Friday 28 April 2017 | Actualizada : 2017-03-29
 
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Una hermosa indicación de Juan Pablo II hablando de la memoria histórica: La memoria se configura como un derecho que corresponde a cada grupo humano (sociedad, Iglesia, partidos y sindicatos) para profundizar en la propia identidad, pero es esencial que esa memoria no sea selectiva y sesgada, ni intente imponer a todos una visión uniforme, sino que se desarrolle a partir de una aproximación «abierta, objetiva y científica» a los hechos.

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…[…]… «¡Sí que reivindicó el derecho de cada colectivo!, ‘la Iglesia católica, una congregación religiosa, un partido político, un sindicato, una institución académica’, a rememorar su historia para profundizar «en su identidad». Monseñor Ricardo Blázquez, Obispo de Bilbao-Esp. 2007.XI.

 

 

Historiadores serios, responsables investigadores, sanos intelectuales deben estudiar la historia. La Iglesia universal está muy por encima de circunstancias coyunturales, y debe ser capaz de transmitir un mensaje de fe y de esperanza. La historia tiene que quedar en manos de los historiadores porque nadie tiene derecho a imponer una «verdad oficial», propia de los sistemas totalitarios. En el marco de la razón y el sentido común, el recuerdo de los antecesores -en este caso, de quienes dieron la vida por la fe ‘mártires de la Iglesia Católica’- refuerza la propia identidad y ayuda a comprender el complejo mundo en que vivimos. 2007-XI

 

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ISABEL LA CATÓLICA – MUJER Y REINA

La decisión de España

 

 

El Mundo 24 de Agosto de 1997, España

 

Su reinado marcó para siempre el futuro de España. Uno de sus objetivos fue recuperar las tierras y bienes que su hermano había entregado a los nobles y clérigos. En 1810, durante la Guerra de la Independencia, los franceses profanaron su tumba y esparcieron sus cenizas al viento.

 

El 24 de agosto de 1468, los personajes principales de la Corte de Enrique IV de Castilla, El impotente, tuvieron noticia de que el Rey había firmado la víspera o la antevíspera un documento por el que reconocía como su legítima heredera y sucesora a su hermana Isabel.

A los 17 años, Isabel había vivido lo bastante como para tener claro el sentido de su existencia. Cuando aquel 24 de agosto la adolescente rubia, de piel muy blanca y ojos azules -herencia de los Lancaster- esperaba en Cebreros el documento que su hermano Enrique había firmado a pocas leguas -en Cadalso de los Vidrios- reconociéndola como Princesa de Asturias y heredera del trono, tenía ya la misma contextura física, espiritual y política de su madurez. Sabía lo que quería y, sobre todo, lo que no quería, que era precisamente lo que estaba bien a la vista en Castilla. Isabel se hizo mayor a golpe de zozobras y desventuras. En la niñez, muerto su padre y alejada su madre de la Corte, vio cómo ésta se volvía loca, destino trágico que siempre le alarmó y que le aguardaba en otra estación de su vida. La criaron casi portuguesa, pues portuguesas fueron sus primeras ayas, y aprendió al tiempo el castellano y el luso. La religión se convirtió en un consuelo y hasta en un refugio desde que tuvo uso de razón.

Pero aquella muchacha inteligente, hermosa según los gustos de la época, piadosa y retraída, parecía abocada a un destino poco halag|eño. La degradación de la Corte y los escándalos de Enrique; el menosprecio de éste a su madre; la soledad; la falta de recursos, lindante con la escazez, que madre e hija padecieron; la sombre de un matrimonio forzado -del que se había librado poco antes por la súbita muerte del maestre de Calatrava, viejo rijoso al que la había prometido Enrique IV para asegurarse el apoyo de su hermano el marqués de Villena- y el peligro que corría su vida en aquel baile de golpes de mano, cambio de herederos, raptos y asesinatos, la hicieron madurar a la fuerza. También la hicieron extremadamente cautelosa, aunque no medrosa. Cuando tuvo ocasión de acceder al poder y de ejercerlo, nunca dudó. Pero no había en ella improvisación sino reflexión acorde con las circunstancias. Y por cierto, que desde aquel 19 de septiembre de 1468, cuando fue jurada Princesa de Castilla en la venta de los Toros de Guisando, no faltaron circunstancias para poner a prueba el ánimo más esforzado. Eso mismo pidió la víspera en la capilla: «Seso y esfuerzo» para defender su derecho. Nunca le faltaron.

Al morir su hermano Alfonso, había recibido ya la oferta de matrimonio de Fernando de Aragón, pero no aceptó hasta ser jurada como princesa y sucesora. Sin embargo, apenas se perfiló la boda, muchos nobles castellanos y el rey Alfonso de Portugal, tío de Isabel, trataron de desbaratarla a toda costa. Existía el peligro -aunque nunca se previó tan grande- de la creación de un poder hegemónico en la Península que acabara con el precario equilibrio de los tres reinos y con la abundosa cosecha para los nobles del desgobierno de Castilla.

Naturalmente, los jóvenes príncipes, buscaban precisamente lo que casi todos los poderosos trataban de evitar. Se casaron al año siguiente en una situación rocambolesca: la novia huyendo del Rey, su hermano y el novio llegando al lugar secreto del matrimonio disfrazado de labriego. La sorprendente madurez de Isabel, con 18 años, sólo era superada por la insultante precocidad de Fernando que, con uno menos, ya tenía dos hijos bastardos. Pero además de aficionado al juego y las mujeres, el heredero de Juan II tenía la inteligencia y el carácter necesarios para emprender lo que más que un matrimonio ventajoso se presentaba como un reto personal, político y militar de dimensiones históricas. Que dos personalidades tan fuertes y dos coronas tan complejas fueran capaces de unirse, durar y fortalecerse mutuamente parecía imposible. Pero fue. No es que España naciera de los Reyes Católicos, pero en su reinado se decidió. Y en esa decisión, la clave fue Castilla, o sea, Isabel. El 8 de septiembre, Isabel notificó a su hermano su decisión de casarse con el Rey de Sicilia, título dado por Juan II a su heredero antes de la boda. El 14 de octubre lo conoció en Valladolid y firmaron el compromiso. Cinco días después se casaron. Tras consumar el matrimonio, Fernando mostró en público la sábana nupcial, no tanto o no sólo para atestiguar la doncellez de la esposa sino para mostrar la capacidad sexual del esposo, hecho nada menor en el reino de El impotente.

Pero la luna de miel fue una vela de armas, preparando la guerra que se les venía encima y se presentaba muy adversa. Primero fue Enrique; luego, Juana de Portugal; siempre, los nobles; y, más que nadie, Portugal: todos trataron de impedir que Isabel ciñera la corona. Diez años de guerra padeció Castilla hasta que, finalmente, portugueses y nobles castellanos se rindieron. En esa guerra, que fue una contienda civil castellana pero sobre todo una durísima guerra peninsular, no sólo maduraron políticamente los jóvenes príncipes sino que fueron creando una dinastía llamada a heredar la España cristiana. Hecha la paz, Castilla participó en las empresas bélicas de Aragón rompiendo su alianza tradicional con Francia y renunciando a la expansión africana, precio del pacto con Portugal. A cambio, Aragón participó en la guerra civil castellana y, después, en la de Granada, que duró otros 10 años.

Hoy se recuerdan el descubrimiento de América y la conquista de Granada en 1492, que supusieron la consagración internacional de Isabel y Fernando. Pero ambas hazañas, amén de la conquista del trono castellano, sólo fueron posibles por las reformas, casi nunca originales pero sí hechas a fondo, de la Administración, de la Iglesia, de la corte y de la propia Monarquía. Isabel se empeño en recuperar las tierras y bienes entregados a los nobles y clérigos por su hermano, y poco a poco, negociando siempre, lo consiguió. El objeto no era sólo tener más poder sino sanear la hacienda. Sólo así pudieron financiarse tantas y tan costosas empresas. Durante el reinado de los Reyes Católicos bajaron los impuestos aunque se acrecentaron mucho los ingresos reales. Eso, junto a la mejora del orden público con la Santa Hermandad, los hizo inmensamente populares en el recuerdo de sus súbditos. Isabel era tan ahorradora, pese a su cuidadísimo aspecto exterior, que guardaba hasta los retales de tela de los vestidos de sus hijas. Fernando era directamente tacaño, hasta en el juego. Bendición doble que castellanos y aragoneses no olvidaron jamás. Tampoco la expulsión de los judíos, en la que ni Isabel ni Fernando habían pensado jamás, pese a que España era el único país importante de Europa de donde no habían sido echados o exterminados. Francia lo hizo un siglo antes e Inglaterra, dos. Y si en Castilla y Aragón se llegó a ese extremo no fue por razones económicas ni políticas, sino esencialmente religiosas- la Iglesia, mucho menos corrompida pero más poderosa, amén de la opinión pública, acabaron imponiéndolo como un remedio brutal contra la herejía latente o presente en los cristiano nuevos, que fueron decisivos en el proceso de expulsión.

Los 100.000 judíos expulsados en la primavera-verano de 1492 no supusieron una ruina para España. La conquista de Canarias, la incorporación de Navarra y el Tratado de Tordesillas con Portugal para la colonización de las Indias fueron hitos en la consolidación del poder de los reyes. Pero lo que con ellos se había, en sus descendientes se deshacía. El heredero, don Juan, murió a poco de casarse, sin descendencia. Su hija mayor, Isabel, tan parecida a la Reina, casada con Alfonso de Portugal, quedó viuda a los ocho meses y entró en un convento. Juana, casada con Felipe de Habsburgo cuando Juan lo hizo con su hermana margarita, reveló pronto los síntomas de locura de su abuela Juana, agravados por los malos tratos de Felipe, uno de los mayores canallas y más desvergonzados traidores que hayan aspirado al trono español. Aunque Fernando se encargó de que no lo consiguiera, las horribles peripecias de Juana amargaron la vida de sus padres, en especial de la Reina, que ya no se recuperó. Catalina, casada con Arturo, príncipe de Gales, y luego con su hermano Enrique VIII, arrastró la maldición de Enrique IV y su tragedia vive en los teatros. La pequeña María, escapó al cuadro trágico, pero sin compensarlo.

Isabel, rota, murió en Medina del Campo el 26 de noviembre de 1504, sin conocer a su nieto, el futuro emperador Carlos. Con su confesor podía hablar latín, porque, cautivada por los primeros frutos del Renacimiento, lo aprendió cuando ya era Reina y madre. Dejó un impresionante testamento, prueba de la sinceridad de su fe y de la fuerza de su personalidad, y fue enterrada en Granada, junto a Fernando, que murió en 1562. En 1801, durante la Guerra de la Independencia, los franceses dieron prueba de su exquisitez abriendo los féretros y aventando sus cenizas. Era tarde, sin embargo, para borrar la huella más profunda y duradera de la Historia de España.

Agradecemos al autor - 2006-02-09

 

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Iglesia - Alrededor del año 58 de nuestra era vivían en Jerusalén varios miles de judíos creyentes, miembros de la Iglesia Católica recién fundada por Jesucristo que le ordenó ser “Católica y catolizante”. Así lo afirmaban los responsables de la Iglesia a Pablo: "Ya ves, hermano, cuantos miles de judíos son ahora creyentes y todos son fieles observantes de la Ley" (Hch 21,20).

 

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Jesús el Cristo - Rey de los judíos

 

Historia del Pueblo Judío

 

(Yehúd‘m; Ioudaismos).

De estos dos términos, Judíos y Judaísmo, el primero se refiere, generalmente, a los israelitas o descendientes de Jacob (Israel), para distinguirlos de los pueblos gentiles; el segundo se refiere al culto y al credo de los judíos, en comparación con los de los cristianos, mahometanos, etc. En un artículo aparte trataremos del judaísmo como comunión religiosa, con su sistema especial de fe, ritos, costumbres, etc. (Ver JUDAÍSMO). Aquí cubriremos la historia de los judíos desde su regreso del exilio de Babilonia, época a partir de la cual los israelitas recibieron el nombre de judíos (Para la historia de épocas anteriores, ver ISRAELITAS).

Podemos dividir esta historia en varios periodos, de acuerdo con una serie de acontecimientos clave que pueden distinguirse en la existencia de los judíos desde su regreso del exilio, en el año 538 a. C.

(1) Soberanía persa (538-333 a. C.)

En octubre del año 538 a. C., Babilonia abrió sus puertas al ejército persa y, unas pocas semanas después, el gran conquistador de Babilonia, Ciro, hizo su entrada triunfal en la ciudad derrotada. Una de las disposiciones oficiales del nuevo soberano de Babilonia consistió en conceder a los exiliados judíos plena libertad para regresar a Judá (ver I Esdras, 1). En esencia, el decreto de Ciro en favor de los judíos está en perfecta armonía con otros decretos conocidos de este monarca, que se caracterizó por una política general de clemencia y tolerancia respecto a los pueblos conquistados y por su deseo natural de tener en la frontera con Egipto una comunidad tan amplia como fuera posible, unida a Persia por fuertes lazos de gratitud. Un número relativamente amplio de judíos exilados (50.000 según I Esdras, 2, 64-65) se aprovechó de la autorización de Ciro. Su caudillo oficial fue Zorobabel, descendiente de la familia real de Judá, a quien el monarca persa había investido con el gobierno de la subprovincia de Judá y confiado los vasos preciosos que habían pertenecido a la casa de Yahvé. A su lado estaba el sacerdote "Josué, el hijo de Josedec", probablemente como cabeza religiosa de la comunidad que regresaba del exilio. Los exiliados, que pertenecían en su mayoría a las tribus de Benjamín y de Judá, se asentaron principalmente en las inmediaciones de Jerusalén. Una de las primeras cosas que hicieron fue organizar un consejo de doce ancianos, presidido por Zorobabel, que controlaba y guiaba los asuntos internos de la comunidad, bajo la soberanía de Persia. También sin demora, erigieron un nuevo altar que quedó preparado para celebrar la Fiesta de los Tabernáculos en el año 537 a. C. A partir de esta fecha, el sistema de ritos quedó completamente restablecido. Los fundamentos del segundo Templo se colocaron el segundo mes del segundo año después del regreso del exilio, pero no se hicieron mayores avances durante quince o dieciséis años debido a las constantes interferencias y a los enredos producidos ante los reyes de Persia por los samaritanos, a quienes los judíos habían impedido participar en los trabajos de reconstrucción de la Casa del Señor. Entretanto, los propios judíos perdieron gran parte de su interés en la reconstrucción del Templo; tan sólo en el año 520 a. C., los profetas Ageo y Zacarías consiguieron despertarles de su indiferencia. La comunidad judía de Babilonia y el rey de Persia (aunque éste último un poco más tarde) enviaron ayuda económica. Animados de esta forma, los judíos realizaron rápidos progresos y, el 3 de marzo del año 515 a. C., el nuevo Templo quedó solemnemente consagrado. Los dirigentes del pueblo judío abordaron, a continuación, la reconstrucción de las murallas de Jerusalén, pero se encontraron de nuevo con la hostilidad de los samaritanos, cuyas quejas ante la Corte de Persia fueron escuchadas, durante el reinado de Artajerjes I "Longimano" (464-424 a. C.), quien dictó órdenes prohibiendo estrictamente a los judíos que prosiguieran los trabajos.

No es necesario utilizar aquí demasiado espacio para explicar la misión especial de Esdras y Nehemías en favor de la luchadora comunidad palestina y sus agotadores esfuerzos para elevar su moral (ver ESDRAS; NEHEMÍAS). Baste con decir que, en todas sus actuaciones (ver CAUTIVERIOS), el escriba Esdras y el sátrapa Nehemías dejaron una huella permanente entre sus compatriotas judíos. Poco se sabe con precisión de la historia de los judíos de Palestina después de la muerte de Esdras que, probablemente, tuvo lugar no mucho antes del final de la dominación persa sobre Judá, en el año 333 a. C. Sin embargo, parece que bajo los sátrapas de Celesiria, las actuaciones del sumo sacerdote tenían una considerable influencia tanto en los asuntos religiosos como en los asuntos civiles (cf. Josefo, "Historia antigua de los judíos", 11, 7), y que la comunidad disfrutó de una creciente prosperidad, apenas empañada por la deportación de un determinado número de judíos a regiones lejanas, tales como Hircania, lo cual tuvo lugar, probablemente, en tiempos de Artajerjes III (358-337 a. C.). Los judíos que prefirieron quedarse en Babilonia durante la dominación persa permanecieron en contacto constante con los exilados que retornaron a su patria, a quienes enviaban ocasionalmente ayuda material, y formaron una comunidad floreciente profundamente arraigada en la fe y en las tradiciones de su pueblo. En esta misma época fracasa la formación de la colonia judía en Elefantina (Alto Egipto), que contó durante un cierto tiempo con un templo propio; su lealtad a Persia queda atestiguada por unos papiros judeo-arameos descubiertos recientemente. Finalmente, las instituciones del judaísmo que parecen haber experimentado un mayor desarrollo durante la dominación persa son las Sinagogas, con sus peculiaridades educativas y religiosas, y los Escribas, con su especial conocimiento de la ley.

 

Abraham - miniatura árabe

 

(2) Periodo Heleno (333-168 a. C.)

La derrota de Darío III (335-330 a. C.) por Alejandro Magno en Iso, Cilicia, abre un nuevo periodo en la historia de los judíos. La victoria del joven conquistador de Persia puso, indudablemente, a los judíos de Palestina en contacto directo con la civilización griega; puede conocerse la exacta importancia histórica de este hecho a través de lo que cuenta Josefo (Historia antigua de los judíos, 11, 8, 3-5) en relación con la visita personal de Alejandro a Jerusalén. Alejandro permitió a los judíos el libre disfrute de sus libertades civil y religiosa y recompensó a quienes le acompañaron en la guerra contra Egipto y se asentaron en Alejandría, ciudad fundada por él, concediéndoles los mismos derechos ciudadanos que a los macedonios. Cuando los samaritanos se rebelaron contra él, incorporó de nuevo una parte de Samaria a Judea (331 a. C.). Después de la prematura muerte de Alejandro (323 a. C.), Palestina sufrió muchísimo por culpa de los conflictos que se ocasionaron cuando se produjo el reparto del vasto imperio entre sus capitanes. Situada entre Siria y Egipto, se transformó en la manzana de la discordia de sus respectivos gobernantes. Al principio, como parte integrante de Celesiria, Palestina pasó a ser una posesión de Laomedonte de Mitilene. Pero ya en el año 320 a. C., fue invadida por el egipcio Tolomeo I (323-285 a. C.), quien tomó Jerusalén un día de Sábado y se llevó a muchos samaritanos y judíos a Egipto. Pocos años después (315 a. C.), cayó en poder de Siria; pero después de la batalla de Ipsos, en Frigia (301 a. C.), quedó incorporada a Egipto y permaneció así casi un siglo (301-202 a. C.). Seleuco I, fundador de Antioquía hacia el año 300 a. C., atrajo a los judíos a la nueva capital, otorgándoles los mismos derechos que a los ciudadanos griegos; y desde allí se fueron extendiendo paulatinamente por las principales ciudades de Asia Menor. El reinado de los tres primeros Tolomeos fue incluso más popular con los judíos que el de los Seléucidas. Tolomeo I (Soler) asentó a muchos judíos en Alejandría y Cirene, desde donde fueron expandiéndose poco a poco por el resto del país, y alcanzaron importante relevancia en la ciencia, en el arte e, incluso, en la literatura, como queda probado por numerosos fragmentos judeo-griegos que han llegado hasta nosotros. Bajo Tolomeo II (Filadelfo), se tradujo el Pentateuco del hebreo al griego; lo cual, a su vez, posibilitó, con el transcurso del tiempo, que se realizara una traducción completa del Antiguo Testamento, conocida como la Septuaginta. Su sucesor, llamado Evergetes (247-222 a. C.), gozó de especial reputación, después de una triunfal campaña en Siria, al haber ofrecido ricos presentes en el Templo de Jerusalén. De nuevo, el tributo anual solicitado por los primeros Tolomeos era aparentemente ligero y, mientras lo pagaran regularmente, se permitía a los judíos de Palestina que gestionaran libremente sus propios asuntos bajo la tutela de sus sumos sacerdotes a cuyo lado se encontraba el Gerusia de Jerusalén, como un consejo de estado, que incluía la aristocracia sacerdotal. De este modo, las cosas se desarrollaron positivamente bajo el sumo sacerdocio de Simón el Justo (310-291 a. C.) y de sus dos hermanos, Eleazar II (291-276 a. C.) y Manasés (276-250 a. C.).

Las cosas no fueron tan satisfactorias bajo Onías II (250-226 a. C.), quien durante varios años retuvo el tributo del soberano egipcio. Bajo Simón II (226-198 a. C.), hijo y sucesor de Onías, cuyo piadoso gobierno es altamente loado en el Eclesiástico (capítulo 4), la condición de Palestina llegó a ser muy precaria debido a los renovados conflictos entre Egipto y Siria por la posesión de Celesiria y Judea. Sin embargo, fue el rey de Siria, Antíoco II, quien finalmente continuó gobernando Palestina e hizo todo lo posible para asegurase la lealtad de los judíos no sólo de Judea, sino también de Mesopotamia y Babilonia. Seleuco IV (187-175 a. C.) continuó, al principio, la política conciliatoria de su padre y los judíos de Judea prosperaron durante los primeros años de Onías III (198-175). Pronto, sin embargo, luchas intestinas perturbaron el inteligente gobierno del pontífice, y Seleuco, mal aconsejado por Simón, el gobernador del Templo, envió a su tesorero, Heliodoro, para apoderarse de los fondos del Templo. El fracaso de la misión de Heliodoro trajo como consecuencia el apresamiento de Onías y su expulsión del sumo sacerdocio. Esta expulsión, comprada al nuevo rey, Antíoco IV (Epífanes), por Jasón, un indigno hermano de Onías, supuso el triunfo real del helenismo en Jerusalén. El hombre que, a su vez, suplantó a Jasón fue Menelao, otro caudillo helenizante que, con astucia y dinero, se mantuvo en su puesto a pesar de las quejas de los judíos al monarca de Siria. Finalmente, se produjo una revuelta popular contra Menelao, que fue sofocada con gran crueldad por Antíoco, y que acabó con el abandono, por parte de Menelao, de su responsabilidad en el sumo sacerdocio, mientras que dos oficiales extranjeros se convirtieron en gobernadores de Jerusalén y Samaria, respectivamente (170).

 

 

(3) La Época de los Macabeos (168-63 a. C.)

Todo el periodo que acaba de ser descrito se caracterizó por el constante desarrollo y por la influencia generalizada de la cultura helena. Hacia el final de esta etapa los sumos sacerdotes judíos no sólo tomaron nombres griegos y adoptaron costumbres griegas, sino que se transformaron en ardientes defensores del helenismo. De hecho, Antíoco IV pensaba que ya había llegado el momento de unificar a los distintos pueblos bajo su dominio y que el modo de hacerlo era helenizándolos completamente. Su edicto general, que perseguía dicho propósito, se encontró, probablemente, con una oposición inesperada por parte de la mayoría de los judíos de Palestina. A través de comunicados especiales, ordenó que se interrumpiera por completo el culto a Yahvé en Jerusalén y en todas las ciudades de Judea: se prohibió, bajo pena de muerte, cualquier distintivo claramente judío y se estableció la idolatría griega (168 a. C.). La Ciudad Santa había sido devastada recientemente y una parte de ella (Acra) quedó transformada en una ciudadela siria. El Templo fue consagrado a Zeus, a quien se ofrecían sacrificios en un altar que se levantó sobre el dedicado a Yahvé. De forma similar, en todos los municipios de Judá se levantaron altares, sobre los cuales se ofrecían sacrificios paganos. En la terrible persecución que se desencadenó, cualquier posibilidad de resistencia parecía imposible. Sin embargo, en la pequeña ciudad de Modin, un anciano sacerdote, Matatías, alzó descaradamente el estandarte de la revuelta. A su muerte (167 a. C.), nombró a su hijo Judas, llamado Macabeo, para dirigir las fuerzas que había reunido paulatinamente en torno a él. Bajo el competente liderazgo de Judas, las tropas de los Macabeos obtuvieron diversas victorias y, en diciembre del año 165 a. C., Jerusalén fue reconquistada, el Templo limpiado y el culto divino restablecido.

La lucha contra los numerosos ejércitos de Antíoco V y Demetrio I, los siguientes reyes de Siria, fue tremenda y se mantuvo de forma heroica, aunque con éxito variable, por Judas hasta su muerte en el campo de batalla (161 a. C.). Le sucedió uno de sus hermanos, Jonatás, quien gobernó durante los siguientes dieciocho años (161-143 a. C.). El nuevo caudillo no sólo consiguió reconquistar y fortificar Jerusalén, sino que, además, fue reconocido como sumo sacerdote de los judíos por los reyes de Siria y como un aliado por Roma y por Esparta. Sin embargo, no consiguió la completa independencia para su país: fue capturado alevosamente e inmediatamente después condenado a muerte por el general sirio Trifón. Entonces asumió el poder Simón (143-135 a. C.), otro hermano de Judas, bajo cuyo gobierno los judíos alcanzaron un alto grado de felicidad y prosperidad. Restauró las fortalezas de Judea, tomó y destruyó la ciudadela de Acra (142 a. C.), y renovó los tratados con Roma y con Lacedemonia. En el año 141 a. C., fue proclamado por la asamblea nacional "príncipe y sumo sacerdote perpetuo hasta que surgiera un profeta fiel". Ejercitó el derecho de acuñar moneda y puede ser considerado como el fundador de la última dinastía judía, la dinastía de los Asmoneos. El gobierno de Juan Hircano I, sucesor de Simón, duró 30 años y se caracterizó por una serie de conquistas, entre las que destacan la conquista de Samaria y la conversión por la fuerza de Idumea. Se unió a los aristócratas Saduceos en contra de los más rígidos defensores de la teocracia, los Fariseos, sucesores de los Asideos. Las partes más antiguas de "Los Oráculos de las Sibilas" y el "Libro de Enoch" son, probablemente, restos de la literatura de la época. Le sucedió su hijo mayor, Aristóbulo I (en hebreo, Judas), que fue el primer gobernante Macabeo que tomó el título de rey. Solamente reinó durante un año y conquistó una parte de Galilea. Su hermano Alejandro Janeo (en hebreo Jonatán) ocupó el trono durante veintiséis años (104-78 a. C.). Durante la guerra intestina que estalló entre él y su pueblo, cosechó muchos fracasos; pero finalmente obtuvo la victoria frente a sus oponentes y tomó una terrible venganza sobre ellos. También tuvo éxito, al final de su reinado, al conquistar y judaizar todo el territorio al este del Jordán.

Al acceder al trono, su viuda Alejandra (en hebreo, Salomé) entregó, prácticamente, el gobierno a los Fariseos. Pero esto no aseguró la paz del reino y sólo la muerte de Alejandra impidió que se viera envuelta en una nueva guerra civil. La lucha que estalló inmediatamente después de su muerte (69 a. C.), entre sus dos hijos Hircano II y Aristóbulo II, que estaban apoyados por los Fariseos y los Saduceos, respectivamente, fue hábilmente controlada por Antipáter, el ambicioso Gobernador de Idumea y padre de Herodes el Grande. La situación llevó a ambos hermanos a someterse al arbitrio de Pompeyo, que en aquel entonces estaba al mando de las tropas de Roma en el Este. El cauteloso general se decidió finalmente a favor de Hircano, marchó sobre Jerusalén y asaltó el templo, como consecuencia de lo cual tuvo lugar una matanza. Todo esto supuso el final del corto periodo de independencia que los Macabeos habían conseguido para el país (63 a. C.). Durante la Época de los Macabeos tuvo lugar la construcción de un templo judío en Leontópolis, en el Delta, y la transformación del Gerusia judío en el Sanedrín de Jerusalén. Entre la literatura de la época hay que tener en cuenta los deuterocanónicos Libros de los Macabeos, Libro de la Sabiduría y el Eclesiástico; y los apócrifos "Salmos de Salomón", "Libro de los Jubileos", y la "Asunción de Moisés", a los cuales muchos eruditos añaden el Libro de Daniel y varios himnos sagrados incorporados a nuestro Salterio.

 

Moneda romana en plata del 30ca. antes de Cristo

 

(4) Primeros tiempos de la Supremacía de Roma (63 a. C. - 70 d. C.)

La caída de Jerusalén en el año 63 a. C. marca el principio del vasallaje de Judea a Roma. Pompeyo, su conquistador, desmanteló la Ciudad Santa y reconoció a Hircano II como sumo sacerdote y etnarca, pero apartó de su jurisdicción todos los territorios de Judea propiamente dicha y le prohibió terminantemente que intentara nuevas conquistas. Después de esto, regresó a Roma llevando consigo numerosos cautivos, que aumentaron de forma importante, si no lo habían hecho hasta entonces, la comunidad judía en la Ciudad. Pronto, Judea fue presa de varias discordias, en medio de las cuales el débil Hircano fue perdiendo progresivamente su autoridad, mientras que su señor virtual, Antipáter el Idumeo, mejoraba sus relaciones con los soberanos del país. Después de la derrota final de Pompeyo en Farsalia (48 a. C.) por Julio César, Antipáter se situó inmediatamente del lado del vencedor, a quien rindió insignes servicios en Egipto. La recompensa fue el pleno reconocimiento de Hircano como sumo sacerdote y etnarca; además, se le concedieron los derechos de ciudadano romano y el cargo de procurador sobre todo Palestina. A continuación, comenzó a reconstruir los muros de las Ciudad Santa y nombró a dos de sus hijos, Fasael y Herodes, gobernadores de Jerusalén y Palestina, respectivamente. A partir de este momento, y en adelante, la fortuna de Herodes creció rápidamente; incluso en la ciudad de Roma, a la que tuvo que huir escapando de la cólera del partido nacionalista, consiguió alcanzar sus objetivos más ambiciosos. Herodes el Idumeo ascendió al Trono de David y su largo reinado (37-4 a. C.) supuso, en varios aspectos, una época gloriosa en la historia de los judíos (ver HERODES EL GRANDE). Sin embargo, en su conjunto, fue un desastre para los judíos de Palestina. La primera parte de su reinado (37-25 a.C.) la empleó en librarse de los Asmoneos sobrevivientes. Tras la muerte de éstos, Herodes consiguió afianzarse en el trono pero también se indispuso con la mayoría de sus súbditos, que estaban profundamente unidos a la familia de los Macabeos. A estos motivos de queja fue añadiendo otros, no menos odiosos para el partido nacional. El pueblo le odiaba como a un tirano sangriento que se había propuesto destruir el culto a Dios y de cuya soberanía quería librarse a la primera oportunidad, pero odiaba aún más a los romanos, que le mantenían en el trono. Poco antes de la muerte de Herodes nació Jesús, el verdadero Rey de los Judíos, y tuvo lugar la matanza de los Santos Inocentes.

La muerte de Herodes fue la señal que marcó el comienzo de una insurrección que fue extendiéndose paulatinamente y que fue, finalmente, sofocada por Varo, el Gobernador de Siria. Lo que sucedió a continuación fue la ratificación práctica, por parte de Augusto, de la última voluntad de Herodes. El principal heredero fue Arquelao, que fue nombrado etnarca de Idumea, Judea y Samaria, con la promesa de un título real a condición de que gobernara a la completa satisfacción del emperador. Sin embargo, debido a su desgobiernos, Augusto le destituyó (6 d. C.) y puso en su lugar a un procurador romano. A partir de este momento, Judea continuó como una parte de la provincia de Siria, excepto durante un breve intervalo (41-44 d. C.), durante el cual Herodes Agripa I ejerció el poder sobre todos los dominios de Herodes el Grande. Los procuradores romanos de Judea residían en Cesarea e iban a Jerusalén solamente en ocasiones especiales. Dependían de los gobernadores de Siria, mandaban el ejército, mantenían la paz y tenían a su cargo la recaudación de impuestos. Generalmente se abstenían de intervenir en los asuntos religiosos, especialmente por temor a despertar la violencia de los Zelotes, quienes consideraban que el pago de tributos al César era contrario a la ley. El gobierno local fue prácticamente dejado en manos de la aristocracia sacerdotal de los Saduceos y el Sanedrín fue la corte suprema de justicia, desprovista, sin embargo (hacia el año 30 d. C.), del poder de condenar a muerte. Fue bajo el poder de Poncio Pilatos (26-36 d. C.), uno de los procuradores nombrados por Tiberio, cuando Jesús fue crucificado.

Hasta el reinado de Calígula (37-44), los judíos disfrutaron, sin ninguna interrupción digna de tenerse en cuenta, de la tolerancia universal con la que la política de Roma permitía la práctica de la religión en los estados vasallos. Pero cuando el emperador ordenó que se le rindieran honores divinos, estos pueblos, en general, rehusaron obedecerle. Petronio, el gobernador romano en Siria, recibió órdenes terminantes de usar la violencia, si era necesario, para levantar una estatua de Calígula en el Templo de Jerusalén. En Alejandría tuvo lugar una temible matanza y parecía como si todos los judíos de Palestina estuvieran condenados a perecer. Sin embargo, Petronio retrasó la ejecución del decreto y solamente se pudo evitar el castigo porque Calígula murió asesinado en el año 41 d. C. De esta manera los judíos quedaron a salvo y, con la ascensión de Claudio, que alcanzó la dignidad imperial gracias, principalmente, a los esfuerzos de Herodes Agripa, un brillante día amaneció para ellos. En gratitud, Claudio concedió a Agripa la totalidad del reino de Herodes el Grande y otorgó a los judíos, incluso a los que vivían en el extranjero, importantes privilegios. El esmerado gobierno de Agripa se hizo sentir en toda la comunidad y el Sanedrín, ahora bajo la presidencia de Gamaliel I, maestro de San Pablo, tenía más autoridad de la que jamás había tenido anteriormente. El partido nacional permanecía aún en un estado casi constante de amotinamiento, mientras que los cristianos eran perseguidos por Agripa. Tras la muerte de Agripa (44 d. C.), el país quedó sujeto de nuevo a los procuradores de Roma; este hecho es el preludio de la destrucción de Jerusalén y del pueblo judío. Prácticamente, los siete procuradores que gobernaron Judea entre los años 44 a 66 d. C. actuaron como si quisieran conducir al pueblo a la desesperación y a la revuelta. La confusión se fue haciendo, poco a poco, tan grande y tan general que se presagiaba claramente la disolución de la república. Finalmente, en el año 66 d. C., a pesar de los esfuerzos y precauciones de Agripa II, el partido de los Zelotes se alzó en una abierta rebelión que terminó (en el año 70 d. C.) con la conquista de Jerusalén por Tito, la destrucción del Templo y la matanza y deportación de cientos de miles de inocentes, que fueron repartidos entre sus hermanos por todo el mundo. Según Eusebio, los cristianos de Jerusalén, prevenidos por su Maestro, escaparon a los horrores del último asedio, huyendo a tiempo a Pella, al este del Jordán. Entre los escritores judíos del primer siglo de nuestra era destacan Filón, quien intercedió por la causa judía en Roma ante Calígula, y Josefo, que ocupó el cargo de gobernador judío en Galilea durante la revuelta final contra Roma, y que describió sus vicisitudes y horrores de forma emocionante y también, probablemente, exagerada.

 

Pintura mural del 109 d.C.Roma - vendimiadores

 

(5) Últimos días de la Roma pagana (70-320 d. C.)

Roma se alegró de la caída Jerusalén y acuñó monedas conmemorativas de la victoria. Los cabecillas de la defensa, una larga hilera de prisioneros fuertemente encadenados, los vasos del Templo, el candelabro de los siete brazos, el altar de oro y un rollo de la Ley testimoniaron el triunfo de Tito en la ciudad imperial. Pero aún permanecían en pie contra los romanos tres sólidas fortalezas en Palestina: Herodium, Maqueronte y Masada. Las dos primeras cayeron en el año 71 d. C. y la tercera el año siguiente, testimoniando la completa conquista de Judea. Durante cierto tiempo, algunos Zelotes fugitivos de Judea se afanaron por fomentar una rebelión en Egipto y Cirenaica. Pero sus esfuerzos pronto quedaron en nada y Vespasiano se aprovechó de las convulsiones que existían en Egipto para cerrar definitivamente el templo de Onías en Heliópolis. En estas circunstancias, parecía como si, en lo sucesivo, los distintos grupos de familias judías estuvieran destinadas a caminar a la deriva por separado para terminar, finalmente, siendo absorbidos por diferentes pueblos, en medio de los cuales se aventuraron a vivir. Sin embargo, este peligro fue evitado por la rápida concentración de los judíos sobrevivientes en dos grandes comunidades, básicamente independientes entre sí, y que se correspondían con las dos grandes divisiones del mundo en aquella época. La primera comprendía naturalmente a todos los judíos que vivían a este lado del Éufrates. No mucho tiempo después de la caída de Jerusalén y de las consecuentes desgracias, reconocieron progresivamente la autoridad de un nuevo Sanedrín que, sin importar cómo surgió, estaba realmente constituido en Jamnia (Yabné), bajo la presidencia del rabí Jochanan ben Sakkai. Junto con el Sanedrín, [que ahora era la corte suprema (Bêth Din) de las comunidades occidentales], había en Jamnia una escuela en la cual Jochanan inculcaba la Ley oral (concretamente, la Halaká), transmitida de padres a hijos, y realizaba lecturas expositoras (Hagadá) de otros textos hebreos distintos de la ley escrita (Pentateuco). El sucesor de Jochanan al frente del Sanedrín (año 80 d. C.) fue el rabí Gamaliel II, quien tomó el título de Nasi ("príncipe"; entre los romanos, "patriarca"). También Gamaliel vivió en Jamnia y presidió su escuela, que sirvió de modelo para otras escuelas que se fueron creando en los alrededores. Finalmente, trasmitió a sus sucesores "Los patriarcas de Occidente" (año 118 d. C.), una autoridad religiosa a la que, en lo sucesivo, se rindió obediencia y reverencia, incluso después de que la sede de su autoridad fuera trasladada, primero a Séforis y, finalmente, a Tiberíades.

La supremacía del "rabinismo", que quedó, de esta manera, establecida firmemente entre los judíos de Occidente, prevaleció asimismo en la otra gran comunidad, que comprendía a las familias judías del este del Éufrates. El jefe de esta comunidad de Babilonia asumió el título de Resh-Galutha (príncipe de la Cautividad), y fue un poderoso tributario del Imperio Parto. Fue el juez supremo de las comunidades menores, tanto en asuntos civiles como criminales, y ejerció sobre ellas, de muchas otras maneras, una autoridad poco menos que absoluta. Las principales zonas bajo su jurisdicción fueron las de Nares, Sura, Pumbedita, Nahardea, Nahar-Paked, y Machuzza, cuyas escuelas rabínicas disfrutaron de gran fama e influencia. Los patriarcas de Occidente tuvieron mucho menos autoridad temporal que los príncipes de la Cautividad y esto solamente se entiende si se tiene en cuenta la recelosa vigilancia que Vespasiano y Tito ejercieron sobre los judíos del Imperio. Una guarnición de 800 hombres ocupó las ruinas de Jerusalén para evitar su reconstrucción por el celo religioso de sus anteriores habitantes y, para eliminar a cualquier posible pretendiente al Trono Judío o a la dignidad Mesiánica, se llevó a cabo un estricto seguimiento de todos aquellos que se decían descendientes de la real casa de David. Bajo Domiciano (81-96 d. C.), el Fiscus Judaicus, impuesto de dos dracmas establecido por Vespasiano para el templo de Júpiter Capitolino, fue exigido con extremo rigor a los judíos, quienes se vieron envueltos en las persecuciones que este tirano ordenó contra los cristianos. El reinado de Nerva (96-98 d. C.) supuso un breve intervalo de paz para los judíos; pero durante el de Trajano (98-117), mientras las legiones romanas se habían retirado de África para luchar contra Partia, los judíos de Egipto y de Cirene tomaron las armas contra los griegos de estas comarcas y por ambas partes se cometieron terribles atrocidades. Desde allí la llama se extendió a Chipre, donde, según se dice, los judíos masacraron a 240.000 de sus ciudadanos. Adriano envió fuerzas para suprimir la sublevación en la isla y prohibió que ningún judío pusiera los pies en ella. A continuación, fue sofocada la revuelta en Egipto y Cirene. Entretanto, los judíos de Mesopotamia, insatisfechos con los romanos, que acababan de vencer a los partos, se empeñaron en librarse del Fiscus Judaicus que se les había impuesto. Su insurrección fue pronto sofocada por Lucio Quinto, que había sido nombrado por entonces gobernador de Judea, donde se temían posibles disturbios.

El año siguiente (117 d. C.), Adriano fue nombrado emperador. Esto fue un buen acontecimiento para los judíos de Babilonia porque, como el nuevo César abandonó las conquistas de Trajano más allá del Éufrates, quedaron de nuevo sujetos a las leyes, más suaves, de sus antiguos soberanos. Sin embargo, este hecho fue de lo más desafortunado para los judíos que vivían en el mundo romano. Adriano promulgó un edicto prohibiendo la circuncisión, la lectura de la Ley y la observancia del Sábado. A continuación, el emperador dio a conocer su intención de establecer una colonia romana en Jerusalén y de erigir un santuario a Júpiter en el lugar en el que se levantaba el destruido templo a Yahvé. En tales circunstancias, se anunció que acababa de aparecer el Mesías. Su nombre, Barcokebas, "Hijo de la Estrella", parecía cumplir la antigua profecía: " una estrella se levantará de Jacob" (Números, 24, 17). El rabí Aquibá, el más docto y venerado de los miembros del Sanedrín de aquel entonces, reconoció claramente las pretensiones del nuevo Mesías. Guerreros judíos de todos los países se reunieron en torno a Barcokebas y defendieron su causa contra Adriano durante dos años. Pero terminaron por prevalecer la táctica y la disciplina de los romanos. Las fortalezas judías fueron cayendo una detrás de otra ante el general romano Julio Severo; cayó Jerusalén y, finalmente (135 d. C.), la fortaleza de Bither, el último refugio de los rebeldes, fue capturada y derruida por completo. Barcokebas había sido asesinado; y algún tiempo después, el rabí Aquibá fue hecho prisionero y ejecutado, aunque, afortunadamente, sus siete principales discípulos lograron escapar a Nisibis y Nahardea. Terribles masacres sucedieron a la supresión de la revuelta; de los fugitivos que consiguieron escapar de la muerte, muchos huyeron a Arabia, siendo ésta la razón de que dicho país tuviera una población judía; los demás fueron vendidos como esclavos. Para anular definitivamente cualquier esperanza de restauración de un reino judío, se construyó una nueva ciudad en Jerusalén, que fue habitada por una colonia de extranjeros. La ciudad recibió el nombre de Ælia Capitolina, y a los judíos no se les permitió ni residir en ella, ni siquiera acercarse a sus alrededores. A los cristianos, que ahora se distinguían claramente de los judíos, se les permitió establecerse dentro de las murallas y Ælia llegó a ser la sede de un floreciente obispado.

Bajo Antonino Pío (138-161), quedaron revocadas las leyes de Adriano y se acabó la persecución activa contra los judíos. Entonces, los discípulos de Aquibá volvieron a Palestina y reorganizaron el Sanedrín en Usha, en Galilea (140), bajo la presidencia de Simón II, hijo de Gamaliel II. El patriarcado de Simón no estuvo libre de la intolerante opresión de los oficiales romanos, que los judíos de Palestina tuvieron que padecer especialmente. Por consiguiente, con ocasión de los preparativos bélicos de los partos contra Roma, durante el último año del reinado de Antonio se produjo una nueva revuelta en Judea. Tal revuelta quedó sofocada inmediatamente por el siguiente emperador, Marco Aurelio (161-180), y seguida por la promulgación, de nuevo, de las severas medidas de Adriano, las cuales, sin embargo, o bien fueron pronto anuladas o bien nunca llegaron a ponerse en práctica. En el año 165, el rabí Judá I sucedió a Simón II como presidente del Sanedrín y patriarca de Occidente. El más importante de sus hechos es la terminación de la ley oral, la Mishná (hacia el año 189) que, junto con la Biblia, llegó a ser la principal fuente de estudios rabínicos y una especie de constitución que, incluso ahora, mantiene unidos a los miembros dispersos del pueblo judío. Puesto que el rabí Judá estuvo en el poder durante más de treinta años, fue el último patriarca judío que tuvo que quejarse de las vejaciones de los gobernantes paganos de Roma. Bajo Caracalla (211-217), los judíos recibieron los derechos de ciudadano; y bajo sus sucesores se fueron eliminando progresivamente las distintas limitaciones que les habían sido impuestas. Incluso las rabiosas persecuciones contra los cristianos de Decio (249-251), Valeriano (253-260), y Diocleciano (284-305), dejaron a los judíos en paz. Durante este periodo de paz, los patriarcas de Occidente enviaron frecuentemente legados a las diferentes sinagogas para comprobar su situación real y recaudar los impuestos a través de los cuales Judá III y sus sucesores obtenían sus ingresos. En Babilonia, las comunidades y las escuelas judías florecieron bajo los príncipes de la Cautividad y, excepto durante un breve periodo de tiempo inmediatamente posterior a la conquista de los partos por los neo-persas, y durante el efímero reinado de Odenato, en Palmira, disfrutaron de tranquilidad e independencia. No se conoce con certeza la situación de los judíos de Arabia y China en aquella época

 

 

(6) Emperadores cristianos y reyes bárbaros (320-628)

La ascensión del Cristianismo al trono de los Césares, con la conversión de Constantino, abre una nueva era en la historia del pueblo judío. La igualdad de derechos que los emperadores paganos les habían reconocido fue restringida gradualmente por la cabeza del Estado Cristiano. Bajo Constantino (306-337), las restricciones fueron pocas en número y debidas a su interés por el bienestar de los súbditos cristianos y por la promoción de la religión verdadera. Consideró la conversión del cristianismo al judaísmo como un delito penal; prohibió a los judíos circuncidar a sus esclavos cristianos; protegió a quienes se convertían del judaísmo contra la fiera venganza de sus antiguos correligionarios; pero nunca les privó de su ciudadanía y nunca fue más allá de obligarles (con excepción de los rabinos) a ocupar ciertos cargos públicos que habían llegado a ser particularmente gravosos. Estas leyes quedaron revalidadas y se hicieron más severas en tiempos de su hijo Constancio I (337-350), quien añadió la pena de muerte a los matrimonios entre judíos y cristianos. La severidad de estas y otras leyes de Constancio quedó plenamente justificada por los terribles excesos cometidos por los judíos en Alejandría y por su temporal revuelta en Judea. La ascensión de Julián el Apóstata, en el año 361, supuso una nueva desviación en su favor. El Emperador decretó la reconstrucción del Templo en Monte Moriah y la plena restauración del culto judío, aparentemente con vistas a asegurar la influencia de los judíos de Mesopotamia en su expedición contra los persas. Los judíos resultaron vencedores, pero su triunfo tuvo una vida efímera; repentinas llamas brotaron en Monte Moriah e hicieron imposible la reconstrucción del Templo; Julián pereció en la guerra contra los persas y su sucesor, Joviano (363-364), volvió a la política de Constancio. Los siguientes emperadores, Valente y Valentiniano, devolvieron a los judíos sus antiguos derechos, excepto la exención de prestar servicios públicos. Bajo Graciano, Teodosio I y Arcadio, disfrutaron también de la protección del Trono; pero bajo Teodosio II (402-450), envalentonados por su larga inmunidad contra las persecuciones, manifestaron un espíritu de intolerancia y crimen, que condujo a violentos tumultos entre ellos y los cristianos en varias partes del Imperio Romano de Oriente y también, al parecer, a la prohibición de construir nuevas sinagogas y al cese de cualquier cargo público. Fue en tiempos de Teodosio II cuando llegó a su fin (425) el patriarcado de Occidente, ocupado en aquel entonces por Gamaliel VI. Poco tiempo antes (aproximadamente en el año 375), se terminó el Talmud de Jerusalén, un trabajo que, a pesar de su importancia para el judaísmo, es menos completo, en relación con su Mishná y su Guemará, que el Talmud de Babilonia, compilación que fue terminada por los responsables de las escuelas de esta ciudad hacia el año 499, a pesar de las violentas persecuciones de los reyes de Persia, Yazdgard II (440-457) y Firuz (457-484). El resultado inmediato de la persecución de Firuz fue la emigración de colonos judíos por el sur hasta Arabia y por el este hasta la India, donde fundaron un pequeño estado judío en la costa de Malabar, que duró hasta 1520. Bajo Kavad I, hijo y sucesor de Firuz, el príncipe de la Cautividad, Mar-Zutra II, consiguió mantener durante siete años un estado independiente en Babilonia; pero en el año 518, los sucesores de Teodosio II, en Bizancio, reforzaron sus leyes contra los judíos con gran rigor y, como resultado, desaparecieron prácticamente la vida intelectual y la antigua jurisdicción de los judíos de Judea.

Durante el siglo V, los judíos de Occidente tuvieron, decididamente, mejor suerte que los de Oriente. Naturalmente, padecieron muchos males durante las invasiones de los bárbaros del norte que inundaron el Imperio de Occidente después de su definitiva separación, en el año 395, del Imperio Oriental de Constantinopla. En medio de las convulsiones políticas que evidentemente se derivaron de dichas invasiones, los judíos se fueron convirtiendo gradualmente en dueños del comercio, que los conquistadores del Imperio de Occidente, adictos a las artes de la guerra, nunca tuvieron tiempo ni vocación de seguir. No parece que, en los distintos estados que pronto surgieron al desmembrarse el imperio, las numerosas colonias de judíos hubiesen quedado sujetas durante mucho tiempo a medidas restrictivas, salvo en relación con su comercio de esclavos. Los vándalos les dejaron en libertad para ejercer su religión. Fueron tratados justamente en Italia por los reyes de los ostrogodos y por los pontífices romanos; en Galia, por los primeros merovingios; y en España, por los visigodos hasta la conversión del Rey Recaredo al catolicismo (589), y, sobre todo, hasta la ascensión de Sisebuto (612), quien, deplorando el hecho de que las leyes de Recaredo contra los judíos hubieran sido poco más que letra muerta, decidió reforzarlas de inmediato y, de hecho, añadió, en primer lugar, el interdicto de que los judíos debían liberar a todos sus esclavos y, después, que debían escoger entre el bautismo o ser deportados. La legislación antijudía fue establecida en una fecha muy anterior en los dominios francos. La hostilidad contra los judíos quedó de manifiesto, en primer lugar, en Borgoña, bajo el Rey Segismundo (517), y desde aquí se extendió a todos los países francos. En el año 554, Childeberto I de París les prohibió aparecer en la calle desde el Domingo de Resurrección hasta el domingo de Pentecostés; en 581, Chilperico les obligó a recibir el bautismo; en 613, Clotario II sancionó nuevos decretos contra los judíos; y en el año 629, Dagoberto les obligó a escoger entre el bautismo y la expulsión. De esta manera, las leyes contra los judíos, tanto en España como en Francia, fueron alcanzando progresivamente un grado de severidad desconocido incluso para los perseguidores orientales del judaísmo, tales como Justiniano I (527-565) y Heraclio (610-641). Con todo, los edictos de estos emperadores bizantinos fueron lo suficientemente fastidiosos. De hecho, los decretos de Justiniano exacerbaron de tal manera a los judíos de Palestina que, a pesar de las persecuciones de sus compatriotas judíos de Mesopotamia por los reyes persas Cosroes I (531-579), Ormuzd IV (579-591), y Cosroes II (590-628), aprovecharon la primera oportunidad para vengarse, uniéndose a Cosroes II en sus luchas contra Heraclio. Durante la invasión persa y la ocupación de Palestina cometieron terribles excesos contra los cristianos pero, finalmente, encontraron un merecido castigo con la persecución que Heraclio, otra vez señor de Judea, inició contra ellos.

 

 

(7) La influencia musulmana (628-1038)

El avance del mahometismo, con cuyo poder ya estaban en contacto los judíos de Arabia desde sus primeros momentos, marca el comienzo de un nuevo periodo en la historia del pueblo judío. Varios siglos antes del nacimiento de Mahoma (aproximadamente, en el año 570), los judíos tenían importantes asentamientos en Arabia y, con el transcurso del tiempo, habían adquirido una influencia considerable entre la población pagana. De hecho, lo cierto es que, en Arabia del Sur (Yemen), existieron al mismo tiempo un reino árabe-judío, que se extinguió en el año 530, y un rey cristiano de Abisinia. Pero, aunque habían perdido su condición real, los judíos de Arabia eran todavía muchos y poderosos en Hedjaz, al norte de Yemen. Incluso había una pequeña población de judíos en La Meca, el lugar de nacimiento de Mahoma; de esta forma, es posible que el contacto con los judíos de esa ciudad fuera uno de los medios a través de los cuales el fundador del Islam conociera el judaísmo, sus creencias y sus patriarcas. Este conocimiento llegó a ser, naturalmente, más profundo después de la Hégira (Huida) de Mahoma (622) a Medina, el centro principal de los judíos de Arabia. Para atraer a los israelitas a su causa, el Profeta otorgó distintas concesiones a su religión y adoptó algunas de sus costumbres. Pero cuando todo esto dejó de ser útil, y puesto que los judíos eran una constante amenaza, resolvió librarse de sus tribus una a una. En primer lugar, expulsó a los judíos próximos a Medina y, posteriormente (628), sometió a los de las comarcas de Khaibar y de Wadi al-Kura a un tributo anual equivalente a la mitad de la producción de la tierra. Después de la muerte de Mahoma (632 d. C.), el califa Abu Bakr toleró a los judíos que quedaban en Khaibar y al-Kura; pero esta tolerancia cesó bajó Omar, el segundo sucesor del profeta. Durante el corto califato de Omar (634-644), Siria, Fenicia, Persia, Egipto y Jerusalén cayeron bajo la influencia del Islam. Los judíos fueron bastante bien tratados por sus nuevos gobernantes. Verdaderamente, el llamado "Pacto" de Omar (640) impuso ciertas restricciones a los judíos en todo el mundo musulmán, pero dichas restricciones no se pusieron en práctica durante su vida.

En recompensa por la valiosa ayuda de los judíos de Babilonia en las campañas de Omar contra Persia, este califa les otorgó varios privilegios, entre los cuales se puede mencionar el reconocimiento de su exilarca Bostanaï (642). Bajo el cuarto califa del Islam, Alí (656-661), la comunidad judía de Irak (Babilonia) llegó a estar mucho mejor organizada y asumió la apariencia de un estado independiente, en el que las escuelas talmúdicas de Sura y Pumbedita florecieron de nuevo. El exilarca y el director de la escuela de Sura, con su nuevo título de gaón (658), tenían el mismo rango. El cargo del primero era político mientras que el del segundo era claramente religioso. El exilarca, tanto en presencia como en modo de vida, era un príncipe. Así, ocurrió que los judíos esparcidos por todo el mundo musulmán se convencieron a sí mismos de que en la propia tierra de Abraham sobrevivía un príncipe de la Cautividad que había retomado el cetro de David. Para ellos, las cabezas de las escuelas de Babilonia eran los representantes de los tiempos ideales del Talmud. Cuanto más se extendía el dominio de los omeyas (661-750), más adeptos ganaban los jefes de los judíos de Babilonia. La gran libertad de la que disfrutaron los judíos bajo el gobierno del Islam les permitió cultivar el Paitanismo, o poesía neo-hebraica, y empezar sus trabajos masoréticos (ver Masora).

Entretanto, sus compatriotas judíos fueron menos afortunados en España, donde muchos de los gobernantes del s. VII dictaron severas leyes contra el judaísmo. Hacia finales de dicho siglo, Egica les prohibió poseer tierras y casas, relacionarse o comerciar con el norte de África e, incluso, realizar negocios con los cristianos. Después de haber descubierto un complot de los judíos con los moros para derrocarle, el rey de los visigodos condenó a todos los judíos de sus estados a la esclavitud y mandó que todos sus hijos de siete años o más fueran entregados a los cristianos para que fueran educados entre ellos. Este estado de cosas llegó a su fin bajo Rodrigo, segundo sucesor de Egica y último rey visigodo en España. Con numerosos judíos en su ejército, los musulmanes pasaron desde África a Andalucía y derrotaron y dieron muerte a Rodrigo (julio del año 711); España fue conquistada gradualmente y, en el año 720, los sarracenos ocuparon Septimania, una dependencia del reino de los godos al norte de los Pirineos. En la España musulmana, los judíos, gracias a cuya ayuda los conquistadores alcanzaron, en gran parte, sus victorias, obtuvieron la libertad. De hecho, los judíos disfrutaron de un largo periodo de paz y de seguridad. Aparte de las persecuciones iniciadas en el año 720 por el califa de Damasco, Omar II, y en el año 723 por el emperador de Bizancio, León III, los judíos prosperaron en todas partes hasta mediados del s. IX. Durante este periodo, el gran reino de los kazakos, situado al oeste del Mar Caspio, y que hizo temblar a los persas, abrazó el judaísmo (aproximadamente en el año 745); durante más de dos siglos y medio, sus gobernantes fueron exclusivamente judíos. Después de los califas omeyas, uno de los cuales tuvo a un judío como preceptor, llegaron los abasidas, hasta después de Harun al-Rasid (fallecido en 809), quienes no parece que molestaran seriamente a los ciudadanos judíos; durante esa época, las escuelas talmúdicas de Babilonia estaban repletas de oyentes y, si no hubiera sido por sus disensiones internas, religiosas (los caraítas) y políticas (disputas por la dignidad del exilarca), los judíos de Babilonia habrían sido felices, pues se les permitió continuar enseñando. Durante este siglo, los judíos fueron prósperos, sin duda, en la España musulmana (con su Califato de Córdoba independiente desde el año 756 d. C.), aunque realmente se están investigando los detalles concernientes a su situación en dicha época. En Francia, la población judía no estuvo sometida a ninguna restricción importante, ni bajo Pepino (752-768) ni bajo Carlomagno (764-814), mientras que bajo Luis I (814-840) disfrutó, incluso, de favores y privilegios especiales, puesto que el rey tuvo como consejero particular a un médico judío llamado Zedekiah y protegió activamente los intereses de los judíos contra el poder de sus adversarios.

De esta manera, con la excepción de una pasajera persecución bajo los dos hijos de Harun al-Rasid, los judíos no fueron molestados durante, aproximadamente, 100 años. Pero todo cambió a mediados del s. IX en, prácticamente, todas partes. En Oriente, se reanudaron las persecuciones contra los judíos por los emperadores bizantinos de la dinastía de los macedonios (842-1056) y por el califa abasida al-Motawakel, quien, en el año 853, volvió a instaurar el Pacto de Omar y bajo cuyos sucesores en el califato de Bagdad la comunidad judía de Irak fue perdiendo cada vez más prestigio y fue suplantada en este sentido por la de España: el exilarca dejó de ser, poco a poco, un cargo de estado y finalmente se extinguió (aproximadamente en el año 940) debido, sobre todo, a las disputas entre los gaones de Sura y de Pumbedita; el propio gaonato, durante cierto tiempo hecho famoso por Sa’adya, desapareció finalmente debido a la opresión del débil califato (1038, aproximadamente). Durante la dinastía de los califas fatimíes (909-1171), cuyo gobierno se extendió por el norte de África, Egipto y Siria, los judíos padecieron aún más. Hacia la mitad del s. X, el reino judío de los Kazakos fue destruido por los rusos. En Occidente, la totalidad del pueblo judío no fue otra cosa sino una raza despreciada y perseguida. Es cierto que Carlos el Calvo (840-877) los protegió efectivamente, pero sus débiles sucesores carlovingios y los primeros Capetos no tuvieron la suficiente autoridad como para continuar haciéndolo. En Italia, ya en el año 855, Luis II ordenó la deportación de todos los judíos italianos; su orden no consiguió alcanzar el objetivo deseado debido, simplemente, a la calamitosa situación por la que atravesaba el reino en aquellos momentos. En Alemania, donde "judío" era sinónimo de "mercader", los emperadores estuvieron durante mucho tiempo encantados de poder recaudar un impuesto especial de toda la población judía; pero, finalmente, Enrique II (1002-1024) expulsó de Mainz (Maguncia) a los judíos que no quisieron ser bautizados y es probable que este decreto fuera aplicado a otras comunidades.

España (Navarra, Castilla, y León) también persiguió a los judíos aunque, a finales del s. X, sus gobernantes les reconocieron en muchos aspectos iguales derechos que al resto de la población. En la España musulmana, sin embargo, el pueblo judío fue libre, tanto política como religiosamente. Bajo los impulsores de la ciencia y de las artes, como fueron los califas de la dinastía Omeya, Abderramán III (fallecido en 961), Al-Hakem (fallecido en 976), y el regente Almanzor (fallecido en 1002), los judíos florecieron en la España árabe y llegaron a ser famosos por sus conocimientos y por sus actividades comerciales e industriales. Las escuelas talmúdicas de Córdoba, Lucena y Granada sustituyeron a las de Sura y Pumbedita, bajo el alto patronazgo de los estadistas Hasday, Jacob Ibn-Jau, y Samuel Haleví. Durante este periodo, Ibn-Abitur realizó en España una traducción al árabe de la Mishná, y Gersom ben Judá (fallecido en 1028) compuso en Mainz los primeros comentarios sobre el Talmud.

 

 

(8) Época de las Cruzadas (1023-1300)

En muchos aspectos, la España musulmana debía muchísimo a la población judía; sin embargo, en 1066, los judíos fueron expulsados del Reino de Granada. También, en varios sentidos, los jóvenes reinos de la España Cristiana estaban en deuda con sus habitantes judíos; no obstante, Fernando I el Magno los sometió a medidas enojosas y solamente se evitó que se levantara la espada contra ellos gracias a la intervención del clero. Sin embargo, estos acontecimientos no fueron mas que tormentas pasajeras; bien pronto, Alfonso VI (1071-1109) utilizó libremente a los judíos en sus operaciones diplomáticas y militares, mientras que en otros estados musulmanes, distintos de Granada, la cultura judía alcanzó el cenit de su esplendor. La época de las persecuciones contra los judíos empezó realmente con la Primera Cruzada (1096-1099). Los cruzados protagonizaron entre mayo y julio de 1096 sangrientas escenas contra los judíos de Tréveris, Worms, Mainz, Colonia, y otras ciudades renanas; estas escenas se repitieron a medida que los cruzados avanzaban por las ciudades del Main y del Danubio, hasta Hungría. Muchas veces los obispos y los príncipes estaban del lado de las víctimas pero, debido a distintas razones, no tuvieron el poder suficiente para protegerlos efectivamente. Con la captura de Jerusalén, el 15 de julio de 1099, los cruzados descargaron una terrible venganza sobre los judíos de la ciudad caída.

El intervalo entre la Primera y la Segunda Cruzada fue un periodo de descanso y de recuperación para el pueblo judío. No fueron perturbados ni en Inglaterra, ni en Alemania, ni siquiera en Palestina; mientras, en España y en Francia, alcanzaron un alto grado de prosperidad y de influencia y desarrollaron activamente estudios literarios y talmúdicos bajo la guía de Judá Haleví y de los hijos de Rasi. En 1146, en vísperas de la Segunda Cruzada, empezó la violenta persecución de los almohades del norte de África y del sur de España contra los judíos; esta persecución trajo como consecuencia la destrucción inmediata de las sinagogas y de las escuelas judías y habría supuesto la práctica exterminación de los judíos de la España musulmana si no hubiera sido porque la mayoría de ellos encontraron refugio en los dominios cristianos de Alfonso VIII (fallecido en 1157). Entonces llegó la Segunda Cruzada (1147-1149), con sus atrocidades contra los judíos en Colonia, Mainz, Worms, Spira y Estrasburgo, a pesar de las protestas de San Bernardo y de Eugenio III, y de los esfuerzos de los prelados alemanes y del emperador Conrado III en su favor; y con el más deplorable de los resultados, a saber, el mayor sometimiento de los judíos de Alemania a la Corona. Los siguientes cincuenta años fueron, en conjunto, un periodo de paz y de prosperidad para el pueblo judío: en España, donde Judá ibn-Ezra fue administrador del palacio, con Alfonso VIII; en Mesopotamia, donde Mohammed Almuktafi restableció la dignidad de exilarca; en las Dos Sicilias, donde los judíos tuvieron los mismos derechos que el resto de la población; en Italia, donde el papa Alejandro II les fue favorable y donde el Tercer Concilio de Letrán (1179) aprobó decretos que protegían su libertad religiosa; en Inglaterra y en sus provincias de Francia, donde los judíos fueron muy florecientes bajo Enrique Plantagenet (c. 1189); en la misma Francia, donde bajo los benignos reinados de Luis VI y Luis VII (1108-1180) prosperaron notablemente en todos los sentidos. Pero todavía, en alguno de esos países, persistía un odio profundamente asentado contra los judíos y su religión. Este odio se manifestó cuando, en 1171, los judíos de Blois fueron quemados bajo la acusación de que habían utilizado sangre de cristianos para celebrar la Pascua, y permitió a Felipe Augusto, en el año de su ascensión al trono (1180), expulsar a los judíos de sus dominios y decretar la confiscación de todos sus bienes raíces.

Este sentimiento de odio quedó puesto de manifiesto de manera especial con motivo de la Tercera Cruzada (1189-1192). Los judíos fueron masacrados en varias ciudades de Inglaterra el día de la coronación de Ricardo I, el 3 de septiembre de 1189, y también poco tiempo después, en 1190. Aproximadamente en las mismas fechas, los cruzados asesinaron a los judíos en diferentes plazas de la comarca del Rin, en Viena. Cuando, en 1198, se organizaba una nueva Cruzada (1202-1204), muchos caballeros del norte de Francia quedaron liberados de las deudas que tenían contraídas con acreedores judíos, quienes fueron, posteriormente, expulsados de sus dominios. Sin embargo, Felipe Augusto recibió a los exiliados en su propio territorio, aunque lo hizo principalmente movido por la codicia. Los judíos apelaron a Inocencio III para que pusiera freno a la violencia de los cruzados; y, en respuesta, el pontífice emitió una Constitución que prohibía terminantemente los grupos violentos y obligaba al bautismo; pero esta Constitución tuvo, aparentemente, escaso o ningún efecto.

El año 1204, en el cual tuvo lugar el final de la Cuarta Cruzada, marca el principio de todavía mayores desgracias para los judíos. Ese año fue testigo de la muerte de Maimónides, la mayor autoridad judía del s. XII, y del primero de los numerosos esfuerzos realizados por Inocencio III para evitar que los príncipes cristianos mostraran preocupación por sus súbditos judíos. Poco después, los judíos del sur de Francia sufrieron dolorosamente durante la guerra contra los albigenses, que no terminó hasta 1288. En 1210, los de Inglaterra fueron maltratados por el rey Juan sin Tierra y sus bienes confiscados para el Tesoro. Más tarde, los judíos de Toledo eran asesinados por los cruzados (1212). Las normas de los concilios de la época fueron, en general, desfavorables a los judíos y culminaron, en 1215, con las medidas antijudías del Cuarto Concilio de Letrán, entre las cuales se pueden mencionar la exclusión de los judíos de cualquier cargo público y el decreto según el cual los judíos debían llevar un distintivo que los identificase. Aparte de toda la legislación en su contra, los judíos estaban divididos entre ellos respecto a la ortodoxia de los escritos de Maimónides. Los decretos lateranenses contra los judíos fueron endurecidos paulatinamente allí donde fue posible y comenzaron nuevas persecuciones por parte de reyes y de cruzados; los reyes de Inglaterra se destacaron especialmente por las exacciones de dinero de entre sus súbditos judíos.

En muchos lugares se produjeron excesos en la aplicación de los decretos lateranenses, de manera que, en 1235, Gregorio IX se sintió obligado a confirmar la Constitución de Inocencio III y, en 1247, Inocencio IV emitió una Bula reprobando las falsas acusaciones y los diversos excesos que se estaban cometiendo contra los judíos. Escribiendo a los obispos de Francia y Alemania, este último pontífice decía:

Parte de los clérigos, príncipes, nobles y grandes señores de vuestras ciudades y diócesis han inventado planes impíos contra los judíos, privándoles injustamente y por la fuerza de sus bienes y apropiándoselos ellos mismos; . . . los han acusado falsamente de repartirse, para celebrar la Pascua, el corazón de un muchacho asesinado . . . En su malicia, atribuyen a los judíos todos los asesinatos que se cometen, cualquiera que sea la circunstancia en la que ocurran. Y, sobre la base de estas y otras invenciones, han actuado con furia contra ellos, despojándolos de su propiedades sin ninguna acusación formal, sin confesión, sin ningún juicio legal y sin pruebas, contrariando los privilegios que les otorga la Sede Apostólica. . . . Oprimen a los judíos haciéndolos pasar hambre, encarcelándolos y sometiéndolos a torturas y sufrimientos; los afligen con toda clase de castigos y, a veces, incluso los condenan a muerte; de esta manera, los judíos, aunque viven bajo príncipes cristianos, se encuentran en una situación peor que la que padecieron sus antepasados en la tierra de los Faraones. Se les obliga a vivir sin esperanza en la tierra en la que han morado sus antepasados desde tiempos inmemoriales . . . . Puesto que es nuestro deseo que no vuelvan a ser molestados, . . . ordenamos que os comportéis con ellos de forma amable y amistosa. Cuando llegue a vuestros oídos la noticia de que se ha perpetrado cualquier injusticia contra ellos, reparad los daños cometidos y haced que no vuelvan a padecer semejantes tribulaciones.

En general, no parece que se hizo mucho caso de las protestas de los pontífices romanos en los estados cristianos. En 1254, casi todos los judíos de Francia habían sido desterrados de sus dominios por San Luis. Entre 1257 y 1266, Alfonso X de Castilla compiló un código de leyes que contenían cláusulas muy severas contra los judíos y aceptaba las sangrientas acusaciones que habían sido reprobadas por Inocencio IV. Durante los últimos años de Enrique III (fallecido en 1272), los judíos de Inglaterra fueron de mal en peor. En esa época, el papa Gregorio X emitió una Bula ordenando que no se hiciera ningún daño ni a las personas ni a sus bienes (1273); pero no se pudo reprimir el odio popular contra los judíos, a quienes se acusaba de usura, del uso de sangre cristiana en la celebración de la Pascua, etc.; y el s. XIII, que había sido testigo de la persecución de los judíos en toda la cristiandad, salvo en Austria, Portugal e Italia, se cerró con su total expulsión de Inglaterra, en 1200, bajo Eduardo I y las carnicerías en Alemania, en 1283 y 1298. Durante este periodo tuvieron lugar discusiones públicas, aunque sin éxito, sobre la conversión de los judíos. Más adelante, en la sección "JUDAÍSMO: (4) Judaísmo y Legislación de la Iglesia", se da más información sobre la severidad de las medidas adoptadas por los papas o por los concilios en relación con los judíos y sobre las razones de los prejuicios y del odio popular contra ellos.

 

 

(9) Finales de la Edad Media (1300-1500)

A principios del s. XIV, los rabinos judíos estaban divididos en relación con el valor del Zohar, el libro sagrado de los cabalistas (ver CÁBALA), que había sido publicado recientemente por Moisés de León. Pero aún se produjo una división más profunda entre ellos en relación con el cultivo de la filosofía de Aristóteles y de la literatura y de las ciencias humanísticas; el resultado fue una pública prohibición, en 1305, por parte de varios dirigentes judíos, contra el estudio de la ciencia. El año siguiente (1306), Felipe IV saqueó y expulsó a los judíos de Francia, algunos de los cuales viajaron hasta Palestina para disfrutar de libertad bajo el gobierno del sultán mameluco Nasir Mohammed (fallecido en 1341), mientras que la mayor parte permaneció en la frontera francesa pensando que la avaricia del rey, causante de su deportación, les proporcionaría un pronto retorno. Entretanto, sus correligionarios de Castilla estuvieron a punto de evitar la adopción de medidas estrictas contra sus derechos y sus privilegios (1313). Los judíos deportados de Francia fueron llamados de nuevo por Luis X, en 1315, y admitidos durante doce años. Pero, ya en 1320, se produjo contra ellos una sangrienta persecución por parte de unos 40.000 pastoureaux que fingieron estar de camino para recuperar el Santo Sepulcro. En 1321, los judíos fueron acusados por los leprosos de haber envenenado las fuentes y los ríos, después de lo cual se produjo una nueva persecución. Ese mismo año, y debido a las intrigas contra ellos, los judíos de Roma, que entonces constituían una sociedad muy floreciente con una literatura desarrollada, habrían sido expulsados del territorio romano por Juan XXII, que residía en Aviñón, si no hubiera sido por la oportuna intervención de Roberto de Anjou, Vicario General de los Estados Pontificios. En Castilla, donde los judíos tuvieron gran influencia con Alfonso XI (1312-1350), fracasaron diversos planes urdidos contra ellos, y el rey se mostró siempre favorable a su causa hasta el día en que murió. Sus enemigos tuvieron más éxito en Navarra con ocasión de la guerra de independencia que esta provincia libró contra Francia. Puesto que los judíos estaban aparentemente de parte de la secesión, fueron sometidos a una violenta persecución durante el transcurso de la guerra (1328) y a medidas opresoras después de que Navarra se convirtiera en un reino independiente.

En Alemania, la suerte de los judíos fue todavía peor durante las revueltas y las guerras civiles que tuvieron lugar en el reinado de Luis IV (1314-1347). Durante dos años consecutivos (1336 y 1337), los Armleder, campesinos que llevaban una pieza de piel enrollada alrededor del brazo, infligieron sufrimientos indecibles a los judíos habitantes de Alsacia, Renania y Suabia. También en 1337, bajo la acusación de haber profanado una Hostia consagrada, los judíos de Baviera fueron objeto de una matanza que pronto se extendió a los de Bohemia, Moravia y Austria, aunque Benedicto XII había emitido una Bula prometiendo una investigación sobre el asunto. Por otra parte, Luis IV, que siempre había tratado a sus súbditos judíos como a simples esclavos, los sometió esta vez (c. 1342) a un nuevo y más oneroso impuesto. Las mayores masacres contra los judíos ocurrieron entre 1348 y 1349, cuando el terrible azote conocido como la "Peste Negra" asoló Europa. La noticia, dada por los cristianos, de que eran los judíos quienes habían causado esta calamidad envenenando los pozos, se extendió rápidamente y fue creída en la mayor parte de las ciudades de Europa Central, a pesar de las Bulas emitidas por Clemente VI, en julio y septiembre de 1348, declarando su falsedad. Además, a pesar del hecho de que el mismo pontífice había ordenado solemnemente que no se obligara a los judíos a bautizarse, que se respetaran sus sábados (sabbaths), festividades, sinagogas y cementerios, y que no se les impusieran nuevos impuestos, los judíos fueron saqueados y asesinados en muchos países de Europa Central y Europa del Norte. Los años siguientes fueron, en conjunto, un periodo de descanso para el pueblo judío, después de tantas persecuciones. En Castilla, los judíos obtuvieron una gran influencia en tiempos de Don Pedro (1360-1369), y los percances que les ocurrieron se debieron en parte a que, con frecuencia, se aprovechaban de su poder para quedarse con los bienes de la gente a través de la exacción de impuestos y, en parte, a su constante lealtad a la causa de Don Pedro, durante la guerra civil que estalló entre él y Don Enrique. Este último, después de subir al trono, se mostró favorable a los judíos y sólo a regañadientes estuvo de acuerdo con algunas medidas restrictivas impulsadas por las Cortes, en 1371. En Alemania, fueron readmitidos en 1355, incluso en las ciudades que habían jurado que no permitirían que ningún judío pudiera habitar dentro de sus murallas en los próximos 100 ó 200 años.

En Francia, el Rey Juan (1361) les concedió privilegios especiales, que los judíos disfrutaron ampliamente en tiempos de su sucesor, Carlos V (1364-1380). Pero los últimos veinte años del s. XIV fueron, otra vez, desastrosos para los judíos en Europa. En Francia, nada más morir Carlos V, estallaron revueltas populares contra los judíos por su excesiva usura y por su resistencia a ser bautizados y a abjurar, todo lo cual terminó con el exilio permanente de la población judía (1394). En España, el reinado de Juan I (fallecido en 1390) fue testigo de un importante recorte del poder y de los privilegios de los judíos; y el de Enrique III (fallecido en 1406) se distinguió por sangrientos asaltos en muchas ciudades de Castilla y de Aragón e, incluso, en la isla de Mallorca, donde, a raíz de estos acontecimientos, numerosos judíos abrazaron el cristianismo. También en Alemania, (1384) y en Bohemia (1389, 1399) se produjeron persecuciones contra los judíos. Bonifacio IX había protestado, aunque en vano, contra tales ultrajes y matanzas (1389); tan sólo en sus estados, en Italia y en Portugal el pueblo judío disfrutó, en alguna medida, de paz durante estos años de carnicería.

A principios del s. XV los judíos disfrutaron de un cierto descanso en casi todos los países en los que se les había permitido permanecer o a los que habían huido, escapando de las persecuciones en Francia y España. Pero tales días de paz no duraron mucho. En 1408 se publicó, en nombre del infante rey de Castilla, Juan II, un edicto que reavivaba los estatutos de Alfonso X, que permanecían dormidos, contra los judíos; y poco después (1412) se publicó un severo edicto que pretendía aislar a los judíos de los cristianos, por miedo a que la relaciones entre ambos pudieran dañar la verdadera Fe e inducir a los cristianos a abandonar su religión. De hecho, degradados de mil maneras, confinados en las "Juderías" y privados, prácticamente, de medios de subsistencia, muchos judíos se rindieron a las exhortaciones de San Vicente Ferrer y recibieron el bautismo, mientras que otros perseveraron en el judaísmo y vieron sus miserias algo aliviadas por el edicto real de 1414. La persecución se extendió gradualmente a todas las provincias españolas, donde San Vicente llevó a cabo muchas conversiones. Finalmente, amanecieron días de luz para los judíos de España, después de la muerte de Fernando, Rey de Aragón (1416) y de Catalina, Regente de Castilla (1419), y después de la publicación de la siguiente declaración solemne de Martín V (1419) en su favor: "Considerando que los judíos han sido creados a imagen de Dios y que, un día, parte de ellos se salvará, y considerando que han implorado nuestra protección: siguiendo los pasos de nuestros predecesores, mandamos que los judíos no sean molestados en sus sinagogas; que no se ataquen ni sus leyes ni sus derechos ni sus costumbres; que no sean bautizados a la fuerza; que no se les obligue a observar las fiestas cristianas ni a llevar ningún nuevo distintivo; y que no se les impida tener relaciones de negocio con los cristianos". Pero entonces empezaron nuevas persecuciones contra la población judía de Europa Central. En medio de su angustia, los judíos de Austria y Alemania apelaron al mismo pontífice quien, en 1420, volvió a alzar la voz en su favor y, en 1422, confirmó sus antiguos privilegios. Sin embargo, los judíos de Colonia fueron expulsados en 1426, y los de varias ciudades del sur de Alemania quemados bajo la vieja acusación de delitos de sangre (1431). Para aumentar sus desgracias, el Concilio de Basilea renovó las antiguas medidas restrictivas contra los judíos e ideó otras nuevas (1434); el Archiduque de Austria, Alberto, que les era adverso, fue nombrado Emperador de Alemania (1437-1439); y el nuevo papa, Eugenio IV (1431-1447), en un principio bien dispuesto hacia los judíos, se mostró en esta época menos amistoso con ellos.

Entretanto, las comunidades judías de Castilla prosperaron bajo Juan II, quien promovió a varios judíos a cargos públicos y quien, en 1432, confirmó el estatuto del Sínodo Judío de Ávila, prescribiendo el establecimiento de escuelas separadas. Sin embargo, con el transcurso del tiempo, los cristianos españoles se quejaron ante el Papa de la arrogancia de los judíos de Castilla y, en consecuencia, Eugenio IV emitió una Bula desfavorable (1442) que redujo enormemente la prosperidad y la influencia de los judíos de España y que fue prácticamente repetida, en 1451, por Nicolás V (1447-1455). Sin embargo, este pontífice se opuso claramente a tanta violencia contra los judíos y requirió a los Inquisidores de la Fe no sólo que reprimieran el odio popular contra ellos sino que, además, no se les obligara a ser bautizados ni se les molestara de ninguna otra forma. Pero todavía se produjeron importantes persecuciones contra los judíos de Europa Central en tiempos de Nicolás V; los fugitivos encontraron refugio y acogida casi exclusivamente en el nuevo Imperio Turco, comenzado por Mehmet II, conquistador de Constantinopla, en 1453. El Emperador de Alemania, Federico III, era débil y vacilante, de manera que, prácticamente hasta finales de su reinado (1493), los judíos que permanecían en Europa Central fueron sometidos repetidamente a miserias y humillaciones. Los judíos de Italia vivieron mejor durante este periodo, debido al hecho de que las florecientes repúblicas de Venecia, Florencia, Génova y Pisa los apreciaban y los necesitaban como prestamistas y como diplomáticos; y merece la pena destacar que los judíos de Italia se aprovecharon muy pronto del recién inventado arte de la tipografía. También en España la población judía vivió en relativa paz y tranquilidad en tiempos de Enrique IV de Castilla (1454-1474) y Juan II de Aragón (1458-1479), puesto que, aparte de unas pocas revueltas populares dirigidas contra ellos, la persecución más importante en España cayó sobre los "marranos", o judíos convertidos a la fuerza, para quienes el cristianismo no fue sino una forma de encubrir su ambición o su debilidad. Incluso después de que Fernando II e Isabel I unieran Castilla y Aragón bajo un mismo cetro (1479), los judíos no fueron molestados (excepto en Andalucía) hasta la caída de Granada, protegidos, como estaban, por Isaac Abrabanel, ministro de finanzas judío. Pero la conquista del rico Reino de Granada hizo, aparentemente, que Fernando e Isabel no consideraran ya indispensables a los judíos en España, como si de hecho estuvieran fuera de lugar en sus reinos, que ambos deseaban que fueran cristianos. En 1492 publicaron, sin la aprobación de Inocencio VII, un decreto expulsando de España a todos los judíos, y ello a pesar de las súplicas de Abrabanel, que ofreció una inmensa suma de dinero.

Verdaderamente, fueron grandes las desgracias que sucedieron a los empobrecidos judíos en el exilio. En Navarra tuvieron que escoger, finalmente, entre la expulsión o el bautismo. En las ciudades portuarias de África, donde se les permitió desembarcar, quedaron diezmados por las plagas y el hambre. En los barcos genoveses fueron sometidos a los tratos más brutales y los judíos que desembarcaron cerca de Génova quedaron reducidos a la inanición o abandonaron el judaísmo. En Roma, sus compañeros judíos ofrecieron 1.000 ducados a Alejandro VI para impedir su admisión, oferta que fue rechazada con indignación. En Nápoles, fueron recibidos con compasión por Fernando I, pero también fueron asesinados en gran número debido a la peste que se declaró entre ellos. En Portugal, Juan II los toleró solamente durante ocho meses, después de los cuales todos los judíos que permanecían allí fueron convertidos en esclavos. Es cierto que, en un principio, su sucesor, Emmanuel (1495-1521), liberó a los judíos esclavizados pero, finalmente, en diciembre de 1496 firmó un decreto expulsando de Portugal a todos los judíos que hubieran rechazado ser bautizados; en 1497, el decreto se puso en práctica. El país donde los judíos expulsados de España recibieron mayor hospitalidad fue Turquía, que entonces estaba gobernada por Bayaceto II.

 

 

(10) Edad Moderna (1500-1700)

Estas expulsiones de judíos dieron origen en el s. XVI a la importante división de los judíos de Europa en "sefardíes" (judíos de España y Portugal) y "askenazíes" (judíos de Alemania y Polonia), llamados así debido a dos palabras bíblicas relacionadas por los rabinos medievales con España y Alemania, respectivamente. En todas partes donde se asentaron, los sefardíes conservaron sus ritos particulares y también sus formas tradicionales de hablar, comportarse, vestir, etc., lo cual estaba en acusado contraste con los de los askenazíes y les aseguraba una influencia que los últimos no tuvieron, a pesar de su mayor conocimiento del Talmud y de su mayor fidelidad a las virtudes y tradiciones antiguas. Así, durante la Edad Moderna se formaron dos corrientes profundas dentro del judaísmo, que requieren ser tratadas por separado. En Italia, los sefardíes encontraron refugio, sobre todo en Roma, Nápoles, Florencia y Ferrara, donde pronto se unieron a numerosos marranos procedentes de España y Portugal, que profesaban de nuevo el judaísmo. En Nápoles disfrutaron de la alta protección de Samuel Abrabanel, un rico judío que, aparentemente, administraba las finanzas del virrey, Don Pedro de Toledo. En Ferrara y en Florencia, los judíos y marranos fueron bien tratados por los respectivos gobernantes de dichas ciudades; e incluso en Venecia, donde se consideró la conveniencia de su expulsión por miedo a que su presencia pudiera perjudicar los intereses de los mercaderes nativos, fueron simplemente confinados al primer ghetto italiano (1516). Los primeros pontífices romanos del s. XVI tuvieron médicos judíos y favorecieron a los judíos y los marranos de sus estados. Sin embargo, pronto llegó el momento en el que los judíos sefardíes de Italia empezaron a sentirse de manera distinta. En 1532, la acusación de asesinar a niños trajo como consecuencia el exterminio de los judíos de Roma. En 1555, Pablo IV restableció los antiguos cánones contra los judíos que les prohibían el ejercicio de la medicina, la práctica del comercio a gran escala y la propiedad de inmuebles. También los confinó a un ghetto y les obligó a llevar un distintivo judío. En 1569, Pío IV expulsó a los judíos de los Estados Pontificios, excepto de Roma y Ancona. Sixto V (1585-1590) los volvió a llamar pero, inmediatamente después de él, Clemente VIII (1592-1605) los desterró de nuevo, parcialmente, en el preciso momento en que los marranos de Italia perdían su último lugar de refugio en Ferrara. Similares desgracias cayeron sobre el pueblo judío en otros estados de Italia, a medida que la dominación española se extendía allí: Nápoles expulsó a los judíos en 1541; Génova, en 1550; Milán, en 1597. A partir de este momento, la mayoría de los fugitivos sefardíes se limitaban a pasar a través de Italia, de camino hacia el Imperio Turco.

Durante todo este periodo, Turquía fue, de hecho, un paraíso de descanso para los sefardíes. Bayaceto II (fallecido en 1512) y sus sucesores inmediatos se dieron perfecta cuenta de los servicios que los judíos exilados podrían rendir al nuevo imperio musulmán de Constantinopla y, por lo tanto, los recibieron adecuadamente en sus estados. Bajo Selim II (1566-1574), el marrano José Nasí, llegó a ser Duque de Naxos y gobernante virtual de Turquía, y usó su inmenso poder y su riqueza en beneficio de sus correligionarios, tanto dentro como fuera de las fronteras. Después de la muerte de Nasí, su influencia pasó, parcialmente, a Askenazi, y también a la judía Esther Kiera, quien desempeñó un importante papel en tiempos de los sultanes Amurates III, Mehmet III, y Ahmet I. Durante el resto del periodo, los judíos de Turquía fueron, generalmente, prósperos bajo la guía de sus rabinos. Sus comunidades se extendieron a lo largo del Imperio Otomano, siendo sus centros más importantes los de Constantinopla y Salónica, en la Turquía europea, y Jerusalén y Safed, en Palestina. Es cierto que los judíos de Turquía fueron molestados repetidamente por la aparición de falsos Mesías, como David Reubeni, Solomón Molcho, Lurya Levi, y Sabbatai Zevi; pero las autoridades públicas de Turquía no adoptaron medidas para castigar a los judíos que participaron en tales agitaciones mesiánicas. El país en el que los sefardíes vivieron mejor, aparte de Turquía, fue Holanda. El origen de su asentamiento en los Países Bajos se debe, principalmente, a la inmigración de los marranos de Portugal quienes, bajo los sucesores de Emmanuel, fueron sometidos repetidamente a los terrores de la Inquisición, a pesar de los admirables esfuerzos de varios papas en su favor, y quienes, después de la conquista de Portugal por Felipe II de España en 1580, llegaron a Holanda, que estaba en plena sublevación contra la dominación española. Sus primeras congregaciones, de 1593 y 1598, en Amsterdam, fueron aceptadas por las autoridades de la ciudad, que vieron en los recién llegados un medio de extender el comercio de los Países Bajos, y quienes, en 1619, permitieron el ejercicio público de las celebraciones judías en condiciones de plena libertad. Durante el s. XVII, los judíos de Amsterdam contribuyeron activamente a la prosperidad de su país de adopción, tanto dentro como fuera de sus fronteras. Crecieron en número de forma importante gracias a la llegada de nuevos marranos portugueses y establecieron comunidades en Hamburgo, Guayana y Brasil. Fue también en Amsterdam donde se originó un movimiento para el restablecimiento legal de los judíos en Inglaterra, país del que estaban radicalmente excluidos desde 1290. Oliver Cromwell, protector del reino (1653-1658), estuvo personalmente a favor de este movimiento y, en este sentido, secundó activamente los hábiles alegatos de Manasés ben Israel, el rabino principal de Amsterdam. Sin embargo, Cromwell no se atrevió abiertamente a realizar un cambio generalmente odioso para el clero y el pueblo ingleses. Bajo Carlos II (fallecido en 1685), los judíos penetraron inadvertidamente en el reino, donde han permanecido desde entonces. Las principales dificultades de los sefardíes de Holanda fueron de orden interno: sus rabinos usaban con cierta libertad el poder de excomunión, una de cuyas víctimas fue el célebre Spinoza (1656); y, en aquel tiempo, la mayoría de la población judía de Amsterdam estaba molesta, más o menos seriamente, por las pretensiones mesiánicas de Sabbatai Zevi.

Durante los s. XVI y XVII, los askenazíes, o judíos de Alemania, fueron menos afortunados que sus contemporáneos sefardíes. Su situación general se parecía mucho a la del periodo precedente. Se dice a menudo, aunque equivocadamente, que la invención de la imprenta, la reanudación del aprendizaje y la Reforma Protestante fueron beneficiosas para los judíos. Cuando, a principios del s. XVI, los judíos de Alemania comenzaron a utilizar la imprenta para publicar su propia literatura, religiosa o no, el emperador Maximiliano (fallecido en 1519) ordenó que todos los libros hebreos fueran quemados y, si no hubiese sido por los enérgicos esfuerzos de Reuchlin, se habría llegado a quemar el Talmud . "Que la Reforma no tuvo nada que ver en sí misma con las posteriores mejoras de las condiciones de los judíos, se deduce del hecho de que en muchas zonas de Alemania, tanto protestantes como católicas, su suerte llegó a ser realmente peor que antes" ("The New Inter. Cyclop.", vol. X, Nueva York, 1903). El mismo Lutero, hacia el fin de su vida, fue su mayor oponente.

A partir de ese momento, y durante mucho tiempo, envenenó el mundo Protestante con su testamento en contra de los judíos. Los protestantes llegaron a ser incluso más implacables contra los judíos de lo que habían sido los católicos. Los líderes del catolicismo exigían sumisión absoluta a la ley canónica; pero, a cambio, les concedían el permiso para permanecer en los países católicos; Lutero, por el contrario, exigía su completa expulsión. . . . Fue él quien colocó a los judíos al mismo nivel que a los gitanos. . . . Él fue la causa de que fueran expulsados por los príncipes protestantes. (Grätz)

En general, los emperadores de esta época actuaron con equidad en relación con sus súbditos judíos. Sin embargo, a veces los expulsaron de sus territorios, o hicieron la vista gorda cuando los desterraban de otros lugares. Durante la Guerra de los Treinta Años, Fernando II (fallecido en 1638) trató a los judíos con gran consideración y exigió a sus generales que los librase de los infortunios de la guerra. En tiempos de su reinado, y en el de su hijo, la comunidad judía de Viena fue especialmente floreciente; pero su prosperidad se interrumpió abruptamente bajo Leopoldo I (1657-1705) y, aunque algunos judíos consiguieron entrar en Viena, aproximadamente en 1685, el decreto de exclusión de Leopoldo no fue formalmente derogado hasta mucho más tarde. En aquella época, el principal lugar de refugio de los askenazíes de Alemania, Austria, y Bohemia fue el Reino de Polonia, donde la población judía fue claramente libre y próspera hasta mediados del s. XVII. Pero, en 1648, los judíos de Polonia empezaron a ser perseguidos por los cosacos de Ucrania, que invadieron Polonia y triunfaron en tres campañas sucesivas. A continuación, sufrieron las desastrosas invasiones de los rusos y los suecos. Se estima que, en diez años (1648-1658), más de 200.000 judíos fueron exterminados en los dominios polacos. En consecuencia, los judíos supervivientes en Polonia quedaron reducidos a una condición de extrema pobreza y abyección, de la cual los reyes polacos de la segunda mitad del s. XVII se afanaron en librarles con el mayor empeño. Durante este periodo, los estudiantes cristianos comenzaron a cultivar el hebreo, bajo la orientación de gramáticos judíos; se introdujeron los estudios de hebreo en las universidades de Alemania y Francia; y Richard Simon hizo que el mundo intelectual conociera la literatura rabínica.

 

 

(11) Edad Contemporánea (desde 1700)

En relación con este último periodo, será conveniente explicar brevemente los acontecimientos relativos, primero a los judíos del Viejo Mundo, y a los del Nuevo, después. La situación interna de los judíos del Viejo Mundo durante la primera mitad del s. XVIII era la de una general desmoralización que los hacía aparecer a todos de la forma más vergonzosa a causa de los trabajos recientes de los estudiantes cristianos, tales como, por ejemplo, la Historia de los Judíos, de Basnage, que, por fuerza, había de dirigir la atención del mundo ilustrado hacia ellos. Es claro que los judíos no estuvieron sometidos a las masacres en masa de los primeros momentos, pero continuaban siendo, a los ojos de todos, un pueblo despreciable, responsable de toda clase de desgracias. En Suecia, se les permitió entrar (1718), aunque en condiciones desfavorables; en Francia, se impusieron nuevas restricciones a sus asentamientos (1718) en Metz y Burdeos; en Prusia, las leyes de Federico Guillermo I (1714, 1730) respiraban un espíritu de gran intolerancia contra ellos; en Nápoles, se revocaron pronto las concesiones hechas a los judíos por Carlos III en 1740; en Austria, las acusaciones de que habían colaborado con los enemigos del país durante la Guerra de Sucesión austríaca fueron prestamente creídas, llevaron a disturbios sangrientos contra ellos, casi supusieron su definitiva expulsión de Bohemia y Moravia en tiempos de María Teresa (1745), y provocaron que los judíos de Praga quedaran sometidos a las más severas restricciones; en Rusia, Catalina I (1727) adoptó medidas activas contra los judíos de Ucrania y desterró a la población judía de Rusia. Ana Ivanovna (1739) decretó su expulsión de la Pequeña Rusia, e Isabel (1741-1762) hizo cumplir, con severidad, medidas antijudías; finalmente, en Inglaterra, los judíos fueron tolerados simplemente como extraños y una ley de naturalización, que había sido aprobada por ambas Cámaras y ratificada por Jorge II (1753), quedó finalmente rechazada (1754) debido a la oposición del pueblo.

Sin embargo, determinadas circunstancias fueron atenuando gradualmente el espíritu de hostilidad contra los judíos. Entre dichas circunstancias se pueden mencionar: (a) la gran influencia ejercida por Moisés Mendelssohn (1729-1786), quien, con su talento literario y su fuerte personalidad, demostró al mundo que su pueblo podía producir hombres dignos de ser admitidos en la alta sociedad y enseñó a sus compañeros judíos el camino para eliminar los prejuicios contra ellos; y (b) la vigorosa defensa de los judíos realizada por el escritor cristiano Dohm, quien, en su obra "Sobre la Mejora de la Condición de los Judíos", sugirió muchas medidas prácticas que fueron adoptadas en parte por José II de Austria cuando, en 1781, abolió los impuestos a los judíos y les concedió el ejercicio de las libertades civiles. Bajo estas, y otras, circunstancias prevaleció un espíritu más liberal hacia los judíos en Prusia y en Francia, donde Guillermo II y Luis XVI, respectivamente, abolieron el impuesto a los judíos. Este estado de cosas se sintió también en Rusia, donde Catalina II (1762-1796) llegó a decretar la libertad religiosa y civil de los judíos aunque, bajo su gobierno, el Senado ruso pudo establecer la "Exclusión de asentamiento", delimitando la parte de Rusia en la cual se permitía residir a los judíos, e imponer otras medidas antijudías. Todo esto culminó con los decretos de la Revolución Francesa que abrieron, realmente, la era de la emancipación de los judíos: in 1790, la Asamblea Nacional Francesa otorgó la ciudadanía a los judíos sefardíes y, en 1791, concedió plenos derechos civiles a todos los judíos del país. Con las victorias y la influencia de los franceses, se extendió la libertad de los judíos y, en 1796, la Asamblea Nacional de Batavia decretó la ciudadanía de los judíos. En 1806, Napoleón I convocó una asamblea de judíos notables que consiguió atemperar los prejuicios que tenía contra los judíos y, en 1807, reunió al Gran Sanedrín que demostró, para su satisfacción, que la raza judía podía ser fiel simultáneamente a su religión y al Estado. A continuación se produjeron, no sin dificultades pero en rápida sucesión, la emancipación de los judíos de Westfalia y de Baden (1808), de Hamburgo (1811), de Mecklemburgo y de Prusia (1812).

La caída de Napoleón y el consiguiente periodo de reorganización en Europa supusieron un retroceso en la libertad de los judíos, especialmente en Alemania; este país fue, durante cierto tiempo, el escenario de sangrientos disturbios contra los judíos; pero poco a poco, y casi en todos los países del Viejo Mundo, fue prevaleciendo su libertad. En Francia, en tiempos de Luis Felipe (1831), los rabinos judíos fueron puestos al mismo nivel, en cuestiones salariales, que los curês de la Iglesia Católica; en 1846, el juramento "More Judaico" fue abolido por inconstitucional; y, después de la ola de antisemitismo que culminó en el célebre caso de Alfred Dreyfus, la población judía en el país y en Argel no volvió a ser molestada. En Inglaterra, el Parlamento no quedó abierto libremente a los judíos hasta 1858, fecha en la que se suprimió del juramento del cargo la cláusula "Sobre la verdadera fe de un cristiano" y, hasta 1870, no quedaron abolidas todas las restricciones para ocupar cargos públicos en el Imperio Británico (excepto el de soberano). En Alemania del norte, los diferentes estados permitieron a los judíos el uso de las libertades civiles en 1848 y, después de 1870, desaparecieron todas las restricciones, aunque después de esa fecha, y debido a un sentimiento antisemita, se establecieron públicamente, o se impusieron calladamente, algunas incapacitaciones menores en algunas partes del Imperio. Dinamarca emancipó a los judíos en 1849, mientras que en Suecia y en Noruega todavía estaban sujetos a algunas limitaciones. En 1867, quedaron emancipados los judíos de Austria y, en 1895, los de Hungría consiguieron, además, que el judaísmo fuera considerado como "una religión legalmente reconocida". En Suiza, después de una pugna larga y amarga, la Constitución Federal de 1874 otorgó a los judíos plenas libertades. En Italia, fueron abolidas paulatinamente las limitaciones de los judíos, que habían sido restablecidas a raíz de la caída de Napoleón I, y cuya aplicación fue la causa, en 1858, del célebre Caso Mortara; y Roma, el último lugar de Italia donde los judíos fueron emancipados, eligió a un judío, Ernesto Nathan, como alcalde, el 10 de octubre de 1908. España y Portugal todavía no habían reconocido oficialmente a sus pequeñas poblaciones judías. A lo largo del Danubio, las provincias de Serbia, Bulgaria y Montenegro permitieron, de acuerdo con el Tratado de Berlín de 1878, el uso de las libertades civiles y religiosas a los judíos que se habían asentado en sus territorios, mientras que la provincia de Rumania, desafiando dicho tratado, rechazó su contenido y emprendió nuevas persecuciones que trajeron como consecuencia una gran emigración de judíos rumanos. Los judíos turcos obtuvieron la ciudadanía en 1839; aunque fueron acusados repetidamente de asesinatos rituales de niños en diversas partes del Imperio Turco, lo cual inflamó al populacho y trajo como consecuencia disturbios contra los judíos.

En Palestina el número de judíos crece rápidamente (ya son 78.000), a pesar de las restricciones del sultán (1888, 1895) relativas al acceso, en número, de judíos inmigrantes; y se han establecido colonias agrícolas en varias partes del país. En Marruecos, y sobre todo en Fez, los judíos todavía tienen mucho que temer del fanatismo de los musulmanes. En Persia son a veces oprimidos, a pesar de la general buena voluntad existente hacia ellos. Su destino ha sido, y todavía lo es, deplorable en Rusia, donde vive, aproximadamente, la mitad de la población judía en el mundo. La libertad de comercio que les fue concedida por Alejandro I (1801-1825) quedó reemplazada, en tiempos de Nicolás I (1825-1855), por una legislación pensada para disminuir su número, privarlos de su entidad religiosa y nacional y dejarlos indefensos, moral y comercialmente, ante los cristianos. Alejandro II (1855-1881) fue muy favorable a los judíos; pero la reacción contra ellos bajo Alejandro III (1881-1894) fue de lo más intolerante. Después de la promulgación de la ley Ignatiev, en 1882, se han acumulado las medidas más restrictivas contra los judíos y, desde 1891, han sido aplicadas con tal severidad que los judíos rusos han emigrado por centenares de miles, sobre todo a los Estados Unidos. Bajo el actual emperador, Nicolás II, se han establecido nuevas restricciones; se han producido disturbios contra los judíos en 1896, 1897 y 1899, que han culminado con las masacres de Kishiniov, Homel, etc., entre 1903 y 1906, ayudadas de distintas formas por oficiales y soldados rusos; durante 1909, la persecución tomó la forma de órdenes de expulsión, y los juicios ordenados por la Duma contra los organizadores y perpetradores de tales matanzas de hace unos años son, aparentemente, una farsa.

Los judíos se establecieron en Sudamérica desde muy pronto, exilados de España y Portugal o tomando parte en las empresas comerciales de los holandeses e ingleses en el Nuevo Mundo. Su centro principal fue Brasil. Los que llegaron allí en el s. XVI eran marranos que habían sido enviados junto con los presidiarios. Adquirieron riquezas y llegaron a ser muy numerosos al principio del s. XVII. Ayudaron a los holandeses a arrebatar Brasil a Portugal (1624) y se unieron, en 1642, a muchos judíos portugueses procedentes de Amsterdam. Al final de la supremacía holandesa en Brasil (1654), muchos de los colonos judíos regresaron a Holanda; otros emigraron a colonias francesas (Guadalupe, Martinica y Cayena); otros se refugiaron en Curaçao, una posesión holandesa; y, finalmente, una pequeña parte llegó a Nueva Amsterdam (Nueva York). Al cabo de unos pocos años, los judíos que se habían instalado en las islas francesas fueron obligados a regresar a las amistosas posesiones holandesas y a otros lugares de refugio, sobre todo a Surinam (que entonces pertenecía a Inglaterra); allí llegaron a ser muy prósperos. Los otros asentamientos iniciales de los judíos, en México, Perú, y en las Indias Occidentales, no precisan más que una ligera mención. De mucha mayor importancia son los asentamientos realizados, sobre todo por los sefardíes, en Norteamérica. Ya había judíos en Nueva Amsterdam en 1652; otros llegaron procedentes de Brasil, en 1654. Puesto que éstos no fueron bien recibidos por el gobernador, Peter Stuyvesant, algunos de ellos se trasladaron a la Colonia de Rhode Island, donde fueron reforzados, a lo largo del tiempo, por contingentes procedentes de Curaçao (1690) y de Lisboa (1755). La situación de los que permanecieron en Nueva Amsterdam fue, en general, satisfactoria, pues estaban apoyados por el Gobierno local holandés; esta situación se mantuvo básicamente hasta 1664, fecha en la cual los británicos conquistaron Nueva Amsterdam y cambiaron su nombre por el de Nueva York. A finales del s. XVII había algunos judíos en Maryland. Las siguientes plazas en las que se asentaron fueron Pennsylvania (con un gran porcentaje de askenazíes), Georgia y las Carolinas.

Durante la Guerra de la Revolución Americana, los judíos, en general, se pusieron de parte del lado colonial; algunos lucharon con valor por dicha causa; y Haydn Solomon ayudó al Congreso Continental con sus aportaciones económicas. Después de la Declaración de Independencia (julio de 1776), la mayor parte de los estados de la Unión colocaron a todos los ciudadanos en una situación de igualdad, con la única y notable excepción de Maryland, donde las limitaciones no fueron eliminadas hasta 1826. Durante el s. XIX, los judíos se extendieron por todos los Estados Unidos y, recientemente, por todas sus posesiones, después de la Guerra Hispano-americana (1898), en la cual participaron unos 2.000 soldados judíos. También se han desarrollado importantes congregaciones en las principales ciudades de Canadá, donde los judíos disfrutan de plenos derechos civiles desde 1831. Desde 1830 hasta 1870, la inmigración en Estados Unidos procedía principalmente de las provincias del Rin, Alemania del Sur y Hungría. Desde 1882, los disturbios y las persecuciones en Rusia han dado origen a una intensa emigración, parte de la cual fue dirigida por el Barón von Hirsch a la República Argentina, o fue a Canadá, aunque la mayor parte de ella se dirigió a Estados Unidos. A ellos se unieron numerosos judíos procedentes de Galitzia y Rumania. El número total de judíos llegados a Estados Unidos a través de sus tres puertos de entrada más importantes (Nueva York, Filadelfia y Baltimore), desde 1882 hasta el 30 de junio de 1909, fue de 1.397.423, aparte de los más de 54.000 que alcanzaron el país entre el 1 de julio de 1908 y el 30 de junio de 1909. En consecuencia, Estados Unidos tiene la tercera mayor población judía del mundo; las últimas estimaciones son: 5.215.805 en Rusia; 2.084.591 en Austria-Hungría; y 1.777.185 en Estados Unidos. Para los inmigrantes que, en su mayor parte, se han asentado en los grandes centros de negocios, se han creado o se han ampliado escuelas que durante el día y la noche enseñan inglés, además de escuelas de comercio que les enseñan a ganarse la vida. Para aquellos a los que ha sido posible desviar a otros lugares, se ha intentado crear colonias agrícolas en varios estados, pero no han tenido mucho éxito. En casi todas las demás líneas de actuación (educativa, filantrópica, literaria, financiera, etc.), el desarrollo de la actividad de los judíos durante los últimos veinticinco años ha sido rápido y lleno de éxitos. A diferencia de los judíos de Jamaica y Canadá, los de Estados Unidos son independientes de la jurisdicción de cualquier autoridad europea.

Las estadísticas de judíos que se dan a continuación están tomadas de "American Jewish Year Book" y se refieren al año 5670 (del 16 de septiembre de 1909 hasta el 3 de octubre de 1910).

Estados Unidos: 1.777.185
Italia: 52.115
Imperio Británico: 380.809
Luxemburgo: 1.200
Abisinia: 3.000
México: 8.972
Argentina: 30.000
Marruecos: 109.712
Austria-Hungría: 2.084.591
Noruega: 642
Bélgica: 12.000
Persia: 49.500
Brasil: 3.000
Perú: 498
Bulgaria: 36.455
Rumania: 250.000
China y Japón: 2.000
Rusia: 5.215.805
Costa Rica: 43
Serbia: 5.729
Cuba: 4.000
España: 2.500
Dinamarca: 3.476
Suecia: 3.912
Francia: 95.000
Suiza: 12.264
Argelia: 63.000
Turquía: 463.686
Túnez: 62.540
Egipto: 38.635
Alemania: 607.862
Trípoli: 18.660
Grecia: 8.350
Creta: 1.150
Holanda: 105.988
Turkestán y Afganistán: 14.000
Curaçao: 1.000
Venezuela: 411
Surinam: 1.158

TOTAL: 11.530.848

HAMBURGER, Realencyclopädie des Judenthums (Leipzig, 1896); The Jewish Encyclopedia (New York, 1901-1906); the handy vols. Of the American Jewish Year Book (Philadelphia, 1899-1909); KREUTZWALD in Kirchenlex., s.v. Juden; VON HANEBERG, ibid, s.v. Judenthum; SCHöLEIN in BUCHBERGER, Kirchliches Handlex., s. v. Juden and Judentum. In addition the following works may be mentioned as more important or more accessible:
General Jewish History. BASNAGE, Histoire des Juifs depuis Jésus-Christ (Rotterdam, 1706); ADAMS, History of the Jews from the Destruction of Jerusalem to the Present Time (Boston, 1812); JOST, Hist of the Jews from the Maccabees to Our Day, tr. (New York, 1848); IDEM, Geschicte d. Judenthums u. s. Secten (Leipzig, 1857-59); MILMAN, The History of the Jews (London, 1863); PALMER, A History of the Jewish Nation (London, 1874); REINACH, Hist. Des Israélites depuis l’epoque de leur dispersion jusqu’á nos jours (Paris, 1884); MAGNUS, Outlines of Jewish History (Philadelphia, 1884); BECK, Gesch. D. jüdischen Volkes u. s. Iiteratur vom babylonischen Exile bis auf die Gegenwart(Lissa, 1894); GRéTZ, Hist. Of the Jews, tr. (Philadelphia, 1891-98); KARPELES, Sketch of Jewish Hist. (Philadelphia, 1898); DUBNOW, Jewish Hist., tr. (Philadelphia, 1903); GEIGER, Das Judenthum u. s. Geschichte (2nd ed., Breslau, 1909.
Literary History. FöRST, Bibliotheca Judaica (Leipzig, 1849-63); WINTER AND WöNSCHE, Die Jüdische Literatur (Trier, 1891-96); KARPELES, Jewish Literature and Other Essays (Philadelphia, 1895); LIPPE, Bibliog. Lexicon (Vienna, 1899); WIENER, The History of Yiddish Literature in the 19tth Century, tr. (New York, 1903); CASSEL, Manual of Jewish History and Literature, (New York, 1903); SLOUSCH, Renaissance de la littérature hébraïque (Paris, 1903); BRODY AND ALBRECHT, The New School of Poets of the Spanish-American Epoch (London, 1906); ABRAHAMS, A Short History of Jewish Literature (New York, 1906).

FRANCIS E. GIGOT
T ranscrito por Bob Mathewson
Traducido por Juan Ramón Martínez Maurica

The Catholic Encyclopedia, Volume I
Copyright © 1907 by Robert Appleton Company
Online Edition Copyright © 1999 by Kevin Knight
Enciclopedia Católica Copyright © ACI-PRENSA
Nihil Obstat, March 1, 1907. Remy Lafort, S.T.D., Censor Imprimatur +John Cardinal Farley, Archbishop of New York

 

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S.S. Benedicto P.P.  XVI - MMVI.II.IX Vat. recibe a Laura BUSH, esposa

del presidente de los E.E.U.U.de América

 

"Si no aprendemos a limitar drásticamente nuestros deseos y demandas y subordinar nuestros intereses a criterios morales, nosotros, la humanidad, sencillamente nos desgarraremos, ya que los peores aspectos de la naturaleza humana sacarán a relucir sus colmillos; en las circunstancias cada vez más complejas de nuestra modernidad, el imponernos límites a nosotros mismos es la única senda que verdaderamente hará posible nuestra preservación," afirmaba Solyenitsin 1993

 

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S. S. Pablo VI, P. P. [Pontífice Papa] (1963+1978)
Exhortación sobre la alegría cristiana, l975 - 

 

“Sobre esta piedra edificaré mi Iglesia.” (Mt 16,18) -     En este Año Santo nos os hemos invitado a cumplir, materialmente o en espíritu y por la intención, un peregrinaje a Roma, al corazón de la Iglesia católica. Con todo, es demasiado evidente que  Roma no constituye el término de nuestro peregrinaje en el tiempo. Ninguna ciudad santa de aquí abajo es nuestra meta. Ésta está oculta más allá de este mundo, en el corazón del misterio de Dios, todavía invisible para nosotros... Para los apóstoles Pedro y Pablo, Roma ha sido este término, donde los santos han derramado su sangre como último testimonio.
        La vocación de Roma estriba de los apóstoles; el ministerio que nos toca ejercer desde aquí es un servicio a favor de la Iglesia universal e incluso de toda la humanidad. Es un servicio irremplazable, ya que, según el beneplácito de su sabiduría, Dios colocó Roma, la ciudad de Pedro y de Pablo en el itinerario que conduce a la Ciudad Eterna, porque confió a Pedro las llaves del Reino de los cielos. Pedro unifica en su persona el colegio de todos los obispos. Lo que queda aquí en Roma, no por la voluntad del hombre, sino por una providencia libre y misericordiosa del Padre, del Hijo y del Espíritu, es la “solidez de Pedro”, como la define San León Magno: Pedro no cesa de ocupar su sede; conserva una participación plena en el ministerio de Cristo, Soberano Pontífice. La estabilidad propia de la piedra que él ha recibido de la piedra angular que es Cristo (1Cor 3,11), una vez establecido como Pedro-Piedra, (Mt 16,16) la transmite a todos sus sucesores.

 

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El problema de la convivencia cívica, y el de la convivencia entre personas de diferentes creencias religiosas, tradiciones culturales, etc., es un problema real, en todo tiempo y de modo especial en la época contemporánea. Pretender resolverlo postulando la separación programática entre política y religión es condenarse a hacerlo insoluble, ya que es .precisamente el reconocimiento de la dimensión religiosa del hombre lo que lleva a fundamentar radicalmente la trascendencia de la persona y, por tanto, a poner de relieve la necesidad del respeto a la intimidad de las conciencias y los consiguientes límites de toda autoridad estatal (cfr. Conc. Vaticano II, Declaración Dignitatis humanae, 1-3).

 

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Asistimos
a la sustitución
de la verdad
por el mero interés inmediato;
a la de lo sólido
y riguroso por
lo cómodo o fácil;
y a la de lo correcto por lo que
se presume directamente rentable.

MMV

 

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María virgen judía y madre del Cristo Jesús: "Rey de los judíos".

 

Bendita tú eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre. ¿Y de dónde a mí que la Madre de mi Señor venga a visitarme?

24. El Espíritu Santo conocía su palabra y no la olvida jamás, y la profecía se realiza no sólo en los hechos milagrosos, sino en todo el rigor y propiedad de los términos. ¿Cuál es este fruto del vientre, sino Aquel del que se ha dicho : He aquí que el Señor da por herencia los hijos, recompensa del fruto del seno? (Ps 126, 3). Es decir, la herencia del Señor son los hijos, precio de este fruto que nació del seno de María. El es el fruto del vientre, la flor de la raíz, de la cual profetizó Isaías al decir : Saldrá una vara de la raíz de Jesé, y la flor brotará de la raíz; la raíz es la raza judía; el tallo, María; la flor de María, Cristo, que, como el fruto del buen árbol, según nuestros progresos en la virtud, ahora florece, ahora fructifica en nosotros, ahora renace por la resurrección del cuerpo. 

 

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Pido a Dios que la tradición judaica y cristiana, fundada en la Palabra divina, y que tiene una profunda conciencia de la dignidad de la persona humana que es imagen de Dios (cfr. Gen 1, 26),  nos lleve al culto y amor ferviente al único y verdadero Dios. Y que ello se traduzca en una acción eficaz en favor del hombre, de cada hombre y de todo hombre.

¡Shalom! y que Dios, Creador y Salvador, bendiga a vosotros y a vuestra Comunidad. 03 Nov.1982 – España. S.S. Juan Pablo II – Magno

 

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El diálogo con los judíos - 1. El diálogo interreligioso que la carta apostólica Tertio millennio adveniente impulsa como aspecto característico de este año dedicado en especial a Dios Padre (cf. nn. 52-53), atañe ante todo a los judíos, «nuestros hermanos mayores», como los llamé con ocasión del memorable encuentro con la comunidad judía de la ciudad de Roma, el 13 de abril de 1986 (cf. L´Osservatore Romano, edición en lengua española, 20 de abril de 1986, p. 1). Reflexionando en el patrimonio espiritual que tenemos en común, el concilio Vaticano II, especialmente en la declaración Nostra aetate, dio una nueva orientación a nuestras relaciones con la religión judía. Es preciso profundizar cada vez más esa doctrina, y el jubileo del año 2000 podrá representar una ocasión magnífica de encuentro, posiblemente en lugares significativos para las grandes religiones monoteístas (cf. Tertio millennio adveniente, 53).

Es sabido que, por desgracia, la relación con nuestros hermanos judíos ha sido difícil desde los primeros tiempos de la Iglesia hasta nuestro siglo. Pero en esta larga y atormentada historia no han faltado momentos de diálogo sereno y constructivo. Conviene recordar, al respecto, el hecho significativo de que el filósofo y mártir san Justino, en el siglo II, dedicó su primera obra teológica, que lleva por título precisamente «Diálogo», a su confrontación con el judío Trifón. Asimismo, hay que señalar que la perspectiva del diálogo se halla muy presente en la literatura neo-judía contemporánea, la cual ha ejercido gran influjo en el pensamiento filosófico y teológico del siglo XX.

2. Esta actitud de diálogo entre cristianos y judíos no sólo expresa el valor general del diálogo entre las religiones, sino también la participación en el largo camino que lleva del Antiguo Testamento al Nuevo. Hay un largo tramo de la historia de la salvación que los cristianos y los judíos contemplan juntos. «A diferencia de otras religiones no cristianas, la fe judía ya es una respuesta a la revelación de Dios en la antigua alianza» (Catecismo de la Iglesia católica, n. 839). Esta historia se halla iluminada por una inmensa multitud de personas santas, cuya vida testimonia la posesión, en la fe, de lo que se espera. La carta a los Hebreos pone de relieve precisamente esta respuesta de fe a lo largo de la historia de la salvación (cf. Hb 11).

El testimonio valiente de la fe debería marcar también hoy la colaboración de cristianos y judíos para proclamar y actuar el designio salvífico de Dios en favor de la humanidad entera. El hecho de que ese designio sea interpretado de forma diversa con respecto a la aceptación de Cristo, implica evidentemente una divergencia decisiva, que está en la raíz misma del cristianismo, pero eso no quita que muchos elementos sigan siendo comunes.

Sobre todo tenemos el deber de colaborar para promover una condición humana más acorde con el designio de Dios. El gran jubileo, que se remonta precisamente a la tradición judía de los años jubilares, indica la urgencia de ese compromiso común para restablecer la paz y la justicia social. Reconociendo el señorío de Dios sobre toda la creación, y en particular sobre la tierra (cf. Lv 25), todos los creyentes están llamados a traducir su fe en un compromiso concreto para proteger el carácter sagrado de la vida humana en todas sus formas y defender la dignidad de todo hermano y hermana.

3. Meditando en el misterio de Israel y en su «vocación irrevocable» (cf. Discurso a la comunidad judía de Roma: L´Osservatore Romano, edición en lengua española, 20 de abril de 1986, p. 1), los cristianos investigan también el misterio de sus raíces. En las fuentes bíblicas, que comparten con sus hermanos judíos, encuentran elementos indispensables para vivir y profundizar en su misma fe.

Se ve, por ejemplo, en la liturgia. Como Jesús, a quien san Lucas nos presenta mientras abre el libro del profeta Isaías en la sinagoga de Nazaret (cf. Lc 4, 26 ss), también la Iglesia aprovecha la riqueza litúrgica del pueblo judío. Ordena la liturgia de las Horas, la liturgia de la Palabra e incluso la estructura de las Plegarias eucarísticas según los modelos de la tradición judía. Algunas grandes fiestas, como Pascua y Pentecostés, evocan el año litúrgico judío y constituyen ocasiones excelentes para recordar en la oración al pueblo que Dios eligió y sigue amando (cf. Rm 11, 2). Hoy el diálogo implica que los cristianos sean más conscientes de estos elementos que nos acercan. De la misma manera que tomamos conciencia de la «alianza nunca revocada» (cf. Discurso a los representantes de la comunidad judía, en Maguncia, 17 de noviembre de 1980, n. 3: L´Osservatore Romano, edición en lengua española, 23 de noviembre de 1980, p. 15), debemos considerar el valor intrínseco del Antiguo Testamento (cf. Dei Verbum, 3), aunque cobra su sentido pleno a la luz del Nuevo y contiene promesas que se cumplen en Jesús. ¿No fue la lectura actualizada de la sagrada Escritura judía, hecha por Jesús, la que hizo arder el corazón de los discípulos de Emaús (cf. Lc 24, 32), permitiéndoles reconocer al Resucitado al partir el pan?

4. No sólo la historia común de cristianos y judíos, sino particularmente el diálogo debe orientarse al futuro (cf. Catecismo de la Iglesia católica, n. 840), convirtiéndose, por decirlo así, en «memoria del futuro» (Nosotros recordamos: una reflexión sobre la Shoa: L´Osservatore Romano, edición en lengua española, 20 de marzo de 1998, p. 11). El recuerdo de los hechos tristes y trágicos del pasado puede abrir el camino a un renovado sentido de fraternidad, fruto de la gracia de Dios, y al esfuerzo por lograr que las semillas infectadas del antijudaísmo y el antisemitismo nunca más echen raíces en el corazón del hombre.

Israel, pueblo que construye su fe sobre la promesa hecha por Dios a Abraham: «Serás padre de una multitud de pueblos» (Gn 17, 4; Rm 4, 17), señala al mundo Jerusalén como lugar simbólico de la peregrinación escatológica de los pueblos, unidos en la alabanza al Altísimo. Ojalá que, en el umbral del tercer milenio, el diálogo sincero entre cristianos y judíos contribuya a crear una nueva civilización, fundada en el único Dios, santo y misericordioso, y promotora de una humanidad reconciliada en el amor.

28 Abril 1999 - S.S. Juan Pablo II – Magno

 

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Carta I de San Pablo a los Corintios 15,1-8. - Hermanos, les recuerdo la Buena Noticia que yo les he predicado, que ustedes han recibido y a la cual permanecen fieles. Por ella son salvados, si la conservan tal como yo se la anuncié; de lo contrario, habrán creído en vano. Les he trasmitido en primer lugar, lo que yo mismo recibí: Cristo murió por nuestros pecados, conforme a la Escritura. Fue sepultado y resucitó al tercer día, de acuerdo con la Escritura. Se apareció a Pedro y después a los Doce. Luego se apareció a más de quinientos hermanos al mismo tiempo, la mayor parte de los cuales vive aún, y algunos han muerto. Además, se apareció a Santiago y de nuevo a todos los Apóstoles. Por último, se me apareció también a mí, que soy como el fruto de un aborto.

 

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San Ireneo de Lión (130-208) obispo de Lión, mártir, doctor de la Iglesia
Contra las herejías, IV 14,2

 

“...muchos profetas y reyes quisieron ver lo que vosotros veis y no lo vieron...” (Lc 10,24)       

Desde el comienzo, Dios ha formado al hombre en vista de sus dones. Ha escogido a los patriarcas en vista de su salvación. Se preparó un pueblo, instruyendo a los ignorantes para que siguieran las huellas de Dios. Más tarde, instruyó a los profetas para habituar al hombre a convivir con su Espíritu ya en este mundo y a entrar en comunión con Dios. El mismo Dios no tenía necesidad de nadie, pero a los que necesitaban de él les ofrecía su comunión.  Para aquellos, en quienes se complacía, (cf Lc 2,14) ha destinado desde un principio, igual que un arquitecto, el edificio de la salvación. El mismo fue su guía en las tinieblas de Egipto; en el desierto donde erraban, les daba una Ley apropiada; y a los que entraron en la tierra prometida les ofreció una herencia escogida. En fin, para todos aquellos que se levantan y vuelven junto al Padre, él mata la ternera cebada y los reviste de una túnica de fiesta. (cf Lc 15,22ss).
       Así, de muchas maneras, Dios disponía al género humano en vista de la “música y danza de la salvación” (cf Lc 15,25) Por esto, Juan escribe en el Apocalipsis: “Su voz era la voz de aguas caudalosas” (Ap 1,15) Ya que realmente, las aguas del Espíritu de Dios son múltiples, porque el Padre es grande y posee todas la riquezas. Y, pasando a través de todo ello, el Verbo acordó generosamente su ayuda a los que se le someten, dando a toda criatura las prescripciones apropiadas.

 

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Desde el nacimiento de la Iglesia en Pentecostés hasta Juan Pablo II, 2000 años de historia, que únicamente la Iglesia de Jesucristo posee domicilio fijo: colina vaticana sobre la tumba del mártir San Pedro, en la ciudad de Roma, Italia. Poco importa si un mañana tendrá domicilio en alguna gruta poco o nada conocida hoy.

 

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La poligamia es consentida por el Corán hasta poder tener cuatro mujeres, y todas las concubinas deseadas. El hombre puede y ordena, la mujer debe servirle. 

 

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"No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios: concebirás en tu seno y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande y será llamado Hijo del Altísimo; el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará eternamente sobre la casa de Jacob y su Reino no tendrá fin. (Lucas 1:30-33) "

 

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"Obras todas del Señor, bendecid al Señor".-

La naturaleza canta las glorias del Creador y el hombre

sepa gozar en armonía con todo lo creado. Ad maiorem Dei gloriam.

 

 

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Recomendamos - Las sectas y su invasión del mundo hispánico: una guía  (2003) también por Manuel Guerra Gómez, editada por Eunsa. - Sinopsis. - Para visitar con provecho a una ciudad desconocida, aconsejan el uso de una Guía con su plano, la descripción de sus monumentos, etc. Esta obra pretende prestar un servicio similar con respecto a las sectas implantadas en el mundo hispano. Para no correr el riesgo de extraviarse entre las más de 35.500 sectas inventariadas hasta el momento, para poder recorrer sus nombres que cambian con frecuencia y para ni acumular más inseguridad e inquietud, se presenta esta Guía en el mercado. El autor trata de reflejar la realidad de cada secta con la mayor objetividad posible y de perfilar sus señales de identidad de acuerdo con los datos -no siempre completos- que facilitan su identificación.

 

Recomendamos vivamente:

LEYENDAS NEGRAS DE LA IGLESIA. Autor Vittorio MESSORI – Editorial “PLANETA-TESTIMONIO” 10ª EDICIÓN – Óptimo libro para defenderse del cúmulo de opiniones arbitrarias, deformaciones sustanciales y auténticas mentiras que gravitan sobre todo en lo que concierne a la Iglesia.

 

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'JESUCRISTO PADECIÓ BAJO EL PODER DE PONCIO PILATO,
FUE CRUCIFICADO, MUERTO Y SEPULTADO'
Evangelio según San Lucas, Cap.3, vers.1º: El año decimoquinto del reinado del emperador Tiberio, cuando Poncio Pilato gobernaba la Judea, siendo Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Felipe tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene…

Crucifixión de San Pedro: fue crucificado al revés cabeza abajo - Pergamino con San Pedro en cruz invertida, de Maguncia- Alemania; entre el 900 y el 1000ca. - Museo Diocesano de la Catedral Maguncia (Mainz) Alemania - Pedro en su cruz, invertida. ¿Qué significa todo esto? Es lo que Jesús había predicho a este Apóstol suyo: "Cuando seas viejo, otro te llevará a donde tú no quieras"; y el Señor había añadido: "Sígueme" (Jn 21, 18-19). Precisamente ahora se realiza el culmen del seguimiento: el discípulo no es más que el Maestro, y ahora experimenta toda la amargura de la cruz, de las consecuencias del pecado que separa de Dios, toda la absurdidad de la violencia y de la mentira. No se puede huir del radicalismo del interrogante planteado por la cruz: la cruz de Cristo, Cabeza de la Iglesia, y la cruz de Pedro, su Vicario en la tierra. Dos actos de un único drama: el drama del misterio pascual: cruz y resurrección, muerte y vida, pecado y gracia.

La maternidad divina de María – Catecismo de la Iglesia
495 Llamada en los Evangelios 'la Madre de Jesús'(Jn 2, 1; 19, 25; cf. Mt 13, 55, etc.), María es aclamada bajo el impulso del Espíritu como 'la madre de mi Señor' desde antes del nacimiento de su hijo (cf Lc 1, 43). En efecto, aquél que ella concibió como hombre, por obra del Espíritu Santo, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el Hijo eterno del Padre, la segunda persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre de Dios [Theotokos] (cf. Concilio de Éfeso, año 649: DS, 251).
La virginidad de María
496 Desde las primeras formulaciones de la fe (cf. DS 10-64), la Iglesia ha confesado que Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María únicamente por el poder del Espíritu Santo, afirmando también el aspecto corporal de este suceso: Jesús fue concebido absque semine ex Spiritu Sancto (Concilio de Letrán, año 649; DS, 503), esto es, sin semilla de varón, por obra del Espíritu Santo. Los Padres ven en la concepción virginal el signo de que es verdaderamente el Hijo de Dios el que ha venido en una humanidad como la nuestra:
Así, san Ignacio de Antioquía (comienzos del siglo II): «Estáis firmemente convencidos acerca de que nuestro Señor es verdaderamente de la raza de David según la carne (cf. Rm 1, 3), Hijo de Dios según la voluntad y el poder de Dios (cf. Jn 1, 13), nacido verdaderamente de una virgen [...] Fue verdaderamente clavado por nosotros en su carne bajo Poncio Pilato [...] padeció verdaderamente, como también resucitó verdaderamente» (Epistula ad Smyrnaeos, 1-2).

El acontecimiento histórico y transcendente – Catecismo de la Iglesia
639 El misterio de la resurrección de Cristo es un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas como lo atestigua el Nuevo Testamento. Ya san Pablo, hacia el año 56, puede escribir a los Corintios: "Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce: "(1 Co 15, 3-4). El apóstol habla aquí de la tradición viva de la Resurrección que recibió después de su conversión a las puertas de Damasco (cf. Hch 9, 3-18).
El sepulcro vacío

640 "¿Por qué buscar entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado" (Lc 24, 5-6). En el marco de los acontecimientos de Pascua, el primer elemento que se encuentra es el sepulcro vacío. No es en sí una prueba directa. La ausencia del cuerpo de Cristo en el sepulcro podría explicarse de otro modo (cf. Jn 20,13; Mt 28, 11-15). A pesar de eso, el sepulcro vacío ha constituido para todos un signo esencial. Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección. Es el caso, en primer lugar, de las santas mujeres (cf. Lc 24, 3. 22- 23), después de Pedro (cf. Lc 24, 12). "El discípulo que Jesús amaba" (Jn 20, 2) afirma que, al entrar en el sepulcro vacío y al descubrir "las vendas en el suelo"(Jn 20, 6) "vio y creyó" (Jn 20, 8). Eso supone que constató en el estado del sepulcro vacío (cf. Jn 20, 5-7) que la ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana y que Jesús no había vuelto simplemente a una vida terrenal como había sido el caso de Lázaro (cf. Jn 11, 44).