Friday 26 May 2017 | Actualizada : 2017-03-29
 
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«No se descubrirá nunca nada, si se considera satisfecho de lo ya descubierto». Séneca.

 

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Leer  bien conviene el codicilo que Isabel añadió a su testamento tres días antes de morir, en noviembre de 1504, y que dice así:

 

«Concedidas que nos fueron por la Santa Sede Apostólica las islas y la tierra firme del mar Océano, descubiertas y por descubrir, nuestra principal intención fue la de tratar de inducir a sus pueblos que abrazaran nuestra santa fe católica y enviar a aquellas tierras religiosos y otras personas doctas y temerosas de Dios para instruir a los habitantes en la fe y dotarlos de buenas costumbres poniendo en ello el celo debido; por ello suplico al Rey, mi señor, muy afectuosamente, y recomiendo y ordeno a mi hija la princesa y a su marido, el príncipe, que así lo hagan y cumplan y que éste sea su fin principal y que en él empleen mucha diligencia y que no consientan que los nativos y los habitantes de dichas tierras conquistadas y por conquistar sufran daño alguno en sus personas o bienes, sino que hagan lo necesario para que sean tratados con justicia y humanidad y que si sufrieren algún daño, lo repararen».

 

Se trata de un documento extraordinario que no tiene igual en la historia colonial de ningún país. Sin embargo, no existe ninguna historia tan difamada como la que se inicia con Isabel la Católica.

 

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A partir del año 1492, en el continente americano se produce la fusión de elementos nativos y otros
foráneos, procedentes de la Europa bajomedieval y renacentista, que van a ir configurando a lo largo
de cerca de tres siglos la identidad de lo que hoy son las naciones americanas. En esa fusión que origina un continente mestizo, le cabe un papel protagonista a la Iglesia Católica,
configuradora de la identidad española y por tanto, de todo lo que España construye más allá de los
límites reducidos de la Península Ibérica.
La evangelización de la América Española deja una profunda huella en el Nuevo Mundo. Y esa
huella no es solo fruto del trabajo de unos miles de misioneros, sino que es consecuencia de la acción
total de España, puesto que la Monarquía Hispánica asumió, como señal de identidad, como razón
de Estado, precisamente la catolicidad de sus pobladores.
Las manifestaciones de la profunda religiosidad que heredaron los “españoles de América”
y que se manifestaron en múltiples campos de la cultura, el arte y el pensamiento americanos, son dignas del mejor elogio.


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Historia - La conciencia renacentista e ilustrada era mucho menos cristiana que la conciencia medieval. La conciencia de aquellos cristianos toleró la esclavitud más o menos como la conciencia actual de muchos cristianos e ilustrados filántropos ha resistido que el comunismo haya matado más de cien millones de hombres, sin mayores aspavientos, o como tolera que la matanza de los niños inocentes, por el aborto, se haya hecho legal y subsidiada.

 

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"San Antonio de Béjar".EE.UU. (U.S.A.)  La ciudad tejana se llama San Antonio y está asentada en el condado de Bexar. El nombre de Bexar procede del Duque de Béjar que perteneció a la nobleza que surtía de altos funcionarios a los virreinatos. El nombre de San Antonio es porque el día de su fiesta se celebró aquí la primera misa a la vera del río que fue bautizado así. Se levantó una misión, que era entonces una especie de cooperativa para asentar a los indios nómadas. Lo que queda del Álamo es el resto de esa misión sobre la que se erigió el presidio (= fuerte) de San Antonio. La iglesuca del Álamo fue el último baluarte de la lucha entre los mexicanos y norteamericanos. El edificio más notable de la ciudad, aparte de la Catedral, es el palacio del Gobernador español, una especie de cortijo señorial, bastante humilde, pero con estilo. El río San Antonio fue canalizado en los años treinta (1930) a su paso por la ciudad. Es claramente una de esas obras públicas de la época de F. D. Roosevelt. Es una especie de réplica de Venecia. El guía que lleva a los turistas en una barcaza por el canal observa: "A la derecha verán ustedes la estatua de Saint Anthony de Padua, el santo patrón de San Antonio".

 

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La Guerra del Chaco fue entre Paraguay y Bolivia de 1932 a 1935. Fue una guerra crudelísima por la disputa de unos terrenos baldíos en los que se pensó que había petróleo. No lo hubo y en el empeño resultó diezmada la población paraguaya. La Guerra de la Triple Alianza se entabló entre Brasil, Argentina y Uruguay, por un lado, contra Paraguay. Tuvo lugar entre 1865 y 1870. También aquí el resultado fue un desastre para los paraguayos, tan desproporcionadas eran las fuerzas de uno y otro bando.

 

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Argentina.

 

«El Evangelio llegó a nuestras tierras en medio de un dramático y desigual encuentro de pueblos y culturas. Las ‘semillas del Verbo’, presentes en las culturas autóctonas, facilitaron a nuestros hermanos indígenas encontrar en el Evangelio respuestas vitales a sus aspiraciones más hondas: Cristo era el Salvador que anhelaban silenciosamente. La visitación de Nuestra Señora de Guadalupe fue acontecimiento decisivo para el anuncio y reconocimiento de su Hijo, pedagogía y signo de inculturación de la fe, manifestación y renovado ímpetu misionero de propagación del Evangelio»

 

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Prejuicios anticatólicos que encierra el laicismo.
No es posible un auténtico debate con juicios previos ni con cartas en la manga. Por eso, hay que desenmascarar los prejuicios anticatólicos que encierra el laicismo. En primer lugar no es cierto que la religión sea algo propio de una mente primitiva, poco racional y poco científica e inclinada a la intolerancia y al fundamentalismo. Segundo, en una sociedad democrática y plural nadie se debe atribuir quién tiene protagonismo y quién no tiene en la vida pública. La religión no es una «molestia pública», como el humo, que se tolera en privado, pero en público debe someterse a estrechas limitaciones. Tercero, el ordenamiento civil, para que sea auténticamente democrático, necesita valores, y la religión fomenta e inspira valores idóneos para una convivencia pacífica y auténticamente humana. Cuarto, la Iglesia respeta la sana laicidad del Estado y la autonomía de las realidades terrenas (cf. GS, 76).Quinto, la aportación del cristianismo no es solamente un hecho del pasado, sino que encierra en sí una fuerza generadora que se hace presente en cada momento histórico suscitando los elementos que la democracia necesita. Ser católico no es impedimento para ser un ciudadano democrático, es más, los elementos claves que sustentan las democracias modernas tienen su origen en el hecho cristiano. Por último, el cristianismo ha colaborado de muchas maneras, en la formación de la cultura humana, y por lo tanto no ha de sorprender que la laicidad, correctamente entendida, pueda y deba conjugarse con la cultura cristiana.

 

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El cristianismo es directo responsable de algunos de los conceptos que hoy nos parecen irrenunciables: la dignidad y la igualdad de todos los seres humanos, y el derecho a la vida de todos y cada uno de ellos, desde el vientre materno a la muerte natural.

 

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Historia - La tolerancia que emanaba de Roma hacia los judíos no siempre era respetada por muchos obispos y predicadores, que consideraban que la presencia judía no acarreaba ningún bien, y lanzaron contra los judíos toda clase de invectivas. En 1199, Inocencio III publicó la Constitutio contra iudaeis, estableciendo las normas de obligado cumplimiento para los cristianos en relación con los judíos: estancia legal en tierra cristiana, protección de personas y bienes, conservación de la fe mosaica, inviolabilidad de sinagogas y cementerios. Para la Iglesia, el judaísmo se presentaba como el depósito de la revelación de la Verdad hasta la llegada de Jesucristo y, un día, acabarían por llegar al "nuevo" Israel.

 

Lutero, como padre espiritual de la Alemania moderna, tiene una responsabilidad muy grave en el proceso de odio que se desarrolló contra los judíos.

 

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Oración a Santa Rosa de Lima, patrona de América.

Dios del cielo y de la tierra, Tú haces aparecer flores y nos convocas a vivir en santidad; que el testimonio de Rosa de Santa María, la ermitaña de Lima, nos conduzca a descubrirte más perfectamente y nos impulse a santificar la vida cotidiana.
Por Jesucristo
, Nuestro Señor. Amén.

 

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¡América Latina! como Sucesor de Pedro y Obispo de Roma yo te saludo en el V Centenario de tu evangelización, recordando aquel año 1492 en que las naves de España, guiadas por Colón, llevaron a esas tierras fecundas la semilla del Evangelio, haciendo también realidad el encuentro de dos mundos.

Doy gracias por ti a Dios nuestro Padre, por tus hijos e hijas, tus milenarias culturas y saberes, cantos y danzas, artes y técnicas.

Por la variedad de tus climas y paisajes, tus llanuras inmensas y las selvas tropicales, las poderosas venas de tus ríos, el mar que te rodea las altas cumbres que se elevan al cielo.

Doy gracias, sobre todo, por tus 500 años de fe cristiana. En las aguas bautismales naciste a una nueva vida, injertándote en el Cuerpo Místico de Cristo, que es la Iglesia, una, santa, católica y apostólica, arca de salvación y casa común de cuantos invocan a Dios como Padre.

Tu apertura a la gracia y tu acogida a la Palabra de vida te hicieron pasar de las tinieblas a aquella luz admirable que, en tus santos y santas, es faro radiante que, desde la Iglesia, ilumina al mundo.

¡América del tercer milenio cristiano sé siempre fiel a Jesucristo! Sé digna de aquellos abnegados misioneros que en ti plantaron la simiente de la fe. Ábrete más y más con humildad y amor, a la Buena Nueva que libera y salva. Resiste firmemente a los embates del mal y a la tentación de la violencia. Avanza, entre gozos y lágrimas, hacia la anhelada civilización del amor.

¡Iglesia de América! ¡Iglesia de Cristo en América! Anuncia con ardor y valentía la nueva evangelización

para que el mensaje de las Bienaventuranzas se haga vida y cultura entre tus pueblos y tus gentes. Sostén la fidelidad de los esposos y la armonía en las familias, la integridad de los jóvenes y la inocencia de los niños. Sé voz de los que no tienen voz, la abogada de los pobres, el refugio de los necesitados.

Avanza, América, hacia Cristo, Redentor del hombre y Señor de la historia. Te precede María, estrella de los mares, refugio de navegantes, puerto de salvación. Te impulsa el viento del Espíritu, que guía la nave de la Iglesia, como antaño condujo a tus playas la carabela « Santa María » bajo la mano firme de Cristóbal Colón. Camina presurosa hacia los cielos nuevos y la tierra nueva para escribir, con la palabra y la gracia de Cristo, nuevas páginas en tu historia de salvación.

¡América Latina, América cristiana, Cristo es tu faro luminoso, tu gozo y tu esperanza!

¡Bendita seas, América! Lunes 12.X.1992

IOANNES PAULUS PP. II

 

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«La Iglesia hubo de asumir la tarea de introducir la ley del Evangelio y la ética del sermón de la montaña entre gentes para quienes el homicidio era la más honrosa de las ocupaciones y la venganza era sinónimo de justicia... (Los bárbaros eran pueblos guerreros que asombraban a los romanos por sus costumbres y conductas salvajes)» …[…]… C. Dawson

También lo mismo sucedió con el descubrimiento del ‘nuevo mundo’ frente a las prácticas sanguinarias y antropófagas autóctonas.

 

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P: ¿A partir de qué fecha considera usted que existe España?

 

R: Como entidad política desde Roma, sin ninguna duda. Como nación con conciencia de tal desde los visigodos. Está en las fuentes.

 

P: Cuando utilizo la expresión Hispanoamérica al hablar con un progre parece que le chirrían los oídos. ¿Podría explicarnos cuales son las diferencias entre Hispanoamérica, Iberoamérica y Latinoamérica?

 

R: Latinoamérica es un término acuñado por los franceses para evitar la referencia a España y que no nos olvidemos de Haití (ejemplo del dominio colonial francés, dicho sea de paso). Tanto Iberoamérica como Hispanoamérica me parecen correctos.

Este diálogo con el Dr.César Vidal tuvo lugar entre las 17.00 y las 18.00 del martes 31 de octubre 2006

 

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Leyenda negra: Expulsión de los Judíos

 

Vittorio Messori
En conoZe.com

 

«Las presiones de los judíos a través de los medios de comunicación y las protestas de los católicos empeñados en el diálogo con el judaísmo han tenido éxito. La causa de la beatificación de Isabel la Católica, reina de Castilla, recibió en estos días un imprevisto frenazo [...]. La preocupación por no provocar las reacciones de los israelíes, irritados por la beatificación de la judía conversa Edit Stein y por la presencia de un monasterio en Auschwitz, favoreció el que se hiciera una "pausa para reflexionar" sobre la conveniencia de continuar con la causa de la Sierva de Dios, título al que ya tiene derecho Isabel I de Castilla.»

Así dice un artículo publicado en Il Nostro Tempo, Orazio Petrosillo, informador religioso de Il Messaggero. Petrosillo recuerda que el frenazo del Vaticano llegó a pesar del dictamen positivo de los historiadores, basado en un trabajo de veinte años contenido en veintisiete volúmenes. «En estas cantidades ingentes de material -dice el postulador de la causa, Anastasio Gutiérrez- no se encontró un solo acto o manifestación de la reina, ya fuera público o privado, que pueda considerarse contrario a la santidad cristiana.» El padre Gutiérrez no duda en tachar de «cobardes a los eclesiásticos que, atemorizados por las polémicas, renuncian a reconocer la santidad de la reina». Sin embargo, Petrosillo concluye diciendo, «se tiene la impresión de que la causa difícilmente llegue a puerto».

Se trata de una noticia poco reconfortante. Sin embargo, no es la primera vez que ocurre; ciñéndonos a España, recordemos que Pablo VI bloqueó la beatificación de los mártires de la guerra civil, por lo que podemos comprobar que, una vez más, se consideró que las razones de la convivencia pacífica contrastaban con las de la verdad, que en este caso es atacada con una virulencia rayana en la difamación, no sólo por parte de los judíos (a los que en la época de Isabel les fue revocado el derecho a residir en el país), sino también por parte de los musulmanes (expulsados de Granada, su última posesión en tierras españolas), y por todos los protestantes y los anticatólicos en general, que desde siempre montan en cólera cuando se habla de aquella vieja España cuyos soberanos tenían derecho al título oficial de Reyes Católicos. Título que se tomaron tan en serio que una polémica secular identificó hispanismo y catolicismo, Toledo y Madrid con Roma.

En cuanto a la expulsión de los judíos, siempre se olvidan ciertos hechos, como por ejemplo, el que mucho antes de Isabel, los soberanos de Inglaterra, Francia y Portugal habían tomado la misma medida, y muchos otros países iban a tomarla sin las justificaciones políticas que explican el decreto español que, no obstante, constituyó un drama para ambas partes.

Es preciso recordar que la España musulmana no era en absoluto el paraíso de tolerancia que han querido describirnos y que, en aquellas tierras, tanto cristianos como judíos eran víctimas de periódicas matanzas. Sin embargo, está más que probado que si había que elegir entre dos males -Cristo o Mahoma- los judíos tomaron partido por este último, haciendo de quinta columna en perjuicio del elemento católico. De ahí surgió el odio popular que, unido a la sospecha que despertaban quienes formalmente habían abrazado el cristianismo para continuar practicando en secreto el judaísmo (los marranos), condujo a tensiones que con frecuencia degeneraron en sanguinarias matanzas espontáneas y continuas a las que las autoridades intentaban en vano oponerse. El Reino de Castilla y Aragón surgido del matrimonio de los reyes todavía no se había afianzado y no es­taba en condiciones de soportar ni de controlar una situación tan explosiva, amenazado como estaba por una contraofensiva de los árabes que contaban con los musulmanes, a su vez convertidos por compromiso.

Desde el punto de vista jurídico, en España, y en todos los reinos de aquella época, los judíos eran considerados extranjeros y se les daba cobijo temporalmente sin derecho a ciudadanía. Los judíos eran perfectamente conscientes de su situación: su permanencia era posible mientras no pusieran en peligro al Estado. Cosa que, según el parecer no sólo de los soberanos sino también del pueblo y de sus representantes, se produjo con el tiempo a raíz de las violaciones de la legalidad por parte de los judíos no conversos como de los formalmente convertidos, por los cuales Isabel sentía una «ternura especial» tal que puso en sus manos casi toda la administración financiera, militar e incluso eclesiástica. Sin embargo, parece que los casos de «traición» llegaron a ser tantos como para no poder seguir permitiendo semejante situación.

En cualquier caso, como mantiene la postulación de la causa de santidad de Isabel, «el decreto de revocación del permiso de residencia a los judíos fue estrictamente político, de orden público y de seguridad del Estado, no se consultó en absoluto al Papa, ni interesa a la Iglesia el juicio que se quiera emitir en este sentido. Un eventual error político puede ser perfectamente compatible con la santidad. Por lo tanto, si la comunidad judía de hoy quisiera presentar alguna queja, deberá dirigirla a las autoridades políticas, suponiendo que las actuales sean responsables de lo actuado por sus antecesoras de hace cinco siglos».

Añade la postulación (no hay que olvidar que ha trabajado con métodos científicos, con la ayuda de más de una decena de investigadores que dedicaron veinte años a examinar más de cien mil documentos en los archivos de medio mundo): «La alternativa, el aut-aut "o convertirse o abandonar el Reino", que habría sido impuesta por los Reyes Católicos es una fórmula simplista, un eslogan vulgar: ya no se creía en las conversiones. La alternativa propuesta durante los muchos años de violaciones políticas de la estabilidad del Reino fue: "O cesáis en vuestros crímenes o deberéis abandonar el Reino."» Como confirmación ulterior tenemos la actividad anterior de Isabel en defensa de la libertad de culto de los judíos en contra de las autoridades locales, con la promulgación de un seguro real así como con la ayuda para la construcción de muchas sinagogas.

No obstante, resulta significativo que la expulsión fuera particularmente aconsejada por el confesor real, el muy difamado Tomás de Torquemada, primer organizador de la Inquisición, que era de origen judío. También resulta significativo y demostrativo de la complejidad de la historia el hecho de que, alejadas de los Reyes Católicos, aunque fuera por el clamor popular y por motivos políticos de legítima defensa, las familias judías más ricas e influyentes solicitaron y obtuvieron hospitalidad de la única autoridad que se la concedió con gusto y la acogió en sus territorios: el Papa. De esto sólo puede sorprenderse todo aquel que ignore que la Roma pontificia es la única ciudad del Viejo Continente en la que la comunidad judía vivió altibajos según los papas que les tocaron en suerte, pero que nunca fue expulsada ni siquiera por breve tiempo. Habrá que esperar al año 1944 y a que se produzca la ocupación alemana para ver, más de mil seiscientos años después de Constantino, a los judíos de Roma perseguidos y obligados a la clandestinidad; quienes consiguieron escapar lo hicieron en su mayoría gracias a la hospitalidad concedida por instituciones católicas, con el Vaticano a la cabeza.

El camino a los altares le está vedado a Isabel también por quienes terminaron por aceptar sin críticas la leyenda negra de la que hemos hablado y de la que seguiremos ocupándonos, y que abundan incluso entre las filas católicas. No se le perdona a la soberana y a su consorte, Fernando de Aragón, el haber iniciado el patronato, negociado con el Papa, con el que se comprometían a la evangelización de las tierras descubiertas por Cristóbal Colón, cuya expedición habían financiado. En una palabra, serían los dos Reyes Católicos los iniciadores del genocidio de los indios, llevado a cabo con la cruz en una mano y la espada en la otra. Y los que se salvaron de la matanza habrían sido sometidos a la esclavitud. Sin embargo, sobre este aspecto, la historia verdadera ofrece otra versión que difiere de la leyenda.

Veamos, por ejemplo, lo que dice Jean Dumont: «La esclavitud de los indios existió, pero por iniciativa personal de Colón, cuando tuvo los poderes efectivos de virrey de las tierras descubiertas; por lo tanto, esto fue así sólo en los primeros asentamientos que tuvieron lugar en las Antillas antes de 1500. Isabel la Católica reaccionó contra esta esclavitud de los indígenas (en 1496 Colón había enviado muchos a España) mandando liberar, desde 1478, a los esclavos de los colonos en las Canarias. Mandó que se devolviera a las Antillas a los indios y ordenó a su enviado especial, Francisco de Bobadilla, que los liberara, y éste a su vez, destituyó a Colón y lo devolvió a España en calidad de prisionero por sus abusos. A partir de entonces la política adoptada fue bien clara: los indios son hombres libres, sometidos como los demás a la Corona y deben ser respetados como tales, en sus bienes y en sus personas».

 

Quienes consideren este cuadro como demasiado idílico, les convendría leer el codicilo que Isabel añadió a su testamento tres días antes de morir, en noviembre de 1504, y que dice así:

 

«Concedidas que nos fueron por la Santa Sede Apostólica las islas y la tierra firme del mar Océano, descubiertas y por descubrir, nuestra principal intención fue la de tratar de inducir a sus pueblos que abrazaran nuestra santa fe católica y enviar a aquellas tierras religiosos y otras personas doctas y temerosas de Dios para instruir a los habitantes en la fe y dotarlos de buenas costumbres poniendo en ello el celo debido; por ello suplico al Rey, mi señor, muy afectuosamente, y recomiendo y ordeno a mi hija la princesa y a su marido, el príncipe, que así lo hagan y cumplan y que éste sea su fin principal y que en él empleen mucha diligencia y que no consientan que los nativos y los habitantes de dichas tierras conquistadas y por conquistar sufran daño alguno en sus personas o bienes, sino que hagan lo necesario para que sean tratados con justicia y humanidad y que si sufrieren algún daño, lo repararen».

 

Se trata de un documento extraordinario que no tiene igual en la historia colonial de ningún país. Sin embargo, no existe ninguna historia tan difamada como la que se inicia con Isabel la Católica.

 

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La Cultura Occidental se basa en cuatro pilares fundamentales: la Filosofía griega, el Derecho Romano, el Cristianismo -y su concepto de la dignidad humana- y la evolución constante y en paralelo del pensamiento, la ciencia y la creación artística.

Sobre estas cuatro columnas, con las diferentes variantes que han ido introduciendo las distintas culturas de los pueblos que viven desde el Atlántico a los Urales y desde los Mares del Norte al Mediterráneo, se conformó con el paso del tiempo un todo que ha llegado a crear un conjunto de conceptos comunes, en los que destaca la valoración de la dignidad del ser humano como individuo único e irrepetible, pero integrado en la sociedad de la que forma parte.

 

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Tras el descubrimiento del nuevo mundo, la gran cuestión que surgió y que los entendidos discutieron fue:  "Dime qué es un hombre. ¿Los indios tienen alma?". Hoy, recorriendo el mundo entero, ¿quién podría pretender que no se formule aún con tanta urgencia, con tanta extrañeza? Frente a los puntos de referencia que se desplazan o se esfuman, el hombre moderno titubea, duda de sí mismo, y el combate antirracista llega a un punto muerto. Este combate es como una guerra de desgaste; es, sin duda alguna, el más duro de todos los combates por los derechos del hombre.
Tiene por objeto la igualdad fundamental de todos los hombres, y constituye una especie de desafío del espíritu contra la naturaleza, puesto que en los hombres se acentúa más la diversidad que la igualdad. Reconocer que el otro, en su diversidad, es verdaderamente igual a mí, resulta difícil y entraña innumerables consecuencias. Nada más natural que decir "todo hombre es mi hermano", y vivir esta fraternidad, sobre todo cuando la Biblia,
en el relato de Caín y Abel, revela nuestro origen:  todos somos descendientes de un criminal fratricida.

 

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LAS INDIAS NO ERAN COLONIAS

 

El pensamiento de Levene queda claro, resumidamente, en la advertencia con que da comienzo a su famosa obra Las indias no eran colonias, publicada por vez primera en 1951. Nos permitimos transcribir el siguiente texto:

Las indias no eran colonias, según expresas disposiciones de las leyes:
Porque fueron incorporadas a la Corona de Castilla y León, conforme a la concesión pontificia y a las inspiraciones de los reyes católicos y no podían ser enajenadas;
Porque los naturales eran iguales en derecho a los españoles europeos y se consagró la legitimidad de los matrimonios entre ellos;

Porque los descendientes de los españoles europeos o criollos, y en general los beneméritos de Indias, debían ser preferidos en la provisión de oficios;
Porque los Consejos de Castilla y de Indias eran iguales como altas potestades políticas;
Porque las instituciones provinciales o regionales de Indias ejercían la potestad legislativa;
Porque siendo de una Corona los reinos de Castilla y León y de Indias, las leyes y orden de gobierno de los unos y los otros debían ser los más semejantes que se puedan;
Porque en todos los casos que no estuviese decidido lo que se debía proveer por las Leyes de Indias, se guardarían las de Castilla conforme al orden de prelación de las Leyes de Toro;
Porque, en fin, se mandó excusar la palabra conquista como fuente de derecho, reemplazándola por la de población y pacificación (4).


Comparto la visión de Levene y, personalmente, opto por no llamar colonias a las Indias y al período de presencia hispana en América entre los siglos XVI y XIX por los siguientes motivos fundamentales:

1) Por su carácter anacrónico: El término “colonias” no se usaba en la legislación de Indias y tampoco formaba parte de la vida práctica, social y política, del Nuevo Mundo. Las Indias eran parte de España, eran tierras españolas, vinculadas a la Corona de Castilla como bienes de realengo. La semejanza institucional entre las Indias y Castilla prueba tal aserto.
2) Por su tono peyorativo: Si bien, conceptualmente, han de admitirse diversas modalidades o tipologías coloniales, en la práctica, la denominación de colonia supone un dominio negativo, forzado, incluso tiránico. Y en el caso de España, respecto a los habitantes de América, aquello no es exacto. Obviamente, la Conquista, como todo conquista, supuso el uso de la fuerza, en muchos casos en forma abusiva y extrema (esto no lo niego); pero cosa muy distinta es afirmar que durante los tres siglos de la presencia española en América, sus habitantes se sintieron y vivieron políticamente oprimidos.
3) Por su amplitud conceptual: Precisamente por ser tan amplio el concepto de colonia, me parece que no corresponde “meter en un mismo saco” la expansión y asentamiento españoles con, por ejemplo, el caso inglés en Norteamérica. Una misma denominación, para situaciones tan diversas, impide una correcta y precisa -verdadera, al fin y al cabo- exposición histórica de las diferencias, matices, particularidades.
4) Por su limitación conceptual: Pese a que el concepto de colonia es más amplio que el de factoría, no puede desconocerse que, en la práctica y de un modo habitual, se asocia el término colonia con una idea básicamente mercantil, con lo que se omite, para el caso de las Indias, otros aspectos de tanta o mayor importancia, especialmente político-territoriales, sociales-étnicos, relativos a la evangelización y demás.
Aclárese que hablo de amplitud y limitación conceptual, al mismo tiempo, en la medida en que lo hago desde miradas distintas. En el primer caso, desde un prisma historiográfico especializado; y en el segundo, desde una visión socialmente instalada, permanente, y, en consecuencia, muy presente en un público general.

NOTAS

(1) Como se desprende de su obra, para Levene el término “dominación” tiene un sentido positivo: revela la circunstancia jurídica de que las Indias fueron incorporadas a la Corona de Castilla y León como bienes de realengo, es decir, como bienes propios del monarca.
(2) Cfr. LEVENE, RICARDO, Las indias no eran colonias, Espasa-Calpe, Madrid, 3ª edición: 1973 (1ª edición: 1951), pp. 153 y 154. La referida declaración aparece a manera de apéndice en esta obra.
(3) Ibid., p. 153.

(4) Ibid., pp. 10 y 11.

http://www.apologeticahistorica.blogspot.com/ 28.06.2006 Agradcecemos al autor.

 

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1777 – el primero de Octubre se firma en el palacio de la Granja (Segovia-España), el tratado de límites entre España y Portugal sobre las posesiones de ambos países en territorio americano.

 

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Derechos - Señor del mundo, Padre de todos los hombres, por medio de tu Hijo nos has pedido amar a los enemigos, hacer bien a los que nos odian y orar por los que nos persiguen. Muchas veces, sin embargo, los cristianos han desmentido el Evangelio y, cediendo a la lógica de la fuerza, han violado los derechos de etnias y pueblos; despreciando sus culturas y tradiciones religiosas: muéstrate paciente y misericordioso con nosotros y perdónanos. Por Cristo nuestro Señor. R. Amén.

 

Cieza de León 1518?-1560 reconoce que en aquella empresa hubo crueldades, pero asegura que no todos actuaron así, «porque yo sé y vi muchas veces hacer a los indios, buenos tratamientos por hombres templados y temerosos de Dios, que curaban a los enfermos». Sus escritos denotan un hombre de religiosidad profunda, compadecido de los indios al verlos sujetos a los engaños y esclavitudes del demonio...

 

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Iglesia – de hombres pecadores. Por desgracia, en el seno de la Iglesia, que está constituida por hombres, no faltan los pecadores, sobre todo cuando no se vive el precepto de la caridad, que es esencial y es el primero para un cristiano. De este modo se produce un antitestimonio de Jesucristo. La muchedumbre inmensa de los mártires testifica con su sangre la fidelidad de la Iglesia a Jesucristo, porque, aunque haya en ella pecadores, es a la vez una Iglesia de mártires, es decir, de cristianos auténticos, que han practicado su fe en Cristo y su caridad hacia los hermanos, incluidos los enemigos, hasta el sacrificio, no sólo de su vida, sino también con frecuencia de su honra, habiendo tenido que soportar humillaciones tremendas, entre otras la de ser tachados de traidores y farsantes.

Faltas del pasado - No podemos ocultar que muchos que profesaban ser discípulos de Jesús han cometido errores a lo largo de la historia. Con frecuencia, ante problemas graves, han pensado que primero se debía mejorar la tierra y después pensar en el cielo. La tentación ha sido considerar que, ante necesidades urgentes, en primer lugar se debía actuar cambiando las estructuras externas. Para algunos, la consecuencia de esto ha sido la transformación del cristianismo en moralismo, la sustitución del creer por el hacer. Por eso, mi predecesor de venerada memoria, Juan Pablo II, observó con razón: «La tentación actual es la de reducir el cristianismo a una sabiduría meramente humana, casi como una ciencia del vivir bien. En un mundo fuertemente secularizado, se ha dado una “gradual secularización de la salvación”, debido a lo cual se lucha ciertamente en favor del hombre, pero de un hombre a medias, reducido a la mera dimensión horizontal. En cambio, nosotros sabemos que Jesús vino a traer la salvación integral»[Enc.Redemptoris missio.]

S.S. Benedicto PP XVI: MMVI.

 

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ESPAÑA 1492 - Comprendiendo la cultura en que se gestó, llegaremos a una visión más equilibrada para cualificar la gesta hispánica ¡el descubrimiento de América!   

 

Francisco de Vitoria, al tener conocimiento en 1536 de las violencias cometidas durante la conquista de Perú, escribe su relección De indis, en la que declara que los indios no son seres inferiores a los que es legítimo esclavizar y explotar sino seres libres, con iguales derechos que los españoles y dueños de sus tierras y bienes. De este modo se inició el derecho de gentes.

 

El religioso dominico, Fray Domingo de Santo Tomás, segundo Obispo de esta Diócesis de La Plata, en el antiguo Alto Perú, nombrado por Pío IV, fue uno de los primeros europeos que aprendió a la perfección el idioma keschwa (quechua), escribió la primera gramática y el primer vocabulario de esta lengua: "Gramática o arte de la lengua general de los ‘Reynos’ del Perú", publicada en Valladolid en 1560, y el "Vocabulario de la Lengua del Perú", y acabó de edificar la Iglesia Catedral de la ciudad y, sobre todo, "edificó la Catedral del alma de los Indios", como se lee en un escrito de su tiempo, dedicando a ellos la mayor parte de su vida. Asistió al Segundo Concilio Provincial de Lima, cuyo objetivo claro y fundamental fue "la evangelización de los Indígenas", para lo cual dos eran los presupuestos fundamentales que se acordaron y pusieron en práctica: aprender el idioma indígena y promover la formación del clero nativo. Bajo este imperativo, el 13 de enero de 1595, se fundó el actual Seminario Conciliar de San Cristóbal en La Plata (hoy Sucre), con el propósito de formar al clero nativo, propósito y edificio que siguen en pié.

 

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Evangelización para la dignidad de la persona. - En Santo Toribio descubrimos el valeroso defensor o promotor de la dignidad de la persona. Frente a intentos de recortar la acción de la Iglesia en el anuncio de su mensaje de salvación, supo defender con valentía la libertad eclesiástica.

El fue un auténtico precursor de la liberación cristiana en vuestro país. Desde su plena fidelidad al Evangelio, denunció los abusos de los sistemas injustos aplicados al indígena; no por miras políticas nί por móviles ideológicos, sino porque descubría en ellos serios obstáculos a la evangelización, por fidelidad a Cristo y por amor a los más pequeños e indefensos.

Así se hizo el solícito y generoso servidor del indígena, del negro, del marginado. E supo ser a la vez un respetuoso promotor de los valores culturales aborígenes, predicando en las lenguas nativas y haciendo publicar el primer libro en Sudamérica: el catecismo único en lengua española, quechua y aymara.

Es éste un válido ejemplo al que habéis de mirar con frecuencia, queridos hermanos, sobre todo en un momento en el que la nueva evangelización ha de prestar gran atención a la dignidad de la persona, a sus derechos y justas aspiraciones. Febrero 02 del 1985 – S.S. Juan Pablo II – Magno

 

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500 años de cultura - Los Museos Vaticanos surgieron hace quinientos años en los jardines vaticanos, cuando el Papa Julio II colocó el grupo de mármol del Laocoonte, descubierto el 14 de enero de 1506, en un viñedo cerca al Coliseo. «Se trata de un aniversario que quiere recordar la historia de siglos de cultura y de arte que los pontífices romanos promovieron con constancia y competencia, recogiendo las obras del pasado para preservarlas del olvido y de la destrucción, destinándolas a las generaciones sucesivas».
«En momentos en que se habla de los museos como lugares de encuentro, de contacto y diálogo, de madurez y de reflexión entre religiones, culturas, experiencias y distintas concepciones del mundo, los Museos Vaticanos interpretan hoy, más que nunca y de manera ejemplar, este papel»

Por este motivo, recordó, Juan Pablo II los definía «una de las más significativas puertas de la Santa Sede abiertas al mundo». MMVI.II

 

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Medieval - El único momento histórico en que Europa tuvo su unidad fue con la cristiandad medieval. Era la Europa católica. La cristianitas de la Europa medieval era la patria común. La reforma luterana destruyó todo esto, separó a los países y creó los nacionalismos.

Vittorio Messori; escritor, periodista, comentarista e investigador histórico. MMV.

 

La síntesis del saber teológico, filosófico y de otras ciencias realizada por las Universidades en los siglos XIII y XIV, en que se forma el Humanismo, es impensable sin el cristianismo.

Quién, sino la Iglesia, a través de los monasterios, salvó la ciencia de los clásicos y la transmitió para el futuro; quién creó las universidades, sino la Iglesia; quién fue mecenas del arte y de la mejor cultura de Europa, sino la Iglesia; quién lo sigue siendo.

 

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"Señor, quiero comprender algo de la verdad que mi corazón cree y ama, por ello no quiero comprender para creer, sino que creo para poder comprender

"Haz, te lo ruego, Señor que yo sienta con el corazón lo que toco con la inteligencia"

(San Anselmo - Nació el año 1033 en Aosta (Piamonte). Ingresó en el monasterio benedictino de Le Bec, en Normandía, y enseñó teología a sus hermanos de Orden, mientras adelantaba admirablemente por el camino de la perfección. Trasladado a Inglaterra, fue elegido obispo de Canterbury combatió valientemente por la libertad de la Iglesia, sufriendo dos veces el destierro. Escribió importantes obras de teología. Murió el año 1109.

 

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Durante el luminoso medioevo - En términos cuantitativos, las catedrales góticas son tan asombrosas como las Pirámides egipcias. Sólo en Francia, durante noventa años, desde 1180 a 1270, se vio la construcción de 80 catedrales y casi 500 abadías.

 

UNIVERSIDADES - La síntesis del saber teológico, filosófico y de otras ciencias realizada por las Universidades en los siglos XIII y XIV, en que se forma el Humanismo, es impensable sin el cristianismo.

 

Iglesia - entre 1200 y 1400 se fundaron en Europa 52 universidades, 29 de ellas a carácter «pontificias». Según orden de antigüedad, no en importancia, puesto que la de París fue la más destacada, las fechas de fundación parecen ser las siguientes: Palencia (1208-12), Oxford (1214), París (1215), Padua (1222), Nápoles (1224), Salamanca (1228), Toulouse (1229), Bolonia (1230). Valladolid fue fundada a mediados del S. XIII (1250).

 

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Juan LOUVIER CALDERÓN

Director del Instituto de Investigaciones Humanísticos de la
Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla (UPAEP)

 

“Nuestra alma tiende al infinito. Pero nosotros nos hallamos limitados en el tiempo y en el espacio en que vivimos. Es por eso que necesitamos aferrar­nos a un conjunto de realidades existenciales para no sufrir lo que hoy se llama «angustia vital», debida a la pérdida de nuestra medida y dimensiones humanas, y a la desorientación con respecto a nuestro origen y nuestro fin.”

Y una de las realidades existenciales más humanas y dinámicas a la que podemos aferrarnos es la que designamos con la palabra «nación».

Por la idea de «nacimiento» que expresa, la nación nos habla de un «encadenamiento de generaciones» en la transmisión de la vida. Por ello Jean Ousset nos dice: “La nación es la sucesión de los hombres de la patria, en el pasado y en el porvenir, así como en el presente. No es el simple total de los que viven. La nación existía antes que ellos, y cuando ellos hubieren muerto los sobrevivirá. La nación se refiere, pues, a aquello que hace la unión o la unidad de un cierto número de generaciones en cierto rincón del planeta y también, a lo que permite decir que, en determinada región, o para determinada clase de hombres, existe verdaderamente una comunidad de muertos y vivos. Por eso, a veces se nos enseña que el espíritu nacional reside primeramente en la conciencia de un «nosotros».”

 

El desarrollo de la conciencia de un «nosotros» americano, requiere el conocimiento de la herencia que hemos recibido, para usarla responsable­mente en beneficio de las generaciones actuales e incrementarla en beneficio de las generaciones del porvenir. Porque un análisis basado en el pasado nos permite entender el presente y proyectar el futuro; en cambio un análisis que se base sólo en el presente –siempre fugaz y efímero– impide entender el pasado y el presente y cancela las posibilidades de un mejor futuro. En el conocimiento de nuestra herencia, tiene una relevancia extraordinaria el conocimiento que se refiere al porqué y al cómo surgieron a la vida independiente las nuevas naciones de América.

Pero más allá del mero relato histórico sobre este surgimiento, el cual sería imposible abarcar en el corto tiempo del que disponemos, la interpretación y búsqueda de sentido de las causas que dieron origen a la independencia de las naciones del Continente americano nos permitirá un conocimiento más profundo.

Para ello, al abordar el tema de las nuevas naciones debemos tener muy presentes, cuando menos en sus rasgos más generales, las características fundamentales que conformaron su identidad; identidad formada a lo largo de los siglos XVI y XVII, la cual nos permitirá comprender mejor las causas que las llevaron a su independencia, así como a comprender un poco más la personalidad que han construido ya como naciones independientes.

Podemos señalar que fueron tres caminos los que se siguieron en la independencia de las naciones americanas: el primero, fue aquel que partió de una realidad fragmentada hacia una unidad; el segundo fue aquel que siguió un sentido contrario, es decir, que partió de una unidad hacia una fragmentación; y el tercero fue el que, sin rupturas, conservó la estabilidad nacional.

 

 

1. Los Estados Unidos de América: de la fragmentación a la integración

No por su actual importancia como potencia mundial, sino por haber sido la primera nación independiente del Nuevo Mundo, debemos iniciar con el caso de los Estados Unidos. La colonización inglesa en las costas de Norteamérica fue realizada bajo dos proyectos: el de las “compañías de comercio” y el del protestantismo puritano, ambos presentes en el surgimiento y en la conformación de la identidad de las “Trece colonias”.

La colonización inglesa en Norteamérica dio inicio en 1620, con la llegada a Massachussets del navío Mayflower con los primeros peregrinos puritanos que buscaban poner distancia de por medio entre ellos y la “política de anulación”, con la cual el Rey Carlos I y el Conde de Strafford buscaban anular toda la influencia que los puritanos y los presbiterianos tenían en el Parlamento y en el Ejército.

Aunque en Inglaterra la “política de anulación” no dio los resultados que buscaba (por el contrario, ayudó a las intrigas de Oliverio Cromwell para enviar al cadalso al Rey en 1649) sí dio por resultado el lanzar como inmigrantes hacia América a muchísimos grupos que se oponían al absolutismo de una Corona que, desde Enrique VIII, había asumido también todo el poder eclesiástico. Incluso entre esos inmigrantes vinieron algunos católicos, especialmente perseguidos en la Inglaterra anglicana, los cuales en honor a María Estuardo, fundaron Maryland en 1634.

Por lo que se refiere a las compañías de comercio, éstas fueron creadas para favorecer la colonización a partir de la política mercantilista de la Corte Inglesa “autorizando a unos cuantos favoritos para realizar transacciones internacionales en beneficio personal de un círculo cortesano”. Así, la compañía “London” fundó la colonia de Virginia, y la compañía Plymouth la colonia de Nueva Inglaterra, pero la acción de las compañías no se limitó a estas dos colonias.

Fuera de una serie de «mercancías enumeradas» que no podían produ­cirse en Inglaterra, tales como el tabaco, el algodón “en rama”, la melaza o las barbas de ballena, todo lo demás, desde el acero hasta los sombreros, debía ser comprado exclusivamente a la Metrópoli por medio de la “Compañía Inglesa de las Indias”, por lo que los colonos de Norteamérica tenían prohibido pasarlos de una colonia a otra, ya fuera “por agua o por tierra”.

Esto nos explica porqué durante todo el período del dominio inglés, las Trece colonias vivieron con muy poca relación entre sí, casi como en «compartimentos estancos» dedicadas exclusivamente a la agricultura, la ganadería y las grandes plantaciones de algodón y tabaco.

 

Por otra parte, la doctrina calvinista de la predestinación, que los puritanos profesaban con el mismo rigor con el que Calvino la expuso en su “Institutio Christianae Religionis”, llevó a los colonos ingleses a segregar completamente a los indígenas. Según Calvino, el influjo del Espíritu Santo supone la elección a priori que Dios hizo de los hombres; unos para ser salvados y otros para la eterna condenación. A los predestinados a la vida eterna los auxilia con medios externos e internos. Quien no tiene los externos, tampoco tiene los internos y está predestinado a la condenación. Dicho de otro modo, las riquezas materiales son signo de elección divina.

Las primitivas condiciones materiales en las que vivían los indígenas de Norteamérica, nómadas o seminómadas, eran, pues, para los puritanos una señal clara de que eran rechazados por Dios y por tanto los colonos debían apartarse de ellos. Consecuencia de esa mentalidad fue el ver el mestizaje como algo totalmente inaceptable, y la razón por la cual en las Trece colonias no hubo mestizaje ni biológico ni cultural. La famosa frase “el mejor indio es el indio muerto” fue también otra consecuencia de esa mentalidad.

Siempre es más fácil y cómodo despreciar al próximo que preocuparse por él y asumir el reto de elevar su nivel de vida. La marginación de los indígenas en las Trece colonias fue el camino fácil que evitó el mestizaje biológico y cultural, y la razón por la cual entre las colonias y la Metrópoli las diferencias quedaron limitadas a dos puntos importantes: las restricciones mercantiles por un lado y la amplitud del espacio físico por el otro. El millón y medio de colonos que habitaban la amplia geografía de las colonias al iniciar el siglo XVIII, hacía del todo innecesarias las leyes e instituciones que en Inglaterra regulaban las herencias y la libre transferencia de la propiedad de la tierra, siempre en beneficio de los grandes terratenientes del partido «whig». Desde luego que los esclavos negros, trasladados desde África en grandes cantidades para trabajar en las plantaciones sureñas no contaban como colonos y la única consideración que recibían era como instrumentos de producción.

“Pero, tal como lo expresaba una frase popular, Inglaterra no era tanto un Estado mercantilista como «una isla rodeada de contrabandistas». Los mismos ministros de la Corona, si bien habían jurado defender las leyes, participaban del contrabando (…) Las colonias de Norteamérica también habían perfeccionado el arte del contrabando. Los colonos hacían caso omiso de la Ley de Melazas, atraían las naves inglesas a los bancos de arena, donde encallaban, y entraban y salían de las Antillas, donde compraban ron y azúcar a su antojo. El nivel de vida aumentaba en Norteamérica cada vez que se defraudaba a un agente del rey, cada vez que se evadía un impuesto.”

Cuando las tropas inglesas vencieron a los franceses en el Canadá, eliminando así probables amenazas sobre las Trece colonias, el Rey Jorge III dispuso que éstas deberían pagar nuevos impuestos para sostener las tropas británicas acantonadas en Norteamérica. Decretó primero un «impuesto del timbre», el cual, aunque era de poca monta, causó mucho malestar. Posteriormente vino el impuesto sobre el té, el cual fue rechazado por los colonos, y de las protestas pasaron a la rebelión.

 

La Independencia de los Estados Unidos fue causada antes que otra cosa por las interferencias del Rey que afectaban los intereses mercantiles de las Trece colonias, y aunque la Declaración de Independencia del 4 de Julio de 1776 redactada por Jefferson dice: “Todos los hombres son creados iguales, y poseen ciertos derechos inalienables”, por la mentalidad puritana la Nueva nación, continuó la práctica de la esclavitud de los negros a lo largo de todo su primer siglo de vida independiente, incluso incrementándose el número de esclavos hasta alcanzar los dos millones al iniciar el Siglo XIX.

En el aprecio a su libertad política recién conquistada, en los Estados Unidos de América se fueron abriendo paso dos presupuestos tomados de las circunstancias que permitieron su independencia: el primero, que la existencia de grandes extensiones de tierra a disposición era garantía para evitar restricciones a las libertades económicas como las implementadas en Inglaterra, y el segundo… que todo tiene un precio.

Mientras la libertad recién conquistada permitía el establecimiento con singular éxito de industrias antes prohibidas en su suelo, y “La Riqueza de las Naciones” de Adam Smith era leída con avidez, el Gobierno de los Estados Unidos se lanzó a comprar todos los territorios posibles, los fértiles y los desérticos, los habitables y los inhabitables. Empezaron por reclamar a los ingleses los territorios hasta entonces totalmente olvidados de Kentucky (1792) y Tennessee (1796); después, en 1803 compraron a los franceses el inmenso territorio de Louisiana que abarcaba los actuales estados de Montana, Wyoming, las dos Dakotas, Minnesota, Iowa, Nebraska, Kansas, Missouri, Oklahoma, Arkansas, y Lousiana. Poco después, en 1819 compraron a España la Florida y sus, en esa época, inhabitables pantanos.

Las Trece colonias costeras se habían convertido casi de la noche a la mañana en un inmenso territorio vacío que era necesario llenar. Hábilmente establecieron entonces una política que propiciara la inmigración de europeos, ofreciéndoles tierras sin mayores trámites. Los conflictos europeos favorecieron enormemente la inmigración

y un río de europeos empezó a arribar a “la tierra de las oportunidades”. Los inmensos territorios ya no estaban tan vacíos y la corriente de inmigrantes europeos, que no cesaba, pronosticaba que los Estados Unidos podían convertirse rápidamente en una potencia.

La estrategia de crecer en territorio y en población de origen europeo, requería ahora de nuevos espacios, y ahí estaba otro gran territorio casi vacío que pertenecía a México, en ese tiempo recién independiente. Pero México se negó reiteradamente a vender.

 

John Quincy Adams, quien fue Secretario de Estado del Presidente James Monroe, y después el sexto presidente de los EU, escribe en sus memorias: “El primer acto del Gobierno mexicano después de declarar su independencia, fue reclamar los límites como se habían fijado en el tratado de las Floridas y nosotros consentimos en ello. Pero al principio de mi administración nombré al Sr. Poinsett Ministro en México, y Clay le dio instrucciones para la compra de Texas. México declinó la propuesta, que dos años después fue renovada y rechazada entonces con resentimiento. Jackson (se refiere a su sucesor, el presidente Andrés Jackson) sin embargo tenía tal ambición por Texas, que desde el primer año de su administración puso a trabajar una doble máquina: negociar con una mano a fin de comprar Texas; instigar con la otra mano al pueblo de aquella provincia para que hiciera una revolución en contra del gobierno de México. Houston era su agente para la rebelión, y Antohy Buttler, un agiotista originario de Mississipi, para la compra.”

La independencia de Texas en 1836 con su posterior anexión a los Estados Unidos, y la guerra contra México en 1847 (calificada por el Gral. Ulises S. Grant como “una de las más injustas que alguna vez se ha hecho por una nación fuerte contra otra más débil”, pero con la cual los EU se apropiaron de los territorios de California y Nuevo México mediante una venta forzada por las bayonetas) son manifestación clara e inequívoca del espíritu de la “Doctrina Monroe” y del “Destino Manifiesto”, otra de las diversas vías que los Estados Unidos siguieron para caminar de la fragmentación a la integración, y transformarse de colonias agrícolas costeras en una potencia económica y militar de primer orden.



 

 

2. Las naciones iberoamericanas: de la integración a la fragmentación

La identidad de las naciones iberoamericanas fue resultado de la fusión de los pueblos y culturas indígenas con los españoles y su cultura, pues la principal característica de la obra que España realizó en América durante los siglos XVI y XVII, fue trabajar por la integración de los indígenas y no por su marginación. A pesar de los innegables abusos que muchos conquista­dores realizaron con los indígenas, esta característica integracionista es del todo evidente, y solo los espíritus enfermos de resentimiento pueden negarla.

Ya desde el año 1493, en las instrucciones dadas en Barcelona por los Reyes Católicos a Cristóbal Colón antes de partir a su segundo viaje, señalaban: “Deseando los monarcas el aumento y acrecentamiento de la fe católica, mandan y encargan al dicho almirante que procure por atraer a los moradores de aquellas islas a la fe católica (…) Tratar bien y amorosamente a los indígenas y promover el contacto y la familiaridad mutuos y mostrarse severos contra los que estorbaren esa amigable concordia”.

Sin la menor duda es bastante larga la lista de los que, con sus abusos e incluso no pocas crueldades, “estorbaron esa amigable concordia” que pedían los Reyes. Pero también es cierto que la lista de quienes se entregaron en cuerpo y alma a “promover el contacto y la familiaridad mutuos” es aún más larga, y en ella destacan en primerísimo lugar los frailes misioneros que a pulso se ganaron el título de “protectores de los indios”. La razón de ello fue la mentalidad católica presente en la Corona y en el pueblo español del siglo XVI; mentalidad que aparece nítidamente reflejada en los hechos y en muchos documentos. Cito como ejemplo una de las instrucciones dadas por la Corona al gobernador de La Española, Nicolás de Ovando en 1501: “Deseamos que los indios se conviertan a nuestra santa fe católica, y sus ánimas se salven, porque este es el mayor bien que les podemos desear.”

Por otra parte, debemos tener presente que de los catorce millones de habitantes que tenía la América precolombina, la mayoría de ellos estaban asentados en los territorios conquistados y civilizados por España: sólo en el Perú con tres millones y en la Nueva España con cuatro millones, se concentraba la mitad de la población indígena, territorios estos que además albergaron a las culturas precolombinas más desarrolladas: la Maya, la Azteca y la Inca.

La identidad de las Naciones iberoamericanas forjada en los siglos XVI y XVII fue una identidad nueva y original en la cual están presentes muchos elementos de las culturas indígenas, de la cultura española y la fe católica; no es pues, española ni indígena, sino indo-hispano-católica. Juan Pablo II recordaba lo anterior en el hipódromo de Santo Domingo el 12 de Octubre de 1984 con las siguientes palabras: “Los hombres y pueblos del nuevo mestizaje americano, fueron engendrados también por la novedad de la fe cristiana. Y en el rostro de Nuestra Señora de Guadalupe está simbolizada la potencia y arraigo de esta primera evangelización.”

Por extender el Evangelio a todas partes, la España del Siglo XVI no se quedó en las costas de las tierras que descubría, ni limitó su acción a los lugares donde encontró el oro que, sin duda, también buscaba. Y así como la formación de la identidad de la América Española es, por su característica integracionista, sumamente compleja, las causas que llevaron a su Independencia también los son.

 

Es del todo cierto que las condiciones del mundo en el inicio del siglo XVIII eran ya muy diferentes a las de los dos siglos precedentes y la necesidad de una apertura de Las Españas a una modernidad verdaderamente racional se hacía cada vez más evidente. Pero la modernidad que campeaba ya en Europa, aunque se autodefinía como “racional”, de hecho traicionaba a la razón al reducirla a la mera experiencia sensible. Era pues la Modernidad «ilustrada», miope y poco racional pero radicalmente secularizante, la que imponía sus dictados en las élites intelectuales y políticas en Europa, haciendo surgir especialmente en Francia el «despotismo ilustrado» y con él, el «regalismo» que buscaba hacer de la Iglesia un instrumento al servicio del Rey, ocultando hipócritamente su intolerancia a la autoridad del Papa.

La llegada de la francesa Casa de Borbón al Trono español en 1700, marca también la llegada de «la modernidad ilustrada» a España, y con ella un cambio radical en la política española, tanto para la Península como para “Los Reinos de Indias”. Como explica Caturelli “La España oficial abandona (a los Reinos de Indias). Y digo que los abandona en el estricto sentido del término que quiere decir «dejar» (en poder de otro) o, mejor aún, dejar alguna obra ya emprendida como misión. Paradójicamente, alguien que sólo observara las apariencias, podría sostener que ahora la España borbónica se ocupa mucho más de sus «dominios» que antes (…) El intento heroico del imperio espiritual que somete el bienestar somático al dominio del espíritu ha sido, poco a poco, abandonado; de ahí que sea posible «ocuparse» con aparente mayor empeño del pueblo español y de los pueblos de Indias habiéndolos abandonado. Pero semejante abandono enmascara un abandono todavía mayor: el abandono de Sí misma.”

El regalismo de los Borbones españoles fue astutamente alentado por varios personajes de la Corte que pertenecían a una sociedad secreta nacida en ese mismo siglo XVIII y que desde entonces profesa un odio tremendo a la Iglesia Católica: la Francmasonería. El Primer Ministro Pedro Pablo Abarca de Bolea, Conde de Aranda, Caballero Comendador de la Orden del Espíritu Santo y… uno de los principales dirigentes de la masonería española, en Abril de 1767 arrancó al regalista Carlos III el decreto para expulsar a la Compañía de Jesús de todos los territorios de la Corona española.

Más de cinco mil jesuitas súbditos de la Corona (dos mil en España y tres mil en América) y que conformaban una de las élites que más beneficio había procurado a los pueblos iberoamericanos, sin razón alguna se encontraron de repente en el destierro en Italia e en Rusia. Este acto arbitrario y despótico del «ilustrado» Rey Carlos III desató uno de los nudos más firmes que unían a Madrid con la América española y abrió las puertas de la Independencia. Como protesta por la expulsión de los jesuitas, los mineros de Guanajuato llevaron a cabo la primera huelga que registra la historia de México, y en San Luis de la Paz las protestas por la expulsión desembocaron en una revuelta sangrienta donde, además, la población quemó el Pendón real.

 

 

La expulsión de los jesuitas fue un rayo que sacudió a toda la América española. Las innumerables escuelas y colegios así como las misiones en Paraguay y las Californias que los jesuitas atendían con especial celo, truncaron sus tareas y quedaron abandonadas. El desaliento y la inquietud cundió entre las demás ordenes religiosas, hostigadas también por el regalismo de la Corona que veía en los Superiores de las Ordenes un obstáculo fuera de sus dominios y por tanto fuera de su control. El impulso evangelizador que caracterizó a la obra de la Corona durante los siglos XVI y XVII, quedó paralizado en el XVIII.

Pero el «despotismo ilustrado» de los reyes borbónicos no se limitó al regalismo. Aunque los “Reinos de Indias” siguieron llamándose así, de hecho dejaron de ser considerados como «provincias de España» para convertirse en «colonias de España»; dejaron de ser «integrantes» de la Corona para convertirse en «propiedad» de ella. El establecimiento de «las intendencias» en 1778 y del «ejército» en 1761, así como la supresión de la autonomía de los «cabildos», obedecieron a ese propósito. Por ello, en estricto sentido, el periodo verdaderamente colonial de la América española se limitó al último siglo del dominio de España en América, pues para los reyes borbónicos el fin del Estado se reducirá a las estrategias del poder y del bienestar material.

“Fue la propia monarquía, al adoptar las ideas de la ilustración, la que rompió con los fundamentos tradicionales en que se apoyaba. Al desvincularse de la religión, y al acentuar su propio absolutismo, destruyó las bases seculares de su imperio –que era ético-religioso– y no pudo reemplazarlas por ningún principio que despertara el entusiasmo o la adhesión de sus súbditos (…) La justicia dejó de ser la principal inspiradora de la acción gubernativa; y el buen tratamiento de los indios quedó subordinado a las conveniencias políticas o económicas.”

“Iberoamérica perdió el respeto y se sintió abandonada. Piénsese un instante en la abyección de Carlos IV, temeroso y estúpido, permitiendo la entrada de tropas francesas en España, poco después del Tratado de Fointanebleau (1808) para terminar abdicando la Corona (…) La fecha de aquel tratado coincide con el segundo intento de Inglaterra de apropiarse del Virreinato del Río de la Plata, derrotada en las calles de Buenos Aires por el heroísmo de los criollos, cada vez más conscientes de sí mismos.”

Cuando Carlos IV se arrepiente de la abdicación que por la fuerza le arrancó su propio hijo Fernando y reclama reasumir el Trono, éste afirma que la abdicación de su padre es válida y que ahora el rey es él, Fernando VII. Padre e hijo buscan el apoyo de Napoleón colocándolo así como árbitro de su disputa, y el Emperador francés, ni tardo ni perezoso, apresó a ambos enviándolos como prisioneros fuera de España: Carlos IV a Nápoles, y su hijo Fernando VII a Bayona. En el trono español el “árbitro” Napoleón colocó a su hermano José Bonaparte, el tristemente célebre “Pepe botellas”.

Ante una España que se vuelve contra sí misma, “las provincias de ultramar vinieron a ser más hispánicas que España”0. En Buenos Aires, Cornelio Saavedra se presenta acompañado de un grupo consciente de la importancia de los acontecimientos en la Península, ante el Virrey Cisneros y le dice: “No queremos seguir la suerte de la España, ni ser dominados por los franceses; hemos resuelto «reasumir» nuestro derecho, y conservarnos por nosotros mismos. El que a Vuestra Excelencia dio autoridad, ya no existe; por consiguiente, tampoco Vuestra Excelencia la tiene ya.”1

Cornelio Saavedra era uno de los capitanes que más destacó en la lucha contra los ingleses en 1807, pero además era doctor en Teología por la Universidad de Córdoba y doctor en Derecho por la Universidad de Santiago de Chile. Por ello conocía bien tanto la Doctrina de Santo Tomás como la Doctrina de Francisco Suárez sobre el «sujeto» de la autoridad (el Rey en éste caso) según las cuales “El Rey «tiene» la potestad recibida y es él el primer servidor del bien común. Inmediatamente ha recibido la autoridad «del pueblo» que ha tenido la autoridad «in habitu», ya que es el depositario de ella según la naturaleza; claro es que, mediatamente, siempre el origen absoluto de la potestad es Dios-creador. En consecuencia, si el Rey desaparece, para los tomistas es por completo natural y necesario que otro sujeto asuma la potestad; para los suaristas, la potestad «vuelve al pueblo» el cual debe, a su vez, transferirla a un nuevo sujeto de la misma. Como se ve, no existe ninguna diferencia esencial entre ambas doctrinas.”2 Por esto Saavedra dice al Virrey que “hemos resuelto «reasumir» nuestro derecho y conservarnos por nosotros mismos”.

Muy semejantes son los argumentos que en México, el otro extremo de la América española, esgrimen Manuel Abad y Queipo (en el Memorial de 1808), Fray Melchor de Talamantes, el Lic. Francisco Primo de Verdad y el Ayuntamiento de la Ciudad de México, para ocupar el vacío dejado por el Rey y proclamar, desde Septiembre de 1808, la Independencia de la Nueva España. En su discurso ante el Congreso de Angostura (1819) Simón Bolívar dice en el mismo sentido: “La excelencia de un Gobierno no consiste en su teoría, en su forma, ni en su mecanismo, sino en ser apropiado a la naturaleza y al carácter de la Nación para quien se instituye”.

Quienes se opusieron a los movimientos de Independencia en Iberoamérica fueron los «ilustrados» y los «regalistas», es decir los que estaban en la línea de la ruptura con la identidad indo-hispano-católica de los pueblos iberoamericanos. Es importante resaltar que Bolívar y San Martín no lucharon por la Independencia de Venezuela o de Argentina sino por la Independencia de Hispanoamérica; por ello los dos compartían la idea fundamental de una «unión en federación» de los antiguos virreinatos, idea ya advertida por Bolívar desde el “Manifiesto de Cartagena” de 1812 y reiterada en la propuesta de 1823 al Libertador de México Agustín de Iturbide, para formar “La Gran Colombia” que automáticamente hubiera hecho de Hispanoamérica una gran potencia en todos los órdenes. De haberse concretado, la “Doctrina Monroe” no hubiera pasado de ser un bonito juego de palabras.

Pero la masonería, las intrigas de Mister Poinsset y, sobre todo, la miopía de los «ilustrados» y su nefasto «espíritu de partido» que buscaría a toda costa el exterminio de «los otros», desencadenaron a lo largo y lo ancho de la Hispanoamérica que nacía a la vida independiente, innumerables guerras civiles y divisiones de todo tipo. El sueño bolivariano de la Gran Colombia tuvo tan amargo despertar que hizo exclamar al Libertador: “he arado en el mar”.

 

“Refiriéndose a Bolívar, Salvador de Madariaga al concluir su libro sobre el Libertador venezolano, pone en sus labios el epílogo: la espada no teje ni borda, y cuando quise «rehacer en tres años» lo que España había hecho en tres siglos, la abigarrada maraña de hilachas humanas de aquel «diseño roto», transfigurada en hidra demagógica, me devoró el corazón y me arrojó a la sepultura.”3 El decreto del Congreso mexicano (19 de Mayo de 1823) que declaraba nulos el Plan de Iguala, los Tratados de Córdoba y la elección de Iturbide, finalmente arrojó al paredón al Libertador de México. Las “Tres garantías”, Religión, Unión e Independencia, fueron también «fusiladas» moralmente.

Así, las élites que realizaron la Independencia en Hispanoamérica fueron rápidamente desplazadas de una u otra forma, y sustituidas por otras élites impregnadas hasta la médula de ese ilustrado «espíritu de partido» que exigía la exclusión y, de ser posible, la eliminación del otro. Los ritos masónicos, escocés y yorquino, fueron pieza clave en éste proceso. En lugar de “la Gran Colombia”, los cuatro virreinatos americanos se desintegraron en dieciséis repúblicas; a su vez en el interior de cada una de ellas se realizaron procesos de desintegración y división, y la división las debilitó y empobreció, lo mismo en lo material como en lo espiritual. El “nacionalismo”, que es una desviación enfermiza del genuino «amor a la Patria», y por tanto es fuente de celos, odios y guerras, también clavó sus garras en las nuevas naciones. Así, Hispanoamérica recorrió exactamente el camino inverso que siguieron las Trece colonias inglesas.

Para agravar esta situación, el Rey Fernando VII, quien no se resignaba a haber perdido los Reinos de Ultramar que su padre y su abuelo habían previamente degradado a meras colonias, amenazó a la Santa Sede con separar de Roma a la Iglesia de España si nombraba obispos para las nuevas naciones, y como España también era hija de la Iglesia, el Papa se abstuvo de nombrarlos. Iberoamérica se fue quedando prácticamente sin obispos en el momento que más los necesitaba.

 

Las nuevas élites directivas que se hacen del poder en la Iberoamérica desgarrada, reniegan de sus raíces indígenas, de sus raíces hispanas y de sus raíces cristianas, para caer en una burda y ramplona copia de lo que estaba de moda en otras latitudes. Lo que es meramente imitado será siempre una mala copia, pero será mucho peor si lo que se imita conlleva una traición contra la propia identidad.

En este sentido, el caso de México es especialmente patético: el Partido liberal y la masonería yorkina se lanzaron a copiar a los Estados Unidos hasta en el nombre; y sus enemigos, el Partido conservador y la masonería escocesa se lanzaron a copiar a Francia. “Cuando un país imita a otro sin pensar en sus propias características, de hecho las está ignorando, está tratando de sustituir su personalidad propia por otra ajena. México, en mayor o menor medida, siempre tuvo personalidad propia, pero muchos, a pesar de tenerla enfrente, de plegarse a ella o formar parte de ella, no quisieron nunca reconocerla.”4 Una interminable sucesión de guerras civiles, cuartelazos, motines, anarquía política y económica, intervenciones militares extranjeras y la pérdida de la mitad del territorio, fueron algunas de las consecuencias del desprecio de las élites a nuestra identidad nacional.

Providencial y afortunadamente esa pérdida de identidad en las élites no se trasladó al pueblo, y gracias a que el pueblo permaneció fiel a su identidad indo-hispano-católica, ésta no se extinguió. El divorcio entre la élites y el pueblo es un drama que a la fecha continúa afectando la armonía de las Nuevas naciones.

Para solucionar este divorcio se requiere de un conocimiento sobre nuestra identidad y nuestro origen, conocimiento que debe estar basado en la historia, no en leyendas, pero como atinadamente señala Alberto Methol Ferré “las «historias nacionales» empiezan a escribirse aquí, por lo común, desde el último tercio del siglo XIX, con la «organización nacional». Es el momento de victoria del liberalismo no sólo anticlerical, sino anticatólico. En esas historias nacionales, la Iglesia hace el papel del «malo», de la inercia histórica, de lo residual. Domina una historia política y militar, a la que luego se incorporan perspectivas económicas y sociales. Pero lo religioso queda en un sorprendente esfumado. La Iglesia no remedia esta ausencia (…) Nuestras Iglesias conocen muy poco su propia historia (que va más allá de una historia institucional eclesiástica). (…) Ese desconocimiento de sí misma, por parte de la Iglesia, se veía agravado: las interpretaciones vigentes de las historias nacionales, en grado mayor o menor, estaban repletas de estereotipos contrarios a la Iglesia (…) Por ejemplo: «La Iglesia está siempre aliada a los poderosos». Esta proposición era difundida por los anticlericales –poderosos– que controlaban el Estado y habían expulsado a la Iglesia de múltiples actividades sociales.”5

 

Por lo que se refiere a las naciones asentadas en las islas del Caribe, islas que vieron surgir las primeras comunidades iberoamericanas y las últimas en obtener su independencia, señalaré solo las diferencias más relevantes con respecto a la Iberoamérica continental. Antes de la llegada de los españoles, las islas caribeñas albergaban a unos pocos miles de indígenas, los cuales llevaban una vida de despreocupada ociosidad. De ahí la casi nula existencia de una cultura prehispánica en las islas.

El aislamiento en el que vivieron desde tiempos inmemoriales los protegió de enfermedades epidémicas, pero esa especie de “cuarentena” forzosa los privó también de desarrollar anticuerpos ante ese tipo de enfermedades. La llegada de los españoles significó el fin de esa cuarentena, y cuando las epidemias hicieron su aparición en las islas, la mortandad entre los indígenas caribeños fue tan grande que prácticamente desaparecieron.

Por ello, la cultura y el mestizaje en La Española, Cuba y Puerto Rico, de hecho casi no tiene raíces indígenas. A cambio, especialmente en estos lugares, la raíz española se mezcló con la de los Africanos llevados a América por los traficantes de esclavos ingleses, portugueses, franceses y holandeses. España, si bien no se dedicó al tráfico de esclavos, si fue cómplice de este inhumano comercio.

Por otra parte, durante el siglo XVII los barcos de guerra de Inglaterra, Francia y Holanda, adversarios de España, protegieron y alentaron a los piratas y bucaneros que hicieron de la Isla de “La Tortuga” su base de operaciones para atacar no sólo a los barcos españoles sino también frecuentemente las ciudades costeras del Caribe. Las incursiones de los piratas franceses llegaron a dominar el occidente de la Isla de La Española y en 1697, con la “Paz de Riswick”, España cedió finalmente a Francia la mitad de la Isla, misma que fue convertida en una colonia de esclavos negros. Haití permaneció en esas condiciones bajo dominio francés hasta que, tras el desastre de la flota francesa en Trafalgar, hizo que Napoleón la abandonara y en 1809 Toussaint, el “Bonaparte negro” proclamó su independencia.

Algo semejante ocurrió con la Isla de Jamaica, invadida por los Ingleses en 1655 y oficialmente cedida en 1670 a Inglaterra, que nombró gobernador de la Isla al célebre pirata Morgan; obviamente la totalidad de los españoles residentes en Jamaica salieron de la isla y emigraron a Cuba. El traslado en pocos años de más de medio millón de africanos, hizo de Jamaica el mayor mercado de esclavos del Continente. No fue sino hasta 1962 cuando Inglaterra declaró a Jamaica estado independiente.

Al momento de los movimientos independentistas en el Continente, en Santo Domingo, la parte de la Española que permaneció bajo dominio español, José Núñez de Cáceres proclamó la unión de la Dominicana a La Gran Colombia, pero esa independencia duró sólo nueve semanas pues una invasión de los antiguos esclavos de Haití, canceló su libertad. Durante 22 años la Dominicana estuvo bajo dominio de Haití. En 1846 los dominicanos lograron arrojar a los haitianos de su suelo, pero ante la inestabilidad y debilidad en la que quedaron, en 1861 la Dominicana solicitó volver a unirse a España de la cual se separó definitivamente en 1898.

Por lo que se refiere a Cuba y Puerto Rico, ambas permanecieron bajo dominio español a lo largo de todo el siglo XIX , pues a pesar del intento de independencia que en Cuba realizó en1868 Carlos Manuel de Céspedes, y del realizado por José Martí en 1895, no fue sino hasta la guerra de los EU con España y el “Tratado de París” de 1898 cuando estas dos islas se independizaron de España. Cuba fue gobernada por los EU durante cuatro años (hasta 1902) y Puerto Rico es, hasta la fecha, un “estado asociado” de los EU.

El camino de la integración a la fragmentación que Hispanoamérica siguió durante el siglo XIX y buena parte del XX, le ha llevado a una grave postración política y económica. Reemprender el camino en sentido contrario, es decir, de esta fragmentación a una nueva integración (que no debe circunscribirse sólo a lo económico) no será una vuelta al pasado, ni una cancelación de los legítimos avances que se han conseguido, sino recobrar la identidad y el sentido común. La verdadera tradición no es peso que ata sino raíz que nutre.

 

 

3. El Brasil y Canadá: independencia sin ruptura

Nuestra revisión a las nuevas naciones de América estaría incompleta si no analizamos a los dos países que, en diferentes circunstancias, nacieron a la vida independiente sin ruptura ni desgarramientos significativos. En el sur del Continente, el Brasil, y en el norte, Canadá.

La famosa “línea alejandrina” con la cual el Papa Alejandro VI solucionó la disputa entre las Coronas Portuguesa y Española sobre el Descubrimiento del Nuevo Mundo, dejó a los portugueses la exploración, conquista y evangelización de los territorios que existieran hacia el oriente de esa línea situada “a cien leguas de las islas Azores” y que por el Tratado de Tordesillas (1494) fue corrida otras doscientas leguas más. La primera expedición colonizadora de las Indias portuguesas estuvo compuesta por trece navíos ampliamente pertrechados, y llegaron a las costas de Brasil el Domingo de Pascua del año 1500, celebrándose una misa en la Bahía de la Vera Cruz. Inexplicablemente, diez días después la expedición zarpó de regreso a Portugal.

No fue sino hasta 1530 que los portugueses iniciaron un tímido poblamiento con la fundación del Puerto de San Vicente. Pasarían aún otros diecinueve años para que Martín de Sousa emprendiera un poblamiento más enérgico a partir de la fundación de la ciudad de Bahía (1549). Los indígenas del Brasil (tupies en la costa, chavanes en el interior y guaraníes en el sur) vivían en condiciones similares a la de los caribes en medio de selvas interminables.

Un gran pensador e historiador brasileño, José Pedro Galvao de Sousa escribía: “Cuando Martín de Sousa llega al litoral de lo que hoy es el Estado de Sao Paulo (…) ahí funda la villa de San Vicente, «célula mater» de la gran nación que se va a constituir. Traza el plano de la ciudad, hace erigir una capilla, manda construir dos fortines, surgen las primeras edificaciones, y por último, como símbolo de la autonomía municipal, indica desde luego que el régimen de los Consejos de los Municipios portugueses serán también para el Brasil. En las ciudades más importantes, gran poder tendrán los llamados «Senados de Cámara», enfrentando a los gobernadores y llegando a levantar su voz en la cara de la Metrópoli.

El Brasil, en cuanto unidad política ya constituida, no era propiamente una colonia, utilizándose este término para designar la ocupación y el fomento de las regiones sin cultivo. La parte del Continente Americano que integraba al Reino de Portugal lo fue como Algarbe de la Península Ibérica.”6

De las posesiones que Portugal tenía en el África negra trasladaron al Brasil a miles de esclavos para trabajar las feraces tierras; pero lo mismo en la América española que en Brasil, la esclavitud tuvo en la Iglesia un poderoso freno que aminoró las crueldades de ese “negro baldón de la humanidad”. El mestizaje de portugueses y españoles con los negros, la vida de tantos religiosos como San Pedro Claver “el esclavo de los esclavos”, que dedicaron su vida a aliviar la de los negros, o las facilidades que las leyes lusitanas e hispánicas daban a los negros para alcanzar su libertad, son manifestaciones de condiciones más humanas para la terrible realidad de la esclavitud en la cual, como recordaba Juan Pablo II en Senegal, “participaron bautizados que no vivieron su fe.”

Pero a diferencia de la independencia de Hispanoamérica, el Brasil surgió como Nación independiente en paz, sin antagonismo con su identidad y sin el traumatismo de la ruptura. Las tropas de Napoleón originalmente entraron a España con el consentimiento del inepto Carlos IV para invadir Portugal, y cuando los estandartes franceses eran ya visibles desde Lisboa, el Rey de Portugal Juan VI abordó el barco que lo trasladó a Río de Janeiro donde quedó instalada la Corte Portuguesa.

Tras el ocaso de Napoleón en Europa y el regreso de Juan VI a Lisboa, éste dejó en Río de Janeiro a su hijo Don Pedro, quien fue proclamado “Emperador de Brasil” el 12 de Octubre de 1822. “La continuidad monárquica y dinástica, perdida en la América española, aseguró al Brasil sesenta años de paz interior, orden, equilibrio político y estabilidad económica.”7

Antes del Descubrimiento de América, en el Norte del Continente y a semejanza del Brasil, los inmensos territorios del Canadá se encontraban también casi inhabitados, pero no a causa de las impenetrables selvas sino del clima polar que por largos meses persiste en las tundras canadienses. Las tribus indígenas que la habitaban, algonquines y athabascos, así como otros pequeños grupos indígenas eran todos nómadas, viviendo de la caza, la pesca y la recolección de frutos.

Las costas del Canadá en el Océano Pacífico fueron exploradas por los españoles en los primeros años del siglo XVI, pero sin realizar alguna acción de poblamiento, pues Mesoamérica y Sudamérica consumían todas sus energías. Fue el francés Jaime Cartier el primer europeo quien, tras la exploración del río San Lorenzo, fundó en sus márgenes Nueva Francia en 1534. Pero, a semejanza de lo ocurrido con los portugueses sobre el Brasil, también los franceses demostraron muy poco interés por Canadá durante más de setenta años.

 

No fue sino hasta 1628 en que, con la fundación de Québec por Samuel Champlain, la colonización francesa en Canadá recibió un impulso más enérgico. La vida de las poblaciones francesas en Canadá durante el siglo XVII tuvo dos características relevantes: la evangelización de los pocos indígenas que la habitaban y las guerras contra los ingleses que buscaban apoderarse del territorio de los franceses. La victoria de los ingleses en Québec en 1754 y los tratados de 1759 establecieron el dominio definitivo de Inglaterra en todo el Canadá. De inmediato los ingleses decretaron la exclusión de la Iglesia Católica, provocando un gran descontento entre la población francesa, la cual era obviamente mayoría. No fue sino hasta 1774 cuando Inglaterra accedió a permitir la libertad religiosa mediante el “Acta de Québec”. Al estallar la guerra de Independencia de las Trece colonias, los canadienses permanecieron fieles al Rey Jorge III.

Por el “Tratado del Escorial” de 1785, España cedió los derechos que tenía en las costas del Pacífico canadiense. Entonces, en 1791 Inglaterra dividió el Canadá en dos grandes regiones: el “Alto Canadá” con la población de habla inglesa, y el “Bajo Canadá” con la población de habla francesa.

Viendo que ésta división podría desembocar en una ruptura (de hecho las tensiones entre los francófonos y los anglófonos persisten hasta el día de hoy), en 1840 con el “Acta de Unión”, Inglaterra estableció la “Confederación de Canadá”, agregándole los territorios de Brunswick, Nueva Escocia, Mantoba y la Columbia Británica. En 1923 Canadá fue ya un Estado autónomo miembro de la Commonwhealth, y finalmente en 1982 y con la anuencia de Inglaterra, Canadá acabó con cualquier dependencia del Parlamento Británico. Su Independencia fue, pues, el resultado de una evolución normal, tranquila y en paz.

Así como un ser humano alcanza una auténtica madurez y un uso pleno de su libertad tras un crecimiento normal, aunque no siempre exento de vicisitudes, el Brasil y Canadá son naciones que llegaron a la vida independiente sin el trauma de una ruptura con sus raíces ni con su identidad.


4. Conclusión

En esta rápida revisión a los orígenes de las Nuevas Naciones de América hemos podido constatar la verdad que encierran aquellas palabras de Jesucristo: “Todo reino dividido en facciones será desolado; y cualquier ciudad o casa dividida en bandos no subsistirá” (Mt 12,25). En efecto, la unidad ha sido la causa del encumbramiento de unas naciones, así como la división lo sido del derrumbamiento de otras.

Debemos pues redescubrir el gran valor de la unidad, simbolizado en el color rojo de nuestro lábaro patrio, y sobre éste valor construir el futuro. La ilustración y las generaciones que se dejaron seducir por ella, despreciaron y pisotearon ese gran tesoro que forma parte fundamental de nuestra identidad nacional, acarreando con ello gravísimos males. Hoy el valor de la unidad empieza a ser reencontrado provocándonos un alegre sobresalto, y la perspectiva de un gran destino para las naciones de América es nuevamente posible. Retomar el camino de la unidad interna en cada nación, y, al mismo tiempo, el de la unidad entre las naciones de América, será la forma de enfrentar con éxito los retos que el proceso globalizador presenta en estos inicios del Tercer Milenio al Continente de la Esperanza.

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Juan Louvier Calderón addresses the theme of the new American nations. He analyses the basic traits of their identity, which was carved out in the 16th and 17th centuries. The research is divided into three areas: the United States of America, the Ibero-American nations and, finally, Brazil and Canada. The author concludes with the conviction that the best way of facing the process of globalisation is to revisit simultaneously the path of unity within each nation and that of unity between all the American nations.

Juan Louvier Calderón se penche sur la thématique des nouvelles nations d’Amérique. Pour cela, il analyse les caractéristiques fondamentales de leur identité, formée au cours des XVIe et XVIIe siècles. L’enquête se développe selon trois zones : les États-Unis d’Amérique, les nations ibéro-américaines et, enfin, le Brésil et le Canada. En conclusion, l’Auteur fait part de sa conviction que le retour au chemin de l’unité intérieure de chaque nation et, en même temps, entre les nations d’Amérique, est le moyen de faire face au processus de globalisation.

Juan Louvier Calderón affronta la tematica relativa alle nuove nazioni d’America. Perciò, analizza le caratteristiche fondamentali della loro identità, formatasi nell’arco dei secoli XVI e XVII. L’indagine viene raggruppata in tre aree: Stati Uniti d’America, nazioni ibero-americane, ed infine, Brasile e Canada. Per concludere, l’Autore esprime la sua convinzione che ritornare sul cammino dell’unità interiore in ogni nazione e, nello stesso tempo, tra le nazioni d’America, sia la forma da tener presente nel processo di globalizzazione.

   Juan Vallet de Goytisolo, Patrias–Naciones–Estados, Ed. Speiro 1970, p. 3.

2   Jean Ousset, Patria Nación Estado, Ed. Speiro, p. 22-23.

3   John Chamberlain, Las Raíces del Capitalismo, Unión Editorial, Madrid 1993, p. 19.

4   John Chamberlain, op. cit., p. 19.

5   J. Q. Adams, Memories, Vol. XI, p. 348. Citado por R. Orozco Farías, Fuentes Históricas, Mex. 1965, p. 64-65.

6   Ulises S. Grant, Personal Memories, vol. I, p. 53. Citado por R. Orozco Farías, op. cit., p. 118.

7   Alberto Caturelli, El Nuevo Mundo, Edamex-Upaep 1991, p. 410.

8   Ricardo Zorraquín, La organización política argentina en el periodo hispánico, Ed. Perrot, Buenos Aires 1981, p. 46.

9   Alberto Caturelli, op. cit., p. 411.

10  Ibidem, p. 414.

11  Ibidem, p. 417.

12  Ibidem, p. 414-415.

13  Alberto Caturelli, op. cit., p. 421.

14  Abelardo Villegas, La filosofía de lo mexicano, UNAM 1988, p. 16.

15  Alberto Methol Ferré, La ruptura de la cristiandad indiana en: Iglesia y Cultura Latinoamericana, CELAM 1983, p. 153-154.

16  José Pedro Galvao de Sousa, Brasilidad Lusitana e Hispánica, Vertebración 1992, N° Especial, p. 27.

17  Ibidem, p. 27.

 

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El que no ama no puede evangelizar; el que por imprudencia miente, no sabe amar.

 

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No puede haber un diálogo al precio de la verdad.

 

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Quien recorre el camino sembrando solo dudas no es capaz de hablar una certeza.

 

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La verdad no acepta de vivir concordemente con la mentira, su esencia es proclamar ante todos los hombres a quien es la Verdad: Cristo Jesús.

 

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En la homilía de San Juan de Letrán, S. S. Benedicto XVI - P. P. explicó de manera insuperable el ministerio del Papa y de los obispos como garantía de que esa red de testigos que es la Iglesia, extendida en el espacio y en el tiempo, permanece fiel a su origen y fuente que es Cristo. Ninguna comunidad (tampoco la Iglesia), ningún hombre (tampoco el Papa) “posee la Verdad”, ni puede imponerla a persona alguna. Y sin embargo los cristianos sabemos que la Verdad no es una idea, sino el Misterio de Dios que se ha revelado en la carne y ha montado su tienda entre nosotros, para ser accesible a todos los hombres. Para la Iglesia, Cristo no es una posesión que se defiende, sino la presencia viva de Dios que continuamente le da forma, le mueve a cambiar, le saca de la tentación de fosilizarse, le llama a una conversión muchas veces dolorosa, y le urge a comunicar su tesoro a los hombres de todo tiempo y lugar. 2005-

 

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Los gestos y las palabras de S. S. Benedicto XVI – P.P. nos revelan cada día al Siervo de los siervos de Dios, al hombre ligado a la gran comunidad de la fe de todos los tiempos cuya primera tarea es obedecer, y cuya misión, lejos de coartar el camino de los cristianos, es la garantía de su seguridad y de su auténtica libertad. Él sabe que cuando el cansancio y la opacidad anidan en la comunidad eclesial, el nuevo impulso llega con frecuencia de lugares imprevistos, suscitando en un primer momento desconcierto y perplejidad en la institución (Cfr. Dios y el mundo, p. 342) y sabe que en el futuro surgirán nuevas formas de vida cristiana y nuevas culturas de la fe, porque en una Iglesia viva ese movimiento siempre está en marcha (Cfr. La sal de la tierra, p.279-280). Por supuesto, al Sucesor de Pedro y a los obispos les corresponderá separar el grano de la paja, pero Benedicto XVI deja claro que su norte consiste en no extinguir el Espíritu: “examinadlo todo y quedaos con lo bueno”. Esta sí es su verdadera imagen. 2005.05

 

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Nosotros los cristianos no llegamos a un grado de bondad y madurez espiritual de la noche a la mañana; nuestra vida es un continuo caminar. Incluso en los tramos rectos, he encontrado lugares con niebla tan densa que he tenido que seguir adelante creyendo que Jesús iba conmigo guiándome... Me di cuenta de que cuando me acercaba a Jesús despojada de toda pretensión, con espíritu de necesidad, lista para escucharlo y recibir lo que EL tuviera para mí, EL me había encontrado ya en mi punto de mayor necesidad... Cuando el futuro nos parece tenebroso y desolado, con EL todo se transforma en una vida nueva llena de gozo.” [Catherine Marshall (encontrarnos con Dios)].

 

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Perdamos el miedo a hablar de una ética de la lectura. Debemos asumir una actitud responsable ante el material impreso. Existen libros malos de la misma manera que existen ideologías malas (el comunismo, el nazismo, el conservadurismo, el progresismo, el racismo, el terrorismo sea islámico y tantos otros…).

 

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Liturgia romana - Antífonas del Magníficat de los días 17 al 23 de diciembre

 

“Al día siguiente, Juan vio a Jesús, que se acercaba a Él, y dijo: “....A éste me refería yo cuando dije: -Detrás de mí viene uno que ha sido colocado delante de mí, porque existía antes que yo.-“ (Jn 1, 29-30)


      -Oh Sabiduría, que brotaste de los labios del Altísimo, abarcando del uno al otro confín y ordenándolo todo con firmeza y suavidad, ven y muéstranos el camino de la salvación.
      -Oh Adonai, Pastor de la casa de Israel, que te apareciste a Moisés en la zarza ardiente y en el Sinaí le diste tu ley, ven a liberarnos con el poder de tu brazo.
      -Oh Renuevo del tronco de Jesé, que te alzas como un signo para los pueblos, ante quien los reyes enmudecen y cuyo auxilio imploran las naciones, ven a librarnos, no tardes más.
      -Oh Llave de David y Cetro de la casa de Israel, que abres y nadie puede cerrar, cierras y nadie puede abrir, ven y libra a los cautivos que viven en tinieblas y en sombra de muerte.
      -Oh Sol que naces de lo alto, Resplandor de la luz eterna, Sol de justicia, ven ahora a iluminar a los que viven en tinieblas y en sombra de muerte.
      -Oh Rey de las naciones y Deseado de los pueblos, Piedra angular de la Iglesia, que haces de dos pueblos uno solo, ven y salva al hombre que formaste del barro de la tierra.
      -Oh Emmanuel, rey y legislador nuestro, esperanza de las naciones y salvador de los pueblos, ven a salvarnos, Señor Dios nuestro.
Ref. bíblicas: Dt 8,5; Prov 8,22s; Hb 1,4; Ex 20; Is 11,10; 52,15; 22,22; 42,7; Lc 1,78; Mal 3,20; Ag 2,7Vulg; Is 28,16; Ef 2,14; Gn 2,5; Is 7,14

 

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Orígenes (hacia 185-253) presbítero y teólogo de la Iglesia Católica
Homilías sobre Josué 15, 1-4; SC 71 pag. 331-345

 

El combate espiritual -       Si las guerras (del Antiguo Testamento) no fueran símbolo de las guerras espirituales, pienso que nunca los libros históricos de los judíos se hubieran transmitido a los discípulos de Cristo que ha venido para traer la paz. Nunca los hubieran transmitido los apóstoles como lectura pública en las asambleas. ¿A qué servirían tales descripciones de guerras a aquellos que oyen a Jesús que dice: “La paz os dejo, mi paz os doy”, (Jn 14,27) a aquellos a quienes manda Pablo: “No os toméis la justicia por vuestra mano.” (Rm 12,19) y “¿No sería preferible soportar la injusticia y permitir ser despojados?” (1Cor 6,7).       Pablo sabe muy bien que ya no tenemos que ganar batallas materiales sino que hay que luchar con gran esfuerzo en nuestra alma contra nuestros adversarios espirituales. Como un jefe de ejército, nos da este precepto a los soldados de Cristo: “Revestios de las armas que Dios os ofrece para que podáis resistir a las asechanzas del diablo.” (Ef 6,11) Y para poder aprovecharnos de los ejemplos de nuestros antepasados en las guerras espirituales, quiso que sea leído en la asamblea el relato de sus hazañas. Así, si somos hombres espirituales, nosotros que sabemos que la ley es “espiritual” (cf Rm 7,14) nos acercamos en estas lecturas a las realidades espirituales en términos espirituales. (cf 1Cor 2,13) Así contemplamos a través de estas naciones que atacaron materialmente al pueblo de Israel, el poder de las “naciones espirituales” enemigas interiores, los espíritus malos que están en el aire (cf Ef 6,22) que levantan las guerras contra la Iglesia del Señor, el nuevo Israel.

 

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El cristianismo no es un sistema intelectual, un conjunto de dogmas o un moralismo, sino que se trata de un encuentro, de una historia de amor, de un acontecimiento: ‘Cristo manifestado en su Iglesia desde hace 2.000 años. Y a su Iglesia, Cristo dio la catolicidad, universalidad.’

 

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Alabemos con las poéticas palabras del teólogo san Gregorio Nacianceno, doctor de la Iglesia Católica, año 330+390:

 

« Gloria a Dios Padre y al Hijo,
Rey del universo.
Gloria al Espíritu,
digno de alabanza y santísimo.
La Trinidad es un solo Dios
que creó y llenó cada cosa:
el cielo de seres celestes
y la tierra de seres terrestres.
Llenó el mar, los ríos y las fuentes
de seres acuáticos,
vivificando cada cosa con su Espíritu,
para que cada criatura honre
a su sabio Creador,
causa única del vivir y del permanecer.
Que lo celebre siempre más que cualquier otra
la criatura racional
como gran Rey y Padre bueno ».

(9) Poemas dogmáticos, XXXI, Hymnus alias: PG 37, 510-511

 

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«Cuando digo a un joven: mira, allí hay una estrella nueva, una galaxia, una estrella de neutrones, a cien millones de años luz de lejanía. Y, sin embargo, los protones, los electrones, los neutrones, los mesones que hay allí son idénticos a los que están en este micrófono (...). La identidad excluye la probabilidad. Lo que es idéntico no es probable (...). Por tanto, hay una causa, fuera del espacio, fuera del tiempo, dueña del ser, que ha dado al ser, ser así. Y esto es Dios (...). «El ser, hablo científicamente, que ha dado a las cosas la causa de ser idénticas a mil millones de años-luz de distancia, existe. Y partículas idénticas en el universo tenemos 10 elevadas a la 85a potencia... ¿Queremos entonces acoger el canto de las galaxias? Si yo fuera Francisco de Asís proclamaría: ¡Oh galaxias de los cielos inmensos, alabad a mi Dios porque es omnipotente y bueno! ¡Oh átomos, protones, electrones! ¡Oh canto de los pájaros, rumor de las hojas, silbar del viento, cantad, a través de las manos del hombre y como plegaria, el himno que llega hasta Dios!» Por Enrico Medi  2005.

 

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La tierra es de Dios quien la ofrece a todos sus hijos

24. El israelita tiene el derecho de propiedad de la tierra, que la ley protege de muchas formas. El Decálogo prescribe: « no codiciarás la casa de tu prójimo, su campo, su siervo o su sierva, su buey o su asno: nada que sea de tu prójimo » (Dt 5, 21).

Se puede decir que el israelita se siente verdaderamente libre y plenamente israelita sólo cuando posee su parcela de tierra. Pero la tierra es de Dios, insiste el Antiguo Testamento, y Dios la ha dado en herencia a todos los hijos de Israel. Se debe por lo tanto repartir entre todas las tribus, clanes y familias. Y el hombre no es el verdadero dueño de su tierra sino que es más bien un administrador. El dueño es Dios. Se lee en el Levítico: « La tierra no puede venderse para siempre, porque la tierra es mía, ya que vosotros sois para mí como forasteros y huéspedes » (25, 23).

En Egipto la tierra pertenecía al faraón y los campesinos eran sus esclavos y de su propiedad. En Babilonia había una estructura feudal: el rey entregaba las tierras a cambio de servicios y de fidelidad. No hay nada parecido en Israel. La tierra es de Dios que la ofrece a todos sus hijos.

 

25. De ahí derivan varias consecuencias. Por un lado, nadie tiene el derecho de quitar la tierra a la persona que la cultiva, en caso contrario se viola un derecho divino; ni siquiera el rey puede hacerlo.(16) Por otro lado, se prohibe toda forma de posesión absoluta y arbitraria a propio favor: no se puede hacer lo que se quiere con los bienes que Dios ha dado para todos.

Sobre esta base la legislación ha ido añadiendo, impulsada siempre por situaciones concretas, muchas restricciones al derecho de propiedad. Algunos ejemplos: la prohibición de recoger los frutos de un árbol durante los cuatro primeros años (cf. Lv 19, 23-25), la invitación a no cosechar la miés hasta el borde del campo y la prohibición de recoger los frutos y las espigas olvidados o caídos, porque pertenecen a los pobres (cf. Lv 19, 9-10; 23, 22; Dt 24, 19-22).

A la luz de esta visión de la propiedad se entiende la severidad del juicio moral expresado por la Biblia sobre los abusos de los ricos, que obligan a los pobres y a los campesinos a ceder sus fundos familiares. Los Profetas son los que más condenan estos abusos. « ¡Ay, los que juntáis casa con casa, y campo con campo anexionáis! » grita Isaías (5, 8). Y su contemporáneo Miqueas añade: « Codician campos y los roban, casas, y las usurpan; hacen violencia al hombre y a su casa, al individuo y a su heredad » (2, 2).

 

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VERITAS OMNIA VINCIT

LAUS TIBI CHRISTI.

 

 

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Recomendamos El libro: FE, VERDAD Y TOLERANCIA [el cristianismo y las religiones del mundo] por Joseph RATZINGER, al día: S.S. Benedicto XVI; ed. SÍGUEME

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'JESUCRISTO PADECIÓ BAJO EL PODER DE PONCIO PILATO,
FUE CRUCIFICADO, MUERTO Y SEPULTADO'
Evangelio según San Lucas, Cap.3, vers.1º: El año decimoquinto del reinado del emperador Tiberio, cuando Poncio Pilato gobernaba la Judea, siendo Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Felipe tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene…

Crucifixión de San Pedro: fue crucificado al revés cabeza abajo - Pergamino con San Pedro en cruz invertida, de Maguncia- Alemania; entre el 900 y el 1000ca. - Museo Diocesano de la Catedral Maguncia (Mainz) Alemania - Pedro en su cruz, invertida. ¿Qué significa todo esto? Es lo que Jesús había predicho a este Apóstol suyo: "Cuando seas viejo, otro te llevará a donde tú no quieras"; y el Señor había añadido: "Sígueme" (Jn 21, 18-19). Precisamente ahora se realiza el culmen del seguimiento: el discípulo no es más que el Maestro, y ahora experimenta toda la amargura de la cruz, de las consecuencias del pecado que separa de Dios, toda la absurdidad de la violencia y de la mentira. No se puede huir del radicalismo del interrogante planteado por la cruz: la cruz de Cristo, Cabeza de la Iglesia, y la cruz de Pedro, su Vicario en la tierra. Dos actos de un único drama: el drama del misterio pascual: cruz y resurrección, muerte y vida, pecado y gracia.

La maternidad divina de María – Catecismo de la Iglesia
495 Llamada en los Evangelios 'la Madre de Jesús'(Jn 2, 1; 19, 25; cf. Mt 13, 55, etc.), María es aclamada bajo el impulso del Espíritu como 'la madre de mi Señor' desde antes del nacimiento de su hijo (cf Lc 1, 43). En efecto, aquél que ella concibió como hombre, por obra del Espíritu Santo, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el Hijo eterno del Padre, la segunda persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre de Dios [Theotokos] (cf. Concilio de Éfeso, año 649: DS, 251).
La virginidad de María
496 Desde las primeras formulaciones de la fe (cf. DS 10-64), la Iglesia ha confesado que Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María únicamente por el poder del Espíritu Santo, afirmando también el aspecto corporal de este suceso: Jesús fue concebido absque semine ex Spiritu Sancto (Concilio de Letrán, año 649; DS, 503), esto es, sin semilla de varón, por obra del Espíritu Santo. Los Padres ven en la concepción virginal el signo de que es verdaderamente el Hijo de Dios el que ha venido en una humanidad como la nuestra:
Así, san Ignacio de Antioquía (comienzos del siglo II): «Estáis firmemente convencidos acerca de que nuestro Señor es verdaderamente de la raza de David según la carne (cf. Rm 1, 3), Hijo de Dios según la voluntad y el poder de Dios (cf. Jn 1, 13), nacido verdaderamente de una virgen [...] Fue verdaderamente clavado por nosotros en su carne bajo Poncio Pilato [...] padeció verdaderamente, como también resucitó verdaderamente» (Epistula ad Smyrnaeos, 1-2).

El acontecimiento histórico y transcendente – Catecismo de la Iglesia
639 El misterio de la resurrección de Cristo es un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas como lo atestigua el Nuevo Testamento. Ya san Pablo, hacia el año 56, puede escribir a los Corintios: "Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce: "(1 Co 15, 3-4). El apóstol habla aquí de la tradición viva de la Resurrección que recibió después de su conversión a las puertas de Damasco (cf. Hch 9, 3-18).
El sepulcro vacío

640 "¿Por qué buscar entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado" (Lc 24, 5-6). En el marco de los acontecimientos de Pascua, el primer elemento que se encuentra es el sepulcro vacío. No es en sí una prueba directa. La ausencia del cuerpo de Cristo en el sepulcro podría explicarse de otro modo (cf. Jn 20,13; Mt 28, 11-15). A pesar de eso, el sepulcro vacío ha constituido para todos un signo esencial. Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección. Es el caso, en primer lugar, de las santas mujeres (cf. Lc 24, 3. 22- 23), después de Pedro (cf. Lc 24, 12). "El discípulo que Jesús amaba" (Jn 20, 2) afirma que, al entrar en el sepulcro vacío y al descubrir "las vendas en el suelo"(Jn 20, 6) "vio y creyó" (Jn 20, 8). Eso supone que constató en el estado del sepulcro vacío (cf. Jn 20, 5-7) que la ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana y que Jesús no había vuelto simplemente a una vida terrenal como había sido el caso de Lázaro (cf. Jn 11, 44).