Monday 27 March 2017 | Actualizada : 2017-03-03
 
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«Una investigación histórica, libre de prejuicios y vinculada únicamente con la documentación científica es insustituible para derrumbar las barreras entre los pueblos» (Juan Pablo II)

 

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Las tres batallas fundamentales de Occidente contra el Islám: Las Navas de Tolosa, Viena y Lepanto, de las que dos, nada menos, son protagonizadas por España.

 

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A lo largo de la historia, éstas también han dado lugar a violentas contraposiciones, a conflictos sociales y políticos, e incluso a guerras de religión. Esto es verdad, y no se puede negar; pero esto ha ocurrido siempre por una serie de causas concomitantes, que poco o nada tenían que ver con la verdad y la religión, y siempre porque se quiere sacar provecho de medios realmente irreconciliables con el puro compromiso por la verdad y con el respeto de la libertad requerido por la verdad. Por lo que concierne específicamente a la Iglesia católica, ella condena los graves errores cometidos en el pasado, tanto por parte de sus miembros como de sus instituciones, y no ha dudado en pedir perdón. Lo exige el compromiso por la verdad.

La petición de perdón y el don del perdón, igualmente debido - porque para todos vale la advertencia de Nuestro Señor: “¡el que esté sin pecado, que tire la primera piedra!” (cf. Jn 8,7) - son elementos indispensables para la paz. La memoria queda purificada, el corazón apaciguado, y se vuelve pura la mirada sobre lo que la verdad exige para desarrollar pensamientos de paz. No puedo dejar de recordar las iluminadoras palabras de Juan Pablo II: “No hay paz sin justicia, no hay justicia sin perdón” (01 enero 2002).

El compromiso por la paz abre camino a nuevas esperanzas.

Lunes 09 Enero 2006 – S. S. Benedicto P.P. XVI –

 

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Para no caer en el anacronismo, es necesario tener la humildad y la inteligencia de leer los hechos del pasado no con las categorías mentales de hoy, más, dentro el marco histórico temporal en que se efectuaron. 

 

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Al igual que ocurre con cualquier otra expresión de la mente humana, quizás la objetividad plena es imposible, pero lo que se le pide a cualquier intelectual honrado es que, cuando menos, haga el esfuerzo de buscarla, tenga la valentía de acercarse serena y responsablemente al mayor grado de objetividad histórica posible.

 

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P:¿Cuál es la valoración que hace usted de lo que supusieron las cruzadas?¿Las motivaciones de las mismas fueron exclusivamente religiosas?

 

R:1. Forzosamente muy matizadas. En algunos casos pretendían facilitar la libertad de acceso a los Santos lugares e incluso liberarlos; en otros, como la cuarta, se trató de una expedición de saqueo contra Bizancio. 2. Sin duda, para muchos sí, a juzgar por lo caro que salía hipotecarse para ir a Tierra Santa y luego intentar volver. Obviamente, no fue en todos los casos.

Dr.en historia antigua, filósofo, César VIDAL-14 de Junio 2005-17-18hs.L.D.España.

 

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“Es cierto que las religiones no han sido siempre factor de paz y entendimiento – pero también se debe reconocer que en estas ocasiones, ellas mismas lo han considerado un pecado. La Iglesia pide perdón y perdona; no siempre es así con los que acusan a la Iglesia por las acciones de sus hijos".  

“Ni los fieles cristianos ni la Iglesia en su conjunto pueden permitir que se acalle su voz en el debate sobre cuestiones de relevancia moral, que afecten al modo en que se construye la vida y la sociedad bajo una justa paz basada en el perdón recíproco”.      
La educación como fundamento para la «libertad religiosa», ya que «la defensa de la libertad coincide con su ejercicio, y ello necesita educación y sostenimiento comunitario». Nadie puede decirle a una persona que es libre, pero en su habitación, sin relación social”. El sostenimiento comunitario es necesario para la libertad religiosa; sujetos a una verdadera libertad, la comunidad se edifica en paz y solidez.

 

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Con la llegada del guerrero Mahoma e irrupción del mahometismo (islamismo-musulmán) en el siglo VII, no ha cesado el ataque a la civilización, a los fundamentos judeo-cristianos de Europa. A una nueva concepción de libertad, deberes y derechos; del cristianismo, el alzar y valorar la inalienable dignidad de todo ser humano ‘hombre como mujer’. Esos hechos nos brindan una posibilidad de interpretar las Cruzadas como lo que fueron: una lucha por la supervivencia de Occidente, con la Cristiandad a la cabeza, por sus valores y méritos que progresivamente vamos gozando.

 

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Nueve siglos de Cruzadas-Crítica y apología.

 

El autor demuestra en esta obra como las Cruzadas fueron ejercicios de defensa de un Islam expansivo y opresivo, que ocupaba por la fuerza tierras de civilización cristiana, desde mucho antes que muchos países europeos. No sólo no procede pedir perdón por las Cruzadas, sino que nuestra actitud hacia los cruzados debe ser de gratitud
Como señala el autor en la Introducción, la importancia de las Cruzadas en la historia de Occidente es de tal magnitud que justificaría la frecuente reedición, y edición de obras nuevas, sobre el tema. Pero él ha añadido en este caso un intento de rectificación polémica ante el cúmulo de falsedades divulgadas hoy día sobre las Cruzadas, desde que en 1999 se celebrase el noveno centenario de la toma de Jerusalén por Godofredo de Bouillon, durante la primera de las ocho que suelen reconocer los historiadores. ¡Hasta el punto de que la visión corriente hoy entre nosotros sobre este tema es la de los musulmanes (quienes, como señala con ironía Sandoval, son por definición objetivos y veraces en sus crónicas, no como las crónicas cruzadas, siempre parciales e interesadas)!

 

Ésta es ya la cuarta obra de un autor que sabe convertir en libros de referencia inexcusable todos cuantos escribe: enumeremos sus Cuando se rasga el telón. Ascenso y caída del socialismo real (1992), La catequesis política de la Iglesia. La política en el Nuevo Catecismo (1994) o José Antonio visto a derechas (1998). La razón es que en Sandoval se aúnan un gran prurito de máximo rigor en el dato y la implacable exigencia de lógica tanto en los planteamientos defendidos como en los atacados. A lo cual añade unos puntos de vista siempre originales, que hacen sentir al lector que no ha leído antes lo que lee ahora, dejando así la lectura una agradabilísima huella intelectual en la memoria.

 

Esas virtudes brillan también en esta apología de las Cruzadas, un empeño que casi nunca se ha intentado, o si se ha hecho ha sido con la boca pequeña. No en las páginas que comentamos.

 

Se nos recuerda cómo y por qué fueron convocadas las cruzadas, y junto con la narración escueta de los hechos ya se van introduciendo elementos apologéticos, sobre todo mediante la respuesta a las acusaciones puntuales que han ido padeciendo quienes en ellas participaron. Se explica en qué consiste exactamente una Cruzada (que no es una simple guerra religiosa, sino que procede de una convocatoria pontificia y está indulgenciada) y en qué se diferencia de la Yihad islámica a la que hicieron frente. Con la ayuda de ocho instructivos planos podemos comprobar, por ejemplo, que prácticamente todas las diócesis del Imperio Romano habían sido invadidas por los mahometanos, pero que los cruzados no lo fueron sólo contra éstos, sino también contra los cismáticos bizantinos y contra los paganos del este europeo, y siempre como guerra defensiva en respuesta a las persecuciones de la verdadera fe.

 

Un capítulo está consagrado a la última Cruzada (en el sentido estricto y técnico del término), con que el Papa Pío IX llamó a los cristianos para que acudiesen en defensa de la Roma amenazada por los revolucionarios italianos, y se cerró con la heroica defensa de la Porta Pía por parte de los zuavos pontificios.

 

Los brillantes epígrafes apologéticos ocupan los párrafos más valientes del libro, pues sostiene Sandoval que no sólo no procede pedir perdón por las Cruzadas, sino que nuestra actitud hacia los cruzados debe ser de gratitud y de imitación de la fortaleza de su Fe. Nos recuerda que quienes partían hacia Tierra Santa se exponían a perder (y perdían) todo cuanto tenían, sobre todo la vida, a cambio de nada, pues ningún provecho había allí para repartir y los saqueos fueron cosa puntual. En todo caso, si las autoridades de la Iglesia debiesen (que no deben) pedir perdón, no sería por las Cruzadas, sino a los cruzados, pues éstos eran convocados, alentados e impulsados por los sacerdotes, religiosos, obispos y papas a perderlo todo en nombre de algo que ahora parece ser no era nada más que la rapiña y el fanatismo. El autor nos invita a ponernos en la piel de quienes dejaban familia y bienes para cruzar un continente y enfrentarse, sin retaguardia, a un enemigo más poderoso... suponiendo que no se hubiese fallecido por enfermedad durante el largo viaje.

 

Concluye Sandoval su eficaz e inapelable apología preguntándose si no será que los cristianos de hoy, carentes de la fe y virtudes de nuestros antepasados (a cuyo sacrificio debemos haber conservado la Cruz en Europa), intentamos disculpar nuestra tibieza acusándoles a ellos de haberlas tenido sobradas.

Enrique Rodríguez Saavedra

• Luis María Sandoval Pinillos, Nueve siglos de Cruzadas. Crítica y apología. Criterio Libros. Madrid, 2001. 280 págs. 2495 pts..


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Presencia cristiana 662 años antes del nacimiento del Islam

 

La cristiandad árabe es una de las primeras formas de cristiandad que se expandió en la península árabe, en Mesopotamia y hasta los confines de la India. El norte de Siria conserva una multitud de vestigios cristianos que todavía se pueden ver hoy y la historia árabe escrita muestra que los cristianos estaban muy extendidos. Sólo queda una parte mínima de cristianos árabes pero, históricamente hablando, éstos estaban presentes en toda la península árabe.

 

Los cristianos del Líbano agrupan a maronitas, greco-ortodoxos, greco-católicos y otras confesiones. Sin contar que hay cinco patriarcas que llevan el título de «patriarcas de Antioquía». Todos sabemos que de Antioquía partieron los primeros cristianos y la Buena Noticia.

En
mi libro, he evocado la presencia cristiana en Oriente, nuestras raíces históricas y el hecho de que no somos emigrantes sino habitantes autóctonos establecidos en Oriente
662 años antes del nacimiento del Islam. Hay algo de confusión entre los occidentales sobre lo que entienden por árabe. Todo lo que es árabe no es necesariamente musulmán.

 

Lo árabe, en cuanto raza, engloba todas las religiones. En cuanto a la civilización árabe, son los cristianos los que más han trabajado para mantenerla y los que han conservado la lengua árabe. Ellos estaban entre los escribanos más ilustres e incluso en el tiempo del Califato, los poetas de la corte eran cristianos, como por ejemplo el poeta Al-Akhtal.

Los árabes forman parte del mundo oriental, de ahí la importancia de la exhortación apostólica postsinodal para el Líbano escrita por el Papa Juan Pablo II, publicada en mayo de 1997, que habla de los cristianos del Líbano y de Oriente. Por otra parte, los cristianos del Líbano siguen siendo, en esta hora, una referencia en Oriente Medio, y su modelo de relaciones constituye una seguridad y una garantía para la presencia de los cristianos en los demás países árabes de
la región. Sr. General libanés Michel Aoun 10.VI.2007.

 

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El llamado a la primera cruzada:

su sentido escatológico

 

S.S. Urbano II - Pont.Max. 

 

1) Concepto de Cruzada


Hans Eberhard Mayer: “(…) en el fondo la cruzada no era más que una peregrinación armada que estaba dotada con unos privilegios religiosos especiales y se consideraba un hecho particularmente meritorio” (Historia de las cruzadas, Itsmo, Madrid, 2001, p. 28).

 

2) Concepto de Escatología

 

Diccionario RAE: “Conjunto de creencias y doctrinas referentes a la vida de ultratumba”.

Etimología: Griego escaton, fin, y logos, palabra o doctrina.

Noción teológica: “El hombre y el mundo creados por Dios deben volver a Dios. (…) Así, pues, la Escatología será la ciencia de las cosas últimas” (José María Pujol, "4. Escatología. Sintesis teológica", en GER (Gran Enclopedia Rialp), Tomo VIII, Ediciones Rialp, Madrid, 1989, p. 761).

 

3) Causas o motivos de la primera cruzada

 

Sobre esto, compartimos el punto de vista de Jacques Heers:


“La cruzada no se reduce a explicaciones simplistas, exclusivas. Reunir todos los elementos en un solo haz de intenciones es un mal método. Lo sistemático es signo de pereza o de ceguera, pues todo es diversidad y complejidad. En un momento no lejano de nosotros, para una escuela histórica que deliberadamente privilegiaba lo material y la búsqueda de los beneficios sobre toda otra consideración, era de buen tono ver en las cruzadas sólo empresas lanzadas a la conquista de nuevas tierras y mercados” (La primera cruzada, Editorial Andrés Bello, Santiago, 1997, p. 17).

 

No se puede negar el factor económico como causa o motivo de la primera cruzada. Por ejemplo, en los decenios anteriores, se experimenta un gran aumento demográfico. Esto se expresa en una mayor división de las tierras explotadas, en un proceso de creciente urbanización, en talas de bosques, etc.

Pero tampoco puede negarse que la primera cruzada tiene, al menos originariamente, un sentido trascendente, que podemos llamar “escatológico”.

¿Por qué? Porque el viaje y rescate de los santos lugares se ve como un camino seguro hacia el fin último de la existencia, Dios. Y la Jerusalén terrestre se ve como un anticipo de la Jerusalén Celestial.


Autores como Eberhard reconocen este sentido:

 

“Estas ideas [las escatólogicas] tuvieron que actuar en gran medida a favor de la cruzada, si tenemos en cuenta que un buen número de cruzados no debía ser capaz de diferenciar la Jerusalén terrena de la celestial, y creería que marchaba directamente a aquellas moradas de felicidad eterna” (Historia de las cruzadas, Itsmo, Madrid, 2001, p. 24).

 

Y Heers, que parece destacar más el eslemento espiritual, señala:


“El impulso demográfico de Occidente no fue, ciertamente, el origen de las cruzadas, pero sin él estas empresas no habrían prosperado” (op. cit., p. 17).

 

4) Urbano II y el Concilio de Clermont

 

El 18 de noviembre de 1095, el papa Urbano II (1088-1099) abre un concilio en Clermont, al que acuden principalmente obispos franceses. Este concilio ha pasado a la historia como el origen inmediato de las cruzadas.

Desde el verano de ese año, el papa se encuentra de viaje en el sur y sudeste de Francia.

Los principales asuntos abordados son de orden eclesiástico, referidos al clero francés. Además, se tratan aspectos de la reforma de la Iglesia (investidura de laicos, compra simoníaca de cargos, relaciones adúlteras del rey de Francia con una dama noble, etc.).

También se amplía la Tregua de Dios (institución encargada de restringir las guerras privadas a determinados días) al conjunto de la Iglesia (antes tiene un carácter meramente regional).


Recién el 27 de noviembre, poco antes de la conclusión del concilio, se produce un discurso del papa que, por gran afluencia de clérigos y laicos, se celebra en las afueras de la ciudad.

En este discurso, el papa se refiere a la grave opresión de la Iglesia de Oriente. Y, en efecto, los selyúcidas (dinastía turca) habían ocupado Asia Menor y destruido y profanado las iglesias y Santos Lugares de la cristiandad.

 

El éxito de la arenga es extraordinario:

La muchedumbre habría gritado “Deus lo volt”, Dios lo quiere.

5) Conclusiones


Algunos autores -por ejemplo, Eberhard (Cfr. op. cit., p. 21)- afirman que el papa no utilizó en la predica de Clermont la palabra Jerusalén; se fían, fundamentalmente, en Foulcher de Chartres.

Y, en efecto, son las otras versiones (
Guibert de Nogent, Roberto El Monje) de la predica las que incluyen un llamado concreto a liberar Jerusalén.

En cualquier caso -es decir, aunque no se nombre Jerusalén como meta de la cruzada-, las palabras del pontífice revelan un fuerte sentido religioso-escatológico. El documento de Foulcher habla de una búsqueda de “recompensas eternas” y de una “doble gloria”.


En suma, aunque sea o no, en Clermont, Jerusalén una meta, lo cierto es que dicha predica guarda un carácter escatológico: la cruzada se configura como un camino de salvación. Por eso, autores como Jacques Heers pueden sostener que la cruzada es, ante todo, “un acto de fe” (op. cit., p. 15).


Además, a finales de 1095, Urbano II menciona en una carta a Jerusalén de pasada. Y en una carta a los boloñeses, de septiembre de 1096, Jerusalén se cita expresamente como meta de la cruzada.

Esto lo reconoce Eberhard (Ibid., p. 22); pero lo que él recalca es que tal ciudad no se configura como meta en Clermont, sino después por obra e impulso del pueblo.

Por otra parte, el canon segundo del Concilio de Clermont habla, concretamente, de la marcha a Jerusalén.

Y no hay duda que después del Concilio se empieza a hablar únicamente de Jerusalén y no ya dentro del marco más amplio de la Iglesia de Oriente.

jueves, mayo 25, 2006 - Por Gonzalo Verbal

Agradecemos al autor texto e ilustración de S.S. Urbano II.-

www.apologeticahistorica.blogspot.com 2006-08-02

 

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El compromiso por la verdad por parte de las diplomacias, sea a nivel bilateral como plurilateral, puede dar una aportación esencial, para que las innegables diversidades que caracterizan a pueblos de diferentes partes del mundo y sus culturas puedan recomponerse no sólo en una coexistencia tolerante, sino en un más alto y más rico proyecto de humanidad. En siglos pasados los intercambios culturales entre judaísmo y helenismo, entre mundo romano, mundo germánico y mundo eslavo, como también entre mundo árabe y mundo europeo, han enriquecido la cultura y favorecido las ciencias y las civilizaciones. Así hoy debería darse de nuevo y en mayor medida, existiendo de hecho unas posibilidades de intercambio y de recíproca comprensión mucho más favorables. Por esto lo que hoy se pide es, ante todo, que se elimine todo obstáculo para el acceso a la información por medio de la prensa y de los modernos medios informáticos, y, además, que se intensifiquen los intercambios de profesores y de estudiantes entre las disciplinas humanísticas de las universidades de las diversas regiones culturales.   

 

El compromiso por la verdad da fundamento y vigor al derecho a la libertad. La grandeza singular del ser humano tiene su última raíz en esto: el hombre puede conocer la verdad. Y el hombre la quiere conocer. Pero la verdad puede alcanzarse sólo en la libertad. Esto es válido para todas las verdades, como se ve en la historia de las ciencias; pero es cierto de manera eminente para las verdades en las que lo que está en juego es el hombre mismo en cuánto tal, las verdades del espíritu: las que conciernen al bien y al mal, las grandes metas y perspectivas de la vida, la relación con Dios. Porque ellas no se pueden alcanzar sin que esto lleve consigo profundas repercusiones en la orientación de la propia vida. Y una vez hechas propias libremente, necesitan además espacios de libertad para poder ser vividas en todas las dimensiones de la vida humana.

 

Los derechos fundamentales del hombre son los mismos en todas las latitudes; y entre ellos un lugar preeminente tiene que ser reconocido al derecho a la libertad de religión, porque concierne a la relación humana más importante, la relación con Dios. Quisiera decir a todos los responsables de la vida de las Naciones: ¡si no teméis la verdad, no debéis temer la libertad! La Santa Sede, cuando por doquier pide condiciones de verdadera libertad para la Iglesia católica, las pide igualmente para todos. 

 

Quisiera pasar a un tercer enunciado: el compromiso por la verdad abre el camino al perdón y a la reconciliación. Surge una objeción ante la conexión indispensable entre el compromiso por la verdad y la paz: las diferentes convicciones sobre la verdad dan lugar a tensiones, a incomprensiones, a debates, tanto más fuertes cuanto más profundas, son las convicciones mismas. A lo largo de la historia, éstas también han dado lugar a violentas contraposiciones, a conflictos sociales y políticos, e incluso a guerras de religión. Esto es verdad, y no se puede negar; pero esto ha ocurrido siempre por una serie de causas concomitantes, que poco o nada tenían que ver con la verdad y la religión, y siempre porque se quiere sacar provecho de medios realmente irreconciliables con el puro compromiso por la verdad y con el respeto de la libertad requerido por la verdad. Por lo que concierne específicamente a la Iglesia católica, ella condena los graves errores cometidos en el pasado, tanto por parte de sus miembros como de sus instituciones, y no ha dudado en pedir perdón. Lo exige el compromiso por la verdad.

La petición de perdón y el don del perdón, igualmente debido - porque para todos vale la advertencia de Nuestro Señor: “¡el que esté sin pecado, que tire la primera piedra!” (cf. Jn 8,7) - son elementos indispensables para la paz. La memoria queda purificada, el corazón apaciguado, y se vuelve pura la mirada sobre lo que la verdad exige para desarrollar pensamientos de paz. No puedo dejar de recordar las iluminadoras palabras de Juan Pablo II: “No hay paz sin justicia, no hay justicia sin perdón” (01 enero 2002).

El compromiso por la paz abre camino a nuevas esperanzas. Es como una conclusión lógica de lo que he tratado de ilustrar hasta ahora. ¡Porque el hombre es capaz de verdad! Lo es tanto sobre los grandes problemas del ser, como sobre los grandes problemas del obrar: en la esfera individual y en las relaciones sociales, en el ámbito de un pueblo como de la humanidad entera. La paz, hacia la que debe y puede llevarla su compromiso, no es sólo el silencio de las armas; es, más bien, una paz que favorece la formación de nuevos dinamismos en las relaciones internacionales, dinamismos que a su vez se transforman en factores de conservación de la paz misma. Y sólo lo son si responden a la verdad del hombre y a su dignidad. Y por esto no se puede hablar de paz allá donde el hombre no tiene ni siquiera lo indispensable para vivir con dignidad. Pienso ahora en las multitudes inmensas de poblaciones que padecen hambre. Aunque no estén en guerra, la suya no se puede llamar paz: más aún, son víctimas inermes de la guerra. Vienen también espontáneamente a mi mente las imágenes sobrecogedoras de los grandes campos de prófugos o de refugiados –en muchas partes del mundo– acogidos en precarias condiciones para librarse de una suerte peor, pero necesitados de todo. Estos seres humanos, ¿no son nuestros hermanos y hermanas? ¿Acaso sus hijos no vienen al mundo con las mismas esperanzas legítimas de felicidad que los demás? Mi pensamiento se dirige también a todos los que, por condiciones de vida indigna, se ven impulsados a emigrar lejos de su País y de sus seres queridos, con la esperanza de una vida más humana. Ni podemos olvidar tampoco la plaga del tráfico de personas, que es una vergüenza para nuestro tiempo. Lunes 9 de enero de 2006 – S.S. Benedicto P.P. XVI –

 

Y la verdad exige que ninguno de los Estados prósperos se sustraiga a las propias responsabilidades y al deber de ayuda, utilizando con mayor generosidad los propios recursos. Se puede afirmar, sobre la base de datos estadísticos disponibles, que menos de la mitad de las ingentes sumas destinadas globalmente a armamento sería más que suficiente para sacar de manera estable de la indigencia al inmenso ejército de los pobres. Esto interpela a la conciencia humana. Nuestro común compromiso por la verdad puede y tiene que dar nueva esperanza a estas poblaciones que viven bajo el umbral de la pobreza, mucho más a causa de situaciones que dependen de las relaciones internacionales políticas, comerciales y culturales, que por circunstancias incontroladas.   

¡Señoras y Señores Embajadores!

En la Navidad de Cristo la Iglesia ve cumplida la profecía del Salmista: “Amor y Verdad se han dado cita, Justicia y  Paz se abrazan; la Verdad brotará de la tierra, y de los cielos se asomará la Justicia” (Sal 84,11-12). Al comentar estas palabras inspiradas, el gran Padre de la Iglesia Agustín, haciéndose intérprete de la fe de toda la Iglesia, exclama: “La verdad brota de la tierra: Cristo, que ha dicho: Yo soy la Verdad, ha nacido de la Virgen” (Sermo 185).

La Iglesia vive siempre de esta verdad; pero de modo particular se ilumina con ella y se alegra en esta etapa del año litúrgico. Y a la luz de esta verdad mis palabras, dirigidas a vosotros y para vosotros, que representáis aquí a la mayor parte de las Naciones del mundo, quieren ser al mismo tiempo testimonio y augurio: ¡en la verdad, la paz!   

¡Con este espíritu, os deseo a todos muy cordialmente un feliz año! 

Lunes 9 de enero de 2006 – S.S. Benedicto P.P. XVI –

 

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Historia, calumnia e ignorancia - Abundan aún los ejemplos de casos en que juzgamos y decidimos, tomamos riesgos y los hacemos correr a los demás, convencemos al prójimo y le incitamos a decidirse, fundándonos en informaciones que sabemos que son falsas, o por lo menos sin querer tener en cuenta informaciones totalmente ciertas, de que disponemos o podríamos disponer si quisiéramos. Hoy, como antaño, el enemigo del hombre está dentro de él. Pero ya no es el mismo: antaño era la ignorancia, hoy es la mentira.

 

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Jaime el Conquistador

 

PASAJES DE LA HISTORIA DE ESPAÑA

Jaime el Conquistador, o el Levante recobrado - 1213

 

Por Fernando Díaz Villanueva

 

Pocos reyes han nacido en medio de tantas desventuras y malandanzas como Jaime de Aragón. Sus padres no podían verse ni en pintura, la Corona que iba a heredar era un completo desbarajuste, el Papa estaba comprado por los franceses, los aristócratas con los que le tocaría lidiar eran egoístas, peleones y peseteros...

 

Lo de sus padres, Pedro II y María de Montpellier, clamaba, si no al cielo, sí al menos a Roma, que había permitido que se casasen cuando era de todos sabido que el Rey miró a la Reina de reojo el día de la boda y procuró no volver a acercarse más. Tanto fue así que hubo que engañarle para que engendrase un heredero. De noche, unos clérigos conchabados con la Reina la colaron disfrazada en los aposentos de su esposo, que, al confundirla con una de sus muchas amantes, remató la faena y le hizo un hijo. Y ahí se acabó, porque el aragonés y la occitana no volvieron a dirigirse la palabra.

 

Murieron casi a la vez, en el mismo año, 1213, pero bien lejos el uno de la otra. Él, en el sitio de Muret; ella, en Roma, adonde había acudido para que Inocencio III impidiese el divorcio. Y es que Pedro tenía planes de casarse con María de Monferrat, es decir, con la otra.

 

Con cinco años, Jaime estaba algo peor que solo. A consecuencia de la derrota de su padre en Muret, quedó a merced de Simón de Monfort, un espadón gabacho que retuvo al niño hasta que el Papa le suplicó que lo devolviese: que era el delfín de Aragón, que los españoles tenían muy malas pulgas y que eso no le traería más que problemas. Monfort, en un arranque de sensatez, lo devolvió, y ese mismo año, en Lérida, fue jurado heredero de la Corona más conflictiva y revoltosa de la España de entonces, que no era precisamente un oasis de paz y armonía.

 

Jaime, que había sorteado sin saberlo tantos obstáculos en su niñez, maduró a golpe de humillaciones. Los nobles de Cataluña y Aragón le hicieron saber desde muy pequeño que allí, en ese rincón de la Península, mandaban ellos; él era un simple convidado de piedra. Y si la aristocracia no le respetaba, el pueblo aún menos. Además, siempre estaba sin dinero. Como el reino era un desastre, nadie pagaba impuestos, y claro, el Rey vivía a salto de mata. Tan delicada era su situación, y tanto se le llegaron a subir a las barbas, que los nobles aragoneses llegaron a encerrarle en el torreón zaragozano de la Zuda. Para que le sirviese de escarmiento.

 

Su suerte, sin embargo, cambió de golpe. Lo hizo según se olvidó de recobrar las plazas perdidas por su padre en el Mediodía francés y se acordó de que España estaba todavía llena de musulmanes esperando que algún rey con valor rematase la faena de echarlos.

 

La inspiración le vino, más o menos, hacia 1227, año en que puso fin a las banderías nobiliarias. Meses después, en las Cortes de Barcelona, anunció la primera de sus grandes campañas. Iba dirigida contra los moros de Mallorca, que además de infieles estaban hechos unos piratas de tomo y lomo. Ciento cincuenta y cinco barcos, puestos de gratis por los comerciantes de Barcelona, Tarragona y Tortosa, abandonaron Salou y Cambrils el 5 de septiembre de 1229, con 1.500 caballeros y 15.000 soldados a bordo. Diez días después, el ejército de Abú Yahya, el rey moro de Mallorca, caía derrotado en Portopi. La morisma escaldada se atrincheró en Palma, que entonces no se llamaba así sino Madina Mayurqa, de donde fueron desalojados en el mes de diciembre; con tanto aparato y tanta matanza que se desató una epidemia de peste entre los soldados catalanes que habían tomado la ciudad.

 

Al igual que haría Fernando III de Castilla en Andalucía, Jaime vació Mallorca de moros. No trató de convertir a ninguno. La elección era sencilla: o se iban, o les pasaban a cuchillo. Algunos eligieron resistir, y lo hicieron heroicamente en la sierra de la Tramontana durante un par de años, a lo Curro Jiménez.

 

En 1230 quedó establecido el Reino de Mallorca, el primero insular de la España medieval. Al año siguiente fue anexionada Menorca, por el Tratado de Capdepera. Los moros menorquines fueron más razonables que sus vecinos, pero no les sirvió de nada: años después fueron desterrados sin miramientos. A Ibiza y Formentera les tocó el turno tres años más tarde. Para las Pitiusas el ejército de Jaime ya no daba más de sí, y su conquista fue subcontratada a Guillem de Montgrí, arzobispo de Tarragona e implacable conquistador. La cruz y la espada, ya se sabe.

 

La fulgurante victoria en Mallorca encumbró al monarca, a quien ya nunca más se atrevieron a tomar por el pito del sereno. Con todo, la toma de las islas había satisfecho sólo a una parte del reino; al principado de Cataluña, que se desparramó sobre ellas con miles de colonos, que se establecieron con presteza en la fértil plana mallorquina. La otra parte, la interior, Aragón, no estaba tan contenta. Todo lo contrario. Los aragoneses se la tenían guardada a un rey que, pudiendo conquistar Valencia, que estaba a tiro de piedra, se había metido en una incierta aventura marítima. Por eso, lo primero que le demandaron a su vuelta de Mallorca fue que, consumada la machada, pusiera rumbo a Valencia, y rapidito.

 

Los aragoneses habían hecho algún avance por el interior y casi ninguno por la costa. No faltaban ganas, sino organización y dinero, es decir, exactamente lo que no tenían las gentes de Teruel y Albarracín, las más interesadas en la conquista, montañeses recios, hombres libres curados al aire de la sierra. El plan de Jaime era tomar primero Burriana, en la costa, a medio camino entre Amposta y Valencia, y aislar los enclaves musulmanes que quedasen al norte. La maniobra funcionó, y en 1233 se rindieron la propia Burriana y Peñíscola, que era una plaza fuerte de mucha entidad.

 

Parecía que la fortuna acompañaba a Jaime en toda campaña que iniciase. Envalentonado por esta idea, reunió a las Cortes de Aragón en Monzón y cursó una petición al papa Gregorio IX para que declarase "cruzada" la conquista de Valencia. Los aragoneses estaban encantados, pero no tanto como para entusiasmarse, y el Papa se retrasó tanto en la gracia que Jaime se vio obligado a emprender la guerra por su cuenta. En 1237 tomó el Puig de Santa Maria, y desde allí, un año más tarde, cargó contra Valencia, la legendaria ciudad en la que siglos antes se había acantonado el Cid.

 

Aunque escaso de tropas y dineros, Jaime se tomó lo de Valencia como una cuestión personal. El rey moro de la ciudad del Turia, Zayán ben Mardanis, ofreció un trato muy conveniente: varios castillos y una generosa renta en forma de paria anual como la que pagaba el emir de Sevilla. Jaime, a pesar de que sus propios generales le conminaron a estudiar la oferta –"En tiempos de vuestro padre o abuelo, en vista de un pacto tan ventajoso, ellos hubieran aceptado"–, decidió no ser ni su padre ni su abuelo, y más cuando los castellanos acababan de reconquistar Córdoba para la Cristiandad. Y no olvidemos que la propaganda, hace 800 años, tenía el mismo efecto que ahora.

 

En abril se puso sitio a Valencia, y conforme fue avanzando el verano, espoleados por la bula de Cruzada que había extendido el Papa, llegaron soldados de Aragón y Cataluña, de Navarra, de Occitania y hasta de Alemania y Hungría. De esta última quizá al reclamo de Violante, reina de Aragón y húngara de nacimiento.

 

Zayán resistió hasta septiembre. El 9 de octubre de 1238 Jaime I, que ya podía presumir de conquistador, entraba en la ciudad, concluyendo así una década de conquista sin precedentes. Valencia sería su broche dorado: al año siguiente la convertiría en reino, para disgusto de los nobles aragoneses.

 

Ya sólo quedaba un estirón, y la reconquista se acabaría para aragoneses y catalanes, que habían empezado su cruzada particular siglos atrás, en lo más profundo del Pirineo, saltando de risco en risco, escondiéndose en los bosques, soportando las razzias y saqueos periódicos del califa. Todo eso ya había terminado, y para siempre. En 1244 Jaime I y Alfonso de Castilla firmaron el Tratado de Almizra, por el que quedaban fijadas casi definitivamente las fronteras entre Castilla y Aragón. El Levante era, por fin, cristiano.

 

En apenas quince años Jaime de Aragón había conseguido duplicar en tamaño y triplicar en población la herencia recibida de su padre. Dictó una obra, el Llibre dels fets, para que su gesta no fuese nunca olvidada, y se dedicó a administrar sus bien ganados reinos y a soñar una cruzada a Tierra Santa... que terminó llevando a cabo, ya anciano, pero que fracasó a pocas millas de la costa por un temporal. No se arredró e insistió ante el Concilio de Lyon, que le tomó por loco.

 

La Europa cristiana, a esas alturas, ya no estaba para cruzadas ni excesivos sacrificios en una tierra que sería muy santa pero donde no había recibido más que palos. Jaime, que por algo era aragonés, sin inmutarse se dio la vuelta y dijo a los que le acompañaban: "Barones, ya podemos marcharnos, pues hoy, al menos, hemos dejado en buen lugar el honor de toda España".

 

Imitando una vez más a Fernando de Castilla, que dio su último suspiro en Sevilla, la más preciada de sus conquistas, Jaime de Aragón murió en Valencia, de puro viejo, dejando un lío mayúsculo a sus sucesores. Consideró que los reinos eran suyos y que, por lo tanto, podía partirlos a su antojo. Dejó a su hijo Pedro los dominios peninsulares: Aragón, Cataluña y Valencia; a su hijo Jaime le legó uno de los reinos más extraños de la historia, compuesto por las Baleares, de un lado, y el Rosellón y la Cerdaña, del otro, a cientos de kilómetros de distancia y con el mar de por medio. El resto quedó sumido en una guerra civil que enfrentó a Pedro con Fernán Sánchez, un bastardo que se había buscado amigos en Francia para llevarse, de matute, la corona del padre. La cosa terminó de un modo tan trágico como español, con un hermano ahogando al otro en el río Cinca, que entonces no tenía regadíos y llevaba mucha agua.

 

Partida o entera, la Corona de Aragón no volvió a ser la misma. En el lapso de una generación, se lanzó al mar en una carrera por la hegemonía. Durante los siglos siguientes, el Mediterráneo fue tan aragonés que, como diría Roger de Llúria: "No hi haurà peix que s´atreveixi a treure la cua si no porta lligada la senyera amb les quatre barres del nostre senyor rei d´Aragó". 2007-07-30

 

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La mentira y el error están en desacuerdo con la realidad. Cuando un mundo se construye contra la realidad, ese mundo está abocado a la ruina, y mientras ésta llega va arruinando a los hombres.

 

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Historia y libertad - “La libertad que Dios al hombre dio, no la quite el hombre en nombre de Dios”.

 

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Historia - Para conocer una historia es necesario, pero no suficiente, conocer los hechos, pues es preciso también conocer el espíritu, o si se quiere la intención que animó esos hechos, dándoles su significación más profunda.

 

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HISTORIA - Para adentrarse en la época de la gran gesta hispánica [1492-1592] y analizar la magnitud del descubrimiento, es necesario penetrarlo estudiando el contexto histórico; solo así podremos llegar a un discernimiento moderado y con el sentimiento sano del deber o de una conciencia objetiva. Con este objetivo presentamos tantos temas y acontecimientos -aparentemente- en discontinuidad.

 

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Historia - El cristiano está advertido de que es necesario conocer la historia para distinguir los hechos. El cristiano a sus hermanos advierte que es imprescindible estudiar la historia para comprender el contexto histórico de los hechos. El cristiano nota que conociendo la historia, se percibe la riqueza de la Tradición, repara la grandeza del Magisterio y la magnanimidad de la salvación en la Escritura enseñada por la Iglesia.

 

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Historia - «Conocer y profundizar el pasado de un pueblo es afianzar y enriquecer su propia identidad. ¡No rompáis con vuestras raíces cristianas! Sólo así seréis capaces de aportar al mundo». S. S. Juan Pablo II – Madrid. 2003.05

 

Visión objetiva: Con frecuencia en los análisis históricos se peca de falta de objetividad por juzgar con valores actuales los sucesos del pasado. Esto no significa relativizar el juicio valórico de los sucesos, sino extirpar ciertos moralismos actuales que no son reales, que suponen una "moral" moderna y postmoderna que juzga enloquecidamente las cosas. Desde una perspectiva objetiva tenemos que condenar sin reserva los errores ocurridos en l período analizado, pero sin rasgar vestiduras por la "monstruosa" noticia del descubrimiento y civilización europea en América, maldiciendo la hora en que se produjo al estilo del cuestionado activista verde Jacques Cousteau quien declaró en 1992 que la llegada de la Colón a América "fue un desastre peor que la lluvia de meteoritos que acabó con los dinosaurios en la prehistoria".

Aquí la premisa tribalista de "cada uno en su tierra sin invadir otra" queda desvanecida por el absurdo ante el dinamismo y realidad de la historia. Toda civilización es el fruto de una mezcla frecuentemente nada pacífica. La misma epopeya del Pueblo de Dios suponía conquistar una tierra prometida ocupada por tribus locales. Los mismos europeos provienen de invasiones y nuevas invasiones que mezclaron sus sangres e hicieron nacer las distintas culturas que dan alma al Viejo Mundo.

 

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Frente a la historia - «La fe y la razón son como las dos alas con las cuales el espíritu humano se eleva hacia la contemplación de la verdad». (VIS, 8.I.2004)) S.S. Juan Pablo II.

 

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Historia - «Una investigación histórica, libre de prejuicios y vinculada únicamente con la documentación científica es insustituible para derrumbar las barreras entre los pueblos» (S. S. Juan Pablo II – P.P.)

 

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Historia - Al estudiar la historia, se suele hacer desde los prejuicios de la mentalidad actual, cosa que esteriliza la  labor principal del historiador. No podemos dar a conocer unos hechos del pasado sin antes reflejar el imaginario colectivo de la época donde tuvieron lugar.

 

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“¿Cómo callar tantas formas de violencia perpetradas también en nombre de la fe?

Guerras de religión, tribunales de la Inquisición y otras formas de violación de los derechos de las personas…

Es preciso que la Iglesia, de acuerdo con el Concilio Vaticano II, revise por propia iniciativa los aspectos oscuros de su historia, valorándolos a la luz de los principio del Evangelio” S. S. Juan Pablo II a los Cardenales, 1994. VAT.

 

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De hechos, acontecimientos, personajes e historia de aquella época...

 

Los almogávares: Desperta, ferro!

 

 

Por Fernando Díaz Villanueva

PASAJES DE LA HISTORIA DE ESPAÑA

 

En 1245 los reyes de Aragón dieron por concluida la Reconquista. Habían llegado hasta Alicante, hasta el punto donde el río Segura se encuentra con el mar. A partir de ahí le tocaría a Castilla continuar la labor de recobrar la España perdida. El problema es que a los belicosos catalanes, aragoneses y valencianos de la época les quedaba cuerda para rato, y no estaban dispuestos a quedarse cruzados de brazos.

 

Abrevaron sus caballos en las aguas del Segura y pusieron sus ojos sobre el ancho mar que tenían enfrente: el Mediterráneo, un océano de oportunidades al alcance de su mano que, nobleza obliga, no iban a dejar escapar. 

 

En la lejana Sicilia se estaba cociendo, allá por 1282, un asunto muy feo. Los partidarios del Papa, llamados güelfos, habían colocado en el trono de la isla a Carlos de Anjou, un insolente francés que había repartido el regalo entre su camarilla de amigos. El partido contrario, el de los gibelinos, conspiraba contra él, pero sus seguidores, como carecían de candidato, poco podían hacer, salvo emigrar o encerrarse en casa. En Aragón, el rey Pedro III estaba al tanto de la jugada, y cuando la cosa se puso imposible reclamó sus derechos dinásticos.

 

Naturalmente, la Casa de Barcelona, a la que pertenecía el monarca, nunca había tenido derechos sobre la isla, pero Pedro se había casado con una alemana, Constanza de Hohenstaufen, que sí que los tenía. Eso era suficiente para intervenir. Declaró la guerra a los usurpadores franceses y la ganó. Fue un paseo militar que le proporcionó insospechada fama y el bien merecido título de Pedro el Grande. Todo este episodio se conoce como las Vísperas Sicilianas, y fue el primer capítulo de la dilatadísima presencia española en el sur de Italia. Tan dilatada que se extendería durante cinco siglos.

 

El secreto de Pedro el Grande para conquistar Sicilia tan rápidamente fue un novedoso cuerpo de ejército traído de las guerras contra los moros en España y que se había demostrado invencible: las compañías de almogávares.

 

Los almogávares eran los soldados más bravos y temibles de su época. Eran tropas ligeras, normalmente de infantería, armados con lo justo pero que se movían con sorprendente agilidad en cualquier campo de batalla. Se agrupaban en compañías no muy numerosas, lideradas por un caudillo que las sometía a una disciplina férrea. O vencían o morían: no había término medio. Se les iba la vida en ello, y no sólo porque no daban cuartel en el combate, sino porque carecían de impedimenta: vivían de lo que saqueaban al vencido tras haberle aniquilado. Así de sencillo.

 

Provenían de las serranías ibéricas y de los valles del Pirineo, donde eran reclutados muy jóvenes, casi niños. La vida que llevaban era durísima: sometidos a mil privaciones, dormían al raso y comían un día sí y tres no. Vivían por y para la guerra. 

 

No llevaban armadura, ni casco, ni siquiera la socorrida cota de malla, tan en boga en aquellos tiempos. Su equipo se limitaba a una lanza colgada al hombro, unos dardos o azconas –que lanzaban con tanta fuerza que eran capaces de atravesar los escudos del adversario– y un afilado chuzo, su arma más mortífera. Antes de entrar en combate golpeaban con fuerza el chuzo contra las piedras, hasta que saltaban chispas; entonces, cuando el sonido era ya ensordecedor, gritaban al unísono: "Desperta, ferro!", seguido de los más tradicionales "Aragó, Aragó!" o "Sant Jordi!", y se lanzaban sobre el enemigo como auténticos diablos. Estremecedor.

 

A los enemigos, según veían de lejos el dantesco espectáculo, se les helaba la sangre en las venas. Su destino estaba sentenciado. Y no era para menos. Los almogávares no tomaban prisioneros ni hacían distingos; mataban a todos y se jactaban de que, durante la batalla, su chuzo había pasado más tiempo dentro del cuerpo del adversario que fuera.

 

Tras la conquista de Sicilia, al heredero de Pedro el Grande, Federico III, empezó a incomodarle la presencia de los rudos almogávares, que no terminaban de acostumbrarse a vivir sin guerrear. Habían pasado unos años persiguiendo a los franceses por el reino de Nápoles, pero con la paz de Caltabellota la diversión se les acabó.

 

La fama que habían criado en Italia atravesaba las fronteras. Cuentan que, en cierta ocasión, un almogávar fue hecho prisionero por los franceses. El rey franco, intrigado por el romanticismo que envolvía a este cuerpo de españoles asilvestrados, lo mandó traer a su presencia. Para salvar su vida, le propuso una justa con su mejor caballero. Si salía vencedor podría volver con los suyos. El almogávar aceptó sin dudarlo. Sabía que iba a ganar.

 

El francés se presentó sobre su caballo, armado hasta los dientes y protegido por una coraza primorosamente labrada. El español midió la distancia y, antes de que pudiese reaccionar el jinete, alanceó al caballo hasta matarlo. El francés cayó rodando al suelo, donde el almogávar le esperaba chuzo en ristre. Ahí terminó la justa: el rey pidió al vencedor que perdonase la vida al infeliz caballero y el almogávar regresó a casa tan pimpante.

 

Sicilia con el volcán Etna, nevado.

 

Con la aventura siciliana tocando a su fin, a los almogávares se les presentaba una dura disyuntiva: o se disolvían o encontraban una causa por la que matar y morir, que era casi lo único que sabían hacer. Ésta se les presentó de improviso. Andrónico II, el emperador de Bizancio, tenía a los turcos encima, a pocas jornadas de Constantinopla, amenazando el trono y la existencia misma del Imperio. Se puso en contacto con el caudillo de los almogávares sicilianos, Roger de Flor, un soldado de fortuna que, antes de recalar en la singular compañía aragonesa, había sido templario, cruzado en San Juan de Acre y pirata. Un genuino aventurero medieval.

 

De Flor aceptó la oferta y se dirigió, con 7.000 hombres, a Constantinopla. Sólo pidió dos cosas: que le dieran un título nobiliario y que le suministraran una esposa. El bizantino fue espléndido en ambos requerimientos: le hizo Megaduque (nada menos) y le dio la mano de una sobrina suya que vivía en Bulgaria. Cumplimentados los trámites, la Gran Compañía Catalana de Almogávares, o Societate Catallanorum, se dirigió al encuentro con el turco.

 

Las fuerzas eran desiguales: a cada español le tocaban dos turcos; pero los almogávares, fieles a su consigna de vencer o morir, al grito de "Desperta, ferro!" pusieron en desbandada al enemigo. Al que pudo, porque la degollina de este primer encuentro fue antológica: 13.000 muertos, todos los mayores de diez años, edad a la que Roger de Flor estimaba que un hombre podía blandir una espada.

 

Entregada su carta de presentación, levantaron el asedio sobre Filadelfia y Thira y persiguieron a los turcos, matándolos allí donde los encontraban.

 

En menos de un año, las tropas españolas llegadas de Sicilia habían dado la vuelta a la tortilla y se encontraban en el interior de Anatolia. Fue allí donde tuvo lugar la batalla más celebrada de los almogávares, la del monte Tauro: Roger de Flor y su senescal Berenguer de Rocafort, al frente de 7.000 españoles, plantaron cara a unos 40.000 turcos. La misma ceremonia al alba, los hierros despertando entre chispas y la horda colina abajo gritando como posesos los nombres de Aragón y su santo patrón. Los turcos salieron en estampida después, eso sí, de dejar 18.000 cadáveres en el campo de batalla. "Feren tal carnissería que era meravella", apuntaría años después Ramón Muntaner, uno de los integrantes de la expedición, en su Crónica de los Almogávares.

 

Corría el año 1304, y éste de los almogávares sería el último ejército cristiano en penetrar en el interior de Asia Menor, la actual Turquía. Hecho el trabajo, Roger de Flor y los suyos regresaron a Constantinopla. Tan impresionante había sido la victoria que el emperador le concedió un nuevo título, el de César.

 

Tanta generosidad con el forastero destapó el frasco de las intrigas palaciegas. Miguel, hijo del emperador, invitó a Roger de Flor y a sus generales a una cena en Adrianópolis. Tras el último plato, con alevosía y por sorpresa, los guardias alanos de la corte pasaron a cuchillo a los confiados catalanes, que, para más inri, estaban a esa hora algo bebidos.

 

Advertida la tropa de la traición bizantina, salió como una furia de su campamento en Galípoli y se dedicó durante días a arrasar pueblos y aldeas. Fue la llamada "venganza catalana", que arrojó casi tantas víctimas como las que los almogávares habían dejado en los campos de Anatolia. De ésta no se libraron ni los niños. Muntaner trata de justificar la salvajada apelando al honor: "Fue hecha tan gran venganza [...] pues valía más morir con honor que vivir en deshonra". Los españoles, siempre tan españoles.

 

Andrónico II, asustado por el cariz que habían tomado los acontecimientos, armó un ejército para neutralizar la amenaza. No sirvió de gran cosa. La compañía almogávar, crecida e iracunda, derrotó a los bizantinos. Para evitar la tentación de huir, metieron fuego a los barcos y se lanzaron, guiados por los dos Berengueres, el de Rocafort y el de Entença, al cuello de sus antiguos anfitriones, gritando, cómo no, "Desperta, ferro!". Muntaner asegura que mataron, ellos solitos, a 26.000 bizantinos; aunque ya sería alguno menos, que a los "cronistas en primera persona" siempre se les va la mano cuando se trata de contar sus hazañas.

 

Una vez reparada la ofensa, la compañía, visiblemente mermada por los combates, se dirigió hacia Grecia, saqueando a conciencia lo que encontraron a su paso, excepto los monasterios del monte Athos, que se salvaron gracias al ruego de Jaime II de Aragón. Lo cortés no quita lo valiente: serían crueles y sanguinarios, sí, pero también devotos y aficionados a oír misa antes de la batalla.

 

Muertos sus caudillos en las refriegas con los bizantinos, formaron un consejo de gobierno, el Consell de Dotze, y se pusieron al servicio de los barones francos que mandaban en el sur de Grecia desde tiempos de las Cruzadas. Uno de ellos, Gualterio de Brienne, volvió a traicionarles. Se le olvidó liquidar la soldada por los servicios prestados. En mala hora, porque el despiste lo pagó con su vida. En pocos años se adueñaron de los señoríos francos; pero no de cualquier manera, sino a su manera: asesinaron a los barones y se quedaron con sus haciendas, sus castillos y sus viudas para fundar dos ducados, los de Atenas y Neopatria, que perdurarían 80 años. Durante casi un siglo estos dos pedazos de Grecia se convirtieron en un apéndice lejano y semiolvidado de la Corona de Aragón.

 

Tras la caída de Atenas y la toma de Constantinopla por los turcos, en el siglo XV, la epopeya de los indomables almogávares fue cayendo en el olvido y su historia se transformó en leyenda. Habían luchado contra corriente, contra el signo de los tiempos, contra todo y contra todos, hasta contra sí mismos. Hoy nadie los reivindica; son, en cierto modo, incómodos recuerdos de una época de la que pocos quieren acordarse. Hasta en la muerte son temidos y respetados. Desperta, ferro!

 2006-02-11- Agradecemos al autor- L.D.ESP.MMVI.II.

 

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CRISTIANOS ASFIXIADOS ´ISLAMO-FASCISMO´

La Iglesia libanesa intenta frenar el

«masivo éxodo de cristianos»

 


Los creyentes abandonan el país huyendo del conflicto y del fundamentalismo islámico asfixiante
José R. Navarro Pareja

 

Madrid- A pesar del alto al fuego logrado por la resolución de la ONU, el «despiadado conflicto» -como lo definió Benedicto XVI- que se ha vivido estos días en Líbano, se sigue cobrando «víctimas». La destrucción de sus hogares, el crecimiento del fundamentalismo islámico, pero, sobre todo, la incertidumbre ante el futuro están obligando a los cristianos maronitas (católicos de rito oriental) a abandonar el país de los cedros. Las desigualdades se acrecientan aún más si tenemos en cuenta que la Iglesia maronita, a pesar de la ayuda de Cáritas y otras organizaciones católicas, apenas puede competir frente a la vasta red de asistencia social organizada por Hizbolá* para los musulmanes chiís (financiada por Siria e Irán).
   Ante este problema, los obispos libaneses están haciendo un llamamiento a las organizaciones internacionales para que ayuden al población civil y pueda frenarse este masivo éxodo. Fue el mismo Patriarca de Antioquía, el cardenal Nasrallah Sfeir, el primero en denunciar la situación. Poco antes de su entrevista con el enviado especial del Papa a la zona, el cardenal Roger Etchegaray, el Patriarca mostró su preocupación por la «devastación progresiva» de Líbano y la «emigración de cada ves más cristianos que no van a regresar».
   Huida «en grandes grupos»
   El cardenal Sfeir hizo evidente la gravedad del problema al destacar que a pesar de que los cristianos «nos hemos mantenido en el mundo árabe durante dos mil años, ahora la cosas se están yendo a pique con mucha rapidez. La crisis actual está ampliando dramáticamente esta tendencia». Además pronosticó que si Hizbolá llegase al poder en el país, «los cristianos lo dejarían en grandes grupos».
   En este mismo sentido, el arzobispo de Beirut, monseñor Paul Matar, señaló que las razón que lleva a los cristianos a abandonar Líbano «no es el miedo, sino la incertidumbre ante el futuro». «Es necesario comenzar a reconstruir el país, debilitado tras semanas de feroces bombardeos. Sólo esto ayudará a los ciudadanos cristianos y musulmanes, a permanecer aquí», afirmó en una entrevista concedida a la agencia Asianews.
   Precisamente los llamamientos más enérgicos para que los cristianos no abandonen Líbano vienen de los prelados de la zona sur del país, la más castigada por los bombardeos. El metropolitano de Tiro de los greco-melkitas, monseñor Georges Bakouni, cuya diócesis ha sufrido la destrucción de quince templos en el último mes, ha pedido a sus fieles que «entren en sus casas para testimoniar que Líbano no morirá». «No abandonaremos nunca este país en las manos de Israel o de los musulmanes. Hemos llegado a esta tierra mucho antes que ellos y queremos convivir con todos», añadió.
   De igual manera el arzobispo maronita de Tiro, monseñor Chucrallah-Nabil El-Hage animó a sus diocesanos a «mantener el valor y quedarse». «Donde quiera que estés, si eres paciente y crees, podrás salir adelante. Lo más importante es quedarse en esta tierra», exhortó esta semana a miles de fieles en una misa en la iglesia de San Jorge.
   Entre las iniciativas para ayudar a los libaneses destaca la labor que está realizando Cáritas, a través de sus delegaciones en el Líbano y Jerusalén. En España la entidad ha habilitado el teléfono 902 33 99 99, para recoger donativos. Además, la propia Iglesia libanesa se está organizando para superar la crisis actual. Hace unos días, monseñor Guy Paul Noujern, vicario maronita de la diócesis de Sarba, anunció la creación de una «célula de emergencia» para distribuir medicinas y reconstruir las escuelas. 2006-08-27- L.R.ESP.

*terroristas islamo-fascistas.

 

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POR CAUSA DEL FASCISMO-ISLAMISTA

El fin del refugio en Oriente Medio

 

 

Considerado durante siglos como el «único refugio de los cristianos» en Oriente Medio, lo cierto es que en los últimos años la mayoría religiosa en Líbano ha cambiado de signo. En 1932, fecha en que se realizó el primer y único censo del país, la población libanesa estaba formada por 63 por ciento de cristianos (la mayoría maronitas), un 35 por ciento de musulmanes, y un 2 por ciento de pequeñas minorías. Sin embargo, las estimaciones actuales reducen el porcentaje de cristianos a un 32 por ciento y elevan el de musulmanes por encima del 65.
   La constante inestabilidad que vive la zona desde la década de los setenta, unida al rápido crecimiento del fundamentalismo islámico han provocado un constante éxodo de familias cristianas hacia Europa y Norteamérica. En un ejercicio de autocrítica algunos no dudan en añadir a las causas de esta fuga «la negligencia y el olvido de los cristianos de occidente hacia sus hermanos de oriente». Hace unos días monseñor Guy Paul Noujem reconocía que los cristianos de Líbano «se van porque se sienten abandonados». 2006-08-27

 

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LÍBANO.

 

 

Una de las zonas más cargadas de historia del mundo sólo lleva 60 años siendo independiente, desde el 22 de noviembre de 1943. Su posición como ‘puente’ entre Oriente y la costa mediterránea ha provocado que una y otra vez haya caído bajo el mundo de los sucesivos imperios de la región.

Egipcios, babilonios y asirios lo controlaron antes de la llegada de Alejandro Magno y, finalmente, Roma, en el siglo I antes de Cristo. Bizancio heredó estos territorios, que en el siglo VII se integraron -por violenta ocupación- en el mundo mahometano. El efímero paso de los cruzados cristianos supuso un paréntesis a la dominación islámica y cruel, que se alargó hasta el derrumbe del Imperio Otomano tras la Primera Guerra mundial y la llegada de unos nuevos dueños, ahora europeos.

Debido a lo accidentado de su terreno, el Líbano siempre fue un buen escondite para las minorías perseguidas. Precisamente, esa llegada de refugiados de diferentes religiones, sobre todo de cristianos y musulmanes, divididos a su vez en múltiples sectas y tendencias, es lo que dificulta la convivencia. Después de la ocupación islámica el país es hoy mayoritariamente musulmán, con un 35 por ciento de chiíes y un 23 por ciento de suníes. Los cristianos ocupan el 27 por ciento de la población, y son, sobre todo, maronitas, pero también hay ortodoxos, armenios y protestantes. Mención aparte merecen los drusos, una secta de la variante chií nacida en el siglo X y asentada en Israel, Siria y el Líbano, que representa al siete por ciento de la población del país. 2005.

 

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XIII. El apogeo de la cristiandad

 

 

 

Autor: Concepción CARNEVALE

 

Los siglos XII y XIII constituyen la época clásica de la Cristiandad medieval. Si hubiera que señalar un rasgo capaz de caracterizar por sí solo los tiempos clásicos de la Cristiandad medieval, ese rasgo sería, sin duda alguna, su increíble vitalidad.
Un signo de la vitalidad espiritual de este período histórico fue el espléndido florecimiento alcanzado por la vida religiosa: cluniacenses, cartujos, cistercienses. Si los siglos XI y XII fueron los tiempos monásticos, el XIII fue el siglo de los frailes: franciscanos, dominicos, agustinos, carmelitas, mercedarios. Los siglos de la Cristiandad fueron también la época clásica de las ciencias sagradas: la teología y el derecho canónico.

La Cristiandad medieval no sólo promovió el desarrollo de las ciencias sagradas, sino que dio vida a la institución destinada específicamente a crear la ciencia y difundir la cultura superior: la universidad. Surgen por impulso de la Iglesia, las universidades de Oxford, Bolonia, Salamanca, Alcalá.

La empresa más característica de la Cristiandad fue la Cruzada. De ordinario, las Cruzadas no fueron iniciativa de uno u otro reino, sino tarea común de la Cristiandad bajo la dirección del papa, que otorgaba gracias especiales a los combatientes. El espectáculo, tantas veces reiterado durante dos siglos, de príncipes y pueblos que tomaban el camino de Oriente, impulsados por el afán de libertar el Santo Sepulcro, es una prueba impresionante de la profunda seriedad que tuvo la religiosidad medieval.

Sería impropio concebir los siglos de la Cristiandad medieval como una época áurea, animada por los ideales evangélicos. Aquellos tiempos estuvieron llenos de miserias y pecados personales, de desórdenes e injusticias. Pero resultaría todavía más falso ignorar la profunda impregnación cristiana de la vida de los hombres y de las estructuras familiares y sociales que entonces se produjo.

La Cristiandad medieval buscaba la paz y la promovió en la sociedad. En los siglos barbáricos, un clima de violencia se había adueñado de la vida social y de las relaciones jurídicas: la autotutela y la venganza familiar aparecían consagradas por la costumbre, e incluso por el derecho escrito, y las guerras privadas eran crónicas e interminables. El esfuerzo pacificador, iniciado por la Iglesia, fue secundado desde la segunda mitad del siglo XI por los príncipes, que reforzaron con penas civiles las sanciones espirituales ya vigentes. En una sociedad como la medieval, en que la casta señorial de los guerreros detentaba el poder y la fuerza, el Cristianismo se esforzó por poner esa fuerza al servicio de la paz y el bien.

La piedad cristiana, que ha animado hasta hoy la vida espiritual de los pueblos católicos, se configuró en los siglos de la Cristiandad. Esta vida de piedad comportaba en primer término la asistencia a Misa en domingos y fiestas de precepto, un deber que existía ya desde mucho tiempo atrás; el concilio IV de Letrán (1215) reguló ahora la obligación de la confesión y comunión anual. Los ayunos y abstinencias representaban una considerable actitud penitencial para los fieles cristianos, que pagaban también el diezmo de las cosechas, con el fin de ayudar al mantenimiento económico de la Iglesia. La piedad eucarística, la devoción a la Virgen y a los santos, ocuparon un lugar eminente en la espiritualidad de la época. En esta época comienzan grandes tradiciones eclesiales como la procesión del Corpus Christi, el rezo del rosario, las peregrinaciones, las expresiones religiosas en el arte.

De entre los grupos heréticos de la edad media hay que destacar a los «valdenses» que llegaron a una ruptura total con la Iglesia y formaron una secta en el norte de Italia, que más tarde había de integrarse en el movimiento de la Reforma protestante y a los «cátaros» o «albigenses», nombre este derivado de Albi, ciudad del mediodía de Francia, que fue uno de sus principales reductos. El Catarismo era un rebrote tardío de una vieja corriente religiosa, mezcla de elementos gnósticos con otros dualistas, que en el oriente cristiano había cristalizado en diversas sectas. El Catarismo se organizó a manera de iglesia, con un grupo escogido de «perfectos» o «puros» y una masa de simples adheridos.

La importancia alcanzada por el fenómeno herético dio lugar al nacimiento de la Inquisición, la institución destinada específicamente a la defensa de la fe y la lucha contra la herejía. Rivalizaron en este empeño la potestad eclesiástica y la civil. El emperador Federico II gran adversario del Pontificado promulgó una constitución que establecía la muerte en la hoguera como pena por el crimen de herejía (1220). El papa Gregorio IX, por su parte, instituyó la Inquisición pontificia (1232), que cumplió una función de salvaguardia de la fe, considerada entonces como el más valioso bien común del pueblo cristiano. En todo caso, el procedimiento inquisitorial tuvo graves defectos que hieren a la sensibilidad del hombre de hoy. La Inquisición tuvo la desgracia de ser hija de su tiempo y de nacer en un momento de endurecimiento general de la vida jurídica, como fue el de la recepción del derecho romano.

El sistema doctrinal y político de la Cristiandad hizo crisis en el siglo XIII, con la aparición de un nuevo clima espiritual e ideológico que prevaleció en Europa durante la Baja Edad Media. El factor que de modo inmediato contribuyó más a aquella ruptura fue el enfrentamiento entre Pontificado e Imperio, representados respectivamente por los papas sucesores de Inocencio III y el emperador Federico II.

La época de la crisis se abrió con el choque entre Bonifacio VIII y el rey de Francia, Felipe el Hermoso, en la búsqueda de la primacía en cuanto a poder sobre los destinos de los hombres. A la muerte de Bonifacio VIII, Clemente V traslada el papado de Roma a Aviñón, Francia. En Aviñón, el Pontificado se afrancesó y perdió universalidad: franceses fueron los siete papas que allí se sucedieron y casi el 90 por 100 de los cardenales.

La vuelta del papa a Roma era el común anhelo de los mejores espíritus de la época. Por fin, Gregorio XI (1370-1378) se resolvió a abandonar definitivamente Aviñón e hizo su entrada en Roma, entre el fervor popular, en enero de 1377.

Dos fueron los grandes protagonistas que jugaron un papel decisivo en los orígenes del Cisma occidental: el Colegio de cardenales y el pueblo romano. El Sacro Colegio, llamado a elegir en Roma al sucesor de Gregorio XI fallecido poco después de su vuelta de Aviñón, contaba con una gran mayoría de miembros franceses, como ocurrió durante todo el período aviñonés. El pueblo romano deseaba ardientemente la elección de un papa italiano, para eludir el peligro de un nuevo retorno del Pontificado a Aviñón. En un clima de pasión popular y tumultos callejeros, el Cónclave eligió papa el 8 de abril de 1378 al italiano Bartolomé Prignano, arzobispo de Bari, que tomó el nombre de Urbano VI (1378-1389). Pocos meses más tarde, la mayoría francesa del Sacro Colegio abandonó Roma y denunció como inválida la pasada elección papal, por haber votado los electores sin libertad, bajo el peso de la coacción del pueblo. Este grupo mayoritario de cardenales en septiembre del mismo año designó papa a uno de ellos, el cardenal Roberto de Ginebra, que tomó el nombre de Clemente VII (1378-1394). Clemente se instaló de nuevo en Aviñón, los dos papas electos se excomulgaron el uno al otro y el Cisma quedó abierto.

En 1408, cuando habían transcurrido ya treinta años desde el comienzo de la escisión, Gregorio XII era papa en Roma y Benedicto XIII, Pedro de Luna, encabezaba la obediencia de Aviñón. Un grupo de cardenales romanos y otros de aviñoneses resolvieron entonces celebrar un concilio para, de este modo, poner fin al Cisma. El concilio, reunido en Pisa en 1409, declaró depuestos a los dos pontífices reinantes y eligió un nuevo papa, Alejandro V. Mas esta elección, lejos de poner remedio, no hizo más que aportar un nuevo elemento de confusión: los papas de Roma y Aviñón rehusaron abdicar, con lo que la Cristiandad quedó dividida no ya en dos, sino en tres obediencias. Finalmente, después de muchos problemas, el cardenal Otón Colonna fue elegido papa con el nombre de Martín V (1417-1431) y reconocido por toda la Cristiandad: el cisma de occidente había terminado.

Agradecemos la fuente -  

http://es.catholic.net/conocetufe/358/804/articulo.php?id=9884  

 

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Desde hace dos mil años, la Iglesia es la cuna en la que María coloca a Jesús y lo entrega a la adoración y contemplación de todos los pueblos. Que por la humildad de la Esposa brille todavía más la gloria y la fuerza de la Eucaristía, que ella celebra y conserva en su seno. En el signo del Pan y del Vino consagrados, Jesucristo resucitado y glorificado, luz de las gentes (cf. Lc 2, 32), manifiesta la continuidad de su Encarnación. Permanece vivo y verdadero en medio de nosotros para alimentar a los creyentes con su Cuerpo y con su Sangre.

 “El que come Mi Cuerpo y bebe Mi Sangre, tendrá la vida eterna” (Juan 6:55); “El que come este Pan, vivirá por siempre” (Juan 6:59).

 

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--En su último libro «Dios y el mundo», usted sostiene que cristianos y musulmanes tienen un modo diverso de afrontar el destino del hombre decidido por Dios. ¿Por qué?


--Cardenal Ratzinger: Sí, sobre el destino divino hay una divergencia real, o digamos una diferencia, entre el Islam y el cristianismo. Para los musulmanes, el destino está predeterminado por Dios y el hombre vive en una especie de red que limita en gran manera sus movimientos. La fe cristiana, por el contrario, cuenta con el factor de la libertad. Esto significa que, para el cristiano, Dios, por una parte abraza todo, sabe todo, guía el curso de la historia, pero ha predispuesto las cosas de tal modo que la libertad encuentra su lugar. En síntesis, para mí, cristiano, Dios tiene la historia en sus manos, pero me da la libertad de entregarme completamente a su amor o de rechazarlo.

 

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«El deber de la memoria forma parte de la conciencia y la historia de la Iglesia y que todos los historiadores deben tener presente a la hora de promover la verdad de un siglo XX marcado por la sangre de los mártires. Hoy nuestro lenguaje abusa de la palabra mártir, porque se habla de martirio en sentido laico e incluso para los kamikazes islámicos, pero el sahid o suicida no tiene nada que ver con el mártir cristiano”. “El mártir cristiano no se mata para matar a otras personas, sino que da la propia vida para que otros no sean asesinados, para no abandonar la propia fe, para sostener a los otros creyentes y, en definitiva, por amor”.

 

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P:… ¿Cree usted que la acusación de deicidio es la base histórica de la judeofobia que tradicionalmente hemos tenido en Europa?

 

R:  … No, el antisemitismo es muy anterior a la aparición del cristianismo y aparece en egipcios como Manetón o autores clásicos como Cicerón, Tácito o Juvenal. A decir verdad, yo sostengo la tesis de que es esa herencia clásica la que acabó tiñendo de antisemitismo a algunos autores cristianos. 2004-03-30. César VIDAL. Esp.

 

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Atribuir a la Iglesia Católica “la postergación y humillación sistemática de la mujer”. Esta falsedad es todavía más grande, pues una de las causas de la difusión del primitivo cristianismo fue el papel importante que la mujer tuvo en él, muy por encima de la que tenía en el imperio romano. Y fue precisamente en la Edad Media cristiana donde la mujer alcanzó una dignidad y un poder como nunca había tenido.

El señor Vargas Llosa debería leer, al menos, los libros de la medievalista francesa Règine Pernoud para salir de su error. Sin una serie de mujeres descollantes —Genoveva, Juana de Arco, Catalina de Siena, Eloisa, Hildegarda de Bingen, Leonor de Aquitania, Blanca de Castilla, etc.—, que eran admiradas y respetadas por las autoridades civiles y religiosas de su tiempo, incluido el Papa, posiblemente la civilización europea habría sido imposible. Cualquier mujer podía entonces establecer un negocio o adquirir una propiedad sin autorización de su marido. Y fueron las damas del medioevo las que educaron y afinaron a los hombres, crearon el amor cortés, la galantería y el honor de servir el hombre a la mujer. ¿Donde está, pues, la “postergación y humillación sistemática de la mujer”? Fue con el Renacimiento y el nuevo auge del Derecho Romano cuando la mujer perdió los derechos que había ganado en la Edad Media.

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1) Atribuir a la Iglesia Católica el haber mandado a la hoguera a millares de católicos e infieles en la Edad Media. El tema de la Inquisición merece un comentario más detenido y matizado del que es posible aquí. Remito a estudios serios sobre la Inquisición española como los del historiador inglés Henry Kamen o la española Beatriz Comella. Pero sí hay que saber, por lo menos, que su importancia no fue en la Edad Media, que termina en el Siglo XIV, sino en pleno Renacimiento y más allá, hasta el XVII y XVIII, que es cuando pasó del poder eclesiástico al poder civil.

Inquisiciones hubo tantas como religiones había en esos siglos. Para esa época, un ataque a la religión de un país —ya fuera la católica, la luterana, la anglicana o la calvinista— suponía algo tan importante para la estabilidad de su gobierno, como lo que es el terrorismo o la guerrilla para una democracia actual. En cuanto a la Inquisición española, en su momento de mayor auge, entre 1540 y 1700, los condenados a la hoguera fueron 1.346, que representan un 1,9% de todos los procesados. La Revolución Francesa, tan alabada por los laicistas como Vargas Llosa, en pocos días, llevó a la guillotina cifras posiblemente superiores, exterminó a todos los de la región de la Vandeé y además arrasó con gran cantidad de edificios y objetos de arte religiosos. Y todo eso en nombre de la igualdad, libertad y fraternidad.

 

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«La escritura de la historia se ve obstaculizada a veces por presiones ideológicas, políticas o económicas; en consecuencia, la verdad se ofusca y la misma historia termina por encontrarse prisionera de los poderosos. El estudio científico genuino es nuestra mejor defensa contra las presiones de ese tipo y contra las distorsiones que pueden engendrar» (1999). S.S. JUAN PABLO II – MAGNO

 

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Historia - Iglesia y la libertad - ¿O de los mártires de la persecución religiosa en España de 1936 a 1939; o del totalitarismo nazi? No está de más recordar lo que de éste escribió el judío Albert Einstein, en el Time Magazine de diciembre de 1940: «Por ser un amante de la libertad, cuando tuvo lugar la revolución en Alemania (la llegada de Hitler) miré con confianza hacia las universidades, sabiendo que siempre se habían enorgullecido de su devoción a la causa de la verdad. Pero las universidades permanecieron en silencio. Entonces miré a los grandes editores de periódicos que en ardientes editoriales proclamaban su amor por la libertad. Pero también ellos, como las universidades, se redujeron al silencio, sofocados en el curso de pocas semanas. Solamente la Iglesia se opuso plenamente a la campaña de Hitler que pretendía suprimir la verdad. Nunca había tenido un interés especial por la Iglesia, pero ahora siento por ella un gran amor y admiración, porque solamente la Iglesia tuvo el coraje y la perseverancia de defender la libertad intelectual y la libertad moral. Debo confesar que aquello que antes había despreciado, ahora lo admiro incondicionalmente». Albert Einstein

 

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"Obras todas del Señor, bendecid al Señor".-

«Las catástrofes naturales nos sitúan en la verdad. A pesar de tantos progresos, no estamos en grado de poder gobernar la realidad en su totalidad. No encontramos respuesta a estos hechos porque hemos perdido el sentido de la grandeza de Dios»

 


gracias por venir a visitarnos

 

Hoy en día se persigue y fustiga a los católicos con impunidad escandalosa. Y se les condena a tener que aceptar ‘en silencio y de manos atadas’ toda calumnia, injuria y sospecha. No sea que además de todas sus afrentas se les acuse de prepotentes por replicar conforme al derecho de toda persona a defender su honra.

 

“Estemos alerta, no renunciemos a nuestros derechos fundamentales y, en todo momento, demos con serenidad y confianza razones de nuestra esperanza en Cristo, sabiendo que todo lo podemos en Aquel que nos conforta".

 

Recomendamos vivamente un libro fundamental ‘Islam para adultos’ Autor: Antonio López Campillo. Prólogo del doctor César VIDAL -Editorial ‘Adhara publicaciones’

 

Cristus vincit, Cristus regnat, Cristus imperat

 

“Conocereisdeverdad.org” no se identifica necesariamente con todas las opiniones y matices vertidos por los autores en los artículos aquí publicados, sin embargo, estima que son dignos de consideración en su conjunto. Gracias CDV.

 

Si de manera involuntaria se ha incluido algún material protegido por derechos de autor, rogamos que se pongan en contacto con nosotros a la dirección electrónica, indicando con máxima precisión - exactitud rigurosa- el lugar, para subsanar cuanto antes tal error. CDV

Contigo, Señor Jesús, todos seremos compasivos y disfrutaremos de tu Amor.

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'JESUCRISTO PADECIÓ BAJO EL PODER DE PONCIO PILATO,
FUE CRUCIFICADO, MUERTO Y SEPULTADO'
Evangelio según San Lucas, Cap.3, vers.1º: El año decimoquinto del reinado del emperador Tiberio, cuando Poncio Pilato gobernaba la Judea, siendo Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Felipe tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene…

Crucifixión de San Pedro: fue crucificado al revés cabeza abajo - Pergamino con San Pedro en cruz invertida, de Maguncia- Alemania; entre el 900 y el 1000ca. - Museo Diocesano de la Catedral Maguncia (Mainz) Alemania - Pedro en su cruz, invertida. ¿Qué significa todo esto? Es lo que Jesús había predicho a este Apóstol suyo: "Cuando seas viejo, otro te llevará a donde tú no quieras"; y el Señor había añadido: "Sígueme" (Jn 21, 18-19). Precisamente ahora se realiza el culmen del seguimiento: el discípulo no es más que el Maestro, y ahora experimenta toda la amargura de la cruz, de las consecuencias del pecado que separa de Dios, toda la absurdidad de la violencia y de la mentira. No se puede huir del radicalismo del interrogante planteado por la cruz: la cruz de Cristo, Cabeza de la Iglesia, y la cruz de Pedro, su Vicario en la tierra. Dos actos de un único drama: el drama del misterio pascual: cruz y resurrección, muerte y vida, pecado y gracia.

La maternidad divina de María – Catecismo de la Iglesia
495 Llamada en los Evangelios 'la Madre de Jesús'(Jn 2, 1; 19, 25; cf. Mt 13, 55, etc.), María es aclamada bajo el impulso del Espíritu como 'la madre de mi Señor' desde antes del nacimiento de su hijo (cf Lc 1, 43). En efecto, aquél que ella concibió como hombre, por obra del Espíritu Santo, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el Hijo eterno del Padre, la segunda persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre de Dios [Theotokos] (cf. Concilio de Éfeso, año 649: DS, 251).
La virginidad de María
496 Desde las primeras formulaciones de la fe (cf. DS 10-64), la Iglesia ha confesado que Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María únicamente por el poder del Espíritu Santo, afirmando también el aspecto corporal de este suceso: Jesús fue concebido absque semine ex Spiritu Sancto (Concilio de Letrán, año 649; DS, 503), esto es, sin semilla de varón, por obra del Espíritu Santo. Los Padres ven en la concepción virginal el signo de que es verdaderamente el Hijo de Dios el que ha venido en una humanidad como la nuestra:
Así, san Ignacio de Antioquía (comienzos del siglo II): «Estáis firmemente convencidos acerca de que nuestro Señor es verdaderamente de la raza de David según la carne (cf. Rm 1, 3), Hijo de Dios según la voluntad y el poder de Dios (cf. Jn 1, 13), nacido verdaderamente de una virgen [...] Fue verdaderamente clavado por nosotros en su carne bajo Poncio Pilato [...] padeció verdaderamente, como también resucitó verdaderamente» (Epistula ad Smyrnaeos, 1-2).

El acontecimiento histórico y transcendente – Catecismo de la Iglesia
639 El misterio de la resurrección de Cristo es un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas como lo atestigua el Nuevo Testamento. Ya san Pablo, hacia el año 56, puede escribir a los Corintios: "Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce: "(1 Co 15, 3-4). El apóstol habla aquí de la tradición viva de la Resurrección que recibió después de su conversión a las puertas de Damasco (cf. Hch 9, 3-18).
El sepulcro vacío

640 "¿Por qué buscar entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado" (Lc 24, 5-6). En el marco de los acontecimientos de Pascua, el primer elemento que se encuentra es el sepulcro vacío. No es en sí una prueba directa. La ausencia del cuerpo de Cristo en el sepulcro podría explicarse de otro modo (cf. Jn 20,13; Mt 28, 11-15). A pesar de eso, el sepulcro vacío ha constituido para todos un signo esencial. Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección. Es el caso, en primer lugar, de las santas mujeres (cf. Lc 24, 3. 22- 23), después de Pedro (cf. Lc 24, 12). "El discípulo que Jesús amaba" (Jn 20, 2) afirma que, al entrar en el sepulcro vacío y al descubrir "las vendas en el suelo"(Jn 20, 6) "vio y creyó" (Jn 20, 8). Eso supone que constató en el estado del sepulcro vacío (cf. Jn 20, 5-7) que la ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana y que Jesús no había vuelto simplemente a una vida terrenal como había sido el caso de Lázaro (cf. Jn 11, 44).