Friday 26 May 2017 | Actualizada : 2017-03-29
 
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La superstición es una religión que ha crecido incongruente con la inteligencia. Y siempre tuvo por enemiga a la cristiandad.

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«En el año 1080 –apunta el historiador Gustav Henningsen, participante del Simposio– escribió el Papa Gregorio VII al rey Harald de Dinamarca quejándose de la costumbre de los daneses de hacer responsables a ciertas mujeres de las tempestades, epidemias y toda clase de males, y matarlas luego del modo más bárbaro. Asimismo, en una crónica eclesiástica se habla de tres mujeres quemadas por los vecinos de Vötting, cerca de Munich, en 1090, por envenenadoras de hombres y perdedoras de cosechas. Diez años más tarde, en el reino católico de Hungría, se intentó por edicto de ley extirpar la creencia en las brujas».

La Iglesia –y menos los tribunales inquisitores– no se había interesado por estas ejecuciones y persecuciones de brujas, a menos para alertar a las autoridades del mal que se les producía. La única razón era que la Inquisición fue creada para detener herejías, y las brujas no eran herejes; es más, la Iglesia no creía que existieran las brujas y, por tanto, no podía condenarlas. Sin embargo, pasados los siglos, esto cambiaría.

 

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Gracias a hombres y mujeres obedientes al Espíritu Santo, han surgido en la Iglesia muchas obras de caridad, dedicadas a promover el desarrollo: hospitales, universidades, escuelas de formación profesional, pequeñas empresas. Son iniciativas que han demostrado, mucho antes que otras actuaciones de la sociedad civil, la sincera preocupación hacia el hombre por parte de personas movidas por el mensaje evangélico.Siempre fue el saber contra la ignorancia, la mejor arma.

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Otro ejemplo: la Inquisición. Es indudable que la Inquisición con nuestros criterios actuales no puede defenderse, pues no logramos entender que un Tribunal eclesiástico dicte sentencias de muerte, pero como en Historia hay un principio que dice que no se debe juzgar una época con los criterios de otra y como los Tribunales civiles también perseguían los diversos delitos, la pregunta que hay que hacerse es ¿cuál de las dos jurisdicciones fue más civilizada o, si se quiere, menos salvaje?, porque da la impresión que el monopolio de la barbarie lo tuvo la Inquisición. ¿Es eso verdad? Voy a comparar ambas jurisdicciones ante los casos de brujería.

 

Mi fuente son los libros «La Sorcellerie», de Jean Palou nº 756 de la colección Que sais-je? de Presses Universitaires de Francia, así como «El abogado de las brujas», de Gustav Hennigsen, historiador protestante danés, con dos ediciones en español en Alianza Editorial. La primera de 1983 y la segunda, subvencionada por el Ayuntamiento socialista de Logroño, del 2010.

 

Palou a España se la liquida con el siguiente párrafo: «España. País donde la brujería corresponde a la Inquisición, hay que señalar pocos procesos exceptuado el de Logroño, donde seis brujos fueron quemados en 1610»(p. 68). En este proceso hubo dos mil acusados y casi cinco mil sospechosos.

 

El proceso de Logroño fue más bien una ramificación del proceso de Burdeos, sucedido en Francia en la misma época. Allí el juez De Lancre envió a la hoguera en el País vasco francés, a quinientas personas, entre ellas numerosas jovencitas y niños (p. 65). Creo que ahí tenemos un buen punto de comparación. Por cierto en Lorena el juez N. Rémy (+1612) envió a la hoguera a tres mil personas (p. 64). El juez Henri Boguet (+1619) ejecutó a seiscientos brujos. A lo largo del siglo XVII continuaron las ejecuciones y así en 1630 el Parlamento de Burdeos mandó ejecutar a ciento treinta personas.

 

En Alemania la Brujería y su implacable represión alcanzó proporciones en ninguna otra parte alcanzadas. Se puede calcular la cifra de víctimas en más de treinta mil desde comienzos del siglo XVI hasta el fin del siglo XVIII.»(p.68).

 

El primer estatuto contra la Brujería en Inglaterra data de 1541, y las primeras ejecuciones suceden en el reinado de Isabel I (p. 71), rebrotando la persecución en tiempos del dictador Cromwell (p. 82). En Estados Unidos, todavía colonia de Inglaterra, el proceso de Salem, con 19 ejecuciones fue en 1692 (p. 88).

No fueron éstos los únicos países afectados, pues hubo ejecuciones en otros, como Suecia, Dinamarca y Rusia.

 

Dado que la Inquisición española ejecutó por todos los delitos a menos de cinco mil personas, nos encontramos, que en muchos países se ejecutó sólo por la brujería, a más gente que la Inquisición por todos los delitos.

 

En España, después del proceso de Logroño,.el inquisidor Alonso de Salazar Frías, que ya había votado en 1610 contra la pena de muerte, inició en 1612 su investigación que le convenció de la inocencia de las brujas. Gracias al apoyo que encontró en la Inquisición de Madrid, que había pedido reiteradas veces que se le enviasen pruebas de la existencia de una secta diabólica, si bien hubo que esperar a la visita de Salazar, para que se llevasen a cabo las investigaciones de un modo concienzudo y científico (G. Hennigsen p. 354. Cito por la segunda edición). Basándose en los resultados de su investigación, Salazar encontraba difícil seguir sosteniendo la realidad de la existencia de una secta de brujos (p. 379). En España cesó así la persecución de brujas, adelantándose casi un siglo al resto de Europa, aunque aún todavía se derramó sangre como las ocho personas quemadas por las autoridades civiles de Pancorbo (Burgos) en 1621, hecho que Salazar calificó de «la tragedia de Pancorbo». Peor todavía fue lo sucedido en Cataluña entre 1616 y 1619, donde las autoridades civiles ahorcaron a trescientos brujos y brujas, antes que la Inquisición lograse imponer su jurisdicción (pp. 450-451). Hennigsen dedica su libro: «A la memoria de D, Alonso Salazar Frías, inquisidor y humanista español».

 

Termino con una doble pregunta: ¿quién fue más cruel, la Inquisición o los Tribunales civiles?, ¿por qué el baldón de estos crímenes ha recaído sólo sobre la Inquisición, y no sobre los otros Tribunales?

 

Es lástima que a nuestra memoria histórica actual, que rinde homenaje a genocidas, no se le ocurra rendir homenaje a quienes lograron detener y terminar con un gigantesco genocidio, extendido por toda Europa y sus posesiones.                                

Pedro Trevijano, sacerdote- infocatolia.com 04.02.2016

 

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¡Cuántas condenas populares contra la brujería, anulaban los tribunales por no considerar suficientes algunas pruebas, a pesar de indicios existentes y consistentes de que se ha cometido un delito!.

¡Cuántas sentencias fueron nulas porque se basó la condena en una delación!.

En aquella época, los tribunales ya procuraban en alguna medida y en el contexto, salvaguardar varios derechos fundamentales, sea para el acusado como al acusador.

Generalmente los tribunales no se conformaban con una simple descripción del delito que se pretendía investigar; sino llegar a la fuente del conocimiento para sopesar si la actividad delictiva del brujo, -incluyendo referencias y pruebas a hechos objetivos, podían ser probados sin la menor duda, y que adquirían –ende- fuerza y consistencia de una certeza.

Las sentencian eran motivas por escrito y, por razones evidentes, para salvaguardar a posibles involucrados inocentes. Si en las personas procesadas existía un arrepentimiento, un pedido de perdón y, habiendo obtenido el perdón, entonces se les señalaba varias formas ecuánimes y equitables de reparar el daño hecho, menguando magnánimamente la pena decretada por el tribunal. Esta conducta fue más caracterizada en los tribunales eclesiásticos católicos que en los protestantes.

 

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¿Quiénes son los que mienten? Abramos los periódicos, oigamos la radio, veamos la televisión, miremos con cuidado las publicidades y, si no los descubrimos, es que no nos interesa descubrirlos o carecemos de un mínimo criterio propio. [En la procesión aparecen: predicadores con Biblia bajo el brazo muy a la americana; adivinos, necios -médiums, videntes, vaciadores de economías domésticas, embaucadores, babiecos, ponzoñosos en riñas «dispuestos a artificios para inmoralidades familiares», zainos inconfesos, pronosticadores-cartomancía, aduladores ‘ilusión halagüeña’, pérfidos engañadores, necrófilos, engatusadores, alucinadores, asechadores, maledicientes, estólidos, cefálicos rudimentarios, sensitivos y supersticiosos, diabólicos pseudo-teratólogos, presuntuosos-perversos, subyugadores, ágiles sometedores al tarot -prodigios falsos/ monstruosidades reales’; …]. Si el número de tontos es infinito, que así lo enseña el Eclesiastés, ¿cómo podremos expresar la cifra total de quienes han hecho provechoso oficio de la manipulación de la memoria histórica y recta razón?

 

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Hierofante. (Del lat. hierophantes, y este del gr. ??????????).1. m. Sacerdote de Eleusis, en Grecia, que presidía la celebración de los misterios sagrados.2. m. Maestro de nociones recónditas.

 

 

 

Ante el avance de la brujería y la magia, se imponía la disciplina científica y jurídica; las autoridades a ello trataron de gestionar equitativamente.

 

En cuanto a los que acudían a la magia, como técnica de sanación, creían que las enfermedades se generaban, entre otras causas, por la transgresión de un tabú, las ofensas a la divinidad, la pérdida del alma, la posesión de un espíritu diabólico, la intrusión de un cuerpo extraño o la maldición mágica. Para lograr la curación, el enfermo debía descubrir la causa exacta de su padecimiento. Con este fin, acudía a una persona, con cualidades especiales, que dialogaba con los espíritus hasta alcanzar la certeza acerca de la causa del mal. Dependiendo del caso, la persona sanaba mediante conjuros, hechizos, amuletos o rituales de purificación en los que se combinaban el poder de la palabra y numerosos elementos, sobre todo, del mundo natural y animal. Una tradición grecorromana vinculada con la magia, que aparece recogida en la Historia natural de Plinio, es la del poder medicinal de ciertos tipos de nudos. El autor apunta que se creía que sujetar las heridas con el nudo de Hércules hacía que las curaciones se produjeran con maravillosa rapidez [1]. Como ésta, encontramos numerosas técnicas que pervivían en el período medieval, aunque ya Plinio presentaba una postura ambigua respecto a la eficacia de este tipo de fórmulas. Un papel esencial, en las prácticas mágicas de este período, fue el ocupado por la lapidaria. Los lapidarios medievales, depositarios de las viejas tradiciones del antiguo Egipto o de las civilizaciones asirio-babilónica, exaltaban todas las virtudes de las gemas o piedras preciosas. A menudo, se basaban en un proceso de analogía. Así, por ejemplo, se creía que la amatista, de color vinoso, era buena para combatir la embriaguez; las piedras rojas, como el coral, para fortificar la sangre en las anemias y para combatir las hemorragias; las piedras blancas o lechosas, como el coral blanco, para aumentar la producción de la leche en las nodrizas [2]; etc. Estas virtudes se ligaban a los signos del Zodíaco y así se complementaba el procedimiento. También relacionados con la Astrología, como indica Juan Riera, hallamos los llamados sellos, consistentes en una imagen astrológica de los signos del Zodiaco, grabados sobre una lámina de metal. Éstos, colocados en las regiones enfermas, se creía que propiciaban beneficiosos efectos a sus portadores. Los lumbagos y los cólicos nefríticos eran algunas de las dolencias que se trataban con recursos de este tipo [3]. Y no pensemos que la adjudicación de un determinado órgano o dolencia a un signo del Zodiaco o planeta era de carácter aleatorio. Según apunta Aurelio Pérez, existía toda una disciplina, conocida con el nombre de melotesia [4]. Dicha doctrina se apoyaba en la idea de la simpatía universal, justificada por la presencia en todos los cuerpos de los cuatro elementos, fuego, tierra, aire y agua, y la teoría del hombre como microcosmos, reproducción a pequeña escala del orden del Universo. En general, casi todos los textos antiguos que hemos hallado coinciden en las siguientes adscripciones:

Melotesia Zodiacal: Aries-Cabeza, Tauro-Cuello, Géminis-Hombros, Cáncer-Pecho, Leo-corazón, Virgo-Vientre, Libra-Caderas, Escorpio-Sexo, Sagitario-Muslos, Capricornio-Rodillas, Acuario-Piernas, Piscis-Pies.

Melotesia planetaria: Saturno-el oído derecho, la vejiga, el bazo, las mucosidades y los huesos; Júpiter-el tacto, el pulmón y el esperma; Marte-el oído izquierdo, los riñones, las venas y los testículos; el Sol-la vista, el cerebro, el corazón, los tendones y el costado derecho; Venus-el olfato, el hígado y la carne; Mercurio-la lengua, la bilis y las posaderas; la Luna-la parte izquierda del cuerpo, el gusto, el vientre y la matriz.

Los motivos por los que se establecieron estas conexiones fueron de carácter mitológico, físico o astronómico y filosófico o especulativo. Su fundamento científico lo proporcionó la filosofía griega, esencialmente el estoicismo, que importó algunos de estos principios de la cultura mesopotámica. En definitiva, la Astrología ocupó un papel central dentro de la prácticas curativas medievales. Condicionó la manera en la que la gente de este período histórico se acercó al mundo de la salud y de la enfermedad. Y cuando decimos gente, nos referimos a personas cultas y no letradas, a individuos de cualquier condición.

[1] Pline L´ancien. Histoire Naturelle, traduit par Ernout, A., Les Belles Lettres, París, 1962, lib.XXVIII, cap. XVII, estr. 63-64, p. 41.

[2] Barquín, M., Ob. cit., p. 179.

[3] Juan Riera, Historia, Medicina y Sociedad, Pirámide, Madrid, 1985, p.311.

[4] “Melotesia zodiacal y planetaria”, Unidad y pluralidad del cuerpo humano, eds. A. Pérez Jiménez y G. Cruz Andreotti, Clásicas, Madrid, 1999, ps. 249-287.

 

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NI SON DE ORIGEN EGIPCIO NI SE USARON PARA HACER CARTOMANCIA HASTA EL SIGLO XIX

El periodista Javier Cavanilles publica un libro que pone de relieve la falsedad de las cartas del Tarot

 

El libro ´El Tarot ¡Vaya Timo! (Laetoli), del periodista y escritor valenciano Javier Cavanilles, desmonta los mitos que giran alrededor de esta práctica como su origen supuestamente egipcio o su introducción en Europa por los gitanos. Según este trabajo, la famosa baraja nació probablemente en Bolonia a principios del siglo XV, y era un simple juego de cartas hasta que en 1781 el pastor protestante afincado en París Artur Court de Gébelin se inventó la teoría de que los llamados Arcanos Mayores (las cartas más famosas del mazo) provenían del antiguo Egipto. «En realidad -afirma el autor- en Egipto no tenían la tecnología ni para hacer cartas normales ya que el papiro, el material que usaban, era muy frágil y no hubiera servido para hacer cartas».

Publicado el 2009-11-15 - 09:24:00 

(EP/INfoCatólica) Aunque se desconoce exactamente dónde y cuándo aparecieron las primeras cartas en Europa (probablemente sobre el siglo XIV en España o la actual Italia), las primeras referencias a las ´cartas del triunfo´, como se llamaban originariamente, son del año 1420". El término tarot (en francés tarraux, en plural) no comienza a utilizarse hasta casi un siglo más tarde y, aún hoy, nadie ha dado una explicación suficiente sobre su etimología.

En cuanto a la idea que asocia el tarot a los gitanos, Cavanilles resalta que "no existe un solo documento que lo pruebe, pero durante siglos se pensó que los gitanos eran descendientes de los egipcios y que fueron ellos los que difundieron la cartomancia por Europa".

Otro error común, según esta investigación, es asociar el tarot con la cartomancia. "El Tarot nace dentro de los círculos ocultistas, y ven en él una especie de libro que resume de manera simbólica el conocimiento de los egipcios, en una época en la que apenas nada se sabía sobre esta civilización", asegura.Su uso para leer el futuro data del siglo XIX y viene a sustituir otros elementos anteriores que se empleaban para adivinar el porvenir (como leer tripas de animales o interpretar las llamas de una hoguera). De hecho, explica que la primera pitonisa que logró cierta notoriedad, Madame LeNormand, ni siquiera utilizaba el tarot, sino una baraja convencional.

A pesar de no tener nada de mágica, el periodista y escritor recoge anécdotas divertidas en torno a esta actividad. Por ejemplo, la de Tarot de Dalí (que el pintor encargó a la cantante Amanda Lear y sólo tenía una finalidad comercial), el de Snoopy (el único del que se tiene constancia de que haya sido prohibido) o el mundialmente famoso Raider Waite, el primero diseñado específicamente para distinguirlo de los tarots lúdicos y que el satanista Aleister Crowley intentó, sin éxito, copiar. De las barajas españolas destaca la del pintor madrileño Carlos Pumariega.

´El Tarot ¡Vaya Timo!´ forma parte de una colección auspiciada por la Sociedad del Avance del Pensamiento Crítico (ARPC) cuyo objetivo es combatir las creencias paranormales, utilizando el sentido del humor y principios científicos al alcance de todo el mundo.

El Catecismo prohibe su uso

El artículo 2116 del Catecismo de la Igleisa Católica prohibe el recurso a cualquier forma de adivinación:

"Todas las formas de adivinación deben rechazarse: el recurso a Satán o a los demonios, la evocación de los muertos, y otras prácticas que equivocadamente se supone ‘desvelan’ el porvenir (cf Dt 18, 10; Jr 29, 8). La consulta de horóscopos, la astrología, la quiromancia, la interpretación de presagios y de suertes, los fenómenos de visión, el recurso a ‘mediums’ encierran una voluntad de poder sobre el tiempo, la historia y, finalmente, los hombres, a la vez que un deseo de granjearse la protección de poderes ocultos. Están en contradicción con el honor y el respeto, mezclados de temor amoroso, que debemos solamente a Dios".

http://www.infocatolica.com/?t=noticia&cod=4763

 

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«Toda forma de adivinación debe ser rechazada. Consultar horóscopos, astrólogos, lectura de la mano, recurrir a los mediums, son prácticas que esconden el deseo de poder sobre el tiempo, la historia y, por último, sobre los seres humanos. Un comportamiento correcto cristiano consiste, en cambio, en ponerse en las manos de la Providencia».

 

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Cuando la religiosidad abandona la senda de la razón, y se deja llevar por un miedo incontrolado, se convierte en superstición, fanatismo, profetismo... y violencia.  En favor de la razón, los tribunales de la Inquisición investigaron a los charlatanes-brujos, fantasmagóricos adivinos… Y como no se estudia un elefante con los ojos vendados ni se defiende de la pantera, el ciego…

 

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«La fe tiene necesidad de la razón para no caer en la superstición. La razón tiene necesidad de la fe para no caer en la desesperación». S. S. Juan Pablo II 

  

 

vemos aquí un ejemplo de rituales -magia negra- o satánicas

 

Brujería - 2º historia pitonisas, oráculos, sectas, magias  - Iglesia y racionalidad contra adivinos, médiums, nigromantes, etc. 

 

Historia - Estamos todos endeudados con el pasado porque nadie escapa a la impresión de la historia. ¿Acaso algo de la humano no me pertenece?.

La conducta de nuestros antepasados debemos afrontarla con honestidad ya que, como recordaba Cicerón, lo razonable y probo dimana de cuatro fuentes: el conocimiento, el sentimiento de comunidad humana, la magnanimidad y la tendencia a la moderación. Templanza, cordura y sensatez son exigidas por la verdad que tiene no sólo el derecho, sino la obligación de defenderse de la mentira, adquiera ésta la forma que fuere. Hay hoy penuria de historia fiable y, por el contrario, contamos con abundancia de fábulas y calumnias odiosas.

 

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Ciertamente que al juzgar la historia cometemos indefectiblemente errores.

Es humano, pero también es humano hacer todo lo posible para evitar tener que corregir el error, ya que cada uno percibe la realidad y a los demás según su propia capacidad; capacidad ésta siempre desigual la de hoy, a la del pasado y a la del mañana. Analizar con rigurosidad y exactitud permanentes.

Aprender del pasado es continuar a colmar la experiencia histórica de la humanidad. Al decir de Confucio: “aprender sin pensar es inútil. Pensar sin aprender, peligroso”. Como nos dijo Aristóteles: “lo más importante si quisiéramos llegar a la conclusión correcta es hacer la pregunta correcta”. Cuestionarnos a qué sirven conjeturas capciosas, retóricas, rumores o argumentos que no están solidamente fundamentados; saber bien  hacer un análisis moderado que busque tener la mayor objetividad posible, dando así pensamientos a continuar en caminos iluminados por la luz de nuestros días.

 

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Cada historia parcial ilustra y enriquece una historia común que cobra su pleno sentido en el marco de una historia europea y aún en el alma de una historia universal. Así pues, es necesaria una historia útil, crítica, rigurosa y siempre actualizada; moralmente neutra y políticamente desinteresada, que nos inmersa de lleno en los debates que dan sentido a la vida intelectual y nos ayudan a «comprender» la auténtica realidad en la que vivimos. Que nos lleve a la cuna del pensar participando a mejor y bien vivir, evitando conductas claramente reprochables como anómalas.

 

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Escudriñar la historia sin ignorancia ni tergiversación; presentar la historia y hechos con las debidas conexiones generales y dentro de un contexto temporal, político, social, religioso, etc. Lograremos entonces, evitar tanta deformación dejando el pasado como irreconocible; sobre todo, huyendo de esa mórbida manía de proyectar hacia la realidad o la historia, sus propias confabulaciones, fantasías, resentimientos. Sólo el mitómano crea fábulas o inventa (su) historia, donde todo es verosímil pero casi nada es verdadero. Ella es una historia ‘ininterpretable’; conducta delictiva que deshonra. Una historia incorrecta y deforme no corrige ni prepara al hombre destinado a la felicidad y a la belleza. No amonesta e inicia un proceso ulceroso y largo; infectada de mentiras y capciosidades, enferma los pueblos más indefensos.

 

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--Más seria parece sin embargo la acusación contra la Iglesia a causa de la caza de brujas.

--Manfred Hauke: En efecto, éste es el único punto que goza de algún fundamento histórico. Recordando el «Malleus maleficarum», Langdon sostiene: «En trescientos años de caza de brujas, la Iglesia quemó en la hoguera la sorprendente cifra de cinco millones de mujeres». La culpa de la caza de brujas viene por tanto enteramente atribuida a la Iglesia (católica) que habría buscado así destruir «a mujeres que piensan libremente».

En estas afirmaciones, hay una pizca de verdad, pero condimentada con exageraciones enormes e incorrecciones de fondo. Para aproximarse de manera adecuada al fenómeno, hay que partir de la realidad oscura de la magia que pretende obtener efectos sobrehumanos mediante el recurso a poderes ocultos, ligados a la intervención de demonios.

Esta práctica, lamentablemente de nuevo bastante difundida en la actualidad, es objeto de una explícita y severa condena ya en el Antiguo Testamento, donde se prevé la pena capital para la brujería (la ley mosaica contempla penas gravísimas también para muchos otros delitos: Cf. Éxodo 22, 17). Este castigo por lo demás es uno de aquellos previstos por el Código de Hammurabi, hacia 2000 A.C., en la antigua Babilonia. Quien sigue las investigaciones recientes sobre el fenómeno y conoce las experiencias de los exorcistas, no puede negar que la brujería exista hoy con todos sus efectos nefastos, que pueden ser combatidos eficazmente por los medios espirituales de la Iglesia.

Naturalmente hay que tener cuidado de no confundir intervenciones reales del maligno con la superstición y la credulidad de la gente, que ve la cola del diablo donde en verdad no existe. La deplorada «caza de brujas» no fue causada simplemente por la creencia en la brujería, sino por una histeria colectiva desencadenada al inicio de la era moderna, y por los métodos absolutamente inaceptables empleados para detectar brujas y brujos. La tortura en efecto llevaba a «confesiones» de delitos inventados, sugeridos por los mismos acusadores. La responsabilidad directa de haber mandado a la hoguera a presuntos maléficos es de la autoridad estatal. La histeria colectiva (que culmina en los años 1550-1650), se extendía sobre todo por los países germánicos y eslavos y mucho menos en el ámbito mediterráneo.

Recientes investigaciones han permitido revisar las cifras relativas a las personas ajusticiadas como brujas: según el estudioso danés Gustav Henningsen, en el transcurso de cuatro siglos (cuando se practicaba la persecución activa de la brujería) se mataron a unas 50.000 personas (y no cinco millones como sostiene Brown), de las que cerca del 20% eran varones. La cifra fue inferior en general en los países católicos, no minados por la reforma protestante. En España, Italia y Portugal, de mediados del siglo XVI a finales del siglo XVIII, hubo 12.000 procesos contra presuntas brujas y brujos; sólo 36 personas, en estos miles de procesos, fueron sometidas a la pena capital. En Roma, murieron menos de cien personas por el delito de brujería. El primer caso que conocemos fue en 1426 y el último en 1572. La inmensa mayoría de los procesos de la Inquisición Romana concluyó por falta de pruebas. Durante los procesos contra las brujas se cometieron errores tremendos, pero esto no justifica, en el plano histórico, la difusión de una leyenda negra, a la manera de Brown, que ve como único responsable a «la Iglesia». Zenit 2006-06-01
Sr. doctor don Manfred Hauke, sacerdote, profesor de Teología Dogmática de la Facultad de Teología de Lugano-Suiza y presidente de la Sociedad Mariológica Alemana. MMVI.

 

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Año 1597 – San José de Calasanz fue el gran impulsor de la educación sobre todo de los pobres, el fundador de la primera escuela pública ‘absolutamente gratuita’ de Europa; además escuela abierta a todos sin excepción, sín condiciones ni miramientos de sexo, edad, conducta civil, posición social, política o religiosa. En el 1597 nacían las escuelas Pías en la iglesia de Santa Dorotea, del Trastévere romano, y ochenta años más tarde los hijos espirituales de san José de Calasanz abrían las puertas de su primer colegio español en Barbastro.

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Todas las escuelas son públicas, están las estatales y las no estatales. Siempre y cuando las no estatales estén abiertas a todos los ciudadanos. En esta categoría no entran las ‘escuelas islámicas’ o ‘madrazas’ donde, por racismo religioso, son exclusivas a los mahometanos. Se entiende por escuela: establecimiento público donde se da a los niños la instrucción primaria y respetando los derechos humanos.

 

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Mentiras históricas - Siembra semillas de resentimiento endureciendo el corazón y no permite instruir rectamente, causando disgusto y desazón por tanto vituperio.

No permite pasar de la ignorancia a la sabiduría, de la insensatez a la cordura, de la incontinencia al dominio de las pasiones, no amonesta ni educa.

Manía, extravagancia y despropósito en que continúan a caer los inquisidores y constructores de «leyendas negras» precisamente porque no presentan documentos fiables, irrefutables, irreprochables y con rigor «académico-apodíctico» frente a sus delirios y disparates. Con soltura y facilidad dividen la historia, presentan escritos sin la capacidad de verificación, unifican épocas consideradas esencialmente diferentes, por ejemplo: la historia política de la Europa de los siglos XVI y XVII no fue, evidentemente, la de los siglos XIV s XV, pero convertir 1453, 1492 o 1500 en rígidas líneas divisorias, hace difícil comprender el por qué de muchos acontecimientos sucedidos tras el ocaso del Medioevo. Llegase de esta manera a la esencia de la ruin manipulación informativa, puesto que, una de las necesidades más básicas para manipular no es encontrar una mentira que divulgar, sino contar con verdades útiles. El perverso requiere ser creíble, de lo contrario no contará con arrastre y no será oído. Por eso busca con afán verdades para deformarlas, exagerarlas, recortarlas y desfigurarlas hasta hacerlas irreconocibles en su sentido, pero idénticas en apariencia. Con tales procedimientos «hartos de orgullo», la difamación y calumnia son pasto de sus cortedades de alcance y de miras. Decía Karl Popper que “es imposible convencer a alguien mediante razonamientos de que cambie una convicción a la que no ha llegado mediante el razonamiento”. Los tergiversadores saben de ser manipuladores y, concientes son, que la manipulación donde mejor arraiga es en la ignorancia. Como dice Sánchez Cámara: “Resaltar los errores, propios, por otra parte, de la condición humana, y minimizar los aciertos, también, sin duda, propios de la condición humana, es una manera de tergiversar la verdad e incumplir el imperativo de veracidad que debe presidir la actividad periodística. El error puede ser disculpable; la mentira, no” (ABC-XXIII. XI. MMI.)

 

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Curiosamente, el primer movimiento de liberación de la mujer que se produce en Roma es precisamente el de las cristianas que deciden no casarse y vivir la castidad, cosa incomprensible para las familias romanas; o bien optan por defender su derecho a autodeterminarse en cuanto a la fe, llegando hasta el martirio. Este clima social-intelectual que preconiza el cristianismo reconvierte por primera vez a la mujer en ser autónomo, digno de decidir por sí mismo sobre su futuro. Los padres de la Iglesia son clarísimos al respecto. Por eso los primeros canonizados son mujeres como Inés, Ágata o Cecilia. Fue la recepción del Derecho Romano a partir de la Edad Moderna la que volvió a dar un tratamiento de inferioridad a la mujer, que culminó el Código Civil de Napoleón, producto de la revolución francesa.

El feminismo radical tiene pendiente un ajuste de cuentas con el catolicismo. Una portavoz cualificada como Shere Hite requería hace poco (2006) al nuevo Papa para que en adelante se refiera a Dios en masculino y en femenino, y fuera consciente de que en materia de sexo y de mujeres la Iglesia debía de cambiar radicalmente. Todavía no se han enterado que el verdadero cambio empezó hace 2.000 años, como sucedió con la vida de María Magdalena. MMVI.V.

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La autoridad se ejerce de manera legítima si se aplica a la prosecución del bien común de la sociedad. Para alcanzarlo debe emplear medios moralmente aceptables.

La diversidad de regímenes políticos es legítima, con tal que promuevan el bien de la comunidad.

La autoridad política debe actuar dentro de los límites del orden moral y debe garantizar las condiciones del ejercicio de la libertad.

El bien común comprende ‘el conjunto de aquellas condiciones de la vida social que permiten a los grupos y a cada uno de sus miembros conseguir más plena y fácilmente su propia perfección’ (GS 26, 1).

El bien común comporta tres elementos esenciales: el respeto y la promoción de los derechos fundamentales de la persona; la prosperidad o el desarrollo de los bienes espirituales y temporales de la sociedad; la paz y la seguridad del grupo y de sus miembros.

La dignidad de la persona humana implica la búsqueda del bien común. Cada cual debe preocuparse por suscitar y sostener instituciones que mejoren las condiciones de la vida humana.

Corresponde al Estado defender y promover el bien común de la sociedad civil. El bien común de toda la familia humana requiere una organización de la sociedad internacional.

 

El bien común está siempre orientado hacia el progreso de las personas: ‘El orden social y su progreso deben subordinarse al bien de las personas... y no al contrario’ (GS 26, 3). Este orden tiene por base la verdad, se edifica en la justicia, es vivificado por el amor.

 

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De hombres, hechos, notas y acontecimientos de tal época para comprender el contexto: 

 

TESÓN Y CONSTANCIA DE LA IGLESIA:

AFRONTAR LA BRUJERÍA CON LA CIENCIA.

 

 

 

La Academia Pontificia de las Ciencias fue fundada en Roma en 1603 con el nombre de Academia de los Linces (Galileo Galilei fue miembro), y está compuesta por ochenta «académicos pontificios» nombrados por el Papa a propuesta del Cuerpo Académico, sin discriminación de ningún tipo.

 

“No todo lo que es posible para la técnica es lícito desde la moral”

 

PONTIFICIAS ACADEMIAS DE CIENCIAS, CIENCIAS SOCIALES, PARA LA VIDA

El precursor de la Pontificia Academia de las Ciencias fue el "Linceorum Academia", fundado en Roma en 1603. Tras algunas vicisitudes, Pío IX la llamó en 1847 "Pontificia Accademia dei Nuovi Lincei". Fue ampliada por León XIII en 1887 y en 1936 recibió de Pío XI su nombre actual.

Actualmente (2006) es la única Academia de las Ciencias con carácter supranacional existente en el mundo. Tiene como fin: honrar la ciencia pura dondequiera que se encuentre; asegurar su libertad y favorecer las investigaciones, que constituyen la base indispensable para el progreso de las ciencias. La Academia se encuentra bajo la dependencia del Santo Padre. Su Presidente, elegido por cuatro años, es desde 1993 el Profesor Nicola Cabibbo, italiano. Forman parte de ella 80 Académicos de nombramiento pontificio, propuestos por el Cuerpo Académico y elegidos sin discriminación de ningún tipo entre los más insignes cultivadores de ciencias matemáticas y experimentales de cada país. El Director de la Cancillería es Monseñor Marcelo Sánchez Sorondo.

A los 80 Académicos se suman los Académicos "Perdurante munere" por razón de su oficio, y los Académicos de Honor, por razón de sus méritos hacia la misma Academia.

La Pontificia Academia de Ciencias Sociales fue fundada por Juan Pablo II el 1 de enero de 1994, con el Motu Proprio "Socialum Scientiarum". Su objetivo, dice el artículo nº 1 de su estatuto, es "promover el estudio y el progreso de las ciencias sociales, económicas, políticas y jurídicas a la luz de la doctrina social de la Iglesia".

La Academia es autónoma y al mismo tiempo mantiene una estrecha relación con el Pontificio Consejo "Justicia y Paz", con el que coordina la programación de las diferentes iniciativas. El número de sus Académicos Pontificios, también nombrados por el Papa, no puede ser ni inferior a 20 ni superior a 40. Actualmente son 31 y proceden de 24 países de todo el mundo, sin distinción de confesión religiosa. Son elegidos por su alto nivel de competencia en alguna de las diversas disciplinas sociales.

El Presidente es el Profesor Edmond Malinvaud, de nacionalidad francesa. La Academia es sostenida financieramente por un Consejo de Fundación cuyo Presidente es el Profesor Hubert Batliner. El Director de la Cancillería es el mismo que el de la Pontificia Academia de las Ciencias, Monseñor Marcelo Sánchez Sorondo.

En la presentación de la Academia de Ciencias Sociales, el Arzobispo Jorge María Mejía, entonces Vicepresidente del Pontificio Consejo "Justicia y Paz", leyó el discurso preparado por el Cardenal Roger Etchegaray. "La Academia que el Papa acaba de fundar -decía- tiene la ambición de afrontar algunos desafíos de la sociedad moderna: quiere ser un gran centro de ´diálogo interdisciplinar´ sobre los problemas cada vez más complejos, que influyen sobre el hombre".

Con el Motu Proprio "Vitae Mysterium" del 11 de febrero de 1994, Juan Pablo II instituyó la Pontificia Academia para la Vida. Sus objetivos son: estudiar, informar y formar sobre los principales problemas de biomedicina y de derecho, relativos a la promoción y a la defensa de la vida, sobre todo en la relación directa que éstos tienen con la moral cristiana y las directivas del Magisterio de la Iglesia. Para realizar estos fines, en octubre de 1994 se instituyó la fundación "Vitae Mysterium".

La Academia para la Vida tiene autonomía propia, y mantiene relaciones con el Pontificio Consejo para la Pastoral de los Agentes Sanitarios y con varios Dicasterios de la Curia Romana empeñados en el servicio a la vida.

Tras el fallecimiento de su primer Presidente, el Profesor Jérôme Lejeune en abril de 1994, la Academia ha sido y es presidida por el Doctor Juan de Dios Vial Correa, chileno. Cuenta con la ayuda de un Vicepresidente, el Obispo Elio Sgreccia, Secretario del Pontificio Consejo para la Familia y de un Consejo Directivo de 5 Académicos pontificios.

Pertenecen a la Academia 70 Miembros -nombrados por el Papa-, que representan las distintas ramas de las ciencias biomédicas y aquellas que están estrechamente relacionadas con los problemas concernientes a la promoción y defensa de la vida. También hay 3 Miembros "ad honorem" y Miembros por correspondencia que trabajan en Institutos y centros de estudio sobre la cultura de la vida. El Consejo Directivo nombra un Secretario que, bajo la dirección del Presidente, coordina la organización de los trabajos de la Academia.

 

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CIUDAD DEL VATICANO, miércoles, 21 junio 2006- Benedicto XVI ha nombrado a dos prestigiosos profesores de física miembros ordinarios de la Academia Pontificia de las Ciencias.
Uno de ellos es el alemán Theodor Wolfgang Hänsch, Premio Nobel para la Física en el año 2005, profesor de Física en la Universidad Ludwig-Maximilians, en Munich, y director del Max-Planck-Institut-für Quantenoptik, en Garching.
El otro nuevo académico es el estadounidense Edward Witten, profesor de Física en el Institute for Advanced Study de Princeton, Nueva Jersey.
La noticia fue confirmada este miércoles por la Oficina de Prensa de la Santa Sede.
La Academia Pontificia de las Ciencias fue fundada en Roma en 1603 con el nombre de Academia de los Linces (Galileo Galilei fue miembro), y está compuesta por ochenta «académicos pontificios» nombrados por el Papa a propuesta del Cuerpo Académico, sin discriminación de ningún tipo.
Tiene como fin honrar la ciencia pura dondequiera que se encuentre, asegurar su libertad y favorecer las investigaciones, que constituyen la base indispensable para el progreso de las ciencias.
La Academia se encuentra bajo la dependencia del Santo Padre. Su presidente, elegido por cuatro años, es desde 1993 Nicola Cabibbo, profesor de Física en la Universidad La Sapienza de Roma, y ex presidente del Instituto Nacional Italiano de Física Nuclear. El director de la Cancillería es el obispo argentino Marcelo Sánchez Sorondo. –Zenit - ZS06062107

 

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«La Iglesia católica no desea privilegios: busca tan sólo el modo de cumplir su misión ‘exigida por Cristo’, al servicio de la sociedad del modo jurídicamente más seguro y pastoralmente más eficaz, sabiendo poner en el centro -el hombre-, en el diálogo -las soluciones. La Iglesia sabe que la fe tiene necesidad de la razón para no caer en la superstición, y la razón tiene necesidad de la fe para no caer en la desesperación. Entonces indicaba que la ignorancia es el peor enemigo de Dios sobre la tierra; ¡así fue y así es hoy!.

...propter veritatem, quae permanet in nobis,
et nobiscum erit in aeternum.

...en razón de la verdad, que permanece en nosotros,
y estará con nosotros eternamente. 2 San Juan 2.

 

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Como tampoco hoy -ni dentro de 500 años- podemos poner en tela juicio el gran valor de la ‘democracia’, porque haya policías corruptos, existan jueces pervertidos, sectas embusteras o hijos que esclavizan a sus padres. De allí, para combatir tales desvíos, la Iglesia promovió siempre el alto saber, educando en las diversas ciencias a sus presbíteros. Luego estos, sea en torno de sus parroquias en medio del y con el pueblo llano o en las escuelas superiores de los monasterios, estudiaban y enseñaban para que sepan lograr todos en común la virtud, ampliar el entendimiento, usar la inteligencia, procurar la justicia, dar testimonio cristiano. MM.

 

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Unas reflexiones para comprender aquella realidad humana y poder triar algunos aspectos sociales del hombre: 

 

 

 

Sobre el relativismo cultural en las ciencias del espíritu

 

Hans E. Gombrich (1)
"Todos han sido humanos"


Lo que convierte a un historiador de la cultura en un relativista cultural es tan sólo la conclusión de que las culturas o las formas de vida no sólo son distintas, sino que son incomparables, sencillamente porque falta un denominador común. Hans E. Gombrich denuncia la absolutización del llamado "espíritu de la época" en este texto tomado de una de sus conferencias. (2)

No se cómo agradecer suficientemente la invitación, absolutamente inesperada y totalmente inmerecida, de dictar la primera conferencia en este congreso, yo, una persona no experta en filología. Ni siquiera voy a intentarlo, pues nos ha traído aquí el afán de debatir, en controversias viejas y nuevas (1).

En la cuarta parte de los "Zahme Xenien" de Goethe aparece una poesía de cuatro versos, de la que he tomado el tema de una de esas controversias viejas y nuevas, una controversia que -al menos eso espero- afecta tanto a la Filología Alemana como a otras ciencias del espíritu. Dice así Goethe:


""¿Qué te ha apartado de nosotros?" He leído siempre a Plutarco.
"Y, ¿qué has aprendido?"
Que, en el fondo, todos han sido humanos" (2).


En la misma década en que Goethe escribía estos versos, en los años veinte del XIX, Georg Friedrich Hegel impartía sus "Clases sobre la Filosofía de la Historia". Ya al principio de ellas, Hegel resume la opinión contraria, que -simplificando- yo quisiera denominar "relativismo cultural": "Cada época -dice- está marcada por circunstancias tan peculiares que hay que decidir en ella y desde dentro de ella, y sólo así se puede juzgar... En este sentido, nada es más fatuo que el tan repetido recurso a modelos griegos y romanos, como lo han hecho con tanta profusión los franceses de la época de la Revolución. Nada más diferente que la naturaleza de aquellos pueblos y la naturaleza de nuestro tiempo" (3).

Lo que aquí me interesa no es la afirmación de Hegel de que las épocas y los pueblos se diferencian entre sí. Eso lo sabemos todos, y también Goethe, atento lector y viajero, sabía que, por ejemplo, el Carnaval en Roma tiene un carácter muy distinto a las diversiones en las fiestas de San Roque en Bingen, dos acontecimientos que describió con tanta capacidad de recreación.

Lo que convierte a un historiador de la cultura en un relativista cultural es tan sólo la conclusión que hemos leído en Hegel, la conclusión de que las culturas o las formas de vida no sólo son distintas, sino que son absolutamente incomparables, es decir, que es un sinsentido poner en relación personas de un país o de una época con personas de otros países o épocas, sencillamente porque falta un denominador común.

Friedrich Meinecke, el estudioso de las raíces de estas ideas y el autor de la obra fundamental sobre los orígenes del historicismo (4), sabía perfectamente que Goethe, en realidad, mantuvo una postura ambigua frente a esta corriente, aunque Heinecke no cita ni esos versos sobre Plutarco ni el dístico semihumorístico que les sigue en los "Xenien":

" Catón quiso castigar a otros; aunque él mismo prefirió seguir durmiendo."

Y del contexto se deduce que el viejo señor de Weimar estaba convencido de entender muy bien al bueno de Catón, porque de Plutarco había aprendido precisamente eso: que todos han sido seres humanos, de carne y hueso, lo mismo que nosotros. Esta convicción, tan ingenua, es la que cree haber superado el relativismo cultural, que no quiere reconocer constante alguna que nos permita encontrar la misma naturaleza humana en medio de todos los cambios de los fenómenos externos (5).

Hegel probablemente hubiera argumentado que Catón, un romano, estaba situado en un nivel más temprano de la autorrealización del espíritu que Goethe; Marx hubiera dicho que a las condiciones de producción de una economía con esclavos corresponde una supraestructura ideológica diferente a la del capitalismo temprano en Weimar; el superrelativista Oswald Spengler hubiera negado que un autor perteneciente a la cultura fáustica pudiera tener acceso a un personaje de la Antigüedad y un teórico de la raza hubiera anotado que la vida intelectual de las razas mediterráneas se diferencia radicalmente de la del hombre nórdico, aun en el caso de que por las venas de Catón no fluyera (lo que es muy de temer) también sangre de menos valor, concretamente etrusca, lo que explicaría sus tendencias sensuales.

Espero sepan perdonarme que no me detenga a rebatir estas teorías y pseudoteorías. Lo único que me interesa ahora es la consecuencia que se deduce para las ciencias del espíritu, y es el afán por desterrar de nuestro vocabulario la palabra "persona", con el argumento de que -a diferencia de los conceptos de las ciencias exactas, bien determinables- describe nada concreto, delimitado (6).

Nadie debatió interiormente este problema tanto como Wilhelm Dilthey, que tantos caminos abrió a las ciencias humanas, sobre todo en Alemania. Por mucho que Dilthey subrayara que la psicología es la ciencia de la vida del espíritu humano, también para él era cuestionable que la naturaleza del hombre pudiera ser la base para sus investigaciones. "El individuo -así escribió- es sólo una encrucijada de los sistemas culturales, de las organizaciones, en que está englobada su existencia; ¿cómo, pues, podrían entenderse éstas partiendo de aquél? (7). A diferencia del científico de la naturaleza, quien se dedica a las ciencias humanas tiene que prescindir de explicaciones causales, no puede encontrar reglas. A él no le interesa la explicación; sino la comprensión; quiere una ciencia de la hermenéutica, que está aún por fundar y que a nosotros -sometidos a constantes cambios- nos permitiría interpretar las realidades cambiantes en las formas de vida ajenas (8).

Por supuesto que es muy de agradecer que Dilthey y sus sucesores sacaran del historicismo la consecuencia de que el interés de las ciencias del espíritu se centra siempre en lo particular, lo irrepetible. Y aún así me parece que nosotros, los científicos del espíritu, no deberíamos privarnos de alzar de vez en cuando la vista de nuestro trabajo sobre detalles, de darnos la vuelta y preguntarnos en qué contexto más amplio puede verse el problema que nos ocupa. Cuántas veces lo hagamos y con qué intensidad, eso dependerá del carácter de cada uno, pero -si somos sinceros con nosotros mismos- nos daremos cuenta de que incluso la elección de nuestros temas supone una teoría científica previa, explícita o implícita. No es necesario destacar que esta cuestión es de gran actualidad en muchos campos de nuestra actividad, puesto que, por una parte, las ideologías han ido ganando cada vez más influencia y, de otro lado, el prescindir de toda hipótesis general ha conducido a las ciencias del espíritu a un callejón sin salida. Estoy pensando sobre todo en la exigencia, planteada con fuerza en las últimas décadas, de tirar por la borda no sólo el esfuerzo por explicar, sino también por comprender. Se quiere que el hombre desaparezca del todo de nuestro horizonte: ahora ya sólo nos ocupamos del texto, y el sentido que saquemos de él siempre será nuestro sentido, no el del autor (9).

Lo que Goethe encontró en el texto de Plutarco, lo que nosotros encontramos en el de Goethe, eso es cosa nuestra. El relativismo cultural ha llevado a prescindir de la herencia más valiosa en cualquier actividad científica, del empeño por buscar la verdad. Como los testimonios del pasado no pueden ser testimonios, si nos dedicamos a estudiarlos, eso como mucho será un juego lleno de agudeza, que no sirve para obtener conocimientos sino como testimonio de acrobacia intelectual.

No quiero enumerar todas las tendencias que colaboran hoy a las tareas de deconstrucción. La lista de los estrategas universitarios que intentan derruir la ciudadela de nuestra ciencia no es precisamente divertida. Por eso quiero presentarles tan sólo uno de sus secuaces, cuyo grito de batalla me viene como anillo al dedo. Estoy pensando en la voz clamarte en la batalla, Norbert Bolz, cuyo artículo " Odds and ends. Vom Menschen zum Mythos" -tras cumplir el deber de nombrar a los "héroes": a Heidegger y Lacan, LéviStrauss, Adorno y Richard Wagner- culmina en la frase: "No existe el hombre" (10). ¿No será que el autor ha confundido al homo sapiens con el Nasobem de Christian Morgenstern? Pero basta de bromas. Sé que también puede ser cosa de mi edad el que no consiga simpatizar con los "escritos canónicos" de esa corriente; aunque -como no soy relativista- no creo que cada generación tenga sus verdades. Prefiero ir de la mano de un coetáneo mío, del importante estudioso de teoría de la literatura Meier Abrams, que ha dedicado sus buenos esfuerzos a conocer a fondo esa escuela, llegando a la conclusión de que se trata de una moda efímera (11), cuya fuerza de atracción sobre la juventud resulta probablemente del hecho de que permite a sus simpatizantes mirar de arriba abajo -llenos de compasión- a los no iniciados, que siguen creyendo no sólo en Papá Noel y en la cigüeña sino también en el hombre y quizá incluso en la razón.

¿No es verdad que uno se cree algo cuando se ha dado cuenta de que todo eso es cuento, cosas de niños, "sarampiones" que ya hemos pasado? El mensaje suena tópico, porque al leer textos realmente estamos expuestos -y de continuo- al riesgo del malentendido. Y así, a quien le da miedo ese riesgo le queda el recurso de retirarse cómodamente a la actitud del escepticismo y considerar que todo intento por comprender es algo ingenuo, superado.

Ahora bien, la idea de que errar es humano no es nueva y, en mi opinión, tampoco está hecha para que nos desesperemos ante el problema del progreso de los conocimientos. La desesperación sólo llega cuando somos demasiado exigentes. A la exigencia del "o todo o nada" propia quizá de la juventud, el adulto debe contraponer -también en las ciencias del espíritu- la convicción de que tenemos que aprender a ser modestos. Quizá resuene para ustedes en estas palabras la voz de mi amigo Karl Popper -con razón (12)-. El fue quien me convenció de que ni en las ciencias naturales ni en las del espíritu debemos buscar soluciones totales, pero de que -a pesar de ello tenemos derecho a seguir preguntando y a seguir investigando, porque también de nuestros errores podemos aprender.

Creo que lo mismo se puede decir de nuestros afanes por comprender a otras personas, otras culturas y otras épocas. Qué duda cabe de que es una conclusión errónea el creer que, como todos han sido seres humanos, todos han pensado y sentido como nosotros. La etnología ha demostrado que algunas instituciones e ideas de tribus lejanas son más difíciles de comprender que otras. En este terreno no hay duda de que la influencia del relativismo cultural es muy saludable, porque nos impide medir formas de vida ajenas con nuestros propios raseros culturales. Pero también aquí hay que estar prevenidos ante las exageraciones, porque la negación de toda medida se lleva a sí misma ad absurdum.

Estoy pensando en la tan conocida discusión sobre si podemos negar o no que las prácticas mágicas -tan extendidas en toda la tierra- ejercen una influencia sobre la realidad, dado que nuestro concepto de realidad está anclado en nuestro lenguaje y cultura y no es aplicable fuera de este campo tan estrecho (13). Uno se pregunta si argumentos de este tipo son algo más que juegos de moda. En cualquier caso- en la etnología hay ciertos aspectos que han servido para que el relativismo no haya conquistado el poder absoluto. Los viajeros han visto que hombres extraños reían y lloraban, jugaban y se peleaban; y quienes ha tenido la suerte de ver las fotos que el profesor Eibl-Eibesfeldt ha hecho de la vida de tribus totalmente aisladas -lo ha documentado profusamente en su reciente libro sobre la biología del comportamiento humano (14)-, quien ha tenido esa suerte ya no puede dudar de que hay reacciones humanas universales.

Al historiador a menudo le faltan esas posibilidades. El, en buena medida, depende de los testimonios del pasado, conservados por la tradición y la casualidad, los monumentos del derecho, de la literatura, del arte y
del culto. ¿Cómo sorprenderse de que el encuentro con esos testimonios de una forma de vida pasada haya contribuido a centrar la atención en la capacidad de transformación, de cambio, del hombre? Natura abhorret vacuum, la naturaleza huye del vacío, y también lo hace el espíritu del hombre. Donde faltan testimonios, la fantasía se pone a tra bajar y va rellenando huecos; es así como nos creamos la imagen del hombre de tiempos pasados -por la impresión que nos causa su arte-. Cuando hablamos del hombre griego, del hombre gótico... aparece ante nosotros una figura típica, que hemos sacado del arte de aquella época.

Destacados representantes de las ciencias del espíritu, como Jan Huizinga o Ernst Robert Curtius, nos han puesto en guardia frente a esta fuente de malentendidos, que yo alguna vez he llamado el sofisma fisionómico (15). Debo confesar que mi propio campo de trabajo, la historia del arte, ha sido el responsable de muchos de esos malentendidos, y lo ha sido siempre que se presentaba con la pretensión de que el estilo de una época se puede y se debe interpretar como un síntoma o -así se solía decir- como expresión de una época y de un pueblo.

Así, el pionero del expresionismo en la historia del arte, Wilhelm Worringer, escribía con toda coherencia hace 75 años en su libro sobre el espíritu del gótico: "Para la historia del arte, el hombre sin más es tan inexistente como el arte sin más. Estos son prejuicios ideológicos, con los que la psicología de la humanidad está condenada a la esterilidad". El, en cambio, de los ornamentos y de los pliegues en obras de arte medievales sacó la sorprendente conclusión de que " el hombre nórdico no conoce nada tranquilo, toda su fuerza de configuración se concentra en la representación del movimiento desenfrenado, sin medida" (16). Parece que no se preguntó si la imagen de un pueblo formado por "chisgarabís" no se da también en otras partes y si su diagnóstico no queda rebatido por el arte de Van Eyck, Vermeer o Caspar David Friedrich, que al fin y al cabo también eran hombres nórdicos.

Lo que se ha llamado el "circuito hermenéutico", la búsqueda de la confirmación de la intuición primera, se convierte en un vulgar círculo vicioso allí donde sólo son válidas las -al menos supuestas- confirmaciones de la propia intuición. Un ejemplo: la forma de representar el espacio en un estilo concreto se explica por la forma de ver de una época, que a su vez explicará los medios de representación; y nadie, ante la pregunta de si los pueblos no conocen la perspectiva en el sentido que nosotros le damos, responde que es porque no podían esconderse detrás de una columna (como irónicamente se preguntó una vez un psicólogo (17), o si los chinos, que en su pintura no necesitan el contraste entre luz y sombra, realmente no están en condiciones de cobijarse bajo un árbol en un día caluroso del verano.

Creo que el fallo que llevó a la historia del arte al relativismo también se da en otros campos de las ciencias del espíritu; me refiero al sofisma ex silentio, a la idea de que en la vida y el pensamiento del pasado sólo encontró sitio aquello que nosotros hemos llegado a conocer, por medio de sus manifestaciones artísticas. Fue un filólogo clásico el que en cierta ocasión planteó la tesis de que los griegos tendrían que ser ciegos para los colores porque tenían pocas denominaciones para ellos. Si eso fuera así habría que concluir que a nosotros nos sucede lo mismo, porque también nuestros idiomas tienen infinitamente menos denominaciones de color que los matices que existen y que podemos percibir.

Una conclusión así olvida la naturaleza del lenguaje, que tiene que ser selectivo para poder cumplir su función comunicativa. Es sabido que las diferencias en la selectividad de los diferentes idiomas plantean graves problemas a los traductores. Pero también aquí he de dar la razón a Karl Popper, que ha destacado que no se debe confundir la dificultad con la imposibilidad. Por muy difícil que sea -y lo es a menudo- reproducir en otro idioma el sentido de una frase, al final éste nos resultará accesible, aun perdiendo belleza y elegancia (18).
También las obras literarias de otras épocas o de otras culturas presentan problemas similares. Esto entre ustedes no hace falta destacarlo. Los conceptos, las relaciones humanas, las instituciones de las que tratan precisan una y otra vez de complejas explicaciones. Pero los esfuerzos que nos causa esa tarea no deben llevarnos a identificar el mundo con que nos encontramos en la poesía y prosa de otras culturas con la realidad que se vivía entonces. Pues lo que rige para el lenguaje rige en mucha mayor medida para los medios de las formas artísticas. Las expresiones, los topo¡ de la representación literaria no reflejan la variedad infinita de lo que se puede sentir y vivir, sino las tradiciones de la creación literaria, en buena parte autónomas.

Un libro como Mimesis de Erich Auerbach nos ha mostrado qué los nuevos medios del arte son sensibles a vivencias nuevas, pero que allí donde éstas no son perceptibles literariamente no quiere decir que hayan sido desconocidas en la vida cotidiana (19). No podemos saberlo. También el texto de Plutarco le debe algo a la tradición y a los medios de las biografías antiguas y no responde a ciertas preguntas que interesarían hoy a un psicoanalista. La expresión de Goethe de que "todos fueron humanos" expresa no tanto un conocimiento como una hipótesis, que podríamos denominar una hipótesis de trabajo o también un principio heurístico (20), pues creo que en principio siempre compensa suponer que también en países extraños y en épocas extrañas tenemos que ver con hombres que no se diferencian sustancialmente de nosotros..., aunque esta suposición no siempre supere un examen crítico.

Quizá me permitan incluir aquí una pequeña anécdota que puede ilustrar mis ideas más fácilmente que largas reflexiones metódicas. Esoy pensando en una discusión sobre la historia intelectual del Renacimiento en la que yo me atreví a decir que no se debía considerar al hombre renacentista como una "especie especial" de hombre; y de pasada comenté que estaba convencido de que también a aquellos hombres les gustaba quedarse en la cama por la mañana. Fue una declaración atrevida, pero -sin merecerla- tuve suerte, pues más adelante pude explicar a mis colegas que Leonardo da Vinci describe representaciones simbólicas que en la Toscana se suelen colgar de las camas para advertir a los perezosos y dormilones que no se queden mucho tiempo en ellas, "especialmente por la mañana, cuando, descansado y sobrio, se debe estar dispuesto a acometer nuevos esfuerzos" (21).

Lo que quiero decir es algo tan sencillo como lo siguiente: cuando se habla del hombre, hay que tener siempre en cuenta al viejo Adán, aquel viejo Adán que se empeña en satisfacer sus instintos, comunes a todos los humanos. No hay duda de que el modo en que las diversas culturas intentan dominar la naturaleza indomada está sometido a innumerables transformaciones (22), pero en cualquier solución, no se dará una forma de vida humana en la que no se exprese de algún modo la tensión entre ese ansia de satisfacción y el movimiento contrario, la adaptación cultural.

Es precisamente la literatura la que tantas veces ha incorporado esa tensión a sus creaciones; piensen en las figuras de Don Quijote y Sancho Panza: al primero, los ideales culturales le han sorbido el seso; el segundo sigue siendo lo suficientemente campesino como para saber a dónde se dirigen sus apetitos: lo mismo les sucede a Tamino y Papageno. Incluso el drama de la India antigua conoce esta contraposición entre el héroe noble, que habla sánscrito, y una figura cómica, Vidushaka, que a pesar de pertenecer a la casta de los brahamanes habla el popular "prakrit" y siempre está pensando en dar a su barriga lo que es suyo.

Quien hable de las dificultades que supone el comprender culturas extrañas y sus valores no debería descuidar el hecho de que también en este punto hay diferencias sustanciales. El ser creaturas: esto es algo que nos une a todos -y nos une más que cualquier acercamiento en el nivel de máximo refinamiento-. Por algo dice Mefistófeles a Fausto: "La peor compañía te hace sentir que eres un hombre entre hombres"; y como es el diablo el que habla, te lo hace sentir precisamente -así podemos completar su afirmación- la peor compañía. Así sigue en el Fausto la escena en la taberna de Auerbach: "Presta atención, magníficamente se revelará la bestialidad"; bajo lo excesivamente humano se encuentra la capa de lo animal: "estamos bestialmente a gusto, como quinientas cerdas" -por seguir con palabras del Fausto.

Pero no olvidemos que la posibilidad de llegar a esta forma de regresión también es específica de la cultura; y en algunas culturas está prohibido el goce del alcohol; no hay allí reuniones para beber en sociedad. Para Goethe y sus contemporáneos había vías más nobles para liberarles de las opresiones de la cultura:

"En gran contento se regocija aquí el grande y el pequeño, aquí soy persona, aquí puedo serlo."

Ese "aquí" es la naturaleza, fuera de la ciudad, y también este sentimiento de liberación es específico de la cultura; quizá fuera Rousseau el que abriera el camino hacia ella, aunque la tradición de la literatura idílica nos
recuerda que la vida del pastor, tan cerca de la naturaleza, ya mucho tiempo antes era un sueño para los habitantes de la ciudad, el sueño de una vida lejos de la opresión y las preocupaciones de la civilización. Los demás, nosotros -si es que podemos creer a Schiller-, sólo en momentos especialmente agraciados podremos deshacernos de ese yugo. Y estoy pensando, naturalmente, en la "Oda a la alegría":

"Tus encantos vuelven a unir lo que la moda había separado; todos los hombres vuelven a ser hermanos, allí donde aletea tu suave ala."

La "moda" es lo convencional, lo que los griegos llamaban "thesis", por contraposición a la "physis", la naturaleza. Liberados de la opresión de las convenciones -eso dice Schiller-, todos los hombres son iguales. Quizá se haya reprochado con razón al Siglo de las Luces el haber visto esta contraposición con excesivo simplismo. Aunque a tan noble simplificación le debemos el concepto de derechos humanos y humanidad. Pero esa simplificación explica también la reacción del historicismo, que no empezó con Hegel, ni mucho menos. Hoy, doscientos años después, debería estar claro que la polarización entre convención y naturaleza no basta para hacer justicia a toda la variedad de formas existente. Nuestra masa hereditaria consta no tanto de características y capacidades como de disposiciones que en la vida social pueden desarrollarse o atrofiarse. En el animal como en el hombre no todos los desarrollos son reversibles. Algunos se convierten en segunda naturaleza y van formando un tipo determinado de personas, con su mentalidad, sus posibilidades y sus limitaciones.

Quien se dedica a las ciencias del espíritu y se interesa por tan complejos procesos deberá dirigir su mirada a la psicología. Pues por muchas escuelas y tendencias que tenga esa ciencia, todas ellas tienen por divisa las palabras de Alexander Pope: "The proper study of mankind is man". Ahora bien, como la psicología quiere ser una ciencia, no puede aceptar dogma alguno, ni siquiera el de la unidad de la humanidad. Y aun afirmando esto, estoy de parte de aquellos que, contra el relativismo, parten de la hipótesis de que la psique del hombre muestra determinadas constantes, con las que el científico puede contar (23).

Por supuesto que no debemos esperar demasiado de ellas. Quizá sea una perogrullada si decimos que la disposición a moverse de forma rítmica nace con el hombre; pero sin esta disposición no habría ni las diferentes formas de baile ni aquellos perfeccionamientos del ritmo que han florecido de forma tan sorprendente en la música occidental o en la India y que han originado maravillas siempre nuevas en la poesía de todos los países (24).

Estoy convencido de que también las artes plásticas se basan en un fundamento biológico. Y si todos compartimos la tendencia al ritmo, que se expresa en los ornamentos de todos los pueblos, también tenemos en común la alegría por la luz y el brillo. El hombre es un ser fototrópico; si fuéramos fotofóbicos como las termitas, nos hubiéramos apartado de la luz. El poder y lo santo siempre se han servido de lo brillante, lo luminoso. Pero puesto este ejemplo, hay que añadir que sería equivocado explicar el arte del hombre partiendo exclusivamente de reacciones de ese tipo. Sólo el juego entre cumplimiento y ascesis, entre un retardar la satisfacción y una esperanza superada, sólo eso crea lo que llamamos arte, y para ello hace falta sobre todo una tradición, formada con el tiempo, y un prestigio generalizado de la maestría en el manejo de los efectos psicológicos de ese tipo.

Ahora bien, por muy diversos que puedan ser esos efectos, esas estructuras y la sucesión de niveles, no podemos dejar de lado que siempre se trata de tensiones, que surgen de la polaridad primera de toda reacción humana. En cualquier comunidad, un color, un tono musical y también una palabra tienen un tono sensorialsentimental que determina su valor dentro de un sistema. Por supuesto que dicho sistema no se abre al extraño sin que éste se esfuerce por comprenderlo. Pero hay argumentos suficientes para afirmar que hay puntos en común que justifican el esfuerzo. Pues se ve que -por decirlo en términos generales - un tono sensorial encuentra resonancias en otro ámbito sensorial, facilitando la comprensión. En esta convergencia e intercambiabilidad de tonos sentimentales equivalentes se basa la metáfora lingüística (25).

En alemán hablamos de una "helle Freude" (alegría clara), los ingleses dicen "a bright hope", y Eibl-Eibesfeldt nos cuenta que la expresión de alegría entre los eipos de Nueva Guinea es: "El sol luce en mi pecho". Si las termitas tuvieran un lenguaje y fueran consecuentes, tendrían que hablar de una "alegría oscura" y de una "esperanza sombría", puesto que se esconden de la luz. También las personas que viven en el trópico prefieren el fresco al calor y los indios quizá prefieran un recibimiento frío a uno cálido. Pero su Gita compara lo divino con la luz de mil soles.

Nada más lejos de mi intención que el lanzar a los filólogos a la búsqueda de literatura psicológica sobre la metáfora, una literatura que quizá primero tendría que ser escrita (26). Pues -según he aprendido con gran sorpresa- estas ideas ya quedaron expuestas en un libro fundamental para la investigación filológica en lengua alemana, al que puedo hacer referencia: estoy hablando del Deutsches Wörterbuch (Diccionario alemán), fundado por Jacob y Wilhelm Grimm. Fue una feliz casualidad la que me llevó a buscar en ese libro ejemplos de metáforas sinestéticas en que apoyar mis tesis sobre la validez general de ciertas reacciones psicológicas. No hubiera esperado encontrar allí tantos tesoros, también para el psicólogo de la expresión.

Debo recomendarles que busquen la palabra "süb", "dulce", en el libro de los Grimm. Aunque para ello tengan que dedicar todo un día, pues la entrada, con todos sus derivados, ocupa 78 columnas. Pero ya al comienzo se desvela una idea importante: parece que la palabra "dulce" al principio no designaba un sabor, que además después se aplicó a otros campos sensoriales, por ejemplo a "sonidos dulces", una "dulce sonrisa" o una "dulce quietud", sino que parece que la palabra al principio era sinónimo de "agradable", "blando" y "suave", es decir, hacía referencia a un polo positivo del mundo vivencial del que he hablado antes; por eso designa también aquel sabor que biológicamente es agradable.

La palabra queda fijada en este significado fundamentalmente como contraposición a otras percepciones sensoriales, como "amargo" o "ácido", que a su vez hacen referencia a otros mundos vivenciales, a otros mundos sensoriales. También un efecto tan importante en psicología y estética como la saturación lo aclara el Diccionario de los Grimm; tenemos el derivado "süblich", "dulzón", que adquiere un sentido peyorativo, sobre todo desde el siglo XVIII, en que sirve para despertar rechazo, adelantándose al significado de "cursi", que a su vez tanto ha influido en el valor de la palabra "dulce", que hoy no solemos utilizar en un juicio estético, puesto que vivimos en un época en la que el miedo a lo cursi ha llegado a ser algo casi endémico, una época a la que le gusta que una obra de arte "le vaya a contrapelo".

Sería muy de desear que, poco a poco, en pos de la Literatura Comparada se fuera desarrollando una ciencia comparada de la expresión; quizá el estudio de la metáfora fuera el puente hacia el amplio y fascinante campo de la sinestesia, del que es responsable la psicología. Pero todo esto son visiones de futuro. Y prefiero no perderme en ellas, sino resumir con un ejemplo -o al menos intentarlo- lo que en realidad quería decir. Las dos primeras estrofas de una poesía de Simon Dach, del año 1638, quizá les resulten gratas en este contexto, puesto que nos conducen hacia su campo de trabajo, hacia la Filología Alemana. Lleva por título: "El novio a su queridísima novia, cuando ésta le visitó por primera vez en su casa":

"Sedme mil veces bienvenida, mi consuelo y mi sol.
Ay, qué bendición, salud y salvación vienen con vos, mi luz, a mí.
Qué brillo se desata en mi casa ahora con dorados rayos.
Todo os lo ofrecen mis manos, nada hay en mí tan frío
que no pudiera sonreír; hasta las paredes se percatan de vuestra presencia,
vos, que en breve la queréis convertir en oro" (27).

Un hábil filólogo podrá explicarnos qué relación tiene esta poesía con la tradición del epitalamio y qué lugar ocupa dentro de la obra de Simon Dach. También nos dirá que el poeta pone sus palabras en boca de un contemporáneo rico, por encargo de quien compuso el poema. Tenemos, pues, que darla razón a quienes afirman que lo importante es el texto y no los -supuestos- sentimientos del
autor, a los que en este caso ni siquiera tenemos acceso. Pero que lo importante sea el texto no quiere decir que el texto sea absolutamente libre y que podamos permitir a los deconstructores que nos digan que el verso "Qué brillo se desata en mi casa" se refiere a un incendio, lo que para un freudiano fanático a su vez sería síntoma de un miedo inconsciente a que la novia destruya el acogedor y ya acostumbrado carácter de la casa... y un marxista convencido encontraría en la poesía indicios de que ella lo que quiere es vender la casa, puesto que se dice "que en breve la queréis convertir en oro".

En serio: no tenemos por qué permitir que nos vuelvan locos y nos desbaraten nuestra sensación de que podemos entender esos bellos versos -y disfrutar de ellos- tal como estaban pensados, independientemente de que la cultura burguesa del barroco se diferenciara en tantas cosas de la forma de vida actual. Pero, ¿de qué nos serviría la fantasía si no consiguiéramos superar ese abismo? (28). Que a los relativistas de la cultura les quede el gozo de recordarnos que la situación en la que surgió la poesía sería mucho menos comprensible en zonas en que es usual el raptar o comprar la novia o en lugares donde no se vive en casas. Si estas barreras fueran realmente insuperables, por principio, el sueño de Goethe de una literatura mundial sería un sueño vano.

Ese bello término sólo pudo acuñarlo porque de su lectura de Homero y de Shakespeare, de Hafis, de Klidasa y hasta de Plutarco había aprendido que, en el fondo, "todos han sido humanos".

(c) Max Niemeyer Verlag.
(Traducción. Enrique Banús)

 

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(1) ERNST HANS GOMBRICH O EL ARTE CON MINÚSCULA

Tras el notorio prestigio de Sir Ernst Hans Gombrich se encuentran ochenta años de intensa labor investigadora y docente en materia de historia e interpretación del arte, más de una docena de ya clásicos libros sobre el terna -amén de abundantísimos artículos y notas críticas- y !una larga serie de méritos de autoridad, títulos, nombramientos y reconocimientos internacionales. A todas luces, Gombrich encarna idealmente la figura dei maestro: en su sentido radical y en su acepción más amplia. En él se funden el rigor académico del profesor erudito, la proverbial tenacidad germánica, la elocuencia del orador brillante, la elegancia literaria, el fino escepticismo y el humor británicos, y el talante abierta, la amplitud de intereses, la confianza en la razón y la defensa de los derechos del espíritu característicos del humanismo renacentista.
Traducida a dieciocho idiomas, su Historia del arte ha vendido más de dos millones de ejemplares. Este fenómeno, absolutamente insólito, revela en Gombrich un planteamiento verdaderamente original y una habilidad de divulgador muy poco común, si no realmente única.

Nacido en Viena en 1909, estudió -en las universidades de Viena, Berlín y Basilea- con los grandes hombres de la historiografía del arte de comienzos de siglo. Se sintió vivamente impresionado par la llamada Geistesgeschichte neohegeliana entonces en pleno auge: una corriente de interpretación del arte y de la historia en claves idealistas y totalizadoras que enseguida empezó a ver con recelo y desconfianza. Pronto decidió entregarse al empeño de mostrar sus deficiencias y peligros. Precisamente en relación con sus esfuerzos por desenmascararla, una de las influencias más decisivas para su pensamiento está en la figura de Karl Popper.

Emigrado a Londres en 1986 a causa de la complicada situación política de su país, el joven Gombrich se incorpora al Instituto Warburg, dedicado al estudio de las huellas históricas de la cultura clásica y trasladado también por esas fechas a la capital británica. Desde entonces, su trabajo está íntimamente relacionado con esta institución. Tras un breve paréntesis en su dedicación a ella debido a la guerra, es nombrado sucesivamente Research Fellow (19481954), Reader (1954-1959) y Director (1959-1976).

Su prestigio crece sin interrupción a partir de los años 50; desde entonces es también Professor en las universidades de Londres, Oxford y Cambridge, y dicta cursos en numerosas universidades norteamericanas. Nombrado Sir en 1972, ha recibido a lo largo de su vida numerosos premios y galardones, entre los cuales cabe destacar el W. H. Smith Literary Award (1962), el Premium Erasmianum (1975), el Hegel Prize (1977), y el Premio Balzan (1985) por su contribución al estudio de la historia del arte occidental.

Aparte de su gran éxito editorial, The Story oí Art (1950), entre sus títulos más conocidos se encuentran Art and Illusion. A Study in the Psichology oí Pictorial Representatron (1959), que aborda las relaciones entre psicología y arte, y The Sense oí Order. A Study in the Psychology oí Decorative Art(1979), dedicado al análisis de la ornamentación. Ha publicado además cuatro volúmenes dedicados al arte del Renacimiento: Norm and Form (1966), Symbolic Images (1972), The Heritage oí Apenes (1976) y New Light on Old Masters (1986). Publicado en 1963, Meditations on a Hobby Horse and 0ther Essays recoge diversos artículos suyos dedicados a la teoría del arte; en Ideals and Idols. Essays on Values in History and in Art (1979) se refiere a diferentes aspectos metodológicos y críticos, enmarcándolos con una serie de observaciones generales acerca de los valores en nuestra cultura; y Tributes, Interpreters oí our Cultural Tradition (1984) reúne distintos ensayos dedicados a una serie de autores entre los que se encuentran tanto aquellos de los que se considera a sí mismo más deudor en su formación intelectual, como aquellos -Lessing, Hegel, Freud, etc- a los cuales ha debido enfrentarse más directamente en su trabajo.

JUAN M. OTXOTORENA - En revista Atlántida, Ed. Rialp, 3/1990, pp. 4-15

Agradecemos al autor – Arvo.net 2006-06-22

 

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Historia y obligaciones - Todos estamos obligados a informarnos amplia y correctamente, enterarnos bien antes de escribir, principio básico para todo escritor. Ser atento y de recta conciencia para no manipular y tanto menos calumniar. Saber que manipular la información es rara vez alterarla, y es casi siempre omitir en parte la verdad del facto e ignorar el contexto. Texto sin contexto, es puro pretexto. Fray Luis de León decía: “Para hacer el mal, cualquiera es poderoso.”

No nos dejemos seducir por lo que dijo Pepita que se lo dijo fulano que encontró una fotocopia en la cesta universitaria -bajo el polvo de la sospecha; eso es un modus operandi residual, carente de evidencia e inteligencia.

Un libro histórico merece credibilidad cuando reúne tres condiciones básicas: ser auténtico, verídico e íntegro. Es decir: cuándo el libro fue escrito, en la época y por el autor que se le atribuye (autenticidad), y cuándo el autor conoció los sucesos que refiere y no quiere engañar a sus lectores (veracidad), y, por último, cuándo-cómo ha llegado hasta nosotros sin alteración sustancial (integridad). Para ser honesto hay que ser veraz, sin mezquindad. Ese es y debe ser siempre el deber del historiador como de quien publica un texto histórico, si es que está movido por la verdad y no por ganar dinero.

Debe explicar el pasado intentándolo con el esfuerzo nunca terminado de la investigación y con el uso de los métodos más adecuados a ella. Por otra, contribuir a la mejora de la sociedad donde vivimos para que, al ser más consciente de ella misma y de su historia, evite las percepciones erróneas y los prejuicios, que tanto daño ha hecho ya. Dice don Miguel Ángel Ladero Quesada, de la Real Academia de la Historia: “...Hemos de llevar el pasado, sin faltar al recuerdo, a su propia situación de tiempo ya fenecido, evaluando lo más correctamente que podamos su influencia o herencia en el presente. Sólo así se construirá con cierta libertad el futuro, pero, para conseguirlo, hay que acabar con las falsificaciones de la Historia”.

 

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La moralidad de los actos está definida por la relación de la libertad del hombre con el bien auténtico. Dicho bien es establecido, como ley eterna, por la sabiduría de Dios que ordena todo ser a su fin. Esta ley eterna es conocida tanto por medio de la razón natural del hombre (y, de esta manera, es ley natural), cuanto —de modo integral y perfecto— por medio de la revelación sobrenatural de Dios (y por ello es llamada ley divina). El obrar es moralmente bueno cuando las elecciones de la libertad están conformes con el verdadero bien del hombre y expresan así la ordenación voluntaria de la persona hacia su fin último, es decir, Dios mismo: el bien supremo en el cual el hombre encuentra su plena y perfecta felicidad. La pregunta inicial del diálogo del joven con Jesús: «¿Qué he de hacer de bueno para conseguir la vida eterna?» (Mt 19, 16) evidencia inmediatamente el vínculo esencial entre el valor moral de un acto y el fin último del hombre. Jesús, en su respuesta, confirma la convicción de su interlocutor: el cumplimiento de actos buenos, mandados por el único que es «Bueno», constituye la condición indispensable y el camino para la felicidad eterna: «Si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos» (Mt 19, 17). La respuesta de Jesús remitiendo a los mandamientos manifiesta también que el camino hacia el fin está marcado por el respeto de las leyes divinas que tutelan el bien humano. Sólo el acto conforme al bien puede ser camino que conduce a la vida.

La ordenación racional del acto humano hacia el bien en toda su verdad y la búsqueda voluntaria de este bien, conocido por la razón, constituyen la moralidad. Por tanto, el obrar humano no puede ser valorado moralmente bueno sólo porque sea funcional para alcanzar este o aquel fin que persigue, o simplemente porque la intención del sujeto sea buena 122. El obrar es moralmente bueno cuando testimonia y expresa la ordenación voluntaria de la persona al fin último y la conformidad de la acción concreta con el bien humano, tal y como es reconocido en su verdad por la razón. Si el objeto de la acción concreta no está en sintonía con el verdadero bien de la persona, la elección de tal acción hace moralmente mala a nuestra voluntad y a nosotros mismos y, por consiguiente, nos pone en contradicción con nuestro fin último, el bien supremo, es decir, Dios mismo.

 

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Pero, ¿de qué depende la calificación moral del obrar libre del hombre? ¿Cómo se asegura esta ordenación de los actos humanos hacia Dios? ¿Solamente depende de la intención que sea conforme al fin último, al bien supremo, o de las circunstancias —y, en particular, de las consecuencias— que contradistinguen el obrar del hombre, o no depende también —y sobre todo— del objeto mismo de los actos humanos?

Éste es el problema llamado tradicionalmente de las «fuentes de la moralidad». Precisamente con relación a este problema, en las últimas décadas se han manifestado nuevas —o renovadas— tendencias culturales y teológicas que exigen un cuidadoso discernimiento por parte del Magisterio de la Iglesia.

Algunas teorías éticas, denominadas «teleológicas», dedican especial atención a la conformidad de los actos humanos con los fines perseguidos por el agente y con los valores que él percibe. Los criterios para valorar la rectitud moral de una acción se toman de la ponderación de los bienes que hay que conseguir o de los valores que hay que respetar. Para algunos, el comportamiento concreto sería recto o equivocado según pueda o no producir un estado de cosas mejores para todas las personas interesadas: sería recto el comportamiento capaz de maximalizar los bienes y minimizar los males.

Muchos de los moralistas católicos que siguen esta orientación, buscan distanciarse del utilitarismo y del pragmatismo, para los cuales la moralidad de los actos humanos sería juzgada sin hacer referencia al verdadero fin último del hombre. Con razón, se dan cuenta de la necesidad de encontrar argumentos racionales, cada vez más consistentes, para justificar las exigencias y fundamentar las normas de la vida moral. Dicha búsqueda es legítima y necesaria por el hecho de que el orden moral, establecido por la ley natural, es, en línea de principio, accesible a la razón humana. Se trata, además, de una búsqueda que sintoniza con las exigencias del diálogo y la colaboración con los no-católicos y los no-creyentes, especialmente en las sociedades pluralistas.

 

75. Pero en el ámbito del esfuerzo por elaborar esa moral racional —a veces llamada por esto moral autónoma—, existen falsas soluciones, vinculadas particularmente a una comprensión inadecuada del objeto del obrar moral. Algunos no consideran suficientemente el hecho de que la voluntad está implicada en las elecciones concretas que realiza: esas son condiciones de su bondad moral y de su ordenación al fin último de la persona. Otros se inspiran además en una concepción de la libertad que prescinde de las condiciones efectivas de su ejercicio, de su referencia objetiva a la verdad sobre el bien, de su determinación mediante elecciones de comportamientos concretos. Y así, según estas teorías, la voluntad libre no estaría ni moralmente sometida a obligaciones determinadas, ni vinculada por sus elecciones, a pesar de no dejar de ser responsable de los propios actos y de sus consecuencias. Este «teleologismo», como método de reencuentro de la norma moral, puede, entonces, ser llamado —según terminologías y aproches tomados de diferentes corrientes de pensamiento— «consecuencialismo» o «proporcionalismo». El primero pretende obtener los criterios de la rectitud de un obrar determinado sólo del cálculo de las consecuencias que se prevé pueden derivarse de la ejecución de una decisión. El segundo, ponderando entre sí los valores y los bienes que persiguen, se centra más bien en la proporción reconocida entre los efectos buenos o malos, en vista del bien mayor o del mal menor, que sean efectivamente posibles en una situación determinada.

Las teorías éticas teleológicas (proporcionalismo, consecuencialismo), aun reconociendo que los valores morales son señalados por la razón y la revelación, no admiten que se pueda formular una prohibición absoluta de comportamientos determinados que, en cualquier circunstancia y cultura, contrasten con aquellos valores. El sujeto que obra sería responsable de la consecución de los valores que se persiguen, pero según un doble aspecto: en efecto, los valores o bienes implicados en un acto humano, sería, desde un punto de vista, de orden moral (con relación a valores propiamente morales, como el amor de Dios, la benevolencia hacia el prójimo, la justicia, etc) y, desde otro, de orden pre-moral, llamado también no-moral, físico u óntico (con relación a las ventajas e inconvenientes originados sea a aquel que actúa, sea a toda persona implicada antes o después, como por ejemplo la salud o su lesión, la integridad física, la vida, la muerte, la pérdida de bienes materiales, etc).

En un mundo en el que el bien estaría siempre mezclado con el mal y cualquier efecto bueno estaría vinculado con otros efectos malos, la moralidad del acto se juzgaría de modo diferenciado: su bondad moral, sobre la base de la intención del sujeto, referida a los bienes morales; y su rectitud, sobre la base de la consideración de los efectos o consecuencias previsibles y de su proporción. Por consiguiente, los comportamientos concretos serían calificados como rectos o equivocados, sin que por esto sea posible valorar la voluntad de la persona que los elige como moralmente buena o mala. De este modo, un acto que, oponiéndose a normas universales negativas viola directamente bienes considerados como pre-morales, podría ser calificado como moralmente admisible si la intención del sujeto se concentra, según una responsable ponderación de los bienes implicados en la acción concreta, sobre el valor moral considerado decisivo en la circunstancia. La valoración de las consecuencias de la acción, en virtud de la proporción del acto con sus efectos y de los efectos entre sí, sólo afectaría al orden pre-moral. Sobre la especificidad moral de los actos, esto es, sobre su bondad o maldad, decidiría exclusivamente la fidelidad de la persona a los valores más altos de la caridad y de la prudencia, sin que esta fidelidad sea incompatible necesariamente con decisiones contrarias a ciertos preceptos morales particulares. Incluso en materia grave, estos últimos deberán ser considerados como normas operativas siempre relativas y susceptibles de excepciones. En esta perspectiva, el consentimiento otorgado a ciertos comportamientos declarados ilícitos por la moral tradicional no implicaría una malicia moral objetiva.

 

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Buscar la verdad y el bien

 

62. La conciencia, como juicio de un acto, no está exenta de la posibilidad de error. «Sin embargo, —dice el Concilio— muchas veces ocurre que la conciencia yerra por ignorancia invencible, sin que por ello pierda su dignidad. Pero no se puede decir esto cuando el hombre no se preocupa de buscar la verdad y el bien y, poco a poco, por el hábito del pecado, la conciencia se queda casi ciega» 107. Con estas breves palabras, el Concilio ofrece una síntesis de la doctrina que la Iglesia ha elaborado a lo largo de los siglos sobre la conciencia errónea.

Ciertamente, para tener una «conciencia recta» (1 Tm 1, 5), el hombre debe buscar la verdad y debe juzgar según esta misma verdad. Como dice el apóstol Pablo, la conciencia debe estar «iluminada por el Espíritu Santo» (cf. Rm 9, 1), debe ser «pura» (2 Tm 1, 3), no debe «con astucia falsear la palabra de Dios» sino «manifestar claramente la verdad» (cf. 2 Co 4, 2). Por otra parte, el mismo Apóstol amonesta a los cristianos diciendo: «No os acomodéis al mundo presente, antes bien transformaos mediante la renovación de vuestra mente, de forma que podáis distinguir cuál es la voluntad de Dios: lo bueno, lo agradable, lo perfecto» (Rm 12, 2).

La amonestación de Pablo nos invita a la vigilancia, advirtiéndonos que en los juicios de nuestra conciencia anida siempre la posibilidad de error. Ella no es un juez infalible: puede errar. No obstante, el error de la conciencia puede ser el fruto de una ignorancia invencible, es decir, de una ignorancia de la que el sujeto no es consciente y de la que no puede salir por sí mismo.

En el caso de que tal ignorancia invencible no sea culpable —nos recuerda el Concilio— la conciencia no pierde su dignidad porque ella, aunque de hecho nos orienta en modo no conforme al orden moral objetivo, no cesa de hablar en nombre de la verdad sobre el bien, que el sujeto está llamado a buscar sinceramente.

 

63. De cualquier modo, la dignidad de la conciencia deriva siempre de la verdad: en el caso de la conciencia recta, se trata de la verdad objetiva acogida por el hombre; en el de la conciencia errónea, se trata de lo que el hombre, equivocándose, considera subjetivamente verdadero. Nunca es aceptable confundir un error subjetivo sobre el bien moral con la verdad objetiva, propuesta racionalmente al hombre en virtud de su fin, ni equiparar el valor moral del acto realizado con una conciencia verdadera y recta, con el realizado siguiendo el juicio de una conciencia errónea 108. El mal cometido a causa de una ignorancia invencible, o de un error de juicio no culpable, puede no ser imputable a la persona que lo hace; pero tampoco en este caso aquél deja de ser un mal, un desorden con relación a la verdad sobre el bien. Además, el bien no reconocido no contribuye al crecimiento moral de la persona que lo realiza; éste no la perfecciona y no sirve para disponerla al bien supremo. Así, antes de sentirnos fácilmente justificados en nombre de nuestra conciencia, debemos meditar en las palabras del salmo: «¿Quién se da cuenta de sus yerros? De las faltas ocultas límpiame» (Sal 19, 13). Hay culpas que no logramos ver y que no obstante son culpas, porque hemos rechazado caminar hacia la luz (cf. Jn 9, 39-41).

La conciencia, como juicio último concreto, compromete su dignidad cuando es errónea culpablemente, o sea «cuando el hombre no trata de buscar la verdad y el bien, y cuando, de esta manera, la conciencia se hace casi ciega como consecuencia de su hábito de pecado» 109. Jesús alude a los peligros de la deformación de la conciencia cuando advierte: «La lámpara del cuerpo es el ojo. Si tu ojo está sano, todo tu cuerpo estará luminoso; pero si tu ojo está malo, todo tu cuerpo estará a oscuras. Y, si la luz que hay en ti es oscuridad, ¡qué oscuridad habrá!» (Mt 6, 22-23).

 

64. En las palabras de Jesús antes mencionadas, encontramos también la llamada a formar la conciencia, a hacerla objeto de continua conversión a la verdad y al bien. Es análoga la exhortación del Apóstol a no conformarse con la mentalidad de este mundo, sino a «transformarse renovando nuestra mente» (cf. Rm 12, 2). En realidad, el corazón convertido al Señor y al amor del bien es la fuente de los juicios verdaderos de la conciencia. En efecto, para poder «distinguir cuál es la voluntad de Dios: lo bueno, lo agradable, lo perfecto» (Rm 12, 2), sí es necesario el conocimiento de la ley de Dios en general, pero ésta no es suficiente: es indispensable una especie de «connaturalidad» entre el hombre y el verdadero bien 110. Tal connaturalidad se fundamenta y se desarrolla en las actitudes virtuosas del hombre mismo: la prudencia y las otras virtudes cardinales, y en primer lugar las virtudes teologales de la fe, la esperanza y la caridad. En este sentido, Jesús dijo: «El que obra la verdad, va a la luz» (Jn 3, 21).

Los cristianos tienen —como afirma el Concilio— en la Iglesia y en su Magisterio una gran ayuda para la formación de la conciencia: «Los cristianos, al formar su conciencia, deben atender con diligencia a la doctrina cierta y sagrada de la Iglesia. Pues, por voluntad de Cristo, la Iglesia católica es maestra de la verdad y su misión es anunciar y enseñar auténticamente la Verdad, que es Cristo, y, al mismo tiempo, declarar y confirmar con su autoridad los principios de orden moral que fluyen de la misma naturaleza humana» 111. Por tanto, la autoridad de la Iglesia, que se pronuncia sobre las cuestiones morales, no menoscaba de ningún modo la libertad de conciencia de los cristianos; no sólo porque la libertad de la conciencia no es nunca libertad con respecto a la verdad, sino siempre y sólo en la verdad, sino también porque el Magisterio no presenta verdades ajenas a la conciencia cristiana, sino que manifiesta las verdades que ya debería poseer, desarrollándolas a partir del acto originario de la fe. La Iglesia se pone sólo y siempre al servicio de la conciencia, ayudándola a no ser zarandeada aquí y allá por cualquier viento de doctrina según el engaño de los hombres (cf. Ef 4, 14), a no desviarse de la verdad sobre el bien del hombre, sino a alcanzar con seguridad, especialmente en las cuestiones más difíciles, la verdad y a mantenerse en ella.

 

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Brujería afro-brasilera: abominación y mentira - 2007.

 

Infamia e historia - apliquemos en efecto, el mismo rasero y tal vez convengamos en que la historia de la infamia es –como sugirió Borges- universal y de ella no se salva nadie. El hecho de que algunas veces a lo largo de la historia la verdad se haya alzado con aires o con hechos de intolerancia, e incluso que en su error haya llegado a llevar hombres a la hoguera, no es culpa de la verdad sino de quienes no supieron entenderla. Todo, hasta lo más grande, puede degradarse. Es cierto que el amor «malentendido» puede hacer que un insensato cometa un crimen, pero no por eso hay que abominar del amor, ni de la verdad, que nunca dejarán de ser raíces que sostienen la vida humana.

“El ideal o el proyecto más noble puede ser objeto de burla o de ridiculizaciones fáciles. Para eso no se necesita la menor inteligencia” (A. Kuprin).

 

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Iglesia difamada - Cómoda y descansadamente estos últimos tiempos se difama y calumnia «con descaro y osadía y gran ahínco», a la Iglesia Católica. La intolerancia es hija del miedo, si no de la presunción. No pueden imputarse a la Iglesia las aberraciones que se vio obligada a denunciar y condenar: sería tanto como responsabilizar al Ministro de Justicia de todos los delitos que castiga el Código Penal; delitos que pueden cometer hasta los mismos altos miembros de la Corte Suprema.

S.S. Juan Pablo II en mayo del pasado año decía: “En el vasto mar de la historia, la Iglesia no tiene miedo de los desafíos y las insidias que encuentra en su navegación, si mantiene firme el timón en la ruta de la santidad, hacia la que la ha orientado el «gran Jubileo».-

 

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Cuando el hombre occidental, olvida los valores que le conformaron en la cristiandad, vuelve a retomar los primitivos ídolos y divinidades del Becerro, Marte y Venus (el dinero, la violencia y el instinto) como referencias vitales.

Es verdad que, a pesar de la fragilidad del barro ya manifestada en la negación de Pedro, la santidad de la Iglesia no ha dejado de resplandecer nunca en sus santos, lo cual sigue siendo uno de los motivos de credibilidad y uno de los argumentos apologéticos más poderosos. Pero desgraciadamente –como en la parábola del trigo y la cizaña (Mt. 13,24-30)- en la viña del Señor está también presente el pecado. Los santos padres se referían a la Iglesia como la imagen audaz de la casta meretriz. Por su propio origen histórico y por sus tendencias innatas, la Iglesia es una «ramera», procede de la Babilonia de este mundo; pero Cristo –como en la preciosa parábola de Ez 16- la lavó y la convirtió de «ramera» en esposa. Desde entonces, en ella viven siempre en tensión la debilidad humana y la fuerza de Dios; y esto incluso en sus representantes más preclaros. Con razón el Concilio Vaticano II hizo suya una fórmula que Gisbert Voetius, teólogo calvinista de estricta observancia, pronunció en el Sínodo de Dordrecht (1618-1619):  «Ecclesia semper reformanda» (LG 8c).

Ese arsenal de viejos errores en conductas humanas, no ha impedido de manifestar la verdad de Cristo a sus fieles durante veinte siglos. Negar el saldo moral positivo del balance, la enorme contribución de la Iglesia a la causa de la civilización, y que por cada dignatario depravado ha habido millares de hombre buenos y sabios, sería un agravio a la verdad histórica. Una historia teratológica inficiona y embarga el futuro de la humanidad generando diversas esclavitudes; manipulados así, otros piensan en nuestro lugar.

 

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El saber, historia e Iglesia - La Iglesia católica honrando deberes auténticos y en defensa del saber y la libertad del pensamiento, fundó precisamente escuelas, primero unidas a las catedrales, luego convertidas en universidades para que desaparezcan derechos falsos y para que el hombre no haga interpretación del mundo en esquemas con clave de poder sobre los demás. Aquí está el quid del escarnio en el ataque histórico contra la Iglesia: la fuente del saber estorba al falaz.

La historia manoseada siempre es apta-útil a la intolerancia y el totalitarismo.

Y tanto mejor hoy en un mundo que se ha hecho pequeño por la rapidez con que la información  viaja de un extremo al otro, su difusión y la transmisión de las ideas es también inmediata y fácil por lo que se puede hablar de globalización del pensamiento; y aún es mayor el enorme peligro que corremos con las mentiras construidas. Dado que no es un disparate decir que los medios de comunicación son actualmente para muchos los principales educadores inspirando comportamiento, estilos de vida y maneras de comprender el mundo y el hombre, tanto mayor debe ser nuestra atención a la verdad, al estudio y análisis para que el hombre no deje de pensar por si mismo y no sea pensado desde fuera. La televisión, la radio, la prensa, Internet se convierten así en las primeras instancias morales, dictan lo que está bien y lo que está mal, lo feo y lo bello, lo que debe hacerse y permitirse y lo que no. Se acaba viviendo a base de unas pocas ideas o tópicos que se repiten hasta la saciedad sin que nadie los someta a un análisis riguroso para averiguar de donde vienen, a qué intereses o intenciones responden y si responden a la verdad. Se descapacita a desarrollar el espíritu crítico. Sin fundamento en los principios con mejores y muchas posibilidades, pueden convertir las falsedades históricas en armas contra la Iglesia, como desgraciadamente está ocurriendo con demasiada frecuencia. Raro es el día que pasa que no veamos en alguno de estos medios cómo la Iglesia, sus ministros o sus declaraciones son objeto de visiones desmesuradas o mentiras manifiestas. Ya Cristo anunció a sus discípulos que serían perseguidos como difamados, hecho que a lo largo de la historia nunca ha dejado de ocurrir. La diferencia con el pasado es que hoy al producirse esta persecución y ataques con los instrumentos mediáticos modernos, tienen una resonancia mucho mayor pues llegan rápidamente a todo el mundo y a todas partes. Utilizando fórmulas sensacionalistas y de escaso contenido y rigor se crea con mucha facilidad un estado de opinión pública errónea y contraria a la Iglesia que posteriormente es muy difícil de corregir. Y esto una y otra vez contribuye eficazmente a denigrar y a poner bajo sospecha a la Iglesia cada vez que surgen cuestiones que la atañen directa o indirectamente. Una cosa es el disentir o la crítica razonada y otra es el sectarismo y la tendenciosidad.

 

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Pseudo-historiadores - Por ser miembros de la Iglesia no podemos ni debemos callarnos o permitirlos. La estrategia utilizada por los pseudo-historiadores como los adictos a las falacias y suposiciones contra la Iglesia es negarle el derecho a defenderse, y cuando lo hace se la tacha de victimismo, de cultivar la cultura de la queja, o de repetición de tics extemporáneos.

En definitiva se ridiculiza su derecho a defenderse, lo que no se hace con ninguna otra institución. Parten de unas posiciones que presuponen la culpabilidad de la Iglesia a la que se exige todo tipo de explicaciones; raramente se disculpan y nunca piden perdón. Se arrojan el derecho absoluto de establecer lo que está bien y lo que está mal en contra de la opinión de la Iglesia. Se erigen en jueces infalibles sin aceptar ninguna infalibilidad, resolviendo muchas veces las cuestiones más arduas por medio de juicios sumarísimos. Niegan que la Iglesia pueda tener sus propias normas y se autotitulan «tolerantes» y pregoneros del respeto. Ponen en tela de juicio la doctrina de la Iglesia, frecuentemente en base a declaraciones de personas de cierta popularidad que no están en posición de poder opinar con un mínimo de conocimiento de causa, y no dejan sino entrever su profunda ignorancia sobre las cuestiones religiosas tratadas. Como en el campo de la doctrina se carece de argumentos serios para ir contra la Iglesia, se recurre a la ironía, la burla, el sarcasmo, el descrédito, el desprecio y la desacralización. En Internet como también en la televisión, con una absoluta falta de respeto a la sensibilidad religiosa de muchas personas, se trata de forma frívola y superficial a personas de la jerarquía de la Iglesia, o temas específicamente religiosos; y cuando se les ocurre «con la posibilidad de hacer dinero», presentan escritos sin saber resolver el problema de dónde y cuando fue escrito el documento, es decir, ni saben datarlo ni localizarlo, careciendo de cualquier metodología hasta para hacer una distinción entre escritura libresca y escritura documental, entre saber leer y saber transcribirlo; cuánto mas vago e impreciso, mejor para desacreditar. Se niegan a considerar que la Iglesia deba opinar sobre cuestiones temporales. Se pretende relegar la fe y la doctrina católicas, así como la práctica de la religión, a la esfera de lo privado, eliminándolas lo más posible de la esfera pública. Parecería un intento de hacerla volver al tiempo de las catacumbas. Favorecen la diatriba contra la Iglesia en forma de apoyo a los que disienten abiertamente contra ella, ya sean personas individuales o movimientos sociales. Usan sistemática asociación de lo que peyorativamente llaman nacionalsocialismo o con el franquismo, o sistemas políticos de los más variopintos que fueren. Se ignora o se silencia el martirio diario de miembros de la Iglesia que son asesinados, por el solo hecho de ser católicos y promover la justicia, la paz, el perdón.

Identifican progreso con permitir el aborto, la manipulación genética, el desprecio de la vida humana en estado embrionario, la eutanasia hacia personas que ya no producen y sólo son causas de gastos y molestias, matrimonios entre homosexuales, ordenación de mujeres, equiparación de las parejas de hecho a las formas de familia tradicional...etc y tachar de reaccionaria la postura de la Iglesia que manifiesta su disconformidad con ellas.

 

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‘No habrá para ti otros dioses delante de mí’

2110 El primer mandamiento prohíbe honrar a dioses distintos del Unico Señor que se ha revelado a su pueblo. Proscribe la superstición y la irreligión. La superstición representa en cierta manera una perversión, por exceso, de la religión. La irreligión es un vicio opuesto por defecto a la virtud de la religión.

La superstición

2111 La superstición es la desviación del sentimiento religioso y de las prácticas que impone. Puede afectar también al culto que damos al verdadero Dios, por ejemplo, cuando se atribuye una importancia, de algún modo, mágica a ciertas prácticas, por otra parte, legítimas o necesarias. Atribuir su eficacia a la sola materialidad de las oraciones o de los signos sacramentales, prescindiendo de las disposiciones interiores que exigen, es caer en la superstición (cf Mt 23, 16-22).

La idolatría

2112 El primer mandamiento condena el politeísmo. Exige al hombre no creer en otros dioses que el Dios verdadero. Y no venerar otras divinidades que al único Dios. La Escritura recuerda constantemente este rechazo de los ‘ídolos, oro y plata, obra de las manos de los hombres’, que ‘tienen boca y no hablan, ojos y no ven...’ Estos ídolos vanos hacen vano al que les da culto: ‘Como ellos serán los que los hacen, cuantos en ellos ponen su confianza’ (Sal 115, 4-5.8; cf. Is 44, 9-20; Jr 10, 1-16; Dn 14, 1-30; Ba 6; Sb 13, 1-15,19). Dios, por el contrario, es el ‘Dios vivo’ (Jos 3, 10; Sal 42, 3, etc.), que da vida e interviene en la historia.

2113 La idolatría no se refiere sólo a los cultos falsos del paganismo. Es una tentación constante de la fe. Consiste en divinizar lo que no es Dios. Hay idolatría desde el momento en que el hombre honra y reverencia a una criatura en lugar de Dios. Trátese de dioses o de demonios (por ejemplo, el satanismo), de poder, de placer, de la raza, de los antepasados, del Estado, del dinero, etc. ‘No podéis servir a Dios y al dinero’, dice Jesús (Mt 6, 24). Numerosos mártires han muerto por no adorar a ‘la Bestia’ (cf Ap 13-14), negándose incluso a simular su culto. La idolatría rechaza el único Señorío de Dios; es, por tanto, incompatible con la comunión divina divina(cf Gál 5, 20; Ef 5, 5).

2114 La vida humana se unifica en la adoración del Dios Unico. El mandamiento de adorar al único Señor da unidad al hombre y lo salva de una dispersión infinita. La idolatría es una perversión del sentido religioso innato en el hombre. El idólatra es el que ‘aplica a cualquier cosa, en lugar de a Dios, la indestructible noción de Dios’ (Orígenes, Cels. 2, 40).

Adivinación y magia

2115 Dios puede revelar el porvenir a sus profetas o a otros santos. Sin embargo, la actitud cristiana justa consiste en entregarse con confianza en las manos de la providencia en lo que se refiere al futuro y en abandonar toda curiosidad malsana al respecto. Sin embargo, la imprevisión puede constituir una falta de responsabilidad.

2116 Todas las formas de adivinación deben rechazarse: el recurso a Satán o a los demonios, la evocación de los muertos, y otras prácticas que equivocadamente se supone ‘desvelan’ el porvenir (cf Dt 18, 10; Jr 29, 8). La consulta de horóscopos, la astrología, la quiromancia, la interpretación de presagios y de suertes, los fenómenos de visión, el recurso a ‘mediums’ encierran una voluntad de poder sobre el tiempo, la historia y, finalmente, los hombres, a la vez que un deseo de granjearse la protección de poderes ocultos. Están en contradicción con el honor y el respeto, mezclados de temor amoroso, que debemos solamente a Dios.

2117 Todas las prácticas de magia o de hechicería mediante las que se pretende domesticar potencias ocultas para ponerlas a su servicio y obtener un poder sobrenatural sobre el prójimo -aunque sea para procurar la salud-, son gravemente contrarias a la virtud de la religión. Estas prácticas son más condenables aún cuando van acompañadas de una intención de dañar a otro, recurran o no a la intervención de los demonios. Llevar amuletos es también reprensible. El espiritismo implica con frecuencia prácticas adivinatorias o mágicas. Por eso la Iglesia advierte a los fieles que se guarden de él. El recurso a las medicinas llamadas tradicionales no legítima ni la invocación de las potencias malignas, ni la explotación de la credulidad del prójimo.

 

“La fe tiene necesidad de la razón para no caer en la superstición. La razón tiene necesidad de la fe para no caer en la desesperación”. S.S. JUAN PABLO PP. II.

 

De hombres, hechos y acontecimientos del época para comprender el contexto: unas reflexiones para comprender aquella realidad humana (brujería etc.) y poder triar algunos aspectos sociales del hombre:

 

 

La damnatio memoriae Ecclesiae: las mentiras

y los antecedentes del Código Da Vinci


Código Da Vinci: la punta del iceberg

 

Las Leyendas Negras del siglo XVI y todo el fenómeno que ha culminado con El Código Da Vinci tienen mucho en común, según afirma el autor, experto en Historia medieval. Dan Brown, además de alterar totalmente la figura de Cristo, vuelve a tópicos tan manidos y manipulados como la quema de brujas.

 

Damnatio memoriae es una expresión latina que, literalmente, significa condena de la memoria. Era una práctica frecuente en la antigua Roma, que consistía en proscribir el recuerdo de una persona tras su muerte, si ésta era considerada enemiga del Estado. Se decretaba oficialmente la condena de su recuerdo, mediante una serie de medidas como la retirada o destrucción de sus imágenes, el borrado de su nombre de las inscripciones en piedra, o la condena explícita de su nombre familiar mediante la prohibición a sus descendientes de usarlo.

 

Creo que no resulta exagerado afirmar que, mutatis mutandis, el fenómeno Da Vinci debe ser contextualizado en un marco de damnatio memoriae Ecclesiae, por el cual la imagen de la Iglesia, tanto su trayectoria pasada como la propia figura de su divino Fundador, son sometidas a una campaña sistemática de difamación histórica, que daña irremisiblemente la percepción social que de ella se tiene, en una suerte de reedición postmoderna de la Leyendas Negras del siglo XVI.

Mucho se ha hablado de la teoría expuesta en El Código Da Vinci de que Jesús y María Magdalena estaban casados y tuvieron descendencia, pero eso sólo es la punta del iceberg. Tras la superficie se encuentran sistemas de creencias New Age que enseñan que el cristianismo es una mentira criminal y que la Iglesia católica es una institución siniestra, genocida y misógina.

 

Dan Brown, el autor de la novela, ha admitido en entrevistas que la mayoría de las ideas que vomita en El Código Da Vinci no son originales. De hecho, la herencia intelectual, ideológica y espiritual de El Código Da Vinci se puede rastrear en pasadas décadas, incluso siglos.

Un botón de muestra es la difamación histórica sufrida por la Compañía de Jesús en el siglo XIX, en lo que fue una campaña de calumnias que recuerda vivamente a la que sufre el Opus Dei en la novela de Dan Brown.

Otro ejemplo es el libro más vendido en los Estados Unidos en el siglo XIX, después de La Cabaña del Tío Tom: la autobiografía llamada Awful Disclosures (1836), donde Mary Monk revelaba su oscuro pasado como novicia en un convento en Montreal, describiendo con todo lujo de detalles, casi pornográficos, la labor de las monjas al servicio de obispos y cardenales de la Iglesia católica. Al poco tiempo, su propia madre desenmascaró a Mary Monk, al revelar que ni era católica ni jamás había estado en ningún convento. Pero para entonces el folletín había vendido 300.000 ejemplares, una barbaridad para la época.

 

Sin duda alguna, las mentiras y manipulaciones más graves y dañinas que contiene El Código Da Vinci son las referentes a los orígenes de la Iglesia y a la figura de Cristo. La aberrante cristología danbrowniana en la que Jesucristo sería el fundador de una religión matriarcal basada en el sexo tántrico y en el culto a la Diosa Madre, con María Magdalena como su supuesta esposa, supuesta madre de sus hijos y Papisa, mueven al sonrojo, pero han calado en el sector menos cultivado de sus lectores.

 

A vueltas con la Inquisición

Con todo, nos centraremos en la difamación histórica danbrowniana de la Iglesia católica y dejaremos de lado otras cuestiones. Leemos en El Código Da Vinci (página 158 de la edición española): «La lacra del cristianismo siempre había sido la mentira..., no se podía obviar su historia de falsedades y violencia. Su brutal cruzada para reeducar a los paganos y a los practicantes del culto a lo femenino se extendió a lo largo de tres siglos y empleó métodos tan eficaces como horribles. La Inquisición publicó el libro que algunos consideran como la publicación más manchada de sangre de todos los tiempos: el Malleus Malleficarum (el Martillo de las Brujas), mediante el que se adoctrinaba al mundo de los peligros de las mujeres librepensadoras e instruía al clero sobre cómo localizarlas, torturarlas y destruirlas».

Obviando la impresentable definición del Malleus Malleficarum (c. 1486) como «la publicación más manchada de sangre de todos los tiempos» (¿qué hay del Libro Rojo, de Mao, o del Mein Kampf, de Hitler?), resulta oportuno señalar que éste es obra de dos teólogos dominicos alemanes, Jakob Sprenger y Heinrich Kramer, y que no fue nunca un manual oficial de la Inquisición. De hecho, tuvo mucho más éxito entre los inquisidores luteranos que entre los católicos. El Santo Oficio en España desaconsejó expresamente su utilización.

En cuanto a la afirmación de Dan Brown referente a que el Malleus instruía sobre como torturar y destruir brujas, me remito a su Cuestión XXII (p. 569, ed. Miguel Jiménez, Valladolid, 2004): «Y si ocurriese que después de la sentencia, y después de haber sido llevado al lugar donde ha de ser quemada, la acusada dijese que quiere decir la verdad, y reconocer su pecado, si lo hiciera y estuviera dispuesta a abjurar de esta herejía y de cualquier otra, aunque se presuma que lo hace más por temor de la muerte que por amor a la verdad, yo sería de la opinión que se le pueda recibir por misericordia como hereje penitente, y que se le encierre de por vida». Por consiguiente, se desaconsejaba expresamente el ajusticiamiento en la hoguera de la condenada.

Pero el texto de Dan Brown va más allá: «Entre las mujeres a las que la Iglesia consideraba brujas, estaban las que tenían estudios, las sacerdotisas, las gitanas, las místicas, las amantes de la naturaleza, las que recogían hierbas medicinales, y cualquier mujer sospechosamente interesada por el mundo natural. A las comadronas también las mataban por su práctica herética de aplicar conocimientos médicos para aliviar los dolores del parto -un sufrimiento que, para la Iglesia, era el justo castigo divino por haber comido Eva del fruto del Árbol de la Ciencia, originando así el pecado original-».

 

La Iglesia quemabrujas

De nuevo asistimos a un cúmulo de absurdos que supera todos los límites del despropósito y la difamación histórica, siendo la ridícula idea del exterminio de comadronas propio de una ópera bufa. Lo cierto es que resulta bien fácil deshacer esta tosca enumeración de tópicos decimonónicos, que giran en torno a la consigna: la Iglesia hostil a la mujer. Demos la palabra a la prestigiosa medievalista francesa Régine Pernoud: «Si se examinan los hechos, la conclusión se impone: durante todo el período medieval el lugar de la mujer en la Iglesia fue sin duda diferente del lugar del hombre, pero fue un lugar eminente... La mujer sólo se ve excluida tanto de la vida eclesial como de la vida intelectual a principios del siglo XVI..., poco a poco se le retiró todo lo que le confería cierta autonomía, cierta instrucción».

Pero la criminalización danbrowniana de la Iglesia católica en relación a su trato a las mujeres alcanza su paroxismo en este último párrafo: «Durante trescientos años de caza de brujas, la Iglesia quemó en la hoguera nada menos que a cinco millones de mujeres. La propaganda y el derramamiento de sangre habían surtido efecto».

La absurda cifra de cinco millones de brujas quemadas por el Santo Oficio que proporciona Dan Brown está inspirada en la leyenda negra de la Iglesia creada por el lobby feminista norteamericano. Este lobby ha acuñado el concepto de Gynecide o Gendercide (feminicidio, genocidio de las mujeres). Este concepto, de la antropóloga Andrea Dworkin, se apoya en las estimaciones de la agitadora feminista Matilda Joslyn Gage (1826-1898), quien dio en 1893 la cifra de nueve millones de mujeres quemadas por la Iglesia entre 1400 y 1800.

Otra de las fuentes de Dan Brown, Lynn Picknett, da en The Templar Revelation (Nueva York, 1997, p. 158) la cifra de cientos de miles de brujas quemadas por la Iglesia. Todas estas cifras son difundidas en páginas web de instituciones feministas norteamericanas tales como The Gendercide Watch. Lo cierto es que, incluso investigadoras feministas, como la profesora Jenny Gibbons, han tenido recientemente que reconocer que estas cifras son pura especulación.

 

No fueron los católicos

Historiadores punteros, como Brian A. Pavlac (Universidad de Cambridge) y Gustav Henningsen (Universidad de Copenhague), han establecido que la cifra de cinco millones de brujas quemadas supera en un 300% las cifras reales. Entre 1400 y 1750 se produjeron 100.000 procesos por brujería en todo el mundo cristiano. Un mínimo de 30.000 y un máximo de 50.000 de estos procesos acabaron con el acusado ajusticiado en la hoguera, de los cuales el 75% fueron mujeres.

Lo que Dan Brown no menciona es que el 95% de estas brujas pereció a manos de las confesiones reformadas, luteranos y calvinistas. Y es que es un hecho perfectamente probado que la quema de brujas fue un fenómeno abrumadoramente protestante. En este sentido, Bernard Hamilton, catedrático de Historia Medieval de la Universidad de Nottingham, se preguntaba, en el suplemento literario de The Times, por las razones del silencio de Dan Brown en torno a la responsabilidad protestante. Por mi parte, creo que estamos ante un silencio revelador de la agenda oculta del novelista.

Las cifras detalladas de esta quema de brujas son aún más interesantes, por reveladoras: la ciudad alemana de Ellwangen quemó a 393 brujas en sólo siete años (1611-1618), más brujas que todas la quemadas por la Inquisición española en sus tres siglos de historia (dos docenas, la mayoría en el célebre proceso de Logroño a las brujas de Zugarramurdi). El conjunto de brujas quemadas por la Inquisición no superaría en mucho las 200.     

El que la delirante y difamatoria reconstrucción de los orígenes de la Iglesia realizada por Dan Brown, en el marco de un relato de ficción, se haya convertido para muchos lectores en una interpretación autorizada del nacimiento de la religión que es el alma de Occidente, resulta enormemente significativo desde el punto de vista de la historia de las mentalidades.

La memoria histórica y la evocación del pasado no son nunca inocentes, porque un grupo o una sociedad son, en gran medida, aquello que recuerdan acerca de sí mismos, y por ello la memoria social es un elemento determinante de nuestra identidad o nuestras creencias. ¿Cómo creer en una Iglesia que ha practicado el genocidio de cinco millones de mujeres? Hay acusaciones históricas que invalidan el presente. La damnatio memoriae, entendida como difamación histórica de la Iglesia, resulta ser un arma fundamental en la kulturkampf en la que estamos inmersos desde hace tiempo.

 

Sin referentes espirituales

La redefinición de los orígenes del cristianismo propuesta por las decenas de novelas pseudo-históricas de línea New Age, que abarrotan de un tiempo a esta parte nuestras librerías, tiene el efecto pernicioso de borrar el elemento principal que configura nuestra identidad colectiva. Si el cristianismo es percibido como una gran estafa milenaria y la Iglesia católica como una institución criminal, resultaría perfectamente prescindible a la hora de construir una nueva identidad postmoderna, desprovista de referentes espirituales.

Cabe, por consiguiente, hacer esta lectura de la recepción mediática y social del Código Da Vinci: el Occidente postcristiano y relativista quiere borrar de su memoria histórica sus raíces cristianas a través de un proceso de damnatio memoriae, que recuerda las tácticas de extirpación de la tradición confuciana en los tiempos de la terrible Revolución Cultural de Mao.

Alejandro Rodríguez de la Peña - 2006-06-01 – Esp.

 

Best-sellers decimonónicos  -  El novelista socialista y anticlerical francés Eugène Sue (1804-1857) fue el equivalente decimonónico de Dan Brown, el rey de la novela popular, que vendió más libros que superventas como Alejandro Dumas o Víctor Hugo. En su novela El judío errrante (1845), describía a los jesuitas como asesinos y ladrones infrahumanos, capaces de todo con tal de conseguir el gobierno del mundo. En concreto, la descripción del padre jesuita Rodin, un Satanás con sotana, en la novela de Sue, recuerda mucho al obispo Aringarosa, supuesta eminencia gris del Opus Dei en la novela de Dan Brown.

Un novelista inglés, Henry Seton Merriman, afirmaba, en su folletín The Slave of the Lamp, que los jesuitas tenían una base secreta excavada bajo el subsuelo de París, desde la que preparaban la contrarrevolución acumulando armas. Además, autores de renombre, como Stendhal, Maupassant y Alejandro Dumas, introdujeron jesuitas malignos y conspiradores en sus novelas.

Pero donde la difamación de los jesuitas y de la Iglesia católica llegó al máximo ensañamiento fue en el ambiente WASP (blanco, anglosajón y protestante) nortemericano, donde, en 1835, Samuel Morse (inventor del famoso código que lleva su nombre) publicó un libro donde denunciaba que los jesuitas trabajaban en una conspiración para convertir a un Habsburgo en emperador de los Estados Unidos de América.

A.R.P. 2006-VI-01

 

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† «Duc in altum» (Lc 5,4) dijo Cristo al apóstol Pedro en el Mar de Galilea.

 

Historia, labor e Iglesia - Se practica la cicatería en el elogio o se trata de negar  el reconocimiento de la labor positiva de la Iglesia a favor de los más desfavorecidos, en educación, con los enfermos, abandonados, en la promoción de los valores sociales y económicos y en la defensa a ultranza de todos aquellos valores en los que se asienta la dignidad humana. Se hace uso de una calculada ambigüedad a la hora de tratar determinados temas que tienen que ver con la Iglesia. Se da una de cal y otra de arena, manifestando como un temor a ponerse completamente de parte de ella, quedando de manifiesto la tibieza evangélica tan frecuente en los medios cristianos de hoy. Tomar la excepción, el pecado o error de algunos como la norma general dentro de la Iglesia y que sólo dentro de la Iglesia católica pueden existir tales desviaciones humanas, etc. Se hipertrofian deliberadamente las excepciones. Coger un tema que perjudique a la Iglesia y apurarlo hasta el límite en artículos, editoriales, entrevistas. Se recurre con frecuencia a la calumnia más pérfida, la mentira, el infundio, sin preocuparse de contrastar la información para comprobar su veracidad. Ello obedece a la táctica de que se sabe que una vez vertida una información negativa sobre algo o alguien, el daño ya está hecho; además, estando publicado en un libro y a la vez en Internet, hacer creer que es cierto, indubitable e indefectiblemente. Una forma de ataque más sutil que los habituales pero de mayores efectos a la larga, es denigrar de forma indirecta la estética tradicional de la Iglesia. Si las ideas de Belleza y Bondad fueron consideradas siempre como un reflejo de la Belleza y Bondad divinas, ahora se procura eliminar esta inspiración sustituyéndola por el feísmo gratuito e intrascendente o recurriendo a tácticas esperpénticas. Un ejemplo reciente lo tenemos en el supuesto rostro de Jesús confeccionado por un sedicente antropólogo y que los medios de comunicación se apresuraron a publicar.

 

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Ataques, historia e Iglesia – El mentir orquestadamente avanza en la impunidad de sus ataques. Es clara la gran pasividad de los católicos ante todos estos hechos que de una manera progresiva se han ido instalando en nuestra vida cotidiana. Nos hemos acostumbrado a convivir con ellos y muchas veces los observamos hasta en clave de humor. No nos damos cuenta de que con nuestra falta de reacción nos hacemos culpables de que los fundamentos cristianos sobre los que se ha ido tejiendo nuestra historia y cultura con sus gestas heroicas y tragedias, con sus aciertos y equivocaciones, con sus épocas de esplendor y decadencias, van siendo minados. Se nos sustrae el alma de nuestra cultura y quedamos impasibles ante la consecuencia de su inevitable decadencia y las repercusiones que ello trae. Pareciera que domina una actitud de resignación ante lo que se considera inevitable o de obligado tributo que habría que pagar al progreso de nuestras sociedades aconfesionales en las que al final parece que todo vale. Y la paradoja es que precisamente en unas sociedades saturadas por la variedad de medios de comunicación, y de canales para hacer llegar a la opinión pública nuestra voz, los católicos permanecemos en gran parte mudos, facilitando la impunidad de estas agresiones constantes. Es claro que los medios de comunicación social protagonizan un constante bombardeo contra la concepción cristiana de la vida y del hombre cuando promueven esta política de ataques más o menos directos contra la Iglesia. Contribuyen al establecimiento de una atmósfera cada vez más contraria a los valores del humanismo cristiano, y a la acentuación de ese vacío existencial que amenaza al hombre de hoy, y que es origen de tantas lacras en las nuevas generaciones tales como las drogas, la promiscuidad sexual, el alcohol, las enfermedades mentales, la incapacidad para mantener la fidelidad conyugal, la lealtad...etc.

Como cristianos tenemos pues que ser conscientes de la trascendencia que supone nuestra  pasividad ante estos hechos. Si queremos de verdad sociedades más justas, y libres donde el hombre pueda desarrollarse plenamente como tal y creemos que en el mensaje de salvación cristiano está la clave que así sea, no podemos asistir inermes a los ataques a nuestra religión y a nuestra Iglesia, vengan de donde vengan. Si estos ataques permanecen impunes es responsabilidad de todos el que así sea. Y si no miremos a otras sociedades o grupos de creyentes. Sin elogiar posturas extremas, ¿qué pasa cuando un medio de comunicación social se mete contra los judíos o musulmanes? La reacción suele ser contundente social y económicamente y la retractación por parte de quien ha hecho el ataque, inmediata.

 

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Anticatolicismo - Si se declara delito el antisemitismo ¿por qué no también el anticatolicismo o el ataque a otra religión cualquiera? No se puede confundir la tolerancia y el respeto a otras creencias con la indefensión y la falta de exigencia de respeto a las propias. Debemos reaccionar debidamente con prudencia y caridad; eso no quita de recurrir a la aplicación de la legislación vigente por medio de oportunas denuncias; rechazar los medios hostiles a la Iglesia, negándoles nuestra audiencia y seguimiento, así como las marcas comerciales que los patrocinan. Como conclusión pedimos ante tantas agresiones enunciadas: conocimiento a fondo de la situación denunciada; reacción valerosa y oportuna ante ellas; búsqueda del criterio justo, con la humildad suficiente para corregir los propios errores y dejarse inspirar siempre por el máximo precepto evangélico: IN OMNIA CHARITAS.

 

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Cuanto más favores, atenciones o regalos haga el provocador al fascinador, más fuerte será en éste el deseo de eliminar a aquél, pues la dádiva le recordará siempre que él está en un grado inferior o de carencia. Y aun cuando se lograra una perfecta justicia igualitaria, siempre quedaría la desigualdad de inteligencia y de carácter, la cual sería motivo de envidia.
Como la mayoría de las veces el fascinador no puede destruir al otro y, además, no puede soportar la idea de que le sobrevivan las personas afortunadas, dirige contra sí mismo la otra parte de ese odio agresivo: no sólo quiere destruir al otro, sino destruirse a sí mismo; es autodestructivo, autodevorador, siendo su lema: «prefiero morirme antes que verte feliz!». El fascinador es también masoquista. De ahí que digamos que alguien se muere de envidia.

 

 

"La envidia como raíz del odio"

 

La envidia es considerada por el Aquinate como una de las raíces del odio. Ella es, desde el punto de vista fenomenológico, una mirada fascinante. ¿Qué es la fascinación? Es simplemente, según el diccionario, la acción de «aojar», de emitir un mal a través de los ojos. ¿Hay en el acto comunicativo gentes que emiten maldad a través de sus ojos? ¿Hay personas que con su mirada maléfica influyen negativamente en el mismo acto comunicativo? Este es en síntesis el problema de la «fascinación», en el que resalta, de un lado, el «aojador» o agente fascinador y, de otro lado, el que provoca la fascinación.

Es preciso referirnos al hecho de que en nuestras sociedades aparece con frecuencia una creencia inconsciente en una fuerza dispersa que, concentrada en algunos hombres, se emite por los ojos y perjudica a otras personas en su salud o en sus propiedades, impidiendo su felicidad en esta vida. Estos hombres son los «fascinadores», pues emiten una fuerza que tendría la propiedad de dañar o consumir las cosas sobre las cuales se fija. Se estima entonces, también inconscientemente, que la pupila de este «fascinador» descarga sobre lo que mira una sustancia invisible, semejante al veneno de la serpiente. Cuenta Plutarco que Eutélidas tenía tanto poder negativo en sus pupilas que podía dañarse a sí mismo con sólo mirarse al espejo. Ese poder fue llamado por los latinos fascinum (de ahí nuestra palabra fascinación), que en castellano también se llama aojo o mal de ojo. Cuando el «aojador» encuentra una cosa viva y hermosa, buena, elevada, lanza contra ella la luz envenenada de sus pupilas y la hace languidecer paulatinamente, o incluso la mata. Al hombre sobre el que ha recaído el mal de ojo no podrá ya salirle bien ninguna tarea, ningún proyecto: lo que emprenda o realice le saltará en mil pedazos; hasta el futuro que estima queda amenazado. Los «fascinadores» suelen tener aspectos contrahechos o mostrar una fealdad física, especialmente la apariencia facial, la que se ve o que entra por los ojos.

El mal surgido del fascinador es provocado o inducido por las «cualidades» de otros hombres, estimadas como negativas: por algo aprehendido como un mal hubiera dicho Santo Tomás y, por tanto, motivo de aversión u odio. ¿Pero qué cualidades son estimadas aquí como «negativas» y provocadoras de la reacción maléfica de la «fascinación»? ¿Las buenas o las malas? Aunque parezca mentira, normalmente son las buenas.

2. Lo negativo y provocador es la inteligencia, la belleza, las cualidades, el bienestar que se ve, por ejemplo, en una persona. Este ser inteligente, capacitado o lleno de cualidades físicas, psíquicas y sociales es el provocador, el inductor: por su carácter presuntamente negativo, atrae el «mal de ojo» del «fascinador».

Salta a la vista que el fascinador está atormentado en su interior por un sentimiento de odio especial, provocado por la envidia, la cual no es otra cosa que la tristeza o el pesar del bien y de la felicidad del otro. Envidia, etimológicamente, viene del verbo latino videre que indica la acción de ver por los ojos, y de la partícula in; de modo que invidere significa mirar con malos ojos, proyectar sobre el otro el mal de ojo. En nuestro caso, decir envidioso es decir fascinador del otro. De este modo se erige la envidia en raíz o madre del odio a la persona: invidia est mater odii, primo ad proximum, decía Santo Tomás.

El mundo antiguo conocía muchos caracteres de la envidia como pasión íntima. Entre los griegos es representada como una mujer con la cabeza erizada de serpientes y la mirada torcida y sombría. Su extraña mirada, junto con su tinte cetrino, tienen una explicación fisiológica normal, pues en el acto de envidiar sufre el hombre una acción cardiovascular constrictiva, la cual produce lesiones viscerales microscópicas, dificulta la irrigación sanguínea y la asimilación normal. La cabeza coronada de serpientes era símbolo de sus perversas ideas; en cada mano llevaba un reptil: uno que inoculaba el veneno a la gente; otro que se mordía la cola, simbolizando con ello el daño que el envidioso se hace a sí mismo.

3. La filosofía clásica encontró fenomenológicamente al menos seis características en el «envidioso».

Primero, al «envidioso» le produce pesar o descontento el bienestar y la fortuna de los demás: invidia est tristitia de bono alterius, inquantum aestimatur diminuere gloriam propriam. Por ejemplo, él ve los bienes del otro, pero no las dificultades inherentes a su conducta, ni las privaciones y desventajas que ha tenido que superar para conseguirlos.

Segundo, el envidioso es una persona próxima al provocador: próxima en espacio y en fortuna. Yo no puedo envidiar a un Rockefeller, pero sí a don Próspero, el charcutero de mi barrio, que se está enriqueciendo. Y si a don Próspero se le rompiere una pierna, me consolaré pensando que ahora podría yo andar mejor por la vida. La gran desigualdad provoca admiración, mientras que la desigualdad mínima provoca envidia y ojeriza: invidia non est inter multum inaequales, sed ad illos tantum, quibus potest quis se aequare vel praeferre. El estudiante que se dirige a pie desde su barrio a la Universidad, odia solo un poquito al compañero que va montado en un modesto automóvil; pero el dueño de ese automóvil se muere de envidia cuando es adelantado por un vehículo deslumbrante y de afamada marca. A veces lo envidiado es igual o parecido a lo que el envidioso tiene; pero la imaginación inconsciente lo deforma y lo agranda. Por eso dice el refrán que el envidioso hace de los mosquitos elefantes.

Tercero, lo que al envidioso le molesta no son tanto los valores materiales del otro, sus cosas, cuanto la persona misma poseedora de esos valores. Aunque siente el bien del otro como mal propio, dirige un odio mucho más profundo a la persona que tiene el bien: su mal propiamente dicho es aquella persona colmada de tantos bienes. Y por eso dirige contra el otro una parte de su carga agresiva, queriendo anularlo: no pretende obtener sus bienes, sino destruirlos y, a ser posible, destruirlo a él también. Su envidia es sádica; viene a decir: si yo no puedo tener eso, haré que no lo tengas tú".

Cuarto, cuanto más favores, atenciones o regalos haga el provocador al fascinador, más fuerte será en éste el deseo de eliminar a aquél, pues la dádiva le recordará siempre que él está en un grado inferior o de carencia. Y aun cuando se lograra una perfecta justicia igualitaria, siempre quedaría la desigualdad de inteligencia y de carácter, la cual sería motivo de envidia.

Quinto, como la mayoría de las veces el fascinador no puede destruir al otro y, además, no puede soportar la idea de que le sobrevivan las personas afortunadas, dirige contra sí mismo la otra parte de ese odio agresivo: no sólo quiere destruir al otro, sino destruirse a sí mismo; es autodestructivo, autodevorador, siendo su lema: «prefiero morirme antes que verte feliz!». El fascinador es también masoquista. De ahí que digamos que alguien se muere de envidia.

Sexto, el fascinador nunca descansa: ni siquiera la expropiación forzosa de la fortuna del otro, en sentido igualitario, logra apagar su envidia. Por eso, si la envidia fuese fiebre, todo el mundo habría muerto, dice el refrán.

Tomado de "Ontología del amor humano en Tomás de Aquino", (Ed. Rialp 1999), publicado en www.arvo.net 2004

 

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Caridad: - Es el amor en sentido cristiano ("apape-caritas") que constituye la esencia misma del Dios revelado por Jesucristo (cf. 1 Jn 4,8). Ésta consiste en entregar la propia vida (Jn 15,13). La forma perfecta de la caridad es el don de sí de Cristo sobre la Cruz (Ga 2,20). La Cruz es la "cifra" y el símbolo del amor: en ella Jesús cumple el doble mandamiento del amor a Dios y al prójimo, retomado de la Ley antigua (Torah) (cf. Mc 12,28ss; Dt 6,5; Lv 19,17). Sobre la Cruz, de hecho, Jesús ama totalmente a Dios Padre, encomendándose en sus manos (Lc 23,44), y al prójimo,  perdonando a sus enemigos (Lc 23,26). El amor verdadero o caridad consiste en amar con  gratuidad, también a quien no lo merece, el pecador, el malvado, el traidor, el enemigo (cf. Lc 6,32: Rm 5,11). Este amor divino, único y trascendente, no es "utópico" para los seres humanos. Se convierte en realidad cuando el Don del Señor resucitado es derramado en el corazón de los hombres mediante la potencia del Espíritu Santo (cf. Hch 2; Rm 5,5) y hace posible abandonarse al amor de Cristo. Tal es la experiencia de los santos y de los mártires (cf. Hch 7,59-60). La caridad es por tanto una virtud teologal, o sea, sobrenatural y pneumatológica. San Pablo la considera el más grande de los dones del Espíritu Santo y la describe así: "La caridad es paciente, es servicial; la caridad no es envidiosa, no es jactanciosa, no se engríe; es decorosa; no busca su interés; no se irrita; no toma en cuanta el mal; no se alegra de la injusticia; se alegra con la verdad. Todo lo excusa. Todo lo cree. Todo lo espera. Todo lo soporta. La caridad no acaba nunca". (cf. 1 Co 13, 4-8). La caridad puede considerarse obra de la fe (cf. Ga 5,6). Poseer el amor es signo de una vida nueva que vence a la muerte: "Nosotros sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida, porque amamos a los hermanos. Quien no ama permanece en la muerte" (1 Jn 3,14).  

Toda la tradición cristiana la ha venerado como "reina de las virtudes". Ella consiste, para s. Agustín, en el amor de la cosas que deben ser amadas ("dilectio rerum amandarum") y concede anteponer la cosas comunes a aquellas propias ("caritas communia propriis non propria communibus anteponit"). La caridad es "ordenada": ella hacer amar a Dios por sí mismo; inspira un recto amor de sí (recordando la propia dignidad filial); estimula a amar al prójimo en Dios y al enemigo a causa de Dios ("caritas est amicum diligere in Deo et inimicum diligere propter Deum", s. Gregorio Magno). La caridad ama según la medida desmesurada de Dios ("modo sine modo", s. Bernardo). Para Santo Tomás sólo la caridad merece verdaderamente el nombre de gracia porque es la única que "hace gratos a Dios" ("nomen gratiae meretur ex hoc quod gratum Deo facit"). Ella posee la facultad de transformar al amante en el amado, porque suscita una especie de "éxtasis", un salir de sí mismos para adherir al amado ("caritatis proprium est transformare amantem in amatum, quia ipsa est quae extasim facit").

 La caridad es el vínculo de comunión de la Iglesia, y encuentra en la Eucaristía su sacramento. Mediante la caridad el Espíritu reúne a los fieles bajo un solo cuerpo: el mismo Espíritu unifica el cuerpo con su presencia, con su fuerza y con la interna conexión de los miembros, produce la caridad entre los fieles y empuja a vivirla. Por tanto, si un miembro tiene un sufrimiento, todos los miembros sufren con él; o si un miembro es honrado, gozan juntamente todos los miembros (cf. 1 Co 12,26; LG 7,3). La caridad no puede ser ni confusa ni mucho menos sustituida por la noción, no peculiarmente, cristiana de solidaridad. Ésta consta del orden humano y social de la fraternidad universal. En cambio, la caridad es la relación de comunión propia de la fraternidad cristiana. Ella posee una propulsión universal (hasta abrazar a los enemigos), pero es especialmente enriquecida por la reciprocidad en la comunidad eclesial: "Pues este es el mensaje que habéis oído desde el principio: que nos amemos unos a otros" (1 Jn 3,11-12); "Así que mientras tengamos oportunidad, hagamos el bien a todos, pero especialmente a nuestros hermanos en la fe", (Ga 6,10).

 Junto a la Evangelización y a la Intercesión (Liturgia), el testimonio de la caridad representa la principal forma cristiana de llevar a cabo la misión que Cristo le ha encomendado..

 

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la aurora y el ocaso del sol, momentos religiosos típicos en todos los pueblos, ya convertidos en sagrados en la tradición bíblica por la ofrenda matutina y vespertina del holocausto (cf. Ex 29, 38-39) y del incienso (cf. Ex 30, 6-8), representan para los cristianos, desde los primeros siglos, dos momentos especiales de oración.

 

Cuando se tiene la gracia de experimentar una fuerte experiencia de Dios, es algo análogo a lo que vivieron los discípulos durante la Transfiguración: durante un momento se experimenta con antelación algo que constituirá la felicidad del Paraíso. Se trata, en general, de breves experiencias que, en ocasiones, Dios concede, especialmente en previsión de duras pruebas. Sin embargo, nadie vive en el Tabor mientras está en esta tierra. La existencia humana es un camino de fe y avanza más en la penumbra que en plena luz, con momentos de oscuridad. Mientras estamos aquí, nuestra relación con Dios se desarrolla más con la escucha que con la visión; e incluso la contemplación tiene lugar, por así decir, a ojos cerrados, gracias a la luz interior encendida en nosotros por la Palabra de Dios.?La misma Virgen, a pesar de ser la criatura más cercana a Dios, caminó como en una peregrinación de la fe, custodiando y meditando constantemente en su corazón la Palabra que Dios le dirigía, ya sea a través de las Sagradas Escrituras ya sea a través de acontecimientos de la vida de su Hijo. Éste es, por tanto, el don y el compromiso para cada uno de nosotros en el tiempo cuaresmal: escuchar a Cristo, como María. Escucharle en la Palabra, custodiada en la Sagrada Escritura. Escucharle en los acontecimientos mismos de nuestra vida, tratando de leer en ellos los mensajes de la Providencia. Escucharle, por último, en los hermanos, especialmente en los pequeños y en los pobres, por quienes el mismo Jesús pide nuestro amor concreto. Escuchar a Cristo y obedecer su voz: éste es el único camino que lleva a la plenitud de la alegría y del amor. S.S. Benedicto PP XVI.  -  (12-III-2006)

 

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"Obras todas del Señor, bendecid al Señor".-

«La belleza podrá cambiar el mundo si los hombres consiguen gozar de su gratuidad» Susana Tamaro – católica, escritora - 2004.XII.

 

 

 

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Recomendamos vivamente: ‘Historia de la Inquisición en España y América’ – El conocimiento científico y el proceso histórico de la Institución (1478-1834). Obra dirigida por don Joaquín PÉREZ VILLANUEVA y Bartolomé ESCANDELL BONET. Es una elevada tarea historiográfica con planteamientos científicos, bases documentales, tratamiento y lenguaje actuales.

Editorial: BAC- Centro de estudios inquisitoriales- Madrid-España.

 

La Inquisición – la institución, quizás más polémica de cuantas han existido –porque el formidable proceso de secularización moderna la fue convirtiendo paulatinamente en una de las muestras de la mentalidad pretérita más incomprensibles para nuestra sociedad, de valores normativos antitéticos a los de aquella lógica histórica, y porque, por otra parte, ha sido siempre el arma preferida para la batalla ideológica contra determinadas realidades históricas-, no había sido objeto de una Historia amplia, por parte de los españoles, desde la obra del afrancesado José Antonio Llorente, aparecida en los primeros lustros del siglo XIX. 

 

Al Jesús histórico, Pablo lo conoció a través de la primera comunidad cristiana, es decir, por la mediación de la Iglesia Católica.†

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'JESUCRISTO PADECIÓ BAJO EL PODER DE PONCIO PILATO,
FUE CRUCIFICADO, MUERTO Y SEPULTADO'
Evangelio según San Lucas, Cap.3, vers.1º: El año decimoquinto del reinado del emperador Tiberio, cuando Poncio Pilato gobernaba la Judea, siendo Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Felipe tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene…

Crucifixión de San Pedro: fue crucificado al revés cabeza abajo - Pergamino con San Pedro en cruz invertida, de Maguncia- Alemania; entre el 900 y el 1000ca. - Museo Diocesano de la Catedral Maguncia (Mainz) Alemania - Pedro en su cruz, invertida. ¿Qué significa todo esto? Es lo que Jesús había predicho a este Apóstol suyo: "Cuando seas viejo, otro te llevará a donde tú no quieras"; y el Señor había añadido: "Sígueme" (Jn 21, 18-19). Precisamente ahora se realiza el culmen del seguimiento: el discípulo no es más que el Maestro, y ahora experimenta toda la amargura de la cruz, de las consecuencias del pecado que separa de Dios, toda la absurdidad de la violencia y de la mentira. No se puede huir del radicalismo del interrogante planteado por la cruz: la cruz de Cristo, Cabeza de la Iglesia, y la cruz de Pedro, su Vicario en la tierra. Dos actos de un único drama: el drama del misterio pascual: cruz y resurrección, muerte y vida, pecado y gracia.

La maternidad divina de María – Catecismo de la Iglesia
495 Llamada en los Evangelios 'la Madre de Jesús'(Jn 2, 1; 19, 25; cf. Mt 13, 55, etc.), María es aclamada bajo el impulso del Espíritu como 'la madre de mi Señor' desde antes del nacimiento de su hijo (cf Lc 1, 43). En efecto, aquél que ella concibió como hombre, por obra del Espíritu Santo, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el Hijo eterno del Padre, la segunda persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre de Dios [Theotokos] (cf. Concilio de Éfeso, año 649: DS, 251).
La virginidad de María
496 Desde las primeras formulaciones de la fe (cf. DS 10-64), la Iglesia ha confesado que Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María únicamente por el poder del Espíritu Santo, afirmando también el aspecto corporal de este suceso: Jesús fue concebido absque semine ex Spiritu Sancto (Concilio de Letrán, año 649; DS, 503), esto es, sin semilla de varón, por obra del Espíritu Santo. Los Padres ven en la concepción virginal el signo de que es verdaderamente el Hijo de Dios el que ha venido en una humanidad como la nuestra:
Así, san Ignacio de Antioquía (comienzos del siglo II): «Estáis firmemente convencidos acerca de que nuestro Señor es verdaderamente de la raza de David según la carne (cf. Rm 1, 3), Hijo de Dios según la voluntad y el poder de Dios (cf. Jn 1, 13), nacido verdaderamente de una virgen [...] Fue verdaderamente clavado por nosotros en su carne bajo Poncio Pilato [...] padeció verdaderamente, como también resucitó verdaderamente» (Epistula ad Smyrnaeos, 1-2).

El acontecimiento histórico y transcendente – Catecismo de la Iglesia
639 El misterio de la resurrección de Cristo es un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas como lo atestigua el Nuevo Testamento. Ya san Pablo, hacia el año 56, puede escribir a los Corintios: "Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce: "(1 Co 15, 3-4). El apóstol habla aquí de la tradición viva de la Resurrección que recibió después de su conversión a las puertas de Damasco (cf. Hch 9, 3-18).
El sepulcro vacío

640 "¿Por qué buscar entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado" (Lc 24, 5-6). En el marco de los acontecimientos de Pascua, el primer elemento que se encuentra es el sepulcro vacío. No es en sí una prueba directa. La ausencia del cuerpo de Cristo en el sepulcro podría explicarse de otro modo (cf. Jn 20,13; Mt 28, 11-15). A pesar de eso, el sepulcro vacío ha constituido para todos un signo esencial. Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección. Es el caso, en primer lugar, de las santas mujeres (cf. Lc 24, 3. 22- 23), después de Pedro (cf. Lc 24, 12). "El discípulo que Jesús amaba" (Jn 20, 2) afirma que, al entrar en el sepulcro vacío y al descubrir "las vendas en el suelo"(Jn 20, 6) "vio y creyó" (Jn 20, 8). Eso supone que constató en el estado del sepulcro vacío (cf. Jn 20, 5-7) que la ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana y que Jesús no había vuelto simplemente a una vida terrenal como había sido el caso de Lázaro (cf. Jn 11, 44).