Wednesday 29 March 2017 | Actualizada : 2017-03-03
 
Inicio > Leyendas Negras > JUAN - XII (955-964) pontificado y escándalo; San Odón, abad de Cluny


Historia - Para conocer una historia es necesario, pero no suficiente, conocer los hechos, pues es preciso también conocer el espíritu, o si se quiere la intención que animó esos hechos, dándoles su significación más profunda. 

  

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Historia - El cristiano está advertido de que es necesario conocer la historia para distinguir los hechos. El cristiano a sus hermanos advierte que es imprescindible estudiar la historia para comprender el contexto histórico de los hechos. El cristiano nota que conociendo la historia, se percibe la riqueza de la Tradición, repara la grandeza del Magisterio y la magnanimidad de la salvación en la Escritura enseñada por la Iglesia. 

 

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 JUAN XII (955-964)

Nació probablemente en Roma, en el seno de la familia de los Condes de Túsculo. Se llamaba Octaviano, por lo tanto cambió de nombre. Era hijo de Alberico II y fue elegido a la edad de (¿17?) 18 años. En aquellos años Berengario, que gobernaba Italia por poder imperial, pero que tuvo que humillarse para conseguirlo, se tomaba una dura revancha contra aquellos feudatarios que no le habían apoyado en las disputas con el emperador. 


También Juan pagó las consecuencias de ello, al haber intentado torpemente ampliar el territorio de S. Pedro a expensas de Berengario. Éste empezó a amenazarle y el papa llamó en seguida a Otón, que bajó a Italia para poner orden. Éste obligó a Juan a coronarle emperador, por lo cual volvió a nacer el Sacro Romano Imperio. Juan tenía que respetar unas obligaciones de fidelidad con Otón, pero pronto empezó a ignorarlas, volviendo además a reanudar relaciones con los antiguos enemigos Berengario y Lamberto. Otón regresó de prisa a Roma, esta vez con malas intenciones para con el papa. Aprovechando la vida libertina que éste llevaba, convocó un concilio de obispos, hizo que depusieran a Juan y que se eligiera en su lugar a su secretario León. Aprovechó la ocasión para que le volvieran a conferir un derecho que en el pasado perteneciera al emperador de Oriente con un añadido considerable: la elección del papa no sólo tenía que gozar de la aprobación del emperador, sino que además el que fuera elegido tenía que jurarle fidelidad.

Para acapararse el apoyo de los obispos les dio poder también político en las ciudades desvinculándoles de la autoridad de los condes y haciéndoles independientes. Nació la institución de los obispos-condes, causa a lo largo de mucho tiempo de luchas entre Iglesia e Imperio.

Juan no dio su brazo a torcer: huyó de Roma, pero regresó con un ejército: convocó un sínodo que depuso a León, que además ya se había refugiado en la corte de Otón y se dedicó a perpetrar acciones de venganza contra sus enemigos. Otón fue obligado a volver a Roma por tercera vez. Pero Juan murió antes de que él llegara, a la joven edad de 27 años.

Agradecemos al autor – encuentra.com 2006-V-11

 

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«La Iglesia no es santa por sí misma, sino que de hecho está formada por pecadores, lo sabemos y lo vemos todos», pero ésta «viene santificada de nuevo por el amor purificador de Cristo». «Dios no sólo ha hablado, nos ha querido (...) hasta la muerte de su propio hijo», S. S. Benedicto XVI – 29 Junio 2005 Festividad de San Pedro y Pablo; ambos mártires de la Iglesia católica, 64/7ca. en Roma. ITALIA. 

 

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Visión objetiva:Con frecuencia en los análisis históricos se peca de falta de objetividad por juzgar con valores actuales los sucesos del pasado. Esto no significa relativizar el juicio valórico de los sucesos, sino extirpar ciertos moralismos actuales que no son reales, que suponen una "moral" moderna y postmoderna que juzga enloquecidamente las cosas. Desde una perspectiva objetiva tenemos que condenar sin reserva los errores ocurridos en l período analizado, pero sin rasgar vestiduras por la "monstruosa" noticia del descubrimiento y civilización europea en América, maldiciendo la hora en que se produjo al estilo del cuestionado activista verde Jacques Cousteau quien declaró en 1992 que la llegada de la Colón a América "fue un desastre peor que la lluvia de meteoritos que acabó con los dinosaurios en la prehistoria". 

Aquí la premisa tribalista de "cada uno en su tierra sin invadir otra" queda desvanecida por el absurdo ante el dinamismo y realidad de la historia. Toda civilización es el fruto de una mezcla frecuentemente nada pacífica. La misma epopeya del Pueblo de Dios suponía conquistar una tierra prometida ocupada por tribus locales. Los mismos europeos provienen de invasiones y nuevas invasiones que mezclaron sus sangres e hicieron nacer las distintas culturas que dan alma al Viejo Mundo. 

 

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IGLESIA Y JESÚS-. No podemos encontrar a Jesús sin la realidad que Él creó y en la que se comunica. Entre Cristo y la Iglesia no hay contraposición: son inseparables, a pesar de los pecados de los hombres que componen la Iglesia. Por tanto, no puede conciliarse con las intenciones de Cristo un eslogan que hace unos años estaba de moda: -Jesús sí; Iglesia no-”.
El pontífice Benedicto XVI  basó su meditación en el primer capítulo del Evangelio según san Marcos en el que se presenta el llamamiento de Jesús a los doce apóstoles. “La Iglesia -aclaró- comenzó a constituirse cuando unos pescadores de Galilea encontraron a Jesús, se dejaron conquistar por su mirada, por su voz, por su invitación cálida y fuerte: «Venid conmigo, y os haré llegar a ser pescadores de hombres»”. “Precisamente, la luz de ese Rostro se refleja en el rostro de la Iglesia, a pesar de los límites y de las sombras de nuestra humanidad frágil y pecadora”.
”El Jesús individualista es un Jesús de fantasía-añadió-. No podemos encontrar a Jesús sin la realidad que Él creó y en la que se comunica, la Iglesia”.
”Entre el Hijo de Dios, hecho carne y su Iglesia, se da una continuidad profunda, inseparable y misteriosa, en virtud de la cual Cristo se hace presente hoy en su pueblo.
Por este motivo, Jesús siempre es nuestro contemporáneo, contemporáneo en la Iglesia, construida sobre el fundamento de los apóstoles, está vivo en la sucesión de los apóstoles. Y esta presencia suya en la comunidad, en la que Él mismo siempre se nos da, es el motivo de nuestra alegría. Sí, Cristo está con nosotros, el Reino de Dios viene” concluyó el Santo Padre una intervención en la que en varios momentos dejó a un lado los papeles para explicar mejor su pensamiento.
CIUDAD DEL VATICANO- Benedicto XVI comenzó en la audiencia general de este miércoles un nuevo ciclo de catequesis dedicado a explicar. 2006-03-15
 

 

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Basta sólo leer los libros de la Antigüedad para ver que los más poderosos son (casi) siempre los peores. La nobleza mundana no se debe a la naturaleza, sino al orgullo y a la ambición. Si se juzga de acuerdo a la realidad no se honrará al rico por las finas ropas que lleva, sino al pobre que fabrica esas cosas –“nam sudoribus pauperum praeparatur unde potentiores sanginantur”. (Collationes, III, 26,30: “pues los banquetes de los poderosos se cocinan con el sudor de los pobre”).

Pero San Odón (el segundo abad de Cluny [927-942]), comprende que este reino de la injusticia tiene raíces profundas en la naturaleza del hombre y no puede abolirse recurriendo a medios externos, al ‘brazo seglar’. Desde los días de Abel, el primero de los justos, hasta el día del último de los elegidos, el sufrimiento y la derrota han sido la herencia de los hijos de Dios. El único remedio debe buscarse en la fuerza espiritual por la cual la humildad de Dios conquista el orgullo del Demonio. De aquí que el reformador espiritual no pueda tener esperanza de contar con el apoyo de la mayoría. Debe prepararse para permanecer solo, como Ezequiel y Jeremías. Debe tener por ejemplo a San Agustín, sitiado por los vándalos en Hipona, o a San Gregorio, predicando en Roma con los lombardos ante las puertas. Los verdaderos benefactores del mundo son los pobres de espíritu, los hombres que llevan el signo de la cruz en su frente, que rehúsan ser vencidos por el triunfo de la injusticia y que depositan su confianza única y exclusivamente en la salvación de Dios.

 

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Las fechorías de muchos hijos de la Iglesia católica, pueden dar para una provocativa historia, pero las buenas obras diarias de miles de millones de personas son la verdadera historia de la religión, que ha ido a la par del crecimiento y prosperidad de la humanidad. 


 

 

...de cómo denigran a la Iglesia fundada por Cristo, con la difamación, imputación, falsedad, maledicencia, impostura, denigración, infundio, y tanta mentira...    Un hombre corrupto al que nombraron papa 


Posiblemente el más indigno sucesor de San Pedro fue Juan XII, inculto, traidor e incapaz de comportarse moralmente. 

 

Juan Xll
Los romanos se lo habían prometido a Alberico: su hijo Octaviano sucedería a Agapito. Y, en efecto, el 16 de diciembre del 955, aquel joven de diecisiete años accedía a la cabecera de la Iglesia y de Roma. Como hiciera Mercurio en el 533, Octaviano se cambió el nombre para la circunstancia y se hizo llamar Juan XII. ¡Hubiera sido mucho mejor que cambiara de vida!

Apasionado por la caza y por los juegos de dados, Juan XII estaba completamente corrompido. Su residencia pontificio de Letrán se llenó de mujeres, eunucos y esclavos y se convirtió en escenario de excesos y de orgías en el que el pontífice se movía como pez en el agua. Por demás, era un hombre perfectamente inculto que hasta ignoraba el latín. En su habitual jerga grosera juraba por Venus o por Júpiter y brindaba por los amores del diablo. Un día tuvo el capricho de ordenar un diácono en una cuadra, y, en otra ocasión, consagró obispo a un muchacho de diez años.

Con una visión sólo humana es del todo incomprensible -¡cómo en tantas otras ocasiones!- que con un hombre así al frente de la Iglesia, y muy a pesar suyo, fueran aquellos años el principio de una de las etapas más importantes de la historia de Occidente: la de la estrecha unión del imperio y del papado.

En efecto, en el 960, ante la amenaza que representaba Berengario de lvrea y su hijo Adalberto, cuyas tropas avanzaban hacia el sur, el papa y los príncipes de Italia llamaron en su socorro al rey alemán Otón el Grande. Sintiéndose éste como un nuevo Carlomagno, cayó sobre Italia, venció a Berengario y entró triunfador en Roma. El 2 de febrero del 962, con su esposa, Adelaida, recibió aquella corona imperial que, desde entonces, ceñiría siempre frentes de príncipes alemanes. De este modo quedó restaurado el imperio de Carlomagno, el Santo Imperio Romano, como se le llamaría en el siglo XIII, antes de adoptar, en el XIV, su nombre definitivo de «Sacro Imperio Romano Germánico».

Hay un detalle revelador de la muy escasa confianza que tenía Otón en el papa y en los romanos en general: exigió que durante toda la ceremonia de su consagración su portaespada mantuviera el arma desnuda sobre su cabeza para protegerle de una eventual agresión.

El 13 de febrero del 962, remitió el emperador a Juan XII el célebre «Privilegium Ottonianum», por el que confirmaba al sucesor de Pedro todas las donaciones hechas a la Iglesia por sus predecesores desde Pipino el Breve, pero en el que también se planteaban las exigencias imperiales formuladas en el año 824 por la «Co
nstitutio Lotharii». En particular, la obligación de obtener, antes de consagrar a ningún papa, el «placet» del emperador, y que el elegido y aceptado le prestara luego juramento de fidelidad.

Juan Xll juró a Otón todo lo que éste quiso, pero el juramento le duró estrictamente el tiempo que permaneció en Roma el emperador. Tan pronto como el séquito imperial abandonó la Urbe, el papa expidió cartas a los griegos, a los húngaros y hasta a los mismos sarracenos proponiéndoles alianzas contra el flamante emperador. Los tales mensajes fueron interceptados y llevados a Otón, que se resistía a creer lo que veían sus ojos. Aunque lo que más le horrorizó fue el rumor generalizado, casi clamor, acerca de las costumbres licenciosas del joven pontífice. El caso es que el emperador se dirigió de nuevo a la Ciudad Eterna.

Naturalmente, Juan XII no esperó a que llegara: se dio a la fuga llevando consigo el tesoro de la Iglesia y se guardó mucho de comparecer ante el sínodo imperial. Otón hizo entonces jurar a los romanos que no elegirían papa sin su autorización y, el 4 de diciembre del año 963, pronunció la deposición de Juan XII, nombrando en aquel mismo día a su sucesor: León Vlll.

Considerando que ya había puesto las cosas en orden, regresó el emperador a Alemania. Pero el papa depuesto sólo esperaba ese momento para reaparecer en Roma. Efectivamente, en febrero del 964 ya estaba en la Urbe. León Vlll logró escapar por muy poco. Los que no tuvieron esa suerte lo pasaron mal: les saltaron los ojos, les arrancaron las orejas o les cortaron la nariz. La venganza del papa depuesto fue espantosa.

Avisado Otón, se apresuró a ir, una vez más, a Roma. Más no tuvo ocasión de castigar personalmente al culpable. Se dijo que un marido que había sorprendido a Juan en el lecho de su mujer le propinó tal paliza que murió a los tres días, el 14 de mayo del 964. Lo único seguro es que murió con violencia inesperadamente y sin sacramentos. Jamás se había sentado en la silla de Pedro persona más abyecta.

Encuentra.com

  

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Historia y mentira - Si el historiador falta a la verdad, si cuenta lo que no ha sucedido, o calla lo que efectivamente ha acontecido, o lo desfigura, no es que tenga «poco valor», es que comete un delito intelectual. Lo mismo puede decirse del que extrae consecuencias falsas de un descubrimiento científico, o da por establecido lo que no pasa de ser una hipótesis o toma por incontrovertible lo que no se puede justificar con facilidad.
Estos usos, tan frecuentes, deberían acarrear una inmediata descalificación; no ocurre así. Hay autores que faltan a la verdad sistemáticamente, a lo largo de muchos años, y no pasa nada; quiero decir nada negativo, porque acaso gozan de éxito y fama. Es muy frecuente que dentro de la obra de un autor se prefiera la que es falsa, tal vez porque es la más polémica, porque se ha enzarzado con otros de tal manera que la primera víctima ha sido la verdad. Se olvidan las cosas justas que ha escrito, se retienen las desfiguraciones que se ha permitido para atacar a un adversario que acaso ha hecho lo mismo. Julián Marías, de la Real Academia Española.-
 

“La búsqueda apologética no es otra cosa que la búsqueda de la Verdad: sobre Dios, sobre el Hombre, sobre la Historia. No, por tanto, un oficio más entre muchos, sino el primer trabajo que se le pide al creyente. No al de hoy, al de siempre: la primera entre todas las obras de caridad es proclamar la Verdad”. V. Messori-LR.2006.03.29 

 

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San Odón, abad de Cluny

 

Queridos hermanos y hermanas:

 

Tras una larga pausa, quiero reanudar la presentación de los grandes escritores de la Iglesia de Oriente y de Occidente de la época medieval, porque, como en un espejo, en sus vidas y en sus escritos vemos lo que significa ser cristianos. Os propongo hoy la figura luminosa de san Odón, abad de Cluny: se sitúa en el medievo monástico que vio la sorprendente difusión en Europa de la vida y de la espiritualidad inspiradas en la Regla de san Benito. Se produjo durante aquellos siglos una prodigiosa aparición y multiplicación de claustros que, ramificándose en el continente, difundieron en él ampliamente el espíritu y la sensibilidad cristianas. San Odón nos conduce, en particular, a un monasterio, Cluny, que durante la edad media fue uno de los más ilustres y famosos, y todavía hoy revela a través de sus ruinas majestuosas las huellas de un pasado glorioso por la entrega intensa a la ascesis, al estudio y, de modo especial, al culto divino, rodeado de dignidad y belleza.

 

Odón fue el segundo abad de Cluny. Había nacido hacia el 880, en los confines entre Maine y Turena, en Francia. Su padre lo consagró al santo obispo Martín de Tours, a cuya sombra benéfica y en cuya memoria Odón pasó toda su vida, concluyéndola al final cerca de su tumba. La elección de la consagración religiosa estuvo en él precedida por la experiencia de un momento de gracia especial, del que él mismo habló a otro monje, Juan el Italiano, que después fue su biógrafo. Odón era aún adolescente, de unos dieciséis años de edad, cuando, en una vigilia de Navidad, sintió cómo le salía espontáneamente de los labios esta oración a la Virgen: "Señora mía, Madre de misericordia, que en esta noche diste a luz al Salvador, ora por mí. Que tu parto glorioso y singular sea, oh piadosísima, mi refugio" (Vita sancti Odonis, I, 9: PL 133, 747). El apelativo "Madre de misericordia", con el que el joven Odón invocó entonces a la Virgen, será la forma que elegirá para dirigirse siempre a María, llamándola también "única esperanza del mundo... gracias a la cual se nos han abierto las puertas del paraíso" (In veneratione S. Mariae MagdalenaePL 133, 721). En aquel tiempo empezó a profundizar en la Regla de san Benito y a observar algunas de sus indicaciones, "llevando, sin ser monje todavía, el yugo ligero de los monjes" (ib., I, 14: PL 133, 50). En uno de sus sermones Odón se refirió a san Benito como "faro que brilla en la tenebrosa etapa de esta vida" (De sancto Benedicto abbate: PL 133, 725), y lo calificó como "maestro de disciplina espiritual" (ib.: PL 133, 727). Con afecto destacó que la piedad cristiana "con más viva dulzura hace memoria" de él, consciente de que Dios lo ha elevado "entre los sumos y elegidos Padres de la santa Iglesia" (ib.: PL 133, 722).

 

Fascinado por el ideal benedictino, Odón dejó Tours y entró como monje en la abadía benedictina de Baume, para pasar después a la de Cluny, de la que se convirtió en abad en el año 927. Desde ese centro de vida espiritual pudo ejercer una amplia influencia en los monasterios del continente. De su guía y de su reforma se beneficiaron también en Italia distintos cenobios, entre ellos el de San Pablo extramuros. Odón visitó Roma más de una vez, llegando también a Subiaco, Montecassino y Salerno. Fue precisamente en Roma donde, en el verano del año 942, cayó enfermo. Sintiéndose próximo a la muerte, quiso volver a toda costa junto a su san Martín, en Tours, donde murió durante el octavario del santo, el 18 de noviembre del 942. Su biógrafo, al subrayar en Odón la "virtud de la paciencia", ofrece un largo elenco de otras virtudes suyas, como el menosprecio del mundo, el celo por las almas, el compromiso por la paz de las Iglesias. Grandes aspiraciones del abad Odón eran la concordia entre reyes y príncipes, la observancia de los mandamientos, la atención a los pobres, la enmienda de los jóvenes, el respeto a las personas ancianas (cf. Vita sancti Odonis, I, 17: PL 133, 49). Amaba la celdita en la que residía, "alejado de los ojos de todos, preocupado por agradar sólo a Dios"(ib., I, 14: PL 133, 49). No dejaba, sin embargo, de ejercitar también, como "fuente sobreabundante", el ministerio de la palabra y del ejemplo, "llorando este mundo como inmensamente mísero" (ib., I, 17: PL 133, 51). En un solo monje, comenta su biógrafo, se hallaban reunidas las distintas virtudes existentes de forma dispersa en los otros monasterios: "Jesús, en su bondad, tomando en los diversos jardines de los monjes, formaba en un pequeño lugar un paraíso, para regar desde su fuente los corazones de los fieles" (ib., I, 14: PL 133, 49).

 

En un pasaje de un sermón en honor de María Magdalena, el abad de Cluny nos revela cómo concebía la vida monástica: "María que, sentada a los pies del Señor, con espíritu atento escuchaba su palabra, es el símbolo de la dulzura de la vida contemplativa, cuyo sabor, cuanto más se gusta, tanto más induce al alma a desasirse de las cosas visibles y de los tumultos de las preocupaciones del mundo" (In ven. S. Mariae Magd.,PL 133, 717). Es una concepción que Odón confirma y desarrolla en otros escritos suyos, de los que se trasluce su amor por la interioridad, una visión del mundo como realidad frágil y precaria de la que hay que desarraigarse, una inclinación constante al desprendimiento de las cosas consideradas como fuente de inquietud, una aguda sensibilidad por la presencia del mal en las diferentes categorías de hombres, una íntima aspiración escatológica. Esta visión del mundo puede parecer bastante alejada de la nuestra, y sin embargo la de Odón es una concepción que, viendo la fragilidad del mundo, valora la vida interior abierta al otro, al amor por el prójimo, y precisamente así transforma la existencia y abre el mundo a la luz de Dios.

 

Merece particular mención la "devoción" al Cuerpo y a la Sangre de Cristo que Odón, frente a una difundida negligencia, que él deplora vivamente, cultivó siempre con convicción. En efecto, estaba firmemente convencido de la presencia real, bajo las especies eucarísticas, del Cuerpo y de la Sangre del Señor, en virtud de la conversión "sustancial" del pan y del vino. Escribía: "Dios, el Creador de todo, tomó el pan, diciendo que era su Cuerpo y que lo habría ofrecido por el mundo, y distribuyó el vino, llamándolo su Sangre"; ahora bien, "es ley de naturaleza que tenga lugar la transformación según el mandato del Creador", y por tanto, he aquí que "inmediatamente la naturaleza cambia su condición habitual: sin tardar el pan se convierte en carne, y el vino se convierte en sangre"; a la orden del Señor "la sustancia se transforma" (Odonis Abb. Cluniac. occupatio, ed. A. Swoboda, Lipsia 1900, p. 121). Desgraciadamente, anota nuestro abad, este "sacrosanto misterio del Cuerpo del Señor, en el que consiste toda la salvación del mundo" (Collationes, XXVIII: PL 133, 572), es celebrado con negligencia. "Los sacerdotes —advierte— que acceden al altar indignamente, manchan el pan, es decir, el Cuerpo de Cristo" (ib.: PL 133, 572-573). Sólo el que está unido espiritualmente a Cristo puede participar dignamente de su Cuerpo eucarístico: en caso contrario, comer su carne y beber su sangre no le sería de beneficio, sino de condena" (cf. ib., XXX, PL 133, 575). Todo esto nos invita a creer con nueva fuerza y profundidad la verdad de la presencia del Señor. La presencia del Creador entre nosotros, que se entrega en nuestras manos y nos transforma como transforma el pan y el vino, transforma así el mundo.

 

San Odón ha sido un verdadero guía espiritual tanto para los monjes como para los fieles de su tiempo. Ante el "gran número de vicios" difundidos en la sociedad, el remedio que él proponía con decisión era el de un cambio radical de vida, fundado en la humildad, la austeridad, el desapego de las cosas efímeras y la adhesión a las eternas (cf.Collationes, XXX, PL 133, 613). A pesar del realismo de su diagnóstico sobre la situación de su tiempo, Odón no se rinde al pesimismo: "No decimos esto —precisa— para precipitar en la desesperación los que quieran convertirse. La misericordia divina está siempre disponible; ella espera la hora de nuestra conversión" (ib.: PL 133, 563). Y exclama: "¡Oh inefables entrañas de la piedad divina! Dios persigue las culpas y sin embargo protege a los pecadores" (ib.: PL 133, 592). Sostenido por esta convicción, el abad de Cluny amaba detenerse en la contemplación de la misericordia de Cristo, el Salvador que él calificaba sugestivamente como "amante de los hombres": "amator hominum Christus" (ib., LIII: PL 133, 637). Jesús tomó sobre sí los flagelos que nos correspondían a nosotros —observa— para salvar así a la criatura que es obra suya y a la que ama (cf. ib.: PL 133, 638).

 

Aparece aquí un rasgo del santo abad a primera vista casi escondido bajo el rigor de su austeridad de reformador: la profunda bondad de su alma. Era austero, pero sobre todo era bueno, un hombre de una gran bondad, una bondad que proviene del contacto con la bondad divina. Odón, como nos dicen sus contemporáneos, difundía a su alrededor la alegría de la que rebosaba. Su biógrafo atestigua que no había oído nunca salir de boca de hombre "tanta dulzura de palabra" (ib., I 17: PL133, 31). Acostumbraba, recuerda su biógrafo, invitar a cantar a los niños que encontraba por el camino para después hacerles algún pequeño regalo, y añade: "Sus palabras estaban llenas de gozo..., su hilaridad infundía en nuestro corazón una íntima alegría" (ib., II, 5: PL133, 63). De esta forma el vigoroso y al mismo tiempo amable abad medieval, apasionado por la reforma, con acción incisiva alimentaba en los monjes, como también en los fieles laicos de su tiempo, el propósito de progresar con paso diligente por el camino de la perfección cristiana.

 

Esperamos que su bondad, la alegría que nace de la fe, unidas a la austeridad y a la oposición a los vicios del mundo, toquen también nuestro corazón, a fin de que también nosotros podamos hallar la fuente de la alegría que brota de la bondad de Dios.

Miércoles 2 de septiembre de 2009


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¡Rememos mar adentro! Esa es nuestra respuesta como cristianos:

"remar mar adentro", confiando en la palabra y en la presencia vivificante de Jesús,

a ejemplo de Pedro y Pablo. La Iglesia por Cristo fundada está segura en su Señor y, a pesar de las adversidades, calumnias y faltas en la conducta de muchos cristianos, solo ella transporta dos mil años y es faro seguro.

«Duc in altum» (Lc 5,4) dijo Cristo al apóstol Pedro en el Mar de Galilea.

  

«La Iglesia no es santa por sí misma, sino que de hecho está formada por pecadores, lo sabemos y lo vemos todos», pero ésta «viene santificada de nuevo por el amor purificador de Cristo». «Dios no sólo ha hablado, nos ha querido (...) hasta la muerte de su propio hijo». Además, Benedicto XVI dijo estar «contento» por la presentación ayer del «Compendio» del Catecismo de la Iglesia Católica, «una nueva guía para la transmisión de la fe, que nos ayude a conocer mejor e incluso a vivir mejor la fe que nos une». «No se puede leer este libro como se lee una novela», advirtió el Pontífice, subrayando que «requiere meditarlo con calma en sus partes y permitir que su contenido, mediante las imágenes, penetre en el alma». «Espero que sea acogido de este modo y pueda convertirse en una buena guía para la transmisión de la fe», aseveró. El volumen, presentado ayer, de doscientas páginas, recoge en 598 preguntas y respuestas la síntesis de ese «Catecismo» que fue promulgado en 1992 por el Papa Juan Pablo II. El «Compendio» no ofrece añadidos ni cambios al contenido de aquel volumen de unas 700 páginas. 2005-06-29.

 

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HISTORIA: -Según una definición no menos acertada que otras, la historia es el conjunto de todos los hechos ocurridos en tiempos pasados.

Según otra más prolija, puede considerarse la historia, y es también definición que muchos historiadores consideran válida, como la narración y el estudio de los hechos del pasado, públicos y privados, pero trascendentes, merecedores de recuerdo, y su relación con el hombre civilizado y las sociedades humanas.

Pero algunos historiadores prefieren el término investigación a narración. Recogen la opinión de Volney: «La palabra historia parece haber sido empleada por los antiguos en una acepción muy diferente de la de los modernos; los griegos, sus autores, entendían por ella una persquisición, una investigación hecha con cuidado. Y en ese sentido la emplea Herodoto».

Hay otras definiciones del término historia, supongo que muchas, mas para entendernos en la divagación con que hoy pienso perder el tiempo, creo que con estas dos tenemos bastante.

Recientemente ha surgido de manera todavía imprecisa este otro término: retrohistoria, que algunos utilizan humorísticamente y otros, que lo toman más en serio, lo entienden como opuesto a la historia, pero en realidad no es así, sino que significa un modo diferente de describir o investigar -o quizás simplemente de ordenar para su estudio- los acontecimientos históricos.

La retrohistoria es opuesta a la historia, tal como a la historia se la ha entendido hasta ahora, pero no la niega ni la rechaza sino que la complementa. Y pretende dotarla de mayor eficacia. Esta es su intención y lo que impulsa a los historiadores partidarios de esta tendencia.

En la historia destaca, y esta es la voluntad del historiador, la narración (o investigación) de la sucesión de los hechos, de su encadenamiento desde el remoto ayer hasta el presente, sin adentrarse vanamente en las incógnitas del insondable futuro.

Aun siendo opuestas, en algo se asemejan la historia y la retrohistoria: en ambas se trabaja con materiales inexistentes. Inexistentes en el momento en que alguien se dispone a trabajar sobre ellos. No se diferencian en la calidad de dichos materiales sino en el orden en que se narra su aparición y su fugaz existencia.

Puede aceptarse la idea, sostenida por algunos comentaristas actuales, de que el concepto de retrohistoria ha surgido de la necesidad de estudiar no sólo los acontecimientos históricos sino, casi podría afirmarse que muy primordialmente, las respectivas causas de esos acontecimientos.

Poco importa al hombre conocer lo que ha sucedido o lo que está sucediendo, para bien o para mal, si desconoce el porqué del suceso, su causa. Al no conocerse las causas de los acontecimientos la historia pierde lo que puede tener para el ser humano de enseñanza provechosa y quedarse en mero entretenimiento.

Esta causa siempre necesariamente fue anterior al acontecimiento. El investigador histórico debe, por consiguiente, retroceder en el tiempo en vez de avanzar o de quedarse quieto o de saltarse varios siglos de un golpe o de embarcarse con Herbert George Wells en viajes al futuro. Pero he aquí que la causa suele ser al mismo tiempo un acontecimiento y, por lo tanto, el investigador histórico, si es consciente y riguroso, deberá investigar también la causa de este acontecimiento, retrocediendo, por lo tanto, en el tiempo histórico; y al proceder así sucesivamente se hallará inmerso en plena retrohistoria. Y para ello habrá utilizado un cambio radical de perspectiva.

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Análisis histórico - Con frecuencia en los análisis históricos se peca de falta de objetividad por juzgar con valores actuales los sucesos del pasado. Esto no significa relativizar el juicio valórico de los sucesos, sino extirpar ciertos moralismos actuales que no son reales, que suponen una "moral" moderna y postmoderna que juzga enloquecidamente las cosas. Desde una perspectiva objetiva tenemos que condenar sin reserva los errores ocurridos en el período analizado, pero sin rasgar vestiduras por la "monstruosa" noticia del descubrimiento y civilización europea en América, maldiciendo la hora en que se produjo al estilo del cuestionado activista verde Jacques Cousteau quien declaró en 1992 que la llegada de la Colón a América "fue un desastre peor que la lluvia de meteoritos que acabó con los dinosaurios en la prehistoria"

Aquí la premisa tribalista de "cada uno en su tierra sin invadir otra" queda desvanecida por el absurdo ante el dinamismo y realidad de la historia. Toda civilización es el fruto de una mezcla frecuentemente nada pacífica. La misma epopeya del Pueblo de Dios suponía conquistar una tierra prometida ocupada por tribus locales. Los mismos europeos provienen de invasiones y nuevas invasiones que mezclaron sus sangres e hicieron nacer las distintas culturas que dan alma al Viejo Mundo.

 

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Señor, Dios de todos los hombres, 
en algunas épocas de la historia 
los cristianos a veces 
han transigido con métodos de intolerancia 
y no han seguido el gran mandamiento del amor, 
desfigurando así el rostro de la Iglesia, tu Esposa. 
Ten misericordia de tus hijos pecadores 
y acepta nuestro propósito 
de buscar y promover la verdad en la dulzura de la caridad, 
conscientes de que la verdad 
sólo se impone con la fuerza de la verdad misma. 
Por Cristo nuestro Señor. Amén. 
Kyrie, eleison; Kyrie, eleison; Kyrie, eleison. 

Sobre la tumba de Pedro, colina vaticana, Roma-Italia-MM.

 

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En el contexto de época:
116. Juan IX 898-900
117. Benedicto IV 900-903
118. León V 903
119. Sergio III 904-911
120. Anastasio III 911 -913
121. Landón 913-914
122. Juan X 914-928
123. León VI 928
124. Esteban VII (VIII) 928-931
125. Juan XI 931-935/36
126. León VII 936-939
127. Esteban VIII 939-942
128. Marino II (Martín III) 942-946
129. Agapito II 946-955
130. Juan XII 955-963
131. León VIII 963-965
132. Benedicto V 965-966
133. Juan XIII 966-972
134. Benedicto VI 973-974
135. Benedicto VII 974-983
136. Juan XIV 983-984
137. Juan XV 985-996
138. Gregorio V 996-999
139. Silvestre II 999-1003

 

 

  

 

Derechos - Señor del mundo, Padre de todos los hombres, por medio de tu Hijo nos has pedido amar a los enemigos, hacer bien a los que nos odian y orar por los que nos persiguen. Muchas veces, sin embargo, los cristianos han desmentido el Evangelio y, cediendo a la lógica de la fuerza, han violado los derechos de etnias y pueblos; despreciando sus culturas y tradiciones religiosas: muéstrate paciente y misericordioso con nosotros y perdónanos. Por Cristo nuestro Señor. R. Amén.

  

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Católico,  ca.(Del lat. cathol?cus, y este del gr. καθολικ?ς, universal).1. adj. universal (? que comprende o es común a todos). Afirmando esta pretensión se calificó así a la Iglesia romana.2. adj. Verdadero, cierto, infalible, de fe divina.3. adj. Que profesa la religión católica. Apl. a pers., u. t. c. s.4. adj. Renombre que se ha dado a los reyes de España desde Fernando V e Isabel I.5. adj. coloq. Sano y perfecto. Hoy no está muy católico.

 

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Es propicio ir a Roma para orar y reflexionar junto a la tumba de los Apóstoles Pedro y Pablo. Dirigir nuestra mirada hacia el mundo desde el centro de la catolicidad, meditando en el significado de la universalidad del Evangelio, que no puede excluir ninguna cultura, ninguna región de la tierra, ningún sector de la sociedad.

 

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En el contexto de época:
León VIII

El 6 de diciembre del 963, por voluntad del emperador Otón el Grande, había sido elegido papa el encargado general de los archivos pontificios y jefe de secretarios. Debía sustituir a Juan XII, condenado por contumacia y depuesto dos días antes.

El elegido era laico. Contrariamente a las normas eclesiásticas, recibió todas las órdenes sagradas el mismo día. Un grupo de revoltosos, alentado por el desaprensivo Juan XII, había intentado provocar una sublevación contra el nuevo papa -antipapa en realidad- en los primeros días de enero del 964, pero el emperador reprimió enérgicamente el levantamiento. Restaurado el orden, Otón tomó el camino de Alemania.

Cuando el emperador se encontraba ya lejos de Roma, Juan XII se dispuso a ejecutar su venganza. León VIII, afortunadamente para él, pudo huir y buscar el amparo de Otón.

El 26 de febrero del año 964, reunió Juan XII un sínodo en el que hizo deponer a León. Como es sabido, Juan murió prematuramente, en circunstancias infamantes, el 14 de mayo. Y los romanos eligieron entonces un nuevo pontífice: Benedicto V. Pero al mes siguiente regresó a Roma León Vlll. El infortunado Benedicto fue depuesto y desterrado. Y León prosiguió en calma un pontificado que, por lo demás, fue bastante breve, puesto que falleció el 1 de marzo del 965.
Se han atribuido a León Vlll, tres documentos célebres: el Privilegium majus, el Privilegium minus y la Cessatio donationum. Según tales textos, el papa habría renunciado oficialmente a todas las donaciones hechas a la Iglesia por Pipino y Carlomagno. Mas no es verdad, sino que se trata de un infundio elaborado con ocasión de la querella de las investiduras por los partidarios del rey Enrique IV.

  

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Iglesia – de hombres pecadores. Por desgracia, en el seno de la Iglesia, que está constituida por hombres, no faltan los pecadores, sobre todo cuando no se vive el precepto de la caridad, que es esencial y es el primero para un cristiano. De este modo se produce un antitestimonio de Jesucristo. La muchedumbre inmensa de los mártires testifica con su sangre la fidelidad de la Iglesia a Jesucristo, porque, aunque haya en ella pecadores, es a la vez una Iglesia de mártires, es decir, de cristianos auténticos, que han practicado su fe en Cristo y su caridad hacia los hermanos, incluidos los enemigos, hasta el sacrificio, no sólo de su vida, sino también con frecuencia de su honra, habiendo tenido que soportar humillaciones tremendas, entre otras la de ser tachados de traidores y farsantes.

Faltas del pasado - No podemos ocultar que muchos que profesaban ser discípulos de Jesús han cometido errores a lo largo de la historia. Con frecuencia, ante problemas graves, han pensado que primero se debía mejorar la tierra y después pensar en el cielo. La tentación ha sido considerar que, ante necesidades urgentes, en primer lugar se debía actuar cambiando las estructuras externas. Para algunos, la consecuencia de esto ha sido la transformación del cristianismo en moralismo, la sustitución del creer por el hacer. Por eso, mi predecesor de venerada memoria, Juan Pablo II, observó con razón: «La tentación actual es la de reducir el cristianismo a una sabiduría meramente humana, casi como una ciencia del vivir bien. En un mundo fuertemente secularizado, se ha dado una “gradual secularización de la salvación”, debido a lo cual se lucha ciertamente en favor del hombre, pero de un hombre a medias, reducido a la mera dimensión horizontal. En cambio, nosotros sabemos que Jesús vino a traer la salvación integral»[Enc.Redemptoris missio.]

S.S. Benedicto PP XVI: MMVI.

 

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En el contexto de época:
Benedicto V

Al morir Juan XII el 14 de mayo del año 964, pretextando la ausencia de León VIII, que se había alejado de Roma buscando la protección de Otón, los romanos eligieron a Benedicto V. El nuevo papa, consagrado el 22 de mayo, era un sacerdote digno. Su vasta cultura le había valido el sobrenombre de «Grammaticus», el «gramático».

Inmediatamente puso manos a la obra para borrar la imagen dejada por su predecesor, Juan Xll. Pero exactamente al mes de su consagración volvieron a la Urbe León VIII y su protector, el emperador Otón. El pobre Benedicto se vio condenado por un sínodo como usurpador y degradado al rango de simple diácono. Fue desterrado a Hamburgo, donde el arzobispo Adaldag le tuvo bajo vigilancia, aunque este carcelero procuró hacerle grata o llevadera su reclusión.

Benedicto* falleció, con toda paz, el 23 de junio del 966.
 

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*No se conoce la fecha de su nacimiento, solo se sabe que murió el 4 de julio del año 965.

Benedicto V fue elegido papa en Mayo del año 964, bajo circunstancias sumamente críticas. El poderoso emperador Otón I * depuso por la fuerza al indigno Juan XII, y nombró en su lugar a alguien de su confianza, que tomó el nombre de León VIII. Pero a la primera oportunidad el pueblo expulsó a León VIII, y a la muerte (el 14 de Mayo del año 964) de el legítimo Papa, Juan XII, fue elegido el Cardenal-diácono Benedicto. (Conocido por su erudición como Grammaticus, ver Benedict of Soracte, xxxvii ). El Emperador Otón I, se puso furioso y marchó sobre Roma, arrestó a Benedicto, poniendo fin a su pontificado. (23 de Junio, 964.-Liutprand,Hist. Ottonis, xxi; Thietmar, Chron., II, 18) Lo más probable es que Benedicto fue obligado a abdicar por la fuerza, y no que él haya aceptado ser un intruso. Después de reinstalar a León VIII, Otón abandonó Roma, llevándose a Benedicto como prisionero a Alemania, poniéndolo al cuidado de Adaldag, Arzobispo de Bremen-Hamburgo, quién lo trató con gran consideración, siendo reconocido como Papa legítimo por gran parte del clero alemán. Sus restos permanecieron en la catedral de Hamburgo, hasta que posteriormente fueron trasladados a Roma. (Adan de Bremen,Gesta. II, 10; IV,39,40; VI,53)

La fuente más importante para conocer la historia de los nueve primeros Papas que usaron el nombre de Benedicto, son los datos biográficos que aparecen en el Liber Pontificalis, en la más conocida edición de Duchesne, el Liber Pontificalis ( París 1886 - 92 ) y la última obra de Mommsen, Gesta Pontif.Roman ( hasta el final de el reinado de Constantino, Berlín, 1898 ) Jaffé, Regesta Pont.Rom.( 2d ed.,Leipzig, 1885 ) dando un resumen de las cartas de cada Papa, mencionando dónde pueden ser leidas más detenidamente. Más información acerca de estos Papas, puede ser encontrada en una más amplia Historia de la Iglesia o en una Historia de la ciudad de Roma. Los más completos relatos en Inglés, pueden ser leidos en Mann, Vidas de los Papas en la temprana edad media (Londres, 1902, en varios pasajes )

Nota del Traductor : Otón I, el Grande, rey de Germania en 936, emperador romano de Occidente en 962, murió en 973. (Tomado de Pequeño Larousse Ilustrado, edición 1969)

HORACE K. MANN - Transcrito por Kryspin J. Turczynski - Transcrito por K.S.

 

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Petición de perdón - Para concluir, quisiera haceros partícipes de una reflexión, que me interesa particularmente. La petición de perdón, de la que tanto se habla en este período, atañe en primer lugar a la vida de la Iglesia, a su misión de anunciar la salvación, a su testimonio de Cristo, a su compromiso en favor de la unidad, en una palabra, a la coherencia que debe caracterizar a la existencia cristiana. Pero la luz y la fuerza del Evangelio, del que vive la Iglesia, pueden iluminar y sostener, de modo sobreabundante, las opciones y las acciones de la sociedad civil, en el pleno respeto a su autonomía. Por este motivo, la Iglesia no deja de trabajar, con los medios que le son propios, en favor de la paz y de la promoción de los derechos del hombre. En el umbral del tercer milenio, es legítimo esperar que los responsables políticos y los pueblos, sobre todo los que se hallan implicados en conflictos dramáticos, alimentados por el odio y el recuerdo de heridas a menudo antiguas, se dejen guiar por el espíritu de perdón y reconciliación testimoniado por la Iglesia, y se esfuercen por resolver sus contrastes mediante un diálogo leal y abierto. 31. X. 1998 S.S. Juan Pablo II – Magno

 

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"Llama la atención la apatía, la lenidad, el sospechoso silencio ante los atentados contra la fe cristiana. Parece que el cristianismo, y más específicamente la Iglesia Católica fundada por Jesucristo, puede ser atacada con impunidad".

 

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La Iglesia"...no tiene miedo a la verdad que emerge de la historia y está dispuesta a reconocer equivocaciones allí donde se han verificado, sobre todo cuando se trata del respeto debido a las personas y a las comunidades. Pero es propensa a desconfiar de los juicios generalizados de absolución o de condena respecto a las diversas épocas históricas. Confía la investigación sobre el pasado a la paciente y honesta reconstrucción científica, libre de prejuicios de tipo confesional o ideológico, tanto por lo que respecta a las atribuciones de culpa que se le hacen como respecto a los daños que ella ha padecido".Juan Pablo II, discurso del 1 de Septiembre 1999

 

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Pedro, Obispo de Roma, crucificado en cruz invertida 64ca.

 

La renuncia papal en la historia de la Iglesia

 

Pbro. Edwin Aguiluz Milla

San José, Costa Rica, 2 de junio de 2003

 

Entre los papas cuya cronología es segura, Juan Pablo II ocupa el tercer lugar en cuanto a duración en la Santa Sede. Lo más frecuente entre quienes establecen el cómputo es enumerar el actual pontificado como el cuarto, lo que obedece a que asignan el primer lugar a San Pedro, pese a que su cronología no se conoce con precisión.

 

Sin contar a San Pedro, el primer lugar lo ocupa Pío IX (16 de junio 1846 al 7 de febrero de 1878), quien fue elegido a los cincuenta y cuatro años y gobernó treinta y un años con siete meses y veintiún días). Le sigue León XIII (20 de febrero de 1878 al 20 de julio de 1903), elegido a los sesenta y ocho años, quien gobernó veinticinco años con cinco meses, y murió a los noventa y tres años. Se hizo célebre la jocosidad de un cardenal que llegó a decir de León XIII: “Nos habíamos propuesto elegir a un santo padre, no a un padre eterno”.

 

El Cardenal Karol Wojtyla, Arzobispo de Cracovia (Polonia) fue elegido para ocupar el solio pontificio el 16 de octubre de 1978. El día 22 del mismo mes y año comenzó su gobierno con el nombre de Juan Pablo II. En el pasado mes de mayo superó los veinticuatro años, seis meses y siete días de Pío VI en la silla apostólica.

 

Aunque oficialmente se ha descartado la intención de renunciar del Papa Juan Pablo II, la posibilidad de que lo haga sigue siendo un tema recurrente en los medios de comunicación pública. En unos y otros, es frecuente la evocación de datos históricos en busca de antecedentes de la renuncia papal. Comúnmente, el interés por el tema se centra en el hecho de que un pontífice pueda dejar de serlo. Esto puede acontecer tanto por renuncia o abdicación como por deposición o destitución. El tratamiento de estos temas en el plano divulgativo, con frecuencia, acusa imprecisiones y hasta errores notables. De ahí que, como historiador de la Iglesia, sintiera la necesidad de ofrecer un esbozo histórico sobre el tema para complementar la información que circula por los medios de comunicación.

 

El lector descubrirá en esta historia testimonios ejemplares de hombres santos, así como el antitestimonio de quienes no fueron fieles a la misión encomendada por Jesús. La historia de la Iglesia hemos de verla, como cristianos maduros, desde el enfoque del que Jesús nos proveyó: el de la convivencia del trigo con la cizaña hasta el tiempo de la siega (Mt 13.2430).

  

San Ponciano

 

Las fuentes históricas no son abundantes sobre la vida de este papa. Sucedió a Urbano I el 21 de julio del año 230. En el año 235, accedió a la jefatura del imperio romano Maximino el Tracio, quien desató una persecución contra, principalmente, los líderes de la Iglesia. El Papa fue desterrado a la isla de Cerdeña. Tras dos años de muchas penalidades, murió en el año 235 (quizás el 28 de noviembre) ó 236 de penuria y sufrimiento o, según una tradición, a garrotazos. Antes de su muerte, aunque no se sabe cuánto tiempo exactamente (acaso el 27 ó 28 de septiembre del 235), renunció al pontificado con la intención de despejar el camino para la elección de otro papa. No obstante, no hay consenso en aceptar esta renuncia como un hecho seguro.

  

San Silverio

 

Fue elegido papa probablemente el 1º o el 8 de junio del año 536 y murió en el 537, quizá el 2 de diciembre. Los territorios del antiguo Imperio Romano de Occidente estaban entonces divididos en diversos reinos resultantes de su ocupación por los pueblos “bárbaros”. El Imperio Bizantino (antiguo Imperio Romano de Oriente) permanecía en pie y con la pretensión de recuperar parte de aquellos territorios. Los ostrogodos intentaron tomar Roma, y aunque no lo consiguieron, destruyeron los suburbios. El Papa y los senadores pidieron auxilio al Imperio Bizantino, encabezado por el emperador Justiniano, quien había enviado a su general Belisario a arrebatar Italia a los ostrogodos. Teodora, la esposa de Justiniano, resentía del Papa que no aprobaba su política religiosa heterodoxa (apoyaba al monofisitismo, una herejía según la cual en Cristo no hay dos naturalezas –la humana y la divina–, sino solamente la divina). Aprovechando la presencia de sus soldados en Roma, la Emperatriz, acusándolo falsamente de traidor al Imperio, lo mandó secuestrar y conducir hasta Patara de Licia, en el Asia Menor. Belisario proclamó papa a Vigilio, diácono que aspiraba al pontificado y era favorecido por la Emperatriz (29 de marzo del 537). El obispo de Patara demostró la inocencia de Silverio ante el emperador Justiniano, por lo que éste lo liberó y lo envió a Roma de vuelta. De camino fue capturado por los partidarios de Vigilio, quienes, con el respaldo de Belisario, leal a Teodora, lo desterraron a la isla de Palmarola, en el Mar Tirreno, frente a Nápoles. No se sabe si murió en esa isla o en la de Ponza, ni si fue por malos tratos y hambre o por asesinato.

 

Una tendencia historiográfica sostiene que Silverio se vio forzado a renunciar el año 537, quizá el 11 de noviembre, a unas pocas semanas de su muerte. El Annuario Pontificio per l’anno 2002 acepta la abdicación de Silverio al considerar que el pontificado de Vigilio se legitimó tras la renuncia de aquél, con el reconocimiento de parte del clero romano, sanándose de ese modo los vicios de la elección. Otros autores consideran a Vigilio como antipapa hasta la muerte de Silverio. Según esta línea, Vigilio abdicó cuando murió Silverio, y es cuando el clero romano, movido quizá por la búsqueda de la paz y por temor a Belisario, lo eligió como Papa.

  

San Martín I

 

Elegido el 5 de julio del 649, a Martín le tocó hacerle frente a la herejía del monotelismo, según la cual en el Verbo hecho carne hay solamente una voluntad y una energía (la divina), y no dos (una humana y otra divina). Martín convocó un concilio en Letrán que condenó los postulados monotelitas, a la vez que censuró dos edictos imperiales que los favorecían. El emperador Constante II mandó apresar al Papa. El 17 de junio del 653 fue llevado a Constantinopla, adonde llegó en el otoño del mismo año. El Senado lo acusó de traición y lo condenó a muerte, aunque esta pena se le conmutó por el destierro al Quersoneso, en Crimea (península de la actual Ucrania). Partió a este exilio en abril del año 654. No sólo fue despojado de sus vestiduras episcopales, sino que se le maltrató en sumo grado. No se puede afirmar con exactitud la fecha de su muerte en el destierro, quizá fue el 16 de septiembre del 655, o el año siguiente. Es el último papa declarado mártir.

 

Se dice que renunció al pontificado, quizá un año antes de su muerte. En todo caso, podemos hacernos eco de lo sostenido por el Annuario Pontificio per l’anno 2002: que parece que no puso objeciones para la elección de su sucesor, San Eugenio I (10 de agosto del 654). El nuevo papa divulgó en los diferentes naciones lo que el emperador bizantino había hecho con Martín. El 2 de junio del 657 murió Eugenio.

  

Juan XII, León VIII, Benedicto V

 

El Papa León III, en el año 800, consagró al rey de los Francos, Carlomagno, como el nuevo “Emperador de los Romanos”. El nuevo imperio, en manos primero de los francos y después de diversas dinastías alemanas, sería llamado más adelante “Sacro Romano Imperio” y “Sacro Imperio Romano Germánico”. El germano Otón I ocupó el trono imperial el año 962, coronado como tal por el Papa Juan XII. Este papa (elegido el 16 de diciembre de 955) ha pasado a la historia como uno de aquellos que mancharon el nombre de la Iglesia en el “siglo de hierro”. Políticamente llegó a chocar con Otón I, quien se presentó en Roma con su ejército en el año 963. El Papa escapó, pero el Emperador promovió un sínodo de obispos en la Basílica de San Pedro que depuso, el 4 de diciembre del 963, a Juan XII, a la vez que eligió al papa León VIII, entronizado dos días después. El último es catalogado por diversos historiadores como un antipapa. Otón I reivindicó el derecho de los antiguos emperadores de Oriente de dar su aprobación tras la elección del Papa, a lo que añadió la obligación de que éste le jurara fidelidad. Juan XII volvió a Roma, donde convocó a sínodo que depuso a León VIII, el cual había huido de Roma. Juan XII murió el 14 de mayo del año 964.

 

En Roma, al margen de Otón I, los electores del pontífice eligieron a Benedicto V (en mayo, quizá el día 22, del año 964), lo que provocó que el Emperador acudiera a Roma a imponer nuevamente a León VIII. Así lo hizo en un sínodo que convocó en Letrán, en el que se tuvo que hacer presente Benedicto V, quien fue declarado usurpador y degradado a diácono (24 de junio del 964). Lo común es que se hable en este caso de deposición, aunque también abdicó. Sin duda, se trata de una abdicación forzada. Otón I lo desterró a Hamburgo, donde vivió hasta su muerte.

 

Determinar si Juan XII dejó de ser papa depende de si se considera válida o inválida su deposición. De ahí que diversos canonistas hayan negado la legitimidad del pontificado de León VIII hasta la muerte de Juan XII, el 14 de mayo del 965. Consideran que fue válido su pontificado desde esta última fecha hasta el 1º de marzo del 965. Otros autores consideran totalmente ilegítimo su pontificado, catalogándolo como un antipapa. El Anuario Pontificio en su última edición sigue sin pronunciarse al respecto. Se limita a decir que si la deposición de Juan XII fue válida, entonces debe considerarse legítimo el pontificado de León VIII. En cuanto a Benedicto V, incluirlo en la lista de los papas que renunciaron depende de si se considera un papa legítimo. Diversos autores se inclinan por la legitimidad de su pontificado, pero el Annuario Pontificio sigue sin definir la cuestión, señalando que si se considera a León VIII como un papa legítimo, Benedicto V es un antipapa.

  

Benedicto IX, Silvestre III y Gregorio VI

 

El caso de Benedicto IX es complejo: en tres oportunidades ocupó el solio pontificio. Su primer período como papa corre entre 1032 (el Anuario Pontificio oscila entre los meses de agosto y septiembre, sin precisar la fecha; otra fuente da el 21 de octubre) y septiembre del 1044, cuando tiene que huir debido a una sublevación en Roma contra los Tusculanos, poderosa familia romana de la que él provenía. Los Crescencios, familia rival, lograron que fuera nombrado, el 20 de enero del 1045, un nuevo papa: Juan, Obispo de Sabina, quien adoptó el nombre de Silvestre III y que algunos canonistas consideran antipapa, aunque otros le reconocen el derecho de figurar en la lista de los papas legítimos y como tal consta en la lista de pontífices del Annuario Pontificio. Éste considera que el primer pontificado de Benedicto fue interrumpido por la intrusión de Silvestre III. El segundo período se da entre su llegada a Roma, el 10 de marzo de 1045, cuando depone y excomulga como antipapa a Silvestre III, y su renuncia bajo presión, el 1º de mayo del mismo año. Benedicto abdicó en la persona de Juan Graciano, su padrino, quién tomó el nombre de Gregorio VI (5 de mayo del 1045 al 20 de diciembre de del 1046), con la aceptación del clero y del pueblo romanos. Los autores se dividen en la calificación de Gregorio VI como papa o antipapa. El Annuario Pontificio lo incluye en la lista de los papas legítimos. A los dos años de gobierno de Gregorio, tanto Silvestre como Benedicto seguían pretendiendo derechos como pontífices. Por influencia del emperador Enrique III se reunió un sínodo en Sutri (1046), al que fueron convocados Silvestre, Benedicto y Gregorio. En el sínodo fue depuesto y abdicó Gregorio VI, y se anularon los derechos de Silvestre y Benedicto (20 de diciembre de 1046). Benedicto no se presentó, pero fue depuesto en un sínodo en Roma.

 

Gregorio VI ingresó como monje en el famoso monasterio de Cluny, hasta su muerte, donde gozó de la compañía espiritual del celebérrimo monje Hildebrando de Soano, el futuro papa Gregorio VII, gran reformador de la Iglesia.

 

Al poco tiempo fue elegido nuevo papa: Clemente II (24 de diciembre del 1046 al 9 de octubre del 1047). El tercer período de Benedicto IX transcurre octubre del 1047, según el Annuario Pontificio (otros autores precisan el 8 de noviembre del 1047), cuando, con el apoyo de su familia, los condes de Túsculo, violentamente tomó el solio papal, y su nueva renuncia, en agosto de 1048 según el Annuario Pontificio (otros la datan el 16 ó 17 de julio del mismo año), cuando se ve arrojado de Roma por el conde Bonifacio de Toscana por directriz del emperador Enrique III. Hay quienes sostienen que vivió el resto de su vida aferrado al deseo de retornar al papado, pero es muy probable la versión según la cual desistió de sus intentos bajo el consejo de Bartolomé, un santo monje, abad de Grottaferrata (Roma).

  

Celestino V

 

Pedro di Morone era un monje de origen campesino. Fue elegido papa el 5 de julio de 1294, cuando contaba con ochenta y cuatro años de edad, después de dos años de estar vacante la silla apostólica, tras la muerte de Nicolás IV. Fue entronizado el 29 de julio del mismo año y el quinto papa que se llamó Celestino. Gozaba de fama de santidad, y su elección fue celebrada multitudinariamente. Pero pronto se dio cuenta de que no contaba con las cualidades para el gobierno eclesiástico. Le faltó autoridad, seguridad, capacidad directiva y fuerza para no ser manipulado por los grupos políticos. Fue necesario debatir sobre la licitud y la conveniencia de la abdicación. Finalmente, el 13 de diciembre de 1294, alegando ignorancia, incapacidad y ser un hombre de maneras y lenguaje incultos, cambió sus vestiduras papales por las monacales que vestía antes, todo ello en un consistorio (reunión de los cardenales con el Papa). Entonces, se postró y pidió perdón por sus errores, los que solicitaba a la asamblea cardenalicia que reparara eligiendo un digno sucesor de San Pedro. Regresó a su convento. Bonifacio VIII, su sucesor, quiso llevar al papa dimisionario a Roma tanto para que le ayudara a apaciguar la oposición que su elección había provocado, como para evitar que sus adversarios restablecieran al último en el trono papal. Celestino huyó, pero fue capturado. Murió cautivo de Bonifacio VIII en una pequeña habitación del castillo de Fumone, el 19 de mayo de 1296.

 

El caso de Celestino V reviste especial significación por tres razones. La primera es que, mientras que en los anteriores casos existe algún grado de incertidumbre en cuanto a si la renuncia o la deposición se efectuaron o no, o a si fueron válidas, o a si hubo voluntad de abdicación, o a si el papa lo era realmente, en el caso de Celestino no cabe ninguna duda. La segunda es que se trata de una renuncia absolutamente voluntaria. La tercera es que con esta renuncia, Celestino formalizó en el derecho canónico la renuncia de los pontífices. En efecto, mediante un decreto, estableció la legitimidad de la renuncia papal. Su sucesor, Bonifacio VIII (1294-1303), fue quien profundizó en la regulación de la abdicación del Papa, mediante una decretal (carta pontificia con fuerza de ley referente a dudas sobre cuestiones canónicas), a la que pertenece el siguiente párrafo: “Nuestro antecesor, el Papa Celestino V, mientras gobernaba la Iglesia, constituyó y decretó que el Pontífice Romano podía renunciar libremente. Por lo tanto, no sea que ocurra que este estatuto en el transcurso del tiempo caiga en el olvido, o que debido al tema, esto se preste para futuras disputas. Hemos determinado con el cónsul de nuestros hermanos que debe ser colocado entre las otras constituciones para que quede perpetuamente en el mismo.”

  

Gregorio XII

 

El angustiante período del Cisma de Occidente fue ocasión para una nueva renuncia papal. El 9 de abril de 1378 fue elegido papa Urbano VI en un cónclave agitado y con la presión externa del pueblo romano que exigía que el nuevo papa fuera romano o italiano. El nuevo papa actuó con rigor para corregir costumbres insanas entre los eclesiásticos, por lo que chocó con los cardenales. Éstos, en su mayoría franceses, en Fondi declaran nula la elección de Urbano VI, y eligen a un nuevo pontífice: Clemente VII. Los reinos europeos se hacen partidarios de uno u otro papa (lo que se conoce como el problema de las “obediencias”). El 30 de noviembre de 1406 fue elegido papa legítimo Gregorio XII, en la línea sucesoria de la obediencia romana. Contaba con 80 años. Fue entronizado el 9 de diciembre del mismo año. En 1409, reinando Gregorio XII y prosiguiendo Benedicto XIII la sucesión de Clemente VI, ciertos cardenales de uno y otro bandos convocaron un sínodo en Pisa. Éste depuso a ambos papas, declarándolos herejes y cismáticos, a la vez que eligió a un nuevo Papa: Alejandro V. Dado que ni Gregorio ni Benedicto renunciaron, la crisis se agravó: ahora la cristiandad contaba con tres papas. Al morir Alejandro V, le sucedió Juan XXIII (sic), que se cuenta en la lista de los antipapas. Éste, después de convocar el Concilio de Constanza en 1415, fue apresado y obligado a renunciar. Por su parte, Gregorio XII, papa legítimo, también renunció el 4 de julio de 1415. Falleció el 18 de octubre de 1417, a los noventa años. Benedicto fue depuesto por el Concilio. En 1417 fue elegido Martín V como legítimo papa. Terminó así la más grave crisis de la Iglesia, que duró treinta y nueve años.

  

Pío VII: una renuncia firmada... pero no realizada

 

A Pío VII le tocó gobernar la Iglesia en los convulsos años de 1800 a 1823. Durante quince años tuvo que hacerle frente a Napoleón Bonaparte, cuya política eclesiástica era de la subordinación de la Iglesia a su gobierno, así como la extinción de los Estados Pontificios para incorporarlos a su imperio. Cuando por deseo de Napoleón y para negociar con éste, Pío VII fue a París a coronarlo como emperador en 1804, el Papa firmó su abdicación en previsión de una captura por parte de Napoleón. La detención no se realizó en ese momento, por lo que el Papa pudo volver a Roma y la renuncia no se llevó a efecto.

  

¿Pensó renunciar Pablo VI?

 

Se debate si Pablo VI (nacido en 1897 y fallecido en 1978) previó su renuncia. Los que se inclinan por una respuesta afirmativa, aducen algunos hechos, entre los que destacan los siguientes: 1) iniciativa de inhabilitar a los cardenales electores al alcanzar los ochenta años; 2) fijación en setenta y cinco años de la edad en que era recomendable que los obispos presentaran su dimisión, concretando la orientación del decreto del Concilio Vaticano II sobre el ministerio pastoral de los obispos (Christus Dominus, n.º 21); 3) una visita que, a poco más de los tres años de su elección, el 1 de septiembre de 1966, hizo a la tumba de San Celestino V, sobre la que oró. Si realmente deseó e intentó renunciar y, si la respuesta es afirmativa, la razón por la que no lo hizo, no tienen, por ahora, respuestas categóricas. Las respuestas, por el momento, siguen confinadas al mundo de la especulación.

 

La legislación actual

 

Todo lo aquí narrado, constituye los antecedentes históricos y jurídicos de lo previsto por el actual Código de Derecho Canónico, promulgado por la autoridad de Juan Pablo II en 1983, en el capítulo “Del Romano Pontífice y del Colegio Episcopal” (Parte II, Sección I), canon 332, párrafo 2: “Si el Romano Pontífice renunciase a su oficio, se requiere para la validez que la renuncia sea libre y se manifieste formalmente, pero no que sea aceptada por nadie.” A diferencia de la renuncia a los demás oficios dentro de la Iglesia (canon 189, párrafo 1), no se requiere que sea aceptada por nadie por cuanto el Papa “tiene, en virtud de su función, potestad ordinaria, que es suprema, plena, inmediata y universal en la Iglesia, y que puede siempre ejercer libremente” (canon 331).

 

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El Papa no es en ningún caso un monarca absoluto, cuya voluntad tenga valor de ley; Él es la voz de la Tradición; y sólo a partir de ella se funda su autoridad.

 

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La fe de la Iglesia es anterior a la fe del fiel, el cual es invitado a adherirse a ella. Cuando la Iglesia celebra los sacramentos confiesa la fe recibida de los Apóstoles, de ahí el antiguo adagio: "Lex orandi, lex credendi" ("La ley de la oración es la ley de la fe") (o: "legem credendi lex statuat supplicandi" ["La ley de la oración determine la ley de la fe"], según Próspero de Aquitania, siglo V, ep. 217). La ley de la oración es la ley de la fe, la Iglesia cree como ora. La Liturgia es un elemento constitutivo de la Tradición santa y viva (cf. DV 8).

 

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Pedro - Jesucristo, pues, dio a Pedro a la Iglesia por jefe soberano, y estableció que este poder, instituido hasta el fin de los siglos para la salvación de todos, pasase por herencia a los sucesores de Pedro, en los que el mismo Pedro se sobreviviría perpetuamente por su autoridad. Seguramente al bienaventurado Pedro, y fuera de él a ningún otro, se hizo esta insigne promesa: «Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia»(74). «Es a Pedro a quien el Señor habló; a uno solo, a fin de fundar 1a unidad por uno solo»(75). San Paciano, Epist. 3 ad Sempronium n.11 Obispo de la Iglesia católica en Barcelona-ESPAÑA [murió 391 ca.].

 

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Pontífice - En la homilía de San Juan de Letrán, S. S. Benedicto XVI - P. P. explicó de manera insuperable el ministerio del Papa y de los obispos como garantía de que esa red de testigos que es la Iglesia, extendida en el espacio y en el tiempo, permanece fiel a su origen y fuente que es Cristo. Ninguna comunidad (tampoco la Iglesia), ningún hombre (tampoco el Papa) “posee la Verdad”, ni puede imponerla a persona alguna. Y sin embargo los cristianos sabemos que la Verdad no es una idea, sino el Misterio de Dios que se ha revelado en la carne y ha montado su tienda entre nosotros, para ser accesible a todos los hombres. Para la Iglesia, Cristo no es una posesión que se defiende, sino la presencia viva de Dios que continuamente le da forma, le mueve a cambiar, le saca de la tentación de fosilizarse, le llama a una conversión muchas veces dolorosa, y le urge a comunicar su tesoro a los hombres de todo tiempo y lugar. 2005-04

 

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El Papa no es un soberano absoluto que lo que piensa y quiere es ley. Al contrario, su ministerio es garantía de la obediencia hacia Cristo y a su Palabra. Él no debe proclamar sus propias ideas, mas debe vincularse constantemente él propio y la Iglesia a la obediencia hacia la Palabra de Dios, en frente a todos los tentativos de acomodamientos y diluentes, como así también afrontar cualquier oportunismo”. 

2005-V-07 – S. S. Benedicto XVI – San Juan de Letrán.

 

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Papado - Un gran sabio, Joseph Ratzinger [en el siglo S.S. Benedicto PP. XVI], que hoy 2006 es Papa, cuyo verdadero sentido reside en ser «abogado de la memoria cristiana». El Papa, enseña Ratzinger, desarrolla la memoria cristiana y la defiende de las amenazas provenientes de una subjetividad olvidadiza de su fundamento, por una parte, y por la otra, de una presión del conformismo cultural y social.

 

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San Pedro y san Pablo, considerados las columnas de la Iglesia universal. San Pedro, la "piedra" sobre la que Cristo fundó su Iglesia; san Pablo, el "instrumento elegido" para llevar el Evangelio a los gentiles. El pescador de Galilea que, superada la prueba de los días oscuros de la pasión de su Señor, deberá confirmar a sus hermanos en la fe y apacentar la grey de Cristo; el fariseo celoso que, convertido en el camino de Damasco, se transformará en heraldo de la salvación que viene por la fe.??Un arcano designio de la Providencia los trajo a ambos a Roma, para sellar con la sangre su testimonio:  Pedro, crucificado; Pablo, decapitado. El primero, sepultado al pie de la colina Vaticana; el segundo, en la vía Ostiense.

 

¡Qué grande es la elocuencia del altar central de la basílica San Pedro , sobre el cual celebra la Eucaristía el Sucesor de San Pedro pensando que, en un lugar cercano a ese altar, él mismo, Pedro crucificado, ofreció el sacrificio de su propia vida en unión con el sacrificio de Cristo crucificado sobre el Calvario, y resucitado...

 

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...de cómo denigran a la Iglesia fundada por Cristo, con la difamación, imputación, falsedad, maledicencia, impostura, denigración, infundio, y tanta mentira...

 

 

 

Un Pontificado Vergonzoso..?

 

...de cómo denigran a la Iglesia fundada por Cristo, con la difamación, imputación, falsedad, maledicencia, impostura, denigración, infundio, y tanta mentira...

 

LOS CRÍMENES DEL PAPA JUAN XII

 

Por Jesús Hernández

Las vidas de los Papas medievales han sido motivo de numerosos artículos cuyo fin es desprestigiar a la Iglesia Católica Medieval. Entre vidas de los Papas, Inquisición, "oscurantismo", Cruzadas, etc., la Iglesia Católica de la Edad Media ha sido denunciada por numerosos medios como Intolerante, Represiva, Lasciva, Inmunda, repleta de vicios y corrupción.

Es cierto que en
la Edad Media, la Iglesia pasó por periodos de corrupción y de lucha por el poder contra los reinos medievales. Entre los Papas que principalmente lucharon por la supremacía del Papado sobre los monarcas europeos, podemos citar a Gregorio VII y a Inocencio III.
Y entre los Papas cuya vida personal fue más escandalosa y viciosa, los diferentes medios, clericales y anticlericales, suelen citar a
Juan XII, quien ocupó el trono de San Pedro de 955 a 964 D.C., sucesor de Agapito II y antecesor de León VIII.

Sobre este Papa -acusado de cosas horrendas-, armó revuelo un hermano separado (protestante), en un Foro de Debate en el cual participo periódicamente.
Así que colocaré inmediatamente el mensaje que publicó:


Este nuevo tema NO está sujeto a debate. el mismo contendrá las fuentes para que nadie diga que es falsedad o mentira de parte del autor de este epígrafe. Tómelo como cultura general si así le parece; sin embargo no deje de notar las barbaridades ocurridas dentro de las altas esferas de la ICAR.

FAVOR DE
NO INTERRUMPIR.

Octaviano, que tomó el nombre de Juan XII, fue elegido papa a la edad de 18 años, el 6 de diciembre del año 955. El era nieto de una prostituta muy bella de nombre Marozia. Esta mujer, junto con su madre Teodora, fueron conocidas como un par de prostitutas que a través de sus fornicaciones, intrigas y asesinatos, consiguieron poner y deponer papas a su antojo.

Teodora de roma, habiendo sido la esposa de un poderoso senador romano, manipulaba la política romana explotando el hecho que su hija Marozia era la amante del papa Sergio III. Teodora que a su vez había sido la amante de dos clérigos, después de la muerte de Sergio III, consiguió hacerlos papas a ambos : Anastacio III (911-13) Y Landón ( 913-14).

Edwar Gibbón en su obra Decline and Fall of the Roman Empire (1830, cap. XLIX) dice: La influencia de dos prostitutas Marozia y Teodora, estaba fundada en su riqueza y hermosura, y en sus intrigas políticas y amorosas. El más esforzado de sus amantes era recompensado con la mitra romana.... El hijo bastardo de Marozia, su nieto, y su bisnieto, (una rara genealogía) se sentaron en la silla de san pedro.

Al papa Juan XII, que como ya hemos mencionado fue nieto de Maroiza se le atribuyen los siguientes hechos:

Cometió incesto con su madre.
Cometió incesto con sus hermanas.
Cometió incesto con su sobrina.

Y por si esto fuera poco; mantenía un harem en el palacio Laterano. El tipo era tan fornicario que a las mujeres de ese entonces se les prevenía que no fuesen a la iglesia de san Juan Laterano, ya que podrían ser violadas por su "santidad" el papa.

El Obispo Liudprand de Cremona, observador papal y cronista de ese tiempo, dijo al respecto: Las mujeres temen venir a la iglesia de los santos apóstoles pues han oído que hace poco Juan llevó por la fuerza a varias mujeres peregrinas a su cama, casadas, viudas y virgenes indistintamente...
(Byzantine Christianity: Emperor; Church and the West, Rand McNally, 1982, pp. 103-4)

Juan XII también llegó a tener cerca de 2000 caballos; y a sus caballos preferidos solía alimentarlos con almendras e higos empapados en vino. En una ocación, cuando jugaba a los dados; le pidió ayuda al diablo para ganar y brindó por él ante el altar mayor de la basílica de san pedro;
(De Rosa, p. 51; Gontard, op. p. 204; A Woman Rides The Beast, Dave Hunt, 1994, p. 166)

Debido a las barbaridades cometidas por este personaje, el emperador Oton I se vio obligado a intervenir y convocó un sínodo para decidir la suerte de Juan . Numerosos testigos fueron llamados para denunciar; bajo juramento, los crímenes cometidos por ese papa. El Obispo Liudprand presidió en el nombre del emperador y registró el procedimiento. Las acusaciones consintieron, entre muchas otras, que el papa había ordenado a un diácono en un establo, a su director espiritual Benedicto lo había dejado ciego quemándole los ojos, y a un cardenal de nombre Juan lo había castrado ocasionándole
la muerte. Anteriormente al sínodo, el emperador Otón I le había escrito una carta a Juan XII la cuál por su contenido constituya una de las grandes "curiosidades" de todos los tiempos. La carta dice así: Todos, incluyendo clérigos así como laicos, lo acusan su santidad; de homicidio, como un pagano a Jupites, Venus y otros demonios. (De Rosa, op. cit; p. 51)

NO obstante, una vez hallado culpable y antes de que el emperador pudiera ejecutar justicia sobre Juan XII el papa fue muerto de un martillazo en la cabeza por un marido celoso que lo encontró en cama con su esposa. In flagrante delicto.
(Ibid, p. 52)

Lo curioso del caso, es que a este papa; La ICAR; como ha hecho con muchos otros papas, lo tiene en su lista oficial de papas y es reconocido como "su santidad" y también como "vicario de Cristo". E incluso, a fin de cubrir la vergonzosa muerte de este personaje, la siempre deformada y falsa historia católico romana registra su fallecimiento como: "Una muerte misteriosa".

http://www.antesdelfin.com/foro/showthread.php?t=18150

 

No deje el lector de notar la presencia de DOS autores declaradamente anticatólicos: Peter de Rosa y Dave Hunt, éste último no sólo anticatólico, sino calumniador, como se ha expuesto en otros artículos de esta web (ver aquí).
Con esto ya tiene uno idea de cómo tratan estos autores el tema: con Morbo, con el sólo Afán de desprestigiar, con el afán de Juzgar, con el afán de que los católicos juzguemos a nuestros actuales Pontífices y a nuestra actual Iglesia como
herederos y hasta continuadores de esas atrocidades que se cometieron en el pasado.

Pues debo empezar declarando que yo no era muy ducho en
la vida de Juan XII, pero desde el principio esas acusaciones me sonaron demasiado fuertes. ¿Es que acaso el Papa Juan XII era un monstruo, un loco, un Calígula??, eso me pregunté. Pero las siguientes preguntas fueron: ¿De dónde salen esas acusaciones en su contra? ¿En qué se basan esos autores anticatólicos tendenciosos? ¿Hasta qué punto puedo confiar en ellos?

Después de consultar algunos libros, encontré uno bastante bien documentado, esquematizado y reconocido en el medio académico como una Fuente Seria y Respetable para las investigaciones históricas sobre
la Iglesia Católica, en la Edad Antigua, Media y Moderna. Me refiero a la

Historia de la Iglesia Católica, volumen II: Edad Media (800-1303), por B. Llorca S.I., R. García Villoslada S.I., y F.J. Montalbán S.I., 2a. Edición corregida y aumentada por el p. Ricardo García Villoslada S.I.,Profesor de Historia Eclesiástica de la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. Biblioteca de Autores Cristianos, editada por La Editorial Católica S.A., Madrid, 1958.

A continuación pongo a disposición de los lectores varios fragmentos de dicha obra, sobre todo los que se refieren a la vida y persona del Papa Juan XII, comenzando con las relaciones entre el Papa Sergio III y Marozia, la abuela de Juan XII.

 

PARTE I.- De Carlomagno a Gregorio VII (800-1073)
Cap. V.- "Saeculum ferreum obscurum".
Los Papas y los emperadores sajones
I Desprestigio de
la Sede Romana

 

6. La familia de Teofilacto.- (pág. 137) La responsabilidad más grave de Sergio III ante la Historia se origina de sus relaciones con la familia de Teofilacto. Era Teofilacto distinguido patricio, uno de los más altos funcionarios de la curia, que desempeñaba el cargo de vestararius, al cual pertenecía, entre otras prerrogativas, la superintendencia sobre el gobierno de Ravena. En la ciudad no había autoridad comparable a la suya. Se le daba comúnmente el título de senador y también, por estar al frente de las milicias, el de dux et magister militum. Poseía el castillo de Santángelo y tan gran poder, que había sombra al mismo Papa. A su lado gozaba de igual poder e influencia su esposa Teodora.
Si fuéramos a creer a Liutprando de Cremona, esa Teodora no era más que una "meretriz impúdica", que vivía en el libertinaje, poniendo su hermosura y sus pasiones al servicio de su ambición, a fin de acrecentar las riquezas y posesiones de su familia. Vulgarius, en cambio, un sacerdote formosiano que luego se pasó al bando de Sergio III, la apellida "matrona santa y amadísima de Dios", y le habla con místico acento de sus "nupcias espirituales con el celeste esposo". Seguramente que en Liutprando hay pasión y quizá ignorancia; en Vulgarius, lisonja y adulación.
Teofilacto y Teodora tenían dos hijas: Teodora la joven y Marozia, iguales a su madre en talento y ambición.

El Papa Sergio III debía probablemente la tiara al poderío de esta familia, cuya casa frecuentaba más de lo debido, tanto que, siendo ya cincuentón, se dejó prender, a lo que parece, en los lazos amorosos de Marozia, la cual apenas tendría veinte años. Fruto de esas sacrílegas relaciones sería un hijo que, andando el tiempo, se llamó Juan XI y que, ciertamente, tenía a Marozia por madre. Tales son las noticias que recoge la crónica escandalosa y picante de Liutprando. No le daríamos ningún crédito, ya que este autor, en su
Antapodosis, se muestra muy parcial y confunde más de una vez los hechos y los nombres, si no viéramos confirmado este punto por el Liber Pontificalis, que, llegando a tratar de Juan XI, cifra toda su vida en estas únicas palabras: "Iohannes natione Romanus, ex Patre Sergio papa, sedit ann. III, mens. X".
Notemos sin embargo que el mismo
Liber Pontificalis, al tratar más ampliamente de Sergio, no hace la menor alusión a sus relaciones con Marozia, como tampoco dicen nada Flodoardo ni Juan Diácono. Por eso no falta quien atribuya toda esta leyenda a una calumnia popular, hija de la envidia, calumnia que Liutprando aceptó sin crítica.
El nombre de Sergio III va gloriosamente unido a
la basílica Lateranense, cuya reconstrucción, empezada por Juan IX, él la llevó a cabo con gran magnificencia. Murió el Papa en abril de 911.

Nota: Aquí insertaré algunos detalles sobre el Pontífice Juan X, que, aunque no tienen nada que ver con Juan XII, sí tienen que ver con Liutprando de Cremona, el informador de las acusaciones contra Juan XII, que presentó el hermano protestante en el Foro.

 

7. La campaña de Juan X contra los sarracenos.- (pág. 139) Dos años rige la Iglesia el papa Anastasio III (911-913) y sólo seis meses Landon I (913-914), hasta que, con el apoyo de Teofilacto y Teodora, sube al trono pontificio, contraviniendo a los cánones, el obispo de Ravena Juan X (914-928). Son evidentemente falsos algunos rasgos novelescos que Liutprando refiere de este pontífice enérgico y emprendedor, que en tiempos tan aciagos tuvo conciencia de su papel de jefe de la Cristiandad e intervino, no sin acierto, en los principales asuntos de Europa.
Desde el primer momento echó de ver que la marea sarracena constituía un inminente peligro para Roma y sintió necesidad de un poderoso protector. En el norte de Italia reinaba Berengario, codicioso siempre de la corona imperial. Juan X le brindó con ella, y no tardó en ponérsela sobre la frente, luego que Berengario, ovacionado por la muchedumbre, entró en
la Ciudad Eterna (noviembre de 915).

 

Nota: Algunos detalles sobre Alberico, hijo de Marozia y padre de Juan XII. Alberico subió al poder en Roma al derrocar a su padrastro Hugo de Provenza, casado con Marozia.

 

(pág. 141) El árbitro y rey absoluto de Roma era Alberico. Nuevo Augusto, empezó a llamarse Princeps omnium Romanorum. Se portó en todo como dictador, pero demostrando gran capacidad política y empleando su autoridad omnímoda en reformas beneficiosas. Redunda en honor de Alberico la protección que dispensó a los cluniacenses. Hizo venir de Cluny al abad San Odón, por cuyos consejos se guió muchas veces, y le cedió su propio palacio del Aventino para que lo convirtiera en monasterio. San Odón se encargó de introducir la reforma en varios monasterios romanos, como el de San Pablo y en Subiaco, y en otros al sur de Italia, iniciándose así el formidable alboreo de la tierra inculta y áspera, que había de producir, pasada una centuria, espléndidas cosechas espirituales.

Alberico, el dictador de Roma, tuvo un hijo, a quien le impuso el glorioso nombre de Octaviano. Como le destinaba para el trono, la educación que le dio fue profana, palaciega, propia de un príncipe temporal. No es, pues, extraño, que el joven Octaviano, de pasiones ardientes y algo brutales, contrajera los vicios que cundían en aquel ambiente. Y fue el mayor desacierto de Alberico el propósito de que su hijo con la corona imperial ciñera también
la espiritual. Reunió en San Pedro a los nobles romanos, bajo la presidencia del Papa, y les hizo jurar que a la muerte de Agapito II no elegirían a otro que a Octaviano. El primero en morir fue Alberico (954). Su hijo heredó el título de "Senador y Príncipe de todos los Romanos", y cuando al año siguiente bajó a la tumba Agapito II, el joven príncipe Octaviano, que contaría entonces dieciocho años, ciñó la tiara pontificia. Y se llamó Juan XII (955-964). Desgraciadamente, al cambiar de nombre no cambió de conducta.


Nota: Ahora pasamos directamente a la vida y persona del Papa Juan XII, el protagonista de esta breve investigación que he querido hacer.

El nieto de Marozia en la sede de Pedro.- (pág. 142) Es imposible al historiador formarse juicio sobre la conducta del joven Papa.

No podemos dar crédito al apasionado y parcial Liutprando de Cremona, que al narrar las gestas de Otón I, por su empeño en glorificar a este emperador, acumuló en la cabeza del partido contrario todas las torpes calumnias que la maledicencia popular inventa contra los más altos personajes.

Tampoco es digno de fe el Liber Pontificalis, que probablemente depende en esto de Liutprando, aunque Duchesne lo niega, y que ciertamente está redactado en este punto por un enemigo personal de Juan XII. Basta lo que nos dice en su extraño latín el monje Benito de San Andrés, que escribía hacia el año 1000, lejos de todo partidismo, aunque también sin medios para verificar críticamente los sucesos; que Juan XII amaba la caza, que sus pensamientos eran de vanidad, que gustaba de las reuniones de mujeres más que de las asambleas litúrgicas o eclesiásticas, que se complacía en las tumultuosas insolencias de los jóvenes y que en lascivia y audacia superaba a los paganos. Frases demasiado vagas, generales e infundadas, como para que el crítico las admita a pies juntillas. [1]

Esto quiere decir, por lo menos, que en
la vida de Juan XII se veían, más que al pontífice y sacerdote, al príncipe secular, poco diferente de los señores de aquella atormentada y turbulenta época.
Pero hay que advertir una cosa, y es que el gobierno de la Iglesia sigue perfectamente normal; Juan XII se informa de los problemas que se plantean al episcopado en las diversas naciones, defiende los bienes eclesiásticos aun con amenaza de excomunión, favorece y pide en cambio oraciones a los monasterios y tiene clara conciencia de que él es la cabeza visible del Cuerpo místico, según afirma en una carta al arzobispo de Maguncia:
"Hemos sido constituidos, después de Cristo, como cabeza de toda la Cristiandad, no por privilegio humano alguno, sino por la palabra del mismo Señor a San Pedro Apóstol..., y, por tanto, cuando tenemos noticia de que algún miembro de nuestro Cuerpo sufre injustamente tribulaciones y molestias, nos compadecemos y sentimos el peso del dolor".
[2]

 

II RESTAURACIÓN OTONIANA

 

1. La restauración del Imperio.- La conducta de Juan XII, aunque no fuera tan inmoral como pretenden los que se fían de Liutprando, tenía que escandalizar a los monjes reformados por San Odón y otros eclesiásticos seguidores de la misma corriente. Tal vez este partido -y es conjetura de Hauck- anhelaba la intervención del rey alemán Otón I en la política romana, esperando de ahí la paz, el orden, mayor independencia y regularidad en lo eclesiástico. Pero por tradición familiar Juan XII estaba lejos de simpatizar con el monarca germánico.
Cuando en 951 Otón realizó por primera vez sus ilusiones de entrar en Italia, sabido es cómo derrotó a Berengario el Joven, marqués de Ivrea, libertó a la joven princesa Adelaida, a la que tomó por esposa, y se hizo nombrar rey en Pavía; mas, queriendo llegar hasta Roma, fue Alberico, padre de Juan XII, quien se opuso eficazmente a ello. Y Otón I tuvo que volverse a Alemania, dejando al vencido Berengario y a su hijo Adalberto la administración del reino italiano.

El año 960 son los mismos italianos, condes, obispos, etcétera, los que se presentan en la corte de Otón pidiéndole y suplicándole baje a Italia a poner coto a los desmanes de Berengario. Entre los enviados figuraban dos altos funcionarios romanos. ¿Los había enviado el Papa espontáneamente, con el deseo de librarse de Berengario, o había dado ese paso cediendo a la presión del partido reformista?
Los sueños de Otón iban a realizarse. Sería él, como Carlomagno, el protector del Pontífice Romano y el emperador de toda
la cristiandad. La idea del Imperio no había desaparecido de Europa. Acaso, nunca lo echaban tan en menos como en aquellas horas sombrías y anárquicas del siglo X. Ese deseo era una nostalgia en no pocos romanos, y un supremo ideal, muchas veces ilusorio, en los príncipes cristianos. Ninguno de éstos reunía tantos méritos como Otón I. LA figura del monarca germánico se veía aureolada de grandeza, no sólo por sus triunfos guerreros, como la gran batalla de Lech (955) contra la formidable invasión de los húngaros o magiares, y la batalla de Recknitz contra los eslavos del norte y este, sino también por el favor que prestaba a la Iglesia y pro la santidad que circundaba su trono: Santa Matilde era su madre; Santa Adelaida su esposa, San Bruno I, arzobispo de Colonia, su hermano. Cuenta Widukind que en la batalla de Merseburgo el ejército victorioso se volvió hacia su rey vitoréandole: Pater Patriae, Imperatorque.

En el otoño de 961 Otón, acompañado de su esposa, entra en Pavía, desposee de su poder a Berengario y se dirige a
la Ciudad Eterna. El Papa le exige garantías. Y Otón jura sobre una reliquia de la verdadera cruz hacer todo lo posible por la exaltación de la Iglesia romana y de su cabeza, respetar la vida y el honor de los pontífices romanos, no entrometerse en la jurisdicción del Papa y proteger los estados y posesiones de la Iglesia. [3]

3. Carácter del Imperio otoniano.- Otón I fue proclamado emperador por el Papa y por el pueblo romano. Hecho trascendental en la Historia del Pontificado y de Europa. Era la restauración del Imperio, pero con un matiz, de parte de los monarcas sajones, más espiritual, más eclesiástico, y por ende, más universal y católico, o sea, menos nacionalista que el de los carolingios, aunque cuando su soberanía efectiva y directa sobre territorios de Europa era más restringida que
la de Carlomagno. El segundo y tercer Otón mirarán más a Roma y el Mediterráneo que a Alemania. Desde ahora todos los reyes germánicos buscarán la aprobación del Romano Pontífice para poder titularse reyes de romanos y emperadores del Sacro Imperio Romano con la soberanía de gran parte de Italia.

A la coronación de Otón I siguió, el 13 de Febrero, un tratado importante, cuyo diploma se conserva todavía en el Vaticano.
[4]
En aquella especie de concordato el emperador garantizaba al pontífice sus dominios temporales y se los ampliaba, de suerte que sus fronteras, taxativamente marcadas, abarcaban tres cuartas partes de Italia, donación más generosa que
la de Carlomagno. A continuación hacía constar que al emperador, como a protector de la Iglesia, pertenecía el alto dominio de esos mismos estados tan generosamente concedidos. Los romanos por su parte, juraban fidelidad al emperador y prometían, inspirándose en la Constitutio del año 824, que nunca elegirían Sumo Pontífice sin la aprobación imperial, ni se celebraría la consagración sino delante de los dos missi o representantes del emperador.

4.- El cisma.- Apenas Otón I había salido de Roma para luchar contra Berengario y su hijo Adalberto que se resistían en el norte de Italia, cuando Juan XII, sintiendo la pesadez del yugo alemán, que él mismo se había impuesto, infiel al emperador, tiene conversaciones de alianza con el hijo de Berengario y aun trata de pactar -según se dijo más tarde- con los terribles húngaros y con los griegos para echar del suelo italiano a Otón. Este revuelve sobre Roma, y mientras el Papa huye a Tívoli, un sínodo romano presidido por el emperador juzga y depone a Juan XII (963).

Liutprando, allí presente, hizo de intérprete de Otón, y nos ha consignado todos los crímenes de que acusaron al Papa en este orden: celebrar misa sin comunión, ordenar a destiempo y en una cuadra de caballos, consagrar simoniacamente a algunos obispos y a uno de edad de diez años; otros sacrilegios, hacer de su palacio un lupanar a fuerza de adulterios, dedicarse a la caza, haber cometido la castración y asesinato de un cardenal, haber producido incendios armado de espada y yelmo, beber vino a la salud del diablo, invocar en el juego a dioses paganos, no celebrar maitines ni horas canónicas, no hacer la señal de la cruz.

 

No vayamos a creer ingenuamente todas estas acusaciones, algunas demasiado atroces para dichas de un hombre que no sea un monstruo o un demente; otras ridículas e imposibles de demostrar, por más que a la demanda del emperador, si en tal requisitoria se habían dejado llevar de la pasión o de la envidia, respondiesen los congregados negativamente.

Otón, con verdadero fundamento, le acusó de deslealtad y traición. Y el clero romano, diciendo que a grandes males grandes remedios, se decidió a condenar al ausente Papa, deponiéndole y nombrando en su lugar a un simple laico, el protoscriniario León, que en dos días recibió todas las órdenes menores y luego la consagración episcopal. Este antipapa se llamó León VIII (963-965). Inexplicable ceguera la del clero romano y de Otón al arrogarse el poder de juzgar al Vicario de Cristo, lanzándose abiertamente por el camino del cisma. Con semejantes acusaciones increíbles, un rey francés, Felipe el Hermoso, promoverá el proceso de Bonifacio VIII.

Retirado en Campania, Juan XII aguardó a que se marchase el emperador, y no bien hubo salido éste a la lucha contra los secuaces de Berengario, regresó aquél a la ciudad, puso en fuga a León VIII, deshizo cuanto él había hecho y procedió violentamente contra sus propios enemigos. Esto quiere decir que la mayoría de los romanos estaba de parte del verdadero Papa.
Otón emprendió de nuevo el viaje a
la Ciudad Eterna. En el camino tuvo noticia de que Juan XII acababa de fallecer, probablemente de un ataque de apoplejía, sin recibir los sacramentos, y herido por la mano del diablo, según Liutprando (14 de Mayo de 964).

Nota: Para concluir, hablemos de lo que ocurrió en Roma después de la muerte de S.S. Juan XII.

Entre tanto los romanos, sin preocuparse del antipapa León, y contra el pacto de 963, eligieron para el Sumo Pontificado a un subdiácono de Roma que tenía fama y hechos de hombre prudente, y que se llamó Benedicto V (964).
Indignóse Otón al saberlo, y aceleró su marcha sobre Roma. Benedicto mandó cerrar las puertas de la ciudad y aprestarse a la defensa, pero el hambre provocó un motín y el emperador pudo hacer su entrada con poderosa escolta. Delante de un sínodo improvisado, el infeliz Benedicto V fue despojado de sus vestiduras pontificales y desterrado luego a Hamburgo, donde murió en olor de santidad en 966. Un año antes fallecía tranquilamente en su trono de Roma el antipapa León VIII.

Referencias

Chronicon n. 35, en MGH, Script. III, 618. El Liber Pontificalis resume sus acusaciones en esta frase: totam vitam in adulterio et vanitate duxit, y Liutprando en las del sínodo romano, que luego citaremos. Desde el papa Sergio III hasta Juan XII corre un periodo triste, es verdad; mas no tan escandaloso como quiere la leyenda y como repiten ciertos historiadores, hablando del imperio de las meretrices, o pornocracia. El que introdujo ese término fue el protestante Valentín E. Loscher, Histoire des römischen Huren-Regiments der Theodorae und Maroziae (1705).

ML 133, 1014-1015

Véase el Iuramentum Ottonis, en MGH, Leges sect. 4, const. 1,23.

Privilegium Ottonis, en MGH, Leges, sect. 4, const. 1, 24; ML 98,603. El diploma que se conserva no es el original, pero es una copia exacta y contemporánea del documento, como ha demostrado T. Sickel, Das Privilegium Ottos (Innsbruck, 1883). Duchesne y Amann opinan que el texto primitivo sufrió algún pequeño retoque.

 

-.-

A partir de lo expuesto, voy a dar algunas conclusiones en lo referentes a la vida y obra del Papa Juan XII:
Para esto expondré fragmentos del texto anticatólico del inicio, que me presentó el hermano protestante, y ataremos cabos:

Dice el citado texto:

 

El era nieto de una prostituta muy bella de nombre Marozia. Esta mujer, junto con su madre Teodora, fueron conocidas como un par de prostitutas que a través de sus fornicaciones, intrigas y asesinatos, consiguieron poner y deponer papas a su antojo.

 

Se responde: A quien dice esto se le pregunta cómo o por quién consta que Marozia y su madre Teodora eran prostitutas. Siendo ambas de familia noble y acaudalada, no parece razonable que necesitaran prostituirse. De Marozia consta que estuvo muy interesada en obtener enlaces favorables, como aquel último que tuvo con Hugo de Provenza, y que finalmente no le sirvió de nada: Esto sin embargo no convierte a una mujer en "prostituta", sino, acaso, en una mujer interesada y materialista.

 

La influencia de dos prostitutas Marozia y Teodora, estaba fundada en su riqueza y hermosura, y en sus intrigas políticas y amorosas. El más esforzado de sus amantes era recompensado con la mitra romana....

 

Se responde: Hablemos primero de Marozia: Sergio III fue su único amante Papa, y subió al trono de San Pedro mucho antes de ser amante de Marozia, así que no fueron sus amoríos con ella los que lo llevaron al Pontificado. El segundo amante de Marozia fue su primer esposo, Alberico, marqués de Espoleto, y abuelo de Juan XII, su segundo esposo fue el marqués Guido de Tuscia.
Durante la cúspide de su poder Marozia colocó en el trono de San Pedro, sucesivamente, a León VI, Esteban VII y Juan XI (éste último su hijo, aunque la paternidad no es segura, pues se ha atribuido tanto a su primer esposo, Alberico, como al Papa Sergio III), de éstos tres, ninguno fue su amante, o por lo menos no se tienen pruebas -ni testimonios de la época- de que ninguno lo haya sido. Sí se tienen pruebas, en cambio, de que fueron Pontífices pacíficos, elegidos ex-profeso para no hacerle sombra al poder político de Marozia. Con todo eso, eran Papas dedicados a la vida consagrada y a sus deberes cristianos, y sin ambiciones ni sueños de poder.
Al enviudar de Guido de Tuscia, Marozia tuvo un tercer esposo; el rey Hugo de Provenza, pero con él duró poco, pues su hijo (de Marozia), Alberico II, lo depuso rápidamente y encarceló a su madre, que fuera tan poderosa.
En cuanto a Teodora, la madre de Marozia, nos limitaremos a decir que no se le conoce ningún "amante Papa", y ningún otro esposo más que Teofilacto, padre de Marozia.

 

El hijo bastardo de Marozia, su nieto, y su bisnieto, (una rara genealogía) se sentaron en la silla de san Pedro.

 

Se responde: El hijo bastardo al que se refieren es el Papa Juan XI, y el nieto es Juan XII (hijo de Alberico II). Pero desconozco por completo al citado "bisnieto". Marozia tuvo, a lo que se sabe, dos hijos (Juan XI y Alberico II), y de estos dos, sólo Alberico dejó un hijo único: Juan XII. Y como Juan XII murió sin dejar descendencia, no pudo haber "bisnieto" de Marozia en el trono de San Pedro. De los pontífices que sucedieron a Juan XII se conocen sus orígenes, lo suficiente para que se extinga la generación en la que cabría un "bisnieto" de Marozia.

 

El Obispo Liudprand de Cremona, observador papal y cronista de ese tiempo, dijo al respecto:

Se responde: Está probado que Liutprando de Cremona era partidista, parcial y poco digno de crédito, respecto no sólo a Juan XII, sino también sobre Juan X y Teodora, la madre de Marozia.
Sus informes no son confirmados por nadie, ni siquiera por alguna víctima de los supuestos crímenes del Papa Juan XII. Sólo él pronunció dichas acusaciones, en abierto partidismo y adulación al emperador Otón I, recurriendo para ello de acusar al contrario (Juan XII), de los PEORES crímenes y aberraciones que cupieran en la imaginación: Lo acusa prácticamente de todo, de borracho, violador, asesino, torturador, lujurioso, sanguinario, satánico, idólatra, pirómano, extravagante... ante lo cual cabe preguntarse si semejante "ejemplar" tendría la cordura suficiente para defender el derecho del Papado frente a Otón I, y en escribir una carta como la que consta y que presentamos, en la que asume su papel de Jefe de la Iglesia Cristiana.

 

E incluso, a fin de cubrir la vergonzosa muerte de este personaje, la siempre deformada y falsa historia católico romana registra su fallecimiento como: "Una muerte misteriosa".

Se responde: Esto nos limitamos a negarlo. Ricardo G. Villoslada reconoce que el periodo de Sergio III a Juan XII es triste en la Historia de la Iglesia, y reconoce que el Papa no era ningún dechado de virtudes. En cuanto a su muerte, G. Villoslada alude "probablemente un ataque de apoplejía". Estoy de acuerdo en que sólo es un ejemplo, pero es ejemplo de una de las obras más reconocidas en el ámbito de Historia Eclesiástica.

Titulé este artículo como "
Un Pontificado Vergonzoso... los crímenes del Papa Juan XII", con un afán evidentemente irónico e inquisitivo. Que el lector saque sus propias conclusiones, que la mía es El León no es como lo Pintan. Con ambos extractos a la vista, el presentado por el hermano protestante, y el que aquí me permití exponer, es cuestión de decidir a cuál darle mayor credibilidad. Yo, por lo mientras, le doy más crédito a éste último. Todos somos humanos, inclusive los Papas Medievales, así que no tiene nada de extraño que surjan en las vidas de algunos, aspectos negativos. Pero de éstos, sólo podemos atender los que estén comprobados.
Los rumores se los dejamos a los crédulos.

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Agradecemos a http://www.luxdomini.com/JuanXII.htm 2006.V.

 

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En Ucrania, la Iglesia florece después del martirio comunista.

 

Clemente de Alejandría (150-hacia 215), teólogo de la Iglesia Católica
Homilía
«¿Cuál es el rico que se salvará?», 39-40

 

«Los publicanos y las prostitutas os llevarán la delantera en el camino del Reinote Dios» -      Las puertas están abiertas para cualquiera que se gire sinceramente hacia Dios, con todo su corazón, y el Padre recibe con gozo a un hijo que se arrepiente de verdad. ¿Cuál es el signo del verdadero arrepentimiento? No volver a caer en las viejas faltas y arrancar de tu corazón, desde sus raíces, los pecados que te han puesto en peligro de muerte. Una vez borradas éstas, Dios vendrá a habitar en ti. Porque, como dice la Escritura, un pecador que se convierte y se arrepiente dará un gozo inmenso e incomparable al Padre y a los ángeles del cielo (Lc 15,10). Por eso el Señor exclamó: «Misericordia quiero y no sacrificios» (Os 6,6; Mt 9,13). «No quiero la muerte del pecador sino que se convierta» (Ez 33,11). «Aunque vuestros pecados sean como la grana, como la nieve blanquearán; aunque sean rojos como la escarlata, como lana blanca quedarán» (Is 1,18).
     En efecto, Dios sólo puede perdonar los pecados y no imputar las faltas, mientras que el Señor Jesús nos exhorta a perdonar cada día a los hermanos que se arrepienten. Y si nosotros que somos malos sabemos dar cosas buenas a los demás (Mt 7,11), ¿cuánto más lo hará «el Padre lleno de ternura»? (
2C 1,3). El Padre de toda consolación, que es bueno, lleno de compasión, misericordia y paciencia por naturaleza, atiende a los que se convierten. Y la conversión verdadera supone dejar de pecar y no mirar ya más hacia atrás... Lamentemos, pues, amargamente nuestras faltas pasadas y pidamos al Padre que las olvide. En su misericordia puede deshacer todo lo que se había hecho y, por el rocío del Espíritu, borrar las fechorías pasadas.

 

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Roma- "Roma tiene un influjo importante en la concepción y desarrollo del Pontificado, la Roma martirial e imperial". Por eso varios títulos la califican: "Roma mártir", "Roma artista", "Roma pecadora", “Roma cristiana”, “Roma santa”, “Roma docta” “Roma petrina”, “Roma crucificada”, “Roma victoriosa”, “Roma evangélica”, “Roma evangelizante”, “Roma depositaria de la fe cristiana”, “Roma católica”, “Roma apostólica”, “Roma universal”, “Roma materna”, “Roma bondadosa”, “Roma protectora”, “Roma clemente”, “Roma donde guarecerse”, “Roma casa común”, “Roma, princeps urbium” (decía Horacio- Odas, 3,29),  “Roma locuta est, causa finita est” San Agustín, Sermo 131-Roma habló, la causa terminó-, “Roma communis patria clericorum” clérigos sometidos al Derecho canónico, eximidos del civil del estado, “Roma caput mundi, regit orbis frena rotundi (Lucano, Farsalia, 2, 655), ¡“Roma eterna”! etc.   Roma, al revés, significa: amor-Roma

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Cuando el primer Vicario de Cristo llegó a Roma, los cristianos la identificaban como la otra “Babilonia la grande”, la ciudad construida sobre siete colinas (Apocalipsis 17,9); era la capital de los nuevos opresores idólatras, metrópoli grande, lujosa y pecadora (14,8;17,5;18,1ss), con un gran poder político, militar y económico. No menos corrompido era su emperador Nerón César (54-68), nombrado por San Juan en el libro de las revelaciones como la Bestia, el 666, que es un número de hombre (13,18). Ahora bien, en el año 64 el maniático monarca mandó a incendiar la ciudad, metiéndole la culpa a los cristianos, que eran considerados como una secta judía, hostiles a la sociedad pagana, y acusados de rendirle tributo a Jesucristo en vez que al emperador y a sus ídolos. El historiador romano Tácito narra como a los cristianos se les colocaba pieles de animales para ser devorados por los leones y los mastines en el circo, o untándoles grasa de cerdo para ser luego amarrados a los postes en los jardines imperiales o en la Vía Apia, como antorchas humanas en la noche.(17) cumpliendo así la célebre frase de Tertuliano: “la sangre de los mártires es semilla para nuevos cristianos” (18) (comparar con Apocalipsis 18,24).
 
En esta misma persecución fue hecho prisionero el apóstol Pedro en la cárcel mamertina, y luego
crucificado boca abajo en un acto de humildad, cerca al circo romano, en la colina vaticana. Aquí fue enterrado por sus seguidores en un cementerio contiguo; se decía que una pared de color rojo marcaba el lugar. Treinta años después el Papa San Anacleto construía un oratorio donde los fieles se reunían. También se encuentra el testimonio del Papa San Clemente Romano, quien escribió una carta contemporánea del evangelio de San Juan (90 d.C.), en la que narra la muerte gloriosa del pescador de Galilea.(19) En el siglo II, San Ignacio de Antioquía, San Papías, San Clemente de Alejandría, Tertuliano, el obispo Dionisio de Corintio y el llamado canon moratoriano; confirman el martirio de los príncipes de la iglesia “Pedro y Pablo” en Roma.(20) De los relatos no cristianos resalta la crónica de Celso al emperador Adriano (117-38), quien asegura que el nombre de Pedro gozaba de popularidad en la capital del imperio.(21) A principios del siglo III San Ireneo, obispo de Lyon, escribe la lista de los obispos de la Ciudad Eterna, en la que dice que “después de los santos apóstoles (Pedro y Pablo) hubieran fundado la iglesia, pasó a ocupar el episcopado romano Lino (mencionado por San Pablo en 2Timoteo 4,21), y después le sucedió Anacleto y tras éste Clemente (Romano), quien conoció en persona a Pedro”. (22) En el año 251, San Cipriano llama a la iglesia romana como “la silla de Pedro y la iglesia principal” (23). Igual opinión tiene en el siglo IV el historiador eclesiástico, Eusebio de Cesarea, basado en documentos del siglo II.(24)
 
En cuanto a las pruebas arqueológicas del sepulcro de Pedro, se tienen noticias antes que se construyera la basílica que lleva su nombre, por el emperador Constantino en el siglo IV, exactamente encima de la tumba del santo apóstol, en donde los primeros cristianos celebraban la eucaristía y enterraban en las paredes y en el suelo de las galerías a los mártires, incluyendo varios Papas (siglos I-IV). A principios del siglo XIX, las catacumbas del Vaticano fueron identificadas en su totalidad, y a finales del mismo siglo se descubrió la cripta de los Papas con los epitafios del siglo III, de Ponciano, Fabiano, Cornelio y otros. En el Vaticano se encuentran además los restos de muchos Papas de los tiempos modernos, como los cuerpos incorruptos de San Pío X y del Beato Juan XXIII, que están expuestos a la veneración pública. Asimismo, en las excavaciones efectuadas en 1915 en la gruta de la basílica de San Sebastián, se halló un muro cubierto con invocaciones a los apóstoles Pedro y Pablo, donde sus reliquias fueron llevadas por un tiempo, debido a las persecuciones del emperador Valeriano (253-60).
 
Desde el año 1941 se realizaron nuevas investigaciones en las catacumbas del Vaticano por orden del Papa Pío XII, el grupo estaba conformado por cuatro expertos del instituto pontificio de arqueología cristiana. Encontraron pinturas, mosaicos con símbolos de los inicios de la iglesia como el pez, la paloma, el ancla y el cordero; figuras de Cristo y escenas bíblicas, imágenes religiosas, monedas, tumbas de cristianos y paganos. En el año 1958 bajo el pontificado de Juan XXIII se dio la noticia que los arqueólogos habían dejado al descubierto un grueso muro de color rojo, al lado hallaron varias cajas de plomo llenas de restos de diferentes personas y animales domésticos. En una de las cajas se verificó por pruebas de laboratorio los huesos de un hombre robusto entre los 60 y 70 años de edad, del siglo Primero de nuestra era; los mismos fueron identificados plenamente por Pablo VI en 1968, como las “reliquias de San Pedro”, que ya habían sido mencionadas en el año 200, por el clérigo romano Cayo, como el “trofeo” del Vaticano.(25) Los huesos del apóstol fueron depositados en una capilla debajo del altar mayor de la basílica de San Pedro, y permanecen visibles en una urna con un cristal.
 
En otra basílica romana “San Pedro in Vincoli”, se conservan según se cree las Cadenas con que ataron al santo apóstol en Jerusalén, y que fueron encontradas en una peregrinación por Eudoxia, esposa del emperador Teodosio II. Una parte de dichas Cadenas quedaron en Constantinopla, y algunos eslabones fueron enviados a Roma. Posteriormente, el Papa San León el Grande, unió milagrosamente estos eslabones con otros que se conservaban de la preciada cadena.
 
Por otra parte, de la permanencia de San Pablo, aparece constatada al final del libro de los hechos de los apóstoles, en la epístola a los romanos, y en la segunda carta a Timoteo; cuando estaba preso en la misma cárcel mamertina, aquí en una de sus celdas se puede observar la columna en la que se dice que fueron atados los dos santos. El apóstol de los gentiles por ser ciudadano romano fue decapitado en la periferia de la ciudad. La tradición cristiana asegura que la cabeza del santo mártir dio tres vueltas sobre la tierra, y en cada punto brotó una fuente; es por eso que este lugar es conocido como “tre fontane”. La tumba de este otro príncipe de los apóstoles está en la basílica de San Pablo Extramuros, edificada también por Constantino el Grande. La iglesia se mantuvo en su forma original hasta 1823, fecha del incendio que la destruyó, siendo consagrada nuevamente en 1854. En las paredes de su interior se exhiben los Retratos de los 263 Papas sucesores de San Pedro. Igualmente, en la basílica de San Juan de Letrán, construida por el mismo emperador, es la catedral oficial del romano pontífice, y recibe el título de “iglesia madre de la cristiandad”. Aquí reposa desde hace mil años las cabezas de los santos apóstoles, en dos relicarios de oro en una urna debajo del altar mayor. Hay otra reliquia de San Pedro, la mesa donde se cree celebraba la misa en las catacumbas. Esta basílica a lo largo de su historia ha estado expuesta a terremotos, saqueos e incendios; y por eso ha sido restaurada en varias ocasiones.
 
 La Iglesia Católica celebra el martirio de San Pedro y San Pablo el 29 de junio del año 67, esta es una de las fiestas religiosas más antiguas y solemnes del calendario litúrgico. En el siglo IV se acostumbraba oficiar tres misas el mismo día; una en la basílica de San Pedro, la segunda en San Pablo Extramuros, y la tercera en las catacumbas de San Sebastián. 

 

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Ministerio petrino  - Pedro, en nombre de los Apóstoles, fue el primero en profesar la fe: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo» (Mt 16, 16). «Esta es la tarea de todos los sucesores de Pedro: ser el guía en la profesión de fe en Cristo, el Hijo de Dios vivo. La cátedra de Roma es, ante todo, cátedra de este credo. Desde lo alto de esta cátedra, el Obispo de Roma debe repetir constantemente: Dominus Iesus, ‘Jesús es el Señor’».

Pedro, una vez convertido, debía confirmar a sus hermanos. Eso mismo hace el titular del ministerio petrino: «debe tener conciencia de que es un hombre frágil y débil, como son frágiles y débiles sus fuerzas, y necesita constantemente purificación y conversión. Pero debe tener también conciencia de que del Señor le viene la fuerza para confirmar a sus hermanos en la fe y mantenerlos unidos en la confesión de Cristo crucificado y resucitado».

El Señor confirió a Pedro y, después de él, a los Doce, los poderes y el mandato de atar y desatar. Parte esencial de esta misión es la potestad de enseñar, simbolizada en la cátedra donde se sienta el obispo de Roma para dar testimonio de Cristo.

Esta potestad de enseñanza asusta a muchos hombres, dentro y fuera de la Iglesia. Se preguntan si no constituye una amenaza para la libertad de conciencia, si no es una presunción contrapuesta a la libertad de pensamiento. No es así. El poder conferido por Cristo a Pedro y a sus sucesores es, en sentido absoluto, un mandato para servir. La potestad de enseñar, en la Iglesia, implica un compromiso al servicio de la obediencia a la fe. El Papa no es un soberano absoluto, cuyo pensamiento y voluntad son ley. Al contrario: el ministerio del Papa es garantía de la obediencia a Cristo y a su Palabra. No debe proclamar sus propias ideas, sino vincularse constantemente a sí mismo y la Iglesia a la obediencia a la Palabra de Dios, frente a todos los intentos de adaptación y alteración, así como frente a todo oportunismo (7-V-2005).

El servicio de la potestas docendi –y, análogamente, de la potestas regendi et sanctificandi – que el Papa ejerce no se limita a la explicación fiel de la Palabra de Dios, sino que pasa también por la obediencia a la fe de la Iglesia, porque, en su ministerio petrino de decidir y enseñar, el Papa está unido a la gran comunidad de la fe de todos los tiempos y a las interpretaciones vinculantes surgidas a lo largo del camino de la Iglesia peregrinante. La potestad de enseñanza es, por lo tanto, una potestad de obediencia y un servicio a la verdad.

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Iglesia católica en Roma 150 ca. - La historia de las catacumbas de San Calixto se remonta a fines del siglo II después de Cristo, cuando la Iglesia de Roma inició la excavación de cementerios propios, reservados a los cristianos. Entre las más de sesenta catacumbas que rodean a Roma, las catacumbas de San Calixto revisten una importancia primaria por la extensión y la profundidad de las excavaciones, por el gran número de tumbas, por la variedad y riqueza de las inscripciones y de las pinturas; por la cripta de los papas y otras criptas de mártires.
Aunque a comienzos del siglo V la Iglesia volvió a sepultar a los muertos en superficie, las catacumbas, que habían llegado a ser los verdaderos santuarios de los mártires, durante siglos continuaron siendo visitadas por los fieles, que acudían a rezar sobre la tumba de los mártires y a renovar ahí su fe. La invasión de los godos en el siglo VI y de los longobardos en el siglo VIII, dañaron gravemente las catacumbas y obligaron a los papas a trasladar los cuerpos de los mártires y de los santos a las iglesias de la ciudad, por razones de seguridad. Y así las catacumbas fueron gradualmente abandonadas. Con el transcurrir del tiempo desmoronamientos del terreno y el crecimiento de la vegetación obstruyeron y ocultaron el ingreso a las catacumbas, de suerte que se perdió hasta el vestigio de la mayor parte de las mismas. En la tarda Edad Media ni siquiera se sabía dónde se encontraban.
Una parte fue descubierta tan solo unos siglos después por el gran arqueólogo maltés Antonio Bosio (1575-1629), pero las catacumbas de San Calixto fueron descubiertas, exploradas y documentadas solamente en 1852, gracias a los esfuerzos de Giovanni Battista de Rossi, que es considerado el Padre y Fundador de la Arqueología cristiana.

 

"Por qué pertenezco a la Iglesia": Podemos pensar en la iglesia católica comparándola con la luna: por la relación luna-mujer (madre) y por el hecho de que la luna no tiene luz propia, sino que la recibe del sol sin el cual sería oscuridad completa. La luna resplandece, pero su luz no es suya sino de otro. La sonda lunar y los astronautas descubrieron que la luna es solo una estepa rocosa y desértica, como montañas y arena, vieron una realidad distinta a la de la antigüedad: no como luz. Y efectivamente la luna es en sí y por sí misma lo desierto, arena y rocas. Sin embargo, es también luz y como tal permanece incluso en la época de los vuelos espaciales.

¿No es ésta una imagen exacta de la Iglesia? Quien la explora y la excava con la sonda, como la luna, descubrirá solamente desierto, arena y piedras, las debilidades del hombre y su historia a través del polvo, los desiertos y las montañas. El hecho decisivo es que ella, aunque es solamente arena y rocas, es también luz en virtud de otro, del Señor.

Yo estoy en la iglesia porque creo que hoy como ayer e independientemente de nosotros, detrás de nuestra iglesia vive su iglesia y no puedo estar cerca de Él si no es permaneciendo en su iglesia. Yo estoy en la Iglesia porque a pesar de todo creo que no es en el fondo nuestra sino suya.

La Iglesia es la que, no obstante todas las debilidades humanas existentes en ella, nos da a Jesucristo; solamente por medio de ella puedo yo recibirlo como una realidad viva y poderosa, aquí y ahora. Sin la Iglesia, Cristo se evapora, se desmenuza, se anula. ¿Y qué sería la humanidad privada de Cristo?

Si yo estoy en la Iglesia es por las mismas razones porque soy cristiano. No se puede creer en solitario. La fe es posible en comunión con otros creyentes. La fe por su misma naturaleza es fuerza que une. Esta fe o es eclesial o no es tal fe. Además así como no se puede creer en solitario, sino sólo en comunión con otros, tampoco se puede tener fe por iniciativa propia o invención.

Yo permanezco en la Iglesia porque creo que la fe, realizable solamente en ella y nunca contra ella, es una verdadera necesidad para el hombre y para el mundo.

Yo permanezco en la Iglesia porque solamente la fe de la iglesia salva al hombre. El gran ideal de nuestra generación es uno, sociedad libre de la tiranía, del dolor y de la injusticia. En este mundo el dolor no se deriva sólo de la desigualdad en las riquezas y en el poder. Se nos quiere hacer creer que se puede llegar a ser hombres sin el dominio de sí, sin la paciencia de la renuncia y la fatiga de la superación, que no es necesario el sacrificio de mantener los compromisos aceptados, ni el esfuerzo para sufrir con paciencia la tensión de lo que se debería ser y lo que efectivamente se es.

En realidad el hombre no es salvado sino a través de la cruz y la aceptación de los propios sufrimientos y de los sufrimientos mundo, que encuentran su sentido liberador en la pasión de Dios. Solamente así el hombre llegará a ser libre. Todas las demás ofertas a mejor precio están destinadas al fracaso.

El amor no es estético ni carente de crítica. La única posibilidad que tenemos de cambiar en sentido positivo a un hombre es la de amarlo, trasformándolo lentamente de lo que es en lo que puede ser. ¿Sucedería de distinto modo en la Iglesia?

En el siglo Joseph Ratzinger 1971 Cardenal; S.S. Benedicto PP XVI. MMV.

 

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En tiempos pasados, se recurrió de modo ordinario a prácticas crueles por parte de autoridades legítimas para mantener la ley y el orden, con frecuencia sin protesta de los pastores de la Iglesia, que incluso adoptaron, en sus propios tribunales las prescripciones del derecho romano sobre la tortura. Junto a estos hechos lamentables, la Iglesia ha enseñado siempre el deber de clemencia y misericordia; prohibió a los clérigos derramar sangre. En tiempos recientes se ha hecho evidente que estas prácticas crueles no eran ni necesarias para el orden público ni conformes a los derechos legítimos de la persona humana. Al contrario, estas prácticas conducen a las peores degradaciones. Es preciso esforzarse por su abolición, y orar por las víctimas y sus verdugos.

 

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Pedro - «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo» (Mt 16, 16) - Pedro, como portavoz del grupo de los Apóstoles, proclama su fe en Jesús de Nazaret, el esperado Mesías Salvador del mundo. En respuesta a su profesión de fe, Cristo le confía la misión de ser el fundamento visible en que se apoyará todo el edificio de la comunidad de los creyentes: «Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia» (Mt 16, 18).

Ésta es la fe que, a lo largo de los siglos, se ha difundido en todo el mundo mediante el ministerio y el testimonio de los Apóstoles y de sus sucesores. Ésta es la fe que proclamamos hoy, haciendo memoria solemne de los príncipes de los Apóstoles, Pedro y Pablo. Siguiendo una antigua y venerable tradición, la comunidad cristiana de Roma, que tiene el honor de conservar las tumbas de estos dos Apóstoles, «columnas» de la Iglesia, les rinde culto en una única fiesta litúrgica y, al mismo tiempo, los venera como sus patronos celestiales.

2. Pedro, el pescador de Galilea, junto con su hermano Andrés, fue llamado por Jesús, al comienzo de la actividad pública, para que se convirtiera en «pescador de hombres» (Mt 4, 18-20). Testigo de los momentos principales de la actividad pública de Jesús, como la Transfiguración (cf. Mt 17, 1) y la oración en el huerto de los Olivos en la víspera de la Pasión (cf. Mt 26, 36-37), después de los acontecimientos pascuales recibió de Cristo la misión de apacentar la grey de Dios (cf. Jn 21, 15-17) en su nombre.


Desde el día de Pentecostés, Pedro gobierna la Iglesia, velando por su fidelidad al Evangelio y guiando sus primeros contactos con el mundo de los gentiles. Su ministerio se manifiesta, de modo particular, en los momentos decisivos que marcan el ritmo del crecimiento de la Iglesia apostólica. En efecto, es él quien acoge en la comunidad de los creyentes al primer convertido del paganismo (cf. Hch 10, 1-48), y también es él quien interviene con autoridad en la asamblea de Jerusalén sobre el problema de la exención de las obligaciones que imponía la ley judía (cf. Hch 15, 7-11).

Los misteriosos designios de la Providencia divina llevarán al apóstol Pedro hasta Roma, donde derramará su sangre como supremo testimonio de fe y amor al divino Maestro (cf. Jn 21, 18-19). Así, cumplirá la misión de ser signo de la fidelidad a Cristo y de la unidad de todo el pueblo de Dios.

3. Pablo, el antiguo perseguidor de la Iglesia naciente, alcanzado por la gracia de Dios en el camino de Damasco, se convierte en infatigable apóstol de los gentiles. Durante sus viajes misioneros, no dejará de predicar a Cristo crucificado, conquistando para la causa del Evangelio a grupos de fieles en diversas ciudades de Asia y Europa.

Su intensa actividad no impidió al «Apóstol de los gentiles» hacer una amplia reflexión sobre el mensaje evangélico, confrontándolo con las diferentes situaciones que encontraba en su predicación.

El libro de los Hechos de los Apóstoles describe el largo itinerario que, desde Jerusalén, lo lleva primero a Siria y Asia Menor, después a Grecia y, por último, a Roma. Precisamente aquí, en el centro del mundo entonces conocido, corona con el martirio su testimonio de Cristo. Como él mismo afirma en la segunda lectura que acabamos de proclamar, la misión que le confió el Señor consiste en llevar el mensaje evangélico a los paganos: «El Señor me ayudó y me dio fuerzas para anunciar íntegro el mensaje, de modo que lo oyeran todos los gentiles» (2 Tm 4, 17).

4. Según una tradición ya consolidada, en este día, dedicado a la memoria de los apóstoles Pedro y Pablo, el Papa impone a los arzobispos metropolitanos, nombrados durante el último año, el «palio», como signo de comunión con la Sede de Pedro.


Por tanto, es para mí una gran alegría acogeros a vosotros, amados hermanos en el episcopado, que habéis venido a Roma de diversas partes del mundo para esta feliz circunstancia. Deseo, asimismo, saludar a las comunidades cristianas encomendadas a vuestro cuidado pastoral: están llamadas a dar, bajo vuestra sabia dirección, un valiente testimonio de fidelidad a Cristo y a su Evangelio. Los dones y carismas de cada comunidad son riqueza para todos, y confluyen en un único canto de alabanza a Dios, fuente de todo bien. Ciertamente, entre esos dones, uno de los principales es el de la unidad, bien simbolizada con esta imposición del «palio».

5. La aspiración a la unidad entre los cristianos se pone de relieve también por la presencia de los delegados del patriarca ecuménico de Constantinopla, que han venido para compartir la alegría de esta liturgia y venerar a los Apóstoles patronos de la Iglesia que está en Roma. Los saludo con deferencia y, por medio de ellos, saludo al patriarca ecuménico Bartolomé I. Los apóstoles Pedro, Pablo y Andrés, que fueron instrumentos de comunión entre las primeras comunidades cristianas, sostengan con su ejemplo y su intercesión el camino de todos los discípulos de Cristo hacia la unidad plena.

La cercanía del jubileo del año 2000 nos invita a hacer nuestra la oración por la unidad (cf. Jn 17, 20-23) que Jesús elevó al Padre la víspera de su pasión. Estamos llamados a acompañar esta súplica con signos concretos que favorezcan el camino de los cristianos hacia la comunión plena. Por este motivo, he pedido que en el calendario del año 2000, en la vigilia de la fiesta de la Transfiguración, se introduzca, según la propuesta de Su Santidad Bartolomé I, una jornada jubilar de oración y ayuno. Esta iniciativa constituirá una expresión concreta de nuestra voluntad de compartir las iniciativas de los hermanos de las Iglesias ortodoxas y, a la vez, de nuestro deseo de que ellos compartan las nuestras.


Quiera el Señor, por intercesión de los apóstoles Pedro y Pablo, que se intensifique en el corazón de los creyentes el compromiso ecuménico, para que, olvidando los errores cometidos en el pasado, todos lleguen a la unidad plena que quiso Jesús.

6. «El Señor me libró de todas mis angustias» (Estribillo del Salmo responsorial). En su misión apostólica, san Pedro y san Pablo tuvieron que afrontar dificultades de todo tipo. Sin embargo, lejos de debilitar su acción misionera, fortalecieron su celo en beneficio de la Iglesia y para la salvación de los hombres. Pudieron superar todas las pruebas porque su confianza no se basaba en los recursos humanos, sino en la gracia del Señor, quien, como recuerdan las lecturas de esta solemnidad, libra a sus amigos de todos los males y los salva para su Reino (cf. Hch 12, 11; 1 Tm 4, 18).

Esa misma confianza en Dios debe sostenernos también a nosotros. Sí, el «Señor libra de todas las angustias». Esta certeza debe infundirnos ánimo frente a las dificultades que encontramos al anunciar el Evangelio en la vida diaria. Que san Pedro y san Pablo, nuestros patronos, nos ayuden y nos obtengan el celo misionero que los hizo testigos de Cristo hasta los confines del mundo entonces conocido.

Orad por nosotros, san Pedro y san Pablo apóstoles, «columnas» de la Iglesia de Dios.

Y tú, Reina de los Apóstoles, a quien Roma venera con el hermoso título de Salus populi romani, acoge bajo tu protección al pueblo cristiano encaminado hacia el tercer milenio. Apoya todos los esfuerzos sinceros que se realizan para promover la unidad de los cristianos y vela por el camino de los discípulos de tu Hijo Jesús. Amén.

SOLEMNIDAD DE LOS APÓSTOLES SAN PEDRO Y SAN PABLO

HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II - Martes 29 de junio de 1999

 

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La presencia de Dios que es “roca, fortaleza, escudo, baluarte”, conforta a los justos y los exhorta a afrontar las situaciones difíciles, cuando a la prepotencia de los impíos, a los riesgos y hostilidades, al aislamiento, la ironía y el desprecio, se asocia la mediocridad, el desánimo y el cansancio.

 

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No hay vida humana sin libertad, se entiende no sin una absoluta sino sin cierta dosis, mayor o menor, de ella. Sí cabe vida humana sin libertad política. Defender la libertad, amarla, tomársela no es sólo un asunto político. Pero existe otra forma de corromper la libertad aún más peligrosa y consiste, cosa bastante usual, en entenderla como ausencia de normas o ideales, e incluso como pura insumisión. En una de sus versiones, se pretende que sólo la inexistencia de la verdad en sentido religioso o moral permitiría la libertad. Según esta paradójica pretensión, y en contra de la idea cristiana, sería la verdad lo que nos haría siervos. En suma, que la libertad vendría a ser el ilimitado derecho a hacer nuestra real gana, por utilizar la hispánica expresión.

 

Solo la verdad puede hacernos libres, como lo enseña Jesucristo.

 

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“Lo que el hombre piensa de sí mismo depende de que exista Dios o no. Me parece que la libertad y dignidad del hombre dependen de que pueda decir que hay ciertas cosas que no está dispuesto a hacer”. ROBERT SPAEMANN

 

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Sobre la libertad, a la cual nos llama la gracia del Salvador, no debe hablarse de paso y negligentemente, dice San Agustín. Consejo de hombre de tanta autoridad intelectual no es bueno que caiga en saco roto.

 

 

 

¡Que tu conducta nunca de motivos de injustificada inquietud a la creación, de la que tú eres el rey!

 

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Dijo Dios: «Produzca la tierra animales vivientes según su especie: ganados, reptiles y bestias salvajes según su especie». Y así fue. Dios hizo las bestias de la tierra, los ganados y los reptiles campestres, cada uno según su especie. Vio Dios que esto estaba bien. Gen. 1, 24-25

 

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“Desde ahora me llamarán dichosa todas las generaciones” Biblia. Evangelio según San Lucas Cap.1º vs. 48. La Iglesia, hace XXI siglos fundada por Tu Hijo, te alaba, ¡Oh Madre plena de dicha y felicidad!

 

 

Gracias por venir a visitarnos

VERITAS OMNIA VINCIT

LAUS TIBI CHRISTI.

 

Recomendamos vivamente: Al caer de la tarde - es un ramillete de reflexiones al hilo de la liturgia de Adviento, que escribe Cristina González Alba para la colección Hablar con Jesús, de la editorial Desclée De Brower. El hilo conductor es despertar y empezar a caminar, con la mirada puesta en Jesús de Nazaret.

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Recomendamos vivamente: MI QUERIDA IGLESIA SANTA Y PECADORA - Decía José Luis Martín Descalzo que «nuestros pecados manchan tan poco la Iglesia como las manchas al sol». En este espíritu ha escrito Mariano Purroy Mi querida Iglesia, santa y pecadora (Edibesa), una mirada positiva y realista sobre los pecados de los cristianos y el perdón de Cristo.

 

Debido a la existencia de páginas excelentes sobre apologética y formación,  lo que se pretende desde aquí es contribuir muy modestamente y sumarse a los que ya se interesan por el Evangelio de Cristo de manera mucho más eficaz.

 

Aspiramos a superarnos, a corregirnos, a hacer bien lo que todavía hacemos mal, a dejar de hacer mal lo que ya deberíamos hacer mejor que nadie. Tenemos aún muchos defectos, y por ello pedimos públicamente disculpas a nuestros lectores.

 

Compendio del Catecismo de la Iglesia católica
La fe de los sencillos - Una síntesis fiel y segura del Catecismo de la Iglesia católica. Contiene, de modo conciso, todos los elementos esenciales y fundamentales de la fe de la Iglesia. 2005. ¡No falte en el bolsillo de cada cristiano para aprenderlo!

Creer, celebrar, vivir y orar, esta y no más es la fe cristiana desde hace 2000 años, enseñada por la Iglesia Católica sin error porque Cristo la ilumina y sólo Él la guía.

 

Recomendamos vivamente:

1ª) LEYENDAS NEGRAS DE LA IGLESIA. Autor Vittorio MESSORI – Editorial “PLANETA-TESTIMONIO” 10ª EDICIÓN – Óptimo libro para defenderse del cúmulo de opiniones arbitrarias, deformaciones sustanciales y auténticas mentiras que gravitan sobre todo en lo que concierne a la Iglesia.

 2ª) NUEVE SIGLOS DE CRUZADAS. Autor el argentino-español Luis María SANDOVAL PINILLOS – Editorial CRITERIO-LIBROS. Idóneo para denunciar o aclarar invenciones contra la Iglesia, como para hacer, junto a una necesaria crítica, una apología sin complejos del derecho que asistía a los cristianos de defenderse.

 3ª) AL-ANDALUS CONTRA ESPAÑA – LA FORJA DEL MITO. Autor Serafín FANJUL – Editorial SIGLO VEINTIUNO DE ESPAÑA EDITORES. Apto para deshacer los tópicos, falsedades y supercherías de diverso género sobre la herencia islámica y convivencia de cristianos en el suelo peninsular. MMII.

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Recomendamos vivamente: La vida cotidiana de los primeros cristianos
Adalbert G. Hamman
Trad. Manuel Morera - Ediciones Palabra, 1999 - Colección Arcaduz - 294 pág.

Iglesia católica, sus casi 300 antes de Constantino - En ese salto que va de "Hechos de los Apóstoles" a esa "iglesia oficial y corrupta" que algunos protestantes y neo-gnósticos sitúan en el 325, con Constantino, pasan unos 250 años de vida cotidiana, de los que sabemos bastantes cosas; las suficientes, al menos, para desmontar historietas neopaganas, gnosticoides y demás morralla en la estela de El Código da Vinci y otras revisiones fantasiosas de los evangelios apócrifos.

 

† Seguir a Jesús es apropiarnos de sus criterios, de sus actitudes y de su conducta, fieles en toda su doctrina, sirviendo a nuestro tiempo. †

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'JESUCRISTO PADECIÓ BAJO EL PODER DE PONCIO PILATO,
FUE CRUCIFICADO, MUERTO Y SEPULTADO'
Evangelio según San Lucas, Cap.3, vers.1º: El año decimoquinto del reinado del emperador Tiberio, cuando Poncio Pilato gobernaba la Judea, siendo Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Felipe tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene…

Crucifixión de San Pedro: fue crucificado al revés cabeza abajo - Pergamino con San Pedro en cruz invertida, de Maguncia- Alemania; entre el 900 y el 1000ca. - Museo Diocesano de la Catedral Maguncia (Mainz) Alemania - Pedro en su cruz, invertida. ¿Qué significa todo esto? Es lo que Jesús había predicho a este Apóstol suyo: "Cuando seas viejo, otro te llevará a donde tú no quieras"; y el Señor había añadido: "Sígueme" (Jn 21, 18-19). Precisamente ahora se realiza el culmen del seguimiento: el discípulo no es más que el Maestro, y ahora experimenta toda la amargura de la cruz, de las consecuencias del pecado que separa de Dios, toda la absurdidad de la violencia y de la mentira. No se puede huir del radicalismo del interrogante planteado por la cruz: la cruz de Cristo, Cabeza de la Iglesia, y la cruz de Pedro, su Vicario en la tierra. Dos actos de un único drama: el drama del misterio pascual: cruz y resurrección, muerte y vida, pecado y gracia.

La maternidad divina de María – Catecismo de la Iglesia
495 Llamada en los Evangelios 'la Madre de Jesús'(Jn 2, 1; 19, 25; cf. Mt 13, 55, etc.), María es aclamada bajo el impulso del Espíritu como 'la madre de mi Señor' desde antes del nacimiento de su hijo (cf Lc 1, 43). En efecto, aquél que ella concibió como hombre, por obra del Espíritu Santo, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el Hijo eterno del Padre, la segunda persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre de Dios [Theotokos] (cf. Concilio de Éfeso, año 649: DS, 251).
La virginidad de María
496 Desde las primeras formulaciones de la fe (cf. DS 10-64), la Iglesia ha confesado que Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María únicamente por el poder del Espíritu Santo, afirmando también el aspecto corporal de este suceso: Jesús fue concebido absque semine ex Spiritu Sancto (Concilio de Letrán, año 649; DS, 503), esto es, sin semilla de varón, por obra del Espíritu Santo. Los Padres ven en la concepción virginal el signo de que es verdaderamente el Hijo de Dios el que ha venido en una humanidad como la nuestra:
Así, san Ignacio de Antioquía (comienzos del siglo II): «Estáis firmemente convencidos acerca de que nuestro Señor es verdaderamente de la raza de David según la carne (cf. Rm 1, 3), Hijo de Dios según la voluntad y el poder de Dios (cf. Jn 1, 13), nacido verdaderamente de una virgen [...] Fue verdaderamente clavado por nosotros en su carne bajo Poncio Pilato [...] padeció verdaderamente, como también resucitó verdaderamente» (Epistula ad Smyrnaeos, 1-2).

El acontecimiento histórico y transcendente – Catecismo de la Iglesia
639 El misterio de la resurrección de Cristo es un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas como lo atestigua el Nuevo Testamento. Ya san Pablo, hacia el año 56, puede escribir a los Corintios: "Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce: "(1 Co 15, 3-4). El apóstol habla aquí de la tradición viva de la Resurrección que recibió después de su conversión a las puertas de Damasco (cf. Hch 9, 3-18).
El sepulcro vacío

640 "¿Por qué buscar entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado" (Lc 24, 5-6). En el marco de los acontecimientos de Pascua, el primer elemento que se encuentra es el sepulcro vacío. No es en sí una prueba directa. La ausencia del cuerpo de Cristo en el sepulcro podría explicarse de otro modo (cf. Jn 20,13; Mt 28, 11-15). A pesar de eso, el sepulcro vacío ha constituido para todos un signo esencial. Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección. Es el caso, en primer lugar, de las santas mujeres (cf. Lc 24, 3. 22- 23), después de Pedro (cf. Lc 24, 12). "El discípulo que Jesús amaba" (Jn 20, 2) afirma que, al entrar en el sepulcro vacío y al descubrir "las vendas en el suelo"(Jn 20, 6) "vio y creyó" (Jn 20, 8). Eso supone que constató en el estado del sepulcro vacío (cf. Jn 20, 5-7) que la ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana y que Jesús no había vuelto simplemente a una vida terrenal como había sido el caso de Lázaro (cf. Jn 11, 44).