Tuesday 21 February 2017 | Actualizada : 2017-02-03
 
Inicio > Leyendas Negras > Cruzadas - 1º 1023-1300 sarracenos Constantinopla Gengis Khan mongol.-

historiador Luis María Sandoval - indispensable ver y oir:

 

http://videos.religionenlibertad.com/video/qfuPsoGzeH/Toda-la-verdad-sobre-las-Cruzadas 

 

«Las Cruzadas no han sido nunca "guerras de religión", no han buscado nunca la conversión forzada o la supresión de los infieles. Los excesos y violencias realizados en el curso de las expediciones --que han existido y no se deben olvidar-- deben ser evaluados en el marco de la normal aunque dolorosa fenomenología de los hechos militares y siempre teniendo presente que alguna razón teológica los ha justificado. La Cruzada corresponde a un movimiento de peregrinación armado que se afirmó lentamente y se desarrolló en el tiempo --entre el siglo XI y el XIII-- que debe ser entendido insertándolo en el contexto del largo encuentro entre Cristiandad e Islam que ha producido resultados positivos culturales y económicos. ¿Cómo se justifica si no el dato de frecuentes amistades e incluso alianzas militares entre cristianos y musulmanes en la historia de las Cruzadas?».

 

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Para no caer en el anacronismo, es necesario tener la humildad y la inteligencia de leer los hechos del pasado no con las categorías mentales de hoy, más, dentro el marco histórico temporal en que se efectuaron.  

 

 

 

Al igual que ocurre con cualquier otra expresión de la mente humana, quizás la objetividad plena es imposible, pero lo que se le pide a cualquier intelectual honrado es que, cuando menos, haga el esfuerzo de buscarla, tenga la valentía de acercarse serena y responsablemente al mayor grado de objetividad histórica posible.

 

 

 

 

P: ¿Cuál es la valoración que hace usted de lo que supusieron las cruzadas?¿Las motivaciones de las mismas fueron exclusivamente religiosas?

 

R: 1. Forzosamente muy matizadas. En algunos casos pretendían facilitar la libertad de acceso a los Santos lugares e incluso liberarlos; en otros, como la cuarta, se trató de una expedición de saqueo contra Bizancio.  

2. Sin duda, para muchos sí, a juzgar por lo caro que salía hipotecarse para ir a Tierra Santa y luego intentar volver. Obviamente, no fue en todos los casos.

Dr.en historia antigua, filósofo, César VIDAL-14 de Junio 2005-17-18hs.L.D.España.

 

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En la Batalla de Ostia, que en el año 849, vio enfrentarse las tropas de León IV (pontífice desde 847 hasta 855) con las hordas de los Sarracenos que ultrajaron, violentaron y robaron en la misma Basílica vaticana.

 

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Con la llegada del guerrero Mahoma e irrupción del mahometismo (islamismo-musulmán) en el siglo VII, no ha cesado el ataque a la civilización, a los fundamentos judeo-cristianos de Europa (Atenas Jerusalén Roma). A una nueva concepción de libertad, deberes y derechos. Del cristianismo, el alzar y valorar la inalienable dignidad de todo ser humano ‘hombre como mujer’. Esos hechos nos brindan una posibilidad de interpretar las Cruzadas como lo que fueron: una lucha por la supervivencia de Occidente, con la Cristiandad a la cabeza, por sus valores y méritos que progresivamente vamos gozando.

 

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Las tres batallas fundamentales de Occidente contra el Islám: Las Navas de Tolosa, Viena y Lepanto, de las que dos, nada menos, son protagonizadas por España.


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Vinieron los sarracenos

y nos molieron a palos,

que Dios ayuda a los malos

cuando son más que los buenos

 

Pregunta don Graciano por el origen de esa conocida cuarteta y si pertenece a un poema mayor.

 

Antes de nada, debe recordarse que “sarracenos” (= moros, musulmanes) se deriva de una palabra árabe que significa “orientales”. Claramente se alude a las luchas centenarias que llamamos Reconquista. José María Iribarren recoge un texto referido a las hazañas del maestre don Rodrigo Manrique (padre del aún más famoso Jorge Manrique, siglo XV). Ahí se dice: “No suele vencer la muchedumbre de los moros al esfuerzo de los cristianos, cuando (estos) son buenos, aunque no (sean) tantos”. La idea seguramente es mostrenca; la han pensado muchas personas en las más diversas circunstancias. Lo más divertido es que la cuarteta famosa da la vuelta a la lógica histórica y al deseo de los cristianos de vencer a los moros. Es un ejemplo maravilloso de esa mezcla de fatalismo e ironía, que tanto se cultiva en España. Aunque lo parezca, la cuarteta no fue un invento de “la venganza de don Mendo”, de Pedro Muñoz Seca. 2005-06-23 L.D. AMANDO DE MIGUEL.

 

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El 25 de febrero de 1281 – Alfonso X el Sabio publica las primeras Ordenanzas Marítimas de Castilla.

 

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El origen de los fatimitas que se declaran descendientes de Fátima, la hija de Mahoma, y de su marido, Alí, no está claro. Lo único seguro es que a principios del siglo X, tras invadir con las armas el Magreb, se asentaron en Túnez. Allí, asfixiando a los cristianos, en alianzas con grupos de bereberes, crearon un califato con un único objetivo: expandirse hacia el este para desalojar del poder al califa sunita de Bagdad. Desde Túnez, los fatimitas llegaron a Egipto en 909 y fundaron Al-Qahira (El Cairo) su capital desde 972. Su legado allí es escueto. Apenas unas calles, tres puertas de la muralla y las estructuras primitivas, hoy muy remozadas, de las mezquitas de Al-Azhar, fundada en el año 970, y la de Al-Hakim, levantada en el 1010. El fin de los fatimitas llegó 1171, cuando Amalrico, rey de Jerusalén, invadió Egipto y los fatimitas pidieron ayuda al soberano de Damasco. Sus generales, entre ellos Saladino, vencieron a los cruzados, pero se quedaron este reino como pago.

 

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Quién, sino la Iglesia, a través de los monasterios, salvó la ciencia de los clásicos y la transmitió para el futuro; quién creó las universidades, sino la Iglesia; quién fue mecenas del arte y de la mejor cultura de Europa, sino la Iglesia; quién lo sigue siendo.

 

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Jerusalén no es una ciudad cualquiera. Para judíos, cristianos y musulmanes tiene un significado especial. De ahí que la Santa Sede haya luchado siempre porque se le conceda un estatuto especial y la negativa de la ONU, cuando la constitución del moderno estado de Israel, a que la convirtieran en capital.  

Esa importancia, porque ahí estaba el Templo de la religión judía, es donde murió y resucitó Jesucristo y donde dicen los musulmanes* que Mahoma fue elevado al cielo, hace de Jerusalén una ciudad totalmente especial.  

*La relación judía y cristiana con Jerusalén es histórica y documentada, la mahometana es cuestión de una creencia. [La ocupación violenta con injurias, desprecios y los ultrajos a los lugares más santos de los cristianos, fueron las principales motivaciones por liberar Jerusalén del ocupante musulmano]. MMVI.

 

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En el siglo VII los musulmanes invadieron a griegos, romanos, godos, judíos, iranios, indios. Los consideraban decadentes, como ahora a nosotros. Traían una cultura cerrada y dogmática, una teocracia de guerreros que, si morían, iban al paraíso. 2005.

 

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ISLAM:lo que lo define es la conquista del poder mezclado con un elemento religioso. La ideología marxista hacía lo mismo, sólo que ésta rechazaba a Dios.

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Sabios no tan sabios.Otro problema serio es que la enseñanza islámica la llevan a cabo los ulemas (sabios) que en realidad son «sabios» solo en un pequeño ámbito del saber: han aprendido el Corán de memoria, han tomado los viejos dichos atribuidos a Mahoma (Sunna) y centenares de miles de respuestas jurídicas de otros imanes. Pero no han estudiado matemáticas, sociología, psicología; la Historia para ellos se limita al mundo islámico; el estudio de las religiones se hace sólo con función apologética, por si el islam es atacado. Es como si nuestros sacerdotes hubieran estudiado sólo la Biblia y además, partiendo de comentarios antiguos.

 

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El misterio de la Iglesia

«La Iglesia está en la historia, pero al mismo tiempo la trasciende. Solamente “con los ojos de la fe” se puede ver al mismo tiempo en esta realidad visible una realidad espiritual, portadora de la vida divina» 43. El conjunto de los aspectos visibles e históricos se relaciona con el don divino de manera análoga a como en el Verbo de Dios encarnado la humanidad asumida es signo e instrumento del actuar de la persona divina del Hijo: las dos dimensiones del ser eclesial forman «una sola realidad compleja, constituida por un elemento humano y otro divino» 44, en una comunión que participa de la vida trinitaria y hace que los bautizados se sientan unidos entre sí, aun en la diversidad de tiempos y de lugares de la historia. En razón de esta comunión, la Iglesia se presenta como un sujeto absolutamente único en el acontecer humano, hasta el punto de poder hacerse cargo de los dones, de los méritos y de las culpas de sus hijos de hoy y de los de ayer.

La no débil analogía con el misterio del Verbo encarnado implica, no obstante, también una diferencia fundamental: «Mientras Cristo, “santo, inocente, inmaculado” (Heb 7,26), no conoció el pecado (cf. 2 Cor 5,21), sino que vino a expiar sólo los pecados del pueblo (cf. Heb 2,17), la Iglesia, recibiendo en su propio seno a los pecadores, santa al mismo tiempo que necesitada siempre de purificación, busca sin cesar la penitencia y la renovación» 45. La ausencia de pecado en el Verbo encarnado no puede atribuirse a su Cuerpo eclesial, en cuyo interior más bien cada uno, partícipe de la gracia donada por Dios, no está menos necesitado de vigilancia y de purificación incesante y solidaria con la debilidad de los otros: «Todos los miembros de la Iglesia, incluso sus ministros, deben reconocerse pecadores (cf. 1 Jn 1,8-10). En todos, la cizaña del pecado todavía se encuentra mezclada con la buena semilla del evangelio hasta el fin de los tiempos (cf. Mt 13,24-30). La Iglesia, pues, congrega a pecadores alcanzados ya por la salvación de Cristo, pero todavía en vías de santificación» 46.

Ya Pablo VI había afirmado solemnemente que «la Iglesia es santa, aun comprendiendo en su seno a los pecadores, ya que ella no posee otra vida sino la de la gracia [...] Por ello, la Iglesia sufre y hace penitencia por tales pecados, de los cuales tiene, por otra parte, el poder de curar a sus propios hijos con la sangre de Cristo y el don del Espíritu Santo» 47. La Iglesia es, a fin de cuentas, en su misterio, encuentro de santidad y de debilidad, continuamente redimida y siempre necesitada nuevamente de la fuerza de la redención. Como enseña la liturgia, verdadera lex credendi, el fiel individual y el pueblo de los santos invocan de Dios que su mirada se fije sobre la fe de su Iglesia y no sobre los pecados de los individuos, de cuya fe vivida constituyen la negación: «Ne respicias peccata nostra, sed fidem Ecclesiae Tuae!». En la unidad del misterio eclesial a través del tiempo y del espacio es posible considerar entonces el aspecto de la santidad, la necesidad de arrepentimiento y de reforma, y su articulación en el actuar de la Iglesia Madre.


2. La santidad de la Iglesia

La Iglesia es santa porque, santificada por Cristo, quien la ha adquirido entregándose a la muerte por ella, es mantenida en la santidad por el Espíritu Santo, que la inunda sin cesar: «Nosotros creemos que la Iglesia es indefectiblemente santa. Pues Cristo, Hijo de Dios, a quien con el Padre y con el Espíritu llamamos “el solo Santo”, ha amado a la Iglesia como esposa suya, entregándose a sí mismo por ella para santificarla (cf. Ef 5,25s), la unió a sí mismo como su propio cuerpo y la enriqueció con el don del Espíritu Santo para gloria de Dios. Por eso, todos en la Iglesia son llamados a la santidad» 48. En este sentido, desde sus orígenes los miembros de la Iglesia son llamados los «santos» (cf. Hch 9,13; 1 Cor 6,1s; 16,1). Se puede distinguir, no obstante, entre la santidad de la Iglesia y la santidad en la Iglesia. La primera, fundada en las misiones del Hijo y del Espíritu, garantiza la continuidad de la misión del pueblo de Dios hasta el fin de los tiempos y estimula y ayuda a los creyentes a perseguir la santidad subjetiva y personal. En la vocación que cada uno recibe se halla radicada, por el contrario, la forma de santidad que le ha sido donada y que se requiere de él, en cuanto cumplimiento pleno de la propia vocación y misión. La santidad personal se halla, en todo caso, proyectada hacia Dios y hacia los demás, y tiene, por ello, un carácter esencialmente social: es santidad en la Iglesia, orientada al bien de todos.

A la santidad de la Iglesia debe, en consecuencia, corresponder la santidad en la Iglesia: «Los seguidores de Cristo, llamados por Dios no según sus obras, sino por designio y gracia de Él, y justificados en el Señor Jesús, han sido hechos en el bautismo verdaderamente hijos de Dios y partícipes de la divina naturaleza, y por lo mismo realmente santos; conviene, por consiguiente, que esa santidad que recibieron sepan conservarla y perfeccionarla en su vida con la ayuda de Dios» 49. El bautizado está llamado a devenir con toda su existencia aquello que ya es en razón de la consagración bautismal; lo cual no acontece sin el asentimiento de su libertad y sin la ayuda de la gracia que viene de Dios. Cuando esto sucede, se deja reconocer en la historia la humanidad nueva según Dios: ¡nadie llega a ser él mismo con tanta plenitud como el santo que acoge el designio divino y, con la ayuda de la gracia, conforma todo su propio ser al proyecto del Altísimo! Los santos constituyen, en este sentido, como luces suscitadas por el Señor en medio de su Iglesia para iluminarla, son profecía para el mundo entero.

 

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Gianandrea de ANTONELLIS
L´islam e l´Italia
tratto da: Radici Cristiane, anno I, maggio 2005, n. 4, p. 55-57.

Gianandrea de Antonellis, Docente di Letteratura Italiana presso l´Università Europea di Roma

Spesso quando si parla di rapporti tra Islam e Cristianità o delle Crociate lo si fa dimenticando o ignorando ciò che dovettero subire per almeno cinque secoli i nostri antenati.
Ricordare storicamente questi eventi può contribuire a comprendere meglio quella che fu la drtammatica realtà di quei tempi e dei nostri. 


Poco importa che venissero chiamati saraceni, arabi, agareni, ismailiti, musulmani, maomettani, ottomani o turchi: le sottili distinzioni etniche poco importano di fronte alle invasioni islamiche che, in nome della religione del Corano, mettevano a ferro e fuoco le terre che si affacciavano sul Mediterraneo e tentavano di risalire il continente europeo.

Scongiurata una loro egemonia grazie alla vittoria di Poitiers nell´anno 732, il mondo musulmano rimane per secoli un costante pericolo per la civiltà occidentale fino alla strage di Otranto (1480), agli assedi di Vienna (1529 e 1683) e, più recentemente, agli attentati di New York (2001) e Madrid (2004).
Mille e duecento anni fa, al tempo di Carlo Magno, nonostante la presenza di qualche limitato contatto diplomatico con il Califfo (dovuto più allo sfruttamento delle inimicizie tra Arabi e Bizantini o tra Arabi africani e la dinastia degli Omayyadi di Cordoba, in guerra con i Franchi, che alla possibilità e all´interesse di instaurare un legame interetnico ed interreligioso), i rapporti tra Europa e mondo islamico furono estremamente tesi e inconciliabili.

Il dono del Califfo di Bagdad (un elefante inviato per nave) è da leggere anche come elegante metodo per sottolineare la perizia marittima degli islamici, perizia che costituirà un costante pericolo nei secoli a venire: la stessa spedizione antipiratesca ordinata da Carlo Magno per salvaguardare la Corsica non fu che una semplice avvisaglia e l´intero Mediterraneo divenne sempre più possedimento islamico.

Le torme arabe erano note fin dal VII secolo per varie scorrerie in territorio italiano: addirittura il Ducato di Napoli le avrebbe assoldate come milizie mercenarie contro i Longobardi, intrattenendo sempre ottimi rapporti con essi, tanto che uno storico longobardo sarebbe giunto ad affermare che «Napoli è come Palermo» (cioè sembra una città africana, tanto numerosi sono gli Arabi che vi dimorano).


La conquista della Sicilia

Ma è con il IX secolo che viene progettata una vera e propria conquista: l´obiettivo prossimo è la Sicilia, difesa dai Bizantini, che reggono per circa un secolo i vari assalti nemici. Nell´826 si ha il primo sbarco arabo in Sicilia volto non alla pura razzia, come spesso in passato, ma alla conquista: guidati dal principe Allah (da cui il nome della città di Marsala, Mars-allah cioè "porto di Allah") i musulmani creano una testa di ponte per la successiva penetrazione.

Forti del loro numero e approfittando delle divisioni interne tra rappresentanti dell´Imperatore d´Oriente e potenti locali, gli arabi riescono, con una serie di sanguinose battaglie, a strappare l´isola ai Bizantini, conquistandola in gran parte nell´831 con la caduta di Palermo, estendendo il loro dominio alla parte orientale dopo il vittorioso assedio di Messina nell´843 (non senza l´aiuto dei Napoletani in questo momento di svolta) e definitivamente solo nel 902 con l´espugnazione di Taormina (mentre un´altra importante roccaforte bizantina, Siracusa, aveva ceduto nell´878).

Tra le innovazioni portate dal conquistatore, oltre allo stile architettonico che si ammira ancor oggi a Palermo in edifici come la Cuba (ma le migliori opere medioevali della città siciliana, dalla Zisa a San Cataldo, da San Giovanni degli Eremiti alla Cappella Palatina appartengono al periodo successivo e sono classificate come arte arabo-normanna), è da ricordare il «pizzu»: una nuova tassa di circa il dieci per cento che colpiva qualunque bene. Un retaggio arabo presente anche ai nostri giorni.


L´Islam attacca la Penisola

Intanto la lunga guerra per la conquista della Sicilia non aveva distratto le soldatesche arabe dalle continue razzie nel resto della penisola: anzi, una volta attestati nell´isola mediterranea era naturale che guardassero all´Italia come a meta privilegiata per scorrerie e conquiste. Stretti buoni rapporti, come detto, con i Napoletani, il cui Duca Andrea nell´836 aveva chiesto ed ottenuto il loro aiuto contro i Beneventani, gli Arabi potevano appoggiarsi al porto partenopeo durante le incursioni nel Tirreno, volte in particolar modo a colpire gli Stati della Chiesa, ma talvolta spinte anche fino alle coste liguri e provenzali. Sull´altro versante italiano si impadronirono di importanti città come Bari, Brindisi e Taranto.

Per decenni i saraceni occuparono la Sabina e il terrorotio di Gaeta, da dove assalivano Roma: nel´846 la basilica di San Paolo fuori le Mura fu distrutta e fu saccheggiato perfino San Pietro, tanto che papa Leone IV costruì la cerchia di mura della «città leonina» intorno a San Pietro e Castel Sant´Angelo per difendere il cuore delle cristianità da altre incursione.


L´insuccesso di Ludovico II

Con la Sicilia come base di partenza ed importanti avamposti sulle coste adriatiche e tirreniche ben collegati via mare, gli Arabi furono una minaccia immediatamente visibile. Ma non per questo i Principi cristiani compresero subito il pericolo che si annidava dietro la presenza musulmana.

Esemplare è a questo proposito la sfortunata vicenda di Ludovico II (Re d´Italia dal 844 e Imperatore dal 850), il cui sogno di unificare l´Italia politicamente e religiosamente (gran parte del suo territorio era assoggettato ai Bizantini e ai musulmani) venne frustrato dall´indifferenza dei governanti locali e dalla loro reciproca diffidenza.

Sceso nel Principato di Benevento per scacciare gli Arabi, vi condusse una campagna ventennale (853-873) che non riuscì però nell´intento di liberare completamente la penisola.


Fino in Francia e in Svizzera

Intanto le scorrerie musulmane continuavano indisturbate. Uno dei casi più eclatanti risale al X secolo, quando una spedizione saracena conquistò il territorio di Frassineto (odierna La Garde-Freinet), all´interno della costa provenzale, costituendo un impenetrabile presidio da cui partivano sistematiche incursioni nel territorio tra il Rodano e le Alpi e sulle coste provenzali e liguri fino ad Albenga.

Gli islamici giunsero poi ai passi alpini, li attraversarono devastando il territorio italico e spingendosi fino in Svizzera, dove assalirono il monastero di S. Gallo, il vescovado di Coira e la valle del Reno.
La Riviera di Ponente, ma anche l´imminente Appennino e l´Oltregiogo padano, vennero saccheggiati a più riprese: ne conseguì la quasi totale rovina dei territori di Aqui, Alba e dell´alto Tortonese.

Particolarmente grave fu il sacco dato a Genova nel 934. Anche in questo caso, è ovvio, i musulmani dovettero beneficiare del mancato coordinamento dei feudatari cristiani, incapaci di valutare esattamente la portata del pericolo. Passeranno cinquant´anni (motivo scatenante fu il rapimento di San Maiolo, abate di Cluny) perché venisse intrapresa una seria e congiunta azione dei Principi cristiani contro Frassineto, che venne espugnata nel 985.


Cade la Sardegna

Ma, debellato l´avamposto nell´entroterra, le scorrerie marittime continuarono e nel 1015 il Califfo di Cordoba si mosse vittoriosamente alla conquista della Sardegna. Fu allora che papa Benedetto VIII organizzò quella che è stata considerata una "prova generale" di crociata, convocando e dirigendo una flotta federale che nel 1016 vinse la forze more nelle acque del Tirreno.

Purtroppo le varie battaglie antisaracene non sfociavano mai in una alleanza definitiva contro il pericolo musulmano, poiché dopo ogni vittoria riaffioravano le discordie particolaristiche. Un uomo fornito di una visione più aperta fu papa Vittore III, che auspicò un più ampio coinvolgimento delle forze cristiane nella lotta contro i saraceni, dopo le adesioni dei regni iberici e di parte della feudalità francese alle azioni contro gli Arabi spagnoli e promosse l´azione dei Normanni in Italia nonostante fossero contrari agli interessi della propria famiglia (il Pontefice era fratello dell´ultimo Principe di Benevento, Landolfo VI). E con Roberto il Guiscardo la stabile presenza araba in Italia fu finalmente eliminata.

http://www.storialibera.it/epoca_medioevale/islam_e_cristianita/saraceni/articolo.php?id=2366&titolo=L´islam%20e%20l´Italia


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Rabí Moisés Ben Maimón

 

Por Santiago Fernández Burillo

Al cumplirse el 850 aniversario del nacimiento de Maimónides, el Ayuntamiento de la ciudad de Córdoba, la Junta de Andalucía y el Estado español declararon el año 1985 "Año de Maimónides". Por su parte, la UNESCO celebraba también al sabio judío con un Congreso Internacional en su sede de París, en diciembre del mismo año.

En 1986, el Ministerio de Educación y Ciencia español, todavía convocaba un concurso de investigación sobre "Maimónides y su mundo" (BOE, 11-II-86, n. 3702). Y, en Cataluña, el número de octubre de la revista "Cultura", que edita el Departamento de Cultura de la Generalidad, ofrecía -junto con el anuncio de la próxima edición de la Guía de Perplejos, en versión catalana- un artículo sobre las repercusiones de la obra del eminente pensador judío en Cataluña, durante los siglos XII y XIII.

"Los dos grandes filósofos cordobeses [esto es, Averroes y Maimónides] simbolizan como nadie este universalismo cultural (a saber: la gran tradición de la Antigüedad clásica) que caracterizó durante siglos a Al-Andalus y que permitió la convivencia fructífera de las tradiciones culturales nacidas de las tres grandes religiones monoteístas: la islámica, la judía y la cristiana, en un clima de tolerancia que, si salvamos las persecuciones religiosas del final, continua siendo ejemplar y casi único en su tiempo" (El Correo de la UNESCO, octubre de 1986, "Editorial", p. 3).

Aunque la intención común de estas iniciativas transparentase un tono relativista y racionalista, en lo que hace referencia a la Metafísica y la Religión, planteaban algo importante y verdadero: la perennidad del pensamiento clásico.

1.
De Marx a Maimónides.

En 1983 se había celebrado el primer centenario de la muerte de K. Marx, bajo un lema generalizado, especialmente en los medios académicos: "¡Marx ha muerto!". En 1986-87 se continuaba, internacionalmente, la celebración del 850 aniversario del nacimiento de Maimónides. Finalmente, en 1989 hemos sido testigos del desmoronamiento efectivo de los regímenes políticos inspirados en el pensamiento de Marx, hasta la supresión del comunismo en Rusia, en 1991.

Todas estas son fechas cuyo significado aumenta con la proximidad, proponiendo un interrogante al mundo culto occidental. Pues, ciertamente, en 1991 podemos decir, con razón, que Marx ha muerto. Mientras tanto, Maimónides vive. ¿Cómo se explica esta paradoja y cuál es su alcance?

Marx y Maimónides son dos judíos bien barbados. Pero ahí acaba todo parecido.

Un piadoso israelita puede prever la conducta y aun los sentimientos íntimos de cualquier otro hijo de Israel que observe la Torah, es decir, la Ley de Dios. El judío ha sido educado en un Credo breve y en un código jurídico-ritual y moral amplísimo, que le enseña la norma (halajá) a seguir ante cualquier situación. Sabe también de memoria numerosas oraciones, con las que refiere su mente y su persona enteras al Creador, en toda ocasión. Un piadoso israelita conoce con un golpe de vista el corazón de otro judío observante: está "gravitando" hacia Dios.

Por todo ello, Marx no hubiera entendido la conducta de Maimónides; y menos aún su pensamiento. Ahora bien, Marx -próximo a nosotros en el tiempo- carece de solvencia popular y resulta francamente impresentable ante los intelectuales; mientras que Maimónides, un hombre del siglo XII, es enormemente actual. ¿Cómo explicarlo?

Por lo pronto, retengamos esta idea: no siempre "lo último" es lo mejor. En el plano de los artefactos (la técnica), lo mejor siempre coincide con lo posterior; es mejor el televisor en color que en blanco y negro, así como éste superó a la radio. Pero existe un orden de realidades que no se deja encerrar por la técnica ni por la ciencia, ya que se compara a ellas como la causa a su efecto: me refiero al espíritu.

En el orden espiritual, el progreso es simultáneamente histórico y biográfico, de la Humanidad y de la persona. No es lineal, ni siempre hacia adelante. Aunque es siempre posible: pues su horizonte permanece abierto; pero avanzar en él es tarea moral, cuyo agente es una persona libre.

Mientras la técnica avanza impersonalmente, el hombre progresa moralmente, o retrocede moralmente.

La técnica sólo avanza, produciendo objetos, y no conoce retrocesos. Ahora bien, el valor de la vida depende del espíritu, no de los objetos; éstos sólo cobran valor si son asumidos dentro del horizonte del espíritu.

La actualidad de Maimónides no es otra que la actualidad del espíritu. Marx explicó la historia y el alma humana mediante la técnica y la economía. Fue incapaz de ver en el ser humano otra cosa que un "animal de necesidades", en la línea del crudo materialismo de Ludwig Feuerbach, para quien "el hombre es lo que come", esto es, un ser que "necesita", porque "come"; y sólo a causa de ello "trabaja", en vistas a lo cual se "organiza", de donde viene a resultar lo que llamamos "cultura". El materialismo da una visión infrahumana del hombre. Por eso, se puede decir que el hombre no es naturalmente materialista. Y que las teorías y sistemas materialistas lo degradan y alienan de su propia realidad.

Todo esto son verdades del espíritu. Y las verdades del espíritu son intemporales. Como quiera que Maimónides fue un sabio, que conoció y expuso con exactitud y profundidad gran número de verdades del espíritu, se sigue que Maimónides y su obra son siempre actuales.

El rabí Moisés ben Maimón es la mejor síntesis de piedad y sabiduría en Israel. El filósofo Karl Marx, por su parte, es un punto final en la evolución de la "filosofía moderna", caracterizada, primero, por una exaltación de la praxis que excluye el primado de la contemplación y, segundo, por una profunda impiedad. Por el contrario, los dos elementos que definen la personalidad intelectual de Maimónides son: el primado de la contemplación (ideal helénico, aristotélico) y la heteronomía, es decir, la piedad y amor humilde con que la criatura se refiere a su Creador.

2.
Nostalgia de nosotros mismos.

¿Qué sentido tenía conmemorar a Maimónides? Toda conmemoración reactualiza un valor que no ha caducado; conmemorar, pues, al sabio doctor medieval, padre de la escolástica oriental, e inspirador de la cristiana, aristotélico y hombre de fe, significa: 1º El reconocimiento del pensamiento clásico, como un valor superior, 2º El reconocimiento del espíritu de la filosofía medieval como "nuestro" mundo clásico, y 3º El reconocimiento implícito de que la Modernidad -como fenómeno intelectual- está agotada, y carece de recursos para superar su propio agotamiento.

Occidente nació y se fue configurando como síntesis de la sabiduría griega -centrada en torno a la noción de "ciencia"- y de la fe de Israel -centrada en el hecho de la Revelación, que culmina en Cristo. Y nuestra experiencia histórica ha sido que la fe degenera en sentimentalismo subjetivista, si prescinde de la ciencia, tal como la entendió Grecia, esto es: como conocimiento por causas y principios. A su vez, la ciencia se autodestruye, cuando quiere prescindir de la fe. La modernidad que ha sido (ya lo hemos dicho) un fenómeno filosófico, principalmente, tuvo en su origen ambas negaciones. Primero, con el luteranismo, el desprecio de la razón en nombre de la fe; por lo que, automáticamente, la fe dejó de ser "teologal", para convertirse en confianza humana, iniciativa de una subjetividad encerrada en la angustia de querer salvarse y no poder hacerlo por sí misma. Con el cartesianismo, discretamente, y con la Ilustración ya abiertamente, se produjo el desprecio de la fe, en nombre de la ciencia y de la liberación del hombre que había de llegar por obra de la técnica. Fue el ideal y la aspiración de la autonomía, que excluía toda dependencia. Mas el saldo final ha sido el irracionalismo y la desesperación: un antihumanismo hecho sólo de negaciones, donde ya no podemos reconocernos a nosotros mismos.

Sospecho que aquella dulce resistencia a dejar pasar la celebración del nacimiento de Maimónides encerraba la nostalgia de nosotros mismos: de lo que éramos y aparentemente hemos perdido, con esa loca carrera de negaciones que hacen violencia al alma humana y nos quieren privar de la Metafísica ("es imposible conocer la verdad", dicen), de Dios y, por fin, de la dignidad y hasta de la realidad personal mismas. El sentido común y la naturaleza del espíritu reclaman el conocimiento de la verdad. Sobre ella se ha de cimentar la Civilización del amor; aquella que enseña que el origen primero es el Amor creador, y que el sentido y el destino de la vida humana es, también, un Amor para siempre.

Aunque ignoró que la plenitud del Amor de Dios por el hombre se ha manifestado ya en Cristo, la obra escrita del rabí Moisés está llena de lecciones de perenne humanidad, y es un clásico en quien podemos reconocernos. Él nos enseña que nuestro ser histórico y colectivo tiene extraordinaria solidez y riqueza interior, y es fuente de permanente progreso espiritual.

Ahora, una cultura post-marxista es ya una cultura post-ilustrada y es, de hecho, la nuestra. La misma que celebraba el 850 aniversario del nacimiento de Maimónides, y se interesa cada vez más por el pensamiento medieval. Mas todo esto plantea una nueva pregunta: ¿quién fue el rabí Maimónides?

3.
Un sabio medieval que tiene mucho que decir.

Moisés ben Maimón nació en Córdoba en 1135 y murió en Fostat, población vecina al Cairo, en 1204, cuando contaba casi 70 años de edad. Pasó su infancia en Al-Andalus. Su juventud, de sefardí errante, por el Norte de Africa. Y su madurez en Egipto.

Durante su vida tuvieron lugar las tres primeras Cruzadas y la Reconquista del norte de la Península Ibérica; Ricardo Corazón de León tomó la plaza de Acre y Alfonso I de Aragón "El Batallador", la de Zaragoza. El Poema de Mío Cid se redactaba cuando Maimónides tenía unos 40 años y aún habría de tardar otros cinco en nacer Gonzalo de Berceo. La Giralda de Sevilla (alminar de la mezquita) se concluía, por fin, cuando Maimónides era un anciano.

El Califato de Córdoba y la España musulmana de los Reinos de Taifas fueron la sede de la época más próspera y culta que dicen haber conocido los judíos fuera de Israel, antes del siglo XVIII. En ese clima dulce y sabio nació Moisés, en el seno de una familia de rabinos. Y fue instruido en el saber clásico greco-latino y en la vida de piedad de un varón israelita.

Pero la invasión almohade del sur de la Península quebró aquella paz y el padre de Moisés tomó la prudente decisión del exilio, para evitar la apostasía; pues los almohades forzaban la conversión al Islam. Desde ahora, su vida va a ser un itinerario para salvar la libertad de espíritu. Ese largo peregrinar testimonia que el pensamiento debe ser libre, para entregarse a Dios.

El Maimónides maduro de Egipto se nos aparece como jefe espiritual de la comunidad judía. Y no sólo de la egipcia; su epistolario contiene centenares de cartas, en que contesta a las consultas de rabinos de todo el mundo conocido. Pues hay que saber que Maimónides goza de la mayor autoridad doctrinal en el judaísmo, tanto en el medievo como hoy. Y fue un estudioso infatigable que cultivó todos los campos del saber; mas siempre en orden a la Teología, ciencia de Dios.

Cualquier familia judía considera honroso que uno de sus miembros se entregue al estudio de la Ley (la Torah) y le presta toda la ayuda económica. Así, mientras Moisés pasa su niñez y juventud estudiando, David, su hermano menor, sostenía a la familia como comerciante de piedras preciosas. Pero en 1173 David naufraga y con él perece la fortuna familiar. Comienza entonces la dedicación de Moisés a la Medicina.

La profesión médica le procuró una fama extraordinaria, como médico de la corte del Sultán Saladino. Por su dedicación a los enfermos, fue durante años un hombre que carecía de tiempo para sí mismo. Y el conocimiento del dolor le hizo muy humano: sabio consejero que curaba -si podía- el cuerpo, mas sin olvidar que hay también un alma inmortal.

Su celebridad y buen nombre eran tan grandes, a su muerte (13-XII-1204), que se celebraron funerales en su memoria en toda la diáspora judía. Su tumba (en Tiberíades, Palestina) se convirtió en punto de peregrinación para los judíos.

4.
"Guía de perplejos".

Su principal escrito filosófico, Moré Nebujim (Guía de perplejos) fue redactado originariamente en árabe, en 1200, y traducido al hebreo bajo su supervisión. Es una obra de gran envergadura, donde se abordan los principales problemas metafísicos, antropológicos y morales, siempre al servicio de la Teología.

La "Guía" ejerció gran influencia en Occidente: Santo Tomás de Aquino la apreciaba y cita al rabí Moisés con respeto y con cierta frecuencia.

Guía de perplejos era un libro destinado a aquellos judíos que, habiéndose formado en los saberes profanos, encuentran dificultades para armonizar su fe con la ciencia y se hallan "perplejos" no sabiendo qué preferir: si una fe ciega e irracional, o una razón fría y desesperanzada. Maimónides les muestra que esa antinomia es falsa: la razón y la fe vienen de Dios y ambas llevan a Dios, luego no pueden ser contrarias. Mas, para comprenderlo, exige a sus lectores el considerable esfuerzo de levantarse con él hasta las cimas de la sabiduría humana, la Metafísica.

Como aquella falsa antinomia entre ciencia y fe sigue repitiéndose, con poca originalidad, pero con daño para las inteligencias, la "Guía" de Maimónides puede ser, en algunos aspectos, un libro todavía iluminador, en nuestros días. Dos aspectos de ella me parece que merecen un breve comentario, pensando en el lector no especialista, y tal vez "perplejo".

Consideremos, en primer lugar, la existencia de Dios. Maimónides deja claro que no es una verdad que sólo podamos conocer por fe. Es asequible a las solas luces de nuestra razón. Basta pensar con un poco de sensatez, para percatarse de que el Dios creador existe. No es, pues, primariamente, asunto de fe; sino de honradez intelectual. Y, siguiendo al filósofo árabe Avicena, razona así: Tenemos experiencia de que todas las cosas en este mundo comienzan y acaban; y es así como elaboramos la noción de "ser contingente". Un ser es contingente cuando existe, pero también podría no existir, lo que se advierte porque alguna vez dejará de existir; existe de hecho, pero no de derecho. Esto significa que su "existir" (el ser) no le pertenece por naturaleza. De modo que todos los seres contingentes tienen la existencia recibida; lo que equivale a decir que no existen por sí mismos, sino por Otro. Y, siendo esta condición igual para todos, ningún ser contingente existiría, si no hubiese un Ser Necesario, esto es, Aquél cuya naturaleza "es" el existir mismo, de modo que no lo ha recibido, ni lo "tiene", sino que lo "es". Este Ser "no puede no existir", su inexistencia es imposible, por eso lo llamamos Ser Necesario: Él es el "Ser por esencia", Dios mismo.

Resumiendo: La razón nos enseña que no podría haber seres contingentes sin un Ser Absoluto o Necesario (Aquél que no puede ser que no exista); pero hay seres contingentes, luego Dios (el Absoluto) existe.

Consideremos, en segundo lugar, la supuesta contraposición entre "la Ciencia" y Dios, que inculcan todavía hoy algunos divulgadores. En realidad, repiten tardíamente los argumentos del llamado "materialismo de las ciencias", del siglo XIX, que tuvo por máximos representantes a los filósofos ateos F. Nietzsche y K. Marx. Suelen razonar así: si el mundo ha tenido un comienzo, habrá un Dios; pero si no lo ha tenido, Dios no hace falta.

El "materialismo científico" se atreve, entonces, a dictaminar la eternidad de la materia y la infinitud del tiempo. Mas tales dogmas no tienen nada de científicos, porque las ciencias se basan en un método experimental. Ahora, si el tiempo transcurrido es infinito o no, no puede ser comprobado por los sentidos; es decir, no hay experimento posible ni para corroborarlo ni para refutarlo. Así que el materialismo no es "científico", sino una tesis filosófica, y errónea.

Ya Maimónides adelantó la solución que también Santo Tomás de Aquino da a este problema metafísico. El tiempo podría no haber tenido un comienzo y, no obstante, conoceríamos con toda certeza que el mundo es creado. No hay nada de extraño en esta afirmación, pues "ser creado" no consiste en haber tenido un comienzo cronológico, sino en deber el existir a Otro.

Aristóteles -sabio pagano- demostraba la existencia de Dios basándose, precisamente, en el supuesto de que el tiempo transcurrido hasta hoy es infinito, y no ha tenido comienzo. Sólo por la fe sabemos que esa hipótesis es falsa y que el tiempo sí tuvo un inicio. Pero aquel comienzo cronológico no es la misma creación. Si ser creado es "ser por Otro", mientras hay seres (a lo largo de todos los tiempos) hay creación. No es que Dios esté creando de nuevo los entes a cada momento (como pensaría Descartes, que hablaba de una "creación continuada") pero sí es cierto que los está conservando en el ser, en todo tiempo, y también es cierto que, para Dios que es Eterno, crear un ente cambiante y conservarle el ser a lo largo de los cambios es una y la misma cosa, aunque nosotros distinguimos entre creación y conservación, porque "de hecho" todo lo que ha sido creado ha tenido también un inicio temporal.

Todos los tiempos son creados. Por eso el Creador no es una hipótesis de la Mecánica, que se volvería innecesaria una vez "puesto en marcha" el mundo. La creación se está conservando mientras hay seres que no se deben a sí mismos el existir: en el pasado, el presente y el futuro. La creación y el Creador no están, pues, al inicio del tiempo, sino fuera del tiempo, esto es, en la Eternidad.

5.
La tolerancia, virtud religiosa.

Cuando Moisés ben Maimón nació en Córdoba, en 1135, Al-Andalus pensaba y hablaba en árabe y adoraba a Dios según el Islam. No obstante, judíos y cristianos eran respetados en sus creencias; pues, si bien las autoridades islámicas no las fomentaban ni protegían, tampoco las perseguían.

Aquella convivencia pacífica de religiones es especialmente difícil de entender hoy, por más que se la exalte. Precisamente porque la forma jurídica de la sociedad o, mejor dicho, gran parte de quienes ejercen profesionalmente la representación de la sociedad, tienen una mentalidad excluyentemente laicista; de modo que su única forma de entender la tolerancia ha llegado a ser la indiferencia.

Alaban ahora aquella "convivencia de tres culturas", sin advertir que, con los principios del laicismo, jamás hubiera existido la que en realidad fue "convivencia de tres religiones". Y tres religiones que coinciden en el monoteísmo creacionista y en pretender, de modo absolutamente incondicional, ser la única verdadera. Pues bien, es precisamente en esto, por increíble que pueda parecer a algunos, en donde se funda la tolerancia.

Hoy sabemos que los más antiguos pueblos de la Tierra (las culturas anteriores a la Edad de la piedra, como las estudiadas por los etnólogos en Africa Central, Ceilán, Malaca y otros puntos aislados de las rutas de comunicación hasta comienzos del siglo XX) eran monoteístas. Entendían la religión como la virtud fundamental de amor y obediencia al Padre de todos los seres. Las primeras civilizaciones históricas (piénsese en los griegos y romanos, por ejemplo) aparecen, así, como un retroceso espiritual: eran, por toda la redondez de la Tierra, panteístas y politeístas.

El panteísmo no distingue a Dios del mundo, ambos serían una sola cosa. De ahí se sigue que Dios no se interesa por el hombre, y que el hombre no pueda amar a un Ser supremo que no es persona. El politeísmo es sólo un aspecto literario-popular (folklórico, diríamos hoy) del panteísmo, y los dioses encarnan aspectos de Una divinidad impersonal. De ahí el carácter frecuentemente inmoral, violento e inhumano de su conducta. Por lo demás, dioses y hombres están sujetos a una misma Fatalidad Cósmica: encadenados a la "Rueda del Tiempo" que gira inexorable y sorda a sus lamentos. Para el panteísmo, la vida es, en el fondo, un mal: no existir es mejor que existir (eso significa, por ejemplo, el Nirvana budista).

Cuando esta concepción era casi la única en el mundo, sólo el minúsculo pueblo de Israel daba testimonio del Dios vivo. El hecho me parece culturalmente inexplicable; pues la "cultura" judía es formalmente inderivable de su entorno. Mas consideremos atentamente esta última afirmación.

En primer lugar, el Dios de Israel es el Creador del mundo, realmente distinto de su creatura. Dios es eterno, el mundo temporal. Dios no tiene causa, es el Absoluto; el mundo es causado, creado.

Por ser el Absoluto, Dios reúne la perfección infinita y se basta a Sí mismo. ¿Por qué, entonces, ha hecho el mundo? No por necesidad. Sería signo de imperfección que necesitara del mundo para completarse. Tampoco es el mundo quien ha puesto en Dios la exigencia de causarlo, pues no existía. Y, no obstante, Dios crea el mundo. ¿Por qué lo hizo? No se lo hizo para Sí, como Gepetto a Pinocho, para llenar su inmensa soledad. Luego lo hizo para nosotros. Dios hizo el mundo por Amor; puesto que el "ser" de lo creado es un regalo: algo innecesario, por parte de Quien lo ofrece, e inmerecido, por parte de quien lo recibe.

La razón última de ser del mundo y del hombre excede todo cálculo: es el Amor de Dios. Se comprende, así, que en el monoteísmo creacionista la ley fundamental que preside la existencia sea el amor. Reconocer y adorar a Dios es corresponder con amor a Su Amor. Esta correspondencia de amor, que se llama piedad, es parte de la virtud de la "justicia". Y el único modo de estar plenamente en la realidad.

De aquí que el cristiano, como el judío y el musulmán, tengan la pasión de convertir el mundo al amor de Dios. Ahora bien, el amor es libre y personal. Quien ama a Dios le entrega libremente su persona y su vida, se entrega a Él. Y es lo único justo. Pero es también lo único en que no podemos ser sustituidos por otro. Por eso, la noción de "ser personal", dotado de libertad y dignidad, es patrimonio exclusivo del monoteísmo creacionista. Por eso, el lejano Oriente y el paganismo antiguo desconocen por completo qué quiere decir ser una persona libre.

Todo hombre existe porque ha sido querido por Dios como persona libre. Luego Dios quiere que todo hombre le ame libremente. Convertir por la fuerza es una contradicción en los términos: algo tan imposible y absurdo como "convencer a golpes". De ahí que la misión de convertir a la humanidad vaya lógicamente unida a un extraordinario respeto a la persona y a su libertad: ¡se trata de obtener un asentimiento interior!

Es en este clima de ideas -definidas por la religión- donde cobra sentido la noción de fanatismo, como desfiguración del verdadero celo. Su característica es la incomprensión y la falta de perdón.

El fanático tal vez sepa dónde está el Bien; pero ante el error y ante el mal, frecuentes en el mundo, no sabe amar bastante. No perdona ni disculpa: por eso no es jamás un buen cristiano (el mandato nuevo de Cristo es: "amaos"). Confunde la obligada firmeza ante el mal y el error, con la falta de disculpa o de comprensión hacia la persona de los equivocados. La mayor culpa del fanático es no dar amor a quienes más lo necesitan.

6.
La falsa tolerancia.

Es un hecho que, en nuestros días, se sigue combatiendo a la fe en nombre de la tolerancia. Como si el hecho de profesar un Credo debiera hacer al hombre inhumanamente duro con sus semejantes. Y precisamente es al revés. Pero ¿cómo es posible semejante calumnia? Me parece que la principal razón es la superficialidad que, indefectiblemente, acompaña a la falsa tolerancia, es decir, al indiferentismo.

Fuera del creacionismo, sólo caben dos explicaciones últimas de la realidad universal: la agnóstica y la panteísta.

La primera "explica" que todo es inexplicable; la segunda afirma que la explicación de la Naturaleza es la Naturaleza: Dios es todo, viene a decir. Lo que, en la práctica, se convierte en que Dios no es nada, como observó Jaime Balmes.

Ahora, con ninguna de estas dos visiones de la realidad se puede ser tolerante (virtud), por la misma razón que ninguna de ellas permite ser fanático (vicio). En efecto, la primera no tiene nada que defender. Y, para la segunda, defenderse es inútil, pues el hombre no va a añadir ni quitar nada a la apacible y muda eternidad del Absoluto impersonal.

En resumen, la cultura laicista sólo puede ser indiferente y permisiva, a falta de verdadera tolerancia. Y se comprueba, por desgracia, que el permisivismo presenta una hosca intransigencia frente a los valores religiosos.

El laicismo agnóstico no tiene nada que defender, salvo esto: "la verdad no existe"; dándose la paradoja de que, quienes en otros asuntos defienden bravamente los derechos humanos, cuando se trata del derecho a profesar y enseñar la propia religión suelen convertirse en los adversarios más hostiles de la libertad.

De los 13 a los 30 años, Moisés ben Maimón es un judío errante. Vivió primero en Almería, donde probablemente compuso un tratado de Lógica y otro sobre el Calendario. Pasó luego a Marruecos y vive 5 años en Fez. Allí escribió su Carta sobre la Apostasía (1160), para oponerse a algunos judíos que, sin haber conocido la persecución, se daban demasiada prisa en condenar sin matices a los conversos por la fuerza al Islam. No obstante -dictamina el rabí Moisés- bajo unas condiciones tan duras como las que los almohades imponen en Al-Andalus y el Mogreb, el exilio se convierte en un deber; y lo contrario es un grave pecado, porque es la disposición próxima a la apostasía. En 1172 escribe una Carta al Yemen, con el mismo tema; los judíos eran puestos por las autoridades chiítas del Sur de Arabia (Yemen) ante el dilema de convertirse al Islam o morir.

Es así como entendía la tolerancia Maimónides. Conocedor de la persecución, se mostraba comprensivo con los débiles, pero inflexible ante el pecado de apostasía.

Lamentablemente, nuestros intelectuales laicistas, que mueven impresionantes poderes fácticos, con el fin de cambiar el sentido común y la fe de su pueblo, parecen estar mejor preparados para entender la política almohade y chiíta del siglo XII que la humilde firmeza en la fe del rabino sefardita.
Prof. Dr. Santiago FERNANDEZ BURILLO. Octubre 1991. www.arvo.net

 

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[La Iglesia] "...no tiene miedo a la verdad que emerge de la historia y está dispuesta a reconocer equivocaciones allí donde se han verificado, sobre todo cuando se trata del respeto debido a las personas y a las comunidades. Pero es propensa a desconfiar de los juicios generalizados de absolución o de condena respecto a las diversas épocas históricas. Confía la investigación sobre el pasado a la paciente y honesta reconstrucción científica, libre de prejuicios de tipo confesional o ideológico, tanto por lo que respecta a las atribuciones de culpa que se le hacen como respecto a los daños que ella ha padecido". Juan Pablo II, discurso del 1 de Septiembre 1999

 

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Época de las Cruzadas (1023-1300)

 

Musulmanes expulsan judíos 1066. - 

En muchos aspectos, la España musulmana debía muchísimo a la población judía; sin embargo, en 1066, los judíos fueron expulsados del Reino de Granada. También, en varios sentidos, los jóvenes reinos de la España Cristiana estaban en deuda con sus habitantes judíos; no obstante, Fernando I el Magno los sometió a medidas enojosas y solamente se evitó que se levantara la espada contra ellos gracias a la intervención del clero. Sin embargo, estos acontecimientos no fueron mas que tormentas pasajeras; bien pronto, Alfonso VI (1071-1109) utilizó libremente a los judíos en sus operaciones diplomáticas y militares, mientras que en otros estados musulmanes, distintos de Granada, la cultura judía alcanzó el cenit de su esplendor. La época de las persecuciones contra los judíos empezó realmente con la Primera Cruzada (1096-1099). Los cruzados protagonizaron entre mayo y julio de 1096 sangrientas escenas contra los judíos de Tréveris, Worms, Mainz, Colonia, y otras ciudades renanas; estas escenas se repitieron a medida que los cruzados avanzaban por las ciudades del Main y del Danubio, hasta Hungría. Muchas veces los obispos y los príncipes estaban del lado de las víctimas pero, debido a distintas razones, no tuvieron el poder suficiente para protegerlos efectivamente. Con la captura de Jerusalén, el 15 de julio de 1099, los cruzados descargaron una terrible venganza sobre los judíos de la ciudad caída.

 

El intervalo entre la Primera y la Segunda Cruzada fue un periodo de descanso y de recuperación para el pueblo judío. No fueron perturbados ni en Inglaterra, ni en Alemania, ni siquiera en Palestina; mientras, en España y en Francia, alcanzaron un alto grado de prosperidad y de influencia y desarrollaron activamente estudios literarios y talmúdicos bajo la guía de Judá Haleví y de los hijos de Rasi. En 1146, en vísperas de la Segunda Cruzada, empezó la violenta persecución de los almohades del norte de África y del sur de España contra los judíos; esta persecución trajo como consecuencia la destrucción inmediata de las sinagogas y de las escuelas judías y habría supuesto la práctica exterminación de los judíos de la España musulmana si no hubiera sido porque la mayoría de ellos encontraron refugio en los dominios cristianos de Alfonso VIII (fallecido en 1157). Entonces llegó la Segunda Cruzada (1147-1149), con sus atrocidades contra los judíos en Colonia, Mainz, Worms, Spira y Estrasburgo, a pesar de las protestas de San Bernardo y de Eugenio III, y de los esfuerzos de los prelados alemanes y del emperador Conrado III en su favor; y con el más deplorable de los resultados, a saber, el mayor sometimiento de los judíos de Alemania a la Corona. Los siguientes cincuenta años fueron, en conjunto, un periodo de paz y de prosperidad para el pueblo judío: en España, donde Judá ibn-Ezra fue administrador del palacio, con Alfonso VIII; en Mesopotamia, donde Mohammed Almuktafi restableció la dignidad de exilarca; en las Dos Sicilias, donde los judíos tuvieron los mismos derechos que el resto de la población; en Italia, donde el papa Alejandro II les fue favorable y donde el Tercer Concilio de Letrán (1179) aprobó decretos que protegían su libertad religiosa; en Inglaterra y en sus provincias de Francia, donde los judíos fueron muy florecientes bajo Enrique Plantagenet (c. 1189); en la misma Francia, donde bajo los benignos reinados de Luis VI y Luis VII (1108-1180) prosperaron notablemente en todos los sentidos. Pero todavía, en alguno de esos países, persistía un odio profundamente asentado contra los judíos y su religión. Este odio se manifestó cuando, en 1171, los judíos de Blois fueron quemados bajo la acusación de que habían utilizado sangre de cristianos para celebrar la Pascua, y permitió a Felipe Augusto, en el año de su ascensión al trono (1180), expulsar a los judíos de sus dominios y decretar la confiscación de todos sus bienes raíces.

 

Este sentimiento de odio quedó puesto de manifiesto de manera especial con motivo de la Tercera Cruzada (1189-1192). Los judíos fueron masacrados en varias ciudades de Inglaterra el día de la coronación de Ricardo I, el 3 de septiembre de 1189, y también poco tiempo después, en 1190. Aproximadamente en las mismas fechas, los cruzados asesinaron a los judíos en diferentes plazas de la comarca del Rin, en Viena. Cuando, en 1198, se organizaba una nueva Cruzada (1202-1204), muchos caballeros del norte de Francia quedaron liberados de las deudas que tenían contraídas con acreedores judíos, quienes fueron, posteriormente, expulsados de sus dominios. Sin embargo, Felipe Augusto recibió a los exiliados en su propio territorio, aunque lo hizo principalmente movido por la codicia. Los judíos apelaron a Inocencio III para que pusiera freno a la violencia de los cruzados; y, en respuesta, el pontífice emitió una Constitución que prohibía terminantemente los grupos violentos y obligaba al bautismo; pero esta Constitución tuvo, aparentemente, escaso o ningún efecto.


El año 1204, en el cual tuvo lugar el final de la Cuarta Cruzada, marca el principio de todavía mayores desgracias para los judíos. Ese año fue testigo de la muerte de Maimónides, la mayor autoridad judía del s. XII, y del primero de los numerosos esfuerzos realizados por Inocencio III para evitar que los príncipes cristianos mostraran preocupación por sus súbditos judíos. Poco después, los judíos del sur de Francia sufrieron dolorosamente durante la guerra contra los albigenses, que no terminó hasta 1288. En 1210, los de Inglaterra fueron maltratados por el rey Juan sin Tierra y sus bienes confiscados para el Tesoro. Más tarde, los judíos de Toledo eran asesinados por los cruzados (1212). Las normas de los concilios de la época fueron, en general, desfavorables a los judíos y culminaron, en 1215, con las medidas antijudías del Cuarto Concilio de Letrán, entre las cuales se pueden mencionar la exclusión de los judíos de cualquier cargo público y el decreto según el cual los judíos debían llevar un distintivo que los identificase. Aparte de toda la legislación en su contra, los judíos estaban divididos entre ellos respecto a la ortodoxia de los escritos de Maimónides. Los decretos lateranenses contra los judíos fueron endurecidos paulatinamente allí donde fue posible y comenzaron nuevas persecuciones por parte de reyes y de cruzados; los reyes de Inglaterra se destacaron especialmente por las exacciones de dinero de entre sus súbditos judíos. En muchos lugares se produjeron excesos en la aplicación de los decretos lateranenses, de manera que, en 1235, Gregorio IX se sintió obligado a confirmar la Constitución de Inocencio III y, en 1247, Inocencio IV emitió una Bula reprobando las falsas acusaciones y los diversos excesos que se estaban cometiendo contra los judíos. Escribiendo a los obispos de Francia y Alemania, este último pontífice decía:


Parte de los clérigos, príncipes, nobles y grandes señores de vuestras ciudades y diócesis han inventado planes impíos contra los judíos, privándoles injustamente y por la fuerza de sus bienes y apropiándoselos ellos mismos; . . . los han acusado falsamente de repartirse, para celebrar la Pascua, el corazón de un muchacho asesinado . . . En su malicia, atribuyen a los judíos todos los asesinatos que se cometen, cualquiera que sea la circunstancia en la que ocurran. Y, sobre la base de estas y otras invenciones, han actuado con furia contra ellos, despojándolos de su propiedades sin ninguna acusación formal, sin confesión, sin ningún juicio legal y sin pruebas, contrariando los privilegios que les otorga la Sede Apostólica. . . . Oprimen a los judíos haciéndolos pasar hambre, encarcelándolos y sometiéndolos a torturas y sufrimientos; los afligen con toda clase de castigos y, a veces, incluso los condenan a muerte; de esta manera, los judíos, aunque viven bajo príncipes cristianos, se encuentran en una situación peor que la que padecieron sus antepasados en la tierra de los Faraones. Se les obliga a vivir sin esperanza en la tierra en la que han morado sus antepasados desde tiempos inmemoriales . . . . Puesto que es nuestro deseo que no vuelvan a ser molestados, . . . ordenamos que os comportéis con ellos de forma amable y amistosa. Cuando llegue a vuestros oídos la noticia de que se ha perpetrado cualquier injusticia contra ellos, reparad los daños cometidos y haced que no vuelvan a padecer semejantes tribulaciones.

 

En general, no parece que se hizo mucho caso de las protestas de los pontífices romanos en los estados cristianos. En 1254, casi todos los judíos de Francia habían sido desterrados de sus dominios por San Luis. Entre 1257 y 1266, Alfonso X de Castilla compiló un código de leyes que contenían cláusulas muy severas contra los judíos y aceptaba las sangrientas acusaciones que habían sido reprobadas por Inocencio IV. Durante los últimos años de Enrique III (fallecido en 1272), los judíos de Inglaterra fueron de mal en peor. En esa época, el papa Gregorio X emitió una Bula ordenando que no se hiciera ningún daño ni a las personas ni a sus bienes (1273); pero no se pudo reprimir el odio popular contra los judíos, a quienes se acusaba de usura, del uso de sangre cristiana en la celebración de la Pascua, etc.; y el s. XIII, que había sido testigo de la persecución de los judíos en toda la cristiandad, salvo en Austria, Portugal e Italia, se cerró con su total expulsión de Inglaterra, en 1200, bajo Eduardo I y las carnicerías en Alemania, en 1283 y 1298. Durante este periodo tuvieron lugar discusiones públicas, aunque sin éxito, sobre la conversión de los judíos. Más adelante, en la sección "JUDAÍSMO: (4) Judaísmo y Legislación de la Iglesia", se da más información sobre la severidad de las medidas adoptadas por los papas o por los concilios en relación con los judíos y sobre las razones de los prejuicios y del odio popular contra ellos.

 

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Alemania Medieval - Dinastía Sajona, 919-1024 -

 

 Cuando la línea dinástica Carolingia termina sin dejar herederos, los Francos y los Sajones eligen el primer rey alemán: Conrad, Duque de Franconia, que reinó entre el año 911 y 918. Igualmente son sus sucesores Enrique I Duque de Sajonia, y Otón I quienes lograron grandes avances para el reinado. Ambos eran excelentes soldados, que expandieron las fronteras del reino al mismo tiempo que mantenían otras tribus guerreras lejos.
Determinado a establecer un reinado fuerte y centralizado, Otón I entregó los ducados del reino a sus parientes y amigos, además de entregar feudos a abates y obispos como una forma de asegurarse la lealtad y el apoyo de la Iglesia.
Una vez establecida a su placer la situación en el reino, Otón posó su mirada sobre Italia, una tierra fértil y rica asolada por un feudalismo indisciplinado y desordenado. Otón logró un título italiano con el sencillo método de invadir la península para ayudar a la reina de los Lombardos, con quien se casó en el 951. Su ayuda al Papado para mantener alejados a los nobles, los Griegos bizantinos
y los Sarracenos aceleró su coronación como Emperador en el 962.
Pero a pesar de que este hecho fue muy importante para la monarquía alemana, a largo plazo fue fuente de conflictos y problemas para los futuros reyes, que se vieron obligados a preocuparse de los asuntos italianos en vez de los del terruño propio, lo que determinó que los nobles alemanes ganasen cada vez más fuerza; por eso, mientras Otón y sus sucesores intentaban expandir el territorio bajo su control, no se hacía ningún progreso hacia la unificación de Alemania.

 

 

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De hombres, hechos, notas y acontecimientos de tal época para comprender el contexto:

 

 

 

 

Santa Gertrudis + 1302 ca.

«Dilexit Ecclesiam» ‘amó a la Iglesia Católica’


La abadía de Belfa, en Sajona, en la que Gertrudis fue consagrada por sus padres al Señor a los cinco años (1261) y donde vivió hasta su muerte (hacia el 1302), gozaba de un ambiente en el que se cultivaban las letras y las artes.-
La joven Gertrudis se deleitó con el estudio de las lenguas y literatura latinas, así como con el canto y la pintura. Mas, todo eso apenas si hacía entrever a la futura mística. Acababa de cumplir veinticinco años cuando, en una visión, el Señor «la tomó, la levantó y la puso junto a sí».-
Fue una auténtica conversión. Comenzó entonces para la monja una vida plena de humildad, de paciencia ante la enfermedad y de cuidado por los demás. Gertrudis no renunció nunca a pesar de eso al trabajo intelectual, mas, como ha hecho ver su biógrafo, pasó “de la gramática a la teología”.-
Se dedicó a la meditación de la Escritura y de los textos litúrgicos y frecuentó la lectura de los Padres, en especial la de San Agustín y San Bernardo. Gertrudis ha dejado en sus Revelaciones y en sus Ejercicios Espirituales un testimonio sobre su propia vida de intimidad para con Dios, ligada por entero a la contemplación del Amor hecho carne, cuyo símbolo maravilloso cree ver en el costado abierto de Cristo en Cruz.-
En una de sus oraciones dice Gertrudis al Señor: “Deseo amarte no sólo con ternura sino también con sabiduría”. Se echa de ver en tales palabras a la hija de Agustín y Bernardo.

 

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Medioevo europeo: un gran intelectual

Francisco PETRARCA

 

 

Nació en Arezzo – Italia en el 1304. Hijo de un florentino, estudió en Mnontpellier y en Bologna bajo la cultura impartida por las ‘ordenes menores’.

En el 1327 en Avignone, encontró Laura, la inspiradora de su poesía. Alternó períodos de soledad y meditación con otros de intervención en la vida pública: en el 1347 solidarizó con Cola de Rienzo, y en el 1356, en Praga, encontró al Emperador  Carlos IV.  Su célebre «Canzonieri» en vida y muerte de Laura es considerado la obra máxima de la lírica europea. Murió en Arquà en el 1374.

 

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700 años de la victoria almogavar en Monte Taurus

 

Por César Alcalá

El 15 de agosto de 1304, ahora hace siete siglos, los almogávares expulsaron a los sarracenos del Monte Taurus y, gracias a esa victoria, Constantinopla se vio libre del dominio sarraceno. Antes de explicar el heroico triunfo de los almogávares, que ha pasado sin pena ni gloria, debemos preguntarnos: ¿quiénes eran los almogávares? ¿Quién fue Roger de Flor? ¿qué consiguió la Gran Compañía de Almogávares?

 

El término almogávar deriva del vocablo árabe al-magawar, que significa el que hace algaradas o correrías. Eran soldados mercenarios originarios de las tierras de la Corona de Aragón.

Cuenta la leyenda -transcrita por Cánovas del Castillo- que el mismo Ramón Berenguer IV, heredero de los condados catalanes, fue líder de los almogávares, cuando éstos todavía no habían dado el salto al Mediterráneo, en el siglo XIII. Su actividad fundamental era la de ayudar en la reconquista de la península, haciendo incursiones en territorio árabe desde los pirineos catalano-aragoneses.

Ramiro I, el monje, rey de Aragón, viendo cómo los ricos hombres oscenses iban a ceder el reino a manos castellanas ofreció a Berenguer la mano de su hija Petronila, anexionando Aragón los territorios catalanes. Frente al modelo de expansión absorbente de Castilla, Cataluña en su reunión con Aragón conservó todas sus leyes, normas e instituciones y juntas se expandieron por el Mediterráneo. Después de Cataluña se fueron sumando a la Corona de Aragón otros muchos territorios: los ganados a los musulmanes de Al-Andalus, como Valencia y Mallorca; las islas del Mediterráneo incorporadas, tales como Sicilia o Cerdeña; y territorios situados en el Mediterráneo oriental, como los ducados de Atenas y Neopatria.

Según Desclot, los almogávares vestían igual en el invierno que en el verano: gonela muy corta, calzones bien cortos de cuero, buenas abarcas, que llevaban buen cuchillo y buena correa; se defendían con una buena lanza y dos dardos; que llevaban un eslabón (sílice ad ignem) en la cintura y un zurrón de cuero en la espalda para el pan de dos o tres días, impresionaron profundamente a sus contemporáneos por su feroz valentía.

El origen de éste caudillo de los almogávares es un poco confuso. Según parece nació en Brindisi (Italia) en 1266. Otros apuntan que nació en otro lugar y que, desde pequeño, vivió en esta ciudad. Sea como fuera, se crió desde joven en Italia. Su padre, Ricardo Blume, de origen alemán, era halconero del Emperador Federico II Hohestaufen. Luchó primero al lado de Manfredo hasta su dominio en Benevento y murió combatiendo, contra Carlos d’Anjou, en la batalla de Tagliacozo. Así pues Roger Blume ha pasado a la historia con la traducción literal de su apellido, de ahí, lo de Flor. Esta traducción es debida a que algunos historiadores han querido situar su lugar de nacimiento en Tarragona y, por lo tanto, se le ha querido catalanizar.

En Brindisi, el joven Roger vivía todo el día en el muelle, donde invernaban los navíos de Abulia y de Mesina. A los ocho años, un templario llamado Vassayl llegó a la ciudad. El templario le cogió cariño al joven Roger y le pidió a su madre podérselo llevar para hacer de él un hombre de bien y un caballero templario. A los 15 años tenía una excelente práctica como marino y a los 20 años en teoría y navegación. Nombrado hermano del Temple, se le concedió un barco al que Roger lo bautizó como “Halcón del Temple”, en memoria del oficio de su padre.

En 1291 los sarracenos sitiaron y tomaron San Juan de Arce. Roger consiguió salvar un gran número de cristianos, asimismo salvó los bienes de éstos, que quedaron a guarda en Mont-Pelerin. La historia, aquí, en éste punto, es un poco dudosa. Roger de Flor entregó los tesoros recuperados al Gran Maestre del Temple. Sin embargo, éste lo acusó de haberse apoderado de todo el dinero y mandó prenderlo. Roger de Flor, advertido de las intenciones del Gran Maestre, huyó a Génova. Con la ayuda de algunos amigos pudo comprar una galera, llamada Olivette, y marchó hacia Mesina, para ponerse a las órdenes de Federico II de Sicilia, hijo de Pedro III, el Grande, rey de Aragón. La orden del Temple expulsó a Roger de Flor y, a partir de ese momento, se convirtió en un mercenario al servicio de un rey. Una vez empleado por Federico II, éste lo puso al mando de una compañía de almogávares y de mercenarios catalana-aragoneses, que ya habían participado en la conquista de Valencia y Mallorca.

En 1302 Carlos II y Federico firmaron la paz. Carlos II se quedó con Nápoles y la Italia meridional, mientras que Federico se quedó con Sicilia. Ante esta nueva situación, Roger de Flor decidió marchar de Sicilia. El motivo era claro. Federico tenía muy buena relación con la Santa Sede y tuvo miedo que la orden del Temple lo reclamara por el asunto anteriormente citado. Así pues, decidió marchar hacia Grecia. El emperador de Bizancio, Andrónico II, le había pedido ayuda a Federico II ante el acoso de los sarracenos. El rey de Sicilia decidió mandarle la Gran compañía catalana, formada por 39 galeras, 1.500 caballeros, 4.000 almogávares y 1.000 peones. No puede decirse, a ciencia cierta, que constituyeran un ejército, sino un pueblo guerrero, deseoso de lucha, de dinero y de aventura. Todos ellos al mando de Roger de Flor. Los almogávares de Roger de Flor contraatacaron, desde 1304, eficazmente las posiciones sarracenas, tomando Filadelfia, Magnesia y Éfeso y obligando a los sarracenos a retirarse a las montañas de Taurus.

Anteriormente a los hechos, de los cuales se cumplen setecientos años, Andrónico III nombró a Roger de Flor megaduque del Imperio. Asimismo hizo que se casara con su sobrina María. Una de las acciones llevadas a cabo por los almogávares de Roger de flor fue matar a los genoveses de Constantinopla. Esta acción les fue sustancialmente agradecida por Andrónico II. Los éxitos y las victorias conseguidas hizo que fuera adoptado por la familia Imperial y asumió el señorío de las provincias asiáticas, esto es, toda la actual Asía menor. Lo que en un principio fueron halagos, con el tiempo se convirtió en desavenencias con Andrónico II. Éste se disgustó por las devastaciones que realizaban los almogávares. El motivo era claro, se sentían mal retribuidos y, en compensación saqueaban indistintamente a griegos y a sarracenos. En pocas palabras, Roger de flor se convirtió más en un problema que en una solución. Así pues, Andrónico II puso en manos de su hijo, Miguel Paleólogo, el problema. Miguel Paleólogo invitó a Roger de Flor y a 130 de de sus jefes a un banquete. Durante el banquete asesinó a Roger de Flor y los soldados del primero masacraron en las calles a los almogávares.

Si bien Roger de Flor murió en aquel banquete, la venganza de los almogávares sobrevivió a su jefe. Es lo que se conoce como venganza catalana, al grito de ¡Desperta ferro! Los almogávares arrasaron, a su paso, todo lo que encontraron hasta Constantinopla. Luego, los propios almogávares se enzarzaron en luchas internas y sirvieron a diferentes señores. Aquellos almogávares de Roger de Flor fundaron dos ducados, el de Atenas y el de Neopatria, que pasaron a formar parte de la Corona de Aragón.


Con referencia al tema que nos ocupa, esto es, la victoria en Monte Taurus, escribe Martínez i Ferrando: En la primavera de 1304 los contingentes catalanes y aragoneses, con la ayuda de griegos y alanes -raza escita, que procedían de más allá del Danubio y de los márgenes septentrionales del Mar Negro, tenían fama de guerreros feroces- , volverían a emprender su actividad bélica y ocuparían las poblaciones de Filadelfia, Magnesia, Tira. Efes, hasta ese momento en mano de los turcos. Empezaron ahora a producirse desavenencias entre los candiles de diversas nacionalidades, pero la oportuna llegada de Bernardo de Rocafort con nuevas fuerzas almogávares pudo contenerlas de momento e hizo posible continuar con éxito la expedición a través de toda la Anatólia, siempre esperando que los turcos presentaran batalla. Estos se habían retirado a los contrafuertes del Taurus con la idea de poderse reorganizar, aprovechando el abrupto terreno. Por fin el encuentro tuvo lugar el mismo día de la Virgen de Agosto. Los almogávares atacaron con su famoso grito de guerra: “¡Desperta, ferre, Desperta!”. La batalla duró todo el día. Ya al atardecer, la victoria fue completa para la Gran Compañía. Se asegura que se necesitaron tres día para recoger el botín. Después se siguió avanzando la hueste hasta llegar a la conocida como Puerta de Ferre o de Cilicia; más allá se extendía el reino cristiano de Armenia. El viaje de regreso fue triunfal. Constantinopla se consideró libre al fin de la constante amenaza de los infieles.


Como hemos dicho anteriormente, la muerte de Roger de Flor supuso el inicio de la conocida como venganza catalana. Sobre ella escribe Martínez i Ferrando: Al día siguiente de la aparatosa tragedia se inició una cruel persecución de catalanes y aragoneses por diversas ciudades del Imperio con el deseo de exterminarlos a todos. Delante del inesperado peligro, los almogávares se fortificaron en Gallipoli y desde esta península declararon oficialmente la guerra a Andrónico II. Los basileos contestaron degollando a los embajadores. Tan extrema maldad y perfidia obligó a los catalanes a tomar una decisión desesperada: la de vencer o morir. Tal disyuntiva multiplico sus fuerzas y los lanzó a una lucha heroica, implacable, conocida en la historia por “venganza catalana”, la cual fue llevada a termino “ab l’ajuda de Deus”, como nos dice Muntaner, encendida de indignación por el vil comportamiento de los griegos. Aquellos almogávares, reducidos en número, lucharon con tan singular ferocidad que consiguieron una plena victoria cuando los ejércitos imperiales intentaron reducirlos, atacando Gallipoli. Inspirado por el mismo deseo de venganza, Berenguer de Entenza -cuñado de Roger de Flor-, se dirigió con sus naves hacia Heraclea y diezmó la ciudad. Cuando volvía victorioso, los genoveses, con un pérfido engaño, lo hicieron prisionero y se lo llevaron a su metrópolis. La venganza catalana se extendió tierra adentro del Imperio y la devastación fue tan sistemática y absoluta, dice Nicolás d’Olwer, que al recordarla “temblarían por muchos siglos Tracia y Macedonia.

En definitiva, la Gran Compañía de almogávares catalana-aragoneses triunfó contra los sarracenos y mermaron el poder expansionista de éstos. Fue una victoria de la Corona de Aragón. Querer atribuir la victoria y el origen de Roger de Flor a una historia privativa y exclusivista de Cataluña es una falacia porque, en la época que se produjo, Cataluña, como tal, aún no existía. Ahora bien, ya sabemos como actúan algunos intelectuales y políticos, que tergiversan la historia y la rescriben a su antojo. Allá ellos. Nosotros sólo hemos expuesto unos hechos que ocurrieron hace setecientos años. sar Alcalá - «ARBIL Nº85-2004 OCTUBRE 05

 

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Gengis KhanNacionalidad:Mongol 1162 - 1226

 

Nacido en las proximidades del lago Baikal, era hijo de Yesugei, cabecilla de los Kiyat, una pequeña tribu nómada del Este de Mongolia, vasalla del Imperio chino. De nombre auténtico Temudjin, sus seguidores le otorgaron el título principesco de Gengis Khan. Huérfano a los diez años, pasó a formar parte del servicio del señor de los Kereit, Ong Qan Togril. A los trece años se convirtió en jefe tribal y, tras derrotar a los merkits y a los tártaros, se proclamó gobernante de la Mongolia oriental en 1203 y de la occidental en 1206. Agrupó en torno a sí a las diferentes tribus mongoles, lo que le facultó para emprender la guerra contra el poderoso imperio chino, llegando hasta las puertas de Pekín en 1211 y obligando al emperador Si-Hia a declararse vasallo suyo. Su marcha victoriosa obligó a China a firmar la paz, si bien la guerra se reanudó en 1215, tomando Pekín y conquistando las áreas central y meridional de China. Intentó entonces extender sus dominios hacia el oeste, logrando invadir regiones como el Kharizim, Turkestán, la Tranxosiana, el Khorasan y el Quersoneso entre 1218 y 1225. Sus dominios se extendías por áreas de las actuales China, Corea, India, Irán, Irak, Turquía, parte de Rusia y algunos países europeos. Después de estas conquistas, una parte de su ejército, dirigida por su primogénito, continuó las conquistas hacia el oeste, mientras él se dirigía a completar la invasión de China. Sin embargo, murió en la provincia de Kan-Su antes de ver cumplido su objetivo. Su última campaña se produjo contra el reino Tangut de Si-Hia, al nordeste de China, cuya población fue asesinada a los pocos días de morir el gran Khan. Considerada una de las figuras militares más importantes de la historia, su imperio apenas le sobrevivió, mantenido por sus hijos Giuci, Jagatai, Ogadai y Tului, al no dejar una estructura política asentada.

 

SCOPERTO IL MAUSOLEO DEL LEGGENDARIO GENGIS KHAN Il mausoleo di Gengis Khan, il leggendario conquistatore mongolo, è stato riportato alla luce da un team di archeologi giapponesi e mongoli, guidati dal professor Noriyuki Shiraishi. Le rovine del palazzo, che si trovano a 250 chilometri a sud-est di Ulan Bator, risalgono al 13esimo secolo e si estendono su 600 mila metri quadri. Nel sito sono state rinvenuti i resti di mucche e cavalli che sarebbero stati sacrificati nel corso della cerimonia funebre in onore di Gengis Khan, morto nell´anno 1227. Gli archeologi hanno anche scoperto orecchini ed altri preziosi decorati con disegni di dragoni. "Abbiamo concluso che si tratta del mausoleo per via di documenti storici secondo i quali una simile cerimonia funebre ebbe luogo proprio per celebrare la morte del terribile condottiero", ha detto il professore Shiraishi, aggiungendo: "Stando ai preziosi documenti di cui siamo in possesso, la tomba di Gengis Khan si troverebbe in un raggio di 12 km dal mausoleo". Ora l´equipe archeologica attende l´autorizzazione del governo mongolo per proseguire gli scavi che sino al 2007 sono limitati al sito del palazzo (Foto AFP) 2004.10.07 - Milano-Italia ´Corrieri della Sera.´
 

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Bien es cierto que en sus correrías los mongoles arrasaban campamentos enemigos y que secuestraban a las mujeres, pero éstas no eran maltratadas, a pesar de esa terrorífica frase atribuida a Gengis Khan: «Lo mejor que un hombre puede hacer es perseguir y derrotar a su enemigo, apoderarse de sus pertenencias, montar sus caballos y usar el cuerpo de sus mujeres dejándolas llorando y gimiendo».

 

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El Arte de la Estrategia

GENGHIS KHAN Y LOS MONGOLES

 

 

El ejército mongol funcionaba con una precisión y efectividad admirables. Se organizaba en decenas, formadas por diez hombres que actuaban juntos en el combate, el saqueo o la obtención de suministros. Cada diez decenas había un jefe, cada cien un kan y cada mil formaban una horda que dirigía un lugarteniente del Gran Khan. Al contrario que todos los ejércitos de la historia, los mongoles no llevaban intendencia en sus campañas, sino que vivían de lo que encontraban en sus marchas. En el desierto sobrevivían bebiendo sangre de caballo. Tenían un hábil servicio de espionaje y utilizaban técnicas que aprendían de sus adversarios, como los elefantes persas o las máquinas pesadas de los chinos. Todos los hombres iban a caballo, y en campañas lejanas cada uno llevaba dos o tres caballos de repuesto. En el saqueo todos eran iguales y tenían derecho a retener cuanto pudieran coger pagando un diezmo al emperador.

El territorio original de los mongoles se sitúa al norte de la Muralla China, lindando con las montañas Altai y Tien Shan, el río Shilka y el lago Baikal. Es un fértil territorio de praderas y bosques en el norte, el desierto de Gobi en el centro y amplios pastos en el sur. Pastores y cazadores nómadas, los mongoles mantenían también algunas relaciones comerciales con sus vecinos chinos, pero su principal ocupación era la cría de ovejas, caballos y camellos.En 1167 nació Temujin, hijo de Yesugei, que era jefe de una extensa zona entre el río Amur y la Muralla China. Yesugei fue envenenado y su hijo le sucedió con sólo trece años. A la madre de Temujin se le atribuye una enseñanza que sería de gran importancia en su vida: "tu única compañía es tu sombra".

Desde entonces, y durante veinte años, luchó para hacer valer su autoridad frente a los impostores que habían usurpado el puesto de su padre. Después de someter, por primera vez, a todas las tribus de los mongoles fue elegido como Genghis Khan, que significa "el mayor de los gobernantes, emperador de todos los hombres". La base de la actuación de Genghis Khan está en la creencia de que sólo puede haber un emperador para todos los hombres, y por lo tanto todos los pueblos deben ser sometidos a su autoridad y los pretendientes al imperio ser ajusticiados. El emperador es elegido por el consejo de jefes de las hordas. La organización social de los mongoles era igualitaria, una hermandad sin diferencia de clases y en la que estaba prohibido luchar entre sí o tener esclavos de su misma raza. El adulterio y robar caballos se pagaba con la vida, y otros delitos menores con penas de azotes.

En 1208, las hordas mongolas atravesaron la muralla china con trescientos mil hombres y durante años fueron conquistando y saqueando grandes partes del país. Genghis Khan tuvo también que sofocar varias revueltas en territorio mongol, lo que supuso la conquista de la mayor parte de Asia Central y buena parte de Europa. Utilizando ingenieros chinos completaron la conquista de Persia y superando el Caspio por el sur, los ejércitos mongoles accedieron al Cáucaso y a la estepa rusa. La amenaza mongola unió a polovsianos y rusos, antiguos enemigos que les hicieron frente con todos sus medios en el río Kalka en 1223. La traición de los polovsianos durante la batalla significó el aniquilamiento del ejército ruso y la conquista de todos sus territorios hasta el río Dnieper.

La única limitación es que nadie podía empezar el saqueo sin permiso de su jefe, bajo pena de muerte. Genghis Khan conquistó el mayor imperio que ha habido nunca sobre la tierra, unificando toda Asia en un periodo de relativa paz. A su muerte en 1227, su hijo recibió en herencia un imperio que se extendía desde el río Dnieper hasta el sur de China y desde el Golfo Pérsico hasta el Océano Ártico. El proceso de sucesión de Genghis Khan tras su muerte permitió a los rusos diez años de paz hasta que las hordas regresaron bajo el mando de Batu Khan, nieto de Genghis. Las tropas de Batu Khan formaban la llamada "Horda de Oro", ejército invencible que en tres años conquistó casi todos los principados rusos, Polonia y Hungría. Preparando ya una imparable conquista de Europa occidental, de nuevo la muerte en 1241 del Gran Khan Ogaday impuso una pausa en la campaña, y mientras esperaba para hacerse con el poder mongol, Batu Khan fue supuestamente envenenado por una mujer celosa en Sari, su capital en el Volga. Desde entonces, y salvo alguna campaña aislada, Europa no volvió a sufrir la amenaza de la conquista mongola. Bajo el nombre chino de dinastía Yuan, los mongoles gobernaron China mientras intentaban continuar la conquista del resto del país, bajo el mando de la dinastía Sung. Los emperadores mongoles, como Agdai o Kubalai eran siempre destacados guerreros, y aunque con grandes dificultades éste último logró tras medio siglo de lucha la conquista de toda China.

Kubalai, el Khan que conoció Marco Polo, no sólo era un hábil guerrero sino también un apasionado por el conocimiento, el arte y la cultura. Inteligente y amable, su reinado fue magnánimo y se rodeó de consejeros de muchas nacionalidades. Murió en 1294 con setenta y ocho años de edad, pero todos sus sucesores demostraron ser corruptos e injustos hasta que en 1368 el noveno de ellos fue destronado por sus excesos y los chinos recuperaron el gobierno para la dinastía Ming. En general los principales problemas del imperio mongol fueron los mismos que suelen presentarse en las conquistas realizadas por pueblos nómadas. Una vez que dominan una tierra y se establecen en ella como conquistadores, salen de su elemento, pierden su personalidad y hasta son vulnerables a resultar culturizados por los pueblos conquistados.

Las diferentes regiones del imperio mongol intentaron imponer sus estructuras burocráticas y hasta sus religiones sobre las otras regiones. El budismo, el lamanismo y el Islam lograron adeptos entre los mongoles según se asentaran en China o en la parte más occidental del imperio. La importancia de los mongoles decreció hasta desaparecer durante los siglos XIV principios del XV. Una serie de derrotas frente a los rusos y sus negativas a continuar pagando impuestos, terminaron con la dominación mongola, por más que su importancia fue temporalmente renovada por las campañas de Tamerlán. La población actual de mongoles se estima en un millón de personas, diseminadas por la mayor parte del sureste asiático y el Asia oriental, en especial China, Japón, Vietnam, Corea, Siberia y por supuesto Mongolia. Gran parte de ellos todavía son nómadas, aunque practican la agricultura. El ganado, en particular ovejas, caballos, camellos y cabras, son propiedad privada, pero la tierra es propiedad colectiva de la tribu.

 

LOS MONGOLES Y SUS CONQUISTAS.

El califato abbasida de Bagdad, había durado unos quinientos años sin cambios dinásticos. Los califas se creían o se proclamaban sucesores del profeta. Pero a mitad del siglo XI se verificó un gran cambio por la intervención de los sultanes Turcos selyucidas, que ejercían una autoridad casi absoluta como visires. Eran mahometanos mas sinceros que los califas, quienes conservaban el titulo, aunque sin deseos de hacer valer su titulo de jefes del Islam.

Los turcos no eran de raza árabe ni semita, sino de origen turanio. El mas antiguo antepasado de ellos era un caudillo llamado Togrul y su abuelo Selyuc, fue el que dio nombre a toda su gente. Los turcos selyúcidas habían llegado del Asia Central y estaban acampados en los alrededores de Samarakanda, donde se hicieron Mahometanos. Desde allí extendieron sus conquistas por Armenia, Persia, y hasta parte de la India.

Mientras tanto, el califa de Bagdad estaba sometido por la despótica disciplina de una familia árabe pura, pero autoritaria, y no pudiendo tolerar mas se dirigió al jefe de los selyúcidas y le pidió su protección. Torgul, llegó a Bagdad con ochenta mil turcos, expulsó a los despóticos, y envío enseguida un mensaje al califa en que le ofrecía su sumisión a él y al Corán. Su hija casó con el califa y Togrul tomó el título de sultán. A su muerte recogió la herencia y el cargo su sobrino Alp Arslán y posteriormente su hijo Malik Shah que fue el mas grande sultán selyúcida, admirablemente secundado por la eficiencia de su ministro Nizam al – Mulk.

La violenta muerte de Alp – Arslán y Nizam al – Mulk dejó al califato como decapitado, pero por fortuna un capitán Kurdo de Mossul restableció la autoridad del sultanato. Se llamaba Zengui, y el y su hijo conquistaron de nuevo Siria y Mesopotamia, estableciendo la capital en Damasco. Pero mas importante fue el que envió de Salh ed – Din, que conocemos por Saladino, a poner orden en Egipto, entonces caído en el mayor exceso religioso y político, con los últimos descendientes de Ali y Fátima. Tales fueron los servicios que presto Saladino en Egipto, que en Siria le nombraron Gran visir. Pero Saladino se proclamo sultán, y al morir el de Damasco se apoderó de estos estados.

Pero la obra de los selyúcidas iba a verse interrumpida por un movimiento de pueblos que se estaba fraguando en el interior de Asia. Ya hemos visto a Asia verter varias veces sobre Europa, sus multitudes inmensas, primero con los hunos, que hicieron emigrar a los pueblos Germánicos hacia Occidente; después con los Finlandeses, magiares y turcos, que son todavía asiáticos y conservan en Europa jirones de las tierras que conquistaron sus abuelos. De ninguno de estos pueblos orientales, sin embargo, tenemos tanta información como del que representan las conquistas de Genghis – Khan, y lo que sorprende en las campañas de éste es que contrariamente a la leyenda de incapacidad para las cosas prácticas, general a toda Asia, los mongoles de Genghis – Khan se movieron con un orden y una disciplina que no se encuentran en la Europa de su tiempo y probablemente ni en la de hoy. A la muerte de su padre, Genghis – Khan, era un niño de trece años, tuvo que imponer su autoridad luchando contra sus propios súbditos, que seguían a un impostor. Desde el año 1167, en que murió su padre, hasta 1190 , en que por fin todos los Mongoles reconocieron su autoridad, pasó Genghis Khan mas de veinte años combatiendo.

 

LOS MONGOLES USARON ELEFANTES EN SUS EJÉRCITOS

Sus ideas políticas eran de una enorme simplicidad: no debía haber mas que un solo emperador para todos los hombres. Por tanto, todos los pretendientes al Imperio debían sufrir pena de muerte. Los emperadores serían elegidos por los jefes de las hordas, reunidos en un consejo. Ningún jefe podía hacer las paces con un monarca o pueblo que no se hubiera sometido con anterioridad al gran Kan. La organización civil de los mongoles no pasó de ser una fraternidad en la que todos tenían los mismos derechos. Por eso les estaba prohibido luchar unos con otros, y un mongol, tampoco podía ser esclavo de otro mongol. Los robos de caballos y el adulterio, eran castigados con la pena de muerte; para otras ofensas menos graves la pena eran azotes. No había necesidad de pagar tributos, las conquistas proveerían siempre de recursos para fabricar flechas y preparar nuevas campañas. Al empezar la movilización los mongoles recibían armas de sus jefes y debían conservarlas en buen estado, para que pudiesen estos inspeccionarlas antes de entrar en acción. El ejército estaba organizado en unidades de diez combatientes o decenas. Los diez debían actuar siempre juntos para pelear, saquear, y procurarse forrajes. Cada diez decenas iban mandadas por un jefe, con un kan por cada diez centenas, y las hordas que eran los grupos de diez mil, estaban dirigidas por los lugartenientes del gran kan. Todo el ejército iba a caballo; para campañas en lugares distantes cada combatiente llevaba dos o tres corceles de repuesto. El procurarse un número suficiente de caballos y armas debía ser la preocupación mas grave del gran kan. Y a menudo esto exigía años antes de empezar el movimiento.

Las hordas no llevaban bagajes de ninguna clase; vivían sobre el país, comiendo de lo que encontraban, y en sus largas marchas por el desierto se sostenían con sangre de caballo. El saqueo estaba legalizado por la ley, que prohibía bajo pena de muerte empezarlo sin permiso del jefe; pero después, cada mongol tenía los mismos derechos y podía guardar su botín personal, pagando no mas que un diezmo al emperador.

CHINA

La primera conquista de Genghis – Khan, fue la China, en 1208 cruzaron la gran muralla con unos trescientos mil jinetes, y para 1213 comenzó la conquista de la China central. Las ciudades fueron cayendo en manos de él o de sus hijos, a la conquista de cada una seguía el saqueo, pero entonces se originaron sublevaciones en los territorios mongoles y Genghis – Khan se vio obligado a regresar para combatirlos, el ataque a los rebeldes condujo finalmente a la conquista de toda el Asia central y mas allá pues las hordas mongolas no se detuvieron hasta Bulgaria. Otra consecuencia fue que Asia central quedaría casi despoblada a causa de las matanzas.

En 1223 la frontera del imperio mongol lidiaba con china y Genghis – Khan dispuso una nueva invasión pero murió en 1227. Su hijo le sucedió en la gobernación de un imperio que se extendía desde el sur de China hasta el Dnieper. Su tercer hijo Agdai gobernó sólo por dos años, pero fue con él que empezó a reinar en China la dinastía Yuan. El nombre Yuan no es mongol sino chino lo cual constituía una manipulación muy astuta para adular a los chinos. El mas famoso emperador de la dinastía Yuan, fue Kubalai proclamado emperador en 1259 a los 43 años de edad. Como todos los mongoles ya se había destacado desde niño en el campo de batalla.

Kubalai tuvo bastantes dificultades para completar la conquista de China donde todavía gobernaban un emperador Sung desde la ciudad de Hangchou. A los 19 años Kubalai había sido nombrado jefe supremo del norte de China y desde allí empezó en 1235, la lucha por la conquista del sur. En 1246 fundó una nueva capital en el norte que se llamaba Peiping, la actual Pekín, donde mandó construir una nueva ciudad que se terminó en 1267 y desde allí continuó la encarnizada lucha contra la dinastía Sung. Finalmente tras una terrible guerra que había durado 50 años la ciudad de Hangchou se rindió. Nunca antes en la historia un emperador había gobernado un territorio tan basto como Kubali – Khan.

Kubali nombró a su alrededor un gobierno con muchos extranjeros como consejeros. Había persas, armenios, y hasta venecianos, pues fue la época en que Marco polo y los suyos estuvieron en China. Kubali, fue el primero de su raza en preocuparse por el arte y la cultura, fue un rey inteligente y dirigía su mirada al futuro, su naturaleza fue magnánima y amable, pero sin dejar de ser todo un guerrero mongol. Murió en 1294, cuando tenía setenta y ocho años. Dejó doce hijos pero le sucedió en el trono su nieto llamado Timar. Pero después de Kubali, no hubo ningún emperador Yuan bueno, era como si la sangre mongola se hubiera aguado con el lujo de la vida de la corte China y el noveno emperador después de Kubalai fue destronado por escándalos inadmisibles llegando el turno de que los chinos regresaran al gobierno y en 1368 empezó a reinar la dinastía Ming.

RUSIA

Después de conquistar China, Genghis – Khan se volvió hacia el oeste con la intención de conquistar el mundo. Envió a sus ejércitos acrecentados con la acumulación de incontables ingenieros chinos a través del Asia central para entrar en Persia. Pasaron al sur del mar Caspio, doblaron al norte y se internaron en la estepa por los pasos montañosos del Cáucaso. En la estepa derrotaron a los polovsianos que desesperados solicitaron la ayuda de sus antiguos enemigos rusos.

Los rusos comprendieron la gravedad del peligro y muchos príncipes enviaron a sus ejércitos; una fuerza combinada de rusos y polovsianos hizo frente a los mongoles a las márgenes del río Kalka durante el año de 1223. En un momento crucial de la batalla las tropas polovsianas desaparecieron dejando a su suerte al ejército ruso que fueron destrozados por los mongoles, quienes tras esta victoria inicial asolaron a Rusia hasta el Dnieper, mas luego de pronto se retiraron al este, tenían problemas que resolver por la muerte de Genghis - Khan en 1227.

Los rusos pudieron disfrutar de diez años de paz, pero en 1237 los ejércitos mongoles volvieron dirigidos por Batu Kan, nieto de Genghis y en muy poco tiempo se produjo la conquista de Rusia.

El hecho de que los príncipes rusos no hubieran unido sus ejércitos contribuyó a su derrota, pero es dudoso que cualquier ejército de la Historia hasta esta época hubiese podido oponerse a los mongoles. Eran magníficos jinetes usaban excelentes formaciones de caballería y tenían un magnifico sistema de reconocimiento y espionaje además estaban equipados con armas pesadas que tomaron de los Chinos las cuales podían lanzar piedras para derribar las murallas a una distancia de 300 metros. En las batallas a campo abierto, los mongoles ponían tropas auxiliares en el centro de su línea, mientras los arqueros ocupaban los flancos. El centro retrocedía cuando cargaba el enemigo, dejándolo expuesto a un fatídico fuego cruzado.

En 1237, a la cabeza de 150,000 de estos soldados, Batu Kan arrasó el reino de los búlgaros del Volga, cruzó el río y empezó a someter sistemáticamente a los principados rusos del nordeste. En el termino de tres años Batu Kan, recorrió el norte, el oeste, el sur y el este, lo conquistó todo, menos una parte de la antigua Rusia de Kiev, derrotó a los polacos y a los húngaros en la Europa central y llegó hasta el mar Adriático.

En 1242, Batu Kan, estaba ya listo para lanzar una acometida contra Europa Occidental que difícilmente hubiera fracasado. Los reyes europeos y el Papa no podían presentarle un frente unido. Pero mientras Batu se disponía a realizar el ataque le llegó la noticia de que el Gran Kan había muerto y debía trasladarse a Mongolia. En consecuencia Batu Kan se retiró al este esperando conquistar la jefatura suprema, Y estableció su capital en la ciudad de Sari en el Volga inferior. Aunque se desconoce la causa real de la muerte del Gran Kan un enviado papal informó que había sido envenenado por una mujer de su séquito. Si la versión es correcta, la Europa Occidental debió su salvación a una mujer celosa desconocida que cometió un oportuno asesinato a 8000 Km. de distancia.

Los mongoles no volvieron a representar una amenaza para Europa central fuera de algunas irrupciones contra los reyes o príncipes alemanes, polacos o húngaros que se negaban a pagar tributo. Al parecer se centraron en un imperio, que cuando llego a su apogeo comprendía parte de la actual Rusia, Corea, Toda China, y el Tibet, Siria, Mesopotamia y Turquía y algunas partes de Persia.

La única gran ciudad de Rusia que no conquistaron fue Novogord, salvada por un deshielo de primavera que obligó a los mongoles a retroceder. Aunque salvado de los mongoles, este principado fue atacado por los cruzados para intentar imponer la iglesia romana. En 1240 los suecos intentaron cerrar el acceso de Novogord al mar, pero la ciudad fue valientemente defendida por "Alejandro del Neva" o Alejandro Nevski nombre con el que pasó a la historia por la valiente defensa de su principado.

Alejandro sin embargo, tuvo que pagar un precio por sus victorias. Sabía muy bien que era inútil prestar resistencia a los mongoles, por lo que en 1242 se vio obligado a viajar a Sarai, en el Volga y humillarse ante Batu Kan quien accedió a que Alejandro siguiera siendo príncipe de Novogord, pero debía pagar tributo a los mongoles. Los Novgorodenses no se sometieron fácilmente al compromiso de Nevski de pagar tributo a los mongoles, se negaron a obedecer a los emisarios de Batu kan y los expulsaron. Nevski supo que no tardaría en aparecer un ejército mongol para devastar su tierra y en 1263 hizo otro viaje a Sarai para interceder por su pueblo. Consiguió que se suspendiera temporalmente el castigo, pero murió en el viaje de regreso. El metropolitano de Rusia, pronunció su oración fúnebre: "Hijos míos, sabed que se ha puesto el sol para Rusia". El sol de Rusia no se había puesto, pero no cabe duda de que se había eclipsado. Rusia estaba bajo el yugo que dominaría a la parte occidental del país durante un siglo y a la oriental durante dos.

 

LA INTELIGENCIA DEL GRAN KHANEl Gran Khan Mongol, Genghis Khan, no construyó el imperio de tierra más grande de la historia solo por la fuerza bruta y las matanzas, sino que era un gran estratega, un brillante gobernante y un terrible vengador. Genghis Khan, cuyo nombre real era Temujin, que significa el que trabaja el hierro, tenia múltiples enemigos, entre los que destacaban: Targutai, quien había matado a su padre y lo perseguía para ser él definitivamente el rey de los mongoles; el imperio Chino, ya que los chinos habían traicionado y torturado hasta la muerte a su antepasado Ambigai; los mekitas, quienes lo perseguían porque su padre Yesuguei había secuestrado a la hermosa Joguelún, la madre de Temujin; y por último Yamuga, un amigo con el que había realizado un juramento de sangre y que había traicionado a Temujin. El gran Khan derrotó a absolutamente todos ellos.

 

Los Chinos poseían una ciudad completamente inexpugnable, que los mongoles no podían vencer. Entonces el Gran Khan les dijo a los Chinos: “Denme todos los pájaros de su ciudad y yo los dejaré en paz”. Los Chinos hicieron esto felices, y entregaron las aves en grandes jaulas. Cuando el Khan los tuvo en su poder, les prendió fuego, y éstos volaron hacia los nidos y tejados de la ciudad, incendiándola, y los desesperados habitantes corrieron fuera de ella, cayendo en medio de las espadas mongolas. En una batalla crucial, contra sus enemigos Targutai y Yamuga, Temujin, viendo que sus fuerzas eran muy inferiores, hizo que cada soldado hiciera un muñeco del porte de una persona y lo pusiera en su caballo de reserva(cuando un caballo se cansaba, se usaba otro que se llevaba al lado, siendo este ejercito uno de los más rápidos de la historia). El ejército del Khan se vio dos veces más numeroso, atemorizando a sus adversarios, lo que fue crucial para el desenlace de la batalla. 

 

El Khan implantó el sistema de correo más rápido de la historia, ya que cada mensajero iba a galope tendido, con un buen par de caballos de reserva, utilizando un sistema como la posta para pasar los mensajes. Este sistema también se usaba para vigilar los alrededores del Ordu o Campamento Imperial. Cuando los merkitas raptaron a su hermosa esposa, vengándose del rapto de Joguelún por Yesuguei, Genghis Khan se enardeció, y con ataques fulminantes destruyó varios campamentos merkitas hasta encontrar a su amada. Estos ataques los hacía en momentos inesperados, y eran devastadores, ya que los campamentos merkitas no poseían ningún tipo de defensa. Los merkitas también raptaron a la esposa de uno de sus Generales, Bogorchu, pero estos se la dieron a Yamuga y luego a un Jefe obeso de una tribu.

 

Genghis Khan organizó a su ejército de una forma espectacular, ya que estaba dividido en decenas (arban), centenas (yaghun), millares (mingghan)y miríadas (tumen). Estos eran dirigidos por sus respectivos jefes, pero los cinco generales más importantes del ejército mongol fueron los denominados los Lobos de Temujin: Bogorchu, su anda (hermano jurado), Yebe la Flecha, Kubilai, Yelme y Subotei. Eran guerreros tan espectaculares, que los enemigos decían que “ Se alimentaban de rocío y carne humana. Son tan feroces que el Khan tiene que atarlos, pero cuando los libera para marchar a la guerra, cabalgan al viento delante de los arqueros, con la boca abierta, babeantes de alegría” lo cual, claro está, era algo exagerado.

 

Cuando sus conquistas los llevaron a Hungría, al no poder comparar la caballería ligera mongola con la caballería pesada húngara, simulaban una retirada, y cuando los caballos húngaros se agotaban bajo el peso de la armadura, los mongoles contraatacaban, lanzándose detrás de ellos, disparándoles flechas y matándolos por la espalda. Genghis Khan implanto un código de leyes muy severas inspirados en las creencias y costumbres turcomongolas. Sólo sus Generales tenían una cierta inmunidad contra estas leyes, porque se les permitía cometer cierto número de errores, mientras que para el resto del pueblo no había escapatoria.

 

http://www.personal.able.es/cm.perez/genghis.htm  

 

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De hombres, hechos, notas y acontecimientos de tal época para comprender el contexto:

 

Santa Eduviges – POLONIA (y tártaros)

«Dilexit Ecclesiam» ‘amó a la Iglesia Católica’


Santa Eduviges nació en Andechs, Baviera, hacia el 1174. A los doce años fue dada en matrimonio a Enrique I el Barbudo, duque de Silesia y Polonia, en quien los polacos reconocen a uno de los príncipes más brillantes.-
El hogar de Enrique y Eduviges, a quienes el Señor concedió cuatro hijos y tres hijas, era sólidamente cristiano. La piedad, el amor y la penitencia reinaban en él, junto con ese sentido de lo absoluto que solía existir en la Edad Media: ayunos prolongados, resistencia al frío, ascesis acuciante aceptada de común acuerdo por ambos esposos en sus relaciones conyugales... Eduvigis era, ante el duque, el abogado de los pobres, de los presos y de todos los humildes.-
A instancias suyas fundó él, en especial, el hospital de Wroclaw. Eduvigis soportó con entereza la viudez (1238) y la muerte de seis de sus hijos.-
Retirada a la casa de su hija, la abadesa de Trzehnicz, junto a Wroclaw, se sintió especialmente quebrantada por la muerte de su primogénito, el duque Enrique II, caído en el combate contra los tártaros (1241), muriendo ella poco más tarde (1243).-
Una de sus sobrinas, Isabel de Hungría, muerta a los veinticuatro años (1231), había sido su émula en santidad.

 

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REFORMA, CRUZADA, MISIONES 

 

1.- Historia e Historiografía.

Una historia de las misiones separada de la historia de la Iglesia no tendría por sí motivo de existir. La Iglesia es por su Naturaleza misionera. No se puede escribir una historia de la Iglesia relegando casi como un apéndice la historia de la evangelización.

De hecho se constituye una tradición historiográfica de escritos dedicados a las .misiones.. Es una producción de carácter apologético analítico con carácter edificante. El punto de partida de esta tradición podemos verlo en Los Hechos de los Apóstoles, y se continua esta línea con Historia mongolorum de Giovanni di Pian del Carpine, para pasar al Cristianismo feliz en las misiones de los padres de la Compañía de Jesús en el Paraguay de Ludovico Antonio Muratori, publicada en el 1743. La mejor obra de esta tendencia es Genie du Christianisme de Chateaubriand.

En el 800, paralelamente al resurgimiento misionero, aparecieron algunos trabajos de historia de las misiones, como la de Henrion.

La orientación era analítica, como su tiempo había hecho Baronio, era apologético, porque demostraba la verdad y las razones de la Iglesia Católica, y tenía un carácter edificante. No había preocupación crítica en el análisis de las noticias y en su colocación en una época.

En el 900 se afirmó una exigencia histórico-crítica con Streit, y Schmidlin. En Münster se abre una cátedra de Misionología, gracias a la obra de Schmidlin. Invitó a:

n    distinguir bien las fuentes (Archivos de la Santa Sede, de las comunidades religiosas, de los Estados Coloniales, de la realidad de los países de misión);

n    insertar la historia de las misiones en la Misionología y en la historia de la iglesia, aplicando a ella, al menos funcionalmente, la misma periodización y, sobre todo, insertándola en el contexto general de la vida de la iglesia, de la cual las misiones, constituyen la parte periférica,

o el momento .expansivo, diferente para aquello .intensivo, propio de la vida interna de la iglesia;

n    entender el término y el concepto de .misión. en el sentido estricto, comprendiendo en él, la actividad de la Iglesia cercana al pueblo no cristiano;

n    ocuparse, ya sea de la Iglesia que evangeliza, como de aquella que viene evangelizada.

Tomaron algunos instrumentos válidos como la Biblioteca missionum, la Bibliografía missionaria, la revista de historia de las misiones, los Estudios católicos, el Pensamiento misionero. Importante las semanas misionológicas de Lovaina (1923).

En los años 30 vienen publicadas diversas historias de las misiones, como la de Goyau (1923), Deschamps (1931), Lesourd (1937), Latourette (1935-45), Mulders (1948), también es importante Historia universal de las misiones católicas, de Delacroix, con la aportación de varios autores.

Las obras más recientes, son los volúmenes en el centenario de Propaganda, y la de Jean Comby, o la más sintética, de J. López-Gay.

Actualmente, la historia de las misiones ocupa un puesto notable en los volúmenes de historia de la Iglesia, como la obra de Fliche Martín, la Nueva historia de la Iglesia, la Historia de la Iglesia, dirigida por H. Jedin, y la reciente Historia del Cristianismo.

Un primer problema es el relativo al concepto mismo de misiones, sobre la cual hay dos escuelas en oposición: Münster y Lovaina.

Para la primera, a través de Schmidlin, la misión consiste en la <>. El padre jesuita Charles, y la escuela de Lovaina, la definen como <>.

El segundo problema es el nacimiento en el clima post-colonialista, y se lleva a negar la legitimidad de las misiones, confundiéndola con el colonialismo. Los defensores de esta interpretación, hablan de etnocidio, del cual sería responsable las mismas misiones; también para conocer las diversas posturas y matices pueden ser interesante las obras de Panikkar, Dussel, R. Augeneau, y en parte W. Buhlmann.

2.- Importancia del periodo.

El año 1368, señala el final de la dinastía mongola por obra de Ming. Tal llegada cerraba la esperanza de una conversión de China y por tanto se cerraba la posibilidad de acercarse al mundo islámico.

Se terminaba, de esta manera, la idea de una expansión de la Iglesia, a través de la cruzada, pero no cesaba la vitalidad misionera.

En 1492 comienza la fundación de la Cuarta Iglesia (la nueva Iglesia hispanoamericana después de la judeocristiana, Grecorromana, Romanobárbara).

Se afirma una conciencia más realista. Los latinos, hasta ahora, estaban convencidos que el Oriente, hasta Etiopía e India, sería cristiano, y los musulmanes serían muy pocos. Así se pensaba que muchos pueblos habrían aceptado el Islam, sólo exteriormente, pero íntimamente serían cristianos. Las misiones cercanas a los musulmanes, estaban, por tanto, descuidadas, esperando reconducirlas a la fe, y al pensamiento de los cristianos de Oriente. Esto explica el gran impulso de unión que, llevando a los Orientales, a la comunión con Roma, habría permitido la conversión de los musulmanes.

El periodo en cuestión es por tanto importante porque señala la elongación de la perspectiva. Es el periodo de los descubrimientos, pero tras ellos, viene colocado el descubrimiento por parte de Europa, de un mundo más vasto, a la conquista del cual, los europeos se dedicaron con gran pasión. En la base de este entusiasmo hay un movimiento religioso, no genuino, sino con otras motivaciones.

3.- Las misiones en los siglos XIII-XIV.

La cristianización de Europa se concluye con la conversión de Lituania. El príncipe Jaghellone en 1386 fue bautizado, recibiendo la mano de la princesa heredera de Polonia, Edvige. Así se concluía la misión intensa como .dilatatio imperii. e la difusión del cristianismo por medio de la cruzada.

Una excepción podría ser la evangelización de los Cumani. Eran paganos nómadas que estaban bajo la protección de los húngaros. Los dominicos fueron mandados a evangelizarlos. En 1227 su duque fue bautizado y con él muchos súbditos. Gregorio IX erige la diócesis de los Cumani inmediatamente , bajo la santa Sede (1228).

Se afirmó una nueva conciencia. Francisco de Asís había elegido una vía diferente a la cruzada. En 1219 había buscado el encuentro directo con el sultán de Egipto Melekel-Kamil, en Damiata. Inauguraba las misiones hechas con las armas de la predicación. La primera experiencia de los franciscanos en Marruecos, se concluyó trágicamente (1220), en cuanto que pensaban necesario atacar frontalmente la doctrina de Mahoma. Fundamentalmente para fundar la concepción de la misión como .partida. y .anuncio., es el capítulo 16 de la Regla.

Un hecho nuevo lleno de importancia fue el nacimiento impetuosos del imperio mogol. En 1215 Gengis Khan había conquistado Khanbalik. A su muerte el imperio fue dividido en varios canati, pero continuaba expandiéndose por Occidente. En 1240 caía Kiev. En 1251, se fundó el reino mogol de Orda de Oro en Rusia, y en 1280 Kubilay, donde reside por 17 años Marco Polo, fundó la dinastía Yüan en China.

Fue en la época de la V cruzada (1217-1221) que se oye hablar en Occidente de los Mogoles. En un primer tiempo se espero tenerlos como aliados contra el Islam, también porque se decía que eran cristianos. Cuando se tuvo conciencia del peligro, fue cuando se dieron cuenta que los mogoles no respetaban los reinos cristianos, se intentó poner remedio contra ellos. Por esto Inocencio V convocó el Concilio de Lyon (1245) y decidió enviar una embajada. Giovanni di Pian del Carpine en 1246 partió a la corte del Gran Khan.

A su vuelta, los franciscanos, trajeron noticias poco optimistas sobre la posibilidad de la conversión de los jefes mogoles, que se mostraban escépticos. Güyük había rechazado la conversión y pretendía la sumisión del papa. Los franciscanos además informaron al Occidente de la existencia de cristianos en el imperio, pero que la mayoría eran paganos, y era necesario enviar misioneros.

Poco después Luis IX de Francia envió al franciscano Guillermo de Rubruck al Khan del Orda de Oro, Sartaq, que se convirtió. En los años 1253-55 los franciscanos llegaron hasta el trono del Gran Khan Mongu, mostrando a Europa que al norte del mar Caspio existían espacios inmensos.

Enviados del Khan Abaga fueron acogidos en el concilio de Lyon II en 1274. Marco Polo en 1275 llegó a la corte de Kubilay en Khanbalik. De retorno trasmitió al papa la invitación de mandar 100 hombres instruidos, capaces de enseñar la fe cristiana.

La esperada conversión no llegaba. Kubilay se convirtió al Budismo. Ghazan de Persia pasó al Islam (1295), como también Ozbag.

Con esto, la esperanza de conversión de los mogoles, se alejaba.

¿Cómo influye esto en el método misionero?. En absoluto podemos decir que comenzaba una cierta centralización romana. El envío de misioneros venía de los superiores, pero por decisión de la Sede Apostólica. Frecuentemente fueron los Legados a organizar el apostolado entre los paganos y los no católicos, así muchas veces a los misioneros se les confería los poderes de los legados como a Juan del Monte Corvino.

Otras veces, el papa recibía los ruegos de enviar misioneros y lo trasmitía a los superiores religiosos y preguntaba por las relaciones.

El papado además se empeñó en la plantatio Ecclesiae. Juan del Monte Corvino en Khanbalik, había fundado un convento en el cual había admitido un cierto número de jóvenes esclavos que él había comprado, y para los cuales había compuesto un oficio litúrgico. Clemente V decidió alzarlo a la dignidad de obispo y le envió seis obispos sufragáneos. Sólo tres llegaron y los consagraron. Dos obispos le sucedieron en Zayton. Otros tres fueron enviados a China.

En 1318, Juan XXII, había creado una nueva provincia eclesiástica en Persia, con Sultanieh, como metrópoli y seis sufragáneas., de las cuales cuatro en Anatolia y Azerbayan, una en Sebastopol, y una en Smirna. En 1329, se crea la sede episcopal de Tiblisi, y después la diócesis de Samarcanda. Giordano Catala, viajando hacia China, se paró en la India, donde se erigió el episcopado de Quilon. En 1362 por un franciscano fue creada la diócesis de Sarai.

En segundo lugar se confería una especie de mandato a las órdenes mendicantes. Es sintomática la decisión de los Cistercienses en 1245, de orar por los misioneros recitando 7 salmos, por los Dominicos y Franciscanos que el papa habría enviado a los países lejanos.

Naturalmente los mendicantes se empeñaron en desarrollar el método misionero.

Umberto de Romans (1220-1277), maestro general de los dominicos (1254-63) incrementó las misiones, pero también elaboró un método. Escribiendo diversas obras:

n    De praedicatione crucis contra Sarracenos (1266), destinada a los predicadores que estaban en las tierras del Islam. Deseaba conocer el Corán y los lugares en los cuales los misioneros estarían (geografía, historia).

n    Opus tripartitum compuesto en la inminencia del concilio de Lyon II, para explicar la acción de la Iglesia contra los Sarracenos, el cisma griego y la reforma de la Iglesia. En ella el autor defendía el ideal de la cruzada.

n    En una carta circular (1255) quiere que los dominicos, encargados de una misión, fuesen mandados a los países próximos a la misma para aprender las lenguas. Una contribución importante fue de Sto. Tomás. Diversas obras suyas tendrían un desarrollo misionero, como Summa contra Gentiles, y Contra errores Graecorum.

El dominico Guillermo de Trípoli propone que los misioneros:

 ·      debían aprender las lenguas;

·      negarían la fuerza;

·      evitarían las controversias públicas;

·      no se expondrían al martirio con provocaciones gratuitas;

·      conocerían el Corán.

Otro dominico Ricoldo del Monte Cruz (1320), redacta una especie de manual para los misioneros, completado por algunas reglas como:

·      que los misioneros conocieran bien todas las escrituras, y no utilizarían las antologías;

·      que no predicarían con ayuda de intérpretes;

·      que no condenarían los ritos orientales.

Un puesto especial merece también Raimundo Lullo (1235-1316), poeta cortesano, convertido, que había madurado en su corazón tres proposiciones:

·      intentar convertir a los musulmanes, también a riesgo del martirio;

·      escribir un libro contra los errores de los infieles;

·      inducir a los papas y los reyes a fundar monasterios para el estudio de las lenguas.

Interpretaba los estudios de latín, árabe, filosofía, teología y ciencia. En 1274 tiene una iluminación sobre el método más adecuado para convencer a los musulmanes, en 1276 fundó el monasterio de Miramar, para la enseñanza de las lenguas orientales. Afirmó que  la cruzada era condenada por Dios. El uso de la fuerza lo admitía sólo para tutelar la libertad de palabra y de anuncio. La conversión no podía ser impuesta, debía ser libre. En el Concilio de Vienne (1311-1312), obtiene la institución de 5 colegios de lengua cercano a la Curia Romana, en París, Bolonia, Oxford y Salamanca.

Lullo esperaba convencer a los musulmanes con diálogo tolerante y distendido.

Un serio obstáculo para la eficacia de las misiones podía se algunas normas de las reglas. Los artículos sobre la pobreza eran una ventaja y una desventaja. Los misioneros provenientes de las órdenes religiosas por un lado no estaban ligados al beneficio, a réditos, no buscaban ventajas personales. Pero para afrontar las enormes distancias debían de llevar una gran cantidad de dinero. El hábito del religioso era un signo para los países de la Cristiandad. Podía crear obstáculos fuera de los espacios de Occidente, sobre todo si los misioneros ostentaban cruces, tonsura o otras cosas. Era mejor que los misioneros se mimetizasen en las caravanas como los comerciantes.

Era necesario constituir grupos dúctiles, que tuvieran todos los poderes, sin tener que recurrir a los superiores alejados.

En 1304, cercano a los Dominicos, se hace mención por primera vez de la Societas Fratrum Peregrinantium propter Christum inter Gentes, que recibe un estatuto jurídico en 1313.

Esta sociedad tenía un vicario general, que dependía directamente del maestro de la Orden, nombraba y destituía los vicarios locales, reclutaba los hermanos, los dispensaba.

Las casa se dividían por naciones, los estudios se hacían en la provincia de Roma y en las Dos Lombardías. La actividad de los hermanos comprendía la asistencia a los católicos latinos y el apostolado entre los no católicos.

Una sociedad análoga aparece en los documentos de los franciscanos en 1398. La función de la sociedad era la predicación a los infieles, la .redemptio captivorum. y la actividad unionística cercana a los no católicos.

Desde el punto de vista misionero los franciscanos estaban reagrupados en seis vicariatos: Tartaria Aquilonaris, Tartaria Orientis, Catai, Marruecos, Bosnia y Rusia.

4.- Las misiones en el siglo XV (1404-1492).

En 1404 el Libellus de notitia orbis de Juan III, obispo de Sultanieh, reconocía la presencia de cristianos en el inmenso espacio de Asia.

Las dificultades de las misiones eran graves:

1)  Faltaba personal después de la peste negra.

2)  Se pretendía .latinizar. el oriente cristiano.

3)  La cruzada habían fallado. Sin el apoyo del Estado no se percibía como habría podido ser relanzada la expansión misionera.

Se perfilaban tres factores nuevos:

1)  La expansión del Islam Turco.

2)  Finalizaba la cristiandad.

3)  Se abría la vía del Atlántico.

El Islam después de un ímpetu inicial, que lo llevó hasta Poitiers (732) se había retirado más allá de los Pirineos, y había comenzado un época de relativa tolerancia.

Ahora el componente árabe beréber, se sustituía por el turco. Este había provocado la caída del .Imperio del medio., que había llevado a la ruina a la iglesias católicas, ortodoxas y nestorianas.

Se había determinado un nuevo impulso del Islam en dos direcciones: hacia el Noroeste, con la conquista de Constantinopla y de los Balcanes, resistía el bastión Húngaro y en parte Bosnia; hacia el Sudoeste, los turcos entraron en Alejandría de Egipto y después en Trípoli.

Resistieron algunas comunidades misioneras en Oriente, pero poco significativas, como La Custodia de Tierra Santa y algún monasterio, hospital o Iglesia cristiana (Líbano, Armenia). Esto explica la renovación del movimiento unionista de Oriente para no ser eliminado por la medialuna.

La penetración turca en África anulaba el sueño europeo que quería conseguir el Papa. Occidente a su vez no se reconoció más en la cristiandad. La idea de Imperio había caído y se sustituye por nación. El último intento fue la batalla de Nicopoli (1396). El fracaso del congreso de Mantua (1459-60), convocado por Pío II hizo comprender que cada nación pretendía actuar según sus propios intereses. En el fondo esto explica también el replegameinto del papado en una política italiana, con una lógica no universalista sino de estado entre los estados, con alianzas, guerras, luchas dinásticas. Y no sólo esto, sino que el deseo concreto de cada Iglesia, le llevaba a actuar en este mismo sentido. Esto nos permite comprender el número de pragmáticas y concordatos y, en el siglo siguiente, el abandono de la Una Sancta, de muchas iglesias, plegadas por la razón de estado.

Si se cerraba la vía hacia el Este, si los estados de Europa entraron en una lógica nacionalista, al mismo tiempo se abría la vía del Atlántico, por obra de dos estados que hasta ahora habían estado en los extremos: Portugal y España. Se iniciaba por tanto la contraofensiva de la cristiandad hacia Asia, bordeando el obstáculo, representado por la conquista turca, en dos direcciones: hacia el Sur, con la circunnavegación de África, por los portugueses, y hacia Occidente, por los españoles. Este impulso vino determinado por:

·      la necesidad de especias solicitadas;

·      la necesidad de oro, para comprar los productos de Oriente;

·      la necesidad de mano de obra, sobre todo por parte de Portugal que estaba poco poblada;

·      los progresos de la navegación;

·      la voluntad de contrarrestar el comercio de los moros que eran los adversarios;

·      en el fondo estaba siempre el objetivo de alcanzar los lugares santos, pasando por el Occidente.

Desde el punto de vista de la evangelización había elementos nuevos que se perfilaban. Se pensaba que el fin del mundo era inminente. Colón en 1501 lo preveía para 1656; para esta fecha se debía haber terminado la conversión de los paganos, de los judíos y la conquista de Jerusalén. Por esto se veía la necesidad de bautizar al mayor número de paganos. Las misiones se produjeron al ritmo de los descubrimientos. Estamos en el momento en que Europa entra en contacto con nuevas tierras y culturas. Con nuevas poblaciones y modos de vivir. Se establecía un doble conocimiento en el cual los agentes no eran ciertamente lo mejor de la cristiandad, pero actuaban como exponentes de la cristiandad.

La Santa sede favoreció estos descubrimientos. Con 69 bulas entre 1415 y 1500 los papas concedieron la facultad de conquistar tierras y posesiones de los Sarracenos, paganos e infieles, de ejercer el comercio, con el compromiso de que contribuyese a la evangelización. Un instrumento de esta acción fue la Militia Christi, una orden eclesiástica mitad religiosa y mitad secular, a la que se le conferirá la jurisdicción sobre los territorios conquistados hasta 1511. En esta fecha la jurisdicción se transferirá completamente al estado. De hecho Portugal se limitó a conquistar zonas costeras limitadas, en las que el interés prevaleciente era el comercio de la pimienta, del marfil, del oro y de los esclavos. La misión, en vez de seguir el ejemplo de la experiencia mogola, volvía al concepto ambiguo de cruzada. José de Acosta en 1589, retomaba el apoyo de carácter militar, como característica de la nueva evangelización, después de la apostólica y medieval.

A nivel teológico y cultural se consideraron con mayor claridad algunos temas en el siglo XV. El primero se refiere a la salvación de los infieles. Los seguidores de Sto. Tomás repiten, siguiendo a su maestro, que la condenación no es para todos los Sarracenos. San Bernardino afirmaba que la fe implícita abre el camino a la verdad de fe, necesaria para la salvación. Gerson y d.Ailly escribían que también los paganos, se podían salvar, bastaba que creyeran en un Dios remunerador y vivieran según las virtudes naturales.

El segundo tema se refería a la tolerancia. El método de la orden teutónica fue ásperamente criticado en Costanza. El rector de la Universidad de Cracovia pretendía la tolerancia con los hebreos, musulmanes, heréticos y paganos.

El tercer tema se refería a lo que podemos llamar el diálogo interreligioso. Según Nicolás de Cusa, Mahoma, fue un profeta suscitado por Dios, dado que la pedagogía divina actúa gradualmente. Prefiguraba una especie de Parlamento de las religiones en el cual cada fe habría podido ser escuchada; pero incluso en esto inevitablemente sería la victoria para el cristianismo. Sin llegar a esta tesis, es significativo el mejor conocimiento del mundo islámico debido a las nuevas sedes universitarias. Todavía para comprometer más este clima fue por una parte la afirmación del Islam otomano, y por otra, la acentuación del carácter católico de España, cuyo rey expulsó a los hebreos, que se refugiaron en Polonia y en el Estado Pontificio, y conquistó Granada.

El Humanismo trajo una novedad importante, el otro, el extranjero, el adversario, el distinto, ya no es el musulmán, sino el negro y después el asiático. La nueva contraposición no será tanto entre fiel-infiel, sino entre culto y bárbaro. Naturalmente la cultura era la europea, el modo de vida aceptable era el de los países occidentales. Se entiende por tanto que no se sintiese por parte de los misioneros europeos la necesidad de inculturarse, y como los modos de vida de otras latitudes vinieron juzgados bárbaros. Esto explica como la primera vez que se usa el término bárbaro para los infieles, fue en un documento de Pío II, el primer papa humanista.

5.- El primer reino cristiano de África: el Congo.

Al comienzo de Agosto de 1483 Diogo Câo desembarca en la desembocadura del río Zaire, que llamó río Poderoso. Iniciaba la primera evangelización de aquel reino. En 1490 partía la primera expedición misional.

Con el rey Afonso (1506-43), se produce el verdadero apostolado. Leía la Sagrada Escritura, predicaba, oraba. Coherente con la nueva fe hacía quemar a los ídolos y a los idolatras. Su fe fue duramente probada. Un sacerdote trató de matarlo. Los portugueses no le ahorraron humillaciones. El rey de Portugal estaba particularmente interesado en los esclavos, el cobre y el marfil. Fue desolador el panorama de los evangelizadores, muchos de ellos sólo fueron a África para enriquecerse y vivir de manera desbocada. Para superar este obstáculo el rey Afonso mandó a Portugal a un grupo de jóvenes para que se preparasen al sacerdocio. Entre ellos estaba su hijo Enrique, para el que quería la erección de una diócesis en el Congo. Pero la Santa Sede, bajo la presión de Portugal, no lo concede, limitándose, después de haber erigido la diócesis de Funchal (Madeira), a elevarlo al cargo episcopal, pero sólo como auxiliar. En 1534 se creó la diócesis de Santo Tomé, lo que entristeció al rey del Congo. Enrique muere seguido poco después por su padre. En 1596 se erigió la diócesis de San Salvador, sufragánea de Lisboa. Las misiones no obstante no consiguieron desarrollarse por varias razones:

1-  Faltaban los misioneros, siendo pocos en número y en calidad.

2-  El patronato, los conflictos entre las potencia europeas hicieron inestable la situación. Letales fueron las malas costumbres de los blancos.

3-  Los misioneros no estaban preparados: no conocían el país, el clima la geografía, las condiciones higiénico ambientales. No tenían nociones de la problemática de la inculturación, lo cual es explicable. Mucho menos se esforzaban en intentar comprender la situación peculiar en la cual eran .mandados.. Muchos se limitaban a aprender el portugués confesando y predicando por medio de interprete. Actuaban con un celo ciego a la par de su entusiasmo. Eran grandes bautizadores y destructores feroces de todo lo que sabía a idolatría.

4-  Entre 1483 y 1835 no se abrió ningún seminario. Se formaron excelentes catequistas pero no se tiene el coraje de ir más allá. Mejor un mal cura blanco que un buen cura de color. Estas son las razones del fracaso de la primera evangelización del Congo.

 

 

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Ntra. Sra. del Santo Rosario-LEPANTO 1571

 


La fecha del 7 de octubre asocia la memoria de Nuestra Señora del Rosario con la victoria obtenida por los cristianos sobre los turcos en Lepanto en 1571. Mas hoy la Iglesia no nos invita tanto a rememorar un suceso lejano cuanto a descubrir la importancia de María dentro del misterio de la salvación y a saludarla como Madre de Dios, repitiendo sin cesar: Ave María.-

Al dar ella su consentimiento a Dios en la Anunciación, «se consagró totalmente a sí misma, cual esclava del Señor, a la persona y a la obra de su Hijo, sirviendo al misterio de la Redención con él y bajo él, por la gracia de Dios omnipotente» (Conc. Vaticano II, Const. sobre la Iglesia, n 56).-

Por eso la liturgia recuerda como formando un todo las diversas fases de ese misterio, «la encarnación de Jesucristo, su pasión y la gloria de la resurrección», pidiendo al Señor por intercesión de María que haga que comulguemos en la fe y en el amor.-

Para lograr que María nos escuche cuando rezamos el Avemaría, no es necesario haber meditado largamente sobre la estructura de esta plegaria. Con todo, no resultará inútil el saber que está compuesta por un saludo y una invocación.-

El saludo es palabra de Dios: junta la salutación del Ángel en la Anunciación y la de Isabel en la en la Visitación.-

Por lo que toca a la invocación, se fundamenta en la fe de la Iglesia en la maternidad divina de María para confiarle la vida presente de sus hijos y su tránsito a Dios al final de su Pascua.-

Esta corona a la Virgen, repetitivo, es un Evangelio en miniatura que está al alcance de todas las inteligencias y de las memorias más torpes, así como de las situaciones espirituales más desangeladas y frías, y quizá porque conoce el paño es la devoción que María recomendó en Lourdes y Fátima, a manera de gran arma para la paz de nuestro tiempo.-

En los últimos siglos, cuando la Historia tiende a hacernos creer más listos y originales, más modernos, la Virgen da la razón a los papas prefiriendo esta modalidad tan sencilla de adorar y pedir en la que se nos da todo hecho menos la actitud interior, y que obliga a poner el alma en lo que se dice, como introduciendo el sentido de Dios en la monotonía de las cosas de la vida cotidiana.-

Plegaria personal por el impulso que cada cual le dé, pero también voz del coro de la Iglesia, como un murmullo de niño que no se cansa de repetir lo archisabido que no puede decirse mejor, con leves pausas meditativas para volver más confiados a la música envolvente de unas palabras que suenan a eternas de pura sencillez y profundidad.-

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Ntra. Sra. del Santo Rosario

 

Himno (laudes)

 

Resplandeciente de alegría,
Amargo mar de los pesares,
Vestida de gracia y de gloria,
Te cantamos, Oh Virgen María.

Gozosa cuándo a Dios concibes,
Cuándo anhelante das el fruto,
Cuándo lo ofreces y lo pierdes,
Al Hijo, que es la luz del mundo.

Salve, primera de los mártires,
En el dolor de tu martirio;
Tu corazón supo de espinas,
Tu alma de cruces y de lirios.

Reina de gloria refulgente,
Madre fecunda de la Iglesia,
Cuándo las llamas del Paráclito
Del mundo ardieron las tristezas.

Recoged las Aves Marías
Para un rosario de azucenas;
Cantad a María alabanzas,
Que es Madre de eterna belleza.
Amén

 

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San Luis 1214  1270

«Dilexit Ecclesiam» ‘amó a la Iglesia Católica’


San Luis, Rey de Francia. Año 1270


San Luis fue un hombre excepcional dotado por Dios de una gran sabiduría para gobernar, una enorme bondad que le atraía las simpatías de la gente, y una generosidad inmensa para ayudar a los necesitados, unido todo esto a una profundísima piedad que lo llevó a ser un verdadero santo.-

Era un hijo del rey Luis VIII de Francia, y nació en 1214. Toda su vida sintió una gran veneración por la Iglesia donde fue bautizado y allá iba cada año a darle gracias a Dios por haberle permitido ser cristiano.-

A los 12 años quedó huérfano de padre, y su madre Blanca asumió el mando del país mientras el hijo llegaba a mayoría de edad. Al cumplir sus 21 años fue coronado como rey, con el nombre de Luis IX.-

Padre y esposo. A los 19 años contrajo matrimonio con Margarita, una mujer virtuosa que fue durante toda su vida su más fiel compañera y colaboradora. Su matrimonio fue verdaderamente feliz. Tuvo cinco hijos y seis hijas. Sus descendientes fueron reyes de Francia mientras ese país tuvo monarquía, o sea hasta el año 1793 (por siete siglos) hasta que fue muerto el rey Luis XVI, al cual el sacerdote que lo acompañaba le dijo antes de morir: "Hijo de San Luis, ya puedes partir para la eternidad". A sus hijos los educó con los más esmerados cuidados, tratando de que lo que más les preocupara siempre, fuera el tratar de no ofender a Dios.-

La gran cruzada. Sabiendo que era un hombre extraordinariamente piadoso, le hicieron llegar desde Constantinopla la Corona de Espinas de Jesús, y él entusiasmado le mandó construir una lujosa capilla para venerarla. Y al saber que la Tierra Santa donde nació y murió Jesucristo, era muy atacada por los mahometanos, dispuso organizar un ejército de creyentes para ir a defender el País de Jesús. Esto lo hacía como acción de gracias por haberlo librado Dios de una gran enfermedad.-

Organizó una buena armada y en 1247 partió para Egipto, donde estaba el fuerte de los mahometanos. Allí combatió heroicamente contra los enemigos de nuestra religión y los derrotó y se apoderó de la ciudad de Damieta. Entró a la ciudad, no con el orgullo de un triunfador, sino a pie y humildemente. Y prohibió a sus soldados que robaran o que mataran a la gente pacífica.-

Pero sucedió que el ejército del rey San Luis fue atacado por la terrible epidemia de tifo negro y disentería. Y el mismo rey cayó gravemente enfermo. Entonces los enemigos aprovecharon la ocasión y atacaron y lograron tomar prisionero al santo monarca.-
Rescate costoso. Los mahometanos le exigieron como rescate un millón de monedas de oro y entregar la ciudad de Damieta para liberarlo a él y dejar libre a sus soldados. La reina logró conseguir el millón de monedas de oro, y les fue devuelta la ciudad de Damieta. Pero los enemigos solamente dejaron libres al rey y a algunos de sus soldados. A los enfermos y a los heridos los mataron, porque la venganza de los musulmanes ha sido siempre tremenda y sanguinaria.-

El rey aprovechó para irse a Tierra Santa y tratar de ayudar a aquel país de las mejores maneras que le fue posible. El ha sido uno de los mejores benefactores que ha tenido el país de Jesús. A los 4 años, al saber la muerte de su madre, volvió a Francia.-
Obras de caridad admirables. En su tiempo fue fundada en París la famosísima Universidad de La Sorbona, y el santo rey la apoyó lo más que pudo. El mismo hizo construir un hospital para ciegos, que llegó a albergar 300 enfermos. Cada día invitaba a almorzar a su mesa a 12 mendigos o gente muy pobre. Cada día mandaba repartir en las puestas de su palacio, mercados y ropas a centenares de pobres que llegaban a suplicar ayuda. Tenía una lista de gentes muy pobres pero que les daba vergüenza pedir (pobres vergonzantes) y les mandaba ayudas secretamente, sin que los demás se dieran cuenta. Buscaba por todos los medios que se evitaran las peleas y las luchas entre cristianos. Siempre estaba dispuesto a hacer de mediador entre los contendientes para arreglar todo a las buenas.-

Su testamento. Dictó entonces su testamento que dice: "Es necesario evitar siempre todo pecado grave, y estar dispuesto a sufrir cualquier otro mal, antes que cometer un pecado mortal. Lo más importante de la vida es amar a Dios con todo el corazón. Cuando llegan las penas y los sufrimientos hay que ofrecer todo por amor a dios y en pago de nuestros pecados. Y en las horas de éxitos y de prosperidad dar gracias al Señor y no dedicarse a la vanagloria del desperdicio. En el templo hay que comportarse con supremo respeto. Con los pobres y afligidos hay que ser en extremo generosos. Debemos dar gracias a Dios por sus beneficios, y así nos concederá muchos favores más. Con la Santa Iglesia Católica seamos siempre hijos fieles y respetuosos". Estos consejos dichos por todo un rey, son dignos de admiración.-

Santa muerte. El 24 de agosto del año 1270 sintió que se iba a morir y pidió los santos sacramentos. De vez en cuando repetía: "Señor, estoy contento, porque iré a tu casa del cielo a adorarte y amarte para siempre". El 25 de agosto a las tres de la tarde, exclamó: "Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu", y murió santamente.-
El Sumo Pontífice lo declaró santo en el año 1297.-

 

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Todos estamos obligados a informarnos amplia y correctamente, enterarnos bien antes de escribir, principio básico para todo escritor. Ser atento y de recta conciencia para no manipular y tanto menos calumniar. Saber que manipular la información es rara vez alterarla, y es casi siempre omitir en parte la verdad del facto e ignorar el contexto. Texto sin contexto, es puro pretexto. Fray Luis de León decía: “Para hacer el mal, cualquiera es poderoso”.

 

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Entrevista con el historiador Jean Flori


CARNAC, jueves, 13 mayo 2004 - Aunque aparentemente no se vean las diferencias, no es lo mismo ni mucho menos las cruzadas medievales, o la guerra santa o jihad islámica, constata un historiador.

Jean Flori (Lillebonne, 1936), medievalista, director de investigación en el CNRS (Centro Nacional de Investigación Sociológica) y del Centro de Estudios Superiores de Civilización Medieval de Poitiers (Francia), es autor de «La Guerra santa. La formación de la idea de cruzada en el Occidente Cristiano», editado por
Editorial Trotta y por la Universidad de Granada.

Ante la pregunta sobre si es posible comparar las cruzadas con la jihad islámica, el profesor Flori responde en declaraciones a Zenit: «Es una cuestión difícil de tratar en pocas palabras. Podría responder que, no si se trata de la jihad contemporánea tal y como es predicada y lamentablemente practicada por los musulmanes fanáticos que nosotros llamamos "islamistas"».

«En efecto, estos asumen una política de terror ciego y golpean indiscriminadamente poblaciones occidentales, sin otro objetivo que la venganza, el odio racial o religioso», reconoce el historiador.

Ahora bien, aclara, «una cruzada, por horrible y condenable que fuera, tenía como objetivo la recuperación y defensa del Santo Sepulcro de Jerusalén, primer lugar santo de la cristiandad, que estaba en manos musulmanas desde el 738 dc.», recuerda.

En cierto sentido, opina, «se puede comparar la cruzada con la jihad» en la Edad Meda, «ya que una y otra dieron lugar a masacres y atrocidades. Una y otra fueron consideradas como guerras santas que procuraban el paraíso a los guerreros en combate».

«Sin embargo, existen diferencias notables --reconoce--.
La jihad ha sido practicada desde el origen por Mahoma, el fundador del islam. Jesús, al contrario, rechaza en sus actos y en su predicación todo recurso a las armas y a la violencia».

«La jihad, en su forma guerrera, se admite desde el origen, en el islam. Fue anterior a la guerra santa cristiana, que fue una desviación doctrinal. La jihad tenía como objetivo la conquista de territorios que no habían sido poblados por el islam, los llamados territorios de la guerra, con el fin de establecer la ley del islam, y no para convertir a sus habitantes».

«La cruzada, en cambio, tenía como fin la reconquista de los lugares santos y de los antiguos territorios cristianos, habitados todavía por numerosas poblaciones cristianas --explica el historiador--. Se podría decir, de manera genérica, que la cruzada sería lo equivalente a una jihad que tuviera como objetivo la liberación de la Meca o de Medina, en caso que estos lugares santos musulmanes hubieran caído en manos de los cristianos».

Hoy, constata Flori, algunos quieren disfrazar la guerra promovida por el presidente George W. Bush con el término de «cruzada» y los islamistas están muy contentos, ya que definen sus objetivos con términos como judíos --denominación racial--, cruzadas --denominación religiosa-- o traidores y tiranos --denominación política--».

«Si en la reacción bélica de la administración Bush hay dimensiones de integrismo religioso, esto es lamentable, pero no se puede asimilar esta guerra a una cruzada, ni a una guerra santa», aclara.

«Esta guerra no se ha predicado en nombre de una religión, ni promete ninguna recompensa espiritual a los que se comprometen en ella. Y estos serían elementos definitorios de guerra santa», subraya.

«Sólo las autoridades religiosas podrían proclamar una guerra santa --concluye--. Una proclamación de este tipo sólo es posible en una sociedad controlada y dirigida por religiosos, como fue el caso de la sociedad cristiana medieval, y como es el caso todavía hoy en estados musulmanes cada vez más numerosos». ZS04051309

 

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JUICIO HISTÓRICO Y JUICIO TEOLÓGICO

 La identificación de las culpas del pasado de las que enmendarse implica, ante todo, un correcto juicio histórico, que sea también en su raíz una valoración teológica. Es necesario preguntarse: ¿qué es lo que realmente ha sucedido?, ¿qué es exactamente lo que se ha dicho y hecho? Solamente cuando se ha ofrecido una respuesta adecuada a estos interrogantes, como fruto de un juicio histórico riguroso, podrá preguntarse si eso que ha sucedido, que se ha dicho o realizado, puede ser interpretado como conforme o disconforme con el Evangelio, y, en este último caso, si los hijos de la Iglesia que han actuado de tal modo habrían podido darse cuenta a partir del contexto en el que estaban actuando. Solamente cuando se llega a la certeza moral de que cuanto se ha hecho contra el Evangelio por algunos de los hijos de la Iglesia y en su nombre habría podido ser comprendido por ellos como tal, y en consecuencia evitado, puede tener sentido para la Iglesia de hoy hacer enmienda de culpas del pasado.

La relación entre «juicio histórico» y «juicio teológico» resulta, por tanto, compleja en la misma medida en que es necesaria y determinante. Se requiere, por ello, ponerla por obra evitando los desvaríos en un sentido y en otro: hay que evitar tanto una apologética que pretenda justificarlo todo, como una culpabilización indebida que se base en la atribución de responsabilidades insostenibles desde el punto de vista histórico. Juan Pablo II ha afirmado respecto a la valoración histórico-teológica de la actuación de la Inquisición: «El Magisterio eclesial no puede evidentemente proponerse la realización de un acto de naturaleza ética, como es la petición de perdón, sin haberse informado previamente de un modo exacto acerca de la situación de aquel tiempo. Ni siquiera puede tampoco apoyarse en las imágenes del pasado transmitidas por la opinión pública, pues se encuentran a menudo sobrecargadas por una emotividad pasional que impide una diagnosis serena y objetiva... Ésa es la razón por la que el primer paso debe consistir en interrogar a los historiadores, a los cuales no se les pide un juicio de naturaleza ética, que rebasaría el ámbito de sus competencias, sino que ofrezcan su ayuda para la reconstrucción más precisa posible de los acontecimientos, de las costumbres, de las mentalidades de entonces, a la luz del contexto histórico de la época» 64.

1. La interpretación de la historia

¿Cuáles son las condiciones de una correcta interpretación del pasado desde el punto de vista del conocimiento histórico? Para determinarlas hay que tener en cuenta la complejidad de la relación que existe entre el sujeto que interpreta y el pasado objeto de interpretación 65; en primer lugar se debe subrayar la recíproca extrañeza entre ambos. Eventos y palabras del pasado son ante todo «pasados»; en cuanto tales son irreductibles totalmente a las instancias actuales, pues poseen una densidad y una complejidad objetivas, que impiden su utilización únicamente en función de los intereses del presente. Hay que acercarse, por tanto, a ellos mediante una investigación histórico?crítica, orientada a la utilización de todas las informaciones accesibles de cara a la reconstrucción del ambiente, de los modos de pensar, de los condicionamientos y del proceso vital en que se sitúan aquellos eventos y palabras, para cerciorarse así de los contenidos y los desafíos que, precisamente en su diversidad, plantean a nuestro presente.

En segundo lugar, entre el sujeto que interpreta y el objeto interpretado se debe reconocer una cierta copertenencia, sin la cual no podría existir ninguna conexión y ninguna comunicación entre pasado y presente; esta conexión comunicativa está fundada en el hecho de que todo ser humano, de ayer y de hoy, se sitúa en un complejo de relaciones históricas y necesita, para vivirlas, de una mediación lingüística, que siempre está históricamente determinada. ¡Todos pertenecemos a la historia! Poner de manifiesto la copertenencia entre el intérprete y el objeto de la interpretación, que debe ser alcanzado a través de las múltiples formas en las que el pasado ha dejado su testimonio (textos, monumentos, tradiciones...), significa juzgar si son correctas las posibles correspondencias y las eventuales dificultades de comunicación con el presente, puestas de relieve por la propia comprensión de las palabras o de los acontecimientos pasados; ello requiere tener en cuenta las cuestiones que motivan la investigación y su incidencia sobre las respuestas obtenidas, el contexto vital en que se actúa y la comunidad interpretadora, cuyo lenguaje se habla y a la cual se pretenda hablar. Con tal objetivo es necesario hacer refleja y consciente en el mayor grado posible la precomprensión, que de hecho se encuentra siempre incluida en cualquier interpretación, para medir y atemperar su incidencia real en el proceso interpretativo.

Finalmente, entre quien interpreta y el pasado objeto de interpretación se realiza, a través del esfuerzo cognoscitivo y valorativo, una ósmosis («fusión de horizontes»), en la que consiste propiamente la comprensión. En ella se expresa la que se considera inteligencia correcta de los eventos y de las palabras del pasado; lo que equivale a captar el significado que pueden tener para el intérprete y para su mundo. Gracias a este encuentro de mundos vitales, la comprensión del pasado se traduce en su aplicación al presente: el pasado es aprehendido en las potencialidades que descubre, en el estímulo que ofrece para modificar el presente; la memoria se vuelve capaz de suscitar nuevo futuro.

A una ósmosis fecunda con el pasado se accede merced al entrelazamiento de algunas operaciones hermenéuticas fundamentales, correspondientes a los momentos ya indicados de la extrañeza, de la copertenencia y de la comprensión verdadera y propia. Con relación a un «texto» del pasado, entendido en general como testimonio escrito, oral, monumental o figurativo, estas operaciones pueden ser expresadas del siguiente modo: «1) comprender el texto, 2) juzgar la corrección de la propia inteligencia del texto y 3) expresar la que se considera inteligencia correcta del texto» 66. Captar el testimonio del pasado quiere decir alcanzarlo del mejor modo posible en su objetividad, a través de todas las fuentes de que se pueda disponer; juzgar la corrección de la propia interpretación significa verificar con honestidad y rigor en qué medida pueda haber sido orientada, o en cualquier caso condicionada, por la precomprensión o por los posibles prejuicios del intérprete; expresar la interpretación obtenida significa hacer a los otros partícipes del diálogo establecido con el pasado, sea para verificar su relevancia, sea para exponerse a la confrontación con otras posibles interpretaciones.

2. Indagación histórica y valoración teológica

Si estas operaciones están presentes en todo acto hermenéutico, no pueden faltar tampoco en la interpretación en que se integran juicio histórico y juicio teológico; ello exige, en primer lugar, que en este tipo de interpretación se preste la máxima atención a los elementos de diferenciación y extrañeza entre presente y pasado. En particular, cuando se pretende juzgar posibles culpas del pasado, hay que tener presente que son diversos los tiempos históricos y son diversos los tiempos sociológicos y culturales de la acción eclesial, por lo cual, paradigmas y juicios propios de una sociedad y de una época podrían ser aplicados erróneamente en la valoración de otras fases de la historia, dando origen a no pocos equívocos; son diversas las personas, las instituciones y sus respectivas competencias; son diversos los modos de pensar y los condicionamientos. Hay que precisar, por tanto, las responsabilidades de los acontecimientos y de las palabras dichas, teniendo en cuanta el hecho de que una petición eclesial de perdón compromete al mismo sujeto teológico, la Iglesia, en la variedad de los modos y del grado en que los individuos singulares representan a la comunidad eclesial y en la diversidad de las situaciones históricas y geográficas, con frecuencia muy diferentes entre sí. Cualquier tipo de generalización debe ser evitada. Cualquier posible pronunciamiento en la actualidad debe quedar situado y debe ser producido por los sujetos más directamente encausados (Iglesia universal, Episcopados nacionales, Iglesias particulares etcétera).

En segundo lugar, la correlación de juicio histórico y juicio teológico debe tener en cuenta el hecho de que, para la interpretación de la fe, la conexión entre pasado y presente no está motivada solamente por los intereses actuales y por la común pertenencia de todo ser humano a la historia y a sus mediaciones expresivas, sino que se fundamenta también en la acción unificante del Espíritu de Dios y en la identidad permanente del principio constitutivo de la comunión de los creyentes, que es la revelación. La Iglesia, por razón de la comunión producida en ella por el Espíritu de Cristo en el tiempo y en el espacio, no puede dejar de reconocerse en su principio sobrenatural, presente y operante en todos los tiempos, como sujeto en cierto modo único, llamado a corresponder al don de Dios en formas y situaciones diversas por medio de las opciones de sus hijos, aun con todas las carencias que puedan haberlas caracterizado. La comunión en el único Espíritu Santo es el fundamento también diacrónico de una comunión de los «santos», en virtud de la cual los bautizados de hoy se sienten vinculados a los bautizados de ayer y, así como se benefician de sus méritos y se nutren de su testimonio de santidad, igualmente se sienten en el deber de asumir el posible peso actual de sus culpas, tras haber hecho un discernimiento atento tanto desde el punto de vista histórico como teológico.

Gracias a este fundamento objetivo y trascendente de la comunión del pueblo de Dios en sus varias situaciones históricas, la interpretación creyente reconoce al pasado de la Iglesia un significado totalmente peculiar para el momento presente: el encuentro con ese pasado, que se produce en el acto de la interpretación, puede revelarse cargado de particulares valencias para el presente, rico en una eficacia performativa que no siempre puede calcularse de modo previo. Obviamente, el carácter fuertemente unitario del horizonte hermenéutico y del sujeto eclesial interpretante deja más fácilmente expuesta la consideración teológica al riesgo de ceder a lecturas apologéticas o instrumentales; es aquí donde el ejercicio hermenéutico dirigido a aprehender los sucesos y las palabras del pasado y a medir la corrección de su interpretación para el presente se hace más necesario. La lectura creyente se servirá con tal objetivo de todas las aportaciones que puedan ofrecer las ciencias históricas y los métodos de interpretación. El ejercicio de la hermenéutica histórica no deberá impedir a la valoración de la fe la interpelación de los textos según su peculiaridad, haciendo, por tanto, que puedan interactuar presente y pasado en la conciencia de la unidad fundamental del sujeto eclesial implicado en ellos. Esto pone en guardia frente a todo historicismo que relativice el peso de las culpas pasadas y que considere que la historia es capaz de justificarlo todo. Como observa Juan Pablo II, «un correcto juicio histórico no puede prescindir de un atento estudio de los condicionamientos culturales del momento... Pero la consideración de las circunstancias atenuantes no dispensa a la Iglesia del deber de lamentar profundamente las debilidades de tantos hijos suyos» 67. La Iglesia, en resumen, «no tiene miedo a la verdad que emerge de la historia y está dispuesta a reconocer equivocaciones allí donde se han verificado, sobre todo cuando se trata del respeto debido a las personas y a las comunidades. Pero es propensa a desconfiar de los juicios generalizados de absolución o de condena respecto a las diversas épocas históricas. Confía la investigación sobre el pasado a la paciente y honesta reconstrucción científica, libre de prejuicios de tipo confesional o ideológico, tanto por lo que respecta a las atribuciones de culpa que se le hacen como respecto a los daños que ella ha padecido» 68. Los ejemplos ofrecidos en el capítulo siguiente lo podrán demostrar de modo concreto.

CAPÍTULO V - DISCERNIMIENTO ÉTICO
Para que la Iglesia realice un adecuado examen de conciencia histórico delante de Dios, con vistas a la propia renovación interior y al crecimiento en la gracia y en la santidad, es necesario que sepa reconocer las «formas de antitestimonio y de escándalo» que se han presentado en su historia, en particular durante el último milenio. No es posible llevar a cabo una tarea semejante sin ser conscientes de su relevancia moral y espiritual. Ello exige la definición de algunos términos clave, además de la formulación de algunas precisiones necesarias en el plano ético.

1. Algunos criterios éticos

En el plano moral, la petición de perdón presupone siempre una admisión de responsabilidad, y precisamente de la responsabilidad relativa a una culpa cometida contra otros. La responsabilidad moral normalmente se refiere a la relación entre la acción y la persona que la realiza; establece la pertenencia de un acto, su atribución, a una persona concreta o a más personas. La responsabilidad puede ser objetiva o subjetiva: la primera se refiere al valor moral del acto en sí mismo en cuanto bueno o malo, y por tanto a la imputabilidad de la acción; la segunda se refiere a la percepción efectiva por parte de la conciencia individual, de la bondad o malicia del acto realizado. La responsabilidad subjetiva cesa con la muerte de quien ha realizado el acto: no se transmite por generación, por lo que los descendientes no heredan la responsabilidad (subjetiva) de los actos de sus antepasados. En tal sentido, pedir perdón presupone una contemporaneidad entre aquellos que son ofendidos por una acción y aquellos que la han realizado. La única responsabilidad capaz de continuar en la historia puede ser la de tipo objetivo, a la cual se puede prestar o no una adhesión subjetiva en cualquier momento de modo libre. Así, el mal cometido sobrevive muchas veces a quien lo ha realizado a través de las consecuencias de los comportamientos, que pueden convertirse en un pesado fardo sobre la conciencia y la memoria de los descendientes.

En tal contexto se puede hablar de una solidaridad que une el pasado y el presente en una relación de reciprocidad. En ciertas situaciones, el peso que cae sobre la conciencia puede ser tan pesado que constituye una especie de memoria moral y religiosa del mal cometido, que es por su naturaleza una memoria común: ésta testimonia de modo elocuente la solidaridad objetivamente existente entre quienes han hecho el mal en el pasado y sus herederos en el presente. Es entonces cuando resulta posible hablar de una responsabilidad común objetiva. Del peso de tal responsabilidad se nos libera, ante todo, implorando el perdón de Dios por las culpas del pasado, y por tanto, cuando se da el caso, a través de la purificación de la memoria, que culmina en el perdón recíproco de los pecados y de las ofensas en el presente.

Purificar la memoria significa eliminar de la conciencia personal y común todas las formas de resentimiento y de violencia que la herencia del pasado haya dejado, sobre la base de un juicio histórico-teológico nuevo y riguroso, que funda un posterior comportamiento moral renovado. Esto sucede cada vez que se llega a atribuir a los hechos históricos pasados una cualidad diversa, que comporta una incidencia nueva y diversa sobre el presente con vistas al crecimiento de la reconciliación en la verdad, en la justicia y en la caridad entre los seres humanos y, en particular, entre la Iglesia y las diversas comunidades religiosas, culturales o civiles con las que entra en relación. Modelos emblemáticos de esta incidencia que puede tener un posterior juicio interpretativo autorizado sobre la vida entera de la Iglesia son la recepción de los concilios, o actos como la abolición de los anatemas recíprocos, que expresan una nueva cualificación de la historia pasada en condiciones de producir una caracterización distinta de las relaciones vividas en el presente. La memoria de la división y de la contraposición queda purificada y es sustituida por una memoria reconciliada, a la cual son invitados a abrirse y a educarse todos en la Iglesia.

La combinación de juicio histórico y juicio teológico en el proceso interpretativo del pasado queda unida aquí a las repercusiones éticas que puede tener en el presente, y que implican algunos principios, correspondientes en el plano moral a la fundación hermenéutica de la relación entre juicio histórico y juicio teológico. Estos principios son:

a) El principio de conciencia

La conciencia, tanto como juicio moral cuanto como   imperativo moral, constituye la valoración última de un acto en relación con su bondad o maldad ante Dios. En efecto, tan sólo Dios conoce el valor moral de cada acto humano, aun cuando la Iglesia, como Jesús, pueda y deba clasificar, juzgar y en ocasiones condenar algunos tipos de comportamiento (cf. Mt 18,15-18).

b) El principio de historicidad

Precisamente en cuanto cada acto humano pertenece a quien lo hace, cada conciencia individual y cada sociedad elige y actúa en el interior de un determinado horizonte de tiempo y espacio. Para comprender de verdad los actos humanos y los dinamismos a ellos unidos, deberemos entrar, por tanto, en el mundo propio de quienes los han realizado; solamente así podremos llegar a conocer sus motivaciones y sus principios morales. Y esto se afirma sin perjuicio de la solidaridad que vincula a los miembros de una específica comunidad en el discurrir del tiempo.

c) El principio de cambio de «paradigma»

Mientras que antes de la llegada del Iluminismo existía una especie de ósmosis entre Iglesia y Estado, entre fe y cultura, moralidad y ley, a partir del siglo XVIII esta relación ha quedado notablemente modificada. El resultado es una transición de una sociedad sacral a una sociedad pluralista o, como ha sucedido en algunos casos, a una sociedad secular; los modelos de pensamiento y de acción, los llamados paradigmas de acción y de valoración, van cambiando. Semejante transición tiene un impacto directo sobre los juicios morales, aun cuando este influjo no justifica en modo alguno una idea relativista de los principios morales o de la naturaleza de la misma moralidad.

El proceso entero de la purificación de la memoria, en cuanto exige la correcta combinación de valoración histórica y de mirada teológica, ha de ser vivido por parte de los hijos de la Iglesia no sólo con el rigor que tiene en cuenta de modo preciso los criterios y los principios indicados, sino también con una continua invocación de la asistencia del Espíritu Santo, para no caer en el resentimiento o en la autoflagelación y llegar más bien a la confesión del Dios cuya «misericordia va de generación en generación» (Lc 1,50), que quiere la vida y no la muerte, el perdón y no la condena, el amor y no el temor. En este punto se debe poner igualmente en evidencia el carácter de ejemplaridad que la honesta admisión de las culpas pasadas puede ejercer sobre las mentalidades en la Iglesia y en la sociedad civil, reclamando un compromiso renovado de obediencia a la Verdad y de respeto consiguiente hacia la dignidad y los derechos de los otros, especialmente de los más débiles. En tal sentido, las numerosas peticiones de perdón formuladas por Juan Pablo II constituyen un ejemplo que pone en evidencia un bien y estimula a su imitación, reclamando de los individuos y de los pueblos un examen de conciencia honesto y fructuoso, que abra caminos de reconciliación.

A la luz de estas clarificaciones en el plano ético se pueden ahora profundizar algunos ejemplos, entre los cuales se encuentran los mencionados en la Tertio millennio adveniente 69, en los que el comportamiento de los hijos de la Iglesia parece haber estado en contradicción con el Evangelio de Jesucristo de un modo significativo.

2. La división de los cristianos

La unidad es la ley de la vida del Dios trinitario revelado al mundo por el Hijo (cf. Jn 17,21), el cual, en la fuerza del Espíritu Santo, amando hasta el extremo (Jn 13,1), hace participar de esta vida a los suyos. Esta unidad deberá ser la fuente y la forma de la comunión de vida de la humanidad con el Dios trino. Si los cristianos viven esta ley de amor mutuo, de modo que sean uno «como el Padre y el Hijo son uno», se conseguirá que «el mundo crea que el Hijo ha sido enviado por el Padre» (Jn 17,21) y que «todos sepan que ellos son mis discípulos» (Jn 13,35). Desgraciadamente no ha sucedido así, particularmente en este milenio que llega a su fin, en el cual han aparecido entre los cristianos grandes divisiones, en abierta contradicción con la voluntad expresa de Cristo, como si Él mismo hubiese sido dividido (cf. 1 Cor 1,13). El Concilio Vaticano II juzga este hecho con las siguientes palabras: «Tal división contradice abiertamente la voluntad de Cristo, es un escándalo para el mundo y daña a la santísima causa de la predicación del Evangelio a toda criatura» 70.

          Las principales escisiones que durante el pasado milenio «han afectado a la túnica inconsútil de Cristo» 71 son el cisma entre las Iglesias de Oriente y de Occidente al comienzo de este milenio y, en Occidente, cuatro siglos más tarde, la laceración causada por aquellos acontecimientos «que reciben comúnmente el nombre de Reforma» 72. Es verdad que «estas diversas divisiones difieren mucho entre sí, no sólo por razón de su origen, lugar y tiempo, sino, sobre todo, por la naturaleza y gravedad de las cuestiones relativas a la fe y a la estructura eclesiástica» 73. En el cisma del siglo XI jugaron un papel importante factores de carácter social e histórico, mientras que el aspecto doctrinal se refería a la autoridad de la Iglesia y al Obispo de Roma, una materia que en aquel momento no había alcanzado la claridad con la que se presenta hoy gracias al desarrollo doctrinal de este milenio. Con la Reforma, por el contrario, fueron objeto de controversia otros campos de la revelación y de la doctrina.

La vía que se ha abierto para superar estas diferencias es la del diálogo doctrinal animado por el amor mutuo. Común a ambas laceraciones parece haber sido la falta de amor sobrenatural, de agape. Desde el momento en que esta caridad es el mandamiento supremo del Evangelio, sin el cual todo lo demás es solamente «bronce que resuena o címbalo que retiñe» (1 Cor 13,1), una carencia semejante ha de ser considerada con toda seriedad delante del Resucitado, Señor de la Iglesia y de la historia. Basándose en el reconocimiento de esta carencia, el papa Pablo VI ha pedido perdón a Dios y a los «hermanos separados» que se sintiesen ofendidos «por nosotros» (la Iglesia católica) 74.

En 1965, en el clima producido por el Concilio Vaticano II, el patriarca Atenágoras en su diálogo con Pablo VI puso de relieve el tema de la restauración (apokatastasis) del amor mutuo, esencial después de una historia tan cargada de contraposiciones, de desconfianza recíproca y de antagonismos 75. Lo que estaba en juego era un pasado que aún ejercía su influencia a través de la memoria: los acontecimientos de 1965 (culminados el 7 de diciembre de 1965 con la supresión de los anatemas de 1054 entre Oriente y Occidente) representan una confesión de la culpa contenida en la precedente exclusión recíproca, capaz de purificar la memoria y de generar una nueva. El fundamento de esta nueva memoria no puede ser más que el amor recíproco o, mejor, el compromiso renovado para vivirlo. Éste es el mandamiento ante omnia (1 Pe 4,8) para la Iglesia, en Oriente como en Occidente. De este modo la memoria libera de la prisión del pasado e invita a católicos y a ortodoxos, como también a católicos y protestantes, a ser los arquitectos de un futuro más conforme al mandamiento nuevo. En este sentido resulta ejemplar el testimonio que han prestado a esta nueva memoria el papa Pablo VI y el patriarca Atenágoras.

Particularmente relevante en relación con el camino hacia la unidad puede resultar la tentación a dejarse guiar, o hasta determinar, por factores culturales, por condicionamientos históricos o por prejuicios que alimentan la separación y la desconfianza recíproca entre cristianos, aunque nada tengan que ver con las cuestiones de fe. Los hijos de la Iglesia deben examinar su conciencia con seriedad para ver si están activamente comprometidos en la obediencia al imperativo de la unidad y viven la «conversión interior», «porque los deseos de unidad brotan y maduran como fruto de la renovación de la mente, de la abnegación de sí mismo y de una efusión libérrima de la caridad» 76. En el período transcurrido desde la conclusión del Concilio hasta hoy la resistencia a su mensaje ciertamente ha entristecido al Espíritu de Dios (Ef 4,30). En la medida en que algunos católicos se complacen en permanecer ligados a las separaciones del pasado, sin hacer nada por remover los obstáculos que impiden la unidad, se podría hablar justamente de solidaridad en el pecado de la división (1 Cor 1,10-16). En tal contexto pueden recordarse las palabras del Decreto sobre el Ecumenismo: «Humildemente pedimos perdón a Dios y a los hermanos separados, así como nosotros perdonamos a quienes nos hayan ofendido» 77.

3. El uso de la violencia al servicio de la verdad

Al antitestimonio de la división entre los cristianos hay que añadir el de las ocasiones en que durante el pasado milenio se han utilizado medios dudosos para conseguir fines buenos, como la predicación del Evangelio y la defensa de la unidad de la fe: «Otro capítulo doloroso sobre el que los hijos de la Iglesia deben volver con ánimo abierto al arrepentimiento está constituido por la aquiescencia manifestada, especialmente en algunos siglos, con métodos de intolerancia y hasta de violencia en el servicio a la verdad» 78. Se refiere con ello a las formas de evangelización que han empleado instrumentos impropios para anunciar la verdad revelada o no han realizado un discernimiento evangélico adecuado a los valores culturales de los pueblos o no han respetado las conciencias de las personas a las que se presentaba la fe, e igualmente a las formas de violencia ejercidas en la represión y corrección de los errores.

Una atención análoga hay que prestar a las posibles omisiones de que se hayan hecho responsables los hijos de la Iglesia, en las más diversas situaciones de la historia, respecto a la denuncia de injusticias y de violencias: «Está también la falta de discernimiento de no pocos cristianos respecto a situaciones de violación de los derechos humanos fundamentales. La petición de perdón vale por todo aquello que se ha omitido o callado a causa de la debilidad o de una valoración equivocada, por lo que se ha hecho o dicho de modo indeciso o poco idóneo» 79.

Como siempre, resulta decisivo establecer la verdad histórica mediante la investigación histórico-crítica. Una vez establecidos los hechos, será necesario evaluar su valor espiritual y moral e igualmente su significado objetivo. Solamente así será posible evitar cualquier tipo de memoria mítica y acceder a una adecuada memoria crítica, capaz, a la luz de la fe, de producir frutos de conversión y de renovación: «De aquellos rasgos dolorosos del pasado emerge una lección para el futuro, que debe empujar a todo cristiano a afianzarse en el principio áureo fijado por el Concilio: “La verdad no se impone más que por la fuerza de la verdad misma, que penetra en las mentes de modo suave y a la vez con vigor”» 80.

4. Cristianos y hebreos

Uno de los campos que requiere un examen de conciencia particular es la relación entre cristianos y hebreos 81. La relación de la Iglesia con el pueblo hebreo es diversa de la que condivide con cualquier otra religión 82. Y, sin embargo, «la historia de las relaciones entre hebreos y cristianos es una historia atormentada [...] En efecto, el balance de estas relaciones durante dos milenios ha sido más bien negativo» 83. La hostilidad o la desconfianza de numerosos cristianos hacia los hebreos a lo largo del tiempo es un hecho histórico doloroso y es causa de profunda amargura para los cristianos conscientes del hecho de que «Jesús era descendiente de David; de que del pueblo hebreo nacieron la Virgen María y los Apóstoles; de que la Iglesia recibe su sustento de las raíces de aquel buen olivo al que están unidas las ramas del olivo selvático de los gentiles (cf. Rom 11,17-24); de que los hebreos son nuestros hermanos queridos y amados, y de que, en cierto sentido, son verdaderamente “nuestros hermanos mayores”» 84.

La Shoah fue ciertamente el resultado de una ideología pagana, como era el nazismo, animada por un antisemitismo despiadado, que no sólo despreciaba la fe, sino que negaba hasta la misma dignidad humana del pueblo hebreo. No obstante, «hay que preguntarse si la persecución del nazismo respecto a los hebreos no haya sido facilitada por los prejuicios antijudíos presentes en las mentes y en los corazones de algunos cristianos [...] ¿Ofrecieron los cristianos toda la asistencia posible a los perseguidos, en particular a los hebreos?» 85. Hubo, sin duda, muchos cristianos que arriesgaron su vida para salvar y ayudar a sus conocidos hebreos. Pero parece igualmente verdad que, «junto a tales hombres y mujeres valerosos, la resistencia espiritual y la acción cristiana de otros cristianos no fue la que se hubiera debido esperar de discípulos de Cristo» 86. Este hecho constituye una apelación a la conciencia de todos los cristianos de hoy, capaz de exigir «un acto de arrepentimiento (teshuva)» 87 y de convertirse en acicate para redoblar los esfuerzos por ser «transformados mediante la renovación de la mente» (Rom 12,2) y por mantener una «memoria moral y religiosa» de la herida infligida a los hebreos. En este campo, lo mucho que ya se ha hecho podrá ser confirmado y profundizado.

5. Nuestra responsabilidad por los males de hoy

«La época actual, junto a muchas luces, presenta también no pocas sombras» 88. En primer plano puede señalarse entre éstas el fenómeno de la negación de Dios en sus múltiples formas. Lo que llama especialmente la atención es que esta negación, especialmente en sus aspectos más teóricos, es un proceso que ha emergido en el mundo occidental. Unida al eclipse de Dios se encuentra, además, una serie de fenómenos negativos como la indiferencia religiosa, la difusa falta del sentido trascendente de la vida humana, un clima de secularismo y de relativismo ético, la negación del derecho a la vida del niño no nacido, incluso sancionada en las legislaciones abortistas, y una amplia indiferencia respecto al grito de los pobres en amplios sectores de la familia humana.

La cuestión inquietante que hay que plantear es en qué medida los creyentes mismos han sido responsables de estas formas de ateísmo, teórico y práctico. La Gaudium et spes responde con palabras cuidadosamente elegidas: «En este campo también los mismos creyentes tienen muchas veces alguna responsabilidad. Pues el ateísmo, considerado en su integridad, no es un fenómeno originario, sino más bien un fenómeno surgido de diferentes causas, entre las que se encuentra también una reacción crítica contra las religiones y, ciertamente, en no pocos países contra la religión cristiana. Por ello, en esta génesis del ateísmo puede corresponder a los creyentes una parte no pequeña» 89.

Desde el momento en que el rostro auténtico de Dios ha sido revelado en Jesucristo, a los cristianos se les ofrece la gracia inconmensurable de conocer este rostro; los cristianos, sin embargo, tienen también la responsabilidad de vivir de tal modo que manifiesten a los otros el verdadero rostro del Dios vivo. Ellos están llamados a irradiar al mundo la verdad de que «Dios es amor (agape)» (1 Jn 4,8.16). Porque Dios es amor, es también Trinidad de Personas, cuya vida consiste en su infinita y recíproca comunicación en el amor. De ello se deduce que el mejor camino para que los cristianos irradien la verdad del Dios amor es el amor mutuo: «En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si tenéis amor unos para con otros» (Jn 13,35). Y esto hasta el punto de poder afirmar que frecuentemente los cristianos «por descuido en la educación para la fe, por una exposición falsificada de la doctrina, o también por los defectos de su vida religiosa, moral y social, puede decirse que han velado el verdadero rostro de Dios y de la religión, más que revelarlo» 90.

Hay que destacar, finalmente, que mencionar estas culpas de los cristianos no es tan sólo confesarlas a Cristo Salvador, sino también alabar al Señor de la historia por el amor misericordioso. Efectivamente, los cristianos no creen sólo en la existencia del pecado, sino también y sobre todo en el «perdón de los pecados». Además recordar estas culpas quiere decir también aceptar nuestra solidaridad con quienes en el bien y en el mal nos han precedido en el camino de la verdad, ofrecer al presente un fuerte motivo de conversión a las exigencias del Evangelio y poner un necesario preludio a la petición de perdón a Dios, que abre el camino a la reconciliación mutua. MM.

 

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¿POR QUÉ TODOS LOS MAPAS MEDIEVALES ESTÁN ORIENTADOS AL ESTE? - En la Edad Media, la representación del mundo se hacía por medio de los llamados mapas TO. A éstos hay que imaginárselos como si dibujáramos una gran T y desde sus tres esquinas trazáramos una línea que los uniera formando un círculo.

La línea horizontal simboliza la distancia entre el mar Negro y el Nilo, y la línea vertical representa el Meditarráneo. Los mapas estaban orientados al Este porque es por donde sale el sol y por ser la dirección en la que se encuentra el centro del judaísmo: ciudad santa de Jerusalén para judíos y cristianos.

 

 

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El inquisidor se mete conmigo -dice Unamuno- y el mercader no se mete conmigo. El inquisidor es intolerante y el mercader es conmigo de la más exquisita tolerancia. Pero el inquisidor me toma en serio, me toma por algo importante, mi alma por algo inmortal y mi camino por un descamino; en tanto que el mercader no ve más que mi dinero. Los dos me son odiosos; pero prefiero la violencia amante del inquisidor a la cortesía interesada del comerciante”.

 

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[La Iglesia] "...no tiene miedo a la verdad que emerge de la historia y está dispuesta a reconocer equivocaciones allí donde se han verificado, sobre todo cuando se trata del respeto debido a las personas y a las comunidades. Pero es propensa a desconfiar de los juicios generalizados de absolución o de condena respecto a las diversas épocas históricas. Confía la investigación sobre el pasado a la paciente y honesta reconstrucción científica, libre de prejuicios de tipo confesional o ideológico, tanto por lo que respecta a las atribuciones de culpa que se le hacen como respecto a los daños que ella ha padecido".

S. S. Juan Pablo II, discurso del 01 de Septiembre 1999.

 

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Somos minoría y eso no nos tiene que asustar. Pero recordemos que una minoría sólo sobrevive cuando está unida. Por eso, la unidad con los obispos es la clave del futuro.

 

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"Obras todas del Señor, bendecid al Señor".-

«La crisis medioambiental es un desafío moral». La preocupación primaria de la delegación vaticana es por tanto la de subrayar «la importancia de captar el imperativo moral subyacente, por el que todos, sin excepción, tienen una gran responsabilidad en la defensa del medio ambiente». Este deber, prosiguió el arzobispo, no debe ser considerado en oposición al desarrollo pero no tiene tampoco que «ser sacrificado en el altar del desarrollo económico».  Dado que la cuestión medioambiental está directamente relacionada con otras cuestiones fundamentales, constató, la consecuencia es que las necesarias «soluciones solistas» son todavía más difíciles de encontrar. «Mientras tratamos de encontrar el modo mejor de defender el medio ambiente y lograr el desarrollo sostenible, debemos también trabajar por la justicia en las sociedades y entre las naciones», observó el prelado.

 

 

Por venir a visitarnos, nuestro agradecimiento.

Anno Domini 2007 - "In Te, Domine, speravi; non confundar in aeternum!".

Mane nobiscum, Domine! ¡Quédate con nosotros, Señor!

 

Recomendamos vivamente: ‘Guía políticamente incorrecta del islam (y de las Cruzadas)’. Por Robert Spencer

Dos ejemplos entre tantos:

– Las mujeres son inferiores a los hombres, y deben ser gobernadas por éstos: "Los hombres tienen autoridad sobre las mujeres porque Alá los ha hecho superiores a ellas" (Corán, 4: 34).

– Indica a los maridos que golpeen a sus esposas desobedientes: "Las mujeres virtuosas son las verdaderamente devotas, que guardan la intimidad que Alá ha ordenado que se guarde. Pero a aquellas cuya animadversión temáis, amonestadlas, y luego dejadlas solas en el lecho; luego pegadles" (4: 34).

 

Puede ser que individualmente algunos los musulmanes respeten y honren a las mujeres, pero el islam no lo hace - 2008.

Contigo, Señor Jesús, todos seremos compasivos y disfrutaremos de tu Amor.

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'JESUCRISTO PADECIÓ BAJO EL PODER DE PONCIO PILATO,
FUE CRUCIFICADO, MUERTO Y SEPULTADO'
Evangelio según San Lucas, Cap.3, vers.1º: El año decimoquinto del reinado del emperador Tiberio, cuando Poncio Pilato gobernaba la Judea, siendo Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Felipe tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene…

Crucifixión de San Pedro: fue crucificado al revés cabeza abajo - Pergamino con San Pedro en cruz invertida, de Maguncia- Alemania; entre el 900 y el 1000ca. - Museo Diocesano de la Catedral Maguncia (Mainz) Alemania - Pedro en su cruz, invertida. ¿Qué significa todo esto? Es lo que Jesús había predicho a este Apóstol suyo: "Cuando seas viejo, otro te llevará a donde tú no quieras"; y el Señor había añadido: "Sígueme" (Jn 21, 18-19). Precisamente ahora se realiza el culmen del seguimiento: el discípulo no es más que el Maestro, y ahora experimenta toda la amargura de la cruz, de las consecuencias del pecado que separa de Dios, toda la absurdidad de la violencia y de la mentira. No se puede huir del radicalismo del interrogante planteado por la cruz: la cruz de Cristo, Cabeza de la Iglesia, y la cruz de Pedro, su Vicario en la tierra. Dos actos de un único drama: el drama del misterio pascual: cruz y resurrección, muerte y vida, pecado y gracia.

La maternidad divina de María – Catecismo de la Iglesia
495 Llamada en los Evangelios 'la Madre de Jesús'(Jn 2, 1; 19, 25; cf. Mt 13, 55, etc.), María es aclamada bajo el impulso del Espíritu como 'la madre de mi Señor' desde antes del nacimiento de su hijo (cf Lc 1, 43). En efecto, aquél que ella concibió como hombre, por obra del Espíritu Santo, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el Hijo eterno del Padre, la segunda persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre de Dios [Theotokos] (cf. Concilio de Éfeso, año 649: DS, 251).
La virginidad de María
496 Desde las primeras formulaciones de la fe (cf. DS 10-64), la Iglesia ha confesado que Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María únicamente por el poder del Espíritu Santo, afirmando también el aspecto corporal de este suceso: Jesús fue concebido absque semine ex Spiritu Sancto (Concilio de Letrán, año 649; DS, 503), esto es, sin semilla de varón, por obra del Espíritu Santo. Los Padres ven en la concepción virginal el signo de que es verdaderamente el Hijo de Dios el que ha venido en una humanidad como la nuestra:
Así, san Ignacio de Antioquía (comienzos del siglo II): «Estáis firmemente convencidos acerca de que nuestro Señor es verdaderamente de la raza de David según la carne (cf. Rm 1, 3), Hijo de Dios según la voluntad y el poder de Dios (cf. Jn 1, 13), nacido verdaderamente de una virgen [...] Fue verdaderamente clavado por nosotros en su carne bajo Poncio Pilato [...] padeció verdaderamente, como también resucitó verdaderamente» (Epistula ad Smyrnaeos, 1-2).

El acontecimiento histórico y transcendente – Catecismo de la Iglesia
639 El misterio de la resurrección de Cristo es un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas como lo atestigua el Nuevo Testamento. Ya san Pablo, hacia el año 56, puede escribir a los Corintios: "Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce: "(1 Co 15, 3-4). El apóstol habla aquí de la tradición viva de la Resurrección que recibió después de su conversión a las puertas de Damasco (cf. Hch 9, 3-18).
El sepulcro vacío

640 "¿Por qué buscar entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado" (Lc 24, 5-6). En el marco de los acontecimientos de Pascua, el primer elemento que se encuentra es el sepulcro vacío. No es en sí una prueba directa. La ausencia del cuerpo de Cristo en el sepulcro podría explicarse de otro modo (cf. Jn 20,13; Mt 28, 11-15). A pesar de eso, el sepulcro vacío ha constituido para todos un signo esencial. Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección. Es el caso, en primer lugar, de las santas mujeres (cf. Lc 24, 3. 22- 23), después de Pedro (cf. Lc 24, 12). "El discípulo que Jesús amaba" (Jn 20, 2) afirma que, al entrar en el sepulcro vacío y al descubrir "las vendas en el suelo"(Jn 20, 6) "vio y creyó" (Jn 20, 8). Eso supone que constató en el estado del sepulcro vacío (cf. Jn 20, 5-7) que la ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana y que Jesús no había vuelto simplemente a una vida terrenal como había sido el caso de Lázaro (cf. Jn 11, 44).