Wednesday 8 September 2010 | Actualizada : 2010-08-31 
Inicio > Apologética > 1 - 2Aclarando ideas fundamentales de la Iglesia y aprender a oir y querer
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La Iglesia de Cristo tiene con respecto al hombre una responsabilidad que, en cierto modo, abarca todas las dimensiones de su existencia. Por eso, siempre se ha sentido comprometida en la promoción del desarrollo de la cultura humana, favoreciendo la búsqueda de la verdad, del bien y de la belleza, para que el hombre corresponda cada vez más a la idea creadora de Dios. 

Al contemplar la verdad sobre el hombre, no podemos por menos de dirigirnos a la figura de Cristo resucitado. Sólo él encarna perfectamente la verdad del hombre, creado a imagen y semejanza de Dios (cf. Gn 1, 26).

 

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En los misteriosos designios de su sabiduría, Dios sabe cuándo es tiempo de intervenir. Y entonces, como la dócil adhesión a la palabra del Señor hizo que se llenara la red de los discípulos, así también en todos los tiempos, incluido el nuestro, el Espíritu del Señor puede hacer eficaz la misión de la Iglesia en el mundo.

 

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Ser pescadores de hombres (cf. Mc 1, 17), sin dejarse vencer por el cansancio o el desánimo producidos por el vasto campo de trabajo apostólico, debido al reducido número de sacerdotes y a las muchas necesidades pastorales de los fieles que abren su corazón al Evangelio.

 

Remar mar adentro ¿para ir a dónde? La respuesta es clara:  para ir al encuentro del hombre, misterio insondable; y para ir a todos los hombres, océano ilimitado. Esto es posible en una Iglesia misionera, capaz de hablar a la gente y, sobre todo, capaz de llegar al corazón del hombre porque allí, en ese lugar íntimo y sagrado, se realiza el encuentro salvífico con Cristo. Remar en la barca de Pedro: ¡pescador de hombres!

 

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«Katholikós, en griego clásico, era empleado por los filósofos para indicar una proposición universal: ahora es para indicar donde se realiza esa humanísima unidad, ‘el Evangelio’ predicado por la Iglesia desde hace 2000 años, generadora de esa mirada que abraza al mundo: el amor de Cristo siempre Katholikós.

 

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UNA MIRADA PANORÁMICA A LAS FUENTES

Historiografía cristiana - Historiografía pagana

 

I. Importancia de las fuentes. Doble procedencia de las fuentes


La historia no puede hacerse sin acudir a las fuentes. Estas fuentes son testimonios, y, como tales testimonios, pueden ser parciales. Para el estudio de los tres primeros siglos del cristianismo, las fuentes son escasas. Pero en este período que estudiamos —especialmente en el siglo IV— son muy numerosas. La abundancia de los escritos de este período se debe probablemente al hecho de que en él la educación retórica era tenida en grandísima consideración y permitía subir fácilmente en la escala social. Hablar hoy de retórica presenta una gran carga peyorativa, mas en aquella época no era así. De hecho, la educación que se recibía entonces se dividía en dos grandes momentos: gramática —correspondería a la escuela media— y retórica —estudios ya universitarios—. Había no sólo que decir las cosas, sino decirlas bien. Y para expresarse bien había que tener un buen conocimiento de los clásicos. Los hombres eminentes tenían la posibilidad de llegar muy alto en la escala social. Esto ocurría así hasta que, a causa de las reformas de Diocleciano y de Constantino, se impuso un orden social más estable para garantizar las ganancias fiscales.

 

Naturalmente las obras de mayor interés para la historia de la Iglesia son aquéllas de carácter religioso. Mas conviene tener presente la importancia que para el mismo propósito revisten también los autores paganos: en primer lugar, ellos nos permiten conocer mejor el contexto histórico-político y cultural en el cual se desarrollan los acontecimientos de la Iglesia; en segundo lugar, a tales acontecimientos los mismos autores hacen a veces referencia, revelando así su punto de vista diverso. Cultura profana y cultura cristiana, en cambio, fueron tal vez muy cercanas entre ellas: el filósofo pagano Temistio, por ejemplo, estuvo al servicio de emperadores cristianos; y Juliano, antes de volverse pagano, había recibido una educación cristiana.

 

II. La historiografía

1. Historiografía cristiana


Poco después del Edicto de Milán, Lactancio, un cristiano converso, escribía De mortibus persecutorum, con el intento de demostrar que los emperadores perseguidores habían sido castigados por Dios con muerte atroz. No es una tesis aceptable. Las pocas noticias históricas sobre Constantino que se sacan de este obra no son demasiado fiables.

 

Aunque un poco parciales, son más numerosas sin embargo las noticias que Eusebio, obispo de Cesarea de Palestina, nos suministra sobre Constantino. Éste fue autor de dos nuevos géneros literarios: la Crónica —que es una tabla cronológica, que nos ha llegado en siriaco y en la versión latina de Jerónimo, base para la medieval crónica cristiana universal— y la Historia Eclesiástica —terminada de componer antes del concilio de Nicea—. Mas él se extiende sobre el emperador, especialmente en la Vida de Constantino, escrita en cuatro libros después del 337, y que en realidad es un panegírico, de cuya paternidad eusebiana se dudó en el pasado. Entre sus escritos de interés histórico están también el discurso para la dedicación, por parte de Constantino, de la iglesia del Santo Sepulcro de Jerusalén (335) y la Oración de los Tricenalios, pronunciada en el 336 con ocasión del trigésimo aniversario del reinado de Constantino.

 

En su conjunto, la figura de Constantino viene delineada por Eusebio como la de un modelo de emperador cristiano. En su Vida, se cuenta por primera vez la famosa historia de la visión tenida por Constantino antes de la batalla de Puente Milvio —aparece el símbolo del crismón y escucha unas palabras: «Con este signo vencerás»—. También debemos a Eusebio gran número de cartas y de edictos imperiales, transcritos, como parece, de copias oficiales; y, sobre todo, una narración sobre el concilio de Nicea, que es la única que nos llega por testimonio ocular, remarcando los actos oficiales: en él, sin embargo, el autor, a causa de su simpatía por el arrianismo, evita pronunciarse sobre cuestiones doctrinales.

 

Digna de consideración es la concepción lineal que Eusebio tiene de la historia, como preparación al cristianismo y culminando en la segunda venida de Cristo. Tal idea lineal y optimista encuentra aplicación en la Crónica y viene ampliamante desarrollada en dos obras apologéticas: Praeparatio Evangelica y Demostratio Evangelica.

 

Sobre el reinado de Constantino, en tanto, escribía también el pagano Prassagora, cuya historia, escrita en griego, no nos ha llegado íntegra.

 

Naturalmente, también los historiadores que escribieron después, tratando un período más largo, incluyeron la edad de Constantino. Así, ante todo, los continuadores mismos de la Historia Eclesiástica de Eusebio: ya al final del siglo, Rufino traducía al latín y actualizaba la obra eusebiana; en los primeros decenios del siglo V, Sócrates y Sozómenos, juristas de Constantinopla, y Teodoreto, obispo de Ciro, la prolongaban en griego hasta su tiempo.

 

2. Historiografía pagana

 

Contemporáneamente se escribía historia profana. Ésta, sin embargo, a partir precisamente del siglo IV, manifiesta un declive definitivo, debido probablemente al “eclipse” de Roma y de su clase senatorial17. Hasta la mitad del siglo, de hecho, se producían breves compendios históricos en latín, como el De Caesaribus de Aurelio Vittore y el Breviarium de Eutropio. Para su brevedad, entre otras cosas, esta última obra manifiesta una tendencia anticristiana y exaltadora de los hombres paganos, y, sobre todo, una aversión de fondo hacia Constantino y una toma de posición muy marcada filojuliana: el autor había participado en la campaña persa de Juliano y había sido magister escrinii memoriae de Valente.

 

Obras no muy grandes en tamaño, escritas también por paganos, fueron De rebus bellicis y Notitia Dignitatum, de contenido del todo singular. El autor anónimo del primero, propone a los emperadores Valentiniano y Valente una serie de invenciones militares geniales, y acusa a Constantino por sus exorbitantes gastos públicos, que habrían debilitado la defensa del Imperio. La segunda es un anuario de la burocracia imperial, cuyo núcleo más antiguo, remontándose al siglo IV, llega paso a paso actualizado hasta el siglo siguiente, y nos hace conocer los varios títulos y las diversas funciones de aquel aparato público, con el que los hombres de la Iglesia debieron tratar con frecuencia. Muchos de estos cargos, en su organización, pasan tal cual a la estructura de la Iglesia.

 

Hasta el final del siglo IV no se dio como un revivir de la historia profana, con los Annales de Nicómaco Flaviano y las Res gestae de Ammiano Marcellino. El primero no nos ha llegado, pero sabemos —a través de algunas inscripciones de la época— que su autor, un senador pagano, se suicidó justo después de la victoria de Teodosio I sobre el usurpador Eugenio, en el 394; había considerado aquella batalla como un momento decisivo del encuentro entre cristianismo y paganismo, probablemente preconizando la supresión del cristianismo18. La segunda, escrita hacia el 390, aparece dotada de un vigor digno de la mejor tradición historiográfica. De la obra, que se remontaba a Tácito, queda tan sólo la parte que comienza con el año 354 —hasta el fin del reinado de Constancio II— y termina con la muerte de Valente en el 378. Es famoso su sarcasmo punzante contra el lujo de la clase senatorial de Roma —él era un griego de Antioquía que se habría trasladado a la capital y habría escrito en latín su obra—. Mas fue un admirador de Juliano —al que habría seguido en la desafortunada expedición persa— y, naturalmente, no tiene gran amor hacia la Iglesia cristiana, poniendo de relieve la conducta incoherente de las facciones eclesiásticas. Sin embargo, demostró una cierta ecuanimidad en criticar hasta al mismo Juliano a propósito del decreto —él lo define como “decreto cruel”— con que el emperador «prohibió la enseñanza a los maestros de retórica y de gramática cristiana, a menos que se pasaran al culto de los dioses».

 

En los primeros decenios del siglo siguiente, Zósimo, un pagano de Constantinopla, escribe en griego la Historia Nueva —desde Augusto hasta el 410—; en ella Constantino era acusado de todas las desgracias arrojadas sobre el Imperio en aquel tiempo. Mas con Zósimo nos encontramos ya en esa fase de la historiografía que refleja de manera ostentosa la contraposición entre paganos y cristianos. Su obra, de hecho, se puede considerar una respuesta a la Historiae adversus paganos que en el 417-418 había escrito Orosio, presbítero hispano y alumno de san Agustín: después del saqueo de Roma (410) por parte de Alarico, se había lanzado contra los cristianos la grave acusación de haber causado, con sus ultrajes a los dioses antiguos, el desastre; por eso Orosio asume la defensa del cristianismo, componiendo a tal punto su obra en clave apologética: sostenía la visión providencialista de la historia, y la reconducción del mal a la culpa del hombre y al castigo de Dios —es la considerada historia de los “juicios de Dios”—.

 

Sobre otro plano, el gran tema del sentido de la historia venía trazado por Agustín en De civitate Dei, una obra de profunda e iluminada meditación, solicitada también ella por la necesidad de explicar por qué Dios habría permitido el saqueo de Roma. No es propiamente un libro de historia, sino una reflexión sobre la historia.

 

III. Otros géneros

 

Distintos son los otros géneros literarios que prosperan paralelamente a la historiografía en el siglo IV y en los primeros decenios del V. En la producción de libelos —no son propiamente obras históricas, sino ensayos polémicos— ocupó un puesto singular el mismo emperador Juliano el Apóstata, componiendo en griego, entre otros, una sátira titulada Los Césares —contra Constantino—, una invectiva contra “los Galileos”, un himno al dios Sol, un opúsculo titulado El odiador del aburrimiento —con el que se defendía de las críticas de los Antioquenos—, y una famosa Carta a los atenienses.

1. Obras poéticas y panegíricos

Muy en voga estuvieron además las obras poéticas y, sobre todo, los panegíricos. Ausonio, poeta y rector de Burdeos, llega a prefecto del Pretorio y cónsul después de haber cubierto el encargo de tutor del futuro emperador Graciano. Sus múltiples composiciones son un ejemplo típico de cómo un intelectual de aquel período podía mantenerse equidistante entre el paganismo y el cristianismo. En Parentalia, sin embargo, Ausonio hace conocer con cuánto amor fue practicada por algunos de sus familiares la vida consagrada.

 

Claudiano, un alejandrino de lengua griega, se traslada a Roma, compone panegíricos en latín y poemas de alabanza a Estilicón y Honorio.

 

2. Género epistolar

 

Una importancia del todo singular revisten las epístolas. Conservadas en número importante, ellas son documentos inmediatos de las múltiples circunstancias del período. El voluminoso epistolario de Aurelio Símaco, por ejemplo, nos hace conocer el ambiente de los senadores bien vistos y prestigiosos. Mas es sobre todo en ámbito cristiano —Ambrosio, Jerónimo, Juan Crisóstomo y otros— donde este género literario eleva a la expresión genuina las personalidades individuales.

 

3. Autobiografías y hagiografías

 

Este último aspecto emerge en manera del todo particular en las autobiografías. Juliano el Apóstata había compuesto una, en la que la narración de vivencias externas se conjugaba bien con una sincera manifestación de los sentimientos del alma. Mas fueron las Confesiones de Agustín —verdadera cumbre de la literatura mundial— las que llevaron a un primer plano la aguda introspección del corazón humano: la resistencia al reclamo de Dios, la reticencia a renunciar a la actividad sexual, el tormento de la investigación junto al amigo Alipio, la fuerza persuasiva del ejemplo de Antonio, y, por fin, la paz interior derivada de la conversión a la castidad cristiana y alegremente comunicada en el dulcísimo coloquio con su madre Mónica..., constituyen momentos elevadísimos de esta obra, que es también rica en profundas reflexiones filosóficas: sobre la memoria y la naturaleza del tiempo, por ejemplo, han mostrado la originalidad del pensamiento cristiano.

 

Pero fue sobre todo en el campo de las biografías donde viene a crearse una especie de “competición” entre cristianos y paganos. Se trataba de mostrar, a través de ejemplos concretos, la eficacia “moral” de las respectivas confesiones y concepciones de la vida. Por parte de los cristianos, tal objetivo viene alcanzado con la creación del género hagiográfico: ellos, en efecto, intuyen como por instinto que tan solo en el “santo” la ejemplaridad de la vida cristiana puede ser oportunamente propuesta. Eusebio, que en la “Vida” de Constantino había probado un camino distinto, había fallado en el intento. Fue Atanasio, obispo de Alejandría en el 328, el genial iniciador de la gran tradición hagiográfica de la Iglesia, escribiendo la Vida de Antonio, el ermitaño egipcio muerto en el 356; se exaltaba la vida ascética —simbolizada por el desierto— y la capacidad del santo de concluir milagros.

 

La Vida de Antonio, en seguida traducida al latín, fue introducida en los círculos cristianos de Roma por Jerónimo, difundiendo el conocimiento del ideal monástico —Agustín confesará haber sentido inmediatamente fascinación por él—19. Y el mismo Jerónimo componía en latín la Vida de Hilarión y la Vida de Pablo —los dos ermitaños—, y aún la Vida de Malco.

 

Gregorio de Nisa, a su vez, escribía en griego la Vida de Macrina: hermana del mismo Gregorio y de Basilio, Macrina provenía de una familia de adinerados propietarios de tierras y había fundado una especie de comunidad religiosa en la casa de su familia en el Ponto.

 

Una experiencia similar ocurrirá después, en el 452, contada por Geroncio en la Vida de Melania la Joven —nos ha llegado en griego y en latín—: ella, a la edad de veinte años, había persuadido a su marido, Piniano, a reunciar a sus vastas propiedades, y había fundado en Jerusalén un monasterio, muriendo en 439. Estas últimas dos vidas atestiguan la consideración —que no se encuentra en la literatura pagana— de cómo las mujeres eran consideradas en el cristianismo. Supone una revolución cultural. Estas hagiografías representan además un buen ejemplo de texto hagiográfico en el que el tema ascético —“la vida angélica”— se combina con una gran cantidad de material histórico20.

 

Entre tanto, en los siglos IV y V, los paganos habían opuesto a los ejemplos cristianos sus propios “santos”. Ya Nicomaco Flaviano había traducido del griego al latín la Vida de Apolonio de Tiana, escrita en el siglo II por Filostrato. Otras “vidas” se compusieron, como la Vitae Sophistarum, de Eunapio. En realidad, estos héroes paganos eran más o menos escogidos entre los sabios, de los que se quería demostrar la conquista de la “vida divina” a través de la narración de maravillas: historias las más de las veces poco creíbles, sobre todo exaltaban el mérito personal y elitista, faltando el elemento que, en cambio, era esencial en las vidas de los santos, el de la iniciativa de la “gracia”, que entre otras cosas, hacía extremadamente populares los ejemplos propuestos.

4. Obras teológicas

 

Mas el campo en el que en sumo grado reluce el genio creativo de los escritores cristianos fue el de la teología. Solicitos por la exigencia de traducir en un lenguaje científico los contenidos de la fe —la base es siempre la Sagrada Escritura— y de explicitar su profundo valor en las múltiples circunstancias de la vida, así como forzados por la necesidad de combatir las posiciones heréticas difundidas, varios pastores, eminentes por su santidad y doctrina, dieron vida a aquella que suele llamarse “la edad de oro de la literatura patrística”. Una riqueza que no volveremos a ver ya más en toda la historia de la Iglesia. El dogma está en formación —el dogma trinitario; el dogma cristológico; la doctrina de la gracia y del libre albedrío; se ponen las bases de la mariología...—. Y fueron latinos —como Jerónimo, Ambrosio, Agustín— y griegos —como Gregorio de Nisa, Gregorio de Nacianzo, Basilio, Juan Crisóstomo—: todos obispos y frecuentemente investidos desde el papel público de hombres de Estado.

 

Todas estas obras teológicas le vienen bien al historiador para conocer la doctrina, pero, sobre todo, para entender cómo se forma históricamente esa doctrina.

 

5. Discursos

 

Ellos escribieron también discursos sin par, juzgados entre las máximas composiciones de retórica del tiempo de Demóstenes —famoso el pronunciado en el 379 por Gregorio de Nacianzo ante la muerte de Basilio—: la elevada educación clásica que impregnaba esta obra, sin embargo venía admirablemente transformada en sabiduría cristiana.

 

6. Fuentes jurídicas

 

Tal fervor literario era, las más de las veces, expresión iluminada de una acción pastoral extremadamente concreta, desarrollada en un ambiente social que iba rápidamente —mas no siempre profundamente— cristianizándose por obra de las legislaciones favorables a la nueva religión. Frecuentemente solicitando ellos mismos —en sintonía con la temperatura espiritual de aquella época— los privilegios institucionales, los obispos se encontraban al mismo tiempo en la necesidad de guiar una grey expuesta a mil tentaciones temporales. Los beneficios que pedían comportaban también sus riesgos: había clérigos que no intentaban más que acaparar ventajas temporales. El contexto es revisable con suficiente claridad a través de las fuentes jurídicas.

 

El Codex Theodosianus ante todo, realizado en Constantinopla entre el 429 y el 438 por iniciativa de Teodosio II —escrito en Constantinopla pero redactado en latín, lengua más apropiada que el griego para el Derecho—, transmite dos mil quinientas constituciones imperiales desde Constantino en adelante. Y otras del mismo período, escapadas a los recolectores teodosianos, venían después incluidas en el Codex Iustinianus. Siendo que el espectro de las cuestiones tratadas por tales legislaciones es evidentemente mucho más amplio que el campo relativo a las relaciones con la Iglesia —algunas leyes venían tratadas por los Códices Gregorianus y Hermogenianus, de edad diocleciana—, sin embargo, especialmente las leyes relativas a los aspectos sociales y económicos, ofrecen un cuadro —más o menos fiel— de los problemas con los que también la Iglesia debía hacer cuenta: así, por ejemplo, en la asistencia cotidiana de los humiliores y en la incansable acción moralizante contra los abusos cometidos por funcionarios y nobiles, paganos o cristianos, fueran lo que ellos fueran.

 

IV. Otras fuentes: numismática, inscripciones, arqueología

 

Del resto, existen otras categorías de fuentes que ilustran, en términos a veces extremadamente concretos, estos mismos aspectos. Las monedas, con todo, atestiguan entre otras cosas la difusión del solidus de oro —introducido por Constantino, mas puesto en uso para varios siglos—, que se relaciona con una estructura piramidal de la sociedad. Las inscripciones, también, iluminan de varias maneras. Las honoríficas y las dedicatorias iluminan las carreras de los miembros de la clase senatorial. Las funerarias, restituidas a millares especialmente por las catacumbas, recuerdan condiciones de la vida concreta y reflejan mentalidades y valores estrechamente unidos a la fe. Esta última, por fin, se refleja también en el nuevo género de documentos epigráficos, que fueron las dedicatorias de las iglesias que se iban construyendo.

 

Mas es la documentación arqueológica la que expresa visiblemente la situación de aquella época. Ella advierte con inmediatez algunos rasgos sobresalientes, como la comodidad de los pocos que viven en las villae y la prosperidad de ciertas áreas urbanas. Dos notas revisten un significado de interés: la primera hace entender de hecho el carácter particular que en aquella época asumía la renuncia cristiana de tantos propietarios de tierras; la segunda permite coger la vivacidad de los ambientes culturales y sociales —tanto en Alejandría como en Antioquía, en Roma como en Constantinopla, y hasta en Atenas—, que hacían de trasfondo al pensamiento y a la acción de la Iglesia. Por otra parte, la floración del arte cristiano está directamente documentada por los repertorios —basta pensar en las basílicas, no pocas ya en edad constantiniana—.

 

Sólo tres decenios hace que uno de los máximos estudiosos de la edad tardoantigua, A.H.M. Jones, no disponía de esta documentación “material”. Hoy ésta se impone a los estudiosos como punto de referencia constante. La historia de la Iglesia se beneficia de esta renovación científica y del poder evocador dado por las imágenes.
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17Para los romanos, hacer historia era un acto social; algo que interesaba sólo al Estado. El emperador ya no consulta a los senadores y, por ello, el Senado entra en crisis.

18No debemos pensar en una conversión masiva del Imperio en poco tiempo. Las conversiones vinieron poco a poco, empezando por las ciudades. El campo fue más reacio y conservó las tradiciones religiosas antiguas. El campo era pagano y la mayoría de los habitantes del Imperio vivía en el campo. La historia de la Iglesia en estos siglos primeros se desarrolla en las grandes ciudades sobre todo.

19En la historia de la Iglesia en la Antigüedad hay tres modelos de vida perfecta que corresponden a tres espiritualidades diferentes: el mártir, el obispo y el monje. La novedad de san Atanasio es que es el primero en escribir la vida de un monje. Espiritualidad de retiro del mundo para abrazar una vida de soledad y de lucha contra Satanás y contra sí mismo; cuanto más se renunciaba al mundo, tanto más heroica era esa vida. De hecho, el monaquismo nace en el desierto, en Egipto, y se expandirá a otras regiones desérticas de Siria, Arabia, Persia, etc.

20No siempre será así, de tal manera que en seguida empezó a darse una enorme producción hagiográfica, especialmente en la edad bizantina, tendente a la glorificación de las iglesias locales; así se procedió a ennoblecer a los santos por ellas venerados.

 

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Jesús el Verbo encarnado, al insertarse en la historia humana nos garantiza que en ella se hallan presentes Dios y su providencia su amor y su misericordia. Dios tiene un plan de salvación para todos y espera nuestra adhesión.

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La misión que Jesús confió a sus Apóstoles ha sido, es aún hoy y continuará siendo, la única y misma misión para todos los tiempos y lugares. Nosotros, en virtud de nuestro bautismo, somos enviados a nuestra misión, para vivir la vida de amor y reconciliación que Jesús comparte con nosotros, y para dar testimonio de la ternura y de compasión del Padre.

 

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«El Espíritu de la verdad os guiará

hasta la verdad plena»

 

       «Las cosas de Dios nadie las conoce si no es el Espíritu de Dios» (1Co 2,11).

 

Ahora bien, su Espíritu lo revela y nos hace conocer a Cristo, su Verbo, su Palabra viviente, pero no él se dice a sí mismo. Aquel que ha hablado «por boca de los profetas» (Credo) nos hace escuchar la Palabra del Padre, pero a él no le oímos. Tan sólo le conocemos en el movimiento en que nos revela al Verbo y nos dispone para que lo acojamos en la fe. El Espíritu de la verdad que nos «desvela» a Cristo «no habla de sí mismo» (Jn 16,13). Un ocultamiento tal, propiamente divino, explica porqué «el mundo no lo puede recibir porque no le ve ni le conoce», mientras que aquellos que creen en Cristo le conocen porque mora en ellos (Jn 14,17)
La Iglesia, comunión viva en la fe de los apóstoles que ella transmite, es el lugar propio de nuestro conocimiento del Espíritu Santo:
en las Escrituras que él ha inspirado;
en la Tradición, de la cual los Padres de la Iglesia son los testimonios siempre actuales;
en el Magisterio de la Iglesia que él asiste;
en la liturgia sacramental, a través de las palabras y los símbolos, en los que el Espíritu Santo nos pone en comunión con Cristo;
en la plegaria en la cual intercede por nosotros;
en los carismas y ministerios a través de los cuales la Iglesia se edifica;
en los signos de la vida apostólica y misionera;
en el testimonio de los santos en los que manifiesta su santidad y continúa la obra de salvación.

Sancte Spiritus, veni!

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«El mismo Espíritu que mueve la lengua del predicador para anunciar el Evangelio, mueve también el oído del oyente para acogerla en su corazón» San Juan Crisóstomo. Así seguirá siendo siempre, con la fuerza del Espíritu.

 

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EXTRA ECCLESIAM NULLA SALUS

 

 Esta fórmula latina expresa un principio teológico con el que se afirma la sacramentalidad salvífica universal de la Iglesia. Se traduce: "fuera de la Iglesia no hay salvación". El axioma en cuanto tal está ya presente en Orígenes y en san Cipriano como llamada a la unidad contra todos aquellos que se hacen culpables de cisma, de rebelión o de traición a la Iglesia. Posteriormente esta afirmación adquirió un sentido más incondicionado hasta tener una formulación completa con Fulgencio de Ruspe (468-533), recogida en 1442 por el concilio de Florencia: la santa Iglesia romana « cree firmemente, profesa y  predica que "ninguno de los que viven fuera de la Iglesia católica, no sólo los paganos, sino tampoco los judíos, los herejes y los cismáticos, pueden participar de la vida eterna..." (DS 1351).

A pesar del carácter perentorio de  estas afirmaciones, la Iglesia no ha aceptado nunca una aplicación unilateral y exclusiva del mismo. Más aún, el Magisterio ha considerado desviadas y erróneas algunas afirmaciones, como las de Jansenio, según el cual sería semipelagiano afirmar que Cristo murió por todos (cf. DS 2005), o de Ouesnel, para quien fuera de la Iglesia no habría ningún don de gracia (cf. DS 2429). El axioma "fuera de la Iglesia no hay salvación debe proclamarse, por tanto, en unidad dialéctica con el rechazo de la fórmula «ninguna gracia fuera de la Iglesia". Una declaración más reciente es la que se contiene en la carta del Santo Oficio del 8 de agosto de 1940, dirigida al arzobispo de Boston, con la que se condena la tesis rigorista que excluye de la salvación eterna a todos los no católicos (cf, DS 3866-3873).

Al valorar la condición salvífica de  cuantos no pertenecen a la Iglesia, sobre todo a partir del siglo XIX, el Magisterio y la teología han hecho intervenir cada vez más la excusante de la ignorancia. En la encíclica Mystici corporis ( 1943), pío XII afirma que no están excluidos de la salvación eterna los que están ordenados al cuerpo místico de Cristo Redentor «por un cierto anhelo y deseo inconsciente´ (inscio quodam desiderio ac voto: DS 3821). Respecto a los que no tienen la posibilidad de conocer o de aceptar la revelación del Evangelio y de entrar en la Iglesia, con referencia -a la Gaudium et spes, 22, Juan Pablo 11 ha escrito: «Es evidente que hoy, como en el pasado, muchos hombres viven en condiciones socioculturales que no lo permiten, y a menudo han sido educados en otras tradiciones religiosas. Para ellos la salvación de Cristo es accesible en virtud de una gracia que, a pesar de tener una misteriosa relación con la Iglesia, no los introduce formalmente en ella, sino que los ilumina de forma adecuada a su situación interior y ambiental. Esta gracia proviene de Cristo, es fruto de su sacrificio y es comunicada por el Espíritu Santo: le permite a cada uno llegar a la salvación con su libre colaboración´ (Redemptoris missio 10).

 M. Semeraro

 

 Bibl.: J. Ratzinger ¿Fuera de la Iglesia no  hay salvación? en 1d., El nuevo pueblo de Dios Herder, Barcelona 1972, 375-399. K, Rahner, El cristianismo y las religiones no cristianas, en Escritos de teologia, Y, Taurus, Madrid 1963 135-156; Íd" Los cristianos anónimos, en´ Estudios de Teología, VI, Taurus, Madrid 1967 535-544; P. Damboriena, La salvación en las religiones no cristianas, BAC, Madrid 1973; J Dupuis. Jesucristo al encuentro de las religiones, San Pablo, Madrid 1989; F. A. Sullivan, Salvation outside the Church?, Londres 1992.

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Importante conocer la historia del Cristianismo, la historia de La Iglesia, que es tanto como decir la historia de nuestra civilización.

Como sabéis Jesucristo elige a doce apóstoles y muerto Jesucristo en la cruz y resucitado, los apóstoles recobran ánimos, empiezan a predicar, sobre todo desde el momento en que el Espíritu Santo llega en Pentecostés y les da una fuerza extraordinaria para predicar. Desde el primer momento el Cristianismo se extiende por todo el Imperio Romano. El Imperio Romano va a ser providencial porque gracias a él, que haya una sola lengua, una sola cultura y una unidad política, fue fácil extenderse por toda la civilización más desarrollada de entonces, que era la del Imperio Romano. Por eso, el Cristianismo va a establecer pronto su capital en Roma.

 

 

LA IGLESIA – DESDE HACE 2000 AÑOS –

ES PASCUA Y ANUNCIO PASCUAL

 

"La resurrección es un acontecimiento que concierne evidentemente, ante todo, al destino  personal, singular, de Jesús. Pero es al mismo tiempo un misterio de salvación, un  acontecimiento que lleva en sí, como en germen, la salvación de toda la humanidad... El  "poder" que Dios desplegó para resucitar a su Hijo, lo pondrá por obra para con los hombres  que son con Cristo ´un solo cuerpo´" (J. -CI. Brootcorne).

Nuestra existencia no camina hacia la muerte. Jesús es la prenda y la fuente de nuestra  existencia eterna. Victoria de la vida, que no es empujada hacia un futuro ilusorio, porque es  victoria para hoy. La "Pascua" que vivimos con Cristo nos hace pasar desde ahora a la  verdadera vida, que es comunión con Dios. Desde la mañana de Pascua vivimos en régimen  de resurrección, y "en esta existencia cotidiana que recibimos de tu gracia ha comenzado ya  la vida eterna" (Pref, dom. ord. VI).

 

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Los humildes obedecen, los obedientes se salvan. En una punta Jesús y en la otra María, la primera mujer perfectamente obediente. La que dijo que al Espíritu en su aldea de Belén y luego en el cuarto aquel de Jerusalén en el Pentecostés.

En la primera vez nació Jesús, en la segunda: la Iglesia. La Madre es la misma.

 

Y Judas se mete en el juego de Dios pensando que puede sacar ventajas como nosotros creemos que podemos arreglar la radio con un destornillador y la terminamos de romper. Pero nosotros no somos mucho menos tarambanas que él. Como siempre: Dios sabe todo lo que está pasando y nunca se le escapa un detalle. Así tienes –ahí- a los charlatanes en las sectas bautistas, jehovistas, mormones, etc. y creen que la Iglesia ha estado equivocada dos mil años hasta que ellos abrieron una Biblia y se pusieron a "interpretar". Hasta esa suprema mentecatez superará Jesús porque no hay quien se le resista en eso de salvar almas.

Es que le ves a Él, y te enamoras de Su gracia y como siempre pasa en el amor: naces de nuevo. Para nacer hace falta una madre y para eso está María.

 

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La vida humana non se realiza por sí misma. Nuestra vida es una cuestión abierta, un proyecto incompleto todavía por completar y por realizar. La pregunta fundamental de todos los hombres es: ¿cómo se realiza este - llegar a ser hombre? ¿Cómo se aprende este arte de vivir? ¿Cuál es el camino de la felicidad?

 

Evangelizar quiere decir: mostrar este camino - enseñar el arte de vivir. Jesús dice al comenzar su vida pública: Él me ha ungido para llevar las buenas nuevas a los pobres (Lc 4, 18); y esto quiere decir: Yo tengo la respuesta a vuestra pregunta fundamental; os enseño el camino de la vida, el camino de la felicidad, mejor dicho: Yo soy ese camino. La pobreza más profunda es la incapacidad de alegrarse, el hastío de la vida considerada absurda y contradictoria. Esta pobreza está más diseminada y se presenta en diferentes formas tanto en las sociedades materialmente ricas como en las sociedades de los países pobres. La incapacidad de alegrarse supone y produce la incapacidad de amar, provoca la envidia, la avaricia - todos los vicios que desbastan la vida de cada uno y del mundo. Por este motivo tenemos necesidad de una nueva evangelización - si el arte de vivir permanece desconocida, todo el resto no puede funcionar. Sin embargo, este arte no es objeto de la ciencia - este arte puede ser comunicado sólo por quien tiene la vida - aquél que es el Evangelio en persona. MM.

 

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Nuestra vitalidad no depende de las circunstancias sino que, por el contrario, tiene fuerza suficiente para imponerse a ellas. Lo real no siempre es visible. La experiencia de la Historia nos ha enseñado que no son exactamente las presiones de fuera las que debilitan la Iglesia, sino más bien el desmoronamiento interno de la fe. Creer no es sólo confesar que Dios existe, sino también aceptar que interviene en la Historia y, de alguna manera, dejarle hacer. A quien no sabe dónde va, ningún viento le es favorable. La frase es de Aristóteles, pero la barca es de Pedro y, en el fondo, aunque parezca que duerma, está Jesucristo y no es un polizonte. 2004-03-31.

 

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¿Son necesarios los dogmas? -
—¿Y es necesario que la Iglesia tenga dogmas, y una autoridad y un Magisterio? ¿No bastaría que cada uno procurara vivir lo que dijo Jesucristo y lo que viene recogido en la Biblia?

Lo que dices es la tesis protestante de la sola Scriptura. Sin embargo, si se trata de vivir lo que dice la Sagrada Escritura, convendría tener presente que en ella se dice con claridad que Jesucristo fundó la Iglesia (por ejemplo, en Mt 16, 16-19; Mt 18, 18; etc.). Y puestos a dar también algunas razones de orden práctico, cabe añadir que desde tiempos de Lutero han surgido ya más de 25.000 diferentes denominaciones protestantes, y que en la actualidad nacen cinco nuevas cada semana, en un proceso progresivo de desconcierto y atomización. Por eso ha escrito Scott Hahn que una Sagrada Escritura sin Iglesia sería algo parecido a lo que habría supuesto que los fundadores del Estado norteamericano que promulgaron la Constitución se hubieran limitado a añadir una genérica recomendación diciendo “que el espíritu de George Washington guíe a cada ciudadano”, pero sin prever un gobierno, un congreso y un sistema judicial, necesarios para aplicar e interpretar la Constitución. Y si hacer eso es imprescindible para gobernar un país, también lo es para gobernar una Iglesia que abarca el mundo entero. Por eso es de lo más lógico que Jesucristo nos haya dejado su Iglesia, dotada de una jerarquía, con el Papa, los obispos, los Concilios, etc., todo ello necesario para aplicar e interpretar la escritura.

El prestigio de la Iglesia

—¿Y qué opinas del prestigio de la Iglesia católica?

La situación de la Iglesia católica en el arranque de este milenio reviste un extraordinario interés. Como ha escrito José Orlandis, nunca en la historia había sido tan universal como ahora, por la diversidad nacional y étnica de sus fieles; nunca el Papa había gozado de un prestigio moral tan alto, no sólo entre sus fieles, sino también entre hombres del mundo entero, que le consideran como la más alta autoridad espiritual. Se trata de un fenómeno sin precedentes, pues los grandes Papas medievales tenían como marco una cristiandad europea, espiritualmente compacta pero de dimensiones muy reducidas. La Iglesia católica aparece hoy con una inequívoca personalidad internacional, con mil millones de fieles, con más de ciento veinte mil instituciones asistenciales y con unas escuelas en las cuales se forman cincuenta millones de estudiantes. Aparece, además, firme y coherente en sus enseñanzas en cuestiones doctrinales y morales, en contraste con la inestabilidad y las ambigüedades de muchas confesiones religiosas, que presentan a menudo la apariencia de naves desarboladas, a merced del oleaje de las modas o de los antojos de sus bases, ansiosas de acomodarse a las preferencias de la opinión pública.

 

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Jesús predicaba durante el día y de noche rezaba - pero esto no es todo. Su vida entera fue - como lo muestra con gran belleza el Evangelio de San Lucas - un camino hacia la cruz, una ascensión hacia Jerusalén. Jesús no ha redimido el mundo con bellas palabras, sino con su sufrimiento y con su muerte. Es ésta, su pasión, la fuente inagotable de vida por el mundo; la pasión da fuerza a su palabra.

 

El Señor mismo - extendiendo y ampliando la parábola del grano de mostaza - ha formulado esta ley de la fecundidad en el pasaje de la semilla del grano que muere, caído en la tierra (Jn 12, 24). También esta ley es válida hasta el final del mundo y es - junto con el misterio del grano de mostaza - fundamental para la nueva evangelización. Toda la historia lo demuestra. Sería fácil demostrarlo en la historia del cristianismo. Quisiera recordar ahora solamente el comienzo de la evangelización en la vida de San Pablo. El éxito de su misión no fue el fruto de una gran arte retórica o de prudencia pastoral; la fecundidad fue vinculada al sufrimiento, a la comunión en la pasión con Cristo (cf. 1 Cor 2, 1 - 5; 2 Cor 5, 7; 11, 10s; 11, 30; Gál 4, 12 - 14). "Ninguna señal será dada sino aquella de Jonás el profeta" ha dicho el Señor. La señal de Jonás es el Cristo crucificado - son los testimonios que completan "lo que falta a los sufrimientos de Cristo" (Col 1, 24). En todos los períodos de la historia siempre se ha verificado la palabra de Tertuliano: Es una semilla la sangre de los mártires.

 

San Agustín dice lo mismo con palabras muy bellas, interpretando Juan 21, donde la profecía del martirio de Pedro y el mandato de apacentar, lo que sería la institución de su primado, están íntimamente vinculados. San Agustín comenta el texto (Jn 21, 16) en el siguiente modo: "Apacienta mis corderos", es decir, sufre por mis corderos (Sermo Guelf. 32 PLS 2, 640). Una madre no puede dar vida a un niño sin sufrimiento. Todo parto exige sufrimiento, es sufrimiento, y el devenir cristiano es un parto. Digámoslo todavía una vez con las palabras del Señor: El reino de Dios exige violencia (Mt 11, 12; Lc 16, 16), pero la violencia de Dios es el sufrimiento, es la cruz. No podemos dar vida a otros, sin dar nuestras vida. El proceso de expropiación, antes mencionado, es la forma concreta (expresada de diferente manera) de dar la propia vida. Y pensamos a las palabras del Salvador: "... el que sacrifique su vida por mí y por el Evangelio, la salvará" (Mc 8, 35).

 

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"La Iglesia Católica es consciente de haber conservado, con fidelidad a la Tradición Apostólica y a la fe de los Padres el ministerio del Sucesor de Pedro". Existe efectivamente una continuidad a lo largo de la historia de la Iglesia del desarrollo doctrinal sobre el Primado. Al redactar el presente texto, que aparece como apéndice al mencionado volumen de las Actas, la Congregación para la Doctrina de la Fe se ha valido de los aportes de los estudiosos que tomaron parte en el simposio, sin pretender ofrecer por otro lado, una síntesis ni adentrarse en cuestiones abiertas a nuevos estudios. Estas "Consideraciones" - al margen del Simposio – quieren sólo recordar los puntos esenciales de la doctrina católica sobre el Primado, gran don de Cristo a su Iglesia en cuanto servicio necesario para la unidad y que ha sido además con frecuencia, como demuestra la historia, una defensa de la libertad de los Obispos y de las Iglesias particulares de frente a las injerencias del poder político.

I ORIGEN, FINALIDAD Y NATURALEZA DEL PRIMADO

3. "Primero Simón, llamado Pedro". Con este significativo acento de la primacía de Simón Pedro, San Mateo introduce en su Evangelio la lista de los Doce Apóstoles que también en los otros dos Evangelios sinópticos y en los Hechos se inicia con el nombre de Simón. Esta lista, dotada de gran fuerza testimonial, y otros pasajes evangélicos muestran con claridad y simplicidad que el canon neotestamentario ha recibido las palabras de Cristo relativas a Pedro y a su rol en el grupo de los Doce. Por ello, ya en las primeras comunidades cristianas, y cómo más tarde en la toda la Iglesia, la imagen de Pedro ha permanecido fijada como aquella del Apóstol que, a pesar de su debilidad humana, fue constituido expresamente por Cristo en el primer lugar entre los Doce y llamado a desarrollar en la Iglesia una propia y específica función. Él es la roca sobre la cual Cristo edificará su Iglesia; es aquel que, una vez convertido, permanecerá firme en la fe y confirmará a los hermanos; es, en fin, el Pastor que guiará a la entera comunidad de los discípulos del Señor.

En la figura, en la misión y en el ministerio de Pedro, en su presencia y en su muerte en Roma - testimoniada por la más antigua tradición literaria y arqueológica – la Iglesia contempla una profunda realidad, que está en relación esencial con su mismo misterio de comunión y salvación: «Ubi Petrus, ibi ergo Ecclesia». La Iglesia, desde los inicios y con creciente claridad, ha entendido que como existe la sucesión de los Apóstoles en el ministerio de los Obispos del mismo modo también el ministerio de la unidad, confiado a Pedro, pertenece a la perenne estructura de la Iglesia de Cristo y que esta sucesión está fijada en la sede de su martirio.

4. Basándose en el testimonio del Nuevo Testamento, la Iglesia Católica enseña, como doctrina de fe, que el Obispo de Roma es el Sucesor de Pedro en su servicio primacial en la Iglesia universal; esta sucesión explica la preeminencia de la Iglesia de Roma, enriquecida también por la predicación y por el martirio de San Pablo.

En el plan divino sobre el Primado como "oficio concedido por el Señor a Pedro de modo singular, el primero de los Apóstoles y para transmitirse a sus sucesores", se manifiesta ya la finalidad del carisma petrino, o bien «unidad de fe y de comunión» de todos los creyentes. El Romano Pontífice de hecho como Sucesor de Pedro, es «perpetuo y visible principio y fundamento de la unidad tanto de los Obispos como de la multitud de los fieles», y por ello él tiene una gracia ministerial específica para servir esa unidad de fe y de comunión que es necesaria para el cumplimiento de la misión salvífica de la Iglesia.

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Sabes Como Responder 
Cuando Alguien Dice Que


 ¿NUNCA JESÚS PRETENDIÓ UNA

IGLESIA CONSTITUCIONAL…?

 

Debido a su creencia en ´sola scriptura´ (la idea de que la Biblia es la única autoridad que los cristianos deben reconocer), muchos protestantes niegan la necesidad de una estructura eclesial organizada y la autoridad en la enseñanza (Magisterio). Algunos afirman que la jerarquía de la Iglesia es una invención humana o que se ha desarrollado al margen de las Escrituras y es extraña a la naturaleza del Evangelio. Ciertas denominaciones protestantes (tal como la Iglesia de Inglaterra) han mantenido una estructura jerárquica; otras permiten que congregaciones individuales ejerciten una virtual autonomía en asuntos relacionados con la creencia religiosa y su práctica. Hay también quienes reconocen que el Nuevo Testamento habla de una iglesia establecida por Cristo, pero que entienden este concepto enteramente en términos espirituales (p.e., la iglesia la forman todos los que creen en Jesús y existe sin necesidad de una estructura, orden o autoridad).

 

RESPUESTA CATÓLICA

Jesús estableció Su Iglesia como una comunidad de fe visible y duradera, dotándola de los principios de una estructura institucional que la proveyeran de la fortaleza y flexibilidad necesarias para responder a las necesidades y retos de cualquier época. Es la presencia del Espíritu Santo, quien Jesús prometió que estaría permanentemente con la Iglesia, lo cual sirve a la misma como salvaguarda última y garantía de su existencia y autenticidad doctrinal. Con todo, Dios obra dentro de las limitaciones humanas.

A sabiendas de que los seres humanos tienen necesidad de orden y de una estructura, Jesús dio a Su Iglesia una jerarquía provista de autoridad moral y doctrinal, institucionalizando así Su mensaje de salvación. (No hubiera sido propio de Jesús retornar al Cielo sin proveer a Su Iglesia de una autoridad bien definida para llevar a cabo la misión que El mismo le encomendó.) Algunos afirman que sólo se necesita en realidad de una iglesia "espiritual"; sin embargo, de las más de 100 referencias a ekklesia (palabra griega para iglesia) en el Nuevo Testamento, ninguna habla de ella en un sentido espiritual. Jesús fundó la Iglesia como signo visible de Su presencia en la tierra y fuente infalible de verdad y de gracia; quienes acogen y viven según sus enseñanzas tienen la certeza de saber que verdaderamente están siguiendo a Cristo.

 

PASAJES DE LA ESCRITURA QUE SUSTENTAN EL PUNTO DE VISTA CATÓLICO

Mateo 16, 18-9 - "Y yo a mi vez te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del Hades [infierno] no prevalecerán contra ella. A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos; lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos." Comentario: Al nombrar a Pedro como jefe de la Iglesia, Jesús le dio a él y a sus sucesores plena autoridad y prometió que la Iglesia triunfaría espiritualmente.

Lucas 22,31-32 - "Simón [Pedro], Simón, mira que Satanás los ha reclamado para sacudirlos como al trigo. Pero yo he rogado por ti, para que tu fe no decaiga; y tú, una vez convertido, confirma a tus hermanos." Comentario: El ministerio de Pedro es el de fortalecer a otros miembros de la Iglesia (y esto implica que otros cristianos tienen necesidad de este servicio). Por la oración de Jesús, el ministerio de Pedro está arraigado en la fortaleza-porque como dice Santiago 5,16: "... Mucho puede la oración insistente del justo"-y no hay nadie más justo que Jesús.

Juan 21,15-17 - (Tres veces preguntó Jesús a Pedro "¿Me amas?" y entonces le dijo: "Apacienta mis ovejas.") Comentario: Jesús confió Su Iglesia al liderazgo y al ministerio de Pedro.

Colosenses 1,18 - "El [Jesús] es también la cabeza del cuerpo, que es la Iglesia. El es el principio de todo, el primogénito de los que triunfan sobre la muerte, y por eso tiene la primacía sobre todas las cosas." Comentario: Jesús es cabeza de la Iglesia y tiene plena autoridad sobre ella-incluyendo la autoridad para confiarla al liderazgo de los apóstoles y sus sucesores.

1 Corintios 12,28 - "Y Dios ha asignado a cada uno un lugar en la Iglesia: primero están los apóstoles, después los que hablan de parte de Dios, a continuación los encargados de enseñar, luego viene el poder de hacer milagros, el don de curar enfermedades, de asistir a los necesitados, de dirigir la comunidad, de hablar un lenguaje misterioso." Comentario: Dios mismo estableció una jerar-quía u orden dentro de la Iglesia.

Hechos 2,42 - "Los que habían sido bautizados se dedicaban con perseverancia a escuchar la enseñanza de los apóstoles, vivían unidos y participaban en la fracción del pan y en las oraciones." Comentario: Los primeros cristianos se sujetaron a la autoridad y liderazgo de los apóstoles en todos los asuntos religiosos y espirituales.

Hechos 15,28 - "Porque hemos decidido el Espíritu Santo y nosotros no imponerles otras cargas más que las indispensables..." Comentario: Al decidir que los paganos convertidos al Cristianismo no necesitaban circuncidarse primero, los líderes de la Iglesia identificaron directamente su autoridad con la del Espíritu Santo.

1 Timoteo 3,15 - "...pero, por si tardo, quiero que sepas cómo hay que comportarse en la casa de Dios, que es la Iglesia del Dios vivo, columna y fundamento de la verdad." Comentario: La Iglesia es claramente identificada como custodia de las verdades necesarias para la salvación.

Judas 3 - "Queridos, tenía yo mucho empeño en escribirles acerca de nuestra común salvación y me he visto en la necesidad de hacerlo para exhortarlos a combatir por la fe que ha sido transmitida a los Santos de una vez para siempre." Comentario: El mensaje de salvación ha sido transmitido a los santos (esto es, la Iglesia) de una vez para siempre -y por tanto, la estructura de la Iglesia ayuda a preservar este mensaje.

 

ALGUNOS PENSAMIENTOS FINALES

Adicionalmente a éstos y a muchos otros pasajes escriturísticos (Hechos 20,28; Efesios 1,22-23; Efesios 2,19-21; Efesios 5,30; Tito 1,5; 1 Timoteo 5,17; Hebreos 13,7-8 y 1 Pedro 5,1), la validez histórica de la estructura jerárquica de la Iglesia también es atestiguada en los primeros escritos cristianos. Por ejemplo, Clemente de Roma, quien escribió a finales del primer siglo, dijo: "Los Apóstoles nos predicaron el Evangelio de parte del Señor Jesucristo; Jesucristo fue enviado de Dios. En resumen, Cristo de parte de Dios, y los Apóstoles de parte de Cristo: una y otra cosa, por ende, sucedieron ordenadamente por voluntad de Dios. Así, pues, habiendo los Apóstoles recibido los mandatos y plenamente asegurados por la resurrección del Señor Jesucristo y confirmados en la fe por la palabra de Dios, salieron llenos de la certidumbre que les infundió el Espíritu Santo, a dar la alegre noticia de que el reino de Dios estaba para llegar. Y así, según pregonaban por lugares y ciudades la Buena Nueva y bautizaban a los que obedecían al designio de Dios, iban estableciendo a los que eran primicias de ellos -después de probarlos por el espíritu- por inspec-tores y ministros de los que habían de creer. Y esto no era novedad, pues de mucho tiempo atrás se había ya escrito acerca de tales obispos y diáconos. La Escritura, en efecto, dice así en algún lugar: Estableceré a los pastores de ellos en justicia y a sus ministros en fe." (Epístola a los Corintios 42,1-5).

http://www.fcpeace.com/Sabes4.htm 

 

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El Señor Jesús nos dijo: “Conoceréis la verdad y la verdad os hará libres” (Jn 8, 32). Tenemos la certeza de conocer la verdad. Ella nos ha sido dada por Jesús y comunicada por la Santa Iglesia Católica. Lo que Ella nos enseña –desde hace 2000 años- en la ininterrumpida sucesión apostólica acerca de Jesús, es la Verdad. Nosotros también podemos decir, al igual que San Pablo: “Sé de quién me he fiado” (2 Tim 1, 12).

 

Iglesia de Cristo - ¿Por qué decimos que la Iglesia es Romana?

 

Un hecho histórico vino a poner esta nota en la Iglesia de Cristo: San Pedro, el primero entre los Apóstoles, fue a Roma y ahí murió, crucificado en cruz invertida*.

 

En los Evangelios aparece San Pedro con un lugar muy importante entre sus compañeros apóstoles, esta primacía es confirmada por Cristo resucitado. En los Hechos es quien tiene la dirección principal de la Iglesia naciente. Así se le consideró como signo de ser la Iglesia de Cristo el estar en comunión con Pedro. San Pablo mismo que tiene una parte tan importante en la propagación del cristianismo primitivo, confiesa que después de su conversión fue a estar unos 15 días con Pedro, no fuera a suceder que su mensaje no estuviera de acuerdo con él.

 

Este puesto importante de Pedro en toda la Iglesia lo sigue teniendo el sucesor de Él, en Roma, porque ahí murió en el año 64/7ca. dando su vida por Cristo como testimonio final de su amor al Maestro. Fue enterrado en la colina vaticana de la ciudad de Roma-Italia, bajo Nerón. Conocemos los nombres de todos los sucesores de Pedro hasta el presente. Hoy también los cristianos conservamos la comunión con la Iglesia de Roma. Por eso decimos que la Iglesia es Romana, siendo este un dato únicamente histórico y establecido por la evidencia cronológica irrefutable.

 

*[Siglo II o III]: Este escrito apócrifo pertenece a ambientes católicos; en muchas iglesias de la antigüedad se leía durante las celebraciones, pero nunca formó parte de los libros canónicos. La datación no es exacta, los estudiosos proponen distintas fechas. Se conoce con certeza citaciones de este libro hechas en el año 235. Allí se lee lo siguiente:

 

"Y Pedro, habiéndose acercado a la cruz, dijo: ‘Dado que mi Señor Jesús, quien bajó del cielo a la tierra, fue elevado en una cruz de pie, y quien decidió llamarme a mí, que soy terreno, a los cielos, mi cruz debe plantarse cabeza abajo, con mis pies hacia arriba, porque no soy digno de ser crucificado como mi Señor’. De modo que dieron vuelta la cruz y lo clavaron con los pies hacia arriba."

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La Ciudad del Vaticano, cuyo conjunto de bienes ‘artístico-cultural’ -patrimonio de la humanidad- está al servicio del saber universal, en el 2005 ha sido visitado (incluyendo los días de visitas gratuitas), por 3.822.234; según el dossier presentado por el Touring Club Italiano. Fue el museo mas visitado de Italia. 2006-05-13

 

En dos mil años de historia, la Iglesia ha recorrido de muchos modos el camino de la belleza a través de obras de arte sacro, que han acompañado la oración, la liturgia, y la vida de las familias y de las comunidades cristianas. Espléndidas obras maestras:  arquitectura, pintura, escultura, miniaturas, obras musicales, literarias y teatrales, además de otras obras de arte injustamente consideradas "menores", constituyen auténticos tesoros, que nos ayudan a comprender, con el lenguaje de la belleza y de los símbolos, la profunda sintonía que existe entre fe y arte, entre creatividad humana y obra de Dios, autor de toda belleza auténtica.
 ¿Podría la humanidad de hoy disfrutar de un patrimonio artístico tan amplio si la comunidad cristiana no hubiera animado y sostenido la creatividad de numerosos artistas, proponiéndoles, como modelo y fuente de inspiración, la belleza de Cristo, resplandor del Padre?
Sin embargo, para que la belleza brille en todo su esplendor, debe estar unida a la bondad y a la santidad de vida, es decir, es necesario hacer que resplandezca en el mundo, a través de la santidad de sus hijos, el rostro luminoso de Dios bueno, admirable y justo.
Es lo que pide Jesús a sus discípulos en el sermón de la montaña:  "Brille así vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos" (Mt 5, 16). Si se quiere que el testimonio de los cristianos influya también en la sociedad actual, debe alimentarse de belleza para que se convierta en elocuente transparencia de la belleza del amor de Dios.
 Queridos académicos y artistas. Vuestra tarea consiste precisamente en alimentar el amor por todo lo que es expresión auténtica del genio humano, así como reflejo de la belleza divina. MM.

 

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La Iglesia de Cristo tiene con respecto al hombre una responsabilidad que, en cierto modo, abarca todas las dimensiones de su existencia. Por eso, siempre se ha sentido comprometida en la promoción del desarrollo de la cultura humana, favoreciendo la búsqueda de la verdad, del bien y de la belleza, para que el hombre corresponda cada vez más a la idea creadora de Dios.

Con este fin, también es importante el cultivo de un serio conocimiento histórico de los diversos campos en los que se articula la vida de los individuos y de las comunidades. No existe nada más inconsistente que hombres o grupos sin historia. La ignorancia del propio pasado lleva fatalmente a la crisis y a la pérdida de identidad de los individuos y de las comunidades.

2. El estudioso creyente sabe también que posee en las sagradas Escrituras de la antigua y la nueva alianza una clave ulterior de lectura con vistas a un adecuado conocimiento del hombre y del mundo. En efecto, en el mensaje bíblico se conoce la historia humana en sus implicaciones más profundas:  la creación, la tragedia del pecado y la redención. Así se define el verdadero horizonte de interpretación, dentro del cual pueden situarse los acontecimientos, los procesos y las figuras de la historia en su significado más recóndito.

En este contexto también hay que indicar las posibilidades que un marco histórico renovado puede ofrecer a una convivencia armoniosa de los pueblos, sostenida por una comprensión mutua y un intercambio recíproco de las respectivas realizaciones culturales. Una investigación histórica sin prejuicios y vinculada únicamente a la documentación científica desempeña un papel insustituible para derribar las barreras existentes entre los pueblos. En efecto, a menudo, a lo largo de los siglos se han levantado grandes barreras a causa de la parcialidad de la
historiografía y del resentimiento recíproco. Como consecuencia, aún hoy persisten incomprensiones que son un obstáculo para la paz y la fraternidad entre los hombres y los pueblos.

La aspiración más reciente a superar los confines de la
historiografía nacional, para llegar a una visión ensanchada a contextos geográficos y culturales más amplios, podría constituir una gran ayuda, porque aseguraría una mirada comparativa sobre los acontecimientos, permitiendo una valoración más equilibrada de los mismos.

3. La revelación de Dios a los hombres tuvo lugar en el espacio y en el tiempo. Su momento culminante, la encarnación del Verbo divino y su nacimiento de la Virgen María en la ciudad de David bajo el rey Herodes el Grande, fue un acontecimiento histórico:  Dios entró en la historia humana. Por eso, contamos los años de nuestra historia partiendo del nacimiento de Cristo.

También la fundación de la Iglesia, a través de la cual él quiso transmitir, después de su resurrección y su ascensión, el fruto de la redención a la humanidad, es un acontecimiento histórico. La Iglesia misma es un fenómeno histórico y, por tanto, un objeto eminente de la ciencia histórica. Numerosos estudiosos, algunos de los cuales ni siquiera pertenecen a la Iglesia católica, le han dedicado su interés, dando una importante contribución a la elaboración de sus vicisitudes terrenas.

4. La finalidad esencial de la Iglesia no sólo consiste en la glorificación de la santísima Trinidad, sino también en transmitir los bienes salvíficos confiados por Jesucristo a los Apóstoles -su Evangelio y sus sacramentos- a cada generación de la humanidad, necesitada de la verdad y de la salvación. Precisamente este recibir del Señor y transmitir a los hombres la salvación es el modo como la Iglesia se realiza y se perfecciona a lo largo de la historia.

Dado que este proceso de transmisión, cuando se desarrolla a través de los órganos legítimos, está guiado por el Espíritu Santo conforme a la promesa de Jesucristo, adquiere un significado teológico, sobrenatural. Por tanto, cuanto se ha verificado a lo largo de la historia en lo que atañe al desarrollo de la doctrina, de la vida sacramental y del ordenamiento de la Iglesia, en sintonía con la tradición apostólica, debe considerarse como su evolución orgánica. Por eso, la historia de la Iglesia se manifiesta como el lugar oportuno al que es preciso acudir para conocer mejor la verdad misma de la fe.

5. Por su parte, la Santa Sede siempre ha estimulado las ciencias históricas a través de sus instituciones científicas, como lo testimonia, entre otras cosas, la fundación, realizada hace cincuenta años por obra del Papa Pío XII, de ese Comité pontificio de ciencias históricas.
En efecto, la Iglesia está muy interesada en un conocimiento cada vez más profundo de su historia. Con este fin, hoy se necesita, más que nunca, una enseñanza esmerada de las disciplinas histórico-eclesiásticas, sobre todo para los candidatos al sacerdocio, como recomendó el decreto Optatam totius del concilio Vaticano II (cf. n. 16). Sin embargo, para aplicarse con éxito al estudio de la tradición eclesiástica, son absolutamente indispensables unos conocimientos sólidos de las lenguas latina y griega, sin los cuales no se puede acceder a las fuentes de la tradición eclesiástica. Sólo con su auxilio es posible redescubrir también hoy la riqueza de la experiencia de vida y de fe que la Iglesia, bajo la guía del Espíritu Santo, ha ido acumulando durante los dos mil años transcurridos.
6. La historia enseña que en el pasado, cada vez que se adquiría un nuevo conocimiento de las fuentes, se ponían las bases para un nuevo florecimiento de la vida eclesial. Si "historia, magistra vitae", como afirma la antigua expresión latina, la historia de la Iglesia bien puede definirse "magistra vitae christianae".

Por tanto, deseo que el actual congreso dé un nuevo impulso a los estudios históricos. Esto asegurará a las nuevas generaciones un conocimiento cada vez más profundo del misterio de la salvación operante en el tiempo, y suscitará en un número de fieles cada vez mayor el deseo de tomar a manos llenas de las fuentes de la gracia de Cristo.

Con estos deseos, le envío a usted, monseñor, a los relatores y a los participantes en el congreso, mi afectuosa bendición.
Vaticano, 16 de abril de 2004

 

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La historiografía se ve entorpecida a veces por presiones ideológicas, políticas o económicas; como consecuencia de ello, la verdad se oscurece y la historia misma termina por convertirse en prisionera de los poderosos. El estudio auténticamente científico es nuestra mejor defensa contra esas presiones y contra las distorsiones que pueden producir. Es verdad que es muy difícil llegar a un análisis de la historia absolutamente objetivo, dado que las convicciones, los valores y las experiencias personales influyen inevitablemente en su estudio y exposición. Sin embargo, esto no significa que no se pueda llegar a una revisión de los eventos históricos que sea realmente imparcial y, como tal, verdadera y liberadora. Vuestro mismo trabajo es la prueba de que esto es posible.

4. Incluso la verdad puede resultar incómoda cuando nos exige que abandonemos nuestros prejuicios y tópicos arraigados. Esto vale tanto para las Iglesias, las comunidades eclesiales y las religiones, como para las naciones y las personas. Sin embargo, la verdad que nos hace libres del error es también la verdad que nos hace libres para amar; y el amor cristiano ha sido el horizonte de cuanto vuestra Comisión ha tratado de realizar. Vuestro trabajo significa que una figura como la de Jan Hus, que fue objeto de gran controversia en el pasado, puede convertirse ahora en tema de diálogo, de confrontación y de profundización común.

 

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El contenido fundamental del Antiguo Testamento está resumido en el mensaje de Juan Bautista: μετανοειτε - ¡Convertios! No hay acceso a Jesús sin el Bautista; no hay posibilidad de alcanzar a Jesús sin dar respuesta al llamado del precursor, mas bien: Jesús ha asumido el mensaje de Juan el Bautista en la síntesis de su propio predicar: μετανοειτε και πιςτεύετε ευ τω εύαγγελίω (Mc 1, 15). La palabra griega usada para "convertirse" significa: volver a pensar - poner en discusión el propio y el común modo de vivir; dejar entrar a Dios en los criterios de la propia vida; no juzgar más simplemente según las opiniones corrientes. Convertirse significa, por lo tanto, no vivir como viven todos, no hacer como hacen todos, no sentirse justificados en acciones dudosas, ambiguas, malvadas por el hecho que otros hacen lo mismo; comenzar a ver la propia vida con los ojos de Dios; buscar, por lo tanto, el bien, aún cuando es incómodo; no hacerlo pensando en el juicio de la mayoría, de los hombres, sino en el juicio de Dios - con otras palabras: buscar un nuevo estilo de vida, una vida nueva. Todo esto no implica un moralismo, la reducción del cristianismo a la moralidad pierde de vista la esencia del mensaje de Cristo: el don de una nueva amistad, el don de la comunión con Jesús y, por lo tanto, con Dios. Quien se convierte a Cristo no entiende crearse una autarquía moral suya, no pretende reconstruir con sus propias fuerzas su propia bondad. "Conversión" (Metanoia) significa justamente lo contrario: salir de la propia suficiencia, descubrir y aceptar la propia indigencia - indigencia de los otros y del Otro, de su perdón, de su amistad. La vida no convertida es autojustificación (yo no soy peor de los demás); la conversión es la humildad de confiarse al amor del Otro, amor que se vuelve medida y criterio de mi propia vida.

 

Aquí debemos tener presente el aspecto social de la conversión. En efecto, la conversión es, ante todo, un acto muy personal y es personalización. Yo me separo de la fórmula "vivir como todos" (no me siento más justificado por el hecho que todos hacen cuanto hago yo) y encuentro delante de Dios mi propio yo, mi responsabilidad personal. Pero la verdadera personalización es siempre también una nueva y más profunda socialización. El yo se abre de nuevo al tú, en toda su profundidad, de esta manera nace un nuevo Nosotros. Si el estilo de vida extendido en el mundo implica el peligro de la des-personalización, del vivir no mi propia vida, sino la vida de todos los demás, en la conversión debe realizarse un nuevo Nosotros del camino común con Dios. Anunciando la conversión también debemos ofrecer una comunidad de vida, un espacio común del nuevo estilo de vida. No se puede evangelizar sólo con las palabras; el Evangelio crea vida, crea comunidad de camino; una conversión puramente individual no tiene consistencia...

 

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Hablar de Dios y hablar con Dios siempre deben marchar conjuntamente. El anuncio de Dios es guía para la comunión con Dios en la comunión fraterna, fundada y vivificada por Cristo. Por esto la liturgia (los sacramentos) no es un tema junto a la predicación del Dios viviente, sino la puesta en práctica de nuestra relación con Dios. En este contexto quisiera hacer una observación general sobre la cuestión litúrgica. Muchas veces nuestro modo de celebrar la liturgia es demasiado racionalista. La liturgia se vuelve enseñanza, cuyo criterio es: hacerse entender - la consecuencia es con frecuencia hacer banal el misterio, la preponderancia de nuestras palabras, la repetición de la fraseología que parece más accesible y más agradable a la gente. Pero esto es un error no solamente teológico, sino también psicológico y pastoral. La moda del esoterismo, la difusión de técnicas asiáticas de distensión y de auto-vaciamiento demuestran que en nuestras liturgias falta algo. Justamente en nuestro mundo actual tenemos necesidad del silencio, del misterio por encima del individuo, de la belleza. La liturgia no es la invención del sacerdote que celebra o de un grupo de especialistas; la liturgia ("el rito") ha crecido en un proceso orgánico durante los siglos, porta consigo el fruto de la experiencia de la fe de todas las generaciones. Aunque si los participantes no entienden quizá cada una de las palabras, perciben el significado profundo, la presencia del misterio, que trasciende todas las palabras. No es el celebrante el centro de la acción litúrgica; el celebrante no está delante del pueblo en su nombre - no habla de sí y para sí, sino "in persona Cristi". No cuentan la capacidad personal del celebrante, sino sólo su fe, en la que se hace transparente Cristo. "Es necesario que Él crezca y que yo disminuya" (Jn 3, 30).

 

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La autoridad de la Iglesia

 

Hay una impresión vaga, pero persuasiva, de que expresar dudas es signo de modestia y de democracia, mientras que demostrar certidumbre se considera dogmático y dictatorial (Christopher Derrick).

Un problema de diccionario

—Hay católicos que se preguntan qué autoridad tiene la Iglesia para definir qué exige exactamente la moral católica. Dicen que ellos tienen una forma propia de entender lo que significa ser católico, y que no tiene por qué coincidir con lo que digan en Roma.

Si alguien dice que la Iglesia católica no puede definir en qué consiste la fe o la moral católicas, lo siento, pero no podríamos llamar católico a quien mantenga eso. Quizá una especie de nostalgia personal esté llevando a esa persona a querer mantener tal título de católico, pero –como decía Christopher Derrick– se lo hemos de quitar con la mayor gentileza y caridad, y no porque lo diga el Papa, sino porque lo dice el diccionario.

La religión católica es algo bastante concreto. Se distingue básicamente de los luteranos, ortodoxos o anglicanos, entre otras cosas, en que sigue las enseñanzas de la sede apostólica romana. Por eso, si se considera importante la precisión terminológica, conviene aclarar que esas personas quieren llamarse católicos sin serlo realmente.

—Me temo que, ante ese planteamiento, muchos responderán que entonces no son católicos, porque ellos interpretan la Sagrada Escritura de otra manera y consideran que la Iglesia es un invento de hombres.

Es quizá la única salida que les queda, pero conduce a algunas contradicciones. Por ejemplo, ya que hablan de la Sagrada Escritura, habría que decirles que allí se lee bastante claro, y en pasajes diversos, que Jesucristo instituyó la Iglesia, que puso a Pedro como cabeza, y que le dio las llaves del Reino de los Cielos. Y consta también que confió a los apóstoles una misión de enseñanza y tutela de la doctrina: id, pues, y haced discípulos a todas las gentes (...) enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado. Al tiempo que les aseguraba que no les dejaría solos –he aquí que yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo–, sino que garantizaría el acierto de sus enseñanzas: todo lo que atares en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desatares quedará desatado en los cielos. Y les dio también poder para perdonar los pecados: a quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos. Etcétera.

Como ves, los textos son abundantes y, por otra parte, su autenticidad está notablemente contrastada. Si esas personas dicen aceptar el Evangelio como de Dios, les resultará francamente difícil negar que Jesucristo instituyó la Iglesia, le dio poder para enseñar con autoridad su doctrina, aseguró que estaría siempre a su lado, y que todo lo que atara en la tierra quedaría atado en el Cielo. Y lo menos que puede deducirse de tales frases es que Jesucristo preservaría a su Iglesia del error en las cuestiones en que, comprometiendo su autoridad, se pronunciara de forma solemne.

Peligrosas simplificaciones

—Pues me temo que entonces dirán que no hay que tomarse los Evangelios en un sentido tan literal. Que se trata simplemente de entender su mensaje de amor y de paz...

Así es como muchos llegan a reducir los Evangelios a unos simples libros moralizantes de gran interés, a una especie de Iniciación a la vida dichosa. Lo cual me parece muy respetable, lógicamente, porque cada cual es libre de pensar lo que quiera, pero sería reducir la figura de Jesucristo a un simple pensador antiguo con una filosofía más o menos atractiva, que lanzó unos mensajes muy interesantes. Pero eso no sería ya propiamente una religión, sino mostrar una cierta predilección por un pensador de la antigüedad.

La Sagrada Escritura –explica Joseph Ratzinger– es portadora del pensamiento de Dios, pero viene mediada por una historia humana, encierra el pensar y el vivir de una comunidad histórica. La Escritura no está aislada, ni es solamente un libro. Sin la Iglesia, le faltaría la contemporaneidad con nosotros, quedaría reducida a simple literatura que es interpretada, como se puede interpretar cualquier obra literaria. El Magisterio de la Iglesia no añade una segunda autoridad a la de la Escritura, sino que pertenece desde dentro a ella misma. No reduce la autoridad de la Escritura, sino que vela para garantizar que la Escritura no sea manipulada.

—Pero esa autoridad eclesiástica podría también llegar a ser arbitraria.

Así podría suceder, si el Espíritu Santo no iluminase y guardase a la Iglesia. Pero ese velar del Espíritu Santo sobre la Iglesia es una realidad que el propio Jesucristo anuncia en la Escritura.

¿Intransigencia?

«El dogma excluye el debate –decía con cierta solemnidad un conocido personaje–; y la falta de debate excluye el pluralismo de opiniones, que es indispensable para el sano crecimiento de cualquier pensamiento religioso.

»La Iglesia –concluía– debería ser menos intransigente y mucho más liberal y pluralista, sobre todo porque necesita adaptarse a las diferentes culturas y a la evidente diversidad que hay en el mundo.»

Quizá no sabía esa persona que dentro de la teología católica hay –además de los dogmas– una multitud de puntos sometidos a debate, con una pluralidad de opiniones enormemente rica y diversa. Cualquiera que lo observe con un poco de perspectiva, podrá darse cuenta de que siempre ha habido –y continuará habiendo– una gran variedad en las cuestiones que requieren una adaptación a lo cambiante de los tiempos o lugares. Son cuestiones sometidas habitualmente a un amplio debate, tanto interno como externo, que la Iglesia no rehuye.

Por otra parte, los dogmas –como señala Frossard– no imponen a la inteligencia unos límites que le estaría prohibido franquear, sino que, más bien, esos dogmas empujan a la inteligencia más allá de las fronteras de lo visible. No son muros, sino ventanas para nuestra limitación intelectual. Son ayudas divinas para poder llegar a verdades a las que la inteligencia, por su limitación (qué le vamos a hacer), no siempre tendría fácil acceso.

La Iglesia presenta tan solo
un pequeño conjunto de verdades de fe.
Pero difícilmente puede imaginarse
una iglesia sin verdades de fe.

El católico –explica Christopher Derrick– tiene en su fe en los dogmas una piedra de toque de la verdad. Gracias a ella, puede comparar cualquier afirmación teológica con todo lo que ha venido diciendo sobre eso el Magisterio de la Iglesia durante dos mil años; y si hay un choque violento, su fe le dice que esa teoría será con el tiempo uno de los numerosos caminos cegados o calles sin salida que siembran la historia del pensamiento.

La postura de la Iglesia católica respecto a los dogmas es bien coherente:

 Las verdades
§ de fe nos adentran en un orden de realidades al que nunca habríamos llegado con nuestras solas fuerzas intelectuales.
§
 Esas verdades de fe no quedan
§ cerradas al pensamiento ni a la racionalidad, ni pretenden agotar las posibilidades de conocimiento que tiene el hombre.
§
 La Iglesia se
§ limita a custodiar esas verdades, porque asegura que las ha revelado el mismo Dios.
§
 El hombre es libre de prestar o no su asentimiento a esos
§ dogmas, pero debe hacerlo si quiere llamarse católico legítimamente.
§
A eso se reduce la intransigencia que algunos achacan a la Iglesia católica, y que no es otra cosa que una serena y prudente defensa del depósito de la fe, bien alejada de cualquier intemperancia o fanatismo.

Lo único que reclama la Iglesia
es libertad para expresar
pública y libremente a los hombres
la luz que su mensaje
arroja sobre la realidad y sobre la vida.

 

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Jesucristo - Con esta reflexión el tema de Dios se ha ya extendido y concretizado en el tema Jesucristo: Sólo en Cristo y a través de Cristo el tema de Dios se vuelve realmente concreto: Cristo es el Emmanuel, el Dios-con-nosotros - la concretización del "Yo soy", la respuesta al Deísmo. Actualmente es grande la tentación de reducir Jesucristo, el Hijo de Dios, sólo a un Jesús histórico, a un hombre puro. No se niega necesariamente la divinidad de Jesús, sino que con ciertos métodos se destila de la Biblia un Jesús a nuestra medida, un Jesús posible y comprensible en el marco de nuestra historiografía. Pero este "Jesús histórico" no es sino un artefacto, la imagine de sus autores y no la imagen del Dios viviente (cf. 2 Cor 4, 4s; Col 1, 15). El Cristo de la fe no es un mito: el así llamado "Jesús histórico" es una figura mitológica, auto inventada por los diferentes intérpretes. Los doscientos años de historia del "Jesús histórico" reflejan fielmente la historia de las filosofías y de las ideologías de este período.

 

No puedo, en el marco de esta conferencia, entrar en los contenidos del anuncio del Salvador. Quisiera brevemente aludir a dos aspectos importantes. El primero es el seguimiento de Cristo - Cristo se ofrece como camino de mi vida. Secuela de Cristo no significa imitar al hombre Jesús. Una tentativa similar necesariamente fracasa - sería un anacronismo. La secuela de Cristo tiene una meta mucho más alta: asimilarse a Cristo y, en este modo, llegar a la unión con Dios. Una palabra como ésta quizás suena extraña a los oídos del hombre moderno. Pero, en realidad, todos tenemos sed del infinito: de una libertad infinita, de una felicidad sin límites. Toda la historia de las revoluciones de los últimos doscientos años se explica sólo así. La droga se explica así. El hombre no se contenta con soluciones bajo el nivel de la divinización. Pero todos los caminos ofrecidos por la "serpiente" (Gén 3, 5), es decir, por la sabiduría mundana, fracasan. El único camino es la comunión con Cristo, realizable en la vida sacramental. Secuela de Cristo no es un argumento moral, sino un tema "mistérico" - un conjunto de acción divina y de respuesta nuestra.

 

De esta manera, encontramos presente en el tema de la secuela el otro centro de la cristología, del cual quisiera decir algo: el misterio pascual - la cruz y la resurrección. En las reconstrucciones del "Jesús histórico" normalmente el tema de la cruz no tiene significado. En una interpretación "burguesa" se vuelve un incidente, por sí mismo evitable, sin valor teológico; en una interpretación revolucionaria se vuelve la muerte heroica de un rebelde. La verdad es diferente. La cruz pertenece al misterio divino - es expresión de su amor hasta el fin (Jn 13, 1). La secuela de Cristo es participación a su cruz, unirse a su amor, a la transformación de nuestra vida, que se vuelve el nacimiento del hombre nuevo, creado según Dios (cf. Ef 4, 24). Quien omite la cruz, omite la esencia del cristianismo (cf. 1 Cor 2, 2).

 

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La vida eterna - Un último elemento central de toda evangelización verdadera es la vida eterna. Actualmente debemos con nueva fuerza anunciar en la vida diaria nuestra fe. Quisiera mencionar aquí solamente un aspecto muchas veces descuidado de la predicación de Jesús: El anuncio del Reino de Dios es anuncio del Dios presente, del Dios que nos conoce y nos escucha; del Dios que entra en la historia para hacer justicia. Esta predicación es, por lo tanto, anuncio del juicio, anuncio de nuestra responsabilidad. El hombre no puede hacer o no hacer lo que quiere. Él será juzgado. Él debe dar cuentan de sus actos. Esta certeza tiene valor para los potentes así como para los simples. Donde ésta sea respetada, están trazados los límites de todo poder de este mundo. Dios hace justicia y sólo Él puede hacerlo al final de cuentas. Esto podremos lograrlo mejor, cuanto más estemos en capacidad de vivir bajo los ojos de Dios y de comunicar al mundo la verdad del juicio. De esta manera, el artículo de fe del juicio, su fuerza de formación de las conciencias, es un contenido central del Evangelio y es verdaderamente una buena nueva. Lo es para todos aquellos que sufren por la injusticia del mundo y buscan la justicia. De esta modo se comprende también la conexión entre el "Reino de Dios" y los "pobres", los que sufren y todos aquellos de los cuales hablan las bienaventuranzas del discurso de la montaña. Estos están protegidos por la certeza del juicio, por la certeza de que hay justicia. Este es el verdadero contenido del artículo sobre el juicio, sobre Dios Juez: hay justicia. Las injusticias del mundo no son la última palabra de la historia. Hay justicia. Sólo quien no quiere que haya justicia puede oponerse a esta verdad. Si tomamos en serio el juicio y la seriedad de la responsabilidad que nos implica, comprenderemos bien el otro aspecto de este anuncio, es decir, la redención, el hecho que Jesús en la cruz asume nuestros pecados; que Dios mismo en la pasión del Hijo se hace abogado de nosotros, pecadores, haciendo así posible la penitencia, dando esperanza al pecador arrepentido, esperanza expresada de manera maravillosa en las palabras de San Juan: delante de Dios, tranquilizaremos nuestro corazón, cualquier cosa éste nos reproche. "Dios es más grande que nuestra conciencia, y todo lo conoce" (1 Jn 3, 19s). La bondad de Dios es infinita, pero no debemos reducir esta bondad a una cosa melindrosa sin verdad. Sólo creyendo al justo juicio de Dios, sólo teniendo hambre y sed de justicia (cf. Mt 5, 6) abrimos nuestro corazón y nuestra vida a la misericordia divina. Se ve: no es verdad que la fe en la vida eterna hace insignificante la vida terrestre. Por el contrario. Sólo si la medida de nuestra vida es la eternidad, también esta vida sobre la tierra es grande y su valor inmenso. Dios no es el otro concursante de nuestra vida, sino quien garantiza nuestra grandeza. De esta manera volvemos a nuestro punto de partida: Dios. Si consideramos bien el mensaje cristiano, no hablamos de muchas cosas. El mensaje cristiano es en realidad muy simple. Hablemos de Dios y del hombre, y así decimos todo.

 

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Iglesia - Civilización – Cultura : ¿Elección consciente o terminología de escuela?

"Civilización" es el concepto empleado por la historiografía y etnografía de épocas anteriores para designar el conjunto de rasgos espirituales y materiales que caracterizan un grupo humano particular. Este término ha ido siendo sustituido por el de cultura, gracias al influjo de la antropología cultural.

"Civilización", etimológicamente viene de civilis, y designa el proceso por el que uno se convierte en civil. A su vez este adjetivo procede de cives y civitas, es decir, el que pertenece a la ciudad. Puesto que la cultura y la tecnología ha sido durante siglos patrimonio de las sociedades urbanas, civilizar equivalía a educar, dotar de derechos políticos (de polis, ciudad), hacer miembro de la comunidad ciudadana, en definitiva, humanizar. "Civilización" designa además el resultado de este proceso, es decir, el patrimonio cultural, tecnológico y político que caracteriza un grupo humano determinado. Así se habla de la civilización egipcia, china o romana.

Sin embargo, puesto que poseía una fuerte connotación etnocéntrica, este concepto fue cediendo el paso, gracias a los estudios de antropólogos, al de cultura, valorativamente neutro. No sólo las grandes civilizaciones son depositarias de una cultura; también los pueblos llamados primitivos poseen su propia cultura: patrones de conducta y de comprensión del mundo, sistemas de leyes sociales y políticas, costumbres y ritos.

Comenzó así a establecerse una cierta oposición entre cultura y civilización. La escuela sociológica alemana, a partir de A. Weber, opone Kultur y Zivilisation: mientras que la cultura representa el alma profunda de una colectividad, la civilización, apoyada sobre la ciencia y la técnica, designa los aspectos materiales de aquélla. O. Spengler, en su obra clásica La decadencia de Occidente, escribe que toda cultura acaba degenerando en civilización, la cual constituye su estadio final y degradado.(5)

La sociología y antropología americanas, sin establecer esta oposición drástica entre civilización y cultura, optó sin embargo por el segundo término como categoría básica de la antropología. "Civilización" suele designar, cuando se emplea, las culturas avanzadas que han desarrollado un notable nivel tecnológico. Howard Odum afirma al respecto que "toda civilización es cultura, pero no toda cultura es civilización".(6)

Por su parte, la escuela francesa suele preferir también el término de cultura, sin renunciar al de civilización, obviamente desprovisto de las connotaciones etnocéntricas que tenía en el pasado.(7)

Notemos de paso que esta misma evolución se ha producido en el magisterio de la Iglesia católica. Hasta el Concilio Vaticano II, los documentos pontificios emplean la palabra "civilización" para designar lo que hoy llamamos cultura, mientras que el término cultura suele emplearse en el sentido de instrucción superior. Fue el Concilio Vaticano II quien con su svolta antropologica, introdujo el uso de "cultura" como categoría de análisis.

Volvamos ahora al lema propuesto para este año: ¿diálogo entre culturas o entre civilizaciones? ¿Se trata de una simple terminología de escuela, o esconde una opción deliberada por uno de los dos términos?

Es difícil responder a la pregunta, pues implica un juicio de intenciones. Aventurando una respuesta, me atrevería a decir que, desde una perspectiva islámica, "cultura" puede aparecer dotado de una connotación secularizada, como algo opuesto a, o al menos distinto de, religión, mientras que "civilización" se presenta como un término que engloba la dimensión religiosa. "Diálogo entre culturas" podría parecer a sus ojos únicamente como un diálogo entre productos culturales de élite (música, literatura, pintura, etc.), en el que no tendría lugar la religión. Repito que es sólo una suposición mía. Es posible que se trate únicamente de una cuestión ligada a terminología de escuela. Pero de ser cierta, revelaría un uso del término cultura inexacto, o al menos restringido y empobrecedor, pues limita la cultura únicamente al ámbito de la producción de bienes culturales, dejando de lado el universo simbólico, los modos de actuar y juzgar el mundo que configuran una cultura, y cuyo corazón, en palabras de Juan Pablo II, está constituido siempre, por su acercamiento al misterio de Dios y del hombre.(8)

La Iglesia católica, a partir del Vaticano II, emplea en sus documentos un concepto mucho más rico de cultura. La definición que de ella ofrece Gaudium et Spes constituye una prueba elocuente: "Con la palabra cultura se indica, en sentido general, todo aquello con lo que el hombre afina y desarrolla sus innumerables cualidades espirituales y corporales; procura someter el mismo orbe terrestre con su conocimiento y trabajo; hace más humana la vida social, tanto en la familia como en toda la sociedad civil, mediante el progreso de las costumbres e instituciones; finalmente, a través del tiempo expresa, comunica y conserva en sus obras grandes experiencias espirituales y aspiraciones para que sirvan de provecho a muchos, e incluso a todo el género humano" (GS, 53). Para nosotros, pues, cultura nunca se puede oponer a religión, pues ésta constituye como el alma de aquélla, sin la cual no puede sobrevivir.

Tornando ahora a la cuestión que nos interesa, pienso que podemos utilizar como sinónimas ambas expresiones, cultura y civilización. Podemos hablar tanto de "diálogo entre civilizaciones" como de "diálogo entre culturas". Pero si tuviéramos que optar entre ambas, me inclinaría a favor del término cultura. Dado que civilización suele emplearse para designar las culturas materiales más avanzadas, la Iglesia, haciéndose garante y defensora de los débiles también en el campo de la cultura, debe recordar la existencia de culturas "pobres" para evitar que el diálogo entre civilizaciones se limite a discutir nuevos equilibrios entre grandes bloques geopolíticos (Islam, China, Rusia, Europa Occidental, América del Norte), en su pugna por asegurarse una parcela de poder en el nuevo contexto mundial.

 

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La Ley moral natural es "el conjunto de leyes racionales que expresan el orden de las inclinaciones naturales a los fines propios del ser humano, aquel orden que es propio del hombre como persona".

 

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La credibilidad de la Iglesia hoy depende de la santidad de sus hijos, y, en particular, de sus pastores.
La Iglesia siempre tiene necesidad de purificación y, por tanto, tenemos que seguir constantemente la senda de la penitencia y de la renovación. Como obispos, tenéis que estar en la vanguardia de este camino espiritual de santificación.
Vuestro ministerio de servicio eclesial, caracterizado por vuestra búsqueda personal de santidad y por vuestra vocación a santificar a los demás, es una participación en el ministerio mismo de Jesús y está orientado a la edificación de su Iglesia.
Exige un estilo de vida que rechaza de manera evidente toda tentación de ostentación, ambición, o recurso a modelos seculares de gobierno. Un obispo se debe caracterizar por la caridad, la humildad y la sencillez de vida.
El pecado es parte integral de la verdad sobre el ser humano. Ante esta realidad, la tarea del obispo de indicar la presencia triste y destructora del pecado, tanto en los individuos como en las comunidades, es de hecho un servicio de esperanza. Anunciemos con firmeza que no somos la suma de nuestros fallos y debilidades. Somos la suma del amor del Padre por nosotros y podemos transformarnos en imagen de su Hijo.
El hijo pródigo representa, en cierto sentido, a todos los seres humanos. Todos podemos sentir la tentación de separarnos de nuestro Padre y padecer por ello la pérdida de la dignidad, la humillación y la vergüenza, pero también podemos tener el valor de regresar al Padre que nos abraza con un amor que, trascendiendo incluso la justicia, se manifiesta como misericordia.
(14-V-2004) S. S. JUAN PABLO II. 2004.05

 

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Desde el mismo momento del nacimiento de la Iglesia, esa tuvo que enfrentarse con enemigos que, gozando del poder temporal, buscaron su aniquilación, primero por la violencia, y más modernamente combinándola con medios más sutiles. En este artículo se hace un breve recorrido por algunos de los hitos de la persecución contra los cristianos, desde Roma a Sudán, pasando por la Inglaterra del XVI o la Francia revolucionaria, para acabar defendiendo la tesis de que hoy en día, en Occidente, también podemos hablar de una persecución religiosa contra los católicos.

 

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II Corintios 10,1 - 11,6

La Iglesia o convocación del pueblo de Dios

San Cirilo de Jerusalén - Catequesis 18,23-25

 

La Iglesia se llama católica o universal porque está esparcida por todo el orbe de la tierra, del uno al otro confín, y porque de un modo universal y sin defecto enseña todas las verdades de fe que los hombres deben conocer, ya se trate de las cosas visibles o invisibles, de las celestia­les o las terrenas; también porque induce al verdadero culto a toda clase de hombres, a los gobernantes y a los simples ciudadanos, a los instruidos y a los ignorantes; y, finalmente, porque cura y sana toda clase de pecados sin excepción, tanto los internos como los externos; ella po­see todo género de virtudes, cualquiera que sea su nom­bre, en hechos y palabras y en cualquier clase de dones espirituales.

 Con toda propiedad se la llama Iglesia o convocación, ya que convoca y reúne a todos, como dice el Señor en el libro del Levítico: Convoca a toda la asamblea a la entra­da de la tienda del encuentro. Y es de notar que la prime­ra vez que la Escritura usa esta palabra «convoca» es pre­cisamente en este lugar, cuando el Señor constituye a Aarón como sumo sacerdote. Y en el Deuteronomio Dios dice a Moisés: Reúneme al pueblo, y les haré oir mis pa­labras, para que aprendan a temerme. También vuelve a mencionar el nombre de Iglesia cuando dice, refiriéndose a las tablas de la ley: Y en ellas estaban escritas todas las palabras que el Señor os había dicho en la montaña, desde el fuego, el día de la iglesia o convocación; es como si dijera más claramente: «El día en que, llamados por el Señor, os congregasteis». También el salmista dice: Te daré gracias, Señor, en medio de la gran iglesia, te alabaré entre la multitud del pueblo.

 Anteriormente había cantado el salmista: En la iglesia bendecid a Dios, al Señor, estirpe de Israel. Pero nuestro Salvador edificó una segunda Iglesia, formada por los gentiles, nuestra santa Iglesia de los cristianos, acerca de la cual dijo a Pedro: Y sobre esta piedra edificaré mi Igle­sia, y el poder del infierno no la derrotará.

 En efecto, una vez relegada aquella única iglesia que es­taba en Judea, en adelante se van multiplicando por toda la tierra las Iglesias de Cristo, de las cuales se dice en los salmos: Cantad al Señor un cántico nuevo, resuene su alabanza en la iglesia de los fieles. Concuerda con esto lo que dijo el profeta a los judíos: Vosotros no me agradáis –dice el Señor de los ejércitos–, añadiendo a continua­ción: Del oriente al poniente es grande entre las nacio­nes mi nombre.

 Acerca de esta misma santa Iglesia católica, escribe Pa­blo a Timoteo: Quiero que sepas cómo hay que conducirse en la casa de Dios, es decir, en la Iglesia del Dios vivo, columna y base de la verdad.

 

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El concepto de persona

A la religión monoteísta cristiana debemos la concepción de persona como realidad incuestionable, puesto que su origen es trascendente: es criatura e hijo de Dios. El hombre es un valor sagrado. Dios lo ha revelado así, al tiempo que se nos ha dado a conocer y nos ha mostrado, aunque sea veladamente, cuál es su pretensión sobre los hombres, el mundo y la Historia: la salvación final. Hay una meta. Hay un futuro. Se ha roto el mito del eterno retorno: la escatología teológica abre la esperanza. ¿Qué ha quedado hoy de todo aquello? ¿Sigue teniendo algo que decir la religión, y más en concreto el cristianismo, en la construcción de la Europa de los valores? ¿Es actual y europeo el mensaje cristiano? Es muy enriquecedor adquirir criterios para un juicio ponderado.

 

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Defendiendo los derechos individuales políticos, culturales, religiosos, étnicos. Así es como la defensa de la autonomía, de la cultura, de la religión, de la etnia se convierte en tarea que todos pueden compartir, incluso los que pertenecen a otras colectividades. ¿Por qué? Porque al defender los derechos individuales de los demás estoy también defendiendo los míos propios. Y esto nos interesa a todos.

 

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VEINTE SIGLOS de historia cristiana han dejado su impronta en las instituciones de la Iglesia. Siguiendo el curso marcado por la parábola evangélica, cabría decir que se trata de un proceso que discurre desde la siembra de la más pequeña de las simientes, hasta alcanzar la compleja frondosidad del árbol de la mostaza. Las instituciones eclesiásticas han ido configurándose lentamente, no tanto siguiendo las directrices de un esquema preconcebido como dando respuesta a las situaciones y problemas que se han ido sucediendo en el transcurso de la historia. Ciertas instituciones, nacidas como respuesta a las demandas de una determinada época, desaparecieron con el paso del tiempo; otras, en cambio, sobrevivieron y, acomodadas a las nuevas circunstancias, representaron la aportación hecha por la edad en que nacieron, al conjunto de la historia institucional perpetuada durante siglos.

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Anunciar la novedad liberadora del Evangelio a todos los hombres, unirse a ellos en todo lo que atañe a su existencia y expresa su humanidad, es el desafío permanente de la Iglesia. Esta misión, que la Iglesia ha recibido de su Señor hace 2000 años, va unida a todos los hombres de buena voluntad.

 

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La Iglesia, cuerpo de Cristo (20.XI.1991)

 

1. San Pablo utiliza la imagen del cuerpo para representar la Iglesia: ´En un solo Espíritu hemos sido todos bautizados, para no formar más que un cuerpo, judíos y griegos, esclavos y libres. Y todos hemos bebido de un solo Espíritu´ (1 Cor 12,13). Es una imagen nueva. Mientras el concepto de ´pueblo de Dios´ que hemos explicado en las últimas catequesis, pertenece al Antiguo Testamento, y es recogido y enriquecido en el Nuevo, la imagen de ´cuerpo de Cristo´, empleada también por el concilio Vaticano II al hablar de la Iglesia, no tiene precedentes en el Antiguo Testamento. Se encuentra en las cartas de san Pablo, a las que acudiremos, sobre todo, en esta catequesis. Muchos exegetas y teólogos de nuestro siglo han estudiado esa imagen en san Pablo, en la tradición patrística y teológica .que deriva de él. y en la validez que posee para presentar a la Iglesia hoy. También el Magisterio pontificio la ha recogido, y el Papa Pío XII le dedicó una memorable encíclica, titulada precisamente Mystici Corporis Christi (1943).

Conviene notar, asimismo, que en las cartas de san Pablo no encontramos el calificativo ´místico´, que aparecerá sólo más tarde; en las cartas paulinas se habla del ´cuerpo de Cristo´, estableciendo simplemente una comparación realista con el cuerpo humano. En efecto, escribe el Apóstol que ´del mismo modo que el cuerpo es uno, aunque tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, no obstante su pluralidad, no forman más que un solo cuerpo, así también Cristo´ (1 Cor 12,12).

2. El Apóstol, con esas palabras, quiere poner de relieve la unidad y, al mismo tiempo, la multiplicidad que es propia de la Iglesia. ´Pues, así como nuestro cuerpo, en su unidad, posee muchos miembros, y no desempeñan todos los miembros la misma función, así también nosotros, siendo muchos, no formamos más que un solo cuerpo en Cristo, siendo cada uno por su parte los unos miembros de los otros´ (Rom 12, 4.5). Se podría decir que, mientras el concepto de ´pueblo de Dios´ subraya la multiplicidad, el de ´cuerpo de Cristo ´destaca la unidad dentro de la multiplicidad, indicando sobre todo el principio y la fuente de esa unidad: Cristo. ´Vosotros sois el cuerpo de Cristo, y sus miembros´ (1 Cor 12, 27). ´También nosotros, siendo muchos, no formamos mas que un solo cuerpo en Cristo´ (Rom 12, 5). Por consiguiente, pone de relieve la unidad Cristo.Iglesia, y la unidad de los muchos miembros de la Iglesia entre si, en virtud de la unidad de todo el cuerpo con Cristo.

3. El cuerpo es el organismo que, precisamente por ser organismo, expresa la necesidad de cooperación entre los diversos órganos y miembros en la unidad del conjunto, compuesto y ordenado de esa manera, según san Pablo, ´para que no hubiera división alguna en el cuerpo, sino que todos los miembros se preocuparan lo mismo los unos de los otros´ (1 Cor 12, 25). ´Más bien los miembros del cuerpo que tenemos por más débiles, son indispensables´(1 Cor 12, 22). Y el Apóstol llega incluso a decir que ´somos miembros los unos de los otros´ (Rom 12, 5) en el cuerpo de Cristo, la Iglesia. La multiplicidad de los miembros y la variedad de las funciones no pueden ir en perjuicio de la unidad, así como la unidad no puede anular o destruir la multiplicidad y la variedad de los miembros y de las funciones.

4. Es una exigencia de armonía ´biológica´ del organismo humano que, trasladada a modo de analogía al plano eclesiológico, indica la necesidad de la solidaridad entre todos los miembros de la comunidad)Iglesia. En efecto, escribe el Apóstol: ´Si sufre un miembro, todos los demás sufren con él. Si un miembro es honrado, todos los demás toman parte en su gozo´ (1 Cor 12, 26).

5. Se puede decir, por tanto, que el concepto de Iglesia como ´cuerpo de Cristo´ es complementario con respecto al concepto de ´pueblo de Dios´. Se trata de la misma realidad, expresada según los dos aspectos de unidad y de multiplicidad, con dos analogías diversas.

La analogía del cuerpo pone de relieve sobre todo la unidad de vida: los miembros de la Iglesia se hallan unidos entre sí en virtud del principio de la unidad en la idéntica vida que proviene de Cristo. ´¿No sabéis que vuestros cuerpos son miembros de Cristo´ (1 Cor 6, 15). Se trata de la vida espiritual, más aún, de la vida en el Espíritu Santo. Cristo .como leemos en la constitución conciliar sobre la Iglesia. ´a sus hermanos, congregados de entre todos los pueblos, los constituyó místicamente su cuerpo, comunicándoles su Espíritu´ (Lumen Gentium, 7). De este modo, Cristo mismo es ´la cabeza del cuerpo, de la Iglesia´ (Col 1, 18). La condición para participar en la vida del cuerpo es la unión con la cabeza, ´de la cual todo el cuerpo, por medio de junturas y ligamentos, recibe nutrición y cohesión, para realizar su crecimiento en Dios´ (Col 2, 19).

6. El concepto paulino de ´cabeza´ (Cristo)cabeza del cuerpo que es la Iglesia) significa en primer lugar el poder que le pertenece sobre todo el cuerpo: un poder supremo, a propósito del cual leemos en la carta a los Efesios que Dios ´bajo sus pies sometió todas las cosas y le constituyó cabeza suprema de la Iglesia´ (Ef 1, 22). Como cabeza, Cristo transmite a la Iglesia.cuerpo su vida divina, a fin de que crezca ´en todo hasta aquel que es la cabeza, Cristo, de quien todo el cuerpo recibe trabazón y cohesión por medio de toda clase de junturas que llevan la nutrición según la actividad propia de cada una de las partes, realizando así el crecimiento del cuerpo para su edificación en el amor´ (Ef 4, 15 16).

Como cabeza de la Iglesia, Cristo es el principio y la fuente de cohesión entre todos los miembros del cuerpo (Cfr. Col 2, 19). Es el principio y la fuente de crecimiento en el Espíritu: de él todo el cuerpo recibe el crecimiento para su edificación en el amor (Cfr. Ef 4, 16). Por eso el Apóstol exhorta a ser ´sinceros en el amor´ (Ef 4, 15). El crecimiento espiritual del cuerpo de la Iglesia y de cada uno de sus miembros es un crecimiento ´desde Cristo ´(principio) y, al mismo tiempo, ..hacia Cristo´ (fin). Nos lo dice el Apóstol, cuando completa su exhortación así: ´Siendo sinceros en el amor, crezcamos en todo hasta aquel que es la cabeza, Cristo´ (Ef 4, 15).

7. Debemos añadir también que la doctrina de la Iglesia como cuerpo de Cristo-cabeza tiene una relación muy intima con la Eucaristía. En efecto, el Apóstol pregunta: ´La copa de bendición que bendecimos "no es acaso comunión con la sangre de Cristo? Y el pan que partimos ¿no es comunión con el cuerpo de Cristo?´ (1 Cor 10, 16). Se trata, desde luego, del cuerpo personal de Cristo, que recibimos de modo sacramental en la Eucaristía bajo la especie del pan. Pero, siguiendo su idea, san Pablo responde a la pregunta planteada: ´Porque aun siendo muchos, un solo pan y un solo cuerpo somos, pues todos participamos de un solo pan´ (1 Cor 10,17). Y este ´un solo cuerpo´ son todos los miembros de la Iglesia, unidos espiritualmente a la cabeza, que acaba de identificar con Cristo en persona.

La Eucaristía, como sacramento del cuerpo y la sangre personal de Cristo, forma la Iglesia, que es el cuerpo social de Cristo en la unidad de todos los miembros de la comunidad eclesial. Baste por ahora esta breve explicación de una admirable verdad cristiana, sobre la cual hemos de volver cuando, Dios mediante, tratemos sobre la Eucaristía.

 

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“El  gozo de un hombre sabio es ser humilde ante un idiota que parece ser inteligente”.

 

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“Lo más grave que ha sucedido en el siglo XX es la aceptación social del aborto provocado” Julián MARÍAS, filósofo + MMV.XII.XV

 

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καθολικος [kazolikós (pronunciando th como en inglés, o como la z española), que significa universal].

En los tres primeros siglos de la Iglesia, los cristianos decían "cristiano es mi nombre, católico mi sobrenombre". Posteriormente se usó el término "Católica", para distinguirse de quienes se hacían llamar cristianos, pero habían caído en herejías.

La Iglesia es católica porque la Fe de Jesucristo es católica: universal.

 

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BIBLIA: Admitimos que hubo algunos sacerdotes que sobrepasaron el límite de la prudencia al prohibir la lectura de la Biblia, no con intención de disminuir su importancia, sino para protegerla. Martín Lutero tuvo que admitir que sin la Iglesia católica él no hubiera tenido la Biblia (ver su Comentario sobre San Juan, 16). 

Por siglos, el idioma universal de la Iglesia y del mundo occidental fue el latín. En todas las misas el sacerdote leía la Biblia en este idioma. Cuando el latín dejó de ser el idioma universal en el occidente, por tradición, las lecturas de la Biblia quedaron en latín pero los feligreses tenían los misales con la traducción en su propio idioma. 

Los que piensan que antes de Martín Lutero no existían traducciones de la Biblia están equivocados. Antes de que él tradujera la Biblia al alemán, la Iglesia tenía ediciones completas o trozos de ella en 26 diferentes lenguas europeas, y en ruso. Por ejemplo, existía la Biblia Héxapla del año 240, la de Jerónimo, La Vulgata, del 390. Había además 30 ediciones de la Biblia completa en alemán antes de la 
versión de Lutero en 1534(2), nueve antes de que él naciera. Había 62 ediciones de la Biblia, autorizadas por la Iglesia en Hebreo, 22 en griego, 20 en italiano, 26 en francés, 19 en flamenco, dos en español: la Biblia ALFONSINA (de "Alfonso el Sabio", año 1280) y la Biblia De la Casa de Alba (año 1430, AT)(3), seis en bohemio y una en eslavo, catalán y checo.(4) 

La primera Biblia impresa, fue producida bajo los auspicios de la Iglesia católica- impresa por el inventor católico de la imprenta: Johannes (Juan) Gutenberg. La primera Biblia con capítulos y versículos numerados fue producida por la Iglesia católica, gracias al trabajo de Esteban Langton, Arzobispo de Canterbury, Inglaterra. A pesar de esto acusan a la Iglesia de haber intentando la destrucción de la Biblia; si hubiera deseado hacer esto, tuvo 1500 años para hacerlo. 


En todo el proceso de completar el canon la lista de libros del NT entendemos mejor que fue la Biblia la que salió de la Iglesia y no la Iglesia de la Biblia. Por eso, verdaderamente no hay separación entre "Biblia" y "Tradición". La Biblia forma parte de la Tradición de la Iglesia católica. 

 

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Dirigida por el Espíritu Santo, la Iglesia, como madre, no cesa de exhortar a sus hijos a la purificación y a la renovación para que brille con mayor claridad la señal de Cristo en el rostro de la Iglesia.

 

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Chesterton afirma: "Si alguien me pregunta, desde el punto de vista exclusivamente intelectual, por qué creo en el cristianismo, sólo puedo contestarle que creo en él racionalmente, obligado por la evidencia".

 

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A la luz de la fe no hay sólo «puros» o sólo «corruptos»: la condición humana y sus contradicciones nos unen a todos. Sólo Cristo está libre de pecado.

 

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«Señor, Tú lo sabes todo/ conoces mi debilidad, mi poca fe./ Enséñame a confiar,/ a no dudar nunca de Ti./ Y dame la gracia/ de poder consolar a cuantos se acerquen/ necesitados a mí». Claudio de Castro – 2006-02.03 Alfa y omega.

 

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CATOLICIDAD: La finalidad de la misión es una humanidad transformada en una glorificación viva de Dios, el culto verdadero que Dios espera: este es el sentido más profundo de la catolicidad, una catolicidad que ya nos ha sido donada y hacia la cual, sin embargo, debemos avanzar siempre de nuevo. Catolicidad no sólo expresa una dimensión horizontal, la reunión de muchas personas en la unidad; también entraña una dimensión vertical: sólo dirigiendo nuestra mirada a Dios, sólo abriéndonos a él, podemos llegar a ser realmente uno. Como san Pablo, también san Pedro vino a Roma, a la ciudad a donde confluían todos los pueblos y que, precisamente por eso, podía convertirse, antes que cualquier otra, en manifestación de la universalidad del Evangelio. Al emprender el viaje de Jerusalén a Roma, ciertamente sabía que lo guiaban las palabras de los profetas, la fe y la oración de Israel.

En efecto, la misión hacia todo el mundo también forma parte del anuncio de la antigua alianza: el pueblo de Israel estaba destinado a ser luz de las naciones. El gran salmo de la Pasión, el salmo 21, cuyo primer versículo "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?" pronunció Jesús en la cruz, terminaba con la visión: "Volverán al Señor de todos los confines del orbe; en su presencia se postrarán las familias de los pueblos" (Sal 21, 28). Cuando san Pedro y san Pablo vinieron a Roma, el Señor, que había iniciado ese salmo en la cruz, había resucitado; ahora se debía anunciar a todos los pueblos esa victoria de Dios, cumpliendo así la promesa con la que concluía el Salmo.
Catolicidad significa universalidad, multiplicidad que se transforma en unidad; unidad que, a pesar de todo, sigue siendo multiplicidad. Las palabras de san Pablo sobre la universalidad de la Iglesia nos han explicado que de esta unidad forma parte la capacidad de los pueblos de superarse a sí mismos para mirar hacia el único Dios.

El fundador de la teología católica, san Ireneo de Lyon, en el siglo II, expresó de un modo muy hermoso este vínculo entre catolicidad y unidad: "la Iglesia recibió esta predicación y esta fe, y, extendida por toda la tierra, con esmero la custodia como si habitara en una sola familia. Conserva una misma fe, como si tuviese una sola alma y un solo corazón, y la predica, enseña y transmite con una misma voz, como si no tuviese sino una sola boca. Ciertamente, son diversas las lenguas, según las diversas regiones, pero la fuerza de la tradición es una y la misma. Las Iglesias de Alemania no creen de manera diversa, ni transmiten otra doctrina diferente de la que predican las de España, las de Francia, o las del Oriente, como las de Egipto o Libia, así como tampoco las Iglesias constituidas en el centro del mundo; sino que, así como el sol, que es una criatura de Dios, es uno y el mismo en todo el mundo, así también la luz de la predicación de la verdad brilla en todas partes e ilumina a todos los seres humanos que quieren venir al conocimiento de la verdad" (Adversus haereses, I, 10, 2).

La unidad de los hombres en su multiplicidad ha sido posible porque Dios, el único Dios del cielo y de la tierra, se nos manifestó; porque la verdad esencial sobre nuestra vida, sobre nuestro origen y nuestro destino, se hizo visible cuando él se nos manifestó y en Jesucristo nos hizo ver su rostro, se nos reveló a sí mismo. Esta verdad sobre la esencia de nuestro ser, sobre nuestra vida y nuestra muerte, verdad que Dios hizo visible, nos une y nos convierte en hermanos. Catolicidad y unidad van juntas. Y la unidad tiene un contenido: la fe que los Apóstoles nos transmitieron de parte de Cristo.

Hemos dicho que catolicidad de la Iglesia y unidad de la Iglesia van juntas. El hecho de que ambas dimensiones se nos hagan visibles en las figuras de los santos Apóstoles nos indica ya la característica sucesiva de la Iglesia: apostólica. ¿Qué significa?

El Señor instituyó doce Apóstoles, como eran doce los hijos de Jacob, señalándolos de esa manera como iniciadores del pueblo de Dios, el cual, siendo ya universal, en adelante abarca a todos los pueblos. San Marcos nos dice que Jesús llamó a los Apóstoles para que "estuvieran con él y también para enviarlos" (Mc 3, 14). Casi parece una contradicción. Nosotros diríamos: o están con él o son enviados y se ponen en camino.

El Papa san Gregorio Magno tiene un texto acerca de los ángeles que nos puede ayudar a aclarar esa aparente contradicción. Dice que los ángeles son siempre enviados y, al mismo tiempo, están siempre en presencia de Dios, y continúa: "Dondequiera que sean enviados, dondequiera que vayan, caminan siempre en presencia de Dios" (Homilía 34, 13). El Apocalipsis se refiere a los obispos como "ángeles" de su Iglesia; por eso, podemos hacer esta aplicación: los Apóstoles y sus sucesores deberían estar siempre en presencia del Señor y precisamente así, dondequiera que vayan, estarán siempre en comunión con él y vivirán de esa comunión.

La Iglesia es apostólica porque confiesa la fe de los Apóstoles y trata de vivirla. Hay una unicidad que caracteriza a los Doce llamados por el Señor, pero al mismo tiempo existe una continuidad en la misión apostólica. San Pedro, en su primera carta, se refiere a sí mismo como "co-presbítero" con los presbíteros a los que escribe (cf. 1 P 5, 1). Así expresó el principio de la sucesión apostólica: el mismo ministerio que él había recibido del Señor prosigue ahora en la Iglesia gracias a la ordenación sacerdotal. La palabra de Dios no es sólo escrita; gracias a los testigos que el Señor, por el sacramento, insertó en el ministerio apostólico, sigue siendo palabra viva.

Con esto no queremos olvidar que el sentido de todas las funciones y los ministerios es, en el fondo, que "lleguemos todos a la unidad en la fe y en el conocimiento del Hijo de Dios, al hombre perfecto, a la medida de Cristo en su plenitud", de modo que crezca el cuerpo de Cristo "para construcción de sí mismo en el amor" (Ef 4, 13. 16).

En este momento de la historia, lleno de escepticismo y de dudas, pero también rico en deseo de Dios, reconocemos de nuevo nuestra misión común de testimoniar juntos a Cristo nuestro Señor y, sobre la base de la unidad que ya se nos ha donado, de ayudar al mundo para que crea. Y pidamos con todo nuestro corazón al Señor que nos guíe a la unidad plena, a fin de que el esplendor de la verdad, la única que puede crear la unidad, sea de nuevo visible en el mundo.

El evangelio de este día nos habla de la confesión de san Pedro, con la que inició la Iglesia: "Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo" (Mt 16, 16). He hablado de la Iglesia una, católica y apostólica, pero no lo he hecho aún de la Iglesia santa; por eso, quisiera recordar en este momento otra confesión de Pedro, pronunciada en nombre de los Doce en la hora del gran abandono: "Nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios" (Jn 6, 69). ¿Qué significa? Jesús, en la gran oración sacerdotal, dice que se santifica por los discípulos, aludiendo al sacrificio de su muerte (cf. Jn 17, 19). De esta forma Jesús expresa implícitamente su función de verdadero Sumo Sacerdote que realiza el misterio del "Día de la reconciliación", ya no sólo mediante ritos sustitutivos, sino en la realidad concreta de su cuerpo y su sangre.

En el Antiguo Testamento, las palabras "el Santo de Dios" indicaban a Aarón como sumo sacerdote que tenía la misión de realizar la santificación de Israel (cf. Sal 105, 16; Si 45, 6). La confesión de Pedro en favor de Cristo, a quien llama "el Santo de Dios", está en el contexto del discurso eucarístico, en el cual Jesús anuncia el gran Día de la reconciliación mediante la ofrenda de sí mismo en sacrificio: "El pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo" (Jn 6, 51).

Así, sobre el telón de fondo de esa confesión, está el misterio sacerdotal de Jesús, su sacrificio por todos nosotros. La Iglesia no es santa por sí misma, pues está compuesta de pecadores, como sabemos y vemos todos. Más bien, siempre es santificada de nuevo por el Santo de Dios, por el amor purificador de Cristo. Dios no sólo ha hablado; además, nos ha amado de una forma muy realista, nos ha amado hasta la muerte de su propio Hijo. Esto precisamente nos muestra toda la grandeza de la revelación, que en cierto modo ha infligido las heridas al corazón de Dios mismo. Así pues, cada uno de nosotros puede decir personalmente, con san Pablo: "Yo vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó y se entregó a sí mismo por mí" (Ga 2, 20).

Pidamos al Señor que la verdad de estas palabras penetre profundamente, con su alegría y con su responsabilidad, en nuestro corazón. Pidámosle que, irradiándose desde la celebración eucarística, sea cada vez más la fuerza que transforme nuestra vida. S. S. BENEDICTO XVI – P.P.  2005-06.29 - ZS05070104

 

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Jesús, Rey del universo. - Él es el Rey de bondad y donador de gracia que alimenta a su pueblo, y quiere reunirlo en torno a Él como un pastor que vela por su rebaño y recobra sus ovejas de todos los lugares donde estaban dispersas en los días de nubes y brumas (cf. Ez 34, 12).

 

Dos mil años de evangelización - En el monte de los Olivos, el día de la Ascensión, antes de subir al Padre, Jesús pronunció la profecía de la evangelización: «Id por todo el mundo y predicad el Evangelio a toda criatura» (Mc 16, 15).

«En estas palabras está contenida la proclama solemne de la evangelización» Juan Pablo II. Los discípulos del divino Redentor acogieron esta consigna y desde entonces, a lo largo de la historia y en todos los meridianos del orbe, la Iglesia se torna católica catolizando, y no ha hecho otra cosa que ejecutar el mandato de su Señor: evangelizar. «Evangelizare Iesum Christum»: «Anunciar a Jesucristo» (cf. Ga 1, 16), como se expresa san Pablo con frase lapidaria y emblemática.

 

La Iglesia es en la historia una anticipación del reino de Dios, y lo demuestra también por ser católica, es decir, universal.

 

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Fe, verdad y tolerancia - Está muy extendida la pretensión de que la convivencia entre culturas exige (al menos, de la europea) la asunción del relativismo, y que la paz entre las religiones requiere el abandono de su pretensión de expresar la verdad. Se va difundiendo cada vez más la convicción de que sólo renunciando la fe cristiana a sus pretensiones de ser la verdad puede el cristianismo reconciliarse con la modernidad. ¿Es posible o deseable seguir manteniendo hoy día la pretensión de ser la verdad absoluta? ¿Cómo puede compaginarse esta pretensión con la búsqueda de la paz entre las religiones y entre las culturas? El libro de Ratzinger, hoy Benedicto XVI, contiene un esclarecedor planteamiento de estas preguntas y una excelente respuesta. La libertad no puede consistir en la destrucción de la verdad, sino que, por el contrario, es la verdad la fuente y la condición de la libertad. Y también de la paz. La aparente paradoja se desvanece si comprendemos que la verdad y el amor son idénticos. Ésta es, según Ratzinger, la suprema garantía de la tolerancia. 2005-08-23 Por IGNACIO SÁNCHEZ CÁMARA

 

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Estamos inmersos en un proceso tan vertiginoso, y en el que se mezclan tal cúmulo de intereses, que existe el gran peligro de falta de perspectiva y de reflexión. Nos limitamos a debatir cuestiones muy concretas como, por ejemplo, la clonación, cuando en realidad necesitamos centrarnos en la totalidad del proceso No podemos caer en la tentación de quedarnos en debates periféricos e intrascendentes, cuando lo que está en juego en la propia naturaleza humana La persona en ningún modo puede ser tratada como un “producto” o un objeto, sino como un ser con dignidad propia. La vida humana tiene un valor inconmesurable y sagrado. Y en este punto no cabe debate alguno. MMV.

 

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No puede haber un diálogo al precio de la verdad.

 

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"Obras todas del Señor, bendecid al Señor".-

¡Gloria y alabanza a ti, Santísima Trinidad, único y eterno Dios!

San Juan Crisóstomo (†14 de septiembre de 407) meditando el libro del Génesis, guía a los fieles de la creación al Creador, que es el Dios de la condescendencia, y por eso llamado también «padre tierno», médico de las almas, madre y amigo afectuoso. Une a Dios Creador y Dios Salvador, ya que Dios deseó tanto la salvación del hombre que no se reservó a su único Hijo. Comentando los Hechos de los Apóstoles propone el modelo de la Iglesia primitiva, desarrollando una utopía social, casi una «ciudad ideal». Trataba de dar un rostro cristiano a la ciudad, afrontando los principales problemas, especialmente las relaciones entre ricos y pobres, a través de una inédita solidaridad.

 

VERITAS OMNIA VINCIT

LAUS TIBI CHRISTI.

 

 

 

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Recomendamos vivamente:

Título: ¿Sabes leer la Biblia? Una guía de lectura para descifrar el libro sagrado - Autor: Francisco Varo – MMVI. Marzo - Editorial: Planeta Testimonio

 

Recomendamos - Autor: Joseph Ratzinger – S.S. BENEDICTO XVI

“La fraternidad de los cristianos” Joseph Ratzinger Ediciones ‘sígueme’

“Verdad, valores, poder” Joseph Ratzinger. Editorial Rialp

“Principios de moral cristiana”         98 p.p.     6,00 € editorial EDICEP

“Evangelio, catequesis, catecismo”  80 p.p.     4,75 € “

“La eucaristía, centro de vida”        170 p.p.  10,00 € “

“En el principio creó Dios”              128 p.p.    7,25 € “

“La provocación del discurso sobre Dios”  - Editorial TROTTA

“Dios y el mundo” Editorial Galaxia Gutenberg

 

Recomendamos vivamente: La vida cotidiana de los primeros cristianos
Adalbert G. Hamman
Trad. Manuel Morera - Ediciones Palabra, 1999 - Colección Arcaduz - 294 pág.

Iglesia católica, sus casi 300 antes de Constantino - En ese salto que va de "Hechos de los Apóstoles" a esa "iglesia oficial y corrupta" que algunos protestantes y neo-gnósticos sitúan en el 325, con Constantino, pasan unos 250 años de vida cotidiana, de los que sabemos bastantes cosas; las suficientes, al menos, para desmontar historietas neopaganas, gnosticoides y demás morralla en la estela de El Código da Vinci y otras revisiones fantasiosas de los evangelios apócrifos. 2006

Recomendamos vivamente: ‘Filología e historia de los textos cristianos’.

Giovanni Maria Vian-Ediciones Cristiandad – MMVI.

 

Recomendamos vivamente:

Título: ‘Históricamente incorrecto. Para acabar con el pasado único’.
Autor: Jean Sévilla - Editorial: Ciudadela

 

Recomendamos: Título: ‘Buscando a Dios’
Autor: Esther de Waal - Editorial: Sígueme


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