Wednesday 29 March 2017 | Actualizada : 2017-03-03
 
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BIBLIA - “Las Escrituras no se pueden interpretar solo con los instrumentos de la ciencia de la exégesis –como hacen los protestantes-, mas va leída a la luz de la Tradición del Magisterio”. “En la Iglesia, las Sagradas Escrituras, cuya comprensión crece bajo la inspiración del Espíritu Santo, y el misterio de la interpretación auténtica, dado a los apóstoles, pertenecen el uno al otro en modo indisoluble. Y entonces, allí donde la Sagrada Escritura viene separada de la voz viviente de la Iglesia, vemos que esa cae prisionera a las disputas de los expertos”.

2005-05-07 – S. S. Benedicto XVI – San Juan de Letrán.

La Tradición engendra la Escritura: “Así pues, hermanos, manteneos firmes y conservad las tradiciones que habéis aprendido de nosotros, de viva voz o por carta”.
-II Tesalonicenses 2,15

 

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Bula 1470 - A

 

BULA «INEFFABILIS PROVIDENTIA» DE PABLO II,
CON LA QUE EL PAPA DISPONE QUE EL JUBILEO SE CELEBRE CADA 25 AÑOS
19 de abril de 1470

 

Bula 1470 - B

 

 

    El periodo centenario de la celebración del jubileo para lucrar la indulgencia plenaria y general establecido por Bonifacio VIII en 1300, tras haber sido reducido por Clemente VI en 1343 a cincuenta años y por Urbano VI en 1389 a treinta y tres, Pablo II lo establece definitivamente en veinticinco años.

 

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Eliminar la calumnia de nuestra lengua, evitar toda acción que pueda causar daño a nuestro hermano, no difamar a los que viven a nuestro lado cada día.

 

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Iglesia – “Cada cual mira a la Iglesia según el estado de su propio corazón: Unos ven en la Iglesia solo pecadores y la condenan. Otros miran a sus santos con la esperanza de llegar a ser como ellos. Prefiero mirar a los santos, sabiendo que, de pecadores que eran, Cristo los transformó en hombres nuevos. Esa es la grandeza incomparable de la Iglesia”. Pbro. Jordi Rivero

 

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Iglesia - San Agustín a sus fieles: «Los santos mismos no están libres de pecados diarios. La Iglesia entera dice: Perdónanos nuestros pecados. Tiene, pues, manchas y arrugas (Ef 5,27). Pero por la confesión se alisan las arrugas, por la confesión se lavan las manchas. La Iglesia está en oración para ser purificada por la confesión, y estará así mientras vivieren hombres sobre la tierra» (Sermo 181, 5,7 en PL 38, 982)

 

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Historia e Iglesia - Lo que tiene lejos a ciertas personas de la Iglesia institucional son, en la mayoría de las ocasiones, los defectos, las incoherencias, los errores de los líderes: inquisición, procesos, mal uso del poder y del dinero, escándalos. Todas cosas, lamentablemente, ciertas, si bien frecuentemente exageradas y contempladas fuera de todo contexto histórico. Los sacerdotes somos los primeros en darnos cuenta de nuestra miseria e incoherencia y en sufrirla.

Los ministros de la Iglesia son «elegidos entre los hombres» y están sujetos a las tentaciones y a las debilidades de todos. Jesús no intentó fundar una sociedad de perfectos. ¡El Hijo de Dios –decía el escritor escocés Bruce Marshall-- vino a este mundo y, como buen carpintero que se había hecho en la escuela de José, recogió los pedacitos de tablas más descoyuntados y nudosos que encontró y con ellos construyó una barca –la Iglesia-- que, a pesar de todo, resiste el mar desde hace dos mil años!

Hay una ventaja en los sacerdotes «revestidos de debilidad»: están más preparados para compadecer a los demás, para no sorprenderse de ningún pecado ni miseria, para ser, en resumen, misericordiosos, que es tal vez la cualidad más bella en un sacerdote. A lo mejor precisamente por esto Jesús puso al frente de los apóstoles a Simón Pedro, quien le había negado tres veces: para que aprendiera a perdonar «setenta veces siete».

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La Iglesia "...no tiene miedo a la verdad que emerge de la historia y está dispuesta a reconocer equivocaciones allí donde se han verificado, sobre todo cuando se trata del respeto debido a las personas y a las comunidades. Pero es propensa a desconfiar de los juicios generalizados de absolución o de condena respecto a las diversas épocas históricas. Confía la investigación sobre el pasado a la paciente y honesta reconstrucción científica, libre de prejuicios de tipo confesional o ideológico, tanto por lo que respecta a las atribuciones de culpa que se le hacen como respecto a los daños que ella ha padecido". Juan Pablo II, discurso del 1 de Septiembre 1999

 

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Don de la indulgencia

 

     

1. En íntima conexión con el sacramento de la penitencia, se presenta a nuestra reflexión un tema que guarda una relación muy directa con la celebración del jubileo: me refiero al don de la indulgencia, que en el año jubilar se ofrece con especial abundancia, como está previsto en la bula Incarnationis mysterium y en las disposiciones anexas de la Penitenciaría apostólica.

 

Se trata de un tema delicado, sobre el que no han faltado incomprensiones históricas, que han influido negativamente incluso en la comunión entre los cristianos. En el actual marco ecuménico, la Iglesia siente la exigencia de que esta antigua práctica, entendida como expresión significativa de la misericordia de Dios, se comprenda y acoja bien. En efecto, la experiencia demuestra que a veces se recurre a las indulgencias con actitudes superficiales, que acaban por hacer inútil el don de Dios, arrojando sombra sobre las verdades y los valores propuestos por la enseñanza de la Iglesia.

 

2. El punto de partida para comprender la indulgencia es la abundancia de la misericordia de Dios, manifestada en la cruz de Cristo. Jesús crucificado es la gran «indulgencia» que el Padre ha ofrecido a la humanidad, mediante el perdón de las culpas y la posibilidad de la vida filial (cf. Jn 1, 12-13) en el Espíritu Santo (cf. Ga 4, 6; Rm 5, 5; 8, 15-16).

Ahora bien, este don, en la lógica de la alianza que es el núcleo de toda la economía de la salvación, no nos llega sin nuestra aceptación y nuestra correspondencia.

A la luz de este principio, no es difícil comprender que la reconciliación con Dios, aunque está fundada en un ofrecimiento gratuito y abundante de misericordia, implica al mismo tiempo un proceso laborioso, en el que participan el hombre, con su compromiso personal, y la Iglesia, con su ministerio sacramental. Para el perdón de los pecados cometidos después del bautismo, ese camino tiene su centro en el sacramento de la penitencia, pero se desarrolla también después de su celebración. En efecto, el hombre debe ser progresivamente «sanado» con respecto a las consecuencias negativas que el pecado ha producido en él (y que la tradición teológica llama «penas» y «restos» del pecado).

 

3. A primera vista, hablar de penas después del perdón sacramental podría parecer poco coherente. Con todo, el Antiguo Testamento nos demuestra que es normal sufrir penas reparadoras después del perdón. En efecto, Dios, después de definirse «Dios misericordioso y clemente, (...) que perdona la iniquidad, la rebeldía y el pecado», añade: «pero no los deja impunes» (Ex 34, 6-7). En el segundo libro de Samuel, la humilde confesión del rey David después de su grave pecado le alcanza el perdón de Dios (cf. 2 S 12, 13), pero no elimina el castigo anunciado (cf. 2 S 12, 11; 16, 21). El amor paterno de Dios no excluye el castigo, aunque éste se ha de entender dentro de una justicia misericordiosa que restablece el orden violado en función del bien mismo del hombre (cf. Hb 12, 4-11).

En ese contexto, la pena temporal expresa la condición de sufrimiento de aquel que, aun reconciliado con Dios, está todavía marcado por los «restos» del pecado, que no le permiten una total apertura a la gracia. Precisamente con vistas a una curación completa, el pecador está llamado a emprender un camino de purificación hacia la plenitud del amor.

En este camino la misericordia de Dios le sale al encuentro con ayudas especiales. La misma pena temporal desempeña una función de «medicina» en la medida en que el hombre se deja interpelar para su conversión profunda. Éste es el significado de la «satisfacción» que requiere el sacramento de la penitencia.

 

4. El sentido de las indulgencias se ha de comprender en este horizonte de renovación total del hombre en virtud de la gracia de Cristo Redentor mediante el ministerio de la Iglesia. Tienen su origen histórico en la conciencia que tenía la Iglesia antigua de que podía expresar la misericordia de Dios mitigando las penitencias canónicas infligidas para la remisión sacramental de los pecados. Sin embargo, la mitigación siempre quedaba balanceada por compromisos, personales y comunitarios, que asumieran, como sustitución, la función «medicinal» de la pena.

Ahora podemos comprender el hecho de que por indulgencia se entiende «la remisión ante Dios de la pena temporal por los pecados, ya perdonados, en cuanto a la culpa, que un fiel, dispuesto y cumpliendo determinadas condiciones, consigue por mediación de la Iglesia, la cual, como administradora de la redención, distribuye y aplica con autoridad el tesoro de las satisfacciones de Cristo y de los santos» (Enchiridion indulgentiarum, Normae de indulgentiis, Librería Editora Vaticana 1999, p. 21; cf. Catecismo de la Iglesia católica, n. 1471).

Así pues, existe el tesoro de la Iglesia, que se «distribuye» a través de las indulgencias. Esa «distribución» no ha de entenderse a manera de transferencia automática, como si se tratara de «cosas». Más bien, es expresión de la plena confianza que la Iglesia tiene de ser escuchada por el Padre cuando, -en consideración de los méritos de Cristo y, por su don, también de los de la Virgen y los santos le pide que mitigue o anule el aspecto doloroso de la pena, desarrollando su sentido medicinal a través de otros itinerarios de gracia. En el misterio insondable de la sabiduría divina, este don de intercesión puede beneficiar también a los fieles difuntos, que reciben sus frutos del modo propio de su condición.

 

5. Se ve entonces cómo las indulgencias, lejos de ser una especie de «descuento» con respecto al compromiso de conversión, son más bien una ayuda para un compromiso más firme, generoso y radical. Este compromiso se exige de tal manera, que para recibir la indulgencia plenaria se requiere como condición espiritual la exclusión «de todo afecto hacia cualquier pecado, incluso venial» (Enchiridion indulgentiarum, p. 25).

Por eso, erraría quien pensara que puede recibir este don simplemente realizando algunas actividades exteriores. Al contrario, se requieren como expresión y apoyo del camino de conversión. En particular manifiestan la fe en la abundancia de la misericordia de Dios y en la maravillosa realidad de la comunión que Cristo ha realizado, uniendo indisolublemente la Iglesia a sí mismo como su Cuerpo y su Esposa.  JUAN PABLO II – Magno - AUDIENCIA - Miércoles, 29 de Setiembre 1999

 

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Las indulgencias

 

1471 La doctrina y la práctica de las indulgencias en la Iglesia están estrechamente ligadas a los efectos del sacramento de la Penitencia (Pablo VI, const. ap. "Indulgentiarum doctrina", normas 1-3).

 

Qué son las indulgencias

"La indulgencia es la remisión ante Dios de la pena temporal por los pecados, ya perdonados, en cuanto a la culpa, que un fiel dispuesto y cumpliendo determinadas condiciones consigue por mediación de la Iglesia, la cual, como administradora de la redención, distribuye y aplica con autoridad el tesoro de las satisfacciones de Cristo y de los santos".

"La indulgencia es parcial o plenaria según libere de la pena temporal debida por los pecados en parte o totalmente".

 

"Todo fiel puede lucrar para sí mismo o aplicar por los difuntos, a manera de sufragio, las indulgencias tanto parciales como plenarias" ( CIC, can. 992-994).

Las penas del pecado

1472 Para entender esta doctrina y esta práctica de la Iglesia es preciso recordar que el pecado tiene una doble consecuencia. El pecado grave nos priva de la comunión con Dios y por ello nos hace incapaces de la vida eterna, cuya privación se llama la "pena eterna" del pecado. Por otra parte, todo pecado, incluso venial, entraña apego desordenado a las criaturas que tienen necesidad de purificación, sea aquí abajo, sea después de la muerte, en el estado que se llama Purgatorio. Esta purificación libera de lo que se llama la "pena temporal" del pecado. Estas dos penas no deben ser concebidas como una especie de venganza, infligida por Dios desde el exterior, sino como algo que brota de la naturaleza misma del pecado. Una conversión que procede de una ferviente caridad puede llegar a la total purificación del pecador, de modo que no subsistiría ninguna pena (Cc. de Trento: DS 1712-13; 1820).

1473 El perdón del pecado y la restauración de la comunión con Dios entrañan la remisión de las penas eternas del pecado. Pero las penas temporales del pecado permanecen. El cristiano debe esforzarse, soportando pacientemente los sufrimientos y las pruebas de toda clase y, llegado el día, enfrentándose serenamente con la muerte, por aceptar como una gracia estas penas temporales del pecado; debe aplicarse, tanto mediante las obras de misericordia y de caridad, como mediante la oración y las distintas prácticas de penitencia, a despojarse completamente del "hombre viejo" y a revestirse del "hombre nuevo" (cf. Ef 4,24).

 

En la comunión de los santos

1474 El cristiano que quiere purificarse de su pecado y santificarse con ayuda de la gracia de Dios no se encuentra sólo. "La vida de cada uno de los hijos de Dios está ligada de una manera admirable, en Cristo y por Cristo, con la vida de todos los otros hermanos cristianos, en la unidad sobrenatural del Cuerpo místico de Cristo, como en una persona mística" (Pablo VI, Const. Ap. "Indulgentiarum doctrina", 5).

1475 En la comunión de los santos, por consiguiente, "existe entre los fieles -tanto entre quienes ya son bienaventurados como entre los que expían en el purgatorio o los que que peregrinan todavía en la tierra - un constante vínculo de amor y un abundante intercambio de todos los bienes" (Pablo VI, ibid). En este intercambio admirable, la santidad de uno aprovecha a los otros, más allá del daño que el pecado de uno pudo causar a los demás. Así, el recurso a la comunión de los santos permite al pecador contrito estar antes y más eficazmente purificado de las penas del pecado.

1476 Estos bienes espirituales de la comunión de los santos, los llamamos también el tesoro de la Iglesia, "que no es suma de bienes, como lo son las riquezas materiales acumuladas en el transcurso de los siglos, sino que es el valor infinito e inagotable que tienen ante Dios las expiaciones y los méritos de Cristo nuestro Señor, ofrecidos para que la humanidad quedara libre del pecado y llegase a la comunión con el Padre. Sólo en Cristo, Redentor nuestro, se encuentran en abundancia las satisfacciones y los méritos de su redención (cf Hb 7,23-25; 9, 11-28)" (Pablo VI, Const. Ap. "Indulgentiarum doctrina", ibid).

1477 "Pertenecen igualmente a este tesoro el precio verdaderamente inmenso, inconmensurable y siempre nuevo que tienen ante Dios las oraciones y las buenas obras de la Bienaventurada Virgen María y de todos los santos que se santificaron por la gracia de Cristo, siguiendo sus pasos, y realizaron una obra agradable al Padre, de manera que, trabajando en su propia salvación, cooperaron igualmente a la salvación de sus hermanos en la unidad del Cuerpo místico" (Pablo VI, ibid).

Obtener la indulgencia de Dios por medio de la Iglesia

1478 Las indulgencias se obtienen por la Iglesia que, en virtud del poder de atar y desatar que le fue concedido por Cristo Jesús, interviene en favor de un cristiano y le abre el tesoro de los méritos de Cristo y de los santos para obtener del Padre de la misericordia la remisión de las penas temporales debidas por sus pecados. Por eso la Iglesia no quiere solamente acudir en ayuda de este cristiano, sino también impulsarlo a hacer a obras de piedad, de penitencia y de caridad (cf Pablo VI, ibid. 8; Cc. de Trento: DS 1835).

1479 Puesto que los fieles difuntos en vía de purificación son también miembros de la misma comunión de los santos, podemos ayudarles, entre otras formas, obteniendo para ellos indulgencias, de manera que se vean libres de las penas temporales debidas por sus pecados.

 

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Pontífice - En la homilía de San Juan de Letrán, S. S. Benedicto XVI - P. P. explicó de manera insuperable el ministerio del Papa y de los obispos como garantía de que esa red de testigos que es la Iglesia, extendida en el espacio y en el tiempo, permanece fiel a su origen y fuente que es Cristo. Ninguna comunidad (tampoco la Iglesia), ningún hombre (tampoco el Papa) “posee la Verdad”, ni puede imponerla a persona alguna. Y sin embargo los cristianos sabemos que la Verdad no es una idea, sino el Misterio de Dios que se ha revelado en la carne y ha montado su tienda entre nosotros, para ser accesible a todos los hombres. Para la Iglesia, Cristo no es una posesión que se defiende, sino la presencia viva de Dios que continuamente le da forma, le mueve a cambiar, le saca de la tentación de fosilizarse, le llama a una conversión muchas veces dolorosa, y le urge a comunicar su tesoro a los hombres de todo tiempo y lugar. 2005-04

 

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El Papa no es un soberano absoluto que lo que piensa y quiere es ley. Al contrario, su ministerio es garantía de la obediencia hacia Cristo y a su Palabra. Él no debe proclamar sus propias ideas, mas debe vincularse constantemente él propio y la Iglesia a la obediencia hacia la Palabra de Dios, en frente a todos los tentativos de acomodamientos y diluentes, como así también afrontar cualquier oportunismo”. 

2005-05-07 – S. S. Benedicto XVI – San Juan de Letrán.

 

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Iglesia - ¡La Iglesia fundada por Jesucristo, lleva 2.000 años siendo Madre y Maestra!“. Desde el Gólgota en Jerusalem como desde la crucifixión en cruz invertida de San Pedro en el gólgota vaticano -esa admirable colina romana-, somos trayectoria evangélica y evangelizante.

 

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Iglesia - No dominio, sino servicio «gratuito» es la jerarquía en la santa Iglesia Católica, apostólica y con sede romana desde Pedro muerto mártir bajo Nerón, crucificado cabeza abajo y Pablo decapitado, ambos en Roma.

 

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El termino "evangélico"es un termino que adoptaron algunas sectas protestantes [metodistas, bautistas, presbiterianos, etc.] al concluir una propia conferencia, en la ciudad de Panamá en el año de 1906, donde se dieron cuenta del escándalo que producía seguir llamándose cada uno por su nombre, [pentecostales, testigos, adventistas, episcopales, metodistas, bautistas, etc., etc., etc]; complicando con ello a los Latino-Americanos en su proyecto de proselitismo, que veían con sospecha la variedad y la diversidad de doctrinas y creencias entre los protestantes que invadían nuestras tierras desde los USA.

Es como decir "gillette" para denominar una navaja de rasurar; "shampoo" para denominar el liquido con el cual se lava el cabello. ¡Una secta para cada gusto!.

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"Las sectas protestantes dicen que solamente la Biblia es fuente de revelación. ¿Podrían ustedes con la sola Biblia dar el capítulo y versículo donde se afirma que S. Mateo, S. Marcos, S. Lucas y S. Juan son los autores de los Evangelios que llevan su nombre y certificarlo de forma apodíctica, sin tener que recurrir a la Tradición de la Iglesia Católica?. Esto es sumamente importante, ya que más del 90 % de lo que sabemos acerca de Jesús, está en estos cuatro (4) sagrados documentos del origen del cristianismo y –siguiendo vuestra tesis-, no encontrando en la Biblia tal afirmación, no son dignos de considerarlos Palabra Divina con todas sus consecuencias." ¿Hay algún protestante que pueda responder a esta pregunta?

 

Dice Tomás de Aquino que omnis error ex superbia causatur (todo error tiene por causa la soberbia)

 

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DE LAS INDULGENCIAS

 

992  La indulgencia es la remisión ante Dios de la pena temporal por los pecados, ya perdonados en cuanto a la culpa, que un fiel dispuesto y cumpliendo determinadas condiciones, consigue por mediación de la Iglesia, la cual, como administradora de la redención, distribuye y aplica con autoridad el tesoro de las satisfacciones de Cristo y de los Santos.

 

993 La indulgencia es parcial o plenaria, según libere de la pena temporal debida por los pecados en parte o totalmente.

 

994   Todo fiel puede lucrar para sí mismo o aplicar por los difuntos, a manera de sufragio, las indulgencias tanto parciales como plenarias.

 

995 § 1.    Además de la autoridad suprema de la Iglesia, sólo pueden conceder indulgencias aquellos a quienes el derecho reconoce esta potestad, o a quienes se la ha concedido el Romano Pontífice.

 

 § 2.    Ninguna autoridad inferior al Romano Pontífice puede otorgar a otros la potestad de conceder indulgencias, a no ser que se lo haya otorgado expresamente la Sede Apostólica.

 

996 § 1.    Para ser capaz de lucrar indulgencias es necesario estar bautizado, no excomulgado, y hallarse en estado de gracia por lo menos al final de las obras prescritas.

 

 § 2. Sin embargo, para que el sujeto capaz las lucre debe tener al menos intención general de conseguirlas, y cumplir las obras prescritas dentro del tiempo determinado y de la manera debida, según el tenor de la concesión.

 

997 Por lo que se refiere a la concesión y uso de las indulgencias, se han de observar además las restantes prescripciones que se contienen en las leyes peculiares de la Iglesia.

 

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La intervención del carisma de infalibilidad se da sólo en circunstancias concretas. Según la definición del Concilio Vaticano I, la tarea del Papa no es manifestar nuevas doctrinas, sino conservar, exponer y defender lo que ya está contenido, si bien de manera implícita, en las verdades reveladas, objeto de fe. Y la Revelación se cumplió con la muerte del último apóstol. En esta exposición fiel de la fe de los apóstoles, la asistencia del Espíritu Santo es absoluta y garantiza la infalibilidad de las definiciones. El Papa no declara infalibles sus ideas u opiniones personales. Hay definiciones infalibles sólo en materia de fe y de moral. Si, por ejemplo, el Papa hace un diagnóstico sobre un problema que atañe a la cultura o a la política, la infalibilidad, por supuesto, no tiene nada que ver. En el mudable flujo de las circunstancias históricas, una decisión que puede parecer oportuna, algún tiempo después quizá puede dejar de serlo. Algunos deducen que la Iglesia se contradice. Pero la mayor parte de las veces se ve el deseo de los pastores de descifrar eso que también La Pira, después del Papa Juan y el Concilio, llamaba los signos de los tiempos.

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Sostén, Padre, con la fuerza del Espíritu,
los esfuerzos de la Iglesia en la nueva evangelización
y guía nuestros pasos por los caminos del mundo,
para anunciar a Cristo con la propia vida
orientando nuestra peregrinación terrena
hacia la Ciudad de la luz.
Que los discípulos de Jesús brillen por su amor
hacia los pobres y oprimidos;
que sean solidarios con los necesitados
y generosos en las obras de misericordia;
que sean indulgentes con los hermanos
para alcanzar de ti, ellos mismos indulgencia y perdón.

 

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Crucifixión de San Pedro en cruz invertida. XIII-XIV-Gótico-Italia-Escuela de Florencia- Basílica S.Francisco Asis-Italia-Autor: Cenni di Pepo/Cimabue-1240+1302

 

Historia - Cuántos acontecimientos históricos evoca la celebración jubilar! El pensamiento se remonta al año 1300, cuando el Papa Bonifacio VIII, acogiendo el deseo de todo el pueblo de Roma, inauguró solemnemente el primer Jubileo de la historia. Recuperando una antigua tradición que otorgaba « abundantes perdones e indulgencias de los pecados » a cuantos visitaban en la Ciudad eterna la Basílica de San Pedro, quiso conceder en aquella ocasión « una indulgencia de todos los pecados no sólo más abundante, sino más plena ».(12) A partir de entonces la Iglesia ha celebrado siempre el Jubileo como una etapa significativa de su camino hacia la plenitud en Cristo.

 

La historia muestra con cuanto entusiasmo el pueblo de Dios ha vivido siempre los Años Santos, viendo en ellos una conmemoración en la que se siente con mayor intensidad la llamada de Jesús a la conversión. Durante este camino no han faltado abusos e incomprensiones; sin embargo, los testimonios de fe auténtica y de caridad sincera han sido con mucho superiores. Lo atestigua de modo ejemplar la figura de san Felipe Neri que, con ocasión del Jubileo de 1550, inició la « caridad romana » como signo tangible de acogida a los peregrinos. Se podría indicar una larga historia de santidad precisamente a partir de la práctica del Jubileo y de los frutos de conversión que la gracia del perdón ha producido en tantos creyentes…

 

… Otro signo característico, muy conocido entre los fieles, es la indulgencia, que es uno de los elementos constitutivos del Jubileo. En ella se manifiesta la plenitud de la misericordia del Padre, que sale al encuentro de todos con su amor, manifestado en primer lugar con el perdón de las culpas. Ordinariamente Dios Padre concede su perdón mediante el sacramento de la Penitencia y de la Reconciliación.(14) En efecto, el caer de manera consciente y libre en pecado grave separa al creyente de la vida de la gracia con Dios y, por ello mismo, lo excluye de la santidad a la que está llamado. La Iglesia, habiendo recibido de Cristo el poder de perdonar en su nombre (cf. Mt 16, 19; Jn 20, 23), es en el mundo la presencia viva del amor de Dios que se inclina sobre toda debilidad humana para acogerla en el abrazo de su misericordia. Precisamente a través del ministerio de su Iglesia, Dios extiende en el mundo su misericordia mediante aquel precioso don que, con nombre antiguo, se llama « indulgencia ».

 

El sacramento de la Penitencia ofrece al pecador la « posibilidad de convertirse y de recuperar la gracia de la justificación »,(15) obtenida por el sacrificio de Cristo. Así, es introducido nuevamente en la vida de Dios y en la plena participación en la vida de la Iglesia. Al confesar sus propios pecados, el creyente recibe verdaderamente el perdón y puede acercarse de nuevo a la Eucaristía, como signo de la comunión recuperada con el Padre y con su Iglesia. Sin embargo, desde la antigüedad la Iglesia ha estado siempre profundamente convencida de que el perdón, concedido de forma gratuita por Dios, implica como consecuencia un cambio real de vida, una progresiva eliminación del mal interior, una renovación de la propia existencia. El acto sacramental debía estar unido a un acto existencial, con una purificación real de la culpa, que precisamente se llama penitencia. El perdón no significa que este proceso existencial sea superfluo, sino que, más bien, cobra un sentido, es aceptado y acogido.

 

En efecto, la reconciliación con Dios no excluye la permanencia de algunas consecuencias del pecado, de las cuales es necesario purificarse. Es precisamente en este ámbito donde adquiere relieve la indulgencia, con la que se expresa el « don total de la misericordia de Dios ».(16) Con la indulgencia se condona al pecador arrepentido la pena temporal por los pecados ya perdonados en cuanto a la culpa.

 

… Todo viene de Cristo, pero como nosotros le pertenecemos, también lo que es nuestro se hace suyo y adquiere una fuerza que sana. Esto es lo que se quiere decir cuando se habla del « tesoro de la Iglesia », que son las obras buenas de los santos. Rezar para obtener la indulgencia significa entrar en esta comunión espiritual y, por tanto, abrirse totalmente a los demás. En efecto, incluso en el ámbito espiritual nadie vive para sí mismo. La saludable preocupación por la salvación de la propia alma se libera del temor y del egoísmo sólo cuando se preocupa también por la salvación del otro. Es la realidad de la comunión de los santos, el misterio de la « realidad vicaria », de la oración como camino de unión con Cristo y con sus santos. Él nos toma consigo para tejer juntos la blanca túnica de la nueva humanidad, la túnica de tela resplandeciente de la Esposa de Cristo.

 

Esta doctrina sobre las indulgencias enseña, pues, en primer lugar « lo malo y amargo que es haber abandonado a Dios (cf. Jr 2, 19). Los fieles, al ganar las indulgencias, advierten que no pueden expiar con solas sus fuerzas el mal que al pecar se han infligido a sí mismos y a toda la comunidad, y por ello son movidos a una humildad saludable ».(18) Además, la verdad sobre la comunión de los santos, que une a los creyentes con Cristo y entre sí, nos enseña lo mucho que cada uno puede ayudar a los demás —vivos o difuntos— para estar cada vez más íntimamente unidos al Padre celestial.

 

Apoyándome en estas razones doctrinales e interpretando el maternal sentir de la Iglesia, dispongo que todos los fieles, convenientemente preparados, puedan beneficiarse con abundancia, durante todo el Jubileo, del don de la indulgencia, según las indicaciones que acompañan esta Bula (ver decreto adjunto).

 

… Dado en Roma, junto a San Pedro, el 29 de noviembre, I domingo de Adviento, del año del Señor de 1998, vigésimo primero de mi Pontificado.

Joannes Paulus II Pont. Max.

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DISPOSICIONES PARA OBTENER
LA INDULGENCIA JUBILAR

 

Con el presente decreto, que da cumplimiento a la voluntad del Santo Padre expresada en la Bula para la convocación del Gran Jubileo del año 2000, la Penitenciaría Apostólica, en virtud de las facultades concedidas por el mismo Sumo Pontífice, determina la disciplina que se ha de observar para la obtención de la indulgencia jubilar.

Todos los fieles debidamente preparados pueden beneficiarse copiosamente del don de la indulgencia durante todo el Jubileo, según las disposiciones especificadas a continuación.

Teniendo presente que las indulgencias ya concedidas, sea de manera general sea por un rescripto especial, permanecen en vigor durante el Gran Jubileo, se recuerda que la indulgencia jubilar puede ser aplicada como sufragio por las almas de los difuntos. Con esta práctica se hace un acto de caridad sobrenatural, por el vínculo mediante el cual, en el Cuerpo místico de Cristo, los fieles todavía peregrinos en este mundo están unidos a los que ya han terminado su existencia terrena. Durante el año jubilar queda también en vigor la norma según la cual la indulgencia plenaria puede obtenerse solamente una vez al día.(20)

Culmen del Jubileo es el encuentro con Dios Padre por medio de Cristo Salvador, presente en su Iglesia, especialmente en sus Sacramentos. Por esto, todo el camino jubilar, preparado por la peregrinación, tiene como punto de partida y de llegada la celebración del sacramento de la Penitencia y de la Eucaristía, misterio pascual de Cristo, nuestra paz y nuestra reconciliación: éste es el encuentro transformador que abre al don de la indulgencia para uno mismo y para los demás.

Después de haber celebrado dignamente la confesión sacramental, que de manera ordinaria, según el can. 960 del CIC y el can. 720, § 1 del CCEO, debe ser en su forma individual e íntegra, el fiel, una vez cumplidos los requisitos exigidos, puede recibir o aplicar, durante un prudente período de tiempo, el don de la indulgencia plenaria, incluso cotidianamente, sin tener que repetir la confesión. Conviene, no obstante, que los fieles reciban frecuentemente la gracia del sacramento de la Penitencia, para ahondar en la conversión y en la pureza de corazón.(21) La participación en la Eucaristía —necesaria para cada indulgencia— es conveniente que tenga lugar el mismo día en que se realizan las obras prescritas.(22)

Estos dos momentos culminantes han de estar acompañados, ante todo, por el testimonio de comunión con la Iglesia, manifestada con la oración por las intenciones del Romano Pontífice, así como por las obras de caridad y de penitencia, según las indicaciones dadas más abajo. Estas obras quieren expresar la verdadera conversión del corazón a la que conduce la comunión con Cristo en los Sacramentos. En efecto, Cristo es la indulgencia y la « propiciación por nuestros pecados » (1 Jn 2, 2). El, infundiendo en el corazón de los fieles el Espíritu Santo, que es « el perdón de todos los pecados »,(23) impulsa a cada uno a un filial y confiado encuentro con el Padre de la misericordia. De este encuentro surgen los compromisos de conversión y de renovación, de comunión eclesial y de caridad para con los hermanos.

Para el próximo Jubileo se confirma también la norma según la cual los confesores pueden conmutar, en favor de quienes estén legítimamente impedidos, tanto la obra prescrita como las condiciones requeridas.(24) Los religiosos y religiosas de clausura, los enfermos y todos aquellos que no puedan salir de su vivienda, podrán realizar, en vez de la visita a una determinada iglesia, una visita a la capilla de la propia casa; si ni siquiera esto les fuera posible, podrán obtener la indulgencia uniéndose espiritualmente a cuantos cumplen en el modo ordinario la obra prescrita, ofreciendo a Dios sus oraciones, sufrimientos y molestias.

Respecto a los requisitos necesarios, los fieles podrán obtener la indulgencia jubilar:

 

1) En Roma, haciendo una peregrinación a una de las Basílicas patriarcales, a saber: la Basílica de San Pedro en el Vaticano, la Archibasílica del Santísimo Salvador de Letrán, la Basílica de Santa María la Mayor o la de San Pablo Extramuros en la vía Ostiense, y participando allí con devoción en la Santa Misa o en otra celebración litúrgica como Laudes o Vísperas, o en un ejercicio de piedad (por ejemplo, el Vía Crucis, el Rosario mariano, el rezo del himno Akáthistos en honor de la Madre de Dios); también visitando, en grupo o individualmente, una de las cuatro Basílicas patriarcales y permaneciendo allí un cierto tiempo en adoración eucarística o en meditación espiritual, concluyendo con el « Padre nuestro », con la profesión de fe en cualquiera de sus formas legítimas y con la invocación a la Santísima Virgen María. En esta ocasión especial del Gran Jubileo, se añaden a las cuatro Basílicas patriarcales los siguientes lugares y con las mismas condiciones: la Basílica de la Santa Cruz de Jerusalén, la Basílica de San Lorenzo junto al cementerio Verano, el Santuario de la Virgen del Divino Amor y las Catacumbas cristianas.(25)

2) En Tierra Santa, observando las mismas condiciones y visitando la Basílica del Santo Sepulcro en Jerusalén, la Basílica de la Natividad en Belén o la Basílica de la Anunciación en Nazaret.

3) En las demás circunscripciones eclesiásticas, haciendo una peregrinación a la iglesia Catedral o a otras iglesias o lugares designados por el Ordinario y asistiendo allí con devoción a una celebración litúrgica o a otro tipo de ejercicio, como los indicados anteriormente para la ciudad de Roma; también visitando, en grupo o individualmente, la iglesia Catedral o un Santuario designado por el Ordinario, permaneciendo allí un cierto tiempo en meditación espiritual, concluyendo con el « Padre nuestro », con la profesión de fe en cualquiera de sus formas legítimas y con la invocación a la Santísima Virgen María.

4) En cada lugar, yendo a visitar por un tiempo conveniente a los hermanos necesitados o con dificultades (enfermos, encarcelados, ancianos solos, minusválidos, etc.), como haciendo una peregrinación hacia Cristo presente en ellos (cf. Mt 25, 34-36) y cumpliendo los requisitos espirituales acostumbrados, sacramentales y de oración. Los fieles querrán ciertamente repetir estas visitas durante el Año Santo, pudiendo obtener en cada una ellas la indulgencia plenaria, obviamente una sola vez al día.

La indulgencia plenaria jubilar podrá obtenerse también mediante iniciativas que favorezcan de modo concreto y generoso el espíritu penitencial, que es como el alma del Jubileo. A saber: absteniéndose al menos durante un día de cosas superfluas (por ejemplo, el tabaco, las bebida alcohólicas, ayunando o practicando la abstinencia según las normas generales de la Iglesia y las de los Episcopados) y dando una suma proporcionada de dinero a los pobres; sosteniendo con una significativa aportación obras de carácter religioso o social (especialmente en favor de la infancia abandonada, de la juventud con dificultades, de los ancianos necesitados, de los extranjeros en los diversos Países donde buscan mejores condiciones de vida); dedicando una parte conveniente del propio tiempo libre a actividades de interés para la comunidad u otras formas parecidas de sacrificio personal.

Roma, en la Penitenciaría Apostólica, 29 de noviembre de 1998, I domingo de Adviento.

William Wakefield Card. Baum
Penitenciario Mayor

Luigi de Magistris
Regente

 

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Damasco-Siria- crucifixión de San Pedro en cruz invertida, junto a San Pablo y al Cristo glorificato.

 

EL DON DE LA INDULGENCIA

 

La celebración del Año jubilar no sólo constituye una ocasión singular para aprovechar el gran don de las indulgencias, que el Señor nos hace mediante la Iglesia, sino que también es una feliz oportunidad para volver a presentar a la consideración de los fieles la catequesis sobre las indulgencias. Por eso, la Penitenciaría apostólica publica, para utilidad de cuantos realizan las visitas jubilares, este aviso sagrado.

 

INDICACIONES DE ÍNDOLE GENERAL
SOBRE LAS INDULGENCIAS

 

1. El «Código de derecho canónico» (c. 992) y el «Catecismo de la Iglesia católica» (n. 1471), definen así la indulgencia: «La indulgencia es la remisión ante Dios de la pena temporal por los pecados, ya perdonados, en cuanto a la culpa, que un fiel dispuesto y cumpliendo determinadas condiciones consigue por mediación de la Iglesia, la cual, como administradora de la redención, distribuye y aplica con autoridad el tesoro de las satisfacciones de Cristo y de los santos».

2. En general, para lucrar las indulgencias hace falta cumplir determinadas condiciones (las enumeramos en los números 3 y 4) y realizar determinadas obras (en los números 8, 9 y 10 se indican las que corresponden al Año santo).

3. Para lucrar las indulgencias, tanto plenarias como parciales, es preciso que, al menos antes de cumplir las últimas exigencias de la obra indulgenciada, el fiel se halle en estado de gracia.

4. La indulgencia plenaria sólo se puede obtener una vez al día. Pero, para conseguirla, además del estado de gracia, es necesario que el fiel

- tenga la disposición interior de un desapego total del pecado, incluso venial;

- se confiese sacramentalme?te de sus pecados;

- reciba la sagrada Eucaristía (ciertamente, es mejor recibirla participando en la santa misa, pero para la indulgencia sólo es necesaria la sagrada Comunión);

- ore según las intenciones del Romano Pontífice.

5. Es conveniente, pero no necesario, que la confesión sacramental, y especialmente la sagrada Comunión y la oración por las intenciones del Papa, se hagan el mismo día en que se realiza la obra indulgenciada; pero es suficiente que estos sagrados ritos y oraciones se realicen dentro de algunos días (unos veinte) antes o después del acto indulgenciado. La oración según la mente del Papa queda a elección de los fieles, pero se sugiere un «Padrenuestro» y un «Avemaría». Para varias indulgencias plenarias basta una confesión sacramental, pero para cada indulgencia plenaria se requiere una distinta sagrada Comunión y una distinta oración según la mente del Santo Padre.

6. Los confesores pueden conmutar, en favor de los que estén legítimamente impedidos, tanto la obra prescrita como las condiciones requeridas (obviamente, excepto el desapego del pecado, incluso venial).

7. Las indulgencias siempre son aplicables o a sí mismos o a las almas de los difuntos, pero no son aplicables a otras personas vivas en la tierra.

 

ASPECTOS PROPIOS DEL AÑO JUBILAR

Cumplidas las necesarias condiciones, indicadas en los números 3 y 4, los fieles pueden lucrar la indulgencia jubilar realizando una de las siguientes obras, enumeradas aquí en tres categorías:

8. Obras de piedad o religión

- O hacer una peregrinación piadosa a un santuario o lugar jubilar (para Roma: una de las cuatro basílicas patriarcales, es decir, San Pedro, San Juan de Letrán, Santa María la Mayor y San Pablo, o también a la basílica de Santa Cruz de Jerusalén, a la basílica de San Lorenzo en Campo Verano, al santuario de la Virgen del Amor Divino o a una de las catacumbas cristianas), participando en la santa misa o en otra celebración litúrgica (Laudes o Vísperas) o en un ejercicio de piedad (vía crucis, rosario, rezo del himno «Akáthistos», etc.),

- o hacer una visita piadosa, en grupo o individualmente, a uno de esos lugares jubilares, participando en la adoración eucarística y en meditaciones piadosas, concluyéndolas con el « Padrenuestro », el « Credo » y una invocación a la Virgen María.

9. Obras de misericordia o caridad

- O visitar, durante un tiempo conveniente, a hermanos necesitados o que atraviesan dificultades (enfermos, detenidos, ancianos solos, discapacitados, etc.), como realizando una peregrinación hacia Cristo presente en ellos;

- o apoyar con un donativo significativo obras de carácter religioso o social (en favor de la infancia abandonada, de la juventud en dificultad, de los ancianos necesitados, de los extranjeros que, en los diversos países, buscan mejores condiciones de vida);

- o dedicar una parte conveniente del propio tiempo libre a actividades útiles para la comunidad u otras formas similares de sacrificio personal.

10. Obras de penitencia

Al menos durante un día

- o abstenerse de consumos superfluos (fumar, bebidas alcohólicas, etc.);

- o ayunar;

- o hacer abstinencia de carne (u otros alimentos, según las indicaciones de los Episcopados),

entregando una suma proporcional a los pobres.

Dado en Roma, en la sede de la Penitenciaría apostólica, el 29 de enero de 2000.

Card. WILLIAM WAKEFIELD BAUM
Penitenciario mayor

Mons. LUIGI DE MAGISTRIS
Obispo titular de Nova
Regente

 

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Vaticano - Situado cerca de la orilla derecha del Tíber, corresponde a la Colina Vaticana, el antiguo Ager Vaticanus, en el que se construyeron residencias veraniegas durante la era republicana. Calígula edificó aquí su circo privado, en el que, así como en lo jardines adyacentes, parecen haber sido martirizados los primeros cristianos.  Al norte del circo, en una carretera secundaria, se encontraba una necrópolis en la que estuvo enterrado San Pedro.  Entre los años 324 y 326, Constantino erigió sobre el lugar de la tumba del primer Papa una imponente basílica que fue reemplazada por la actual construida entre los siglos XVI y XVII.

 

El entero territorio del Estado de la Ciudad del Vaticano se encuentra bajo la protección del Tratado de La Haya, del 14 de marzo de 1954, relativo a la salvaguardia de los bienes culturales en caso de conflicto armado.  La Ciudad del Vaticano está reconocida por lo tanto – también en ámbito de la disciplina internacional – como patrimonio moral, artístico y cultural digno de ser respetado y protegido como un tesoro para toda la humanidad.  Desde 1984 el Estado de la Ciudad del Vaticano forma parte de la lista de lugares reconocidos como Patrimonio de la Humanidad.

 

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San Pedro crucificado cabeza abajo-

 

Para comprender la Cátedra petrina:

 

John Henry Newman: “Cathedra Sempiterna”


 Estoy profundamente convencido y lo estaré siempre, porque puedo apelar al testimonio de la historia para apoyarme, que, en cuestiones de verdadero o falso, no hay nada realmente firme en el mundo entero, nada realmente decisorio y operativo, sino la voz de aquel a quien le han sido confiadas las llaves del reino y el cuidado del rebaño de Cristo. La voz de Pedro es, ahora, como lo fue siempre, la de una autoridad real, infalible cuando enseña, próspera cuando ordena, en su terreno propio, siempre preparada  a tornar la dirección acertada y neta, añadiendo certeza a lo que sólo es probable, y persuasión a lo que es cierto. Antes de que ella hable, el más santo puede equivocarse; y después de que ha hablado, el más inteligente y sabio debe obedecer.
 Pedro no es ningún recluso, ningún estudioso abstraído, ningún soñador que vive en el pasado, ningún débil mental superviviente entre los ya muertos e idos, ningún visionario. Pedro ha vivido, por mil ochocientos años, en este mundo; ha visto todas las fortunas, ha encontrado todos los adversarios, se ha tenido que enfrentar con todas las emergencias. Si alguna vez hubo un poder en la tierra, con ojos para los tiempos que corren, capaz de limitarse sólo a lo que es practicable, y feliz en sus anticipaciones, ha sido aquel que a través de la historia de las edades, se ha sentado de generación en generación, en la cátedra de los Apóstoles, como Vicario de Cristo y Doctor de su Iglesia.


 Se ha dicho por un antiguo filósofo, que declinó responder a los argumentos de un emperador: “No está seguro quien debate con el dueño de veinte legiones”. Lo que Augusto tenía en el orden temporal, eso tenía también, y mucho más, Pedro en el orden espiritual. ¿Cuándo no estuvo él a la altura de las circunstancias? ¿Cuándo no se ha crecido en la crisis? ¿Qué peligros han sido suficientes para atemorizarle? ¿Qué sofismas han podido con él? ¿Qué incertidumbres le han confundido? ¿Cuándo ha habido potencia que haya ido a la guerra con Pedro, material o moral, civilizada o salvaje, que se ha salido con la suya? ¿Cuándo ha ido el mundo entero contra él en solitario, y no ha encontrado que él era demasiado para el mundo?.
 Todos los que se ponen del lado de Pedro se ponen del lado ganador. El Apóstol de Cristo no dice nunca nada de lo que vaya a desdecirse; porque él ha heredado la palabra que tiene el poder. Desde el principio, ha mirado a través del ancho mundo, del que ha recibido la carga; y, según la necesidad del día y la inspiración de su Señor, se ha dispuesto primero a una cosa, luego a otra, a todas en su momento y a ninguna en vano. Llegó primero en una época de refinamiento y lujo como la nuestra; y a pesar del perseguidor, fértil en recursos y en crueldad, pronto reunió, de todas las clases de sociedad, el esclavo, el soldado, la aristocrática dama, y el sofista, para formar un pueblo capaz de honrar a su Maestro. Las hordas salvajes llegaron como torrentes desde el norte, terribles sólo mirarlas, y Pedro salió con agua santa y las hizo retroceder a la carrera. Se echaron a un lado y llenaron la Tierra entera, pero sólo para ser mejor civilizadas por él, y para ser hechas diez veces más hijas suyas que los pueblos que ellas habían sojuzgado. Reyes sin ley se levantaron, algunos sagaces como el romano, otros apasionados como el huno, y encontraron en él su rival, y se rompieron en pedazos, y él siguió adelante. Las puertas de la Tierra se abrieron al este y al oeste y surgieron hombres dispuestos a tomar posesión de ellas; él y sus hombres fueron con aquellos, empujados por el celo y la caridad, tanto como aquellos mismos lo fueron por la industria, la astucia y la ambición. ¿Ha fallado alguna vez él en sus empresas hasta la hora de hoy? ¿Lo hizo en tiempos de nuestros padres, en lucha con José de Alemania y sus confederados –con Napoleón, un hombre más grande, y sus reyes dependientes- para que, aunque en otra clase de lucha, vaya a fallarnos ahora? ¿Qué canas son las que hay en la cabeza de Judá, cuya juventud se renueva como la del águila, cuyos pies son como los del ciervo, y debajo están las Armas Sempiternas?
 “Así dijo el Señor que te creó, Oh Jacob, y te confirmo, Oh Israel. ¡No temas, porque Yo te he redimido, y te he llamado por tu nombre¡ Tú eres Mío”.
 “Cuando camines sobre las aguas, estaré contigo, y los ríos no te cubrirán”.
 “Cuando andes sobre el fuego, no te quemarás, y las llamas no prenderán en ti”.
 “Porque yo soy el Señor tu Dios, el Santo de Israel, tu Salvador”.
 “No temas, estoy contigo, soy el primero y el último y no hay ningún Dios además de mí”.
 

 Traducción de “Newman Today” Vol. I (Edited with an Introduction by Stanley L. Jaki (Ignatius Press: San Francisco, 1988)

 

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La Iglesia católica naciente en el día de Pentecostés, junto a María virgen

 

Los errores doctrinales

 

Un hecho que condujo a la declaración del dogma de la infalibilidad del Vicario de Cristo.

 

Bonifacio V
Esta vez fue consagrado obispo de Roma un napolitano. Era el 23 de diciembre del 619.
Aunque estaba muy aplicado en la política bizantina, su mayor preocupación fue la conversión de los anglo-sajones. Con esa intención aumentó los poderes del arzobispo de Canterbury, sin negar en ningún momento a investirlo metropolita de toda Gran Bretaña, como afirmara más tarde un documento seguramente falso.

Bonifacio V murió el 25 de octubre del 625, aunque esta fecha no es del todo segura.

Honorio I
Ningún papa ha desatado tantas pasiones, trece siglos después de su muerte, ninguno ha hecho verter más tinta y ninguno se ha visto mezclado más de lleno en un problema siempre delicado y difícil: la cuestión de la infalibilidad pontificia.
Todo hacía augurar sin embargo que Honorio pasaría a la Historia como un gran papa. Originario de la Campania, era hijo de un cónsul y se había fijado como meta ideal -cuando fue consagrado el 27 de octubre del 625- continuar la obra de san Gregorio Magno, del que había sido discípulo.

Desde el principio de su pontificado desplegó una actividad tan variada como fructífera. En el norte de Italia se aplicó con éxito a reducir las últimas resistencias cismáticas, vestigios de la crisis provocada por Virgilio y la cuestión de los «Tres Capítulos»; Istria y Venecia volvieron al seno de Roma. Consiguió que reconocieran su primado los obispos de España, Cerdeña y el Epiro. Su sabia administración del patrimonio de la Iglesia también contribuyó a que aumentara considerablemente su prestigio y, al mismo tiempo, su influencia en la orientación política de Italia. Hizo construir en Roma iglesias y edificios públicos que procuró decorar suntuosamente, como Santa Inés Extramuros o San Pancracio. Promovió, en fin, con notable eficacia la evangelización de los anglo-sajones y confirió el palio -especie de capelo cardenalicio- a Honorio de Canterbury y a Paulino de York.

En resumen, un gran pontificado que prometía una gloria segura... Pero bastó una fórmula desafortunada, redactada quizá en un momento de irritación, para echar por tierra de un manotazo tan agradables perspectivas y comprometer seriamente, trece siglos más tarde, los pasos que condujeron a la declaración del dogma de la infalibilidad del vicario de Cristo. Este pontífice sería formalmente censurado por tres concilios ecuménicos sucesivos y, durante varios siglos, cada nuevo papa tendría que jurar obligatoriamente, en la ceremonia de su entronización, que no incurriría en los errores de Honorio.

¿Qué es lo que desencadenó esta famosa «cuestión del papa Honorio»? Al examinar la serena nitidez de los relatos evangélicos sorprende que los cristianos hayan podido llegar, durante siglos -y en nombre del evangelio-, a matarse unos a otros. Se planteaba, por ejemplo, qué voluntad era la que empujaba a Jesucristo a obrar. ¿Había en el Señor una sola voluntad expresada por su única persona, o había dos voluntades correspondientes a sus dos naturalezas?
Las célebres «cuestiones bizantinas» no siempre se limitaban a cortar un cabello en cuatro partes: a veces hacían lo mismo con la cabeza. En aquellos tiempos se discutía de teología hasta en los mercados y se defendían las más sutiles distinciones a fuerza de puños; las peleas que se organizaban acerca, por ejemplo, de las procesiones intratrinitarias sólo llegaban a su fin por los garrotes y las cargas de la policía.

La reacción de Honorio -para ser bien comprendida debe situarse en aquella circunstancia, cuando un día del año 634 recibió una carta del patriarca Sergio I de Constantinopla. Se pedía en la misiva que el papa fijará su posición en la polémica que enfrentaba al patriarca Ciro de Alejandría y al monje Sofronio de Jerusalén. El primero abogaba por la existencia de una sola «energía» en Jesús, en tanto que el otro quería ver dos.

Para un hombre de acción de la envergadura de Honorio, en aquella discusión no había más que una inútil querella de palabras vacías. Sergio, partidario de la postura de Ciro de una única voluntad (monotelismo), había sido muy hábil al expresar el problema de tal modo que un papa poco acostumbrado a las sutilezas de la cristología no tuviera más remedio que darle la razón. Quizá por eso, sin esperar a conocer los argumentos de la otra parte, esto es, la tesis de Sofronio, Honorio respondió sucintamente: que no había que hablar de eso, sino confesar sencillamente «un solo Jesucristo que obra en las dos naturalezas las obras de la divinidad y las de la humanidad. Es necesario, ante todo, poner a salvo la voluntad personal y debe reconocerse alguna unidad de voluntad, ya que el Verbo ha tomado nuestra naturaleza, mas no el pecado que hay en ella». Y terminaba pidiendo que se dejara de hablar de una o de dos «energías», expresión que consideraba un invento caprichoso que no haría sino generar discusiones.

En una segunda carta dirá: «Nosotros no debemos definir ni una ni dos energías.... sino confesar las dos naturalezas en la unidad de un solo Cristo». Mas los disgustos y problemas que Honorio quiso evitar se produjeron fatalmente apareciendo él como culpable... a título póstumo; él era un papa realista, demasiado embebido en las concretas amenazas de las tropas lombardas como para perder el tiempo en abstracciones.

Pero aquellas «abstracciones» que en el año 634 y en Occidente no pasaban de ser una distracción pasajera, en Oriente se tomaban muy en serio. Los patriarcas orientales -que tenían todo el tiempo que quisieran para teologías- calibraron el peso dogmático de las dos posiciones y su trascendencia para la fe cristiana. Y, a su juicio, la respuesta de Honorio revelaba una lamentable ignorancia y ponía de manifiesto hasta qué punto, en todo el Occidente, pero particularmente en Italia, había caído en decadencia la teología desde el siglo VI.

Cincuenta años después, el sexto concilio ecuménico reunido en Constantinopla lanzó su anatema contra los promotores de nuevas herejías, incluyendo explícitamente «al obispo de Roma, Honorio, que, en una carta a Sergio había probado que participaba de sus errores y que confirmaba su impía doctrina».

El séptimo y el octavo concilios consideraron necesario también renovar la misma condenación. El papa León II (682-683) reconoció el error dogmático cometido por su lejano predecesor y, durante mucho tiempo, cada pontífice que accedía al solio papal tuvo que jurar que «rechazaría la herejía cuyo fermento había introducido Honorio».

En Occidente se procuró olvidar poco a poco que el hereje Honorio había sido un papa, y en la Edad Media se llegó incluso a no mentar su nombre. Pero hacia el año 1420, gracias al humanista florentino Ambrosio Traversari (1386-1439) y a sus traducciones de los Padres de la Iglesia griegos, surgió de nuevo el dramático episodio. Y Juan de Turrecremata (1388-1468) salió en defensa del papa culpando de la condenación de Honorio a un error de un concilio mal informado.
En la época de la Reforma, el teólogo católico Albert Pigges (1490-1542), apologista acérrimo de la Santa Sede y partidario de la infalibilidad del papa, llegó a negar que se hubiera condenado a Honorio, imaginando que el pretendido anatema no existió más que en las falsedades subrepticiamente incorporadas por griegos malintencionados en las Actas de los Concilios. El cardenal Belarmino y Baronio se apresuraron a adoptar esta tesis tan oportuna que, en virtud del prestigio de sus defensores, tuvo partidarios hasta el siglo XIX, pese a que Melchor Cano (1509-1560) se había ya revelado contra aquella explicación tan simplista y tan alejada de la realidad.

El caso es que en 1870, en el Concilio Vaticano I, todos los que consideraban que no era oportuna una proclamación solemne de la infalibilidad del papa, adujeron como argumento en contra del conocido episodio de Honorio. Por contra, los partidarios del dogma desmontaron el ataque basándose en que la garantía de infalibilidad sólo era aplicable cuando los papas hablaban «ex cathedra», condición que no se daba en las dos cartas famosas de Honorio a Sergio. La crítica posterior ha tendido a exonerar a Honorio de toda sombra de herejía porque -aunque se admitan sus cartas como documentos «ex cathedra»- en lo que él dijo e impuso no había error, sino pura ortodoxia. Cuando se refirió a una unidad de voluntad en Jesucristo, no propugnaba una sola voluntad, una unidad física, sino la unidad moral de las dos voluntades existentes en el Señor.

Triunfó la infalibilidad. Y el que sin pretenderlo había sido causa de la polémica que precedió a la declaración del dogma, había muerto 1242 años antes, el 12 de octubre del 638.

Severino
Elegido el 12 de octubre del año 638, es decir, el mismo día de la muerte de Honorio, su sucesor, Severino, tuvo que esperar un año y medio a que Heraclio autorizara su consagración.

En el ínterim vivió la amarga experiencia de calibrar lo que podía costarle al obispo de Roma la obligación de administrar el erario público en nombre del emperador: en efecto, recién elegido, vio cómo la tropa, reclamando su soldada, invadió el palacio de Letrán y saqueó las cajas de la Iglesia para cobrarse los salarios que se le debían.
El 28 de mayo del 640, por fin, el papa elegido pudo ser consagrado. Los emisarios romanos en Constantinopla sólo consiguieron la conformidad de Heraclio tras prometer que Severino adoptaría la Ethesis, una profesión de fe formulada en nombre del emperador por Sergio, el patriarca de Constantinopla de tendencia monotelista, el mismo que seis años antes había tendido a Honorio la trampa ya descrita.

El 2 de agosto del 640, la muerte del papa, a dos meses tan sólo de su consagración, le ahorró el trance de tener que tomar posiciones respecto a aquel documento que Juan IV, su sucesor, tuvo la valentía de condenar.

 

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INFABILIDAD PAPAL. – PABLO VI P.P. Obispo de Roma

 

E di questo supremo sentimento di fede e speranza, resterà tra i suoi molti scritti quello più personalmente significativo, il suo "Credo", la sua Professione di fede com´egli la chiamava: è significativa prima di tutto proprio perché, lui Papa, abbia sentito il bisogno di farla: in certo modo di recitare la sua "professione di fede" davanti al mondo. Poi per l´estrema finezza di equilibrio: l´ortodossia assoluta anche nei passaggi più difficili riguardo alla dottrina e alla tradizione, persino quello sulla infallibilità del Papa: «Noi crediamo nell´infallibilità, di cui fruisce il Successore di Pietro quando insegna ex cathedra come Pastore e Dottore di tutti i fedeli e di cui è dotato altresì il Collegio dei vescovi quando esercita con lui il magistero supremo».
PABLO VI, Obispo de Roma sobre la tumba del apóstol Pedro.

 

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Infabilidad – Primado y autoridad

del Obispo de Roma

 

Infalible: Seguro, cierto, indefectible.
Infalibilidad: El carisma por el que la "Sede de San Pedro (El Papa) siempre permanece libre de error alguno, según la divina promesa de nuestro Señor y Salvador al príncipe de sus discípulos: «Yo he rogado por ti para que tu fe no falle; y cuando hayas regresado fortalece a tus hermanos»  (Pastor Aeternus; cf. Denzinger 3074).

 

El carisma Papal de la infalibilidad es el grado supremo de la participación en la autoridad de Cristo. También los obispos participan de la infalibilidad con ciertas condiciones (Ver: Infalibilidad episcopal)

La fuente de infalibilidad: la asistencia sobrenatural del Espíritu Santo.
El propósito de la infalibilidad: mantener y guiar a la Iglesia en la verdad y sin errores en lo que se refiere a la fe y la moral. 

La infalibilidad se fundamenta en las Palabras de Jesucristo:

"Y yo a mi vez te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella.  A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos". -Mateo 16:18-19

"He rogado por ti, para que tu fe no desfallezca. Y tú, cuando hayas vuelto, confirma a tus hermanos". -Lucas 22:32

Por medio de la infalibilidad, Jesús garantiza que su Iglesia se mantenga indefectible por todos los tiempos.

La fe católica se fundamenta en la revelación divina la cual llegó a su plenitud en Jesucristo. Esta revelación es inmutable pero necesita ser rectamente interpretada en todos los siglos al enfrentarse nuevas circunstancias y retos. Jesucristo por eso instituyó una Iglesia con un Sumo Pontífice a quién le ha encomendado la misión de proclamar la verdad guiado por el Espíritu Santo con el carisma de la infalibilidad.  La infalibilidad es un don para el bien de todos los creyentes, para que tengan siempre un faro seguro de verdad y lleguen a la salvación.

La Iglesia es apostólica: Está edificada sobre sólidos cimientos: "los doce apóstoles del Cordero" (Ap 21, 14); es indestructible; se mantiene infaliblemente en la verdad: Cristo la gobierna por medio de Pedro y los demás apóstoles, presentes en sus sucesores, el Papa y el colegio de los obispos. -Cat. 869.

889 Para mantener a la Iglesia en la pureza de la fe transmitida por los apóstoles, Cristo, que es la Verdad, quiso conferir a su Iglesia una participación en su propia infalibilidad. Por medio del "sentido sobrenatural de la fe", el Pueblo de Dios "se une indefectiblemente a la fe", bajo la guía del Magisterio vivo de la Iglesia.

 890 La misión del Magisterio está ligada al carácter definitivo de la Alianza instaurada por Dios en Cristo con su Pueblo; debe protegerlo de las desviaciones y de los fallos, y garantizarle la posibilidad objetiva de profesar sin error la fe auténtica. El oficio pastoral del Magisterio está dirigido, así, a velar para que el Pueblo de Dios permanezca en la verdad que libera. Para cumplir este servicio, Cristo ha dotado a los pastores con el carisma de infalibilidad en materia de fe y de costumbres.

El ejercicio de este carisma puede revestir varias modalidades:

El Papa:
"El Romano Pontífice, Cabeza del Colegio Episcopal, goza de esta infalibilidad en virtud de su ministerio cuando, como Pastor y Maestro supremo de todos los fieles que confirma en la fe a sus hermanos, proclama por un acto definitivo la doctrina en cuestiones de fe y moral... Catecismo 891

El Cuerpo episcopal:
"La infalibilidad prometida a la Iglesia reside también en el Cuerpo episcopal cuando ejerce el magisterio supremo con el sucesor de Pedro, sobre todo en un concilio ecuménico. Cuando la Iglesia propone por medio de su Magisterio supremo que algo se debe aceptar "como revelado por Dios para ser creído" y como enseñanza de Cristo, "hay que aceptar sus definiciones con la obediencia de la fe". Esta infalibilidad abarca todo el depósito de la Revelación divina."  Catecismo 891


¿Hasta dónde se extiende la infalibilidad?

Esta se extiende a todo el depósito de la revelación divina; se extiende también a todos los elementos de doctrina, comprendida la moral, sin los cuales las verdades salvíficas de la fe no pueden ser salvaguardadas, expuestas u observadas. -Cat. 2035


Proclamación del Dogma de la Infalibilidad

En el siglo XV ocurre el cisma del Protestantismo y se cuestiona la autoridad Papal, no solo en lo temporal sino también en lo doctrinal. En 1870 el Concilio Vaticano I define dogmáticamente la infalibilidad Papal en la Constitución Dogmática sobre la Iglesia, Pastor Aeternus.   (Ver: Texto del cuarto capítulo referente al dogma)

Contenido del dogma de la infalibilidad:

1) La infalibilidad es asistencia divina para la Iglesia que protege al Papa de todo error en materias de fe y moral.
2) El Magisterio Pontificio no depende ni puede ser sometido al juicio de los concilios.
3) La infalibilidad sólo la ejerce el Soberano Pontífice, como sucesor de Pedro y Príncipe de los Apóstoles. Sólo el Papa es infalible y no otros a quien el delegue parte de su autoridad magisterial, como, por ejemplo, las Congregaciones de la Curia Romana.
4) La infalibilidad solo aplica a los actos en que el Papa hace uso plenamente de su deber apostólico; Cuando define un dogma en virtud de su suprema autoridad y en su calidad de pastor de la Iglesia universal. En esos casos habla Ex Cathedra.
4) La doctrina así definida debe ser aceptada por todos los fieles.
5) El Concilio Vaticano I no proclamó una nueva revelación sino que confirmó dogmáticamente la fe que la Iglesia ha creído desde el principio del cristianismo y está fundamentada en las Sagradas Escrituras y la Tradición. En la Iglesia primitiva el sucesor de Pedro tenía ya autoridad sobre los obispos. Lo vemos, por ejemplo en el siglo III en las controversias sobre la Santísima Trinidad y la readmisión a la Iglesia de los que habían apostatado.

Condiciones que deben reunirse para que una definición pontificia sea ex cathedra y por lo tanto infalible:

1) El Papa debe tener la intención de declarar una doctrina concerniente a la fe o a la moral como verdad que no se puede cambiar.
2) El Papa debe hablar como pastor y doctor de todos los cristianos con todo el peso de su autoridad apostólica (no meramente como un teólogo o solamente al pueblo de Roma).

Ejemplos de definiciones ex cathedra pronunciadas infaliblemente por el Sumo Pontífice. La carta de San León I sobre la Encarnación, el texto de Benedicto XII referente a la visión beatifica, el dogma de la Inmaculada Concepción de la Virgen y el dogma de la Asunción de la Virgen en cuerpo y alma al cielo.

Los decretos de doctrina, los avisos de las congregaciones romanas, aun siendo aprobados por el Papa, no se benefician del privilegio de la infalibilidad.


La Autoridad del Sumo Pontífice no se limita a los pronunciamientos infalibles

Algunos teólogos, especialmente después del Concilio Vaticano II, argumentan erróneamente que es permisible disentir de toda enseñanza de la Iglesia mientras no sea proclamada infalible.

La auténtica enseñanza de la Iglesia no se limita a lo infaliblemente proclamado. El Espíritu Santo guía a todo el Magisterio de la Iglesia aunque en diferente grado. La obediencia al Sumo Pontífice no debe limitarse a cuando habla ex cathedra.   Tampoco se pueden rechazar los decretos disciplinares del Papa con el pretexto que no han sido promulgados ex cathedra.   

 892 La asistencia divina es también concedida a los sucesores de los apóstoles, cuando enseñan en comunión con el sucesor de Pedro (y, de una manera particular, al obispo de Roma, Pastor de toda la Iglesia), aunque, sin llegar a una definición infalible y sin pronunciarse de una "manera definitiva", proponen, en el ejercicio del magisterio ordinario, una enseñanza que conduce a una mejor inteligencia de la Revelación en materia de fe y de costumbres. A esta enseñanza ordinaria, los fieles deben "adherirse... con espíritu de obediencia religiosa"   que, aunque distinto del  asentimiento de la fe, es una prolongación de él.

(Sobre este punto, vea: Para Defender la Fe -Ad Tuendam Fidem, Carta Apostólica, 5/98, Juan Pablo II.)

Pastor Aeternus, Capítulo 4: Sobre el Magisterio infalible del Romano Pontífice

Aquel primado apostólico que el Romano Pontífice posee sobre toda la Iglesia como sucesor de Pedro, príncipe de los apóstoles, incluye también la suprema potestad de magisterio. Esta Santa Sede siempre lo ha mantenido, la práctica constante de la Iglesia lo demuestra, y los concilios ecuménicos, particularmente aquellos en los que Oriente y Occidente se reunieron en la unión de la fe y la caridad, lo han declarado.

Así los padres del cuarto Concilio de Constantinopla, siguiendo los pasos de sus predecesores, hicieron pública esta solemne profesión de fe: «La primera salvación es mantener la regla de la recta fe... Y ya que no se pueden pasar por alto aquellas palabras de nuestro Señor Jesucristo: "Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia"22 , estas palabras son confirmadas por sus efectos, porque en la Sede Apostólica la religión católica siempre ha sido preservada sin mácula y se ha celebrado la santa doctrina. Ya que es nuestro más sincero deseo no separarnos en manera alguna de esta fe y doctrina, ...esperamos merecer hallarnos en la única comunión que la Sede Apostólica predica, porque en ella está la solidez íntegra y verdadera de la religión cristiana».23

Y con la aprobación del segundo Concilio de Lyon, los griegos hicieron la siguiente profesión: «La Santa Iglesia Romana posee el supremo y pleno primado y principado sobre toda la Iglesia Católica. Ella verdadera y humildemente reconoce que ha recibido éste, junto con la plenitud de potestad, del mismo Señor en el bienaventurado Pedro, príncipe y cabeza de los Apóstoles, cuyo sucesor es el Romano Pontífice. Y puesto que ella tiene más que las demás el deber de defender la verdad de la fe, si surgieran preguntas concernientes a la fe, es por su juicio que estas deben ser definidas»24

Finalmente se encuentra la definición del Concilio de Florencia: «El Romano Pontífice es el verdadero vicario de Cristo, la cabeza de toda la Iglesia y el padre y maestro de todos los cristianos; y a él fue transmitida en el bienaventurado Pedro, por nuestro Señor Jesucristo, la plena potestad de cuidar, regir y gobernar a la Iglesia universal»25

Para cumplir este oficio pastoral, nuestros predecesores trataron incansablemente que el la doctrina salvadora de Cristo se propagase en todos los pueblos de la tierra; y con igual cuidado vigilaron de que se conservase pura e incontaminada dondequiera que haya sido recibida. Fue por esta razón que los obispos de todo el orbe, a veces individualmente, a veces reunidos en sínodos, de acuerdo con la práctica largamente establecida de las Iglesias y la forma de la antigua regla, han referido a esta Sede Apostólica especialmente aquellos peligros que surgían en asuntos de fe, de modo que se resarciesen los daños a la fe precisamente allí donde la fe no puede sufrir mella.26 Los Romanos Pontífices, también, como las circunstancias del tiempo o el estado de los asuntos lo sugerían, algunas veces llamando a concilios ecuménicos o consultando la opinión de la Iglesia dispersa por todo el mundo, algunas veces por sínodos particulares, algunas veces aprovechando otros medios útiles brindados por la divina providencia, definieron como doctrinas a ser sostenidas aquellas cosas que, por ayuda de Dios, ellos supieron estaban en conformidad con la Sagrada Escritura y las tradiciones apostólicas.

Así el Espíritu Santo fue prometido a los sucesores de Pedro, no de manera que ellos pudieran, por revelación suya, dar a conocer alguna nueva doctrina, sino que, por asistencia suya, ellos pudieran guardar santamente y exponer fielmente la revelación transmitida por los Apóstoles, es decir, el depósito de la fe. Ciertamente su apostólica doctrina fue abrazada por todos los venerables padres y reverenciada y seguida por los santos y ortodoxos doctores, ya que ellos sabían muy bien que esta Sede de San Pedro siempre permanece libre de error alguno, según la divina promesa de nuestro Señor y Salvador al príncipe de sus discípulos: «Yo he rogado por ti para que tu fe no falle; y cuando hayas regresado fortalece a tus hermanos»27.

Este carisma de una verdadera y nunca deficiente fe fue por lo tanto divinamente conferida a Pedro y sus sucesores en esta cátedra, de manera que puedan desplegar su elevado oficio para la salvación de todos, y de manera que todo el rebaño de Cristo pueda ser alejado por ellos del venenoso alimento del error y pueda ser alimentado con el sustento de la doctrina celestial. Así, quitada la tendencia al cisma, toda la Iglesia es preservada en unidad y, descansando en su fundamento, se mantiene firme contra las puertas del infierno.

Pero ya que en esta misma época cuando la eficacia salvadora del oficio apostólico es especialmente más necesaria, se encuentran no pocos que desacreditan su autoridad, nosotros juzgamos absolutamente necesario afirmar solemnemente la prerrogativa que el Hijo Unigénito de Dios se digno dar con el oficio pastoral supremo.

Por esto, adhiriéndonos fielmente a la tradición recibida de los inicios de la fe cristiana, para gloria de Dios nuestro salvador, exaltación de la religión católica y salvación del pueblo cristiano, con la aprobación del Sagrado Concilio, enseñamos y definimos como dogma divinamente revelado que:

El Romano Pontífice, cuando habla ex cathedra, esto es, cuando en el ejercicio de su oficio de pastor y maestro de todos los cristianos, en virtud de su suprema autoridad apostólica, define una doctrina de fe o costumbres como que debe ser sostenida por toda la Iglesia, posee, por la asistencia divina que le fue prometida en el bienaventurado Pedro, aquella infalibilidad de la que el divino Redentor quiso que gozara su Iglesia en la definición de la doctrina de fe y costumbres. Por esto, dichas definiciones del Romano Pontífice son en sí mismas, y no por el consentimiento de la Iglesia, irreformables.

De esta manera si alguno, no lo permita Dios, tiene la temeridad de contradecir esta nuestra definición: sea anatema.

Dado en Roma en sesión pública, sostenido solemnemente en la Basílica Vaticana en el año de nuestro Señor de mil ochocientos setenta, en el decimoctavo día de julio, en el vigésimo quinto año de Nuestro Pontificado.

NOTAS
22. Mt 16:18.
23. Fórmula del Papa Hormisdas, 11 de agosto de 515.
24. De la profesión de fe del Emperador Miguel Palaeólogo, leída en el segundo Concilio de Lyon, sesión IV, 6 de julio de 1274.
25. Concilio de Florencia, sesión VI.
26. San Bernardo, Carta 190 (Tratado a Inocencio II Papa contra los errores de Abelardo ) (PL 182, 1053D).
27. Lc 22,32.

Infalibilidad Episcopal

Los obispos están preservados de error por el don de la infalibilidad cuando todos ellos se reúnen en concilio general o cuando, dispersos por el mundo, proponen una enseñanza de fe o de moral que debe ser sostenida por todos los creyentes.

Condición esencial para la Infalibilidad Episcopal
Para que las enseñanzas de los obispos sean infalibles se requiere que estén en unión con el Obispo de Roma (el Papa) y que la enseñanza esté sujeta a la autoridad del Papa. El ámbito de esta infalibilidad, como la del Papa, incluye no solo las verdades reveladas sino también cualquier enseñanza vinculada a la revelación divina (Ej.Datos históricos, principios de filosofía, normas de la ley natural).

 

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Alrededor del año 58 de nuestra era vivían en Jerusalén varios miles de judíos creyentes, miembros de la Iglesia Católica recién fundada por Jesucristo que le ordenó ser “Católica y catolizante”. Así lo afirmaban los responsables de la Iglesia a Pablo: "Ya ves, hermano, cuantos miles de judíos son ahora creyentes y todos son fieles observantes de la Ley" (Hch 21,20).

 

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Estatuilla romana del 60/65ca. contemporánea a San Pedro en Roma.

 

La Cabeza de la Iglesia

 

El servicio jerárquico en la Iglesia es reconocido por los católicos, los ortodoxos orientales separados de Roma desde el 1054, y muchos protestantes. Sólo lo rechazan los racionalistas.

Además de jerárquica, Cristo la quiso también monárquica, ya que Jesús confirió la plenitud de poderes pastorales (el primado de jurisdicción) a un apóstol determinado, a Pedro, constituyéndolo cabeza visible de la Iglesia fundada por El.

El problema del primado de Pedro se centra en la interpretación del famosísimo pasaje del Evangelio de San Mateo (16, 13-20):

"Al llegar Jesús a la región de Cesarea de Filipo, preguntó a sus discípulos: ¿Quien dice la gente que es el Hijo del hombre? Ellos dijeron: Unos, que Juan Bautista; otros que Elías; otros, que Jeremías o uno de los profetas. El les dijo: Vosotros, ¿quien decís que soy yo? Tomando la palabra Simón, dijo: Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo. Jesús le respondió: Bienaventurado eres, Simón, hijo de Juan, porque no te lo ha revelado la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Yo te digo que tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. Te daré las llaves del reino de los cielos, y lo que atares en la tierra será atado en los cielos, y lo que desatares en la tierra, será desatado en los cielos.

Entonces ordenó a sus discípulos que no dijesen a nadie que El era el Cristo".

Pocos textos de la literatura universal han sido sometidos a crítica más severa y apasionada que este, ya que interpretarlo en un sentido o en otro repercute en su significado doctrinal y práctico. Para desvalorizar el texto la crítica acatólica ha tratado de negar su autenticidad o de darle una interpretación que no tuviese nada que ver con el primado de jurisdicción.

Hasta finales del siglo pasado ningún exégeta protestante o racionalista había puesto en duda la autenticidad literaria del texto de Mateo; ni Lutero, ni Calvino, ni racionalistas tan radicales como Strauss, o Baur. Solamente hacia finales del siglo XIX y primeros decenios del siglo XX Grill, Schnitzer, Guignebert, Loisy y Buonaiuti comenzaron a hablar de interpolación. Según su opinión una competente mano cristiana había añadido al texto al evangelio de Mateo entre el año 130 y 190 para justificar el primado de la Iglesia romana, atribuyéndolo después a Cristo. Fundamentaron su tesis en la imposibilidad del hecho mismo, ya que Jesús no podía pensar en una iglesia monárquica porque creía que el fin del mundo era inminente. También era difícil creer que Jesús confiara tal misión a un hombre tan débil como Pedro. Confirmaron además su sentencia en el hecho que Marcos y Lucas nada dicen en su evangelio de la promesa del primado de Pedro en el mismo episodio de Cesarea de Filipo.

Esta teoría no es válida porque este texto del primado de Pedro no falta en ninguno de los 4000 códices anteriores al siglo IX; ni en los códices de las versiones hechas durante los primeros siglos, ni en la primera "Armonía Evangélica" de Taciano (70), ni en los Padres de la Iglesia anteriores al siglo IV. Además en la antigua iconografía cristiana y en la liturgia siempre se representa a Pedro con las llaves, alusión clara del texto de Mateo.

Otro argumento para desmentir la teoría racionalista es que resulta incomprensible que una interpolación hecha con fines propagandísticos se haya realizado sólo en el primer evangelio y no en los otros dos sinópticos también. Una armonía en este sentido hubiera dado al truco mayor credibilidad y más colaboración al fin que se pretendía alcanzar.

Ante tal evidencia la crítica protestante ha perdido mucha de su seguridad aunque subsiste todavía la objeción ciertamente consistente del silencio de los sinópticos en los lugares paralelos.

¿Por que no aparece el texto en Marcos y Lucas? El historiador Eusebio (siglo IV) resolvió esta duda recurriendo a un sentido de modestia de Pedro, quien, al predicar en Roma, pasó por alto, por motivos de humildad, un episodio tan honorífico. Esta es la razón por la que Marcos, que transcribe la predicación de Pedro, no lo registra y consiguientemente tampoco Lucas que sigue el orden de Marcos.

Así, podemos señalar que el silencio de uno o más evangelistas no quitan valor a las afirmaciones del otro.

Una vez desmentida la teoría de la interpolación, otros eruditos protestantes y racionalistas usan las hipótesis de las evoluciones espirituales que les sugieren los principios del "método de la historia de la forma". Según esto, el texto es original de Mateo, quien envuelve a Pedro en una aureola de preeminencia que fácilmente la conciencia cristiana transformó en primado de autoridad.

Mateo escribe lo que le sugiere la evolución espiritual producida en su alma; ya que Cristo no tenía intención de fundar una Iglesia pero esta estaba surgiendo de sus doctrinas espontáneamente al momento en que se escribía este evangelio.

Según el presupuesto racionalista, Jesús, un israelita, no podía concebir una sociedad distinta de la sinagoga de la que era hijo. Esto significa negar su divinidad. Además, ¿cómo podrían haber concebido la Iglesia los primeros apóstoles, especialmente San Pablo, que eran también hebreos y muy simpatizantes de sus instituciones nacionales?

Mateo no idealiza la figura de Pedro, ya que nos relata que inmediatamente después de la gran confesión de la divinidad de Jesús que da ocasión al Maestro de proclamarlo fundamento de la Iglesia lo llama también "Satanás" porque intentó disuadirlo de la pasión y muerte (Mt. 16, 23). Nos da a conocer también la triple negación de Pedro mostrando que era un hombre débil (Mt. 26, 69-75).

Asimismo, la crítica protestante ha querido interpretar el texto de Mateo excluyendo la persona de Pedro. Una exégesis semejante falsifica por completo su sentido, ya que Jesús repite dos veces:

"Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificare mi Iglesia". El texto aramaico del que depende la traducción griega de Mateo debía emplear el mismo termino (Kefa) en el primero y segundo miembro de la proposición para indicar la identidad de personas. Para indicar que se trata de la persona de Pedro Jesús menciona incluso el nombre del padre del apóstol: Bienaventurado eres, Simón, hijo de Juan ..."

Tampoco es convincente el motivo aducido por los racionalistas, es decir, la imposibilidad de elegir como fundamento de la Iglesia a una persona tan débil como Pedro. Jesús no escogió a Pedro por sus cualidades naturales. Será la gracia de Cristo quien lo convierta en roca inconmovible y segura. No es pues extraño que Jesús, consciente de ser el Mesías, el Hijo del hombre profetizado por Daniel (Dan.7, 13) pudiese pensar en una comunidad, la Iglesia, y fundamentarla sobre Pedro.

Resuelto el problema sobre la persona de Pedro, veremos ahora el del primado que Cristo le prometió. Para definirlo Cristo empleó tres metáforas:

Metáfora del Fundamento.- Jesús compara a Pedro a los cimientos de una casa, los cuales dan cohesión y estabilidad a las diversas partes entre sí. Si son sólidos, la casa será compacta y firme; si son débiles, la derribará la primera tempestad. El mismo Jesús recordó esta función del fundamento en la parábola del hombre que edificó su casa sobre piedra; mientras la casa fundamentada en la arena se abate ante el empuje de la tempestad la construida en piedra resiste firme (Mt. 7, 24-27). Si Pedro es el fundamento de la Iglesia debe ser la causa de su unidad y estabilidad. Por lo tanto, tiene la autoridad o potestad de jurisdicción.

Metáfora de las Llaves.- La potestad de jurisdicción de Pedro también está en la segunda metáfora: "Te daré las llaves del Reino de los cielos" (Mt. 16, 19). Las llaves en lenguaje bíblico y profano son el símbolo del dominio. El que tiene las llaves de una sociedad posee la potestad de jurisdicción. Otros ejemplos en la Biblia son:

Cuando Isaías quiere expresar la substitución de Sobna que ocupaba un alto cargo administrativo en la corte de Ezequías por Eliaquim emplea la metáfora de las llaves (Is. 22,19-22)

En el Apocalipsis se aplica la metáfora al mismo Cristo para indicar su dominio soberano (Ap. 3, 7).

Metáfora de Atar y Desatar.- Esta imagen significa también la misma potestad de jurisdicción, ya que atar y desatar es lo mismo que poner o quitar un lazo. En nuestro caso significa abolir las leyes que obligan en conciencia, porque las leyes son.

El único vínculo moral que aprisiona a los hombres. La potestad de jurisdicción es monárquica sobre Pedro porque Cristo se dirige a el y no a los otros apóstoles. Su poder es ilimitado porque no da cuentas más que a Dios. En esta potestad está implícita la infalibilidad.

Ante la teoría protestante de los extractos (Schichtentheorie), que concibe la Iglesia como era el día de Pentecostés, algo incompleto, rudimentario, que va construyéndose poco a poco, y donde Pedro es el principio, el punto de arranque de un edificio, la Iglesia, que se va construyendo en el curso de los siglos hasta que llegue la segunda venida de Cristo. Por eso el poder que se le confiere no es de jurisdicción. Esta teoría no es válida porque la Iglesia desde el primer día de su existencia aparece ya como un organismo viviente que, aunque crece y se desarrolla, es, sin embargo completa en sus partes, como es completo el cuerpo de un adolescente que tiende a la juventud y madurez.

Cristo lo confirma después de su resurrección cuando se aparece a los discípulos en el lago de Tiberiades. Le pregunta a Pedro si lo ama tres veces y le dice que apaciente sus ovejas (Jn.. 21, 15-18).

Le deja ver sus tres negaciones la noche de la Pasión, que ahora Jesús quiere borrar con esta triple afirmación de fe y de amor. El apóstol ha cambiado; la presunción e impetuosidad han desaparecido: ahora Pedro es humilde y desconfía de sí mismo. Es "pastor" de un rebaño confiado a el por Dios. El sentido bíblico de "apacentar" y de "pastor" es el de una prerrogativa del rey, es decir, a aquél que tiene el poder de jurisdicción. Ejemplos:

El Antiguo Testamento llama a Dios "pastor" (Sal. 23, 1) y los reyes son los representantes.

"Así habla Yahvé, Dios de Israel, sobre los pastores que guían a mi pueblo: "Vosotros habéis dispersado mi rebaño..." (Jer.23,2)

"Yo les suscitare un pastor que los apaciente, mi siervo David" (Ez. 34, 23).

Jesús se llama el "buen pastor" (Jn.. 10, 11).

Incluso en el mundo profano, Homero llama a Menelao "pastor de pueblos".

Por eso Jesús, constituyendo a Pedro pastor de su rebaño, de los hombres redimidos por El, le entrega el poder de jurisdicción sobre ellos, ilimitado en su orden. Así pues Pedro es el vicario de Cristo en el sentido pleno de la palabra.

Pedro ocupa una posición preeminente en el Nuevo Testamento. Encontramos su nombre 114 veces en los cuatro evangelios y 57 en los Hechos de los Apóstoles. Jesús pone de relieve la figura de su futuro vicario:

Lo elige después de hacer ante el un gran milagro (Lc. 5, 1-11).

Se sirve de su barca para predicar a las gentes (Lc. 5, 3).

Se hospeda en su casa (Mc. 1, 29).

Sana a su suegra (Mt. 8, 15).

Lo asocia en el pago al tributo (Mt. 17, 24-27).

Lo elige con Santiago y Juan para asistir a la resurrección de

la hija de Jairo (Mc. 5, 37), a la transfiguración (9, 2) y a

la agonía en el Getsemaní (14, 33).

Es al primero que lava los pies en la última cena (Jn.13,6). 8) Es al que primero se aparece resucitado (Lc. 24, 34).

Es al único de los doce que nombra para que se le comunique el

mensaje de Pascua (Mc. 16, 7).

La importancia que Jesús concede a Pedro se manifiesta particular mente en el hecho de cambiarle de nombre: "Tú eres Simón, el hijo de Juan; tú serás llamado Cefas (que significa piedra) (Jn.1,42).

El hecho lo recoge también Marcos (3,16). El cambio de nombre entre los hebreos tenía un carácter simbólico. Como Abram fue llamado Abraham porque sería padre de muchos pueblos (Gen. 17, 5), así a Simón se le llama Pedro porque sería la piedra angular de la Iglesia, el apoyo de sus hermanos en la fe (Lc. 22, 31-32).

Por su parte Pedro durante la vida pública del Maestro se da cuenta de su importancia aún cuando no había comprendido todavía la misión a que estaba destinado. Es el interprete ante Jesús de los sentimientos de los otros apóstoles. Después de la pesca milagrosa es el que expresa el asombro de todos (Lc. 5, 8); cuando Jesús promete la Eucaristía muchos son los discípulos que lo abandonan pero Pedro se encarga de ratificar al Maestro su solidaridad y la de los doce (Jn. 6, 68). Si en la pequeña comitiva asoma una duda Pedro la expone a Jesús (Lc. 12, 41; Mt. 15, 15).

Y hay que notar que no es únicamente Mateo, el evangelista del primado, el que subraya la importancia de Pedro sino que son todos los sinópticos. Juan se ocupa menos de Pedro, pero es por el carácter peculiar de su evangelio. No obstante recuerda el cambio de nombre (1, 42) y la entrega del primado (21, 2 ss.).

Después de la Ascensión de Jesús y la venida del Espíritu Santo, Pedro se dedica por completo al ejercicio de sus funciones:

Propone completar el colegio de los doce con la elección de Matías (He. 1, 15 ss.).

El día de Pentecostés habla en nombre de los otros apóstoles (2, 14 ss.).

Defiende ante las autoridades judías el derecho que tienen a predicar (4,8 ss.).

Condena a Ananías y Safira (5,1-11).

Inicia la conversión de los paganos admitiendo a Cornelio en la Iglesia (10,47).

Preside el concilio de Jerusalén (15,11 ss.).

San Pablo en sus cartas atribuye suma importancia al jefe de los apóstoles:

Después de los años pasados en Arabia viene a Jerusalén para ver a Pedro (Gál.1,18).

Reconoce que es una de las columnas de la Iglesia (Gál.2, 9).

Lo coloca el primero en las apariciones de Cristo resucitado (I .15,5).

Incluso en el incidente de Antioquía donde Pablo censura el comportamiento de Pedro (Gál.2,11ss.), confirma el primado de este, ya que reconoce su autoridad.

El problema de la sucesión de Pedro es la gran controversia que desde hace 900 años divide la cristiandad occidental de la oriental (ortodoxa) y desde hace 400 a los católicos de los protestantes.

Jesús no habló explícitamente de los sucesores de Pedro pero el motivo de este silencio se debe buscar en el hecho que Jesús quería tener oculto el día de la parusía. Si hubiese hablado claramente de los sucesores se habría visto obligado a decir que la parusía no vendría tan pronto, mientras prefería dejar la cosa en suspenso.

Recordemos una vez más las palabras de Jesús: "Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificare mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella..." (Mt. 16, 18).¿ La expresión "contra ella" se refiere a la piedra sobre la que la Iglesia está fundada o a la misma Iglesia? ¿Contra quien no prevalecerán las puertas del infierno, las potencias del mal, contra la piedra o contra la Iglesia? Cualquiera que sea la respuesta el sentido viene a ser el mismo en los dos casos. Si se refiere a la piedra entonces debemos concluir que esta y, por consiguiente Pedro con quien se identifica, no podrá morir ni sucumbir ante ninguna potencia del mal. De ser así el apóstol tendrá necesariamente sucesores, pues, su persona física morirá dentro de pocos años y Jesús lo conoce tan bien que predice incluso el modo (Jn.. 21, 18).

Pero Pedro debe tener sucesores aun en el supuesto que "contra ella" se refiere a la Iglesia. ¿Por que las potencias del mal no podrán destruir la Iglesia? La respuesta nos la da el contexto: porque está fundada en una roca bien firme, Pedro. En un cierto sentido el es la causa que impedirá toda destrucción en la Iglesia. Por tanto si Pedro es un hombre destinado a morir después de unos años de haber recibido la promesa de Cristo mientras la Iglesia continuará hasta el fin de los tiempos, significa que la piedra fundamental que garantiza su unidad y solidez no es Pedro en cuanto persona física sino en cuanto revestido de una autoridad que se continuará en sus sucesores cuando el desaparezca. La Iglesia no está fundada sobre una persona sino sobre un oficio encarnado en una persona determinada y destinado a persistir en una serie indefinida de eslabones hasta el día que Jesús vuelva a juzgar vivos y muertos. Por tanto Pedro continuará viviendo en sus sucesores, desempeñando su oficio de roca incluso cuando su persona física haya dejado la escena del mundo.

Para determinar quien es el sucesor de Pedro debemos fijarnos en la historia. Si debe existir un sucesor de Pedro no puede ser otro que el obispo de Roma, el Papa, la única persona en el mundo que se proclama sucesor de Pedro desde hace veinte siglos y por consiguiente vicario de Cristo. La sede es Roma debido a que Pedro después de haber gobernado las sedes episcopales de Jerusalén y Antioquía eligió a Roma como sede definitiva, determinando así que quien le sucediese en la Iglesia de Roma le sucedería también en el gobierno de la Iglesia universal.

La estancia de Pedro en Roma es uno de los hechos más ciertos y al mismo tiempo más discutidos de la historia eclesiástica. En el Nuevo Testamento no indica claramente que Pedro haya estado en Roma, quizá por precaución por la persecución existente, pero tampoco la excluye. Después de la persecución de Herodes los Hechos de los Apóstoles dicen que Pedro marchó a "otro lugar" (12, 18), sin precisar más, pero sabemos por la antigua tradición que este "otro lugar" fue Roma, aunque desconozcamos los motivos que indujeron a Lucas a ocultarlo.

Sin embargo, hay varios testimonios históricos demostrados que confirman la estancia de Pedro en Roma:

El mismo apóstol en su primera carta escribe: Os saluda la Iglesia de Babilonia" (I Pe. 5, 13). Babilonia es un nombre alegórico para la ciudad de Roma en la literatura apocalíptica de entonces. El Apocalipsis llama a Babilonia ciudad emborrachada de la sangre de los santos y de los mártires de Jesús (17, 5 ss.).

Clemente Romano (96), obispo de Roma, en su carta a los Corintios recuerda el martirio de Pedro y Pablo en Roma.

Ignacio de Antioquía en su carta a los Romanos (107) recuerda expresamente a Pedro y Pablo: "NO os mando como Pedro y Pablo".

Dionisio de Corinto en un fragmento de la "Historia Eclesiástica" de Eusebio, alude al martirio de Pedro y Pablo en Italia y por consiguiente en Roma.

El presbítero Cayo, escribiendo contra el montanista Proclo que exaltaba Hierápolis por tener la tumba del diácono Filipo, ensalza la autoridad e importancia de Roma porque en el Vaticano y en la vía Ostiense se encuentran los "trofeos", es decir las tumbas, de los apóstoles.

San Ireneo, obispo de Lión (hacia el 200), alaba la iglesia de Roma porque la habían fundado y organizado Pedro y Pablo (Adversus Haereses III,3, 2).

A partir del siglo tercero los testimonios abundan en toda la cristiandad sin que aparezca nunca quien contradiga esta opinión. No obstante la importancia de Pedro, ninguna ciudad antigua, ni siquiera Antioquía, intentó nunca el honor de ser el lugar del martirio y de su sepultura. Hasta las exuberantes leyendas de los evangelios apócrifos no colocan nunca a Pedro actuando en otra ciudad distinta de Roma.

Pedro escogió Roma para sede episcopal determinando así que el que le sucediese en Roma le sucedería también en la dirección de toda la Iglesia. El hecho de la venida del príncipe de los apóstoles a la ciudad eterna y de su episcopado romano son el fundamento histórico del primado del Papa en la Iglesia Universal. Jesús no precisó ni el lugar, ni el modo, ni la sucesión, así que Pedro era libre de determinar en este sentido.

La historia confirma el primado de Pedro en la Iglesia Universal. Las otras iglesias siempre se dirigen a Roma cuando surgen problemas o es necesario hacer aclaraciones:

Clemente, obispo de Roma y tercer sucesor de Pedro, a finales del siglo I, habla a los Corintios sublevados contra sus presbíteros y obtiene su obediencia aún siendo una iglesia oriental fundada por Pablo. Tenían más cerca en Éfeso a Juan Evangelista y, sin embargo, se dirigen a Roma. Clemente escribe no como mediador sino como superior.

El Papa Víctor hacia el 190 amenaza con excomunión a las iglesias de occidente y oriente que no acataran su mandato sobre el día en que se debía celebrar la Pascua del Señor. Nadie discute su autoridad.

El Papa Esteban (siglo III) apela a la tradición y logra la obediencia de todas las iglesias y logra la unidad cuando se presenta el problema de la validez del bautismo conferido por los herejes.

Durante los tres primeros siglos todos recurren a Roma para cualquier problema:

Herejes como Marción, Cerdón, Proclo de Hierápolis, acuden al Papa para que apruebe sus ideas.

Obispos como Basílides y Marcial de España, Faustino de Lión, Felicísimo, Pedro de Alejandría y en el siglo IV Atanasio, piden ayuda al Papa cuando ven en peligro sus derechos.

Grandes figuras como Ignacio de Antioquía y San Irineo saludan a Roma como la "que preside".

 

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...guarda el depósito. Evita las palabrerías profanas, y también las objeciones de la falsa ciencia; algunos que la profesaban se han apartado de la fe.

-I Timoteo 6,20-21.

 

La paciencia de nuestro Señor juzgadla como salvación, como os lo escribió también Pablo, nuestro querido hermano, según la sabiduría que le fue otorgada. Lo escribe también en todas las cartas cuando habla en ellas de esto. Aunque hay en ellas cosas difíciles de entender, que los ignorantes y los débiles interpretan torcidamente - como también las demás Escrituras - para su propia perdición.
-II Pedro 3,15-16

La Tradición engendra la Escritura: “Así pues, hermanos, manteneos firmes y conservad las tradiciones que habéis aprendido de nosotros, de viva voz o por carta”.
-II Tesalonicenses 2,15

 

Con todo, la Tradición, según el espíritu de los dos grandes precursores del Concilio Vat. II, J.A. Möhler y J.H. Newmann, no es una entidad petrificada; es una tradición viva. Es un acontecimiento en el Espíritu Santo, que guía a la Iglesia a la plenitud de la verdad, según la promesa del Señor (cf. Jn 16, 13), revelándonos sin cesar el Evangelio, que nos ha sido transmitido una vez para siempre, y haciéndonos progresar en la comprensión de la verdad revelada una vez para siempre (cf. Dei Verbum, 8; DS 3020). Según el obispo mártir san Ireneo de Lyon, es el Espíritu de Dios quien mantiene joven y vigoroso el patrimonio apostólico que nos ha sido transmitido una vez para siempre (cf. Adversus haereses III, 24, 1:  Sources chrétiennes, n. 211, París 1974, p. 472).

 

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«La Iglesia, por una tradición apostólica, que trae su origen del mismo día de la Resurrección de Cristo, celebra el misterio pascual cada ocho días, en el día que es llamado con razón "día del Señor" o domingo. En este día los fieles deben reunirse a fin de que, escuchando la palabra de Dios y participando en la Eucaristía, recuerden la Pasión, la Resurrección y la gloria del Señor Jesús y den gracias a Dios, que los “hizo renacer a la viva esperanza por la Resurrección de Jesucristo de entre los muertos" (I Pe, 1,3). Por esto el domingo es la fiesta primordial, que debe presentarse e inculcarse a la piedad de los fieles, de modo que sea también día de alegría y de liberación del trabajo. No se le antepongan otras solemnidades, a no ser que sean de veras de suma importancia, puesto que el domingo es el fundamento y el núcleo de todo el año litúrgico».

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Jarra romana en bronce al época en que Pedro y Pablo mueren

 mártires de la Iglesia Católica glorificando al Señor Jesús.

 

El ministerio petrino al filo del Tercer Milenio.

 

"Lo que está en cuestión es saber lo que significa el Primado en la vida de la Iglesia, es decir, cuál es el sentido de esta realidad establecida para la salvaguardia de la Revelación --la cual, repitámoslo, no tiene su principio ni en el papa ni en los obispos" (J. A. Möhler, Recensión de: A. Gengler, "Der Glaubensprinzip der griech. Kirche im Vergleich der röm. kath. Kirche, ThQ 13 [1831]658-659)

En el reciente encuentro ecuménico que tuvo lugar en el Monte Sinaí, Juan Pablo II nos ha recordado de nuevo la audaz propuesta de pensar juntos las formas de ejercicio del ministerio petrino, hecha recientemente de modo explícito y muy pensado en su encíclica Ut unum sint.

En ella, el Papa afirma abiertamente, desde el principio, que "una cosa es el depósito mismo de la fe, &, y otra la manera como se expresa" [1] y reconoce, por tanto, que es necesario distinguir entre el patrimonio de la fe evangélica, las exposiciones teológicas y los modos de ejercicio histórico, entre los que se encontrarán expresiones de la debilidad y la mediocridad e incluso del pecado y de las traiciones de los hombres, incluidos los ministros [2] . En conclusión, Juan Pablo II expresa su deseo de "encontrar una forma de ejercicio del primado que, sin renunciar de ningún modo a lo esencial de su misión, se abra a una situación nueva" [3] .

A esta petición ha respondido un considerable esfuerzo teológico [4] . Conclusión primera de sus aportaciones parece ser la necesidad de ir al fondo teológico de las enseñanzas conciliares. Pues se ve claramente que no es suficiente contentarse con criticar límites, excesos y riesgos, pasados y presentes, de las realizaciones históricas del primado; ni tampoco con intentar bosquejar formas posibles de ejercicio del ministerio petrino en un horizonte eclesiológico renovado -que suele identificarse concretamente con el de la Iglesia comunión, desarrollando en especial su dimensión de communio ecclesiarum.

Por otra parte, en el ámbito del diálogo ecuménico, el hecho de que la encíclica sigue afirmando el poder y la autoridad del obispo de Roma en el sentido de los dogmas vaticanos [5] parece impedir que desaparezcan las antiguas aporías y divergencias [6] .

Se hace necesario, por consiguiente, un esfuerzo propiamente teológico de comprensión de la naturaleza del "primado de jurisdicción", que lo sitúe al interior de una Iglesia que es sociedad y, al mismo tiempo, sacramento, realidad humano-divina de comunión. De una mejor percepción del sentido de este primado se podrá derivar luego una mayor libertad en la elección de los medios y las formas con las que responder a su misión a favor de la Iglesia, de acuerdo con las exigencias históricas de cada momento.

Para ello, es necesario, en primer lugar, acercarse a la verdad que ha querido enseñar el concilio Vaticano I, conscientes de que las definiciones de la constitución Pastor aeternus no son sólo una legitimación de los modos de ejercicio del primado propios de aquella época, y que, por tanto, no pueden explicarse únicamente por medio del análisis de aquellas circunstancias históricas y tradiciones políticas, y de sus repercusiones eclesiales -aunque, por supuesto, existan, influyan y haya que conocerlas-; sino que pretenden ofrecer una enseñanza propiamente dogmática sobre la naturaleza de este ministerio.

En realidad, el estudio riguroso del concilio Vaticano I tiende a concluir que los dogmas definidos en Pastor aeternus no constituyen un obstáculo en sí mismos, sino, más bien, si acaso, a causa de una determinada forma de interpretarlos, unilateralmente centralista, que habría generado dificultades teóricas y prácticas [7] .

En efecto, podría decirse que el problema radica menos en la comprensión adecuada de lo que ha sido definido en una eclesiología juridicista y societaria, típica del siglo pasado, que en el desarrollo consecuente y sistemático de una eclesiología de comunión que permita releer y reproponer las mismas verdades en modos nuevos. Pues el esfuerzo de precisión y análisis crítico de los términos, realizado por los Padres del primer concilio vaticano, facilita grandemente al lector curioso la comprensión de la dinámica de servicio a la unidad de fe y de comunión que quieren expresar. Su relectura, en cambio, puede encontrar dificultades a la hora de presentar con precisión semejante este ministerio en perspectivas no unilaterales, en el lenguaje y la eclesiología renovada de la comunión.

Podría decirse que, a su manera, es decir, sabiendo que hacían obra incompleta, que desarrollaban sólo algunos aspectos fundamentales de una parte de la constitución eclesial, los Padres del Vaticano I llevaron a término lo que querían hacer. La tarea que asumió el Vaticano II no se desveló más sencilla, sino quizá, al contrario, más difícil de culminar perfectamente. Así, a menudo se habla, con razón, de la presencia en sus documentos de una doble eclesiología, de perspectivas sintéticas más presentadas que desarrolladas, de caminos abiertos al andar futuro de teólogos y pastores.

Ello no significa, sin embargo, que pueda minusvalorarse en modo alguno el significado de la enseñanza del Vaticano II, cuyas aportaciones, a mi parecer, son completamente decisivas también para la recepción de los dogmas primaciales y, por tanto, para poder comprender lo esencial de la misión del ministerio petrino y encontrar las formas más adecuadas de su presencia y de su servicio en la vida de la Iglesia de este nuevo siglo que empieza.

Dando, pues, por conocido lo que dijo y también lo que no dijo Pastor aeternus [8] , vamos a intentar acercarnos más bien a la aportación propia del Vaticano II en este tema.

Recepción del Vaticano I por el Vaticano II

La Constitución Dogmática sobre la Iglesia Lumen Gentium, puede ser considerada no sólo el comentario magisterial más solemne de la enseñanza solemne sobre el ministerio petrino del anterior concilio vaticano, sino también, al mismo tiempo, una verdadera renovación del estado de la cuestión.

Conviene observar, en primer lugar, que este proceso sinodal de recepción no ha significado un redimensionamiento de la enseñanza de Pastor aeternus, como si ésta hubiese sido sólo el fruto de una tradición determinada por las estructuras eclesiales del segundo milenio y sus limitaciones conceptuales --que muchos ven simbolizadas en la separación entre orden y jurisdicción--, y especialmente por las circunstancias y desafíos propios del siglo XIX. Por el contrario, el Vaticano II ha procedido a reafirmar plena y cuidadosamente [9] la definición dogmática sobre el ministerio del sucesor de Pedro, tanto en lo concerniente al primado de jurisdicción [10] , como a la infalibilidad papal [11] .

Llama la atención, luego, el gran esfuerzo hecho para responder a las exigencias de aclaración de diversos aspectos de la doctrina, que se habían manifestado ya desde el mismo concilio Vaticano I. En ello hay que destacar, ante todo, el tratamiento sistemático del lugar del episcopado en la Iglesia.

En efecto, aun cuando se percibe en el concilio una gran preocupación por salvaguardar explícitamente en toda circunstancia las prerrogativas primaciales [12] , se nota también la voluntad de subrayar asimismo el nexo propio del sucesor de Pedro con los demás obispos y con la Iglesia. Así, por ejemplo, un rasgo tan característico de la enseñanza del Vaticano I como la dependencia de todo ejercicio del poder episcopal con respecto al primado de jurisdicción, va a ser referido ahora también al Colegio episcopal, cabeza y miembros [13] ; en este sentido puede valorarse igualmente la preocupación por presentar la infalibilidad del Papa unida a la del Cuerpo episcopal [14] .

LG intenta aclarar incluso algunos aspectos concretos de la problemática primacial, como por ejemplo el sentido verdadero del polémico ex sese, non autem ex consensu Ecclesiae [15] , manteniendo siempre una continuidad de fondo con las intenciones del Vaticano I [16] .

La importancia de estos nuevos planteamientos conciliares no reside simplemente en haber situado el ministerio episcopal en el centro de la atención. Pues aunque la enseñanza explícita a este respecto era ciertamente indispensable para una adecuada comprensión de la Iglesia, en realidad, afirmar que el obispo es un pastor verdadero, sucesor de los apóstoles, dotado con poder propio, ordinario e inmediato, que el episcopado unido al papa --y nunca sin él-- es también sujeto del poder pleno y supremo en la Iglesia y goza de infalibilidad en algunos actos de su magisterio, o que el primado de jurisdicción no separa al sucesor de Pedro del Cuerpo de los obispos, no representa novedad substancial alguna en relación con lo que era doctrina común en el concilio Vaticano I [17] .

El cambio más importante proviene de haber colocado el conjunto de la doctrina sobre el episcopado y el primado en un nuevo contexto eclesiológico, caracterizado a este respecto por una consideración radicalmente sacramental del obispo y de la Iglesia misma.

Se manifiesta así, en esta cuestión concreta, uno de los giros teológicos decisivos del Vaticano II, el paso de una eclesiología de la societas perfecta a una eclesiología sacramental [18] . Ello se ha revelado una tarea objetivamente difícil, como lo muestra la permanencia en el texto conciliar de rasgos teológicos propios de ambos tipos de pensamiento. De hecho, se reconoce generalmente que Lumen gentium ofrece una yuxtaposición de ambas eclesiologías , sin haber alcanzado aún una síntesis perfecta [19] , y que consiguió sólo parcialmente un equilibrio adecuado entre las consideraciones jurídica y comunional de la sociedad eclesial o, más concretamente, entre episcopado y primado [20] .

No parece justo, sin embargo, reducir por ello la aportación conciliar a meras fórmulas de compromiso, de modo que luego, a la hora de afrontar una cuestión como por ejemplo la relectura del ministerio petrino, se pudiese proceder a un estudio de los textos que consistiría simplemente en analizarlos para aislar y escoger en ellos el punto de vista o la idea que más se acomode al propio pensamiento. Porque así, considerando insignificante la intención magisterial o incluso rompiendo la unidad alcanzada fatigosamente por el Concilio entre las diferentes perspectivas teológicas, se caería en el peligro de minusvalorar al Vaticano II y de no tener en cuenta suficientemente sus líneas de fondo [21] .

Éstas, por el contrario, merecen atención prioritaria, y, en este caso, especialmente la consideración de la sacramentalidad del episcopado, desarrollada por el Concilio en el horizonte de una presentación de la Iglesia misma como sacramento [22] ; pues son perspectivas que parecen poder iluminar de modo nuevo el ministerio propio del obispo y su relación con la Iglesia, y, por consiguiente, también el peculiar servicio primacial del papa.

Consideración sacramental de la Iglesia

Siguiendo el camino iniciado ya por el primer documento conciliar, Sacrosanctum concilium, la constitución Lumen Gentium nos presenta a la Iglesia como "sacramento de unidad", obra del Dios uno y trino [23] , enraizada en el misterio pascual de Cristo [24] , en el cual participa el hombre misteriosamente por medio de los sacramentos, en particular por el bautismo y la eucaristía [25] . La misión de los apóstoles y de sus sucesores consiste en llevar a todos los hombres a la salvación por la predicación del Evangelio y la participación en los sacramentos [26] , y es descrita por el Concilio a partir de los tria munera sanctificandi, docendi et regendi [27] . La Iglesia, una, santa, católica y apostólica está presente en la comunidad de los fieles reunidos alrededor de su obispo en la celebración de la eucaristía [28] .

Esta presentación sacramental de la Iglesia abre perspectivas fundamentales que pueden ofrecer ya un inicio de respuesta a la dificultad ocasionada por la presentación del primado de jurisdicción como poder episcopal sobre todo fiel. En efecto, permite comprender cómo afirmar que la Iglesia entera constituye "un solo rebaño bajo un solo pastor" no pone en cuestión la existencia en la Iglesia de otros rebaños y otros pastores: la Iglesia católica una y única existe en y a partir de las Iglesias particulares [29] .

En ellas se encuentra verdaderamente presente la Iglesia y, al mismo tiempo, ellas son igualmente la misma Iglesia católica, cuya unidad y unicidad están fundadas en la participación sacramental en el mismo misterio de Cristo; de modo que la unidad que existe entre todas las Iglesias particulares no es diferente ontológicamente de la que existe en cada una de ellas [30] . Por consiguiente, la afirmación de la existencia de la Iglesia universal como una realidad de unidad que comprende a todos los fieles niega la existencia de fronteras interiores, fruto siempre de los criterios exclusivistas de un grupo humano, pero no la existencia de Iglesias particulares con sus pastores propios. En efecto, no se trata de dos realidades en competencia material; sino que, al contrario, las Iglesias particulares, en la misma medida en que son manifestación verdadera de la única realidad de unidad, constituyen necesariamente la multitudo fidelium de la única Iglesia católica.

Así pues, la comprensión conciliar de la Iglesia, como comunión sacramental que nace y vive de la participación en el misterio pascual de Cristo, hace posible tomar nueva conciencia del modo absolutamente peculiar en que subsiste la unidad de la Iglesia católica, in et ex Ecclesiis particularibus. Se abre así, al mismo tiempo, un horizonte adecuado para una comprensión del ministerio petrino plenamente teológica, es decir, no asumida de la dinámica de la vida estatal y de la consiguiente reflexión socio-política, sino enraizada en la peculiar forma del ser social de la Iglesia.

Desde diferentes perspectivas eclesiológicas, los análisis teológicos postconciliares reconocieron la importancia y desarrollaron esta enseñanza positiva del Concilio: la comunión de las Iglesias, la colegialidad episcopal y, en particular, la necesidad para el poder episcopal de permanecer en la communio Ecclesiarum. Siguiendo estas líneas de reflexión se hizo posible entrever también el lugar teológico del ministerio petrino, que aparece como punto de referencia de la unidad universal de fe y de comunión; separarse de él implica separarse de la unidad del Colegio y de la Iglesia [31] .

Desde estos presupuestos eclesiológicos renovados, será necesario ahora intentar comprender de qué manera la doctrina conciliar específica sobre el primado de jurisdicción describe adecuadamente la naturaleza de este servicio del sucesor de Pedro [32] , cómo se integra el primado romano en esta concordia y comunión de Iglesias locales, en su dinámica de sinodalidad; en pocas palabras, por qué la dependencia del obispo y de la Iglesia particular con respecto a la Iglesia universal y al colegio episcopal implica una dependencia para con el obispo de Roma tal como ha sido definida en el concilio Vaticano I.

En su enseñanza dogmática sobre el ministerio petrino, la constitución Pastor aeternus ha definido el papel irrenunciable, salvaguardado por el Espíritu, que cumple el obispo romano en la Communio eclesial, y que implica actuación concreta, dotada de autoridad, para conservar la tradición de la fe y la unidad de la Iglesia. Estas definiciones conciliares son, como tales, irreversibles, aunque desde el inicio era manifiesto que debían ser integradas con otros aspectos más olvidados en el Vaticano I.

Es necesario, por tanto, evitar el riesgo de interpretar la obra del Vaticano I y las necesidades de su recepción sólo desde lo que podrían ser sus limitaciones objetivas (la dependencia de un cierto lenguaje socio-político, de una particular relación con la sociedad y el Estado de la época, incluso, si se quiere, la dependencia de una cierta tradición eclesial); pues ello dificulta el acceso a lo fundamental de su enseñanza, a la comprensión de su intención más verdadera. El método correcto sería el contrario, acoger su intención de fondo para superar desde ahí los condicionamientos históricos particulares.

De tal modo, sería posible valorar adecuadamente también la obra del Vaticano II, que, en la novedad de sus planteamientos, no perdió de vista las intenciones fundamentales del Vaticano I. En efecto, si este concilio seguía un esquema autoritario para enseñar que la revelación de Dios, presente en la historia, es un don sobrenatural que exige la obediencia de la fe, el Vaticano II quiere también proponer al mundo la novedad del Evangelio y de la fe como don radical de Dios, pero de modo más pastoral, siguiendo un esquema dialogal, de comunicación. No abole, por tanto, lo primero, sino que lo sitúa en el horizonte de una presentación más completa de la Revelación y de su alteridad propia: la revelación es ante todo una persona, Jesucristo, manifestación absoluta de Dios y de su designio sobre el hombre, que transciende y a cuyo servicio está toda palabra o sacramento en la Iglesia, la Escritura misma [33] y todo ministerio ordenado.

El Vaticano II abre caminos precisamente porque no se limita a reflexionar sobre la relación episcopado/primado, sino que pone en primer plano a Cristo y a la Iglesia, a la Revelación de Dios y su presencia en la historia como don radical; hace posible así, con lo fundamental de su doctrina, una mejor comprensión de la relación entre el ministerio (primado y episcopado), el Evangelio y la Iglesia. Sus aportaciones más importantes para una recepción de la doctrina primacial no se cifran, pues, en el análisis de la articulación del poder, sino, más hondamente, en su integración como ministerio en el horizonte de la Revelación.

Existe, por tanto, una profunda consonancia entre sus enseñanzas fundamentales sobre la relación del ministerio ordenado con la Iglesia y los dogmas ya definidos sobre el primado papal: ahora se explicita más esta vinculación del ministerio a la Revelación y a su transmisión en la Iglesia.

Comprensión sacramental del ministerio

El Vaticano II, en continuidad con la tradición católica, va a presentar el ministerio al servicio de la permanencia en la historia del Evangelio de Jesucristo, de la presencia, por tanto, de una alteridad real, transcendente e irreductible al poder de la subjetividad humana. Para ello, sitúa la afirmación fundamental de la sacramentalidad de la consagración episcopal en el centro de su enseñanza sobre la constitución jerárquica de la Iglesia [34] .

En efecto, los obispos son presentados como verdaderos sucesores de los apóstoles, continuando durante el tiempo de la Iglesia la misión dada por Cristo a los Doce de propagar y apacentar la Iglesia, misión que pueden cumplir por su participación en el poder de Cristo y en la fuerza del Espíritu [35] . Enseña, pues, LG que el obispo recibe en su consagración la plenitud del sacramento del orden, un don espiritual y sagrado que lo capacita para obrar in persona Christi, sacerdote, profeta y rey; de modo que es Cristo mismo quien, por su ministerio, predica la palabra de Dios, administra los sacramentos de la fe, dirige y gobierna al nuevo Pueblo de Dios en su peregrinación [36] .

Evita así el Concilio, desde el inicio, comprender al ministerio como expresión de un mero poder humano, como la actividad de alguien que obraría en nombre propio o que no reenviaría más allá de sí mismo y de la propia subjetividad; y muestra, por el contrario, cómo el servicio episcopal sólo puede ser bien entendido en la Iglesia a partir de un doble descentramiento: Hacia Cristo (que actúa en el Espíritu), a través de la consideración radicalmente sacramental de la Iglesia, así como del ministerio episcopal en concreto [37] ; y hacia la Iglesia misma, a cuyo servicio existe tan radicalmente el ministerio [38] que, por su propia naturaleza, sus posibilidades de ejercicio dependen de la permanencia en su "communio hierarchica" [39] .

Así pues, siguiendo la teología sacramental común en la Iglesia occidental, de tradición agustiniana, el Concilio presenta al ministro como servidor, como instrumento de Cristo que, por medio de su Espíritu, es el verdadero sujeto que obra en la Palabra y los sacramentos, por los que construye la Iglesia en la historia.

El don espiritual recibido por el obispo en la consagración, que lo capacita para cumplir su misión, es una realidad objetiva e independiente de su voluntad. El hombre no puede determinar su naturaleza, pues él no es el verdadero sujeto de la acción, sino Cristo mismo. Tampoco es dejado a su arbitrio el objeto mismo de esta potestas, la Palabra y los sacramentos; son, más bien, realidades que pertenecen Deo et Ecclesiae, y que él está llamado a respetar y servir. Del mismo modo, el fruto no es tampoco obra del ministro, pues coincide con la Iglesia, como realidad de gracia construida por el Espíritu del Señor [40] . En realidad, el ministro no puede ni siquiera cambiar el hecho de poseer este don sacramental: es inamisible.

Así, la naturaleza "instrumental" de este servicio, por la que el verdadero sujeto de la acción es Jesucristo impide que el ministro sitúe en el centro a su propia persona; pues no puede pretender ser el principio de la vida nueva del fiel, sustituyéndose al Espíritu de Cristo, ni determinar él la naturaleza del servicio al que está llamado y de la Comunión a la que sirve. Al contrario, la misión del ministro implica en éste una subordinación radical. Su significado, su autoridad en la Iglesia radica paradójicamente en su obediencia: proviene de obrar en representación de Otro, in persona Christi, y, concretamente, guardando y transmitiendo el "depósito de la fe", estando sometido a la Palabra de Dios y a sus formas de transmisión en la historia [41] . Por ello, es esencial al ejercicio de su ministerio que su intención sea "someterse al agente principal: es decir, que quiera hacer lo que hace Cristo y la Iglesia" [42] .

La potestas ministerial aparece así como una realidad objetiva, cuya naturaleza, dinámica y fruto son independientes de la voluntad del ministro. Éste, por consiguiente, no podrá ejercerlo arbitrariamente: para poder celebrar y anunciar realmente la Palabra y los sacramentos de Cristo, el ministerio, natura sua [43] , ha de ser ejercido en la comunión de la Iglesia; pues la Palabra y los sacramentos son realidad histórica plena sólo en el ámbito de la una y única Iglesia de Cristo, y no son ni originados ni definidos por la actividad o la comprensión de los ministros. De modo que separarse de la comunión eclesial no sólo pone en cuestión la fecundidad espiritual, sino que imposibilita incluso el ejercicio del poder sagrado, en la misma medida en que la separación afecta a la substancia de la Palabra y de los sacramentos: en esa medida, el ministro, obrando, no hace nada con valor real [44] .

Ahora bien, si el obispo permanece en la communio plena, entonces su particular servicio a la Palabra y los sacramentos es instrumento necesario para la presencia de la Iglesia en la historia; de tal modo que la comunión con él se convierte en condición de la permanencia en la Iglesia para los fieles cristianos. Esta dependencia no se impone, evidentemente, con respecto al obispo en cuanto persona privada, sino en cuanto cumple su misión eclesial; se tratará pues de permanecer en la unidad de la fe que anuncia y de la realidad de comunión fruto de los sacramentos, en particular de la Eucaristía.

Se manifiesta así la base de la dimensión de autoridad de su peculiar servicio dentro de la Iglesia, del munus regendi [45] . En términos de LG: "Los fieles ...deben estar unidos a su obispo, como la Iglesia a Cristo y como Jesucristo al Padre, para que toda se integre en la unidad y crezca para gloria de Dios" [46] ; es decir, todos los fieles están llamados a vivir la diversidad de gracias, servicios y actividades dadas por el Espíritu en la unidad de los hijos de Dios, para la construcción del Cuerpo de Cristo [47] .

Así pues, gracias a la dependencia estructural con respecto a Cristo y a la Iglesia, por la que el ministro se entrega a la obra de Otro y no a la construcción de un proyecto que él mismo determina, cada uno de los obispos podrá ser llamado "principio y fundamento visible de unidad en sus Iglesias particulares" [48] . Son principio verdadero, aunque haya de ser caracterizado como "visible" o, en otros términos también tradicionales, como "secundario"; pues el principio primario de la unidad de la Iglesia y de todo don espiritual es Jesucristo, que se entrega a los hombres en el Espíritu.

El ministerio petrino

Si los obispos, sucesores de los apóstoles, están al servicio del Evangelio de Jesucristo, plenitud de la Revelación [49] , para que se conserve "siempre vivo e íntegro en la Iglesia" [50] , lo mismo ha de decirse del sucesor de Pedro. Su primado ha de ser comprendido también a partir de las líneas de fondo de la enseñanza del Vaticano II; es decir, en el horizonte descrito de una comprensión sacramental de la Iglesia y del episcopado, y, por consiguiente, en el contexto de una realidad originada por la acción de Cristo y de su Espíritu, que lo transciende y no es determinada por él, y a cuyo servicio es llamado [51] .

LG va a resumir sintéticamente el significado de su ministerio diciendo, en continuidad con el Vaticano I, que Jesucristo "instituyó en él para siempre el principio y fundamento, perpetuo y visible, de la unidad de la fe y de la comunión" [52] .

Ahora bien, como ya se ha observado a propósito del episcopado, también el Obispo de Roma está llamado a cumplir esta misión según la modalidad propia del ministerio en la Iglesia: es "principio de unidad", pero de modo "visible" y "secundario" [53] ; pues de ninguna manera es él quien instituye por sí mismo la fe, los sacramentos o la unidad de la Iglesia, que son obra del único Señor y del único Espíritu. Por tanto, la comunión con el sucesor de Pedro es realmente criterio de la permanencia en la comunión jerárquica, en la communio plena, pero no porque sea él quien las constituye, sino porque es, de hecho, signo visible y objetivo de su presencia en la historia.

Este hecho fundamental, que posibilita su particular ministerio en la Iglesia, no es ni podría ser fruto del poder del hombre llamado a tal misión; no es originado por su conciencia personal, por la perfección de su fe o por un ejercicio modélico, moralmente irreprensible, de sus responsabilidades como ministro. Pues ningún hombre --tampoco los apóstoles-- ha sido llamado por Cristo para que se sitúe por encima de la Palabra y de la Iglesia, y determine en qué debe consistir la verdadera fe, sino para que acoja el Evangelio, participe gratuitamente en la comunión abierta por Cristo y dé testimonio suyo con la gracia del Espíritu. Esta anterioridad radical de Cristo se verifica igualmente en el caso del sucesor de Pedro: sólo el Espíritu, sin el cual nadie puede decir "Jesús es el Señor", puede garantizar el mantenimiento de su testimonio en la verdad.

Por ello, puede concluirse legítimamente que sólo un don particular del Espíritu Santo puede hacer posible tal significado objetivo del ministerio petrino en su relación con la Iglesia universal. Ahora bien, este don no puede ser identificado con el fruto de ningún nuevo tipo o grado de sacramento [54] ; puede serlo, en cambio, con aquella peculiar asistencia del Espíritu -el carisma de la infalibilidad- gracias a la cual el sucesor de Pedro, en el ejercicio de su ministerio esencial [55] , no se separará de la Iglesia universal [56] . En efecto, gracias al don de esta permanencia en la verdad de la Tradición, el ministerio petrino [57] puede ser para todo fiel signo visible de la presencia en la historia de la Communio plena.

El Espíritu de Dios hace posible así la objetividad de la presencia de la Iglesia y, por tanto, la de la Palabra y los sacramentos Dei et ecclesiae, que no quedan al arbitrio de ningún hombre, tampoco del obispo de Roma [58] ; de modo que los fieles cristianos, para vivir en la unidad de la Iglesia, no dependerán de la interpretación subjetiva de la fe y de la comunión que pueda dar nadie, ni siquiera un ministro ordenado.

Por otra parte, esta particular asistencia del Espíritu califica la posición del obispo de Roma en la Iglesia de modo tal que la unidad con él es condición de la permanencia en la Communio; se hace posible así la comprensión de su peculiar "munus regendi", cuya valencia eclesiológica ha sido descrita precisamente en tales términos a propósito del ministro ordenado: para no separarse de la Communio plena, todos los fieles, entre los que se incluyen por supuesto los ministros ordenados, están llamados a vivir sus dones propios, su vocación y su misión, permaneciendo en unidad con el sucesor de Pedro.

Así entendida, la autoridad propia del sucesor de Pedro no existe nunca en la Iglesia como pura autoridad extrínseca, yuxtapuesta a su naturaleza sacramental, teniendo como único fundamento la relación de poder en la que uno es superior a otro y puede imponerle su voluntad; pues aparece siempre, según su naturaleza, como signo de la permanencia en la comunión plena de la Iglesia; éste es el motivo por el que el cristiano puede responder con el "obsequio religioso de su inteligencia y voluntad" [59] .

Aunque los conflictos existirán siempre, y la historia instruye sobre la dureza que pueden alcanzar dentro de la Iglesia, las rupturas llegarán sólo cuando desaparezca completamente el horizonte de la comunión de la Iglesia como fundamento real de la relación. El reconocimiento de la autoridad del sucesor de Pedro no excluye pues posibles divergencias o debates; pero excluye que una interpretación personal de las cosas pueda ser punto de partida suficiente para instituir otro criterio objetivo de permanencia en la unidad de la Iglesia.

Lo normal no es, sin embargo, el conflicto extremo o la ruptura. En la vida cotidiana de la comunión, la autoridad propia del sucesor de Pedro es asumida en la Iglesia por su significado como principio de unidad en la fe y en la comunión, es decir con "obsequio religioso", que, por supuesto, admite diversos grados, acordes a los diferentes modos de ejercicio de su autoridad por el ministro [60] .

En conclusión, el concilio Vaticano II constituye un momento decisivo y determinante en la renovación de la comprensión de la constitución jerárquica de la Iglesia y, en particular, en el proceso de recepción del "primado de jurisdicción" afirmado por el Vaticano I, gracias ante todo a las perspectivas fundamentales de su presentación de la Iglesia y del ministerio. Por consiguiente no puede ser considerado un mero concilio de transición, o el fruto de compromisos tales que su enseñanza, a este respecto, sería últimamente insignificante. Por el contrario aunque no recorra hasta el final todos los caminos que abre, ni muestre la solución de todas las dificultades, el magisterio del Vaticano II constituye, ciertamente, un punto de referencia indispensable también para la reflexión teológica sobre el ministerio petrino en una Iglesia comprendida como realidad sacramental de comunión.

Por otra parte, sería insuficiente igualmente contentarse sólo con paráfrasis o repeticiones de la enseñanza conciliar [61] . Las propuestas mismas de la encíclica Ut unum sint son un ejemplo autorizado de lo que significa una recepción fiel y, al mismo tiempo, audaz del Concilio Vaticano II, y una invitación a continuar el trabajo de su comprensión, profundización y desarrollo, como tarea que sigue siendo imprescindible y camino prometedor para la investigación teológica y para la vida de la Iglesia.

Notas

[1] Juan XXIII, Alocución en la inauguración del Concilio Vaticano II, AAS 54(1962)792, citado por Ut unum sint, 6.

[2] Cf. Ut unum sint, 11, 34

[3] Ut unum sint, 95b

[4] Cf., por ej., "Das Papstamt. Anspruch und Widerspruch" (hrsg. v. Johann-Adam--Möhler-Institut), Münster 1996; "Papstamt und Ökumene" (hrg. v. P. Hünermann), Regensburg 1997; Il primato del successore di Pietro. Atti del Simposio teologico, Roma, dicembre 1996, Città del Vaticano 1998; Der Papst - Garant oder Hindernis christlicher Einheit?, IkaZ 27 (1998) nº 4; H. J. Pottmeyer, Die Rolle des Papsttums im Dritten Jahrtausend, Freiburg 1999; Il ministero del Papa in prospettiva ecumenica. Atti del Colloquio, Milano, 16-18 aprile 1998 (a cura di Antonio Acerbi), Milano 1999; José R. Villar, Eclesiología y ecumenismo, Pamplona 1999, 201-255

[5] Cf. Ut unum sint, nn. 88, 92, 94, 97. Cf., por ej., J. Famerée, Le ministère de l´évêque de Rome. Une perspective oecuménique, RTL 28 (1997) 57; A. Antón, "Ministerio petrino" y/o "Papado" en el diálogo con las otras Iglesias cristianas: algunos puntos de convergencia y divergencia, in: "Il primato del successore di Pietro", Città del Vaticano 1998, 386-453.

[6] Cf., por ej., U. Kühn, Papsttum und Petrusdienst, in: "Das Papstamt ", Münster 1996, 105-116; W. Pannenberg, Evangelische Überlegungen zum Petrusdienst des römischen Bischofs, in: "Papstamt und Ökumene", Regensburg 1997, 43-60

[7] Cf. H. J. Pottmeyer, op. cit., 119; A. Acerbi, Per una nuova forma del ministero petrino, in: "Il ministero del Papa", Milano 1999, 303-338

[8] Cf., por ej., A. Carrasco Rouco, Le primat de l´évêque de Rome, Fribourg Suisse, 1990, 17-42

[9] Cf. G. Colombo, Tesi per la revisione dell´esercizio del ministero petrino, Teología 21 (1996)328-329

[10] Además del texto citado en nota n° 1, cf. por ej., LG 22b, 23a, 27b. La doctrina de Pastor aeternus se encuentra expuesta de forma sintética y muy clara también al comienzo del Decreto Christus Dominus: "In hac Christi Ecclesia, Romanus Pontifex, ut successor Petri, cui oves et agnos suos pascendos Christus concredidit, suprema, plena, immediata et universali in curam animarum, ex divina institutione, gaudet potestate. Qui ideo, .... super omnes Ecclesias ordinariae potestatis obtinet principatum" (Proemium, 2).

[11] Cf. LG 25. Sobre este aspecto de la cuestión, que no será aquí objeto de reflexión, ofrece una reciente presentación del estado de la cuestión J. F. Chiron, L´infaillibilité et son objet, Paris 1999, particularmente pp. 275-320.

[12] El papel del primado es recordado más de cincuenta veces en el capítulo III de Lumen Gentium. Como símbolo de esta preocupación, puede verse en particular la Nota explicativa praevia, nn. 1, 3, 4.

[13] LG 21b; véase igualmente lo dicho sobre las condiciones para ser constituido miembro del Cuerpo episcopal en LG 22a; cf. A. Carrasco Rouco, Ministerio petrino y sinodalidad, RCIC 13(1991)338

[14] Cf. LG 25. Puede verse, en particular, la presentación de la infalibilidad papal como la del "Romano Pontífice, Cabeza del Colegio episcopal" (LG 25c); Cf. Relatio de n. 25 (AS III.I, 251-252) y Resp. al modo 168 (AS III-VIII, 90).

[15] Cf. LG 25c

[16] Además de las citas del Vaticano I, LG retoma con frecuencia las explicaciones ofrecidas por la Relatio de Zinelli (cf. LG 22) Y, sobre todo, por la de Gasser (cf. LG 25).

[17] Cf. G. Dejaifve, Pape et éveques au premier concile du Vatican, Bruges 1961; J.-P. Torrell, La théologie de [´épiscopat au premier concile du Vatican, Paris 1961.

[18] Mientras que el concepto de societas estaba a la base de los documentos del concilio Vaticano I sobre la Iglesia, la perspectiva del Vaticano II está determinada por la evolución de la eclesiología a lo largo del siglo XX, en la que la sacramentalidad ocupa un lugar central. Cf. U. Valeske, Votum Ecclesiae, München l962; J. Frisque, La eclesiología en el siglo XX, in: "La teología en el siglo XX" (dir. por H. Vorgrimler y R. van der Gucht), III, Madrid 1974, 162-203; Y. Congar, L´Eglise. De saint Augustin a l´époque moderne, Paris 1970, 455-477; A. Antón, El misterio de la Iglesia, t. II, Madrid 1987, 406-831; R. M. Schmitz, Aufbruch zum Geheimnis der Kirche Jesu Christi, St. Ottilien 1991; P. Tihon, L´Église, in: "Histoire des dogmes" (sous dir. de B. Sesboüé), vol. III: "Les signes du salut", Paris 1995, 487-561; J. Rigal, L´ecclésiologie de communion, Paris 1997, 17-81.

[19] Cf. por ej. G. Philips, Deux tendances dans la théologie contemporaine, NRT 85(1963)225-238; A. Acerbi, Due ecclesiologie, Bologna 1975; G. Dejaifve, Un tournant décisif de l´ecclésiologie à Vatican II, Paris 1978; H. J. Pottmeyer, Kontinuität und Innovation in der Ekklesiologie des 2. Vatikanums, ThQ 160(1980)272-294; Id., Die zwiespältige Ekklesiologie des Zweiten Vatikanums: Ursache nachkonziliarer Konflikte, TThZ 92(1983)272-283; W. Kasper, Theologie und Kirche, Mainz 1987, 282-283, 293-294; A. Antón, Eclesiología posconciliar: esperanzas, resultados y perspectivas para el futuro, in: "Vaticano II. Balance y perspectivas" (dir. por R. Latourelle), Salamanca 1990, 277, 280, 284-285; O. H. Pesch, Das Zweite Vatikanische Konzil, Würzburg l993, 148-160.

[20] En estos términos, por ej., Y. Congar, Les théologiens, Vatican II et la théologie, in: Id., "Le concile de Vatican II", Paris 1984, 81

[21] Hace estas observaciones P. Krämer, Respuesta a la conferencia de C. R. M. Redaelli, in: "La recepción y la comunión entre las Iglesias", Salamanca 1997, 350-351.

[22] Cf. A. Grillmeier, Kommentar, LThK, E. I, 1966,161; G. Philips, L´Eglise et son mystère au deuxième Concile du Vatican, vol. 1, Paris 1967, 72-73, 338-342; últimamente, J. meyer zu Schlochtern, Sakrament Kirche: Wirken Gottes im Handeln des Menschen, Freiburg-Basel-Wien, 1992, 38-60.

[23] Cf. LG, 1. Tras haber mostrado la relación de la Iglesia con las tres personas de la Trinidad, el texto (LG, 2-4), añade: "Sic apparet universa Ecclesia sicuti ´de unitate Patris et Filii et Spiritus Sancti plebs adunata"´ (LG, 4).

[24] Cf. LG, 3.

[25] Cf. LG, 7.

[26] Cf. LG, 24.

[27] "Hi pastores ad pascendum dominicum gregem electi, ministri Christi sunt et dispensatores mysteriorum Dei ..., quibus concredita est testificatio Evangelii gratiae Dei ... atque ministratio Spiritus et iustitiae in gloria" (LG, 21). Esta descripción es presentada sistemáticamente por LG, 19,20,21; cf. J. Lécuyer, La triple charge de l´évêque, in: "L´Église de Vatican II" (sous dir. de G. Baraúna), Paris 1966, 891-914. Sobre el tema de los "tria munera" en general, puede verse por ej.: J. Fuchs, Magisterium, Ministerium, Regimen. Von Ursprung einer ekklesiologischen Trilogie, Bonn 1941; G. Siegwalt, L´autorité dans l´Eglise. Son institution et sa constitution, RDC 22 (1972) 120-125; L. Schick, Das dreifache Amt Christi und der Kirche. Zur Entstehung und Entwicklung der Trilogien, Bern 1982; A. Fernández, Munera Christi et munera Ecclesiae. Historia de una teoría, Pamplona 1982; L. Schick, Das munus Triplex - Ein ökumenisches oder kontroverstheologisches Theologumenon?, Cath(M) (1983) 94-118; Y. Congar, Sur la trilogie Prophete-Roi-Prêtre, RSPhTh 67 (1983) 97-116; F. Bernard, Zur Genese der Drei-Gewalten-Lehre, ÖAKR 36 (1986) 232-236; L. Schick, Teilhabe der Laien am dreifachen Amt - ein zu realisierendes Programm?, in: "Theologische Berichte" XV, Zürich-Einsiedeln-Koln 1986, 39-81.

[28] Cf. LG, III, 26. Puede verse también la formulación sintética que ofrece CD, 11.

[29] "& Ecclesiis particularibus, ad imaginem Ecclesiae universalis formatis, in quibus et ex quibus una et unica Ecclesia catholica exsistit" (LG, 23a). LG introduce esta fórmula, genial y concisa, precisamente cuando quiere caracterizar la función del papa para con la Iglesia universal y en relación con la del obispo para con la Iglesia que éste preside. El derecho canónico subrayó rápidamente el significado de esta fórmula para comprender la constitución de la Iglesia; cf. K. Mörsdorf, Die hierarchische Verfassung der Kirche, insbesonder der Episkopat, AkKR 134(1965)88-97; Id., Primat und Kollegialität nach dem Konzil, in: "Über das bischöfliche Amt" (hrsg. v. H. Gehrig) Karlsruhe 1966, 39-48; Id., Über die Zuordnung des Kollegialitätsprinzips zu dem Prinzip der Einheit von Haupt und Leib in der hierarchischen Struktur der Kirchenverfassung, in: "Wahrheit und Verkündigung" (hrsg. v. L. Scheffczyk, W. Dettloff und R. Heinzmann), München-Paderborn-Wien 1967, 1435-1445; igualmente la monografía de W. Aymans, Das synodale Element der Kirchenverfassung, München 1970, 318-366. El valor de esta fórmula para expresar la constitución de la Iglesia fue confirmado por su recepción en el CIC, c. 368; cf., por ej., H. Müller, Utrum "communio"sit principium formale-canonicum novae codificationis iuris canonici ecclesiae latinae?, PRMCL 74(1985)85-108; E.Corecco, Aspetti della ricezione del Vaticano Il nel Codice di Diritto Canonico, in: "Ius et Communio", II, Lugano 1997, 646-705; Id., Chiesa particolare, Ib., 522-530; W. Aymans, Gliederungs- und Organisationsprinzipien, in: HkKR (hrsg. v. J. Listl u. H. Schmitz) Regensburg 19992, 315-323.

[30] Cf.: "La même Eglise une et indivise se trouve également à Rome, à Philippes, à Ephèse, etc. Les groupes locaux n´en sont pas pour autant absorbés dans la communauté totale; ils gardent leur subsistance propre mais dans une unanimité dont il faut reconnaître le fondement ontologique" (G. Philips, L´Église et son mystère au lIe concile du Vatican, Paris, I, 1967, 308); para acercarse a la intención conciliar, sigue siendo un buen comentario H. De Lubac, Les églises particulières dans l´Eglise universelle, Paris 1971. Esta doctrina forma parte ya de cualquier exposición católica de la eclesiología y ha merecido la atención de la Congregación para la Doctrina de la Fe (Carta Communionis notio: AAS 85[1993]838-850);para acercarse al debate subsiguiente, puede verse, por ej., J. A. Komonchak, The Epistemology of Reception, in: "La recepción y la comunión de las Iglesias" (ed. por H. Legrand, J. Manzanares, A. García y García), Salamanca 1997, 231-257; S. Pié-Ninot, Ecclesia in et ex Ecclesiis (LG 23), in: "Ecclesia tertii millennii advenientis. Omaggio al Padre Antón" (ed. por F. Chica, S. Panizzolo, H. Wagner), Casale Monferrato 1997, 276-288.

[31] Cf. por ej. ya K. Rahner, Primat und Episkopat. Einige Überlegungen über Verfassungsprinzipien der Kirche, StZ 83(1958)321-336, publicado luego de nuevo en K. Rahner-J. Ratzinger, Episkopat und Primat, Freiburg-Basel-Wien 1961, 13-36; en este mismo volumen, también de Rahner, Über das ius divinum des Episkopats, pp. 60-125; G. Dejaifve, Peut-on concilier le collège épiscopal et la primauté?, in: "La collégialité épiscopale", Paris 1965, 289-303; J. Ratzinger, Die bischöfliche Kollegialität. Theologische Entfaltung, in: Baraúna, II, Freiburg-Basel-Wien, 1966, 44-70; recogido, junto con otros artículos importantes en Das neue Volk Gottes, Düsseldorf 1969; Theologische Prinzipienlehre, München l982, 251-281, 300-314; Kirche, Ökumene und Politik, Einsiedeln 1987, 13-96, 117-127; Zur Gemeinschaft gerufen, Freiburg-Basel-Wien, 1991, 43-97; J. M.-R Tillard, L´évêque de Rome, Paris 1984; Église d´Églíses, Paris 1987, sobre todo pp. 324-355; L´Église locale, Paris 1995, 387-552; M. Kehl, Die Kirche, Würzburg l992, 366-384; B. Forte, La Chiesa della Trinità, Milano 1995, 254-276.

[32] En la mayoría de los casos no se llevan a cabo análisis del primado en cuanto tal. En este sentido, hay que valorar en particular el gran esfuerzo realizado por J. M.-R. Tillard.

[33] Cf. B. Sesboüé, La communication de la Parole de Dieu: Dei Verbum, in: "Histoire des dogmes" (sous dir. de B. Sesboüé), t. IV: "La parole du salut", Paris 1996, 531

[34] Cf., por ej., U. Betti, Die Entstehungsgeschichte der Konstitution, in: "De Ecclesia" (hrsg. v. G. Baraúna), Bd. I, Freiburg-Basel-Wien-Frankfurt a. M., 1966, p. 56; Id., La dotrina sull´episcopato del concilio Vaticano II, Roma 19842, 364-376

[35] Cf. LG 19

[36] Cf. LG 21

[37] Cf. LG 21

[38] Cf. Relatio generalis ad cap. III: AS III-I, 210

[39] Cf. LG 21b; Nep, n° 2c

[40] Es ésta una de las grandes intuiciones formuladas por S. Agustín, que están en los fundamentos mismos de nuestra teología de los sacramentos: ningún don sagrado tiene valor fuera de la unidad y todo don sagrado, en la medida en que existe, pertenece a la Iglesia; a modo de ejemplo, véase De baptismo, III, 18, 23: PL 43,150 = CSEL 51, 214-215. Puede verse la permanencia de estas ideas por ej. en J. Ratzinger, Theologische Prinzipienlehre. Bausteine zur Fundamentaltheologie, München 1982, p. 48.

[41] Véanse, por ej., las afirmaciones explícitas de DV 10 a propósito del munus docendi; cf. B. Sesboüé, La communication de la Parole de Dieu.., Paris 1996, 541

[42] S. Tomás de Aquino, Summa theologiae, III, q. 64, a. 8, ad 1

[43] Cf. LG 21b

[44] Para el desarrollo canónico de esta idea, véanse los artículos de E. Corecco recogidos en Ius et Communio. Scritti di Diritto Canonico, Lugano 1997, vol. I, 454-485; vol. II, 283-315.

[45] Éste podría ser un buen punto de partida teológico para una comprensión de la iurisdictio que no la convierta en un poder societario yuxtapuesto a la realidad sacramental de la Iglesia. Evitar un dualismo semejante era ciertamente intención del Concilio. Texto fundamental sobre este punto es Lumen Gentium 21; sobre las dificultades de su interpretación, cf. A. Carrasco Rouco, Le primat de l´évêque de Rome, Fribourg 1990, 51-64. Como introducción general a la cuestión puede servir A. Celeghin, Origine e natura della potestà sacra. Posizioni postconciliari, Brescia 1987. El tema sigue siendo objeto de discusión; cf. recientemente, por ejemplo: Th. A. Amann, Laien als Träger von Leitungsgewalt, St. Ottilien, 1996, 66-73; F. Viscome, Origine ed esercizio della potestà dei vescovi dal Vaticano I al Vaticano II, Roma 1997, 227-243; Ph. Goyret, El obispo, pastor de la Iglesia, Pamplona 1998, 210-221; P. Krämer, Die geistliche Vollmacht, in: HkKR (hrsg. v. J. Listl u. H. Schmitz), Regensburg 19992, 149-151.

[46] LG 27

[47] LG 32; cf. también LG 7,12,30. En este sentido, el CIC 83 tras haber afirmado la igualdad fundamental de todos los fieles en la construcción del Cuerpo de Cristo, presenta así el deber primero de todo cristiano: "Christifideles obligatione adstringuntur, sua quoque ipsorum agendi ratione, ad communionem semper servandam cum Ecclesia" (c. 209 §1).

[48] LG 23

[49] Cf. DV 4

[50] Cf. DV 7

[51] Tiene particular relevancia en LG la reflexión sobre la situación del Papa en el Colegio episcopal; pero esto mismo está en el contexto, más amplio, de la enseñanza sobre la constitución jerárquica del Pueblo de Dios.

[52] LG 18 recogiendo la enseñanza del Proemio de Pastor aeternus.

[53] El concilio Vaticano I usaba explícitamente la distinction entre el principio primario de unidad, que es Cristo, y el principio secundario que El ha instituído en el papa (Cf. Relatio de Mons. Leahy: M 52, 638B-639D).

[54] Hipótesis propuesta por K. Rahner ya en Über den Episkopat, StZ 89(1963)161-195. La idea recibió fuertes críticas de inmediato; cf. ya D. T. Strotmann, Primauté et Céphalisation, Irénikon 38(1964) 187-197, al que Rahner intentó responder en la reedición de su artículo en "Schriften zur Theologie" VI, 1965, 369-422.

[55] Definiendo "ex cathedra" una doctrina "de fide et moribus". Cf. la breve explicación de Mons. Gasser: "Proinde reapse infallibilitas Romani pontificis restricta est ratione subiecti, quando papa loquitur tanquam doctor universalis et iudex supremus in cathedra Petri, id est, in centro, constitutus; restricta est ratione obiecti, quando agitur de rebus fidei et morum; et ratione actus, quando definit quid sit credendum vel reiiciendum ab omnibus Christifidelibus." (M 52, 1214B-C).

[56] "Sed ideo non separamus pontificem ab ordinatissima coniunctione cum ecclesia. Papa enim solummodo tunc est infallibilis, quando omnium christianorum doctoris munere fungens, ergo universalem ecclesiam repraesentans, iudicat et definit quid ab omnibus credendum vel reiiciendum. Ab ecclesia universali tam separari non potest, quam fundamentum ab aedificio cui portando destinatum est." (Mons. Gasser, Relatio: M 52, 1213B-C).

[57] Se trata, por supuesto, del sucesor de Pedro en el ejercicio de su ministerio en relación con la Iglesia universal, no en cuanto persona privada. Cf. Mons. Gasser, Relatio: M 52, 1213A.

[58] En este sentido puede ser comprendida la hipótesis tradicional del papa herético, que Graciano mismo retoma de la tradición canónica anterior: el papa "&a nemine iudicandus, nisi deprehendatur a fide devius" ( D. 40 c.6). Sobre este tema, cf. L. Buisson, Potestas und Caritas, Köln-Wien 1982,166-215; S. Vacca, Prima sedes a nemine iudicatur, Roma 1993.

[59] LG 25

[60] Cf. la explicación dada sobre LG 25 en Relatio de n. 25: AS III-I, 251

[61] Cf. R. Parent, Prêtre et évêque. Le service de la présidence ecclésiale, Paris-Montréal 1992, 6-7, que retoma en este contexto particular la observación general de G. Alberigo, Vatican II et la réflexion théologique, Lumière et vie nº 200 (1990) 15.

Agradecemos al autor: Alfonso Carrasco Rouco.

 

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El lugar del Primado – Tumba de Pedro

 

El dos de septiembre ‘1999’ ha desaparecido la gran arqueóloga que descubrió la tumba y los huesos de san Pedro en Roma, confirmando así los datos de la tradición. Hace un año moría Federico Zeri, historiador del arte que se contaba entre los más autorizados del mundo. Les recordamos publicando sus intervenciones, inéditas, en una conferencia en el Centro Cultural de Milán en 1990

"Margherita Guarducci es una punta de diamante". Así la definió una vez Federico Zeri, contraponiéndola a los estudiosos, filólogos y arqueólogos que pertenecen a otro tipo de personas: aquellos que someten su propio credo a las intrigas académicas, a las conveniencias ideológicas, al comercio de los cargos y de la clientela. "No es creyente en sentido estricto, pero ama el valor de la verdad". Así, Margherita Guarducci correspondía, a distancia, a las consideraciones de Zeri, sin que ni el uno ni la otra supiesen que se profesaban recíproca estima. Entre los dos había cierta sintonía, pero quizá por discreción lo demostraban sin ostentaciones. Trabajaban en distintos ámbitos de la cultura; Guarducci, insigne epigrafista, había adiestrado a Zeri en la lectura de las lápidas de su muestrario. Zeri, como historiador del arte, había defendido vigorosamente a la señorita Guarducci en lo que se refiere a la estatua de bronce del siglo séptimo de san Pedro en el Vaticano, que otros habían atribuido al escultor del siglo trece Arnolfo di Cambio.

Así, desde púlpitos distantes, y sin embargo muy sólidos, los dos habían establecido una alianza, con carácter inoxidable, que les aseguraba prudencia y resultaba vencedora. Una especie de conjunción solidaria en la denuncia de la mezquindad del pequeño mundo de los filólogos sofocados en la estrechez de sus especializaciones, ajenos a cualquier anhelo ideal. Si este cometido, en Guarducci, extraía su vigor del compromiso a defender, también a través de la cultura, la tradición de la Iglesia, en el laico Zeri se traducía en la investigación más densa y variada posible de los estímulos culturales que pudiesen contribuir a comprender el sentido de la vida.

(Marco Bona Castellotti)

 

MARGHERITA GUARDUCCI

Qué dice desde hace siglos la tradición de la Iglesia? Dice que Pedro, el pescador de Galilea, que el propio Cristo consideraba protos, el primero de sus discípulos, el príncipe de los apóstoles en aquel momento, vino a Roma a predicar la buena nueva; en Roma murió mártir bajo el mandato de Nerón en el 64, en el Circo Vaticano, fue sepultado a escasa distancia del lugar de martirio y sobre su tumba, a principios del siglo cuarto, el emperador Constantino hizo construir la gran basílica vaticana.

Esta tradición secular de la Iglesia comenzó, a partir de cierto momento, a suscitar disensiones por parte de los adversarios de la Iglesia, y los disidentes llegaron hasta el punto de que alguno se creía en la obligación de decir, contra toda veracidad histórica, que Pedro no había ido jamás a Roma, para poder negar así la presencia de la tumba de Pedro en el Vaticano. Esto es de suprema importancia, ya que decir tumba de san Pedro en Roma, en el Vaticano, significa, en cierto sentido, decir primado de la Iglesia de Roma.

Es necesario llegar a Pío XII, hombre de altísimo ingenio, de gran cultura, de enorme humanidad y dotado de un espíritu verdaderamente previsor. A penas elegido Papa, en 1939, quiso abrir a la ciencia los subterráneos de la basílica vaticana y buscar respuesta a la pregunta centenaria.

Las excavaciones comenzaron, y duraron hasta 1949. Fueron unas extrañas excavaciones, en las cuales muchos hallazgos se destruyeron y se cometieron cosas casi inauditas.

Altares como "matrioscas"*

Encontraron una necrópolis, un antiguo y vasto cementerio, que se extendía de este a oeste, paralelo al Circo de Nerón, el mismo circo en el que Pedro había sufrido el martirio. Esta gran necrópolis estaba repleta de tierra, porque Constantino, o alguien en su nombre (el papa Silvestre fue su gran consejero), quería construir la base sobre la cual se debía fundar la primera basílica en honor a Pedro.

¿Qué encontraron sobre el altar papal? Una sucesión de monumentos y de altares: unos debajo de otros, unos dentro de otros. Esto significaba que aquel lugar, el lugar de la confesión, había sido ya desde hacía tiempo, desde siglos atrás, objeto del culto a Pedro. Debajo del altar papal, que es el actual altar de Clemente VIII (1594), se encontró uno anterior, el de Calixto II (1123); dentro del altar de Calixto II, se encontró el altar de Gregorio Magno (590-604); el altar de Gregorio Magno, a su vez, se apoyaba sobre el monumento que Constantino, aún antes de construir la basílica, había mandado erigir sobre el lugar de la tumba de Pedro, y este monumento constantiniano puede ser datado entre el 321 y el 326. El monumento de Constantino comprendía otro más antiguo que se remontaba al siglo II, el primer monumento a Pedro. Después ¿qué se incluyó? Se incluyó una parte de un pequeño edificio que se encontraba adosado a un muro revocado en rojo que hacía de fondo al primer monumento de Pedro. En este pequeño edificio, había un muro cubierto de símbolos y de antiguas inscripciones (naturalmente anteriores al monumento de Constantino, ya que fueron incluidas dentro de este), cubiertas de epígrafes que indicaban, por su abundancia, la inmensa devoción de los fieles. Después, detrás de esto, se ve que el primer monumento de san Pedro tenía en el pavimento una tapadera, la cual indicaba la presencia de una antigua tumba en la tierra, sobre la que se habían superpuesto todos estos monumentos. Bajo esta tapa, desgraciadamente, no había nada. Se encontró la tierra devastada y vacía.

Mensaje de radio revolucionario

Este era el estado de las cosas cuando concluyeron las excavaciones del 1940-49. Pío XII, en su mensaje de radio de la Navidad de 1950, notificó al mundo lo sucedido en las excavaciones y dijo que se había hallado la tumba de Pedro.

Comencé a ocuparme de las excavaciones de san Pedro, después de que hubieran terminado y se publicara la relación en 1952.

Uno de los excavadores había publicado, si bien no correctamente, uno de los epígrafes que se había encontrado en el lugar donde estaba el muro cubierto de inscripciones del que he hablado antes.

Ya había tenido ocasión de ver uno de los epígrafes, en el que había intuido la lectura "Petros eni" ("eni" en el sentido de "enesti": Pedro está dentro).

Fue entonces cuando pedí a Pío XII visitar las excavaciones, pues nadie podía acceder a ellas. Pío XII me concedió el permiso. Entonces comencé a buscar la inscripción, este "Petros eni", y no estaba porque uno de los excavadores se lo había llevado a casa.

Entrado ya el 1952, trabajé hasta el 1965, han sido años de un trabajo muy intenso.

Comencé a estudiar el muro de las inscripciones, que estaba dentro del monumento constantiniano. Ahora, este muro era una selva salvaje, y yo desesperaba de la empresa pero con paciencia, empecé a tratar de descifrarlo.

Esta tarea duró meses. Fue una de las más difíciles que había hecho. Después, en un determinado momento, aferré el hilo de la madeja y llegué a comprender. Se había usado una criptografía mística, es decir, se jugaba, en cierto sentido, con las letras del alfabeto. Allí sobreabundaba el nombre de Pedro, expresado con las letras P, PE, PET, vinculado normalmente al nombre de Cristo, con el símbolo de Cristo, con la sigla de Cristo y con el nombre de María, y sobre todo dominaban, en este muro, las aclamaciones a la victoria de Cristo, Pedro y María. También se recordaba a la Trinidad, a Cristo, segunda persona de la Trinidad y así sucesivamente. En fin, toda la teología del momento estaba allí, exhibida en este muro.

A golpe de martinete

Después empecé a interesarme por los huesos de Pedro. En un primer momento ni se me pasaba por la cabeza la idea de que un día llegaría a encontrar los huesos de Pedro.

Sin embargo, mientras aún estaba descifrando las inscripciones (todavía en 1953), me acercaba cada vez más a los huesos de Pedro. Los huesos de Pedro estaban en la tumba, en la tierra, bajo la tapa, como había sostenido siempre la tradición de la Iglesia. Después, cuando Constantino quiso hacer el monumento en honor al Apóstol, los huesos fueron sacados de la tierra y envueltos en un precioso manto de púrpura y oro y depositados en este nicho, y después, se cerró el nicho para siempre. Sucedió que durante las excavaciones, los excavadores, queriendo indagar en este lugar que la tradición indicaba como el lugar de la sepultura de Pedro, no se anduvieron con chiquitas. A golpe de martinete (un instrumento para clavar los palos en el terreno duro) derribaron el altar de Calixto II para llegar, lo antes posible, a la tumba. ¿Y qué pasó? Bajo los fuertes golpes del martinete cayó, del interior del muro, una cantidad de escombros, del interior y del exterior, quiero decir, del antiguo muro revocado en rojo, y todo se volcó en esta cavidad, sobre los desgraciados huesos que Constantino había depositado en el nicho del monumento. Así, aparecieron un montón de deshechos y no se reconocieron los huesos.

En aquel momento, el jefe de la Fabrica de San Pedro era un hombre inteligente, muy pío, muy sensible para no dejar al descubierto los huesos de quien fuese, fuesen cristianos o paganos. Monseñor Cas (hombre de confianza de Pío XII) notó que entre los escombros del nicho había unos huesos. Hizo apartar los escombros, guardar los huesos dentro de una caja y la metió en un armario de las grutas vaticanas, donde permanecieron ignorados durante diez años.

Había algunos huesos con hilos de oro y minúsculos pedacitos de tejido color púrpura.

Un antropólogo de mi confianza, el profesor Correnti, examinó el grupo de huesos de la caja, y me dijo: "Mira, hay algo extraño, porque todos los otros grupos que me han hecho examinar eran de distintos individuos, estos son de uno solo". Le pregunté: "¿De qué sexo?". Me dijo? "Masculino". "¿Edad?". "Avanzada". "¿Complexión?". "Robusta".

No por "casualidad"

En el 64, las investigaciones habían terminado. En el 65 salió mi libro Las reliquias de san Pedro bajo la confesión de la basílica vaticana, y allí comenzó a desencadenarse la tempestad porque algunos, muchos de hecho, estaban contentos con el resultado; otros no. Después de mi revisión del libro, que salió en el 67, Pablo VI se vio obligado a anunciar que los huesos de Pedro se habían vuelto a encontrar.

Nosotros sabemos que Cristo fundó su Iglesia sobre la roca de Pedro y le prometió la victoria sobre las fuerzas del mal. Ahora, creo que no es simple casualidad que los huesos del príncipe de los apóstoles, se hayan - por una excepción milagrosa - conservado y que estén, precisamente, dentro de la basílica vaticana, esto es, en el centro de aquella Iglesia que - por definición - es universal. Ustedes saben que catholicós significa en griego universal.

 

FEDERICO ZERI

Me honra y me alegra hablar junto, y a continuación, de la profesora Margherita Guarducci, de la cual he ad- mirado siempre tanto su saber como su integridad moral. Esto lo digo en voz alta. Por otro lado, hace falta que advierta enseguida de que hablo como outsider, ya que no soy un creyente.

Tenía unos veinte años cuando oí hablar de los inicios de esas excavaciones. No me fue posible acceder a ellas. Y después, según fueron saliendo las publicaciones, he seguido con extrema atención, leído y meditado aquello que se escribía, y puedo decir que apenas intervino en las discusiones la profesora Guarducci, quedé profundamente convencido de sus ideas. [...]

Cuando salieron las noticias a cerca del nicho, del pequeño agujero, y al final el asunto de los huesos, quedé totalmente convencido y debo decir esto: que lo que más me ha persuadido de que los huesos encontrados en aquel nicho son los que la tradición atribuía a san Pedro, o mejor, que en la época de Constantino eran considerados los huesos de san Pedro, es el hecho de que estaban envueltos en aquel tejido del que acabamos de ver algunas diapositivas, esto es, un tejido de púrpura ( teñido con la concha que venía de la costa de Siria, de la costa libanesa) y entretejido con hilos de oro. Un tejido de este género estaba reservado exclusivamente a la máxima autoridad sagrada del imperio, esto es, al emperador, al augusto; sólo el augusto tenía este atributo de la púrpura y el oro. No existe en absoluto otra posibilidad: el mismo emperador debía de haberlas hecho envolver en aquel tejido preciosísimo, que era el símbolo de su autoridad e incluso de su voluntad. Púrpura y oro, sobre todo en la época constantiniana, son precisamente el emblema del que es la suma autoridad de ese estado universal que era el imperio romano.

Sin embargo yo, después, había hecho siempre otro razonamiento, que coincide con los descubrimientos de la profesora Guarducci, y tiene en cuenta la particular posición de Constantino con respecto a la ciudad de Roma.

La ciudad de Roma era pagana, era en su gran mayoría pagana, y los cristianos, que en el siglo tercero habían tenido la oportunidad de multiplicarse tras los muros de las grandes ciudades e incluso de tener algunos momentos felices, se habían visto rechazados.

Los cristianos habían sido totalmente el chivo expiatorio de aquella gran reconstrucción del imperio que inició Aureliano, después llevaron adelante Diocleciano y Maximiliano, y que llevó a término Constantino. [...]

En la segunda mitad de los años 20 del siglo IV, esto es en torno al 322-323, Constantino inició la construcción de los grandes edificios sagrados, dedicados a la religión cristiana. [...]

Me ha parecido siempre extraordinario que para hacer esta gran basílica, que era de enormes proporciones (tenía cinco naves y una grandiosidad sólo comparable a la del Santo Sepulcro de Jerusalén. Las máximas iglesias construidas por Constantino son la del Santo Sepulcro - el Martirion, con la añadida Anastasis, esto es, el lugar de la resurrección -, y la gran basílica construida en Roma, en la capital del imperio, edificada sobre la tumba de san Pedro); es algo extraordinario que para hacer este inmenso edificio costosísimo, importantísimo, por el cual se importó mármol de todas las partes del imperio, por el cual se sacrificaron algunos inmensos cedros del Líbano, uno de los cuales todavía existía en el momento de la demolición de la basílica al inicio del 500 bajo Julio II, y en efecto, se encontró una viga, dicen las fuentes, llena de topos y otros animales, pero que llevaba el sello del "Dominus Noster Costantinus Auguster"... para hacer esta basílica Constantino había sacrificado totalmente un edificio muy importante de la Roma pagana, el Circo de Calígula en el Vaticano.

Ahora, siempre me ha parecido que para atreverse a un acto tan importante y tan mal visto como meter mano en un circo donde había un obelisco (que permaneció en pie posteriormente hasta que Sixto V a final del 500 no quiso llevarlo a la basílica de san Pedro); que haya metido mano en este circo, que haya enterrado una gran necrópolis, donde había tumbas de importantes familias de la Roma pagana; me parece imposible que hubiese tomado esta decisión si efectivamente debajo, en el lugar donde construía esta basílica, no hubiese algo de extraordinario. No es posible creer que, ante las malignas críticas de los paganos - los cuales criticaron siempre, en los primeros siglos, la religión cristiana, o la obstaculizaron de todas las maneras posibles -, ante las críticas, Constantino no se diera cuenta de que había que edificar la basílica sobre algo concreto.

A mi entender, que allí estuviese la tumba de san Pedro con los huesos de san Pedro era algo notorio en toda la Roma pagana, bien conocido e irrefutable. [...]

Cuando han aparecido las noticias de las excavaciones y después de las investigaciones de la profesora Guarducci, he tenido la certeza de que estas investigaciones no hacían más que convalidar algo que yo, por mi cuenta, siempre había pensado, y esto es, que aquella era verdaderamente la tumba de san Pedro. [...]

Creo que muchas de las críticas dirigidas contra las investigaciones de la profesora Guarducci, contra las excavaciones, pertenecen a esa clase de crítica que no se basa tanto sobre los datos de hecho, como sobre una especie de prejuicio ideológico. Es decir, no se debían encontrar los huesos de san Pedro, no hacía falta decir que aquella era la tumba de san Pedro. Es algo muy frecuente, sobre todo cuando el asunto tiene que ver con la religión, en el caso específico, el primado de la Iglesia de Roma. [...]

Todo lo que ha dicho lo suscribo plenamente, y estoy lleno de admiración por la fuerza, la tenacidad y la constancia con la que ha conducido sus indagaciones y ha llegado a sus conclusiones. Puedo decir que si yo hubiese tenido que afrontar ciertas maldades (porque algunas han sido verdaderamente pérfidas maldades, de una sutileza casi diabólica), quizás hubiese cedido, me hubiese rendido. La profesora Guarducci ha sido un raro ejemplo de constancia, integridad y absoluta dedicación a la búsqueda de la verdad. Os lo repito, la profesora Guarducci habla como creyente, yo no soy creyente. Lo que no me impide expresarle mi alta admiración y suscribir hasta la última palabra todo lo que ha dicho.

Margherita Guarducci.

 

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Un congreso ecuménico estudiará el primado

 

Aunque la encíclica reitera que los sacerdotes católicos todavía no pueden concelebrar el Sacrificio eucarístico con otras Iglesias cristianas, Juan Pablo II ha decidido abordar el principal obstáculo -el primado del Papa- a través del mismo itinerario de estudio seguido para analizar el caso Galileo, el antisemitismo y la Inquisición.

En su encíclica «Ut unum sint» de 1995, el Santo Padre invitó a las demás Iglesias cristianas a estudiar juntos «modos de ejercer el primado que, sin renunciar a lo esencial de su misión, se abran a una situacion nueva». En varios encuentros ecuménicos ha indicado las relaciones fraternas entre los patriarcados del primer milenio como ejemplo a seguir, adaptado al nuevo mundo global. Las reticencias de buena parte de la Curia romana y los roces con la Iglesia Ortodoxa Rusa han retrasado el debate pero, entretanto, Juan Pablo II ha realizado las primeras visitas de un Papa a países ortodoxos: Rumanía y Georgia en 1999, Grecia y Ucrania en 2001, y Bulgaria el año pasado.

«Luz verde» de Moscú

El cardenal Walter Kasper, presidente del Pontificio Consejo para la Unidad de los Cristianos presidirá el próximo mes de mayo «un congreso, a nivel estrictamente académico, abierto a teólogos ortodoxos, sobre el primado de Pedro, en sus aspectos bíblicos, patrísticos e históricos». El patriarcado de Moscú ha dado «luz verde» para asistir a varios de sus expertos, y lo mismo han confirmado ya la mayoría de las «Iglesias hermanas». Esta vez, el debate se abrirá de verdad.

En el contexto de este proyecto, prometedor pero todavía desconocido para el gran público, pierden importancia las primeras reacciones de extrañeza que la encíclica ha levantado en Alemania, sobre todo en los ambientes más empeñados en el diálogo con los luteranos.

Karl Lehmann, presidente de la conferencia episcopal alemana, manifestó ayer que la nueva encíclica no supone ningún obstáculo al ecumenismo y en cuanto los fieles la lean comprobarán que no existe ningún paralelismo con el episodio del documento «Dominus Iesus», que efectivamente provocó un frenazo en el diálogo. Godfried Daneels, arzobispo de Bruselas, comentó que la nueva encíclica «supone un perfeccionamiento y, a la vez, una semilla para el futuro. La Eucaristía es un misterio riquísimo. Es como un diamante en el que se descubren nuevas facetas, cada una con luces de colores más vivos».

Juan Vicente BOO. ‘ABC’. 19 DE ABRIL 2003.

 

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Ortodoxos y católicos estudian en Roma

el primado del Papa

 

Una veintena de historiadores, teólogos y escrituristas católicos y ortodoxos han estudiado durante cuatro días en el Vaticano el primado del obispo de Roma durante los primeros siglos del cristianismo, su papel en los concilios del primer milenio y los fundamentos bíblicos de primado de Pedro. El encuentro, organizado por el Pontificio Consejo para la Unidad de los Cristianos, responde a la invitación que Juan Pablo II formuló en su encíclica «Ut unum sint» de 1994 a «encontrar un modo de ejercicio del primado que, sin renunciar a lo esencial de su misión, se abra a una situación nueva» de mejor entendimiento.

Un primado «de caridad» como el ejercido en los primeros diez siglos resultaría progresivamente aceptable a Iglesias ortodoxas y reformadas. Hace dos semanas, el arzobispo George Carey, ex-primado de la Iglesia Anglicana, propuso que los obispos anglicanos realicen también visitas «ad limina» al Papa para fortalecer la amistad entre hermanos en el episcopado.

24.05.2003

 

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¿Puede un hombre pecador ser infalible?

 

PONTÍFICES PECADORES

 

TU ES PETRUS ET SUPER HANC PETRAM

AEDIFICABO ECCLESIAM MEAM ET

TIBI DABO CLAVES REGNI COELORUM.

 

 

Si el Espíritu Santo asiste el Cónclave que elige a un nuevo papa, ¿Por que entonces se han elegido algunos papas muy pecadores y viciosos?

Pongo mi reflexión al respecto:

La Iglesia no se equivoca al elegir a un papa. Es la persona electa, la que libremente eñlige el camino del pecado.

Les invito a ver el siguiente caso:

Mateo 10, 1-5: "Y llamando a sus doce discípulos, les dio poder sobre los espíritus inmundos para expulsarlos, y para curar toda enfermedad y toda dolencia.Los nombres de los doce Apóstoles son éstos: primero Simón, llamado Pedro, y su hermano Andrés; Santiago el de Zebedeo y su hermano Juan; Felipe y Bartolomé; Tomás y Mateo el publicano; Santiago el de Alfeo y Tadeo; Simón el Cananeo y Judas el Iscariote, el mismo que le entregó. A estos doce envió Jesús..."

Analicemos lo siguiente:

1-Jesús mismo elige a doce, entre ellos a Judas Iscariote. Judas fue elegido por el mismísimo Cristo, por nadie más.

2-Jesús le da a los doce, incluyendo Judas Iscariote, poder. Cristo le da a Judas Iscariote poder, y no slo eso, también Judas I. es enviado.

Y sin embargo:

Lucas 6, 16: "...y Judas Iscariote, que llegó a ser un traidor".

Lucas 22,3 "Entonces Satanás entró en Judas, llamado Iscariote, que era del número de los Doce".

A pesar que Judas Iscariote había sido llamado por Cristo, elegido por Cristo al apostolado, recibió del mismo Cristo el poder, y fue enviado por Cristo...ese mismo Judas llegó a ser un traidor, y en ese mismo Judas que había sido llamado por Cristo y había sido revestido con poder por Cristo, en ese mismo Judas, el Diablo entró y anidó.

¿Podemos decir que Cristo se equivocó por que Él mismo en persona eligió a un traidor? ¿Cometió un error Cristo al darle poder al hombre que le traicionó?

La respuesta es obvia: Cristo no se equivocó. Fue Judas Iscariote quien libremente se dejó seducir por el Archienemigo.

Igual con los papas viciosos: la Iglesia no se equivocó, fueron ellos quienes libremente eligieron el pecado.

 

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ATAR Y DESATAR – ABRIR Y CERRAR

 

Yo no estaba hablando de atar y desatar específicamente sino del tipo del papado que aparece claramente en ese capítulo. "Abrir y que nadie cierre, cerrar y que nadie abra".  No nos vamos a poner literalistas ahora. La expresión está ahí sin vueltas y se puede conectar sin ningún problema a Mateo 16, es obvio que Jesús está trayendo ese pasaje a la mente de los doce cuando les habla de las llaves del reino. De otra manera deberíamos concluir que toda la Biblia está desconectada y no se puede asociar una cosa con la otra a menos que sea una cita literal. La expresión rabínica "atar y desatar" es sinónima como lo son miles de frases en nuestro idioma, i.e. "matar dos pájaros de un tiro"  y "dos palomas con una sola piedra" no hablan de cosas distintas sino de lo mismo. La frase está ahí aunque lo quieran negar los mentecatos del internet que no son maestros en ningún otro lado que en sus propias ilusiones.

La dirección de Dios en Isa. 22 es clara: tu eres rey pero yo soy el que te dió tu autoridad. Para mostrártelo, haré que tu mayordomo sea el monarca y tu morirás como un perro (eso es lo que Dios dice, comparad con el Magnificat) Al tiempo de Jesús los hasmoneos y los romanos dominan el reino, Cristo entonces toma los elementos mas modestos de esa sociedad perversa y en una muestra de poder soberano nombra a un pescador como su encargado sobre todas las cosas del reino.

Para mayor énfasis, el pescador va a Roma y termina conquistando la ciudad en pocos siglos. Y no solo la ciudad sino sus despojos también: la púrpura imperial, el idioma, la colina donde Pedro fuera crucificado [cabeza abajo en cruz invertida] y Pablo fuera ejecutado [decapitado] con hacha.

El que no quiere ver eso en la Biblia y en la Historia es porque no tiene ganas de verlo.

 

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«Duc in altum» (Lc 5,4) dijo Cristo al apóstol Pedro en el Mar de Galilea.

 

LAS LLAVES DEL REINO

 

La cita habla de las llaves del reino pero el término ´atar y desatar´ no se encuentra en todo el Antiguo Testamento porque es Torá oral y de ella se sirvió Jesús. 

Sin embargo en Número 30, 3 hay una pequeña referencia pero para poder encontrarla tuve que buscar en una Biblia judia porque en la nuestra, traducción de la septuaginta, hay pequeñas diferencias.

Números 30, 3

Cuando un hombre hace un voto al SEÑOR, o realiza un juramento para atar su alma con una obligación, él no romperá su palabra; él hará según todo lo que procede de su boca.

Atar en hebreo se dice "asar"; la "Mishná" (Shabbat 4,1) lo emplea comentando Números 30,3 como declarar prohibido (Strack-Billerbeck I, 738). Desatar en hebreo se dice "hittir"; la Mishná lo emplea para declarar permitido o lícito.
La sinagoga usaba ambos verbos para indicar quién estaba admitido o proscrito de la sinagoga y para la interpretación de ciertos pasajes dífíciles de la Escritura; es, pues, un empleo "técnico" para indicar autoridad no sólo en materia de disciplina [imposición y levantamiento del anatema dictado por la sinagoga; además de la Mishná, Josefo habla de ello en el de Bello Iudaico I, 111], sino también autoridad "halákica" para enseñar (en cuanto a la enseñanza, significan la interpretación autoritativa de la ley por el rabino ordenado y competente en la materia: "goza de autoridad para prohibir y permitir"). Si Jesús los aplica a Pedro y al resto de los 12, es porque desea transferir a ellos los poderes de que gozaba la sinagoga, y que quedará confirmado por Cristo resucitado en Jn 20,21-23 en cuanto al perdón de los pecados y en Jn 21,15-19 en cuanto a apacentar a las ovejas al modo de Cristo, Buen Pastor (Jn 10,11 y siguientes).

 

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LA INFALIBILIDAD PROTESTANTE es mucho

más difícil de aceptar que la infalibilidad papal.

 

… Yo también puedo aportar la experiencia que he tenido con un debate en un foro evangélico sobre el término jurídico religioso, ´atar y desatar´ ("cuanto atareis en la Tierra, quedará atado en el Cielo...") que se usaba en la Sinagoga y que hoy continua en uso,  y las objeciones que he recibido verdaderamente sorprendentes desde que ´nuestra´ traducción está errada hasta que la Tradición oral judía es una gran mentira, porque este término ´atar y desatar´ pertenece a la Torá oral.  Yo les recomendaría a los protestantes que busquen en todo el AT y no encontraran este término en ningún lado.  Jesús usó un término de la Torá oral judía.  Para poder entender qué fue lo que Jesús les dijo a Pedro y sus apóstoles debemos investigar la  Torá oral...

 

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Me sumo para hacer notar a los lectores que los que se oponen a la infalibilidad papal tienen en general la idea de que es una infalibilidad cuasi-divina.

No es así, la infalibilidad que esta doctrina reclama es muy limitada y NO incluye la posibilidad de revelar NUEVAS doctrinas, tan solo de ampliar el entendimiento del depósito apostólico de la fe.

Compárese esto con la versión de la infalibilidad protestante que declara que CUALQUIERA por el solo medio de leer la Biblia llega a conclusiones infalibles pues SIEMPRE lo guía el Espíritu Santo y como ha repetido Daniel Sapia en muchas ocasiones: el Espíritu Santo guía a TODOS los protestantes en todo, no solo en cuestiones de fe y moral sino en el total de sus interpretaciones aunque estas declaren cosas que  ni Jesús, ni los Apóstoles, ni la Biblia jamás hayan enseñado como por ejemplo "una vez salvo siempre salvo", la "llamada al altar", "la entronización de Cristo en el corazón" y muchos otros conceptos protestantes que se han hecho famosos en tiempos recientes.

Esta infalibilidad desafía la lógica pues dos personas pueden tener interpretaciones conflictivas pero aun así infalibles (según un sr. bastante ignorante en exégesis D. Sapia) a todos los dirige el Espíritu Santo.   

En suma, el protestantismo niega la limitada infalibilidad papal pero afirma una amplia y generalizada infalibilidad siempre y cuando uno sea protestante y pueda leer la Biblia. La infalibilidad protestante es mucho mas difícil de aceptar que la infalibilidad papal católica.

 

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Hola hermanos:

Quiero compartir con todos ustedes la siguiente reflexión.


Los papas viciosos y la infalibilidad pontificia

 ¿Pueden ser compatibles?

[infalibilidad : que no puede errar]

 


 
La reflexión anterior vino a mi mente, cuando en otro foro, un participante citó al gran poeta Dante y su colosal obra: La Divina Comedia.
 Dante coloca a Nicolás III en la fosa de los simoníacos, y la misma suerte le espera a Bonifacio VIII. Dante es conciente de los vicios papales de su tiempo, y se horroriza que alguien así, ocupe la Barca del Pescador. Inicia su canto 19 del Infierno así:
“¡Oh Simón mago! ¡Oh miserables sectarios suyos, almas rapaces, que prostituís a cambio de oro y plata las cosas de Dios, que deben ser las esposas de la virtud!”
Y su coversación con Nicolás III termina así:
“¡Ah Constantino! ¡A cuantos males dio origen, no tu conversión al cristianismo, sino la donación que de ti recibió el primer papa que fue rico!”
Pero observemos algo: A pesar de palabras tan duras, Dante no abjura del papado, sino que siente respeto por él:
Le dice a Nicolás III: “…y si no fuese por que aún me contiene el respeto a las llaves soberanas que poseíste en tu alegre vida, empelaría palabras mucho más severas.”
El Diablo, haciendo uso de los pecados papales de antaño, los utiliza como armas hogaño, para atacar el dogma divinamente revelado, y que le conocemos como La Infabilidad Papal.
Pero, ¿Puede un papa vicioso ser infalible? ¿Es compatible el pecado con la infabilidad?
A continuación, les presento mi reflexión al respecto:

I. ORIGEN DE LA INFABILIDAD PAPAL

Mateo 16,17-19 “Replicando Jesús le dijo: «Bienaventurado eres Simón, hijo de Jonás, porque no te ha revelado esto la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo a mi vez te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella. A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos.»”
Vemos tres hechos dogmáticos en este pasaje:

1-     Jesús le dice a Simón que es la Piedra.
2-     Le promete darle las llaves del Reino de los Cielos.
3-     Le da el poder de atar y desatar.

1- Jesús le dice a Simón que es la Piedra.
Cristo nombra a Simón hijo de Jonás con el curioso nombre arameo de Kefas (piedra, singular) que también puede ser usado como "promontorio, elevación del terreno. Lo curioso es que el nombre Kefas es como si fuera un reflejo del nombre del Sumo Sacerdote: "kaifás" (sign. "valle" o " depresión" en arameo).
Esta curiosa elección de Jesús es llamativa. El Mesías debía venir para unir la corona y el sacerdocio en la misma persona. Rey y Sacerdote a la manera de Melquisedek. Al afirmar "eres el Mesías el Hijo del Dios Vivo", Simón reconoce en Jesús al legítimo Rey y Sacerdote de Israel y acto seguido Jesús le cambia el nombre, lo llama Kefas y le entrega la "llaves" o sea, lo hace mayordomo de su casa, la casa real de David siguiendo la usanza de los reyes davídicos, algo que los apóstoles (todos judíos) parados ahí deben haber reconocido inmediatamente.
Jesús llama a Simón, Kefas, ¿por qué? Jesús quiso llamar la atención al lado espiritual de la mayordomía que estaba confiriendo en Simón Pedro por medio de ponerle un nombre que contrastara con el del usurpador del Sumo Sacerdocio, Kaifás. Este no reconocía a Jesús, pero el humilde Simón sí. Kaifás/Kefas es un sutil juego de palabras y una afirmación de la soberanía de Cristo en lo terrenal y en lo espiritual. Este reflejo (Valle/Promontorio, Pozo/Piedra) resulta extrañamente presente en la particular posición en la que Pedro fue crucificado, en forma inversa a la de Jesús como reflejando también la muerte de su Amo y Señor pero sin dignarse a la misma posición exacta. Dos reflejos místicos en la vida de este hombre designado a ser el primer vicario de la Historia.

2- Le promete darle las llaves del Reino de los Cielos
Continuando con Mateo 16, consideremos ahora el versículo 19: Y a ti te daré las llaves del reino de los cielos. Vemos que Jesús solamente dio las llaves a Pedro, no a los demás Apóstoles.  Es decir que el poder que tiene Pedro no es compartido con otros aunque la Biblia habla de que Dios abre puertas.
¿Cuáles son las "llaves del Reino"? En Mateo 16, 19, Jesús cumple una profecía bíblica: Y pondré la llave de la casa de David sobre su hombro; y abrirá, y nadie cerrará; y cerrará, y nadie abrirá. Y lo hincaré como clavo en lugar firme; y será por asiento de honra a la casa de su Padre (Isaías 22, 22-23). Es el único lugar en el Antiguo Testamento donde las llaves son simbólicas ( ver Jue 3, 25), entonces tiene que ser que Mt 16, 19 se refiere a éste.
La Iglesia es ahora la Nueva Casa del Nuevo Rey David (Hch 15, 16). El Rey Jesús tiene las llaves (Ap 3, 7) y ahora, como cualquier rey, se las confía al cuidado de su mayordomo Pedro. Algunas personas tratan de usar el argumento de que Is 22, 22 refiere a Jesús porque el profeta anunció al Señor. Es verdad que Isaías profetizó a Jesús. Pero el capítulo 22, 22-23 no habla de Jesucristo. El rey Ezequías, el descendiente real del trono de David le hace mayordomo del palacio a Eliaquim. La profecía sobre las llaves trata de Eliaquim, no del rey quien las entrega. Jesús en Apocalipsis 3, 7 tiene la llave de David, pero él no es mayordomo. Como los reyes del Antiguo Testamento, Jesús, descendiente del trono de David, da las llaves a Pedro su mayordomo. En resumen, las llaves son símbolo de autoridad.
¿Qué está haciendo Jesús? Además de cumplir la profecía de Isaías, Jesús usa un ejemplo de la realidad de su tiempo. Cada rey (David, Salomón, Herodes, César) tenía un palacio y el rey escogía un mayordomo (Ver por ejemplo Is 36, 22; Gn 41, 40) a quien le encargaba abrir y cerrar la puerta del palacio (es decir todas las oficinas de los ministros), manejar todos los asuntos de reino, sellar o no todos los documentos importantes y cuidar el tesoro del rey (Is 22, 15). Ver el papel del portero en Mr 13, 32-34. " Al igual que un hombre que se ausenta: deja su casa, da atribuciones a sus siervos, a cada uno su trabajo, y ordena al portero que vele”
Jesús es el Rey y él da este encargo a Pedro. Pedro tiene la autoridad de abrir y de cerrar, entonces él es instrumento de acceso al rey y se encarga del tesoro que Jesús nos quiere dar (mencionado en Mt 6, 20).
En Jn 10, 2-3 leemos: “…pero el que entra por la puerta es pastor de las ovejas. A éste le abre el portero, y las ovejas escuchan su voz; y a sus ovejas las llama una por una y las saca fuera”. Son dos personajes: el Pastor y el portero. El Portero tendrá las llaves por supuesto.
En resumen, Jesús tiene las llaves (Ap 3, 7) y se las da a Pedro para edificar su Iglesia. Y ésta pertenece a Jesucristo, no a Pedro: edificaré mi Iglesia.

3-   Le da el poder de atar y desatar.
El poder de atar y desatar en Mt 16, 19 se refería a asuntos legales religiosos del pueblo de Dios. Se trata de doctrina (enseñanzas) y del poder de tomar decisiones, de declarar lo que está permitido y lo que está prohibido.
Cristo le entregó la Mayordomía a Pedro después de la Resurrección:
"Simón, Hijo de Juan, ¿me amas más que éstos? Contestó: Sí. Señor, tú sabes que te quiero. Jesús le dijo: apacienta mis corderos… apacienta mis ovejas… apacienta mis ovejas". Jn 21, 15-18 

Es el último evangelio, en el último capítulo y durante los últimos momentos que Jesús compartía con los Apóstoles. Fue en esos momentos, sabiendo que los iba a dejar y habiéndoles prometido que les enviaría el Espíritu Santo, aun así, sabe que tiene que dejar a alguien como pastor visible y confirma a Pedro diciéndole que apaciente sus ovejas y corderos. Jesús había dicho que él era el Buen Pastor, y ahora que él no va a estar  físicamente, le deja esta responsabilidad a Pedro.
Entonces vemos que la Primacía de Pedro, así como su Infabilidad son de origen divino, por lo tanto, un don de la Santísima Trinidad a la Iglesia y al mundo.
La reflexión anterior conduce a la que hoy nos ocupa:

¿PUEDE UN HOMBRE PECADOR SER INFALIBLE?

A través de la historia, hubo papas de sublime santidad, muchos de los cuales derramaron su sangre por Cristo. Hubo grandes hombres de santidad y de sabiduría singular. Por desgracia, junto a ellos, hubo papas viles, viciosos y muy pecadores, tal y como Dante con dolor denunció en su Magistral Obra.
Pero el pecado, no es óbice para no creer en la Infabilidad Papal. Y deseo probar con tres puntos, que aunque un hombre sea pecador, también puede tener ese don de Dios.

Punto 1. El hecho que haya papas extremadamente santos junto a papas viciosos es una prueba que la Iglesia Católica es la Iglesia verdadera.

Mat 13:47 “También es semejante el Reino de los Cielos a una red que se echa en el mar y recoge peces de todas clases; y cuando está llena, la sacan a la orilla, se sientan, y recogen en cestos los buenos y tiran los malos”.
Cristo compara el Reino de los cielos, del cual Pedro tiene la llave, a una red que recoge peces buenos y malos. Cristo nunca dijo que en el Reino, la Iglesia, solo habría peces buenos. Él claramente habló de peces malos que en la red, caen junto a los peces buenos.
Jesús claramente dijo que en su Iglesia habría santidad y pecado.
Mejor dejemos que sea el mismo Cristo quien nos explique esa doctrina:
Mateo 13, 37-43: “Él respondió: «El que siembra la buena semilla es el Hijo del hombre; el campo es el mundo; la buena semilla son los hijos del Reino; la cizaña son los hijos del Maligno; el enemigo que la sembró es el Diablo; la siega es el fin del mundo, y los segadores son los ángeles. De la misma manera, pues, que se recoge la cizaña y se la quema en el fuego, así será al fin del mundo. El Hijo del hombre enviará a sus ángeles, que recogerán de su Reino todos los escándalos y a los obradores de iniquidad, y los arrojarán en el horno de fuego; allí será el llanto y el rechinar de dientes. Entonces los justos brillarán como el sol en el Reino de su Padre”.
Las pseudoiglesias que se ufanan de ser todos salvos y de no tener gente “pecadora” con ellos, no son Iglesia de Cristo, por que eso no fue lo que Cristo predicó.

Punto 2. Un hombre pecador sí puede ser infalible.

La infalibilidad es un don de Dios. Y es completamente bíblico que Dios un hombre muy pecador puede tener el don de la infabilidad.
Veamos al Rey David. Le dice el Profeta Natán a David:
2 Samuel 12, 9 “¿Por qué has menospreciado a Yahvé haciendo lo malo a sus ojos, matando a espada a Urías el hitita, tomando a su mujer por mujer tuya y matándole por la espada de los ammonitas?”
David pecó de adulterio y de homicidio, dos pecados graves, que violaban la Ley de Dios.
Sin embargo, después de sus graves pecados, escribió el Salmo 51, el cual es parte de las Escrituras, por lo tanto es infalible.
Si un hombre pecador no puede ser infalible, ¿Por qué entonces el Salmo 51, obra de un hombre que pecó de adulterio y de homicidio es infalible?
Es muy cierto que David se arrepintió de su pecado, y ahora es venerado como santo y profeta.
Pero el punto es que aunque un hombre peque, si Dios quiere, puede ser infalible, ya que ese es un don de Dios, no de la naturaleza humana.
Tenemos el ejemplo del Sumo Sacerdote Caifás.
Juan 11, 50-51: “’ni caéis en la cuenta que os conviene que muera uno solo por el pueblo y no perezca toda la nación’. Esto no lo dijo por su propia cuenta, sino que, como era Sumo Sacerdote aquel año, profetizó que Jesús iba a morir por la nación”.
A pesar del gran pecado de Caifás, Dios no le retiró el don de profecía, por que lo que Dios da, nadie, ni el mismo diablo, lo puede retirar.
Punto 3. Los dones de Dios son irrevocables.
Rom 11, 29 “Que los dones y la vocación de Dios son irrevocables”.
Como vimos antes, la Infabilidad Papal es un don de Dios, es una gracia divina, por lo tanto, es irrevocable, sin importar el estado espiritual de la persona. Recordemos a David y a Caifás.
Claro, un don semejante tiene una responsabilidad inmensa, y quien no se haga digno de él, el mismo Jesús advierte:
Lucas 12, 47-48: “Aquel siervo que, conociendo la voluntad de su señor, no ha preparado nada ni ha obrado conforme a su voluntad, recibirá muchos azotes; el que no la conoce y hace cosas dignas de azotes, recibirá pocos; a quien se le dio mucho, se le reclamará mucho; y a quien se confió mucho, se le pedirá más”.

CONCLUSIÓN

Después de pensar en esos tres  puntos, queda demostrado  bíblicamente que cuando Dios da un don, ni el mismo Diablo con el pecado, lo puede quitar.

 

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Humanos infalibles - No hay humanos infalibles, querido Jorge. Hay un hombre solamente que por gracia divina es muy limitadamente infalible en cuestiones de fe y moral. Esta infalibilidad es una protección para la Iglesia de Cristo que -por designio de Cristo mismo- NO PUEDE enseñar el error. La Iglesia es "columna y apoyo de la verdad" (1 Tim 3:15) Al entregarle a Pedro la Iglesia en Mateo 16 Cristo el Rey hace de Pedro su Mayordomo o Visir al estilo de los monarcas de la linea de David. Compara con Isaias 22:20-24 en el que el visir de la casa real Shebna es reemplazado por Eliakim (por orden divina). "Abrirá para que nadie cierre y cerrará para que nadie abra" Las "llaves del Reino" que menciona Jesús son una alusión directa a ese pasaje. Los primeros cristianos -todos judíos- entendieron eso pues conocian el Antiguo Testamento bien. Especialmente lo menciona Mateo cuyo Evangelio fue escrito en hebreo originalmente y con la intención de enseñar la vida de Cristo a los hebreos. Para mayor detalle sobre el papado y la infalibilidad te recomiendo leer la obra de John Henry Newman "Essay on the development of Christian Doctrine" o la de Steve Ray "Upon this Rock".

 

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¿Infalibilidad?

 

Como católico, quisiera tener una mejor comprensión de lo que significa la infalibilidad. ¿Cuándo es que podemos decir que el Papa enseña infaliblemente?

 

La palabra infalible significa literalmente “incapacidad de errar”. Por tanto, “infalibilidad” es la palabra que la Iglesia Católica utiliza para referirse al carisma (don) que ha sido dado por Dios al Santo Padre y al Magisterio (la oficina de enseñanza de la Iglesia – el Papa y los obispos) bajo ciertas condiciones. El error que comete mucha gente es pensar que esto significa que el Papa nunca puede equivocarse en nada o cometer errores de ninguna clase, incluyendo su conducta personal. Esto de ninguna manera es lo que la Iglesia enseña.

La declaración oficial sobre infalibilidad puede encontrarse en la Constitución Dogmática sobre la Iglesia de Cristo, del Concilio Vaticano Primero (Pastor Aeternus). Esencialmente, lo que dice es que cuando el Papa (1) pretende enseñar (2) por virtud de su autoridad suprema (3) sobre materia de fe y moral (4) a toda la Iglesia, él es preservado del error por el Espíritu Santo. Su acto de enseñanza es por tanto llamado “infalible” y la enseñanza que él articula es definida como “irreformable” (Cap. 4, n. 9).

La evidencia de que la infalibilidad papal es parte de la Fe Cristiana, nos viene de las Sagradas Escrituras y de la Tradición Sagrada de la Iglesia. Esta Tradición incluye desde luego el testimonio de muchos de los primeros Padres, esos hombres de gran fe quienes documentaron en sus escritos lo que se creía y se practicaba en la Iglesia primitiva.

Cuando Pedro reconoció a Jesús como el Mesías, el Hijo del Dios vivo, Jesús se volvió a él y declaró, “Y yo a mi vez te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella. A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos.” (Mateo 16: 18-19). También le instruyó acerca de apacentar Sus corderos y Sus ovejas (Juan 21: 15-17). Queda bastante claro por estos pasajes que Él quería que Pedro estuviera a cargo de Su Iglesia. Pedro, quien había cometido errores y mostrado debilidad, fue al que Cristo eligió.

Otro interesante y revelador pasaje bíblico que demuestra el plan divino que Jesús tenía para Pedro, es en el que dice, “¡Simón, Simón! Mira que Satanás ha solicitado el poder cribaros como trigo; pero yo he rogado por ti, para que tu fe no desfallezca. Y tú, cuando hayas vuelto, confirma a tus hermanos.” (Lucas 22: 31-32). Aquí, Él estaba prediciendo la negación de Pedro y aun así hay una definitiva indicación de que será preservado del error a efecto de fortalecer a los otros, el resto de la Iglesia.

Ciertamente Él sabía que Pedro no era perfecto, que había cometido errores y continuaría haciéndolo en el futuro. Pero cuando se tratara de materia de fe y moral (que son los asuntos pertinentes a la salvación), siempre tendría la asistencia y guía del Espíritu Santo. Ciertamente Cristo sabía que Pedro siempre requeriría esta ayuda; después de todo, él era un pecador que constantemente necesitaría la gracia de Dios. ¿Tendría sentido que Jesús lo hubiera dejado encargado de fortalecer a los otros y que luego permitiera que cayera en el error en su enseñanza de la fe? Recordemos que Él dijo que las puertas del infierno nunca prevalecerían contra Su Iglesia.

La infalibilidad no significa que el Papa pueda enseñar sin error sobre cualquier asunto que elija. Sólo bajo las cuatro condiciones enunciadas arriba puede decirse que enseña con una garantía de libertad de error. En realidad, sólo Dios es infalible. Ningún hombre es perfecto. Cuando el Papa enseña infaliblemente, es sólo debido a la asistencia divina de Dios, la que creemos que él ha recibido. Para nuestro Santo Padre, el sucesor directo de San Pedro, el preservar a la Iglesia en la verdadera fe es una tarea y una responsabilidad tremenda y por eso es que lo que debemos recordar diariamente en nuestras plegarias.

© Copyright Graciela (Salinas) MacKinnon

 

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En pocas palabras: si Cristo fundó una Iglesia y el diablo la corrompió y luego tuvo que venir Lutero para "reformarla": ¿Qué papel hace Cristo prometiendo una Iglesia invencible? Y si eso fuera posible: ¿Cuál de las miles de divisiones del protestantismo heredó el "Espíritu de Verdad" del que Cristo habla y que promete con tanta certeza?.

 

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"El relativismo es una auténtica dictadura que no conoce nada como definitivo, y deja como última medida ´el falso yo´ y sus pasiones"

 

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¡Cuántas veces desearíamos que Dios se mostrara más fuerte! Que actuara duramente, derrotara el mal y creara un mundo mejor. Todas las ideologías del poder se justifican así, justifican la destrucción de lo que se opondría al progreso y a la liberación de la humanidad. Nosotros sufrimos por la paciencia de Dios... Y, no obstante, todos necesitamos su paciencia. El Dios, que se ha hecho cordero, nos dice que el mundo se salva por el Crucificado y no por los crucificadores. El mundo es redimido por la paciencia de Dios y destruido por la impaciencia de los hombres. La muchedumbre de los santos de Dios nos protege, nos sostiene y nos conduce... En efecto, a la comunidad de los santos no pertenecen sólo las grandes figuras que nos han precedido y cuyos nombres conocemos... Todo nosotros somos la comunidad de los santos; nosotros, bautizados en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo; nosotros, que vivimos del don de la carne y la sangre de Cristo, por medio del cual quiere transformarnos y hacernos semejantes a sí mismo. ¡Sí, la Iglesia está viva! La Iglesia está viva y nosotros lo vemos: experimentamos la alegría que el Resucitado ha prometido a los suyos. La Iglesia está viva; está viva porque Cristo está vivo, porque él ha resucitado verdaderamente. La Iglesia está viva… S. S. Benedicto XVI - 2005-04-24, Plaza San Pedro – Colina vaticana. Italia.

 

Las definiciones que se dan de Dios son inadecuadas

 

"Dice Juan el apóstol, refiriéndose al invisible e inexpresable seno de Dios: «A Dios nadie le vio jamás, pero el Dios unigénito, el que está en el seno del Padre, éste lo explicó» (Jn 1, 18ss).

Por eso algunos lo llamaron abismo, pues aunque abarca y contiene en su seno todas las cosas, es ininvestigable e interminable. Que Dios es sumamente difícil de aprehender se muestra en el discurso siguiente: Si la causa primera de cualquier cosa es difícil de descubrir, la causa absoluta y suprema y más originaria, siendo la causa de la generación y de la continuada existencia de todas las demás cosas, será muy difícil de describir. Porque ¿cómo podrá ser expresable lo que no es ni género, ni diferencia, ni especie, ni individuo, ni número, así como tampoco accidente o sujeto de accidentes? No se le puede llamar adecuadamente «el Todo», porque el todo se aplica a lo extenso, y él es más bien el Padre del todo. Ni se puede decir que tenga partes, porque lo Uno es indivisible, y por ello es también infinito, no en el sentido de que sea ininvestigable al pensamiento, sino en el de que no tiene extensión o limites. Como consecuencia, no tiene forma ni nombre. Y aunque a veces le demos nombres, éstos no se aplican en sentido estricto: cuando le llamemos Uno, Bien, Inteligencia, Ser en sí, Padre, Dios, Creador, Señor, no le damos propiamente un nombre, sino que, no pudiendo otra cosa, hemos de usar estas apelaciones honoríficas a fin de que nuestra mente pueda fijarse en algo que no ande errante en cualquier cosa.

Cada una de estas denominaciones no es capaz de designar a Dios, aunque tomadas todas ellas en su conjunto muestran la potencia del Omnipotente. Las descripciones de una cosa se dicen con referencia a las cualidades de la misma, o a las relaciones de ésta con otras: pero nada de esto puede aplicarse a Dios. Dios no puede ser aprehendido por ciencia demostrativa, porque ésta se basa en verdades previas y ya conocidas, pero nada es previo al que es inengendrado. Sólo resta que el Desconocido llegue a conocerse por gracia divina y por la Palabra que de él procede. Lucas, en los Hechos de los Apóstoles, recuerda que Pablo habló de este modo: «Atenienses, veo que vosotros sois, por todos los conceptos, los más respetuosos de la divinidad. Pues al pasar y contemplar vuestros monumentos sagrados, he encontrado también un altar en el que estaba grabada esta inscripción: "Al Dios desconocido".  Pues bien, lo que adoráis sin conocer, eso os vengo yo a anunciar» (Hch 17, 22-23)."

Clemente de Alejandría, Stromata, 5, 81,2-82,4

 

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“Alegraos en el Señor siempre; lo repito: alegraos. Que vuestra bondad sea notoria a todos los hombres. El Señor está cerca. No os inquietéis por cosa alguna, sino más bien en toda oración y plegaria presentad al Señor vuestras necesidades con acción de gracias. Y la paz de Dios, que sobrepasa toda inteligencia, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús. Por lo demás, hermanos, considerad lo que hay de verdadero, de noble, de buena fama, de virtuoso, de laudable; practicad lo que habéis aprendido y recibido, lo que habéis oído y visto en mí, y el Dios de la paz estará con vosotros.” San Pablo en su carta a los Filipenses 4, 4-9vs.

 

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¡Que tu conducta nunca de motivos de injustificada inquietud a la creación, de la que tú eres el rey!

 

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Dijo Dios: «Produzca la tierra animales vivientes según su especie: ganados, reptiles y bestias salvajes según su especie». Y así fue. Dios hizo las bestias de la tierra, los ganados y los reptiles campestres, cada uno según su especie. Vio Dios que esto estaba bien. Gen. 1, 24-25

 

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“Desde ahora me llamarán dichosa todas las generaciones” Biblia. Evangelio según San Lucas Cap.1º vs. 48. La Iglesia, hace XXI siglos fundada por Tu Hijo, te alaba, ¡Oh Madre plena de dicha y felicidad!

 

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LAUS TIBI CHRISTI.

 

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'JESUCRISTO PADECIÓ BAJO EL PODER DE PONCIO PILATO,
FUE CRUCIFICADO, MUERTO Y SEPULTADO'
Evangelio según San Lucas, Cap.3, vers.1º: El año decimoquinto del reinado del emperador Tiberio, cuando Poncio Pilato gobernaba la Judea, siendo Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Felipe tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene…

Crucifixión de San Pedro: fue crucificado al revés cabeza abajo - Pergamino con San Pedro en cruz invertida, de Maguncia- Alemania; entre el 900 y el 1000ca. - Museo Diocesano de la Catedral Maguncia (Mainz) Alemania - Pedro en su cruz, invertida. ¿Qué significa todo esto? Es lo que Jesús había predicho a este Apóstol suyo: "Cuando seas viejo, otro te llevará a donde tú no quieras"; y el Señor había añadido: "Sígueme" (Jn 21, 18-19). Precisamente ahora se realiza el culmen del seguimiento: el discípulo no es más que el Maestro, y ahora experimenta toda la amargura de la cruz, de las consecuencias del pecado que separa de Dios, toda la absurdidad de la violencia y de la mentira. No se puede huir del radicalismo del interrogante planteado por la cruz: la cruz de Cristo, Cabeza de la Iglesia, y la cruz de Pedro, su Vicario en la tierra. Dos actos de un único drama: el drama del misterio pascual: cruz y resurrección, muerte y vida, pecado y gracia.

La maternidad divina de María – Catecismo de la Iglesia
495 Llamada en los Evangelios 'la Madre de Jesús'(Jn 2, 1; 19, 25; cf. Mt 13, 55, etc.), María es aclamada bajo el impulso del Espíritu como 'la madre de mi Señor' desde antes del nacimiento de su hijo (cf Lc 1, 43). En efecto, aquél que ella concibió como hombre, por obra del Espíritu Santo, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el Hijo eterno del Padre, la segunda persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre de Dios [Theotokos] (cf. Concilio de Éfeso, año 649: DS, 251).
La virginidad de María
496 Desde las primeras formulaciones de la fe (cf. DS 10-64), la Iglesia ha confesado que Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María únicamente por el poder del Espíritu Santo, afirmando también el aspecto corporal de este suceso: Jesús fue concebido absque semine ex Spiritu Sancto (Concilio de Letrán, año 649; DS, 503), esto es, sin semilla de varón, por obra del Espíritu Santo. Los Padres ven en la concepción virginal el signo de que es verdaderamente el Hijo de Dios el que ha venido en una humanidad como la nuestra:
Así, san Ignacio de Antioquía (comienzos del siglo II): «Estáis firmemente convencidos acerca de que nuestro Señor es verdaderamente de la raza de David según la carne (cf. Rm 1, 3), Hijo de Dios según la voluntad y el poder de Dios (cf. Jn 1, 13), nacido verdaderamente de una virgen [...] Fue verdaderamente clavado por nosotros en su carne bajo Poncio Pilato [...] padeció verdaderamente, como también resucitó verdaderamente» (Epistula ad Smyrnaeos, 1-2).

El acontecimiento histórico y transcendente – Catecismo de la Iglesia
639 El misterio de la resurrección de Cristo es un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas como lo atestigua el Nuevo Testamento. Ya san Pablo, hacia el año 56, puede escribir a los Corintios: "Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce: "(1 Co 15, 3-4). El apóstol habla aquí de la tradición viva de la Resurrección que recibió después de su conversión a las puertas de Damasco (cf. Hch 9, 3-18).
El sepulcro vacío

640 "¿Por qué buscar entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado" (Lc 24, 5-6). En el marco de los acontecimientos de Pascua, el primer elemento que se encuentra es el sepulcro vacío. No es en sí una prueba directa. La ausencia del cuerpo de Cristo en el sepulcro podría explicarse de otro modo (cf. Jn 20,13; Mt 28, 11-15). A pesar de eso, el sepulcro vacío ha constituido para todos un signo esencial. Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección. Es el caso, en primer lugar, de las santas mujeres (cf. Lc 24, 3. 22- 23), después de Pedro (cf. Lc 24, 12). "El discípulo que Jesús amaba" (Jn 20, 2) afirma que, al entrar en el sepulcro vacío y al descubrir "las vendas en el suelo"(Jn 20, 6) "vio y creyó" (Jn 20, 8). Eso supone que constató en el estado del sepulcro vacío (cf. Jn 20, 5-7) que la ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana y que Jesús no había vuelto simplemente a una vida terrenal como había sido el caso de Lázaro (cf. Jn 11, 44).