano y católico, luchó para que la Iglesia no condenara el copernicanismo, y su derrota fue sólo momentánea. Oponer Galileo a la Iglesia no tiene sentido, porque Galileo era Iglesia, aunque sufriera por parte de algunos organismos oficiales de la Iglesia. Galileo fue condenado por un tribunal de la Iglesia, y en su condena en 1633 desempeñó un papel importante el Papa Urbano VIII, así como el Papa Pablo V había desempeñado, junto con el cardenal Belarmino, un papel importante en la condena del copernicanismo en 1616. El libro de Fantoli deja todo esto muy claro, ateniéndose con escrupuloso rigor a los hechos históricos, y a la vez, con el mismo rigor, presenta la figura del Galileo católico que desea evitar que las autoridades de la Iglesia tomen una decisión que más adelante deba lamentarse. Un buen ejemplo de lo que deseaba Juan Pablo II. El libro de Fantoli se publicó en la colección de los Estudios Galileanos, destinada a las publicaciones promovidas por la Comisión, y puede ser considerado como uno de los frutos más maduros del impulso promovido por la Comisión.

 


 VIII. ¿CÓMO CONCLUIR?
 
Como ya se ha advertido, existía un motivo adicional para concluir los trabajos de la Comisión. Ésta llevaba casi 10 años de funcionamiento, y en los últimos años había entrado en una fase de estancamiento. Se podía pensar que las autoridades de la Iglesia impedían el progreso de los trabajos porque existían datos que no deseaban manifestar al público, o que se preparaba una retractación solemne que, sin duda, caía fuera de los planes del Papa y de la Comisión. Parecía conveniente que los trabajos de la Comisión fueran clausurados de modo oficial y público.
 
Una vez aceptado este planteamiento, el único problema que quedaba era cómo concluir los trabajos de la Comisión.
 
A lo largo de varios años, la Comisión había realizado un trabajo muy valioso y había conseguido resultados apreciables. Luego vino una época de estancamiento. Ahora llegaba el momento más difícil. La principal dificultad se debía a la decisión de clausurar el trabajo de la Comisión con un discurso pontificio. A primera vista podía parecer sencillo, bastaría con decir algo sobre cada uno de los tres temas mencionados. La realidad resultó más compleja. A la hora de la verdad, en el discurso pontificio se trataron temas difíciles.
 
Es posible que la decisión de clausurar el trabajo de la Comisión con un discurso pontificio fuera motivada por el deseo de celebrar un acto que tuviera resonancia pública. Eso se consiguió con creces, y la opinión pública, a nivel mundial, reaccionó de modo bastante favorable. Lo que contaba, más que el contenido de los discursos, era el gesto. A nadie le quedó la menor duda de que la Comisión y el Papa reconocían los errores del caso Galileo y proponían una colaboración positiva con la ciencia.
 
Sin embargo, hubiera sido más sencillo concluir de otro modo. Por ejemplo, que el Papa escribiera una carta agradeciendo los trabajos de la Comisión. Así se podría evitar la dificultad que lleva consigo el abordar temas delicados de un modo breve. Pero, una vez elegido el acto público y solemne, parecía inevitable que el discurso debiera trazar, rápidamente, un panorama de los problemas abordados y de los resultados conseguidos. Lo cual era una tarea enormemente difícil porque el caso Galileo es muy largo y complejo, y siguen existiendo puntos importantes abiertos a discusión. Esbozar en pocas palabras un juicio sobre el caso Galileo era una tarea muy arriesgada.

 


IX. 31. DE OCTUBRE DE 1.992: LA CONCLUSIÓN DEL TRABAJO DE LA COMISIÓN
 
Por fin, el sábado 31 de octubre de 1992 tuvo lugar el acto solemne que concluía oficialmente el trabajo de la Comisión. El Vaticano se vistió de sus mejores galas para el acontecimiento. Tendría lugar en la Sala Regia (lo mismo que el discurso del 10 de noviembre de 1979), que viene a ser como un atrio gigantesco de entrada a la Capilla Sixtina. Se accede a ella a través de la Escala Regia, obra de Bernini. Se llama Regia porque era la Sala destinada a acoger a los reyes o a sus embajadores. También se celebraban en ella acontecimientos especialmente solemnes, tales como canonizaciones, o cónclaves para la elección de un nuevo papa. Fue construida por deseo del papa Paulo III (1534-1549), que pertenecía a la nobleza romana (familia de los Farnese). De ahí los lirios que se encuentran en la decoración del artesonado del techo y en el friso. Paulo III confió a Antonio da Sangallo la remodelación de la zona de los Palacios Vaticanos en que se halla la Sala Regia. El resultado, en palabras de Vasari (autor de algunos de los frescos de la sala), fue «la Sala más hermosa y rica que entonces existía en el mundo».
 
La decoración refleja acontecimientos importantes de las relaciones del papado con el poder temporal. En la construcción y decoración de la Sala Regia se emplearon casi treinta años, hasta que el papa Gregorio XIII pudo inaugurarla finalmente el 21 de mayo de 1573. Galileo tenía entonces 9 años. Muchas de las maravillas que admiramos hoy en Roma fueron hechas en vida de Galileo, y se relacionan de algún modo con su fortuna. Se puede descubrir la huella de Galileo en muchos lugares de Roma. Ahora, también en la Sala Regia, porque el acontecimiento del 31 de octubre de 1992 señaló una fecha importante en la historia del Caso Galileo.
 
La Sala Regia, la más rica y solemne Sala de Audiencias del Palacio Apostólico, fue escogida como marco para la solemne sesión de clausura de la Comisión precisamente por su significado Como lugar de encuentro entre la Iglesia y los pueblos de la Tierra. Alguien podría pensar que se trataba de un sutil intento desesperado de reafirmar la supremacía de lo espiritual sobre lo temporal, pero no era esa la intención de Juan Pablo II. Si los frescos que servían de telón de fondo a los discursos sobre Galileo representan la victoria del papado ante el poder secular, los discursos, al reconocer ante los representantes de las naciones los errores cometidos por los jueces de Galileo, constituyen un elocuente ejemplo de la situación exactamente inversa.
 
Estuvieron presentes los miembros de la Academia Pontificia de las Ciencias, que celebraban ese día su sesión plenaria. Se encontraban allí, además, los jefes del cuerpo diplomático acreditado ante la Santa Sede, así como numerosas personalidades eclesiásticas, incluyendo al Secretario de Estado, cardenal Angelo Sodano. En suma, una cualificada representación de los mundos eclesiástico, científico y político.
 
La prensa de todo el mundo se hizo eco del acontecimiento, no sólo con crónicas, sino también con artículos de opinión dedicados a comentar su significado. El día siguiente, domingo 1 de noviembre de 1992, la primera página del diario del Vaticano, L "Osservatore Romano, destacaba con un gran titular la noticia principal del día: «Pertenece al pasado el doloroso malentendido sobre la presunta oposición constitutiva entre ciencia y fe» 33. El mensaje era inequívoco. Para eso se había constituido once años antes la Comisión especial que se ocupó del caso Galileo. Lo que el Papa Juan Pablo II esperaba de esa Comisión era poder proclamar a los cuatro vientos, de modo definitivo, lo que ese día decía el diario vaticano. De todos modos, en el subtítulo del diario se leía: «La trágica incomprensión sobre el «caso Galileo» enseña que los teólogos deben mantenerse informados sobre las adquisiciones de la ciencia» 34. Era una llamada de atención a los hombres de Iglesia para que no se volviera a repetir el caso Galileo.
 
La información de L"Osservatore Romano era muy amplia. El artículo de la primera página, que incluía una fotografía del acto, continuaba en las páginas 6, 7, 8 y 9, donde se encontraban más fotografías, el texto íntegro del discurso del Papa en francés y su traducción italiana, y los discursos del padre George Coyne y del cardenal Paul Poupard.
 
La reacción de la prensa fue bastante positiva, aunque no faltaron comentarios irónicos. Un periódico francés decía que afirmar que la Tierra gira alrededor del Sol ya no es un sacrilegio. Otro decía que era escandaloso que una Comisión hubiera empleado trece años para concluir que Galileo tenía razón 35.
 
Después de un discurso del padre Coyne en nombre de la Academia de Ciencias, el cardenal Poupard pronunció un discurso en el que presentó al Juan Pablo II los trabajos de la Comisión. El Papa respondió con otro discurso.

 


X. VALORACIÓN FINAL
 
En cuanto al trabajo de la Comisión, no parece que se pueda hacer ningún reproche de negligencia o desinterés, y puede excluirse que existiera ningún tipo de intereses misteriosos que hubieran impedido su funcionamiento. Se podría pensar, en todo caso, que los objetivos propuestos a la Comisión eran más difíciles de lo que se pensaba inicialmente. Los buenos deseos condujeron a unas expectativas que, a la hora de la verdad, se mostraron demasiado optimistas. Aunque siempre se alentó y facilitó su trabajo, no se dotó a la Comisión de unos medios que seguramente hubiera necesitado, quizás porque no se llegó a tomar con ciencia plena de la dificultad de la tarea que se le encomendaba, o de su importancia, o de ambas cosas.
 
A pesar de las limitaciones de medios, la Comisión realizó un trabajo muy apreciable en su conjunto. Realizó comprobaciones y otros trabajos importantes en los archivos, y contribuyó a la posterior apertura del archivo del Santo Oficio y del Índice, haciendo posible que se hayan encontrado otros documentos relacionados con Galileo y que se hayan disipado las dudas sobre la existencia de otros documentos. Impulsó varias publicaciones de notable valor histórico y documental, y gracias a ese impulso se han producido más tarde otras publicaciones de gran valor.
 
La carta del cardenal Poupard del 13 de julio de 1990, que ha sido citada anteriormente, muestra sin lugar a dudas que el trabajo de la Comisión no venía considerado como un punto final absoluto. Lo más lógico sería considerarlo como una etapa de investigación documental e histórica que ha permitido asentar nuevas bases para la continuación de los estudios del complejo caso Galileo en sus dimensiones científica, filosófica y teológica, y todo parece indicar que esa idea estuvo presente en quienes dirigían esos trabajos. Una valoración negativa del trabajo de la Comisión en su conjunto, o de las intenciones que se encontraban detrás de la promoción de su trabajo, sería una injusticia histórica.
 
Las circunstancias personales de los miembros de la Comisión, así como la dificultad de la tarea que se les había confiado y la ausencia de medios proporcionados para realizarla, fueron la causa de que su trabajo, después de unos años iniciales de gran actividad, después languideciera. La conciencia de las dificultades para seguir adelante, y la convicción de que ya había cumplido la misión para la que fue creada, así como el temor a las suspicacias y falsas expectativas que podía provocar la situación de estancamiento, fueron los motivos que llevaron a proyectar la conclusión de su trabajo.
 
Se optó por una conclusión formal de ese trabajo y, dentro de esa línea, se optó por un acto solemne con un discurso del Papa. Hubiera sido posible una conclusión menos solemne, pero se prefirió la solemnidad, seguramente buscando un eco amplio en la opinión pública. Ese eco se consiguió con creces y, en general, ha sido positivo. Se ha considerado, con razón, que las autoridades de la Iglesia han reconocido los errores cometidos y han mostrado su deseo de colaborar positivamente con el mundo científico.
 
En los discursos finales se encuentran aspectos discutibles. Esto resultó casi inevitable desde el momento en que se decidió una clausura solemne con dos discursos, uno para presentar las conclusiones de la Comisión, y otro, el del Papa, para agradecerlas y comentarlas. La Comisión realizó un amplio trabajo pero no llegó a conclusiones propiamente dichas, porque nunca se realizó una labor de síntesis que, por otra parte, hubiera sido muy difícil. Da la impresión de que, en los discursos finales, se intentó suplir esa carencia. Quizás no se advirtió que esa opción comportaba importantes riesgos, dada la enorme complejidad y dificultad de los problemas implicados, algunos de ellos no resueltos. Más en concreto:
 
-Se podía haber subrayado más la distinción de los dos niveles de problemas en el caso Galileo: uno, el de documentación archivística e histórica, en el que se centró la Comisión, y otro de valoración, que seguía y seguirá abierto. Quizás el deseo de manifestar que se habían cumplido las expectativas iniciales llevaron a dar a los discursos finales un tono que podía llevar a atribuir al trabajo de la Comisión un alcance mayor del que realmente tenía;
 
-Desde el primer momento se había indicado a la Comisión que no se trataba de revisar el proceso ni de rehabilitar a Galileo, quizás porque ambas pretensiones podrían parecer ridículas después de tanto tiempo, y porque se excluía juzgar a personas que no pueden defenderse y que, por regla general, actuaron con buena fe, de acuerdo con las circunstancias de la época. Quizás hubiera sido oportuna una alusión en los discursos finales, para mostrar que en ningún momento se había dado marcha atrás con respecto al proyecto inicial;
 
-El modo de presentar y valorar el trabajo de la Comisión en los discursos finales podía dar pie a pensar que se trataba de unas tomas de posición oficial cuidadosamente planificadas. Esta impresión no sería del todo exacta, porque en ningún momento se trabajó con conclusiones de la Comisión, que nunca existieron. Se podían haber incluido fácilmente comentarios aclaratorios, y los aspectos más polémicos también se podían haber evitado;
 
-Se ha prestado demasiado poca atención al párrafo final del discurso del cardenal Poupard. Está colocado al final de su discurso, escrito en cursiva en las versiones impresas, evidentemente de modo intencionado, de tal modo que provoca la sensación, que corresponde a la realidad, de que es como un breve resumen del mensaje que se quiere transmitir. Ese párrafo es una síntesis muy objetiva y acertada de la valoración que puede merecer el caso Galileo en la actualidad, y muestra, además, que la Iglesia es capaz de reconocer abiertamente errores. En concreto dice así:
 
«En esa coyuntura histórico-cultural, muy alejada de nuestro tiempo, los jueces de Galileo, incapaces de disociar la fe y una cosmología milenaria, creyeron, muy
equivocadamente, que la adopción de la revolución copernicana, que por lo demás no estaba probada definitivamente, era de una naturaleza tal que quebrantaría la tradición católica, y que era su deber prohibir su ensefíanza. Este error subjetivo de juicio, tan claro para nosotros en la actualidad, les condujo a una medida disciplinar por la cual Galileo "debió sufrir mucho". Hay que reconocer lealmente estas equivocaciones, tal como Vos, Santidad, lo habéis pedido» 36.
 
-Tanto en sus discursos como en otras ocasiones, las autoridades de la Iglesia han reconocido claramente que se cometieron errores con Galileo. Las declaraciones oficiales no descienden a responsabilidades concretas, seguramente porque no lo consideran necesario (es evidente quiénes eran las personas y organismos implicados), ni tampoco conveniente (supondría juicios innecesarios y extemporáneos sobre personas e intenciones);
 
-Algunos juicios históricos contenidos en los discursos finales se basan en datos que podían precisarse mejor. Posteriormente, bajo el impulso del cardenal Poupard, responsable de la Sección cultural, se han realizado ulteriores trabajos, poniendo a disposición de los investigadores datos bastante complejos que anteriormente no estaban disponibles 37.
 
¿Puede decirse que el error principal en el caso Galileo fue una actuación demasiado autoritaria por parte de las autoridades de la Iglesia? Quienes formulan esta crítica parecen pensar que, si no se señalan con el dedo personas concretas y se «denuncia» su actuación autoritaria, no se llega al meollo del problema, y no se evitan posibles errores del mismo tipo en el presente o en el futuro. Sin embargo, el cardenal Poupard probablemente acierta cuando, en su discurso, sostiene que los actores del caso Galileo tienen derecho al beneficio de la buena fe, si no hay pruebas en contrario: y, de hecho, hay pocos indicios que permitan sospechar la existencia de intenciones menos torcidas. Seguramente el modo de ser de los dos Papas que intervinieron, así como la envidia de algunos expertos que pudieron aconsejar en 1632, pudieron desempeñar un papel en el caso; pero no parece aceptable atribuirles un papel decisivo. También el carácter de Galileo, de Riccardi, de Ciampoli, desempeñaron un papel en el caso. Aun a riesgo de repetir la idea, me parece importante subrayar una vez más que el caso Galileo es enormemente largo y complejo. Intentar reducirlo a algún factor concreto en exclusiva, u otorgar demasiada importancia al autoritarismo, a los personajes o a cualquier otra circunstancia, probablemente llevaría a simplificaciones poco acordes con la realidad histórica.
 
Algo semejante puede decirse cuando se presenta el caso como el choque entre la estructura autoritaria de la Iglesia y la libertad de investigación, o la libertad en general. La existencia de autoridad en la Iglesia es algo que acompaña a su naturaleza, y el choque con Galileo se pudo haber evitado: no fue algo que sucediera necesariamente, sino que está lleno, por el contrario, de factores contingentes. Tampoco es cierto que, debido a que no se reconocen las causas del error, sigamos expuestos a otros errores semejantes; parece bastante claro, por ejemplo, que la experiencia del caso Galileo ha sido uno de los factores que ha contribuido a evitar la condena del evolucionismo (que sería el caso más semejante al de Galileo, por tratarse de una teoría de la ciencia natural). Nunca ha existido una condena oficial del evolucionismo por parte de las autoridades romanas, a pesar de que las circunstancias a veces presionaran en esa dirección, y de que existieran inicios de actuaciones en esa línea; y no parece arriesgado aventurar que la experiencia del caso Galileo ha ayudado a evitarla.
 
Desde hace tiempo, se conocen bastante bien los aspectos esenciales del caso Galileo, aunque siga habiendo lagunas. Al crear la Comisión pontificia, Juan Pablo II pretendió clarificar la mitificación de ese caso, que sigue estando presente en la actualidad, a veces de manera llamativamente anti-histórica 38, y facilitar la colaboración entre ciencia y religión, tan necesaria en nuestra época. Las reflexiones anteriormente expuestas, junto con los datos de archivo que han sido publicados hasta ahora, permiten concluir, según me parece, que las limitaciones de esa empresa se ven sobradamente compensadas por sus logros, que han supuesto una contribución positiva para los estudios galileanos (también en beneficio de quienes han criticado el trabajo de la Comisión), y para el mejor entendimiento entre ciencia y religión. Sin duda, la Comisión no significa un final absoluto, pero es que nadie pretendió que lo fuese. Ha sido una etapa importante en la desmitificación del caso, que en la actualidad se suele considerar cada vez con más objetividad.
 

 


 
1. Se encuentra una primera aproximación que contiene los datos más indispensables en: M. ARTIGAS, Lo que deberíamos saber sobre Galileo, «Scripta Theologica» 32 (2000), pp. 877-896. y una narración detallada, que utiliza las fuentes otiginales, en: W.R. SHEA-M. ARTIGAS, Galileo en Roma. Crónica de 500 días, Madrid 2003.
2. Pueden verse, por ejemplo, en: M. SANCHEZ DE TOCA, Un doble aniversario: XX aniversario de la creación de la Comisión de Estudio del Caso Galileo y X de su clausura, «Ecclesia» 16 (2002), pp. 141-168. En este trabajo se encuentra una exposición sobre la creación y trabajo de la Comisión, basada en los documentos del archivo del Consejo Pontificio para la Cultura (PCC). He tomado de ese artículo los datos de archivo que cito. En las citas, APCC, QG, I, significa que el documento citado se encuentra en la caja primera de la sección dedicada a la Cuestión Galileana (QG) en el Archivo del Pontificio Consejo para la Cultura (APCC).
3. M. BUCCIANTINI, Contro Galileo. Alle origini dell"affaire, Firenze 1995, pp. 13-18.
4. A. FANTOLI, «Galileo e la Chiesa cattolica. Considerazioni critiche sulla "chiusura" della questione galileiana", en: J .MONTESINOS y C. SOLÍS (eds.), Largo campo di filosofare; La Orotava, Tenerife 2001, pp. 733-750. Fantoli también aborda la «cuestión galileana», incluyendo referencias a la Comisión, en la última parte de su importante libro: Galileo per il Copernicanesimo e per la Chiesa, Citta del Vaticano 2ª 1997, pp. 458-475. Y, con mayor detalle, en la edición francesa de ese mismo libro: Galilée. Pour Copernic et pour l"Eglise, Citta del Vaticano 2001, pp. 337-357.
5. A. FANTOLI, Galilée. Pour Copemic et pour l"Eglise, cit., pp. 356-357.
6. P. DUHEM, Sozein ta fainomena. Essai sur la notion de théorie physique de Platon à
Galilée, Paris 1990, p. 140 (el original es de 1908).
7. W. BRANDMÜLLER, Galileo y la Iglesia, Madrid 1987, pp. 177-178 (el original es de 1982).
8. A. FANTOLI, «Galileo e la Chiesa cattolica», cit., pp. 746-747.
9. M. SEGRE, Light on the Galileo Case?, «lsis» 88 (1997), pp. 484-504.
10. A. BELTRAN, Galileo, ciencia y religión, Barcelona 2001, pp. 203-248.
11. A. BELTRAN, «lntroducción» a: Galileo Galilei, Diálogo sobre los dos máximos sistemas del mundo, Madrid 1995, p. LXXII.
12. J. RESTON, Galileo. El genio y el hombre, Barcelona 1996, pp. 193-198 y 383-387.
13. JUAN PABLO II, Homilía, Jornada del perdón, 12 de marzo de 2000, nn. 3 y 4: en Jornada del perdón, Madrid 2000, p. 16.
14. COMISIÓN TEOLÓGICA INTERNACIONAL, Memoria y reconciliación: La Iglesia y las culpas del pasado, 7 marzo 2000, sección 5.3: en Jornada del perdón, cit., p. 117.
15. CONCILIO VATICANO II, Const. Gaudium et Spes, n° 36.
16. Acta Apostolicae Saedis, 71 (1979), pp. 1464-1465.
17.Ibid, pp. 1465-1466. 1
18. Cfr. Doble aniversario, pp. 147-148. El 13 de mayo de 1981 tuvo lugar el atentado contra el Papa que, como se advierte por las fechas, apenas retrasó la creación de la Comisión.
19. Carta de Galileo a Federico Cesi, 15 de mayo de 1624, en: Galileo Galilei, Opere, ed. Nazionale a cura di A. Favaro (Barbera: Firenze, 1890-1909), vol. XIII, n° 1633.
20. Carta del cardenal Casaroli al cardenal Garrone, 1 de mayo de 1981: archivo APCC, QG, I. Citado por: Sánchez de Toca, o.c., p. 146.
21. SANCHEZ DE TOCA, o.c., pp. 147-148. I
22. Ibid, p. 157.
23. Carta del cardenal Poupard al cardenal Secretario de Estado, 13 de julio de 1990: APCC, QC, 1. Citada por SÁNCHEZ DE TOCA, o.c., p. 158.
24. Cfr. SANCHEZ DE TOCA, o.c., pp. 158-159.
25. P. REOONDI, Galileo Eretico, Torino 1983.
26. U. BALDINI y L. SPRUIT, Nuovi documenti galileiani degli Archivi del Sant"Ufficio e dell"Indice, «Rivista di storia della filosofia» 56 (2001), pp. 661-699.
27. T. CERBU, «Melchior Inchofer, "un homme fin & rusé"", en: J. MONTESINOS y C. SOLÍS (eds.), Largo campo di filosofare, cit., pp. 587-611.
28. M. ARTICAS, «Un nuovo documento sul caso Galileo: EE 291", Acta Philosophica, 10 (2001), pp. 199-214; R. MARTINEZ, «Il Manoscrito ACDF, Index, Protocolli, vol. EE, f. 291 r-v», ibid, pp. 215-242; L.F. MATEO-SECO, "Galileo e l"Eucaristia. La questione teologica dell"ACDF, Index, Protocolli, EE, f. 291 r-v» ibid, pp. 243-256; W.R.SHEA, «Galileo e l"atomismo», ibid, pp. 257-272; M. ARTICAS, R MARTtNEZ y W.R.SHEA, "Nueva luz en el caso Galileo", Anuario de Historia de la Iglesia, 12 (2003), pp.159-179. Después de la publicación de esos artículos, Shea ha sido llamado a ocupar la Cátedra Galileo de la Universidad de Padua.
29. Se encuentran en el artículo ya citado de Baldini y Spruit «Nuovi documenti galileiani degli Archivi del Sant"Ufficio e dell"Indice».
30. W. BRANDMÜLLER y J. GREPL, Copernico, Galilei e la Chiesa: fine della controversia (1820), gli atti del Sant"Uffizio, Firenze 1992.
31. P.-N. MAYAUD, La condamnation des livres coperniciens et sa révocation à la lumière des documents inédits des Congregations de l’Index et de l’Inquisition, Roma 1997.
32. A. FANTOLI, Galileo per il Copernicanesimo e per la Chiesa, cit.
33. «L’Osservatore Romano», 1 de noviembre de 1992, página 1.
34. Ibid
35. Se encuentra un resumen comentado de las reacciones de la prensa en: M.P. GALLAGHER, Note in margine al caso Galileo, «La Civilta Cattolica» 144 (1993), pp. 424-436.
36. P. POUPARD, "Compte rendu des travaux de la commission pontificale d"études de la controverse ptoléméo-copernicienne aux XVIe-XVIIe siecles», Discurso del 31 de octubre de 1992, en: P. POUPARD (ed.), Après Galilée. Science et foi: nouveau dialogue, Paris 1994, p. 96.
37. Véase la obra ya citada: P.-N. MAYAUD, La condamnation des livres coperniciens etsa révocation à la lumière des documents inédits des Congregations de l’Index et de l’Inquisition.
38. Por ejemplo, la Vida de Galileo de Bertolt Brecht se continúa representando con éxito. Dejando aparte sus méritos artísticos y emotivos, desde el punto de vista histórico contiene deformaciones muy serias; es un claro exponente de la vitalidad de que goza el mito galileano y contribuye a mantenerla.
(*) Mariano Artigas
Facultad Eclesiástica de Filosofía
Universidad de Navarra
PAMPLONA
SCRIPTA THEOLOGlCA 35 (2003/3) 753-784

  

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“Siguiendo el cometa”, y nos trae a la mente la solemnidad de la Epifanía del Señor. El cometa nos hace pensar en los Magos, personajes misteriosos, sabios, cultos, expertos en astronomía (que algunos antiguos llamaban astrología), de los que habla el Evangelio. Pero, si observamos con atención, tenían un corazón de niño, fascinado por el misterio; y aceptaron con prontitud la invitación de la estrella y lo dejaron todo para ir a adorar al Rey de los judíos, que había nacido en Belén..

 

1303 - Universidad romana de La Sapienza - Histórica institución, cuyo origen está en una Bula del Papa Bonifacio VIII, de 1303.

 

La Iglesia Católica sembró de Universidades en Europa, precisamente en el medioevo. - Ciertamente la universidad debería ser un lugar privilegiado para practicar la razón sin prejuicios ni vetos ideológicos, un lugar en el que afrontar todos los aspectos de la realidad más allá de esquemas preconcebidos, pero precisamente en este ámbito vemos que con frecuencia, no domina ese coraje del razón al que invoca diariamente el Papa Benedicto XVI-  Obispo de Roma 2008.

 

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"La Iglesia de la época de Galileo se atuvo más a la razón que el propio Galileo, y tomó en consideración las consecuencias éticas y sociales de la doctrina galileana" filósofo agnóstico Paul Feyerabend.-

 

Un discurso pronunciado por el cardenal Ratzinger en Parma hace dieciocho años (en 1990), y que por cierto, retomó en Madrid en un encuentro con intelectuales con motivo del XIV Centenario del III Concilio de Toledo.

En dicho discurso, Ratzinger – probablemente el más grande intelectual viviente-2008), afrontaba la crisis de la fe en la ciencia como uno de los rasgos culturales del momento presente, y para ello realizó una sugerente cala sobre el famoso (y generalmente manipulado) "caso Galileo", para mostrar que se ha producido una inversión en el modo de juzgarlo por parte de los filósofos de la ciencia. Y para ello, Ratzinger cita al filósofo agnóstico Paul Feyerabend, quien afirma que "la Iglesia de la época de Galileo se atuvo más a la razón que el propio Galileo, y tomó en consideración las consecuencias éticas y sociales de la doctrina galileana". Por este motivo, el laico Feyerabend sostenía (para escándalo de estos presuntos científicos de La Sapienza) que el juicio contra Galileo "fue racional y justo, y sólo se puede justificar su revisión por motivos de oportunismo político". El propio Ratzinger mostraba su sorpresa ante esta toma de posición, y advertía que la fe nunca puede crecer a partir del rechazo de la racionalidad. Sin embargo la cita de Feyerabend era útil para ilustrar hasta qué punto es profunda la puesta en cuestión que la modernidad, la ciencia y la técnica hacen de sí mismas.

 

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Nicolás Copérnico 

Luis I. Amorós, el 11.06.2015 a las 11:59 PM 

Infancia y años de formación 

 

Mikolaj Kopernik (más conocido como Nicolás Copérnico) nació en Torun (o Thorn, como se conoce en alemán), en la región de Chelmno (también llamada Prusia Real u Oriental), en el reino de Polonia, el 19 de febrero de 1473, en el seno de una rica familia de comerciantes. Su padre provenía de una familia de mercaderes de Cracovia (aunque el apellido proviene de la región de Silesia), y su madre era hija de un rico mercader local. De sus tres hermanos mayores, uno fue agustino y otra monja benedictina. Huérfano a los diez años, fue adoptado por su tío materno Lukas Watzenrode, canónigo de la catedral de Frauenburg (Frombork en polaco) y luego obispo de Warmia, que le costeó el ingreso en la Universidad de Cracovia en 1491- bajo la dirección del matemático Wojciech Brudzeski- al advertir las notables condiciones del muchacho para el estudio. 

 

Con brillantes calificaciones, Nicolás viajó a la península italiana y cursó derecho canónico en Bolonia a partir de 1496, recibiendo la influencia de la filosofía humanista durante los años en que estudió profundamente a los clásicos, aprendiendo griego y filosofía. También fue asistente del astrónomo platónico Doménico da Novara, aunque en aquel entonces no era esta la principal de sus ocupaciones, y es de los pocos contemporáneos que no mostró jamás interés en la astrología (común entre los astrónomos). 

 

Terminó una formación completísima estudiando medicina en Padua y alcanzando el grado de doctor en derecho canónico por la universidad de Ferrara en 1503. 

 

Acabados sus estudios se incorporó a una canonjía de la catedral de Frombork (tomó órdenes menores, pero nunca fue consagrado presbítero), obtenida por influencia de su tío y protector Watzenrode, en cuya corte episcopal de Lidzbark (Masuria, en Prusia Oriental) pasó a residir como consejero en derecho, acompañando a su tío como asesor en las sesiones de la dieta de la Prusia Real en 1504, que trató la alineación de las ciudades prusianas junto al monarca polaco contra las pretensiones de la Orden Teutónica de recuperar aquellos territorios. 

 

En 1512, su tío el obispo Lucas murió y Copérnico volvió a Frauenburg con 39 años a administrar los bienes del cabildo de Warmia. De esta experiencia vino su afición a la economía, publicando el tratado Monetae cudendae ratio sobre reforma monetaria en 1528, considerado por muchos como precursor de la ley de Gresham, y que tuvo gran seguimiento entre los responsables monetarios polacos y prusianos. También practicó sus conocimientos médicos (fue galeno personal de varios obispos de Warmia y en ocasiones consultor del médico real polaco), ocupó cargos administrativos en la ciudad gracias a su prestigio intelectual y fue un difusor del humanismo en la ciudad, mostrándose como un auténtico hombre del Renacimiento, que destacó en múltiples campos. En su torre de la ciudad registró hasta 60 observaciones astronómicas obtenidas con instrumentos rudimentarios, como el cuadrante y la esfera armilar. 

 

En la ciudad ejerció también un papel político en continuidad con el de sus antepasados, siendo firme defensor de la corona polaca frente a las aspiraciones de anexión tanto de la Orden Teutónica como posteriormente del duque Alberto de Prusia en varias guerras durante esos años. Es probablemente su origen polaco uno de los condicionantes para que en la vorágine de la llamada Reforma protestante de las siguientes décadas (que golpeó con contundencia a Prusia), se mantuviese fiel católico (como todos los polacos), mientras la numerosa población alemana de la región se pasaba casi en bloque al protestantismo. 

 

El giro copernicano 

Fue a partir de 1507 cuando la astronomía se convirtió en su principal campo de estudio. Rescatando las hipótesis de los pitagóricos y Heráclides Póntico (siglo IV a.C), y repasando los datos y observaciones de astrónomos anteriores, Copérnico elaboró una primera hipótesis del sistema solar heliocéntrico. Basándose en el modelo plasmado en el Almagesto de Claudio Ptolomeo, concordaba con la idea de un universo esférico y finito. Asimismo, aceptaba que el movimiento esférico era la regla de todos los cuerpos celestes, pero difería del egipcio en que consideraba que la tierra no era el centro, y de hecho no creía que hubiese un único centro común a todos los movimientos celestes. Sus hallazgos quedaron reflejados en su monumental obra (le llevó un cuarto de siglo completarla, de 1506 a 1531) De revolutionibus orbium coelestium (De las trayectorias de las esferas celestes), considerado el punto de partida de la astronomía moderna, y en la práctica, uno de los pioneros del método científico moderno. 

 

Su gran aportación fue intuir que el sistema tolemaico, que se había complicado con cada nueva observación astral hasta precisar ochenta círculos que justificasen el movimiento de siete planteas errantes, fallaba al situar la tierra en el centro. Al resucitar la teoría heliocéntrica de Aristarco de Samos (siglo III a.C) con el apoyo de los datos obtendios empíricamente con las observaciones astrales, Copérnico simplificó el sistema tradicional, dándole una mayor coherencia. 

 

Las ideas novedosas de su teoría se resumían en las siguientes afirmaciones: los movimientos celestes son uniformes, circulares y eternos, compuestos de varios ciclos llamados epiciclos. El centro del universo se halla cerca del sol, alrededor del cual orbitan los seis planetas conocidos (entonces aún no se habían descubierto Neptuno y Urano) más la luna, cuyo centro de rotación, a su vez, es la Tierra. Las estrellas son objetos muy distantes y fijos (no orbitarios) y la distancia Sol-Tierra es mucho menor que la que la separa de las estrellas. La tierra tiene los movimientos de rotación (diaria), revolusión (anual) e inclinación de su eje (anual), y el movimiento retrogrado de los planetas (planetas errantes) queda explicado por el propio de la Tierra. 

 

Que la tierra se moviese y no fuese fija (por tanto, el centro del universo) ya había sido teorizado por varios astrónomos del siglo anterior, como Nicolás de Orseme, Jean Buridan o Alberto de Sajonia. Copérnico manifestó asimismo su convicción de que colocando al sol como centro se expresaba impecablemente la verdadera armonía universal, salvaguardando así la perfección divina del movimiento astral: “por ningún otro camino he podido encontrar una simetría tan admirable, una unión armoniosa entre los cuerpos celestes”. Siempre creyó que las esferas cristalinas de Ptolomeo (cuya existencia nunca puso en duda) debían encontrarse en el exacto punto medio del sol, la lucerna mundi y de hecho empleaba la expresión “en este espléndido templo, el universo, no se podría haber colocado esa lámpara en un punto mejor ni más indicado”, haciendo referencia al Sol como a la lámpara que se coloca en lugar bien visible de la parábola evangélica (Lc 11, 33). 

 

El problema de la teoría copernicana no era de orden astronómico, sino filosófico e incluso teológico. Al situar la Tierra como un planeta más de los que giraban alrededor del sol inmóvil (helioestatismo), chocaba con la concepción clásica (aceptada por el cristianismo) de que la bóveda celeste era inmutable y el mundo terrestre el sujeto a cambio y movimiento. La implicación metafísica de ello era impactante: el planeta tierra, en el que vivían los hombres, no era un lugar excepcional y central en la Creación divina, sino uno como otros. Es por esa razón que a esta teoría heliocéntrica se la llamó (y se le sigue llamando) “giro copernicano”, estableciendo un antes y un después del modo en que la astronomía modificó la visión de sí mismos de los hombres con respecto al universo y a su lugar en él. 

 

El trabajo oculto de Copérnico 

Temeroso de que las novedosas deducciones de dicho cambio filosófico- relacionado con las teorías paganizantes pitagoricas y neoplatónicas- pudieran traerle problemas, Copérnico evitó difundir su trabajo, limitándolo a la circulación alrededor de 1514 de un manuscrito-resumen llamado De hypothesibus motuum coelestium a se constitutis commentariolus entre unos pocos astrónomos polacos con los que había compartido observaciones de eclipses, y de cuyo conocimiento en la materia y discreción no tenía dudas. Casi un siglo después, Tycho Brahe incluiría un fragmento de este manuscrito en su tratado Astronomiae instauratae progymnasmata (Praga, 1602), aunque en sí mismo no sería editado hasta 1878. 

 

En 1533, el secretario papal Johann Albrecht Widmannstetter (un teólogo y filósofo humanista alemán), tuvo acceso al manuscrito, y lo presentó al papa Clemente VII y a dos cardenales, los cuales mostraron vivo interés y premiaron al teutón. Al fallecer el papa en septiembre de 1534, Widmannstetter pasó a ser secretario del también alemán obispo von Schönberg, elevado al cardenalato por el papa Pablo III en 1535, a quien habló de tal modo de Copérnico, que este le escribió en diciembre de 1536 una carta (que este incluyó en su obra) ponderando sus descubrimientos y rogándole que se los hiciese llegar, incluso costeando un escribiente que fuese a su ciudad a tomar notas para publicarlo en forma de libro. 

 

Sin embargo, Copérnico, tal vez por temor a las implicaciones teológicas que su teoría podría suscitar, o bien a las objeciones que plantearan los astrónomos, se resistió a dar a conocer su obra hasta que finalmente cedió a los ruegos de su único discípulo, el astrónomo protestante, Georg Joachim von Lauchen (conocido como Rheticus). 

 

Rheticus era un matemático y médico austríaco, que completando sus estudios en la universidad de Wittenberg trabó contacto con el célebre predicador protestante Phillip Melanchthon, que lo patrocinó como profesor de matemáticas en dicha universidad a partir de 1537. Su mentor le encargó un viaje de estudios en busca de famosos matemáticos y astrónomos, y al recalar en Nuremberg al año siguiente, el matemático Johannes Schöner le persuadió para que tratara de convencer a Copérnico de que le permitiese imprimir su ya famoso tratado. 

 

En 1539 von Lauchen llegó a Frombork acompañado por su asistente Heinrich Zell. Fueron muy bien recibidos por Copérnico, y Rheticus se convirtió en su devoto discípulo, admirado de su saber. Del trabajo de su anfitrión escribió un resumen que envió a Schöner y se publicó en 1540 con el nombre de Narratio Prima. En 1542 editó un tratado de trigonometría escrito por el propio Copérnico. La buena acogida de este trabajo, y las constantes cartas de Rheticus presionándolo, vencieron al fin las resistencias del canónigo, y a finales de ese año Copérnico accedió a entregar el manuscrito a su amigo el obispo de Chelmno, Tiedemann Giese, para que Rheticus imprimiese el De revolutionibus en Nurenberg. La primera edición apareció en 1543. 

 

Pocas semanas después, el 24 de mayo de 1543, Nicolás Copérnico falleció de apoplejía en Frombork a los 70 años de edad, desconocedor de las consecuencias que para la astronomía iba a tener su trascendental trabajo. En 2005 un equipo de arqueólogos polacos encontró sus restos enterrados en la catedral local. 

 

Publicación del De revolutionibus orbium coelestium 

La obra estaba dedicada al papa Pablo III en una larga introducción en la que justifica la importancia de la propuesta de Copérnico por la mayor exactitud de sus cálculos astronómicos y, secundariamente, de la fijación del calendario por la Iglesia (tema candente en aquellos años- había sido un asunto principal en el V Concilio lateranense de 1512 a 1517- y que concluiría en 1582 con la sustitución del calendario juliano por el más exacto astronómicamente calendario gregoriano que actualmente empleamos), y estaba dividida en seis libros. 

 

El primero hacía una presentación general de la teoría heliocéntrica dentro de la gran esfera universal, el segundo descibe los principios de la concepción astronómica esférica y un catálogo de las estrellas fijas conocidas, el tercero trata del movimiento aparente del sol y los equinoccios, el cuarto trata los mismos aspectos sobre la luna y sus movimientos orbitales, y los dos últimos desarrollan con detalle la explicación del nuevo sistema universal, explicando como calcular la posición de las estrellas errantes basándose en el heliocentrismo. 

 

El manuscrito original iba precedido de un texto en el que Copérnico defendía que su visión heliocéntrica no iba en contra de las enseñanzas cristianas. El editor, un luterano alemán llamado Andreas Osiander, con experiencia en publicar textos teológicamente polémicos, decidió sustituirlo (sin consentimiento del autor) por un prólogo sin firma (conocido como Ad lectorem de hypothesibu huius operis) en el que el sistema copernicano se presentaba como una hipótesis matemática para mejor calcular las órbitas celestes, sin pretensión de que debiera reflejar la realidad del Universo, en contra de lo que fue el convencimiento de Copérnico. Pretendía así (y de hecho lo consiguió las primeras décadas) que la difusión del libro no se viese entorpecida por el rechazo a sus revolucionarias novedades en el campo de la astronomía y la filosofía. 

 

Repercusión de la obra de Copérnico 

El De Revolutionibus orbium coelestium fue recibido inicialmente con frialdad por la comunidad científica, hasta que en 1546 el dominico Giovanni Maria Tolosani escribió el tratado De veritate Sacrae Scripturae. En él acusaba a Copérnico de carencia de observaciones suficientes, o bien empleo exclusivo de las que apoyaban su teoría (objeciones irónicamente científicas), concluyendo que había extraído consecuencias erróneas debido al error filosófico de emplear “ciencias inferiores”, como las matemáticas y la astronomía (consideradas como tales por sus datos con frecuencia inexactos o irreproducibles) para extraer consecuencias sobre “ciencias superiores” como eran tenidas la física y la cosmología. La causa era, según Tolosani, la pobre formación del prusiano en física y lógica, que le llevaba a rescatar el pitagorismo pagano (que consideraba los elementos de fuego en el centro del universo), descartado hacía tiempo por oponerse a la razón humana y las Sagradas Escrituras. El libro del dominico, no obstante, tuvo muy escasa difusión. 

 

La mayoría de universidad católicas (incluyendo La Sorbona) la consideraron sacrílega por el mismo motivo, aunque en la cátedra de astronomía de la Universidad de Salamanca era lectura recomendada en 1561 y obligatoria en 1594, lo que demuestra que en los primeros años circulaba libremente en la Cristiandad católica. De hecho, el escolástico agustino salmantino Diego de Zúñiga, en su obra Job Commentaria (1584), consideraba que el heliocentrismo de Copérnico no era incompatible con la fe católica, por cuanto interpretaba la centralidad universal de la Tierra en la Historia de la Salvación como alegórica y no literal. 

 

Entre el protestantismo la acogida no fue mejor. El mismo Lutero condenó la obra por contradecir las Sagradas Escrituras (concretamente apeló al libro de Josué, cap 10, versículo 13). Aunque Calvino se manifestó ferviente geocéntrico en varios escritos teológicos, no hay constancia de que llegase a tratar el libro del prusiano. Otro predicador célebre, el epigramista británico John Owen, afirmaba que las conclusiones copernicianas estaban basadas en “fenómenos falibles y presunciones arbitrarias”. El propio Melanchthon consideraba absurdo el heliocentrismo de Copérnico, pese a la insistencia de su protegido Rheticus. No obstante, astrónomos reputados como John Dee, Giambattista Benedetti o posteriormente Johannes Kepler sí adoptaron su postura. 

 

Se podría decir que, fieles cada una a su esencia, la teología católica rechazaba el heliocentrismo por sus resabios neoplatónicos y pitagóricos (declaradamente paganos), y la teología protestante por poner en duda la literalidad de la Revelación divina contenida en las Escrituras. 

 

No obstante, el magno Concilio de Trento (1545-1563) no tocó el tema del heliocentrismo de ningún modo. 

 

El proceso a Galileo Galilei trajo de nuevo actualidad al De Revolutionibus, al ser la obra principal a la que apelaba el acusado en su defensa, y marcó la auténtica condena oficial a los postulados filosóficos que defendía la obra. En marzo de 1616, y en el marco de la condena al genial astrónomo pisano, el cardenal Bellarmino (rescatando la obra de Tolosani y asesorado por los escritos de los sacerdotes Serarius e Ingoli) logró que fuese incluido en el Índice de Libros prohibidos por “enseñar la doctrina pitagórica- falsa y completamente opuesta a la Sagrada escritura- del movimiento de la Tierra y la inmovilidad del Sol”, prohibiendo la publicación salvo que se introdujese una nota que advertía que el modelo allí presentado era puramente matemático y no pretenía representar fielmente la realidad. Las ediciones así corregidas de la obra fueron las únicas que se permitieron circular. La obra original no fue retirada del Índice hasta 1758, por órden del papa Benedicto XIV, aunque incluso entonces con ciertas reservas en las ediciones publicadas que no fueron levantadas definitivamente hasta 1835.

 

Legado 

El trabajo astronómico de Nicolás Copérnico supuso un auténtico cambio de paradigma que dio lugar a la astronomía moderna. Aunque el propio autor aseguraba que sus deducciones expresaban la armoniosa unión de todos los cuerpos celestes, demostrando la perfecta simplicidad de la obra divina, el pensamiento escéptico ha visto en su hallazgo una de las primeras piedras de toque de la independencia de la razón (empírica) frente a la fe (en este caso proveniente de la Revelación), y el hallazgo del orden universal al margen de la Palabra de Dios. En cierto modo, y sin proponérselo, Copérnico activó el debate filosófico entre razón y fe (aspecto en el que también catolicismo y protestantismo han marchado por caminos diversos). 

 

Para algunos, el gran mérito de Copérnico habría sido en realidad fungir de precursor e inspiración para el gran Galileo (otro astrónomo católico), uno de los padres de la física moderna. 

 

Aparte de este legado monumental, Copérnico deja otros más anecdóticos, pero que expresan el reconocimiento hacia su trabajo. 

 

La llamada iglesia episcopaliana (rama estadounidense de la Comunión Anglicana), honra a Copérnico, al igual que a Kepler, en el calendario litúrgico, concretamente el 23 de mayo. 

 

En 1935 se le dio el nombre Copernicus a uno de los mayores cráteres lunares (tiene 93 kilómetros de diámetro), situado en la parte oriental del Mare Insularum. 

 

En 1973 la República Federal de Alemania emitió una moneda de 5 marcos con la efigie del astrónomo, en conmemoración al quinto centenario de su nacimiento. 

 

El febrero de 2010 la International Union of Pure and Applied Chemistry nombró al elemento 112 de la tabla periódica como copernicio en su honor. 

2015-06-25 

http://infocatolica.com/blog/matermagistra.php/1506111159-nicolas-copernico 

 

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Durante más de catorce siglos, el sistema geocéntrico, que indicaba que la Tierra era el centro del universo, fue defendido por la ciencia y nadie se atrevió a poner en duda esta teoría avalada por las apariencias, Aristóteles, innumerables investigadores y hombres científicos pertenecientes a la Iglesia. Cierto es que algunos sabios griegos aseguraban en sus hipótesis que la Tierra giraba alrededor de su eje y que se trasladaba sobre un plano inclinado alrededor del Sol, pero esta hipótesis no tuvo seria aceptación. También verdad es que eminentes hombres de la Iglesia estimulaban al estudio serio y avivaban todo tipo de investigaciones*. Tal es el caso -entre otros- del sacerdote y canónigo de la Catedral en Frauenbur, Nicolás Copérnico (en polaco Miko?aj Kopernik y en latín Nicolaus Copernicus, nacido en Thorn, Polonia [1475-1543]). Fue allí donde Copérnico, siendo canónico de la catedral desde 1510, nació su sistema heliocéntrico, fruto de treinta años de observaciones y de reflexiones; siempre animado por la jerarquía de la Iglesia, alejado de todo afligimiento de ánimo, alentado por el Cabildo catedralicio y estimlado por sus superiores.

*Investigaciones favorecidas por la Iglesia y que luego fueron la nuez de lo que más tarde se llamaría: ‘PONTIFICIAS ACADEMIAS DE CIENCIAS’, CIENCIAS SOCIALES, PARA LA VIDA

El precursor de la Pontificia Academia de las Ciencias fue el "Linceorum Academia", fundado en Roma en 1603. Tras algunas vicisitudes, Pío IX la llamó en 1847 "Pontificia Accademia dei Nuovi Lincei". Fue ampliada por León XIII en 1887 y en 1936 recibió de Pío XI su nombre actual.

Actualmente es la única Academia de las Ciencias con carácter supranacional existente en el mundo. Tiene como fin: honrar la ciencia pura dondequiera que se encuentre; asegurar su libertad y favorecer las investigaciones, que constituyen la base indispensable para el progreso de las ciencias. La Academia se encuentra bajo la dependencia del Santo Padre. Su Presidente, elegido por cuatro años, es desde 1993 el Profesor Nicola Cabibbo, italiano. Forman parte de ella 80 Académicos de nombramiento pontificio, propuestos por el Cuerpo Académico y elegidos sin discriminación de ningún tipo entre los más insignes cultivadores de ciencias matemáticas y experimentales de cada país. El Director de la Cancillería es Monseñor Marcelo Sánchez Sorondo.

A los 80 Académicos se suman los Académicos "Perdurante munere" por razón de su oficio, y los Académicos de Honor, por razón de sus méritos hacia la misma Academia.

La Pontificia Academia de Ciencias Sociales fue fundada por Juan Pablo II el 1 de enero de 1994, con el Motu Proprio "Socialum Scientiarum". Su objetivo, dice el artículo nº 1 de su estatuto, es "promover el estudio y el progreso de las ciencias sociales, económicas, políticas y jurídicas a la luz de la doctrina social de la Iglesia".

La Academia es autónoma y al mismo tiempo mantiene una estrecha relación con el Pontificio Consejo "Justicia y Paz", con el que coordina la programación de las diferentes iniciativas. El número de sus Académicos Pontificios, también nombrados por el Papa, no puede ser ni inferior a 20 ni superior a 40. Actualmente son 31 y proceden de 24 países de todo el mundo, sin distinción de confesión religiosa. Son elegidos por su alto nivel de competencia en alguna de las diversas disciplinas sociales.

El Presidente es el Profesor Edmond Malinvaud, de nacionalidad francesa. La Academia es sostenida financieramente por un Consejo de Fundación cuyo Presidente es el Profesor Hubert Batliner. El Director de la Cancillería es el mismo que el de la Pontificia Academia de las Ciencias, Monseñor Marcelo Sánchez Sorondo.

En la presentación de la Academia de Ciencias Sociales, el Arzobispo Jorge María Mejía, entonces Vicepresidente del Pontificio Consejo "Justicia y Paz", leyó el discurso preparado por el Cardenal Roger Etchegaray. "La Academia que el Papa acaba de fundar -decía- tiene la ambición de afrontar algunos desafíos de la sociedad moderna: quiere ser un gran centro de ´diálogo interdisciplinar´ sobre los problemas cada vez más complejos, que influyen sobre el hombre".

Con el Motu Proprio "Vitae Mysterium" del 11 de febrero de 1994, Juan Pablo II instituyó la Pontificia Academia para la Vida. Sus objetivos son: estudiar, informar y formar sobre los principales problemas de biomedicina y de derecho, relativos a la promoción y a la defensa de la vida, sobre todo en la relación directa que éstos tienen con la moral cristiana y las directivas del Magisterio de la Iglesia. Para realizar estos fines, en octubre de 1994 se instituyó la fundación "Vitae Mysterium".

La Academia para la Vida tiene autonomía propia, y mantiene relaciones con el Pontificio Consejo para la Pastoral de los Agentes Sanitarios y con varios Dicasterios de la Curia Romana empeñados en el servicio a la vida.

Tras el fallecimiento de su primer Presidente, el Profesor Jérôme Lejeune en abril de 1994, la Academia ha sido y es presidida por el Doctor Juan de Dios Vial Correa, chileno. Cuenta con la ayuda de un Vicepresidente, el Obispo Elio Sgreccia, Secretario del Pontificio Consejo para la Familia y de un Consejo Directivo de 5 Académicos pontificios.

Pertenecen a la Academia 70 Miembros -nombrados por el Papa-, que representan las distintas ramas de las ciencias biomédicas y aquellas que están estrechamente relacionadas con los problemas concernientes a la promoción y defensa de la vida. También hay 3 Miembros "ad honorem" y Miembros por correspondencia que trabajan en Institutos y centros de estudio sobre la cultura de la vida. El Consejo Directivo nombra un Secretario que, bajo la dirección del Presidente, coordina la organización de los trabajos de la Academia. MMVIII-IX

 

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William E. Carroll es fellow Tomás de Aquino de teología y ciencia en el Blackfriars Hall de la Universidad de Oxford. Su área de investigación se centra en la historia del pensamiento y la historia de la ciencia. Es autor del libro «La Creación y las Ciencias Naturales: Actualidad de Santo Tomás de Aquino», y coautor del libro «Thomas Aquinas on Creation», así como de numerosos artículos de investigación. Ha escrito también acerca de Galileo y la Inquisición. En la actualidad prepara una versión inglesa ampliada del libro castellano mencionado.

 

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La calumnia puede aparecer al inicio como algo claro, certero, pertinente y con tintas de cierto. Poco después se descubre la mentira trabajada con malévola verborrea.

 

La mentira difamatoria es una maldad camuflada hasta bajo una posible luminosa escaramuza del estilo. En realidad nunca tuvo nada que decir, solo bajeza deshonrada; revelando una superficialidad entreverada al picoteo de los necios.

 

Difamar, -tan miserable hábito- se bifurca entre mil manos que escriben huecos y turbios desprecios a la verdad.

 

Las sectas «jehovistas, mormones, bautistas y otras americanistas», tienen un especial método de infiltración, llegando a alterar la verdad histórica; con el único e indigno afán de, a través de la calumnia, desprestigiar a la Iglesia fundada por Cristo. ¡No soportan 2000 años de historia!

 

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La Iglesia, desde el inicio, es católica,

esta es su esencia más profunda, dice Pablo.

 

“El nuevo pueblo de Dios, la Iglesia, es un pueblo que proviene de todos los pueblos. La Iglesia, desde el inicio, es católica, esta es su esencia más profunda. San Pablo explica y destaca esto en la segunda lectura, cuando dice:  "Porque en un solo Espíritu hemos sido todos bautizados, para no formar más que un cuerpo, judíos y griegos, esclavos y libres. Y todos hemos bebido de un solo Espíritu" (1 Co 12, 13). La Iglesia debe llegar a ser siempre nuevamente lo que ya es: debe abrir las fronteras entre los pueblos y derribar las barreras entre las clases y las razas. En ella no puede haber ni olvidados ni despreciados. En la Iglesia hay sólo hermanos y hermanas de Jesucristo libres”. S. S. Benedicto XVI – P.P. 2005

 

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Los amedrentadores nunca trabajan solos…es el trabajo de las sectas.

Las carátulas, muchas veces con ingenio y creatividad, que usan las sectas

contra la Iglesia fundada por Cristo, se descolan frente a la verdad evangélica.

El Espíritu Paráclito fue enviado a María y a los discípulos.

Desde allí la Buena Nueva se difundió por el mundo porque, llenos del

Espíritu Santo, «predicaban la Palabra de Dios con valentía Hch 4, 31). Desde entonces -es historia-, la Iglesia ‘una, santa, católica y apostólica, parece estar siempre contra las cuerdas, pero es la única que persiste a lo largo de los siglos: 2000 años, solo ella. ‘Las sectas, falazmente instaladas –construidas con patrañas después-, usan la Sagrada Escritura. Crean expectativas apocalípticas del fin del mundo, regularmente desmentido por los hechos. Con singulares oradores, aprovechan a inventarse interpretaciones inspiradas por antojo, vertiendo a través de ellos, infundios y tergiversaciones, denigrando sobre todo a la Iglesia fundada por Cristo. La constitución de la Iglesia se consumó el día de Pentecostés, y a partir de entonces comienza propiamente su historia. Las sectas llegaron siglos y siglos después y continúan apareciendo. Que una persona en una secta, esté errada doctrinalmente no prejuzga nada de su condición moral. Pero siempre, siempre:  ‘cuando se encasquilla la razón se disparan las sectas’.

 

 

«Cada día nacen nuevas sectas y se cumple lo que dice San Pablo sobre el engaño de los seres humanos, sobre la astucia que tiende a llevar al error».

 

Al comentar la segunda lectura, de la carta a los Efesios, el Cardenal Ratzinger se ha referido a los ataques que ha recibido el cristianismo en los últimos años. «Cuántos vientos de doctrina hemos conocido en estas últimas décadas –dijo el cardenal alemán–, cuantas corrientes ideológicas, cuantas modas de pensamiento. La pequeña barca del pensamiento de muchos cristianos ha sido agitada con frecuencia por estas ondas, llevada de un extremo al otro, del marxismo al liberalismo, hasta el libertinaje; del colectivismo al individualismo radical; del ateísmo a un vago misticismo religioso; del agnosticismo al sincretismo. Cada día nacen nuevas sectas y se cumple lo que dice San Pablo sobre el engaño de los seres humanos, sobre la astucia que tiende a llevar al error. Tener una fe clara, según el Credo de la Iglesia, se etiqueta a menudo como fundamentalismo. Mientras el relativismo, es decir, el dejarse llevar» aquí y allá por cualquier viento de doctrina parece la única actitud a la altura de los tiempos que corren. Toma forma una dictadura del relativismo que no reconoce nada que sea definitivo y que deja como última medida solo al propio yo y a sus deseos. Nada más real que la descripción hecha por Ratzinger, y nada más acorde con lo que hubiera dicho Juan Pablo II.
El cardenal alemán se ha limitado a decirles a los electores del nuevo Papa lo que, posiblemente, les habría dicho Juan Pablo II Magno: que no caigan en la tentación de poner en la Sede de Pedro a alguien que no tenga la fortaleza suficiente para resistir a la «dictadura del relativismo»; que elijan a alguien –y éstas son las palabras con que concluyó la homilía– «que nos guíe al conocimiento de Cristo, a su amor, a la verdadera alegría». 2005-04-18 Inicio del Conclave – Vaticano, Roma, Italia.

 

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"Obras todas del Señor, bendecid al Señor".

 

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Alégrese la madre naturaleza
con el grito de la luna llena:
que no hay noche que no acabe en día,
ni invierno que no reviente en primavera,
ni muerte que no dé paso a la vida;
ni se pudre una semilla
sin resucitar en cosecha.

 

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“Cuando contemplo el cielo, obra de tus manos, 
la luna y las estrellas que has creado, 
¿qué es el hombre para que te acuerdes de él, 
el ser humano, para darle poder? 
Lo hiciste poco inferior a los ángeles, 
lo coronaste de gloria y dignidad”(Ps. 8).   

 

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Dijo Dios: «Produzca la tierra animales vivientes según su especie: ganados, reptiles y bestias salvajes según su especie». Y así fue. Dios hizo las bestias de la tierra, los ganados y los reptiles campestres, cada uno según su especie. Vio Dios que esto estaba bien. Gen. 1, 24-25

 

La naturaleza canta las glorias del Creador y el hombre sepa gozar en armonía con todo lo creado.

 

¡Hoy la tierra y los cielos me sonríen
hoy llega hasta el fondo de mi alma el sol
hoy la he visto... la he visto y me ha mirado
Hoy creo en Dios!

 

¡Que tu conducta nunca sea motivo de injustificada inquietud a la creación, en la que tu eres el rey!

 

El ecologismo espiritual nos enseña a ir más allá de la pura «protección» y del «respeto» de la creación; nos enseña a unirnos a la creación en la proclamación de la gloria de Dios.

 

«La belleza podrá cambiar el mundo si los hombres consiguen gozar de su gratuidad» Susana Tamaro – católica, escritora - 2004.12.

 

¡Oh galaxias de los cielos inmensos, alabad a mi Dios porque es omnipotente y bueno! ¡Oh átomos, protones, electrones! ¡Oh canto de los pájaros, rumor de las hojas, silbar del viento, cantad, a través de las manos del hombre y como plegaria, el himno que llega hasta Dios!»

 

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Señor Jesús, queremos recoger la lección de S. Francisco que aprendió de la Iglesia.
Como él queremos verte en tus obras y a través de ellas llegar a Ti.
Que todo el universo sea para nosotros un cántico de alabanza en tu honor.
Que a través de nuestras buenas obras, los demás también Te glorifiquen y juntos construyamos esa fraternidad universal, de la cual el mundo entero está necesitado. AMÉN.

 

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«Las catástrofes naturales nos sitúan en la verdad. A pesar de tantos progresos, no estamos en grado de poder gobernar la realidad en su totalidad. No encontramos respuesta a estos hechos porque hemos perdido el sentido de la grandeza de Dios»

 

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‘Si la técnica no se reconcilia con  la naturaleza, ésta se rebelará’ 12 nov.2000 S. S. Juan Pablo II - Magno

 

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«Decálogo católico» sobre ética y ambiente

 

Presentado por el Consejo Pontificio para la Justicia y la Paz- ROMA, 08.11.2005  expresa la enseñanza –síntesis- de la doctrina social de la Iglesia católica sobre el ambiente.
 
1) La Biblia tiene que dictar los principios morales fundamentales del designio de Dios sobre la relación entre hombre y creación.

2) Es necesario desarrollar una conciencia ecológica de responsabilidad por la creación y por la humanidad.

3) La cuestión del ambiente involucra a todo el planeta, pues es un bien colectivo.

4) Es necesario confirmar la primacía de la ética y de los derechos del hombre sobre la técnica.

5) La naturaleza no debe ser considerada como una realidad en sí misma divina, por tanto, no queda sustraída a la acción humana.

6) Los bienes de la tierra han sido creados por Dios para el bien de todos. Es necesario subrayar el destino universal de los bienes.

7) Se requiere colaborar en el desarrollo ordenado de las regiones más pobres.

8) La colaboración internacional, el derecho al desarrollo, al ambiente sano y a la paz deben ser considerados en las diferentes legislaciones.

9) Es necesario adoptar nuevos estilos de vida más sobrios.

10) Hay que ofrecer una respuesta espiritual, que no es la de la adoración de la naturaleza.

 

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En la creación del mundo y del hombre, Dios ofreció el primero y universal testimonio de su amor todopoderoso y de su sabiduría, el primer anuncio de su "designio benevolente" que encuentra su fin en la nueva creación en Cristo.

 

Aunque la obra de la creación se atribuya particularmente al Padre, es igualmente verdad de fe que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son el principio único e indivisible de la creación.

 

Sólo Dios ha creado el universo, libremente, sin ninguna ayuda.

 

Ninguna criatura tiene el poder Infinito que es necesario para "crear" en el sentido propio de la palabra, es decir, de producir y de dar el ser a lo que no lo tenía en modo alguno (llamar a la existencia de la nada) (cf DS 3624).

 

Dios creó el mundo para manifestar y comunicar su gloria. La gloria para la que Dios creó a sus criaturas consiste en que tengan parte en su verdad, su bondad y su belleza.

 

 Dios, que ha creado el universo, lo mantiene en la existencia por su Verbo, "el Hijo que sostiene todo con su palabra poderosa" (Hb 1, 3) y por su Espirita Creador que da la vida.

 

 La divina providencia consiste en las disposiciones por las que Dios conduce con sabiduría y amor todas las criaturas hasta su fin último.

 

Cristo nos invita al abandono filial en la providencia de nuestro Padre celestial (cf Mt 6, 26-34) y el apóstol S. Pedro insiste: "Confiadle todas vuestras preocupaciones pues él cuida de vosotros" (I P 5, 7; cf Sal 55, 23).

 

La providencia divina actúa también por la acción de las criaturas. A los seres humanos Dios les concede cooperar libremente en sus designios.

 

La permisión divina del mal físico y del mal moral es misterio que Dios esclarece por su Hijo, Jesucristo, muerto y resucitado para vencer el mal. La fe nos da la certeza de que Dios no permitiría el mal si no hiciera salir el bien del mal mismo, por caminos que nosotros sólo coneceremos plenamente en la vida eterna.

 

 

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Recomendamos vivamente: Título:¿Sabes leer la Biblia?

Una guía de lectura para descifrar el libro sagrado - Autor: Francisco Varo – MMVI. Marzo - Editorial: Planeta Testimonio

 

Cristianos: ¡no nos dejemos engañar por algunos grupos, veamos este ejemplo!

Recomendamos:ROMA, DULCE HOGAR, Scott Hahn y su esposa Kimberly cuentan el largo viaje que les llevó de protestantes-evangélicos calvinistas, hasta la casa paterna en la Iglesia Católica. Un camino erizado de dificultades, pero recorrido con gran coherencia y docilidad a la gracia, y cuyo motor era el amor a Jesucristo y a su Palabra en la Sagrada Escritura.

1º ‘CÓMO LA IGLESIA CONSTRUYÓ LA CIVILIZACIÓN OCCIDENTAL’. Ninguna institución ha hecho más para dar forma a la civilización occidental que la Iglesia Católica, y en modos que muchos de nosotros hemos olvidado o nunca sabido. Como la Iglesia construyó la civilización occidental es una lectura esencial para redescubrir esta relegada verdad. De un modo senillo y muy atractivo. 2007.

Autor: Thomas E. WOODS Jr.-Editorial: CIUDADELA. 

Grüss Gott. Salve, oh Dios.

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'JESUCRISTO PADECIÓ BAJO EL PODER DE PONCIO PILATO,
FUE CRUCIFICADO, MUERTO Y SEPULTADO'
Evangelio según San Lucas, Cap.3, vers.1º: El año decimoquinto del reinado del emperador Tiberio, cuando Poncio Pilato gobernaba la Judea, siendo Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Felipe tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene…

Crucifixión de San Pedro: fue crucificado al revés cabeza abajo - Pergamino con San Pedro en cruz invertida, de Maguncia- Alemania; entre el 900 y el 1000ca. - Museo Diocesano de la Catedral Maguncia (Mainz) Alemania - Pedro en su cruz, invertida. ¿Qué significa todo esto? Es lo que Jesús había predicho a este Apóstol suyo: "Cuando seas viejo, otro te llevará a donde tú no quieras"; y el Señor había añadido: "Sígueme" (Jn 21, 18-19). Precisamente ahora se realiza el culmen del seguimiento: el discípulo no es más que el Maestro, y ahora experimenta toda la amargura de la cruz, de las consecuencias del pecado que separa de Dios, toda la absurdidad de la violencia y de la mentira. No se puede huir del radicalismo del interrogante planteado por la cruz: la cruz de Cristo, Cabeza de la Iglesia, y la cruz de Pedro, su Vicario en la tierra. Dos actos de un único drama: el drama del misterio pascual: cruz y resurrección, muerte y vida, pecado y gracia.

La maternidad divina de María – Catecismo de la Iglesia
495 Llamada en los Evangelios 'la Madre de Jesús'(Jn 2, 1; 19, 25; cf. Mt 13, 55, etc.), María es aclamada bajo el impulso del Espíritu como 'la madre de mi Señor' desde antes del nacimiento de su hijo (cf Lc 1, 43). En efecto, aquél que ella concibió como hombre, por obra del Espíritu Santo, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el Hijo eterno del Padre, la segunda persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre de Dios [Theotokos] (cf. Concilio de Éfeso, año 649: DS, 251).
La virginidad de María
496 Desde las primeras formulaciones de la fe (cf. DS 10-64), la Iglesia ha confesado que Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María únicamente por el poder del Espíritu Santo, afirmando también el aspecto corporal de este suceso: Jesús fue concebido absque semine ex Spiritu Sancto (Concilio de Letrán, año 649; DS, 503), esto es, sin semilla de varón, por obra del Espíritu Santo. Los Padres ven en la concepción virginal el signo de que es verdaderamente el Hijo de Dios el que ha venido en una humanidad como la nuestra:
Así, san Ignacio de Antioquía (comienzos del siglo II): «Estáis firmemente convencidos acerca de que nuestro Señor es verdaderamente de la raza de David según la carne (cf. Rm 1, 3), Hijo de Dios según la voluntad y el poder de Dios (cf. Jn 1, 13), nacido verdaderamente de una virgen [...] Fue verdaderamente clavado por nosotros en su carne bajo Poncio Pilato [...] padeció verdaderamente, como también resucitó verdaderamente» (Epistula ad Smyrnaeos, 1-2).

El acontecimiento histórico y transcendente – Catecismo de la Iglesia
639 El misterio de la resurrección de Cristo es un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas como lo atestigua el Nuevo Testamento. Ya san Pablo, hacia el año 56, puede escribir a los Corintios: "Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce: "(1 Co 15, 3-4). El apóstol habla aquí de la tradición viva de la Resurrección que recibió después de su conversión a las puertas de Damasco (cf. Hch 9, 3-18).
El sepulcro vacío

640 "¿Por qué buscar entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado" (Lc 24, 5-6). En el marco de los acontecimientos de Pascua, el primer elemento que se encuentra es el sepulcro vacío. No es en sí una prueba directa. La ausencia del cuerpo de Cristo en el sepulcro podría explicarse de otro modo (cf. Jn 20,13; Mt 28, 11-15). A pesar de eso, el sepulcro vacío ha constituido para todos un signo esencial. Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección. Es el caso, en primer lugar, de las santas mujeres (cf. Lc 24, 3. 22- 23), después de Pedro (cf. Lc 24, 12). "El discípulo que Jesús amaba" (Jn 20, 2) afirma que, al entrar en el sepulcro vacío y al descubrir "las vendas en el suelo"(Jn 20, 6) "vio y creyó" (Jn 20, 8). Eso supone que constató en el estado del sepulcro vacío (cf. Jn 20, 5-7) que la ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana y que Jesús no había vuelto simplemente a una vida terrenal como había sido el caso de Lázaro (cf. Jn 11, 44).