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«Le pondrás por nombre Jesús» - En hebreo «Jesús» quiere decir «salvación» o «Salvador», un nombre que, para los profetas, designaba una vocación muy determinada. De ahí provienen estas palabras cantadas con un gran deseo de verle: «Mi alma se alegra en el Señor y mi corazón con su auxilio, y me consumo ansiando su salvación» (Sl 12,6; 34,9; 118,81). «Yo exultaré con el Señor, me gloriaré en Dios, mi salvador»(Ha 3,18). Y sobre todo: «Dios mío, escucha mi oración, no te cierres a mi súplica; hazme caso y respóndeme» (Sl 54,3). Es como si dijera: «Tú, que te llamas Salvador, salvándome, manifiestas la gloria de tu nombre». Pues el nombre del hijo nacido de la Virgen María es Jesús, según le dijo el ángel: «Él salvará a su pueblo de sus pecados»... La palabra «Cristo», él mismo, designa la dignidad real. En efecto, los sacerdotes y los reyes eran «crismados», es decir, ungidos con aceite santo; por ella eran signo de aquel que, apareciendo en el mundo como el verdadero rey y gran sacerdote, ha recibido la unción del «aceite de júbilo entre todos tus compañeros» (Sl 44,8). Es por esta unción que se llama Cristo, y los que participan de esta misma unción, la de la gracia espiritual, son llamados cristianos. ¡Que por su nombre de Salvador, se digne salvarnos de nuestros pecados. Que por su unción de gran sacerdote, se digne reconciliarnos con Dios Padre. Que por su unción de rey, nos dé el reino eterno de su Padre!
San Veda el Venerable (hacia 673-735), monje, doctor de la Iglesia Católica. Homilía 5; CCL 122,36
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EL JESÚS HISTÓRICO – 3º (Fuentes)
1. Los datos para reconstruir la figura histórica de Jesús
No hay datos arqueológicos que se refieran con seguridad a Jesús. Sin embargo, todos los descubrimientos arqueológicos e históricos de la época en que vivió sirven para reconstruir el marco en el que transcurrió su vida.
Para reconstruir la figura histórica de Jesús sólo disponemos de documentos literarios. Algunas de estos documentos proceden de autores no cristianos, pero la mayoría fueron escritos por autores cristianos.
Estos documentos escritos son las principales “fuentes” de las que disponemos para reconstruir lo que Jesús hizo y dijo desde el punto de vista histórico.
1.1. Las fuentes no cristianas sobre Jesús
Las referencias a Jesús procedentes de autores no cristianos son muy breves. A partir de ellas sólo podemos deducir con seguridad que Jesús fue el líder de un movimiento de origen judío y que fue ejecutado por las autoridades romanas. Los autores de estas referencias son un historiador judío, Flavio Josefo, que escribió en Roma después de la guerra judía, y el historiador romano Tácito.
En los escritos de Flavio Josefo hay dos pasajes que hablan de Jesús. El más breve está situado en un contexto en el que Josefo acaba de describir la muerte del procurador Festo y el nombramiento de Albino como su sucesor (62 d.C). Mientras Albino está todavía de camino hacia Palestina, el sumo sacerdote Anano el Joven reúne el Sanedrín sin consentimiento del procurador y ejecuta a varios enemigos.
[Escrito de Flavio Josefo I “Así pues, habiendo pensado esta clase de persona [o sea, un cruel saduceo], Anano, que disponía de una ocasión favorable porque Festo había muerto y Albino estaba aún de camino, convocó una reunión [literalmente , sanedrín] de jueces y llevó ante él al hermano de Jesús, que es llamado Mesías, de nombre Santiago, y a algunos otros. Los acusó de haber transgredido la Ley y los entregó para que fuesen apedreados.” (Ant 20.9.1)].
2. Las fuentes cristianas.
Durante el primer siglo del Cristianismo se compusieron diversos escritos en los que se recogían las enseñanzas de Jesús.
De entre ellos, los primeros cristianos tuvieron un interés especial en conservar los cuatro evangelios que siglos más tarde serían reconocidos como canónicos. Son los evangelios de Mateo, Marcos, Lucas y Juan, que encontramos en nuestras biblias.
Este hecho no impidió, sin embargo, que algunas tradiciones sobre Jesús se conservaran también en los llamados “evangelios apócrifos” y en los escritos de los padres de la Iglesia
2.1. Escritos cristianos no incluidos en el canon
Tenemos recuerdos breves y dichos de Jesús recogidos de forma ocasional por algunos autores antiguos, pero la información más relevante sobre él fuera de los evangelios canónicos se encuentra en los llamados “evangelios apócrifos”. Entre ellos hay escritos de naturaleza muy variada. La mayoría son tardíos y se escribieron para completar los evangelios canónicos.
El único evangelio apócrifo que parece haberse compuesto en las mismas fechas que los canónicos, y contiene tradiciones muy antiguas sobre Jesús, es el Evangelio de Tomás (EvTom). Desde que se descubrió en 1945 este evangelio no ha dejado de suscitar el interés de los estudiosos de los evangelios. En su forma actual EvTom es una colección de enseñanzas organizada en ciento catorce pequeñas unidades (logia), cada una de las cuales aparece introducida por la fórmula “Jesús dijo”. Estos logia son dichos breves, parábolas, y pequeños diálogos con una punta ingeniosa (apotegmas).
El descubrimiento de esta colección de dichos sirvió para apoyar una hipótesis que los estudiosos de los evangelios habían planteado casi un siglo antes con el fin de explicar las coincidencias literales entre Mateo y Lucas en la transmisión de la enseñanza de Jesús. La hipótesis defiende la existencia de una colección escrita de dichos, denominada Documento Q, que habría sido parcialmente intercalada en ambos evangelios. Antes de que se descubriera el EvTom se tenía constancia de la existencia del género literario “Dichos de los sabios” tanto en la literatura judía como en la griega, pero no se conocía ningún ejemplo perteneciente a la tradición cristiana. Este descubrimiento confirmó la posibilidad de los cristianos también hubieran usado este tipo de composiciones literarias y que, por tanto, Mateo y Lucas hubieran tenido acceso a una de ellas.
Aproximadamente dos terceras partes de los dichos del EvTom (exactamente setenta y nueve de ellos) tienen paralelo en los sinópticos. Estas coincidencias son mucho mayores cuando se trata de los dichos que sólo Mateo y Lucas poseen en común, es decir en los dichos hipotéticamente procedentes del Documento Q. A partir de aquí, algunos autores han propuesto la hipótesis de que el Documento Q y el EvTom contendrían dos versiones de una colección de dichos de Jesús todavía más antigua.
La comparación de las parábolas del EvTom con las de los evangelios sinópticos ha aportado información valiosa sobre la pedagogía de Jesús, pues, como ya sospechaba la crítica literaria, ha quedado confirmado que las interpretaciones alegóricas incluidas en los evangelios no son originales. En el EvTom encontramos, en efecto, versiones más simples de algunas parábolas sin ningún tipo de comentario alegórico (p.e. la parábola del sembrador de Mc 4,3-9).
Las cuestiones anteriores están, evidentemente, relacionadas con la pregunta acerca del origen del EvTom y su situación dentro de la literatura cristiana primitiva. La única versión completa que ahora poseemos está escrita en copto y procede del siglo IV, pero sabemos que es la traducción de una obra griega, de cuyo original se han encontrado algunos fragmentos entre los papiros de Oxyrhinco (POxy 1, 645, 655). La datación de estos papiros nos lleva hasta finales del siglo II, una fecha muy similar a la de los fragmentos más antiguos de los evangelios canónicos. La proximidad de los orígenes y el paralelismo parcial de los contenidos ha motivado esfuerzos considerables por determinar posibles dependencias literarias entre estas obras. Aquí los expertos se dividen en dos grupos: el de aquellos que defienden la dependencia del EvTom con respecto a los sinópticos, y el de quienes sostienen que se trata de una colección anterior e independiente de ellos. La balanza se inclina, no obstante, en la dirección de estos últimos, quienes explican los indicios de dependencia literaria apelando a modificaciones tardías en el EvTom, mediante las que se habría pretendido armonizar su texto con el de los evangelios ya por entonces declarados canónicos.
Los escritos que no entraron a formar parte del canon tuvieron una transmisión mucho menos cuidadosa que la de los escritos canónicos, siendo repetidas veces modificados en función de los intereses de sus usuarios. Esto explicaría las reformulaciones e inclusiones tardías de tendencia gnóstica que hoy encontramos en el EvTom.
Así pues, en la historia del EvTom podrían distinguirse las siguientes etapas:
-Una antigua colección de dichos de Jesús semejante al Documento Q
-Una colección ampliada con elementos de los evangelios canónicos
-Una reelaboración gnóstica del siglo II
-Una versión copta de esta versión gnóstica a finales del siglo IV
2.2. Valor histórico de los evangelios apócrifos
La mayor parte de los evangelio apócrifos son posteriores a los canónicos y la información que contienen sobre Jesús no tiene gran valor desde el punto de vista histórico. Sin embargo, estos evangelios apócrifos tardíos son muy útiles para conocer las distintas comunidades en las que fueron escritos. A través de estos evangelios descubrimos comunidades con tradiciones, intereses y formación muy distintas. Son un testimonio muy significativo del carácter plural que tuvo el cristianismo durante los dos primeros siglos de nuestra era.
En griego palabra “apócrifo” significa “oculto” o “escondido”. Algunos grupos cristianos dieron este nombre a sus escritos porque, según ellos, contenían enseñanzas ocultas de Jesús, que estaban reservadas sólo a los iniciados. Este carácter esotérico de algunos de ellos ha hecho surgir un gran interés por los evangelios apócrifos. La realidad, sin embargo, es que el término ""apócrifo"" se utiliza para designar a los escritos cristianos de los primeros siglos que tenían alguna semejanza en su forma o en su contenido con los escritos contenidos en el canon del N.T. Los evangelios apócrifos son, pues, escritos relacionados con la vida o enseñanzas de Jesús compuestos durante los primeros siglos del cristianismo, pero que no fueron admitidos dentro del canon.
El adjetivo ""apócrifo"" se aplica a escritos muy variados, tanto por su contenido y su forma, como por su procedencia y fecha de composición. Algunos son muy antiguos, otros son más tardíos; unos fueron escritos para comunidades judeocristianas, otros fueron reelaborados o compuestos por grupos gnósticos. De algunos sólo nos han llegado las citas recogidas por otros escritores cristianos; otros se han conservado en traducciones a otras lenguas antiguas. Un grupo importante de ellos, compuestos o reelaborados en el seno de grupos gnósticos, fueron hallados en 1945 en Nag Hammadi (Egipto) en los restos de un monasterio copto.
Una de las características que mejor distingue a los evangelios canónicos de los apócrifos es el trazado de ambos. Los evangelios canónicos siguen un trazado, que va desde los comienzos del ministerio de Jesús hasta su resurrección. Los evangelios apócrifos, sin embargo, suelen desarrollar una sola etapa o elemento (la infancia de Jesús, sus enseñanzas, etc), porque en muchos casos nacieron para rellenar vacíos en los recuerdos de Jesús y sobre Jesús. Atendiendo a su contenido pueden clasificarse en cuatro grupos:
Evangelios de la infancia. Narran el milagroso nacimiento de Jesús, o los milagros realizados durante su infancia. Algunos de ellos fueron muy populares y se tradujeron a diversas lenguas. El más conocido es el Protoevangelio de Santiago, que cuenta el nacimiento milagroso de la virgen; en él se dice también que sus padres se llamaban Joaquín y Ana. Ha sido muy importante en el desarrollo de la mariología.
Evangelios de dichos. Son colecciones de dichos y enseñanzas de Jesús sin un contexto narrativo. Este tipo de colecciones se conservaron y reelaboraron sobre todo en los círculos gnósticos, que buscaban las enseñanzas secretas de Jesús, pero el núcleo de algunas de estas colecciones es muy antiguo. Los dos evangelios de dichos más conocidos son el Evangelio de Tomas y el Apócrifo de Santiago, que son muy interesantes para el estudio de la tradición de los dichos de Jesús.
Evangelios de la pasión. Intentan completar los relatos de la muerte y resurrección de Jesús. El más conocido de todos el el Evangelio de Pedro, en el que este apóstol cuenta los acontecimientos de la pasión en primera persona. Según algunos estudiosos, este evangelio contiene una forma muy antigua del kerigma de la pasión y muerte del Señor, que también fue incorporado por los evangelios canónicos.
Diálogos del resucitado. Es un género típicamente gnóstico. Recogen enseñanzas del resucitado a alguno de sus discípulos. Las enseñanzas conservadas en ellos son de tipo esotérico, y casi no tienen relación con las del Jesús terreno. El más conocido es el Evangelio de María, que contiene las revelaciones de Jesús a María Magdalena cuando se le apareció. Es claramente un desarrollo de los relatos de los evangelios canónicos (Mt 28,8-10, y sobre todo Jn 20,11-18).
3. Los evangelios canónicos
Los evangelios canónicos (Mateo, Marcos, Lucas y Juan), y especialmente los tres primeros, que reciben el nombre de “evangelios sinópticos” son los escritos que contienen una información más amplia y mejor documentada sobre la vida de Jesús.
Pueden calificarse de auténticas biografías, siempre y cuando tengamos en cuenta que las biografías antiguas no se parecían a las nuestras.
Quienes escribieron las biografías antiguas buscaban, ante todo, mostrar el honor del protagonista de sus relatos, y estaban menos preocupados por la exactitud de los hechos que narraban.
3.1. Los evangelios sinópticos
Los evangelios canónicos (Mateo, Marcos, Lucas y Juan), y especialmente los tres primeros, que reciben el nombre de “evangelios sinópticos” son los escritos que contienen una información más amplia y mejor documentada sobre la vida de Jesús.
Pueden calificarse de auténticas biografías, siempre y cuando tengamos en cuenta que las biografías antiguas no se parecían a las nuestras.
Quienes escribieron las biografías antiguas buscaban, ante todo, mostrar el honor del protagonista de sus relatos, y estaban menos preocupados por la exactitud de los hechos que narraban.
Los evangelios de Mateo, Marcos y Lucas son muy parecidos y poseen muchas tradiciones en común. Se les llama sinópticos (adjetivo de la palabra sinopsis que significa “visión conjunta”), porque sus coincidencias permiten leerlos en columnas paralelas.
Sus enormes coincidencias hacen pensar que debe existir alguna relación de dependencia literaria entre ellos. El problema consiste en saber cuál es el más antiguo y si hubo otras obras implicadas en su composición. A esta problemática se la conoce con el nombre de “cuestión sinóptica”.
Según la mayoría de los estudiosos la mejor manera de explicar el parecido entre los evangelios de Mt, Mc y Lc es suponer que:
El evangelio de Mc es el más antiguo y tanto Mt como Lc lo incorporaron casi entero en sus propias obras.
Mt y Lc conocieron, además, un documento que contenía gran cantidad de enseñanzas atribuidas a Jesús, organizadas en forma de colecciones de dichos y parábolas. Partes de este documento, al que los estudiosos se refieren con la sigla “Q”, habrían servido a estos evangelistas para configurar algunos de los discursos que ponen en boca de Jesús (Ej. el sermón del monte en Mt y el sermón del llano en Lc).
Mt y Lc incorporaron también a sus obras capítulos de la infancia de Jesús, escenas de apariciones del Resucitado y algunas otras unidades literarias propias; un material variado que cada uno habría hallado en la tradición de su comunidad o habría creado por sí mismo.
Estas relaciones podrían resumirse en el siguiente cuadro, en el que la sigla “M” representa el material propio de Mateo, y “L” el de Lucas:

Según esta hipótesis, Marcos debió ser el evangelio más antiguo. En la composición de su relato utilizó seguramente tradiciones y colecciones anteriores (parábolas, controversias, milagros, relato de la pasión). Su tarea no consistió simplemente en reunir todas estas tradiciones, sino que las actualizó y las organizó siguiendo un esquema que los misioneros cristianos utilizaban para contar los principales acontecimientos de la vida de Jesús (véase Hch 10 37-41).
Mateo y Lucas no sólo siguieron el trazado básico de Marcos, sino que incluyeron en sus relatos la mayor parte de dicho evangelio, aunque con importantes modificaciones, que tratan de aplicar los diversos pasajes a las situaciones de sus respectivas comunidades. En el trazado de Marcos incluyeron las tradiciones procedentes del Documento Q y otras tradiciones propias, en un claro intento de completar la obra de Marcos, que había descuidado importantes tradiciones conservadas en las comunidades. Ambos evangelios suponen, pues, un paso más en el proceso de integración de las tradiciones cristianas iniciado por Marcos.
3.2. El género literario de los evangelios canónicos
Conocer el género literario de una obra es fundamental para saber qué actitud y qué criterios de interpretación debe adoptar el lector si quiere interpretarla adecuadamente. La pregunta por el género literario de los evangelios ha sido objeto de un largo e interesante debate que ha servido para situarlos en el marco de la literatura de la época.
El único evangelista dio un nombre a su obra fue Lucas. Lo llamó ""relato"", y explicó que se había informado minuciosamente antes de escribirlo, y que había procurado hacer una exposición ordenada (véase Lc 1,1-4). La clasificación de estos relatos como ""evangelios"" es tardía, probablemente no anterior a la segunda mitad del siglo II d.C.
Aunque existen muchas semejanzas con las biografías de los profetas, en las que sus hechos y sus palabras están incluidos en un marco narrativo (véase p.e. la biografía de Eliseo en 2 Re 2-8), las últimas investigaciones literarias clasifican a los evangelios en el género de las biografías helenísticas, donde también se incluyen algunas biografías judías de la época intertestamentaria.
Es evidente que los evangelios tienen una intencionalidad biográfica, pues el propósito de sus autores fue componer un relato sobre Jesús, contando fielmente lo sucedido (Lc 1,1-4). Sin embargo, no hay que pasar por alto que el criterio seguido por los evangelistas al componer sus obras fue claramente pastoral. Lucas confiesa que su propósito fue fortalecer la fe de sus lectores (Lc 1,4), y Juan escribió el suyo, ""para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que creyendo, y gracias a él, tengáis vida eterna""(Jn 20,31). Esta finalidad pastoral hace de los evangelios unas biografías muy particulares. En ellos se mezcla la fidelidad a la historia y a la tradición sobre Jesús con las necesidades de las comunidades cristianas, cuya fe intentan fortalecer.
Tres son los rasgos más importantes que caracterizan a los evangelios dentro de la biografía antigua:
En primer lugar, un porcentaje altísimo del contenido de los evangelios es recopilación de una tradición anterior, transmitida por los discípulos de Jesús en el seno de las comunidades cristianas. Esta fidelidad a la tradición recibida revela un claro interés histórico, aunque su concepción de la historia es distinta a la que tenemos los occidentales del siglo XX.
En segundo lugar, su contenido está organizado según un esquema común, cuyas raíces se encuentran en la predicación cristiana (Hch 10,37-40): comienzos relacionados con Juan Bautista, ministerio público, pasión y resurrección. Este trazado común sirve para situar dentro de un marco narrativo los dichos y acciones de Jesús, que habían sido transmitidos y conservados en las comunidades cristianas. La combinación de todos estos elementos sólo se encuentra en los evangelios canónicos, y es uno de los elementos que los distinguen de los evangelios apócrifos, como veremos más adelante.
En tercer lugar, aunque su forma externa es la de una biografía, su intención más profunda es de tipo pastoral. Los evangelios no son sólo la narración de unos acontecimientos históricos, sino la proclamación del gran acontecimiento de la salvación. Quienes los escribieron querían fortalecer la fe de sus comunidades y comunicar a otros un testimonio de fe, basado en una experiencia que había cambiado radicalmente sus vidas.
4. Los evangelios recogen tradiciones muy antiguas sobre Jesús
Los evangelios fueron escritos bastante tiempo después de la muerte de Jesús, pero, como ocurría con mucha frecuencia en la literatura de la época, parecen haber incorporado en su composición tradiciones muy antiguas.
Aplicando diversas técnicas de de análisis literario es posible identificar dentro de los textos evangélicos unidades tradicionales independientes con formas y estructuras que se repiten.
Los evangelistas las incorporaron a sus respectivos relatos introduciendo pequeñas modificaciones, y situándolas en un marco narrativo más amplio
4.1. Unidades tradicionales
Algunas unidades tradicionales incorporadas más tarde en los evangelios pueden distinguirse fácilmente. Entre ellas encontramos dichos, parábolas, relatos de milagros, anécdotas y controversias...
También el relato seguido de la pasión, desde el prendimiento de Jesús hasta el hallazgo del sepulcro vacío, constituye una pieza unitaria tradicional, seguramente una de las más antiguas.
Observa cómo los siguientes pasajes de evangelio se entienden sin necesidad de contexto:
No se cogen higos de los espinos ni de la zarza se vendimian uvas. (Lc 6,44b)
El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; y el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí. El que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí. El que quiera salvar su vida la perderá y el que la pierda por mí, la conservará. (Mt 10, 37-39)
Sucede con el reino de los cielos lo que con un tesoro escondido en el campo: el que lo encuentra lo deja oculto y, lleno de alegría, va, vende todo lo que tiene y compra aquel campo. (Mt 13, 44)
Y sucede que estando sentado a la mesa en su casa, muchos publicanos y pecadores estaban también reclinados a la mesa con Jesús y con sus discípulos, pues eran muchos los que lo seguían. Los escribas de los fariseos, al ver que comía con pecadores y publicanos decían a los discípulos: ¿por qué come con publicanos y pecadores? Y oyéndolo Jesús les dijo: no necesitan de médico los fuertes sino los enfermos. No he venido a llamar (invitar) a los justos sino a los pecadores. (Mc 2, 15-17)
Se le acercó un leproso y le suplicaba de rodillas: - Si quieres puedes limpiarme. Jesús, compadecido, extendió la mano y le dijo: - Quiero, queda limpio. Entonces lo despidió advirtiéndole severamente: - No se lo digas a nadie, vete, muéstrate al sacerdote y ofrece por tu purificación lo que mandó Moisés, para que les conste. Él, sin embargo, saliendo, empezó a anunciar todo y a divulgar el asunto, de modo que Jesús no podía ya entrar abiertamente en ninguna ciudad. (Mc 1, 40-45)
4.2. Modificaciones redaccionales
Al ser incorporadas en los evangelios, las unidades tradicionales independientes sufrieron algunas modificaciones que los críticos literarios califican de “redaccionales”. Un examen detenido de los textos permite identificar lo redaccional y recuperar, de forma más o menos completa, la unidad tradicional original.
Los términos tradición y redacción pueden aplicarse a cualquier obra literaria siempre que se sospeche que su autor ha incorporado fragmentos de otras obras o unidades literarias anteriores. Se llama “tradición” a lo incorporado y “redacción” a todo cuanto proviene de la mano del autor. La redacción puede ser más o menos intensa y creativa. Son redaccionales las frases de enlace colocadas al principio y al final de una unidad tradicional con el fin conectarla a lo que hay antes y después. Son redaccionales las adiciones, supresiones, cambios terminológicos y gramaticales en el interior de una pieza tradicional. Y son también redaccionales las partes de la obra creadas por el propio autor.
La distinción entre tradición y redacción tiene especial importancia en el caso de los evangelios porque, como la crítica literaria ha puesto de manifiesto, la mayor parte de su contenido es tradicional. La recuperación del contenido tradicional contenido en estas obras permite retrotraer en el tiempo el origen de la información que ha llegado a nosotros sobre Jesús. Algunos estudiosos dan el nombre de “composición” a la labor realizada por el autor en el momento de organizar, disponer y relacionar el material tradicional con el fin de configurar su obra global. Es “composición” la selección del material tradicional, su combinación creativa con elementos redaccionales nuevos y la estructuración general de las partes dentro de la totalidad de la obra.
5. Los recuerdos más antiguos sobre Jesús
Las unidades tradicionales incorporadas en los evangelios son, evidentemente, más antiguas que los propios evangelios, pero ¿son históricamente fiables? ¿cómo podemos conocer su antigüedad?
El hecho de que la tradición acerca de un personaje histórico haya sido únicamente transmitida entre el grupo de sus seguidores nos predispone a considerarla con cierto escepticismo.
Los criterios de historicidad son unos instrumentos metodológicos diseñados precisamente para seleccionar las tradiciones que tienen más probabilidad de ser históricas. Hasta hoy sólo se han aplicado con rigor al caso de Jesús.
5.1. Criterios tradicionales
Fueron los propuestos y utilizados por los miembros del movimiento exegético conocido como “Nueva búsqueda del Jesús histórico” iniciado a mediados del siglo XX en Alemania. Son básicamente estos cuatro:
1 Criterio del Testimonio Múltiple
Se considera probablemente histórico todo testimonio transmitido por varias fuentes independientes.
La dificultad de su aplicación está en determinar cuáles son las fuentes independientes. Depende, por tanto, de los resultados de la crítica literaria.
2 Criterio de Coherencia
Afirma la plausibilidad histórica de un testimonio coherente con otros testimonios considerados auténticos.
La dificultad de su aplicación es que existen tensiones o contradicciones entre distintos testimonios sobre Jesús. Esto permite seleccionar diferentes conjuntos de datos coherentes entre sí de los que se deducen diferentes reconstrucciones de la figura histórica de Jesús (Jesús mago, profeta apocalíptico, sabio cínico etc).
Para aplicar correctamente el Criterio de Coherencia deberíamos disponer de un núcleo básico de testimonios auténticos y característicos respecto al que evaluar la coherencia de nuevos datos. La exigencia de que ese núcleo debe por lo menos incluir el dato de la condena a muerte de Jesús constituye un caso especial de este criterio, conocido como Criterio de Explicación suficiente o de Rechazo y Ejecución y, según el cual, es probablemente auténtico todo testimonio que ayude a entender las circunstancias y motivos de la crucifixión.
El Criterio de Coherencia es una exigencia de lógica interna en el conjunto de testimonios sobre Jesús seleccionados como auténticos. Sin embargo, la escasez de datos y la falta de un conocimiento completo del contexto cultural, social e histórico de la vida de Jesús dificultan su aplicación rigurosas. ¡Cuidado con las prisas por calificar de incoherentes testimonios cuyo trasfondo conocemos sólo imperfectamente.
3 Criterio de Discontinuidad o Desemejanza
Los investigadores de la “Nueva búsqueda del Jesús histórico” pretendieron construir el núcleo fundamental de testimonios auténticos utilizando un tercer criterio, el llamado criterio de discontinuidad o desemejanza. Esta opción es la que ha provocado el mayor rechazo por parte de las nuevas corrientes de investigación. Se la acusa de ser ahistórica, antijudía y teológicamente sesgada.
Es probablemente auténtico todo testimonio sobre Jesús que no sea derivable (1) a partir del Judaísmo de su tiempo ni (2) del Cristianismo posterior.
Este criterio es válido pero demasiado restrictivo. La primera condición deja al margen todo cuanto Jesús heredó de su cultura y contexto histórico concreto, lo cual es una aberración desde el punto de vista de la investigación histórica.
La condición (2) tomada separadamente constituye, sin embargo, un criterio auténtico muy útil para señalar aquellos aspectos más contraculturales de la personalidad de Jesús.
4 Criterio de Discontinuidad respecto al Cristianismo primitivo
Afirma que es probablemente histórico todo testimonio sobre Jesús que no sea derivable del Cristianismo primitivo.
Este criterio se apoya en un argumento de tipo sociológico, valido de forma general en el estudio de los movimientos y grupos sociales: Ningún grupo o movimiento es propenso a inventar testimonios sobre la vida o enseñanza de su fundador que cuestionen o sean irrelevantes para su propio programa. Por tanto, si transmite un testimonio de este tipo debemos pensar que lo hace, bien por fidelidad a una tradición valorada como auténtica, bien porque se refiere a datos ampliamente difundidos que no puede silenciar.
Cuando el testimonio transmitido pone a la Iglesia en una situación embarazosa frente a la sociedad o frente a la propia comunidad, estamos ante una forma radical de este criterio a la que los estudiosos suelen referirse como Criterio de Incomodidad (ej. Lc 7:34). No todos los casos de discontinuidad son incómodos (ej. Mc 1:17).
Sin embargo, no es tampoco conveniente utilizar el Criterio de Discontinuidad respecto al cristianismo primitivo para seleccionar un único núcleo de testimonios auténticos en relación a los cuales aplicar el Criterio de Coherencia. Procediendo de esa manera podríamos relegar como dudosos aspectos esenciales de Jesús que sí fueron asumidos por el programa de la Iglesia primitiva.
5.2. El criterio de plausibilidad
Desde comienzos de los años 80 se ha ido desarrollando una nueva tendencia en la investigación del Jesús histórico conocida como “Tercera búsqueda del Jesús histórico”.
Metodológicamente se rechaza el papel central que la exégesis anterior concedió el criterio de Desemejanza. La propuesta alternativa mejor sistematizada es el Criterio de Plausibilidad Histórica de Gerd Theissen.
1 Criterio de plausibilidad histórica
Aquella información sobre Jesús que es plausible en el contexto judío y permite comprender la génesis del Cristianismo primitivo, es posiblemente histórica y es la más útil para reconstruir la figura histórica de Jesús.
La idea fundamental que subyace a la formulación de este criterio es que captamos en un testimonio el carácter propio de la figura de Jesús cuando podemos descubrir en él la condición necesaria para la emergencia de algún elemento o aspecto del movimiento cristiano a partir del Judaísmo del siglo I. En otras palabras, aquellas cosas atribuidas a Jesús sin las cuales sería muy difícil explicar aspectos del cristianismo a partir de su matriz judía, son probablemente auténticas.
2 Criterios parciales (con menor grado de plausibilidad)
Criterio de Plausibilidad Contextual: Las tradiciones sobre Jesús poseen plausibilidad contextual histórica si encajan en su contexto judío y se pueden identificar como fenómenos individuales dentro del mismo.
Este criterio pretende entender las confrontaciones e innovaciones de Jesús en relación con el Judaísmo de la época como tensiones históricamente comprensibles dentro de su contexto.
3 Criterio de plausibilidad efectual
Una tradición sobre Jesús posee plausibilidad histórica efectual si se puede entender como parte del impacto que su vida y su persona produjo en el movimiento cristiano.
Este criterio engloba, claramente, el del testimonio múltiple, pues la diversidad de testimonios independientes respecto a un mismo aspecto de la vida o enseñanza de Jesús es prueba de su impacto sobre sus seguidores.
6. El origen oral de las tradiciones más antiguas sobre Jesús
Las pequeñas unidades incorporadas en los evangelios pertenecen claramente al ámbito de la literatura popular de la época.
En muchos casos, sus rasgos literarios sugieren que fueron creadas y transmitidas durante un cierto tiempo en forma oral, es decir de palabra.
Es muy probable que muchas de estas tradiciones procedan de la época anterior a la muerte de Jesús, lo cual significa que poseen un enorme valor histórico.
6.1. Formas literarias populares
Por su estilo y estructura las formas evangélicas pertenecen al ámbito de la literatura popular o menor, que, a diferencia de la literatura culta, se mantiene muy cerca del lenguaje hablado. Las características más notables de este tipo de literatura son: la simplicidad de la sintaxis, la sencillez del vocabulario, la contextualización en situaciones típicas de la vida cotidiana, la repetición de elementos importantes y, lo más interesante para nuestro estudio, la tendencia a reproducir una y otra vez estructuras estereotipadas, normalmente asociadas a las distintas categorías de contenidos temáticos.
La tendencia de la literatura popular a adoptar estructuras estereotipadas parece ser un indicio de que la mayor parte de sus producciones han sido creadas y se han transmitido durante un cierto tiempo de forma oral; pues es evidente que la repetición favorece la fijación de esquemas y que éstos, a su vez, sirven de ayuda a la memoria. Si además tenemos en cuenta que dichas producciones tienen muchas veces un uso bastante específico en situaciones también específicas de la vida cotidiana, no nos resultará difícil llegar a la conclusión de que las exigencias de ese uso deben ser un factor importante en la configuración de los estereotipos. Estas situaciones y usos típicos en los que nacen o se configuran las producciones literarias es lo que los estudiosos denominan con el término técnico “contexto vital” o, en alemán, “Sitz im Leben”.
6.2. La memoria en las culturas orales y en la Antigüedad
Cuando se habla de la transmisión oral de la tradición sobre Jesús hay que tener en cuenta la importancia que tenía la memoria en la antigüedad, sobre todo entre los judíos. Nosotros vivimos en una sociedad en la que los medios para almacenar información se han desarrollado enormemente, y en la que la inmensa mayoría de la gente es capaz de acceder a dicha información, porque sabe leer. Sin embargo, las sociedades en las que la escritura era muy cara (los papiros y pergaminos eran casi un lujo), y además eran muy pocos los que sabían leer y escribir, desarrollaron prodigiosamente la memoria.
Es proverbial la importancia que la tradición bíblica da a la memoria, sobre todo la tradición sapiencial, en la que el maestro enseñaba a sus discípulos máximas y advertencias para que las aprendiera de memoria. En tiempos de Jesús, la instrucción tenía tres ámbitos: la casa, la sinagoga y la escuela, y en los tres el medio de transmisión de la enseñanza era la memoria. El padre enseñaba a sus hijos las tradiciones familiares y religiosas; en la sinagoga se aprendían de memoria las principales oraciones y algunos textos importantes de las escrituras; finalmente, aunque no todos tenían acceso a la escuela, esta institución estaba muy extendida, y estaba basada en la memorización.
En este contexto resulta totalmente verosímil que muchas enseñanzas de Jesús se transmitieran de forma oral por sus discípulos y que relatos cortos o anécdotas acerca sobre su persona circularan de boca en boca incluso antes de su muerte.
7. Tres datos que avalan el origen prepascual de la tradición sobre Jesús:
Jesús proclamó su enseñanza en un lenguaje parabólico muy sugerente que facilitaría su memorización en una cultura en la que la memoria se cultivaba mucho.
Jesús se comportó con frecuencia de forma sorprendente y provocativa, lo que daría ocasión a que se propagaran numerosas anécdotas acerca de su persona.
Jesús se rodeó de un grupo de discípulos que tuvieron la oportunidad de conocer muy bien su enseñanza y su estilo de vida, pudiendo dar testimonio fiel de todo ello tras su muerte.
7.1. La tradición más antigua
El núcleo más antiguo de la tradición lo constituyen los dichos de Jesús, que al principio se transmitieron desprovistos de una ambientación narrativa.
Piénsese, por ejemplo en las parábolas, que tienen claramente una ambientación artificial en los evangelios. Sería relativamente fácil para los seguidores de Jesús aprender de memoria sus parábolas, sus sentencias rítmicas, sus refranes y proverbios, pero seguramente no tendrían tanto cuidado en recordar las circunstancias exactas en que Jesús las pronunció, probablemente porque, como buen maestro popular, las repetiría con pequeñas modificaciones en muchas circunstancias distintas.
Los dichos de Jesús tenían varias formas. Muchos de ellos eran breves y agudos, como los de los maestros de sabiduría; son los dichos sapienciales. Otros se parecen más a los dichos de los profetas, porque anuncian y denuncian. Las parábolas, por su aparte, son una de las formas más características y geniales del modo de hablar de Jesús, cuya intención era provocar la reflexión y la reacción de los oyentes.
7.2. El contexto vital en el que se inició la tradición sobre Jesús
Jesús no escribió sus enseñanzas. Tampoco sus discípulos fueron tomando nota de sus palabras o de los signos que realizaba. Sin embargo, el origen de los evangelios se encuentra en Jesús y en el grupo de los discípulos que le acompañaban, porque la tradición evangélica hunde sus raíces en las palabras y signos de Jesús, de las que fueron testigos los discípulos, a los que Jesús llamó para que estuvieran con él y para enviarlos a predicar (Mc 3,14).
Las palabras y los signos de Jesús despertaban la admiración de la gente (Mt 4,24; Mc 1,28). Sus enseñanzas eran fáciles de recordar, porque hablaban de realidades concretas y de situaciones de la vida cotidiana, y además Jesús las repetía utilizando esquemas muy sencillos. Lo mismo ocurría con sus signos; eran parecidos a los que realizaban los profetas y casi siempre tenían una intencionalidad concreta.
Estos signos y enseñanzas de Jesús, que eran conocidos por muchos contemporáneos de Jesús, quedaron especialmente grabados la mente y el corazón del pequeño grupo de sus discípulos. Con ellos Jesús estableció una relación muy especial. La llamada de Jesús supuso un cambio radical en sus vidas: lo dejaron todo para seguirle y compartir su estilo de vida y hasta su destino (Mc 1,16-20; 10,28-30). Jesús les enseñaba con sus palabras y con su forma de actuar, y les dedicó una atención especial, explicándoles el sentido de sus palabras y ayudándolos a profundizar en su mensaje (Mc 4,34; 9,30-31), con la intención de enviarlos después a predicar la buena noticia que él anunciaba (Mc 6,7-13; Lc 10,1-12).
La estrecha vinculación entre Jesús y sus discípulos, y el envío de los mismos antes de la pascua, son los pilares más firmes de la tradición evangélica.
A veces se ha pensado que los discípulos de Jesús eran incultos pescadores y campesinos, pero lo que los evangelios dicen sobre ellos es muy distinto. Leví era un recaudador de impuestos (Mc 2,14), que tenía que llevar cuenta de las deudas; Zebedeo, el padre de Santiago y Juan, tenía barca propia y jornaleros contratados (Mc 1,19-20), y por tanto tenía que relacionarse con los recaudadores de impuestos que le alquilaban los derechos de pesca y con los comerciantes que le compraban el pescado, y tenía que pagar el salario a sus trabajadores, y sus hijos le ayudarían en estas tareas. Estas actividades requieren un cultivo de la memoria y hasta un conocimiento básico de la escritura.
Otro elemento importante a tener en cuenta es el hecho de que Jesús no sólo llamara a sus discípulos para seguirle, sino que además los enviara a anunciar el mismo mensaje que él anunciaba. Este envío supone un aprendizaje previo del mensaje que debían transmitir, lo cual refuerza la importancia que la memorización tuvo en el grupo de los discípulos de Jesús. Así pues, el origen de la tradición evangélica se encuentra en los discípulos, que habían escuchado muchas veces las enseñanzas de Jesús y habían sido testigos de sus signos, y además habían sido enviados anunciar el mismo mensaje de Jesús.
8. Las modificaciones de la tradición sobre Jesús
Durante su primer siglo de existencia la tradición sobre Jesús fue transmitida en contextos socioculturales, y en situaciones históricas diversas, que en algunos casos exigieron algunas adaptaciones en la propia tradición.
Estudiando estos cambios podemos descubrir los criterios que orientaron la adaptación y reconstruir aproximadamente el material original.
Distinguimos dos etapas sucesivas en historia la transmisión: la generación apostólica, que comprende desde la muerte de Jesús hasta la destrucción de Jerusalén (30-70 d.C.); y la generación sub-apostólica, en la que se componen los cuatro los evangelios (70-110 d.C.).
8.1. La primera generación cristiana
La vida de Jesús terminó trágicamente. La cruz parecía el final, pero no fue así. Sus discípulos lo vieron después de morir. Había resucitado. Fue una experiencia que les hizo recordar con una luz nueva todo el camino que habían hecho junto a él. Sus palabras y sus signos fueron adquiriendo poco a poco un sentido más profundo, más auténtico. Eran las palabras y los signos del Hijo de Dios.
Esta etapa de la historia del cristianismo se caracteriza por la rápida expansión del mensaje cristiano, que dio lugar al nacimiento de las comunidades cristianas. El libro de los Hechos describe las principales etapas de este proceso de expansión: Samaría (Hch 8,4-28), la región costera de Palestina (Hch 11,19-30), Asia Menor y Grecia (Hch,13-20), y Roma (Hch 28,11-31). En el año 50 d. C., a sólo veinte años de la muerte de Jesús, el cristianismo se había extendido por toda la parte oriental del imperio.
La difusión del evangelio fue obra de diversos grupos cristianos que tenían talantes y acentos distintos. La comunidad de Jerusalén, presidida por el grupo de los apóstoles, estaba más ligada a sus raíces judías. En Galilea y en Siria las comunidades cristianas no se sentían tan vinculadas a Jerusalén y sus tradiciones, sino a las enseñanzas de Jesús, que conservaron muy cuidadosamente. Por su parte, el grupo de los helenistas, compuesto por judíos procedentes de fuera de Judea, proclamaba que la novedad cristiana había roto las fronteras del judaísmo. Este grupo fue el que apoyó la misión de Pablo a los paganos desde Antioquía. El diálogo entre estas diversas formas de entender el cristianismo no fue siempre fácil (véase Hch 15; Gal 2,11-16), pero contribuyó a ir dibujando los contornos propios de la iglesia cristiana.
Los recuerdos sobre Jesús se fueron transmitiendo y conservando en los diversos ámbitos de la vida de las comunidades: la predicación, la catequesis y la celebración. Los misioneros cristianos que iban anunciando la buena noticia, ilustraban su predicación contando los signos que Jesús había realizado; repetían sus parábolas y enseñanzas, y trataban de mostrar que en Jesús se habían cumplido las promesas del Antiguo Testamento. En las comunidades todos deseaban saber más sobre Jesús; querían conocer con detalle lo que había hecho y dicho, cómo habían sido los últimos días de su vida... Reunidos en torno a la mesa de la eucaristía, recordaban sin cesar aquellas enseñanzas y aquellos signos. Las palabras y los signos de Jesús, confrontados con nuevas situaciones y nuevos ambientes, fueron manifestando toda su riqueza.
8.2. La tradición sobre Jesús durante la primera generación cristiana.
En el periodo apostólico se fue consolidando la tradición de los dichos de Jesús nacida antes de la pascua. Algunos de estos dichos se fueron agrupando por su semejanza en la forma (p.e. Lc 6,20-22.24-26) o el contenido. A otros se les añadió un escueto marco narrativo y adquirieron la forma de anécdotas ejemplares (p.e. Lc 9,57-62). Estas palabras de Jesús eran ya para las comunidades cristianas una tradición sagrada, y por eso las comentaron y las adaptaron a las situaciones que ellos vivían, utilizando técnicas que en el judaísmo se usaban para comentar las escrituras. Así, por ejemplo, el anuncio con que comienza la predicación de Jesús en Marcos y en Mateo (Mc 1,15; Mt 4,17) se ha convertido en Lucas en un relato mucho más amplio (Lc 4,16-30), en el que dicho anuncio se encuentra situado en un relato, que explica su sentido para la comunidad de Lucas.
En esta época comenzó también la tradición de los hechos de Jesús. Los que le habían conocido y habían sido testigos de ellos, se los contaban a los que no le habían conocido. Así nacieron los relatos de vocación, los relatos de milagros, el núcleo de los relatos de la pasión. Las diversas circunstancias en que vivían las comunidades cristianas hacían que algunos ambientes fueran más propicios para recordar uno y otro tipo de relatos. Así, por ejemplo, en las comunidades helenísticas se recordaron más los relatos de milagros, porque estos signos eran muy valorados en el ambiente en que ellos vivían.
Otro elemento importantísimo de la tradición evangélica en esta época fue el recurso al Antiguo Testamento. No debemos olvidar que la mayor parte de los primero destinatarios del evangelio conocían las escrituras, y que la expansión y consolidación del cristianismo se desarrolló en un clima polémico con el judaísmo. La mayor parte de las cartas de Pablo reflejan este ambiente. Los misioneros cristianos y las comunidades fundadas por ellos se vieron en la necesidad de mostrar que en las escrituras estaba anunciada la muerte y resurrección de Jesús (1Cor 15,3-5), y trataron de relacionar los acontecimientos de su pasión y de su vida con las escrituras, utilizando las mismas técnicas que utilizaban los judíos.
Finalmente, hay que situar en esta época la creación de las primeras colecciones de dichos, milagros, controversias... de Jesús. Se empiezan a formar pequeñas colecciones de parábolas (Mc 4), controversias (Mc 2,1-3,6), o milagros (Mc 5). Y también comienzan a crearse pequeñas unidades narrativas, como el relato de la pasión. Estas colecciones eran más difíciles de memorizar, y por esta razón empezaron a ponerse por escrito.
De todas estas colecciones la más importante es la colección de dichos de Jesús conocida como ""Fuente Q"" (del alemán Quelle = fuente). Aunque dicha fuente no se ha encontrado en ningún manuscrito, las coincidencias verbales entre Mateo y Lucas en textos que no se encuentran en Marcos, hace pensar que ambos tuvieron delante una fuente común, que contenía dichos y parábolas de Jesús. Sería un documento muy parecido a los evangelios apócrifos de dichos en su estadio más antiguo (p.e. el Evangelio de Tomás; véase más arriba). Este documento servía como punto de referencia a algunas comunidades cristianas de Galilea en torno al año 50 d. C., y tal vez no era la única colección de este tipo que circulaba por las comunidades.
9. La generación sub-apostólica
Tras la destrucción de Jerusalén, el cristianismo, que había surgido como un grupo particular dentro del Judaísmo, entra en conflicto con la posición oficial, y se configura como grupo religioso independiente.
Por estas fechas desaparecen los últimos testigos directos de la vida de Jesús y surge el temor de que se pierdan los recuerdos sobre su persona.
La crisis provocada por la pérdida de contacto con los orígenes propició la decisión de escribir una narración continua de la vida y enseñanza de Jesús (los evangelios).
9.1. La segunda generación cristiana
Durante cuarenta años las comunidades cristianas vivieron sin los evangelios. Sin embargo, en los primeros anos de la segunda generación cristiana, y en un corto espacio de tiempo se escribieron, al menos, los cuatro evangelios canónicos. ¿Cuáles fueron las circunstancias y las motivaciones que motivaron la redacción de los evangelios?
Con la destrucción del templo de Jerusalén se produjo una situación nueva dentro del judaísmo, que afectó a las comunidades cristianas. Al desaparecer el templo y la clase sacerdotal, el judaísmo se replegó en torno a la ley, y nació una nueva ortodoxia vigilada por los fariseos y los maestros de la ley, cuya intolerancia acrecentó las tensiones entre la iglesia cristiana y la sinagoga judía, hasta llegar a una abierta ruptura y al enfrentamiento, que se percibe claramente en algunos escritos del Nuevo Testamento de esta época (Mateo y Juan). Al adquirir una fisionomía propia frente a la sinagoga judía, algunas comunidades (Mateo, Juan) sienten la necesidad de orientaciones claras con las que contrarrestar las objeciones de sus vecinos judíos y un manual de vida cristiana para independizarse del magisterio de la sinagoga.
Al mismo tiempo, la actitud de las comunidades cristianas hacia la cultura helenística y hacia el imperio romano era en esta época de diálogo e integración (Lucas y Hechos). Algunos grupos cristianos sintieron la necesidad de tener un relato seguido de las acciones y enseñanzas de Jesús, como carta de presentación en el mundo culto de la época. Esta es una motivación que se percibe sobre todo en Lucas, que dedica su obra al ""ilustre Teófilo"" (Lc 1,3).
Hacia dentro, las comunidades cristianas se enfrentaban en esta época a una crisis de maduración. Habían desaparecido ya los ímpetus iniciales y resultaba difícil vivir la radicalidad del evangelio. La tentación de acomodarse al mundo era grande y la perseverancia difícil. Por eso se hacía necesario recuperar la radicalidad de vida de Jesús contenida en las tradiciones evangélicas.
La desaparición de los apóstoles que habían conocido a Jesús es otra característica de esta nueva situación. Ya nadie podía decir: “Yo lo vi. Cada vez se hacía más difícil distinguir entre las diversas interpretaciones que empezaban a circular acerca de Jesús y su mensaje. Algunos sostenían que lo único importante eran sus enseñanzas sin reconocer que su mensaje estaba también encarnado en su propia vida. Parece que el evangelio de Mc se escribió precisamente para contrarrestar esta opinión y dejar claro que también la vida y la historia de Jesús pertenece a la esencia de la fe cristiana.
Ante la urgencia de asegurar los recuerdos sobre Jesús nacen diversas tradiciones vinculadas a los principales apóstoles de la primera generación (Pedro, Santiago, Juan y Pablo), y relacionadas con las diversas áreas de implantación del cristianismo. La tradición petrina tenía su centro en Antioquía, la de Santiago en Jerusalén, la de Juan en las zonas rurales de Transjordania, y la de Pablo, que era la más extendida, en las regiones de Asia Menor, Grecia y Roma. En esta época el cristianismo había llegado también a Egipto y a otros lugares, donde florecieron otras tradiciones vinculadas a otros apóstoles o personajes importantes (Tomás, María Magdalena). Estos datos dan una idea de la complejidad y diversidad del cristianismo en esta época. Sin embargo, durante esta segunda generación se inició un proceso de unificación de las diversas tradiciones en torno a las dos más importantes: la petrina y la paulina, que se convirtieron en norma y medida de las demás.
9.2. La tradición sobre Jesús en la segunda generación cristiana
Los evangelios son el último eslabón del proceso de unificación de las diversas tradiciones que se habían transmitido en diversos grupos cristianos, en diversos ámbitos de la vida de las comunidades y en diversos géneros literarios.
El papel de los evangelistas consistió en integrar estas tradiciones, algunas de las cuales constaban ya por escrito, e integrarlas dentro de un marco narrativo. Su labor no consistió sólo en juntar estas tradiciones, sino que llevaron a cabo una importante labor redaccional, que consistió en seleccionar los materiales recibidos y situarlos dentro del marco narrativo de sus obras, abreviándolos o ampliándolos, para iluminar las nuevas circunstancias que vivían sus comunidades. Estos procedimientos se perciben muy bien estudiando el uso que Mateo y Lucas hacen de Marcos.
10. Fiabilidad de las fuentes evangélicas
Un estudio crítico de los evangelios avala el origen prepascual de una parte significativa de la tradición sobre Jesús
Existen otros datos que atestiguan la preocupación de los primeros cristianos por conservar la memoria fiel de lo que Jesús hizo y dijo.
Un estudio de los evangelios que tenga en cuenta los contextos socioculturales donde se transmitió la tradición, y que aplique los métodos de las críticas literaria e histórica es capaz de obtener información históricamente plausible sobre Jesús.
10.1. Una transmisión fiel
Como señalamos en el número 7, el grupo de discípulos íntimos de Jesús, que aparecen integrados tras la Pascua en diversas comunidades cristianas, avala la transmisión fiel del recuerdo de Jesús a través del momento crítico de su muerte.
Durante la época apostólica la autoridad que garantiza la fidelidad de las tradiciones era ""el Señor"" (1Cor 7,10; 11,23). La autenticidad de las palabras de Jesús y de sus signos era algo que preocupaba a los primeros cristianos, porque eran conscientes de transmitir una tradición sagrada, que no podía alterarse a capricho.
Un ejemplo de esta preocupación se encuentra en la forma en que Pablo transmite la tradición de la última cena: ""Yo recibí del Señor la tradición que os he transmitido"" (1Cor 11,23). Pablo utiliza aquí dos verbos (""recibir"" y ""transmitir""), que se usaban en las escuelas rabínicas para referirse a una tradición fiel y contrastada. Este hecho revela dos cosas: que los primeros cristianos consideraban los recuerdos sobre Jesús una tradición sagrada, y que se esforzaban en transmitirla con fidelidad. Esta misma terminología se encuentra en 1Cor 15,2, introduciendo la tradición sobre la muerte y resurrección de Jesús.
La preocupación por mantener la fidelidad a las tradiciones recibidas se acrecentó durante la segunda generación cristiana. Hay, sin embargo, un cambio importante con respecto a la generación apostólica: el garante de las tradiciones no es ya ""el Señor"" (1Cor 7,10; 11,23-26), sino los apóstoles, cuyos recuerdos adquieren un carácter de tradición sagrada.
En el prólogo de su evangelio. Lucas habla de una cadena de transmisión formada por los testigos oculares, los ministros de la palabra y los redactores de los evangelios, entre los que se incluye él mismo (Lc 1,1-3). Nótese que quienes forman esta cadena de transmisión son siempre personas que pueden dar testimonio por su propia experiencia (los testigos oculares), o porque han recibido el encargo de conservar fielmente esta tradición (ministros de la palabra).
La tarea de estos ministros de la palabra se describe en un pasaje de las cartas pastorales así: ""lo que has oído de mí en presencia de muchos testigos, confíalo a hombres fieles, que a su vez sepan enseñar a otros"" (2Tim 2,2). Lo cual indica que durante el proceso de la formación de los evangelios hubo una preocupación explícita por ser fieles a las tradiciones recibidas, y que dicha transmisión fue confiadas a personas encargadas conservarlas y de transmitírselas a otros.
La composición de los evangelios canónicos cubre aproximadamente toda la etapa subapostólica. Marcos, el más antiguo, fue escrito con gran probabilidad en los años críticos de la guerra judía o muy poco tiempo después de su conclusión (67-70 d.C.). Juan, el más tardío, puede datarse en la segunda década del siglo II. Apenas treinta años después, los cuatro fueron reconocidos como Escritura Sagrada del Cristianismo y elevados a la categoría de Palabra de Dios. Esto nos da la seguridad de que a partir de esa fecha gozaron de un enorme respeto y no sufrieron más alteraciones significativas.
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EL JESÚS HISTÓRICO – 4º (Origen)

1. El problema de los orígenes de Jesús
Apenas tenemos información históricamente fiable sobre la vida de Jesús durante la etapa anterior a su actividad pública.
Este desconocimiento afecta a los treinta primeros años de su existencia, una etapa muy larga en comparación con los escasos tres años que parece duró su ministerio.
El origen de nuestro desconocimiento está en la escasez de las fuentes que se refieren a esta etapa y el carácter teológico de sus contenidos.
1.1. Fuentes y datos disponibles
Este tema está dedicado a los comienzos de la vida y de la actividad pública de Jesús, y en cierto modo al largo periodo de tiempo que separa ambos comienzos. En términos cronológicos su extensión es desproporcionada, pues en él vamos a referirnos a los treinta primeros años de la vida de Jesús, mientras que en los seis siguientes temas nos centraremos en la última etapa, que probablemente no duró más de tres años. La razón es que las fuentes nos dicen muy poco acerca de la vida de Jesús anterior a su actividad pública.
Como ya vimos en el tema anterior, prácticamente las únicas fuentes utilizables para reconstruir la figura del Jesús histórico son los evangelios canónicos, a los que se podrían añadir algunos dichos atribuidos a Jesús y recopilados en otros escritos del Nuevo Testamento. En relación con la etapa de su vida anterior a la actividad pública, los evangelios apócrifos de la infancia no tienen ningún valor histórico, pues son relatos muy tardíos que sólo tienen la intención de completar la escasa información contenida en los evangelios canónicos con anécdotas maravillosas acerca de la supuestamente extraordinaria niñez de Jesús.
La mayor parte de las fuentes sobre los orígenes familiares de Jesús y sobre su nacimiento poseen un tono marcadamente teológico. Se encuentran, sobre todo en los dos primeros capítulos de los evangelios de Mateo y de Lucas (Mt 1-2 y Lc 1-2). Estos relatos se conocen con el nombre de ""evangelios de la infancia"", y fueron compuestos en época relativamente tardía a partir de los recuerdos que se habían conservado en las comunidades cristianas.
A diferencia de lo que ocurre con las demás tradiciones sobre Jesús contenidas en los evangelios sinópticos, estos dos relatos coinciden muy poco entre sí, e incluso contienen notables contradicciones. La razón es que en ellos la confesión de fe predomina sobre el interés histórico. Intentan decir quién es Jesús contando su nacimiento, como hacían otros relatos de la época sobre la infancia de los héroes.
A pesar de ello, en estos relatos se han conservado algunos recuerdos históricos de gran importancia. Es histórica la vinculación de Jesús con Nazaret, donde pasó la mayor parte de su vida. Lo es, probablemente también, la relación de su familia con Belén de Judea, que evoca sus raíces judías, lo mismo que los nombres de todos los miembros de su familia.
También podemos saber bastantes cosas por estos y por otros pasajes esparcidos por los evangelios, acerca de su familia, sobre todo de sus padres. En los evangelios se mencionan también varios hermanos y hermanas de Jesús (Mc 6,1-6), y es una cuestión muy discutida desde muy antiguo cuál es el sentido preciso del parentesco que tenía con ellos (véase 4.3. dentro de este mismo tema). Tal vez el aspecto que más claramente aparece en todos estos datos es su origen judío. Utilizando estos datos podemos determinar el contexto vital en el que transcurrió su infancia y deducir de él los rasgos más comunes de su educación.
Sobre la etapa de la vida de Jesús inmediatamente anterior al comienzo de su actividad pública tenemos informaciones muy escuetas pero históricamente importantes en las referencias de los evangelios canónicos a su relación con Juan el Bautista. Los relatos sinópticos del bautismo son los más destacados, pero si aceptamos la hipótesis de que Jesús no fue sólo bautizado por Juan, sino que también le siguió como discípulo, podremos atribuirle en esa etapa de su vida los rasgos más conocidos de la espiritualidad de su maestro.
2. La infancia de Jesús: los relatos de Mateo y Lucas
Los relatos de la infancia de Mateo y Lucas son contribuciones tardías al largo proceso a través del cual se fue configurando la tradición evangélica.
Los datos tradicionales disponibles sobre esta etapa de la vida de Jesús eran muy escasos, de forma que Mateo y Lucas tuvieron mucha más libertad de composición en esta parte de sus obras que en el resto.
Los relatos de la infancia nos informan más sobre la cristología y la situación comunitaria de las iglesias en las que se escribieron que sobre los acontecimientos históricos del nacimiento de Jesús.
2.1. Los relatos de la infancia en la tradición evangélica
Antes de leer los relatos de la infancia nos será de gran utilidad situarlos en el marco global de la tradición evangélica. Un dato significativo es que no todos los evangelistas estuvieron interesados en transmitir estos recuerdos acerca de Jesús. Sólo Mateo y Lucas sintieron la necesidad de reconstruir los primeros años de su vida y añadieron estos breves relatos al resto de su evangelio, cuyo esquema básico habían tomado de Marcos.
Los primeros cristianos fueron reuniendo los recuerdos sobre Jesús en tres etapas. En la primera, el interés estaba centrado en los acontecimientos que rodearon su pasión, muerte y resurrección. Leyendo los últimos capítulos de los diversos evangelios, en los que se narran estos acontecimientos, puede comprobarse que las diferencias entre ellos son muy poco importantes; son diferencias de matices, pero lo sustancial es igual en los cuatro evangelios.
Más tarde, las comunidades cristianas sintieron la necesidad de conservar fielmente todo lo que Jesús había hecho y enseñado durante su ""vida pública"". La comparación entre los diversos evangelios arroja aquí un balance algo distinto. Aquí las diferencias son ya más importantes, sobre todo entre los tres primeros evangelios (Mateo, Marcos y Lucas) y el de Juan. Sólo en un tercer momento surgió entre los cristianos un vivo interés por recuperar los primeros años de la vida de Jesús. Los evangelios de la infancia de Mateo y Lucas son un ejemplo de este interés y constituyen el primer eslabón de una cadena que se prolongará más tarde en una serie de evangelios apócrifos, cuyo propósito fue recuperar los años ocultos de la vida de Jesús.
En esta tercera etapa de la tradición evangélica los puntos de coincidencia son muy escasos. Si leemos atentamente Mt 1-2 y Lc 1-2 veremos que efectivamente es muy poco lo que tienen en común, y que incluso existen algunas discrepancias entre ellos. Notemos, por ejemplo, que mientras en el relato de Lucas la protagonista es María, en el de Mateo es José quien desempeña el papel principal. Tampoco están de acuerdo Mateo y Lucas sobre la relación de Jesús y su familia con Belén y Nazaret. Lucas parece dar a entender que la familia de Jesús era originaria de Nazaret y que el nacimiento de Jesús en Belén se debió a una situación coyuntural (un censo ordenado por los romanos). Por su parte, Mateo parece presuponer que la familia de Jesús era originaria de Belén y que su traslado a Nazaret fue debido al temor de que Arquelao continuara teniendo hacia Jesús la misma actitud hostil que había tenido su padre Herodes.
Estas consideraciones nos hacen caer en la cuenta de que los relatos de la infancia constituyen una porción muy especial de la tradición evangélica, en la que los intereses de tipo histórico no eran tan importantes como las motivaciones teológicas. Es muy probable que la intención de los evangelistas aquí, más que en otros lugares de sus evangelios, fuera mostrar en profundidad la identidad de aquel a quien sus respectivas comunidades reconocían como Mesías y Señor de sus vidas. Esto no significa necesariamente que Mateo y Lucas hayan compuesto sus relatos de la infancia de Jesús sin ningún apoyo en la tradición. Probablemente, las primeras comunidades cristianas guardaban preciosos recuerdos acerca de los orígenes de Jesús y tanto Mateo como Lucas pudieron haberlos conocido, pero eran noticias muy escasas. En cualquier caso, los evangelistas al narrar la infancia de Jesús no tuvieron ese interés histórico con que nosotros nos acercamos hoy a sus relatos.
Otro aspecto importante que hemos de tener en cuenta antes de leer estos relatos es el hecho de que Mateo y Lucas escribieron sus evangelios para unas comunidades cristianas concretas. El propósito de los evangelistas -lo sabemos por el resto de sus evangelios- no fue sólo reunir una serie de tradiciones acerca de Jesús, sino animar a sus comunidades teniendo en cuenta los problemas concretos con que se encontraban. El relato de la infancia de Jesús les ofrecía una ocasión excelente para ello, pues en este punto las tradiciones conservadas en las comunidades cristianas no estaban tan firmemente fijadas y ello les permitía actuar con más libertad.
Los relatos de la infancia responden también a una pregunta que debía ser contestada por cualquier biografía antigua: ¿Quiénes son los antepasados del protagonista? Conocer los antepasados de una persona y la familia a la que pertenece equivale a conocer a dicha persona en profundidad. Esto es difícil de entender para nosotros que hemos nacido en una cultura que valora al individuo por encima del grupo, pero en la cultura mediterránea del siglo I era el grupo, especialmente el grupo de parentesco, el que definía a la persona. No es extraño, por tanto, que a muchos les resultara escandaloso el hecho de que Jesús perteneciera a una familia sencilla, sin riqueza ni poder. En este contexto podemos entender por qué Mateo y Lucas insisten tanto en la ascendencia de Jesús. La intención de las genealogías es mostrar que tiene antepasados dignos y que Dios ha previsto su nacimiento y su misión.
También el lugar de origen de una persona era importante entonces para conocer a una persona. No existía tanta movilidad y el lugar donde se había nacido influía mucho en la formación de la persona. Así, entre los judíos Galilea era tradicionalmente un lugar de paganos, mientras que se suponía que en Judea vivian los israelitas fieles a la ley. Sobre el lugar de origen de Jesús corrían ya por entonces diversas opiniones. Algunos pensaban que había nacido en Nazaret y esto era un obstáculo para reconocerle como Mesías: ""Otros decían: Este es el Mesías. Otros, por el contrario: ¿Acaso va a venir el Mesías de Galilea? ¿No afirma la Escritura que el Mesías tiene que ser de la familia de David y de su mismo pueblo, de Belén?"" (Jn 7,41-42. véase también Jn 1,45-46)
2.2. Relato de la infancia de Mateo
La presentación que hace Mateo del origen de Jesús refleja la importancia de determinadas cuestiones en la vida de su comunidad. Así, el interés de mostrar que Jesús pertenece a la estirpe de David y que nació en Belén, la ciudad de David, es reflejo de la situación conflictiva de su comunidad en el contexto del judaísmo contemporáneo.
Este mismo interés le movió a relacionar los acontecimientos de los primeros años de la vida de Jesús con profecías del Antiguo Testamento, cuyos libros tenían una autoridad decisiva para los judíos; quería mostrar a sus lectores que verdaderamente Jesús era el Mesías esperado por Israel. La comunidad a la que se dirige Mateo ha roto completamente con el grupo de los fariseos, que había llegado a ser el grupo más fuerte dentro del judaísmo después de la destrucción del templo. El rechazo de este grupo hacia la comunidad de Mateo está representado en la actitud de Herodes y de los sacerdotes y maestros de la ley de Jerusalén que persiguen a muerte a Jesús (véase Mt 2,1-12).
También en estos capítulos encontramos pistas para imaginar la composición de la comunidad de Mateo. Algunos de sus miembros proceden del judaísmo y es desde su fe judía como han descubierto en Jesús al Mesías enviado por Dios. Este grupo está representado en la figura de José, que escucha obedientemente las indicaciones de Dios, acoge a Jesús y lo protege. Sin embargo, gran parte de la comunidad está compuesta por cristianos no judíos. Este grupo está representado por los magos que buscan incansablemente a Jesús. En su camino hacia él han tenido que pasar a través de los judíos, depositarios de las Escrituras, pero al final su perseverancia y su fe los ha conducido hasta Jesús.
Es, pues, una comunidad mixta en la que existen diversas maneras de vivir la fe en Jesús. El evangelista quiere que ambos grupos se vean representados en estos primeros episodios de la vida de Jesús y quiere mostrar que aunque la acogida de ambos es distinta, lo que importa es haber llegado hasta Jesús y haber descubierto en él al Mesías enviado por Dios.
Vamos a fijarnos ahora en los aspectos literarios más relevantes de este relato. El estilo de Mt 1-2 es, en términos generales, semejante al del resto del evangelio; sin embargo, estos dos capítulos poseen algunos rasgos distintivos. En primer lugar llama la atención la cantidad de citas bíblicas. Mateo recurre a ellas muchas veces en su evangelio, pero sólo en once ocasiones lo hace introduciéndolas con la fórmula: Todo esto sucedió para que se cumpliera lo que había anunciado el Señor ... que tiene por objeto subrayar el cumplimiento de las promesas de Dios en Jesús. Pues bien, cinco de esas once ""citas de cumplimiento"" se encuentran en estos dos primeros capítulos del evangelio (Mt 1,22-23; 2,5-6. 15. 17-18, 23).
Otro aspecto llamativo es la mayor frecuencia de intervenciones extraordinarias de Dios en esta parte de la obra en comparación con el resto. Otra peculiaridad es el hecho de que el evangelio comience con una lista de los antepasados de Jesús. Todos estos detalles dan a Mt 1-2 un tono particular y nos invitan a buscar una explicación en las formas de escribir propias de aquella época.
Comencemos por la lista de los antepasados de Jesús. Este tipo de listas se conocen con el nombre de ""genealogías"" y es un género muy utilizado en el Antiguo Testamento (Gn 5;10;11; 1Cr 5,27-29). Mateo ha dividido la historia de los antepasados de Jesús en tres etapas iguales, de catorce generaciones cada una, separadas por dos momentos decisivos: el reinado de David y la cautividad de Babilonia. Significativamente, se hace referencia a cuatro mujeres: Tamar, Rajab, Rut y la mujer de Urías. Todas ellas llegaron a ser madres de forma extraña. Tamar (Gn 38,1-30) urde un engaño y engendra un hijo de su suegro Judá; Rajab (Jos 2,1-21) era una prostituta de Jericó que colaboró en su conquista y se unió al pueblo de Israel; Rut, de origen moabita, se convirtió en ""abuela"" de David (Rut 1-4); y la mujer de Urías engendró de David a Salomón en un contexto de homicidio y adulterio (2 Sm 11-12). De esta manera muestra que el misterioso nacimiento de Jesús a través de María tiene su lógica en la historia de la salvación.
Las intervenciones divinas extraordinarias a través de mensajeros, sueños o fenómenos cósmicos son muy frecuentes en los relatos de la infancia de personajes importantes, tanto en la literatura helenística como en la judía. Dentro de la literatura judía tenemos un ejemplo en el relato de la infancia de Moisés (Éxodo 1-2). Existen otros ejemplos en los que el nacimiento del héroe está rodeado de circunstancias especiales y en los que dicho nacimiento es anunciado de antemano por un mensajero divino (Gedeón: Jue 6; Sansón: Jue 13; Samuel: 1Sm 1-2). Sin embargo, es en los relatos de la infancia como el de Moisés, donde encontramos las semejanzas más claras con el relato de Mateo. En ellos distinguimos un esquema fijo con los siguientes elementos:
- Anuncio del nacimiento. Generalmente rodeado de circunstancias extraordinarias. El nombre del que va a nacer ocupa un lugar muy importante porque suele definir cuál será su misión. - Amenazas. El nacimiento de estos personajes está rodeado de circunstancias que amenazan su vida. - Intervención de Dios. Dios actúa eficazmente para salvar al protagonista. - Signos extraordinarios. A través de estas intervenciones se pone de manifiesto que el recién nacido es un instrumento en las manos de Dios.
Mateo ha utilizado también un recurso literario muy frecuente en los comentarios judíos de las Escrituras y que los expertos denominan ""midrash haggadico"" o narrativo. Consiste en un desarrollo narrativo del texto bíblico mediante el que se intenta explicar su contenido. El relato de Mt 1-2 tiene mucho de midrash haggadico, pues, en cada una de sus escenas se cita un pasaje del Antiguo Testamento como clave para interpretar el sentido de lo narrado:
Episodio narrado en Mt 1-2 Texto del AT
Anuncio del nacimiento de Jesús (Mt 1,18-25) Is 7,14 Los magos buscan a Jesús (Mt 2,1-12) Miq 5,1; 2Sm 5,2 Huida a Egipto (Mt 2,13-15) Os 11,1 Matanza de los inocentes (Mt 2,16-18) Jr 31,15 Regreso de Egipto (Mt 2,19-23) Jue 13,15; Is 11,1
Mateo se ha servido de este procedimiento literario invirtiendo, de alguna forma su sentido. Si en los comentarios judíos el punto de partida es el texto bíblico, y el relato es sólo un desarrollo ilustrativo del mismo, para Mateo, el punto de partida no son las citas del Antiguo Testamento, sino la narración de la historia de Jesús. Los textos de las Escrituras judías se interpretan desde Jesús y no al revés. Esto significa que sólo en Jesús encuentran su plenitud las promesas que Dios había hecho a su pueblo.
2.3. Relato de la infancia de Lucas
El relato de la infancia de Lucas se asemeja, incluso más que el de Mateo, a los capítulos introductorios de las biografías helenísticas de personajes ilustres, lo cual es coherente con el contexto pagano en el que la mayoría de los estudiosos sitúan al evangelista y a su comunidad. Son bastantes los exegetas que consideran Lc 1-2 como una sección añadida por el propio autor a una versión inicial de su obra, que habría comenzado en 3,1 con la predicación de Juan Bautista. Es significativo a este respecto que la genealogía de Jesús esté colocada precisamente después de su bautismo, como si ése fuera el momento idóneo para explicar que su elección divina, manifestada a través de las palabras del Espíritu, tiene su origen en un proyecto de Dios que se remonta a la misma creación del hombre.
Es importante constatar que la genealogía de Lucas es muy distinta de la de Mateo, siendo la presencia de David el único eslabón claramente común a ambas. El sentido del recorrido lucano, que parte de Jesús para retrotraerse hasta Adán y el mismo Dios, es también inverso al del primer evangelista. Probablemente, lo que Lucas quiere subrayar con este procedimiento es el carácter universal del acontecimiento salvífico actualizado en Jesús.
El relato lucano de la infancia refleja una visión idealizada y casi mítica de los orígenes judíos de Jesús; visión que corresponde perfectamente a la perspectiva con la que debía contemplar esos acontecimientos una comunidad cristiana de la segunda generación, distante de Palestina tanto en el espacio como en la cultura.
Al contrario de lo que vimos en Mt 1-2, no hay en estos primeros capítulos del evangelio de Lucas rastro alguno de conflicto con el judaísmo. Todos los personajes que intervienen (Zacarías, Isabel, Simeón, Ana, los padres de Jesús) son israelitas piadosos que se mueven en torno al Templo y cuya fe judía les ha preparado para poder reconocer la intervención salvadora de Dios en los acontecimientos que presencian. El propio Jesús manifiesta ya a los doce años un profundo conocimiento de la Escritura y un amor especial por el Templo, que considera el lugar adecuado para ocuparse de las cosas de su Padre (Lc 2, 41-52).
También se refleja en estos capítulos una actitud de concordia respecto al mundo pagano en general y respecto a las autoridades romanas en particular. José y María son presentados como súbditos obedientes del Imperio que acuden con presteza a su lugar de origen, Belén, para inscribirse en el censo (Lc 2, 1-2). Los ángeles que visitan a los pastores les anuncian la paz para todos los hombres (Lc 2, 13-14).
En el relato de Lucas María aparece como la verdadera protagonista humana de todo cuanto acontece en relación con el nacimiento de Jesús, mientras que José tiene un papel totalmente secundario. Ella es quien recibe el anuncio del ángel y quien da su consentimiento para convertirse en madre. Significativamente, es presentada como pariente de Isabel quien, a su vez, es descendiente de Aarón. Se sugiere, así, que Jesús está relacionado por línea materna con la estirpe de los sumos sacerdotes de Israel; otra muestra del aprecio que Lucas siente por los orígenes judíos del cristianismo.
Otro rasgo original y teológicamente significativo de Lc 1-2 es que combina y articula a modo de díptico las narraciones sobre los orígenes de Jesús y Juan el Bautista. De esta forma introduce ya su particular visión de la historia de la salvación, que irá desarrollando paulatinamente a lo largo de los dos libros que componen su obra – el Evangelio y el libro de los Hechos de los Apóstoles. En dicha visión Juan aparece como el precursor de Jesús, quien es, a su vez, el centro de esa historia. Si leemos con atención toda la obra lucana podremos comprobar que su verdadero protagonista no es una persona, sino el Espíritu, él es quien posee al propio Jesús y guía los pasos de Pedro y Pablo en su labor difusora del evangelio. Pues bien, el relato de la infancia menciona la acción del Espíritu en seis ocasiones (1,15.35.41.67; 2, 25.26) y se refiere a los efectos tradicionalmente atribuidos al mismo (alabanzas, palabras proféticas) en otras siete. De este modo el evangelista informa al lector desde el principio acerca del tipo de historia que tiene ante sus ojos y le da la clave fundamental de su interpretación.
Finalmente, unas palabras sobre las posibles fuentes utilizadas por Lucas en estos dos capítulos. La mayoría de los exegetas señalan la diferencia de género y tono entre las narraciones propiamente dichas y los tres himnos que se insertan en ellas, puestos en boca de distintos personajes (1, 46-55; 67-79; 29-33). La temática y tono de estos himnos sugiere un contexto cultural judío fuertemente impregnado de esperanzas mesiánicas. Lo más probable es que sean creaciones de alguna comunidad judeocristiana muy primitiva, quizás la comunidad de Jerusalén, o, incluso, refundiciones cristianas de himnos judíos. Lucas mismo podría haber sido el responsable de su transformación final.
3. Fecha y lugar de nacimiento de Jesús
Hoy creemos que la fecha tradicionalmente asignada al nacimiento de Jesús según el calendario imperial romano es errónea. Jesús habría nacido entre cuatro y siete años antes de lo supuesto.
El lugar más probable de su nacimiento es Nazaret, pero las tradiciones que señalan a Belén podrían basarse en datos auténticos relativos a los orígenes de su familia.
La concepción virginal de Jesús es uno de los pocos elementos comunes a los relatos de la infancia de Mateo y Lucas. Para comprender su significado conviene situarlo en el contexto religioso y literario de la época.
3.1. Fecha
Estamos acostumbrados a determinar las fechas tomando como punto de origen un supuesto momento cero en el que, según creíamos hasta hace poco, habría nacido Jesús. Evidentemente, los contemporáneos de Jesús contaban los días y los años según otros calendarios, que solían tomar como referencia los comienzos de los reinados de los distintos emperadores.
El calendario que nosotros utilizamos fue establecido en el siglo VI por un monje llamado Dionisio el Exiguo, quien calculó la fecha de la encarnación a partir de interpretaciones inexactas de dos indicaciones temporales dadas por Lucas en su evangelio (Lc 3,1.23). El resultado de estos cálculos sitúa el nacimiento de Jesús cuatro años después de la muerte de Herodes el grande, lo cual contradice la información aportada por Mt 2.
Hoy día, la mayoría de los estudiosos creen que la asociación cronológica entre el nacimiento de Jesús y los últimos años de la vida de este rey es un dato más fiable que las hipótesis interpretativas de Dionisio, por lo que prefieren retrasar entre 4 y 7 años la fecha del primer acontecimiento.
Desgraciadamente los otros datos temporales de los que disponemos no permiten hacer mayores precisiones. Los historiadores han sido incapaces de determinar a qué censo se refiere Lucas en 2,1-2, y el conocimiento disponible acerca de la duración del mandato de Pilato o del sumo sacerdocio de Caifás nos deja con el mismo grado de imprecisión.
Teniendo en cuenta que ya no podemos afirmar que Jesús nació al comienzo del ano 1 después de Cristo, muchos autores han optado por sustituir las expresiones “antes de Cristo” (a.C.) y “después de Cristo” (d.C.) por “antes de la era común” y “en la era común”, resumidas en las siglas AEC y EC. La era común es, evidentemente, la que empieza en el punto cero del calendario de Dionisio, al cual, a estas alturas de la historia, nos sería ya muy difícil renunciar.
3.2. Lugar
Excepto los relatos de la infancia de Mateo y Lucas, todos los demás datos disponible acerca del lugar de origen de Jesús apuntan a Galilea; algunos de ellos precisan más y señalan Nazaret (Mc 1, 9. 24; 10, 47; 14, 67; 16, 6; Jn 1, 45.46; 18, 5.6; 19, 19). De hecho, “Jesús de Nazaret” parece haber sido el apelativo por el que Jesús era más conocido entre la gente. La única alternativa a Nazaret es Belén, lugar donde según Mateo y Lucas nació Jesús aunque luego, todavía niño, se trasladara con sus padres a Nazaret.
Teniendo en cuenta que Jesús será proclamado por los cristianos como Mesías y que este título se asociaba normalmente a la ascendencia davídica, no es raro que la iglesia primitiva tuviera interés en hacer nacer a Jesús en Belén, la patria del rey David. Al contrario de lo que ocurre con Belén, Nazaret no motiva ninguna sospecha, pues es una aldea totalmente desconocida en los documentos antiguos anteriores al Cristianismo. Debía ser un lugar insignificante y, a juzgar por Jn 1, 46, de no muy buena reputación.
Sin embargo, hay motivos para creer que el dato del nacimiento en Belén, en el cual coinciden los dos relatos de la infancia, podría ser una elaboración tradicional y probablemente interesada de otro dato distinto, pero relacionado con la ascendencia de Jesús. Sabemos, en efecto, que durante el siglo I AEC., los reyes Hasmoneos promovieron la colonización de la recién conquistada Galilea con familias judías (véase Tema 2). Puesto que todos los nombres conocidos de familiares de Jesús son típicamente judíos, no parece inadecuado pensar que pudieran ser originarios de algún lugar de Judea y, en ese caso, ¿por qué no Belén.
4. La familia de Jesús
Los primeros escritos cristianos mencionan los nombres de los padres de Jesús y de algunos de sus hermanos. El carácter judío y tradicional de estos nombres sirve para afirmar las raíces judías de su familia.
La mayor parte de las familias judías contemporáneas de Jesús que vivían en Galilea habían emigrado a esa región desde Judea dos o tres generaciones antes.
Es muy probable que la familia de Jesús mantuviera todavía relación con parientes cercanos que vivían en el entorno de Jerusalén.
4.1. Una familia tradicional judía en Galilea
“Jesús” es una variante de “Josué”, el nombre de uno de los antepasados más ilustres de Israel, segundo líder del pueblo después de Moisés y primer héroe de la conquista de la tierra prometida. Marcos nos informa (6, 3) que la madre de Jesús se llamaba María y que Jesús tenía, además de un número indefinido de hermanas, cuatro hermanos llamados Jacob (Santiago), José, Judas y Simón. Según Mateo y Lucas, su padre también se llamaba José. Exceptuando “Simón”, todos los demás nombres conocidos de esta familia son típicamente judíos, lo cual no era muy corriente entre las familias asentadas en Galilea.
En esa región, durante las épocas helenística y romana, los nombres griegos se habían difundido considerablemente, sobre todo entre la población que vivía en las ciudades y lugares fronterizos, donde la influencia de la cultura griega era ya importante. Entre los propios discípulos de Jesús encontramos al menos tres con nombre griego: Simón, Andrés y Felipe. La elección de nombres judíos en la familia de Jesús denota, sin duda, una orientación religiosa y cultural notablemente tradicional. Para acercarnos a la persona de Jesús puede ser, por tanto, especialmente útil intentar imaginar como sería la educación de los niños y los jóvenes de familias judías tradicionales asentadas en Galilea. De ello nos ocuparemos más adelante.

4.2. Los parientes de Jesús en Judea
Si la familia de Jesús practicaba una piedad tradicional y si no hacía demasiado tiempo que sus antepasados había emigrado de Judea a Galilea, es lícito suponer que iría con regularidad a Jerusalén para celebrar las fiestas judías más importantes y que estos viajes servirían de ocasión para mantener y alimentar su relación con posibles parientes y otras familias amigas que habrían permanecido en la zona. Esta hipótesis ayudaría a explicar las raíces de la tradición del nacimiento en Belén y algunos otros datos bastante interesantes desde el punto de vista histórico, como son el hecho de que Jesús tuviera bastantes conocidos y seguidores en Jerusalén (Mc 14, 3; 13; Jn 3,1-21; 11,1-2) y la función destacada de sus familiares en la comunidad postpascual ubicada en esta misma ciudad (Hch 1, 14; 15, 13; 12, 2).
Sobre Santiago, el hermano de Jesús, tenemos también noticias de origen no cristiano que lo relacionan con Jerusalén. El historiador judío Flavio Josefo señala su ejecución por parte de las autoridades judías como la causa principal de la destitución del sumo sacerdote Anano el joven (Antigüedades Judías 20.9.1). Anano había aprovechado el vacío momentáneo que se produjo en Judea a la muerte del procurador Festo para acusar a Santiago y ordenar su lapidación. A su llegada a Jerusalén, el nuevo procurador Albino destituyó de forma fulminante al sumo sacerdote. Esta drástica intervención de Roma en los asuntos religiosos judíos sólo se puede entender si Santiago era una persona muy conocida y respetada en la ciudad, fuera incluso de los círculos estrictamente cristianos.
El libro de los Hechos y las referencias de Flavio Josefo presentan a Santiago como un prototipo de judío observante que habría entendido la fe mesiánica en Jesús como cumplimiento de esperanzas propiamente judías. Esta imagen confirma, por tanto, la hipótesis esbozada en el punto 4.1 según la cual la familia de Jesús tendría una orientación religiosa marcadamente tradicional. Esto ayuda, a su vez, a entender mejor la relación conflictiva de Jesús con la institución familiar en general y con sus parientes en particular, la cual está ampliamente atestiguada en los evangelios (Mc 3, 20-21; 31-35; Lc 9, 59-62; 12, 49-53; 14, 26).
4.3. Los hermanos de Jesús
Los evangelios mencionan algunas veces a los hermanos de Jesús (Mc 3,31-35; 6,1-6a). Estas referencias parecen estar en contradicción con la afirmación de la virginidad de María. Sobre el parentesco de Jesús con los hermanos que menciona Marcos y los otros sinópticos se ha discutido mucho y constituye un tema de debate entre diversas confesiones cristianas.
Ya en la iglesia antigua existían tres interpretaciones distintas del parentesco que unía a Jesús con ""sus hermanos"". Algunos, como Hegesipo o Tertuliano, no tenían ninguna dificultad en considerar a Santiago, Judas y a los demás como hermanos carnales de Jesús, hijos de José y de María. Otros, como Epifanio sostenían que eran verdaderos hermanos de Jesús, nacidos en un matrimonio anterior de José, con lo cual quedaba a salvo la virginidad de María. Finalmente, Jerónimo y muchos después de él afirmaron que estos hermanos eran en realidad primos de Jesús. Pero esto fue ya en el siglo IV d. C.
La clave está en la interpretación de la palabra ""adelfos"" que en griego significa ""hermano"". Los orientales utilizaban entonces y utilizan todavía hoy mucho esta palabra para referirse a las personas con las que tienen una cierta relación. Así la utilizaron también los primeros cristianos, que se llamaban unos a otros hermanos. Sin embargo no se ha podido documentar la utilización de este término para referirse a los parientes. Más aún, entre los términos de parentesco, que eran muy precisos, hay uno, ""anepsios"", que significa ""primo"" y que Hegesipo utiliza para referirse a los ""primos de Jesús"". Esto indicaría que el término se usa en el sentido de ""hermanos"" y no de ""parientes"".
Ahora bien, en la sociedad mediterránea del siglo I, que era patrilineal, el único requisito para que dos personas pudieran considerarse hermanos era que tuvieran el mismo padre. De hecho los hijos de una misma madre podían no ser hermanos si habían nacido de distintos padres. Según esto, lo único que afirmaría el evangelio cuando habla de los hermanos de Jesús es que tenían el mismo padre. No existe, por tanto, contradicción con esta afirmación y la de la virginidad de María, la madre de Jesús.
5. La educación de Jesús
La educación recibida durante los primeros años de vida configura una parte muy importante de la personalidad, idiosincrasia y carácter del individuo.
La educación de los niños y jóvenes judíos se recibía fundamentalmente en la propia casa y era impartida por el padre.
Los servicios sinagogales jugaron un papel secundario pero no despreciable en la difusión de la alfabetización y de la cultura judía entre la población rural de Palestina.
5.1. Educación familiar
Sabemos que en la Palestina del siglo I la educación de los hijos estaba a cargo de los padres y no de la sinagoga o de la escuela. El padre era el encargado de enseñar a sus hijos la adecuada gestión de la casa y de las propiedades familiares, y si se trataba de una familia más humilde, que no poseía tierras, de enseñarle un oficio con el fin de que pudiera ganarse honradamente la vida. Este parece haber sido el caso de la familia de Jesús, pues las fuentes evangélicas más fiables le incluyen en la clase de los artesanos.
Un aspecto muy importante de la educación doméstica consistía en el relato de las gestas de los antepasados, con las que la familia había recibido prestigio y honor. El ejemplo de los antepasados ilustres servía para modelar el carácter y el estilo de vida que un día tendrían la responsabilidad de dar continuidad en la casa. El padre tenía asimismo la importante obligación d transmitir al hijo la tradición religiosa. En varios pasajes del AT el padre es quien debe explicar un determinado acontecimiento, institución o memorial, relacionado con los grandes momentos de la historia de su pueblo: el éxodo, la conquista y el don de la tierra, la entrega de la ley, etc.
Finalmente hemos de señalar un aspecto que tenía gran importancia en la formación moral de los jóvenes: la obligación que el padre tenía de tratar con severidad al hijo, imponiéndole su autoridad incluso con castigos. Este modelo educativo, que tiene poco que ver con el que se promueve en nuestra sociedad, era el más común en la sociedad en la que vivió Jesús. Estaba basado en una concepción negativa de la naturaleza humana, que es necesario corregir y educar para que se adapte a ciertos modelos sociales de comportamiento, y pueda así afrontar en el futuro las contrariedades de la vida. El hijo debía recibir la disciplina y los castigos de su padre de buena gana, pues aunque no lo comprendiera sabía que se trataba de algo necesario para su educación. Esta forma de tratar al hijo reafirmaba la autoridad paterna, y servía para acrecentar la cohesión familiar.
5.2. El papel educativo de la sinagoga
En tiempos de Jesús la institución de la sinagoga estaba bastante extendida en el conjunto de las poblaciones palestinas. Aunque probablemente las aldeas pequeñas como Nazaret carecieran de ella, las distancias que las separaban de poblaciones medianas como Cafarnaún, conde sí existían sinagogas, no era nunca demasiado grande. Podemos, pues suponer que casi todos los judíos piadosos podían acudir los sábados a alguna de estas reuniones, donde se leían y comentaban las escrituras, se oraba y se cantaban alabanzas a Dios.
La sinagoga palestinense del siglo I no supone la existencia de un edificio específicamente destinado a estos servicios religiosos. Como su nombre griego indica, la institución sinagogal es, esencialmente, una congregación de personas, no un lugar concreto de reunión. Ciertamente, la gente solía congregarse siempre en un mismo sitio, pero éste podía ser un edificio público utilizado también para otras funciones o, lo que sería más frecuente, una casa particular que su dueño ponía una vez por semana al servicio de la comunidad. Es de suponer que este propietario, además de ser lo bastante rico como para poder ofrecer a la gente un lugar amplio de reunión, debía ser también una persona piadosa e interesada en el estudio de la Escritura. Lo más probable es que estos dueños acomodados e instruidos fueran sacerdotes y levitas rurales o, incluso, funcionarios del Templo que ejercía como jueces locales (escribas).
No tenemos datos suficientes para afirmar que, aparte de los servicios religiosos de los sábados, la institución sinagogal ofreciera también algún tipo de instrucción destinada a los niños y/o adolescentes. En contextos urbanos de cultura griega sí era frecuente que grupos más o menos grandes de familias se pusieran de acuerdo para contratar los servicios de un maestro, el cual se comprometía a instruir conjuntamente a todos sus hijos. Este tipo de pequeñas escuelas privadas parece haberse extendido por algunas poblaciones rurales de tamaño intermedio, pero no sabemos todavía su penetración en contextos culturales judíos.
De lo que sí podemos estar seguros es que los servicios de la sinagoga actuaban de acicate para que la gente se interesara y se esforzara, dentro de sus posibilidades, en aprender a leer. Pues, quienes sabían hacerlo podían participar más activamente en las reuniones leyendo o comentando los textos sagrados. El papel relevante de Santiago en la comunidad de Jerusalén nos permite pensar que el resto de los hermanos, incluido Jesús, debía poseer también un cierto grado de preparación en este tipo de lectura.
6. Ocupación y oficio de Jesús
Jesús era un artesano especializado en el trabajo de la madera y de la piedra.
Durante buena parte de su infancia y juventud, la ciudad de Séforis, a una hora de camino de Nazaret, estaba siendo reconstruida y ampliada.
Con mucha probabilidad, Jesús trabajó en Séforis, donde tendría oportunidad de conocer y, quizás, asimilar algunos aspectos del estilo de vida y de la subcultura urbana.
La probabilidad de que Jesús conociera personalmente la vida de las ciudades plantea la cuestión de por qué los evangelios no relatan ninguna actuación suya escenificada en ambientes urbanos de Galilea.
6.1. Un artesano en Galilea
El único dato seguro que tenemos acerca de la actividad de Jesús antes de iniciar su ministerio es que compartía el oficio de su padre, que era ""carpintero"" (Mc 6,3). La palabra griega que suele traducirse por carpintero es ""tectôn"". El ""tectôn"" trabajaba con la madera y la piedra, especialmente en la construcción, de modo que al imaginarnos el oficio de Jesús hemos de pensar más en un albañil que en un carpintero como los de hoy.
Aunque en todas las sociedades agrarias la riqueza más segura y apreciada es la tierra de cultivo, las condiciones de los pequeños campesinos en la Galilea de Herodes (descritas en el Tema 2), podían ser más precarias que las de los artesanos especializados como Jesús. Éstos últimos tenían mayores facilidades para adaptarse a los cambios estructurales producidos por la urbanización y la progresiva inclusión de la región en redes de comunicación y mercados cada vez mayores.
El artesano, a diferencia del campesino, podía cargar con sus herramientas y desplazarse libremente allí donde, en cada momento, había más demanda de trabajo. Puesto que la Baja Galilea estaba bastante bien comunicada y Nazaret no distaba mucho del lago ni de los centros urbanos de Séforis y Tiberíades, hemos de suponer que a Jesús y a su familia no carecerían normalmente de lo necesario para vivir.
Aunque los evangelios no nos informan sobre esta circunstancia, el oficio de Jesús le habría permitido combinar o alternar su ministerio con trabajos temporales. Este fue, ciertamente, el sistema utilizado por Pablo, otro gran predicador itinerante y artesano, con el fin de poder dedicarse a propagar el evangelio sin depender económicamente de nadie.
6.2. El contacto de Jesús con la cultura urbana
Relacionado con el oficio de Jesús hay un dato interesante que está adquiriendo cada vez más relevancia en los estudios sobre el Jesús histórico. Mientras Jesús estaba en Nazaret, Herodes Antipas estaba llevando a cabo la reconstrucción de Séforis, para convertirla en capital de Galilea.
El dato es interesante porque Séforis era una ciudad helenística, con un magnífico teatro que podía albergar a más de 5.000 personas, grandes casas de estilo romano, y avenidas y tiendas como las de cualquier otra ciudad del oriente romano; y mucho más interesante aún es el hecho de que Séforis se encuentra a sólo 6 Km de Nazaret, una hora a pie. Imaginemos a Jesús y a su padre, artesanos que sabían trabajar la piedra y la madera, en una pequeña aldea en la que no habría mucho trabajo, y a una hora de camino una ciudad que se estaba reconstruyendo...
Si Jesús trabajó en la reconstrucción de Séforis junto a su padre, es muy probable que conociera el griego y también la forma de vida helenística desde su juventud. En caso afirmativo debemos plantearnos la cuestión de si la imagen evangélica del movimiento de Jesús como un movimiento dirigido únicamente a la población rural de Galilea es o no correcta. Ciertamente, los evangelistas no nombran nunca a Séforis y sólo de forma muy superficial a Tiberíades, las dos únicas polis de Galilea, pero podemos encontrar en ellos algunas parábolas e imágenes que podrían presuponer entornos urbanos. La pregunta sigue abierta a la investigación.
7. Juan el Bautista y Jesús
Todos los evangelios coinciden en relacionar a Jesús con un profeta de aquella época llamado Juan el Bautista.
La imagen que de esta relación presentan los evangelios y según la cual Juan habría sido el precursor de Jesús parece estar muy condicionada por los intereses teológicos de la comunidad postpacual.
Los estudios más recientes se inclinan por la hipótesis de que Jesús inició su carrera pública como discípulo del Bautista.
Las fuentes no cristianas de la época sugieren que Juan fue un personaje mucho más conocido e influyente que Jesús.
7.1. El ministerio de Juan el Bautista
Flavio Josefo, un historiador judío que escribe en las décadas posteriores a la destrucción de Jerusalén, es la única fuente no cristiana que poseemos acerca de Juan el Bautista (Antigüedades Judías 18.5.2).Significativamente, aunque este autor menciona también a Jesús en algunos lugares de su obra, nunca lo relaciona con Juan. Teniendo en cuenta la importancia y simpatía con la que trata a éste último y la brevedad de sus testimonios acerca de Jesús, hemos de pensar que la clase culta judía de la época consideró mucho más importante y digno de estima al Bautista que al profeta de Nazaret.
La presentación que los evangelios hacen de Juan como un profeta cuya misión habría sido, esencialmente, la preparación y el anuncio de la venida del Mesías, es muy sospechosa (Jn 1, 15-18; Mc 1,7-8). A partir de las referencias de Flavio Josefo y la información deducible de la exégesis evangélica podemos afirmar que Juan tuvo un proyecto personal y una misión propia, independiente y anterior a lo que pudo haber sido su relación con Jesús.
Juan aparece ante su pueblo como un profeta ético y escatológico, que vive alejado de las poblaciones e imparte un bautismo cuyo significado concreto es aún tema de debate entre los estudiosos (Mc 1, 18; Lc 3, 7-9.17). El núcleo de su predicación es una llamada urgente a la conversión moral ante la inminencia del juicio divino. Este juicio extraordinario, en el que la pertenencia al pueblo elegido no reportará ventaja alguna, no debe ser necesariamente entendido como el juicio del fin de los tiempos, como un acontecimiento asociado a la destrucción total de la creación. Por su tono y sus imágenes podría conectarse con el mensaje de otros grandes profetas de Israel que también anunciaron intervenciones punitivas de Dios, dentro de la propia historia.
Es probable que en la predicación de Juan se incluyera también el anuncio de la llegada inminente de “uno más fuerte que bautizará con espíritu y fuego”(Mc 1,7-8; Lc 3, 6-17), pero la identificación de este personaje con Jesús es fruto de la reflexión cristiana posterior. Juan podría referirse al mismo Dios, que vendrá como juez, o a alguna figura mediadora a través de la que Dios actuaría.
Juan reunió a un grupo de discípulos entre los que se contaban algunos de los que más tarde siguieron a Jesús (Jn 1, 40-41). Aunque es posible que tuviera ascendencia sacerdotal (Lc 1-2) parece haber despreciado o, al menos, ignorado todo lo referente al culto oficial en el Templo. Su bautismo podría entenderse como un rito alternativo a los sacrificios de expiación por los pecados (Mc 11, 27-33), a los que probablemente habría considerado ineficaces de cara al juicio divino inminente. Su bautismo, por el contrario, sería algo parecido a un sacramento escatológico capaz de proteger del castigo al quienes lo hubieran recibido.
Sabemos que Juan fue apresado y asesinado por Herodes Antipas, pero desafortunadamente no conocemos con certeza las razones que tuvo el tetrarca para actuar de este modo. Los relatos evangélicos de la muerte de Juan parecen basarse en una leyenda popular que, aunque probablemente contiene elementos auténticos, es en su conjunto poco fiable (Mc 6, 14-29 y paralelos). La versión que da Flavio Josefo es más realista, pero demasiado vaga. Según este autor, Herodes temía que la influencia del Bautista sobre las masas pudiera desencadenar una revolución. No especifica qué era lo que Juan decía a estas masas para soliviantarlas ni contra quién o quiénes las habría podido dirigir.
7.2. Relación entre Juan el Bautista y Jesús
El historiador Flavio Josefo cuenta que en su juventud dedicó algunos años a vivir según la doctrina de diversos grupos religiosos buscando aquella que más le convenciera. Al final se hizo fariseo. Podemos imaginar que la relación de Jesús con Juan Bautista fue resultado de una búsqueda semejante.
En todo caso, según el testimonio de los evangelios, el comienzo de la misión de Jesús estuvo muy relacionado con la actividad de Juan y con su grupo de discípulos. Juan, el evangelista, describe claramente a Jesús como discípulo de Juan el Bautista (Jn 1,30: el que viene detrás de mí = mi discípulo). Marcos, por su parte, al introducir el ministerio de Jesús dice que ""Jesús se marchó a Galilea después de que Juan fue entregado"" (Mc 1,14). Esto indica implícitamente que, desde su bautismo hasta ese momento, Jesús había permanecido en el entorno de Juan.
El cuarto evangelio es el que más información nos ofrece acerca de la relación entre Juan y Jesús. Por él sabemos que varios de los discípulos del primero fueron luego discípulos del segundo (Jn 1, 40-49) y que Jesús también se dedicó durante un tiempo a bautizar (Jn 3, 22-26), probablemente desempeñando el papel de ayudante o colaborador de su maestro. Según Marcos, un aspecto fundamental de la predicación de Juan, la conversión (Mc 1,4), será también tema central de la predicación de Jesús (Mc 1, 15) y de sus discípulos (Mc 6, 12).
Ni Jesús ni la iglesia primitiva rechazaron jamás sus orígenes en el entorno del bautista (Hch 1, 21-22), por más que ésta última se esforzara, después, en subordinar la figura y misión de Juan a la de Jesús. No parece que Jesús rompiera con Juan ni que se alejara de sus posiciones religiosas mientras el Bautista estaba todavía libre. Tras ser encarcelado, Jesús habría continuado durante un tiempo la misión de su maestro, aunque, poco a poco, o a partir de un cierto momento, habría concebido un proyecto propio inspirado un una vocación diferente.
8. El Bautismo de Jesús
Que Jesús fue bautizado por Juan es uno de los datos evangélicos que tiene más probabilidad de ser histórico.
Lo más probable es que Jesús diera a su bautismo el sentido que éste tenía dentro del círculo religioso de Juan el Bautista.
La tradición posterior relacionó este acontecimiento con dos experiencias fundamentales en la vida de Jesús: la relación con Dios como Padre y el hecho de actuar bajo el impulso del Espíritu.
Las narraciones evangélicas del Bautismo de Jesús lo asocian a las Tentaciones y presentan ambos episodios como experiencias básicas de la vida de Jesús
8.1. La historicidad del bautismo de Jesús
Suele pensarse que el bautismo de Jesús es un hecho histórico, precisamente porque es un dato embarazoso para el propio movimiento cristiano que lo transmitió (véase Tema 3, criterios de historicidad). Evidentemente, entre los cristianos no podía parecer adecuado que aquél a quien aclamaban como Mesías e Hijo de Dios hubiera estado alguna vez en una posición subordinada respecto a otro hombre y se hubiera sometido a un rito de perdón. Si la iglesia transmitió ese dato, a pesar de las dificultades teológicas que implicaba, fue seguramente porque todo el mundo lo conocía - algunos de los doce procedían del círculo del Bautista y todavía existía un grupo más o menos cohesionado de discípulos de Juan.
Aunque tres de los cuatro evangelistas recogen el dato del bautismo de Jesús, minimizan todo lo posible el papel de Juan y modifican el sentido original del rito (Mc 1, 9-11; Mt 3, 13-17; Lc 3, 21-22). Vemos, por ejemplo, que Mateo añade un pequeño diálogo entre Jesús y Juan, en el que éste último pone reparos y dice que es él quien debería ser bautizado por Jesús (Mt 3, 14-15); Lucas, por su parte, ni siquiera menciona la intervención del Bautista, se limita a decir que “un día en que se bautizó mucha gente, también Jesús se bautizó” (Lc 3, 21).
En lo que insisten los evangelistas es que el Bautismo fue el acontecimiento inaugural de la misión de Jesús, el momento decisivo en el que Dios reveló, a través de su Espíritu, su vinculación paterno-filial con Jesús, acreditándole así para llevar adelante su misión: “En cuanto salió del agua vio rasgarse los cielos y el Espíritu descender sobre él como una paloma. Se oyó entonces una voz desde los cielos: Tú eres mi hijo amado, en ti me complazco” (Mc 1, 10-11. Ver paralelos Mt 3, 16-17 y Lc 3, 23).
La vinculación del bautismo con la inauguración de la misión de Jesús es históricamente muy poco probable. Si Jesús pertenecía al círculo de Juan, lo lógico es suponer que entendería su bautismo de acuerdo con la doctrina de su maestro y que su recepción lo vincularía de forma más clara con el grupo de sus discípulos. Es inverosímil que en esos momentos estuviera ya concibiendo un proyecto propio de misión.
8.2. Los relatos del bautismo
El relato del bautismo de Jesús y el de sus tentaciones en el desierto se encuentran unidos en los tres evangelios sinópticos (Mc 1, 9-11.12-13; Mt 3, 13-17; 4, 1-11; Lc 3, 31-22; 4, 1-13).
El hecho de que los evangelistas hayan colocado estos dos relatos como introducción a la actividad pública de Jesús indica que tenían para ellos una importancia extraordinaria. Se trata de composiciones muy elaboradas teológicamente, y hay buenas razones para poner en tela de juicio su historicidad y la relación que se establece entre estos dos relatos a propósito de la filiación de Jesús. Ambos tienen un marcado carácter mítico, con intervención de seres del mesocosmos (Espíritu, Tentador, Voz del cielo); ambos acontecen en un escenario con enorme carga simbólica (desierto, Jordán); y en ambos hay indicios de que se están utilizando esquemas literarios conocidos (teofanía, debate rabínico).
Pero al mismo tiempo se trata de tradiciones antiguas que cuentan con testimonios múltiples (Mc y Jn para el bautismo; Mc y Q para las tentaciones), lo cual nos permite preguntarnos si detrás de ellos no habrá una o múltiples experiencias históricas que se remontas a Jesús y que la tradición cristiana habría condensado en un momento y un marco narrativo singular.
Tanto en el bautismo, como en las tentaciones, conviene distinguir entre la realidad de la que hablan y su formulación literaria actual. Esta distinción puede ayudarnos a recuperar el relato cristiano del bautismo como símbolo de una experiencia fundante en la vida de Jesús y el de las tentaciones como condensación literaria de una experiencia repetida en diversos momentos de su actividad pública.
Pensamos, efectivamente, que ambos relatos tienen detrás una experiencia histórica identificable en la vida de Jesús, que ya los primeros cristianos vincularon con su vocación y con las situaciones en que su fe en ella fue puesta a prueba. Los primeros cristianos entendieron, también, que ambas cosas tenían que ver con su condición de hijo de Dios. En los relatos evangélicos tenemos una formulación “mítica” de dichas experiencias, entendiendo esta palabra en su sentido más positivo, como una representación simbólica de experiencias fundantes.
Las dos realidades históricas a las que podemos acceder a través de estos dos relatos son, pues, las siguientes: que la relación de Jesús con Dios como Padre fue fundante en su vida y determinó su misión; y que permaneció fiel a esta convicción en los momentos de prueba.
9. Las tentaciones de Jesús
La historicidad de un episodio concreto en la vida de Jesús, en el cual habría sido tentado por Satanás durante una estancia en el desierto, es muy poco probable.
Los relatos evangélicos de las tentaciones son un eco de las numerosas veces en que la fe de Jesús fue puesta a prueba.
Su función en las narraciones evangélicas corresponde a la necesidad cultural de entender el comienzo de la misión de Jesús como un rito de paso.
Presuponen una forma de conceptualizar la experiencia humana del mal muy distinta a la nuestra
9.1. Los relatos de las tentaciones y la prueba en la vida de Jesús
La versión de Marcos (Mc 1,12-13) es mucho más breve que la de Mateo (Mt 4, 1-11) y Lucas (Lc 4, 1-13). Marcos nos dice únicamente que el Espíritu arrojó a Jesús al desierto y que en el desierto fue tentado por Satanás durante cuarenta días, y que estaba con los animales y los ángeles le servían. Mateo y Lucas no mencionan a los animales pero cuentan con detalle en contenido de las tentaciones y la respuesta de Jesús, presentando el encuentro en forma de un típico debate rabínico en el que cada parte cita la Escritura como argumento en su favor. La mayoría de los exégetas creen que estos dos evangelistas conocen la versión breve de Marcos pero siguen preferentemente el testimonio más amplio y, probablemente más antiguo, del documento Q.
Parece evidente que los relatos de las tentaciones no reproducen un acontecimiento histórico. Sin embargo, podrían reflejar una experiencia histórica relativamente frecuente en la vida de Jesús. En diversos momentos de su vida Jesús fue puesto a prueba por sus adversarios (Mc 8, 11; 10, 2; 12, 15 par.) y hasta sus mismos discípulos se convirtieron para él en una encarnación de Satanás (Mc 8, 33 par.). Podemos afirmar que la tentación fue una constante en la vida de Jesús, y que la tradición posterior relacionó esta experiencia con su filiación, pues lo que estas tentaciones ponían a prueba, en última instancia, era su condición de hijo.
El relato de las tentaciones nos abre una ventana hacia los momentos en que Jesús experimentó la prueba, y nos revela que la perseverancia demostrada en ellos responde a la actitud filial.
En el relato de las tentaciones Jesús reivindica constantemente su condición de hijo, no permitiendo que Satanás se sitúe como intermediario entre él y su Padre, ni que se haga portavoz de sus palabras. Las tentaciones constituyen una especie de “test de filiación” en el que se resalta la fidelidad de Jesús a su condición de hijo. Lo que está en juego en estos momentos de prueba es el honor de Jesús como Hijo. Al no renunciar a su condición de Hijo, Jesús cumple el mandato de honrar a su Padre, y le manifiesta su respeto manteniéndose firme cuando se pone a prueba su condición de hijo. Esta forma de reaccionar en el momento de la tentación revela también una confianza propia del Hijo que vive con la seguridad de que el Padre no le abandonará. Fidelidad, respeto y confianza son las tres actitudes filiales que descubrimos en este relato, y detrás de él en las situaciones de prueba que vivió Jesús.
9.2. Contexto cultural del relato de las tentaciones
El contexto cultural en el que se escribieron los relatos de las tentaciones se manifiesta a dos niveles distintos. Por una parte, lo vemos reflejado en la función que dicho relato tiene dentro de la biografía de Jesús narrada por los evangelistas. Por otra, se concreta en las representaciones utilizadas para hacer concebible los efectos del mal en el mundo y en las personas.
La posición que el relato de las tentaciones tiene en los evangelios, después de la teofanía del bautismo, en la que Jesús es declarado hijo de Dios, y justo antes de que el narrador señale el comienzo de su misión, es un indicio de que tiene, dentro de la biografía de Jesús, misma la función antropológica que los ritos de paso.
Los ritos de paso existen en todas las culturas y con ellos se pretende facilitar, propiciar, ratificar y señalar los cambios más relevantes en el itinerario vital de los individuos. En casi todos los pueblos existen ritos de paso asociados con la incorporación de un recién nacido a la familia o a la comunidad (imposición del nombre, bautismo etc), con el paso de la adolescencia a la edad adulta, con la formación de una nueva unidad familiar, con la muerte. Pero también se dan ritos de paso especiales, casi siempre menos estructurados que los anteriores, para personas con vocaciones o misiones especiales.
Son muy conocidas las vocaciones de los profetas veterotestamentarios o la búsqueda de experiencias espirituales en la soledad o mediante la ascesis, típicas, sobre todo, de la espiritualidad oriental. En estos procesos rituales el individuo se separa temporalmente de la sociedad, se desconecta de los asuntos de la vida cotidiana centrando toda su atención en el cambio que se opera en su persona, cambio que le dispondrá para reincorporarse en la sociedad con un nuevo papel o una nueva misión.
En los ritos o experiencias de paso el individuo tiene casi siempre que enfrentarse con distintos peligros o pruebas, que deberá superar con el fin de mostrarse a sí mismo y a los demás que está preparado para su nueva función. Si el paso tiene carácter religioso o espiritual, suele recibir ayuda de la divinidad en forma de poderes extraordinarios o de enseñanza.
En las tentaciones de Jesús encontramos todos los ingredientes de este tipo de experiencia – el retiro en el desierto, la guía del Espíritu, la puesta a prueba por Satanás y la victoria que le acredita para salir al mundo y dar comienzo a su misión.
Que la prueba de Jesús consista precisamente en un combate con Satanás o el diablo indica que estamos ante testimonios de una cultura en la que el mal es frecuentemente concebido en formas personificadas, y anticipa, también, la importancia que la lucha contra esas formas de mal va ha tener en el ministerio de Jesús. Como veremos en un tema posterior, una de las actividades más características de dicho ministerio serán los exorcismos, es decir, la recuperación de personas poseídas por espíritus impuros y su reintegración en la sociedad o en el grupo.
Esta actividad corresponde a una visión del mundo, compartida por Jesús y la gente que le rodeaba, según la cual el mal ha invadido la creación e intenta dominarla a través de seres intermedios de carácter demoníaco capaces de poseer a las personas, enfermarlas, tentarlas o enloquecerlas. Jesús entiende que Dios está ahora recuperando su poder sobre el mundo y que en sus propios exorcismos se manifiesta de forma concreta la venida de su Reinado (Lc 11, 20: si yo expulso los demonios con el poder de Dios es que el reinado de Dios ha llegado a vosotros).
Encontramos, en el evangelio de Lucas, un testimonio muy primitivo y muy directo de toda esta constelación de ideas relacionadas con la experiencia humana del mal. Cuando sus discípulos vuelven llenos de alegría debido al éxito que han tenido sus exorcismos, Jesús dice: “He visto a Satanás cayendo del cielo como un rayo” (Lc 10, 19).
Si leemos el relato de las tentaciones sobre este trasfondo de ideas, entenderemos por qué parecía necesario a una mentalidad de la época que en su proceso de preparación para la misión – en su experiencia o rito de paso – Jesús se hubiera enfrentado ya con Satanás y hubiera aprendido a salir victorioso de sus ataques.
10. La vocación de Jesús
Algún tiempo después del arresto de Juan, Jesús empezó a curar, hacer exorcismos, celebrar comidas con la gente y anunciar la llegada del reinado de Dios.
Los aspectos novedosos de este comportamiento en relación con la actitud de su maestro Juan sugieren que Jesús pasó por alguna experiencia, larga o corta, de vocación.
De esta experiencia parece haber nacido también su relación filial con Dios.
10.1. La novedad de Jesús
Jesús no rompió con Juan pero, de forma lenta o progresiva, su forma de actuar empezó a diferenciarse de la de su maestro. Sigue hablando de conversión, pero en vez de bautizar declara a los pecadores que Dios los ha perdonado. Parece que sigue creyendo en la amenaza del juicio, pero el énfasis de su mensaje está en la llegada del reinado de Dios.
Deja los lugares desérticos y va en busca de la gente a las sinagogas, las plazas y los lugares de trabajo. Deja de ayunar y hace de las comidas compartidas un lugar privilegiado de encuentro con todo tipo de personas, una plataforma desde la que expande su mensaje y derriba barreras humanas. Empieza a hacer curaciones y, sobre todo, exorcismos; dos actividades desconocidas en el círculo del Bautista. La imagen de Dios que Jesús ofrece a través de su enseñanza no es la de un Juez, como lo era en la enseñanza de Juan, sino la de un Rey o un Padre.
Es imposible saber cómo fue exactamente la vocación de Jesús, pero algunos estudiosos han intentado imaginar el tipo de experiencias que pudieron motivarla. Una de ellas podría haber sido el descubrimiento de su capacidad para exorcizar, para librar a muchas personas de un tipo de mal en el que todos veían el dominio de Satanás sobre el mundo: si yo expulso a los demonios con el Espíritu de Dios, es que el reinado de Dios ha llegado a vosotros. Jesús se habría sentido elegido para colaborar con Dios en la lucha contra el poder de lo demoníaco y en la reconquista de su creación.
En todo caso, en el origen de la actividad de Jesús hay una llamada a llevar a cabo una misión. Esta llamada (vocación) nace de una profunda y nueva experiencia de Dios. A lo largo de toda su vida, y de una forma especial en los momentos más difíciles, Jesús se remite a esta experiencia que está en el origen de su misión.
Agradecemos a: Copyrigth 2002-2003 Universidad Pontificia de Salamanca
http://www.jesus.teologia.upsa.es/secciones.asp?codseccion=22
2006-05-17
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¿POR QUÉ LA RELIGIÓN CATÓLICA?
¿POR QUÉ CRISTO FUNDO SU IGLESIA, ‘CATÓLICA’?
Porque es la única religión fundada por Dios mismo. Así de simple y sencillo. Todas las demás religiones, monoteístas y politeístas, cristianas y no-cristianas, anteriores y posteriores a Cristo, han sido fundadas por hombres, no por Dios. Hay personas buenas y sinceras en todas las religiones, pero la buena intención no puede cambiar la Verdad. En realidad, en cada religión hay verdades parciales ... además de muchos errores, sobre todo en algunas ... pero la plenitud de la Verdad, la Verdad completa, está en la religión Católica. Además, la Verdad es una sola y lo que es contrario a la Verdad no es Verdad. No quiere decir esto que sólo los Católicos y todos los Católicos se salvarán. Dios premiará o castigará a todos, Católicos y no-Católicos, según su Misericordia y su Justicia, que son infinitas. Fuera de la Católica, todas las religiones y/o sectas han sido inventadas por hombres. Se escapa a este criterio el Judaísmo, que es una religión revelada por Dios, pero que aun está esperando el Mesías prometido, pues no cree que Jesucristo es Dios, y aunque creen en el Antiguo Testamento de la Biblia como Palabra inspirada por Dios, pasan por alto las profecías que sobre Jesús están allí y que se cumplieron ya: su nacimiento en Belén (Miq. 5, 1-2), su nacimiento de una Virgen (Is. 7, 14), los grandes milagros que realizaría (Is. 35, 5-6), el rechazo de su propia gente (Is. 53, 3), la traición de uno de sus amigos y el precio pagado (Sal 41, 9; Zac. 11, 12-13), los eventos de su pasión y muerte ( Is. 53, Is. 50, 6; Sal. 22, 17). La otra religión monoteísta (un solo Dios) es el Islam, fundada por Mahoma, tampoco cree que Jesucristo es Dios, sino un profeta inferior a Mahoma. Sin embargo, el dios del Islam no es el Dios Amor del Cristianismo, origen de todo amor, que ama a los seres humanos independientemente de si le aman o no (1 Jn. 4, 9-10 y 16). Según el Corán, el dios del Islam ama condicionalmente: ama a quien lo ama y lo siga, y no ama a quien no lo ame. “En verdad Alá es enemigo de los incrédulos ... Alá ama a los benefacientes” (Corán, II-92 y 191). Las religiones no-teístas, que no rinden culto a ninguna divinidad, fueron también fundadas por hombres: Budismo (por Buda), Confucionismo (por Confucio). Y las politeístas, que creen que hay, no una, sino varias divinidades, como el Hinduismo y Shintoismo, aunque no tienen fundador específico, son de origen humano. Y entre las sectas modernas politeístas: el Mormonismo, fundada por Joseph Smith. Las Religiones cristianas (las que enseñan que Cristo es Dios) están más cerca de la Verdad que el Mormonismo, por ejemplo, ya que creen en un solo Dios y el Mormonismo cree en muchos dioses. Entre las religiones cristianas, originadas en la Reforma Protestante están: la Luterana (fundada por Lutero), la Reformada (por Calvino), la Presbiteriana (por John Knox). Luego fueron fundadas la Anglicana (por Enrique VIII), la Bautista (por John Smith), de donde se derivan las Evangélicas. Existen muchas, muchas más, todas fundadas por hombres, no por Dios. La religión Ortodoxa se creó con el Sisma de Oriente (1054) causado por viejas diferencias entre la Iglesia Griega y la Santa Sede. Los ortodoxos están más cerca de la Verdad que los Protestantes, ya que además de creer que Jesucristo es Dios, creen en su presencia real en la Eucaristía, además de otras verdades que también están en el Catolicismo, aunque mantienen independencia del Papa. De allí que sea la Iglesia Católica la única que puede trazar su historia, sin interrupción, desde el primer Papa, San Pedro, designado por Jesucristo, su Fundador, hasta el actual Papa, Juan Pablo II. Así fue como Jesucristo fundó su única Iglesia: San Pedro fue el primero en confesar la fe en Jesucristo Dios: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”. Y en ese mismo momento Jesús le anunció que ya no se llamaría Simón, sino “Pedro” (roca-piedra) y que sobre él edificaría su Iglesia (Mt. 16, 13-19). El Catecismo de la Iglesia Católica nos dice al respecto: La Iglesia fue fundada por las palabras y las obras de Jesucristo (#778). El Señor Jesús comenzó su Iglesia con el anuncio de la Buena Noticia, es decir, con el anuncio de la llegada del Reino de Dios, el cual había sido prometido desde hacía siglos en la Sagrada Escritura (#763). El germen y el comienzo de la Iglesia fue “el pequeño rebaño” que Jesucristo reunió en torno suyo y del cual El mismo es su Pastor (#764). Sin embargo el Señor Jesús también dotó a su Rebaño de una estructura, que permanecerá hasta el Fin de los Tiempos. Esa estructura consiste en la elección de los Apóstoles, con Pedro a la cabeza. Así, con sus actuaciones en la tierra, Cristo fue preparando y edificando su Iglesia. (#765) Y prometió a sus Sucesores, los Apóstoles, y a los sucesores de éstos, los Obispos y los Sacerdotes, que lo que decidieran aquí El lo aprobaría en el Cielo (Mt. 16, 19), y que para esto la Iglesia por El fundada tendría la asistencia del Espíritu Santo hasta el Fin de los Tiempos (Mt. 28, 20). La Iglesia Católica enseña que, aunque otras religiones contienen verdades, la plenitud de lo que Dios ha revelado a la humanidad se encuentra en la religión Católica. Y, aunque puede haber salvación en otras religiones, la plenitud de los medios de salvación están también en la Iglesia Católica. Algunos, sin embargo requerirán la comprobación de que Jesucristo es Dios y que la Biblia es Palabra de Dios. (Para esto ver próximas “Pregunta de la Semana”: ¿Cómo se sabe que Jesucristo es Dios? - ¿Cómo se sabe que la Biblia es Palabra de Dios?).
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“Cuando los Malvados se ponen de acuerdo, los Buenos deben asociarse; en caso contrario, irán cayendo uno a uno; un sacrificio cruel en una lucha vana”. Edmund Burke
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“La fe tiene necesidad de la razón para no caer en la superstición.
La razón tiene necesidad de la fe para no caer en la desesperación”. Juan Pablo II- P.P.
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“La humanidad vive en este tiempo una de sus paradojas más preocupantes: de una parte se logran siempre nuevas y positivas metas en el campo económico, el científico y el tecnológico, pero por la otra se constata el crecimiento de la pobreza”.
“Prevalezca un sentido de solidaridad hacia los más desfavorecidos y que se abandonen los intereses locales y la lógica del poder”.
“El progreso técnico, aunque necesario, no lo es todo; el verdadero progreso es aquel que salvaguarda la dignidad del ser humano en su totalidad”.
“Fundar relaciones internacionales sobre el respeto de la persona y los principios cardinales de la convivencia, la fidelidad a los pactos y sobre la recíproca aceptación de los pueblos como miembros de la familia humana”
S. S. Benedicto XVI – Pont. Max. MMV.XI.XXIV
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“Alegraos en el Señor siempre; lo repito: alegraos. Que vuestra bondad sea notoria a todos los hombres. El Señor está cerca. No os inquietéis por cosa alguna, sino más bien en toda oración y plegaria presentad al Señor vuestras necesidades con acción de gracias. Y la paz de Dios, que sobrepasa toda inteligencia, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús. Por lo demás, hermanos, considerad lo que hay de verdadero, de noble, de buena fama, de virtuoso, de laudable; practicad lo que habéis aprendido y recibido, lo que habéis oído y visto en mí, y el Dios de la paz estará con vosotros.” San Pablo en su carta a los Filipenses 4, 4-9vs.
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ERROR - Pan nuestro de cada día es el error. Errar es humano, han repetido los clásicos hasta hoy. Sería complicado intentar rebatirlo. Perseverar en el error es diabólico, se añade a veces. Porque igualmente es cierto que nadie quiere el error por el error y menos aún que le engañen. Por eso los sabios se han preguntado siempre por las causas del error, ese «parto monstruoso» de la mente, que decía Tomás de Aquino. El error y la injerencia del no-ser en el discurso es una temática abordada por los principales filósofos desde Platón, pasando por Aristóteles, Tomás, hasta Kano y los analistas del lenguaje.
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PEREZA - «El conocimiento verdadero, conocido en cuanto verdadero, gracias o mediante la reflexión crítica, requiere de una diligente y sutil investigación. Ésta es la que falta en el pensamiento perezoso. Bien vista, la pereza no es causa del error, sino la ausencia de la causa de la verdad. Para que tenga lugar de hecho la verdad de nuestro conocimiento hemos de limitarnos a dejarnos llevar por el objeto. Este dejarse llevar no es en modo alguno una actitud pasiva. Por el contrario, como venimos diciendo, la preponderancia del objeto en su relación con nuestro conocimiento requiere de la reflexión crítica, esto es, de seguir la atenta marcha del conocimiento del objeto para detectar toda aquella influencia no cognoscitiva, que inhiera, perturbándola, en esta relación. La reflexión crítica, al detectar intenciones extrañas al objeto, incita a la voluntad para que las deseche, a veces con violencia, protegiendo la fuerza objetiva, conditio sine qua non del conocimiento verdadero. Esta limpieza de la inteligencia se realiza con denuedo, especialmente cuando se trata de desechar la información y la memoria, desviándonos a otros conocimientos análogos pero diferentes, y las pretensiones subjetivas del propio yo, que pretende engañarse a sí mismo pensando que sus circunstancias reales no son como son, sino como quiere que sean.
«En la pereza falta este denuedo, es decir, la lucha caracterológica para que las otras potentes fuerzas del alma no opaquen a la del objeto. La pereza es la causa más peligrosa del error, precisamente porque para que se dé no hay que hacer nada. Basta dejar que todas las demás fuerzas anímicas campeen libremente en el limpio espacio que se da que ha de darse entre el conocimiento y el objeto. Falta el dominio caracterológico que coloca en su lugar y en su función a cada uno de los movimientos del espíritu. Al dejarlas al desgaire, las desordenadas influencias que inhieren en nuestros naturales procesos, perturban la función que a cada uno de ellos le corresponde dentro del orgánico conjunto de la vida espiritual humana.
«Las consecuencias de ello en el conocimiento son graves. Siendo el conocimiento la tarea suprema del alma, todas las demás, dependientes de ella, se descomponen sin remedio hasta tanto no se logre que el proceso noético se someta dócilmente a las manifestaciones de la realidad objetiva. De ahí que el hombre afectado de pereza no es un individuo de fiar, pues le falta la primera cualidad que pedimos al ser humano como nota mínima en que se fundamenta toda personalidad. El perezoso es veleta movida por el viento de las circunstancias, es decir, carente del dominio de sí.»
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"Cuando las obras no son claramente buenas, cuando las actitudes no aparecen notoriamente correctas, lejos de dar luz, aumentan las tinieblas”.
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Juan Pablo II, Pont. Max. (1920-2005), conocido como el ‘Magno’. Homilía ante los trabajadores en Luxemburgo, mayo 1985
“Hacedlos fructificar” (cf Lc 19,13): trabajo humano y Reino de Dios.
Cuando Dios creó la humanidad, el hombre y la mujer, dijo: “Sed fecundos y multiplicaos, llenad la tierra y sometedla.” (cf Gn 1,28) Este es, de alguna manera, el primer mandamiento de Dios, relacionado con el orden de la creación. El trabajo humano corresponde a la voluntad de Dios. Cuando decimos: “Hágase tu voluntad...” nos referimos también al trabajo que llena todas las jornadas de nuestra vida. Nos damos cuenta que cumplimos esta voluntad del creador cuando nuestro trabajo y las relaciones humanas que genera están impregnados de los valores de la iniciativa, del coraje, de la confianza, de la solidaridad que son otros tanto reflejos de la imagen de Dios en nosotros... El creador ha dotado al hombre del poder de dominar la tierra. Le confía el dominio de la naturaleza por el propio trabajo, por sus capacidades para llegar a un desarrollo feliz de su propia personalidad y de la comunidad entera. Por su trabajo, el hombre obedece a Dios y responde a su confianza. Esto no está ajeno a la petición del Padrenuestro: “Venga a nosotros tu reino.” El hombre actúa para que el plan de Dios se realice, consciente de ser imagen y semejanza de Dios y de haber recibido de él su fuerza, su inteligencia, sus aptitudes para realizar una comunidad de vida por el amor desinteresado hacia sus hermanos. Todo lo bueno y positivo en la vida del hombre se desarrolla y llega a su meta auténtica en el Reino de Dios. Habéis escogido bien el lema: “Reino de Dios, vida del hombre,” porque la causa de Dios y la causa del hombre están ligadas la una a la otra. El mundo progresa hacia el Reino de Dios gracias a los dones de Dios que permiten el dinamismo del hombre. Dicho de otro modo: orar para que venga el Reino de Dios significa orientar todo el ser hacia aquella realidad que es el fin último del trabajo del hombre.
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Wafa Sultán: El choque que contemplamos en todo el mundo, no es un choque de religiones, o un choque de civilizaciones. Es un choque entre dos opuestos, entre dos eras. Es un choque entre una mentalidad que pertenece a la Edad Media y otra mentalidad que pertenece al siglo XXI. Es un choque entre la civilización y el retroceso, entre lo civilizado y lo primitivo, entre la barbarie y la racionalidad. Es un choque entre la libertad y la opresión, entre la democracia y la dictadura. Es un choque entre los derechos humanos y la violación de estos derechos. Es un choque entre aquellos que tratan a las mujeres como a bestias y aquellos que las tratan como a seres humanos. Lo que contemplamos hoy no es un choque de civilizaciones. Las civilizaciones no chocan; compiten.
Presentador: ¿Deduzco de sus palabras que lo que sucede hoy es un choque entre la cultura de Occidente y el retroceso y la ignorancia del Islam?
Wafa Sultán: Sí, a eso me refiero.
Presentador: ¿Quién acuñó el concepto del choque de civilizaciones? ¿Acaso no fue Samuel Huntington? No fue Bin Laden. Me gustaría tratar este asunto, si no le importa.
Wafa Sultán: Los musulmanes fueron quienes empezaron a usar esta expresión. Los musulmanes fueron quienes empezaron el choque de civilizaciones. El Profeta del Islam dijo: “Se me ha ordenado combatir contra la gente hasta que crean en Alá y Su Mensajero”. Cuando los musulmanes dividieron a la gente entre musulmanes y no musulmanes, y llamaron a luchar contra los demás hasta que estos creyesen en lo que creían ellos, ellos empezaron este choque y empezaron esta guerra. Para detener este choque deben reexaminar su bibliografía islámica, que está repleta de llamadas al takfir y a combatir los infieles.
Mi colega ha dicho que él nunca ofende las creencias de otros. ¿Qué civilización le permite llamar a otra gente por nombres que ellos no han elegido para sí mismos? Cuando les llama Ahl Al-Dhimma, en otras ocasiones les llama “El Pueblo del Libro”, y en otras ocasiones les compara con cerdos y simios o llama a los cristianos “aquellos que provocan la Ira de Alá”. ¿Quién te ha dicho que son “El Pueblo del Libro”? Ellos no son el Pueblo del Libro, son un pueblo de muchos libros. Todos los libros científicos útiles que tienes hoy son de ellos, el fruto de su pensamiento libre y creativo. ¿Qué te da derecho a llamarles “los que provocan la Ira de Alá” o “los descarriados” para venir después aquí y decir que tu religión de obliga a no ofender las creencias de los demás?
No soy cristiana, musulmana, ni judía. Soy un ser humano seglar. No creo en lo sobrenatural pero respeto el derecho de los demás a creer en ello.
Religioso: ¿Eres una hereje?
Wafa Sultán: Puedes decir lo que te venga en gana. Soy un ser humano seglar que no cree en lo sobrenatural.
Religioso: Si eres una hereje no tiene sentido responderte puesto que has blasfemado contra el Islam, el Profeta y el Corán.
Wafa Sultán: Estos son asuntos personales que no te conciernen. Hermano, puedes creer en las piedras mientras no me las arrojes encima. Eres libre de adorar a quien quieras, pero las creencias de otras personas no son de tu incumbencia, tanto si crees que el Mesías es Dios, el hijo de María, o que Satán es Dios hijo de María. Deja que la gente tenga sus creencias.
Los judíos han salido de la tragedia (del Holocausto) y han hecho que el mundo les respete, con su conocimiento, no con su terror, con tu trabajo, no con sus chillos y gritos. La Humanidad debe la mayor parte de la ciencia y de los descubrimientos de los siglos XIX y XX a los científicos judíos. Quince millones de personas, repartidos por el mundo, se unieron y se ganarosn sus derechos mediante el trabajo y el conocimiento. No hemos visto a un solo judío hacerse estallar en un restaurante alemán. No hemos visto a un solo judío destruir una iglesia. No hemos visto a un solo judío protestar matando a gente. Los musulmanes han convertido tres estatuas de Buda en escombros. No hemos visto a un solo budista destruir una mezquita, matar a un musulmán, o quemar una embajada. Sólo los musulmanes defienden sus creencias quemando iglesias, matando gente y destruyendo embajadas. Este camino no dará resultado. Los musulmanes deben preguntarse qué pueden hacer por la Humanidad, antes de exigir que la Humanidad les respete. 2006-04-10.LD.ESP.
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“Las Escrituras no se pueden interpretar solo con los instrumentos de la ciencia de la exégesis –como hacen los protestantes-, mas va leída a la luz de la Tradición del Magisterio”. “En la Iglesia, las Sagradas Escrituras, cuya comprensión crece bajo la inspiración del Espíritu Santo, y el misterio de la interpretación auténtica, dado a los apóstoles, pertenecen el uno al otro en modo indisoluble. Y entonces, allí donde la Sagrada Escritura viene separada de la voz viviente de la Iglesia, vemos que esa cae prisionera a las disputas de los expertos”.
2005-05-07 – S. S. Benedicto XVI – San Juan de Letrán.
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El Verbo de Dios se ha hecho hombre para regenerar a la comunidad humana y hacer de ella una unidad armoniosa y fecunda, introduciendo nuevamente la historia en el original designio salvífico del Padre. La Iglesia, cuerpo de Cristo, es el signo visible de esa admirable reconciliación y pacificación, obrada a través de «la sangre de la cruz», que en el Bautismo nos introduce personalmente en el misterio del Señor muerto y resucitado.
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La Iglesia consecuente con el mandato del Señor a ser católica, debe afrontar una amplia acción misionera, que tenga en cuenta las nuevas situaciones de Europa, -y no solo- cada vez más multiétnica y multicultural.
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San Pablo escribe a Timoteo para fortalecerlo en la "buena-bella batalla" (1 Tim 6, 12) de la que él dio testimonio al ser derramado en libación. Dar testimonio de la verdad es esencial para el coraje de ser obispo, sobre todo en las causas más significativas y urgentes como son hoy el Evangelio de la familia y de la vida. Si es alarmante la proporción del desafío, es estimulante la capacidad de gozosa proclamación de esta causa central de la humanidad, la creciente dinámica de la defensa de la familia y de la humanidad, en donde se juega el futuro de la Iglesia.
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El obispo está llamado a asumir no sólo el papel petrino de apaciguar el rebaño que ya está reunido, sino también la misión paulina de llegar a aquellos que aún no se unieron al rebaño y ofrecerlos a Cristo. Pedro y Pablo. El Pastor y el misionero. Estos dos aspectos constituyen parte integrante del papel del obispo en la Iglesia.
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¡Que tu conducta nunca de motivos de injustificada inquietud a la creación, de la que tú eres el rey!
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Dijo Dios: «Produzca la tierra animales vivientes según su especie: ganados, reptiles y bestias salvajes según su especie». Y así fue. Dios hizo las bestias de la tierra, los ganados y los reptiles campestres, cada uno según su especie. Vio Dios que esto estaba bien. Gen. 1, 24-25
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“Desde ahora me llamarán dichosa todas las generaciones” Biblia. Evangelio según San Lucas Cap.1º vs. 48. La Iglesia, hace XXI siglos fundada por Tu Hijo, te alaba, ¡Oh Madre plena de dicha y felicidad!
Gracias de la visita
VERITAS OMNIA VINCIT
LAUS TIBI CHRISTI.
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