Monday 27 March 2017 | Actualizada : 2017-03-03
 
Inicio > Patrología > Patrología - 15.4 Iglesia naciente qué es tradición sucesión apostólica?

 

La Tradición es la historia del Espíritu que actúa en la historia de la Iglesia a través de la mediación de los Apóstoles y de sus sucesores, en fiel continuidad con la experiencia de los orígenes. Es lo que precisa el Papa san Clemente Romano hacia finales del siglo I:  "Los Apóstoles —escribe— nos predicaron el Evangelio enviados por nuestro Señor Jesucristo; Jesucristo fue enviado por Dios. En resumen, Cristo viene de Dios, y los Apóstoles de Cristo:  una y otra cosa, por tanto, sucedieron ordenadamente por voluntad de Dios. (...) También nuestros Apóstoles tuvieron conocimiento, por inspiración de nuestro Señor Jesucristo, que se disputaría sobre la dignidad episcopal. Por esta causa, pues, previendo perfectamente el porvenir, establecieron  a los elegidos y les dieron la orden de que, al morir ellos, otros que fueran varones probados les sucedieran en el ministerio" (Ad Corinthios I, 42. 44:  PG 1, 292. 296).

 

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En la nueva serie de catequesis hemos tratado de comprender ante todo qué es la Iglesia, cuál es la idea del Señor sobre esta nueva familia. Después, hemos dicho que la Iglesia existe en las personas. Y hemos visto que el Señor ha confiado esta nueva realidad, la Iglesia, a los doce apóstoles. Ahora queremos contemplarles uno a uno para comprender a través de estas personas en qué consiste vivir la Iglesia, qué significa seguir a Jesús. Comencemos con san Pedro.

Después de Jesús, Pedro es el personaje más conocido y citado en el Nuevo Testamento: es mencionado 154 veces con el sobrenombre de «Pétros», «piedra», «roca», que es la traducción griega del nombre arameo que le dio directamente Jesús, «Kefa», testimoniado en nueve ocasiones, sobre todo en las cartas de Pablo. Hay que añadir, además, el nombre de Simón, usado frecuentemente (75 veces), que es la forma adaptada al griego de su nombre hebreo original, Simeón (dos veces: Hechos 15, 14; 2 Pedro 1, 1).

Hijo de Juan (Cf. Juan 1, 42) o, en la forma aramea, «bar-Jona», hijo de Jonás (Cf. Mateo 16, 17), Simón era de Betsaida, (Juan 1, 44), localidad que se encontraba a oriente del mar de Galilea, de la que venía también Felipe y, claro está, Andrés, hermano de Simón. Al hablar tenía acento galileo. Como su hermano, era pescador: con la familia de Zebedeo, padre de Santiago y de Juan, dirigía una pequeña empresa de pesca en el lago de Genesaret (Cf. Lucas 5, 10). Por este motivo, debía disfrutar de un cierto desahogo económico y estaba animado por un sincero interés religioso, por un deseo de Dios --deseaba que Dios interviniera en el mundo--, un deseo que le llevó a dirigirse con su hermano hasta Judea para seguir la predicación de Juan el Bautista (Juan 1, 35-42).

Era un judío creyente y observante, confiado en la presencia activa de Dios en la historia de su pueblo, y a quien le dolía el no ver la acción poderosa en las vicisitudes de las que en ese momento era testigo. Estaba casado y su suegra, curada un día por Jesús, vivía en la ciudad de Cafarnaúm, en la casa en la que también se alojaba Simón, cuando se encontraba en esa ciudad (Cf. Mateo 8, 14s; Marcos 1, 29ss; Lucas 4, 38s). Recientes excavaciones arqueológicas han permitido sacar a la luz, bajo el suelo de mosaico en forma octogonal de una pequeña Iglesia bizantina, los restos de una iglesia más antigua, edificada en esa casa, como testimonian los «grafiti» con invocaciones a Pedro. Los Evangelios nos dicen que Pedro se encuentra entre los primeros cuatro discípulos del Nazareno (Cf. Lucas 5, 1-11), a quienes se les une el quinto, según la costumbre de todo Rabbí de tener cinco discípulos (Cf. Lucas 5, 27: la llamada de Leví). Cuando Jesús pasa de cinco a doce discípulos (Cf. Lucas 9, 1-6), quedará clara la novedad de su misión: no es uno de los muchos rabinos, sino que ha venido para reunir al Israel escatológico, simbolizado por el número doce, el de las tribus de Israel.

En los Evangelios, Simón presenta un carácter decidido e impulsivo. Está dispuesto a hacer prevalecer sus razones, incluso con la fuerza (usó la espada en el Huerto de los Olivos, Cf. Juan 18, 10s). Al mismo tiempo, a veces es también ingenuo y temeroso, así como honesto, hasta llegar al arrepentimiento más sincero (Cf. Mateo 26, 75). Los Evangelios permiten seguir paso a paso su itinerario espiritual. El punto de inicio es la llamada por parte de Jesús. Tuvo lugar en un día como cualquier otro, mientras Pedro realizaba su trabajo de pescador. Jesús se encuentra en el lago de Genesaret y la muchedumbre le rodea para escucharle. El número de los que le oían creaba ciertas dificultades. El maestro ve dos barcas amarradas a la orilla. Los pescadores han bajado de ellas y están lavando las redes. Les pide poder subir a una barca, la de Simón, y le pide que se aleje un poco de tierra. Sentado en esa cátedra improvisada, enseña desde la barca a la muchedumbre (Cf. Lucas 5, 1-3). De este modo, la barca de Pedro se convierte en la cátedra de Jesús. Cuando terminó de hablar, le dice a Simón: «Boga mar adentro, y echad vuestras redes para pescar». Simón responde: «Maestro, hemos estado bregando toda la noche y no hemos pescado nada; pero, en tu palabra, echaré las redes» (Lucas 5, 4-5). Jesús, que era un carpintero, no era un experto de pesca y, sin embargo, Simón el pescador se fía de este Rabbí, que no le da respuestas sino que le invita a fiarse. Su reacción ante la pesca milagrosa es de asombro y estremecimiento: «Aléjate de mí, Señor, que soy un hombre pecador» (Lucas 5, 8). Jesús responde invitándole a tener confianza y a abrirse a un proyecto que supera toda expectativa: «No temas. Desde ahora serás pescador de hombres» (Lucas 5,10). Pedro no se podía imaginar todavía que un día llegaría a Roma y que aquí sería «pescador de hombres» para el Señor. Acepta esta llamada sorprendente a dejarse involucrar en esta gran aventura: es generoso, reconoce sus límites, pero cree en quien le llama y sigue el sueño de su corazón. Dice «sí», un «sí» valiente y generoso, y se convierte en discípulo de Jesús.

Pedro vivirá otro momento significativo en su camino espiritual en las inmediaciones de Cesarea de Filipo, cuando Jesús plantea a los discípulos una pregunta concreta: «¿Quién dicen los hombres que soy yo?» (Marcos 8,27). A Jesús no le basta una respuesta de oídas. De quien ha aceptado comprometerse personalmente con Él, quiere una toma de posición personal. Por eso, insiste: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?» (Marcos 8, 29). Es Pedro quien responde también por cuenta de los demás: «Tú eres el Cristo» (ibídem), es decir, el Mesías. Esta respuesta, que no ha sido revelada ni por «la carne ni la sangre» de él, sino que ha sido ofrecida por el Padre que está en los cielos (Cf. Mateo 16, 17), contiene como la semilla de la futura confesión de fe de la Iglesia. Sin embargo, Pedro no había comprendido todavía el contenido profundo de la misión mesiánica de Jesús, el nuevo sentido de la palabra: Mesías. Lo demuestra poco a poco, dando a entender que el Mesías al que está siguiendo en sus sueños es muy diferente al auténtico proyecto de Dios. Ante el anuncio de la pasión, se escandaliza y protesta, suscitando la fuerte reacción de Jesús (Cf. Marcos 8, 32-33). Pedro quiere un Mesías «hombre divino», que responda a las expectativas de la gente, imponiendo a todos su potencia: nosotros también deseamos que el Señor imponga su potencia y transforme inmediatamente el mundo; Jesús se presenta como el «Dios humano», el siervo de Dios, que trastorna las expectativas de la muchedumbre, abrazando un camino de humildad y de sufrimiento. Es la gran alternativa, que también nosotros tenemos que volver a aprender: privilegiar las propias expectativas rechazando a Jesús o acoger a Jesús en la verdad de su misión y arrinconar las expectativas demasiado humanas. Pedro, que es impulsivo, no duda en tomarle aparte y reprenderle. La respuesta de Jesús derrumba todas las falsas expectativas, llamándole a la conversión y a su seguimiento: «¡Quítate de mi vista, Satanás! porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres» (Marcos 8,33). No me indiques tú el camino, yo sigo mi camino y tú ponte detrás de mí.

De este modo, Pedro aprende lo que significa verdaderamente seguir a Jesús. Es la segunda llamada, como la de Abraham en Génesis capítulo 22, después de la de Génesis capítulo 12. «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará» (Marcos 8, 34-35). Es la ley exigente del seguimiento: es necesario saber renunciar, si hace falta, a todo el mundo para salvar los verdaderos valores, para salvar el alma, para salvar la presencia de Dios en el mundo (Cf. Marcos 8, 36-37). Aunque le cuesta, Pedro acoge la invitación a seguir su camino tras las huellas del Maestro.

Me parece que estas diferentes conversiones de san Pedro y toda su figura son motivo de gran consuelo y una gran enseñanza para nosotros. También nosotros deseamos a Dios, también queremos ser generosos, pero también nosotros nos esperamos que Dios sea fuerte en el mundo y transforme inmediatamente el mundo, según nuestras ideas, según las necesidades que vemos. Dios opta por otro camino. Dios escoge el camino de la transformación de los corazones en el sufrimiento y en la humildad. Y nosotros, como Pedro, siempre tenemos que convertirnos de nuevo. Tenemos que seguir a Jesús y no precederle: Él nos muestra el camino. Pedro nos dice: tú piensas que tienes la receta y que tienes que transformar el cristianismo, pero quien conoce el camino es el Señor. Es el Señor quien me dice a mí, quien te dice a ti: «¡sígueme!». Y tenemos que tener la valentía y la humildad para seguir a Jesús, pues Él es el Camino, la Verdad y la Vida.2006.05.17

 

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Pedro muere mártir de la Iglesia fundada por Cristo,

en el 64ca. cabeza abajo crucificado en cruz invertida-Roma

Pintura de Jacopo di CIONE (Nardo di Cione).

 

Confirma a tus hermanos - No podemos resbalar insensiblemente sobre lo que pedimos al Señor en el Padre nuestro: «Venga a nosotros tu reino». Nunca, pero menos en la situación actual en la que tanto se hace y se dice en contra de ese reino, como tantas veces ha sucedido, sin éxito para quienes lo intentan, pues tiene la Iglesia la promesa de la asistencia de Cristo hasta el fin de los tiempos; pero no sin hacer daño a muchas personas concretas que quedan tocadas en su fe y su amor a Dios, por tanta influencia negativa. Ello quiere decir que, además de llamar a Dios Padre con la confianza y sencillez de quien le conoce y se sabe conocido y amado de él, ha de decirle: «Intento cumplir la obra que me has encomendado en mi vida, en acuerdo perfecto y total con tu voluntad». La fe no se nos ha dado para posesión personal, sino para compartir lo más profundo de nuestro conocimiento y de nuestro amor. Y nuestro hondo deseo lo podemos expresar diciendo: «Hazte reconocer como Dios», según la traducción ecuménica de la Biblia (Tob). ¿Qué podemos hacer o darle a Dios para que ello se realice? Lo único que tenemos: nuestra pobreza y nuestro amor. Eso es lo esencial, lo único necesario ante Dios, la única cosa eterna. Ambas cosas se las ofrecemos desde las profundidades de un corazón abierto, silencioso y atento a él y a lo que inútilmente tratan de hacer contra él.
   Humilde pero responsablemente nos hemos de hacer eco de lo que un día memorable le dijo Jesús a Simón Pedro, en aquellas cuatro frases que han recorrido ya veinte siglos en el hondón de los corazones fieles: 1ª: «Simón, mira que Satanás os ha reclamado para zarandearos como el trigo, 2ª Pero yo he rogado por ti, para que tu fe no decaiga. 3ª Y tu, una vez convertido, 4ª confirma a tus hermanos». Nos sentimos todos aludidos con ese aviso, promesa y mandato del Señor. La Iglesia ha nacido, porque Jesús ha comunicado a sus discípulos lo que conocía del Padre. Nos pide conocerle y comunicarlo. Card. Ricardo Mª Carles  -Arzobispo de Barcelona ESPAÑA - 2007-01-24

 

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es un gozo zambullirse en la belleza de tu obra, oh Señor


San Pedro de Rates -

Fue el primer obispo de Braga –creiblemente entre los años 45 y 60- y considerado fundador del obispado de Tuy, ordenado por el apóstol Santiago, que había venido de Tierra Santa. Murió martirizado al intentar convertir al cristianismo a los pueblos que vivían en el norte de Portugal, de religión romana.

San Pedro de Rates murió al intentar de convertir a creyentes de la religión romana a la fe cristiana. Se cuenta que habría salvado de una enfermedad mortal a una joven princesa pagana y ésta se habría convertido al cristianismo y habría hecho voto de castidad. El padre, furioso, manda matar al obispo, y ése habría sido el motivo de su muerte. En las dos versiones, el santo muere decapitado.

Siglos más tarde, San Félix (el ermitaño) —pescador de Villa Mendo, en la freguesia de Estela, también en Póvoa de Varzim, que se había retirado al mayor monte de la Sierra de Rates— habría observado una luz en la oscuridad todas las noches desde del monte. Un día, curioso, intenta saber los motivos y descubre el cuerpo de San Pedro de Rates.

El cuerpo habría dado origen a la Iglesia de San Pedro de Rates y estuvo allí sepultado hasta 1552, año en que fue transferido a Braga.


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La sucesión apostólica


En las últimas dos audiencias hemos meditado en lo que significa la Tradición en la Iglesia y hemos visto que es la presencia permanente de la palabra y de la vida de Jesús en su pueblo. Pero la palabra, para estar presente, necesita una persona, un testigo. Así nace esta reciprocidad: por una parte, la palabra necesita la persona; pero, por otra, la persona, el testigo, está vinculado a la palabra que le ha sido confiada y que no ha inventado él. Esta reciprocidad entre contenido —palabra de Dios, vida del Señor— y persona que la transmite es característica de la estructura de la Iglesia. Y hoy queremos meditar en este aspecto personal de la Iglesia.

El Señor lo había iniciado convocando, como hemos visto, a los Doce, en los que estaba representado el futuro pueblo de Dios. Con fidelidad al mandato recibido del Señor, los Doce, después de su Ascensión, primero completan su número con la elección de Matías en lugar de Judas (cf. Hch 1, 15-26); luego asocian progresivamente a otros en las funciones que les habían sido encomendadas, para que continúen su ministerio. El Resucitado mismo llama a Pablo (cf. Ga 1, 1), pero Pablo, a pesar de haber sido llamado por el Señor como Apóstol, confronta su Evangelio con el Evangelio de los Doce (cf. Ga 1, 18), se esfuerza por transmitir lo que ha recibido (cf. 1 Co 11, 23; 15, 3-4), y en la distribución de las tareas misioneras es asociado a los Apóstoles, junto con otros, por ejemplo con Bernabé (cf. Ga 2, 9).

Del mismo modo que al inicio de la condición de apóstol hay una llamada y un envío del Resucitado, así también la sucesiva llamada y envío de otros se realizará, con la fuerza del Espíritu, por obra de quienes ya han sido constituidos en el ministerio apostólico. Este es el camino por el que continuará ese ministerio, que luego, desde la segunda generación, se llamará ministerio episcopal, "episcopé".

Tal vez sea útil explicar brevemente lo que quiere decir obispo. Es la palabra que usamos para traducir la palabra griega "epíscopos". Esta palabra indica a una persona que contempla desde lo alto, que mira con el corazón. Así, san Pedro mismo, en su primera carta, llama al Señor Jesús "pastor y obispo —guardián— de vuestras almas" (1 P 2, 25). Y según este modelo del Señor, que es el primer obispo, guardián y pastor de las almas, los sucesores de los Apóstoles se llamaron luego obispos, “epíscopoi”. Se les encomendó la función del “episcopé”.

Esta precisa función del obispo se desarrollará progresivamente, con respecto a los inicios, hasta asumir la forma —ya claramente atestiguada en san Ignacio de Antioquía al comienzo del siglo II (cf. Ad Magnesios, 6, 1: PG 5, 668)— del triple oficio de obispo, presbítero y diácono. Es un desarrollo guiado por el Espíritu de Dios, que asiste a la Iglesia en el discernimiento de las formas auténticas de la sucesión apostólica, cada vez más definidas entre múltiples experiencias y formas carismáticas y ministeriales, presentes en la comunidad de los orígenes.

Así, la sucesión en la función episcopal se presenta como continuidad del ministerio apostólico, garantía de la perseverancia en la Tradición apostólica, palabra y vida, que nos ha encomendado el Señor. El vínculo entre el Colegio de los obispos y la comunidad originaria de los Apóstoles se entiende, ante todo, en la línea de la continuidad histórica.

Como hemos visto, a los Doce son asociados primero Matías, luego Pablo, Bernabé y otros, hasta la formación del ministerio del obispo, en la segunda y tercera generación. Así pues, la continuidad se realiza en esta cadena histórica. Y en la continuidad de la sucesión está la garantía de perseverar, en la comunidad eclesial, del Colegio apostólico que Cristo reunió en torno a sí. Pero esta continuidad, que vemos primero en la continuidad histórica de los ministros, se debe entender también en sentido espiritual, porque la sucesión apostólica en el ministerio se considera como lugar privilegiado de la acción y de la transmisión del Espíritu Santo.

Un eco claro de estas convicciones se percibe, por ejemplo, en el siguiente texto de san Ireneo de Lyon (segunda mitad del siglo II): "La Tradición de los Apóstoles, que ha sido manifestada en el mundo entero, puede ser percibida en toda la Iglesia por todos aquellos que quieren ver la verdad. Y nosotros podemos enumerar los obispos que fueron establecidos por los Apóstoles en las Iglesias y sus sucesores hasta nosotros (...). En efecto, (los Apóstoles) querían que fuesen totalmente perfectos e irreprensibles aquellos a quienes dejaban como sucesores suyos, transmitiéndoles su propia misión de enseñanza. Si obraban correctamente, se seguiría gran utilidad; pero, si hubiesen caído, la mayor calamidad" (Adversus haereses, III, 3, 1: PG 7, 848).

San Ireneo, refiriéndose aquí a esta red de la sucesión apostólica como garantía de perseverar en la palabra del Señor, se concentra en la Iglesia "más grande, más antigua y más conocida de todos", "fundada y establecida en Roma por los más gloriosos apóstoles, Pedro y Pablo", dando relieve a la Tradición de la fe, que en ella llega hasta nosotros desde los Apóstoles mediante las sucesiones de los obispos.

De este modo, para san Ireneo y para la Iglesia universal, la sucesión episcopal de la Iglesia de Roma se convierte en el signo, el criterio y la garantía de la transmisión ininterrumpida de la fe apostólica: "Con esta Iglesia, a causa de su origen más excelente (propter potiorem principalitatem), debe necesariamente estar de acuerdo toda la Iglesia, es decir, los fieles de todas partes, pues en ella se ha conservado siempre la tradición que viene de los Apóstoles" (ib., III, 3, 2: PG 7, 848). La sucesión apostólica —comprobada sobre la base de la comunión con la de la Iglesia de Roma— es, por tanto, el criterio de la permanencia de las diversas Iglesias en la Tradición de la fe apostólica común, que ha podido llegar hasta nosotros desde los orígenes a través de este canal: "Por este orden y sucesión, han llegado hasta nosotros aquella tradición que, procedente de los Apóstoles, existe en la Iglesia y el anuncio de la verdad. Y esta es la prueba más palpable de que es una sola y la misma fe vivificante, que en la Iglesia, desde los Apóstoles hasta ahora, se ha conservado y transmitido en la verdad" (ib., III, 3, 3: PG 7, 851).

De acuerdo con estos testimonios de la Iglesia antigua, la apostolicidad de la comunión eclesial consiste en la fidelidad a la enseñanza y a la práctica de los Apóstoles, a través de los cuales se asegura el vínculo histórico y espiritual de la Iglesia con Cristo. La sucesión apostólica del ministerio episcopal es el camino que garantiza la fiel transmisión del testimonio apostólico. Lo que representan los Apóstoles en la relación entre el Señor Jesús y la Iglesia de los orígenes, lo representa análogamente la sucesión ministerial en la relación entre la Iglesia de los orígenes y la Iglesia actual. No es una simple concatenación material; es, más bien, el instrumento histórico del que se sirve el Espíritu Santo para hacer presente al Señor Jesús, cabeza de su pueblo, a través de los que son ordenados para el ministerio mediante la imposición de las manos y la oración de los obispos.

Así pues, mediante la sucesión apostólica es Cristo quien llega a nosotros: en la palabra de los Apóstoles y de sus sucesores es él quien nos habla; mediante sus manos es él quien actúa en los sacramentos; en la mirada de ellos es su mirada la que nos envuelve y nos hace sentir amados, acogidos en el corazón de Dios. Y también hoy, como al inicio, Cristo mismo es el verdadero pastor y guardián de nuestras almas, al que seguimos con gran confianza, gratitud y alegría. 10.05.2006

 

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mito1. (Del gr. μθος).1. m. Narración maravillosa situada fuera del tiempo histórico y protagonizada por personajes de carácter divino o heroico. Con frecuencia interpreta el origen del mundo o grandes acontecimientos de la humanidad.2. m. Historia ficticia o personaje literario o artístico que condensa alguna realidad humana de significación universal.3. m. Persona o cosa rodeada de extraordinaria estima.4. m. Persona o cosa a las que se atribuyen cualidades o excelencias que no tienen, o bien una realidad de la que carecen.

mito2. (De or. desc.).1. m. Ave paseriforme de la familia de los Páridos, con plumaje blanco, negro y rosado y larga cola blanca y negra. Es común en España y vive en los bosques, donde construye nidos cerrados de forma inconfundible.

 

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San Agustín (354-430) obispo de Hipona (África del Norte) y doctor de la Iglesia Católica. 45 Tratado sobre el evangelio de San Juan

«Quien entre por mí se salvará»


       «En verdad os digo: Yo soy la puerta de las ovejas.» Jesús acaba de abrir la puerta que antes estaba cerrada. Él mismo es esta puerta. Reconozcámosle, entremos, y alegrémonos de haber entrado.
       «Todos los que han venido antes de mí son ladrones y bandidos»...; hay que comprender: «Esos que han venido aparte de mí.» Los profetas llegaron antes de su venida; ¿eran acaso ladrones y bandidos? De ninguna manera, pues ellos no vinieron aparte de Cristo; estaban con él. Él mismo les había enviado como mensajeros, guardando en sus manos el corazón de sus enviados... «Yo soy el camino, la verdad y la vida» dice Jesús (Jn14,6). Si él es la verdad esos que estaban en la verdad, estaban con él. Por el contrario, esos que vinieron aparte de él son unos ladrones y unos bandidos, porque no vinieron más que para saquear y hacer morir. «A esos tales, las ovejas no los han escuchado» dice Jesús...
       Pero los justos habían creído que él iba a venir, tal como nosotros creemos que ya ha venido. Los tiempos han cambiado, la fe es la misma... Una misma fe es la que une a los que creyeron que él iba a venir, con los que creen que él ya ha venido. Nosotros vemos que a pesar de ser en épocas diferentes, todos entran por la única puerta de la fe, es decir, por Cristo... Sí, todos esos que en tiempos de Abrahán, de Isaac, de Jacob, o de Moisés o de los demás patriarcas o de los profetas, creyeron que anunciaban a Cristo, esos eran ya de sus ovejas. A través de todos ellos escucharon a Cristo mismo, no una voz extraña, sino su propia voz

 

«Quien entre por mí se salvará»


       «En verdad os digo: Yo soy la puerta de las ovejas.» Jesús acaba de abrir la puerta que antes estaba cerrada. Él mismo es esta puerta. Reconozcámosle, entremos, y alegrémonos de haber entrado.
       «Todos los que han venido antes de mí son ladrones y bandidos»...; hay que comprender: «Esos que han venido aparte de mí.» Los profetas llegaron antes de su venida; ¿eran acaso ladrones y bandidos? De ninguna manera, pues ellos no vinieron aparte de Cristo; estaban con él. Él mismo les había enviado como mensajeros, guardando en sus manos el corazón de sus enviados... «Yo soy el camino, la verdad y la vida» dice Jesús (Jn14,6). Si Él es la verdad, esos que estaban en la verdad, estaban con él. Por el contrario, esos que vinieron aparte de él son unos ladrones y unos bandidos, porque no vinieron más que para saquear y hacer morir. «A esos tales, las ovejas no los han escuchado» dice Jesús...

       Pero los justos habían creído que él iba a venir, tal como nosotros creemos que ya ha venido. Los tiempos han cambiado, la fe es la misma... Una misma fe es la que une a los que creyeron que él iba a venir, con los que creen que él ya ha venido. Nosotros vemos que a pesar de ser en épocas diferentes, todos entran por la única puerta de la fe, es decir, por Cristo... Sí, todos esos que en tiempos de Abrahán, de Isaac, de Jacob, o de Moisés o de los demás patriarcas o de los profetas, creyeron que anunciaban a Cristo, esos eran ya de sus ovejas. A través de todos ellos escucharon a Cristo mismo, no una voz extraña, sino su propia voz

 

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Crucifixión de San Pedro en cruz invertida- 1450ca.

The Crucifixion of Saint Peter with a Donor; The Legend of Saint Anthony Abbot with a Donor; The Annunciation, wings of an altarpiece
Northern French Painter, about 1450 - The Friedsam Collection, Bequest of Michael Friedsam, 1931 (32.100.108–11)

[Description - These four panels formed the exterior and interior wings of an altarpiece. When closed, the Annunciation, with its strikingly plain background, would have been visible. The scenes from the lives of Saints Peter and Anthony would have flanked a central panel seen only when the altarpiece was open. The artist was clearly aware of Rogier van der Weyden´s great "Last Judgment" in the Hotel Dieu at Beaune, south of Dijon].

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LA CRUCIFIXIÓN DE SAN PEDRO EN CRUZ INVERTIDA - L’EGLISE COLLEGIALE – France - Sur le premier socle à gauche de la porte, on devine (difficilement) la crucifixion de Saint-Pierre (la tête en bas) et la décollation de Saint Paul à droite. Les douze niches au-dessus ont peut-être abrité les statues des apôtres.

http://www.saint-emilion.org/Objets/EgliseCollegiale/Frm-Eglise-Collegiale.htm

 

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En la Catedral de San Pedro Apóstol en TLAQUEPAQUE - México se puede admirar una pintura con la crucifixión de San Pedro cabeza abajo- cruz invertida.

 

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“cum Petro et sub Petro” - En la Iglesia toda tarea es importante, cuando se coopera a la realización del reino de Dios. La barca de Pedro, para que pueda avanzar con seguridad, necesita numerosas tareas escondidas que, junto con otras más visibles, contribuyen al desarrollo regular de la navegación. Es indispensable no perder jamás de vista el objetivo común, es decir, la entrega a Cristo y a su obra de salvación.

 

HISTORIA: EVANGELIOS Y CELSO

 

¿Qué razones hay, por ejemplo, para que se narre la traición y dramática muerte de Judas, uno de los doce apóstoles, elegido personalmente por Jesucristo? Ha habido —señala Vittorio Messori— muchas oportunidades para omitir ese episodio, que desde el inicio fue motivo de escarnio contra los cristianos (¿Qué clase de profeta es éste —ironizaba Celso—, que no sabe siquiera elegir a sus seguidores?); sin embargo, el pasaje ha llegado inalterado hasta nosotros. 2003

 

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EVANGELIOS - Un libro histórico —como son los evangelios por ejemplo— merece credibilidad cuando reúne tres condiciones básicas: ser auténtico, verídico e íntegro. Es decir, cuándo el libro fue escrito en la época y por el autor que se le atribuye (autenticidad), cuando el autor del libro conoció los sucesos que refiere y no quiere engañar a sus lectores (veracidad), y, por último, cuando ha llegado hasta nosotros sin alteración sustancial (integridad).

 

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La tradición y la voluntad de Dios


    No importa la manera por dónde nos enteramos de la voluntad de Dios, sea por la Sagrada Escritura, por la tradición apostólica o por lo que San Pablo llama la “naturaleza”, con tal que estemos seguros que es la voluntad de Dios. En realidad, Dios nos revela el contenido de la fe por la inspiración, ya que es de orden sobrenatural. Pero nos revela las cuestiones prácticas del deber moral por nuestra propia conciencia, guiada por Dios mismo.

      Las cuestiones de la pura forma nos las revela a través de la tradición de la Iglesia, por la costumbre en su práctica, aunque no procedan de la Escritura. Lo digo para contestar a la pregunta que nos podemos hacer: ¿Por qué practicar y observar ritos que no están prescritos en la Sagrada Escritura? La Escritura nos prescribe lo que hemos de creer, hacia dónde debemos tender, lo que debemos mantener. Pero no nos dice la manera concreta de realizarlo. Ya que tenemos que hacerlo de alguna forma precisa, estamos obligados a añadir algo a lo que dice la Escritura. Nos recomienda, por ejemplo, reunirnos para la oración y une su eficacia a la unión de corazones. Pero como no indica ni el momento ni el lugar de la oración, la Iglesia complementa lo que dice la Escritura de una forma general...

       Se puede decir que la Biblia nos da el espíritu de nuestra religión; la Iglesia tiene que formar el cuerpo donde este espíritu se encarna. La gente que intenta adorar a Dios de una manera –dicen ellos- puramente espiritual, acaban por no adorarlo en absoluto. Esto es un hecho corriente. Todos tenemos de ello experiencia personal... No, la Escritura no nos tiene que revelar todo. Nos da el medio de descubrir todo. Dios nos ha prometido su luz, pero a su manera y no a la nuestra.

 

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Pedro era natural de Betsaida, hermano de Andrés, pescador, casado. Hebreo confiado en la presencia viva de Dios en la historia de su pueblo. Decidido e impulsivo, aunque a veces también ingenuo y temeroso. Honesto y capaz de un arrepentimiento sincero.

Jesús le llama mientras trabajaba. Le dice: “Echa las redes”. Simón se fía y reacciona ante la pesca milagrosa con estupor: “aléjate de mí que soy un pecador”. Jesús responde invitándole a un proyecto: “desde ahora  serás pescador de hombres”. Pedro acepta y se convierte en su discípulo. Sus palabras: “Tú eres Cristo”, son el germen de la futura confesión de fe de la Iglesia, aunque todavía no había entendido la misión de Jesús. Por ello, se escandaliza y protesta ante el anuncio de su pasión. Quería un Mesías “hombre divino” y Jesús se presenta como el “Dios humano” que desbarata todas las expectativas tomando un camino de humildad y sufrimiento. 

 

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La Apostolicidad de la Iglesia.

Para poder poner de relieve la relación de apostolicidad y Eucaristía, se debe colocar al inicio una reflexión sobre la apostolicidad de la Iglesia. A causa de la mediación histórica de la revelación es la Iglesia en su doctrina, en su vida sacramental y en su constitución como realidad social a lo largo del tiempo y en el cambio de generaciones, idéntica, realmente con la Iglesia de todos los tiempos y de todos los lugares ; pero en especial con su origen histórico en la Iglesia primitiva de los apóstoles, es decir, del grupo prepascual y postpascual de los doce junto con los otros testigos de la resurrección y los más importantes misioneros de la Iglesia primitiva.

El origen del episcopado de los apóstoles pertenece también, según la interpretación católica, a la apostolicidad de la enseñanza y de la vida sacramental. Los obispos son, en el servicio de la dirección de la Iglesia confiada a ellos y en su testimonio autoritativo de la resurrección, sucesores de los apóstoles.

El ministerio apostólico de la Iglesia primitiva se prolonga, mediante la sucesión apostólica en el sacramento del orden, en continuidad del colegio apostólico en el colegio de los obispos, en una unidad histórica; y así la Iglesia posee un signo efectivo de su realidad apostólica.

En este sentido la constitución de la Iglesia descansa, especialmente el ministerio eclesial, en la “institución divina” (DH 101; 1318; LG 20).

El obispo de Roma es, como sucesor del apóstol Pedro, cabeza del colegio de los obispos y principio y fundamento de su unidad en la doctrina y la comunión (LG 18).

“Ustedes han sido edificados sobre el fundamento de los apóstoles” (Ef 2,20).

Bajo estas premisas y presupuestos eclesiológicos hay que considerar la relación entre Eucaristía y Apostolicidad. La Iglesia se edifica de la celebración de la Eucaristía y la Iglesia realiza la Eucaristía. Por lo cual es muy estrecha la relación entre la una y la otra (ver, EE 26).

Esta interacción permite hablar también de la Eucaristía como “una, santa, católica y apostólica”.

El Catecismo de la Iglesia Católica aclara –como la Encíclica lo retoma- en qué medida la Iglesia puede ser llamada apostólica en un triple sentido. En primer lugar la Iglesia está apoyada sobre el fundamento de los Apóstoles. Ella descansa sobre los apóstoles, a los que Cristo mismo ha elegido y enviado como sus testigos para anunciar la fe en la buena nueva que realiza la salvación.

Del mismo modo se encuentra la Eucaristía en sus manos protectoras, porque Cristo mismo les ha confiado a ellos el santísimo sacramento y estos, por su parte, han entregado con responsabilidad a sus sucesores. Así resulta una continuidad entre el obrar de los primeros apóstoles - nombrados por Cristo-y los portadores de la autoridad apostólica, los obispos, hasta hoy. A través de todos los siglos obedecieron ellos el encargo de Cristo: “Hagan esto en mi memoria ».

La Encíclica recuerda también el segundo sentido de la apostolicidad de la Iglesia fijado por el Catecismo: “Ella guarda y transmite, con la ayuda del Espíritu Santo que habita en ella, la enseñanza, el buen depósito, las sanas palabras oídas a los apóstoles » (Catecismo de la Iglesia Católica, 857). Decisiva, a este respecto es la profunda conexión con el origen apostólico, que está más allá de tiempos y lugares.

Lo que hicieron los Apóstoles, como ellos han celebrado la Eucaristía, de acuerdo a su contenido, fue conservado a lo largo de la historia de la Iglesia. “Según la fe de los Apóstoles” (EE 27) se celebra también hoy la Eucaristía. Inclusive fue el magisterio eclesial el que ha profundizado en los dos mil años de historia, cada vez más a fondo en el misterio de la Eucaristía, y ha precisado con estos conocimientos la doctrina sobre la Eucaristía.

Terminologías e interpretaciones teológicas fueron en cierto modo apoyadas como resultado de una intensa meditación, por el magisterio, por los concilios y escritos doctrinales y encíclicas pontificias, como resultado que permite comprender, cada vez más profundamente el sublime misterio de la Eucaristía.

De singular significado es también el tercer sentido de la apostolicidad de la Iglesia y de la Eucaristía, como la presenta la Encíclica en el número 28. A semejanza de la conexión con los orígenes, que es al mismo tiempo fundamente de la Iglesia, la presencia de los primeros apóstoles aparece como presencia perdurable en la Iglesia. Ella sigue siendo instruida, santificada y dirigida por los apóstoles, por aquellos mismos que en su ministerio pastoral les suceden: el colegio de los obispos en unidad con el sucesor de Pedro, el pastor supremo de la Iglesia.

La misión pastoral de los obispos se funda sobre el colegio apostólico instituido por Cristo. Esto implica necesariamente el sacramento del orden, es decir, la serie interrumpida que se remonta hasta los orígenes, de ordenaciones episcopales válidas. “La sucesión es esencial, para que haya Iglesia en sentido propio y pleno” (EE 28).

La sucesión apostólica sirve como prueba de identidad para la auténtica transmisión de la fe. Ella es el garante para la autenticidad de la doctrina autoritativamente presentada. Con ello se menciona el criterio esencial de una transmisión autorizada de la fe, porque la interna identificación con la fe de los Padres, con la doctrina de la Iglesia y con el Papa como pastor supremo de la Iglesia, sin la sucesión sería solo un mecanismo vacío. La esencia de la sucesión (la única dotada de todo poder), se fundamenta en la aceptación íntima de la fe que cada uno ha recibido de la Iglesia y que está dotada de todo poder.

 

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La vocación primitiva del hombre

"No será dificultoso el advertir que fue mucho mejor lo que Dios hizo cuando de un solo hombre, que crió al principio, multiplicó el género humano, que si le empezara por muchos. Porque habiendo criado a los demás animales, a unos solitarios, agrestes, y en cierto modo solivagos, esto es, que apetecen y gustan más de la soledad y de vivir solos, como son las águilas, milanos, leones, lobos y todos los demás que son de esta especie; a otros los hizo aficionados a la sociedad y a vivir congregados para habitar juntos en bandadas y en rebaños, como son las palomas, estorninos, ciervos, gamos y otros semejantes; con todo, no propagó y multiplicó estos dos géneros principiando por uno, sino mandó que fuesen muchos juntos. Pero el hombre, cuya naturaleza la criaba en cierto modo media entre los ángeles y las bestias; de tal suerte, que si se sujetase a su Criador como a verdadero Señor, y guardase con piadosa obediencia su precepto y mandato, pasase al bando y sociedad de los ángeles sin intermisión de la muerte, alcanzando la bienaventurada inmortalidad sin fin, y si usando de su libre voluntad con soberbia y desobediencia ofendiese a Dios, su Señor, condenado a muerte viviese bestialmente y fuese siervo de su apetito, y después de la muerte destinado a la pena eterna; le crió uno y singular, no para dejarle solo sin la humana compañía, sino para encomendarle con esto más estrechamente la unión con la misma compañía y el vínculo de la concordia; viniéndose a juntar los hombres entre sí, no sólo por la semejanza de la naturaleza, sino también por el afecto del parentesco, pues aun a la misma mujer que se había de unir con el varón, no la quiso criar como a él, sino de él, a fin de que todo el género humano se propagase y extendiese de un solo hombre. Que supo y previó Dios que el primer hombre que crió había de pecar; y juntamente vio el número de los santos y piadosos que de su generación, por su gracia, había de trasladar a la compañía de los ángeles.

No ignoraba Dios que el hombre había de pecar, y que, estando ya sujeto a la muerte, había de procrear y propagar hombres asimismo sujetos a la muerte, y que habían de excederse sobremanera los mortales con la licencia y demasía del pecar; que más seguras y pacíficas habían de vivir entre sí, sin tener voluntad racional las bestias de una especie (cuya propagación empezó de muchas, parte en el agua y parte en la tierra) que los hombres, cuya generación para fomentar la concordia se comenzó a propagar de uno solo. Porque nunca han traído tales guerras entre sí los leones o los dragones, como los hombres. Pero consideraba al mismo tiempo Dios que con su gracia había de convidar y llamar al pueblo piadoso y devoto a su adopción; y que, absuelto de los pecados y justificado por el Espíritu Santo, le había de unir inseparablemente con los santos ángeles en la paz eterna, habiendo destruido al último enemigo, que es la muerte; al cual pueblo le había de ser no de poca importancia la consideración de cómo Dios, para manifestar a los hombres cuán acepta le es también la unión entre muchos, crió el linaje humano y le propagó de un solo individuo.

Crió Dios al hombre a imagen y semejanza suya, porque le dio una alma de tal calidad, que por la razón y el entendimiento fuese aventajada a todos los animales de la tierra, del agua y del aire, que no tendría otra tal mente. Y habiendo formado al hombre del polvo o limo de la tierra, y habiéndole infundido una alma, como dije (ya la hubiese hecho, y se la infundiese soplando, ya, por mejor decir, la hiciese soplando) y queriendo que aquel soplo se hizo soplando ( porque ¿qué otra cosa es soplar sino hacer soplo?) fuese el alma del hombre, también le crió una mujer para su compañía y auxilio en la generación, sacándole una costilla del lado, obrando como Dios. Porque no hemos de imaginar esto al modo común de la carne, como vemos que los artífices fabrican de cualquiera materia cosas terrenas con los miembros corporales, lo mejor que pueden con la industria de su parte. La mano de Dios es la potencia de Dios, el cual, aun las cosas visibles las obra invisiblemente. Pero estas cosas las tienen por fabulosas más que por verdaderas los que miden por estas obras ordinarias y cotidianas la virtud y sabiduría de Dios, que sabe y puede sin semilla criar la misma semilla; pero las que primeramente crió Dios, porque no las entienden, las imaginan infielmente, como si estas mismas cosas que salen y entienden acerca de las generaciones y partos de los hombres, contándolas a los que no tuvieran experiencia de ellas ni las supieran, no se les hiciesen más increíbles, aunque hay muchos que estas mismas las atribuyen antes a las causas corporales de la naturaleza que a las admirables obras de la divina Providencia."

S. Agustín, Ciudad de Dios, XII, 22 – 24.

 

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Para algunos, la experiencia interior de la Belleza de Dios es la otra faceta de la experiencia del Amor que, en la vida interior, abre las profundidades del Misterio y hace saborear la Belleza sin ocaso en la belleza del tiempo presente. Parafraseando a Bruno Forte [renombrado teólogo], diría que la interioridad conduce a la contemplación de la belleza, y ello es posible por el amor que nos brinda la gracia y que, en el breve hoy, revela la presencia, que hace saborear de antemano la Patria. Al intuir, por imperfectamente que fuere, al Enmanuel, al Dios con nosotros, que ha entrado en nuestra biografía, que se convierte por ello en historia de salvación, ¿cómo podría la vida interior no ser también bella y estar llena de alegría? Sin olvidarse nunca del dolor del mundo.
   Y no nos olvidamos, en la vida interior, del dolor del mundo, porque la Belleza se ha hecho presente, por así decirlo, en el signo contrario.
   Porque la apertura a la contemplación nos descubre que «la Belleza de Dios se ha revelado en la oscuridad y en la ignominia de la cruz del Resucitado. Es la belleza del amor que salva al mundo y que, precisamente por eso, siente predilección por todo lo que tiene necesidad de perdón y de salvación, y es vergonzoso para los hombres como lugar de su manifestación».
2006-04-27

 

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A través del ministerio apostólico, la Iglesia, comunidad congregada por el Hijo de Dios encarnado, vivirá en la sucesión de los tiempos edificando y alimentando la comunión en Cristo y en el Espíritu, a la que todos están llamados y en la que pueden experimentar la salvación donada por el Padre. En efecto, como dice el Papa san Clemente, tercer Sucesor de Pedro, al final del siglo I, los Doce se esforzaron por constituirse sucesores (cf. 1 Clem 42, 4), para que la misión que les había sido encomendada continuara después de su muerte. Así, a lo largo de los siglos la Iglesia, orgánicamente estructurada bajo la guía de los pastores legítimos, ha seguido viviendo en el mundo como misterio de comunión, en el que se refleja de alguna manera la misma comunión trinitaria, el misterio de Dios mismo.
El apóstol san Pablo alude ya a este supremo manantial trinitario, cuando desea a sus cristianos:  "La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo estén con todos vosotros" (2 Co 13, 13). Estas palabras, que probablemente constituyen un eco del culto de la Iglesia naciente, ponen de relieve que el don gratuito del amor del Padre en Jesucristo se realiza y se expresa en la comunión llevada a cabo por el Espíritu Santo. Esta interpretación, basada en el estrecho paralelismo que establece el texto entre los tres genitivos ("la gracia de nuestro Señor Jesucristo... el amor de Dios... y la comunión del Espíritu Santo"), presenta la "comunión" como don específico del Espíritu, fruto del amor donado por Dios Padre y de la gracia ofrecida por nuestro Señor Jesucristo.
Por lo demás, el contexto inmediato, caracterizado por la insistencia en la comunión fraterna, nos orienta a ver en la koinonía del Espíritu Santo no sólo la "participación" en la vida divina casi individualmente, cada uno para sí mismo, sino también, como es lógico, la "comunión" entre los creyentes que el Espíritu mismo suscita como su artífice y agente principal (cf. Flp 2, 1).
Se podría afirmar que la gracia, el amor y la comunión, referidos respectivamente a Cristo, al Padre y al Espíritu Santo, son diversos aspectos de la única acción divina para nuestra salvación, acción que crea la Iglesia y hace de la Iglesia -como dijo san Cipriano en el siglo III- "un pueblo congregado por la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo" (De Orat. Dom., 23:  PL 4, 536, citado en
Lumen gentium, 4).
La idea de la comunión como participación en la vida trinitaria está iluminada con particular intensidad en el evangelio de san Juan, donde la comunión de amor que une al Hijo con el Padre y con los hombres es, al mismo tiempo, el modelo y el manantial de la comunión fraterna, que debe unir a los discípulos entre sí:  "Amaos los unos a los otros, como yo os he amado" (Jn 15, 12; cf. 13, 34). "Que sean uno como nosotros somos uno" (Jn 17, 21. 22). Así pues, comunión de los hombres con el Dios Trinitario y comunión de los hombres entre sí.
En el tiempo de la peregrinación terrena, el discípulo, mediante la comunión con el Hijo, ya puede participar de la vida divina de él y del Padre. "Nosotros estamos en comunión con el Padre y con su Hijo Jesucristo" (1 Jn 1, 3). Esta vida de comunión con Dios y entre nosotros es la finalidad propia del anuncio del Evangelio, la finalidad de la conversión al cristianismo:  "Lo que hemos visto y oído, os lo anunciamos, para que también vosotros estéis en comunión con nosotros" (1 Jn 1, 3)….
…La "comunión" es realmente la buena nueva, el remedio que nos ha dado el Señor contra la soledad, que hoy amenaza a todos; es el don precioso que nos hace sentirnos acogidos y amados en Dios, en la unidad de su pueblo congregado en nombre de la Trinidad; es la luz que hace brillar a la Iglesia como estandarte enarbolado entre los pueblos:  "Si decimos que estamos en comunión con él, y caminamos en tinieblas, mentimos y no obramos la verdad. Pero si caminamos en la luz, como él mismo está en la luz, estamos en comunión unos con otros" (1 Jn 1, 6-7). Así, a pesar de todas las fragilidades humanas que pertenecen a su fisonomía histórica, la Iglesia se manifiesta como una maravillosa creación de amor, hecha para que Cristo esté cerca de todos los hombres y mujeres que quieran de verdad encontrarse con él, hasta el final de los tiempos.
Y en la Iglesia el Señor permanece con nosotros, siempre contemporáneo. La Escritura no es algo del pasado. El Señor no habla en pasado, sino que habla en presente, habla hoy con nosotros, nos da luz, nos muestra el camino de la vida, nos da comunión, y así nos prepara y nos abre a la paz.

BENEDICTO PP. XVI - AUDIENCIA GENERAL- Miércoles 29 de marzo de 2006

 

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No puede haber un diálogo al precio de la verdad.

 

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Una democracia sin valores degenera en dictadura encubierta. Benedicto XVI

 

“A un mundo mejor se contribuye solamente haciendo el bien ahora y en primera persona, con pasión y donde sea posible”». «Deus caritas est» - Encíclica de Benedicto P.P. XVI - MMVI

 

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Alabemos con las poéticas palabras del teólogo san Gregorio Nacianceno, doctor de la Iglesia Católica, año 330+390:

 

« Gloria a Dios Padre y al Hijo,
Rey del universo.
Gloria al Espíritu,
digno de alabanza y santísimo.
La Trinidad es un solo Dios
que creó y llenó cada cosa:
el cielo de seres celestes
y la tierra de seres terrestres.
Llenó el mar, los ríos y las fuentes
de seres acuáticos,
vivificando cada cosa con su Espíritu,
para que cada criatura honre
a su sabio Creador,
causa única del vivir y del permanecer.
Que lo celebre siempre más que cualquier otra
la criatura racional
como gran Rey y Padre bueno ».

(9) Poemas dogmáticos, XXXI, Hymnus alias: PG 37, 510-511

 

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«Cuando digo a un joven: mira, allí hay una estrella nueva, una galaxia, una estrella de neutrones, a cien millones de años luz de lejanía. Y, sin embargo, los protones, los electrones, los neutrones, los mesones que hay allí son idénticos a los que están en este micrófono (...). La identidad excluye la probabilidad. Lo que es idéntico no es probable (...). Por tanto, hay una causa, fuera del espacio, fuera del tiempo, dueña del ser, que ha dado al ser, ser así. Y esto es Dios (...). «El ser, hablo científicamente, que ha dado a las cosas la causa de ser idénticas a mil millones de años-luz de distancia, existe. Y partículas idénticas en el universo tenemos 10 elevadas a la 85a potencia... ¿Queremos entonces acoger el canto de las galaxias? Si yo fuera Francisco de Asís proclamaría: ¡Oh galaxias de los cielos inmensos, alabad a mi Dios porque es omnipotente y bueno! ¡Oh átomos, protones, electrones! ¡Oh canto de los pájaros, rumor de las hojas, silbar del viento, cantad, a través de las manos del hombre y como plegaria, el himno que llega hasta Dios!» Por Enrico Medi  2005.

 

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El Sabbat, culminación de la obra de los "seis días". El texto sagrado dice que "Dios concluyó en el séptimo día la obra que había hecho" y que así "el cielo y la tierra fueron acabados"; Dios, en el séptimo día, "descansó", santificó y bendijo este día (Gn 2, 1-3). Estas palabras inspiradas son ricas en enseñanzas salvíficas:

346 En la creación Dios puso un fundamento y unas leyes que permanecen estables (cf Hb 4, 3-4), en los cuales el creyente podrá apoyarse con confianza, y que son para él el signo y garantía de la fidelidad inquebrantable de la Alianza de Dios (cf Jr 31, 35-37, 33, 19-26). Por su parte el hombre deberá permanecer fiel a este fundamento y respetar las leyes que el Creador ha inscrito en la creación.

347 La creación está hecha con miras al Sabbat y, por tanto, al culto y a la adoración de Dios. El culto está inscrito en el orden de la creación (cf Gn 1, 14). "Operi Dei nihil praeponatur" ("Nada se anteponga a la dedicación a Dios"), dice la regla de S. Benito, indicando así el recto orden de las preocupaciones humanas.

348 El Sabbat pertenece al corazón de la ley de Israel. Guardar los mandamientos es corresponder a la sabiduría y a la voluntad de Dios, expresadas en su obra de creación.

349 El octavo día. Pero para nosotros ha surgido un nuevo día: el día de la Resurrección de Cristo. El séptimo día acaba la primera creación. Y el octavo día comienza la nueva creación. Así, la obra de la creación culmina en una obra todavía más grande: la Redención. La primera creación encuentra su sentido y su cumbre en la nueva creación en Cristo, cuyo esplendor sobrepasa el de la primera (cf MR, vigilia pascual 24, oración después de la primera lectura).

 

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Creemos firmemente que Dios es el Señor del mundo y de la historia. Pero los caminos de su providencia nos son con frecuencia desconocidos. Sólo al final, cuando tenga fin nuestro conocimiento parcial, cuando veamos a Dios "cara a cara" (1 Co 13, 12), nos serán plenamente conocidos los caminos por los cuales, incluso a través de los dramas del mal y del pecado, Dios habrá conducido su creación hasta el reposo de ese Sabbat (cf Gn 2, 2) definitivo, en vista del cual creó el cielo y la tierra.

 

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La obra maestra de la Creación, el ser humano. Dios le presta una particular atención ya desde su primer momento de vida, cuando le “tejía en el seno materno”, como dice el salmista. Ya entonces, Dios se fija en él con amor para completar su designio en esta obra prodigiosa que es el hombre. De cada uno conoce todo, su pasado y su futuro, sin descuidar nada ni a nadie. Por eso, como decía san Gregorio Magno, por pequeños e informes que sean, no se apartan del amor a Dios y al prójimo según sus posibilidades, contribuyendo a su modo a la edificación de la Iglesia. Este es, pues, un mensaje de esperanza, que se dirige también a los que aún son débiles en la vida espiritual. S. S. Benedicto P.P. XVI – MMV.XII.XXVIII

 

El creyente es animado a ver la gloria de Dios en el mundo creado, una gloria que eleva una naturaleza que ha sido redimida. Además, el cristianismo, tanto en la teología oriental como occidental, anima a la humanidad a encontrar el amor y la bondad de Dios en el orden creado.

Esta visión, no obstante, no lleva a una suerte de optimismo fácil sobre la naturaleza y la economía de la vida y la muerte. El cristiano contemplaría el mundo con ojos imbuidos de amor. Esta visión va más allá de la elaborada máquina de los deístas o de la visión mecanicista de la modernidad. Un cristiano ve el mundo en su belleza y terror, y en su primera y última verdad: no sólo naturaleza, sino creación.

En cuanto al mal y al sufrimiento, que también producen las catástrofes como los sucesos infaustos de la naturaleza, el pensamiento cristiano da otra dimensión a estos acontecimientos. Dios puede hacerlos ocasiones para cumplir sus fines buenos, aunque no sean en sí bienes morales. Además, el Evangelio enseña que Dios no puede ser derrotado y que la victoria sobre el mal y la muerte ya ha sido ganada. Pero es una victoria que no ha alcanzado su cumplimiento, debemos esperar hasta la venida final de Dios.

Para los cristianos que realmente tienen fe en esta promesa, la realidad de la muerte y el sufrimiento no debería presentarse como un obstáculo insuperable. Es, de hecho, mucho más que una piedra de tropiezo para un optimismo superficial o un fatalismo pagano. Los creyentes cristianos, por el contrario, abrazan la esperanza en la victoria final de Dios.

 

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A ti, Padre omnipotente,
origen del cosmos y del hombre,
por Cristo, el que vive,
Señor del tiempo y de la historia,
en el Espíritu que santifica el universo,
alabanza, honor y gloria
ahora y por los siglos de los siglos. Amén.

 

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VERITAS OMNIA VINCIT

LAUS TIBI CHRISTI.

 

 

Gracias por venir a visitarnos

 

Iglesia de Cristo -fundada hace 2000 años, inmutable guardiana en la sucesión apostólica- de la Fe y la Tradición bíblica; anunciadora del Evangelio al orbe todo: por ello ‘Iglesia Católica’ y las puertas del infierno ni los ataques protestantes* podrán contra ella, porque Jesús de Nazareth así nos lo ha prometido. La Iglesia custodia la Palabra-que es manantial de bondad y gloria a todos los hombres de buena voluntad; domiciliada está en la colina vaticana–Roma, Italia, 2000 años ha.

*Protestantes: seguidores de Lutero, Calvino, o miles de nuevos silvestres blablá en alrededor de unas 30.000 sectas.

 

Recomendamos vivamente:

Título: ¿Sabes leer la Biblia? Una guía de lectura para descifrar el libro sagrado - Autor: Francisco Varo – MMVI. Marzo - Editorial: Planeta Testimonio

 

Libros recomendados - Autor: Joseph Ratzinger – S.S. BENEDICTO XVI

“La fraternidad de los cristianos” Joseph Ratzinger Ediciones ‘sígueme’

“Verdad, valores, poder” Joseph Ratzinger. Editorial Rialp

“Principios de moral cristiana”         98 p.p.     6,00 € editorial EDICEP

“Evangelio, catequesis, catecismo”  80 p.p.     4,75 € “

“La eucaristía, centro de vida”        170 p.p.  10,00 € “

“En el principio creó Dios”              128 p.p.    7,25 € “

“La provocación del discurso sobre Dios”  - Editorial TROTTA

“Dios y el mundo” Editorial Galaxia Gutenberg 


In Obsequio Jesu Christi.+

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'JESUCRISTO PADECIÓ BAJO EL PODER DE PONCIO PILATO,
FUE CRUCIFICADO, MUERTO Y SEPULTADO'
Evangelio según San Lucas, Cap.3, vers.1º: El año decimoquinto del reinado del emperador Tiberio, cuando Poncio Pilato gobernaba la Judea, siendo Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Felipe tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene…

Crucifixión de San Pedro: fue crucificado al revés cabeza abajo - Pergamino con San Pedro en cruz invertida, de Maguncia- Alemania; entre el 900 y el 1000ca. - Museo Diocesano de la Catedral Maguncia (Mainz) Alemania - Pedro en su cruz, invertida. ¿Qué significa todo esto? Es lo que Jesús había predicho a este Apóstol suyo: "Cuando seas viejo, otro te llevará a donde tú no quieras"; y el Señor había añadido: "Sígueme" (Jn 21, 18-19). Precisamente ahora se realiza el culmen del seguimiento: el discípulo no es más que el Maestro, y ahora experimenta toda la amargura de la cruz, de las consecuencias del pecado que separa de Dios, toda la absurdidad de la violencia y de la mentira. No se puede huir del radicalismo del interrogante planteado por la cruz: la cruz de Cristo, Cabeza de la Iglesia, y la cruz de Pedro, su Vicario en la tierra. Dos actos de un único drama: el drama del misterio pascual: cruz y resurrección, muerte y vida, pecado y gracia.

La maternidad divina de María – Catecismo de la Iglesia
495 Llamada en los Evangelios 'la Madre de Jesús'(Jn 2, 1; 19, 25; cf. Mt 13, 55, etc.), María es aclamada bajo el impulso del Espíritu como 'la madre de mi Señor' desde antes del nacimiento de su hijo (cf Lc 1, 43). En efecto, aquél que ella concibió como hombre, por obra del Espíritu Santo, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el Hijo eterno del Padre, la segunda persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre de Dios [Theotokos] (cf. Concilio de Éfeso, año 649: DS, 251).
La virginidad de María
496 Desde las primeras formulaciones de la fe (cf. DS 10-64), la Iglesia ha confesado que Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María únicamente por el poder del Espíritu Santo, afirmando también el aspecto corporal de este suceso: Jesús fue concebido absque semine ex Spiritu Sancto (Concilio de Letrán, año 649; DS, 503), esto es, sin semilla de varón, por obra del Espíritu Santo. Los Padres ven en la concepción virginal el signo de que es verdaderamente el Hijo de Dios el que ha venido en una humanidad como la nuestra:
Así, san Ignacio de Antioquía (comienzos del siglo II): «Estáis firmemente convencidos acerca de que nuestro Señor es verdaderamente de la raza de David según la carne (cf. Rm 1, 3), Hijo de Dios según la voluntad y el poder de Dios (cf. Jn 1, 13), nacido verdaderamente de una virgen [...] Fue verdaderamente clavado por nosotros en su carne bajo Poncio Pilato [...] padeció verdaderamente, como también resucitó verdaderamente» (Epistula ad Smyrnaeos, 1-2).

El acontecimiento histórico y transcendente – Catecismo de la Iglesia
639 El misterio de la resurrección de Cristo es un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas como lo atestigua el Nuevo Testamento. Ya san Pablo, hacia el año 56, puede escribir a los Corintios: "Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce: "(1 Co 15, 3-4). El apóstol habla aquí de la tradición viva de la Resurrección que recibió después de su conversión a las puertas de Damasco (cf. Hch 9, 3-18).
El sepulcro vacío

640 "¿Por qué buscar entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado" (Lc 24, 5-6). En el marco de los acontecimientos de Pascua, el primer elemento que se encuentra es el sepulcro vacío. No es en sí una prueba directa. La ausencia del cuerpo de Cristo en el sepulcro podría explicarse de otro modo (cf. Jn 20,13; Mt 28, 11-15). A pesar de eso, el sepulcro vacío ha constituido para todos un signo esencial. Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección. Es el caso, en primer lugar, de las santas mujeres (cf. Lc 24, 3. 22- 23), después de Pedro (cf. Lc 24, 12). "El discípulo que Jesús amaba" (Jn 20, 2) afirma que, al entrar en el sepulcro vacío y al descubrir "las vendas en el suelo"(Jn 20, 6) "vio y creyó" (Jn 20, 8). Eso supone que constató en el estado del sepulcro vacío (cf. Jn 20, 5-7) que la ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana y que Jesús no había vuelto simplemente a una vida terrenal como había sido el caso de Lázaro (cf. Jn 11, 44).